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La Bruja Piruja tenía fama de ser muy malvada y de comerse a los niños casi crudos. Pero, realmente, lo que a ella le gustaba era dar vueltas a la luna, montada en su escoba Rigoberta. A veces, giraba tan rápido que se mareaba y se caía de la escoba.


Entonces, alguna nubecilla cercana la recogía entre su suave algodón y la iba bajando, dulcemente, hasta dejarla recostada en la mullidita hierba del bosque. Normalmente, la Bruja Piruja se quedaba dormida un buen rato mientras la escoba Rigoberta seguía volando en compañía de los pájaros, pues estaba convencida de ser un ave más y siempre estaba buscando una bandada que la admitiera sin ningún tipo de prejuicio. Pero, hasta ahora, había probado con las palomas y no había tenido mucha suerte. Le dejaron jugar y volar con ellas, pero cuando quisieron picotear las migas, que la ancianita del parque les tiraba cada tarde, resultó que la pobre mujer se dio tal susto cuando vio la escoba voladora que a punto estuvo de darle un patatús, así que, a las palomas, no les quedó más remedio que decirle a Rigoberta que realmente ella no era una paloma.


Una vez, incluso había viajado hasta la costa con la ilusión de ser realmente una gaviota, pues ellas eran más grandes. Pero regresó decepcionada, había volado libremente con las gaviotas, que la aceptaron desde el principio como una más, el mar le había gustado muchísimo, era inmenso y azul. Pero fue incapaz de comerse un solo pez, el olor del pescado le daba asco, no pudo probar bocado en los días que estuvo en la playa y, al final, muerta de hambre, volvió al bosque donde vivía con la Bruja Piruja.


También había probado con los gorriones, pero le era imposible bañarse con ellos en las fuentes, lo había intentado pero resultaba que sus resecas y mugrientas hebras chupaban toda el agua y dejaban la fuente vacía y sucia.


Ahora volaba en compañía de un grupo de cuervos negrísimos, que al principio le dieron un poco de miedo, pero enseguida se hicieron amigos y se lo estaba pasando muy bien haciendo giros en el aire, dando triples volteretas y graznando con los cuervos, aunque tenía la impresión de que no la entendían del todo, a lo mejor es que no pronunciaba muy bien, tendría que practicar más. Entretanto, la Bruja Piruja se había despertado de la siesta y después de sacudirse las hierbas de la falda, pensó que era hora de regresar a casa y silbó con todas sus fuerzas para llamar a su escoba. En el pueblo se escuchó el fuerte silbido y todas las madres y abuelas, que en ese momento preparaban la cena para sus niños y niñas, sintieron un escalofrío que les bajaba por la espalda y que les puso el vello de punta.


La Bruja Piruja vivía en el interior del bosque, en una chocita de barro con techo de paja. Su casa estaba situada justo debajo de un enorme roble que, de vez en cuando, le regalaba unas nueces deliciosas. En el árbol vivía una ardilla que a veces tomaba el té con ella y como la bruja había notado que la ardilla solo aceptaba la invitación cuando el té estaba acompañado de pastitas de avellana, procuraba tener siempre una fuente preparada, pues le gustaba mucho la compañía de la ardilla roja.


En el centro del salón principal, había un caldero de hierro con el fuego eternamente encendido, bullendo y sacando humo. Todas las brujas y magos del mundo que se precien tienen un caldero como aquel, siempre dispuesto para preparar pócimas y brebajes. Aunque, la Bruja Piruja prefería hacer sopa de pollo, lentejas estofadas o infusiones para el dolor de tripa. Cerca del caldero estaba su cama, pues así dormía calentita en el invierno y al lado de la cama había una mesita de noche, donde dejaba por las noches sus gafas y su dentadura postiza dentro de un vaso de agua y es que, la Bruja Piruja, ya era muy mayor. Al otro lado de la cama estaba el armario de las pócimas. En sus estantes, había frascos que contenían líquidos de muchos colores. La botellita rosa tenía una etiqueta que ponía: “peligro, muy venenoso”, pero en realidad era jarabe de fresa para la tos. En otra botella negra ponía: “pócima de pelo de gato negro y ojos de cuervo”, aunque era zumo de regaliz.


Cerca de la puerta de entrada había un perchero muy simpático que daba los buenos días o las buenas tardes a todo el que entraba. De él colgaban arañas peludas, murciélagos y ratas de rabo largo. La Bruja Piruja decía que eran animales disecados, pero la verdad es que eran de gominola. La escoba Rigoberta, que dormía allí, de vez en cuando les pegaba un bocado o les daba una chupadita.


A la Bruja Piruja no le gustaba la gente, bueno, en realidad no le gustaban los adultos, porque siempre querían llevarla a un asilo y le decían que era demasiado vieja para vivir sola. Pero ella no estaba sola, vivía con Ribogerta, su escoba, y, además, recibía muchas visitas; la ardilla roja, a la hora del té con pastas; todo un pelotón de hormigas, que barrían el suelo de migas después de las tostadas del desayuno; el búho Don Casimiro, con el que compartía las veladas de lectura a la luz de la luna y, en algunas ocasiones, iban a merendar con ella algunos niños y niñas del pueblo. Tomaban chocolate calentito con nubes de nata, pastelitos de frambuesa y zumo de regaliz. Cantaban y jugaban al corro de la patata. Se lo pasaban estupendamente. Pero, eso sí, a la hora de irse, todos tenían que tomar una cucharadita de la pócima del susto. Esta pócima, que sabía a menta, producía en los niños los efectos necesarios para que, cuando sus padres los viesen llegar a casa, se dieran un susto de muerte pensando lo mal que lo habían pasado sus queriditos niños en casa de la Bruja Piruja y, así, no se les ocurriese nunca asomar las narices por su casa.


La pócima del susto lograba, a los 10 minutos de ingerirla, que al niño o niña que la había tomado se le pusiesen todos los pelos de punta, la cara blanca como la tiza de la escuela y que los ojos se le abriesen tanto que parecía que se le podrían caer rodando por el suelo. Entonces, los niños y niñas, por su parte, contaban unas cuantas mentirijillas a sus papis y abuelos: “La bruja es horrible, nos quería comer”, “escapamos por los pelos”, “en su casa hay animales horribles y los cuece a todos en un caldero”. De esta forma, la Bruja Piruja y su escoba Rigoberta podían seguir viviendo felices en el bosque sin ser molestados por los pesados adultos, siempre empeñados en llevarla a una residencia de abuelitos.

Y, como decía siempre la bruja: “¡Pero si sólo tengo 430 años! ¿O eran 450?, en fin, da igual 20 años arriba o abajo.”

La bruja Piruja y su escoba Rigoberta  

Cuento. La bruja Piruja tenía fama de comerse a los niños casi crudos.

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