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Reporte Sexto Piso Publicación mensual gratuita • Junio de 2018

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Índice Recomendación de los editores Melancolía y resurrección | 4 Ernesto Kavi

¡Agúzate, que te están velando! | 6 Felipe Rosete

Columnas El costo de la moda | 23 donDani

Glissandos en el laboratorio global | 25

Dossier: La crisis de la democracia |  8 Elecciones y vacío mediático  |  10 Gladys Malasaña

Las fisuras del ethos neoliberal |  11 Luciana Cadahia

Candidatos unidos contra la sodomía: la que quieren los homosexuales   |  12 Wenceslao Bruciaga

¡epa! |  15 Morris Berman

Carmen Pardo

Lecturas

Odunacam | 25

Sabré ser basalto  |  17

Liniers

Psycho Killer  |  29 Carlos Velázquez

Silvia Terrón

1 = 1   | 

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Anne Carson

Fuga en do(s)  |  27 Portada de este número: Peter Kuper

Diego Rabasa

Reporte Sexto Piso, Año 6, Número 44, junio de 2018, es una publicación mensual editada por Editorial Sexto Piso, S. A. de C. V., París #35-A, Colonia Del Carmen, Coyoacán, C. P. 04100, Ciudad de México, Tel. 5689 6381, www.reportesp.mx, informes@sextopiso.com. Editor responsable: Eduardo Rabasa. Equipo editorial: Rebeca Martínez, Diego Rabasa, Felipe Rosete, Ernesto Kavi. Diseño y formación: donDani. Reservas de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2017-071710465800-102. Licitud de Título y Contenido No. 16768, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Impresa en Impresos Vacha, José María Bustillos 59, col. Algarín, cp 06990, Ciudad de México. Este número se terminó de imprimir en junio de 2018 con un tiraje de 3,000 ejemplares. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización del Instituto Nacional del Derecho de Autor.


Recomendación de los editores

Melancolía

y resurrección Ernesto Kavi

n nuestra época, donde dicen que Tinieblas de un verano es las utopías han muerto, que la bata- la novela autobiográfica lla por la transformación del mundo ya no es posible, que la única revolución, el único de Takeshi Kaiko […] La cambio, es el cambio interior, los seres hu- vida del personaje prinmanos, desprovistos de su heroísmo, ya sin armas en las manos ni sueños de absoluto en cipal —que carece de sus corazones, se han visto sumergidos en la nombre— es la historia melancolía. Y esa melancolía parece haberlo invadido todo: la política, el amor, el pen- de la postración y la mesamiento, las obras de arte. Una melancolía lancolía a las que nos ha que conduce a la parálisis, al aislamiento, al vacío, a la fatuidad, o a los espejismos del conducido el fracaso de la años después de estar viajando por el munsueño. ¿Qué nos queda por hacer? ¿Dónde más bella ilusión del siglo do, diez años después de vagar por tierras extrañas, se encuentra con un antiguo amor, encontrar un pasaje en este callejón sin salida? Quizá, cuando ya no queda nada por ex- xx: la transformación del con el amor más importante de su vida. De inmediato, se mudan juntos. Sin embargo, perimentar, cuando todo ha resultado vano, mundo y de la vida. frente a ese acontecimiento que podría mocuando todo combate nos ha conducido a la dificar para siempre su existencia y proporcionarle la fuerza que ya derrota, debemos seguir probando suerte en los lugares de siempre: no posee, él sólo desea seguir durmiendo. en las palabras, en las imágenes y en el amor. Tinieblas de un vera«No tengo deseos ni de demostrar, ni de sorprender, ni de diverno cuenta esta historia, la historia de nuestra derrota y de nuestra tir, ni de persuadir. No estoy de humor, estoy nervioso. Aspiro a un resurrección. descanso absoluto y a una noche continua. No saber nada, no enseTinieblas de un verano es la novela autobiográfica de Takeshi Kaiñar nada, no querer nada, no sentir nada, dormir y dormir, todavía, ko, uno de los mayores escritores japoneses del siglo xx. Pero eso no tal es hoy mi único deseo». Deseo infame y repugnante, pero sincero, importa. Lo que importa es que el relato de la vida de este ser humaescribe Baudelaire en unas notas póstumas que influyeron mucho no, al igual que la vida de todos los hombres, por más banal que sea, en el último Nietzsche. Y es así como podría resumirse la trama del es la alegoría de la historia humana. La vida del personaje principal libro: un hombre que dice no, con su deseo de dormir constantemen—que carece de nombre— es la historia de la postración y la melante. No a la existencia insulsa de cada día. No a la gris cotidianidad. colía a las que nos ha conducido el fracaso de la más bella ilusión del No a la condena de repetir los mismos gestos, siempre en vano. No siglo xx: la transformación del mundo y de la vida. a la ilusoria alegría que se halla en los mínimos instantes y que nos El personaje principal de Tinieblas de un verano, como si fuese una venden como la única alegría posible. No al insustancial carpe diem metáfora de la Historia, sólo quiere dormir. En algún momento, diez

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comprendido como el consumo efímero de seres y de cosas. Es el rostro negativo del Übermensch de Nietzsche. Es el hermano perdido de Bartleby. Es un hombre que rechaza la época y el mundo donde le ha tocado nacer, y los rechaza con la desobediencia a los valores que predominan, es decir, la actividad constante, la productividad ilimitada, la acción sin fatiga. Un hombre que dice no, durmiendo. Y que cree que en la ociosidad está la verdadera vida. Tinieblas de un verano puede leerse entonces como una lección de ética, o como un tratado de desobediencia y de combate —a través de la inacción— contra un sistema político y económico que busca que nosotros mismos asesinemos la vida. En la literatura popular japonesa existe también un personaje que recuerda a ese hombre, Sannen Netaro. Esa tradición narra la historia de un niño a quien sus padres piden insistentemente que se levante de la cama, y trabaje. Él, por única respuesta, duerme. Por eso comienzan a llamarle netaro, «el niño que duerme». Sin embargo, después de dormir durante tres años seguidos, aquel que parecía ser sólo un hombre perezoso, de repente se levanta y construye un canal de riego, y acomete otras obras de gran envergadura. Tal vez este breve cuento popular es la semilla del libro de Kaiko. Porque en Tinieblas de un verano, en cierto momento, la mujer, sin imaginar las repercusiones de lo que hace, lee en voz alta el periódico, lee una noticia donde se afirma que la guerra en Vietnam, que parecía haberse suspendido, se reactivará en poco tiempo. En ese instante, casi por accidente, el hombre que había permanecido dormido durante años, se levanta, las fuerzas vuelven, el entusiasmo lo invade. Decide entonces abandonar a su amante y marcharse. Era eso lo que el hombre había estado esperando desde hace tiempo: la guerra, el combate para la reactivación de la historia, el quebrantamiento de la falsa paz en la que vivía. «Estás acostumbrado a la crueldad, pero no tienes experiencia en el cariño», le dice ella. Y comprendemos entonces que Tinieblas de un verano es también el relato de un Ulises moderno. Un hombre que sale de Japón, una isla, que participa en la guerra de Vietnam, que vaga durante diez años, y que finalmente encuentra al amor que dejó atrás, al abandonar su tierra natal. El Ulises que canta Dante y que dice: «Ni la dulzura del afecto a mi hijo, ni la piedad por mi anciano padre, ni el amor que debía hacer feliz a Penélope pudieron vencer en mí el ansia que sentía de conocer bien el mundo y los vicios y el valor humanos, por lo cual me lancé por el ancho mar abierto» (Inferno, xxvi, 94-100). Hegel, en la Fenomenología del espíritu, afirma que la fatuidad y el aburrimiento que invadían su época eran el «indeterminado presen-

Tinieblas de un verano Takeshi Kaiko Traducción de Gustavo Pita Céspedes Narrativa Sexto Piso 2017 • 272 páginas

timiento de algo ignoto, signos de algo distinto que está en marcha: la estructura del nuevo mundo». Baudelaire, años después, coincidiría en la misma idea. Calificó nuestro tiempo —porque el tiempo de Baudelaire y el nuestro, en muchos aspectos, no son diferentes— como un «oasis de horror en un desierto de aburrimiento». Pero supo también que de los hombres melancólicos, de los hombres atacados por el spleen, por el horror, por la violencia, nacía una fuerza misteriosa y desconocida, un excesivo coraje para ejecutar los actos más absurdos y, muchas veces, los más peligrosos. Los actos que darían forma a la estructura del nuevo mundo. La melancolía no es para Hegel, ni para Baudelaire, ni para Kaiko, un abandono, sino la gestación de una energía desmesurada, la germinación de la fuerza necesaria para construir nuevos dioses y nuevos mundos. El coraje que hace falta para imaginar una salida de nuestro aburrimiento, y de nuestro oasis de horror. Entonces, podemos preguntarnos, ¿qué caminos pueden trazar la literatura y el arte, lugares privilegiados de la melancolía, en la construcción del nuevo mundo? La respuesta está tal vez en ese hombre que duerme y en su despertar imprevisto, en su resurgimiento inesperado, como si la historia se levantara por fin de su largo letargo. Quizá la época de melancolía, de tedio y de horror en la que vivimos, sea la gestación dolorosa de un nuevo tiempo, de la vida y del amor renovados, de un verano incandescente e infinito donde el hombre se habrá liberado de su poder y la mujer de su esclavitud, y será entonces cuando nuestra tierra natal, de la que un día fuimos expulsados, resurgirá de nuestros propios abismos y nos revestirá de la antigua inocencia. Quizá estemos cerca de ese momento, pues el dolor ya es mucho. Quizá pronto nos levantaremos de nuestra melancolía y volveremos a las cumbres donde se halla la paz. Mientras tanto, hay que seguir convocando la resurrección de la historia con las únicas armas verdaderas que poseemos: con las palabras, con las imágenes, con el amor. •

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Recomendación de los editores

¡Agúzate,

que te están velando! Felipe Rosete Tú que decías/ que ya no servía/ oye tú que decías/ que ya no salía/ ahora mismito mi amigo/ yo te vengo a saludar «Sonido bestial», Richie Ray y Bobby Cruz

autonombra la Mona hacia el final de la novela. Así la conocen en los bajos fondos, de donde no se mueve más porque ritmo sólo hay uno: la salsa; porque antes muerta que soportar toda una tarde de aría del Carmen Huerta, mejor conocida como la Modomingo en la casa familiar, con la tina caliente y el desayuno en na, es una niña bien, estudiante del Liceo Benalcázar, cuya la cama; porque la rumba está a veinte pasos y aun acostada la oye. vida acomodada, por decisión propia, dará un giro de ciento ochenta Cada viernes cobra el cheque de sus padres. Cada viernes estropea a grados, haciéndola entrar en un proceso de desclasamiento. Poseída un hombre. «Qué bajo, pero qué rico», se dice a sí misma con total por la música, trunca su destino hacia lo que para muchos sería el convencimiento. infierno, aunque para ella es lo que es: una forma de mantenerse en Escritura bestial, es la de Caicedo. Como el sonido de Richie Ray y medio de lo que más goza: la rumba. Su vida cambia aquel sábado de Bobby Cruz, los salseros neoyorquinos de origen boricua que el 29 de agosto en el que decide dejar su casa para caminar con sus amigos por diciembre de 1969 se presentaron en Cali, para no volver más. El mislas calles de Cali, hasta terminar en la fiesta mo día que Rubén Paces, puestísimo de del Flaco Flores, donde entra en contacto Entre otras consecuencias marihuana y seconales —esas pepas que, con el alcohol, las drogas y el rock and roll. sumando sesenta, habrían de dar muerte Desde ese momento ella sabe que su espíritu de su decisión está la treal escritor— es procreado por la rumba, está dotado para la rumba, y para nada más, pidante narración que nos echado al mundo de entre el universo de así que se encomienda a ella. Se enrolla con cuerpos sudorosos moviéndose en la pista Leopoldo, un gringo afecto a las sustancias, ofrece de su vida desde de baile al ritmo enloquecido de los cueque además de tocar la guitarra tiene un una «perdedera nocturna», ros, los metales, las cuerdas y el piano, para equipo de sonido que hace agua los oídos postre adentrar a la Mona, su novia, en ubicada en la Cuarta con 15, alosla misterios de la hermosa peladita, la de piel de durazno de la salsa y, con ella, enceny cabellos de oro, con los que alumbra la no- que se recoge en ¡Que viva der su espíritu: «eso turbio que se agita che y deslumbra a quienes la miran, que son la música!, la novela del ca- más adentro, las causas primordiales para todos, hombres y mujeres por igual. levantarse a buscar la claridad, el canto». Entre otras consecuencias de su decisión leño Andrés Caicedo, quien, Desde entonces dejará de bailar sola. Moestá la trepidante narración que nos ofrece fiel a su idea de que pasar verá el cuerpo al compás de su pareja, tan de su vida desde una «perdedera nocturrápido, tan bestialmente como la música na», ubicada en la Cuarta con 15, que se re- más de veinticinco años en que endulza sus oídos. Y, por supuesto, coge en ¡Que viva la música!, la novela del la Tierra es una insensatez, con mucho estilo. caleño Andrés Caicedo, quien, fiel a su idea Al poco se aburre de Rubén, de su bilis puso fin a su vida el 4 de de que pasar más de veinticinco años en la negra, de su vómito semanal. En una de las Tierra es una insensatez, puso fin a su vida el marzo de 1977, precisamen- fiestas en que éste funge de dj, esas mismas 4 de marzo de 1977, precisamente el día en te el día en que recibió una en las que roba los discos de los anfitriones que recibió una copia impresa de su libro. Es para crecer su colección, la Mona conoce a curioso, porque si algo tiene la novela es un copia impresa de su libro. Bárbaro, quien le muestra en carne viva la impulso a probar, a experimentar, a bailar, alianza entre el deseo y la muerte, ni más a rumbear, a vivir, en suma. Porque, como él mismo lo consignó en ni menos que al pie de los Farallones, en esas faldas verdes por las que esos carteles que pegó por toda Cali en rechazo al «Sonido Paisa», corre el río Pance. Pero esos novios no valen, ni siquiera en el sexo hecho a la medida de la burguesía, «no se trata de “Sufrir me tocó a —«eso que él tenía y me metía, era mío»—. De quien es novia la fumí en esta vida” sino de “Agúzate, que te están velando”». Y al final, tura Siempreviva es de la rumba, es ella el alma que le da origen, como ciertamente, el velado fue él. la música misma, a la que se entrega por completo. Si, como afirma la No así su genial personaje, que parece decir sí a la vida, siempre narradora, «uno es una trayectoria que erra tratando de recoger las y cuando haya música de por medio. Siempreviva: así es como se migajas de lo que un día fueron nuestras fuerzas», la música es aque-

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Que viva la música Andrés Caicedo Alfaguara 2015 • 240 páginas

llo que nos permite reconocer esos fragmentos de los que nos hemos desprendido, no para recogerlos sino para dejar constancia de que todavía andan por allí, para recobrar el tiempo que hemos perdido. De ahí que sean los músicos los que llevan las riendas del universo, que antes de la existencia de cualquiera haya existido un músico, cuyas canciones habremos de silbar o tararear espontáneamente. Para muchos lectores considerada de culto, esta novela, más que un vitoreo o una ovación, es un pacto con la Música, así, con mayúsculas, en tanto divinidad primigenia: «Música que me conoces, música que me alientas, que me abanicas o me cobijas, el pacto está sellado. Yo soy tu difusión, la que abre las puertas e instala el paso, la que transmite por los valles la noticia de tu unión y tu anormal alegría, la mensajera de los pies ligeros, la que no descansa, la de la misión terrible, recógeme en tus brazos cuando me llegue la hora de las debilidades, escóndeme, encuéntrame refugio hasta que yo me recupere, tráeme ritmos nuevos para mi convalecencia». Es el residuo

de un sacrificio a Dioniso, el dios fragmentado, como la imagen de la Mona frente al espejo roto. Y es también una cita adelantada con la muerte, con la plena consciencia del autor acerca de su destino: «A los diecinueve años no tendrás sino cansancio en la mirada, agotada la capacidad de emoción y disminuida la fuerza de trabajo. Entonces bienvenida sea la dulce muerte fijada de antemano». Y, entrados en la muerte, de nuevo el impulso a la vida, a cierto tipo de vida. No una vida santurrona, comodina, privilegiada, respetable, seria, madura, arrepentida, arribista, envidiosa, que implicaría estar muerto en vida, sino una vida arriesgada, disidente, desafiante, dispendiosa, irreflexiva, contradictoria, insatisfecha, curiosa, soñadora, capaz de escapar de toda etiqueta y todo molde. En palabras de la Mona Siempreviva: «No te detengas ante ningún reto. Que nunca te puedan definir ni encasillar. Nunca permitas que te vuelvan persona mayor, hombre respetable. Nunca te vuelvas una persona seria. Haz de la irreflexión y de la contradicción tu norma de conducta. Ármate de los sueños para no perder la vista. Nunca esperes que lograrás comprensión con el sexo opuesto. Para el odio que te ha infectado el censor, no hay mejor remedio que el asesinato. Para la timidez, la autodestrucción. No accedas al arrepentimiento ni a la envidia ni al arribismo social. Es preferible bajar, desclasarse. Es prudente oír música antes del desayuno. Si te tienta la maldad, sucumbe: terminarán por rodar juntas del mismo brazo. Acostúmbrate a amanecer con los gusanos. Y encuéntrame allí donde todo es gris y no se sufre. Enrúmbate y después derrúmbate. Échale de todo a la olla que producirá la salsa de tu confusión». Así, como si con su muerte Caicedo impulsara a sus lectores a una vida dionisíaca, fuera de la norma. Como si, en virtud del pacto sellado con la deidad mediante su escritura, ésta se hubiese transformado en música, una música poderosa, bestial, ensordecedora que, cual la canción de Richie Ray y Bobby Cruz, se encarga de gritar a las buenas conciencias y a las almas abatidas: «¡Agúzate, que te están velando!». •

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La crisis de la

democracia E

s prácticamente un axioma indudable de los tiempos que vivimos una profunda crisis de la democracia de libre mercado, el régimen político dominante en la mayor parte del mundo occidental. Conforme el régimen neoliberal se ha consolidado tanto a nivel formal como a nivel ideológico, hemos visto una concentración de la riqueza sin precedentes: los 8 hombres más ricos del mundo (que todos sean hombres también es muy significativo) poseen una riqueza equivalente a la mitad de la población mundial, es decir, 3600 millones de personas. En México, esta misma proporción se sostiene para los cuatro individuos más ricos, cuyo patrimonio equivale igualmente al del 50% más pobre de la población. Asimismo, el triunfo de la ideología individualista, que considera que la competencia despiadada es el mejor motor para mover a las sociedades, y que el ser humano es una especie de autómata programado para maximizar su propio beneficio, ha producido un discurso de abierto desprecio a la clase trabajadora («pinche asalariado» es hoy un insulto que se encuentra con bastante frecuencia) y sus tradicionales mecanismos de resistencia, como los sindicatos, conforme nos movemos hacia un modelo que desmantela sistemáticamente la red de protección social que de-

bería garantizar que todo ciudadano pudiera contar al menos con lo indispensable para poder vivir con dignidad. Ante este panorama, ¿qué entendemos realmente por democracia? Si bien el acceso al poder continúa siendo regulado mediante el ritual periódico de las elecciones, parecería que los acuerdos fundamentales, aquellos que producen las sociedades tan violentas, convulsas y desiguales bajo las que vivimos, están decididos en lo esencial. Incluso, de manera un tanto cruel y paradójica, es posible pensar que quizá sean la precariedad y la desigualdad las principales razones por las que contemplamos el ascenso de personajes de extrema derecha como Donald Trump, Mauricio Macri y sus contrapartes en numerosos países europeos, pues capitalizan con gran éxito el miedo y el desamparo a través de discursos cargados de odio, y del viejo pero muy efectivo mecanismo del chivo expiatorio. Con este dossier sobre la crisis de la democracia nos proponemos poner a circular textos que invitan a la reflexión, más allá del fervor electoral y el casi constante obnubilamiento del juicio que produce en los partidarios más ardientes de cualquiera de los bandos. Finalmente, como deja claro el texto de Morris Berman sobre la complicidad del


pueblo americano con las aventuras imperiales de su gobierno, por justificado que sea el repudio que podamos sentir hacia la clase gobernante, a menudo como ciudadanos reproducimos o toleramos aquellos rasgos que encontramos tan execrables cuando los advertimos en quienes nos gobiernan. Precisamente por eso, quizá hoy más que nunca,

adquieren una especial importancia tanto el pensamiento crítico como la imaginación, para procurar pensar paradigmas y modos de vida distintos, que potencialmente nos auxiliarán a salir del infierno en el que nos encontramos actualmente inmersos. • Eduardo Rabasa

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Ilustración de Eréndira Derbez


Elecciones y vacío mediático Gladys Malasaña*

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mí me caga Televisa. También tv Azteca, de hecho mucho más. Pero en una incómoda intención de «defender» a la televisora, me parece que es ignorante y naive creer que es el único medio que manipula, porque en temas políticos y periodísticos todos son tendenciosos. Todos los medios en este país son tendenciosos. Es decir, que el ataque sea siempre «Televisa miente» o el término «televisos» como insulto, me parece una salida fácil en lugar de ejercer un verdadero cuestionamiento del contenido de los medios de comunicación. En una época electoral tan delicada en este país, convertido en un río de sangre, qué digo de sangre, es más que eso, de calcinados, de desaparecidos, de jóvenes disueltos en ácido, de miles de mujeres ultrajadas, de periodistas asesinados, y con un país vecino que se ha lucido en el tema de humillar a los mexicanos, los medios electrónicos han hecho, hacen, todo menos ser objetivos. Se presume que ahora, a diferencia de hace algunas décadas, hay libertad de expresión, pero esa «libertad» está absolutamente condicionada a la línea editorial, regida por intereses comerciales y empresariales , que los grandes, chicos o medianos consorcios mediáticos imponen a sus periodistas. Y todo es una «veleta mediática»: dependiendo de los intereses de las empresas dueñas de los medios y de quién está en el poder, se tira una línea editorial. Si ésta no se sigue por parte de sus periodistas, la opción es fácil: se les despide. El problema entonces es que el mismo periodista es víctima de un criterio editorial comercial. Por lo tanto, su propio criterio queda adormecido y la función de hacer reflexionar a los escuchas, los lectores o televidentes queda también adormecida, ya que será siempre predecible.

Los medios subsisten gracias a sus ventas; patrocinan empresarios, militares, políticos cuyos intereses dependen de lo que se diga de ellos y sus gobiernos en estados, municipios, incluso colonias. Y, por lo mismo, aunque haya una reglamentación con respecto a los tiempos y precios del aire, las televisoras y radiodifusoras no le hacen el feo a una entrevista pagada, a una lana para que sus conductores hablen bien o mal dependiendo de quién es el «chingoncito» con el que quieren quedar bien.

Hay notas a las que se les conocen como «obligadas» o «debes» o «inamovible», «prioridad» que, sin importar la coyuntura del día, ésta sea esta un ataque terrorista, una marcha multitudinaria o un mexicano ganando el Nobel, tienen que entrar sí o sí. La consecuencia de no llevarlas: el despido. ¡Ah! Pero existen las redes sociales. Claro, estas sirven, en términos electorales, para que los candidatos contraten a millones de bots, paleros y provocadores para simular simpatías y discordancias. También, seamos justos, para que la información corra a ritmos más vertiginosos o inmediatos. El paradigma de colocar al periodista en el centro de la nota ha quedado obsoleto. Acaso la simpatía o el rechazo mismo ha hecho que los consumidores de medios no se acerquen a éste o al periodista por el hecho de tener la información, sino por tener la editorial de alguien con quien concuerdan en términos de opinión. Porque tenemos, hay que decirlo, muy poco desarrollado el músculo de la opinión, discrepancia y concordancia de quienes representan a los medios. Tendemos a borreguear, y no en términos de mota sino de opinión, cuando se trata de cuestionar algo . En México los debates no son debates, la propaganda política no cumple con mover a la reflexión, los candidatos no cuentan con las herramientas mediáticas para hacer llegar un mensaje que la gente entienda. Cuando las palabras «prosperidad», «grandeza», «corrupción», «justicia», «futuro» y tantas más, se convierten en parte del paisaje gris y el vacío, pareciera que la herramienta que queda más a la mano es acompañarlas de un jingle pegajoso por el cual se pagan millones de pesos, y nuestros candidatos pusilánimes se conforman con hacer comedia involuntaria y creer que se convierten en «fenómenos mediáticos» sin aceptar, porque lo saben, que ni la camiseta, ni la canción, ni el video actuado, ni las encuestas, ni sus partidos ni sus ex partidos van a poder hacer nada en este país desmembrado, que no halla cómo encontrar la unidad. • * El autor o autora de este texto pidió utilizar un seudónimo para evitar posibles represalias laborales derivadas de su publicación.


Las fisuras del ethos neoliberal Luciana Cadahia

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n los años veinte, José Carlos Mariátegui reflexionaba sobre la importancia de la estética en la política. Esto es, hablaba del papel que juegan la sensibilidad y los afectos en la configuración de todo proyecto político. En una serie de ensayos agrupados bajo el nombre de «El artista y su época» afirmaba que cada tiempo se configura a partir de una ficción, de una mitología sensible que organiza el sentido de las cosas y nos permite imaginar algo así como una idea de futuro. Según Mariátegui, el liberalismo no sería otra cosa que el mito del progreso sobre el que se organiza el sistema de desigualdades en el interior del capitalismo. El secreto de su éxito viene dado por su capacidad para invisibilizarse como mito y anteponer la figura del individuo como propietario de sí: dueño de sus bienes y decisiones como si nada lo determinase desde fuera. O, dicho de otra manera, es en la creencia de que ningún mito organiza nuestra vidas donde la mitología liberal pareciera encontrar su fuerza. Sin embargo, junto a esta ficción, Mariátegui veía nacer dos nuevas mitologías capaces de contrarrestar la hegemonía liberal, a saber: el fascismo y el socialismo. Ambas coincidían en su capacidad para conectar con las fuerzas populares y, a partir de allí, configurar un «espíritu nuevo de época». Es decir, una nueva manera de organizar las relaciones entre los hombres y las cosas. Si bien es verdad que este diagnóstico de Mariátegui responde a una coyuntura muy concreta, asociada con la crisis de representación de la socialdemocracia y el surgimiento del fascismo en Europa y del socialismo en la Unión Soviética, lo cierto es que algo parece reiterarse en nuestro presente. Si prestamos atención a las particularidades del ethos neoliberal —esa metamorfosis del liberalismo de los años veinte y treinta—, éste parece haber llevado a un lugar de mayor sofisticación la cultura

narcisista del individualismo. La figura del emprendedor y las prácticas del autocuidado new age vienen a funcionar como esas técnicas de sujeción con las que asumimos y justificamos las nuevas formas de precarización capitalista. A su vez, el reverso de esa sumisión voluntaria viene dado por una desafección hacia la política, es decir, por la creencia de que la vida de nuestras frágiles repúblicas nada tiene que ver con la vida privada. Más aún, al asumirse el ámbito de la política como un espacio de corrupción e impunidad, se cae en la ilusión de creer que los cambios solamente pueden darse en el orden de lo personal y a partir de nuestras elecciones privadas.

Cada uno de nosotros repetimos el mismo libreto en una estructura neoliberal que predispone nuestra sensibilidad de esa manera. Al igual que sucedía con el liberalismo de principios del siglo xx, la fuerza hegemónica del neoliberalismo consiste en hacernos creer en la postpolítica como única alternativa de vida. Esto es, cuanto más alejados y decepcionados estemos de la política, más contribuiremos a consolidar la hegemonía que nos hace experimentar esa desazón. Pero, al igual que en ese entonces, vemos emerger dos fuerzas mitológicas antagónicas que, bajo el nombre de populismo, parecieran reactivar la dimensión reactiva del fascismo y la dimensión emancipadora del socialismo. Estas dos fuerzas no son sino aquello que advertía Gramsci cuando nos hablaba de la coexistencia contradictoria de fuerzas reactivas y emancipadoras habitando en la cultura popular. Como el rostro de Jano, estas dos direcciones deben ser pensadas en toda su radicalidad. La actitud reactiva del momento populista tiene que ver con la capacidad para delimitar la frontera nosotros/ellos —propia del

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populismo— bajo dos lógicas: abajo-arriba y abajo-abajo, a la vez que habría una secreta complicidad entre ambas. Ese nosotros se configura a partir de una falta que podría ser restituida, una identidad perdida a recuperar. La frontera entre los de abajo es construida mediante un ejercicio claramente inmunitario, puesto que una parte de los sectores populares son identificados como esa anomalía que habría quebrado desde dentro la identidad y dignidad de un pueblo (los inmigrantes, los delicuentes, los activistas políticos, las guerrillas, etc.). Esta identificación entre las insatisfacciones populares y un elemento perturbador a eliminar desde dentro no es sino la reactivación de elementos fascistas que no han dejado de estar presentes en la cultura de los pueblos. Y la retórica reactiva del populismo no sólo apunta a las élites como las responsables de haber permitido —junto con una desconexión cada vez más obscena hacia las necesidades de la ciudadanía— esta descomposición, sino que a su vez promete la recomposición de esta totalidad perdida. La mitología emancipadora del populismo, por el contrario, erosiona la frontera que enfrenta a los de abajo entre sí, reactiva la politicidad que la mitología neoliberal trata de neutralizar y consigue desactivar esta identificación inmunitaria mediante otro tipo de lazo plebeyo: el amor. Sabemos de las grandes limitaciones que hoy tenemos para pensar ese concepto, puesto que si bien es una palabra que no deja de circular, también es cierto que ha perdido su carácter colectivo, replegándose al ámbito de lo privado e individual. Pero no hay que olvidar cuán importante se volvió este término ante la trágica experiencia moderna de la totalidad perdida. Si leemos retrospectivamente el uso dado a esta palabra por pensadores como Hegel, descubrimos que el amor es una manera de lidiar con lo que se opone, puesto que lo otro, lejos de ser asumido como algo a eliminar, es concebido mediante el juego de la conservación y cancelación de sí, esto es, saberse en lo otro de sí. ¿Acaso la pulsión emancipadora del populismo no reactiva ese viejo problema del amor y lo devuelve al ámbito de lo colectivo? Posiblemente sea en la dimensión emancipadora del populismo donde se encuentren las claves para cortocircuitar el ethos neoliberal que organiza nuestras vidas y que nos repliega a la comodidad de la apatía y a la ausencia de mitologías para imaginar un futuro diferente. •

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i ganara El Peje, ¿se acabarían espacios cómo éste?, preguntó el bato, aún agitado, y con ríos de sudor sobre el pecho, los calzones en los tobillos y los labios y las uñas moradas. La tensión que genera lo incierto del futuro inmediato ha logrado entrometerse hasta una orgía gay cualquiera a mitad de la madrugada, en un rincón donde se recobra el aliento después del onanismo exhibicionista y comunitario inevitable en esta clase de bacanales subterráneas, resbaladizos por tanta humedad y restos de fluidos anónimos. Estaba en mi sexclub favorito, una casa de dos plantas amueblaba sin pudores beatos para la promiscuidad gay, con espejos, penumbras, camastros forrados en cuero negro y slings o columpios sado. Aquí la inhibición es tan inútil como cualquier observación de Margarita Zavala sobre la diversidad sexual. Cuando la pregunta ¿por quién vas a votar? reluce en medio de los jadeos, el sudor, la gozosa (para mí) fragancia de ese costoso solvente que son los poppers, los destellos de los videos porno en loop hasta colapsar con la muerte chiquita, te das cuenta de que las próximas elecciones presidenciales no serán una fecha aleatoria en la historia mexicana… Tenemos necesidades similares a las de nuestros pares bugas, al mismo tiempo que los drásticos contrastes son parte de nuestra identificación. Y a pesar de que las nuevas generaciones y sus corrientes deconstructoras insistan en achacar todo a la teoría de la construcción social, huyendo de posturas definitivas mientras organizan fiestas electrónicas con cuartos oscuros incluyentes en donde la lujuria simplemente no fluye con la misma desenfrenada voluntad que cuando sólo hay hombres, sin miradas femeninas, la naturaleza homosexual se alimenta de toda esa sexualidad que los bugas califican de ávida y degenerada, «la fuerza suprema del sexo», como dijera Pasolini. Si la ciudadanía se encuentra hasta la madre de la falta de representatividad, los no pocos hombres homosexuales que alimentamos su conjunto y vibración cívica bien podríamos estar hartos de que nos aposten al final de las demandas del padrón electoral. El dilema de los derechos gays fustigados en tiempos electorales, donde supuestamente la izquierda debería adjudicarse las causas de la diversidad sexual. Pero son días en los que ideologías


Candidatos unidos contra la sodomía:

la que quieren los homosexuales Wenceslao Bruciaga políticas en México se desvanecen en espirales de esquizofrénicas contradicciones, poniendo en duda cualquier propuesta de campaña frente a una ciudadanía agotada de la desconfianza, la apatía de sus gobernantes atados a podridos estigmas de corrupción.

Seamos honestos: los candidatos no son tan adversarios como fingen sus voceros. En el diplomático desprecio hacia la diversidad sexual que bufan cuando el tema se les estampa de repente y en la cara, todos coinciden. Admiten que respetarán lo dictaminado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, pero el close-up al pujido que les brota cuando los jotos salimos en el debate enfoca su incomodidad. Para todos los candidatos el voto que desaprueba la homosexualidad es más valioso que cualquier discurso de tolerancia sexual. Y aunque partidos como el prd y Morena cuentan con Secretarías de Diversidad Sexual en las que se proponen temas relacionados con esta población de cara a las elecciones, y Andrés Manuel López Obrador habla de la población lgbttti sin palidecer tanto, aunque con su testarudez de ponernos a consulta, el optimismo de la representación debería tomarse con optimismo precavido. Cuesta pensar que la labor de estas secretarías y sus alegatos podrán tener flujo cuando han establecido consorcios con partidos en cuyos estatutos la homosexualidad es repudiada: ahí están, el histórico espíritu conservador del Partido Acción Nacional en alianza con el liberalismo descafeinado del Partido de la Revolución Democrática; Morena jactándose de abanderar justas causas izquierdistas mientras aprieta la mano de un partido evangélico como Encuentro Social, orgullosos homofóbicos que apoyan las terapias de vena religiosa que aseguran «curar» la homosexualidad hasta convertirlos en machotes homofóbicos, como sucedió el año pasado con Eduardo Pacheco, candidato a diputado en Saltillo por el pes, o su equivalente por el cargo a gobernador en San Luis Potosí, Arturo Arriaga Macías, quien en 2015 comparó la homosexualidad con el narcotráfico. Del Revolucionario Institucional ya no sorprende su apoyo hampón y

mercenario, basta recordar cómo usó el tema del matrimonio igualitario y la adopción homoparental para sanear la deplorable imagen de la administración de Enrique Peña Nieto que en 2016 besaba el pavimento, y hasta tuvieron el descaro de pintar la fachada de la residencia presidencial de Los Pinos con los colores del arcoíris, desesperados por hacerse de la simpatía de los alegres marginados. Por cierto, varios gays mordieron el anzuelo, desesperados a su vez de sentirse validados por esa doblemoralina hegemonía buga. Tras el escandaloso fracaso del pri en las elecciones municipales de ese año, calificada por muchos analistas como histórica, varios diputados del tricolor culparon de la derrota en las urnas al apoyo homosexual del presidente en una sociedad mexicana no preparada para esas extravagancias. Hasta ahí llegó la inclusión. Traer a cuento a Jaime Rodríguez Calderón «El Bronco» en temas de diversidad sexual sería un despropósito, una pérdida de tiempo. Y Margarita Zavala, como esas tías ladinas y metiches cuya perspectiva de la diversidad es tan reducida como las carpetitas que tejen para decorar la vitrina o las bocinas del multiteatro casero, cuadrada y aburrida y sometida, quizás de manera involuntaria, al fantasma de su esposo, a estas alturas declinó de su candidatura en la contienda presidencial. *** Pero los políticos bugas no son los únicos haciendo gala de personalidad border. De este lado de la banqueta también portamos nuestro particular trastorno de identidad disociativo y anacrónico: basta ver cómo en años recientes, la noción de diferencia, que hasta hace ya varios lustros encabezaba las consignas de la lucha homosexual, ha sido relegada del imaginario común-denominador, priorizando modelos que aspiran a un estado de igualdad ante la ley. El principio es irrebatible. Después no es descabellado preguntarse: ¿iguales según quién o quiénes? ¿Sobre qué estándares se basan los raseros de la igualdad? ¿Quiénes diseñaron esos estándares? Pienso en esos homosexuales que maldicen la promiscuidad a veces imparable, aunque la ejercen a escondidas de sus maridos o sus amistades tolerantes, siempre y cuando no proporcionen demasiada información cuando hablen de su vida sexual. Tampoco es de sorprenderse que los homosexuales acabemos defendiendo instituciones que propician estados de bienestar represivos y aplaudimos como focas cuando los bugas nos dan migajas en las boca. Basta ver las preguntas a los candidatos sobre la diversidad sexual, deberían ser más amplias que una mera anotación de outfit progresista. Se agradece que Carlos Loret de Mola se acuerde de no-

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Ilustración de Eréndira Derbez

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sotros cuando acorrala a los candidatos que van al programa de Tercer Grado con sus preguntas cerradas sobre si están de acuerdo o no con el matrimonio igualitario, aunque no todos aceptamos la sentencia del amor para toda la vida como camino a la estabilidad. Ya entrados en lo liberal, sería bueno que Loret de Mola atravesara el umbral heteronormativo del matrimonio y preguntara a los candidatos sobre políticas de abastecimiento de antiretrovirales en el sector público o sobre estrategias para comprarlos a precios más económicos, si están enterados del prep y su opinión sobre su aplicación como política de salud pública en personas seronegativas, prevención de las its, sobre algún tipo de seguro contra discriminación en los espacios laborales o sobre la creación de plazas laborales para que las personas trans no estén expuestas a empleos informales de alto riesgo, o sobre los protocolos para determinar los asesinatos de odio por homofobia. Hablando de la comunidad trans, (para mí de las más organizadas dentro del espectro lgbttti), qué tanto estarían dispuestos a apoyar tratamientos hormonales y cirugías de reasignación de sexo dentro de un esquema gratuito o, ya entrados en tópicos escabrosos, la regularización de saunas y espacios de esparcimiento de hombres que tienen sexo con hombres, como sucede en otras partes del mundo.

Los putos siempre nos las arreglamos para sacar adelante nuestras calenturas, gobierne quien gobierne: a decir verdad, el submundo gay no ha cambiado gran cosa desde los tiempos de las razzias hasta ahora. Lo único que hacen las apps, en cualquier caso, es reconfigurar el deseo, pero siempre terminamos en lugares como estos… estamos condenados a habitar una realidad paralela irremediablemente ajena a cualquier agenda rosa. ¿Y saben qué? No creo que sea tan malo… Respondí ya recargado, listo para seguir con mi degenere homosexual porque, al final, los gays no podemos deshacernos de ese instinto hormonal y erótico que busca satisfacerse y retroalimentarse a costa de lo que sea y de forma consensuada. Espacios como mi sexclub favorito son la prueba de que los gays pudimos superar el acoso, aun en medio de la discriminación interna no exenta de clichés y dependencia a estereotipos coloniales. El deseo homosexual suele ser patriarcal y excluyente en su punto más álgido, pero tampoco le hace daño a nadie. • Twitter: @distorsiongay


¡EPA! Morris Berman

U

n rasgo característico de los análisis «progresistas» o de izquierda de la política estadounidense es la falta de crítica de la gente que puebla nuestra gran nación. Siempre es válido criticar al gobierno, pero parece haber una cierta mística sobre El Pueblo Americano (epa). Fareed Zakaria ha escrito que pronunciar esta frase es similar a anunciar una visitación divina; cualquier cosa tiene la fuerza de una revelación bíblica si se le asigna a esta entidad mística, omnisciente. Por ejemplo, Noam Chomsky piensa que existe una «brecha democrática» entre esta población (potencialmente) ilustrada y sus malvados amos; que el consentimiento popular ha sido «fabricado»; y que si nosotros (¿quiénes, exactamente?) pudiéramos quitar el vendaje que cubre sus ojos, rechazarían al actual gobierno e instituirían alguna especie de socialismo democrático. Dentro de una óptica más populista en términos generales, Michael Moore parece pensar algo similar: los estadounidenses son gente esencialmente decente y racional, pero han sido guiados por el mal camino. Sin embargo, la evidencia que respalda esta «brecha democrática» es bastante endeble. Es cierto que en algún punto los estadounidenses se opusieron a la guerra de Irak (si es que aún piensan en ella), pero esto sucedió sólo cuando quedó claro que la estábamos perdiendo. Al comienzo, todo el mundo estaba a bordo.

Y las encuestas que supuestamente muestran que, por ejemplo, queremos cobertura sanitaria universal son muy engañosas, porque los resultados dependen por lo general de cómo se plantea la pregunta. «¿Debería tener todo el mundo cobertura sanitaria?». La respuesta será (ha sido) un abrumador sí. «¿Estaría dispuesto a pagar impuestos para costearla?» Bueno, la verdad es que no. «¿Cree en la cobertura sanitaria universal?» ¡Arrgh! ¡Socialismo! ¡Aléjate, Satanás! Creo que entienden a lo que me refiero. En lo personal, me parece que existen límites al argumento del «consenso fabricado», porque creo que epa lo que quiere es, en palabras de Janis Joplin, un Mercedez Benz, y que ésta es su visión de la buena vida. En Las raíces del fracaso americano cité un fragmento del libro de George Walden que tiene un título muy certero: God Won’t Save America: Psychosis of a Nation [Dios no salvará a Estados Unidos: la psicosis de una nación]: «Las particularidades de las naciones, buenas y malas, tienden a reflejar el temperamento y cualidades de sus pueblos. Como señaló Platón: ¿de dónde más podrían salir?».

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Cuando mi editor leyó este pasaje, escribió en los márgenes del manuscrito: «Este es el punto de inflexión del libro». Localizar el problema dentro del «alma» de epa no es un asunto muy popular entre los considerados progresistas, porque una vez que la realidad se admite queda claro que no nos aguarda ningún futuro fabuloso, ni socialista ni populista ni genuinamente democrático. Si fuera simplemente un asunto de eliminar a Reagan o a Bush Jr. o a Obama en favor de un régimen verdaderamente humano, entonces podríamos conservar nuestro optimismo. Pero si el problema consiste en una población de 310 millones de personas que se sientan a soñar con el día en que tendrán un Mercedes Benz, entonces podemos olvidarnos de la visión optimista: epa tiene el gobierno que verdaderamente quiere. Resultó que la «venda» que cubre sus ojos son ¡los propios ojos! Como resultado de lo anterior, incluso las más penetrantes críticas del American Way of Life omiten cualquier examen de epa, o minimizan su complicidad. El historiador de izquierda William Appleman Williams, por ejemplo, escribió en algún momento que en el siglo xix los comerciantes, granjeros y artesanos estaban a bordo del programa imperial-expansionista, pero que realmente no desarrolló el tema porque en ese momento (1961) aún esperaba un Estado democrático socialista. Lo más que se puede hallar sobre el tema son algunas aseveraciones esporádicas, como las que aparecen en el libro de Sheldon Wolin, Democracy Incorporated [Democracia empresarial]. Se trata de un libro sumamente importante, porque examina los engranajes que dieron lugar a «The Matrix», así como la forma en la que opera. Pero su enfoque se dirige principalmente hacia las élites, la clase gobernante, como factor crítico. Sin embargo, si reunimos en un solo sitio sus puntos de vista sobre epa, se forma una imagen más amplia (profunda e inquietante). Permítanme enlistarlos en el orden que aparecen en el libro; veamos qué les parece. • (Cita una frase de George Kennan, de 1947): «El hecho es que existe un ligero dejo totalitario enterrado en algún lugar, de manera muy profunda, en cada uno de nosotros. Tan sólo la alegre luz de la confianza y la seguridad mantienen a este genio maligno bajo control… Si desaparecieran la confianza y la seguridad, tengan por seguro de que estaría a la espera de ocupar su sitio».


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• (Sobre la guerra de Irak): «…apoyar una guerra que es responsable de la muerte de miles de inocentes, que redujo a escombros a una nación que no nos había causado daño alguno, y que endilgó a las generaciones venideras un costoso legado de vergüenza, sin que haya existido un repudio y resistencia masivos». • «La lección de Hobbes y Tocqueville puede reducirse a un breve pero escalofriante dictum: el poder concentrado, ya sea el de un Leviatán, un despotismo benevolente, o un superpoder, es imposible sin el apoyo de una ciudadanía cómplice que voluntariamente se adhiere al pacto, o lo consiente, o presiona el botón del silenciador». • (Sobre la guerra de Irak): «¿Significa la inocencia no estar directamente involucrados en atrocidades como la tortura de prisioneros o el “daño colateral” a desdichados civiles? ¿Es posible que los ciudadanos sean inocentes pero no sus líderes?... Como ciudadanos, ¿somos colaboracionistas? Colaborar es cooperar; tener complicidad significa ser cómplice». • (Sobre la «elección» de Bush en 2000): «…un presidente ilegítimo llegó al poder sin que apenas hubieran señales de descontento». • «Mientras que 83% de los estadounidenses creen en la concepción inmaculada de Jesús, sólo 28% admite creer en la teoría de la evolución». • «¿Qué hace una democracia cuando se comporta como un imperio?... Recordemos que la ciudadanía estadounidense tiene una larga historia de complicidad con las aventuras imperiales de la nación. El impulso imperial no afecta sólo a unos cuantos… Los observadores extranjeros, como Tocqueville (1831), quedaron impresionados por la aparición de un nuevo tipo de ciudadanía: móvil, aventurera, muy competitiva, y a menudo brutal». • (Cita a Al From, fundador del Consejo de Liderazgo Democrático): «En una elección general, el candidato con el mensaje más esperanzador triunfa. La mayoría de los estadounidenses quiere enriquecerse, quiere sacar ventaja, y por eso un mensaje orientado a las oportunidades funciona». • «Por su parte, se espera de los ciudadanos estadounidenses que apoyen el proyecto de imponer la democracia (al resto del mundo), mientras continúen en negación de su propia complicidad en el saqueo de poblaciones y economías extranjeras». • (Sobre la guerra de Irak): «Se atribuye la culpa en exclusiva a la Casa Blanca, y nunca a los ciudadanos por su irreflexivo apoyo de la guerra. Si, por suerte, la guerra se hubiera ganado tan rápido como previó el gobierno… ¿habría dicho algo la democracia? No es solo que la ciudadanía apoyó la guerra del presidente reeligiéndolo; en el año 2000, esa misma ciudadanía contempló inmóvil cómo el equipo de Bush desafiaba al electorado y lograba llegar al poder mediante un golpe… Si bien está justificado echar la culpa a Bush y sus secuaces, es también necesario considerar la culpa, complicidad y apatía de los ciudadanos». • (Sobre la guerra de Irak): «…contemplamos la pérdida de la orientación política de los demócratas, la prensa y los expertos, su incapacidad para cuestionar la salud del sistema político como un

todo. Esa incapacidad se extendió a la mayor parte de la ciudadanía; la enorme mayoría ondeó ocasionalmente una bandera y después, cuando les era posible, hicieron caso al consejo del presidente Bush: “vuelen, consuman, gasten”». • «En 2006, dos años después de exponer la mentira de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, el porcentaje de estadounidenses que seguían creyendo que había tales armas en Irak aumento del 35 al 50%, y una inmensa mayoría creía que había nexos entre Saddam y Al Qaeda, aunque no había ninguna evidencia que así lo indicara». Esto es todo lo que pude hallar en un libro de 300 páginas, pero estas citas bastan para sugerir que Wolin comprende que existen límites en cuanto a la culpa que se puede dirigir contra la clase dirigente. En última instancia, resulta que epa no se encuentra tan alejado en términos de valores o cosmovisión. Al final del libro, Wolin intenta esbozar aquello que sería necesario para recuperar nuestra democracia. Este tipo de predicción optimista es casi obligatoria en el actual mercado literario: epa desea escuchar que existe una solución, incluso si no fuera el caso. De aquí que tras demostrar in extenso que estamos totalmente jodidos, los autores o autoras concluyen su discusión sacándose un conejo de la chistera en el último minuto. A su favor, Wolin tan sólo hace esto a medias, pues es demasiado inteligente como para creer que podemos enderezar la situación. Así que afirma que la recuperación de la democracia depende en primera y última instancia sobre un cambio de epa, «que se sacudiera su pasividad política y adquiriera las características de un demos. Eso significa crearse a sí mismos, adquirir solidez mediante sus propias acciones». Desde luego que jamás se explica cómo habrá de producirse este milagro, y de hecho, dos páginas más adelante Wolin escribe: «Si bien el proyecto de revitalizar a la democracia puede parecerle utópico al lector, requiere de un proyecto paralelo, quizá aún más utópico: alentar y fomentar la existencia de servidores públicos democráticos que puedan servir de contrapeso a la élite». No llegó a escribir «cuando los cerdos vuelen» al final del libro, pero claramente ésa es la implicación.

Así que ahí lo tenemos: epa expuesto como cómplice en todos estos sucesos, y en las acciones de las elites corporativas y militares. En resumen, no hay «brecha democrática»: las élites y epa básicamente comparten la misma visión, y ni la decencia ni la racionalidad desempeñan un papel importante en ninguno de los casos. Ambas entidades han actuado para crear el país que tenemos, los Estados Unidos moribundos, pereciendo por su propia mano. De manera que, como Wolin admite de manera un tanto reticente, cualquier idea de cambio fundamental, de contar con un país distinto, es poco más que una fantasía. • © Morris Berman Traducción de Eduardo Rabasa


I.

Sabré ser basalto

(fragmento)

Quisiera conquistar la primera persona tallando la ilusión de un ser que me contiene, insistencia de árbol joven en la lentitud con que construye su cuerpo abriendo el espacio eligiendo la forma del tronco, la futura resina de sus ramas. Aun anclado en un lugar que no le nombra, tiene mundos por decir. Lo grita por debajo y algo ocurre en la acidez de la tierra, se descolocan corredores de piedra y lombrices, entienden la liviandad de la lucha cuando es ajena, hablan de vanidad vegetal escalando el aire. Lo que no se transmite es la técnica para comprimir el vacío y convertirlo en brote, la presión de cien trenes entrando en la estación, abriendo paso a la savia, la pereza innata en la fotosíntesis, la rebeldía de no querer dar sombra. El árbol sabe quedarse, pero no estar, va contándose historias de lo que ve en la distancia, lugares a varios días de ruta a los que los hombres sólo podemos, diluidos, desplazarnos.

Silvia Terrón

II. Lo animal se esconde al doblar un recodo, piel mojada hecha sombra al secarse. Primitivo elástico subraya tus ojos te muta en su presa. Y tú, que creías en tus días, que pusiste tanto ahínco en pisar cada baldosa ya no sabes. Nada despierta en ti. Bajo la frente, nidos de estaño. Tanto mundo sin puertas ni ventanas se precipita. Ninguna escalera ha llegado tan cerca.

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1=1 Anne Carson

V

isita a otras personas. Antes de que despierten, amanecer, camina al lago escuchando a Bach, el primer ejercicio para clavicordio, el mismo que planea que sea tocado en su funeral algún día, lo ha tenido planeado desde que escuchara por primera vez esta música y, pensando en ello, se le escapan algunas lágrimas. El lago es azotado por el viento y las olas (es un lago grande) hacen lo que las olas hacen, ella nunca sabe si hacia dentro o hacia fuera. Hay un hombre parado en una orilla y un perro grande que nada hacia su encuentro con un palo en el hocico. Esto se repite. El perro no se cansa. Se coloca sobre la cabeza una gorra para nadar, los goggles, entra al agua, que está fría pero no helada. Nada. Olas grandes en una dirección. El perro se ha marchado. Ahora está sola. Siente presión por nadar bien y usar esta agua correctamente. La gente piensa que nadar es sencillo y no requiere esfuerzo. ¡Darse un baño! En realidad, produce mucha ansiedad. Cada agua tiene sus propias reglas y ofrendas. El mal uso es difícil de explicar. Quizá tenga que ver con el lugar común de la lucha por conocer la belleza, por conocer la belleza con exactitud, por colocarse justo en su camino, por estar en el sitio perfecto para escuchar al ruiseñor cantar, ver al novio besar a la novia, registrar el cometa. Toda agua tiene un lugar adecuado para estar, pero ese lugar está en movimiento. Es preciso seguir encontrándolo, seguir haciendo que te encuentre. Su movimiento entra y sale de ese lugar con cada brazada. Puedes fallar con cada brazada. ¿Qué significa eso de fallar? Después de un tiempo, sale pasando por encima de unas piedras, se pone unas sandalias pequeñas, vuelve a entrar al agua. La diferencia es como la que existe entre atisbar algo hermoso y mirarlo fijamente. Ahora puede mezclarse con la corriente del agua y permanecer ahí. Permanece ahí. Es una de las personas más egoístas que jamás ha conocido, piensa en esto mientras nada y también después, en la playa, envuelta en su toalla, temblando de frío. Es un aspecto de su personalidad, difícil modificarlo. Los gestos de generosidad, cuando intenta practicarlos, parecen pasar frente a la vida de los demás como una garra de oso cualquiera, y a menudo empeoran la situación. Y no encuentra satisfacción en compartir, en la benevolencia, en la caridad, ninguna interacción con otra persona le produjo jamás una descarga de vitalidad pura, como cuando se mete al agua en una mañana quieta

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con el mundo vacío en todas las direcciones del cielo. Esa primera zambullida. Cruzando la frontera de la conciencia hacia, ¿hacia qué? Y después la (busca la palabra adecuada) instrucción de balancearse en el agua, los diez mil ajustes de acción vívida, la fusión borrascosa de la mente y el tiempo hasta que ya no se encuentra a kilómetros y kilómetros de su vida, mirándola desarrollarse de maneras distintas, sino que está en ella, como ella, es ella. No es para nada como la meditación —analogía que a menudo se aduce irreflexivamente—, sino más bien algo casi forense, como una aplicación de la atención, aunque al mismo tiempo, en alguna medida, autónoma. Estas modalidades no son mutuamente excluyentes, así que la natación alecciona. Hay un carácter pétreo. El agua es tan diferente del aire como de las piedras, y es preciso hallar el camino a través de sus estructuras, su carácter arcaico, la historia de una entidad sin respuestas para ti, y aun así cómplice en la obstinada intrusión. Ahí no se es persona, y el agua no se interesa por sí misma, a las piedras no les importa si cuentas su historia con hermosura. Tus entrañas, tu vida milagrosamente afortunada, el amor que sientes por tu madre, los símiles meticulosamente elaborados, todo se pierde en el trayecto de profun-


le resulta ajena. Qué sentido tiene que estas dos mañanas existan simultáneamente en el mundo en el que vivimos, teme que si esto se presentara como pregunta no podría ser respondida por la filosofía o por la poesía o por las finanzas o por la superficie o las profundidades de su propia mente. Palabras como «raCada agua tiene sus propias cionalidad» se vuelven, bueno, irrisorias. La racionalidad tiene que ver con asuntos comreglas y ofrendas. El mal puestos —migrantes, nadadores, los egoístas, uso es difícil de explicar. los condenados, los plurales—, pero la existencia y el sentido pertenecen a la singulaQuizá tenga que ver con ridad. Puedes construir una oración acerca el lugar común de la lucha de un asunto compuesto, no puedes pedirle que te devuelva la mirada. Las oraciones son por conocer la belleza, por estratégicas. Te permiten escapar. didad a profundidad, pura, impura, sin Desciende al piso inferior y se sienta en compasión alguna. No hay renuncia al- conocer la belleza con exaclas escaleras de la entrada, esperando que ahí guna en esto (como en la meditación), titud, por colocarse justo haga más fresco. El tráfico rueda por delante. no se busca el desapego, de todas estas En la acera, Chandler dibuja con tizas. Camacosas, de todas las cosas que se pueden en su camino, por estar en rada Chandler, le llama. Él no alza la cabeza. nombrar, el ser se encuentra ausente. El el sitio perfecto para escu¿Qué estás dibujando? Continúa dibujando. significado, ausente. char al ruiseñor cantar, ver Su mirada se dirige hacia delante y hacia den*** tro. Ella le dice camarada porque el verano al novio besar a la novia, que lo conoció estaba leyendo libros rusos y Su visita concluye. De vuelta a casa, los porque le pareció reservado. Fue un error de periódicos, fotos de primera plana de registrar el cometa. Toda juicio. La reserva implica la preocupación por un vagón de tren en Europa atestado agua tiene un lugar adela propia personalidad. Difícilmente se ve a de arriba abajo de víctimas que escaChandler ingresar a una habitación, tan sólo pan de una guerra más al sur, gente a la cuado para estar, pero ese ahí, o salir de una habitación, se escurre que se le niega el paso. Familias y almas lugar está en movimiento. está hacia fuera, pequeña marea personificada, sucias desesperanzadas, apretujadas enadvertida sólo como retracción. tre sí en el aferrarse a la supervivencia, incontables brazos y piernas, Se aproxima a él. Dibuja un árbol de peras. Puede discernir las ojos muy abiertos, encerrados toda la noche en el tren esperando peras que lo pueblan, pequeños globos de tiza de un verdor perfecto, el amanecer, una escena tan contraria a su propio sufrimiento que con detalles amarillo-crema-blancos. Le dan ganas de agacharse y morderlas. Has dado en el clavo, camarada, le dice. Él no responde. Alguna vez sostuvieron una conversación que se extendió durante varios meses, en fragmentos aislados, sobre hongos. Él dijo que lo que había odiado de estar en prisión eran los hongos. Durante varios días, ella se preguntó si se referiría a la comida, pero no tenía sentido pensar que sirvieran hongos en prisión tan a menudo como para que fuera un problema, o si habría tenido una celda húmeda con hongos brotando en las paredes, pero esto, también, parecía extremo, y gradualmente comprendió que se refería a que había podido ver desde su ventana un racimo de hongos, boletus, y que solía ir a buscarlos al bosque con su madre cuando era niño y eso lo entristecía. Como a ella no le gustaban los hongos, no tuvo nada subjetivo que añadir en ese momento, así que le dijo que John Cage era un buscador de hongos, también, que había escrito un libro al respecto, una especie de guía de hongos, que ella podía prestarle. Chandler no respondió. Ella no estaba segura de si leía libros o si sabía quién era John Cage. La conversación es algo precario. Ahora, mientras contempla las muy redondas peras pálidas de tiza, los hongos le vuelven a la mente, y dice: Un día, según recuerdo, John Cage estaba buscando hongos con su madre, y después de una hora o algo así ella se vuelve y le dice: También podemos ir a la tienda y comprar unos de verdad. Silencio de Chandler. Está añadiendo, por aquí y por allá, toques de rojo al despliegue de peras. De pronto se ríe con los cinco dientes. La risa emerge de golpe y se esfuma. Vuelve a dibujar. Muyrápido muyrápido, murmura para sí mismo, y algo que ella no escucha del todo, le pegó a un niño, o suena a algo así. Regresa a la entrada y permanece de pie sobre el escalón inferior. Chandler camina por la acera para marcar un nuevo dibujo, la tiza roja en mano. Será un zorro. Le gustan los zorros al final del día. Ilustración de donDani

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De vuelta en el piso superior, se da cuenta de que está pensando de nuevo sobre la incapacidad para nadar. Puede ser cuantitativa, igual que cualitativa. Imagínate cuántas albercas, estanques, lagos, bahías, corrientes, pedazos de costa nadable hay en el mundo ahora, probablemente la mitad de ellas carentes de nadadores, debido a la noche o a la negligencia. Vacías, quietas, perfectas. Qué desperdicio, qué extravagancia: ¿por qué no hacerse responsable de ello? ¿Por qué no nadar en todas ellas? De una en una o todas a la vez, geográfica o conceptualmente, hacer a un lado al resplandeciente Burt Lancaster, alguien debería utilizar toda esa agua. A través del océano en calma de su mente aparecen flotando algunos refugiados en un bote de plástico improvisado, tan atestado de pasajeros que están acomodados como en capas y se caen por los costados. Ha visto esta foto. Ha leído que hay embarcaciones más grandes que pasan navegando muy cerca, que en ocasiones se detienen a considerar la tragedia y las probabilidades, después siguen su marcha. En ocasiones arrojan botellas de agua o galletas desde las embarcaciones más grandes y después ponen en marcha sus motores. ¿Qué podría ella ofrecer ante la desolación de ese momento, al ver que los barcos vuelven a encender sus motores? ¿Cuál es el precio de la desolación, y quién lo paga? Hay preguntas que no ameritan el signo de interrogación. Pasajeros. Para pasarlos. Para pasar a aceptarlos. Para pasarlos a otros. Para pasarlos por alto. Para pasar la responsabilidad. Para pa-

sar la mantequilla. Para pasar a desmayarse. Para pasar por nuestra recompensa. Está comiendo yogurt cuando llaman a la puerta. No sabía que ese timbre funcionara, dice, limpiándose la boca con la manga conforme avanza hacia la puerta. El camarada Chandler no responde. Señala hacia la calle con un movimiento de cabeza. Bajan. Yogurt en la ceja, le dice por encima del hombro conforme bajan. Ah, dice ella, gracias. El dibujo terminado del zorro está debajo de una farola. Resplandece. Chandler ha usado algún tipo de tiza fosforescente y el zorro, que nada en una luminosa gelatina verdeazul, tiene en el rostro una expresión que escapa a toda posible explicación. Ella se queda mirando el verdeazul. Posee claridad, humedad, frescura, el ensimismamiento de la oscuridad profunda del agua. Dibujaste un lago, le dice, volviéndose hacia él, pero se ha marchado, ahora es de noche, hacia donde quiera que va cuando es absuelto. Se queda de pie un tiempo mirando nadar al zorro, rememorando el día, las imágenes demasiado fuertes, y aun así el alma: cómo experimenta alguna vez paz en la boca, cómo cierra la boca en paz mientras vive. Estar vivo es este entrar y salir. Encontrar, perder, demandar, obsesionarse, mover la cabeza ligeramente más cerca. Intentar nadar sin pensar en lo difícil que parece. Intentar hacer lo que corresponde sin burlarse de nuestra era desconsolada. Burlarse es muy sencillo. Siente una brisa en la frente, el viento nocturno. El zorro nada hacia delante sin salpicar. El zorro no falla. •

El costo de la moda • Por donDani ¿Y si en vez de preguntar cuánto cuesta, preguntáramos cuánto mata?

Traducción de Eduardo Rabasa

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Glissandos en el laboratorio global Por Carmen Pardo

Descolonizando el imaginario En su libro de 2004 Survivre au développement [Sobrevivir al desarrollo], el filósofo y economista Serge Latouche plantea que frente a la globalización entendida como el triunfo del mercado a nivel planetario, es necesario desear y concebir una sociedad que sitúe los valores económicos en su justa medida, es decir como medios para la vida y no como un fin. De este modo se podría cambiar el mundo pero para ello, continúa, es preciso, primero, una descolonización de nuestro imaginario y una des-economización de nuestras mentes. Tirando del hilo de esta descolonización del imaginario nos topamos con que el mismo mundo engendrado por esos valores económicos es proteiforme. Ese mundo adopta, según su conveniencia, distintas formas que trazan la colonización del imaginario, la del deseo y también la de la sensibilidad. Y estas formas se hallan interrelacionadas, dificultando la invención de unas formas de vida que escapen a esa colonización. Un ejemplo lo constituye el modo en el que el mercado del arte se funde y confunde con el mundo de la publicidad en una producción del deseo, de la sensibilidad y del crecimiento económico. Vincular a La Gioconda con las campañas comerciales de una conocida marca de la industria automovilística es moneda corriente en la actualidad. Por ello, una forma de contribuir a la descolonización del imaginario pasa por prácticas artísticas que

ponen en cuestión el orden de las imágenes, sus jerarquías y funciones, haciendo gala de esa potencia creativa que Friedrich Nietzsche concedía al artista y al niño. Jugando con la estela de Marcel Duchamp, como un des-aprendiz del mundo del arte y de los adultos, Patricio Farías (Chile, 1940) construye sus esculturas, objetos e instalaciones. El Grito (2005), que toma como referencia la obra homónima de Edvard Munch, actúa como dispositivo de borrado que contribuye a la liberación del imaginario. La obra consiste en un estuche de madera forrado con tela roja en su interior que contiene dos revólveres que se apuntan mutuamente. En el espacio entre ambos, con sus lados pegados a cada cañón, una esfera de cristal cuyo interior deja ver la célebre imagen de la pintura de Munch. La composición de la pieza parece responder a una puesta en escena teatral, como de un duelo imposible al que le faltan los personajes dispuestos a apretar el gatillo. Los revólveres, siguiendo el dictamen duchampiano, adoptan otra significación en su contacto con la esfera que contiene la fotografía de la pintura de Munch. Lo mismo le ocurre a la obra de Munch que ha sido fotografiada, empequeñecida e introducida en una esfera de cristal que evoca desde las propuestas de Athanasius Kircher (s. xvii), hasta las bolas de nieve que contemplábamos absortos cuando éramos niños. La mirada que de una sola vez contempla el estuche, los revólveres y la esfera con la imagen de El Grito, se exilia del denominado mundo del arte para des-

Odunacam • Por Liniers

bordar ese imaginario que permite aceptar que una de las cuatro versiones que de esta obra realizó el pintor noruego alcanzó, en 2012, el dudoso honor de ser el cuadro más caro del mundo. Más allá de este desbordamiento, la propuesta de Patricio Farías contribuye además a descolonizar un imaginario sonoro que hace de El Grito de Munch uno de los gritos silenciosos más famosos de la historia. Y es que a este grito Farías une los revólveres que apuntan a los oídos tapados de la figura de Munch. Al grito hay que añadir los sonidos de los disparos; los Bam, Bang o Boom, que según el contexto lingüístico acompañan por ejemplo las tiras cómicas. Esos sonidos, como el grito de Munch, no son silenciosos, aunque no se escuchen en las obras. Estas obras las termina un espectador atravesado por un grito y dos disparos que apuntan a que otro imaginario es posible. •

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Fuga en do(s)* Diego Rabasa Paseo. Escucho. Pienso. Siento. Paseo escuchando y siento pensando. Pienso escuchar sintiendo que paseo y también siento escuchar que paseo pensando que paseo. Pienso escuchando mientras siento a los otros pasear mientras escuchan sintiendo y piensan en los otros pasear escuchando. Escucho paseando y pienso que sienten mis pasos pasear los que escuchan pensando qué sienten y me veo sentir que siento a los otros escuchar paseando mientras piensan que escucho sintiendo escuchar sus pasos pasear pensando que piensan.

* Con perdón del grafómano Salvador Elizondo.

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Psycho Killer

Por Carlos Velázquez

El Hell & Heaven o la ñoñolandia del metal

Para Vicky Sánchez Gómez y Daniel Sotelo, por la hospitalidad

El aeropuerto de la CdMx parecía una convención anual de imitadores de Amanda Miguel. Una horda de metaleros, de negro, greñudos y con sobrepeso unos, obesidad 3 el resto y obesidad mórbida unos cuantos elegidos, se daban cita en ex Mancera City para el acontecimiento heavy del año: el Hell & Heaven. Yo obedecía al llamado de la bestia. Ahí donde se pare Ozzy, así sea la entrega de premios Furia Musical, estaré yo alabándolo, como Nelson de los Simpson a Andy Williams. La policía no sabe nada de música. La infundada fama del metal desplegó tal operativo de tira alrededor del Foro Sol que me fue imposible ponerme mi tradicional peda en la tiendita ubicada frente a la puerta 5. Campante, como un ostión vivo que no sabe que le lloverá limón, me compré cuatro latones de chela. Apenas abrí uno me cayeron. Son de usted estas cervezas, me preguntó un cuico. No, respondí quitadito de la pena. El puerco vació el latón abierto sobre la jardinera y expropió el resto. Arrancherado, como veterano de las guerras clónicas que soy, compré otra chela en la tienda y la abrí bien bule. Otro poli me la arrebató bajo el pretexto de que no se puede beber en la vía pública y la regó en el piso en mi mera jeta. Era una abierta invitación a desafanarme a la burger boy. Llegar temprano a un concer es un antimanifiesto. Ni a las piñatas de mi hija llego a tiempo. Qué oso. Antes de cruzar el umbral que separaba al mundo de los teletubbis darks del resto de los mortales me topé a Nuestro gg. Caminar junto a las huestes metaleras era como participar de extra en una película del Señor de los anillos. Amenazantes, de botas de cuero, tatuados, perforados. Pero la sensación de peligro se desvaneció cuando nos dimos cuenta de que detrás de la última

inspección no nos aguardaba Mordor sino La casita de las muñequitas. Todo metalero tiene un osito de peluche detrás del corazón de acero. Una estructura de metal formada por contenedores vacíos era un pórtico que abría una especie de parque temático heavy. Una ñoñolandia cualquiera que contaba con tumbonas que proyectaban Star Wars, foodtrucks de lo más fresa, un sacerdote (del mal, ay ternuritas) por si deseabas casarte al estilo Las Vegas. Oh my gosh, a dónde vine a caer, me preguntaba. Me sentía más fuera de lugar que en las fiestas temáticas infantiles de unicornio a las que tengo que llevar a güebo a mi hija. Esas milfs me resultan más amenazantes que cualquier fan de Gojira. Pero lo que más me azoró es que no veía a nadie drogándose. Afuera la policía había desplegado tal operativo, aguardaban una orgía de sangre y destrucción, y lo único que observabas era a nerds con su playera de Brujería comer helado. Saqué mi bolsita de Coppertone, coca sabor coco, y me di un baisazo. Me sentí tan juzgado. Pero es que la gente no sabe a qué se va a los festivales. A ponerse hasta el cutis, doña Flor. Es el espacio autorizado para que las drogas emerjan. Es como si te permitieran manejar borracho. Nuestro gg y yo, bien puestos de protector solar, nos acercamos a ver a Marilyn Manson. Nos compramos una chela y nuestra concepción de la realidad se vino abajo. Sabía culerísimo y estaba más caliente que la miada que despierta a tu abuelita a la hora del diablo (3 a.m.). Pinches festivales de música. Son el negociazo de las cervecerías. Aprovechan para sacar toda la chela vieja, azorrillada, asoleada, paseada y quemada. Y qué cara. Ahora entienden por qué uno necea en la tiendita, porque adentro insulta la cheve. A mí no me importa pagar cien pesos por dos medias, siempre y cuando estén bien frías y sepan a lo que

deben saber, a cerveza, no a pinche agua estancada de Xochimilco. Marilyn fue un fiasco. Salió al escenario y el sonido era un desastre. Dejémoslo claro, no fallaba. Era una mierda. Y obvio se emputó. Pero, como todos, seguro confió en que las fallas técnicas se solucionarían. Su voz apenas se escuchaba y la guitarra y el bajo se iban y venían. Manson comenzó a tirarle dedo a los miembros del staff pero no pudieron apagar la bronca. Nuestro gg y yo decidimos alejarnos de tan triste espectáculo. Y a la distancia escuchamos que Manson había interrumpido su show a la cuarta rola. Debió hacerlo desde la segunda. No sé qué le dijeron para convencerlo, porque volvió al escenario a seguir haciendo el ridículo. Todavía faltaban varias horas para Ozzy. A mí no se me antojaba otra banda, excepto Judas. Me sentía atrapado en una boda de rancho con estoperoles. Y ni siquiera podía empedarme. No more beer, me prometí. No en el Hell & Heaven. Entonces, a lo lejos, como un oasis, divisé el stand de William Lawson. Y como el sediento del desierto que soy me arrastré hacia él. Recordaba vagamente, lo que la bruma del alcohol de aquel día me había permitido retener, que Herrera, el Rocky Balboa del subdesarrollo, sería el chief del stand. Lo divisé a lo lejos. Refulgía como una visión religiosa. Como la silueta de un San Judas en un comal que no se termina de enfriar. Era la promesa que me sacaría de la banca del aburrimiento. Ponte pedo, invita a tus amigos, pero no hagas desmadre, me advirtió Herrera. Por fin tantos años picando piedra en la literatura rendían frutos. Mi único acompañante era Nuestro gg. Subimos a la planta alta y, oh my gosh, sentí lo mismo que experimenta un nigga hambriento

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cuando a lo lejos ve un letrero de pollo frito Popeyes. Había una barra libre de William Lawson’s, mesas, sillas. La vista daba al escenario True Metal Stage. Podías pedir tu trago o una botella. Que no se dijera que Guillermo no era espléndido. El güachicol te lo servían en una taza verde jumbo. No era como comprar una bebida en un bar, en donde le clavas la mirada al bartendero para que te la sirva cargada. Te hacían unos güiscachos con 250 mililitros, más sus yelocos y su respectiva mineral. El baño no era un vil sanirent. Era una caja de metal en la que había una doñita afuera que limpiaba siempre que alguien salía, para que cuando tú entraras estuviera exento de salpicaduras. Un par y nos damos un rol, le dije a Nuestro gg. Ni madre, contestó, yo de aquí no me muevo. Desde las alturas pude observar con soltura las manadas de orcos desplazarse de un lado a otro. Resultaba igual de atractivo que guachar un documental en el Nat Geo sobre la migración de las aves. El metal, la música satánica, aquella por la cual un par de generaciones de adolescentes le habían declarado la guerra a sus padres, había quedado reducida a cenizas. Eras metalero siempre y cuando pudieras pagar los seis mil pesos del boleto en última fase. No pude evitar pensar en todos esos seguidores de los Ángeles del Infierno de Iztapa, Satélite, Neza, etc., que no pudieron pagar su entrada y que a esa misma hora esnifaban pegamento. Maldito sea tu nombre Hell & Heaven. A las 7:30 de la noche subió Gwar al True Metal Stage. No soy enemigo de los disfraces. A mi hija le compré un traje de diablita en el Halloween pasado. Pero aquello no casaba muy bien con los puños en alto y la señal de cuernitos. Reconozco que hubo un momento chusco. En un punto salió a escena una botarga de Donald Trump a la que le pasaron una motosierra y comenzó a despedir vísceras y sangre de utilería. Me gusta que una banda tenga sentido del humor, pero denostar a Trump es un recurso demasiado fácil para ganarte la ovación del público. Pero con todo, creo que el nivel de honestidad de Gwar supera al de muchas otras bandas, Metallica por ejemplo. A las 8 de la noche nos asaltó una duda. Quedarnos a Overkill o movernos a Me-

Con el Rocky Balboa del subdesarrollo gadeath. No hubo necesidad de lanzar una moneda al aire. Preferimos el baño chingón y el trago gratis que a MegaMuerte. Ya los había visto en otras ocasiones y la verdad es que me inspiraban cero respetabilidad. Pinche Mustain no usa más playeras negras. Su pinche look de botitas picudas y camisa blanca abierta como de mirrey me produce una güeva infinita. Pinche Marco Antonio Solís rasurado. Y aunque sus defensores dicen que los últimos discos de MegaMuerte son buenos, no confío en alguien como él, después de prestarse a la farsa de Metallica y dejarse grabar confesándole a Lars Ulrich que le dolió mucho que lo sacaran de Farsallica. Overkill no es una mala banda, pero tampoco es memorable. Disfruté las cuatro canciones que escuché. A las 9 de la noche salí tambaleándome del stand de Guillermo con cuatro litros de whisky. El coppertone era coca de calidad, pero ya me había tragado como tella y media y por más llavazos que me metía, no se me cortaba. Pero pues a eso iba, ¿no? Cargado con la misma dotación, Nuestro gg abandonó el stand de mala gana. El caso lo ameritaba: Judas Priest en el escenario principal. A esa

hora el nivel de aperramiento igualaba al de un bailongo de Pesado. Pero en verdad nos sentíamos en una expedición hacia el cielo del rock & roll. Sólo para toparnos con un cementerio. El rock ha muerto. Resulta que el ganado estaba seccionado. En la parte de hasta el frente, los de Plus, estaba reservada para la carne Angus, y la parte general para la carne de Soriana. La tristeza me invadió como cuando se te muere un familiar. Había ahí una barrera que nos impedía entrar en comunión. Por qué crear dos secciones. Mejor vender un general más caro que el normal pero más barato que el plus. No entiendo a esa gente que se la pasa presumiendo que ama el rock & roll, que es su vida, pero que a la primera oportunidad quiere jerarquizar como lo hace la sociedad. Se supone que en este tipo de eventos no existen las clases sociales. Pues constaté que no. Que el clasismo también impregna la música de los desclasados. Pese a que estaba bien agüitado porque me trataban a la gente fea de la misma manera que afuera en el mundo traidor, grité, gruñí


y rockée con Halford como un carmelita descalzo en coca. El rock es como el catolicismo, el dogma es el lord. Al terminar Judas vino el momento duro de la noche. Nuestro gg y yo nos separamos. Yo me fui adelante, al plus. Deseaba ver al Príncipe de las Tinieblas lo más cerca posible. El Hell & Heaven era la primera fecha de su gira de despedida. No lo sabemos con certeza, pero es probable que fuera la última vez que pisaba tierra azteca. Tenía tanta droga y alcohol encima que cuando sonó «Bark at the Moon» yo estaba en otro planeta. Mi cerebro no registraba que Ozzy ya había comenzado. Pero los primeros acordes de «Mr. Crowley» me sacaron del trance. Fue como cuando regresas de un portentoso viaje de ácido, que te dices a ti mismo con alivio, ya pasó. Pero en este caso fue para entrar en otro. Más renacido que el pinche DiCaprio me bebí lo que restaba del whisky y crucé las manos en actitud de rezo. Si existe alguien que sea la más perfecta representación del rock, ese es Ozzy Osbourne. Bastaba que te fijaras con atención para que percibieras a un Príncipe de las Tinieblas distinto. Es el Ozzy más lúcido de los últimos años. No lucía la mirada estrábica típica en él. Por el contrario. Qué bien le sentó divorciarse de Sharon. Cantó con madres y se movió por el escenario con una soltura que no corresponde a uno de los tipos que más han abusado de las drogas en la historia de la música. Pinche cia, tanto experimento secreto que hace con tanto cabrón, aquí les va un tip, cuando muera Ozzy agandállenlo para objeto de estudio. Ese es el Superman con el que los cómics siempre han soñado. Zakk Wilde casi le roba el show a su patrón. Se dejó caer la greña. No exagero que verlos juntos en un mismo escenario es uno de los milagros más grandes del rock & roll. No volverá a ocurrir. Qué privilegio guachar a esta dupla hacer garras a la CdMx. Y aunque las fallas en el audio no podían faltar, no aguaron la fiesta. A nadie en el metal le soporto que diga i love you o alguna mamada de osito cariñosito. Sin embargo, el god bless you de Ozzy es tan auténtico que insufla más paz que cualquier bendición del papa Panchito primero. El setlist estuvo compuesto por pura rola de su carrera de solista, con excepción de tres rolas de Black Sabbath, todas del Paranoid.

Es imposible pedirle a Ozzy que no haga un setlist de puros éxitos, porque todas sus rolas lo son. Quizá no del hit parade, pero en nuestros putos corazones sí. «Fairies Wear Boots» encendió la llama más cabrón que un Levitra. Pero fue «War Pigs» la que nos destapó la cloaca emocional. Es música que habla de otros tiempos. Es un sonido que encontraron unos pinches godinez ingleses que quien sabe qué jodidos estaban buscando pero que en su afán definieron una era que se extiende hasta nuestros días. Los últimos coletazos de lo sagrado. Luego vino un solo. Que por una buena decisión de los músicos duró poco. Quizá el punto más álgido de la noche se lo llevó «Crazy Train». Ver a Ozzy cantarla sin estar disfrazado de Laura León le otorgó a la rola una epistemología que merece. Entonces vino el encore. No porque vean a Ozzy al puro chingadazo no significa que se ahorrara sus viajes de oxígeno. Seguro aprovechó para ir al backstage a pegarse de la mascarilla, como Dennis Hopper en Blue Velvet. A lo mejor hasta le metieron un shot de complejo b en una nalga. Para que volviera ora sí de verdad a partirnos la madre. Muchos, entre los que me incluyo, esperábamos una rola de Sabbath. Pero no, nos abofeteó con la ternura. Volvió para interpretar el momento más emotivo de la noche. «Mama I’m Coming Home» le arrancó las lágrimas a más de uno. Tan viendo que la muchedumbre es ñoña y la pellizcan. Y entonces vino el cie-

rre metalero con «Paranoid». Y después hijos míos, que dios los bendiga y a chingar a su madre. Con esa pesadumbre que embarga a aquellos que acaban de atestiguar un hecho histórico, la venida de Cristo, un gol de Maradona, una teta de Janet Jackson, nos arrastramos en manadas hacia la salida. Por un instante pensé en pasarme por el stand de William Lawson’s, pero estaba pedísimo. Me metí un llavazo de coppertone y no se me cortó. Estaba tan ebrio que me recosté en el piso a descansar y me quedé dormido. Un guardia me despertó. Ya casi toda la gente había salido. Avancé varios metros y me volví a tender en el suelo. Bultié hasta que me volvieron a despertar y marché con desconsuelo hacia la salida. Era la primera vez que me costaba abandonar el Foro Sol. Lo regular es que después de cada concierto uno salga huyendo de ese pinche agujero negro. Pero aquella noche era distinta. Había tocado Ozzy. Había guachado a los ojos al espíritu del rock & roll. Al día siguiente Nuestro gg, me mandó un link. En Facebook había una página de soldados caídos. Y ahí estaba una foto mía. Yo bulteando en el autódromo. ¿La tomaste tú?, le pregunté. No, yo me fui antes que tú. Y yo que había prometido no volver a blackoutear: Oops, I did it again. •

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Y POR MIRARLO TODO, NADA VEÍA de

Margo Glantz

«El libro de Glantz parece operar no sólo como un mecanismo literario sino como una crítica al momento comunicativo que vivimos». Guillermo Núñez, la TempesTad

Reporte Sexto Piso No. 44  
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