Son las 5 de la tarde y la van frena en la flamante pista, a cuyos costados las casas lucen rústicas, pero bastante amplia, armadas casi en tu totalidad con el ancestral algarrobo, el héroe del desierto que combina bien con la torta de barro que garantiza, además, una agradable frescura al interior de las viviendas. Estamos en Locuto y, como pueblo pequeño, la gente rápidamente advierte nuestra llegada y nos sigue con la mirada, mientras conversan y sueltan carcajadas, sin dejar de comer su cebiche de caballa. “Seguro chismean de nosotros”, pienso, sin ocultar una sonrisa, a medida que me acerco a ellos.