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APORTES ANDINOS A NUESTRA DIVERSIDAD CULTURAL Bolivianos y peruanos en Argentina


SECRETARÍA DE CULTURA DE LA NACIÓN Noviembre de 2011 ISBN: 978-987-9161-89-0


¿Por qué hablar de diversidad hoy? En nuestra Latinoamérica actual, hablar de diversidad implica revisar y reescribir la historia, hacer justicia y construir políticamente el futuro de una región de pueblos hermanados a fuego por la cultura. En nuestro continente, cinco siglos de historia han determinado una magnífica unidad cultural que conforma no una nación por erigir, sino una nación existente: la nación latinoamericana. Cierto es que nuestra unidad anida más en la herencia de la conquista española que en la de los pueblos originarios. Pero la sangre milenaria de esos pueblos también es argamasa de una identidad común, surgida del impacto, del choque. Así las cosas, ambas identidades, la identidad de los pueblos originarios más la identidad unificadora de la conquista, componen el sustrato esencial del que está hecha la unión histórico-cultural de nuestra región. “Se llevaron el oro, pero nos dejaron las palabras”, resumía Neruda el proceso. Somos, en definitiva, una suma de diversidades con una identidad común. Y no hay territorio en el mundo donde exista una extensión cultural semejante, que, por esa cualidad, resulta indestructible. Ahora bien, la historia nos ha enseñado que la balcanización fue la estrategia de los diferentes imperios para pulverizar esta gran nación; porque, en términos geopolíticos, Latinoamérica es una unidad desintegrada, desperdigada en una veintena de países. Ya lo decía el pensador argentino Jorge Abelardo Ramos: “Somos un país porque fracasamos en ser una nación. Y somos argentinos porque no pudimos ser latinoamericanos”. Contra esta fragmentación, por el reconocimiento y la defensa de nuestra unidad, hoy como ayer, estamos llamados a luchar, siguiendo la senda de libertad e igualdad que labraron nuestros patriotas americanos. La diversidad cultural, entonces, está en nuestro ADN: cifra la clave de nuestra riqueza, un tesoro que, al interior de la nación, se acrecienta cada vez que abrimos nuestras fronteras, tanto políticas como simbólicas, para albergar a los conciudadanos de la Patria Grande que desean vivir y crecer en esta Argentina cada vez más justa y plural, vanguardia en el respeto de los derechos humanos de todos, argentinos e inmigrantes. Porque diversidad cultural es otra manera de decir democracia, integración e inclusión. Y es deber indelegable del Estado narrar esta historia de encuentro y cambiar la percepción que alimenta la violencia, la discriminación, la xenofobia. Conocer, valorar, historizar, es educar para la diversidad, esa diversidad que, siempre cuestionadora del discurso único, hace latir la unidad. En este sentido, Aportes andinos a nuestra diversidad cultural –proyecto enmarcado en la Línea de Trabajo “Colectividades”, que se implementa desde la Unidad de Proyectos y Programas Especiales de la Secretaría de Cultura de la Nación– recorre una historia milenaria fraguada de memorias en común y de horizontes culturales compartidos, al tiempo que aventura un futuro de sueños igualitarios. Este trabajo, al que se abocaron con compromiso militante Adolfo Columbres y Verónica Ardanaz, nos abre el mundo artístico y cultural de estas comunidades residentes en el país, para descubrir los valores, las tradiciones y las experiencias de los bolivianos y peruanos que, desde hace décadas, viven con nosotros y siguen contribuyendo, así, a la prosperidad y el desarrollo de esta Argentina del Bicentenario. 4

Jorge Coscia Secretario de Cultura de la Nación


Nota preliminar

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Hablar de cultura es, a veces, hablar con precisión sobre el mar de fondo de lo social, que emerge periódicamente como un magma que genera continentes o vincula los que existen. Trabajar con el concepto de colectividades, en lugar del de inmigrantes, ya promete más justeza respecto a su contenido, pues despunta desde la mera agregación que remite a fenómenos socioeconómicos y nos lleva hacia lo que hay de inclasificable en las diferencias y de impostergable en las coincidencias. En este sentido, revisar los aportes andinos a nuestra diversidad cultural no sería más que un recurso cultural dentro del revisionismo histórico si no partiera y llegara al mismo punto: que el reconocimiento de lo que nos hace mirar a un lado a veces le debe más a lo que oculta la vista que a aquello donde posamos el valor de la mirada. La Argentina es un país formado por migraciones, pero también por falacias sobre los migrantes. Falacia de entendimiento sobre el otro, pero también sobre lo que la otredad nos hizo significar sobre nosotros mismos. Es cierto, como se analiza en este libro, que tanto les debemos a los pueblos hermanos de Latinoamérica como a los ciudadanos europeos que trabajaron el suelo desde fines del siglo XIX. Pero si nuestro país siempre se supo dependiente de la llegada del otro, también siempre lo hizo poniendo bajo un velo ilustrado la verdadera riqueza del que, en efecto, vino. Falacia, decía, doble: porque tanto los que critican que las nuevas olas inmigratorias trajeron lo peor de cada país, como los que, con razón, revisan esta visión necia y peligrosa de nuestra historia al afirmar que los ciudadanos bolivianos, paraguayos y peruanos, entre otros, son gente de trabajo e igualmente herederos de la Patria Grande; unos y otros, entonces, pasan de largo el hecho de que los inmigrantes europeos de fines del siglo XIX y comienzos del XX tampoco fueron en su momento considerados como lo que se esperaba en los exhortos a poblar nuestra patria. Es curioso, a menos que se entienda el largo proceso político que les dio voz propia, que hijos de europeos ahora sean reconocidos como plenamente argentinos, mientras que los hijos argentinos de bolivianos y peruanos no lo sean, pero no sólo por lo que se verá a lo largo de este estudio, sino porque basta con revisar la historiografía argentina, las leyes sancionadas en su momento y los estudios sobre población, para ver que la celebración de la llegada de europeos es más bien una estrategia vacía, más o menos reciente, para comparar el supuesto virtuosismo de clase ilustrada y raza homogénea a la nuestra (a la “nuestra” deseada por cierta clase ilustrada, justamente) con las finitas pero temibles diferencias con los países vecinos. Basta con ver la Ley de Residencia, de 1912, la persecución contra la supuesta vagancia de los inmigrantes, europeos, la denostación contra la incorporación no de profesionales (que fueron a los Estados Unidos, por ejemplo), sino de activistas, e insurgencias políticas. A principios del siglo pasado, los trabajadores inmigrantes trajeron sus ideas, no sólo sus cuerpos y fuerza de trabajo. Esto, como ayer, es lo más ocultado dentro de las críticas a los países hermanos, porque se hable de clase (pobreza) o de piel oscura, la llegada de hermanos de países limítrofes obliga a que las ideas de nuestro país sean

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revisadas. La idea de una metrópoli europea e ilustrada sería la primera que podría caer, y con ella, surgiría con todo la oportunidad histórica para impulsar el sueño libertado de una Patria Grande. Pero decía falacia doble porque hasta en el sano y necesario intento de demoler los preconceptos de la intolerancia al otro latinoamericano en comparación con un supuesto abrazo natural al europeo reside una tendencia a olvidar que hay “ideas peligrosas” que traen los que llegan. Y si los primeros trajeron el colectivismo y la insurgencia política que, tras pasar por el anarquismo, permitiría elaborar un mapa sindical y un orden soberano con la clase trabajadora como su propio interlocutor, los segundos traen su propio valor simbólico: no sólo la fiesta, no sólo los valores de una identidad postergada, ni siquiera sólo una cultura del trabajo, sino la necesaria prueba viviente de que la idea de una Latinoamérica unida pone en ese otro un espejo en el cual cada argentino que se quiere extracontinental debe o negar todo lo que allí ocurre o desistir en su actitud. De todos modos, para ganar una batalla cultural, es necesario justificar lo impreciso de la falacia que enarbola la intolerancia, por lo cual es imprescindible demoler cada prejuicio que sustenta el anverso discursivo de la clase dominante. Y estamos en esa senda, más allá de que la construcción de un relato sobre un virtuosismo migratorio contra otro que no lo es también debería ser estudiada como una bajeza analítica y no sólo ética (además de un serio error político), que a veces hasta los propios latinoamericanistas pasamos por alto, para terminar formalmente en actitudes tan paternalistas como las que tienen aquellos que queremos refutar. El primer paso, sin dudas, es que el Estado deje de ser sujeto activo de la intolerancia, y el segundo es que deje de ser un cómplice pasivo. Este libro parte de la premisa de que ambos procesos son simultáneos, pues es el Estado, a partir de la Secretaría de Cultura de la Nación, el que no siente satisfecho su aporte a la causa mediante la simple enunciación precisa del fenómeno por problematizar: “colectividades”, con todas sus riquezas narrativas, sus lenguajes, sus códigos y sus necesidades; es decir, obligaciones y derechos que, por igual, nacen de una historia particular y de una capacidad que debemos sumar a la nuestra. Desde esta cartera, ese concepto se reinventó en un área estratégica de gestión, que forma parte de seis líneas de programas específicos donde trabajar no sólo es reparar, sino también potenciar. Y en el medio, la lucha por reconocer. No es inocente, entonces, el objetivo que desde aquí nos dimos de buscar en toda la historia andina los vínculos que hacen de la “sangre peruana” o “sangre boliviana” un correlato de lo que la Argentina pudo ser y podría llegar a ser con el aporte de todos: ahora, ¿cuáles y quiénes son todos? Los que sustentan nuestra soberanía en pleno. Bolivianos, peruanos, paraguayos, todos los que forman parte de la balcanización cultural a la que nos hemos visto sometidos la mayoría de las veces, pues por momentos comandar esa balcanización desde la capital más europea del subcontinente bastó (y bastará para muchos) para mirar al costado sin denunciar una tortícolis impuesta por una cultura extranjerizante. La meta de este libro es compleja, entonces. Para tirar abajo los conceptos racionales del discurso excluyente, debe revisar nuestra historia, pero también la historia antes de la historia oficial, es decir, más allá de 1810. Historia que sí tenían en cuenta los hombres

y mujeres de las guerras de la independencia. Pero el neoliberalismo también gusta de su propio irracionalismo, y para eso debe apelarse a una estrategia más pasional, acaso revisando el aporte fáctico que los hombres y mujeres de países vecinos dieron con su vida a la revolución de la cual somos hijos comunes. Hijos de la misma tierra y también de la misma revolución, contra lo irracional y lo racional imperante, pero desconocidos en la historiografía, en la política, adversarios, cuando no enemigos, en la economía y hasta objetos, sujetos sin soberanía real, dentro de hipótesis de guerra “sugeridas” desde afuera. ¿Cuál es el afuera? Mejor preguntarse desde dónde se mira para demostrar que la mirada de lo nuestro puede ser más inclusiva de lo que se cree. Así, se revisan aquí los contenidos históricos y simbólicos del horizonte cultural andino, desde la historia previa a la formación del imperio incaico hasta el período revolucionario, para manifestar que la posibilidad de unificarnos estuvo siempre presente, hasta que se postergó por casi dos siglos, hasta hoy volverse tan posible como imprescindible para sobrevivir como naciones soberanas; la descolonización amanece de este modo como apuesta por un porvenir que políticamente se articula, pero culturalmente se realiza. Pues la promesa es una y clara: a la frontera política y a la clase económica sólo las atraviesa, de norte a sur y de este a oeste, el proceso cultural. Al respecto, dicen los autores, en referencia a las historias disímiles del proceso de desarrollo de la civilización andina, que “los únicos fenómenos simultáneos son los provocados por la unificación cultural panandina”. En la segunda parte del libro, el proceso de emancipación que señalan los autores hace hincapié en los protagonistas, pues en ese entonces el enroque de nacionalidades era lo natural: bolivianos, argentinos, paraguayos, chilenos y peruanos no eran tales, sino latinoamericanos, pero sí se diferenciaba entre criollos e indígenas. Esa diferencia no ha hecho más que mantenerse hasta hoy, pues, con el apelativo de clase pobre o de raza negra, no se hace más que esconder que lo que está en disputa es aquella guerra interna que rige desde siempre, fogoneada desde un afuera concreto que sí se muestra orgánico. Como si desde la batalla ente los medio hermanos Huáscar, en el Cusco, y Atahualpa, en Quito, con este último como vencedor, pero con el otro bando todavía existente, los extranjeros reales, en ese entonces los españoles, pudieran explotar cada división interna como una falla civilizatoria que ponía a nuestros contra propios. Pero la mejor forma de demostrar la unidad real de todos los actores latinoamericanos quizá fuera buscar en las personalidades. Poner en un mismo plano político y cultural a Túpac Amaru II con próceres reconocibles como Mariano Moreno, Monteagudo, Juana Azurduy o San Martín sugiere lo recién dicho: que de la confraternidad cultural nace la soberanía política. Decir, a su vez, que el principal escenario político de la guerra de Independencia fue el Alto Perú también es patear el tablero de la historia oficial que tiene a la Argentina como un bloque dado desde el vamos, siendo el vamos el año 1810, en el que nacía una República, pero se abortaba la posibilidad de una unificación en, por ejemplo, Bolivia, de nuevo por guerras internas, las mismas que podrían rastrearse hasta hoy y que pasaron de la cuestión geopolítica y cultural al modelo económico agroexportador, tuvieron su gesta más justa con el desarrollo conocido como modelo de sustitu-

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ción de importación y, luego, tras esa suerte de interrupción que volvió a soñar con un bloque continental, retomó la conducción avasallante en la alianza agroexportadora y financiera, para terminar en el neoliberalismo privatizador de los años noventa, hasta que, nuevamente, una articulación soberana del reconocimiento de deudas y capacidades por igual cercó al bando que se decía regente de la república hasta dejarlo expuesto al período de menor ilustración y creatividad en el que se encuentra ahora, aunque no de mayor poder. Pero esta visita al devenir patria no sería un antídoto contra la falacia ajena y propia si no hiciera lo que debe: darle voz y protagonismo a los propios sujetos en cuestión. Por eso el libro brinda tanta importancia a los testimonios de los propios inmigrantes, y deja que aflore, en sus relatos, la potencia narrativa que tiene el concepto de colectividad si es enunciado desde sus propios oferentes. Uno de ellos afirma querer “no seguir siendo objeto de estudio, sino pasar a ser el sujeto de la investigación”. Esto, que es reafirmar la cultura como herencia común y elaborar un relato político integracionista, constituye el paso necesario en toda sociedad postergada para que la soberanía se vea acrecentada, siempre que el otro paso necesario, ya mencionado, el autorreconocimiento del Estado como un hito evolutivo hacia la dignificación de los excluidos en tanto personas y no en tanto fuerza de trabajo como variable de ajuste, también se dé, como creemos que está ocurriendo, y de lo cual la intención de este libro resulta sólo un ejemplo que apunta a vincular ambos pasos. Pues desde la integración continental que se da con la Unasur o el Mercosur, hasta la reafirmación de los pueblos que la componen, media una distancia cultural que tanto el Estado como la sociedad deben recorrer de punta a punta mediante diálogos y enseñanzas mutuas; de hecho, la participación en el Estado, el trabajo en política, también constituye para varios de los ciudadanos que testimoniaron para esta obra una prueba definitiva de que la integración ocurre, pero por ahora, manifiestan, sólo se cumple en el plano del deseo. Si el deseo habla de lo posible, de todos modos ya el ensueño denota un avance que debe considerarse impostergable para ser un imperativo ineludible. Alejandra Blanco Jefa de Gabinete Secretaría de Cultura de la Nación

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Prólogo Acaso la mayor miseria de la globalización sea la total ausencia del otro en sus formulaciones universalistas, que se postulan como la cumbre de la especie humana cuando lo que realmente hace es abolir su historia moral y corromper, o directamente demoler, la diversidad cultural, pese a la declaración de la UNESCO que la preserva y las manifestaciones de sus mismos Estados miembros, que por un lado la exaltan, interesados en preservar sus tradiciones, aunque más no sea por razones turísticas, y por el otro promueven o aceptan políticas que las desmantelan. La globalización no es más que el ropaje con el que hoy se presenta el neoliberalismo, el que hace gala de una alta racionalidad cuando justamente domesticó y neutralizó a la vieja Razón del Iluminismo. El espíritu de la modernidad la había puesto a trabajar por la emancipación del hombre en todos los órdenes de la vida, aunque también sirvió a la expansión de Occidente, al imponer a esta civilización como la única verdaderamente universal e ignorar las modernidades paralelas, o sea, el derecho de toda cultura a construir su propia modernidad, actualizando su imaginario. Pero nada es más triste que verla hoy de rodillas, exaltando los valores del mercado: eficiencia, rentabilidad, excelencia y una libre competencia que los monopolios impiden y el Imperio no practica en su tierra. Occidente, en definitiva, no es más que una particularidad, pero con la ayuda de esta Razón decadente se cubrió con todos los perifollos de la universalidad. La política global se opone hoy a la de la diversidad cultural, buscando acabar con ella o reducirla a una opereta que se preste a la banalización de los medios, convertida en mercancía de la cultura de masas, tras despojarse de toda profundidad y sentido de lo sagrado, y sobre todo, por cierto, de reivindicaciones políticas y propuestas alternativas que muevan el tablero de la fiesta global. Pero las identidades constituyen verdaderas matrices culturales, que se formaron en un determinado territorio durante un largo tiempo, y que como tales son capaces de innovar, de generar nuevas propuestas creativas, y también de apropiarse de un modo selectivo de todo lo que les sirva para potenciar su proyecto, cambiándole a menudo su sentido y su función. El concepto de diversidad cultural no será más que una abstracción mientras no ancle en estas matrices y las fortalezca, para que puedan combatir tanto la discriminación, el racismo y la xenofobia, como lo que Héctor Díaz-Polanco llama “etnofagia”, definiéndola como el proceso global mediante el cual la cultura de la dominación busca devorar a las culturas populares o subalternas, y en especial a las comunidades étnicas. Uno de sus recursos es utilizar los mecanismos del marketing para inducir a quienes resisten a olvidar las dialécticas de la cultura y mostrarse comprensivos con ellos, pues si desvertebran su mundo simbólico es respondiendo a las exigencias de los nuevos tiempos, por crueles y vacías que les parezcan. Frente a esta privatización arrolladora de lo público y de la misma vida, es preciso apoyar toda iniciativa del Estado que intente revertirla, por modestos que sean los recursos destinados a ella. En la coyuntura actual, la izquierda más visionaria entiende

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que no se puede rechazar al Estado, viéndolo como ese “ogro filantrópico” del que nos hablaba Octavio Paz, y menos aún como un maligno Gran Hermano, pues es el único instrumento que se puede oponer a las corporaciones, en la medida, claro, que esté dispuesto a jugarse a fondo por el futuro del país y de Nuestra América. La línea de Colectividades de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, en el que este trabajo se inserta, y que cuenta además en nuestro caso con el apoyo del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), es una de las seis de la Unidad de Proyectos y Programas Especiales (UPPE). Tiene como objetivo promover el respeto a la diversidad cultural y la inclusión social, así también como fomentar el intercambio entre las diversas colectividades que pueblan el territorio argentino, a través de la difusión de sus valores, costumbres y prácticas -sin olvidar, por cierto, su situación económica y los problemas que los afligen-, a fines de fortalecer la diversidad cultural que siempre caracterizó a nuestro país. Más allá, cabe añadir, de la esfera del conflicto, que incluye la discriminación, la explotación del otro y hasta el genocidio. Esto fue constante en nuestra historia, e imprimió marcas indelebles en literatura y el teatro. El proyecto “Bolivianos y peruanos en Argentina: Aportes andinos a nuestra diversidad cultural”, que pertenece a la mencionado línea de trabajo, se propone dar a conocer, mediante el presente libro y los dos videos que lo acompañan, los aportes realizados por dichos pueblos al desarrollo cultural y material de nuestro país. El propósito que lo anima es profundizar tanto en su cosmovisión –heredera de la gran civilización andina, que el Noroeste argentino comparte- como en sus valores humanos y artísticos, tomando como método la polifonía de voces y experiencias de vida, para que sean ellos mismos quienes se expresen y cuenten su historia. Se busca con esto fortalecer al diálogo intercultural, mostrar a los argentinos que ellos pertenecen a matrices culturales que se hunden en un tiempo inmemorial, y atacar así las distintas formas de discriminación y xenofobia. Sin el respeto a la diversidad cultural no puede existir una verdadera democracia, tal como lo entiende la UNESCO, en la certeza de que su reconocimiento contribuye a mejorar la calidad de vida de las sociedades que se confrontan, así como a la inclusión social de los inmigrantes. Pero la diversidad e inclusión social no deben quedar ancladas en la idea de tolerancia, porque ésta no sirve de mucho a la cultura y tampoco a la sociedad receptora. Es que ambas sólo se enriquecen cuando opera una verdadera interacción de matrices, un diálogo de lo diferente que es el único camino a la sabiduría y lo verdaderamente universal. Por otra parte, sólo confrontándonos podremos conocernos más a nosotros mismos, reconocer nuestras falencias, la enorme carga de prejuicios que siguen alejando hoy a buena parte de la población, y sobre todo a la clase dominante, del fecundo proyecto de Patria Grande. Si bien éste arrancó con fuerza en el proceso nuestra Independencia nacional y americana, como luego veremos, fue archivado por las maquinaciones de los imperios de turno, y también por la fascinación de las clases dirigentes con los modelos europeos, a los que suman hoy el norteamericano, donde hay mucha técnica, pero pocos valores. El libro se abre con una breve relación del origen y desarrollo de la civilización andina, una historia que se remonta a 6 mil años, y luego de atravesar culturas asombrosas por

el desarrollo de sus fuerzas productivas y la calidad de su arte, desemboca en los Incas, con la formación del Tawantinsuyo y su estructura política. Se habla así del complejo mundo simbólico de los quechuas, de los principios filosóficos y morales que regían esa civilización, de su agricultura y ganadería, de la distribución de la tierra y en especial de la comunidad andina, que aún sobrevive con gran fuerza, manteniendo sus principios de solidaridad y reciprocidad, y cuyo espíritu marca profundamente a los inmigrantes que llegan a nuestro país a vivir de una pequeña agricultura orientada a la alimentación. Se pasa luego, siempre brevemente, a la Colonia, donde Bolivia, llamada entonces el Alto Perú, formaba parte del Virreinato del Río de la Plata, con el gran prestigio que le daba su minería y su Casa de la Moneda, instalada en la Villa Imperial de Potosí. Tras detenerse en las rebeliones de Túpac Amaru II y Tomás Catari, se menciona el papel que jugó la Universidad de Chuquisaca en la formación del ideario de la Revolución de Mayo y la Independencia argentina, desplazando en esto a la de Córdoba, de tendencia conservadora, clerical y realista. Bolivia pudo haber formado un solo país con Argentina, de no ser por los serios errores políticos de los unitarios porteños, que frustraron esa unión, logrando que el Alto Perú se harte de nosotros y declare su propia independencia en 1825. Así hoy observamos que el sustrato cultural formativo del Noroeste argentino proviene de esta civilización andina, que no se termina con la conquista española. Se habla por eso para el NOA de un horizonte cultural colla, así como el guaraní marca al Litoral argentino y el mapuche a la Patagonia. Todo esto debe saberse, para subrayar no sólo lo que nos diferencia –sin minimizar a ésta, por los aportes valiosos que hacen a la diversidad cultural-, sino también lo que nos une. Luego de tan larga introducción, el libro aborda la historia y características de la inmigración boliviana y peruana en el siglo XX, tomando especialmente en cuenta la memoria transmitida por tradición oral de los inmigrantes, así también como los textos escritos que pudimos consultar, publicados o inéditos. El capítulo VI se extiende en el análisis de los diversos aspectos de la realidad actual -o sea lo que va del siglo XXI- de los inmigrantes de este origen y las organizaciones que formaron, para saber cómo conciben su futuro, cuáles son sus demandas y sus sueños, y qué mensaje desean transmitir a los argentinos. En este contexto se da relevancia a los valores y referencias identitarias de los hijos de bolivianos y peruanos que nacieron aquí, y que por lo tanto son argentinos, aunque muchos la tomen como una segunda identidad . En el capítulo VII se incorporan fragmentos seleccionados de los testimonios de los inmigrantes bolivianos y peruanos y sus hijos nacidos aquí, en sendos apartados precedidos por una historia de vida. Ellos son el mejor parámetro para que cada cual pueda evaluar la legitimidad de nuestras interpretaciones. El último capítulo junta algunos textos que consideramos valiosos, a modo de anexos. Cabe destacar que no se trata de un libro académico y, por dicha razón, prescindimos de las citas al pie de página, aunque se menciona en el texto a los autores cuando corresponde, y también el título de la obra. El DVD que acompaña al libro contiene dos videos. Uno se titula Sangre boliviana, giro muy usado por las personas que entrevistamos de esta colectividad para enfatizar su identidad, y el otro Son del Perú, que superpone un

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verbo que indica pertenencia y el género musical de dicho país traído hoy al Río de la Plata por los afro-descendientes. Los registros y testimonios que los componen evitan toda concesión a lo exótico y el folklorismo, como también la tentación paternalista de abordarlos desde la pobreza extrema en la que a menudo transcurre su vida. La mirada superficial del prejuicio suele considerar miserables a aquellos que su propia miopía les impide ver: seres arraigados en la solidaridad y reciprocidad de una cultura milenaria, con una identidad definida por valores éticos y un alto sentido de la dignidad. Miserables, desde la mirada de ese otro, serían los que fundan su ser en la rapiña y el estado de su cuenta bancaria, sin cultivar más valores que los del consumo, y también los pobres de esta tierra cuyo mundo simbólico fue demolido por décadas de despiadado bombardeo neoliberal. Los bolivianos se quejan de que, cuando la televisión se ocupa de ellos, se detiene en la precariedad de sus viviendas, en la basura y el barro de las calles, así como en las imágenes de la miseria que les salen al paso, pero no en lo que ellos piensan y sienten, que es lo que define a la postre a las personas y los pueblos. Otra cosa que atrae a este ojo intruso son sus fiestas y rituales, a los que convierte en hechos exóticos, y no sólo diferentes. La visión economicista desconoce el sentido profundo de la fiesta popular, considerándola un derroche de recursos de gente de baja cultura que sólo piensa en divertirse y no en trabajar, lo que explicaría por qué se hallan en tal situación. Por eso no documentamos la pobreza y eludimos los rituales, aunque no la preparación de ellos. Usamos un fondo negro para potenciar al máximo el nivel comunicacional del entrevistado, sin distraernos con escenarios y objetos que resten eficacia a sus palabras, afectando su contenido de verdad. La cámara es fija, ascética, y jamás juega con la imagen ni la usa para otros fines. Los registros de foto fija y video que aluden a sus rituales, y que van como insertos, están tomados por ellos, con lo que privilegiamos su propia mirada, o sea, la mirada desde adentro. Creemos que esta estética minimalista, cargada de proximidad y realizada con una tecnología también mínima, produjo el digno resultado que deseábamos, no sólo una descolonización de la imagen, sino también una serie de testimonios y despliegues que golpean en lo emocional, porque la única, o la mejor manera, de combatir la discriminación es poner en evidencia la humanidad del otro. Asumimos en la escritura el hecho de que se trata de una obra institucional, enmarcada en la política formulada por el actual Secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, cuyo objetivo es servir a esa Patria Grande a la que ya consagramos buena parte de nuestras vidas. Agradecemos especialmente a la Jefatura de Gabinete de dicha Secretaría, a cargo de Alejandra Blanco, el haber confiado en nosotros para realizar este trabajo, al que impulsó con plena convicción, afectando a tres personas calificadas de su equipo para que nos asistan, y facilitándonos los recursos necesarios. Por honestidad intelectual, evitamos caer en una defensa almidonada de nuestra idiosincrasia y los puntos de vista del “ser nacional”. El camino a la diversidad exige una tan sincera como rigurosa autocrítica de la sociedad que discrimina, señalando sus injusticias y las deformaciones ideológicas que arrastra, como se hace cuando uno dialoga con un hermano para cerrar las heridas del pasado. Y en este caso particular nuestros

hermanos son los bolivianos y peruanos que decidieron dejar su tierra natal y venir, con su mochila cargada de símbolos, a trabajar por nuestro desarrollo económico y embarcarse en la dialéctica de lo intercultural. Entonces, bienvenidos sean. Los autores Buenos Aires, noviembre de 2011

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Índice

Índice

Presentación del Secretario de Cultura de la Nación. Nota preliminar. Prólogo.

75 Capítulo 5 La inmigración andina en el siglo XX

19 Capítulo 1 La civilización andina

1. Civilización o civilizaciones andinas. La cultura valdivia 2. Período Precerámico en Perú 3. Chavín de Huantar 4. Paracas 5. Período Clásico. Los Mochicas 6. La cultura nazca 7. Tiahuanaco y Huari 8. Las culturas del Posclásico. Los Chimú 9. Los Incas

39 Capítulo 2 La Conquista y la Colonia

1. El ocaso de los Incas 2. La Conquista del Noroeste argentino.Vínculos territoriales con el Alto Perú 3. La gran rebelión de Túpac Amaru II y Tomás Catari 4. La Universidad de Chuquisaca

51 Capítulo 3 Las guerras de la Independencia

1. El papel del Alto Perú en nuestra Independencia 2. Juana Azurduy de Padilla 3. La gesta americanista de San Martín 4. El Congreso de Tucumán de 1816 5. Personajes andinos de nuestra Independencia

65 Capítulo 4 Los Collas

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1. Breve historia de los Collas 2. La cultura colla 3. Los Collas hoy 4. Los Kallawayas

1. Ricardo Jaimes Freyre 2. Breve historia de la inmigración boliviana y peruana a Argentina 3. Aportes bolivianos a nuestra diversidad cultural 4. Aportes peruanos a nuestra diversidad cultural

95 Capítulo 6 Los bolivianos y peruanos hoy

1. Racismo, discriminación y xenofobia 2. Idas y vueltas de la identidad y la nostalgia 3. La integración latinoamericana 4. Las formas de la violencia 5. Entre la libertad de trabajo y la servidumbre laboral 6. Cultura del trabajo y trabajo infantil 7. Vivienda y salud 8. Educación 9. Documentados e indocumentados 10. La cuestión de los valores 11. La cultura andina y medioambiente 12. Organización y espacios sociales 13. La mirada de los otros

137 Capítulo 7 Testimonios de los inmigrantes

1. Testimonios de residentes bolivianos 2. Testimonios de residentes peruanos

169 Capítulo 8 Otros textos 1. Juana Azurduy pierde a sus cuatro hijos, por Julia Vargas-Weise 2. Nuestra historia y la integración, por Gabriel Servetto 3. Entrevista con el antropólogo Alejandro Grimson 4. La discriminación en Tucumán 5. La Cooperativa Boliviana “6 de Agosto” recibió un premio de la Fundación del Banco Francés 6. Testimonio de vida 7. Mar de sal 8. Nuevos territorios, nuevas miradas

186 Bibliografía

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Capítulo 1

La civilización andina 1. Civilización o civilizaciones andinas. La cultura valdivia

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La cadena montañosa de los Andes, que cruza de arriba abajo el mapa de América del Sur, separando la costa del Pacífico, sobre la cual se recuesta, de las grandes llanuras que se extienden hacia el este, fue el escenario de un proceso civilizatorio complejo que, tras desembocar en el Incario fue cercenado por la conquista española. Suele considerarse al Tawantinsuyo como una gran síntesis de ese largo desarrollo evolutivo que cubre cinco mil años y aun más. No obstante, hay quienes prefieren hablar de “civilizaciones”, o sea, en plural, por más que los distintos pueblos compartieron numerosos valores y costumbres. Es que las culturas preincaicas fueron de a poco domesticando especies vegetales como el maíz, la papa, la calabaza, el poroto pallar y otras plantas que servirían luego para mitigar las grandes hambrunas de Europa, y también animales como la llama. Inventaron asimismo sorprendentes sistemas de irrigación y el cultivo en terrazas para aprovechar las pendientes de los cerros y contener la erosión, mientras empezaban a trazar las redes camineras y lograban sorprendentes avances en la metalurgia, el arte de la cerámica, la arquitectura y el tejido. Turistas de todo el mundo visitan hoy sus templos y santuarios, sus palacios, fortalezas y urbanizaciones, que los arqueólogos siguen sacando a la luz tras siglos de olvido, junto con exquisitos ajuares funerarios, como los del Señor de Sipán, de los mochicas. Junto con la Olmeca del Golfo de México, la Cultura Valdivia, que se desarrolló en la Costa ecuatoriana, es considerada madre de América y puntal de la civilización andina. Se supone que se formó con grupos que migraron desde la Amazonía hacia allí hacia el año 6000 a. C., mezclándose con pescadores que utilizaban vasijas elementales de arcilla cocida y practicaban formas muy primitivas de agricultura. Hacia el año 3500 años a. C. conformaban ya un importante polo cultural. En la delicada cerámica de esta cultura se destacan las llamadas “Venus de Valdivia”, pequeñas figuras de terracota de mujeres con ricos peinados, pinturas corporales y vestidos que dan cuenta de una estructura social jerarquizada, y que representarían los restos cerámicos más antiguos de América. Se encontraron también cosmogramas tallados en piedra, los que además de indicar un conocimiento astronómico probablemente aplicado a una agricultura incipiente, pueden tomarse como una proto-escritura, e incluso como obras de arte abstracto, que instalan a este estilo en el origen de la visualidad americana. Dicha cultura se extiende hasta 1800 a. C. (otra fuente la lleva hasta el 1500 a. C). El principal alimento de este pueblo provenía de la pesca, la recolección de moluscos en la costa del Pacífico y la caza. En los sitios de Valdivia y Río Alto se hallaron restos de cultivos de maíz, de calabaza, de porotos pallares o alubias, de yuca y camote, así como de algodón, aunque pertenecen

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 1. La civilización andina

Arriba Figuras femeninas de la cultura Valdivia. Fundación Hallo, Quito. Derecha Cosmograma de la cultura Valdivia, que puede leerse como un arte abstracto que se remonta a casi 6 mil años atrás. Fundación Hallo, Quito.

al parecer a una fase más tardía de su desarrollo. Tanto esto como su arte dan cuenta de una sociedad compleja que precede a la de Chavín de Huantar e incluso a la Olmeca. Según algunos estudios recientes, en sus centros ceremoniales habrían existido observatorios astronómicos. De ser esto confirmado, serían los primeros de América. Curiosamente, dicha cultura fue descubierta recién en 1956, por el arqueólogo Emilio Estrada. En la mentalidad de la sociedad andina existía una temprana concepción del valor que posee la ocupación y explotación de recursos ubicados a distintas alturas. Se obtenía así una complementación económica que favorecía la diversificación productiva orientada hacia la autosuficiencia. En los Andes Centrales del Perú se ve el afán serrano de unirse al costeño, y de ambos por sacar provecho de los valles interandinos. John Murra habla en este sentido de control vertical de un máximo de pisos ecológicos. Las relaciones comunitarias andinas, basadas tanto en la diversidad ecológica como étnica, estructuran su visión de los opuestos desde la complementariedad y no desde la exclusión o rechazo de lo opuesto. Se vincula de este modo a las tierras de arriba con las de abajo; el Urkosuyo (región del cerro) con el Umasuyu (región del agua); lo masculino y lo femenino, y así. Derivan de allí conceptos tales como tinku (encuentro de contrarios), kuti (alternancia de contrarios), ayni (ayuda mutua) y muchos otros, que incluyen el terreno del arte.

2. Período Precerámico en Perú

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Se considera que en un tiempo remoto, que iría desde el 4000 al 3000 a. C., los cazadores-recolectores que poblaban la región desarrollando formas primitivas de cultura habían logrado ya domesticar algunas plantas, como la calabaza, y animales como

el perro, los cuyes o conejillos de Indias y acaso también camélidos, a cuya caza se dedicaban en la Sierra para alimentarse, así como los pobladores de la costa cazaban mamíferos marítimos. Se cree que la llama es producto de una domesticación y cruza de los guanacos de mejor lana que hicieron hace unos 5 mil años los habitantes de la Sierra Central. La alpaca provendría de un proceso semejante, hecho a partir de la vicuña mucho tiempo después. Tal domesticación hizo posible que en forma progresiva los pueblos se fueran sedentarizando. En la Costa peruana dan cuenta de esto los asentamientos de Huaca Prieta, en el valle de Chicama, y Aspero, mientras que en las zonas altas lo prueban los yacimientos arqueológicos de Kotosh y La Galgada. En 3500 a. C. existía ya el tejido de fibras vegetales trenzadas. Hacia el año 2500 a. C. se habría empezado a cultivar el algodón, lo que permitió el desarrollo de los tejidos. El cultivo del maíz, que revolucionó la agricultura por su potencial alimenticio, habría comenzado hacia el año 2350 a. C. Algunos autores datan en esa fecha la aparición de la cerámica en Perú, aunque el fragmento cerámico más antiguo de ese país corresponde a Kotosh, y se lo dató en 1800 a. C. La cultura Guañape, en la Costa Norte, producía ya hacia esa fecha unas vasijas toscas, de finalidad puramente utilitaria y carentes de toda decoración, destinadas primero a reemplazar a las calabazas como recipientes para los líquidos, y luego para cocinar alimentos sobre el fuego. En la fase final del Período Precerámico, entre el 2700 y 2000 a. C., con el crecimiento demográfico posibilitado por la agricultura aparecieron los primeros edificios de carácter público y ceremonial, construidos con piedras y adobes.

3. Chavín de Huantar El Período Formativo –que otros llaman Horizonte Temprano– se despliega desde 2000 a. C. hasta 100 d. C. En él se desarrollan y arraigan diferentes formas de expresión artística y técnicas que habían aparecido en el Precerámico. Lo que lo define es el inicio de la cerámica, probablemente traída de Ecuador, donde tuvo un desarrollo temprano con la cultura Valdivia, y luego con la Machalilla y La Tolita. Los centros ceremoniales de la costa y de las tierras altas adquieren en este período una gran relevancia. En el sitio arqueológico costeño de Garagay se encontraron los primeros ejemplos de frescos policromados en las paredes. En Cerro Sechín se hallaron restos de trabajos en madera que datan de 1519 a. C. y manifestaciones de una cerámica inicial, mientras que en el yacimiento de Mina Perdida se encontraron láminas de cobre trabajadas en 1250 a. C. Hacia el año 900 a. C. –y no en 1300 a. C., como antes creyeran los arqueólogos–, en los albores del llamado Horizonte Temprano, se desarrolla Chavín de Huantar, centro urbano construido en la actual provincia peruana de Huari, sobre un afluente del río Marañón, a casi 3200 metros sobre el nivel del mar, que se habría proyectado como el primer gran polo civilizatorio de los Andes Centrales. No obstante, la ausencia en la zona de tierras cultivables lleva a suponer que se trató más de un centro ceremonial que de una ciudad densamente habitada. El Castillo, su edificio más destacado, muestra una

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O sea, más que un centro de expansión militar, habría sido un polo de irradiación cultural y de intercambio de bienes, por su agricultura irrigada con canales, su metalurgia del oro y los artículos suntuarios que produjo. El culto del Dios Jaguar, el Dios de las Varas y otros personajes emblemáticos de la mitología andina, habría sido fomentado por predicadores itinerantes. Su esplendor se mantenía con el trabajo tributario de miles de personas que habitaban en aldeas distantes. Pero la fuerza de estos mitos estaba cifrada en el arte admirable con el que se los presentaba, definiendo un estilo caracterizado por su marcada tendencia a la geometría, el simbolismo y la abstracción, cuya influencia se irradió hacia regiones lejanas, marcando con una fuerte impronta la historia del Perú antiguo. Esta tesis se desarrolló porque la carencia de unidad política impide hablar de un Imperio Chavín. Su dominio, como se dijo, se ejerció más bien a través del intercambio de objetos suntuarios utilizados con fines ceremoniales u ofrendas fúnebres, los que incluían objetos de oro, la gran innovación de esta cultura. El Horizonte Chavín se disolvió del mismo modo misterioso en que se formó. En la Costa Norte se desarrolló entre esos siglos la cultura Cupisnique, llamada también Chavín Costero. Sus casas tenían un diseño cónico y se construían con piedra y adobe. Conocían el oro, al que recogían probablemente de los ríos en forma de pepitas y lo martillaban para producir adornos, que se sumaban a los de turquesa o concha. O sea, no lo fundían. Practicaban la deformación craneana. Se cerámica era de un color rojo oscuro o café. Si bien por lo común las piezas se modelaban a mano, se hallaron indicios de que al final usaron moldes. La gran mayoría estaba decorada con bajorrelieves, pero no se encontraron rastros de pintura.

4. Paracas Fragmento de un tejido que muestra al Señor de las Varas, de la cultura Chavín.

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complicada red de pasillos y habitaciones comunicadas por rampas y escaleras interiores. La imponencia de esas ruinas llevó a los españoles a pensar que habían pertenecido a una raza de gigantes, como lo testimonia el relato del cronista Pedro Cieza de León. Esta cultura ha sido comparada con la Olmeca de la costa del Golfo de México, con la que guarda varias similitudes. Según Julio C. Tello, padre de la arqueología peruana, Chavín sería la cultura matriz de la civilización andina, sitial que reservamos en el parágrafo anterior a la cultura Valdivia. Si bien no cabe discutir su papel en buena medida precursor en el territorio peruano, estudios más recientes relativizan su influencia en el surgimiento de otros centros ceremoniales en la región costera, donde se ha demostrado que hay más antiguos, y que la influencia cultural operó más bien en sentido contrario, yendo de la Costa a las tierras altas. Desde su creación, y hasta el 200 a. C., consolidó un poder religioso de fundamental relevancia para el mundo andino, por tratarse de un sitio de intenso peregrinaje.

La cultura Paracas se desarrolla en los últimos tiempos del Horizonte Temprano y entra en el llamado Período Intermedio Temprano, donde alcanza su desarrollo. En este período, cuyo apogeo se da en los Andes Centrales entre el 400 a. C. y el 100 d. C., se gestan los estilos cerámicos regionales que habrán de caracterizar luego al Período Clásico. Paracas creció en la Costa Sur, sobre la península de Pisco, y presenta dos fases o manifestaciones, por más que ambas sean sólo cementerios: Paracas Cavernas y Paracas Necrópolis. En la primera, se hallaron alrededor de 40 personajes envueltos en exquisitas mantas. La llamada Paracas Necrópolis consiste en habitaciones subterráneas que cubren 260 metros cuadrados, en las que se encontraron 429 momias cubiertas de telas en perfecto estado de conservación, gracias a la aridez del suelo. El textil fue el mayor logro de esta cultura. Hay lienzos de una sola pieza que alcanzan los 25 metros de largo, lo que supone el trabajo conjunto de varias mujeres. Estas mantas, catalogadas entre los más bellos tejidos de América indígena y el mundo, son suaves al tacto y de una extensa gama de colores. Sus motivos representan mamíferos, peces, aves y seres humanos. Poco se sabe de quienes las confeccionaron, pues en los alrededores no hay indicios de que la zona hubiera sido habitada. Por la semejanza de estos tapices con la cerámica de

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Nazca y la cercanía de este lugar, se piensa que pueden provenir de allí. La cerámica de Paracas Cavernas se asemeja más a la de Chavín y Cupisnique, lo que llevó a algunos autores a pensar que se tratan de dos culturas distintas, aunque emparentadas. En este período, en la Sierra Sur se empieza a trabajar el cobre. La cultura de los Andes Centrales se abre con el Período Inicial, que coincide, como se dijo, con la aparición de la cerámica. Le sigue el Horizonte Temprano, marcado por la difusión de Chavín. Luego el Período Intermedio Temprano, caracterizado por el desarrollo regional que interrumpe la expansión Tiahuanaco-Huari u Horizonte Medio. A ése sucede el Período Intermedio Tardío, y finalmente el dominio incaico, que es el Horizonte Tardío. La secuencia parece ser la misma en todas las regiones andinas, aunque no en forma contemporánea, es decir, con desfasajes temporales. Así, el Período Inicial se ubica en Ica hacia 1500 a. C., y en otras zonas, comienza antes o después. Los únicos fenómenos simultáneos son los provocados por la unificación cultural panandina.

5. Período Clásico

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Los Mochicas Este período se despliega entre los años 100 y 1200 d. C. A comienzos de nuestra era la agricultura se había ya generalizado en los Andes Centrales, comprendiendo una gran cantidad de especies. Los sistemas artificiales de irrigación anegaban grandes extensiones, y se usaban fertilizantes para potenciar el rendimiento. La consolidación de estructuras políticas desarrolla un militarismo expansivo que prepara el camino de Tiahuanaco-Huari, el segundo horizonte panandino. En el Clásico Temprano (100-800 d. C.) se da el auge de la cultura Mochica, Gallinazo y Recuay en los valles de la Costa Norte. En la Costa Central, la cultura Lima, mientras que en la Costa Sur florece la cultura Nazca. En la Sierra Central, cerca de Ayacucho, está la cultura Huarpa-Ayacucho, y en la cuenca del Titicaca, la de Tiahuanaco. La cultura Mochica tuvo su principal centro ceremonial y administrativo en el valle de Moche, en la Costa Norte del Perú. Dicho centro se caracteriza principalmente por dos pirámides gemelas, hechas de adobe y en forma escalonada, a las que los arqueólogos bautizaron como Huaca del Sol y Huaca de la Luna. La primera ocupa una superficie de 228 por 136 metros, y su altura original era de 48 metros. Lo que más sorprendió en el tiempo de su descubrimiento fueron sus grandes canales, como el de Chicama, que alcanzaba 113 km de largo, y el de Ascope, de casi dos kilómetros apenas, pero a 15 metros de profundidad. Hay restos de construcciones que se consideran fortalezas militares. Los Mochicas alternaban la agricultura con el comercio y la guerra. Abonaban la tierra con guano de aves marinas. Cultivaban maíz, calabaza, frijol, maní, camote, chirimoya, papa y yuca. La coca se usaba para fines ceremoniales y medicinales. Además de venados y otros animales terrestres que cazaban, comían peces, mariscos, focas y lobos marinos. La llama era su principal animal doméstico, pero criaban también perros,

Figura en oro y turquesa de un guerrero mochica hallado en la tumba del Señor de Sipán.

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patos, cuyes y loros. Conocían el arte del tejido, y perfeccionaron las técnicas de trabajar el oro, la plata y el cobre, realizando obras que les granjearon un gran prestigio. Complementaban la orfebrería con el pulido de piedras preciosas, como el lapislázuli y la turquesa. Pero su mayor aporte artístico fue sin duda la cerámica. En los museos se pueden ver sus vasos-retratos, jarras con asa con forma de edificios, dioses, animales y escenas varias. La mayoría de los tiestos se moldeaban en piezas separadas, lo que permitía la producción en serie de huacos a los que la pintura y la decoración transformaban luego en piezas únicas. Las pinturas hechas en ellos representaban escenas bélicas, de captura y sacrificio de prisioneros, partidas de caza y rituales cuyos protagonistas son sacerdotes brujos y divinidades híbridas, que reúnen rasgos animales y humanos. El hallazgo de numerosos huacos de parejas haciendo el amor en diversas posiciones llevó a que se considerase a esta cultura el mayor centro erótico de la América precolombina. Construyeron una gran red de caminos, recorridos por mensajeros que portaban sus recados en bolsas de cuero. Esta cultura desapareció en el 600 d. C., por causas que no pudieron establecerse, incorporándose al imperio de Tiahuanaco-Huari. Muchos de sus sitios fueron ocupados luego por los Chimú. Los estudios sobre esta cultura fueron revolucionados cuando en 1986 unos saqueadores de tesoros antiguos descubrieron la tumba del Señor de Sipán, en un sitio de la costa peruana llamado Huaca Rajada, sobre la ruta que une a Trujillo con Chiclayo. Se lo llamó de inmediato el “Faraón de América”, al compararse su tumba con la de Tutankamón, por el nivel de suntuosidad. El Señor de Sipán se ha convertido hoy en el más fascinante emblema del Perú preincaico. En el lugar de las ofrendas los arqueólogos desenterraron 1300 vasijas, descubrimiento al que siguió el hallazgo de los restos de un guerrero con escudo, el guardián de la tumba. Más abajo del guardián encontraron un techo sostenido por vigas de algarrobo, bajo el cual se halló un sarcófago de madera desintegrado con los restos de un hombre con un cetro y diez pectorales dispuestos uno encima del otro sobre el pecho, donde había también un collar con 72 esferas de oro en degradé, una nariguera y otros adornos maravillosos. Su cráneo estaba sobre un plato de oro, y sus ojos y nariz eran de este metal. En su mano derecha tenía un lingote de oro, y en la izquierda otro de plata. Completaba su ajuar un abanico de plumas con mango de cobre y finos brazaletes con cientos de cuentas de turquesa. Junto a este difunto tan enjoyado se encontraron los restos de esclavos y concubinas, junto a los de un perro y algunas llamas, todos sacrificados para acompañarlo en su viaje al más allá. En 1990 esta cultura dio otra sorpresa, al descubrirse en el valle de Chicama el llamado Templo del Brujo, una pirámide de adobe de 30 metros de altura, cuyas paredes están decoradas con relieves policromados que representan, entre otros motivos, un desfile de personajes masculinos de tamaño natural. Por hallarse estos completamente desnudos y con una cuerda al cuello que los une, se supone que eran prisioneros destinados al sacrificio. El Museo de las Tumbas Reales de Sipán, donde pueden apreciarse los mejores logros de esta cultura, se construyó en Lambayeque, en el norte del Perú, y fue inaugurado en 2009.

Geoglifo de la Pampa del Ingenio atribuido a los Nazcas, al que se bautizó como “El astronauta”. Al igual que los otros, son sólo visibles desde una gran altura

6. La cultura nazca La cultura nazca, que surgió en el litoral desértico de la Costa Sur del Perú, representa otro gran aporte al desarrollo de lo que llamamos civilización andina. Sus raíces se remiten a la cultura Paracas, a la que parece continuar, según establecieron algunos autores. No construyó grandes estructuras de adobe ni de mampostería en piedra, aunque se hallaron vestigios arquitectónicos de algunos centros de poder, como Cahuachi, centro ceremonial más que urbano, que habría cumplido al parecer la función de polo hegemónico entre los años 100 y 500 d. C., como sede de una fuerte teocracia. Las fastuosas sepulturas de personajes de alto rango hablan de una sociedad muy especializada y altamente estratificada, con un buen nivel de desarrollo pesquero y agrícola. Para posibilitar esta última, fertilizando terrenos áridos y arenosos. y también para abastecer a su población, construyeron largos acueductos

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subterráneos que traían este vital elemento desde las montañas a los valles, así como un complejo sistema de regadío. Acaso lo que más asombra de esta cultura es su refinada cerámica policromada, menos realista que la Mochica pero de mayor simbolismo en sus motivos y con representaciones de seres mitológicos híbridos y hasta monstruosos. Subrayan también las pinturas en huacos el culto a la cabeza-trofeo, originado al parecer en Ecuador y ya bastante difundido en la región andina, que implica la decapitación ritual y arduas construcciones simbólicas para potenciar su sentido. Los Nazca utilizaron al menos diez colores en este arte: escarlata, rosa, anaranjado, amarillo, blanco, verde, café, azul, gris y negro. Además de seres mitológicos, representaban aves, peces, insectos y otros animales, así como plantas y figuras antropomorfas. El diseño típico consiste en una vasija con dos vertederas unidas por un puente. También despertaron admiración las grandes telas que se hallaron en las tumbas, resguardadas del tiempo por la sequedad del desierto. Están hechos con algodón y lana de llama, y muestran una diversidad de técnicas. Sus diseños se asemejan a los de la cerámica, y sus colores son los mismos. Trabajaron también el oro y la plata en piezas de singular belleza, y dejaron excelentes expresiones de arte plumario. Fueron al parecer muy aficionados a la música, según se desprende de la gran cantidad de flautas de pan, tambores, sonajas y otros instrumentos que se ven en las decoraciones de su cerámica. En una zona desértica denominada El Ingenio se descubrieron geoglifos de líneas y formas geométricas atribuidas a los Nazca, que representan animales gigantescos y plantas que sólo pueden ser observados desde el aire, lo que ha dado pie a numerosas especulaciones, que incluyen fantasías extraterrestres. Serían al parecer representaciones idealizadas de las constelaciones, las que unidas al hecho de que muchas líneas apuntan hacia los solsticios y equinoccios, indicarían un temprano desarrollo de la astronomía realizado hacia el año 550 d. C., tesis reforzada por diseños semejantes hallados en los textiles de esta cultura. Ello no obstante, algunos arqueólogos las consideran más antiguas.

7. Tiahuanaco y Huari

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Tiahuanaco es una ciudad construida en el Altiplano de Bolivia, a 4000 m de altura. Sobre esa tierra fría y ventosa, cubierta por paja brava, se elevan sus estelas, monumentos y edificios labrados en grandes piedra transportadas desde puntos distantes del lago Titicaca. Aunque no faltan autores que le atribuyen diez mil años de antigüedad y la toman como punto de partida del proceso civilizatorio de los Andes, su historia fue dividida en cinco períodos o fases que cubren doce siglos de la era cristiana, con un asombroso desarrollo cultural, al parecer totalmente autónomo. Trabajaban el oro, la plata y el cobre, fabricando adornos que eran símbolos de poder. Se la llamó “civilización de la papa”, pues fue posible gracias a este tubérculo, por no ser tierras propicias para el cultivo del maíz. Ya hacia el siglo V conformaba una verdadera urbe. El símbolo mayor de esta cultura es la Puerta del Sol, de tres metros de altura, en cuyo dintel se

Arriba El gran dios Viracocha, creador de la vida, en la Puerta del Sol de Tiahuanaco. Derecha Cerámica policromada de la cultura Huari.

ve la figura de un dios solar al que se ha identificado con Wiracocha. Su edificio más grande es la Acapana, que consta de una pirámide escalonada de 15 m de altura. Otro edificio célebre es el palacio, por la serie de cabezas antropomorfas que lleva embutidas en el muro. Se destaca asimismo por la presencia de grandes esculturas monolíticas, con figuras antropomorfas. Sobresale entre ellas la estela Bennett, de 7,30 m de alto, que representa un hombre con cabeza rectangular cubierta por un tocado. En la fase IV, la cerámica de esta civilización se considera clásica por el refinamiento que alcanza, sobresaliendo los keros, altos vasos que por lo común tomaban la forma de rostros de prominente nariz aguileña. La decoración policroma despliega motivos geométricos, aunque también se encuentran en ella felinos y cóndores. El avance de la metalurgia los llevó a descubrir el bronce, aleación del cobre y el estaño. También en la fase IV Tiahuanaco inicia su expansión hacia los valles cercanos del altiplano, buscando alimentos que no se producían en él. Pero no se encontraron rastros de conquistas militares, lo que sería indicio de que se expandió más bien por su influencia cultural, al igual que Chavín, entablando relaciones de intercambio con otros pueblos. Dicha fase daría comienzo a lo que Ponce Sanginés llama “estadio imperial”, el que habría puesto término al clásico temprano de esta civilización. No obstante, hasta el día de hoy no se pudo establecer a ciencia cierta si fue la capital de un vasto imperio o tan sólo un gran centro ceremonial de avanzada astronomía. Se cree que las variedades de papas que cultivaron llegaban a mil, para adaptarse a los distintos nichos ecológicos y las diferentes temperaturas. Hay quien da cifras mayores. Hoy subsistirían sólo en el Perú no menos de 400. Son también diversas las variedades de maíz, alimento americano por excelencia, consagrado por las distintas mitologías

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indígenas, desde el Pop Wuj de los Quiché en adelante. La principal novela de Miguel Ángel Asturias, el escritor guatemalteco premiado con el Nobel, se titula justamente Hombres de maíz. El período clásico tardío de esta civilización (800-1200 d. C.) corresponde a su fase V. El surgimiento en dicho período de otro centro urbano, Huari, emplazado a 725 km al noroeste de Tiahuanaco, y a sólo 25 de la actual ciudad peruana de Ayacucho, dio lugar a la conquista de territorios vecinos, que llegó a unir políticamente a las culturas regionales del clásico. Hacia el siglo IX, Tiahuanaco-Huari había uniformado ya a gran parte de los Andes Centrales. Tanto en la cerámica como en los tejidos se repiten los motivos de la Puerta del Sol. Si bien esta expansión fue en buena medida cultural y comercial, sin rechazo a las creencias religiosas de los otros pueblos, cuyos dioses eran sumados a su panteón, no se puede menoscabar el plano militar Hoy se estima que el poderío de Huari debió afirmarse en un fuerte ejército, que le permitió extenderse hacia la costa y el norte cuando la presión demográfica lo impulsó a ello. Pero aún se preguntan los arqueólogos si Tihuanaco-Huari llegó a conformar un imperio, y de ser así, qué ciudad fue su capital. Por lo pronto, la total ausencia de fortalezas avala el hecho de que Tiahuanaco y Huari no fueron Estados rivales, sino asociados, y por eso se los une con un guión. A través de Huari, Tiahuanaco influyó culturalmente sobre gran parte de los Andes Centrales, convirtiendo a las aldeas que se movían en un universo mágico-religioso en centros urbanos con un marcado sello secular. En lo técnico, entre otros aportes, difundió el uso del bronce en los Andes Centrales. Pachacamac, en las cercanías de Lima, y Cajamarca, en el valle de Marañón, parecen haber alcanzado el nivel de Huari, como provincias cabeceras de este proceso civilizatorio.

8. Las culturas del Posclásico

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Los Chimú La última etapa del desarrollo evolutivo en los Andes Centrales va desde la ruptura del llamado horizonte Tiahuanaco hasta la conquista española, o sea, de 1200 a 1533. En la fase temprana de este período se observa un lento alejamiento de la influencia de Tiahuanaco en las culturas regionales, que van de a poco recuperando sus antiguos estilos y tomando el control político pleno de su territorio, lo que provocó numerosas guerras entre los señoríos. La fase tardía corresponde a la expansión y afianzamiento del Estado Inca. En la fase temprana, los intercambios comerciales alcanzaron un gran desarrollo. Se sabe que buena parte de los caminos hoy englobados bajo el nombre de “Caminos del Inca” comenzaron en este tiempo. En dicha fase, entre los años 1000 y 1200 de la era cristiana, se desarrolló en la Costa Norte del Perú el reino Chimú, cuya prestigiosa capital fue Chan Chan. A los rasgos locales, añade la vieja herencia mochica y la más reciente influencia Tiahuanaco-Huari. De un simple conjunto de aldeas, los Chimú se convirtieron en un Estado poderoso, que se expandió hacia el norte y el sur del Valle de Moche. El centro cívico de Chan Chan ocupa 2 km2, mientras que sus construcciones aledañas

La llamada “Huaca del Dragón”, uno de los más importantes templos de Chan Chan, donde se observan sus frisos ornamentados.

cubren un área de 18 km2. En el plano urbano, representa la más grande ciudad del Perú antiguo, construida con adobes. Cada una de las diez o doce divisiones de su trazado contaba con un recinto ceremonial, un mercado, talleres, depósitos de agua y jardines públicos. En muchos de sus muros se observa todavía una decoración en bajorrelieve, confeccionada al parecer con moldes. La ciudad en sí no estaba fortificada, aunque se montaron fortalezas importantes en la frontera sur del reino, así como numerosas instalaciones militares, destinadas por lo común a proteger las tomas de los canales de riego, para resguardar la distribución del agua, una llave fundamental de poder de los señores sobre la población campesina. Se supone que este reino tomó su dimensión imperial hacia el año 1370, extendiéndose desde Tumbes a Lima. Los orfebres de Chan Chan fundían el oro, la plata, el cobre y el bronce, produciendo con dichos metales recipientes, utensilios, máscaras, joyas y otras obras de arte, a las que se considera lo más representativas de esta civilización y las más célebres del Perú antiguo. Cabe señalar que los Chimú heredaron la metalurgia de

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los Mochica, a la que perfeccionaron tanto en lo técnico como en lo estilístico. Muchos de sus orfebres serían llevados luego al Cuzco, cuando comenzó el reinado de los Incas. Su cerámica, en cambio, perdió la originalidad de las culturas precedentes, sin alcanzar un alto valor artístico. Sus huacos de color negro o rojo, producidos por lo común en serie y destinados más al uso cotidiano que al ritual, suprimen la rica policromía de las culturas precedentes y no presentan mayores innovaciones en lo formal. Eso sí, se ocuparon de recuperar y continuar con devoción el arte erótico de los Mochica. Los tejidos Chimú reproducen en gran medida los motivos geométricos y zoomorfos de los frescos en adobe estucado de Chan Chan. Aunque de hecho fue al revés, pues se considera que por lo general el arte textil inspiró a los demás. Sobresalieron asimismo por su notable arte plumario y sus lujosas indumentarias. La luna fue su principal divinidad.

9. Los Incas

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A pesar de que los descubrimientos arqueológicos en la región andina avanzaron significativamente en el siglo XX, el origen de la civilización incaica alberga aún enigmas, zonas en las que la historia se amalgama con la leyenda. Aun hoy, las principales fuentes siguen siendo los cronistas españoles del siglo XVI. Se sabe que una tribu que llegó a Cusco alrededor del año 1200, procedente del sur, estableció una dinastía fundada por Manco Cápac y Mama Ocllo, su esposa y hermana. Esta pareja real, considerada mítica por su carácter prístino y la escasez de referencias históricas, habría surgido, según la leyenda, de las aguas del lago Titicaca, por orden de Inti Viracocha, el dios solar. Dicho modelo real de casarse con la hermana, al igual que los faraones de Egipto, se mantendría hasta el final, por limpieza de sangre. Recién hacia el año 1400 los Incas lograron consolidar un verdadero Estado. Estudios más recientes sobre el origen del Incario lo vinculan estrechamente a Huari, el último reino poderoso en el desarrollo de la cultura andina, algo que además de ser lógico –pues toda civilización se afirma de algún modo en las que le precedieron en la región, sin partir jamás de cero– estaría corroborado por las leyendas. Se puede decir que la formación del Incario comenzó con Pachacútec Inca Yupanqui, el noveno monarca, a partir de cuyo advenimiento se pueden considerar realistas las fechas y los sucesos. En 1438 derrotó por completo al belicoso pueblo de los Chancas, que estuvo a punto de acabar con su tribu, e inició una política expansiva que lo llevó a ocupar, hacia el año 1450, la cuenca del lago Titicaca, sometiendo a Tiahuanaco y casi todo el territorio del pueblo Colla. Por el norte, sus conquistas alcanzaron la ciudad de Cajamarca, situada a mil kilómetros del Cusco. Los Chimú eran entonces tan pujantes en el norte como los Incas en el sur. Sus expansiones territoriales fueron casi contemporáneas. Los primeros avanzaban por la Costa, y los Incas por la Sierra Central, sin que hubiera entendimiento entre ellos. En 1460, Túpac Inca Yupanqui encabezó una expedición que lo llevó hasta Quito por la Sierra Central. Regresó luego por la Costa, arrasando Chan Chan y su imperio. En 1471

este brillante estratega es coronado como décimo Inca. Bajo su reinado el imperio adquirió los límites casi definitivos, incorporando en sucesivas expediciones el sur del Perú, el Altiplano boliviano, el noroeste argentino y el norte de Chile hasta el río Maule. Al morir Túpac Inca Yupanqui, en 1493, le sucedió su hijo Huayna Cápac, que fue también un gran militar y político. Durante su reinado, el Incario se expandió al norte de Quito, hasta el sur de Colombia. Llegó a tener así una extensión de 4000 kilómetros de norte a sur, y 500 de este a oeste, abarcando sin interrupciones territoriales desde el sur de Colombia al norte de Chile y noroeste de Argentina, superficie que, según un cálculo, se aproxima a un millón de kilómetros cuadrados. Murió en 1525, cuando llegaban las primeras noticias de la presencia española en la costa marina. El reino se dividió entonces entre Huáscar, hijo legítimo y designado heredero, y Atahualpa, hijo de una de sus concubinas, al que su padre había llegado a preferir por sus méritos Huáscar es coronado en Quito, y Atahualpa, su medio hermano, en el Cuzco. Tal dualidad dio origen a una guerra civil que duró siete años (1525-1532), y terminó con la derrota y muerte de Huáscar en Cajamarca, el mismo sitio en que luego sería apresado Atahualpa por Pizarro. El Cusco fue la orgullosa capital y centro de conjunción de las cuatro suyos (regiones), considerado por eso el ombligo o corazón del mundo. Al norte estaba el Chinchasuyo, el Collasuyo al sur, el Antisuyo al este y el Contisuyo al oeste. Cada suyo se dividía a su vez en provincias, que correspondían antes a las tribus y pueblos, gobernados por los Tukrikuks. Al producirse la Conquista, el Cuzco tenía una población cercana a los 300 mil habitantes, no superada entonces por ninguna ciudad europea, y semejante a la que tenía Tenochtitlan al ser conquistada en 1521. Era un verdadero centro cosmopolita, aunque su acceso estaba limitado a los viajeros. Para entrar o salir de su recinto, se requería a los no residentes una autorización real. A ella llegaban caravanas desde todas las regiones del Imperio, trayendo los bienes con que se pagaba el tributo. Los señores distribuían la tierra, reponían a cada grupo familiar los animales muertos, dirimían los pleitos, dirigían los ejércitos y costeaban el gasto ritual. Para proteger a los pueblos edificaron fortalezas o pucaras. La fortaleza más importante fue la de Sacsahuamán, que defendía el Cusco. Una obra notable de arquitectura es también Machu Picchu, que se descubrió recién en 1911, por haber quedado cubierta por la selva. En lo territorial, la base del Incario fue el ayllu, grupo de parentesco patrilineal que poseía su propia tierra y la cultivaba como fuente de subsistencia. Aunque este sistema fue creado por los pueblos que lo precedieron, alcanzó sin duda en él su mayor formulación. Así, a las superficies destinadas a la comunidad se añadieron otras dos, destinadas a sostener la estructura del Imperio: las tierras del Inca y las de la casta sacerdotal. El ayllu cultivaba estas últimas a modo de impuesto. Lo producido por las primeras se destinaba a alimentar a los nobles, soldados, burócratas y artesanos, así como a las viudas, huérfanos e inválidos. Constituían también reservas alimenticias en graneros públicos para evitar las hambrunas producidas por sequías, inundaciones y otros desastres naturales. Con ese tributo se mantenía asimismo a los ejércitos y se construían caminos, sistemas de regadío y otras obras. Las del clero se destinaban al gasto ritual, o sea, para construir y mantener los templos y demás edificios de los sacerdotes, y proveer a su alimentación y ornatos.

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Túpac Amaru I, reconocido como el último mandatario inca.

Las tierras comunales se distribuían entre las familias de acuerdo a sus necesidades. Cada hombre recibía un tupu o parcela al nacer; cada mujer, medio tupu, que se sumaba a la del marido al contraer matrimonio. Si nacía un hijo varón, se adjudicaba al matrimonio un tupu, y si era mujer, medio tupu. Si un hijo moría, su parcela regresaba a la comunidad. No había propiedad privada de la tierra, aunque sí un uso privativo de ella que duraba mientras cumpliese su función. La papa era deshidratada y se almacenaba así como chuño, costumbre que persiste hasta la fecha. La carne se guardaba como charqui. Cuyes, perros y patos proporcionaban carne fresca, mientras que las llamas, vicuñas y alpacas daban la lana para los tejidos, y se usaban las primeras como medio de transporte. Al expandirse el Tawantinsuyo, los miembros de la familia real no alcanzaron ya a cubrir todos los cargos administrativos, por lo que se creó una nobleza en la tribu de los quechuas. Como señal de su rango, los nobles se incrustaban grandes aros en los lóbulos de las orejas, por lo que fueron llamados “orejones”. La pureza divina de la sangre que invocaban los Incas para no generar herederos al trono con mujeres de otros linajes sirvió para reducir los conflictos por sucesión. El Inca podía tener otras mujeres e hijos, pero la sucesión era sólo por la hermana. El heredero no era el mayor, sino el que reuniera mayores cualidades entre los legítimos. Los curacas conformaban una nobleza de tercer grado, por pertenecer a la aristocracia de los grupos sometidos. Éstos eran llevados al Cusco y educados como nobles incas, para asegurarse así su fidelidad. El cuarto estrato estaba compuesto por los artesanos especializados y otros servidores del gobierno. Venían luego los purej u hombres libres, y por último los yanas o servidores perpetuos. Las cuatro primeras clases eran privilegiadas, pues no pagaban impuestos ni trabajaban la tierra, alimentándose de los graneros públicos. Las escuelas para la clase dirigente, conocidas como Yachay Huasi, estaban a cargo de los amautas, sabios encargados además de traspasar la tradición oral de la historia incaica. El trabajo femenino por excelencia fue la confección de tejidos con lana y algodón. Los tejidos andinos tenían un gran valor simbólico en las relaciones de reciprocidad entre los Incas y los pueblos conquistados. Con su gran colorido y complejidad de diseños, los tejidos andinos llegaron a representar un modo de escritura, donde cada prenda expresaba la identidad y rango social de quien la usaba. Una amplia red de caminos facilitaba el traslado y las comunicaciones. Muchas de las rutas costeras habían sido construidas por los Chimú. La tarea de los Incas fue construir rutas en los Andes Centrales, llegando a unir al Cusco con Quito. Hasta el día de hoy estos caminos zigzaguean por las montañas, subiendo los cerros por escalinatas de piedra o atravesándolos por túneles. Salvaban los abismos por medio de puentes colgantes construidos con cinco gruesos cables de fibras vegetales. Tres sostenían la estructura del puente, y dos la pasarela. Los extremos se sujetaban a bloques de piedra. Hoy un gran proyecto de la UNESCO, denominado Qhapac Ñan, procura rescatar y poner en valor no sólo estos caminos, sino también la sabiduría y costumbres de los pueblos unidos por esta extensa red. La carretera de la Costa iba de Tumbes, en el norte de Perú, hasta Coquimbo, en el norte de Chile. El camino serrano unía Quito con el Tucumán. Ambos

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 1. La civilización andina

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sistemas estaban conectados por rutas transversales, destacándose la que unía Coquimbo con Maipo (Chile) y el Tucumán. La carreteras eran recorridas permanentemente por chasquis (mensajeros), por viajeros de a pie y por caravanas de llamas cargadas de mercaderías y tributos. Estaban también jalonadas de tambos, los que además de posadas eran asentamientos administrativos y militares que se sucedían cada cierta distancia. Los pucaras o fortificaciones militares se construían en sitios estratégicos, para mantener la vigilancia sobre una región más amplia y defender esos territorios tanto de las invasiones como de las rebeliones. En el plano religioso, reconocían a un dios creador del universo, conocido como Viracocha, aunque el centro del culto estaba consagrado a Inti, el dios Sol, cuyo templo, Qoricancha, era el mayor centro simbólico de su civilización. Le seguía Killa, la diosa Luna, que poseía también salas especiales en dicho templo, y a cuyo culto se destinaba la plata que obtenían. Se suele señalar a Illapa como un dios tan o más importante que Killa, por representar el trueno y todos los fenómenos atmosféricos. Pero su mundo sagrado se extendía más allá de su teodicea, cubriendo un gran número de lugares y de seres que consideraban cargados de poder, los que por esta razón eran veneradas y temidas. Se las llamaba huacas (o wakas), y ya el Inca Garcilaso de la Vega se refería a ellas en sus Comentarios Reales de los Incas. El criterio para definir algo como huaca era que se saliese de lo normal, ya sea por su particular belleza o su extrema fealdad, que las convertía en monstruosas. Eran así huacas ciertas flores y árboles de particular belleza, y también lo que causaba horror y asombro, como las serpientes de diez metros de largo, los niños que nacían con seis dedos o encorvados. Al igual que ciertas personas, animales y plantas, algunos minerales, accidentes geográficos y lugares eran considerados huacas. Sus avances astronómicos les permitieron determinar el movimiento de Venus y calcular con exactitud los años solar y lunar. Su calendario se asemejaba más al occidental que el de los pueblos mesoamericanos, ya que en su composición se incluían doce períodos o quillas, apoyados sobre los solsticios de verano, el 21 de diciembre, y el de invierno, el 21 de junio. Establecieron un sistema matemático decimal aplicable a todo, y no sólo a sus cuentas, que difería así del sistema vigesimal que los Mayas y Aztecas aplicaban a las suyas. En los quipus, además de las cantidades, se indicaban por medio de colores y el complejo enlace de los nudos la naturaleza de los bienes o de los elementos a los que aludían. Los quipucamayoc, o sea el grupo de sabios especializados en el manejo de este complejo sistema de signos, tenían verdaderos archivos y realizaban censos y estadísticas. Al parecer, servían también para recordar o reconstruir poemas, leyendas y hechos históricos. Diego de León distinguía así entre “quipus de cuenta” y “quipus retóricos”. Guaman Poma de Ayala señala por su lado que la primera parte de su Nueva Corónica había sido en parte transcrita de textos quipus. La arquitectura es acaso el arte en el que más se destacó esta civilización, como se lo puede apreciar hasta el día de hoy en lo que ha restado de sus palacios, templos y calles en la ciudad del Cusco, en la fortaleza de Sacsahuamán, en Machu Picchu y otras ruinas, que dan cuenta de una majestuosidad que atrae anualmente a cientos de miles de turistas. Lo que más sorprende es la precisa composición de grandes bloques monolíticos, de varias toneladas, tallados en

ángulos irregulares que encajan perfectamente unos con otros. Su producción textil se basó en la técnica de Paracas, sobre todo en la tapicería, de colores muy vivos. En ellos utilizaban pelos de vicuña, alpaca, llama y hasta de vizcacha y murciélago, entretejiéndolos con plumas y chaquiras de oro y plata. Los Incas imprimieron asimismo un avance a la medicina, gracias en buena medida a los médicos itinerantes que recorrían los Andes investigando en la farmacopea tradicional. Con instrumentos quirúrgicos más que elementales, lograron, al igual que otros pueblos que los precedieron, exitosas trepanaciones de cráneos (como referencia, cabe señalar que hasta pasado el año 1950 la mayor parte de estas operaciones provocaban la muerte en la práctica medicinal llamada “científica” por Occidente), sobreviviendo los pacientes a amputaciones de miembros, trasplantes de huesos, injertos y otras operaciones complicadas, que eran frecuentes entre ellos. La conquista del Noroeste argentino por Tupac Inca Yupanqui motivó que la región fuera atravesada por caminos y que en los sesenta años que duró su presencia allí, hasta que fueron expulsados por la Conquista española, le imprimieran una fuerte impronta.

Fortaleza de Sacsahuamán. Se calcula que para construirla fue necesario que 20 mil hombres trabajaran 30 años en ella.

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural 1. Civilización o civilizaciones andinas. La Cultura Valdivia

Capítulo 2

La Conquista y la Colonia 1. El ocaso de los Incas Antes de morir, Huayna Cápac, viendo la necesidad de establecer un centro importante de poder en el norte, dividió el reino, poniendo a Huáscar en el trono del Cusco y nombrando a Atahualpa soberano de Quito, que era a la sazón la segunda ciudad del Imperio. Luego de su muerte, las continuas fricciones entre los hermanos terminaron en una guerra de sucesión. Poco antes de la llegada de los españoles –de cuya presencia en la costa Huayna Cápac había tenido ya noticias–, Atahualpa derrota a su hermano, ocupando el trono del Cusco y unificando así el imperio nuevamente. Mas para recuperarse de la guerra y la decadencia que ésta significó, el vencedor debió incrementar los tributos a los pueblos sometidos, lo que generó un descontento que el puñado de españoles comandados por Francisco Pizarro supo aprovechar con gran habilidad. Al enterarse de que esos extranjeros barbados habían invadido sus dominios procedentes del mar, en

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En el Cusco actual se mantienen esas calles largas y angostas, flanqueadas de muros de piedra y con desagües y canalizaciones del Incario, incorporadas a la vida de la ciudad como un signo de permanencia en el tiempo.

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 2. La Conquista y la Colonia

paredes y objetos de culto, muchos de ellos verdaderas obras de arte. Todo fue fundido sin más, para convertirlo en lingotes y poder así repartirse mejor el botín, reservando el quinto al rey, como era de rigor. Se tiene a este hecho vandálico cometido sobre el centro simbólico del Tawantinsuyo como la caída de esta civilización. No obstante, la lucha de resistencia siguió hasta 1572, año en que Túpac Amaru, sucesor de Manco Inca, que se había refugiado en la región de Vilcabamba, fue capturado y decapitado.

2. La conquista del Noroeste argentino

Este dibujo de la obra de Huamán Poma de Ayala representa la llegada de los españoles, que produjo el derrumbe del Incario.

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vez de enviar contra ellos sus ejércitos, Atahualpa les preparó una gran recepción de bienvenida en la plaza de Cajamarca, ofreciéndoles chicha en jarras de oro. Pero la idea de los españoles no era confraternizar y negociar con él, sino hacerlo prisionero, lo que lograron tomando como pretexto el rechazo del monarca a someterse a la cruz y el haber arrojado al suelo un ejemplar de la Biblia, pues al acercarla a su oído no escuchó que saliera de ella ningún mensaje. Se sabe que Atahualpa, para recuperar su libertad, ofreció a los ambiciosos conquistadores todo el oro que cupiera en una de las salas del palacio real. Pizarro aceptó. y mientras llegaba de todos los extremos del reino el oro solicitado, partidarios a Atahualpa mataron a Huáscar y toda su familia, bajo la sospecha de que colaboraban con los españoles para recuperar el poder. Pizarro, temiendo que estallara una rebelión contra él y sus huestes, acusó a Atahualpa de alta traición y lo condenó a muerte, quedándose por cierto con el oro que se había ya acumulado. Para mantener el engaño, Pizarro y Almagro coronaron a Túpac Huallpa, el hermano menor de Huáscar, el que fue pronto envenenado y sustituido por otro hijo de Huayna Cápac, llamado Manco Inca Cápac. Cuando vieron que la situación estaba bajo su control, los españoles se libraron al saqueo de Coricancha, el gran Templo del Sol, donde se guardaban en hornacinas las momias de los Incas muertos y había grandes cantidades de oro y plata en láminas que cubrían las

Vínculos territoriales con el Alto Perú El pasaje de Almagro en 1536 por las partes montañosas de Jujuy, Salta, Tucumán y Catamarca fue la primera incursión de los españoles en el actual territorio argentino, a la que siguió la de Diego de Rojas en 1543, considerada, en lo formal, la primera entrada. Ambos vinieron por el camino incaico que atravesaba la Puna de Jujuy y seguía por el valle central del río Calchaquí. Al no encontrar oro, Almagro regresó al Perú a principios de 1537. Diego de Rojas obtiene del gobernador del Perú, licenciado Cristóbal Vaca de Castro, el permiso para entrar en una provincia “situada entre la provincia de Chile y el nacimiento del río grande que llaman de la Plata”. Rojas viaja desde Lima a la Ciudad de La Plata, la actual Sucre. De allí baja a lo que hoy es Molinos, en Salta. En vez de tomar desde ahí a Chile, como pensaba, continuó por otro camino que lo llevó, por Angastaco y Tolombón, al Valle de Yocavil, hoy Santa María (Catamarca), desde donde descendió al Valle de Tafí y luego al llano, por la Quebrada del Portugués. Cabe destacar que la llanura tucumana no había sido conquistada por Huayna Cápac. Diego de Rojas muere en el tórrido verano de 1544 en el actual territorio de Santiago del Estero, herido por una flecha envenenada en un asalto de los indios juríes, la que provocó al cabo de algunos días un final horrendo, revolcándose en el suelo con “gran rabia y furor”. El 19 de junio de 1549 se firmaba en Lima la provisión que encomendaba la segunda entrada al Tucumán a don Juan Núñez del Prado, con la instrucción de poblar un sitio que hallare propicio. Al llegar al Tucumán fundó la Ciudad de El Barco, donde repartió 36 encomiendas con la población sometida, que estaba al mando de unos 30 caciques, y dotó a su fundación de un Cabildo. Esa ciudad sería trasladada dos veces, una a los Valles Calchaquíes y otra a media legua de la actual ciudad de Santiago del Estero. En 1553, el capitán Francisco de Aguirre funda Santiago del Estero, tras tomar posesión de El Barco III por orden de Pedro de Valdivia, quien reclamaba desde Chile derechos sobre dicha región. La Gobernación de Tucumán se crea en 1563, con lo que se la saca de la jurisdicción del virrey del Perú. En 1561 empieza a funcionar la Audiencia de Charcas para atender la Justicia, la que jugó un importante papel en la fundación de las ciudades del NOA. El Virreinato del Río de la Plata se crea en 1776, nombrándose un “virrey, gobernador, capitán general y presidente de la Audiencia de La Plata” (Charcas, o la Chuquisaca actual). El virrey del Perú se opuso a esta medida, argumentando que al separarse de

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 2. La Conquista y la Colonia

su jurisdicción las minas de Potosí quedaban privadas de su más importante fuente de recursos. Pero la medida no fue revocada ni modificada en su alcance. En 1783, Carlos III sanciona una real ordenanza para el establecimiento de intendencias en el virreinato del Río de la Plata, como una política de descentralización administrativa que juzgaba provechosa para sus súbditos, dadas las grandes distancias y las dificultades de comunicación. El actual territorio argentino quedó así dividido en las Intendencias de Buenos Aires, de Salta de Tucumán (con capital en Salta y jurisdicción sobre Tucumán, Jujuy, Santiago del Estero y Catamarca) y de Córdoba del Tucumán (Córdoba como capital, con jurisdicción sobre Mendoza, San Juan, San Luis y La Rioja). La vieja Gobernación del Tucumán quedaba así políticamente desmembrada, al sacarse de su órbita a Córdoba y La Rioja. Se establecen además la Intendencia de Asunción del Paraguay, y en la actual Bolivia, las Intendencias de Cochabamba, de La Paz, de La Plata y la de Potosí. Estaban también los gobiernos subordinados al virreinato de Montevideo, Las Misiones, Concepción de Moxos y Chiquitos (estos dos últimos también pertenecientes a la actual Bolivia). En 1784 se añadió la Intendencia de Puno, pero en 1786 ésta pasó a la jurisdicción del Virreinato del Perú, conformando hoy el departamento homónimo de dicho país. Entre 1630 y 1635 se dan las primeras rebeliones calchaquíes en el Noroeste argentino como secuela de las levas para las minas de Potosí, de las que pocos volvían. Entre 1660 y 1665 se libran las segundas guerras calchaquíes, encabezadas por los hijos de quienes lucharon en las primeras, lo que produce la desintegración de esos pueblos, con su traslado forzoso a la localidad bonaerense de Quilmes. Hacia 1780, en Cochabamba, La Plata y especialmente en La Paz se produce una secuela de graves disturbios, a causa de los abusos de los corregidores y oficiales de la Hacienda Pública, quienes convertían a menudo en letra muerta las ordenanzas reales destinadas a proteger a los pueblos originarios. Muchas veces dichos funcionarios corruptos salvaron su vida de la furia popular huyendo velozmente de la ciudad.

3. La gran rebelión de Túpac Amaru II y Tomás Catari

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José Gabriel Condorcanqui Noguera, hijo del cacique de Surimana, Tungasuca y Pampamarca y de doña Rosa Noguera Valenzuela, una mestiza, tomó el nombre de Túpac Amaru II, en homenaje a su antecesor, y lideró un alzamiento en contra de los corregidores, la mita y los obrajes del Virreinato del Perú a fines del siglo XVIII. Los historiadores coinciden en que su gesta señaló el camino de la Independencia de la América colonizada por España. La desestabilización de la estructura del poder colonial fue tan violenta, que mostró el camino como posible. Habría también sugerido un proyecto político de integración, en el que blancos, negros e indios pudieran vivir en un Perú libre. Pero su revuelta parece oscilar entre la obediencia y fidelidad al rey y un enfrentamiento feroz con los malos gobernantes que ese mismo rey imponía en sus territorios de ultramar: los tan cuestionados corregidores. Varios movimientos sociales y hasta de lucha

Arriba Túpac Amaru II. Derecha Descuartizamiento de Túpac Amaru II en la Plaza Mayor de Cusco.

armada tomarían en el futuro su nombre como quien alza la más antigua y legítima de las banderas. Condorcanqui nació en la pequeña aldea de Santa Bárbara de Surimana, en la provincia de Tinta, en la jurisdicción del obispado de Cusco, probablemente en marzo de 1738. Era miembro de una eminente familia de curacas que descendía de la casta de los Incas, y como tal tuvo una buena educación, que incluía los Comentarios Reales de Garcilaso de la Vega, obra que exaltaba la grandeza del Tawantinsuyo y sus gobernantes y cuestionaba el origen ilegítimo de la dominación blanca, por haber asesinado a Atahualpa. Túpac Amaru I, reconocido como el último Inca, inspiró a Condorcanqui, del que recuperó el apellido familiar. Precedió a su movimiento una larga cadena de sublevaciones contra los abusos de los españoles, pero esas guerrillas eran reprimidas en poco tiempo de un modo sangriento. En la década anterior a la rebelión encabezada por él, varios pueblos indígenas de la montaña de Tarma se reunieron para atacar a los realistas, logrando destruir varios de sus fuertes. La rebelión de Condorcanqui fue contra el corregidor Arriaga, que representaba el paradigma del funcionario corrupto, cuyo ahorcamiento público y ejemplar en la plaza de Tungasuca fue apoyado por los tupacamaristas. En ese mismo lugar se pronunció contra la mita, los obrajes y los repartimientos de indios, así como contra las grandes haciendas, los tributos y las alcabalas, decretando su abolición. Y como si esto fuera poco, liberó a los esclavos negros. En verdad se trataba de una verdadera revolución, pues proponía romper con la monarquía española y suprimir sus instituciones en América. El poder sería asumido por una monarquía incaica, con los herederos de la familia real. No excluía de su proyecto a la iglesia católica, el que a su vez llamaba a convivir en armonía a indios, mestizos y criollos. El estallido, que se difundió por todo el Tawantinsuyo, logró

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congregar inicialmente alrededor de 6 mil indios de combate, ejército que fue creciendo hasta alcanzar los 60 mil en el último enfrentamiento de Paucartambo. El envío de tres partidas militares desde Lima, con jefes bien experimentados, impidió la caída del Cusco. Condorcanqui fue vencido en una batalla que se libró en los suburbios de esa ciudad y en las alturas aledañas, tras un encarnizado combate que duró dos días. El 10 de enero de 1781 se retiró a Tinta. La derrota definitiva llegó en abril, al ser apresado en esa localidad tanto Condorcanqui como su mujer, Micaela Bastidas, sus dos hijos y otros parientes. Fue torturado durante mucho tiempo para que revelara las conexiones de la rebelión. Él, su mujer y sus dos hijos, así como otros parientes y cabecillas del movimiento, fueron condenados a la pena capital. A él le tocó ser el último ejecutado. El verdugo le cortó la lengua y le ató las piernas y los brazos a cuatro caballos briosos, con la intención de descuartizarlo. Como no pudieron hacerlo, tal vez por la gran fuerza del cacique, se mandó que se lo decapitara. Hecho esto, se condujo el cuerpo al pie de la horca, donde le cortaron los brazos y las piernas. La cabeza fue expuesta en la horca de Tinta durante tres días, más otros tres en una de las principales entradas al pueblo. Uno de sus brazos fue a Tungasuca, y los tres miembros restantes a otras aldeas. Su cuerpo fue quemado junto a los despojos de su mujer, “para memoria y escarmiento de su execrable acción”. Sus bienes fueron confiscados, sus casas arrasadas y cubiertos los cimientos de sal, sus familiares declarados infames e inhábiles para poseer bien alguno. Según un documento de cuya autenticidad se duda, una vez expulsados los españoles Condorcanqui pensaba asumir el trono de los Incas. Es posible que hubiera hecho esto, pero lo que su rebelión puso de manifiesto fue el ánimo revivalista de restaurar el Incario, algo que estuvo presente en las deliberaciones previas a la declaración de nuestra Independencia. Y no como un nacionalismo puramente indígena, sino con la idea de fundar un país independiente para todos. En algunos discursos usaba el término “compatriotas”, y se dirigía tanto a indios como a mestizos, a blancos, negros y mulatos. No se trataba de regresar a tiempos anteriores, sino de una revolución moderna que hacía pie en sus raíces históricas y culturales, como en el caso de la rebelión zapatista de Chiapas, fenómeno al que caracterizamos como tradicionalismo revolucionario. Pero en el fragor de la lucha, el buen propósito de instituir un Perú para todos fue desdibujándose, pues al tomar en su avance haciendas y pueblos, sus tropas no distinguían frecuentemente entre criollos y españoles: todos pasaban a representar al amo blanco, al cruel invasor de sus tierras. Alarmados por los excesos que se cometían contra ellos, y que la rebelión se estaba convirtiendo en una verdadera guerra de castas, sus simpatizantes criollos le quitaron todo apoyo, y esto contribuyó a su derrota. La rebelión tuvo otro eje en el Alto Perú (o sea, en la actual Bolivia), comandada por Tomás Catari y su esposa Bartolina Sisa. Sus reivindicaciones se asemejaban a las de Condorcanqui, pero se trataba de un movimiento eminentemente indígena. Se sumó a él un primo de Túpac Amaru II, llamado Diego Cristóbal Túpac Amaru. Durante un tiempo se logró mantener un territorio libre de la presencia española, pero también esta insurrección fue derrotada, tanto por el poder militar que se desplegó para combatirla, como por las divisiones del movimiento indígena, que los españoles supieron utili-

zar con inteligencia, logrando que muchos desertaran. Diego Cristóbal Túpac Amaru, Tomás Catari y otros jefes de la insurrección fueron capturados y ejecutados. Esta revolución tuvo su impacto en el Noroeste argentino, ya que muchas comunidades diaguitas se alzaron en armas, aunque fueron rápidamente reprimidas. Más relevante fue el levantamiento de comunidades tobas (qom) confinadas en la reducción jesuítica de San Ignacio, en Jujuy. Estaba liderada por un mestizo llamado José Quiroga, quien tenía fuertes contactos con los pueblos originarios del Chaco, y no sólo con su etnia, por lo que logró así atraer a esta causa a comunidades wichí o matacas. En 1782 intentaron tomar Jujuy, sin éxito. La rebelión se acabó recién en 1785, con la muerte de José Quiroga.

4. La Universidad de Chuquisaca Hacia 1622 comienza a funcionar la Universidad de Córdoba, controlada por los jesuitas hasta su expulsión, en 1767. Además de la enseñanza de la teología, su principal objetivo, se enseñaban artes y oficios. Más adelante predicaría en lo social un suave humanismo cristiano, en el que se nutrieron los pocos protagonistas del proceso de nuestra Independencia nacional que de allí surgieron, como Gregorio Funes, conocido hoy como el Deán Funes, cuya línea moderada lo acercó más a Saavedra que a Moreno y Castelli, y el General José María Paz. La Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca, fundada y regenteada por los jesuitas del Colegio de Santiago, también como parte del proyecto de la Contrarreforma encabezado por esta orden, empezó a operar el 27 de marzo de 1624 sobre bases semejantes a las de Córdoba. No obstante, la creación en 1775 de la Academia Carolina, dedicada a la teoría y práctica del Derecho, le imprimió un giro notable, que la convirtió en una de las más famosas de América del Sur, y de gran relevancia en la historia de su Independencia, por todos los revolucionarios que se formaron en ella. Además de los próceres cuya vida resumiremos a continuación, salieron de sus aulas Manuel Rodríguez de Quiroga, protagonista de la Independencia de Ecuador; Mariano Alejo Álvarez, precursor de la revolución peruana; y Jaime de Zudáñez, redactor de los textos constitucionales de Chile, Argentina y Uruguay. Sin todos ellos, nuestra historia hubiera sido muy diferente. Entre los patriotas que allí estudiaron está Mariano Moreno, el radical Secretario de la Primera Junta. Dejar las llanuras del Plata para llegar a esa región montañosa y poblada de indios que morían en los socavones, víctimas de una explotación inhumana, fue algo que revolucionó su forma de mirar el mundo. Circulaban aún conmovedores relatos de las rebeliones de Túpac Amaru II y Túpac Catari, ocurridas dos décadas atrás, las que habían costado 110 mil vidas humanas, entre los enfrentamientos armados y los crueles castigos que se aplicaron a los rebeldes. Esto fue modificando de a poco su austero proyecto de estudiar teología para ordenarse sacerdote. Pudo ingresar en la Universidad y mantenerse allí gracias a la protección del canónigo Terrazas, quien lo hospedó con generosidad y le permitió acceder libremente a su rica biblioteca, que

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Izquierda Mariano Moreno. Centro Juan José Castelli. Derecha Bernardo de Monteagudo.

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incluía autores “de ideas subversivas”, como se los designaba. Es que en dicha ciudad se consideraba entonces un elegante acto intelectual citar, aunque más en reuniones íntimas que en los estrados públicos, a este pensamiento revolucionario que respondía a la filosofía de la Ilustración. Al completar sus estudios de teología, Moreno inició la carrera de derecho, cada vez más preocupado por lo social. Así, en 1802 leyó en la Academia Carolina, anexa a esa Universidad, una exposición titulada “Disertación jurídica sobre el servicio personal de los indios, en particular yanaconas y mitarios”, que daba cuenta de la cruel explotación de dichos pueblos en las minas y haciendas. Decidido ya a seguir este camino, renunció al sacerdocio y se doctoró en Leyes, casándose con una bella joven a la que llamaban “la niña de Chuquisaca”. De regreso a Buenos Aires, Moreno, como es sabido, escribe “La representación de los hacendados”, de gran repercusión en todo el virreinato, en el que defendía la libertad de comercio frente al monopolio español. En tiempos de la Revolución de Mayo era relator de la Real Audiencia. Tenía entonces 33 años. En La Gaceta de Buenos Aires publicó sustanciosos artículos, en los que apelaba a la fuerza moral y el patriotismo extremo para remover los numerosos obstáculos que debía enfrentar la Revolución. Redactó asimismo el Plan de Operaciones, concebido al parecer por Belgrano, aprobado por la Primera Junta el 18 de julio de 2010. El excesivo trabajo quebrantó su salud, lo que unido a serios enfrentamientos políticos con el ala conservadora de la Junta, encabezada por Cornelio Saavedra, lo llevó a renunciar a su cargo. En su voluntad de seguir sirviendo a la causa, aceptó realizar una misión en Londres, en representación de la Junta, con el objetivo de fortalecer la amistad con el gobierno inglés y obtener su apoyo. Partió el 24 de enero de 1811, y como se sabe, murió en alta mar, envenenado por una dosis excesiva de un emético que le proporcio-

nó el capitán del barco para mitigar su alta y persistente fiebre, los mareos náuticos y el malestar general, tras negarse a modificar el rumbo para atracar en un puerto cercano de la costa brasileña. Su fallecimiento ocurrió el 4 de marzo, y su cuerpo fue arrojado al mar, mientras en lo alto del buque, como una ironía, flameaba la enseña británica. Aunque nadie discutía su gran talento, los ingleses veían en él el jefe de una facción que profesaba los duros principios de Robespierre y le atribuían la muerte de Liniers y otras ejecuciones y medidas radicales, por lo que lo observaban con gran aprehensión. No era, en consecuencia, el más indicado para desempeñar con éxito una misión de este tipo. El mismo Deán Funes lo veía como adalid de una “furiosa democracia” que amenazaba la seguridad y pretendía enviar al cadalso a las personas más destacadas y distribuir los bienes de los ciudadanos más ricos como legítima presa. Varios sabían por eso que al hacerse a la mar viajaba más bien hacia la muerte. Poco antes de su partida, su esposa había recibido un obsequio anónimo bastante alusivo: un abanico de luto, un velo y un par de mitones negros. Otro notable alumno de la Universidad de Cochabamba fue Juan José Castelli. Nacido en Buenos Aires en 1764, fue allí a estudiar la carrera de derecho. Ya graduado, y con prestigio ganado en la ciudad por ser un abogado erudito y honorable, empezó a preparar secretamente la revolución con Belgrano, Nicolás Rodríguez Peña, Vieytes y demás compañeros de causa. Llegado el momento, se lo comisionó para que intimara al virrey Cisneros para que cesara en su cargo. El Cabildo Abierto del 22 de Mayo lo nombró miembro de la Primera Junta, y el 25 se convirtió en Vocal de la misma. A él le tocó cumplir la orden de la Junta de ejecutar al virrey Liniers y los otros cinco complotados contra la Revolución. Fue luego comisionado de guerra para ayudar al Alto Perú a expulsar a los españoles. Al llegar logra la adhesión de la mayoría de los cabildos provinciales, retomando el hilo de la Revolución de Chuquisaca y La Paz del año anterior. En Potosí ordenó algunas ejecuciones de jefes políticos y militares realistas. Apostado en una costa del río Desaguadero, actual frontera con Perú, teniendo en la otra banda a las fuerzas realistas comandadas por el general Goyeneche, pactó un armisticio a pedido de éste, quien traicionó su palabra empeñada atacando de improviso a las fuerzas patriotas antes de que venciera la tregua. Esto dio lugar a lo que la historia argentina conoce como el desastre de Huaqui. Mientras Pueyrredón le cubría la retirada, tratando de salvar los restos del ejército, él retrocedió hasta Humahuaca, y luego hasta Tucumán. Recibió allí la intimación de trasladarse a Buenos Aires para dar cuenta del fracaso de su campaña. A su arribo, en diciembre de 1811, el Triunvirato le inició un proceso. Abatido y afectado por un cáncer de lengua, falleció en octubre de 1812, a los 50 años de edad. El escritor argentino Andrés Rivera le dedica su excelente novela La revolución es un sueño eterno. Bernardo de Monteagudo, a pesar de ser el menos nombrado y venerado de nuestros próceres, con muy pocas calles y monumentos en su haber, tuvo una importancia capital en la Independencia, no sólo del Río de la Plata, sino también de América del Sur. Nació en Tucumán en agosto de 1789 en un hogar humilde. Al quedar huérfano, es enviado a Chuquisaca y puesto bajo la protección de un tío cura. Como tenía grandes apetencias de saber, ingresó en dicha alta casa de estudios, donde se empapó de las ideas

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 2. La Conquista y la Colonia

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revolucionarias, a cuyo servicio puso tanto su capacidad crítica y ágil escritura como su espada. En 1808 dio a conocer su famoso diálogo entre el Inca Atahualpa y Fernando VII, donde se desnudaba el carácter invasor y opresivo del imperio español. Este escrito circuló en forma clandestina, y fue uno de los textos que inspiró las revoluciones de Chuquisaca, La Paz y Buenos Aires. Participó de la Revolución de Chuquisaca del 25 de mayo de1809, tomando a su cargo la redacción de su proclama, lo que le valió ser encarcelado por el General Goyeneche. A fines de ese año se fugó de la cárcel y se dirigió a Potosí, ciudad tomada por Castelli luego de la batalla de Suipacha. Éste lo nombró auditor del Ejército del Norte, y se sumó así de pleno al ala radical de la Revolución de Mayo de Buenos Aires, apoyando a Castelli en las medidas drásticas que tomaba contra los representantes del antiguo régimen. Después del desastre de Huaqui se dirigió a Buenos Aires, donde con los miembros de la casi extinta Sociedad Patriótica que logró reclutar se incorpora a la Logia Lautaro, creada por San Martín y Alvear. Fue dicha Logia la que depuso al Primer Triunvirato, reemplazándolo por el Segundo Triunvirato, que responde a sus fines. En 1817, poco después de la batalla de Chacabuco, Monteagudo cruza la Cordillera de los Andes y se pone a las órdenes de San Martín, como auditor del ejército argentino, acompañándolo luego al Perú, donde fue su mano derecha en el gobierno de ese país. Ocupó así primero el cargo de Ministro de Guerra y Marina, para asumir luego el Ministerio de Gobierno y Relaciones Exteriores. Al hallarse San Martín casi totalmente absorbido por los aspectos militares, el gobierno del Perú quedó de hecho en sus manos. Con este poder supremo, decretó la libertad de vientres y la abolición de la mita, así como la expulsión del arzobispo de Lima y la creación de una escuela normal para la formación de maestros y de la Biblioteca Nacional del Perú. A Simón Bolívar lo conoce en 1823, poco después de la batalla de Ibarra. Fuertemente impresionado el Libertador por la claridad de sus ideas y la fuerza con que procuraba implementarlas, lo toma como un colaborador cercano y el principal mentor de sus planes americanistas, hasta el punto de encomendarle la convocatoria del Congreso Anfictiónico de Panamá, lanzada el 7 de diciembre de 1824, días antes de la batalla de Ayacucho. Al texto de la convocatoria lo escrbió Bolívar, pero sobre la base de un documento redactado por Monteagudo, con el título de “Necesidad de una federación general entre los estados hispanoamericanos y plan de su organización”. Un tiempo antes, había redactado la Declaración Independentista de Chile. El Art. 23 de la declaración del Congreso Anfictiónico de Panamá, reunido en 1826, manifiesta que los ciudadanos de cada una de las partes contratantes gozarán de los derechos y prerrogativas de ciudadanos de la República en que residan. Es bueno tomar en cuenta este lejano antecedente de fraternidad americana frente a una discriminación que, si bien se ha atenuado en los últimos tiempos, no cesa, por más que Argentina, gobernada entonces por Rivadavia, haya sido el único país que rechazó con energía tal invitación, fiel a los dictados de Gran Bretaña, para dedicarse luego a sabotearlo, al igual que Estados Unidos. Acaso el Congreso de Panamá hubiera dejado mejores frutos de los que dio de no haber sido Monteagudo asesinado en Lima en enero de 1825, cuando tenía tan sólo 35 años, al entrar a esa ciudad precediendo a Bolívar. Faltó allí su voz vibrante y su clarividencia para despejar el camino a la unidad de las ex

colonias de España, como la única forma de alcanzar una real independencia, algo que recién hoy se está entendiendo en la región, aunque no desgraciadamente por todas las fuerzas políticas, porque siempre están los que luchan para que la historia retroceda, sin más interés que negociar con el imperio de turno para enriquecerse y preservar su “derecho” de oprimir a los pueblos en nombre de la democracia. Otro alumno dilecto de la Universidad de Chuquisaca fue José Ignacio Gorriti, quien nació en Jujuy (ciudad que dependía entonces de Salta) en 1770. Tras estudiar allí las primeras letras, se trasladó a Córdoba, donde entró en el Colegio Monserrat de los jesuitas para estudiar teología. En 1788 murió su padre, y su tutor lo envió a Chuquisaca a seguir la carrera de derecho. En 1789 se doctoró allí en Sagrados Cánones y Leyes Civiles, y regresó a su tierra natal, dedicándose a administrar las propiedades de su familia y apuntalar así su fortuna. En 1806 equipó a su cargo a los soldados que marcharon a Buenos Aires a luchar contra los ingleses. En 1808 empezó a conspirar contra el poder español, creando un ambiente favorable a la Revolución. Cuando ésta estalló, fue uno de sus principales adalides en Salta, junto con su hermano, el canónico Juan Ignacio Gorriti. Formó la Partida de Baqueanos que luego se incorporó al Ejército del Norte. Organizó también el primer Cuerpo de de Patriotas Decididos, que se integró más tarde a las milicias de Güemes. Hospedó a Balcarce y Castelli cuando pasaron rumbo al Alto Perú, y además de añadir hombres a su ejército lo auxilió con víveres, mulares y reses para el consumo. También entregó a Güemes grandes sumas de dinero cuando éste formó su Escuadrón de Salteños. Se escribía con Monteagudo, participando de su visión americanista de las guerras de la Independencia, y desde este punto de vista combatió la política de Rivadavia en el Triunvirato. Se ocupó de destruir el poder realista en los Valles Calchaquíes, enfrentándolo en San Carlos. Colaboró luego intensamente con Belgrano cuando éste se hizo cargo del Ejército del Norte. Tiempo después, a la hora de la derrota, cubrió su retirada del Alto Perú con su caballería gaucha, que hostilizaba y entretenía a las tropas de Pío Tristán. Tuvo una destacada actuación en la batalla de Las Piedras. Participó luego en la batalla de Tucumán, y facilitó el triunfo de Belgrano en la de Salta. Hasta 1825, año en que terminó la Guerra de la Independencia, entregó a la causa toda su fortuna y hacienda. Fue diputado por Salta en el Congreso de Tucumán de 1816, y como tal firmó el Acta de la Independencia, siendo uno de los que defendió en el debate la monarquía de un Inca y votó por ella. En 1831, durante las guerras civiles que vinieron, por suscribir la causa unitaria debió exiliarse en Tarija. Todos sus bienes, así como los de su familia, fueron confiscados. De Tarija se trasladó a Chuquisaca, la ciudad en que había abierto su mente provinciana a las nuevas ideas, y como en un acto de fidelidad al destino que allí se le impuso, le entregó humildemente sus huesos. Murió allí en noviembre de 1835, a los 65 años de edad. Aunque hay otros más, citaremos por último a Saturnino Rodríguez Peña, hermano de Nicolás, quien con su gran fortuna y actos dio un decisivo apoyo a la Revolución, desde que en su quinta, al igual que en la famosa jabonería de Vieytes, se celebraron las reuniones conspirativas. Nació en Buenos Aires en 1765, y estudió en el Colegio de San Carlos (actual Colegio Nacional de Buenos Aires), regenteado por los jesuitas, y luego

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en el Colegio Monserrat de Córdoba, para pasar finalmente a la Universidad de Chuquisaca, donde se graduó en jurisprudencia en 1789. Tuvo una actuación destacada en las Invasiones Inglesas, y se lo reconoce como un precursor de la Independencia argentina, que mantuvo una asidua correspondencia con el célebre Francisco de Miranda, y en entendimiento con él, y también con Inglaterra, ante cuyo pensamiento se inclinaba, propició una monarquía institucional que coronaría a tal fin a la Infanta Carlota. El argumento legal en que se basaba era que estando Fernando VII incapacitado para gobernar, por su prisión, y también sus hermanos varones para tomar en su nombre la regencia según el orden sucesorio, la corona correspondía a Carlota Joaquina de Borbón, casada con Juan de Braganza, príncipe heredero y regente del reino de Portugal. Carlota residía a la sazón en Río de Janeiro, al estar ocupado su país por las tropas napoleónicas, y se mostraba muy dispuesta a asumir tal regencia, como una forma de unir las posesiones de ambos imperios en América. Saturnino fue al Alto Perú como secretario de Castelli, haciéndose cargo de la gobernación de La Paz. De regreso a Buenos Aires, reemplazó a Mariano Moreno como vocal de la Primera Junta, hasta que fue destituido y desterrado por el motín del 6 de abril de 1811. En 1812 volvió al poder, integrando el Triunvirato con Juan José Paso y Álvarez Jonte. Desde San Juan colaboró con entusiasmo en la formación del Ejército de los Andes, y después de la liberación de Chile por los patriotas se trasladó a Santiago, donde residió 36 años, hasta su muerte, en diciembre de 1853.

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Capítulo 3

Las guerras de la Independencia 1. El papel del Alto Perú en nuestra Independencia Si dejamos a un lado la campaña de San Martín por la costa del Pacífico, que tuvo un carácter internacional y fue realizada incluso en desobediencia a órdenes de Buenos Aires, se puede afirmar que el principal escenario de nuestra guerra de Independencia fue el Alto Perú. Allí se libraron numerosas batallas, y allí se pagó el más alto precio en vidas humanas y destrucción. Y allí, en los azares de esa impiadosa guerra, se fue también definiendo la argentinidad, con sus perennes conflictos entre Buenos Aires y el interior, y los bolivianos terminaron de comprender que si bien la causa de la emancipación nos hermanaba, estaban llamados a configurar una nación independiente, a pesar de todo lo que tienen en común con el Noroeste. Y esa nación, nacida en 1825, se llamó Bolivia

Casa de la Moneda de Potosí, donde se acuñaban las monedas que circulaban durante la Colonia en lo que es hoy Argentina.

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en homenaje a Simón Bolívar, y la ciudad de Chuquisaca pasó a llamarse Sucre, por lo que no debe extrañarnos que hoy dicho país haya suscrito la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA), uniendo su rumbo con Venezuela, mientras Argentina, después de una historia llena de vacilaciones, decidió asumir el rol que le corresponde en los destinos del subcontinente. A propósito del nacimiento de Bolivia, circulan tesis de que Bolívar habría propiciado su independencia a fines de evitar que Perú la anexara, rompiendo así el equilibrio con Colombia, al apoderarse no sólo de estas tierras, sino también de su riqueza minera. Pero éste sería un cálculo muy mezquino en la mente de quien luchó por la unidad de la América española. Cuando Sucre vence en Ayacucho, ocupa el Alto Perú e informa a Buenos Aires, gobernada entonces por unitarios, que se proponía convocar a un plebiscito para que los altoperuanos decidieran si querían unirse a Perú o seguir perteneciendo al Río de la Plata. Ante el nulo interés demostrado por la oligarquía porteña, Sucre no abogó por la incorporación de este territorio al Perú, sino por la independencia. Fue Bolívar, y no un prócer argentino, quien se opuso al principio a esto, pues para evitar conflictos internos había adoptado como norma general el uti possidetis juris, según el cual las posesiones debían mantenerse tal cual estaban en el momento de estallar las guerras de la Independencia. Sucre logró finalmente convencerlo de que lo mejor era la independencia del país, y para halagarlo lo bautizó con su nombre. O sea, el Alto Perú fue parte del virreinato del Río de la Plata, nuestra gente, y ahora los bolivianos son vistos por muchos como extranjeros, e incluso como invasores de nuestro suelo. Tras ingresar en el territorio del Alto Perú, Castelli informa a la Junta de Buenos Aires a fines de 1810: “Sin que nadie les mandase, los indios de todos los pueblos con sus caciques y alcaldes, han salido a encontrarme y acompañarme,. haciendo sus primeros cumplidos del modo más expresivo y complaciente, hasta el extremo de hincarse de rodillas, juntar las manos y elevar los ojos, como en acción de bendecir al cielo”. Tal adhesión era una respuesta sincera a sus proclamas, que proponían liberar a los mitayos y reivindicar el pasado incaico. El Himno Nacional Argentino, encargado por la Asamblea en 1813 a los catalanes Vicente López y Planes y Blas Parera, que se estrenó en el Teatro Coliseo el 28 de mayo de 1813, dice en una de sus estrofas que no se cantan: “¿No lo veis sobre México y Quito / arrojarse con saña tenaz, / y cual lloran bañados en sangre / Potosí, Cochabamba y La Paz?” Esta letra trasciende el porteñismo cerrado de algunos e incluso los límites de lo que fuera el Virreinato del Río de la Plata, dirigiéndose a todos los pueblos americanos de raíz ibérica, esa Patria Grande que va desde el río Bravo al Estrecho de Magallanes. “Se conmueven del Inca las tumbas”, reza otro verso, incluyendo a los indígenas andinos, y no sólo al mestizo. La última batalla de nuestra Guerra de la Independencia se libró en Tumusla, Departamento de Potosí, el 1º de abril de 1825. En ella se enfrentaron Pedro Antonio Olañeta, proclamado Virrey del Perú, que contaba con 1700 hombres, y el ejército patriota, que contaba con 1300. En su parte de batalla, el Coronel Carlos Medinaceli dice que tuvieron 150 soldados muertos y seis jefes y oficiales. Olañeta fue tomado prisionero, y al

día siguiente el Teniente Francisco Sánchez, oficial del ejército realista, lo mata porque éste, en La Paz, había violado a su mujer en su ausencia. Comentando esta gesta, Guido Medinaceli Díaz dice: “Es justo y merecido reconocer que los chicheños, cotagaiteñosy tarijeños sellaron la independencia definitiva de América del Sud, es decir los antepasados de quienes hoy habitan la provincia de Sud-Chichas del Departamento Potosí y del Departamento de Tarija de la República de Bolivia”.

2. Juana Azurduy de Padilla Juana Azurduy nació en Chuquisaca el 12 de julio de 1780, el año de la insurrección de Túpac Amaru II y Micaela Bastida. Se crió en la hacienda de su padre. Su madre, una mestiza de carácter, al ver la soltura con que desde muy niña se manejaba en las tareas rurales, trató en vano de refinar sus modales. De ella y los peones indígenas aprendió el quechua. Rosalía, su hermana menor, seguirá, sí, el mandato materno de ceñirse a los hábitos femeninos, por lo que resultó siendo la preferida. Pero su madre murió cuando Juana tenía apenas 7 años, dejándola huérfana. En 1805, a los 25 años de edad, se casó con Manuel Asencio Padilla, hijo de una familia acomodada que tenía una hacienda en la vecindad. Éste, además del quechua, llegó a hablar aimara, y se había compenetrado en la Universidad con los textos de la filosofía de la Ilustración, que traían los vientos de la libertad a las colonias españolas. Ambos se embarcaron en esta causa con entusiasmo, y participaron en la Revolución del 25 de Mayo de 1809, cuando una multitud enardecida derrocó al gobernador Pizarro y el Tribunal de la Real Audiencia tomó el mando del Gobierno de Charcas. De ahí saldrán emisarios a llevar la noticia y promover medidas semejantes a Cochabamba, Potosí, La Paz y Santa Cruz. Curiosamente, Bernardo de Monteagudo, quien, como se dijo, tomó activa participación en ese movimiento armado, fue comisionado para ocuparse de Potosí. El Ejército Auxiliar enviado por la Primera Junta de Buenos Aires llegó al Alto Perú al mando de Balcarce y Díaz Vélez, con Castelli como adjunto político. Padilla y Juana ayudaron al ejército patriota en su marcha hacia Potosí y La Paz, proporcionándole numerosos animales y gran parte de sus cosechas. Su actuación en esa tierra, más allá de los votos de confianza y aclamaciones públicas que recibió al principio, fue cuestionada por su jacobinismo un tanto extremo, tras llegar triunfante de las batallas de Suipacha y Aromo. También por algunos desmanes realizados en Potosí por tropas porteñas fuera de control y el modo furtivo con que se llevaron el tesoro de la Casa de la Moneda de Potosí, con el argumento de que podía caer en manos de los españoles. Todo esto se puede ver en detalle en la novela La saga del esclavo, del escritor cochabambino Adolfo Cáceres Romero, escrita con una ardua documentación histórica. Por sus antecedentes, y aunque no tuviera grado militar, Manuel Padilla fue nombrado comandante de las doctrinas de varios pueblos indígenas de la región. Tanto Balcarce como Castelli visitaron su hacienda, donde fueron recibidos con todos los honores y hospedados. Después del desastre de Huaqui, Castelli y Balcarce se retiran con sus tropas hasta Salta

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y Tucumán, dejando el Alto Perú defendido sólo por las guerrillas. Juana y Manuel se ven obligados a huir a la montaña, hasta que los triunfos de Belgrano en Tucumán y Salta les permiten volver a Chuquisaca y recuperar sus posesiones, que habían sido confiscadas. Pero no abandonan un instante la lucha. Tras ser derrotado en Quehuiñal, Padilla resuelve ir al encuentro de Belgrano, quien tras las mencionadas victorias avanza hacia el norte, pero es herido en una refriega y regresa a su hacienda para que Juana lo cuide. Es entonces cuando ella se pone el uniforme militar, que había venido preparando pacientemente, deja sus cuatro hijos al cuidado de un tío y parte a la lucha, convertida en una guerrera, pese a la resistencia de su marido, que no se avenía a verla en ese papel reservado a los hombres. Para formarse en el arte de la guerra, leía con prisa los libros de Manuel. Ambos se encuentran con Belgrano, quien le asigna a ella la misión de reclutar soldados, para enfrentarse a Goyeneche, que recientemente había arrasado Cochabamba. Vestida de militar, como una Pachamama guerrera, logra reclutar diez mil soldados, en su mayor parte indígenas, a los que habló en su idioma para exponerles la gravedad de la situación. Tuvo su bautismo de fuego en Ayohuma, acometiendo valerosamente con sus indios cuando las tropas argentinas se dispersaban, con lo que atenuó las consecuencias de esa triste batalla. La misión que se les dio a ambos, y en cierta forma también a Juana, era reclutar gente y realizar guerrillas para hostigar al enemigo y defender posiciones por medio de una guerra móvil, que actuara por sorpresa. Los jefes indígenas confiaban más en ella que en las fuerzas porteñas, por lo que muchos vinieron a ofrecerle su apoyo incondicional a lo largo de la lucha. Juana se fue formando así como guerrera en el fragor de las batallas y escaramuzas. Con los soldados que reclutó formó un regimiento de Húsares, el que tuvo un exitoso comienzo en la batalla de Tarvita. Poco después le trajeron sus hijos al frente, por temor a que fueran apresados por los españoles y usados como rehenes. Esto, naturalmente, le complicaba la vida, por la baja edad de sus párvulos. En la dramática retirada que sobrevino éstos se fueron consumiendo por falta de alimentación y cuidados, así como por la extrema fatiga. En el capítulo VIII se trascribe un texto de la cineasta cochabambina Julia Vargas-Weise, que narra los dramáticos momentos en que mueren sus hijos. A Manuel y Mariano, sus dos varones, debe enterrarlos cavando con las manos el duro suelo, mientras sus dos hijas, aún pequeñas, siguen a su lado, presenciando con horror lo que sucede. Como debe entrar de nuevo en combate, les pide perdón por exponerlas a quedarse huérfanas. Y casi ocurre esto, pues cuando un godo estaba a punto de asestarle un golpe mortal, lo atravesó una flecha providencial de un soldado indígena. El coraje y fuerza con los que batalla retrata a una mujer ya endurecida y hasta implacable con el enemigo, lo que la asemeja a esas pocas leyendas que circulan más por la literatura y el imaginario popular que por la historia, de mujeres que no se cansan de abatir enemigos con su espada. Su hija Juliana se acuesta junto a ella una noche y no despierta más. Poco después le toca el turno a Mercedes, quien muere abrazando una muñeca que le regalara su tío. Se ha quedado ya sin hijos, pero está de nuevo encinta, y a pesar de lo avanzado del embarazo debe seguir combatiendo. Aferrada a un árbol, y sobre un poncho tendido en

el suelo, pare a Luisa, su quinto y último hijo. A la sazón San Martín, que había sustituido a Belgrano en el mando del Ejército del Norte, se resistía a seguir librando esa cruenta guerra en el Alto Perú, pues alimentaba ya la idea de atravesar los Andes hacia Chile, liberar a ese país junto con los patriotas chilenos y embarcarse para atacar Perú por mar. Juana, rechazada en el combate de Las Carretas, toma Chuquisaca, desguarnecida por los realistas. Como pocas veces antes saborea el triunfo, al ser agasajada con flores. Rondeau, que había organizado el tercer ejército auxiliar argentino, tras la derrota de Sipe-Sipe emprende la retirada hacia el sur, pidiendo a Manuel Padilla y Juana que le cubrieran las espaldas, a pesar de haberles retaceado el lugar que les correspondía por mérito propio en las filas revolucionarias. Más por patriotismo que por convicción, cumplieron con este encargo. Poco después Juana atacó a los realistas en Villar, y tras matar a numerosos enemigos en lucha singular hundió su espada en el pecho del embanderado, recogiendo con la otra mano la enseña realista antes de que cayera al suelo. Con ella atravesó el campo de batalla al galope tendido, siendo ovacionada por sus tropas. Esta hazaña hizo que Belgrano escribiera a Juan Martín de Pueyrredón, pidiendo su nombramiento como teniente coronel de “Los Decididos de Perú”. El cargo le fue conferido el 13 de agosto de 1816, con la facultad de usar uniforme. El mismo Belgrano se ocupó de entregarle la espada. En 1817, en un ataque sorpresivo de los realistas es herida de bala en una pierna y en el pecho. No obstante, logra huir en su caballo, poniéndose a salvo, para enterarse luego de que Manuel, su amado compañero, había sido abatido por disparos de armas de fuego, cayendo pesadamente al suelo, ya sin vida. Los realistas le habían cortado sin demora la cabeza para exponerla en los sitios públicos clavada en una pica, a modo de escarmiento, como era costumbre tratándose de rebeldes. Varios días después, aún convaleciente por sus heridas, al frente de una pequeña hueste logra recuperar la cabeza de su marido y darle sepultura. Como a pesar de todo deseaba seguir la guerra, escribió a Güemes para que le enviara un comandante que supliera a su marido, pero el mensajero que le traía la respuesta nunca llegó. Partió entonces hacia el sur, sola y llorando sus muertos, en un duelo que recién estaba en condiciones de elaborar. Al llegar a Salta, Güemes le da una calurosa acogida, y traba a la vez una buena amistad con su hermana Magdalena. Le dan albergue, y en ese tiempo de tranquilidad puede recuperarse hasta donde es posible del dolor de tantas pérdidas. Cada tanto le llegan noticias de que su hija Luisa se encuentra bien. Las cifras le indicaban que de los 125 caudillos que empezaron la insurrección en el Alto Perú, sólo 9 quedaban con vida, y ella estaba entre esos escasos sobrevivientes. En Salta Juana se sentía en su país, por la cercanía cultural que existía y sigue existiendo entre el Noroeste y Bolivia. Compartía con Güemes posiciones críticas frente a los manejos de Buenos Aires, sin que esto los llevara a pensar en pequeño y retacear su apoyo a la causa de la Independencia, por la que ella había participado al menos en 15 combates. En 1821, ya muerto Belgrano, con quien hubiera podido contar, la muerte de Güemes la dejó en una mala posición económica, pese a su grado de Teniente Coronel concedido

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por Pueyrredón, sin que ello implicara al parecer paga alguna. Ya la guerra terminaba. Los triunfos de Bolívar en Junín y Ayacucho fueron definitivos para los patriotas. En su condición de emigrada que había perdido todo luchando por la emancipación, pidió a las autoridades argentinas una modesta ayuda para regresar a su tierra natal, las que después de un tiempo de espera le entregaron cuatro mulas y 50 pesos. Pudo así regresar en 1825 a Chuquisaca, como una sombra errante que no fue recibida con flores ni honores públicos, aunque tuvo el orgullo de ser visitada por el mismo Bolívar. Transcurrió su ancianidad en completo olvido, subsistiendo con la magra pensión que le otorgó el gobierno de Bolivia. Murió el 25 de mayo de 1862 en su ciudad natal, asistida por su hija Luisa. Ello no obstante, Vicente Osvaldo Cuitolo, en su Nuevo diccionario biográfico argentino, la considera la mujer mas extraordinaria e ilustre de nuestro continente. Un hecho que demuestra la continuidad de la hermandad de Bolivia y el Noroeste argentino aconteció durante el Bicentenario de Bolivia, el 25 de mayo de 2009. Cuando en vísperas de los conflictivos festejos en Sucre, la prensa local destacó que en el emotivo ingreso de jinetes argentinos a esa ciudad, la Presidenta de la Asociación de Heroínas Hispanoamericanas de Salta, Marta de la Zerda, luego de recorrer durante 32 días los lugares donde combatió Juana Azurduy de Padilla, derramó lágrimas cuando el custodio del Estadio “Patria”, colmado con 25.000 personas, dijo: “Bienvenidos a su casa”. Este detalle, que podría considerarse sensiblero, devela algo mucho más hondo: un imaginario de los gauchos del Noroeste, sobretodo de Salta y Jujuy, que sienten como un territorio común “el Alto Perú”, sellado por la sangre derramada en las guerras de la Independencia. Cabe destacar que en aquel tiempo la región del Noroeste argentino era la zona más floreciente del país. Su actual subdesarrollo relativo se acelera en el siglo XIX, no sólo por la hegemonía del puerto de Buenos Aires, sino también con el proyecto político-cultural de la Generación del 80, que no casualmente se propuso eliminar a los “bárbaros”, que eran los “indios y gauchos”, fomentando la inmigración europea, con fuerte presencia de una educación común y niveladora para forjar “la” identidad nacional argentina.

3. La gesta americanista de San Martín

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Se dice, con algunas pruebas, que la madre de San Martín fue una indígena guaraní, lo que explicaría su peculiar sensibilidad hacia los pueblos originarios. Pero abundan quienes tuvieron este origen y luego volvieron la espalda a los suyos, confraternizando con sus opresores. Él era un lúcido militar de carrera, y no podía menoscabar la circunstancia de que el ejército con el que cruzó los Andes contaba con más de tres mil combatientes indígenas y negros. Y antes de eso, cuando le tocó hacerse cargo del Ejército del Norte, reemplazando a Belgrano, supo que en Salta y Jujuy había no más de dos mil blancos, y que el ejército estaba compuesto por mestizos pobres, mulatos e indios. San Martín no era elitista ni autoritario (por más que supiese ejercer su autoridad), sino lo que hoy llamaríamos un verdadero demócrata, conciente de que las mayorías

“El paso de los Andes”, óleo de Pedro N. Maggi (1958).

son las que deben gobernar por medio de sus legítimos representantes, y no las clases acomodadas. Comprendió por eso que la revolución democrática en América se afirmaría sólo como revolución nacional independiente, abandonando la contradictoria y vacilante revolución española en la que confiaban muchos patriotas de este lado del mar, cuyo destino se tornaba cada vez más incierto, como que terminó en desastre, al restablecerse el absolutismo real, sin concesiones democráticas. Para no traicionar sus banderas, la Revolución debía además afirmarse como americana, trascendiendo las fronteras coloniales para expandirse por todo el continente, y no sólo romper con los españoles, sino cuidarse también de no caer en manos de las europeizadas oligarquías criollas. Pensando así en grande y con desinterés en lo personal, alcanzó la convicción de que para evitar que el Alto Perú se siguiera desangrando, había que avanzar hacia el corazón del poder real, que se hallaba en Lima, tras liberar a Chile con el apoyo de sus patriotas. Y pensaba en grande porque soñaba con una Patria Grande, consciente de que la balcanización de América española en una serie de pequeños estados no permitiría defender su soberanía. Con esta convicción, solicitó el cargo de Gobernador Intendente de Cuyo para construir al pie de los Andes el gran ejército capaz de concretar esta campaña libertadora. Es nombrado como tal el 18 de agosto de 1814. Desde entonces, y hasta fines de 1816, recurre a toda suerte de arbitrio para organizarlo, tomando medidas audaces y hasta expropiatorias, cuya radicalidad nos remite al Plan de Operaciones de Mariano Moreno. Éstas incluyeron la manumisión de los esclavos, los que entre los 14 y los 45 años debie-

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ron incorporarse a las filas. Apeló también a la ayuda indígena, desdeñada a menudo por los generales de línea, y hasta temida por quienes veían en ellos potenciales enemigos, que les caerían encima no bien trastabillaran. La Revolución fue así hecha por los de abajo, aunque dieron finalmente su sangre no tanto por su propia libertad, sino por la de quienes siempre los habían combatido y oprimido. Cuando ya estaba casi todo listo para iniciar la marcha, San Martín recibió órdenes de Buenos Aires de regresar con el ejército expedicionario, por razones mezquinas que mostraban la miopía de este centro de poder, incapaz de apreciar la enorme relevancia de esa gesta. Resolvió desoírlas por completo y cruzar de inmediato los Andes con su ejército expedicionario, lo que hizo más en camilla que a caballo, por el mal estado de su salud en ese entonces. Para darnos una idea del esfuerzo que significó cruzar la Cordillera, el general británico Guillermo Miller, que sirvió en sus filas y los acompañó en esa gesta, cuenta que de las 9.281 mulas que salieron de Mendoza sólo 4300 llegaron a Chile, y de los 1600 caballos llegaron 500, a pesar de todas las precauciones que tomaron para preservarlos. En Rancagua, al liberarse el país trasandino de los españoles, enjuicia seriamente a la política porteña y firma un acta en la que renuncia a los cargos que la vinculan con ella. De inmediato, la oficialidad en pleno lo proclama jefe del ejército que expulsaría a los realistas también del Perú. Con esto, el ejército argentino dejaba de ser tal, al convertirse en una fuerza mixta respaldada por el flamante gobierno de Chile, pero no ya por Buenos Aires, por lo que quedaba a salvo de recibir sus órdenes retrógradas. El 20 de agosto el ejército se embarcó en Valparaíso, bajo su dirección. Cabe destacar, es desmedro de nuestro orgullo de libertadores, que en esta expedición las Provincias Unidas no tuvieron participación oficial alguna, por más que 2.313 hombres de tropa pertenecieran al Ejército Argentino, ya desdibujado como tal, y 1.805 al Ejército de Chile. Dicha tropas viajaban en más de una docena de fragatas, reforzadas con bergantines y una goleta. Acompañaban a estos barcos 8 naves de guerra y 11 lanchas cañoneras, que llevaban en total 247cañones y una tripulación de 1600 hombres, en su mayoría chilenos. En 1821, bloqueado el puerto de El Callao por la escuadra y cerrados los pasos hacia Lima por las fuerzas regulares del ejército y la sostenida acción de las guerrillas, la altiva Ciudad de los Virreyes se encuentra en manos de los patriotas, pero San Martín demora el ataque, porque no quiere entrar en ella como conquistador. Prefiere esperar que la opinión pública se incline en favor de la campaña libertadora y se sume a ella de buena gana. El Virrey de La Serna no tarda en abandonar la ciudad con su ejército, y los patriotas entran en julio de 1921. El 2 de agosto San Martín toma el mando político y militar de los departamentos libres del Perú, adoptando el nombre de “Protector”. Gobierna hasta enero de 1822. Lo reasume en agosto por un mes, y el 20 de septiembre renuncia definitivamente. No debe extrañarnos por esto que Perú sea el país del resto de América que más culto rinde a San Martín. La Plaza San Martín de Lima, que sigue en importancia a la de Armas, le rinde homenaje, y hay plazas y calles con su nombre hasta en la selva amazó-

nica. Hay incluso un departamento llamado San Martín, cuya capital es Moyobamba. Cuando se exilió en Europa para no verse envuelto en las miserias de la política, Perú le asignó una pensión vitalicia.

4. El Congreso de Tucumán de 1816 Por empezar, se debe tener presente que en el Congreso de Tucumán, convocado por el militar peruano Ignacio Álvarez Thomas, deliberaron y votaron por la Independencia del país diputados del Alto Perú. En efecto, Charcas, Mizque, Chichas, La Plata (Potosí) y Cochabamba mandaron representantes, a diferencia de Chile y Paraguay, que no lo hicieron. Se debe puntualizar también que el 9 de Julio de 1816 dicho Congreso no declaró la Independencia argentina, y ni siquiera de las Provincias Unidas del Río de la Plata. El texto aprobado ese día proclama la existencia de una nueva nación, a la que se llamó “Provincias Unidas de Sud América”. La idea de Argentina como república aún no existía. Desde antes de la Revolución de Mayo, se consideraba “argentino” sólo a los porteños, o sea, a los nativos de la región del Río de la Plata en sentido estricto, con los límites de la Intendencia de Buenos Aires. Recién entre 1852 y 1880 este apelativo se fue generalizando para todo el que habitaba un territorio nacional ya escindido por la soberbia europeizante y la miopía política de la capital del Virreinato. Reunidos en Tucumán desde marzo de 1816, los diputados aguardan con impaciencia el arribo de Belgrano, para conocer los pormenores de su misión diplomática en Europa. Al llegar, éste cuenta que en dicho continente, durante los primeros tiempos de la Revolución Francesa, la tendencia había sido convertir en repúblicas a todos los reinos, pero que ahora, luego de la estadía de Napoleón Bonaparte en el poder, se tendía otra vez a la monarquía, aunque no ya absoluta, sino atemperada por una carta magna. El ejemplo era la monarquía constitucional de Inglaterra, que garantizaba los derechos de los ciudadanos mediante una Constitución política e institucional. Según su parecer, si se adoptaba un orden de este tipo se facilitaría el reconocimiento de la Independencia de América. Dijo también que la Independencia de por sí no acabaría con la anarquía reinante, mientras que una monarquía constitucional daría una gran solidez a la Revolución. Pasó a detallar entonces su plan de coronar a un Inca. Los pueblos indígenas, aún enlutados por la sangre derramada durante las rebeliones de Túpac Amaru II y Tomás Catari, recuperarían de este modo los derechos de los que fueron despojados por los españoles y se sumarían masivamente a la Revolución, haciéndola suya. Por otra parte, como el ejército realista estaba compuesto por una mayoría indígena, la aprobación de un plan semejante promovería una deserción en masa de sus filas, mientras que si se lo rechazaba produciría entre ellos desinterés por la causa revolucionaria y hasta deserciones en las filas patriotas, pues verían a esa guerra como un conflicto interno de sus opresores españoles y criollos. Contó que cuando estuvo al frente del Ejército del Norte, él ya había arengado a esos pueblos con vehemencia, prometiéndoles el establecimiento de un gran imperio en la América meridional, gobernado por los descendientes de

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 3. Las guerras de la Independencia

Izquierda Manuel Belgrano. (Archivo General de la Nación) Derecha Acto de Jura de la Independencia argentina.

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la familia real de los Incas, y que la respuesta había sido muy positiva. A propósito de esto último, escribe Pérez Amuchástegui: “Los indios están como electrizados con este proyecto y se juntan en grupo bajo la bandera del sol. Están armándose y se cree que pronto se formará un ejército en el Alto Perú, de Quito a Potosí, Lima y Cuzco. Doña Juana Azurduy de Padilla, una hermosa señora de veintiséis años, que manda un grupo de mil cuatrocientos indios en la comarca de Chuquisaca, ganó el mes pasado una victoria sobre los realistas, tomando una bandera y cuatrocientos prisioneros”. Seguramente salió también a colación entonces el hecho de que Castelli, tras ser aclamado por el pueblo de La Paz, lanzó en Tihuanaco una proclama dirigida “a los indios del Perú”, en la que les otorga iguales derechos ante la ley que los criollos, y que a semejanza de Artigas en el Plata, procedió a repartir y reconocer tierras. Festejaba así en dicho lugar de tanto poder simbólico el primer aniversario de la Revolución de Mayo, rindiendo homenaje a los antiguos Incas ante numerosos caciques y sus tribus, lo que implicaba sellar un pacto de honor que habría de granjearle un mayor rechazo de la aristocracia altoperuana. Recalcó finalmente Belgrano ante el Congreso el poder unificador que alcanzaría una monarquía de este tipo, al encauzar las viejas aspiraciones de libertad de esos pueblos sometidos en el marco legal de una Constitución que se las garantizase, como corresponde a todo estado moderno. Para él, se trataba de la mejor fórmula para acabar con el orden feudal de los caudillos y la balcanización del territorio que se estaba ya produciendo. Puesto dicho plan a consideración de los congresales, los diputados de Buenos Aires dan una negativa rotunda. Bajo ningún concepto aceptarían que la capital del país por nacer fuera el Cusco y no Buenos Aires. El plan de coronar un Inca es debatido en varias sesiones posteriores a la declaración de la Independencia, pues contaba con el apoyo de los diputados altoperuanos y de las provincias. El 12 de julio, el riojano Pedro Ignacio de Castro Barros propuso con énfasis un régimen monárquico constitucional, y el presbítero Manuel Antonio de Acevedo, diputado por Catamarca, adhirió a esta idea, coincidiendo en la conveniencia de coronar a un descendiente de los Incas y designar al Cusco Capital de las Provincias Unidas de Sud América. José Mariano Serrano, diputado por

Charcas, señaló que esa monarquía debería respetar la libertad de los ciudadanos y el goce pleno de sus derechos. También apoyó esto el diputado altoperuano José Andrés Pacheco de Melo, así como sus compañeros Mariano Sánchez de Loria y Pedro Ignacio de Rivera (los que al igual que Pacheco de Melo tienen sus calles en Buenos Aires y otras ciudades del país). La discusión se alargó, y el 1º de agosto el diputado de Tucumán, José Ignacio Thames, se definió también por la monarquía incaica, recibiendo el apoyo de Godoy Cruz, mientras Laprida formulaba objeciones que indicaban su acuerdo con el proyecto conservador y europeizante de los porteños. El debate fue luego postergado definitivamente, por los graves problemas que se iban presentando, como el peligro de que un fuerte ejército español, apoyado por la Santa Alianza, reprimiera la insurgencia de sus colonias. San Martín, nada proclive a las monarquías, al igual que Güemes, incitaron desde afuera del Congreso a apoyar el plan de coronar a un Inca, como una forma de superar el caos reinante. Lo subversivo de este plan de coronar a un Inca era el hecho de que establecía una identidad entre la nueva nación y la civilización incaica, fase en la que culminó la vieja Civilización Andina.

5. Personajes andinos de nuestra Independencia El hecho de que un altoperuano como Cornelio Saavedra haya resultado electo presidente de la Primera Junta de Gobierno de nuestro país, prueba el alto grado de integración de este territorio al Virreinato del Río de la Plata, a diferencia de Paraguay y Montevideo, que se escindieron tempranamente. También sirve para constatar que en modo alguno los habitantes de la actual Bolivia eran vistos como extranjeros ni despreciados por su alto componente indígena, sino como parte legítima de una misma nación. Saavedra nació en septiembre de 1759 en Otuyo, localidad del entonces Corregimiento de Potosí, de padre rioplatense y madre oriunda de la Villa Imperial. La familia se mudó a Buenos Aires en 1767, y Cornelio asistió al Colegio Real de San Carlos, donde entre los años 1773 y 1776 estudió filosofía y gramática latina. Su ingreso a la política fue en 1797, al ser nombrado Regidor del Cabildo, para convertirse en 1801 en Alcalde de Primer Voto. Su vocación militar se despertó durante la Invasión Inglesa de 1806, al participar en la reconquista de la ciudad. El virrey Liniers, temiendo una nueva invasión, ordenó entonces formar batallones de milicias, organizadas según el arma y la región de origen. El más numeroso fue el Cuerpo de Patricios, integrado por voluntarios de infantería nacidos en Buenos Aires, el que eligió a Saavedra como su comandante. Desde 1808 participó en las reuniones secretas celebradas en la casa de Nicolás Rodríguez Peña y la jabonería de Vieytes. Empezó a representar, dentro del grupo, la tendencia más prudente y calculadora, que contrastaría, hasta llegar luego a la confrontación, con el apasionado jacobinismo de Moreno y Castelli. En el Cabildo Abierto del 22 de mayo Saavedra fue el último en hablar, y propuso que el mando se delegase en el Cabildo hasta que se formara una junta de gobierno, posición que se impuso por 87 votos. Convertido ya en Presidente de la Primera Junta, las divergencias internas del grupo se

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 3. Las guerras de la Independencia

Izquierda Cornelio Saavedra. (Archivo General de la Nación) Derecha Gral. Ignacio Álvarez Thomas. (Archivo General de la Nación)

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ahondaron, pues mientras Moreno y Castelli aspiraban a generar cambios profundos en la sociedad, los saavedristas buscaban sólo la llegada de los criollos al poder, pero manteniendo en esencia la continuidad del ordenamiento social del virreinato, con su sistema de explotación de los pueblos originarios y mestizos pobres. Después del desastre de Huaqui, para levantar la moral del Ejército del Norte decidió ponerse al frente de él, pero a los 8 días de llegar a Salta el Primer Triunvirato lo separó de la Junta y lo relevó del mando de dicho Ejército, siendo reemplazado por Juan Martín de Pueyrredón. En diciembre de 1811 el Regimiento de Patricios se sublevó, reclamando el regreso de Saavedra y la renuncia de Belgrano, en lo que se conoce como Motín de las Trenzas. La protesta terminó en combate, con varios muertos en acción y diez cabecillas ejecutados. El Triunvirato ordenó a Saavedra trasladarse a San Juan, de donde pasó a Mendoza. Varias veces se cursaron contra el órdenes de prisión, pero nunca alcanzó a estar preso. En marzo de 1815 fue llevado con escolta a Buenos Aires, por orden de Alvear, el nuevo Director Supremo, pero tras la revolución del 15 de abril de 1815 el Cabildo lo indultó y le restituyó su grado militar. No obstante, el nuevo Director Supremo, el peruano Ignacio Álvarez Thomas, lo conminó a trasladarse a Arrecifes, según él para ahorrarle el riesgo de sufrir represalias. En 1818 fue rehabilitado y ascendido a Brigadier General de los ejércitos de la Nación, con retroactividad a 1811. Más adelante pasó a desempeñarse como jefe del Estado Mayor. En 1819 asume el cargo de comandante de campaña, con sede en Luján, con la misión de defender la frontera del indio. En 1820, por haberse sumado al efímero gobierno de Juan Ramón Balcarce como Ministro de Guerra, debió exiliarse en Montevideo. Regresó a Buenos Aires poco después, y se recluyó en una estancia del norte de la provincia para escribir sus memorias. En 1822 le llega sus retiro definitivo del ejército. No obstante, al estallar la Guerra del Brasil ofreció sus servicios,

los que fueron rechazados por el Ministro de Guerra por su edad avanzada. Falleció en Buenos Aires el 29 de marzo de 1829. En diciembre de ese año, el gobernador Juan José Viamonte ordenó su traslado al Cementerio de la Recoleta, con el respectivo homenaje. Otro altoperuano notable fue José Mariano Serrano, quien firmó el Acta de nuestra Independencia. Nació en Chuquisaca en 1788, y en 1811 se graduó de abogado en la Universidad de esa ciudad. El movimiento emancipador lo contó entre sus defensores más decididos. Fue diputado por Charcas en el Congreso de Tucumán de 1816, donde tuvo una actuación destacada, compartiendo con Juan José Paso las tareas de la Secretaría. Cumplía funciones de vicepresidente de dicho Congreso cuando le tocó signar la Constitución de 1819. Como delegado de Chuquisaca y presidente de la Asamblea instalada en el Alto Perú el 24 de junio de 1825, redactó y firmó el acta por la cual esa región se erigía como país soberano. Se desempeñó luego como ministro plenipotenciario en Buenos Aires, Perú y Panamá. En 1830 fue Presidente de la Suprema Corte de Justicia, tocándole por su rango ser Presidente de la República con carácter provisorio, hasta la llegada del General Ballivián. Escribió una biografía del General José Ignacio Gorriti. En 1852, mientras ejercía nuevamente la presidencia de la Suprema Corte de Justicia, lo sorprendió la muerte, a la edad de 64 años. Sus restos descansan en Sucre, en el panteón de los hombres ilustres de Bolivia. Toribio de Luzuriaga, nacido en Huaraz, capital del departamento de Ancash, Perú, en abril de 1782, fue otro personaje relevante de nuestra historia. Vino a Buenos Aires a los 15 años, acompañando en calidad de paje al marqués del virrey Avilés, radicándose en esta ciudad. En 1801 se inició en la carrera de las armas, en un regimiento de caballería. Luchó en las Invasiones Inglesas. En 1810 se plegó a la Revolución de Mayo, y acompañó a Balcarce y Castelli al Alto Perú. Estuvo junto a este último en su retirada hacia el sur, luego del desastre de Huaqui. En 1812 fue electo teniente gobernador de Corrientes, cargo que ocupó durante un año. En 1814, mientras servía al Ejército del Norte como jefe del Regimiento 7 de Infantería, le ofrecieron el cargo de Ministro de Guerra con carácter interino. En 1816, mientras se desempeñaba como gobernador intendente de Mendoza, cooperó activamente con San Martín en la formación del Ejército de los Andes, revelándose como un excelente administrador y político. En enero de 1820 renunció a su cargo para incorporarse al Ejército Argentino en Chile, de donde pasó al Perú con el grado de militar integrante del Estado Mayor. Fue nombrado más tarde comandante de las fuerzas libertadoras en Guayaquil, y cerró su carrera como presidente del Departamento de Huaraz, sus tierra natal. Se retiró luego a la vida privada en la localidad bonaerense de Pergamino, donde murió en mayo de 1842. Otro personaje relevante del Perú es Ignacio Álvarez Thomas. Nació en Arequipa en febrero de 1787, como hijo del gobernador español de esa ciudad. En 1799, cuando éste regresaba a España por haber cumplido su mandato, hizo una escala en Buenos Aires, logrando que su hijo Ignacio, quien se había iniciado en las armas ya a los 8 años en Lima, ingresara como subteniente de bandera del Regimiento Fijo de Infantería. En 1805 fue asistente del virrey y marqués de Sobremonte. Se batió con denuedo en las Invasiones Inglesas, aunque en 1807, en la Playa del Buceo, recibió diez heridas de ba-

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yoneta y una de bala, siendo dejado por muerto. Al ver que aún vivía, fue hecho prisionero y asistido. Se plegó luego a la Revolución de Mayo, trabajando en el plan militar y político de la misma. Participó en el segundo sitio de Montevideo, haciendo en varias oportunidades causa común con Artigas. En 1815 desempeñó el cargo de Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y en dicho carácter le tocó el privilegio de ser él quien firmó la Convocatoria al Congreso de Tucumán de 1816. En los años que siguieron fue Secretario General de la Gobernación de Buenos Aires, comandante de la guarnición de San Nicolás, ministro de guerra interior, diputado de la legislatura de la provincia de Buenos Aires y enviado extraordinario al Perú, donde permaneció tres años. Por suscribir la causa de Lavalle, tuvo que exiliarse en Uruguay, donde el Almirante Brown lo salvó de la indigencia. En 1830 fue apresado por Oribe y debió refugiarse en Brasil. Sus dos hijos, enrolados con Lavalle, murieron combatiendo contra Rosas. Después de Caseros, regresó de Lima, donde se hallaba a la sazón, para vivir en paz los últimos años de su vida, con el grado de coronel mayor. Murió en Buenos Aires en julio de 1857, a los 70 años de edad. José Gil le hizo un retrato en 1819, y el célebre pintor tucumano Ignacio Baz otro en 1857. Otro peruano digno de destacarse es José Darregueyra. Nació en Lima en 1771 y estudió en Buenos Aires en el Real Colegio de San Carlos, para doctorarse luego en leyes en la Universidad de Chuquisaca. Al completar sus estudios, fue nombrado Oidor de la Real Audiencia de Charcas. En 1795 se radicó nuevamente en Buenos Aires, donde le tocó ser uno de los iniciadores de la Revolución de Mayo, participando en las reuniones secretas que se llevaban a cabo en la casa de Nicolás Rodríguez Peña y en la jabonería de Vieytes. Como abogado de la real Audiencia participó en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, donde votó por el cese del virrey Cisneros. El director Alvear lo designó como miembro de la Cámara de Apelaciones. Nombrado diputado por Buenos Aires para el Congreso de Tucumán de 1816, fue uno de los firmantes del Acta de Independencia, a pesar de ser peruano, o sea, ajeno al disuelto Virreinato del Río de la Plata. Falleció en Buenos Aires el 1º de mayo de 1817. Quizás pocos sepan que tres altoperuanos –digamos charquinos– gobernaron casi contemporáneamente tres provincias argentinas. El caso más conocido es el de José María Pérez de Urdininea, quien gobernó San Juan entre 1822 y 1823. Pero también el potosino Diego Barrenechea gobernó La Rioja entre 1817 y 1820, y el tarijeño Gabino Ibáñez lo hizo en Santiago del Estero entre 1818 y 1820. De similar manera, unos pocos años después el mendocino José Videla Castillo gobernó Santa Cruz de la Sierra, mientras su comprovinciano José María Plaza estuvo al frente de la administración de Cochabamba.

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Capítulo 4

Los Collas 1. Breve historia de los Collas El pueblo Colla, que nos vincula estrechamente con Bolivia, toma este nombre del Collasuyo, la región sur del Tawantinsuyu, que cubría buena parte de la actual Bolivia y el Noroeste argentino. En su comienzo, el Collasuyo fue el reino aymara de Tiahuanaco, en la costa oriental del lago Titicaca, incorporado al Incario por Pachacuti Inca Yupanqui, su noveno soberano, como ya se dijo. Los actuales Collas de Argentina serían una conjunción de pueblos preexistentes, como los Diaguitas (aunque éstos hoy reivindican su propia filiación étnica), los Omaguacas –que habitaban la célebre Quebrada de Humahuaca– y los Apatamas de la Puna. Otro componente de esta matriz étnica que reivindica su independencia de los Collas

Mujer colla de la Quebrada de Humahuaca en las primeras décadas del siglo XX. (Archivo General de la Nación)

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 4. Los Collas

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son los Ocloyas del Valle de San Francisco y zonas aledañas de Salta y Jujuy. El S.J. Pedro Lozano aludía ya a “la Gran Nación Ocloya” en su Descripción Geográfica del Gran Chaco Gualamba. Hay 12 comunidades que se reconocen como tales, las que suman una población de 5000 personas. La capital del grupo es la localidad de Ocloya, a la que se añaden las de Valle Grande, Alto Calilegua, San Lucas, Santa Bárbara, Los Chorrillos y otras. Tenían su propia lengua, de la que restan 22 palabras. No eran guerreros ni nómadas. Hoy viven de la agricultura familiar y están revitalizando la minga, como un modo de fortalecer los lazos de solidaridad y reciprocidad del grupo. A las fuentes históricas de la actual conformación étnica denominada Colla deben sumarse también los Chichas, una población trasplantada a la Quebrada de Humahuaca por los Incas desde el Perú, en su condición de mitimaes, así como a los mestizos de indígenas con españoles que se quedaron en las comunidades y asumieron la identidad materna, aunque por lo general los mestizos de sangre se integraron de a poco al sector social dominante, que se apoya más en la población blanca y la cultura occidental que en la indígena. A todo esto habría que añadir por último las migraciones quechuas y aymaras de Bolivia, las que a lo largo del siglo XX y en la actualidad alimentaron y siguen alimentando esta matriz con su carga simbólica, y en especial con las lenguas que traen. Los Collas son una población numerosa que da una fuerte impronta al Noroeste argentino, configurando un horizonte cultural sin el cual no se puede entender la identidad de esta región. Ello está indicando lo inapropiado de considerar a los bolivianos como extranjeros, y más aún que en el mismo Noroeste persistan las actitudes discriminatorias hacia éstos. El Noroeste, en los tiempos precolombinos, fue la zona más poblada de la actual Argentina y la cuna de las culturas más desarrolladas, por lo que se la considera la región fundacional. Santiago del Estero, durante la Colonia, fue llamada “Madre de Ciudades”. Al producirse la Conquista, Tiahuanaco seguía siendo el principal centro de irradiación del Collasuyo, y en las postrimerías de la Colonia, el Virreinato del Río de la Plata comprendía el Alto Perú, que no sólo abarcaba la región altiplánica, sino también a los actuales departamentos bolivianos de Tarija, Cochabamba, Chuquisaca y la parte occidental de Santa Cruz de la Sierra, donde los jesuitas montaron las célebres misiones de Moxos y Chiquitos. Los Incas entraron en el Noroeste argentino alrededor del año 1480, durante el reinado de Túpac Inca Yupanqui,. Si bien se trataba de una conquista basada más en el influjo cultural que irradiaba el Incario y el intercambio comercial que en la fuerza de las armas, ella existió, hasta el punto de que precisaron construir fortalezas como la de Quilmes o el Pucará de Tilcara para defender sus posiciones. Pero dichas fortalezas son escasas, y no hay evidencias de una gran ocupación militar en la región. Es que más que la ocupación en sí de territorios, les interesaba el tributo de metales y tejidos, así como la provisión de alimentos procedentes de las áreas ecológicas más tropicales. Las fortalezas servían aquí más bien para controlar los pasos hacia lo que son hoy Bolivia y Chile, velando así por las riquezas del territorio, siempre expuestas al saqueo de otras tribus, y en especial de las chaqueñas. Con alimentos deshidratados como las papas, cargadas

en llamas, podían desplazarse hacia lugares muy lejanos por la extensa red de caminos a la que ya nos referimos. Estas avanzadas del Incario se integraron asimismo mediante intercambios a los poblados y asentamientos preexistentes, como lo pusieron en relieve las excavaciones arqueológicas, que hallaron numerosas piezas de alfarería procedentes del Perú. Se advierte también esta influencia estilística en los huacos y en los diseños de tejidos producidos localmente. En varios sitios coexistieron estructuras edilicias incaicas con otras locales. Cabe destacar asimismo la presencia de la lengua quechua o runa simi en el Noroeste, la que según algunos autores entró en forma espontánea, traída por los mismos ejércitos y los mitimaes y no alcanzó a generalizarse dado el escaso tiempo que tuvo allí la presencia incaica, al ser interrumpida 60 años después por la Conquista española. No obstante, este argumento cae frente al ejemplo de Ecuador, donde el quechua tiene hoy una fuerte vigencia, y se impuso tan sólo en medio siglo de presencia incaica. Al parecer, su uso quedó entonces restringido en el Noroeste argentino a los caciques y la casta dominante de los pueblos sometidos. Sostienen otros que el quechua que hoy subsiste como un enclave en Santiago del Estero, entre los ríos Dulce y Salado, fue en realidad traído no por los Incas, sino por los misioneros católicos, como lengua franca para facilitar la evangelización y sujeción de las tribus, semejante a lo que hicieron en todos los Andes Centrales. Entre los Diaguitas, el quechua no alcanzó a desplazar al cacán, y tampoco debió ser el propósito de los Incas imponerles su lengua. Les bastaba poder entenderse con la clase dirigente. Esa misma tolerancia se advierte en lo religioso, pues no eran celosos de sus dioses ni buscaron imponerlos a rajatabla como religión única y verdadera, como harían luego los españoles con gran fanatismo. En sus panteones, había lugar para esas otras deidades. Resulta curioso comprobar que el mencionado enclave del quechua de Santiago del Estero es hablado por campesinos que por lo general no se reconocen indígenas, y que, aun en el caso de que admitieran su condición de pueblo originario, como algunos lo hacen ya, no serían collas, mientras que esta lengua se ha perdido entre los Collas de las tierras altas de Salta, Jujuy y norte de Catamarca, donde quedan muy pocos hablantes en pequeños enclaves aislados de Jujuy, cercanos a la frontera con Bolivia, como Santa Catarina y Cusi Cusi. Hoy, la tercera fuente de esta lengua que contribuye de un modo especial a nuestra diversidad cultural es, como se dijo, la migración que viene de Bolivia, la que aporta asimismo una alta proporción de hablantes del aymara.

2. La cultura colla Los pueblos sometidos por los Incas, si bien fueron parcialmente aculturados, mantuvieron lo esencial de su cosmovisión y sus costumbres. Más allá de las particularidades de cada grupo tribal, se consolidó una forma de vida andina con rasgos homogéneos, que aún existe en las comunidades tradicionales del Noroeste, así como en el imaginario de los inmigrantes bolivianos y peruanos. En la base de este modo de vida está

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Ceremonia con llamas.

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el ayllu, comunidad unida por lazos de parentesco que precedió al Estado incaico y en cierta forma también lo sobrevivió hasta hoy, dando lugar a un fuerte comunitarismo y sentimiento de pertenencia, que descansa en la reciprocidad, la complementariedad y la solidaridad, con un profundo sentido igualitario que inspiró a los primeros teóricos del socialismo europeo, como a Louis Baudin, autor francés que escribió El imperio socialista de los Incas. Los Collas mantuvieron la cría de llamas, alpacas y vicuñas, sumando a estas especies los animales que trajeron los conquistadores, como ovejas, cabras, caballos, burros y aves de corral. Prestan especial cuidado a la preservación del potencial productivo de la tierra, evitando la degradación de los suelos y enriqueciéndolos con abonos naturales, agricultura sustentable y muy humana que hoy contrasta, como modelo alternativo, con la depredación inmisericorde del medio ambiente que realiza la agricultura capitalista de exportación. Cabe señalar que su racionalidad no se basaba antiguamente en una producción a baja escala, pues el Incario generaba grandes excedentes de alimentos que se almacenaban en graneros públicos, los que posibilitaron la concentración urbana y el intercambio con la producción de otras regiones y ecosistemas. Para ello hicieron camellones, cavaron terrazas en las laderas de las montañas y construyeron complejos sistemas de irrigación, que traían el agua a menudo de grandes distancias, por canales que sorteaban los desniveles de los cerros recurriendo tan sólo a la fuerza de gravedad.

Nada hicieron luego los españoles por conservar este modo de producción tan eficaz y racional, al limitarse o ocupar los valles y abandonar dichas obras de ingeniería. Si bien había un sistema rotativo de cargos para cumplir las diferentes funciones sociales, en este pueblo toda decisión se basaba en el consenso y no en el poder discrecional de los jefes ni en la imposición de una mayoría. Los curacas se beneficiaban con el trabajo de los miembros de la comunidad, pero debían devolver dichos favores mediante su trabajo por el bien comunitario y el costeo de los gastos rituales y de otro tipo, lo que a menudo los empobrecía. Los antropólogos vieron en esta costumbre de las tierras altas un perfecto mecanismo de nivelación, que traba el desarrollo de clases sociales, pues quienes generan excedentes son compulsados a entrar en el sistema de cargos, que los obliga a redistribuirlos socialmente durante el tiempo –por lo común anual– que duran sus funciones. El modo de vida andino se asienta fundamentalmente en las relaciones de reciprocidad, que rige tanto en lo doméstico como en las obras de interés común. En el primer plano se puede citar el ayni, un sistema de intercambio de servicios que permite, por ejemplo, construir una vivienda familiar en pocos días, mediante la movilización de un amplio grupo de personas, a las que la familia beneficiada debe alimentar mientras trabajan para ella, obligándose a su vez a devolver ese trabajo no pagado, medido en jornadas, a quienes lo ayudaron cuando se lo requieran, para una tarea semejante o distinta. Las obras de interés general se hacen mediante las mingas, las que se basan más en los resortes solidarios del trabajo conjunto y obligatorio que en las leyes de un intercambio voluntario. Se construyen y mantienen así caminos, obras de regadío, terrazas agrícolas y hasta escuelas y otros edificios públicos. El ayni apunta más a la satisfacción de una necesidad mediante el intercambio que a la acumulación de excedentes. Todo excedente se compartía con quienes carecían de él, y esas personas se lo devolvían en trabajo o con cualquier cosa que produjeran. Esta reciprocidad se ejerce en el marco ético de una comunidad unida por lazos de parentesco. La deidad suprema de esta cultura es la Pachamama o Madre Tierra, a la que a menudo se la llama simplemente Pacha. La palabra “pacha” designó en un principio sólo un tiempo o edad del mundo, un cosmos o universo, para pasar luego a referirse a un lugar o espacio, y a la misma tierra generadora de la vida, ya como un símbolo de fecundidad y abundancia. Todo indicaría que su importancia, lejos de desvanecerse, creció en los dos últimos siglos, terminando por absorber a otras deidades locales. La Pachamama es hoy la madre de los cerros y los hombres. La que madura los frutos y multiplica el ganado, pudiendo conjurar heladas y plagas y dar suerte en la caza. Es por eso frecuente invocarla antes de acometer cualquier empresa agropecuaria o cinegética. Se la invoca también cuando sobrevienen ciertas enfermedades o se está de viaje, para no apunarse ni rezagarse en el camino. Ayuda incluso a las tejedoras y alfareros a concluir bien sus obras artesanales. Se la describe como una mujer de baja estatura, cabezona y de grandes pies, que lleva sombrero alón y calza enormes ojotas, aunque también como una hermosa doncella que deslumbra y enamora. Vive en los cerros y a menudo la acompaña un perro negro y muy bravo. La víbora es su lazo, y el quirquincho su cerdo.

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 4. Los Collas

Carga a veces petacas de cuero llenas de oro y plata. Interviene en todos los actos de la cría y no hay dios que no le obedezca. Protege especialmente a los guanacos y vicuñas. Toda la naturaleza es el templo de la Pachamama, pero las apachetas conforman los centros principales de su culto. Son montículos de piedras que van formando de a poco los arrieros y viajeros a orillas del camino o en las encrucijadas, casi siempre en las cumbres. También se hacen apachetas a la entrada de los campos de cultivo y los corrales. Allí se depositan las ofrendas, que consisten en coca o llicta, el acullico, tabaco, chicha u otra bebida fermentada. Pero puede propiciársela en cualquier parte, dándole de beber, comer o fumar. Lo más común es volcar un poco de chicha en la tierra antes de tomar, aclarando que es para ella, o depositar la ofrenda en un hoyo cavado en la tierra. Tal ceremonia se denomina “la Corpachada”, y se realiza especialmente el 1º de agosto, que es su día. Otra ofrenda importante es la que se le hace durante la señalada. Los trozos de orejas que se cortan al ganado son puestos en un tarro o porongo, el que se entierra. Se echa encima una piedra blanca por cada animal que la persona posee. También le atribuyen una importancia especial a Inti, o Tata Inti, el Padre Sol, el que junto con Killa, la Luna, eran objeto del principal culto en el Incario, como ya vimos. También Illapa, representación del rayo, el relámpago y el trueno, sigue pesando en el imaginario de los habitantes de los altiplanos y valles interandinos del Noroeste argentino, donde es temido por su poder destructor. Se dice que cuando un rayo cae cerca de una persona, sin matarla, le transfiere poder curativo, y pasa a ser venerada como un agente benéfico para la comunidad.

3. Los Collas hoy

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Los Collas –o también Kollas– son hoy la segunda población indígena del país, aunque pasaría a ser la primera si todas las personas de este origen se reconocieran como tales. En el primer lugar estarían los Mapuche, pueblo que ha alcanzado asimismo un mayor grado de conciencia y desarrollo, lo que le permite acompañar a los Collas en la primera línea de la lucha de los pueblos originarios, aunque últimamente los chaqueños, y en especial los Tobas o Qom, se están mostrando muy combativos. Todos estos grupos van dejando de ser una humanidad sumergida, casi invisible, para constituirse en una fuerte presencia social, y también en una parte insoslayable de nuestro patrimonio simbólico. A pesar de la pobreza, la marginalidad y su escaso conocimiento de los códigos de la modernidad occidental, que se les presenta como “la” civilización, están lejos aún de convertirse en cosa del pasado. Su valiente resistencia cultural a la barbarie económica que se les impone como una necesidad del progreso, nos está marcando más bien la delgada –por ahora– senda del futuro, como lo ponen de manifiesto las experiencia de Bolivia, Chiapas y otras partes de América. La cultura Colla –la que opera hoy como un fuerte nexo entre Argentina y Bolivia, y por ser parte de la civilización andina también con el Perú–, constituye una pieza insoslayable no sólo de nuestra diversidad cultural, sino también de nuestra identidad

“El Ekeko”, dibujo de Luis Scafati. El culto a esta deidad aymara de la abundancia entró en Argentina con la migración boliviana.

como argentinos, pues fueron los representantes del principal proceso civilizatorio precolombino de América del Sur. Por otra parte, no están empeñados en “conservar” su cultura, sino más bien en potenciarla para alcanzar su propia modernidad, desarrollando y no traicionando sus raíces andinas. Esto se ve claramente en Bolivia y también en la Quebrada de Humahuaca, donde a las reivindicaciones culturales, formuladas con el entusiasmo de quien cree plenamente en su identidad y la valora, se suman las políticas, que apuntan al reconocimiento pleno de los derechos consagrados por la reforma constitucional de 1994, en su artículo 75, inciso 17. Luego del culto a la Pachamama, al que ya nos referimos, el Carnaval constituye acaso su más importante manifestación cultural, el que en Bolivia alcanza su apogeo en el Carnaval de Oruro –declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de

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la Humanidad–, y en Argentina en Humahuaca y Tilcara. Cabe mencionar también a los rituales de la Semana Santa de Tilcara, con el ascenso al santuario de la Virgen de Copacabana de Punta Corral; el Toreo de la Vincha de Casabindo, una recreación con otros contenidos simbólicos de las corridas de toros hispánicas, en la que no se mata al toro; la Fiesta de Todos los Santos o de las Almas, un tiempo comunitario donde vivos y muertos comparten el alimento y se comunican; y la Fiesta de la Virgen de la Candelaria. En los últimos tiempos volvió a celebrarse el Inti Raymi o Fiesta del Sol en la Quebrada de Humahuaca, que se realiza el 21 de junio, en el solsticio de invierno. En la noche anterior se prenden cuatro fogatas orientadas a los cuatro puntos cardinales, las que deben mantenerse encendidas hasta la salida del sol. A medianoche empieza la fiesta, con cantos, danzas y brindis con chicha y otras bebidas alcohólicas. Se realiza la ofrenda habitual a la Pachamama, que es darle de comer y beber. La celebración termina en el mediodía del 21, cuando el sol alcanza el cenit. A estos rituales deben sumarse otros que son aún de gran arraigo, como los misachicos (mediante los cuales se saca en procesión una virgen o santo familiar y se lo lleva a una iglesia próxima para celebrar una misa en su honor), los samilantes (bailes de hombres vestidos de pies a cabeza con plumas de suri o avestruz), el rutichico (ceremonia relacionada con el primer corte del cabello a los niños, a los dos años de edad), la flechada (ceremonia a la Pachamama, para que bendiga y proteja una casa nueva o que se amplió), el Tinkunacu (fiesta de topamiento de las comadres), la Manca Fiesta, que se realiza en La Quiaca en el mes de octubre (un encuentro de trueque o intercambio comercial, con predominio del rubro de la cerámica, y con música y bailes durante los días que dura). Se mantienen aún costumbres como la minga, para la realización de obras comunitarias; el serviñacu o matrimonio a prueba por un lapso de uno a dos años; la coqueada (a pesar de las restricciones de circulación de las hojas de coca por ser esta planta la materia prima con que se elabora la cocaína, sin considerar sus propiedades benéficas para la salud y su arraigo cultural) y el llockje. Este último, que trascendió ya el ámbito puneño, consiste en bendecir el 1º de agosto, día de la Pachamama, un amuleto trenzado con lana blanca y negra que se ata al tobillo o la muñeca izquierda, dándole tres vueltas, o al cuello, con una vuelta sola. Se renuevan al año siguiente, quemando los viejos amuletos y ofrendando sus cenizas a la Pachamama. Luis Alberto Mallón, boliviano radicado en Lules, Tucumán, destaca que la situación de los inmigrantes de este origen se superpone en buena medida a la de los pueblos originarios de nuestro país, y en especial a la de los Collas, cuya cultura comparten casi enteramente. Lo de ellos, dice Mallón, es también nuestro, aunque no todos terminan de asumirlo. Si ambos recuperan por igual su cultura, terminaran uniéndose en una sola nación.

4. Los Kallawayas

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Los Kallawayas son un grupo profesional especializado en el arte de curar que habla una lengua designada con ese mismo nombre, y cuyos iniciados viajan desde hace no menos de 250 años por todos los Andes, incluyendo por cierto sus valles, y también por

Grupo Kallawaya en viaje, a principios del siglo XX.

la Amazonía y otras llanuras. Representan todo un desafío para la antropología, dada la asombrosa complejidad de su cultura, que les ha valido ser declarados pocos años atrás por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad correspondiente a Bolivia, junto con el Carnaval de Oruro. Se trata de un grupo aislado que en 1974 no pasaba de las dos mil personas y se lo consideraba en vías de disolución, proceso que se está revirtiendo por el reconocimiento que tuvo a nivel internacional, que ha motivado incluso el surgimiento de falsos Kallawayas. Habitan en la provincia Bautista Saavedra, en el Departamento de La Paz. Se concentran en seis aldeas en los alrededores de Charazani, que son: Curva, Chajaya (o General González), Khanlaya, Huata Huata, Inka y Chari. Lo curioso es que no hay casi fuera de estas aldeas personas que pertenezcan verdaderamente a lo que se ha llegado a llamar “corporación” de los Kallawaya. Claro que los nacidos en esas seis localidades son enviados a menudo a lugares lejanos, para continuar con una tradición que se remonta al menos a los tiempos del Incario, aunque varios autores la proyectan a tiempos más antiguos. Su área de recorrido incluye el Perú, Ecuador, el norte de Chile y el Noroeste argentino, sin descuidar la Amazonía, región de la que tomaron muchos saberes. En Ecuador intercambiaron conocimientos con otro grupo de curadores de cierta fama, los Ingas o Inganos, quienes están lejos de alcanzar su nivel. Los Kallawayas, pese a su alto grado de especialización, no se dedican sólo a la medicina, pues practican la agricultura en forma activa, logrando armar asociaciones agrarias semejantes a las de los Aymaras y Quechuas. Su medicina incluyó históricamente el arte de la adivinación, por medio de las entrañas de los cuyes, y todavía hoy algunos lo practican. Pero su terapéutica no ha trascendido por esto, sino por sus avanzados conocimientos botánicos y la farmacopea. El inves-

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tigador francés Louis Girault llegó a juntar 980 especies que le aportaron los Kallawayas, y a pesar de su enfoque un tanto cientificista reconoce que al menos un 30 % de ellos demostraron de entrada una acción curativa efectiva, semejante a la de los fármacos de la medicina oficial o “científica” (como si las otras medicinas del mundo poco y nada tuvieran que ver con la ciencia). Lo interesante es que su farmacopea arranca con un detenido estudio de las plantas, a las que cargaron asimismo de elementos estéticos y simbólicos que les permiten determinar el sexo de las especies con un sistema de cierta coherencia, y no al azar. Y no se basaron sólo en sus propias observaciones, sino que sus médicos itinerantes recorrieron los altiplanos y valles andinos, así como buena parte de la Amazonía, como se dijo, juntando conocimientos al respecto y confrontándolos con los suyos, hasta lograr la mayor síntesis de la medicina tradicional de América. Tomando la lengua quechua usaron nombres simples para designar los géneros, y otros compuestos, que incluyen ese mismo nombre, precedido por un adjetivo que modifica su sentido, para nombrar a las especies. Lo que sorprende a los botánicos es que este sistema de clasificación indígena se asemeja al empleado por Linneo, basado también en géneros y especies, y no en familias ni en clases. Resulta asimismo extraño que esta clasificación, con el vocabulario que la acompaña, haya desaparecido ya en los quechua hablantes, lo que hace pensar en la recurrencia al latín que hizo la botánica occidental para clasificar a las especies vegetales y animales. Y ello a pesar de que las prácticas mágicas y religiosas de este pueblo no difieran mayormente de las que están aún en vigor entre los Aymaras y Quechuas de Bolivia y el sur de Perú. Aun más, quienes practican la medicina de un modo continuo, profesional, llegaron a construir un idioma exclusivo, que se enseña sólo a los jóvenes interesados en continuar con esta tradición, el que asume así cierto carácter esotérico. Algunos estudios señalan que ella proviene del pukina, idioma desaparecido en el siglo XVII y que se habló en el sur del Perú y la cuenca del lago Titicaca. No obstante, su sintaxis y su gramática se parecen bastante a la del runa simi. Cabe señalar que además de esta lengua particular, hablan quechua, aymara y español. Conservan también las pautas culturales andinas, incluyendo prácticas como el ayni y la minga. Louis Girault transcribe 874 plantas medicinales, con sus características y facultades curativas, a las que añade 60 productos medicinales de origen animal, 25 de origen mineral y 14 fabricados con elementos biológicos humanos, lo que arroja un total de 973 fármacos.

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Capítulo 5

La inmigración andina en el siglo XX 1. Ricardo Jaimes Freyre

Ricardo Jaimes Freyre, al que podríamos llamar el primer gran inmigrante boliviano del siglo XX, nació en el Consulado de Bolivia en Tacna el 12 de mayo de 1868, aunque la historia lo considera oriundo de Sucre. Era hijo del escritor potosino Julio Jaimes, y de la escritora peruana Carolina Freyre Arias, ambos ligados a la historia de la cultura argentina. En 1873 su padre lo llevó a Lima. Desde muy joven se inclinó a la literatura, interrumpiendo por estos afanes sus estudios universitarios. En 1789 le ofrecieron el cargo de Secretario de la Embajada de Bolivia en Río de Janeiro, pero lo rechazó para ir a radicarse con su padre en Buenos Aires, donde empezó a brillar como poeta y hombre de ideas. En 1894 creó allí, con su amigo Rubén Darío, la Revista de América. Vinculado luego al Ateneo de Buenos Aires, con Darío y Leopoldo Lugones, fundó un movimiento conocido como modernismo americano. En 1899 publicó en Buenos Aires su primer libro de poemas, Castalia bárbara, que fue elogiado por la crítica. En 1901 se traslada a Tucumán, donde es recibido con los brazos abiertos por la intelectualidad de esa provincia, por el aura que trae de la Capital y la cordialidad de su trato. Se incorpora a la Sociedad Sarmiento, el ateneo cultural más importante entonces del NOA, y se dedica a la enseñanza de la literatura y la filosofía en el Colegio Nacional, misión que habría de desempeñar durante casi 20 años. La Sociedad Sarmiento había iniciado en Tucumán los Juegos Florales en 1892, al cumplirse el Cuarto Centenario del “Descubrimiento”. Jaimes Freyre recupera esta iniciativa y la convierte en tradición, al prestarle un entusiasta apoyo para mantenerla. Por ésta y otras acciones, Juan B. Terán lo reconoció como el personaje más interesante de la ciudad. Fundó y dirigió allí el diario La mañana, y luego, con Juan B. Terán y Julio López Mañán, la Revista de Letras y Ciencias Sociales. En 1807 fue designado organizador del Archivo Histórico de

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la Provincia, con lo que se inicia en este campo del saber, dedicándole la mayor parte de su tiempo. Así, en 1911 publicó Historia de la República del Tucumán, y luego de algunos trabajos menores y un viaje a Sevilla para investigar en el Archivo de Indias, lanza su segundo libro, El Tucumán del Siglo XVI (1914). A éste le siguen en 1915 El Tucumán colonial, y en 1916 Historia del descubrimiento de Tucumán. Se ha sumado mientras tanto al proyecto creador de la Universidad de Tucumán, cuyos cimientos se pusieron en 1913. En 1914 lo vemos integrando el Consejo Superior de dicha Universidad en construcción e integrando su plantel de profesores. A todo esto, había obtenido ya la carta de ciudadanía argentina. En 1817 publica en Buenos Aires su segundo poemario, Los sueños son vida. En 1821 regresa a Bolivia, tras aceptar el cargo de Ministro de Instrucción Pública, Guerra y Agricultura. Fue luego enviado a Ginebra como delegado de Bolivia en la Liga de las Naciones. Al regresar a Bolivia, la Universidad de La Paz le otorga un doctorado Honoris Causa. En 1922 asume como Ministro de Relaciones Exteriores, y luego va como ministro plenipotenciario a Chile, para pasar a continuación con un cargo semejante a Estados Unidos y México. En 1924, con motivo del centenario de la batalla de Ayacucho, se traslada a Perú como embajador extraordinario, y es condecorado por ese país con la Orden del Sol. Después de otras misiones destacadas, en 1927 abandona la carrera diplomática, regresando a Argentina, donde en 1928 publica su drama histórico Los Conquistadores. La Real Academia Española lo nombra miembro correspondiente. Volvió a instalarse fugazmente en Tucumán, donde en 1932 se le ofreció la presidencia el Consejo Provincial de Educación. Al ser designado miembro de la Academia Argentina de Letras, viaja a Buenos Aires a pesar de estar enfermo. Fallece en esa ciudad el 24 de abril de 1933. Sus restos, junto con los de su padre, fueron trasladados a Bolivia, donde reposan en la Catedral de Potosí.

2. Breve historia de la inmigración boliviana y peruana a Argentina

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Como se vio, durante la Colonia y primer cuarto del siglo XIX Argentina y Bolivia formaban parte de una misma nación, y las “provincias” altoperuanas gozaban de igual rango que las argentinas, e incluso se las privilegiaba, por la enorme importancia económica de las minas de Potosí y el prestigio intelectual de la Universidad de Chuquisaca. Vimos también en qué medida el Alto Perú aportó a nuestra Independencia de España, hasta que por el notorio desinterés de Buenos Aires, y para no ser incorporada al Perú, esa región decidió erigirse en una república independiente en 1825. Los lazos parecieron entonces distenderse, con una consecuente disminución de los flujos de personas en una y otra dirección, tiempo en el que seguirá destacándose el comercio de mulas del Noroeste hacia las minas de Potosí, en largos arreos que tardaban seis meses. Ni siquiera cuando Argentina alcanzó la unificación nacional y abrió anchas sus puertas a la inmigración extranjera, los países vecinos y Perú gestionaron planes de colonización para ellos. Aunque de hecho, tan generosa invitación estaba exclusivamente

orientada hacia la población blanca de los países centrales de Europa, pues pareció desvanecerse ya por completo el americanismo de los tiempos de la Independencia. En el siglo XX, en Argentina hubo numerosos presidentes y gobernadores que eran hijos o nietos de españoles, italianos y hasta de siriolibaneses, pero no descendientes de bolivianos y peruanos, como lo puntualizó un entrevistado. Es que nuestro país había resuelto crecer de espaldas a América, hasta el punto de que el verbo reflexivo “latinoamericanizarse” estaba colmado de una connotación negativa, equivalente a una lamentable decadencia o estrepitosa caída. Tal actitud empezó a cambiar recién, y de a poco –porque aún sigue siendo resistida por un gran sector de la población–, en el último cuarto de siglo, con los procesos de integración regional, que dieron nacimiento al MERCOSUR y luego a UNASUR. La inmigración de los países andinos es muy modesta si la comparamos con la europea, la que a partir de 1880 se dio como un verdadero aluvión. A causa de ella, y no de la modesta migración de los países vecinos, en 1914 llegó a haber un 30 % de población extranjera en el país, mientras que en la ciudad de Buenos Aires alrededor de la mitad de sus habitantes eran extranjeros, y la otra mitad en buena parte hijos de ellos. Estos grandes contingentes europeos vinieron así a fortalecer la ideología blanca, europeizante, que predominara hasta entonces y en buena medida sigue dominando el país, y que explica que la mayor discriminación proviene hoy de los descendientes de estos italianos y españoles, como lo señalaron algunos entrevistados. Sin embargo, estos inmigrantes de los países vecinos nunca fueron aluvionales. Desde 1969, fecha del primer censo, hasta 2001, los inmigrantes provenientes de los países vecinos y del Perú oscilaron entre el 2 % y el 3 % de la población total del país. Hacia 1960, la inmigración europea había cesado, pues sus principales componentes, los italianos y españoles, encontraron destinos más tentadores que un país que se debatía en una angustiosa inestabilidad económica, y que, como consecuencia de ello y de una brecha social, que llegó al 41 %, se sumergió en la violencia armada. Se vio asimismo que muchos hijos y nietos de esos inmigrantes reivindicaban su nacionalidad de origen para regresar a Europa y poder trabajar allí sin problemas. Lo que motivó un incremento de la inmigración de los países vecinos fue la implementación a rajatabla del llamado Consenso de Washington en todo el continente, que destruyó las economías regionales y dejó a millones de persona en la mayor zozobra. Para peor, este plan sistemático de demolición de toda base de la independencia económica se rodeó en nuestro caso del mito, propio de mentes colonizadas, de que estábamos ingresando al Primer Mundo, y que como todo país que por su bonanza atrae a los extranjeros, nosotros teníamos a los bolivianos y paraguayos, así como Estados Unidos tenía a los mexicanos y centroamericanos. La inmigración boliviana empezó a darse hacia el año 1875, y tuvo un leve incremento con la llegada del ferrocarril. Durante la Guerra del Chaco, muchos indígenas del Oriente boliviano cruzaron la frontera, huyendo de los ejércitos beligerantes. Se hizo ya notoria hacia mediados del siglo XX, aunque en su casi totalidad era estacional y no definitiva. De Villazón partían trenes repletos de trabajadores temporarios que venían a la zafra azucarera de los ingenios del Noroeste. Poco después, en una segunda etapa,

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sumaron a esta actividad la cosecha del tabaco y el algodón. También, en menor medida, la minería de socavones. La tercera etapa se da entre los años 60 y 70, en la que se incrementa la afluencia de zafreros en los ingenios azucareros, especialmente del Ramal, y comienzan a incorporarse a las cosechas fruti-hortícolas de los oasis mendocinos y otros sitios. Llegan también en esta etapa importantes contingentes a la ciudad de Buenos Aires y los partidos bonaerenses vecinos, para trabajar en el comercio, la construcción y en menor medida en las industrias y los servicios. La cuarta etapa se da a partir de 1970, en la que los inmigrantes de este origen se trasladan a muchos puntos del país, ocupándose en diversas actividades, como el cultivo y comercialización de frutas y verduras, la construcción, la fabricación de ladrillos y otras. Se ha incrementado ya en forma significativa el número de quienes tienen una ocupación permanente y muestran claros parámetros de un ascenso socioeconómico, lo que implica, de hecho, una radicación definitiva, con o sin documentos argentinos. Se habla también para este sector de una vida de doble domicilio, pues tanto aquí como en Bolivia hay quienes poseen casas, maquinarias agrícolas, tierras, tinglados, depósitos y otras estructuras. Para mantenerlas y sacarles provecho, viajan con frecuencia a su tierra natal, llevados no sólo por razones económicas, sino también por la nostalgia. En el trabajo rural, muchos van dejando de ser peones para convertirse primero en medieros y luego, si les va bien, en propietarios de parcelas no siempre pequeñas. Ello fue desarrollando en dicho país un imaginario migrante, donde se calcula hoy que el 30 % de la población emigró en forma temporaria o definitiva a Argentina –su principal destino, que se explica por la continuidad histórica y cultural a la que ya nos referimos– y otros países. Esos flujos migratorios crearon en ciertos casos anclajes territoriales. Así, Colonia Santa Rosa en Salta está vinculada a los pueblos vallistos de Tarija, al igual que los productores fruti-hortícolas de Mar del Plata, mientras que Lules, en Tucumán, lo hizo con el altiplano potosino. Durante la época de la convertibilidad, el flujo migratorio estacional boliviano tuvo un alto incremento, pues les permitía estar un tiempo aquí y regresar con una cantidad de dólares con la que la mayoría ni siquiera soñaba. Con la ruina que sobrevino luego de esta ficción económica neoliberal, disminuyó el flujo y muchos de los ya establecidos aquí regresaron. Según los últimos registros de Migraciones, la inmigración boliviana descendió hoy en forma abrupta por las mejoras de las condiciones de Bolivia y el mayor apoyo del Estado a sus iniciativas, lo que incitó además a varios bolivianos a regresar a su tierra. Datos del Consulado de Bolivia de 1996 daban la cifra de un millón doscientos mil inmigrantes de esa nacionalidad establecidos en el país, esparcidos por casi todo el territorio nacional, aunque con una gran concentración en el Gran Buenos Aires. Hoy el monto no parece ser mayor. Además, esa cifra incluía a los hijos de esos inmigrantes nacidos aquí, que son argentinos por más bolivianos que se sientan a menudo. Voceros de los sectores políticos de la derecha han llegado a manifestar, como quien pone el grito en el cielo, que la inmigración de los países vecinos está descontrolada, lo que no es cierto. Se estima que desde hace al menos 120 años ésta ronda el 2,5 % de la

población que habita en el país. La población inmigrante, sumando todos los orígenes, representaba en 2001 el 4,2 % del total, lo que si bien superaba el porcentaje sudamericano (3,34 %) y el mundial (3 %), resulta casi cuatro veces menor que el 15 % que promedió a lo largo del siglo XX. Además, ha cambiado su origen nacional. Hasta la Segunda Guerra Mundial prevaleció la inmigración europea. En los cuatro años siguientes a su finalización, se produjo una nueva oleada de obreros industriales y agricultores italianos y españoles. Amainada ésta hacia el final de la década de los 50, empezó a prevalecer la inmigración de los países limítrofes y el Perú. A partir de entonces, los paraguayos fueron desplazando a los italianos en sus medios de vida, y los bolivianos a los españoles. No como resultado de una competencia, sino de un abandono, pues los hijos y nietos de estos europeos, tras realizar estudios universitarios emprendían tareas más rentables y menos sacrificadas que las agropecuarias a pequeña escala. Se calcula que sin la inmigración de los países vecinos que se produjo en los últimos 60 años, el país tendría un 8,7 % menos de habitantes que la población actual, el producto interno bruto sería un 36 % menor, y el producto bruto per cápita un 25 % más reducido. Tales guarismos demuestran que la inmigración resultó beneficiosa para la población argentina en lo social y económico, a lo que se suman sus valiosos aportes a nuestra diversidad cultural, que es el objetivo de este trabajo. Los bolivianos, chilenos y paraguayos se concentran en cuatro ramas de actividad: construcción, comercio, restaurantes y hoteles, e industria y servicios. Los peruanos, en servicios, comercio y restaurantes y hoteles, aunque hay también numerosos profesionales que vinieron a estudiar en nuestras universidades y tras recibirse se quedaron, a menudo por haberse casado con argentinas. Otros datos indican que casi la mitad de los inmigrantes procedentes de los países limítrofes y del Perú se concentran en el servicio doméstico y la construcción. Entre los llegados en los últimos años, el 44,6 % se dedica a las actividades domésticas, y el 16,2 % a la construcción, tareas en las que se acercan al 15 % de la mano de obra ocupada. El Censo realizado por el Instituto Nacional de Estadística y Censo (INDEC) en 2001 arrojaba un total de 1.531.940 inmigrantes radicados en el país, cifra que no incluía ciertamente a sus hijos nacidos aquí, que por ley son argentinos y no extranjeros, por más que las prácticas racistas llevan a verlos como tales. Según su país de origen, los paraguayos ocupaban el primer lugar, con el 21,2 %, y los bolivianos el segundo, con el 15,2 %. En tercer lugar venían los italianos, con el 14,1 %, y le seguían los chilenos, con el 13,9 %. Respecto a estos últimos, nótese que a no diferir demasiado en cantidad de inmigrantes respecto a los bolivianos, es escasa o nula la discriminación que padecen, por no ser sospechosos de indianidad. Los peruanos estaban en el séptimo lugar, con un 5,8 %, a continuación de los uruguayos, que los superaban, con el 7,7 %. Se cree que la inmigración peruana tuvo un significativo crecimiento en la primera década de este siglo, pero habrá que esperar hasta fines de este año 2011 para conocer los indicadores del último censo, el que no hay siquiera estimaciones que se puedan adelantar. El total de inmigrantes representaban entonces (año 2001) el 4,2 % de la población del país, y el 5,1 % de la población económicamente activa.

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Tampoco la migración paraguaya muestra niveles de crecimiento, sino que se mantiene estable y en un nivel moderado. Se calcula que el nuevo censo podría dar la cantidad de 1.500.000 inmigrantes de los países vecinos. O sea, no se observa descontrol alguno, y ni siquiera un nivel de crecimiento que pueda preocupar a los “nacionalistas” que temen los vientos americanos, desde que no hay una tasa creciente de extranjeros en relación a los argentinos nativos. La estadística oficial de la emigración peruana a otros países del mundo desde 1990 al 2009, según cifras del Instituto Nacional de Estadística e Informática, señala que en ese período 2.038.107 peruanos salieron del país sin registrar su reingreso, lo que implica que el monto total se quintuplicó con respecto al estudio anterior. El 32,6 % de ellos residen en Estados Unidos, el 16,6 % en España y el 13,5 % en Argentina. El 90 % del dinero enviado desde esos países a los familiares es gastado en el consumo diario, y menos del 5 % se destina a pequeñas inversiones. Las remesas provienen en un 40,8 % de Estados Unidos, en un l5,6 % de España, y en un 8 % de Japón. Argentina no figura en el informe, pero debe ser una cifra del orden del 5 %. O sea, no implica para su economía una mayor pérdida de divisas, y más si se la relaciona con la creación de riqueza realizada por esa inmigración, que incluye numerosas empresas que dan trabajo a los argentinos. Las remesas de divisas de tales empresas a sus casas matrices en Perú soy muy inferiores a las que las empresas argentinas radicadas en Perú transfieren a Argentina, lo que permite eliminar toda suspicacia economicista en la balanza. Los bolivianos radicados en Mar del Plata, uno de los puntos de nuestra investigación, son 22.000. En su mayoría proceden d Tarija. Sus actividades económicas son la siembra y comercialización de verduras y frutas, la construcción y la fabricación de ladrillos. Los peruanos no llegan allí a 900, siendo 840 los registrados por la Gendarmería. Un 30 % de los hombres de esa nacionalidad son profesionales. El otro 70 % vive de la jardinería, la pesca, la construcción y los textiles. La gran mayoría proviene de la Costa. Un porcentaje reducido, de la Sierra, y son escasos los nativos de la selva amazónica. En la localidad tucumana de San Isidro de Lules la población boliviana es de 2000 personas, contando los hijos y nietos de inmigrantes de ese origen nacidos aquí, lo que representaría el 60 % de la población local. Los primeros inmigrantes vinieron a comienzos de los 70, por lo que hay ya una tercera generación. La mayoría, como se dijo, provienen de Potosí, y no están agrupados en una sola organización, por divisiones internas. Se dedican por lo general a las actividades fruti-hortícolas. En un alto porcentaje hablan quechua o aymara, aunque no lo manifiestan en público para no ser discriminados. En la provincia de Mendoza hay también una importante población boliviana. Empezaron a venir en los años 50, a trabajar en la vendimia como peones, y no tardaron en volcarse a las huertas, sembrando ajo, cebolla, papa, zanahoria, tomate y otras verduras en calidad de medieros o propietarios de pequeñas parcelas. Se concentraron inicialmente en la zona agrícola de Ugarteche, situada a 22 kilómetros de la capital provincial. Poco después se establecieron también en Tupungato, a 40 kilómetros de la misma. Gracias a su trabajo infatigable, muchas zonas antes desérticas son hoy verdes y productivas. Su asentamiento urbano más grande está en Lihue, a 12 kilómetros de la ciudad, donde

la mayoría trabaja en la construcción. En Ugarteche se realiza todos los domingos una feria, en la que se vende tanto lo que ellos producen como lo que traen de Bolivia. Además de su fiesta patria, el 6 de agosto, rinden culto a la Virgen de Copacabana, y de un modo especial al Señor de Quillaca, de Oruro, lugar al que peregrinan en ocasión de su fiesta. Veneran al patrón Santiago, y en su fiesta hacen misachicos, deteniéndose la procesión donde hay una imagen de este santo o de la Virgen. Practican también sus danzas típicas, especialmente la de Caporales y la Saya, y festejan con entusiasmo el Carnaval. Cabe destacar que en Bolivia el 62 % de la población mayor de 15 años se reconoce indígena, y el 40 % habla una de las 38 lenguas nativas. Los quechuas representan el 30 % de la población del país, y los aymaras el 25 %. Estos últimos se despliegan por las tierras altas, mientras que los quechuas prefieren los valles interandinos. Los otros 36 grupos indígenas suman apenas el 6 % de la población total. Los afrodescendientes son en cambio escasos, y se concentra en los valles cálidos del Departamento de La Paz. Se habla de un total de 158.000 personas, que representarían el 2 % de la población. En Perú se calcula que casi la mitad de la población es de origen quechua o aymara, por más que muchos de ellos nieguen o escondan esta identidad, presentándose como mestizos o cholos. Ambos grupos están principalmente localizados en la Sierra, aunque migran a la Costa y a la región amazónica. La presencia africana es aquí mayor, y representaría, según un cálculo efectuado en 1995 por el Minority Rights Group International, entre el 5 y el 10 % de la población total, lo que equivalía entonces a una suma que oscilaba entre 1,1 y 2,3 millones de personas. La cultura de esta última minoría está realizando importantes aportes a nuestra diversidad en los últimos tiempos, a diferencia de la boliviana, menos desarrollada y de casi nula presencia en el país.

3. Aportes bolivianos a nuestra diversidad cultural Cuando Ricardo Jaimes Freyre moría en Buenos Aires, en la década del 30, el músico Felipe B. Rivera, oriundo de Suipacha, Departamento de Potosí, sorprendía con sus composiciones en diversos escenarios de esa ciudad, ganando una fama que le permitió editar allí varios discos. Después llegó Mauro Núñez, músico de Chuquisaca, a difundir los aires de su tierra. En la década de los 40, los hermanos Aramayo se establecieron en Humahuaca. Tal fue su repercusión, que a pedido del General Perón se sumaron al grupo que viajó al exterior como representantes de la música popular argentina. Los Aramayo tuvieron un papel destacado en la recolección del cancionero popular de Humahuaca, logrando recuperar muchas canciones antiguas casi desaparecidas. Incorporaron al acervo local un tema de cueca que llamaron “chilena”, aunque presenta variaciones sutiles con la auténtica cueca chilena. Todo indicaría que las primeras bandas se sikuris, hoy tan numerosas y plenamente instaladas en la tradición de la Quebrada de Humahuaca, a las que se ve en gran número durante Semana Santa, trepando la cuesta rumbo al santuario de la Virgen de Cabra Corral, habrían sido formadas por los primeros inmigrantes bolivianos, por ahí de 1940.

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Banda de sicuris de Abra Pampa, hacia mediados del siglo XX.

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Éstos trajeron también este instrumento de origen precolombino, que hasta el día de hoy se siguen adquiriendo en Bolivia, en forma individual o en “tropas” de doce piezas, compuestas por dos pares de sikus grandes, dos pares de medianos, cuyo tamaño alcanza la mitad de los anteriores y suena aproximadamente una octava más alta, y dos pares pequeños, que producen la tercera octava. Además de doce flautistas, una banda de sikuris completa posee un gran bombo, un número variable de redoblantes, un platillo o triángulo y una maraca. En el campo de la pintura, se podría citar en primer término a los hermanos Raúl y Gustavo Lara, plásticos que alcanzaron hoy una fama internacional. Hicieron su obra de juventud en San Salvador de Jujuy, dejando allí una honda memoria de su paso, cultivada por parientes radicados en esa ciudad, así como una herencia estética que fue asimilada por otros artistas. En el campo más vecino al popular, dada su extracción, cabe citar a Pastor Monzón Titicala, quien nació en la región minera de Challapata, Oruro, en 1940. En 1951 pasa a San Salvador de Jujuy, donde cursa estudios en la Escuela Provincial de Artes Plásticas “Medardo Pantoja”. Adoptó la ciudadanía argentina, y fue premiado en diez salones, casi todos a nivel provincial y de la región NOA. En 1998, expuso en el Centro Cultural Recoleta / Museo Sívori, dentro de una muestra colectiva curada por el Arq. Alberto Petrina, quien ayudó así que su obra sea más conocida y valorada. Aunque ahora, ya muerto y enterrado en su ciudad adoptiva, reclama una puesta en valor definitiva en el plano regional y nacional. Su obra vigorosa hunde sus raíces en la iconografía colonial, empapándose de su tradición plástica, pero no para

reproducirla, sino para reelaborarla en lo formal y resignificarla, pues el mundo indígena irrumpe en ella con inaudita fuerza, como se puede ver en su obra La Pachamama, un óleo sobre chapadur de gran formato que pintó en 1996 y se exhibió en la mencionada exposición del NOA. Sus vírgenes morenas representan también a la Pachamama, aunque a menudo visten un manto triangular que nos remite al Sumaj Orko, el cerro de Potosí donde, según un cálculo, habrían dejado la vida ocho millones de indígenas. Como señala Radek Sánchez en una entrevista, sus mujeres nos recuerdan a las de Rubens por lo ubérrimas, aunque son todas morenas, no blancas. Las imaginamos fecundas, pero nada tienen de provocativas. Descansan por lo general con una mirada viva pero apacible, poniendo su dignidad en primer plano. En San Salvador de Jujuy hay dos pintores jóvenes de origen boliviano que están realizando interesantes búsquedas estéticas, aunque con una mayor abstracción que Monzón Titicala y sin remisiones a lo colonial. Uno de ellos es Froilán Colque, nativo de Potosí. Vino casi de niño acompañando a su padre, quien entró a trabajar en el Ingenio Ledesma como zafrero, radicándose en la localidad de Libertador General San Martín. Integra una familia numerosa, y el sueño de su padre fue siempre que alguno de sus hijos estudiara una carrera universitaria. Ninguno obtuvo finalmente un diploma de este nivel, pero tuvo, sí, dos hijos que manifestaron desde su temprana adolescencia un interés por la pintura. Uno de ellos, siendo un joven de unos 20 años, viajó a Bolivia por un breve tiempo y nunca más volvió ni se supo de él, por más que su Froilán hizo un viaje para averiguar su paradero. Froilán tuvo que pasar también por la experiencia de pelar caña, trabajo de gran dureza, soportable, dice, si uno no hizo antes otra cosa mejor, y por eso temió siempre, desde que empezó a pintar, tener que regresar a ello, y hasta el día de hoy rechaza la idea de inspirarse en esas faenas al pintar, pues le resulta traumática la imagen de su padre viniendo del surco todo negro, pues cortaba y manipulaba la caña quemada para deshojarla. Más de una vez, creyó que el fuego lo había alcanzado. En 1978 todos retornaron a Bolivia, por las dificultades migratorias que les ponía la Dictadura Militar, pero el clima de Santa Cruz de la Sierra, donde fueron a radicarse, le hacia mal a su madre, razón por la cual volvieron a Jujuy. Fue en Santa Cruz donde empezó a dibujar y pintar. Cuando quiso entrar en la escuela en San Salvador de Jujuy le pusieron numerosos obstáculos, a los que interpreta como discriminación, pero se trataban acaso de los problemas que deben pasar todos los extranjeros e incluso los nacionales cuando pasan de un sistema educativo a otro. No obstante, era para él algo novedoso, pues en Bolivia, dice con énfasis, no trataban así a los extranjeros. Luego de un año de trámites logró inscribirse en el profesorado de arte. Antes de eso los evangelistas lo habían captado para su secta y dado clases de pintura, aunque no tardó en desligarse de su influencia. Tuvo que rendir muchas equivalencias, aunque lo hizo de muy buena gana, para conocer la historia y geografía del país en que residía. Le costó encontrar su camino en la plástica. Al principio mezclaba temas y técnicas sin una dirección precisa. Pero pintando se fue haciendo, afirmando su identidad tanto en obras figurativas como abstractas, utilizando diversos soportes, desde telas a mosaicos. Dice que pinta a menudo a pedido, para subsistir, pero también pinta para sí, lo que más le interesa como

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artista, aunque le cueste luego vender esas obras. Fue premiado por el Consejo Federal de Inversiones y el Salón Pregón, entre otros. Llegó el momento en que pudo desplazar el tema a un segundo plano, para colocar a la misma pintura en el centro. Avanzó así hacia la abstracción, pero no plena, pues siempre, como es común en el arte popular, establece anclajes en lo concreto. Busca lo universal, pero desde la cosmovisión quechua. Otro artista joven que se está proyectando desde la “sangre boliviana” es Ariel Cortez. Si bien su padre nació en La Quiaca, sus cuatro abuelos y sus ancestros eran bolivianos, por lo que potencia hoy esta identidad andina no sólo con su obra, sino también desde la gestión cultural. Con el dinero de un restaurante que puso su padre, pudo venir a Buenos Aires y estudiar en la Prilidiano Pueyrredón, con la suerte de que logró terminar su carrera en el mismo momento en que su padre perdía esa fuente de trabajo y se quedaba sin recursos para sostenerlo. Cuenta cómo por su aspecto físico y su indumentaria era discriminado incluso en ese medio artístico, que suele ser muy informal en estas cosas. Más que nada, a sus compañeros les extrañaba mucho una presencia como la suya en dicho ámbito. Pero cuando empezó a contarles los rituales del Noroeste y de Bolivia se mostraron interesados en que les abriera las puertas de ese mundo. No quería asimilarse a la concepción europea del arte, sino asumir su propia cara y fundar con una teoría estética obras que trascendieran el folklorismo y el tematismo. Dejó así a un lado la composición armónica y otras enseñanzas académicas y comenzó a indagar en la estética del mundo andino, recurriendo para ello a un detenido análisis de los tejidos. Era consciente del riesgo que corría al echarse al mar en tan frágil barca, pero su ruptura con las enseñanzas recibidas, o la utilización heterodoxa de sus elementos, atrajo la atención de sus compañeros. Exploró así las estructuras formales y también, o sobre todo, los colores andinos. Al percatarse de que los tonos luminosos iban mejor con la cara “que portaba”, según sus propias palabras, empezó a vestirse con esos colores, para que al pintar con ellos le resultaran “naturales”, congruentes. Su método era aceptar, naturalizar, lo que él era y lo que tenía, con la certeza de que todo lo que fluyera desde esa perspectiva sería arte. Y en verdad lo logró, a juzgar por el nivel de muchas de sus obras. Dice que cuando baila en el Carnaval siente que su cuerpo se traslada a otra parte, y quiere entonces que su pintura también baile, se transfigure, deje de ser estática. Integra en Tilcara la comparsa “Los Caprichosos”. Sus miembros mojan con vino sus trajes de Diablos del Carnaval para “emborracharlos”, pues a su juicio debe establecerse un diálogo entre quien lo confecciona y quien lo va a usar. En el Gran Buenos Aires y casi todo lugar de Argentina donde existe una colonia boliviana se reproducen las fiestas de ese país, tanto cívicas –la del 6 de agosto es la más importante de este tipo, por celebrarse el día de la Independencia del país– como religiosas. Entre estas últimas, cabe citar en primer término la fiesta de la Virgen de Copacabana, patrona de Bolivia, a la que se le ofician dos misas anuales en la Basílica de Luján, en la de Pompeya y en la de La Matanza, los días 15 de agosto y 7 de noviembre. También en la catedral de Mar del Plata se le rinde especial culto, al que se suman los argentinos. El segundo lugar estaría reservado a la Virgen de Urkupiña, cuyo santuario se encuentra en Quillacollo, localidad situada a 20 kilómetros de la ciudad de Cochabamba. Su fiesta

“La Pachamama”, óleo sobre chapadur de Pastor Monzón Titicala (1996).

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se realiza el 15 de agosto. Por divisiones internas, en La Ciudadela hay dos imágenes de esta virgen, que celebran el culto por separado, con sus danzas y cargamentos. La música sigue la tradición anterior a la de las bandas con grandes instrumentos occidentales que hoy proliferan en Bolivia, tocando zampoñas, charangos, quenas y otros instrumentos andinos. Sigue luego la Virgen de Chaguaya, cuyo santuario principal está en San Lorenzo, a 70 kilómetros de la ciudad de Tarija. En El Boquerón, paraje cercano a Mar del Plata, una procesión numerosa de promesantes recorre el campo todos los años, llevando en andas a una imagen de la Virgen de Chaguaya que se guarda en una capilla de la zona. En homenaje a ellas se organizan complejos y costosos montajes ceremoniales, en los que suele haber también homenajes a la Pachamama. Los gastos son repartidos entre varias personas que asumen como padrinos de los distintos aspectos de la fiesta, ocupándose también de la organizarlos. Esos padrinazgos van desde la vestimenta de la Virgen, siempre renovada, a cada una de las danzas que intervienen, las que implican un gran gasto tanto en la confección de los trajes como en los ensayos, transporte y comida. Otros rubros son las bandas de música que tocarán en la fiesta, y los “cargamentos”, antes carruajes alegóricos y hoy automóviles tan tapados de elementos y objetos votivos, decorativos y simbólicos que uno se pregunta cómo pueden ser conducidos, porque el vidrio delantero queda cubierto casi por completo. La danza más representativa parece ser la de los Caporales, seguida por El Tinku, La Morenada, Los Doctorcitos, Los Kallawayas, Los Tobas, La Saya y La Huaca-Huaca. Está también La Diablada, inspirada en la del Carnaval de Oruro (declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por Bolivia, junto, como se dijo, con la Medicina Kallawaya), aunque sin desplegar las complejas y enormes máscaras tomadas de la tradición de Oriente, luego del viaje al Tíbet de una comisión de Oruro dedicada a organizar dicho Carnaval. En la Ciudad de Salta, la Comparsa Gran Poder viene ganando sistemáticamente el primer premio de los corsos con sus danzas de Caporales, Tinkus y Morenadas. Este milagro de debe a Juan Durán, que hoy cuenta con 59 años de edad. Sus padres lo trajeron a Argentina hacia mediados de siglo XX, a trabajar en la zafra en el Ingenio Esperanza, y luego en las minas en la cercanía de Socompa, la helada frontera andina con Chile. Se establecieron en dicha ciudad en 1958, en el Barrio 20 de Febrero, donde había ya varios bolivianos. Juan debió sufrir en la escuela la marginación que padecían todos los de su origen, y cuando ya grande quiso participar en el corso con la danza de Caporales, que había comenzado a recuperar con un grupo de compatriotas, los echaron de las reuniones en que se organizaba esta actividad y se repartía los lugares y prebendas, o le cerraban las puertas para que no entrara, diciéndole que eso no era para bolivianos, que fueran a bailar a su país. Después de un esfuerzo que le demandó un buen tiempo, consiguió que su grupo, bautizado como Gran Poder, participara en el corso y, para sorpresa de todos, ganara el primer premio, desplazando a las tres célebres comparsas salteñas, de antigua data. A la danza de Los Caporales sumaron luego El Tinku, y también ganaron premios con ella. En este año 2011 se presentaron con Los Caporales y La Morenada. Ambas danzas tienen que ver con la esclavitud e implican una reivindicación de la raíz africana, aunque en el primer caso se centra en la condena a los capataces

negros, los que traicionando a su raza se convertían en crueles factores de poder de los amos, castigando a los suyos sin piedad. La Morenada se refiere a los llamados “negros mulas”, que con los pies encadenados debían transportar, por caminos malos y llenos de subidas y bajadas, pesados carruajes cargados de herramientas y otros enseres. Estos negros, reducidos así a la condición de bestias de carga, dicen, cumplieron un papel importante durante la Revolución que acabaría con el dominio español, pues al conocer bien los caminos y sus dificultades prestaron un valioso servicio a los insurgentes. Hoy Juan cuenta con la ayuda de sus hijos Leonardo y Javier, ambos avanzados estudiantes de Derecho en la Universidad Nacional de Salta. El primero es el capitán de Los Caporales, y el segundo de La Morenada. El grupo de Los Caporales cuenta con más de cien bailarines, y el de La Morenada alrededor de cincuenta. El gran grupo que se forma con estos objetivos, refiere Leonardo, opera como un factor de contención social, impidiendo que los jóvenes se entreguen al alcoholismo y la droga, sumándose a una numerosa familia que los ayuda a superar sus crisis personales y problemas familiares, poniéndolos en el camino de su propia identidad. El baile exige, además de una estricta disciplina, disponer de tiempo para los ensayos y canalizar hacia la confección del fastuoso traje el dinero que suelen destinar a bebidas o drogas baratas como el paco. Gracias a Gran Poder, hoy hay ya en Salta alrededor de 20 grupos de Caporales, los que si bien rivalizan en el corso, mantienen entre ellos relaciones de amistad. Por otra parte, la saya y otras músicas que usan en sus danzas son pasadas por las radios y hasta utilizadas en las discotecas de la ciudad. Leonardo asegura que ya estas danzas forman parte del folklore salteño, pues las adoptaron muchas personas que no son de origen boliviano. Para entrar en Gran Poder, añade, sólo hace falta tener ganas de bailar. Gran Poder es pura cultura popular, no un producto para vender. La alegría que les proporciona este arte al que se volcaron por completo, afirman los tres Durán, no se paga con nada. Juan se enorgullece hasta las lágrimas de sus hijos, y a éstos también se les nublan los ojos al evocar la lucha de su padre para construir ese mundo que congrega a tantas personas y al que deben mantener con sus propios recursos, sin aspirar a prebendas públicas. Juan tuvo incluso que soportar la crítica de una delegación de sus propios compatriotas que vino para un congreso, quienes lo acusaron de estar “robando” tradiciones bolivianas que fueron distinguidas por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad (esto por su relación, no tan estrecha, con el Carnaval de Oruro) para dárselas a los argentinos. Les hizo ver que, por ser tan boliviano como ellos, tiene el pleno derecho de cultivar e incluso de renovar esta tradición allí donde esté. Mientras la comida peruana se ofrece en Argentina tanto en el plano popular como en restaurantes para los sectores de mayores recursos ubicados en los barrios de moda, la boliviana se despliega sólo en zonas frecuentadas por esta migración, ya sea en los barrios que habitan como en las ferias y espacios sociales en que se reúnen, y su precio suele ser menor que el de la comida popular argentina. Así, en el Parque Centenario, adonde van los fines de semana a jugar al fútbol y practicar otras actividades, se pueden comer en puestos allí instalados, y a precios económicos, los platos más típicos de Bolivia, como chicharrón de cerdo frito acompañado con mote, picante de pollo con arroz,

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sopas de quínoa y de maní, quínoa con leche y el api, que es maíz blanco con leche. En los más de veinte restaurantes que hay en torno al mercado de Liniers, los residentes bolivianos encuentran una carta más variada, en la que no faltan platos exóticos: pique a lo macho, picante mixto, mondongo chuquisaqueño, chorrellana, súper fricasé paceño (lleva mote, carne de cerdo, chuño entero y ají amarillo picante), falso conejo (se hace con arroz o fideos, chuño con maní, papa y carne de res con ají rojo), las célebres empanadas llamadas “salteñas” (que nada tienen que ver con las de Salta, y se rellenan con pollo cocido en caldo, con una masa gruesa y dulce) y el pollo al broaster, que son piezas apanadas que se fritan hasta que quedan secas. En dicho mercado se encuentran tiendas en las que casi todo se vende “suelto”, o sea, sin empaquetado industrial. Vemos allí en una gran cantidad de bolsas distintas clases de maíz entero o molido, quinua, arroz, harinas, varios tipos de porotos, garbanzos y arvejas secas, mientras que en las estanterías que están contra las paredes se alinean, en un orden muy diferente a la de las tiendas argentinas y a una altura inalcanzable por los clientes, toda suerte de salsas y otros productos que en su mayoría vienen de Bolivia, Perú y otras partes, y que hacen al sabor de sus platos y hábitos alimenticios. Esta forma de presentar las mercaderías es en un todo semejante a la que se observa hoy en los mercados de Bolivia, con la costumbre de poner carteles en las bolsas para indicar qué producto es y su precio. Décadas atrás, en el Noroeste Argentino esto era también frecuente. Quizá la más característica de las festividades bolivianas en nuestro país sea la Feria de las Alasitas, que se realiza el 24 de enero y también el 6 de agosto, y tiene en la ciudad de Buenos Aires su centro en el Parque Indoamericano, donde en base a ella se armó una institución de promoción del arte y la artesanía populares. Consiste en la exhibición y venta de toda suerte de miniaturas en madera, papel, cerámica y otras materias primas que por lo general se traen de Bolivia. El destinatario de todo este despliegue es el Ekeko, dios de la abundancia, que combate la escasez que siempre los hostiga. La miniatura de un automóvil propiciará así que su poseedor pueda llegar a comprarlo en el año que recién empieza.

4. Aportes peruanos a nuestra diversidad cultural

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Los aportes peruanos a nuestra cultura fueron muchos y variados. Podríamos empezar con María Isabel Granda Larco, la caantante universalmente conocida como Chabuca Granda. Nació en Apurímac, el 3 de septiembre de 1920. Creó e interpretó valses criollos y ritmos afroperuanos. Su tema de mayor circulación fue “La flor de la canela”. Vivió varios años en el barrio porteño de La Recoleta, y durante la Guerra de las Malvinas defendió la causa argentina, escribiendo textos que expresaban su profundo amor por el país. La Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires dio su nombre a un paseo público y colocó en él una placa que reproduce palabras de la artista, fallecida en 1983. En el plano religioso, se puede citar a Santa Rosa de Lima. Nació en esa ciudad en 1586, y fue bautizada como Isabel Flores de Oliva. Esta mística terciaria de la orden

dominicana llegó a ser la primera santa de América, por lo que durante la Colonia fue consagrada Patrona de América, Indias Orientales y Filipinas, títulos que mantiene hasta hoy. Es también Patrona de las Fuerzas Policiales del Perú, y de las Fuerzas Armadas de Argentina y Paraguay. Su fiesta, que se celebra el 30 de agosto, es famosa en nuestro país por la llamada Tormenta de Santa Rosa, que más o menos coincide con esa fecha y va anticipando ya la llegada de la primavera. La tradición le atribuye este fenómeno meteorológico que, producido por sus rezos, habría hecho huir a los temibles piratas holandeses cuando se aprestaban a entrar a Lima a sangre y fuego, para saquearla. Murió en 1617, a la edad de 31 años. El Señor de los Milagros es una imagen de Cristo pintada por un esclavo angoleño en 1651. Se encuentra en el Santuario de las Nazarenas de Lima, y es venerada por los peruanos en todas partes del mundo, porque se la considera muy milagrosa. En Buenos Aires, su tradicional y multitudinaria procesión se realiza el último domingo del mes de octubre. En el Noroeste argentino se le rinde asimismo culto. Existe en Buenos Aires la Hermandad Señor de los Milagros, que consta de numerosos miembros, distribuidos en seis cuadrillas. Los residentes peruanos veneran también a la Virgen de la Puerta, del Norte del Perú, cuya principal imagen en Argentina está en la Catedral de La Plata. San Martín de Porres es asimismo objeto de un culto especial. En la ciudad de Tucumán hay una iglesia dedicada a este santo, y cuando se acerca su fiesta, en septiembre, se realiza una concurrida kermesse que dura una semana. En el plano culinario, la cocina peruana suma a la de tradición andina la de origen europeo, así como la del Extremo Oriente e incluso de África. Incorporó de este modo la salsa de soja, el jengibre, los sabores agridulces y picantes exóticos. El cebiche es el plato que más representa al Perú en el mundo. Tiene su origen en culturas ancestrales de la Costa Norte, probablemente entre Mochica y Chimú. Se dice que estos pueblos salían a pescar en el mar en botes de totora, en jornadas de muchas horas y hasta de días. Al internarse en el Océano Pacífico, lo que era frecuente en sus incursiones, a las provisiones que llevaban para paliar el hambre empezaron a añadir pescado fresco sazonado con sal. Los españoles traerían luego el limón, cuyo sabor y poder de cocción del pescado crudo llevó a la generalización de esta costumbre reservada a los pescadores en el mar. Hoy se lo asemeja con el shushi japonés, que en las últimas décadas se puso de moda en nuestro país. Al limón, al que lo relaciona en el plano simbólico con la fuerza de la sangre, añaden cebolla (a la que vinculan con la melancolía), ají (metáfora de la picardía en América), maíz (el que representa para ellos la riqueza de la tierra), y el camote (que aludiría a la hospitalidad). Se puede saborear cebiche en todos los restaurantes peruanos del país. Como destacado emergente de la cocina peruana y boliviana de la región montañosa se cita a la pachamanca. En el runa simi, la palabra pacha designa a la tierra, y el vocablo manka a la olla. La pachamanca es un horneado de alimentos que se realiza bajo tierra en una gran olla, gracias al calor de piedras calentadas al máximo. Su base es la carne de llama, vaca, cerdo u otro animal doméstico, acompañada de vegetales y tubér-

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culos de la región. Esta comida se relaciona por lo general con el culto a la Pachamama o Madre Tierra, iniciado posiblemente en las culturas Tiahuanaco y Huari, y fortalecido y difundido a toda la región andina por los Incas. A la costumbre de dar de comer a la tierra, presente en el ritual a esta deidad de gran vigencia aún en el Noroeste argentino, se añade el hecho de comer directamente de las entrañas de la tierra, como una forma de agradecerle sus frutos. Otro plato característico de la cocina peruana es el anticucho, que se relaciona con los afrodescendientes. En tiempo de la Colonia, las vísceras de los animales que se faenaban eran destinadas a los esclavos. Ellos usaron estas entrañas, y en especial el corazón, para preparar comidas semejantes a las que hacían en África, recuperando así costumbres culinarias ancestrales. En el siglo XX fue adoptado por la clase media, reemplazándose las vísceras por carne de res cortada en trozos, sazonada con hierbas aromáticas y ensartada en largos palillos. En los últimos tiempos, se fueron diversificando sus componentes y sabores. El restaurante peruano Sabor norteño, ubicado en la calle La Rioja 186, en el barrio porteño de San Cristóbal, al que tomamos como ejemplo por ser más popular y apegado a la tradición peruana, sin sofisticaciones orientadas a captar otros públicos, ofrece en su carta caldo de gallina, cebiche norteño (pescado con limón, ají rocoto y sal), potasca (una sopa de maíz entero, tipo mote, y carne de chancho), shambar (un locro típicamente peruano en base a trigo, poroto y cuero de chancho) y anticucho, al que ya nos referimos. A éstos se suman la causa de pollo, un tipo de pastel de pollo; la causa de atún, una especie de pastel de atún; papa a la huancaina, una crema en base a galleta empapada en leche, queso, un ají llamado “escabeche” y aceite; tamales y porciones de mote y de cancha (maíz tostado); arroz chaufa, con pollo, langostino, carne de res y cerdo y salchichas; seco de pato, un estofado; bistec a la pobre, que se hace con carne, arroz, huevo, papas fritas y banana; chicharrón de pollo, con huevo; chicharrón de cerdo, que es cerdo frito con mote, cebolla de verdeo y mandioca; cebiche mixto, de pescado y mariscos; salchipollo, salchicha con pollo trozado, papas fritas y ensalada; arroz chaufa de mariscos y ají de gallina; chupe mixto, una sopa de pescado y langostinos. La leche de tigre es langostino cocido con el jugo del cebiche, que se sirve en una copa. El sudado de pescado es pescado hervido al vapor. El sudado mixto, además de pescados lleva mariscos. Otros platos típicos son la tortilla de camarones y el tallarín saltado con mariscos. La sopa de cholo se elabora con carne de res, gallina y cerdo. Pero lo que más sale es sin duda el pollo a la brasa, al que se ha convertido en lo más representativo de la comida peruana. Es recurrente, por tratarse de una antigua costumbre, la mazamorra morada, que se hace con harina de mandioca y frutas secas. Entre los postres, el mencionado restaurante ofrece leche asada, una especie de flan con mucho huevo, vainilla y azúcar. Otro postre típico son el suspiro limeño, una crema dulce en base a leche y huevo, y los buñuelos. En la esquina de Fitz Roy y Paraguay, en el barrio porteño de Palermo, se instaló recientemente algo que faltaba aquí y es común en Perú: una sandwichería llamada El Peruanito Rey. Se trata de una comida al paso basada en la carne con ingredientes

“El sueño del pongo” (2010), del retablista ayacuchano Jesús Urbano, inspirado en el cuento homónimo de José María Arguedas. El retablo es una de las prácticas del arte popular más apreciadas por las clases altas argentinas desde el tiempo de la Colonia, aunque antiguamente sólo representaban escenas piadosas.

típicos y jugos exóticos. En ella se preparan sandwiches de lechón al horno con lechuga y tomate; de pavita fileteada con lechuga morada, tomate y palta; o de peceto a la olla con cilantro, palta, lechuga y champiñones. Como bebida, se sirven licuados de frutas poco conocidas en estas tierras, como la chirimoya, la lúcuma y la papaya. La bebida peruana por excelencia es el pisco, un aguardiente de uva que se originó en el puerto pesquero y comercial de ese nombre, donde desemboca un río también llamado así, en el Departamento de Ica, ubicado en la Costa Central. En un tiempo Pisco fue un gran exportador de guano, que se utilizaba como fertilizante agrícola. Hoy vive principalmente de la fabricación de esta bebida de fama internacional, la que se remonta al siglo XVI, pues ya entonces se empezó a valorar el sabor especial de este aguardiente, así como las técnicas de conservación. Se lo bebe puro y a la temperatura ambiente, sin hielo. No obstante, muchos se toman la libertad de echarle cubos de hielo y beberlo on the rocks, como el whisky, bebida escocesa que posee la misma graduación alcohólica que el pisco. A nivel popular, es también muy usual beber cañazo, un aguardiente destilado de la caña de azúcar, de menor calidad y fuerte graduación. En los últimos tiempos se está produciendo una mayor presencia de afroperuanos de

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 5. La inmigración andina en el siglo XX

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la Costa en Buenos Aires, principalmente de la Provincia de Cañete, en el sur del Departamento de Lima, y de las islas de Chincha, en el Departamento de Ica. Los caracteriza una fuerte conciencia política, con la que retoman la obra pionera del músico y poeta negro Nicomedes Santa Cruz, muy valorada en los años 70 por el sector ilustrado de Argentina. Dicho autor recuperó la décima de pie forzado para dar cuenta del acervo cultural de este sector y dar cuenta de la discriminación que padece, reivindicando su condición de antiguos esclavos. Además de sus propias creaciones literarias y sus improvisaciones, este gran artista rescató los ritmos negros del Perú, dispersos en géneros tales como la marinera, el panalivio, los valses, toques de tambor y hasta villancicos. Los músicos inmigrantes de hoy vienen con la décima y también con el cajón peruano, al que ya fabrican aquí, para dar ritmo a su música y sus danzas, que se están difundiendo cada vez más y pronto quedarán incorporadas a nuestro acervo cultural. Cabe destacar que este instrumento de percusión está siendo usado por músicos argentinos y latinoamericanos para otros tipos de composiciones. Uno de los más conocidos conjuntos de música y danza negras del Perú toma el nombre de Negros de Miércoles, una forma explícita e irónica de asumir su negritud, aunque adoptaron ese nombre porque empezaron su carrera tocando en un restaurante todos los miércoles. A este grupo pertenece Andrés Mandros Gallardo, un poeta decimista que continúa en Buenos Aires el cancionero popular recuperado y recreado por Nicomedes Santa Cruz. Llegó a Buenos Aires en 1998, y es fundador del Movimiento Negro Francisco Congo y del Centro de Investigación Palenque, que se ocupa de rescatar los valores de la africanía El cajón peruano habría sido llevado a Andalucía por un ahijado de Chabuca Granda, y al difundirse en el campo del flamenco se creyó que era andaluz, pero se aclaró hoy el tema. Los que fabrica Francisco Cama serían acaso los únicos hechos por afroperuanos, y estarían en condiciones de competir con otros fabricantes de otra nacionalidad que hay en Buenos Aires. Kaynillajta fue el primer grupo de danza peruana de Argentina, que representaba diversos bailes de la Costa, La Sierra y la Selva. Es un grupo madre, que oscila continuamente en su número de miembros, pues de él se van desprendiendo otros continuamente. Están así hoy los grupos Raíces del Perú, Estampas del Perú y Matices del Perú, que hacen danzas de las tres regiones geográficas de ese país. También el grupo femenino Q’Kumbé, que podría traducirse como “Qué te incumbe” o “Qué te importa”. El cajón peruano tiene tres tipos de toque: el festejo, que es el más celebrado en Perú por su riqueza rítmica, el landó y la zamacueca. Esta última es la madre de la marinera peruana, y también de la zamba argentina y la cueca chilena. Cama fundó la Escuela Afroperuana de Cañete Negro, donde enseña a tocar estos tres toques del cajón y las danzas de este origen. A falta de un local apropiado, ensayan en una plaza. Perú tiene un excelente arte popular, muy codiciado por las clases altas del Río de la Plata desde tiempos de la Colonia, que hoy sigue llegando y se vende por lo general en galerías. Son famosos sus retablos, sus santos de madera policromada, su platería de buena ley, sus dorados a la hoja, sus pinturas en tela y madera, tanto sobre motivos religiosos como de la vida cotidiana. También sus huacos, en los que se nota la influencia mochica y chimú, y otras finas piezas de cerámica. Hay también una artesanía más

accesible, que llega al Noroeste argentino junto con la boliviana, y que incluye juegos de ajedrez cerámicos en los que los incas se enfrentan con los españoles, cada cual con sus vestimentas. En vez de caballos, los incas juegan con llamas. Vienen de Chancay hermosas muñecas solas o en grupos de dos, tres y cuatro, que imitan con bastante precisión y con aspecto de antiguas a las de esta cultura. Acaso lo que más salida tienen son los suéters, chales y bufandas de alpaca, a menudo de atractivos diseños. Un gesto peruano que no debemos olvidar los argentinos es que en abril de 1982, al estallar la Guerra de las Malvinas, el presidente Belaúnde Terry, junto con el Secretario de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar, mediaron por una solución pacífica del conflicto que no implicase para Argentina un menoscabo de sus derechos soberanos sobre esas islas. Al margen de esta gestión diplomática, fue el país que mayor ayuda militar nos dio, enviándonos aviones Mirage, lo mejor de su fuerza aérea de entonces, con misiles Exocet de tecnología francesa avanzada. Con uno de ellos se hundió al destructor inglés Sheffield. Mandaron también torpedos y equipos electrónicos, así como pilotos e instructores de la Fuerza Aérea Peruana (FAP). Los oficiales peruanos fueron por ello condecorados por el Gobierno argentino. De ahí en más, Perú apoyó siempre el esfuerzo argentino en los foros internacionales para recuperar la soberanía de estas islas. Los residentes peruanos tienen ya emisoras radiales que difunden su cultura y sus puntos de vista sobre los diversos problemas de esta colectividad, y sirven para cohesionarla. La FM 94.9, Radio Sensación cubre la Zona Sur del Gran Buenos Aires. Es la primera emisora radial peruana en Argentina, perteneciente a la Asociación Civil “Perú Unido”, con sede en Loma de Zamora. Alcanza hoy una cobertura internacional a través de su páginas web: www.choloconche.com.ar. La FM 88.9, Radio Mágica Internacional, cubre la Capital Federal y Noroeste del Gran Buenos Aires. Se define como la primera radio de todas las colectividades de Argentina con programación alternativa dirigida a inmigrantes y público en general. Es conducida por profesionales de distintas nacionalidades, y alcanza también una cobertura internacional por medio de su página web: www.radiomagicafm.com.ar. A ellos se suman, entre otros, la FM Lares 104.5 “Así canta el Perú”, la FM Signos 97.5, el Programa Radial “Criollísimo” en la FM 104.7 mhz.

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Capítulo 6

Los Bolivianos y Peruanos hoy 1. Racismo, discriminación y xenofobia

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El 4 de abril de 2000, el N.º 3 del periódico La Primera de la Semana titulaba una nota La invasión silenciosa. Los extranjeros ilegales, manifestaba, son más de 2 millones y le quitan el trabajo a los argentinos, además de usar sus hospitales y escuelas sin pagar impuestos. Con tal de no ser deportados, alega, algunos llegaban hasta a delinquir. Instaba a los políticos a no mirar para otro lado. “A diferencia de la inmigración que soñaron Sarmiento y Alberdi, no vienen de las capitales de Europa”, sostiene este pasquín, olvidando que el “cuyano alborotador”, tan reconocido por su obra educativa, murió decepcionado con dicha inmigración, pues se trataban de sectores populares que, en vez de encumbrar a nuestros gauchos hacia “la” civilización, llevándolos a la ópera, aprendieron de ellos sus formas de “barbarie”. Continúa la nota diciendo que “llegaron de Bolivia, Perú, Paraguay. Son el sueño hecho realidad de los ideólogos de la izquierda setentista. Son parte de lo que Perón llamó Patria Grande (ignora que este concepto es anterior a la Independencia del país y muy usado por Bolívar y muchos próceres) y Menem la América Morena. (...) El viento impiadoso de la extrema pobreza trajo a los indocumentados de La Paz, Lima o Asunción. Llegaron dispuestos a hacer lo que fuera necesario para sobrevivir, y lo hicieron. Hoy utilizan nuestros hospitales y escuelas, toman plazas y casas, ocupan veredas y les quitan el trabajo a los argentinos”. En su justificación, el autor de este engendro (al que hoy se le seguiría un juicio de discriminación por sus afirmaciones), toma cifras de un caso particular y las generaliza sin más. Si en un hotel llegaron a cohabitar 35 personas en una habitación, lo menciona como si semejante grado de hacinamiento fuese la norma. Pero más que como un reclamo para combatir este trato inhumano, usa la información para sugerir que no se puede considerar seres humanos a quienes aceptan vivir en esas condiciones. Manipula además las estadísticas para sus fines, dando como cifras absolutas de toda la población del país porcentajes que correspondían a la participación de cada nacionalidad en el total de alumnos extranjeros. Así, afirma que el 34,8 % de los alumnos de los jardines de infantes públicos de la Ciudad de Buenos Aires eran bolivianos, y que el 30,7 % de los matriculados en las escuelas primarias públicas eran brasileños. Tampoco era cierto que el 35 % de quienes se atendían en hospitales públicos de la Ciudad de Buenos Aires fueran inmigrantes de países vecinos. Pero aún cuando fuera así, se olvidan que el Preámbulo de la Constitución Nacional asegura los beneficios de la libertad no sólo a los argentinos nativos, sino también a “todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. ¿Se dejará morir en la puerta de los hospitales a quienes no tengan la nacionalidad argentina? ¿Y se condenará al analfabetismo a sus hijos?

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 6. Los Bolivianos y Peruanos hoy

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Lo grave es que en la Cámara de Diputados de la Nación, en marzo del año siguiente, uno de nuestros brillantes tribunos dijo con todas las letras que las características de los inmigrantes que estaban llegando al país, y especialmente a sus grandes ciudades, nada tenían que ver con las de los italianos y españoles que hicieron grande a nuestra patria, cuando vinieron a trabajar y montar industrias. Pero esos inmigrantes a los que se refería el diputado habían venido, en su enorme mayoría, a cultivar la tierra y prestar servicios muy elementales, no a poner industrias. Esto último hicieron algunos franceses, ingleses y alemanes. Claro que con el tiempo, sus hijos sí pusieron pequeñas industrias, como hay también ya peruanos y bolivianos que lo están haciendo. Seguía el legislador de marras afirmando que tal diferencia se veía reflejada claramente en los numerosos delitos que azotaban la ciudad de Buenos Aires, que atribuía a tours de delincuentes que venían de los países vecinos, así como en los tours sanitarios que venían a ocupar nuestros hospitales y en esos otros “delincuentes” que venían a usurpar casas y a ejercer la prostitución. Y remataba esta enunciado con una frase lapidaria: “Argentina hoy vive al revés: estamos exportando ingenieros, y estamos importando delincuentes.” Añadía, para cerrar, que había que imitar a España en materia de política inmigratoria, ignorando que si bien ésta cierra hoy sus puertas a América Latina y África del Norte, bajo ningún concepto puede hacerlo con los ciudadanos de la Comunidad Europea, por el tratado de integración que ha signado. El actual proceso de integración en que se embarcó Nuestra América nos manda abolir de plano esta ideología, nos guste o no, y eso dicho representante del pueblo tenía obligación de saber. El mencionado pasquín acusaba en su nota a los albañiles bolivianos de perjudicar a los obreros de la construcción que trabajaban en blanco, pues aceptaban hacerlo todas las horas del día y por el salario que les ofrezcan, menores a los del convenio. Pero los culpables de esto son las mismas empresas, o el sistema capitalista en sí, con la connivencia de un sindicalismo corrupto que no presiona para que se cumpla el principio constitucional de “a igual trabajo igual remuneración”. Ser albañil es una tarea muy pesada y riesgosa, en la que muchos mueren y otros quedan discapacitados parcial o totalmente. Los albañiles inmigrantes no son una fuerza de trabajo excedente, pues las grandes ciudades están creciendo a un alto ritmo y absorben la mano de obra que tenga algún tipo de experiencia. O sea, no se trata de que ellos vengan a desplazar a los argentinos, sino de que los empresarios se aprovechan de esta población discriminada para retacear los aumentos de salarios. En casi todos los grandes edificios donde viven cientos de personas hay sudor, y hasta sangre, de albañiles de los países vecinos, y es algo para agradecer, no para condenar. Se habla también en dicha nota del mal olor, de la basura, de peleas callejeras y de borrachos tumbados en las calles en las madrugadas, como si fuera algo traído por los inmigrantes y no gestado en nuestra propia realidad social. Basta con recorrer los lugares públicos, incluidos los barrios elegantes del país, o mirar las vías férreas y orillas de los caminos, para cerciorarse de que los argentinos no nos distinguimos por una escrupulosa limpieza, pues se encuentra allí todo tipo de basura, sin tomar en cuenta a menudo de que algunos metros más allá hay cestos a su disposición. Muchos des-

precian a los bolivianos no por vagos y mal entretenidos, sino por todo lo contrario, es decir, por trabajar demasiado, de sol a sol, o antes de que éste salga (como en la zafra) y después de que se ponga. Un ritmo de trabajo tan agotador, que responde al mandato del Incario de no ser perezosos, no se aviene con borracheras ni a quedar dormido en las calles de la ciudad. Recorriendo la zona rural de Lules y Mar del Plata los veíamos trabajar sábado y domingo como si fueran otros días de la semana. En Lules, vimos a un grupo familiar dar por terminado el almuerzo a las dos de la tarde, y en vez de tomarse un merecido descanso, volvieron al frutillar y su huertas de verduras, y nuestra cámara los registró un largo tiempo doblados bajo un sol cercano a los 35º C, inmóviles, como si se tratara de una foto fija. Por cierto, era raro encontrar a un criollo haciendo lo mismo, aunque no estamos formulando una crítica, pues defendemos el descanso dominical como una importante conquista, sino señalando una característica. No cabe aquí hablar de explotación, pues esas familias trabajan parcelas de las que son medieros o propietarios. Por último, es muy raro también que un boliviano se dedique a la mendicidad, y también que una boliviana ejerza la prostitución como un oficio. Si lo hace alguna vez, es forzada por la necesidad de un momento, al que buscará dejar atrás lo más pronto posible, entrando en el servicio doméstico u otro trabajo poco rentable pero honesto. Como vemos, el discurso xenófobo responde a estereotipos heredados y no sometidos a una reflexión seria. Es decir, carece de toda racionalidad. Se vio el rápido cambio que hubo en 2010, incluso en personas con un buen nivel cultural, en lo relativo al matrimonio igualitario. La intensa discusión que se dio en los medios, trayendo al tapete todos los aspectos del problema, puso a la sociedad argentina en una situación de lo más avanzada del mundo respecto al tema. Los prejuicios hacen que personas que no tienen un interés especial en discriminar se sumen a quienes sí los tienen. Cuando se reflexiona, sólo quedan estos últimos en el bando de la discriminación, ya sea porque los explotan en lo económico o compiten con ellos en determinados recursos de subsistencia. O sea, en poco tiempo puede desmontarse la xenofobia. Así lo cree hoy el Instituto Nacional Contra la Discriminación (INADI), el que realiza ya un trabajo cultural y educativo en este sentido. Víctor Ramos, entonces Presidente del INADI, respondía en ese número de La Primera Semana: “Desde los inicios de nuestra vida política autónoma incorporamos al torrente revolucionario doctores, militares, funcionarios y artistas que, fusionados con los nacionales, se transformaron en patriotas diligentes. Jamás apartamos de algún cargo o función trascendente a quien no fuera oriundo de la región. En los momentos culminantes de la primera etapa política del país, hombres del Alto y Bajo Perú enaltecieron con su conducta aquellas circunstancias. En la Revolución de Mayo, Cornelio Saavedra asumió la conducción de la Junta y puede ser considerado nuestro primer presidente. A raíz de la acción política del general Álvarez Thomas se convocó al Congreso de 1816 y el país adquirió la mayoría de edad al declararse independiente. Estos dos hombres, los primeros en la formación de nuestra nacionalidad, fueron boliviano y peruano, respectivamente. Les estamos infinitamente agradecidos”.

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Se ha querido comparar a las villas de emergencia argentinas con las favelas brasileñas en cuanto a su potencial delictivo y la inseguridad que generan. Pero en las villas no viven centenares de miles de personas como en las favelas, ni hay en ellas carteles de la droga que utilicen armas de guerra o constituyan un autogobierno local. El único fenómeno común ha sido el largo repliegue del Estado, que hoy el gobierno nacional trata de revertir, mientras que la orgullosa y civilizada ciudad de Buenos Aires, asiento de muchas villas, es el único sitio del país donde ha crecido la tasa de mortalidad infantil y se han pulverizado casi los planes de viviendas populares, mientras se construyen por doquier torres para las clases medias y altas. Esto está sin duda en el trasfondo de la ocupación reciente del Parque Indoamericano. Semejante discriminación, por otra parte, es incongruente con la historia de un país que desde antes de su Independencia promovió ya la inmigración, alentada luego como una central política de Estado por la llamada Generación de 1837, y en especial después de Caseros y la generosa apertura que muestra nuestra Constitución Nacional de 1853. Gobernar era poblar, y poblar sinónimo de civilizar, aunque la falla de este pensamiento era que ponía a la civilización Occidental como el único y verdadero modelo concebible, y para imponerlo despoblaron los territorios indígenas que aún mantenían su independencia, los que hasta hoy permanecen despoblados. Logrado el sometimiento de los enclaves de los pueblos originarios que resistían, se siguió viendo tanto a éstos como a los nativos de los países vecinos y a los mismos gauchos no como otras caras legítimas de la humanidad, sino como manifestaciones de la barbarie que se debía transformar con paciencia, o sea, demoliendo los mundos simbólicos de sus portadores. Su mayor pecado era ser hijos legítimos de la América profunda, que se mostraban recelosos del fetiche de un Progreso que era un progreso de otros a expensas de su esclavitud. Hacia principios del siglo XX, la clase dominante dejó de ver en el inmigrante en general un factor civilizatorio, para considerarlo sólo una fuerza de trabajo que se podía explotar libremente en los regímenes feudales que se habían establecido en todo el país, grandes latifundios que demandaban contingentes migratorios, ante la insuficiencia de la población local. Como ya se vio, al Noroeste argentino llegaban de Bolivia trenes abarrotados de trabajadores temporarios para la zafra azucarera, y luego también para la cosecha del tabaco y el algodón. A partir de la gran depresión económica de 1930, la clase dirigente empezó a implementar una política restrictiva de la inmigración, o sea, selectiva, por más que ésta fuera entonces sólo estacionaria y de trabajadores por lo común no calificados. Mary Olmos de Pino, de El Boquerón, en los alrededores del Mar del Plata, dice que la discriminación se manifiesta en los canales de televisión, pues vienen a filmar la pobreza, la basura, a los que se emborrachan o cometen algún tipo de exceso, presentándolos como vagos que no piensan más que en divertirse. Argumenta que en vez de documentar las fiestas deberían mostrarlos trabajando de sol a sol incluso los feriados. Y añade: “En la escuela discriminan a los bolivianos aunque tengan la piel blanca; y claro que a los morochitos los discriminan más.” Freddy Zeballos García, de Mar del Plata, recuerda que durante la epidemia de cólera

el intendente del partido General Pueyrredón propuso cercar en cuarentena la zona de Batán, donde viven muchos bolivianos. Norma Andía Apaza, Presidenta e la Asociación 6 de Agosto, del Bajo Flores, dice que a veces los taxis no paran cuando ven que son bolivianos quienes les hacen señas. También que hasta no hace mucho ellos eran discriminados en los hospitales, pero hubo protestas y demandas y eso disminuyó. En las largas colas que se forman a la espera de ser atendidos, algunos se molestan de ver bolivianos en ellas, y les dicen que vayan a hacerse atender en los hospitales de su país. En las escuelas primarias y colegios secundarios hay aún maestros que les dan un maltrato psicológico a los niños bolivianos. Los alumnos argentinos suelen ponerse del lado de los profesores, y se ríen de ellos en la misma clase. A la salida las burlas son mayores, remedando su forma de hablar. No obstante, destaca, son chicos estudiosos, y hay entre ellos muchos abanderados y escoltas. Lo que alimenta esta discriminación es que son callados y se cierran en sí mismos, y se toma esto como una falta de luces y no como una educación distinta, más respetuosa del otro. El pintor Froilán Colque, de San Salvador de Jujuy, señala que los médicos venidos del sur discriminaban a los enfermos según su color de piel y su modo de vestir. En base a ello, los dejaban para el último. Añade que a los borrachos no hay que discriminarlos, sino tratarlos como a enfermos y ayudarlos a abandonar el vicio. El sociólogo Radek Sánchez, de Tilcara, critica que se haya llegado a agrandar considerablemente el número de bolivianos en Argentina como una forma de alimentar la idea de una invasión incontenible y silenciosa, diciendo que eran ya 4 millones, cifra que, como vimos, no es cierta. Atribuye esto a que si bien Argentina es un país de inmigrantes, su proyecto civilizatorio es hasta hoy netamente europeizante. Los hijos de españoles e italianos se sienten argentinos de primera, ocupando los más altos cargos políticos, pero los hijos de bolivianos nacidos aquí siguen siendo bolivianos, extranjeros en alguna medida, a los que están cerrados de hecho los cargos públicos y las altas responsabilidades empresarias. El peruano César Carvajal, de la Ciudad de Buenos Aires, dice que los medios fomentan la discriminación al subrayar la nacionalidad de un peruano detenido por un delito, sugiriendo así que buena parte de los inmigrantes de ese origen lo son y vinieron a delinquir. Hay delincuentes peruanos, pero no en una proporción mayor que los argentinos, si los medimos en términos relativos. Según una encuesta realizada por el Centro de Estudios de Opinión Pública, el 63 % respondió positivamente a la pregunta de “¿Cree usted que los argentinos somos racistas?” (Clarín, 26 de abril de 1998). Según ella, los bolivianos son las principales víctimas de esa discriminación, seguidos “por los argentinos de tez oscura” (sic). De ese 63 % que considera que el racismo está instalado en el país, el 50,5 % opina que “a los argentinos no les gustan los bolivianos”. Por otra parte, el 75 % del total, cree que la presencia de extranjeros disminuye la posibilidad de que los propios argentinos consigan empleo. Por último, según una encuesta realizada por el Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, coordinada por Rosendo Fraga, el 77 % considera que debe ejercerse mayor control sobre la inmigración (Tres Puntos, 10-2-99).

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2. Idas y vueltas de la identidad y la nostalgia

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Todo hombre y mujer, de un modo u otro y en mayor o menor grado, pasa por la experiencia del exilio. Aun los dichosos que permanecen siempre en el mismo lugar que los vio nacer, al entrar en la edad adulta empiezan a sentir las mutilaciones del tiempo, que relega a los rincones de una memoria cada vez más desvaída la infancia y otras estaciones que se les presentan como felices y que desearían poder recuperar. Es ésta la nostalgia que ha permitido desarrollar el profuso imaginario del paraíso, presente en la casi totalidad de las culturas. Hasta del hambre se puede tener nostalgia, como ese inmigrante de una conocida canción brasileña que abandona los sertones del Nordeste por la sequía, y al llegar a la gran ciudad y ver la fiesta del consumo (del “come que come”, dice textualmente), afirma “juro que tenía nostalgia del hambre”, pues su ética era la de la austeridad y no la del derroche. Algunos artistas y científicos suelen abandonar su tierra para siempre en la búsqueda de un clima espiritual propicio o de posibilidades de investigar y hacer una carrera que desean, pero la enorme mayoría se va huyendo de la extrema necesidad o de la persecución que sufre en su lucha por la justicia social. A principios de los 90, el llamado Consenso de Washington, un documento firmado por intelectuales y políticos norteamericanos, puntualizaba y promovía a rajatabla las medidas económicas que, según ellos, harían felices a los pueblos de América Latina. Se prescribían en él la libre circulación de capitales financieros, la eliminación de toda barrera comercial, la privatización de los servicios públicos y la reducción del Estado hasta su casi desaparición. En octubre de 1998, Michel Camdessus, Director del FMI, reconoció que Argentina era el país que mejor había hecho todos los deberes, aunque bien sabemos hoy que justamente por esto su economía se hundió de un modo tan estrepitoso tres años después. Para el español Ignacio Ramonet, este derrumbe argentino fue equivalente, respecto al capitalismo, a lo que fue la caída del Muro de Berlín para el comunismo, o sea, una lápida sobre la propuesta neoliberal. Pero debemos señalar que en los demás países de América la destrucción económica, social y cultural no fue menos grave, pues desaparecieron en casi todas partes las cifras alentadoras. Basta, como referencia general, decir que en 1985 América Latina debía 300 mil millones de dólares, los que se habían convertido en 2004 en 800 mil millones, a pesar de que había sido pagada más de dos veces. Esta suma sideral, incrementada continuamente por la ingeniería de la usura, de hecho ató de manos a la región frente a sus acreedores, quienes se valieron de ella para exigir que se privatizaran los pocos bienes que aún le restaban al Estado, y en especial para tomar el control de toda la economía regional, hasta intervenir en cuestiones tan nimias y privativas de los gobiernos como los supuestos atrasos tarifarios de las transnacionales que prestan servicios públicos. Es que, como advierte Noam Chomsky, el orden norteamericano reposa sobre la propaganda y el simulacro. Exporta la doctrina del libre mercado y la democracia liberal al Tercer Mundo, pero de hecho les cierra toda posibilidad para el juego democrático y de los mercados. El mismo Banco Mundial tuvo que reconocer los resultados pavorosos de la política que promovía. De los 6000 millones de habitantes que tenía entonces el planeta (hoy alcanzó ya los 7 mil

millones), 2800 millones vivían con un ingreso inferior a dos dólares diarios. Entre ellos había 815 millones de hambrientos, de los cuales morían 17 por minuto. Anualmente, morían 11 millones de niños menores de cinco años. La diferencia de ingresos entre los países más ricos y los más pobres, lo que se llama la brecha social, era de 37 veces en 1960, de unas 60 veces en 1992 y de 74 al comenzar el nuevo siglo. En este último rubro, Nuestra América reunía los más tristes guarismos mundiales, presentándose como la región de mayor desigualdad. Al concluir el año 2003, según la CEPAL, había en ella 20 millones más de pobres que en 1997. El 44 % de los latinoamericanos y caribeños (227 millones) vivía entonces bajo la línea de pobreza, y un 79 % de ellos (177 millones) tenían menos de 20 años. El número de indigentes llegaba a 100 millones, o sea, el 19,4 % de los habitantes de la región. Es que a este régimen inhumano sólo le preocupa una acumulación cada vez más desaforada de capital, junto a una concentración de éste hasta ahora desconocida, que explica el mencionado crecimiento de la brecha social, así como las migraciones forzadas por el hambre y los conflictos que genera el despojo. Según cifras de la ONU, de los 2 millones de refugiados que había en 1975, se pasó en 1995 a 27 millones. Se refería aquí a los emigrados por razones políticas, pues los que debieron hacerlo a causa de la destrucción de su modo de subsistencia es pavorosa. Traemos esto a colación porque varios de los entrevistados del Perú señalaron al neoliberalismo y el mencionado Consenso de Washington como la causa que los empujó a emigrar. En el imaginario de la región andina, Argentina suele funcionar como una pequeña Norteamérica, más cercano y amigable, donde se habla la misma lengua y las dificultades para ingresa al país y trabajar son considerablemente menores. En la época de la convertibilidad les permitía, trabajando intensamente, poder juntar una significativa suma de divisas para poder girar a sus familiares necesitados o regresar con ellas para construir una casa o instalar un comercio o pequeña industria. Después todo cambió, pero al menos siguieron encontrando aquí trabajo, algo que allá no tenían. Por iguales razones, una gran cantidad de argentinos emigraron a Estados Unidos y Europa, e incluso a México y otros países de América. No debe extrañarnos por eso que ahora que las cosas están cambiando en Bolivia, por una política más congruente con los intereses estratégicos del país y las necesidades extremas de su población, muchos hayan resuelto volver y esté mermando aquí el flujo de inmigrantes de este origen. Se podría decir que todos, y especialmente los bolivianos, sueñan con volver un día definitivamente a su país, pero quienes tienen un cónyuge o hijos argentinos se ven trabados, porque construyeron aquí redes sociales y un sentido de pertenencia que los ancla a nuestra tierra. Su país natal, y en especial el pequeño terruño en que crecieron, pasa a representar su paraíso personal, un paraíso en buena parte perdido, como casi todos los que pueblan este imaginario poético. Las necesidades que padecieron en ella, los malos recuerdos, se desplazan a un segundo plano. Se consuelan, quienes pueden hacerlo –que no son pocos–, con viajar cada tanto a recorrer sus calles y paisajes, a reencontrarse con sus seres queridos que aún viven, y a poner flores a sus muertos y evocarlos con quienes los conocieron. Mario Alberto Mallón, de Lules, señala que la

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distancia le enseñó a valorar cada árbol, cada animal, todos los elementos del paisaje que lo vio crecer. Como todos, sueña con volver a su “hábitat natural”, en el que no se siente espacialmente limitado. Pero la tiranía del dinero, dice, se lo impide, pues quien se ausentó tantos años siente como una vergüenza regresar sin dinero, porque así no podrán responder a quienes le pregunten para qué entonces se fue, malogrando su vida en una tierra extraña. Además, lo que es peor, al llegar allá la pasarán mal, pues no están ya en edad de empezar de nuevo y carecerán de los recursos para montar un negocio. La gente de su tierra, afirma, lo extraña y le pide que regrese pronto, pero quienes sienten su ausencia son ya unos cuantos, mientras que en Lules todos lo conocen y lo tratan bien, por haber sido siempre un hombre correcto. Este desgarramiento perpetuo lo lleva a aconsejar a los suyos que se queden en su tierra, que busquen allí el sustento, y más ahora que las cosas están cambiando. Recuerda lo difícil que fue su arribo al país, en el tren que salía de Villazón. Dormía sobre cajones de tomates y con una sola frazada en lo más crudo del invierno. Tomaba mate en un tarro de leche y no tenía ni una sola cuchara. Debió esperar el pago de la primera quincena para ir haciéndose de los utensilios más indispensables. La comida era muy diferente, y eso afectaba su salud. Se sentía mal por hablar español de un modo tan distinto al argentino, sin comprender que el suyo es mejor o más correcto que el nuestro, incluso en la dicción. “Se vive dividido”, remata Mallón, como un poeta anónimo. David Yucra, también de Lules, tiene 28 años y nació allí. O sea, es argentino, pero le tira mucho la “sangre boliviana”. Valora de un modo especial que sus padres se ganen honestamente la vida, aunque para muchos aún la palabra “boliviano” se pronuncie como un insulto. Espera con ansias la fiesta del 6 de agosto, que une a bolivianos y argentinos. Se iza en esa fecha ambas banderas, se escucha música de Bolivia y se baila sus danzas típicas. Se hacen también las comidas de allá. Durante su adolescencia, dice, muchos hijos de bolivianos no sienten el llamado de este origen, pero al llegar a los 20 años comienza a dárseles una franca recuperación de esa otra identidad. Aprenden entonces a tocar los instrumentos andinos y a ensayar las danzas típicas, comprando sus costosas indumentarias. Al final, asegura, sólo el 5 % sigue de espaldas a esa cultura. En los bautismos y casamientos no falta la música boliviana, porque la gente la pide para bailarla. Lamenta que muchos jóvenes hijos de bolivianos no conozcan el Himno Nacional de ese país. Él sí lo sabe, porque a pesar de ser argentino y estar así relevado de la obligación de cumplir con el servicio militar, se fue a Bolivia a hacerlo, siguiendo el camino de otros jóvenes de Lules, y muestra con orgullo las pocas fotos que guarda de esa experiencia. Dice que daría todo por Bolivia, incluso la vida. Le pedimos que cantara dicho himno ante la cámara, y lo hizo con mucha emoción, casi llorando. Nathalie Rueda, de El Boquerón, tiene 23 años, es argentina por haber nacido en el país y estudia administración de empresas. Es simpática y atractiva, y su modo de hablar no difiere del usado por las marplatenses de su edad. O sea, no presenta rasgos exteriores que permitan identificarla como boliviana. Por esto, y seguramente también por la muy buena situación económica de su familia, no fue objeto de discriminación. Pero al rato de hablar con ella uno comprende que responde por completo a un imaginario

boliviano, que asume todos los valores de esa cultura, diferenciándose en este plano de sus amigas y compañeras argentinas, que no se caracterizan por su devoción a virgen alguna, y menos hasta el punto de danzar en su fiesta, como ella lo hace con la Virgen de Chaguaya, la que tiene un santuario en su propia casa. Ella misma reconoce que hay gente que se burla de esto, pero no se siente herida por tal menosprecio, atribuyéndolo a la ignorancia de esas personas, a una falta de educación e incluso de valores morales. O lo justifica diciendo que sueltan cosas a la ligera, sin tener conciencia de lo que dicen. Viaja a Tarija todos los años y se queda un par de semanas. Allí se siente en su tierra, pero no tiene proyecto alguno de radicarse en ese país. Visita a parientes y amigos y pasea por partes del Departamento que no conoce, pero sobre todo visita el santuario de la Virgen de Chaguaya, en San Lorenzo. Un caso que nos pareció significativo es el de una mujer de La Ciudadela que ronda ya los 50 años y vino al país con apenas 2, traída por sus padres. Una de sus hijas, argentina de nacimiento como todas, y que tiene ya 25 años de edad, se siente de “sangre boliviana” y se ajusta a los valores y costumbres de este país, participando en sus fiestas y rituales. Para ella, la argentina es una segunda identidad. También su madre, que no tiene por cierto recuerdo alguno de su infancia en Bolivia, se siente tan boliviana como ella. En el lado opuesto está Margarita Llanos de Tejerina, actual presidenta de la Asociación de Residentes Bolivianos de Mar del Plata, enfermera de profesión. Aunque llegó al país a los 22 años, tras pasar en Bolivia su infancia, adolescencia y primera juventud, manifiesta que hace 11 años no va a su país, a pesar de no faltarle medios económicos, y que sus cuatro hijos se inclinan más por Argentina, pues su círculo de amigos, valores y costumbres son argentinos. Ella tiene muchos ahijados argentinos, y no habla de discriminación, por ser asimismo blanca y rubia. Quienes tienen hijos pequeños y un cónyuge de su misma nacionalidad, y están por lo tanto en condiciones de volver, resuelven no obstante quedarse, no por gusto, sino como quien sacrifica sus sueños personales en aras del futuro de su descendencia. Este concepto está muy presente en las entrevistas que realizamos. Pero no todo es nostalgia. Hay, como se dijo, quienes no se resignan a relegar su pequeño mundo natal a los escombros del pasado, y montan con mucho esfuerzo una vida doble, en un metódico ir y venir posibilitado por lo que hemos llamado “doble domicilio”, y que es más bien una doble estructura económica, que si bien no siempre los saca de la pobreza, les permite no sentirse un exiliado del espacio, por más que el exilio del tiempo nos caiga a todos. Al estar allá, extrañarán su infancia, sus años juveniles, recorrerán los senderos, a menudo devastados, de sus primeras exploraciones del mundo. Pablo Roberto Vera, de Maimará, Jujuy, hijo de tarijeños, dice que los argentinos debemos aprender mucho de los bolivianos, que ellos son muy trabajadores y patriotas. Cuando los bolivianos y sus hijos cantan el Himno Nacional Argentino lo hacen con devoción, porque junto a las tradiciones de su país llevan a las argentinas en el alma. A medida que nos hacemos grandes, razona, valoramos cada vez más el legado de nuestros mayores. Y remata: “Bolivianos y argentinos debemos unirnos y caminar juntos en una misma dirección.”

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Varios bolivianos e hijos de bolivianos se pusieron a estudiar quechua, avergonzados de no poder hablar una lengua tan importante en su país, y también como un modo de poder comunicarse mejor con su pueblo cuando viajan. Algunos hasta lo hacen por razones intelectuales y artísticas, sabiendo que es la única manera de explorar las estructuras mentales de dicho pueblo, una enorme nación lingüística que nos remite al Incario, que llega, como él, hasta el sur de Colombia, que usa al menos 36 variantes dialectales y posee sus academias, entre las que se destacan la del Cusco y Cochabamba. Claro que hay también muchos argentinos que, sin descender de bolivianos ni peruanos, se mostraron atraídos por esta lengua. El pintor de origen boliviano Froilán Colque, radicado en San Salvador de Jujuy, fue uno de los que sintió la necesidad de hablar quechua para poder entrar en el alma de este pueblo. Dirigirles la palabra en su lengua implica ingresar sin mayores preámbulos en una zona diferente, exclusiva, donde la comunicación se le hacía efectiva, permitiéndole abordar con las tejedoras y artistas populares en general que hallaba en las ferias y mercados los principios que regían sus prácticas simbólicas. Reconoce que esto fue fundamental en su trabajo. Su colega Ariel Cortez comprendió también, mientras estudiaba en la Prilidiano Pueyrredón, que no se puede forzar los temas, sentimientos y estéticas cuando se busca la identidad a través del arte. Todo debe fluir lentamente, con naturalidad, porque es el único camino que conduce a las profundidades. Comenta asimismo con extrañeza lo que llama “situación de frontera”, observada entre La Quiaca y Villazón. Quienes viven en Villazón, dice, quieren ser argentinos, y los que viven en La Quiaca, aunque nos suene raro, desean ser bolivianos.

3. La integración latinoamericana

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Las tesituras racistas y segregacionistas, como ya se adelantó, parecen desconocer la realidad actual de Nuestra América y el mundo. Así como la Comunidad Europea implica unidad monetaria y libertad de tránsito con derecho al trabajo entre los países miembros, Argentina realiza hoy un aporte decidido al fortalecimiento del MERCOSUR y de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR). Coartar dicho proceso es ir a contramano de una tendencia irreversible, la que lejos de causarnos daño nos beneficia en todos los órdenes de la vida. Restricciones como las producidas por la Dictadura Militar, en la llamada Ley Videla, no sirven para detener la inmigración, sino para convertir en ilegales a muchos habitantes de los países vecinos y propiciar en consecuencia situaciones de indefensión. Ello, claro, propicia un trabajo en negro mal remunerado, que al cancelar las conquistas laborales para los inmigrantes conspira contra el nivel de vida del resto de la población. Estados Unidos se propone hoy limitar de modo estricto la entrada de nuevos inmigrantes, pero ni se le ocurriría expulsar a los dos millones de mexicanos y latinoamericanos que están residiendo allí en forma ilegal. Los precisan como mano de obra barata para impedir que se disparen los salarios y realizar los trabajos más pesados. Si los legalizaran, estarían en condiciones normales de trabajo y se sumarían en sus reclamos, en un mismo nivel, a los trabajadores nacidos en el país.

Mario Alberto Mallón, de Lules, defiende con claridad meridiana la tesis americanista que lleva a considerar a los países de América del Sur como una sola gran nación que debe aprender a vivir en democracia, libertad y respeto a la diferencia. Señala asimismo que no se puede ignorar que la mayor parte de los inmigrantes bolivianos pertenece a los pueblos originarios, aunque muchos no lo reconozcan o escondan esta circunstancia para evitar una discriminación aún mayor que la que ya padecen. Cuenta que en sus viajes por los Valles Calchaquíes y otros puntos del Noroeste se encontró con dirigentes de estos pueblos y participó de sus movimientos reivindicativos. Considera que los bolivianos de este origen deben unirse a ellos, como partes de la gran nación Colla, para defender en forma conjunta los valores de la civilización andina, menoscabando la importancia de las fronteras nacionales, a las que ve ficticias. Salustiano Rodríguez, de esa misma localidad tucumana, ve también a América Latina como un solo pueblo. Dice que allí los bolivianos apuestan a UNASUR y reconocen como valioso todo lo que los presidentes Evo Morales y Néstor Kirchner hicieron en este sentido. El sociólogo boliviano Radek Sánchez considera que la integración es el gran desafío del Bicentenario, como parecieron escenificarlo los diez mil bolivianos que danzaron en la Avenida 9 de Julio el 25 de mayo de 2010. Cree que ha llegado la hora de que éstos puedan empadronarse y actuar en política, con derecho a elegir y ser elegidos, para potenciar justamente esta hermosa causa que nos legaron San Martín y Bolívar, entre muchos otros próceres. A tal fin, pueden apoyarse en la red de radios comunitarias. El gran objetivo debe ser unificación, integración y participación. Pero advierte que los inmigrantes no deben olvidar que tienen también obligaciones con el Estado argentino, y no sólo derechos. Del Preámbulo de la Constitución Nacional se desprende que de hecho son argentinos todos lo que residen en el país.

4. Las formas de la violencia Los inmigrantes, y en especial los que vienen agobiados por la pobreza de su país de origen, o no tenían allá mayores carencias pero las tienen aquí por haber abandonado sus medios de subsistencia al asumir el desafío de una vida mejor para sus hijos –lo que ocurre a menudo, según pudimos constatar–, quedan expuestos a distintas formas de violencia. Aunque ya hablamos de ellas, no está mal puntualizarlas para completar el cuadro. Dicha violencia suele alcanzar extremos salvajes en los grandes conglomerados urbanos, donde el hacinamiento y la desesperación llegan a congelar los mecanismos de solidaridad, recordándonos esa frase de Hobbes de que el hombre es el lobo del hombre. En primer lugar, como ya vimos, está la discriminación, la que se acentúa conforme al color de piel, el grado de pobreza y el nivel educativo. En nuestro país se ha hecho común la llamada “portación de cara”, que lleva a que la policía y todas las personas “de bien” (o sea, los blancos con buen estándard de vida) desconfíen de quienes tienen la piel más oscura, por ser descendientes de indígenas o africanos, viendo en ellos

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delincuentes reales o potenciales, o sujetos inclinados a la vagancia, la prostitución, el alcoholismo o el consumo y tráfico de drogas. Ello provoca que los inmigrantes de los países vecinos que traen en la piel lo que la conciencia dominante considera la marca del Demonio, no se arriesguen a salir de noche e incluso ni de día cuando no tienen los documentos en regla. Esto salta a la vista en los casos de los talleres clandestinos, donde se los encierra alegando que es por su propia seguridad, para evitar una detención y expulsión del país, aunque hoy no se expulsa aquí prácticamente a nadie por esto, sino que se lo alecciona a legalizar su situación. En segundo lugar se puede señalar la violencia del trabajo, que luego veremos en detalles. Por ser “negros” (en el sentido sociológico del término) se los condena al trabajo en negro y en condiciones inhumanas. La disposición de los inmigrantes a trabajar por un bajo salario y más allá del límite legal de horas diarias, es usada por las empresas para burlar los acuerdos laborales alcanzados en las paritarias, lo que descarga contra ellos la violencia del mismo sector obrero local. Algunos años atrás, el sindicato de la construcción pedía en carteles fijados en la vía pública la expulsión de los “extranjeros” que se ganaban la vida en este rubro, sin preguntarse si de suceder esto podrían satisfacer ellos, los legítimos criollos, las necesidades de mano de obra que requiere el crecimiento del país. Si bien existe un pequeño índice de delincuencia entre los inmigrantes de los países vecinos, éste representa en términos relativos un porcentaje siempre menor al de la población argentina. Dichos inmigrantes, más que victimarios, resultan víctimas de una violencia armada que antes empezaba en la misma policía, pero ahora proviene más bien de elementos asociales de la masa de migrantes que vienen de las provincias argentinas, expulsados antes por la destrucción de las economías regionales y hoy por la insuficiencia de éstas para proporcionar trabajos a todos. Un emblema de dicha violencia es el tan comentado caso de “Fuerte Apache”, o sea, la villa Ejército de los Andes, en La Ciudadela. Carlos Rosales Márquez, propietario de un puesto de frutas en el mercado de ese lugar y de un departamento en el complejo habitacional, cuenta que cuando llegó allí, recién inaugurado el barrio, le pareció que era muy hermoso, sin maldad ni violencia alguna. Pero de pronto empezó el hurto a pequeña escala, como de la ropa que se dejaba a secar en los tendederos, aunque aún no había balazos ni contaban con una comisaría. Pero a estos hurtos realizados por los propios vecinos, se sumaron luego los robos realizados por bandas de jóvenes de distinta procedencia, que se iniciaron en el consumo y tráfico de drogas y continuaron con el asalto a mano armada a los mismos habitantes del barrio. Da como causa de ello la crónica falta de trabajo, que la fiesta neoliberal había agudizado en los 90. No tardó el lugar en ser tomado como zona liberada por muchos delincuentes de la ciudad. En la peor época, dice Rosales, llegaban diariamente de 50 a 60 autos que se habían usado para asaltos y los incendiaban allí para borrar las huellas. Empezaron también los asesinatos y casos de tortura en el lugar, así como el robo de vehículos. Actualmente la gendarmería controla el barrio, y la violencia y el delito en general disminuyeron en un 85 %. Si la policía sabe que alguien tiene un arma, porque le cuentan u oyen un disparo, van y se la quitan. Aunque todavía hay que

cuidarse. Cuenta que su hijo, que es policía, compró una moto y fue a dar una vuelta por el interior del complejo, como quien se luce con ella. Para su sorpresa, lo paró una barra y le quitó la moto, a la que jamás pudo recuperar. Señala que hoy la violencia criminal en el barrio se centra en el sector de la población que nació en los 90, jóvenes desocupados que no estudiaron y carecen de destino. Refiere que para conseguir trabajo debía mentir sobre su domicilio, pues si decía que vivía allí no lo contrataban. Volveremos sobre este barrio al hablar de educación. El problema de la vivienda apareja constantemente situaciones de violencia, y de modo especial en la Ciudad de Buenos Aires, que, como luego veremos, descuidó casi por completo la inversión en vivienda social. Los inmigrantes de los países vecinos, así como los trabajadores que vienen de las provincias más pobres, expulsados por la expansión de la soja y otros cultivos de exportación, cuyo desarrollo tecnológico los excluye en forma creciente, no exigen que se les regale una vivienda, como cierto periodismo da a entender, sino que se les permita acceder a una casa modesta mediante cuotas que estén en condiciones de pagar, y que es deber de la democracia facilitarle. A raíz de esto se han producido ocupaciones de inmuebles derruidos o de terrenos baldíos en diversos puntos de la Ciudad y el Cono Urbano, donde se levantan villas de emergencia. Pero no se puede atribuir sólo a los inmigrantes de los países vecinos estas distorsiones del urbanismo, pues resulta mayor el número de las personas que vienen de las zonas rurales del interior, esa población desplazada por la última fase del capitalismo agropecuario. Cabe mencionar por último la violencia familiar, que no opera desde afuera sino desde el interior de las colectividades, detonada casi siempre por la situación de poder que encarna el machismo, lo que se ve acrecentado por el hacinamiento en que a menudo viven y la explotación económica de la que suelen ser víctimas por su situación legal irregular. Norma Andía Apaza, la misma aguerrida presidenta de la Asociación de Residentes Bolivianos 6 de Agosto, del Bajo Flores, reconoce haber sido víctima de esta violencia, lo que la llevó a adoptar una actitud militante al respecto. Afirma que en Bolivia hay violencia familiar, cosa que no se puede negar, y aquí también se manifiesta, incluso en un grado mayor, por lo que señalamos antes. Con frecuencia dicha Asociación debe intervenir en casos graves. Cuenta que no hace mucho un hombre golpeó a su esposa, y al caer ésta pegó con la cabeza contra un mármol y murió. La Asociación asumió un rol activo en este campo, con el apoyo del Estado nacional. Dan asistencia a las víctimas, hacen terapias de pareja para tratar de salvar matrimonios que van muy mal y dejarán a sus hijos a la deriva de quebrarse. Tienen charlas informales preventivas. Se deja la decisión final a la persona que sufrió la violencia y se apoya la decisión que tomen. Lo primero que se fijan es si la mujer que llega golpeada tiene lesiones visibles en el cuerpo. De ser así, y si ella está dispuesta, la acompañan a la comisaría a realizar una denuncia penal por lesiones. Se presenta de inmediato el problema de evaluar si la mujer puede volver al hogar, o sea, si no corre riesgo de ser golpeada de nuevo por haber pedido ayuda o realizado una denuncia policial. Suelen quedarse en la asociación hasta que el juez decreta la exclusión del hogar del golpeador, o se encauza el problema en conversaciones con asistentes sociales y terapias.

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5. Entre la libertad de trabajo y la servidumbre laboral

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Se habla hoy en los medios con frecuencia de “esclavitud laboral”, aunque tal caracterización no es del todo correcta, pues se trata en esencia de trabajo en negro acompañado por prácticas de coacción moral y en ocasiones también física, que entrañan, en mayor o menor grado, una reducción a servidumbre y no una compra-venta de personas que las convierte en objetos de propiedad, como es la esencia de la esclavitud. El artículo 140 del Código Penal castiga con reclusión o prisión de 3 a 15 años la reducción a y el mantenimiento de una persona en servidumbre o condición análoga. El caso de Nidera, que estalló a principios de este año, trajo esta vieja práctica al tapete, por tratarse de una importante transnacional exportadora de granos, a la que la AFIP había denunciado poco antes por una evasión impositiva de 260 millones de pesos. Se trataba de 130 trabajadores rurales traídos desde Santiago del Estero a una plantación de San Pedro, Provincia de Buenos Aires, como trabajadores temporarios, y sometidos a condiciones inhumanas de vida. Cabe destacar que en éste y otros casos que salieron hasta ahora a la luz no había inmigrantes de países vecinos, lo que no implica por cierto que no los haya. Juegan en la tipificación de este delito cuestiones como el engaño, la libertad de movimientos, el maltrato y la intimidación. La reducción a servidumbre quedó en buena parte absorbida por la Ley N.º 26.364 de Prevención y Sanción de la Trata de Personas y Asistencia a sus Víctimas, sancionada en abril de 2008, un delito ahora federal. Su espectro es amplio, pues contempla tanto el trabajo forzado como el comercio sexual o la extracción de órganos de personas reducidas a una situación de esclavitud o servidumbre. En el caso de los menores de 18 años, no importa que el hecho haya sido consentido por la víctima. Guido Rueda, un horticultor a gran escala que llegó a tener 1.200.000 plantas de tomates y hoy es acaso el que más ha prosperado en los alrededores de Mar del Plata con sus plantaciones de invernadero en tierra propia, es un hombre que se hizo desde abajo y siguiendo un largo proceso colmado de penurias y reveses (porque a menudo el granizo, las plagas o la caída vertiginosa de los precios los dejan con saldos negativos), se refiere a este trabajo como “esclavizante”, y en ello coinciden todos sus compatriotas que se dedican a cultivar huertas. Claro que unos cultivan su propia parcela como medieros o propietarios, dependiendo su ganancia de las caprichosas oscilaciones del mercado y el clima para subsistir, y otros, los más pobres, trabajan de sol a sol, y más aún, para poder ganar lo suficiente como peones a destajo. Unos y otros se hacen acompañar por su esposa y a menudo también por sus hijos. Las jornadas son a veces de 12 horas, y pueden extenderse hasta 15 si hay prisa en realizar una faena, y por cierto que esto afecta la salud de las personas y convierte a la vida en una carga muy pesada. Señala Rueda que estas 12 horas de trabajo no se las pasa además yendo de un lugar a otro, sino doblado sobre el surco, algo que los criollos por lo general no aguantan, y por eso suelen llamar “esclavos” a los bolivianos, por más que trabajen su propia chacra, convirtiendo en insulto lo que podría ser un mérito, o lo es. Añade también don Guido que se trata de un trabajo sucio, porque la tierra se les mete en las uñas y orejas y les cuartea la piel, junto

con el sol y los fríos intensos, lo que para las mujeres es más duro, no sólo por su menor fuerza, sino porque arrasa con las pequeñas coqueterías que suelen permitirse. No pueden pintarse las uñas, peinarse bien, andar limpias como se espera de ellas. Es por esta razón que quienes estudian o encuentran un trabajo menos sacrificado donde pueda ganar un poco más sin asumir riesgos de perderlo todo, dejan el surco para siempre. Vemos así como la mayor parte de los descendientes de italianos y españoles que cultivaban la tierra se la vendieron o alquilaron a los bolivianos, y hoy hasta los galeses de Chubut, exquisitos agricultores, se las están cediendo. Son ellos quienes producen hoy un alto porcentaje, que puede rondar el 70 %, de las verduras y algunas frutas (como la frutilla y el arándano en Lules) que consumen los argentinos. Los agricultores del país se van volcando a la producción de granos para la exportación, excitados por las grandes ganancias, y en este afán ciego eliminan los frutales y otros cultivos orientados al consumo interno, por lo que nuestra soberanía alimentaria depende hoy de este pueblo al que encima se discrimina. Norma Andía Apaza da una visión diferente de lo que se considera en Argentina esclavitud laboral, al referirse en otros términos a los talleres de costura que cada tanto conmueven a la opinión pública de Buenos Aires, y por ser dirigente de una importante asociación de bolivianos y una mujer luchadora y con ideas por lo general muy claras sobre la situación de su pueblo, debemos tomarla, no como un juicio personal, sino como algo que goza de cierto consenso en su colectividad. Aduce que esos talleres clandestinos dan trabajo a quienes recién llegan, hasta que encuentran otro mejor. Muchos de ellos vienen ya contratados desde Bolivia por un determinado tiempo, que suele ser de un año. A menudo el salario duplica o triplica el monto de lo que les pagan en Bolivia por una tarea similar, y se les adelanta una suma importante en pesos bolivianos. Esa gente, señala, no viene con la idea de quedarse a vivir aquí, ni a conocer un poco el país y divertirse los fines de semana, sino tan sólo a trabajar, gastando lo menos posible para poder regresar con más dinero para levantar una hipoteca u otra deuda que los agobia en Bolivia, montar un negocio allá o realizar otros objetivos. No gestionan durante su estadía documento alguno, y viviendo en el taller se evitan pagar alquiler y tener que trasladarse de su casa al trabajo y viceversa, lo que suele, en esta gran ciudad, demandar un tiempo largo, de hasta 3 ó 4 horas por día, al que pueden dedicarlo así a trabajar. Muchos prefieren comer también en el mismo taller, para no gastar en restaurantes y ahorrar más tiempo. De este modo, y como no se les paga por hora sino por producción, esperan regresar a su país con una buena suma de dinero. Se puede entender esta lógica de la desesperación, pero los contratos de trabajo, por más que se firmen en otro país, deben someterse a las disposiciones legales del país en que se ejecutan, pues de lo contrario podrían ser fácilmente anuladas todas las conquistas laborales que se lograron con tanta lucha en el mundo entero. Ese trabajo intensivo, realizado en negro y en contravención a las regulaciones del Derecho Laboral, además de la inhumanidad que lo sustenta, genera una competencia desleal a quienes producen ajustándose a la normativa legal. Una cosa es que el dueño de un taller y su familia quieran realizar personalmente jornadas agotadoras en él, y otra muy

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distinta que se tenga a obreros en esas condiciones. Claro que la señora Andía Apaza no estaba haciendo la apología de tal sistema de producción, sino tan sólo explicando cómo funciona, y que si por esclavitud se entiende algo forzado, privativo de toda libertad, muchos de quienes trabajan en esos talleres no se sienten tales, porque aceptaron dichas condiciones en pleno uso de sus facultades. Ella misma destaca que varios de esos talleres, regenteados por sus propios compatriotas, cometen verdaderos abusos, que justifican una fuerte intervención de la Justicia, sobre todo cuando los encierran sin dejarlos salir. Estos casos, dice, deben diferenciarse de las personas que prefieren no salir, por el espíritu ahorrativo al que nos referimos. Otras veces los empleadores no los dejan salir por temor a que les pase algo, que los atropelle un auto o la policía les pida documentos y deba decir dónde vive y en qué trabaja, lo que implicaría para ellos serios problemas penales. Ocurre con frecuencia que quienes salen se pierdan en la ciudad. Se avisa entonces las radios comunitarias, dando su nombre y otras señas de identidad, para que quienes sepan de ellos proporcionen la información o los conduzcan a un sitio que se especifica. Pero hay veces también en que se los encuentran en la morgue, donde su cuerpo espera que alguien venga a reclamarlo. Recuerda el caso de un chico que vino a trabajar para ayudar a sus padres en Bolivia, y antes de cumplir dos semanas aquí estaba muerto. Hoy se paga de 8 a 10 $ la hora de costura. Como muchos quieren volver pronto a Bolivia, se someten a jornadas de 12 horas de trabajo. A menudo lo que más favorece esta explotación intensiva es la falta de documentación de los operarios, pero hoy, gracias al programa Patria Grande, se está entregando DNI con cierta facilidad y no hay razones para que sean encerrados. Se trata, de todas formas, de situaciones difíciles de tipificar y resolver en lo jurídico, e incluso en lo ético, por el desmedido culto al trabajo que suelen demostrar los bolivianos, o que al menos adoptan como un mecanismo para salir de la pobreza extrema. Josefina Aragón de Vilte, de Maimará, se jacta, como la mayor parte de nuestros entrevistados, de ser muy trabajadora. Cuenta que años atrás –ahora es una mujer mayor– trabajaba de cocinera por un salario fijo desde la mañana temprano hasta las 7 de la tarde, y al salir, sin descansar siquiera media hora, se iba al terreno que alquilaba allí para trabajar en sus pequeños cultivos hasta la una de la mañana. Volvía entonces a su casa, comía algo, y ya a las 5 de la mañana estaba de pie, comenzando una nueva jornada. “Con honestidad y trabajo se sale adelante”, dice con énfasis.

6. Cultura del trabajo y trabajo infantil

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Señala Norma Andía Apaza que es usual en la cultura boliviana, y especialmente en las zonas rurales, que a partir de los 7 años los niños ayuden en las tareas familiares e incluso añadiendo su pequeño trabajo a destajo al realizado por los padres por un salario. Consideran que esto es darles una educación laboral, enseñarles a realizar tareas rentadas o que pueden llegar a serlo, y también, en el caso de las niñas, a saber llevar la economía familiar. En el campo de Bolivia se levantan a las 4 o 5 de la mañana,

Dibujo de Huamán Poma de Ayala que condena a los dormilones y perezosos, uno de los tres principios en que se basaba la ética del Incario.

“almuerzan” a las 6 una sopa nutritiva y parten a sembrar, cosechar, eliminar malezas, pastorear a los animales. A las 12 vienen a su casa a comer algo y regresan de inmediato al trabajo, hasta las 6 ó 7 de la tarde, según la luz. Los chicos se suman a este plan en la medida de sus fuerzas. Costó durante mucho tiempo que los padres se resignen a no contar con su ayuda para que puedan asistir a la escuela, lo que dio lugar a una importante polémica. Pero hoy, dice, las cosas han cambiado significativamente, y los ayudan a no fracasar en sus estudios. Damián Quiroga, de Lules, defiende la costumbre de hacer trabajar a los niños, no para explotarlos ni impedirles que estudien, sino para que vayan adquiriendo la cultura del trabajo. A todo padre pobre, dice, lo obsesiona la preocupación de que puedan morir de pronto en un accidente u otra causa, y que sus hijos queden a la deriva, sin armas para defenderse en la vida. Añade que haciéndolos trabajar en sus horas libres, y en especial los fines de semana, sin afectar mayormente las tareas de la escuela, se reduce su exposición a la vagancia, la droga y otros vicios que afectan hoy a la adolescencia e incluso la niñez. No los mandan a trabajar a otra parte, sino que lo hacen junto a su padre o madre. Por lo general ayudan en la parcela familiar u otra producción doméstica, aunque a ve-

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ces, si su padre es por ejemplo albañil, lo lleva con él un sábado para que vaya aprendiendo ese oficio en el que no es difícil encontrar colocación. Alega, con bastante tino, que no se puede entrar en el trabajo agrícola ya de grande, que quien no lo hizo desde niño ya no lo hará, por lo que se puede decir que nuestra soberanía alimentaria depende hoy, en los tiempos de la soja y otros cultivos de exportación, de esta costumbre. La cultura del trabajo no es para ellos algo menor, sino fundamental en su modo de vida, hasta el punto de que configura una de las tres reglas del mandato que les viene del Incario: no ser ocioso, es decir, no quitar el cuerpo al trabajo. Las dos primeras son no robar y no mentir. Mary Olmos de Pino, de El Boquerón, cuenta que, cuando ella presidía la Asociación de Residentes Bolivianos de Mar del Plata, se vieron acusados “por nuestros hermanos argentinos” de explotar a sus hijos pequeños, haciéndolos trabajar. Al frente de esa acusación estaba una asistente social, quien los instaba a combatir esta mala práctica, que iba a contrapelo de los avances de la humanidad y de la declaración universal de los derechos del niño. La respuesta que dio la Asociación reproducía los argumentos de Quiroga: que el trabajo es una parte importante y el propósito de fondo que anima a la educación, que los chicos no dejan la escuela por eso, que los fines de semana trabajan un poco junto a sus padres como una forma de aprendizaje y de participar en esa unidad económica que es la familia, sin desentenderse de sus problemas. Señala que sus hijos hoy trabajan bien porque desde niños ella y su marido les trasmitieron esta cultura del trabajo. El mayor posee una empresa de mantenimiento de ascensores. Concluye afirmando que un título no es de por sí una garantía suficiente de salir adelante en la vida. Se convierte en un gran instrumento cuando la persona tiene ya esa cultura del trabajo. Hay personas que se reciben sin haber trabajado nunca antes, y que son un fracaso. Es evidente que en los últimos años los bolivianos y demás inmigrantes de países vecinos han aprendido a valorar la educación formal. Los padres consideran un gran fracaso personal que sus hijos dejen los estudios, y acaso su mayor sueño es que sigan una carrera universitaria, hasta el punto de que suele ser ésta la razón principal por la que muchos vienen a la Argentina. Es que un título universitario es para ellos no sólo un motivo de orgullo de toda la familia, sino también una garantía de que sus hijos no pasarán las necesidades extremas que a ellos los agobiaron. El concepto de cultura del trabajo es más amplio que el de realizar tareas remuneradas o que se traduzcan en la creación de un valor económico. Critican la educación que se da a los niños en Argentina, en la que advierten no sólo poco respeto a sus mayores, sino también que se desentienden de las tareas domésticas y las mismas obligaciones familiares, como ser ordenados con sus cosas, no desparramarlas por todas partes, y no ensuciar y desordenar la casa con la idea de que vendrá por atrás su madre guardando lo que dejen en cualquier lado y limpiando lo que ensucien, sin pensar que ella trabaja buena parte del día por la subsistencia de todos y que al llegar debe seguir trabajando en lo doméstico. La cultura del trabajo implica así ayudar con la limpieza y orden de la casa y en la cocina, cuidar los objetos, regar las plantas y alimentar a los animales domésticos, hacer algunas compras y cuidar a sus hermanos menores cuando los padres deben salir a trabajar y ellos no tienen obligaciones escolares que se lo impidan.

Claudia Piottante, la directora de la escuela de El Coyunco, de la que luego hablaremos, refuerza estos conceptos al afirmar que la familia es para ellos un cuerpo orgánico en el que cada integrante debe desempeñar un rol preciso, según sus posibilidades y capacidades, y que esto lo entienden mejor los bolivianos que la sociedad argentina, a la que ella pertenece. Pero una velada crítica a dicho sistema es su comentario, por cierto ajustado a la realidad, de que los niños vienen a la escuela no sólo a aprender, sino también a ser niños, o sea, a jugar en el patio, a leer cuentos en la biblioteca, cantar, dibujar, hamacarse, tirarse por el tobogán y sobre todo para interactuar con sus compañeros, lo que les enseña a relacionarse con otros, a defenderse mejor y a ir definiendo su personalidad. Pero sabe que al llegar a su casa no podrán encerrarse a estudiar sin ocuparse de otra cosa, pues les esperan otras obligaciones, lo que lleva a los docentes a no sobrecargarlos de tareas escolares.

7. Vivienda y salud La reciente ocupación del Parque Indoamericano de Buenos Aires puso al rojo vivo un problema habitacional que se vino agravando en los últimos años, no por una fuerte presión de los inmigrantes de los países vecinos y de quienes vienen del interior del país, expulsados por la soja y otros cultivos de exportación, sino por una notoria desinversión pública en un campo que siempre se consideró prioritario. En esta ocasión, con la esperanza de salir de las villas de emergencia y de las condiciones de hacinamiento que los esperan al llegar al país, muchos inmigrantes de países limítrofes y provincianos desplazados por las economías regionales, instigados en buena medida por operadores políticos (como lo prueba el hecho de que la mitad de las carpas eran iguales, o sea, no traídas por los ocupantes) y hasta manipulados por bandas que lucran con ello, se arriesgaron a ocupar el Parque, sin calcular en su desesperación que eso serviría para desatar otra ola de xenofobia que los perjudicaría. Así, miles de bolivianos, paraguayos, peruanos y argentinos ocuparon ese predio de 130 hectáreas, en el que llegaron a instalarse 13.000 personas. Aunque pocos días después desalojaron el lugar, les queda en la memoria la sangre que costó este mal paso: dos bolivianos y un paraguayo murieron en los enfrentamientos con grupos de choque presuntamente vinculados al gobierno porteño y las barras bravas de los clubes de fútbol de Boca Juniors y Huracán. Hay testigos que aseguran que personas no inmigrantes habrían vendido lotes en el Parque por 500 $. En la Ciudad de Buenos Aires existen unas 14 villas pobladas por 150.000 personas, en su mayoría inmigrantes de los países vecinos, pero también, como se dijo, por personas que vienen de las provincias del norte del país, por lo que el problema no puede ser circunscrito a los extranjeros. Quienes viven en esos asentamientos, construidos en base a tomas ilegales, carecen de títulos de propiedad, pero se ha establecido con todo la práctica de vender la posesión o alquilar piezas o casas enteras. Hasta se realizan ventas de una propiedad, al margen de todo sistema registral del Estado.

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Puesto de plantas medicinales en un mercado andino.

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La ola de xenofobia fue exacerbada por funcionarios del gobierno porteño, quienes vincularon a los inmigrantes que ocupaban el parque –en su mayoría familias con sus hijos menores– con un corredor de delincuencia y narcotráfico. El Art. 20 de la Constitución Nacional, así como el Art. 11 de la Constitución de la Ciudad, consagran el derecho a la diversidad cultural, no admitiendo discriminaciones de ningún tipo por esta causa. Al mismo tiempo, rigen en la Ciudad de Buenos Aires numerosas normas que protegen los derechos de los inmigrantes en materia de educación, salud, vivienda y otros. Las colectividades fueron aplaudidas y reconocidas cuando desplegaron su diversidad artística y de costumbres en ocasión de la celebración de nuestro Bicentenario de la Revolución de Mayo, pero repudiadas cuando vinieron a pedir un lugar más digno en nuestra sociedad en lo que hace a los derechos más básicos. El respeto a la diversidad no es exotizar los aspectos culturales y olvidar o reprimir los sociales, sino que pasa por la implementación de una política fundada en la igualdad de derechos y la distribución equitativa de los recursos, que permita a las diferentes colectividades dialogar y enriquecerse mutuamente a través de un intercambio libre, sin imposiciones. El problema de fondo es el creciente déficit habitacional de la Ciudad de Buenos Aires, ya de antigua data, y también, como se dijo, una creciente desinversión en políticas sociales, lo que configura de por sí un cóctel explosivo. En 2008, el presupuesto para viviendas representaba el 5,4 % del total. En 2010, había descendido al 2,4 %, con el agravante de que éste se había ejecutado sólo en una mínima medida. En cuanto a los recursos federales destinados a este fin, señala el senador Daniel Filmus que el actual

gobierno de la Ciudad lo desperdició en un alto porcentaje, pues de las 300 mil viviendas del Plan Federal, 11 mil fueron asignadas a dicha Ciudad, pero hasta la fecha sólo se terminaron 2.060. Hablamos ya de los problemas que se suscitan en los hospitales públicos cuando ven a los inmigrantes de países vecinos en las colas. En su descargo, ellos argumentan que si no los obligaran a trabajar en negro seguramente tendrían obras sociales, porque casi todos los gremios dan este servicio a quienes están en regla. El sociólogo Radek Sánchez, quien observó este tipo de discriminación en los hospitales de Jujuy entre el personal médico y paramédico, sostiene que ello se potencia a menudo por la tendencia de los bolivianos a hablar en voz baja y como quien pide un favor, frente a personas que reclaman en voz alta lo que consideran su pleno derecho. Al parecer, este mundo no es de los que más respetan ni de los solidarios, sino de los egoístas y vulgares. Hablamos también de la medicina kallawaya, la de los médicos itinerantes de los Andes, reconocida hoy en el mundo entero desde que la UNESCO la instituyó como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Si bien esos médicos se nutrieron también del Noroeste argentino en sus recorridos y su medicina está muy vigente en Bolivia, no entraron en la corriente inmigratoria boliviana como medicina paralela, aunque no falta algún curandero en el Noroeste que se presente como tal sin serlo. Efraín Cárdenas, de Mar del Plata, refiere que Evo Morales está tratando de conciliar la medicina científica con la kallawaya. En las ciudades intermedias hay ya un representante de esa medicina tradicional que habla el idioma de la gente y la deriva hacia los médicos científicos sólo cuando lo considera necesario. Cuenta también de la negativa de muchos a hacerse atender por estos últimos. Los indígenas, por ejemplo, se oponen a que otro hombre que no sea su marido toque a sus mujeres, y menos en sus partes íntimas, lo que es una traba para los ginecólogos y para la asistencia a los partos. Josefina Aragón de Vilte cuenta que su tío boliviano la introdujo en la medicina tradicional, enseñándole con qué planta se cura cada dolencia, y cómo preparar cada remedio. Toda planta, dice, tiene su compañero, que mitiga o complementa su poder. Está colaborando gratuitamente con un grupo de estudiantes de la Universidad de Jujuy, quienes vienen cada tanto a Maimará y preparan juntos las medicinas tradicionales, para que tomen notas de sus elementos y proporciones, así como del proceso de su fabricación. Ellos registran esto con cámaras de video, fotografías y otros medios. La cantidad, dice, es importante, pues todo exceso puede intoxicar o dañar al paciente. Celebra que la Universidad dé importancia hoy a estos saberes antiguos, que antes debían ocultarse, pues muchos curanderos terminaron presos por ejercicio ilegal de la medicina. Con el resultado de este trabajo el grupo de la Universidad de Jujuy está escribiendo un libro, que se editará para repartir a los hospitales y bibliotecas de la provincia. Vienen también con frecuencia a visitarla estudiantes y médicos jóvenes de otras partes del país, atraídos por su fama. Hasta los enfermeros de la región están aprendiendo a curar con plantas, sobre todo de los lugares más apartados, donde no hay farmacias y la gente no tiene para comprar remedios industrializados. Dice que tirar la coca como práctica adivinatoria es propio de la cultura andina, pero no las cartas. Con la coca, señala, se puede

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conocer el pasado y futuro de una persona, ver las buenas o malas influencias que la rodean. Antes de emprender un viaje o una actividad, ella consulta a la coca. Aunque también –reconoce con picardía– a los horóscopos, los que en su caso siempre aciertan. Los sueños le anuncian muchas cosas que van a suceder.

8. Educación

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La experiencia educativa de la Escuela N.º 8, Francisco Narciso Laprida, fundada hace 120 años y situada en El Coyunco, a 16 kilómetros de Mar del Plata, por la ruta provincial N.º 226 que va a Balcarce, figura sin duda entre las mejores experiencias de educación intercultural del país, a pesar de estar en pleno campo y contar con escasos recursos. El 30 % de los alumnos son bolivianos, y un 60 % hijos de bolivianos, quedando un pequeño cupo para los de otro origen. Su directora, Claudia Piottante, cuenta que su punto distintivo es tomar el lenguaje de las artes como ejes de integración cultural y social, mediante el diálogo de las diferencias y la creación de espacios compartidos. La mayoría de las familias de bolivianos de la zona se dedican a la horticultura., aunque también hacen ladrillos y ordeñan vacas en los tambos. Afirma que el proyecto hace sentir a los niños que, a pesar de tener costumbres muy distintas a las argentinas, son valorados y respetados por ellas, por el interés que despiertan. Su cultura se convierte así en un patrimonio a cultivar entre todos, dejando en consecuencia de representar una causa de discriminación. Antes, cuenta Piottante, los chicos hablaban tan poco, que las maestras no conocían su voz. Lentamente, por medio de la música, la danza, el dibujo y otras manifestaciones artísticas, aprendieron a expresarse, a afirmarse en su ser y a abrirse a los otros desde una identidad reconocida y no negada. También a través del arte se involucra a los padres en la tarea educativa. Los padres no alfabetizados tienen a su vez un programa de alfabetización de adultos. La escuela, por estar en pleno campo, como se dijo, es el único ámbito de integración que tienen estos niños. Se trata, enfatiza la directora, de una educación para la libertad. Los padres encuentran aquí un marco receptivo para transmitir sus saberes, sin quedar restringidos a su propio hogar. Los estimula además a transmitir con fuerza su cultura a sus hijos, quitándoles el temor a que eso sirva sólo para acrecentar la discriminación. Hasta transmiten sus conocimientos de la medicina tradicional, la cocina y su literatura oral, tanto narrativa como poética, algo que fascina a loas hijos de criollos que allí estudian. La escuela estuvo un año y medio cerrada por su situación ruinosa, sin que las autoridades de la provincia hallaran una solución, la que vino más bien de los propietarios de la zona. En ese tiempo las clases continuaron en un galpón de un campo vecino, donde se amontonaron cuatro grados. Piottante se contactó con SUTEBA, con la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Mar del Plata y el Movimiento Cultural Pachacuti, en busca de apoyos didácticos. La Facultad arregló que sus alumnos puedan hacer allí sus prácticas educativas. Tanto para los pasantes como para los alumnos esto

Izquierda Escuela del Barrio Ejército de los Andes, en La Ciudadela. Derecha Escuela de El Coyunco, Partido General Pueyrredón.

fue muy enriquecedor. Se tratan de niños muy sensibles y silenciosos, con sentimientos a flor de piel, que continuamente están haciendo devoluciones a sus docentes, como cartas, dibujos y canciones, lo que los estimula a avanzar por este camino contra viento y marea. Piottante manifiesta que ella, como directora, y el cuerpo docente, están muy contentos con lo que hacen, pues les da un sentido profundo a sus vidas. Se presentan problemas, pues hay niños que van y vuelven, llevados y traídos por sus padres. Algunos empiezan un curso en Bolivia y vienen a terminarlo aquí, nomadismo al que es preciso contemplar y buscarle soluciones. Para los que se van, cortando el año, y luego regresan, hacen cursos especiales para recuperar la escolaridad. A menudo viajan los padres y dejan a los niños en la escuela, al cuidado de parientes y amigos durante su ausencia. Antes había un alto índice de abandono en 4º y 5º grados, pues los padres los sacaban a esa edad para sumarlos al trabajo a destajo o en su chacra. Ahora tienen claro que deben al menos terminar la primaria, y la mayoría se muestra interesada en que hagan también la secundaria e ingresen un día en la Universidad. A ella y los docentes les gustaría instituir una doble escolaridad, para profundizar así su proyecto educativo, pero les obstaculiza este propósito el hecho de que los niños deben realizar otros trabajos, relacionados con la vida del grupo familiar. Incluso, para que también puedan trabajar, no pueden darles demasiadas tareas, como ya se dijo en el parágrafo anterior. Con todo, insiste en que se debe llegar a la doble escolaridad, para sumar horas de aprendizaje y reducir las horas de trabajo, dejando a estas últimas en ese mínimo que hace a su educación laboral. El programa titulado “El Barrio Ejército de los Andes se educa ambientalmente”, implementado en la Escuela de Educación Básica N.º 13 “Armada Argentina” de La Ciudadela, Pcia de Buenos Aires, se inició en junio de 2008, y fue concebido y promovido por su directora, Hersilia Ester Ayala. Parte de una situación totalmente opuesta al modelo que analizamos anteriormente. Mientras que en El Coyunko el 90 % de los alumnos

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son bolivianos o hijos de ellos nacidos en Argentina, aquí deben compartir el espacio de integración con grupos de otro origen, lo que vuelve a la experiencia extremadamente intercultural, pues en el diálogo intervienen no menos de seis identidades. En efecto, a los bolivianos de habla quechua y aymara se suman paraguayos, uruguayos, chilenos, peruanos y muchos migrantes que vienen de distintas provincias, con costumbres muy disímiles. Se añade a ello que varios de esos migrantes internos pertenecen a pueblos originarios, como Guaraníes, Collas, Tobas (Qom) y hasta los resucitados Comechingones de Córdoba. Además, este barrio, conocido vulgarmente como “Fuerte Apache”, se ha ganado fama, como ya vimos, de ser el más violento del país. Si bien la violencia ha mermado en forma notoria con la entrada de la Gendarmería, que controla hoy todos los accesos, los organismos gubernamentales, incluidos los censistas, no se atreven a ingresar al barrio a realizar un trabajo exhaustivo, para determinar su población y la verdadera situación social, sanitaria y educativa de sus habitantes. Y esto llega hasta el extremo de que la citada escuela, a pesar de estar situada frente al cuartel de la Gendarmería, o quizás por eso mismo, tuvo que abandonar un aula por razones de seguridad, al hallar impactos de balas en los ventanales, producidos por suerte en horarios nocturnos, cuando no hay clases. El barrio, a causa de su sobrepoblación, está en un alto estado de deterioro, con la losas rajadas, las cloacas colapsadas, la instalaciones eléctricas desatendidas por la misma inseguridad que impide el acceso de los técnicos, y también porque la mayoría usufructúa el servicio en forma clandestina. Los desbordes de las cloacas y la basura tornan además al ambiente muy insalubre. En tales condiciones, la primera tarea cultural que se plantea es el mejoramiento de la calidad de vida, y la educación debe trabajar intensamente el tema ambiental, ocupándose del levantamiento de la basura, el control de los desbordes de las cloacas, el mantenimiento de los 55 bloques, que en parte se están refaccionando y pintando incluso con murales. Para ello, a través de los niños se alecciona y educa en cierta forma a sus padres y familiares, para sumarlos a la lucha por un ambiente sano. La disminución de la violencia crea hoy un clima más propicio a esta tarea. El cuerpo docente debe además realizar un intenso trabajo social entre los alumnos, pues muchos de ellos provienen de familias desarraigadas, incompletas o fracturadas, donde abundan los padres ausentes, porque están presos, o no reconocieron a sus hijos o se pasan el día vagando por la ciudad en busca de un trabajo eventual. A menudo estos chicos están desnutridos, por lo que la escuela asume la tarea de alimentarlos, así como de vacunarlos y cuidar su salud. La educación ambiental en marcha incluye una huerta orgánica, talleres de convivencia, encuentros de trabajo con otros establecimientos educativas, representaciones teatrales en hogares de ancianos, la creación de herbarios, terrarios e insectarios, el reciclado de materiales de desechos, la habilitación de espacios para graffitis y murales y, aunque parezca extraño, hasta la promoción turística del distrito. La música y la danza son temas transversales. Se realizan trabajos sobre la contaminación ambiental y la forma de evitarla, así como sobre la prevención de adicciones. Se promueve también la creación de una radio y un diario en la escuela, así como talleres para los padres, a fin

de discutir con ellos las problemáticas que les incumben a todos. Hay asimismo talleres para analizar el tema de los valores, en el que los bolivianos ponen mucho énfasis. Toda la educación que se imparte apunta a una acción transformadora del hábitat y la mejora de la calidad de vida. O sea, con ella se quiere contribuir al cambio social, cultural y económico del barrio, para seguir dejando atrás su pésima fama. El hecho de que el 100 % de la matrícula corresponda a niños que habitan en él, posibilita que toda la acción producida se centre en el mismo. El cuerpo docente se reúne para definir cómo abordarán cada hecho o actividad para dar cabida a toda la diversidad cultural de la matrícula. Por ejemplo, si se acerca Navidad, se preguntan qué significa ésta para cada una de esas matrices culturales y cómo la celebran. A tal fin convocaron a los padres y referentes adultos de la comunidad educativa, quienes aportan sus saberes y opiniones. La discusión se da luego entre los niños mientras organizan la exposición que harán, tanto a nivel público como en las simples tareas escolares. Tal exposición se realiza oralmente, aunque complementada por lo general con fotos y videos. Por cierto, este intenso ejercicio de abordaje de la diversidad cultural es una educación no sólo para lo tolerancia, sino también para no encerrarse en su propia cultura y aprender de los otros, pues todos tienen siempre algo que enseñar. La escuela se convierte así en un lugar en el que las sociedades –y no sólo los niños– deben canalizar sus tradiciones y experiencias, reflexionar en grupo y construir los consensos que les permitan vivir en paz y con respeto del otro. Cada cultura representa un modo peculiar de situarse en el mundo, y la confrontación de estos modos es ya de por sí una valiosa experiencia antropológica, por más que no realicen luego estudios de esta ciencia social. Eso, además, es preparar a los niños para el ejercicio de la democracia y la inclusión social. Varios testimonios subrayan con orgullo que a menudo los hijos de bolivianos son abanderados o escoltas de las escuelas en que estudian. La Asociación 6 de Agosto del Bajo Flores recomienda a sus miembros no descuidar el aseo de sus hijos cuando los mandan a la escuela, pues deben ir limpios, tal como se acostumbra en Bolivia, a fin de no alimentar la discriminación. Aquí a menudo no los mandan como es debido por el escaso tiempo de sus padres para ocuparse de ellos. Les piden también que los acompañen en los actos de la escuela en que muestran lo que hicieron en el año, y en los torneos deportivos. Al ver así que se interesan por los resultados de su aprendizaje, ellos se esmerarán más. A su juicio, otra causa que motiva la discriminación es que los niños, como ya se dijo, sean callados y algo cerrados, lo que suele interpretarse como una falta de percepción de la realidad, lo que está lejos de ser así, como subrayan los docentes de El Coyunko. En las pocas escuelas mendocinas que tienen una alta población boliviana no se han establecido aún a nivel oficial políticas específicas, pero los docentes suplieron este vacío convocando a los padres, para implementar en conjunto formas de autogestión educativa. Así, las madres enseñan quechua a las maestras para que puedan acercase mejor a los alumnos, y les transmiten su tradición oral y diversos aspectos de su cultura para que los trabajen en clase en una experiencia intercultural, en la que los niños argentinos puedan conocer sus valores culturales por boca de la maestra, con el recono-

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cimiento que esto implica. El 6 de agosto la bandera argentina se coloca al lado de la boliviana, y el 9 de julio es la enseña boliviana la que escolta a la argentina, como una forma de convivencia.

9. Documentados e indocumentados

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Como vimos, en 2001 Argentina tenía más de un millón y medio de inmigrantes de los países vecinos, de los cuales la mitad eran irregulares frente a la Ley de Migraciones N.º 22.439, promulgada por la Dictadura Militar en 1980. Ello implicaba un alto porcentaje de trabajo en negro y ocasional, así como de desocupados que subsistían gracias a sus redes solidarias. Para corregir esta grave anomalía, se sancionó la Ley N.º 25.871, en 2003, que modifica el paradigma persecutorio y restrictivo de derechos, reemplazándolo por normas que se ajustan al marco internacional de los derechos humanos y al proceso de integración latinoamericana, en el que Argentina se ha embarcado de un modo definido y coherente. A dicho objetivo apunta el Plan Nacional de Normalización Documentaria Migratoria, denominado “Patria Grande”, creado en 2004, el que se basa en dicha Ley e implementa además el acuerdo firmado el año anterior por los países miembros del MERCOSUR y asociados, que permite a un ciudadano de cualquiera de estos países radicarse en otro y trabajar en él con los mismos derechos que los nativos. Hoy se calcula que el 77,5 % de los varones inmigrantes trabaja, contra el 51,6 % de los varones argentinos. Los primeros lo atribuyen a que hemos perdido en gran medida la cultura del trabajo, pero esto puede explicarse también por el hecho de que hay una alta proporción de argentinos que estudian y no trabajan, privilegio que no alcanza por lo general a la población inmigrante. La tasa de desocupación del total de la población inmigrante limítrofe y peruana supera en por lo menos en un 10 % a la del conjunto de la población del país. La tasa de desocupación de los paraguayos llega al 27 %. Sólo los uruguayos y peruanos registran tasas de desocupación menores a las de los argentinos. En el caso de la inmigración peruana más reciente se debe a su mayor aceptación de las condiciones laborales injustas que les imponen sus empleadores. El hecho de que centenares de miles de inmigrantes de los países vecinos vengan regularizando su situación migratoria no empujó hacia arriba los índices de desocupación, la que, por el contrario, se redujo del 23 al 7,5 %. Esto descalifica por completo la tesis que sindica a la inmigración de los países vecinos como causante principal de la falta de trabajo que aqueja a una parte de nuestra población. Por otro lado, y como bien se sabe, ellos ocupan más bien nichos laborales desdeñados por nuestro pueblo, por ser muy sacrificados y mal pagados. Si bien la sanción de la Ley N.º 25.871, así como el Programa Nacional de Normalización Documentaria Migratoria, contaron con de otras fuerzas políticas, ello no implica un cambio radical de la mentalidad argentina, como lo pone de manifiesto el hecho de que poco se habla de esa Patria Grande ya soñada por San Martín, Bolívar y otros

próceres de la Independencia en el Congreso de la Nación y las legislaturas provinciales, como si el país no estuviera en América. Pero aunque no les guste a muchos, dicha Ley representa un gran salto hacia la integración regional, causa por la que hoy la política oficial apuesta de un modo antes insospechado, consciente de que sin ella no podremos ser verdaderamente soberanos. Esta Ley se trata además de una iniciativa ejemplar en el mundo entero, y es congruente además con el texto de la Constitución Nacional, la que considera que todo habitante de la nación goza de los mismos derechos básicos –salvo la limitación para los extranjeros de elegir gobernantes o ser elegidos–, por lo que bajo ningún concepto se puede cerrar las puertas de un establecimiento educativo o de los hospitales públicos a nadie, por más indocumentado que esté, pues ello configuraría, en los tiempos que corren, un delito de lesa humanidad. A esta Ley se han adherido ya, según cifras recientes, 423.697 personas, y fueron acordadas 98.539 radicaciones permanentes y 126.385 radicaciones temporarias. Gracias al impulso que este programa tuvo en el último año, dichos montos crecerán de un modo significativo en los próximos meses. Para alcanzar tal objetivo, colaboraron 560 instituciones públicas y privadas del país.

10. La cuestión de los valores Los bolivianos, de acuerdo a nuestra propia investigación, nada tienen de pendencieros, ya que por lo común soportan en silencio las injurias y humillaciones que les hacen los argentinos (cosa que a nosotros no nos hacen en América, destacan), pues saben que si responden a ellas tendrán problemas serios, y en especial si no están con sus papeles en regla. Refiere Mario Mallón, como quien afirma los valores de su pueblo, que al principio no los trataban bien, pero respondiendo a las agresiones con la humildad fueron superando esto, y los agresores terminaron avergonzándose de su mala acción. No endilga esta forma de violencia a toda la sociedad argentina, sino a personas ignorantes y cerradas, con una pobre visión del mundo. Pero aclara que no se debe confundir humildad con cobardía, pues cuando se trata de defender causas verdaderas lo hacen con firmeza y sin alardes. Al contenerse para no responder a cualquier frase despectiva que les digan en la calle, evitan echarse fama de violentos, lo que no haría más que incrementar el rechazo de los argentinos, quienes no vacilarían entonces en atribuirles toda la culpa del resultado de los incidentes. Su deseo es presentarse como una comunidad pacífica, que pide un modesto lugar en esta tierra. Su condición de trabajadores a tiempo completo, que en el Norte argentino lleva a verlos como “esclavos” de sí mismo, no les permite emborracharse a menudo y menos amanecer dormidos en las calles. Esto ocurre sólo en casos aislados, que la mala prensa generaliza para promover una política inmigratoria restrictiva. Si la delincuencia es entre ellos muy reducida, la prostitución y la mendicidad son casi inexistentes, lo que nos hace pensar que aún rigen su conducta por los viejos principios del Incario, que les mandan no robar, no mentir y no ser flojos (o perezosos). Esto pone de manifiesto que

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los vicios y malas andanzas que les endilgan están más arraigados en la sociedad que los acusa que en ellos. Pero no sólo se relaciona a los bolivianos con la delincuencia, sino a todos los inmigrantes de los países vecinos, y en especial a los peruanos. Pero las cifras oficiales dicen otra cosa. Si tomamos los datos del Servicio Penitenciario Bonaerense, que alberga la mitad de la población carcelaria del país, y corresponde además a la provincia que registra su mayor nivel de violencia, vemos que en 2009 había sólo 902 presos nacidos en otros países, sobre una población total de 26.092 internos, más unos 4.040 alojados en las comisarías. O sea, apenas el 3 % de la población carcelaria, y un porcentaje menor al de 4,2 % de extranjeros que hay en el país, según el censo de 2001, a pesar de la situación de extrema necesidad en la que viven muchos de ellos. Del total de extranjeros alojados en las cárceles de dicha provincia en 2009, 341 eran paraguayos, 219 uruguayos, 132 chilenos, 62 peruanos, 58 bolivianos, 21 brasileños y 69 ciudadanos de otros países del mundo. O sea, los inmigrantes presos de los dos países que nos ocupan sumaban apenas 120, y seguramente muchos de ellos eran inocentes de los cargos que se les imputaban, como ocurre con los sectores de la población más discriminados. Con respecto a los robos, que son harto frecuentes en Lules (aunque por lo general sin violencia armada ni víctimas fatales), hasta el punto de involucrar a buena parte de la población en ellos, señala Mallón que no hay allí bolivianos que estén presos por esta causa o lo hayan estado, y que a éstos les toca más bien el papel de víctimas de los robos y hurtos. Los atribuye a una juventud de entre 18 y 30 años que ha perdido el respeto a las personas, por lo que es urgente, dice, actuar sobre ella para encauzarla en la cultura de los valores. Sin duda el valor más exaltado por los bolivianos y en una medida algo menor también por los peruanos, es la familia. La familia es la base de la sociedad, dice Leonardo Durán, un joven hijo de bolivianos que estudia derecho en la Universidad Nacional de Salta, al que ya nos referimos en el capítulo anterior. Le sorprende ver que muchos de sus compañeros de la Facultad no tienen diálogo con sus padres. A pesar de su edad de 26 años, cumple el ritual de pedir permiso a su padre antes de salir, no por cierto porque él se lo exija, sino como un acto de respeto, y también para que sepa adónde va y si necesita algo. Pasa los domingos con su familia, y todos hacen lo posible para no faltar en la hora del almuerzo y de la cena. Le produce tristeza ver a los chicos que pasan los fines de semana solos, por tener padres separados o que no se ocupan de ellos. Como junto con Juan Duarte, su padre, y su hermano Javier manejan la comparsa Gran Poder, su familia se extiende a los 150 compañeros de baile que ensayan las danzas, y que funciona, como se dijo antes, cual un grupo de contención, que les permite ejercer ese caro valor andino de la solidaridad. Señala Mary Olmos de Pino, de El Boquerón, que a la mujer boliviana le gusta trabajar a la par de su marido o en otro rubro, para no hacerse mantener por él, aunque acota que al marido le molesta que ella abandone demasiado el hogar para abrirse camino sola por el lado del estudio, o sea, superando su nivel educativo. La familia boliviana practica una religiosidad popular plenamente enmarcada en el

catolicismo, por más elementos sincréticos que contenga, relacionados por lo común con el culto a la Pachamama. Ya hablamos de las imágenes, de las procesiones y el sistema de padrinazgos que usan para organizar las fiestas, pero a ello debe sumarse la devoción verdadera que profesan a sus vírgenes, lo que se trasunta en el diálogo. Esta mística se traslada al arte de la danza, que si bien se desarrolla asimismo dentro de los rituales del Carnaval y la fiesta de la Independencia (6 de agosto), acompaña por lo común a las festividades relacionadas con dichas imágenes. El virtuosismo que despliegan en dicho arte es una clara afirmación de sus valores, tanto religiosos como morales, pero también dan fe de una exigencia estética, ya que ponen todo de su parte en perfeccionar los pasos de las distintas danzas, las coreografías y las indumentarias, así como la música que las acompañan. En el caso de los peruanos, la danza puede acompañar a una festividad religiosa, pero por lo general actúa como una afirmación de su identidad, una manera de mostrar a la sociedad argentina su cultura, y también de mantenerla viva en tierra extranjera. Rosario Ávalos, la Presidenta de la Asociación de Residentes Peruanos de Mar del Plata, formó con niños y adolescentes el conjunto “Brisas del Perú”. Al no ser profesora de danzas, estudió con su grupo en videos las diversas coreografías, tanto de la Sierra como de la Costa y la Selva, y se hizo asesorar por quienes sabían algo de ellas. Dice que cada vez que cuenta con algo de dinero encarga una indumentaria al Perú, y ya tiene 72, para vestir a su conjunto en las distintas danzas que presentan. En sus cenas y actos suelen bailarlas para recordar su origen y remontarse al menos por unos momentos a su tierra. Las danzas afroperuanas que han llegado principalmente a Buenos Aires, se empeñan en rescatar su raíz negra, como una matriz cultural específica, diferente de la indígena y del sector criollo de la Costa. Así como les interesa mucho la danza, los bolivianos sienten una especial inclinación por la música. Lejos de atenuarla, las presiones y sacrificios propios de la inmigración la potenciaron, como un modo de afirmar su identidad en su país de adopción. Cuenta Mario Mallón que cuando el trabajo le proporciona un respiro se encierra con su charango y se sumerge en la música de su tierra, lo que le proporciona una gran felicidad, una fuerza interior que lo sostiene. “La música hace a la gente mejor persona”, dice, añadiendo que contagió este arte a sus primos y sobrinos, para hacerles comprender quiénes son y de dónde vienen, y sobres todo para que asuman los valores y costumbres de su país de origen. Siente que éste es su verdadero aporte al futuro, lo que él lega al futuro de todos, y no sólo al de su pueblo. Claudia Piottante nos cuenta que los niños bolivianos aman el espacio de su escuela, por lo que no lo ensucian y tratan de que esté cada vez mejor. A su juicio, estos chicos viven en un tiempo distinto, son más lentos y perceptivos, y su tendencia tan manifiesta al silencio conforma un caldo propicio a toda reflexión y visión en profundidad. Los niños argentinos, por el contrario, están perdiendo esta virtud, por el creciente ruido con que la civilización dominante los aturde, enmascarando así su ausencia de sentido con la seducción de la electrónica. Llevan adentro una armonía que se trasunta en sus miradas, en la manera de comer, de relacionarse entre ellos. Muestran además un infinito respeto a sus maestros, a los adultos y entre ellos mismos. Escuchan lo que las personas les dicen, ob-

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servan su conducta y tratan de aprender de los buenos ejemplos. No desvalorizan la acción ajena, ni se burlan de los débiles o de quienes tienen dificultades en el aprendizaje. Pero así como hay valores que se mantienen con firmeza, hay también una crisis de valores, porque toda cultura del mundo la padece hoy en mayor o menor intensidad. Rina Zárate de Olmos, de Mar del Plata, señala que entre los bolivianos aún funcionan bien los mecanismos de solidaridad y reciprocidad. Cuando uno de ellos se encuentra en una situación desesperada, se difunde por las radios comunitarias y muchos acuden a ayudarlo, y a quien desea regresar a su país y no tiene dinero, mediante un sistema de ayuda mutua le pagan el pasaje y dan para los gastos de viaje. No obstante, sostiene, hay muchos que no son ya solidarios con su comunidad de origen, olvidándose que quienes trabajan como peones pasan grandes necesidades, y algunos que llegan a pedir ayuda a la Asociación dicen que no tienen para comer. Mario Mallón señala que la colectividad de Lules critica de un modo unánime a los bolivianos que hicieron mucho dinero, y que en vez de apoyar a los suyos, los someten a un grado de explotación que no se atreven a hacer con los trabajadores argentinos. La mayoría de los bolivianos y peruanos entrevistados expresan su agradecimiento a nuestro país por haberles abierto las puertas y brindado educación gratuita, así también como asistencia gratuita en los hospitales a quienes no tenían con qué pagarla. Todos mencionan su empeño en transmitir a sus hijos los valores morales en que se formaron, esfuerzo que se ve coronado por una continuidad cultural con pocas fisuras, a diferencia de lo que sucede con la sociedad argentina, en la que la brecha generacional, a causa sobre todo de los cambios tecnológicos, se ha convertido en muchos casos en un verdadero abismo, hasta el punto de que padres e hijos comparten tan pocos valores, que abundan las rupturas de relaciones o notorios alejamientos que convierten al vínculo en una pura formalidad. Señala Norma Andía Apaza, a modo de colofón y para dejarnos meditando, que a Bolivia le quitaron tierras Argentina, Chile, Brasil, Perú y Paraguay, pero su gente no guarda rencor a estos países, por considerar que son acontecimientos del pasado, y que lo que importa hoy es la gran nación latinoamericana. Añade que la mayor herencia que se puede dejar a los hijos es el estudio, y especialmente si son pobres, por tratarse de un bien del que nadie puede despojarlos. Por nuestra parte, queremos cerrar este apartado de los valores con un caso que nos llamó particularmente la atención, y que tiene que ver con Rosario Ávalos, la actual presidenta de la Asociación de Residentes Bolivianos de Mar del Plata. Cuenta que en Lima tenía un hogar con cuatro hijos y todo le iba bien, pues había estudiado ciencias económicas y montado dos negocios de venta de ropa que le permitían subsistir en condiciones dignas. Pero tres estafas consecutivas que le hicieron, más el hundimiento de la economía de su país por las recetas neoliberales ya comentadas, la llevaron a una cesación de pago. Liquidó entonces sus negocios y pagó gran parte de esa deuda, pero aún quedaba una cantidad considerable, acrecentada por la usura, y no sabía cómo pagarla. Torturada por esta situación, ante la cual muchos hoy no se harían mayores problemas, decidió venirse a Argentina en los años de la convertibilidad. Pero al llegar a Buenos Aires, unas peruanas le robaron todo lo que traía, e incluso su dinero, por lo que

luego de vagar llorando por calles que desconocía se refugió en una iglesia. La rescató de allí una mujer del barrio, quien la llevó a su casa, le dio lo más necesario y le consiguió un empleo en el servicio doméstico en un campo que estaba a unos 30 kilómetros de Mar del Plata. Siendo una casi profesional y pequeña empresaria, tuvo la humildad que se precisa para aceptar una caída semejante. Para peor, por tratarse de un lugar muy aislado, ni siquiera podía llamar a sus hijos con frecuencia, a los que había dejado llorando y siguieron llorando por ella durante su ausencia, pues eran pequeños. Trabajando así en esa soledad dos años, pudo ir pagando la deuda, pero al volver al Perú vio que su matrimonio se había terminado de quebrar. Resolvió entonces, para poner distancia de esa situación, regresar a Mar del Plata con dos de sus hijos, y ahora que ha conseguido un buen pasar formó esa Asociación para ayudar a los peruanos que llegan. Este caso nos hace recordar un cuento recogido por Leda Valladares entre los Diaguitas de los Valles Calchaquíes, en el que una mujer que se murió debiendo un peso a una comadre, regresa al mundo de los vivos y se hace contratar como cocinera en un campo por un sueldo mensual de un peso, suma tan ridícula que sorprendió al patrón, quien le ofreció mucho más, posando de generoso, sin que ella aceptara. Al cumplirse el mes, cobró ese peso, se lo dejó a su comadre y se fue para siempre al más allá. Difícil es encontrar un mensaje ético tan fuerte, tan ejemplar.

11. Cultura andina y medioambiente Si bien en Santa Cruz de la Sierra y otros departamentos de Bolivia se han expandido hoy la soja y otras formas de cultivos de exportación de carácter ecocida, los productores fruti-hortícolas de las zonas altas de ese país que migraron a Argentina traen consigo toda la sabiduría de la agricultura a pequeña escala de carácter tradicional, respetuosa de los ecosistemas y casi paradigma de lo sustentable. Seguramente no hay en nuestro país un ejemplo mejor para oponer a lo que llamaríamos agro-barbarie. Los niveles de degradación del suelo, así como la eliminación de todo tipo de fauna y de la diversidad biológica al que ha llegado este modelo, no permite asociarlo a la palabra “cultura”, y menos aún tomarlo como un alto referente de lo que hoy se llama simplemente “campo”, como si sus valores se midieran según su renta en dólares, y no en su capacidad de preservar esa riqueza para las futuras generaciones. Parafraseando a Octavio Paz, se podría decir que ese “campo” sabe mucho de precios pero nada de valores. Uno de los objetivos que se puso la humanidad para el presente milenio está dedicado a la sustentabilidad ambiental, la que nunca pasará por las trasnacionales de las semillas y los glifosatos que están detrás de este sistema inhumano, el que además de expulsar población del campo y acabar con la fauna y la diversidad biológica, acarrea graves males a la salud de la población. Hasta el momento se ha revelado débil entre nosotros la incorporación de criterios ambientales en las políticas agrarias, pues se prefiere el ingreso de divisas inmediato a la salud de los ecosistemas y su preservación para el futuro, aunque sobran ya experiencias en el mundo que muestran que la racionali-

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Andenería agrícola construida por los Incas, que dan cuenta del uso racional del suelo de este modo de producción. Muchas de ellas fueron recuperadas y están en uso.

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dad aplicada a pequeñas propiedades puede llegar a ser mucho más rentable que los cultivos masivos de exportación basados en la siembra directa y la concentración de la propiedad de la tierra. De más está decir que esta última, en forma creciente, está realizada por el capital extranjero, que ya acumuló 17 millones de hectáreas del territorio argentino, mientras que 500 mil familias campesinas tienen problemas legales para acceder a la posesión de sus tierras. En Brasil, son 4 millones las familias que se hallan en esta situación. Como los Estados optaron ya por la exportación, permiten que las empresas multinacionales se apropien de los recursos naturales, ya sea de las tierras y el agua de riego como de los bosques, montañas, lagos, glaciares y otros elementos cruciales para la vida y reproducción de la sociedad campesina. Creemos que éste es el campo de batalla fundamental que decidirá la suerte del planeta en los próximos años. O sea, entre la agricultura de exportación, con gran tendencia al monocultivo, con la consecuente destrucción de la diversidad biológica, y la agricultura de alimentación, que no excluye la exportación de los excedentes, siempre que la producción de éstos no se traduzca en la degradación del medio.

Un representante de la CEPAL afirmaba que un bosque o la biodiversidad eran antes considerados renovables, mientras que hoy se sabe que las zonas que se deforestan se pierden para siempre, y que con él también se pierde para siempre la biodiversidad que contiene. Asimismo, estiman hoy los científicos que la alteración de los ciclos hidrológicos y climáticos producidos por tales excesos no volverán ya a normalizarse. Esta alteración produce anualmente una gran destrucción de cultivos por sequías, inundaciones, huracanes y granizo, la que obliga, para alimentar a una población que alcanzó ya 7 mil millones de personas, a avanzar sobre los últimos bosques y regiones preservadas. Pero ni siquiera esto basta para contener el alza vertiginosa de los precios de los alimentos, causante de grandes disturbios políticos y sociales, como los que hoy sacuden al mundo árabe. La actual coyuntura nos dice que no se puede diferir las soluciones al futuro, porque en estas condiciones no habrá futuro para nadie. Hay que optar entonces entre la lógica de la reproducción de un capital que persigue una hiper ganancia a cualquier precio, y la de la reproducción de la sociedad y la cultura. Porque tan grave como el ecocidio que se está produciendo, es la destrucción de las culturas indígenas y criollas del país y América entera, fuertes baluartes de nuestra identidad nacional y regional. Claro que a muy pocos importa esto último. Evo Morales, hoy el primero de los bolivianos, presentó ante las Naciones Unidas un profundo documento titulado “Los diez mandamientos para salvar al planeta, la humanidad y la vida”, basados por un lado en la filosofía indígena, y por el otro en toda la documentación que circula en esa institución sobre el estado actual del mundo (llena de cifras tan precisas que por momentos resultan pavorosas), al que consideramos la mayor contribución teórica que se hizo en los últimos tiempos al respecto. Estos mandamientos están cargados de sabiduría ancestral, así como de una racionalidad de la que ya la Razón occidental es incapaz, tras haber traicionado los principios de la Ilustración que la prestigiaran siglos atrás, al rendirse a los dioses de la productividad abstracta. El primer principio es acabar con el capitalismo (medido en su fase actual). Otro, terminar con las guerras de una vez por todas. Otro, no privatizar el agua ni los recursos más necesarios para la vida. Otro más, respetar a la Madre Tierra, cuyo culto profesan los bolivianos que viven entre nosotros, el que hoy se expande entre los hijos desilusionados de un racionalismo que desdeñó siempre la vía simbólica, sin buscar complementarse con ella. Cabe destacar que la Pachamama no se relaciona sólo con las tierras de cultivo o cría, sino con la tierra en su conjunto, incluidas las montañas, y en última instancia, con el planeta entero. La relación del hombre con la tierra en la cultura andina está cargada de afecto y también de compromiso, pues todo amor verdadero entraña el deber de preservar lo amado de los daños que lo amenazan. Esta fuerza vital se suma, influyendo de un modo significativo, a la fuerza cósmica que hace que los seres biológicos nazcan, crezcan y se reproduzcan. Señala un autor que hasta los minerales son vistos por este sistema de pensamiento como recursos de la naturaleza que se crían, se reproducen y cosechan de un modo similar a los cultivos de vegetales, poniendo como ejemplo que a las minas de oro del Incario se las llamaba kori chacra, o sea, “campo de cultivo del oro”.

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Damián Quiroga, de Lules, calcula, como ya se dijo, que el 70 % de la producción fruti-hortícola de Tucumán es obra de los bolivianos residentes. En defensa de los pequeños cultivos, señala que una hectárea de frutillas da trabajo a una larga cadena de personas, cuya subsistencia depende de ello, mientras que el capital agrario concentrado genera poco trabajo y muchas ganancias, que sirven para incrementar la concentración del capital y el consecuente desplazamiento de los trabajadores rurales hacia los centros urbanos. Un reciente cálculo realizado en Tucumán determina que se precisan 40 hectáreas de soja para dar el mismo trabajo que da una hectárea de caña de azúcar, aunque el azúcar es también un producto de exportación). Desde ya, se está abonando así una terrible desigualdad social, en la que no hay esos derrames tan exaltados por el liberalismo económico. Bernabé Palca, de esa misma localidad, señala que los grandes propietarios reciben todo tipo de ayuda financiera, mientras que ellos deben arreglárselas solos, sin préstamos ni subsidios. Lamenta que la alta tecnología agraria, unida al gran capital, los haya despojado del control de las semillas, algo sin lo cual se pierde la soberanía alimentaria, y también una parte importante de la cultura. Unas pocas transnacionales, en su mayoría norteamericanas, las manejan con un criterio oligopólico, fijando precios que no son accesibles a los pequeños productores. Esto contribuye a un abandono creciente de las áreas rurales por parte de una población, que se ve así desplazada por mecanismos contra los que no puede luchar. En Lules funciona también la Cooperativa de Residentes Bolivianos “6 de Agosto”, dedicada al cultivo de la frutilla, que recibió un premio del Banco Francés de Buenos Aires por sus obras de regadío, y también por su desarrollo tecnológico y comercial. Constituye un buen ejemplo de lo que llamamos “pequeña agricultura de alimentación”, que en este caso también exporta, de carácter sustentable. Empezó con 3,5 hectáreas y hoy posee 28, pasando de 50 a 750 toneladas de producción, con una ganancia neta que en 2009 fue de 1.100.00 $; y en 2010, casi de 2 millones. Lo importante de esta experiencia es que permitió a un grupo de 30 jornaleros hortícolas formar otras tantas pequeñas empresas familiares que, agrupadas en esta cooperativa, dan trabajo a 150 personas que no dependen de patrón alguno. Juan Mallón, hermano de Mario, que cultiva una parcela de tres hectáreas de su propiedad en los alrededores de Lules, se queja de las fumigaciones aéreas de una empresa cañera vecina, y nos muestra hileras de pimientos mustios, quizás irrecuperables. El cultivo está a más de 100 metros del cañaveral, pero se precisa una distancia mucho más grande para estar a salvo. Éste es otro factor que produce abandono de los campos entre los pequeños productores de cultivos no transgénicos, que no pueden resistir tantos herbicidas e insecticidas que llueven sobre ellos. Por cierto, sería vano que fuera a reclamar por ese daño a la empresa, pues le pedirían que prueben que ellos fueron los culpables, o le responderían, con un cínico aire fatalista, que tal es el precio del Progreso. Y ya que hablamos de precios, añade Juan Mallón que el golpe final a los pequeños productores viene de ahí. Quien ha resistido la falta de agua, el granizo, las pestes, las heladas y los soles bárbaros, logrando una buena producción, cuando llega el momento de llevarla al mercado se encuentra que, de una semana a otra, por las especulaciones

propias de una cadena de comercialización que nunca piensa en el productor y sí en un especulador que nada arriesga, se lleva casi toda la riqueza generada. Así, un cajón de tomates por el que pagaban 140 $ cayó de golpe a 25 $, suma que por cierto no justifica la inversión económica, el riesgo sufrido y el gran trabajo de doblar el lomo bajo el calor o el frío para plantarlo, regarlo y cuidarlo. Esto demanda, y es un reclamo de la Vía Campesina, plantear la existencia de mercados locales donde los agricultores puedan comercializar de manera directa o por medio de cooperativas que les pertenezcan la comercialización de su producción. Josefina Aragón de Vilte se queja también de este abatimiento repentino de los precios que padece con frecuencia y padeció este verano en Maimará, cuando por una jaula de lechuga, que tiene diez docenas de plantas, pagaban apenas 2 $, o sea, menos de lo que vale medio kilo de pan en la panadería de su pueblo. Dice también, desde su experiencia de pequeña agricultora, a la que añade sus conocimientos de botánica, que la tierra se fue debilitando en los últimos años, por tantos abonos químicos que le echan. Antes, asegura, con los abonos naturales la producción era mayor, y también que por causa de esos químicos la verduras no aguantan mucho en la heladera, a diferencia de antes.

12. Organización y espacios sociales Los bolivianos y peruanos, al igual que los inmigrantes europeos y de otros continentes, al poco tiempo de llegar empezaron a relacionarse entre sí para apoyarse mutuamente en las dificultades de la subsistencia en tierra extraña, y también para mantener sus costumbres y practicar sus rituales. Mientras los peruanos no tienen problemas de mezclarse con los argentinos, y hasta parece gustarles, los bolivianos muestran una tendencia a no ocupar los espacios sociales de los argentinos, sino instituir los suyos, en los que se encuentran con sus semejantes y no se exponen a ser discriminados. Se podría arriesgar que lo hacen por una especie de pudor, que los lleva a no querer pecar de inoportunos o fastidiar a alguien con su presencia, por más que no reciban gestos de rechazo. Esto en lo más íntimo, puesto que son numerosos también los espacios rituales que comparten con los argentinos y otros inmigrantes, como ahora veremos. Aunque a veces les hacen fama de cerrados, suelen invitar va sus amigos argentinos a sus rituales, y les gusta compartirlos con ellos. Vimos ya el caso de la Comparsa Gran Poder, donde hay muchos argentinos bailando sus danzas típicas. Zoila Ester Núñez, una argentina que vino de Tucumán, fue admitida en la Comisión Directiva de la Asociación de Residentes Bolivianos de Mar del Plata, porque vieron el amor que ella tiene por su cultura y su entrega a la causa de lña colectividad, para la que trabaja humildemente. La Asociación de Residentes Bolivianos 6 de Agosto, del Bajo Flores, es la organización más representativa de la Ciudad de Buenos Aires, con varios años de existencia. En el año 2010 echaron a andar junto con el Gobierno de la Nación el proyecto “Sueños de la Zona Sur”, que cubre las áreas de salud, documentación, cultura y otras. Tienen asistentes sociales a quienes llaman en las emergencias que se les pre-

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Norma Andía en la Radio Sin Fronteras, de la Asociación de Residentes Bolivianos 6 de Agosto.

Acto de la Asociación de Residentes Peruanos en Mar del Plata.

sentan, como violencia familiar y otras. También les dan una asistencia en el campo psicológico. La preside la ya nombrada Norma Andía Apaza, mujer oriunda de Potosí que se casó con un boliviano y tuvo dos hijos con él. Llegó en 1979 y vivió diez años en Argentina. Luego se fue a Europa, donde permaneció seis años, para regresar luego a nuestro país. Es enfermera auxiliar, aunque no pudo profesionalizarse por carecer de título que la habilite. Es fundadora y coordinadora de la Radio FM 91.7 Sin Fronteras. Cuenta que una vez el CONFER le secuestró los equipos, amenaza que pesa sobre la red de más de 40 radios comunitarias bolivianas del Gran Buenos Aires, las que se mancomunaron en una organización llamada “Radios en Red”, que nombró una comisión directiva. Formaron asimismo una cooperativa para capacitar a los operadores de esas radios y defenderse con abogados de los secuestros de equipos. La falta de una democracia comunicacional las obliga a trabajar casi fuera de la ley, pero piensan que pronto la plena vigencia de la Ley de Medios les permitirá blanquearse. Estas radios difunden información de interés general para la comunidad, hacen llamados de socorro para quienes tienen serias dificultades, pasan programas culturales relacionados con sus tradiciones. Hablan también de salud, de violencia familiar, de la droga y otros problemas que los afligen. En la actualidad están preparando una producción en quechua.

En la Asociación tienen una guardería para madres solteras, y se ocupan de atender a la tercera edad desvalida. Promueve también la formación de su gente en distintos oficios, como enfermería, peluquería, chapa y pintura, etc. Organiza periódicamente eventos para juntar fondos. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires la ayudó bastante cuando Ibarra era Gobernador, mientras que el actual Gobierno la apoyó sólo en los comedores comunitarios. Cuenta Andía lo que les costó, en dinero y trabajo voluntario, limpiar ese espacio cedido por el Gobierno de la Ciudad. Una vez limpiado, mientras esperaban la oportunidad de poder construir la sede, fue ocupado el predio para sus prácticas ecuestres por un Club Gaucho vecino. Sus socios los intimidaban, invadiendo el terreno a cada rato con el ánimo de desalojarlos definitivamente, apaleando hasta causarles lesiones graves a quienes no huían ante sus embestidas. Como espacios sociales de importancia, cita a la Feria de Bonorino, que cuenta hoy con 1400 puestos. Se venden en ella frutillas, choclos, lechuga, tomates y otras frutas y hortalizas de los invernaderos. También ropa, comida, artículos de limpieza y muchos otros productos. Se formó allí para regirla una organización presidida hoy por Hugo González Rivas, miembro de la Asociación 6 de Agosto. Otra feria importante es La Salada, la que empezó con ocho puesteros y hoy da trabajo a unas diez mil personas del Gran Buenos Aires. En la Feria de Liniers, añade, se puede conseguir todo lo que viene

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de Bolivia, además de lo que se produce aquí: frutas secas, maíz morado, bolsas de harina de api, jalapeños rojos y verdes, mandioca. También ornamentos para los bautismos y cumpleaños de 15, disfraces, cotillón para fiestas y hasta elementos para confeccionar las indumentarias de las principales danzas. Varias de estas cosas contienen los tres colores de la bandera boliviana. Los negocios están regenteados a menudo por mujeres peinadas con una sola trenza negra que les llega hasta la cintura, y pasan como atractivo programas musicales de la televisión de su país El Parque Indoamericano, de Villa Soldatti es, como vimos, usado no sólo por bolivianos (quienes son allí el 80 %), sino también por paraguayos, peruanos y argentinos, constituyéndose en un espacio compartido, y por lo tanto de interacción de identidades diferentes. No obstante, los puestos de comida son casi en su totalidad bolivianos, al igual que los artesanos que allí venden su producción los fines de semana, quienes tomaron la iniciativa de formar la Asociación de Artistas y Artesanos del Parque Indoamericano, la que obtuvo su personería jurídica en 2004. Se trata de una asociación de puesteros que procura suplir la ausencia del Estado, que se desentiende de él, por lo que más que un parque (aunque no le faltan árboles hermosos) parece un descampado, abandono que debieron tener en cuenta quienes promovieron su ocupación. Dicha asociación se ocupa de limpiarlo los lunes, recogiendo la basura que dejó la multitud que se congrega allí los fines de semana, así como de realizar tareas de mantenimiento mínimo y rellenos. Pidieron varias veces apoyo al Gobierno de la Ciudad para que hiciera las mejoras más urgentess y se ocupara de su mantenimiento, pero no fueron atendidos. Tampoco atienden los pedidos de habilitación de sus puestos de comida, pues por falta de agua y control bromatológico podrían crear situaciones engorrosas a los funcionarios que los autoricen. Sin embargo, dice Felipa Quispe, una mujer que perdió un bebé en su lucha por mantener en funcionamiento ese espacio social, “nadie se murió hasta la fecha por comer en estos puestos”. Los días 24 de enero y 6 de agosto realiza allí la Feria de las Alacitas, que en Bolivia congrega multitudes y aquí también. Aunque según supimos luego, casi todas las miniaturas de carácter simbólico que se venden en esos días no se hacen aquí, sino que vienen de Bolivia. Felipa señala que esos puestos dan trabajo a mujeres inmigrantes que por su edad, o por estar separadas o viudas con hijos a su cargo, no pudieron conseguir otra cosa. Cuenta que varias veces los echaron, pero volvieron, y fue en la violencia de esos momentos cuado perdió a su bebé. En Lules, el Centro de Residentes Bolivianos “Eduardo Abaroa”, que homenajea a un héroe que murió en la Guerra del Pacífico, lleva muchos años de fundada, y Mario Alberto Mallón fue presidente de ella. Si bien funciona en la casa de un residente en el centro del pueblo y cuenta con escasos elementos, alcanzó a comprar un predio de dos hectáreas en las afueras, para construir un Complejo de Actividades Múltiples, que incluye campos deportivos, una pileta de natación y un salón de actos. Aunque no se hizo aún el cerco perimetral, ya celebraron allí la última fiesta del 6 de agosto y otros actos, claro que a cielo abierto. Ya está el proyecto arquitectónico, pero carecen de los 6 millones de pesos que les costará construirlo, y temen endeudarse por tanto dinero con un banco. Piensan que tarde o temprano podrán hacerlo, y que estará abierto a todos

los habitantes de Lules, como devolución de todo lo bueno que recibieron de esa comunidad y como signo de hermandad latinoamericana. En Mar del Plata, el primer antecedente de organización data de 1963, pero recién en 1987 dos personas con gran empeño y entusiasmo por la causa fundaron el Centro de Residentes Bolivianos, el que en 1990 obtuvo su personería jurídica. El edificio de su sede se hizo lentamente y en forma colectiva. Unos donaron ladrillos, otros mosaicos, otros cemento, y así. Quienes no podían colaborar con materiales, lo hicieron con su mano de obra gratuita. Pasaremos ahora enumerar las entidades fundadas por la colectividad boliviana en Argentina, que no pretende ser taxativa y puede llegar a incluir algunas ya desaparecidas. Además de la gran cantidad de organizaciones de este origen que existen, llama la atención el caso de Salta, no reproducido en Jujuy, de organizaciones que se basan no ya en la nacionalidad, sino en el departamento del que provienen. Tenemos así centros de residentes paceños, orureños, cochabambinos, tarijeños y del Oriente Boliviano, faltando el de los potosinos. La lista que tenemos es la siguiente: Federación de Asociaciones Bolivianas (C.A.B.A., Larrea 133) Federación de Asociaciones Civiles Bolivianas (FACBOL) (C.A.B.A., Gregorio de Laférrere 3381) Asociación Deportiva Altiplano (C.A.B.A.) Centro de Estudios Cruceños (C.A.B.A.) Colectividad Boliviana de Escobar Comisión Boliviana Virgen de Copacabana (Mariano Moreno) Grupo CeArBol (Centro de Arte y Cultura de Bolivia (C.A.B.A.) FRADEBOL-Fraternidad Deportiva Boliviana (Gregorio de Laférrere) Asociación Médica Boliviana (C.A.B.A.) Centro de Residentes Bolivianos de William Morris Asociación Boliviana Cultural y de Danzas Folclóricas (Malvinas Argentinas) Centro de Residentes Bolivianos de San Nicolás (San Nicolás de los Arroyos) Asociación Boliviana de Mar del Plata Unión Boliviana de Lanús Asociación de Folkloristas Argentino-Boliviano ADERBOL (Lomas de Zamora) Asociación Deportiva Osamuyo Boliviana (C.A.B.A.) Asociación Deportiva Dignidad Latino Americana (C.A.B.A.) Club Atlético La Paz (C.A.B.A.) Cooperativa Maallkus (C.A.B.A.) Centro Cultural 4 de Septiembre (C.A.B.A.) Centro Boliviano de S.S.M.M. (Salta) Centro de Residentes Tarijeños Moto Méndez (Salta) Centro de Residentes Paceños (Salta) Centro de Residentes Orureños (Salta) Club Deportivo Mariscal Sucre (Salta) Fraternidad Mi Tierra (Salta) Fundación Pentagrama Boliviano (Salta) Centro de Residentes Cochabambinos (Salta) Asociación Boliviana Simón Bolívar (Salta) Asociación de Residentes del Oriente Boliviano (Salta)

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 6. Los Bolivianos y Peruanos hoy

Unión de Mujeres Latinoamericanas (Salta) Unidad Boliviana (Salta) Caporales Devotos de San Simón (Salta) Caporales Bolivia Joven (Salta) Caporales Gran Poder (Salta) Asociación Boliviana 6 de Agosto de San Salvador de Jujuy Centro de Residentes Bolivianos de Perico (Jujuy) Centro de Residentes Bolivianos de Palpalá (Jujuy) Centro de Residentes Bolivianos de Monterrico (Jujuy) Centro de Residentes Bolivianos de Ledesma (Jujuy) Asociación Boliviana 6 de Agosto de Las Pampitas Movimiento de Integración Boliviana de Guaymallén (Mendoza) Centro Cultural Yawar Mallku (Mendoza) Centro de la Colectividad Boliviana de Mendoza Centro Cultural Potosí (Mendoza) Club Blooming (Guaymallén, Mendoza) Centro Boliviano de Tupungato (Mendoza) Asociación Boliviana Simón Bolívar de San Rafael (Mendoza) Asociación Boliviana de San Luis Asociación Boliviana de Ushuaia Asociación Inti de Viedma (Río Negro) Centro de Residentes Bolivianos Eduardo Abaroa (Lules, Tucumán) Cooperativa de Productores Residentes Bolivianos “6 de Agosto” (Lules, Tucumán)

Entre los peruanos, alcanzamos a registras las siguientes organizaciones:

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Centro de Peruanos en Argentina (C.A.B.A.) Asociación de Residentes Peruanos de Mar del Plata Centro de Residentes Peruanos de Mar del Plata Centro Cultural Peruano de Buenos Aires (C.A.B.A.) Centro Cultural Peruano de Rosario (Prov. de Santa Fe) Residentes Peruanos en Bahía Blanca Asociación de Residentes Peruanos de Ushuaia (Tierra del Fuego) Asociación de Residentes Peruanos de Río Grande (Tierra del Fuego) Club Social Manco Cápac (C.A.B.A.) Asociación de Damas Peruanas (C.A.B.A.) Mujeres Peruanas en Acción (C.A.B.A.) Asociación de Abogados Peruanos (C.A.B.A.) Asociación de Médicos Peruanos (C.A.B.A.) Asociación de Residentes Peruanos Siglo XXI (C.A.B.A.) Asociación de Estudiantes y Residentes Peruanos (Rosario, Santa Fe) Asociación de Profesionales Peruanos en Argentina (C.A.B.A.) Grupo Liturgia (C.A.B.A.) Asociación “Peruanos Sin Fronteras” (C.A.B.A.) Asociación “Palpa Club Peruano” (C.A.B.A.) Asociación Civil Alas para la Asistencia Social, Cultural y Deportiva (C.A.B.A.) Asociación “Perú Club Privado” (C.A.B.A.) Hermandad del Señor de los Milagros (C.A.B.A.)

Hermandad Virgen de la Puerta de Otuzco (San Fernando, Pcia de Buenos Aires) Colectividad Peruana del Partido de Pinamar Movimiento por la Integración Latinoamericana y el Caribe (C.A.B.A.) África y su Diáspora (Lanús) Centro de Investigación Palenque (C.A.B.A.) Movimiento Negro Francisco Congo (Lanús)

Entre los medios gráficos registrados en la colectividad boliviana están:“Boletín Pastoral Boliviana”, “Encuentro”, “Renacer” y “Contacto Boliviano”. Entre los peruanos, los diarios “El Peruano”, “El Heraldo del Perú”, “Gaceta del Perú”, “Cholo con Ché”, “El Sol del Perú”, y la revista “Deportes Perú”.

13. La mirada de los otros Radek Sánchez, el joven sociólogo que vino de Cochabamba, ocupándose hoy de varios proyectos artísticos y sociales en la Quebrada de Humahuaca, se extiende sobre el fuerte significado que tuvo siempre la cultura argentina en los sectores ilustrados de Bolivia. Como este país carecía hasta los tiempos más recientes de una verdadera industria cultural, todos estaban pendientes de los libros que se publicaban en nuestro país, tanto traducciones de autores de otras lenguas del mundo como de los escritores argentinos y de la América de habla hispana. Sus escritores se desvivían por ser editados en las principales editoriales de Buenos Aires, y algunos lo lograron, como Augusto Céspedes y Néstor Taboada Terán, sirviendo sus obras para dar a conocer aquí la realidad boliviana, tanto en lo político y social como en lo cultural. Cortázar y Borges eran muy leídos allá. Había un particular interés por las obras que trabajaban con el humor, tanto en la literatura como en la música. En este último campo, cita con entusiasmo a Les Luthiers. La razón de ello, dice, es que el boliviano tiene más bien un temperamento triste y reservado, y esto lo ayuda a salir de su ensimismamiento. En los años 60 se oía folklore argentino en todas partes, el que vino a sumarse al tango, que ya tenía desde mucho antes numerosos adeptos. Pero acaso lo que más mueve las aguas en Bolivia, dice, sea nuestro cine, el que contó siempre con asiduos espectadores. En algunos sectores de la población se introdujeron vocablos y formas sintácticas argentinas, y tanto en Tarija como en el Chaco boliviano se usa el mate. Ya nos referimos a lo largo de esta obra a los juicios que los bolivianos y peruanos residentes enunciaron sobre los argentinos, pero es bueno juntarlos en este acápite. Mary Olmos de Pino y otros entrevistados de Bolivia y Perú coinciden en que los argentinos hemos perdido la cultura del trabajo, y por eso tantas personas se limitan a vivir de la ayuda social estando en la plenitud de sus fuerzas. Los planes que obtienen, dicen, son un simulacro del trabajo, pues a menudo se les paga para que hagan cualquier cosa y no para que aprendan un oficio útil, habiendo tanta necesidad de electricistas, plomeros, carpinteros, gasistas, etc., instrucción que, a su juicio, debería empezar en la adolescencia e incluso en la niñez. “Los argentinos –dice Mary– llenan las canchas de fútbol pero

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no trabajan mucho y no ruegan a Dios para que les vaya mejor. Deben tomar mayor conciencia de las riquezas y posibilidades de su país; bien quisiera yo que Bolivia tuviera la cuarta parte de lo que tiene Argentina”. Jorge Almendras, un arquitecto de origen boliviano que reside en Mar del Plata, coincide con Mary al afirmar que el paternalismo de la ayuda oficial, en vez de fomentar la cultura del trabajo, la inhibe, pues la gente se acostumbra a vivir de ella, trabajando poco y no desarrollando oficios y habilidades que les permitan subsistir dignamente. Insistiendo en este tema, Pablo Roberto Vera, también de Maimará, señala que los bolivianos no le quitan el cuerpo al trabajo, en su afán de salir de la pobreza extrema y buscar una mayor calidad de vida. El Gobierno argentino, dice, en vez de formar a los desocupados en oficios e impartir la cultura del trabajo, les da planes trabajar para que hagan cualquier cosa, sin capacitarse. Aunque casi todos se quejan de la discriminación que aquí sufren, no generalizan al respecto, señalando que hay gente que los ayuda de buena fe y valora su cultura, y que quienes se muestra hostiles a ellos son por lo general personas groseras, pendencieras y sin educación, que no pueden tomarse como prototipos. Efraín Cárdenas, un médico de Uyuni que se recibió en Chuquisaca y vino a Mar del Plata a buscar un perfeccionamiento profesional, elogia la investigación que existe en este campo en Argentina, impensable en Bolivia, aunque ello no se condice con una atención a los pacientes que a su juicio no es buena, especialmente por una costumbre hoy extendida hasta las prepagas más caras de dar turnos muy diferidos, que se traducen a menudo en daños irreversibles a la salud de las personas. Trabaja ahora en el servicio de cardiología de Miramar, donde está investigando en esta rama de la medicina mientras atiende a pacientes argentinos en su casi totalidad. Advierte que en nuestro país las mujeres fuman demasiado, y que la población abusa de pizzas, hamburguesas, choripanes, empanadas y otras comidas que no son sanas, y cuyas tristes consecuencias ve todos los días en la consulta. Josefina Aragón de Vilte, de Maimará, señala que en Argentina hay mucho alcohol y drogas, y también vagancia, mendicidad y delincuencia. Roban y matan sin cargo de conciencia, con tal de alimentar sus vicios. Los argentinos, dice refiriéndose a los criollos que frecuenta en la Quebrada de Humahuaca, trabajan una semana y otra no, porque la dedican a andar por ahí, tomando vino o cerveza. Los bolivianos, en cambio, trabajan todos los días de sol a sol, con tal de pagar el arriendo de la parcela que cultivan y salir adelante.

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Capítulo 7

Testimonios de los inmigrantes 1. Testimonios de residentes bolivianos Historia de mi vida En mi niñez habitaba en San Luis, lugar perteneciente a la ciudad de Tarija, allá en mi Bolivia natal. Mis recuerdos más cercanos son un ranchito a dos aguas hecho de adobe y piso de tierra. Aún recuerdo que percibía la envoltura de una faja de lienzo que cubría mi cuerpo, que reposaba en un catre de tientos en el lugar que mis padres llamaban dormitorio. Ellos trabajaban en el campo, uno como hachero (cortar árboles secos y trozarlos para formar una carga que luego se vendería en la cercana ciudad). Mi madre chaguaba (ordeñaba vacas) para sacar leche fresca. Siendo niño (siete u ocho años) mi mente guarda como recuerdo la compra de un terreno de unas seis hectáreas, que se pagó con el trabajo de ambos y hasta con algún animal vacuno. Mi padre comenzó a construir su casa, que todavía está habitable, por lo que cuando regreso siento la alegría que aún cobijan esas paredes. En el campo las casas están lejanas unas de las otras, y a esa corta edad el trabajo y el juego son gemelos. Mientras cuidaba los animales, recogía piedras a las que mi imaginación convertía en camiones, o en proyectiles para cazar pájaros. Más adelante, ya con más experiencia, buscaba las guaridas de zorro para encontrar sus crías: a veces el escondite tenía hasta siete u ocho zorritos, a los que recogía y llevaba abrazados hasta la casa, y a veces mi padre los llevaba al pueblo para venderlos. No fui un hijo de matrimonio, mis padres sólo estaban juntados y la falta de trabajo de ambos producía continuos conflictos familiares. Eran muy pocos mis años de niño cuando me enviaron al jardín de infantes, donde aprendí: Kinder gato, Chorco zapato

Me relacioné con otros niños a los que llamé amigos, ya que tenía muy pocos de mi primera infancia. Allí aprendí a leer y a escribir, sin completar la escuela primaria. El edificio era grande. Y hasta hoy me parece inmenso. Entre las tareas extras que a mí me gustaban recuerdo el árbol que cada uno debíamos plantar y cuidar diariamente. Unos plantaban molles. A mí me correspondió plantar un eucalipto, que hoy todavía me mira cuando paso por allí. Aún recuerdo el nombre de la escuela: “Núcleo Escolar Campesino San Luis”. Allí se cursaba hasta séptimo grado: era allá por el año 1961. Entre la escuela y la casa sentía correr la vida. Mi ropa era muy sencilla, pero yo era

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feliz con ella; una camisa de lienzo fabricada por mi madre cosida a mano y un pantalón corto también de lienzo sacado de bolsas de harina y con un elástico para ajustarlo a mi cintura. Prolijamente lavado quedaba del mismo color blanco que el delantal. Mis pies iban calzados con abarcas de cuero y suela de goma; una especie de sandalia con correas que cubrían el empeine del pie y una tirilla para el talón. En la escuela encontré a Carlos Quipildor, con el que solíamos jugar a la pelota y a las bolitas. También fui amigo de Carlos González. El trompo era también un juguete infaltable, hecho por nuestras propias manos de pequeños artesanos. Con él jugábamos a quién sacaba más lejos los reales (dinero en moneda de plata blanca) y cucarro, y otras veces jugábamos a los chuvilos, unos porotos de colores que sembraban en las chacras y que nosotros cosechábamos para nuestro deleite. Las pelotas también eran de fabricación propia (medias viejas rellenas con trapos). Jugábamos de día y de noche, especialmente las de luna llena. En cuanto a las comidas, cuando niño tomaba leche recién ordeñada, leche con choclos hervidos (mote o camote) y batata hervida. También salíamos a cazar palomas de noche, con hondas y mecheros a querosén. Una vez cazadas las asábamos y comíamos junto con choclo, que también se asaba para ello. El asador estaba hecho con dos horquetas y un palo atravesado sobre el fuego. Las chirriadas eran otro manjar, hecho con leche y harina de maíz molido en molino de piedra. También usábamos otro tipo de harina llamada pito (maíz tostado y molido en mortero de piedra) o harina piri (harina de maíz con agua hervida). Cuando se mataban animales grandes (cerdo, cabra, oveja) se hacía chanfaina (sangre cuajada, papa, cebolla, menudos del animal y condimento a gusto). También comíamos cerdo al horno (se calentaba el horno de barro con leña de churqui, tarco o molle, especial por su fortaleza. Se coloca el cerdo dentro del horno junto a una olla con agua y se sella la boca del mismo con barro durante una hora, obteniéndose así una cocción pareja y un asado exquisito, propio de los domingos o día festivo. Recuerdo comidas como papas hervidas cubiertas con queso casero, chicharrón de chancho y maíz hervido llamado mote. También picante de gallina, trozos de pollos cubiertos con ajíes picantes recién cortados de la planta. Tomábamos agua que se traía de una quebrada cercana en cántaros o baldes. Para las fiestas se preparaba chicha de harina de maíz. En su preparación tradicional se masticaba un bollo de harina de maíz cocinado hecho con harina comprada. Esa preparación se hervía tres días a fuego lento y de esa forma se extraía arrope, al que se hervía dos días más aumentando agua. Luego se repartía en vasijas de barro y se le sellaba la boca por espacio de siete días durante los cuales fermentaba, obteniéndose así la chicha. El vino patero era una bebida tradicional, al igual que el singani, que se hace también de uva. Estancia se llamaba una construcción de paredes de pirca con techos de tirantes de churqui cubiertos con paja brava. Se hacían al lado el corral donde se criaban ovejas y cabras, y se adiestraba a los perros para que defendieran a estos animales, las que salían al campo por la mañana para regresar al atardecer. Se cocinaba para los perros en la noche una comida llamada api, que se hacía con harina de maíz, agua, grasa de animales y sal.

Las personas llevaban una vida muy sacrificada y con poca comunicación social. Cuando las lluvias eran intensas arrasaban con todo, hasta con el fuego (en el campo nunca se apaga el fuego), al que era necesario volver a encender después de pedir brasas al vecino más cercano. En el monte se podía comer higos del lugar y tunillas. La vida en esa zona no era fácil, acechaban las víboras y las apasancas, unas arañas venenosas. Las curaciones se hacían con hierbas silvestres como el anís para el dolor de estómago, borraja para la tos; para curar una herida se partía el capuz y su jugo espeso se colocaba en la herida. Para las mordeduras de los perros se quemaba el mismo pelo del animal y se colocaba en la herida. Para lastimados o cortaduras se ponía la tela de araña en la herida. Para quebraduras se trataba de acomodar los huesos, luego se preparaba sal gruesa con orín humano y se envolvía con un lienzo y se entablillaba la zona fracturada, logrando así su inmovilización durante veinte días aproximadamente. Las ventosas se usaban para curar los dolores, y se las colocaba con un mate con un agujero que previamente era frotado con alcohol y se lo encendía para calentar el aire de adentro. A los trece años un obrero de un ingenio azucarero de Ledesma propuso a mis padres traerme como peoncito de cuarta (¿me pagarían tal vez la cuarta parte de lo que ganaba), y con este cúmulo de pequeños conocimientos vine a trabajar, a fin de obtener dinero. Año a año, desde mi primera salida, volvía a salir del lugar donde había nacido, pasando de peón de zafra azucarera a la temporada de tomate en Santa Fe. Otra vez fui a Mendoza a cosechar damascos, duraznos, peras, uvas, limones. Así poco a poco fui recorriendo las distintas provincias y regiones argentinas, como Córdoba, Buenos Aires, San Carlos de Bariloche, Río Negro, General Roca, regresando a Santa Fe y desde allí a Tucumán a cosechar caña de azúcar; otra vez y más tarde me dedique a las frutillas y tomates. Mis primeros patrones tucumanos fueron los hermanos Francisco y Miguel Milla, italianos por su ascendencia. Ellos me aconsejaban que aprendiese un oficio para dejar de ser un inmigrante más, ya que ellos mismos sintieron la discriminación cuando llegaron a plantar frutas y verduras, y sostenían que los extranjeros poco valían a los ojos de los argentinos. En su decir, “era lo mismo un boliviano sucio que un gringo pata sucia”. Comprobar que no se valoraba el esfuerzo de las razas extranjeras que trabajaban la tierra de sol a sol me dio ánimos para adquirir un oficio, pues con ese trabajo sería alguien distinto y considerado de otra forma por esta sociedad tan competitiva y discriminatoria. Puse empeño y gran sacrificio durante casi cinco años, aprendiendo el oficio de chapista y pintor de automóviles. Compré mis propias herramientas y empecé a trabajar por mi cuenta, montando un taller propio. Poco a poco fui adquiriendo una clientela que confiaba en mi trabajo, pero fue duro. Para cumplir bien con todos, trabajaba sin descanso. Dormía poco y en ese trajín hasta me olvidé de mí mismo. Formé entonces una familia y mi único objetivo era que ellos vivieran bien, que mis hijos no sufrieran lo que yo había sufrido. En ese camino tuve grandes luchas, muchas dificultades, pero vencí, pues llegué a conocer profundamente a Dios. Desde ese momento casi alcancé lo más ansiado: la paz y la tranquilidad que un ser humano puede anhelar. Nunca me faltó el

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trabajo, por mi taller pasaron desde los más pobres que necesitaban que les arreglara una olla para hacer un locro popular que les diera unas monedas de ganancia para dar de comer a niños hambrientos, hasta jóvenes con autos nuevos que en alegrías regadas de alcohol destrozaron sus vehículos. Conocí al remisero que gana día a día su pequeño sueldo hasta el gerente de banco que a veces, preocupado por su diaria tarea, se distrajo y destrozó en segundos su vehículo. Por mi taller pasaron distintos modelos de vehículos, desde 1980 a 2008; desde el antiguo Fiat 600 al Toyota Corola de un ingeniero. Esta es parte de mi vida. Soy boliviano de origen pero todos me conocen por “don Castillo”, o simplemente Castillito. ¿Será por mi estatura? En mis momentos de reposo, hoy que soy un hombre maduro, regreso al pasado y veo pasar por mi memoria las danzas que observaba en mis pagos, veo a mis paisanos bailando sin descanso cuecas, taquiraris, carnavalitos, y ahora bailan sayas. En el día de la Independencia de mi patria, el 6 de agosto, la nostalgia me consume y llega a mí el lamento lejano de las cornetas (instrumento de caña y cuero de vaca), el aire melancólico de la quena, el rasquete y las maracas que marcan el ritmo cadencioso de las danzas y las polleritas al aire pasan ante mí como un cuadro. Veo la cara de mi madre, las de mis hermanas y de tantas cholitas que arrancan una risa pícara y nostálgica de algo que quedó grabado en mí y como un susurro. Me llegan voces quechuas que el viento trae desde el noreste andino, donde vive el cóndor, voces en aymará. También me acosa la lengua guaraní. Ya ven, la nostalgia mezcla las lenguas de mi pasado y del presente, los hombres y paisajes de ayer y de hoy. Corro, huyo, me alejo, pues cuando mis nietos me hablan entiendo que esto es sólo pasado y corren por mis mejillas lágrimas por el recuerdo de la vieja estancia con sus pircas, que aún están donde las dejé. Miro la aguada y la vertiente donde de niño iba a recoger agua a orillas del río Guadalquivir, donde mi madre dejó de respirar, ya que murió ahogada allí justo en la época en que su cauce era demasiado caudaloso y la venció, arrastrándola hasta otra dimensión. Hoy cuando concurro a la iglesia y una paisana adora a Dios en quechua mi espíritu se estremece. Este año cuando celebramos el 6 de agosto, mis paisanos enloquecieron bailando saya, una danza nueva pero con reminiscencias antiguas, pues bailaban como los caporales bolivianos, aquellos hombres negros que fueron traídos desde África hacia América para trabajar en minas de Oruro y Potosí y extraer plata, estaño y oro, pero el clima y el mal trato hicieron imposible que sus cuerpos rindieran en el trabajo y así se los trasladó al sur, donde cultivaron citrus, coca y café. Allí nacieron los caporales, que son los capataces negros que ayudaban a los españoles a someter a sus compatriotas, usando el látigo para tratarlos como bestias. Esta danza está interpretada por esos caporales, con coreografía de tropas y con participación de personajes como el caporal, la cholita, el achachi, donde los sicus y bombos marcan el rítmico desplazamiento, y en el medio se escucha el grito lastimero y extendido del Sapucai y el relato agridulce del cantor. Este ritmo nos enloquece, nos sacude y el cuerpo golpea el suelo, la sangre fluye y hombre, música y danza son un homenaje a la tierra amada y a veces tan lejana. Bolivia, a pesar de ser un país pequeño en comparación con Argentina, no tiene demasiada inmigración extranjera. Conserva por eso su tradición y su forma social an-

tigua, ya que la familia es la principal patria chica donde se forman las verdaderas comunidades, y a pesar de que a veces es necesario emigrar por la falta de trabajo al país vecino, siempre se vuelve al terruño. Hoy Bolivia ha crecido en el área social, económica y política. El valor de la moneda ha crecido en relación a Argentina, llegando a ser casi el 50 % del peso argentino, ya que aproximadamente en 1980 el valor del peso boliviano era el 8 % en relación al peso argentino aproximadamente. Las ventas diarias se realizaban entonces en dólares o euros, y el peso boliviano era menos utilizado. Desde 2005, se crearon redes de emprendedores, a fin de sacar de la pobreza a nuestro país y mostrar que sí se puede. Así se observa la confección de prenda para damas, cerámica, cotillonería y comercio en general, a fin de lograr un mayor desarrollo económico y bienestar. Bolivia es un Estado plurinacional, descentralizado y con autonomías. Se divide en nueve departamentos. Sucre es la capital del órgano judicial. En La Paz residen los poderes ejecutivo, legislativo y electoral. Santa Cruz de la Sierra es el centro educativo del país. Es un país multiétnico y pluricultural, donde se mezclan tradiciones indígenas y el folklore de los habitantes mestizos. Están también los aportes culturales de los blancos, descendientes de los criollos de antes, de los afrobolivianos y en una menor proporción de europeos y asiáticos. Bolivia fue cuna de civilizaciones antiguas, como la de Tiahuanaco, cerca del Lago Titicaca. En el Altiplano lucharon aymaras, collas, lupazas y pacajes por dominar el territorio. Los aymaras dominaron gran parte de Bolivia. A partir de 1535 los españoles inician la conquista de Bolivia, fundándose ciudades como Sucre, La Paz, Santa Cruz de la Sierra, Cochabamba y Potosí. En Potosí se dio la mayor producción de plata de América, y millones de indígenas murieron en las minas para enriquecer a los conquistadores. Bolivia se independiza en 1825 con el nombre de República de Bolívar, cambiando después por República de Bolivia. Actualmente está gobernada por un indígena, don Juan Evo Morales Ayma, quien funda el Movimiento al Socialismo. Elegido presidente por el voto de la mayoría, Evo asume en 2006, manteniéndose hasta el presente en el cargo. De Marcos Castillo, San Isidro de Lules, Tucumán, diciembre de 2010

(La vida dura): A mí me trajeron de cinco años mis tíos, porque nosotros éramos muchas niñas en mi casa y mis padres no podían mantenernos. Éramos una familia y humilde, que nunca ha tenido casa ni derecho a terreno alguno, eran arrenderos nomás, servían a los patrones, que los hacían trabajar años enteros sin sueldo, sin ningún beneficio. Viendo todo eso mi tío, que ya trabajaba en Argentina, le propuso a mi padre le diera una hija para criarla, y mi padre le dijo llevate la flaquita, que era yo. Me entrego como quien entrega una cosa, pero mi tío ha sido muy bueno conmigo, me ha enseñado a trabajar, me empleó de niñerita y aprendí así a cuidar a los bebés, a lavar los platos, con lo que me ganaba al menos la comida. Yo he trabajado desde niña, a los ocho años ya sabia cocinar, era ayudante de la cocina, pelaba las papas, limpiaba. Ya me pagaban unos centavos por eso, pero lo poco que me pagaban yo ahorraba, años enteros jun-

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taba las moneditas, para que cuando mi tío se iba para Bolivia le llevara a mi mamá. Yo no aprovechaba ni un centavo, no me compraba ni un caramelo; los patrones me daban las ropitas y yo las arreglaba, las cosía, y así he vivido hasta grande. Cuando tenía trece años vimos que venían los gendarmes censando, y a los que no tenían documentos los desalojaban del lugar. Entonces mi tío dijo: Antes de que nos saquen nos vamos a Villazón, yo tengo allá mis amigos y voy a conseguir los papeles. De ese modo fuimos a La Quiaca, donde estuvimos siete, ocho meses. La señora que nos alojaba era muy buena, no nos pagaban ni un cinco pero por lo menos nos daban lugar donde dormir y un plato de comida, Yo no soy estudiada, no tengo títulos, no sabía en ese tiempo leer ni escribir, era ignorante, pero Dios me dio la sabiduría para poder aprender a hacer bien las cosas. Trabajé cuatro años en el hospital, donde me enamoré de un enfermo. Me decían mis cuñadas: “Casate, porque si te casas van a trabajar los dos y va a ser más fácil la vida.” Pero mi tío me decía: “Cómo te vas a casar con un argentino, vos tenés que ir a Bolivia para eso”, pero yo me quedé y me casé un 13 de abril en Tilcara. En esos años, cuando me casé, no teníamos casa, vivíamos en una habitación. Mi marido era de familia muy humilde y estaba mal educado, nunca ahorraba plata. Cocinábamos en una lata de leche Nido, me quemaba las manos con eso. Yo le decía: “Si tenés algo de plata, por favor comprá una ollita”. Él no tenía, pero mi billetera estaba llena de plata, ya que no había comprado nada en ese tiempo. Fui entonces y compré platos, tazas, todo completo con mi plata, y mi marido decía: “Yo he sido un pelado, no he ahorrado nada”. Como trabajó poco tiempo, no tenía ni cama para dormir. Yo por lo menos sí, y cada vez que se machaba reconocía que yo había comprado todo y él había sido un pobre peón, y ahí comenzó a pagar sus cuentas. (Josefina Aragón de Vilte, Maimará):

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(Ser boliviano): Yo creo que significa muchas cosas ser boliviano y ser argentino. A mí en primer lugar me enorgullece un montón ser hijo de bolivianos, por más que algunos te miren en menos. Ya de chico no tenía miedo de decir que soy boliviano. Yo he hecho la escuela completa acá, me he criado acá y en el transcurso de los años uno se va dando cuenta de las raíces que tiene, y que uno realmente no puede perder esas raíces y dejar de ser boliviano. Me enorgullece ver a mis padres que se ganan la vida tan honestamente, y todos los bolivianos creo yo que se la ganan así. Muchas veces los de acá me sabían decir “Eh, paisano”, pero yo no me sentía paisano de ellos porque yo era boliviano, prefería que me dijeran boliviano que paisano, no me siento mal por eso. Hay una etapa, de los 15 y 16 años, que los hijos de bolivianos nacidos aquí no se sienten bolivianos ya, pero luego se van dando cuenta de sus raíces. Mi hermano a los 15 años no quería saber nada, pero hoy, que tiene 18, baila caporal, le gusta toda nuestra música, la baila y hasta compra trajes, y no lo hace para ganar plata, sino porque le gusta y lo siente. Los chicos vienen con ese espíritu boliviano de seguir con la cultura. De cien, debe haber apenas cinco que ya no se relaciona tanto. En todas las fiestas de cumpleaños, bautismos, casamientos, no falta la música boliviana si uno la pide. Y no es cosa de personas mayores, de nuestros padres, sino de los mismos jóvenes. Creo que se van contagiando esos bailes, porque son tan bonitos. A mí me encanta la música boliviana, y me encantaría que, de tener un hijo,

que también a él le gustase. Tengo un sobrino que baila todo, no sé hasta dónde llegarán ellos, pero hoy por hoy les encanta la música boliviana, lo que es la saya, el tinku, todas esas cosas, ¿no?, y no sé, espero que no se pierda nunca eso. (David Yucra, Lules)

Mario Alberto Mallón.

(Jugando contra el tiempo): Aquí, en la Argentina de los años 80, fue muy difícil llegar en tren y esperar que te paguen una quincena, contando con un solo pantalón para trabajo y otro para salir, como se dice. Traíamos una sola colcha, y dormíamos sobre cajones de tomate. Menos mal que hemos llegado en el verano. Como no teníamos ni una cuchara, había que usar tarros de leche para hacerse mate. Las comidas eran diferentes, pero aun así rápido nos hemos acostumbrado. Toda la cultura era distinta, y tampoco estaba fácil dominar el castellano de aquí, porque muchas palabras eran distintas. Vivíamos de trabajos siempre temporarios, no han sido trabajos genuinos. En el tabaco los primeros meses, y rápido conseguir un poco de dinero y viajar a Mendoza a cosechar uvas. Entonces ya uno podía decir me compro las ollas, una garrafita pequeña y así sucesivamente. Ha habido familias argentinas muy buenas que nos han cobijado en un lugar, entonces había que tomar mate con bombilla. Y así he llegado acá a Lules, donde trabajé como mediero plantando hortalizas, y me ha ido algunos años bien. Después tuve un patrón muy especial que era gringo, como le llaman aquí a los italianos, que nos ayudó mucho y trató bien. Pero ése ya se ha ido, cosa que lamento, porque gracias a él me hice productor, mediero. Pero de productor que fui me convertí últimamente de jornalero otra vez, porque han venido otras empresas a trabajar a esas tierras, y ya a los dueños no les conviene arrendar por parcelas sino toda su tierra. Entonces las oportunidades son pocas y no me ha ido bien. Pasé a ser jornalero y hoy en día estoy en eso. Siento que paso por el momento más difícil de mi vida. Con la edad que tengo, si no llego a trabajar diez años fuertemente, si no mejora mi suerte en este tiempo, voy a terminar mal. Por eso ya estoy jugando contra el tiempo, porque voy a tener 50 años y no es fácil andar de jornalero a esa edad, prefieren a los jóvenes. Pero esto está difícil para todos nosotros, no responde a nuestros esfuerzos. Los que tienen su parcela o alquilan están cada vez más dependientes a los productos químicos, y cada vez los precios de ellos se disparan más, y también el precio de los arriendos. Pero no podemos dejar de trabajar, yo por eso estoy muy preocupado. (Mario Alberto Mallón, Lules)

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(La cultura andina): La cultura de toda la región andina es una sola. Decir Argentina o Bolivia son categorías, pero sabemos que las fronteras son eso nada más. Para los que sentimos las culturas quechua, inca, aymara, las fronteras son imaginarias. Lo mismo pasa con la música, porque por ejemplo a un huaino de un autor boliviano lo tomamos en Jujuy, lo adaptamos a nuestra manera y pasa a ser de todos. Lo mismo pasa con las comidas, con prácticas ceremoniales como las de la Madre Tierra, el Inti Raymi y tantas otras. Y también nos parecemos en nuestro comportamiento: somos reconocidos como personas humildes, que mostramos respeto hacia la otra persona, porque así hemos sido educados ancestralmente. Y orgullosos también de ser así. En mi caso, comprendí que el runa simi o quechua que se habló en todo el Tawantinsuyo también es una lengua filosófica. Descubrí en un momento que en la provincia de Jujuy se habla sin que provenga de Bolivia, como en Paicone, Rinconada, Santa Catalina, Cusi Cusi, pero a causa de la educación que les dieron en la escuela se fue perdiendo. Pero hay todavía quechua-hablantes. Antes hablar en quechua era mal visto, pero eso está cambiando. Y ese cambio tiene que ver con la política actual: hablamos ya del Mercosur y no de países separados. Esto favorece a los bolivianos que viven actualmente en la Argentina, porque sienten que también es su tierra, que no son extranjeros. Por supuesto rescatando nuestros orígenes, pero somos una sola cultura, con algunas pequeñas diferencias. (Delia Huerta Chile, San Salvador de Jujuy) (Integración latinoamericana): Hoy claramente desde las escuelas, los colegios y los mismos gobiernos han hecho que mejore la situación del trato a los extranjeros, porque todos tenemos derecho a la vida, sean de la nacionalidad que sean. Tanto los bolivianos como los argentinos somos dueños de esta América, entonces habría que entender más y unir a nuestros pueblos, pero para esto se está trabajando desde el Estado, y no sólo en la Argentino, sino también en Bolivia, con Evo. (Mario Alberto Mallón, Lules) (El futuro): Muchos se preguntan qué futuro van a dejar a sus hijos, porque quieren a la vida. Esas personas cuidan, respetan a sus familias o a las personas y quieren igual a las otras personas, a esa gente hay que cuidarla y esa gente se pregunta qué futuro voy a dejar a mis hijos, las cosas no están muy buenas. Pero también hay que preguntarse qué hijos vamos a dejar al futuro, porque tenemos niños que hacen lo que quieren, les damos demasiada libertad, y como no los corregimos lo suficiente terminan siendo malos, no respetan a los mayores ni a nadie. Cuando voy a Bolivia me siento tan diferente porque cualquier joven te saluda, te respeta, te da un lugarcito. Me gustaría mucho que lo mismo ocurriera también aquí, cosa que seamos mejores personas, para bien. Eso seria el mensaje que doy para todos mis paisanos. (Mario Alberto Mallón, Lules)

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(El trabajo de la tierra): Tierra por el momento no tenemos, siempre estamos alquilando nomás, las tierras son alquiladas, hacemos contratos para tres años, dos años, según los patrones. A veces cae la helada temprano, nos lleva la mercadería, nosotros no tenemos subsidios, nada. Nosotros con nuestros pulmones hacemos todo, si perdemos,

perdemos, si lo lleva el granizo, lo lleva el granizo, si lo lleva la helada, lo lleva la helada. Yo trabajo con mi hijo, a veces me ayuda mi señora, pero ya no es la cantidad que trabajaba antes. (Bernabé Palca, Lules) (El trabajo): Entendían que veníamos a sacarle el trabajo, como se decía, pero sin embargo no era tan así, porque hacíamos lo que ellos no querían hacer. También dicen que los bolivianos son muy trabajadores, y es verdad, pero sin embargo a veces somos más trabajadores porque la necesidad nos empuja, porque queremos salir pronto de la pobreza, solucionar las necesidades básicas. No es por hacer dinero nada más. Muchos argentinos son tan buenos trabadores como nosotros. (Mario Alberto Mallón, Lules) (Trabajo infantil): Había una reunión una vez en donde se habló el tema de los hijos, sobre la esclavización de los hijos. Por ejemplo a mis hijos les enseñé a trabajar desde chicos, eso no significa que los estoy explotando, ¿no? Hoy en día los chicos dicen: “No, nosotros hasta 16 años, hasta 20 años no tenemos que trabajar.” Pero ¿qué va a pasar cuando el padre muera, cuando la madre muera, y el hijo quede con 14 o 15 años si no ha aprendido a trabajar a la par de ellos? ¿Cómo va a sobrevivir? Ése es el temor que uno siente. Yo hablo por mis hijos, porque ojalá este comentario llegue a todos los corazones, para que de esa forma se trabaje. Nosotros nos enteramos por los medios de que hay delincuentes menores de 14 años, ojalá no lleguemos nosotros a eso. Digo esto para enseñar a los chicos cómo tienen que educarse, para que cuando el padre o la madre no estén ya hayan aprendido a trabajar. La mujer si está en la limpieza de la casa puede decir yo estoy en la limpieza, yo sé cocinar, yo quiero trabajar porque no tengo padre ni madre. (Damián Quiroga Condorí, Lules) (Discriminación): Antes nos trataban un poquito mal, y había que callarse, pero desde la humildad hemos logrado volcar para bien las cosas, porque si nosotros hubiéramos respondido a las agresiones nos hubiera ido peor. Las agresiones eran verbales, no tanto físicas. Era mucho el maltrato, pero los que nos agredían era gente que no estaba informada, no tenían conocimiento del mundo, no sabían que Bolivia era un país con valores, pensaban que Bolivia no era nada, que no tenía nada. Sin embargo, Bolivia tiene sus riquezas, sus cosas buenas. (Mario Alberto Mallón, Lules) (La radio): En la radio Sin Fronteras creamos varios personajes. Tenemos el abuelo, la abuela, la tía, Martina. En el campo boliviano tenemos una manera más dulce de hablar, un castellano mezclado con quechua. Entonces creamos estos personajes que llegan más fácil, porque tienen algo de nosotros, y para que los oyentes no se avergüencen, porque deben ser nuestro orgullo. La gente del campo era más sana, más ingenua. No teníamos luz, no teníamos teléfono, no había gas, cocinábamos con leña, nuestras ollas estaban hechas de barro. La vida en el campo era más pura, más sana, más autóctona. En memoria a todo eso, creamos el personaje de Martina. A veces hablamos con equivocaciones y la gente llama diciendo “¿Por qué hablás así? Hacés quedar mal a Bolivia”

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Y no es así, al contrario: levanta la autoestima porque creo que no tenemos que avergonzarnos de nosotros ni de nuestros idiomas el quechua y el aymara. Lo mismo que en la Argentina el “Che, pibe, ¿dónde estás viviendo?” –“Ayá”(remarca el sonido de la y). (Norma Andía Apaza, Bajo Flores) (Sangre boliviana): En realidad nuestros hijos son argentinos, mis hijos son argentinos, pero ellos van a seguir siendo de sangre boliviana, nadie puede cambiar eso. Van a seguir siendo hijos de un boliviano. A los italianos que vinieron hace mucho los siguen llamando italianos, siguen llamando turcos a los inmigrantes turcos. A nuestros jóvenes hay que decirles que nunca deben olvidarse de nuestras raíces. Yo siempre le comento esto a mis hijos, que por la sangre que tienen son bolivianos y van a seguir siendo así. (Damián Quiroga Condorí, Lules) (Eva Perón): Eva Perón es para mí lo máximo. Cuando yo quiero hacer algún proyecto o acercarme a algún organismo del gobierno, voy a su tumba y converso con ella. Estoy días enteros fumando un cigarrillo, tomando una gaseosa y le transmito mis inquietudes, converso con ella. Le digo que ella luchó por la gente más necesitada y que hoy necesito de su apoyo, de su varita mágica, de su bendición. Sé que está muerta pero su espíritu está vivo. Donde hay una necesidad hay un derecho. Gracias a Dios, las veces que he querido hacer algo, presentar algunas ideas o sugerencias, tocar las puertas de los organismos de gobierno, nos abrieron las puertas y nos fue bien. (Norma Andía Apaza, Bajo Flores) (Música e identidad): Cuando estoy triste me encierro en mi pequeño cuarto, donde escucho música y veo videos de Bolivia. O me pongo a tocar mi zampoña, la quena, el charango, porque al final uno necesita alimentar al alma con la alegría, con los recuerdos, o dejándose llevar por los ritmos del Altiplano. Por eso les digo, no sólo a los jóvenes, sino también a los hombres grandes, que vivan esa parte de nuestra música originaria, andina. Y no sólo ir a un baile a bailar, sino que deben tener sus propios instrumentos y tocarlos. Esa música hace que seamos mejores personas, porque esto es bueno y da mucha felicidad. No sólo he contagiado la música a mi hijo, sino también a mis sobrinos. Enseñarles esto es hacer que conozcan su identidad. (Mario Alberto Mallón, Lules)

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(Machismo y violencia familiar): El machismo está instalado en todos los países de Latinoamérica. Si tuviera que hablar del país en el que más violencia hay contra las mujeres, me duele decirlo, pero es Bolivia. Allí es donde la mujer está más sometida. El hombre es el que manda, la mujer obedece. En lo personal, en el hogar, en la intimidad. En muy pocos casos decide la mujer. Hubo un caso que nos marcó. Fue una mujer que venía al trueque, con la cara, la boca lastimada, las manos pisoteadas. Le decíamos que hiciera la denuncia, pero ella decía que se había golpeado contra una puerta o que se había resbalado. Alguna vez dijo, sí, esta vez me pegó, pero yo también lo lastimé. Pero finalmente, la mató. Y la descuartizó para hacer desaparecer el cuerpo. A partir de entonces, en la organización hicimos un clic y nos involucramos ciento por ciento a trabajar

en violencia familiar. Primero a pulmón, juntando fondos con bingos, haciendo afiches y trabajando desde la radio. Y luego presentamos un proyecto al Gobierno de la Ciudad y entre otros 600 presentados, el nuestro fue aprobado. Y así pudimos hacer más difusión y charlas con personas que padecieron la violencia familiar. Volvimos a presentarlo este año y volvió a ser aprobado. Mientras tanto, recibimos denuncias y acompañamos a las mujeres. En este momento estamos atendiendo a una señora que también fue muy golpeada, pero tiene una niña que le dice que no quiere vivir sin el papá, y por eso la señora no hace la denuncia. Pero el día de mañana, esa niña puede ser una niña sin mamá. Nuestra idea es tratar de trabajar con ambos integrantes de la pareja, tratar de salvar ese matrimonio, que hagan las terapias, luego hacer un seguimiento, pero tampoco nosotros podemos decidirlo. Apoyamos la decisión de la víctima. Primero vemos las lesiones físicas, para poder acudir a los médicos. El segundo paso es la denuncia en la comisaría, como corresponde. El tercer paso es dar la contención: un lugar donde dormir y comer con sus hijos. Y el cuarto paso sería capacitarla para que sepa generar sus ingresos para cuidar a sus hijos. (Norma Andía Apaza, Bajo Flores) (Trabajo infantil): Dentro de la comunidad boliviana, es natural que los niños trabajen una vez que llegaron a los siete u ocho años, así nos enseñan nuestros antepasados. Cuando uno es niño nos enseñan a ser voluntariosos, a ser comedidos, a ayudar dentro de lo que pueda el niño. No como si fuera un adulto, pero integramos a los chicos, les damos educación laboral. Es una manera de dejarlos preparados. Por ejemplo, cuando se ducha, que lave su ropa interior, que lleve la taza del desayuno, porque cuando no estemos más con vida, si ellos nunca levantaron una escoba, no podrán ganarse la vida. Nosotros obligamos a nuestros hijos a que vayan a la escuela. Ahora, cuando no rinden, cuando se quedaron uno o dos años en el mismo curso, los ponemos a trabajar en lo que sea, o los capacitamos en algún oficio. Pero nuestra mayor aspiración es que nuestros hijos sean profesionales. No queremos que sigan nuestro camino. Queremos que participen en la política, que tengan su oficina, que trabajen en algún departamento legal, en la salud. Ese es nuestro sueño. (Norma Andía Apaza, Bajo Flores) (Trabajo infantil y cultura del trabajo): En 2001, me llamó el delegado para una reunión. Allí había asistentes sociales, ingenieros agrónomos, que lo único que hacían era atacar a las madres bolivianas. Decían que las madres bolivianas explotan a sus hijos, que los hacen trabajar, cosa que no es cierto. Creo que no hay más madrazas que las bolivianas. Hay que verlas cómo hacen un guiso, aunque sea rejuntando toda clase de fideos. Los chicos bolivianos nunca van a ir a pedir nada a nadie. Siempre están al lado de los padres y, si pueden, ayudan. Decían que hacían trabajar a sus chicos, pero no es así. La madre boliviana lleva a veces a su hijo a su trabajo y lo tiene al lado para vigilarlos. Usaban eso para estar en contra de los bolivianos, porque decían que le sacaban el trabajo. No creo que le saquen el trabajo. En la actualidad, quisiera que los que están luchando por una bolsa de comida analizaran las cosas y aprovechen mejor todo lo que tienen en su suelo argentino. Ojalá los bolivianos tuviéramos la cuarta parte. Y si cada

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vez hay más inmigrantes es porque en esta tierra se siembra y uno puede vivir de lo que ha sembrado. Pero muchos no se dan cuenta, no sé si porque no quieren o porque no fueron instruidos por sus padres para ser trabajadores de sus tierras, para defender lo que ellos tienen. Solamente critican al que hace, que es el de afuera y progresa. Pero progresamos porque trabajamos. Cuando vinimos, mi marido, mi hijo y yo dormíamos en una misma cama. Y el más chico dormía en una valija, arriba de unas ropas, porque no tenía más para darle. Lo bañaba en una olla porque ni siquiera tenía una palangana. Me duele acordarme de eso, porque lo pasé. Y soy feliz de todo lo que tengo. Hoy día mis hijos tienen sus empresas, son profesionales, han estudiado con mi esfuerzo y con el esfuerzo de su padre. Ojalá que nuestros hermanos argentinos puedan copiarlos. Yo soy la primera en decirles que defiendan lo que tienen, que Dios da una vez, pero no da dos veces. La mejor herencia que uno puede dejarles a sus hijos es enseñarles lo que uno supo hacer y lo que le han enseñado. (Mary Olmos de Pino, Mar del Plata)

(Discriminación): Hace dos años, me llamaron porque se cumplían 50 años de vivir en la Argentina para recibir un diploma que se entregaba en la Facultad de Derecho. Fuimos con mi marido. Estaba la banda de música, todas las autoridades, todos. Llamaron a los inmigrantes italianos, españoles y a algunos otros europeos. Ellos recibieron sus diplomas y las autoridades argentinas se retiraron. Sólo quedó el Director de Migraciones. Y nosotros seguíamos esperando, suponiendo que cuando se entregan diplomas, se hace por orden alfabético. Esperábamos, esperábamos, pero nada. Después le pidieron a alguien que estaba arreglando los cables y atendiendo las cámaras, que nos convocara a los que estábamos sentados para que nosotros mismos buscáramos los diplomas sobre la mesa donde estaban. La verdad es que por no ser una maleducada, fui y pregunté y me dijeron “Búsquelo ahí, debe estar por su apellido”. O sea que los sudamericanos, que somos hermanos de los argentinos, estamos discriminados, pese que le ponemos el lomo a este país. (Mary Olmos de Pino, Mar del Plata)

(Discriminación): En los hospitales había discriminación de parte de la gente que trabaja allí, porque la gente boliviana habla muy bajito. Yo fui a un hospital porque recibíamos bastantes quejas, hablé con el director, puse la demanda por escrito y cambiaron el trato. También escuchamos quejas de la gente que se va a atender y no les gusta ver bolivianos en las filas. En el caso de la escuela, nosotros estamos muy pendientes de nuestros hijos. Muchos de ellos son abanderados, recibimos felicitaciones de los maestros por su comportamiento, pero también hay algunas maestras que han tomado represalias con los chicos porque no les gustó la mamá. Los han maltratado psicológicamente, los mandaron a trapear el aula, a limpiar los pupitres, o los castigaron mirando la pared. Y a la salida, los compañeros se burlaron, le decían “Ese negrito boliviano”. O se ríen porque hablamos mucho con la ese. No todos, pero algunos chicos se ríen de eso. Pero la discriminación también nace de nosotros, porque somos muy cerrados, es como que no nos dejamos integrar. Por la radio también digo que las madres de familia son responsables de eso, porque al hijo lo tiene que mandar duchado, con el delantal limpio, igual que se hace en Bolivia. Y sin embargo, como están tan apurados, como lo material es tan importante, se olvidan de los hijos, de su higiene. (Norma Andía Apaza, Bajo Flores)

(Lo que no se compra con nada): El que no ha bailado de esto no entiende. Hay gente que dice “Pero si no ganan dinero, para qué lo hacen”. Pero yo le diría a esa gente que está muy equivocada; que hay cosas que no se pueden comprar. El cariño de un amigo, el valor de la gente, eso no se puede pagar. Y yo estoy muy orgulloso de ser Durán, porque en el ámbito del corso es un nombre respetado, y eso es una de las mejores cosas que me deja mi papá. El buen nombre, que es algo que no se compra ni se paga. (Leonardo Juan Durán, Salta)

(El periodismo): Me duele el periodismo, que sólo viene cuando hay fiestas y filman lo peor. Yo quiero que vengan un día y filmen cómo trabaja una madre boliviana, con el hijo en la espalda, para lograr su sustento y para ayudar a su marido, que también está trabajando. Pero eso no lo dicen y a mí me duele. También me duele porque hay chicos que ya son cultos, que van a un colegio y los discriminan por el hecho de ser bolivianos. Le ha pasado a mis hijos, aunque tres de ellos son argentinos. (Mary Olmos de Pino, Mar del Plata)

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(Día de la Raza): Cada vez que se festeja el Día de la Raza yo me pregunto qué estamos festejando de verdad. Si la llegada de la esclavitud, si la pérdida de la tierra, si la pobreza. (Juan Durán, Salta)

(El idioma quechua): Bueno, yo soy de raíz quechua. Mi madre habla quechua. A mí me interesó hablarlo cuando estaba terminando el secundario, por la discriminación que sufría. Eso me hizo pararme más en mi identidad y comencé a aprender. Valoré de dónde vengo, quién soy, y ahí me especialicé y me mostré defendiendo lo mío. Tengo una tía abuela en Salta y hablo con ella en quechua, son las dos de la mañana y sigue contándome cosas que son parte de mí pero que yo no sé. Hablo mucho con ella, y es una gran escuela para mí. Mi hija tiene un nombre quechua. Mi padre es de apellido Colque, que significa plata, el metal del cerro de Potosí. Voy a Bolivia y hablo, aunque se dan cuenta que no soy de ahí. Yo trato de enseñar a mis hijos el idioma. También aproveché para la plástica el valor sentimental de ese idioma. (Froilán Colque, San Salvador de Jujuy) (La identidad): Yo soy jujeño, aunque me siento más boliviano que argentino, porque mis padres vinieron de allá, por mis costumbres y de tanto mirarme en el espejo. Ya en la década del 80 acá en Jujuy me decían éste se viste como boliviano, porque me visto con tonos naranja. Eran comentarios despectivos, porque no vestía con los códigos del buen gusto que estaban determinados por mi medio social, pero yo sentía que me vestía así porque es mi identidad. Hoy mismo soy profesor y siento que esto pasa, el comentario no seas boliviano es muy frecuente y doloroso. Cuando fui a estudiar en Buenos Aires en la Escuela Prilidiano Pueyrredón mi aspecto contrastaba con los demás compañeros. Mi rostro es bien andino, usaba abarcas, y por identificarme así con gente

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de provincia era constante la discriminación. Todas las semanas la policía me paraba para preguntarme si era boliviano o peruano. Cuando les decía que era estudiante de arte me dejaban ir. Pero también sucedía que a muchos de mis compañeros les gustaba que yo les contase todo lo de acá, y ese diálogo era un crecimiento importante para mí y para ellos. (Ariel Cortez, San Salvador de Jujuy) (Discriminación, integración): A diferencia de lo que le pasó a mi papá, a Dios gracias yo no he vivido ese tipo de discriminación. Seguramente no lo hubiese aguantado; hubiera tirado todo la primera vez que me pasaba. No me siento un inmigrante, porque si bien es cierto que nací en Buenos Aires, si yo tuviera que decir que soy boliviano, me pongo una bandera en el pecho y no tengo ningún problema en hacerlo. Yo me siento muy orgulloso de que me relacionen con países hermanos, porque somos un solo suelo, una sola tierra. América es una sola y si no nos hermanamos nosotros, nadie va a venir a hacerlo, más allá de que uno baile caporal y otro murga, todas son manifestaciones latinoamericanas. Ojalá que la marginación, la discriminación sean pronto historia. Tuve la oportunidad de ir a bailar a Cochabamba muchas veces, y allí nadie, ni uno solo, se paró a decirnos “Ustedes son argentinos, fuera”. (Leonardo Juan Durán, Salta) (El Che Guevara): Yo no me voy más a Bolivia, porque estoy mejor acá en la Argentina, en la tierra del Che Guevara. Poco a poco me fui acercando a él, a su pensamiento. Tengo una pieza donde guardo todo lo que fui juntando del Che, y entro allí para fortalecerme, así como otros lo hacen yendo a la iglesia. En el año 92 fui a Bolivia, a renovar mi documento, que estaba vencido, y a causa de eso tenía aquí problemas con la policía. Al contactarme con la oficina de Derechos Humanos por eso de los papeles, me cuentan que ellos van a estar en el aniversario del Che, y que en la Escuela San Simón había una exhibición de unos cuadros de él. Cuando fui a mirar esos cuadros en la escuela, me dije que tenía que comprarlos a todos y llevarlos a la Argentina, cueste lo que cueste. Y pregunto cuánto salían los veinte cuadros, y me dijeron que me los vendían a todos por 300 dólares. Bueno, los compré y me los traje. Son cuadros todos dibujados, hechos a mano. Los traía en una caja grande, y te imaginás, cuando me revisan los milicos en la frontera pegaron cada salto, algunos decían que los iban a romper, otros decían que yo no podía andar viajando con esas cosas. Y yo siempre decía que era la cultura y defendía. Hasta me sacaron radiografías para ver qué estaba llevando en el estómago. Todo así y al final llego acá, y hasta ahora los tengo. Por eso quiero hacer una exhibición y mostrar todo lo que fui juntando de él. Para mi Ernesto Che Guevara es un sentimiento. (Francisco “Pancho” Benavides, Bajo Flores)

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(La zafra): Bien, por razones laborales mi padre vino a Ledesma, a trabajar en la zafra, que es un trabajo muy duro. De chico mi madre preparaba comida y yo se la llevaba al campo en los transportes del ingenio. Me acuerdo que mi padre llegaba negro por la caña quemada, y yo lo miraba sin entender y lloraba, creyendo que se había quemado y por eso estaba negro. En el 85 trabaje con él en la zafra, pero luego pude estudiar y

no volví mas. Después mi padre puso un taller de soldadura en San Salvador de Jujuy. (Froilán Colque, San Salvador de Jujuy) (El baile de caporal): Creo que de acá a unos años, el caporal va a ser tomado como parte del folklore de Salta. La mayoría de los integrantes son salteños. Les gusta el baile, la música, el traje, el compartir amigos, salidas, escenarios. Nos juntamos para hacer las botas, para bordar los trajes. Para mí, el caporal es uno de los bailes más lindos que hay. La alegría, la sensualidad que presta el baile, con letras muy románticas. Tengo compañeros de la Facultad que bailan en otros caporales. En Gran Poder les abrimos la puerta a todos; la única condición es que tengan ganas de bailar. Dentro del grupo hay una contención social muy grande. Algunos vienen de familias con padres alcohólicos y se encuentran con un grupo de gente que está acostumbrada a estudiar, a trabajar; hacemos todo por las buenas. Los trajes son muy costosos y algunos chicos prefieren ahorrar los 20 pesos que les dan para salir para poder armar su traje. Y hay muchos chicos que han cambiado completamente su vida con esto. Todas estas cosas no se pagan con nada. (Leonardo Juan Durán, Salta) (El tren): En el año 1958 yo viajaba siempre en el tren, incluso hasta La Quiaca. Mi madre tenía un puesto de frutas y verduras; veníamos a buscarlas a San Salvador de Jujuy. Desde La Quiaca hasta San Salvador, en todas las estaciones había vida para la gente de mi querido Jujuy. Los quiaqueños sacaban sus cacharros, sus artesanías para vender. En Abra Pampa, el queso; en Tres Cruces, sus empanadas, sus golosinas. En Iturbe sacaban habas, arvejas y la gente compraba. Seguía Humahuaca, que era una estación de recambio de maquinarias, por lo que el tren paraba más de media hora allí. Y la gente salía a vender. En Uquía, frutas y verduras. Lo mismo en Tilcara, Maimará, Tumbaya y Volcán. (Pablo Roberto Vera, Maimará) (La autenticidad en el arte): Pensé entonces mucho en mi imagen, pues si la capitalizaba mi identidad iba a crecer, y si la escondía iba a estancarme en la vida, como persona y como artista. Por eso después en mi obra empecé a contrastar mis conocimientos académicos occidentales con la composición y los colores de los tejidos andinos. La realidad es que yo vivo más cerca de Villazón que de Buenos Aires, y si asumo por completo que yo vengo de un determinado lugar y lo dejo fluir con naturalidad, todo lo que fluya será obra de arte, o al menos algo auténtico. Para mí el Carnaval es muy importante. Mi pintura tiene que tener esa traslación del punto de mira. Yo cuando pinto bailo, y lo que la gente ve, siente y vive es esa situación. Justamente esta nueva serie que estoy pintando tiene que ver con el Carnaval. Parte de las vivencias que tuve en él, y después se conceptualiza. (Ariel Cortez, San Salvador de Jujuy) (El Parque Indoamericano): Yo no podía trabajar porque no podía dejar a los chicos, hasta que empecé a ir al Parque Indoamericano. Ahí nos hemos juntado, organizando una institución, y ahí es donde estoy ahora trabajando todos los fines de semana, sin des-

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cuidar a mi familia. Allí organizamos encuentros de los distintos los departamentos de Bolivia, y también de otras colectividades, como Paraguay y Perú. Estoy ahora de presidenta de esta institución; es un trabajo difícil. Hemos traído aquí nuestras culturas, nuestras tradiciones y leyendas, nuestros bailes, que son importantes. En las ferias están las comidas típicas de Bolivia; tenemos todos los platos que quieran servirse, en familia. Comida con pescados, chicharrón de cerdo, sopas y platos de los diferentes departamentos de Bolivia, con postres, jugos artesanales y bebidas. También hay allí puestos de los hermanos peruanos y paraguayos; tratamos así de integrarnos. (Esperanza Vargas, Bajo Flores) (Nuestra cultura): Nuestra cultura de trabajo y respeto viene desde los Incas, ellos la han elaborado, y hoy lo llevamos todavía. Hay tres principios que dominan la conducta del boliviano, que dicen: No robar, No mentir y No ser flojo. Son tres cosas importantes que se dicen en quechua: Ama Suya, Ama Lulla, Ama K’ella. Nuestra conducta viene así de épocas ancestrales del imperio incaico, que fue muy rico en cultura, en astronomía, en matemáticas. La conquista española ha destruido bastante nuestra herencia, pero hoy la estamos rescatando. La idiosincrasia triste de nuestra gente es parte del sufrimiento que arrastra desde la conquista de los españoles, el robo que han hecho a nuestras riquezas y la esclavitud a la que nos han sometido. Por ejemplo, en el cerro de Potosí, en la extracción de la plata, del oro, el estaño y otros minerales, murieron millones de indígenas. Yo no me siento extranjero en este país, sino parte de América Latina, y más de aquí todavía por descender de los pueblos originarios. Eso lo llevo en mi cara, no necesito ningún documento que lo pruebe. (Hugo Andrés González Rivas, Moreno, Pcia de Buenos Aires) (Fronteras culturales): Jujuy es una provincia compleja y rica, por ser de frontera. Hay tres pasos fronterizos entre estos dos países, y el más importante, y también el más duro de cruzar, es el de Villazón-La Quiaca. No obstante, las culturas trascienden las fronteras arbitrariamente impuestas por las administraciones políticas. Hay un flujo permanente y extraordinario de repertorios musicales, de tradiciones festivas, de producciones sonoras de los dos lados que van y vienen. Esto no está exento de conflictos, hay mucha tensión todavía. Acá el apelativo de boliviano funciona como descalificación social o insulto. Incluso para los propios habitantes de la Quebrada o de la Puna. Un caso interesante para registrar es el de las bandas de sikuris, que es un fenómeno musical tremendo en la Semana Santa de Tilcara. Se juntan 60 bandas que tocan al mismo tiempo, estamos hablando de cientos de personas juntas. Es una experiencia sobrecogedora, pero indagando sobre las bandas, supe que la más antigua es la que se fundó en 1930. Entre las ocho primeras, casi todas fueron fundadas por migrantes bolivianos. (Radek Sánchez Patzi, Tilcara)

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(La estrategia del caracol): Cuando los milicos llegan a Retiro y empiezan a desalojar a los de la Villa 31, yo me voy a otras, pensando que solamente el problema estaba en Retiro, pero de todas nos echaban, por lo que al final fui a parar a Marcos Paz. Porque

en aquellos tiempos ellos te decían que en tanto tiempo tenías que irte, y si no te ibas ellos venían con las mazas para echar la casa abajo, cargaban tus cosas en los camiones y te llevaban a Marcos Paz, a Laferrère, para González Catán, adonde ellos se les ocurría llevarte. Yo quería volver al terreno que ocupaba antes, pero no sabia cómo, porque los milicos vigilaban todo el tiempo. Yo no podía pagar un alquiler todos los meses, pero lo ahorrado me alcanzaba para comprar una casita. El terreno estaba todo lleno de yuyos, hecho un basural, porque sacaron a la gente y abandonaron todo. Decidí jugarme, pensando que los milicos a las 5 de la mañana están durmiendo y no se darían cuenta si yo llevaba mi casita. Entonces voy a la Casa Kelly, de Puente La Noria, pregunto cuánto sale una prefabricada, y como el dinero me alcanzaba les digo: “Mira, yo tengo mis hijos, quiero plantar la casa ahí donde vivía con mi familia, y en el caso de que me echan, ¿yo la puedo traer acá?”. “Sí, sin ningún problema”, me dicen, y que si les daba una propina al personal de la empresa la llevaban a las 5 de la mañana. Aparte, tiene que ser rápido, acordé, para no darles tiempo. Fuimos entonces ahí, plantamos la casa y salimos corriendo. Al rato aparecieron diez patrulleros dando vueltas por todo el barrio, buscando a quien había plantado esa casa. Yo no aparecí para nada, me fui a pedir ayuda a los Derechos Humanos, y les digo miren, pasa esto, me quieren romper la casa, cómo puedo hacer. Me llevaron a los abogados y bueno, así fui defendiendo la casa hasta hoy. Fui después penetrando a las villas, para ayudar a los paisanos que tenían problemas, no sólo bolivianos, paraguayos también. Pero la policía me tomaba como un instigador, cuando me encontraba dando vueltas me cargaban y me encerraban unas horas. Me decía que yo no podía andar caminando a esa hora por los barrios. Pero yo lo hacía nomás por ayudar a la gente, no por interés. Así fue mi historia. Los bolivianos siempre éramos desalojados de distintos lugares, no teníamos espacios como este de la Asociación 6 de Agosto. Yo soñaba con un espacio donde poder difundir nuestras actividades, nuestra cultura, y recurría al Concejo Deliberante, a los políticos, me ofrecía llevar su auto para arreglarlo, porque yo soy chapista, y así fue hasta que un día encontré a un concejal peronista de La Boca y le dije que acá había un basural, que nosotros podíamos limpiarlo si nos daban una concesión por 20 años, para poder desarrollar allí nuestras actividades. Nos dieron el espacio y lo limpiamos, pero luego se abandonó porque no había plata para construir, y fue ahí que tuvimos problemas con ese Club Gaucho. Pensamos que nuestros funcionarios bolivianos nos podían ayudar, y fuimos varias veces al Consulado, pero no conseguimos allí ayuda material ni moral. Fue perder el tiempo, y por eso no fui más, ni ellos vinieron. (Francisco “Pancho” Benavides, Bajo Flores) (La mujer): A la mujer la defino como la flor más bella que Dios puso en la tierra. Es dulce, donde usted ponga a la mujer frente a un árbol, frente a una flor, frente a un río, aflora su belleza. La mujer es lo más lindo, y los hombres creo que le debemos todo el respeto, por habernos dado la vida, criado y guiado hasta lo que somos hoy. Un respeto grande a la mujer, a las madres, a mi madre que está allá en el cielo, que sin dudas debe estar viendo; a todas ellas un cariño especial. (Pablo Roberto Vera, Maimará)

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(La identidad): Vivo hace diez años acá en la Quebrada, donde me casé y tuve mis hijos. La identidad es un proceso complejo, y por eso me siento también jujeño. Las cosas vinculadas a lo afectivo, a lo cotidiano, me hacen querer a la Quebrada, y viendo el proceso histórico que hay atrás es apasionante formar parte de este flujo migratorio. La Argentita es un país de inmigrantes, está claro, porque es el más europeo de América. El hijo de un inmigrante español nacido acá se considera argentino de pura cepa, pero el hijo del boliviano nacido acá sigue siendo boliviano para ellos. Esto debe cambiar. No puede ser que en la misma América seamos ciudadanos de segunda para los descendientes de los europeos. La identidad es un devenir, algo que se va construyendo, no es un ser dado para siempre. En mi caso soy bien boliviano, y desde ahí construyo lo que soy, incorporo otras cosas que me nutren, incorporo todo lo que tiene que ver con el ser argentino y sus bagajes culturales, pero de un modo crítico. (Radek Sánchez Patzi, Tilcara) (El sueño de volver): Hace siete años que estoy aquí en Argentina. Vino primero mi marido, y luego yo con mis hijos, y embarazada de siete meses. No teníamos plata, vendíamos ropa usada para comer. Él estaba con poco trabajo en Bolivia y por eso se vino para acá. Ahora vivo en una villa que es medio peligrosa, tenemos que defendernos. La señora Norma Andía me puso en la Radio Sin Fronteras, sin que tenga yo experiencia en eso, y hago el personaje de Martina, que ha sido bien recibido por los oyentes. Me dice Norma: “Hacé tu programa como lo harías en Bolivia, con tu originalidad”. Yo no tengo ni mamá ni papá, murieron los dos hace mucho, por eso aprendí a trabajar de niña, y sola. Allá en Bolivia era cocinera. Al principio sufrimos mucho acá. La gente te hace tener mucho miedo, te dicen no podés salir a tal hora, te van a matar si no le das dinero. Pero no es así, hay que saber nomás por dónde. Ya aprendimos, y ya no tenemos tantos temores. Pero hay veces en que la vida es dura. Mi marido supo comprenderme en todo, y se lo agradezco. No estamos tan mal, pero queremos irnos. Los chicos en cambio crecieron acá, donde tienen sus amigos, y no quieren irse. A mí me gustaría volverme, porque aquí todo es muy diferente. Allá tienes gente que te conoce, tus parientes y amigos de siempre. En verdad, los extrañamos mucho. Claro que a veces hablamos por teléfono, pero no es lo mismo. (Felicia Vedia, Bajo Flores)

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(El sueño de volver): El sueño siempre mío es volver, irme al país de mi origen, donde sentiría que estoy en mi hábitat natural. En cambio aquí, lo digo de corazón, estoy como limitado en el espacio. Pero me digo que ya estoy comprometido con mi familia, con mi casa, con un trabajo. Aunque tampoco es del todo así, porque un trabajo ahora mismo no tengo, y esto me hace pensar más en volver. Pero si me voy con poca plata voy a estar mal al llegar. He visto los cambios de Bolivia, bonito está el Oriente, y también el Occidente ha mejorado mucho en los últimos años, La Paz y los otros departamentos. En mi pensamiento está la esperanza de volver a vivir en el lugar donde están mis raíces, done están mis cosas, mi gente. Cuando voy, me dicen “Por favor, Mario, volvé, cómo te extrañamos”, y cosas así. Pero tampoco es tan fácil, eso de que vuelva me pide la gente de mi edad, la gente mayor. Sus hijos, que nacieron en mi ausencia, ya no me conocen.

Sin embargo aquí, en este barrio Almirante Brown en que vivo, voy por una calle y todos me conocen, todos me saludan, entonces también hay otra familia. Por eso yo he dicho siempre a mis paisanos de Bolivia que no les aconsejo que se vengan para este lado. Es mejor que se queden en su lugar de origen. Loa gobiernos deben actuar para ayudar a la gente a quedarse en su tierra, haciendo que se cumplan sus esperanzas. Porque no es fácil venirse para este lado, y volver es mas difícil todavía, así es. (Mario Alberto Mallón, Lules) (Los que regresan): Por esas circunstancias de la vida hemos emigrado a la República Argentina, que con tanto esmero nos recibió, y así hemos aprendido a sobrellevar la vida. Hace ya casi 23 años que he dejado mi tierra natal, pero recién cuando pasaron 20 años pude volver de visita. Era extraño llegar porque todo había cambiado, ya la gente no me reconocía. En realidad yo era extraño para ellos, hasta con mis propios hermanos nos tocamos pero no nos dábamos cuenta ni ellos ni yo que éramos hermanos. Eso era algo extraño y también era un enorme dolor venir a enterarme de que esa persona con la que me había cruzado en el camino había sido mi hermano. Así pasó y es una pequeña historia que uno puede tener en su vida, ¿no?. (Damián Quiroga Condorí, Lules)

2. Testimonios de residentes peruanos Cuando una cae Historia de vida Soy Rosario Ávalos López. Nací en Trujillo, en el departamento de La Libertad, la tierra de Arguedas, un gran escritor y poeta peruano que tenemos. Trujillo es también conocida como la ciudad de la eterna primavera. Me fui a radicar a Lima para postular a la Universidad de San Marcos y terminé quedándome allí, me casé, tuve cuatro hijos, trabajé en diversas actividades, tuve negocios… y también me vine a la quiebra. Estaba muy bien económicamente, pensando que jamás me tocaría a mí eso que muchas veces uno ve en otra gente. Nunca pensé que me podía caer, pero caí. Cuando levanté la mano buscando un sostén, no lo encontré, ni de mi familia, ni de quienes cuando yo tenía me decían que eran mis mejores amigos y amigas, que eran como mis hermanas. Cuando no tuve nada todos me dieron la espalda y me quedé sola. Fue el momento en que yo decidí partir, salir del país, pero antes de eso probé muchas cosas para levantarme. Después de tener dos negocios prósperos allá, llegue a ser vendedora de las mismas casas que a mí me abastecían. Volvía todos los días a las diez de la noche, pero no me alcanzaba, mi deuda era muy grande, tenía deudas con el banco y con una prestamista, y siempre traté de proteger, de sobreproteger a mis hijos. Fui esa mamá gallina que cuida a sus hijos bajo sus alas y de ir avanzando como una hoz ante la maleza para evitar que ellos algún día caigan. Tal vez todo se remonta a la triste infancia que tuve, porque al ser huérfana y criarme en un orfanato, eso hizo que sobreprotegiera a mis hijos. Pero bueno, me vine abajo, volví a ser pobre como lo era de niña. Pero antes de irme le di la

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Rosario Ávalos.

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oportunidad al padre de mis hijos, que es ingeniero, de ayudarme a salir de esa situación. Le pedí que fuera a trabajar a una mina donde algunos familiares míos trabajaban. Y lo llevé allí, gastando mis últimos ahorros en su indumentaria, porque se necesita eso para entrar. Las minas están ubicadas en una zona muy alta del Perú. Lo llevé, me regresé, y al día siguiente él también regresó. Y me dijo unas palabras para mí muy dolorosas: “La deuda es tuya y yo no sirvo para estar separado de mis hijos”. A mí me dolió, porque hasta ese entonces había soportado ya muchas cosas de su parte. Le dije que el matrimonio es de dos, no de uno solo, y menos cuando el otro está mal. Fue ahí cuando tome la determinación de salirme yo de mi país. No sé si fue la mejor o la peor que podía haber hecho, sólo sé que hoy mi vida se encuentra dividida. Mi corazón, mis afectos, se partieron. Hay momentos en que me siento culpable, momentos en que quisiera retroceder. De haber encontrado un camino mejor, esta mujer estaría con sus cuatro cachorros en casa, esperándola. Pero me tocó partir y fue así que un 8 de diciembre, sin pensarlo más, tomé el avión y mi destino fue Argentina, porque me dijeron que había allí un trabajo que me estaba esperando. Yo me iba a ir a Estados Unidos y esta señora que fue la que me prestó el dinero me dijo que era una mujer muy pasiva para irme a Estados Unidos, que mejor fuera a Argentina, que allá un peso era un dólar. Me dijo también que en Buenos Aires sus hijas tenían un trabajo para mí, que era para atender un consultorio médico. Lo pensé un momento y me dije que tenía razón, porque si me iba mal, caminando regresaba a mi país. Me vine con una tristeza enorme de dejar atrás mi familia. Mi hijo más chico, que tenía 8 años, me agarraba el pie izquierdo cuando debía entrar a Migraciones, diciéndome “No me dejes mamá”. Yo les prometí que volvería al año, tras pagar mi deuda, porque yo venia con la idea fija de que con lo que me iban a pagar me alcanzaría para eso, y que un año pasa pronto. Y me vine a la Argentina. Llegué, fui a la dirección que me dieron, de las hijas de esta señora, con mi equipaje. Me dijeron que llevara mercadería que tenía en Lima, porque iba a venderla en seguida y conseguir así dinero para moverme, e incluso para enviar a mis hijas. Me dijeron al llegar que dejara mi equipaje ahí y que vaya a ver a la otra hermana. Me fui a verla, y cuando regresé había otras señoras a las que no conocía, que miraban la ropa, la mercadería que había traído. Me mandaron entonces a comprar algo en la

esquina, y desde ahí no me permitieron ingresar más. Esperé todo el día. Llegó la noche, y asustada me refugié en una iglesia y lloré pidiendo perdón a Dios, porque sabia que Dios me estaba castigando, pidiendo perdón a mis hijos, porque capaz que ese mes no iba a poder enviarles dinero. Lloré tanto, con ese llanto que me ahogaba era una niña más, perdida en un país que no conocía, asustada. Dos días pasé así, salía, regresaba y al atardecer me quedaba ahí, al pie de la Virgen de los Dolores, llorando. No tuve hambre, porque era más mi dolor que el hambre, todo lo que lloré me hacía olvidar los dolores que podía pasar, hasta que una señora se acercó, una señora rubia, yo al voltear la cabeza pensé que era la Virgen. Me pregunto: “Por qué lloras, hija?”, y yo me abracé a ella porque fue la primera persona que se acercó a otro ser humano que estaba llorando. Y le dije: “Porque me vine a trabajar, y no tengo trabajo y no tengo nada”. “¿De dónde sos?”. Cuando le contesté que era peruana, me dijo “Tengo una peruana trabajando en casa”, y me llevó entonces con ella. Ahí me dijo que podía hacer unas llamadas, hice unas llamadas, ella también llamaba para preguntar si alguien necesitaba para trabajar en su casa, y me permitió también llamar a Perú. No les dije a mis hijos lo que realmente me había pasado, no quería preocuparlos. Simplemente les dije que no tenía trabajo. Entonces se comunicaron con otras personas que estaban acá en la Argentina, y me dieron un número de teléfono. Se lo mostré a la señora y ella me dice: “Esto es Mar del Plata, hija, ¿querés ir a Mar del Plata?”. “Si es para trabajar sí”, le contesté, y fui. Me embarcó en un bus y me vine, con una calza y una remera. Llegué a Mar del Plata y conocí a una señora que fue mi ángel, porque cuando me abrió la puerta y me atendió con esa dulzura que no me voy a olvidar jamás, pensé que era lo más hermoso que podía recibir de una persona en ese momento, en el que no necesitaba palabras sino tan sólo un gesto así. Y allí me esperaba otra sorpresa: la chica que trabajaba con ella en la casa era conocida mía del Perú. Me dice entonces esta señora que era para ir al campo. Me miraba, me preguntó de dónde era, porque no tenía documento. Me llevó a una estación de servicio para que conversemos y me dijo: “Te voy a pagar 300 pesos”. “No importa”, dije yo. Supuestamente yo venia a ganar más, para que en un año pudiera regresar. Me fui con ella y trabajé. Veía que se internaba por el campo y yo me decía: “Uy, de acá no voy a poder salir ni siquiera a poder hablar con mis hijos”. Mi preocupación era poder hablar por teléfono, no salir a la ciudad. Había otras chicas cuando yo llegué, era cerca la Navidad, la peor Navidad que pasé. Recuerdo que vestía la ropa del hijo de la señora y ella me dice: “Rosario, hoy voy a tener gente, usted se va a poner este uniforme”. La quedé mirando, hasta ese día no le había dicho nada, ni un no había salido de mi boca para ella, pero miré el uniforme y le dije: “Señora, yo le voy a pedir por favor. Usted hágame trabajar más horas, yo las voy a trabajar, pero no me haga poner este uniforme, porque si yo me pongo este uniforme realmente sentiré que caí, siento que caí señora, sólo le pido eso. Me dijo: “Rosario, está bien, no se preocupe, no se lo ponga.” Se dio cuenta que yo era honesta y que yo no le iba a hacer nada malo. Cuando nos conocimos un poco más y vio cómo trabajaba, me pidió que me quedara y me aumentó el sueldo. Y yo feliz. Algunos domingos que iba a pasear a la ciudad me invitaban hombres a tomar un cafecito, y a mí me daba mucha pena (vergüenza), porque si yo me había ido de mi país

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a trabajar para ganar algo y ahorrar, no veía correcto que gente tan pobre como yo me invitase con un café. Entonces, para evitar que me invitaran mucho las próximas veces que salía, me llevaba mi pan y mi refresco, y cuando veía que un hombre se me quería acercar daba un mordisco del sándwich y tomaba el refresco, y si igual me invitaba yo les decía: “No gracias, ya estoy llena, estoy comiendo, muchas gracias caballero”. Entonces me miraban raro y se iban. Hasta que un día la señora me pregunta: “Rosario, ¿a usted no le dicen nada en la calle?”. “Casi no hablo, señora, le digo. Solamente que acá la gente es muy amable, siempre que salgo me invitan, parece que me ven con cara de hambre porque me invitan café, café y café.” Ella se se mata de risa al escuchar eso y me dice: “Ay, Rosario, lo que pasa es que a usted la están invitando para otra cosa”. “¿Como para qué, señora?”, pregunto yo. Y me explica que es un método que usan los hombres para acercarse a las mujeres. “Ah, ya sé, entonces la próxima vez que me inviten mejor no hablo”. “No, Rosario, usted quédese callada, muda.” “Pero señora, no puedo hacer eso, porque a nosotros nos han enseñado a ser respetuosos y que si le hablan se responde, no puede dejarlo con la palabra en la boca.” “Bueno, entonces que la molesten nomás.” Así fui aprendiendo muchas cosas de las costumbres de acá que yo no sabía cómo eran. Volviendo a lo del trabajo, en estos dos años que yo me quedé en el campo con la señora, en el primer año tuve mucha tristeza por mis hijos, e hice que mi hija más chica, que tenía 18 años, viniera, porque me decía por teléfono que me extrañaba demasiado. Entonces dije bueno, que venga mi hija. Me ayudaron y ahorré y mi hija pudo venir. A ella la tomaron como niñera, y a mí para ocuparme de toda la casa. Pero mi hija lo menos que hizo fue de niñera, porque se dormía junto con la beba. Pero yo ahora estaba acompañada por ella, fue un gran soporte en todo. Y en ese lapso vivíamos siempre con la señora, en su casa en Mar del Plata. Después de estar así un tiempo de niñera mi hija se puso a buscar otro trabajo donde le pagaran un poco más. Yo le conseguí otros dos trabajitos, pero ella quería estudiar, así que no le quedó más que volverse a Perú, porque acá sin documento antes no podías hacer nada, no podías estudiar nada y ella quería ir a la Universidad. Al despedirnos, le dije que en un año más terminaría de pagar la deuda y yo también regresaría a Perú. Y en ese año trabajé en un estudio, trabajé también cuidando niños a la noche, planchando. La señora me había dado la libertad de trabajar por las tardes en otra casa, así que tenía como cuatro trabajos. Así pude seguir pagando la deuda y juntar dinero para regresarme más pronto. En esos trabajos que tuve no la pasé mal. Como yo sufría mucho por la ausencia de mis hijos, buscaba lugares donde hubiera chicos que cuidar, lo que me permitía volcar en ellos todo el amor maternal que me desbordaba. Cuando salía la señora yo le decía: “Usted señora vaya tranquila, que yo a sus hijos los voy a saber cuidar bien, no se preocupe”. En ese momento yo adoptaba el papel de mamá. “Bueno hijita, te vas para allá”, les decía, y me gustaba, porque calmaba así un poco esa ansia de madre. En esos trabajos fui muy querida, con las señoras hoy aún nos comunicamos, y pude ahorrar, pagar toda mi deuda y juntar para llevar algo de dinero al volver. Y cayó el corralito, y como la señora no me podía pagar a causa de eso, le dije “No se preocupe señora,

págueme con vacas”, y así podía ahorrar, no les exigía porque yo tenia otros trabajitos y había pagado mi deuda. Con lo que iba ahorrando pensaba poner algo en Perú y ya no regresar a Argentina. Cuando junté lo necesario, me despedí de la señora. De tanto vivir solas las dos, realmente teníamos un vinculo muy grande. El día en que se lo dije estábamos en el campo. Me le acerqué y le dije que me iba. Lo tomó tan a mal, que me tiró el dinero que me debía. Estaba a punto de llorar y no quería que la viera. Pero lloró, la vi llorar, y yo también lloré. Lloramos las dos. Y entonces me fui a Perú, me regresé. Cuando me iba, dije ahora sí chau Argentina, me voy a mi país. Me fui por tierra. Al llegar a Perú tuve una gran desilusión al saber que el papá de mis hijos no había terminado de pagar mi deuda, él estaba sin trabajo, y la plata que yo enviaba la utilizaba para la comida y no trabajaba. Recordé entonces todo lo que había vivido en esos dos años para pagar la deuda, sin que él me ayudara en nada. Recordé el dolor que pasé en Buenos Aires, la soledad del campo entre las vacas. Y vi que nunca podría olvidarme de eso. Cada mañana me levantaba con ese dolor que me apretaba el pecho, y cuando me acostaba estaba con ese mismo dolor en el pecho y no me lo podía sacar. Y la ausencia de mis hijos, a los que tanto quería y quiero, me hacía cada vez más triste la vida. ¿Cómo me calmaba entonces? Salía a correr todas las mañanas, a las 7. Corría diez kilómetros y cantaba como una loca, y las únicas que me respondían eran las vacas. Pero era la única forma de ahogar ese dolor, porque sentía que la señora ya no debía verme llorar porque también le daba tristeza. Pero a veces durante el día ese dolor volvía a mi memoria y me metía bajo la ducha para que el ruido del agua ahogase mi llanto, pero tampoco eso me calmaba. El dolor seguía estando, no veía la herida pero el dolor estaba fuerte, gritaba a mis hijos en el campo “Paul, Alex, Jackie, Ceci”, les gritaba. Y decía: “Señor, perdóname ya”, y lloraba. Fueron así mis días durante dos años. Por eso cuando terminó ese ciclo decidí volver, pero al encontrar esa realidad del Perú, con tremendo dolor me di cuenta que no me amaba el hombre que estaba allá. Porque la palabra amor no es como se pronuncia ni se escribe, sino que es como se siente y como se da y como se entrega. Y entonces hice un balance de mi vida, y me dije que en ella fui pobre de todo, y que la única riqueza que tengo son mis hijos, así que decidí volver a Argentina para poder darles estudios a mis hijos. Pero antes le pedí a ese hombre que me diera a mis hijos, cosa que no hizo, tal vez para presionarme para que me quede, pero igual me vine, me vine y estando acá trabajé nuevamente, pero dije no más en casa de familia ni cama adentro. Me quedé a trabajar con una señora por horas y me alquile un pequeño departamentito, en el que compartía la cocina con alguien más. Y bueno, trabaje ahí, pero se dio una confusión con el hermano de esta persona, porque yo era amable con él. Como compartíamos la cocina y tomábamos mates juntos, esta persona se equivocó, pensó que yo quería otra cosa, y cuando me lo propuso le dije que no, que se había equivocado. ¿Y qué hizo cuando me fui a trabajar? Me robó las cositas que tenía y me dejó un papel, en el que me decía que eso me pasaba por tarada, por no decir la otra palabra, y por no tener calle ni noche. Le pregunté al hermano qué significaba eso, y él dijo que no sabía nada de la vida. ¿Ah no?, contesté. Pues bien, esta mujer va a tener entonces calle y noche.

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Y comencé a salir. La primera noche que salí me fui a bailar a un lugar que se llama “Solos y solas”. No bien entré varios me saludaron, y yo saludé a todos, pensando que era la amabilidad normal, no había ido nunca a bailar. Empecé a bailar y en una de ésas me saca un hombre que medio que me apretaba, y le digo: “Mire señor, no me apriete mucho porque no me gusta que lo hagan cuando bailo.” Me soltó entonces, pero al rato volvió a apretarme. Y le volví a decir: “Si usted me aprieta, lo dejo aquí plantado y me voy.” Como me volvió a apretar, lo dejé plantado y me fui a sentar. Y ahí una señora me dice: “Mira que aquí hay un hombre que vino a preguntar por vos porque le gustas.” Cuando me lo señala, veo que el hombre se levanta y se acerca. La agarro entonces a la señora y le digo: “Vamos a bailar”. Así me escapé esa vez, pero el hombre me buscó un largo tiempo por los lugares bailables hasta que me encontró. Comenzamos entonces a hablar, pero cuando vi lo que quería de mí, le dije con toda sinceridad: “No me gustas, no te quiero, pero sí me caso, porque necesito hacerlo”. Y me casé, nomás por los papeles, aunque hasta hoy tenemos una buena amistad y nos ayudamos. Entonces lo conocí a mi esposo en este baile de solos y solas, adonde llegué en mi intento de tener calle y noche. Antes de eso yo trabajaba en un estudio, donde llevaba la contabilidad de algunos comerciantes, entre los que había algunos proveedores. Y yo los miraba y me preguntaba qué me había pasado. A mi regreso del Perú yo sentí que me volvía a reencontrar conmigo misma, que volvía a ser Rosario, ya no era “Rose”, como me decían los hijos de mi patrona, que vivían en Estados Unidos, cuando venían de visita. Era Rosario la que volvía, tal como era allá, una mujer decidida que me podía desenvolver bien en el comercio, porque todos tenemos algo en lo que sobresalimos en la vida, unos nacen para ser médicos, abogados, pintores, otros tienen habilidad de ser comerciantes, y yo creo que mi habilidad es el negocio. Trabajando en ese estudio comencé a preguntar cómo iniciarme en esta actividad, qué requisitos debía cumplir, y supe de inmediato que necesitaba documentos. No tenia, estaba trabajando pero no tenia legalidad en nada. Mientras trabajaba en el campo yo conocí al Dr. Fernández Carpati, el Director de Migraciones, una persona maravillosa. Y bueno, en ese entonces no era de Migraciones, era del Ministerio de Trabajo, pero era una persona que ayudaba mucho a la gente. Siempre me decía: “Rosario, usted tiene que regularizar su situación, no puede estar trabajando así.” Pero yo le contestaba que no podía gastar, que pensaba regresar pronto al Perú. Pero cuando regresé yo sabia que tenia que regularizar mi situación, porque venía ya decidida a quedarme a vivir. Cuando lo busqué para ver la forma de regularizar, me dijo que necesitaba contrato de trabajo para eso. Antes era muy difícil tener un documento, y la forma más fácil era casándose. No todos te quieren dar un contrato, y más si eres extranjero. Por eso me casé con ese señor. Decidida ya a abrirme paso en esta ciudad, no tardé mucho en conseguir trabajo en el Consejo Escolar como proveedora, y sigo en eso. Pero no hay dinero ni estabilidad que alcance a compensar lo que yo perdí. Perdí mi núcleo familiar. Quise tener una familia para darle lo que yo no tuve. Argentina me ha dado mucho, me abrió los brazos, me ha dado lo que soy hoy, materialmente, pero sentimentalmente soy la mujer más pobre que

existe. Vivo lejos, pero mi vida esta repartida, soy peruana y soy argentina por adopción. Siento que me quedan pocos años y que tengo que volver, siento que allá es donde tengo que dejar mis huesos, pero tengo que curarme bien para regresar. Hay una frase que nunca más quiero escuchar: “Tienes que pagar derecho de piso”. Fue lo que me dijeron cuando me tiraron a la calle. Y si hoy alguien me llama para poder ayudar a un compatriota, no tengo gran cosa pero yo lo ayudo. Decidí formar la Asociación de Residentes Peruanos porque era la única forma de poder agruparnos y de tener un poco más de fuerza, de ayuda social, de pedir ayuda a nuestras autoridades consulares. Armamos así la asociación sin fines de lucro, sin recibir apoyo de nadie; muchas veces sale de mi bolsillo el gasto. Armamos con chicos un grupo de danzas que se llama “Brisas del Perú”. Lo hacen porque ellos quieren, el dinero extra que tengo lo gasto en trajes típicos, y ya tengo 72, para las diversas danzas, que son de la Sierra, la Selva y la Costa. Compramos videos para aprender las danzas, y nos hicimos asesorar por los que más saben. De esta manera tratamos de representar a nuestro Perú, logrando que la gente conozca nuestras costumbres a través de las danzas, pero lo fundamental es ayudarnos entre nosotros. Trato hoy en mis ratos libres de ayudar a mis compatriotas, porque cuando uno cae, lo que más duele es la indeferencia del que está al lado. Trato de conseguir trabajo para ellos, no para mí. En eso se está basando la Asociación hoy en día. La idea es integrarnos, tratar de ser una gran familia. Rosario Ávalos, Mar del Plata, noviembre 2010

(San Martín): Quiero recordar que el Perú es muy sanmartiniano, quizás uno de los más grandes en toda América Latina. Yo viví en plena Amazonía el tema de San Martín por mi mamá, que era maestra, mi abuela era maestra también, y mis tías. En las fiestas patrias nos hacían aprender poesías sobre San Martín, el Libertador. Eso nos conectaba con la Argentina. Ya de chico, yo sabía que la Argentina existía. Cada país tiene su figura tutelar. Uruguay, Artigas. En Chile, O’Higgins. En Venezuela y Colombia, Bolívar. Así nosotros nos identificamos con San Martín. En el centro de Lima hay una gran plaza que se llama San Martín, y en todos los lugares, en todas las ciudades, vas a encontrar una plaza San Martín, y el día de la Independencia se rinde también homenaje a San Martín, porque San Martín está metido en la historia de todos los peruanos, eso es indudable. (Manuel Villacorta Ríos, Villa Gesell) (La Patria Grande): Creo que nuestro sueño, como de todo ciudadano de América del Sur, es que las fronteras tengan ya que romperse. Creo que hablar de la Patria Grande es importante, me siento tan boliviano como Evo, tan venezolano como Hugo, me siento argentino, me siento tan hermano de los pueblos originarios, o de los europeos descendientes, muchos de mis compañeros militantes son blancos, son descendientes de europeos y me alegra verlos aportar a que cambien las cosas. De tal forma que estamos hermanados por todo, la historia, la comida. San Martín liberó también el Perú, fue

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nuestro Libertador. Una de las cosas importantes que creo que tenemos que meditar es que somos hermanos, y creo que ya es el momento de romper con esas fronteras. (Carlos Andrés Mandros Gallardo, Lanús, Pcia de Buenos Aires) (La selva): Yo tendría 6 ó 7 años cuando al terminar el verano me iba de vacaciones a la selva con mi papá. Él trabajaba allí, tenía gente que talaba árboles en una propiedad en la que había solicitado permiso. Recuerdo que en la noche anterior mi tarea era preparar el combustible, preparar los víveres, los fósforos, todo lo que se iba a utilizar en la selva, porque íbamos a vivir allá y a trabajar. Las cosas que tengo para contar de allá son muchísimas: pescar, cazar, esperar que los trabajadores vengan con animales cazados, mulitas, jabalíes, las pirañas en los caños, ver las serpientes. Uno allí convive con todos esos animales, pero se te hace tan natural que te acostumbras y hasta les perdés el miedo. Realmente, recordarlo me emociona muchísimo, porque es algo que hoy muy pocos chicos pueden vivir. (Manuel Villacorta Ríos, Villa Gesell) (La lucha de los negros): Empecé a usar la décima como elemento importante para tratar toda esta temática que tiene que ver con africanos y sus descendientes, los temas del racismo, la discriminación, la xenofobia. Afortunadamente nos fuimos integrando a nuestro quehacer político. Yo fui militante político allá en las épocas de la dictadura militar en el Perú, así es que nos fuimos integrando a sectores populares para rearmar nuestra lucha, que no sólo tiene que ver con el tema de la discriminación racial, sino también con la pobreza, la marginalidad en que vivimos la mayoría de la gente de mi raza; somos pobres porque somos negros. Nuestra militancia se fue reavivando, no en términos partidarios, pero sí en torno a nuestra organización de afrodescendientes, y de ahí nuestra integración con todo el movimiento popular, también con los pueblos originarios, con los cuales nos sentimos hermanados plenamente. (Carlos Andrés Mandros Gallardo, Lanús, Pcia de Buenos Aires) (La música): A los peruanos les gusta mucho el arte, y en especial la música. Uno escribe, el otro pinta, el otro canta o baila, eso es parte de la vida y se aprende de chico. Yo siempre cantaba valses, y en mi casa siempre la música estaba sonando. Los Embajadores Criollos, Lucha Reyes, Los Quipus, todos esos monstruos de la canción criolla del Perú, Los Panchos… A todos los boleros de Los Panchos los conozco. Una vez fui a cantar para la comunidad peruana de Rosario, y me contacté allí con algunos muchachos argentinos que tocan con la guitarra cosas peruanas, que adoran nuestra música y conocen muchísimo de ella. Me sorprendieron. (Manuel Villacorta Ríos, Villa Gesell)

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(La invisibilización del negro): Estamos preparando el Primer Congreso de Afrodescendientes en este país, donde se dijo que ya no existíamos. Se argumentaban muchas cosas, que la fiebre amarilla, que la Guerra de la Triple Alianza, pero no es real. Evidentemente hay una gran cantidad de afrodescendientes, muchos mixturados, y muchos con la pigmentación como la mía, pero que obviamente están invisibilizados. Este proceso

de invisibilización se dio en toda América Latina. Estamos pero no estamos, la historia no habla de nosotros, lo más que se dice es que fuimos esclavos, ni siquiera esclavizados, éste es un término que venimos combatiendo, ya que no fuimos esclavos voluntarios, fuimos forzados a ello. Lamentablemente la historia no habla de esto, como tampoco habla de nuestros aportes, de toda nuestra participación en las guerras libertarias, y de los aportes que hicimos a la cultura y el desarrollo de este país. (Carlos Andrés Mandros Gallardo, Lanús, Pcia de Buenos Aires) (Discriminación): En mi experiencia personal, sería faltar a la verdad decir que en la Argentina nos discriminan. Claro que en tantos años de vivir acá he visto algo de eso, en diferentes ámbitos. En los primeros años de la Universidad encontramos compañeros de estudio que nos veían diferentes, por la forma de hablar, por el aspecto físico. Al principio uno se enoja y a veces se deprime, pero con el tiempo se da cuenta que en realidad no tiene tanta importancia. De a poco te vas endureciendo y ya no escuchas directamente, aunque eso existe y es lamentable. Habría que estudiar a qué se debe esa actitud. (Manuel Villacorta Ríos, Villa Gesell) (De objeto a sujetos de estudio): Hoy hemos tomado la décima como medio de expresar lo que aqueja a nuestras comunidades, y que tienen que ver con la discriminación, el racismo, la xenofobia, la pobreza. Obviamente nosotros consideramos que un pueblo con cultura es un pueblo invencible, y es lo que nos permitió subsistir a todo el sistema esclavista, la barbarie por donde pasaron nuestros ancestros y que seguimos pasando los negros a lo largo de América Latina. Afortunadamente los tiempos han ido cambiando, hoy estamos preocupados desde las organizaciones negras de no seguir siendo objeto de estudio, sino pasar a ser el sujeto de la investigación. Muchos nos estamos preparando como investigadores e intelectuales afrodescendientes, que puedan tratar la temática desde adentro, tal cómo la vemos y la sentimos. Esto nos está permitiendo definitivamente integrarnos a las luchas de los pueblos. (Carlos Andrés Mandros Gallardo, Lanús, Pcia de Buenos Aires) (La identidad): Para los peruanos que tenemos familia acá, y debe pasar con los bolivianos, con los paraguayos, no es fácil lograr que los hijos se identifiquen con los orígenes de uno. En mi casa siempre se escucha la música peruana, los cantos, hablamos de la historia y la literatura del país, pero ocurre que el más identificado con el Perú es el más chico, que tiene 13 años. Sus dos hermanos mayores no preguntan tanto como él sobre la historia y las cosas del Perú. Cuando le preguntaban: “¿Cómo te llamás?”, el chiquitín decía: “Julián Villacorta Perú”. Los hermanos mayores obviamente se mataban de la risa. Y hoy te puedo decir que es el más identificado, incluso con la comida. (Manuel Villacorta Ríos, Villa Gesell) (San Martín): Tenemos otro vínculo importante que nos une desde la escuela: para nosotros el gran Libertador del Perú es el General Don José de San Martín. Recordamos todo

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y sabemos de memoria las palabras que pronunció el 28 de julio de 1821 en el balcón de Waura: “El Perú es libre e independiente por la voluntad general de los pueblos, por su causa y la justicia que Dios defiende”. Sin duda es allí el padre de la patria, y como aquí lo es también, resulta que tenemos el mismo padre. El Gobierno peruano le dio una pensión vitalicia cuando él fue a vivir a Europa. (César Carvajal Sánchez, Ciudad de Buenos Aires) (Clase y etnia): El problema no es de raza, sino de clase, pero cada uno de estos grupos étnico-raciales tiene su propias problemáticas, como también son propios los problemas de género. Ser mujer y ser negra es una cosa distinta, ser mujer y ser originaria es también distinto, y son temas que nos compete trabajar. La integración a las luchas populares tiene que ser igualitaria. Lamentablemente en otros momentos, y continúan siendo hoy también medianamente, los negros alegrábamos la fiesta, los compañeros nos llamaban a la gran movilización para llevar los tambores, no éramos los que opinábamos, no teníamos la voz, no había una propuesta puntual. Incluso en procesos de cambio como la Revolución Cubana creíamos que ese cambio social iba a reestructurarlo todo, pero se vio que no es así, es un tema que no ha sido debidamente tratado. (Carlos Andrés Mandros Gallardo, Lanús, Pcia de Buenos Aires) (La reparación histórica): Cuando hablamos de reparación histórica no estamos pidiendo un cheque, pero sí necesitamos atención para nuestras comunidades. Creemos que tenemos el derecho en estos países, como todo ciudadano y todo ser humano, de ser parte real de la sociedad, de tal forma que las oportunidades sean iguales para todos, fundamentalmente para sectores como los pueblos originarios y los afrodescendientes, que entregamos la vida en este proceso y que tenemos el derecho a reclamar un espacio real en el mismo. Estoy pensando en el caso de Bolivia, de Evo Morales, que es una de las mejores cosas que nos pasó en este tiempo, un caso étnicopolítico justo, porque ni siquiera eso se daba, países como los nuestros gobernados siempre por descendientes de occidentales. No tenemos nada contra ellos, pero la clase política proviene de allí, y los compañeros originarios son todavía una segunda o tercera clase política. Pasa lo mismo con los afrodescendientes. Lo que nos interesa es ser protagonistas de todos estos hechos, porque somos parte importante de ellos, hemos aportado y seguimos aportando a este proceso. No queremos seguir alegrando la fiesta, queremos que escuchen nuestras opiniones. (Carlos Andrés Mandros Gallardo, Lanús, Pcia de Buenos Aires)

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(La tierra natal): La tierra en que naciste está ligada a ti, es un asunto medular, de vivencia y de cultura. En realidad, extraño todos los rincones del Perú. Extraño los amigos, la comida, la música, todo es distinto allí. La añoranza está y creo que va a vivir siempre con nosotros. En cuanto podemos nos damos un “saltito” y huimos un rato al terruño, porque es volver a vivir, es volver a reencontrarte con todo lo tuyo. Sigo preparando mis comidas, es una cosa constante y perenne. Extrañamos el terruño y lo haremos por toda la vida, pero también nos vamos integrando aquí, Argentina tiene muchas cosas intere-

santes. (Carlos Andrés Mandros Gallardo, Lanús, Pcia de Buenos Aires) (La cultura que nos une): Otro aporte es la música andina y la afroperuana, pero lamentablemente las currículas de la historia argentina comienzan prácticamente desde la Revolución de Mayo de 1810, y nos olvidamos que Argentina también tiene raíces incaicas. En Santiago del Estero se habla quechua, los diaguitas y los Quilmes tuvieron influencia incaica. Incluso los guaraníes, pues hay palabras quechuas que tienen igual significado en ambas lenguas. Yo escucho la cumbia villera y me parece una fusión entre la cumbia colombiana y la cumbia andina, a veces no sé si es una cumbia o un huaino, tengo que afinar los oídos para poderlos diferenciar. Ahora la música afroperuana llena teatros; lo africanos aportaron mucho en cuanto a música y a comidas, en cuanto a lo que se consume en el Perú. (César Carvajal Sánchez, Ciudad de Buenos Aires) (Un país de inmigrantes): Mucha gente se molesta por la inmigración de los países limítrofes. Pero esto es una consecuencia del sistema. Buenos Aires se formó de esa manera y ya no podría subsistir en estos momentos si saliera toda la inmigración de los países limítrofes y Perú. Argentina, como Canadá, Australia, Estados Unidos, como Israel o Suiza, es un país de inmigrantes. Los inmigrantes no tienen la culpa de que sus empleadores, que por lo general son argentinos, los tengan trabajando en negro y sin obra social, por eso es que van a los hospitales públicos. (César Carvajal Sánchez, Ciudad de Buenos Aires) (El arte popular): En 1965 se gestó un movimiento cultural en Perú muy fuerte, que le dio gran relieve a todas estas expresiones del arte popular. En nuestra galería promovíamos a muchos artistas de este origen. Un ejemplo de esto, que sacudió el mundo artístico e intelectual de esa época, fue cuando se otorgó el premio de Salones Nacionales a un artista que hacía retablos. Los retablos tienen siempre una imagen fuerte, a la que se le incorporan elementos de la fantasía, por ejemplo la dualidad cielo-infierno, bien-mal y otras. Muchos se mantienen en la religiosidad cristiana, que encuentra una buena demanda, pero son cada vez más los que se basan en otros motivos, tomados de la vida cotidiana y de la historia de la cultura. Esta renovación que se dio en los retablos no se vio en la cerámica, la que se mantuvo fiel a una estética más tradicional. (Sabina Fridman, Ciudad de Buenos Aires) (Las razones de la diáspora): En la década de los 90 se impuso un feroz ajuste económico, pues el gobierno de Alberto Fujimori aplicó el Consenso de Washington a rajatabla. Redujo el gasto fiscal, hizo las privatizaciones, y además, como el Perú se encontraba en una terrible guerra interna, teníamos a los insurgentes y a las Fuerzas Armadas. Es así que empezó a haber muchísima desocupación, sobre todo en las ciudades grandes, debido principalmente a dos factores. Por un lado, los despidos masivos en algunas empresas, la precarización del trabajo, los subcontratos, y por el otro la gran migración del campo a la ciudad. Esa migración fue principalmente por

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 7. Testimonios de los inmigrantes

dos razones: primero, el olvido en que el Estado tenía a esa zona, y segundo, la guerra interna, ya que el poblador del campo se encontraba entre dos fuegos, el de los insurgentes y el de las Fuerzas Armadas. En ese entonces la ciudad se llenó de inmigrantes del campo, y eso incidió a que hubiera un éxodo masivo en esa década, una diáspora de peruanos hacia el exterior. Los que tenían un poder adquisitivo más o menos elevado podían conseguir una visa para ir a los Estados Unidos, a Canadá; muchísimos se fueron a España e Italia, también se puso de moda ir a trabajar al Japón. Pero los más humildes migraron a Chile y a la Argentina; muchos técnicos y profesionales fueron a la hermana República de Bolivia, donde había una demanda de técnicos en el área agricultura y minería. Se estima que en Argentina hay actualmente 300.000 peruanos. (César Carvajal Sánchez, Ciudad de Buenos Aires) (Cocina e identidad): Comer nuestra comida peruana en la Argentina nos recuerda a nuestra familia, lo que hemos dejado atrás, a nuestros hijos, a nuestros ancestros, a nuestro Perú. Mi abuela fue chola y mi abuelo español, pero cuando la veía a ella con sus animales, sus plantas, la gastronomía netamente del campo, me encantaba. Hacía chicharrones de cerdo, el rachi-rachi, el copús. Hasta ahora llevo en mi mente grabada esa comida, desde muy niña me nace cocinar. Yo vengo del norte y aquí tenemos el cebiche, el encebichado, el seco de chavelo, el pasadito de agua caliente de mero, la sopa de novios, el rachi, la sopa alineada, los chifles, la cancha a un estilo incaico, todo eso es un recuerdo de mi abuela, viene de tiempos muy antiguos. También la chicha de jora y comida del resto del Perú. (Iris Mendoza Crespo, Ciudad de Buenos Aires) (La discriminación): La cultura dominante enseña que el verdadero tipo de belleza es la belleza occidental, que es el único patrón que se conoce por el cine, la televisión, y rara vez se acepta la belleza de una hermosa mujer indígena, o de una hermosa mujer africana. Este patrón de belleza alimenta también la discriminación, aunque el motivo principal creo que es la pobreza. La discriminación empieza por la pobreza y sigue por el patrón de belleza. Se presume que todo morocho puede ser un delincuente en potencia. Se ve esto en la animosidad de la policía a interceptar y pedir documentos a la gente que no tiene piel blanca, como lo pude comprobar en una galería de la calle Corrientes, donde la mayoría de los negocios son peruanos; la policía se pone afuera y hay una discriminación totalmente descarada. Sólo los rubios, los blancos pueden pasar. Creo que la inmigración ya se ha acostumbrado a esto, ni siquiera se molestan, ni siquiera se indignan, cosa que en otros países es considerado un delito ese tipo de discriminación. (César Carvajal Sánchez, Ciudad de Buenos Aires)

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(La música andina contemporánea): Llegué a la Argentina en 2007, con mucho entusiasmo, con el proyecto de difundir la cultura de mi país. La verdad es que yo no quería irme de Perú, pero acepté la oportunidad que se me presentó de salir y hacer conocer todo lo que mi país tiene para ofrecer. Me encantó la Argentina, es un país muy generoso, muy abierto, que te permite trabajar, difundir costumbres de otras partes, porque

la verdad es que hay muchos inmigrantes acá. Y hay algo que me encantó, que es el folklore del Norte de la Argentina. En mi caso, yo hago música andina contemporánea, junto a los músicos, porque es un trabajo de equipo aunque yo sea la intérprete. Tomamos un tema antiguo, muy tradicional y le agregamos instrumentación, respetando por supuesto la línea melódica para no destruirlo. Lo hacemos con el único fin de captar a la juventud, porque los jóvenes de hoy en día no quieren escuchar un tema tradicional, pero si se lo ofrecemos de esta manera ellos lo escuchan. De esta forma me sumo a muchos otros músicos que empezamos con esta fusión que es la música andina contemporánea, para que nuestros jóvenes escuchen nuestra música autóctona con un toque de modernidad, sin perder lo tradicional. Es una gran satisfacción ver que lo estamos logrando; en el Perú es ahora un género muy aceptado, si bien es cierto que mucha gente lo criticó en su momento. Y es increíble cómo lo aceptan los argentinos y los bolivianos. (Socorro Carrión Peña, Ciudad de Buenos Aires) (La estigmatización): Muchos medios de comunicación se prestan a la discriminación; es como una ingeniería social aplicada a dividir a los habitantes del país entre buenos y malos. El delito no es patrimonio de ningún grupo social o étnico. Si algún peruano, boliviano, chileno, uruguayo comete algún delito de hurto es magnificado, para alimentar así la discriminación y dividir a la sociedad. Esto es algo que desde todo punto de vista está mal y las embajadas deberían protestar al respecto. Siempre se quiere mostrar al inmigrante como el menos desarrollado, como el más pobre, el de menor cultura, cosa que no es así. La incultura y la maldad no son patrimonios de ningún grupo social o étnico. (César Carvajal Sánchez, Ciudad de Buenos Aires) (Discriminación): Soy afroperuano, de la costa peruana de la provincia de Cañete, en el distrito de San Luis, a 144 km de Lima. Vine a Buenos Aires a estudiar, primeramente Administración de Empresas, en la UBA, y después me trasladé a Abogacía, pero no fui nada a “Derecho”, me fui a la izquierda, porque en ese momento sentí que llamaba mucho la atención en las aulas ver a un negro estudiando Derecho, no me sentía cómodo. No sabían de dónde era, pensaban que era cubano, portorriqueño, venezolano, pero menos peruano. Cuando decía que era peruano no lo creían, porque la primera idea que tienen del peruano es lo andino, creen que en el Perú no hubo nunca africanos. Quise estudiar Derecho para tener un respaldo y saber cómo defenderme. Lamentablemente, en lo económico para mí era todo egreso y nada de ingreso, y justo fue el momento de la devaluación, en 2001, así que tuve que trabajar y dejar la Facultad. Viví los rechazos en el trabajo por ser negro e inmigrante. Entonces, pensé, por qué no vivir de lo que me dejaron mis antepasados, mi familia, ¿no?, ya sea en el cajón peruano o en la danza. De ahí es que desde hace cinco años formé mi escuela, que se llama “Escuela Afro-Peruana Cañete Negro”. Ahora estoy ensayando en una placita, cerca del Abasto; tengo alumnos peruanos y argentinos, en danza y percusión, y fabrico cajones peruanos. (Francisco Cama Sánchez, Ciudad de Buenos Aires)

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 8. Otros textos

(Integración cultural): Con la música, con la danza, yo creo que no existen las fronteras, las barreras. Cuando vivía en Perú yo bailaba mucho las danzas de luces, como las llamamos, que vienen a ser las danzas del Altiplano. Entre ellas tenemos los caporales, las morenadas, las diabladas, y siempre ha estado muy remarcado que eran danzas del Altiplano peruano o boliviano. Y sin embargo cuando yo llego aquí, veo que no se habla del Altiplano, se dice que son sólo danzas de Bolivia. Mi sueño es que no nos separen las divisiones políticas de los países, porque las costumbres de un país son muy similares a otras, porque antes de que existieran esas divisiones todos éramos uno solo. En realidad nosotros somos hermanos y la música, la danza, la comida nos unen. Me gustaría que no existieran fronteras; este es un sueño que quisiera ver realizado antes de morir. (Socorro Carrión Peña, Ciudad de Buenos Aires) (El sueño del regreso): Yo siempre quise volver a La Pedrera, que es el pueblito donde había nacido y donde mi padre fue intendente. Uno siempre añora volver para reencontrarse con la gente que dejó allá, con los compañeros de la escuela, encontrarlos, saludarlos, abrazarlos. Yo me formé como médico para ser útil a la gente de mi pueblo, donde mi mamá trabajó de maestra, donde crecí. Allí había un sanitario que era enfermero, pero no hacía gran cosa. Mis padres, por leer, por tener conocimientos de anatomía calculo yo, eran los enfermeros y los médicos del pueblo. Yo recuerdo que venían a casa a decirle: “Don Pancho, mi mamá o mi hijo tiene fiebre, está vomitando”, y papá iba, o a veces ellos venían a la casa y papá les hacia inyectarse para el vómito, les bajaba la temperatura, y mi mamá también, así que había que hacerlo porque en esa zona no había médicos, y creo que hasta hoy no hay. Por eso quería volver pronto, pero sucedió que no pude. Me casé con una argentina, nacieron mis hijos y tuve que anclarme en esta zona, que es donde estoy viviendo y trabajando. (Manuel Villacorta Ríos, Villa Gesell)

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Capítulo 8

Otros textos 1. Juana Azurduy pierde a sus cuatro hijos La furia española soplaba como un mal viento: estábamos sintiendo la urgencia de refuerzos. Las caritas demacradas de mis niños me enfrentaron con una inquietante pregunta: ¿no se me había ido la mano con ellos? Mis curtidos guerreritos, me miraban vencidos, mis tiernas y corajudas compañeritas, parecían de pronto pajaritos heridos. Sus ojitos oscuros fueron para mía el peor tribunal acusador, y sentí el pecho desgarrado por la culpa y la preocupación. Los cargué en un carro y me los llevé a Segura. Manuel tenía otra batalla por delante. Manuelito ardía en fiebre y yo paraba donde encontraba agua para ponerle paños fríos en el cuerpito. Mariano empezó también a temblar. La camisita le colgaba de sus brazos enflaquecidos, que yo no había notado. Comprendí que estaba sucediendo algo muy grave. Los arropé en las camas, abrazándolos y pidiéndoles perdón en silencio, deseando ese momento haber tenido fe en algún Dios a quien pedirle de rodillas por ellos. Mentalmente atiné apenas a pedir a la Pachamama que no me pida ese sacrificio, que les mantenga la vida insuflada por ella, madre tierra ya que yo, su madre humana me haya excedido en desidia. Me sentí mujer débil y apremiantemente necesitada de mi marido. Precisaba la entereza y fuerza del padre de mis niños y si no me acurruqué en un rincón oscuro a llorar era porque ellos requerían de toda mi atención y cuidados. El resto simplemente sucedió, y es parte de una pesadilla recurrente que no pude asimilar a través de los años. Dionisio vino corriendo a avisarnos que Manuel había sido derrotado en Pomabamba y que Ponferrada nos estaban viniendo a buscar: había que salir de allí. Manuel iba a Sauce a pedir apoyo a Umaña, quien lo había llamado de urgencia, sin saber que éste le quitaría las armas y el apoyo, y lo dejaría sin recursos para retornar hacia nosotros. Cuántas veces se habrá reprochado Manuel esta decisión errada. ¡Pobres mis criaturas, desfallecidas! Sólo podía cargarlos por turnos. Tuvimos que caminar en el espinoso monte, hacia el interior, a escondernos como lo hacen las bestias heridas. Todavía oigo nuestros pasos con un extraño eco, y en mi memoria los ruidos de los bichos y aves ensordecen. Manolito cayó temblando. Oteando al enemigo, creyendo oír ruidos de persecución, silencié a los niños. Nos acurrucamos bajo un árbol, y abracé el temblor afiebrado de Manolito, quien se fue calmando suavemente, muy suavemente, hasta un prolongado suspiro que lo dejó totalmente quieto, sin aliento. Tardé un momento en aprehender la realidad: estaba muerto. Un frío helado me fue invadiendo, y el dolor se hizo tan grande que me dificultaba la respiración, y no podía ni llorar. Miré a los otros niños, recostados al alcance de mi mano. Mariano y Juliana dormitaban, apoyados el uno en el otro. Merceditas me miraba semialetargada. Levanté cuidadosamente el cuerpito de Manuelito y me alejé sobre mis piernas temblorosas. Pensé en dejarlo entre las hojas, como una

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 8. Otros textos

ofrenda a la madre tierra, pero estaría expuesto a las fieras de la naturaleza; tenía que enterrarlo. Busqué un herramienta, un palo, algo para cavar. La Tierra estaba algo reblandecida, o yo había adquirido una fuerza desesperada, lo cierto es que logré cavar una fosa y cubrirla. Cuando acabé mis manos estaban ensangrentadas, me había roto dos uñas. Volví con los tres niños. Merceditas llamaba a su padre, los otros dos seguían dormidos. Me acerque a Manuelito para sentir su frente afiebrada. Me sorprendió la temperatura: estaba helada. Un grito irrumpió en mi garganta, y lo tuve que silenciar para no asustar a las dos niñas. Me quedé inmóvil, mirando a Juliana dormir recostada sobre su hermano. Empezó a refunfuñar cuando la moví. Me llevé a Mariano al lado de Manuelito y lo enterré a su vez. De pronto sentí como si me desprendiera de mi cuerpo y me viera a mi misma desde arriba, una hiena cavando con las garras destrozadas. Por un instante me perdí y pensé que me iba a desmayar. Giré y vi la carita petrificada de la pequeña Mercedes. Corrí a levantarla. “Papá” me dijo. Estaba delirando, pensé, “Papá” decía de nuevo y salió a la carrera. Fui detrás de ella y la vi abrazada a una pierna masculina. Manuel y Juan nos habían encontrado. La batalla de Molleni, contra Benavente y Ponferrada, confirmó nuestra fuerza. Camargo, derrotado en Tarija, se dirigía a defender Cinti. No alcancé ni a tocar el tema con Manuel: llegó un mensaje de Ignacia, diciendo que Juliana estaba con fiebre. En los días que siguieron, sólo viví hora a hora, durmiendo apenas, cuidando a las dos niñas. Les contaba historias, les cantaba, tratando de que la intensa angustia no quebrara mi voz. Juliana se durmió y no despertó más. Merceditas reclamaba al río Juan, abrazando el muñequito de trapo que él le había regalado. Murió abrazada a mi vientre, que ya cobijaba una vida nueva, quién sabe, escuchando otro corazoncito que fortalecía su latido a la par del suyo debilitándose. Qué cruel paradoja de la vida: simultáneamente se iba mi último bebé y otro estaba de venida. Me imaginaba que se encontrarían en el camino, se darían un beso, Merceditas cediéndole su lugar. No sé en qué momento corrí al establo y monté mi caballo, galopando sin rumbo, gimiendo como animal herido. Volví al amanecer, para encontrar a Manuel sollozando junto a las nenas. Les hicimos un entierro en la hacienda. El dolor de perder un hijo es atroz: es hielo, vacío, oscuridad, soledad, rabia, impotencia, tristeza, amargura. Y en medio de ese dolor inconmensurable uno busca un modo de que la ausencia lo haga mejor ser humano. Toda embriaguez por el poder y la lucha se desvaneció. Enfrentada a mi vulnerable humanidad me volví humilde. Julia Vargas-Weise, cineasta boliviana. Este texto incluye dos fragmentos de un diario imaginario de esta heroína de la Independencia, escrito como base del guión de un proyecto fílmico pensado como una coproducción con Argentina.

2. Nuestras historias y la integración

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Ante el comienzo de las celebraciones del Bicentenario parece atinado reflexionar acerca del tratamiento de la cuestión de la independencia en nuestras historiografías

nacionales y sobre la incidencia de esta cuestión en el proceso de integración regional. Desde un punto de vista integracionista, la consecuencia menos querida de la guerra de la independencia ha sido la “balcanización” de la región. Ocurrida esa dispersión, las nacientes repúblicas debieron construir nuevos “relatos” o imágenes del pasado que reemplazaran el que se acababa de desplomar. Hacia fines del siglo XIX se verificaron los principales esfuerzos historiográficos para construir nuevas identidades colectivas o nuevas “comunidades imaginadas” al decir de Benedict Anderson. Tristán Platt dice que fue conveniente deshacer lo que hasta entonces se hallaba unido. Desapareció la posibilidad de una dimensión identitaria regional, construyéndose en su lugar imágenes nacionales difícilmente conciliables, en las cuales la cuestión de la veracidad ocupó un lugar relegado Esa fragmentación de historiografías permitió a las noveles repúblicas recrear nuevas legitimidades y lealtades y unificar la formación de “ciudadanos y patriotas” a través de la enseñanza de la historia patria y de su evocación cuasi litúrgica. El pasado se volvió entonces una suerte de instrumento para amalgamar a las masas y hacerlas parte de una nueva fraternidad. Luis Miguel Glave en “Un héroe fragmentado. El cura Muñecas y la historiografía andina” dice que “la afirmación nacional por contraposición con los vecinos ha sido una marca importante en el desarrollo de los discursos nacionales americanos, que se singularizaron respecto de un mismo tronco cultural (…) parcelando el conocimiento histórico como se parceló la realidad”. De ese “descuartizamiento incruento” también fueron víctimas numerosos personajes cuyas biografías fueron segmentadas. Glave demuestra cómo Ildefonso Escolástico de las Muñecas fue uno de estos próceres que fue diseccionado por las diversas historiografías, en un afán de neto corte reduccionista. Pongamos otros dos ejemplos que atañen a la Argentina y a Bolivia. Quizás pocos sepan que tres altoperuanos –digamos charquinos– gobernaron casi contemporáneamente tres provincias argentinas. El caso más conocido es el de José María Pérez de Urdininea quien gobernó San Juan entre 1822 y 1823. Pero también el potosino Diego Barrenechea gobernó La Rioja entre 1817 y 1820 y el tarijeño Gabino Ibáñez gobernó Santiago del Estero entre 1818 y 1820. De similar manera, unos pocos años después el mendocino José Videla Castillo gobernó Santa Cruz de la Sierra, mientras su comprovinciano José María Plaza estuvo al frente de la administración de Cochabamba. Convengamos en que si el ánimo predominante hubiese sido el de resaltar las coincidencias o continuidades, esos datos, por cierto singulares, no hubiesen pasado prácticamente desapercibidos por nuestras historiografías, y serían saludables excusas para demostrar lo entramado de nuestros vínculos. Es más, si tomamos el trato que ambas historiografías le dan a uno de estos personajes, José Videla Castillo, veremos que la disección parece practicada por un cirujano. En el Diccionario Biográfico de Cutolo –uno de los más conocidos en la Argentina– se pasa revista a numerosos hechos en los cuales participó Videla Castillo, tanto en la expedición de San Martín al Perú, como en la Guerra con el Brasil por la Banda Oriental y en las tremendas batallas en que el “Manco” Paz derrotó a Facundo

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 8. Otros textos

Quiroga. Fue luego gobernador de su natal Mendoza hasta su derrota por el mismo Quiroga, el “Tigre de los Llanos” en la batalla de Rodeo del Chacón. Nada se dice, sin embargo sobre su desempeño en Santa Cruz de la Sierra. Veamos ahora lo que dicen los historiadores bolivianos sobre José Videla. Se dice que era argentino, y más precisamente cuyano. Tuvo destacada actuación en el levantamiento del campo de prisioneros de Chucuito, y le tocó enfrentar la invasión brasilera de Chiquitos. ¿Qué hizo antes de 1825, o después de 1826? Nada se dice. Ya podrán imaginarse los que esto leen que aquel José Videla Castillo y este José Videla son la misma persona, con su vida, y hasta su nombre perfectamente fragmentados. Algo similar pasa con José María Plaza –otro mendocino–, primer prefecto de Cochabamba de la era republicana. La biografía de Cutolo tampoco dice nada respecto a su desempeño al frente de la prefectura de Cochabamba. No sorprendería que ocurriese algo parecido con la biografía de Barrenechea, u otros. Podría argumentarse que estas cuestiones son secundarias, nada medulares. Es cierto. Pero ilustran sobre la vigencia de un paradigma que prefirió acentuar las diferencias, o al menos la desconexión. Una especie de recelo ocupó más la atención que la producción de estudios objetivos. Mucho menos podría hablarse de un volumen significativo de estudios conjuntos con enfoque regional. Como afirma Antonio Mitre: “no importa cuál sea el objeto de estudio, estamos tan acostumbrados a encuadrarlo dentro de la división política que se inaugura con la creación de las repúblicas que el no hacerlo nos parece algo así como una violencia contra el orden natural de las cosas”. Y cabe preguntarse si ello no atenta contra los esfuerzos de integración que estamos realizando, dado que probablemente muchos de los contenidos desarrollados en aquella lógica aun sigan produciendo efectos disolventes. Da la sensación que el Bicentenario es la ocasión propicia para intentar rearticular lo que siempre debió estar articulado, o para construir una historia de la integración. Por esa razón parece muy plausible la realización del primer encuentro de historiadores de la Argentina y Bolivia, que tendrá lugar en Cochabamba en julio de 2010. Quizás nos ayude a mirarnos más y permita rebatir la idea de que los límites del análisis historiográfico son las fronteras actuales. Gabriel Servetto, cónsul argentino en Cochabamba

3. Entrevista con el antropólogo Alejandro Grimson

–Se dice que la Argentina es un “país de inmigrantes”. ¿Qué consecuencias ha tenido este discurso? ¿Podríamos pensar hoy la Argentina sin inmigración?

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–La Argentina no puede pensarse sin la historia de la inmigración porque, entre fines del siglo XIX y principios del XX, y durante todo el siglo XX, hubo procesos migratorios im-

portantes. Ahora, la historia de la inmigración está narrada desde un punto de vista particular: cuando se dice que la Argentina es un país de inmigrantes, se significa que es un país compuesto por migración europea. Incluso cuando se habla del “crisol de razas”, se habla de las mezclas de las “razas europeas”, que existen solamente en el imaginario nacional. En el primer censo nacional, de 1869, ya se registraba presencia de inmigrantes de países limítrofes (Bolivia, Paraguay, Chile y, especialmente, Uruguay y Brasil). Desde ese año, se hicieron nueve censos, en los que se verificó un mínimo de 2 % de población de ese origen y un máximo de 3 %. En el censo de 2001, la cifra fue 2,8 %. Es un dato relevante: aunque durante los años 90 se habló de la “nueva oleada inmigratoria” desde los países limítrofes, en términos estadísticos, esa nueva oleada no se constató. –¿Fue un invento de la época? ¿De quiénes y por qué? –En los 90, se construyó el relato de una nueva inmigración, relacionado con el relato del ingreso de la Argentina en el primer mundo. Estados Unidos tenía a sus mexicanos; Alemania, a sus turcos; y la Argentina, a sus bolivianos. Además, eran utilizados como chivos expiatorios para explicar los problemas que el modelo neoliberal instalaba a partir del ajuste, el aumento sideral de la desocupación y el incremento de la inseguridad. Pareciera que éste es un problema reciente, pero el aumento drástico del delito se produjo en esa década, cuando se desestructuró el tejido social de la Argentina, y funcionarios del más alto nivel hablaban de la “extranjerización del delito” y apuntaban a instalar un discurso xenófobo. Inclusive, en muchos sindicatos, se realizaron campañas de xenofobia planteando que los inmigrantes eran culpables de la desocupación. De esa manera, justificaban su inacción frente a la ola privatizadora y la precarización laboral. –¿Qué es lo nuevo en los años 90? –La novedad no es la inmigración, sino la desocupación. Ya desde los 80, se fue profundizando la crisis de las economías regionales en la Argentina, y creció la concentración poblacional. Descendió el porcentaje de inmigrantes en la Patagonia, el Noroeste y el Nordeste, y se elevó el número de los que vivían en Buenos Aires y en las grandes ciudades del país. Entonces, para las clases medias altas, el periodismo y la opinión pública, los inmigrantes se volvieron visibles, porque antes estaban “fuera de la Argentina”. Es una migración interna que se extranjeriza en el imaginario social. Por otra parte, se produce un fenómeno nuevo, opuesto a la integración social que se había planteado a principios del siglo XX. En ese momento, el Estado procuraba que los hijos de italianos fueran argentinos, mientras que, en los años 90, los procesos de exclusión terminan en una creciente racialización de los hijos de los inmigrantes. Es decir, los hijos de los bolivianos, que por ley son argentinos y tienen DNI, son considerados bolivianos por la maestra, por el policía, por la sociedad. En la etapa previa, los 60-70, tanto los bolivianos como los paraguayos estaban integrados a los sectores populares llamados,

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habitual discriminatoriamente, “villeros”, “cabecitas negras”, etc. En los 90, el proceso de desciudadanización del neoliberalismo, que amputó derechos de todo tipo, tendió a extranjerizar la pobreza. –¿Cómo cambió esto a partir de la crisis de 2001? –La crisis dejó al desnudo muchas de las causas estructurales de la desocupación y de la delincuencia, con lo cual se tornó socialmente inverosímil el discurso xenófobo, esto es, la idea de que los bolivianos o los peruanos o quien fuera eran los culpables de la falta de trabajo. Recordemos que, en 2002, el 50 % de la población argentina tenía problemas graves de empleo. La otra mitad sentía la amenaza de quedarse sin trabajo en cualquier momento. En este contexto, se generaron condiciones positivas para discutir una nueva Ley de Migraciones, que surgió por consenso entre varios actores y fue reglamentada por el actual gobierno. Se trata de un modelo de ley que respeta los derechos humanos y –como dice la Constitución Nacional– considera que todos los habitantes de la Nación tienen derechos básicos, y que ningún niño puede ser excluido de la escolarización porque sus padres tengan dificultades con los papeles, y que ninguna persona puede dejar de ser atendida en un hospital público por no tener documento o por no ser argentino. Si una ley migratoria de estas características se hubiera aprobado en Francia, muchos argentinos estarían hablando de una “ley maravillosa”, pero como es una norma argentina, no le damos la relevancia que tiene. Investigadores de Estados Unidos han venido a estudiar por qué la Argentina puede tener una ley de estas características, y en ese país es imposible. Publicado en Nuestra Cultura, revista de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, Año 2, Nº 9, diciembre de 2010 (fragmento)

4. La discriminación en Tucumán Dos adolescentes de origen boliviano que eran hostigadas por sus compañeros fueron sacadas del colegio por sus padres. La familia regresará a Bolivia para que las niñas puedan estudiar. ¿Alguien puede hacer algo?

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«La comunidad es como un perro que no tiene dueño. Le pegan pero aguanta y sufre. En los colegios lo saben los docentes y los directivos, pero no lo quieren ver. La que más nos discrimina es la gente de menor cultura. Para ellos, tener rasgos indígenas significa ser gente sucia, despreciable», dijo Mario Mallón, nacido en Bolivia y radicado en Lules. Cuando se habla de racismo, de discriminación étnica, los argentinos suelen pensar en lo que sucede en los Estados Unidos o en Sudáfrica. Pocos toman conciencia de que a la vuelta de la esquina se puede palpar el desprecio con que se mira y se trata al «coya»

o al «bolita». Los actos discriminatorios raciales abundan en nuestra provincia, pero ,curiosamente, no se denuncian. Un ejemplo de ello es lo que sucedió hace pocos días en un colegio de Lules, una localidad donde viven más de 2000 personas de origen boliviano. Dos niñas argentinas de 13 y de 15 años -hijas de padres bolivianos- fueron tan hostigadas por sus compañeros que las tuvieron que sacar del colegio y la familia volverá a Bolivia. «Son muy dotadas para el estudio. Los otros chicos las agredían y las obligaban a hacerles las tareas y a dejarlos copiar en los exámenes. Le pregunté al padre si quería que denunciemos y me dijo que no. Me dijo que sería como abrir un hormiguero. Nos ganaríamos enemistades. Si somos bolivianos, no vamos a lograr nada», explicó Mario Mallón, presidente de la comunidad y tío de las niñas. «Aquí la discriminación es aceptada, se nota mucho en los colegios, y no se hacen denuncias porque terminan en la nada», agregó Mallón. Contó además que tiene otro sobrino al que también debieron sacar del colegio hace dos años, cuando tenía 17. «Venía sufriendo agresiones, como todos las sufrimos aquí. Hay familias que se dedican a hacer daño y tienen mucha influencia. Dominan a maestras y directores. En este caso, el director no aplicó sanciones sino que me aconsejó que lo llevara al chico a otro colegio –recordó Mallón–. Uno se traga la amargura, aguanta las agresiones y vive con esa pena». Por otra parte, el inmigrante aclaró que también padecen el odio racial en su propio país, más precisamente en Santa Cruz de la Sierra, donde los blancos segregan a los indios y a los mestizos. «Por culpa de esos dañinos estamos aquí. Al haber tanta desigualdad tenemos que emigrar en busca de una vida mejor», admitió.

Ausencia de valores Mallón cree que el sector mayoritario de la población argentina no va a cambiar nunca su mentalidad discriminatoria, aunque reciba educación, porque ese es el modelo que está impuesto. «En sus casas los chicos no reciben una formación en valores. La maldad se advierte hasta en su manera de expresarse. No cultivan la solidaridad ni saben vivir respetando a los demás ni a las leyes». Otro integrante destacado de la comunidad boliviana en Lules, Juvenal Loayza, coincidió con Mallón en que existe mucha agresividad en los jóvenes argentinos hacia la gente de origen boliviano. Su condición étnica hace que sean objeto de burla y agresiones. «Los docentes no se quieren comprometer con este problema. En esta comunidad donde todos nos conocemos, debería existir un trato familiar, armónico, pero no hay respeto para nosotros. No sabemos a dónde recurrir. Si somos asaltados, a veces hasta damos el nombre de quien lo hizo, pero la Policía nos dice que no puede hacer nada hasta que no tenga pruebas». Por su parte, el intendente de Lules, César Dip, aseguró que el municipio mantiene una relación exenta de discriminación. «Los tratamos de manera igualitaria. Por ejemplo, tenemos un Consejo de la Producción donde ellos participan y se benefician con los subsidios que conseguimos para los agricultores. En 15 o 20 días vamos a recibir

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Aportes andinos a nuestra diversidad cultural. Capítulo 8. Otros textos

un tractor destinado a la cooperativa de productores bolivianos», anunció Dip. Con respecto a la discriminación social de la que hablan los dirigentes bolivianos, el intendente dijo que nunca ha notado que eso ocurra. «Los tratamos como uno más. Los invitamos a los actos oficiales y ellos nos invitan a sus fiestas –dijo–. No puedo hablar de un caso puntual de discriminación en un colegio, porque lo desconozco. No puedo negar que haya casos . Nota publicada en el diario La Gaceta, de San Miguel de Tucumán

5. La Cooperativa de Residentes Bolivianos “6 de Agosto” recibió un premio de la Fundación del Banco Francés

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La Fundación Banco Francés está ubicado en el barrio de Barrancas de Belgrano. Allí los directivos más importantes de este banco se hicieron presentes para otorgar numerosas distinciones, entre ellas el Premio al Emprendedor Agropecuario, el que se ha constituido como un “clásico” del sector. Es un reconocimiento y un estímulo para aquellos empresarios, productores y profesionales del agro que han innovado en sus empresas y logrado una mejora en la rentabilidad debido a esa innovación. En la 18ava. versión fueron entregadas otras 11 distinciones, en las cinco categorías en que se divide el certamen, para trabajos pertenecientes a las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos, Formosa, Neuquén, San Luis, Santa Fe y Tucumán. Participaron 37 trabajos provenientes de 13 provincias. La Cooperativa de Residentes Bolivianos «6 de Agosto» de la provincia de Tucumán recibió un primer premio al Emprendedor Agropecuario del Banco Francés el pasado jueves 8 en su sede de Belgrano. Esta organización logró formalizar su actividad gracias al trabajo de sus miembros y al compromiso de los integrantes del Programa de Servicios Agrícolas Provinciales (PROSAP), el que fue puesto en marcha por la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentos de la Nación. Consecuentemente nació el teórico «De las sierras del Potosí a los nevados del Tafí», protagonista de esta nota, ganador del Primer Premio en la categoría actividad agropecuario con orientación social y comunitaria recibido por miembros del PROSAP y el presidente de la cooperativa de San Isidro de Lules. El trabajo consiste en el relato de la aventura encarada por jornaleros bolivianos que dispersos bajaron desde su tierra natal para trabajar profundamente los suelos salteños y jujeños, hasta el momento en que se encontraron unidos en un proyecto que apoya e impulsa la actividad en torno a la tan requerida frutilla. Al finalizar la ceremonia, el consultor del PROSAP, Álvaro Simón Padrós, contó a Renacer que la intervención realizada con el respaldo del Ministerio de Producción provincial tiene dos componentes: uno de obra de riego y el otro de desarrollo tecnológico y comercial. En lo que respecta a su experiencia directa con los miembros de la cooperativa, confesó que nunca es fácil al principio porque «el pequeño productor normalmente es muy individualista», pero en el caso de este grupo que en su momento eran escasas personas

lo sorprendió el entusiasmo con que recibieron la propuesta. Al respecto, el actual presidente de «6 de Agosto», oriundo de la zona rural de Potosí, Cristóbal Vargas, recordó que tuvieron que conversar una y otra vez para encontrar las formas de seguir y que felizmente sin saberlo se fueron convirtiendo en los socios fundadores. Cristóbal proyecta ampliar los socios de la Cooperativa para poder crecer en este proceso interdisciplinario e interinstitucional en el que se descubre haciéndose a sí mismo junto con el trabajo realizado entre todos. La Cooperativa creció desde 2004 hasta la actualidad, de 3,5 a 28 hectáreas, de 50 a 750 toneladas de producción y de 68.000 $ de ganancia a 1.100.000 $, con la proyección de aumentar en 20 hectáreas el año próximo, lo que los convierte en uno de los tantos ejemplos de los grandes logros obtenidos por el programa en otras experiencias. Pero a pesar del éxito de este emprendimiento en el que se abastece a buena parte del mercado interno y se comercializa la frutilla a los exportadores del país, tienen en mente el desafío de llegar al exterior por sus propios medios y para eso hace falta infraestructura. Otro reconocimiento: En el evento se encontraba el Encargado de Negocios de la Embajada de Bolivia, Sixto Valdéz Cueto, quién evaluó positivamente el premio a «6 de Agosto» y lo calificó como un reconocimiento que «simbólicamente se extiende a los demás productores inmigrantes bolivianos». Estas personas, aseguró el funcionario, “traen consigo conocimientos muy antiguos de producción armónica con la naturaleza y hoy comprenden un alto porcentaje de la producción hortícola del Gran Buenos Aires para la Capital Federal. Es por esto que además de la extensa y ambiciosa agenda que comparten, Bolivia está interesada en un sistemático trabajo con el Estado argentino para fortalecer a las cooperativas y extender este sistema productivo a otros sectores dónde también trabajan bolivianos”, dijo. Y con la esperanza de que lo dicho por Valdéz Cueto se reproduzca, la escultura con la que Pujía simbolizó a la comunión entre la pareja humana, la tierra y el sol, se fue a Tucumán en las retinas de Cristóbal colmadas de imágenes dulces de cosecha. Natacha Arburúa. Nota publicada en la revista Renacer el 29 de octubre de 2010

6. Testimonio de vida Intenté en varias oportunidades pensar sobre la vida de mi padre, sus formas, sus porqués y toda esa incógnita de cuando se es niña. Por supuesto, que nunca supe su afán de mirar nuestras manos que debían estar limpias y con las uñas cortas ¡ah! y bien peinados cuando nos sentábamos a la mesa para almorzar con José Carlos Quiroz Requena Aguilar. Sus largas ausencias y su fiera mirada con el ceño fruncido con tres surcos horizontales en su frente cuando mi hermano no podía aprender las tablas de multiplicar. Cuando se enojaba, se encendían sus cachetes y sus ojos verdes parecían que saltaban de sus órbitas; si, era bastante enojoso (con nosotros) pero con el resto de la gente muy gentil y respetuoso.

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Él lograba que sus clientes comieran lo que podía ofrecer en ese momento y quedaran satisfechos, aunque deseaban carne de cerdo y el les daban pollo. Sí, papá tenía una parrillada. En realidad tuvo varias, frecuentadas por gente elegante de la sociedad jujeña. Se llamaba “Tío Rico” (por cierto, el tío rico era él). Nos criamos, mis tres hermanos y yo, en ese ambiente de trabajo. Alrededor de mi madre pelando papas y lavando platos. Era su deseo que seamos gente de bien y con estudios. Siempre fue trabajador independiente, buen mozo y pulcro. Aunque no tenía terminada la escuela primaria, jammás necesitaba un diccionario, pues sabía el significado de las palabras más difíciles e inimaginables. Decía que su familia era de bien allá en su Quilla Collo natal, Departamento de Cochabamba. Por cuestiones muy feas con su madrastra, le habían ayudado a escapar a la frontera cuando era casi niño, llegando así a Jujuy. Era de alma aventurera, conocía casi todo el país, de profesión gastronómico, de la que vivió casi toda su vida. Hablaba el quechua y el aymara con mucha fluidez. Le gustaba hacer las compras en el Mercado de Abasto, pues se encontraba con sus paisanas, con las que parloteaba a gusto en su idioma. Nunca negó su origen, y en sus últimos tiempos (estuvo enfermo casi quince años) miraba las noticias de ese mundo especial que era su Bolivia amada. Estaba muy agradecido de la tierra que lo cobijó, en la que termino de crecer y en la que se hizo hombre y crió a sus hijos. Era militante peronista, preso político e hincha de Boca Junior. Hoy, comprendo muchas de sus actitudes y agradezco que él haya sido mi padre; quien supo trasmitirnos su forma de ver la vida, que la vivió plena, con penas y alegrías. Mi madre, Felipa Eleuteria Carlos, es oriunda de Yavi; un lugar de la Puna jujeña. Imilla linda de cinturita de avispa. Ella lo acompañó por más de cincuenta años, mejor dicho lo siguió. Jamás se casaron, sólo estaban juntos. Nosotros cuatro, sus hijos, somos docentes de profesión. Mis hermanos ocupan cargos importantes en la Provincia. A mí en particular de muy pequeña me gustó el arte, bailar, cantar, pintar y muy especialmente el mundo de las artesanías (Arte Primario), pues en ellas hace presencia la sabiduría del pasado. Sus motivos simbólicos son portadores de contenidos culturales propios de las comunidades que las elaboran, de la identidad de los pueblos, que debe ser preservada y protegida frente a los vertiginosos cambios de la sociedad global. Sabemos que las culturas no son estáticas sino dinámicas. El cambio ocurre por las relaciones que se establecen con otros grupos humanos y el intercambio de experiencias. Este tema, y fundamentalmente los de género, fueron y son los movilizadores de mi mundo. Ver y sentir las diferencias que existían entre hombres y mujeres en cuestiones laborales y hasta de salud; ni hablar de militancia. Esa realidad fue motivo suficiente para tomar una bandera en busca de equidad y oportunidades en lo personal, y también para acompañar a muchas hermanas, con sus hijos a cuesta como yo. Con este fin en el año 1991, como corolario de varios encuentros en distintas comunidades de Quebrada y Puna, nos reunimos en Maimará alrededor de 400 mujeres con las mismas problemáticas y los mismos sueños. Así quedó legalmente constituida la ONG “Comunidades Quebradeñas”, con representantes desde Bárcena a La Quiaca, pasando por Susques. Las distancias no fueron impedimento para juntar-

nos. Comenzamos así a encontrar soluciones a problemas de salud, educación, trabajo. Hoy la situación paulatinamente está cambiando. La inclusión de la mujer en un modelo de país que se caracteriza por su búsqueda constante de equidad, de igualdad de oportunidades, nos permite afirmarnos como mujeres con verdadera ciudadanía, o sea, como mujeres con derechos. Es la Patria Grande que soñamos tantas mujeres, que nos atrevimos a ser transgresoras sociales. Las locas revoltosas que estorbaban y que debíamos estar en la cocina o en el rastrojo. Muchas hermanas nos dimos la mano y aun hoy lo hacemos, pues no está todo resuelto. Este gran cambio social, con la jubilación que incluye a “las amas de casa”, la Asignación Universal por Hijo, los Derechos Humanos ejercidos con plenitud, la Ley de Comunicación y tantos otros logros, nos congratula con la vida. El saber que juntas pudimos disipar la neblina en la que estábamos. El universo de la mujer, que se amplía cada día más hacia toda la sociedad, es una nueva mirada de progreso, desarrollo, proyección y paz. En el camino quedaron engaños y persecuciones políticas, promesas que jamás se cumplieron y que trastocaron a generaciones enteras de argentinos. Hay nuevos aires de libertad, de niños que van a la escuela, de abuelos que comen todos los días y de jóvenes esperanzados con una mirada firme hacia un futuro mejor para todos y todas. La vida es bella y merecemos vivirla cada día mejor. Marta Quiroz, Tilcara, Jujuy

7. Mar de sal Soy la mayor de cuatro hermanos, dos mujeres y dos varones. Tres de nosotros, seguimos la tradición de nuestros padres universitarios. En cambio, Federico el pintor, siguió el vuelo de sus manos hasta Cusco. Dicen que me parezco mucho a mi hermano Luis y soy muy distinta de mi hermana Florencia. A los cuatro nos unen miles de coincidencias, que no puedo detallar aquí, por razones temporales. De esas miles, elegiré dos para dar cuenta de lo poco que sé de mis orígenes: La primera coincidencia: Ella se fijó en un joven estudiante boliviano, de la carrera de Geología, que militaba en el Centro de Estudiantes de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Salta y era ayudante docente de la materia Geología General, correspondiente al Ciclo Básico de la Facultad. Papá cuenta que ella asistió a un trabajo de campo que se hacía en el Cerro San Bernardo portando una carterita, zapatos de tacos altos, haciendo juego y por supuesto sombrilla. Cuando le pregunté, me dijo que lo conquistó con unos dibujos, que intentaban representar un volcán. Supongo por la descripción de papá, que aquel volcán se parecía a los del Principito de Saint-Exupéry. Debo aclarar que finalmente mamá abandonó las Ciencias Naturales por la Facultad de Humanidades, que cuando nací me regaló su nombre y cuando nació mi primer hijo compartió conmigo su carrera. Cuando nació mi segundo hijo, hace dieciséis años, había aprendido, a su lado, a ganarme la vida.

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La segunda coincidencia: Sucedió tres años antes de que asome mi cabeza por este mundo. Fue en marzo de 1964. Papá partió del aeropuerto de Salta en un DC-3, un viejo avión Douglas, con capacidad para una veintena de pasajeros. Hizo escala en Yacuiba. Poco después de despegar hacia Cochabamba el avión cayó a tierra. Él no figuraba entre los heridos, ni entre los viajeros del tiempo. Nosotros, los cuatro, le debemos la vida a los árboles, que recibieron en sus verdes brazos al gran pájaro mecánico. Quizás por eso, mi corazón se precipita ante los aviones, porque nacimos en Yacuiba, antes de nacer. Durante años los viajes entre Salta y Cochabamba, en compañía de mi padre, se hicieron por tierra. Así conocí los trenes que navegaban por mares de sal y perdían la cabeza entre los cerros y las nubes. Recuerdo la sensación de conciliar el sueño al ritmo de la marcha del tren, el vértigo al cruzar de vagón y el encanto devorador de las ventanas. Supe entonces que existía alguna forma de clasificación por la que un grupo de pasajeros gozaba de la comodidad del camarote y el coche comedor, mientras los demás viajaban apoyando las espaldas, unos con otros, bien emponchados, en el techo del tren. También caminé, por otros vagones, dando saltitos entre las mujeres que transformaban sus coloridas polleras en mullidas cunas, mientras dormitaban recostadas en el piso, junto con los viejos, los niños y algunas gallinas. Con mis hermanos compartíamos ese saborcito amargo de la distancia y la alegría del regreso con la seguridad de que mi madre estaba siempre cerca. Los viajes familiares también se hacían por avión, lo que nos generó cierta ambivalencia respecto a los aeropuertos a los que llegaban los seres queridos a lo largo de los años, de los que partían los abuelos, los tíos, papá. Villazón, Tupiza, Uyuni, Oruro, Cochabamba… Después de tantos años, volví a Cochabamba por un encuentro literario. Ya no estaban mis abuelos, me encontré con mi padre en la casa siempre iluminada. El aroma del jazmín paraguayo, de la entrada y el sabor del pan del desayuno. No me alcanzó una semana para visitar a la familia. Teníamos que encontrarnos con mi tío Johnny en un cafecito del Prado. Pero él no llegó. Papá me acompañó de un lado al otro. Desde la Fundación Patiño al Marteadero y luego a la Plaza y al Consulado. Me avisó que el Tío había tenido un problema de salud por lo que no llegó a la cita. Pensé en pasar a visitarlo, pero no logré organizar mis horarios. Por un momento recordé nuestro departamento de La Paz: pasaba las tardes jugando en el “solarium”, una especie de balcón vidriado, en el que convivían el tenue sol de la siesta y nuestros juguetes dispersos. En los maceteros de las altas ventanas, mamá había sembrado conejitos, diminutos títeres que eclipsaban el escalofrío de aquel cielo paceño. Puedo contar con los dedos mis recuerdos de Bolivia: Las calles que miraban hacia las montañas, por las que empujábamos el coche de mi hermano menor, el frío, ese frío de altiplano que autorizaba a mi madre a superponernos camisetas y diferentes prendas de lana. También recuerdo nuestro paseo familiar algún día de sol, de esos en los que las calles cantaban y bailaban al ritmo de los Sicuris y las Morenadas. Antes de que cumpla los cinco años, mi familia se trasladó a Salta. También recuerdo un salón-dormitorio improvisado en la casa de mis abuelos salteños, que nos tocó

compartir con mis primos, recién llegados de Córdoba, hasta que mis padres alquilaron una casa cerca de la plaza Alvarado. A los cinco años ingresé a la escuela. Allí aprendí a responder “argentina”, a la pregunta “¿nacionalidad?” Desde mi maestra de primer grado hasta los funcionarios del registro civil, recibieron la misma respuesta con la peligrosa naturalidad del sentido común: “argentina”. A veces me pregunto si al fin y al cabo ser argentino no es sinónimo de ser inmigrante. Mi familia está unida y separada en torno a dos cosmovisiones, hermanada por la distancia y el extrañamiento. Mamá nunca dejó de ser argentina, Papá nunca dejó de ser boliviano. Dentro de mi casa, cuando estaban juntos, existíamos en dos mundos paralelos, con sus paisajes, sus comidas, sus libros, sus historias irreconciliables. Las voces de los inmigrantes, de los militantes y desaparecidos que atormentan a la Argentina. El amargo sabor de la Guerra del Chaco y el Mar añorado, las voces quichuas y aimaras de los mercados y las calles de Bolivia. Escuché aquellas voces aunque el silenciamiento y el dolor de las dictaduras penetraban nuestra casa desde ambas orillas. Papá me contó sobre Adela Zamudio, la poeta, que escribió Nacer Hombre y Quo Vadis. Sé que fue amiga de mi tatarabuela Carmen Anaya. También me contó sobre la poesía a viva voz de mi bisabuelo Moisés, de sus noches de bohemia y aventura. Como los caminos, que nos acercan a las tierras de las que, al unísono, nos alejan. Así laten los recuerdos. Durante el Gobiernos de Onganía en 1967, el año en que nací, papá, recientemente recibido, ganó un concurso como Jefe de Trabajos Prácticos en la UNSa. Nunca pudo asumir. De ello se encargó el interventor Antonio Policarpio de Igarzabal, quien emitió una resolución aludiendo “falta de experiencia”. Aquella fue una más de las tantas formas de discriminación porque papá no es argentino. “Andá a tu país a dirigir el Centro de Estudiantes”, le dijo. Nacionalidad: argentina, había registrado papá en la libreta de nacimiento de la mayor de sus hijas. Le debo a un renombrado escritor argentino, Marcelo Birmajer, la hermosa sensación de haberme sentido, por un momento, completamente boliviana: Dio una conferencia en la sala Mecano de la Casa de la Cultura y logró despertar una rebelión generalizada en un grupo de maestras jardineras (que casi se lo comen vivo) cuando, para ejemplificar la importancia de la lectura, cuestionó la existencia de un presidente que “no lee”, “que nunca leyó un libro”, dijo. Quise defender al Evo, aunque advertí que no necesitaba defensa: Las concurrentes levantaban las manos, unas tras otras para esgrimir sus argumentos, a los que Birmajer respondía con ciertos artilugios discursivos. Preguntarme, a esta altura, por los libros que leyó el Evo resulta casi una ingenuidad cuantitativa. Tampoco me interesa elaborar un contraargumento. Me limitaré a citar parte de una biografía escrita por otro argentino, Martín Sivak, en la que se hace referencia a los preparativos para su asunción como presidente, en la que es Evo quien contesta. Cito: “Evo dio ideas de lo que quería decir, aclaró que no leería y pidió sugerencias. Una de las primeras que recibió fue que rindiera homenaje a las personas que permitieron que él estuviera ahí.

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“Eso voy a hacer. Antes los presidentes agradecían a la Iglesia, a la empresa privada, a sus votantes; yo le voy a agradecer a la historia que hizo que yo sea presidente.” “Le preguntó a Álvaro quien fue el primer indio que se rebeló. Anotó Manco Inca y después encadenó una serie de nombres entre los que figuraba Ernesto Guevara. Cuando alguien le objetó que no era ni boliviano ni indio respondió: –Fue hermano de sangre– y abrochó las dieciséis páginas escritas a mano de ayuda memoria. “Al día siguiente de la coronación de Evo como máximo representante de los pueblos originarios en Tiwanaku, iniciaba su discurso como presidente pidiendo un minuto de silencio por sus hermanos caídos, los cocaleros que defendieron la hoja de la coca, los alteños e identificó a siete personas: Manco Inca, Túpac Catari, Túpac Amaru, Bartolina Sisa, Zárate Wilca, Atihuaiqui Tumpa, Che Guevara, Marcelo Quiroga Santa Cruz y Luis Epinal.” “Hermano de Sangre”, pensé. Me considero una amante de los libros, pero los libros residen en las bibliotecas y quizás en nuestros pensamientos. A nuestros cuerpos no acceden los libros, sino las palabras, las palabras que viajan y cobran vida propia. Evo concluyó su discurso saludando a su tierra de origen Orinoca, Sur Carangas, del Departamento de Oruro y mencionó a Cochabamba como el lugar de su nacimiento en la lucha sindical. Nuestras historias, nuestras tierras, nuestras familias: Somos nuestros orígenes. Una búsqueda permanente entre los nacimientos y las muertes. Cuando falleció mi abuela Melita, un día antes del cumpleaños de papá, partimos con mi hermana Florencia rumbo a Cochabamba. Abordamos un avión, con escala en Santa Cruz. En pocas horas estaríamos con papá. Ambas conocíamos ese escalofrío genético que nos despiertan los aeropuertos, pero teníamos que llegar pronto, y pensé que fueron tan largos sus recuerdos y tan pronta su partida. La dejé envejecer en fotos, la encontré pocas veces en mi vida, por pocos días, tanto que la sigo extrañando de manera extraña. Extraño la forma en que conversábamos; los manzanos que llegaban hasta el balcón de su enorme dormitorio, el aroma a rosas de su casa siempre iluminada, la música de aquellas palabras del sol de Cochabamba. Fue distinta a la sensación de desesperación ante la partida de mi abuela Alicia, mi querida abuela, la que siempre tuve cerca. Será porque su orfandad fue nuestro refugio, porque venimos de su matriz a la de mi madre hasta este mundo: Simplemente se me partió el alma en dos y comenzó a faltarme su calor desde aquel día. Estoy segura de haberlas querido mucho a las dos, pero a mi abuela Melita siempre la tuve lejos. Hace un momento, mamá habló por teléfono, me dijo que recibió una llamada de Bolivia, que mi Tío Johnny está muy enfermo, que está muriendo. Quisiera llegar ahora junto a mi padre, al menos para prepararle un mate o darle un abrazo. Pero estaba muy ocupada entre la Fundación Patiño y el Consulado, para pasar por la casa de mi tío a saludarlo, y el tren que navega por mares de sal parece un sueño. Lucrecia Coscio, Ciudad de Salta 182

8. Nuevos territorios, nuevas miradas Desde el nacimiento del cine mucho se habló de esa imagen que parecía atrapar un fragmento de “la realidad”. Imágenes en movimiento, una nueva tecnología brindaba la ilusión de crear tiempo, un nuevo lenguaje experimentaba y reflexionaba sobre sí mismo, moldeando una nueva sensibilidad. El cine y la televisión modificaron profundamente nuestro modo de narrarnos como sociedad, validando nuevos imaginarios, y alterando también nuestras concepciones de verdad, realidad y ficción. No todo lo que se ve es verdad: lamentablemente nuestra historia también puede contarse según las diversas manipulaciones mediáticas en contra del bien común y de los derechos humanos. Ver no significa necesariamente conocer: la realidad es una profunda trama de relaciones y miradas sobre el mundo. Para dar visibilidad a esa realidad nacional que constituyen los aportes de bolivianos y peruanos a nuestra diversidad cultural, a fines de su reconocimiento, valoración e integración a la sociedad argentina, nos propusimos la realización de dos videos y un libro, que fueron estructurados desde una mirada múltiple. Principalmente, por los testimonios de vida y pensamientos de esos otros, con toda su carga de humanidad y cultura propia, tantas veces silenciados y negados, acompañados por datos objetivos e históricos de nuestra realidad migratoria, para lograr desmontar muchos prejuicios del que son víctimas. Y esta mirada, la que se ciega a la humanidad del otro, la que demoniza con sus propias sombras, la mirada del racismo, que encubre la unicidad del mundo, dividiendo entre bueno y malo, blanco y negro, justificando sus patrones de belleza, o la xenofobia que invisibiliza o cercena la dimensión cultural del territorio latinoamericano que es también Argentina. Esta mirada también nos guió en la elección de varios temas y fue tenida en cuenta especialmente en las decisiones estéticas, es decir, en los modos de narrar esta realidad a partir de los lenguajes audiovisual y escrito. Nos llevó a profundizar nuestras reflexiones en torno al hecho de documentar “la realidad” mediante el cine y su impacto político. Un documental es una creación colectiva. No sólo es el ojo que guía la cámara, sino el medio en que se produce y difunde, los imaginarios con que dialogamos, el gesto, la palabra, el silencio, la humanidad del otro, los tiempos de la edición y la mirada de los espectadores, que están en todo el proceso. Por eso, más allá de las premisas metodológicas, como la delimitación del espacio geográfico a algunos lugares representativos de las colectividades boliviana y peruana, como también los criterios de búsqueda de los entrevistados, a partir de diversos reconocimientos en sus comunidades de pertenencia, hemos puesto especial cuidado en el modo de acercarnos a esa realidad y el modo en que ésta debería ser narrada, porque un documental –como se dijo– se empieza a contar desde mucho antes de prender la cámara o iniciar su producción. Todos llevamos prejuicios que nos condicionan la mirada, por lo que el modo en que la realidad se abre ante nosotros y los lenguajes que elegimos para contarla tienen que ser objeto de profunda reflexión para poder estar a la altura de esa experiencia.

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En cuanto al modo de acercarnos a esa realidad, partimos de un pequeño equipo de trabajo de profunda empatía, compromiso ideológico y libertad creativa. A partir de allí nos hemos puesto al servicio y nos hemos dejado guiar por los afectos y la intuición. Hemos investigado y conversado mucho. Hemos soñado. En las entrevistas previas con los entrevistados, expresamos los objetivos del proyecto por escrito, junto a la importancia de su impacto social, compartimos nuestras opiniones y experiencias de vida para que conocieran las motivaciones personales que nos hacían acercarnos a su realidad. Ir en representación del Estado argentino que tomaba la iniciativa de revalorizar sus historias de vida fue de por sí muy movilizador para todos, disparó recuerdos olvidados y algunos proyectos: la historia de una comunidad, de un país, podía contarse a través de muchas voces. Durante las entrevistas éramos un equipo técnico mínimo, desacartonado y próximo, que respetó la intimidad de los recuerdos dolorosos o sagrados, tratando de desviar la atención de la cámara para fortalecer el diálogo con el futuro espectador. En la mayoría de los encuentros creamos vínculos profundos, emotivos, comprometidos, y como consecuencia, nació la confianza en nuestro trabajo. Nos fuimos de las entrevistas transformados, en muchos casos emocionados, con la promesa de la realización conjunta de una presentación de los videos y del libro, en cada uno de sus lugares. Respecto de las decisiones estéticas, es decir, el modo de narrar esta realidad, evitamos toda concesión a lo exótico y el folklorismo, como también la tentación paternalista de abordarlos desde la pobreza. Rodolfo Kusch, un gran filósofo argentino que tuvo la valentía de pensar desde América, decía que “el patio de las cosas” nos distraía de vivir lo que realmente éramos, de “estar en el mundo”, de nuestras matrices culturales. De ahí que eligiéramos un fondo negro para los entrevistados, que fue pensado en varios sentidos: como espacio de intimidad, que no distraiga con “cosas” que puedan ser descontextualizadas, porque los espectadores pueden tener otras experiencias de vida y prejuicios respecto de esa realidad; como un silencio visual que nos permita conectarnos mejor con la voz, la identidad y la emoción de las palabras, los gestos que dan valor de verdad a los testimonios; un vacío que ayude al espectador a suspender su juicio por unos instantes y colocarse en el lugar de esa humanidad. Priorizamos la mirada del otro para contar sus momentos de encuentro comunitario, por excelencia el mercado y las fiestas populares, como también para lo cotidiano, por eso los contamos desde la memoria familiar conservada en fotos que ellos mismos nos fueron acercando, como también de una cámara íntima, ascética pero visiblemente acompañando a las personas, buscando captar la cotidianidad de sus tiempos, en planos largos que faciliten la tarea de contar desde adentro esa diversidad que tanto nos enriquece como país. Para la edición, fueron los mismos testimonios los que crearon las principales líneas narrativas, con la única premisa de fragmentar lo mínimo posible el material, como respeto al tiempo del otro y como crítica a la manipulación que muchas veces se ha hecho de sus discursos en los medios masivos de comunicación. Regresé de un doble viaje: por un lado, el espacio geográfico y las marcas de identidad de cada lugar donde se realizaron los registros y entrevistas: Mar del Plata, El Boquerón, El Coyunco, Villa Gesell, Buenos Aires, Moreno, Ciudadela, Maimará, Tilcara,

Salta, Lules, San Salvador de Jujuy, Huancar, La Quiaca, Villazón, pero también, viaje por una Argentina profunda que develó su valores de reciprocidad con gran actualidad y potencia de futuro. Ante los grados de fragmentación social y exclusión que propone el neoliberalismo, hay otros modos de concebir la economía, los vínculos sociales, la política, lo sagrado, el arte y el trabajo, incluso otra territorialidad ampliada a las dimensiones culturales de una historia múltiple, una mirada desde América, una diversidad que nos devuelve lo que somos, el desafío y dignidad de nuestro estar en el mundo. Verónica Ardanaz, Salta

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Autoridades Presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner Secretario de Cultura de la Nación Jorge Coscia Subsecretaria de Gestión Cultural Marcela Cardillo Jefa de Gabinete Alejandra Blanco Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) Coordinadora Sofía Villareal

Equipo de trabajo Programas Unidad Secretario Coordinador general Walter Peña Unidad de Proyectos y Programas especiales Línea colectividades María Clyde Cerignale Daniel Belardinelli Alfredo Tibiletti Autores Adolfo Colombres y Verónica Ardanaz Corrección Gabriel Trípodi Diseño Gustavo Wald


APORTES ANDINOS A NUESTRA DIVERSIDAD CULTURAL Bolivianos y peruanos en Argentina

En nuestro continente, cinco siglos de historia han determinado una magnífica unidad cultural que conforma no una nación por erigir, sino una nación existente: la nación latinoamericana. Somos una suma de diversidades con una identidad común. Y no hay territorio en el mundo donde exista una extensión cultural semejante. La diversidad cultural está en nuestro ADN: cifra la clave de nuestra riqueza, un tesoro que, al interior del país, se acrecienta cada vez que abrimos nuestras fronteras, tanto políticas como simbólicas, para albergar a los conciudadanos de la Patria Grande que desean vivir y crecer en esta Argentina cada vez más justa y plural, vanguardia en el respeto de los derechos humanos de todos, argentinos e inmigrantes. Porque diversidad cultural es otra manera de decir democracia, integración e inclusión. Y es deber indelegable del Estado narrar esta historia de encuentro y cambiar la percepción que alimenta la violencia, la discriminación, la xenofobia. Conocer, valorar, historizar, es educar para la diversidad, esa diversidad que, siempre cuestionadora del discurso único, hace latir la unidad. En este sentido, Aportes andinos a nuestra diversidad cultural –proyecto enmarcado en la Línea de Trabajo “Colectividades”, que se implementa desde la Unidad de Proyectos y Programas Especiales de la Secretaría de Cultura de la Nación– nos acerca el mundo artístico y cultural, los valores, las tradiciones y las experiencias de los bolivianos y peruanos que, desde hace décadas, viven con nosotros y contribuyen a la prosperidad y el desarrollo de esta Argentina del Bicentenario. Jorge Coscia Secretario de Cultura de la Nación


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