Lo nuevo es ahora la actitud de la izquierda española. Esta había simpatizado superficialmente con los nacionalismos “periféricos” siempre que se mantuvieran en un terreno folklórico, cultural, meramente declarativo. Ha bastando que el independentismo catalán haya puesto en marcha el procés, como implementación de su programa en pro de una República catalana, para que la izquierda española gire 180º y pase de una superficial simpatía a la antipatía, el rechazo, el hostigamiento contra el independentismo. Y a base de argumentaciones en las que lo dogmático se junta a lo sectario y lo falaz para ocultar que la izquierda tiene una idea de España tan imperial, colonialista, autoritaria y castellana como las derechas. En este libro se explican las razones del famoso dicho apócrifo, pero muy cierto, de que, en relación con Cataluña, lo más parecido a un español de derechas es un español de izquierdas. Y se prueba que, al actuar en contra de la lucha de liberación de la nación catalana, a la izquierda española no le queda nada de izquierda.
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RAMÓN COTARELO
Aquella sentencia, vivida como una afrenta a la nación catalana, aventó la adormecida hoguera catalanista y en meses, el sentimiento independentista pasó de un 15% a cerca de un 50%. Este comportamiento tan necio no es nada nuevo en la historia de España, que lleva siglos actuando contra la libertad y los derechos de los pueblos y cosechando las correspondientes consecuencias.
EXTRAMUROS CATALUÑA Y LA IZQUIERDA ESPAÑOLA
El histórico conflicto entre España y Cataluña ha entrado en una fase acelerada de resolución a partir del momento en que la absurda sentencia del Tribunal Constitucional de 28 de junio de 2010 negó arbitrariamente la condición nacional a Cataluña. La posición colonial del Estado español, tradicionalmente mantenida por las armas y la represión, trataba así de legitimarse recurriendo a la solemnidad de la justicia. Los jueces, complacientes con el poder político al que deben el cargo, traspasaron todos los límites pensables de su competencia formal y material para sentenciar en una materia, como el sentimiento nacional, completamente fuera de sus atribuciones.
EXTRAMUROS CATALUÑA Y LA IZQUIERDA ESPAÑOLA RAMÓN COTARELO
Ramón Cotarelo, (Madrid, 1943) Profesor, escritor y traductor. Catedrático emérito de Ciencia Política, UNED. 48 libros publicados. Los últimos: La desnacionalización de España. De la nación posible al Estado fallido. Valencia: Tirant Lo Blanch. (2015a).-La antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España. Valencia: Tirant Lo Blanch. (2015b) Introducción a la política. Valencia: Tirant Lo Blanch.(2015c)- La República Catalana. Barcelona: Ara Llibres. (2016)- España quedó atrás. Barcelona: Ara Llibres.(2018a).- Todos los hombres del presidente. Valencia: Tirant Lo Blanch. (2018b) Discurso a la nación catalana.Barcelona: Ara Llibres.(2019). 155 artículos en revistas especializadas españolas y extranjeras. Más de 1.500 artículos de prensa. Ha traducido al castellano a Simmel, Habermas, Elias, Maine, Cyrano de Bergerac, etc Dirige una colección sobre pensamiento utópico en Akal y otra sobre pensamiento político actual en Tirant Lo Blanch. Mantiene un blog diario, titulado “Palinuro”. (http://cotarelo.blogspot.com/) y su dirección en Twitter es @ramoncotarelo.
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Fotografía: Joan Safont,
EXTRAMUROS CATALUÑA Y LA IZQUIERDA ESPAÑOLA
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES
Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
EXTRAMUROS CATALUÑA Y LA IZQUIERDA ESPAÑOLA
RAMÓN COTARELO
tirant humanidades Valencia, 2019
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© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-17706-18-0 MAQUETA: Tink Factoría de Color
Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicasde-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf
ÍNDICE PRÓLOGO...................................................................................... 9 I. IGNORANCIA............................................................................ 17 El internacionalismo como pretexto.............................................. 17 El nacionalismo como realidad...................................................... 23 La transición, aquel relato salvífico................................................ 28 La post-transición............................................................................ 36 Melindres constitucionales............................................................. 42 Ni nación ni imperio........................................................................ 47 ¿De quién es la República?.............................................................. 54 II. DESPRECIO............................................................................... 61 El referéndum anticatalán............................................................... 61 El proyecto de estatuto y la sentencia del Tribunal Constitucional. 67 Som una nació, nosaltres decidim................................................. 70 Los infundios etnicistas y el veneno de la diversidad.................. 73 Altruismo vs. egoísmo..................................................................... 81 III. COMBATE................................................................................ 89 Por un lugar al sol............................................................................. 89 El episodio de los presupuestos de 2019....................................... 96 Aquesta gent tan ufana i tan superba............................................ 99 Llegan los intelectuales.................................................................... 103 Comunicación y política as usual en España............................... 105 El terror a la caída............................................................................ 109 La izquierda que se quiere izquierda............................................. 112 IV. VICTORIA................................................................................ 123 Birth of a Nation............................................................................... 123 Una sociedad independentista....................................................... 130 Las redes............................................................................................ 135 El poder dual..................................................................................... 141 ¿Qué hay de la República?............................................................... 147 La ruptura.......................................................................................... 154 La República catalana en el mundo............................................... 164 BIBLIOGRAFÍA............................................................................. 167
PRÓLOGO La revolución en marcha en Cataluña desde 2006 aporta muchas novedades a la teoría política contemporánea. En especial a la de la izquierda en tres ámbitos concretos de muy distinto calado: a) un debate teórico tradicional sobre la izquierda y la cuestión nacional que se invoca por lo general en términos retóricos y cuya aplicación práctica está corroída por el oportunismo b) una dinámica social y política presente de sociedad capitalista desarrollada, postindustrial, con un uso eficaz de las tecnologías de la información y la comunicación (TICs); y c) un planteamiento independentista de carácter trasversal que supone una visión nueva del nacionalismo como ideología, que los analistas no han sabido captar en su complejidad y los políticos no están dispuestos a reconocer. En la historiografía española es costumbre abrir un hueco en las investigaciones al nacionalismo catalán, especialmente a partir del siglo XIX, cuando este se manifiesta y se desarrolla con evidente vocación política. La idea subyacente es que, en la historia de la entidad nacional por antonomasia, España, aparecía un dato que tímidamente cuestionaba la unicidad del sujeto nacional y abría perspectivas distintas de desarrollo o, dicho de otro modo y para formular ya uno de los postulados de este libro, Cataluña se evidencia como un dato más en la historia de España, pero, al tener sus propias dinámica y esencia, aparece asimismo como el venero de una intrahistoria del país. En consecuencia, un nacionalismo español indiscutible, de raíz jacobina, se acomodaba con unas concepciones girondinas, siempre que se mantuvieran en el terreno puramente literario y folklórico y no afloraran al de la historia propiamente dicho, esto es, el de la historia política. Se echaban así las bases de esa teoría académica sobre las dos clases de naciones, las “políticas” y las “culturales” que suelen invocar los políticos con fines partidistas, tácticos, del momento, para salvar los muebles. La teoría encuentra su formulación prístina en la obra de Meinecke, que ha ejercido una enorme influencia sobre las investigaciones posteriores acerca del nacionalismo (Meinecke 1911) y ha sido aplicada a España por diversos autores con distinta fortuna (Blas 1993: 13/14), si bien para algunos ha dejado de tener validez
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en Europa (Bastida 1998: 153) y, más específicamente, en España, (Caminal 2005). Una importación cultural que ha tenido el mismo mortecino recorrido que los demás préstamos del exterior de los que se alimenta el yermo ideario español y consideraremos en otras partes de este ensayo. Que la teoría nación política/nación cultural tenga dificultades de congruencia, pertinencia y verificabilidad es algo que preocupa a los académicos, gentes amargadas, pero no a los políticos, tipos optimistas, con la sonrisa siempre a flor de labios y el discurso grato a los oídos de cualquier audiencia. Tipos que hablan no para entenderse, sino para conseguir el aplauso, los votos, el poder a cuyo logro supeditan todo, incluida la decencia intelectual. Interrogado en una entrevista en Londres, en la BBC sobre si creía que Cataluña era una nación, el entonces ministro español de Asuntos exteriores, José Borrell, contradiciendo la doctrina oficial y la jurisprudencia de su país, dio por dos veces una respuesta afirmativa. En su viaje de vuelta a España o quizá antes, debió de arrepentirse en una muestra evidente de lo que los especialistas llaman el “síndrome de la escalera” y, apenas aterrizado, corrió a una emisora de radio a matizar sus palabras especificando que sí, que Cataluña era una nación “cultural”, en modo alguno política, lo cual le daría el derecho a constituirse en Estado1, aunque ni él ni nadie supiera muy bien por qué. Comprensiblemente, le entraban sudores fríos al pensar en el siguiente consejo de ministros del gobierno catalanófobo de Pedro Sánchez. Allí sentaba Borrell plaza de persona sumamente capacitada, con amplia experiencia, y catalán a la par que puramente español. ¿Cómo explicar que, quizá por vanidad, quizá por inexperiencia, se había dejado arrastrar a la insana teoría, a la anatematizada doctrina de Cataluña como nación, cultural, política o teológica? No hay que andar con contemplaciones en las redes, que son como las arenas movedizas para los prestigios impostados. El mismo personaje ya denunció un año antes haber sido estafado por unos ciberdelincuentes que le defraudaron 150.000 euros con una falsa inversión en una firma de 1
“Borrell matiza que ‘Cataluña es una nación cultural, pero no una nación política’”, en El Nacional.cat, 13 de septiembre de 2018. https:// www.elnacional.cat/es/politica/borrell-Cataluña-nacion-cultural-politica_304260_102.html. Consultado el 23 de septiembre de 2018.
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brokers, asunto en el que este supuesto genio es especialista2. ¿Qué correspondía hacer al verse ridiculizado otra vez? Profesar el más acendrado españolismo, eliminar toda sospecha de los castellanos viejos del gobierno sobre sus posibles proclividades catalanistas. ¿Cómo? Desautorizándose a sí mismo y dejando de paso perplejo al comentarista de la BBC, acostumbrado a la muy errónea y protestante idea de que las personas mantienen sus convicciones al menos durante veinticuatro horas. En el fondo, el contenido de este libro puede sintetizarse en esta peripecia borrelliana. Para la derecha española, aquí no hay más que una nación, España. El resto son regiones a las que, dados los errores del siglo, las contemplaciones a que obliga un enfermizo deseo de libertad (que, en realidad, es libertinaje) y la afición pseudoculta a los eufemismos, hay que llamar de formas complicadas, como “nacionalidades”. Así lo denunciaron en su día las voces más fieles al caudillo de España, Franco, cuando hubo que designarlas en el nuevo texto constitucional que había de garantizar la continuidad de la España eterna. Los espectros del franquismo bajaron de los luceros falangistas y se reacomodaron los cilicios del Opus para recordar que el sustantivo “nacionalidad” no era más que un subterfugio liberal-masónico para no valerse del término “nación”. Su empleo en el texto, con sus ladinos ecos pimargallianos, que entraba en cierta contradicción con la aceptación de la “nación” española solo ocultaba el taimado deseo de reintroducir en España las fracasadas fórmulas federales, la vieja fijación de la Antiespaña. Para la izquierda, en cambio y en principio, en España debiera haber tantas naciones como pueblos dispuestos a sentirse como tales y luchar por ellas. Pero no es el caso. Una serie de circunstancias que tratamos de desentrañar en la obra lleva a aquella izquierda a hacer causa común con la derecha en cuanto a las naciones no españolas se refiere. Según muchos autores, en realidad, esta aproximación de la izquierda a la derecha, este sumergirse de la primera en la segunda no se da solamente en la cuestión nacional sino en todas las demás: 2
“Borrell denuncia una estafa de 150.000 € a través de una falsa oficina de ‘trading on line’”, en El Confidencial, 14 de noviembre de 2016. https:// www.elconfidencial.com/espana/2016-11-14/borrell-denuncia-que-lehan-estafado-150-000-con-una-oficina-de-trading-falsa_1288995/, consultado el 23 de septiembre de 2018.
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la izquierda, aseguran, ha perdido la fuerza de su contenido y ha acabado admitiendo todas las ideas e ideologías de la derecha y ese sería el rasgo político más característico de nuestro tiempo. Exteriormente mantiene sus símbolos y colores pero internamente está habitada por el espíritu contrario. Como los cangrejos ermitaños, que habitan las conchas vacías de caracoles muertos Uno de los aspectos más llamativos y conocidos, pero menos estudiados de las relaciones sociales de comunicación es la asincronía de las ideas sociales en relación con los distintos grupos que las invocan. Algo que podría considerarse una “disonancia cognitiva” colectiva, valiéndonos del utilísimo concepto de Leon Festinger, pero aplicado a la comunidad. Más explícitamente: para la buena conciencia historiográfica española, la idea del nacionalismo catalán implicaba el renacimiento de un orgullo de la cultura catalana, una legítima recuperación de la lengua, como vertiente catalana de un fenómeno más o menos extendido en el siglo XIX en Europa, que tenía relaciones con el historicismo y el romanticismo pero que no suponía un intento de replantear las relaciones jurídico-políticas en el Estado en que se daba. Y así ha seguido considerándose más o menos desde entonces hasta ahora, cuando ya los nacionalistas catalanes hace tiempo que han pasado de la idea de nación cultural a nación política. El puente entre ambas naciones y, por tanto, ambos nacionalismos, es el llamado principio de las nacionalidades que suele ser característico del nacionalismo cultural en su aspiración por revestirse de una forma estatal (Blas 1994a: 60), pues, como dice Mancini, no es más que la fuerza que lleva a cada nación a tener su propio Estado” (Mancini, cit. Por Bastida 1998: 79). Pi i Margall lo daba por sentado y le atribuía el fundamento mismo de la forma estatal que no se cansó de proponer a lo largo de su vida: el federalismo, con el fin de dar “aixís á la vida nacional tota la rica varietat de que es susceptible una gran nació que, com Espanya, es un conjunt de nacionalitats.” (Pi i Margall 2010: 738). Tiempos todavía brumosos en que aún no se había roto la relación entre la nación y el Estado. Mancini se hacía eco de Hegel, inspirador último de la doctrina, cuando en sus lecciones sobre la filosofía de la historia recuerda que “los pueblos (las naciones) pueden haber tenido una larga existen-
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cia antes de alcanzar su destino, que es el Estado” (Hegel 1970: 82). Es el principio del nacionalismo político: “A cada nación un Estado: esta es la fórmula sintética del nacionalismo político, este es el hecho jurídico que se corresponde con el hecho social de la nacionalidad”, diría Prat de la Riba con bastante más conocimiento de causa y honradez intelectual que el ministro Borrell (Prat de la Riba 1998: 113). Que ello sea posible en términos prácticos o no, como acertadamente razona Gellner, quien augura que esto daría lugar a 800 Estados en la tierra de los 8.000 que podría haber (Gellner 1983: 48), es aquí irrelevante. Que haya 800 Estados en la tierra es tan indiferente como que haya dos o tres. El problema no son los Estados. El problema es la justicia hacia las naciones. Si las naciones consiguen alcanzar su objetivo hegeliano y convertirse en Estados es cosa que depende de multitud de factores en la historia, objetivos y subjetivos. Los objetivos son casi infinitos: condiciones físicas, materiales, correlaciones de fuerzas, etc. Los subjetivos también son muy variados, pero hay uno que sobresale por encima de todos los demás y es la voluntad colectiva de ser nación y Estado, manifiesta consistentemente a lo largo del tiempo por una porción considerable de la población. Porque el mundo, como quería Schopenhauer, es “voluntad y representación”. Tal es el caso de los catalanes que, por mayoría, han considerado que su movimiento ya no es “nacionalista” sino “independentista” y, por lo tanto, cuestiona la estructura jurídico-política del Estado en que vive. No hay coincidencia alguna entre el discurso catalán y el español porque este sigue anclado en un pasado que ya está muerto y el otro aguarda impaciente la manifestación de la independencia. En este campo, los españoles tiran para atrás, para el siglo XIX y los catalanes para adelante, para el siglo XXI. No nos entretendremos en estos aspectos más generales que ya hemos tratado en otros textos (Cotarelo 1989; 2006; 2013) sino que nos concentramos en la cuestión de las relaciones entre la izquierda y el nacionalismo y más específicamente, de la izquierda y el independentismo catalán. Trataremos de analizar cómo ha enfocado este el camino de su realización y cómo ha recibido aquella el auge del republicanismo, cómo se han relacionado entre sí con grandes dificultades y cómo, por último, han acabado enfrentados.
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En cuanto movimiento práctico, real, el independentismo catalán suscita las habituales reacciones con que las sociedades establecidas acogen las innovaciones y que, en definitiva, no se diferencian gran cosa de la forma inercial en que cualquier organización compleja (empresas, iglesias, instituciones, mercados, organizaciones revolucionarias) se enfrenta a toda innovación: primero la ignora, después la desprecia, luego la combate y, por fin tiene que admitirla. Los políticos de todo color suelen citar una expresión apócrifa falsamente atribuida a Gandhi para explicar el éxito de su movimiento de Satyagraha que vendría a decir: “primero te ignoran; luego se ríen de ti; después te combaten; entonces has ganado”. Lo han hecho Trump, Bernie Sanders, Hillary Clinton y muchos otros. Gandhi no parece haber dicho tal cosa jamás, como se demuestra en la página Misattributed3. Pero, se non e vero, e ben trovato, porque retrata un comportamiento social universalmente observable. Y, si no a Gandhi, sí puede atribuirse una observación similar sobre la recepción de los partidos políticos en el Estado constitucional al iuspublicista alemán Heinrich Triepel, quien detectaba cuatro etapas en el proceso de integración de aquellas nuevas realidades partidistas en el majestuoso orden del derecho público alemán: rechazo, ignorancia, reconocimiento/legalización y legitimación o constitucionalización (Triepel 1927: 8), y que vienen a parecerse a las atribuidas a Gandhi. Esta ha sido la reacción española ante el independentismo catalán de nuevo cuño, entendiendo por tal el que arrancó del penoso episodio del Estatuto de 2006. Nos limitaremos a reflexionar sobre la parte que toca a la izquierda en dicha reacción. Adelantamos el otro postulado de este libro: la revolución catalana ha destruido la izquierda española, tanto la socialdemócrata como la de raíces comunistas o neocomunistas (Podemos en sus variadas formas), que no han sabido articular una posición propia frente a ella distinta de la del nacionalismo español más tradicional. Para algunos autores, esta posición probablemente contiene una generalización excesiva. Sin duda, se admite, el independentismo catalán ha provocado una profunda crisis de la izquierda española, incapaz de mantener sus pronunciamientos favorables al derecho de 3
Accesible en: https://www.snopes.com/fact-check/first-they-ignore-you/, acceso en 1 de abril de 2018.
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autodeterminación de las naciones en España de los años setenta. Pero no su desaparición. Antes bien, supone un criterio muy oportuno para distinguir entre una izquierda que ha dejado de serlo para sumarse a la derecha en este contencioso y otra que se ha mantenido fiel a sus principios, una verdadera izquierda que defiende el derecho de autodeterminación abandonado por la otra (Talegón 2017), o eso parece. También cuestionamos la integridad de esta izquierda que brilla por su ausencia. Su defensa del derecho de autodeterminación supeditado a un pacto con el Estado que lo niega es una falsedad. El problema de esta distinción, que excluye a las dos corrientes tradicionales de la izquierda española, la moderada y la radical, es ubicar en concreto a esa otra izquierda española partidaria sincera y desinteresada del derecho de autodeterminación de los catalanes. Seguramente podrán darse individuos y personalidades aisladas que lo defenderán, pero resulta difícil, por no decir imposible, encontrar asociaciones, organizaciones, partidos, en definitiva, entes colectivos españoles (no nacionalistas gallegos o vascos que, ya se sabe, son partes interesadas) que apoyen el derecho de los catalanes a declararse independientes con independencia de lo que el Estado tolere. Al menos, el autor de este libro solo conoce a media docena. Según algunos autores, los neocomunistas de Podemos sí lo hacen. Tendremos tiempo de tratar este asunto, pero ya podemos adelantar que no es cierto. Hasta donde llega nuestra información, en esta organización, que se quiere heredera del movimiento de los indignados, hay dos tendencias enfrentadas en este asunto: una, probablemente mayoritaria, típicamente nacional-española y otra, minoritaria, los seguidores de la corriente “anticapitalista”, de raíz trostkista, partidaria del derecho de autodeterminación de los catalanes. La primera se aferra a una concepción única, tradicional, de la nación española que solo se distingue de la de la derecha en asuntos contingentes. La segunda se remite a una perspectiva internacionalista sobre la que volveremos en capítulos posteriores compartida en teoría por toda la corriente pero nunca aplicada en la práctica. En el centro, en una actitud de equilibrio que no pasa de ser ambigüedad al servicio de un oportunismo desaforado, la organización reconoce que, si en un referéndum de autodeterminación, los catalanes decidieran por mayoría separarse de España, habría que respetar esa decisión. Para subrayar su espíritu izquierdista, Podemos se
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declara partidario de un referéndum de autodeterminación en Cataluña pactado con el Estado. La trampa de esta propuesta, es que la organización sabe que nunca será posible pactar referéndum alguno de autodeterminación con el Estado español. Como quiera que Podemos, en conjunto, excluye expresamente la vía unilateral, está muy puesto en razón clasificar a esta supuesta “verdadera” izquierda en el bloque español contrario a la autodeterminación de los catalanes. No está diciéndose aquí que la izquierda no haya querido nunca ocuparse del independentismo catalán. Sería absurdo, dado que este ha estado presente desde fines del siglo XIX y ha adquirido una importancia determinante a partir de los comienzos del XXI. Pero lo ha hecho siguiendo en buena medida la periodificación de Triepel que señalábamos más arriba. Y es valiéndonos de ella como analizaremos la evolución de las relaciones mutuas, siguiendo el modelo ideal de ignorancia, desprecio, combate, victoria.
I. IGNORANCIA El internacionalismo como pretexto La izquierda española nunca había abordado el nacionalismo catalán como una opción política que la afectara, sino, todo lo más, en tanto que objeto de estudio histórico que se agotaba en la doctrina marxista tradicional del nacionalismo como ideología burguesa. Esta no hacía mella en el sujeto revolucionario ni en su administradora la izquierda, ambos, por definición, internacionalistas. Para bien o para mal (puesto que no hace entera justicia a la obra de Solé Tura, que es más matizada y compleja), es la idea predominante entre los lectores comunistas o neocomunistas estilo Podemos del ya clásico libro del profesor catalán, miembro del PSUC y ministro de Cultura del Gobierno de Felipe González entre 1991 y 1993 (Solé Tura 1967), completada años después con una visión más práctica y menos dogmática, tras haber pasado el autor por la ponencia que redactó la Constitución de 1978 (Solé 1985). Un punto de vista también compartido en buena medida por los socialdemócratas. Ambos, socialistas y comunistas han ido organizándose prácticamente de diversas formas y siempre han tenido presencia holgada en Cataluña, cada una en sus dimensiones, pero sin preocuparse gran cosa por el nacionalismo y el independentismo. No les interesaban desde el punto de vista práctico del apoyo electoral y se sentían confortables desde el teórico atribuyendo el nacionalismo a la “peculiaridad” catalana. Tenían que compartir el terreno con otras izquierdas de ámbito exclusivamente catalán, como ERC, pero se consolaban pensando que estas nunca conseguirían relevancia por cuanto el juego político catalán era preponderantemente español. Una consideración desapasionada (y es difícil) del caso catalán pone de manifiesto que el análisis es insuficiente. y que esta tradición ha de encontrar otras respuestas no dogmáticas a la cuestión nacional. En todo caso, bien se puede, cuando menos, recordar que, según el punto de vista de Lenin, la posición de cada cual es determinante en el juicio que se forme, de modo que el nacionalismo de los opresores es siempre reaccionario y el de los oprimidos siempre re-
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volucionario. Aunque tampoco será excesivo preguntarse si merece la pena que una izquierda, incapaz de definirse a sí misma, mantenga la sospechosa categoría de “cuestión nacional”. O quizá haga mejor enfrentándose a cada “cuestión nacional” como algo específico, único, sin recurso a plantilla o modelo algunos y tratando de adaptar sus doctrinas a las conclusiones del enfrentamiento. (Staniĉić 2018). No hay una categoría “cuestión nacional” que luego se vista con los colores de una u otra bandera sino que hay tantos procesos de construcción nacional como banderas. La sospecha es si, por debajo de los dogmas sobre la cuestión nacional no habrá un intento de mantener la situación de feliz ignorancia. El nacionalismo provoca distintos conflictos teóricos en la izquierda según sus circunstancias históricas concretas. La tradicional consideración del nacionalismo catalán (de espíritu probadamente pactista) deja paso a la conversión de este en independentismo. Y el independentismo de la izquierda catalana genera tal desconcierto en la española que esta prefiere ignorar los hechos y los acontecimientos. Para no tener que interpretarlos. Claro está que la aplicación de estereotipos no ayuda en absoluto a entender fenómenos nuevos. Pero tampoco suelen invocarse con esa finalidad, sino con la de justificar una actitud de desinterés por el fenómeno nacional de que se trate y, en definitiva, de ignorancia. ¿Acaso la izquierda no es internacionalista? ¿Cómo va a caer en la trampa de una acción movida por estrechos intereses territoriales y aventuras de clase? ¿Cómo va a olvidarse de que el proletariado no tiene patria? El nacionalismo, el patriotismo son instrumentos de la lucha de clases; instrumentos de la burguesía. El izquierdista nacionalista, en el fondo, no es un verdadero izquierdista. El internacionalismo es nuestro horizonte y rechazamos la erección de nuevas fronteras, exclusiones, muros, limitaciones. En esto de la dinámica universal y la arcádica desaparición de muros y fronteras, la izquierda puede llegar a ser tan cargante y cursi como la más desvergonzada derecha hablando de los “muros de la patria mía”. El internacionalismo es una formulación cosmopolita, que tiene sus raíces en el estoicismo y culmina en Kant y sus ideas sobre la paz perpetua y la justicia universal. El internacionalismo restringiría la cosmópolis al principio a la clase de los trabajadores del mundo.
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Posteriormente, a medida que los análisis sociales se hacían más refinados, pero no por ello más certeros, el círculo de los admitidos se ampliaba a las “clases medias” (cuyas fronteras son absolutamente porosas como todo lo que está en medio) y, por último solo debe quedar ese uno por ciento de personas del mundo que, probablemente, lo poseerán casi por entero. Llegados a estos extremos el internacionalismo no ha avanzado ni un milímetro sobre el cosmopolitismo kantiano. La izquierda que pretexta el internacionalismo para ignorar y despreciar el independentismo, en realidad solo invoca un nombre, nada con existencia real ni tampoco especialmente bien razonado. Un artículo de explícito título (aunque anclado en el viejo mundo del “nacionalismo”): Es incompatible ser de izquierda y ser nacionalista, constituye un buen muestrario de las dificultades de la izquierda en este brumoso territorio. El autor comienza con buen pie reconociendo que el nacionalismo es un sentimiento y no una ideología (que se articula a base de argumentos y datos) y por lo tanto, es ajeno al mundo de “lo racional”. Al margen de lo problemático de la concepción de ideología, el asunto estaría resuelto: cada cual puede tener los sentimientos que quiera, las izquierdas, como las derechas, las centrales como las periféricas. Nada más que hablar. Pero se sigue hablando y ya no tan atinadamente: la izquierda verdadera mantiene su internacionalismo incluso cuando hace suyos determinados nacionalismos, como el de la Revolución francesa o el del proceso de descolonización del siglo XX. Esta izquierda es verdadera porque es internacionalista. En cambio, la izquierda independentista catalana no es verdadera izquierda porque es nacionalista. La diferencia radica en la lealtad al principio de igualdad, fundamento mismo de la ideología de izquierda según criterio universalmente admitido de Norberto Bobbio (Bobbio 2009). Pero no es evidente. No es evidente que una izquierda que se considera internacionalista (y, de paso, niega el derecho de otra(s) izquierdas a considerarse tales) haga más por la igualdad en cualquiera de sus manifestaciones que esa(s) izquierda(s) nacionalistas (Villalba 2017). Se trata de una izquierda cosmopolita, que vive en el mundo de hoy como izquierda española en aportación a un discurso internacional del espíritu crítico, rebelde, revolucionario, pero sin hacer nada concreto
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por ponerlo en práctica. El cosmopolitismo es puramente contemplativo. Por más que la izquierda española reitere que no es nacionalista, su marco conceptual y el de prácticamente todas las tendencias políticas actuales, es el nacional y lo ha sido siempre. Como prueba puede aducirse el modo en que esta izquierda cosmopolita entiende y rechaza los nacionalismos de izquierda antes llamados “periféricos” en España y el juicio antinómico en el que incurre. La izquierda española no acepta que haya otra articulada en un nacionalismo no español. Pero, al mismo tiempo, al encastillarse en su “no nacionalismo” internacionalista, no puede basar su posición en una defensa de la nación española. Y esa es la antinomia que es incapaz de resolver de forma racional. Lo intenta entonces de forma irracional por dos procedimientos, el de la demonización y el de la idealización. El primero es un clásico en el mundo de la crítica de la ideología. Consiste en criminalizar todo el nacionalismo y, por tanto, también el independentismo, siempre que no sea el propio que, desde luego no se reconoce. Todo nacionalismo presenta rasgos identitarios y xenófobos. Este enunciado no es deductivo, sino inductivo; no es racional, sino empírico. Tiene la fuerza de la estadística y la debilidad de las inevitables excepciones. Desde luego, afirmar tal cosa de la CUP o ERC roza la estulticia, cuando no la villanía. Para evitarlo la crítica se dirige a otras corrientes y tendencias a las que, por razón de la mecánica política habitual sea más verosímil tildar de estas proclividades. Es imposible acusar de xenofobia y racismo a la izquierda catalana pero resulta verosímil cuando la acusación se dirige a la derecha nacionalista o independentista, en parte porque se han presentado casos en el pasado. La ventaja de esta forma de proceder es la misma que la de la amalgama estalinista: si el nacionalismo burgués pudo ser en el pasado racista y xenófobo o incluso lo es en el presente, también lo será el de izquierda porque, al fin y al cabo, nacionalismo es y aliados están. Fue muy sonado el escándalo que el nacionalismo español organizó acusando a Jordi Pujol de racista por un pasaje en un libro de 1958, hoy inencontrable, titulado L’inmigració: problema i esperança de Cataluña, que su partido, CDC, reeditó en 1976, aunque parece tan inencontrable como el otro. El párrafo en cuestión rezaba: «El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es, generalmente, un hombre poco hecho, es un hombre que hace cientos de años pasa hambre y