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Reporte Sexto Piso Publicación mensual gratuita • Noviembre de 2017

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Índice El tesoro inagotable de Angela Carter   |  4 David Martín Copé

Ciencia con paciencia  |  6 Georges Didi-Huberman

En busca de un rostro  |  13 Aurélia Lassaque

Contribución a la historia universal de la ignominia  |  15 Japón como modelo post-capitalista  |  16

Espacio negativo  |  21 Abraham Cruzvillegas

Glissandos en el laboratorio global  |  23 Carmen Pardo

Odunacam | 23 Liniers

La hermosa hija del verdugo  | 24 Angela Carter

Psycho Killer  |  27 Carlos Velázquez

Morris Berman

Sexto Piso Times  |  29

La clave del éxito  |  19

El buzón de la prima Ignacia  |  31

donDani

Muslámenes | 21 Daniel Saldaña París

Portada de este número: Ilustración de Mariana Rio en Memorias póstumas de Brás Cubas de Joaquim Maria Machado de Assis (Sexto Piso, 2017)

Reporte Sexto Piso, Año 5, Número 39, noviembre de 2017, es una publicación mensual editada por Editorial Sexto Piso, S. A. de C. V., París #35-A, Colonia Del Carmen, Coyoacán, C. P. 04100, Ciudad de México, Tel. 5689 6381, www.reportesp.mx, informes@sextopiso.com. Editor responsable: Eduardo Rabasa. Equipo editorial: Rebeca Martínez, Diego Rabasa, Felipe Rosete, Ernesto Kavi. Diseño y formación: donDani. Reservas de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2017-071710465800-102. Licitud de Título y Contenido No. 16768, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Impresa en Editorial Impresora Apolo, S.A. de C.V., Centeno 150-6, colonia Granjas Esmeralda, Iztapalapa, C.P. 09810, Ciudad de México. Este número se terminó de imprimir en noviembre de 2017 con un tiraje de 3,000 ejemplares. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización del Instituto Nacional del Derecho de Autor.


Recomendación de los editores

El tesoro inagotable

de Angela Carter David Martín Copé

Russell, autora de dos notables libros de relatos, St. Lucy’s Home for Girls Raised by Wolves (aún sin traducción al español) y Vampiros y limones (publicado por la editorial Tusquets, al igual que su novela Tierra de caimanes). Desde Fuegos artificiales —su primer libro de relatos— hasta Fantasmas americanos y maravillas del Viejo Mundo —el último, publicado en 1993, tras su muerte—, el lector completa un recoeminista, socialista, arty, decadente, barroca, posmoderna, erudirrido asombroso por todas las versiones conocidas de Carter (aunque ta, traviesa, dueña de una prosa absorbente y alucinógena capaz no sabemos si por todas las posibles: su temprana y triste muerte a de articular textos que conjugan una profunda y nívea carga inteleclos 51 años debido a un cáncer de pulmón nos impidió conocer qué tual y, a la vez, un pathos nocturno, intensamente telúrico, gnomóotras Carter estaban por venir; se nos fue, como recuerda Rushdie nico, textos donde lo teórico y el gesto deconstructivo se impregnan, en el prólogo, en el apogeo de sus poderes), y sin embargo, de una oscuridad arcaica, resulta curioso comprobar cómo, presentando de un rapto atávico; enamorada irre- Es éste el reino de las transforelementos comunes, rasgos de familia plenadenta de Shakespeare, Blake, Poe, Joyce, maciones auspiciadas por el mente identificables como carterianos desde el Borges, Calvino… Angela Carter fue irreprincipio, cada libro de relatos posee, por así petible, y todo lo que fue Angela Carter deseo; en estas galerías subtedecirlo, su propia constelación de subtemas y está en Quemar las naves y aparece en su obsesiones, su propia estética, que se insieren mejor expresión, quintaesenciado. Son rráneas habitadas por la fiebre muchos los motivos por los que éste es un nocturna de la sangre, por las ti- en el conjunto multiplicando sus estratos, sus efectos. libro importante, necesario, monumennieblas psicosexuales, el eros se Fuegos artificiales (1974) se mueve por fantal, tanto en el catálogo de Sexto Piso, como en los estantes más selectos. Primero, parece a la predación, a la muer- tasmagorías y evocaciones japonesas, por enorientales —sin duda influidas por porque supone una ocasión inmejorable te, aunque éstos son en realidad soñaciones la estancia de la autora en Japón, país al que de reivindicar a una autora del calibre de viajó sola en 1969 tras abandonar a su marido Angela Carter, de lejos, una de las mejores cuentos en los que Carter dota y donde tuvo un amante—, como vemos en prosistas británicas del último tercio del a las protagonistas femeninas «Un recuerdo de Japón» o en esa deliciosa y siglo xx, una auténtica virtuosa del estilo (asociadas tradicionalmente a macabra historia que es «Los amoríos de Lady que debería ser más y mejor leída por estos Púrpura», llena de sensualidad y sadismo. No lares. Segundo, porque el relato es, además, un rol pasivo, sumiso) de capaes menos central el tema de los reflejos, de los un género que le sienta como un guante de seda a esa trabajada y suntuosa escritura cidad para cambiar el final de la espejos, ese ambiguo reino de lo propio y de la alteridad, del yo desdoblado en ese eco visual de la que hablamos, pues por cuestiones de historia, nunca mejor dicho. que lo enmarca y que es, al mismo tiempo, un formato y brevedad la condensa y la hace proceso de extrañamiento y un camino de reconocimiento, una dimás abarcable al dejarle espacio para reverberar antes que para asnámica de desposesión y reapropiación en la siempre problemática fixiar; y tercero, porque Quemar las naves es una fascinante Wunderconstrucción de la ipseidad, que se desgaja para edificarse, para rekammer, el mapa de un continente misterioso y lleno de prodigios, el presentarse. El cuerpo, la carne, la psique se abisman ahí, en la pulida exuberante inventario del universo narrativo de Angela Carter —un superficie del espejo y el resultado es el enigma, la incertidumbre. Esas universo siempre audaz e imaginativo, siempre exquisito, sacrílego e tensiones entre identidad y representación —sobre todo, en la (de) irreverente, siempre profano y lleno de éxtasis, pero también de ironía construcción, en la concepción de lo femenino— son una constante y de una inteligencia tan afilada como desacralizadora: Carter escapa en la obra de la escritora, una de sus marcas más distinguibles, y en ese a lecturas unidimensionales, a versiones reducidas o restrictivas de su sentido, es interesantísimo el arco que podemos trazar entre «Carne obra fruto de lecturas fáciles o perezosas—; y justo por esa condición y el espejo» y el último relato de La cámara sangrienta, «Lobalicia»: de muestrario, de catálogo de maravillas y obsesiones, este libro es, en ambos casos, la mujer se escudriña ante el espejo, ante esa íntima sin duda, la mejor introducción posible a su imaginario y a su indesconocida que le devuelve la mirada. Y no menos importante es confundible estilo, un estilo del que podríamos rastrear ciertos ecos el tema del incesto, que hace su aparición en «La hermosa hija del en escritoras como Jeanette Winterson o la menos conocida Karen

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verdugo» (una historia con inolvidables descripciones de la máscara del verdugo en cuanto «no rostro» devenido en rostro más real que ningún otro) y «En el corazón del bosque». Ambos son relatos que ya presentan esa ambientación a cuento de hadas malsano, enrarecido que veremos en La cámara sangrienta, que es su siguiente libro de relatos, y el más célebre, publicado en 1979, año en que también vio la luz el célebre ensayo de Carter La mujer sadiana, una lectura/ reivindicación feminista del marqués de Sade —ahí queda eso—. Las historias de La cámara sangrienta juegan a borrar las fronteras en las que el otro (en estos relatos encarnado por lo monstruoso, por lo bestial) se encuentra y se (con)funde con el yo; aquí víctima y verdugo, el lobo y el cordero comparten lecho e intercambian papeles. Es éste el reino de las transformaciones auspiciadas por el deseo; en estas galerías subterráneas habitadas por la fiebre nocturna de la sangre, por las tinieblas psicosexuales, el eros se parece a la predación, a la muerte, aunque éstos son en realidad cuentos en los que Carter dota a las protagonistas femeninas (asociadas tradicionalmente a un rol pasivo, sumiso) de capacidad para cambiar el final de la historia, nunca mejor dicho. Así, no es de extrañar que Barbazul, el uxoricida, reciba un poco de su propia medicina a manos de una madre que debe ser calificada, con toda justicia, de amazona; o que Caperucita Roja decida acostarse con el lobo. Quizá en La cámara sangrienta brille como en ningún otro sitio la opiácea capacidad de sugestión de Carter, su talento para crear ambientes que son auténticos estados de ánimo, espacios de una belleza sofocante y mortecina, sensuales naturalezas muertas del alma. En Venus negra, publicado en 1985, sin embargo, Carter se aparta de los cuentos de hadas y se acerca a personajes históricos y malditos: Baudelaire, Poe, Lizzie Borden (acusada de matar a hachazos a sus padres)… El relato «Venus negra», uno de los mejores cuentos del conjunto, y uno de los mejores relatos de Carter, es una bellísima y emotiva semblanza de Jeanne Duval, la prostituta y amante criolla

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Quemar las naves Angela Carter Traducción de Rubén Martín Giráldez Sexto Piso / Secretaría de Cultura 2017 • 704 páginas

del autor de Las flores del mal, a la que, por cierto, la autora otorga más vida y dimensión que la de ser «la amante de». Y en Fantasmas americanos y maravillas del Viejo Mundo (1993) entramos en los dominios de la farsa, del espectáculo, del circo, de la pantomima, del cine. Aquí Carter juega a mezclar al John Ford, autor de teatro eduardiano, con John Ford, el reputado cineasta creador de westerns, o, embelesada por la Alicia de Švankmajer, nos embelesa a su vez con una historia ambientada en Centroeuropa, cuando no se acerca a la rica tradición británica de la pantomima . Aquí priman el trasvestismo, el paganismo, lo carnavalesco, la inversión de las jerarquías y de los roles, la hibridación de géneros, la intertextualidad desbocada… Algo que está muy en consonancia con los temas que había tratado en las que fueron sus dos últimas novelas (y las de mayor éxito), Night at the Circus y Wise Children, ambientadas también en el mundo del circo, la primera, y del music-hall, del vértigo farandulero, la segunda. Descubrir a Angela Carter es una de esas experiencias febriles y dichosas que quedan grabadas a fuego en el recuerdo de todo lector. •


Ciencia con paciencia

Georges Didi-Huberman

6 quico de Aby Warburg se presentaba primero como un desastre de la guerra:

El 2 de noviembre de 1918 —es decir, cerca de la capitulación alemana que debía poner fin al primer conflicto mundial, dejando en Europa no menos de nueve millones de muertos y veintiún millones de heridos, de mutilados, de traumatizados—, a las cuatro de la madrugada, Aby Warburg fue admitido de urgencia en la clínica del doctor Arnold Lienau, en Hamburgo, después de haber amenazado —con un revólver en la mano, gritando, fuera de sí— la vida de su familia y la suya propia; se le administró inmediatamente toda una serie de substancias médicas tales como Pantopon, Tropfen o Veronal. Pero con esta crisis ocurrió lo mismo que con la guerra: no era un episodio sino un proceso que debía mantener al historiador de las imágenes entre los muros de diferentes asilos hasta 1924. La guerra había terminado como episodio histórico, es verdad, pero la psicomaquia memorial continuaba con su fardo de dolores cada vez más pesados sobre los hombros de nuestro Atlas moderno. Heinrich Embden, el médico que trataba a Warburg, describió así la «caída» de 1918: Graves síntomas parecen haberse manifestado de una manera relativamente inmediata en el otoño de 1918, bajo el efecto de impresiones producidas por nuestra situación desesperada. (Yo estaba entonces en el frente). Como ya lo manifesté oralmente, Warburg creía que una gobernanta inglesa, amiga de su familia, que había permanecido en Hamburgo durante los primeros meses de la guerra, había sido la «espía en jefe de Lloyd George» y que él, Warburg, sería por consecuencia el responsable del fatídico resultado de la guerra y tendría que ser castigado por ello. De un momento a otro, esperaba una catástrofe (la prisión, etc.), y la agitación inherente a tal complejo condujo al primer hecho importante de su psicosis —amenazó a su familia con un revólver para preservarla de lo peor, matándola— y, luego, a su internamiento en la clínica. Aquí, sus alucinaciones, muy vivas, tuvieron un carácter casi exclusivamente amenazador y angustiante. Las voces se dirigían contra él y contra su familia. Escuchaba que disparaban contra su mujer y respondía con una extrema agitación a los pedidos de ayuda. Además, tenía un delirio de carácter físico químico: miedo de los metales y de los objetos de metal, debido a su permeabilidad eléctrica; miedo de ser envenenado, porque el agua del baño contenía un sublimado (cloruro de mercurio).

La anamnesis clínica redactada el 19 de mayo de 1921 por Heinrich Embden no deja ninguna duda sobre el hecho de que el desastre psí-

La guerra sumerge a Warburg en una agitación desmesurada, en parte debido a sus sentimientos patrióticos, elevados y puros, y en parte debido a repercusiones personales que la guerra provocaba en él. Muy pronto tuvo una justa intuición de los peligros, después de la batalla de la Marne. Jugaba con la idea de enrolarse como intérprete, hablaba mucho de ello: «Es un puesto en el que se puede fácilmente ser herido de bala». Tomó cursos de equitación, se compró botas para el campo y polainas, (…) intentó, a través de viejas relaciones, trabajar para la patria, particularmente en el Instituto alemán de historia del arte en Florencia. (…) Durante los años de la guerra, su agitación era cada vez mayor. Juntó una enorme colección de periódicos, leyendo siete al día, subrayando todo lo que concernía a la actualidad; todo eso fue catalogado en una gigantesca mapoteca por un grupo de colaboradores. Además, realizaba investigaciones cada vez más profundas sobre la superstición. Para su principal proyecto científico, la supervivencia de los modos de pensamiento antiguos en la Edad Media, se consagró al estudio de la astrología, etc. Entonces fue derivando poco a poco desde el punto de vista del historiador hacia una pseudo-creencia, hasta llegar a un comportamiento supersticioso. (…) Llegó a creerse un hombre lobo. Creía que no era posible evitar desdichas inminentes más que matando a su familia y suicidándose; tomó un revólver, fue desarmado fácilmente y, en los primeros días de noviembre de 1918, se le condujo a la clínica del doctor Lienau.

Sabemos que después de los servicios psiquiátricos de Hamburgo y de Iena, fue en la clínica Bellevue de Kreuzlingen donde Aby Warburg terminó por ser admitido el 16 de abril de 1921, y que ahí siguió, bajo la responsabilidad de Ludwig Binswanger, una larga cura marcada por la célebre conferencia sobre El ritual de la serpiente —pronunciada frente a un público de eruditos y de locos—, al final de la cual la interminable psicomaquia tomará el rostro de una interminable cura del alma, esa unendliche Heilung con la que Davide Stimilli intituló


al extremo de ese proceso, el atlas Mnémosyne como un momento decisivo de esa gran «psicomaquia», al mismo tiempo individual e impersonal, ese montaje final de un Denkraum desequilibrado por los desastres de la Gran Guerra. Así, en su larga carta de 1921 al personal médico de la clínica Bellevue —un nombre predestinado, al parecer—, Aby Warburg escribió de sí mismo: «Mi enfermedad consiste en que tengo la capacidad de ligar las cosas según sus simples relaciones de causalidad, lo que se refleja tanto en el nivel espiritual como en el real…». Aunque en la continuación de esta frase se hable de «berenjenas rellenas de una manera indefinible» —y de la interpretación delirante que de ahí resulta—, es el logos mismo y la épistémè del gran historiador las que se enuncian aquí en toda su lucidez. Mnémosyne nos muestra bien que el genio de Warburg consistía precisamente en que era capaz de ligar las imágenes más allá de sus «simples relaciones de causalidad». No es fortuito que en 1927, es decir, en una época de intenso trabajo sobre el atlas Mnémosyne, Aby Warburg haya consagrado un seminario particular sobre la «gaya ciencia inquieta» del historiador. Quiso encarnarlo en el binomio constituido por Jacob Burckhardt y Fredrich Nietzsche, para focalizarlo inmediatamente después en el punto en que la inquietud se vuelve desequilibrio, es decir, en el derrumbe psíquico de Nietzsche en 1889. Según Warburg, los historiadores no deberían ser reducidos al simple estatuto de cronistas del tiempo que pasa: ellos son, ante todo, «receptores de las ondas mnémicas, (…) sismógrafos muy sensibles cuyas fundaciones tiemblan cuando deben captar la onda y transmitirla»; de ahí «el riesgo que comporta esa profesión, un derrumbe puro y simple». Frente a ese peligro o a esa inquietud fundamental, Burckhardt se amurallará en una «torre de marfil» hecha de libros, de imágenes y de fichas (como Warburg en su biblioteca); pero Nietzsche, en la luz de Turín, habrá convertido esa inquietud en un desequilibrio fatal, una caída en la locura (como Warburg en sus crisis). El autor de Mnémosyne concluye que Burckhardt es un vidente que logra permanecer fiel a la gran lucidez de la Ilustración, mientras que Nietzsche es un visionario del tipo nabi, «el antiguo profeta que corre por las calles, desgarra sus ropajes, se lamenta y, a veces, arrastra

Según Warburg, los historiadores no deberían ser reducidos al simple estatuto de cronistas del tiempo que pasa: ellos son, ante todo, «receptores de las ondas mnémicas, (…) sismógrafos muy sensibles cuyas fundaciones tiemblan cuando deben captar la onda y transmitirla»; de ahí «el riesgo que comporta esa profesión, un derrumbe puro y simple».

su remarcable edición de la historia clínica de Aby Warburg. Conocemos también las dificultades encontradas por los psiquiatras para nombrar los sufrimientos por los que pasaba el historiador: Binswanger pronunció primero un diagnóstico de esquizofrenia que excluía toda reconstrucción intelectual del paciente («sostengo que su vuelta al trabajo científico es muy improbable», escribió a Embden el 18 de agosto de 1921), antes de aceptar la opinión postulada por Emil Kraepelin, un diagnóstico de «estado mixto maniaco depresivo» con un «pronóstico absolutamente favorable» para el regreso al trabajo del pensamiento. Esos debates sobre el diagnóstico del caso Warburg nos sugieren que el problema de su locura no puede ser reducido a la observación de un «defecto» y a su conceptualización «semiológica», es decir, a un encajonamiento unilateral en el marco de un «cuadro clínico». Evidentemente debemos considerar con seriedad las aproximaciones psicopatológicas —sutiles y comprensivas— de Binswanger con respecto a su paciente, pero también tenemos que estar a la escucha del paciente mismo en tanto que ser pensante. Si Warburg ha hablado tanto de «psicomaquias» en sus estudios de historia cultural, ¿no debemos también tomarlo en serio con respecto a su desastre psíquico, síntoma de una tragedia de la cultura que ocurría más allá de él, alrededor de él, desde el inicio de la Gran Guerra? Conocemos el lugar considerable del concepto de Denkraum en la obra de Warburg: ese «espacio del pensamiento» de tanto en tanto construido (en los resultados de su ciencia histórica) y destruidos (en los escombros de la guerra), reconstruido (en las imágenes y las fichas de su mapoteca) y vuelto a destruir (en el derrumbe de noviembre de 1918). Así percibimos, leyendo la historia clínica de Warburg, que ni uno solo de sus motivos de delirio era separable de los grandes paradigmas en los que se organizaba desde hace mucho tiempo su pensamiento histórico y filosófico. La locura de Warburg fue, por tanto, un destino de su Denkraum. Su «psicomaquia», una lucha llevada a cabo en el espacio del pensamiento entre los astra y los monstra, las construcciones para recoger la multiplicidad del mundo y las explosiones de ese mismo mundo en millones de cadáveres (la guerra real) y en fantasmas eficaces (la guerra en el alma). Desde el inicio de su internamiento psiquiátrico, por ejemplo, Aby Warburg experimentó un parentesco directo —y legítimo— con el caso de Friedrich Nietzsche, curado unos años antes por un tal Ludwig Otto Binswanger, el tío de su propio médico en Kreuzlingen. No debemos dejar de reconocer,

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al pueblo consigo». Es fácil comprender, al leer ese seminario sutilmente autobiográfico, que Warburg fue todo eso al mismo tiempo: un vidente del tiempo animado por una psicomaquia constante de los astra (en cuanto hombre de la Ilustración, filólogo preciso, coleccionista de libros, de fichas y de imágenes) con los monstra (en cuanto hombre trágico, filósofo inspirado, visionario alucinado de las «ondas mnémicas» producidas por los sismos de la historia). Es por eso que el relato clínico de Aby Warburg debe leerse a través de la doble óptica de los astra y de los monstra, como si el espacio alucinatorio de sus visiones delirantes no fuese más que la explosión —destello vuelto estallo— de un espacio de pensamiento, su propia visión de la historia. Es decir, una versión, pero «desmontada», de su conocimiento más auténtico. ¿Acaso Nietzsche no había, desde Aurora, teorizado las virtudes de ese conocimiento a través del sufrimiento? El ser profundamente doliente arroja sobre las cosas, desde el fondo de su mal, una mirada de una espantosa frialdad: todos esos pequeños encantamientos engañosos en medio de los cuales las cosas habitualmente se sumergen cuando son contempladas por el ojo de alguien bien portado han desaparecido para él: ahí yace bajo su propia mirada, sin encanto y sin color. Suponiendo que haya vivido hasta ese momento en una peligrosa ensoñación, el supremo llamado a la realidad del dolor constituye el medio de arrancarlo de esa ensoñación: y tal vez el único medio. (…) La monstruosa tensión del intelecto que quiere respetar el dolor hace que todo lo que mira se ilumine con una luz nueva; y la indecible atracción que ejercen las nuevas iluminaciones es casi siempre lo suficientemente poderosa como para poner en jaque toda las tentaciones de suicidio, y para hacer altamente deseable al ser doliente seguir viviendo.

Por ejemplo, lo que había justificado la excepcional y célebre precisión filológica de Warburg —«el buen Dios se oculta en el detalle»—, se entregó, después de 1918, a la exageración paranoica más incontrolable, aquello que Heinrich Embden llamó una «susceptibilidad excesiva» por los detalles: «Revestía cosas benignas con un significado agudo, gigantesco, y los convertía en una cuestión de principio». Al mismo tiempo, su profundo respeto por las singularidades —ese principio epistemológico tan fecundo en su obra—, unido al leitmotiv de la supervivencia, le hacían ver un alma en cada cosa, aunque fuese muy modesta: «Cada frijol, cada papa, cada zanahoria, es el alma de un hombre». Una manera de ser alcanzado por el «animismo» que tanto había estudiado desde el punto de vista de la antropología, desde los griegos antiguos hasta el Renacimiento, pasando por los indios Hopi. Ya no más Musas, sino Psiqués por todas partes: es así como Binswanger, el 2 de julio de 1921, consigna en sus notas que Warburg «se agita por la noche cuando las mariposas nocturnas, atraídas por la luz, vuelan en su habitación. Teme que el guardia las mate y permanece despierto durante horas; habla a las mariposas de su dolor». Y el 10 de agosto:

Comprendemos entonces que el autor de Mnémosyne se convirtió, en efecto, en aquello que admiraba en Nietzsche: un «sismógrafo muy sensible» y un «vidente» del tipo nabi. Por ello, capaz de sufrir locamente, y de volar en pedazos. Pero, en ese mismo pathos, logró estar a la escucha tanto de los movimientos impersonales y subterráneos, como de los bajos continuos de la historia objetiva.

Esa manera tan «vital» de comprender el saber del doliente podría, sin esfuerzo, aplicarse al caso de Aby Warburg. Cuando el sismógrafo explotó en él, las «ondas mnémicas» no podían transitar más por los libros, las imágenes y las fichas: las ondas desestabilizaban directamente su alma, su visión y todos los miembros de su cuerpo. Lo desfiguraban, sin duda. Pero las huellas monstruosas que dejaban sobre su vida consciente también eran las huellas de una guerra real e impersonal que, después de todo, él solo sufría y convertía en monstra. Warburg en Kreuzlingen fue, en ese sentido, un ser de duende, en la acepción precisa, dionisiaca y espectral que le dio Federico García Lorca al liberarlo de toda protección de las Musas. Clío ya no estaba ahí para darle a Warburg la claridad del relato. En el desorden temporal —incoherencias, caprichos o desastres— que entonces lo agitaba, él era el juguete de las Erinias y no de las Musas, de Dionisio y no de Apolo, del pathos y no sólo del logos. Cada uno de sus astra, sus constelaciones de pensamiento, se descomponía —se hacía pedazos y se reconstruía al mismo tiempo— bajo sus inquietas figuras de monstra.

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Warburg ha inventado un culto con las pequeñas mariposas nocturnas que vuelan en su habitación por la noche. Las llama «pequeños insectos con alma», y puede hablar con ellas durante horas. Está muy preocupado porque su «pequeña mariposa» no tiene nada de comer; quiere darle leche, de sus paseos le trae una hoja de tilo. Está triste cuando la pequeña mariposa se va. La busca por todas partes. Está feliz cuando encuentra otra. Les habla así: «Pequeña mariposa, el profesor te agradece poder hablar contigo, poder decirte todo mi dolor, piensa un poco, pequeña mariposa, el 18 de noviembre de 1918 tuve tanto miedo por mi familia que tomé mi revólver y quise matarla, y a mí junto con ella. Y, sabes, fue porque los bolcheviques llegaban».

Pero, del gran teórico de las polaridades, no podíamos no esperar que todo se convirtiese en su contrario. Binswanger se dice impresionado por el «fuerte contraste entre, por un lado, su ternura por las plantas, los animales y los objetos inanimados (particularmente las envolturas, como las de los chocolates, que no era posible tirar) y, por otro lado, su agresividad intelectual, su brutalidad sádica durante las fases psicóticas». Esa violencia que, cada vez más lejos de las Musas, le hacía parecerse a Saturno —es decir, a Cronos, el Tiempo— devorando a sus hijos. Aun Fritz Saxl, en sus notas sobre Kreuzlingen, hará una comparación: «Es un rudo padre Saturno». Esa inmensa


fuerza negativa hace gritar a Warburg durante horas —ahí perdió definitivamente el timbre de su voz— y golpear a los otros, precisa Binswanger, con una «fuerza colosal», como un Atlas haciendo solo su guerra contra todos los dioses del Olimpo. Esta violencia saturnina o titánica no era, evidentemente, más que la otra cara de un terror a cada instante. Warburg sólo veía un alma en cada cosa porque veía una muerte en cada cosa o en cada imagen: efecto de una guerra o de un asesinato obsidional que dispone sus venenos, sus complots, sus armas fatales y sus cadáveres alrededor de él. Warburg, en Kreuzlingen, fue ante todo Saturno obsesionado por la angustia de haber devorado —o de tener que devorar— a su propia familia, antes de ser asesinado él mismo: sospechaba que en los pralinés estaba la carne de su hermano, y sentía el horror de que pasara por su vientre y terminara en el escusado; por ello, escribe Binswanger, «Warburg deja siempre un resto cada vez que come algo. Si, por descuido, come alguno de esos restos, se siente muy desdichado y se lamenta de haber devorado a uno de sus hijos». Todas las cosas, todo aspecto, se convierten entonces en los instrumentos de una mentira y de un peligro: el pan suizo le parece a Warburg tan sospechoso que sólo pide pan ácimo; la flor se vuelve amenazadora, el té es la cocción de sangre humana o el filtrado imaginado por algún «canalla antisemita»; el pescado contiene a su propio hijo y, desde su plato, le implora en estos términos: «Padre, no me devores»; su pastel de cumpleaños, el 13 de junio de 1922, está «hecho con algo peor que la sangre humana». Ese fue el estado de guerra que se imaginó Warburg en Kreuzlingen. Como en la guerra, toda situación comportaba un peligro. Como en la guerra, toda información era falseada por las mentiras y la propaganda (uno de sus grandes temas de investigación entre 1914 y 1918). Por eso, «la mantequilla es grasa de mosca, el pan no es pan»; las galeras de su artículo sobre Lutero son «falsas»; «la col es el cerebro de su hermano, las patatas son las cabezas de sus hijos, la carne son los músculos de los miembros de su familia»; los artículos de periódico sobre la nominación de su hermano como doctor honoris causa son mentiras; y Warburg escande todas sus sospechas en forma de imprecaciones, en galimatías y en neologismos de toda clase. Eso no le impide consignar cada día, como buen superstes, todos los elementos de su psicomaquia (es el material, todavía inédito, de sus cuadernos de Kreuzlingen conservados en el Warburg Institut de Londres). También se muestra «muy agitado cuando le retiran el gran paquete de cartas que hasta entonces había guardado con él, algunas de las cuales databan del tiempo en que estaba con el doctor Lienau, y un diario completamente desgarrado que también databa de aquella época».

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La interminable guerra psíquica de Warburg se convirtió, después de 1918, en una guerra patológica, sin duda: respondía a su destino personal o a su pequeña historia, por ejemplo, cuando convirtió su relación amorosa con la gobernanta inglesa de la familia en un motivo delirante de culpabilidad política sobre su propio rol en la derrota alemana. Pero esa guerra estaba también unida —sismográficamente— con la gran historia, por ejemplo, cuando Binswanger cuenta, en 1922, que su paciente se muestra «muy perturbado por la muerte de Rathenau y cree que su hermano está en un gran peligro». Al emplear el verbo halten (creer), cuyo primer significado es «sostener» y «mantener», Binswanger evitaba sutilmente sugerir que su paciente estaba poseído por una simple creencia delirante: tal vez supo que el grupúsculo político que había asesinado a Walter Rathenau el 24 de junio de 1922 se alistaba, en efecto, a matar a Max Warburg algunos días más tarde. Comprendemos entonces que el autor de Mnémosyne se convirtió, en efecto, en aquello que admiraba en Nietzsche: un «sismógrafo muy sensible» y un «vidente» del tipo nabi. Por ello, capaz de sufrir locamente, y de volar en pedazos. Pero, en ese mismo pathos, logró estar a la escucha tanto de los movimientos impersonales y subterráneos, como de los bajos continuos de la historia objetiva. Cuando Warburg «ve» en el jardín de Kreuzlingen «cajas llenas de carne humana» o terrenos preparados con «el fin de enterrar hombres vivos», no hace más que desplazar —y aproximarla hasta incorporarla en sí mismo— una realidad histórica visible por doquier durante la Gran Guerra; cuando imagina su biblioteca en llamas, no hace más que presagiar el destino que los nazis de Hamburgo quisieron reservar, en 1933, a la Kulturwissenschaftliche Bibliothek Warburg; cuando se espanta de la «colonia penitenciaria», se sitúa en alguna parte entre la ficción de la Strafkolonie de Kafka y la futura realidad de los campos de concentración nazi, en los que es difícil no pensar cuando, tejiendo el motivo recurrente del odio antisemita, Warburg cree que «el viejo bosque que quemaban era los miembros de su familia». Cuando habla de una «política de la catástrofe» no sabemos muy bien si acusa a los médicos que lo rodean o si acusa a los dirigentes de toda Europa. La historia clínica de Aby Warburg no nos interesaría si sólo fuese un episodio puramente subjetivo, un simple defecto en su «espacio de pensamiento». Pero es mucho más que eso. Se desarrolla de una forma dialéctica, siempre sobre dos planos heterogéneos, conflictivos, que no cesan sin embargo de cruzarse: el no-saber y el saber, el pathos y el logos, la historia personal y la historia en sí. Es así como debemos comprender la gran «psicomaquia» de Warburg. No nos sorprende que «sufriera durante mucho tiempo por tener una cabeza de Jano y afirmara experimentar una sensación muy clara de ello». En Kreuzlingen, su estado será calificado por Binswanger casi siempre como «oscilatorio»: «Durante horas puede ser amable, calmado, simpático, sostener una conversación brillante sobre temas científicos, hacer comentarios agudos; y, de pronto, todo se invierte, entra en un estado de agitación terrible, de una intensidad que no habíamos observado


durante mucho tiempo, utiliza expresiones muy groseras y se vuelve agresivo». A veces argumenta y a veces invectiva, razona y vocifera, trabaja y se lamenta, ordena sus papeles y arroja todo por la borda, se calma y se angustia, se pone a gritar y termina en un juego de palabras extraordinariamente espiritual. Los que le rodeaban creyeron por mucho tiempo que esa guerra no tendría fin. Y, sin embargo, como sabemos, Aby Warburg terminará por abandonar Kreuzlingen, su «colonia penitenciaria», y por encontrar la razón, por volver a su querida biblioteca para lanzarse en el último gran proyecto de su vida, el atlas de imágenes Mnémosyne. Pero con ese «milagro» y esa «curación» individual ocurrirá como con la guerra y la «psicomaquia» cultural en las que Warburg se debatió con tanta energía dolorosa: su temporalidad no se puede reducir a los episodios históricos fácilmente localizables. Ese «milagro» y esa «curación» han sufrido, por parte de los historiadores, numerosas simplificaciones, aun mitificaciones biográficas y metodológicas. Por un lado, Ernst Gombrich sólo vio en Mnémosyne una «solución al impasse» en el que estaba Warburg después de su regreso de la locura: a quien no sabía ya qué decir, sólo le quedaba, en suma, clasificar las imágenes de su fototeca. Una manera de ignorar la dimensión heurística, abierta y teóricamente tan innovadora, del proyecto Mnémosyne. Por otro lado, el atlas de imágenes apareció como la encarnación misma del «milagro de curación»: una forma de salvación cuyo crédito habría que dar a Fritz Saxl, porque éste, acogiendo a su maestro apenas llegado del asilo, organizó una «fiesta» disponiendo, en la sala de lectura de Hamburgo, algunos paneles que resumían en imágenes los temas fundamentales de la investigación de Warburg. Sin duda, es necesario establecer una cronología de Mnémosyne, hallando, por ejemplo, las menciones sobre el proyecto en ese documento sorprende que es el Tagebuch, el «diario» de la Kulturwissenschaftliche Biblioteke Warburg, redactado por muchas manos entre 1926 y 1929. Y, por supuesto, distinguiendo las tres principales versiones que conoció la elaboración del proyecto, que quedó inacabado a la muerte de Warburg. Pero querría hacer aquí otro género de preguntas: ¿qué espacio de pensamiento inventa exactamente el atlas Mnémosyne? ¿Qué destino reserva a la bien fundada inquietud del método de Warburg y al desequilibrio profundo que de ahí resulta entre 1918 y 1924? El desequilibrio de Warburg estuvo tan ligado a la inquietud —es decir, al método mismo—, que tenemos el derecho de dudar del carácter unilateral «salvador» de Mnémosyne en la economía de su pensamiento. El atlas Mnémosyne no significa una «salida» de la inquietud o una confianza tranquila en la investigación «científica». Por el contrario, constituye la genial reformulación de esa inquietud, su recomposición práctica y teórica, su reconducción

bajo nuevas formas, su remontaje. Lleva en sí, vivo, ese «conocimiento del doliente» que encarna el titán Atlas (en el plano mitológico) y que Nietzsche convertirá en la punta de todo pensamiento (en el plano filosófico). ¿Cuáles serían —para terminar— las lecciones políticas de tal inquietud frente a la historia volcada al desequilibrio de toda crónica? Sabemos que un momento fundamental en la «psicomaquia» de Warburg para volver del desastre en que la Gran Guerra lo había sumergido fue la conferencia pronunciada en Kreuzlingen, en 1923, sobre el «ritual de la serpiente» de los indios Hopi. Las notas clínicas de Ludwig Binswanger, testigo del acontecimiento y su hábil compañero, son muy valiosas en la medida en que el psiquiatra, como lo sabemos, fue un verdadero teórico del «saber pático» y un observador atento del «estilo de ser» de cada uno de sus pacientes. El 10 de marzo de 1923 observa en Warburg un estado «agitado, furioso, violento»; el 12 de marzo, Fritz Saxl llega de Hamburgo para ayudar al erudito en la preparación de su conferencia; el 18 de marzo, es «el fin de la cura de opio. No aportó ninguna calma. El paciente se encuentra tan mal como antes»; pero, gracias a la presencia de su asistente, Warburg está «más tranquilo y trabaja continuamente en su conferencia»; no deja de ser el hombre con «cabeza de Jano» porque «aunque su trabajo avanzaba bien, permanece el estado de su espíritu, fundamentalmente delirante». La conferencia tuvo lugar finalmente el 21 de abril de 1923. Binswanger hizo para él mismo un resumen más bien sumario, anotando lo que le sorprendía del estilo o de la presentación del discurso: la «sorprendente maestría intelectual» unida a un «dinamismo» de la argumentación, desequilibradas, sin embargo, debido al timbre roto de la voz del orador; la «gran cantidad de conocimientos expuestos de una manera un poco desordenada»; y, sobre todo, el hecho de que «el paciente se preocupó demasiado de la puesta en escena de las imágenes», y eso hizo que «la conferencia fuese más bien una charla sobre el material fotográfico». Entre dos crisis —o entre los numerosos episodios de gritos—, Aby Warburg encontró en una

Es en ese sentido que la estancia en Kreuzlingen no fue solamente un paréntesis en la locura, sino una construcción o una reconstrucción, una reorientación de la loca potencia de las imágenes sobre el destino de los hombres, experimentada como nunca antes en el trabajo llevado a cabo en Hamburgo entre 1914 y 1918.

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presentación visual el posible mapa de orientación de su pensamiento, lo que también Binswanger anota en un momento dado cuando observa la aprehensión física del espacio en Warburg: 4 de junio de 1924. Traslado a la Villa Maria. Warburg se acostumbró poco a poco a la idea del traslado, pero lo más difícil para él es acostumbrarse a las nuevas estancias, particularmente al baño. (…) Necesita encontrar un vínculo entre este baño con los de Iena y Parkhaus, y eso le provoca grandes problemas. Le es difícil reconstruir de memoria el baño de Parkhaus. El paciente también está muy inquieto en las otras estancias debido a la organización del espacio; está desorientado porque, por ejemplo, el eje de la mesa está dispuesto de forma diferente con respecto a la ventana, tanto que, desde la ventana, debe hacer diversos movimientos para llegar hasta la mesa, etc. Pone sobre la mesa objetos que tienen una resonancia afectiva, libros, imágenes, porque le facilitan su orientación. Por eso, cuando lee, observa a escondidas esos objetos que le proporcionan cierta calma. Y, por ello, no podemos impedirle la costumbre de llevar consigo a todas partes todas sus cosas.

Comprendemos entonces que en esta psicopatología del espacio visual —del que Binswanger, años más tarde, intentará encontrar todos los elementos en el plano fenomenológico—, Aby Warburg sólo podía poner atención a una cosa si la ligaba a otras cosas afines, y así formar una constelación en la que podía encontrar una orientación para su pensamiento. De ahí su «costumbre de transportar a todas partes sus cosas» que, una vez más, asemeja al autor de Mnémosyne con el titán Atlas, con la figura del judío errante o con la del recogedor de harapos de Benjamin —pero un recogedor que acumula manuscritos, fichas y fotografías para intentar recoger los pedazos del mundo en planos de pensamiento o en tablas, en tablas de orientación interpuestas. Planos del pensamiento o tablas de orientación: es lo que necesitaba Warburg para no caer del todo en los disparates del mundo, los caprichos de la imaginación o los desastres de la historia. Es lo que necesitaba para vencer su psicomaquia entre los astra y los monstra. Las tablas de orientación —como los hígados babilonios para la adivinación, el mapa celeste del Atlas Farnese o, muy pronto, las planchas mismas del atlas Mnémosyne— serán lo que la inquietud de Warburg exigía para no caer del todo en el caos. «Sólo veo caos frente a mí», escribió el 7 de abril del 1924, unos días antes de la visita de Ernst Cassirer, que lo «reorienta», y gracias a la cual pudo sentir en sí mismo el renacimiento de algo como «una potencia de liberación con respecto al malestar psíquico». Una tabla de orientación, en el sentido adivinatorio del término, supone la circulación constante entre los espacios maléficos y benéficos, por tanto, entre momentos melancólicos (caídas en el tiempo) y maniacos (triunfos sobre el destino): pars hostilis por un lado, pars familiaris del otro. Entre 1918 y 1924, Warburg trataba de hacer que el disco regresase, o que la «tabla» pasara de la primera a la segunda casilla, aunque fuese un movimiento que le obligara a pasar, fatalmente, por las malas casillas del destino. Pars hostilis: son, por ejemplo, las

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interrogaciones paranoicas de Warburg cuando pregunta, al llegar a Kreuzlingen, de qué está acusado. Pars familiaris: será, de regreso a Hamburgo, la interrogación considerada en sí misma como el ethos por excelencia del investigador: He aquí una pregunta de ethos científico: ¿se tiene la ambición de suscitar de la parte de los estudiantes el punto de exclamación de la admiración, o el punto de interrogación de la modestia?

Otro ejemplo de esta desorientación (funesta) y de la reorientación (benéfica) del Denkraum de Warburg es, precisamente, la función mnémica de las imágenes. Warburg, al asistir a una conferencia de Binswanger en Kreuzlingen, toma algunas notas furtivas que derivan muy pronto hacia sus propios intereses de «psico-historiador». Escribe: «Imagen y signo», luego: «Selección fóbica de la función de la memoria en imágenes», motivo que, en el texto introductorio de Mnémosyne, en 1929, será el punto focal de toda su reflexión sobre la polarización —terror y atracción, monstra y astra— de las imágenes. Los fragmentos autobiográficos escritos por Warburg en Kreuzlingen hablan todos de esa capacidad de las imágenes memoriales para funcionar alternativamente como pars familiaris y pars hostilis: gracias a Darwin y, después, a Hegel, Warburg descubre el principio fundamental de una «inmanencia de la ley» que fue, también, el motor irracional de todas sus «alucinaciones fóbicas», de sus «imágenes demoniacas» y de lo que llama, en un cierto momento, sus «espíritus» o «damas pst-pst». En Warburg, el erudito comprendió muy bien la doble función cultural de las imágenes —astra y mostra—, sin tener la garantía, como paciente, de poder escapar de esa oscilación de la que, desde pequeño, había sentido toda la potencia: Conservé de ese periodo [una fiebre tifoidea a la edad de seis años] las imágenes que tenía en las alucinaciones febriles, y por su nitidez me impresionan como entonces. (…) De aquel tiempo me viene el miedo suscitado por la incoherencia y la fuerza desproporcionada de los recuerdos visuales, o de las sensaciones olfativas y auditivas, la angustia que hace nacer el caos, y la tentativa de instituir un orden intelectual en el caos —esa trágica tentativa infantil del hombre pensante comenzó muy pronto para mí.


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eso para hacer visibles ciertas «consideraciones sobre la psicología de las imágenes». Ese trabajo sería Mnémosyne, del que dirá Warburg a Binswanger que «comienza a alejar sus límites iniciales» y hace que su término sea problemático, y el psiquiatra le responde —¿marca de admiración o de inquietud?— que ese nuevo proyecto de Warburg se asemeja a un «trabajo monstruoso». Horrend: «horroroso», «aterrador» pero, también, «enorme», «considerable», «formidable». ¿Por qué tan aterrador? Porque el proyecto inherente a Mnémosyne es una «historia de fantasmas para adultos» comenzada en el horror de la Gran Guerra, que pasa de la inquietud al desequilibrio y luego a la locura de su autor, y que debe terminar en la pesadilla anunciada de la victoria del fascismo en Europa. ¿Por qué tan formidable? Porque la ambición de Mnémosyne será remontar un mundo desmontado por los desastres de la historia, restablecer los hilos de la memoria más allá de esos episodios, renovar la cosmografía intelectual, como si la esfera que carga el titán mitológico en el Atlas Farnese, destruida por los tiempos modernos, tuviese que ser enteramente recompuesta, redibujada con nuevos costos por ese vidente del tiempo que fue Aby Warburg. No es un azar que el vocabulario empleado por el historiador de las imágenes, al regresar de Kreuzlingen, sugiera una respuesta del pensamiento a esa «dislocación del mundo» que representaba, a sus ojos, la guerra. ¿Qué son las armas del pensamiento contra las armas de la lucha militar que los hombres no cesan de utilizar contra ellos mismos? Warburg habló muchas veces de su biblioteca —cuya entrada tenía como ornamento una inscripción en griego, mnemosynh, por Mnémosyne— como de una «fortaleza de libros». En 1927, en un texto autobiográfico en el que el traumatismo de la Gran Guerra todavía estaba presente, quiso jugar con las palabras «arsenal» y «laboratorio». Ahí reitera su idea de una «fortaleza» para el pensamiento. Pero no era una torre de marfil encerrada en sus propios triunfos de erudición, como lo habría querido un erudito positivista o idealista: era más bien un dispositivo experimental que convierte el Denkraum de Warburg en algo como un laboratorio capaz de inventar, permanentemente, aparatos para ver el tiempo que obra en las palabras, en las imágenes y en los gestos humanos. •

Ahí reitera su idea de una «fortaleza» para el pensamiento. Pero no era una torre de marfil encerrada en sus propios triunfos de erudición, como lo habría querido un erudito positivista o idealista: era más bien un dispositivo experimental que convierte el Denkraum de Warburg en algo como un laboratorio capaz de inventar, permanentemente, aparatos para ver el tiempo que obra en las palabras, en las imágenes y en los gestos humanos

La memoria sería, al mismo tiempo, lo que anclaba a Warburg en la parte funesta de los irremisibles mostra y aquello que le permitía apuntar hacia la parte benéfica de los astra en una «tentativa de auto-liberación, a través del recuerdo de sus intentos por comprender la materia psicológica del Renacimiento» y la historia cultural en general. Es en ese sentido que la estancia en Kreuzlingen no fue solamente un paréntesis en la locura, sino una construcción o una reconstrucción, una reorientación de la loca potencia de las imágenes sobre el destino de los hombres, experimentada como nunca antes en el trabajo llevado a cabo en Hamburgo entre 1914 y 1918. La correspondencia intercambiada entre Ludwig Binswanger y Aby Warburg después de su regreso a Hamburgo —y hasta su muerte— nos permite comprender mejor ese trabajo de reorientación, cuyo resultado es el atlas Mnémosyne, esa gran selección de tablas de orientación: tablas o «planchas» para rehacer lo que la guerra había deshecho, y para comprender la gran «psicomaquia» occidental según el juego del destino de la pars hostilis de las imágenes y de su capacidad, a pesar de todo, de jugar plenamente su papel en la pars familiaris de nuestro pensamiento. Binswanger comenta, con exactitud, el sentido mismo de la anamnesis intelectual de Warburg como un prolongamiento de su anamnesis «pática» hecha en Kreuzlingen: «Lo que usted me dice de los desarrollos de su trabajo me ha interesado mucho», escribe al historiador el 28 de diciembre de 1925. Y precisa de inmediato: «Esa manera de trazar el arco de un círculo a la inversa representa también una tensión hacia delante». Warburg lo confirmará en estos términos: «Tengo mucho por hacer, mi productividad intelectual me da un gran deseo de emprender, hasta el punto en que mi muy querida psique comienza a tejer de nuevo, fielmente, los hilos de las últimas ideas que tuve antes de la guerra». En junio de 1927, Warburg reiterará ese pensamiento: «En el otoño, espero volver a Italia para terminar una serie de estudios que la guerra interrumpió». Pero esos estudios, como lo sabemos, tomaron un giro inesperado, aunque previsible. Una orientación o, más bien, una presentación nueva: es, en 1926, una «exposición destinada al coloquio de orientalistas alemanes (…) sobre la tercera edición de Sternglaube und Sterndeutung de Boll» que se extiende a un proyecto de atlas que debe «mostrar la migración de los símbolos astrales» y necesita, para ello, toda una logística fotográfica —«la Photoclark del Dr. Jantsch, de Uberlingen, que permite obtener en poco tiempo una cantidad enorme de imágenes, sin necesidad del negativo de vidrio»—, todo

Traducción de Ernesto Kavi


En busca de un rostro (fragmento)

Aurélia Lassaque

Ella

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Todo esto es memoria profana los poetas reinventaron todo

***

era necesario un hombre que superara a los dioses y que como todo hombre lejos de su casa en llanto muchas veces maldijera el mar vinoso se rasgara el rostro

Canto VI

cuando el poeta murió otros diez tomaron su lugar y reescribieron la historia

Dice «regreso» ella escucha «partida», dice «victoria» ella escucha «soledad», dice «hasta siempre» ella responde «hasta nunca».

Llegaron por el mar en pequeñas embarcaciones. Llegaron con sus barbas trenzadas y sus ojos graves a anunciar que un pastor había secuestrado a una reina. Ulises se les unió con las armas en la mano, sobre el cráneo su bello casco. Pero antes de partir hizo un juramento. Que su alma sea maldita si cometiese perjurio.

así el hombre engendró el mito

*** Clavé la esperanza en los cuatro muros de mi celda no hay territorio más vasto que mi memoria cavé sus montañas, vacié sus ríos removí las piedras de todas sus murallas esperando el regreso de mi amante bárbaro ese hombre que une vuestras voces soporta vuestros delirios y porta todas las máscaras ese hombre que vosotros llamáis Ulises

Entonces las viejas mujeres retomaron el curso de sus lamentaciones. Los perros asustados se mordieron las ancas. Ella se vistió con una mortaja.

Aurélia Lassaque, En quête d’un visage, Editions Bruno Doucey © Editions Bruno Doucey Traducción de Ernesto Kavi


Contribución a la historia universal de la ignominia Estaría extremadamente afligido si incluso como un inversionista minoritario pasivo (…) cualquier cosa por debajo de lo ejemplar se realizara en asociación a mi nombre. Bono, en una declaración realizada tras conocerse en los Paradise Papers que invirtió en una compañía en Malta, llamada Nude Estates, que a su vez invirtió en una compañía lituana que adquirió un centro comercial en la ciudad de Aušra. Evidentemente, desde un comienzo la operación no parecía en absoluto sospechosa.

No escondemos dinero en ninguna isla del Caribe. El ceo de Apple, Tim Cook, durante una comparesencia en el Senado estadounidense en 2013. Cook no mentía ya que no es en el Caribe donde esconden dinero sino en la isla de Jersey en Europa, donde según el Consorcio Internacional de Periodismo de Investigación Apple resguarda una «montaña de efectivo de 252 mil millones de dólares en un paraíso fiscal».

En apoyo a nuestros hermanos Tepehuanos de la sierra de Valparaíso hemos otorgado malla para cercar y prevenir de esta manera que sigan entrando a violar a sus niñas. La diputada local de Zacatecas, Iris Aguirre Borrego, haciendo gala de un enorme conocimiento estratégico en materia de seguridad pública.

Yo realmente, lo que pasa es que, el Tratado de Libre Comercio requiere de, quizá, muchos temas nuevos, entre ellos podría ser todo lo que tiene que ver con la economía naranja, con las nuevas (que ya no tan nuevas) tecnologías y con…… y sin duda alguna con la cinematografía. Pero lo que… digamos… lo del Tratado, el problema, está haciendo nada que nos perjudique, realmente, y tendremos como país una enorme capacidad de enfrentar cualquier reto frente a Estados Unidos y frente a cualquier país. Margarita Zavala, aspirante a candidata independiente a la presidencia de México, demostrando su gran conocimiento sobre la política económica del país que quiere gobernar.

Quiero decirles que Dios los ama, yo los amo. Paris Hilton levantando el espíritu de los damnificados por el terremoto del 19 de septiembre durante una visita a San Gregorio Atlapulco, Xochimilco.

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Japón como modelo

post-capitalista Morris Berman

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n mi primera conferencia abordé el tema de cómo menos es más: cómo la ausencia, la austeridad y la minimización se encuentran insertados en el adn japonés. Si bien Japón fue destruido por la bomba atómica en 1945, también fue bastante dañado por una bomba psíquica durante la posterior ocupación estadunidense. La imposición de los valores americanos, en particular de una sociedad de consumo que no tenía más propósito que acumular coches y lavadoras, generó una enorme crisis en la identidad japonesa. Esa confusión sobre lo que constituye el verdadero Japón es un debate que aún sigue vigente en la sociedad japonesa. Pues parecen existir dos japones. El dominante, a juzgar por las últimas dos elecciones, en apariencia favorece la energía nuclear y la expansión económica, no obstante el desastre de Fukushima de 2011 y las consecuencias sociales negativas que ha producido el capitalismo japonés. La voz alternativa se encuentra interesada en alejarse de estas tendencias, a favor de la vida más simple sobre la que hablé en mi primera conferencia. En este momento, la primera opción se encuentra triunfando: la pregunta es cuánto tiempo más puede esto ser perseguido. ¿Puede Japón, o incluso el mundo, tolerar otro Fukushima? Me parece dudoso pensar que sí. Lo siguiente es sólo una especulación sobre el futuro de Japón y de la sociedad capitalista de consumo en términos generales. No es una predicción, y es probable que me equivoque. Pero me parece que es una especulación interesante, provocadora, que varios especialistas en Japón han mencionado como posibilidad. Básicamente, el argumento es que estamos viviendo la progresiva desintegración del capitalismo, y que de manera concomitante emerge un modelo de sociedad alternativo, sustentable, de crecimiento cero. Lo he llamado el Proceso Dual, y mi argumento específico es que dada su peculiar historia, Japón podría encontrarse a la vanguardia de esta transformación. Retrocedamos un poco para mirar las cosas en su conjunto. El mejor diagnóstico que conozco sobre el cambio histórico global es el de la escuela de Análisis de Sistemas Mundiales, que incluye a pensadores como Immanuel Wallerstein y Christopher Chase-Dunn. Su argumento es que el «arco» del capitalismo abarca aproximadamente seiscientos años. Surgió en el año 1500 en Europa del norte, experimentó una gran aceleración gracias a la industrialización británica y estadunidense, y ahora —pues ninguna civilización ni formación socioeconómica dura para siempre— se encuentra en el proceso de declive. Según esta escuela de pensamiento, para el año 2100 pode-

Básicamente, el argumento es que estamos viviendo la progresiva desintegración del capitalismo, y que de manera concomitante emerge un modelo de sociedad alternativo, sustentable, de crecimiento cero. Lo he llamado el Proceso Dual, y mi argumento específico es que dada su peculiar historia, Japón podría encontrarse a la vanguardia de esta transformación.

mos esperar que el mundo que habitamos sea muy distinto. Desde luego, cómo será es lo que muchas personas intentamos descifrar. No resulta sorprendente que Estados Unidos tomara rápidamente la delantera del desarrollo capitalista, o que a cien años de haber sido fundado como nación, y de la publicación de la obra clásica de Adam Smith, La riqueza de las naciones, Estados Unidos produjera una tercera parte de los bienes manufacturados del mundo. Me parece que se debe a que había dos visiones del mundo, o ideologías, entretejidas entre sí, que se encontraban enterradas en lo más profundo de la psique americana desde finales del siglo xvi: una es el individualismo radical; la otra es el concepto de una frontera ilimitada. La primera, contenida en el libro de Adam Smith, postula que si cada individuo persigue su propio interés, la «mano invisible» del mercado generará crecimiento económico. La tesis de la frontera trató originalmente sobre la expansión geográfica de Estados Unidos, es decir, las trece colonias, y posteriormente se amplió para incluir a la economía y la expansión tecnológica. Es posible apreciar la manera tan adecuada en que estos dos sistemas de creencias operan para producir un cierto tipo de sociedad, poderosa en lo material, y en última instancia imperialista, pues se considera que la frontera incluye al planeta entero, e incluso al espacio sideral, pues la bandera estadunidense se encuentra plantada en la Luna, y en su momento lo estará en Marte, Júpiter y la siguiente galaxia, cuyo nombre se me escapa.


En lo que respecta a estos dos temas, Japón no podría situarse en un punto más alejado. La sociedad japonesa exhibe una profunda orientación grupal, y la expresión individual se desalienta fuertemente. Como lo he mencionado en otras partes, a los japoneses les gusta afirmar que «El clavo que sobresale resulta aplastado», en tanto la expresión correspondiente en Estados Unidos es «A la rueda que chirría se le pone el aceite». De manera que no es por accidente que en Japón el 32% de la gente utilice el transporte público, en tanto en Estados Unidos sólo lo hace el 1% de la población. Este tipo de cifras resultan sumamente reveladoras. En cuanto a la mentalidad de la frontera, el patrón japonés también es bastante distinto. A partir de los siglos vi y vii, ha consistido en abrir el país a la influencia exterior (comúnmente, China), absorber lo más posible, y después apagar la luz, cerrar las puertas —sakoku en japonés— y digerir lo absorbido durante los siguientes dos o tres siglos, insertando el material extranjero en las tradiciones nativas. Lejos de recorrer una trayectoria de expansión económica o tecnológica, Japón se situó en un estado estacionario, o feudal, durante buena parte de su historia, hasta el año 1868, cuando se produjo la Restauración Meiji. Fue en ese momento cuando Japón decidió «emparejarse» con Occidente, lo cual en última instancia condujo a la fatídica confrontación con Estados Unidos que discutí en la conferencia anterior. Que el capitalismo se desmorona es bastante evidente, incluso antes del colapso de 2008. La filosofía del individualismo radical tiene consecuencias que son bastante desestabilizadoras. Por ejemplo, en Estados Unidos las veinte personas más ricas son dueñas de una riqueza mayor a la del 50% de la población. La competencia por sobrevivir ha convertido a la nación en un campo armado, dividido en buena parte por cuestiones raciales, pues la población negra es el sector poblacional que enfrenta mayores desventajas. Casi 20% de la población se encuentra desempleada; 40% se encuentra a una sola paga faltante del desastre financiero, y el hambre es un problema bastante presente en Estados Unidos. Tenemos también la tasa de homicidios más alta del mundo; a diario se produce una masacre de cuatro o más personas. En varios estados, la caridad es ilegal: uno puede ser arrestado por dar de comer a un indigente. Parece ser que a Adam Smith se le olvidó decirnos que la «mano invisible» es bastante cruel; o, como alguna vez alguien dijera, «la mano invisible nunca recoge el cheque». En lo que respecta a la frontera interminable, nos encontramos alcanzando el límite en términos de recursos naturales —el petróleo, en particular— y del cambio climático. El impacto del capitalismo sobre el medio ambiente ha sido devastador; es imposible que en el proceso de asesinar al planeta, y la diversidad de la vida, esperemos sobrevivir nosotros mismos. No se puede tener una expansión infini-

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ta en un mundo finito, aunque los Estados Unidos, junto con varios países más, parecen determinados a seguirlo intentando. Permítanme retomar por unos instantes el tema del individualismo radical: en términos psicológicos, ha convertido a Estados Unidos en un país muy solitario. Somos el lugar con más hogares de una sola persona, y consumimos el 67% de los antidepresivos, a pesar de tener únicamente el 5% de la población mundial. Es difícil creer las estadísticas sobre la depresión, el consumo de drogas, el alcoholismo, el suicidio, la adicción a los teléfonos celulares, el divorcio y cuestiones del estilo. Estos factores también desestabilizan a la sociedad. La americanización de Japón, y la imposición del capitalismo neoliberal han también tenido consecuencias trágicas. Más de ochocientos cincuenta mil japoneses de entre quince y treinta y cuatro años deambulan por las calles sin nada qué hacer. Más de un millón de jóvenes japoneses, llamados hikikomori, se encierran en su habitación por periodos de hasta diez años y se niegan a salir. Cada año se suicidan alrededor de treinta mil japoneses, y es el país con el mayor número de pacientes internados con problemas mentales. Existen varias «agencias de apapachos» en Japón, donde se les puede pagar para que te abracen durante varias horas, si te sientes desesperadamente solo. Es por todas estas razones, entre otras, que la escuela de Análisis de Sistemas Mundiales considera que el capitalismo no durará hasta el fin de siglo, ni en Estados Unidos ni en Japón ni en ningún otro lugar. Es un sistema bastante frágil, y la evidencia de su desmoronamiento a muchos niveles es bastante evidente. Desgraciadamente para los Estados Unidos, es un país que nació burgués; a diferencia de Japón o de Europa, en realidad no cuenta en su historia con un estilo de vida diferente, así que no tiene nada en lo que apoyarse. Realmente, lo único que se conoce es el individualismo radical y la expansión ilimitada: el Sueño Americano; y como ese sueño ya no puede respaldar su promesa, los estadunidenses se encuentran cada vez más desesperados e iracundos, como parecería sugerir la inmensa popularidad de un demagogo como Donald Trump. En términos generales, su mensaje para la gente es que han sido traicionados, y tiene toda la razón.


La otra forma de vida a la que Japón tiene acceso es la que mencioné con anterioridad; sakoku. Entre 1853 y 1635, cuando la marina de Estados Unidos los obligó a la apertura comercial, bajo amenaza de un ataque, Japón fue una sociedad cerrada. Esta etapa se conoce como el Periodo Edo, o el Shogunato Tokugawa, que se trataba de una sociedad amigable en términos medioambientales, sustentable. Su ética comunitaria y su economía de crecimiento casi cero, condujo a siglos de paz y prosperidad. Desde aproximadamente 1657, Japón procuró las cosechas orgánicas, el manejo forestal, la pesca comercial, las economías locales, la industria del algodón y una cultura de reciclaje que reutilizaba prácticamente todo. También se convirtió en un país de crecimiento poblacional nulo durante doscientos años. A lo largo de ese periodo, se frenó la deforestación, las tierras cultivables se volvieron más productivas, e incrementaron los niveles de vida. Así que Townsend Harris, el primer cónsul general de Estados Unidos para Japón (1856-61) escribió en su diario: «Todos están gordos, bien vestidos y se ven felices, pero se encuentra también ausente cualquier apariencia de riqueza o de pobreza… un estado de cosas que quizá represente la verdadera felicidad de un pueblo… Es más parecido a una etapa dorada de simplicidad y honestidad de lo que jamás haya visto en cualquier país». La cultura del reciclaje era crucial para la autosuficiencia. Compradores especializados juntaban la cera que caía de las velas, utilizaban fibras de papel, así como la ceniza del carbón quemado como fertilizante. Los reparadores utilizaban viejas ollas y sartenes; la cerámica rota era recompuesta. Los desechos humanos también se reciclaban como fertilizante. La agricultura producía grandes cosechas en pedazos de tierra pequeños. F. H. King, un profesor de agronomía de la Universidad de Wisconsin, viajó a Japón en 1909 y escribió sobre estos métodos en su libro, Farmers of Forty Centuries [Granjeros de cuatro siglos]. Advirtió que no había desperdicio en la cultura asiática. Las construcciones y los productos se hacían de forma que duraran; no era una sociedad del desperdicio. Los samuráis tenían jardines urbanos, usaban el mínimo de calefacción y papel reciclado. En general, el orden social veía con malos ojos el oportunismo, el trepar socialmente, la acumulación de riqueza y el consumo ostentoso. En vez de organizarse en torno al conflicto y la ambición desnuda, como sucedía en Estados Unidos, el Japón de la Era Edo valoraba la cohesión social y la cooperación. En cuanto a la expansión, se ha estimado que la tasa de crecimiento económico durante el sakoku fue de alrededor de 0.3%. Los objetos se reparaban con cuidado hasta que ya no pudieran ser utilizados. La ciudad Edo tenía algo así como cuatro mil comerciantes de ropa vieja. La mentalidad contemplaba la plena utilización

Creo que ahora que vivimos en la época moderna, sabemos demasiado como para simplemente regresar al pasado. Sin embargo, el futuro que sugiero probablemente implicaría recuperar la sabiduría, y algunos de los rasgos perdidos, de sociedades premodernas; y dada su historia, Japón podría encontrarse en una posición particular para realizar lo anterior. Como ya mencioné, vivir con menos no tiene por qué ser deprimente.

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de los recursos escasos. Era una sociedad de jardines urbanos, interacción comunitaria, baños públicos baratos, reparadores itinerantes y vendedores ambulantes de comida preparada, así como de artesanías de muy alta calidad, hechas tanto para ricos como para pobres. Y existía una atención constante al detalle estético, un rasgo muy importante para los japoneses. En general, la cultura Edo era una entidad floreciente: las escuelas de los templos educaban a los niños campesinos, y la tasa de alfabetización era del 50% para los hombres y el 20% para las mujeres, quizá la más elevada de cualquier país del mundo en esa época. Se desarrolló una vibrante cultura impresa: las tres principales ciudades japonesas tenían más de mil quinientas librerías. La técnica de impresión sobre bloques de madera que se conoce como Ukiyo-e era asombrosa, y tuvo una profunda influencia en artistas occidentales como Degas y Van Gogh. Y existía el ikibana, kabuki, bunraku y una arquitectura fabulosa (que después influenció a Frank Lloyd Wright). En otras palabras, la vida austera no tiene por qué ser miserable. Es improbable que Estados Unidos adopte los principios de la economía budista, pero es posible para el caso de Japón. La pregunta es, ¿cuáles son las fuentes para respaldar lo que se podría llamar la contracultura japonesa? La primera es psicológica: si bien Japón se entregó a la americanización después de la guerra, también la resintió, en tanto fue un estilo de vida que se les impuso. Los principales escritores japoneses, notablemente Yukio Mishima, a menudo argumentaban que copiar el capitalismo estadunidense había destruido el alma japonesa, su identidad, y que el precio de una sociedad de consumo había sido demasiado elevado desde un punto de vista espiritual. Yasunari Kawabata, en su discurso de aceptación del premio Nobel, en 1968, habló sobre la belleza y simplicidad de la tradición zen, sobre los espacios vacíos en la pintura japonesa, y sobre la riqueza del espíritu japonés. Este argumento, que versa sobre la necesidad de preservar los valores japoneses tradicionales, en contraposición con la americanización, continúa siendo una corriente secundaria importante dentro de la vida japonesa. El famoso escritor contemporáneo, Haruki Murakami, por ejemplo, ha denunciado el intento de la cultura dominante de obligar a todo el mundo a participar del modelo consumista, lo que ocasiona que la juventud japonesa sienta que no tiene adónde ir. Así que deciden excluirse, convertirse en hikikomori, o suicidarse.


Podemos encontrar un ejemplo dramático de esta corriente secundaria psicológica en la recepción que tuvo la película de Tom Cruise, de 2003, El último samurái, que trata sobre la rebelión Satsuma de 1877, liderada por Takamori Saigo, cuando el Japón tradicional ofreció su última resistencia contra el nuevo orden capitalista. En blogs, en la televisión, radio, periódicos y por todo el país, se produjo una gran conmoción emocional, que afirmaba que «éste es el verdadero Japón, esto somos nosotros». De hecho, Saigo continúa siendo una figura muy popular en Japón, un héroe de verdad que murió por sus creencias. En su libro The Japanese [Los japoneses], Jack Seward escribe que «debajo de la superficie cambiante del carácter nacional japonés yace una base constante, difícil de cambiar, en cuyo centro se encuentra su devoción por su propia cultura y sus valores». O, como lo dijo otro estudioso de Japón, «las raíces de la economía de consumo son poco profundas en Japón». Para finales de la década de 1970, un psiquiatra japonés declaró que los japoneses eran esquizofrénicos, pues tenían una coraza americana y un núcleo japonés. Entretanto los japoneses, principalmente los jóvenes, se mueven en una dirección contracultural. En ocasiones se les ha llamado la «generación satori». Regresan a la tierra, estudian pesca o artesanía tradicional o aprenden a hacer mermelada. Hablan en términos de valores alternativos, y un joven al que entrevisté me dijo que su padre

era parte de una red de personas que pensaban que su estilo de vida se volvería más popular conforme el capitalismo se esfumaba. Quisiera señalar que si bien yo no puse estas palabras en su boca, es una descripción exacta de lo que he llamado el Proceso Dual. Adicionalmente, desde hace varios años Japón ha experimentado con monedas alternativas y con fuentes de energía alternativas. Supongo que es posible que Japón podría volver al feudalismo de la era Tokugawa, pero yo creo que la historia es más una espiral que un círculo. Creo que ahora que vivimos en la época moderna, sabemos demasiado como para simplemente regresar al pasado. Sin embargo, el futuro que sugiero probablemente implicaría recuperar la sabiduría, y algunos de los rasgos perdidos, de sociedades premodernas; y dada su historia, Japón podría encontrarse en una posición particular para realizar lo anterior. Como ya mencioné, vivir con menos no tiene por qué ser deprimente. Si se hace de la manera correcta, puede tratarse de una forma de vida vibrante, basada en lo artístico y la gracia; como resultado, podría ser mucho menos vertiginoso y, francamente, mucho menos demencial, que lo que vivimos hoy en día. • Traducción de Pablo Duarte

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La clave del éxito • Por donDani La meta es tenerlo todo y no necesitar de nadie. Y la clave es no empezar sin nada y que no te importe nadie.


SP

Disponibles ya DISTRIBUCIONES en librerías


Muslámenes. Novela por entregas Por Daniel Saldaña París

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l cabo de unos días más en el pequeño caserío de New Brunswick, todos parecen conocerme. Me saludan por la calle y a veces, en la tienda de ultramarinos caducados, la cajera me suelta un «What’s up, Mexican» que yo me esfuerzo en interpretar como amistoso. Toda esta familiaridad me cansa y me satura. Siento que tendría que volver a Montreal a enfrentar mis demonios, o incluso a México a enfrentar los demonios en general. Algunos efectos del síndrome de abstinencia del Prótax me tienen inquieto. Entre otras cosas, sueño con demasiada frecuencia que estoy en una competencia, una especie de rally delirante en el que tengo que correr por pistas de lodo, masturbarme hasta eyacular dentro de un tubo de ensayo y seguir corriendo. Despierto sudoroso y con la boca seca, la garganta como una corteza de eucalipto, los ojos hinchados. Otros días sueño que me encuentro en la calle a Cormac O’Dwyer, el escritor gringo misógino, de cuya influencia y paranoia procuré alejarme, y me dice muy seriamente «Tienes la cara llena de gloria». Hago una llamada telefónica al Departamento de Drogas Experimentales de la Universidad de McGill para pedir ayuda. Explico mi caso: adicción al Prótax, tendencias paranoicas que implican episodios históricos de la ciudad en la que vivo, alucinaciones parlantes y viajes intempestivos que me ponen al límite de mis fuerzas. La secretaria que me contesta me dice que no hay nadie en ese momento que pueda ayudarme, pero que hasta donde ella sabe el Prótax es el nombre elegante de un triste placebo. Cuelgo el teléfono desolado.

Por la noche tomo un autobús de regreso a Montreal. Los habitantes del caserío me despiden cantando a coro una canción sobre lagartos con sombrero. La cajera de la tienda de ultramarinos caducados deja escapar una lágrima y comprendo, demasiado tarde, que había fantaseado con casarse conmigo. Llego a Montreal de madrugada y camino desde la estación de autocares, en Berri-uqam, hasta el edificio que alberga el Consulado General de México. Mi intención es explicarle al cónsul que me he visto envuelto en una peligrosa trama de abuso de sustancias experimentales, a ver si accede a repatriarme. Caminando por las calles oscuras de la ciudad, con el gélido viento en la jeta, imagino el momento de volver por fin a Cuernavaca, de donde soy oriundo. Beberé pulque y cervezas al tiempo, practicaré deportes ridículos como el pádel o el bádminton, asistiré a conciertos de niños cantores en iglesias en ruinas. Una nevada severa comienza a azotar la ciudad cuando llego ante el Consulado, que desde luego sigue cerrado. Me envuelvo en mi abrigo lo mejor que puedo pero pronto se hace evidente que el invierno Montrealense se inauguró durante mi ausencia y que puede seguir nevando durante varios días. Me acurruco bajo una cornisa y me doblo sobre mí mismo, intentando colocar mi mentón en el hueco de mi axila como he visto hacer a ciertos primates en películas documentales. Mi respiración se va haciendo más frágil y mi pulso cardiaco disminuye hasta la anomalía. Hay una paz oscura en lo que puedo ver dentro de mis párpados. Y es así que, al cabo de un par de horas acurrucado junto a una pared de la calle Peel, en el centro de Montreal, paso a mejor vida. •

Espacio negativo

Por Abraham Cruzvillegas

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xtasiado en sus primeros fervores, confundía la fuente de placer entre la métrica y la rima de los alejandrinos paranomáticos vespertinos con el abismo que se forma entre los pechos sonrientes detrás de la siempre translúcida blusa de la vendedora de dulces, trata de organizar endecasílabos sibilantes y desalentadores para pedir su golosina —siempre esperándolo en la repisa más baja de la vitrina— de maneras distintas cada vez, todos los días después de la comida. Y aunque la señora se apercibe a sí misma del pubescente, se desabotona dos ojales cuando lo ve venir, pensando en voz alta «chamaco mamón», no sin salivar un poquito. Muy buenas las tenga doña Carmela, Un Tin Larín plis y una coca al tiempo Aquí mismo rápido me la bebo, Mientras como una oblea de cajeta Me las como a puños esas gomitas Poco a poco se deshacen en la lengua, Y mi saliva ya no tiene tregua, Su dulzura ningún manjar imita Desde aquí se le ve hasta la canela, Si usted se agacha yo perfecto observo Del gusto me emociono y babeo, Ya todo se me antoja de su tienda Yo quisiera hasta donde usted permita, Meterle toda la mano sin mengua

A su escaparate de siete leguas, Como penetra el panal la abejita El muchachillo feliz se aleja levitando enajenado y vuelve a su changarro, en donde satisfecho como bebé recién alimentado festeja aporreando las teclas de la pesada Olivetti metálica verde grisáceo que su madre conserva con todo y estuche desde los días en que trabajó en la cosmética trasnacional Revlon (antes de ser contratada como contadora en el Bazar de Sábado, donde conoció a aquel hombre con un bastón que la invitaría a un concierto de órgano en el Convento del Carmen, premonición absurda e improbable que reunía todas las pistas que la llevarían a su destino —sexuales: el instrumento, musicales: los teclados, culinarias: los pambazos de la feria y onomásticas: un quince de julio, día del seráfico doctor San Buenaventura—), en aquel edificio sureño próximo a la excéntrica edificación del bauhausiano en reversa que acabó matándose tres veces, donde se reúne la colección de arte precolombino del celebérrimo comunista cubista concubinista, en medio de los hermosísimos pedregales de Coyoacán: un híbrido de pirámide de rocas volcánicas con objeto volador no identificado, con sus leves y casi imperceptibles ventanas (salvo la enorme del que hubiera sido estudio del panzón de marras), como los dientes de la dependienta de la dulcería, con hartas tapas y prótesis metálicas que fulguran cuando algún rayito de luz —natural o no— impacta su cavernosa cavidad, acalambrada de tanto mascar neciamente ese chicle insípido y endurecido, como su pito, colmado de sangre. •

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Glissandos en el laboratorio global Por Carmen Pardo

Piolín vuelve a Barcelona

C

uando, comentando una noticia de un periódico local (con el titular «El puerto de Barcelona pasará a formar parte del mundo Disney»), escribía acerca de la disneyzación de la cultura, poco podía imaginar entonces que, en medio de esta contienda entre los gobiernos de Cataluña y del Estado Español, el mismo puerto sufriría el contraataque de la Warner Bros y se desencadenaría la piolinización del procés [dícese del proceso de independencia]. Todo empezó cuando llegó el Moby Dada, uno de los cruceros fletados por el Ministerio del Interior para hospedar a policías y guardias civiles con el objetivo de impedir el referendum en Cataluña el día 1 de octubre. El Moby Dada, perteneciente a la empresa italiana Moby Lines, cuenta con quinientos camarotes para 1638 pasajeros, varios restaurantes, salas de videojuegos, tiendas, solarium, y todo decorado con los personajes de los dibujos animados de Looney Tunes, de Warner Bros. En el lado del casco que mira a la ciudad de Barcelona aparecen imponentes las figuras del Gato Silvestre, Piolín, El Pato Lucas y El Coyote. Más allá de la perplejidad suscitada porque semejante navío hospede a las fuerzas de seguridad, en seguida Piolín —ese pobre canario indefenso—, levantó las simpatías de los ciudadanos y de los medios de comunicación. La imagen del navío junto a los vehículos de las unidades llegadas para la intervención policial traspasó fronteras, llegando hasta los despachos de Warner Bros. Allí se consideró que sus imágenes no podían ir asociadas a un tema tan poco lúdico como un despliegue policial e instaron a la empresa italiana a romper su contrato con el gobierno español. Ante la negativa de ésta, reclamaron que se taparan sus personajes con unas lonas, lo que se llevó a cabo no sin poca dificultad. Como si de una operación militar se tratara,

Odunacam • Por Liniers

en el día señalado el viento no era favorable y el resultado no fue impecable. Piolín aparecía de soslayo. Semejante acción desató una campaña en las redes sociales que, con la etiqueta #freepiolin, en pocos minutos se convirtió en tendencia. Por las calles se dejaron ver pasquines con la silueta de Piolín amordazado. Después, las quejas de los policías cuyos camarotes fueron afectados, junto al viento que se empecinaba en conseguir la liberación del famoso canario ganaron esa batalla y la lona fue retirada. A estas alturas, se preguntarán de dónde viene esa simpatía por Piolín en Cataluña. Se podrían ofrecer diversas respuestas, ya sean de corte psicoanalítico o simplemente viral, es decir, de esos nuevos virus que ahora forman parte de nuestro laboratorio global. Pero, a esas respuestas habría que añadir cuando menos dos hechos que, sin embargo, parecen haber sido olvidados por los medios de comunicación y propagación. El primero se remonta a 2005, cuando el diseñador catalán David Dalmau, fundador junto a su hermano de la firma de moda Custo estampó a Tweety —nombre original de Piolín— en sus prendas, sin el permiso de Warner Bross. Ante la denuncia de la firma norteamericana, la guardia civil requisó hasta dieciocoho diseños en los que aparecía el canario. El segundo sucedió en la temporada 2008-2009, cuando el Barça presentó su segunda equipación calificada por la prensa deportiva como «amarillo piolín». Así que los futbolistas y sus seguidores se vistieron de canario. Después de estos hechos, que el Moby Dada trajera de nuevo a Piolín a la ciudad en un momento como éste, era casi obligado. Sin duda Piolín trae un mensaje que remite a su primera aparición en pantalla en 1942, con Historia de dos gatitos. En esa época no se llamaba así ni estaba en una jaula, y no era ningún canario indefenso. En 2017 desconocemos por el momento qué Piolín es el que ha llegado, pero sabemos que aquí, en el puerto de Barcelona, seguimos asistiendo a otra Historia de dos gatitos que no encuentra aún su final. •

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La hermosa

hija del verdugo Angela Carter 24

A

Aunque el verdugo no se atreve a quitarse la máscara por si acaso, en un espejo inesperado, o al reflejarse por accidente en un charco de agua estancada, sorprende su auténtico rostro. Y es que, en tal caso, se moriría de pavor.

quí estamos en lo más elevado del altiplano. Una torva cuasi-música, la de las desafinadas cadencias de una orquesta inculta percutiendo en una agonía extática de ecos contra las paredes resonantes de las montañas, nos guio hasta la plaza de la aldea donde los descubrimos tañendo, punteando y maltratando con arcos de crin una gran variedad de toscos instrumentos de cuerdas. Nuestros pies crujían sobre secos y susurrantes serrines movedizos recién esparcidos por las superficies salpicadas de años de serrín apelmazado, aquí y allá, con sangre derramada tanto tiempo atrás que había adquirido el color y textura de la herrumbre… tristes, ominosas manchas, un peligro, una amenaza, memoriales de dolor. No hay luminosidad en la atmósfera. Hoy el sol no baña a los protagonistas del oscuro espectáculo al que nos invitaron la casualidad y la disonancia combinadas. Aquí, donde el aire se atraganta todo el día con una temblorosa humedad difusa, interminablemente a punto de tornarse en lluvia, la luz cae como filtrada a través de muselina de manera que a todas horas prevalece un fulgor crepuscular; parece que el cielo esté al borde del llanto y por eso, sombríamente iluminado por medio de lágrimas no derramadas, el tableau vivant que presenciamos se impregna de los tintes sepia de una fotografía vieja y nada se mueve ahí. La inmovilidad deliberada de los espectadores, enteramente absortos como están en la representación de su hierático ritual, apenas iguala a la de las cosas vivas, y dicho tableau vivant más bien podría denominarse nature morte, puesto que este carnaval sin alegría es celebración de una muerte. Los ojos, cuyos blancos son amarillentos, están todos fijos, como amarrados con cuerdas tensas e invisibles, en un bloque de madera lacado de negro con los rocíos vertidos por un milenio de víctimas. Y ahora la rústica orquestina suspende su música inarmónica. Esta muerte debe concluir en el silencio más rotundo. Los salvajes montañeses se han reunido para presenciar una ejecución pública; éste es el único entretenimiento que el campo ofrece. El tiempo, suspendido como la lluvia, reemprende la marcha en silencio, despacio.

Una quietud pesada ordena todos sus movimientos, el mismísimo verdugo adopta una pose ofensivamente heroica junto al bloque, como si llevar a cabo la cosa con dignidad fuese el único motivo para llevarla a cabo. Coloca el pie enfundado en una bota sobre el altar repelente y sacrificial, el lienzo —para él— en el que ejecuta su arte, y en la mano su herramienta, el hacha. El verdugo mide casi dos metros de altura y es bien corpulento; los alfeñiques torcidos de los aldeanos levantan la mirada hacia él con recogimiento y temor. Viste siempre de luto y siempre lleva una curiosa máscara. Se trata de una máscara de cuero flexible y ajustada, teñida totalmente de negro y que oculta el pelo y la parte superior de la cara salvo por dos estrechas ranuras por las que se asoman dos miradas gemelas de unos ojos tan inexpresivos como si formasen parte de la máscara. La máscara deja a la vista únicamente los labios planos, una boca roja oscura y la carne grisácea que la rodea. Expuestas de una manera tan desconcertante, estas porciones de carne no satisfacen las expectativas derivadas de nuestro habitual conocimiento de los rostros. Tienen una cualidad de obscena crudeza, como si, en cierto modo, la parte inferior de la cara hubiese sido desollada. Él, el carnicero, se estaría exponiendo a sí mismo, como si fuese su propia carne. Con el correr de los años, la sustancia ajustada a medida de la máscara se ha asimilado de tal manera con la estructura primitiva de su cara que la cara en sí detenta ahora un aspecto multicolor, como dual por naturaleza, y esta cara ya no pertenece al ámbito de lo humano, como si al ponerse por primera vez la máscara hubiese borrado su cara original y de esta manera se hubiese desfigurado para siempre. Porque la capucha del oficio convierte al verdugo en un objeto. Se ha convertido en un objeto que castiga. Es un instrumento de terror. Es la imagen de la pena merecida. Nadie recuerda por qué se concibió la máscara ni quién la concibió. Tal vez algún alma caritativa de la antigüedad adoptó el avío ocultador para evitarle al que aguardase en el bloque la visión de una cara demasiado humana en los últimos instantes de la agonía; o tal vez los orígenes del artefacto residen en una relación mágica con la negrura de


la negación —eso suponiendo que la negación sea de color negro—. Aunque el verdugo no se atreve a quitarse la máscara por si acaso, en un espejo inesperado, o al reflejarse por accidente en un charco de agua estancada, sorprende su auténtico rostro. Y es que, en tal caso, se moriría de pavor. La víctima se arrodilla. Es delgado, pálido y elegante. Tiene veinte años. La muchedumbre silenciosa del patio se estremece a causa de la expectación compartida; los rasgos enmarañados de todos se tuercen en una misma sonrisa aviesa. Ni un ruido, casi ningún ruido perturba el aire húmedo, sólo la sombra de un ruido, un sollozo lejano que bien podría ser el ulular del viento entre los pinos achaparrados. La víctima se arrodilla y coloca el cuello encima del bloque. Lentamente, el verdugo levanta el acero reluciente. El hacha cae. Se cercena la carne. La cabeza rueda. La carne escindida pone en marcha sus fuentes. Los espectadores se estremecen, gruñen y jadean. Y ahora la orquestina comienza a serrar sus cuerdas de nuevo mientras un coro de vírgenes raquíticas, emitiendo los chirriantes berridos que en estas regiones pasan por canción, entonan un réquiem bárbaro titulado Aviso temeroso ante el espectáculo de una decapitación. El verdugo ha decapitado a su propio hijo por cometer incesto en el cuerpo de su hermana, la hermosa hija del verdugo, en cuyas mejillas brotan las únicas rosas de este altiplano. Gretchen ya no duerme profundamente. Después del día en que la cabeza decapitada de aquél rodó por el serrín ensangrentado, su hermano pedalea en una bicicleta perpetua en sus sueños aun cuando la pobre niña se escabulló sin que la viesen, sola, para recoger la conmovedora, húmeda, barbada fresa, la reliquia que de él quedó, y se la llevó a casa para enterrarla junto al corral antes de que los perros se la comiesen. Pero por más que restregó su pequeño delantal blanco contra las piedras del río no fue capaz de sacar las manchas que asolaron la trama y el tejido de la tela como fantasmas rosáceos de un preciosísimo fruto. Cada mañana, cuando sale a recoger huevos listos para el desayuno del padre, riega con sentidas aunque inútiles lágrimas la tierra removida bajo la cual se pudren los sesos de su hermano mientras las gallinas picotean y cloquean indiferentes a sus pies. Este país está situado a tal altitud que el agua nunca hierve, por engañosamente que burbujeé en la cazuela, de manera que los huevos duros siempre están crudos. El verdugo insiste en que la tortilla de su desayuno se prepare sólo con aquellos huevos cuyos pollitos estén a punto de nacer, y, bien temprano a las ocho, se come con deleite una amarilla y emplumada tortilla sutilmente aderezada con uñas. Gretchen, la hija impresionable, a menudo pega un bote y empieza a oír el cloqueo desbaratado de un pico todavía gélido, apenas calcificado, a punto de ser tragado con chisporroteante mantequilla, pero su padre, cuya palabra es la ley porque jamás se despoja de la máscara de cuero, no se va a comer un huevo que no tenga dentro un pájaro naciente. Es ése su gusto. En este país, sólo el verdugo puede permitirse sus perversidades.

En lo alto de las montañas, ¡qué humedad y qué frío! Los vientos helados soplan leves rachas de lluvia a través de estos picos casi perpendiculares; el bosque de abetos y pinos que el lobo acecha y que cubre las laderas más bajas es un conjunto de arboledas que sólo sirven para devaneos satánicos de un sabbat universal, y una neblina hostigadora permea la aldea desolada y anémica, tan enraizada hasta la fecha en cielos cotidianos que un recién llegado tal vez, al principio, apenas haría otra cosa que resollar y jadear en medio de este aire escasísimo donde los haya. Los recién llegados, no obstante, son una aparición menos frecuente que los meteoritos o los rayos; las aldeas no susurran bienvenida alguna. Hasta las paredes de las casas toscamente construidas exudan desconfianza. Están hechas de losas de piedra y no tienen ninguna ventana por la que mirar al exterior. Un orificio mal hecho en el tejado plano expele un puñado de escasas bocanadas de humo doméstico y la penetración sólo se logra con la mayor de las dificultades, por medio de puertas bajas y estrechas, grietas en el granito, de manera que cada casa presenta a la vista una cara tan desprovista de rasgos como la de los demonios orientales cuyo anonimato no se veía echado a perder por algo tan ordinario como las máculas de un ojo, una nariz o una boca. En estas feas y poco complacientes madrigueras, hombre y animal doméstico —cabra, buey, cerdo, perro— participan de idénticos derechos de apiñamiento junto a las humosas y desarregladas chimeneas, aunque los perros acostumbran a contraer la rabia y se lanzan como trombas de agua por las calles llenas de socavones. Los habitantes son una camada rechoncha y taciturna con una malevolencia crónica que emana de gran variedad de causas provenientes tanto del entorno como de su propia constitución. Todos tienen en común un semblante genérico y nada atractivo. Sus caras tienen el aspecto flácido, plano, deshuesado de un esquimal, y los ojos son fisuras opacas, ya que no cuentan con párpados que les sirvan de capota, sólo la piel distendida de la grey mongol. Sus miradas reptilinas hacen gala de una intensidad ni por asomo íntima, y sus sonrisas son de una perversidad tan peculiar que hay que darles gracias porque rara vez sonrían. Se les pudren los dientes de muy jóvenes. Los hombres, en particular, son monstruosamente hirsutos tanto por la cabeza como por el cuerpo. El pelo, de un negro purpúreo monótono y uniforme, encanece tendiendo al tono de las cenizas extintas. Las mujeres están constituidas más para la duración que para el deleite. Dado que todos andan siempre descalzos, las palmas de los pies desarrollan una consistencia intensificada de cuerno desde la más tierna infancia y a las mujeres, que desempeñan todas las tareas que exige su primitiva agricultura, se les ponen unos antebrazos del tamaño y el grosor de calabacines, mientras que las manos van adqui-

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riendo una forma pronunciada de pala hasta que parecen, llegadas a la madurez, recios bieldos de cinco puntas. Todos, sin excepción, son mugrientos y piojosos. Las cabezas peludas y las zonas púbicas laten y palpitan con las convulsiones ciegas de las ladillas. El impétigo, la tiña y la sarna están tan a la orden del día entre ellos que nadie se fija siquiera, y la carne entre los dedos de los pies se les empieza a descomponer muy pronto. Sufren dolencias crónicas del ano a causa de su dieta bárbara: gachas aguadas, cerveza agria, carne apenas chamuscada por los fríos fuegos de las tierras altas, queso de cabra acidulado y empapuzado pan de cebada por flatulento acompañamiento. Tales vituallas no pueden sino contribuir efectivamente a los trastornos que han impuesto la atmósfera general de la maligna inquietud que constituye su característica más inmediatamente distintiva. En este museo de enfermedades, la belleza color pastel de Gretchen, la hija del verdugo, es más llamativa si cabe. Las trenzas blondas se mecen sobre sus pechos cuando va a recoger de los nidos los huevos en abundancia. Los días de estas gentes son amortajadas simas de mustio bregar manual, y las noches son grietas húmedas, heladas, negras y palpitantes, preñadas de las compulsiones más asquerosas, noches dedicadas únicamente a fantasear con deseos inefables concebidos tortuosamente por sensibilidades mortificadas habitualmente carcomidas hasta la supuración por las negras ratas de la superstición mientras los dientes de aguja de la escarcha corroen sus cuerpos. De poder, lo que harían sería representar ciclos wagnerianos enteros de maldad operística y transformar alegremente las aldeas en escenarios sobre los que auténticas monstruosidades del Grand Guignol podrían ser representadas en todos y cada uno de sus atroces detalles. Ninguna fea parodia de los deleites de la carne les sería ajena… otra cosa no sabrán, pero sí cómo suceden estas cosas. Tienen una capacidad inagotable para el pecado, pero la ignorancia frustra sus intentos de forma inexorable. No saben qué es lo que desean, de modo que sus lujurias existen en un limbo indefinido, in potentia para siempre. Ansían apasionadamente la depravación más deplorable, pero no poseen la noción concreta del fetiche más elemental siquiera, su carne atormentada es traicionada a perpetuidad por la pobreza de su imaginación y las limitaciones de su vocabulario, pues ¿cómo transmitiría uno estas cosas en una lengua compuesta sólo de toscos gruñidos y gañidos que sirven para dar a entender, por ejemplo, los progresos de la cerda de la familia alumbrando? Y dado que sus vicios son, en un sentido literal de la palabra, inefables, sus secretos y furiosos deseos continúan siendo, al cabo, misteriosos hasta para ellos mismos y los contienen únicamente en el territorio de la pura sensación, o del sentimiento indefinido como pensamiento o acción y, por lo tanto, descontrolado por definición. Así que sus deseos son infinitos, aunque,

En este museo de enfermedades, la belleza color pastel de Gretchen, la hija del verdugo, es más llamativa si cabe. Las trenzas blondas se mecen sobre sus pechos cuando va a recoger de los nidos los huevos en abundancia.

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en términos reales, salvo bajo la forma de una punzada de perturbación, dichos deseos apenas se puede decir que existan. Sus vidas están dominadas por un folclore tan pintoresco como homicida. Castas rígidas y hereditarias de hechiceros, brujos, chamanes y practicantes de lo oculto proliferan entre estos incultos montañeses, y el culmen del poder esotérico reside, por lo visto, en la persona del mismísimo rey. Pero esta percepción es engañosa. Este gobernante nominal es en realidad el más miserable de los pordioseros de su zarrapastroso reino. Heredero de los bárbaros, está despojado de todo salvo de la idea de una omnipotencia expresada de sobra mediante la inmovilidad. Se pasa el día entero, desde que accedió al trono, colgado del tobillo derecho de una anilla de hierro colocada en el tejado de una cabaña de piedra. Una cinta bien sólida lo ata al techo y queda sostenido malamente en una postura precaria, pero absoluta, sancionada por el ritual y la memoria por la muñeca izquierda, que está enganchada en una posición similar con cinta a otra anilla de hierro pegada con cemento al suelo. Aguanta quieto como si lo hubiesen hundido en un pozo petrificado y jamás pronuncia una sola palabra porque ha olvidado cómo se habla. Todos creen implícitamente estar condenados. Circula entre ellos un cuento popular, el que sigue: que la tribu fue desterrada originalmente de una región más alegre y próspera al deprimente lugar que habitan hoy, un lugar en el que sólo cabe la mortificación propia, después de hacerse aborrecer por sus antiguos vecinos a fuerza de practicar indiscriminadamente y con entusiasmo el incesto, hijo con padre, padre con hija, etcétera –todas las barrocas variaciones posibles a partir de la cuadrilla determinada del núcleo familiar–. En este país el incesto es un delito capital; el castigo por el incesto es la decapitación. A diario, sus mentes son aterrorizadas e iluminadas por los continuos cantos apocalípticos a propósito del fornicio entre hermanos, y sólo el propio verdugo, dado que no hay nadie que pueda cortarle la cabeza, se atreve, en la inmutable privacidad de su capucha de cuero, sobre su bloque salpicado de sangre, a hacerle el amor a su hermosa hija. Gretchen, la única flor de las montañas, se recoge el delantal blanco y la falda a cuadros valseante para que no se doble ni se ensucie, pero ni siquiera en el último extremo del acto su padre se quita la máscara, porque ¿quién lo reconocería sin ella? El precio que paga por su posición es permanecer siempre encerrado en el solitario confinamiento de su poder. Perpetra su inalienable derecho en el patio hediondo sobre el bloque donde tronchó la cabeza de su único hijo varón. Esa noche, Gretchen se encontró una serpiente dentro de su máquina de coser y, a pesar de no saber lo que era una bicicleta, montado en una bicicleta el hermano rodó y dio vueltas por sus agitados sueños hasta que cantó el gallo y allá que fue por huevos. •


Psycho Killer

Por Carlos Velázquez

Macca Hearts Club Band De sir Paul McCartney se puede esperar cualquier excentricidad: un dueto con Katy Perry, que ocupe el puesto de Kurt Cobain en Nirvana y que toque la batería en un álbum de Foo Fighters, matrimonios escandalosos incluidos, sin embargo, a la hora de demostrar de qué está hecho: sus setenta y cinco años lo respaldan. Aproximadamente a las 9:14 de la noche las luces del Coloso de Santa Úrsula se apagaron y la escudería Macca salió al escenario a recibir la veneración absoluta de un Estadio Azteca sold out. «A Hard Day’s Night» fue un banderazo de salida más contundente que el de la Formula 1 que se había celebrado unas horas antes en el Autódromo de los Hermanos Rodríguez. Y fue el inicio de un viaje por la historia de la música. Capitaneada por uno de sus más grandes protagonistas. Más que un concierto de Macca se trató de una liturgia en honor a los Beatles. Interpretada por una de las bandas más apabullantes del rock en la actualidad. La segunda curva fue «Save Us», del increíble New, el disco que lanzara en 2003 y que la crítica alabara como uno de los mejores cinco de toda su carrera. El rumbo viró a Wings y hasta aquí todo en orden. Como obedece a un concierto de Macca. Pero entonces la intensidad se apoderó del recinto con «Let me Roll it», la rola más Lennon de Macca. «I’ve Got a Feeling» fue un deslumbramiento. No ha sido una canción habitual en el setlist de Macca. Era una pista de lo que se vendría. «Maybe I’m Amazed» surgió como un bálsamo. El condenado momento Macca en el que te desarma y te entregas sin reservas a su arbitrio. Había advertido que tocarían rolas nuevas y viejitas pero bonitas, pero con «We Can Work it Out» quedaba claro que habría más de las segundas. «In Spite of all Danger», la primera rola que grabara The Quarryman fue el máximo homenaje a este viaje al pasado. «You Won’t See Me», «Love Me Do» y «And I Love her» pusieron al Azteca a rabiar. Aquello se había convertido en una de esas fiestas en las que suenan tus canciones favoritas y de las que no deseas que terminen jamás. «Blackbird» fue

otro de esos momentos Macca. Pero no sólo brillaba él. Si alguien se lució fue su banda. Cuyo miembro más honorable es el baterista Abe Laboriel Jr., sobrino de Johnny Laboriel, la garra detrás del «Rock del Angelito». «Queenie Eye» y «New» de New sirvieron de colchoncito para el arrebato que resultaría «Lady Madonna». «Eleanor Rigby» fue el momento clásico de la noche. «I Wanna be Your Man» rompió el dramatismo y abrió paso al instante lisérgico con «Being for the Benefit of Mr. Kite!». Y es que la banda de Macca lo mismo puede tocar el pop más Rihanna que la pesadez más heavy metalera. «Something», con su intro de ukelele, era la muestra de que se trataba de una noche de paz noche de amor. Lo que menos se sospecha es que en un concierto de Macca afloren las canciones de Harrison. Pero era Paul haciendo las paces con los fantasmas del pasado. Y luego sucedió el prodigio: «A Day in the Life». Una rola más Lennon que Macca. Con la que abrazó el espíritu de John y dejó claro que las rencillas no ocupaban más su septuagenario corazón. Entonces el concierto se convirtió en un Club de

Corazones Solitarios. El de Macca. El del Beatle vivo con más feeling para interpretar estas canciones. Una especie de suite conformada por «Ob la di-Ob la da», «Band on the Run», de los pasajes más guitarreros de la noche, y «Back in the ussr» dieron cabida a «Let it Be». Ya con esto cualquiera hubiéramos salido más que extasiados. Pero para finales, Macca. Y nos esperaba el mejor de todos. «Live and Let Die» empujó al Azteca a un frenesí emotivo que se atemperó con «Hey Jude», en el que el coloso se hermanó para corear este canto a la universalidad. Entonces Paul se marchó. Para regresar con «Yesterday», que estuvo medio de güeva. Ya la adrenalina estaba muy arriba. Pero el rumbo se recobró con «Sgt Peppers» y sobre todo con «Helter Skelter», donde Macca se lució. A su edad puede pegar de alaridos como cualquier jovenzuelo. En un punto de la velada Macca mostró su solidaridad para con las víctimas del terremoto. Con una elegancia y un respeto que para nada sonó impostado. Y lo más importante. Sin romper el ritmo del concierto. Una bandera y unas palabras sobrias y auténticas bastaron. Si Macca se echó el Azteca a la bolsa fue con canciones, no apelando al chantaje sentimental. El broche de oro fue la triada «Golden Slumbers»–«Carry That Way»–«The End», el apoteósico final de Abby Road, que para muchos es el mejor disco de la banda. Y una de las cumbres de la historia de la música. Que se festejó con una ráfaga de fuegos artificiales. No existía mejor lugar en la tierra en el que se pudiera estar. Si algo había definido la noche era el power. Una demostración de músculo de treinta y nueve canciones. Sin duda el concierto del año. Y vaya que unos meses antes los Rolling Stones habían puesto la vara muy alta en el Foro Sol. Pero esta noche Macca había venido a luchar por el puesto del mejor. Y seguro que para muchos lo es. •

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Sexto Piso Times

Noticias Que de tan falsas… podrían ser verdaderas  •  NOviemBRE de 2017

Se filtra texto del Manifiesto de la Riqueza Obscena, guía para el dominio corporativo en el siglo xxi Ahora que las revelaciones de los Paradise Papers han expuesto una vez más cómo la élite financiera, corporativa, gubernamental, y hasta la realeza británica y el campeón de la Fórmula 1 aprovechan las ventajas de las desregulaciones que ellos mismos han impuesto desde hace décadas para transferir su dinero a paraísos fiscales y eludir el pago de impuestos, no han faltado las denuncias y los análisis que piensan que ha llegado el momento de ponerles freno y obligarlos a cumplir con las mismas obligaciones que el 99% de la gente se ve obligada a cumplir. Sin embargo, gracias a que el equipo de investigación de Sexto Piso Times forma parte del grupo de 96 medios que han llevado a cabo la investigación a nivel internacional, y nuestros reporteros han trabajado codo a codo con aquellos del Guardian, el Süddeutsche Zeitung y el New York Times, entre otros, para ofrecer a nuestros lectores información de vanguardia, hemos tenido acceso a documentos que revelan que, lejos de encontrarse atemorizada, la camarilla que rige el destino planetario se encuentra satisfecha con este nuevo acontecimiento pues, de manera un tanto paradójica, estiman que las condiciones de crisis que el mismísimo Marx consideró necesarias para producir revoluciones se hallan casi en su punto de ebullición, y que finalmente podrán concluir con la revolución neoliberal que iniciaran hace aproximadamente treinta o cuarenta años. Para ello se encuentran ya redactando el Manifiesto de la Riqueza Obscena (cuya primera frase, según pudieron constatar nuestros periodistas es «Propietarios de yates del mundo, uníos…»), en donde detallarán de manera minuciosa los tremendos abusos e injusticias a los que han sido sometidos por los villanos gubernamentales a lo largo de los tiempos, para hacer un llamado al hombre común a sumarse a su lucha, y conseguir materializar la utopía que traerá finalmente la ansiada felicidad al planeta Tierra: ser regidos por corporaciones en competencia para incrementar el

«Imaginen una ciudad donde se puedan ir dando like en persona por las calles. ¡Wow!»: Mark Zuckerberg número de consumidores que vivan bajo su seno, pujando perpetuamente por incrementar su cotización en la bolsa de valores, pues de ahí se desprenderá naturalmente la capacidad para asuntos como contar con un escuadrón de seguridad entrenado por ex miembros de la cia y la Mossad, que servirá para proteger a los dueños de los feudos corporativos, así como para sofocar cualquier insurrección de los consumidores que vivan en sus inmediaciones, en caso de que llegaran a terminarse los iPhones, o alguna otra cuestión imprevista que pudiera atentar contra la estabilidad social. Asimismo, el equipo de Sexto Piso Times pudo averiguar que el experimento se encuentra más avanzado de lo que podría pensarse, y que principalmente tanto Google como Facebook cuentan ya con planes para establecer las primeras ciudades-corporación, en donde se espera que sus empleados-habitantes pasen tanto

tiempo como sea posible, asunto para el cual planean colocar una alberca de pelotas y una fuente de malteadas en cada esquina, de manera que los habitantes se encuentren en un estado de éxtasis perpetuo, que dificulte que siquiera piensen en la posibilidad de abandonar las instalaciones. Y por último, como una medida ideada para propagar a lo largo del día el espíritu de buena onda que será fundamental para el ejercicio del poder de los nuevos feudos corporativos, se colocarán pantallas públicas para transmitir de manera ininterrumpida frases cargadas de sabiduría por parte de líderes como Bill Gates, Mark Zuckerberg, Bono o Salma Hayek, que serán intercaladas por videos caseros de perros o gatos realizando actividades graciosas, con lo cual se pretende asegurar que los habitantes se encuentren en el estado mental adecuado para lo que sus nuevas vidas habrán de depararles. •


El buzón de la prima Ignacia Estimada Prima Ignacia: Soy un editor mexicano de viaje de trabajo por Ámsterdam. Imbuido como estoy por el espíritu progresista de los tiempos, renté una bicicleta para mi estancia de unos cuantos días en esta ciudad y también, ni tardo ni perezoso, me metí al primer coffee shop a comprar un toque que más bien parecía una antorcha, pues, como bien sabes, en esta ciudad es absolutamente legal. Entre tanta emoción del viaje y toda la cosa, se me pasó la mano con el toque y me puse hasta el zoquete, estado en el que intenté desplazarme por bicicleta en la ciudad hasta que, evidentemente, fui arrollado por un grupo de jóvenes neonazis que no se paran ni ante indefensos peatones. Desorientado, acudí a buscar protección en la Embajada de México, pero creo que a causa de mis tatuajes ni siquiera algún funcionario de medio pelo se dignó recibirme, y la recepcionista me dijo básicamente que me pusiera un poco de mertiolate y no anduviera de chillón, así que fui abandonado por nuestras autoridades. Aprovechando la cercanía, ¿crees que deba ir a la Corte Internacional de la Haya a presentar una denuncia por el atropello? Atentamente, Lalo Johnston

Ay Lalo, ¿otra vez un mexicano haciendo el papelón en el extranjero? O sea, ¿cuándo vamos a madurar como pueblo, como raza condenada a cuántos siglos más de andar haciendo desfiguros más allá de nuestras fronteras? Déjame contar hasta diez para tratar de seguirte contestando. (Respira, Igni, respira, sujetos como éste tienen justamente lo que se merecen). A ver, Lalito, ora sí. Dime una cosa, sólo porque algo es legal en esos países dizque muy liberales, ¿significa que lo tienes que hacer? Ora que se volvió a poner de moda todo eso de lo de la Kate del Castillo y el Sean Penn, ¿qué no viste que hasta el Chapo dijo en la entrevista que le hicieron que las drogas destruyen? Recapacita, Lalo, se me hace que todavía estás a tiempo. ¿A poco no valoras una buena caminata en el parque, tomando un helado de limón, hablando justamente de chismes de celebridades con una niña bien como una? Aléjate de ese camino, Lalito, o vas a terminar como el columnista de aquí al lado, el Carlos Velázquez, que en todas sus crónicas nada más pone lo mismo de que se drogó mucho y bailó y luego no sé qué. Ahora que vuelvas, llámame, y yo te puedo enseñar unas técnicas para que abandones el camino del mal y te pases al sendero de luz que llevo tantos años de inculcarle a todas mis lectorcitas y lectorcitos por todo el mundo.

Hazle una pregunta a la prima Ignacia. Si tienes la suerte de que en su infinita sabiduría la seleccione como la mejor del mes, recibirás gratis en tu domicilio el libro de tu preferencia de Sexto Piso.

Estudié Economía en el itam, Finanzas en Harvard y Karma en la Universidad Tibetana, pero el verdadero aprendizaje lo obtengo en esa loca maravilla llamada vida. Si quieres que lo comparta contigo, no lo pienses más y consúltame en el siguiente correo electrónico: ignacia@sextopiso.com (PD: No hay censura pero por favor sean recatados y no me vayan a andar preguntando puras pendejadas).

31 Querida Prima: Creo que sólo alguien como tú sabrá comprenderme. Soy una mexicana muy comprometida con su entorno y con su espiritualidad, que ha trabajado muuuuucho en su almita estos últimos años, tomando todo tipo de cursos de coaching y poder del pensamiento positivo, y hasta unas amigas y yo rentamos a un gurú que se vino toda una semana con nosotras a un depa irreal en Aca, donde nos compartió sus enseñanzas durante toda la vacación. Prima, en este tiempo he aprendido que el valor de dar no exige ninguna recompensa a cambio, pero tampoco se me hace padre que le vean a una la cara de taruga, porque o sea, como que nada más no me late, así que estoy verde de coraje con ver toda la publicidad que la Paris Hilton recibió por visitar a los damnificados del temblor en Xochimilco. O sea, Prima, ¿qué no tiene ella sus propias causas en donde quiera que viva como para venir a robarnos los reflectores por las nuestras? ¿Te parece justo que yo que estuve todo el tiempo pendiente en las redes de a dónde había que mandar cosas, y luego luego despachaba a Rutilio a llevarlas en friega, me vea opacada por una oportunista como la Hilton? Carmen Orrantía

A ver Carmencita, con todo respeto: u-bí-ca-teeee, por favor mijita, y así nos ahorramos problemas desde el principio. O sea, me parece súper padre e importante que hayas tomado tus cursos de coaching y esas cosas, aunque sólo déjame recordarte que estás hablando con alguien que tiene un doctorado en Karma, en la mismísima Universidad del Tíbet, y aunque los majaderos que dirigen esta revista me cortaron mi biografía porque no querían verse opacados por mis logros, pero nada más para tu información, te comento que el tema de mi tesis fue la alineación de los chakras a través de la ayuda al prójimo, así que no creas que vas a venir ahora tú a decirme que eres muy bondadosa y no sé qué. Eso en primer lugar. En segundo, ¿te sientes bien de tu cabecita? O sea, no sé ni cómo te atreves a criticar a un icono de la moda, del éxito, del estilo, del gusto, de la clase, y hasta una tigresa sexual como la Paris Hilton. Un rayo, un rayo de luz fue que se diera el tiempo entre su agenda de socialité y de compulsive shopper para ir como los reyes magos a darles regalos a los pobrecitos damnificados, y tomarse fotos con ellos abrazándolos y toda la cosa. Más bien, y lamento decírtelo, la oportunista eres tú utilizando este espacio de tanta alcurnia para destilar tu bilis, así que no voy a dedicarte ni una letra más a partir de… este… preciso… momento. ¡Bye bye, chata!


Llega a México el primer título de

WONDER PONDER

Filosofía visual para niños (y no tan niños)

«Si Mundo cruel resulta tan impactante y divertido, si combina tan sabiamente lo lúdico y el horror, si se mueve con tanta facilidad de un ámbito a otro, es porque sus autoras miran el mundo desde los ojos de los niños». El País

Reporte Sexto Piso No. 39  
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