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COLUMBRETES


Me voy a Columbretes. Es un diminuto archipiélago a 28 millas náuticas de mi puerto. Eso son unos 50 km mar adentro. A la velocidad media de Tashtego a vela, supone entre seis y siete horas de travesía. Hay que preparar provisiones para la ida, para la estancia de un día y su noche y para la vuelta. Fondear en su isla más grande es un placer surrealista. Nunca me he explicado qué hace eso ahí. Está más o menos a 1/3 de la distancia que me separa de Ibiza, aunque no en rumbo directo. Me vendrá muy bien para pasar la noche cuando decida ir allí.


Lo primero que tengo que hacer es la lista de la compra: •  6 litros de agua •  12 latas de cerveza •  2 botellas de vino blanco •  4 latas de tónica •  4 latas de cola •  3 barras de pan •  1 paquete de pan de molde •  8 latas de conserva (atún (2), mejillones escabeche (2), aceitunas rellenas (2), paté (2)) •  Una bolsa de patatas fritas •  5 Paquetes de embutidos (jamón york, salami, salchichón, chorizo, jamón de bellota) •  1 paquete de mantequilla •  1 bote de mermelada de albaricoque. •  1 paquete de café molido •  1 paquete de presa ibérica •  Media docena de huevos •  Verduras (pimiento verde (1), pimiento rojo (1), tomates (3)) •  Fruta (naranjas (4), mandarinas (4), limas (2)) • 4 bolsas de hielo •  Una dorada de ración tirando a grande sin desescamar.


En el barco tengo una mini barbacoa de las de “sin humo”. La uso para carne, pescado y paellas. No suelo hacer nada más. El pan del desayuno lo tuesto en una sartén. Las provisiones no las hago ajustadas. Ni siquiera suelo empezar algunas de las cosas que me llevo. Siempre me sobran. Me inquieta mi mesa vacía. La idea es que no me quede sin poder tomar nada de lo que me pueda apetecer en cada momento. Es algo que tengo que cambiar. Estaría justificado llenar la despensa y la nevera si me fuese a cruzar el Atlántico, pero apenas van a pasar tres días hasta que regrese. Creo que, salvo con el agua, se debe ser mucho más parco. Me considero perfectamente capaz de ajustar mis necesidades. Prometo hacerlo algún día.


Estoy saliendo del puerto. Sobre la carta náutica tengo dibujado el rumbo que debo hacer y la estima de por dónde andaré cada hora. A medida que vaya avanzando, iré trasladando mi posición real a la carta y corrigiendo el rumbo. Tengo un GPS manual que me lo indicará. Y la radio VHF que también va marcando mi posición en su pantalla.


Y también tengo mi sextante. En la época del GPS nadie entiende el uso del sextante. Yo tampoco. Salvo que lo hagas por motivos de autosuficiencia. Mi ex-mujer me llamó arrogante cuando le dije que quien no lo sabe utilizar está limitado. No lo entendí. No es fácil utilizarlo bien. Pero lo que me dijo mi ex, sigo sin entenderlo hoy. Creo que la autosuficiencia es seguridad y debería haberle gustado. Bueno, también lo uso por buscarme actividades durante las largas horas de navegación. Las observaciones de los astros y los posteriores cálculos astronómicos requieren su tiempo. Un tiempo que a mí me divierte. Si algún día me falla la poca electrónica que llevo a bordo, demostraré que no la necesito. No la necesito para nada.


La radio la necesitaría para lanzar un Mayday si la cosa se pone definitiva y extremadamente mal. En ese caso, me basta con la radio. El GPS lo puedo mandar al diablo. No sé por qué me da por pensar que si alguna vez tengo que enviar un Mayday, será demasiado tarde para que vengan a por mí. Los que siempre se salvan son los que lo envían cuando podrían haberse salvado sin haberlo lanzado. Es solo una sensación. Adoro a la gente de Salvamento Marítimo. Salvan muchas vidas. Sé que vendrían a por mí. Pero también sé que yo les llamaría demasiado tarde. También me gusta la Guardia Civil del Mar. Y los de Aduanas. Me gusta mucho cruzarme con ellos cuando ya no veo tierra.


Ir solo a Columbretes no es habitual. No me he encontrado nunca con alguien que lo haya hecho, aunque estoy seguro de que los hay. No es por la travesía. Navegantes solitarios han hecho travesías infinitamente más difíciles. Es por el amarre al llegar. Está prohibido echar el ancla. Tienes que amarrarte a unas boyas que están ya preparadas. El ancla perjudica una reserva natural que está muy bien protegida por sus responsables. Nunca he visto animales más confiados que los peces de Columbretes. Tienes que apartarte de ellos para poder bañarte con una mínima intimidad. Si no, los tendrás pegados a ti todo el rato. Aun así, te seguirán donde vayas. Son muy pesados..


La dificultad de ir solo es que el amarre a la boya requiere ayuda. Yo he desarrollado una técnica que me permite hacerlo solo. Llego por popa a la boya, no por proa, como mandan los cánones. Después, con el boyarín ya en la mano, cambio la posición del barco, desde arriba, virándolo a pulso hasta que dejo la proa enfocada a la boya y acabo la maniobra con los cabos de amarre. Apenas acabo de salir y ya estoy pensando en ello. Y es que no siempre me sale bien a la primera. La realidad es que, salvo que el mar esté completamente plano, nunca me sale bien a la primera.


Acabo de izar las velas. El viento es el justo para alcanzar unos 5 nudos y poder navegar sin sobresaltos. Tendré alguna racha que hará escorar algo más el barco, pero hace años que eso dejó de impresionarme. Pongo el rumbo directo. De momento no voy a usar el piloto automático, aunque lo haré más adelante. La primera vez que fui aún no tenía piloto automático. Estuve siete horas gobernando el barco a mano y no pude ni comer. Esas cosas ya no me pasan. Las posiciones reales de las dos primeras horas, cuando las traslado a la carta, han salido prácticamente iguales a las que tenía estimadas. Esto es algo que ya sabía por el GPS, pero me gusta llevar registro de ello. El resto del viaje, por un role ya anunciado del viento, lo tuve que hacer con ligeros zigzags, y ya no coincidieron.


Con el sextante, esta vez, he hecho la operación más sencilla. Tomé una recta de altura al sol a las 9 de la mañana; saqué una altura meridiana al sol al medio día verdadero y trasladé sobre el rumbo que llevaba en la carta el determinante de las 9. Eso me dio una posición que difería casi 5 millas náuticas de la que me daba el GPS. Tendré que llevar a reparar el GPS cuando llegue a tierra. Y la radio, que me daba la misma posición que el GPS. También está estropeada la aplicación que llevo en el móvil, que me decía lo mismo que los otros dos aparatos de chicha y nabo. De todas formas, en mar abierto y sin tierra a la vista, una diferencia de 5 millas no es en absoluto preocupante. Menos aún cuando ya tenía Columbretes a tiro de piedra.


A mitad de camino me sucedió algo que no me había pasado nunca durante los 12 años que llevo con Tashtego. Sí me sucedió una vez con un barcote que había alquilado durante una semana. Delfines. Muchos. La sensación es indescriptible. Se repitió casi el mismo ritual. Primero empiezo a escuchar sus voces desde lejos. Pronto empiezo a distinguir cómo saltan. Luego los veo acercándose. Se acercan todos saltando hacia Tashtego. La primera diferencia respecto a la vez anterior, es que Tashtego se mimetiza y empieza a llevar una navegación más saltarina. Cuando digo que es mamoncete y tocapelotas lo digo con conocimiento de causa.


Luego, por turnos, empiezan a pasar por la proa de Tashtego de estribor a babor y de babor a estribor. Yo no paro de sacar fotos y ellos lo saben. Todos son igual de coquetos. Y el pequeño canalla de Tashtego también. Todos disfrutan dejándose fotografiar y solo deciden marcharse cuando notan que mi emoción se atempera. 20 minutos en total. Tashtego vuelve a navegar como si fuera un barco normal de vela. Me gustaría ser un ilustre de las letras para explicaros lo que se siente. No lo sé hacer mejor ni lo pretendería. Lo de escribir con tantos puntos no es por ser de ciencias. Es porque quiero que sea así. Quiero provocar una lectura sosegada y pienso que esto debería funcionar. Pero me tenéis que ayudar con ello.


Cuando llegué me encontré en Puerto Tofiño un mar completamente plano. La Isla Grossa, la única un poco grande del archipiélago y la única visitable, es una herradura que se abre al Noreste. Sus aguas solo se mueven cuando el viento viene de allí. Salvo por algún pequeño detalle tragicómico, la maniobra de amarre no salió mal. No tardé mucho en tener bien amarrado a Tashtego. Sé que se movió a propósito para que la maniobra no saliera redonda. Como siempre que salgo de un sitio y llego a otro suficientemente lejano, sin que nadie me vea, lo primero que hago es dar unas palmaditas al mástil. En realidad es más un rápido abrazo con palmaditas. Reconozco que también hay un ligero roce con los labios. Siempre procuro que no me vea Tashtego. O que lo confunda con otra cosa. Si se entera se vendría muy arriba.


Aquí pasaré el día. He elegido una boya próxima a la Casa-Faro. Me gusta. Me bañaré mucho. Visitaré una vez más la isla. Recorreré con mi lancha plegable de remos el pequeño archipiélago y sus pequeñas grutas. Descansaré al sol. Asaré en la misma barbacoa medio pimiento verde, medio rojo y dos piezas de presa ibérica. Si me canso de las cervezas del aperitivo, me pasaré al vino en la comida. Después tomaré café y ron. Me volveré a bañar. Echaré la siesta, aún no sé si en cubierta o dentro, y volveré a recorrer la isla con la lancha al despertar. Esta vez será más por hacer ejercicio que por placer. Y por ver ponerse el sol entre los huecos de las rocas del archipiélago desde el mismo nivel del mar. El agua en Columbretes, al tener fondo rocoso y coralino, es completamente transparente.


Y llegará la noche y me volveré a bañar. Cenaré una dorada también a la brasa. Por eso pido que no me quiten las escamas. Se protege muy bien de las brasas y me salen mejor. Y repetiré lo de los pimientos pero añadiendo un tomate cortado en tres rodajas gruesas. Cuando esté sobre el plato, con la dorada ya limpia, echaré un chorrito de aceite de oliva a todo y unas escamas de sal. Y después me tomaré un gin tonic. Quizás dos. Tres de las bolsas de hielo están destinadas a mantener frías las bebidas. Los saco de sus bolsas y los echo en la hielera de Tashtego, pero siempre guardo una para usarlos limpios y nuevos en las copas. No sería la primera vez que se me sube gente al barco cuando escucha que las preparo. Esta que veis arriba es mi ginebra. Se hace en Madrid. Está muy buena. No estoy seguro de que sea la que más me gusta, pero su botella parece especialmente diseñada para formar parte de la decoración interior de Tashtego. La de abajo es mi tónica. De ella sí sé que es la que más me gusta de todas. Es chilena.


Sé que la noche será fantástica, durmiendo perfectamente aunque sin dejar de escuchar las aves marinas que anidan en la isla. Hay unas que tienen mucha actividad por la noche. No sé cuáles son. Mañana me despertaré muy temprano. Me bañaré, desayunaré y saldremos de regreso con una sensación en la cabeza que ni sé ni me apetece explicar. Un amigo me dijo un día que sus vacaciones perfectas serían con un jamón, en Columbretes, y hasta que el jamón se acabe. No. Yo en Columbretes solo quiero pasar una noche muy de vez en cuando, para que siempre me siga gustando así. A juzgar por lo poco que se mueve Tashtego, ha debido de caer dormido como un bendito. Será por haberse creído delfín por un día. Hasta la próxima

Tashtego. Capítulo IV  
Tashtego. Capítulo IV  
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