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OLAF HARALDSSON

Manuel Velasco Colecci贸n Territorio Vikingo


OLAF HARALDSSON Cuentan las crónicas que Olaf Haraldsson nació en el año 995, en el reino noruego de Ringerike (Hringaríki). Era tataranieto del rey Harald I, conocido con el sobrenombre de “el de Hermosos Cabellos” (Hárfagri), perteneciente a la tribu o dinastía de los Ynglingos de Upsala, considerados como descendientes humanos del dios Frey. A aquel prolífico rey (se le atribuyen 23 hijos) fue el iniciador del amplio clan familiar Hárfagraætt, que dio lugar a un extenso linaje al que aseguraron pertenecer infinidad de pretendientes reales durante siglos, y que dio a la historia noruega nombres tan relevantes como Erik Hachasangrienta, Olaf Tryggvason, Harald III o el propio Olaf Haraldsson.


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Olaf, niño Por su parte, Ásta regresó a la casa de su padre para tener allí a su hijo, pero el embarazo se vuelve cada vez más complicado, corriendo peligro para madre e hijo. Entonces Hrani, hermano de Ásta, tiene un sueño en el que se le aparece un antepasado, que se identifica como Olaf el Corpulento (Olaf Geirstada-Álf, hijo de Harald I), y le pide que acuda a su túmulo para recuperar la espada, un cinturón y un anillo. Venciendo todos los posibles temores que tuviese al violar la tumba de un familiar, Hrani regresa con esos objetos, poniendo, según las instrucciones de aquel espíritu, el cinturón sobre Ásta. Y el niño nace sin complicaciones. A pesar de este incidente sobrenatural, su abuelo Guthbrand se negó a reconocer a un hijo de Harald Grenski, que tanto le había ofendido con su actitud. Así que, siguiendo las costumbres de la época, mandó que el niño fuese abandonado en el bosque.

El padre de Olaf fue Harald Grenski (o Grenland, la tierra de los Grener), bisnieto de Harald I y rey de la región de Vestfold, al sur de Noruega. Cuando su esposa Ásta, hija de Guthbrand, quedó embarazada, la abandonó para ir a cortejar a Sigrid la Altiva, reciente viuda de Erik el Victorioso, rey de Suecia y parte de Dinamarca.

Nota: Algunos investigadores creen que Olaf Geirstada-Álf puede ser aquel cuyos restos se hallaban en el barco de Gokstad, encontrado en la región de Vestfold, cuyo túmulo habría sido “saqueado” por Hrani, con permiso de su difunto ocupante.

Mala decisión, ya que la reina viuda sueca, harta de pretendientes, lo mandó encerrar en una casa junto a Vissavald de Gardariki y sus respectivos acompañantes, para quemarlos vivos, evitando de esta drástica manera la llegada de futuros aspirantes atraídos por sus riquezas.

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Pero Hrani, tras el extraño sueño y el inquietante incidente de tener que abrir un túmulo con sus propias manos y meterse dentro para recuperar aquellos objetos, no estuvo dispuesto a que aquel niño muriese; vio que donde fue dejado había una extraña luz, así que avisó a Guthbrand y entre ambos lo recuperaron. Fue Hrani quien realizase la ceremonia pagana de asperjar agua sobre el niño y darle el nombre, eligiendo el de Olaf, en honor a aquel antepasado que ayudó desde el más allá. Y le regaló el cinturón y el anillo. La espada, llamada Baesing, se la dejaría a su madre, para cuando ella creyese oportuno dársela (y eso ocurrió cuando el niño tenía 8 años). Ásta se casó más tarde con el rey Sigurd Syr, otro bisnieto de Harald I (todo permanece en familia). La pareja tuvo 5 hijos, el más famoso de los cuales sería el último, que llegaría al trono noruego como Harald III. Sigurd Syr había sido uno de los primeros en aceptar voluntariamente el cristianismo cuando fue introducido años antes en Noruega por Olaf Tryggvason. La saga de Snorri describe a Olaf como un fornido pelirrojo, buen arquero y nadador, hábil artesano y jugador; aunque también lo muestra como cruel y vengativo. Seguramente también se le consideraba poseedor de una gran hamingja, esa cualidad similar a la suerte o la fortuna, que también era tomada como favor de los dioses hacia alguien.

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Olaf, vikingo Cuando contaba con tan solo 12 años, ya participó Olaf en su primera expedición como vikingo, bajo la supervisión de Hrani, que seguramente se ocupaba de su educación, ya que la relación con su padrastro no era muy buena. Y este tipo de viajes se repetiría en los siguientes veranos, primero por la cercana Suecia (llegó hasta Sigtuna internándose por el lago Malar), siguiendo después por el Báltico hasta la isla de Gotland y Finlandia. Seguramente en uno de estos viajes conocería a Thorkell el Alto, que pasó un tiempo con los Jomsvikings, grupo de mercenarios vikingos que vivían en su propia isla (la actual Wolin, Polonia), con quien embarcaría posteriormente hacia Inglaterra. Allí lucharon para el rey sajón Aethelred, al que ayudaron a tomar Londres, que estaba en manos del rey danés Knut. Las crónicas cuentan cómo resolvió la batalla derribando el puente de Londres sobre el Támesis: desde los barcos hizo atar cuerdas sobre los gastados pilares de madera para luego ordenar que remaran con todas las fuerzas hasta romperlos. Nota: Aquel incidente daría lugar a una canción popular infantil que se ha cantado durante siglos con diferentes letras pero con el mismo estribillo (The London bridge is falling down).

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Tal vez porque las ganancias como mercenarios no fueron tantas como esperaban, aquel pequeño ejército vikingo se dedicó a asediar o saquear varios poblados sajones, incluyendo el secuestro de algún personaje importante por el que debían pagar un buen rescate (danegeld). Así ocurrió con Ælfheah, arzobispo de Canterbury; posteriormente sería conocido como san Alphege, a pesar de no haber muerto por motivos religiosos, como requería la tradición, sino porque el mismo prohibió el pago de su propio rescate.

de sería rey para siempre. La saga no cuenta nada al respecto, pero seguro que más de uno pensó que tal aparición sería de aquel Olaf al que debía su nombre, cuyo espíritu seguía protegiéndolo. La expedición regresó a Noruega, pero él prefirió quedarse en Normandía con un barco y algunos de sus incondicionales; allí es bien recibido por el duque Ricardo, que lo invita a pasar el invierno en Ruán. Y, tras largas conversaciones, más lo que escuchase durante varios meses de convivencia con otros nórdicos cristianos, Olaf acepta recibir el bautismo, y lo hace de las manos del arzobispo Robert, hermano del duque. Nota: En aquellos tiempos, en muchas ciudades-mercado se negaban hacer tratos con mercaderes paganos, por lo que los nórdicos que quisiesen comerciar allí debían hacer al menos un ritual de prima signatio, una especie de periodo de prueba antes de la conversión definitiva, lo que fue ampliamente aceptado por motivos meramente comerciales. Pero, como se decía para las bodas de conveniencia, “con el roce llega el cariño”.

A Inglaterra llegó un mensajero del Duque Ricardo II de Normandía, buscando mercenarios para solucionar un problema que tenía en el sur de Francia con un duque franco. Thorkell optó por volver al servicio del rey Aethelred, pero Olaf puso rumbo a lo que prometía ser una nueva aventura en aquella Normandía.

Olaf seguramente acabó viendo más práctica la nueva religión de cara a sus planes de reinar sobre toda Noruega, tal vez uniendo las ideas de sus antepasados: por un lado, Harald I, el primero en unificar el territorio, y por otro, Hákon Eiríksson y Olaf Tryggvason, los primeros en introducir el cristianismo. Él sería el colofón de aquella gran dinastía descendiente de un dios pagano: una tierra, un rey, una religión.

La mera presencia de una tropa vikinga hizo que ambos duques firmasen un tratado, por lo cual no hizo falta entrar en combate. Y Olaf, que necesitaba acción, decidió unirse a una expedición que iba rumbo sur, hacia las costas hispanas, aunque no todos los historiadores están de acuerdo en este punto. Parece ser que, tras atacar varios enclaves de la cornisa cantábrica y la costa gallega (donde supuestamente habría puertos daneses), hicieron una parada en Karlsá (considerado como algún lugar de la costa de Cádiz), mientras esperaba buenos vientos para adentrarse en el Mediterráneo. Se cuenta que Olaf tuvo allí un sueño en el que “alguien fuerte y temible” le previno de seguir los planes previstos y lo instó a regresar a Noruega, don5


Sveinn, bajo el mandato del rey sueco Olaf Skötkonung. Aprovechando que los daneses estaban ocupados consolidando su posición real en Inglaterra, ayudados por el propio jarl Eirikr, Olaf dirigió su flota, a la que se habían unido aliados del sur de Noruega, hacia la región de Trøndelag, consiguiendo una victoria definitiva, en Nesjar. El jarl Sveinn, tuvo que huir a Suecia, muriendo antes de poder reorganizar su ejército. Nota: Los jarlar de Lade, pertenecientes a la tribu de Háleyg (considerados como descendientes del mismísimo Odin a través del antepasado común Saeming), llevaban varias generaciones gobernado Trøndelag y, en ocasiones, toda Noruega, sin haber llegado nunca a ser reyes. Tradicionales rivales de los Ynglingos, ya habían tenido serios enfrentamientos con Harald I y sobre todo con Olaf Tryggvason.

Pero como para llevar adelante sus planes necesitaba más riquezas de las que tenía en ese momento, antes de regresar definitivamente a Noruega, volvió a las costas inglesas, consiguiendo un cuantioso botín. Por aquel entonces tenía 20 años (o inviernos, según contaban los vikingos). Finalmente Olaf llegó a Noruega, que estaba gobernada por el jarl Eirikr y, bajo el reinado del rey Knut de Dinamarca, excepto una pequeña zona del sur, donde estaba su hermano, el jarl 6


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Olaf, rey Prohibiendo el comercio de alimentos con Suecia, de los que dependían en el sur de ese país, forzó un pacto con el rey sueco Olaf Skötkonung, en el que se incluyó la boda con su hija Astrid; de aquella unión nacería su hija Ulvhild. Nota: Olaf Skötkonung, hijo de Erik el Victorioso, fue el primero en recibir el título de rex Sveorum Gothorumque (rey de los suecos y los godos). Su otra hija, Ingegerd, se casaría más tarde con el príncipe Yaroslav, de Kievan Rus. También sería el introductor del cristianismo en Suecia, aunque algunas malas decisiones ocasionó que fuese destituido por los suyos, tal como eran las viejas leyes vikingas. Una vez conquistado todo el país, usó los métodos más sanguinarios para imponer cristianismo como religión oficial y un sistema político al modo del feudalismo europeo; todos los territorio que antes funcionaban de manera autónoma e incluso independiente, pasaron a pertenecer a la corona, correspondiendo al rey ceder las tierras a sus incondicionales.

Una vez reconocido como rey de Noruega, Olaf estableció la capital en Borg, ciudad fortificada que él mismo fundase al sur y tierra adentro, y que sería residencia real de invierno durante siglos, organizando allí el Borgarthing, una de las asambleas más importantes de Noruega.

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Por otro lado, habían llegado desde Inglaterra cuatro obispos (Grimkell, Bernardo, Rodolfo y Sigfrido) que continuaron la tarea de construir iglesias por todo el país, iniciada por aquellos otros que, igualmente desde Inglaterra, llegaron con Olaf Tryggvason.

nuestros arcones llenos de plata y oro y nosotros protegeremos la tierra para ti”. Parece ser que una de las cosas que peor aceptaron los viejos terratenientes fue la obligación de ser enterrados en un cementerio, cuando, por tradición, eran enterrados en su propia granja, simbolizando así la continuidad de la unión de la tierra y sus antepasados, más allá de las ideas religiosas. Eso se resolvió construyendo pequeñas iglesias en los terrenos de la granjas, iniciándose la costumbre del enterramiento bajo el suelo de la propia iglesia o alrededor, que ahora era tierra consagrada.

La vida pública y privada tuvo que adaptarse a las normas eclesiásticas llevadas por estos obispos ingleses: se prohibió la poligamia o el abandono de bebés deformes o enfermos en el bosque, todos los recién nacidos tenían que ser bautizados y todos los muertos enterrados en campo santo (con la excepción de criminales, suicidas y traidores al rey). Se estableció la pena de muerte o de mutilación a quien se negase a aceptar el bautismo (la saga menciona casos de manos y lenguas cortadas, ojos vaciados y gente ahorcada o decapitada). Se quemaron lugares de culto y objetos relacionados con el paganismo. Los que cometían delitos “menores” debían pagar una multa al obispo. Tal transformación de la vida tradicional nórdica hizo que el propio Olaf tuviera que recorrer en los siguientes años el país de arriba abajo para hacer cumplir las nuevas leyes, con los consiguientes castigos ejemplares para quien no las aceptase a rajatabla. Esto ocasionó muchos resquemores entre los nobles supervivientes, que habían tenido que doblegarse para salvar la vida y la tierra, e incluso tuvieron que entregar a sus hijos como rehenes, para asegurar tanto la sumisión política como la religiosa al rey.

Todos aquellos cambios debieron dar lugar a un nuevo éxodo migratorio, tal como ocurriese en tiempos de su tatarabuelo Harald I, del que se dice que dividió a los noruegos en tres clases: súbditos, muertos o exiliados. Muchos de estos últimos fueron bien recibidos en Londres por el rey danés (e inglés) Knut II, que, ya solidificada su posición en Inglaterra, volvió su mirada hacia Noruega. Además de recibir a los exiliados, mantuvo contactos con otros que se habían quedado en su tierra, soportando como podían el nuevo orden. Con lo cual tuvo una idea bastante aproximada sobre los aliados con que podía contar cada rey.

Pero Olaf incluso se buscó enemigos entre sus incondicionales cuando promulgó que la nobleza también estaba sujeta a las leyes y tenía que responder (y ser castigados) de la misma manera que cualquier campesino. También tuvieron que liberar a sus esclavos, que eran en gran medida la base de su sustento. Por si fuera poco, Olaf necesitaba más tributos para mantener su campaña a lo largo y ancho del país. Algunos jefes territoriales que más ayuda le proporcionan se lo dejaron bien claro: “Mantén 8


Olaf y regresó a Dinamarca, sin haber entablado una sola batalla en tierra noruega. El gobierno de Noruega lo dejó en manos de Hákon Eiriksson, (hijo del anterior jarl de Lade), que había estado exiliado en Inglaterra, bajo su protección, tras el ataque de Olaf, de modo similar a cómo le ocurrió a su padre, Eiríkr Hákonarson, exiliado en Dinamarca, bajo la protección de Sveinn Barba partida (abuelo de Knut), tras el ataque de Olaf Tryggvason; en ambos casos, los jarlar de Lade regresaron para seguir gobernando su tierra.

También envió un mensajero a Olaf proponiéndole dejarlo como rey de Noruega siempre que se la ofreciera como feudo y le pagase tributos. Ni qué decir tiene que Olaf se negó rotundamente. En 1027, Knut embarcó desde Londres poniendo su flota rumbo a Dinamarca, donde amplió su fuerza, pero antes de dirigirse hacia Noruega se encontró con que Olaf estaba atacando algunos territorios daneses. Hubo una batalla naval cerca de Scania y Olaf tuvo que ir a tierra, abandonando sus barcos, para salvar la vida. Knut fue desembarcando en distintos lugares de la costa Noruega (seguramente donde estaban los principales things o asambleas) sin encontrar ningún rechazo. Tras ser reconocido en todas partes como el nuevo rey, revocó las leyes impuestas por 9


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Olaf, exiliado Y Olaf se encontró con que apenas le quedaban unos cuantos seguidores. En vista de lo cual, aun siendo invierno, atravesó las montañas para llegar a la corte de su aliado, el rey sueco Önund Jakob. Allí dejó a su esposa Astrid y su concubina Álfhild (Olaf prohibió la poligamia, pero no el concubinato), llevándose consigo a Magnus, el hijo ilegítimo que ambos tuvieron.

dre pagano, lo hubiese declarado útborið barn (niño no aceptado y dejado en el bosque). Rey sin reino, el otrora orgulloso y arrogante Olaf navegó hacia el fondo del Báltico, internándose por la Ruta del Este hacia Gardariki (actual Rusia), llegando al territorio vikingo de Kievan Rus, donde fue bien acogido por el príncipe Jarizleif (Yaroslav) y alguien que ya conocía: su cuñada Ingegerd. Los centros de poder del Kievan Rus eran Novgorod y sobre todo Kiev, que era una ciudad comparable en tamaño a Londres. Gozaba de una gran prosperidad y era territorio cristianizado por la iglesia ortodoxa.

Nota: Parece que Magnus nació muy debilucho y fue bautizado inmediatamente por si se moría, sin tan siquiera avisar a Olaf; su entonces inusual nombre fue una especie de homenaje a Carlomagno (Carolus Magnus). Seguramente, de haber sido su pa-

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Olaf pasó por muchos momentos de duda. ¿Qué hacer, tan lejos de su tierra, con un historial como el suyo, empezando por ser un vikingo sanguinario y terminando como uno de los reyes más crueles habidos en Noruega? Finalmente, tanto su gente como su dios le habían abandonado. Por si fuera poco, los fieles que le habían seguido sentían nostalgia por sus granjas y sus gentes. Al parecer, barajó la posibilidad de hacerse monje o emprender un peregrinaje a Tierra Santa.

viesen los que fuesen paganos entre los suecos que le acompañaban, cedidos por el rey Önund, por muy dispuestos que estuviesen a luchar por él.

Entonces Olaf tuvo otro de sus especiales sueños en el cual se le aparecía un hombre alto y bien vestido, que creyó identificar con su tío Olaf Tryggvason. Este disolvió sus dudas sobre qué camino tomar; le recriminó que hubiese huido de Noruega para vivir en territorios extranjeros, cuando él había sido elegido por el mismo Dios. “La gloria de un rey consiste en triunfar contra sus enemigos, y es una muerte honorable caer en el campo de batalla junto a tus hombres”. Y Olaf, al igual que ocurriese con la visión que tuvo años antes en aquella lejana Karlsá, tuvo muy claro cual era su destino: regresar a Noruega y reclamar el trono perdido, o morir en el intento.

Pero, en vez de entrar en Noruega desde el sur, donde posiblemente hubiera encontrado más aliados, se fue directamente hacia Trøndelag, donde se encontraba la tierra de la familia Lade, tal vez por el buen recuerdo que tenía por su victoria en la batalla de Nesjar.

Así, con los hombres que llevaba, los pocos suecos que quedaron, mas los noruegos que se le unieron, entre los que estaba su hermanastro Harald, tuvo un total de 3.660 hombres, demasiado pocos para reconquistar su país… a no ser que contara con la ayuda de Dios, como seguramente debió pensar.

Tal vez pasó Olaf demasiado tiempo en Suecia, tal vez atravesó las montañas demasiado lento, el caso es que sus enemigos saben exactamente hacia donde se dirige y allí lo esperan con un contingente militar considerablemente superior al suyo. Olaf se encontró con su viejo amigo, el obispo Grímkell, a quien contó una visión que había tenido, en la que pudo ver en toda su extensión y con todo detalle el condado de Trøndelag y después todos los distritos de Noruega, para seguir subiendo y contemplar la tierra y el mar, reconociendo claramente los lugares por donde había pasado y viendo otros totalmente desconocidos, habitados o deshabitados, allá por donde el mundo se extendía.

Por si fuera poco, llegó la esperanzadora noticia de la muerte en un naufragio de Hákon, último jarl de Lade. Posiblemente lo tomase Olaf como una señal divina, que le dio fuerzas para continuar su plan. Así que, se despidió de los príncipes de Kiev, bajo cuya custodia dejó a su hijo Magnus, y embarcó con unos 200 hombres. Pasó algún tiempo en Suecia y las noticias corrieron en los dos sentidos. Sus enemigos noruegos empezaron a reunir un ejército, mientras que quienes aun le apoyaban marcharon a su encuentro. En la saga se dice que por el camino se cruzó con gente dispuesta a unírsele, pero que a muchos no los aceptó por no estar bautizados; cosa difícil de creer teniendo en cuenta que le acompañaba un obispo que podría haber hecho bautismos colectivos en el primer río que se cruzasen. Incluso mandó que se vol11


29 de julio de 1030. El campo de batalla estuvo en Stiklestad (Stiklarstaðir). Las crónicas mencionan 7.000 noruegos al grito de Fram! Fram! Bønder (Adelante, adelante, “granjeros”), siendo estos granjeros aquellos terratenientes libres a quienes Olaf desposeyó de sus viejos derechos; en esta ocasión están al mando Erling Skjálgsson y Kálf Árnason. Al otro lado, solo 3.600 hombres al grito de Fram! Fram! Kristmenn, krossmenn, kongsmenn (Adelante, adelante, hombres de Cristo, hombres de la Cruz, hombres del Rey). No se produce el milagro que tal vez muchos esperaban. Aunque Olaf ha llegado antes al campo de batalla y ha elegido la posición más favorable, la desproporción de fuerzas decide el resultado. Olaf, con 35 años, muere apoyado en un piedra tras recibir varias heridas; la crónica es tan minuciosa en esta parte de lo que llama “martirio del rey” que hasta sabemos los nombres de quienes le produjeron cada herida, a saber: Thorstein, en la pierna izquierda, con su hacha; Thorir, en el bajo vientre (por debajo de la cota de malla, como se representa en algunos grabados antiguos y sobre todo en la extraordinaria pintura de Peter Nicolai Arbo); y finalmente, Klav, que le da un corte en el cuello con su hacha.

Nota: Unos días después, se produjo un eclipse de sol rojo, pero los cronistas lo hacen coincidir con el día de la batalla para acentuar el dramatismo y los oscuros augurios ("sol rojo desdichado de pura sangre”). El cadáver fue llevado por unos campesinos a la orilla del río Nidelven, a la altura de Nídaros (Trondheim) y muy pronto empezó su leyenda como santo. Un año después, el obispo Grimkell manda desenterrarlo, encontrando el cuerpo incorrupto, que es trasladado a la capilla de san Klement.

Olaf deja caer su espada, aquella Blaesing que su padrino Hrani sacase de la tumba de su antepasado, y su madre le entregase cuando tenía 8 años, y muere. Alguna crónica monacal añadiría que murió por las “artes de magia”, tal vez justificando así que el dios cristiano permitiese la muerte de su más fiel seguidor.

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Cien años después sería devuelto a aquel otro lugar, donde se estaba construyendo la catedral de Nídaros, que se convertiría desde entonces hasta la actualidad en un centro de peregrinaje. En aquellos tiempos, los peregrinos podían ver el féretro de plata situado tras el altar mayor; pesaba más de 80 kg. y era transportado por 60 hombres cuando lo sacaban en procesión. Al llegar la Reforma protestante, el féretro fue llevado a Copenhague y fundido para acuñar moneda. El cuerpo fue enterrado en algún lugar que aun se desconoce. Nota: Aquellos “granjeros” lucharon contra Olaf por mantener su tierra y su libertad (sus derechos tradicionales), mientras que el rey recalcó continuamente las implicaciones religiosas de aquel enfrentamiento; pero realmente nunca fue una guerra religiosa, ya que el principal enemigo de Olaf, no presente en el campo de batalla, era el rey Knut, también cristiano, representado por el obispo danés Sigurd. Y ni antes ni después de la batalla de Stiklestad hubo quema de iglesias ni matanza de religiosos, como sí ocurrió en otras épocas.

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Olaf, santo Se dice que cuando murió el rey, nació el santo. La fama milagrosa de Olaf, (nombrado rex perpetuus Norvegiae, además de santo patrón de Noruega), atrae a infinidad de peregrinos: hay ciegos que recuperan la vista, un niño que recupera la lengua que le había sido cortada, una mujer curada de epilepsia, un joven sanado de la lepra… Su culto llega a todo el mundo nórdico, expandiéndose hasta Inglaterra y las costas bálticas, dando nombre a varios cientos de iglesias, en muchas de las cuales se repiten milagros similares, y a que se celebrase especialmente el Olsok (la Vigilia de Olaf) hasta la llegada de la Reforma, en el siglo XVI.

unos 40 días). Estos caminos están señalizados con una cruz roja y el nudo cuadrado, viejo símbolo presente en las piedras rúnicas vikingas y que se puede ver también como señal de lugares de interés arqueológico (también en la tecla cmd de Apple).

En 1930, coincidiendo con el 900 aniversario, se proclamó en Noruega el 29 de julio como día festivo (Olsokdagen). Y en algunos lugares se han recuperado nuevas formas de la vieja celebración, tal como ocurre con el Ólavsøka de las islas Feroe. En Stiklestad, donde tras la batalla se levantó otra iglesia utilizando como altar la piedra sobre la que Olaf murió, se celebra un festival conocido principalmente por la representación al aire libre, desde 1954, de Spelet om Heilag Olaf (El drama de San Olaf), escrito por Olaf Gullvåg. También quedó establecido el Pilegrimsleden (Camino de Peregrinos), con rutas a través de los 3 países escandinavos, aunque la principal es la que va desde Oslo hasta Trondheim (650 km,

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también la Saga de la vida de San Olaf, de Styrmir Kárason, el Sabio, que no ha llegado a nuestros días. Y con todo esto, compuso su extensa saga, en la que además incluyó 146 poesías de skáld contemporáneos del rey, como el islandés Sigvat Thordarsson, que lo acompañó en numerosas ocasiones (excepto en la batalla donde murió, por encontrarse en Roma, a donde acudió como peregrino cuando el rey vivía su exilio en Kievan Rus).

En la Islandia del siglo XIII, el escritor, historiador, político Snorri Sturluson escribió su saga estructurando y dando unidad a muchos documentos sueltos que habían circulado de boca en boca durante generaciones (y algunos pocos por escrito). Una vez acabada, añadió la historia de reyes anteriores y posteriores, dando así forma al Heimskringla (el Círculo del Mundo): diecisiete relatos que comienzan en un tiempo indeterminado con la vieja dinastía Ynglinga hasta Magnus Erlingson (muerto en 1184). Seguramente Sturluson, allá en Islandia o en sus viajes a Noruega, pudo leer todo lo que hasta entonces se había escrito sobre Olaf como Passio et miracula beato Olafi, de Øystein Erlendsson, la Saga legendaria, llena de hechos sobrenaturales; 15


El Camino de San Olaf en Espa単a

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Bibliografía consultada • Óláf, Viking and saint. Corten Myklebust (Fantasi-Fabrikken, 1997, 2ª edición 2003) • San Olaf, rey perpetuo de Noruega. Vicente Almazán (Xunta de Galicia, 2002) • Varios artículos de la Wikipedia sobre Olaf Haraldsson y personajes o sucesos relacionados. • Y un agradecimiento especial a Mariano González Campo por la corrección de algunos términos nórdicos.

La novela histórica La Saga de Yago está ambientada en la época de Olaf Haraldsson, apareciendo como personaje secundario y como motivo de noticias y conversaciones acerca de su reinado y su esfuerzo por cristianizar Noruega.

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Olaf Haraldsson Manuel Velasco

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Olav Haraldsson  

Texto completo de una conferencia sobre este rey vikingo noruego que acabó siendo san Olaf.

Olav Haraldsson  

Texto completo de una conferencia sobre este rey vikingo noruego que acabó siendo san Olaf.

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