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Historia de la Política en la Antigüedad. Presentado Por: Nery Stefania Sánchez Soto.

Presentado A: José Francisco Chaparro

Curso: 1102

Año: 2014


Índice.

1. Introducción 2. Justificación 3. Formas de organización Política. 4. Características políticas de la sociedad. 5. Sociedades del lejano y cercano oriente. 6. Política en Grecia (Platón y Aristóteles). 7. Política en Roma. 8. Conclusiones. 9. Bibliografía (Agradecimientos)


Introducción. En esta cartilla se mostrara toda la historia de la política en la antigüedad reconociendo y entendiendo quienes fueron los principales pensadores de este tema, temas de gran interés como lo son las políticas de la sociedad entre otras ya que la historia de la política en la antigüedad abarca varios muchísimos temas de los cuales se tratara de explicar todo lo posible


Justificación Este trabajo es realizado para explicar todo el concepto de la historia de la política en la antigüedad dando a conocer la utilidad de saber acerca del tema tratando que todo lo mostrado sea diferente a todas las investigaciones realizadas sobre este tema, la parte que me llevo a realizar esta cartilla es conocer un poco de política y más que todo en la antigüedad ya que se habla de la filosofía.


Formas de organización Política. Las formas de organización política son las distintas formas que puede elegir una colectividad para la gestión de sus asuntos públicos. Por tanto, a las instituciones de orden público, las que a pesar de su estructura clasista, económica, racial, religiosa, están erigidas sobre todo para el control político de la colectividad y para obtener de sus fines. En el contexto público el poder se ejerce, en primer lugar, a través de un gobierno. La pregunta acerca de la legitimidad del poder coactivo, es decir, acerca de por qué se impone un grupo de individuos sobre otro para dirigir la vida común con el consentimiento del grupo dirigido, ha sido desde un determinado momento histórico, que podemos situar en el Renacimiento, el centro de la reflexión política. Así, mientras que los griegos se preguntaban fundamentalmente por el mejor modo de organizarse políticamente, los modernos se han preocupado más por el hecho mismo de la necesidad de organización. En primer lugar, un grupo de teorías que podríamos llamar organicistas, que anteponen la comunidad al individuo, tanto temporal como lógicamente: el individuo lo es propiamente en el marco de una comunidad que establece las condiciones de su plena realización como ser moral. Esta sería la concepción griega de las relaciones entre polis y polites, ciudad y ciudadano. Para Platón y Aristóteles, la polis encarna, o debe encarnar, la realización de la virtud a nivel supraindividual, de modo que no es posible formar ciudadanos virtuosos con un modelo de Estado corrupto. En segundo lugar, aparecen las teorías que pueden denominarse atomistas o contractualitas, para quienes existiría un tiempo previo a la organización política, el estado de naturaleza, en el que los individuos aislados actuarían como solos defensores de sí mismos y enemigos del resto en la lucha por la supervivencia. La aparición de una organización política vendría pues de la necesidad de establecer un pacto para asegurar la supervivencia de los individuos, de donde resultaría el grupo. La constitución de las organizaciones políticas se produce en la aplicación de los principios y normas de carácter general y específico que tienen por fin asegurar la unidad, la dinamicidad, el desarrollo y la responsabilidad en el cumplimiento de los propósitos trazados por ella. En efecto, toda organización política no podría asegurar por sí sola su permanencia y funcionamiento, sin una base normativa que, al tiempo que determinase los ámbitos de competencia de cada uno de sus órganos, otorgase a la vez sustento jurídico a su autoridad y actuación. Sin esta base normativa imperaría la inestabilidad, la anarquía y el desorden; ningún órgano,


funcionario o agente podría ejercer potestades de mando si su autoridad no se reputara válida en virtud a las normas que la rigen. Al respecto, cabe tener en claro lo siguiente: primero, las organizaciones políticas son colectividades humanas; segundo, generan modos de conducta colectivos con un carácter especial y, tercero, estos modos de conducta colectivos de las agrupaciones de carácter permanente con capacidad para obrar y decidir, se encuentran regidos por un tipo especial de normas de conducta que poseen carácter jurídico y constituyen el prototipo de actuar colectivo, genérico y despersonalizado. Podría parecer erróneo dar carácter jurídico a normas, en tanto que no procedan del Parlamento o del Ejecutivo, ni sean objeto de control por parte del órgano jurisdiccional. Sin embargo, las normas reglamentarias y estatutarias que determinan la estructura, relaciones, composición, disciplina y demás aspectos de las organizaciones políticas, son generadas, producidas y aplicadas sólo por los que constituyen tales organizaciones, sin perder por ello su condición de jurídicas, pese a no contar con las características formales de una ley, porque es del caso recordar que la norma jurídica se crea no sólo por la acción legislativa, ejecutiva o jurisdiccional, sino también cuando en el seno de la sociedad se acuerda una norma entre los integrantes de una organización, determinando un ámbito de derechos y obligaciones.

Características políticas de la sociedad.


La sociedad política se entiende como una organización social heterogénea, puesto que está constituida por diferentes grupos étnicos previos, orientada a mantener la propiedad del propio territorio frente a otras sociedades políticas, y a mantener la eutaxia a través del conflicto de grupos y clases sociales. La organización de la sociedad política corre siempre a cargo de una parte de la misma que totaliza, a través del poder político, el resto de partes proponiéndose como objetivo la eutaxia. El Género humano, como totalidad distributiva, está íntegramente repartido en el Presente en 220 Aprox, sociedades políticas, reconocidas mutuamente como naciones canónicas, muy heterogéneas, con orígenes muy dispares, y que mantienen, cada una con las demás, relaciones, bien de influencia unas en otras, bien de semejanza de unas con otras también muy variadas. Igualmente han sido muy variadas las formas de organización de tales sociedades políticas, tanto desde el punto de vista de su organización interna según la distribución del poder a través de sus capas y sus ramas, como desde el punto de vista de sus relaciones con las demás sociedades políticas. Algunas están ya fenecidas en el Presente, otras se mantienen con una duración secular, otras son de reciente creación. A su vez tanto desde una perspectiva sinalógica como isológica forman entre sí distintas constelaciones. Puede establecerse una tipología de las normas políticas intencionales que presiden las relaciones entre las sociedades políticas, según que la estructura de la relación sea fundada en la condición que tienen de sociedades políticas independientes o en el intercambio e influencia políticos de unas sobre otras y según el grado de relación de cada tipo: mínima influencia de la sociedad de referencia en el aislacionismo, mínima independencia respecto de la sociedad de referencia en el imperialismo depredador, máxima influencia de la sociedad de referencia en la coexistencia ejemplar, máxima independencia respecto de la sociedad de referencia en el imperialismo generador. La situación constituida por dos Estados que se rigen por la norma de la coexistencia política simple y la situación constituida por dos sociedades ejemplares, definen la situación genérica de la coexistencia pacífica. La situación constituida por dos sociedades depredadoras podría ejemplificarse por el antagonismo de Roma y Cartago. La situación constituida por dos imperios generadores podría ser ejemplificada por la guerra fría que, después de la Segunda Guerra Mundial, se estableció entre EE.UU. y la Unión Soviética. La situación constituida por una sociedad no agresiva y una sociedad ejemplar es la ocupada por dos sociedades políticas que, respetándose en sus soberanías, mantienen una relación asimétrica ejemplarizante de naturaleza política, ideológica… que se llevará adelante por vía de propaganda política, como pueda ser el caso de la propaganda de las monarquías parlamentarias. La situación constituida por una sociedad no


agresiva y una sociedad depredadora (aquella desarrollará estrategias de repliegue) es la situación a la que debe hacer frente toda política colonialista. La situación constituida por una sociedad no agresiva y un imperio generador es similar, sólo que la política será diferente. Cuando Francia, en sus conquistas africanas del siglo XIX, buscaba elevar a los nuevos países a la condición de diputados de la Asamblea francesa, desempeñaba una política diferente a la meramente colonial. La situación constituida por una sociedad ejemplar y una sociedad depredadora es similar, pero en el momento en el que la resistencia sea mayor. Permitiría definir a la situación de la Cuba revolucionaria frente a los EE.UU. La situación constituida por una sociedad ejemplar y un imperio generador implica también conflicto, si bien este conflicto se atenuará en el caso en el que los modelos de constitución de ambas sociedades sean convergentes, caso de las guerras napoleónicas en Europa respecto de las sociedades políticas alemanas.


Sociedades del lejano y cercano oriente. Oriente y Occidente son términos geográficos que con el correr del tiempo adquirieron contornos culturales y políticos. E independientemente a cualquier punto cardinal, Occidente pasó a definirse como espacio en el cual priman formas democráticas de vida, elecciones libres y secretas, separación irrestricta de poderes y la independencia del Estado con respecto a la Iglesia. Esta última característica, la secularización, ha llegado a ser signo distintivo de Occidente, razón por la cual los miembros de la comunidad política occidental son señalados como “infieles” por algunos sectores del Islam. Infiel en ese sentido no significa no tener creencias, sino reconocer un espacio de vida en el cual no rige la ley de Dios. Para los fundamentalistas de todas las religiones, una ofensa. Desde la perspectiva auto-centrista, el Oriente fue dividido desde y por Europa en dos, uno geográficamente más cercano y otro más lejano. No obstante, la cercanía geográfica no tardaría en reflejarse en cierta cercanía política. Las corrientes políticas nacidas en Europa, desde el jacobinismo, pasando por el socialismo, hasta llegar al liberalismo, han penetrado con fuerza en el Oriente más cercano, comportando la amenaza de la “desacralización del mundo” la que es percibida por ciertos sectores religiosos como una afrenta a su identidad. De ahí que los grupos más conservadores del Cercano Oriente al negar al “Occidente externo” niegan sobre todo al “interno”, a ese que anida en sus naciones e, incluso, al que desean en el fondo de sus propias almas. Por cierto, la influencia política de Occidente en el Cercano Oriente no ha sido siempre democrática, como hoy lo es. Todo lo contrario. Además de la colonial, la forma más agresiva de dominación política occidental conocida en el mundo islámico fue el socialismo representado por la URSS, potencia mundial que apoyaba a militares como Nasser en Egipto, Ataturk en Turquía, Gadafi en Libia, Hussein en Irak, y otros dictadores “socialistas” de la región. Así se explica por qué en las rebeliones del 2011 confluyeron dos fuerzas políticas, las que siendo antagónicas tenían como enemigo común a las dictaduras militares. Por una parte sectores laicos pro-occidentales, partidarios de la secularización. Por otra, organizaciones religiosas, partidarias de la re-sacralización del poder. Dicha alianza no podía ser de larga duración. De ahí que gobiernos resultantes de elecciones democráticas -es el caso de Morsi en Egipto y de Marzouki en Túnezestán condenados a navegar entre dos aguas. Deben, en efecto, enfrentar dos oposiciones. A un lado la laica, organizada en un bloque en el que tienen cabida ex partidarios de las antiguas dictaduras a los que se suman sectores pro-


occidentales que de modo paradojal lucharon en contra de esas mismas dictaduras. Al otro, una poderosa fracción religiosa fundamentalista partidaria de la re-sacralización del poder. Y bien, de la capacidad de los nuevos gobiernos para navegar entre esas dos tormentosas aguas dependerá el futuro político de la región. Los gobiernos europeos han debido aprender, además, que los ritmos y los cursos históricos de otras naciones no son iguales a los propios. En la propia Europa el camino hacia la democracia no fue directo. Las contrarrevoluciones antidemocráticas, la fascista y la comunista, fueron derrotadas, pero a un precio altísimo. No hay ninguna razón entonces para suponer que la democratización en el Cercano Oriente será muy fácil. Pero todo indica que llegará, como ya ha llegado a los espacios occidentales hasta hace poco pre-políticos, particularmente a ese Lejano Occidente que es todavía el continente latinoamericano. En América Latina ese pasado pre-político que una vez asoló a Europa va también quedando atrás. De las dictaduras del pasado reciente sólo subsiste la junta militar cubana, y una que otra autocracia. Continente de dictaduras militares y encendidos populismos sólo perviven los últimos, portando consigo, por cierto, el peligro de la recaída en nuevos regímenes dictatoriales. De los populismos latinoamericanos ya se ha escrito mucho; quizás demasiado. Poco se ha dicho en cambio acerca de su principal connotación, a saber: la de que no hay populismo sin caudillo populista, personaje que ejerce su poder de acuerdo a un carisma, supuesto o real. Eso significa: todo populismo es personalista. No hay populismo sin culto a la personalidad. La legitimación política del populismo no es racional ni tradicional. Es carismática


Política en Grecia (Platón y Aristóteles). Platón y Aristóteles eran conscientes de que ninguna ciudad griega había realizado los ideales que ellos creían implícitos en la ciudad-estado. De no haber tenido presente con toda claridad en sus pensamientos la necesidad de crítica y corrección, nunca habrían intentado analizar la sociedad en que vivían, ni distinguir sus perversiones de sus éxitos. Pero aunque el planteo fuese crítico, seguían creyendo que en la ciudad-estado se daban en cierta medida las condiciones necesarias para una vida buena. En consecuencia, su crítica era fundamentalmente amistosa. La asociación, en suma era política porque se relacionaba con temas de interés común, y porque todos los integrantes tomaban parte en una vida común. La ciudad estado estaba concebida como moralmente autárquica. Pero el miedo y la desconfianza a lo "externo" eran el acompañamiento psicológico de una incapacidad de pensar políticamente en términos de un área más vasta que la polis. No obstante, se intentaron establecer ciertos procedimientos para adaptar la vida de la polis a las nuevas circunstancias, tales como el ordenamiento "isopolítico", donde el ciudadano de una ciudad gozaba de ciudadanía en todas las ciudades miembros; la forma conocida como "simpolítica", donde el ciudadano de cada ciudad lo era, además, de la unión federal. De todos modos la práctica del federalismo exigía un conocimiento de técnicas de difícil aplicación, como es el caso de la aplicación de una política exterior que representara a varios estados en lugar de uno sólo, qué patrón utilizar para asignar representantes ante los organismos deliberativos y ejecutivos, cómo distribuir los impuestos y administrar un tesoro común . La identificación de la actividad política con la paideia -es decir, con la educación moral y cultural de los integrantes de la sociedad, y su corolario, la creencia de que la extensión de la polis significaba la destrucción de la única dimensión en la cual era posible profundizar la paideia de aquellos- fue puesta a prueba en el curso del siglo IV, cuando, debido a las presiones persas y macedónicas, los griegos comenzaron a advertir que las guerras intestinas entre ciudades griegas exponían a todo el mundo helénico a la dominación extranjera. Políticos como Gorgias, Isócrates y Demóstenes intentaron alertar a los griegos respecto de la urgente necesidad de superar las rivalidades surgidas del particularismo de la ciudad estado. El sentimiento pan-helénico se basaba fundamentalmente en el temor hacia los bárbaros persas y se puso de manifiesto en cómo más tarde Isócrates imploraría a Filipo de Macedonia a que se elevara hasta el sentido de lo griego. Las clases acomodadas estaban por lo general al


lado de Macedonia, y ésta es una razón importante de por qué los elementos más prósperos tendían a ver con complacencia el auge del poder de Filipo. Los grupos democráticos tenían mayor patriotismo local. El auge de Macedonia obligó a reconocer dos hechos que ya existían, pero que Platón y Aristóteles habían pasado por algo en gran parte. Uno de ellos era el de que la ciudad-estado era demasiado pequeña y belicosa para gobernar aún el mundo griego y que ningún perfeccionamiento posible hubiera sido capaz de hacerla congruente con la economía del mundo en que vivía. El segundo hecho era el de que, dadas las relaciones económicas y culturales que habían existido desde hacía mucho tiempo entre las ciudades griegas y su hinterland asiático, la supuesta superioridad política de los griegos sobre los bárbaros no era viable en el Mediterráneo oriental. El surgimiento del Imperio Macedónico en el siglo IV a.C. inauguró una era de organización en gran escala, que alcanzó más tarde su más plena expresión en el estado mundial romano. Así, la polis ya no era el núcleo político significativo, eclipsada por formas estatales gigantescas, carentes de los atributos de sociedades vigorosamente políticas. La creciente disparidad entre las nuevas realidades de la vida política y los criterios políticos del pensamiento griego clásico, provocaron una crisis intelectual que persistió hasta el advenimiento del cristianismo. A partir de la época helenística, se intentó repetidamente adaptar las categorías del pensamiento clásico a una situación sin precedentes, en la cual masas de hombres, dispersos a grandes distancias y de diferentes razas y culturas, habían sido reunidos en una única sociedad y eran gobernados por una única autoridad.


Política en Roma. La política en Roma se basaba principalmente en el Mos maiorum o su equivalente en plural, Mores maiorum, que se traduce como «la costumbre de los ancestros». De allí se entiende por Mos m de reglas y de preceptos tradicionales que el ciudadano romano apegado a la tradición debía respetar. Los mores eran de hecho las reglas de la comunidad romana arcaica, las costumbres y usanzas que hacían del romano un ciudadano si las seguía con respeto, siendo ésta la mayor herencia dejada por los progenitores y a transmitir a los descendientes. En su totalidad eran también símbolo de integridad moral y del orgullo de ser ciudadano romano y por eso, a menudo se contraponían a las


costumbres helenizantes y a las corrientes de pensamiento asiáticas. El Derecho estaba estrechamente ligado al cursus honorum y a las magistraturas que un ciudadano podía aspirar a alcanzar. Las clases altas eran las que más conocimiento poseían de la ley y de la oratoria, por lo que las funciones de acusación, defensa, e incluso el cargo de juez estaban destinadas a los ricos. Estas funciones tradicionales de la clase alta permitían asumir a sus miembros cierta responsabilidad pública. Pero aunque existían una gran cantidad de responsabilidades en la vida civil, también se esperaba de todo buen ciudadano un buen servicio en el ejército, como era común en todo el mundo antiguo. Otro aspecto clave dentro de la política romana era la competencia. Para todo ciudadano romano, «la esencia de la vida era la competición, y la riqueza y los votos eran las medidas socialmente aceptadas para calibrar el éxito». La vida de un romano era una constante lucha para superar los logros de sus ancestros y los logros de los demás. La República, tanto en sus principios como en la vida diaria, era una meritocracia salvaje. La libertad, para los romanos, estaba basada en la dinámica de la competencia constante. Competencia regida, eso sí, por las normas inviolables del Mos maiorum. Para ser un buen político había que lidiar constantemente contra la competencia y contra la tradición, además de tener talento, dedicación, dinero y contactos. La meritocracia, a pesar de ser despiadada, servía para hacer que solamente los ricos se pudieran permitir una carrera política. La actividad política en Italia presenta diferentes etapas. En la medida en que los grupos luchaban por obtener una hegemonía, se fue configurando un sistema sociopolítico representativo que pretendía equilibrar el principio de autoridad. Así, después de guerras y dificultades, a mediados del siglo VIII a. de C. La participación ciudadana se logró a partir de las inconformidades de los plebeyos a quienes se les negaba cualquier derecho político , además de pagar numerosos impuestos y estar sujetos a ser llevados al servicio militar de forma arbitraria. Los plebeyos nombraron entonces a unos representantes para tratar con las autoridades mas al no ser escuchados, se retiraron al Monte Sagrado pretendiendo fundar una nueva ciudad negando todo servicio a Roma. Los patricios tuvieron que ceder y así incluyeron en la asamblea la representación popular Desde siglos se había carecido de leyes que normaran la vida política y social romana, así que se nombró a 10 hombres a los que se les conoce como decenviros para redactar y actualizar la legislación. Ellos elaboraron la Ley de las doce tablas en cuyos artículos grabados en bronce se establecen las faltas y castigos, sin embargo se descartan prácticas crueles como la tortura para obtener confesiones.


BibliografĂ­a. http://html.rincondelvago.com/organizacion-politica-de-roma.html http://es.wikipedia.org/wiki/Vida_pol%C3%ADtica_en_Roma http://www.monografias.com/trabajos36/vida-de-platon/vida-de-platon2.shtml http://polisfmires.blogspot.com/2012/12/fernando-mires-el-cercano-oriente-yel.html


http://www.mercaba.org/FICHAS/Capel/organizaciones_politicas.htm http://www.filosofia.net/materiales/sofiafilia/fyc/fyc_5_3.html http://es.wikipedia.org/wiki/Forma_de_gobierno


Historia de la política en la antigüedad