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El relato de Jesús en la sinagoga nos revela mucho sobre la función actual de nuestros lectores en la ce­lebración litúrgica. Como lectores, ellos y ellas ejercen un ministerio que busca que todos podamos integrar eficazmente la Palabra de Dios en nuestra vida. Cuando Jesús proclamó la lectura, habló con la voz de Dios, como lo hacen hoy nuestros lectores. Por lo tanto, implica prepararse en todos los sentidos: desde captar la atención de los oyentes y hacer sentir la fuerza del mensaje, hasta manifestar, con la sola presencia, el amor, la veneración y la escucha de la Palabra de Dios en la vida cristiana.

ISBN 978-607-7648-52-9

Virginia Meagher / Paul Turner

n sábado, Jesús proclamó la Palabra de Dios frente a sus vecinos de la niñez en la sinagoga: “El Espíritu del Señor está sobre mí” (Lc 4,18). Sus palabras captaron la atención de todos los presentes. Ya no miraban la pared ni sus sandalias, ni el techo ni el piso. Todos volvieron la vista a Jesús. Algo estaba sucediendo. Estaban escuchando la Pa­labra de Dios. Estaban escuchando a Dios.

La alegría de ser lector

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Virginia Meagher Paul Turner

La

alegría de ser

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Virginia Meagher Paul Turner

La alegrĂ­a de ser Lector


Título original: Guide for Lectors © Editions Liturgy Training Publications Chicago, IL (USA) 2006 Diseño de portada: DCG Ma. del Carmen Gómez Noguez

“AL SERVICIO DE LA VERDAD EN LA CARIDAD” Paulinos, Provincia México Primera edición, 2010 D.R. © 2010, EDICIONES PAULINAS, S.A. DE C.V. Calz. Taxqueña 1792 - Deleg. Coyoacán - 04250 México, D.F. www.sanpablo.com.mx Impreso y hecho en México Printed and made in Mexico ISBN: 978-607-7648-52-9


Cuando la creación, el Verbo ya existía, el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. El Verbo estaba, pues, con Dios cuando empezó a haber cosas, todas las cuales fueron hechas por Él; de modo que sin Él no se hizo ni una sola cosa de cuantas se hicieron. En Él estaba la vida, vida que era la luz de los hombres. La luz brillaba en medio de las tinieblas, las cuales no han podido apagarla. Jn 1, 1-5


Prólogo

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para dar buenas noticias a los pobres; me ha enviado a anunciar a los cautivos su liberación, y su curación a los ciegos; a aliviar a los oprimidos, a anunciar el año favorable del Señor. Lc 4, 18-19

Jesús lee: “El Espíritu del Señor está sobre mí”.1 Está leyendo en voz alta frente a sus vecinos de la niñez, un sábado, en un servicio de la sinagoga. Ahora es un adulto. Continúa diciendo: “El Espíritu del Señor… me ha ungido”.2 Las personas comienzan a prestar más atención. Jesús había crecido como cualquier niño. Vivía en su hogar. Tenía amigos. Jugaba en la calle. Se lavaba las manos antes de comer. Los vecinos vieron cómo convivió con sus padres y fueron 1. Lc 4, 18. 2. Ibid.

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testigos de su crecimiento en sabiduría y gracia. Un día se marchó en una búsqueda espiritual. Se acercó a Juan Bautista, una figura carismática que tenía un grupo de discípulos. Jesús lo sorprendió pidiéndole que lo bautizara, y Juan accedió. Al salir de las aguas, caminó hacia el desierto, donde pasó cuarenta días ayunando, rezando y venciendo las tentaciones. Ahora era el momento de iniciar su misión. Jesús lee: “El Espíritu del Señor… me ha ungido para dar buenas noticias a los pobres”.3 Las personas prestan aún más atención. Habían ­estado hablando de Él desde que volvió a Galilea. Jesús ya había predicado en los pueblos vecinos, pero ahora estaba de vuelta en su hogar, Nazaret. Caminó por las calles de su viejo vecindario, viendo rostros conocidos y evocando recuerdos. Este día en particular era sábado. Hizo algo que solía hacer: fue a la sinagoga. Sus vecinos estaban alegres de verlo allí. Habían oído de su fama creciente como líder espiritual, y le pidieron que hiciera lo que sabía: leer la Sagrada Escritura del día. Así se presenta Jesús, la Palabra de Dios hecha carne. Un ayudante se acerca y le entrega un pergamino con la Palabra de Dios. Jesús toma el rollo. Lo despliega. Busca el pasaje que desea. Lee con una voz que fascina a los individuos y 3. Ibid.

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a las muchedumbres: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para dar buenas noticias a los pobres”.4 Improvisa. Está leyendo Isaías 61, 1-3, pero intercala parte de Isaías 58, 6; reorganiza algunas partes y agrega una reflexión. Parece tener en mente algo definitivo. Jesús lee: “Él me ha enviado a anunciar a los cautivos su liberación y su curación a los ciegos; a aliviar a los oprimidos, a anunciar el año favorable del Señor”.5 Sus palabras captan la atención de todos los presentes. Ya no miran la pared, sus sandalias, el techo ni el piso. Todos vuelven la vista a Jesús. Algo está sucediendo. Están escuchando la Palabra de Dios leída por la Palabra de Dios. Están escuchándolo. El mensaje es inequívoco. Cientos de años antes, por boca de Isaías, Dios había prometido un nuevo tipo de liberación; ahora esa promesa se oye, y se cumple en su presencia. Luego de leer estas pocas palabras, Jesús enrolla el pergamino, se lo devuelve al ayudante y se sienta. Los adoradores no pueden quitarle la vista de encima. Sus palabras flotan en la sala. Luego da una de las homilías más breves y poderosas que jamás se hayan dado: “Comenzó

4. Ibid. 5. Lc 4, 18-19.

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por decirles: ‘Hoy se ha cumplido este pasaje ante vuestros ojos’”.6 Este relato tuvo lugar en una sinagoga lejana, hace mucho tiempo, pero todavía transmite un mensaje eterno sobre quién es Jesús y qué es la Palabra de Dios. La Carta a los Hebreos dice: “Porque viva está la Palabra de Dios, es enérgica y más cortante que una espada de dos filos; porque penetra hasta los úl­­timos rincones del alma y del espíritu, de las ar­­­ ticulaciones y de la médula, descubriendo las intenciones y los pensamientos del corazón”.7 Cuando tomamos la Palabra de Dios, tenemos una herramienta poderosa. El relato de Jesús en la sinagoga también revela algo sobre la función del lector. Como lector, Jesús había integrado la Palabra de Dios a su vida. Conocía bien la Sagrada Escritura y había absorbido esa manera de pensar en la suya. Jesús era miembro de una comunidad. Las personas lo conocían de niño y habían seguido de cerca sus intereses como adulto. Los que asistían al servicio de la sinagoga sabían quién era como persona y también como ministro. Sabían que era un lector. El servicio de la sinagoga dedicaba tiempo a la Palabra de Dios. Que se basaba no sólo en 6. Lc 4, 21. 7. Heb 4, 12.

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el mensaje escrito, sino En la misa se dispone la mesa, también en el oral. La tanto de la Palabra de Dios adoración incluía la lec­­ como del Cuerpo de Cristo, tura de la Palabra de en la que los fieles encuentran Dios en voz alta. El lector de la sina- el mensaje y el alimento cristiano. goga cumplía esta fun­ Institución General para el uso del Misal Romano, cap. II, núm. 28 ción en relación con otras personas. Como lector, Jesús tuvo un intercambio con otro ministro, el ayudante que le entregó el rollo y que luego lo tomó. Parece un pequeño detalle, pero Jesús debía conocer las responsabilidades de los demás para poder cumplir adecuadamente la suya. Cuando Jesús finalmente proclamó la lectura, habló con la voz de Dios. Captó la atención de sus oyentes. Sabía cuál era el mensaje y por qué era importante. Lo podía asociar con la revelación que se manifestaba en presencia de todos ellos. Había integrado perfectamente su ser, su comunidad, la sinagoga, el papel del lector y la proclamación de la lectura. A esto aspiran los lectores. Los cristianos nos reunimos en la misa dominical porque honramos la Palabra de Dios. Cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía, no nos acercamos a la mesa de la comunión hasta no habernos alimentado de la Palabra. “La misa consta en cierto sentido de dos par­­­ tes: la liturgia de la Palabra y la liturgia Euca­ 11


rística, tan estrechamente unidas entre sí que constituyen un solo acto de culto, ya que en la misa se dispone la mesa, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo en la que los fieles encuentran el mensaje y el alimento cristiano”.8 En la Sagrada Escritura, Dios nos habla. En la misa, Dios se dirige a personas específicas reunidas en un momento preciso, en un lugar determinado. La palabra nos afectará de forma diferente. Cada persona oirá el mensaje de manera especial, porque el Espíritu Santo llega al corazón de cada uno para depositar allí el mensaje que viene de Dios. Para obrar este milagro, Dios elige sus instrumentos. Dios llama a los lectores. Un lector integra muchos valores. Los lectores son personas de fe que han cultivado una relación con Dios y han formado sus vidas con base en el Evangelio. Son miembros de una comunidad de familiares, amigos y extraños, unidos por el deseo de estar cerca, vivir los unos por los otros y compartir oportunidades para crecer en la fe y asistir al culto. Los lectores han aprendido a valorar su Iglesia local y su misión. Comprenden la importancia de que el culto dominical sea 8. Institución General para el uso del Misal Romano, cap. II, núm. 28. Este es el documento principal que describe e indica cómo se deberá celebrar la misa. Las citas usadas aquí han sido tomadas de la edición publicada por la Obra Nacional de la Buena Prensa, México, 2009. Se abrevia en este libro como IGMR.

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el plato fuerte de su semana. Y luchan por hacer que la lectura de la Sagrada Escritura sea el plato fuerte de la misa, porque realmente lo es. Los lectores se han encontrado personal足 mente con la Palabra de Dios y, por medio de ellos, el pueblo de Dios se encuentra con la 足Palabra divina.

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La alegría de ser Lector.  

Descubra el significado de ser lector, en el relato de Jesús en la sinagoga (Lc 4, 17-21), donde nos revela la función actual de nuestros le...

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