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Estudios: Ingeniería de Diseño de Producto Intercambio Académico: Grado en Bellas Artes Técnicas de diseño gráfico 2 Especialidad: Investigación, diseño conceptual, prototipaje, diseño gráfico


Vélez a g a u l é Zu Salom

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Salomé Zuluaga Vélez

Dir. Cra 48 · 6 17

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HISTORIA DE LA TIPOGRAFÍA 1450 Período Gótico Creación de la imprenta por Johann Gutemberg

*Ancient

Período Clásico

Este período se caracteriza por el refinamiento de la tecnología utilizada en el desarrollo de los tipos

*Baskerville

1500 Renacimiento

las novedades de esta época son sobre todo un escalón intermedio en el camino hacia el clasicismo. Por eso los tipos barrocos se conocen como «de transición».

Este período estaba firmemente asentando entorno a los ideales clásicos de la antigua Roma y Grecia.

Stanley Morison, fue responsable de recuperar para el uso moderno muchos tipos casi olvidados que hoy son de uso común para los diseñadores.

1860 Historicismo El diseño se caracteriza por la adopción de formas del pasado. Esta actitud deviene en la utilización de ornamentos y formas delgótico y del barroco

*Bodoni

Vemos en la tipografía una vuelta a la rica ornamentación de los manuscritos, y conceptos como «legibilidad del tipo» o «unidad de la página» llevan a la creación de diseños llenos de armonía y claridad.

*Golden

1880 Arts & Crafts

Firmin Didot diseña el sistema de medición tipográfica de puntos que en la actualidad es un estándar en Europa.

1920 Constructivismo

Período de las vanguardias XIX-XX Dadaismo

Se desarrolló una forma de representación para procesos sociales colectivos utilizando elementos geométricos, claridad técnica y construcciones arquitectónicas que producen imágenes de gran armonía y dinamismo.

La tipografía dadá era totalmente inutilizable con fines de información y publicidad pero la libertad de formas que tenía es todavía muy estimulante como experimento individual de diseño.

Futurismo

Tipografía elemental *Futura La «tipografía elemental» reclama poner fin a la confusión estilística de los períodos precedentes.

El expresionismo surgió como una corriente artística que bus- caba la expresión de los sentimientos y las emociones del autor, más que la representación de la realidad objetiva. Los años 30 ven el resurgimiento de tendencias conservadoras y reaccionarias en todas las áreas de la creación. El «nuevo arte», la «nueva tipografía» son destinatarios de severas críticas.

los diseñadores del Art decó no querían cambiar la sociedad en la que vivían, sino destacar el mundo del consumismo

Los pioneros del estilo moderno buscan un nuevo estilo acorde con los desarrollos tecnológicos del momento y que plasmara la realidad de una nueva época

El estilo internacional

Expresionismo

El futurismo fue uno de los primeros movimientos que supuso una ruptura frontal con las formas tradicionales.

Art Decó 1927

redondeadas.

*Jenson

La letra gótica presenta unas formas pesadas y condensadas así como con una fuerte modulación vertical.

1785

esta época la riqueza y la abundancia se Período Barroco En traducian en brillantes colores y formas

Los tipos humanísticos también se conocen como «Venecianos»

El arte de la imprenta se extendió rápidamente

Estilo internacional

*Helvética

*Times New Roman

Tipografía tradicional

Los diseños Art Decó fueron poco utilizables excepto para fines publicitarios. Eran alfabetos abstractos, geométricos y de formas elementales y recurriendo en ocasiones a dotar a las letras de formas tridimensionales.

Los años sesenta

El movimiento artístico más destacado de este periodo fue el Pop-Art que se caracterizaba por la utilización de elementos de la cultura urbana y del grafismo popular y el cómic .

- Empleo de tipografías sans-serif y disposición asimétrica de los distintos elementos del diseño. - Utilización de la fotografía en blanco y negro

En 1932, Stanley Morison crea la tipografía llamada Times New Roman para el diario The Times que se convirtió en uno de los tipos más usados del mundo.

Autoedición 1980

Este estilo se sustenta en tres pilares básicos: - Uso de una rejilla modular que dotaba al diseño de coherencia y estructura interna.

El motivo fundamental que desencadenó la fiebre por el uso y conocimiento de la tipografía fue la aparición en 1984 del ordenador personal de Apple Macintosh.

utilización plena de los sistemas digitales de 1990 La producción en los años 90 posibilita que cada usuario de ordenador sea un tipógrafo en potencia.

*Lucida Esta manera de aplicar la tipografía de forma conceptual que se creó en Estados Unidos pronto tuvo su reflejo en Europa y en especial en Inglaterra donde inmediatamente contó con un gran número que la aplicaron a sus diseños publicitarios

Características tipo Antiguo:

Modulación oblicua. Contraste medio entre los trazos gruesos y finos. Trazos terminales en los pies de las letras de caja baja. Trazos terminales encuadrados más ligeros

Características tipo Humanístico:

Contraste pobre y gradual entre los trazos gruesos y finos. Trazos terminales gruesos e inclinados. El espaciado de las letras es esencialmente amplio. Un peso y color intenso en su apariencia general.

Pronto los diseñadores descubrieron las posibilidades de este sistema en cuanto a rapidez, economía y posibilidades de control

Características tipo Moderno:

Modulación vertical. Contraste abrupto entre trazos gruesos y finos. Los trazos terminales del pie y de las ascendentes de caja baja son horizontales.

Características tipo de Transición:

La modulación es vertical o casi vertical. Contraste entre los trazos gruesos y finos va de medio a alto. Trazos terminales generalmente angulosos y encuadrados.

Los tipos se empezaron a crear de forma que sirvieran para darlos salida en impresoras de gama baja y que se vieran bien en las pantallas de los ordenadores

Características tipo Egipcio:

Características tipo Geométrico (Palo Seco):

Características tipo Grotesco (Palo Seco):

Características tipo humanístico (Palo Seco):

Poco contraste en el grosor de los trazos. Trazos terminales del mismo grosor que las astas. La mayoría tienen trazos terminales cuadrangulares sin enlazar, a excepción del tipo Clarendon.

Ligera cuadratura en las curvas. La «R» de caja alta tiene usualmente una rama curvada. La «g» de caja baja tiene a menudo, un ojal abierto. La «G» de caja alta tiene usualmente una uña

Construidas a partir de formas geométricas simples como el círculo y el rectángulo. Usualmente monolineales. Normalmente presentan una «g» de caja baja no ascendente

Basadas en las proporciones de las mayúsculas inscripcionales romanas Contraste en el grosor de los trazos. La «a» y la «g» de caja baja son ascendentes y descendentes.

Por: Salomé Zuluaga Vélez


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Hugo Lasalle


Hugo Makibi Enomiya-Lassalle

HIROSHIMA


HIROSHIMA

Hugo Lassalle, Hiroshima, Buenos Aires 1948. Ursula Baatz, H. M. Enomiya-Lassalle. DDB, Bilbao 2001. Ă?dem, H. M. Enomiya-Lassalle. Jesuita y maestro Zen. Constructor de puentes entre Oriente y Occidente. Herder, Barcelona 2005. Pedro Miguel Lamet, Arrupe. Testigo del siglo XX, profeta del siglo XXI. Mensajero, Bilbao 2014.


PREFACIO DE LA TRADUCCIÓN ALEMANA DE 1989

Dado que se cumplen ahora cincuenta años del estallido de la segunda guerra mundial, es este un momento muy apropiado para poner de relieve la catástrofe de Hiroshima, consecuencia de la entrada de Japón en la guerra de Asia Oriental en 1942. Al lanzamiento de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki siguió una rendición incondicional que supuso tanto un nuevo comienzo como la fundación de un Japón moderno, regido democráticamente, que se ha integrado, en lo político, lo económico y lo espiritual, de una manera impresionante, en la familia de los pueblos. También es hoy importante, y continúa siendo una cuestión vigente, recordar la relación entre la catástrofe de la segunda guerra mundial y el hundimiento del antiguo Japón, y sus consecuencias políticas y espirituales para los japoneses y la humanidad en su conjunto. En el contexto de mis trabajos


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Hiroshima

por la paz en los años de la posguerra escribí en 1947, a petición de mis compañeros jesuitas estadounidenses de la Compañía de Jesús, el presente librito en inglés, que debió haber aparecido en Estados Unidos. Pero como poco después surgieron por parte de Estados Unidos consideraciones de orden táctico-político en contra de la publicación de este relato testimonial, este librito solo pudo aparecer en 1948, en español y en Buenos Aires. Mis trabajos por la paz me llevaron, entre otros lugares, a Argentina, y los japoneses residentes en ese país se encargaron de su traducción y de su publicación en una pequeña tirada. La publicación del libro coincidió con el momento en el que adopté la nacionalidad japonesa y con la preparación de la construcción del Templo de la Paz Mundial en Hiroshima.

de las superpotencias se registran en la actualidad serios intentos de reducir el armamento atómico acumulado y detener la proliferación de tales armas. Mi mensaje en forma del presente relato experiencial de un testigo directo de la catástrofe atómica de Hiroshima, y mi intenso trabajo de información, durante los años de la postguerra, en Japón, Europa, Estados Unidos y América Latina acerca del sentido del proyecto del Templo de la Paz Mundial de Hiroshima, han adquirido un valor simbólico nuevo.

Después este relato testimonial cayó en el olvido. Ana María Schlüter, maestra zen en España, se ofreció hace algún tiempo a traducir este texto al alemán. Bogdan Snela, director de publicaciones de la editorial Kösel, lo ha preparado para su edición. El libro aparece en su forma original, ampliado con un epílogo que lo sitúa en el momento actual. Este testimonio temprano es tanto un recordatorio de la catástrofe como una exhortación a trabajar por la paz sin descanso. Todo esto sigue estando hoy tan de actualidad como en los años inmediatamente posteriores a la guerra. A pesar de Hiroshima, la producción de armas atómicas ha adquirido unas dimensiones de locura tras cuatro decenios de guerra fría. Afortunadamente, en la política

Desde hace unos cuarenta años, el Templo de la Paz Mundial en Hiroshima exhorta a la paz en el mundo. Mientras tanto, Japón se ha convertido no solo en una de las potencias económicas principales del mundo, sino también en un lugar de vivo diálogo espiritual entre Este y Oeste. Occidente se ha abierto a la milenaria tradición espiritual de Japón, con sus artes zen y su profunda espiritualidad zen. Por este camino indirecto se registra no solo una revitalización de la mística cristiana, sino también una renovación espiritual de las personas en Oriente y Occidente. Desde entonces también ha cambiado mucho, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, el concepto de misión en cuanto al sentido y a los modos de evangelización en el ámbito de las otras religiones. He vivido personalmente esta evolución en sus diferentes etapas, desde mi llegada como misionero a Japón en 1929, pasando por la búsqueda de renovación a partir de las ruinas de Hiroshima en 1947, hasta llegar a un diálogo intenso con el budismo y la

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espiritualidad zen. En el epílogo de este libro se recogen, bajo epígrafes clave, algunas reflexiones sobre el camino espiritual que he recorrido a lo largo de mis sesenta años de actividad en Japón. Durante aquel tiempo se desarrolló un diálogo espiritual con Oriente cuyas huellas han quedado marcadas en mis libros: Zen - Weg zur Erleuchtung1 (1960), Zen-Buddhismus (1966; ahora: Zen und christliche Mystik2, 1986), Leben im neuen Bewusstsein3 (1986), Zen-Unterweisung (1987) y Mein Weg zum Zen (1988).

ha quedado plasmado de forma material y duradera en el Templo de la Paz Mundial, nos sigue exhortando hasta el día de hoy con insistencia. ¡Que esta paz duradera se llegue a comprender y a realizar en todo el mundo como la única respuesta adecuada a lo sucedido en Hiroshima!

Espero que este libro, que ahora aparece en lengua alemana como testimonio temprano de una etapa decisiva en este proceso de transformación, contribuya, aun después de cuarenta y dos años, a la intensificación de los esfuerzos por la paz y el diálogo entre Oriente y Occidente, al recordar vivamente el ambiente y la búsqueda a tientas que imperaban en Hiroshima poco después de la catástrofe atómica. Tras la segunda guerra mundial, y por primera vez en la historia de la humanidad, la idea de la paz parece ser más fuerte y tenaz que los repetidos olvidos registrados a lo largo de la historia en torno a las pasadas atrocidades vividas en las guerras. El grito apasionado de: “¡Nunca más Hiroshima!”, que

1 Castellano: Zen, camino a la propia identidad, 1975. 2 Castellano: Zen y mística cristiana, 1991.

3 Castellano: Vivir en la nueva conciencia, 1987.

Tokio/Dietfurt 1989 Hugo M. Enomiya-Lassalle

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PRÓLOGO A LA EDICIÓN CASTELLANA DE 1947

Muchas veces se me ha sugerido la idea de escribir algo acerca del bombardeo de Hiroshima. He acometido esta tarea, a pesar de que mi profesión no es la de escritor, porque habiendo resi­dido en Japón como misionero durante diecisiete años, y de ellos los últimos cinco en Hi­roshima, fui testigo ocular del horrible bombardeo atómico de dicha ciudad. Verdad es que esto solo no me autoriza a escribir un libro, tal vez fastidioso para mis lectores, como tampoco el hecho de que la bomba atómica haya explotado a quinientos metros de mi residencia. En realidad, mi única intención es ofrecer algunos enfoques de la cultura dos veces milenaria de Japón, presentando el desarrollo espiritual alcanzado por este pueblo, pues quizá esto sea de gran importancia en el momento actual, uno de los más cruciales de su historia. Creo, además, que es indispensable aclarar a mis lectores,


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con el fin de evitar equívocos, que este ensayo no abriga intención política alguna, ni oculta ni explícita, sino que, por el contrario, alejado de ella y con el desinterés propio de las esferas del pensamiento, se propone tan solo exponer algunas cuestiones que permitan una compren­sión más profunda de la verdadera situación de aquel pueblo inte­ligente y misterioso. Aspiro a ello ya que uno de los muchos ideales de los hombres cultos es llegar a penetrar profundamente el sentir de los demás pueblos, y esto no solo por curiosidad sino también por el sano impulso de ver realizado el mutuo entendimiento de todas las naciones entre sí.

por un enemigo más poderoso, perdida inde­fectiblemente para una provechosa cooperación con las otras na­ciones, a lo menos por espacio de muchos años. Además, creemos que de esa ansiada y verdadera cooperación cultural y económica en largos períodos de paz, habrán de salir indudablemente bene­ficiados tanto Oriente como Occidente.

De esta manera, contemplando el aspecto teórico de la mutua comprensión, habremos de llegar, como todos esperamos, al plano práctico de la estabilización de una paz duradera; o, invirtiendo los términos, diríamos quizá que, movidos por este deseo prác­tico, aspiramos a poseer esa comprensión teórica. Japón es un país de exuberante población, pocos recursos alimenticios y escasas materias primas, lo cual implica que debe forzosamente relacionarse con el exterior, especialmente con América, tanto del Norte como del Sur. Por lo pronto, es de vital importancia, para solucionar uno de los muchos problemas que agitan el mundo, que Japón sea comprendido por las naciones de ese continente. Si se logra esta comprensión, la hora de la más profunda humillación japonesa se transformará en la hora de gracia para este pueblo derrotado en la guerra. En el caso contrario, Japón no será sino una nación más en la lista de países humillados

Pero si, por el contrario, se deja a Japón apáticamente humillado y desahuciado para siempre, solo puedo decir, con palabras que ten­drán un deje profético, que ello supondrá un pesado lastre económico-social y probablemente tendrá en el fu­turo graves y funestas consecuencias en el panorama mundial, ya que, por esa abulia, habrán de quedar divorciados Oriente y Occidente, con un rencor que podría ser difícil de olvidar. Este peligro es la razón que me impulsa a recoger la suge­rencia de escribir. Más aún, por la que me siento obligado a hacerlo.

Buenos Aires, 29 de junio de 1947

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Capítulo I LA BOMBA ATÓMICA

Lo que vi El primer bombardeo aéreo de serias consecuencias que sufrió Japón tuvo lugar en Tokio, hacia fines de noviembre de 1944. Una gran extensión del distrito de Kanda fue incendiado, y perecieron en él cerca de ocho mil personas. Desde entonces, los ataques aéreos sobre la capital fueron frecuentes. Otras ciudades, entre ellas Osaka y Nagoya, fueron también atacadas sufriendo graves pérdidas, al igual que otras regiones de la gran isla de Kyushu. Nosotros, en Hiroshima, aguardábamos nuestro turno. Transcu­rría el mes de marzo de 1945 cuando aparecieron, el día 19, cerca de ciento treinta aeroplanos. Pero, si exceptuamos el lanzamiento de dos o tres bombas y un breve ametrallamiento por parte de los atacantes, no ocurrió


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nada más, y no se registraron daños. Pocos días después, sin embargo, los distritos residenciales de Kobe fueron bombardeados, una gran parte de la ciudad incendiada y muchos miles de personas se vieron imposibilitadas de escapar, lo que significa que perecieron carbo­nizadas entre las llamas. Pero en Hiroshima escuchába­ mos la sirena de alarma de cuando en cuando y, aunque se veían cientos de aeroplanos volar cerca de la ciudad, despertaba nuestra curiosidad el hecho de que, salvo en una ocasión en que fueron lanzadas cuatro o cinco bombas y en la que se perdieron algunas vidas, Hiros­hima no fuera bombardeada. El pueblo empezó a preguntarse por qué razón no sucedía lo que parecía ser poco menos que inevitable. Corrían diversos rumores: se decía, en consonancia con los panfletos arrojados desde los aviones enemigos, que Hiroshima sería des­truida por una inundación provocada por la destrucción de los diques que contenían los depósitos de agua situados en las montañas, lo que resultaba factible puesto que, dos años atrás, una inundación de esa naturaleza, ocasionada por las fuertes lluvias, había producido daños enormes y un número considerable de muertos entre las poblaciones situadas al norte de Hiros­hima. Algunos creían que, llegado el caso de que irrumpiesen las aguas, la ciudad quedaría casi completamente anegada, sobresaliendo solo algunos edificios. Esto, naturalmente, era una exageración. Otros pensaban

Vista aérea de la Universidad Católica de Tokio.

que Hiroshima no sería bombardeada por consideración a las muchas personas que desde allí habían prestado servicios de espionaje al enemigo. Dado que todos los misioneros éramos extranjeros y cada vez que se hablaba de es­pías en lo primero en lo que pensaba la gente del pueblo era en la complicidad de los extranjeros, estos rumores redundaban en perjuicio nuestro. Esta sospecha tenía tanto peso que, en cierta ocasión, una persona bien dispuesta para con nosotros hizo notar lo oportuno que sería algún raid aéreo sobre Hiroshima para acabar con unos rumores que, de una forma abierta o solapada, iban contra la Iglesia. Con ironía, otra versión le daba vueltas a la idea de que el enemigo se decidía a dejar intactas unas pocas ciudades, como Hiroshima y Kioto, otra gran ciudad que todavía no había sido bombardeada, dado que cuando llegaran a Japón

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habrían de necesitar changadores y sirvientes. . . Por último se encontraban algunos optimistas que opinaban que en Hiroshima no había nada digno de ser bombardeado.

cios antiaéreos frecuentes. Todos sabían qué debían hacer en el caso de que cayesen bombas incendiarias sobre la ciudad. La población se había ejercitado día y noche en las prácticas antiaéreas. Los niños de la escuela primaria habían sido evacuados, y miles de casas derri­badas con el objeto de crear amplios espacios entre manzanas y barrios. Se habían preparado depósitos de agua de diversos tamaños. Además, la existencia de numerosos ríos por los alrededores aumen­taba las posibilidades de supervivencia en caso de emergencia.

Todos estos rumores se esfumaron por completo en el mismo momento en que llegó la noticia del bombardeo, realizado el 29 de junio, sobre Okayama, ciudad situada a unas cien millas al este de Hiros­hima. Pero lo que resultaba más alarmante del caso no era la proximidad de la ciudad, sino el hecho de que hubiera sido tomada por sorpresa. Había ocurrido a medianoche y no habían sonado las sirenas de alarma, y para cuando la gente se des­pertó la ciudad estaba ya en llamas. Fueron pocas las vidas que se perdieron por fortuna, aunque se incendiaron la casi totalidad de las casas. Tras esto, la gente pensaba que el turno de Hiroshima estaba próximo y, para evitar sorpresas desagradables, dejaba cada noche la ciudad y dormía en las afueras, bajo el cielo abierto, para volver a la mañana siguiente a sus respectivas casas. Casi todos incluso habían perdido la esperanza de luchar contra el fuego y los incendios. Pasaron dos y tres semanas y, aunque se produjeron algunas señales de alarma, Hiroshima seguía sin ser bombardeada. Paulatinamente, la población fue recobran­do la confianza perdida y, tal vez cansada por el trajín de todas las noches, volvió a quedarse a dormir en sus casas. Desde hacía mucho tiempo, de hecho desde el comienzo de la guerra, la gente había sido entrenada con ejerci­

Durante esas sema­nas, y en los últimos días, casi todas las noches se daban alarmas y se emitían informes acerca de los aviones enemigos. A menudo se decía que se habían reunido en la bahía de Hiroshima grandes unidades navales, lo que era suficiente para que el pueblo se persuadiese de la inminencia del bombardeo, pero dichos bar­cos cambiaban de posición una y otra vez. Como es natural, todo esto provocaba un desgaste nervioso tan terrible que la gente, con el fin de escapar de semejante pesadilla, empezó a desear que el bombardeo se produjera de una vez por todas. Tal era la situación en los primeros días de agosto. Y así amaneció el día 6. Era una mañana hermosa; con un cielo sin nubes. A las siete y media de la mañana sonó una alarma. Dos o tres aviones sobrevolaron la ciudad. No nos preocupamos, puesto que ya con anterioridad se había dado el caso, en varias ocasiones, de que aparecieran y se fueran. Media hora después cesó la alarma. Mientras tanto yo había

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entrado en mi habitación, entregándome a mi trabajo dia­rio. Pasadas las ocho oí nuevamente el ruido de los motores, pero no sonó esta vez ninguna alarma. Quise, sin embargo, ver los aviones, y me levanté con el objeto de bajar y salir afuera. A las ocho y cuarto exactamente estaba yo de pie ante mi escritorio, preparándome para dejar la habitación. En ese instante, de repente, una extraña luz relampagueó tanto dentro de la casa como en el exterior. Aunque podría comparársela con la luz de un relámpago, no era exactamente igual: en ningún momento se me ocurrió que pudiera tratarse de uno. Además, la apacible atmósfera de la mañana descartaba cualquier conjetura sobre una tormenta. Ape­nas tuve tiempo de preguntarme: ¿qué es esto?. . . Fue cosa de un segundo. Describir el momento posterior es difícil. La casa entera pareció derrumbarse en medio de un gran estruendo, y la habita­ción quedó inmediatamente a oscuras como boca de lobo. Cuando vi aquella luz por primera vez no percibí ningún ruido. Al ser la luz más veloz que el sonido, los efectos ya estaban allí antes que el ruido de la explosión pudiera ser percibido por mis oídos.

mayor parte. Era como si todas esas cosas se hubieran transformado en proyectiles. Más tarde pude comprobar cómo unos baúles, que antes se hallaban perfectamente cerrados, habían sido abiertos por la presión del aire, rotos sus cerrojos y parte de su contenido lan­zado fuera.

Además el oscurecimiento posterior no se debió a que mi vista quedara deslumbrada, sino a la densa polvareda que se formó al destruirse cuanto había a mi alrededor, y tal vez también a la neblina producida por la explosión. Ventanas, cristales y armazones, puertas, techo, todo, con excepción de la estructura de la casa, había cedido ante la sacudida y había quedado destrozado en su

Una parte de los cristales se convirtió también en polvo que se introdujo por todos los resquicios, incluso por debajo de los objetos que estaban guardados en el interior de baúles o cajas. Encontré esquirlas hasta en mis bolsillos. Sin embargo conservé el conocimiento y el equilibrio, e inmediatamente corrí hacia la puerta de la habitación. Mientras salía, los escombros llovían sobre mí. Mi espalda se cubrió de heridas. Estaba persuadido de que el edificio se derrumbaría completamente antes de que yo lograra alcanzar la salida. Afortunadamente no ocurrió así. La casa y las oficinas de la iglesia, a pesar de estar construidas de madera, permanecieron en pie; su armazón se hallaba fuertemente asegurado, y cada madero afirmado con cientos de poderosos pernos; gracias a eso no resultó destruida, ya que era además una construcción antisísmica. Pude, pues, bajar por la escalera y llegar al exterior con vida, aunque con todo el cuerpo cubierto de heridas y ensangrentado. Miré a mi alrededor y, durante unos instantes, en el sitio donde estaba ubicada nuestra capilla solamente pude ver una nube de polvo que me impidió distinguirla hasta que

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se hubo disipado. Estaba completamente destrozada. Los escombros yacían esparcidos por el suelo. Otro tanto había ocurrido con las casas de la vecindad, todas ellas de madera según la usanza de Japón.

y, des­pués de algún tiempo, conseguimos sacarlas con gran dificultad. Otras dos personas pertene­cientes al grupo de miembros de la misión pudieron ser también rescatadas de entre los escombros.

¿Pero qué les habría sucedido a los otros tres padres jesuitas que vivían conmigo en la misma casa? Al principio pensé que habrían muerto, pues yo había sido el primero en salir al aire libre. Pero entonces vi cómo salía primero uno, con la cara ensangrentada como yo, luego otro y, por último, el cuarto de nosotros. Este último padre estaba mal herido, cubierto de sangre y pálido como un cadáver, y se desplomó en el umbral.

Intenté entonces apagar el fuego que comenzaba a invadir el jardín de infancia, pero pronto me convencí de que era una empresa imposible, pues se propagaba muy deprisa y ninguna de las bombas hidráulicas estaba en condiciones de funcionar. Subí a mi habitación, pues había salido sin llevarme nada conmigo. ¡Ante mis ojos se ofrecía un espectáculo impresionante! El pesado escritorio, colocado antes contra la pared, se había dado la vuelta cayendo sobre su parte pos­terior. La estantería situada sobre él había desaparecido. La puerta había sido sacada de su quicio. La entrada había quedado bloqueada por objetos sobre los que no pude encaramarme, pues mi pierna izquierda tenía una herida tremenda.

En el momento de la explosión, yo pensé que habíamos tenido la mala suerte de que la primera bomba hubiera sido arrojada cerca de nuestra casa. Pero cuando, para solicitar ayuda, nos pusimos en camino hacia el lugar más cercano y divisé la calle, me encontré con que en todas partes había ocurrido lo mismo. Las casas, derrumbadas en parte, se habían precipitado sobre las calles. Había pocas esperanzas de encontrar una ayuda que parecía difícil de conseguir. El fuego comenzaba a hacer estragos acá y allá, aunque en nuestra vecindad se desarro­llaban apenas algunos focos. Volví al patio. Allí escuché la llamada de un estudiante de teología japonés que nos informó de que las dos maestras del jardín de infancia yacían sepultadas bajo la casa, aún con vida pero sin poder moverse. Nos pusimos a trabajar

Miré buscando algo que poder llevarme, pero no encontré nada. Durante varias semanas había estado preparando cada noche algunos bultos con los efectos personales que pensaba llevar conmigo en caso de emergencia. Pero todo había desaparecido. Todo había quedado como tabla rasa, en el sentido estricto de la palabra. De nuevo fui reclamado, en esta ocasión por uno de los padres jesuitas para que ayudara a sacar a una mujer sepultada bajo su casa, situada en las inmediaciones. Tras

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lograr rescatarla, regresamos. Mientras, todos habían partido, con excepción del padre Guillermo Kleinsorge S. J. y el secretario de la vicaría, un japonés de sesenta años. El fuego estaba cada vez más cerca de nosotros. Era hora de retiramos, pero volví de nuevo a mi habitación porque no podía creerme que no quedase absolutamente nada que llevar. Lo mismo que antes, la desilusión fue completa. A pesar de todo, baja­mos unos baúles medio destrozados y los arrojamos al refugio, cerrando la entrada del mismo como pudimos, a toda prisa, para alejarnos del fuego.

la idea de meternos dentro en el caso de que también los árboles llegaran a incendiarse. Para poder llegar al parque tuvi­mos que trepar por encima de los restos de una casa derribada. Ahí hu­bimos de abandonar al secretario, que insistió nuevamente en dejarnos; ni las palabras ni la fuerza pudieron hacerle cambiar de opinión. Aunque abandonarlo nos resultó muy duro, no tuvimos más remedio que seguir sin él. ¡Nunca más volvimos a ver al pobre secretario!

A punto de partir los tres jesuitas nos encontramos con que el anciano secretario se negaba a seguirnos, comunicándonos que no quería ir con nosotros mientras se sentaba en el suelo. Finalmente, tras mucho insistir, logramos salir con él a la calle. A los pocos pasos se nos aproximó una mujer con una criatura a cuestas, que nos suplicó que fuésemos con ella a rescatar a su esposo. El secretario nos rogó que lo abandonásemos a él y salvá­ramos a esa persona, cosa que era prácticamente imposible pues ni siquiera conocíamos la casa de aquella mujer. Como tampoco logramos persuadirla de que nos acompañara, nos abandonó y se alejó de la dirección del fuego. Tratamos de encontrar un camino para salir de la ciudad. Era demasiado tarde. Ya no había salida. El fuego nos acosaba por todas partes. ¿Qué podíamos hacer? Nos unimos a otras personas y nos dirigimos a un parque situado a orillas del río. Naturalmente tampoco era un sitio seguro, pero teníamos

Más tarde pude saber que, un par de días antes del bombardeo, le había confesado a alguien que prefería morir en el bombardeo de Hiroshima para no ver la ruina del imperio japonés. También supe después que, justo el día anterior, ha­bía visitado a una persona que vivía en las afueras de la ciudad, y con la que estaba emparentado, que le invitó a pasar la noche con ella y que él, cortésmente, había rehusado la invitación.

Hiroshima arrasada por la bomba atómica.

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Seguimos hacia el bosque en compañía de otras personas. Allí nos encon­tramos de nuevo con algunos de los que habían estado con nos­otros en la iglesia. El padre jesuita gravemente herido al que me referí antes también estaba allí. Todavía sangraba, sin que tuviéramos medios para detener la hemorragia. Temíamos que muriera ese mismo día. Sentados en la orilla del río, contemplábamos el in­ cendio de la parte de la ciudad situada en la ribera opuesta.

posible, la ma­yoría tuvo que quedarse y aguardar su fin. A eso de las cuatro de la tarde el incendio había cesado en gran parte. Dispusimos que algunos de nuestro grupo volvie­ sen a la iglesia para ver en qué estado se hallaba. Fueron allá, pero el calor era tal que no pudieron permanecer dos minutos en su interior y tuvieron que mojar sus ropas por el camino, pues les quemaban como si estuviesen ardiendo. Cuando llegaron a nuestras casas, encontraron todo arrasado por el incendio. Algunas ver­duras de la huerta se habían cocido en la misma tierra y las aprove­charon para alimentarse.

El fuego era imponente. Por suerte para nosotros, el viento no so­ plaba en nuestra dirección; en caso contrario los árboles contiguos habrían empezado a arder. Ciertamente se inició un pequeño incendio pero, gracias a que entonces empezó a llover, como suele ocurrir a raíz de los grandes incendios, pudo ser extinguido antes de que se propagara. Al mismo tiempo se desencadenó un terrible huracán que llegó hasta muy cerca de donde estábamos nosotros. A unos cincuenta metros veíamos cómo muchos árboles eran arrancados de cuajo y grandes ramas tronchadas eran lanzadas al río. En zonas más alejadas, incluso algunas personas se vieron violentamente arrojadas a las aguas. Más aún, no muy lejos se podía observar el dantesco espectáculo de todo un hospital precipitado al agua. Fue un momento de un peligro extremo. Por fortuna, el huracán no se aproximó más. Si hubiéramos tenido botes o lanchas podríamos haber escapado. Pero como solo había una embarcación, propiedad de un pastor protes­ tante que hizo todo lo que pudo para salvar al máximo

En lo que a mí respecta, yo no estaba en condiciones de caminar a causa de la herida de mi pierna. Finalmente tres de nuestro grupo buscaron cómo salir de la ciudad para ponerse en contacto, en el caso de que fuera posible, con los compañeros nuestros que vivían en el novi­ciado de los jesuitas, situado a cinco kilómetros de distancia. En esa residencia vivía un grupo de diez estudiantes jesuitas, algunos de ellos extranjeros, todos jóvenes y fuertes. A las ocho de la tarde volvieron con víveres y camillas construidas a toda prisa. Entretanto, la población japonesa había cocinado un poco de arroz que algunos habían podido llevar consigo al abandonar su hogar. En aquel grupo imperaba un espíritu excelente. Nos sentíamos como todos si perteneciéramos a una gran familia. No sé cuántas personas habría allí, tal vez sesenta o setenta. Más de veinte estaban gravemente

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heridas y no podían moverse, y muchas de ellas murieron a las veinticuatro horas o algo después. Hablábamos de las personas que conocíamos y a las que ya no se podría salvar. Fue triste­mente impresionante el relato de una mujer que había tenido que abandonar a su marido, todavía con vida, a merced de las llamas, porque no había podido mover los pesados maderos de la casa derrumbada que le sepultaban.

los únicos pacientes. Había cerca de ochenta heridos, la mayoría a causa de las quemaduras, a quienes los padres y los estudiantes habían recogido por el camino, o que por sí mismos se habían dirigido a la casa del noviciado.

¡Pero lo que más impresionaba era no escuchar ni una sola queja! La guerra era así y ellos estaban preparados para sufrir cualquier cosa por su país. Tanto que, como supe más tarde, una persona que comenzó a murmurar fue inmediatamente silenciada por los demás. No puedo dejar de reconocer que el japo­nés es un pueblo muy abnegado. Dos de los jesuitas teníamos heridas de consideración. Fuimos ayudados a embarcar para ser llevados al puente más próximo, cerca del que había mucha gente; pensé que estaban es­perando a que se apaciguara el fuego, pero cuando pasamos junto a ellos gritaron pidiendo socorro. Estaban todos gravemente he­ridos y no podían moverse. En ese momento no pudimos hacer nada por ellos y tuvimos que seguir adelante. A las dos de la madru­gada llegamos al noviciado. Allí nuestras he­ridas pudieron ser curadas por primera vez por el mismo rector de la casa, Pedro Arrupe SJ, que antes de ordenarse sacerdote había cursado estudios de medicina que incluían clínica práctica. Pero nosotros dos no éramos

Esta había resultado, junto con la capilla, muy dañada a pesar de distar cinco kilómetros o más del centro del bombardeo. Este era su estado: todas las ventanas del lado que daba a la ciudad habían sido completamente destrozadas, no solo los cristales sino también sus quiciales de madera. Tres columnas adosadas en la pared ex­terior de la capilla estaban destruidas, al igual que muchas puertas interiores; el techo fuera de su lugar, trozos de vidrios acá y allá cubrían todo el piso. Las tejas que revestían el tejado en la parte opuesta a la ciudad fueron arrancadas por la presión del aire. Sin embargo, la casa pudo ser utilizada y convertida en hospital. Las hermanas de la Caridad, que tenían su residencia en la ciudad, fueron también alcanzadas por el bombardeo. Incen­ diada su casa, encontraron refugio en nuestro noviciado. No se puede explicar con palabras la extraordinaria labor que realizaron allí, ni ponderar como es debido su diligencia y dedicación a los enfermos. Tampoco voy a describir en detalle el trabajo de auténtica caridad llevado a cabo durante la primera quincena, y en los meses siguientes, tanto en la casa como en los alrededores, por el rector, los seminaristas y las mismas hermanas en favor de toda aquella gente herida, que en su mayoría no era cristiana. Diré nada más que dicha actitud les valió para que abrieran los ojos

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y se dieran cuenta de en qué consisten verdaderamente la fe y el amor cristianos de los misioneros católicos. ¡Solo al día siguiente se nos dijo que la causa de tan terrible desastre había sido una bomba atómica! Pocos días más tarde, la policía militar comunicó que se habían contabilizado hasta doscientos mil muertos y que se presumía que se llegaría a un total de doscientos cincuenta mil.

un acontecimiento sin precedentes en la historia de Japón. Algunos pensamos que podía significar tal vez el final de la guerra. Con el propósito de oír el mensaje, los que podían cami­nar se reunieron en la habi­tación donde se encontraba la radio. Y se anunció. . . ¡la rendición incondicional de Japón! Algunas personas lloraban.

Y la guerra continuaba. Todas las noches, y algunas en repe­ tidas ocasiones, sonaba la sirena de alarma. Al instante desaparecían todas las luces en nuestro edificio casi sin ventanas. La gente era conducida con rapidez a los refugios. Por mi parte, yo siempre preferí quedarme en mi habitación aunque, eso sí, preparado en todo momento para abandonarla por la ventana, o incluso para morir en ella en el caso de ser bombardeados nuevamente. A pesar de que pronto llegó la noticia de que había sido arro­ jada otra bomba atómica, esta vez sobre Nagasaki, y también de que otras ciudades y pue­blos habían sido atacados con bombas incendiarias, en ningún momento oí ni defender ni comentar que la guerra debiera terminar a causa de los bombardeos cualesquiera que fuesen las condiciones de paz. Aquellas gentes estaban resueltas a combatir hasta el final y, por lo que pude juzgar, convencidos de que Japón no se ren­diría jamás. De repente un anuncio que causa sensación: el emperador hablará por radio a toda la nación el día 15 de agosto. Era

Aunque es ciertamente sorprendente que este pueblo, que había visto y sufrido los terribles efectos de la bomba atómica, pudiera sentir tristeza ante el final de la guerra, trataremos de explicar el porqué. Un país como Japón, con un pasado y un pre­sente tan gloriosos, y un poder tan aglutinante y hegemónico como el del em­perador, se había mantenido con la mente y el corazón firmes, como un edificio magnífico e inamovible. Naturalmente, sabía que la guerra había llegado a un punto crítico mucho antes de que la bomba atómica hubiera sido empleada contra él, y veía clara­mente que quedaba poca o ninguna esperanza de ganarla. Sabía además que, en caso de firmar un tratado de paz, las condiciones que se le impondrían a Japón estarían muy lejos de aquello a lo que aspiraba al iniciar la guerra. Por eso la rendición era en realidad mucho peor que otra bomba atómica, pues con ella se desplomaba, como un castillo de naipes, el espléndido edificio del viejo Japón, quedando un país completamente derrumbado. Este hecho incuestionable fue más violento para ellos que

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la bomba atómica de Hiroshima misma. Habían sufrido sus efectos sin derramar una lágrima, pero lloraron ante el anuncio de la rendición y la terrible noticia provocó en algunos espíritus, demasiado sensibles, ciertas reacciones que solo podrían explicarse como resultado de un profundo sentimiento ante el honor na­cional lesionado.

mos llamarlo mejor, un dogma de obediencia patriarcal.

Tal fue el caso de una joven, una de nuestras más entregadas cristianas, que llegó a pensar en abrirse las entrañas, según la antigua usanza japonesa, junto con otras amigas no cris­tianas, con el objeto de morir al mismo tiempo que se extinguía la gloria de su patria. Pero, católica como era, consultó lo que tramaba con uno de los padres, que le hizo ver que su resolu­ción iba en contra de las verdaderas intenciones del emperador, cuyo anuncio de la rendición no tenía otro objeto que salvar a su pueblo y no provocar una matanza entre ellos mismos. Esta consideración tranquilizó a la joven y evitó su suicidio. Lo que la rendición ha significado para el pueblo japonés es quizá algo difícil de comprender para quienes no han convivido con él durante la guerra. Ante todo, un golpe mortal asestado a los planes trazados por los jefes del ejército y de la marina. De hecho, parecía muy poco probable que ambos, ejército y marina, pudieran acatar la orden y rendirse incondicionalmente. Solo pudo lograrlo la autoridad unificadora del emperador. Todos esta­ ban educados en una absoluta sujeción a sus órdenes, lo que suponía la plena sumisión a un principio o, podría­

Esta era la razón fundamental por la que se dudaba de la lealtad de los cristianos japoneses, y en especial de la de los católicos, pues no se concebía cómo podían obedecer sin restricciones al emperador, reconociendo a la vez una auto­ ridad diferente, la del Dios Todopoderoso de los cristianos y, más aún, una autoridad a la par espiritual y temporal como la del vicario de Jesucristo, el Papa. Se inquiría, además, qué alternativa seguirían los cristianos, en caso de que hubiera un con­flicto entre esas dos autoridades. En todos los juicios a los que tuvie­ron que someterse los sacerdotes católicos, se les preguntaba siem­ pre esto: ¿Es su Dios superior al emperador o no? Algunas veces se interrogaba a los católicos: ¿Qué harán los católicos japoneses si el Papa ataca a Japón como a un enemigo político?, ¿lucharán contra el emperador? No voy a entrar en detalles respecto a estos problemas que, por cierto, representaban para nosotros una gran dificultad. Pero en cualquier caso, y cualesquiera que sean nuestras opiniones, es evidente que para el pueblo japonés fue una bendi­ción el acatamiento mudo, pero efectivo, de las órdenes impe­riales, y resulta superfluo añadir que precisamente esa obediencia in­condicional fue su salvación. Si quisiéramos, por otra parte, escudriñar la voluntad del propio emperador, veríamos que su anuncio fue, sin duda, un sacrificio heroico; una renuncia absoluta que ofrendó como homenaje a su pueblo, sal­vándolo así de la destrucción más completa.

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Lo que escuché decir Pocas cosas puedo añadir a lo narrado en el capítulo pre­ cedente. Ya se ha escrito mucho, por no decir demasiado, acerca de la bomba atómica. Creo pues conveniente ahorrarle al lector el aburrimiento de escuchar nuevamente cosas ya sabidas. Por eso voy a enfocar el asunto desde otro ángulo: el de sus consecuen­cias inmediatas. Dado que yo había salvado mi vida, naturalmente sentía un gran interés por conocer qué les había acontecido a los feligreses de nuestra parroquia. En total eran unos trescientos, pero más de la mitad vivían en las afueras de la ciudad o en los suburbios. Casi todas las familias que residían en la parte céntrica sufrieron la pérdida de algunos de sus miembros. En una familia murieron los padres y dos niñas. Otra familia, tras fracasar todos los esfuerzos del padre y de los hijos por rescatarla, tuvo que dejar que la madre fuera víc­tima de las llamas, pues cuando les alcanzó el fuego debieron alejarse para no sucumbir ellos también presas del mismo. El número total de nues­tros cristianos muertos ascendió a veinticinco o incluso más. También hubo que lamentar grandes pérdidas en las escuelas. En la estatal para niñas murieron trescientas en un mismo lugar. Más o menos, lo mismo pasó en las otras escuelas superiores para niños y niñas. Como dije antes, la ma­yoría de las escuelas de primaria habían sido evacuadas; de ahí que mu­chos de estos niños quedaran huérfanos, al

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haber perecido sus padres en la ciudad. También murieron muchos de los que, resi­diendo en las afueras, trabajaban en la ciudad esa mañana. Así, en casi todas las casas que estaban en las cercanías de nuestro no­viciado murió alguna persona. Además pereció mucha gente a causa de las heridas por que­maduras, incluso después de haber logrado salir de la ciudad. Es indescrip­tible lo que sufrieron estos heridos, por ser estas quemaduras más difíciles de curar que las quemaduras ordinarias. Era evidente que morirían todos aquellos cuyas heridas fueran algo más que leves. Nadie sabía cómo curarlas. No había médicos ni medicamentos. Según se decía, de los doscientos cincuenta médicos que había en la ciudad habían sucumbido doscientos. Los que se derrumbaban por el camino tenían que aguardar un largo tiempo antes de ser llevados a un hospital o, hablando con más propiedad, a algún lugar que se usara como hospital, pues como eran construcciones de madera, casi todos los hospitales se habían incendiado. Cuando llegaban, su cama era el duro suelo; y una vez allí aún tenían que esperar dos o tres días para poder ser atendidos, pues ni siquiera había enfermeras. A la falta de medicamentos se sumaba la falta de vendajes y alimentos nutritivos. Muy a menudo se me ha preguntado qué cantidad de personas murieron en total como conse­cuencia de la bomba atómica. Es muy difícil hacer un cómputo exacto. Durante la guerra, la población total de Hiroshima alcan­zaba más o

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menos los cuatrocientos mil habitantes. Pero eran mu­chos los que habían venido para trabajar y además los soldados que solía haber se contaban también por miles. El número de estos últimos en el momento de la bomba quizá fuera mayor que el ordi­nario, porque muchos se habían alistado en las filas del ejército el día primero de agosto, es decir, cinco días antes del bombardeo. Puede afirmarse pues, sin exagerar, que murieron al menos entre veinte o treinta mil personas. En las proximidades de nuestra iglesia pereció el setenta por ciento de la población y más al centro de la ciudad casi la totalidad.

exagerar los datos, antes al contrario, siendo por lo tanto más verosímil que diera un número lo más reducido posible de víctimas para no inflamar peligrosamente los ánimos fácilmente excitables de la población nipona.

A principios de septiembre, las cifras publicadas por los periódicos japoneses hacían ascender el número de víctimas a ciento treinta mil muertos. Este fue el último anuncio. Había, además, alrededor de cuarenta mil heri­dos graves y en esos días, cuando solo reinaban el trastorno y la confusión, era imposible hacer cálculos exactos, ya que muchos lograron salir de la ciudad o fueron evacuados de ella antes de que muriesen. Tal vez más adelante, cuando se realice un estudio detenido del acontecimiento, sea posible hacer un cálculo exacto. Mientras, la opinión mayoritaria de quienes me informaron coincide en que los muertos no bajaron de los doscientos mil. Lo que vendría a modificar las cifras proporcionadas por la policía militar mencionadas más arriba, que podrían ser posibles, e incluso probables, pues no hay razón alguna para suponer que la policía tuviera la intención de

Sabido es, además, que la radioactividad tiene por efecto des­truir los glóbulos blancos de la sangre. Esta, que fue en verdad la causa de muchas de las muertes, no perdonó además a aquellos que no habían sido heridos. Esta energía radioactiva continuó actuando por lo menos durante un par de días con bastante intensidad. Y si bien es verdad que no afectó a toda la población de la misma manera, no hay duda de que algunas personas que permanecieron en Hiroshima después del raid atómico, y que trabajaron los dos días siguientes retirándose luego del foco de radiación, murieron a causa de la radioactividad. Cerca de dos meses después todavía continuaba, aunque con una intensidad mucho menor y sin suponer ya un peligro para las personas. Entre tanto dolor y destrucción, no faltó la fantasía popular que hizo correr los más diversos y pintorescos rumores acerca de apariciones espectrales sobre los puentes y cosas semejantes. Desde el punto de vista humano, los efectos y consecuencias de la bomba atómica nos ofrecen la perspectiva más importante y bastan, por sí solos, para obviar los fríos datos cientí­ficos relativos a su invención. Es un arma terrible; y no solo muy eficiente sino también muy cruel. La más cruel

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que pueda ser utilizada en una guerra en distritos civiles. No resulta nada extraño, pues, que se cuestione tan a menudo si puede o no permitirse su uso desde el punto de vista moral. A nosotros, que hemos soportado sus trágicos efectos, se nos ha pedido con frecuencia nuestra opinión acerca de ella, como también qué piensan al respecto los japoneses.

la bomba atómica, lo dejamos a la libre opinión de los lectores. A ciencia cierta solo podemos afirmar, en base a nuestra experiencia en Hiroshima, que con el uso de la bomba atómica las guerras próximas serán aún mucho más terribles que esta última. Podríamos asegurar que, en virtud de convenios internacionales, la bomba atómica será excluida de la guerra como arma. Cierto que los “realistas” lo negarán. Y tienen razones para ello. En la guerra total de nuestros días, cada nación utiliza los medios más eficientes, por no decir los más destructivos, de los que dispone para triunfar lo más pronto posible. La cuestión, pues, del uso moral o inmoral de la bomba atómica viene a concluir en lo siguiente: si la guerra total puede ser admitida o no como medio para un fin, sea este en sí mismo bueno o malo.

En lo que se refiere a la opinión de estos últimos, si he de juzgar por lo que yo mismo he escuchado sobre el asunto, he de confesar simplemente que no se ha hablado mucho acerca de ello. Lo que no tiene nada de extraño, pues tras haber sido derrotados no gozan hoy de libertad para expresar su opinión. Pero, conjeturando, diría que el pueblo japonés, incluso el resignado pueblo de Hiroshima, sin duda condenaría en lo íntimo de su ser el uso de semejante bomba en los distritos residenciales. Con frecuencia les hemos oído decir esto mismo en relación con las bombas incendiarias. Antes de que fuese arrojada la bomba atómica, cientos de miles de personas murieron a causa de los incendios en Tokio y en otros lu­ gares. Naturalmente, esta es la opinión del pueblo común, que no hace la guerra sino que la soporta. Incluso en lo que se refiere a las crueldades que se dice que han sido cometidas por los soldados japoneses, que deberían ser probadas caso por caso, estamos tan seguros de su implacable condena por parte de la opinión pública japonesa, que no es justo atribuirlas a la consabida rigidez moral del mismo pueblo. El problema moral que plantea, pues, la invención de

Ahora bien, volviendo a Hiroshima, lo que se plantea es el problema de su reconstrucción. Durante las primeras semanas des­pués del desastre, corrieron rumores de que la ciudad no sería reconstruida. Esto derivaba de la suposición de que la radioactividad impo­sibilitaría allí toda vida por espacio de setenta y cinco años o más. Pero no era cierto. Llegó la primavera, y las plantas crecieron de nuevo aunque con excepción, es verdad, de aquellas que podían serle útiles al hombre. En cualquier caso, las ruinas pronto se cubrieron de maleza. También se decía que las oficinas de la prefectura, la universidad, y otras instituciones im­portantes, tendrían que ser trasladadas a otro sitio, aunque estos planes han sido

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abandonados hace tiempo. Las oficinas de la pre­fectura se encuentran ya instaladas en la ciudad, naturalmente en otro edificio porque el anterior, de madera, resultó com­ pletamente destruido por el fuego. El del ayuntamiento continuó usándose después del bombardeo, a pesar de que no quedaban ventanas ni puertas, pues en el incendio se quemó todo, excepto las paredes de cemen­to, los techos y las escaleras. Aunque se han reconstruido muchas casas particulares, en su ma­yoría pequeñas barracas, existen todavía barrios muy extensos, de hecho la mayor parte de la ciudad, todavía desiertos y por despejar. Ha muerto mucha gente y el trabajo avanza muy lentamente. Con todo, las autoridades muni­ cipales se muestran firmemente resueltas a reconstruir la ciudad. Se tar­darán muchos años, sin duda, porque escasean en grado sumo los materiales y los medios de transporte. Pero lo principal, los pla­nos de la nueva ciudad, ya han sido diseñados y están listos para ser ejecutados.

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Lo que pensé Mi casi milagrosa salvación de la bomba atómica, indujo a muchos a felicitarme por ella. ¡Habían pe­recido tantos en mi entorno! Me fueron gratas estas demostraciones de mis amigos y se las agradecí por la estima que me demostraban. blando con seriedad, puedo decir que durante Pero ha­ muchas semanas no me sentí afortunado en absoluto. Puede parecer extraño, pero el hecho es que estaba sumamente triste. Entre los supervivientes me sentía solo, como lleno de nostalgia por los que habían perecido. Pensaba en que ya no podría ayudar a aquellos cristianos que estuvieron bajo mi cuidado durante tantos años. Hubiera deseado haberme ido yo también con ellos, y pensaba que mi deber habría sido estar a su lado, como el pastor con sus ovejas. Por otra parte se me hizo evidente que, dado que el Señor no me había llevado, cumpliría sus designios tra­bajando por el pueblo japonés todavía más. El razonamiento era claro, pero mi corazón no se resignaba, pues también él tenía sus motivos. En esos días, dominado por tantos conflictos internos, me vino a la mente la idea de que debía hacerse algo en recuer­do de los que perecieron en la catástrofe atómica. Esa idea, que desde entonces tengo continuamente presente, se ha concretado en la intención de construir un templo conmemorativo. Cuanto más pienso en ello, tanto más me convenzo de que de­bería hacerse, y hacerse bien, ya que esas personas han

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sido las víctimas de la primera bomba atómica usada por el momento. Y no solo por esto, sino porque significó el final de la mayor de las guerras. Sin ella la guerra habría conti­nuado, al menos por un tiempo. Quizá hubiera sido necesaria la invasión de Japón, lo que habría llevado un tiempo considerable y provocado un sinnúmero de sacrificios por ambas partes, pues Japón habría luchado hasta el final. Cientos de miles, quizá millones, de vidas han sido salvadas a través de las vícti­mas de Hiroshima. Para mí resulta evidente que no solo Japón, sino el mundo entero, tiene con estas víctimas de la bomba atómica una enorme deuda de gratitud.

se celebren diariamente los divinos oficios y donde la gente devota pueda ir a orar en cualquier momento. La iglesia debe ser para el pueblo de Hiros­hima, tanto para sus vivos como para sus muertos; para los huér­fanos y para los padres que han perdido a sus hijos. Her­manos y hermanas orarán allí, y encontrarán luz y fuerza para seguir el camino del cielo.

¿Cómo saldarla? Ante todo con algo que las recuerde siempre. Creo que lo mejor que podríamos hacer nosotros, como cristianos, es levantar una hermosa iglesia en su memoria. He hablado de este plan con muchos japoneses y estadounidenses. La idea ha sido acogida con entusiasmo, y se ha comenzado ya una colecta con este fin. Espero que la generosidad de nuestros amigos nos proporcione dinero suficiente para realizar un buen trabajo del que se pueda decir, como mínimo, que es un templo digno y adecuado para esta conmemoración. Que sea sencillo o lujoso dependerá de la generosidad de los benefactores. Cae por su peso que esta iglesia, como cualquier otra iglesia católica, no será úni­ camente un mero recuerdo conmemorativo, como podría serlo una estatua o cualquier otro monumento que solo sirven para ser admirados. Será una iglesia donde

La iglesia de Hiroshima después de la bomba atómica.

Esta iglesia votiva debe ser lo primero que se haga. El gober­nador de Hiroshima se mostró muy sa­tisfecho con este plan. En vistas a contar con suficiente espacio para la futura iglesia conmemo­rativa, prometió su más decidido apoyo para que los nuevos planos de la ciudad que se ha de edificar se hagan de modo que el terreno ocupado por la actual iglesia pueda ser ampliado. El oficial encargado me comunicó que, de acuerdo a los nuevos planos de la ciudad, un parque rodearía la iglesia por tres lados, siguiendo en

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esto la costumbre japonesa, en virtud de la cual siempre se procura que el templo, budista o sintoísta, esté aislado del ruido de las calles por árboles y plantas, es decir, rodeado por la naturaleza.

la importancia y el sentido tan grandes que tiene este trabajo cultural. En Japón este es el medio privilegiado para ponerse en contacto con la parte más selecta de la población, que todavía no es cristiana. Este salón habrá de adaptarse para actuaciones musicales, tan apreciadas por la joven generación del Japón actual.

En segundo lugar nos urge abrir un orfanato; huelga decir que en Hiroshima este es un problema apremiante. Hay muchos niños huérfanos, que han perdido a sus padres en los campos de batalla o en las incursiones aéreas. Era frecuente que mientras que los niños eran evacuados, sus padres se quedaran en la ciudad para trabajar. Muchos de ellos murieron. Al finalizar la guerra y volver los niños a las ciudades, se han encontrado con que sus padres han muerto y sus casas han sido quemadas. Hay uno o dos orfanatos, no dirigidos por cristianos, que se hallan con graves dificultades tanto económicas como de personal. Nos han ofrecido uno de ellos pero no pode­mos atenderlo. Algo debería hacerse y lo más pronto posible. De entre la muy necesaria labor auténticamente caritativa, sobresale el trabajo educacional. Se necesita una escuela de enseñanza media para niñas y otra para niños. Son tantas las escuelas quemadas en Hiroshima, que las nuevas supondrán un beneficio para muchos. Finalmente figuran en nuestro plan de construcción un salón de actos para conferencias y una biblioteca. Allí se llevará a cabo un trabajo cultural muy provechoso para la gente en general. Más adelante se explicará detalladamente

En resumen, una iglesia votiva y una caridad auténtica, organizada y educa­cional es lo que pensamos establecer en la nueva Hiroshima, que se edificará sobre las ruinas de la anterior. La nueva ciudad contará con calles más amplias y un gran número de parques, y todos esperamos que sea una hermosa ciudad. En habitantes, la nueva población será considerablemente más pequeña que la anterior. Se ha dicho que albergará solo unas ciento treinta mil personas, frente a las cuatrocientas mil del pasado. Pero va a ser capital de prefectura, con oficinas, universi­dades y otras instituciones educativas, con lo que su influencia sobre las demás poblaciones de esa parte de Japón será muy grande. Además, dado lo favorable de su situa­ción, no hay duda de que crecerá de nuevo, y esperamos que vuelva a alcanzar su anterior número de habitantes. Estos proyectos contribuirán además al desarrollo y difusión del cristianismo en Japón.

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Capítulo II DE LA DESTRUCCIÓN AL NUEVO JAPÓN

¿Por qué intervino Japón en esta guerra? Antes de empezar a hablar del nuevo Japón que ha de resurgir de las ruinas de su derrota, es necesario afrontar el último período del antiguo régimen. Esto nos permitirá comprender el futuro con más facilidad pues, aunque este haya de ser diferente del pasado, forzosamente existirá una conexión entre am­bos. Aunque quizá no lo veamos de momento, habrá sin duda un aspecto, soterrado y lineal, que enlace el pasado y el futuro. Si bien en la historia de cualquier nación se dan, sin duda, grandes cambios entre un período y otro, hay un hecho que no puede pasarse por alto en este país: el que haya desarrollado durante miles de años una cultura propia. Por eso será conveniente hacer una breve reseña de su historia y su evolución espiritual, para lo que bastará con resumir


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los acontecimientos de estos últimos años, que ponen de manifiesto el ambiente del viejo Japón y reflejan en cierta manera lo que fue en el pasado.

finalmente acabaran por imponer su idea hasta hacerla realidad. Esta es una cuestión que no le afecta solo a Japón. Si observamos otros países, vemos que han pasado cosas que no se pueden explicar simplemente alegando que fueron fruto de la locura de unos pocos, como pudiera parecer a primera vista.

¿Por qué intervino Japón en esta guerra? Quienes viven fuera de él responderán, tal vez, que la causa estuvo en el imperialis­ mo, la política de expansión, la ambición de hegemonía y todo cuanto había sido artificialmente construido por la clase militar; que el pueblo, ignorante como era, creía lo que se le decía e hizo, finalmente, lo que se le mandó. Puede ser que, entre los mismos japoneses, algunos condenen lo hecho en virtud del espíritu militarista. Pero personalmente yo no creo que esta sea la opinión de quienes estudian el pasado de Japón con serenidad. Cierto es que tampoco estas personas, que podríamos considerar como las más inteligentes, justificarán todo lo que se hizo. Como tampoco es mi intención justificarlo cuando intento explicar que no fue sim­plemente una idea enloquecida del extremismo militar la que empujó a Japón a una guerra de la que, tal vez, nunca habría podido salir victorioso. Hemos oído, en efecto, que oficiales de gran pres­tigio en la armada y en el ejército de tierra se opusieron a la guerra antes de su comienzo, convencidos de que Japón no podía salir vic­torioso en un enfrentamiento con los Estados Unidos de América. A pesar de esta oposición el país se lanzó a la contienda, y lo que aquí nos preguntamos ahora es qué razones existieron para que fueran los menos inteligentes y prudentes los que

En lo que se refiere a Japón, los bastidores y las bambalinas que ocultaban todo ese imperialismo y ambición de la clase militar estaban sostenidos por el tan decantado problema del exceso de población, que tal vez haya sido su problema más importante durante los últimos veinte años. Más aún, en los últimos cincuenta años la población se había duplicado, y todavía continúa aumentando. Esto no tendría mucha importancia si el pueblo fuera rico, pero no lo es. De acuerdo a las esta­dísticas de 1925, en Japón le corresponde a 993 personas un kilómetro cuadrado de terreno cultivable, el resto son montañas. Com­paremos estas cifras con las de otros países. En Alemania la pro­porción era, de acuerdo a la misma estadística, de 305; en Italia, de 307; en Bélgica, de 640. Eran condiciones ciertamente más favorables que las de Japón, y aun así se dijo que el espacio de estos países no era suficiente para su población. Al comparar estas cifras con las de Japón, se pone de manifiesto que el espacio del que dispone esta nación para su población resulta muy insuficiente. Con todo, Japón no optó por la guerra como primera solución para resolver sus problemas. Mucha gente emigró, pero despertó con el tiempo tal desprecio que la emigra­ción tuvo que limitarse. Tampoco es que dude de que haya habido

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razo­nes para que otros países impidieran la entrada a muchos japoneses. Ni intento entrar en ellas, ni es mi deseo culpar a nadie. Pero ciertamente han sido muchas las causas que le han impedido a Japón solucionar sus problemas y evitar que crecieran y se agudizaran cada año más. Una solución pacífica de los mismos podía ser fácil en teoría, pero muy difícil en la práctica. Si hubiera sido posible la formación de una comisión internacional con los medios necesarios para so­lucionar tales problemas, se habría encontrado un arreglo sin llegar a la guerra. Pero, como todo el mundo sabe, los inten­tos por establecer tal comisión, o una liga de naciones, han fraca­sado hasta el momento. No es de extrañar entonces que hayan sido aquellos japoneses que pensaban en la guerra como en la única solución posible a sus graves problemas, los que hayan acabado imponiendo su idea.

hecho de que muchos de aquellos que abandona­ron Japón durante los últimos años han sido obligados a repa­triarse.

Recuerdo que antes de la guerra se publicaron decla­raciones que afirmaban que no era justo que algunos países tuvie­sen más espacio del que necesitaban mientras que otros no tenían el suficiente. Claro está que esto solo no justifica que una nación comience una guerra. ¿Pero podemos sorprendernos de que suceda así? Yo me inclino a pensar que lo que hubiera sido verdaderamente sorprendente habría sido justo lo contrario. Ahora bien, Japón ha perdido la guerra y no ha sido capaz de encontrar la solución a su problema. Es más, le han sobrevenido dificultades mayores aún, y la necesidad de encontrar espacio para albergar su exceso de población es ahora más urgente que nunca, pues se ve agravada por el

Aunque parece evidente que este problema debe ser resuelto, cómo deba hacerse no es lo que intentamos debatir aquí. Lo único de lo que querríamos dejar constancia es de que la solución no está en la limitación de la natalidad. Sugerírsela a Japón sería como sugerirle el sui­cidio de su raza; algo a lo que nadie tiene derecho. ¿Entonces qué es lo que podría ser realmente de ayuda? Solo esto: que todos los que comprenden el problema de Japón, de verdad y con sinceridad, lo ayuden para que eduque a su gente de tal manera que no constituya ni una carga ni un peligro para aquellos países a los que emigre. Lo que significa, en otras palabras, que deben hacerse cristianos, es decir, adquirir una mentalidad cristiana, antes de emigrar. Esta es, después de todo, la mejor y tal vez la única solución no solo al problema de la superpoblación sino, como luego veremos, de otros muchos. El problema de la población era la causa oculta tras todas aquellas razones que habían empujado a Japón a la guerra. He dicho oculta porque durante el conflicto, apenas figuró como justificación o explicación de los motivos del enfrentamiento armado. En cambio había otro punto de vista en el que sí se insistió. Se trataba de la idea que se había extendido de que Japón liber­aría de la opresión estadounidense y europea a todas las

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naciones del Lejano Oriente. Bajo la tutela de Japón, estas naciones se gobernarían a sí mismas y aspirarían a la unión económica. Se entiende fácilmente que este plan fuera del agrado de muchos. Efectivamente eran muchos, incluido vencidos el mismo gobierno, los que parecían estar con­ de que Japón estaba llamado a establecer en el Lejano Oriente un nuevo orden basado en la justicia y la equidad. Para los occidentales será difícil entender muchas de las cosas que hizo Japón en los países que ocupó de acuerdo al ideal antes mencionado. Pero el hecho es que en Japón existía la convicción de que se debía luchar en esta guerra y de que la causa por la que se combatía era justa. Más aún, no lucharon en contra de su voluntad, en el sentido de que no se vieron obligados a ello por la clase militar, sino que estaban convencidos de que esta guerra era inevitable para Japón y de que debían pelear por su propia vida y por el Lejano Oriente. A menudo se oía a la gente preguntarse: ¿por qué vienen los estadounidenses a pelear aquí en Oriente cuando en su propia tierra tienen todo lo que necesitan? Una vez más deseo insistir en que no es mi intención justificar a Japón en estas cuestiones. Solo pretendo explicar a mis lectores cuál fue la actitud adoptada por el pueblo japonés, de forma mayoritaria, durante la guerra. Algunos dirán que no había ahí más que hipocresía. Pero yo me permito opinar que una gran parte de la población era honesta en su modo de pensar.

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Los japoneses durante la guerra En primer lugar, no debemos perder de vista lo que se ha dicho antes acerca del ideal acariciado por los japoneses durante el último período de la guerra. Este ideal fue divulgado y fomentado en todas sus dimensiones. Parece lógico que junto a estas ideas se insistiera en el espíritu nacional, concretado en la fidelidad debida al emperador, lo que tampoco era, por supuesto, ninguna idea nueva, pues existía ya desde los mismos albores del imperio. Si bien pasó, naturalmente, por momentos de menor efervescencia, en los que el emperador go­zaba de menos poder, esta idea no llegó nunca a extinguirse, considerán­dosele siempre como algo sagrado. Al examinar la literatura japonesa no solo encontramos textos aislados que dejan traslucir esta mentalidad, sino que constatamos que toda ella aparece imbuida por ese espíritu. Los poemas en los que aparece descrita esta lealtad hacia el emperador son innumerables. En cuanto a la forma de gobierno, la mo­narquía japonesa no se parece a la de otros países. Tiene más que ver con una teocracia. Los mismos japoneses la han comparado muchas veces con la teocracia judía. Dicho de otra manera, toda la autoridad resi­día en el emperador. Cuando había que formar un nuevo gabi­nete, el emperador señalaba al hombre que debía organizarlo. El mismo emperador había recibido su autoridad de sus anteceso­res, y la hacía remontar hasta la época prehistórica de la diosa del Sol, llamada Amaterasu, que figuraba como el más antiguo de los ante­pasados del

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emperador y de todo el pueblo japonés. El emperador venía a ser así considerado como el padre del pueblo japonés.

pecto a la mitología puede parecernos Esta actitud res­ ilógica o, cuanto menos, anticien­tífica, pero la mentalidad oriental es diferente de la nuestra. En favor de Japón puede decirse, por otra parte, que su mitolo­gía da testimonio de las creencias de su pueblo, que fue compilando las viejas tradiciones del país a lo largo de cientos y cientos de años. Si en esas tradiciones estaba ya la creencia en la autoridad sin lími­tes del emperador, bien podemos decir que esta forma de gobier­no existía en el antiguo Japón también desde hace siglos.

Esta relación entre el emperador y el pueblo es de suma impor­tancia para comprender la mentalidad japonesa. El emperador no es solo la primera autoridad política, a la que todos deben obediencia, sino también el padre amado por toda la familia-nación. De ahí que en este patriarcado japonés no encontramos solamente, como fundamento de las relaciones entre el gobernante y los súbditos, una obediencia fría sino también un amor verdadero y filial. Recordemos tan solo un ejemplo: cuando los comunistas propusieron que el emperador abdicase, la gran mayoría de la pobla­ción se opuso con energía, prefiriendo mantenerlo aun­que su poder político se viera limitado esencialmente. Con el afianzamiento del espíritu na­cional durante la guerra, se acentuó ostensiblemente el espíritu de lealtad o, para usar una palabra más exacta, de veneración, hacia el emperador. Y, por consiguiente, se continuó insistiendo en la mitología de Japón, que era el fundamento de su autoridad absoluta. En otros términos: la mitología era inseparable de la histo­ria, aunque tampoco se le diera el nombre de historia, pues se la tenía más bien como una especie de fe, llegándose incluso a compararla con la misma Sagrada Escri­tura o con los libros de santos de los cristianos; textos que presentan hechos que aunque a veces nos parecen absurdos, como por ejemplo los milagros, no han podido ser destruidos por el pensamiento crítico.

Así, el culto rendido al emperador fue creciendo. En este punto estimo oportuno hacer una aclaración para evitar una falsa interpretación del hecho. Aunque al emperador se le tenía por un dios, nunca fue considerado como tal en el sentido que le damos nosotros a la palabra. Era visto como dios en el mismo sentido que otras famosas personalidades de la historia del país. Nadie en Japón se ha visto obligado a dejar su propia religión para rendirle culto al em­perador. En otras palabras, no era un culto en el sentido religioso. Eso queda muy claro en los estatutos oficiales del gobierno. Lo único en lo que se insistía era en la absoluta lealtad que se le debía al emperador. Naturalmente esta obligación podía llegar a ser un arma peligrosa en manos de ciertos individuos que, por prejuicios o por otras razones, intentaran luchar contra la religión cristiana, lo que había sucedido no pocas veces causando un gran sufrimiento a muchos misioneros. Aunque

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generalmente quienes ocasionaban ese tipo de molestias eran oficiales de baja gradua­ción escasamente instruidos.

En consonancia con este modo de pensar, se rinden honores no solo a los soldados muertos en los campos de batalla sino tam­bién a los que aún viven. Por ello se producían siempre manifestaciones de entusiasmo cuando alguien se alistaba en el ejército. Muchos niños con banderitas en las manos y muchas personas mayores lo esperaban en la estación, o se situaban a lo largo de las vías férreas por donde el tren había de pasar. Una señal espe­cial distinguía a cada una de las casas que tenía algún miembro de la familia sirviendo a la patria en el ejército. Estas costumbres se conservaron más o menos hasta el final de la guerra.

La lealtad al emperador era, pues, la consigna de los soldados japoneses. Para ellos, el emperador simbolizaba a Japón y por él deberían luchar hasta el final. La posibilidad de rendirse ante el enemigo, incluso aunque la victoria fuera imposible, quedaba descartada por ser considerada una deshonra. Y en el caso de que no fuera posible morir luchando, deberían matarse mediante el haraquiri. Con la misma mentalidad de los espartanos de Leónidas, las tropas japonesas acostumbraban pelear hasta que sucumbiese el último. Caer prisionero significaba para ellos tal desgracia y humillación, que un soldado japonés no podría volver jamás a su país tras haber sido hecho prisionero. Una nueva similitud con la mentalidad espartana. Los soldados japoneses han sido, además, acusados de cometer muchas crueldades. Puede que sea verdad, pero lo cierto es que, ante todo, eran terribles y fieros lu­ chadores. Quizás haya una conexión entre ambas cosas y la una sea con­secuencia de la otra, pero debe recordarse que al principio no era así, y que eso sucedió más tarde, cuando los soldados iban ya a la gue­rra con la convicción de que nunca más volverían a sus hogares, detalle que no carece de importancia. Recuerdo a un joven oficial que se despedía de mí. Al darle la mano usé una expresión equivalente a ‘hasta pronto’, a lo que me respondió: “No, usted se queda aquí a vivir pero yo parto para morir.”

Como se solía, ade­más, incinerar a los que morían en ella, parte de sus cenizas eran en­viadas a sus respectivos hogares, donde se les tributaba siempre un grandioso recibimiento por parte del pueblo o el barrio de la ciudad natal. Quienes pasaban junto a ellas se quitaban el sombrero; en el tren iban siempre dentro de un cajón envuelto en una tela blanca, para que todos pudieran reconocerlas, y la gente se inclinaba ante ellas. Pero el acto más solemne se celebraba en el templo nacional Yasukuni, en Tokio. Estas celebraciones se realizaban en fechas concretas para honrar a la vez a miles de muertos. Los padres, los hijos y otros familiares iban a Tokio, desde los más apartados lugares del país, para asistir a lo que podríamos considerar como una canonización de sus parientes y allegados. Y no había mayor consuelo para el pueblo que ver al mismo emperador en persona rindiendo

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homenaje a aquellos que habían dado su vida por la patria. No hay una nación en el mundo que no honre a sus sol­ dados muertos, pero tal vez ninguna les rinda honores tan grandes como Japón. Y es que para ellos la vida carece de valor si no se entrega por la gran causa del emperador y de la patria.

sintoísmo oficial del estado y la religión sintoísta privada. El pri­mero no ha sido declarado como religión, pero es obligatorio para todos, es decir, cada uno está obligado a concurrir a los templos nacionales en ocasiones señaladas. Es solo una manera de profesar lealtad al Estado. La segunda forma del sintoísmo es libre y está dividida en varias sectas estrictamente religiosas. La insistencia, mayor que en los años anteriores, para que se concurriese a los templos oficiales presuponía, naturalmente, la intención de reforzar el espíritu nacional, cuya educación se procuraba de diversos modos.

Aun había más. Cada vez que se celebraba una reunión, cualquiera que fuera su índole, todos los asistentes, puestos de pie antes de comenzar, hacían una reverencia en dirección al palacio imperial de Tokio, a la que seguía luego una silenciosa oración por espacio de un minuto en recuerdo de los soldados muertos. Tras esto, la gente tomaba asiento y se abría la sesión. A esta afirmación del espíritu nacional se añadían grandes esfuerzos por regenerar la vida moral, es decir, se insistía en las antiguas virtudes japonesas acerca del sacrificio personal, la frugalidad en la vida, la preferencia del bien común al particular o el empeño del sacrificio en aras de la gran causa común. Para reforzar este espíritu se realizaban cursos de entrenamiento espiritual. En los antiguos tiempos, los guerreros practicaban la meditación budista con el fin de fortalecer su espíritu combativo. Estas meditaciones versaban, por ejemplo, sobre el desprecio de todas las cosas o sobre la igualdad de la vida y de la muerte. Cursos semejantes se daban en todo el país y para todas las clases sociales. Huelga mencionar el sintoísmo, tan ampliamente conocido. Deseo únicamente indicar las diferencias existentes entre el

Pero no solo se insistía sobre el espíritu sino que también se le exigían al pueblo grandes sacrificios. Por ejemplo, aquellos que no eran llamados a filas debían trabajar en las industrias de guerra aunque tuvieran pocos años. A medida que pasaba el tiempo, los jóvenes tenían cada vez menos horas de clase en las escuelas de segunda enseñanza, de modo que hacia el final de la guerra apenas había algunas horas de clase. Los muchachos iban en grupos con sus profesores desde sus escuelas hasta las fá­bricas, mientras las aulas servían como oficinas para compañías de industrias bélicas o como cuarteles para los soldados. Cuando las incursiones aéreas se hicieron más frecuentes, los niños de las escuelas de primaria fueron llevados al campo y aloja­dos en los templos o en otros lugares, en el caso de que sus padres no pu­diesen mandarlos a casa de algún pariente o amigo que viviese en el campo. En general todos

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los niños, excepto los más peque­ños, tuvieron que trabajar durante la guerra. Hasta en eso pudo verse el tremendo esfuerzo de toda la nación. Aunque sabían que no podían competir con los estadounidenses en cuanto a maquinarias y ma­terial, pretendían hacer frente a esa desigualdad con su espíritu combativo y la multiplicación de sus trabajadores. Por supuesto que había quienes estaban en desacuerdo y, ciertamente, esto resultaba muy duro para todos. Pero en general los sacrificios se hicie­ron con la sincera convicción de que era necesario trabajar y morir por una gran causa.

se había opuesto a la guerra alegando que los japoneses podrían ganar solamente durante el primer año, pero que luego serían derrotados. Japón se colocó cada vez más a la defensiva y pronto se vio claramente que no podría ganar.

Podemos afirmar que esta es la guerra que ha requerido el mayor esfuerzo del antiguo Japón y su último gran despliegue de fuerza. Los demás pueden pensar lo que quieran pero yo, que estuve todo el tiempo junto a los japoneses, sentí siempre una gran admiración por ellos durante la guerra. La tragedia estribó en que todos estos esfuerzos suyos estuvieron dirigidos hacia un objetivo equivocado e imposible. No hubiera sido tan trágico si solo se hubiera tratado de un gran esfuerzo; pero es que hubo también sacrificios inmensos. Al principio de la guerra, Japón dominaba victorioso. Conquistó extensas regiones en el Oriente, y parecía que solo una corta distancia le separaba del este de la India e incluso de Australia. Los japoneses tuvieron éxitos que superaron sus propias expectativas. Pero después todo cambió. Sucedió lo que había vaticinado uno de los oficiales navales más capacitados de Japón, que

Tras la pérdida de Saipán, una de las islas Marianas, comenzaron a gran escala las incursio­ nes aéreas con bombarderos desde los barcos de la marina de guerra estadounidense. La escasez de alimentos se había dejado sentir con anteriori­ dad, pero ahora las raciones fueron disminuyendo cada vez más. A esto se sumó la escasez de materiales. Tanto los particula­res como los ayuntamientos debían entregar todo lo que pudiera ser útil para la guerra. Se recogieron toda clase de metales, radiadores, puertas o barras de hierro, incluso las de los ban­cos que eran sustituidas por otras de madera. Luego las incursio­ nes aéreas aumentaron y cientos de bombarderos aparecieron en el firmamento. Las ciudades se incendiaron por completo o en una gran parte. Los cañones antiaéreos no daban abasto y Japón no disponía ya de medios para construir grandes aviones. En tan desesperada situación no quedó más remedio que recurrir al enfrentamiento directo con pequeños aviones de caza. Pero aun estos eran insuficientes ante el número mayor de aviones enemigos. Y finalmente, como colofón a este continuo sufrimiento, llegó la bomba atómica, cuyo empleo continuado habría supuesto el aniquilamiento total del pueblo japonés. Antes de hablar acerca del período final, hagámonos una

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pregunta sobre la cuestión religiosa durante la guerra en sus diferentes aspectos. En la lucha con Rusia de hace cuarenta años, hubo una reacción religiosa bastante fuerte tanto por parte de los budistas como de los cristianos. En esta guerra ha pasado algo completamente diferente y sería interesante investigar las causas. En lo que se refie­re al cristianismo puede explicarse fácilmente, como luego vere­mos. Pero, ¿qué sucedió con el budismo dado que la mayo­ría de la población es budista? A pesar de que mi opinión perso­ nal pueda no coincidir con la de quienes conocen el tema mejor que yo, por ejemplo sus propios expertos, me atrevo a emitir los siguientes juicios, que están respaldados por mi experiencia personal.

ción, por lo que se explicó de manera popular, es decir, con ideas y formas adaptadas a la capacidad del pueblo; pero esta forma popular se volvió prácticamente incompatible con el progreso educativo. Los budistas no supieron ponerse al día con esta evolución, y un gran número de personas, en especial jóvenes, no frecuentaban ya los templos más que en ciertas ocasiones, por ejemplo en el caso de funerales a los que asistían para honrar a algún muerto.

Para empezar, los budistas habían perdido in­fluencia en los últimos cuarenta años, no en el sentido de que fueran muchos los que abandonaran el budismo formalmente, sino por la pérdida de la fe. La tradición familiar y las obligadas imposiciones de los funerales, que todavía gozan de gran importancia en Japón, impidieron que la gente dejase de practicar su religión, al menos formalmente. El budismo de la gente común se mezclaba demasiado con supersticiones y, con el progreso de la civilización, los japoneses aprendieron a enfocar las cosas desde un punto de vista más científico. No quiero decir, sin embargo, que todo el budismo consista en supersticiones ya que ciertamente lo medular de esta religión es algo más profundo, difícil de conocer en su esencia y nada fácil de interpretar por gente de poca instruc­

Por eso durante la guerra no se confiaba en encontrar en la religión budista una solución al pro­blema. Además el budismo es en gran parte más pasivo que activo, por lo que no estaba en condiciones de responder a los intereses del gobierno. Finalmente recordaremos que el budismo no es un asunto de trascendencia nacional a pesar de haber desarrollado en Japón líneas propias. Antes he hablado de la meditación budista practicada por antiguos guerreros para fortalecer su espíritu, y que se puso de nuevo en boga durante la guerra con el fin de preparar a la gente para el sufrimiento y el sacrificio. Pero esta clase de entrenamiento no era esencialmente religioso y por eso ni significó ni produjo una vuelta hacia el budismo. No voy a descender ahora a los detalles. Más adelante agregaremos unas palabras más al hablar de la cultura japonesa. ¿Qué decir de la actitud adoptada por el cristianismo durante la guerra? ¿Hubo alguna reacción por su parte? Como es sabido los misioneros y los cristianos japoneses

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tuvieron grandes dificul­tades durante la guerra. Se podría decir que no hubo una actitud favorable al cristianismo, por lo menos en forma visible. Las ra­zones son obvias. Aunque el cristianismo había sido tolerado oficialmente, siempre fue considerado como un peligro para el país pues, al haber venido de fuera, mantenía lazos religiosos con países extran­jeros, en ocasiones incluso enemigos de Japón. Los cristianos fueron muchas veces tenidos por espías y la religión cristiana tenida como sospe­chosa e incompatible con el genuino espíritu japonés. Por eso los cristianos se veían a veces en situaciones incómodas y difíciles en relación con sus compatriotas no cristianos. En tales circunstancias había pocas posibilidades de movimiento alguno hacia el cristianismo. Es verdad que siempre había algunas conversio­nes, pero eran escasas.

católica estaba muy extendida por todo el mundo, hecho que muchos ignoraban pues en Japón había muy pocos católicos: tan solo unos ciento treinta mil en una población de setenta millones de personas. Encontraron en Filipinas millones de católicos y, por razones políticas, hasta el gobierno les fue favo­rable.

Con todo, en muchos lugares, especialmente en la época en que la situación de Japón empeoraba cada vez más, comenzó algo así como un movimiento subterráneo en favor del cristianismo; por lo menos hacia la Iglesia católica. Muchos se sentían atraídos por ella, pero el contacto con los extranjeros resultaba siem­pre sospechoso. Además de esto, la gente estaba demasiado ocu­pada para ser instruida con regularidad, lo que influyó en mu­chos de aquellos que tenían interés en convertirse. Se dieron algunas cir­ cunstancias favorables para los católicos. La más extraordinaria fue que, con la conquista de Filipinas, muchos japone­ses descubrieron que la religión

Otra cosa que les abrió los ojos a muchos fue el hecho de que los soldados japoneses que luchaban en China encontraran iglesias católicas con misioneros que permanecían junto a su rebaño a pesar de la guerra. También ayudó mucho la acti­tud imparcial del Vaticano en medio de la tormenta bélica. Solían aparecer con frecuencia artículos y noticias favorables sobre la Santa Sede en los periódicos japoneses. Si no hubiese sido por la estrechez de miras de algunos oficiales japoneses, la Iglesia cató­lica hubiera tenido una excelente oportunidad para desarrollarse durante la guerra. Pero, como veremos después, todo esto ha sido una preparación para los tiempos que han de venir.

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Japón después de la guerra Ya hemos hablado de la rendición y de cuál fue la primera reacción de los japoneses. Si consideramos lo dicho, tanto acerca de las ideas y aspiraciones de Japón en esta guerra como de sus planes en el Lejano Oriente, comprenderemos mejor lo que tal rendición supuso para Japón: nada menos que el colapso total del viejo imperio con su historia de más de dos mil años. Si se me permite hacer una comparación, se podría decir que el mito griego de Ícaro cuadra magníficamente con la aventura corrida por Japón. Ícaro, el hijo del ingenioso Dédalo, el constructor del laberinto cretense, intentó volar hasta el sol valiéndose de las alas que había fabricado su padre; se acercó tanto al astro que el calor derritió la cera que mantenía pegadas las plumas, por lo que cayó desde el firmamento al mar Egeo donde pereció. La luz del ideal de Japón era también tan brillante que le cegó. Falló en la visión de la realidad y en la estimación de los cálculos. Se propuso pla­nes que no podía llevar a cabo. Estaba, pues, destinado a fracasar. Y esto supuso mucho más que el fracaso de la empresa acometida durante los últimos dos años. Fue el colapso total del viejo Japón, es decir, de la estructura de su estado, esencialmente basado, tal como ellos lo con­cebían, en la posición del emperador. Eso fue lo que más lamentaron, pues nunca antes se había insistido tanto en la estructura

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del estado japonés como durante los últimos años. No hay que extrañarse entonces de lo que la rendición supuso para los japoneses, pues el ejército siempre estuvo resuelto a no rendirse, a no ser, claro está, que las condiciones de paz fueran tales que pudiesen ser aceptadas por Japón sin mengua de su honor. En efecto, por lo que puedo juzgar, Japón habría aceptado antes el final de la guerra con serenidad, con tal de que se le hubiesen ofrecido condiciones aceptables. Después del colapso primero de Italia y luego de Alemania, Japón se quedó solo en la lucha. Y para empeorar la situación, Rusia le declaró la guerra. No quedaba ya ninguna posibilidad de alcanzar la victoria. Pero aun así, ni siquiera entonces el ejército habría consentido una rendición incondicional y probablemente la mayor parte de la población, por no decir toda, era de la opinión de que la nación entera habría de perecer antes de rendirse. Como ya hemos explicado, la suprema orden del emperador consiguió lo que parecía imposible. Durante las dos primeras semanas que siguieron a la rendición, todavía había en Japón quien deseaba seguir peleando, y trataba de persuadir a los demás para que resistiesen a la ocupación de las tropas norteamericanas. No hay que extrañarse por ello, ya que al ejército le resultaba muy duro tener que rendirse. En realidad estos belicistas de última hora no consiguieron nada, pues la población obedeció el mandato del emperador. Todo el mundo guardó

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silen­cio tras el terrible golpe, exactamente lo mismo que después de la explosión de la bomba atómica de Hiroshima.

e incluso que no existan a día de hoy; pero estoy convencido de que en el momento actual su número es insignificante.

Pero pronto comenzó a despertar de su atónito letargo; es decir, comprendió que Japón había cometido una enorme equivocación y que el pueblo había estado mal dirigido por sus jefes. Es admirable cómo la gente pudo cambiar tan pronto de parecer. En efecto, las tropas de ocupación fue­ron recibidas, si no con alegría como sucedió en otros países, al menos sí con cortesía. Cuando entraron en contacto con los ocupantes estadounidenses, los encontraron generosos y afables, y los prejuicios que les habían infundido durante la guerra desaparecieron rápidamente. El gobierno mismo hizo también cuanto pudo para acceder a las demandas de las autoridades militares norteamericanas.

Por supuesto que todo Japón lamenta profundamente la derro­ta. Pero no tanto por la humillación que entraña como porque el país se ha desmoronado completamente a consecuencia de ella. Las posibilidades de conseguir alimentos son escasas. Los precios en el mercado negro tan elevados que ni siquiera un profesor univer­sitario puede plantearse pagarlos si tiene que alimentar a una familia de varios miembros. La mano de obra se ha puesto carísima y un peón gana más que un profesor universitario, pero se encuentra en la obligación de pagar esos precios tan altos ya que no podría realizar una labor manual tan dura como la suya con las raciones que le han sido asigna­das, y además tiene que alimentar a su familia, en la mayoría de los casos numerosa.

Viendo lo fácilmente que el pueblo y el gobierno japoneses obedecían a los norteamericanos, he oído a veces a algunos extranjeros preguntarse si tanta aquiescencia era sincera o solamente una apariencia que ocultaba el profundo rencor que abrigaban en sus corazones hacia sus enemigos. Si uno piensa en el coraje de los japoneses durante la guerra, y quizá aún más si se detiene a observar los terribles efectos de las incursiones aéreas, sobre todo los de la bomba atómica, bien podría pensar que los japoneses ardían de odio contra sus enemigos por más que disimularan sus sentimientos. Pero no creo que esta fuera en gene­ral su actitud. Al menos yo no he encontrado uno solo que manifestara tal sentimiento. Naturalmente, esto no prueba que no existieran rencorosos,

El transporte es muy precario. Los trenes van tan cargados, que el hacer uso de ellos supone un peligro para la vida. Miles e incluso millones de casas han sido destruidas sin que haya medios para construir nada con la debida solidez. Aún hoy muchas personas mueren de hambre. Y todavía se plantea otro pavoroso problema: millones de japoneses, soldados y civiles, regresan de Manchuria, de Corea, de China o de las islas de Oceanía. ¿Cómo encontrarán qué comer? Si no se importan urgentemente grandes cantidades de víveres, la situación será terrible. Los japo­neses no pueden hacer nada para ayudar a su propio pueblo, ni

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siquie­ra emigrar a otros países para hacer más llevadera la vida de los que se quedan en casa.

emperador, los nipones no fueron partidarios, ni antes ni durante la guerra, de un excesivo poder del partido militarista.

Todo esto lo saben ellos muy bien, y a menudo les he oído decir: “No podemos hacer nada. Somos un país derrotado.” Con frecuencia me formulaban dos preguntas. La primera: “¿Por qué perdió Japón la guerra?”, y la segunda: “¿Qué cree usted que debemos hacer para recons­truir el país?” En la primera aparece expresada su convicción de que se han equivocado y de que quieren investigar la causa para co­rregir los defectos. La segunda manifiesta claramente que desean hacer todo lo posible para reconstruir el país, y es muy natural que así lo deseen. Pero ninguna de estas preocupaciones expresa odio hacia nación alguna, lo que revela tan solo una gran dosis de sentido común y un claro reconocimiento de la realidad.

Se me preguntará tal vez tanto acerca del comunismo y de su fuerza en Japón como sobre la probabilidad de que se plie­guen a él los japoneses. Creo poder responder que aunque por el mo­mento no exista un gran riesgo, sin duda este habrá de aumentar si el pueblo continúa sufriendo como hasta ahora. En mi opinión, no podrá evitarse si no se realizan todos los esfuerzos posibles para mitigar la miseria, que es el mejor terreno para que el comunismo germine.

Se podría formular aún otra pregunta: ¿Sobre qué bases culturales y jurídicas quieren construir el nuevo Japón? Res­pecto al futuro Japón hablaremos más adelante, pero aquí no estarán de más algunas aclaraciones. Ante todo, la gran mayoría de la población no pretende reconstruir un Japón seme­jante al anterior. Todos desean un nuevo Japón, más democrático aunque con el emperador como jefe de la nación, y para ello se ha elaborado una nueva constitución que establece la monarquía constitucional. En segundo lugar, nadie desea un país militarista sino una nación pacífica. Esta idea no es del todo nueva. A pesar de que siempre mantuvieron su inquebrantable adhesión al

Por último, aunque más ade­ lante hablaremos de este punto con detenimiento, anticiparemos algunas claves acerca de las con­ diciones del cristianismo después de la guerra. Es evidente que, en la destrucción general del país, las misiones pagaron también su tributo. En las grandes ciudades como Tokio, Osaka, Nagoya, Kobe y otras que fueron bombardeadas, casi todas las igle­ sias y las escuelas cristianas han sido destruidas. Grandes pérdi­ das estas, por cierto, que requerirán desde el extranjero una ayuda enorme para ser paliadas. La actitud del pueblo y del gobierno con respecto al cristia­ nismo ha cambiado visiblemente ante el colapso tema. Ya hemos contado que existía del antiguo sis­ entonces un cierto movi­miento subterráneo de simpatía hacia el cristianismo en general y hacia la Iglesia católica en particular. He sabido que muchos estudiantes de

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Hiroshima, convencidos de que iban hacia la muerte, pidieron consejos y biblias a las iglesias cristianas antes de ingresar en el ejército. Yo mismo encontré siempre a la gente ansiosa, durante la guerra, sobre qué actitud adoptar ante la muerte. He sabido además que había quienes se halla­ ban atormentados por no saber cómo conciliar el amor debido a Dios con una guerra que les obligaba a matar seres humanos. ¿Cómo –se decían– se puede amar a Dios y al mismo tiem­po matar a tantos de mis enemigos?

algunas de sus ramas son extre­madamente primitivas. Su influencia y su atractivo se debían sobre todo a su espíritu nacionalista y, al derrumbarse este, desaparecieron. Por lo demás ya no pueden satisfacer a las perso­nas que anhelan seriamente una religión coherente, pues son incapaces de dar respuesta a las inquietudes de la gente de mediana cultura.

Todos estos sentimientos revelan una marcada inclinación hacia el cristianismo, que creció más aún después del colapso general. El terreno sobre el que creían pisar firmemente se ha hundido. Se sienten como arrastrados en una vorágine oceánica sobre un enorme témpano glacial. Buscan con ansiedad una tierra firme en la que desembarcar. Todo zozobra en Japón en estos momentos. No hay seguridad ni en la vida ni en el orden social. Nadie ve un futuro claro. Sienten que solo hay seguridad espiritual en lo inmutable, y lo atisban en la fe cristiana. Todo esto hace que deseen conocer el cristianismo. Otras religiones no les inspiran la misma confianza. Lo que sucede con el budismo ya lo expliqué antes, pero se po­dría aducir que también existe el sintoísmo. Como expuse más arriba, hay dos clases de sintoísmo: el oficial y el privado. El primero fue abolido por decreto de las fuerzas de ocupación por estar íntimamente relacionado con el nacionalismo. El otro no significaba mucho, al menos para los japoneses cultos, pues

Por último, han desaparecido los grandes obstáculos para las conversiones al cristianismo habidos durante la guerra. Tampoco se sospecha ya de que los extranjeros sean espías. Ninguna autoridad se opondrá a que alguien abrace el cristianismo. Por supuesto, todavía existen prejuicios en ciertas familias, aunque más entre los labradores, por causa del budismo, que entre la población urbana. Pero en general puede afirmarse que el cristianismo es ahora libre, no solo legal­mente como ya sucedía antes, sino en la práctica. Aunque actualmente solo existe una barraca que sirve de vivienda para los misioneros, a nuestra destruida misión acude más gente que nunca pidiendo de corazón instrucción religiosa. En algunos sitios, el número de los nuevos aspirantes es tan alto que no hay suficientes misioneros para atender a tantas almas ansiosas de alimento espiritual. El ámbito de la misión es, pues, ilimitado. Verdaderamente pode­mos decir: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Lc 10,2).

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Capítulo III EL FUTURO DE JAPÓN

La nueva cultura japonesa En Japón hay quienes, de plano, se inclinan a rechazar la cultura japonesa en su totalidad. Creen que está absolutamente equivocada y la hacen responsable de las desgracias que ha vivido Japón durante el último período de su historia. Evidentemente se trata de una actitud equivocada que solo se comprende a partir de la situación de desamparo y desolación que aflige al pueblo japonés. Pero cada pueblo tiene una idiosincrasia que hay que respetar, incluso aunque muchas veces no lleguemos a intuir sus diversos ma­tices. Con todo, la construcción de un nuevo Japón al margen de su pasado sería algo extremadamente peligroso y revelaría una gran falta de sentido histórico. Rechazamos esta postura por juzgarla completamente errónea. En el extremo opuesto se sitúa la opinión de quienes tienden a mantenerlo todo en el mismo estado que antes.


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Me per­mito opinar que este plan, dejando a un lado su hipotética convenien­cia, es impracticable por una razón muy sencilla: hace ya mucho tiempo que la cultura japonesa dejó de ser puramente japonesa y está muy mezclada con la cultura europea. Por eso hubo quienes, durante la guerra, pretendían eliminar cualquier influencia occidental, lo que re­sultó imposible pues violentaba la forma de sentir de los japoneses, que tienen la cualidad de saber asimilar la influencia extranjera y ser además sumamente progresistas.

peligrosidad ya hemos señalado, y se destruyeran de un plumazo las añejas tradiciones de este pueblo milenario.

Si bien sorprende la rapidez con la que los japoneses han hecho suyos los inventos occidentales y el alto perfeccionamiento técnico que han alcanzado con ellos, es también cierto que esta última guerra ha puesto de manifiesto que la ciencia y la tecnología japonesas se han quedado muy retrasadas con respecto a las estadounidenses, si bien estas últimas deben mucho a las europeas. Pero también es un hecho que Japón se puso rápidamente al tanto de las novedades y, en poco más de medio siglo, pasó de la Edad Media a la Contemporánea, asombrando con sus progresos a todo el mun­do. Si se quedó rezagada en algo fue a causa de la falta de materias primas y también, muy posiblemente, a la de capital. Por eso es de todo punto ridículo hablar de la total eliminación de la cultura europea. Le supondría a Japón volver a los tiempos medievales. Y de intentarse un paso semejante, se correría muy probablemente el riesgo de que prevaleciera por reacción natural la primera opinión, cuya

Para encontrar una solución adecuada es preciso despejar antes las siguientes incógnitas: ¿Qué valores reúne la cultura japonesa?, ¿posee algunos que sean permanentes o, por lo menos, válidos en nuestro tiempo?, y en ese caso, ¿serán válidos solo para los propios japoneses o bien podrán tener un alcance universal, como por ejemplo en el caso de los valores estéticos, o tal vez su carácter anticuado resultará ser un obstáculo para un progreso real. Para responder a estas preguntas, hagamos un esfuerzo por penetrar en el conocimiento de algunos aspectos de la cultura japonesa aunque, dado el amplio desarrollo histórico de Japón, cuya cultura data de hace más de dos mil años, no podamos hacer un estudio en profundidad. Aunque quizá en sus orígenes el pueblo japonés no gozara de un estado de civilización muy avanzado, se sabe que lo alcanzó muy tempranamente. Han transcurrido unos mil quinientos años desde la aparición del budismo en Japón, donde llegó como cultura chino-hindú, jugando el mismo papel que la cultura helénica en Roma. Su transcendencia es tan grande que un estudio serio de la cul­tura japonesa implicaría una investigación a fondo de este largo período por lo que, a pesar del interés del tema, limitaremos nuestra exposición a los rasgos más importantes de la cultura japonesa. A modo de introducción diremos unas palabras sobre la

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escri­tura japonesa, que como es sabido ha sido tomada de la china. Se trata de una amalgama de la escritura ideográfica china y de la escritura silábica japonesa. La primera, llamada kanji, es la traslación a ideogramas de pequeños dibujos jeroglíficos, es decir, como indica la misma palabra, que a cada idea le corresponde un signo, lo que conlleva el inconveniente de que se multiplican indefinidamente; tal inconveniente se salva en parte gracias a ciertas radicales chinas llamadas pu, que sirven a la vez para simplificar y determinar conceptos raíces o familias de palabras.

monje budista Kubai (muerto en el año 835), tanto en lo que respecta a la forma, al trazado de sus cuarenta y ocho signos, como al conte­nido, pues el i-ro-ha4 es un hermoso poema.

La historia de la lengua ha observado que el procedimiento ideográfico tien­de a evolucionar hacia el fonográfico. A pesar de que los pu perfeccionaron la escritura, la lengua china se mantuvo equidistante entre ambos sistemas: el de ideogramas y el de fonogramas. En Japón el uso del kanji significaba siempre una cultura y una educa­ción esmeradas, aunque la lengua japonesa se desenvuelve sin difi­cultades dentro de un sistema fonético de sílabas llamado kana, en el que se aprecian dos fases: una silábica y otra alfabética, siendo la segunda su forma más evolucionada. El kana japonés pertenece a la primera fase, es decir, al sistema silábico, y comenzó a utilizarse ya en los siglos VIII y IX. Exis­ten dos variedades, y ambas proceden de la simplificación de los ideogramas chinos. Una de ellas, el katakana, ‘escritura de segmentos’, fue creada por Kibi no Makibi (fallecido en el año 775) y la otra, el hiragana, es la forma cursiva que tan elegantemente abrevió el

Resumiremos diciendo que la escritura de los japoneses es una combinación del kanji, el katakana y el hiragana. Salta a la vista el esfuerzo que supone su apren­dizaje, por lo que desde hace tiempo hay en Japón un movi­miento a favor de la escritura llamada romaji, que no consiste sino en el empleo del alfabeto europeo para todas las palabras japo­ nesas o chinas. Como hemos apuntado antes, las razones de este movimiento son obvias. En las escuelas japonesas, tanto los niños como los adolescentes emplean una gran parte de su tiempo y de su energía en el aprendizaje de esta difícil escritura, pues para estar en condiciones de leer las cosas más corrientes se necesi­taría conocer de dos a tres mil caracteres ideográficos. Los grandes periódicos y las revistas más famosas requieren actualmente de cinco a seis mil signos distintos.

4 El i-ro-ha es un poema japonés escrito probablemente en el período Heian (794-1179). Presenta una estructura de versos de 7 y 5 sílabas. El i-ro-ha emplea todos y cada uno de los kana solamente una vez (con la excepción de n, que sería añadido posteriormente al silabario). Por esta razón se ha empleado este poema como base de la ordenación del silabario japonés hasta su reforma durante la era Meiji a finales del siglo XIX.

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Sin embargo, y he aquí lo extra­ordinario del caso, en Japón casi no hay analfabetos. Es fácil de comprender el alivio que supondría para las escuelas la innovación de la escritura romaji. Una parte de las numerosas horas que se dedican al aprendizaje de tan compleja escritura podrían destinarse a otras materias que son dejadas de lado. Y en el caso de tener que aprenderse los signos, el estudio se prolongaría aún más.

nuestro alfabeto por su conocimiento del inglés, o de cualquier otra lengua europea, encuentran difícil la lectura del romaji.

Esta economía de esfuerzos resultaría preciosa en la escuela primaria. Además hay que tener en cuenta que el conocimiento de los caracteres chinos se habrá de ampliar después no solo con la práctica de la lectura y la escritura, sino también con otros estudios en los que la introducción de nuevos signos resulta necesaria. Piénsese solamente en la física y la química, o en la historia con tantos nombres pro­pios diferentes según las denominaciones características de cada pueblo. Por otra parte la abolición de los kanji acarrearía enormes dificultades. Si la actual lengua japonesa se escribiera en romaji, aparecerían a menudo grandes dificultades de comprensión a cau­sa de la misma pronunciación que se da a muchos de los kanjis que se han intro­ducido en el japonés con sus caracteres chinos. Tienen todos un significado distinto y solo pueden distinguirse por los rasgos de los signos. Abandonar los signos kanji supondría una revolución en la lengua japonesa, lo que podría hacer sonreír a un lingüista; pero incluso a los japoneses que están familiarizados con

La literatura japonesa se resentiría también enor­memente, y quienes han de tomar la decisión y ordenar con un imperativo fiat el cambio de escri­tura, se encuentran indecisos pues, desde un punto de vista emocional, también a ellos les duele en carne viva. Se perderían además importantes valores artísticos, como la caligrafía realizada con pincel, que es un verdadero arte. Estos intrincados trazados chinojaponeses tienen cualidades que no posee nuestra fría y racional escritura. La escritura japonesa es vivaz y expresiva en los signos mismos; traduce la personalidad de quien escribe y, gracias a una acertada selección de los mismos, muestra sentimien­tos imposibles de ser expresados de otra manera, de tal modo que, ante la atención despierta del lector, los trazos encumbran al verdadero poeta. En otras pala­bras, un poema chino o japonés transmite a los conocedores del idioma, y de la literatura oriental, el gran placer estético de intuir de antemano el contenido del poema, con solo contemplarlo, casi sin leerlo, por el solo hecho de que sus signos, o el conjunto de ellos, dejan traslucir las ideas y sentimientos subyacentes; es algo así como cuando nosotros miramos una sugerente obra pictórica. Todas estas razones son la causa de que no se haya tomado la decisión de abolir los caracteres kanji. Para

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mitigar sus inconvenientes, el gobierno ha restringido en muchas ocasiones el número de los signos que aparecen en los documentos oficiales. Se ha vuelto a hacer de nuevo después de la guerra, lo que resultará provechoso para los ni­ños en las escuelas y para los extranjeros que tengan que apren­der el japonés.

lo que se ajusta magníficamente a su carácter y mentalidad, pues el bushi o samurái es, en efecto, caballero, guerrero y noble. Pero no vayamos a pensar que es una especie de reglamento militar. Todo lo contra­rio. Es la norma de vida de todo japonés que aspire a ser un hom­bre de honor, un verdadero gentleman tal cual se entiende en Japón. Aunque los tiempos de la nobleza feudal están lejos, esta conserva aún su importancia. Algunos aspec­tos, como por ejemplo lo referido al harakiri o a la educación de los sa­muráis, quizá están hoy fuera de lugar en cuanto a la parte formal, pero las virtudes esenciales que el bushido enseñó a los japoneses de los tiempos pasados continúan en vigor en el presente.

La naturaleza de la escritura tiene relación con la mente, por lo que no puede ser cambiada de golpe. El pueblo japonés piensa más en base a objetos particulares que a ideas universales, lo que es coherente con el hecho de que, en su escritura kanji, a cada signo le correspon­de una idea. Sin embargo no es del todo imposible que la lengua japonesa pueda escribirse algún día, de forma cotidiana, con los sig­ nos europeos, es decir, que se emplee la escritura romaji en lugar de los caracteres chi­nos. Pero aunque esto sin duda influiría en el desarrollo de la cultura japonesa, no sería tan decisivo para su futuro como otros temas más esenciales que reclaman ahora nuestra atención. Para interpretar la cultura japonesa es preciso llegar a comprender la índole de los llamados do, palabra que entraña un significado imposible de traducir a nuestro idioma. El signo chino representa la idea de ‘ruta’ o ‘camino’. Viene a significar algo así como ‘filosofía vital’, pero no en sentido abstracto sino como una norma de conducta en la vida o ética. De estos do, el primero que debe mencionarse es el cono­ cido bushido, que significa ‘espejo o modelo de caballeros’,

Mencionemos una de ellas: la frugalidad. Por supuesto, no se la practica por motivos económicos sino por desprecio de la riqueza. Un samurái se avergonzaría de aspirar a cualquier lujo, exceptuando aquel que pu­diera ostentar en sus armas. No solamente se desprecia la riqueza; la misma vida es tenida en poco si ha de ser vivida con des­honor. Desligarse de ella es considerado como natural, con plena conciencia de que se trata de algo inevitable, no en el sentido fatalista sino en medio de un realismo vital. Por otra parte, el alma japonesa, tan llena de paradojas que alcanza el extremo opuesto del idealismo, ha simbolizado al samurái en la flor del cerezo, que pende suavemente en el árbol; sin aferrarse tanto como la rosa, cae al suelo al primer soplo del viento; como si dijéramos, sin lamentarse, en la plenitud ra­diante de su vida, pues

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sus pétalos no se deshojan marchitos ni consumidos. A menudo en Japón los samuráis han caminado desorientados en pos de una falsa concepción del honor, como sucede también en otras partes del mundo. Pero aun así, estimar más el honor que la vida trasluce en sí una nobilísima disposición de la mente humana hacia los valores espirituales. Las mujeres de los samuráis preferirían el suicidio, cual Lucrecia, a ser infieles a sus esposos. Los varones debían reunir las cualidades propias de un fiero gue­rrero, pero también debían aprender a ser generosos y comportarse como caballeros incluso con sus propios enemigos.

la virtud de la generosidad caballeresca había sido quebrantada y su espada había quedado mancillada para siempre.

Se cuenta la siguiente historia de un personaje famoso: En una batalla, a caballo y completamente solo, se encontraba situado en una posición mucho más avanzada que el resto de sus hombres cuando, de repente, se encontró con un enemigo. Lo atacó y lo derribó. Antes de matarlo quiso saber, cual caballero andante, el rango al que pertenecía su víctima. Cuando le quitó el yelmo, descubrió el rostro de un muchacho, y compadeciéndose de él le instó a fugarse antes de que nadie se acercara. Pero también el joven tenía un corazón de caballero y, negándose a huir, le rogó que lo matase, alegando que prefería ser muerto por la espada de un hom­ bre célebre, que salvarse gracias a una huida ignominiosa. El caballero esta­ba desconcertado. Pero como no había tiempo que perder, pues sus hombres se acercaban, y sin ver otra solución, tomó su espada y dio muerte al muchacho. Concluida la batalla, abandonó la milicia y se hizo monje, pues

En el bushido la virtud más importante es la fidelidad para con el señor. Es una virtud absolutamente inviolable. Tanto es así que hubo casos en los que el propio hijo fue sacrificado para cumplir ante todo con la fidelidad hacia el señor. Por eso no la traicionaron los muchos samuráis que, por guardarla incólume, llegaron a ser már­tires de la fe, y la observaron escrupulosamente los cristianos japoneses que durante los dos últimos años han sido llamados a comparecer como testigos en los juicios entablados contra algunos sacerdotes falsa­mente acusados. El bushido reclama, además, un perfecto dominio de sí mismo ante cualquier tipo de sufrimiento o dolor. A esto nos hemos referido ya en el capítulo dedicado a la bomba atómica y supone la explicación del gélido estoi­ cismo bajo el que las víctimas ocultaban sus dolores y sus penas. Si consideramos lo dicho sobre el bushido, nos resultará fácil comprender cómo la enseñanza cristiana de la pobreza, a la que está vinculado el reino del cielo, y la del desprecio de las riquezas, que perecen con el orín y la polilla, junto con el ejemplo extraor­dinario de Cristo Nuestro Señor, con su sufrimiento y su enseñanza sobre la vida que hay que perder para ser ganada, interesó tanto a los samuráis allá en el siglo XVI, cuando la nobleza se encontraba en todo su esplendor. Se adaptaba de manera singular a su

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mentalidad quijotesca y a la severa disciplina que modelaba su educación. Por eso creemos que en el nuevo Japón debería con­servarse y, bajo el influjo de la fe cristiana, renovarse y perfeccionarse en lo que tiene de valioso.

llamada chanoyu. Artísticamente el ka­kemono es sencillo aunque delicadísimo y, si se trata de un texto, manifiesta en sus pinceladas rasgos expresivos que tra­ ducen la personalidad del autor, como hemos apuntado ante­riormente.

Pasemos ahora a explicar otros do. Como resultaría imposible de­tallarlos uno por uno, nuestro propósito es dar solamente una idea de sus principales características, para que el lector pueda formarse un criterio propio acerca de la conveniencia de conservarlos en el Japón del futuro.

En esta estancia no hay nada que distraiga. Incluso la conversación se mantiene en voz baja. Antes de entrar a la sala de té, la persona invitada recorre un pequeño sendero que conduce hasta la puerta, lo que tiene como objeto inducir al recogimiento ya antes de penetrar en el santuario. Las bajas pasiones que pue­dan turbar la mente deben ser dejadas fuera. Ya en la sala, uno se acerca al kakemono que está en el tokonoma y, quieto frente a él, lo contempla con devoción. Después se admiran los escasos objetos que pueda haber en la estancia y se toma asiento, disponiéndose a escuchar el canto del agua que hierve a borbotones en la tetera colocada al fuego. El rumor de la tetera trae a la me­moria el murmullo de la soledad de las montañas con el silencioso vaivén de las frondas en sus bosques.

Comencemos por el chado o culto del té, muy conocido también como ceremonia del té. Quizá haya quien se sorprenda de que esto pueda constituir un do, es decir, una norma ética de vida. Pero así es, y con mucha razón por cierto. En sus orígenes no fue un mero pasatiempo de mujeres, muy al contrario, los famosos maestros de té eran hombres muy respe­tados, y los samuráis de aquella época feudal, con sus guerras interminables, practicaron asiduamente la devota e interesante ceremo­nia. Para estos fieros guerreros era una forma de retiro o, mejor aún, de recogimiento espiritual. Necesitaban huir al polo opuesto a su dura actividad guerrera. El mismo salón de té que vemos hoy está dispuesto de tal manera que ayuda a la consecución de este fin. Peque­ ño, simple, extremadamente limpio. No hay por todo adorno más que un kakemono, una especie de pintura o escrito enrollable, colgado en el tokonoma, que es como el santuario o espacio consagrado a la ceremonia de té,

La ceremonia se ejecuta con sumo cuidado y con el absoluto dominio de uno mismo. El con­junto presenta un aspecto sumamente delicado y profundamente espiritual. Una extremada frugalidad, una profunda comprensión de la naturaleza y de lo que podría llamarse simplicidad espiritual son los temas o argumentos que se tratan y meditan en el salón de té. Cuando se le preguntó una vez a un maestro de té acerca de qué era lo esencial en el chado, respondió: “La simplicidad y la pureza del espíritu.

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Este espíritu rechaza toda clase de sospechoso rencor.” Es conocida la historia de la última ceremonia llevada a cabo por el famoso maestro de té, Rikyu, que vivió en el siglo XVI. Muy es­ timado por el poderoso shogun Taiko Hideyoshi, cayó luego en desgracia y fue con­ denado a muerte por sospecharse que conspiraba contra él. Hideyoshi, en memoria de sus servicios y como muestra de respeto ante su gran personalidad, le concedió el privilegio de ejecutarse a sí mismo con el harakiri. ¿Qué hizo Rikyu? Con serena tran­quilidad invitó a sus mejores amigos para su última ceremonia del té. Tras concluirla con un perfecto dominio de sí mismo, tomó su más preciado pocillo de té, lo miró con ternura en señal de despedida y lo rompió en pedazos, diciendo: “Ya no sirves para nada más. Así es la vida humana.” Los invitados se despidieron y se retiraron.

Es interesante observar, además, que los discípulos más famosos de Rikyu fueron, casi todos, samuráis cristianos, en una proporción de cinco a siete. Sin duda encontraron cierta afinidad entre las enseñanzas del Evangelio y la en­señanza del chado. Al menos esto es lo que se puede deducir del testimonio de un maestro de té moderno, convertido al catolicis­ mo hace algunos años, que aseguraba no haber advertido jamás dis­ crepancia alguna entre todo lo que había aprendido en el chado y “el Evangelio y los misales católicos”, como decía él.

Rikyu quedó solo con uno de sus amigos (cuya misión se supone que era darle el golpe de gracia después del harakiri) y llevó a cabo su propia ejecución con el mismo dominio con el que anteriormente realizara la ceremonia del té. Dejó un último poema que dice lo siguiente: “Bienve­nida seas espada de la eternidad; has abierto el camino hacia Buda y Dharuma.” El chado fue para él, hasta el final, una verdadera filosofía de vida. La ceremonia del té puede no tener ya la importancia de an­taño, pero el espíritu de este extraordinario “té de las cinco”, filosófico religioso, se mantiene como una tradición intocable entre la mejor sociedad japonesa.

Con el chado está íntimamente relacionado el kado, o arreglo artístico de las flores, que revela el finísimo gusto estético del pueblo japonés. Lo que importa no es el número, sino la calidad y la selec­ción de las flores junto con el arte de la composición. También en este do se oculta un tesoro de espiritualidad que no debería ser menospreciado por las generaciones futuras, pues no puede negarse que tanto la ceremonia del té como el arreglo artístico de las flores han contribuido notablemente al desarrollo de esas hermosas costumbres de la vida japonesa generalmente tan apreciadas por los extranjeros que visitan Japón. Hay otros tres do muy comunes en Japón que podrían ser considerados como deportes nacionales. Son el kendo, el kyudo y el judo, que para nosotros equivalen a la esgrima, al tiro al blanco con arco y a una clase de lucha que se ha ido popula­rizando en muchos sitios sin perder su nombre japonés. Los tres tienen una utilidad como medios de

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combate y de autode­fensa, pero junto a la parte práctica hay también un lado espiritual, es decir, son auténticos do con una verdadera filosofía de la vida, por lo menos para quienes los practican habitualmente y en toda su integridad.

del adversario sin perderlo de vista ni un solo momento.

De ahí que no debamos asom­brarnos de que uno de los más célebres esgrimistas japoneses, Yagiu, que vivió en la primera mitad del siglo XVIII, fuera al mismo tiempo discípulo del conocido maestro zen Takuan quien, elevándose en sus enseñanzas más allá de lo que pedía la esgrima, penetraba en la región de lo espiritual. Se han conservado las lecciones que dio este maestro zen a su discípulo, que ponen de manifiesto el profundo sentido moral del kendo. En ellas se insiste, por ejemplo, en la importancia que tiene para el kendo el fudoshin, que significa ‘inmovilidad del corazón’, y que va acompaña­do por la continua actividad del pensamiento. Aunque en principio esto parece contradictorio, en el fondo es lo mismo: una de tantas paradojas frecuentes en el zen. Con ello se desea recalcar de manera insistente la idea de que en la esgrima no debe admitirse distracción alguna. Come­ tería un error quien admitiera durante la práctica cualquier pensamiento sobre la posibilidad de la muerte o la derrota. La mente debe mantenerse abso­ lutamente libre de toda preocupación. Lo contrario supone un sukima, es decir, un flanco descu­bierto para el ataque, ofreciéndole por lo tanto al adversario una oportunidad óptima para descargar su golpe mortal. Además la distracción impediría seguir con atención los movi­mientos

Una de las aplicaciones más importantes de este do es la capacidad para afrontar con presteza cualquier situación en la vida. Esa va­cuidad de la mente, que la mantiene alerta a cada instante, habilita para vencer las dificultades de la vida cotidiana e in­funde fuerza y libertad espiritual. El kendo fue practicado en todas las escuelas de niños hasta el final de la guerra y conside­rado como muy importante en la educación de los jóvenes. Quizá haya contribuido no poco a incrementar las capacidades de los avia­ dores japoneses, que durante la guerra se distinguieron por un supremo espíritu de audacia que les llevaba al sacrificio de la propia vida. Pero no hay que pensar que el kendo es útil solo como preparación para la guerra. Se lo considera también un excelente méto­do pedagógico, que entrena tanto el cuerpo como el alma. Tiene además su lado de recogimiento y religiosidad. De ahí que en el kendojo, o sala donde se practica la esgrima, que no falta en ninguna escuela, imperan un ambiente de profunda reverencia y una atmósfera de religiosa devoción. Para el japonés dicha sala es algo así como un santuario. Sin querer viene a la memoria el re­cuerdo de cuando se penetra en la capilla de los colegios religiosos de cualquier país cris­tiano. Después de lo dicho no parecerá extraño, sino muy lógico, lo que se cuenta de un cierto Miyamoto Musashi, esgrimista del siglo XVI no menos célebre que

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Yagiu. Era un hombre feroz en la pelea, que había dado muerte en duelo a cerca de sesenta personas. Pero un día se resolvió a escribir sus impresiones acerca del kendo, y fue enton­ces cuando empezó a comprender, por primera vez, su verdadero sentido, su fuerza religiosa y moral; acabó convirtiéndose en un hombre sinceramente piadoso. Muy pronto se distinguió por sus hermosos escritos, en los que se pueden admirar el vigor de su estilo y los enérgicos trazos de sus pinceladas. Diríamos, después de todo esto, que en el alma japonesa se juntan y armonizan mara­villosamente los más antagónicos extremos de las cualidades opuestas.

casa y bien entrada la noche lo condujo al lugar donde practicaban; allí encendió una vela a cierta distan­cia del blanco que apenas se distinguía a la luz débil y vacilante de la llama. El maestro tiró y envió al discípulo a ver dónde se había clavado la flecha. El discípulo la encontró exactamente en el centro del blanco; entonces el maestro le dijo: “¿Crees ahora que no he apuntado al blanco?”

Pasemos ahora a decir algo sobre el kyudo, o ejercicio de tiro al blanco, no con fusil sino con arco. Este do tiene también sus propios rasgos aparentemente contradictorios; empezando por las instrucciones para poner el arco en tensión y apuntar al blanco. Según nuestra mentalidad occidental, para dar en el blanco es ahí donde hay que apuntar. En Japón no es así. Para dar en el blanco, no hay que apuntar al blanco sino al universo. Si se hace así, el tiro acierta infaliblemente. Un extranjero que vivió en Japón tomando durante años lecciones de este tiro al blanco con un maestro japonés, encontraba este punto par­ticularmente difícil. El maestro casi había desistido, lamentándolo por su alumno que en otras cosas era entusiasta y capaz. Antes de abandonar las lecciones, quiso intentarlo por última vez. Lo invitó a su

El kyudo, al igual que los demás do, es una forma de vida que dirige a los hombres en todas sus acciones. Podemos decir que es una especie de mística; pues de la misma manera que en el tiro al blanco la vista no debe fijarse en un pun­to particular, tampoco el hombre en la vida debe apegar su corazón a nada que sea particular y efímero, sino aspirar a la posesión de lo universal y absoluto. De este modo, sin apegarse a lo particular y con un sentido más elevado y espiritual, logrará independizarse de las cosas materiales y particulares, que es el único camino para llegar a ser dueño absoluto de todas ellas. El judo es el arte de la defensa. En eso se diferencia del boxeo, que es el arte del ataque. Es también además de un de­porte, una filosofía de vida, pues se esfuerza por obtener la más alta capacidad humana, y trata de emplear de la mejor manera los medios que se poseen para lograr su fin, es decir, hacer el mejor uso de las fuerzas físicas y espirituales puestas al alcance. Si este prin­cipio se aplica en la vida misma y en el ámbito espiritual, se comprende fácilmente el enorme valor que encierra de cara a llevar

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una vida cotidiana sabia.Y como el judo es conocido en casi todos los países, no entraremos en detalles.

característico propio. Sus costumbres, sus vestimentas y hasta sus comidas, son de una gran estética. Este es el rasgo que los hace tan interesantes para los ex­tranjeros que los visitan. Incluso en las míseras casas de la gente más pobre hay algo que denota su sentido artístico. En lo que respecta a cuestiones científicas, el pueblo japonés podrá ser, en su gran mayoría, menos ilustrado que los europeos, y sus madres podrán ignorar los métodos higiénicos mo­dernos sobre el crecimiento de los bebés o las dietas alimentarias abundantes en vitaminas (como aseveran las propias autoridades japonesas) pero, en lo que respecta al sentido artístico innato, el pueblo japonés supera verdaderamente a cualquier otro.

Vamos a explicar un poco más detenidamente otro do muy importante, el shodo o caligrafía a pincel. No se trata solo de la pura necesidad práctica de escribir, sino que es todo un arte que se ha desarrollado exclusivamente en Japón con la escritura silábica kana, que en China es desconocida. El texto de un poeta insigne no tiene menos valor que una buena pintura y tiene un lugar como objeto de decoración en las paredes de las habitaciones. No solo importa el efecto estético de la escritura, sino lo que tiene de entrenamiento espiritual y de expresión sincera y pura. Quienes constantemente practican este do, logran el recogimiento y la concentración en cualquier cosa. Pero para conseguirlo se requiere una práctica de muchos años, tras la que todo el carácter y la personalidad del escritor se traslucirán en el estilo y se revelarán en su escritura. Un extranjero difícilmente podría percibir el alma del escritor a través de sus pinceladas, pero un japonés puede llegar a vislumbrar incluso sus valores morales. Al igual que la escritura con pincel, todo arte puro es con­ siderado como un do, y su manera de realizarse viene a ser un geido, como un camino hacia el arte. En Japón, no solo el artista profesional sino toda la nación poseen un sentido artístico extremado. Quizá no exista en el mundo otro pueblo tan artístico como el japonés. Es su rasgo

En el arte propiamente dicho se le da una gran importancia a la pureza; y generalmente se tiene como algo axiomático que el arte puro solo puede ser producido por una mente pura. Valoran hábilmente lo artístico bajo este aspecto, e intuyen a través de una obra el carácter de un artista. Un pintor me contó en Tokio que había recibido un regalo de un sacerdote budista que, a pesar de no haberlo conocido nunca, alababa su carácter delicado por el solo hecho de haber visitado su exposición de pinturas. Hasta qué punto es considerado el arte en Japón una hermosa cualidad en la vida, puede apreciarse por la siguiente historia de la época feudal. Tras haber exhibido su arte en cierta villa, un bailarín regresaba caminando solo a altas horas de la noche por un solitario campo. Un bandido que lo divisó se propuso asaltarlo, pero el andar del artista era tan gallardo

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y elegante que se sintió completamente desconcertado y no tuvo el valor de atacarlo con su espada. El artista llegó a su casa sano y salvo, sin haberse dado cuenta siquiera de que el asal­tante le había seguido. Entonces este se presentó ante el bailarín y, tras confesarle sus malas intenciones, le pidió que lo hiciera su discípulo.

aceptara pelear con él. El maestro de té se vio en un gran aprieto; apenas conocía la espada pues su única profesión era la de oficiar la ceremonia del té. No se atrevió a rechazar el duelo, ni siquiera a confesar su inferioridad, pues habría sido algo deshonroso y probablemente su adversario lo habría matado al instante. Aceptó el desafío y acordaron la cita. Ambos se separaron. ¿Qué podía hacer?

Hemos visto, aunque de forma somera, el importante significado de los do en la cultura japonesa. Aunque aparecen bajo formas bien distintas, su contenido es el mismo. Para darnos cuenta de la unidad que existe entre ellos, veamos lo que se cuenta en la siguiente historia. Sucedió en la época feudal, en cierta ocasión en la que los príncipes de las diversas provincias se reunieron en Edo, el antiguo Tokio, para rendir homenaje al shogun, primer ministro que era prácticamente el gobernador de Ja­pón. Uno de estos príncipes quiso que le acompañara su maestro de té, que era también monje budista zen. Como al maestro de té no le parecía apropiado ir vestido para tal ocasión con el atuendo monacal, se puso uno propio de los samuráis, incluidas las dos espadas que se solían llevar.

Fue a la casa de un excelente esgrimista con el fin de consultarlo, y aunque se encontró con que estaba enfermo y no aceptaba recibir a nadie, insistió hasta que consiguió que lo dejaran entrar. El esgrimista se quedó admirado cuan­do el maestro de té le pidió que le enseñara cuál era la mejor forma de morir con la espada en la mano. Habían sido muchos los que habían llegado hasta él para que los instruyese en la mejor manera de matar a sus adversarios, pero era la primera vez que alguien le pedía que le enseña­se la mejor manera de morir. Tras su insistencia, y habiéndo­ le quizá escuchado su angustiosa situación, el esgrimista le mostró lo que pedía. Le enseñó a levantar la espada con ambas manos, a alzarla por encima de su cabeza y esperar luego el golpe mortal.

Un día, mientras el príncipe atendía a sus nego­cios, el maestro de té se paseaba por las calles de Tokio con su nueva vestimenta y, de repente, fue detenido y provocado por un verdadero samurái; el maestro de té no lo conocía y escuchó el motivo de su provocación: había hecho la promesa de batirse en mil duelos, por lo que le pedía que

A la hora convenida acudió a la cita el samurái que lo había desafiado, y ambos se dispu­sieron para iniciar el duelo. El maestro de té adoptó la posición que le había enseñado el esgrimista y aguardó inmóvil. Tras unos segundos de espera, su adversario no solo no le asestó golpe alguno sino que, bajando su espada, le pidió al maestro de té que

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lo aceptase como discípulo, pues hasta ese momento no había encontrado ningún esgrimista que sujetase la espada de un modo tan perfecto e impecable. La enseñanza más importante que se puede sacar de este relato es que, por medio del chado, el maestro de té había aprendido el perfecto dominio de sí mismo, lo que le capacitaba para lograr una completa indiferencia ante la vida y la muerte.

liberados para entrar en el nirvana), el zen pretende, por el contrario, que los hombres se liberen de sus sufrimientos por sus propias fuerzas, logrando así lo que nosotros llamaríamos “la salvación”. El zen proclama, con este fin, el des­prendimiento de todas las cosas y, por medio de esta enseñanza, también la práctica de la virtud y la formación del carácter.

Todos estos do han recibido la influencia del zen y podemos afirmar que, gracias a ellos, el zen se difundió entre la gente del pueblo, siendo esta influencia suya tan decisiva en la cultura japonesa que se ha llegado a decir que ha sido el zen quien ha dado forma a la mentalidad que le es propia. Por consiguiente, para poder comprender la cultura japonesa es necesario saber qué es el zen.

El medio más adecuado para alcanzarlo es la medi­tación. Muy distinta de la nuestra, pues no consiste en meditar sobre una verdad revelada o un pasaje evangélico, su objetivo exclusivo es la vacuidad mental, para lo que deja de lado no solo la imaginación sino incluso el pensamiento en su normal transcurrir, debiendo tender a dejar a la mente libre de todo discurso lógico. Es muy fácil ver lo lejos que está todo esto de nuestra mentalidad occidental, que pone el acento sobre todo en nuestra capacidad de razonamiento

El zen japonés es una de las muchas ramas budistas. Se dice que fue esbozado en sus orígenes por el fundador del budismo, pero que en su forma definitiva nació en China, pasando de ahí a Japón donde despertó mucho interés. No vamos a explicar el budismo zen, pues eso nos lle­ varía muy lejos y no es necesario para nuestros propósitos. Bastará con poner de relieve sus rasgos más característicos. Lo primero que llama nuestra atención es que, mientras muchas otras ramas, como las de jodo-shu y jodo-shinshu, ambas con numerosos seguidores en Japón, admiten que la liberación de los sufrimientos debe ser obtenida por medio de una ayuda externa (de ahí que enseñen la invocación de Amida, el Buda por quien los hombres pue­ den ser

La postura que debe observarse durante la meditación está estrictamente reglamentada y se le otorga una gran importancia. La persona que medita se sienta sobre un pe­ queño almohadón con las piernas cruzadas, tal y como se ve en las figuras de Buda, posición esta que resulta muy molesta para quienes no están acos­tumbrados a ella. Pero no solo se tiende a aquietar la actividad de la mente en estas largas meditaciones, sino también en muchas otras ocasiones. Por otro lado, sería un error considerar tal actitud como meramente negativa pues, por el contrario, el gran

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esfuerzo que se realiza persigue llegar a algo muy positivo llamado visión de la esencia de las cosas, que no llega gradualmente sino de repente, y quizá tras muchos años de meditación. Se pre­senta como algo absolutamente nuevo. Lo llaman iluminación, y da una gran alegría y fuerza a quienes la experimentan. Es una especie de intui­ción, una mística natural.

paradojas y por su gran autodominio. Dichas historias tratan de explicar en qué consiste esa iluminación. Por mucho que estudiemos el zen, no llegaremos a entenderlo completamente a no ser que lo experimentemos personalmente. Desborda la imagina­ción y el razonamiento lógico, de ahí que no puede ser explica­do por ninguno de ellos.

Los que gozan de esta iluminación lo en­focan todo desde un ángulo diferente al de las demás personas. Se han desligado de todas las cosas y, sin embargo, gozan igualmente de todas ellas. Aunque lo perdieran todo ni se turbarían ni lo lamentarían. Esta imperturbabilidad o ataraxia, que recuerda algo a la de los estoicos, los sitúa por encima de las riquezas y de la pobreza, de la vida y de la muerte. Y no se crea que el resultado final es la pa­sividad, el no hacer nada, sino que, por el contrario, esta gente es muy activa en sus ocupaciones diarias. Suelen llegar a ser gran­des políticos o valientes guerreros. Son capaces de sobrellevar cualquier situación. No son fríos ni soberbios como pueden serlo otros, sino misericordiosos y dispuestos a ayudar a cualquiera sin espe­rar ninguna recompensa, hasta el punto de que un hombre realmente iluminado forzosamente está libre de todo egoísmo. Tanto en China como en Japón se cuentan muchas historias sobre monjes zen, que se caracterizan siempre por sus

Es difícil precisar cuántos de los seguidores del zen en China y en Japón alcanzaron realmente la ilumina­ción. Quizá su número sea reducido, pero eso no quita que este método ascético, practicado por los muchos miles de personas que aspiraban a llegar a ella, influyera igualmente en la dirección a la que tendía. Aun hoy existen en Japón monasterios zen donde se observa una austera regla de vida. La comida es escasa. El sueño breve. No está permitido encen­ der fuego ni en invierno. Las mañanas empiezan temprano con una hora de meditación, y por la tarde hay otra. Dos veces al año se realizan una especie de ejercicios espirituales, de seis días de duración, en los que se practica la meditación casi ininterrumpidamente. En la actualidad, los monjes zen son los sacerdotes budistas más valorados en Japón, y muchos laicos participan en sus ejercicios espirituales. Pero el zen no se ha difundido solamente como un camino de meditación sino también a través de los do que ya hemos tratado de perfilar más arriba. De ahí que la ceremonia del té y la caligrafía, tan apreciadas por estos monjes, se practicasen entre ellos asiduamente. Lo mismo pode­mos decir del arte llamado sumie, que se

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emplea en el kakemono dibujado con pincel y tinta china, y contiene mucho del espíritu zen. Se caracteriza por ser más una sugestión que un dibujo, trazándose solo las líneas esenciales del objeto. El sumie viene a ser como una visión de la esencia de las cosas que aparece representada en un dibujo.

conozca a filósofos como Kant, Hegel, Fichte o Nietzsche, e incluso los más modernos de la filosofía existencial. Muchos de ellos han leído un buen número de obras filosóficas, tanto en alemán como en japonés, y también conocen a los antiguos filó­sofos griegos, como Platón y Aristóteles.

Naturalmente algunos do, como el kendo y el kyudo, no eran practicados por los monjes, pero ya hemos visto que ellos eran los guías espirituales de quienes sí los practicaban. Por eso hay tanto zen en esos do. Estos monjes in­fluyeron también en el pueblo japonés a través de los tera-koya, templos-escuelas o seminarios que en un gran número eran sosteni­dos por ellos. Estos tera-koya tuvieron una gran importancia antes de que se crearan las escuelas de asistencia obli­gatoria. Claro está que no todos los niños acudían entonces a estas es­cuelas, solo los que tenían más interés en saber y los más capacitados. El zen influyó de todas estas maneras en la formación de la mentalidad japonesa, una mentalidad que sin duda les resulta muy difícil de entender a los occidentales, aunque un estudio sobre el zen aclararía muchos de sus aspectos misteriosos. Durante los últimos cincuenta años, o tal vez más, la cultura occidental ha influido profundamente en Japón; se in­ trodujo y se estudió con entusiasmo tanto el cristianismo como la filosofía moderna, en particular la alemana. Hoy es raro encontrar un estudiante universitario en Japón que no

A pesar de todo, aún pre­valecen elementos genuinos de la cultura japonesa como los do y otros principios culturales. Aquí se nos plantea la pregunta: ¿cómo será, cómo podría ser la mentalidad japonesa en el futuro? Sin duda resultará claro, a partir de nuestra expo­sición, que la cultura japonesa contiene grandes valores morales y sería lamentable que se perdiesen. Japón, que durante los años pasados bajo la opresión del nacionalismo más bien se había resis­tido a la influencia occidental, se ve ahora expuesto nuevamente a ella. Existe el peligro de que la propia cultura japonesa se vea obstaculi­zada, y sucumbir a él supondría una gran pér­ dida para Japón: dejaría de ser Japón. Creemos necesa­rio que todos los que trabajen en la reconstrucción del país lo hagan desde un profundo conocimiento de su cultura. So­lamente así la vida espiritual japonesa podrá desarrollarse sana y sólida, lo que será un medio para prevenir desagradables reacciones que solo producirían nuevos impedimentos para un progreso efectivo. Antes de concluir este capítulo debemos dirigir nuestra atención hacia el tema del tenno o soberano celestial. Esta institución imperial es también un do. Se le llama kodo

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o camino del emperador. Es tan antiguo como el mismo pueblo japonés y, por lo tanto, anterior a los otros do. Ya hemos visto cómo cambió este sistema no bien finaliza­ron las hostilidades. Permanece el emperador, pero su posición es muy distinta. ¿No habrá también algo en el kodo que pueda ser aprovechado en el futuro?

japonés no se manifieste en ninguna parte tan genuinamente como en estos poemas.

El famoso Honguanji, templo budista de Tokio.

Los japoneses han dejado claro ya que quieren continuar con el emperador. El título de divino se ha abandonado, pero la devoción del pueblo perdura todavía. Nos basta leer el Manyoshu, la colección de poesía japonesa más antigua, para conocer la admirable generosidad y la belleza moral que ha ido desarrollando el kodo. Es posible que el espíritu

Quizá nuestras modernas democracias no puedan apreciarlo, pero al pueblo japonés le re­sulta completamente natural. Recuérdese que vive en un país cuyo espacio habitable le resulta extremadamente insuficiente, con un contacto social forzoso que le ha obligado a organizarse como una enorme familia patriarcal. El individuo vive verdaderamente en sociedad, de ahí su clásica cortesía. En cambio el no es más independiente e hombre democrático moder­ individualista, y le importa poco su vecino. Este kodo los unifica patriarcalmente. Es, por así decir­lo, la esencia del pueblo japonés y, en caso de eludirlo y desde­ñarlo, sobrevendría el enorme peligro de una degeneración social. El hecho de que las autoridades de la ocupación militar estadounidense en Japón hayan demostrado tanta comprensión del pueblo japonés, al me­nos en este punto, es tan altamente significativo como digno de aprecio. Haciendo caso omiso de sus diferencias de men­talidad, tuvieron el gran acierto de dejar al emperador como jefe de la nación. Es verdad que nosotros no podemos si­quiera vislumbrar cuál será el desarrollo de Japón en los próximos siglos pero, a pesar de ello, nos atrevemos a afirmar que, cualquiera que sea su transformación, el kodo jugará siempre un papel importante en ella, y sería un error funesto pretender llevarla a cabo sin contar con él.

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Japón y el cristianismo Antes de hablar de la situación actual del cristianismo y de su futuro, próximo o lejano, en este singular país, nos referiremos a la historia de la Iglesia en Japón. El cristianismo fue introducido en el imperio por san Francisco Javier, que llegó allí el 15 de agosto de 1549. En Japón no permaneció más que dos años y murió en 1552 en Sanchuan, una isla en la costa meridional de China. Tras su muerte, los padres jesuitas siguieron propagando la religión católica con excelentes resultados. Provincias enteras se convertían gracias al ejemplo y al celo de sus daimyos. Sin embargo a finales de siglo estalló una persecución tan violenta que, al cabo de treinta o cuarenta años, no quedaban ya en el país ni sacerdotes ni iglesias. Solo algunos miles de católicos logra­ron permanecer ingeniosamente ocultos en las cercanías de Nagasaki, y conservaron su fe a pesar de que no contaron con ningún sacerdote hasta que la misión fue restablecida, doscientos cincuenta años después. Aunque con la Restauración Meiji, en la segunda mitad del siglo XIX, el país se abrió a las relaciones internacionales iniciándose de nuevo la labor misionera, la persecución es­ talló otra vez cuando se descubrió la existen­ cia de los numerosos cristianos que se habían mantenido secretamente en la religión católica. Se les diseminó por diferentes zonas del país, y muchos de ellos murieron a consecuencia de los malos tratos recibidos en el destierro.

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Algunos años más tarde se promulgó la li­bertad de culto, y el cristianismo fue también ad­mitido legalmente en Japón. Pero los vestigios de las antiguas tradiciones del sintoísmo estatal, conservadas durante siglos, se mantuvieron incluso después de haber sido abolidas oficialmente, y los viejos prejuicios impidieron que el cristianismo se expandiera con el mismo éxito que en el siglo XVI. Las primeras décadas ofrecieron una situación harto difícil. Pero los tiempos fueron cambiando paulatinamen­te y se hacía sentir la influencia del pensamiento extranjero, al menos en las ciudades; la gente del campo no ha abandonado sus prejuicios prácticamente hasta hace poco. Surgen ahora nuevos obstáculos que tienen su origen en la moderna filo­ sofía occidental, que ha logrado introducirse en los círculos cultos y es prácticamente opuesta al pensamiento cristiano. Además, en esta última etapa, el cristianismo no llegó a Japón de la misma manera que lo había hecho en el siglo XVI, es decir, como una religión unida y sin es­cisiones, sino bajo diversas denominaciones y con diferentes ritos, causando una mala impresión a raíz de los continuos cismas y conflictos religiosos que se vivían en Occidente. Y finalmente, en estos últimos quince años ha aparecido un nuevo enemigo en el campo de batalla: el nacionalismo, que llegó a su apogeo durante la guerra. La consecuencia de todos estos obstáculos es que, tras más de setenta años de labor misionera, en Japón solo hay unos ciento treinta

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mil católicos y cerca de doscientos mil cristianos de otras confesiones.

se necesita tiempo, y esta tarea se ha convertido en un problema absorbente. Lo mismo se puede decir de los vestidos y del combustible. A pesar de todo, el número de los que piden instrucción religiosa es mucho mayor que antes de la guerra. En algunos lugares llega a ser hasta diez veces mayor.

Ya hemos dicho que después de la guerra se ha producido un gran cam­bio en el ámbito religioso. El interés por el cristianismo es ahora mayor, pero no se trata todavía de un movimiento de grandes masas, lo que sería imposible, pues el número de católicos es más bien exiguo si lo comparamos con el resto de la población que llega a más de setenta millones de personas. De modo que la religión cristiana no es todavía lo suficientemente conocida como para atraer a grandes multitudes de creyentes. Es cierto que muchos conocen la Iglesia de nombre, pero apenas saben algo de su contenido religioso. A esto se añaden la destrucción de la mayoría de nuestros templos y la pobreza y pequeñez de los edificios donde fueron reinstalados, por lo que no ofrecen ningún atractivo a quienes desconocen la doctrina del catolicismo. El número de misioneros es muy reducido: los sacerdotes ex­tranjeros no llegan a los doscientos cincuenta y los japoneses no pasan de ciento cincuenta. Estas cifras son de antes de la guerra, pero a raíz de ella muchos sacerdotes debieron volver a sus lugares de origen porque procedían de países beligerantes, y fueron muy pocos los que pudieron retornar luego a la misión. Existe además otro motivo que dificulta un movimiento religioso más masivo: el problema de la alimentación. Las raciones son reduci­das y el pueblo debe suplir esta falta buscando recursos de alguna manera, para lo que

Lo cierto es que cuando se nos encarga a alguno de nosotros que hablemos sobre el cristianismo en un círculo de amigos o de familiares, la gente muestra mucho interés por saber algo más sobre nuestra doctrina y siempre nos piden que volvamos de nuevo. El núme­ro de niños que solicitan instrucción religiosa en las escuelas católicas, con el consentimiento de sus padres, es muy alto. Cuando se dan conferencias públicas, la mayor parte de las pregun­tas que se nos formulan tienen un carácter netamente religioso. El interés por el cristianismo no se ha despertado solo en los círculos privados, sino también en los oficiales. Sirva de ejemplo lo siguiente: hay una ciudad en la que personas no cristianas han elaborado un proyecto con el propósito de fundar una universidad internacional. Proyectan traer profesores del extran­jero y se planea que una de sus instituciones principales sea la Facul­tad de Teología cristiana. Pues bien, los misioneros católicos hemos sido invitados oficialmente a cooperar. Un proyecto y una invitación semejantes habrían sido imposibles en el pasado. Esto nos demuestra que, hoy por hoy, el mismo gobierno

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es favo­rable al cristianismo. Si bien es verdad que antes estaba permitida, y hasta reconocida, por la ley de control de religiones, votada ocho años atrás, la religión cristiana siempre fue considerada como un peligro para Japón por las razones apuntadas anteriormente. La ley de control de religiones ha sido abolida después de la guerra; la actitud del gobierno es ahora otra. Hasta los altos funcionarios consideran que la cooperación con el cristianismo es esencial para la reconstrucción de Japón y su futura transformación.

se ha dado un gran cambio en favor del cristianismo. Quizá esto resulte sorprendente para quienes conocen a fondo las dificultades con las que tropezaron las misiones en el pa­ sado. De ahí que muchos se pregunten con cierta lógica preocupación: ¿Es este cambio con respecto al cristianismo realmente sincero y profundo? ¿No será algo su­perficial? ¿Procede de motivos estrictamente religiosos o es que la gente espera beneficios materiales si abraza el cristianis­ mo? ¿No deberíamos estar en guardia en lugar de ser tan optimistas?

La misma familia imperial está interesada en él. Hace cierto tiempo fueron llamados ante el emperador un budista, un protestante y un católico, como en el conocido cuento árabe medieval que aparece en la literatura española e italiana, para que expusieran sus respectivas doctrinas. Tras la reunión se comentó que el emperador había simpatizado especialmente con la ex­posición del católico. Haremos notar de paso que la familia imperial no fue nunca hostil al cristianismo en el pasado. En los tiempos de las persecuciones, el emperador estaba prácticamente privado del man­do, pues eran los shogun quienes gobernaban realmente, y fueron ellos los que persiguieron a los cristianos. El emperador habría podido adoptar también una actitud hostil pero, que sepamos al menos, nunca lo hizo. En resumen puede decirse que la familia imperial jamás ha demostrado tan claramente su simpatía por el cristianismo como en la actualidad.

He encontrado no pocas personas fuera de Japón que están plenamente convencidas de que la gran mayoría de las conversiones habidas últi­mamente podrían muy bien ción de ponerse en explicarse por el deseo de la pobla­ contacto con los estadounidenses, que tanto poder tienen ahora en el país. Es verdad que el ejército estadounidense de ocupación ha sido favorable al cristianismo. Las tropas han ayudado a los misioneros, sin hacer distinción de nacionalidades, siempre que han tenido oportunidad de hacerlo, y todos los misioneros están muy agradecidos por ello. Pero a pesar de todo jamás oí decir que se hubieran otorgado privilegios especiales a los japoneses cristianos, ni mucho menos que quienes pedían instrucción religiosa hubieran mostrado algún deseo de que los misioneros los pusiesen en contacto con las tropas de ocupación. Y si bien es cierto que hubo personas que solicitaron a los misioneros ese favor, nunca insinuaron, ni siquiera

De todo lo dicho el lector deducirá, clara y lógicamente, que

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de manera remota, la posibilidad de hacerse cristianos.

Tokio murieron alrededor de ocho mil personas a causa del fuego. Y eso fue solo el anuncio de lo que habría de venir.

Podemos asegurar, a la vista de todo esto, que los numerosos japoneses que se hicieron cristianos, al menos en lo que se refiere a aquellos que ingresaron en la Iglesia católica, no lo hicieron con la intención de obtener ese tipo de ayuda. En nuestras actividades caritativas en los barrios pobres de Tokio, hemos vivido algunas experiencias notables. Hicimos, por ejemplo, esta sor­prendente observación: la gente que recibía regularmente nues­tra ayuda dejaba de pedirla en cuanto sospechaba que se la trataba de convertir al cristianismo; una impresión sin fundamento, por otra parte, ya que nunca fue esa nuestra intención. Pero algunos, no sabemos por qué, se sentían obligados a reti­rarse. Claro que debieron de darse conversiones a partir de algunas ayudas pero, como queda claro según nuestra experiencia, no por motivos tan superficiales. En este movi­miento hacia el cristianismo han debido darse otras razones que lo expliquen. Ya las hemos indicado antes. El pueblo japonés ha sufrido una experiencia amarga; ha visto la falta de consistencia de todo aquello que consideraba digno de fe. Un extranjero di­ fícilmente podrá comprender lo que todo eso suponía para el pueblo japonés. Los fallecidos, tanto soldados como civiles, fueron muchos. Hiroshima no ha sido el único sitio donde los muertos han sido numerosos. Lo mismo pasó con las bombas incendiarias lanzadas en Tokio, Kobe y otros lugares. En el primer ataque a los barrios residenciales de

Las condiciones alimenticias eran cada día peores. Todo el mundo tuvo que entregar sus objetos de metal para la guerra, y los templos no fueron una excepción. El pueblo se preguntaba qué más se iba a poder dar ya, si todo había sido utilizado. A esto hay que añadir el efecto psicológico de las incursiones aéreas. Cada persona tenía para sí, como algo seguro e inevitable, que su casa habría de quemarse algún día junto con todo lo que no hubiera sido trasladado al campo. Cientos de miles de viviendas fueron pasto de las llamas. Si se va de Tokio a Shimonoseki será difícil encontrar, a lo largo de mil kilómetros por la principal línea férrea, una ciudad que no esté destruida en parte o completamente. Y todo esto sucedió sin que pudiera ser de ninguna manera evitado o prevenido. Durante algún tiempo se tuvo la convicción, o la esperanza, de que Japón ganaría la guerra, pero esta fue dis­minuyendo gradualmente hasta desaparecer. A pesar de todo estaban dis­puestos a seguir sufriendo y sacrificándose. Entonces cayeron las bom­bas atómicas en Hiroshima y en Nagasaki, y poco después sobrevino la rendición. Los grandes planes y las aspiraciones de Japón se derrumbaron completamente. Japón se desplomó. Es verdad que son muchas las na­ciones que han caído, y no una vez sino varias, pero a Japón le sucedía por primera vez en su larga his­toria de más de dos mil años. No presenciaron solo una catástrofe militar, sino

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el colapso completo del viejo Japón con toda su glo­ria y sus grandes ambiciones. Sucedió lo que nadie había creído posi­ble, y en un grado tal que no habría podido ser peor. Debemos tratar de entender qué significó esto para el pueblo japonés que había vivido, ya desde tiempos antiguos, más para su país que para sí mismo.

vimiento hacia el cristianismo, y es el hecho de que hay una cierta afinidad entre él y la propia cultura japonesa.

Tras esta gran desilusión mucha gente buscó refugio en la religión, y es muy natural que hayan dirigido sus miradas hacia ella pues se trata de lo único que no es perecedero. Es una reacción lógica. A través de las enseñanzas del budis­ mo los japoneses han aprendido que las cosas terrenas son inciertas y efímeras; y no solo gracias a la mera instrucción religiosa sino también a los dra­mas clásicos del llamado teatro No, que deja traslucir lo mismo bajo su pro­funda expresión poético-filosófica. Pero, a pesar del budismo, los japoneses se mantenían en una cierta superficialidad cómoda. Mientras no sufren no se hacen consideraciones filosóficas acerca de la necesidad de la religión, pero el pensamiento religioso aparece espontánea­ mente cuando tropiezan con la dificultad y el dolor. Entonces buscan algo eterno y digno de una confianza absoluta. Y eso es lo que la religión ofrece. Ya está suficientemente aclarado por qué no se orientan hacia religiones como el budismo o el sintoísmo; únicamente queda el cristianismo para satisfacer sus aspiraciones. Existe una razón más que justifica y corrobora nuestro punto de vista sobre la solidez y sinceridad del actual mo­

Ya san Francisco Javier había reconocido al pueblo japonés, entre todos los de Oriente, como el más dispuesto y el de mejores condiciones para aceptar el cristianismo. El gran éxito inicial en el siglo XVI justificó su opinión. Las persecuciones que siguieron a este perío­do destruyeron las misiones, pero mostraron también hasta qué punto los cristianos japoneses habrían de llevar su fe hasta el heroísmo. Hombres, mujeres e incluso niños, se convirtieron en mártires. A lo largo de nuestra exposición acerca de los do, se ha podido ver que estos no se encuentran lejos del espíritu del Evangelio. Pensemos en el espíritu de pobreza y de frugalidad del bushido, así como en su desapego de la vida cuando se le anteponen otros valores más altos, particularmente la virtud de la lealtad. Cuando los samuráis se convirtieron al cristianismo no abandonaron el espíritu del bushido, sino que lo transformaron en una vida cristiana. Cierto daimyo supo, a través de otras personas, que un paje suyo se había hecho cristiano, lo que entonces estaba severísimamente prohibido. El daimyo le llamó y le preguntó si era cierto lo que se decía de él. El muchacho le contestó: “Sí, soy cristiano. Si quiere puede usted cortarme la cabeza.” Al daimyo le agradó mucho su coraje y le perdonó la vida. Estos samuráis cristianos eran fieles a

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sus señores hasta lo indecible, pero no renegaban de su fe de ninguna manera. Estaban listos para morir por ella sin guardar rencor hacia sus señores. Habrían sacrificado hasta sus honores mundanos, que apre­ciaban más que la propia vida, pues su mayor honor sería dar esta por Cristo.

ascético-espiritual de los jesuitas se reflejaba en su manera de celebrar la eucaristía. Y no se crea que semejante finura de observación se encuentra solo en los maestros de té. Es común a todo el pueblo japonés. Así vemos, por ejemplo, que en una escuela católica de niñas, frecuentada más bien por jovencitas de buena familia, la madre superiora in­sistía siempre en tener como celebrante un sacerdote de vida ascética profunda, pues decía que de otra manera las jóvenes sentirían que no habían asistido a una eucaristía de verdad. Esto se debe, en gran parte, a la educación impartida por el chado. De ahí que siempre encontráramos en los japoneses una estrecha conexión entre el arte, por un lado, y la moral y la ascética, por otro.

Muchos de los cristianos de entonces no esperaban a que se los arrestase sino que, a fin de convertirse en mártires de la fe, se presentaban directamente a las autoridades confesándose cristianos. Otros ocultaban a los misioneros por más que sabían que, en el caso de ser descu­biertos, serían condenados a muerte con toda su familia. En lo que concierne al chado ya hemos dicho que incluso sus actuales maes­tros de té sienten una marcada simpatía por nuestra religión, que se deja ver sobre todo en la gran estima en la que tienen a la liturgia católica. Para ellos, una ceremonia bien realizada no es solo un deleite estético sino que es también algo muy edificante, cosa por otro lado típicamente japonesa. De la perfección de la ceremonia deducen ellos el nivel ascético del sacerdote, pues creen que no puede ser realizada en su plena belleza sino por quien ha conseguido un perfecto dominio de sí mismo a través de muchos años de sólido entrenamiento ascético. Esto es lo que les resulta atrayente y les llena de admiración. Un día un japonés me dijo que a los maestros de té les gustaba asistir a la misa que se celebraba en la capilla de la Universidad católica, porque decían que la larga formación

Algo parecido hemos podido ver en el kendo y el kyudo. El espíritu de ambos se manifiesta en la acción de desprenderse de todo y en la libertad de corazón. Esto también lo exige el cristia­nismo. El kyudo, como ya hemos visto, no aspira a alcanzar obje­tos individuales sino lo absoluto, lo que le da una dimensión mís­tica. Además de la ética de los do, existe en Japón un alto nivel moral a menudo desconocido para los extranjeros. Aunque según la consti­tución de la era Meiji no se impartía instrucción religiosa en las escuelas japonesas, la instrucción moral era sin embargo obligatoria. Este laicismo se mantuvo hasta la pa­sada guerra y con matices bastante nacionalistas. Pero puede decir­se que armonizaban con la ley natural, al menos en sus puntos esenciales. Y es admirable que el

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pueblo japonés, que no es cristiano, haya conservado un conocimiento tan claro de la corrección moral.

Javier. Sigue siendo válido aquello que se dijo en tiempos de Tertuliano acerca del anima naturaliter christiana. El padre Torres, uno de los compañeros de san Francisco Javier escribía en una de sus cartas a su provincial: “Jamás tendrá éxito en Japón si no vive una vida más auste­ra que los monjes budistas, tanto en la teoría como en la práctica.” En nuestros días estos monjes no son muy estimados en Japón por lo general, exceptuando a los de zen a causa de su severo ascetismo. Por la misma razón, la Iglesia católica es mucho más apreciada que las demás. Los japoneses dicen a menudo que la Igle­sia católica es, con respecto a las otras, lo que el zen a las demás ramas del budismo.

Existen debilidades, naturalmente, como en cualquier otra parte del mundo. Pero en general todo japonés sabe distinguir muy bien entre lo que es bueno y lo que es malo. Los misioneros emplean normalmente poco tiempo en explicar los mandamientos, porque la mayoría de ellos son cono­cidos. Difícilmente se encuentra un convertido que no haya co­nocido antes la moral. Hay un alto nivel moral incluso en las familias no cristianas. Por ejemplo, hablando con propiedad, en Japón no existe la poligamia. Es sorprendente comprobar el gran número de jóvenes excelentes, de uno y otro sexo, que se encuentra en esas familias. Los japoneses tienen un sentido muy delicado para percibir si un misionero vive realmente desinteresado y des­apegado de las cosas terrenas o si lo que pretende es simular un ascetismo incompatible con la realidad. Un sacerdote católico célibe que lleva una vida pura es para ellos el argumento y la prueba más fuertes y evidentes de la altura espiritual de su religión, y resulta más con­vincente que cualquier otra teoría apologética. Sea cual sea la opinión que se tenga en el extranjero del pueblo japonés, lo cierto es que quienes lo conocen bien por experiencia propia están de acuerdo en que no ha cambiado en este punto desde los tiempos de san Francisco

Por todas estas razones, no cabe duda de que el interés que se ha despertado actualmente por el cristianismo entre los japoneses no es algo superficial, sino que este ha penetrado profundamente en su mentali­dad. Para Japón, el cristianismo es la genuina continuación y perfeccionamiento de su propia cultura espiritual o, mejor toda­vía, es la ascensión de esta hacia un plano sobrenatural, hacia la esfera de la gracia. No es pues de extrañar que exista en la ac­tualidad esa corriente de simpatía por el cristianismo. Lo extraño realmente es que este pueblo no se haya convertido hace ya mucho tiem­po. Y creemos que de no ser por la repetida aparición de los obstáculos ya citados, la conversión de Japón al cristianismo sería hoy ya un hecho. En la actualidad, el camino para recibir la luz de la fe cristiana está abierto y perfectamente despejado. Solo falta

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que sepamos responder a esta situación tan favorable que quizá no vuelva a presentarse otra vez.

es una forma esencial­mente diferente de la anterior. El sintoísmo ha sido abolido. No es que pretendamos afirmar que la devoción hacia el emperador haya desaparecido totalmente, no se elimina tan fá­cilmente la tradición de un pasado milenario, pero si consideramos los hechos con objetividad podemos decir que los viejos funda­mentos ya no existen y que, si no se encuentran otros nuevos que los sustituyan, todo el entramado se desplomará forzosa­mente.

Para comprenderla mejor queremos señalar, dejando a un lado la perspectiva puramente religiosa, la enorme importancia que tendría el cris­ tianismo para Japón en el ámbito social. Como ya diji­ mos, Japón procura democratizarse y es lógico que en su vida social se acomode gradualmente a las formas europeas o estadounidenses. El camino que debe recorrer no ha hecho más que empezar y no se ve todavía con claridad. El nuevo Japón no existe aún. El país se encuentra en una encrucijada peligrosa, y aunque estamos en condiciones de poder afirmar que Japón se ha perdido a sí mismo, tiene el deseo y la voluntad de volver a encontrarse, conservando renovado todo lo bueno que tenía en el pasado. No discutiremos aquí cuál es en teoría la forma de gobier­no que más le conviene a Japón. Sería inútil. El hecho real e indiscutible es que la anterior se ha desmoronado por com­ pleto y, según parece, para siempre. De ahí que per­diera rápidamente su forma espiritual ancestral. Puede decirse que ese régimen descansaba esencialmente sobre dos pilares tan imponentes como endebles: el del culto al emperador, íntimamente liga­do al sintoísmo, y el del budismo como religión dominante y factor cultural. Aunque el emperador permanece, no recibe ya ni la consideración ni el culto de una divinidad y, por lo tanto,

El cristianismo es lo único que puede y debe proveer a Japón de los nuevos cimientos que necesita. Si se transformara en un país cristiano, la devoción hacia el emperador, que hasta ahora se basaba en un mito, pasaría a cimentarse en una idea más sólida y verdaderamente real, semejante a la del antiguo derecho divi­no de nuestras monarquías. Solo así podría mantenerse en pie el ancestral entramado de Japón. Estaría sustentado en un sólido kodo cristiano. Con respecto al budismo ya hemos dicho que ha quedado relegado, y su poder religioso se ha visto muy debilitado de cara a la parte de la población más intelectual y progresista de la nación. Si nada lo reemplaza se perderá incluso lo bueno del budismo, que es su conexión con los do. Es evidente que aquí el cristianismo, que es la única religión con capacidad para darle a todo esto una nueva vida, sería también la mejor solución, y lograría salvarlo para el nuevo Japón. Concluyamos diciendo nuevamente que, tanto en lo cultural como en lo social e incluso en lo político, el cris­tianismo tendrá una enorme importan­

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cia como fuerza espiritual en la reconstrucción de Japón.

afortunadamente es casi inexistente en América Latina, donde no existe aún el problema de las minorías raciales y donde los japoneses se dedi­can tranquilamente a sus negocios favoritos sin que, por el momento, los moleste nadie.

Existe también otra razón de carácter nacional en lo que se refiere a la importancia del cristianismo en Japón. Hemos dicho ya que la super­población es uno de los mayores problemas de este país. La única solución sería encontrar en alguna otra parte del mundo sitio donde albergar a este excedente de población. Pero nos topamos con la casi insalvable dificultad de que aque­llos países que disponen de espacio en abundancia se niegan a admitir emigrantes japoneses. Sin duda tienen sus razones para ello; una de ellas sería, por ejemplo, el temor a la competencia, por más que no sea este un argumento válido para todos. También existe, o al menos ha existido hasta ahora, otra dificultad: los japoneses rara vez se asi­milan a la población de esos países y podrían suponer, por lo tanto, un peligro desde el punto de vista político. Pero tras la caída del naciona­lismo y la abolición del sintoísmo este nuido considerablemente. Su peligro también ha dismi­ desaparición total podrá obtenerse solo con la conversión de Japón al cristianismo. En ese caso, supongamos que japoneses católicos emigraran a América del Sur, ¿no resultaría mucho más fácil su asimilación, desvaneciéndo­ se así el peligro político que podrían suponer? Omitimos hablar aquí de un tema harto doloroso: el del menosprecio hacia este pueblo que muy a menudo vemos, por desgracia, en algu­nos países que se dicen cristianos;

La solución del problema de la superpoblación no solo es importante para la supervivencia de Japón, sino también para la preservación de la paz mundial, por lo que todo el mundo debería esforzarse por hallar una solución. De ahí que la importancia del cristianismo en Japón no ataña solo a sus propios habitantes sino que sobrepase sus fronteras. Y todavía nos queda algo que añadir sobre esto. Es necesario realizar una gran síntesis espiritual entre Oriente y Occidente. Con esto nos referimos a la existencia de un grave problema que nadie puede dejar de apreciar como verdadero mar de fondo. Se viene vislumbrando desde hace mu­chos años, pero todavía no se le ha encontrado solución. Es evidente que, gracias a los grandes progresos de las comunicaciones, ambos lados se aproximan cada vez más, por eso tal vez se agudiza más cada día la necesidad de una cooperación económica mundial, pero ¿qué decir de la aproximación espiritual? ¿Acaso no es cierto que, cuanto más próximos estamos físicamente, más distan­ciados nos sentimos espiritualmente? ¿Cuántos occidentales com­ prenden realmente a fondo la cultura de un pueblo de Oriente? Y entre los orientales, son muy pocos los que están compenetrados con nuestra cultura occidental. Más

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bien diría que están muy lejos de entenderla. Han leído a Kant y a Goethe, aprecian la música de Beethoven y Schubert, pero ellos mismos confiesan que entienden muy poco. De ahí que mientras no exista una verdadera mos comprensión, una síntesis espiritual como diji­ antes, la unión de la humanidad está todavía lejos y, en consecuencia, cualquier tentativa de establecer una paz mundial firme y duradera no será más que algo ilusorio.

sentido en que el hinduismo es una religión oriental. Es cierto que la civilización occidental se halla cimentada en el cristianismo, y que está hasta tal punto estrechamente ligada a él que se mantiene sostenida por él; si caen, caerán juntos. Pero los elementos esenciales del cristia­nismo no están basados en la civiliza­ción occidental, ni tampoco en su mentalidad.

Ahora sabemos que ni los acuerdos internaciona­les, ni los poderosos ejércitos, ni las formidables armadas pueden garantizar la paz. La experiencia pasada es demasiado dolorosa, y no deseamos que vuelva a repetirse. Por eso afirma­mos que la relación entre Oriente y Occidente no sería más que una ficción si no se da una síntesis previa; saltaría en mil pedazos a la primera ocasión, por ejemplo, tan pronto como se presentase un problema inter­nacional complicado. Antes que nada es necesario encontrar un nexo de unión, que solo podrá ser de índole espiritual. Aunque siempre existirán culturas diferentes y pueblos diversos, es necesario que por en­cima de esas diferencias exista una unidad religiosa. El budismo ha do­ minado largo tiempo en Japón, pero hoy vemos que no colma ya sus aspiraciones religiosas, ni satisface la religiosidad de su pueblo, aunque podrá tal vez objetarse, y no sin razón, que también el cristianismo ha sufrido un retroceso últimamente, tanto en Euro­pa como en Estados Unidos. El cristianismo no es una religión occidental en el mismo

Nacido de Cristo y predicado en Galilea, que es un país oriental, está también capacitado para desarrollarse en una civilización oriental cristiana, como lo hi­ciera en la occidental. Si el cristianismo se hubiera propagado primero en Oriente, habría evolucionado con características muy di­ ferentes de las que ahora tiene. En Occidente se desarrolló de acuerdo a la mentalidad de sus pueblos. Sobre el sustrato de la filosofía griega se levantó el escolasticismo, que aclaró y fijó los con­ceptos teológicos, dándonos, siglos más tarde, la Suma de santo Tomás de Aquino, esa gran obra que contiene en sí la filosofía y la teología católica. Si el cristianismo se hubiera desarrollado antes con la misma fuerza en Oriente, sin influencias occidentales, tal vez nunca hubiera habido escolasticismo. Habría evolucionado en una dirección más intuitiva y mística que la que tiene ahora. Este otro aspecto es compatible con los elementos esenciales del cristianismo, como se pone de manifiesto en nuestra mística. Tras lo dicho en el capí­tulo anterior, resulta evidente que este aspecto de nuestra religión sería un gran atractivo para la mentalidad japonesa, y en general para cualquiera mentalidad oriental. Es interesante observar la asombrosa semejanza

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que existe entre la mística me­dieval cristiana y la mística zen. Místicos cristianos como el maestro Eckhart y Ruysbroeck son muy conocidos y aceptados en Japón. Siguiendo sus textos encontraríamos que muchos párrafos de Eckhart bien podrían haber sido escritos por un monje zen o viceversa. Mientras que actualmente los demás pueblos se sienten más bien inclinados a resistirse a la influencia espiritual de Occidente, Japón por el contrario se abre a ella de nuevo, particularmente a la del cristianismo. Actualmente encontraríamos en Japón el prin­cipio de aquella síntesis, a la que aludíamos antes, que permitiría que Oriente y Occidente llegaran a alcanzar una unidad espiritual. El hecho de que este importante problema pudiera solventarse o resolverse en la cultura japonesa, tendría una enorme repercusión en los demás pueblos orientales. Antes de esta guerra, Japón había logrado una hege­monía espiritual sobre ellos; en sus universidades estudia­ ban chinos, coreanos o indochinos. Su ejemplo tendría una enorme resonancia en todo Oriente. Penetraría en su vida espiritual más re­ cóndita y llegaría a todos los grandes países de Asia. Pero en la actualidad, la población cristiana en Oriente es todavía demasiado reducida como para poder influir, por el momento, en el pensamiento oriental. Esta situación cambiaría completamente, en cambio, con la existencia de un Japón cristiano. De ahí que el cristianismo sea importante no solo para Japón, sino también para todo el Lejano Oriente e, incluso, para el mundo entero.

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Un llamamiento Ahora mismo habría grandes posibilidades de que Japón se convirtiera a la fe cristiana5; muchos japoneses lo harían de inmediato si se les presentase la oportunidad. Los tremendos sufrimientos y reveses del pasado conflicto bélico han modificado la postura de Japón y le han traído una hora de gracia; la maravillosa providencia de Dios ha dispuesto esta situación favorable. Debieran hacerse todos los esfuerzos posibles para no de­jar de responder a ella; no sabemos cuánto tiempo va a durar, y una vez pasada quizá se haya perdido para siempre. Es hora de formularnos seriamente esta última pregun­ta: ¿Qué debemos hacer para responder plenamente a esta mag­ nífica oportunidad en la misión de Japón? A continuación desarrollaremos nuestra respuesta. En primer lugar, urge reconstruir lo que la guerra ha destrozado. Las pérdidas son enormes, y no solo en Hiroshima sino en todas partes. Un gran número de iglesias, escuelas y centros de beneficencia han sido completamente destruidas, o seriamente dañadas, por los bombardeos.

5 Véase también: Pedro Miguel Lamet, Arrupe. Testigo del siglo XX, profeta del siglo XXI. Mensajero, Bilbao 2014, 245-246.

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Se comprenderá que, en medio de una destrucción tan generalizada, la misión católica ha sufrido también numerosas pérdidas. Los mate­ riales de construcción y la mano de obra resultan ahora excesivamen­te caros; los católicos japoneses son muy poco numerosos y no cuentan con recursos económicos para hacer frente, ellos solos, a los ingentes gastos de la reconstrucción. Por otra parte, es ahora más nece­sario que nunca disponer de un gran número de iglesias y residencias para los misio­neros, porque ya resulta imposible atender a todos los que piden instrucción religiosa. Hoy se necesitan muchos más templos católicos que antes de la guerra. Es necesario establecer nuevos centros misioneros lo antes posible, y crear rápidamente nuevas escuelas y orfanatos para ambos sexos.

exigen hoy nuevos métodos de trabajo. En el pasado se trabajó solo en cole­ gios y en centros misioneros. Hoy debemos dirigirnos directamente al público y a la gente a través de conferencias que los impregnen de ideas cristianas. Es menester enseñarles que la Iglesia católica cuenta, en su doctrina moral y social, con respuestas a sus problemas. Ciertos temas, como la democracia desde la perspectiva cristiana, los derechos y los deberes de la mujer, el comunismo, la paz mundial y otros, deben ser tratados hoy día en conferencias públicas, en la radio, en libros y periódicos, sin que tengan por qué tocarse temas estrictamente religiosos como la existencia de Dios, el otro mun­do, Cristo o la Iglesia. Para ello deben formarse grupos de oradores especializados que cuenten con centros, bibliotecas y comodidades que les permitan estudiar dichas cuestiones con la detención y profundidad que requieren.

A esto se añade un problema de capital importancia actualmente en Japón. Algunas instituciones de educación superior, como la Universidad ca­tólica de Tokio, no están en consonancia, al menos en su aspecto material, con el enorme prestigio del que empieza a gozar el catolicismo. La sede apropiada para un centro de cultura tan acreditado debería ser un edificio monumental. Y aún no lo tenemos. Además hay actualmente solo dos facultades en esta Universidad, la de literatura y la de ciencias económicas, y es urgente la creación de otras, por ejemplo, la de derecho y la de medicina, amén de otros institutos anexos. ¿Pero cómo realizar esto, o al menos una parte, sin contar con ayuda finan­ciera del exterior? Las nuevas necesidades

No es necesario insistir en la atención especial que demanda de nosotros la juventud en edad de estudiar, sea cual sea su categoría social, que comúnmente es la que se siente más inquieta por estos problemas. Esta juventud ha perdido sus antiguos ideales, y debe encontrar otros nuevos que valgan la pena y merezcan su dedicación y su sacrificio. Espera guías que la orienten por rumbos nuevos y desco­nocidos. Esta tarea reclama el envío de muchos misioneros y misioneras. Ya hemos dicho que al comenzar la guerra había, sumando los extranjeros y los nativos, menos de cuatrocientos sacerdotes. ¿Qué podría hacer un número tan

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reducido de personas en el caso de que se convirtiera al cristianis­mo un pueblo de setenta millones de habitantes? Pío XII, el Padre Santo, ha exhortado a las órdenes y con­ gregaciones religiosas a que envíen misioneros y misioneras a Japón. Y es que hoy ya no basta con unos cuantos centenares.

hombres dotados también de un alto nivel cultural, tanto desde el punto de vista intelectual como espiritual.

Pero sería extremadamente contraproducente que fueran siem­pre y en su mayoría extranjeros. De ahí la urgente necesidad de formar al clero japonés. El seminario de Tokio, principal lugar destinado a la preparación del clero secular, resultó arrasado años atrás a causa de un incendio y solo ha podido ser re­construido en parte. Y como si eso no hubiera sido bastante, volvió a ser destruido de nuevo por las bombas caídas en los alrededores. Su reparación y su adecuada ampliación no pueden postergarse, y supondrán una gran suma de dinero que no es posible conseguir exclusivamente en Japón.

La tarea es prácticamente ilimitada y por eso no puede recaer exclusivamente sobre los actuales, o los futuros, misio­neros japoneses. Es todo el mundo católico en su conjunto el que debe tomar a su cargo esta empresa titánica. Y los verdaderos católicos, cons­cientes de su fe, no pueden, vivan donde vivan, encogerse de hom­bros y desentenderse buenamente de ayudar a las misiones de Japón. Se trata nada menos que de la conversión de un pueblo de setenta millones de habitantes. ¿Puede un católico sincero permanecer indiferente ante estas cifras millonarias? Y vayamos a lo práctico. ¿Cómo podrían contribuir los católicos de todo el mundo a la conversión de Japón? De tres eficaces maneras: la oración, el envío de misioneros y la ayuda material. El primero, que está al alcance de todos, es el más eficaz para obtener la ayuda divina.

Afortunadamente hoy todos los obispos y prefectos apostóli­cos de Japón son ya japoneses. Se ha establecido una jerar­ quía católica japonesa. Pero el número de sacerdotes nativos es aún reducido, y es necesario que vaya aumentando en la medida en que crezca el número de católicos. Su formación se ha confiado a nuestro cuidado, y tenemos la sagrada obligación de darles una ins­trucción lo más completa posible para que puedan satisfacer las demandas del pueblo japonés de acuerdo a su elevado nivel cultural. De ahí la necesidad de que estos sacerdotes sean

Pero Dios obra a través de las causas segundas que requieren, en empresas de esta índole, de la cooperación activa de los hombres. No podemos esperar conversiones sin apóstoles fervorosos que siembren la pa­labra de Dios. Por tanto es necesario que lleguen a Japón misioneros de todas partes del mundo, en la mayor cantidad y mejor calidad que permitan las posibilidades de cada nación. Y no creo que haya nación católica en el mundo que no pueda enviar al menos algunos misioneros o misioneras. La tercera manera, la ayuda material, no está al alcance de

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todos. Algunos países han sufrido tanto con la guerra que ven cernirse sobre ellos el terrible espectro del hambre. Su moneda además ha perdido valor, y ya ni siquiera pueden ayudar a los misioneros que enviaron años atrás o a los que enviarían ahora. ¿Cómo esperar entonces de ellos la ayuda económica necesaria para la reconstrucción de los innumerables colegios, institutos e iglesias destruidos vas por la guerra, así como para la acometida de nue­ obras? Los cristianos japoneses son muy pocos como para poder hacer frente a tamañas exigencias. Es verdad que cuando un número mayor haya abrazado la fe cris­ tiana, y dada esa notable generosidad y devoción puesta ya de manifiesto en la historia del budismo, ellos mismos acudirán en nuestra ayuda. Pero mientras tanto es urgente que la ayuda venga del exterior o se perderá la oportunidad.

jesuitas en el Japón6. S. S. Pío XII dice así: Con gran satisfacción hemos leído tu relación de la actual situación del Japón. Parece que Dios Nuestro Señor, en su ines­ crutable Providencia, ha dispuesto esta hora de gracia extraordi­ naria para el pueblo japonés, que con su espíritu generoso se dispone a atender al llamado de la verdadera fe. No hay que ahorrar medios a fin de secundarlo en tan santos deseos.

¿De dónde obtener los recursos más indispensables? ¿Cuáles son los países que están actualmente, tras la es­pantosa hecatombe de la guerra, en condiciones de contribuir con su ayuda? Son muy pocos, pues esperar al resurgimiento económico de los pueblos europeos equivaldría a perder la ocasión, en nuestra opinión solo los Estados Unidos de Norteamé­rica y la República Argentina. Parece evidente que, en este momento decisivo y culminante de su historia, el éxito de las misiones católicas en Japón depende en gran parte de la genero­sidad de los católicos argentinos. grafía con las palabras Cerraremos esta mono­ que el Santo Padre le dirigió al superior de los

Desde los primeros comienzos de la Compañía de Jesús, es­tuvo ella relacionada con la Iglesia Católica del Japón, y confia­mos que no dejará de aprovechar esta ocasión, única, de patenti­zar su tradicional dedicación y empeño por acrecentar y defender el Reino de Dios en la tierra. Vemos con gran consuelo, vuestros esfuerzos para levantar cada vez más el prestigio de la Universidad Católica de Tokio y la prontitud en encargaros de la dirección del Seminario Interdiocesano de la misma ciudad, prueba bien clara de que nuestra confianza no ha salido fallida. Pues nada hay más importante que la educación sólida y esmerada del clero y del laicado, de aquéllos que más tarde han de ser los guías de su pueblo. De todo corazón bendecimos vuestra obra. Hemos ido siguiendo con paternal interés el resurgimiento de sus ruinas de la desventurada ciudad de Hiroshima, obra que desgraciadamente quedó en un momento reducida 6 Que en ese momento era el mismo H. M. Enomiya-Lassalle.

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a la nada, debido a la irresistible fuerza de la naturaleza7. mientos no son mis pensamientos, ni “Vuestros pensa­ vuestros caminos mis cami­nos”, dice el Señor. Pero tenéis que decirle vosotros también desde el fondo de vuestros corazones las palabras del profeta del Nuevo Testamento: “Sí, por cierto, Señor Dios roso, verdaderos y justos son tus juicios.” Todopode­ Así, pues, con gran ánimo e invicta confianza en Dios, seguid adelante en la reorganización de las distintas obras del Vicariato; y la Bienaventurada Madre de Dios, en cuyo honor y con el título de su gloriosa Asunción a los cielos, vais a dedicar esta nueva iglesia conmemorativa, no dejará de ayudaros con su poderosa intercesión ante su Divino Hijo. Como prueba de nuestro paternal afecto y prenda de ce­ lestiales gracias, os damos con mucho gusto a ti, querido hijo, y a todos los miembros de la Misión Japonesa y a cuantos contribuyan a vuestra empresa con sus ofrendas espirituales y ma­teriales, Nuestra Apostólica Bendición. PíoXII. Ciudad del Vaticano, 31 de diciembre de 1946.

7 Se refiere al terremoto ocurrido en diciembre de 1946.


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EPÍLOGO A LA TRADUCCIÓN ALEMANA DE 1989

Templo de la Paz Mundial, levantado en Hiroshima sobre las ruinas causadas por la bomba atómica.

Hemos mantenido intencionadamente en su forma original este testimonio de paz y renovación, escrito en 1947 y publicado en 1948 en lengua española, a fin de documentar con fidelidad el ambiente y las reflexiones del momento. En este epílogo se exponen someramente, desde una


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perspectiva actual, algunas evoluciones posteriores que continúan y completan presagios percibidos entonces.

El significado del Templo de la Paz en Hiroshima Aunque en un primer momento la experiencia de las dos bombas atómicas, la de Hiroshima y la de Nagasaki, llevó a la convicción de la necesidad de acabar con las guerras, poco tiempo después del final de la guerra se desató una verdadera carrera entre las naciones para ver cuál era capaz de fabricar más armas nucleares. Y a la vez se generalizó la opinión de que una tercera guerra mundial supondría el final de la historia de la humanidad. Todavía hoy vivimos en esa especie de esquizofrenia: por una parte la obsesión por la fabricación de armas nucleares y, por otra, el anhelo sincero de la paz mundial. El poder de la técnica omnipresente, que parece determinar la vida y la espiritualidad del hombre actual, hace que esta contradicción cobre aún más fuerza. ¿Cómo salir de esta crisis? ¿Dónde encontrar una posibilidad de renovación tras la amenaza técnico-atómica que vive la humanidad? Además de en el cambio estructural cultural y político de nuestro mundo, tan necesario, la renovación más importante se hará posible con el nacimiento de un hombre nuevo. El problema de la paz mundial es, en primer lugar, una

cuestión del corazón humano. En el momento actual de la historia mundial el ser humano no encontrará reposo mientras no consiga hacer suya la nueva dimensión de una nueva conciencia. Por eso todo depende de su capacidad para integrar esta novedad convirtiéndose en un hombre nuevo capaz de hacer posible una paz mundial duradera. Pero eso es algo que cada persona tiene que realizar de manera individual y por su cuenta. No es algo que haya que buscar lejos, sino que se trata de esforzarse por vivir el día a día como seres humanos pacíficos. ¿No tendrán un papel muy especial en esto la ciudad de Hiroshima, que fue golpeada por la primera bomba atómica, y el Templo de la Paz Mundial, que surgió simbólicamente como el ave fénix de las cenizas? Con su Templo de la Paz Mundial, Hiroshima exhorta a la abolición mundial de las armas nucleares y a la paz duradera de corazón entre todos los habitantes dela Tierra. El significado simbólico del Templo de la Paz resulta hoy día tan actual como en 1947. Su significado ha permanecido inalterable desde la colocación de su primera piedra, el 6 de agosto de 1950, y su bendición posterior, el 6 de agosto de 1954, hasta el día 6 de agosto de1989, en que sigue siendo un memorial de la paz mundial.

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Nueva concepción de la misión cristiana En 1947 los misioneros en Japón estábamos firmemente convencidos de que sería el cristianismo, sobre todo, el que llevaría a la renovación de Japón. Pero ya entonces se percibían señales de que no solo la existencia concreta del cristianismo y de otras religiones serían determinantes para el futuro desarrollo, sino en general el sentido de lo religioso en medio del mundo. Con respecto a la nueva forma de la misión cristiana, el Concilio Vaticano II nos ha abierto los ojos a una percepción que antes se intuía y ahora resulta evidente. En todo el mundo, incluidas las zonas tradicionalmente cristianas, el punto de inflexión se ha desplazado de un ser formalmente cristianos a un ser verdaderamente humanos. Muchas de las manifestaciones actuales, que en ocasiones no solo no son agradables sino que resultan incluso preocupantes, han de ser consideradas como dolores de parto del hombre nuevo. La humanidad sufre en este nacimiento como cualquier madre que alumbra un hijo. Quienes miran con profundidad saben que la situación no tiene vuelta atrás, que no es posible cambiar el sentido de la marcha de la rueda de la evolución. Que se trata, solo y únicamente, de que este hombre nuevo nazca sano y fuerte. Este desarrollo repercute en el ámbito de lo religioso en general y, por lo tanto, en todas las religiones. La fe tradicional ya no le dice nada a mucha gente, y va

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debilitándose en casi todas las partes del mundo. Tampoco convencen las demostraciones que se pueden aportar, hasta cierto punto, en el terreno religioso, aunque a lo mejor sean o parezcan consecuentes desde el punto de vista lógico. En este contexto, las instituciones religiosas o eclesiales adquieren también otro sentido. El ser humano busca la experiencia religiosa propia, y en muchos casos solo así encuentra sosiego, por lo que no sería justo acusarle de falta de comprensión religiosa. No se trata de no querer sino de no poder, lo que no debe ser juzgado como una deficiencia. Es bien conocido que las religiones occidentales, especialmente el judaísmo, el cristianismo y el islam, son claramente personalistas, es decir, que conciben a la divinidad como persona, y en nombre de este Dios personal se desarrolla toda la dinámica de la misión. Sin embargo, desde hace un tiempo, en los países tradicionalmente cristianos el Dios personal se “devalúa” o se hace, incluso, poco digno de crédito. Mientras tanto se observa, por otra parte, una fuerte tendencia hacia religiones cósmicas, como por ejemplo el budismo entre otras religiones llegadas de Oriente. Si bien es cierto que a menudo el interés por estas religiones se debe más al atractivo de sus prácticas meditativas que a las religiones mismas, puede que algunos busquen una religión en sustitución del cristianismo. Constatamos un anhelo de experiencia religiosa en muchos de quienes alguna vez fueron cristianos pero que hoy ya no pueden creer, o bien

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se sienten insatisfechos por cómo se presenta la fe cristiana, en forma de doctrina o teología tradicional. Es decir, que no se rechaza el cristianismo como tal sino que no llega su presentación tradicional conceptual. Actualmente no se trata tanto de las diferentes doctrinas que ofrecen las religiones como de la conciencia religiosa, por decirlo así. Incluso se generaliza la idea, al menos eso es lo que parece, de que a fin de cuentas todas las religiones hacen referencia a lo mismo en el fondo, aunque divergen, e incluso a veces se contradicen, en la forma. Este es un fenómeno que se observa a nivel mundial. En todas las religiones y cosmovisiones muchas personas buscan a Dios sin conocer su nombre. Para ellas el verdadero Dios no tiene ninguno. Hoy día hay también muchas personas que buscan, sin darle ese nombre, una religión. Asoma aquí la nueva conciencia que transciende lo conceptual. Incluso dentro de las religiones se revisan muchas cosas de las que antes no se dudaba nunca o casi nunca. Hoy día se cuestiona lo que antes era aceptado sin más. La realidad última, llámesela Dios o de otra manera, no puede ser representada, pero sí puede ser experimentada. De ahí el anhelo de la experiencia de Dios y de una práctica meditativa que pueda llevar a ella. En este punto justo arranca una nueva concepción de la misión.

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Renovación por medio de la espiritualidad oriental A partir del final de la segunda guerra mundial, el zen, sobre todo la práctica del zazen, ha ido despertando un interés cada vez mayor en Europa y Estados Unidos. No solo se han escrito numerosos libros sobre zen, sino que siempre ha habido y hay personas que viajaron y viajan a Japón, desde países occidentales, para formarse allí en la práctica del zazen con un maestro zen experimentado. Y son muchos más todavía los que se esfuerzan en ello en sus propios países, acudiendo a exposiciones o participando en cursos. También en Japón crece paulatinamente la curva de los practicantes de zen, que había descendido abruptamente al final de la guerra. Cuando se pregunta cuáles son las razones por las que el zen se ha extendido tanto en Occidente, se constata que son muy variadas. El grupo más amplio de interesados lo constituyen aquellos que esperan encontrar en el zen una ayuda religiosa. En este grupo se encuentran gradaciones. Las expectativas más altas las tienen personas que han perdido el contacto interior con el cristianismo heredado de sus antepasados, y si no con el cristianismo como tal, al menos con el llamado cristianismo oficial. Por diversas circunstancias se han alejado de él o, a pesar de estar bautizados, nunca se ha convertido en una experiencia espiritual. Cuando en algunas de estas personas se despierta en un momento dado, quizás

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después de grandes sufrimientos y pruebas, un anhelo religioso, no buscan la respuesta a su inquietud religiosa en el cristianismo, contra el que han ido acumulando prejuicios a lo largo de los años, sino que se vuelven hacia religiones orientales como el budismo zen.

con la esperanza de encontrar allí el auxilio que buscan.

Otro grupo lo forman aquellas personas que, aun estando lejos de las iglesias cristianas, han tenido experiencias religiosas extraordinarias, y no encuentran a nadie en quien atreverse a confiar por miedo a no ser entendidas. Cuando tienen noticias sobre el zen y la iluminación, reconocen su propia experiencia ahí de alguna manera, y se vuelven al zen para encontrar orientación en él. El número de personas que han tenido estas experiencias extraordinarias es relativamente alto en Europa, lo que seguramente se debe a los horrores de las dos guerras mundiales y a la opresión que los estados totalitarios ejercieron sobre mucha gente. Entre las personas interesadas en el zen por motivos religiosos hay todavía un tercer grupo. Se trata de aquellos cristianos y cristianas que mantienen viva su fe, y que incluso llevan una vida interior intensa, o intentan llevarla, pero cuyo anhelo se topa con grandes obstáculos, debidos al ritmo de la vida moderna, que no pueden ser soslayados a menos que uno se retire totalmente de la vida pública; lo que le resulta imposible de hacer a las personas que llevan una vida de servicio inmersas en el mundo. Al no poder superar dichos obstáculos con la mera ayuda de los métodos de meditación cristianos, se vuelven hacia el zen

A esto se añade, además, para los católicos que el Concilio Vaticano II ha reconocido públicamente lo valioso que existe en las tradiciones religiosas no cristianas, animando incluso a los institutos religiosos a asumirlas en lo posible. Naturalmente no se trata de llegar a un sincretismo de diversas cosmovisiones, sino de acoger métodos de meditación en la medida en que no estén en contradicción con las propias enseñanzas de fe. A través de este rodeo son muchos los que vuelven a encontrar el camino a la práctica religiosa en la Iglesia y, sobre todo, a la mística cristiana tradicional sin objeto, tal como la comprendieron y desarrollaron el maestro Eckhart, Taulero, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, los monjes del monte Athos y otros místicos cristianos. Como se deduce de lo dicho, tras Hiroshima el desarrollo de la humanidad se aparta de las estructuras religiosas tradicionales externas y se orienta en la dirección de un hombre nuevo que, intuitivo y místico, será radicalmente nuevo.

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Perspectiva del mundo después de Hiroshima Para finalizar queremos mencionar además otra circunstancia de la que no podemos abstraernos por tratarse de algo que atañe de manera evidente al ser humano. Es un hecho que la humanidad se encuentra en una situación de grave peligro. Todos sabemos que las armas nucleares pueden aniquilar a una gran parte de la humanidad en cuestión de pocas horas, y que las bombas y los misiles que harían falta para ello están listos para disparar. La posibilidad se hace mayor cada minuto que pasa, en la medida en que esas armas proliferan cada vez más. Una gran parte de los científicos de las grandes potencias mundiales están dedicados a esto. A pesar de que nadie desea una guerra como la que resultaría hoy en día, todos se arman febrilmente para ella. Nadie sabe cómo parar esta carrera y alejar definitivamente el peligro de una guerra nuclear. El presidente del Club de Roma expresó en diciembre de 1979, durante unas jornadas en Berlín, qué significa esto concretamente con las siguientes palabras: “Todas las religiones, tabúes y sistemas de valores que determinan nuestra vida han caducado y se han vuelto poco fiables. Pero la humanidad primero tiene que comprender lo grande que es el peligro para entrar en razón.” El actual dilema de la Tierra y de la humanidad no se resolverá mediante ninguna actuación humana en tanto que esta se mueva en los límites de la conciencia mental vigente. Lo mismo es válido a la hora de plantear soluciones a

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problemas tan graves como la superpoblación, la escasez de materias primas, el deterioro medioambiental o el peligro de una guerra con armas nucleares. La nueva conciencia que se necesita ahora solo aparecerá una vez se haya superado el vigente sistema de coordenadas tridimensional, en el que solo lo visible es válido. Debemos tender a percibir una totalidad de cuatro dimensiones, en la que hay libertad de espacio y de tiempo. Existen manifestaciones típicas que caracterizan esa nueva conciencia: 1. El esfuerzo por superar el tiempo conceptual. 2. La transparencia que no penetra a la esencia de las cosas mediante conclusiones racionales sino yendo más allá de conceptos y palabras. 3. La percepción global, es decir, una forma de percepción que percibe a la vez siempre el todo, superando de esa manera los extremos dualistas. Por medio de esta capacidad, la persona no solo integra ella misma la nueva estructura sino que influye, además, con su simple presencia, en la misma dirección en su entorno. La percepción del todo está sin duda estrechamente relacionada con la transparencia. Esta capacidad no se puede adquirir ni con la voluntad ni con la imaginación. Para disponerse a ella hay que renunciar a prejuicios, imaginarios deseos futuros y exigencias que dominan ciegamente. Solo superando el egoísmo se puede alcanzar progresivamente el

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equilibrio de un componente y una estructura de conciencia inherentes en nosotros; solo entonces el ser humano puede llegar a adquirir la capacidad de la transparencia y de la percepción global. 4. Para la integración de la nueva conciencia es también importante saber que la preocupación y la angustia, así como otras circunstancias que actualmente hacen nuestra vida difícil, no son más que síntomas de una mutación que se va abriendo paso. Aunque aliviar este malestar está ciertamente justificado, si no tratamos al mismo tiempo de abrirnos a la nueva conciencia no solo no saldremos nunca de él sino que se agravará cada vez más, ya que la actual estructura mental continuará degenerándose. Vivimos un tiempo de cambios que se realizan en este y en muchos otros ámbitos. Muchas cosas que parecían inamovibles se han puesto en movimiento sin que nadie sepa, en concreto y con seguridad, cuál será el resultado de este cambio. Estos procesos de cambio no justifican un estado de ánimo apocalíptico, que por lo demás acabaría convirtiéndose en una rémora para al menos hacer lo que esté en nuestras manos en beneficio de la humanidad. Hay algo que hoy en día ya sabemos bien: imponer por las armas lo correcto, o lo que se cree correcto, no resulta ser una buena solución a largo plazo. A la violencia se responderá siempre con violencia. No parece que una solución duradera sea posible a menos que el ser humano

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evolucione en el sentido del cambio de conciencia descrito. Aunque fuera posible, como seguimos esperando, evitar una guerra nuclear de exterminio, la humanidad no sería más feliz solo por eso de lo que es actualmente. Mientras no se integre la nueva conciencia, seguirán existiendo todos los problemas que tenemos hoy en día y quizá incluso en mayor grado. Sin embargo si en contra de lo que esperamos, y a pesar de todos los esfuerzos, estallara una guerra de exterminio y sucumbiera una gran parte de la humanidad, el actual cambio de conciencia que ya se ha puesto en marcha seguiría su curso, con lo que la posibilidad de que alguna vez se integrara del todo se mantendría en pie. No solo existe entonces la esperanza de una humanidad más feliz sino incluso la seguridad de que habrá de suceder así. Vivimos ahora una época que en realidad empezó hace ya doscientos años con la llamada revolución industrial, que se inició con el invento de la máquina. Supone un enfrentamiento, resuelto a menudo de manera sangrienta, demasiado violento para mantenerse en los límites de un diálogo pacífico. Se ha convertido en una lucha de clases entre propietarios y proletariado, empresarios y asalariados, capitalismo y comunismo. Ambos bandos están todavía enfrentados como dos ejércitos en guerra. En este combate, que dista mucho de haber terminado, ninguno de los dos ha salido vencedor por el momento. No

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es cierto que a los bandos enfrentados les animen solo malas intenciones o que esta lucha se esté librando sin ningún resultado positivo. Es verdad que hoy día están enfrentados bloques enteros de naciones que o bien consideran que forman parte del comunismo o bien del llamado mundo libre, de tal manera que en el horizonte acecha constantemente el peligro de una nueva guerra mundial. A pesar de todo hay que decir que las dos ideologías están ahora más próximas que al comienzo de la lucha, pues hoy día ya no existen ni una propiedad privada ilimitada ni, quizá salvo alguna excepción, una falta total de cualquier tipo de propiedad privada. Ambas reivindican, con razón o sin ella, representar la democracia y la libertad verdaderas. Y seguramente aún seguirán así durante mucho tiempo, hasta encontrar ese equilibrio que ambas partes desean e intentan sinceramente.

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El camino hacia el hombre nuevo Si hablamos por lo tanto del hombre nuevo como única instancia de salvación para la humanidad, aclaremos que no se trata en absoluto de un sistema. Más bien tenemos que reconocer que para la superación de la crisis en la que actualmente se encuentra la humanidad no existe ningún sistema. Son muchos quienes parecen no tener claro este hecho y por lo visto opinan, quizás sinceramente convencidos, que alguno de los sistemas existentes –comunismo, capitalismo o democracia, o una forma aún por descubrir– puede proteger al ser humano, a la humanidad, del peligro de aniquilación que acecha. De hecho, no es esta una crisis de modelos de pensamiento o ideologías. Por esto está también lejos de nuestra intención tomar postura frente a las diferentes ideologías y sistemas. De lo que se trata es de la nueva imagen del ser humano que está naciendo, sin que haya que entender esto en el sentido de que sea el hombre mismo el que haya de inventarla y darle forma, sino que pasa como con la mariposa, que sale de la crisálida no bajo una forma elegida por ella sino en la que la naturaleza ha determinado. Se trata de un paso, muy importante, en el desarrollo del ser humano como tal. Pero no nos referimos ahora a la nueva era de la ciencia y de la técnica que ya ha comenzado,

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hablándose en ese sentido de la era nuclear, y de la que también sería una señal la conquista del espacio.

en que el hombre nuevo suponga un avance con relación al anterior –y de eso se trata pues de lo contrario no sería nuevo– ha de ser capaz de pensar sin prejuicios y de ser sincero. Esta es la meta de esta renovación y de su manifestación: la nueva mística de la que aquí se trata.

Esta nueva etapa en la evolución de la humanidad de la que hablamos se caracteriza, en primer lugar, por una total toma de conciencia del hecho de ser persona. El hombre nuevo toma plenamente posesión de su personalidad. Para ello tiene que haber llegado a encontrarse, en el verdadero sentido de la palabra, consigo mismo, con su mismidad (Selbst), que es el núcleo de su persona. Solo llegando a encontrarse con él está verdaderamente salvado; la libertad externa no es aún la verdadera libertad. Un hombre puede ser amo y señor del mundo entero y seguir siendo, sin embargo, alguien con falta de libertad interior. Por el contrario, puede estar recluido en el calabozo más profundo y gozar, a pesar de todo, de una libertad soberana. Además el ser humano debería llegar a ver las cosas tal cual son y, estando ambas cosas íntimamente relacionadas, ser capaz de ser sincero. En nuestro modo de pensar habitual estamos casi siempre ofuscados por prejuicios. Hay pocas personas capaces de pensar sin prejuicios y también pocas que sean verdaderamente sinceras; pocas, añadiríamos, que sean capaces de serlo aunque quisieran y quizás, incluso, piensen que lo son. La única excepción son los niños, en la medida en que no hayan sido contagiados por los adultos… ¡Y los místicos! Hay que hacerle frente a esto con claridad. En la medida

La renovación de la humanidad tras la catástrofe de Hiroshima depende de esta evolución: “El ser humano del futuro será un místico o no será.” Para terminar resumimos con esta paráfrasis de la conocida frase de Karl Rahner la verdadera perspectiva del mundo tras la catástrofe Hiroshima.

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APÉNDICE

Hugo Makibi Enomiya-Lassalle SJ, pionero del zen entre cristianos con el apoyo de Pedro Arrupe SJ Hugo Lassalle Pedro Arrupe 1898 nace 11 noviembre en Gut Externbrock (Westfalen) 1907 nace 14 noviembre en Bilbao 1929 llega a Japón 1935 el provincial de la provincia de Alemania Inferior lo nombra superior de la misión SJ en Japón. Vive en Tokio8 1936 empieza a construir en Nagatsuka un noviciado al estilo japonés 1939 se traslada a Hiroshima 1938 llega a Japón 1940 habla de convertirse en japonés y de un cristianismo japonés 8 Hasta 1921 la misión de los jesuitas en Japón depende del P. General de los jesuitas en Roma; en 1921 se convierte en misión dependiente del P. Provincial SJ de “Alemania Inferior”; desde 1949 la misión de Japón es provincia jesuítica autónoma.


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1942 nombrado por Lassalle maestro de novicios en Nagatsuka, en las afueras de Hiroshima 1943 acude por primera vez a un sesshin 1945 6 AGOSTO BOMBA ATÓMICA SOBRE HIROSHIMA 1945 cura a muchos heridos, entre ellos a Lassalle 1946 agosto acude a la Congregación General SJ en Roma, pasando por Alemania; pide en Roma que la lengua litúrgica sea japonés, no lo consigue viaja pidiendo misioneros para Japón y recaudando fondos en varios países para el Templo de la Paz enero 1947 España marzo-julio 1947 Argentina, allí escribe el libro Hiroshima julio Brasil, agosto EEUU, noviembre vuelta a Japón 1947 se edifica Escuela Superior de Música, Residencia para huérfanos, Iglesia de San Ignacio en Tokio 1949 deja de ser superior de la misión; P. Pfister, primer provincial 1954 elegido segundo provincial de Japón; vive en Tokio 1957 busca nuevos caminos de misión y entabla diálogo con budistas 1961 anima a Lassalle a crear centro zen en Kabe 1962 da imprimátur para el libro de Lassalle: Zen, camino a la propia identidad 1962 en octubre comienza el Concilio Vaticano II, que termina en diciembre de1965 1965 el 25 de marzo es elegido Prepósito General de los Jesuitas y se traslada a Roma 1965, 7 diciembre se promulga el decreto conciliar de misiones; había colaborado en la redacción del artículo 18, en el que se anima a los cristianos a asumir el zen 1968 consigue audiencia para Lassalle con Pablo VI 1968 propicia la creación del centro zen Akikawa-Shinmeikutsu, en el área de Tokio 1968 da el primer curso de zen en la abadía de Niederaltaich/Alemania

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acude a varios países hasta 1990, dando un curso tras otro, en España de 1976 a 1985 se alegra del interés que despiertan y de la afluencia a los cursos de zen 1986 bendice el terreno para Zendo Betania en Brihuega (España) 1988 pone la primera piedra de Zendo Betania 1989 escribe prólogo y epílogo para ed. alemana del libro Hiroshima 1990 muere 7 julio; sus cenizas están en Hiroshima, Templo de la Paz 1991 muere 5 febrero; su tumba está en el Gesú, Roma

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ÍNDICE PREFACIO DE LA TRADUCCIÓN ALEMANA DE 1989. PRÓLOGO A LA EDICIÓN CASTELLANA DE 1947.

Capítulo I: LA BOMBA ATÓMICA. Lo que vi. Lo que escuché decir. Lo que pensé. Capítulo II: DE LA DESTRUCCIÓN AL NUEVO JAPÓN. ¿Por qué intervino Japón en esta guerra? Los japoneses durante la guerra. Japón después de la guerra. Capítulo III: EL FUTURO DE JAPÓN. La nueva cultura japonesa. Japón y el cristianismo. Un llamamiento. EPÍLOGO A LA TRADUCCIÓN ALEMANA DE 1989. APÉNDICE : H. M. Enomiya-Lassalle y Pedro Arrupe SJ.


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Mellony Baskerville AVENIR LIGTH

GAMA DE COLORES


F O ND O O S C U R O

F ON D O C L A R O


La culpa del abate Mouret Émile Zola


Emociรณn

Traiciรณn

Miedo

Impaciencia

Depresiรณn

Desespero

Curiosidad

Nervios

Tranquilidad

Suplica


La marca

Teniendo en cuenta las nuevas tendencias del mercado y los usuarios por productos naturales o amigables con el medio ambiente, conceptualicé esta nueva marca hacia esta nueva onda, y que de tal modo esta tambien fuese versatil para los diferentes productos de aseo tanto del hogar como personal.

Logo

Abstracción utilizando elementos de la tipografía para la creación de elementos que representen la vida y la naturaleza.

Nombre “Que es propio de la vida o que está relacionado con ella”. “Que es tan importante o necesario que resulta imprescindible para algo”.

Etiquetas

Shampoo

Detergente

Jabón líquido


Proceso de diseño

Herramientas utilizadas:

Modelado (creo parametric 4.0) Diseño gráfico (photoshop e illustrator)

Observación de los diferentes empaques relacionados existentes en el mercado

Sketches exploracion formal del empaque y conceptos de etiqueta

Modelado de botellas

Salomé zuluaga trabajos diseño  

Trabajos finales procesos de diseño gráfico 2

Salomé zuluaga trabajos diseño  

Trabajos finales procesos de diseño gráfico 2

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