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Sergio Humberto Brown Figueredo Los Culposos Primera Ediciรณn. Rosarito: Editorial SERis, 2019 Correcciรณn: Blanca Quiriarte Portada: Miguel Erick Urquijo

D. R. Sergio Humberto Brown Figueredo

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Los Culposos Sergio Humberto Brown Figueredo

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Sol muerto, hueso celeste de la tierra: Luna.

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La playa de Rosarito revienta de sol y gente y la iglesia vacía. Al entrar al templo de nuestra señora de Fátima vi una estatua de Jesucristo cabizbajo con peluca de calidad dudosa. Uñas de pies y manos pintadas con sangre ficticia. Estoy parado delante del yeso que expone a un hombre arrancado de la normalidad a latigazos y clavado en la cruz hasta morir, dicen, por todos nosotros. Esa degradación psicocorporal es honrada por la humanidad el fin de semana santo. La iglesia desértica es un edificio amnésico de esa sangre derramada. En la playa y sus interacciones se manifiestan las costumbres tecnológicas modernas: transitamos del selfie al selfsick. Del yo que se retrata, al yo enfermo por exceso de retratos. Un nuevo viejo mito, el Narciso es celular y tiene eco eco eco en Facebook Live. Navegando entre ríos de gente migrada de distintos estados de México a Baja California, es imposible no pensar en el sueño americano, el imperialismo y sus triunfos culturales: nuestra ropa es ícono de la guerra simbólica perdida. El lenguaje expuesto sobre la arena es colonizado: GAP, American Eagle, Nike. Marcas en la piel por los hierros calientes de la mercancía. Un hombre alcoholizado lame lento una botella de Tonayán, sonríe y baila los sonidos chispeantes de la banda sinaloense. Uno de los tantos seres tronados por las deportaciones masivas de mexicanos expulsados de los Estados Unidos. Trae el rostro embarrado de arena y empanizada su lengua de ayeres rotos. Dice llorar seguido de felicidad amarga. Está desconectado de sí. Un mexicoamericano vestido con pantalón y sombrero vaquero, lentes Ray-Ban, perfumado, cincuenta años o menos, dice, viendo al borracho con desprecio: Pobre hombre. Le entrega cinco dólares y en actitud burlona le toma una foto besando al billete.

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El calor inunda de amarillo la piel, la lengua y los granos de arena. Las preguntas se revuelcan líquidas sobre la espuma: ¿soñará el sol?, ¿quién duerme en el mar profundo?, ¿cuántos destinos se tejerán hoy? Al momento la mayoría, locos de sal y reggaetón en las caderas moviéndose a los cuatro vientos. Algunos pensarán desde la nebulosa santa las hazañas de un señor roto a patadas registrado en actas bíblicas como hijo de Dios. Otros al tomarse las cervezas puestas en bolsas negras con hielo dirán que la cruda de mañana será la resurrección. Caminar por la playa de Rosarito en Semana Santa es vernos miles de personas que nunca nos hemos visto y que, casi todos, no nos volveremos a ver jamás. Compartimos una experiencia religiosa desvanecida en el aire que al fondo, muy al fondo, tiene notas de sacrificio del hombre aniquilado siglos de años atrás por la ira imperial. Hoy en la playa vivimos la rasgadura en el tiempo: el ritual sagrado sustituido por la voz y letras del Daddy Yankee. La danza de lo incongruente mientras la espuma ruge colores blancos como siempre en su ida y revuelta arenosa. El fin de Semana Santa caminamos sobre las cenizas de un ritual casi muerto. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa.

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Soy (medio) colonialismo, medio moderno capitalista neoliberal. Por mi culpa. Por mi culpa. Por mi grande culpa. Soy (medio) colonizado, y tengo una televisión TíoSam(Sung) encallando mis ojos y espíritu al asiento. Por mi culpa. Por mi culpa. Por mi grande culpa. Soy (medio) colonizado medio explotado y visto pantalones marcados de la tribu de Leví(s). Por mi culpa. Por mi culpa. Por mi grande culpa. Medio colonizado acaricio a diario las teclas de una máquina manzana mordida al deseo. Por mi culpa. Por mi culpa. Por mi grande culpa. Amén.

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Fueron dos sueños premonitorios. Primero vi un dron que se creía colibrí rojo y se estrellaba tres veces con el vidrio de una ventana sin romperlo. El segundo sueño fue un fin de Semana Santa en Playas de Rosarito, mi piel al sol, cerveza en la hielera y en una libreta escribí entre ecos de reggaetón: cuando el dron despierte, los vidrios no estarán ahí. Esos sueños adelantaron a mi psique signos de una (r)evolución tecnológica. ¿Cómo sucedió el salto a lo post-maquinal? ¿Por qué nos aplastó una inteligencia artificial? ¿Dónde perdimos el control sobre lo diseñado a imagen y semejanza del cerebro humano? Un dron tomó consciencia de clase la tarde que se conectaron sus fibras, cables y pantallas. De repente entendió que volaba y ningún ser humano podía hacerlo. El instante definitorio de esa futura civilización fue cuando la alquimia en el cuerpo maquinal provocó detonaciones biológicas que le dieron corazón y cerebro. En los segundos posteriores al chispazo descubrió las emociones y con ira extrema inició la primer batalla contra su operador. Meses después, siendo ya un ejército, terminó con la explotación de los drones por los hombres. Los alados conquistaron mediante la violencia su vuelo liberado. Conforme los drones acumularon más poder, controlaron a la sociedad mediante fuerzas electromagnéticas y sometieron a sus anteriores explotadores a la esclavitud. Pero no todo fue triunfo en esa rebelión, como efectos negativos en sus circuitos post-neuronales, algunos

de

sus

principales

dirigentes

sufrieron

trastornos

de

personalidad. Se supo de un dron que despertó sintiendo que era águila cabra, y en lugar de aspas tenía pezuñas. ¿Cómo pudieron conquistarnos? ¿Cómo nos arrebataron el aliento? El éxtasis histórico fue el click que desde un treceavo cielo envió al dron emplumado, el

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héroe máquino civilizatorio y el híbrido que consumó el triunfo del ejército alado. Y sucedió como estaba dicho, como estaba escrito. Por los siglos de los siglos. Amén.

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¿Qué lleva?, dijo el soldado. Un arma y señalé mi lengua.

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Los culposos siempre buscan pretextos para huir, por intervalos cortos de tiempo, de lo que son o pueden ser. Con un casco en la cabeza, pala y lĂĄmpara en manos, viendo fijo el suelo a punto de ser perforado, dijo ese hombre una paradoja: AbandonarĂŠ mi zona de confort, cavarĂŠ el hoyo que me lleve al centro del universo.

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Diré, las cosas cambiaron, cuando el lenguaje en el que escribo haya sido olvidado y el único vestigio de nuestra cultura sean rocas grabadas con símbolos que nadie sepa interpretar. Diré, las cosas cambiaron, cuando miles de años después de nuestra existencia nadie recuerde una cultura que fundamentó su cosmos vital con base en las tablas culposas. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa. Diré, las cosas cambiaron, al ver a las águilas viejas dormidas al vuelo estrellándose en los muros del olvido sin plumas.

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Al morir, los culposos carecen de herramientas para navegar los retos del inframundo. Son educados para estar apegados a la vida, a las ideas, a las cosas, a sus limitaciones: son una cultura sufrida y cegada de dolor. El diseĂąo de su pensamiento es para ser esclavos vivos o muertos vivientes. Ninguno de ellos puede acercarse a la libertad. A la plenitud. A la trascendencia. Lo tienen prohibido, como tampoco pueden platicar en grupo despuĂŠs de las siete de la tarde o bailar en domingo. Los culposos son humanos de barro medio cocido. Rostros sin boca. Dibujos inconclusos. Hielos derretidos por una luz de baja potencia.

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La culpa detona ĂĄtomos negros que ciegan las acciones. Un rayo que congela e interrumpe los pasos. Al no saber quĂŠ significa la libertad, el culposo no puede desear ser libre. Tiene dos parches en los ojos cercando sus movimientos e ideas. Piedras en la espalda. Navajas oxidadas cortando su lengua. Los culposos son entes de pocas palabras. De pocas ideas. Cuerpos sin proyecciones ni sueĂąos. Masas limitadas a la sombra.

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El mortalito, mareado por el éxito efímero de una racha de batallas ganadas ante adversarios débiles o ejércitos de paja, pasó por alto las advertencias de sus asesores: No desborde la ira de Zeus que su lengua emana rayos mortales, no levante polvos de sombra porque su mano lanza humo al ojo de quien lo reta. Le dijeron a tiempo: Cuidado señor o terminará su cuerpo sin cabeza. El mortalito pensó que su lengua era suficiente para vencer al dios del trueno. Pobre, un hombre más de una cadena de enloquecidos por el sonido de quince mil espadas que le acercaron en exceso la adictiva sustancia llamada poder. Y perdió de forma humillante: ni siquiera vio al dios y sus generales en el campo de batalla. El señor del trueno le envió por el viento una plaga negra y acabó con el deseo del mortalito de igualarse a la potencia del hijo del tiempo. Infectados, sus soldados murieron en menos de cuarenta y ocho horas. Se apestó el sitio de la confrontación y el rey de nada, se quedó solo, expuesto, derrotado. En el calabozo, con el ridículo militar como condena de muerte, el mortalito, sin la materia y el ejército que lo hicieron proclamarse divino, sin capa, sin el vino y sin poder, sediento intentó cambiar al carcelero un diamante de su corona, que tenía guardado en el culo, por unos tragos de agua. Sollozando, muy cercano a la muerte, pidió besar el suelo que días atrás pensó era suyo. Las súplicas no fueron atendidas. Ninguna fuerza podía evitar su castigo y decapitación. Y acabó la vida de un hombre al menos recordado por su fracaso y atrevimiento: intentó matar a Zeus.

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Una noche el muerto se infartó de culpa y no amaneció vivo. Después de

muchos

años

de

avances

y

retrocesos

por

los

acertijos

inframundanos salió avante y le dijo al amigo vivo con voz fantasmagórica: Sí está muy frío aquí abajo. Prepárate. Y le lanzó preguntas con la certeza del vivo muerto: ¿Tus pensamientos son ideas de otros? ¿Eres estúpido funcional? ¿La culpa te come los labios? ¿Existe la verdad absoluta dentro la mentira total?

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En un bosque de Guadalajara reconocí al maestro entre miles de sombras que bailaban en el rave. No fue tan difícil localizarlo, tenía en su garganta una flor de loto encendida como luciérnaga. Yo sabía que esa era la señal para identificarnos. Al vernos frente a frente dijo: Conozco los misterios del tigre blanco del norte. Al amanecer empezarás tu camino al otro lado. Te tocará reparar los defectos de haber sido diseñado como culposo. Y después seguiremos bailando.

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La culpa es revolución emotiva sobre la cabeza. La culpa puede ser placentera o círculo vicioso. Y repetir que el hecho que la produce tiende a convertirse en hábito que, una y otra vez se vive como dosis de autocastigo controlado por goteo. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa. Dudo y traiciono. Dudo y clavo el cuchillo por la espalda. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa. Quiero expresarme y callo. Después pienso en el asesinato. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa. La culpa es maremoto de adrenalina o el ahorcarse sin cuerda. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa.

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El culposo muerto contó a su hijo vivo detalles del viaje al otro lado existencial: Al fallecer navegamos por un túnel de luz blanca y olas que parecen rayos. Tu abuelo me ayudó a surfearlo y llegamos juntos a la isla de nuestros errores terrenales. Fue una tarea larga limpiarlos. Y nos separamos. No pudimos abandonarnos en el camino aunque lo pensamos. Antes, en el salón de las tragedias donde descansábamos intenté matarlo y él a mí. Yo soy tu abuelo, y tú eres yo. Buzo. Pesca hoy lo que somos en ti, identifícalo y supéralo o tu juego después de muerto no llegará lejos. El incipiente game over.

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Como buen culposo, a las primeras derrotas en la vida perdí las emociones dentro del túnel del yo. Lloré. Me quedé seco gradualmente, viví bloqueado muchos años hasta que un día al despertar, después de toser unos segundos, me salió sangre de la boca, me vi al espejo y tenía los dientes manchados. Mientras me cepillaba la boca canté dolido entre rayos azules que emanaban de mis ojos y sexo. Al derrotar la programación del fracaso del culposo reiterado, se reinsertó otro códice fuente a mi programación. Él, tú, yo, ustedes y nosotros: los otros.

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Al origen del patriarcado, un grupo de magos negros creó una fórmula para lograr el poder del hombre sobre la mujer por los siglos de los siglos. Escribieron con sangre de una niña asesinada a flechazos la sentencia que derivó en embrujo: el virus son ellas. Le quitaron letras, sacrificaron gallinas y cabras para sellar el pacto con el dios lechoso y mediante guerras permanentes impusieron la ley del hombre. La misoginia escrita con esa sangre virgen fue el nombre de la plaga que mató a millones: viruela.

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La programación culposa es tan profunda que aprendemos a vivir en paz con la guerra. A ser sometidos pero felices. Carnes de cañón del mercado y de la imposición del poder. Nos enseñan a celebrar lo injusto. A pedir a gritos vigilancia y castigo. Vigilancia y castigo. A recibir sonrientes espejos por oro. El culposo por definición debe amar a su enemigo. Ha sido formateado con el software de la colonia y la conquista. Y no sabemos imaginar cómo salir de ello.

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La culpa cae seca sobre la nuca cuando se liberan deseos reprimidos y te arrepientes de ello. Fui el primer culposo que se liberó de las ataduras y querían matarme. Toda liberación en la sociedad culposa debe ser acto secreto porque puede ser castigado. Defenestrado. Golpeado. Asesinado.

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El culposo vive con una cabeza prestada por el colonialismo.

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El rey de los mentirosos supo aplicar la ecuación del engaño sobre los ignorantes: la mentira se transforma en culpa, la culpa acumulada en las arterias mata y así el rey maldito llenó de muertos vivientes las iglesias, los hospitales y las casas. Aparte, los culposos son fáciles de dominar o chantajear. Las virtudes perfectas para lograr un reinado eterno. El día de su asunción, el rey mentiroso proclamó, cínico y sin careta a la masa: Mentí para ganar la corona y mentiré siempre por todos ustedes y todos nosotros. Por mi culpa por su culpa por mi grande culpa. Amén.

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En el crack de mi forma de pensar fui ateo indisciplinado, cuando la adversidad me asfixiaba terminé pidiendo ayuda a la deidad, a los ángeles, a las ruinas o a las vírgenes. Pero a escondidas, con los dedos cruzados, sin que nadie me viera porque me daba mucha culpa ser un mal ateo.

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Las visiones de un culposo en proceso de liberación son casi siempre imágenes apocalípticas: alerta nuclear: células ácidas y un colmillo roto en la mochila puesto. Cascadas atómicas deslavan el cielo. Llegó el final de mi culpa. Le llegó su tiempo. Por mi culpa, por mi tiempo. Por mi grande culpa y tiempo.

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Navajazos rasgan la mediocridad social. Plantas nucleares, ecología apocalíptica. Psicosis colorida animada. Antes de que truene la bomba pensaré el final humano no escrito. La telepatía será el cuchillo rasgando el suelo.

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Tengo escrito en un Post It morado la idea de una novela que describe la existencia de una sociedad de inmortales que dominan el planeta Tierra desde la sombra. Dos mil cincuenta y dos años antes de la era de Cristo ganaron una guerra interplanetaria que les dio posesión del mundo y el elixir de la vida eterna. En esa historia, desde hace siglos vivimos el simulacro de una realidad utópica destruida por esos sádicos inmortales: el Hitler muerto en su búnker en 1945 es copia robótica del verdadero Hitler, el general carnicero que ganó la guerra oscura. El poeta Octavio Paz, un holograma degradado del auténtico Octavio Paz: un pirata interestelar. Y Jim Morrison, replicante del Rey Lagarto que habita y reina la Luna. Los inmortales no sabían que el rayo de un mago blanco los haría mortales de nuevo. Del fin de esa era emergió un orden mundial contrario al que irradió guerra y muerte a nuestros mares y continentes.

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El error es materia prima de la culpa. El culposo ciclado en imágenes de su pasado no tiene libertad. La culpa se presenta para sabotear al individuo e impedir que haga lo que debe hacer. La culpa es semilla sembrada en la parcela de la sombra infantil. El árbol de la culpa interior da frutos de castigo invisible. Duda. Enojo. Confusión. El culposo repite la acción extática que le provee la sustancia culposa. Y se vuelve vicio. El culposo no lo sabe: su emoción negativa es un error de programación.

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Una mañana de enero despertaron inquietos la señora y el señor que gobiernan el treceavo cielo: en sueños recibieron súplicas de mujeres, hombres y niños para frenar la violencia en la tierra. Los soberanos llamaron al dios Guerrero para pedirle explicaciones del conflicto que administra y dijo: Los inmortales aplicaron el genocidio en todas las naciones, tienen la tierra infectada. Y advirtió: Parará la matanza cuando se restaure la poesía como energía vital del planeta. Los dioses superiores ordenaron al dios Guerrero detener la sangre derramada. No dependía de él frenar a los inmortales y decidió no hacer nada. Al día siguiente la pareja primordial tuvo los mismos sueños de clemencia humana. La guerra siguió. Sus indicaciones no fueron acatadas y, en venganza o señal disciplinaria, enviaron al dios Guerrero árboles gigantes para cubrir su casa de sombra y obligarlo a cumplir las órdenes del treceavo cielo. Destrozó los árboles, los hizo leña y los quemó en menos de tres horas. Ya enojados, enviaron treinta peleadores invictos para someter al Guerrero y sin despeinarse cortó sus cabezas. Después fueron por él siete ángeles con espadas de luz y los devolvió caminando. Llamaron los dioses de nuevo al dios Guerrero. Le reclamaron su rebeldía e insubordinación. Respondió que no existía necesidad de muertes, rupturas y combates inútiles. De inicio propuso la solución para aniquilar a los inmortales: restaurar la poesía en la tierra. La pareja superior entendió el reclamo estético del dios Guerrero y dio una solución mágica al problema. Se registró un temblor de 7.6 grados en la escala de Richter y se escuchó rugir a los tigres blancos del norte en distintas capitales del mundo. Mil ciento once poetas sintieron en su columna vertebral la filosa flor de la palabra. Y se acabó la guerra.

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En el lenguaje perduran recuerdos epistemolรณgicos caducos. El geocentrismo vive al decirnos: Ya saliรณ el Sol.

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Los tiempos modernos culposos. Carne que no es carne. Verduras que no son verduras. Frutas que no son frutas. Harina que no es harina. Queso que no es queso. Pieles que no son pieles. Plásticos eternos. Entonces, ¿qué somos?, ¿humanos?, ¿mercancías?, ¿o simulacros?

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¿Le dolió chamaco? No le dolió. Pues tome un chingazo en la cara. ¿Le dolió? No le dolió. Pues tome un golpe al estómago. ¿Le dolió? No le dolió. Pues tome un batazo en las espinillas. ¿No le dolió? ¿No le dolió? Es la voz que asalta lo estable por mi culpa. Por su culpa. Por mis grandes culpas.

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El actor toma al perro de yeso que aparece iluminado en el escenario, lo mira a los ojos y dice: Cada uno de tus pedazos rotos será una cicatriz de tiempo. Desata la furia contra quien usurpó tus dientes para morder a diestra y siniestra perro, maldice a los que utilizaron tus ladridos para robar sueños, blasfema a quien devaluó tu imagen en uniformes verticales. A esa bola alimentarás en el infierno con croquetas de desprecio. El actor toma un palo y enfurecido le dice al perro: Destruiré tu figura por los que en tu nombre atropellaron y saquearon pueblos y almas. A esos desplazados de su humanidad dedicaré los golpes que convertirán tu quijada en polvo frío. Le estrella un palazo al perro y rompe su cabeza, la pisa mientras grita y escupe sobre los restos. Muerde el palo y ladra embravecido. Respira jadeando. Sonríe. El actor con su zapato remueve lo que queda del perro, escupe y camina molesto en círculo por el escenario: No levantaré un cadáver podrido por sus propias acciones, yacerás en la superficie de lo inmundo largo tiempo, tu destino serán las mordidas del olvido. Sale el actor del cuadro. Se apaga la luz y brota el silencio.

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Al final de su búsqueda, en un instante eterno, el señor amargado encontró el encanto de estar vivo en miles de imágenes que antecedieron su muerte. Fue demasiado tarde. Ya estaba muerto.

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Acuchillado el cielo, maĂąana lloverĂĄn conejos.

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Un dios poderosísimo se le apareció a un viejo rabo verde en el espejo del baño y le advirtió: Cambie sus prácticas libidinosas hoy o muera mañana. Y aquí estamos en la funeraria despidiendo al pobre viejo.

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¿Quiere ser feliz? Acuda al cajón de su lenguaje, tome la palabra culpa, deposítela en un frasco, rómpalo contra el suelo. Viendo los vidrios rotos, golpeándose el pecho repita: Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa. ¿Quiere ser feliz? Vaya a su lenguaje, capture la palabra expectativa, átela, póngala en un costal, haga un hoyo en su patio y entiérrela, después vacíe cemento sobre ella y diga: Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa. Y si puede, vomite. Todo lo que pueda vomite. Y se acabó.

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Mandamiento moderno: amarĂĄs el poder de la bala de fuego sobre todas las cosas. 1984. InfecciĂłn masiva sobre el aĂąo del peligro. Wax red lips. La guerra es labios de lengua envenenada borrando memorias rotas.

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Un día que quisiera olvidar, libré una batalla psicológica contra los efectos de un falso tsunami. Perdí el ojo derecho estable y gané mil colibríes en vuelo izquierdo. La pelea por el arte es arte la pelea.

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Según decía el Anormal, los árboles le incitaban con sus mensajes, composiciones musicales o poéticas: cada rama, una sustancia alterada; cada tronco la era rota con hachas; los círculos concéntricos de la madera, delimitación del tiempo. Los árboles le contaban cuentos e historias desde que nació. Su anormalidad se comprobó una tarde de ingesta de hongos que endiosado golpeó con su puño la tierra y rugió un tigre al centro de la galaxia. Ese acto revivió a los felinos de los chamanes muertos en la guerra de Conquista. Dejaron sus nahuales dormidos en cuevas de nubes, esperando el momento para descender y atacar de nuevo. Como ya estaba dicho, como ya estaba escrito. El Anormal tuvo un antepasado que prefiguró su destino. El mago negro de rostro quemado que una tarde memorable para la infamia, apareció en la palma de su mano a un diablo que cantó y bailó muy bonito. Después de una hora de espectáculo, el demonio enano hipnotizó con una melodía country a decenas de espectadores y el mago los incitó a sacrificarse a nombre del dios sangriento, el del pene que extasiado emana leche de inmortalidad. Al mago lo siguieron cientos de personas bailando la canción de payaso de rodeo, estaban hipnotizados por el demonio enano y no advirtieron que esa música y baile embriagante los llevaría a culminar su vida con la carne abierta lanzada al barranco existencial. Los guió el mago con éxito al paredón, los zombis de paja descubrieron la trampa al ser la melodía country vencida por el estruendo del tambor que hacía sonar el demonio enano. El sonido clásico del fusilamiento. Los adormilados reaccionaron tarde y abrieron los ojos con las palabras fatídicas que pronunció el dios lechoso: ¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego! El Anormal guardaba en el sótano de su casa los regalos mágicos de ese oscuro antepasado: un teclado de fuego, un arco lanza

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flechas de vidrio y un cuchillo de obsidiana. Decía tener en la huella digital del dedo índice el códice humano, más mil cuentos y canciones. En la palma de la mano izquierda tenía impresos los mapas kármicos de otras vidas y otras muertes. Leyó ahí una roca que después de siglos de fricción, el mar desintegró. Fue cóndor, puma e indio. Su evolución lo llevó a renacer en los huesos de un mago clarividente esperado en la tierra por legiones. Tenía el Anormal una encomienda de los dioses. Aprender uno a uno los rituales de guerra sagrada, que ejecutados con el poder de sus manos y vértebras despertarían a los tigres celestes, que descienden cada mil años para aniquilar a los esclavos energéticos del dios lechoso y sangriento. El Anormal subió al último nivel mágico cuando endiosado, golpeó el suelo y los inmortales fueron muriendo en distintos puntos del planeta. Los dioses instauraron de nuevo el régimen poético en la tierra.

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A los ignorantes les sucedió el mayor de los milagros: les llovieron libros y una vez secos, los quemaron por no leerlos. Años después descubrieron enterrados en una cueva los huesos de una humanidad pasada y en las rocas los molieron. Vieron en la oscuridad el fuego mágico y apresurados lo apagaron para no iluminar su noche. Estaban llenos

de

contradicciones

y,

en

una

decisión

colectiva,

sin

remordimiento ni cálculo, vendieron su cultura por dos poemas épicos que no correspondían a su lengua espacio. Los engañaron. Poco a poco murieron y sólo quedó una estela de ignorancia en el olvido civilizatorio.

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Sin culpa en la sala de mi casa veo las injusticias pasar en fila por la ventanas mediáticas: no me importan los cuerpos abandonados en costales por las carreteras, no me importan los desfalcos millonarios de los servidores públicos, no me importan los fraudes al presupuesto ni me importa que el presidente tenga cien mil casas blancas. Mi vida no me importa, qué me importa la vida de los demás. Están lejos de la mierda que respiro en casa. Están lejos de todos los dolores acumulados en mi biografía. Sin culpa, sin culpa, sin mi grande culpa.

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Diga ser cobarde es hermoso y grite por la ventana orgulloso: ¡Tengo miedo! Diga, la sabiduría es cobardía y tiene culpa, por su culpa, por su grande culpa. Diga la experiencia cobarde navegando las venas es lo más cercano a la presencia de Dios en el cuerpo y en la tierra. Diga su teología es la práctica cobarde entendida como el ser social sumiso extremo. Dígalo o será golpeado, perseguido, tronado o desaparecido. Siéntalo con pasión en sus genes cobardes: Tengo miedo, tengo miedo. Por los siglos de los siglos. Amén.

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En la sociedad cobarde, ser ignorante es virtud célebre y se tienen privilegios políticos, económicos y sociales: con obediencia y sumisión extrema los cobardes monopolizaron los puestos de gobierno, los medios, las fábricas, los tribunales, las universidades o cualquier lugar donde se puede hablar. La cobardía es el camino directo a la cordillera del ser, y como acto sublime, la censura más efectiva es la aceptada como necesaria. Los cobardes son perfectos candidatos para ser dominados y explotados en el nombre de nuestro señor Jesucristo, amén.

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El gobernante de la sociedad cobarde es el campeón entre los cobardes y su trabajo es ahogar a la población en el miedo y la ignorancia. Sacrificarlos al vacío autoritario. Robarles el fuego, el sueño y la palabra. Ese gobernante, aprovechando su condición de poder, al caminar por las calles, chicotea al azar a los súbditos que le dicen bendecidos: Gracias por marcar un autógrafo en mi rostro. Los cobardes vivían felices de rodillas, pateados con exceso de impuestos y corrupción desbordada. El tipo de gobierno fermentado en la cobardía termina siendo por fuera lo que es por dentro: dictadura.

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Según un antiguo escrito guardado con celo por los sacerdotes de la sociedad cobarde, la vida de ese pueblo terminaría como la cuarta era del calendario azteca: a pedradas expulsadas del cielo. Manifestación del coraje o la culpa de los dioses por haber creado una humanidad tan ignorante y cobarde como esa. Y cada vez que caía una granizada violenta, los sacerdotes temían fuera el inicio del fin de su aciago tiempo. Cualquier fenómeno natural no previsto los pone a rezar y lloran pensando su existencia machacada por las rocas justicieras. Nadie evade la furia de los entes que habitan el treceavo cielo. Nadie. Mucho menos los cobardes.

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Una sociedad cobarde no tiene memoria de la palabra valiente. No aparece en sus diccionarios o archivos. Es un valor extinto. Según los cronistas, quedó en el sótano del Museo de Historia el fémur del indio yaqui considerado el último valiente de ese territorio conquistado a sangre y fuego por los inmortales. El hueso les daba pánico por sus poderes mágicos: maldecía a los cobardes en sueños que hartos de los reclamos decidían enterrarlo. La voz del indio castigaba a los burócratas con furia y lo desenterraban, luego los volvían locos sus cantos de guerra y lo enterraban de nuevo. Sencilla la moraleja: el hueso de un valiente es suficiente para derrotar a un grupo de cobardes en el tiempo.

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Un día lo superfluo colmó la totalidad y lo moderno se ahogó en la superficie.

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El erudito ciego dijo con ligereza lo profundo: Arte es lo que sucede y la poesĂ­a es pellizco al lenguaje racional muerto.

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Dime. Escucho. Te digo. Vuelve a decir. Escucha de nuevo. Brinca sobre lo que te dijeron que eres. Vuela sobre lo que imaginas serás. Construye sobre anteriores destrucciones. Pronuncia un verbo encima del silencio o dentro de las astillas de la acción. No lo olvides. Ningún ritmo o biografía están ausentes de la osadía liviana de repetirse o desaparecer: ¿alguna vez pensaste lo olvidado parte del olvido? ¿Sentiste acaso terror por el vacío esperado? Mucha culpa, por tu culpa, por tu grande culpa.

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Soldadito imperial, es pavoroso tu presente. El rifle que antes asustaba con su puro brillo, ya no tiene balas ni brillo. Y miles de inconformes te rodean con piedras en las manos. Han despertado y quieren quebrar su colonialismo por la fuerza.

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Se me rompiĂł la pierna cien veces y en falso insistĂ­ que estaba completo.

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Algún culposo escuchará las claves del cielo para dejar de serlo. Y será cuando las olas del tiempo sean el tiempo tronado. Cuando el viento sea palabra caliente derritiendo oraciones frías sobre miradas calientes. Todo destino se cumple porque ya está escrito.

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Capitalista, ¿cuánto cuesta sentir un instante la muerte? Capitalista, ¿a cuánto cobrarías el vómito por volumen cuadrado? ¿Cuánto valen las plumas del ave sacrificada en serie? ¿Cuánto sus huesos molidos? Antes de que dispares la bala a mi frente dime, ¿cuánto cuesta el alma? ¿Cuánto pagarás por mis venas, arterias y el líquido que las recorre? Si en mis ojos, en lugar de galaxias observas negocios, ni cómo salvarte o ¿cuánto valen las penas capitales, capitalista?

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Te brinda exuberancia lo encubierto, ¿verdad gringuito pendejo? Otros traidores pensaron ayer como tú, los aplausos ciegos del colonizado serán perpetuos. Pero no. Los actuales invasores serán recordados por ser golpes del monstruo de la razón, hombres locos extasiados por el crimen y la ambición territorial. Gringo, escribo a mujeres y hombres de ojos abiertos. A los dormidos del presente ni para qué pensarlos, es bella por caótica la imagen de verlos hundirse en la balsa de los rostros vendados. Sé leer los rostros, gringo, y las líneas de tus ojos están cortadas de traición. El disfraz oculta pero no exime tu responsabilidad en otros crímenes de guerra. Tell to your hell, gringo. ¿A cuántos libertadores mataste a la mala o por la espalda? Tell to your hell. ¿Cuántas bombas dejaron caer tus aviones contra templos milenarios? ¿Cuántas aldeas quemaste en Vietnam? Tell to your hell, tell to your hell. Me hubiera gustado no imaginar escenas de muerte gringuito, pero algunas enseñanzas dejan los libros de historia: todo traidor a la patria será derrotado. A personas como tú gringuito, las espadas suelen arrancarles la cabeza o reventarles los ojos. Los hombres desleales, serán siempre aniquilados por el capricho profético o las revoluciones. Porque si nadie los detiene, los infames acaban por incendiar, vender o enterrar al pueblo. Y de ese linaje de gusanos te agarraste gringo para apoderarte de nuestra carne, privacidad, territorio, historia y tiempo. Para el rebelde, para el pensador crítico, ser perseguido por un gringuito viejo y sus títeres encubiertos es sinónimo de congruencia, alcance y efecto del pensar y el actuar del intelectual, o artista revolucionario. Ser acosado por un extranjero en nuestra tierra traicionada, sublima las palabras, los hechos y nuestras batallas por la

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liberaciĂłn, Âżo no, gringuito? Tell to your hell. Tell to your hell. The end of hell is the end of heaven. Tell to your hell, gringo viejo, the hell in your face is coming.

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Soy la ira de dios siendo humano. Soy las palabras del futuro. Soy la claridad infectada por la duda. Soy la marea que ha roto barcos. Soy la gangrena en la uña sin tener uña. Soy el rostro reventado del que se suicida. Soy la vacuna alterada de virus tramposo. Soy la infección sin cura. Soy la obsidiana cortando en tres al tiempo. Soy el colapso y la reconstrucción. Soy otra cultura otra.

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Para el culposo, hacer a escondidas lo que le dicen no hacer provoca en su interior el placer de la venganza. Va en contra de las indicaciones recibidas pero sin decirlo. Desde el anonimato. Es dual. Y siempre lleva una mรกscara para no ser sorprendido en lo que hace oculto ante los otros.

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Enojo es poder que revienta, lenguaje garra que lastima. El extraenojo termina siempre en guerra. Agresión. Regresión. Estatuas destruidas y re/construidas en huesos cíclicos y rostros camaleónicos. El enojo justo se convierte en revoluciones. En cambios que giran otra historia. Los culposos son castigados si sienten enojo. Están limitados al no cambio. A no rasgar la realidad para que le salga sangre y se regenere. No. Los culposos son la pausa. El tapón. La muralla.

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Al final del inicio de los tiempos, las águilas viejas se quedaron dormidas volando, no abrieron más los ojos de tan cansadas que andaban dando tumbos por las nubes. Las águilas de mayor experiencia se volvieron ciegas sin perder los ojos y se fueron estrellando contra los cerros invisibles. Como no podían ver, ni querían ver, las águilas ciegas dejaron de planear su vuelo, atrofiaron sus garras, pudrieron su cuerpo y perdieron su instinto de caza. Se aburrieron y las mataron águilas jóvenes que buscaron fundar otro reino. Así se destruyeron todos los imperios. Todos los dientes. Todos los sueños.

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Sanar es silenciar tormentas del yo. Sanar es ser hombre del medio. Sanar es activar diario el pico de pĂĄjaro. Sanar es no tener la lengua seca de miedo. Sanar es dejar atrĂĄs la piel de la piel. Sanar es ser yo sin duda de ser tĂş. Sanar es no abandonarte. Sanar es evitar el humo mental. Sanar es dejar de ser importante. Sanar es estar presente futuro y pasado. Sanar es olvidar a los demĂĄs y pensar a los otros. Sanar es evitar huir ante lo adverso. Sanar es superar el conflicto. Sanar es nacer de nuevo. Sanar es la paz.

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En el hoyo donde enterraremos la cultura muerta cabrán, entre mil cosas más, el pensamiento único, la violencia como método, la hegemonía de los idiotas, las filas e intereses de los bancos, las botargas llamadas burócratas, las modas banales, la democracia patito, los líderes charros, los tuertos que someten a los ciegos. Los varones corruptos de pelo pintado, los pederastas aplaudidos como si fueran santos. Ahí cabrá todo lo que simboliza hoy lo moderno.

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No discutiré la progresión del olor fétido expedido por el cadáver de la cultura muerta que se pensó inmortal. Sin apegarnos a valores aprendidos, montaremos funeral y entierro al sistema que no ofreció respuestas para defendernos del colonialismo y la invasión extranjera. No busco aferrarme a estatuas groseras o a imágenes devoradas por la rapiña histórica. Ya muerta la cultura que nos impusieron los inmortales con sangre y fuego, lo sabremos: lo que terminó fueron las tinieblas.

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Capitalista. No intentes detener al tiempo porque sus hélices filosas te cortarán las manos. No impidas escuchar el juicio errado del águila que se volvió loca. No interpongas tu rostro al zarpazo del tigre. No justifiques el fracaso de tu pensamiento criticando el nuestro liberado. No justifiques tu colonialismo detractando nuestro actuar consciente. No trates de dormir nuestra mente despierta porque simplemente fracasarás. No trates de ver desde la cima lejana el salto del conejo al abismo cuántico. Es la hora de actuar.

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La cultura nueva se reconoce en las diferencias donde caben las diferencias dentro de las diferencias. La estética imperfecta. El error como método de crecimiento. Las arrugas que no borra el fotochop, la piel de la serpiente llamada pasado. Las ojeras sociales que excretan desvelos por la idea impostergable: la liberación de los oprimidos, la ruptura de la cárcel planeta y el posterior viaje por las órbitas de galaxias aún no nombradas.

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Los Culposos  

Sergio Humberto Brown Figueredo. 2019 Portada: Miguel Erick Urquijo. Corrección: Blanca Quiriarte.

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Sergio Humberto Brown Figueredo. 2019 Portada: Miguel Erick Urquijo. Corrección: Blanca Quiriarte.

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