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reflejos de la toga

Carlos A. Capa entrevista a abogados y abogadas singulares

tirant lo b anch Valencia, 2011


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© carlos a. capa y otros

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Para MarĂ­a del Mar, ejemplo de valores, gutta cavat lapidem, non vi sed saepe cadendo Para Irene, Sergio y Alma que llenan de tinta la pluma con la que escribo la vida


Agradecimientos A Salvador Vives y la Editorial Tirant lo Blanch A Natalia Sanmartín, a Lola Fernández, Pablo Monge y todo el equipo de CINCO DÍAS A todos y todas los que me han concedido su tiempo para ser entrevistados


Índice Prólogo..................................................................................................... Prefacio....................................................................................................

13 15

Un veterano con espíritu de joven promesa..............................................

23

Por un asesor de lo social con raíces de olivo...........................................

27

Una abogada de vocación en busca de la justicia....................................

29

El cliente valora la cercanía a su abogado................................................

31

Eficiencia en derecho es dar soluciones integrales....................................

35

Planta de roble, alma de drago.................................................................

37

Lo contencioso no quita lo cordial...........................................................

39

Un british en la Castellana........................................................................

41

El discreto encanto del derecho preventivo...............................................

43

La mejor defensa se basa en la confianza.................................................

45

De cómo estar cerca de tus clientes (y amigos).........................................

49

Alta cocina jurídica: entre deconstrucciones y fusiones............................

51

Un abogado con cientos de jefes: sus clientes..........................................

53

Una travesía legal segura para alcanzar nuevos puertos............................

55

Una abogada flexible para la gente normal..............................................

59

Defender la ley para proteger a tus clientes..............................................

63

Un espíritu innovador y flexible ante el reto global..................................

65

Nota final................................................................................................. Addenda...................................................................................................

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Prólogo En las “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar dice el emperador romano: “Tengo que confesar que creo poco en las leyes. Si son demasiado duras, se las transgrede con razón. Si son demasiado complicadas, el ingenio humano encuentra fácilmente el modo de deslizarse entre las mallas de esa red tan frágil. El respeto a las leyes antiguas corresponde a lo que la piedad humana tiene de más hondo; también sirve de almohada a la inercia de los jueces. Las más remotas participan del salvajismo que se esforzaban por corregir; las más venerables siguen siendo un producto de la fuerza. La mayoría de nuestras leyes penales sólo alcanzan, por suerte quizá, a una mínima parte de los culpables; nuestras leyes civiles no serán nunca lo suficientemente flexibles para adaptarse a la inmensa y fluida variedad de los hechos. Cambian menos rápidamente que las costumbres; peligrosas cuando quedan a la zaga de éstas, lo son aún más cuando pretender precederlas. Sin embargo, en esta aglomeración de innovaciones arriesgadas o de rutinas añejas, sobresalen aquí y allá, como sucede en la medicina, algunas fórmulas útiles”. Esas “fórmulas útiles”, imprescindibles para la cívica convivencia, no lo serían de no mediar entre los textos legales y los ciudadanos los profesionales que las estudian, las aplican y las explican, las corrigen y/o las cambian desde el poder legislativo. Sus métodos de trabajo, sus problemas laborales, las adaptaciones profesionales que requieren las novedades que suponen asuntos como las nuevas tecnologías de la comunicación o la globalización, por poner un par de ejemplos de hasta qué punto han cambiado los tiempos, imponen nuevos métodos, ritmos y relaciones que jamás hubiera sido capaz de imaginar el gran emperador romano. Así, la recopilación de las entrevistas realizadas a los profesionales del mundo jurídico por el periodista Carlos Capa para el diario económico Cinco Días contribuye a clarificar conceptos, a


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explicar problemas cotidianos de los ciudadanos, otros de carácter laboral u organizativo de los profesionales, a difundir las nuevas relaciones laborales entre el clásico despacho de abogados, tal y como lo hemos conocido durante años, y las concepciones más novedosas de los gabinetes jurídicos especializados. En definitiva, a acercar el mundo legal, con sus problemas y peculiaridades, a quienes tienen que someterse a él. Se trata de un modesto, pero no por ello menos interesante y profundo, acercamiento de los profesionales de la vida jurídica a los ciudadanos a través del perspicaz ojo observador del periodista, un intento de contribuir a eliminar barreras y prejuicios, de divulgar novedades legislativas, resolver dudas y, finalmente, ampliar horizontes.

Rosa Estévez Echevarría

Periodista especializada en información económica y profesional Premio Cossio de comunicación


Prefacio Cuando el Director de la editorial Tirant lo Blanch, Salvador Vives, me trasladó la idea —que pasó de tal al papel de forma fulgurante— de participar en la elaboración de un nuevo suplemento jurídico para el decano de la prensa económica española, el prestigioso diario Cinco Días, se produjo una tormenta de ideas en mi cabeza que, a diferencia de la provocada en sesiones de formación o estrategia entre directivos, no traspasó el humilde espacio de mi testa. Afortunadamente el talento y envidiable oficio de Natalia Sanmartín, jefa de la sección de Vida Profesional entonces, jefa de opinión hoy y buena amiga siempre, puso en orden las ideas y ya vamos camino del segundo cumpleaños de tan acertado proyecto. Una vez encarnado en papel el espíritu del suplemento, se quiso que albergara un espacio para visualizar a lo que hemos denominado pequeñas firmas sin darle al término más límites que los del contexto y el espacio. Obviamente lo que en Madrid es pequeño en Zamora puede ser principal, y quien se vea grande en Fuerteventura probablemente esté difuminado en Barcelona. Esta usado el adjetivo en el sentido próximo y cercano que impregna el contenido de las entrevistas aquí transcritas. Decía el político y abogado Ángel Ossorio en su libro El alma de la toga, afamada obra que sigue siendo parte de la formación de muchos estudiantes de Filosofía del Derecho y de Práctica Jurídica, que el abogado “no es un licenciado en Derecho (…) sino la persona que dedica su vida para abogar por otra, ejerciendo la profesión de manera continua e ininterrumpida”. Es decir, un experto vocacional, que se alimenta de valores y principios que superan la mera destreza en el ejercicio profesional. No han cambiado mucho las cosas desde que el jurista y embajador publicará su obra en 1919 y la experiencia, francamente enriquecedora,


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acumulada en esta veintena de entrevistas permite decir que estos grandes abogados y abogadas de pequeñas firmas se alimentan de ese espíritu. “Previsión, serenidad, amplitud de miras y de sentimientos” cita Ossorio entre las cualidades que deben estar escritas en el frontispicio del abogado para no convertirse en “un desventurado mandadero”. A fe cierta que ninguno de los aquí retratados lo son, sino más bien ejemplos de personas entregadas a una actividad que les enriquece más cuanto más consiguen hacer por otros, por sus clientes, sus “verdaderos jefes”, en atinada expresión de uno de los entrevistados. Horarios interminables que trascurren entre el Tribunal y el despacho, siete días laborables para acabar demandas o reconvenciones, vida social dependiente de un señalamiento imprevisto o lecturas furtivas en insospechados rincones para actualizar conocimientos forman parte del relato diverso pero continuo que los letrados desgranan al entrevistador sin adornarlo de victimismo. En la elaboración de una de esas grandes recetas de la gastronomía varios son los ingredientes que conforman el plato, muchas sus variantes de una región a otra, o diversas sus formas de tratarlos pero siempre hay algunos imprescindibles, que hacen su identidad reconocible y sin los cuales no sería lo que se pretende ofrecer al comensal. Es difícil poder describir a ninguno de estos abogados y abogadas sin reconocer el alma de su toga sazonada de los valores de libertad e independencia. Intentar extraer de todos estos profesionales un pequeño dibujo de su “alma profesional”, —indisolublemente unida a su espíritu personal—, en el breve tiempo de una entrevista acomodada a esa siempre imprevisible y repleta agenda del abogado choca con el primer obstáculo del sólido sentido de la discreción, del secreto profesional. No diría recelo, ni desconfianza sino la sana prudencia, el espíritu de protección no ya de ellos y ellas, sino de sus clientes que ha estado presente en nuestras conversaciones. “Como te lo diría”, “esto no lo escribas”, “no quisiera que se me malinterpretara”, “podría —condicional nunca llevado a tiempo presente— decirte quien, pero no sería adecuado”, rebotan rei-


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teradamente en la grabadora imaginaría. Y a pesar de esto, todos ellos, como observará el lector o lectora de lo escrito y de lo sugerido, muestran su espíritu, sus convicciones y su personalidad profesional con nitidez incuestionable. Penalistas, mercantilistas, abogados de familia, laboralistas…. abogados siempre. Es cierto que cada uno y cada una de los y las que aquí se retratan con esta cámara Kirlian virtual que es el ojo periodístico hacen virtud de su especialidad, —incluidos los pocos que siguen apostando por un ejercicio generalista de la abogacía—. Cada uno la ha escogido porque fortalecía el sentido vocacional de esta milenaria profesión, pero ninguno confunde la parte con el todo. Nadie se define como criminalista o concursalista antes que como abogado. Eso es lo primero y dentro de ello una razonada inclinación hacia la especialidad que mejor colma su interés. A pesar de ello describe fiablemente esas almas de abogado la indisimulada pasión que manifiestan por su espacio propio. “No se puede dejar indefenso al ciudadano ante la Administración”, dice uno ante la quizás brusca afirmación retórica de lo supuestamente “tedioso” del Derecho Administrativo. “Un divorcio contencioso puede provocar daños emocionales importantes propios y ajenos, debemos buscar el acuerdo hasta el agotamiento, aunque nos cueste”, dice otra cuando charlamos de los divorcios exprés y sus ofertas en Internet. Ah! Internet, las nuevas tecnologías, las TIC…. peliaguda cuestión pensé cuando preparaba los contenidos de estos perfiles. ¿Qué tal se llevan los abogados con el mundo electrónico?, ¿será cierto que les repelen los ordenadores como al demonio el agua bendita? … Pues no. El ejercicio de la profesión de abogado tiene casi todo de vocacional, una cierta parte de tradición —aunque la mayoría de los que aquí aparecen aseguran no tener antecedentes “genéticos” que les indujeran al camino de la toga— pero sobre todo mucho de estar en su tiempo. Es cierto que se dan espacios de convivencia entre lo clásico, incluso lo vetusto, y lo actual, pero desde luego ningún profesional de la abogacía vive en otro mundo que no sea este. “Me gusta levantar la vista en mi despacho y ver


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todos esos libros en la pared, me da seguridad” me contaba uno de nuestros protagonistas mientras jugueteaba con un iPhone 4 entre las manos. Modernas bases de datos electrónicas que permiten acceder —y ayudan a escoger— en minutos la jurisprudencia que se necesita para afianzar una demanda o defender a un cliente en juicio o innovadoras bibliotecas digitales que consiguen el sueño de muchos letrados; tener una biblioteca de cientos de obras, —debemos leer y siempre estar al día, el abogado debe invertir su dinero en libros, sugiere nuestro amigo Ossorio—, pero ocupando el espacio de las 21 pulgadas de una pantalla de ordenador. Todo ello y más forma parte de la actividad cotidiana de los abogados del Siglo XXI. Y ya que estamos enredados en las nuevas tecnologías no podemos obviar el nuevo ágora global que nos han construido las redes sociales. Y sí, aquí estos abogados a los que hemos intentado extraer una pincelada de su esencia, también tienen algo que decir. División de opiniones diríamos en lenguaje taurino aunque más ajustado a la generalidad sería el todos quietos hasta ver que diría un maestro del Mus. Del abogado bloguero al letrado que no ha pasado a la telefonía móvil integral hay una escala casi completa entre los entrevistados. Ninguno indiferente, casi todos precavidos y algún “lanzado” que no quiere que el futuro le pase de largo define el perfil 2.0 de esta muestra no por aleatoria poco representativa de nuestras togas. Tiempos de cambio en la abogacía, como lo son también en la sociedad. Puede que cambios más bruscos que los que se daban por la lenta evolución en tiempos pasados, pero acogidos con espíritu de adaptación, de estar en el tren de la vida para cumplir su importante función social. La austera placa, a veces con letra no apta para la presbicia, ha sido sustituida por interactivas páginas web y la captación de clientes por el boca a boca, sino trocado al menos compartido con otras técnicas de marketing comercial al uso. Y en eso están, unos confiando en los tradicionales valores seguros y otros dejándose seducir por herramientas de promoción que llevan al servicio de otras profesiones largo tiempo pero que, hasta ahora, no habían traspasado el umbral de los bufetes. “Mi mejor publicidad son mis clientes, ellos son mi reclamo”, conven-


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cida y compartida opinión de varios no excluye la de “hay que estar presentes en donde la gente busca, hay que dejarse ver para que te conozcan”. La abogacía es una profesión dinámica, lo ha sido siempre y en permanente adaptación. Si todo fluye, nada permanece como Heráclito decía después de escuchar al Oráculo, cómo no van evolucionar los que se dedican a algo tan cambiante como las leyes que regulan una sociedad que por su propia existencia está sometida al cambio. Pero que sean de su tiempo no significa que no conserven en su personalidad, en su alma profesional la presencia del éter inmutable que durante siglos ha ido definiendo ese alma de la toga del que nos habla nuestro colega Ossorio. Independencia, confidencialidad, rigurosidad, compromiso, afán de servicio…. Y como no, indisolublemente unido a ese ejercicio liberal de una profesión, la competencia. Un sentido sano de la competencia que transpira cuando estos abogados y abogadas hablan de sus colegas; ninguno expresó el habitual y tampoco peyorativo adjetivo de competidor, de frecuente uso en el lenguaje profesional. Y legítimamente podrían, pero no. “Somos compañeros. Defender a mis clientes lo mejor que pueda no incluye olvidar la ética profesional” me decía una joven abogada coincidiendo con el decálogo del escritor y jurista madrileño, busca siempre la justicia por el camino de la sinceridad. No es que estos pequeños no quieran ampliar su cartera, llevar más casos, minutar con más profusión. ¡Claro que si!, pero sin perder esas esencias de la cortesía profesional como la, para otros trasnochada, petición de la venia. La reciente adaptación a nuestro ordenamiento de las directivas sobre liberalización de servicios y competencia de la Unión Europea ha abierto espacios antes clausurados para el ejercicio de la abogacía como la libre oferta prestación de servicios en el territorio nacional. Pasado ya un tiempo razonable de vigencia de las nuevas normas no parece que se haya producido el desconcierto que algún agorero vaticinaba. Así como se aplica el principio iuris novit curia al tribunal, el mercado jurídico parece que aplica el principio de confiar en letrados que conozcan cercanamente el espacio dónde


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se sustancian sus asuntos. Estas novedades han producido, en la común opinión de los entrevistados, un efecto positivo. “Se ha roto el esquema despacho grande para cliente grande; despacho pequeño para pequeño cliente” dice un letrado no capitalino, y “ahora competimos todos por todo y cada uno pone en valor las cualidades de su modelo de despacho”. Lo que, contrario sensu, supone también que los grandes también descubren nuevos espacios dónde antes no desplegaban su oferta de servicios. El tiempo nos dirá si “esto nos llevará a agruparnos, a cooperar,” como dice uno, o por otro lado, “nos dejará más oportunidades a los que tenemos fieles carteras”. De ideología sí hablamos, de política también. De opciones partidarias, de soluciones políticas nominales. De lo público y de lo privado, y de su relación entre si, que unos quieren equilibrada y otros prevalente en una u otra opción. De los límites del derecho a la información, de la pena de banquillo, de la políticas económicas o del reparto de competencias entre las administraciones del estado autonómico que articula la Constitución. También de políticas de mayor afección al colectivo; el acceso a la abogacía, la regulación de la colegiación, la fiscalidad del sector legal,… obviamente ninguno de estos abogados está etiquetado, pero de sus opiniones, perfiles silueteados, deducimos sus mayores o menores simpatías. Diversas, no uniformes, como la sociedad. No es este un colectivo etiquetable. La abogacía no es de tal o de cual, erraría quien quisiera vestir de ideología uniforme, y más de partidismo, a un colectivo tan plural y, sobre todo, con tanta independencia de criterio. Eso sí es unánime en este trabajo: nadie quiere ser deudo más que de su propio juicio. Simpatías sí, pero no seguidismo. Dicen las crónicas que fueron los excesos verbales y la agresividad de Calpurnia la que llevo a los magistrados romanos a dictar una ley prohibiendo el ejercicio de la abogacía a las mujeres. Dice el sentido común que la discriminación sobre la mujer busca siempre fáciles excusas para alcanzar su repudiable propósito. Desde luego no por injusto ha sido breve lo dispuesto en Roma y la vigencia de tan injustificada prohibición perduro durante veinte siglos.


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Hoy, y los testimonios de las abogadas que aquí se exponen lo confirman son ellas, las mujeres, uno de los más sólidos elementos de la profesión. Las facultades de Derecho se nutren en gran medida de ellas y en el ejercicio profesional, con las excepciones correspondientes, van alcanzando a ritmo agigantado lo que tanto tiempo la sinrazón les negó. “No me he sentido discriminada por ser mujer en la abogacía” expresa con la autoridad de la experiencia una de ellas “pero si es cierto que las mujeres en la sociedad tienen que superar barreras o asumir cargas que los hombres no tienen. Es un problema social, no entre abogados”. En definitiva encontrará el lector siluetas de cabezas bien amuebladas de ideas —unas en librería de ébano y otras en formato digital, pero todas con personalidad y rigor— que han hecho de su vocación un oficio que viven con pasión pero sin ofuscación. Con orgullo pero sin soberbia y también con sentido del humor. Humor, es cierto, que requiere sintonizarse en una frecuencia propia. Es la mirada al espejo otra forma de visualizar el alma. Que mejor vidrio para asomarse a la personalidad de un abogado que verlo en el reflejo de sus clientes. Para todos y todas, lo primero. No llegaríamos a decir que en la salud y la enfermedad pero si en el deseo de establecer con ellos una confianza de amplias miras. Miman a sus clientes. Incluso cuando pasan por una mala situación económica —“hay que ser paciente, soy su abogado desde hace mucho”, afirma uno con más convencimiento que resignación—, cuando se empeñan en querer hacer el trabajo del letrado “hasta me han traído redactada la demanda” se quejaba no sin cierto humor otro o también en las ocasiones en que quieren ver gigantes donde el experimentado ojo de nuestros togados protagonistas sólo ven molinos. Cuando un hombre pide justicia es que quiere que le den la razón, me recordaba otra citando a Santiago Rusiñol. Detengamos aquí la introducción para, con su venia, dar la palabra a los protagonistas, a los entrevistados. Despidamos también a nuestro acompañante Ossorio con una de sus reflexiones —otras como las de la conveniencia de casarse para ser buen abogado las dejamos al libre criterio de cada cual—. “Ten fe en la razón, que


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acaba prevaleciendo” que sin olvidar, como decía Stendhal “con las pasiones —y para ellos ser abogado es la suya— uno no se aburre jamás.


Un veterano con espíritu de joven promesa LUIS ZUMALACÁRREGUI

Socio fundador de abogados Santa Bárbara

Luis Zumalacárregui es fundador y socio más antiguo de Abogados Santa Bárbara, despacho profesional en la madrileña plaza del mismo nombre se dedica principalmente al derecho social. Hace visible esa rara cualidad de estar pendiente de varias cosas sin que uno perciba disminución en la atención que le dedica y en el oficio de perfecto anfitrión. Ejerce la profesión desde 1977, siempre en el ámbito laLuis Zumalacárregui (Foto Pablo Monge) boral, y ha sido profesor asociado en la Universidad Carlos III de Madrid, y colabora continuadamente con las publicaciones especializadas en las relaciones jurídicas en el mundo del trabajo. Nos ofrece la visión del ejercicio de la abogacía desde un pequeño despacho de 8 profesionales, que debe desenvolver su actividad profesional superando las dificultades propias de un bufete de esas dimensiones. Estás son, principalmente, según Zumalacárregui, tener que afrontar gastos estructurales de funcionamiento muy altos y constantes, mientras que los ingresos son más aleatorios, no son fijos ni con una periodicidad indubitada. Esto genera una gran incertidumbre y, a veces, situaciones complicadas en el ámbito de la gestión económica de los pequeños despachos. Por otra parte, se-


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