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POETAS DE LIBERTAD RUSVELT NIVIA CASTELLANOS

Editorial Pensamiento

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Poetas de libertad Rusvelt Nivia Castellanos Impreso en Colombia - Printed in Colombia Isbn 978-0-244-03504-4 Registro 10-481-327 Editorial pensamiento Derechos reservados Año 2017

Ninguna parte de dicha publicación, además del diseño de la carátula, no puede ser reproducida, fotografiada, copiada o trasmitida, por ningún medio de comunicación, sin el previo permiso escrito del autor. 3


TRASCENDENTES *** Los hombres y mujeres de la revolución, provocan nuevos destinos, ellos se mueven con valentía por los valles negros, marchan hacia adelante como grandes en furor y las tinieblas traspasan de la tempestad; bien estos esfuerzos de superioridad, realizan para ayudar a la gente del mundo; perseverantes con los ímpetus suyos, desenvuelven a sublevación lo altruista y una vez ponen al tiempo rojizo, levan renovaciones libertarias, dándole humanismo al pueblo, magnifican lo más excepcional, todos estos héroes y estas salvadoras, son la patria de verdad.

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SOBRE EL CASO NIEVES

En un principio; confieso que voy contar la historia real de Blanca Nieves, pues nadie en el pueblo conoce la verdad de lo sucedido. Como enano rebelde, me dispongo entonces a relatar el pasado y las desgracias. De recuerdo, yo vivía hace muchos años en una casona de madera y allá habitaba con mis hermanos. Éramos cinco los pequeños quienes permanecíamos reunidos en familia. Por aquella época soleada, llevábamos con moral nuestra juventud en paz. Todos nosotros nos comprendíamos entre la rectitud. Cada uno realizaba sus quehaceres del hogar. Los jóvenes limpiaban las alcobas y los más viejos fregábamos los vestidos. Hacíamos estos oficios con paciencia. Y cuando acabábamos, nos íbamos para la cocina, preparábamos allá la comida. Y apenas quedaba lista, reunidos en ronda, merendábamos las sopas con los jugos, bastante nos alimentábamos, después juagábamos la vajilla en el lavadero. En cuanto a lo personal, nos respetábamos y nos cuidábamos los afectos, nosotros manteníamos fraternales de comportamiento. Aparte, no teníamos problemas con ningún amigo ni vecino. La sociedad silvestre era apreciable con nuestra gente. Ellos nos saludaban con trinos como con cantos. Muy libres, podíamos pasear nosotros por el bosque encantado. En las mañanas, juntos andábamos por los pastizales, disfrutando el paisaje arbolado en vez como recogíamos moras y bayas, yendo jocosos con la algarabía. De frescura, nuestros días transcurrían normales hasta cuando llegó Blanca Nieves. Un viernes de octubre se apreció afuera de la casa. Fue en la tarde cuando la vimos por primera vez a ella, vestida de ropas grises. Por la ventana, percatamos su presencia y pensamos que era una señorita extraviada, pero luego supimos que no. Pronto por cierto, Blanca tocó a la puerta para que la atendiéramos. Decía tener una novedad para nosotros. Y obvio con atención; mi hermano el barbas, salió a recibirla para escuchar su petición. De continuidad, barbas se subió a una piedra y le preguntó: -Buenas tardes, señorita, para qué nos necesita, le podemos en algo ayudar.

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-Simplemente ponga atención; señor enano, se trata sobre esta información, ahora las cosas van a cambiar, yo soy la dueña de estas tierras y si ustedes pretenden seguir viviendo en mi comarca, por ordenanza, deberán trabajar en la mina de oro. De lo contrario, llamaré a mis lacayos de cazadores, para que los echen a la hoguera. De súbito, pues se rebotó el barbas. No soportó tal injusticia dictaminada. Sin siquiera pensarlo, saltó hasta el cuerpo de Blanca Nieves y comenzó recriminarle con rabia. Le gritó señora déspota así como le vociferó canalla. Desde su posición, ella reaccionó su maldad, sacó del faldón una navaja según como fue clavándosela en el corazón a mi hermano, quien botando sangre, cayó al suelo. Por supuesto, nosotros quedamos aterrados. Nos impactó esta tribulación de dolor. El más pequeño; Donsín, lloró compungido al barbas. Eso igual no valió de nada. Para colmo, Blanca soltó un silbido en el instante y llegaron al poco tiempo los cazadores. Aparecieron de entre las enramadas unos tres hombres, montados en caballos, armados con espadas. Ante tal realidad, no hallamos en el momento otra alternativa, me tocó salir con mis hermanos para la mina. Custodiados por los cazadores, fuimos encadenados de las manos y posteriormente emprendimos a pie una travesía. En fila negra, caminamos por las montañas de piedra, cruzamos puentes de tablones y pasamos por varios desfiladeros hasta arribar a la cueva. Allá para nuestra sorpresa, nos encontramos con la bestia, quien era el vigilante de esa mina. En su fisionomía, mostraba una fealdad espeluznante. Nomás cuando nos descubrió, nos intimidó con rugidos. A lo salvaje, nos asustó entre los instantes con sus colmillos. Así que tuvimos que trabajar en la cantera como esclavos. Pues si no hacíamos caso, seríamos devorados a dentelladas por la bestia. Desde aquel octubre, mal entre los días, debimos picar rocas para sacar el oro de doña Nieves. Nos tocó mover terrones pesados para no ponerla brava y así evitar sus torturas. Definitivamente esa señora era muy bruja. Ella nos rebajó y humilló con latigazos, casi ni nos daba para beber agua y mantuvimos todos mugrientos, bregando en el hueco. Por suerte, una madrugada de diciembre, pude escapar de la mina. A esfuerzo pude ser libre. Yo me levanté decidido a lo propuesto. Comencé a romper las cadenas con una pica pequeña, fui dando golpes secos a los anillos, lo hice veces repetidas. Tras los intentos forzados, conseguí zafar los brazaletes metálicos y veloz me escabullí por un túnel. 6


En cuanto pude dejar atrás la cueva; corrí en huida por entre acacias y cipreses, sorteé varios riachuelos, me adentré en la espesura del bosque, yendo hacia el pueblo de Kassel. Fueron varios días de caminata. Subí y atravesé un poco de montañas. Por la experiencia, sobreviví alimentándome con manzanas. De más, yo seguí superando la frondosidad hasta tomar el sendero que me llevó a Kassel. Una vez en el pueblo, pasé por la plaza amarilla y anduve por sus rededores hasta que encontré la cabaña del artista; Ludwig Emil Grimm. Bien allí, supe refugiarme en su hogar hasta la luna de hoy. Es él un amigo mío a quien conocí en la infancia. Debido a su lealtad, siempre me protegió cuando estaba enfermo y me enseñó a pintar literatura durante años. En tanto, gracias al maestro, salvé mi vida y aquí en su biblioteca, pude revelar esta historia, que acabo de contarles contra el inframundo, para saber si unidos como pueblo, salimos a la lucha y liberamos a mis hermanos.

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LOS TÍTERES DEL CASTILLO

Desde hace años; los artistas, sabían que el reinado de Lugonia era un teatro. Allí, los altos cortesanos, quienes provenían de tradición monárquica, siempre eran los que decidían por el país feudal y no los hombres y mujeres del pueblo, los trabajadores honestos. A las mayorías, obligaban a obedecer, reprimían sus derechos a la ilustración, mandados estaban por medio de los capataces, quienes golpeaban a los pobres. Ciertamente, había multitudes de esclavos por aquella época, ellos cargando del bulto, yendo por entre la miseria humana. Entre tanto, para la fortificación del imperio, surgía cada cuatro años una maquinaria de publicidad, cual se movía en función del poder, porque era de los reyes. Y esta existía para mantener a la sociedad confundida. En tales tiempos, inventaban las comedias y tenían hipnotizada a bastante gente. La mayoría de pajes, ofrecían un poco de noticias pomposas, distorsionando la realidad, divulgaban sus imposiciones con trampas. Qué dizque tocaba votar por el reinado y qué la resistencia al espectáculo, no poseía validez. Pues los siervos del campo, no podían reclamar nada y simplemente si protestaban, varios eran atrapados y luego eran llevados a las mazmorras, allá donde los dejaban abandonados. Para otro colmo, los cortesanos arreglaban como fuera posible a un rey, porque dizque la participación en blanco, si ganaba en el torneo, no tenía poder de decisión. Esto mostraba que toda la trama era engañadora. Obligatoriamente, los burgueses ponían a testarudez un rey, vistiéndolo con su nuevo traje. Este dictamen, igual venía de los de arriba, apoyado por los invasores extranjeros. Y por supuesto, la coseidad siguió por el mismo espacio vicioso, subieron rabiosos tiranos, que hicieron el mal durante largos años en Lugonia. Así entonces en caos; los aldeanos presenciaron un reino de gran barbaridad, sufrieron en las regiones la represión, capataces a caballo, quemaron sus villas y madres con niñas, fueron asesinadas. Asimismo, jóvenes murieron azotados bajo las minas, la verdad sucedieron estos crímenes horribles, pasó por allí y por allá, lo tenebroso del vasallaje. Todo hasta un día, cuando los obreros no se aguantaron más la subyugación que padecían y entonces juntos, reaccionaron de frente a sus vidas, por una política justa. De hecho, se agruparon en vanguardia con los artistas y emprendieron hacia adelante la revolución, siendo rojos, lucharon por sus ideales más humanos. A lo raudos, recorrieron el monte y 8


pronto llegaron a su destino. Más con valentía, enfrentaron a los guardias del castillo y pelearon contra sus fierezas, propiciando la sublevación, que gestaron bien, luego ellos lo dieron todo en el campo de batalla, se impulsaron en perseverancia, expandieron la libertad y ya tras la reyerta, ellos consiguieron la independencia. Años después; románticos estos hombres, levantaron a la patria.

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HANS

Ahora al día; genio literario, tú estás en el salón de artes. Allí te hallas sentado en un pupitre blanco. Por inspiración, comienzas a escribir versos sobre las hojas del cuaderno, vas trazando las palabras bonitas. De a poco, te adentras en la imaginación. Entre los instantes, poetisas a un espíritu fiel, lo recreas brillante porque percibes su bondad. A evanescencia, lo realzas entre un jardín con duendes morados y precisas su estampa clásica, porque este ser es Hans. De más en lo personal, te asemejas a este gran literato. En vida, te irradias como aquel mismo soñador de fábulas. Lo sabes delgado, parejo a tu cuerpo presente. Su piel, ves mielosa así como la tuya, tus cabellos son ondulados, tal como los suyos. Bien y claro, su rostro, se configura elegante con el tuyo y ambos son de rasgos finos y suscitan al noble humor, propio del arte. Debido a este géminis, te alegras y deslumbras tu esencia en sus iris mágicos, mientras a lo genial, presientes su espíritu luminoso, fundido al tuyo. Tu ser vuela entonces desde adentro hacia las afueras fascinantes. Te descubres en el mundo de la poesía así como Hans y por esta sorpresa tan bella, sobrecoges con euforia al artista y a lo maravilloso, sublimas su aura en el lienzo, tal cual como la tuya, Hans.

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POE DE POESÍA

En dolor, cayó un último crepúsculo para Edgar, que devino con sus silbidos. El poeta, comenzaba a presenciar en las afueras el cielo nubado. El ambiente lo envolvía frío. Todo para él se oscurecía entre lamentos. A su tiempo, caminaba por un callejón. Y su oscuridad de muerte, fue experimentándola con terror. Le llegaron de súbito unas visiones a su mente. Estas eran como invenciones tenebrosas. A lo íntimo, lo impactaron hasta compungirlo. El miedo giró rápidamente por sus nervios escalofriantes. Y otra vez umbría, volvió la soledad al alma suya, quien tanto codició la literatura. Sus abstracciones de viejo, lo ofuscaron con sus espantos. Por tal turbación, Edgar estuvo decaído en el invierno suyo, bajo su abismo empozado, yendo él cada vez más hacia lo noctívago. El poeta, por cierto, deliraba junto a un bar cualquiera de Baltimore. Deambulaba angustiado en su pesadumbre del opio. Se fumaba con ansiedad lo alucinante. Iba a la vez mareado por entre las reminiscencias suyas. Tambaleante, movía sus pasos por el callejón pútrido, recorriendo la intemperie encolerizada. Y solo, decaía en sus dolencias reprimidas. De golpe, lo afectaban los graves recuerdos. Todo sucedía como una obsesión en Allan, que era su vida sufriente. Así por los instantes, desde su memoria, resurgió una pesadilla estremecedora. Era la aparición del pájaro negro, que asustaba, traído del otro mundo. Este animal se asemejaba a su creación poética. Así que por el destino, los dos volvieron a reunirse en esta surealidad. El ave a su hora, parecía mecerse sobre la cabeza de Poe, mientras crecía la noche. Y él solo, oía los chillidos, cerca a su rostro pálido. Y el cuervo, cantaba como queriendo apretarlo con una posesión terrorífica, procuraba mantenerlo entre sus garras para devorarlo. Rauda entonces esta ave gótica; picó a su artista al final y lo mató, cuando decidió ir hasta su humanidad, arrancando su corazón delator, tras un golpe desgarrador.

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DEMENCIAS

Aquel viernes; el policía llegó a su domicilio por la noche. Muy desconfiado, cruzó el sendero de la marquesina por entre la niebla azul y mientras avanzaba, una llovizna caía sobre los almendros. Acto seguido, pasó él a la entrada y abrió la puerta con angustia. Se sufría en lo íntimo maniático. Desde su posición, sentía palpitar los sentidos furiosamente. El hombre, dio a la vez unos cuantos pasos trémulos por la sala del hogar, que oscilaba en penumbras. Luego, sacó el revólver suyo del estuche del pantalón. Lo hizo con leve ruido. Pensó asimismo sobre la criminalidad en medio del instante agónico. De hecho, quería matar a su esposa hacía semanas. La suponía como un desespero para su corazón. Ella era una mujer de perfidia y era una rubia grosera. Pero lo peor del caso, fue que esta amante nunca dejó de acostarse con los vecinos del distrito, siempre procuraba tener sexo con ellos, toda fresca los cautivaba, se disfrutaba insaciable en lo pasional. De modo que el hombre, por su resentimiento, fue ingresando al cuarto nupcial. Dio varias pisadas hacia adentro con sigilo. Sabía de este lugar con recuerdos. Generalmente, allí la mujer se divertía, viendo películas de misterio, lo hacía durante los nocturnos. Por esta credulidad, siguió andando hasta la cama, cuando entonces, yo pude observar desde el jardín, lista a la mujer con una pistola. Ella de por cierto estaba esperándolo hacía rato. Y obvio, apenas descubrió su silueta, primera soltó tres disparos contra la humanidad del policía. Eso los estruendos sonaron muy horrorosos. Se elevó ahí grave el pánico. Todo el espacio se puso tétrico. Más de súbito, fue cayéndose el señor como un muñeco gordinflón, quedando ya desparramado en el piso, chorreado de sangre. Tras el otro sin final; yo volví a entrar en la casa y tuve que abrazarla a ella. Siendo precavido, la apreté contra mi pecho, subiendo cada vez más la fuerza y cuando fui solo furia, tuve que matarla a ella, tras una desnucada, forjada con mis propias manos. Por tanto, debido al asesinato cometido, ahora estoy preso y aquí entre las rejas, purgo la condena, donde en las noches, deliro todo este drama.

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BAJO EL DELIRIO

Anoche, sufrí una locura tétrica en la casa. Fue como si hubiera vivido una pesadilla. Me sucedió cuando bajé al primer piso, para tomar agua, tenía mucha sed y sentía malestar en la cabeza, no podía soportarlo, así que fui rápido por la bebida para refrescarme. Por cierto, yo estaba solo en mi habitación. Dormía entre lo menguante, recostado en la cama, todo hasta cuando el calor de la noche, me despertó. Entonces por necesidad, me puse de inmediato en vigilia y me levanté y corrí a abrir las ventanas para recibir aire, pero no sirvió de nada, porque la oscuridad era sofocante y perturbadora. Desde lo subjetivo, no percibía el equilibrio espacial. Pronto comencé a padecer un delirio, que recorrió toda mi humanidad. No sabía en ese momento, que era exactamente en realidad. Parecía poseer una fuerte fiebre, cuyo ardor me hizo ver sombras y monstruos en el recinto, tal tribulación fue terrorífica. Debido a esta extravagancia, salí presuroso en dirección a las escaleras y bajé hasta el primer piso, agarrándome de las paredes, lleno de ansiedad. Luego pasé los umbrales, cogí por el pasillo principal y me acerqué a la cocina. Allí encendí la luz amarilla. Más decidido, pasé a tomar un vaso de la estantería, cuando de improvisto, se me rompió el objeto entre las manos. De súbito en el acto, recaí en frenesí, me supe gritando ahogadamente, porque creía ver un espectro horrendo, temerario con su apariencia de gorila. Al mismo tiempo, su cuerpo acorazado y sus ojos negros, generaban horror en mí, tanto que yo chillé con pánico entre la estrepitosa desesperación. Un segundo después, pareció lanzarse el gorila sobre mí, para acabar conmigo. Todo rabioso, me tomó por el cuello para matarme, fue espantoso sentir sus garras peludas. En lo personal; yo obvio reaccioné, me revolqué en el piso con agresividad para tratar de mandarlo lejos, hice unos manoteos bruscos, pero a pesar del esfuerzo, no pude librarme de la bestia, sólo hasta cuando los vecinos del barrio se despertaron y convinieron acercarse a la residencia para ver qué pasaba, cambiaron las circunstancias. El señor Augusto, quién dormía en la casa solariega de atrás, entre tanto, bajó al patio por una de las palmeras, que había entre los arbustos; más pronto corrió hacia los cuartos de adentro y llegó rápidamente al sitio donde yo estaba todo desvariado. 13


A propósito, Augusto me descubrió tumbado en el suelo, ya con el rostro contraído de terror. Entonces con agilidad, pasó a recogerme, me tomó por los hombros y de inmediato me dirigió a la salida. Una vez en las afueras, los presentes reunidos en la calle, resolvieron llevarme al hospital en un taxi. Con dos conocidos, arribamos en poco tiempo al edificio azul. Ellos para lo seguido, me entraron a la sala de urgencias y me recostaron sobre una camilla. La enfermera de turno, vino bien al trote para atenderme y pronto me llevó hasta donde el doctor Tarfher, más al final, después de la consulta médica, me diagnosticaron una psicosis tremenda, que pudo acabar con mi vida, por haber obsesionado este arte de Poe.

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APOCALÍPTICA

Desde el ayer hasta el hoy, las bombas explotan en la ciudad de Gaza. Abajo se vienen las edificaciones; las casas y las chozas, quedan derrumbadas. Todo está caótico entre los bombardeos y la humareda. Aquí tiembla esta urbe con estridencia. Por tales horrores, sufre esta población humana, presenciando a la misma guerra, que los descalabra. Muy grave, se halla la desesperación, los pobres sobrevivientes salen a las afueras, revueltos en angustia. Las familias corren despavoridas por las calles, huyen de los ataques terroristas. En despliegue, unas se dirigen hacia los refugios y otras van a meterse en los túneles. Cada persona, trata de esconderse con rapidez entre los rincones. Igual, los tanqueros enemigos persisten con sus cañonazos. Desde la frontera; los milicianos van lanzando misiles a los ciudadanos desprotegidos, imponiéndose por el fuego violento. Y enseguida, recaen los estallidos contra mucha gente de esta región palestina. Así que de súbito; resultan madres moribundas en los arenales, descubriendo sus dolores y sufrimientos, resienten ellas sus heridas reventadas, gimen en medio de la agonía. Más declinados, los jóvenes aparecen chorreando sangre, repletos de magulladuras. Mueren al mismo tiempo, niños y niñas, fallecen tumbados contra la tierra, ya masacrados por la ofensiva de los asesinos. Desigual a la hora, pasa esta invasión guerrerista en los barrios marginados de la capital gazatí. Los civiles andan presentemente metidos en una pesadilla. Más aún, resuenan los torpedos tremebundos, que destrozan apartamentos y destruyen los hogares, seres humanos allí son matados. Eso la candela rebulle adentro en los distritos catastróficos. Entre los retumbos, centenares de personas se tropiezan contra las paredes y ellas terminan enterradas bajo los escombros. Ahora este territorio se ha vuelto una necrópolis, la urbanización está casi toda destruida. Acontece en realidad lo terrorífico. Hay muchos desangrados en esta ciudad del medio oriente. Y por tal genocidio; solos y entre ruinas, los huérfanos gritan la pérdida de sus seres amados, ellos enlutados, lloran a los suyos, desamparados entre esta mortandad.

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POBRE MÁRTIR

El niño se encuentra en medio de la guerra. A plena luz del día, corre por una calle de Alepo. Va rápido por entre las ruinas; yendo desesperado, procura esquivar los fusilazos de los militares, quienes armados con metralletas, disparan contra los rebeldes. Eso balas van y vienen por los aires, sólo suenan los estruendos aterradores. Mientras, sigue avanzando el niño por un costado de la calzada, se sabe vestido de gris, suda según como agita los pasos hacia adelante. Pasa por varios tugurios de la ciudad. Cuando de pronto, se acrecientan los tiroteos en las afueras, se tornan más tremendos. A lo cierto, ya aparecen varias personas heridas, tiradas en el suelo. El pequeño sirio, remonta entonces unas rocas y pasa a recostarse contra la pared de una edificación. Ahí entre la angustia, permanece en silencio, aguarda el momento oportuno para reanudar su ida hacia los albergues. Precisamente; no tiene otra salida, él está solo, hace unos minutos murieron sus padres por las avionetas bombarderas. En el barrio donde ellos vivían, las explosiones fueron terribles, se derrumbaron las casas y la gente fue quedando destrozada, simplemente al rato surgieron de los escombros, unos pocos moribundos. A causa de esta situación, ahora el niño sirio, lucha por su vida, se esfuerza por llegar a los cambuches de los asilos. Aún estando detrás de la pared, capta los gritos de los soldados y oye las ráfagas de las balaceras. De a poco, percibe que los bandos pelean hacia el norte, supone sus movimientos hacia esa dirección montañosa, persistentes ellos en combate. De más, por esta realidad caótica, él piensa la evasión complicada y un poco llora. Desafortunadamente, tiene que arriesgarse y entre el peligro, se alista para arrumbar hacia el oriente, toma impulso y sale en picada a la carretera destapada, corre con todas sus fuerzas, yendo de largo por entre los caserones. Con agilidad, saltea pedazos de muros, rebasa unos cadáveres, recorre varias cuadras medio destruidas. De seguido, voltea el niño en una esquina, se resbala al dar la curva, vuelve y se levanta del arenal, pronto reimpulsa su marcha fugitiva. Ya avanza precipitosamente por la calzada, adelanta unos almacenes saqueados y una vez ve cierto atajo, se mete por el callejón, mientras estallan por los rededores las bombas.

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Momentos después; va el niño derecho hacia las carpas plásticas, que avista a lo lejos entre el sol anaranjado. Así que sin renuncia, agiliza su travesía por el tierrero, dando largas zancadas, trasiega por entre la trocha polvorienta. Ahora este sirio, sale a un campo de aridez y desechos, donde más allá de este paraje, ve el albergue. A lo decidido, pues coge por este tramo, moviéndose con intrepidez, ladea hacia donde hay restos de construcciones. Entre los instantes, prosigue a lo veloz por un sendero, queriendo llegar al asilo. Cuando intempestivos, los milicianos vuelven por ahí a retundir sus ofensivas, ellos ponen a tronar sus fusiles y vuelan los tiros como rayos, menos el niño, no se alcanza a agachar y de súbito, recibe tres balazos en la espalda, cae ahora contra las piedras, botando sangre y ya todo desparramado, muere.

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LA MUERTE DE LAURENTINO

Hoy es viernes y tú estás en el pueblo de Livinio, Esperanza. De momento, te encuentras reunida con los familiares tuyos en el cementerio central, llorando a tu padre en su entierro. A lo íntima, padeces en el alma este luto, se fue para la otra vida el hombre a quien más has amado. Esperanza y permaneces abrazada a tu mamá, sintiendo la aflicción compungida, la angustia. De tarde; yaces junto a un eucalipto, vestida de negro, tú con la cara deprimida. Entre el quebranto, viertes tus lágrimas de dedicación al tan querido pariente. A él, tú lo añoras con demasía, ves de vez en cuando el sarcófago con las flores y de súbito, se te vienen los recuerdos trágicos. Evidentemente, Laurentino Castellanos, tu padre, había salido el lunes de viaje para la ciudad de Florencia. Este pasado aún lo contemplas en la memoria. Desde por la mañana, se despidió de ti con besos y dijo que regresaría pronto a casa. Dizque tenía una reunión de trabajo con unos señores. Ya enseguida, él corrió a subirse en el campero y apenas estuvo ubicado en su puesto de patrón, arrancó el carro por la trocha a buena velocidad, más avanzó por una pendiente y se fue alejando del hogar así como se fue dirigiendo hacia los montes sureños. De ida el trayecto estuvo normal por esas tierras. Casi no hubo tráfico de camiones por la carretera y el clima perduró sereno y despejado. Así entonces, él atravesó los paisajes y caminos en su campero con intrepidez. Al cabo del crepúsculo, Laurentino llegó sano a Florencia. Por allá en tal capital, recorrió las calles y avenidas penumbrosas. Fue pasando por entre casas, yendo sin prisa. Más tiempo después, se supo en el centro citadino y por preferencia, resolvió estacionarse de frente a un hotel. Bajó con elegancia del campero y empezó a caminar regio, yendo hasta la entrada del establecimiento. Una vez en la recepción, habló con el empleado sobre el hospedaje y tras lo acordado, se quedó ahí a eso de las siete de la noche. Conformemente, cruzó por un pasillo de vitrales y fue descubriendo el sitio como místico. Ya en la habitación; recostado en el camastro, se revolcó entre las sábanas durante toda la noche, sólo tuvo pesadillas el viejo, mal durmió. 18


Al otro día; Laurentino se levantó trastornado. En la mente suya, sintió pesadez, se supo con dolor de migraña. A pesar del malestar, pasó al baño y ahí se duchó entre el agua fría. Posteriormente, se arregló con gala, poniéndose un vestido de lino gris. En cuanto estuvo listo; salió del cuarteón, siendo diligente, ya encauzándose hacia las afueras tropicales. De más, procedían las siete de la mañana sobre Florencia. En esos momentos, tu padre, caminó un poco por el sector del centro, más adelante, se acercó al campero suyo y se subió a lo jefe, luego condujo por entre las calles, arrumbando hacia la ranchería donde había coordinado la reunión con los señores. Así por estas circunstancias, Laurentino llegó en media hora a la propiedad campestre. Con frescura, ingresó por un sendero de rastrojos, fue remontando los pastizales y prosiguió su travesía hasta acercarse a la casona modernista. Por allí, claro estacionó el carro y descendió a explorar el espacio natural. Dio unos cuantos pasos por la hacienda. Anduvo por entre el prado, sin ser precavido. Asimismo, fue llamando a un tal Tiburcio. Cuando de modo sorpresivo; tu padre, resintió como el hombre le apuntaba en su cabeza con un revólver. Instantes después, sonaron los tres disparos, que derrumbaron a Laurentino y que espantaron a canarios blancos. Debido a esta penalidad; Esperanza, tú ahora estás aquí en el cementerio de Livinio. Te refugias con los tuyos. Más entre lamentos, sollozas la despedida de tu padre, deseándole el mejor amor del mundo. Y con vehemencia; gritas, que no más muertes, que no más muertes.

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OBSECACIONES

A esta hora; viejo Rumkel, te sufres en una crisis mental. Persistes tú, mareado por las alucinaciones tuyas. En el cuarto donde estás desvariando, ves todo el rededor revolcado. El techo y los objetos, los supones gigantes, figuras los coloridos con extrañeza, padeces sucesivamente visiones extravagantes. A lo penetrantes, te trastornan la mente y te desequilibran los sentidos. Por tanto, decaes bajo en malestar de cabeza. Así que en esta mortificación, gritas con rabia. Más desesperado, comienzas a dar vueltas por el ámbito en penumbras y te tambaleas hacia los costados, girando entre los recuerdos tuyos, yendo confundido por el recinto, más ya, divagas a lo perdido y pronto te estrellas contra unos jarrones y caes rápido al suelo, todo afectado; hoy estás con neurosis. Tal dolencia, te perjudica obviamente en lo presencial. Desde lo perceptivo, figuras unos brujos maléficos en estos momentos raros, los captas con sus caras feas y por avistarlos así de terroríficos, te asustas. Piensas que ellos están persiguiéndote para torturarte; los crees muy de cerca tuyo, hostigando a tu personalidad excéntrica. Entontes por reacción tuya; Rumkel, te estremeces en el piso y te revuelcas por todo el espacio decorativo, queriendo huir de esta persecución espantosa. Tú asimismo gruñes y deliras entre las ofuscaciones pesadas. De seguido, te mueves a rastras por las baldosas de mármol, vas adelantando los contornos con brusquedad y ansioso, pasas a esconderte en el armario. Allí pretendes estar con los ojos cerrados para abstraerte de esta realidad. De modo que te adentras en la oscuridad espacial. Y persistes ahí encerrado, tratando de menguar las compulsiones tuyas entre los nubarrones de la noche. Más haces recogimientos corpóreos para desprenderte del pánico. Anhelas alejarte ya de lo tenebroso. Pero en profundidad, tu conciencia sigue perturbada, ves aún a los brujos en tu mente, ellos van volando, soltándote pecados, te reprimen en pesadilla. Y así exasperado; te quedas todo desquiciado, metido en este mundo tuyo, Rumkel.

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LOS EXTRAVIADOS

En este mundo, nace otro día de tormentos. Desde temprano, salen los nubarrones revueltos con la polución, pesado el clima trepida en la metrópolis. Y la mayoría de gente, sale a la calle para vivir su pesadilla. Cada hombre y cada mujer, va por su destino, yendo con su crisis existencial. Menos ni casi nadie hace cosas buenas. Estos individuos andan enfermos por las afueras. Desunidos, ellos se mueven entre la misma muchedumbre. Por este caos; transcurren con desconfianza, sufriendo de la cabeza, más prosiguen por sus rumbos con desesperación. Sobre mayor apresuramiento, pasan estos ciudadanos a los centros capitalinos. Por ahí pululan por los andenes deteriorados. Ellos se encaminan hacia sus trabajos para retenerse en vida. Avanzan despabilados, cruzando distintas cuadras de almacenes y centros comerciales. Todos los alrededores los ven plásticos y muy artificiales, notan lo citadino degenerado. Malamente, se viven en su sociedad de propios fanatismos. De hecho a la hora, los unos jóvenes trotan hacia las tiendas, ellos pronto van hasta sus cubículos, una vez por allí, abren los portones y se acomodan junto a los mostradores, listos para hacer lo suyo. En breve, pues se ponen a ofrecer unas baratijas y cacharros, sólo pensando en tener ambición con dinero hasta lo insoportable, donde para lo peor, se demacran sus caras, muy envueltas de extravagancia. Así cierto esto sucede en esta modernidad; mientras al otro lado del caos, hay unos ejecutivos con maletines, ellos van de camino para los edificios donde están empleados. De rapidez, se apresuran desunidos, rebasan a la gente, voltean en las esquinas, transitan con rabia y hacen mala cara a los desconocidos. Ahora en adelanto, atraviesan las avenidas en medio del tráfico, siendo creídos de personalidad. Inmediatamente después, ellos pasan a las entradas de los bancos verdes, recorren varios gabinetes y una vez adentro, se disponen a laburar para el capitalismo. Ya sentados, junto a sus escritorios, manipulan cheques con finanzas, porque deliran por ser poderosos, todos hasta quedar alocados. Más por supuesto, debido a estos defectos; hay unas legiones de viejos en el centro gris, que deambulan sin fe por entre las penumbras. A perdición, se saben agónicos y muy humillados, pobres se decaen bajo la miseria. Permanecen a todas horas con el viento, 21


revolcados bajo su ofuscación. De otra semejanza, ellos andan por los callejones como sombras y siguen a pie hasta desembocar en las plazas. Mal allí, unos de ellos, deciden ir al fondo y optan por ubicarse en los escaños metálicos para ver pasar sus depresiones, así que apenas consiguen estarse todos acostados, sumidos de ensoñaciones, se ensimisman en sus recuerdos y de súbito a impresión, repercuten en agonías. Menos desiguales, otros viejos vagan por los senderos contaminados. Todos malucos, padecen por ahí en la intemperie sucia, sufriendo el repudio de los soberbios hasta la ruindad. Después; ellos caen al suelo y mueren en el desamor, junto con esta debacle mundial.

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LA NOVIA DE LOS TRAIDORES

A ella; la conocían en el bajo mundo como Priscila. En lo íntima era una mujer de vida taciturna. Hacía poéticamente con frecuencia lo suyo. A eso de las siete de la noche, llegaba al prostíbulo de Tropical. Con cautela, entraba al sitio y avanzaba por el pasillo, siempre vestida de azul, recorriendo los varios portales. De seguido, pasaba al bar, saludaba allí a la morocha, le pedía una que otra copa de aguardiente y despacio se las bebía, pensando al tiempo sobre su juventud, las amarguras del desamor. En cuanto acababa los tragos; daba media vuelta y caminaba hasta la sala, rodeaba una mesa de flores amarillas y se sentaba en el sofá junto a las otras señoritas. En el instante, las saludaba a ellas y cruzaba algunas palabras con su mejor amiga, Lucía, le ponía cuidado a sus recordaciones y hablaba casualmente de sus vivencias, mientras esperaba a los hombres que asistían y la visitaban para llevarla a la pieza. Ahí igual entre lo acostumbrado, retozaba un rato en medio de cigarrillos y confidencias, bastante reflexionaba, se presenciaba entre el sereno del clima. Cuando por lo pronto, iban apareciendo los señores, siendo unos de aspecto trigueño y otros rubios, más varios barbados, yendo frescos, ellos iban acercándose a las amantes. Y desde su posición; Priscila recibía a varios de estos seres infieles, los besaba en la boca, seducía sus lenguas a medida que se dejaba sobar las tetas. Esta colombiana los tentaba por ser hermosa, presumida, los erotizaba hasta la fascinación. Ella después, por lo general, se levantaba con un parejo del sofá y juntos, salían de la sala en penumbras, pasaban a una pista de baile, por allí, danzaban pegados entre las canciones, se susurraban los piropos, así prendían los deseos y tras lo cuadrado, partían al segundo piso, subiendo las escaleras, se dirigían a la pieza. Una vez adentro en el cubículo; Priscila intimaba con el hombre, sensual se quitaba el vestido azul y ella bajaba por las piernas sus tangas, las mandaba lejos, quedaba en desnudez blanca, meneando ya su cuerpo de belleza. Más desfilando galana, iba de ocasión hasta su macho, lo acariciaba en el pecho, le quitaba sus ropas y pronto saltaba sobre su humanidad, comenzando a tener sexo.

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Ya de modo constante, ella fornicaba con el varón, se mecía en su verga, sentía la penetración, resurgiendo en pasión según la intensidad del estremecimiento. A lo vívido, tiraba con ansías de profundidad. De corrido esta mujer, impulsaba sus caderas, yendo al vaivén erótico, hacía lo lujurioso, su vagina se ponía mojada, más por lo susceptible gemía y así seguía en dura agitación, rebosante de emotividad. De otro momento, Priscila consentía tenderse en la cama, ahí más se revolcaba con el compañero que le tocaba, hacía varias poses obscenas, se dejaba coger las nalgas, vibraba entre los actos lascivos, sus cabellos se despelucaban, abrazaba hasta el éxtasis a los muy enamorados, luego se chorreaba trasparente y cuando descendía su frenesí, sólo consentía a quienes la cuidaban, quienes la querían. En cuanto acababa el lenocinio; Priscila recibía el dinero en sus manos y lo guardaba en su bolso. Enseguida, pasaba a la ducha, se bañaba con un poco de melancolía y pronta volvía a vestirse como nublada. Del resto, salía de la pieza desvencijada, bajaba por las escaleras hasta el primer piso y regresaba a la sala de flores, para conocer allí más hombres inolvidables.

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CRISIS COMUNES

Había violencia en el pueblo costeño. Y por supuesto esta realidad, puso al escritor ansioso hasta exasperarlo. De lleno, se atormentaba su cabeza al presenciar tanto caos. Era cada vez más fuerte el malestar que padecía, las muertes ajenas lo alteraban y obvio con los días, sintió que no podía sobrellevar más este problema solo. De modo que este literato, se fue una tarde para la casa de su mejor amigo, una vez pudo volarse del periódico donde laboraba. En cuanto dejó el despacho suyo, salió a la calle y paró el primer taxi que pasaba por allí despaciosamente. De seguido, se montó en el puesto trasero del auto, saludando al señor moreno y al tiempo, pidió ser llevado a su destino. Durante el viaje de carretera, caviló sobre la incultura de su gente. Según avanzó en el carro, yendo por entre palmeras, reflexionó a las personas pobres y a ellos sin educación. Los razonaba en general como seres imperfectos. De terquedad, la mayoría de sus compadres, no querían la lectura, preferían era la villanía. Asimismo este hombre, fue profundizando estos pensamientos durante todo el recorrido. Ya cuando el literato, llegó a donde vivía su amigo, pagó el pasaje al taxista y le dio unos centavos de propina, luego abrió la portezuela y pronto pasó a la calzada, más se fue distanciando del conductor, caminando a pasos rápidos por la calzada. De corrido, yendo en subida, cogió rumbo por un sendero de piedras y empezó a trotar hasta cuando estuvo de frente a la casa. Allá claro, tocó precipitosamente a la puerta. Entonces, Mario en el instante se levantó de la mecedora y pasó a abrirle al maestro. De querencia, lo saludó al recibirlo, más con cortesía, lo invitó a seguir al salón de los libros. De acuerdo en compañía, recorrieron el pasillo de la entrada, rodearon por ahí unas estatuas incas y sin demora, ingresaron al recinto de las obras literarias. Una vez acomodados en los sillones, se tomaron un café que les sirvió la empleada y cultos, fueron conversando sobre literatura. Entre tanto, Gabriel le contó la desgracia que tenía: -Hermano, sabes, hoy estoy muy mal. La verdad, Macondo ahora está explotando en guerra. Los pobladores, perdidos en sus crisis mentales, conspiran es ataques con odios y pues la situación es preocupante, yo no sé ya qué hacer para remediarlo, ayúdame, todo este desconcierto, me trae enfermo, no puedo casi ni dormir. 25


Tras las palabras, así de franco, Mario le respondió: -Escucha; Gabo, pero si yo sufro del mismo mal que tú, sólo que a mí me sucede es en Pantilandía. Dudó unos segundos en volver a hablar y de repente, dijo: -Y bueno, qué nos inventamos, Gabo, una revolución artística.

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DE LA SOMBRA A LA ESPERANZA

En este testimonio; lo confieso en verdad, yo vi la guerra de los violentos en el pasado. Fue una época más que aterradora. La muerte estuvo allá en cada rincón campestre. Niñas se descubrieron desangradas y cayeron niños decapitados. Eso amanecieron jóvenes hasta mutilados. Era en realidad constante lo execrable. Entre los valles, sólo aparecían cuerpos tirados en el prado, por las batallas. Y las bombas arrancaban el corazón de los parientes. Mientras, seguían las iracundas explosiones durante los días y las noches. Rebeldes contra militares combatían en las montañas. Sus ataques se lanzaban con venganza. Eso ningún bando daba tregua. Cada vez peor sucedieron los fusilazos entre estos enemigos. Ellos dispararon con sus armas, todas las balas. Propiciaron el caos hasta el extremismo tremendo. Desunidos, fueron causando la devastación. Y nosotros andábamos entre el fuego cruzado. Allá estuvimos mis abuelos y papá conmigo, vivenciado el pavor, juntos gritamos este dolor, que experimentamos con heridas. Los viejos, lamentablemente no pudieron salvarse de tanta rudeza, pronto se extenuaron y perecieron. En cuanto a nosotros, seguimos adelante con hombría. Cuando claro, por lo tanto rebotado, vinieron los saboteadores. Esto por supuesto, nos lastimó a los oriundos de las villas. Con sus furias, hicieron abusos a nuestra comunidad rural. Ellos quemaron las fincas; los labriegos fueron desterrados, nos agobió una crisis territorial. Como efecto, sobrevinieron nuevas angustias por estas preocupaciones. Muchos de nuestros amigos con sus familias; tuvieron que emprender entonces la huida; unos alcanzaron a superar las travesías hacia los pueblos sabaneros, pero la mayoría por el camino fallecieron. Y otros tantos compadres, fueron desaparecidos, no se volvió a saber de ellos. Entre tanto; yo con mi padre, que éramos los enfermeros del villorio, presenciamos la situación muy grave y también partimos, apenas encontramos oportunidad, nos subimos en un campero y nos fuimos para la ciudad de Bogotá. Afortunadamente pudimos escapar sin dejar rastros. Durante el viaje, recorrimos el boscaje con el atardecer púrpura. Nos alejamos a buena velocidad de los ranchos, respirando como despedida el frescor de las orquídeas. Más una última vez, contemplamos la tierra perdida, oreada por la bruma, yéndose con el 27


murmullo de los grillos y el revolotear de las cacatúas. Luego, nosotros en compañía de otro pasajero y el conductor, continuamos avanzando por las curvas de la trocha, que atravesábamos en medio de cafetales y subíamos hacía la serranía. Ya por la noche, cuando llegamos a la capital de Colombia, paseamos por los distritos del sur, buscando la casa de prima Carmen. Eso duramos horas dando vueltas por el barrio Tunal; nosotros, varias calles despavimentadas, cruzamos entre semáforos y rebasamos distintos suburbios bajo el cielo nublado. Más por ahí preguntamos a unos transeúntes la dirección solicitada y apenas nos medio ubicamos, volvimos a enrumbar por entre las casas y los edificios hasta cuando al fin encontramos el lugar residencial. Allá obvio, nos bajamos del campero y despedimos al señor conductor. De seguido, pasamos por un sendero pedregoso y al llegar a la vivienda, tocamos a la puerta y la Carmen, tarde nos recibió de mala gana, ella con su cara rabiosa, pero sin hipocresía. Al menos, nos dio la prima una que otra limosna de posada y pudimos quedarnos en el sótano de los trebejos. Al cabo de pocos amaneceres, claro nos tocó irnos para las afueras. Cogimos pues nuestros corotos y salimos hacia lo citadino. Mi padre se puso triste al comprobar tanto desconsuelo; ni siquiera Carmen a quien amábamos, nos socorría lo suficiente. De hecho, nos supimos obligados a transitar por los andenes como forajidos. Aquellos rededores estaban sucios, saturados de basura, olía incluso a caño. El panorama era decadente. Ambos nos sentimos desprotegidos. Hasta tuvimos que dormir una temporada en la intemperie, luego en algunos inquilinatos. Por allí y por allá, yo hallé además la miseria de los otros hombres. Unos lloraban como indigentes, ellos siendo moribundos, todos tumbados contra las aceras rotas. Otros, se ganaban el diario vendiendo dulces y periódicos, sus rostros se reflejaban macilentos. De parejo rumbo, me tropecé con prostitutas hermosas, que echaban coqueteos, ofreciendo sus encantos, pero ellas en el fondo permanecían frías. Cada ser humano de Bogotá, iba yendo con su propio sufrimiento. Nosotros para nuestra posición, andábamos sin empleo y así estuvimos durante casi tres meses. Entonces comenzamos a rebuscarla como pudimos con perseverancia. A lo humildes, dimos recetas por comida, limpiamos llagas a señores por centavos. Diferentes males curamos a los menesterosos. Así fuimos superando de a poco la adversidad. Cuando una tarde de mayo, nos llamaron a la pensión donde descansábamos y resultó ser la doctora Piedad, dándonos su aprobación para que prestáramos servicio como brigadistas. 28


Enseguida, pues nosotros cogimos por este destino. Las hojas de vida presentadas a las entidades de salud, dieron resultado. Al poco tiempo estuvimos con los uniformes verdes puestos. Aunque claro, por cada campaña a realizarse, nosotros asumimos el compromiso de atender a centenares de convalecientes. Por tanto, trabajamos de sol a sombra como esclavos. Hubo que realizar distintas actividades con rescates. A mi padre; Jorge Pizarro, le tocó por cierto suturar y vendar a los hombres de la guerra social, quienes llegaban desde varias regiones del país, todos cortados y escalabrados. En cuanto a mí, tuve el deber de recuperarlos, dándole a cada uno de ellos sus pastillas y voces de aliento, más yo aún efectúo esta misión con responsabilidad. Esta amada enfermería, junto a otros compañeros, bien la emprendemos todos los días entre semana, pese a la muerte de papá, siempre con fiel esperanza, ayudando a la gente, hasta hoy. Y mañana, si lo soñamos, todos nosotros a vivir por la paz.

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DESCONCIERTO CITADINO

De locos tiempos, hay degeneración en la ciudad de Mowana. Por aquí, los pobladores andan extraviados por las calles. Ellos deambulan entre la ruindad como sombras. Sus vidas se saben trastornadas y patéticas. Estos seres pobres; habitan en el desorden, lo pasan mal en las afueras. Desde temprano, los gamines corren por las plazas y se ponen a mendigar centavos para después comer migajas y meter bazuco. Ansiosos, van fumándose el humo, todos nerviosos. Al poco tiempo, obvio se enfurecen sus mentalidades por el defecto, comienzan a gritar en la medida que van haciendo monerías extravagantes. Pesadamente, cada vez más se trastornan y se dañan en el vicio. Estos seres desvarían entre el mismo gentío. Mientras tanto, según como pasa este espectáculo aterrador, las chicas de los antros, salen a prostituirse en las esquinas. Con obscenidad, contonean por ahí sus cuerpazos frente a los postes, danzan siendo seductoras, mueven sus bellezas. En cuanto a los otros instantes, muy adornadas, ellas van charlando con los hombres, que por ahí se estacionan, más a lo fascinadoras les lanzan promesas de coquetería y tras lo acordado, levantan la falda con elegancia para subirse en las camionetas. Y obvio en pareja estas mozas, pasan de viaje derecho hasta el motel. Una vez en el edificio, ingresan sin demora a la pieza, allá se desnudan y se revuelcan con los viejos en la cama, quienes luego de sacudirlas hasta el cansancio, les botan cualquier montón de billetes y las dejan ahí abandonadas en ese escondrijo. Del resto; ellas vuelven a salir por los recovecos para buscar acostarse con muchos más hombres y de nuevo tienen sexo sucesivamente rudo, sin descanso, haciéndolo con bastantes señores, sólo hasta cuando quedan muy embarazadas o ven que ya están falleciendo por el sida. Así aún hoy, la sociedad concurre desequilibrada por esta ciudad. Perdida se mueve entre el frenesí ruidoso. Ya todos estresados, los oficinistas trotan por las calzadas hacia sus puestos de trabajo. Van con sus rostros fastidiosos, agitando los trajes suyos y van con sus pasos apresurados, yendo de corrido hacia los edificados rascacielos. Eso ni casi se detienen a reflexionar sobre el mundo. A lo ansiosos; ingresan por los portales, recorren los pasillos atestados de clientes, suben las escaleras y por lo regular, ingresan a los despachos y se ubican en los escritorios para gestionar lo empresarial. De conformidad, pasan a sus 30


otras rutinas, prenden los computadores en vez como repiten sus actividades tediosas. Ahí ciertamente revisan los archivos, tramitan varias cosas, realizan los informes. Más ahora y entre los días, ellos siguen metidos en sus ocupaciones, pulsando el teclado y moviendo el mouse, sabiéndose rendidos ante los jefes, recibiendo meras ordenanzas. Entre tanto, por los lados del centro, reaparecen los ladrones traviesos, quienes cogen por los callejones, yendo sigilosos. A su hora, ellos avanzan por entre los faroles dormidos para sorprender a sus víctimas y raparles sus pertenencias. Decididos espían a las señoras con malicia y apenas descubren que están despistadas, saltan a quitarles las joyas y les jalan sus bolsos. Tras lo inmediato; corren a toda velocidad en dirección a sus metederos, bajan hasta los suburbios donde viven, una vez por allí se refugian en sus escondites, huyendo de los policías y apenas cesa la persecución, arrumban para las cantinas dispuestos a chupar chirrinchi toda la noche. Y en general, mal pulula la miseria humana aquí en Mowana. Hay mucha inmoralidad en las personas. Para colmo, llegan unos políticos a las plazoletas, más se encaraman en la tarima, soberbios se ubican frente al atril y ya preparados, comienzan a soltar sus discursos fantasiosos. Realzados en su posición, hablan sobre el progreso para el pueblo; que harán grandes gestiones, que dizque pondrán escuelas y casas culturales, ellos dizque además ofrecerán trabajos justos a los pobres. Entonces por supuesto, mucha gente los apoya con aplausos y algarabía. Más la mayoría de personas quedan ilusionadas. Pero al llegado tiempo, cuando retumba el momento de la verdad, los dirigentes no hacen casi nada por la ciudadanía, solamente buscan es mantenerse en el gobierno para tramar vagabunderías y aún para manipular a la muchedumbre, son unos tramposos. Y mientras sigue la alharaca de esos faroleros; lloran por los alrededores de los tugurios, varias mujeres, que están en la intemperie. Desde hace muchos años, ellas fueron desplazadas de sus fincas, por la violencia. Así que ahora vagan por esta ciudad horrorosa, yendo harapientas y con las caras tristes, sin saber cuando haya esperanza para volver a ver sus tierras. Aparte de todo, han tocado por aquí en las casas de los barrios más marginados, brindando sus servicios como tejedoras a cambio de hospedaje, no obstante, nadie les pone cuidado ni las llaman para sus quehaceres, sólo a veces les tiran una que otra limosna y las dejan por ahí errantes en la desolación callejera.

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Desigual para colmo; las niñas huérfanas de esta ciudad, moran en las afueras insanas, ellas rondan a su suerte por senderos peligrosos, recorren parques y tugurios grisáceos, sin saber cuál es su futuro, sólo ofrecen sus llantos a cambio de alguna caridad, así que reciben de los jóvenes un poco de comida chatarra y galletas, más después, ellas van rumbo a sus resguardos y una vez en la noche, llegan allí, duermen entre cobijas rotas hasta la aparición de la muerte. Así que sí, severa es toda esta urbe capitalina de Mowana, funesta en su perdición.

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AQUELLA GRAN INUNDACIÓN

Hace unos días, comenzó a llover en la ciudad de Cartagena. El torrencial fue todo descomunal. El agua caía a chorros desde el cielo gris. Y el mar sobresalía embravecido con sus olas, subía la marejada hasta las casas antiguas. Todo este clima persistía rugiente entre truenos y centellas. En cuanto a mi posición, pude protegerme escasamente de la tempestad. Yo estaba refugiado en la cabaña del marinero, Raúl Gómez, quien era un buen amigo, allí juntos, nos supimos pendientes ante el peligro. Cuando intempestivo, llegó el domingo de aquel agosto invernal, me escondí con Raúl en el ático. Sucesivamente, la mañana se hizo cada vez más borrascosa. Fue tanto lo arrasadora, que ya se originaron arroyos por las calles. En crecida, los barios se inundaron. A esa hora, la gente nadaba ya desorientada, desigual iba sin esperanzas. Así sabida esta situación, me tocó subir con Raúl a su bote. Sin demora, nos acomodamos sobre los asientos, más levamos la vela y con fuerza, pasamos a remar en vanguardia, salimos por la ventana y fuimos navegando por los riachuelos. Durante la travesía, por supuesto vimos mujeres desnudas, nadando hacia las escuelas para tratar de encaramarse en las azoteas. Angustiadas, impulsaban su mejor esfuerzo para aún vivir. Todo este cuadro lo comprobaba con mis ojos, lo retenía en la mente y se me hacía desconsolador. Lo que allí pasaba era abismal. Algunas de esas señoritas bonitas, lastimosamente no alcanzaban sus aspiraciones, ellas eran arrastradas por las avalanchas de agua y solas, se iban hundiendo bajo los remolinos turbulentos. Por lo demás, crecían las nubes densas, sombreando los edificios con el diluvio. Y a cada tiempo aparecieron nuevos nadadores, surgiendo de los torrentes estrepitosos. Por ahí entre las casas, descubrimos varios jóvenes, saliendo de las profundidades, librándose del naufragio a punta de brazadas, ellos chapaleaban con esfuerzo y ansiosos cogían un gusano con cara de payaso, se montaban sobre su espaldón, más pronto iban yendo por la marisma, viajando hacia el cerro de la Popa para alcanzar tierra. En cuanto a nosotros; tomamos otra ruta, resolvimos arrumbar hacia las cantinas y los bares. Durante el recorrido, dimos varias vueltas complicadas, siendo intrépidos, cruzamos unos tras otros monumentos, rebasamos distintos callejones encharcados. 33


Ya tiempo después, llegamos a los sitios bohemios. Por allí, fuimos avanzando con cuidado, remamos entre desechos y botellas de aguardiente. Estando expectantes en el bote, nos deslizamos por el ambiente enlagunado. Pese al vendaval, nosotros pretendíamos hallar por esos lados a Rubén Saker, nuestro mejor amigo. Era él un hombre jocoso, mantenía en los bares, más nos estimaba como sus compadres. Por eso lo buscamos con amor; nos pusimos a reburujar en los barriles para ver si estaba escondido, también examinamos los cuchitriles con detalle, pero nada, no aparecía Rubén. Luego, redondeamos los escombros y exploramos el panorama hasta cansarnos, no lo encontramos en ningún rincón. Así la realidad, se volvió cada vez más descolorida, Saker, había desaparecido de nuestro mundo. Por tal motivo, nos tocó irnos en huida para las lomas, no hallamos otra alternativa, debimos encauzarnos por aquel destino. En procura de nuestra salvación, ilusionábamos atracar en el boscaje para allá protegernos de la tormenta. Eso con emprendimiento, surcamos varias avenidas de cauces cenagosos. De a poco nos íbamos acercando a las montañas, progresábamos a intrépida velocidad. Más para colmo, cuando dimos una curva, Raúl cayó al agua y fue devorado por un tiburón tigre. Esa bestia se lo tragó de un solo mordisco. Yo pues entre el pánico, remé hacia adelante, di unos empujones frenéticos, yendo por entre el oleaje. Obvio en lo personal, tuve miedo a la muerte en esos momentos, lloraba ya con agonía, pensé que iba a naufragar, la profundidad del fangal se hizo más amenazante y el arroyo se puso muy revuelto como una vorágine. A pesar de todo, yo seguí navegando en el bote por los canales de Cartagena. Marché a un ritmo excedido hacia el fondo del paisaje. Fui fluyendo por la marea entre cadáveres y fui sorteando los barcos encallados. Por ahí adelanté unas cuadras y varias esquinas penumbrosas. Cuando sorpresa, vi a lo lejos el castillo colonial. El avistarlo a esa hora era algo impactante. Desde las murallas, caía una cascada de aguas negras, descolgándose precipitosa y hasta con pirañas. La situación era por desboque ya espantosa. Asimismo, las muertes se habían vuelto un hecho común, las personas a cada rato resultaban ahogadas. Y de pronto, salían cocodrilos de las cloacas, mirando a ver qué presa atrapaban de la superficie contaminada. Ante tal desastre, yo pues progresé a mayor velocidad. Sin rendirme, mariné directo hacia las orillas parduzcas. Di lo mejor de mí en medio de la lluvia. Con fuerza, surqué las cuencas hasta que por fin tomé puerto en las lomas. Ahí al instante, grité libertad. Luego, 34


me bajé del bote y caminé por entre los árboles hasta llegar al rancho de la linda, Catalina. Más una vez estuve adentro en su hogar; me fui recuperando de los dolores y gracias a ella, salvé mi alma de artista y pude vivir para contarla.

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LOS MIMOS DEL CINE

Como desde el pasado, no hay luces en la metrópolis. La gente experimenta un desánimo habitual. Sólo pulula el desconcierto cotidiano. Los pobres se mueren de frío y de dolor contra las calles. Las lámparas de los callejones están fundidas. Esto parece seguir más que mal en este inframundo. Se vienen abajo las ilusiones. Aún los ricos andan como pavos por los centros comerciales mientras tanto los indigentes, se asfixian a punta de bóxer en las plazas. Ellos fenecen en el desamparo. Se descorre así una sociedad al revés en este sistema capitalista. Es hoy lo desafortunado que pasa en nuestra realidad. Nos odiamos y no nos perdonamos. Nos fascina es el dinero hasta la exageración. Mientras, los niños se pegan de a puños cuando hay día de piñata. El uno quiere rebajar al otro pequeño con su prepotencia. Los globos de palomas entonces se revientan entre las furias, se acaban las sorpresas. A lo real, se sufre la enemistad grotesca. Más es indecible todo lo que se perpetra en los tugurios. Allá no hay ninguna fiesta de tiempos modernos. En viciedad, los varios jóvenes se chupan hasta el bazuco entre los nocturnos. De perdidos, se quedan con los ojos psicodélicos. Aparte, los otros pelados se ponen a robar en las casas de los magnates. Ellos asaltan a mano armada; secuestran a la hija heredera y luego hacen para lo del mercado. Y lo raro es que su madre los felicita. Disparejo de seguido, los desempleados se quieren suicidar. No encuentran ningún quehacer justo. Ellos mantienen rudamente desesperados. Por eso ahora piensan en lanzarse por la ventana del apartamento o por el balcón del edificio para escaparse. Menos mal, Jaime Garzón aparece con su humor y los disuade y los salva del abandono. A lo artista; los pone a sonreír y a dramatizar el país, los distrae con su verdad. Para lo inolvidable, él nos invita a ser unas personas leales. Lastimosamente, luego lo asesinan a traición con maldad. En cuanto a otro retrato, se ausculta la guerra rural como civil en el panorama. En defecto, hay grandes dictadores. Entre el horror, ellos se dan bala con las pistolas y metralletas. Eso retumba la tremenda violencia. Así que pronto las mujeres con los hombres, caen al suelo enlodado. Desbocadamente, se les derrama la sangre agónica. Mal para lo fugaz, los sobrevivientes milicianos pasan a desaparecer los cuerpos embotados, son sepultados los cadáveres como anónimos. Y casi nadie recuerda las palabras; moral y ética. Para gran colmo; los actores de los noticieros, continúan con su 36


farándula barata. Ellos frescamente se ponen a repetir sus espectáculos durante toda la semana. Pero dedicarse a la instrucción con la veracidad por la gente y para el pueblo, no, eso no, ni de fundas ni lo piensan, mejor para ellos, ser unos desentendidos que ser periodistas. Tanto al extremo, que la ciudadanía va por los hoyos de la degeneración. Por abajo, ellos pierden el sentido de razón, devanean con la cocaína. Así que impera es el narcotráfico y la enfermedad por el oro blanco. Realmente en vez de haber fraternidad, hay es egoísmo entre nosotros, los mundanos. Más crece como promiscua la inmoralidad. De repente, ultrajan a las mujeres y las violan en los agujeros como si no pasara nada. Ellas sollozan entonces como candilejas. Desiguales, los informantes hablan sin la lengua. Por lo brutal, ocurren unos con otros genocidios. De hecho, todavía hay soldados con fusiles al hombro en las esquinas. Entre el desespero; disparan los proyectiles quiebra huesos. De corrido; las personas quedan medio mutiladas, agonizan los paisanos y las colombianas en los suburbios. Debido a esto tan lapidario, los cielos se crecen como nubes de cuervos. Así pues; varios de los aún vivos, corren despavoridos por las calzadas errabundas. La mayoría, pasan de largo a meterse en sus escondites. Ellos tienen miedo a la muerte, se ocultan en sus hogares. Por fin, se creen seguros cuando llegan a sus sótanos, pensándose muy inocentes. Menos mal; unos pocos artistas, nos quedamos por aquí afuera imaginando; rodando cintas de cine, nos reunimos en bien y nos disponemos a ver el otro presente, porque nosotros no hemos olvidado a Charlot.

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EL CENTINELA

Al amanecer de un jueves; Ramón Palomar, salió de su casa a propiciar una misión. Pensaba que cometer el plan era lo más correcto. Así que decidido, él se encaminó por el sendero de las afueras, más fue traspasando un jardín de aspecto boscoso, lo descendió a pasos presurosos y segundo después, cogió por la calle del norte citadino. Ya con presteza, avanzó unas cuantas cuadras brumosas y rebasó varias esquinas hasta llegar al parqueadero americano. Este hombre, por cierto, pretendía ejecutar lo rotundo. De hecho a rapidez, Ramón fue hacia la recepción y saludó al guardia moreno con seriedad, pronto le dijo que iba a sacar la motocicleta negra. El señor cuidador, pues asintió frescamente y en la caseta a solas, siguió oyendo su radio. Entre tanto; Ramón se dirigió hacia el grande garaje, anduvo por entre los vehículos y las máquinas, más al debido instante, se trepó en la moto suya. De corrido, se alistó con ansiedad, calentó los motores, preparó también su pistola y enseguida arrancó en picada, salió hacia la carretera pavimentada. De a riesgo, fue adelantando camiones y tractomulas a medida que fue trasegando varios parajes urbanos, incluso cruzó hasta semáforos en rojo, manejando a lo peligroso la pista. Eso igual, prosiguió a velocidad, dando las curvas cerradas por entre los cruces de los barrios. Según luego lo recorrido, se metió en la avenida transversal y así a lo osado, Ramón arrumbó por la ciudad en dirección a su meta. Cuando entonces, tras veinte minutos de viaje, Ramón fue llegando al palacio capital. Precisamente, había craneado aparecerse allí temprano para pistear a su mejor enemigo y matarlo. De proximidad, comenzó a frenar la moto y al poco tiempo, se detuvo al lado del edificio, frente a unos pinos. Más por lo suyo; hizo gestos de disimulo, fingió que estaba esperando a un compañero en aquel lugar, ojeó varias veces el reloj, procuró mostrarse rabioso. Y ahí parado estuvo en concentración, vigilando la presumible aparición del rufián, Ferlín Marnéz. Menos en un instante; se trastocaron sus circunstancias, porque apenas este Ramón vio la presencia de su rival, padeció a la misma muerte. De hecho, Ferlín Marnéz guerreaba en confabulación con el guardia del parqueadero y pues por ventaja, sacó él primero su pistola

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y disparรณ tres balazos contra este hombre rebelde, ya dejรกndolo tumbado en el asfalto, tremendamente asesinado.

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PERDIDO EN LA CREACIÓN

Hace unos años, yo conocí a este artista, recuerdo que era un hombre con ojos de luciérnagas. La última vez que lo vi en esta vida, fue junto a la ventana de su habitación modernista. Ese día, lo percibí preocupado en su personalidad. Por cierto, él manifestaba un semblante fantasmagórico. En cuanto a su ocupación; hacía de escritor existencial y por tanto vivía encerrado en su residencia, obrando novelas por la patria de Macombia. Demás como persona, tenía la cara regordeta en medio de su piel blanca, que lo distinguía tan propiamente. Y le gustaba fumar con pasión. Entre los atardeceres, prendía el cigarrillo, adentro en su biblioteca. Tiempo después; pasaba a la estantería y tomaba los libros de siempre. Allí bien, rememoraba las historias de Gabo y Héctor, leía sus obras literarias, las imaginaba con agrado y al nuevo tiempo, pasaba a su escritorio y resuelto se sentaba de frente al computador para rehacer a la literatura artística. Ahí en además su situación, pensaba en los miserables y con deseo febril, se ponía a relatar las atrocidades de sus personajes malditos. El estruendo de los hombres al morir, lo convirtió consecuentemente en un hombre revoltoso con la escritura. De hecho a solas, comenzaba a revelar seres monstruosos por medio de las tramas que recreaba portentosamente. A su ritmo, iba soltando las palabras suyas con ferocidad. En subida, sólo se prendía con verdades hasta irrigar su estrepitosa prosa en el lienzo. Así generaba con poder intrigante su novelística, alcanzaba a trasmitir sugestiones, concebía las figuraciones poéticas. Ya cuando él iba menguándose, pasaba a beberse una taza de café con calidez. Más lo hacía así, para poder repensar mejor los conflictos de los protagonistas. De modo tal que le daba uno y dos sorbos a la bebida. De a poco cavilaba, un poco elucidaba su mente. Y de repente, reanudaba su narrativa roja, recuperaba el sentir enérgico, ponía las imaginaciones rompientes. Pronto al hecho, volvía a la ficción, metiéndose profundamente hasta llegar a la ruptura dimensional, donde las masacres acababan por ser una realidad del país donde él envejecía entre sacrificios. Entre tanto el escritor, según creo, se quedó entre la vida y la muerte, posiblemente fue cuando lo vi por última vez en su habitación aquella tarde de octubre. Pues lo cierto es que

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nadie ha vuelto a presenciarlo en ningún lugar ni en alguna ciudad, siquiera utópica. Así que parece que ahora no está aquí en nuestro mundo ni allá en la fantasía. Sin más; tal es todo lo que se sabe del novelista, que está desaparecido.

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EL SUEÑO REAL

Después de ver las noticias por televisión; Carlos Roberto, salió de la sala y fue hasta su alcoba con la intención de irse a dormir. Subió las escaleras, sin prisa; pasó por entre los mármoles de las paredes. Ya por allá en el segundo piso, con un impulso de mano, empujó la puerta y cansado entró al recinto propio. De proximidad, presionó el interruptor de la luz. Por el acto, se prendió la bombilla y como siempre, Carlos vislumbró el lugar circundado por ese acuario hermoseado entre peces, que tenía desde hacía años. Además de todo, se acordó de algo importante y fue rociarle un poco de concentrado a las bailarinas rojas. Lo hizo con parsimonia. El joven en esta tarea estuvo un rato. Las supo a ellas en medio de brincos, nadando por lo azulado, cogiendo la comida de colores, que les esparcía al agua. Así en esta entretención, él sintió algo de sosiego, lentamente se alejó de sus problemas como de sus frustraciones. Ya cuando dieron las diez de la noche, Carlos comenzó a tener más sueño. De modo que fue directo hasta su cama. Allí se sentó en silencio, quitó sus ropas del cuerpo, más levantó la almohada, tomó la sudadera y se la vistió normal para estar fresco. Al cabo de unos segundos, recordó a su amigo, Miguel. Era él en realidad un ser misterioso. La mañana de ese mismo viernes, lo encontró huraño por el centro de la ciudad. Iba como obnubilado con sus pensares excéntricos. A pesar de ello, ambos se saludaron al distinguirse, aparte de que cruzaron unas palabras con sus comentarios vanidosos, luego se despidieron, expresando a sus rostros, gestos fuertes. Entre tanto, para Carlos fue único tal acontecimiento con Miguel, por eso en la noche le volvió a la memoria, le llegó a modo de chispazo. Vio el pasaje y supo la ocasión toda prevista con su amigo. Era como si fuera una repetición del pasado. Así que en lo íntimo, tuvo cierto recelo, ante lo vivenciado. De otro sentido, procuró de a poco olvidarlo, no quiso más cavilarlo, le parecía complejo y pesado, por creerlo un dilema extraño. Para lo mejor suyo, se estiró a oprimir de nuevo el interruptor con el dedo y pronto apagó la luz. Una vez a oscuras y a solas, se recostó contra el colchón en vez como cerró los ojos para irse durmiendo. Tal estado anhelante; le costó alcanzarlo a Roberto, pero al paso del tiempo, lo consiguió con plenitud. Y profundamente, fue concibiéndose en el espacio 42


onírico. Desde su interioridad, resurgió hacia lo extraordinario, fue yendo así por lo etéreo, todo él trascendental, penetró en la ensoñación. De relación por allá, Carlos se vislumbró en una plaza con árboles morados. Descubrió que caminaba por el sendero central, rociado de hojarasca, iba a paso lento, yendo distraído con la cara desorientada, cuando entonces se aparecía por detrás Miguel, quien lo amenazaba con rudeza, siendo muy traicionero. De hecho, Carlos aquí no pudo enfrentarlo. Sólo Miguel enseguida, sin dejarlo reaccionar, apretó su cuello empleando un brazo y con la otra mano, fue metiéndole tres navajazos por la espalda a medida que amanecía el sol. Sobre lo demás, Miguel corrió en picada hasta un automóvil, huyendo atrevidamente a toda velocidad por la avenida tercera y Carlos Roberto cayó al suelo, chorreando por el estómago sangre. Sucesivamente pasaron las horas como serpentinas. Y al otro día, Roberto se despertó sobresaltado entre las cobijas grises. Tuvo varias intuiciones de lo que había soñado. Obvio, que sintió terror. Dudó en como debía proceder su presente. Al cabo de cavilaciones, resolvió pararse de la cama para encarar lo expectante. Se vistió con ropas elegantes, cogió su portafolio y bajó al primer piso. En cuanto estuvo abajo, cruzó la sala amoblada, cual tenía un retrato de Darío Jiménez. De continuidad, marchó hasta la puerta principal; la abrió con cuidado, salió a la calle. A su hora afuera, anduvo tres cuadras, volteó en una esquina, más ingresó a la plaza Murillo Toro. Esperó por allí unos minutos y preciso, Miguel llegó por detrás y lo mató.

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TIEMPOS DE GUERRA

Entre lo sorprendente, yo viví hace muchos años esta mundología. Recuerdo que era un viernes de septiembre psicodélico. Aquel día de repente, me puse a jugar con Samuel a soldados y bandoleros en la surrealidad. El muchacho es mi primo de por cierto. Así que ambos convenimos en travesear a lo tremendo, para divertirnos. Desde por la mañana, comenzamos el combate. Eso fue todo violento así como muy pesado. Yo por preferencia, me armé con una pistola y Samuel, resolvió valérselas con una escopeta. Luego a lo rápido, nos preparamos para la rivalidad. Tras la cuenta de tres, cada uno de nosotros, salió a inspeccionar su espacio virtual. En adelanto, nos fuimos alejando por los senderos opuestos de un suburbio. Desde lo personal, yo procuré mi rumbo, fui al troté por varias cuadras de residencias y después corrí por un callejón para buscar mi guarida. Al poco tiempo, claro que encontré la edificación, ingresé allí con sigilo y subí las escaleras, me escondí en la torre vieja. Bien arriba, allá estuve al tanto de las cosas que pasaban, aguardando cualquier posible ataque de Samuel. Cuando preciso, pasados algunos minutos, vi a mi primo en las afueras otoñales. Iba él entrando por el callejón pedregoso, caminaba con cuidado por este territorio, se esforzaba en pillarme, avanzaba por la calzada, miraba hacia los costados, queriendo producir su ofensiva. Así que por mi posición, yo me aventajé y le disparé un tiro para rescindirlo, le mandé el balazo al pecho, pero lo fallé. Más en un instante, Samuel reaccionó con astucia, se dio vuelta y me percató en el balcón del torreón. De seguido, corrió a recostarse detrás de un poste, pronto se ubicó allí y apuntó su escopeta contra mí, más a lo sagaz, fue soltando repetidos cañonazos. Y por de malas; mientras yo volvía para protegerme junto al paredón, Samuel alcanzó a impactarme una bala en el brazo derecho. Enseguida, comencé a chorrear sangre por la piel afectada, me puse de algún modo pálido, perdía las energías vitales. Ante tal situación, tuve que sentarme en el piso. Ya como pude con una mano, saqué mi botiquín de la maleta. Allí mismo con presteza, tomé las medicinas a la vez que me fui curando la herida, me puse varios vendajes para protegerme.

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En cuanto a mi otra propensión, resolví recomponerme con valentía. Decididamente, me levanté de la caída y pasé a espiar por el ventanal a Samuel. Lo hice a riesgo, miré por los alrededores para detectarlo. Cuando inesperadamente, mi primo asomó la cabeza por una rendija. De una sola maniobra; pues empuñe la pistola y le disparé un balazo al joven, se lo pegué en la frente, tumbándolo bajo las sombras. Ya después, fin del video juego.

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UN DÍA GRIS

Entre los instantes, me lloro melancólico, siento el alma desconsolada. Veo como la mañana perdura nublada por las afueras citadinas y entonces por aquí a solas, me pongo pesaroso. A mi tiempo; voy aburrido y respiro todo decepcionado, debido al desprecio recibido de las otras personas, que andan odiosas por las calles, siendo presumidas, ellas van deprisa, perseveran con sus caras serias. Y por supuesto, yo no quiero seguir más con este mareo tan angustioso, me desespera toda esta realidad. Desde hace rato; por aquí estoy en este centro de Mowana; lo contemplo en su exterioridad y me parece decadente, persisten los señores con su desidia junto a la indistinta futilidad. A lo rutinario, más exagerados, pasan los gordinflones en sus carros lujosos, llenando esta ciudad de tráfico estresante hasta lo muy intolerable. Por ahí mal, ellos viven metidos en las carreteras, yendo rápido, debido a sus competencias entre la polución. Estos individuos igual transitan desunidos, mantienen a cada rato estrellados. Así aquí se aprecia un gran desconcierto escandaloso. De semejanza, me tropiezo con un poco de gente loca, ellos simplemente vagan por sus caminos torcidos, yendo despabilados hacia sus destinos efímeros, saturados de vanidad. Y tiembla un poco en esta capital de casas sombrías. Las edificaciones se mueven como sorprendentemente endebles. Menos yo; no hago muchas cosas creativas para el amor encantado, porque los ricos aún prohíben este arte. Entonces en lo personal, padezco por aquí decaído en esta fábula. Cuando ahora; veo una esperanza ante mis ojos, si es la bonita, la muchacha morena, que hace unos días, me echa silbidos desde la pastelería. Ella para esta mañana, obvia otra vez silba y me saca de la soledad, su lindura me quita esta depresión. Es que de verdad su belleza de colegiala es abrazadora. Y clara, la quietud de su mirada, dedicada a mi pinta juvenil, me resulta penetrante, ella es muy fascinante. Más su bailar de musa por entre los espacios, me pone enamorado. A su paso ya elegante, desfila hacia mí, se acerca a mi cuerpo con docilidad, me sonroja las mejillas y pronuncia un te sueño, poeta. Hace esta mujer lo fantástico, me deja todo encandilado. Con encanto, procura lo embelesador, juega conmigo hasta las más altas ilusiones. Luego por timidez, ella vuelve a distanciarse con el silencio suyo, sola se va desapareciendo con sus fantasías románticas. Despaciosamente, la bonita va separándose de 46


este ambiente y levemente se desvanece con su feminidad, por entre la brisa. Y otra vez, yo sombrĂ­o en medio de unas palomas de agua, porque no vivo con ella, porque ella estĂĄ ausente. Y las palomas de agua en mis ojos, paloma negra.

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LA MAGA DEL PINTOR

El año pasado, yo salí con una dama durante varios días. Ella me encantó porque era una hermosa colombiana. Tanto fue lo amado, que por las noches, yo aún la recuerdo en el alma. Posee una cara linda, prende en ojos verdes, su cuerpo es de sensualidad delgada. De verdad, que es muy atractiva. Toda su feminidad, madura a lo rosácea. Ella se llama María Celeste. La primera vez que la vi, por cierto, quedé sorprendido ante su presencia, desfilaba a solas con elegancia, vistiendo ropajes de primavera. A propósito, la conocí aquí en Mowana, un viernes de cielo despejado. Fue en el Museo del Arte, cuando nos encontramos por sorpresa y cuando juntos empezamos a contemplarnos. Entre la tarde apacible, nos cruzamos las miradas curiosas y en subida, me fui poniendo ruborizado según como nos sorprendíamos, rodeados de ilusiones. Cuando de pronto ella vino hasta mí, yo no lo creía real. Su pretendida decisión, me dejó perplejo. Llegué a tener hasta susto. En el instante, casi quedo mudo. Grácilmente, se acercó con agrado y descubrió su sonrisa. Más ella, me propuso conversación sobre algunos pintores. Qué dicha tan maravillosa. De a poco, fui adivinando nuestro destino. Por las tendencias, nos procuramos muy joviales. Con lucidez, recordamos a Gustave Courbet, por su vida de elevación. Hablamos del estilo artístico de este francés. María, claramente demostró su conocimiento sobre las obras suyas, que admiraba como recreaciones mentales. Mientras, yo me imaginaba en el mundo del amor, sólo asentía junto a ella. Le sonreía ante cuanta palabra dijera su voz espiritual. Además evocó a Magritte. Tal particularidad, fue muy bonita, supo a este genio como a un innovador de cuadros y tal pureza revelada, me gustó. En fin, la tarde entre nosotros estuvo majestuosa. Yo en lo íntimo, me ilusioné con esta mujer de gestos exquisitos. Su delicadeza al expresarse cautivaba. Fue siempre muy extrovertida conmigo. Y sobre todo, quedé impresionado con su sabiduría. Al cabo de las horas, bien con alegría, cruzamos nuestros datos personales para volver después a reunirnos en algún café. Ella de hecho, debió salir hacia el barrio Campiñas para verse con su padre. Asumió este compromiso como importante. Le di entonces un beso en la mejilla antes de que se fuera y una vez despedida, tomó la salida, alejándose serena por la calle de Belén. 48


Cuando novedad genial, ella al otro día me llamó un tanto dubitativa y un poco tímida. Ocurrió este impensado en la mañana. Yo estaba recostado en la cama, leyendo una revista de vanguardismo hasta que de repente comenzó a timbrarme el celular. Entre los actos propios, pues contesté: -Hola, María, un gusto escucharte, dime en que te puedo ayudar, que te puedo dedicar, querida, solícito estoy para ti. -Hugo, no sé, quería charlar contigo, ahora me encuentro sola y si te soy sincera, fue ameno el haber compartido ayer aspiraciones contigo -Susurró ella con su trémula voz. -Pero que grato, yo siento también simpatía por ti. Te lo aseguro, me atrae estar al lado tuyo. Si gustas, vamos hoy al café del Mohan, encontrémonos allá a las tres de la tarde, qué te parece, María. -Está bien, tan generoso, allá te espero con la querida confianza. Por la cita acordada, una vez subió el sol, nos vimos en el café por segunda vez en la vida. Cuando ingresé al salón enmaderado, ella estaba ubicada en una de las mesas. Divina, lucía un vestido de verdolagas. Apenas la distinguí, fui hasta su presencia y la besé en la mejilla. Más María se arrojó al atrevimiento, cogió mi rostro con sus manos, sobrellevó los labios según como abrió nuestro goce, me besó. En lo personal, casi me voy a trompicones sobre toda su belleza. Lo que experimentaba era magnífico. Allí libé su boca de sabor a fresa, nos disfrutamos prolongadamente y nos abrazamos. Al otro tiempo, pasé a situarme en la silla que estaba desocupada, corriéndome hacia el lado de María. Hablamos ahí un poco sobre quehaceres y pronto nos volvimos a besar. Ambos disfrutamos esta placidez. Fueron espontáneas nuestras querencias. Entre rubores, congeniamos con cariño. Por lo demás, llegó un mesero rubio a nuestra mesa. Venía trajeado de cafetero. Como de costumbre, se dispuso a saludarnos, siendo cordial, preció ser culto. Luego nos extendió la carta y preguntó sobre el pedido preferido. Nosotros un poco lo pensamos hasta cuando consentimos, nos trajera dos capuchinos. De modo tal que esperamos por las bebidas según como escuchábamos la música de Santiago Cruz, cual sonaba en la rockola. Y en breve, reapareció el muchacho rubio con la bandeja y los aperitivos. Atento los recibimos, más serenos degustamos esta delicia cafeinada. De reciprocidad, nos pusimos a conversar sobre Auguste Renoir. Sus obras pictóricas las creímos como festivas. A ambos 49


nos asombraban. Yo las resaltaba porque eran muy pulidas y María las admiraba llenas de colores florales. Curiosamente, los jardines de este francés, nos encandilaban, poseían una fuerza de intensidad resucitadora. En tanto, duramos evocando a Renoir hasta el atardecer. De pronto, nos percatamos de que el clima se iba poniendo violeta, tras lo cual, llamamos al mesero y le pagamos con un dibujo de palomas. Acto seguido, nos levantamos de las sillas, tomamos el corredor y nos dirigimos hacia las afueras citadinas. Ya por la quinta avenida, la acompañé a coger un taxi. Por allá, nos apostamos en una esquina y sin tanta demora, hicimos parar el carro amarillo. Desde luego como despedida, nos volvimos a besar en la boca a medida que el viento nos desmelenaba los cabellos. Al cabo del goce, suaves nos separamos del abrazo y ella corrió a subirse en el automóvil, cual apenas estuvo listo, comenzó a rodar por la carretera hasta irse distanciando de mi vista. En cuanto a los otros días, seguimos frecuentando nuestras presencias. Juntos nos supimos como artistas. Salimos a cine y apreciamos románticos; Los fantasmas de Goya. Con sinceridad, nos impresionó el metraje. Estuvo fenomenal. Aprendimos más sobre la sensibilidad humana. Aquella época, para ambos fue por experiencia conmovedora, la pasamos muy en compañía. Eso también fuimos a una velada de pintura con música. La exposición en la sala regional, nos pareció fastuosa, hubo hasta guitarristas y flautistas, quienes tocaron al ritmo de los cuadros resonantes. En general, se vivenció allí la cultura y la fraternidad. Entre tanto el tiempo, yo me fui enamorando de María. Ella dejó en mí detalles espirituales que son inolvidables. Fueron sus muestras de ternura estupendas. Nunca voy a poder quitármela de la mente. Por cierto, nosotros ahora estamos separados. Tal situación nos ocurrió con extrañeza. Una tarde de octubre, María me convidó que fuéramos otra vez al Museo Cultural. En lo personal, simplemente accedí a su petición. Allá pronto, nos encontramos en el portal de cristal. Ella estaba seductora por lo engalanada. La linda emanaba un perfume embriagador. Así que en el instante, la consentí con caricias y la besé en la boca. Sabía a místicas dulzuras, la presumí adorable. De seguido, pasamos a la galería de arte abstracto. Por ahí recorrimos el recinto decorado, rememoramos intimidades, giramos cogidos de la mano por entre las pinturas. Con sugestión, ya pasábamos a contemplar la obra de Güiza. Y entonces 50


cuando estuvimos frente al cuadro; El canto del ave, sorprendimos al azulejo desprenderse del lienzo, más raudo voló hasta donde María y de vuelta se la llevó entre sus alas para su mundo de fantasía. En cuanto a mí; vivo ahora en el museo pintando sus retratos, sólo para recuperarla y tenerla otra vez a ella, porque estoy enamorado de María, yo la amo.

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EL DUETO DE COLOMBIA

De repente con magnificencia, se aparecen unos maestros de música en el parque Centenario. A su noche, ellos van volando por entre los árboles de ocobos, sus cuerpos se adelantan espléndidos. Con felicidad, recorren este espacio natural, yendo con los instrumentos para su concierto. Ambos seres alados, parecen ir danzando al ritmo de las flores, que bailan por los aires, van sintiéndose libres. A lo seguido, ellos se aproximan hacia la Concha Acústica. Progresivamente, los músicos revolotean por la floresta hasta llegar al escenario. Allí claro, ven el recinto iluminado por estrellas. De más, descienden a la plazoleta de mármol. Dan por ahí unos respiros y una vez están dispuestos; Darío Garzón se acomoda la guitarra en el pecho y Eduardo Collazos se pone el tiple junto al corazón. Y de a poco, afinan las cuerdas de los artefactos, prueban alguna que otra tonada, más irisan sus voces. Ahora en bien, juntos se disponen a tocar y a cantar lo folclórico. Con galanura, Darío comienza a puntear la guitarra en vez como va elevando esta poesía: -Yo te juré mi amor y enloquecido, te dije es imposible ya ocultarlo. Podré esperar el ser correspondido. Y me dijiste tú; voy a pensarlo. Y después de pensarlo muchos días y meditarlo con profunda calma, me dijiste por fin que me querías con todo el corazón, con toda el alma. Mientras tanto, lo sigue Eduardo con sus acordes de tiplero. Dinámico, le saca sonidos al viento para darle vida; llena el clima de vibraciones alegres, rasgueando el tiple suyo. A crecentamiento, tañe las notas de soles y bemoles a ritmo de pasillo, realza la melodía con fineza, tanto que ahora salen serpentinas de colores, por la canción. Debido a este encanto, varios hombres y mujeres los descubren en pleno espectáculo. Así que esta gente corre hacia ellos. Cautivados por las armonías que suspiran, pronto los rodean en coro, se ponen entusiasmados, recitan sus romanzas. De modo semejante, bandas de canarios se desplazan hasta donde Garzón y Collazos, los avecindan estos pájaros con gozo, les dedican trinos de dulzura. Por lo entonces redivivo, Darío se pone a susurrar la siguiente sonata:

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-Yo canto para ti, madre querida, para ti de mi lira son las glosas, para ti, mis endechas amorosas y para ti es madre, hasta mi vida. Recuerdo tus desvelos por mi suerte, de mi infancia las tiernas ilusiones, ese amor de los tiernos corazones que no se acabará, que no se acabará ni con la muerte. De emparejamiento; Eduardo lo acompaña con su instrumento musical, roza con sus dedos las cuerdas, va esparciendo los siseos lindos, llenos de sentimientos adorables. Este cantante, musita a la vez los versos líricos, junto con su compañero, Darío Garzón. Entre tanto, la gente que los oye, se pone fraternal, muy cariñosa. Ellos y ellas entre la reunión, se toman de las manos, hacen una ronda a medida que disfrutan la música, luego convienen en arrullarse con jovialidad, exhibiendo a sus amigos, gestos de simpatía. Por lo demás, la noche arrumba tan resonante como despejada. Todo el firmamento, fluye azul entre las sonoridades y aún los canarios se deslizan por la brisa, tramando ya piruetas y silbidos fantásticos. De consecución, consigue trascendencia el concierto. A lo prodigioso, aquí sucede lo evanescente en la Concha Acústica. De hecho, Darío Garzón pasa a loar este himno: -Ay, si la guabina dulce cantar de mi Tolima, soy del Tolima, soy tolimense. Ya no canta el gallo viejo como cantaba primero, porque ha venido otro gallo a cantar al gallinero. Soy del Tolima, canto bambuco, bailo guabina, soy tolimense. Y por supuesto, los paisanos que por ahí los quieren, se ponen a brincar entre los instantes, más baten sus sombreros con entusiasmo, mueven unidos sus danzares, ellos por cierto, vuelven a recordarse como seres oriundos de esta región, se hallan eufóricos, por esta canción. Mientras tanto, Darío prosigue discurriendo a lo vocalista, pulsando a la vez la guitarra clásica y en su posición, Eduardo aún lo acompaña con el tiple. Así juntos en adelante, dan unas rimas de música ensoñable. Luego estos cantantes, menguan los barullos suavemente y apenas se silencian sus oralidades, vuelan hacia las nubes celestiales, Garzón y Collazos.

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EL ARTISTA DE MACONDO

Para el genio; Gabo, lo suyo eran los libros de literatura. En las madrugadas, se ponía a leer las ficciones. A lo feliz, recreaba en su mente esos mundos maravillosos y quedaba sorprendido, veía que eran una realidad novedosa, allá se sabía en excelsitud. Todo apasionado; revivía las mil y una noches, disfrutaba las leyendas muiscas y curioseaba la historias de Juan Rulfo. Cada una de estas narraciones, lo encantaban hasta la alta emotividad, sentía la inusitada bondad. Asimismo, repasaba las novelas de William Faulkner, que admiraba por lo asombrosas. Luego en lo claro; recitaba los versos de los sollozos, para él eran puros y hermosos, cautivaban su ser sensible, los refrendaba con sonoridad, los suspiraba por amor. En tanto este chico, por preferir la lectura, casi no frecuentaba las afueras del pueblo donde vivía. Mejor, se quedaba en la casona de su abuelo, quien era un orador de cuentos. Por allí, se sentaba en el mueble de la sala y junto al viejo, disfrutaba las obras de Charles Perrault. Con agrado, examinaba los escritos, figurándolos coloridos. Y pronto, comprendía sus moralejas, vislumbrando los bosques de hadas. De seguidos días, él en ocasiones, abría las ventanas de su pieza y después a solas, sentía la brisa marítima, las ráfagas trasparentes lo ensoñaban. De lejos, fulguraba al viejo de los mares. Esta esplendidez inspiraba a su alma. Veía al anciano en su barca, pescando un tiburón espada, lo sabía entre las musas de las olas, lo evidenciaba bajo la luna llena, un poco encandilado. De corrido, supo cuando atrapó al escualo azul. Así esto mágico, lo hizo fantasear, por ser un místico, creyó en lo imposible Entre lo otro bello, durante una tarde menguante, vio a una virgen voladora. Era ella divina y poseía una desnudez nacarada. Sus ojos relucían puramente verdes. Su belleza se engrandecía exótica. Emanaba unos aromas que sanaban tanto como su cara embelesaba, muy fémina era esta santa. Y él la descubrió entre las nubes, quedó perplejo ante ella hasta que desapareció. Segundos después, tuvo cierto vaticinio este joven, por tanto, corrió del jardín donde estaba para su casa, ingresó presuroso al cuarto suyo y allí se puso a escribir la novela del siglo. De pronto, se ubicó en el escritorio y empezó a componerla a lo artística. Desde la narrativa suya, habló sobre la santa así como describió varias de sus visiones. De 54


seguido a punta de esfuerzo, resaltó los dramas con su escritura universal. En expansión evocó a su familia ancestral. Fijó a viejos e hijos, precisó los matrimonios. De relación, recreó el sexo como otra de las tantas delicias humanas, hizo a la mujer erótica como deseada. Por estas especialidades, concibió a un Mauricio romántico, quien danzaba con mariposas amarillas. Más entre suspiros, llenó este narrador las hojas con palabras elevadas. Desde lo histórico, fue igual oriundo y desde lo vidente, fue ocultista. Con cadencia, fue legendario por medio de sus alegorías. En cuanto a los demás misterios, su voz fue constantemente fascinante. De a poco, nos fue adentrando en el parnaso de Macondo. A lo colombiano, nos pintó a nuestra tribu natural de gitanos y luego acrecentó a nuestro pueblo rural con casas de madera y los campesinos labrando varios huertos. Ya sobre lo guerrero, fue inolvidable como evocó la masacre de las bananeras. Con profundidad, delató la maldad de los invasores, mostró a los muertos. Y esta recordación, la gritó con su lírica embrujadora, nunca tuvo miedo en cantar la verdad. Sentado en su sillón de frente a la máquina de escribir, lloró a esta tierra amerindia con versos suyos. En ella, conmovió el realismo mágico, nos dio esperanza. De crecimiento, pasó a la iluminación espiritual. Como hechizo, sacó de la pluma unos peces dorados. Por lo pronto, los puso sobre el viento y Aureliano los acabó de moldear con orfebrería. Ya sobre el resto muy sagrado, para poder emprender su destino, estuvo en sus muchos años de soledad, solo dándole a la prosa de los colores exactos. Así que bien en metamorfosis; pasó de ser joven escritor a ser hombre novelista; cuando claro, madurando en sabiduría, resurgió como literato genial. Con un ímpetu de Odiseo, promovió su vida por el arte del caribe y trascendió por su gente de las indias. Más las costumbres tan nuestras, las trajo del pasado perdido para dárselas a la humanidad y a lo increíble, las reinventó por medio de su mentalidad imaginativa hasta hacerlas fantasía. Años después, llegó a la vejez el artista y una tarde de abril, voló alado hacia el paraíso, Gabo.

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EL MARINERO DEL PACÍFICO

Hace años, vivía un hombre en ciudad de Panamá. Se llamaba él, Cristóbal Montoya. Por tradición, trabajaba como navegador de un barco, pasando de los muelles al mar. Era una persona de pocos amigos. Hablaba escasamente con los nativos. A solas, promovía su faena marina. Todas las mañanas, salía en su barco por el océano pacífico y durante cada viaje, se ponía a pescar delfines para sobrevivir entre los días. Bien de madrugada; Cristóbal hacía lo suyo, zarpaba hacia las aguas profundas. Desde la cabina de mando, manejaba el timón, yendo en el barco por entre las olas espumosas, dirigiéndose hacia lo azulado. Tiempo después, cuando llegaba al mar abierto, Cristóbal pasaba a estribor y feliz, preparaba la caña con la carnada, luego lanzaba el nailon con los ganchos, más pronto que tarde, cogía los delfines de diversos colores. A lo sigiloso él, los iba matando. Y en cuanto tenía a bastantes pescados, volvía a navegar, remontaba de nuevo el océano, surcaba los oleajes, regresando hasta el muelle. Posteriormente, bajaba a tierra y se encaminaba a vender los especímenes en la plaza de mercado. Así en estas prácticas, el marinero estuvo durante varios años. Se supo perseverante en su ir y trasegar por esta piratería suya. La rutina, llevaba con regularidad. Cuando un lunes de septiembre, vivenció una aventura misteriosa, que le cambió su futuro. Todo comenzó al amanecer de aquel día lluvioso. Temprano, Cristóbal fue rumbo al muelle para realizar su actividad pesquera de siempre. Al poco tiempo estuvo en aquel sitio, caminó por un sendero hasta su barco y entró a la popa, más allí, siendo fuerte, levó las anclas y enseguida se dirigió al timón, ya arrancando como un nauta, él con su gorro, conduciendo el navío por la mar umbrosa. De viaje, Cristóbal con brújula en mano, marchó hacia el oeste para el horizonte del invierno. Por el trayecto, fue a media velocidad, adelantando las mareas y viendo el cielo nubado. Asimismo; percató una bandada de golondrinas, volando por los aires. Tal ocasión, le sosegó un poco su melancolía. Así que se puso a canturrear un bolero panameño, que evocaba lo viejo y así entre su presente, siguió desplazándose por lo marítimo.

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Ya cuando este marinero, llegó al paraje deseado, salió de la cabina y se fue hasta la cubierta del barco. Pronto allí, fue preparando la caña profesional, junto con la carne. A lo seguido, se puso a probarla con algún pez y sólo en ese momento, todo se revolcó, comenzó a embravecerse la mar, cada vez más grandes fueron surgiendo las oleadas, ya golpeaban los costados de la embarcación y a crecimiento, fue tornándose una tormenta centellante. Ante tal eventualidad, Cristóbal decidió refugiarse en el cuarto central para esperar el sobrepaso de la borrasca. A lo rápido, ingresó al cubículo, permaneció allí encerrado unos minutos, tomando vino y pensando en la soledad. Cuando de súbito, cayó un rayo sobre la proa, que abrió un hueco a los maderos y precipitosamente, se fue hundiendo el barco. Desde su posición; claro el panameño, salió a ver qué había sucedido, comenzó a trotar hacia la veleta y apenas se percató del percance, corrió hasta el bote salvavidas y se ubicó en la bancada, dispuesto a largarse. Sobre lo sucesivo, se puso a mirar la brújula y comenzó a remar hacia el este para la costa. Durante la travesía; Cristóbal Montoya, recorrió varias leguas de navegación, remontó los oleajes encrespados, fue surcando con intrepidez la tempestad. De continuidad, él siguió remando por entre las aguas sombrías, rebasó distintos espacios acuosos y avanzó un buen tramo del océano, pero a pesar suyo, todavía no avistaba tierra. Al cabo de unas horas de trasiego, obvio se cansó este marinero y se dejó arrastrar por las corrientes del viento. Más no pudo remar para donde quería, se supo exhausto, fuera de que el salitre la iba cuarteando la piel de sus manos y de su rostro. Entonces, él se recostó en el suelo del bote y ahí descansó su corporalidad, durmió hasta el anochecer. Ya al despertar; Cristóbal vio por suerte unos delfines, que iban surgiendo del agua, ellos brincaban a lo raudos entre la marla. De a nado, se apresuraron hasta su proximidad. Sorpresivamente después, él descubrió como ellos, rodearon la embarcación y de pronto supo, que juntos fueron empujándola hacia la costa. Así bien y de madrugada, llegó el panameño a la orillas del pueblo Cambutal. Por ahí en la playa, encalló el bote de madera. Más adelante, un nativo que iba andando por el arenal, lo avistó a lo lejos y por ser un joven gentil, corrió a socorrerlo, pues muy resuelto, luego levantó al hombre y lo llevó a su choza, le salvó la vida. A partir de entonces, por todo lo vivido, Cristóbal no volvió a pescar y mejor se dedicó a construir canoas para así subsistir con mayor humanidad. 57


CAMBIOS DE VIGILIA

Hay dolor en las mozas y las damas. Ellas en general mantienen preocupadas con la vida. Por las tardes, salen a recorrer las calles de la ciudad, sintiéndose ignoradas y hasta rechazadas. Las deprime la enemistad ajena, personalmente se examinan como agobiadas. Al tanto, sus quehaceres son monótonos como excéntricos, van a las tiendas de ropa para distraerse de los pesares suyos. Ingresan allí; dan varias rondas por los pasillos exagerados, consiguen algunas sorpresas, más prontas, vuelven a saberse fastidiadas por el clima de pesadez, que las mancha entre brumas. La adversidad alcanza a perjudicarlas, los nervios descubren lastimados, advierten sus misiones como difíciles. Y por el mundo, ellas tornan otra vez hacia las afueras, eligen cualquier rumbo, desfilan por los jardines y las plazoletas, sabiéndose un poco frívolas, teniendo que mostrar una apariencia estrafalaria. Por ahí sonríen con falsedad a la gente. Evidentemente, la farándula no acaba de complacerlas. Ese maquillaje que se echan en la cara, se les descorre con la tristeza. De hecho, ven decaer al poco tiempo sus bellezas hasta irse tornando arrugadas, todas canosas. Ahí entonces es cuando admiten su feminidad como perecedera. Y ante tal vejez llegada, se exasperan, al imaginar y ver la soledad, quedan mareadas. Por suerte, la mayoría de estas señoras, luego reflexionan sobre la vida y tras lo pensado en sus mentes, siguen para adelante con sus siguientes noches. Pese a las injurias y humillaciones, que padecen de algunos hombres, no se entregan a la rendición. Las unas trasiegan su cuerda floja como equilibristas y las otras atraviesan los espejos como mujeres, fiel maduras, cuales han deseado su trasfiguración a costa de rudas experiencias, soportando sus existencias. Así que por supuesto, muchas de ellas, saltan al más allá del eternal. En tanto; las vanidosas, caen a sus pozos, mientras las amorosas, suben al fin a las nubes celestiales.

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DANZARINA

En gran fantasía, hace un atardecer de luna y la mujer del amor, pasea por el bosque milagroso, se mueve entre los almendros, progresa hacia la frondosidad, ella va vestida de azul, recorre los senderos con alegría, ve el rebrotar de las flores mientras camina por este paisaje, respirando la serenidad de los aromas. Ahora ella, realza la mirada y a lo lejos, descubre un lago. Por predilección, arrumba hacia la orilla primaveral, se desplaza con probidad por la arboleda. A su instante, remonta un terreno de lirios, saltea diversas rocas, sobrepasa unos prados y al cabo de lo atravesado, llega a la playa, rebosante y radiante, luego ingresa al agua en vez como se desnuda entre las olas, ella ondeando su cabellera blanca. Y la mujer, rejuvenece su beldad con los rayos de la luna. En su alma, siente el ambiente natural, suspira la pureza climática. De más, se baña entre la fluídica claridad, refresca su belleza y a lo espontánea, comienza a nadar por el lago. Bien por la superficie, va yendo, braceando en armonía, avanza tranquila, danza por entre la magnitud cristalina. A gusto, da realzamientos en medio del oleaje, la fémina prosigue a su vez con meneos delicados, se manifiesta como artística, vive encantada. De adelanto, ella brinca en el aire, hace unas piruetas elegantes y después se zambulle en la profundidad azulada. Por ahí abajo, ya nada a lo pacífica, viendo corales espléndidos y algas coloridas, más ella fluye por los fondos, descubriendo peces y hadas rojizas. Toda esta magnificencia, claro la sorprende, su emotividad se pone aural por lo que presencia, suelta burbujas por la boca, vislumbrando este jardín acuático. Sucesivamente, la mujer pasa junto a un hada, se presenta como amiga, la abraza y de repente, le pide un deseo. Más al poco tiempo, ella baila con el hada; corren ambas por entre las algas, impulsan sus giros fenomenales, luego salen a la superficie brisada. Y en este preciso momento, la mujer se pone muy feliz, ella acaba de avistar en la playa a su hombre, por quien ahora vuela en amor y al alcanzarlo en espiritualidad, lo acoge en su belleza para siempre y allá en el cielo, la luna brillante.

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RITUAL DE FASCINACIÓN

Las mujeres son las flores. Desnudas en amor, ellas nos irrigan la pasión. En bien, son encantadoras, nos dan la esperanza de la felicidad. Con ardor, nos inspiran su intimidad tan voluptuosa, por poseer bellas delicias. Desenvueltas en bondad, nos irrigan sus aromas cada vez que hay fervores. En tanto, para hoy, ellas están de carnaval y por ser celestiales, las adoramos, porque hoy están sembrando los jardines de las mariposas. Y ahora rebosantes, hacen el amor con nosotros; los esposos, se asientan en los frutos de sus hombres, primaverizan nuestro paisaje. A satisfacción, la compañía varonil las extasía. De femeninas, comienzan a musitar las quejas del regozo. Del seguido acto pasional, sueltan las sustancias acuosas, menean con ansiedad sus bellezas, son intensas estas mozas, promueven la eroticidad. Mientras tanto a lo genial, unas palomas bajan de las nubes para armonizar más esta romanza esencial. A lo conjugadas, bailan sobre el bosque y entonan los murmullos de la creación. Similarmente, saltan las margaritas, incitan más su sensualidad. Entre las vibraciones, ponen sus pechos en la boca de los hombres, nos ruborizan entre la naturaleza. Así maduran estas bodas y hay candores inusitados. En nosotros y en ellas; todas las emociones se enaltecen adorables, constantes nuestras pieles repalpitan con la madrugada. De mayor afecto, la orquídea se abre en más pétalos de esplendidez. Entre la emotividad, pasa entonces lo sagrado, resurge el milagro de la vida, bullen las esencias, juntos nos desfogamos en embeleso, se da la luz y luego con suavidad, vuelve la calma a las magnolias y el deleite se apacigua en las azucenas. Y las mujeres al desmonte del abrazo; quedan rosadas, ellas acabaron de hacer la fiesta de las flores.

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ALUCINADO POR ELLA

Hace unos días, viví una experiencia maravillosa. Recuerdo que yo estaba en casa. Era viernes y la mañana era soleada. Auguraba el clima, plena felicidad. Por costumbre propia, miraba la revista Imagina, recostado en el sillón de la sala. Allí relajado, repasaba las hojas con curiosidad. Apreciaba unas figuras entre colores y visaba diversos poemas. Cuando para mi sorpresa, descubrí el dibujo de una doncella celestial. Ella sobresalía blanca en el lienzo, bella con sus alas, encrespando los vientos luminosos. Yo claro, quedé cautivado según como la admiré, prendía las ilusiones fieles, me deslumbró su belleza angelical. En cuanto recuperé la lucidez, dejé la revista sobre la mesa de porcelana. Fui calmado de a poco las percepciones sensoriales. Luego me erguí del sillón, caminé despacio hacia el ventanal y una vez descorrí la cortina, me asomé a las afueras para refrescarme con la brisa. De más, me envolví con la mañana anaranjada. Y pacífico, me puse a contemplar el parque que hay al frente de mi hogar. Cuando sorpresa, volví a ver a la doncella del dibujo, reaparecía allá entre la floresta frondosa. Ella se mecía en el columpio, que cuelga de los almendros. Ágil, movía su cuerpo de fémina, para atrás y para delante, yendo cada vez más hacia las alturas. Mientras, flores llovían de los árboles al paisaje. Toda esta magnificencia, fue para mí presenciar la cálida primavera. Y la hermosa, lucía encantadora, su piel rosa vibraba con regocijo. En reboso, ella sonreía al cielo despejado. Desde la sala de artes, yo la distinguí en vida, la detallé por la inspiración de su cara. Como una guardiana, poseía los ojos del azul fuego y su cabellera se ondeaba oscura. Asombré además sus cejas intensas y sus dientes de plata. En espiritualidad, ella parecía haber provenido de un planeta fabuloso. Entre los instantes, jugaba a romper la gravedad. Y yo por querencia, salí al encuentro de esta damisela. Muy animado, salteé el ventanal, me impulsé hacia allá, progresando a pasos presurosos, surqué unos prados y al fin, me acerqué a su alma flamante. Más creí en su amor al ver como unas libélulas la rodeaban a ella; la vigorizaban, la protegían por ser Adrastea. En tanto, por la emoción, yo me subí al otro columpio y comencé a balancearme para palparla con las manos y sólo tras varios intentos, alcancé a rozar sus pechos, sus mejillas y sus labios. Al mismo tiempo, Adrastea volteó su mirada y regó su luz en mis ojos, ahí 61


vivencié la eternidad. Después; ella se fue yendo de este mundo, voló hacia el universo y se fue como un espejismo y a mí, aquí me dejó en el parque, fascinado para siempre.

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POETA NOCTURNO

El poeta lee el libro de Esperanza; repasa sus versos, se deja arrastrar por las odas que perduran en esas hojas. Todas poderosas son como oleadas de fuego, impactan en su alma. Estas pronto lo meten a él en una fantasía infinita. Allí claramente resurge lo prodigioso, se despliega lo espirituoso. En crecida, las fulguraciones lo deslumbran según como estas conciertan la eternidad. A su momento, ve volar cosas increíbles, empiezan a sensibilizarlo en la intimidad, tales majestuosidades. Y él así susceptible; sigue adelantando las palabras rompientes, las degusta bajo la noche, poblada de sueños. Luego el poeta, vestido de negro, llora. La traslucidez ahí condensada en la obra, abre su sentir susceptible, tan querido. De frente al cosmos, comienza a verter lágrimas de amor. Ilusionado y entre un parque, va descifrando el poemario que tiene en sus manos. En total es estético como hermoso. Tal magnificencia de alegorías, lo impregna de azules hasta darle la limpieza. El hombre de letras; respira a la vez las fragancias, cual agradables y frescas lo tranquilan. En su interior, colige la paz. Con sorpresa, descubre esta verdadera felicidad. La encuentra ahora que acaba de comprender los trasfondos de la poesía. Entre lo otro preferido, José como se llama este artista, coge para su casa. Lo hace por un presentimiento suyo, se yergue de la banqueta, sale del parque y recorre las varias calles bogotanas. Decidido, sigue por los caminos citadinos, procediendo bajo unos faroles, va a paso normal según como rebosa la noche. Ya por ahí en las afueras, vislumbra a un señor vago, propio de piel morena. Lo precisa ebrio en la intemperie; le regala un soneto y más adelante lo despide con bondad, lo deja atrás y sereno él, voltea en la próxima esquina, rumbo a su destino. Así en tanto la vida; José avanza por un barrio antiguo y al poco tiempo, llega a la casa donde reside. Como de costumbre, ingresa a su hogar y cierra la puerta. De seguido, pasa a su cuarto estudio. Allí de una sola, se ubica en una sillón, mirando de frente al escritorio y resuelto, toma la pluma suya con un papel. El poeta entonces se pone a escribir el poema de su vejez. Por inspirado, susurra que lo humano es hacer literatura o revolución, la confía esta iluminación con sabiduría, además dice que el componer renace a costa de sacrificios. En bien, pasa a soltar un poco de colores 63


por el arte, le pone su imaginación a las metaforías, dimana hasta la misma supremacía. Y en el otro instante, fija la armonía del firmamento nocturno, dando elevación a la última versación. Más feliz, cuando recobra las nociones del presente, José ya se encuentra con Esperanza en el mundo espiritual.

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POETAS DE LIBERTAD

Ante el grave presente; los jóvenes salen a marchar por el país, recorren las calles de la capital colombiana. Ellos crean justicia popular, saltan por entre los caminos, nadie los puede parar. En demasía, bloquean el tránsito y promueven gestas de vanguardia. Como patriotas, luchan por la igualdad humana. Juntos en bien, le sugieren a la gente distraída que por favor estudie, la ponen a reflexionar sobre la honestidad. Y rojos, pasan a bailar como una gran multitud. En ideal, trasiegan por la plaza de Bolívar, se mueven en amistad, actúan con empuje de renovación. Los unos; pacíficos, alzan las banderas del socialismo. Los otros; luchadores, sublevan las arengas de la independencia, sus voces son la viva resistencia. Al paso, ofrecen sus manos a los otros suyos, impulsan la revolución. Ellos recuperan la nación cual es nuestra. De hecho, le regalan unos panfletos a los trabajadores técnicos, incitan al arte de rebatir y exhortar. Entre el instante, siguen su viaje por la avenida del escándalo, por allí sienten rabia, nomás ven imperfección con corrupción. De a poco, pues empiezan a destruir las puertas de los bancos mafiosos. De a mucho, deciden romper las ventanas de las instituciones politiqueras. Ahora tiran piedras y lanzan bombas de pintura contra los edificios. Ya provocan el disturbio, hacen resonar las papas explosivas. Ellos están cansados de sobrellevar tanta opresión, por eso se defienden con inteligencia. Pronto a cabo; sacan y agitan los aerosoles y rayan las paredes, disponen sus pensamientos al beneficio de la comunidad. Muchos van de capuchas; más hacen algarabía, más acusan a los colonizadores gringos. Como unos guerreros; bien se rebelan contra esos invasores, los quieren echar por ser abusadores. En tanto lo fuerte; persiste la huelga enrumbada con intensidad, crece en verdad muy alborotada, cuando claro, los viejos y las muchachas también se unen a esta revuelta, respaldando a sus patriotas. De fervor, protestan con valentía, gritan por sus paisanos y no se rinden ante el riesgo, ellos son el pueblo, no quieren más esclavitud, así que juntos superan los muros y con sacrificio del corazón, perseveran hasta la liberación.

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...ÍNDICE…

5…Sobre el caso nieves…5 8…Los títeres del castillo…8 10…Hans…10 11…Poe de poesía…11 12…Demencias…12 13…Bajo el delirio…13 15…Apocalíptica…15 16…Pobre mártir…16 18…La muerte de Laurentino…18 20…Obcecaciones…20 21…Los extraviados…21 23…La novia de los traidores…23 25…Crisis comunes…25 27…De la sombra a la esperanza…27 30…Desconcierto citadino…30 33…Aquella gran inundación…33 36…Los mimos del cine…36 38…El centinela…38 40…Perdido en la creación…40 42…El sueño real…42 44…Tiempos de guerra…44 66


46…Un día gris…46 48…La maga del pintor…48 52…El dueto de Colombia…52 54…El artista de Macondo…54 56…El marinero del pacífico…56 58…Cambios de vigilia…58 59…Danzarina…59 60…Ritual de fascinación…60 61…Alucinado por ella…61 63…Poeta nocturno…63 65…Poetas de libertad…65 …ÍNDICE…

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Profile for Rusvelt Nivia Castellanos

POETAS DE LIBERTAD  

Literatura de revolución artística, lo ferviente, por la libertad de la conciencia.

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Literatura de revolución artística, lo ferviente, por la libertad de la conciencia.

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