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LA CRISIS

LA CRISIS: UNA OPORTUNIDAD DE RECUPERAR VALORES Y VOLVER AL SER


LA CRISIS

Escrito por: María Julieta Balart Fuente: http://www.tdd-online.es

Es una pena reconocer que el ser humano necesita cada cierto tiempo una sacudida, un empujón, un fuerte estímulo del exterior para recomponer su interior, para recordar qué es de verdad importante, para reordenar las prioridades, para tomar conciencia de qué está haciendo y cómo. En suma, para recuperar la referencia “olvidada” de quién es y para qué está aquí. Esta crisis seguramente traerá incomodidad, dolor, angustia y sufrimiento, pero también servirá para poner las cosas de nuevo en el lugar que habían perdido.

La crisis es cambio, oportunidad, momento para reflexionar, reinventarse y continuar el camino desde una nueva posición.

"No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar “superado”. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El problema de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla." -- Albert Einstein


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Me voy a permitir desglosar un escrito de Albert Einstein sobre la crisis, el cual me ha parecido de una impresionante actualidad, lo que me confirma que el ser humano repite los errores, aprende poco de la experiencia, lo que hace que se repita una y otra vez la misma historia. Ya es hora que nos preocupemos por elevar el nivel de consciencia individual y colectiva, este artículo pretende contribuir a ello.

De la arrogancia a la ignorancia

“No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo.”

Nos hemos creído que lo sabíamos todo. Tanto avance tecnológico y científico nos ha hecho sentir de alguna manera omnipotentes, sabios, con una capacidad de dominarlo todo. Y sin embargo, cuando suceden desastres naturales, cuando no podemos evitar catástrofes, volvemos a tomar conciencia de nuestra condición humana. Hemos hecho de la ciencia una apoteosis y “despreciado” los planteamientos de filósofos, místicos o simplemente de grupos orientados al desarrollo espiritual. Durante siglos el pensamiento cartesiano ha tenido más “caché” y solo lo científicamente probado era considerado como verdadero, dejando lo que no podía demostrarse como falso o falto de sustento.


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El ser humano ha conseguido crear tecnologías que salven vidas o que las hagan más fácil, sin embargo todavía no ha logrado hacer esas mismas vidas más plenas o felices. Tenemos muchos conocimientos sobre las cosas, sin embargo nos conocemos poco a nosotros mismos. Estamos confundidos, nos hemos olvidado que el ser humano es un ser espiritual que necesita para estar bien tener una estructura de valores y orientar su comportamiento hacia los demás. El hombre actual se está convirtiendo en un instrumento más de producción, con una baja autoestima. Se va haciendo constantemente preguntas sobre el sentido de su vida, pero se ha precipitado, aun sin proponérselo, en los fondos de la soledad y la incomunicación.

De la apariencia a la esencia

“La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos.”

La sociedad del “bienestar” – económico- llevó al ser humano a olvidarse de su ser (enfoque espiritual) y centrarse más en lo humano (enfoque material). Es decir, se preocupó más de lo material, lo tangible, y fue dejando de lado valores, principios y caminos que llevan a conectar con la esencia.


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La racionalidad económica y pragmática lo ha invadido todo. Nada vale por sí mismo sino por su utilidad. El otro no es, de entrada, un ser humano, sino un probable competidor. La obra de arte no se deslumbra por su belleza, sino por la ocasión de invertir que representa. Estudiar no es un placer, es un trámite para ganar más dinero. Solo lo numérico y cuantificable -lo aparente en suma- es objeto de complacencia. Vivimos en una sociedad que se enfrenta a una crisis de valores, una sociedad donde lo más importante es tener y donde se promueven las necesidades del consumismo, dejando a un lado el valor del ser. En el mundo de la consultoría, por ejemplo, se llegó a valorar más la marca, el marketing y la “parafernalia” que rodea un proyecto de formación que lo que de verdad se pretendía conseguir con él. Fue una época de quien más cobra, más vale, quién más sale en los medios, más sabio es, aunque lo que diga sea igual que lo dicho por él mismo tantas otras veces, o por personas o empresas cuya estrategia fue siempre el fondo y no la forma. Hemos vivido durante muchos años bajo el lema “tanto cuestas, tanto vales” y quizás esta crisis produzca un cambio a “tanto vales, tanto cuestas”.

Algunas empresas de formación nos hemos visto defendiendo proyectos que quedaban muy bien lanzarlos, en los que ni siquiera creía la Alta Dirección, de esta manera se han puesto acciones de moda sin ningún sustento verdadero. Estar a la moda motivó a muchas empresas a realizar proyectos de formación que despertaban conciencias que no encontraban cabida en los procesos internos, con la consiguiente decepción por parte de sus destinatarios.


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De la ambivalencia a la polivalencia “La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias” Si observamos a nuestro alrededor vemos que se categoriza en dos casi todo: lo político, lo social, lo geográfico, las personas y los conceptos. Hablamos de izquierda o de derecha, de pobre o de rico, de norte o de sur, de buena o de mala, de lo uno o de lo otro, etc. Tenemos la tendencia a escindir en dos para que así resulte más fácil escoger una postura entre opuestos. La decisión entonces es solo dicotómica, si se está a favor de uno, se está en contra de otro. No deja de resultar una postura cómoda en la que hay que pensar poco y decidir menos aún. De esta manera no es necesario analizar, comprender, integrar, valorar... solo optar, como hace la máquina en el sistema binario. Sin embargo, las situaciones -y menos aún las personas- no pueden reducirse a tal nivel de simpleza. Entender cualquier problemática requiere un análisis más global, más complejo o más sistémico, que nos permita entender que cada parte influye en las demás y de una manera no tan lineal. Dependerá del momento, de las circunstancias, en suma, del entorno en el que se encuentre. Pero para poder hacer esto es necesario, mentalmente, ver las cosas con una visión más amplia, emocionalmente estar abierto a comprender y conductualmente ser creativo para buscar puntos de encuentro entre los opuestos aparentes. La creatividad, competencia tan necesaria en épocas de crisis, requiere no rechazar ideas o conceptos sino integrarlos; implica descubrir algo donde nadie percibe nada, ampliar la mirada.


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Abandonemos esa necesidad tan arraigada de la bipolaridad, de centrarnos en lo que nos separa más que en lo que nos une, busquemos el complemento, la armonía, comprendamos que todo lo que existe tiene un sentido y que buscar la valía intrínseca de las cosas o de las personas nos ayudará a mantener en equilibrio los sistemas. Rechazar al opuesto es lo fácil, encontrar en él lo que aporta al equilibrio es creativo y la creatividad es un camino imprescindible para afrontar las crisis.

Del temor al dolor

“Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar ‘superado’”

Hemos vivido durante muchos años en la sociedad del bienestar, que todo nos proveía y que hizo de nosotros unos seres autocomplacientes, cómodos y temerosos de salir de la zona de confort en la que estábamos inmersos. Nos fue más fácil buscar la seguridad fuera en lugar de enfrentarnos a nuestros miedos. Nos acostumbramos a exigir cambios fuera para sentirnos seguros, en lugar de trabajarnos personalmente para hacernos más fuertes, más conscientes, más responsables, en suma, para crecer como personas buscando el desarrollo de nuestro ser, único y verdadero camino para conseguir mejoras en el hacer y bienestar. En lugar de enfrentarnos a nuestros miedos y aprender a tolerar la frustración, aceptar el fracaso y afrontar el rechazo en la relación con el otro, hemos creado una forma de comunicación interpersonal que evita la comunicación cara a cara. El uso excesivo de la tecnología


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(mails, las redes sociales, los blogs) han hecho languidecer la comunicación interpersonal, las personas se han convertido en consumidoras de palabras sin un ejercicio activo del diálogo, creemos que comunicar es exponer unilateralmente nuestras ideas, perdiendo la riqueza del intercambio real.

Del victimismo al protagonismo

“Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones”

Han sido muchos años de observar en los seminarios de empresas el grado importante de insatisfacción de las personas y de escuchar comentarios suyos centrados en lo que les faltaba por sobre lo que tenían: “El salario no es suficiente, el trabajo es demasiado, el jefe es un incompetente, la empresa…,”, etc., en suma, las personas se sentían mal y tenían un montón de razones “objetivas” para ello. La crisis hoy está poniendo las cosas en su sitio, las personas empiezan a ver a su alrededor mucha gente en el paro, que ahora que no tiene trabajo reconoce que el anterior no era tan malo; ahora se empieza por fin a valorar lo que siempre tuvo valor, pero que la actitud de insatisfacción permanente o la falta de agradecimiento por lo existente imposibilitaba valorarlo. Ya es hora que dejemos de responsabilizar al entorno del propio vacío interior, el cual no se llena con más dinero, con mejor trabajo o cambiando el entorno, solo puede desaparecer tomando conciencia que somos los protagonistas de nuestra vida y por ello los responsables de cómo vivirla. Que depende de nuestra actitud decidir centrarnos en


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lo superfluo o en lo importante, que podemos elegir sufrir por no tener todo lo que deseamos en lugar de agradecer lo que poseemos. En suma, está en nosotros abandonar la desidia y el desánimo que se siente cuando se tiene todo y no se sabe apreciarlo, y enfrentarse a la angustia de tener una vida llena de posesiones y sin embargo sentirse vacío.

De la razón a la pasión

“La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El problema de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones”

Otro aspecto importante dentro de esta crisis de valores es el predominio de la actividad mental y el poco desarrollo de las emociones, lo cual se fomenta día a día con la enorme cantidad de información disponible a través de los medios de comunicación e Internet. Esta crisis se manifiesta en todos los aspectos de la vida humana: en el modo de hablar, de relacionarse con los demás, en la forma en que se quiere acumular todo, ya sean posesiones materiales, información o hasta personas, tanto en el ámbito personal como en el profesional. La razón ha primado en la forma de liderar, en la manera de gestionar y de prestar los servicios en general en el mundo empresarial. Solo merecía prestarle atención a lo que la lógica numérica decía que era rentable, o que aportaba un beneficio a la compañía. Inclusive en la banca se analizaba en profundidad la rentabilidad del cliente y en función de ella se definía el precio a darle, llegando a desechar


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clientes por no ser rentables. Como una vez dijo un director de banco, alumno mío, al respecto: “Yo lo tengo muy claro: mi gestión del tiempo con los clientes: un millón, un minuto”, dedicándole más tiempo al cliente que más dinero tenía. En el mundo de la consultoría hemos visto cómo se disfrazaban los proyectos, dándoles una apariencia de orientación al cliente externo o interno, sin una preocupación verdadera por su bienestar. Por otra parte, muchas organizaciones definieron unos valores rimbombantes que no se reflejaron en el comportamiento diario de su personal. Esto ha sido así desde mi punto de vista, porque el comportamiento tan transaccional que se tuvo durante muchos años ha hecho que se perdieran los valores, que se diluyese el “leit motiv” de las acciones. Por ello fue necesario también poner de moda, como una manera de comprar voluntades para sustituir la falta de pasión o la ilusión que da a las personas ver en las empresas una falta de compromiso real con la sociedad o con el medio ambiente. Tenemos empresas que son cuerpos con cabeza pero sin corazón. Con lo cual no es de extrañar que las relaciones interpersonales entre sus miembros sean también por lo general superficiales, sin ningún tipo de compromiso. Esto no significa que tengamos que procurar relaciones significativas con todas aquellas personas con las que convivimos en la empresa, pero sí es necesario comprender que por muy individualista que un hombre pueda llegar a ser, para lograr su autorrealización es imprescindible la forma en que se relaciona con los demás.


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Los valores no sólo son una cuestión personal, sino que repercuten en todos los ámbitos de la sociedad. Ésta es la razón por la que una crisis de valores a nivel personal se refleja en la sociedad en su conjunto y se constituye en un problema social, del cual se derivan acciones y conductas poco éticas que vemos día a día en nuestro entorno, tanto en la política, la economía y en el mundo empresarial.

Del mimetismo al eclecticismo

“Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla”

A gran parte de las personas les cuesta reflexionar sobre lo que sienten, piensan y hacen y les resulta más fácil imitar los comportamientos de los demás. Con ello se ahorran el trabajo de tomar verdadera conciencia de lo que hacen y por qué lo hacen, de esta manera no se sienten responsables de sus actos sino solo víctimas de las circunstancias. Mimetizarse con el otro representa entonces una forma de protegerse ante el entorno evitando el riesgo de ser diferente. Ese temor a distinguirse hace que la mayoría de las personas se mimeticen con las actitudes negativas de los demás, adopten las visiones pesimistas de la realidad que


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tienen muchos; es más fácil ver todo lo negativo que hay fuera en lugar de entender que esa necesidad de ver todo lo negativo fuera está provocada para no ver lo negativo dentro. Se ha perdido en cierta manera el pensamiento independiente, se piensa con el pensamiento de otros, que es lo mismo que no pensar. Existe una presión social que exige una sumisión automática en nombre de la eficiencia del conjunto. Con este planteamiento para no resultar disfuncional, es difícil atreverse a buscar nuevas salidas o valores, originales y libres. No podremos mejorar el mundo desde esta postura. Ahora es el momento para darle paso al eclecticismo; en lugar de separar y luchar contra la opinión del otro, procurar conciliar lo mejor de cada uno. No se pueden armonizar las relaciones desde una visión negativa, no se puede profundizar en el otro si nos dejamos llevar por los comentarios generalizados de los demás. Hay que atreverse a disentir, a opinar, a poner luz en las sombras, a actuar bien, aunque la mayoría lo haga mal. Solo desde la decisión personal de no actuar como los demás, sino de la forma que nos haga mejor persona y profesional, podremos realmente hacer un cambio en la familia, en la empresa y en la sociedad en su conjunto.

Reflexión final

“Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia”


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El ser humano está sumido en la superficialidad, sintiendo el vacío interior que le provoca la despersonalización y el vivir de cara al exterior, aturdido por las prisas, sin saber a dónde va y quién es en realidad. Pero como en el fondo no podemos sofocar esa llamada interna de ser coherentes en nuestro proceso de búsqueda de la felicidad, demos gracias a la crisis que nos sacude y nos demanda recuperar los valores como los únicos caminos para dar sentido a nuestra vida individual y colectiva. Los valores configuran nuestra esencia, nuestro ser, lo que nos hace únicos como personas y lo que nos une en torno a una misma cultura empresarial. Como dijo alguien alguna vez: “Los valores nos hacen pasar de la teoría a los hechos, de lo especulativo a lo positivo, de lo abstracto a lo concreto, de lo frío y nebuloso a lo inmediato, vivo y candente”. Espero haber contribuido con este artículo a esa transformación.

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