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Lectura de Verano

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Lectura de Verano

¿Qué tenemos? Índice Editorial Brenda Eliana Martín Javischur Mere Vero Lucía Emi Cintia Alita Esteban Fanti Pepita Tomás Brenda Seelvana Clara Ceci Dimas Fin

¿en qué página? 3 5 7 14 16 19 21 24 26 29 32 35 37 40 44 58 60 63 79 81 83 86

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Lucila Rolón Es la magia de la página 70. Aparte de ser 10 puntos de amiga-alegría-fiesta-crecimiento-amour, escribe vibrantemente y corrige con una velocidad y una capacidad de mejoritud que te deja pasmado. La mayoría de los textos que viven acá adentro fueron toqueteados por ella y en el mismo proceso mejorados. Nada menos merecíamos para una edición anniversaire.

www.twitter.com/lupittar


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Editorial -a modo deEstamos en el borde final del verano. Si creíste que Lectura de Verano este año no salía, dame un HI5! porque yo también. Vacaciones extrañas, pila de desórdenes mailarios y un pendrive apestado (QEPD) complotaron para llevar esta edición literalmente al extremo. Igualmente llegamos, estamos cumpliendo ¿un año? ¿04 estaciones? ¿05 ediciones? De seguro que estamos cumpliendo un ciclo. Y muy probablemente cambiemos. *flashea misterio*.

Seelvana Baylac

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¡¡GRACIAS ROBERTO y YEZZ!! Roberto Luna es el primer amigo diseñador gráfico que tuve y un artista de la ilustración siempre novedoso. Aparte de que es un tipo enteramente estético y buengustante, tuvo la voluntad de regalarnos los avatares de cada colaborador de la revistita con un ondón que rompe la barrera del sonido. Enorme.

La ultratalentosa Yezz Pogorzelsky es la reina de las siluetas y las piruetas y nos obsequió la veraniega ilustración de la tapa. Tanta frescura violeta no la dejes ir.

levoyage-danslalune.tumblr.com

yezzilustra.tumblr.com


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Brenda Fontán Coordina la sección de fotografía de una revista. Estudió periodismo, teatro, dramaturgia. Hizo y vivió de hacer y vender ropa muchos años hasta que entró en el mundo gráfico. Le encanta hacer manualidades (bordar, coser, tejer, armar, bla ble bli) y se dedica a iluminar.

www.iluminadastres.com.ar 7


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Pajaritos en mis ojos Me costó entenderla porque las trabas de mi adultez hacen que parte de la imaginación haya quedado truncada. Ella está desmalezando también eso en mí, y hace que logre encontrarle lógica o sentido a lo que me dice. Se acerca y me pide saludar a los pajaritos. Entonces abre con sus manos cada ojo mío y tira un “Hola pio!! hola! como tas? bien? ti? meno” Y así con el otro ojo. “¿Hay un pajarito en cada ojo mío Jana?”, insisto. Y como si mi pregunta fuera la más tonta de las tontas preguntas me contesta yéndose: “Ti”. Se me ocurrió decirle que vaya a otros ojos a ver pajaritos.

Se entusiasmó y fue a escalar otro cuerpo adulto. Bajó con cara seria. “No mami, no ta parito, no ta pio”. Ah bueno! entonces tengo el placer de informar que albergo -entre tantas otras cosas- un pajarito en cada ojo que ella descubrió y que gusta de saludar cada día. Tomá mate. (Jani cumplió 2 hace una semana, tuvo tres tortas, tres festejos -cada uno lo vivió con una emoción increíble-. Dos vueltas al sol de las más lindas, intensas, desgarradoras, divertidas, tristes, profundas, oscuras y luminosas que me tocaron vivir. Dos años en donde ya nada es como es, ni era y donde todo es hoy, por siempre).

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ilustración by Seel para Medifé.


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Siempre tuve el mambín de que la palabra vale mucho. Mucho más que todo. Así me manejo en muchos ámbitos, incluso iluminadas. Pero desde que nació Jana la palabra cobró aún más peso. Con toooodooo lo que eso significa. Suelen preguntarme si hace falta que le explique a ella todo a su edad. Como si tener casi dos años implicara no comprender cuando te hablan. Creo, confío y sé que entiende mucho más de lo que imagino, y así con todos los peques. Muchas de las explicaciones no son -obviamente- con lujos de detalles ni grandes profundidades, pero sí le explico, le cuento, le describo, le pregunto, la escucho. Le doy mi palabra en muchas situaciones. Es un pacto. Y sé que confía como yo en ella. Le digo no sé, cuando realmente no sé. Hoy hubo un trueno mmmuuuyy fuerte. Ella corrió. La alcé y no quería volver a bajarse, le conté qué había pasado y al final aflojó. La palabra. La confianza. Al rato la encontré hablandole a uno de sus bebés. Le contaba o explicaba algo (que no supe entender) y al final concluyó con un: “Si?” Toda la vida en mis ojos cada instante que la veo.

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Cumplí años ayer. Por ende iluminadas también. Todo un viaje, el mío y el de este lugar en este mundo virtual y no tanto. En los cinco años que tiene iluminadas fui y vine, y volví a ir, y tomé otro camino y volví y deshice y también hice. Y dejé de hacer. Creo que con el diario del lunes (de hoy, mejor dicho) lo que más (y mejor) me fue pasando en estos años es que largué los remos. No sé si es que tengo poco tiempo, o energía pero ya no remo tanto nada, ni relaciones ni situaciones. De esas que no valen la pena ponerle onda. Un estilo “hasta acá” si fluye buenísimo, sino que siga y siga el baile. Me costó mucho esto de dejar ir... pero ¡cuánto más facil me hizo (hace) el cotidiano! Cuántas más relaciones reales y hermosas pude (y puedo) ir formando y cuánto más me gusta entender (de una vez) que lo que no tiene que ser no es, y ya. La peque me cantó el feliz cumple (con vela y todo) unas quince veces. Siempre -todas y cada una- lo cantó con las mismas ganas, con la misma cara de pícara y AYAYAY qué lindo cumplir años así por favor! y él claro, antes, mientras y después. Antes -antes de mi, de él, de ella, mis cumples no eran días que me cayeran especialmente bien pero desde el primero que pasé embarazada hasta este, confieso, que vienen siendo uno más lindo que el otro.

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Eliana Ramponi Nació en Mercedes en 1984. Desde que tiene memoria, clamaba por que le enseñaran a leer. Desde niña su lenguaje fue la poesía. Su todo. Actualmente prepara su primer poemario y un libro de cuentos.

www.lamaga1984.blogspot.com


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Pan Luz Sueño Sentirse migaja, sombra, resto párpados de leche, espejos de viento No sé de nombres, ni de calles en los ojos tengo fijo el cielo no le rezo a nadie Tiemblo, todo el tiempo tiemblo No me cubras, no es miedo Traigo tierra en las manos No habrá germen vital en mi cuerpo Quiero todo esté presente lo acuno contra mí, lo siento Traigo agua hagamos barro en la espesura de nuestras sábanas Dejemos que los días revienten Desparramados en el mejor lugar del mundo Mirándote soy pan, luz, sueño.

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MartĂ­n Pato

www.sobrenuestrocadaver.blogspot.com.ar


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A orillas de la eternidad Hoy cumplo 65 años y un cúmulo de emociones recorre mi cuerpo, estimulan mis pensamientos y acarician mi alma generándome una particular sensación de paz; no logro encontrar las palabras justas para describirla. Son las ocho de la mañana, me dirijo hacia el mar, el subvalorado margen del Océano Pacífico, para fundirme con el agua y liberar este sentimiento que irrumpió en mí hoy, día soleado, como metáfora de un nuevo nacimiento. Llevo tres días durmiendo en una hamaca que cuelga frente al mar, en la hermosa posada de Antoño, cuyo nombre me conecta con la fuerza creativa del mundo material: Lo Cósmico. Sus maravillosas palapas, a metros del océano, en el extremo norte de la playa Zipolite, en el estado de Oaxaca, México, me cobijan por estos días. Hace unos meses falleció la madre de mi único hijo, hacía mucho que no la veía. Los últimos cuarenta años me dediqué a viajar solo, y la triste noticia me encontró bien al sur del continente, precisamente en Córdoba, Argentina. Mi hijo, que hasta ese momento vivía con ella, me pidió que regresara a México porque, además de trámites y papeles que requerían mi presencia para firmas y ese tipo de burocracias, estaba necesitando un abrazo fuerte y largo, casi tan largo como el tiempo que pasó desde la última vez que nos vimos. Mi espíritu viajero y solitario es firme y abnegado pero no puedo hacerme el tonto, esa charla telefónica que tuve con él me conectó con sensaciones y pensamientos sobre un tipo de vida que no tuve ni elegí pero que siempre estuvo latente.

A esta altura de mi vida, esas emociones se apaciguan y se vuelven a ordenar. Luego de unos días con mi hijo, de puro compartir, de aceptar y reafirmar nuestras formas de vida, cumplo 65 años en esta paradisíaca playa, tan libre como mi espíritu. Aunque me siento deseoso de atravesar el continente por tierra, hacia el sur, para volver a instalarme en mi querida Argentina. Pero antes, necesito y tengo muchas ganas de pasar un tiempo en San Cristóbal de las Casas, en el rancho de unos grandes amigos, de esos que la vida te da para siempre. Es un pueblo mágico para mí, donde viví varios años pero que hace más de 17 no visito. Me quiero sorprender, alucinar con sus colores, con su mercado de frutas y sus dulcerías, con su eclecticismo y multiculturalidad. Espero que no esté tan comercial y turístico como escuché por ahí, pasaron tantos años... Salgo del mar y camino desnudo por la playa, una experiencia inmensa que siempre tiene alguna arista nueva. Me siento hijo del mundo y el mundo a la vez. Estoy desnudo como las rocas, como los peces que hasta hace unos segundos nadaban alrededor mío, como el mar y como toda la gente que se anima a experimentar este pequeño intento de trascender las costumbres y la identificación con el cuerpo como lo más importante o contundente para definir quiénes somos. Tal vez a mi edad sea más fácil, uno tiene más camino recorrido en este intento de ir ampliando la mirada, en el mejor de los casos. Sigo caminando y estos pensamientos se desvanecen mientras una ola me acaricia los pies y me limpia los restos de arena pegada, como si fuera la gran carga de mi vida. Siento mi alma resplandeciente y conectada a algo que me

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trasciende, pero a la vez estoy más terrenal y pleno que nunca. Quiero conocer gente, divertirme, tener sexo, reencontrarme con viejos amigos mexicanos, volver a conectar con mi tierra. Estuve muchos años en la Argentina y me siento muy unido a la esencia y la cultura de ese hermoso país. Pero ¡órale!, mi San Cristóbal me espera, como lo hace la próxima porción de arena que voy a pisar en mi siguiente paso. De eso se trata, de llevar conciencia y corazón al próximo movimiento que uno haga. Cuánto me sigue emocionando viajar, solo, en libertad, o acompañado, en plenitud, habitando y expandiendo mis propios límites, interiormente en profundidad y exteriormente en perspectiva. Con mis 65 años me sumerjo en una nueva gran ola, en

esta playa surfer donde, súbitamente, se comienzan a disolver los límites entre mi cuerpo y el agua. El tiempo parece detenerse y me invade por completo la oscuridad y una sensación de vacío: pero no me asusto, todo está bien, todo es perfecto. No tengo ganas de quedarme ni tampoco de irme. Se desvanecen mis intenciones, me queda apenas un leve registro o una especie de recuerdo borroso de quién soy. De repente el sol, en un acto auténtico y espontáneo, ilumina mi cara de una forma que jamás lo había hecho antes, como con la complicidad de sabernos conscientes de lo que está sucediendo. O tal vez, simplemente, regalándome su luz y su calor en una mañana de verano, de este nuevo año de vida que estoy comenzando. Aunque ahora mismo no pueda decir con certeza cuántos realmente van.

Ilustración Hernán Furman.


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Javier Schurman Come, cocina y escribe -en ese orden-. Es periodista, trabajó en medios gráficos de Argentina, Perú, México y Portugal, y actualmente es subeditor en el diario Tiempo Argentino. Escribió un libro, “Gómez”, editado por Hesíodo, y participó de la antología “Letras y Sabores” (Clásica y Moderna), compilada por el escritor Diego Paszkowski.

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Llena Llegué a casa entrada la noche, como siempre un chocolate en el bolsillo, y la escena preveía un desenlace triste. No había comida lista, ni agua a punto de ebullición dentro de una olla; ni siquiera los platos y cubiertos puestos sobre la mesa, el vino abierto, un mero sifón de soda. Faltaba, incluso, el mantel. Unas galletas de arroz sobresalían de una bolsa de supermercado a medio vaciar, de unas compras seguramente a medio hacer. Ella esperaba sentada en el sillón, la vista fija en el televisor, las manos entrelazadas, un pulgar dando vueltas por sobre el otro y la mente puesta en cualquier lado. -Tenemos que hablar - dijo. Dejé la mochila en el piso y me senté frente a ella. En un segundo, o menos, repasé todo lo que había hecho y dado durante estos años para complacerla hasta en sus deseos más abruptos (la paella del domingo o el mousse de chocolate entre semana). Cuando me miró a los ojos, apenas levanté las cejas y esperé.

-Me siento cansada, agotada... Llena. Necesito bajar un cambio y siento que no me ayudás. Sé que todo esto también lo quise yo, que lo planeamos y disfrutamos juntos, pero no puedo más, te juro que no puedo más. Sin bajar la vista, me sequé un par de lágrimas sueltas. -Ya no me da ternura que me traigas un chocolate cada noche, ni que me esperes con la comida lista cuando me voy al gimnasio; ya está, no quiero más comer helado en el sillón ni salir a conocer “la noche gastronómica” del lugar en el que estemos. Ya está, Javi; en serio, ya está. Pensé en hablar, en intentar moderar el final que ella venía elucubrando quién sabe desde cuándo, pero me quedé sin palabras. -Sé que le ponés mucho amor a todo lo que hacés, y que todo lo que hacés por mí, hasta las papas fritas a caballo o el budín de miel y almendras, tiene eso, amor. Pero basta. Por primera vez bajé la vista, me apoyé en el respaldo de la silla y -acompañado por una mueca de resignación- abrí los brazos, las palmas de cara al cielo, a la espera de las palabras más temidas.

-No podemos seguir así -lanzó.

-Tenemos que empezar la dieta. Hoy.

Seguí mirándola, en silencio.

Me puse a llorar.


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Mere Echagüe está a pasitos de cumplir 28 años, pero no se lo podés contar a nadie. Está enamorada de Roberto Arlt, y él no le responde los mails. Es misionera, es traductora, es hincha del Diego y es bastante simpática (menos los domingos). Dice no creer en Papá Noel pero todos los años le escribe una carta. Él tampoco se las responde.

www.elbonsaidelaventana.blogspot.com.ar 21


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23:40. chica en la bici sonríe Avenida Rivadavia chico equis esperando el bondi estornuda chica en la bici: - salud y sonríe chico equis esperando el bondi: -loca de mierda no puedo pedalear más casa agua la muerte es la sed cocinar si a esta comida le pongo tomate se quiebra el encanto montaña de ropa sobre la cama ¿qué hace mi pijamas de Lucero Sónico acá? tengo que cambiar de cajón las remeras son lo que más uso y están en un cajón de mierda me tengo que agachar para abrirlo y cuesta abrir no quiero sentirme vieja chota es que me da dolor de cintura hoy duermo en pelotas tengo calor y mi pijamas de Lucero Sónico es

mangalarga ¿por qué estoy de buen humor? hoy lo vi lo escuché hoy anduve en bici reí poesía ajena sola y el chico que tocaba la guitarra era medio pelado pero tenía cara linda ¿querés fumar un porro? (es que estaba sola llegué sola me senté en una mesa sola y tomé una gaseosa de pomelo sola quisiera que estés conmigo) sí vamos fumé acompañada de cuatro personas tres desconocidas una conocida hablamos de que soy una vieja chota de la flaca que se lamentaba tanto pero tanto por todo que quería morirse para escribir sobre su propia muerte


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y que no le guste de que una vez cuando era chica le di una patada a mi abuela me reí de todo de Miguel Mateos pagué mi gaseosa sola y me fui al pedal son las 23:40 chica en la bici sonríe Avenida Rivadavia chico equis esperando el bondi estornuda chica en la bici: - salud y sonríe chico equis esperando el bondi: -loca de mierda él lo sabía.

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Vero Mariani A veces escribo sobre otras cosas. Éstas.

www.almasinger.com


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Los días de verano Los días de verano tienen calor desde temprano. Se preparan un café de heladera con tres hielitos y mucha leche, y caminan descalzos hasta donde el piso termina y empiezan las plantas. Para ellos, no hay nada como brindar a la mañana con gajitos que brotaron contentos en nuevas tazas cachadas. Los días de verano hacen la cama porque saben, que más adelante, van a querer dormir una siesta sobre su viejo (y querido) acolchado. Sí, saben que es una hazaña un poco calurosa, pero poco les importa cuando el ventilador baila un jazz silencioso arriba de sus sueños de media tarde. Los días de verano también trabajan, y no están solos. Siempre los acompaña ese turbo redondo con cara de oso que sopla palabras a todo lo que da. Y mientras calma la

sala, la brisa de febrero juega a las escondidas con las cortinas. Se mueven por aquí, se mueven por allá, y a veces tocan el cielorraso con mucho entusiasmo. Los días de verano se alimentan de tomates, y por las noches, una buena tarta de cebolla y queso que nunca falla. Los días de verano toman litros y litros de limonada casera, y cultivan su propia menta. ¡Más de tres hielitos por acá, por favor! Los días de verano dan muchos besos y también largan carcajadas que suenan al compás del viento. Mientras anochece, la atmósfera se llena de voces de radio y música en inglés. Cuando ya no queda día, la luna asoma y regala una cena amorosa, una larga sesión de serie con Walkers, muchos más besos y una despedida que suena al “click” de la pastilla de Fuyi que se acuesta para espantar mosquitos. Listo el día, los ojitos cerrados.

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Lucía Aguilera Atrás quedaron esos días en los que daba clases y tenía una mente veinteañera que planeaba vivir de la historia del arte. En el presente le da la espalda a esas antiguas proyecciones, aunque de los viejos tiempos aún conserva la falta de optimismo, el cuestionable perfil de comediante y la escritura sin coherencia ni solución de continuidad. Por eso la podés encontrar en este blog olvidado:

www.diaslejos.blogspot.com.ar


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Yo me depilé en la República Checa Hace un tiempo, recorrí Europa durante dos meses: maravilloso. Pero llega un momento en la vida de toda chica que está lejos de casa, en que debe enfrentarse a sus propios condicionamientos culturales. La depilación es un tema central para las argentinas. Venderíamos el alma al diablo para que no vuelva a crecer el pelo. Y nunca, nunca, quisiéramos que alguien preguntara qué seríamos capaces de hacer para no depilarnos más, pues no sabemos hasta donde llegaríamos. A menos de un mes de haber emprendido mi aventura, me sentía bastante incómoda. Acostumbrada a arrancar los problemas de raíz, mi piel empezaba a irritarse por el uso de las hojas de afeitar. Otras partes a las que no podía acceder con la Gillette se sentían fatales. Traté de no pensar en las molestias, pero ya en Praga, se cumplían más de tres semanas lejos de la cera caliente, y yo no sabía qué hacer. Una tarde, luego de hacer algunas visitas muy interesantes, empecé a caminar y entré a una farmacia y perfumería. Empecé a hablar con la empleada, intentando ser lo más clara posible para pedir lo que buscaba: quería cera. Ella me indicó que no hablaba inglés, y yo fracasé al intentar comunicarme con gestos. Afortunadamente, una checa muy bonita que estaba ahí, se acerco y me pregunto qué sucedía. Se llamaba igual que yo: Lucy, y estaba dispuesta a ayudarme.

Hablando con ella me entero que depilación se dice depilation (en las clases de inglés nunca te enseñan eso). También descubro que no era posible encontrar cera para derretir (tampoco pensé en qué lugar del hostel iba a usarla, pero no importaba). Lucy me lleva de paseo por las góndolas y me recomienda un producto de la marca Veet. Venía en formato de crema o de aerosol. Según ella, era buenísimo. Lo remarcó con énfasis y me dio las instrucciones de uso, que de otra manera hubiesen sido imposibles de entender. Elegí la crema y me despedí de la chica checa. Al volver al hostel, me encerré en el baño principal, para iniciar la tarea. Debía dejar el producto en la piel durante tres minutos y removerlo con una espátula. Eso se hizo difícil porque esparcí crema por distintas áreas del cuerpo, y olvidaba que parte había aplicado la crema primero, y además, porque empezaba a arder mucho y quería enjuagarme. Cuando miré el reloj, vi que estaba tardando mucho más de lo que pensaba. Como había gente afuera, que tal vez quisiera ducharse, me mudé al toilette que solo tenía inodoro. Me senté y seguí con la espantosa tarea, trabando con las piernas extendidas la puerta, pues no había cerrojo. Haciendo equilibrio, y con la tensión de que alguien abriera la puerta, y sin lugar de donde sacar agua para limpiarme, descubro que esa porquería trabaja como una hoja de afeitar, pero sin el filo. Corta el pelo, o mas bien lo deshace, de ahí ese intenso olor a amoniaco. Un producto tan químico que separa el vello de la piel y lo aniquila. Terminé agotada y con la piel inflamada, me miré al espejo y solo pude reír por la pobreza del resultado.

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¿Era necesario todo ese despliegue? ¿No podía quedarme como estaba? Me condicionaba la incomodidad y, luego, la estética, sí. Algunas mujeres son seguras, talentosas, capaces de adueñarse del mundo con audacia y personalidad. Otras, simplemente enloquecen si se les desdibuja la imagen de lo que “deben” ser. A mitad de camino, estoy yo, que quemé mis pelos en un baño de la República Checa, y acá estoy.


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Emilia Roggiero Se formó en comunicación publicitaria y marketing. Sus últimos trabajos estuvieron relacionados con la producción y comunicación de moda, algo que disfruta muchísimo. Tiene algunos blogs en los que escribe sobre distintos temas y diariamente visita a otros tantos para absorber imágenes y otros contenidos como una esponja. Le gusta el color rosa y es fanática de las cosas lindas, las ilustraciones ajenas, la siesta y el chocolate. Vive en Buenos Aires.

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Noni no Desde que tengo noción convivo con ciertas dificultades para conciliar el sueño. El problema no está en dormirme porque tengo el don del desmayo, pero el temita está en alcanzar un descanso real, un “sueño reparador” como los médicos aman etiquetar. No encuentro la forma de refrescar la cara y el cuerpo, ni de diluir las ojeras que cargo con poco orgullo. Esto comenzó en mi niñez cuando me despertaba varias veces en el transcurso de la noche con una sensación extraña, de miedo, como si esos monstruos con los que nos asustan en las películas fueran a volverse reales. Mi madre se despertaba -bah, la despertaba yo porque si vamos a estar jodidos es mejor tener un aliado-, y mientras arrastraba las pantuflas y el agotamiento por repetir esa rutina durante varios días, me preparaba un té de tilo y manzanilla, me daba charla un rato esperando que la infusión ingresara a mi sistema e hiciera algún efecto, para entonces llevarme a la cama de la mano, deseando internamente que no me despierte hasta la hora correcta. Cuando vimos que esa mezcla no hacía absolutamente nada, incorporamos el té hipérico a los minutos previos a la cama, por recomendación de alguna tía vieja, con la promesa de que éste tenía un poco más de magia y seguramente dormiría toda la noche envuelta en pensamientos felices. Al principio tuvimos algo de éxito pero el pase mágico duró muy poco. En mi pre adolescencia y adolescencia, además de las contrariedades propias de ambas etapas, me llené de activi-

dades extra curriculares que se suponía que debían plancharme sobre una cama hasta la salida del sol, pero no, los inconvenientes continuaron y me encontraba sentada en pijama sobre la cama cuando todavía estaba oscuro. Obviamente, nadie le dio demasiada importancia en ese momento. No existía el amigo Google para tirarnos posibilidades luego de búsquedas del tipo “no duermo una mierda, ¿qué hago?”, “tengo sueño y no puedo dormir, ¿a quién tengo que matar?”, “¿las ojeras están de moda?”, y lo único que decían los pocos médicos a los que consultamos fue que erademasiadoaceleradatodoeldía y la mente me seguía funcionando a mil kilómetros por hora incluso estando dormida. Claro, se supone que esto es lo que les pasa a todos, no hay personas que no sueñen ni tengan actividad neuronal durante la noche, pero ellos sostenían -basados únicamente en los relatos porque de estudios ni hablemos-, que lo mío era consecuencia de mi forma de ser y vivir la vida. Mirá qué interesante tu postura, pero no me interesa. Soy una adolescente, señor doctor. Vivo la vida como casi todos o por lo menos, considero que tengo una vida normal y una familia hermosa que me llena de amor, así que espero otra explicación. Claramente, nunca la tuve. Ahora, que se supone que soy grande y mucho más consciente, sigo en la misma situación: duermo seis, ocho o catorce horas y SIEMPRE tengo sueño. Siempre. Se me nota el cansancio físico y mental, se pueden ver los estragos que hace el mal sueño a la cabecita. Uno anda acelerado, alterado y alertado, cuesta relajarse porque si eso pasa, tal vez nos dormimos en un colectivo hasta el destino


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ida y vuelta cuatro veces, porque claro, el sueño posta viene en los momentos en los que uno no puede ni debe dormir. Probé distintas técnicas, desde poner música con sonido del mar o lluvia hasta respirar profundo, pasando por la visualización de imágenes felices. Una vez llegué a probar esos audios en los que habla una mina y te va obligando a imaginar cosas y relajar de a poquito, hasta dormirte. No me podía dormir porque necesitaba saber cómo iba a terminar la historia de esa señorita que salía del parlante. Por el sonido del agua me despertaba de madrugada con ganas de hacer pis, desesperada por apagar la playlist, y a la señora que me dirigía por caminos y montañas la dejé, no me hacía imaginar nada. En ese momento decidí que cada vez que me despertara, iba a escribir lo que estaba pensando. Mamita querida, no sé si fue un error o la mejor idea del mundo. Tengo libretas llenas de palabras sueltas, frases y

algún dibujo trucho; todo escondido, por supuesto. Al final terminaba desvelada escribiendo historias inventadas o me dejaba llevar por los pensamientos y las letras hasta dormirme sentada, con la lapicera ensuciándome el pijama. Ahora, adulta y supuestamente responsable, empezaron a recetarme medicamentos con la gran promesa de despertar sin cansancio, algo para mí insólito. Tampoco funcionó, queridos. Sigo con los mismos problemas pero descubrí un pequeño detalle: ya no preciso dormir para soñar y creo que estar despierta es mejor porque me acerca un poco más a cumplir con todo lo que quiero. Así que decidí que dormir mal o poco tal vez no está tan mal, si al final del caminito del noni voy a poder apoyarme en alguna ventana al sol, cerrar los ojos y simular que duermo pero estar totalmente consciente, creando mundos e ideando planes para conquistar mi propio mundo y el de los que me rodean.

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Cintia Morrow Se recibió de abogada en la Universidad Católica y poco después comenzó a viajar por el mundo, experiencia que la volcó a la escritura de crónicas de viajes. Vivió en México, en Perú, en Turquía y ahora reside en España, desde donde sigue escribiendo crónicas y algunos cuentos de ficción. Publicó los libros: “Crónicas Mexicanas y alguna otra más”, “Sancochados en Perú” y su colección “Cuentos insólitos, crueles y fantásticos”.

www.cronicasdecintia.blogspot.com


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Visiones En aquella época, cuando deseaba con todas mis fuerzas no ver, odiaba a la gente. Las personas me parecían extremas, y yo no soy alguien que disfrute particularmente de los extremos. De cualquier modo, pensé que el sentido de la vista era demasiado importante como para vivir sin él, así que pasé mucho tiempo sufriendo a las personas. Sufriendo con ellas, a veces. Hasta aquella maravillosa mañana en que decidí no ver más. A partir de ese momento, la gente comenzó a gustarme de nuevo. Ustedes se preguntarán por qué odiaba a la gente... Bueno, algunos se preguntarán. Voy a contarles. Tardé un tiempo en saber qué es lo que pasaba. La primera vez me sucedió en casa de mi abuela. Ella estaba regando una planta mientras me contaba por que no iba a ir a la cena de fin de año, cuando su cara se crispó en un rictus grotesco. Se llevó una mano al pecho y dejó caer la regadera. Antes de que llegara al piso, pestañeé con incredulidad y de pronto mi abuela estaba regando la planta de nuevo. Como si nada. Empezó así, de a poco. Solía ir a un parque que quedaba cerca de mi casa. Siempre estaba lleno de gente haciendo deporte, de familias de picnic y señoras paseando perros minúsculos. Un día, desvié la vista del periódico para mirar a una familia que jugaba con un boomerang. El padre lo lanzaba al aire y los niños corrían felices detrás, la madre aplaudía y los animaba. De pronto, todos salieron despedidos hacia delante, como impulsados por una ola gigante. Volaron unos metros y cayeron al suelo. El niño pequeño fue el que llegó más lejos. Quedaron tirados en el césped, boca abajo. Sangraban por la nariz y los oídos, y el padre

tenía las piernas en una posición imposible. Yo solo atiné a dejar mi periódico a un lado. Cuando volví a mirarlos, el padre lanzaba el boomerang hacia el cielo y los niños corrían con las manos en alto. Miré a mi alrededor desconcertado: la gente actuaba normal, no había pasado nada. Pensé que mi mente me estaba haciendo trucos, de esos que generalmente significan que uno tiene algún problema en el cerebro, y decidí ir a examinarme. En la sala de espera de un neurólogo común y corriente (no me alcanzaba el dinero para ninguna eminencia), me acerqué a la mesa con diarios y revistas y elegí el periódico local. Imaginen mi sorpresa cuando, luego de hojear las notas de economía y política, que poco me interesaban, me encontré con la siguiente noticia: “Muere familia en terrible accidente de tránsito”. Solo tuve que leer unas oraciones más para darme cuenta de quiénes se trataba. “El niño salió despedido por el parabrisas del coche y fue hallado a siete metros del vehículo. El padre, atrapado por las piernas dentro del auto, murió camino al hospital”. No necesité todos los estudios que me hizo el neurólogo esa tarde para saber que algo estaba mal, pero me los hice de todos modos porque me dio vergüenza irme de la consulta. “Necesitaremos hacer otras pruebas, señor Damiani, me gustaría consultar con un colega sobre esto que aparece acá”, me explicó el doctor mientras señalaba una manchita oscura en algún lado de mi cerebro. “Puede ser que la presencia de esta malformación le vaya a causar cambios psíquicos”. Daba lo mismo, ya sabía yo que algo iba a haber. A partir de ahí se sucedieron todas las catástrofes imaginables. Don Luis, el verdulero, se pegó un tiro con una escopeta

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para, acto seguido, continuar eligiendo uno a uno el kilo de tomates que le había pedido. La supervisora del supermercado fue apuñalada por un cuchillo invisible y murió desangrada en el pasillo de los cereales. Y luego siguió caminando hacia su oficina, con el manojo de llaves en su cadera sonando a cada paso. Lo peor era cuando iba en subte. Vi asesinados de todas las formas posibles (y hasta las imposibles), ahorcados que se ponían morados, muchos paros cardíacos (todos iguales) y un caso de epilepsia, con espuma en la boca y todo. Toda esa muerte, esa violencia natural, empezó a cambiarme. Los más extraños eran los suicidas que saltan desde cierta altura, como de un puente o un edificio, porque los veía como de pronto se tiraban al piso con una mezcla de euforia y pánico en la cara. Se daban de bruces contra el suelo para, luego, continuar con su vida. No podía controlarlo y sucedía cada vez más a menudo. De pronto me entró miedo de verdad. ¿Qué pasaría cuando viera a mis padres morir de alguna forma horrible?¿Y a mis sobrinos? Creí que no iba a poder soportarlo. Así que tomé una decisión cobarde, lo mejor que se me ocurrió. Fui hasta el barrio chino, donde sabía que hay todo tipo de médicos de dudosa reputación y de aún más dudosas certificaciones, y logré encontrar a uno que accedió a hacer lo que yo deseaba. Hubiera sido demasiado pedirle al doctor chino

que me conservara la vista, pero la acotara solo a los eventos que no me predijeran la muerte de nadie. Así que me contenté con quitarme la visión en general. Después de todo, ya había visto todo lo que tenía que ver. Me puso dos gotas, una en cada ojo, justo después de que yo lo viera caer al suelo con la garganta abierta de par en par, haciendo burbujas de sangre. Eso fue lo último que vi: al doctor, que luego de morir en medio de un charco, me puso una gota en cada ojo. Y no vi nada más. Fue un alivio. Ya no había más cadáveres en el parque, ni sangre en la verdulería, ni suicidados en la cola del banco. Mi familia se preocupó al principio, pero me volví una persona tan agradable (por contraste a lo huraño que estaba antes, cuando no quería pasar tiempo con nadie, ni siquiera mirar por la ventana), que pronto aprendieron a vivir con la ceguera ellos también y somos felices. Hoy a la mañana vi colores, el azul y el blanco. Se me colaron por el costado del ojo y sentí pánico de nuevo. Estoy empezando a pensar que el doctor chino no hizo bien su trabajo. ¿Qué podía esperar yo de un médico del barrio chino? Voy a volver a reclamarle, seguro se acordará de mi. Espero llegar a tiempo. Es decir, antes que aquel que le corte la garganta.


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Alita MuĂąoz Nace en Posadas, Misiones donde se crĂ­a entre abuelos narradores de historias, padres con mucho tiempo fuera de casa y un barrio rodeado de monte donde pasa sus horas jugando a hacer pelĂ­culas. De grande sigue jugando a que saca fotos, escribe, hace videos y en sus ratos libres trata de ver el mundo desde los ojos de Paz.

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00.15 Pasó la medianoche y todavía sangro sufro y sangro me desangro me des angro angro anger rabia una forma ritual y mensual de quitarnos la rabia del cuerpo preferiría tener eyaculaciones espontáneas sin embargo es lo que es un nido que se desprende de la rama un pastizal que se quema dando espacio a lo nuevo algo que se apaga y algo que se prende tantas pero tantas veces que ya ni siquiera sé si duele o me duele la conciencia de la carne desgarrándose dejándose llevándose a sí misma hacia la nada un pedazo que se escapa por las cañerías de una ciudad dormida que no sospecha que millones de mis células se retuercen bajo las calles buscando oscuridad y putrefacción pobres ellas pobres ellas solas ellas

sola yo


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Esteban Seimandi Recién casado con su mujer desde hace quince años. Padre de dos hijas. Autor de algunos libros. Creativo y director de cine publicitario. Guionista. Creador de Proyecto Cartele. En ansiosa espera de la edición de su primera novela: “Todas las generalas servidas del mundo”, finalista en el Premio Clarín de Novela 2014.

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Los brazos gigantes Estaba en la ducha y recordé el mejor instante de mi vida. No me refiero a una etapa, ni a una época, ni a un día, ni siquiera a un momento, a una palabra que se pueda leer con cierta laxitud por su duración. Me refiero a un instante. Algo que dura décimas de segundo, a lo sumo, uno o dos. Tengo muy presente ese instante. Fue más o menos por estas fechas, hace diez años. Estaba en mi pueblo natal, en Entre Ríos, con mi hija, que acababa de cumplir un año. Habíamos ido con ella y mi mujer a pasar la tarde a un arroyo cercano. Un arroyo de agua transparente que corre entre barrancas y lechos de piedra a bastante velocidad. Tiene algunas cascadas y, cada tanto, se ensancha y forma pequeñas piletas de agua burbujeante. La profundidad varía, pero nunca es mayor a un metro y medio. Con excepción de un lugar llamado La Olla, en el que la profundidad, salpicada por una cascada, dicen, es de más de veinte metros. Nadie tocó el fondo, así que, no es un dato comprobado. Pero no fue en La Olla sino en uno de los piletones burbujeantes donde viví mi instante más feliz. Mi mujer estaba tomando sol recostada sobre las piedras lisas de los alrededores y yo me había metido con mi hija al agua. La veía experimentar por primera vez la corriente de un arroyo. Mezcla de felicidad y susto. Curiosidad y asombro. La boca abierta de sonrisa redonda. Con mi esposa habíamos leído que los bebés podían sumergirse sin tragar agua. Ese día me animé. Le dije que íbamos a sumergirnos, que podía cerrar los ojos, si quería. Ella

se abrazaba a mí con sus manitos frías, respirando agitada. Se reía con miedo. Conté hasta tres y nos sumergimos por un segundo. Salimos a la superficie y ella, con las pestañas mojadas, dudaba entre la risa y el llanto. Pero estaba feliz. Sé que estaba feliz. Le pregunté si quería hundirse otra vez y me dijo que sí. Y por un instante... … por un instante me sucedió esto: como en un sueño de una milésima tuve la edad de mi hija; me encontré abrazando a mi padre en ese mismo arroyo. En lo que dura el golpe de un rayo, sentí el enorme pecho de mi padre, lleno de pelos, mojado, sus largos y seguros brazos a mi alrededor y los míos, bracitos, prendidos a él con fuerza. Treinta y cinco años atrás. Se supone que las personas olvidamos todo lo que nos sucede antes de los cuatro o cinco años. Así que, ese instante fue una revelación, un tesoro encontrado en el fondo de un océano. Me pregunto si a mi hija le habrá pasado algo parecido. Dónde habrá estado su mente durante esos segundos en los que yo ocupé su lugar. ¿Será esa la forma en que se fijen esos recuerdos en su cabeza? Dentro de un par de décadas, tal vez, cuando esté con un hijo en brazos... Se lo deseo con todo mi corazón. Tuve la esperanza de que mi hija estuvo atesorando, en algún rincón de su ser, el mismo recuerdo del día en que descubrió la felicidad de sumergirse en el agua, con el pecho y los brazos gigantes de un padre a su alrededor que la hiciera sentir segura. Profundamente amada. Después de ese instante volví a sumergirme, tres, cuatro,


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cinco veces esperando recuperar ese momento. Pero no volvi贸 a suceder.

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Cecilia Fanti Estudió letras en la UBA y trabaja en el departamento digital de Penguin Random House. Desde el 2010 forma parte de Garrincha Club. Un fragmento de su primera nouvelle “La banda del nevado” fue publicada en la antología “El tiempo fue hecho para ser desperdiciado” (Chile, Libros del perro negro, 2011). Su cuento “Ver pasar” fue recogido en la antología “Felices juntos” ( Buenos Aires, Tenemos las máquinas, 2014).

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Tiene la camisa arremangada por encima del codo. Los guantes de goma rosa están llenos de tierra húmeda. Sostiene el teléfono celular con el hombro. Habla un poco a los gritos, con énfasis. En la mano izquierda tiene una planta de albahaca, la sacude en cada respuesta. Alrededor suyo hay herramientas de jardinería: macetas, una pala, una regadera, bolsas de tierra. Más allá, en una punta del patio de baldosas blancas y negras al que ella le da la espalda, hay una pelota y unos muñecos, todo desparramado por el piso. Los faroles están prendidos y reflejan su amarillo antibicho por toda la superficie del patio. Cada tanto, levanta la cabeza y mira el cielo que ya está oscuro. Adentro, su hijo golpea el vidrio que da al patio. Abre los ojos y lo mira fijo, todavía está hablando por teléfono. Mueve la mano enguantada para llamar su atención, el chico la mira, se detiene un minuto y vuelve a golpear el vidrio, siempre con la palma abierta. Ella, con un gesto, le indica que le va a cortar la cabeza. El chico la mira, se va para adentro y desaparece. El niño vuelve con una pelota igual a la que hay tirada sobre las baldosas del patio. Levanta la cabeza para mirar a su madre, la pelota en sus manos. La tira contra el vidrio y la vuelve a agarrar. La tira y la vuelve a agarrar. El vidrio hace ruido y tiembla pero no se va a romper, ella lo sabe. Antes de que naciera se encargó de todo. Protegió los balcones, los enchufes y pidió que cambiaran todos los vidrios del departamento por unos “tipo blindados”, vidrios que ningún niño podría atravesar en una corrida, llamado de atención o accidente. El niño agarra la pelota entre sus dos manos y mira a su madre. Tira la pelota y la vuelve a agarrar. En su

imaginario los vidrios no se rompen, nunca vio que eso ocurriera. El niño golpea el vidrio. Quiere que ella deje el teléfono, la planta, las manos rosas. Ella pide disculpas. Miente, dice que tiene otra llamada en línea. Pone a su interlocutor en espera y se acerca a la puerta ventana y la abre. El niño la mira casi desde el piso, las cervicales retraídas, la pelota en sus manos. Ella dobla las rodillas y se inclina hacia adelante para hablarle, todavía con la planta de albahaca en la mano. -¿Qué pasa mi amorcito? El niño la mira, desde el piso, la pelota en sus manos. -Mamá está hablando por teléfono, está ocupada ahora. En dos minutos, cuando se desocupe hacemos jardinería juntos, si querés, o jugamos a la pelota. Y sonríe. El niño la mira, en silencio, desde el piso, la pelota en sus manos. -Amorcito, andá ahora a tu cuarto, o a la cocina, con Irene. El niño la mira, inmóvil, en silencio, desde el piso, la pelota en sus manos. Ella no había terminado de traspasar la puerta ventana, así que apenas vuelve a inclinarse para ponerse recta del lado de afuera. Deja la puerta abierta. Hay un puente entre ella y el niño que mira la pelota en el piso del patio, allá a lo lejos, igual a la que tiene en sus manos. Ella vuelve a su llamada. El niño pone la pelota en el piso y cruza sus manos por la espalda. Se queda en silencio, sus ojos van de la pelota lejana a su madre. El niño no se mueve y ella, divertida, le saca la lengua. El niño no se mueve, tampoco la mira. El niño mira a la pelota,

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mira hacia la cocina y la deja hablar por teléfono. Ella respira aliviada y vuelve a concentrarse. Cierra la puerta. Mira la planta de albahaca, se saca los guantes y agarra el teléfono con su mano izquierda para terminar la conversación. La huerta dispersa y desarmada le rodea los pies, como todo lo que, desordenado, habita el piso de la casa: zapatos, juguetes, calzoncillos, galletitas a medio comer, papeles, medias y crayones. El niño vuelve a aparecer con una patita de pollo en la mano. Mastica mientras se pasea por el living, un cuadrado que recorre siguiendo el plano trazado por las paredes cargadas de libros y estantes pesados, las toca con la mano engrasada en lo que parece una caricia o un reconocimiento. Desaparece por el pasillo cuando termina su primera vuelta y aparece con otra patita. Ella mira la mancha grasosa que queda en la pared. Inhala y exhala, le pide a su interlocutor que por favor repita la última frase, que lo perdió por un momento. Miente de nuevo. Hay mucho ruido en la línea. Piensa en que quizás su hijo sea demasiado introspectivo. Lo siente lejano, taciturno, siente no saber si es feliz o si tiene dudas. Su hijo no tiene cuatro años y ya no le habla. No le hace preguntas. Le llama la atención para inmediatamente expulsarla ¿O lo expulsa ella primero? ¿Y si en realidad su hijo hizo carne sus constantes chistidos, su pedido de silencio, su demora en la atención o el juego? Pero no, se dice y se repite, los niños tienen su personalidad bien definida cuando nacen, nada de lo que ella haga será realmente determinante. Se lo dice y se tranquiliza. Recuerda que tampoco pasa la cantidad suficiente de horas con el niño como para convertirse realmente en una in-

fluencia. Mientras calcula la proporción de horas madre, no pierde el ritmo de la conversación. Sugiere poner una reunión la semana entrante para destrabar el tema. Cree que nada puede hacerse por teléfono, a esas horas, salvo resolver diferencias que podrían entorpecer la negociación. El niño aparece desnudo, camina por el living y se toca el pito, la mano repite el ritmo de la caminata. Se para delante de su madre y la mira. El pito en sus manos. La figura turgente de Irene aparece por detrás del niño, que se da vuelta, el pito en sus manos y recibe indicaciones que ella no puede escuchar porque la ventana cerrada la aísla. El niño se vuelve para mirar a su madre, el pito todavía en sus manos, y obedece a Irene. Los dos desaparecen por el pasillo. En cualquier momento, ella mira su reloj, su marido va a abrir la puerta y va a sonreír. Calcula unos veinte minutos más de conversación hasta que el baño del niño se termine y su marido, ya en ropa cómoda y ojotas, la mire del otro lado de la ventana, con los mismos ojos que el niño, y pida su atención para pensar la cena, hablar del niño, del día, de los días, y descorchar un vino mientras Irene acuesta al niño, que va a dormirse con una luz tenue pero encendida en el velador de su mesa de luz y un conejo de trapo en la cama que aparecerá mojada a la mañana siguiente. Ser madre, piensa mientras intenta redondear la conversación, es una responsabilidad, es llenar a un niño de milanesas y patitas de pollo y besos. Es dejarlo engrasar las paredes con patitas o pintarlas con crayones o correr desnudo por la casa. Corta la comunicación, logró su objetivo y la negociación será la semana entrante. Quiere felicitarse pero se detiene


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antes de cruzar el ventanal: descubre, agarrada al filo de la ventana, que más que ejecutar, ella supervisa su propia maternidad. Esa certeza aparece como un resumen del pasado, la noticia del niño, la sonrisa del marido, la fantasía del encuentro fortuito con su ex en el café, la librería o el cine con una panza a cuestas. El dedo señalando que era posible, que estaba ahí, hecho barriga. Las felicitaciones de amigos, conocidos y parientes, los regalos; la imaginación, que iba y venía, le representaba al niño y lo convertía en lo que ella quería que fuera, difícil, demandante, manipulador, aliado de su padre y disperso. Imperfecto. Se recuerda a sí misma celebrando que el niño de su imaginación fuera imperfecto. Porque sabe que desde chiquito va a sufrir, que las cosas no van a salir como él quiere que salgan. Casi nunca. Lo recuerda, al niño de su imaginación, como efectivamente fue: varón, porque estaba de moda tener hijas mujeres. Todavía parada, haciendo equilibrio en el marco de la ventana, vuelve a saborear el dolor lento y dulce del parto. Siente el miedo, la ansiedad y el enojo. Lucha. Un dolor imaginario la dobla y lo ve. El niño de su imaginación sigue ahí, pero entonces, como en una letanía estira los brazos para abrazarlo fuerte, calmarlo y decirle despacito, en el oído, que todo va a estar bien.

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Pepita Le encanta sacar fotos, aprender cosas nuevas e inventar otras. Nunca la vas a encontrar en un gimnasio y pocas veces cocinando.

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Tomás Sánchez Gavier Es oriundo de Oberá, provincia de Misiones. Vive en Córdoba donde estudia Composición Musical. Tiene 26 años y sus pasiones son el arte, la naturaleza, los misterios de la vida y de la existencia. Sus tiempos preferidos transcurren en un mate con amigos, tocando la guitarra o escuchando buena música con los ojos cerrados.

www.facebook.com/tomas.sanchezgavier


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Carta de un iluso a un traidor ¡Te odio! ¿Cuántas veces me harás pasar por el mismo delirio? ¿Cuántas frases desordenadas me harás acumular para dar a entender la catástrofe de mi vida? Me ilusionas en esos fugaces momentos de tranquilidad. En esa soledad sin tormento. Te burlas cuando dibujas en mi cara la sonrisa tensa, la boca impar, los ojos sin brillo. Cuando me sumerges en pasiones desbordantes y me abandonas desnudo a merced de algún ave de rapiña. Te ríes cuando le quitas a mi cuerpo la gracia del viento y lo estrellas y lo rompes en mil pedazos para volverlo a armar sin siquiera esconder las rajaduras de mi carne, que ya despiden el olor fétido. Este muerto, que en vida has dejado, ruega tu piedad. ¡Implora humanidad! Hazme un ser vivo nuevamente o mátame bien muerto, pero no me dejes en este estado. ¡No así!

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Brenda LĂłpez Es periodista. Toca la guitarra y canta con amigos. Le gusta el verano y andar en bicicleta. Es coleccionista amateur de libros e historias. Escribe, trabaja escribiendo, lee y estudia. Es diestra. Vive con su prĂ­ncipe gris, su gato Rodolfo.


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Violeta no va al boliche Violeta no va al boliche ni sale a bailar. La gastó cuando era adolescente. Ahora no le encuentra el mismo placer que antes. A Violeta le gustaba mucho la noche y no le quedó quilombo por armar. Casi siempre sola (o con quien le siguiera el ritmo), de un lado a otro, mucha calle, malas juntas, algo de plata y la juventud para lograr lo que se propusiera. Libertad, vicios y malas decisiones. ¡Qué rápido se pasa la adolescencia cuando se disfruta! Viole, como dije, la gastó. Probó todo: fumó pucho a la salida de gimnasia. Fumó porro en ayunas. Degustó flores. Sopló, chifló, sirrió y masticó porro prensado. Esnifó popper en una fiesta electrónica y vio luces fugaces. Se emborrachó, muy seguido, con ron, vodka, cerveza (fría y caliente). Se intoxicó de margaritas. Hizo maratones de Bandera Francesa de meloncito. Regurgitó vino blanco un mes entero. Aprendió a hacer la vertical para copetear de la jarra con sorbete y que le pegue más rápido. También jaló poxi hasta no sentir la punta de los dedos de las manos. Mezcló faso con alcohol, con merca; vino con pastillas, las pepas adentro del cartón del Toro. Tiró una mesa plástica a la mierda desde la terraza de 9 de julio 586. Se tiró con todo. Tanto que un día, pasada de merca casi convulsiona. Se cagó toda y vomitó por placer. Le volvió a pasar otra vez, pero su amigo El Miyer le dijo que se corte un dedo y que cuando sangrase, se le iba a pasar la locura. Así empezó a zafar de cagarse encima, pero al cabo de un tiempo no le quedó falange sin tajo.

Violeta no sale más al boliche. Ya no va más a hacer previas con amigos ni compra merca mala con los transa de Villa Mora. “La Viole se rescató”, dicen los que la conocían de cuando gritaba desde adentro de una combi con euro trance a todo bafle. “Andaba pasada la loca”, se acuerda El Monje, que sabía llamarla en esas noches eternas de verano piola para fumarse uno en las vías. Un día La Viole no le contestó más y como El Monje siempre llamaba por cobrar, fue fácil cortarle la cara. La juventud se consume en desgano, en responsabilidades, la juventud cuesta plata. En el caso de Violeta, eso no era drama. Sus viejos alquilaban, pero se arreglaban para darle todos los gustos a la nena. Los interesados, los viciosos pobres, los quemados y los transa sabían que ella siempre andaba con ruidito en los bolsillos. Le doraban la píldora para que activara la onda y se la servían en bandeja, con tal que La Viole se cope y comparta. Cuando le volvía su cara de siempre, Violeta se daba cuenta que quedaba sola, sobria y sin un mango. Cuando la juventud dejó de acompañarla en las ganas de seguir bardeando, supo que algo estaba perdiendo gracia. “Se ortivó, ahora anda re careta todo el día y ni saluda si te la cruzá”, boquea, enojado, El Pollo. La misma que le cambió medio veinticinco por una tableta de clonazepan, que terminó siendo laxante geriátrico y le cagó la noche a más de uno. Yo lo entiendo al Pollo, esos dos la re patearon juntos. El flaco le regaló su primera dosis de éxtasis a La Viole, fue media pasti nomás; esa mierda siempre fue cara. La Viole sigue siendo pendeja para varias cosas, pero no se la pone más como antes. Ya no se transforma en una fiera

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tomando merca ni saca volando cosas. Como esa mesa de de Julio. Esa mesa de mierda, que se hizo mierda contra elpiso, desde esa casa de mierda. Mesa sobre la que se comía mierda, en un ambiente de mierda. La mierda que se comía Violeta, que se tomaba La Viole, por la boca, por la nariz. La mierda de Violeta. La belleza de ser joven, con intensidad vivir la vida. Aunque, al mirar hacia atrás, sea todo una hermosa cagada.


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Seelvana Baylac Dibujo mucho y hablo dormida.

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Pequeño salvavidas cotidiano. Con una libreta, lápiz, goma y marcadores me obligo a ver qué pequeñas pavadas me salvan la vida.


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Clara Sánchez Gavier Tiene 28 años. Vivió en Misiones, vive en Córdoba, vivirá en el Mar.

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Sobre la mesa Porque no es un rayo charlatán, ni despampanante, ni ambicioso. Es callado, casi imperceptible, suave, algo transparente. Pero reconocerlo y sentirlo sobre mi mesa, es algo único. Lo miro y sé que en su silencio me está observando también. Sí, siento cómo ese rayo, todos los días, algo a disposición y con permiso de las nubes, elige y toma fuerza para colarse a través de los montones de obstáculos hasta mi mesa. Los ladrillos del vecino, la reja de mi patio, la enredadera, luego la ventana entrometida. Pero con esa fuerza poco perceptible que tiene, logra acostarse unos minutos en mi cocina. Y yo, ahí, desde las 17:15 lo espero, porque sé

que, según el día, sin más retraso, a esa hora va a estar acá. Disfruto tanto de su compañía. Sentada en la mesa lo espero. No podemos explicar porqué nos sentimos tan bien juntos en esos minutitos. Si tal vez yo permitiera a alguien entrar a mi cocina en ese instante... esas cosas se sienten, la piel y el pecho brillando. A él se lo ve cómodo, pareciera que ahí, sobre la mesa, se quiere quedar para siempre. Se escucha nuestro silencio. No necesitamos hablar. Los dos logramos algo en esta cocina. A centímetros de distancia, nos contemplamos. Si pudiera abrazarlo. Quiero tocarlo, pienso últimamente. Creo que él lo nota pero es tímido. Un día de estos creo que lo voy a intentar. Espero no espantarlo, que no vuelva más.


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Cecilia Alemano Su primer recuerdo es en un cuarto oscuro de Morรณn votando a Alfonsรญn a upa de su papรก. Creciรณ en Mar del Plata y apenas tuvo edad para elegir se decidiรณ por Buenos Aires, donde estudiรณ Comunicaciรณn, se dedicรณ al periodismo, se enamorรณ y se convirtiรณ en madre de Tomรกs. Es escritora de vocaciรณn, melรณmana y sentimental.

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Él quería seguir avanzando. Ella quiso volver. De regreso al bosque cantaron canciones de pasiones extintas y amores truncos. Como el mar Fueron al bosque. Dejaron el auto. La hizo perseguirlo cuesta arriba por un médano. Dijo que del otro lado había una cosita. Era el mar. - Eso tiene el mar - Qué. - Que no podés evitar ir hacia él. Es como hipnótico. O magnético, no sé. - Hasta llegar a la orilla y decidir si mojarte los pies o no. Caminaron entre las rocas, Vieron mejillones y anémonas. Inventaron que esas algas verdes pegadas a las piedras eran el pelaje de algún monstruo marino que podía cobrar vida en cualquier momento.

Amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño Él observó en voz alta cuánta verdad tenían esas letras. A ella algo le pinchó adentro. No se pusieron de acuerdo. Siguieron caminando. De pronto lo vio pararse y sintió cómo su mano grande agarraba la suya con fuerza: Cada salto en el vacío es una cuestión de fe! - lo oyó entonar a Fito mientras ya corrían hacia abajo por el mismo médano empinado. Ella no paraba de reír.


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Dimas Melfi Nacido en Córdoba, reside en Catamarca, donde ha vivido la mayor parte de su vida. Aparte de su profesión, la arquitectura, se dedica a las artes visuales: la ilustración, la fotografía, el diseño gráfico y de objetos, el bordado, el collage y la intervención de objetos. También incursiona en el teatro, la radio y la escritura. Ha ilustrado y diseñado tapas de discos y libros, agendas, afiches, volantes, postales, estampas, accesorios y prendas de indumentaria, entre otras cosas. Sus trabajos han sido publicados en medios gráficos impresos y digitales locales e internacionales; también han sido expuestos en diversas muestras colectivas e individuales en ciudades como Córdoba, Catamarca, La Rioja, La Plata, Buenos Aires y Rosario y en exhibiciones colectivas en Italia y EEUU.

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Si te morĂ­s de ganas de participar de alguna futura e insospechada ediciĂłn de Lectura de Verano, mandame un email con tu texto o fotos o pieza de arrrrrrrte + retrato + mini bio!

lecturadeverano@seelvana.com.ar o a seelvana@gmail.com identificando el motivo en el asunto ;)

fin

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Revista de entretenimiento estival. Edición aniversario.

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