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MIEDO Y ODIO EN EL CAUCASO

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En el sur de la cordillera del Cáucaso se vive con la espada desenvainada. La tensión entre Georgia y Rusia por los territorios de Osetia del Sur y Abjazia no ha disminuido a un año de la “guerra de los cinco días”. Mientras, Azerbaiján y Armenia continúan su conflicto de más de 15 años por Nagorno-Karajab. En este pequeño espacio de sólo 250 kilómetros de ancho por 800 de largo, las heridas abiertas por siglos de afrentas y rencores parecen destinadas a no cicatrizar nunca.

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a mezquita estaba llena de estiércol. El recinto sagrado había sido convertido en un establo. En lugar de un imán y sus fieles, me miraron cuatro vacas. Era la única construcción relativamente indemne en un área muy extensa. Subí por uno de los dos minaretes para tener una perspectiva elevada de Agdam, una ciudad de Azerbaiyán ocupada por los armenios desde hace 15 años. Desde arriba sólo pude ver destrucción. Ni un solo techo y miles de muros derruidos. Cascarones de casas de uno y dos pisos me sugerían que éste había sido un barrio animado, con tiendas de frutas y salones para fumar en narguiles. Ahora los árboles habían roto las calles y de las habitaciones se asomaban arbustos. A lo lejos, como colosos que murieron sentados, edificios de apartamentos proyectaban grandes sombras. Tras descender, la voz de un hombre me sorprendió: “Ellos (los azeríes) también destruyeron iglesias”, denunció en un alemán fragmentado. “Por mil años, mis vacas cagarán aquí”. Para vivir en un espacio tan pequeño, de apenas 250 kilómetros de ancho por 800 de largo, los pueblos al sur de la cordillera del Cáucaso han tenido una ración más que excesiva de conflictos. Habitantes de un punto de paso entre Asia y Europa de gran valor estratégico, durante miles de años han tenido que esforzarse para resistir o sobrevivir bajo la presión militar de grandes potencias, que en la actualidad son Rusia, Turquía, Irán y, como novedad, Estados Unidos. Sin embargo, esto no ha creado un sentimiento de solidaridad entre ellos. Los diversos grupos y subgrupos étnicos de la zona han desarrollado identidades con una fuerte carga de rivalidad, que los ha llevado a enfrentamientos bélicos y a buscar alianzas con los mismos poderes extranjeros que los subyugan. Al contrario de lo que ocurre en los países ex soviéticos de Asia Central, los gobiernos del Cáucaso son débiles y vulnerables a las presiones. Las tres naciones reconocidas (Georgia, Armenia y Azerbaiyán) tienen que coexistir con repúblicas de facto (Osetia del Sur, Abjazia y Nagorno-Karabaj), escindidas de sus propios territorios gracias al apoyo militar del exterior. Armenia y Azerbaiyán están en situación de guerra latente por esta causa, lo que ha provocado más de 20 mil muertes, casi 100 mil heridos y 400 mil refugiados. Pero la amenaza más temible, como se vio en la escalada que puso a 104 s e p • 0 9

las tropas rusas y georgianas en estado de alerta en agosto de este año, es la de una nueva invasión rusa contra Georgia. Si esto pasara, el ejército del primer ministro ruso, Vladimir Putin, podría terminar el trabajo que empezó en su ataque de agosto de 2008: “colgar de las pelotas” (sic) al presidente georgiano Mikhail Saakashvili, y devolver al país rebelde a su antigua condición de satélite de Moscú. En un informe de julio pasado, el International Crisis Group, un think-tank dedicado a la prevención de conflictos, advierte que una serie de “violentos incidentes fronterizos y la falta de un régimen de seguridad efectivo en las zonas de Osetia del Sur y Abjazia crean una atmósfera de inseguridad en la que podrían resurgir intensos enfrentamientos armados”. Para Rusia, dominar el Cáucaso es un asunto de seguridad nacional y está dispuesta a usar la fuerza. No obstante, Estados Unidos, que confía en que la debilidad de la economía rusa le impedirá mantener el pulso en el largo plazo, ha anunciado que seguirá interviniendo en la región políticamente y con apoyo militar, en forma de maniobras conjuntas y aprovisionamiento limitado. Esto tiene dos objetivos: consolidar a Georgia como aliado de Occidente y asegurar una ruta de paso del petróleo del Mar Caspio. El problema es que “un país pequeño y vulnerable como Georgia no puede confiar en el largo plazo: podría desaparecer en el corto”, advierte Shota Khinchagashvili, un politólogo georgiano formado en Gran Bretaña que acaba de regresar a su país.

Indignación rusa

Genri Chkareuli, de 55 años, me dijo que era el campeón de velocidad del Cáucaso. Al volante de su vieja Niva soviética 4x4, acababa de pasar a un vehículo en el que viajaban cuatro chicos de poco más de 20 años, tan orgullosos como él. Aceptaron el reto y nos persiguieron durante 10 minutos. Genri hacía lo normal en una pista de carreras: cuando nos trataban de rebasar, se movía hacia la izquierda para impedirlo. Sólo que no estába-


mos en un circuito profesional, sino corriendo a 100 km/h en un camino sin pavimento, la Carretera Militar Georgiana, de menos de cinco metros de ancho, abierta a golpe de explosivos en el costado de las montañas de la cordillera del Cáucaso. El río Tergi serpenteaba al fondo del cañón Dariali, unos 100 metros abajo, y los picos se elevaban en línea recta desde 800 hasta 2,000 metros sobre nuestras cabezas. En cada curva cerrada, con cada salto y derrapón, podía escuchar a mi suerte gritar. Pasamos un túnel donde sin saber cómo esquivamos a dos vacas que descansaban ahí. “¡Montecarlo!”, exclamó Genri antes de entrar. “India”, susurró al salir, aún con el susto en la lengua. Se detuvo en una pequeña plataforma donde había una cruz. Los del otro coche se bajaron a reconocer, con besos en la mejilla izquierda, la pericia de Genri. Al sur se extendía el hermoso valle donde se asienta el pueblo de Kazbegi, con el volcán Kazbek (de 5,040 metros de altura) a la derecha. Un templo de la Iglesia Ortodoxa Georgiana adornaba la cumbre de una colina. “Cuando los rusos pasen de este punto, estaremos perdidos”, dijo Genri, un campesino que accedió a mostrarme el cañón Dariali, una vía de importancia milenaria por donde transitaron las caravanas y todos los ejércitos invasores que se movieron del norte al sur del Cáucaso. “Si tenemos alguna oportunidad de detenerlos, es en este cañón. Más adelante, no habrá forma y avanzarán hasta Tbilisi (la capital de Georgia)”. Sólo hasta mediados del siglo xx se construyó un segundo paso a través de la cordillera, un túnel que conecta a Ose-

tia del Norte con Osetia del Sur. Esta última es una de las “repúblicas” sostenidas por los rusos, desde la cual atacaron Georgia el año pasado. Pero para montar una invasión de mayor envergadura, sostiene Genri, tendrán que usar la Carretera Militar Georgiana que, con sólo 208 kilómetros de largo, comunica a Vladikavkaz, en Rusia, con Tbilisi. El zar Alejandro I ordenó que la construyeran en 1801, para facilitar el paso de tropas que mantuvieran sometidos a sus súbditos caucásicos. Dos siglos después, Genri y muchos georgianos temen que vuelva a cumplir su objetivo original. Rusia está molesta con muchas de las naciones que estuvieron bajo su mandato desde los siglos xviii y xix, y que se separaron de ella tras el colapso de la Unión Soviética (urss), en 1991. Y no sólo es una cuestión de orgullo colonial: desde la perspectiva rusa, mantener el control sobre varios de estos países es un imperativo geopolítico para garantizar la seguridad nacional, porque dominar la cordillera del Cáucaso cierra una posible ruta de invasión hacia Moscú. En el flanco norte, que sigue dentro de sus fronteras, enfrenta movimientos armados separatistas con componente islámico en Chechenia, Ingushetia y Daguestán; sólo Osetia del Norte es fielmente pro-rusa. En el flanco sur, es Armenia, un país aislado por conflictos con todos sus vecinos, la que busca la

Para Rusia, mantener el control sobre el Cáucaso es un imperativo geopolítico, pues cierra una posible ruta de invasión hacia Moscú.

Agdam, una ciudad azerí que llegó a tener 160,000 habitantes, fue totalmente destruida en la guerra entre Azerbaiyán y Armenia.


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Izq.: Un anciano se manifiesta contra el presidente de Georgia. Der.: Una mezquita convertida en establo en Agdam.

amistad y protección rusas. Azerbaiyán, una nación musulmana de origen túrquico, se apoya en Turquía. Lo más indignante para Moscú es que Georgia está haciendo intentos desesperados por aproximarse a Estados Unidos y la Unión Europea (ue), con la aspiración de integrarse a ésta y a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (otan). Todavía hay más: soberbios, autoritarios e individualistas, los mandamases de Georgia (Saakashvili) y Rusia (Putin) se odian profundamente. Sólo que el segundo está al frente de una potencia demográfica, económica y militar cien veces más fuerte que el pequeño país del primero.

Crímenes de guerra

“Los osetios son georgianos, todo lo demás es invento ruso”, me dijeron varias personas en Tbilisi. No pude confirmar este dicho directamente, pues también me explicaron que si quería ir a Osetia del Sur, “no te permitirán el paso los guardias fronterizos georgianos, y si consiguieras cruzar, te arrestarán los rusos, y si tuvieras la suerte de evitarlo, te secuestrarán las milicias osetias”. La historia no sugiere que los osetios se sientan georgianos. De origen iraní, hablan un dialecto persa y apoyaron al imperio ruso en 1774, cuando emprendió la conquista de Georgia y sus vecinos, y de nuevo en 1920, cuando los bolcheviques incorporaron el Cáucaso a la urss. Stalin, sin embargo, dividió su territorio en dos y dejó a Osetia del Sur 106 s e p • 0 9

dentro de Georgia. En respuesta a la declaración de independencia de Georgia en 1991, los osetios del sur anunciaron su decisión de separarse para mantener sus lazos con Rusia. Aún hoy, el discurso de los líderes sudosetios oscila entre mantener su supuesta autonomía y buscar su integración con Osetia del Norte bajo soberanía rusa. Moscú les otorga ayudas anuales por 260 millones de dólares. Lo mismo ocurre con Abjazia, otra región que pertenece oficialmente a Georgia desde tiempos de Stalin pero que se separó hace 18 años. Tanto Abjazia como Osetia del Sur, reconocidas como “repúblicas” sólo por Rusia y Nicaragua, han sostenido enfrentamientos armados con Georgia, en los cuales han contado con el apoyo de tropas rusas. El 15 de julio pasado, una fuerza de paz de la onu tuvo que retirarse de Osetia del Norte porque Moscú utilizó su poder de veto en el Consejo de Seguridad para impedir la renovación de su mandato. Su argumento para bloquear la resolución fue que ésta reconocía la soberanía de Georgia sobre las dos “repúblicas”. Sólo queda una misión de observación de la ue en la línea de cese al fuego entre Osetia del Sur y Georgia. “La mayor parte de los mecanismos de resolución de conflictos en el campo ha sido desmantelada”, advierte el informe del International Crisis Group. Dos días antes, el 13 de julio, el presidente ruso Dmitry Medvedev (que le debe el puesto a Putin) hizo una visita sorpresa al cuartel general ruso en Tshinkvali, la capital de


El último puesto de vigilancia georgiano en el estratégico cañón Dariali antes de la frontera con Rusia.

Lo más indignante para Moscú es que Georgia está desesperada por aproximarse a Estados Unidos e integrarse a la ue y a la otan. Osetia del Sur, y a Akhalgori. Ahí dijo que el año pasado, Rusia “se vio obligada a dar una respuesta dura y muy efectiva” y que esperaba “que esa lección sea bien recordada”. Yo estaba a 30 kilómetros de ese lugar, en Gori, la ciudad donde nació Stalin, y podía ver a qué se refería Medvedev: 11 meses antes, el 13 de agosto de 2008, Gori había sido bombardeada por la aviación rusa, abandonada por el ejército georgiano y ocupada por las fuerzas rusas y las milicias osetias, que se dedicaron a hostigar a los habitantes y a destruir durante nueve días. Sólo el museo dedicado a la memoria de Stalin quedó a salvo del saqueo; aún hay edificios con enormes boquetes y áreas afectadas.

El saldo de víctimas en Gori fue de 36 policías y 80 civiles muertos; en general, Georgia perdió a 170 soldados y 228 civiles (más los policías de Gori); Rusia, a 64 militares; y Osetia del Sur, a 150 milicianos y 162 civiles. Veinticinco mil georgianos que vivían en Osetia del Sur fueron forzados a huir y viven en campos de desplazados. Según el International Crisis Group, “todos los bandos en conflicto cometieron crímenes de guerra, pero las acciones de las milicias osetias, que de manera sistemática saquearon, incendiaron y en algunos casos demolieron las aldeas georgianas, fueron particularmente egregias y equivalen a una limpieza étnica”. Las tropas rusas permitieron estas agresiones, afirma el documento.

Colgar a Saakashvili

Desde el punto de vista de Rusia, la potencia mundial de antaño que hoy encuentra difícultades para proyectar su fuerza, la breve guerra del año pasado fue una victoria frente a Occidente, a cuyo aliado pisoteó sin que Washington pudiera evitarlo (no obstante, en el balance debe anotarse que el gobierno ruso únicamente pudo persuadir a Nicaragua para que reconociera a las “repúblicas” separatistas). “La situación en el mundo y la actitud hacia Rusia ha cambiado”, dijo Medvedev en una visita a Osetia del Norte, el 8 de agosto de 2009. “Los estados débiles desaparecen del mapa. Rusia tiene que ser fuerte”. Cuatro días más tarde, el 12 de agosto, una visita de Putin a Abjazia sirvió para enfatizar que Moscú no soltará prenda. Por si quedaran dudas, en esa misma semana, Medvedev envió al parlamento un proyecto que modifica la ley que regula el uso de las fuerzas armadas rusas en el extranjero y facilita el envío de tropas, no sólo a Georgia, sino a cualquier país. Con esto, según el diario Kommersant, Rusia podría intervenir incluso “en un conflicto armado entre Venezuela y Colombia”, si se llegara a dar. Para Putin y Medvedev, la invaluable oportunidad de demostrar su fuerza fue casi como un regalo de Saakashvili: el presidente georgiano, que ordenó a sus tropas reconquistar Osetia del Sur el 7 de agosto de 2008, aseguró que lo había hecho ante la inminencia de una invasión rusa. Pero los observadores de la onu reportaron que todo estaba tranquilo y no había movimientos irregulares de tropas hasta que entraron los georgianos. Al parecer, los rusos no tenían intención de dar el primer golpe, aunque sí estaban más que listos para dar el segundo y poco faltó para que dieran el final. Akhalgori, el otro pueblo que Medvedev visitó en julio, está dentro de la demarcación administrativa de Osetia del Sur pero tenía población georgiana y estaba bajo control de Tbilisi hasta la guerra. Ahora son los tanques rusos los que se encuentran ahí, a unos kilómetros de la capital de Georgia. Si Putin en107


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sed de petróleo Los límites de Georgia con Osetia del Sur están a sólo 42 kilómetros de Bashkoi, un pueblo georgiano por donde cada año pasan más de 800 mil barriles de crudo proveniente del Mar Caspio, en su trayecto hacia Turquía, desde donde lo transportan a Europa. Bakú, capital de Azerbaiyán, fue el escenario del primer boom petrolero de la historia, en 1870. En 1905, ahí se extraía la mitad de los hidrocarburos del mundo; aún hoy es un gran proveedor de petróleo y gas. Occidente mira con deseo a los países al sur de la Cordillera del Cáucaso, pues la dependencia que Europa tiene del gas ruso permite a Moscú ejercer presiones. En busca de alternativas que les den seguridad energética, los europeos inauguraron en 2006 el segundo oleoducto más largo del mundo: lleva combustible desde Bakú hasta Ceyhan, un puerto turco, vía Tbilisi, la capital de Georgia. Si la resolución de una serie de dificultades políticas permitiera la construcción de un tubo similar a través del Mar Caspio, el gas de las repúblicas centroasiáticas de Turkmenistán y Kazajastán podría llegar hasta Europa sin que, como ocurre hoy, tenga que pasar por Rusia. Un proyecto respaldado por la Unión Europea y Estados Unidos pretende atender esta posibilidad y además sacar gas azerí. Se llama Nabucco, tendría 3,300 kilómetros de extensión e iría de Turkmenistán a Austria. Debería ser inaugurado en 2014, pero la guerra de Georgia y Rusia de 2008 lo puso en peligro: los inversionistas temen que los rusos tomen control de la zona y pongan en peligro su negocio.

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Un templo cristiano en el hermoso valle de Kazbegi, en Georgia. Ahí está el volcán Kazbek, de 5,040 metros de altura.

cuentra otro pretexto para intervenir, sus soldados en pocas horas podrían estar frente al palacio presidencial de Tbilisi, dispuestos a cumplir el deseo que Putin le expresó al presidente francés, Nicolás Sarkozy, según el diario inglés The Times: “Voy a colgar a Saakashvili de las pelotas”. “¿Colgarlo?”, se extrañó Sarkozy. “¿Por qué no? Los estadounidenses colgaron a Sadam Husein”. En ese momento, el francés halló la fórmula para detener al ruso: “Sí, pero, ¿quieres acabar como (George W.) Bush?” Putin se quedó brevemente sin palabras hasta que repuso: “¡Ah! Aquí sí me metiste un gol.”

Batalla crucial

Los tres países del Cáucaso son pequeños, pero Armenia es una miniatura. Con 29,800 kilómetros cuadrados, su extensión es parecida a la de Haití. Sus fronteras más extensas, con Azerbaiyán y Turquía, están cerradas a causa del conflicto de Nagorno-Karabaj (nk). Con sus otros dos vecinos tiene relaciones tensas: con Irán, por desprecio a los musulmanes, y con Georgia, por rivalidades históricas. También tiene problemas con Turquía, a la que exige reconocer que en 1915 cometió un genocidio contra la población armenia que vivía en ese país. Por todo esto, Armenia ha buscado apoyo en Rusia, cuyas tropas vigilan su frontera con Irán. La batalla más importante en el Cáucaso ex-soviético tuvo lugar en Shushi, entre armenios y azeríes, del 8 al 9 de mayo de 1992. Esta ciudad de nk, que en la antigüedad fue una fortaleza con altas murallas, está en la cima de un cerro a cinco kilómetros de la capital Stepanakert. Las fuerzas de Azerbaiyán bombardearon Stepanakert desde Shushi durante cuatro meses. Veinte mil de los 70 mil habitantes de la capital se marcharon; los demás vivían en sótanos y refugios. “La liberación de Shushi fue el punto clave de la guerra”, me dijo Marsel Petrosyan, vocero del Ministerio de Asuntos Exteriores de la “República” de nk, que asegura ser independiente pero que en realidad depende de la protección de Illustration

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La prolongada guerra entre Armenia y Azerbaiyán ha provocado más de 20 mil muertes, casi 100 mil heridos y 400 mil refugiados. Armenia (el único país que la reconoce) e, indirectamente, de Rusia. “Fue un esfuerzo heroico, porque nuestros hombres tuvieron que avanzar cuesta arriba, expuestos al fuego enemigo. Pero una vez que los vencimos, quedamos en posición de expulsar al invasor de nuestro territorio”. No sorprende que los azeríes lo vean exactamente al revés. Para ellos, Shushi es la cuna de su cultura y los armenios son los abusadores. Tantos siglos de guerras e invasiones en el Cáucaso movieron las fronteras con tal frecuencia que sus pueblos pueden encontrar elementos para justificar cualquier reclamación territorial. En distintos periodos, reyes y príncipes georgianos, armenios y azeríes dominaron toda la región, a veces como soberanos y otras como vasallos de potencias extranjeras. Las sucesivas migraciones propiciaron que los distintos pueblos se mezclaran en los mismos territorios. En lugar de favorecer una integración, cada grupo étnico se refugió en su idioma y su religión para fortalecer sus rasgos de identidad. Esto enfrentó no sólo a los azeríes musulmanes con los georgianos y armenios cristianos, sino a éstos entre sí. Cuando se creó la urss, nk era predominantemente armenio pero Stalin lo separó de Armenia y lo puso dentro de

En la ciudad georgiana de Gori, que en 2008 fue bombardeada y ocupada por rusos y osetios.

Azerbaiyán. Con los años creció la población azerí, hasta que al llegar la independencia, en 1991, sumaba ya el 25 por ciento de los 200 mil habitantes. Desde 1988, la mayoría armenia de nk decidió separarse de Azerbaiyán y unirse a Armenia, lo que dio inicio a una guerra en la que enfrentó a tropas soviéticas y a milicias musulmanas hasta que los rusos se retiraron con el colapso de la urss. Cuando Armenia y Azerbaiyán se hicieron independientes, este último recibió apoyo de oficiales turcos y de guerrilleros chechenos que combatieron en Shushi y otras batallas. Pero las fuerzas armenias los expulsaron de nk, así como a sus 50 mil habitantes azeríes, que se sumaron a otros 150,000 que habían tenido que salir de Armenia. En mayo de 1994, tras la conquista de Agdam por los armenios —la ciudad azerí en ruinas mencionada al principio del reportaje—, se llegó a un cese al fuego. Que no significó el fin de la guerra: técnicamente, ésta continúa y los dos países no han alcanzado un acuerdo sobre el estatus final de nk. De vez en cuando hay enfrentamientos entre soldados armenios y azeríes. Cuando estaba observando Agdam desde el minarete, me descubrieron dos militares armenios. Me acompañaron al coche donde esperaba mi conductor, a quien yo había convencido de llevarme hasta ahí desde Stepanakert, sin sospechar que él no conocía los riesgos. El hombre emitía silbidos de espanto cuando los soldados le explicaban que estábamos cerca de los puestos militares azeríes y cómo teníamos que salir por la única ruta segura.

Un sacerdote ortodoxo georgiano en la capital Tbilisi.

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cordillera estratégica Georgia, Armenia y Azerbaiyán están ubicados en un punto de paso fundamental entre Asia y Europa, bajo la sombra del gigante ruso. Federación Rusa Repúblicas autónomas de Rusia Repúblicas independientes Repúblicas de facto

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Mar Caspio 3 4

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Mar Negro

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Kalmukia

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Ingusetia

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Adiguesia

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Azerbaiyán

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Karacháevo-

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Dagestán

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Najicheván

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Abjasia

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Nagorno-Karabaj

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Osetia del Sur

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Turquía

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Adjaria

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Irán

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Georgia

Cherkesia 4

Kabardino-

Balkaria 5

Osetia del Norte

¿Faro de la libertad?

Georgia es más pro-europea que varios países de la ue. Enemistada con los rusos y poco amiga de los musulmanes de Turquía y Azerbaiyán, Tbilisi mira hacia Occidente como tabla de salvación cultural, política y militar. En todos sus edificios públicos ondean juntas las banderas de Georgia y de la ue (con diversos números de estrellas —15, 25, 27—, porque algunas son bastante viejas), a la que el país quiere integrarse, pero la Unión no le ha dado señales claras. Es difícil, además, que se materialice su deseo de formar parte de la otan: aunque Estados Unidos apoya esa adhesión,

el secretario general de la alianza, Jaan de Hoop, dijo en julio que ni Georgia ni Ucrania están listas aún. En agosto, cuando se cumplía el primer aniversario de la guerra, georgianos y rusos se acusaron mutuamente de agresiones en la frontera con Osetia del Sur y de estar a punto de provocar una nueva escalada bélica. Moscú está más molesto ahora. No sólo con Saakashvili, sino con el presidente estadounidense, Barack Obama, quien visitó a Medvedev y Putin en julio. Días después, el vicepresidente Joe Biden fue a Ucrania (otro país ex soviético que se apartó de Moscú apoyado por Estados Unidos) y a Georgia, donde se entrevistó con Saakashavili. Aunque Biden no accedió entonces a los deseos del georgiano de brindarle a su país armamento pesado, existe un presupuesto de 16 millones de dólares en ayuda militar estadounidense para modernizar al ejército georgiano, y funcionarios del Departamento de Estado no descartan que le den también material “de defensa”. Biden dio además una curiosa entrevista a The Wall Street Journal (26 de julio) en la que dijo que Rusia “tiene una población que se encoge, una economía que decae, un sector y una estructura bancarios que no resistirán los siguientes 15 años. Están en una situación en la que el mundo cambia frente a sus ojos y ellos se aferran a algo en el pasado que no es sostenible”. Así dio a entender que Estados Unidos optaba por seguir confrontando a Rusia en el Cáucaso porque en el largo plazo no podrá resistir. “Eso puede tranquilizar al pueblo estadounidense”, lamenta el politólogo Shota Kinchagasvili. “Ellos pueden ver desde lejos los zarpazos que tire el oso ruso por 15 años. Pero a nosotros sí nos alcanzan. Un país pequeño y vulnerable como Georgia no puede confiar en el largo plazo: podría desaparecer en el corto”. Desde su punto de vista, Washington comete un error al apoyar a Saakashvili, “un tipo que tiende a perder el control y cometer tonterías como la del ataque del año pasado, que puso en riesgo nuestra independencia”. Para él, Georgia estaría más segura con un presidente que no se confrontara directamente con Putin: “Sin ceder ante ellos, pero tampoco con estas provocaciones militares y personales por las que son otros los que mueren”. Saakashvili ha perdido apoyo incluso entre viejos aliados. En un artículo publicado por The New York Times el 5 de agosto pasado, Mark Lenzi (republicano) y Lincoln Mitchell (demócrata), dos académicos que condujeron los programas de colaboración de sus respectivos partidos con el gobierno georgiano, explicaron cómo habían cambiado las cosas desde que Bush calificó a Georgia de “faro de la libertad” en 2005. El país, escribieron, “era mucho más democrático. Pero acciones policiacas excesivas contra manifestantes desarmados, problemas con el poder judicial e intentos

El presidente Mikhail Saakashvili es “un tipo que tien– de a perder el control y cometer tonterías como la del ataque del año pasado”, dice un polítologo georgiano. 110 s e p • 0 9


de someter a los medios de comunicación han erosionado la confianza en Saakashvili. Éste es uno de los factores que lo llevó a tratar de recuperar fuerza mediante el inicio de la acción militar en Osetia del Sur hace un año (...)”.

Mil años de estiércol

¿Qué tienen que hacer Estados Unidos y la Unión Europea en el Cáucaso y, particularmente, en Georgia? En un sentido geoestratégico, se trata de seguir debilitando a Rusia. Pero también hay razones económicas y de corto plazo: la posición del Cáucaso es vital para transportar el petróleo del Mar Caspio (ver recuadro). Desestabilizar o someter a los gobiernos caucásicos le daría a Moscú el control de las rutas energéticas que crucen por la zona. De igual forma, consolidar regímenes empáticos en esas naciones es indispensable para Occidente. Eso no parece fácil. Para Azerbaiyán, la derrota en nk significó perder el 20 Dos mujeres rezan por ciento de su territorio, recibir a 200 en un templo localiza– do en la cumbre de mil refugiados y cancelar cualquier inuna colina del valle de tercambio comercial con Armenia. EsKazbegi, en Georgia. to provocó la caída de dos presidentes y el surgimiento de una dinastía presidencial autoritaria, en la que el actual mandatario, Ilham Aliyev, reemplazó a su padre Heydar tras su muerte. En Georgia las cosas tampoco van bien. Los dos presidentes anteriores se aferraron al puesto hasta que un golpe de paramilitares, en el primer caso, y un movimiento popular apoyado por Occidente, en el segundo, los hicieron caer. Gracias a este último evento subió al poder el líder de la oposición, Saakashvili, un abogado que se formó en Estados Unidos y es admirador de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Reelecto en 2007, su desastrosa idea de invadir Osetia del Sur y la derrota generaron una ola de descontento popular: desde abril hay ciudadanos que acampan frente al Parlamento para exigir su renuncia. Un índice de desempleo del 13 por ciento y el colapso del turismo han fortalecido a la oposición. Armenia parece la más estable de las tres naciones. Su presidente, Robert Kocharan, es un héroe de la guerra en nk (y ex presidente también de esa “república”) y ha mejorado sus relaciones con Moscú y Washington. Sus perennes conflictos con sus vecinos, sin embargo, anulan la influencia positiva que podría ejercer en pro de la democratización. El odio entre los pueblos del Cáucaso es milenario y juega en beneficio de las

potencias que intervienen. No sólo los azeríes de Armenia y los georgianos de Osetia y de Abjazia fueron desplazados; también Azerbaiyán expulsó a 200 mil armenios. El derecho de volver a sus casas es otro asunto que debe ser resuelto. La determinación de Rusia de ejercer una presión cada vez mayor anticipa más conflictos. El 5 de mayo, un batallón de tanques del ejército georgiano se amotinó cerca de Tbilisi. Saakashvili lo consideró un intento de golpe orquestado por los rusos. No aportó pruebas, pero tampoco sería sorprendente que tuviera razón: ya Putin anunció sus planes para los testículos de su enemigo. Si éstos son el lenguaje y los sentimientos entre los líderes de estas naciones, no extraña que un cristiano armenio considere que profanar un templo musulmán azerí y poner a sus vacas a defecar en él durante mil años sea lo correcto.

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Miedo y odio en el Cáucaso