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Reporte Sexto Piso Publicación mensual gratuita • Abril de 2018

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Índice

Dossier: transhumanismo | 

Recomendación de los editores

Pensar un nuevo hombre, obra de sí mismo  |  10

Aun en los días de sol plateado puede escucharse el canto de los pájaros  |  4

Jean-Didier Vincent

Felipe Rosete

Los ausentes están presentes. Aquí están los muertos  |  6 Diego Rabasa

Columnas

8

Los puntos sobre el coeficiente intelectual  |  11 Anne Dufourmantelle

¡Humanicemos el transhumanismo!  |  12 Edgar Morin

Milagro y transhumanismo  |  15 Frédéric Boyer

Espacio negativo  |  16 Abraham Cruzvillegas

Odunacam | 16

Lecturas

Liniers

A Virginia, madre de dos hijos, compañera de primaria de la autora  |  17

Glissandos en el laboratorio global  |  25

Elena Medel

Carmen Pardo

Salario máximo  |  33

Escritores: no permitan que desaparezcamos como parte de las máquinas   |  20

donDani

Maxim Februari

Psycho Killer  |  34

Viajes mujer adentro  |  27

Carlos Velázquez

Margo Glantz

Portada de este número: Dr. Alesha Sivartha, The Book of Life

Reporte Sexto Piso, Año 6, Número 42, abril de 2018, es una publicación mensual editada por Editorial Sexto Piso, S. A. de C. V., París #35-A, Colonia Del Carmen, Coyoacán, C. P. 04100, Ciudad de México, Tel. 5689 6381, www.reportesp.mx, informes@sextopiso.com. Editor responsable: Eduardo Rabasa. Equipo editorial: Rebeca Martínez, Diego Rabasa, Felipe Rosete, Ernesto Kavi. Diseño y formación: donDani. Reservas de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2017-071710465800-102. Licitud de Título y Contenido No. 16768, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Impresa en Impresos Vacha, José María Bustillos 59, col. Algarín, cp 06990, Ciudad de México. Este número se terminó de imprimir en abril de 2018 con un tiraje de 3,000 ejemplares. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización del Instituto Nacional del Derecho de Autor.


Recomendación de los editores

Aun en los días de sol plateado puede escucharse el canto de los pájaros Felipe Rosete

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l escocés David Keenan es mayormente conocido como crítico y periodista musical. Memorial Device es su primera novela, aunque por el oficio que muestra pareciera que llevara varias escritas. Y es que lo que logra en este libro no es menor. Reconstruye un periodo convulso para la sociedad británica y para su juventud, presagiado por el «No future for you» de los Sex Pistols y, por lo mismo, sumamente prolífico para la música y el arte creados por ésta. De Wire a Joy Division, de Siouxsie and the Banshees a los Talking Heads. Bandas que Con este libro, Keenan dejaron impronta en toda una generación y en demuestra lo que pone la historia reciente de la música. Y es que era la época en que «incluso cuanen voz de uno de los do todo parecía imposible, todo el mundo estaba haciendo de todo, leyendo, escuchan- entrevistados: que «la Lucas Black, Patty Pierce, Remy Farr, Richard Curtis y, por un breve periodo, Mary Hanna, do, escribiendo, creando, pegando pósteres, música es una de las fueron los creadores de una música equiparatomando notas, desmayándose, vomitando, ble a «una enorme vibración natural», a «un ensayando, ensayando en oscuros cuartos sin cosas de las que los más profundo que el propio silencio», ventana a las dos de la tarde como si el fuhumanos deberían de rugido a «una quietud plena aunque inmersa en un turo estuviera justo allí, esperándonos». Al menos eso es lo que afirma Ross Raymond, estar más orgullosos». movimiento incesante», que tuvo entre otros motivos al amor, al desamor, a los encuentros, al el verdadero autor del libro. Un chico de AirPero no sólo la música, estar hecho mierda, a la desesperación absoluta, drie —«un hoyo infernal abandonado de la mano de Dios», una de esas ciudades negras también la literatura… a Dios, a las estaciones, a las hojas en otoño y a las flores en primavera, a los animales, al aclegadas por la sociedad industrial—, quien a tuar como animales, a los recuerdos, al pasado y al futuro, a la culpa, través de veintiséis entrevistas con personajes de la escena postpunk al tiempo, al canto mismo. A la nada, en suma: «cada pedacito de de su localidad, reconstruye la historia de aquella banda memoratontería era como un poema a la nada», afirma Miriam McLuskie, ble, el mayor orgullo de todos los chicos como él: Memorial Device. manager y jefe de prensa no oficial e intermitente del grupo. El libro está lleno de historias memorables, que funcionarían por sí solas. La de Chinese Moon, por ejemplo, una banda conformada en el instante mismo en que sus miembros, un conjunto de mozalbetes, descubren la psicodelia en la casa de su dealer, tras lo cual ex-


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perimentan unas ganas sobrehumanas de masturbarse, como si todo el mundo palpitase a través de su verga. Una banda, además, cuyos conciertos eran ejecutados por maniquíes vestidos con los ropajes de sus integrantes, uno de los cuales llega a cobrar vida propia y hasta es implicado en el asesinato de un restaurantero oriental. O la de The Ladybugs, una banda de chicas que salían al escenario disfrazadas de dominatrices, con vestidos ajustados de plastipiel, labios rojos y botas de cuero hasta las rodillas, y que al tiempo de tocar su música improvisada, creada en ese mismo instante, torturaban en pleno escenario a algún seguidor despistado, al que amarraban a una silla para luego romper huevos sobre él, tirarle mermelada o cera fundida encima, cubrirlo con plumas de aves diversas e incluso eyacular yogurt sobre su cuerpo desde un dildo suspensorio colocado en la pelvis de alguna de ellas. Chicos y chicas que antes de ser absorbidos por la burocracia o por algún otro trabajo aburrido aunque digno de las instituciones tradicionales de la sociedad capitalista —«esa clase de vida que aniquila el espíritu»—, supieron crear un arte afirmativo, que no niega ni rechaza. Que experimentaron con ruidos nuevos, lo mismo que con ritmos primitivos; que sacaban sonidos de ganchos de metal, parrillas de estufa, carritos de supermercado o mofles de coches viejos, devolviéndole así vida a las cosas, agrietando de esa forma una realidad difícil y tormentosa, al menos para muchos de ellos. Hombres y mujeres en el límite entre el horror y la tentación, liberados de cualquier idea de norma, para los que «cada fracaso se convertía en un avance hacia delante y cada decepción era algo así como un regalo proveniente del cielo». Comedores de coños y vergas, mordedores de tetas, sibaritas capaces de saborear cuerpos ignorantes de su capacidad de goce. En sus dolores, en sus terrores, en sus tristezas, en su locura, en sus placeres, en sus goces, en su creatividad, en su capacidad para romper con todo y con todos yacen los signos de una generación reciente de la que, por fortuna, somos herederos. «Me criaron para creer que toda forma de indulgencia merece un castigo, que no se puede seguir lo que te diga el corazón sin recibir una paliza», afirma hacia el final del libro Paprika Jones al recordar los últimos momentos de Lucas Black, el líder de Memorial Device. «Pero —continúa— cuando sientes esa primera verga empujando las paredes de tu garganta o tus dedos desapareciendo entre las piernas de algún extraño, si de veras puedes sentirlo, te das cuenta de que la vida no tiene la más mínima intención de joderte». A esa misma conclusión se llega al escuchar la música creada por todos esos jóvenes que en aquellos años se dieron cuenta repentinamente de que podían ser quienes en realidad eran y expresar lo que quisieran de la forma en la que les fuese posible hacerlo. Y vivir de ello, incluso prosperar, aunque también morir. Con este libro, Keenan demuestra lo que pone en voz de uno de los entrevistados: que «la música es una

Memorial Device David Keenan Traducción de Juan Sebastián Cárdenas Sexto Piso / ivec 2018 • 296 páginas

de las cosas de las que los humanos deberían de estar más orgullosos». Pero no sólo la música, también la literatura, su literatura: esa música construida a base de palabras y de historias que nos conduce a pensar que tal vez la vida no sea sino una serie de perturbaciones internas, que estamos todos a la deriva, igual de perdidos que Lucas y compañía, y que, por suerte, podemos seguir disfrutando del show y, aún mejor, convertirnos en parte de él. Para sobrevivir a nuestra infelicidad, para enfrentar nuestra propia locura. Aun en los días de sol plateado puede escucharse el canto de los pájaros. •


Recomendación de los editores

Los ausentes están presentes. Aquí están los muertos Diego Rabasa

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e escuché a Julian Barnes, durante un diálogo con David Grossman, decir que una de las ideas centrales sobre las que orbita su escritura novelística es la de escribir alrededor de algo y no acerca de algo. Era el Hay Festival y corrí a contarle mi hallazgo a las primeras personas que encontré, que resultaron ser Valeria Luiselli y Álvaro Enrigue. «Ah, sí, la “Teoría de la dona” de Hemingway», dijo ella. «O la del iceberg de Cortázar», dijo él (meses después escuché otra conferencia de Javier Cercas, titulada «El punto ciego», dedicada exactamente al mismo concepto). Al parecer mi hallazgo no era ni tan genial ni, sobre todo, tan original como yo pensaba, sino una especie de mantra repensado continuamente por escritores y escritoras: lo fundamental en una historia permanece oculto y las palabras que envuelven esa especie de núcleo magnético tienen la función de crear el mejor escondite posible para ese algo ausente. Años después descubrí con fascinación un pequeño libro titulado La imagen que nos falta, del escritor francés Pascal Quignard. «Una imagen falta en el origen. Ninguno de nosotros pudo asistir a la escena sexual de la que es el resultado. […] Una imagen falta al final. Ninguno de nosotros asistirá, vivo, a su propia muerte», explica el francés. A estas imágenes que nos faltan y nos acechan, Quignard ha dedicado dos libros (y otros tantos textos): El sexo y el espanto y La noche sexual. En este libro en cambio, Quignard (en sus propias palabras) ha pensado «de un modo más radical» para explicar cómo no sólo es en la psique humana donde la ausencia de estas imágenes fundamentales (la concepción y la muerte) da pie a otras imágenes que subliman la ansiedad que nos produce esta ceguera, sino que en las propias imágenes —en el arte— hay siempre otra imagen que se esconde. «Hablar de la imagen que falta no es sólo una imagen. Y tampoco se trata de una mera forma de hablar», dice Quignard. Para explicar esta idea un tanto esotérica se remite a cuatro cuadros antiguos que nos revelan el misterio del encubrimiento. El primero de ellos es la primera figuración humana de la que se tenga registro. Fue hallada en 1940 en la cueva de Lascaux en el sur de Francia. Un hombre («con pico de pájaro») cae frente a un bisonte que está presumiblemente herido también. El momento no

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nos muestra la muerte del hombre, ni del animal, ni el triunfo o la derrota de ninguno sino un instante previo en el que se advierte el desenlace (que no puede sino ser evocado en nuestra mente a través de la escena en suspenso). El texto en cuestión es una conferencia sobre pintura antigua que Quignard ha dictado en tres ocasiones. En ellas, el autor de Todas las mañanas del mundo dice: «No soy historiador del arte. No soy filósofo. No soy ni latinista ni helenista ni arqueólogo ni psicoanalista. Soy simplemente un hombre que ha leído mucho, un letrado o, mejor aún, un literato, es decir, un hombre que aprende sin cesar a pergeñar sus letras, a descifrarlas, a transponerlas, que no ceja en su afán de aprender, que ama locamente leer, estudiar, traducir, retraducir, escribir». De la misma manera en la que él deconstruye como si fueran libros encriptados el significado oculto de las imágenes, uno no puede sino leer en clave el relato de la inmersión que realizó en las cuevas. Con las linternas en mano («lápices luminosos») acostumbra a sus ojos a la oscuridad, primero, para luego seguir atónito con el contorno del haz los trazos hechos sobre las paredes de las cavernas. Más que un literato, en esta escena lo que Quignard parece es un espeleólogo del mundo que subyace a las formas contingentes. La segunda imagen que utiliza Quignard para señalar la imagen particular que falta en una imagen particular es quizá la más bella de todas: un clavadista se tira desde las rocas de la Acrópolis (donde están los humanos) hacia el mar verde (el Inframundo). Al igual que el hombre de las cavernas que cae, el clavadista no está con los hombres y tampoco ha descendido a los infiernos aún. El cuadro se encontraba en una tumba (con la imagen dispuesta hacia los ojos del muerto) en la bahía de Salerno (Nápoles). Para entender cabalmente una pintura, nos plantea Quignard, hay que saber hablar la lengua del pintor. La imagen que vemos es un tributo al esposo de Butades que ha ido a la guerra y ha peleado con tanta valentía que «su nombre fue alabado por la ciudad al concluir la campaña». Un alfarero fue el encargado de inmortalizar la gesta del héroe a través de una estela. El alfarero era el padre de Butades, la joven viuda. Todo esto se encuentra relatado por Plinio el Viejo, quien relata la escena que dicho cuadro esconde: a punto de partir rumbo a la campaña que le daría muerte, el hombre


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La imagen que nos falta Pascal Quignard Traducción de Allain-Paul Mallard Ediciones Ve • 2015

de Butades se despide de ella que, absorta y ausente, con una lámpara en la mano proyecta la sombra de su amado sobre una pared y con una tizna de carbón traza la silueta de aquel que pronto estará ausente. Nos recuerda Quignard que deseo viene de desiderium, en palabras de Cicerón «el deseo es la libido de ver a alguien que no está ahí», con lo cual, remata el francés, podemos inferir que la búsqueda del arte nos remite a «algo que no está ahí». ¿Y en qué momentos el hombre se enfrenta a una visión de algo que no está ahí? Quignard nos propone tres momentos: el acecho, el sueño y el pensamiento. Los sueños («ver lo que falta») no ameritan una mención aparte, puesto que han sido objeto de incansable análisis. No así el acecho y el pensamiento. El primero, plantea Quignard, presupone «el origen del pensamiento». Aprender a cazar (acechar a una presa), implica observación, cálculo, técnica, teoría. La representación del acecho es abordada por Quignard a partir de un fresco («el más bello de todos») ubicado en la Tumba de los Toros en Tarquina. En él podemos ver a Aquiles acechando al joven Troilo, quien según el oráculo de la pitonisa debía morir para que Troya finalmente pudiera caer. ¿Por qué Aquiles, culmen de la valentía, guerrero primero y último, debe recurrir a un ardid tan bajo como el del acecho (se esconde tras unas piedras mientras el hermoso joven anda en su caballo con el

atardecer de fondo)? Porque la escena encubre algo mucho más que el mero desenlace del acto: Aquiles sabe que con este acto verá a Troya arder en llamas. No es un hombre al que mata, es una ciudad la que quema, y esta (la imagen de la ciudad en llamas) es la imagen que se esconde en dicho fresco. Para finalizar, Quignard termina su asombroso periplo analizando el fresco Medea meditando de la Casa de los Dioscuros. En él vemos a Medea («chamana que mira en su interior aquello que asciende, aquello que va a surgir») con una espada en la mano. A un costado, sus dos hijos (a quienes dará muerte para vengarse de Jasón) y el tutor de éstos. Una vez más: no vemos el desenlace de la historia sino el momento en el que Medea «está a la escucha de su cuerpo». «La meditación es un embarazo cuyo hijo es el pensamiento», dice Quignard. Es el instante en el que las voces dentro de ella se debaten para configurar una decisión, perfilar una acción. La escena que prefigura el fresco falta (Medea, encinta, se quita con el filo de su espada el producto fecundado de lo que será su tercer hijo: Medeo, y luego da muerte a sus dos hijos restantes). Nos queda el instante previo en el que Medea escindida muestra el carácter y el origen del pensamiento: «El verbo griego para decir pensar, meditar, meditari en latín (hacer de Medea) se dice mermèrizô y significa exactamente verse dividido en dos opciones más o menos iguales». Este tipo de representaciones, sentencia Quignard, «le evitan a la pintura figurativa el problema de la anécdota». En «La metamorfosis de la escritura», Roman Gubern nos recuerda que el divorcio entre palabra e imagen es algo propio de la modernidad. «El verbo griego grafein nos recuerda pertinentemente que designó indistintamente las actividades que nosotros distinguimos como hacer trazos, escribir, dibujar y pintar». La lectura de La imagen que nos falta puede remitirnos a la idea de la escritura que orbita algo que no termina de revelarse nunca. La imagen escondida en el seno de un libro. Una imagen que se evoca a través del acecho, del sueño y del pensamiento y que no termina nunca de revelarse, que no sucumbe ante «el problema de la anécdota». En una época en la que las obras no sólo suelen traducir, pálidamente, reductos de la realidad a través de anécdotas disfrazadas de arte, en la que los escritores se muestran más que sus obras, conviene recordar el valor del velo y el poder del artista que entiende que el mecanismo del deseo (motor humano) nace y yace precisamente en la desideratio, o en palabras de Quignard, «la dicha de ver, a pesar de la ausencia, al ausente». •


TRANSHU E

l transhumanismo apareció por primera vez en uno de los poemas más bellos que el ser humano ha podido escribir. En la Divina Comedia, Dante habla del momento en el que está cerca del centro del Paraíso, y se pregunta: ¿cómo hablar del centro de todo, del origen, de la fuente misma de donde surge la alegría y toda la creación? Es imposible, se responde a sí mismo. La única forma de hacerlo es transumanar per verba. Es decir, atravesar al ser humano y llevarlo más allá de sí mismo por medio de la lengua, por medio de la poesía, de la confluencia de todos los ritmos. Llevar al ser humano hacia el estadio más alto de la dignidad, de la belleza y de la bienaventuranza a través de la poesía. Ese alto sentido de transhumanar se ha perdido. Ahora los encargados de ese proyecto ya no son los poetas, sino los técnicos y los programadores de las grandes empresas de tecnología, las llamadas gafa (Google, Apple, Facebook, Amazon), natu (Netflix, Airbnb, Tesla, Uber) y batx (Baidu, Alibaba, Tencent, Xiaomi). Y ya no se trata de alcanzar la más alta belleza y la más alta dignidad, ya no se trata de contemplar la fuerza invisible que crea todo, ahora el objetivo es modificar el cuerpo humano para acrecentarlo, para que logre ser más rápido, más eficiente, más fuerte, en pocas palabras, más productivo y, así, generar más dinero. Ahora los cuerpos están al servicio de la técnica y de la producción.

El esclavo en la Grecia antigua, nos recuerda Giorgio Agamben, era un cuerpo puro, es decir, era aquel que sólo tenía el uso de su cuerpo, pero no un ethos, es decir, una dimensión moral propia de los ciudadanos libres, aquellos que no estaban condenados al negotium sino, esencialmente, al otium. Y era precisamente el hecho de no producir, el hecho de tener una forma de vida (un ethos) no productiva, lo que los hacía hombres libres y con plenos derechos políticos. Habría que preguntarnos si el transhumanismo es una forma moderna de la esclavitud. Una forma de convertir al ser humano en sólo un cuerpo productivo, condenado a su materialidad. Tenemos que preguntarnos si estamos dispuestos a separar nuestra forma de vida y nuestro cuerpo. Y, sobre todo, tenemos que preguntarnos qué tipo de humanidad queremos construir. ¿Una sociedad de esclavos cuya única finalidad es el negotium y el uso de su cuerpo como una herramienta, o una sociedad de seres humanos libres, dedicados al otium, y cuyo cuerpo y cuya forma de vida se confunden entre sí? En una célebre entrevista que se publicó de forma póstuma, Heidegger, el filósofo que más ha reflexionado sobre las consecuencias de la técnica en la vida del ser humano, apuntó: «La filosofía no podrá operar ningún cambio inmediato en el actual estado de cosas


MANISMO

Ilustración de Álvaro Cicero

del mundo. Esto vale no sólo para la filosofía, sino especialmente para todos los esfuerzos y afanes meramente humanos. Ahora sólo un dios puede salvarnos. La única posibilidad de salvación la veo en que preparemos, con el pensamiento y la poesía, una disposición para la aparición del dios o para su ausencia en el ocaso». Que sirva esto como advertencia y

llamada de atención para los poetas y los pensadores que aún tienen fe en el transumanar per verba y en su propio carácter de hombres libres. Que sirvan estas reflexiones para que todos nosotros nos involucremos en un debate esencial para el porvenir político, ético y biológico del ser humano • Ernesto Kavi


Pensar un nuevo hombre,

obra de sí mismo Jean-Didier Vincent

E

l transhumanismo, corriente de pensamiento que está de moda, se preocupa del futuro de la especie humana. Reagrupa realidades múltiples y propone diversas soluciones de tecnología y ciencia para enfrentar los obstáculos y desastres que, al parecer, el ser humano deberá enfrentar. Es lo que llaman la obligatoriedad tecnológica para escapar a las cuatro principales amenazas (la energía, la economía financiera, el clima y las revueltas) que traen consigo una potencia incontrolable de destrucción. Los transhumanistas están representados sobre todo por la Asociación internacional de transhumanismo (wta), presidida por el filósofo sueco Nick Böstrom, quien trabaja en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Oxford. Entre los transhumanistas hay científicos que muchas veces son miembros de organismos oficiales de los Estados Unidos, como la Agencia de Proyectos en Investigación Avanzada para la Defensa (darpa) y la Fundación Nacional de las Ciencias (nsf), pero también hay filósofos, matemáticos e informáticos que trabajan en, o alrededor, de la Universidad de Stanford (California), e ingenieros de grandes empresas como Google.

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Esos transhumanistas quieren pensar un nuevo hombre que sea obra de sí mismo, la herramienta y el agente de su propia transformación. Según el ingeniero y epistemólogo Jean-Pierre Dupuy, se trata de una ideología que busca la superación de la especie humana imperfecta y comprometida en un impasse evolutivo, a través de una ciberhumanidad. Para ciertos extremistas, que alteran las fronteras de la utopía, el transhumanismo sería una búsqueda de la inmortalidad a través de una criatura nacida de su propio genio.

Es por tanto un cuestionamiento de la vida tal y como la conocemos y la experimentamos. Negar la muerte es negar el fundamento mismo de la vida, como lo afirma Claude Bernard: «Toda manifestación de la vida está necesariamente ligada a una destrucción orgánica». El transhumanismo ataca a la muerte o, al menos, propone crear una materia que posea todas las características de la vida: una vida artificial. Ese programa metafísico sólo puede terminar en una ética sin religión, puesto que modifica el problema de una exigencia trascendental al presentarse como una moral de la felicidad en la que está bien todo lo que es bueno para la criatura. Intenta colocar lo artificial (vida artificial e inteligencia artificial) en el lugar de lo natural. Dicho de otra forma, cambiar la vida y hacer que surja de la máquina una inteligencia que permita pensar lo impensable y hacer posible lo imposible. Por un lado, nuestra sociedad contemporánea está hambrienta de trascendencia al tener una filosofía desencarnada del espíritu y fundamentada con imágenes virtuales del cerebro (resonancia magnética funcional). Por otro lado, reina una tecnologización galopante que devora a aquellos que se dejan llevar por las proezas sin porvenir. En un nivel práctico, los transhumanistas se apoyan en las tecnologías convergentes cuya fuerza está multiplicada de forma exponencial. Éstas permiten transformar una utopía en programas de investigación respaldados por las grandes potencias, y que buscan la dominación de la vida y la sustitución biológica del hombre. Son los nbic: N para nanotecnologías, B para biotecnologías, I para tecnologías de la información, C para tecnologías del cerebro. Las creaciones actuales provocan escalofríos, y para el ser humano será muy difícil encontrar un punto de referencia en ellas. Es imperativo para el ser humano conocer y comprender lo que los científicos y los políticos le preparan. El progreso no es un fin en sí mismo. Además, ¿para qué serviría deshacerse de Dios, si sólo es para remplazarlo por un Leviatán aún más terrible? La gran pregunta finalmente puede resumirse así: ¿qué vamos a hacer de nosotros mismos? • Traducción de Ernesto Kavi


Los puntos sobre el

coeficiente intelectual Anne Dufourmantelle

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ace algunos días, el proclamado lobista del transhumanismo en Francia, el doctor Laurent Alexandre, afirmó en la radio: «La democracia no podrá sobrevivir a la diferencia de coeficiente intelectual. La seguridad social deberá reembolsar las operaciones para aumentar el cerebro». En una sola de las profecías a las que está acostumbrado, tres falsedades son asestadas en un tono de certeza. Primero, que el ci sería la referencia absoluta en cuestión de inteligencia. Segundo, que la medicina debe transformar el cuerpo para que los individuos correspondan a las nuevas normas que instituye el progreso. Tercero, que para evitar las desigualdades que suscitarían las nuevas normas, la seguridad social debe prepararse para ayudar a los nuevos inválidos que, de hecho, estas últimas «producen». Desde hace algunos años, la doctrina transhumanista encuentra un eco complaciente en los medios de comunicación, sin que nunca sea evidenciado su carácter cientificista, ultra liberal e in fine eugenésico. Seductora porque pertenece a la fantasmagoría de la ciencia ficción, intimidante porque se coloca bajo el escudo del progreso de las neurociencias y del genio genético, esta ideología funciona como todas las doctrinas que tienen una ambición mesiánica: en el nombre de un futuro que califica de ineludible, defiende la construcción de un mundo que busca prevenirlo pero que, en realidad, lo produce. Ningún fanatismo religioso ha ido tan lejos como el transhumanismo, porque éste defiende el advenimiento de un hombre nuevo que no sólo ha asimilado sus dogmas, sino que los ha encarnado, transformando su cuerpo de manera a que corresponda al nuevo orden que ha puesto en marcha.

La inmortalidad, el cuerpo aumentado… tantos leitmotivs milenaristas reactualizados para el struggle for life capitalista. Antes de buscar «aumentar» el cuerpo, ¿no deberíamos preguntarnos si todos viven plenamente la magia de lo que somos? Antes de aspirar a la inmortalidad, ¿no deberíamos permitir que todos vivan una vida plena y no impuesta? Los adoradores de la

tecnología invocan la medicina, su razón de ser, que desde siempre habría intervenido sobre el hombre para remediar sus males. Argumento falaz. El transhumanismo es algo muy diferente de la medicina. Se trata de un mantenimiento tecnológico que considera al cuerpo humano como una máquina descompuesta o que puede

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ser perfeccionada. Curar, cuidar, corregir, no es condicionar, programar, transformar. Como sostiene Mathieu Terence, autor de un breve libro que revela la verdad de ese discurso totalitario (El transhumanismo es un integrismo), el transhumanismo es el self made man absoluto. Puede llegar al extremo de construirse una vida artificial capaz de otorgarle el rendimiento que nuestro mundo artificial espera de él. Por eso, ahí donde reina la cantidad, no será posible la calidad. Ahí donde el número es rey, el verbo se reducirá a un código. Ahí donde nada tiene valores, todo tiene un precio. La inteligencia es reducida a un rendimiento lógico, al comportamiento que corresponde mejor a una consigna. Son olvidadas la imaginación, la sensibilidad, la memoria y sus infinitas combinaciones. Es bajo esta perspectiva cínica que debemos entender el elogio del ci que hace el doctor Alexandre, especialista en la materia, dice de sí mismo, aunque urólogo de formación. Aquel que confunde el ci con la inteligencia, confunde la paleta del pintor con el cuadro. La confusión entre las cualidades de un ser y su rendimiento es un hecho de nuestra época, donde el punto de vista económico (rentable, contable) prima sobre los otros, aun por sobre lo más valioso de los seres vivos. ¿No se habla hoy de niños de guardería de «alto potencial», así como lo hacen todas las Direcciones de Recursos Humanos del mundo de ciertos miembros de una empresa? La evaluación se ha vuelto tiránica, una obligatoria herramienta de administración, una palabra de uso común que sirve insidiosamente para la devaluación, para el control de los individuos y para la delación. Ahora se trata de saber gustar, y no de conocer. Existía la servidumbre voluntaria, ahora existirá cada vez más la voluntad de servidumbre. • Traducción de Ernesto Kavi


Edgar Morin

¡Humanicemos el

transhumanismo!

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os motores que propulsan la nave espacial Tierra, ciencia/técnica/economía, ya comenzaron a preparar dos futuros antinómicos y, sin embargo, inseparables. Uno es catastrófico, el otro es eufórico. El proceso catastrófico, que no es seguro, pero es probable, es previsible:

• Continuación de la degradación de la biósfera, con deforestaciones masivas, reducción de la biodiversidad, calentamiento climático, destrucción de la fertilidad de las tierras debido al efecto de la agricultura y la ganadería industriales, contaminación múltiple y, en consecuencia, degradación de las condiciones de la vida humana, a través de un consumo insano, de emanaciones tóxicas y de migraciones masivas; • Continuación de las crisis de las civilizaciones occidentales y tradicionales, y aumento de las angustias y desesperanzas que alimentan las regresiones políticas, las regresiones mentales, los nihilismos y los fanatismos; • Continuación del sonambulismo de los dirigentes políticos y económicos concentrados en la inmediatez y disponiendo de un pensamiento binario incapaz de percibir y de concebir la complejidad de lo real; • Continuación del reino de los expertos del saber clasificado y unilateral, y de la impotencia del mundo intelectual para aprehender los problemas vitales de la humanidad. Todos esos procesos están destinados a mezclarse entre ellos, a reforzarse y producir conflictos y/o catástrofes en cadena. Sin embargo, paralelamente el triple motor ciencia/técnica/economía ya ha comenzado a revolucionar al ser biológico y al ser social de la humanidad. De hecho, el transhumanismo, como el catastrofismo, ya ha comenzado. Primero, la posibilidad de prolongar la duración de la vida individual sin envejecer ya está contemplada, a través del uso (todavía no controlado) de las células madre, de órganos artificiales y de la vigilancia de las medicinas predictivas. Segundo, la posibilidad de que los robots y las máquinas inteligentes efectúen todas las tareas lamentables, aburridas y de seguridad, ya también está prevista. Ya tenemos incluso robots de compañía para satisfacer las necesidades afectivas. En tercer lugar, la colonización de otros planetas, perspectiva más lejana, ya está contemplada con la preparación de una primera colonia piloto en Marte. La historia de la humanidad siempre ha sido increíble desde la emergencia del Homo sapiens, por ello no podemos excluir lo que ha imaginado la ciencia ficción, es decir, la violación del espacio-tiempo gracias a un nuevo descubrimiento. Sin embargo, esas tres perspectivas están parasitadas por tres mitos o ilusiones, y por una gran ignorancia.

El primer mito es el de la inmortalidad a través del rejuvenecimiento indefinido e infinito. Al parecer, las bacterias y los virus, debido a su aptitud para mutar y para adquirir defensas, amenazarán sin cesar las vidas humanas. Los riesgos inevitables de accidentes enormes, de explosiones y de atentados masivos destruirán irremediablemente los cuerpos. De cualquier forma, nuestro Sol morirá, arrastrando a la muerte toda la vida sobre la Tierra. Y como es altamente probable que nuestro universo morirá de dispersión, la inmortalidad humana es un sueño demente que las religiones colocaron sabiamente en el cielo. El tema del hombre aumentado, que es el tema del transhumanismo, es una ilusión puramente tecnocrática debido a su carácter cuantitativo. Está en la línea de la filosofía político-económica dominante, que concentra todo el conocimiento en el cálculo y pone todo el progreso en el crecimiento. La inmortalidad está concebida no como adquisición de una sabiduría casi divina, sino como la cantidad de una vida infinita (la verdadera sabiduría está en la fórmula de Rita Levi-Montalcini: «Dad vida a vuestros días, y no días a vuestra vida»). El verdadero progreso estaría en la mejora del hombre, no en el hombre aumentado. El humano tiene una necesidad mayor de mejora intelectual, moral, afectiva. La tercera ilusión prospera hoy gracias a la creencia, reforzada por el big data, en la algoritmización de la vida humana y social.

Ya la mente tecnoeconocrática está persuadida de que conoce lo humano, la sociedad, el mundo a través del cálculo, ignorando lo que el cálculo ignora: el sufrimiento, la felicidad, la desdicha, la alegría, todo lo que hace nuestra humanidad.La idea de la algoritmización generalizada supone que todo es controlable y predecible a través del cálculo.


Supone que el ser humano y la sociedad son máquinas deterministas triviales, de las que podemos conocer los inputs, dicho de otra forma, los programas. Si nos comportamos como máquinas triviales en el metro-trabajo-casa, también podemos comportarnos de forma inesperada, incluso en el metro y en el trabajo. Todas las grandes trasformaciones llegaron gracias a creaciones inesperadas, desde los mensajes de Buda, Jesús, Mahoma, hasta Marx y Deng Xiaoping. Así como la Revolución Francesa, la Revolución de Octubre, la ascensión de Hitler al poder, no fueron programadas ni previsibles, tampoco lo fueron las conversiones de Péguy y Claudel al cristianismo, las de Aragon y Eluard al comunismo, la conversión del aristócrata inglés Philby al espionaje por cuenta de la Unión Soviética, o de la defección del soviético Kravtchenko. Ningún gran descubrimiento o teoría científica, comenzando por la del amateur Darwin, fueron previsibles, ninguna gran obra de arte podía ser prevista por el calculador más experimentado. La revolución transhumanista no es un fantasma, pero está gangrenada desde un inicio por grandes espejismos. El transhumanismo ignora que su desarrollo coincidirá con el desarrollo de fuerzas de caos y de catástrofes. O sufrirá una gran regresión debido a las catástrofes, o estará aislado en reservas prote-

gidas y blindadas por una élite de poder y de riqueza, mientras que el mundo a su alrededor se derrumbará. Así, el transhumanismo se volverá inhumano. Pero, de cualquier forma, no es demasiado tarde para cambiar de ruta y, al mismo tiempo, para humanizar el transhumanismo, es decir, no sólo para proteger las virtudes del corazón y del alma, sino para darle un gran suplemento de corazón, de alma, un pensamiento que sea complejo. ¿Cómo cambiar de ruta para minimizar las catástrofes y humanizar el transhumanismo sin una gran y profunda reforma intelectual y moral? ¿Cómo salvar a la humanidad mientras no sepamos regular la ciencia, la técnica, la economía? • Traducción de Ernesto Kavi

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Ilustración de Álvaro Cicero


Milagro

y transhumanismo Frédéric Boyer

¿D

ónde situar aquello que crea nuestra humanidad? Ahora que cada día estamos invadidos por preguntas extrañas, literalmente monstruosas, preguntas quimeras: embriones congelados, robots con captores, diseños genéticos, seres con inteligencia artificial, cirugía robótica a distancia… Tantas creaciones, artefactos que parecen separarnos de nuestra ordinaria humanidad, de nuestra cotidiana humanidad. Y a medida que reprimimos esta humanidad en apariencia incompleta, precaria, enferma, torpe, a medida que intentamos controlar la vergonzosa humanidad del cuerpo y de la mente, nos horrorizamos, nos desgarramos. Querríamos expulsar esta vieja humanidad doliente o, simplemente, insistente. Querríamos creer que toda la complicidad de las ciencias y de las técnicas modernas nos ayuda a no pensar más en ella. El error sin duda está ahí. Esas creaciones híbridas, nuevos objetos, nuevas posibilidades, son también parte de nuestra poderosa debilidad humana. No podemos definirnos únicamente a través de nuestra adhesión o de nuestra oposición a nuestras transformaciones. Nuestro destino humano no se reduce ni a transhumanar a la fuerza gracias a la tecnología, ni a rechazar el hecho de pensarnos con y a través de los objetos que creamos. «Mientras el humanismo siga siendo creado por contraste con el objeto dejado a la epistemología, no comprenderemos ni lo humano ni lo no-humano», explicaba, hace ya algunos años, Bruno Latour en un excelente libro (Nunca hemos sido modernos. Ensayo de antropología simétrica). En estos tiempos, un acontecimiento se produjo para devolvernos, más o menos discretamente, a nuestra vergonzosa humanidad, y a la necesidad de aceptarnos humanos hasta en nuestros límites más confusos, hasta en nuestra sorprendente naturaleza. Ese acontecimiento lo llamamos milagro, a falta de una palabra mejor. Literalmente, aquello que es maravilloso, sorprendente a la vista. Fue la cura de la hermana Bernadette Moriau, «inexplicable, en el estado actual de los conocimientos científicos», según el Comité médico internacional de Lourdes. La hermana Bernadette Moriau, que tenía una gran invalidez, recobró en 2008, a los sesenta y nueve años, todas sus facultades físicas después de una peregrinación. Un milagro, es lo que queremos decir cuando comprendemos que nuestra vergonzosa humanidad nos llama, más allá de nuestras impaciencias y de nuestros impasses humanos, para colocarnos frente

al asombro de lo que somos y de lo que no somos. Aceptar dar un lugar a lo sorprendente, nos permitiría aceptarnos en nuestras transhumancias humanas, pasar de la fuerza a la debilidad, del impasse a la invención, de la presencia a la virtualidad… Los milagros cubren la función simbólica de expresar no solamente la compasión de Dios, sino también su infinita disponibilidad ante aquello que querríamos abandonar de nuestra humanidad: debilidades, límites, exclusiones, enfermedades… Paradójicamente, un milagro nos devuelve a lo ordinario de nuestra humanidad, aunque reconociendo el asombro que nos causa ser nosotros mismos: los pasajes, las transformaciones, las metamorfosis que hacen también nuestra condición de ser humano. Sólo hay cura, liberación, a través del reconocimiento de aquello que nos es imposible, difícil, doloroso, enigmático, hasta el asombro. El asombro del milagro ilumina nuestra parte oscura, nos hace comprender que estamos llamados también a la transformación, a la diferencia. Reconocer un milagro es, desde la orilla nocturna de nuestra frágil condición, una disponibilidad abierta a la repercusión de la maravilla, del asombro. Porque la plenitud de la atención puesta en nuestra propia humanidad, en sus defectos, en sus faltas, no puede tener lugar «sin que un cambio quizá infinitesimal, pero real, se opere en el alma», retomando la bella expresión de Simone Weil.

La palabra del milagro, la que reconoce el pasaje, la transformación, de lo ordinario y de lo extraordinario, es una palabra cuya eficacidad no residiría forzosamente en su poder de probar, o de negar, sino que residiría en nuestra capacidad de sorprendernos, de descubrirnos diferentes de lo que somos o de lo que pensábamos ser. Lo humano está en el pasaje, la delegación, el envío, el intercambio de las formas. Lo humano es apóstol, en el sentido literal, aquel que va lejos, que ha sido enviado lejos. El primer empleo del neologismo italiano transumanar, aparece por la primera vez bajo la pluma de un poeta cristiano, uno de los más grandes, Dante, en el primer canto de su Paraíso, en la Divina Comedia. Transhumanizar, el verbo expresa para Dante la acción transformadora que lo estremece, el asombro que se apodera de él al fijar su mirada en los ojos penetrados de eternidad de Beatriz, su amor y su guía hacia la Beatitud. Un transhumanismo de fe y de amor… • Traducción de Ernesto Kavi


Espacio negativo

Por Abraham Cruzvillegas

N

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ariz aguileña, resbalamocos largo y pronunciado, ojos azules, párpados cansados, leves patas de gallo, cejas inquisitivas, cabellera lacia, argentina, medio quebrada, medio despeinada, medía como veinte centímetros en su dimensión más mediana, boca recta, labios delgados, como cicatrices las comisuras, incisivas, risueñas y al tiempo hieráticas, cómplices en la circunstancia y en el chiste, frente amplia, con líneas de expresión medianamente bocetadas a mano alzada, pómulos prominentes, cuello vigoroso, pero no ancho, clavículas que se dibujan como con marcador permanente y al tiempo frágiles, como tildes de eñes, se pierden en los bordes de la camisa, estampada en colores chillones, tal vez filipina, tal vez hawaiiana, china o regiomontana, abierta hasta donde asoma la cima de un vientre rotundo, feliz, sostenido por convexas columnas rematadas en huaraches de Jalisco. De las mangas arremangadas en dobleces imprecisos penden, como hebras de músculos que no dan fe de los lustros de trabajo que han vivido, los brazos que concurren en un par de manos delicadas, pequeñas, expresivas y pulcras. Sus uñas, recortadas cuadradas, no en luna, acumulan un poco de mugre y tinta, tatuadas de

Odunacam • Por Liniers

sigilosa experiencia, trazando líneas que describen en muchas ocasiones su propio rostro, escribiendo frases que apelan a la inteligencia del lector, a su sentido del humor con juegos de palabras idiotas y sinsentidos francos, también labrando palos, pegando huesos y pedacería de chinería de la tlapalería, se identifican y se hermanan con las herramientas (gubias, formones, cinceles, cuchillas, navajas, martillos, limas, hachuelas, macetas, charrascas, desarmadores y pinzas) del padre, del abuelo, del ancestro que también con sus uñas mugrosas rascaba la pared del abrigo rocoso —donde a su vez sus propios antepasados dibujaron religiosamente por siglos retratos de sus novias neanderthales, cromañonas, tepexpanas, australopithecas, pero también de sus proezas, de sus presas, sus menúes y sus recetas—, despidiéndose de la caverna para ponerse a restirar la piel de un ciervo recién devorado en salpicón, sobre un bastidor de travesaños hechos con la testuz de la misma bestia, todavía vaporosa y cálida: en la genealogía de la pintura de caballete, ese será el momento fundacional en el que — casi como el descubrimiento de la lumbre, como la invención de la rueda, de la penicilina o de la llave usb— el arte se vuelve

portátil, claro, sin contar al Señor de Las Limas. Monolítico ídolo del postclásico, sibarita, ácrata, célebre impostor semántico, elocuente político, poeta, cantautor, teleólogo, logólogo, artista de performance, elegante cisne indígena de la revuelta que enarbola como causa la búsqueda del celacanto en la tubería del drenaje profundo, ardiente enófilo de pócimas mediterráneas, bullanguero danzante de reggae, Gran Jefe Toro Parado, mentor auténtico de generaciones de pedernales y guijarros, pedagogo ilichiano de Cuernavaca —¿de dónde más?—, inventor e interventor olímpico del lanzamiento de adoquín sobre refrigerador, lubrica sus belfos con la misma hiriente lengua con la que dijo lo que dijo en Nueva York, antes de aborrecer a su bando. En Xochimilco, coronado con un estrepitoso sombrero de mariachi, sonríe en una Polaroid enchinampado el muchacho cheroki sobre la trajinera del amor, de nuevo con la camisa desabotonada hasta el sudado ombligo, pues imagina que cree que comprende el reto sicalíptico que representa preguntar a viva voz, bien alto: ¿es posible ser feliz en tiempos del desastre? Y se responde «sí: juntos». •


A Virginia, madre de dos hijos,

compañera de primaria de la autora Ocupáis tres asientos frente a mí en el autobús que se desplaza desde nuestro barrio alejado del centro al centro; al centro de nuestra localidad minúscula, entiéndase, no al centro de las cosas, no a la esencia misma ni a la materia nuclear donde la vida bang donde la vida se expande y obedece a todos los fenómenos —etcétera— que dicta la astrofísica. Lo proclaman las asignaturas que rodeábamos porque éramos de letras; lo proclaman los inexpugnables mecanismos que atañen a vocablos tan comunes como universo, vida, muerte, amor. Ocupáis tres asientos frente a mí en la parte trasera del transporte público: el niño a la derecha, en el centro la niña, la madre a la izquierda. Ahora tú, hija pequeña de Virginia: chándal rosa gastado —igual que los plumieres de tu madre— con un personaje que mi edad y condición soltera ignoran. Ahora tú, hijo mayor de Virginia, intuyo en tu barbilla y tus orejas los rasgos que heredaste de tu padre, y me pregunto si Virginia los maldice —Virginia, ¿los maldices?— a la hora del baño.

Elena Medel

Aquí tú lees una revista, Virginia, aquí tú no me reconoces: ¿te sirven los consejos del cuché, oh tú, tan rubia e inocente? Virginia, siempre con mi edad y ahora con dos hijos, sin anillo en el dedo, con un bolso colmado de galletas: Virginia, hijo mayor de Virginia, hija pequeña de Virginia, años luz caídos años luz quebrados en la comisura de los labios, cerrad los ojos y pedid un deseo frente a mí en el autobús destartalado que nos salva del barrio periférico y nos acerca al centro, lejos de los bancos en los que los adolescentes beben y las noches golpean los jardines, cierra los ojos, Virginia, porque en estos veintiocho minutos de trayecto he pensado en nosotras, en ti que no me reconoces veinte años más tarde, en tus canas donde la gente que nunca te habló, en tus canas donde la gente reía y se burlaba.

Pero tú, Virginia, tan rubia, ¿lo recuerdas? Allá donde entonces combatíamos piojos

Cristal del autobús junto a Virginia, espejito de ambas, tus uñas rojas comidas al fregar los platos, una gota de laca roja en tu dedo anular, oh Virginia, oh rubia e inocente, yo he pensado en nosotras,

ahora

bang

bang

yo he pensado en nosotras.

ahora

No sé si sabes a lo que me refiero.

escondemos el tiempo.

Te estoy hablando del fracaso.

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SPDISTRIBUCIONES Próximamente en librerías


Escritores: no permitan que desaparezcamos como parte de las máquinas Maxim Februari

L

a invitación para acudir al Baile de libros anual que inaugura la Semana del libro hace mención a los carriceros. Tras buscarlo en internet, supe que se trata de aves canoras. La invitación también menciona bosques verdes frescos y el fondo del mar, debido a que el tema de la Semana del libro holandesa es la naturaleza. Por lo tanto, es de esperar que en el baile los escritores viajarán en su imaginación por desiertos y contemplarán especies graciosas, maravillas de la naturaleza y avalanchas de lodo, para después terminar la aventura en la pista de baile —«libera al animal que hay en ti»—, acompañados de su animalito preferido. Es perfectamente lógico que el comité organizador haya optado por una concepción tan romántica de la naturaleza, pues difícilmente se produciría un estado de éxtasis en el Teatro Municipal de Amsterdam mediante una conversación sobre el concepto de convergencia, o sobre la sinergia entre las ciencias cognitivas y la tecnología biológica. Sin embargo, la convergencia —esa palabra aburrida— hace que escribir sobre la naturaleza se haya vuelto fascinante, puesto que en el siglo xxi la naturaleza ya no abarca únicamente el dominio de los animales, sino también el de las cosas: la frontera entre lo vivo y lo que no tiene vida se ha difuminado. La convergencia significa prestar atención a los vínculos entre la biología y la tecnología, o escribir sobre sistemas vivos en consonancia con el diseño. De ahí que los asistentes a la Semana del libro esperarán encontrar por todas partes manadas de robots que escriben, o parvadas de drones recitando poesía. O poetas con pantalones de cuero humano criado in vitro. Librerías surgidas de capas de moco bacteriano. Avatares vivos que han liberado a la bestia interna de cada quien. Esta vinculación entre la biología y la tecnología, entre lo vivo y lo que no tiene vida, no es un tema literario habitual. La ciencia ficción del siglo pasado aún no vislumbraba un futuro para la naturaleza. En 1909, E.M. Forster publicó un cuento titulado «La máquina se para», que se volvió famoso a nivel mundial por su capacidad de pro-

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nóstico: ahí se anunciaba el advenimiento del internet. En esta visión del futuro, las máquinas se habían vuelto tan dominantes que toda la creación se reducía a obedecerlas. Escribir acerca de la Naturaleza se consideraba como algo pasado de moda: «Toda la literatura antigua, con su alabanza de la naturaleza, y su miedo a la naturaleza, sonaba tan hueca como los balbuceos de un niño». Esta concepción de la naturaleza en el siglo xx era todavía un fruto del dualismo viejo que heredamos de la Ilustración. El hombre frente a la naturaleza. El hombre frente a la máquina. Pero, ¿y si resultara que estos fenómenos —la máquina, el hombre y la naturaleza— no existen separados? ¿Y si existieran únicamente juntos? En estos nuevos tiempos en los que la máquina se nos impone en todos los rincones de la vida cotidiana, se difunde ampliamente la idea de que el hombre por naturaleza justo es el que se encuentra bastante próximo a la máquina. Para citar el título de un libro del filósofo tecnológico holandés Jos de Mul, el hombre es «artificioso por naturaleza». El uso de utensilios y herramientas externos es desde su origen característico de la especie humana. Mientras que otros animales mantienen sus extremidades dentro de las fronteras de su cuerpo, nosotros las externalizamos y las convertimos en instrumentos. Lo anterior significa que somos seres tecnológicamente determinados, y que nuestra biología se adapta continuamente mediante la tecnología. Hace poco veía en televisión a un hombre de ciento un años sentado alegremente frente a su computadora. Contaba que seguía vivo gracias a su interacción con el mundo, hecha posible por su acceso al internet: «Es decir que todo depende de mi dedo. Cuando en algún momento no pueda hacer doble clic, estaré muerto». Así es como hemos evolucionado. Nuestro dedo se ha convertido en un «dedo doble clic» que nos mantiene conectados a internet, y nuestra vida depende de nuestro vínculo con la computadora. Como ya dije antes, este vínculo no es algo nuevo, pues desde siempre hemos estado vinculados con las cosas: martillos, ruedas, máquinas de hemodiálisis, cepillos de dientes, máquinas de escribir y demás instrumentos íntimos que nos convierten en ciborgs. Conectamos


nómenos vitales forman cada vez mayor parte de un planteamiento ingenieril enfocado en lo que puede modificarse». La ciencia y la tecnología se aproximan, convergen, y realizan intervenciones en el campo de investigación de la otra. Mediante estas intervenciones se mezclan los sistemas mismos, con la consecuencia de que La lengua es una de las hela máquina adquiere vida y lo vivo se torna rramientas que el hombre máquina. Esto último implica que los fenóde la vida —el hombre, el animal, externalizó, que no mantie- menos el cerebro, el paisaje— se enfrentan con un ne al interior de las fronteras «planteamiento ingenieril» de tecnología Este planteamiento considede su cuerpo, como hacen los informática. ra que la vida es modificable y controlable demás animales, sino que a partir de los parámetros de la eficiencia. Por ende, por ejemplo los usuarios de Facecolocó fuera de sí mismo: book están siendo observados por la tecnoen libros y escritos. Y como logía, para deducir a partir del perfil de su nuestros cerebros al coche, tragamos sucede con herramientas co- rostro, la dirección de su mirada y sus teclados qué es lo que desean, y poder adaptar nanocomputadoras para curarnos, y deel mundo conforme a ello. Igualmente, los jamos que internet use nuestro cuerpo, mo el vehículo autónomo y invadiéndolo con sensores. No se puede los robots, es común que los tractores de la empresa internacional John Deere vigilan los paisajes para recopilar trazar una frontera clara para delimitar textos se liberen y comieninformación. dónde termina la biología y comienza Nos hemos alejado mucho de los bosla tecnología. cen a independizarse. ques frescos del comité organizador de la Lo que sí es novedoso —y aquí nos Semana del libro, aunque esos bordes verdes frescos se hayan converconviene utilizar esa palabra aburrida: convergencia— es que la tectido ahora en ecosistemas moderados autónomamente por sistemas nología comienza a vivir una vida propia. Las herramientas que heartificialmente inteligentes. De nuestro planteamiento tecnológico mos fabricado se independizan. No sólo porque operan de manera ingenieril se desprende el deseo de exterminar a las ratas de los bosautónoma e inteligente, sino porque en estos nuevos tiempos ellas ques o, por el contrario, de resucitar a los mamuts con la ayuda de mismas adquieren características biológicas con las que se introducrispr, una tecnología creada para modificar los genes. En el bosque cen en el dominio de la naturaleza. Adquieren, por ejemplo, atributambién se instalan avionetas sin tripulación o redes de sensores de tos biológicos como tejido orgánico e incluso órganos; o el tiempo alta tecnología, diseñadas para detectar cazadores furtivos. En últide inteligencia que les permite participar plenamente del mundo ma instancia, ya hay una viva presencia de las cosas en el mundo de emocional del ser humano. O ambas: robots que cuentan tanto con la naturaleza. tecnología orgánica —tejido orgánico, células y órganos— como inteligencia artificial con emociones. De este modo, cada vez se parecen Homo scribens más al hombre natural. En esta nueva naturaleza, ¿cuál es el papel del escritor, el homo scribens (como le llama el comité organizador de la Semana del libro)? ¿To Planteamiento ingenieril davía tiene cabida en este mundo de softbots con sus ojos humanos En un dictamen previo elaborado en 2015 para la Asociación Holany su origen en la comunidad ingeniera? La principal característica desa de Bioética, el investigador Dirk Stemerding escribió sobre la del homo scribens es su consumo de alcohol, dicen los directores de ya mencionada convergencia, abordando la influencia mutua entre la Semana del libro. Pero habrá algo más qué decir sobre esta especie, la nanotecnología, la biotecnología, la tecnología informática y las ¿o no es así? ¿Algo sobre las herramientas que utilizan, la lengua y el ciencias cognitivas. Ahí consideraba que el conocimiento en detertexto, por ejemplo? En los artículos sobre la Semana del libro se cita minadas áreas hace posible la investigación en otras distintas, y vien abundancia una pregunta del poeta holandés J.C. Bloem: «¿Qué ceversa: «Mediante esta innovación desaparece progresivamente la es ahora la naturaleza en este país?». Pero sabemos que la naturalefrontera entre las ciencias físicas y las biológicas, lo cual quiere decir, za ya encontrará la forma de arreglárselas. Por lo tanto, me parece que también entre el mundo de la naturaleza inerte y la naturaleza que la pregunta más pertinente concierne a la literatura: «¿Qué es viva. Una característica de esta pérdida de distinción es que los feahora una novela en este país? Un trocito de texto, del tamaño de un periódico». Después del camino equivocado de la especialización, que duró siglos, el enfoque de diferentes ciencias lamentablemente no va automáticamente aparejado con la misma aproximación al arte y a la literatura. Y permítanme dejar claro que no abrigo la ilusión de que se puedan simplificar cuestiones complejas con sólo preguntar cuál es la solución a niños o artistas. Sería una sobrevaloración de la inocencia pensar que basta con pedir a los artistas que miren al mundo con una mirada fresca, que con una mirada ingenua se solucionarán los problemas más difíciles en un abrir y cerrar de ojos. Así no funcionan las cosas.

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Más bien, el planteamiento ingenieril puede precisar un ajuste con principios provenientes del arte y las letras. Porque mientras la tecnología cobra vida, la vida, como ya mencioné, es considerada cada vez más bajo la óptica del ingeniero de la tecnología informática. Esto no garantiza que todo vaya a resolverse, pues aunque el ser humano se caracterice por su uso de la tecnología, también se caracteriza por su búsqueda del sentido del mundo: al momento de morir no considera su vida satisfecha según su eficacia, sino que busca una narrativa, un sentido para su existencia. Es un hombre-arte en los dos sentidos de esta palabra: es un ser artificial y creador al mismo tiempo. Sustituir la vida por la simulación cognitiva, y reducir al individuo solitario a un nudo en una red sería quizá eficaz desde el punto de vista del planteamiento ingenieril, pero ese planteamiento tampoco es la gloria. Por eso, para ajustar dicha mirada el arte visual ha empezado a ocuparse de las nuevas cuestiones acerca de la vida, comenzando a clonar y elaborar sus propios tejidos artificiales, o también a pintar con bacterias. De esta manera, los artistas pueden realizar preguntas poéticas y éticas sobre la intervención en la naturaleza. Al trabajar con procesos científicos llegan a una imagen de la naturaleza que posiblemente ofrezca un complemento a la naturaleza ingenieril. ¿Y las letras? «Al homo scribens le gusta acurrucarse al lado de sus compañeros y aplacar su sed con el néctar de las palabras bonitas», escribe el comité organizador de la Semana del libro. Y es verdad. Se puede ver a las aves canoras posadas en una rama. Pero la naturaleza no deja de adaptarse, y el homo scribens ya no escribe únicamente prosa y poesía, ni solamente ensayos y tratados científicos. También puede intervenir en la realidad escribiendo. Las herramientas del escritor literario, la lengua y el texto, son igual de poderosas que las herramientas de los científicos, técnicos e ingenieros. Y al igual que el artista visual, el escritor literario puede ofrecernos una visión de la vida adicional a la que nos proporcionan la ciencia y la tecnología. Este año se cumplen exactamente doscientos años desde que Mary Shelley publicara Frankenstein, y entretanto el hombre es realmente capaz de reescribir el adn, crear software para remodelar el paisaje, scripts para la naturaleza. Así que no solamente aplaca la sed con palabras bonitas, sino que mediante la reescritura del adn creará realmente unicornios y lagartijas con alas, según la bioquímica Jennifer Doudna. Con el dopaje genético ya es posible hacer correcciones a uno mismo. Considerando todo lo anterior, el «homo scribens» no solo es un ser que escribe, sino también un ser escrito. Las tecnologías que desarrolla modifican su ser. La lengua es una de las herramientas que

el hombre externalizó, que no mantiene al interior de las fronteras de su cuerpo, como hacen los demás animales, sino que colocó fuera de sí mismo: en libros y escritos. Y como sucede con herramientas como el vehículo autónomo y los robots, es común que los textos se liberen y comiencen a independizarse. En los últimos siglos, los humanos pusieron por escrito su moral, en libros y códigos que podían poner frente a sí, en las mesas de sus casas. Pero ahora que las biotecnologías y las tecnologías informáticas pueden modificarnos desde dentro, mejorarnos, reescribirnos, ya no hace falta contar con reglas externas. No hace falta ponerlas en papel, pues se vuelven parte de nuestro script biológico e informático. Literalmente, ya no tenemos las reglas entre manos, sino que nos han superado: estimulación cerebral, manipulación genética, prevenir crímenes con la ayuda de Big Data. Al igual que en el cuento de Kafka, «La colonia penitenciaria», las reglas se graban en el cuerpo del hombre contemporáneo mediante una máquina ingeniosa con agujas. La tecnología se convierte en biología. La biología se convierte en tecnología. Lo primero significa que volverá el mamut. Lo segundo significa que nosotros mismos estamos en peligro de perder vitalidad, porque el planteamiento de la tecnología adquiere un papel dominante en nuestra existencia. La pregunta sin resolver será si dentro de unos años, al momento de morir, aún podremos ver nuestra vida como una narrativa. La novela, el concepto de la narración de la vida de un individuo particular, podría desaparecer. Ello porque en el momento en el que el hombre se traduzca en términos de información, se compute como un dato más y se divida entre cinco mil millones, perderemos nuestra concepción de un yo-individual. El homo scribens bebe demasiado, dice el comité organizador de la Semana del libro. Puede que tengan razón, pero no es para tanto, no es tan grave ser un poco indisciplinados. Pero habrá que tener la suficiente sobriedad y claridad de mente para prevenir que los ingenieros reescriban independientemente la naturaleza, hagan correcciones a los animales, y formulen cómo debe ser el bosque. Mientras toda tecnología se convierta en biología, la tarea del hombre-escritor es evitar que toda biología se convierta en tecnología, y que él mismo desaparezca como parte de la máquina. • Traducción de Joep Harmsen Para la Semana del libro holandesa, llevada a cabo entre el 10 y el 18 de marzo, el escritor, filósofo y licenciado en derecho holandés, Maxim Februari, escribió el presente ensayo acerca de las nuevas relaciones entre la naturaleza, la literatura y la tecnología en tiempos recientes.

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Glissandos en el laboratorio global Por Carmen Pardo

El efecto Hamelín

É

rase una vez... Con esta fórmula que emplaza cualquier narración que siga en un tiempo inmemorial y un espacio mágico, escuchábamos absortos aquellos cuentos que dejaron sus huellas en nuestra memoria individual y colectiva. De entre todos ellos, había uno particularmente inquietante, porque el castigo por el mal comportamiento de los adultos parecía recaer sobre los niños. Al terminar ese cuento, la imagen de seguridad que los adultos ofrecían aparecía un tanto resquebrajada. No recuerdo de qué sentía más temor, si de la suerte que los niños corrían o del reconocimiento de la maldad y de la torpeza de esos adultos. Ese cuento era, se habrá adivinado ya, El flautista de Hamelín. El cuento relata que la ciudad de Hamelín fue invadida por miles de ratas que devoraban insaciables el grano de sus repletos graneros y la comida de sus bien provistas despensas. Un hombre alto y flaco, con una pluma en el sombrero y una flauta bajo el brazo llega a la ciudad y, a cambio de mil florines, promete liberarles de las ratas. Interpretando una irresistible melodía con sus ágiles dedos, las dirige hasta el río Weser, donde perecen ahogadas. Una vez muertas las ratas, los notables de la ciudad no encuentran motivo alguno para saldar la deuda con el flautista. Éste, en venganza, toca con su flauta otra melodía y todos los niños le siguen bailando al compás. En la versión del inglés Robert Browning, el flautista los conduce hasta una montaña que se abre para darles paso y después se cierra tras ellos. Pero no todos los niños entran. Hay un niño cojo que no puede seguir el ritmo y se queda fuera. En 1992, otro ritmo y otra melodía acogen el tema del flautista de Hamelín. Se trata del grupo de trash metal Megadeth con su «Symphony of Destruction» del álbum Countdown to Extinction. Escrita por el vocalista Dave Mustaine —antiguo integrante de Metallica—, la letra muestra a un hombre a quien convierten en líder político, un títere del verdadero poder: militar, eclesiástico y económico. En el estribillo, la letra nos recuerda también

que, como en el cuento del flautista de Hamelín, las ratas son conducidas por las calles al ritmo de la música y que bailamos como marionetas. Todos, líderes políticos y pueblo, bailamos al son del poder que es aquí el poder político oculto tanto como el poder de la propia canción de Megadeth. Con esos espléndidos solos de guitarra que hace Marty Friedman, es imposible resistirse. Los solos de guitarra de Friedman son equiparables, en cuanto a seducción, a los alegatos políticos de ese líder-marioneta. Con ellos, el poder de la música y el poder político vuelven a establecer unos nexos que ya quedaron bien explicitados en el cuento de Browning. En Hamelín, ni los notables de la ciudad ni el flautista tienen nombre. Tampoco los niños ni las ratas. El cuento narra la dinámica de las acciones colectivas cuando se someten a la ceguera del poder: el propio poder de los notables que sintiéndose superiores faltan a sus compromisos y el poder que puede emanar de la música. Sólo se salva el niño que es diferente y no puede bailar al son de sus melodías. El cuento de Browning establece el paralelismo entre las promesas vacías de los notables de la ciudad y las melodías de ese extraño flautista. Este ser arrastrado por la seducción de lo escuchado es el efecto Hamelín. Sin duda es este efecto el que reconoce George F. Kennan, antiguo embajador norteamericano en la Unión Soviética, cuando en 1981, en plena guerra fría, escribe en The Nuclear Delusion, Soviet-American Relations in the Atomic Age:

Hemos acumulado armas, misiles, nuevas fuerzas de destrucción. Lo hemos hecho sin poder impedirlo, casi de modo involuntario: como si fuéramos víctimas de una especie de hipnotismo, como unos roedores corriendo hacia el mar, como los niños de Hamelín siguiendo ciegamente al flautista. Y el resultado es que hoy, tanto nosotros como los rusos, hemos cometido en la producción de estos artefactos y de sus dispositivos de lanzamiento excesos tan absurdos que desafían toda comprensión.

El ritmo de las melodías de Hamelín alentando la carrera armamentística, da cuenta de ese hipnotismo que desafía toda comprensión. Casi tres decenios después, se prosigue la búsqueda del niño cojo que en el cuento de Browning encuentra la flauta y la toca, tan oportunamente, que la montaña se abre y los niños son liberados. Casi tres decenios después, comienza a ser evidente que hay que aprender a cojear un poco para ir más despacio y no seguir bailando, ciegamente, al ritmo seductor de cualquier poder. Tal vez entonces, pueda encontrarse esa flauta y tocarla de otro modo. •

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Viajes mujer adentro Margo Glantz

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oy una viajera obstinada, impenitente, quejosa. Viajo como si fuera mi único destino, un destino impuesto por los hados (adversos); por ello intento hacer una operación contradictoria aunque literaria: además de viajar hacia fuera, visitar países, ciudades, playas, inicio un viaje mujer adentro para tratar de explicarme las causas de esa agitada circularidad que cuando vivía en París, en mis ya lejanas épocas de estudiante, …además de viajar hacia dibujaba una extraña figura en el territorio de fuera, visitar países, los transcursos, pero común en el de la retórica, el oxímoron. El movimiento perpetuo ciudades, playas, inicio que entraña todo viaje se transformaba de un viaje mujer adentro de conciencia ya estaba de regreso en París, pronto y, gracias a un estado de conciencia llorando desesperada porque iba a dejar de singular, en el regreso, es decir, antes de haber para tratar de explicarver el Cuerno de Oro, cosa que en verdad viajado ya estaba de vuelta cancelando el viaje me las causas de esa me sucedió como sucede en cualquier viaje, y nulificando su sentido. Recuerdo alguna vez, cuando llegamos agitada circularidad que a pesar de que seguía contemplándolo, absorta, extasiada, en ese preciso instante, desde Poco López Cámara y yo por primera vez a cuando vivía en París, un recodo milagroso de la ciudad. No sé si Estambul en 1954, la legendaria Constantinopla, dirigirnos a nuestro hotel —por cues- en mis ya lejanas épocas me explico, pero lo que sí sé es que mis viajes se hacen pero al mismo tiempo se deshacen: tiones económicas situado en un suburbio de estudiante, dibujaba apenas empezados los anulo en el pensamienno muy elegante de la ciudad—, tener la to y de manera inexorable regreso al punto sensación de no haber salido de la Ciudad una extraña figura en el de partida. de México y recorrer incesantemente calles territorio de los transcurDecir que Estambul es bella es repetir un idénticas a las de uno de sus barrios populares, la Lagunilla; las callejuelas de repente sos, pero común en el de lugar común, pero no puedo dejar de repetirlo, Estambul es una ciudad bella, bellísima. se abrieron y se transformaron en el Cuerno La visito de nuevo en noviembre del 99, poco de Oro, una enorme perspectiva, la vista so- la retórica, el oxímoron. antes de cambiar de siglo, aunque no sé bien berbia, el sol iluminando apenas el mar y ensi el siglo empezaba en el 2000 o en el 2001; voy con Renata, mi hija tre el fondo brumoso del cielo la silueta de los innúmeros minaretes menor. Empezamos nuestro periplo en la antigua Bizancio, luego y las cúpulas de las mezquitas de la vieja ciudad; la visión me dejó Constantinopla, conquistada por los turcos en 1453, quienes dejaron suspensa, maravillada, y, sin embargo, en un acto malabar y súbito intactos —minaretes más o menos— algunos de los más bellos edificios de la ciudad antigua: Santa Sofía cuya silueta bizantina define el paisaje del Cuerno de Oro, convertida en modelo fundamental de mezquita; la cisterna con sus miles de columnas y, una, cuyo capitel invertido ostenta unas medusas cuya capacidad de producir horror se ha perdido, medusas iluminadas, serenas, sumergidas en ese castillo subterráneo, la cisterna llamada Yerebatan Sarayi. Salimos. Arriba, otra columna, carbonizada, construida por orden de Constantino I en 325 de nuestra era, ejemplo de sincretismo: el emperador hizo representar en ella imágenes paganas y cristianas, incluyendo la piedra de la que Moisés hizo brotar el agua; cerca, los clavos de la Cruz de Cristo fundidos dentro de la corona que decoraba

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dias cúpulas, mandada a construir por un sultán famoso, Ahmed I, e inaugurada un año antes de su muerte, acto para el cual, en signo de humildad, Ahmed usó un turbante imitando las babuchas del profeta Mahoma, cuya enorme huella —de caminante empedernido— tuvimos ocasión de admirar en el palacio de los sultanes, el Topkapi, repleto de joyas milyunochescas, único calificativo que se ajusta a su esplendor. A la mezquita entramos sin zapatos —mis medias están rotas—, y nos obligan a cubrirnos la cabeza con unos pañuelos sudados. Los hombres rezan en su pedacito de tapete, se arrodillan, se extienden sobre el suelo, (yo necesitaría ¿qué importancia pueaños de hacer yoga para obtener esa flexibilidad), las mujeres y los turistas permanecede tener que una mujer mos en la periferia. Renata está fascinada, cualquiera haga viajes quiere visitarla de nuevo, antes de partir de Estambul hacia París, mi ciudad preferida, interiores o exteriores ¿ciudad demasiado occidental, quizá demaque parecen resolverse en siado previsible? Siempre me ha parecido fascinante la culla más absoluta inactivitura del harén (lo prohibido, el lugar de lo dad? ¿Será por qué siendo santo): el sultán se rodeaba de mujeres o de muchos de ellos negros, para deadolescente había leído El eunucos, tectar el adulterio. ¿Era posible? Curiosa judío errante de Eugenio exclusividad. Mundo hermético, femenino, de intrigas, rumores, deseos frusSüe? ¿O será que preten- mundo trados. Afuera, en los salones, el ámbito de do seguir el inexorable lo político, los visires con sus turbantes, los y sus alfanjes, la ceremonia, los ridestino que mi padre me jenízaros tuales. Dentro, la madre, las concubinas, las hermanas, las primas y sobrinas, las criadas, impuso cuando termilos eunucos, los hijos pequeños, posibles sunada la Segunda Guerra cesores al trono. Junto a la mezquita, el cementerio con los Mundial empezó a viajar mausoleos de varios sultanes y sus favoritas.

la estatua del emperador Constantino— Apolo (?). La Kariye Camii, la antigua iglesia bizantina de San Salvador en Chora, convertida en mezquita en 1511 y ahora museo, ostenta hermosos mosaicos y frescos muy bien conservados. En el museo de antigüedades destaca el mausoleo de Alejandro, ornamentado con apolos, océanos, cleopatras: es importante recordar que los famosos caballos de Venecia, los de la Catedral de san Marcos, ahora substituidos por copias, fueron un botín de guerra traído desde Constantinopla. El imponente acueducto, en perfecto estado; debajo de sus columnas pasan los taxis amarillos y las mujeres con las cabezas cubiertas; en mi primer viaje, pocas iban veladas: desde la época de Ataturk se intentó liberar a las mujeres; Ataturk, interminablemente para caudillo vestido de smoking con cara de 2. conseguir fondos para ayugalán de cine mudo, cuyo retrato está Evidentemente he viajado en tren, en avión, en todas las paredes de agencias de via- dar o enviar a Israel a los en autobús, en barco o he pedido aventón en je, correos, ferrocarriles, paradores, mulas carreteras europeas o hasta en un coche judíos sobrevivientes de seos, etc., una especie de Stalin avant la Hillman que alguna vez compramos Paco y lettre, prefigurando a un nuevo dictador, los campos de exterminio? yo que nos llevó por la antigua Yugoslavia Erdogan, quien quiere hacer retroceder en tiempos aparentes de prosperidad (en la historia. México), para visitar la costa Dálmata, entonces totalmente virgen Y los bazares y los vendedores de tapetes a granel, enojados porque (apenas había carreteras) y tan barata que nos alojábamos en hoteles no queremos comprarlos, me increpan, «todos vienen a Estambul principescos cerca de las antiguas ruinas romanas y comprábamos a comprar tapetes y ustedes me desprecian»; en el bazar se vendía por una bicoca unas monedas de plata con la efigie de la emperatriz además yogurt, avellanas, azafrán, cojines y miles de pieles para abriMaría Teresa de Austria, reliquia de esas épocas ya lejanas en que el gos de cuero mal cortados y amontonados en las vitrinas, también imperio austrohúngaro gobernaba gran parte de la Europa oriental, colas de ¿zorro? en paquetes informes y mal cerrados, en las calles, monedas que conservé durante casi sesenta años y que me acaban de los desperdicios colocados en montones de basura visitados por inrobar en un asalto. numerables gatos. El panorama vuelve a ensancharse de repente y reaparece el Cuerno de Oro con su tenue neblina azulada, el agua extensa, mucha gente —¡es una gloria, decimos!—, aunque yo sepa que no hay gloria sin purgatorio ni sin infierno y que en Turquía mucha gente vive sin alcanzarla jamás: ¿los kurdos?, ¿las mujeres?, aunque hay quien dice —y Renata está de acuerdo— que se las ve felices y serenas, aunque sólo excepcionalmente dejen asomar un mechón de pelo o la cabellera completa cortada a la moderna, y mucho más extraño aún, algunas van en minifalda, obviamente en su trabajo como cajeras de banco de una trasnacional. La Mezquita Azul es una Santa Sofía a lo bestia —hermosa—, situada enfrente con sus seis minaretes, sus cascadas de cúpulas y me-


Pero, me interrumpo, ¿qué importancia puede tener que una mujer cualquiera haga viajes interiores o exteriores que parecen resolverse en la más absoluta inactividad? ¿Será por qué siendo adolescente había leído El judío errante de Eugenio Süe? ¿O será que pretendo seguir el inexorable destino que mi padre me impuso cuando terminada la Segunda Guerra Mundial empezó a viajar interminablemente para conseguir fondos para ayudar o enviar a Israel a los judíos sobrevivientes de los campos de exterminio? Y los viajes de mi padre empezaban y terminaban siempre en el muy pequeño aeropuerto de nuestra ciudad todavía transparente. Entonces yo pensaba sólo y con gran ansiedad en los regalos que él nos traería, regalos de regiones entonces muy prósperas: collares de

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Ilustración de donDani

plata del Perú, bolsas de caucho de Panamá, artesanías de Guatemala, mariposas disecadas del Brasil, objetos de cuero de Buenos Aires, algunas piedras del Congo belga o bálsamo del tigre de la China, y no advertía que en ese movimiento pendular que nos hacía ir y venir a o del aeropuerto se estaba forjando mi destino. Cerca de la ventana de mi estudio aparece mientras escribo —y como por ensalmo— una mariposa amarilla muerta, sus alas son perfectas. No la muevo de lugar. Reposa sobre una faja bordada que alguna vez compré en Antigua, Guatemala. Vuelvo a hacerme la pregunta: ¿a quién le importa que yo dé vueltas como trompo y que mi movimiento sea sólo una ilusión furtiva? ¿Mis viajes prefiguraban el internet? ¿Eran solamente navegaciones


virtuales? ¿Como la que me llevó por dos días a Huatulco con mi hija Alina, tratando de resolver algunos asuntos familiares, viaje en el lejano año de 1985 que ni siquiera nos dejó la piel tostada por el sol, aunque, eso sí, nos permitió ver la terrible desolación de nuestras playas que quizá como las de Haití sólo pueden ser gozadas en su plenitud por los turistas extranjeros? Lo reitero: desde pequeña supe que mi destino sería errante como el del judío de la novela de Eugenio Süe, libro que literalmente devoré en mi adolescencia junto con Los misterios de París del mismo autor, Los tres mosqueteros de Dumas y Los miserables de Victor Hugo. Ese destino viajero no era manifiesto: mis primeros viajes nunca me llevaron más lejos de Xochimilco, Tula o Teotihuacán (sitios arqueológicos que cuando era joven eran poco frecuentados) o cuando más a Cuernavaca o Tepoztlán, de donde siempre traían mis padres las tradicionales miniaturas excavadas en madera que evocan a la vez un caserío y las montañas, cuyo máximo atributo, según Carlos Pellicer, es su nostalgia marina. Cuando cumplí trece años acompañé a mi padre a Veracruz, donde por primera vez vi el mar, vestida con un traje sedoso de adecuado fondo azul y estampado con caracolas. No recuerdo cuál fue el objeto de ese viaje, sin embargo sí me acuerdo de una escala que hizo nuestro transporte, un autobús ado (Autobuses de Oriente), en Xalapa, justo en la hermosa plaza principal, situada sobre un cerro, húmeda, limpia, con un aire provinciano, casi decimonónico, desbordante de vegetación, muy diferente a la de hoy, mucho menos arbolada, invadida, despojada, violada, y al recordarla en esos tiempos (¿sería 1943?) mi recuerdo se retrotrae y veo a mi padre bañándose en las playas de Veracruz con el cuerpo totalmente enrojecido por el sol. Lo veía desde la orilla del mar, un poco gris: me dio miedo y una leve nostalgia. Más tarde, en 1947, viajé con mi madre a los Estados Unidos para comprar ropa (de mujer) (de contrabando) (aún no existía el tlc , ahora agonizante) y venderla después en la Ciudad de México. Me gusta rememorar mis paseos por las calles de Dallas en épocas de intenso calor y la elegancia de las mujeres con sus grandes sombreros a lo Greta Garbo, sus altos tacones y sus elegantes vestidos de algodón, como si estuviéramos en La rosa púrpura del Cairo, de Woody Allen, dentro de la película y no mirándola sentados en la sala, conviviendo con personajes desconocidos aunque románticos. O mejor en un cuento de Quiroga, mucho antes de que Woody filmara su película, en ese cuento un marido despechado sale de la película, saca una pistola y asesina al amante de su mujer sentado con ella en un palco situado frente a la pantalla. A mediados de los sesenta y por intermedio de los Ezcurdia, Manuel y Antoinette, fui invitada a dar clases al Instituto de Lenguas de Monterrey, pueblo protagonista de una célebre novela de Steinbeck, situado en la hermosa bahía del mismo nombre, cerca de otros pueblos habitados por gente riquísima, como Carmel o Pacific Grove, mejor conocido como Pacific Grave, porque sus habitantes eran multimillonarios de edad provecta. Cuando hice ese viaje, mi hija Alina tenía seis años de edad y su idea de los Estados Unidos era singular, imaginaba ese país como una inmensa tienda donde sin interrupción vendían sólo helados y muñecas barbies, ese artefacto famosísimo que acaba de cumplir varias décadas de vida y aún parece ser uno de los objetos más codiciados de las niñas, entre ellas mi nieta Sofía, quien cuando iba a cumplir cinco años ya contaba en su haber con doce muñecas de esa marca, algunas de larga cabellera imposible de escarmenar y miles de accesorios y acompañantes, por ejemplo, su novio Ken, para quien existía asimismo un vasto repertorio vestimentario. (Y mi otra nieta, la más pequeña, que ahora tiene ocho años, se entretenía fotografiando con el celular de su mamá varias muñecas Barbie en traje de baño).

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Era el tiempo de los hippies, del Festival de Newport, de los jóvenes de pelo largo, de los pantalones acampanados que se apoyaban en las caderas (hip huggers), y mis alumnos y yo cantábamos y bailábamos al son de los Jefferson Airplanes, Los Mammas y los Papas, Johnny Rivers, y, obviamente los Beatles y los Rolling Stones, entonces jóvenes y guapos, como yo misma. En mis momentos libres solía tomar la carretera #1 para almorzar un sándwich de queso y aceitunas negras en Nepenthe, bello y pequeño restorán situado en lo alto de una montaña muy cercana a Big Sur, donde Henry Miller se había retirado del mundanal ruido con una de sus esposas, creo que la quinta, una japonesa. Subía yo la carretera en un coche color verde caqui que había pertenecido en épocas mejores a la Pacific Bell Company (en esa época la empresa telefónica más importante del oeste), una carcacha inmensa que ascendía con esfuerzo la angosta carretera por donde circulaban los automóviles último modelo a gran velocidad. Yo manejaba con una insegura lentitud: provocaba la desesperación de los automovilistas y varias veces estuve a punto de provocar un accidente. Entre mis amigos había una muchacha hippie que tenía dos hijos a los que nunca les peinaba el largo y rubio cabello y cuyo novio era un objetor de conciencia que hacía dieta para eximirse del servicio militar en Vietnam, medía cerca de dos metros y era delgadísimo; recuerdo muy bien su cuerpo anoréxico, blanquecino y pecoso, enfundado en un traje de baño negro que lo hacía verse aún más enjuto, tumbado en la arena de una de las maravillosas playas de la costa norte californiana con sus acantilados y su maravilloso mar de agua helada, cumpliendo con su heroica dieta mientras nosotros devorábamos todo tipo de comida (junk food), acompañándola con cerveza. Más tarde, cuando ya había acabado la guerra (la de Vietnam), vinieron a México (él hizo el trayecto en motocicleta) y se hospedaron en mi casa, con consecuencias desastrosas: en ese tiempo los norteamericanos aún creían en la eficacia de sus conductas.


En 1997 volví a California, a Berkeley, donde alguna vez los estudiantes participaron en un histórico movimiento de rebelión. Aún era una universidad muy viva, pero sus formas y sus métodos se habían transformado, tanto en sus conductas como en su lenguaje, políticamente correcto y estrictamente codificado, y cada grupo se veía integrado a compartimentos verificables y hasta anodinos, en cierto modo los resabios arqueológicos de un exaltante pasado. A finales del siglo xx, cuando me paseaba por la universidad y las calles de esa ciudad universitaria, la única hazaña heroica digna de recordar fue el papel representado en una comedia por Monica Lewinski cuando el presidente Clin- No hay que exagerar, ton fuera su (breve) compañero sentimental; porque me acerco pevarias de las vitrinas de algunas de las tiendas de modas estaban decoradas con carteles en ligrosamente a Oliver los que la joven becaria anunciaba una nueva Twist o a Nicholas marca de productos lácteos; afuera, acampados en las aceras, tirados en el suelo, varios Nickleby de Dickens, vagabundos —homeless— de pelo muy largo y ni éramos huérfanos y sucio, pedían limosna, acompañados de uno ni se nos perseguía o varios perros muy bien alimentados

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Recuerdo en particular una tarde de ese año en que con Lilia Carrilo y Ricardo Guerra estábamos Francisco López Cámara y yo frente al Arco de Triunfo, simples y pobres estudiantes, sin saber qué hacer y con la cara amoratada por el frío: el termómetro marcaba una temperatura poco habitual de veinte grados bajo cero que ha vuelto a repetirse en el invierno de 2017; rememoro también una mañana de ese mismo año en que decidimos ir al Louvre y tomamos el autobús equivocado; al advertirlo decidimos caminar hasta el museo que quedaba a unas pocas cuadras de allí, pero al cabo de unas cuantas más nos vimos obligados a entrar precipitadamente en un bistró —parecido peligrosamente a los de cualquier película o fotografía francesa de esos tiempos—, con el deseo de tomarnos un vino caliente, un vin chaud, cosa que yo hice sentada sobre el calefactor, artefacto que ahora se vende en las casas de antigüedades del Marais, entonces barrio pobre, con algunos judíos religiosos que aún habitaban el barrio, como antes de la guerra, y donde podíamos (si la teníamos) cambiar moneda en el mercado negro o comer delikatessen maravillosas a precios más sorprendentes aún. En 1954 nos mudamos a un hotelito cercano a la Porte d’Orléans. Sólo nos separaba de la Ciudad Universitaria, donde viviríamos el resto de nuestra estancia en París, un enorme parque, el Montsouris. Más tarde, creo que en 1956, una de las crisis de petróleo que de vez en cuando amenazan al mundo civilizado —se trataba esta vez de la crisis del Canal de Suez— nos hizo tiritar varias semanas de frío: se interrumpió la producción de gas mazout, necesario para hacer marchar los radiadores. A la entrada del restorán de la Cité Universitaire —donde comíamos todos los días— había un letrero que nos ordenaba quitarnos los sombreros antes de entrar, cosa lógica si se tiene en cuenta que casi siempre era invierno (o por lo menos así me lo parecía) y todos íbamos enfundados en ropas de lana y con la cabeza cubierta. Si alguien olvidaba la consigna, todos los estudiantes golpeaban con sus cuchillos las escudillas que contenían un roast beef sanguinolento y unos ejotes grasosos. No hay que exagerar, porque me acerco peligrosamente a Oliver Twist o a Nicholas Nickleby de Dickens, y ni

sádicamente como en las novelas de folletín y podíamos recurrir a otros restoranes universitarios, el de Francia ultramarina o el Mabillon que aún existen (con mucho mejor comida): se debe tomar en cuenta que llegamos a Francia casi una década después de la guerra y los franceses eran todavía pobres.

Hace mucho tiempo viví años en París como estudiante. El boulevard Saint Michel estaba adoquinado y durante algunos meses me alojé en un hotel pequeñito del barrio latino, situado en la aún más pequeña rue Serpente, cerca de Hautefeuille y Monsieur Le Prince; desembocaba y desemboca todavía sobre la calle de Danton, el célebre revolucionario, cuya placa conmemorativa explica simplemente que fue miembro de la Convención revolucionaria, después de 1789. Los cuartos de hotel eran pequeños y sólo tenían un lavabo y un bidet rudimentario y portátil, y en cada piso, en un recodo de las retorcidas escaleras, haciendo juego con el nombre serpentino de la calle, un excusado cuyo inclemente olor me acompañó durante todo el invierno. En el año de Gracia de 2003, cuando se cumplían exactamente cincuenta años de haber visitado París por primera vez (donde permanecí cinco años), volví a ese albergue donde nos alojamos mi primer marido y yo, ahora un pequeño hotel de dos estrellas, con un lobby elegante, restaurado, luminoso, de donde ha desaparecido, al lado de la puerta, un letrero en metal niquelado blanco con letras negras que anunciaba «gaz à tous les étages».

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éramos huérfanos ni se nos perseguía sádicamente como en las novelas de folletín y podíamos recurrir a otros restoranes universitarios, el de Francia ultramarina o el Mabillon que aún existen (con mucho mejor comida): se debe tomar en cuenta que llegamos a Francia casi una década después de la guerra y los franceses eran todavía pobres. A mitad de nuestra estancia, es decir, hacia 1955, conseguimos un carnet para el restorán de las estudiantes universitarias, situado al frente del parque Luxemburgo donde se comía mucho mejor y mi marido se ¿qué importancia puecreía Casanova, rodeado siempre de seis de tener que una mujer o siete muchachas de buen ver y de distintas nacionalidades (prefería, creo, a las cualquiera haga viajes alemanas y a las suecas), y yo me sentía miembro de un ménage à sept, él se com- interiores o exteriores Ahora sé que siempre es posible escribir portaba como si estuviera en un harén: que parecen resolverse en sobre cualquiera cosa, aunque muchos hamás tarde nos divorciamos y él se casó yan trabajado anteriormente sobre el mismo con una de aquellas suecas, parecida a Liv la más absoluta inactiviUlman, la bella y extraordinaria actriz da- dad? ¿Será por qué siendo tema; así es, diría mi mamá, pero en aquel tiempo yo era apocada y obediente. La binesa de las peliculas de Ingmar Bergman adolescente había leído El blioteca se cerraba a las seis en punto, los y durante un tiempo su mujer. empleados pasaban tocando una campanaA mí me gustaba tomar el metro des- judío errante de Eugenio —como en los pubs ingleses a las once de la de la Ciudad Universitaria, cambiar en la noche— y avisaban con voz tronante y feliz: estación Denfert Rochereau, bajarme en Süe? ¿O será que preten«On ferme». el Luxemburgo, abordar allí el autobús do seguir el inexorable (La Biblioteca Nacional de la calle Riche21 —hasta el Palais Royal— y caminar destino que mi padre me lieu —donde pasé cerca de cinco años invespor la rue Richelieu, rumbo a la Bibliotigando— se ha convertido como el Quai teca Nacional, a cuya puerta hacía cola, impuso cuando termid’Orsay en museo. Allí vi recientemente una detrás de algunos príncipes rusos, hecho bella exposición de Sophie Calle). extraordinario cuya excelsa significación nada la Segunda Guerra Yo regresaba a pie al Palais Royal; me solía recalcarme el portero que vigilaba Mundial empezó a viajar detenía con fruición frente a una quesería la democrática distribución de los lugainterminablemente para ya desaparecida, situada al final de la calle res. Ya dentro, pedía los libros necesarios Richelieu, unos pocos metros antes de llepara seguir investigando sobre los viajeros conseguir fondos para ayugar a la Comédie Francaise, idéntica a la de franceses que habían venido a México enahora; en dicho establecimiento podían tre 1847 y 1867, para explicar en parte otro dar o enviar a Israel a los admirarse en la vitrina una diversidad magproblema, el del exotismo francés. Mien- judíos sobrevivientes de nífica de quesos (había cerca de trescientos tras me llegaban los libros, tomaba yo de los campos de exterminio? cincuenta variedades provenientes de las los estantes las comedias de los dramaturdistintas regiones francesas): yo los miraba gos de los siglos de Oro; intentaba invescon la misma desesperación que acosaba a los personajes indigentes tigar el tema del indio en América a partir de las comedias de Lope de de Los misterios de París. Entonces aún no había un mercado global Vega, tema que según Marcel Bataillon, el gran hispanista, polígrafo y y la mayoría de los quesos no estaban pasteurizados, pero los francemiembro del College de France, autor de Erasmo en España, a quien ses sólo se enfermaban del hígado. Si hacía buen tiempo, caminaba le solicité asesoría, ya estaba perfectamente bien estudiado. Con la hasta el Boulevard Saint Michel, me compraba un helado, entraba solemnidad y finura que le eran habituales, me mostraba textos sobre en el jardín del Luxemburgo, alquilaba una silla y me sentaba a ver ese tema, cuyos autores no recuerdo. pasar a la gente y jugar a los niños con sus barquitos de papel en los estanques, como en tiempos más lejanos lo había hecho y relatado el niño Marcel Proust en su extraordinaria novela. Cuando en 1958 emprendimos el regreso a México, lloré desconsolada pensando que nunca más volvería a ver esas memorables calles adoquinadas. Premonición cumplida: en mayo de 1968, imitando a los obreros de tiempos de la Comuna, los estudiantes usaron los adoquines como proyectiles, de inmediato recubiertos por asfalto. Volví de nuevo a París en 1981 y pude comprobar lo que alguna vez dijera Proust: «... les rues et les avenues sont passagères, hélas, comme les années». Desde entonces vuelvo a París casi todos los años. He comprobado, sin embargo, que algo permanece invariable y, de manera sintomática y universal, si se está atento (o atenta) aparecen bien delineadas torpes manchas oscuras, ya sea en las escaleras, los corredores o los andenes de las estaciones de metro, en las hermosas plazas de la ciudad, en las calles y avenidas de los barrios populares y de los barrios lujosos, cerca de las librerías o de las boutiques de los más elegantes diseña-


dores, en la puerta de los cines, debajo de los múltiples andamios que apuntalan edificios o los restauran; decoran asimismo algunos de los escasos adoquines que todavía se conservan en los hermosos pasajes parisinos estudiados por Walter Benjamin: son turbias y sinuosas, ensombrecen con su color oscuro y levemente húmedo los lugares públicos de París, ya sean memorables o anodinos: ¿será una mancha de aceite? ¿de cerveza? ¿o quizá del agua que ha escurrido de los arriates donde se riegan las plantas aun en donde éstas no existen? No lo sé, puedo imaginarlo, a pesar de que los puentes y los muelles del Sena o los corredores de los metros han mejorado su color —fueron grises, hoy son blancos— y el olfato ya no se resiente, y de que de las calles modernas de París han desaparecido esos maravillosos monumentos alineados de manera equidistante, situados cerca de los bellos quioscos que anunciaban y anuncian con puntualidad los acontecimientos culturales del momento; me refiero, como se habrá adivinado, a esos orinales conocidos con el nombre de vespasianas. Pintados de verde oscuro, redondos, con un canal por donde se deslizaba el agua, su altura permitía vislumbrar la cabeza y los pies de los varones que allí se congregaban continuamente. El olor los anunciaba como un aria de ópera anuncia la muerte de la protagonista. Hoy (¿hoy?, más bien una mañana del otoño de 1983) tomé el metro en la estación del Odéon: en las paredes de ambos andenes, enormes letreros de la unicef piden ayuda para los niños-soldado del África, en otros se solicita hogar para los animales domésticos abandonados o extraviados en la ciudad. No sé por qué, pero de repente me vuelve la imagen exacta de mí misma, como si la hubiese

extraído del delicado sabor de una magdalena remojada en una taza de té, un sabor delicioso a almendra, mantequilla y bergamota o quizá a hierbabuena, y el sabor me retrotrae, como a Proust en Combray, imagen obvia, a mi propia imagen: me contemplo de pie, detenida como estatua de marfil, en 1956, frente a los aparadores, admirando la ropa magnífica que nunca pude comprar o los quesos maravillosos jamás degustados acompañados de una baguette y de vino tinto, por más ordinario que fuera, quesos que hubiera gustado acompañar con rebanadas frescas de baguette recién untadas con mantequilla —esa mantequilla de la que le era imposible prescindir a la vieja dama que leía en 1955, en el quiosco de periódicos junto al metro de Saint Michel, la noticia de la invasión soviética a la ciudad de Budapest y que exclamaba consternada «zut, plus de beurre»—. De esa manera y sólo así podría borrar la patética imagen que de mí misma me hacía recordar a los huérfanos que habría de rescatar de la miseria la unicef... ¿Es que los textos de viaje sólo se legitiman, como dice Francis Wahl al prologar un libro de Barthes —Incidentes—, por el esfuerzo realizado por la escritura para asirse a lo inmediato? Algunas frases de Barthes podrían resolver quizá algunas de estas dudas, las dudas que nos asaltan a quienes viajamos y escribimos que viajamos: «Me pongo, escribe, en la situación de aquel que hace algo, y ya no de aquel que habla sobre algo: no estudio un producto, endoso una producción; elimino el discurso sobre el discurso; el mundo ya no me llega en forma de objeto, sino como escritura, es decir, como práctica, paso a otro tipo de saber». •

Salario máximo • Por donDani

¿Escuchaste que subirán el salario mínimo?

¿No sería mejor que fijáramos un salario máximo? Ya con eso…

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Beber y bailar

(Las reinas de la era de piedra en la cdmx)

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u compa es díler, me preguntó. —No, respondí. —Entonces por qué todos los saludan. Segundos después surgió de los altavoces «Walk the Night» de los Skatt Brothers. Era una advertencia. Una amenaza. De que caminaríamos la noche, la taladraríamos. La picaríamos como si de una piedra de cocaína se tratara. En compañía de Queens of the Stone Age. Ultimátum que después refrendaría Josh Homme con sus propias palabras. Dos horas antes, para matar el tiempo (no estaba para otra cosa que para el post-stoner rock pop, el cartel del Vive Ladino me resultaba más atractivo que una madrugada desperdiciada facturando en el portal del sat), le hice el amor a un cuartel de California Sunshine en compañía de un personaje del que no puedo revelar su identidad por culpa de la maldita Ley de Seguridad Interior, pero a quien signaré para efectos narrativos como el Doctor. Pretendía mantenerme virgen de música hasta qotsa, pero entonces el Doctor se pronunció: —Acerquémonos a aquel escenario. Conforme nos aproximábamos me percaté de que estaba vacío. —Ya te pegó el ácido, Doctor. Resolvimos entonces aferrados a unas columnas hasta que el aceite terminara de atiriciarnos. Cada cinco minutos alguien saludaba al Doctor. No sé si para pedirle prestado, preguntarle cuánto cobraba o solicitarle alguna sustancia. Días atrás mi cuerpo me había patrocinado una lumbalgia que confundí con un malestar en los riñones. Decidido a vencer el padecimiento me compré un frasco jumbo de comprimidos de Palo Azul y me los comencé a administrar como si fueran Tic Tac. Aterido, me arrastré hasta un laboratorio para practicarme un examen de orina. Los resultados arrojaron que tenía los riñones más cristalinos que el niño Dios. Pero como el idiota adicto que soy no dejé de tomarme el Palo Azul. Comencé a pagar mi compulsión desde la

primera cerveza. Desde el minuto cero que habíamos ingresado al Foro Sol, mientras el Doctor socializaba yo aprovechaba para ir a desmantelarme la vejiga. Dicen que Dios es bueno con los locos, los idiotas y los border, y yo creo que también con los fans del Palo Azul, porque cuando nos instalamos en el escenario principal caímos parados. Justo debajo de nuestros pies había una coladera. El problema del desagüe se había resuelto. Refileaba vasos de chela vacíos con mis miados y luego los vertía en el drenaje. A la vista de todos y con la risa de Doctor como faro alumbrador para que aquellos que no se daban vuelta voltearan a verme. «Walk the Night» se interrumpió y qotsa se plantó en el escenario con sed de sangre. Desde las primeras notas de «If I had a Tail» sentí que por primera vez desde que había decidido acudir al Vive Padrino comprando el boleto a mil quinientos más cargos había valido la pena hasta el último puto peso que había pagado. El año pasado qotsa había anunciado en su página una visita a la cdmx. Después del 19S la fecha había desaparecido de su web. Y que no abrieran fecha en un local cerrado, abona a las sospechas de que van a tardar en volver. Es comprensible. Han estado golpeados por la desgracia. No directamente. Pero sí de refilón. Baste recordar el atentado terrorista que sufrió Eagles of Death Metal en París, donde murieron ochenta y cinco personas acribilladas en la sala de conciertos Bataclán en 2015. Anyway. La espera había terminado y frente a nosotros estaba por fin el genio que había resucitado a Iggy Pop de su muerte civil, el ex miembro de Kyuss, el cantante de Them Crooked Vultures, el mandamás en qotsa, para arrinconarnos con la presentación en México de Villains. En ese momento me entró un mensaje de la Diva:

—Dónde putas estás. El mns llegaba con tarde debido al delay que se produce por la ausencia de señal. Al día siguiente me enteré de que no había conseguido entrar. Al güey le daba lo mismo el festival. Pero su mujer es incondicional de Gorillaz. Había comprado vuelos desde Torreón para llevarla al Vive. Pero cuando pretendió comprar los boletos, se habían agotado. Intentó comprar en la reventa sin éxito. Días antes del Vive Padrino, Ticketmaster liberó unos cuantos. Quiso comprarlos en línea y su tarjeta pitera se resistía. Tuvo que conducir hasta un centro de atención y comprarlos. Como sólo se les antojaba Gorillaz de todo el programa, su mujer y él habían acordado llegar poco antes de qotsa para agarrar un buen lugar. Veinte metros antes de acceder al Foro Sol le sacaron los boletos de la bolsa de la chamarra y se quedaron fuera del festival. Mientras ellos regresaban en metro yo brincoteaba con los acordes de «My God is the Sun». Al día siguiente saldrían varias notas de que esta edición del Vive Cochino había sido una de las más chakas de la historia. Repleta de robos y abusos policiales. Pero también una de las que mejor habían ecualizado. Puta, cómo sonaba qotsa. Y qué pinche escenografía. Y el manejo de cámaras. Con unos close-ups a los instrumentos que se repetían en las pantallas con autentico terrorismo visual. Y no era por el aceite. Porque a mí todavía no me pegaba. Justo antes de la tercera rola me pedí una chela y apenas comenzaba «Feet Don’t Fail Me» cuando le di un trago y como cavernícola bajo la lluvia sentí el bufadón de Mr. Sunshine. Me convertí entonces en un animal domesticado, masticado, por el aceite. Al terminar la canción, Josh Homme nos cantó un tiro. Dijo que venía a partirnos la madre sónicamente. A demostrar lo que se podía conseguir con catorce canciones. Saltó entonces una de las rolas más Eagles of the Death


Psycho Killer

Por Carlos Velázquez

proyectil y no vimos a nadie que fungiera como autor intelectual. Doctor y yo nos miramos y después volteamos hacia el cielo. Estabamos justo debajo de las gradas, por la parte de atrás. Metal de qotsa: «The Way You Used La pinche escoba mutilada provenía desde las to Do». Entonces sí a bailar, hijo de alturas cuasi divinas de las gradas superiores. su pinche madre. A mover el ácido. El Si me hubiera golpeado en la cabeza es seguro azoro comenzó a pavimentarnos. Como que no habría redactado esta crónica. si una aplanadora estuviera pasándonos Una hora u hora y media después Doctor y y «A Song for the Deaf» para terminar de por encima. Y esto no por culpa del yo nos encaminamos a la salida, sólo para descubrir que el embotellamiento humano conpartirnos en dos. Homme había cumplido. lsd. Era la pinche ametralladora Homme & cia. qotsa no es una gran bantinuaba, y justo antes de la puerta que separa Dijo que nos partiría la madre y aunque da. Es La Banda. Durante «You Think a la música de la calle nos orillamos en unos faltaron algunas rolas (yo pensé que se I Ain’t Worth a Dollar, But I Feel Like a jardines, a miar por supuesto. Y algo así como reventarían «The Vampire of Times and Millionare» me aventé una de las miaunos cuarenta minutos después abandonamos Memory»), nadie podíamos sostenernos das más largas de mi vida. Me salpiqué por fin el foro. de pie. el pantalón. No podía dejar de saltar. —Yo no tengo prisa, le dije a Doctor. Tocó el turno a Gorillaz. Qué fino estuvo. Y esas gordas negras con brazos de Antes de comenzar la siguiente rola, Nos parkeamos en la tiendita que está enfrente al Foro a ponernos una peda banquetamaleras cómo cantaban. Y sí, Damon Homme se dirigió a nosotros, sus devotos animales para decirnos: tera. Todo hubiera sido perfecto, de no ser se resbaló y cayó de sentonazo. Pero nada —Bailar y beber. ¿De esos se trata no? porque cada cinco minutos me escabullía a fuera de la norma. Las primeras rolas me las —Y miar, le grité. la vuelta para miar. Las patrullas no dejaban pasé flotando gracias al aceite. Luego padecí un vacío, que no me eximió de apreciar Era el anuncio de que venía lo gruede pasar, pero el Dios del ácido estaba de so. Pero no se trataba de eso, sino de lo un show memorable. Pero el daño estaba nuestro lado. A las 3:30 de la madruga le dije que le sigue, porque nos endilgó una hecho. qotsa me había trepanado, y al a Doctor que se me antojaba un pase. Quizá tetralogía venenosa. La hímnica «No principio pensé que no era buena idea pono era una buena idea. Pero por eso mismo ner a una banda tras de otra. Pero después One Knows», que es el «Smells Like nos metimos cada uno una punta generosa de de desvariar un poco comprendí que el Teen Spirit» de la generación del 2000, coca y nos regaló la pila que nos faltaba para mood no podía ser más perfecto. Fue cuanseguida por «Evil has Landed», quizá la perseverar en la peda lo que fuera necesario. do Gorillaz finalizó que la realidad me cayó mejor canción de rock del 2017, después Alrededor de las 4:30 am fui a la vuelta a encima de manera brutal. Aprecié la horda la baladesca que invita a bailar «I Sat by miar. Estaba tan hasta mi madre que no vi inmensa de gente que se desplazaba hacia the Ocean» y por últimi la romanticona venir a la patrulla en dirección a mí. Entonces una voz se abrió lugar a través de la la salida. No soy un entusiasta de las cifras, «Make it Wit Chu». Para que atestiguáramos que no nada más saben tronar noche. pero creo que en todos los años que llevo chicharrones, que también manejan la —No, Carlos. asistiendo al Vive nunca había visto tanta miel en horarios para adultos. Pinche Volteé porque no me dijeron Bestia o Magente. Fue eso o el ácido me estaba tratando de decir algo. rraneishon. Eso captó mi atención. Quién carrusel emocional de estilos: pop, cuasi Y sí, me hablaba, porque le dije al Doctor: me llamaba por mi nombre a aquellas horas punk, rock, hard y heavy. Y aunque el dominio era absoluto, no se trataba de una —Cómo vamos a salir de aquí. y en aquel lugar. Era el Doctor. Que había demostración de músculo. Era una caricia Y como ninguno de los dos teníamos privenido tras de mí como guardián de mi falsa acordamos esperar a que se desazolvara ta de control motriz. Segundos después de salvaje. Quizá me equivoque, pero por un tanto desmadre. Nos compramos un par subirme el cierre las luces de la torreta me momento parecía que la estaban pasando de chelas y nos quedamos a intercambiar la iluminaron la jeta de rojo y azul. Era hora de mejor que nosotros. risa fácil. En una de mis peticiones por ir despedirnos. El Doctor abordó un Uber y Entonces vino «Domesticated Animals»: el recordatorio de que la iglesia a miar nos estacionamos afuera del baño y yo otro. qotsa crece día con día. Que seguir a sucedió algo que nos sacudió la conscien Mientras me dirigía a mi destino, cia. Soy especialista en ponerme en riesgo. esta banda ya es un compromiso metafí«Make it Wit Chu» sonaba en mi cabeza. sico. Yo ya comenzaba a sentir los efectos Pero nunca me había tocado compromeHacía siglos que no me sentía tan bien dester mi vida de manera estúpida por culpa pués de un concierto. Resultó terapéutico. de la evangelización, pero sería hasta el de un tercero. Instalados en el jajaja, sentí Me reconstruyó cosas internas. qotsa final que terminaría el proceso de reconversión. «Villains of Circumstance» nos que algo me golpeaba en la pierna derecha. fungió como reparador de circuitos emocionales. ¿Fue tan significativo para ustedes proporcionó un respiro. Pero volvieron Era una escoba de plástico, obvio sin palo. como lo fue para mí? • con «Little Sister», «Go with the Flow» Volteamos a ver de dónde había salido el

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Reporte Sexto Piso No. 42  
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