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En Esquirelat.com puedes leer la primera y segunda parte de esta crónica, publicada a partir de junio.

Parte tres

Al final de su intensa búsqueda por el desierto del Sahara, nuestro colaborador viaja a Libia, en plena guerra, para conocer a un yijadista.

Tras las huellas de

Al Qaeda

Los motivos del guerrero

Combatiente libio en la ciudad de Ajdabiya.

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Texto y fotos de Témoris Grecko   103


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1• Manifestación en Bengasi, Libia. 2• Egipto, plaza Tahrir. La cruz cristiana y la media luna musulmana unidas para mostrar solidaridad interreligiosa. 3• Otra escena en la plaza Tahrir de El Cairo.

n el aeropuerto de Trípoli, la capital de Libia, tuve que cambiar de vuelo. Venía de Niamey, en Níger, y me dirigía a un lugar que, luego de cuatro mil años de atraer visitantes, había sido borrado súbitamente del mapa turístico mundial. “¿Vas a El Cairo? ¿En serio? ¿Qué no has escuchado de la plaza Tahrir?”, me decía el oficial que revisó mi pasaporte. “¡Tahrir, Tahrir!”, gritaba para llamar la atención de sus compañeros y burlarse de mí a carcajadas, “¡éste va para allá, donde tienen una revolución, la gente se está matando!”. No podía imaginarse que yo llevaba más de dos meses recorriendo el desierto del Sahara, tratando de resolver un enigma: ¿dónde estaba la base social de Al Qaeda, aquella muchedumbre salvaje que, como se daba por hecho en países occidentales, nutría de militantes y apoyo al enemigo que quiere imponernos un califato islámico global? Si existía, no era significativa en los países del sur de la región, donde encontré un fuerte rechazo hacia ese grupo. Pero en el norte tal vez la podría hallar. La revolución de Egipto había estallado el 25 de enero de este año, apenas un mes después de la tunecina; ambas buscaban derrocar a regímenes aliados de Occidente. Osama bin Laden, el líder de Al Qaeda, hizo

una grabación en la que calificaba a la serie de alzamientos árabes como una “rara y grande oportunidad histórica de levantarse con la comunidad islámica y liberarse de la servidumbre de los gobernantes, las leyes hechas por el hombre y la dominación occidental”. En el bando contrario, algunos medios de comunicación alertaban de la presencia de Al Qaeda en la insurrección egipcia. Lo vi en la pantalla de mi amigo estadounidense Douglas Cronym, en Niamey: las cadenas de noticias de su país coincidían en señalar el peligro de que Al Qaeda aprovechara los disturbios, sin fuentes ni datos duros que respaldaran sus afirmaciones. Un presentador de Fox News, por ejemplo, mostró un gráfico con un gran cuadro naranja a la izquierda, que decía Hermanos Musulmanes (el principal partido islámico egipcio, de perfil electoral y no violento), y dos más pequeños, del mismo color, a la derecha: uno decía Hamás (el grupo islamista palestino que domina la franja de Gaza) y el otro, Al Qaeda. El presentador dio así por demostrada la asociación de Hermanos Musulmanes con Al Qaeda, a pesar del conocido rechazo mutuo entre las dos organizaciones. La coincidencia entre la visión de Bin Laden y la de Fox News, sin

Al contrario de lo que algunos temían, lo que pusieron en evidencia las insurrecciones en Túnez y Egipto fue la enorme dimensión del fracaso de Al Qaeda y el yijadismo.

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embargo, podría ser una pista. Tal vez lograría encontrar entre los egipcios insurrectos el soporte popular de Al Qaeda y la explicación de ese apoyo.

EN EGIPTO CON FUENTELSAZ

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l único televisor de la sala de espera del aeropuerto mostraba imágenes de horribles enfrentamientos en Egipto: carros blindados aplastaban manifestantes, hombres disparaban a sangre fría, personas caían heridas de bala. Horas más tarde, llegué a un El Cairo reducido a una situación medieval, en la que los periodistas éramos perseguidos tanto por la policía secreta y los soldados que nos detenían, como por los golpeadores y los esbirros del régimen que nos querían matar.

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Sólo ese espacio que tanto asustaba al oficial libio, la pequeña “república” rebelde de la plaza Tahrir, era relativamente seguro. Libertario. Democrático. Autogestivo. Y siendo religioso (las cinco oraciones del día eran atendidas), resultaba secular e incluso ecuménico: un nuevo símbolo, formado por una media luna islámica y una cruz cristiana que se entrelazaban, se repetía en carteles y mantas en representación de la unidad entre los egipcios. Personas de ambas fes realizaban ceremonias conjuntas en las que alzaban pequeños ejemplares de el Corán, cruces coptas de madera, banderas egipcias y celulares para grabar el fenómeno. Vi a

un cura barbudo a quien atendía un joven médico: “¡Este chico es musulmán!”, me dijo el viejo, “¡y mira qué bien me trata!”. ¿Estaba Al Qaeda presente de alguna forma entre los revolucionarios de Tahrir? ¿Tenía simpatías o alguna popularidad en el movimiento? “La respuesta a esas preguntas es cero y cero”, me dijo Jorge Fuentelsaz, corresponsal de la agencia española efe en El Cairo, quien ha vivido los últimos 11 años en Siria y Egipto. Los manifestantes estaban en la calle, pero no exigían la imposición de un régimen islamista y en sus demandas no había un contenido religioso: querían opciones políticas, oportunidades económicas, acceso a la educación… En suma, leyes hechas por el hombre. Al contrario de lo que algunos temían, lo que pusieron en evidencia las insurrecciones en Túnez y Egipto fue la enorme dimensión del fracaso de Al Qaeda y el yijadismo global: aunque los dictadores contra quienes la gente se alzó eran todos enemigos de Bin Laden, nadie exigía la sharía (ley islámica), sino las libertades que el fundamentalismo les quiere negar. La única presencia islamista relevante era la de Hermanos Musulmanes, el partido que al principio manifestó sus dudas sobre la revolución y a final de cuentas tuvo un peso minoritario: el 12 de febrero, cuando los revolucionarios festejaban en Tahrir la caída del dictador Hosni Mubarak, vi a un grupo de Hermanos celebrar en un sector de la plaza; deben haber reunido a unas 200 personas, entre los cientos de miles que había ahí. Fuentelsaz, quien realizó su tesis doctoral sobre esta organización y es coautor del blog especializado hermanosmusulmanes.wordpress.com, me explicó que “los Hermanos y Al Qaeda se llevan mal”, en particular Ayman al-Zawahiri (quien meses después, tras la muerte de Bin Laden, se convertiría en jefe de Al Qaeda): “Él rompió con ellos en su adolescencia y nunca les ha perdonado que participen en el juego político, algo que Zawahiri considera una legitimación del régimen y, por lo tanto, una traición a los principios islámicos. Por su parte, los Hermanos siempre han condenado los métodos violentos”. Fuentelsaz precisó que esa postura cambia en el caso de “lo que denominan luchas de resistencia contra la ocupación”, es decir, contra los israelíes en Palestina. “Aquí hay salafistas y esperarán la mejor oportunidad para manifestarse”, me alertó el periodista egipcio-alemán Amr Hayed. Los Hermanos Musulmanes son muy distintos de la gente de Bin Laden pero, como ocurre con Al Qaeda en el Magreb Islámico (aqmi), con los yijadistas de la palabra con los que hablé en Níger (ver la segunda parte de este reportaje, publicada en Esquire de julio) y con los extremistas de Barcelona, el salafismo es una de las sectas más intolerantes y está presente en Egipto, aunque no se dejaron ver por Tahrir ni en los eventos de la revolución. “[Los salafistas] Consideran infieles a los que no piensan como ellos y, por lo tanto, creen que es legítimo derramar su sangre”, dijo Fuentelsaz. Dentro de esa corriente, sin embargo, existen grupos con posturas divergentes, como los tafkiríes y los wahabíes. “Al Qaeda es un de los grupos considerados radicales tafkiríes”, precisó el periodista español. “Aunque algunos de los salafistas egipcios se aproximan mucho a las ideas takfiríes, no son violentos. Además, hasta la caída de Mubarak, predicaban en contra de la implicación en la política, actividad que consideraban haram (prohibida por el islam). Para ellos, lo importante era respetar

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“Respetamos al emir (Bin Laden)”, dijo Mahmoud, un yijadista que había luchado a favor del fallecido líder terrorista. “Pero sus lugartenientes han convertido a Al Qaeda en una máquina de matar musulmanes”. al gobernante. Eran ideas más wahabíes. Digamos que (tafkiríes y wahabíes) coinciden en ciertos principios morales ultrapuritanos y rigoristas —modos de vestir, prácticas religiosas, conductas morales—, pero no en los métodos”.

CAMINO A LIBIA

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uienes sí habían peleado bajo la bandera de la yijad mundial, como combatientes de Bin Laden, estaban en Libia, según reportes recientes. En esos días se desató la guerra civil en aquel país: el 17 de febrero había iniciado una revolución que al principio había querido ser pacífica, pero que se convirtió en armada cuando la represión del régimen se tornó sangrienta, y el pueblo saqueó los arsenales militares. La “capital” rebelde era Bengasi, en la provincia de Cirenaica, y otra vez los medios y líderes occidentales alertaron del 106  a g o • 1 1

peligro islamista, mediante la “revelación” de información ya conocida: que de esa ciudad habían salido al menos 73 yijadistas a pelear en Irak como parte de las fuerzas de Al Qaeda (la quinta parte del total de extranjeros), según el Combating Terrorism Center de la academia militar de West Point. “Si quiero arriesgar la cabeza”, pensé, “debo ir a Libia”. Trevor Snapp, un fotógrafo estadounidense, y yo nos dirigimos en autobús a la frontera de Egipto, con la esperanza de colarnos por ahí a pesar de que el gobierno de Muamar Gadafi ni daba visas ni quería periodistas. Una noche, en el camino, paramos en el pueblo beduino de Sidi Barrani, a la orilla del Mediterráneo; un rincón remoto de Egipto al que habían llegado muy pocos viajeros occidentales desde la Segunda Guerra Mundial, cuando pasó el Afrika Korps del teniente general nazi Erwin Rommel, el “Zorro del

Desierto”, para luego retornar perseguido por las tropas aliadas del mariscal inglés Bernard Montgomery, en 1942. Un joven egipcio muy atento nos invitó a beber té. Quiso saber a dónde íbamos. Se asustó: “¿A Libia? ¡A Libia! ¿Qué no han escuchado de lo que ocurre en Libia? ¡Ahí tienen una revolución, con cientos de muertos!”. Pensé en el sarcástico oficial del aeropuerto de Trípoli, que se carcajeaba de los enfrentamientos en Egipto, sin sospechar que pronto los tendría en su propio país. Y mucho más graves.

EN LA GUERRA CON EL EX YIJADISTA

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A qué clase de gente encontraríamos del otro lado de la frontera? El régimen había perdido el control del puesto militar e ingresamos a Libia clandestinamente. Gadafi había advertido dos cosas: que los reporteros que hallaran sus fuerzas serían tratados como colaboradores de Bin Laden y que los revolucionarios eran todos yijadistas drogados, porque Al Qaeda les ponía a los jóvenes “pastillas alucinógenas en el Nescafé”. ¿Estábamos entrando en territorio de combatientes islamistas?

Sí parecían serlo. Las primeras personas que encontramos eran civiles con largas barbas, vestidos con chilaba (un camisón que baja hasta los tobillos) y chalecos de camuflaje, y que nos mostraban sus fusiles Kalashnikov. No nos secuestraron ni nos torturaron; por el contrario, nos ayudaron a conseguir transporte y enviaron a un guardia armado para que nos protegiera. Al día siguiente llegamos a Bengasi. Desde la azotea del edificio Seggressioni, una herencia de la época de la colonia italiana, cada viernes presenciábamos el imponente espectáculo de miles de hombres orando juntos en la plaza Mahkama y pidiendo ayuda divina para vencer al “satánico” Gadafi y sus “demonios”. Aunque el libio es un pueblo muy religioso, de nuevo escasearon las señales de extremismo. Las demandas eran las mismas que en Egipto: democracia, libertades, empleos. Por el liderazgo no competían clérigos fanáticos, sino los abogados defensores de los derechos humanos que convocaron a las primeras manifestaciones, y ex funcionarios del régimen que se habían pasado al bando rebelde. Aunque estos últimos eran peligrosos oportunistas, no tenían relación alguna con Al Qaeda. Tres semanas después, a mediados de marzo, física, emocional y mentalmente extenuado por meses de desierto, conflicto y guerra, me preparaba para salir de Libia cuando uno de los portavoces de la dirigencia revolucionaria me confió que algunos hombres que habían peleado para Al Qaeda estaban combatiendo unos 160 kilómetros al sur de Bengasi, en la puerta occidental de Ajdabiya, una ciudad estratégica que trataban de conquistar las fuerzas de Gadafi. Yo ya no esperaba encontrar a las masas de simpatizantes de Bin Laden que, debido a reportes televisivos, nos imaginamos en Occidente. Además, no me quedaban muchas ganas de regresar al frente de batalla, donde había pasado algunos sustos: la enorme indisciplina de las tropas rebeldes provocaba que la línea de combate fuera peligrosamente inestable. Una vez que un grupo de estos muchachos poco experimentados emprendía la retirada, el terror se extendía en instantes y la resistencia desaparecía. El ejército de Gadafi avanzaba entonces con velocidad y ya había capturado a varios colegas reporteros. Sin embargo, ésa era mi oportunidad de conocer a yijadistas de las armas que podrían explicarme por qué estaban o habían estado dispuestos a morir por Al Qaeda. 1• Bengasi, Libia, a la hora de los rezos. 2• Egipto, plaza Tahrir, cartel sobre la solidaridad interreligiosa. 3• Demanda de libertad en la plaza Tahrir de El Cairo.

Mustafa Sanfaz, el militante revolucionario que me condujo en su auto a Ajdabiya y que sería mi traductor al inglés, me anticipó que Al Qaeda seguramente querría aprovechar la oportunidad de infiltrar el movimiento, “pero, por ahora, dudo que alguien los respalde, no conozco a nadie que simpatice con su ideología; estamos a gusto con el Islam como lo practicamos. Lo único que hará que algunos apoyen a Al Qaeda será que los occidentales se sienten a ver cómo Gadafi nos aplasta”. Encontramos a los combatientes mientras hacían los rezos de mediodía, detrás de unas tiendas de campaña, junto a la carretera. Cuando concluyeron, observé que los más jóvenes eran indistinguibles de los de otros grupos de luchadores pero, a diferencia de casi todos los adultos que había visto, varios de los mayores mostraban la seriedad de la experiencia de combate. Asumí que ésos eran los antiguos miembros del Grupo Combatiente Islámico Libio que atentó contra Gadafi en 1996, que fue aplastado por la represión y cuyos militantes se exiliaron para luchar en otros países como parte de Al Qaeda. Mustafa ya había empezado a hablar y reír con ellos. Pronto me habían rodeado: “Éste peleó en Ciudad Sáder (un barrio de Bagdad) hasta 2007”, señalaba mi compañero. “Y éste colocaba explosivos improvisados en la carretera a (la ciudad iraquí de) Faluya”. En lugar de mostrarse reservados ante el periodista occidental, los rebeldes hacían bromas sobre lo que imaginaban que era México, “un lugar con mucha nieve”. “Es que ya dejaron el fanatismo atrás”, explicó Mustafa. “Dicen que los tiempos han cambiado y el sentido de la lucha, también. Antes odiaban a los cristianos porque estaban aliados con Gadafi mientras él mataba a nuestra gente, pero esta vez esperan que Occidente nos proteja”. “Respetamos al emir (Bin Laden)”, intervino Mahmoud, el de Ciudad Sáder, en buen italiano, “pero sus lugartenientes han convertido a Al Qaeda en una máquina de matar musulmanes. Al Qaeda perdió la posibilidad de convencer a los fieles, y el islam, un poco de su prestigio y fuerza moral. Ahora lo importante es ganar la libertad”. La lengua italiana carece del sonido J y era curioso que mi interlocutor lo introdujera con sonoridad a mitad de las palabras. Sólo eso resultaba cómico en ese hombre de 40 años, que no era especialmente afable pero inspiraba confianza. 2

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1• Combatientes libios en la ciudad de Ajdabiya. 2• Combatientes libios en el frente en Ras Lanuf. 3• Explosión de un misil, muy cerca de donde se encontraba nuestro reportero.

TRAS LA DUNA, BAJO EL AVIÓN

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ran días de temor porque Gadafi por fin había logrado consolidar sus tropas, los rebeldes retrocedían con rapidez y Ajdabiya estaba en peligro. “Al shabab (los jóvenes) van al combate sin entender nada”, lamentó Mahmoud. Entonces sonó el potente rumor de un bombardero y, como todos los demás, salimos en estampida. Las ametralladoras antiaéreas retumbaban estúpidamente, arrojando metal hacia cualquier rincón del cielo, porque los operadores no veían su objetivo. Seguí a Mahmoud, saltamos tras una duna y nos dejamos caer sobre la arena. Mi boca se llenó de gránulos. Si la onda de la explosión venía del lado contrario, explicó, tendríamos algún nivel de protección, aunque fuera mínimo. Si no, de todos modos sería casi imposible sobrevivir. El misil cayó lejos, aproximadamente a un kilómetro de distancia. ¿O había caído antes de que yo lo percibiera? Cómo saberlo. La confusión era tal que podríamos habernos convertido en polvo sin darnos cuenta. ¿Qué fue primero, el avión o la bomba? —Si escuchas el avión, ya te salvaste. Las bombas llegan primero —me instruyó Mahmoud. —¿Es así? —repliqué—. Entonces, ¿por qué corrimos?

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—Eso es lo que se dice. ¡Allá tú si quieres quedarte y descubrir que no es cierto! Profundamente desorganizados, carentes de estructura de mando, sin táctica ni estrategia, ni algo que se pareciera a un plan, los rebeldes libios confiaban en dios, en la justicia de su causa y en la fuerza de su empuje suicida. El humo de la explosión se alzó decenas de metros, sofocando el viento con cenizas y arena que pronto empezaron a descender sobre nosotros. Nadie había muerto, y decenas corrimos hacia el cráter recién creado. Los adolescentes y los adultos, disfrazados de militares o de revolucionarios (los preferidos eran el estilo Che —boina calada—, y el estilo Arafat, con pañuelo blanco y negro al cuello o sobre la cabeza) con cualquier prenda que hubieran hallado, levantaban restos del misil, disparaban sus Kalashnikov al aire y celebraban con gritos de “Alá akbar” el evidente milagro de la protección divina. Mahmoud era muy devoto, pero su experiencia lo forzaba a descreer. El hecho de que nos hubiéramos salvado no se debía a la intervención de dios, sino a algún plan diabólico de Gadafi. “Está jugando con nosotros, juega, juega”, musitaba como única manera de explicarse el mal tino del artillero del avión. “Ya viene Gadafi a destruirnos. Acabará con nuestra

gente, nos matará a todos. Él tiene la fuerza, el poder. Ahí están sus aviones”. “Los occidentales se hicieron ricos vendiéndole armas (a Gadafi) a cambio de nuestro petróleo”, dijo. Sin embargo, mientras algunos en Europa clamaban que, si las potencias occidentales intervenían, estarían demostrando que sólo les interesaban los recursos energéticos libios, Mahmoud pensaba exactamente lo contrario: “Han tenido todo el combustible que han deseado gracias a Gadafi. Si ahora no vienen a detenerlo, si no entran a salvar al pueblo del genocidio, quedará claro que lo único que les importa es el petróleo. Y entenderé que tenían razón quienes me condenaron por abandonar la Yijad (guerra santa)”.

EN LA FRONTERA CON MI SOMBRA

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ías más tarde, el 19 de marzo, después de que el ejército había tomado Ajdabiya y hecho polvo la posición donde yo había estado con Mahmoud, aviones franceses barrieron tanques y vehículos blindados que avanzaban en columnas de kilómetros de largo, y con los que el gadafismo se dirigía a arrasar Bengasi. Se evitó lo que amenazaba con convertirse en la masacre de una ciudad de un millón de habitantes.

Cientos de miles de libios musulmanes salieron a las calles a ondear las banderas azul, blanco y rojo de Francia y Estados Unidos, los países que odian en Gao (Malí) y otras partes del otro lado del Sahara. También mostraron las enseñas de Gran Bretaña, España y Qatar, que apoyaban la intervención extranjera, y las de Egipto y Túnez: las oraciones de los viernes se convirtieron en auténticos actos internacionalistas. Y si hay alguien que tenga simpatías por Al Qaeda, hoy son más débiles que ayer. No sé si Mahmoud y sus amigos ex yijadistas, que imaginaban un México nevado, sobrevivieron a la ofensiva gubernamental. Supongo que, de estar vivos, ahora celebrarían la colaboración entre musulmanes y cristianos por la que rezaban, misma que salvó a su gente del exterminio. Me pregunto qué sentirían, en cambio, si conocieran el penar de los tuaregs, estrangulados por la Travesía por cuádruple pinza que forman las el desierto potencias cristianas y los gobiernos musulmanes de la región, los católicos narcotraficantes latinoamericanos y los salafistas de aqim: otro acto de (involuntaria) cooperación interreligiosa, esta vez con signo fatal. Tal vez concluirían que la maldad no es exclusiva de una fe u otra. En la tierra de nadie donde mi búsqueda empezó, marroquíes y mauritanos se enseñan los dientes y las bayonetas, después de haber colaborado para aplastar a los saharauis, los indígenas del Sahara Occidental que

aún luchan por su independencia. Y todos ellos son musulmanes. Pero quienes les compran los recursos naturales y les venden las armas son poderosas naciones cristianas, las mismas cuyos medios de comunicación presentan a la gente del desierto como terroristas en potencia y candidatos al caos sin remedio. Un caos que, en buena medida, está siendo provocado por Francia, Estados Unidos y sus aliados regionales, a quienes les conviene exagerar la popularidad de Al Qaeda para justificar sus acciones. A la vez, estas acciones pueden convencer a algunos de abrazar el terrorismo: es un círculo vicioso artificial. “Con mis piernas es suficiente”, le dije al conductor de un taxi mientras atravesaba los dos kilómetros que hay que caminar del puesto libio al final del egipcio. Estaban asfaltados, no tenían dunas ni minas explosivas, al contrario de aquella inhóspita frontera que había cruzado al principio de la travesía. Cientos de refugiados africanos estaban empantanados entre ambos países, sin poder avanzar ni querer regresar a la guerra. Yo sí podía salir de ahí. Y no tenía más motivos para quedarme. Las jorobas de mi sombra se encogían hacia mis botas, como si el calor derritiese las mochilas que cargaba sobre espalda y pecho. En mi interior, burbujeaba la indignación del que ha visto la mentira, y a los mentirosos seguir mintiendo: en los países de Occidente, la verdad oficial transmitida por televisión seguirá siendo que los pueblos del Sahara —los que sufren más que nadie la presencia de los terroristas— esconden y fortalecen a Al Qaeda. Pero la brisa salada del Mediterráneo, el cercano mar cuyo aroma me acariciaba aunque no alcanzara a verlo, me refrescó con otras imágenes que se abrieron paso en mi mente: las historias de Shindouk, el tuareg, plenas de sentido común; el ecumenismo de Oumar, en el puerto de Diré; la convicente mirada de Mahmoud, el ex yijadista, que fue capaz de reconocer sus errores y reconducir su lucha; y las nobles atenciones de Sidiki, el maliense animista que cuidó mi malaria en Mopti. Son grandes derrotas de la mentira, pensé, mientras me subía al coche de unos beduinos, que cortésmente ofrecieron acercarme a El Salum, el primer pueblo en Egipto. Evidencias de que la verdad no ha renunciado a vivir entre nosotros. Bengasi Ajdabiya

Libia

El Cairo

Egipto

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Tras las huellas de Al Qaeda -3a parte  

Tercera parte

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