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TRES VISITAS mariano quirós * ilustrado por: ariel costa

*Encontrá más títulos de la colección en: www.cultura.gob.ar/leeresfuturo


Quirós, Mariano Tres visitas / Mariano Quirós ; coordinación general de María Inés Kreplak; ilustrado por Ariel Costa. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Ministerio de Cultura de la Nación. Secretaria de Políticas Socioculturales, 2015. 118 p. : il. ; 16 x 12 cm. - (Leer es futuro / Vitali, Franco) ISBN 978-987-4012-03-6 1. Cuento. I. Kreplak, María Inés , coord. II. Costa, Ariel, ilus. III. Título. CDD A863

Fecha de catalogación: 16/11/2015 • Coordinación editorial: Inés Kreplak • Edición literaria: Marcos Almada • Asistencia edición literaria: Juliana Portilla y Sebastián Basualdo • Diseño de tapa e interiores: Pablo Kozodij


colección leer es futuro En el marco de una serie de actividades de promoción y fomento de la lectura, el Ministerio de Cultura presenta la colección de narrativa Leer es Futuro, que llega a tus manos en forma gratuita para que puedas disfrutar del placer de la lectura. En esta oportunidad, convocamos a escritores jóvenes cuya carrera está apenas comenzando, con el objetivo de visibilizar su tarea, contribuir a la difusión de sus obras y democratizar el acceso a la palabra, en continuidad con la ampliación de derechos garantizada por los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. También hay que mencionar la inclusión de


los ilustradores de cada uno de estos libros: todos j贸venes y talentosos dibujantes con ganas de mostrar su trabajo masivamente. Y en un formato de bolsillo para que la literatura te acompa帽e a donde vayas, porque leer es sembrar futuro. Ministerio de Cultura Teresa Parodi | Ministra de Cultura


mariano quirós resistencia, chaco, 1979. Publicó las novelas Robles (Premio Bienal Federal), Torrente (Premio Festival Ibero-americano de Nueva Narrativa), Río Negro (Premio “Laura Palmer no ha muerto”. Traducido al francés por ediciones La dèrniere goutte), Tanto correr (Premio Francisco Casavella) y No llores, hombre duro (Premio del Festival Azabache y Premio Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón). Junto a Germán Parmetler y Pablo Black publicó el volumen de cuentos Cuatro perras noches, ilustrado por Luciano Acosta. Dirige junto a Pablo Black la colección literaria Mulita.


ariel costa ciudad de santa fe, santa fe, 1975. Residió hasta su juventud en Villa Ángela, Chaco. En la actualidad vive en Rosario y gestiona, junto con la artista Pauline Fondevila, el proyecto Oficina26, espacio dedicado al arte, donde se realizan exposiciones, talleres y clínicas. Expuso en el Museo Municipal Juan B. Castagnino (2008, 2009, 2011 y 2015), en el espacio Iván Rosado (2010) y en el Centro Cultural Parque España de Rosario (200); en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires (2012) y en el Museo Municipal Rosa Galisteo de Santa Fe (2009, 2011), entre otros. Pueden verse sus trabajos en: > www.flickr. com/photos/arielcosta


cazador de tapires


Fui a Miraflores porque papá me lo pidió. Me mandó el mensaje con un colega —otro maestro rural— que se volvió a Resistencia porque ya no aguantaba el calor, la soledad y el olor de los indios. Eso me dijo el mismísimo maestro, y en ese orden.

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—La vida allá es dura —agregó como justificándose, como si fuera un pecado hartarse del medioambiente. De papá yo no había tenido noticias en los últimos dos años. Consiguió las horas como docente en Miraflores y partió sin despedirse, ofendido con todos. “Todos” éramos mi madre y yo y la verdad es que ni a ella ni a mí la partida de papá nos movió un pelo. Nos enteramos un mes después y, para entonces, cualquier intento de comunicación hubiese sido en vano, quizá un motivo de pelea o discusión.

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Pero ahora papá me mandaba llamar: no quería pasar solo su cumpleaños. Antes de llegar a Miraflores el colectivo hizo paradas en Tres Isletas y en Castelli. Yo conocía muy poco el interior del Chaco, casi nada, y por la ventanilla del colectivo esas dos ciudades me parecieron horribles. La gente que bajó allí era gente muy pobre, gente de cara curtida y de ojos que miraban más allá, algo lejano, una vida un poco más amable. Pensé en Miraflores y me dispuse para lo peor. Pero no me dispuse lo suficiente: apenas bajé del colectivo, me sentí mal, descompuesto

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y triste, todo a la vez. La gente que bajó conmigo también se veía mal. Miraflores era una réplica pequeña y precaria —aún más precaria— de Tres Isletas y Castelli. Busqué a papá en medio de aquel páramo, pero no vi más que a un hombre macilento que me sonreía, aunque era muy difícil saber si la expresión en su cara era una sonrisa o una burla. El hombre tardó más de lo aconsejable en presentarse: —Soy Orión —dijo—, su papá me mandó buscarlo. Mientras apretaba la mano de Orión, me

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dije que solo en un lugar como Miraflores alguien podía llamarse así. Después nos subimos a una camioneta destartalada y en un par de minutos estuvimos internados en el monte. O en algo que para mí era como un monte. Además de los ruidos que hacía la camioneta, Orión hablaba poco, rápido y mal, por lo que no me esforcé en buscarle conversación. Anduvimos un trecho bastante corto, pero aun así el calor y los olores que se levantaban de los asientos hicieron el paseo bastante sufrido. Recordé al maestro colega de papá, su hartazgo. Cuando llegamos a lo que parecía el final del

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camino, Orión bajó de la camioneta y dijo algo que entendí como una invitación a seguirlo. Lo seguí, incómodo por el sudor y por la mochila llena de ropa que cargaba, muy coqueta para semejante espesura, absurda incluso. La casa de papá no era lo que yo esperaba: flanqueada por dos enormes árboles —quebrachos, algarrobos, no sé qué árboles eran, pero eran enormes—, asomaba como una construcción más derruida que modesta. Desde afuera podías prever las carencias y las incomodidades, el aire sucio en cada rincón. Me impresionó que el piso de la casa fuera de tierra, ni un

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cemento, ni siquiera tablas de madera, nada trabajado que pisar. Lo que había eran muchos animales: gallinas, pollos, chivos, perros, chanchos, todos mezclados, como si fueran de una misma especie. Al único que no se veía por ningún lado era a papá. —Espérele nomás a su papá —dijo Orión—: fue a cazar un tapir. Me llevó tiempo figurarme un tapir. Una vez que lo hice, pensé que tal vez Orión había querido hacer un chiste, un chiste raro, pero chiste al fin. Si por fuera la casa hacía prever lo peor, por

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dentro lo confirmaba: era una sola habitación con dos catres dispuestos aquí y allá, unos bártulos de cocina y otros tantos enseres tirados a la buena de Dios. Y en el medio de todo, una computadora encendida. Semejante contraste me alegró y me llevó a la estupidez de preguntarle a Orión por la conexión a internet. Por suerte, Orión ni siquiera me oyó. Dejé mi mochila y salí a dar un par de vueltas por los alrededores de la casa, pero el calor y las irregularidades del terreno —muchos arbustos pinchudos y muchos pozos— hicieron que el paseo durara poco. Al final,

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saqué un libro de mi mochila y me senté a leer sobre un tocón, a una distancia prudencial de los animales domésticos. Por haberme hecho una idea del campo, como mínimo, ingenua, me había traído solo libros de poesía. No había modo de apreciar un verso de Juan Gelman o de Pizarnik en ese lugar. Otra vez me sentí estúpido y triste. Orión se me acercó un rato después y me preguntó si necesitaba alguna cosita. De ser honesto, hubiese respondido que sí, que necesitaba estar en mi casa, en Resistencia, tranquilo en mi habitación. En cambio le dije que

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estaba muy bien como estaba. Orión se quedó a mi lado sin decir nada. Me miraba nomás. Papá llegó un par de horas más tarde, justo cuando yo empezaba a pensar que me había equivocado, que yo no era la persona que Orión debía ir a buscar y que el padre que me esperaba era el padre de otro hijo. La sensación, de hecho, se profundizó con la llegada de papá: el hombre moreno y recio que me abrazaba tenía muy poco que ver con aquel hombre flácido y paliducho que yo no veía desde hacía tanto tiempo. Tampoco parecía un hombre preocupado por pasar solo

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su cumpleaños. —Viniste, quién iba a decir —dijo. Pensé que diría algo más, que me haría preguntas, que se preocuparía por saber de mí, pero no supo cómo o simplemente no tuvo ganas de hacerlo. Prefirió, en cambio, hablar con Orión: —¿Se sabe qué comemos? Orión, ya lo he dicho, hablaba poco y no le interesó romper su mutismo para hablar de la cena. Y tampoco a papá le importó que su pregunta quedara flotando en el aire sucio de Miraflores.

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Lo miré atentamente: recordé aquella vez que un amigo suyo nos llevó de pesca. Yo tenía catorce años y empezaba a manifestar sin prurito mi rechazo por la vida al aire libre. Papá era igual que yo; mejor dicho, yo era igual que él. Su amigo nos ofreció experimentar distintas modalidades de pesca y cada una nos incomodó y nos aburrió hasta el hartazgo. Recuerdo nuestro fastidio al bajar de una lancha, la sensación de que habíamos desperdiciado el fin de semana en una actividad que no nos aportaba nada. Papá hizo un último intento por sacar algo positivo de la pesca —aunque tal vez

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lo hizo de puro comedido— y se acercó a un grupo de pescadores que desplegaba su destreza desde la orilla. A esos hombres, como a cualquier otro, les caen mal las interrupciones, las preguntas estúpidas de los inexpertos, y no tuvieron empacho en desairar a mi padre. Quiero decir que hicieron caso omiso a sus comentarios amistosos. No les importó siquiera que papá se acercara al racimo de pescados que lograban cada vez que había pique. Eran palometas. Papá levantó una —la sostenía entre un pulgar y un índice, poniendo cara de asco— y espió en la boca abierta del pescado, en esos

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colmillos tan fieros. Después quiso hacerse el gracioso. Ése era un detalle muy ambiguo en papá: sus gracias solían acabar en meros desastres. Mirándome, como haciéndome partícipe del chiste, metió un dedo en la boca de la palometa, entre los colmillos. Su amigo le diría luego —mientras papá se apretaba con un trapo el dedo ensangrentado— que esos animales, recién muertos, mantienen los reflejos y los nervios en actividad. Pero aquel accidente respondía más a la estupidez que a cualquier posible nervio o reflejo. Ahora, muchos años después, papá y yo

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estábamos en Miraflores y él tenía una gallina agarrada del cogote. Era nuestra cena. Armó un fuego con ayuda de Orión; concentradísimo, puso una olla con agua sobre ese fuego y, mientras el agua hervía, fue limpiando la gallina de sus impurezas. Un procedimiento complejo y asqueroso. Me mantuve a un lado todo el rato, sin saber si me correspondía o no ofrecer alguna ayuda. Cuando me decidí a ofrecerla, papá se limitó a mostrarme la palma de una mano dándome a entender que no hacía falta. Me quedé, entonces, de pie, mirándolo trabajar,

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reprimiendo mis ganas de sentarme a leer mis libros de poesía. Una vez que completó la primera parte del trabajo, papá se metió en la casa y fue directo a la computadora. Yo me quedé afuera. Ya era de noche y el clima había cambiado, el calor y la pesadez daban respiro. Sentía, también, que lo correcto hubiese sido que papá se quedara afuera conmigo o que me invitara a entrar, que me hiciera partícipe de algo. No nos veíamos desde hacía mucho y yo recién llegaba de visita. Me asomé a la puerta de la casa y lo observé.

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Jugaba al solitario. —Papá —le dije. Me respondió apenas con un movimiento de cabeza, sin apartar la vista del monitor. Le ponía empeño al solitario, pero lo cierto es que jugaba muy mal. A cada rato empezaba una partida nueva. Pero lo más llamativo era lo absorto que estaba en el juego, tenía la cara como ida. La mezcla de campo y juegos informáticos lo estará dejando idiota, pensé. —Ya está esto —avisó Orión mucho después, y nos instalamos los tres a comer puchero de gallina. Mientras comíamos le pregunté

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a papá por su trabajo, por la escuelita donde daba clases (así dije: “escuelita”). —Qué puta voy a dar clases —fue lo único que dijo. Orión se rió por el comentario (más un espasmo que una risa) y siguió comiendo. Yo no había comido nada en todo el día, así que poco me importaron los platos y los cubiertos sucios de grasa y tierra y me abarroté. También tomé vino de un vaso igual de sucio. Hacia el final de la comida, entonado y satisfecho, ya solo quería irme a dormir. —Ahí te podés tirar —papá señalaba uno de los catres—: hacele nomás lugar a Orión.

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Pensé que hablaba en broma, pero pensé mal porque la primera objeción la puso Orión: que nosotros éramos parientes, dijo, que a nosotros nos correspondía compartir el catre. Se rió después de la misma manera que lo había hecho antes, con un espasmo. Papá, en cambio, habló con una seriedad aplastante: —No me jodan —dijo—: acá yo soy el único que labura. La discusión empezaba a despabilarme; sobre todo porque no quería dormir pegado a nadie, ni a Orión ni a papá. Imaginaba también el olor a humo que tendrían impregnado, la

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noche de mierda que me iba a tocar. —Por mí no se preocupen —dije—, uso la mochila como almohada y me tiro en el piso. —Vos dormís en el catre —insistió papá—. Este indio de mierda no me va decir a mí cómo dormir. Solo entonces me di cuenta de que papá estaba borracho y de que Orión, efectivamente, era indio. Me esforcé por descifrar a qué etnia pertenecía —podía ser toba o wichí o mocoví, nunca supe distinguirlos— y por eso me perdí el momento en que papá se le tiraba encima para empezar una pelea.

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Fue todo muy rápido; de repente había comida en el suelo, vasos caídos y papá con Orión agarrado del cuello, en una especie de llave. Los perros de la casa ladraron, asustados. Por la pose de ambos, de papá y Orión, uno podía pensar que papá tenía el asunto a su merced, pero bastó una simple sacudida para que Orión se zafara. Así quedaron frente a frente, como dos pendencieros. Papá hizo un par de movimientos, movió la cabeza para un lado y para el otro; también movió las piernas, todo muy teatral. Orión, en cambio, no movió un pelo, se quedó con los brazos abajo,

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ya sin risas ni espasmos; pero, cuando papá intentó un acercamiento —una amenaza con los pies, algo así como un zapateo—, Orión simplemente lo durmió de un puñetazo. La caída de papá, en realidad, fue más espectacular que el puñetazo en sí. Quedó tendido de un modo extraño, boca abajo, con los brazos por debajo del torso y la boca entreabierta, cubierta de tierra y sangre. Temí que por el parentesco Orión quisiera seguir la pelea conmigo, pero después de echarle una miradita a papá no hizo más que sentarse a comer restos de puchero.

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Me acerqué al cuerpo de papá: dormía. —Déjele ahí, a ver si así se le pasa el pedo —me recomendó Orión. Aunque daba impresión dejarlo así, no tuve el ánimo suficiente para polemizar. Solo me cercioré de que papá no se ahogara con la sangre que le caía de la nariz y se le metía en la boca. Estaba muy cambiado mi padre. Orión se metió un último bocado de puchero y lo hizo pasar con un fondo blanco de vino. —A dormir —dijo al rato—, hay que aprovechar que cada uno tiene catre. Después se metió en la casa.

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Cotejé mis opciones —aprovechar el catre, como mandaba Orión, o quedarme afuera, junto a papá, ayudarlo a reaccionar— y preferí entrar. Miré por última vez a papá y, antes de dejarlo, pensé en la ridiculez de vivir en Miraflores. *** Un tapir estaqueado. Mientras me lo mostraba, papá me decía que un tapir no lo caza cualquiera. —Yo todavía no pude —dijo.

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El que teníamos enfrente lo había cazado Orión. Pregunté si los tapires no estaban en riesgo de extinción, pero mi pregunta sonó tan fuera de lugar que me apuré a señalar el buen olor que desprendía ese animal cociéndose al fuego. —Ahora sí —dijo papá—, pero al principio es una hediondez. También dijo que la mejor manera de cocinar un tapir es al horno, pero que de puro ostentoso, Orión —para llamar aún más mi atención— lo había abierto como un chivo, cosa que las costillas dieran mejor espectáculo.

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Yo había pasado, como era de prever, una mala noche. De hecho, casi no había dormido. Me daba miedo Orión, echado en el otro catre, los ruidos que hacía al dormir. Además, el clima dentro de la casa era muy raro: de a ratos me daba calor, sentía que el catre se me pegaba en la piel, y de improviso sentía escalofríos, la necesidad de ovillarme como un feto. Me desperté a media mañana y vi a papá en la computadora jugando al solitario. Su absorción en el juego era la misma que le había visto la noche anterior, pero así y todo, se las arregló para percibir que yo ya no dormía.

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—Al fin —me dijo—, ahí te tengo el desayuno. Aunque asado y mate estaban lejos, para mí, de conformar un desayuno, no quise desairar a papá y comí con ganas. Solo me incomodó no encontrar un sitio donde lavarme los dientes y tampoco me animé a consultarlo con papá, así que me limité a unos buches. Fue después del desayuno que papá me llevó hasta el tapir. Lo habían estaqueado a unos metros de la casa entre él y Orión. Había perros alrededor del tapir, como si estuvieran cuidando que la carne no se arrebatara. Papá movió los brazos, ahuyentándolos, pero los perros no

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le llevaron el apunte. Tampoco papá hizo algún otro movimiento para ahuyentarlos. Después de todo, los perros no molestaban. Pasamos un rato así, mirando el tapir. Todavía el calor no llegaba a su punto más salvaje, por lo que podíamos contemplar las cosas, el paisaje, con alguna comodidad. Aun así, yo me movía con cuidado, temiendo que al menor descuido el ambiente se levantara sobre nosotros en toda su plenitud. Entonces papá me habló de los tapires, de sus ganas de cazar alguno. Dijo que eran animales muy raros —cosa que cualquiera comprueba

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con solo ver un tapir—, de una carne muy rica, que el cazador experto era Orión y que por eso él, mi padre, vivía tan pegado al indio. —Además Orión es mi pareja —agregó papá, y yo no supe a qué tipo de pareja se refería y tampoco quise indagar demasiado, pero un escalofrío me recorrió la espalda. El asunto es que al día siguiente papá cumplía años —cincuenta años— y quería celebrar el número redondo saliendo de cacería. Por lo pronto, el resto del día lo pasé en los alrededores de la casa, estudiando el lugar y buscando la manera de sentirme un poco a

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gusto. Por no preguntar, y cuando ya no lo aguanté más, hice mis necesidades entre los arbustos, limpiándome con papeles viejos que encontré en la casa; más tarde descubriría el pozo letrina donde cagaban papá y Orión, pero, puesto a comparar, lo de los arbustos seguía siendo una opción razonable. Ya entrada la siesta, comimos el tapir, los tres ubicados como la noche anterior. Cuando vi a papá servirse un segundo vaso de vino, temí que se repitiera también el desenlace. Pero esta vez papá se veía de buen talante, sin ánimos de dar inicio a una pelea. Dijo, papá,

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que la carne del tapir se me podía confundir con la del chancho, más probablemente con la del carpincho, y por eso me pidió que hiciera un esfuerzo, que cerrara los ojos si lo creía necesario, para sentir mejor la diferencia. No creí necesario cerrar los ojos, pero él los cerró y, mientras masticaba los primeros bocados, elevó el mentón al cielo y asintió una vez, dos veces, suave y lentamente. —Qué cosa rica el tapir —dijo después de tragar. También a Orión se lo veía más animado; si hasta se encargó de amenizar el almuerzo

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contando la historia del hombre sin cabeza, un espectro que aterrorizó durante un tiempo a la gente de Miraflores. Contó Orión que, por las noches, la gente del pueblo solía ver la silueta de ese monstruo que se paseaba, por supuesto, sin cabeza. Bastó que un oficial de policía descreído se cansara de tanto pánico y saliera una noche en busca del espectro. No le costó nada encontrarlo: agazapado en medio de un rancherío asomaba el famoso hombre sin cabeza. Usaba piloto nomás, dijo Orión, y el oficial lo amansó a rebencazo limpio, al punto de hacerle crecer la cabeza. Y la cabeza

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que asomó desde el piloto era la cabeza de un indio, un indio de rasgos mongoloides. Al final, dijo Orión, nadie supo decir si el monstruo era nomás un monstruo o si era un indio idiota que se cubría la cabeza con el piloto. Por el tono en que Orión contaba la historia, no supe si debía responder con carcajadas o con un semblante serio, como el que había puesto papá. Intenté un punto medio, una sonrisa que expresara admiración, asombro, alguna emoción semejante. Papá cortó en seco mi disyuntiva: —Siempre cambiás la historia —le dijo a

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Orión—. Es puro invento tuyo. El indio dejó un pedazo de tapir a medio comer y se levantó, supongo que ofendido. No lo volvimos a ver hasta entrada la tarde, cuando papá vino a decirme que ya era hora de salir a cazar tapires. De entrada, me asustó la indumentaria que la empresa demandaba: unos coletos de cuero duro y oloroso que debíamos ponernos sobre la ropa; parecíamos mitad cocineros, mitad soldadores, obreros apocalípticos. Pensé que el instrumental de la partida supondría el manejo de algún tipo de arma de fuego, un rifle,

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una escopeta, algo con gatillo. Pero papá me tendió un palo, un simple pedazo de rama, y me dijo que lo sostuviera con fuerza, que los golpes a un tapir tienen que ser secos, golpes convincentes. Agarré el palo sintiéndome un estúpido: nunca jamás se me ocurriría darle golpes a un tapir. Ni siquiera sabría lastimar una planta. Los perros se nos fueron sumando a medida que nos internábamos en el monte, perros iguales entre sí, flacos y macilentos. Quise contarlos, pero no pude, se movían demasiado rápido y ladraban y refunfuñaban mucho.

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Puro escándalo. Una hora habremos andado así, caminando entre espinillos y arbustos medio secos, casi duros, hasta que de pronto, sin medias tintas, el suelo se volvió húmedo y blando. Orión tradujo el cambio en el paisaje señalando que entrábamos en zona de bañados. Papá quiso callar a los perros, más por intuición que por conocimiento de causa, pero los perros siguieron su andanza quilombera. —Acá conviene que nos separemos —dijo papá, y acto seguido enfiló hacia mi derecha, caminando casi en puntas de pie y con el palo

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arriba, como si el tapir que buscaba estuviera ahí, agazapado. Antes de emprender camino en dirección contraria a la de papá, Orión me dijo que anduviera con cuidado, que los tapires se mueven en manada y por lo general andan metidos entre los chanchos. —Y si están con crías son peor de malos —remató. Después se fue, seguido por los perros. Yo decidí no moverme del lugar donde estaba; después de todo no me interesaba andar detrás de los tapires. Otra vez era de noche. De a poco me fui

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relajando; primero tiré el palo a un costado y me acuclillé, después me quité el coleto y lo tendí en el piso, para sentarme luego encima y no ensuciar mi pantalón con la tierra; estiré los brazos hacia atrás, apoyando las manos en la superficie blanda (claro que antes me cercioré de no apoyar las manos sobre alguna porquería). Oí los ruidos del monte chaqueño, ruidos tristes que redoblaban mi deseo de estar en casa; pensé en papá, en el camino que había seguido hasta llegar a ser este hombre desesperado, el camino que lo había llevado hasta Miraflores.

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Me dormí en medio de esas cavilaciones, por lo que no me sorprendió soñar con un hombre sin cabeza y cazador de tapires, un hombre que —como en el cuento de Orión— se vestía con un piloto y, armado de un palo, salía cada noche a la caza del tapir. En el sueño, yo me encontraba —me tienta decir que cara a cara o frente a frente, pero en este caso resulta imposible— con ese hombre. No nos decíamos nada y es que, naturalmente, no teníamos nada que decirnos. El lugar del encuentro, como es de suponer, era Miraflores, el monte chaqueño, dato que se hizo palpable

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cuando el hombre sin cabeza la emprendió a palazos contra un tapir que, de improviso, se sumaba al sueño. El tapir recibía los golpes con resignación. Papá me despertó, más que con una patada, con un empujón del pie. También estaba Orión y entre los dos trasladaban lo que, deduje, era el cadáver de un tapir. Sentí la imagen como una continuación de mi sueño, pero el fastidio en la cara de papá era demasiado real. También el tapir era bien real: enorme —calculé sesenta kilos, pero qué cálculo mío puede ser confiable—, de color negro, con la

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trompita lastimada y con un lado de la cara destrozado por los golpes. También se veía sangre y se sentía un olor inmundo. Papá y Orión le habían atado las patas a un palo y cada uno apoyaba un extremo del palo sobre un hombro. Papá, adelante, en su hombro derecho; Orión, atrás, en el izquierdo. Y dándoles vueltas alrededor, los perros, los innumerables perros sucios que los secundaban, ahora histéricos como nunca. —Vení, cargalo un poco vos —me ordenó papá. Obedecí y a la vez reprimí las ganas de preguntar cuál de los dos había cazado al tapir.

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Era, debo decir, una carga pesada, y papá no tuvo empacho en hacerme andar todo el camino hasta la casa con ese peso en el hombro. Naturalmente, la vuelta se me hizo mucho más larga que la ida, más larga y más sacrificada. En la oscuridad, me limité a seguir la silueta de papá, que de a ratos se me perdía en esa negrura que era el monte. Quise, una vez más, mandar todo a la mierda, patear a los perros, que no se callaban, que refunfuñaban como idiotas a un costado; quise patear también el cadáver asqueroso del tapir. Pero no hice nada; seguí el camino que

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señalaba la silueta de papá, una silueta vaga, firme y vaga. Tan oscuro estaba todo que no me percaté cuando llegamos a la casa. Recién me di cuenta cuando Orión soltó su parte de la carga; así, caminé un par de metros de más arrastrando por la tierra el cadáver del tapir. Después miré hacia atrás y vi a papá y a Orión, el largo abrazo que se daban. Supuse que ya habían pasado las doce de la noche y que papá empezaba a celebrar su cumpleaños.

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un libro para gast贸n


La última vez que vi a mi amigo Gastón fue muy rara, entre otras cosas porque no era él. No era Gastón. De más está decir que fue una situación engorrosa: vi a mi amigo de la infancia sentado en el banco de una plaza y, sin dudar, me acerqué a saludarlo. —¡¿Qué hacés acá…?! —pregunté, con esa

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mezcla de histeria y euforia con que celebramos los encuentros inesperados. Pero, como dije, este tipo no era Gastón, cosa que se me hizo evidente incluso antes de lanzar aquel saludo. Y digo que se me hizo evidente porque era imposible que la persona a quien yo saludaba fuese Gastón, porque mi amigo había muerto hacía unos pocos días en un accidente de tránsito. Hacía dos días para ser más precisos. En un principio atribuí la confusión a mis problemas en la vista —de chiquito me diagnosticaron miopía y más tarde me sumaron

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astigmatismo, con lo cual confundir a la gente se me había vuelto una cuestión casi cotidiana—, pero un rato después, y probablemente empujado por la sugestión, adjudiqué mi error a un asunto más metafísico, como si mi amigo intentara enviarme un mensaje desde el más allá a partir de mis problemas oftalmológicos. Pero qué mensaje… Como sea, al tipo con quien confundí a Gastón no le resultó graciosa mi torpeza ni pareció que le bastaran mis pedidos de disculpa. Y no era para menos, sobre todo porque en mi entusiasmo por saludar a mi querido amigo

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muerto, me dejé llevar y solté un pequeño pero sonoro chirlo contra su hombro. Contra el hombro de este tipo, digo, que no era el hombro de Gastón. —Qué te pasa… —preguntó el falso Gastón en un tono neutro, tirando a secote. Respondí que mil perdones, que me había confundido, y la verdad es que me había equivocado como nunca, porque el tipo este muy poco tenía que ver con mi amigo, físicamente quiero decir, porque Gastón era más bien bajito y morrudo, mientras que este perfecto desconocido era alto y, a diferencia de mi amigo —un chico

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siempre alegre y vivaz—, parecía más bien macilento y desganado. Apuré el paso y seguí mi camino, con la idea de salirme rápido de aquel engorro y olvidarme pronto del falso Gastón, cuya mirada, y con ella el fastidio, yo sentía posados sobre mi espalda. Me prometí, como hago siempre, una urgente visita al oculista. Pero antes tenía que visitar a la mamá de Gastón en el sanatorio. La pobre mujer, por supuesto, estaba deshecha. Además de su hijo, en el accidente también había muerto su marido. Ella había sobrevivido de milagro. O

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no tanto de milagro, sino más bien por una cuestión lógica: a diferencia de su marido y de su hijo, ella se había puesto cinturón de seguridad, de manera que al momento de producirse el choque mi amigo y su padre salieron despedidos del auto mientras que ella, que si bien sufrió heridas de consideración —un brazo fracturado y unas cuantas costillas rotas—, quedó dentro, un poco apretada por la chatarra pero con vida. —¡Por qué Dios me abandonó…! —así, con esa súplica me recibió esta mujer, a quien yo había visto durante mucho tiempo como una

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especie de tía postiza. Esas mujeres que siempre están a gusto recibiendo en su casa a los amigos de su hijo. Como no hay modo de responder a expresiones como aquella, no dije nada y me limité a darle un abrazo. Fue también un abrazo ligero, un abrazo en la medida de lo posible, porque la postración en que se encontraba no permitía estrecharla tanto como uno hubiese querido. Porque aunque es verdad que semejante dolor no se contiene con un mero abrazo, en esas circunstancias es lo más que podemos ofrecer.

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En la habitación del sanatorio estaban también las dos hermanas de mi amigo y el marido de una de ellas. Repartí abrazos entre ellos, entre los que mezclé palabras de consuelo apenas murmuradas, con lo que no creo que hayan alcanzado a descifrarlas. Pero estaba claro que se trataba de un pésame. O por lo menos eso espero, porque cualquier otra cosa, cualquier otra frase que no manifestara condolencia, hubiese sonado fuera de lugar. Abracé con más entusiasmo a la menor de las hermanas. Además de ser la más simpática, era también la soltera, de modo que no me

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inhibía la presencia del marido al momento de poner de manifiesto mi cariño. Aunque bien pensado, no creo que el marido se enojara si se me ocurría ser más amable con su mujer. Digo, la situación no daba para ese tipo de enojos. En todo caso, el problema era más bien mío. En definitiva que eso, abrazar mucho o poco a la hermana mayor de mi amigo muerto, no era lo importante. Lo importante, creo, era acompañar un poco a esas personas desgraciadas. Ahora bien, ¿era deseada mi presencia? ¿No hubiesen preferido la madre de Gastón, sus

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hermanas y su cuñado un poco de tranquilidad? Porque seguramente no había sido yo la primera visita. Quizá estaban ya hartos de la gente, de las muestras de condolencia, de las palabras que sirven para muy poco… qué situación horrible y tan incómoda. Supongo que fue eso, la incomodidad, lo que me empujó a contarles del equívoco en que me había visto envuelto hacía escasos minutos, al saludar al falso Gastón. Incluso agregué al comentario una cierta efusividad, dije que de alguna manera aquella había sido la última vez que vi a Gastón. Y agregué que no,

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que no era Gastón. Tan graciosa me pareció mi propia historia que repetí varias veces: “la última vez que lo vi, no lo vi”. Desde la cama, desde su convalecencia, la mamá de mi amigo me tendió el brazo que podía mover, una seña para que me acercara. Lo entendí como un gesto piadoso de su parte. Me salvaba, la mamá de Gastón, del abismo hacia el cual yo solito, sin ayuda de nadie, me había lanzado con esa historia tan traída de los pelos, aunque tan cierta sin embargo. Cuando me tuvo a su lado, tomó mi mano izquierda con delicadeza. Me agradeció, en un

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hilo de voz, la molestia que me tomaba al visitarlas, a ella y a sus hijas, en un momento tan feo. —Siempre fuiste el amigo intelectual de Gastón —dijo finalmente. No supe qué responder, en parte porque lo suyo no había sido una pregunta, pero más que nada porque el comentario, su comentario, no venía muy a cuento. Era, si se me permite, un dato de lo más superfluo. O un simple desvarío. Pero, para mi desdicha, la mujer agregó: —Estaré atenta a tu próximo libro. Por supuesto, para nada me molesta que

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la gente se interese en las cosas que escribo. Qué más puede pedir uno. Pero, sin quererlo, me había metido en un problema: mi último libro, que se publicaría en cosa de unos días y sobre el cual ya había trabajado en las pruebas de galera, incluía un relato cuyos protagonistas eran, increíblemente, Gastón y su padre. Sí, a mi amigo muerto y a su padre, también muerto, había convertido yo en personajes literarios. Y no precisamente personajes que salieran del todo favorecidos. No es algo que me preocupe demasiado, entiendo que todos los escritores llevan hacia

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sus textos a personas de carne y hueso. Las llevan hasta allí y después hacen con ellas lo que quieren, lo que les venga en gana, siempre de acuerdo con sus necesidades, las necesidades del escritor, claro está. Por otra parte, al momento de escribir yo el relato aquel donde Gastón y su padre no quedaban, que digamos, muy bien parados, no tenía modo de saber que mi amigo y su padre acabarían muertos en un accidente de tránsito. Ahora, llegado el caso, era como que yo simple y cruelmente me situaba contra personas que ya no podían pronunciarse.

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Pero más aún: el problema estaba en el hecho de que la madre de Gastón efectivamente se interesaría en mi libro como no se había interesado nunca por ningún otro de mis libros. Antes, antes de la muerte de mi amigo, que yo escribiera cuentos y novelas era para ella como un dato pintoresco. Su hijo tenía un amigo escritor, una pequeña excentricidad, algo que contar en las reuniones con amigas. Cuentos y novelas que, por lo demás, ella no se gastaría en leer, le alcanzaba con estar al tanto de mi estrafalaria afición. Pero ahora, con el hijo muerto, cualquier

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cosa del mundo de los vivos que le permitiera sentir la, cómo llamarla, presencia de su hijo, la empujaría con ansias en la búsqueda de eso. Y ya que estaba con ánimo de sumarme preocupaciones, había una peor: en mi relato yo había sido injusto con mi amigo y con su padre. Y no, no es que quisiera congraciarme con ellos ahora que estaban muertos, no era por mero remordimiento. Me sentía ni más ni menos que como un vil traidor. La madre de mi amigo —una vez que hubo pronunciado aquella promesa tan desafortunada, la de estar atenta a mi próximo libro—,

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aun desde su horrible realidad, fue capaz de percibir mi consternación, porque en un pispás pasó de consolada a consolarme. —Debemos ser fuertes —repetía la pobrecita, ajena por completo a mi penoso dilema (aunque bien pensado, ¿dónde estaba el dilema?). Quedé un par de segundos en silencio, aferrado a la mano de la madre de Gastón, sin ánimo de pronunciar ya frase alguna, sin esforzarme en dejar a un lado las incomodidades y molestias del duelo. Fue la hermana menor quien tomó la posta y, agarrándome de un brazo, me llevó fuera de

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la habitación. Gracias a Dios me libró del saludo final a la otra hermana y al cuñado, que habían quedado con caras largas, compungidos en un rincón. La vida de esa familia había cambiado bruscamente, de un modo salvaje. Ya afuera, en el pasillo del sanatorio, la hermana menor me tendió una libretita y una birome. Que escribiera el título de mi libro, pidió, así lo encargaba y, de paso, lo recomendaba entre la gente amiga. Cotejé la opción de escribir un título apócrifo, inventar algo sobre la marcha. Pensé también en anotar el

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título de alguno de mis libros anteriores. Pero la posibilidad de ser recomendado me empujó a escribir en la libretita no solo el título de mi inminente nuevo libro, sino también el nombre de la editorial que lo publicaba y de las librerías donde seguro lo conseguirían. A modo de despedida la hermana de Gastón me abrazó y me dio un tierno beso en la boca. Me pidió también que no las olvide, que la presencia del amigo intelectual era siempre bienvenida. Y volvió a besarme.

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abrรกceme pedro


Fui con Celeste a Laguna porque su abuela se moría. La llamó una vecina desde el pueblo y se lo dijo: “Tu abuelita está mal, nena, deberías venir”. Celeste imitó, desdeñosa, el tono de la mujer. De ahí que supe cómo, y con qué palabras, le había llegado el mensaje.

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Celeste y yo llevábamos dos meses de novios. O bueno, de algo así como novios. Ella prefería que no usáramos rótulos en nuestra relación, me pedía que no fuera tan estrecho de mente, que hay cosas, dijo, que no hace falta encasillar. Tan enamorado estaba yo, que, con tal de estar con ella, le dije que sí, que de acuerdo. Pero a veces me olvidaba, alguien aparecía —un amigo, digamos— y de puro distraído yo la presentaba así: “Celeste, mi novia”. Ella entonces me miraba como si lo mío hubiese sido una terrible traición. Y ahí de nuevo mi nerviosismo y mi torpeza para explicar

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que no, que en realidad no era mi novia sino más bien una amiga, todo lo cual no hacía más que complicar las cosas. El asunto es que fuimos a Laguna en mi auto. Salimos temprano, tipo siete de la mañana, con la idea de volver a Resistencia apenas pasado el mediodía. Celeste durmió fervorosamente el primer tramo, con el ceño fruncido, como si pusiera un gran empeño al acto de dormir. Hice una parada en Sáenz Peña y cargué agua para el mate. Celeste despertó y, hasta la entrada de Laguna, dos horas después, me

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habló de su madre. De la muerte horrible de su pobre madre. Del tratamiento que le deformó el rostro y le alteró el carácter. De las noches sin dormir, del gemido de su madre expandiéndose por cada habitación de la casa. Del dolor permanente que no se calma con nada. Pensé que semejante desahogo suponía un acercamiento entre Celeste y yo, el ingreso, por así decirlo, a otra etapa en la relación. Pero muy pronto me di cuenta de que Celeste, la mirada perdida en la ruta, en la desolación del paisaje, hablaba para sí misma. Como reconstruyendo un vía crucis.

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En un momento dejó de hablar y me pareció que lloraba. Por eso, por los nervios, dije una estupidez: —Dicen que la marihuana es buena para los dolores del cáncer. Celeste me miró, no sabría decir si sorprendida o indignada. Por si acaso me concentré en la ruta, en manejar, y ya no dije nada más. Habrá pasado un minuto, no mucho más, que ella retomó la historia de su madre, de su agonía. —No quiero pasar lo mismo con mi abuela —dijo. Estuve a punto de prometerle que no, que

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yo no dejaría que eso pase, pero a último momento la promesa me sonó trillada. Hasta qué punto podía yo prometer semejante cosa. En Laguna nos recibió un calor inmundo. Bajé la ventanilla y el viento Norte metió adentro del auto un pequeño remolino de tierra. Celeste se quejó: —Por Dios —dijo—, para qué abrís. Exageró la incomodidad con un estornudo y después puteó, que no se acordaba por dónde era la casa de su abuela. Dimos un par de vueltas medio al voleo, a paso de hombre, por calles sin contorno definido.

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—Pará por acá —dijo de repente—, creo que es acá. Clavé el freno de manera un tanto brusca y el mate se desparramó debajo de mi asiento. Al instante el olor a yerba húmeda copó el interior del auto. Celeste soltó una especie de resoplido, abrió la puerta y bajó. Era una casucha como cualquier otra de Laguna, no había nada que la distinguiera, y no consideré prudente que Celeste se metiera así, tan decidida y sin anunciarse. Con el auto en marcha, dudé si me correspondía o no acompañarla, pero al final me

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distraje levantando el mate, intentando un orden ahí adentro. Se me ocurrió que, de vuelta en el auto, Celeste iba querer el ambiente fresco, así que encendí el aire acondicionado. También prendí el estéreo y busqué una radio. La señal, supuse, no era buena, iba del puro silencio a los golpes de ruido lluvioso. En un momento, me pareció sentir una voz filtrándose entre ese ruido. Toqueteé los botones del estéreo, sin mucha idea, como lanzado a la caza de esa voz. Hasta que di, al fin, con lo que parecía ser una charla en estudio, una charla entre dos

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o más personas que hablaban un idioma extraño. Pensé que podía ser qom o guaraní, o algún otro idioma de los indios de la zona. Lo que haya sido, me sonó espantoso, sobre todo por la tosquedad con que esa gente pronunciaba cada palabra. Aun así, dejé la radio prendida, imaginé que a Celeste también le llamaría la atención aquella charla. Pero de un momento a otro, la señal se cortó y volvió el silencio. Subí un poco el volumen y toqué, otra vez, un par de botones, sin éxito. Me agaché y arrimé la oreja a uno de los parlantes. Entonces me llegó, como si

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me invadiera el cráneo, el grito: “¡Abráceme, Pedro!”. Del susto, pegué un salto y volví a tirar el mate. La radio quedó de nuevo en silencio, pero un silencio distinto, más profundo y más raro. Miré afuera del auto, a los costados, con desconfianza. Todo alrededor —el aire, el polvillo, hasta los olores— quedó como en suspenso. Me moví un poco en mi asiento, cosa de alterar algo en ese ambiente. De todos modos, no pasó mucho rato que Celeste reapareció, acompañada por una mujer. También volvió el ruido a lluvia de la

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radio. Celeste y la mujer miraron hacia el auto como si el auto fuera una cosa extraña, un fenómeno, lo que en el caso de la mujer tenía algún sentido pero en el caso de Celeste no venía muy a cuento. Les levanté un pulgar, a modo de saludo, y al instante me sentí estúpido. Sobre todo porque ninguna de las dos me correspondió. Enfocaron, en cambio, su atención a la calle. La mujer señaló con un dedo algo más allá en el camino y, por un momento, quedaron las dos con la mirada fija en ese punto lejano. Bajé del auto y me llegó, ahora en todo su

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esplendor, el horrible calor de Laguna. Atravesé de un salto una zanja seca —fue apenas un saltito, pero el movimiento bastó para empaparme en sudor— y me uní a Celeste y la mujer. Iba mal vestida, la mujer, con una especie de batón raído y oloroso. —Buen día —dije, y le tendí una mano. Antes de tenderme la suya, ella me miró fijo a los ojos y pronunció un par de palabras ininteligibles, del estilo que yo había escuchado por radio. Después me pasó al fin su mano, una mano pequeña y húmeda, como grasienta. Me dio asco, unas ganas terribles de restregar mi

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propia mano contra el pantalón. —Ella es Doris —me informó Celeste—: la vecina. Doris dijo algo más, esta vez una mezcla de castellano y de aquel idioma misterioso, dio media vuelta y se mandó adentro de la casa. El idioma de Laguna, pensé, y aproveché que Doris no me veía para limpiarme la mano. —Estoy descompuesta —dijo Celeste—, muy descompuesta. No me dio tiempo a contestarle: se agarró de la panza, le vinieron un par de arcadas que en vano intentó reprimir, y finalmente vomitó.

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Fue un vómito grosero y de una sonoridad masculina. De puro instinto, pegué un saltito hacia atrás, cosa que no me salpicara. Me pareció que no era ese un buen gesto de mi parte, así que me apuré a preguntar: —¿Estás bien, mi amor? Celeste, aún doblada sobre sí misma, giró la cabeza y me miró. Le colgaban de la boca unos hilos de baba y sentí lástima por ella, que siempre es tan cuidadosa de su apariencia. —No me digas “mi amor” —dijo, en una media voz.

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Apenas terminó de decirlo, le sobrevino otra arcada y al toque un nuevo vómito. Esta vez hice tripas corazón y fui a darle una mano. Se había ensuciado los zapatos y resoplaba de una manera desesperante. —Vamos adentro —dije—, tenés que tomar agua. La tomé por la cintura y, aunque opuso una pequeña resistencia, al final se dejó llevar. —Permiso —nos anuncié desde el umbral de la puerta, cubierta apenas por una cortina de hule oscuro, y entramos. Además de lúgubre, el ambiente adentro

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era bien denso, con golpes de olor a meada y a comida en mal estado. Quizá de ahí venía el malestar de Celeste, de los minutos que pasó metida en la casa. Me costó acostumbrar la vista a esa oscuridad, parpadeé unas cuantas veces, como para hacerme una idea de la disposición del lugar. Celeste, a mi lado, seguía con los resoplidos, aunque ahora más pausados y menos exasperantes. Hasta consiguió hablar. —A la salita —dijo—: llevame a la salita. —A qué salita… —pregunté. La voz de Doris, ahora en perfecto castellano,

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retumbó desde algún rincón de la casa: —Te llevo yo. Se oyó el chasquido de un fósforo encendiéndose y, aunque escasa, la luz resultante me permitió distinguir a Doris, sentada en una mecedora, y a la abuela de Celeste, que dormía a su lado echada sobre un catre. Doris acercó el fósforo a una vela y armó así una luz más potente. La imagen de las dos mujeres, unida al hedor en el aire, me resultó grotesca. Tuve miedo y ganas de salir corriendo. Reprimí el rapto de angustia preguntando, de nuevo, por la

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salita. Qué lugar era la salita. —Lo del médico —explicó Doris—, yo la voy a saber llevar ahí. Me apuré entonces a decir que no, que si Celeste se iba a algún lado, se iba conmigo. —No te podés ir sola —dije. Celeste hizo un esfuerzo y me pidió que no hiciera drama, que lo suyo era nada más cuestión de tomar analgésicos, que Doris conocía mejor el pueblo y que yendo las dos iban a tardar menos. —Además estoy por menstruar —agregó—, puede que sea eso nomás.

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Se me ocurrieron un montón de argumentos para oponerme, pero fui muy torpe al señalarlos, sonó todo como un gran balbuceo con el que no hice más que enfurecer a Celeste, que apretándose la panza —cosa de poner bien en claro su malestar— hizo un nuevo esfuerzo, esta vez para decirme que no jodiera. —No jodas, Nelson —dijo—, y dame por favor las llaves del auto. No sé qué me molestó más, que dijera mi nombre de aquella manera tan grosera o que se llevara mi auto con prepotencia semejante. Doris se levantó y, al pasar junto a mí, dijo:

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—Mírele a la señora, por si le falta algo. Como haciendo caso, miré hacia el catre: pese al calor, la abuela de Celeste estaba tapada con una colcha, los ojos abiertos clavados en el techo. Parecía muerta o, por lo menos, a punto de morirse. No podía creer que me pasara algo así. Protesté. Salí detrás de Celeste y de Doris, diciéndoles que era una imprudencia que yo me quedara solo con la abuela, que incluso era ridículo. De los nervios, se me hizo un nudo en el estómago y no pude seguir hablando. Antes de subir al auto, Celeste me dedicó

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un gesto raro, algo entre una media sonrisa y una nueva mueca de dolor. Doris también me miró una última vez antes de subirse, pero la suya fue como una mirada socarrona. Celeste puso el auto en marcha y al fin partieron. Me quedé un rato mirando cómo se alejaban, hasta que doblaron en una esquina y las perdí de vista. Me llevó su buen par de minutos juntar el coraje para entrar de nuevo a la casa. Cuando lo hice, me recibió un gemido, como una queja estirada. Por alguna razón, la vela se había apagado y tuve que restregarme los ojos, que

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otra vez no se me acostumbraban a la oscuridad. Me orienté con el oído para caminar hacia donde, calculé, estaba el catre. Por los gemidos entendí que la abuela estaría necesitando algo. Pero en algún momento habré dado un paso equivocado, habré confundido la dirección, porque avancé en la oscuridad sin dar con nada, como moviéndome en el vacío. El gemido, a su vez, también parecía moverse: de a ratos me llegaba de un lado, de a ratos de otro. Me quedé quieto en un punto y estiré los brazos, en la búsqueda de algo a lo que aferrarme.

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Recordé esos juegos de infancia en los que a uno le vendan los ojos y lo mandan a perseguir a sus amigos. Solo que ahora la situación era desesperante. —¿Abuela? —llamé, pero me respondió de nuevo ese lamento espantoso. Cuando volví a llamarla “Abuela”, dije otra vez, la voz me salió tan aflautada que preferí quedarme en silencio. Probé con agacharme y apoyar las manos en el piso. Lo palpé varias veces, como reconociendo el terreno. Después me puse en cuatro patas y gateé. Me moví de esa manera, como

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un bebé, hasta que choqué contra un mueble. Lo recorrí con una mano para examinarlo: era la mecedora de Doris. Respiré hondo, feliz de dar con algo más o menos identificable. Seguí al tanteo alrededor de ese lugar, y así fui dando con otros muebles, con un par de platos, con algo que entendí como un cenicero de madera, con objetos húmedos y pegajosos, hasta que, milagrosamente, di con la caja de fósforos. Se me escapó una carcajada de alegría, pero a la vez me vino una sensación como de perplejidad y espanto: ya me alegraba con cualquier cosa.

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Prendí un fósforo y la luz repentina me entregó un primer plano de la abuela. Fue como la imagen de un espectro, como una aparición. Grité, con todas mis fuerzas grité. Como un histérico. Me contuve recién una vez que sentí el gemido de la abuela sonando a la par, en el mismo tono agudo de mi grito. Para entonces, además de aterrado, me sentía sucio, hecho un asco. De alguna manera, sentía que yo no era merecedor de semejante situación. Yo era un hombre enamorado, nada más. El temblor en las manos me complicó los movimientos, la necesidad de prender otro

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fósforo. Gasté cuatro con chasquidos inútiles, que al menos sirvieron para alterar el gemido de la abuela. Ahora gemía más bajo, con ciertas interrupciones. Tomé aire, cosa de acompasar el cuerpo, y una vez que me afirmé, probé de nuevo con los fósforos. Al segundo intento conseguí una llama, una luz que usé para identificar el mundo a mi alrededor: así pude ver, primero, el catre vacío, y después a la abuela, desparramada en el piso. Antes de que la luz del fósforo se extinguiera, descubrí la vela caída muy junto a la abuela, a la altura de sus brazos.

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Con el tercer fósforo prendido me arrimé y, de un manotazo, traje la vela para mi lado. La abuela ya no gemía, daba, más bien, la sensación de querer hablar. Tal vez padeciera algún tipo de parálisis, pensé, algún problema del cerebro que le impedía pronunciar bien. De ahí esos gemidos, esos gritos tan horribles. Encendí con torpeza un cuarto fósforo y llevé la luz hasta la vela. Por fin se iluminó el ambiente. Descubrí que había estado girando en un espacio minúsculo, como un idiota. Pegué la vela sobre un platito y aprecié el

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desastre que era ese lugar. Pilas de diarios viejos en los rincones, ollas y vasos desparramados, ropa, o más bien retazos de lo que alguna vez fue ropa, tirados en cualquier parte, a la buena de Dios. Pero lo peor era la abuela, ella misma un pleno abandono. Si Celeste y Doris llegaban en ese momento, razoné, no encontrarían el mejor escenario. Me dio culpa y me apuré a levantar a la abuela. O al menos me dispuse a eso, porque cuando me acerqué a ella, le escuché decir, bien clarito: —…Pedro… Pedro…

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Pegué como un respingo y me eché automáticamente hacia atrás. La abuela pronunció dos veces más ese nombre, Pedro, y después, por suerte, se quedó en silencio. Decidí que, antes de levantarla, me sería conveniente correr la cortina de hule y hacer que entrara algo de la luz de afuera, de ese sol tan terrible de Laguna. Pero cuando corrí la cortina, me encontré con que afuera ya era de noche. No supe qué pensar y tuve que reprimir el impulso de correr por ayuda. La voz de la abuela me llegó, otra vez, desde su lugar en el piso:

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—Pedro… Pedro… Me di vuelta, decidido a subirla al catre y mandarme a mudar. No podía ser que Celeste se llevara mi auto y me tuviera toda la tarde —y quizá parte de la noche— metido ahí con su abuela, y en ese pueblo inmundo. Estaba como enredada, la pobre vieja, hundida entre sábanas y acolchados podridos. Su olor rancio me inundó la nariz. Contuve la respiración, metí la mano por debajo de su cuerpo —era muy liviana, como una pluma— y la levanté. Entonces ella abrió los ojos, bien grande, y nos miramos a la cara. Después dijo:

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—Abráceme, Pedro… abráceme. Mi nombre es Nelson, no sé quién puede ser Pedro. Por un momento, cosa de un segundo, me quedé en blanco. Hasta que la abuela gritó: —¡Abráceme…! Si bien el grito —ahora un pedido desesperado— no me hizo reaccionar, me provocó, sí, algo como un mareo. También su aliento favoreció esa sensación. Estuve a punto de caerme, pero hice un esfuerzo y me senté sobre el catre, con la abuela apoyada en mi regazo. —…Pedro —volvió a decir. Lo dijo en un tono distinto, bien agudo, un

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tono como de niña. Pensé en esa pobre mujer, en ese nombre —Pedro— que le volvía de algún punto perdido en la memoria. O quién sabe de dónde. Pensé en el embrollo que sería su cabeza, en la cantidad de imágenes, voces y sensaciones —de ahora y de mucho tiempo atrás— que se le atropellarían ahí adentro. Sentí pena, por ella y por mí, los dos solos sobre ese catre enclenque. Y más pena sentí cuando a la pobrecita le dio por llorar, un llanto quedo y desolador. —Abráceme… —dijo finalmente, en un hilo de voz.

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Respiré hondo, una vez más, y le di el abrazo que pedía. Celeste volvió temprano en la mañana. Aunque me agradeció por cuidar a su abuela, percibí la ironía en sus palabras. Sobre todo porque, entre otras cosas, dijo: “Eso nomás te pedí”. También vi que estaba mejor, ya sin rastros de su descompostura. Iba y venía cargando bártulos, de la casa hasta el auto. Sentada en una silla de ruedas, limpia, bien peinada, el rostro resplandeciente, la abuela me miraba. Pasamos un rato en silencio,

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mirándonos los dos, hasta que al fin ella me sonrió y dijo: —Buenos días, Nelson, mucho gusto. Después apareció Doris, empujó la silla y se la llevó afuera.

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AUTORIDADES PRESIDENTA DE LA NACIÓN

Cristina Fernández de Kirchner MINISTRA DE CULTURA

Teresa Parodi JEFA DE GABINETE

Verónica Fiorito SECRETARIO DE POLÍTICAS SOCIOCULTURALES

Franco Vitali


"Tres visitas", de Mariano Quirós  

Ilustrado por Ariel Costa

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