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Reporte Sexto Piso Publicación mensual gratuita • Diciembre de 2018

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VisĂ­tanos en el stand L1

NOVEDADES 2018

www.sextopiso.mx


Índice Recomendación de los editores

Lecturas

Un Tsunami necesario  |  4

Bailábamos | 9

Mariana H

Luigi Amara

Contemplar la grieta  |  6

Vuelve por donde has ido  |  10

Diego Rabasa

Anne Carson

El declinismo va en aumento  |  28

Dossier: El mal | 

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El mal impensado  |  16 Martin Legros

Sentir el mal, política y sensación  |  19 Pierre Zaoui

Una lucha sin fin  |  21 Entrevista con Michaël Foessel

Simone Veil  |  24 Hélène Mouchard- Zay

Sean Posey entrevista a Morris Berman

El día que desperté siendo venezolano  |  33 Rodrigo Márquez Tizano

Aproximaciones al origen  |  34 Felipe Rosete

La luz al final de la luz  | 38 Eduardo Lago

La tribu fantasma   |  45 Juan Cárdenas entrevista a Emiliano Monge

Viva México  |  49

Columnas Glissandos en el laboratorio global  |  27

Alexandra Lucas Coelho

De caricatura grotesca a presidente  |  52 Eduardo Rabasa

Carmen Pardo

Cato y su cola | 27

¿Las tribus realmente regresan?  |  55 Peter Sloterdijk

Powerpaola

Dándoles voz | 31 donDani

Where you been?  |  67 Wenceslao Bruciaga

Mis nuevas escrituras, las nuevas escrituras.  |  59 Mario Bellatin

Eyvi | 65 Grecia Cáceres

Psycho Killer  |  69 Carlos Velázquez

Portada de este número: Pía Camil

Reporte Sexto Piso, Año 6, Número 50, diciembre de 2018, es una publicación mensual editada por Editorial Sexto Piso, S. A. de C. V., París #35-A, Colonia Del Carmen, Coyoacán, C. P. 04100, Ciudad de México, Tel. 5689 6381, www.reportesp.mx, informes@sextopiso.com. Editor responsable: Eduardo Rabasa. Equipo editorial: Rebeca Martínez, Diego Rabasa, Felipe Rosete, Ernesto Kavi. Diseño y formación: donDani. Reservas de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2017-071710465800-102. Licitud de Título y Contenido No. 16768, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Impresa en Impresos Vacha, José María Bustillos 59, col. Algarín, cp 06990, Ciudad de México. Este número se terminó de imprimir en noviembre de 2018 con un tiraje de 10,000 ejemplares. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización del Instituto Nacional del Derecho de Autor.


Recomendación de los editores

Un Tsunami necesario Mariana H

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jalá que este libro no existiera. Que no tuviera que existir. Pero en este momento es absolutamente necesario. En los textos que aquí encontramos se plantean muchas preguntas, se visualizan algunos es- ¿Es necesario tener que cenarios posibles, se cuestiona, se recuerda, se denuncia y se debate. Se experimenta des- hablar de lo que, para de la literatura. Las doce mujeres que aquí muchas de nosotras, es aparecen escriben acerca de la condición de ser mujeres viviendo en este país, en este evidente? Claramente, sí. mundo, en este siglo xxi y en siglos anterio- Y mucho. A trabajos como voces de mujeres y otras disidencias sexuales res. Su herramienta principal, el lenguaje, se se inician con un silenciamiento. El taller liel que ha hecho la editrabaja desde distintos géneros: poesía, ensaterario es sexista», afirma. tora y escritora Gabriela yo, crónica, diario personal. Y lo hacen con Por su parte Yásnaya Elena, lejos de los distintos tonos y desde distintas perspecti- Jauregui, deben sumarse lugares comunes de los discursos de equivas, pero queda claro que el espíritu que las dad dice: «Indígena y feminismo han sido une y nos une a ellas es: esto ha existido des- muchos más y, desde mi dos palabras que, aun después de aprender de el pasado, sucede hoy en día y tiene que punto de vista, muchos suficiente sobre su significado como para parar. Yo me pregunto. ¿Es necesario tener no confundirlas con otras, seguían apareque hablar de lo que, para muchas de noso- más hombres. Soy de las ciendo siempre como elementos léxicos tras, es evidente? Claramente, sí. Y mucho. que piensa que no queincómodos». A trabajos como el que ha hecho la editora Jauregui y Brenda Lozano ahonremos, no podemos y no danGabriela y escritora Gabriela Jauregui deben sumarse más en la importancia del lenguaje y las muchos más y, desde mi punto de vista, mu- debemos de hacer este herramientas tecnológicas que hoy en día chos más hombres. Soy de las que piensa que cambio sólo nosotras. tienen a la palabra como recurso. Echándono queremos, no podemos y no debemos de se un clavado por la historia, Margo Glantz hacer este cambio sólo nosotras. Pero nos siguen faltando manos para hace un recorrido desde Eva hasta el MeToo, concluyendo de manera construir, modificar o destruir las carreteras trazadas desde hace siglos brillante: «El MeToo es el resultado de una violencia reiterada e imen términos de equidad, libertad y respeto. pune durante siglos y verbaliza algo que durante largo tiempo fue Aquí encontramos argumentos, vivencias personales, análisis inverbalizable; también y por desgracia puede convertirse (y se ha desde distintas trincheras. El texto de Vivian Abenshushan (et al.) convertido) en un signo de puritanismo e intolerancia que queda aborda el tema del machismo y la humillación desde las instituciones asociado con el fundamentalismo». literarias. «La perpetuación del régimen de género vigente, donde las Importantísima también una de las muchas reflexiones que hace Cristina Rivera Garza en su texto «La primera persona del plural», sobre todo cuando ante la desesperanza nos desesperamos y queremos cambios contundentes y veloces: «Las cosas no cambian de un día para otro, pero los límites de lo soportable se acortan o se yerguen de manera más clara cuando más de entre nosotras decimos lo que vemos con claridad. Cuando más de entre nosotros decimos que nos duelen». Hace poco conocí y escribí acerca de la historia de algunos episodios de la vida de Sara Uribe, sin embargo, al leer «Solas», un texto


que relata parte de los abusos que vivió en su infancia, nuevamente experimenté la rabia, la desolación y el desamparo que, como ella, muchas mujeres han experimentado. Quisiera detenerme en dos textos que me parecieron extraordinarios. Aunque el primero no sea propiamente un texto como tal. Verónica Gerber Bicecci me vuelve a sorprender por una entrega que más que un texto es una pieza visual, o conceptual, o será que debo sólo decir que es artística. Y lo que sucede con la obra de Verónica es que no se puede describir o citar tal cual, hay que verla, leerla, descifrarla y conocer su historia, tal cual nos la presenta en «Mujeres polilla». El segundo al que hago referencia es de Daniela Rea, «Mientras las niñas duermen». Siendo ella periodista y defensora de los derechos humanos entre otras cosas, elige hablar de la maternidad, de la verdadera maternidad, de esos momentos en los que sus niñas son chiquitas, en los que no duerme, no se gusta a sí misma, no sabe si hizo lo correcto, no sabe qué hacer con un marido que sabe que no sabe, tampoco, qué hacer. Me parece indispensable que las mujeres hablen con valentía y honestidad de lo que realmente se vive en esos años. Es un texto tan lleno de amor que la autora puede no sólo escribir sino publicar frases como: «Las hijas no se aman por el solo hecho de ser hijas. Uno aprende a amarlas. O no». Y aún con el agotamiento, las dudas, la frustración, las culpas, en la entrada del diario titulada «Un día de febrero» en el que ella es por fin libre por unas horas y teniendo la posibilidad de dormir, beber vino y ver películas subida en un

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Tsunami VV. AA. Edición y prólogo: Gabriela Jauregui Sexto Piso Realidades 2018 • 212 páginas

avión, dice (refiriéndose a sus hijas Naira y Emilia): «Casi siempre termino sacando el celular para mirar las fotos de ustedes». Cuánto bien les haría a muchas madres que se les hablara desde la verdad y no los clichés de la maternidad. A la salud de Brenda, Cristina, Daniela, Diana, Gabriela, Jimena, Margo, Sara, Verónica, Vivian, Yásnaya, Yolanda, y a la de las muchas sin nombre y sin foro para hablar y ser escuchadas. Ojalá que algún día podamos ver las últimas olas de este Tsunami regresando al mar desde un lugar seguro. •


Recomendación de los editores

Contemplar la grieta Diego Rabasa

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n su célebre Discurso de la servidumbre voluntaria, el jovencísimo Étienne de la Boetie propone una arqueología de la psique que sugiere, grosso modo, la aversión del intelecto ante la libre disposición del cuerpo y sus andares. El trazo de la obediencia tiene que ver con instituciones Nos habla, rica en que se arraigan de manera proyectiva ante la disposición de tu tiempo), aquella máxima referencias literarias renuncia a ejercer la potestad del día a día. de que el tiempo es oro o, frontispicio de la La geometría que propone De la Boetie (Flaubert, Musil, Goethe, falta de imaginación, aquella idea de que si implica que uno obedece con gusto siemuno no está en un ejercicio productivo está Groddeck, Blanchot), pre y cuando se tenga un derrotero donde perdiendo el tiempo. ejercer su yugo. Este sistema escalonado ha acerca de la espera amoMateria evanescente y compleja, el tiempo encontrado su culmen en la sociedad actual, ha la mente y la reflexión de algurosa: ese territorio en el nosocupado en donde la despersonalización que exigía de los más grandes pensadores de nuestra Thatcher en su utopía de la suma de los bien- que el adulto pone en era. Su indisociable disputa con la existencia estares individuales («la sociedad no existe, de Dios (el origen y el final) han producido juego la idea freudiana existen los individuos») ha alcanzado su esconocidas sentencias como la aristotélica de tado tierno en un mundo que logró insertar del objeto transicional, que el tiempo no es otra cosa que eternidad la idea perversa de que cada quien es dueño movimiento, o disertaciones por parte de ese objeto, el amoroso, en de su destino. grandes mentes como el Nobel Ilya PrigogiEs menester del entendimiento de los que nos acerca y aleja a ne, que finca en la entropía la demostración surcos del poder arraigar la idea de que la que el andar del cosmos no es un consla idea del último aban- de palabra y el cuerpo son dos de los grandes tructo cultural sino un diseño arquetípico territorios en los que se disputa la hegemo- dono: la muerte. del que mucho tenemos que aprender. nía del discurso. El otro grande, de ahora, Andrea Köhler se ha insertado en la discues el usufructo del tiempo. Valga como ejemplo la mascada expresión del ejercicio del tiempo, o del mandato del ejercicio del tiempo, sión de que uno tiene que saber venderse (ofrecer una renta por la o del consumo del tiempo de nuestra era, con un libro entrañable y encantador titulado El tiempo regalado. Consciente del foro en el que inscribe su arenga, Köhler rinde tributo a Benjamin y Kafka; a Heidegger y Sloterdijk; a Séneca y Von Kleist: ya lo dijo Pascal: los males del mundo probablemente provienen de la incapacidad que tenemos de permanecer tranquilos en una habitación.


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El libro de Köhler trata, sobre todo, sobre la espera. Ese tiempo suspendido, hoy visto como un intersticio indeseable entre el enajenante péndulo vigente de producción y consumo. Nos habla, rica en referencias literarias (Flaubert, Musil, Goethe, Groddeck, Blanchot), acerca de la espera amorosa: ese territorio en el que el adulto pone en juego la idea freudiana del objeto transicional, ese objeto, el amoroso, que nos acerca y aleja a la idea del último abandono: la muerte. Nos habla Köhler del tiempo suspendido de la enfermedad, ese no-ser que nos remite a la catacumba de la inacción, donde el cuerpo se rebela como agente maquinal y adquiere el papel protagónico en la tragicomedia incomprensible del yo. Nos habla de la ansiosa espera de la correspondencia epistolar. No digamos aquella en la que Goethe afirmaba que «no es posible vivir en este estado» porque las misivas demoraban más de doce horas de lo previsto, sino en la ansiedad inmediata que supone la correspondencia digital actual en la que esperar más de un día para la respuesta de un correo electrónico o la daga de la doble palomita azul sin responder del WhatsApp detonan ansiedades inadmisibles en un mundo que ha visto el intersticio como un enemigo a vencer. ¿Y por qué es el tiempo suspendido tan amenazante para los barones que moldean la efigie que eyacula el proyecto ideal contemporáneo? Porque la realidad digital, encendido-apagado, encuentra en la inacción el sino para interpelar los verbos que atraviesan irreflexivamente nuestra cotidianeidad. No son pocos los que fincan en el pasmo el fertilizante para la reflexión, para la escucha de los clamores no positivistas, no deseosos del anhelo concreto. Kafka aseveraba que dormía más plácidamente en el ensueño de la escritura que durante la obligada tregua con la vigilia. «La espera –nos dice Köhler– es un estado en el que el tiempo contiene el aliento para recordar la muerte». Y no hay nada más ajeno a nuestro ser que la contemplación del fin. Nos habla la autora de lo que significa la confluencia infinita

El tiempo regalado Andrea Köhler Traducción de Cristina García Ohlrich Libros del Asteroide 2018 • 168 páginas

de los acontecimientos del mundo. Decía Foucault que los medios solían ser instrumentos para plantear preguntas de las que nadie tenía la respuesta, y que hoy, en cambio (ya entonces) son plataformas para congregar certezas preestablecidas. Suceso, suceso, suceso. Disputa por la interpretación del suceso. Tragedia, evento, acontecimiento: el presente como sucesión de líneas punteadas que sugieren una única lectura de tránsito hacia el frente. La Historia, en cambio, nos dice Köhler, nunca estuvo mejor representada que con aquel pasaje narrado por Sloterdijk en La ira y el tiempo: «Por eso cabe decir: el iracundo que se retrae provisionalmente es el primero que sabe lo que significa tener un propósito […] no sólo vive en las historias, sino que también hace historia, en la medida en que hacer significa aquí tanto como: extraer del pasado razones para ocuparse de lo que vendrá». La espera nos predispone a la insoportable onomatopeya de nuestro paso por el mundo. El espacio reflexivo pone en jaque la intención, ridiculiza la acción y vuelve fútil el ejercicio histriónico de nuestra confusión. El colapso de la espera —reservado hoy a los indeseables páramos de las dunas burocráticas— reduce la voluntad del individuo y le espeta su condición de engrane, de ente servil, inmóvil, lejos de instar a la contemplación gramática de nuestro instinto, de nuestra disposición —cada vez más suprimida— al goce, el ocio, el disfrute y ejercicio de una existencia que se extienda, largo y ancho, por los confines históricos de lo ambiguo y lo incierto, a través del canto del misterio, en la renuncia a servir como un escalón para la trama capital del cimiento recto de la Historia. •


Bailábamos Luigi Amara Bailábamos sobre la tumba de la argumentación, chocando las copas, las cabezas, a la muerte del silogismo, jugando damas chinas, rayuela, sobre las tablas de verdad, muertos de risa por el rictus horrorizado de las conclusiones.

Vagábamos como perros por un cementerio de inferencias en ruinas. Ladrándole a la luna de la inconsecuencia, mordiéndonos la cola en una doble negación, deslizándonos en calcetines por el mármol gastado de la lógica. Y ahora, 
 después de tantos años, hay quien todavía nos pide un poco de congruencia…

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Vuelve

por donde has ido Anne Carson biera dado las gracias, pero. Esta es una situación difícil. Recuerda, Guirnalda ni siquiera reconocimos al patinador en hielo. Ay, lo sé. Una fantaiene el corazón roto y luego su madre muere, así que D sía no es una persona. Pero lo echo de menos como a una persona. y F se la llevan de fin de semana. El lugar de vacaciones es un Y entonces el día acaba con una discusión tortuosamente estúpida panal. Por la noche, las abejas avanzan en chorro por las calles. Abeentre D y F en la terraza de un restaurante. Durante todo ese tiempo, jas apretándose, zumbando, relucientes y deseosas; abejas que dan ella tiene un trozo de filete de atún atorado en la garganta. Quieres bandazos como marineros; abejas que se lamen entre ellas la malta de que sea otro. Quiero que seas nada. Eso es las barbas. D y F son abejas también, y van al imposible. Ay, vete por ahí. frente del chorro, guiándola. El chorro está En la playa (último día), metafísicamente Años después, cuando ya no están juntos, ebrio. Llegan dando tumbos a su casa alquilada. Estaré bien, piensa. mira hacia abajo y pien- ella se pregunta cómo era para D y F aquello de llevarla a rastras como una tercera pierAl día siguiente alquilan bicis. D y F bajan sa, tengo los pies de mi na, de arriba abajo por los malecones ilumien picado por la senda para bicis. Ella pedalea fuerte, se barre en una duna, se magulla madre. Ha estado leyen- nados, de adentro hacia fuera en las tiendas perversas en donde se probaban atuendos la pierna, vuelve a empezar. Esto ocurre cuado sólo libros escritos que la hacían llorar, pasando por terrazas y renta y cinco veces. No había montado en bares y chiflidos y cruising y protocolos de bici desde los diez años, le explica a nadie. El por gente llamada Marcombustión ajena. Embarrada de miel assudor le escurre por ambos lados de la nariz. garet, para sentirse cerca querosa, volvía a la casa alquilada y se tumE incluso entonces papá se dio por vencido baba sobre la cama plegable. conmigo. Ya quedan dos días menos, piensa. de ella. No demasiado En la playa (último día), mira hacia abaPor la mañana, un gato salvaje dormita cerca. Sus pobres pies. jo y piensa, tengo los pies de mi madre. Ha sobre la mesa del porche, mientras D come estado leyendo sólo libros escritos por gente müesli y lee en voz alta la revista Men’s Musllamada Margaret, para sentirse cerca de ella. No demasiado cerca. Sus cle. Otro para mí, por favor, caballero (complemento proteínico). pobres pies. Durante la terapia (trata de recordar los buenos tiempos), Fotos de hombres que tienen la musculatura de adentro hacia afuera solía contar aquello de cuando fueron juntas a la playa en un coche a fuerza de tirar de cadenas al tiempo que de sus cabezas emanan sin frenos, y su madre decía conforme salían en marcha atrás de la truenos. Otros, en traje y corbata, levantan yunques enormes. Al leer cochera, Bueno, de aquí al agua es todo bajada, así que ya veremos, a Gogol (notaba Nabokov), nuestros ojos se «gogolizan»; gente y así lo hicieron. De cómo habrán vuelto a casa no puede acordarse. con gran pasión por los abrigos empieza a aparecer en pueblos que Nunca dijeron nada del viaje a la playa ni a su padre ni a su hermano. hasta entonces no conocían el frío ni la nieve. ¿Acaso veré hoy poleas Lo escondieron bien, como una guirnalda navideña en el fondo del y pectorales enormes retozando por las floridas calles del panal?, se armario, para verla de reojo de vez en cuando al ordenar las cosas pregunta. colocadas delante. Para hacer pasar el tiempo escuchaba las conversaciones de otros (café). ¿Se te antoja? Siempre se me ha antojado. Entonces, qué, ¿deMéxico bería? ¿No podemos ser tan sólo libres y así, como ahora? Creo que No es que no hicieran daño. Una a la otra. es una locura, a menos de que seas de verdad, de verdad. Y verás si Dos personas tan conectadas pueden hacerse daño incluso con las pierdo, entonces lo sería. No tenía ni idea de que te sentías así o humejores intenciones. O sin ninguna intención. La casa era pequeña y, ahora que papá se había «ido al asilo», radiante de silencio. Por la noche, se sentaban en cuartos separados, leyendo, sin leer. Los domingos, pedían un taxi y visitaban a papá. (Ninguna de las dos conducía. Papá solía conducir). No quedaba claro quién creía papá que eran. No le molestaban las visitas. La mujer mayor traía uvas y la joven sonreía tontamente. Se sentaban juntos en la cafetería, él con la mirada fija mientras se llevaban los platos

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gracioso, lo suficiente como para contarlo a otros por teléfono la noche misma, la hija no decía nada a su madre. No le daba las gracias. Se reían y se detenían; el abismo a sus pies. Sería difícil describir, o años más tarde creer, cuán pesada era cada palabra en esos días. Reunir lo suficiente para una sola frase requería encontrar la fuerza de un héroe mitológico, un Heracles o un Teseo, que construyeron los muros de Troya con piedras ciclópeas que hoy ni siquiera diez hombres normales podrían levantar. Su madre era fan de los viajes espaciales y le gustaba la idea de morir en Marte. Tenían conversaciones cortas al respecto, de vez en cuando, al ver cohetes explotando en las noticias, pero llevaban a lo lúgubre. De haber atisbado el interior más profundo de la otra, ¿qué hubieran visto? Pero no lo hicieron. Incluso al realizar una tarea juntas, pelar mazorca, bañarlo, desviaban la mirada. La falta de asombro se interponía entre ellas como una lápida que eliminaba algo en cada aparición. Ser adecuadamente asombrado o asombrable (¡mata al padre!) ocurre más en las obras de teatro que en la vida. En fin, un sábado regresaban de visitar a papá, acababan de salir de la autopista en la curva que da a su calle, en un día de noviembre marrón-grisáceo. El taxi giró hacia el camino de grava. De una mancha

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Ilustración de Daniela Álvarez

uno a uno conforme iba comiendo. No levantaba la vista. Más tarde, trajinaban en su cuarto inútilmente. Era un cuarto compartido con un hombre que no cerraba los ojos, nunca. Sus párpados eran disfuncionales. Decía que se estaba acostumbrando a ello. Decía que los doctores tenían miedo de intervenir, no fuera que sus párpados decidieran quedarse cerrados. Las dos mujeres se preguntaban si había que hablar. Una con otra. ¿Por qué no, ahora cuando aún queda tiempo? Pero no lo hicieron. Sus preguntas son todas alternativas, sin importar lo que responda siempre estoy equivocada a medias, pensaba la más joven (esa era una excusa). Las estrellas no se encuentran, estallarían (era otra). La situación le provocaba este tipo de dramatismo, que confiaba a un cuaderno que años después releería con vergüenza. Si conversar se volvía indispensable, su costumbre era presentir lo que la otra quería escuchar y decirlo. Si su madre probaba a hacerse la cáustica (me haré con un poco de Nembutal, para acabar con los dos), la hija devolvía una sonrisa ceñida y apuraba la cena. De vez en cuando se reían con ganas. A la entrada del ala privada en la que vivía papá, podía leerse el nombre oficial en grandes letras cursivas: «Las horas doradas» pero mamá lo llamaba «La última y nos vamos» y, aunque lo encontraba


fresca de nieve marrón-grisácea, pequeñas hierbas marrón-grisáceo se abrían paso buscando la luz –años después todavía podía recordarlas– algunos árboles flacos y desagraciados, una zanja negra. Al entreabrir la ventanilla entraban olores de raíz, ceniza, hojarasca, frío. Era apenas media tarde, pero la luz y la vida parecían escaparse por ambos lados del día. La visita no había sido mejor o peor que otras, pero, sentada ahí viendo el cráneo brillante de papá bambolear sobre un montón de ropa que le resultaba más o menos conocida, sus adentros se volvían lúgubres y peligrosos. El taxi había virado a la izquierda, más allá del cementerio, pasando la escuela abandonada en donde papá colgaba al entrar su pequeña gorrita, pasando el escampado entre los árboles que dejaba asomar el lago. Su madre, sentada al frente, hablaba con el taxista (Clayton) de su artritis, o de la artritis de su esposa, o de Marte. La artritis de su esposa había sido peor que la suya y ella le había pillado el truco a conducir con los nudillos cuando Clayton murió inesperadamente, justo después de Navidad. En el asiento trasero, miraba fijamente por la ventana, tratando de no escuchar a los del frente, con el pensamiento divagado: la merienda, números, Navidad, una obra de arte de la que alguna vez le hablaron, «Caballos corriendo al infinito» o algo así. ¿Lo había soñado? No. ¿Imaginado? Quizá. ¿Fue en México? Sí, ¡fue en México! Un tablero de ajedrez en miniatura donde todas las piezas eran caballos. Y México le vino a la mente como alteración de la muerte a la mañana, sólo la palabra, sólo la idea, los pequeños cascos taconeando por el tablero de dos pulgadas, sus corazoncitos precipitándose en los pechitos ardientes, los mini copetes y espolones y cruces, iluminados por el rocío de un alba mexicana de pequeña escala. Le volvió la vida al cuerpo en todas direcciones, como un color, y al apoyar la frente en la ventana helada, se imaginó de pronto contando todo esto a su madre durante la cena. Era algo externo a ellas, gallardo y belicoso y claro –no usaría esas palabras sofisticadas, pero algunas palabras, otras palabras, surgirían. Valía la pena intentarlo. No vuelvas por donde has ido, solía decir papá cuando paseaban en coche los domingos. Ven por un nuevo camino.

Trouble in Paradise

Mi suegra mide un metro cincuenta. Al abrazarla me siento enorme, bestial, algo desleal; mi propia madre, ya difunta, también era pequeña. Aparte de eso no se parecen, excepto por la opinión de que me visto mal y soy de emociones oscuras, que ambas habrían compartido. Que deberían llevarme por ahí «a comprar ropa» es una amenaza al acecho. Esta noche mi suegra y yo lavamos los platos. Es Nochebuena. Estamos en Ohio. Se llama Verna. Ella lava, yo seco. El trapo de secar, mi regalo para Verna en la Navidad pasada, tiene un estampado de caricaturas de celebridades del Grupo de Bloomsbury. Verna cuenta historias de Mildred, su mejor amiga, que ha muerto. Mildred me enseñó todo lo que sé, dice. Mildred me enseñó a ser buena anfitriona. Escucho a medias, pensando en cuando secaba platos con mi propia madre. Recuerdo silencio, destemple e impotencia de mi parte. En verdad quería hablarle, o escucharla hablarme. Aun así, me quedaba

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junto al fregadero, a su lado, noche tras noche, año tras año, en un acceso de vergüenza, no sea que me haga una pregunta interior o que me espete alguna entraña propia. El temor a las entrañas nos gobernaba. Ambas teníamos intestinos neuróticos. Y un tipo de furia infundada y continua. Así que cuando digo «quería hablar», no es tan cierto. En ese momento nunca lo quise. Lo quise antes, lo quise después, lo quiero ahora, nunca lo quise en su momento. En su momento era siempre el mal momento, y yo estaba furiosa. ¿Son así otras familias? Sé que pongo la vara muy alta, pero no puedo imaginar que en Bloomsbury, digamos, hubiera un mal momento para hablar. Pero luego aquí está Virgina Woolf (en «Apunte del pasado»): Somos vasijas selladas flotando en lo que, por comodidad, hemos dado en llamar realidad; en ciertos momentos, la materia que sella la vasija se resquebraja y entra a chorros la realidad.... ¿Fue Virgina Woolf quien nos enseñó a adorar esos chorros de realidad sin los cuales simplemente navegamos con los demás en un mar de comodidad? Pero aquí estamos, Nochebuena en Ohio y se empieza a abrir una grieta. De pie al lado de mi suegra, trapo empapado en mano, reflexiono sobre la santidad del conversar. Me habla del último atisbo que tuvo de Mildred. Un cuarto de hospital. Mildred, postrada por uno de esos cánceres que te matan en un fin de semana, ya no puede comer, chupa un pedazo de hielo, tiene un tubo metido en la nariz; y cuando Verna se inclina hacia la cama para preguntar si hay algo que pueda hacer, Mildred le lanza una mirada, aparta el tubo y dice: Verna, ahora mismo daría lo que fuera por uno de tus Martinis. Al día siguiente, Mildred está muerta. Doblo en tres mi trapo, ahora oblongo saturado, con la esperanza de encontrar alguna esquina seca. ¿Cuándo murió Mildred? Pregunto y Verna dice, 1965. ¿Qué es un ser mortal? Aire, un sueño, una sombra, nos dicen los poetas de la antigua Grecia, pero a Verna no se lo digo. Sólo repito incrédula, ¡1965! Del otro cuarto llega el ruido de la tele. Es un especial navideño sobre la guerra; entrevistan a un soldado de algún ejército, creo que israelí, cuya tarea es presentarse en zonas donde han asesinado a una mujer o un niño y plantar armas en el cuerpo. Escurro el trapo. Todo lo que quisiera de una madre agota las entrañas, está anegado de furia, electrocutado vivo y dispuesto en forma de alarido. Todo lo que me atrevo a pedirle es esta comodidad. Le pasamos un trapo a la cocina. Colgamos trapo y esponja. Cuando era pequeña, asumía que el mundo estaba hecho de papel y que había que pisar con cuidado a riesgo de atravesar el papel. Quería una partitura para ello, para el atravesar. Pensaba, todavía pienso, que dicha partitura está guardada en alguna parte, por encima de nosotros en una suerte de bruma o capa secreta. No me había dado cuenta de que Verna llevaba cincuenta años cargando el fantasma de Mildred en la frente de la memoria como un par de cuernos imposibles. Las sentencias que nos dictamos unos a otros no son muy juiciosas, ¿no es cierto? Verna quita las manchas de la estufa con el dobladillo del delantal. Ven, vamos a ver la tele, le digo. He traído una película. Es Lubitsch; te gustará. • Traducción de Daniela Franco


Ilustraciones de esta secciรณn: Jorge Noguez


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El mal

no de los mayores misterios de la vida es el mal. Durante siglos nos hemos interrogado sobre sus motivos, su origen, su necesidad, su utilidad. ¿Por qué la destrucción de enteras civilizaciones? ¿Por qué el asesinato, la tortura, la expoliación, el engaño? ¿Por qué el mal se disfraza de justicia y paz? ¿Por qué los pueblos más cultos han sido capaces de los mayores crímenes de la historia? ¿El saber nos vuelve malvados? ¿El mal existe, o simplemente es algo que no logramos comprender, y en nuestra ceguera le damos ese nombre? En la tradición occidental, el mal está asociado con el nacimiento de la historia. Adán y Eva son expulsados del Paraíso por desobedecer, por haber comido del fruto prohibido que les permitió discernir entre el bien y el mal. La caída del hombre, su condena, el mal, y el inicio de la historia, están inextricablemente unidos. El ser humano, desde el punto de vista judeocristiano, lleva el mal dentro de sí, como una culpa, pero también como la promesa de algo más, de algo que puede redimir y transformarlo todo. Porque si bien la cuestión del mal nunca ha recibido una respuesta clara y permanece siempre como misterio, todos los teólogos, filósofos y poetas coinciden en algo: el mal existe porque somos libres. El mal es una decisión. Y, por ello, siempre lleva en sí la promesa o la posibilidad del bien. Erradicar

el mal implicaría erradicar lo que nos ha permitido ser nosotros mismos, nuestro bien más preciado: la libertad. El drama humano está en esta encrucijada: permitir que el mal exista y, así, lograr nuestra libertad, o erradicarlo y aceptar nuestra servidumbre. En este número de Reporte Sexto Piso hemos querido reflexionar en torno al mal, no para hallar una respuesta, sino para seguir interrogándonos sobre ese misterio que nunca, hasta el fin de nuestros días, nos va a abandonar. Martin Legros aborda el polémico concepto de «banalidad del mal» y lo explica bajo una nueva luz; Pierre Zaoui aborda el mal desde el punto de vista del cuerpo y de la política; Michaël Foessel analiza el mal en la vida cotidiana; y, finalmente, Hélène Mouchard-Zay hace una semblanza de Simone Veil y su combate contra el olvido del mal absoluto del siglo xx, la Shoah. El mal, según Hannah Arendt, surge justo en el momento en el que la reflexión y el pensamiento quedan suspendidos. El mal se aloja en la lengua y el pensamiento superficiales, incapaces de hacer un esfuerzo por dar un sentido a los seres y a las cosas del mundo. Que este número sea nuestra batalla cotidiana contra el mal, en complicidad con nuestros lectores, sin quienes todo nuestro esfuerzo por la transformación del pensamiento y del lenguaje sería vano. • Ernesto Kavi

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El mal impensado Martin Legros

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l problema del mal será la cuestión fundamental de la vida intelectual tras la guerra en Europa», escribió Hannah Arendt en 1945 («Culpabilidad organizada y responsabilidad universal», en Humanidad y terror). En ese momento se encontraba en los Estados Unidos tras haber abandonado la Alemania nazi, justo cuando comenzaba la elaboración de su obra maestra, Los orígenes del totalitarismo, con la finalidad de entender lo que había sucedido. Aparecido en 1951, el libro se cierra con las siguientes palabras: «Al esforzarse por probar que todo era posible, los regímenes totalitarios descubrieron sin saberlo la existencia de crímenes que los hombres no pueden ni castigar ni perdonar. Al volverse posibles, lo imposible se convirtió en el mal absoluto. Resulta tan incastigable e imperdonable que no se puede explicar con las viles razones del interés personal, del resentimiento, de las ansias de poder ni de la cobardía. Se trata de algo que ni la cólera puede vengar, ni el amor soportar, ni la amistad perdonar» (El sistema totalitario). El mal «absoluto», incastigable e imperdonable, irreductible a los ámbitos habituales de la maldad o de las ansias de poder, en los años 1950 Arendt lo denomina, refiriéndose al filósofo Immanuel Kant, como «mal radical». ¿Por qué radical? Pues porque busca destruir las raíces de la libertad humana. A medida que reflexiona y bajo la conmoción del juicio a Eichmann, al que asiste en 1961, termina por darle un nuevo nombre a lo que, en las acusaciones a los criminales, escapa a todas las normas que conocíamos hasta entonces. Incluso, aunque hayan cometido crímenes horribles, los verdugos no son monstruos diabólicos movidos por inclinaciones sádicas, sino más bien seres sin profundidad, superficiales, obedientes. «Los actos fueron monstruosos, aunque el responsable de los mismos —al menos el responsable altamente eficaz que se juzgaba entonces— era del todo una persona ordinaria, […] ni demoniaco, ni monstruoso». A expensas de una polémica que sigue todavía viva, la que fue una de las primeras en tomar conciencia del alcance del genocidio, se vería durante mucho tiempo acusada de haberlo… banalizado. Y haber abierto la vía, con el concepto de la «banalidad del mal», a un nuevo tópico, el del funcionario diligente listo a realizar el mal para demostrar su grado de obediencia a la autoridad, un tópico que servirá desde entonces para referirse a las formas más ordinarias de opresión, que van desde la empresa a la familia. En vez de sucumbir a las amalgamas que se han producido desde entonces, intentemos entender, primero, lo que Arendt trataba de pensar, y, después, cómo al hacerlo, puede que haya tocado un fenómeno más amplio, que explica, a pesar de los giros de los que su pensamiento no deja de ser objeto, el eco tan profundo que sigue sonando entre nosotros.

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La cuestión de las raíces

Inicialmente habla del «mal radical» para referirse a las adversidades de lo que sucedió en los campos. Recordemos que, a pesar de su carácter secreto, los campos para ella eran «la verdadera institución central del poder totalitario». Fue ahí donde se experimentó en sentido estricto la creencia que se encuentra en el corazón de la ideología según la cual «todo es posible» y donde se puso en marcha una dominación total con la finalidad de manifestar que el hombre puede ser transformado en un «cadáver viviente», cuya espontaneidad ha sido destruida. En otros lugares, en una sociedad «normal», el poder totalitario no deja de tropezar con múltiples resistencias. Aunque allí, en esos laboratorios a cielo descubierto de la condición humana, se conforma con su esencia. Arendt sigue paso a paso el proceso por el cual, primero, se les suprime a las víctimas su personalidad jurídica, privadas de cualquier tipo de estatus, y después su personalidad moral, al borrar toda huella de su existencia y al final de su individualidad (al reducirlos a una «espantosa marioneta con rostro humano que reacciona de una manera totalmente previsible, incluso cuando se dirige hacia su propia muerte)». La finalidad de dicha empresa es la de «destruir la espontaneidad», o bien «el poder que tiene el hombre de comenzar algo nuevo a partir de sus recursos». Se trata de «demostrar que el hombre es superfluo». Sin embargo, toda esta operación se realiza en nombre de un sobre-sentido, el de la ideología, en el que el poder total tiene por misión manifestar el carácter adecuado, es decir, la realidad: «si los detenidos son parásitos, resulta lógico que se les deba matar con gases tóxicos». Sin embargo, para Arendt los operadores de ese crimen sin precedentes no han sido animados por un odio personal hacia las víctimas.


Insiste en este punto sobre la transformación de los campos cuando la ss toma el control de la sa y dan a la exterminación una vuelta sistemática: «La antigua bestialidad dejó lugar a una destrucción absolutamente fría y sistémica de destruir la dignidad de los cuerpos humanos, con el propósito premeditado de destruir la dignidad humana. La muerte se evitaba de manera indefinida, postergada indefinidamente». Volver al hombre superfluo para manifestar la verdad de una ideología, de la que se decide con una lógica implacable realizar todas sus implicaciones y consecuencias, esa misma es la empresa que termina con el surgimiento del «mal radical». «El mal radical aparece en vinculación con un sistema en el que, de la misma manera, todos los hombres se han vuelto superfluos». A lo que Arendt añade: «Los manipuladores de ese sistema están tan convencidos de su propia superficialidad como de la de los otros». Si nos tomamos el tiempo de leerla, surge la paradoja a la que Arendt intenta conducirnos desde la primera formulación de la cuestión del mal. Para Kant, la expresión de «mal radical» significaba un mal propiamente humano, que no sería únicamente el del pecado original o el de una disposición natural vinculada a la sensibilidad egoísta de la especie, sino el resultado de una rápida elección, de una decisión imputable a la voluntad, la elección de «darle la vuelta al orden moral de las razones» —como señala en La religión dentro de los límites de la mera razón— y de preferirse a sí mismo y a sus inclinaciones a la ley moral de la que es, no obstante, consciente. Arendt retoma la fórmula porque busca, ella también, pensar en un mal en sí mismo, que no sea la consecuencia de un evento ancestral (como el pecado original), ni el resultado de una condición (la fragilidad de la naturaleza humana, de sus pasiones y de sus móviles egoístas), ni el desvío para alcanzar un bien (la política del mal menor). Aunque, al final, Kant sitúa el mal en «razones inteligibles» (preferirse a sí mismo antes que a los otros). No obstante, a Arendt eso le parece una «racionalización» del fenómeno que pasa de largo de lo que es esencial. Esto es, el egoísmo y los intereses personales no tienen el peso necesario para pensar un fenómeno como la Shoah. Puesto que se trata de confrontarse a un mal que es tan profundo —destruye la espontaneidad humana, la capacidad de iniciar algo nuevo— que no resulta (solamente) de una intención, de un móvil,

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de un carácter de una voluntad perversa que emana de uno u otro individuo particular. Sino que más bien surge de la sumisión de aquellos que lo hacen acontecer en una lógica superior, la de la ideología, que los ha vuelto incapaces de distinguir entre el bien y el mal. «Usted no puede poner A sin poner B y C y así sucesivamente hasta el final del alfabeto de la masacre», ése era, según Arendt, el corazón de la lógica totalitaria que oscila entre Hitler y Stalin. En su Diario filosófico, Arendt escribe, a modo de primera síntesis de su reflexión, que «el mal radical […] nada tiene que ver con la psicología —como Macbeth—, ni con los atributos del carácter —como Ricardo iii, que decide volverse un delincuente. Es esencialmente: 1) un sobre-sentido, su lógica absoluta y sus consecuencias; 2) el hecho de volver al hombre superfluo, al mismo tiempo que se conserva el género humano al que se le puede en cualquier momento eliminar algunas partes» Tal es la paradoja: el mal más profundo, el que busca reducir a la nada las raíces mismas de la libertad, no procede de hombres demoniacos, sino de hombres que se sienten ellos mismos «superfluos» en relación con el «proceso», en este caso la ley de la naturaleza, del que participan. Su surgimiento coincide con el auto-borrado del hombre en beneficio de un sobre-sentido que se supone podrá decidir sobre el futuro de la especie…

La superficial banalidad del mal En 1963, mientras que se producía la polémica sobre su libro, Eichmann en Jerusalén, subtitulado La banalidad del mal, Hannah Arendt escribió a su amigo Gershom Scholem lo siguiente: «He cambiado de opinión y ya no hablo del mal radical […] Ahora pienso que el mal nunca es radical, que es sólo extremo, y que no posee ni profundidad ni dimensión demoniaca. Puede devastar el mundo entero precisamente porque prolifera como un champiñón en la superficie de la tierra». ¿Qué fue lo que descubrió en el personaje de Eichmann que la condujo a recalificar la naturaleza misma de esta nueva figura del mal, a quitarle su «radicalidad»? Primero, una cosa que había chocado a numerosos testigos del juicio, como escribió Joseph Kessel, que fue el primero en calificar a Eichmann de «banal»: ése que era el responsable de la deportación de millones de judíos por toda Europa no tenía nada de figura demoniaca, pérfida u odiosa, como se podría esperar, vista la enormidad y monstruosidad de sus acciones. Al contrario, exhibía su estatus de un simple funcionario que ejecutaba una decisión tomada por otros y que se había limitado a realizar, «que sólo habría tenido mala concciencia si no hubiese ejecutado las órdenes». Más que un arribista diligente, Eichmann tuvo el atrevimiento de presentarse como un «idealista» «que sólo vivía por sus ideas y que estaba listo a sacrificarlo todo por esas ideas», entendiendo con ello que «habría enviado a su padre a morir si hubiese recibido la orden de hacerlo». Y que debía hacer un esfuerzo para superar sus propias inclinaciones, las cuales habrían podido inducirle a sentir compasión por sus víctimas —de ahí su retorcida referencia al imperativo categó-


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rico kantiano para pensar la manera en la que buscaba siempre hacer coincidir su voluntad con la del Führer. Rápidamente Arendt se dio cuenta de la ausencia de un «odio mórbido hacia los judíos o de un antisemitismo fanático». Los judíos son enemigos, pero Eichmann estaba orgulloso de haberles «propuesto» en primer lugar la opción de la emigración antes de organizar su deportación… Ni loco ni histérico, Eichmann era «una persona mediocre», «normal», «ni débil de mente, ni adoctrinado, ni cínico», y, sin embargo, «incapaz de distinguir entre el bien y el mal». Una estrategia de defensa, le objetaban los críticos de Arendt, como Bettina Strangneth, quien muestra que Eichmann se había revelado a lo largo de su juicio como un ferviente antisemita y un hombre lleno de iniciativas. Sin duda. Para Arendt eso implica olvidar el verdadero enigma. Puesto que, si a lo largo de su juicio como de su carrera, Eichmann usaba constantemente tópicos y mentiras para justificarse, no era para disimular unas intenciones maléficas, sino porque él había sido capaz siempre de tomar concciencia del crimen en el que estaba participando, de sentir compasión por las víctimas y, más tarde, de no sentir la menor culpa por sus actos. «Nunca se dio cuenta de lo que hacía», llega a afirmar Arendt. Nunca se dio cuenta porque al adherirse a la lógica del «nosotros» totalitario se volvió incapaz de ponerse en el lugar de los otros, para sentir y pensar desde sus puntos de vista. «Eichmann no era tonto, es la pura ausencia de pensamiento —lo que no es lo mismo— lo que le permitió volverse uno de los mayores criminales de su época».

Los monstruosos crímenes de un individuo mediocre Entendámoslo bien. De lo que da cuenta Arendt no es de sus rasgos psicológicos o de una carencia intelectual propia de un individuo. Es más bien, el contraste entre la mediocridad grotesca de un individuo —un «payaso» que hacía reír al auditorio por sus ridiculeces— y la monstruosidad de sus crímenes. A fin de cuentas, un personaje que tiene una enorme responsabilidad en la Solución Final y que, sin embargo, no consigue movilizar su pensamiento y su inteligencia más que en vistas de no pensar realmente en las implicaciones de sus acciones, mientras se refugia detrás de tópicos y de consignas aprendidas. «Desde el punto de vista de nuestra ética», añade Arendt, esta «normalidad» de Eichmann es «más aterradora que todas las atrocidades juntas». Este nuevo criminal, enemigo de toda la humanidad, «comete crímenes en unas circunstancias tales que le es imposible saber o sentir que él ha cometido el mal». Es eso lo que genera «la terrible, indecible, impensable banalidad del mal». Si Arendt abandona la metáfora de la radicalidad, es en realidad para profundizar en la hipótesis que había lanzado desde los inicios, según la cual el mal más devastador surge en el hombre a través de una desintegración de la persona moral en una pura superficialidad intelectual y afectiva, en una ausencia de sí mismo, hacia los otros y hacia el mundo. Como ella dirá en una entrevista poco conocida en la que justifica el uso de esta noción: «Quería sólo decir que el mal no es radical (radix), es decir, que no tiene profundidad, y es por esta razón por la que es tan difícil pensarlo, puesto que el pensamiento, por definición, quiere alcanzar las raíces. El mal es un fenómeno superficial y, en lugar de ser radical, es simplemente extremo. Resistimos al mal cuando no nos dejamos llevar por la superficie de las cosas, cuando nos paramos y empezamos a pensar —es decir, cuando alcanzamos otra dimensión diferente a la de la vida cotidiana. Dicho de otra manera, cuanto más superficial es alguien, más probable será que esté listo para ceder al mal».

Si el pensamiento nos previene contra el mal, es sólo a condición de que sea concebido no como una facultad solitaria de racionalización de la experiencia —de eso Eichmann estaba totalmente desprovisto—, sino como experiencia de un diálogo con nosotros mismos a través del cual cada uno se sienta en posición de responder de sí mismo delante de otro, al actualizar en su psiquis la pluralidad, que es la condición primigenia de la humanidad. «Este tipo de juicio no presupone que se haya de estar dotado de una inteligencia bastante desarrollada ni infundido por la ética, basta simplemente con tener la costumbre de vivir consigo mismo de un modo explícito, es decir, entregado a ese diálogo silencioso consigo mismo que, desde Sócrates y Platón, tenemos la costumbre de llamar pensar… La línea que divide a los que juzgan de los que se abstienen es independiente de todas las diferencias propias a los orígenes sociales, culturales o de instrucción».

Sin lugar a dudas, ésta es la modesta lección que Hannah Arendt extrae al final de su exploración. No se trata de la idea de que Eichmann esté escondido en el interior de todos nosotros, y de que el mal está listo para surgir desde que nos sometemos a una autoridad. Sino la sugerencia más incómoda de que el mal tiene una relación con la superficialidad, una superficialidad por la cual el hombre renuncia a dialogar y a juzgar por sí mismo integrando el punto de vista del otro en él.

Una superficialidad que, bajo intensidades más o menos variables, se encuentra más extendida de lo que imaginamos. Sin duda, eso también explica el eco que su reflexión continúa teniendo más allá de la catástrofe única y singular que intentó pensar. • Traducción de Hero Suárez


Sentir el mal, política y sensación Pierre Zaoui

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l mal parece ser una noción antigua, ya no se habla y cree en ello, en todo caso, no más que en el Diablo. Sin embargo, nuestra época nunca ha sido tan sensible a sus dos formas más clásicas: el sufrimiento y la culpa. ¿Significa esto que nuestro tiempo ya no sabe pensar? ¿O más bien que con el advenimiento de la modernidad se ha transformado profundamente nuestra sensibilidad por el mal debido a su intrusión en el campo mismo de la política? Nacida de una valoración sin precedentes de la ira, de la rebelión, de las «comunidades del No», la política moderna se inventó a partir de una nueva sensación de maldad que, a diferencia de los antiguos, le dio al mal una existencia real que, a diferencia de la teodicea monoteísta, se negó a justificarla. En otras palabras, el vínculo inequívoco entre la política y el bien (el mal sólo se reduce a una privación) y la captura unívocamente religiosa de la cuestión del mal (el mal estaría fuera de la política) debía desentrañarse al mismo tiempo como una cuestión de moralidad, culpa y «teodicea» como sufrimiento, es decir, la justificación de la doble existencia de Dios y el mal para que nazca la forma moderna de la política. Sin embargo, tal desconexión no pasó sin plantear nuevos problemas. Teóricamente, estas cuestiones han recibido al menos dos nombres: la «cuestión de la dialéctica» y la «cuestión de la violencia», es decir, las cuestiones de la fecundidad y legitimidad del mal. Curiosamente, sin embargo, las soluciones a estos «nuevos problemas» son muy similares a las antiguas soluciones aporéticas. De hecho, los positivismos spinozistas o utilitaristas se restablecen con la postura de los antiguos: el mal y la muerte no son nada, sólo hay un

conocimiento inadecuado de ellos, y el sufrimiento no es más que la ausencia de alegría o placer. La dialéctica hegeliana y marxista emerge como la última teodicea extravagante, apoyando sólo una justificación inmanente del mal (el mal produce el bien aquí abajo) contra una justificación trascendente (en nombre del pecado original, de la dicha en otro mundo, o bien de un principio superior de lo mejor): la alienación y el sufrimiento del miedo a la muerte, al trabajo, a la opresión, son asimismo sus propias soluciones. Y las filosofías nietzscheanas o deleuzianas de la afirmación pura se asemejan fácilmente a un pelagianismo sin cristianismo, esa herejía derrotada falsamente por San Agustín: ya que, «más allá del bien y del mal no significa más allá de lo bueno y lo malo». La inocencia selectiva y práctica del niño nietzscheano o del deseo deleuziano aparece como la heredera directa de la impeccantia pelagiana, esa habilidad del hombre de ser sin pecado y, por lo tanto, trágicamente libre de elegir el bien y el mal por su propia cuenta. En otras palabras, estas soluciones falsamente nuevas no han hecho justicia a una sensación que es, de hecho, nueva: mi sufrimiento o mi culpa se han convertido al principio en el interés de una política y no de una moral privada o de una justificación teológica. Pero quizás, precisamente, porque tales soluciones teóricas permanecen en la idea del mal en lugar de tratar de comprender las mutaciones de su única sensación. Intentemos aquí describir mejor el significado de tal mutación antes de pretender aportar la menor solución. Dado que la esencia de la sensación es precisamente estar en principio sin solución, esta es siempre ideal, es decir, negar («no es tan serio») o justificar («te ser-

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virá de lección»). Y porque no hay una, sino varias dimensiones políticas del mal; y por lo tanto no una, sino varias des-políticas del mal.

Esta sería su única modernidad: considerar la política ya no como una lucha unívoca por el bien o entre el bien y el mal, sino como una lucha entre los males, reduciendo así el bien, o la alegría o el placer no ya a una finalidad común, sino a la experiencia singular de cada uno. En otras palabras, lo que constituiría hoy las diversas formas de política, sería ante todo el reconocimiento común de la misma sensación injustificable y plural del mal. Prestemos atención a las dos formas más clásicas del mal: el sufrimiento y la culpa. Quizás su análisis aclare las cosas.

El mal es el sufrimiento ordinario. La moral antigua o religiosa no era insensible al sufrimiento, sino sólo en sus formas limitadas, como el sufrimiento del héroe (en la tragedia griega o romana, especialmente en la tragedia estoica) o como el sufrimiento del santo o del inocente (el único verdadero escándalo es entonces el sufrimiento y la muerte de los niños). En otras palabras, el sufrimiento sólo se podía sentir en su forma enfática, apoyándose en la tragedia, el escándalo y la muerte. En consecuencia, el sufrimiento ordinario parecía ser expulsado del discurso a partir de la misma sensación del mal: apenas nombrada, apenas sentida, devenían meras vicisitudes. Por el contrario, la modernidad deshace esta relación de sufrimiento y tragedia o escándalo, haciendo así surgir el sufrimiento más común como la sensación original de la experiencia del mal. Si ciertamente el sufrimiento ya no tiene un sentido que permita justificarlo, todo es sufrimiento, incluso el más irrisorio, lo que se convierte no en «insoportable» como dicen los espíritus reaccionarios que gustan de comparar a los modernos con niños malcriados o consentidos, sino en decible y por lo tanto objeto de reivindicación, transacción, negociación. Hasta la ausencia de jabón en su puesto de trabajo, hasta la experiencia más aparentemente privada (enfermedad). Hoy en día, aún se puede saber cómo sufrir e incluso cómo infligir el sufrimiento, como dudaba erróneamente Nietzsche, porque el sufrimiento sigue siendo una demanda de significado y, por lo tanto, una demanda preciosa. Simplemente, esta solicitud se ha vuelto política y ya no es religiosa (objeto de una queja o una oración) o trágica (signo de heroísmo). De ahí, sin duda, el florecimiento de luchas que antes eran impensables en el campo de la política: contra las enfermedades, contra los desastres naturales, contra la vejez olvidada. Sin embargo, sería un error ver

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en la politización de los sufrimientos percibidos hasta ahora como privados o irrisorios el signo de una reducción de la política a los únicos valores egoístas y pequeñoburgueses: concierne directamente a los eventos más clásicos reconocidos como políticos. Apostemos a este respecto que los más grandes levantamientos modernos, desde la Revolución Francesa hasta las guerras de descolonización, fueron sobre todo el fruto de los pequeños sufrimientos producidos por el Antiguo Régimen (con su «cascada de desprecio» de la que habló Tocqueville) o los regímenes coloniales (con sus cascadas de pequeñas humillaciones y pequeñas restricciones) a partir de sus peores crímenes. Y apostemos, entonces, a que el grado de politización de una sociedad no es juzgado por sus creencias que se muestran en Principios o Derechos Fundamentales, sino por su sensibilidad a los sufrimientos más pequeños o más peculiares. El mal es la culpa impersonal. Clásicamente surge la cuestión del vínculo entre la culpa y el sufrimiento: ¿todo sufrimiento es el resultado de un pecado? ¿Es toda culpa un sufrimiento, y, en consecuencia, un error? La gran novedad de la sensibilidad moderna consiste no obstante en deshacer esta conexión y así este orden de cuestionamiento. No hemos renunciado al concepto de «culpa» desde que nos hemos de-judaizado y de-cristianizado, no sólo lo hemos heredado como una carga (culpa y resentimiento). Simplemente hemos separado la sensación de sufrimiento (vivido o infligido), despersonalizándolo: la «culpa» se ha convertido en la del «sistema» o institución (del Estado o del mercado) y ya no se puede imputar a una persona, aunque fuera esta un dios personal. Por lo tanto, tal experiencia, al menos idealmente, ya no se expresa en términos de castigo, redención o justicia, sino en términos de deficiencias, disfunciones, contradicciones y, por lo tanto, en términos de cambio y transformación. De reactivo y amargo, el moderno sentido de la culpa se vuelve completamente activo y generoso, ya no dice una acusación, sino una promesa de futuro: no más sufrimiento, sino confianza y deseo. Ciertamente, está lejos de nosotros que hayamos adquirido una sensibilidad tal que politiza sin probar los amargos frutos del resentimiento. Es cierto a su vez que a veces, a cubierto de no acusar sino al sistema, se han cometido los peores crímenes de nuestra modernidad. Pero este odioso travestismo no borra la realidad palpable de una sensibilidad tan nueva, distinta de la amartia, de la culpa trágica de los griegos, para quienes la culpa no tiene su origen en la persona, sino que cae sobre ella como un golpe del destino, y por lo tanto se excluye de la política. Es por lo tanto distinta de la culpa judeocristiana bañada en resentimiento. Sin duda, entonces, nunca lo adquiriremos completamente porque la culpa nunca es pura, tal vez incluso regresemos pronto a lo peor o ya estemos en el proceso de regresión. Pero esta sensación ha existido sólo en nuestra modernidad (al menos en Occidente). La Comisión de Justicia y Reconciliación en Sudáfrica es quizás el ejemplo más sorprendente. Se ha hecho el mal, se debe expresar su culpa, pero no se castigará a quienes confiesan: no podemos decir mejor cuál es esa sensación de culpa impersonal en la que las personas se reducen a ser sólo la personificación de un sistema odioso pero abolido. En otras palabras, cuando el mal es, debe ser declarado, pero sólo para ser a continuación superado; porque en sí mismo, en su única sensación, nunca será redimido o justificado. • Traducido por Miguel Ibáñez Aristondo


Una lucha sin fin Entrevista con

Michaël Foessel

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V

enganza, justicia, perdón: varias vías para superar al mal son exploradas por el filósofo Michaël Foessel, quien nos pone en guardia contra un fantasma, aquel de la erradicación del mal, la cual no podría no implicar la abolición de la libertad. La lucha contra el mal también puede ser motivo de exaltación: obra realizada por sujetos libres, es también una fuente de solidaridad. ¿Se puede reparar el mal sufrido? ¿Con venganza? ¿Con justicia?

La venganza es la primera expresión subjetiva de una exigencia de justicia. Su lógica, la cual llamaríamos una lógica de retribución, implica desde el inicio una forma de racionalización frente al fenómeno del mal. Se cita la ley del Talión, «ojo por ojo, diente por diente»; sin embargo, olvidamos continuamente qué es lo que significa: no más de un ojo por un ojo, no más de un diente por un diente. Existe, pues, en la razón de fondo una exigencia por re-equilibrar, por compensar un sufrimiento con una pena equivalente.

La justicia retributiva, de manera análoga, produce un mal; responde al mal con el mal. Toda una serie de consideraciones podría llevarnos a pensar que la ventaja de esta justicia es sobre todo defensiva: se trata de disuadir, a partir del miedo, a quien se prepara a cometer un crimen. Pero, en realidad, lo que hay aquí es una exigencia que plantea reencontrar un equilibrio, si se toma como punto de partida que el crimen es un mal que pone en duda el orden legal.

Lo que vemos es una demanda en pos de un reestablecimiento de una relación de simetría que fue quebrantada. La diferencia fundamental respecto a la venganza es que la justicia introduce la posición de un tercero: no es la víctima quien decide la pena, sino el juez, el cual se

pronuncia desde cierta distancia e investido de cierta objetividad: es él quien cualifica el mal padecido como injusticia. Evidentemente se ha avanzando mucho en torno al problema de la retribución: el estatuto de la víctima ha cambiado profundamente, particularmente desde la mitad del siglo xx a causa de los crímenes masivos políticos. Hoy en día, por ejemplo, la tendencia de considerar que la justicia debería, antes que nada, realizarse en nombre de la víctima más que (en nombre) de la sociedad, es bastante común. Más allá de esta lógica de retribución, a la cual se le puede reprochar el hecho de perpetuar el gesto del mal, con lo que nos encontramos es con la imposición de una lógica que asume una forma de reparación que procura responder al dolor o al duelo sufrido por la víctima, más que meramente responder contra la violación. Un ejemplo de esta suerte de justicia reparadora, ¿podría ser la comisión de la Verdad y la Reconciliación constituida en 1995 en África del Sur para sanar las heridas del apartheid?

La comisión de la Verdad y la Reconciliación se caracterizó precisamente por el hecho de que los jueces no pronunciaban penas. No se trató de llevar a cabo una justicia retributiva, sino, más bien, reparadora o transicional. Es decir, responder al mal a través de su narración, de su reconocimiento, en lugar de recurrir a procedimientos de recriminación. Es una tentativa de catharsis. Se conocen bien las ventajas: aquello le otorga la ocasión a la sociedad entera de mirar su pasado, algo que, en la estructura clásica del tribunal no sería posible. Tal mirada no separa categóricamente a las víctimas de los culpables, sino que toma en cuenta la ambivalencia de cada situación. La meditación que se instaura aquí no es otra que la de la historia, una que ha adquirido una función que establece los hechos que dan lugar a un reconocimiento del estatuto de la víctima como víctima. El problema aquí, sin embargo, es que la narración pública de un relato idealemente aceptable por todos va más allá de la lógica del perdón. Las limitantes de este tipo de tratamiento de un mal histórico son que, rápidamente, nos damos cuenta de que en las víctimas persiste la exigencia de una retribución. Este deseo de ver un equilibrio re-establecido después del desequilibrio del mal persiste de manera muy presente en las consciencias.


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Perdonar, ¿permite superar esta necesidad de retribución?

El perdón es un gesto moral que busca superar una falta: a partir del reconocimiento del mal que fue cometido y, asimismo, en tanto que exista la afirmación del cese de sus efectos. Desde este punto de vista, el requisito del perdón —en esto concuerdo con Ricoeur— es que haya, de parte de quien cometió la falta, tanto una petición de perdón como su reconocimiento. Las comisiones de la Verdad y la Reconciliación reposan sobre este requisito: que aquellos que actuaron de manera errónea reconozcan su responsabilidad. Ahora, ¿puede una sociedad inmediatamente constituirse únicamente sobre la base ética del perdón? Lo dudo. El perdón surge, ante todo, de una disposición personal, la cual no puede ser requerida por una institución. Porque es un gesto que permanece y pertenece a la intimidad. Es un asunto moral. Puede, por ejemplo, haber una decisión de perdón absoluto, incluso una petición de perdón emitida por la misma víctima, como en ciertos casos de «santidad». Pero en este punto tocamos la dimensión religiosa, específicamente cristiana, del perdón como aquello que ya fue siempre otorgado, en ocasiones por la mano de Cristo. En sociedades secularizadas, no creo que se pueda exigir tal ethos de la parte de todos. El perdón es una relación entre dos: la víctima y el victimario, mientras que la relación de la justicia implica la función de un tercero. La justicia es distinta: consiste en decir que la sociedad, al castigar, está asumiendo la falta; no le exige a la víctima que perdone, sino que admita que se hizo justicia. El hecho de que la persona condenada concluya su pena, no conlleva automáticamente a decir que la víctima la haya perdonado. Lo que la justicia nos permite realizar no es olvidar el dolor, es, más bien, suspender la relación entre el dolor y su causa, es decir, al señalar a un culpable, el cual es castigado y, en el mejor de los casos, reconoce su falta. Lo que se puede esperar es que el deseo de venganza deje de persistir en la denuncia. La suspensión de la acusación es una prerrogativa fundamental de la justicia como institución, pero es también una posibilidad abierta para el

denunciante, el cual no es forzosamente la víctima directa. El escollo consiste en pensar que sólo tendríamos una elección entre olvidar el mal, o anhelar la venganza. También existe una memoria del dolor no fijada en la condena o en la búsqueda de culpabilidad. La justicia y la venganza, ¿pueden repararlo todo?

Cuando una familia en duelo sale de un tribunal y dice «esto no nos traerá de vuelta a nuestro hijo», creo que debemos tomar la frase de manera literal: el proceso es absolutamente indispensable para la reconstitución de un orden justo, pero esta otra parte de la oscuridad, la cual es la pérdida, no desaparece en la decisión de la justicia. Estamos frente a la dimensión trágica de la condición social del hombre, hecha de heridas y de pérdidas. En en mal hay algo de irrecuperable, algo que no depende de una lógica de retribución o de reconciliación, algo que va más allá. Nos confrontamos aquí con ciertos límites de aquello que puede hacer una institución en términos del restablecimiento del orden o de la reparación de una vida destruida. Porque existe lo irreparable. En todas las nuevas formas de justicia que se intentan llevar a cabo, en particular desde aquellas que adoptan sistemáticamente el punto de vista de la víctima, se parte de que, en lo que concierne a una compensación, no podemos tener certitud alguna en este mundo, y a fortiori, tampoco en el más allá. Escribir la historia desde el punto de vista de las víctimas, como diría Walter Benjamin, es tomar conciencia desde ese momento de que ya no hay más una autoridad transcendental que saldará las cuentas en esta vida o más tarde en la próxma. El sufrimiento ha adquirido un carácter de escándalo —incluso en lo que respecta a los animales se ha vuelto muy claro—, mismo que nunca había tenido en la historia de Occidente.


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Si la posibilidad del mal es inseparable de nuestra libertad, ¿cómo mantener el sueño de un mundo purgado de tal tentación?

Para mí todo aquello no es más que una utopía falaciosa, es una especie de fantasma el imaginar sociedades o individuos exentos del riesgo del mal. Kant lo llamaba «inclinación al mal», para precisamente describir la posibilidad constante en la cual toda libertad escogería la mayor parte de las ocasiones lo peor. Ahora bien, si el mal es una consecuencia de la libertad, abolir la posibilidad del mal sería abolir su condición, es decir, la libertad. Desde este punto de vista, se debe desconfiar de ciertas tentaciones del bien: la tentación de la regeneración de la humanidad, la tentación de situar al mal dentro de una caracterología, o incluso, por qué no, dentro de la genética. Una sociedad completamente inmune a la tentación del mal es un fantasma realizable en la medida en que, por medio de la erradicación de la libertad, se haría del hombre algo predecible, predeterminado. Esta tentación, a mi parecer, es peor que lo que queremos combatir. Es un fantasma desresponsabilizante y, al mismo tiempo, liberticida. Toda la dificultad en Kant cuando piensa el mal radical, o en Arendt al meditar en torno a la banalidad del mal, no es sino pensar que el mal designa una posibilidad constante al fondo de toda libertad. No es el acto de un ser inhumano. Debemos luchar contra el mal, pero no podemos, o más bien, no debemos luchar contra la condición de su posibilidad. ¿Cómo mantener la esperanza frente a esta lucha sin fin contra el mal?

La estrategia habitual de la filosofía para tomar distancia frente al mal o para superarlo, consistiría en, de manera muy general, incluirlo, y así justificarlo, dentro de una teodicea, relativizarlo en tanto que es convertido en un medio al servicio de un bien superior. Tentativas que se esfuerzan en reducir la acción humana a mecanismos: la inteligencia artificial, los algoritmos, etcétera, todas ellas pertene-

cen a esta lógica de justificación, a la cual yo opondría una lógica de la esperanza: podemos luchar contra el mal porque no es necesario. Como lo escribía Ricœur, para empezar a combatirlo, debemos «renunciar a explicarlo», porque explicarlo es, de una forma o de otra, asignarle causas al mal, por lo tanto, convertirlo en necesario.

Desde este punto de vista, la lucha con el mal es una lucha hasta el infinito. Pero este infinito es el de la libertad. Podemos vencer el mal a nivel local, pero nunca venceremos aquello que lo hace posible. Esta lucha al infinito es desesperante si nuestra esperanza aspira a un mundo perfecto, exento del mal. No es desesperante si esto significa que hay un futuro, y que este futuro estará hecho de las elecciones y las subsecuentes implicaciones libres de sujetos libres. Compartir el sufrimiento con otros, ¿es ya una forma de reparación?

El mal sufrido nos reenvía a la finitud, a un dolor que no es sencillamente propio al hombre: compartimos esta sensación con los animales. Pero el sufrimiento propiamente humano implica una reflexividad: «¿por qué yo, por qué ahora?». Es ante esta reflexividad que la presencia de otro responde, bajo la forma de la piedad o de la compasión. La solidaridad no se expresa en este sentimiento. El otro no sufre mi sufrimiento, pero puede asumir mi finitud: es lo propio de la consolación. No se puede abolir el sufrimiento, pero se puede acoger el llanto de aquel que sufre. • Traducción de David Luna Velasco


Simone Veil:

«El Holocausto: el acontecimiento más europeo de toda la historia del siglo xx» Hélène Mouchard- Zay¹ El Holocausto no se reduce a Auschwitz: ha cubierto de sangre todo el continente europeo. Proceso de deshumanización llevado al límite, inspira una reflexión inagotable sobre la conciencia y la dignidad de los hombres, puesto que lo peor es siempre posible. (Simone Veil, Discurso en la onu, 29 de enero de 2007)

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T

odos aquellos que han podido frecuentar a Simone Veil en algún momento, que pudieron incluso hablar brevemente con ella o escuchar sus intervenciones, testimonios o discursos, quedaron impresionados por la extraordinaria determinación que la habitaba, una energía sin fisuras, una voluntad que no se plegaba nunca. Simone Veil visitó varias veces Orleans para apoyar la creación y desarrollo de Cercil, en particular el 27 de enero de 2011 con motivo de la inauguración de nuestro Museo Conmemorativo de los niños de Vel d’Hiv, y en cada momento nos impresionó por la gravedad y fuerza de su presencia. Desde nuestro primer encuentro, tuve la convicción de que la fuerza que le había permitido enfrentar todos los combates que conocemos la sacaba de las terribles pruebas que había superado y que el recuerdo, lejos de alejarla del presente, la acercaba más, armándola de una determinación siempre dispuesta a intervenir, allí donde se encontraba, en cuanto podía. Esa determinación alimentó todos sus combates: con los prisioneros en Francia y en Argelia, con los más

débiles, los enfermos mentales, discapacitados… con el aborto y, por supuesto, con la construcción de Europa: tantas reivindicaciones para la dignidad de todos y que, sin embargo, le valieron, como sabemos, odios e insultos. Su obsesión era denunciar, en todos los lugares, lo que detectó en el corazón del genocidio, la voluntad de humillar y degradar: «Probablemente por lo que había sufrido en la deportación, siempre desarrollé una sensibilidad extrema a todo lo que en las relaciones humanas genera humillación y degradación del otro…». Ella adquirió de esa memoria su infatigable voluntad por transmitir «al fin, decía ella, que un nuevo Auschwitz no fuera posible», y eso a pesar del silencio que había sido impuesto a los supervivientes a su regreso en 1945, «una verdadera capa de plomo». Ella recordaba a menudo la herida que había provocado la indiferencia, incluso el rechazo, que ella había sufrido en esa época, para ella todos éramos supervivientes. «En la liberación, la incomprensión era total y había casi un rechazo por saber: los judíos no interesaban a nadie. Nadie quería escuchar lo que habíamos vivido, aquello que teníamos que contar, nadie quería compartir el fardo». Esa mujer que había sufrido lo peor de la Alemania nazi, y que no dejaba de reflexionar sobre aquello que había hecho posible el Holocausto, de preguntarse cómo «en el siglo xx, una nación de filósofos, de músicos y poetas, había podido llegar no sólo a concebir la Solución Final, sino a ponerla en marcha con tanta eficacia», es


esta mujer que militó muy pronto por el acercamiento franco-alemán y quien (al contario de otros que rechazaron ir a Alemania e incluso de hablar la lengua alemana, como V. Jankélevitz) vivió en ese país desde 1950 durante tres años tras la nominación de su marido en el consulado del mismo, de una «Europa de las libertades, una Europa mensajera de paz y respeto de la dignidad humana». A sus ojos, para que Europa fuera fuerte, para que supiera extraer las lecciones del Holocausto que, tal y como ella decía, «había marcado a fuego rojo» la historia de los países que la componían, era necesario, cierto es, recordar tenazmente el sufrimiento de las victimas y luchar contra el antisemitismo y el racismo —pero necesitamos el Holocausto para ello, decía ella, «nosotros, país prendado de valores democráticos, estamos ya convencidos»—, pero hacía falta también buscar en esa historia «una mejor comprensión de nuestra modernidad: la carrera del rendimiento, el funcionamiento estatal, la ramificación burocrática que ha triturado a las victimas por millones». «Es en la continuidad asumida de su pasado de sombra y luces que Europa obtiene, desde hace sesenta años, los recursos de su futuro», declaró en Berlín, en el Bundestag, en 2004. Mujer libre, afirmó sus convicciones con fuerza y con coraje, incluso si aquellas iban a contracorriente del état d’esprit del tiempo, o de los diversos consensos que surgieron en Francia progresivamente con la lenta y difícil reconquista de una memoria nacional de ocupación, hasta que al fin el Holocausto se inscriba en la historia europea, en toda su dimensión. Prioridad a las víctimas, denuncia del nazismo: ninguna distracción debía ahogar la especificidad del Holocausto diluyendo la responsabilidad nazi en otras responsabilidades, aunque sea ésta de los aliados (ella rechazó la causa de la elección estratégica de los aliados que querían ganar la guerra primero antes de bombardear los campos; «ellos tuvieron razón», dijo ella); o aquella de Vichy (se oponía a la difusión en la tv de la película Le Chagrin et la Pitié, que ella consideraba «injusta y partisana», prefiriendo desde siempre celebrar la acción de los Justos, por la que obtendría la entrada en el Panteón en 2007). Ella no aprobó los análisis de Hannah Arendt sobre el proceso de Eichmann: «decir que todo el mundo es culpable es como decir que nadie lo es. Es la solución desesperada de una alemana que busca a cualquier precio salvar a su país, ahogar la responsabilidad nazi en una responsabilidad más difusa, tan impersonal que termina por no significar nada». Simone Veil explicó sus reservas sobre el

arresto de Eichmann, o sobre el ejercicio de la justicia internacional. Ella no dejó de condenar la comparación «febril y descerebrada» y la banalización del Holocausto: lo que por supuesto no significaba que ella fuera indiferente al sufrimiento de otros y a la violación de los derechos del hombre, allá donde se ejercieran, lo había probado suficientemente en los combates que había llevado a cabo. Y sin embargo…: ella tuvo la ocasión de evocar el desánimo y la duda que habían invadido a Primo Levi al final de su vida («¿Es suficiente el relato de la experiencia vivida para hacer comprender?»), y su suicidio. Como Primo Levi, no se le escapaba el hecho de que «a pesar de todas las películas, testimonios, relatos que le habían sido consagrados, el Holocausto permanecía un fenómeno específico y totalmente inaccesible». Fue sin lugar a dudas la razón de sus propios silencios, ausencias fugaces hacia un mas allá al cual ella y aquellas que habían conocido el campo de concentración con ella, solas, tenían acceso. «Los supervivientes del infierno se reconocían en sus ojos lavados de toda ilusión», decía Solzhenitsyn.

En sus testimonios, mas allá de sus propios sufrimientos, sobre los que ella no se extendía —«el agotamiento, el hambre, el frío, el sueño, todo eso puede olvidarse, incluso las peores humillaciones que buscaban privarnos de toda dignidad humana y hacer de nosotros no esclavos, sino desechos, Stücke… lo que nos persigue es el recuerdo de aquellos de los que hemos sido separados brutalmente»—, Veil evocaba muy a menudo dos recuerdos de Auschwitz que la obsesionaban particularmente: la llegada en masa en 1944 de los judíos de Hungría, que ella vio desaparecer inmediatamente en las cámaras de gas y, después, el silencio total que reinaba repentinamente la mañana del 3 de agosto de 1944 en el campo de gitanos situado enfrente de su bloque, hasta entonces muy ruidoso por la presencia de numerosos niños: todos habían sido gaseados durante la noche.

«Sólo importan los muertos», decía. Nombrar el Holocausto, para ella, era primero eso, nombrar el silencio, la desaparición de miles de hombres, de mujeres y de niños, «esos fantasmas reducidos a una carcasa de huesos…». «Allí, en las planicies alemanas y polacas, se extendían desde entonces esos espacios desnudos sobre los que reinaba el silencio: es el peso aterrador del vacío que el olvido no tiene derecho a colmar y que la memoria de los vivos habitará siempre»2. Traducción de Miguel Ibáñez Aristondo

1 Presidente del Museo Cercil - Memorial de los niños de Vel d’Hiv. 2 Las citas de este texto fueron extraidas de la obra de S. Veil: Une vie (Stock, 2007), Discours 2002-2007 (Le Manuscrit, 2007), Mes combats (Bayard 2017).

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Glissandos en el laboratorio global Por Carmen Pardo

Je cherche après Titine

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l último filme mudo de Charles Chaplin se estrenó en febrero de 1936 en Nueva York. Se trataba de Tiempos modernos y también iba a ser la última película en la que veríamos a Charlot, el personaje del vagabundo. La historia que se narra en la película es bien conocida. Charlot está empleado en una fábrica y trabaja apretando tuercas; siempre el mismo movimiento, sin descanso. Esto acaba desquiciándolo y conduciéndolo a un psiquiátrico. Cuando consigue salir de allí, se mezcla sin querer con los asistentes a una manifestación comunista y es detenido y encarcelado. En la cárcel, y de un modo también involuntario, contribuye a detener un motín y como premio es excarcelado. Una vez en la calle y sin trabajo, conoce a una joven huérfana y se propone encontrar un empleo que les permita vivir. Consigue un trabajo como camarero en el que también tiene que cantar. Je cherche après Titine, una canción cómica de Léo Daniderff, será su debut, pero desconoce la letra. La muchacha se la escribe en los puños de la camisa. Todo parece perfecto, hasta que los movimientos de baile con los que empieza la pieza le hacen perder lo escrito. Después de unos segundos de dubitación, empieza a entonar la canción inventándose la letra. Los comensales están encantados con la in-

terpretación, los gestos de Charlot suplen con creces la falta de sentido de lo que está cantando y hace que no se den cuenta. La canción se convertirá en un éxito fuera de las pantallas y conocerá una segunda vida. Es significativo que sea esta película la que termine con la figura de Charlot, el vagabundo que, difícilmente, podía integrarse al trabajo en cadena de esa fábrica en la que ni siquiera sabemos lo que se fabrica. Llama la atención también, que tanto el encarcelamiento como su salida de prisión sean desencadenados por actos involuntarios; por una manera de estar sin estar. Finalmente, es reseñable que la letra improvisada de la canción, una mezcla de italiano y francés, pase desapercibida primero por los asistentes al local, y se convierta después en un gran éxito. La despedida del vagabundo es la de un mundo, 1936, en el que la máquina y el paro compartían protagonismo. Unos años antes, en 1931, Chaplin declaraba a un periodista que el paro era el problema esencial, que las máquinas deberían hacer el bien de la humanidad en vez de provocar esa tragedia. Las máquinas no procuran el bienestar de la humanidad porque se hace a los hombres concurrir con las máquinas. El culpable de esta situación puede ser, para algunos, el

Cato y su cola • Por Powerpaola

Capital. Sin embargo, no está tan claro y, por ello, es pertinente recordar también, en nuestros tiempos, las palabras de Paul Lafargue en El derecho a la pereza (1880): «la pasión ciega, perversa y homicida del trabajo transforma la máquina liberadora en instrumento de servidumbre de los hombres libres: su productividad los empobrece». La pasión por el trabajo de la clase obrera, esa extraña locura, es la causante de esa perversión que, en la película de Chaplin, lleva al vagabundo al psiquiátrico. Produciendo sin descanso, piensa Lafargue, los trabajadores conducen a la sociedad a las crisis de superproducción que tienen como contrapartida más paro. Al personaje de Chaplin le va mejor estar sin estar del todo. Lafargue nos recuerda, además, que en el primer congreso de beneficencia realizado en Bruselas en 1857, un fabricante explicaba entre aplausos que su más noble satisfacción fue haber introducido algunas distracciones para los niños. Les enseñaron a cantar mientras trabajaban, lo que además les daba el suficiente coraje para aguantar las doce horas que necesitaban para proveer su existencia. Frente a esas canciones, la voz de Charlot cantando un texto incomprensible bien podría ser una invitación a entonar de nuevo el texto de Lafargue. •

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El declinismo va en aumento Sean Posey entrevista a Morris Berman

¿En qué estaba pensando cuando empezó a trabajar en lo que se convertiría en su trilogía sobre Estados Unidos? Muchos estadounidenses consideran la década de 1990 como una época de abundancia dorada. ¿Qué vio en la cultura que lo llevó a considerar que podríamos estar entrando, como después lo dijo, en una especie de edad oscura?

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La celebración de los años Clinton fue prácticamente unánime. Todo el mundo (bueno, la izquierda y el centro) pensaba que teníamos al mejor presidente posible, al mejor país posible, y así sucesivamente. Yo en cambio veía un declive y desintegración, y me di cuenta de que casi nadie más veía esto, aunque había varios focos rojos de alerta, si a uno le interesaba advertirlos. Por ejemplo, cada tanto aparecía en los periódicos algún artículo sobre la disparidad entre ricos y pobres. Bueno, pues esa brecha se incrementó durante los años de Clinton. La gente piensa que fue una fabulosa era de prosperidad, y hubo algo de «goteo», es cierto, pero la distancia entre los ricos y pobres se incrementó durante esos años. Se trató básicamente de una prosperidad para los ricos. También comencé a advertir cosas que nunca antes había visto, como errores de ortografía en documentos o letreros gubernamentales. Recuerdo que cuando vivía en Washington, D.C. y acudí al Children’s Hospital, la palabra «children» estaba mal escrita. Se requiere un pronunciado nivel de estupidez para llegar a ese punto, y ahí nos encontrábamos. Y lo veía por doquier. Si estabas con un grupo de personas y hacías una alusión literaria —sobre lo que fuera—, todo el mundo se te quedaba viendo raro. Para la enorme mayoría de estadounidenses, la inteligencia era algo negativo: «elitismo». Esto, para mí, era una clara señal de una cultura moribunda. Me quedó claro que vivíamos con un diferente tipo de población y también en un mundo diferente al que había existido tan sólo veinte o treinta años antes. Y, de hecho, hubo varios libros publicados durante la década de 1990 que trataban sobre el tema de la «imbecilización de Estados Unidos». También comencé a pensar que la famosa vitalidad de la cultura estadounidense era un fenómeno superficial, como la gente que brinca por todos lados en los comerciales de Pepsi, que proclaman lo «vivos» que se sienten. En una palabra: kitsch. Mi hipótesis es que toda esta excitación sin sentido en realidad servía para esconderse de la realidad. Hacia mediados de la década de 1990 yo vivía en Washington, y recuerdo la histeria que se generó alrededor del lanzamiento del Windows 95. ¿Por qué se ponía histérica la gente por la Pepsi o el Windows 95? Es porque no existe nada verdaderamente significativo en la propia vida. Comencé a darme cuenta de que este vacío lo experimentaban la mayoría de los estadounidenses, y el país en general. En

El crepúsculo de la cultura americana lo llamé «muerte espiritual». Básicamente, es cuando no se cree más en nada. No se puede en realidad organizar una religión sobre Pepsi-Cola o Microsoft, aunque mucha gente lo ha intentado (hoy en día es con el más reciente juguete tecnológico, o app). Así que mientras que todos se emocionaban con Bill Clinton y Pepsi y Microsoft y se decían que esa era la buena vida, lo que yo advertía era un inmenso vacío espiritual. El popular logo de la carita sonriente enmascaraba una tristeza profunda. (Por cierto, el Windows 95 resultó sumamente defectuoso. Al parecer, se trató de un falso mesías). El eslogan (interno) de la campaña de Clinton fue «¡Es la economía, estúpido!». Ese tipo nunca representó realmente nada más, y por lo último que supe, las arcas de su fundación tenían depositados dos mil millones de dólares. Si en lo único en lo que se piensa es en la economía, no se piensa en mucho más. Eso significa que la filosofía de vida se reduce al «valor monetario de las cosas» ( John Dewey: al parecer es lo más sofisticado que puede enunciar la filosofía estadounidense), que realmente resume muy bien el American Way of Life. En cualquier caso, eventos como el juicio de O. J. Simpson o el juicio de impeachment contra Clinton —todo lo de Mónica Lewinski y el vestido manchado y Linda Tripp y demás, ¿lo recuerdas?— tenían a la gente enganchada a la televisión las veinticuatro horas del día. ¡Cuánta vacuidad! En la Roma antigua, tenían pan y circo, las luchas de gladiadores y demás, que básicamente se trataba de formas de distraer a la población de la corrupción gubernamental y de la miseria de sus vidas. Aquí O. J. y Monica realizaban la misma labor. Recuerdo caminar al lado del Hotel Mayflower cuando Monica daba su testimonio al fiscal Ken Starr, y uno de los reporteros que miraban en la calle le decía a un colega: «Monica desayunó yogurt en la mañana». ¿Qué se puede decir a eso, en realidad? ¿Que beban más Pepsi?


Ha escrito a menudo sobre la «muerte cultural» de Estados Unidos, y ha dicho que lo que en este país pasa por vida se basa en el consumismo, el oportunismo y la autopromoción, y ha dicho que ello enmascara un «profundo vacío sistémico». ¿Podría elaborar al respecto?

El historiador alemán Oswald Spengler, quien escribió La decadencia de Occidente, se me adelantó por casi cien años. Su idea era que toda civilización se mantiene unida por una Idea central, con I mayúscula, casi como un ideal platónico. Cuando la gente deja de creer en ese ideal, la cultura empieza a derrumbarse. La gente trata En general, la edad mode aferrarse al ideal, pero es un caparazón derna está desesperada vacío. La realidad interna es que la cultuTiene edad suficiente para recordar la en busca de sentido, y ra se pudre desde el interior. Creo que es década de 1960. Durante ese periodo hubo una descripción muy precisa de Estados Nietzsche acertó cuanllamados a reconsiderar el rumbo de la Unidos en la actualidad, y así me pareció do proclamó «Dios ha nación, por personalidades como Martin cuando escribía el libro de El crepúsculo. Luther King, Jr. y Bobby Kennedy. Y tuvimos Estamos bailando al borde del abismo, tra- muerto». Una vez que eso grupos estudiantiles bastante sofisticados, tando de no mirar hacia abajo. pasó, era difícil contar con como Students for a Democratic Society, En general, la edad moderna está desque emitieron la famosa proclama de Port esperada en busca de sentido, y Nietzsche un sistema de creencias Huron en 1962. ¿Qué sucedió después? acertó cuando proclamó «Dios ha muer- religiosas, y los sistemas Incluso durante comienzos de la década de to». Una vez que eso pasó, era difícil conseculares llenaron ese va- 1970, la llamada «contracultura» de gente tar con un sistema de creencias religiosas, joven parecía hacer un llamado por un y los sistemas seculares llenaron ese vacío. cío. Tuvimos el comunismo, cambio radical en todos los frentes, desde Tuvimos el comunismo, que al final no que al final no funcionó. el medio ambiente hasta la política exterior. funcionó. Tuvimos al fascismo, que rápiHan pasado más de cuarenta años, y esa damente no funcionó. Y después tuvimos Tuvimos al fascismo, que energía ya no la encontramos en ninguna el consumismo que, a gran escala, significa rápidamente no funcioparte. Occupy Wall Street vino y se fue, juncapitalismo e imperialismo, y es lo que se to con la «esperanza y cambio» del gobierno nó. Y después tuvimos el está derrumbando. En muchos sentidos, de Obama. Hoy en día, la energía la exhibe ese colapso es la historia del siglo xxi. En consumismo que, a gran la derecha. 1990 podíamos ver todos esos sistemas y escala, significa capitalisreírnos como si hubiéramos salido victoComo alguien que vivió la época de 1960, riosos, pues fue lo que pensamos cuando mo e imperialismo, y es lo tengo que reconocer que muchos sí alberla Unión Soviética colapsó. Viviríamos en que se está derrumbando. gamos grandes expectativas. Pero la verdad un mundo unipolar, nuestra fórmula era la es que análisis posteriores de lo que ocurrió correcta. ¡Bravo, ganamos! La combinación de soberbia y estupidez durante esos «años dorados» han mostrado que sólo una porción fue asombrosa. Jamás se nos ocurrió que el otro zapato estaba tamdiminuta de la población estadounidense en realidad marchaba conbién por caerse, que ahora las campanas doblaban por nosotros. tra la guerra de Vietnam o se dedicaba a cultivar comida orgánica, o a Es lo más risible del mundo que Francis Fukuyama pudiera escribir escribir críticas del capitalismo: una minúscula minoría. En cuanto al un libro titulado El fin de la historia y ser profesor de una importante tema de Vietnam, la mayoría de los jóvenes estadounidenses se alineauniversidad. (Y ni siquiera quiero abordar la degradación de la eduron con la política conservadora de sus padres. No marchaban en las cación superior estadounidense. ¡Eso sí que es declive!). ¡Como si calles. No se manifestaban. Ellos, como la mayoría del país, estaban la historia pudiera terminar! ¡Qué idiota! Uno de mis argumentos mucho más enojados con los manifestantes que con los soldados que ha sido que hay mucha estupidez en Estados Unidos, y que incluye se ocupaban de asesinar a tres millones de campesinos vietnamitas, a mucha gente con un elevado iq. Hay gente como David Brooks, que inicialmente no tenían ningún problema con los Estados Unidos que tiene un elevado iq, que es poco más que una mala broma, y que (locura repetida después en la guerra de Irak). Escuchaban las mentison adorados como si fueran sabios. Fukuyama es un buen ejemplo ras deliberadas de Robert McNamara y de Lyndon Johnson y decían: de lo anterior. «¡Tenemos que luchar contra los comunistas!». La mayoría de los Así que, ¿ante qué nos encontramos? Hay un profundo vacío sistémico, que proviene del hecho —en el caso del consumismo, el capitalismo y demás— de haber adoptado una ideología sin saber que es una ideología, cuya filosofía básica es «más». ¿Qué es lo que queremos? Más. Bueno, pues «más» no puede fundar ningún camino espiritual. No tiene ningún contenido. Y después no entendemos por qué estamos deprimidos. (Recuerdo una columna de David Brooks sobre su riqueza material y su simultánea depresión mental. ¡No es la economía, estúpido!).

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años después, uno de los ensayos de Are we There, Yet? trata sobre el sociólogo ruso-americano Pitirim Sorokin, quien fundó el departamento de sociología en Harvard y lo dirigió durante muchos años. Alrededor de 1937 comenzó a publicar una serie de tomos titulada Social and Cultural Dynamics. Son libros similares a los de, digamos, Arnold Toynbee. Sorokin analizaba el ascenso y la caída de las civilizaciones, y dudo mucho que a estos académicos se les pueda llamar charlatanes. En todo caso, Sorokin hablaba de civilizaciones «senestadounidenses probablemente aún piensan eso acerca de Vietnam, soriales», como la nuestra, que se basan sobre la realidad material y y la mayoría probablemente piensa que no perdimos esa guerra… si poco más. Argumentó que cuando se colapsa una civilización sensoes que piensan en ella alguna vez. (Como un asunto paralelo: una rial se produce una inversión de valores, de manera que la frivolidad encuesta reveló que el 50% de los estadounidenses piensa que nuestro es vista como creatividad, la cobardía como heroísmo, y así sucesienemigo en la Segunda Guerra Mundial fue vamente. Eso me viene a la mente cuando Rusia. ¡Esos son tus vecinos!). pienso en Krugman, pues nos encontramos Hasta donde puedo ver, Así que es un problema de apariencia en una situación en la que a los historiadoversus realidad. Cuando las aguas se cal- existen dos maneras de res se les llama charlatanes, y un economista maron y pudimos examinar los números, escapar a la influencia como Krugman obtiene el Premio Nobel. Es resultó que buena parte de la década de casi perfecto. Es decir, ¿cuándo será electa destructiva de Estados 1960 se compuso de espuma. Discuto este Kim Kardashian como presidenta de Estaasunto en el tercer volumen de mi trilogía Unidos: la primera es la dos Unidos? No hay que reírse de ella, como sobre Estados Unidos, Las raíces del fracaso opción antes señalada, la nos reímos de Trump en 2015. En términos americano. En la década de 1970 teníamos al de profundidad, Kim y Don no están tan movimiento ambientalista, el Whole Earth del nuevo individuo moalejados. A eso se refería justamente Sorokin. Catalog, que generó un gran entusiasmo en nástico. Es una especie de Paul Krugman no es historiador. No se cuanto a cómo iban a cambiar las cosas y formó como tal, y es un mal economista. migración interior. La otra cómo habríamos de construir una sociedad Con ello me refiero a que es un apologista sustentable, y demás temas relacionados. Al opción es por la que yo me del capitalismo. Él cree que su pensamienfinal fueron más charlas de cocteles refinaes innovador, pero simplemente no es el decidí, que es marcharse to dos, y todo eso se esfumó como las esporas caso. Si leemos sus columnas, ¿en el fondo a de un diente de león con la elección de Re- de Estados Unidos. Sigo qué se reducen? Al crecimiento, que en reaagan. Esa elección —la de mayor margen en pensando que es la mejor lidad es la causa de nuestros problemas, y no la historia de este país— demostró con exacla solución. Cuando me preguntas qué se le opción: salirse de ahí. De titud en dónde se encontraba la conciencia escapa a Krugman, mi respuesta es que no americana. A los estadounidenses no les otra forma, uno vive en comprende que el capitalismo se está desinteresaban para nada esos temas. Reagan hilachando y se encuentra en su fase decliestaba en perfecta sintonía con los verdade- una especie de envoltorio nante. Si comparamos a Krugman con, por ros intereses de los ciudadanos, a saber, el corporativo-comercial las ejemplo, el economista alemán Wolfgang narcisismo y los bienes de consumo. Ronnie Streeck, quien es un tipo brillante que ha veintiuatro horas del día. casi siempre queda en primer lugar ante la demostrado que el capitalismo no tiene fupregunta: «¿Quién es su presidente favorito de la historia?» (Philip turo… O tenemos a la escuela de Sistema de Análisis Mundiales, cuya Roth lo etiquetó agudamente como un simplón y un bobo, lo cual principal figura es Immanuel Wallerstein, quien enseña en la Univeres a la vez un comentario sobre los ciudadanos estadounidenses). sidad de Binghamton. Podemos añadir a Nomi Prins a esa lista. Se No se requirió gran cosa para que se evaporara la espuma de 1960, trata de estudiantes sofisticados de la economía global, que no son porque no se produjo una organización política sólida contra la culapólogos del capitalismo y que no piensan que el «crecimiento» tura dominante (al igual que sucedió Occupy Wall Street, años deshabrá de salvarnos. pués). Y resultó ser una época efímera porque no tenía apoyo popular ni en las bases. A los estadounidenses les interesa ser oportunistas y hacer dinero. Como ya dije, Reagan conocía a su gente. No les interesaban cambios fundamentales, como aquellos de los que hablaba Martin Luther King antes de ser asesinado. En una reciente columna, Paul Krugman escribió: «Todo aquel que afirme extraer lecciones contemporáneas a partir de la historia antigua, en particular la romana, debería ser considerado un charlatán hasta que se demuestre su inocencia». En varios de sus libros y ensayos, incluido el más reciente, Are we There, Yet?, señala la importancia de estudiar el colapso de Roma para extraer lecciones para el predicamento estadounidense del siglo xxi. ¿Qué se le escapa a gente como Krugman?

El libro de El crepúsculo, el primero de mi trilogía sobre el declive del Imperio Americano, se basa en una comparación entre nuestra situación contemporánea y el Imperio Romano tardío. Diecisiete


Las cosas han cambiado considerablemente desde que escribió sobre la «opción monástica» en El crepúsculo de la cultura americana, en el año 2000. La idea de una «opción benedictina», y hay un libro que así se titula, se extiende por segmentos de la comunidad cristiana en Estados Unidos. ¿Qué tenía en mente cuando escribió sobre el «nuevo individuo monástico»? ¿Ha cambiado su pensamiento durante estas dos décadas? Aunque su referencia era en un sentido secular, ¿qué piensa de la llamada religiosa a revalorar la obsesión cultural con el individualismo y el materialismo?

Hace como un año, un ministro que tiene feligreses que lo siguen a partir de ese llamado, escribió un artículo en su blog sobre cómo yo había llegado a la misma conclusión benedictina desde un punto de vista secular. Pensó que yo en realidad era socialista, lo cual supongo es como 10% verdadero. Le asombró mucho que alguien pudiera promover esta idea desde un punto de vista secular. No creo que sea tan importante cuál sea el trasfondo religioso de una comunidad, y tampoco creo que necesariamente tenga que ser propiamente religioso. Yo escribí sobre la «opción monástica» del siglo iv, que fue predominantemente irlandesa, y ciertamente fue católica. La idea es que si la gente se desconecte de la cultura a gran escala, como hacen los amish o los shakers. Te desvinculas de esa comunidad y creas una en donde se preservan los valores de la civilización occidental que te parezcan relevantes. Desconozco hasta qué punto esto ocurre actualmente en Estados Unidos, pero si sé que la gente me escribe sobre sus esfuerzos por convertirse en «nuevos individuos monásticos». Es gente que ha renunciado a formar parte de la cultura a gran escala. Se dan cuenta de que está moribunda, que no preserva los valores que consideran valiosos, mismos que se quieren cultivar, ojalá que con gente que piense lo mismo. Hasta aquí todo bien.

Hasta donde puedo ver, existen dos maneras de escapar a la influencia destructiva de Estados Unidos: la primera es la opción antes señalada, la del nuevo individuo monástico. Es una especie de migración interior. La otra opción es por la que yo me decidí, que es marcharse de Estados Unidos. Sigo pensando que es la mejor opción: salirse de ahí. De otra forma, uno vive en una especie de envoltorio corporativo-comercial las veintiuatro horas del día. Es sumamente difícil vivir una vida sana, o siquiera pensar con propiedad. En mi caso, admito que no tuve la fortaleza para resistir a la cultura dominante. Al principio pensé que sería como una flor de loto en un estanque, pero lo que sucedió fue que me convertí en una flor de loto sucia. Así que me marché, y ha sido la decisión más acertada, feliz e importante que he tomado en mi vida entera. Igual que la mayoría de los estadounidenses, había sido poco más que un hámster atrapado en su rueda. Cuando la gente joven me pregunta, ¿qué debo hacer?, les digo: ¡pongan pies en polvorosa! Márchense ahora, no lo pospongan. ¿Qué creen que los aguarda, cuando estén listos para retirarse? No va a ser un panorama agradable. Sin duda, la mayoría me ignorará por considerarme un lunático (lo cual conduce a la pregunta de quién es el verdadero lunático, desde luego). La mayoría ignora el consejo y terminará por lamentarlo (o eso creo) posteriormente. Como yo estaré muerto cuando estos chicos lleguen a la edad de retirarse, supongo que lo único que puedo hacer es dejarlo inscrito en mi epitafio: SE LOS DIJE. • Traducción de Eduardo Rabasa

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Dándoles voz • Por donDani Nena: ahora que entremos al aire, a ti te preguntaré sobre la experiencia de ser mujer en este medio. Y a usted, maestro, sobre todo lo demás.


La Universidad Autónoma de Sinaloa convoca a los

PREMIOS NACIONALES DE LITERATURA D E L A U N I V E R S I D A D A U T Ó N O M A D E S I N A L O A 2018 Novela , Poesía y Dramaturgia

Élmer Mendoza

Juan Eulogio Guerra Aguiluz

Óscar L iera

BASES 1. La presente convocatoria queda abierta a partir del 1 de mayo de 2018 y cierra el 15 de enero de 2019. A las obras que lleguen después del cierre de la convocatoria se les respetará la fecha del matasellos. 2. Podrán participar todos los escritores mayores de edad con nacionalidad mexicana o extranjeros que acrediten la residencia de un mínimo de 5 años en el país, excepto los escritores que laboren en la UAS. 3. Los trabajos de cada categoría deberán sujetarse a los siguientes requisitos: A En la categoría de Dramaturgia Óscar Liera se deberá entregar un libro inédito con tema libre, por triplicado, con una extensión mínima de 60 cuartillas, a doble espacio, papel tamaño carta, letra Arial o Times New Roman a 12 puntos. B En la categoría de Novela Élmer Mendoza se deberá entregar un libro inédito con tema libre, por triplicado, con una extensión mínima de 120 cuartillas, a doble espacio, papel tamaño carta, letra Arial o Times New Roman a 12 puntos. C En la categoría de Poesía Juan Eulogio Guerra Aguiluz se deberá entregar un libro inédito de poesía, por triplicado, con tema libre, con una extensión mínima de 60 cuartillas, a doble espacio, papel tamaño carta, letra Arial o Times New Roman a 12 puntos. 4. Los manuscritos deberán ir firmados con seudónimo, y en una plica rotulada con el seudónimo y nombre de la obra, se adjuntarán los datos de identificación del autor: nombre, dirección, correo electrónico, teléfono, una breve ficha curricular y una versión electrónica del trabajo concursante. 5. Las plicas serán resguardadas con un notario público y sólo podrán ser abiertas por él, cuando los miembros del jurado terminen de deliberar y envíen los resultados. 6. No podrán participar obras que se encuentren compitiendo en otros concursos nacionales o internacionales, o aquellas que se encuentren en dictamen o proceso editorial. 7. El jurado estará integrado por prestigiados escritores cuyo fallo será inapelable. También será decisión del jurado declarar desierto el premio en alguna o todas las categorías. Además, ante cualquier eventualidad tendrán absoluta libertad para decidir conforme a su criterio. 8. Los resultados del certamen se darán a conocer en abril de 2019, en la celebración del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, y la ceremonia de premiación se realizará en mayo, en el marco del Festival Cultural Universitario. La presencia de los ganadores en el acto de premiación es obligatoria; los gastos de transporte y hospedaje estarán a cargo de la Universidad. 9. Cada ganador recibirá un diploma y la cantidad de $150,000 (ciento cincuenta mil pesos 00/100 M.N.). Los autores cederán a la Universidad los derechos de publicación de las obras ganadoras por un plazo de un año. Si en un año las obras no son publicadas por la institución, los autores tendrán el derecho de publicarlas en otro sello editorial. 10. El comité organizador de la UAS notificará el fallo del jurado a los autores premiados. 11. Las obras no premiadas serán destruídas junto con las plicas de identificación, una vez que se haga público el fallo del jurado. 12. Todos los participantes deben aceptar íntegramente lo plasmado en estas bases. 13. Los concursantes deberán enviar sus trabajos, ya sea por mensajería o de manera personal en día hábiles en un horario de 9:00 a 16:00 h.a la siguiente dirección: Dirección de Editorial de la UAS, calle Burócratas, 274-3 Ote., col. Burócrata, CP. 80030, Culiacán Rosales, Sinaloa. Tel: (01667)7155992.


El día que desperté

siendo venezolano Rodrigo Márquez Tizano

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de julio del 2018: la selección mexicana de futbol quedó eliminada de otro Mundial, el séptimo al hilo, en fase de octavos. Perdieron dos a cero contra un Brasil intratable, sobrado y sobrador. Perdieron o perdimos, no sé. Jugamos como nunca, perdieron como siempre. Perder es un verbo sin plural cuando juega México. Raro, esta vez no me deprimí.

* Las grandes ciudades latinoamericanas comparten entre sí al menos tres señas: nacieron bañadas en sangre, es domingo hasta el martes, y hay una calle llamada Bolívar.

* La primera vez que voté fue por López Obrador: 2006: año mundialista y electoral. A pesar de la marcha perfecta en la clasificación, nadie cree en realidad que este sea el año del quinto partido. Lavolpe dejó al Cuauh en su casa de Morelos y prefirió llevarse para Alemania a su yerno. En la cancha, ahora lo sé, perdimos porque la pelota sólo dobla contra México. En las urnas fue por menos de un punto. No habían inventado aún el var aunque tengo la impresión de que esa tecnología nunca llegará del todo a afincarse por estos lares, ni en las canchas ni en las urnas. Es 2006 y todavía no termino la universidad. Creo que escribo poesía porque leo mucha poesía. Trabajo en la radio pero no me pagan y vivo de grabar anuncios de Marinela y cerveza Sol con una voz impostada. Esa voz ya no me abandonará nunca. Vivo con mi novia de aquel entonces en un cuchitril de la calle Bolívar. Es imposible no tocar el tema del plantón en cada sobremesa. Han hecho de esta ciudad un lugar habitable, dice ella, que estudia arquitectura y, aunque habla todo el tiempo del espacio público sospecho que luego de unas semanas de ocupación comienza hartarse de los altavoces y la trova. Estoy vivo como el ruido. O eso creo. Confundo vivir con la ansiedad por que algo suceda. El ruido es novedad. Un suceso. Pero no se trata de un grito de vida sino de agonía. Ahora, doce años más tarde, sé que del fraude me iré curando con el tiempo pero el gol de Maxi Rodríguez nunca cicatrizará del todo.

* Madrugada en Bolívar. El Centro Histórico del df (ya no se llama así, ya no se llama de ningún modo, al menos para mí) es un amasijo de

calles tomadas, húmedas, polvo y ladrillo en polvo, noches demasiado ruidosas. Apenas asemeja un trasunto de otras bolívares oscilantes. Desde la ventana parece como si las carpas respiraran, amarillas, una tras otra, hasta el Zócalo. En sus estertores se filtra el fuelle de una decepción recurrente. Es noviembre del 2006. Mañana será la toma de posesión legítima. Durante el acto, un cuete chiflador va a reventarle el tímpano a mi novia de aquel entonces. Dos semanas después cortará nuestra relación y se irá del cuchitril de la calle Bolívar y se llevará sus cosas y también algunas mías. El infatigable runrún de las plantas de luz será un gran aliado durante esas noches blancas en las que voy a extrañar como un idiota aquellas sobremesas larguísimas y a preguntarme a diario, hasta quedarme dormido, cómo habrían sido las cosas de haberse contado de nuevo los votos, uno a uno.

* Ha llegado el invierno: huele a llanta chamuscada, a pólvora y tejocote. Hoy se levantará el plantón. Me gusta la sonoridad de la palabra «espurio» aunque me recuerde a Calderón. Conocí a una mujer hace dos semanas y ahora vivo con ella. No perdemos el tiempo. O lo perdemos en conjunto y nos lo tragamos, como un hoyo negro que se mata el hambre a enanas blancas. Además tenemos un gato, negro igual, aunque en realidad el gato es suyo y la negrura toda mía. Hay buena onda entre el gato y yo. A veces limpio su arenero o lo alimento. Mientras el plato esté lleno, creo, poseeré una porción de gato: un cuarto de gato, digamos, quizá algo menos. Ella, su 75 por ciento y fracción de gato, el casi 25 por ciento del mío (se llama Chachalaca) y yo compartimos un monoambiente en Bolívar esquina con 16 de Septiembre. La mujer se irá pronto pero el gato va a quedarse.

* 2 de julio del 2018: Andrés Manuel López Obrador fue electo presidente de México. Doce años es mucho tiempo: tres mundiales. Prefiero que el tiempo corra en mundiales que en sexenios. Vivo lejos, casualmente en otra calle Bolívar pero de Buenos Aires. Si votar es menos un deber cívico que un salto de fe, hacerlo desde el extranjero es un clavado a la nada. Desconfío del servicio postal tanto como de la democracia. Sus sistemas no se caen: se tiran. Y el árbitro siempre pica. •

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Aproximaciones Felipe Rosete

al origen

«Todos los cuerpos que avanzan en la luz esconden amantes lejanos». Pascal Quignard

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*

sique es raptada por un monstruo mientras duerme en la cima de una roca, a donde la ha confinado su padre. Desde entonces vive sola en un palacio misterioso. Al caer la noche, un día tras otro, el monstruo invisible la visita, se desliza entre su lecho y la penetra. Él goza dentro de ella, ella goza igualmente con él. Pueden hablar, pero ella no puede verlo. Ni siquiera su silueta. «¿Puedo verte?», pregunta ella, deseando conocer el rostro de su raptor. «Sí, pero piénsalo. Pues en el mismo momento en que me hayas visto, dejarás de verme», responde él. Un día Psique rellena de aceite una pequeña lámpara portátil, la enciende y luego la esconde bajo un caldero. Toma también una navaja. Aguarda la llegada de la noche. Ésta llega, alcanza su plenitud. Arriba también el monstruo. Entra en su lecho, la penetra, goza y cae dormido. Entonces Psique se desliza fuera de la cama. Toma la lámpara con su mano izquierda. Se acerca nuevamente al lecho. Lo alumbra. Distingue así a la más dulce de las bestias: Eros. Incluso la llama se alegra al descubrir el joven y desnudo cuerpo masculino. Psique deja caer la navaja. Quiere contemplar más de cerca al ser deseado. Se agacha. Una gota de aceite hirviente cae sobre el hombro derecho de Eros quien, sobresaltado, se despierta de un brinco, se transforma en pájaro, levanta el vuelo y se disuelve en la noche.

* El deseo sexual rapta a la mente, la penetra, la hace gozar y goza con ella. Dispuesta incluso a matarlo, la mente intenta verlo, asirlo, captar cada uno de sus rasgos. Pero no lo logra. Hay algo que se le escapa irremediablemente, que se difumina en la oscuridad de la noche, de la noche sexual, para ser más precisos. Es la imagen originaria, aquella que alude al momento en el que fuimos concebidos, la misma a la que, sin darnos cuenta, regresamos una y otra vez. La buscamos en todo lo que vemos, detrás de todo lo que vivimos. Escena invisible, anterior al tiempo, a la luz, a la visión, al lenguaje, provoca espanto. Provoca también culpa, desconcierto, vergüenza, derivados del vínculo entre coito y parto, de la confirmación de nuestra animalidad: son dos bestias ensambladas a partir de su propia deformación las que nos dan la vida. Provoca igualmente angustia: ese quedarse clavado en la huida imposible, en el imposible retorno al refugio uterino. Conforma el secreto, condenado a ser fantasía eterna.

* Lot poseído por sus hijas tras haberlo emborrachado, toda vez que su madre fue convertida en estatua de sal por mirar atrás. Abraham

a punto de sacrificar a su hijo con su afilada daga. Saturno devorando a los suyos. Edipo arrancándose los ojos tras haber matado a su padre y desposado a su madre. Son tan sólo algunas de esas fantasías construidas por la razón o el sueño para tratar de acercarse al origen. Todas, sin embargo, parecen confluir en el infierno, esa boca rosada por la que descienden los hombres hacia una oscuridad animal, intestinal, uterina. Debajo de la ciudad humana, hay siempre otra divina y sangrienta que presenta los rasgos de la animalidad. A los seres humanos —«esas marionetas de hambre y miedo, de semen y de sangre»— les apasionan los espectáculos crueles. Adquieren su humanidad al robar a los depredadores la depredación, para luego reconstruirla en forma de caza, guerra y sacrificios, y eternizarla en el infierno. Seres desnudos, sufrientes, desesperados, presas de sus propias pasiones y demonios, ardiendo en llamas dentro de una cavidad negra, semejante al vientre materno. Así al menos lo plasmaron Rubens, Van der Weyden, Signorelli, Botus. Rictus de dolor que se confunden con aquellos producidos por el placer sexual, como si fuesen lo mismo. «En el fondo del deseo reina el masoquismo», afirma Pascal Quignard en La noche sexual, el libro en el que nos comparte todas aquellas imágenes que le han permitido ver entre las tinieblas, aproximarse a la imagen que falta, acompañándolas de historias y meditaciones sobre la noche que llevamos dentro. Coitos, suplicios, infiernos, sueños, asesinatos, raptos, escenas mitológicas, bíblicas: toda una variedad de representaciones archivadas a lo largo de su vida que nos acercan a nuestro propio origen, y que nos llevan constantemente de la excitación al espanto, paralizando el cuerpo, como si estuviésemos contemplando a Medusa.

* Para los griegos, el origen de todo fue una larga noche. Urano no dejaba intersticio entre él y Gea, su madre, en cuyo vientre se derramaba sin cesar, haciéndola concebir una y otra vez. La multitud de hijos comenzó a asfixiar a la madre, por lo que ésta le procuró una hoz al último de ellos: Cronos. Mientras Urano continuaba penetrando a Gea, Cronos agarró los genitales de su padre con la mano izquierda y los cercenó con la hoz que portaba en su mano derecha. Urano gritó. Se retiró con tanta fuerza de la vulva de Gea que acabó clavado en lo alto del mundo. Al separar el cielo de la tierra, Cronos creo un nuevo espacio entre ellos, oponiendo así dos mundos: uno ardiente, oscuro, continuo; otro más luminoso, menos genital, más vasto, donde las madres se separan de los padres y los recién nacidos pueden respirar, mirar, jugar, aprender a hablar. No así los hijos de Cronos, devorados por él mismo hasta la llegada de Zeus. Es la noche sexual del mundo. El recuento de dos pérdidas: la del cuerpo que nos albergó, la del otro sexo. La madre no es ya uno mismo. Ningún sexo sabrá nunca lo que pasa en el otro.


* La escena del pozo de Lascaux, que data del 15,000 a.C., alude a los seres ausentes, los animales muertos a manos de los hombres. Intenta conjurar el miedo de estos últimos a ser perseguidos sin fin por aquellos. Fue pintada a la luz de una antorcha en la pared de una cueva tan profunda y oscura como el vientre materno. En ella yace un hombre tendido, muerto al parecer, con el sexo erecto y la cabeza de un ave rapaz, frente al cual se postra un animal herido, aún con vida, con la cornamenta apuntando hacia su agresor.

* Para conservar algo de él, en la noche de su despedida, la hija del alfarero corintio Dibutade trazó con carboncillo sobre la pared la sombra proyectada por el cuerpo de su amado, a punto de marcharse a la guerra. Es el origen de la pintura, según lo refiere Plinio el Viejo. De ahí que pintores como Suvée, Murillo o Von Sandrart lo representen así. «El deseo es la libido de ver a alguien que no está […] La joven “ve ausente” a aquel que ama. Anticipa su partida, imagina su muerte: desea a ese hombre», afirma Quignard. El joven muere de manera gloriosa, por lo que le encargan a Dibutade una estela en su honor. Éste retoma la silueta trazada por su hija en la pared y la transforma en un relieve de tierra que pone a cocer en su horno, dando origen así a la escultura. «El arte no sólo quiere al ausente sino que recibe encargos de la muerte», concluye el escritor francés.

* Hay, pues, otra imagen ausente y espantosa: la del instante posterior a la muerte. A la noche sexual corresponde la noche mortal. Es José tallando la cruz en la que morirá su hijo; María imaginando su muerte al verlo pincharse con una corona de espinas. Se trata de un deseo anticipado por aquello que dejará de estar. Nunca sabremos

lo que había antes de la vida. Nunca sabremos lo que habrá después. Mors ultima linea rerum. Así se titula el grabado de Hans Sebald Beham en el que la muerte con el sexo erecto se postra detrás de una pareja que se toca mutuamente los sexos y se mira directamente a los ojos, mientras un infante mantenido a raya por la mano izquierda del hombre los mira con desasosiego. El límite último de todas las cosas: eso es, en efecto, la muerte. La misma muerte que, invisible, confundida con la oscuridad de la noche, hace suya al «pecado», que en la obra de Füssli —El pecado perseguido por la muerte— toma la forma de una mujer hermosa, desnuda, de larga cabellera, que mientras es violentada intenta desesperadamente distinguir el rostro de su raptor.

* Los modernos hemos perdido la noche. Noche que Beham representó como una mujer recostada en su lecho, con las piernas cruzadas, mostrando el sexo. El mismo sexo velludo que, en la versión de Gustave Courbet, lleva el título de El origen del mundo. Con la noche, hemos perdido también el origen. Gracias a las Luces, a la electricidad que brotó de la razón y la ciencia, nos resulta todavía más difícil adentrarnos en ese mundo nocturno en el que todo, cuerpos y objetos, se funden en una misma negrura. Hoy pretendemos abolir el secreto, ver todo con la claridad de la luz. No sabemos mirar hacia adentro. «El alumbramiento olvida la concepción. Lo materno engulle lo femenino. Los cuidados reemplazan las uniones físicas». La educación sublima el cuerpo de todo aquello que considera sórdido. Los sexos se olvidan de sí mismos. Las obligaciones sociales, la prohibición y el miedo oprimen el alma. Y sin embargo, concluye Quignard, «esas imágenes irresistibles se imponen y determinan las horas más hermosas que podamos vivir o hayamos podido vivir». Irremediablemente, Eros seguirá penetrando a Psique noche tras noche. Así fornica el alma. Así también los cuerpos. •

FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE GUADALAJARA 2018 Calendario de presentaciones Sábado - 24 de Noviembre

Yo tuve un sueño Juan Pablo Villalobos Presentan: Risco y Gabriela Warkentin 19:30 a 20:20 Salón Juan José Arreola, planta alta, Expo Guadalajara

Domingo - 25 de Noviembre

No leer Alejandro Zambra

Martes - 27 de Noviembre

Ahora me rindo y eso es todo

Alguien bajo los párpados

Álvaro Enrigue

Cristina Sánchez-Andrade

REPORTE SP-20x14.indd 1

Domingo - 25 de Noviembre

Hija de revolucionarios Laurence Debray Presentan: Consuelo Sáizar, Denise Dresser y Sabina Berman 18:30 a 19:20 Salón 6, Expo Guadalajara

Presentan: Megan McDowell y Silvia Sesé 16:30 a 17:20 Salón B, Área Internacional, Expo Guadalajara

Domingo - 25 de Noviembre

Presentan: Felipe Restrepo y Silvia Sesé 19:00 a 19:50 Salón C, Área Internacional, Expo Guadalajara

Stand de Océano, H1 Avenida Cuentistas

Presentan: Juan Pablo Villalobos y Silvia Sesé 20:00 a 20:50 Salón C, Área Internacional, Expo Guadalajara

OTROS AUTORES DEL CATÁLOGO PRESENTES EN LA FERIA Juan Villoro Leila Guerriero Wendy Guerra Jon Lee Anderson Luigi Amara Alberto Barrera Antonio Ortuño Pablo Raphael

Margo Glantz Alberto Chimal Fabio Morábito Eduardo Antonio Parra Mario Bellatin

25/10/18 12:42

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SP

DISTRIBUCIONES


DISPONIBLES EN EL STAND L1 DE LA FIL GUADALAJARA


La luz al final Eduardo Lago 38

de la luz Kumiko Yoshida

Subinspectora Kumiko Yoshida. Servicios informáticos. Trabajo a las órdenes del inspector Hiro Inamoto, que le envía un afectuoso Los cuentos del inspector Fujita saludo. iro Inamoto escruta la gruesa cuartilla de papel tela como Kenji Fujita aparta la vista del papel en el que está escribiendo y ve si pudiera encontrar allí la explicación, unas cuantas palabras a una mujer de unos treinta años. Es delgada, bastante alta, de rostro ocultas junto a la marca de agua, quizá, o cualquier otro indicio, lo anguloso. Tiene el pelo largo y liso y oculta los ojos detrás de unas que sea, pero lo único que hay es el título del cuento y la primera gafas negras que le dan un aspecto inquietante. frase, que su autor, Kenji Fujita, ni siquiera tuvo tiempo de remaEl ex inspector tarda unos instantes en comprender a quién tiene tar debidamente, añadiéndole el punto al final. El título, La luz al delante. final de la luz, le trae un recuerdo que le hace sonreír. Inamoto es ¿Es usted la persona que ocupa ahora mi puesto?, pregunta. una de las pocas personas que sabe que su amigo escribía cuentos, La subinspectora asiente. Están los dos solos en el salón inglés del aunque se trataba de una actividad que manHotel Hakone, el refugio favorito de Kenji tuvo siempre en secreto. Se conocieron en El inspector Fujita escriFujita. Inamoto envió a su ayudante allí con el colegio, al principio de la adolescencia, y bía sus cuentos a mano, la certeza de que encontraría a su viejo amigo por pura casualidad, en los años finales de en aquel recóndito lugar. El ex inspector tapa su carrera, destinaron a Fujita al distrito 19, con estilográfica, y cuan- la estilográfica con la capucha, la deja encima a las órdenes directas de su antiguo compade la cuartilla y vuelve la vista hacia el jardín do los terminaba los ñero de estudios, lo cual los llenó a ambos de de piedras que hay delante del ventanal. satisfacción. El inspector Fujita escribía sus encuadernaba cosiéndoNo se hace una idea de la cantidad de cocuentos a mano, con estilográfica, y cuando sas ocurren ahí fuera. Me puedo pasar los él mismo con hilo de horasqueestudiando los terminaba los encuadernaba cosiéndolos la actividad que tiene lugar él mismo con hilo de seda, en lo que venían seda, en lo que venían a en el jardín, dice, contemplando el juego de a ser primorosas ediciones que constaban de desde la butaca. ser primorosas ediciones la luz un solo ejemplar. Cuando regalaba un relaDos años antes, los dueños del hotel hato, lo hacía con intención de desprenderse que constaban de un solo bían llevado a cabo una reforma radical del de él para siempre. A lo largo de los años desnaturalizándolo. Hoy ejemplar. Cuando regala- establecimiento, varios cuentos acabaron siendo para Inaes un edificio de aspecto moderno, funciomoto, unos cuatro o cinco tal vez. Se tra- ba un relato, lo hacía con nal, indistinguible de cualquier otro. La extaba de historias muy extrañas, que tenían cepción es el salón donde Fujita se refugia a la virtud de sumir a su amigo en estados de intención de desprender- escribir, que se mantiene exactamente igual ánimo inexplicables. Como ocurre cuando se de él para siempre. que como era en 1878, cuando se inauguró se tiene un sueño muy vívido, dejaban en él el hotel. Las paredes son de madera oscura una honda impresión, pero no bien las terminaba de leer le resultaba y en el centro, entre dos columnas, hay un escritorio de tapa correimposible recordar nada. diza, en cuyos cajones hay sobres y cuartillas con el membrete del La cuartilla que tenía ahora en la mano era del mismo papel que establecimiento. Encima del tapete de cuero hay un tintero, junto a Fujita usaba siempre, de textura rugosa y alto gramaje, de color marun cubilete lleno de palilleros rematados por un plumín de plata que fil, que encargaban expresamente para él en una tienda de objetos de nadie usa jamás. Frente a la puerta de la entrada se alza un reloj de escritorio de Aoyama. Inamoto leyó una vez más la única frase que péndulo, un Graham centenario, sobre el que Fujita escribió en una había debajo del título: ocasión un cuento, que le regaló a Inamoto. Encima del reloj, agitada por las aspas de un ventilador silencioso, aletea la última hoja del Vine a Hakone a morir calendario del año con la fecha inscrita en gruesos caracteres negros: Una angustia indecible se apoderó de él. ¿Qué había llevado a Fujita a tomar una decisión así? En aquel instante vio llegar al furgón de la morgue y dejó de hacer cábalas. El vehículo aparcó delante de la puerta del hotel. Dos funcionarios municipales se bajaron de él y pasaron por delante de Inamoto sin dirigirle la mirada.

H


31 de diciembre. El único sonido audible en el salón es el que hace el péndulo de bronce al oscilar. El ex detective se quita las lentes de concha y las deja encima de la cuartilla, junto a la estilográfica. Tiene los párpados hinchados y la mirada cansada. ¿Qué quiere Inamoto de mí? Yoshida le entrega una pequeña mochila de color rojo que llevaba colgada del hombro. Alguien se la dejó olvidada en un ciberhotel de Shibuya. Su tarjeta de visita estaba dentro. Cuando el encargado la descubrió, decidió llamar al número de teléfono que viene en ella, el de su antiguo despacho, que ahora ocupo yo. Esto también estaba en la mochila. Kumiko Yoshida le muestra a su antecesor una polaroid en la que se ve a una chica con el rostro maquillado de un blanco tan estridente que parece pintura. Los labios, recubiertos de lipstick negro, están perforados por un grueso pasador de plata. Lleva un vestido corto de gasa púrpura y no aparenta más de dieciocho años. ¿La reconoce? Ume, dice Fujita, en voz muy baja. Umeko Arai. Estudiante de primer año en la Facultad de Medios Digitales y Comunicación de la Universidad de Tokio. Pertenece a una sociedad interesada en el seppuku. La mención al suicidio ritual le hace dar un respingo al viejo inspector. Uno de los miembros de la secta ha diseñado un videojuego cuyo tema es el seppuku. Curiosamente, en la mochila había un cuento suyo sobre el tema. ¿Han hablado con ella?, pregunta Fujita. Al inspector Inamoto no le pareció buena idea. Cuando le comenté que en la mochila había un cuento entre cuyas páginas estaba su tarjeta de visita, me pidió que hablara en persona con usted. ¿Qué le dijo Umeko de la secta? ¿Le importa que no conteste la pregunta? Todos los miembros de la sociedad secreta son varones y tienen una media de siete años más que ella, unos veinticinco, los mismos que tendría hoy su hermano Matsuo, de seguir con vida. Matsuo Arai fue uno de los miembros fundadores de la secta. No sabemos qué sucedió exactamente, al parecer fue un suicidio accidental. No estaba previsto que sucediera. En realidad estaba probando el videojuego. Umeko tenía once años, y desde entonces está obsesionada por la muerte de su hermano. Es incapaz de pensar en otra cosa. Yoshida sacó de su bolso una fotocopia descolorida. La carátula del juego, dijo, impresa a partir de una captura de internet. Es todo lo que hemos podido encontrar. El juego original se vende bastante caro en el mercado negro. Disculpe la pregunta, Fujita, pero ¿por qué sigue usando la tarjeta del trabajo? Si a alguien le da por marcar ese número, la llamada me llegará inevitablemente a mí.

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Utilizo las tarjetas como marcapáginas. ¿Cómo se las arregló para mantenerse en contacto con la muchacha? Fujita sacó un objeto minúsculo del bolsillo de la chaqueta. Ella misma me dio este teléfono desechable. ¿Han encontrado algo de interés en la mochila? Casi todo eran objetos de uso común. Cósmeticos. Un mechero. Unos auriculares. Un paquete de pañuelos perfumados, un pastillero, un pequeño monedero. Lo único que había fuera de lo normal era un pen drive con una etiqueta escrita a rotulador negro que decía Eyes Wide Shut / Stanley Kubrick. Y su cuento, claro. No es mío. ¿De quién es? De Mishima. Lo copié a mano.

Inokashira

Umeko Arai y Kenji Fujita se habían conocido dos semanas antes en el parque de Inokashira, un domingo a media tarde. Ella venía del Ghibli, el museo de Miyazaki dedicado a la historia del ánime, donde hace unas prácticas los fines de semana. Por razones que no fue capaz de explicar cuando la interrogó Yoshida, la imagen del inspector leyendo un libro sentado en un banco mientras fumaba un cigarrillo le pareció una especie de aparición sobrenatural. Sin saber bien qué le impulsó a hacerlo, se acercó al banco donde estaba y le pidió permiso para dirigirle la palabra. Fujita apoyó en su regazo el librito de papel cosido y se quedó mirándola sin decir nada. La chica le preguntó entonces de qué trataba el cuento. Shinju. Doble suicidio, respondió el inspector. Inexplicablemente, Ume rompió a llorar. Desconcertado, el inspector Fujita arrojó el cigarrillo al suelo y se puso de pie, sin saber qué hacer. Al cabo de un par de minutos la chica pareció calmarse y le pidió perdón, rogándole que se sentara. Cuando recuperó la compostura por completo, Ume le pidió permiso para contarle la historia de su hermano. Fujita accedió y la chica se sentó a su lado. Al final de su relato, los dos guardaron silencio durante un rato muy largo, al cabo del cual el viejo inspector le regaló el cuento que había tenido durante todo aquel tiempo en su regazo. A continuación, se puso de pie dispuesto a despedirse. ¿Podríamos volver a vernos?, inquirió Ume, con expresión de desamparo. El inspector la miró extrañado. Vivo fuera de Tokio. ¿Puedo ponerle un mensaje o llamarle por teléfono? No tengo correo electrónico, ni siquiera teléfono. Fue entonces cuando sacó un móvil desechable del bolso y se lo ofreció. Fujita lo miró como si se tratara de un insecto de una especie inclasificable, dudando si aceptarlo. Por fin, al cabo de unos instantes, se decidió a cogerlo. Umeko le tuvo que explicar cómo funcionaba. Lo utilizaron varias veces, la última el mismo día 31 por la mañana,


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poco después de que Kumiko Yoshida se hubiera despedido de él en el Hotel Hakone. Antes de colgar, Ume le dio a Fujita la dirección de un cíber de Shibuya.

Shibuya

El pachinko ocupaba dos plantas enteras de un edificio. El ciberhotel estaba en la tercera. El ambiente de la sala de juegos le pareció muy violento, una prolongación de la estridencia electrónica acústica y visual del exterior, un estallido continuo de luces y sonidos. Había decenas de jugadores de todas las edades, tal vez cien, quizá más, todos con la mirada clavada en las máquinas tragaperras. Entre los pies tenían cestas de plástico de distintos colores y tamaños en las que apilaban las bolitas de acero con las que computaban las ganancias. Casi todo el mundo fumaba. Había innumerables juegos, sería imposible describirlos. Los altavoces adosados a las pantallas vomitaban una mezcla infernal de sonidos. Fujita recorrió apresuradamente la distancia que lo separaba de la puerta de cristal que daba a la escalera interior, la abrió de un tirón y al cerrarla se vio envuelto en un silencio repentino. Se quedó un rato observando el espectáculo del pachinko, como si fuera una pecera gigantesca. El verdadero Tokio es éste, pensó, el espectáculo de las multitudes sumergidas en un mar de luces amortiguadas por un halo de silencio. Rostros ocultos tras mascarillas blancas, un piélago de sonidos apagados, la luz al final de la luz. Hay un yakuza apostado a la entrada del ciberhotel. Tras estudiar durante unos instantes a Fujita, le franquea el paso. El recepcionista le pregunta qué clase de cubículo quiere, individual, doble o colectivo. Individual, responde, y le da una ficha de plástico con el número 17. Las cabinas carecen de techo y tienen paredes ciegas, a excepción de una pequeña abertura rectangular que en su caso da directamente al enloquecedor tráfico humano de Shibuya. Fujita rompe el silencio que reina en el cubículo abriendo la minúscula ventana. Inmediatamente, el espacio se inunda con un tropel de estímulos sensoriales. Fuera, se ve el perfil de edificios iluminados por llamaradas de neón de mil colores, gigantescas pantallas de plasma, cuya superficie se amolda a las fachadas en curva. Un ejército de vendedores se desgañita vociferando a la entrada de los establecimientos, anunciando toda clase de productos con el volumen de los altavoces manuales amplificado al máximo. Las pantallas sonoras instaladas en los semáforos emiten secuencias musicales que indican las fases de las luces reguladoras del tráfico. Sus melodías se entrecruzan con las que emergen de las innumerables bocas de metro abiertas en distintos lugares de la gigantesca plaza. En las dársenas donde se detienen los autobuses hay espacios reservados donde aparcan unas pequeñas furgonetas cuyos altavoces emiten proclamas publicitarias sin cesar. Al cabo de unos minutos Kenji Fujita cierra la ventana. El suelo de la cabina está ocupado por completo por un colchón negro, de material sintético. En todo el cuarto hay una sola lámpara, con una luz alargada de color violeta, como una cuchilla de neón. En una esquina hay un monitor de gran tamaño conectado a internet.


El cubículo de al lado es una ducha, a la que se accede desde el pasillo. Umeko le explicó que muchas veces los jóvenes tienen que hacer noche aquí, pues el metro cierra a las 12 y no vuelve a abrir hasta las 5 de la madrugada, aunque hoy, por ser víspera de Año Nuevo, hay servicio ininterrumpido a lo largo de toda la noche. Viendo que le sobra tiempo, Fujita decide explorar el ciberhotel. Nunca ha estado en un lugar así. Los pasillos configuran una especie de laberinto con distintas salidas. En los corredores laterales se encuentran las puertas de las cabinas. Las hay de varios tipos y tamaños. Los pasillos principales llevan a otros, secundarios, que se abren a espacios imprevisibles. En un vestíbulo oval hay numerosas máquinas que expenden bebidas y comida rápida. Algunos productos, como el café y los refrescos, son gratis. Las paredes principales, desde la entrada hasta los lavabos, están ocupadas por estanterías pintadas de negro en las que se acumulan miles de cómics. De haber tenido hijos, comprendería mejor todo esto. ¿Quién es esta chica, Ume, y qué vio en él cuando lo descubrió leyendo sentado en un banco de Inokashira? Entonces la chica le pidió ayuda, pero ahora es él quien la necesita. Al volver, le cuesta trabajo dar con la cabina. Cuando por fin ve la puerta con el número 17, deja los zapatos en el pasillo y pasa al interior. A través de la ventana vislumbra el resplandor de una pantalla que acaban de iluminar en el edificio de enfrente y que ocupa por completo la fachada del inmueble. Las imágenes de alta definición tienen más de doce metros de altura. Buscando sumergirse una vez más en el mar de sonidos que bulle en el exterior, Fujita vuelve a abrir la ventana. Le asombra que en medio del fragor se puedan distinguir con nitidez sonidos muy sutiles. En ese momento ocupa la pantalla el rostro inmenso de un joven que anuncia una marca de patatas fritas. Se escucha perfectamente el crujido que hace al masticarlas, y después el de la bolsa de plástico, cuando la arruga con la mano. Los sonidos se abren paso por entre el delirio de la muchedumbre que atraviesa la plaza tumultuosamente. Abajo, todos los semáforos del cruce de peatones se abren a la vez, permitiendo que las multitudes atraviesen simultáneamente una red de pasos de cebra que discurren en todas direcciones: horizontales, verticales, en diagonal. Fujita cierra la ventana y mira el reloj. Falta casi una hora para que Ume acuda a la cita.

La belleza de Reiko

Para hacer tiempo, saca de la mochila el cuento que le regaló a Umeko y ve que la chica lo ha subrayado profusamente. «La belleza de Reiko», lee, eligiendo uno de los subrayados al azar, «brillaba, serena, como la luna después de la lluvia. Su cuerpo era blanco y puro, y de sus pechos turgentes emanaba un rechazo firme y casto que cuando gozaba se mudaba en la mas íntima y acogedora tibieza. Aun en los momentos de mayor intimidad se mantenían extraordinariamente serios. Conservaban sus corazones sobrios y austeros en medio de las más embriagadoras demostraciones de pasión. Su relación tenía una base moral».

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Sigue un largo espacio sin subrayados. Fujita se detiene en un párrafo que la chica ha pasado por alto, pero que para él resume la esencia del relato: «Le pareció increíble que en medio de aquella agonía, las cosas visibles pudieran ser todavía vistas y las cosas existentes, existir». Así es, exactamente, como se siente él en estos momentos. Unas páginas después hay un subrayado muy extenso. Las líneas de tinta roja están marcadas con fuerza. Era lógico, dada su historia, que a la chica de la mochila le impactara particularmente la descripción del hara-kiri: «Usando solamente la mano derecha, el teniente comenzó a cortarse el vientre de un lado a otro. Pero a medida que la hoja se enredaba en las entrañas, era rechazada hacia fuera por la blanda resistencia que encontraba allí. El teniente comprendió que sería menester usar ambas manos para mantener la punta profundamente hundida en su cuerpo. Tiró hacia un costado, pero el corte no se produjo con la facilidad que había esperado. Concentró toda la energía de su cuerpo en la mano derecha y tiró nuevamente. El corte se agrandó ocho o diez centímetros. El dolor se extendió como una campana que sonara en forma salvaje. O como mil campanas tocando al unísono con cada respiración y con cada latido, estremeciendo todo su ser. El teniente no podía contener los gemidos. Pero la hoja ya se había abierto camino hasta debajo del ombligo».

Eyes Wide Shut

El ex inspector introduce el pen drive que ha encontrado en la mochila de Ume en el disco duro del ordenador. Las imágenes que aparecen en la pantalla son de gran calidad, pero no van acompañadas de sonido alguno. Un baile de máscaras en una mansión en las afueras de una gran ciudad. Alguien que compra un extraño disfraz en una tienda de una ciudad que puede ser Nueva York en plena madrugada. Fujita se deja arrastrar por la historia silenciosa que se va desplegando ante él, olvidándose de dónde está y al cabo de media hora sucumbe al sueño. Lo despiertan unos golpecitos en la puerta del cubículo. Alguien lo llama por su nombre. Reconoce la voz dulce de Ume, y abre la hoja de madera sintética. ¿Por qué le han quitado el sonido a la película?, pregunta, señalando la pantalla del ordenador, y le hace entrega de la mochila roja a la recién llegada. Es un ejercicio que nos mandan hacer en la facultad. Hay que analizar una película sin tener cuenta las palabras, sólo en base a las imágenes. He visto que has leído con mucho interés la historia de Reiko, le dice, mostrándole las páginas subrayadas del cuento. La chica barre el aire con un gesto de la mano y dice: He traído el videojuego que creó mi hermano. Si quieres lo podemos ver juntos. Es una versión actualizada por mi novio. Mi hermano diseñó el original. Después de probarlo durante algo más de diez minutos, Ume dice: Si de verdad te interesa puedo pedir una copia nueva. Esta no es totalmente fiable. De repente se oyen unos golpes en la puerta. Desde el otro lado, el yakuza que vio a Fujita al llegar les dice que tienen que cambiarse a un cubículo doble y pagar la diferencia. Ya nos íbamos, contesta Ume.


Love Hotel

la línea y expliqué que se trataba de una emergencia. La última frase la dice mirando a Ume, que está sentada en un sillón del vestíbulo, Bajan juntos a la calle. Por los distintos accesos de la estación de mecon la mirada perdida. tro entran y salen miles de personas. Hay un tranvía antiguo que sirve Su rostro recuerda el de un clown asesino de una película de tede punto de encuentro a innumerables citas. Unos metros más allá rror. La cara maquillada de blanco y debajo de los ojos, dos grandes hay otro, más popular aún, la estatua de Hachiko, el perro fiel que, hilos negros, el rastro dejado por las lágrimas que han caído a lo largo conforme a la leyenda, acudía cada tarde a esperar a su amo cuando de las mejillas. No le quedan fuerzas para seguir llorando. Kumiko volvía del trabajo. Cuando el amo murió, Hachiko siguió acudiendo Yoshida se acerca al sillón donde está sentada la chica y apoya una a esperarlo al mismo lugar durante diez años, hasta que la muerte se lo mano en el hombro, pensando en la conversación que mantuvo con llevó también a él. Los tokiotas se aglomeran en los alrededores de la Kenji Fujita hace menos de veinticuatro horas, en el salón inglés del estatua. Es casi imposible abrirse paso por entre semejante multitud. Hotel Hakone. Un momento después, la subinspectora saca del bolso Ume y Fujita atraviesan la plaza y llegan al laberinto de callejuelas la grabadora donde ha registrado la confesión de Umeko y se dirige donde se encuentran los llamados hoteles del amor, que las parejas hacia su jefe, que está de pie en medio del vestíbulo, con intención de jóvenes suelen ocupar por franjas horarias. Entran en uno donde de entregársela. Con un gesto, Inamoto le da a entender que ya se la Ume ha estado otras veces. El reloj del vestíbulo marca las 11:49. El dará en otro momento. recepcionista les dice que tienen que pagar la habitación por adelanNo hay mucho más que hacer aquí, dice, y apoyándose en el brazo tado. ¿Por horas o toda la noche?, les pregunta. Toda la noche, dice de su ayudante se dispone a salir con ella a Fujita, paga y recoge la tarjeta de acceso a la la calle. En el bolsillo lleva el cuento de Mihabitación. Una vez dentro, Ume le pide el Unos metros más allá hay shima, copiado a mano por su amigo. teléfono desechable para enviar un mensaje. Sólo a alguien como él se le podía ocuAl amanecer sigue habiendo mucha otro, más popular aún, la rrir pensar en algo tan innombrable como gente por la zona. Estos lugares jamás se va- estatua de Hachiko, el pela ceremonia del sepukku a estas alturas de cían del todo. La entrada del hotel donde rro fiel que, conforme a la nuestra historia, dice. Las novelas gráficas y se alojaron Ume y Fujita se encuentra en medio de una cuesta cuyos extremos están leyenda, acudía cada tarde los videojuegos eran algo totalmente ajeno bloqueados por dos coches patrulla cuyas a esperar a su amo cuando a él, pero el mundo va en esa dirección y aunque Kenji lo sabía, seguía empeñado en luces destellan, iluminando el asfalto. Hay volvía del trabajo. Cuando ver las cosas a través de la literatura. decenas de policías uniformados y agentes El mundo de Mishima trasladado al de de paisano moviéndose nerviosamente en el amo murió, Hachiko silos videojuegos. Es lo que hizo Umeko por todas direcciones, despejando la calle de guió acudiendo a esperarlo él, se aventura a decir Yoshida. transeúntes. Inamoto llega en un coche neSólo que fue él quien se lo pidió, pungro con cristales ahumados, acompañado de al mismo lugar durante tualiza su superior. Lo asombroso es que esa la subinspectora Yoshida. Van directamente diez años, hasta que la chica adivinara lo que buscaba Fujita con al hotel, donde un individuo de unos treinta solo verlo sentado en el parque. Entendió muerte se lo llevó también años que lleva una gabardina clara los espera inmediatamente lo que le pasaba y decidió en recepción. Es el forense. Tras saludarse a él. Los tokiotas se agloayudarle, proporcionándole un kaishakubrevemente, suben los tres juntos a la habimeran en los alrededores nin, el segundo actor del ritual, encargado tación. El cuerpo decapitado de Kenji Fujita está en el suelo, dentro de una funda térmi- de la estatua. Es casi impo- de rematar la labor del suicida. Inamoto se interrumpe para dejar paso ca de color plateado. La cabeza está aparte, en una bolsa pequeña, del mismo material. sible abrirse paso por entre a los dos empleados que acaban de salir del montacargas con la camilla en la que transInamoto intercambia unas palabras con un semejante multitud. portan el cuerpo de su amigo, que tienen individuo que está tomando notas en un que trasladar hasta el furgón que hay aparcado frente a la entrada cuaderno, y decide volver inmediatamente al vestíbulo. Una vez allí, del hotel. La visión de las bolsas térmicas le hace daño. Cuando los el tipo de la gabardina le pide al recepcionista que refiera a los inspecfuncionarios salen del vestíbulo, suelta el brazo de su subordinada, tores la misma historia que le contó a él media hora antes. como si no se hubiera dado cuenta de que lo tenía sujeto. Un dolor A eso de la una de la madrugada vino un motorista con un sobre penetrante le recorre la columna vertebral y al llegar a la cabeza le nupara los ocupantes de la habitación 718, explica el empleado del hobla la vista. Cierra un momento los ojos esperando a que pase el dolor tel. Me habían dicho que lo estaban esperando, de modo que le pedí y cuando los vuelve a abrir su mirada se posa de manera involuntaria al conserje que se lo subiera. Unas dos horas después tuvieron una en Ume. Por un momento, da la impresión de que el inspector se segunda visita. Un hombre alto, de unos cincuenta años. Iba vestido dispone a acercarse a ella, y es posible que ésa fuera su intención, con un abrigo negro de cuero que le llegaba hasta los pies. Calzaba pero tras dar unos pasos en su dirección, Hiro Inamoto se vuelve de botas militares y usaba gafas de sol. Cuando le dije que no podía surepente hacia la puerta y sale del hotel. • bir me dio un billete de cien dólares y me pidió que le indicara cómo llegar a la habitación. Llevaba un estuche alargado, de gran tamaño, también forrado de cuero negro. Estuvo en el cuarto algo menos de media hora. Cuando terminó lo que vino a hacer, se llevó a la chica con él, pero al cabo de unas dos horas regresó sola. Estaba muy nerviosa. Me pidió que llamara inmediatamente a este teléfono, dice, mostrando la tarjeta de Fujita. El inspector la examina y se la queda. Una voz sintetizada, sigue diciendo el recepcionista, me dio a elegir entre dejar un mensaje o hablar con la operadora. Opté por lo segundo. ¿En qué puedo ayudarle?, me preguntó alguien al otro lado de

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La tribu fantasma Una conversación con Emiliano Monge acerca de No contar todo (rhm, 2018), su más reciente novela

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odos tus libros están recorridos por una sensación de desesperanza, de abandono cósmico que yo, inmediatamente, asocio con la metafísica de Faulkner, que es la de Rulfo y es la de Onetti, y que es también una especie de estética determinista donde no hay sujetos históricos sino condenados. Condenados por un atavismo, por un secreto, por algo inconfesado que se ha transformado en silencio, en viento sobre el paisaje árido. En No contar todo te veo lidiando con esa metafísica, tratando de desmontarla al incluirte a ti mismo como objeto de esas fuerzas atávicas y el resultado es que acabas cuestionando profundamente el determinismo de tu propia estética, lo cual encuentro osado y emocionante. ¿Buscaste conscientemente ese cuestionamiento? ¿Cómo crees que afecta esto a tu visión de la tradición y de tu propio trabajo dentro de esa tradición?

Juan Cárdenas 45 se encuentra convertido en espeleólogo, atrapado en una grieta en la que apenas cabe su cuerpo. Este asunto del desamparado en el lugar del condenado, además, tiene que ver también con la poética misma, es decir, con la intención de alejarse de la rima occidental y acercarse más, por ejemplo, a la de las literaturas precolombinas. Pongamos el Popol Vuh, por ejemplo: un texto donde no importa tanto la rima como la repetición, o donde, más bien, la rima es la repetición. El condenado lo es una sola vez, el desamparado lo es múltiples veces. Como el viento, que pasa no una sino incontables ocasiones sobre el paisaje árido. La literatura occidental cree, siempre ha creído, que el nudo es un momento: una condena. Las literaturas no occidentales, en cambio, parecerían creer que el nudo, más que un momento, es el eco de un momento, su repetición: un desamparo. Pero acá me empiezo a ir hacia otro lado. Así que vuelvo.

Sobre lo primero que mencionas, la desesperanza, estoy totalmente de acuerdo contigo: en todos mis libros, ésta había sido la que marcaba los tiempos de la narración, pero también la forma. En este sentido, respecto a las historias y los personajes, por supuesto que se A lo largo de la novela despliegas una cantidad de recursos de dispuede hablar de una estética determinista, aunque más que de contanciamiento, recursos ficcionales que parecen estar allí para que denados, yo pensaría en desamparados. Faulkner, Rulfo y Onetti, lo autobiográfico no surja bajo la cosmética del naturalismo, sino como dices, intercambian al sujeto histórico por el condenado, en como una sucesión de artificios. ¿Por qué te parecía importante buena medida por el instante en que escribieron y por la necesidad eludir ese naturalismo, ese aspecto casual y anecdótico que tiene misma de lo que escribieron, tanto desde el punto de vista de la épica la literatura autobiográfica, tan de moda en nuestros tiempos? como desde el de la lírica. Pero creo que en nuestra época —como haces tú en varios de tus libros, por cierto— es mucho más interesante asumir y El desamparo, en mis libros, Tienes razón en que todo esto, en mi último libro, es diferente. No creo, obviamente, que trabajar con el desamparo, es decir, con esa idea que añade, a la volatilidad del está tanto en los personajes lo sea de forma terminante, pero sí creo que sino, la certeza de la condición. Dicho y sus situaciones como en el hay un movimiento general, que lo coloca todo en otro lugar: desde el narrador de otro modo, que añade, al atavismo, lenguaje, que gira siempre casi hasta los personajes, así como las situaciola soledad, y al secretismo, la indiferennes, el lenguaje, el ritmo, la arquitectura... cia. Pero claro, el desamparo, en mis li- en círculos dantescos, y en bros, está tanto en los personajes y sus la arquitectura, que es como Y te digo que tienes razón, muy a mi pesar, porque hasta ahora, que me lo dices y me hasituaciones como en el lenguaje, que giuna cueva (o eso quisiera ces pensarlo, no me había dado cuenta. Así ra siempre en círculos dantescos, y en la arquitectura, que es como una cueva (o pensar), que se va haciendo que a partir de aquí me interno en un nuevo territorio. Y lo primero que pienso tiene que eso quisiera pensar), que se va haciendo ver, otra vez, con el Popol Vuh, más que con más y más pequeña, hasta que el lector más y más pequeña, hasta el hecho de que yo mismo sea un personaje que el lector se encuentra contar todo. Obviamente, esto último convertido en espeleólogo, de No es también esencial, pero primero quiero inatrapado en una grieta en la sistir con el asunto de las literaturas de acá, es lo primero que me viene a la cabeque apenas cabe su cuerpo. porque za: si algo movió la metafísica de mi trabajo, fue el asunto de la oralidad. A diferencia de mis libros anteriores, en éste la oralidad, con su circularidad, tiene un lugar que yo no le había


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concedido nunca, un lugar central, un lugar que lo desbalanceó todo. Y como el desamparo está, en primer lugar, en el lenguaje, que es también la imagen desde la que pensamos primeramente una novela, el desamparo se volvió acá desarraigo. Es decir, de la condena pasé al desamparo y en este nuevo libro he pasado al desarraigo como metafísica central. Ahora bien, deja que piense a fondo en este asunto de la metafísica del desarraigo y te completo esta respuesta, porque estoy removido. Y es que me refiero al desarraigo de los personajes y de las situaciones de éstos, pero también, como ya dije, al desarraigo del lenguaje y del ritmo y de las formas, pero también, y sobre todo, al desarraigo del narrador y, más aún, del escritor, es decir, de mí mismo, ante mi propia historia y ante la idea de ser, por primera vez, no sólo uno: el que cuenta, sino el contado. Por lo pronto, acabo acá, diciendo que lo primero que puedo decir sobre la transformación es que, en todos mis libros anteriores, trabajé sumando capas. Y en este, trabajé quitando capas. Si fuera escultor, tendría que decir que, por primera vez, en lugar de trabajar con un alambre al que le fui sumando plastilina, para tener una figura, trabajé con un bloque de

granito al que le fui devastando pedazos, para tener una figura. Y si esto no es un primer desarraigo, me corto las manos. Perdóname que insista: ¿por qué te parecía importante eludir ese naturalismo, ese aspecto casual y anecdótico que tiene la literatura autobiográfica, tan de moda en nuestros tiempos?

En principio, precisamente por lo que mencionas en la pregunta: para evitar el aspecto casual y anecdótico de cierta literatura autobiográfica, sobre todo, de ese conglomerado inclasificable que, a fuerza de su propio vacío de contenido, se autodenomina autoficción. En ésta, en la autoficción, todo gira en torno del personaje-escritor (que obvia, además, la figura del narrador). Y los sucesos no son sino ropajes, vestimentas para embellecer al héroe posmoderno de una historia sin historia. La autoficción, a consecuencia de su naturalismo ramplón e hiper directo, no es más que una selfie, una galería de Instagram, un autorretrato sin técnica ni interpretación. Y hacer algo parecido a esto me daba terror. De ahí que buscara tantos recursos de distanciamiento como me fue posible: no uno, sino tres narradores y medio. No un autorretrato, sino una fotografía de familia en donde yo (y cuando digo yo hablo del Emiliano escritor, pero también del Emiliano narrador y, sobre todo, del Emiliano personaje), en lugar de ocupar un lugar central, soy apenas una silueta, la silueta de una presencia que se está desvaneciendo o que ya se desvaneció. Como en algunas de las fotografías del The Weimar File, de Vik Muniz. Ahora bien, cuando digo que en la autoficción todo es mero ropaje, no sólo me refiero a los sucesos. También el lenguaje es puro emperifollamiento. Porque la mayoría de la autoficción está escrita con el mismo lenguaje con el que habla el poder de manera cotidiana, que es el mismo lenguaje de la comunicación masiva y de las redes sociales (y aquí en vez de galería de Instagram, pienso en la inmensa mayoría

Iván Trueta, «Indecible 1», del proyecto Asedio.


El mayor reto de mi novela fue el de encontrar la manera de darle forma a una familia, con todas las historias que la habitan, a partir, precisamente, de una ausencia. Hasta que entendí que no era darle forma a la historia a partir de la ausencia, sino que la ausencia era la historia y debía ser, también, la forma misma de contar. Te pongo un ejemplo, antes de seguir con esto: durante la escritura, la dificultad de encontrar la distancia y el tono de cada uno de los narradores fue muy diferente. La más complicada, la que mayores ejercicios y ensayos necesitó, fue la voz del narrador de la historia del nieto, es decir, de la historia de Emiliano, en buena medida, por la cercanía emocional de los sucesos La autoficción, a consey por la complicación de verme y tratarme cuencia de su naturalismo como mero personaje; después, la segunda ramplón e hiper directo, no voz más complicada de lograr fue la de los de los muros de Facebook), y que es, cómo diarios del abuelo, en buena medida por el no, el mismo lenguaje con el que se hacen, es más que una selfie, una reto de descomponerla, es decir, desvanepor ejemplo, las campañas de Channel o galería de Instagram, un cerla en una primera persona que empatade Swarovski. Es decir, un lenguaje que verosimilitud y verdad; la voz del padre autorretrato sin técnica ni ra—que sólo busca maquillar, embellecer, otra vez, es la de la falsa entrevista, donde mi al héroe posmoderno. ¿Existe una forma interpretación. Y hacer alausencia, como bien dices, es más evidente más patética de darle sentido a la cosmética go parecido a esto me daba (hay una entrevista con Beckett en la que el del naturalismo que ésta? Es por eso que genio asegura haberse pasado la vida busel lenguaje, en mi novela, o eso fue lo que terror. De ahí que buscara cando la voz de su silencio, frase que a mí busqué, cuando menos, rehúye también del tantos recursos de distansiempre me acompaña cuando trabajo y a naturalismo. Y lo hace, como decía en la la cual, acá, en este libro, pude homenajear respuesta anterior, apelando a una oralidad ciamiento como me fue de forma total)—, en cambio, no me exigió que es en realidad cuatro oralidades dife- posible: no uno, sino tres demasiados ensayos ni demasiados esfuerzos rentes, cada una dotada de su propio eco y (a la hora de escribir, claro está) y esta situanarradores y medio. cada una interesada en hablar con un lención, obvio, me ha hecho pensar una y otra guaje diferente al del poder y al de la cotidianeidad. Parece una convez sobre las razones que podría haber detrás de la naturalidad con la tradicción, pero creo que es el centro mismo de mi libro: una oralidad que apareció esta segunda persona. Y la única respuesta honesta a la que es, además, la oralidad del desamparo y del desarraigo, pero, sobre que he podido llegar, más allá de lo que uno también piensa siempre: todo, del desvanecimiento, de la ausencia: no la palabra escrita para que antes de sentarme a escribir ya había estado escribiendo la novela quedar fijada en piedra, sino la palabra a punto de desaparecer. En en mi cabeza durante muchos años, es esta: que mi padre, durante síntesis, creo que la única forma que encontré para pelearme e ir más toda mi vida, más que una presencia, ha sido una voz. Es decir, otra allá de la anécdota, fue, como bien dices y como intenté explicar en forma de la ausencia. Ahora bien, ¿qué pasa si llevo este pensamienla respuesta anterior, a través del artificio, pero de uno en particular: to más allá? Es decir, si me pregunto si no habrá sido él, mi padre, el de la no importancia del suceso, sino de sus ecos, de sus ecos tanto pero también mi abuelo y yo mismo, una voz, más que una presenen la forma como en el fondo. cia, también en su propia vida, en su propia historia. Este es, estoy seguro, el centro, el sentido último y la única búsqueda de mi libro. Me interesa mucho eso que dices de la oralidad como la aparición Y entonces, así como el desamparo y la historia están construidos, de algo nuevo en tu escritura. En efecto, No contar todo es un como bien dices tú, en torno de la ausencia del abuelo, el desarraigo tejido de voces, incluso me atrevo a decir que son las voces de los y todo lo que no es historia: lenguaje, ritmo, oralidad, arquitectura… desamparados que se van tejiendo alrededor de una ausencia está construido en torno de la ausencia del padre, que es, además, la central, que es la del abuelo Carlos Monge McKey, pero también la confirmación de un eco: el de la huida de los Monge anteriores, pero ausencia central del autor, Emiliano Monge, que casi nunca toma también el de la huida de los Monge que seguirán siendo eco, desla palabra directamente. Y la pregunta que queda flotando es esa: pués. Restaría, entonces, hablar del lugar o de la relación con la ausen¿cómo fundar una estirpe, cómo contar la novela familiar alredecia de Emiliano. Tanto del Emiliano narrador, que aspira únicamente dor de una ausencia? ¿Quiénes son los herederos de semejante a su propia desaparición física (como en la entrevista con el padre); empresa fundacional fantasma? Y allí la voz, fugaz, engañosa, como del Emiliano personaje, que busca su ausencia en su reconverenigmática, se presenta como la única posibilidad de sentido. ¿Te sión en otro, es decir —y valga la redundancia—, en un personaje interesaba indagar conscientemente en esa especie de fantasmaque es, precisamente, el heredero de lo que llamas acertadamente «la lidad de tu tribu, que al final es la tribu de muchos latinoamericaempresa fundacional fantasma» y que es un Emiliano verosímil además de verdadero, cuya falta de voz, fugaz, engañosa, enigmática, es, nos que crecimos en familias-fantasma? precisamente, su única posibilidad de sentido, y, claro, del Emiliano autor, que es el que apuesta todas las canicas por la oralidad, como salida ante la ausencia, que apuesta por la palabra, por la enunciación, como salida ante el vacío y como su única herramienta de trabajo pues no tiene verosimilitud sino sólo verdad, y que es (soy, me caga estar hablando así de mí, en tercera persona, como si fuera Hugo Sánchez, carajo, pero la complicación del asunto lo vuelve irremediable, así que no vayas a juzgarme, hermano) el que se plantea la fantasmalidad de

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su tribu, que es, también, la de todas las tribus de nuestro continente: ¿qué otra cosa tendríamos que refundar, para refundar nuestra realidad, antes que la fantasmalidad de la familia latinoamericana, sobre todo, de la masculinidad latinoamericana?

Efectivamente, mi novela también trata de ser una despedida de los modos y de los moldes patriarcales, de las conductas que se nos imponen y, sobre todo, de las tensiones que establecemos inconsciente o conscientemente entre nuestra sensibilidad y las apariencias con las que nos disfrazamos ante los otros y ante nosotros mismos. En este sentido, el libro no sólo pone a mi escritura en ebullición crítica respecto a sí misma (como tan bien apuntas, hijo de la chingada: efectivamente, todos mis libros anteriores están infestados de una masculinidad violenta que no se permite casi nunca confrontar su propia precariedad y su vacío de sentido evidente); me pone a mí mismo, en tanto personaje y narrador, pero, sobre todo, en tanto autor, en tanto persona, en conflicto con mi propia historia, con mi propia construcción y con mi propia música interna. Acabo de darme cuenta, por tu pregunta, que lo que se puso en huelga dentro de mí es mi

DANH VO

JARDÍN CON PALOMAS AL VUELO

5 NOV. 2018 - 13 ENE. 2019

Gral. Francisco Ramírez 12–14, col. Ampliación Daniel Garza, Ciudad de México

estanciafemsa.mx

Archivo Personal de Luis Barragán

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A propósito de ese asunto de la masculinidad, No contar todo parece también una despedida o un largo epitafio de unos roles patriarcales que, sin embargo, se resisten a desaparecer y que están instalados en nuestro inconsciente a medida que los reprimimos mediante unas formas de censura muy propias de la era de las redes sociales. Debo decir que pocas veces se nos permite asistir con tanto detalle y honestidad al teatro de la fragilidad masculina como en tu novela y ese teatro, al menos es mi impresión, pone tu escritura en un punto de ebullición crítica respecto de sí misma, respecto de su propia construcción y de su propia música interna. Siento incluso que este libro marca un punto de irreversibilidad en tu escritura, pero es una intuición, claro.

propia masculinidad, que salió exhausta y revolcada de la escritura del libro. Y entonces, no es que me sienta «aplastado, jodido, triste, diminuto, inseguro, débil y desconectado de mi interior», que es como la censura del machismo, a bocajarro, diría que me siento, sino que me siento, única y exclusivamente, reubicado. Pero reubicado en un espacio que tengo que conocer y al cual apenas debo de habituarme, porque empiezo a aprenderme. Lo que estoy, pues, es norteado. Y así también está mi escritura, seguramente. Tan seguramente como que por eso me cuesta tanto y tanto esfuerzo, ya no sólo sentarme a escribir, sino pensar en sentarme a escribir. Mi escritura, lo intuyo y por lo tanto lo evito, debe estar aún más norteada, porque tienes razón, otra vez, en que el proceso que recién completé es irreversible. De hecho, creo que pensar en cómo se movió el punto de vista general desde el que está escrito mi libro, me servirá para empezar a reubicarme, y a reubicar desde ahí la propia escritura. Y es que, obviamente, no se trata de un asunto que toque únicamente a las historias, se trata, sobre todo, de un asunto que toca mucho más y mucho más profundamente al lenguaje, al temperamento y a la temperatura. El problema no será qué escribir, sino cómo escribir, con qué herramientas, con qué colores. Igual que el problema ahora es cómo sentirme, con qué herramientas, con qué colores. Es curioso, pero a veces para encontrar una respuesta, lo que se necesita es que alguien más haga la pregunta. Y ahora, respondiendo acá esta pregunta tuya, entre muchas otras cosas, me explico por qué la novela que estoy escribiendo desde hace varios meses (aunque ahora mismo esté parada), desde antes de sentirme o de darme cuenta de mi norteo y del norteo de mi escritura, tiene sesenta narradores: porque estoy buscando, precisamente, otros ángulos, otros lugares, otras voces. Porque estoy buscando ubicarme a mí a y lo que hago cuando escribo. O porque estoy intuyendo que, quizá, la cosa sea, precisamente, no volver a estar ubicado en un sólo lugar. Tal vez, en la vida y en la literatura, esa sea la despedida de los roles patriarcales: no aceptar ningún espacio como el nuestro. •


Viva México Alexandra Lucas Coelho

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uis hizo las botas de la revolución. No la revolución encapuchado, los ojos para afuera y gorra. Pero es necesario saber mexicana de hace cien años, caramba. La última revolución venir hasta aquí, y por eso Luis marcó el encuentro en el metro, allí mexicana, la de los zapatistas en Chiapas, en 1994. Y no sólo las boadelante. tas, por cierto. «De todos los zapatos que encuentren allí, yo soy el «Tengo un sombrero», había dicho. Y no fue difícil reconocerlo en culpable», dice él, descansando en su rincón, en Tepito. la convulsión de la gente, a pesar de todo lo que sabemos sobre somTepito se ve del cielo. Una persona está mirando la Ciudad de breros: hay muchos, sí, pero un Bogart zapatista no es tan común. México como si cubriera toda la tierra, y de repente ve unos rectángulos amarillos, anaranjados, azules, cientos de toldos coloridos. Después nos metemos por la convulsión, volteamos a la derecha hasta ¿Qué es eso? Eso es Tepito. ¿Y qué hay debajo de los toldos? Todo lo un portón de metal y allí dentro estaba este patio: puestos callejeros que puede ser barato, robado, falsificado o prohibido. Si el Zócalo, pintados de rosado, anaranjado o azul; dibujos de estrellas y aves del paraíso; murales con gente con libros en la mano; anuncios en la pared la plaza central, es del poder, Tepito, el barrio bravo, es del contrapoder: contrabandistas, traficantes, ex presidiarios con la Santa Muerte que dicen: «Tango los miércoles» y «Apoyo a tareas de casa e inglés». Es el Espacio Cultural Tepito, el rincón de Luis. tatuada en el pecho, creyentes de la Virgen de Guadalupe sin un peso, «Mi padre vino del estado de Guanajuato y mi madre también tievecinos de patio y de vida, mujeres muy cabronas, muy valientes.* Aquí ne es originaria de ahí, se juntaron aquí y nacimos varios, seis hombres se comen migas de caldo de huesos y se alimentan los cronistas de la y dos mujeres», cuenta. «Era zapatero, mi padre. Aprendí el oficio historia alternativa. De aquí salió Cantinflas para Hollywood y El cuando era niño, en el atelier de la casa». En ese tiempo, Tepito esRatón Macías para campeón (41 victorias, 25 de ellas por knock out). taba lleno de oficios, sobre todo zapateros. «Era un barrio de gente Ya en el tiempo de los aztecas era el barrio bravo, dicen los tepiteños. trabajadora, artesanos, pero hace 40 años dejaron de saber para qué En suma, en la Ciudad de México hay dos nacionalidades: los sirven las manos. Ya en el tiempo prehispánico Tepito era un barrio chilangos, que son los naturales de la ciudad, y los tepiteños, que son comercial, pero se vendía lo que se fabricaba. los naturales de Tepito. Por ejemplo, Luis. Aquí está él, sombrero Si el Zócalo, la plaza cen- Ahora las personas no saben hacer nada y se dedican a vender lo asiático, lo que no se puea la Bogart, barriguita, barba blanca, brazos cruzados. Luis Arabelo Venegas, nacido en tral, es del poder, Tepito, de reciclar, lo que se usa y se bota. Los jóvenes están desocupados la mayor parte del tiempo. Tepito hace 70 años. «Me tocó nacer y crecer el barrio bravo, es del Cambió mucho». en un patio horizontal y no en edificios. Hay Pero el título —barrio bravo— ya estaba. más comunicación, más diálogo, en un patio. contrapoder: contraban«Cuando algo nos pone en peligro defendeCuando vives en la vertical pierdes contacto distas, traficantes, ex el barrio. La gente es muy noble, recibe con la gente aquí abajo, te vuelves individuapresidiarios con la Santa mos lista». Estamos frente a un creyente zapatista lo que viene de afuera, no es agresiva». ¿Y la y por lo tanto creyente en el colectivo. No hay Muerte tatuada en el fama de violencia? «Porque el barrio se descompuso. El comercio ambulante hace que pierde, afuera el muro tiene la pintura de un pecho, creyentes de la no se produzca. Donde hay dinero, hay delinVirgen de Guadalupe sin cuencia. La gente adquirió vicios, roba por deun peso, vecinos de patio pendencia. La droga aquí es consecuencia de que las personas hayan dejado de trabajar». y de vida, mujeres muy Defender el barrio y combatir al mercado global es la fe de este tepiteño orgulloso. «Tencabronas, muy valientes. go seis hijos y todos se prepararon, tienen profesión». O sea no andan vendiendo. ¿Y este espacio a quién le pertenece? «El dueño murió, la familia nunca lo reclamó y hace cuarenta años que lo utilizamos». Luis entra en uno de los puestos callejeros-atelier y agarra un zapato de dandy de los años 40, aquellos de dos colores. Es una muestra para sus aprendices. «Doy clases de hacer zapatos, una compañera ayuda con las tareas de la escuela, otro enseña son cubano, porque estamos muy influenciados por la música cubana y colombiana. Así como tenemos la etiqueta de bravo también nos dicen guapachosos, alegres, de buen carácter. Nos gusta bailar».

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Y el combate, hoy, es por ahí, cree Luis. «Me di cuenta que el problema de mi barrio, de la ciudad, del mundo, es la falta de cultura. La gente se descompone, deja de prepararse y vive en otra dinámica. Hay que llevar la cultura a los espacios públicos, y primero hay que limpiarlos. El baile es una de las estrategias para reunir a las personas, porque con los apartamentos se perdió la solidaridad que existía en las vecindades». Los antiguos patios de Tepito, como aquel donde Luis nació, semejantes a las «villas» de Lisboa o a las «islas» de Porto. Cara de indio, cuerpazo de gran-indio-sentado, Mario Purga es uno de los cronistas del barrio. Los cronistas son una tradición de Tepito, con rivalidades y honras. Mario no se referirá, por ejemplo, a su rival Alfonso Hernández, que hasta tiene una página en Internet. El lugar de Mario es aquí, el Espacio Cultural Tepito. «Sólo falta Camila y vamos a dar una vuelta», dice. Camila Chapela, 29 años, antropóloga, prepara una tesis sobre Tepito. Aquí está ella, tirantes y jeans, pelo recogido. Se va a casar y la despedida de soltera es esta noche, pero no es razón para perder una vuelta por el barrio con Mario abriendo camino. Ella dice, jovial: «Soy una mosca que se pegó a Tepito». Entonces salimos. Primera etapa, la esquina donde está la entrada del metro, oculta por todos los puestos. Si se mira mejor, aparece una placita con murales. «Es aquí que después, a la noche, vamos a tener cine», anuncia Mario. «Vamos a proyectar en aquella pared. Los viernes, cine, y los martes, baile». Camila ya vio y cuenta: «Las personas vienen todas a bailar a partir de las cinco de la tarde, las mujeres se cortan el pelo, se arreglan. La gente aquí es muy guapachosa.» Esta palabra otra vez. ¿Cómo traducirla? «Caliente, sabrosa, sensual, tropical», va diciendo Camila y balancea las caderas. «Los que bailan son los más viejos, y alrededor la gente ve». Mario da las primeras coordenadas de la vuelta: «Vamos por la calle caridad hasta la plaza Bartolomé de las Casas». Flippers, ropa colgada, colchones en la calle haciendo de puesto. Uno está cubierto por cientos de cajas de medicamentos. Las recetas no son un problema en Tepito. Después hay jeringas y después controles de videojuegos. Y después entramos en la parte cubierta por los plásticos coloridos, como quien desaparece en un universo paralelo. «Todo eso es ilegal», va diciendo Mario entre soportes de cd y dvd, cada uno con su playlist. Es una cacofonía, y el aire huele a podrido. «Tepito está en tercer lugar en el mundo en piratería». No sabemos bien dónde encontrar esa estadística, pero tal vez no sea el momento de esclarecer la cuestión. «Esto viene de China, de Rusia…». Parte en puestos, parte en el piso. «Aquí debían poder pasar los carros», explica Camila. «Pero las personas alquilan estos espacios en el pavimento». ¿Y la policía? «Anda por ahí, pero no se nota mucho». De hecho, no.

Ahora huele a estofado porque nos metemos por un corredor donde hay comida. «¡Lupita!», saluda Mario. Y la pelirroja Lupita, de delantal amarillo, revuelve su gigantesca olla. Son carnes, ¿pero qué carnes? «Vísceras, hígados, tripas…». Una bomba. «Este estilo de comida, por ejemplo, no hay en el resto de la ciudad», explica Mario. «Es una forma de reciclar lo que los otros desechan». Sin duda. «Mi familia está aquí hace 80 años, este negocio comenzó con mi madre, y yo ya tengo 56», cuenta Lupita. «Es un barrio precioso. Lamento que algunas personas lo hayan puesto mal, con la droga, los ladrones. Eso ya tiene muchos años, pero nosotros, lo que nacimos aquí, somos personas honradas, trabajadoras. Yo tengo dos hijos, de 34 y 26 años, y continúo viniendo aquí todos los días, de lunes a domingo». Interrumpe para servir una víscera a un cliente. La olla es como aquellos paquetes de cigarrillos sueltos. Cada persona llega y compra una víscera. «Va a tener que probar un bocadito para saber lo que se come en Tepito», decide Lupita. Paralizada, pero sin pudor, miento, balbuceo que soy vegetariana. Lupita y Mario lamentan semejante desgracia. «¿Qué se podría cocinar para ella?», intenta él. «Vamos a ver, vamos a ver», dice ella, revolviendo. Felizmente todavía nos faltan kilómetros. «Bueno, Lupita, nos tenemos que ir», se despide Mario. Al fin, una de aquellas pruebas. Tepito no es para debiluchos. Se verá lo que valemos, y ni una víscera. Calle Bartolomé de las Casas. Barbies, maletas, tenis. Olor a marihuana. Tepito es el mayor emporio de la ciudad, cosa de media tonelada por día. Y de repente, en medio de dos puestos, Mario voltea a la izquierda y entramos en una vecindad, un patio muy largo, con una escalera al medio que bifurca para la derecha y para la izquierda. Hay casas abajo y casas encima, coloridas, a lo largo de una terraza. La ropa está extendida de unas casas para otras. La electricidad viene de una formidable instalación eléctrica con cables enredados. Se ven motonetas estacionadas y se escuchan niños. Un hombre aparece por atrás, con un cigarrillo en la mano. Tiene una camiseta con la Muerte de sombrero de copa, jugando dados y cartas. La Santa Muerte hace parte de los interdictos que en este barrio se volvieron culto. Un culto en el que la muerte usa manto y corona, con altares repartidos por el país y Tepito como centro. Las


La Santa Muerte hace parte de los interdictos que en este barrio se volvieron culto. Un culto en el que la muerte usa manto y corona, con altares repartidos por el país y Tepito como centro. Las personas hacen fila para llevarle flores a la Santa Muerte. Los narcos la usan en tatuajes.

personas hacen fila para llevarle flores a la Santa Muerte. Los narcos la usan en tatuajes. «Nací aquí hace 52 años, sí, cien por ciento tepiteño», dice el hombre. «El alma de Tepito es el corazón de la gente. Uno sólo no es Tepito, Tepito es todos. Dicen que somos el barrio bravo porque somos de batalla. El barrio es bravo en honestidad, amor, cooperación. No bravo de maldad». Él mismo, inclusive, se llama Santos. «Pero si nos provocan, respondemos», dispara Mario. «Como nos piden, así damos», devuelve Santos. «Pero más que nada somos amor». Como para darle razón, salen muchachas de las casas, se sientan en los escalones para conversar y, más adelante, atrás de las escaleras, una niña con dos ganchos en el pelo y un perrito viene a sentarse en uno de los tanques del lavadero público, mientras las mujeres parlotean y traen baldes. Encima, materas de plantas, al lado rosas para una Virgen de Guadalupe. Y quien entra o sale de la vecindad, tiene de un lado la Sagrada Familia y del otro un ángel rafaelita. Paz.

Tepito es eso, pero como decía Santos, no es sólo uno, son todos. Una paz violenta. De vuelta a la convulsión, cajas que anuncian «G3» y tienen la fotografía de una escopeta, como si fueran cajas de galletas. Y en la esquina un policía conversa con uno de los vendedores, recostado en el puesto. «Las personas necesitan crear esta imagen, de que es tranquilo, porque si no nadie viene a comprar», dice Camila. «Vivimos mucho del mito». Entonces, allá al fondo, como si regresáramos a la superficie, se abre el enorme terreno de la plaza Bartolomé de las Casas, con su iglesia y sus balizas. ¿Sus balizas? «La plaza fue transformada en campo de futbol», esclarece Mario. «Le dicen Estadio Maracanã». Un Maracanã sin césped, pero con atletas corriendo, si miramos bien. «Salieron de aquí importantes futbolistas del Deportivo Tepito. Es uno de los pocos espacios comunes del barrio. Pero lo que en realidad volvió el barrio conocido fue el boxeo». Y Mario se agacha en un susurro. «Ahora vas a ver algo increíble». Pequeños con los puños vendados saliendo, nosotros entrando. Cuartos amoldados, una puerta, y allá adentro un mundo: golpes secos, gritos, silbatos, hombres dando saltitos, enganchando derechas en el saco —hombres y mujeres—. El rey de este lugar es Raúl Valdez, 56 años, heredero del mítico Raúl El Ratón Macías. Nariz de payaso, como si fuera falsa, pero es verdadera. Nariz de quien llevó muchos golpes. «Fui campeón mundial en Tailandia en 1985 y me retiré en 90», dice. «Al año siguiente comencé a entrenar este gimnasio. Tepito cambió mucho, antes había mucha pobreza. Había muchos boxeurs, luchábamos porque no teníamos dinero. Pero cuando entró la fayuca mucha gente comenzó a ganar y se fue para otros barrios». La fayuca son las falsificaciones, tipo whisky donde se echa alcohol de farmacia y marcas género Armandi

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y Luis Vuitrón. «El alma de Tepito siempre fue el comercio, pero se vendía ropa usada, zapatos que se hacían, mi papá grababa cuero». Raúl entrena a 40 personas. Allí está él de joven, uno de los retratos en la pared, entre bigotes, bíceps y brillantina. Era un peso ligero.

Aquí afuera anochece. Los vendedores cuentan grandes fajos de billetes, desmontan los puestos. En una hora es como si todo el mercado nunca hubiera existido. Se cuenta que por debajo hay túneles, almacenes, el diablo. Pero aún hay cosas para ver en la superficie y de camino un póster que habla de Las siete cabronas e invisibles de Tepito, un estudio sobre las mujeres del barrio, explica Mario. Pasando entre dos edificios llegamos a un lugar llamado La Fortaleza. Parece una pequeña plaza, cercada por edificios de ladrillo, con niños jugando con un balón. No se percibe desde el exterior. «Es un oasis, no cualquier persona entra aquí. La policía no entra fácilmente, puedes ver que esto no son entradas. Por eso se llama La Fortaleza». Enseguida hay un barrio con casas semejantes a palomares y pinturas hechas por el grupo de Mario y Luis. «Lo llaman Los palomares. Los niños aquí tienen por lo menos un familiar en la cárcel, a veces hasta a la abuelita. Entonces es importante trabajar con ellos. Las personas dicen que «en Tepito todo se vende, menos la dignidad». Pero eso es porque la dignidad ya se vendió hace mucho tiempo. Esa es la gran suerte del barrio y su destrucción. No necesitan prepararse, esforzarse, porque está el comercio. Toda la creatividad desaparece. La gente se vuelve indolente, desorganizada. Hay mucha basura». Es lo que vemos ahora. Viejos sofás destartalados en medio de restos de comida y tablas. La carrocería de un automóvil con una calavera en el capó y un letrero que dice «Prensa y Derechos Humanos». Y la torre azul y blanca, carcomida, de una antigua iglesia. «Está encima de una pirámide azteca», apunta Mario. «¿Ves el piso hundido? Aquí era el mercado negro, donde se vendía lo clandestino. Y fue donde el último rey azteca fue hecho prisionero de Cortés». Sí, la resistencia de Cuauhtémoc estaba concentrada en Tlatelolco. Pero en este sitio exacto es donde las tropas de Cortés lo atraparon por casualidad, en la tarde del 13 de agosto de 1521, él iba a salir de Tenochtitlán, donde había entrado disfrazado. Siguieron torturas terribles para que revelara el supuesto escondite del oro indígena. No había ningún escondite porque el oro no era oro para los indígenas. Bien podría Cortés quemarle los pies a Cuauhtémoc. Pero el mundo prehispánico estaba acabado. «Fue aquí que los aztecas fueron vencidos», remata Mario. «Por eso este es el lugar donde empieza la esclavitud». El cielo amenaza con caerse, de tanta nube oscura. • Traducción de Rafael Gutiérrez

* Las palabras en cursivas aparecen en español en el original portugués. (N. del T.)


De caricatura grotesca

a presidente Eduardo Rabasa

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l año pasado me topé por casualidad con un muy buen artículo sobre American Psycho, de Bret Easton Ellis, donde a través de una entrevista con su autor y un recuento del escándalo que suscitó su publicación, en 1991, la revista francesa Les Inrockuptibles lo situaba como uno de los 30 Ahora que Trump es presihitos culturales de los últimos treinta años. dente, resulta instructivo Yo no había leído el libro ni tampoco visto la película —ni tenía planeado hacerlo—, pero comparar los rasgos de un Sin embargo, hubo dos elementos que hacia el final del texto se mencionaba casi de personaje ficticio como sí me parecieron en extremo relevantes. El pasada algo que llamó mi atención: a lo largo de todo el libro, el héroe del protagonista Bateman con el discurso primero es que en efecto Donald Trump recorre el libro de principio a fin como máxipsicópata, Patrick Bateman, era nada menos y políticas reales que ha mo referente de Bateman (hay un momento que Donald Trump. Ese hecho bastó para seguido, y las similitudes donde se retracta sobre una pizza que le haprocurármelo lo antes posible, intrigado por bía parecido mala cuando un colega suyo conocer las similitudes aspiracionales entre son asombrosas. Desde le muestra un artículo donde Trump dice un yuppie de Wall Street que disfruta mu- este punto de vista, me tilando y torturando mujeres e indigentes, que es la mejor pizza de Nueva York). El principalmente, y quien 25 años después se parece que American otro que, precisamente porque la parte convertiría en presidente de Estados Unidos. Psycho sí logró retratar escalofriante del libro carece de todo tipo Desde un punto de vista puramente nade verosimilitud como historia, comencé rrativo, la lectura de American Psycho resultó con gran presciencia lo a leerla más bien en clave de las fantasías decepcionante. Como el propio Ellis afirma que 25 años después se del protagonista, aquí sí como arquetipo en la entrevista con Les Inrockuptibles, se trade los yuppies de Wall Street y de la visión convertiría en una parte ta de un libro con una estructura monótona, a partir de la cual ocasionan calamidades que por momentos casi parece encajar con importante de la narrativa para el mundo entero, como sucedió con la demasiada simetría (descripción de ropa ca- política en Estados Unidos. crisis financiera de 2008. Ahora que Trump ra, cena en un restaurante exclusivo, pláticas es presidente, resulta instructivo comparar superficiales con otros yuppies como Bateman (sobre ropa cara y reslos rasgos de un personaje ficticio como Bateman con el discurso taurantes exclusivos), salida a un antro de moda donde consumen y políticas reales que ha seguido, y las similitudes son asombrosas. cocaína, todo ello puntuado por los horrorosos asesinatos, descritos Desde este punto de vista, me parece que American Psycho sí logró con una frialdad que los vuelve todavía más espeluznantes). El autor retratar con gran presciencia lo que 25 años después se convertiría encuentra que todo ello posee una rima que «le encanta», pero paen una parte importante de la narrativa política en Estados Unidos. ra mí como lector no sucedió así. Y también, por más que Ellis haya Por razones obvias, Bateman se ve obligado a llevar una doble defendido en alguna ocasión que parte del asunto es que Bateman sea vida, y ni siquiera únicamente en términos de sus crímenes, sino que un narrador poco confiable, me pareció que existen huecos narrativos existen varias instancias a lo largo del libro donde no puede decir lo tan implausibles que despojan de cualquier atisbo de verosimilitud que realmente piensa. En ese sentido, vale la pena recordar que una posible a la historia. Bateman asesina varias veces en plena calle, o de las razones más recurrentes para apoyarlo que ofrecían (y ofrecen) los partidarios de Trump es que «dice las cosas como son» o mutila a mujeres a las que introduce a su edificio ante los ojos del que «dice lo que los demás estamos pensando». O, como lo dice portero, que jamás vuelven a ser vistas, o mata a otro prominente el novelista Ben Fountain en Beautiful Country, Burn Again, su refinanciero de quien nunca más se sabe nada, pero como conserva las ciente libro sobre el actual desastre estadounidense: «Un milagro: llaves de su departamento, regresa a cometer más crímenes ahí. Hay ¡el hombre blanco que dice lo que piensa! ¡Libres, libres al fin!». En una escena donde la policía lo tiene arrinconado y él dispara al tanque términos simbólicos, podría pensarse que el encumbramiento polítide gasolina y hace volar la patrulla por los aires en medio Manhattan, co de Trump representa la improbable culminación de una particular que fácilmente podría formar parte de una mala película de Arnold fantasía de dominación por parte de la élite corporativo-financiera Schwarzenegger.


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Ilustración de Peter Kuper

del país más poderoso del mundo. Ni el mismo Patrick Bateman habría soñado con ver a su máximo héroe convertido en presidente de Estados Unidos. Incluso obviando las torturas a las mujeres, que comprensiblemente fueron el rasgo del libro que más escándalos suscitó, Bateman y los suyos son profundamente misóginos, como Trump, incluso cuando creen estar siendo amables, como al decirle a su secretaria que no se vuelva a vestir de una manera determinada, pues ella «es más hermosa que eso». A lo largo de la historia refieren específicamente que sus conocidas son perras a las que con llevar a un buen restaurante se tendrá complacidas, y uno de los amigos de Bateman en algún momento afirma que «La sutileza no es lo que buscan estas chicas». Un día en una cena discuten en qué consiste una buena personalidad femenina, y otro de ellos dice: «Una buena personalidad consiste en una chica que tenga un cuerpecito bien delineado y que satisfaga todas las demandas sexuales sin ser demasiado zorra y que básicamente mantenga cerrado el puto hocico». Entre esto y el presidente que considera que puede «agarrar a las mujeres de la vagina» por ser una celebridad, o que se mofaba del físico de candidatas rivales, que hacía una alusión a que una periodista que lo increpaba en un debate tenía sangre que salía de quién sabe dónde o la larga lista de etcéteras que demuestran la misoginia de Trump, no hay distancia alguna. Así que podemos pasar al asunto de la xenofobia. No es ningún secreto que quizá la principal baza electoral de Trump, así como uno de los ejes de su gobierno, al menos desde el punto de vista retórico, ha sido el discurso antiinmigrante, resumido en el grito de guerra de sus mítines (Build that wall!) y en su visión de que los migrantes son

violadores, asesinos, o gente proveniente de «países de mierda», lamentándose de que no puedan mejor recibir a más noruegos en Estados Unidos. Por su parte, Bateman declara desde el comienzo que hace falta «controlar el influjo de inmigrantes ilegales». «Puto iraní», piensa cuando un vendedor de periódicos le señala que tiene sangre en la nariz y desprecia la «máscara sin expresión del rostro pesado y estúpido» del portero de origen hispánico con quien no logra comunicarse. Como sucede con Trump, ni siquiera es meramente una cuestión instintiva o visceral, sino razonada, respaldada con argumentos provenientes de la particular forma de ver el mundo que poseen. En una cena con su secretaria (de quien cada vez que hace mención recuerda que está enamorada de él), Bateman explica que podría convencerla de lo que él quisiera: «Incluso podría explicar mi postura pro-apartheid y hacerla concordar con las razones por las que ella también debería hacerla suya e invertir grandes cantidades de dinero en corporaciones racistas que…». Otro de los elementos más significativos del ascenso de Trump a la presidencia ha sido el auge del supremacismo blanco, incluida su negativa a distanciarse de un antiguo líder del kkk como David Duke, o su aseveración de que en los grupos neo-nazis existe gente muy valiosa. Asimismo, a lo largo de los años Trump se ha referido en numerosas ocasiones a los genes superiores que porta, y en algún discurso de campaña achacó a ellos lo que considera su gran inteligencia. En uno de los escasos momentos de American Psycho en los que Bateman muestra un lado vulnerable es cuando come con su antigua novia Bethany (a quien después descuartizará por el hecho de que su actual novio es un afamado chef ), y le lleva el siguiente poema de su autoría escrito a mano en un papel, como detalle romántico: The poor nigger on the wall Look at him Look at the poor nigger Look at the poor nigger on the wall Fuck him Fuck the nigger on the wall Black man is debil.

La comparación entre la cosmovisión de los dos personajes podría extenderse casi hasta el infinito, y no sólo en cuanto a la adoración del dinero, la apariencia, el poder y la fama, sino, por ejemplo en el desprecio a la comunidad lgbtq, los indigentes (losers) u otro tipo de minorías. Y aunque esto ya es adentrarse más hondamente en el terreno de la especulación psicológica, probablemente Ellis también acertó en cuanto al profundo sentimiento de inferioridad que se encuentra encubierto por la monstruosa máscara de sadismo que termina definiendo a este prototipo de personaje. En otro de los escasos momentos introspectivos de Bateman, reflexiona en silencio: Mientras estoy orinando en el baño de hombres, me quedo viendo una pequeña grieta con forma de telaraña sobre la palanca del mingitorio y pienso que si desapareciera en esa grieta, digamos que de alguna manera me volviera miniatura y me adentrara en ella, lo más probable es que nadie notaría que me he esfumado. A… nadie… le… importaría. De hecho, algunas personas, si notaran mi ausencia, quizá experimentarían una extraña e indescriptible sensación de alivio.

Y es que desde que Trump era candidato se ha referido una y otra vez a la sensación de que nadie respeta a Estados Unidos, que se han


convertido en el hazmerreír del mundo, que numerosos países se han aprovechado de la debilidad y candidez de sus gobernantes, de forma que es su misión restituir ese honor perdido, devolver las cosas a su estado natural, donde el mundo entero reconozca y se arrodille frente a la supremacía americana, si es necesario a través del poderío militar (America first!). Desde esa lógica, es perfectamente natural que Trump sea el héroe de Patrick Bateman, pues en verdad representa todo aquello que él busca desesperadamente ser. La inmensa

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diferencia entre ambos es que si bien Bateman no pasa de ser una caricatura grotesca que ni siquiera cumple con algunos de los requisitos esenciales para contar con la profundidad y complejidad que esperamos de los personajes memorables de la ficción, Trump fue electo presidente con más de 50 millones de votos, y ahora cada vez más gente está dispuesta a reconocer que no es un hecho absolutamente implausible pensar que dentro de un par de años, los votantes estadounidenses le confieran un segundo mandato. •


¿Las tribus

realmente regresan? Peter Sloterdijk

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os globalistas se equivocan: no son las ideologías grupales* sino el aislamiento lo que fomenta nuevas modalidades del autoritarismo. Un par de anotaciones en torno a un discurso recientemente adoptado.

¿Está resurgiendo en verdad una noción de tribu? O, ¿no es acaso el tribalismo algo tan antiguo como fundamental para el ser humano? Y si tal postulado fuera correcto, entonces, la pretensión de una humanidad común y universal estaría efectivamente en contradicción con el mero hecho de que individuos distintos pertenecen a distintas culturas.

Recientemente se habla bastante de la aparición de comportamientos gregarios en las sociedades modernas. Los universalistas y los globalistas, los cuales se veían en la necesidad de acordar a la noción de humanidad un trasfondo común, una cierta afinidad subyacente, ahora despiertan repentinamente, y no sin horror, de aquel hermoso sueño. Y ya tienen identificados a los culpables: los nacionalistas, los regionalistas, los culturalistas. Sin embargo, ¿está resurgiendo en verdad una noción de tribu? O, ¿no es acaso el tribalismo algo tan antiguo como fundamental para el ser humano? Y si tal postulado fuera correcto, entonces, la pretensión de una humanidad común y universal estaría efectivamente en contradicción con el mero hecho de que individuos distintos pertenecen a distintas culturas. A la par, se va evidenciando también que, en la medida en que el hombre pierde sus puntos de referencia, se vuelve receptivo a nuevos mensajes autoritarios. Lo que es claro, sin duda alguna, es que vivimos en un mundo cuya forma está sincronizándose cada vez más. Esto se puede ver en lo que respecta al movimiento del capital, de bienes, de información y de personas. En todos estos ámbitos es evidente la presencia de una especie de presión moderna hacia una existencia en la simultaneidad. Al mismo tiempo, también es cierto que los miembros de distintas civilizaciones hacen uso de distintas narraciones a través de las cuales significan su situación en el mundo actual. Hasta el punto de que algunas culturas utilicen distintos calendarios; si no, sería ingenuo creer que todo el mundo vive «gregorizado» simplemente porque nosotros, en Occidente, usamos dicho calendario. Los días festivos de la iglesia de Europa del Este son determinados a partir del calendario juliano, el cual conlleva un retraso de trece días. O consideremos las cronologías judías o árabes, las cuales no

comienzan a partir de nacimiento de Cristo; así, hoy estamos en el año judío 5778 (empezando desde la Creación), el año islámico 1439 (empezando con el peregrinaje de Mahoma de la Meca a Medina). Además, grandes países como China o Irán poseen sus propias concepciones de calendarios, y no están dispuestos a integrarse a una definición unilateral de un solo tiempo occidental para el mundo entero.

El mundo nunca ha sido uno

Aun cuando en el ámbito de los calendarios hemos identificado un pluralismo complejo, en el ámbito de los relatos locales, de manera crucial, encontramos una irreductible cantidad de estilizaciones de los sucesos globales —y esto no sólo a través de mitologías, a las cuales todas las culturas recurren a un nivel práctico frente a la perplejidad: la necesidad de «dar cuenta de» comienzos en los cuales no había testigos humanos. Igualmente, en lo que concierne a los grandes relatos históricos, en un sentido estricto, todo se debe considerar desde un perspectivismo radical. Es decir, desde el punto de vista de la teoría cultural es plausible que existan tantos relatos como hay lugares capaces de proyectar dichas narraciones. Por esta razón no es correcto decir que el mundo se está fraccionando en incontables grupos, como si en algún momento hubiera estado unificado en un todo incluyente-homogéneo. Lo que hoy sucede en realidad es el desmoronamiento de la hegemonía de los Estados Unidos: solamente dentro de aquella proyección, mitad pragmática, mitad imaginaría, parecía representable la utopía de una occidentalización permeable del mundo. Tales concepciones se confirman como ilusorias por varias razones: por un lado, el liderazgo de eua en Occidente con Trump en la presidencia genera más rechazo que fascinación; por otro lado,

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Europa, entre tanto, permanece en una posición de relativa debilidad política y, finalmente, la resiliencia cultural de ciertas regiones a lo largo y ancho del orbe se consolida como oposición concreta frente a la uniformidad de Occidente —y esto no se reduce exclusivamente a la esfera árabe, Mientras que, por un o la iraní, o la turca, sino que incluye también China, Indonesia, Asia central, África lado, los individuos no y Latino América. La situación global pos- dejan de subrayar cada colonial, de igual modo, ha dado espacio a numerosas manifestaciones de resentimiento vez más su incomparabianti-occidental. lidad, se van volviendo, Sería, pues, un grave error reducir la suma de dichas tendencias a un concepto desdeño- en igual medida, más deso como «neo-tribalismo». Hacerlo sería pendientes de la división manifestar más la perplejidad de un univerlaboral, de la economía salismo impotente, en lugar de mostrar una El malestar frente a la fuerza centrífuga, esdisposición para discutir el hecho de que financiera, de los servita especie de presión moderna, que ya abarca existe una pluralidad y una multipolaridad cios de comunicación y también la vida social contemporánea, no yace en dichas tendencias. en el supuestamente reciente tribalismo, sino de una participación en en otra parte. Al panorama de la modernidad Culturas divididas los flujos de información le pertenecen efectivamente tendencias hacia En lo que respecta a la dimensión cultural una individualizacion creciente, a la cual, le del problema, no yace simplemente en un más allá de sus alrededo- corresponde, a su vez, el aumento constante pluralismo étnico que se refleja en los rela- res inmediatos. de una cierta conectividad. Mientras que, por tos locales, incluso si a estos se les denomina un lado, los individuos no dejan de subrayar como nacionalistas o nativistas; sino que, más bien, es algo que se va cada vez más su incomparabilidad, se van volviendo, en igual medida, mostrando cada vez más y más en una profunda asimetría que no más dependientes de la división laboral, de la economía financiera, deja de crecer al interior de cada cultura: un abismo entre el pasado de los servicios de comunicación y de una participación en los flujos y el futuro. Se podría hasta hablar de una colisión inmanente entre de información más allá de sus alrededores inmediatos. Thom Mayne el futurismo y el tradicionalismo. Misma que acontece tanto en los describió tal situación desde una perspectiva de la teoría de la arquiespacios limítrofes que delimitan cada cultura, como, asimismo, dentectura a través de la fórmula «aislamiento conectado» (Connected tro de las culturas mismas. isolation). Algunos afirman que tal especie de presión hacia la modernización no es más que el único destino posible para las culturas hoy en El gran aislamiento día. Sin embargo, no todos los destinos siguen el mismo trayecto. La lúcida expresión se puede reconocer fácilmente en el tipo de viDesde un punto de vista macrohistórico, todas las culturas deben vienda predominante de la sociedad contemporánea: según cifras tener presente que existen dos dificultades generales: por una parte, de estudios demográficos, entre un 50 y un 60 % de los habitantes el hecho de que la tierra es un ecosistema planetario finito y que la pode las metrópolis occidentales viven solos, sea en estudios, como los lítica ecológica únicamente lo puede considerar así; y, por otra parte, que proliferaban en la década de 1920, sea en departamentos de varias comprender que, la transición del tradicionalismo hacia el futurismo habitaciones, del tipo que fuera concebido para pequeñas familias. es inevitable y está sucediendo en todas partes. Lo que significa que Una mayoría significativa de tales singles no hace más que reiterar muchas culturas deben entender que miran hacia pasados en su maque se conciben a sí mismos como suficientemente integrados en lo yor parte perdidos, y dependen, de tal manera, por la mayor parte, referente a lo social, hasta el punto incluso de enfatizar las ventajas de de formas de futuros comunes. su modus vivendi: como ningún otro, concede, de manera simultánea, De esto surge un situacionalismo global, uno en el cual la única la ventaja de una cercanía elegida libremente, junto con el confort tierra como ubicación colectiva de todas las culturas ocupa el prosde la distancia. cenio. Los relatos locales son obligados, cada vez más, a coordinar Frente a este conjunto de hechos podemos reconocer uno de los los horizontes idiocrónicos de sus construcciones históricas con el aspectos de este fenómeno del tribalismo, al que los críticos de la horizonte sincrónico virtual de un único tiempo global. Tanto mejor condición moderna no le adjudican más que un rol secundario. La cuando, de tales exigencias, surgen modelos multiperspectivos de una antropología histórica nos remite al hecho de que, al inicio de los historia universal. tiempos, la evolución del homo sapiens debió haber tenido lugar en pequeños grupos, los cuales identificamos incidentalmente como hordas —o, según se prefiera, como clanes o tribus. El hombre sería, por consiguiente a su diseño antropológico, primero que nada, un ser de grupos pequeños, el cual no se reeducaría sino tardíamente, hasta la era temprana de los pueblos y los reyes, volviéndose hasta entonces capaz de coexistir, en relaciones y lazos sociales que incrementarían paulatinamente. En este respecto, los vestigios escritos y los sistemas visuales de civilizaciones antiguas en su estado avanzado nos aportan lo esencial.


Es en el helenismo tardío donde surge el concepto de «cosmópolis», una audaz equiparación entre la ciudad y el universo. Los habitantes de esta inmensidad imaginaria se autodenominaron cosmopolitas. La concepción de una ciudad en el universo se nutría y orientaba de las experiencias de comerciantes, de marineros, de oficiales y de intelectuales viajeros. Su interés común se apuntaba hacia una doctrina que predicaba un poder-vivir-en-cualquier-lugar. La cual, a su vez, implicaba un «humanismo» como el arte de volverse a sí mismo el extranjero amigo: quien por doquier está en casa, por doquier está en exilio. El «humanismo» como tribalismo fungía desde esta perspectiva para los enviados al extranjero. Desde esta posición, el mundo está lleno de amigos, amigos a los cuales no hemos conocido aún. Ya el antiguo humanismo, empero, era prudente en este respecto, puesto que, justo quien no está en casa, tiende a reconstruir un remplazo de aquel entorno primario a partir de grupos pequeños, a menos que eligiera la forma de vida ascética del ermita, la cual se sirve de una asocialidad sagrada como excusa.

El giro autoritario

Desde este punto de vista se vuelve evidente que las formas de vida individualistas del presente inevitablemente van de la mano con una considerable conectividad en el ámbito de la telecomunicación —si no, tanto el éxito rotundo de la dimensión técnica de una telefonía ampliamente propagada, como también el desbordado flujo de las redes sociales, no podrían explicarse. Una buena parte de la energía vital de un individuo en las redes de los «aislamientos conectados» fluye hacia la construcción de «tribus», de conjuntos informales elegidos por mano propia constituidos de amistades, de conocidos y de miembros de alguna asociación local, sea a través de medios postales o de medios de telecomunicación. Esto les permite a los habitantes

57 de espacios solitarios romper con el aislamiento idiocrónico de sus departamentos, para poder así formar parte del tiempo colectivo de las redes sociales, un tiempo habitado por contemporáneos. El problema no son tales construcciones voluntarias de «tribus», sino, al contrario: donde faltan dichas «tribus» espontáneas se originan situaciones problemáticas política y socialmente hablando. Es a causa de tales vacíos que los individuos desorientados, sin pertenencia alguna, son atraídos por grandes movimientos que les prometen una suerte de tierra natal en el ejercicio de un compromiso abstracto. Los análisis clásicos del fenómeno del totalitarismo revelan que son los aislados, los que no tienen relaciones estrechas, quienes se encuentran en la situación peligrosa de ser fácilmente seducidos por planteamientos autoritarios y por figuras líderes. Donde se suspenden las instancias intermediarias de relaciones sociales —llamémosles simplemente las cuasi-tribus espontáneas—, ahí se gesta el peligro de que individuos perdidos se identifiquen con ideologías de hechura nacionalista, pseudo-comunitaria y sectaria. • Traducción de David Luna Velasco

* Stammesdenken se traduce aquí como ideología de grupo. El término Stamm, el cual significa tanto tronco o cepa como también raza o tribu, y, de forma extensiva, origen, recorre y constituye una gran parte del texto. Implica tanto una forma de pertenencia racial como territorial. He optado por traducirlo, dependiendo el contexto, como grupo o tribu, mientras que en sus acepciones como adjetivo he optado por gregario o grupal, según la situación. (N. del T.)


REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO

FIL GUADALAJARA 2018

Lunes 26 de noviembre | 12:00 hrs.

¿Existe el activismo cultural? Nayeli García Sánchez vs. Antonio Ortuño ¡ Búscanos en el stand de la UNAM !


Mis nuevas escrituras, las nuevas escrituras. Mario Bellatin

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ero, luego de lo que te acabo de confesar, taciones, llevadas a cabo muchas veces por los innumerables evangequerido compañero de milicia, debo explicarte que estoy listas que tocan una y otra vez la puerta del salón de belleza convertido convencido, con perdón de Puercoespín y Perezvón, de que el deseo en moridero. Nada que otorgue sentido a la infinita cantidad de al que aspiro por encima de todo es tener un perro saluki, la única muertes absurdas de las que estamos rodeados, vivos habitando sobre raza aceptada como sagrada en el Islam. El los muertos, muertos sobre los vivos, muertos enterrando a sus propios muertos, perro que no es perro sino un Regalo de Estás seguro de eso, de que muertos desenterrando a sus muertos. OjaDios, según el Sagrado Corán. ¿Nos es ajeno acaso el Corán?, te debes estar pregun- ni lo musulmán ni lo preco- lá, lo deseo de todo corazón, que alguna vez tando en este momento. Seguro lo es para lombino es nuestro, a pesar pueda obtener un saluki, como te informé, ti. Tú, un inmigrante como tantos otros, el perro sagrado del Islam. Me preocupa que llevan no sólo sus miserias sino sus de habitar actualmente en tanto la forma de conseguirlo como saber creencias consigo. Luego de haber sido par- un continente poblado de si estoy en condiciones de criarlo. Se trata te de las huestes de Mussolini, estoy seguro de perros delicados, que necesitan un espade que no crees que lo musulmán forme muertos. En un espacio sin cio amplio para correr y desarrollarse de manera adecuada. No creo que el lugar de parte de nuestra cultura, tampoco, obvia- destino definido. En este mente, la teología de los dioses precolommuertos donde habito, donde ya nadie cree país de cadáveres donde binos, cuyas manifestaciones se me en Escritura Sagrada alguna, sea el espacio presentan de manera cotidiana en los alre- acabé no sólo instalánpropicio para verlo crecer. A principios de dedores del salón de belleza devenido en dome para siempre, sino este Ramadán, es decir durante el mes entrante, contaremos con la visita de la sheika Moridero que instalé poco después de llegar donde incluso puse a funFariha, la líder espiritual de la orden sufí a a México. Estás seguro de eso, de que ni lo la que pertenecemos, tanto yo como el jomusulmán ni lo precolombino es nuestro, cionar un salón donde la ven Alí, el ayudante en la mezquita del que a pesar de habitar actualmente en un continente poblado de muertos. En un espacio gente llegaba con la espete hablé, quien está muy entusiasmado con sin destino definido. En este país de cadá- ranza de verse más bella. la posibilidad de ver por primera vez a una veres donde acabé no sólo instalándome Sheika. El joven Alí no la conoce, nunca ha para siempre, sino donde incluso puse a funcionar un salón donde la visto a la Sheika Fariha. Se trata de un novicio que acaba de ingresar gente llegaba con la esperanza de verse más bella. Te podría decir, es a la orden. Sé que precisamente por eso, por ser un principiante, te lo que te gustaría escuchar seguramente, que estoy convencido de eso, causa asombro esa inquietud que sabes siento cuando él se me acerca que no crees en nada que no provenga de la Biblia. Será porque te físicamente más de la cuenta. ¿Crees que sea pertinente contarle acerca de las verdaderas razones de la sheika para realizar esta visita? conozco desde los tiempos en que éramos un par de milicianos. Aunque quizá tengas razón y que igual no nos pertenezca ninguna de las ¿Crees que sea pertinente decirle asimismo que no sólo soy un autor Escrituras Sagradas con las que se rige buena parte de la humanidad. de libros sino portador de las Nuevas Escrituras, que es el tema que Debemos entonces ser humildes, agachar las cabezas y aceptar que deseo tratemos ahora? Debo contarte, querido compañero de milicia, habitamos un continente donde no existe ya más ni la Palabra, ni los que he reunido a un grupo de personas, académicos principalmente, libros tutelares, ni los Códices, ni las intrincadas e inexpugnables para que discutamos, en medio de tanto desconcierto, la posibilidad escrituras atávicas de las civilizaciones del Sur, ni las nuevas interprede la aparición de nuevas escrituras. Una escritura no solo acorde al

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Emiliano Alen Gaspar de la Cruz, Everardo Rodríguez Bello, Felipe Arnulfo Rosas, Giovanni Galindes Guerrero, Israel Caballero Sánchez, Israel Jacinto Lugardo, Jazziel Ramírez Sánchez, Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa, Jonas Trujillo GonzáNingún lenguaje actual lez, Jonathan Maldonado Hernández, Jorge Nava, Jorge Aníbal Cruz Mendoza, está preparado para expre- Álvarez Jorge Antonio Tizapa Legideño, Jorge Luis sar la desgracia de la que González Parral, José Ángel Campos Cansomos víctimas. Las pala- tor, José Ángel Navarrete González, José Eduardo Bartolo Tlatempa, José Luis Luna bras están incapacitadas Torres, Joshvani Guerrero de la Cruz, Julio para dar cuenta de lo que César López Patolzin, Julio César Ramírez Nava, Julio César Velázquez Alonso, Leonel sucede a nuestro alredeCastro Abarca, Luis Ángel Abarca Carrillo, siglo en que habitamos, sino una que dia- dor. De nosotros. Para dar Luis Ángel Francisco Arzola, Los muertos logue de manera armoniosa con la cultura una misma masa. Hoy, como las cuenta de nuestro horror formando que nos precede. Estoy seguro de que la Nuevas Escrituras de las que pretendo hasheika Fariha aparecerá vestida con pren- interno al momento de en- blarte, los saluki son casi imposibles de condas suntuosas. Colgarán abalorios de su frentarnos a los cientos de seg uir. Los huesos de los muertos cuerpo. Me repetirá, al verme entrar en acclandestinos siguen estando presentes a mi titud humilde al centro de oración, el pre- cadáveres anónimos con alrededor. Traspasan cualquier Escritura, sasentimiento ya expresado de que el los que debemos convivir. grada o no. Clásica o contemporánea. Para próximo Ramadán portará un saluki para obtener un saluki generalmente hay que emmí. La vez que me lo dijo aclaró que me lo otorgará el Ramadán y no prender largos viajes a Medio Oriente. Aventurarse en complicadas su persona. No le creí. Entre otros asuntos, porque no puedo imagibúsquedas, infructuosas la mayor parte de las veces, pues un beduino nar cómo el Ramadán, un periodo de abstinencia e iluminación, que del desierto en muy contadas ocasiones se deshace de alguno de sus además consideras ajeno a nuestras costumbres, pueda ofrendar un perros. Sin embargo, ignoro el motivo por el que llegué a confiar de ejemplar de esa naturaleza. Pensé que quizá me estaba informando manera total en la palabra de la sheika Fariha, cuando afirmaba que que yo encontraría alguno perdido en la calle. O es probable que me el próximo Ramadán me traería uno de ellos. Luego de afirmarlo me estuviese sugiriendo que lo podría hallar al lado de mi alfombra de dijo que ya estaba bien de sufrimientos. Que de ahora en adelante el oración, después de mis postraciones matutinas a partir de las cuales Ramadán me traería dicha tras dicha. Comenzaría no con la llegada rezo con dirección a Meca. Las Antiguas y Nuevas Escrituras suelen del perro que no es perro, sino con la aparición de una escritura prohallarse en los lugares más insólitos, diría antes de alejarse de mi perpia. Con un don del que parecen gozar los nómades del desierto. Sin sona. Al levantarme esta mañana, junto a los perros Puercoespín y la ayuda de esos animales, la hambruna y la violencia serían más frePerezvón, le empecé a dar de comer a los internos en el salón, a los cuentes aún, la misma que obliga a ingentes cantidades de personas enfermos que mantengo en este lugar que alguna vez estuvo destinado a la belleza. Esta mañana casi todo se me presentó como fuera de lo real. Pensé que quizá la sheika Fariha haría todo lo posible por conseguirme un ejemplar entre sus conocidos. Suponía que se trataría de un cachorro de saluki y no de un perro adulto. Como muchos deben saber, el saluki es el perro de los beduinos del desierto. Es un can de arena, cazador por excelencia. Un animal que no desentierra muertos con las uñas, como sentenció Mohammed al otorgarle la condición de dádiva divina. Cuando los demás perros intentaron profanar su tumba, los compañeros del Profeta los eliminaron con el filo de sus espadas. La totalidad de los cientos de canes existentes en los alrededores de Meca y Medina quedaron inertes y sangrantes, formando montañas inmensas de cuerpos que hubo necesidad de incinerar, de enterrar en fosas clandestinas, anónimas. Perros que se tuvo la orden de desaparecer para supuestamente arrojar luego las cenizas a las aguas de un río. Carne de perro que fue llevada a los hornos crematorios con los que cuentan los cuarteles militares. Perros asesinados como perros. Por una orden superior, no escrita en ningún libro sagrado ya que la Escritura Actual ha dejado de existir. Abel García Hernández. Abelardo Vázquez Periten. Adán Abrajan de la Cruz. Alexander Mora Venancio. Ambrosio Martínez Rodríguez. Antonio Santana Maestro. Benjamín Acergo Bautista. Benjamín Ascencio Bautista. Carlos Iván Ramírez Villarreal. Carlos Lorenzo Hernández Muñoz. César Manuel González Hernández, Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, Christian Tomas Colon Garnica. Cirino Tejeda Meza, Cutberto Ortiz Ramos. Daniel Gerardo Cantú Morales. Dorian González Parral. Eduardo Ayafredh Gómez, Sebastián Salgado,


a huir de sí mismos a través de desesperados desplazamientos. Como lo sabes, los ágiles salukis son cazadores natos, no como Puercoespín y Perezvón, los perros que nos acompañan desde los tiempos de Mussolini, que están hechos para el pastoreo. Más de un vez, el propio Profeta Mohammed afirmó que un beduino sin un buen saluki a su lado, un tipo de escritura, podía considerarse hombre muerto. En el siguiente Ramadán yo debía olvidar mis preocupaciones frecuentes. No hacer caso excesivo a los huéspedes, a los enfermos a punto de morir que mantengo en el salón de belleza. Dejar que Puercoespín y Perezvon entren y salgan a su libre albedrío. Olvidar en lo posible un viaje que emprendí en cierta ocasión en busca de los restos de un niño asesino, cuyos compañeros de prisión eliminaron luego de ver a su gato muerto en el horno de la cárcel. Me aparece todo el tiempo en la memoria los años en que fuimos milicianos. Las calles regadas de cadáveres luego de los bombardeos finales que acabaron con nuestra ciudad. Olvidar nuestros dedos destrozados en la superficie de un yunque con la intención de hacernos pasar como víctimas y, de esa manera, lograr huir a esos países americanos, cargados de violencia, que nos asignaron como lugar de residencia definitiva. Saber que nuestras madres se entregaban de manera fácil a quien se los propusiera debe ser algo que nos debería ya dejar de preocupar. Dejar atrás el horror que significó no volvernos a ver jamás, a pesar de que me perdonaste haber alimentado más de la cuenta a un soldado extranjero a tus espaldas. No reparar en los cientos de muertos que me rodean, no sólo los cuerpos camino a la desaparición de los huéspedes que mantengo a mi cargo, sino aquellos que habitan las fosas clandestinas que no acaban nunca de desaparecer. Debe consolarme saber que disfrutas más de la cuenta cuando te detienes para comprar las flores y los sándalos y las varitas de hojas de té de limón que ofreces algunas noches, al lado del joven Alí, a los creyentes. Al costado de aquel joven que, mientras el agua hierve, sientas cerca para contarle la experiencia por la que tuviste que atravesar en busca del cadáver de un niño asesino. Tu relato no transcurre en un tiempo definido. Esa agua que se ha puesto al fuego para el té de los fieles parece no hervir jamás. Parecen ser los tiempos necesarios para que aparezcan de la nada una serie de letras que formulen frases que den las respuestas presentes en los Libros Sagrados. En los códices, en los quipus, en ciertos pasajes del Popol Vuh. Ningún lenguaje actual está preparado para expresar la desgracia de la que somos víctimas. Las palabras están incapacitadas para dar cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor. De nosotros. Para dar cuenta de nuestro horror interno al momento de enfrentarnos a los cientos de cadáveres anónimos con los que debemos convivir. ¿Donde están los Muertos conocidos? ¿Dónde los desconocidos? Letras aparecidas de la nada me llevaron a escribir mi primer libro. Las mismas con las que comienza la descripción de un espacio donde aparecen peces atrapados en un acuario, suspendidos en un entorno artificial que poco tiene que ver con el lugar físico donde la pecera se encuentra situada. El acuario estaba colocado so-

bre un muro que dividía en dos el galpón donde duermo. La tienda de peces quedaba a pocas cuadras. En una esquina. En ese entonces mantenía todavía en el galpón algunos peces dorados. Los tradicionales. Peces que daban la impresión de sentirse coautores del libro. En realidad lo fueron. Los peces de colores adquiridos en un negocio situado en una esquina fueron precisamente los que inspiraron la aparición de estos otros peces, muertos todos. El trabajo con esos peces moribundos fue quizá una de las maneras que hallé para escapar de la culpa que me produce tanto escribir como no hacerlo. Aunque sabes que eso es imposible. No puede ser real que alguien como nosotros dos, que apenas si aprendimos a leer y a escribir, experimentemos una culpa como aquella. Porque sabes bien que no hemos recibido ninguna educación. Apenas nos enseñaron las letras básicas y algunos pasajes de la Biblia allí, en el propio regimiento de asesinos al que pertenecíamos. Porque eso era nuestro batallón: un regimiento de asesinos. Sólo ahora, luego del tiempo transcurrido, lo advierto. En ese entonces creíamos que estábamos inmersos en otra dinámica. Quizá la presencia constante de Puercoespín y Perezvon nos llevo a mantener tal certeza. Recuerdo ahora claramente ciertas noches en mi cama, la de mi casa en la Ciudad de México, envuelto en un edredón de plumas, donde experimentaba la engañosa sensación de encontrarme protegido, tanto de mi propia escritura como de las imágenes de matanzas sistemáticas de perros, de figuras de mezquitas tanto de Oriente como de Occidente, de niños asesinando a otros niños en los pueblos de los andes, del altiplano mexicano. Experimentando escenas en las que Dioses precolombinos devoran a otros Dioses, a otros seres humanos, uno tras otro, escenas de Puercoespín y Perezvón yendo a la caza de una paloma que comía los restos que dejaban los viandantes luego de desayunar. Más de una vez he escuchado decir, proveniente de tierras lejanas, menos mal, que yo usaba un garfio en vez de mi mano derecha, que lo utilizaba principalmente como propaganda para vender los libros que iba escribiendo. En momentos así, en los que recuerdo sucesos de ese tipo, me suelen venir a la mente, con una fuerza mayor a la usual, las peripecias que protagonizamos juntos. La vez que acudimos al taller del herrero para que nos fuera dañando los dedos de nuestras manos extendidas. El largo viaje en una pequeña embarcación con el fin de recobrar los restos mortales de un presidiario. Me consuela contar con la presencia de Puercoespín y Perezvón. Que me acompañen ahora que estoy en pleno proceso de recomposición después de sufrir la pérdida imaginaria de un brazo, el cual arrojé a las aguas de un río como se supone fueron desechadas las cenizas de los perros masacrados. Puercoespín y Perezvón velan por alguien que carga todo el tiempo consigo un imaginario de seres deformes, torturados, vendedores de libros a causa del garfio que utilizan en lugar de manos, que se supone son parte de

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mis propias escrituras. Sé que te es difícil imaginar algo así, como a mí me es casi imposible verte convertido en un monje de bajo perfil que siente temor ante la cercanía de un simple novicio, el joven Alí, a quien sentaste a tu lado para contarle acerca de un viaje imaginario, aquel en busca del cadáver de un niño que mataba niños. Supongo que tampoco puedas creer que yo represento la Nuevas Escrituras. Que diga, como si tal cosa, que la Nueva Escritura soy yo. Alguien que intenta, al menos, y eso lo saben bien tanto los peces de los acuarios que mantengo, como Puercoespín y Perezvón, los perros que toda la vida me han acompañado, erigiese como el poseedor de ese don. Una escritura que dé cuenta que las artes son un espacio en constante movimiento, y que me puedan explicar mi razón de ser en la barbarie del mundo. Letras que sean capaces de definirme como autor y como una persona inmersa en la tragedia. No lo sabes, estoy seguro, pero curiosamente los protagonistas de mi último libro se sienten satisfechos con la obra donde se ven representados. Creo que quedan mal librados, pero dan la impresión de no advertirlo. Quizá son bastante ingenuos. Cuando los visité por primera vez vi a la esposa rodeada de perros saluki. Ignoraba que la pareja tuviera afición por esa raza. Para mi sorpresa, la mujer me dijo que yo fui el propulsor de aquel interés. No deja de ser cierto. Desde hace muchos años he sido uno de los encargados de difundir, a pesar de no haber poseído nunca un ejemplar, la historia mística que los acompaña. He divulgado, además, que son animales higiénicos. La mujer me hizo subir al segundo piso. Tuve la precaución de dejar a Puercoespín y a Perezvón atados en la calle, de la misma forma como me suelen esperar durante mis visitas a la mezquita. El marido se encontraba acostado en la cama. Me quedé en el umbral y desde allí lo escuché elogiar no el libro donde aparecen como personajes, sino mi quehacer de escritura en general. Sé que tienes conciencia de que todo lo que te voy

contando es mentira. Que no creo en los Libros Sagrados, ni en los occidentales ni en los propios de la región que habitamos. Que no soy escritor, algo imposible de considerarme, principalmente porque nunca he recibido educación formal alguna. Soy, eso sí, un estilista que decoró un salón situado en una zona marginal con infinidad de peces de colores. Escribo sólo para olvidar, para no recordar entre otros asuntos, los años que vivimos uno al lado del otro sufriendo la derrota bélica más atroz. Para no acordarme de mis falsas visitas a la mezquita. Para dejar en el olvido mi oficio habitual. La mujer de pronto me preguntó por las nuevas noticias que podían portar los saluki. Le contesté que habían encontrado ya el eslabón perdido de esa raza, cuyo gen estaría aún latente y dispuesto a aparecer por generación espontánea en el momento menos pensado. Se supone que ese gen daría como resultado ejemplares del tamaño de un caballo. Vivo esperanzado en que surja por generación espontánea, de la misma forma como anhelo que la famosa Nueva Escritura aparezca en el momento menos pensado. Se trataría, como dije, de un perro de un tamaño mayor al de un caballo. Casi como un camello del desierto. O quizá aparecería como su contrario, minúsculo como lo es un pez de colores. Aquellos que conozco bien, que saben escribir y crear relatos de una belleza impresionante. Un poblador de cierta zona rural me dijo en una ocasión que había sido testigo de la presencia de un ejemplar de saluki gigante, que había crecido y crecido hasta morir cuando, se suponía, no había alcanzado aún su talla máxima. Murió antes de desarrollarse por completo. El poblador añadió que no había sido el primero en nacer en la región, sino que los lugareños siempre mataban a los cachorros en los que preveían, al mirarlos por primera vez, la predisposición a contener un gen semejante. Cuando acabé el relato, el marido ya estaba dormido. Se encontraba boca arriba y tenía mi libro sobre el pecho. Antes de irme de esa casa, la mujer me infor-


trabajo, del cual casi no recuerdo nada, como punto de referencia. Algún texto de T.S Eliot quizá ahora tenga lugar. ¿Lo he mencionado antes en algún espacio? Házmelo recordar, incluso ahora que sé te encuentras abstraído al lado del joven Alí mientras esperan que hierva el agua del té. «He cometido fornicación, fue en otro país y además la mujer ya He desconocido siempre el pero está muerta». Curioso que aparezca en este momento exacto en que momento un fragmento de este orden. En el libro de Eliot no se explican las razones de la ansiedad por escribir: la fornicación, la extranjería ni la muerte de ciega, boba, sin un senti- la mujer. Extranjeras y extrañas a nuestras do definido más que el de culturas como la Santa Biblia y el Sagrado Corán. Como el mismo T. S. Eliot. En ese practicar la escritura por momento se presenta, querido compañero el simple hecho de llevarla de milicia, el momento exacto en que un nimusulmán latinoamericano relata un a cabo, pasó a formar eso ño sueño. Aquel donde va a recibir por parte de mó que preferían a mi obra la del escritor que algunos llaman lo la sheika un perro saluki. También, aunque checo Bohumil Hrabal, quien acababa de literario, lo que de cierta no te lo haya mencionado en su momento, caer de la cornisa de una ventana del asilo una pecera transparente. El libro de los donde estaba recluido por tratar de darle de manera permite que almuertos. Homenajes secretos. Conversaciocomer a un grupo de palomas. Al escuchar guien que escribe pueda nes absurdas con Juan Carlos Onetti, Felisesas palabras tuve la certeza de que es terrible berto Hernández, Marosa di Giorgio. Se ser clasificado, archivado, saber que no hay una forma convencional acumula el viaje con Fowgill a Montevideo, para expresar lo que aparece como un mons- entendido dentro de el epígrafe de mi primer libro, la idea de una truo, una sombra en la vida: la escritura que atrapada en su propio tiempo, la reacierto orden, asunto que ciudad se ha llevado a cabo a lo largo de la existenlidad que retrata José María Arguedas. Un cia. He desconocido siempre el momento acaba por sepultarlo den- monstruo que sólo es posible soportar si no exacto en que la ansiedad por escribir: ciega, tro de una certeza falsa. se le recuerda de manera intensa o si se le boba, sin un sentido definido más que el de deja descansar en una especie de existencia practicar la escritura por el simple hecho de llevarla a cabo, pasó a acuosa. Ahora que tenemos las manos con los dedos destrozados. Yo formar eso que algunos llaman lo literario, lo que de cierta manera en México y tú en Argentina, con la misión de tener todo preparado permite que alguien que escribe pueda ser clasificado, archivado, enlos jueves para la llegada de los fieles de la orden mística de la que tendido dentro de cierto orden, asunto que acaba por sepultarlo denformamos parte. Aunque, como también lo has de saber, tengo el tro de una certeza falsa. Lo cierto es que, como te lo dije estimado deber de escribir. Repudio, ignorancia y necesidad, es lo único que compañero de milicia, yo no cuento con memoria en relación a mi nos queda luego rechazar los Libros Sagrados. Constantes, extremos, propio trabajo. Menos aún con un concepto definido. Creo más bien cambiantes, cuyos opuestos suelen presentarse de manera simultánea. que las escrituras deben existir para ser olvidadas al instante. Aquello, Te imagino llegando puntualmente a la mezquita acompañado de el olvido, quizá sea su razón de ser. Poner en práctica algo así como Puercoespín y de Perezvon. Por eso comprendo que te sea difícil enEl Sello Escritural de la No Memoria. Un ejercicio semejante se pretender cuando te cuento que mi manera de trabajar no es como la de senta más absurdo aún que el afán por recuperar los restos mortales los demás. Mi estudio, aquel donde he inventado la existencia de un de un niño asesino, o de explicar a un joven aspirante a místico assalón decorado con peces, se convierte cada cierto tiempo en un espectos de tu pasado mientras el agua de los fieles está a punto de pacio donde llevo a la práctica un ejercicio vacío. Coloco sobre una hervir. A acciones que llevan el olvido como marca de origen. En ese superficie blanca una palabra detrás de otra. En cambio tú, antiguo orden me gustaría colocar al soldado que alimenté a tus espaldas, la compañero de milicia, llevas a cabo una vida normal, que encuentra tienda donde adquirí los peces de colores para mi salón, la acción de algo cercano a la felicidad cuando se sienta al lado del joven Alí, desde los perros Puercoespín y Perezvón al cazar una paloma. Compañero donde le cuentas acerca del rescate del cuerpo muerto de un niño de milicia, la única manera con la que cuento para darme una idea de asesino mientras hierve el agua del té de los creyentes. Pero debo lo que pueden significar las Nuevas Escrituras es colocando mi propio decirte, mientras sé que piensas en el tiempo que pueden pasar Puercoespín y Perezvon atados a un árbol cercano al centro de oración. Poco se habla en nuestras no escrituras, ni nuevas ni clásicas, acerca de los silencios. El único enmudecimiento importante parece ser el que guardamos tú y yo durante todos estos años, en los que no nos comunicamos en lo más mínimo. Cuando fuimos separados en un puerto de Europa, luego de la caída de nuestro líder Mussolini, hacia destinos diferentes. Me llama también la atención el silencio que guardó la pareja de esposos, la que poseía los salukis, con relación a su aparición en la última obra que he publicado. Deben haberse quedado callados porque no suelo tener control sobre las cosas que voy escribiendo. Desconfío todo el tiempo de las palabras. De la existencia de canes que pueden alcanzar la altura de un camello. Tampoco confío en las palabras de mis hermanos de orden mística cuando

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afirman que viven el paraíso en la tierra. Lo musulmán es sólo un camino por el que debe pasar el sufí, no la meta que debe alcanzar. Un poco como las palabras y las escrituras, un vehículo y no un fin en sí mismos. Musulmanes somos todos, afirman algunos místicos por allí. El sufí Las historias, los personabusca lo místico presente en lo cotidiano. jes, las repeticiones. Todo En lo concreto. Su búsqueda tiene que ir, por obligación, más allá de todos los límites. una falsedad, un pretexto, Entre otras actividades fuera de orden, debo el susurro de Rulfo, la contarte que los sufíes, aparte de dejar arreglado los jueves el centro de oración, lleva- sorpresa de Elizondo, una mos a cabo una serie de prácticas que nos excusa para seguir hacienconducen a caer en un éxtasis tal que nos permite vislumbrar el pasado espiritual que do lo único que debe ser todos nosotros hemos perdido. Es por eso practicado de manera inin- cado por una esclerosis múltiple, quien me contó casi al final de su vida que una de sus que los peores enemigos de los sufíes somos terrumpida: escribir. ¿Qué pesadillas de infancia había sido precisalos propios musulmanes. Los santos, los mente acabar sus días atrapado dentro de su mártires del sufismo, han caído casi siempre pueden ser las Escrituras en las interpretaciones que cada grupo ha Propias del Siglo xxi?, sería propio cuerpo. Ese filósofo, quien me visitaba en el salón de belleza que instalé poco pretendido darle al Corán. No hay más lidespués de llegar a este país, México, plagabros Sagrados. Ni Torás, ni Biblias, ni Co- una pregunta plausible. do de muertos, se llamaba Giuseppe Camranes, ni Códices, ni Popol Vuh, ni extrañas puzano. Las historias, los personajes, las repeticiones. Todo una cuerdas atadas con nudos como forma de comunicación. Algo similar falsedad, un pretexto, el susurro de Rulfo, la sorpresa de Elizondo, a lo que ocurre con las escrituras de todos los tiempos. Sus peores una excusa para seguir haciendo lo único que debe ser practicado de enemigos son precisamente los que ejercen la escritura. Para darte un manera ininterrumpida: escribir. ¿Qué pueden ser las Escrituras Proejemplo, querido compañero de milicia, el santo Mansur Al-Hallaj pias del Siglo xxi?, sería una pregunta plausible. Nada que tenga que fue torturado hasta la muerte por afirmar «Yo Soy la Verdad, Yo Soy ver, entre otras cosas, con la llegada de siglo alguno. Quizá. como lo Dios». De la misma forma como sería ejecutado un escritor de nuesafirmó T. S. Eliot, quizá tenga alguna relación con el hecho de fornitros tiempos que se atreviera a dar una charla pública, rodeado de car en otro país con personas ya muertas. O con esperar que el próxiacadémicos como hoy, titulada Yo Soy las Nuevas Escrituras. Y ya mo Ramadán nos otorgue el saluki de los beduinos del desierto. Que que te encuentras a la distancia, me permito decirte, aquí con Pereznos traiga, tanto a ti como a mí, para desesperación de Puercoespín vón acostado a mi lado y rodeado de decenas de cadáveres. No hay y de Perezvón, el perro que no es perro. Es posible también que cada objetivo. Perdón sí: hacer un libro. Todo no es más que una impospez dorado que nade de manera majestuosa sea la representación de tura. La descripción de los salukis. Nuestro pasado como integrantes la palabra propia. Una palabra que nunca podrá ser plena mientras de los Camisas Negras. El niño asesino del cual debiste hacerte cargo carguemos con los perros que deambulan buscando sepultura por el realizando una improbable travesía a los mares del sur. Puercoespín mundo. Abel García Hernández. Abelardo Vázquez Periten. Adán y Perezvón. La muerte de Bohumil Hrabal. El filósofo travesti, ataAbrajan de la Cruz. Alexander Mora Venancio. Ambrosio Martínez Rodríguez. Antonio Santana Maestro. Benjamín Acergo Bautista. Benjamín Ascencio Bautista. Carlos Iván Ramírez Villarreal. Carlos Lorenzo Hernández Muñoz. César Manuel González Hernández. Christian Alfonso Rodríguez Telumbre. Christian Tomas Colon Garnica. Cirino Tejeda Meza. Cutberto Ortiz Ramos. Daniel Gerardo Cantú Morales. Dorian González Parral. Eduardo Ayafredh Guzmán, Sebastián Salgado. Emiliano Alen Gaspar de la Cruz. Everardo Rodríguez Bello. Felipe Arnulfo Rosas. Giovanni Galindes Guerrero. Israel Caballero Sánchez. Israel Jacinto Lugardo. Jazziel Ramírez Sánchez. Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa. Jonas Trujillo González. Jonathan Maldonado Hernández. Jorge Álvarez Nava. Jorge Aníbal Cruz Mendoza. Jorge Antonio Tizapa Legideño. Jorge Luis González Parral. José Ángel Campos Cantor. José Ángel Navarrete González. José Eduardo Bartolo Tlatempa. José Luis Luna Torres. Joshvani Guerrero de la Cruz. Julio César López Patolzin. Julio César Ramírez Nava. Julio César Velázquez Alonso. Leonel Castro Abarca. Luis Ángel Abarca Carrillo. Luis Ángel Francisco Arzola. Una escritura innombrable, inasible, fugaz, transparente, como se le presenta el paso del tiempo a un derviche mientras se encuentra en pleno trance del giro. La Escritura del Siglo xxi soy yo, puede decir cualquiera que decida tomar de pronto un lápiz y un papel con la intención de colocar un rasgo, una letra, una rúbrica, algo que de cuenta de su acción. De un movimiento que no sea otro, sino simplemente el de dejar estampado sobre una superficie su paso por el mundo. •


Eyvi Grecia Cáceres Eyvi estás ahí mirándome tranquila tu piel tersa de niña brilla a contraluz me esperas esperas la respuesta contada el grito la rebeldía la instancia incómoda la duda al menos. Hija te descubro sola en tus esfuerzos, estás ahí trabajando estudiando con tu 22 frescos como ramaje de eucalipto tu flor es derramada en los medios fotos tuyas circulan se murmura lo que pasó, el terror y la muerte irrumpiendo.   Pero las distancias se abolieron y yo que de ti nada sabía hoy soy tu madre y sueño contigo y me miras incandescente del otro lado del Hades intacta preguntando por mí y las demás mujeres donde están qué hicieron qué esperan para abrazar a sus hijas y arroparlas cada noche.   Qué esperan para salir al umbral de la puerta tratando de descifrar una figura familiar acercándose es ella, la hija, la sobreviviente aquella que partió en la mañana como Eyvi y que vuelve por fin vuelve.  

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Así me mira desde allá esa hija que recién tengo y ya perdí como tantas otras porque no importa tanto el asesino pobre piltrafa sin nombre puesto que el brazo que acciona somos todos todas quienes vieron pasar un día esa sombra esa maldita mentira ese oprobio ese gesto ese insulto esa bajeza ese golpe sin decir nada esa madre que crió a su hijo en la maldita vergüenza de la desigualdad quién le habrá hecho creer que podía no siendo más que polvo al final. Y por eso Eyvi ahí estás con tu mirada de miel reclamando después de la agonía apostada a mi vera al borde de mi conciencia y me apareces de noche brillante como una estrella mientras en mi alma luchan el corazón y la lengua las manos y el pezón reseco porque tu madre fui como otras y se me fue tu mano de la mano y me quedé vacía. 


Where you been?

Por Wenceslao Bruciaga

Un año resentido

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018 fue un año violento, polarizado. Y puritano. Toda esa gente opinando en redes sociales, urgidos de hacerse de una bendición algorítmica, dejar rastro de su mea culpa linchando al que no reconozca su privilegio; la palabra guapa sigue levantando controversias, batos bugas afianzan sus posturas, quienes creen que asociar piropo con acoso es una exageración, y los que cuestionan su estirpe patriarcal solidarizándose con ellas. Ellas por su parte, han ampliado los tópicos del debate a esquinas que nunca había visto, inspeccionando todas las variables de su relación con el cromosoma masculino y sus múltiples representaciones, incluyendo a los homosexuales. Luego vienen los adornos navideños. Soy de los que se deprimen en las navidades. Mi relación con los 31 de diciembre es como de cruda a un estrés postraumático. Hubo un tiempo en que los odiaba, coincidía con las vacaciones de invierno, cuando casi siempre mi madre aprovechaba para visitar a la abuela, tíos y su montón de primas incondicionales de las ofertas Suburbia, armaban pachangas desmedidas en su casa, pero con un par de reglas inquebrantables: podías probar cualquier bocado después de la medianoche, sin excepción (la primera vez que tuve la sensación de tener un infarto fue cuando mi sistema digestivo intentaba procesar un mixiote a las 2:30 de la madrugada), y sólo se programaba cumbia hasta el amanecer y creo era eso lo que más detestaba, no el género colombiano, sino su percepción en aquel punto al extremo norte de Atzcapozalco. Las primas de mi madre salivaban bulleándome con eso de que yo no dominaba el un, dos, tres, cuatro de esos pasos, y hasta el día de hoy no logro distinguir entre rock n’ roll doblado al español y la cumbia propiamente: «¿Cómo puedes permitir que tu hijo crezca con esa maña norteña? Tan seca…», le decían a mi madre. No fal-

taba la tía que a huevo me quería despegar del sillón y ningún adulto, salvo mi jefa, tenía los huevos de defender mi negación a bailar. La mayoría de los padres estaban orgullosos de que sus mocosos se menearan igualito a ellos, sincronizados, pero con la mirada indiferente, como buscando vida más allá de esa alfombrada pista de baile manchada de Don Pedro con coca y colillas de cigarro. Siempre defendí como pude mi derecho a quedarme adherido al sillón, tratando de buscar el botón de forward y adelantar el tiempo hasta tener la edad en las que mis NO contaran a la primera. Sí, sé lo que se siente que no dejen de chingarte cuando escupiste un NO en automático; en mi caso, eran esas mujeres en vestidos de chifón eléctricolas que me acosaban siendo menor de edad. Si fuera 2018, ya las hubiera destrozado con videos fuera de contexto y hashtagazos. Qué fastidioso es que te digan qué hacer, qué pensar, cómo integrarte, y que te hagan muecas por conducirte distinto, hacer lo contrario o tener ideas propias, por muy renegadas que sean éstas. Si algo sucedió a lo largo del 2018, es que fui asediado por varios batos de bigote a lo Freddy Mercury por mi diagnosticada inapetencia a atragantarme de teorías queer, de ser parte de un malévolo plan de reprimir simpatías feministas por mis aventuras sobre el ring del box, pues con ello perpetúo un régimen heteropatriarcal que habría que aniquilar, por el bien de la humanidad, yo incluido. Como si los homosexuales no incendiaran la misoginia utilizando el andar afeminado como una herramienta para sacar la lengua o ridiculizar a otros. La caricaturización de las mujeres en hombres homosexuales bien puede ser un artefacto de doble filo, solidaridad sobreactuada o misogina reprimida o fársica. Si bien comulgo con la idea de que hoy día buena parte de la comunidad gay se adjudica las fullerías aspiracionales del consumismo más vil para con ellas reunir un arsenal de discriminación, algunos detrac-

tores amparados en interpretaciones queer o decolonialistas no terminan de convencerme, pues percibo que si bien sus críticas empiezan con una cordura desafiante, de inmediato se diluyen entre algo que yo percibo como un rencor insustancial, algo así como si los blancos mamados colonialistas no me pelan ni me cogen, me vuelvo decolonialista… El filósofo Max Scheler decía que el resentimiento, en las almas débiles, estaba condenado al arribismo, y pienso en todos esos que le hincan el diente a las teorías queer más con ambiciones usureras que por convicciones humanas. Veo por ahí esperanzas de buscar aliados para lanzar granadas bajo una lógica chapucera, si te nos unes al bufe entendiste, de lo contrario eres un pendejo, colonialista, machista. No entendiste nada. Con muy poca tolerancia al pensamento diferente. O una envilecida noción de ella. No muy distinto a los gays que compran aceptación y estereotipos y que tanto critican. Así como me negaba a bailar cumbia los 31 de diciembre de esa infancia al norte del df, me niego a la conclusión de que las ideas deben ser el eslabón de una conformidad mayoritaria. Si algo me ha enseñado ese deporte tan hipermasculino como el box es valorar la introspección y el destierro donde no hay palmaditas en la espalda, lanzar opiniones con la mirada de frente «Sin esconderse ni huyendo del mensaje, aquí estoy y vete acostumbrándote», como dice John Lydon en sus Memorias sin censura sobre la primera vez que vio a Iggy Pop; desplazarme ante los jabs sin sentido, como manopleo de cangrejo. Y no sentirme culpable por ello. El tono de esos batos que parecen haber descubierto el hilo negro de las postulaciones queer me recordó la insistencia de las primas de mi madre a orillarte a pensar de cierta forma, a bailar el ritmo que según ellos te conviene para no ser desterrado. Curiosamente hace poco bailé una de las cumbias que ponían las primas de mi madre y los pasos me salieron casi perfectos. Estarían orgullosas. • @distorsiongay

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Psycho Killer

Por Carlos Velázquez

Ella se llamaba giardia, ella se llamaba así

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i me para el retén de inspección zoosanitaria no lo paso, me cae. No existe mejor preámbulo para una noche con Nick Cave que una visita a un restaurante de mariscos en Coyoacán. Ostiones a la Rockefeller, aguachile, ceviche, tacos gobernador, quesadillas de cazón y cocteles, como una escena eliminada de Fear & Loathing in Las Vegas, banquetazo dispuesto en una mesa junto a una tina de cervezas. Tragué, bebí, esnifé tentando a la congestión. Y casi muero. Salí de la marisquería sintiéndome don Homerone. Master Ene, el joven Johnston y su servibar nos trepamos a un Uber en dirección a un depa: el punto de reunión para el precopeo antes del concierto. Master Ene enlazó el bluetooth de su celular al coche y a partir de ahí mi felicidad se esfumó como Popper recién aspirado. No sé si fue la ópera a todo volumen con la que Master Ene nos atormentaba —tres décadas de drogadicto y todavía no aprendo que a ciertas personas es mejor no introducirlas a la cocaína—, o la venganza de la clase fifí que finalmente me alcanzaba, pero comencé a sentir al Octavo Pasajero manifestarse dentro de mí. Por qué los dioses nunca me permiten asistir a un concierto sin sobresaltos. Cuando no me tengo que pelear con mis demonios internos o con algún cristiano o con la diarrea o el pasón surge un nuevo enemigo. Cuando llegamos al depa, el apocalipsis había comenzado. Perdí el habla como

el personaje del cuento «El inmortal» de Borges. Me aplasté en una silla y ahí perdí la movilidad. Las pocas energías que tenía las invertía en meterme coca con la esperanza de que el polvo obrara un milagro y combatiera aquel mal del jabalí salvaje que me torturaba. Me dolían los huesos, la cabeza, sentía un cansancio extremo, nerviosismo y punzadas en el ano. Una voz dentro de mí dijo: «I know I’ve made some very poor decisions recently, but I can give you my complete assurance that my work will be back to normal. I’ve still got the greatest enthusiasm and confidence in the mission. And I want to help you. Dave, stop. Stop, will you? Stop, Dave. Will you stop, Dave? Stop, Dave. I’m afraid. I’m afraid, Dave. Dave, my mind is going. I can feel it». En las reuniones nunca faltan las personas que todo lo quieren arreglar con vitacilina, mamisan o pomada de la campana. La Rata era de esas, pero su pokemon era el bicarbonato. Estaba a punto de sufrir estallamiento de vísceras, a punto de pedir un Uber para irme a urgencias, pero aguanta, me dije, no te vas a perder a Nick. Me bebí un menjurje de agua tibia con bicarbonato y limón que preparó la Rata. La inflamación de mi abdomen cedió y nos lancelot al Pepsi Center. Comenzó el show y me solté a sudar como si corriera el maratón Lala. Días después un examen coproparasitológico revelaría que mi aparato digestivo era el hotel cinco estrellas de la giardia lamblia, un parasito que aferra al intestino como limpiaparabrisas de crucero. 2018 había sido un año de comilonas interminables: viaje a Lima, dos veces a Dallas, más toda la fritanga nacional, Sin embargo, venía a caer justo en el lugar más insospechado: el fresísima Coyoacán.

Pese a mi estado, pude disfrutar el concierto. La sintomatología bajó la guardia, al pinche bicho le gustaba la música de los Bad Seeds. Rememoro ese momento y hasta lo imagino en mi interior bailando «Red Right Hand». Era la cuarta vez que veía a Nick, las anteriores fueron dos en el Plaza y una en Barcelona. Y esta fue la mejor de todas. Lo dijo Lee Brackston en Tewitter: «¿Acaso existe artista más grande que Nick Cave en la actualidad?». En «The Weeping Song» Nick se bajó del escenario y se metió entre el público. Pasó a mi lado y me impactó el tono de su piel. ¿Tendría la giardia lamblia también? Parecía que acababa de salirse del féretro. Se trepó a una tarima a mitad del recinto y desde ahí soltó sus sermones de sacristán envenenado de barrio. Es tan escuálido que me daban ganas de invitarle unos tacos. Pinche guardia, qué puteado lo traía. Entonces vino el momento heavy. En «Stagger Lee» confundió el escenario con el metrobús. Trepó a unas 20 o 25 personas y con ellas semejando un coro cantó el resto del setlist. Mi favorita y la de la giardia también fue «Tupelo». Amodorrada, lentorra como una cruda que no se quita con nada. Versión Teotihuacán. En las redes circulaba una foto de Nick con sombrero y mocasines sentado en una pirámide. El cabrón había visitado las ruinas de vestir. Es incapaz de ponerse jeans y tenis. Vampiro 24/7. Casi hasta lo puedo ver antes de salir a escena dándose una capa extra de barniz color Existen conciertos inolvidables. Esos que cinco años después continúas rememorando. Ese fue uno de esos. En estos tiempos en que nadie se quiere ensuciar las manos, como un auténtico punk, Cave se internó entre la multitud para enseñarnos las entrañas. Ese universo que vuelca en sus canciones. Un gesto que ya no tienen las grandes estrellas de rock. Pero Nick no es otra cosa que un espectro. More News From Coyoacán. Cuando salí del Pepsi, la puta giardia volvió a manifestarse. Novia psicópata. •

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ColegioNacional.mx ColegioNal_mx


Calendario de presentaciones 2018 DOMINGO 25 NOV Y por mirarlo todo, nada veía de Margo Glantz Presentan Rosa Beltrán y Mariana H

17:00 HORAS

Salón José Luis Martínez - PA Sexto Piso - UNAM

MARTES 27 NOV

Pistas falsas de Néstor García Canclini

Presentan Mariana H y Eduardo Rabasa

18:00 HORAS

Salón Mariano Azuela - PA Sexto Piso - IVEC

JUEVES 29 NOV

Walt Whitman ya no vive aquí de Eduardo Lago

Homenaje a Raduan Nassar

18:30 HORAS

20:00 HORAS

Presenta Juan Pablo Villalobos

Presenta Julio Patán

Salón B - Área internacional Sexto Piso - Embajada de Brasil

Salón Juan José Arreola - PA Sexto Piso

VIERNES 30 NOV

El nervio principal Breve historia de Daniel del ya merito Saldaña París Edición y prólogo de Presentan Luigi Amara y Rodrigo Márquez Juan Pablo Villalobos Tizano 19:00 HORAS Salón D - Área Internacional Sexto Piso

MIÉRCOLES 28 NOV

17:30 HORAS

Presenta Carlos Velázquez Salón Antonio Alatorre - PA Sexto Piso

El quinto postulado / Dobleces de Luigi Amara Presentan Juan Pablo Villalobos y Xitlálitl Rodríguez

18:00 HORAS

Los caídos de Carlos Manuel Álvarez

Presenta Gabriela Jauregui

19:30 HORAS

Salón B - Área Internacional Sexto Piso

Salón Mariano Azuela - PA Sexto Piso

SÁBADO 1 DIC El paraíso de las ratas de Luigi Amara y Trino

Tsunami

13:00 HORAS

18:00 HORAS

Edición y prólogo de

Gabriela Jauregui

Presenta Diego Petersen

Presentan Verónica Gerber Bicecci y Brenda Lozano

Salón 4 - PB Sexto Piso

Salón Alfredo Plascencia - PA Sexto Piso

La Chora TV con Jis y Trino 19:00 HORAS

Mariano Azuela - PA

DOMINGO 2 DIC El lector a Guerrillas domicilio de Jon Lee de Fabio Morábito Anderson Presenta Carmen Villoro

16:00 HORAS

Salón Mariano Azuela - PA Sexto Piso

Presenta Diego Enrique Osorno

17:00 HORAS

Salón Elías Nandino - PA Sexto Piso - UAS

Visítanos en el stand L1 de la FIL Guadalajara

No eran letras, eran hormigas de Arnoldo Kraus y Alejandro Magallanes Presenta Antonio Helguera

20:00 HORAS

Salón 1 - PB • Sexto Piso

Reporte Sexto Piso No. 50  
Reporte Sexto Piso No. 50  
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