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/ unesco · Proyecto internacional Ruta del Esclavo: resistencia, libertad, patrimonio /


Ministerio de Cultura Mariana Garcés Córdoba Ministra de Cultura Zulia Mena García Viceministra de Cultura Enzo Rafael Ariza Ayala Secretario General Moisés Medrano Bohórquez Director de Poblaciones Lucía Calderón Pacheco Asesora ©Javier Ortíz Cassiani Historiador Alberto Abello Vives Editor General William Castaño Marulanda Corrección de estilo Clara Buesaquillo Izaquita, Jose Antonio Ariza Aldana y Rubén Egea Amador para rbn&co. Diseño gráfico Fundación Fototeca Histórica de Cartagena de Indias Fotografías Afán Gráfico Impresión Primera edición Cartagena de Indias 2016

Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá Facultad de Ciencias Humanas ―Comité editorial― Ricardo Sánchez Ángel Decano Melba Libia Cárdenas Vicedecana Académica Marta Zambrano Vicedecana de Investigación y Extensión Jorge Aurelio Díaz Director revista Ideas y Valores Doris Santos Directora del Instituto de Investigación en Educación Carlo Tognato Director del Centro de Estudios Sociales - CES ©Grupo de Investigación sobre Igualdad Racial, Diferencia Cultural, Conflictos ambientales y Racismos en las Américas Negras (Idcarán) ©Alberto Abello Vives Consultor Idcarán Sandra Mendoza Lafaurie Colaboradora Proyecto internacional Ruta del Esclavo: resistencia, libertad, patrimonio de la Unesco Ali Moussa Iyé Jefe de la sección Historia y Memoria para el diálogo intercultural y coordinador de la Ruta del Esclavo: resistencia, libertad, patrimonio Comité Científico Internacional de la Ruta del Esclavo: resistencia, libertad, patrimonio de la Unesco Nelly Schmidt Presidenta María Elisa Velázquez Gutiérrez Vicepresidenta Jane J. Landers y Joel Quirk Relatores Claudia Mosquera Rosero- Labbé Miembro por Colombia del Comité Científico Internacional

Material impreso de distribución gratuita con fines didácticos y culturales. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial con ánimo de lucro, por cualquier sistema o método electrónico sin la autorización expresa para ello.


― AGRADECIMIENTOS ― El Ministerio de Cultura y el idcarán del Centro de Estudios Sociales de la Universidad Nacional de Colombia agradecen los aportes y la colaboración de: Melba Libia Cárdenas Javier Ortiz Cassiani Sergio Paolo Solano de la Aguas Roberto Burgos Cantor Sandra Mendoza Lafaurie Moisés Álvarez Marín Miguel Montes Camacho Deisy Cristina Peñuela Daniel Esteban Lanchero Escuela Taller Cartagena de Indias Museo Histórico de Cartagena.

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/11 Presentación Sitios e itinerarios de la memoria de la esclavitud

/14 en Cartagena de negros y negras: notas para conversar

/23 Introducción /25 1. ¿Por qué hubo esclavizados en Cartagena? /26

2. Cartagena de Indias en el comercio mundial de esclavizados

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3. El origen de los esclavizados que llegaron a Cartagena de Indias

/29 4. Luego de la travesía: el arribo al puerto negrero 5. Ámbitos de la esclavitud - El Puerto - La Plaza y el Arrabal /30 - La Bahía y la Zona Insular - El entorno regional de la ciudad: las haciendas y los palenques en la provincia de Cartagena 6. Sitios de memoria - La Plaza de la Aduana y la Plaza de los Coches - La Plaza de la Paz - Conjunto arquitectónico San Pedro Claver - Getsemaní – El Arrabal /37 - Sistema de fortificaciones - El Cerro de la Popa - El Palenque de San Basilio - La plaza Benkos Biohó - Biblioteca Bartolomé Calvo Anexo

/44 Información para la guianza de rutas por los sitios

de memoria de la esclavitud en Cartagena de Indias

/57 Referencias


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«La memoria individual a largo plazo solo puede mantenerse gracias a la cultura social.» Rodolfo R. Llinás El cerebro y el mito del yo 2002 «El recurso a la memoria es una acción humana consustancial a la construcción de la identidad […] Se trata, en suma, de rehabilitar la agitación, en toda su potencia y belleza, como arma básica de acción social de los nuevos mediadores de la memoria con el objetivo de restituir este territorio a sus verdaderos protagonistas.» Antonio García Gutiérrez Proyectar la memoria: del orden nacional a la reapropiación crítica. 2003 «En el Caribe […] la contribución africana fue forzosa e indignante, pero afortunada.» Gabriel García Márquez Algo más sobre literatura y realidad 1981


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Imagen: Hammock Travel, Angola, 1786-87

Louis de Grandpre, Voyage a la cote occidentale d'Afrique, fait dans les années 1786 et 1787 (Paris, 1801), vol. 1, facing p. 99. (Copy in Library Company of Philadelphia) Disponible en www.slaveryimages.org

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― Presentación ―

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a Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), adelanta desde hace veinte años un proyecto que ha contribuido a que los Estados miembros de Naciones Unidas preserven y promuevan los sitios de memoria de las comunidavdes afrodescendientes, se trata de «La Ruta del Esclavo». Iniciativa que busca que estos lugares de memoria, presentes en países donde hubo esclavización, no sean olvidados y ayuden a evitar el olvido de la historia misma. A través del proyecto se han realizado numerosos inventarios de sitios de memoria en el mundo. Por su parte, la Coalición Internacional de Sitios de Conciencia, que está integrada por más de 186 instituciones de distinta índole en todo el mundo, tiene una misión clara que responde a la necesidad universal de mantener viva la historia de las comunidades, con el fin de hacer de las sociedades mejores espacios de convivencia. A través de los esfuerzos de esta organización se han realizado diversas acciones en el mundo que dan cuenta del impacto de acciones de memoria para distintas comunidades. En Colombia, el Ministerio de Cultura propende por una lucha contra el olvido que busca preservar la memoria de los hechos históricos de las comunidades —en especial de aquellas que han sido o fueron fuertemente golpeadas por el conflicto armado interno, la esclavización o por las distintas formas del racismo y la discriminación—, con el fin de que las nuevas generaciones tengan la posibilidad de conocer la historia de sus antepasados; conmemorar sus fechas importantes; hacer memoria colectiva y reconocer los lugares en donde sus pueblos tienen o tuvieron una historia para recordar.

Es posible afirmar que cuando la historia que ha marcado un lugar afecta negativamente a su comunidad ésta procurará olvidar lo ocurrido, borrar todo rastro de esa memoria que le causa tanto dolor. Sin embargo, gracias a la experiencia de trabajo mencionada, se ha aprendido que esos sitios de memoria están allí para recordarle a las comunidades que hay lecciones que aprender, de cara a la búsqueda de un futuro en paz y de inclusión, y que rememorar el pasado a través de los lugares de memoria es, finalmente, una oportunidad para comprender que la garantía de los derechos humanos exige una lucha constante. Se trata de recordar para no olvidar, pues dejando atrás las memorias colectivas —aunque sean muy dolorosas— se puede caer también en formas repetitivas de hechos que han agobiado a muchas comunidades. La Dirección de Poblaciones del Ministerio, como referente de una agenda política de diversidad, apoya, entre otras cosas, una labor sobre sitios de memoria para las comunidades afrodescendientes del país; una labor donde la memoria tiene lugar. Se han dispuesto espacios para llevar a cabo diversas actividades sobre estos sitios y su importancia histórica y cultural para las comunidades, dicho trabajo ha brindado valiosos aprendizajes de cara al objetivo de no olvido. Cartagena de Indias, por ejemplo, es un gran referente en el tema, pues ubica al departamento de Bolívar como un lugar de importancia histórica para los afrodescendientes en Colombia. De acuerdo con el historiador Javier Ortiz Cassiani, Cartagena es per se un sitio de memoria, ya que fue el principal puerto esclavista del país y esto, a su vez, produjo una serie de dinámicas entre la población blanca, negra y mestiza. A partir del pensamiento de quienes tenían

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Imagen: Slave Market, Zanzibar, 1864

Le Monde Illustré (Paris),Vol. 41 (1877), p. 41 Disponible en www.slaveryimages.org

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el poder en la época de la esclavitud se construyó en Cartagena una memoria que rechazó a los afrodescendientes, a pesar de que era innegable reconocer a esta población en la ciudad.

a toda la ciudad como un sitio de memoria —a menudo por cuestiones arquitectónicas y turísticas—, es necesario reconstruirla para incluir a las comunidades afrocolombianas en ella.

Los procesos de esclavización que se generaron tuvieron unas características particulares con respecto a otros, ya que fueron más urbanos y generaron posteriormente unos referentes históricos que permearían la memoria del pueblo afrocolombiano, afirma Ortiz Cassiani. Por ejemplo, se generó un proceso de movilidad de la población distinto, debido a los ritmos de las minas y las haciendas (no hubo esclavización en sistemas de plantación); esto permitió que muchos esclavizados tuvieran la posibilidad de recibir cierto salario por su trabajo, una cantidad que, aunque ínfima, al menos existía. Lo anterior quiere decir que, a pesar de que el esclavo era propiedad de una persona, en Cartagena tenían derecho a ganar un pequeño porcentaje de las transacciones.

De este modo, la historia del tráfico negrero y del fenómeno de la esclavitud dejó numerosas huellas y vestigios en muchos países de África, las Américas, el Caribe, Europa e incluso Asia. Tanto, que dichos países han previsto todo lo necesario para mantener vivos y salvos sus sitios de memoria, para valorizarlos según los medios de los que disponen.

A comienzos del siglo xix, la población afro tuvo un protagonismo muy fuerte en Cartagena de Indias, gracias a las condiciones sociales que se estaban presentando y la construcción de sujetos sociales que, al menos interiormente, la gente negra iba experimentando. Sin embargo, esto no repercutió en una memoria incluyente para esta población, ni siquiera aún hoy. Esto se debió a que dicha construcción se basó en el legado de los españoles, especialmente en los temas de lengua y religión, y en ese modelo no había espacio para los afrodescendientes. Es, por tanto, de vital importancia reconocer o ubicar los lugares de memoria afro en la ciudad de Cartagena, porque a pesar de que la historia y la humanidad conceden /15

Moisés Medrano Bohórquez Director de Poblaciones


― Sitios e itinerarios de la memoria de la esclavitud en Cartagena de negros y negras: notas para conversar ―

A Salomé Aura Manuela Barrios-Vergara A Yamil Eduardo Barrios-Vergara Fieles herederos de sus ancestros gloriosos

― Entrada ―

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l proyecto internacional «La Ruta del Esclavo: resistencia, libertad y patrimonio» de la Unesco se creó en 1994, por iniciativa de Haití y diversos países de África, con el propósito de romper el silencio en torno a la trata trasatlántica de seres humanos esclavizados y desterritorializados ocurrida entre los siglos xv y xix, que partió desde África hacia los actuales países de América del Sur y el Caribe. Desde hace veintiún años este proyecto desarrolla diversas estrategias y tareas para divulgar la importancia de las poblaciones esclavizadas en la historia, así como su participación y contribuciones en la conformación de las sociedades contemporáneas. Además, se ha ocupado en dar a conocer los problemas y dificultades que enfrentan las poblaciones afrodescendientes en la actualidad, así como en impulsar acciones a favor de la creación de políticas públicas en su beneficio y del combate al racismo, respondiendo de esta forma al mandato de la Unesco de garantizar el entendimiento mutuo entre las culturas, en busca de la construcción de una civilización humana basada en la paz, la justicia y la igualdad. Ahora bien ¿Qué tiene que ver este proyecto con Cartagena de Indias? creo que mucho. Un agudo observador que visite la ciudad de Cartagena de Indias, declarada por la Unesco Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad en 1984, de manera inmediata se dará cuenta que con excepción de la plaza Benkos Biohó y de una desafortu-

nada estatua que muestra a un esclavizado desempoderado y tutelado por San Pedro Claver, no existe en la ciudad un solo monumento importante, inscripción, placa o nombre de una calle, por ejemplo, que rememore la llegada de millones de hombres y mujeres provenientes de África al Nuevo Mundo —de manera directa hasta Cartagena o por escalas provenientes de otros puertos negreros—, pero sí encontrarán iglesias, casonas coloniales, murallas, castillos y fuertes militares desconectados de la historia de la institución económica de la esclavitud en la ciudad. Los africanos y africanas que construyeron la ciudad colonial están ausentes en calidad de protagonistas del relato de ciudad que se presenta tanto a nivel local, nacional o internacional. Este silencio u omisión contrasta con la cantidad de personas negras, afrocolombianas, mulatas, afrodescendientes y palenqueras que encontrarán en cada rincón de la urbe en todo tipo de oficios. ¿De dónde salieron? —me imagino que se preguntarán—. Lo cierto es que este acallamiento tampoco permite mostrar cómo la gente de ascendencia africana continúa realizando muchas labores, oficios, profesiones que permiten el dinamismo económico, cultural, político, ambiental de esta ciudad. Cartagena de Indias, o de negros, como la llamaba el gran erudito Manuel Zapata Olivella, no es cualquier ciudad, por su puerto ingresó un sinnúmero de personas secuestradas de África que fueron convertidas en

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«negros» y «negras» sin más. Una parte de la historia de la ciudad es la historia de la trata trasatlántica, considerada en el 2001 —en la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y la Intolerancia, organizada por las Naciones Unidas en Durban (Sudáfrica)— como un crimen que lastimó a la humanidad, es decir: un crimen de lesa humanidad. ¿Por qué se instala el olvido de un fenómeno estructurante de las relaciones sociorraciales en esta ciudad? ¿Por qué los herederos de esta historia trágica no quieren conocerla ni recordarla? Memorias de la esclavitud hechas de fragmentos, procesos de olvido

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l recibir la literatura académica asociada a los temas de la memoria y el olvido, parece que el debate socioantropológico, político, jurídico y ético sobre un pasado traumático de guerras, genocidios, desplazamientos forzados, esclavitudes, servidumbres, deshumanizaciones, o dictaduras militares se encuentra inmerso en tres corrientes. La primera es la que aboga por el olvido en pos de la reconstrucción en el presente de la vida cotidiana, la que propende a impedir que la víctima se constituya como tal y aboga por la aparición del individuo como agente capaz de renacer haciendo tabula rasa del pasado doloroso. Desde aquí se argumenta que «desarrollar relaciones sociales cotidianas, a partir del vivir, implica no solo la reproducción del presente, sino la constante producción de olvidos de procesos, sujetos y experiencias cuya presencia actualizada limitaría la posibilidad de vivir/ convivir» (Meléndez 2002, 394). La segunda corriente ve en el pasado una fuente de enriquecimiento de la identidad social por medio del ejercicio de la anamnesia como derecho, y de la posibilidad de reclamar un vínculo constitutivo con los ancestros y con

aquellos que han sufrido a causa de un crimen de lesa humanidad u otro tipo de sufrimiento. Finalmente, la tercera corriente se pregunta por el impacto que puedan tener en la comunidad política las comunidades de resentimiento (Das 2003). Ante los dilemas que plantean estas corrientes, Emmanuel Kattan, uno de los defensores de la segunda corriente expuesta, realiza un ejercicio reflexivo que me parece interesante; se pregunta: ¿Esta preocupación acentuada por el pasado no entra en contradicción con uno de los principios fundamentales de la Modernidad: la libertad del individuo de escoger su propia existencia, de darle forma a su vida, de liberarse de las obligaciones que lo ligan a su comunidad, a su pasado, a sus ancestros? Los deberes que nos damos en torno al pasado, los esfuerzos que desplegamos para conmemorar las tragedias de nuestro siglo, para perpetuar la memoria de las víctimas de genocidio parecieran incompatibles con una vocación de libertad que nos obliga a cuestionar las certezas del pasado y a definir nuestra existencia separándonos del peso de la Historia y de la tradición (Das 2003, 36), —una pregunta pertinente para quienes no nos afiliamos a esta corriente—. Desde otra orilla, Veena Das se pregunta sobre cómo hablar del pasado sin formar una comunidad de resentimiento. La autora encuentra que ante esta preocupación parecen existir dos respuestas: [en lo que atañe a cómo hablar del pasado] el énfasis en el sufrimiento de las víctimas dentro de una cultura popular herida hace difícil reconocer el pasado, y por lo tanto, comprometerse con la creación de sí en el presente [con respecto a formar una comunidad de resentimiento] se pregunta si el resentimiento es visto como el destino inevitable de un intento por enfrentar el problema del sufrimiento y la reparación. (Das 2003)

Ante esta dualidad, la misma autora se interroga: «no obstante, aún me pregunto si es

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posible una imagen diferente de las víctimas y de los supervivientes en la que el tiempo no esté congelado sino que se le permita hacer su trabajo». En su estimulante artículo sobre el trauma y el testimonio, Das (2003) muestra —aunque se distancia de ella— la manera como un importante intelectual zaireño, Achille Mbembé, explica por qué el sujeto africano ha tenido tanta dificultad para contarse su propia historia y ha sido incapaz de dejar de sufrir por la que han contado otras voces. Para Mbembé existe una necesidad de «hablar con su propia voz» sobre aspectos del pasado africano. Dice Das que, para Mbembé, la Historia como magia parte de la premisa de que, a diferencia de la memoria judía del Holocausto, no hay, propiamente hablando, una memoria africana de la esclavitud, la cual, en el mejor de los casos, se experimenta como una herida cuyo significado pertenece al dominio de lo inconsciente, más en el ámbito de la brujería que en el de la Historia. Entre las razones que explican la dificultad del proyecto de recuperar la memoria de la esclavitud, Mbembé identifica la zona de penumbra en donde la memoria de la esclavitud entre los afroamericanos y los africanos continentales oculta una escisión. Para los africanos se trata de un silencio de culpabilidad y su negación a enfrentar el aspecto perturbador del crimen que compromete su propia responsabilidad en este estado de cosas. Argumenta, adicionalmente, que eliminar este aspecto del sufrimiento de la esclavitud negra moderna consigue crear la ficción (o ilusión) de que la temporalidad de la servidumbre y el sufrimiento eran iguales a ambos lados del Atlántico (Das 2003, 298). Creo comprender por qué Das se aparta de la creación del metarrelato que parece defender Achille Mbembé (2002) y muestra la importancia de lo micro en la reconstrucción de una historia trágica. Para el caso colombiano asumo el riesgo de parecer esencialista, pero, aunque comparto

que «no hay un sujeto colectivo unitario […] sino formas de habitar el mundo en las que intentamos apropiarnos de él o hallar nuestra propia voz, tanto dentro como fuera de los géneros que están disponibles en el descenso a la cotidianidad» (Das 2003), veo plausible la creación de una narrativa menos micro, sin que ello implique adoptar una narrativa generalizadora. Negros, afrocolombianos y raizales necesitamos de un gran relato compartido, conformado de retazos de la tradición oral, de fuentes históricas y contemporáneas acerca de las diferentes memorias de la esclavitud en Colombia, que transcienda, por ejemplo, «las identidades locales ancladas al río o al estero, a la vereda o a la parentela» (Restrepo 2001, 53). No veo otra vía para frenar la perpetuación y la difusión de las historias distorsionadas existentes en las áreas negras del país, desde las cuales se afirma, entre otras cosas, que las gentes negras del Pacífico aceptaron de manera sumisa la esclavitud, que los del Caribe continental la resistieron y los del Caribe insular no la sintieron por su naturaleza benévola y laxa. Hay que crear un gran relato compartido que conecte todas las maneras de ser negro, afrocolombiano o raizal que existen en el país. Pienso, como lo señala Das (2003), que es posible la creación de sí —tanto de manera individual como colectiva—, por medio de una nueva ocupación —de ­­ manera simbólica y reconciliada con el pasado— de un espacio marcado por la devastación — en nuestro caso, el dolor del sufrimiento diaspórico, del destierro que hemos heredado—, para acoger luego los signos de la injuria y transformarlos en maneras de convertirse en sujetos emancipados. Pienso que esto no solo es posible, sino también deseable, sin necesidad de quedarse en el tropo de la víctima. Por otra parte, Das habla de la necesidad de impedir que la victimización les arrebate a personas la vida cotidiana (2003). En defensa de su pro-

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puesta nos dice que no hay aquí pretensión alguna de un grandioso proyecto de recuperación, sino, simplemente, la pregunta acerca de cómo pueden realizarse las tareas de sobrevivir —tener un techo para cobijarse, ser capaz de enviar a los hijos a la escuela, ser capaz de realizar el trabajo de todos los días sin temor constante a ser atacado—. Pensando en esto llegué a la conclusión de que la construcción de la identidad no estaba ubicada en la sombra de algún pasado fantasmal, sino en el contexto de hacer habitable la cotidianidad (Das 2003). Entiendo el argumento como salida individual frente a la parálisis que nos impone la barbarie; el racismo; la discriminación racial; la negación de oportunidades sociales, políticas y económicas, pero me pregunto dónde queda la responsabilidad moral de quienes cometieron los hechos: el nacimiento de un agente o de un actor social ¿tiene acaso como corolario la desaparición de la memoria de lo que pasó?; hacer habitable la cotidianidad ¿equivale a adoptar prácticas de silenciamiento o de olvido? Aquí deseo poner en diálogo lo que plantea Das con la situación de los negros y afrocolombianos. La situación de guerra en Colombia nos obliga a pensar en dos registros históricos del sufrimiento social: el del pasado y el del presente. Antonio Caicedo, de 35 años, un interviniente que entrevisté en Cali en agosto de 2006, ante una pregunta sobre la percepción que tenía acerca de la Ley de Justicia y Paz del gobierno de Álvaro Uribe —la cual, de la manera más inmoral, favorece la impunidad de los hechos violentos cometidos por los paramilitares—, expresó lo siguiente refriéndose a las personas negras desplazadas que él atiende: Ante cada persona que nos llega me pregunto qué espera del Estado o de la sociedad en relación con la justicia, qué sentimientos morales abriga respecto de sus victimarios o qué les transmite a sus hijos respecto de lo que le ocurrió. Las respuestas son diversas y no es procedente generalizar, pero la impresión que recojo es que la gente busca ante todo vivir en paz, asegurar

el futuro de sus hijos, poder llorar a sus muertos, poder saludar a sus vecinos y poder ofrecer algo al visitante en vez de tener que mendigar. No es la venganza ni el castigo lo que aparece en primera línea en la mayoría de los casos.

Ante estos casos habría que esperar, en efecto, que la vida cotidiana de estas personas se reestablezca, pero en un mundo irrigado por el derecho internacional, por el discurso de los derechos humanos, por pactos éticos aceptados por la Humanidad (Heller 1990, 51-66). Las personas que han sido víctimas de actos de barbarie y atrocidades de la guerra tienen el derecho a saber qué paso, a conocer la verdad, a que se haga justicia, a que se castigue a los culpables y a que el Estado se comprometa a que algo así no se repita. Esto es lo que espero de la Comisión de la Verdad que se creará una vez se firme el acuerdo de finalización del conflicto armado interno entre el Estado y el grupo armado insurgente FARC-EP. Pero también se esperaría que algún día se instale en Colombia una Comisión de la Verdad sobre la esclavitud que trate de dar respuesta a preguntas tales como ¿qué pasó realmente?, ¿cómo renacieron los africanos esclavizados en estas tierras?, ¿quiénes se beneficiaron de esta institución?, ¿cuántas personas se auto manumitieron, es decir, compraron su libertad ahorrando dinero, trabajado los días de descanso, y no esperaron la abolición formal de la esclavitud? Volviendo a la perspectiva histórica de un crimen de lesa humanidad, ¿qué pasa cuando la vida cotidiana de los descendientes de las víctimas de dicho crimen ha estado signada durante siglos por los apuros y el desespero diario ante la falta de oportunidades claras para vivir de la mejor manera el presente y proyectar el futuro? Los negros, afrocolombianos y raizales han tenido que vivir durante siglos la experiencia corporal y psíquica del racismo estructural, social y cotidiano, en el día a día, en todos los rincones del mundo de la vida, desde

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hace ya varias generaciones. Volvamos a los indicadores sociales y económicos de hoy; allí está la impronta de la huella genealógica de lo que se lee como un remoto pasado casi inexistente, que justifica que las posibilidades de enviar a la prole a la escuela disminuyan frente a las de otro grupo social, no subalternizado. Los subalternos contemporáneos, escolarizados o no, con poco, medio o mucho mestizaje biológico y cultural, podemos hacer uso de la anamnesia; es decir, podemos evocar voluntariamente el pasado, recordar en el espacio público la ignominia, no dejarnos amedrentar por el orden sociorracial vigente, que nos acusa de resentidos —aunque lo seremos hasta que los indicadores sociales y económicos mejoren, hasta que se juzguen los crímenes de lesa humanidad que en medio del conflicto armado se cometieron contra los nuestros—. Podemos oponernos a la cooptación pública estatal, relativizar las sirenas de la movilidad social ascendente, que nos pide a cambio negar la existencia del techo de vidrio —sobre todo para los más negros entre nosotros—, que nos pide desconocer o negar la existencia de los racismos y de las discriminaciones por origen étnico-racial. No todos los sujetos subalternos son seres racionales en el sentido elsteriano, dispuestos a maximizar nuestros beneficios (Elster 1991); también existimos sujetos morales, como bien lo explicó Max Weber (1959). Para mí, esta sería una de las vías para ex-plorar la búsqueda de una mejor forma de humanidad (Baumann 2003).

El lugar del silencio-olvido en la preservación de las memorias de la esclavitud por parte de los descendientes de africanos

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a terapeuta y antropóloga húngarabelga-francesa Anne Marie Lozonczy es quien más ha insistido en la inexistencia de un registro oral importante sobre la esclavitud en Colombia. Esta autora ha argumentado que este silencio indicaría que los pobladores negros de las áreas rurales del Pacífico labraron un mundo social guardando silencio sobre la esclavización, experiencia que desapareció de la memoria narrada, de su historia. El silencio remedió el dolor pasado, cerrando antiguas cicatrices […] una suerte de amnesia tácita de un grupo subalterno sirvió para distanciar el dolor que inflige el recuerdo y así persistir, la lucha explícita, racional y emocional a la vez (Gnecco y Zambrano 2000, 20). Es cierto, en Colombia no existe un registro oral robusto sobre la esclavitud, como sí ocurre en Brasil y en Cuba; pero este hecho no implica un olvido total, existen retazos de recuerdos o, como los llama Anne Marie Losonczy (1999), «regímenes de memoria dispersos y discontinuos» sobre la llegada de África y la implantación de la institución de la esclavitud. Habría que mencionar que existen lugares y procesos de memoria individual y colectiva entre negros y afrocolombianos sobre la institución de la esclavitud en Colombia, lo que demuestra que no existen el silencio total ni el olvido total señalado por la autora. En Cartagena de Indias, los guías turísticos les explican a los turistas que las piedras con las cuales se ensamblaron las murallas que hoy hacen parte de la ciudad —Patrimonio Histórico y Cultural de La Humanidad— se pegaron con la sangre de los esclavizados, la cual se utilizó como cemento. En el norte del Cauca se dice que en algunas haciendas las paredes quedaron manchadas de la sangre derramada por los esclavizados en el laboreo y que es

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imposible deshacerse de ella limpiándola... porque vuelve a aparecer (Mina 1975). Los palenqueros se presentan ante el resto de negros, afrocolombianos y raizales no solo como lo auténticos herederos de las huellas de africanía, sino también como los que se resistieron a la institución de la esclavitud, y esta memoria cimarrona es transmitida a las generaciones siguientes. Algunas abuelas en el Caribe continental corrigen la corporeidad sumisa de sus nietas reprendiéndolas por cierta manera sometida de presentar el cuerpo y recordándoles que esa actitud correspondía a la época de la esclavitud, en la cual las esclavizadas se presentaban así ante sus amas para demostrarles obediencia.

que por extrañas razones —quizás por lo doloroso del mismo— habían arrojado al silencio colectivo en lo que a su tradición oral se refiere. No pasa que ahora la verdadera historia perdida haya sido recuperada definitivamente por la toma de conciencia de las comunidades, resultado del proceso organizativo. Tampoco se trata de que unos personajes de afuera vienen a imponer a las poblaciones locales una historia que no es la de ellas. Menos aún que las modalidades de memoria dispersa y discontinuas desaparecen como por arte de magia, de la noche a la mañana, porque por fin recibieron la buena nueva que había sido escurridiza hasta entonces (Restrepo 2001, 51).

No obstante la existencia de estos fragmentos memoriales, lo que no existe en Colombia son expresiones activas de esa memoria (Meléndez 2002, 392) —sobre todo a nivel político reivindicativo— que se expresen en el espacio público, que pongan en entredicho la narrativa de la institución de la esclavitud que los historiadores oficialistas han transmitido y según la cual los esclavizados fueron pasivos ante esta institución y las negras esclavas que entraban al servicio de las familias españolas eran «tenidas como miembros de la familia, sin igualdad social, pero sí con la afectiva y las debidas a las persona humana, como hijas de Dios»(Porras 1959, 234). Dichas narrativas presentan la esclavitud como un fenómeno marginal y distanciado, sin relación con la contemporaneidad, con la vida concreta de los descendientes de los esclavizados.

El análisis de los fenómenos de olvido de la institución de la esclavitud es una buena razón para revisar el papel que desempeñó la Iglesia católica en este proceso. Durante el dominio colonial la Iglesia fue la piedra angular del sistema simbólico de diferenciación étnica, exclusión social y estigmatización cultural que acompañaba la sobreexplotación de las poblaciones autóctonas y de los esclavizados africanos (Almario 2003, 43). Una lectura cuidadosa de la producción intelectual de Rogelio Velásquez nos recuerda el papel que cumplen los mitos y leyendas de la tradición oral, nicho privilegiado del universo simbólico, y la manera como también inscriben en lo divino la aceptación de las asimetrías sociorraciales existentes. Así, según el mito, Dios hizo a los hombres de un solo color. Queriendo diferenciarlos, los dividió en tres montones y les ordenó bañarse cierta mañana que hacía mucho frío. A la hora de caer al pozo hizo tronar, llover, relampaguear y ventar. El primer grupo, sin decir esta boca es mía, se dedicó a hacer lo que se le mandaba. Al hundirse en el agua cada hombre notó que cambiaba de piel a medida que se frotaba la mugre. En una hora quedaron blancos los bañistas. Al salirse se arrodillaron y dieron gracias a Nuestro Señor por el beneficio que les había proporcionado. Como premio a su humildad Dios

Por otra parte, Eduardo Restrepo se aparta de la explicación de la memoria dispersa y discontinua y afirma que si este silenciamiento en el registro de la tradición oral acerca del origen y de la esclavitud responde a una modalidad de memoria dispersa y discontinua, en el proceso de etnización de comunidad negra nos enfrentamos a una reacomodación de las identidades, memorias y olvidos. No es que ahora sí las comunidades negras conocen su verdadero pasado,

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los puso de gobernadores de otros hombres. Al ver esto, el segundo montón se metió al agua, que se iba secando a medida que la tocaban los hombres. Para estos ya no hubo liquido bastante, por lo que quedaron del color de la caña amarilla y con el pelo pasudo. Fueron los mulatos. Quedaron como alguaciles o segundones en el gobierno que se formaba. Tarde, después de muchos ruegos, pasó el tercer grupo al pozo, que ya no tenía agua. Los componentes solo pudieron tocar la arena del fondo con los pies y con las manos. Puesto que no se hicieron ni blancos ni morenos, no bendijeron al que los había criado. Fueron, en adelante, los negros del pueblo. Así se operó la diferenciación de las razas y la manera como ganó una el sitio que ocupa en la sociedad. Esto lo contaban los amos en las minas de Barbacoas (Velásquez 2000, 184). Lo que queda claro es que, si bien es cierto que no hay un relato de la memoria de la esclavitud ni de la ancestralidad africana, sí existe otro tipo de recuerdos —recuerdos alternos, muchas veces recuerdos disidentes— que, aun cuando no logran el estatuto de memoria explícita, permanecen en leyendas, chistes, hábitos, rituales, instituciones, y en la misma corpo-oralidad negra. Una comprensión crítica de la memoria colectiva nos obliga a tomar en cuenta tanto los relatos socialmente aceptados del pasado como estos fragmentos que permanecen y operan desde el mismo seno de la sociedad, a veces sin que ella misma lo sepa (Ortega 2004: 104). En otro registro, el encuentro cultural forzado que ocurrió en muchos lugares del mundo debido al encuentro de África con otros pueblos del mundo, la preservación, la valorización, la promoción del patrimonio material inmaterial de demuestran ese encuentro, constituyen retos importantes, a la vez pedagógicos y turísticos, tanto en el plano nacional como regional en los países concernidos con la trata transatlántica. Por esta razón, la Unesco, en el marco de su proyecto «La Ruta del Esclavo» lanzó un programa

de turismo de memoria cuyo objetivo es «ligar de manera íntima la exigencia ética de la preservación de la memoria con la necesidad de un desarrollo económico y social» (Declaración de Accra, Gana, 1995). Este patrimonio juega un rol crucial, en primer lugar, en la conmemoración de esta tragedia y en la educación de las jóvenes generaciones, y en segundo lugar, en la reconciliación nacional y la construcción de la cohesión social. En efecto, la reflexión sobre el derecho a la memoria puso en evidencia las virtudes catárticas, liberadoras, de atreverse a afrontar el pasado así este sea doloroso. De este modo, visitar lugares en donde ocurrieron crímenes puede producir preguntas que faciliten la toma de conciencia, además, la inscripción de la historia de la trata en la geografía y la topografía nacionales puede convertirse en un medio de lucha en contra del olvido, la negación y la falsificación de la Historia. Por esta razón, desde hace algunos años, se han llevado a cabo esfuerzos en varios países para inventariar, documentar, preservar, revalorizar, poner en relación sitios y lugares emblemáticos de la trata trasatlántica así como de la institución de la esclavitud, con miras a construir itinerarios de memoria. Estas iniciativas se inspiran en la ampliación del concepto de cultura y en una visión holística del patrimonio cultural, natural, material e inmaterial desarrollado por la Unesco, por medio de la reflexión y acción normativa en el dominio cultural. Muchas de estas iniciativas responden a las reivindicaciones y a las aspiraciones expresadas por las poblaciones las más concernidas en la reapropiación de los sitios y de sus historias y en el deseo de participar en su gestión, valorización y promoción. Sin la movilización de estas organizaciones, sin la perseverancia de investigadores, funcionarios y activistas estas iniciativas memoriales nunca hubiesen visto el día.

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El significado de un sitio de memoria

U

n sitio de memoria es un lugar o espacio destinado a conmemorar hechos históricos o memoriales significativos. Su creación se inspira en las ideas de Pierre Nora, quien hizo hincapié en la memoria como una construcción social y una forma de recuperar la identidad. Una de las acciones que ha impulsado el proyecto internacional «La Ruta del Esclavo: resistencia, libertad y patrimonio» es la creación del programa sitios de «Memoria de la Esclavitud», cuyo objetivo es identificar espacios o lugares significativos en los que se reconozca y se rinda tributo a las miles de personas de origen africano que fueron esclavizadas y trasladadas a distintas partes del mundo a través del comercio por mar y tierra entre los siglos xv y xix. Establecer estos sitios de memoria es una manera de luchar contra formas de sometimiento que, como la esclavitud y el comercio trasatlántico de personas durante la Colonia, se llevaron a cabo en contra de la dignidad humana y de los derechos humanos. Los impactos negativos de este execrable comercio siguen afectando a las poblaciones afrodescendientes, quienes padecen aún la discriminación, el racismo, la desigualdad, así como desventajas económicas, sociales y políticas que se han acumulado históricamente. Hay varios lugares en el mundo que han sido reconocidos como sitios de memoria de la esclavitud, entre ellos los Palacios Reales de Abomey, en Benín; el Centro Histórico de Salvador de Bahía, en Brasil; el Cafetal Angerona, en La Habana, Cuba; la Isla de Gorée en Senegal; la Cidade Velha, en Cabo Verde; la Citadela de Sans Souci, en Haití; las fortificaciones de Portobelo y San Lorenzo, en Panamá, y Colonia del Sacramento, Departamento de Colonia, en Uruguay. Pata terminar, debo agregar que como miembro, desde 2014, del Comité Científi-

co Internacional de «La Ruta del Esclavo: resistencia, libertad y patrimonio» de la Unesco y en mi calidad de directora del Grupo de Investigación sobre Igualdad Racial, Diferencia Cultural, Conflictos ambientales y Racismos en las Américas Negras (Idcarán) —del Centro de Estudios Sociales de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá— me siento complacida con la aparición de esta cartilla sobre los sitios de la memoria de la esclavitud en Cartagena de Indias. Desde hace años el Ministerio de Cultura —bajo el indiscutible liderazgo del cartagenero Moisés Medrano Bohórquez, jefe de la Dirección de Poblaciones, quien mantiene una estrecha relación colaborativa interinstitucional con el proyecto «La Ruta del Esclavo»— se puso en la tarea de realizar el levantamiento de los sitios de memoria de la esclavitud en la ciudad de Cartagena. De tal modo que cuando la mexicana María Elisa Velázquez presidió «La Ruta del Esclavo», Moisés Medrano Bohórquez estaba al frente de la Dirección de Poblaciones y Olga Lucía Calderón asesoraba ese despacho, juntos organizaron cuatro trabajos de terreno con el fin de identificar sitios de memoria de la esclavitud; en esta labor fueron acompañados por historiadores como Rafael Díaz y Javier Ortiz, entre otros. En una de sus visitas a Colombia, la historiadora María Elisa Velásquez se reunió con organizaciones comunitarias que manifestaron la necesidad de reconocer en el espacio público la importancia de hombres y mujeres provenientes de África, quienes construyeron esa ciudad y le imprimieron el carácter que hoy es reconocido como Patrimonio de la Humanidad. Posteriormente, en 2015, el Ministerio de Cultura contrató una consultoría con el reconocido historiador Javier Ortiz Cassiani sobre el tema de los sitios de memoria de la esclavitud en la ciudad.

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Por otra parte la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá, por medio de Idcarán contrató a finales del año 2015 una consultoría con el economista Alberto Abello Vives para que retomara como insumo principal el trabajo de Ortiz Cassiani y elaborara una cartilla dirigida al gran público, la cartilla que usted tiene ahora en sus manos. En este proceso Abello Vives indagó sobre el tema de la esclavitud con otros historiadores e historiadoras que han trabajado en el Caribe colombiano y aparecieron otros sitios de memoria que complementan el trabajo de Ortiz Cassiani. En este sentido estoy convencida de que se trata de un primer ejercicio memorial y que, en la medida que la investigación histórica avance y que las organizaciones se apropien de este importante tema, otros sitios de memoria aparecerán, no me cabe la menor duda. T. S. Claudia Mosquera Rosero-Labbé PhD Miembro del Comité Científico Internacional de «La Ruta del Esclavo» de la Unesco. Profesora asociada en el Departamento de Trabajo Social, directora del grupo de investigación Sobre Igualdad Racial, Diferencia Cultural, Conflictos Ambientales y Racismos en las Américas Negras (Idcarán) del Centro de Estudios Sociales (ces) de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Cartagena de Indias, 2016. Decenio Internacional de las Personas Afrodescendientes 2015-2024, Organización de las Naciones Unidas.

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― Introducción ―

B

ienvenidos a esta cartilla sobre los sitios de memoria de la esclavitud en Cartagena de Indias. Se trata de una herramienta pedagógica complementaria del proceso formativo sobre estos sitios dirigido a los guías de la ciudad.

en Durban en el año 2001, de la trata negrera como hecho histórico y de la esclavitud como crimen contra la humanidad. «La Ruta del Esclavo» tiene los siguientes propósitos: · Contribuir a la comprensión del fenómeno de la esclavitud en el mundo, así como de sus causas, consecuencias, modalidades, funcionamiento y problemáticas.

Esta cartilla ha sido elaborada en Colombia con el objeto de aportar a los objetivos del «Decenio Internacional de los Afrodescendientes», donde se reconoce por parte de la comunidad internacional que los derechos humanos de esta población americana —que suma ya cerca de doscientos millones de habitantes­— merecen ser promovidos y reconocidos.

· Visibilizar los cambios culturales ocurridos a nivel global a causa de este fenómeno.

Descendientes de la población africana que sufrió la trata durante el periodo colonial y de florecimiento de los Estados nacionales en las metrópolis, además de haber sentido el flagelo de la discriminación racial, se encuentran hoy, en su mayoría, en condiciones de mayor pobreza frente al resto de la población en sus países.

· Auspiciar una cultura de paz propiciando la reflexión sobre el pluralismo cultural, el diálogo intercultural y la construcción de nuevas identidades y ciudadanías.

El Ministerio de Cultura, la Universidad Nacional de Colombia, el Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena, la Corporación Turismo Cartagena y el Centro de Formación de la Cooperación Española se suman con esta cartilla, dirigida a la visibilización y reflexión de la trata de personas africanas en Cartagena, al proyecto «La Ruta del Esclavo», iniciado en la ciudad de Ouidah, en Benín, por parte de la Unesco en el año 1994. Este proyecto fue fundamental para el reconocimiento mundial, por parte de la Conferencia Mundial contra el Racismo de las Naciones Unidas realizada

· Apoyar el afianzamiento de la cultura de paz, estimular reflexiones sobre el pluralismo y el diálogo intercultural, y apoyar la consolidación de nuevas identidades y ciudadanías.

El historiador Javier Ortiz señala que «a pesar de que los recientes estudios históricos han demostrado hasta la saciedad que no se puede entender la formación de Cartagena desconociendo el aporte negro, la ciudad no se ha reconciliado con su memoria afrodescendiente». Esta cartilla, entonces, tiene por objeto contribuir a esa reconciliación y a promover una mayor apropiación del conocimiento sobre la historia esclavista de la ciudad y la vigencia de su presencia en la Cartagena de hoy. Se espera que sirva como herramienta útil para el reconocimiento, tanto de propios como de visitantes, de los sitios

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de memoria de la esclavitud en la ciudad de Cartagena de Indias. En especial, se espera que sirva como insumo conceptual para la generación de capacidades locales, a través de la formación de aquellas personas que se encuentran vinculadas al turismo y entran en contacto con la población interesada en conocer los espacios de la trata negrera y de la esclavitud en la ciudad. La elaboración de esta cartilla pedagógica tuvo como punto de partida el documento «La memoria incómoda: Afrodescendientes y lugares de memoria en Cartagena de Indias», preparado por el citado historiador Javier Ortiz Cassiani para la Dirección de Poblaciones del Ministerio de Cultura de Colombia el año 2015. Otro documento valioso tomado como referente y punto de partido es el libro Rutas de libertad, 500 años de travesía, cuyo editor general es el escritor Roberto Burgos Cantor. Se trata de una publicación del Ministerio de Cultura de Colombia y la Pontificia Universidad Javeriana realizada en el año 2011.

A partir de allí, el Grupo de Investigación sobre Igualdad Racial, Diferencia Cultural, Conflictos Ambientales y Racismos en las Américas Negras (Idcarán) —perteneciente al Centro de Estudios Sociales (CES) de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia— y la Corporación Turismo Cartagena adquirieron el compromiso de realizar una estrategia conjunta para la generación de capacidades locales, a partir de la formación, en el abordaje del conocimiento por parte de guías turísticos que ofrecen sus servicios en Cartagena de Indias. Con ese fin se hizo una revisión de fuentes historiográficas secundarias bajo la orientación del investigador Alberto Abello Vives, quien contó con los valiosos aportes del historiador y profesor de la Universidad de Cartagena Sergio Paolo Solano de las Aguas y el acompañamiento de la historiadora y museóloga Sandra Mendoza Lafaurie; igualmente, contó con los aportes de la Escuela Taller Cartagena de Indias, que entregó información de suma importancia para este trabajo.

Imagen derecha: Slave Coffle, East Africa, 1880s The Illustrated London News (March 16, 1889), vol. 94, p. 343 Disponible en www.slaveryimages.org

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1· ¿Por qué hubo esclavizados en Cartagena?

L

a existencia de la esclavitud en Cartagena de Indias está asociada a hechos que relacionan el comercio y la política de cuatro continentes a partir del siglo xv. Europa, Asia, América y África. Algunos de ellos anteriores a la construcción española de esta ciudad y asociados al llamado «Descubrimiento de América», cuando ocurrió una recomposición de la economía mundial. Como se sabe, la caída de Constantinopla y la expansión del Imperio otomano se constituyeron como barreras al comercio europeo con Oriente, tan necesario para la supervivencia de su población y para el dinamismo de su actividad comercial. Fue preciso llegar a Oriente navegando en dirección contraria, gracias a la intuición sobre la redondez de la Tierra y a la existencia de tecnologías de la navegación

que hicieron posible los viajes transatlánticos. La avanzada europea en América fue iniciada y librada por España, joven nación que privilegió la explotación y el comercio minero en América. Con su arribo se da el exterminio de la población indígena de las Antillas y de buena parte de la población en el continente americano. Después de España, llegaron otras potencias europeas rivales a disputar los terrenos conquistados. Los imperios europeos, entre ellos Francia, Inglaterra y Holanda, extendieron sus fronteras a América y el mar Caribe se convirtió en el espacio de las disputas territoriales. Con la disminución de la mano de obra indígena se hizo necesaria la importación de mano de obra africana, traída por la fuerza en penosas condiciones, para la minería y para las economías de plantación antillanas.

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La expansión del comercio mundial, la formación de las economías capitalistas y la consolidación de las naciones europeas se da sobre la base de la captura, transporte y comercio de millones de seres humanos nacidos en distintos lugares de África. Así el mundo moderno se levanta sobre este drama universal que es preciso grabar en la memoria para que no se vuelva a repetir: la trata negrera. Fueron los portugueses —quienes habían navegado las costas africanas en búsqueda del comercio con Oriente y las controlaron a partir de ese entonces— los que movieron en

primera instancia la trata de esclavizados, especialmente a partir de las décadas de los años sesenta y setenta del siglo xvi. Pero fue la unión de las coronas portuguesa y española, en 1580, la que le abrió a los portugueses el mercado americano de esclavizados. Cartagena de Indias —por su localización en el norte de Suramérica, a orillas del mar Caribe, y su cercanía al istmo de Panamá— se convirtió en la principal plaza fuerte hispana y en un importante puerto para el comercio de esclavizados, especialmente a finales del siglo xvi y la primera mitad del siglo xvii.

2. Cartagena de Indias en el comercio mundial de esclavizados 1

COLOMBIA

2. Cartagena de Indias en el comercio mundial de esclavos1 1 Esta sección fue escrita por el historiador Javier Ortiz en el documento La memoria incómoda: Afrodescendientes y lugares de memoria en Cartagena de Indias, encargado por la Dirección de Poblaciones del Ministerio de Cultura y cedido por esta entidad al propósito de este documento. Los editores agradecen al autor y al Ministerio de Cultura este aporte.

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Así describe el historiador Javier Ortiz Cassiani el fenómeno de la trata de esclavizados en la ciudad de Cartagena:

«

Desde 1533, año de su fundación, a Cartagena de Indias empezaron a llegar esclavizados negros africanos que le otorgarían a la ciudad el rasgo más evidente de su identidad histórica y cultural. Apenas habían transcurrido veintet años de fundada, cuando el Cabildo expidió una ordenanza diciendo que en la ciudad «había muchos negros», de modo que era necesario tomar las medidas pertinentes para que no anduvieran deambulando por las calles después del toque de queda. En 1573, una nueva ordenanza disponía los días y los lugares en los que la población negra podía practicar sus bailes de tambores, y cuando Cartagena de Indias entró al siglo xvii contaba con una importante cantidad de negros, mulatos, cuarterones y zambos, esclavizados y libertos, y era considerado el puerto negrero por excelencia de todas las posesiones españolas en América. La miseria de muchos era el regocijo de otros. Con el arribo de cargazones de esclavizados, la ciudad vivía un frenesí de feria comercial basado en el lucrativo comercio de seres humanos, revestido, además, con todo el formalismo del desembarco. El Gobernador y los oficiales reales revisaban los navíos, acompañados por un teniente, un representante de la compañía negrera y un notario. Se procedía a interrogar a la persona al mando de la embarcación sobre la cantidad de negros esclavizados que sobrevivieron a la travesía, los decesos durante el viaje y las mercancías que acompañaban la cargazón. Luego eran sacados en lanchones hasta tierra firme donde se hacía un reconteo. El avalúo y medición de la carga de esclavizados era conocido como «palmeo», operación que se ejecutaba con la presencia de cirujanos, quienes hacían la revisión de las «piezas de indias». Un esclavo podía valer en promedio entre 150 y 350 pesos, dependiendo su condición: etnia, edad, sexo, resistencia física. Si tenía alguna «tacha» o «defecto», si era menor de edad o cría, el valor disminuía, pero si por el contrario el esclavo tenía especialización en alguna actividad el precio aumentaba. El espacio físico de la ciudad se especializó en la recepción de esclavizados y muchos oficios empezaron a ejercerse en función de la trata. Comerciantes, médicos, agentes, evaluadores, notarios, eran ocupaciones que se desarrollaban al ritmo del comercio esclavista. Toda la ciudad se preparaba para la llegada de los barcos negreros, incluso el Santo Oficio de la Inquisición y la Iglesia. En Cartagena los esclavizados eran vendidos y distribuidos para el trabajo en las haciendas y las minas al interior de las posesiones españolas. Un importante número se quedaba en la ciudad, dedicados al trabajo en las obras públicas y las fortificaciones, en el servicio doméstico y como esclavos a jornal. Por su condición portuaria Cartagena de Indias se convirtió en una ciudad prestadora de servicios. De modo que la implementación de los esclavizados a jornal, es decir, el esclavizado puesto a ganar, enviado a las calles y a los sitios de la ciudad donde se requería mano de obra para que trajeran diariamente un jornal a sus amos, fue la característica principal de la esclavitud en Cartagena. El vertiginoso crecimiento urbanístico que se reflejó en la aparición de importantes edificaciones de las órdenes religiosas, construcciones de espacios de poder administrativo y el desarrollo de las fortificaciones por la necesidad de proteger el próspero comercio y los territorios del interior, fomentó la aparición de una mano de obra negra esclava y libre especializada. La ciudad adoptó un temprano rostro negro y en medio de la crudeza del sistema esclavista y de las jerarquías que hacían del color de la piel un referente del lugar que se ocupaba en la sociedad, la población negra desarrolló variadas alternativas para hacer sus vidas más llevaderas. Se movían por toda la ciudad y gracias a ello convirtieron la calle en espacio de encuentro, de intercambios y de solidaridad, sin descartar la fuga hacia espacios de difícil acceso. (2015)

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3. El origen de los esclavizados que llegaron a Cartagena de Indias

SENEGAL

JAMAICA

CARTAGENA PORTOBELO

COSTA DE LOS ESCLAVOS

GUAYAQUIL PAITA

ANGOLA

LIMA

VALPARAISO

Figura 2: Zonas de África de donde provenían los esclavizados que llegaron a Cartagena de Indias.

De la Costa Atlántica africana provinieron los hombres y mujeres esclavizados que llegaron al puerto de Cartagena de Indias. La región de África Occidental entre los actuales Senegal y Angola, donde se encontraban los tres grandes reinos de Mali,

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Benín y Kongo, fue el área geográfica donde se inició la trata negrera que transportó a los esclavizados que llegaron al puerto en el Caribe colombiano. Así narra el escritor Roberto Burgos Cantor este hecho histórico:

A Cartagena de Indias llegaron grupos humanos en tres periodos diferenciados según nos muestra la demografía de la trata. Entre 1533 y 1580 llegaron personas procedentes de la región conocida como Senegambia que corresponde a la región geográfica que incluye las actuales repúblicas de Senegal, Guinea-Bissau, Guinea-Conakry y Sierra Leona. Los grupos más destacados de este periodo fueron los Mandingas, Yolofos, Fulos o Folupos, Branes, Zapes, Balantas, Biáfaras y Casangas. Durante este tiempo la trata estuvo controlada por los portugueses y fueron ellos quienes los transportaron hasta el puerto cartagenero. Entre 1580 y 1640 se destaca la gente procedente del Antiguo Reino del Kongo de África Central. Son numerosos los Congos, Monicongos, Anzicos, Ambundus, Vilis y Angolas quienes llegaron a ese puerto en naves lusitanas. Entre 1640 y 1713 los holandeses tomaron el relevo y proveyeron

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/ Sitios de Memoria de la Esclavitud en Cartagena de Indias / de esclavizados en la costa del Golfo de Guinea en las actuales repúblicas de Benín, Togo y Nigeria, y desde allí los trajeron a Cartagena gente llamada Arará, Carabalí y Popo que corresponden a las actuales denominaciones étnicas de Ewés, Fon, Ibos y Xwlas. Por último el tráfico estuvo en manos de los ingleses quienes a lo largo del siglo xviii y hasta el siglo xix operaron en la llamada Costa de Oro transportando de preferencia Carabalíes o Ibos y poblaciones Fanti y Ashansti procedentes de otros puntos del golfo. (2011)

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4. Luego de la travesía: el arribo al puerto negrero

Figura 3: “Nègres a fond de cale” por Johann Moritz Rugendas (1835). Fuente: New York Public Library. Digital Collections website (in beta). Centro Schomburg para la Investigación de la Cultura Negro / Fotografías y División de Grabados Original: Schomburg Center for Research in Black Culture / Photographs and Prints Division, acceso el 15 de abril de 2016, http://digitalgallery.nypl.org/nypldigital/index.cfm

Como las condiciones de navegabilidad de la bahía no permitían a las grandes embarcaciones arribar a la bahía de las Ánimas, las grandes embarcaciones que transportaban a los esclavizados prisioneros que venían desde los puertos africanos de Cabo Verde, Santo Tomé, Loanda, entre otros, anclaban en la bahía y desde allí desembarcaban de los armazones para ser transportados hasta la ciudad en pequeñas

embarcaciones. Llegaban a la ciudad luego de dos meses de travesía encadenados y en pésimas condiciones de salud. Aunque esta primera travesía terminaba en Cartagena, para la gran mayoría no era su destino final, pues en el mercado de la ciudad serían vendidos a mercaderes, mineros y hacendados que esperaban con entusiasmo la llegada de la mano de obra africana forzada y la apertura de la feria comercial.

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La importancia de Cartagena de Indias como puerto negrero fue altamente conocida, especialmente durante la primera mitad del siglo xvii. Recibía gran cantidad de personas esclavizadas y realizaba los trámi-

tes aduaneros para luego facilitar las operaciones propias de su mercado. Desde los lugares donde se comerciaban partían a su destino final dentro o fuera de la ciudad, habiendo sido marcados por sus propietarios.

5. Ámbitos de la esclavitud A continuación se amplía la descripción de los principales espacios de la ciudad y la provincia de Cartagena de Indias que fueron escenarios de la esclavitud y su resistencia, y donde se podrán pensar los sitios de su memoria. Son ellos:

- El Puerto - La Plaza y el Arrabal - La Bahía y la Zona Insular - El entorno regional de la ciudad: las haciendas y los palenques

El puerto Cartagena de Indias fue uno de los dos puntos de la geografía hispanoamericana de comienzos del siglo xvii en donde los esclavizados africanos podían ser importados legalmente. La segura bahía y su puerto fueron el espacio donde circulaban los navíos negreros con los cargazones (cargamentos)

de africanos. Esta bahía y este puerto fueron lugares de gran movimiento de entrada y salida de esclavizados. En el puerto, de carácter comercial, se importaban y negociaban los esclavizados, además, eran transportados desde allí hacia otros lugares de la geografía suramericana.

Figura 4: Mapa de Cartagena de Indias en 1570. Fuente: Revista Semana (2011).

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/ Sitios de Memoria de la Esclavitud en Cartagena de Indias /

ciones menores por donde ingresaban a la ciudad, luego debían ser contados e inspeccionados para conocer su estado de salud.

Se calcula que por la bahía y su puerto ingresaron entre 125.000 y 150.000 africanos, traídos por el negocio de los portugueses entre 1595 y 1640. Por año entraban al puerto entre 2000 y 3000. Se calcula que en los últimos cinco años del siglo xvi habían entrado a la ciudad 15445 esclavizados, pero no se puede precisar con exactitud cuántos fueron dejados en ella (Garrido 2007).

A finales del siglo xvii se calcula que mientras la ciudad contaba con 7341 habitantes, de ellos, cerca del 36%, una suma cercana a los 2000 habitantes, eran esclavizados (Meisel 1988). Se calcula que en toda la provincia de Cartagena había cerca de 5700 esclavizados. La ciudad, capital de la provincia, solo tenía el 28% de ellos.

Aproximadamente, la mitad de ellos permanecía en tránsito en la ciudad, a la espera de las transacciones comerciales entre empresarios, pues los esclavizados estaban destinados a la explotación de las minas de metales en el Perú, Quito, Panamá y el interior de la Nueva Granada. Viajaban desde Cartagena y cruzaban el istmo de Panamá rumbo a Quito y Perú (Newson y Minchin 2007).

Alfonso Múnera señala que al finalizar el siglo xvii «la trata de negros había decaído notablemente y el dudoso honor de puerto negrero en la América Española recaía en Buenos Aires, ahora abastecedor principal del Perú» (1998, 79). En la segunda mitad del siglo xviii, a finales de la década del setenta, uno de cada seis habitantes de la ciudad era esclavizado.

Los africanos eran desembarcados y llevados a la bahía de las Ánimas en embarcaLa Plaza y el Arrabal En el periodo colonial el territorio que hoy corresponde al centro histórico de Cartagena de Indias estaba dividido en dos grandes sectores: La Plaza y El Arrabal, que corresponden al llamado «Corralito de piedra» y a Getsemaní, respectivamente. En el periodo colonial La Plaza estaba dividida en cuatro barrios: Santa Catalina, San Sebastián, La

Merced y Santo Toribio (hoy San Diego). En el sector denominado La Plaza el proceso de esclavización de africanos dejó huellas relacionadas con el proceso de tráfico, venta y servicios en los que eran usados los esclavizados, así como lugares relacionados con la vida cotidiana y su resistencia para conservar sus tradiciones.

Figura 5: “Vista panorámica de Cartagena” Por Generoso Jaspe (1894). Museo Nacional de Colombia.

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En Getsemaní, por otro lado, la memoria de la esclavización está relacionada con la forma en que a través de la especialización en ciertos oficios muchos esclavizados lograron mejorar sus condiciones de vida y fueron forjando una resistencia que, sin duda alguna, contribuyó de forma importante en el proceso independentista. Durante ese periodo la ciudad se consolidó como puerto esclavista, por esta razón el alojamiento de los africanos se hacía en distintos

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sitios difíciles de precisar en la actualidad. Ya fuera en barracones de propiedad de los maestres de navíos que los traían, en casas de residentes en la ciudad o en las conocidas «casas de cabildo» (una especie de hospitales para los enfermos) los esclavizados eran alojados a la espera de las transacciones y de contar con el número suficiente para su exportación (Newson y Minchin 2007). El historiador Antonino Vidal describe cómo al llegar a la ciudad los esclavizados:

eran depositados en almacenes [...] donde quedaban en condiciones infrahumanas, para así ser mostrados y vendidos. Locales llamados negrerías, que estaban situados en su mayoría entre las calles Santa Clara y Santo Domingo, contabilizándose veinticuatro en total, expresamente dedicadas a este fin; se trataba de construcciones rectangulares, de muros desnudos, con una sola puerta y una ventana en lo alto.

Y recupera las palabras del padre Sandoval que dan cuenta de las condiciones de llegada y permanencia de los esclavizados:

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[…] llegan hechos unos esqueletos; sácanlos luego en tierra en carnes vivas, pónenlos en un gran patio o corral: acuden luego a él innumerables gentes, unos llevados de su codicia, otros de curiosidad y otros de compasión […]. Si en este lugar los sanos no enferman, todavía es de algún refrigerio la vida del tiempo que está en él por ordenarse engordarlos para poderlos vender con más ventajas […]. En algunas casas de estos señores de armazones hay uno grandes aposentos todos rodeados de tablas, donde dividiendo a los hombres de las mujeres encierran de noche para dormir a toda esta gente. (Alonso de Sandoval, De instaurada Aethipun Salute, libro 1, cap. xviii, citado por Vidal 2002)

Javier Ortiz Cassiani anota lo siguiente sobre la imposibilidad de identificar en la Cartagena de Indias de hoy estas construcciones:

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Debido a los materiales en que eran construidos ninguno de estos sitios se conservó. Tampoco existe, en la actualidad, ninguna referencia que haga alusión a la existencia de estas construcciones donde se guardaba por un tiempo a los esclavizados, de modo que este heºcho trascendental para la historia de la ciudad no aparece en el discurso de la memoria que la promociona. (2015)

En los barrios Santa Catalina, La Merced y San Sebastián, habitados por las familias de mayor estatus socioeconómico, la servidumbre doméstica era realizada por indígenas encomendados y por africanos

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esclavizados. En las plantas bajas de las residencias ubicadas en tales sectores habitaban los esclavizados dedicados al servicio doméstico. María Cristina Navarrete anota que:

en las casas señoriales de Cartagena, Mompox y Tolú y de las grandes estancias de la provincia era frecuente que un séquito de esclavizados de ambos sexos se dedicara a labores poco productivas. El mayor o menor número de esclavizados domésticos se convirtió en señal de prestigio social. (1995)

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/ Sitios de Memoria de la Esclavitud en Cartagena de Indias /

Señala el historiador Sergio Paolo Solano que gracias a información contenida en el Censo de 1777 se sabe que en el barrio de Santo Toribio (hoy San Diego), en las calles que daban hacía lo que hoy día son la calle del Jardín y la calle de las Bóvedas, se encontraban las casas de los cabildos de negros esclavizados (2015). Estos cabildos eran asociaciones que congregaban a la población negra esclavizada, originaria de un mismo grupo cultural, llegada directamente de África. Fueron lugares para la conservación de sus propias lenguas africanas, la memoria y la

resistencia cultural. Las casas de cabildo, según la antropóloga Adriana Maya, eran lugares donde se realizaban encuentros de esta población para tocar el tambor, realizar festejos y llevar a cabo llantos y cantos fúnebres. Se expresaban a través de la música y la danza. Quienes asistían también aportaban recursos para apoyar a los más necesitados o para las mismas fiestas. Según Maya, «en Cartagena de Indias existieron dos Cabildos de gran importancia que fueron registrados por los cronistas. Se trata de los Cabildos Arará y Mina» (Maya 2002).

La bahía y la zona insular La huella de la esclavización en la bahía y zona insular de Cartagena está relacionada con el proceso de arribo de los esclavizados a este puerto del Caribe y con el empleo de esta fuerza de trabajo en la explotación de canteras y la producción de materiales para la construcción de la ciudad y de sus fortificaciones. Buscar los sitios de la memoria de los africanos esclavizados en Cartagena obliga a pensar necesariamente en los territorios insulares, especialmente Tierrabomba y Barú, donde se localizaron las canteras, los hornos y los tejares. Desde allí hacían una contribución forzosa a la construcción de la ciudad y de ese conjunto monumental reconocido hoy como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. De acuerdo con la arqueóloga Monika Therrien, en el tejar de San Bernabé, ubicado

en Tierrabomba y propiedad de los jesuitas, los hombres esclavizados tenían a su cargo la producción de la cerámica y las mujeres eran las encargadas de su decoración.1   Los mapas que se presentan a continuación han sido aportados por la Escuela Taller de Cartagena de Indias, que desde el año 2012 tiene el encargo, por solicitud del Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Cartagena, de la salvaguarda del sistema de fortificaciones de la ciudad y los bienes de interés cultural que le pertenecen a este.

1 Esta información fue tomada de una entrevista realizada a Monika Therrievn en septiembre de 2014, como parte de las entrevistas a profundidad hechas a expertos para la realización del guion museológico para el Centro de Interpretación de las Fortificaciones.

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ISLA DE BARÚ

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01. 02. 03. 04. 05.

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06.

06

07. 08. 09. 10. 11.

Hacienda Polonia (horno, alberca y represa) Hacienda Herrera hornos 1 y 2 Horno Cocón 1 y 2 Horno Coquito Hacienda o Estancia de Ciénaga Honda (horno, alberca, represa y canales) Horno Santa Ana de la Concepción (horno cove) Hacienda Puerto Pozo (horno) Hacienda de Estancia (horno) Hacienda de la Estancia de Portonaito Horno Portonaito Horno Ciénaga de los Vásquez

Figura 6: Bienes de interés cultural (BIC) administrados por la Etcar, correspondientes a antiguas zonas de procesamiento de materiales para la construcción en los que la mano de obra esclavizada fue fundamental. Los lugares identificados en este mapa se encuentran en Barú.

ALJIBE DE LOS JESUITAS HORNO JESUITA POZO TEJAR DE LOS JESUITAS BATERÍA DE SANTIAGO POZO DE CAREX

ISLA DE TIERRA BOMBA

HORNOS GEMELOS DE CAÑO DEL ORO ÁNGEL SAN RAFAEL SAN FELIPE MUELLE PRINCIPAL HORNO GRAN DIABLO FUERTE DE SAN FERNANDO FUERTE SAN JOSÉ

Figura 7: Bienes de interés cultural (BIC) administrados por la Etcar, correspondientes a antiguas zonas de procesamiento de materiales para la construcción en los que la mano de obra esclavizada fue fundamental. Los lugares identificados en este mapa se encuentran en la isla de Tierrabomba.

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/ Sitios de Memoria de la Esclavitud en Cartagena de Indias /

El entorno regional de la ciudad: las haciendas y los palenques en la provincia de Cartagena No es posible reconocer las huellas de la esclavitud en Cartagena de Indias sin tener en cuenta su presencia en el entorno geográfico y económico de su provincia, tanto por la

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participación de esclavizados en el laboreo de las tierras como por la presencia de los asentamientos construidos por los prófugos. Según María Cristina Navarrete,

la agricultura fue la primera actividad en la provincia de Cartagena en la que el negro fue aprovechado con sentido económico […] Las actividades desempeñadas por los negros esclavizados en las estancias del siglo xvii, estaban relacionadas con las labores agrícolas, la ganadería y el trabajo de los trapiches. (1995)

Como la prioridad española fue la minería (explotación, comercio y transporte de metales), la región se convirtió en la despensa ganadera de Cartagena y la hacienda fue el sistema imperante que rigió la explotación de las tierras de la provincia. Los avalúos realizados a haciendas de la provincia en el siglo xviii, entre ellas la del conde Pestagua, la de los marqueses de Santa Coa, la del marqués de Torre Hoyos, la de Pascual Díaz Granados y la de Francisca Martínez, confirmaron que la ganadería se había convertido en su principal actividad económica (Abello y Bassi 2006). Cabe anotar, sin embargo, que estas haciendas tenían particularidades distintas a las plantaciones agrícolas antillanas, donde imperaba una estructura económica caracterizada por el trabajo esclavizado intensivo, la producción para la exportación y la articulación a las políticas comerciales y navieras de las metrópolis europeas, que no fueron las de España. Tal vez las más conocidas de estas fueron las plantaciones azucareras de las Antillas. Por su extensión y la cantidad de reses, las principales haciendas ganaderas de la provincia de Cartagena se encontraban en las sabanas de Tolú, en el área de Mompox y en el Partido de Tierra Adentro, al norte de la ciudad. Igualmente, en el entorno regional, el

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cimarronaje organizó un nuevo mapa con la presencia de los esclavizados fugados en distintos puntos de la región donde construían sus asentamientos protegidos de empalizadas. Desde comienzos del siglo xvii y parte del siglo xviii, la provincia de Cartagena conoció la importante presencia del cimarronaje. Los cimarrones eran esclavizados rebeldes que se fugaban de la ciudad y las haciendas. Muchos de los llamados «palenques» aparecieron en los cercanos Montes de María. En esos palenques las siembras de plátano y maíz junto con la cría de aves de corral contribuyeron a su subsistencia. La historiografía da cuenta de estos múltiples asentamientos fortificados y del espíritu guerrero de sus habitantes, quienes ofrecieron resistencia a los intentos de sojuzgamiento; hombres y mujeres enfrentaron empecinadamente la guerra que durante un siglo fue liderada por la misma gobernación. El entorno de la ciudad es un ámbito de los sitios de memoria de la esclavitud debido a la complejidad del sistema colonial, las relaciones entre la ciudad y su entorno rural y la dimensión de las relaciones sociales y económicas. Comprender los sitios de memoria de la esclavitud en Cartagena significa comprender también las dinámicas regionales de la población esclavizada y de los cimarrones.

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USIACURÍ SIERRA DE LURUACO - Matudere o Tabacal - Betancur

LA OTRA BANDA - Tapia - Guaimarañ - Gambanga - La Magdalena

CIÉNAGA DE LA MATUNA - La Matuna

MONTES DE MARÍA - Limón - Polin - Sanaguare - Domingo Angola, Bongue o Arenal - Duanga - Joyanca - San Miguel Arcángel - María Angola - Sanagual - Manuel Embuyia ó Manuel Muia - Arroyo Piñuela - Zaragocilla

SERRANÍA DE SAN LUCAS - El Firme - Norosí - Quebrada del Cimarrón

Figura 8: Principales palenques del Caribe.

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/ Sitios de Memoria de la Esclavitud en Cartagena de Indias /

6. Sitios de memoria Luego de identificar esos grandes espacios de la ciudad, su bahía y la provincia donde han dejado su huella los africanos esclavizados que fueron llevados a Cartagena durante el perio-

do colonial, se describen algunos de los principales puntos específicos donde ocurrieron hechos asociados al arribo, comercio y permanencia en la ciudad y su contexto geográfico.

La Plaza de la Aduana y la Plaza de los Coches 2

El principal organismo de control sobre las importaciones y exportaciones que se hacían desde Cartagena tenía como epicentro principal a la Plaza de la Antigua Real Contaduría o Plaza de la Aduana. En ella se encontraba la Casa Real, lugar donde se legalizaban todas las mercancías que entraban al puerto. En esa zona se estableció un fluido intercambio entre mercaderes y consumidores y fue el lugar, por excelencia, donde se desarrolló la compra y venta de esclavizados.

Esta plaza junto con la Plaza de los Coches eran los principales escenarios para el comercio de esclavizados. En la época de mayor afluencia de gente negra a la ciudad este lugar fue conocido como Plaza del Esclavo. En la actualidad es un sitio de constante movimiento de personas donde se pueden ver todas las condiciones sociales, un lugar de encuentro, escenario de espectáculos callejeros y de movilizaciones políticas.2 2 Este texto fue elaborado por Javier Ortiz para el Ministerio de Cultura.

La Plaza de la Paz

Con base en información obtenida en los Documentos para la historia de Cartagena,

de José P. Urueta, la historiadora María Teresa Ripoll señala que:

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Muchas negras esclavas y libres eran buhoneras, revendedoras de víveres, oficio que aún conservan las mujeres oriundas del antiguo palenque de San Basilio en Cartagena. Es sabido que los dueños de esclavas les permitían o les obligaban a ganarse un jornal trabajando en calles y plazas. Una de las actividades más comunes entre las negras, era la venta de víveres, para lo cual se congregaban en la que se llamó la «plaza de las negras», donde ofrecían frutas, verduras y carnes al menudeo.

Los viajeros que visitaron la ciudad a finales del siglo xviii ubican esta plaza a la entrada de la puerta principal de la ciudad, es decir, en la parte de afuera de

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la Torre del Reloj, donde se fue formando con el tiempo una franja de tierra. Hoy esa plaza es conocida en la ciudad como Plaza de la Paz.

Conjunto arquitectónico San Pedro Claver

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Según Javier Ortíz Cassiani: El jesuita español Pedro Claver Corberó arribó a Cartagena en las primeras décadas del siglo xvii, influenciado por el sabio jesuita Alonso de Sandoval, quien había estudiado la vida de los negros en su libro De Instaurada Ethipun Salute. Claver dedicó su servicio a la evangelización de los esclavizados al tiempo que sanaba y cuidaba de los mismos. La iglesia donde Claver ejerció los oficios de su fe fue construida entre 1580 y 1654. San Pedro Claver murió en Cartagena en 1654, tuvo a su disposición varios negros esclavizados que le servían de intérpretes de las lenguas africanas. Ellos eran Andrés Sacabuche (de Angola), Ignacio Angola, Alfonso Angola, Jospe Monzolo (del Congo), Francisco Yolofo, Manuel Viáfara, Domingo y Diego Folupo, Ignacio Soso (Zape), Lorenzo Zape, Antonio Balanta, Francisco y Domingo Bran. En la interpretación predominaban más los guineos que los bantús, seguramente por la diversidad de las lenguas guineas. Sandoval afirma que para el caso de Cartagena se encontraron 70 lenguas africanas; siendo la lengua bantú un tronco común para la comunicación de más de la mitad de la población esclava en la ciudad. La iglesia de San Pedro Claver y el Convento de los Jesuitas, donde se encuentra el Museo Santuario San Pedro Claver testifican la labor ejecutada por el jesuita Pedro Claver a favor de los esclavizados que llegaban a Cartagena en los inicios del siglo xvii. Allí se encuentran obras que evocan los tiempos de la esclavitud en la ciudad y existe un compromiso académico y de trabajo comunitario con los afrodescendientes cartageneros por parte de la Compañía de Jesús. (2015)

A un costado de la Plaza de San Pedro y frente al Convento de los Jesuitas sobresale por su tamaño una escultura realizada por uno de los artistas plásticos más importantes de Cartagena, obra creada con el objeto de dar

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desarrollo a una ley colombiana que otorgaba a esta ciudad centralidad en la defensa de los derechos humanos y exigía de la nación la instauración de un monumento para la memoria. Le correspondió a Enrique Grau

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/ Sitios de Memoria de la Esclavitud en Cartagena de Indias /

(1920- 2004), en los últimos años de su vida artística, recrear en esa escultura una conversación callejera entre Pedro Claver y un esclavo. Grau fue uno de los modernizadores de la plástica colombiana y desde muy joven se abrió camino como artista; uno que siempre se declaró deslumbrado por lo que llamó la causa de su inspiración: «Sea

esa la causa de mi inspiración en lo mulato que forma nuestro pueblo», le dijo al periódico El Fígaro en 1941. Según la historiadora Isabel Cristina Ramírez, “Grau declaraba explícitamente que su forma de ser original y de llevar al lienzo algo nuevo era interesándose por las razas de su pueblo” (Ramírez 2015).

Getsemaní – El Arrabal

El barrio Getsemaní —donde habitaba «la gente más escandalosa de la ciudad», según

« «

el obispo Diego de Torres Altamirano— era, según el historiador Antonino Vidal,

una especie de almacén de negros esclavizados, vendidos o alquilados para diversos oficios en los que eran especialistas. [En nueve solares de este barrio] con bohíos o casitas vivían negros. Es posible que fueran libres y de diversos oficios o esclavizados que vivían independientemente, y del producto de su trabajo debían llevar un jornal a su amo” (Garrido 2007).

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A este respecto comenta Ortíz que las habilidades de estos negros y mulatos esclavizados y libres en una ciudad que fue generando una mayor necesidad de actividades especializadas, le permitieron a estos grupos desarrollar estrategias de inserción social, formas de negociación, que en algunos casos le facilitaron la ocupación de mejores posiciones dentro de la sociedad jerárquica cartagenera. En este barrio se formó un importante grupo de artesanos negros y mulatos que jugaron un papel decisivo en el proceso independentista a comienzos del siglo xix. Espacios como la Plaza de la Trinidad y la Plazoleta del Pozo fueron lugares de concentración de la población previo a las movilizaciones para la exigencia de la declaración de la independencia absoluta de la ciudad el 11 de noviembre de 1811. (2015)

El historiador Sergio Paolo Solano llama la atención sobre

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la necesidad de repensar las ideas que se tienen sobre Getsemaní, en especial la asociación que se hace con un poblamiento de solo gentes de color. En el barrio existía una proporción significativa de blancos pobres […] es falsa la imagen que resulta de pensar que eran iguales todas las áreas de Getsemaní colonial, al igual que todos sus habitantes. (Abello, en prensa)

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Y señala luego que

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En términos generales las condiciones que determinaron el crecimiento urbano de este barrio podemos resumirlas de la siguiente forma. 1) Haber estado situado en una isla distinta a la del recinto histórico. 2) El no haberse tenido en cuenta desde un principio en el diseño del sistema defensivo de baluartes, fuertes y murallas. 3) Tener en sus inmediaciones a la puerta de la Media Luna que controlaba el acceso a la ciudad por tierra. 4) Poseer condiciones favorables para el arribo de embarcaciones de la mar. 5) Desempeñar un papel de importancia capital en lo que se fue habilitando como el área portuaria de la ciudad. 6) Ser asiento de gentes pobres de distintas condiciones socio-raciales. Su poblamiento estuvo ligado al crecimiento demográfico de la ciudad y a los auges del comercio mediante la modalidad de la flota de galeones, y a la trata negrera. Con la llegada de los barcos la vida del barrio se activaba: alquileres de piezas, hostales, ventas de comidas y de licores, prostitutas, ladrones… En fin, diversas actividades daban una vida intensa al barrio con sus correspondientes órdenes y desórdenes. La llegada de los barcos negreros también insuflaba vida al barrio. (Abello, en prensa)

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Sistema de fortificaciones

No cabe duda, como apunta Javier Ortiz Cassiani, que «uno de los espacios donde los artesanos negros y mulatos, tanto libres como esclavizados, encontraron ocu-

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pación fue en las fortificaciones» (2015). El historiador Sergio Solano agrega, sin embargo, que en el proceso de construcción del sistema de fortificaciones

es muy importante que comencemos a conocer la participación de los esclavizados, de los artesanos, de los jornaleros libres, y aún de los presos condenados a trabajos forzados […] Cuando se habla de la construcción y reparación de esos sistemas defensivos, solo se alude a los ingenieros y sobre los trabajadores solo se habla de la “sangre y sudor de los esclavizados forzados a trabajar en ellos. (Abello, en prensa)

De otra parte, Ortiz resalta que En el periodo que va de 1743 hasta 1799, se construyeron en la ciudad alrededor de 14 obras militares, en su mayoría bajo la dirección del ingeniero militar Antonio de Arévalo. La historiografía militar de Cartagena poco o nada se ha fijado en el impacto social que las murallas tuvieron para la ciudad. Un análisis detallado de las cifras que maneja el arquitecto Antonio de Arévalo en cada uno de sus informes sobre la situación de las obras, nos muestra la abundante mano de obra que se utilizaba en las murallas y el uso de esta, incluso, en los oficios más especializados. No se puede entender las fortificaciones de Cartagena de Indias sin la presencia de la mano de obra negra, pero también es importante resaltar que este escenario se convirtió en un punto de referencia que ayudó a los esclavizados y a la población negra libre en el proceso de

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/ Sitios de Memoria de la Esclavitud en Cartagena de Indias / constituirse como sujetos y agentes de su propia libertad. Los esclavos a jornal por lo regular debían entregar un real diario, de modo que quienes trabajaban en este tipo de actividades podían ir acumulando dinero, participar de transacciones económicas e ir construyendo una economía propia. De esto se percató el fraile mallorquino Juan de Santa Gertrudis en 1756 cuando visitó una de las fortificaciones de Bocachica: «Por la tarde con la lancha saltamos a tierra en un escollo, y fuimos a ver una fortaleza de las dos que traigo apuntadas, que entonces se estaba fabricando. Trabajaban en la obra muchos negros y algunos forzados. A la que se levantó mano de trabajo, fueron juntos a una casa de un cabo el cual tenía en una mesa un montón de plata, en reales y medio reales, y a todos les fue dando su jornal […] reparé que delante de la casa de dicho cabo salieron una máquina de gateras negras. Así se llaman las mujeres que venden en las plazas sentadas en tierra, y alineadas formaron una plaza, cada una con sus comistrajes de comer para vender a los negros y forzados». En ese sentido, el reconocimiento de las murallas y las fortificaciones en Cartagena como un lugar de memoria afrodescendiente, implica fijarse no solo en la participación de la población negra como mano de obra o como parte de las milicias de defensa de la ciudad, sino también como un lugar de construcción de subjetividades. (2015)

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El Cerro de la Popa

Por su localización y forma ocupa un lugar privilegiado tanto en la ciudad como en los imaginarios de los cartageneros y los visitantes. Allí está el Convento de los Padres Agustinos y en su capilla se encuentra la Virgen de la Candelaria. La Virgen de la Candelaria es la patrona de Cartagena, su día es el 2 de febrero y cada año la ciudad celebra las llamadas Fiestas de la Candelaria. La devoción por esta Virgen, también conocida como Virgen de La Popa, ha sido hasta el

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día de hoy muy popular. La historiadora Margarita Garrido anota: «Valga recordar que su iglesia y ornamentos fueron fruto de donaciones populares y su nombre fue invocado por las esclavas aun durante la tortura» (Garrido 2007). Entre el barrio el Pie de la Popa y el convento de la Popa, en la cima del cerro, la festividad, como expresión de devoción y religiosidad, toma cuerpo cada año. Ha sido el investigador Edgar Gutiérrez uno de los principales estudiosos de esta celebración anual. Con respecto a ella dice:

Fiestas de la Virgen de la Candelaria y carnaval construyeron parte del acervo simbólico que hoy enriquece nuestras manifestaciones folclóricas, como las danzas del Congo y el torito que hoy son parte del Carnaval de Barranquilla, además de los diversos ritmos como el mapalé, la gaita, el bullerengue y la cumbia. (2009)

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En el mismo cerro existe un lugar conocido como «El salto del cabro», sitio que de acuerdo con la tradición oral era frecuentado por indígenas, negros y mestizos para practicar sus cultos y adorar a «Buziraco», una deidad que parecía un macho

cabrío. La misma leyenda cuenta que Fray Alonso de la Cruz Paredes, el agustino que implantó el culto a la Virgen de la Candelaria en Cartagena, habría lanzado la imagen del cabro desde el cerro una vez descubrió el culto.

El Palenque de San Basilio

Es reconocido como el más importante de los palenques de los tiempos coloniales. Se encuentra localizado a pocos kilómetros de Cartagena y está habitado por descendientes de los cimarrones que construyeron distintos poblados en los Montes de María. Ejemplifica, como anota Alfonso Cassiani, «la historia de la resistencia de decenas de cimarrones que, desde muy temprano, se internaron en las Sierras de María» (2014). El Palenque de San Basilio ha sido reconocido como Obra Maestra del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por parte de la Unesco. Visitar los sitios de la memoria de la

esclavitud en Cartagena de Indias significa también acercarse a este poblado en el departamento de Bolívar para conocer de cerca su hábitat, lengua y expresiones culturales. Sobre esta población se han construido mitos que el mismo historiador Cassiani explica en su libro Palenque Magno. Es un lugar para rememorar la firma de las capitulaciones entre los cimarrones y las autoridades españolas que se llevó a cabo en el Palenque Grande de San Miguel Arcángel, en 1714, después de más de un siglo de resistencia y negociaciones. Es también, por supuesto, un espacio de resistencia cultural y de libertad.

La plaza Benkos Biohó

El 16 de marzo de 1621 fue ahorcado y descuartizado el líder cimarrón Benkos Biohó, quien en 1599 se fugó de la ciudad con su fa-

milia y más de una decena de esclavizados. Se convirtió en un símbolo de la rebeldía y la resistencia por haber sido pionero en la

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/ Sitios de Memoria de la Esclavitud en Cartagena de Indias /

búsqueda de la libertad y el reconocimiento para la población venida de África y su descendencia. Aunque no fundó el palenque de San Basilio, este poblado le rinde tributo como tal y su figura se encuentra en una escultura en su plaza principal. Para Cassiani es «el líder cimarrón de mayor proyección

y alcance en el Caribe y en el territorio que hoy denominamos Colombia» (2014). En Cartagena, ciudad que no contaba con un espacio público que reconociera a esta destacada figura, fue reconstruida una de las plazas de la sección de la Matuna que lleva a partir del año 2011 su nombre.

Biblioteca Bartolomé Calvo

En ella se encuentra una considerable bibliografía sobre la esclavitud en Cartagena. Por hacer parte de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República está conectada a una red de bibliotecas que le permite brindar el servicio de préstamos

nacionales. Quienes deseen profundizar sus conocimientos en el periodo colonial, el puerto y la trata negrera, la vida de los esclavos y sus gestas de resistencia y libertad, encontrarán allí un espacio adecuado para la consulta bibliográfica.

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― Información para la guianza de rutas por los sitios de memoria de la esclavitud en Cartagena de Indias ―

C

artagena de Indias contó, durante el periodo de ocurrencia de la esclavitud, con unas características geográficas y unas dinámicas sociales y territoriales particulares que es recomendable considerar. Por tal motivo, debe considerarse la «Ruta del Esclavo» como un conjunto de posibilidades de recorridos y visitas que pueden ser organizados de manera aleatoria. La huella de la esclavitud y los sitios de memoria se encuentran en el entramado de la ciudad misma y la región circundante. Cartagena de Indias, la ciudad con sus calles, plazas y sus barrios históricos, su

enorme bahía con sus distintas áreas (bahía, bahía interior, bahía de las Ánimas), sus territorios insulares (especialmente Tierrabomba y Barú) y el contexto geográfico de su entorno (de manera particular los Montes de María y el palenque de San Basilio) hacen parte de los sitios de memoria de las dinámicas sociales, políticas y culturales de la esclavitud, el transporte y comercio de personas, el trabajo forzado, las negociaciones, la resistencia, la rebeldía y la libertad. Por ello, con este documento se ofrece información para que el usuario adapte sus recorridos de acuerdo a su tiempo y recursos.

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/ Sitios de Memoria de la Esclavitud en Cartagena de Indias /

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― Plaza y Arrabal ―

a - La Plaza b - El Arrabal

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c - La llegada (Bahía de Cartagena) d - Plaza de la Aduana e - Plaza de los Coches o Plaza de la Yerba f - Plaza de la Paz g - Plaza Fernández Madrid h - Calle Martín Amador i - Calle del Cañón Verde j - Calle del Nuestra Señora del Cavo (Calle Segunda de la Cruz) k - Calle del Cabildo de Congos l - Calle del Nuestra Señora del Pino o de Portobelo

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m - Calle del Santísimo n - Calle del Quero ñ - Calle de los Siete Infantes o - Calle de San Pedro Mártir p - Conjunto arquitectónico San Pedro Claver q - Ermita de Nuestra Señora de los Dolores

Barrio Santo Toribio Barrio de Ntra. Señora de la Merced Barrio San Sebastian Barrio Santa Catalina Arrabal de Getsemaní

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n el periodo colonial el territorio que hoy corresponde al centro histórico de Cartagena de Indias estaba dividido en dos grandes sectores: La Plaza y El Arrabal, que corresponden al llamado «Corralito de piedra» y a Getsemaní, respectivamente. En el periodo colonial La Plaza estaba dividida en cuatro barrios: Santa Catalina, San Sebastián, La Merced y Santo Toribio (hoy San Diego). En el sector denominado La Plaza el proceso de esclavización de africanos dejó huellas relacionadas con el proceso de tráfico, venta y servicios en los que eran usados los esclavizados, así como lugares relacionados con la vida cotidiana y su resistencia para conservar sus tradiciones. En Getsemaní, por otro lado, la memoria de la esclavización está relacionada con la forma en que a través de la especialización en ciertos oficios muchos esclavizados lograron mejorar sus condiciones de vida y fueron forjando una resistencia que, sin duda alguna, contribuyó de forma importante en el proceso independentista.

La Bahía y el Puerto La llegada

c

Desde la llegada de Heredia y durante gran parte del periodo colonial, arribaron a la bahía de Cartagena miles de barcos cargados de africanos esclavizados, que eran comerciados y distribuidos como mano de obra hacia el interior del reino y otros lugares de la parte sur del continente. En un punto de la bahía en el que podían anclar los grandes navíos, llegaban el gobernador y los oficiales reales para revisar los navíos y hacer un primer conteo, acompañados por un teniente, un representante de la compañía negrera y un notario. Los africanos eran desembarcados y llevados a la bahía de las Ánimas en embarcaciones menores por donde ingresaban a la ciudad, luego debían ser contados e inspeccionados para conocer su estado de salud.

Plazas Plaza de la Aduana

d

El principal organismo de control sobre las importaciones y exportaciones que se hacían desde Cartagena tenía como epicentro principal a la Plaza de la Antigua Real Contaduría o Plaza de la Aduana. En ella se encontraba la Casa Real, lugar donde se legalizaban todas las mercancías que entraban al puerto. En esa zona se estableció un fluido intercambio entre mercaderes y consumidores y fue el lugar, por excelencia, donde se desarrolló la compra y venta de esclavizados.

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/ Sitios de Memoria de la Esclavitud en Cartagena de Indias /

Plaza de los Coches o Plaza de la Yerba

e

Esta plaza fue un espacio importante para el tránsito de la población esclavizada de la ciudad que se movía entre la plaza y el arrabal a través de la Boca del Puente. El sector de esta plaza aledaño al Banco de Occidente era conocido como «Plaza del esclavo», porque en su perímetro se realizaban remates o ventas de esclavizados. Plaza de la Paz

f

Fue conocida como «Plaza de las negras», porque allí, autorizadas u obligadas por sus dueños, negras esclavas y libres vendían frutas, verduras y carnes al menudeo. Los viajeros de la ciudad de finales del siglo xviii ubican esta plaza en el terreno formado por fuera de la Torre del Reloj. Plaza Fernández Madrid

g

Esta plaza fue conocida mucho tiempo como «Plaza de Santo Toribio», por su cercanía con la iglesia del mismo nombre. En este lugar existían varios jagueyes o pozos en donde la población esclavizada y los criados iban a recoger agua que habrían de llevar a sus lugares de alojamiento o a las residencias donde prestaban servicio doméstico. Por este motivo fue conocida como «Plaza de los Jagueyes» durante gran parte del periodo colonial.

Calles Calle Martín Amador

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Esta es una de las calles que desemboca en la Plaza Santo Domingo y que en los primeros siglos de la colonia era conocida como de Santo Domingo, Calle de Nuestra señora del Rosario o del Palenque. Durante los siglos xvii y xviii en este sector del barrio de Santa Catalina funcionaron varios corrales o depósitos de esclavizados, los cuales fueron desplazados posteriormente al barrio de Santo Toribio. Calle del Cañón Verde Esta calle recibió el nombre de «Nuestra Señora de la Esclavitud» o «Calle del Esclavo», por su cercanía al sector de la Plaza de los Coches en donde se realizaba la venta de los esclavizados en el siglo xvii. Calle del Nuestra Señora del Cavo (Calle Segunda de la Cruz) Esta calle estaba ubicado hacia 1777 un cabildo de negros carabalíes. Los esclavizados carabalíes fueron una población minoritaria traída a Cartagena por asentistas holandeses, franceses e ingleses. /51


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Calle del Cabildo de Congos

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El nombre verdadero de esta calle es Nuestra Señora de África, lo que da indicios de que posiblemente era un lugar en el que habitaban africanos o descendientes de estos, pertenecientes al grupo cultural congo, ya que de acuerdo al plano 1808 en esta calle se encontraba ubicado un cabildo de negros congos. Calle del Nuestra Señora del Pino o de Portobelo En el siglo xviii funcionaba en esta calle un cabildo de negros carabalíes.

Calle del Santísimo En esta calle funcionaba en el sigo xviii un cabildo de negros minas. Calle del Quero Hacia finales del siglo xviii en esta calle estaba ubicado un cabildo de negros de loango o luanda, llamados así por la factoría francesa de ese nombre ubicada en la costa de Guinea.

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Calle de los Siete Infantes

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Calle de San Pedro Mártir

Hacia finales del siglo xviii funcionaban en esta calle dos cabildos de negros. Uno de araraes y otro de jojoes.

En esta calle funcionaba un cabildo de negros chalaes. Conjunto arquitectónico San Pedro Claver El jesuita español Pedro Claver Corberó arribó a Cartagena en las primeras décadas del siglo xvii, influenciado por el sabio jesuita Alonso de Sandoval, quien había estudiado la vida de los negros en su libro De Instaurada Ethipun Salute. Claver dedicó su servicio a la evangelización de los esclavizados al tiempo que sanaba y cuidaba de los mismos.

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La iglesia donde Claver ejerció los oficios de su fe fue construida entre 1580 y 1654; es el lugar donde reposan los restos del santo. De otra parte, el claustro en el que funcionó el Colegio de la Compañía así como la plaza sobre la que están ubicadas estas dos edificaciones llevan el nombre del santo. En el claustro funciona la Casa Museo San Pedro Claver, lugar en el que se puede conocer la labor ejecutada por el jesuita a inicios del siglo xvii en favor de los esclavizados que llegaban a Cartagena. A un costado de la Plaza de San Pedro y frente al Convento de los Jesuitas sobresale por su tamaño una escultura realizada por Enrique Grau, quien recreó en ella un momento de conversación callejera entre Pedro Claver y un esclavo. /52


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Conventos e Iglesias Ermita de Nuestra Señora de los Dolores

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Adosada a la bóveda derecha de la Boca del Puente, conocida hoy como Torre del Reloj, se construyó en 1755 la ermita de Nuestra Señora de los Dolores, a devoción del Teniente de Artillería Don Manuel Novoa. A la misa oficiada en este lugar, asistían de manera asidua los esclavizados y la gente pobre de la ciudad.

Hospitales Los hospitales de San Lázaro y San Sebastián La mayoría de la población esclavizada arribaba a la ciudad con problemas de salud y otra parte se enfermaba al llegar, por tal razón los hospitales fueron espacios de suma importancia para el control de la salud pública, al proveer a la población atendida tratamiento y un entorno adecuado para su recuperación. Muchas de las enfermedades y epidemias eran producidas por la picadura de los mosquitos, la mala calidad del agua, las lluvias y el polvo de la ciudad. Los esclavizados sufrían de pústulas, abscesos, llagas y costras; además de los mismos males que afectaban al resto de la población.

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― Bahía y zona Insular ―

ISLA DE BARÚ

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01. 02. 03. 04. 05.

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Hacienda Polonia (horno, alberca y represa) Hacienda Herrera hornos 1 y 2 Horno Cocón 1 y 2 Horno Coquito Hacienda o Estancia de Ciénaga Honda (horno, alberca, represa y canales) Horno Santa Ana de la Concepción (horno cove) Hacienda Puerto Pozo (horno) Hacienda de Estancia (horno) Hacienda de la Estancia de Portonaito Horno Portonaito Horno Ciénaga de los Vásquez

ALJIBE DE LOS JESUITAS HORNO JESUITA POZO TEJAR DE LOS JESUITAS BATERÍA DE SANTIAGO POZO DE CAREX

ISLA DE TIERRA BOMBA

HORNOS GEMELOS DE CAÑO DEL ORO ÁNGEL SAN RAFAEL SAN FELIPE MUELLE PRINCIPAL HORNO GRAN DIABLO FUERTE DE SAN FERNANDO FUERTE SAN JOSÉ

Bienes de interés cultural (BIC) administrados por la Etcar, correspondientes a antiguas zonas de procesamiento de materiales para la construcción en los que la mano de obra esclavizada fue fundamental. Los lugares identificados en este mapa se encuentran en Barú y Tierrabomba.

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/ Sitios de Memoria de la Esclavitud en Cartagena de Indias /

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a huella de la esclavización en la bahía y zona insular de Cartagena está relacionada con el proceso de arribo de los esclavizados a este puerto del Caribe y con el empleo de esta fuerza de trabajo en la explotación de canteras y la producción de materiales para la construcción de la ciudad y de sus fortificaciones. De acuerdo con la arqueóloga Monika Therrien, en el tejar de San Bernabé, ubicado en Tierrabomba y propiedad de los jesuitas, los hombres esclavizados tenían a su cargo la producción de la cerámica y las mujeres eran las encargadas de su decoración.

Canteras, tejares y hornos El material con el que se construyó la ciudad y sus fortificaciones era explotado en distintas zonas de lo que hoy se conoce como Cartagena y su zona insular. De acuerdo con investigaciones históricas, existían canteras en las islas de Tierrabomba, Barú, Pasacaballos, Albornoz, Cospique, Ternera, Manzanillo y Tesca. Una vez se realizaba la explotación de la materia prima, esta era trasladada por agua o tierra hasta las estancias o haciendas en donde funcionaban los tajares y hornos. En la isla de Tierrabomba se encontraban las siguientes canteras, estancias, tejares y hornos: el Tejar de los Jesuitas o San Bernabé, la hacienda o estancia Guayacán, la cantera o Puerto Periquito, la hacienda o estancia de Gamboa, la hacienda o estancia de Pueblo Nuevo, la Cantera Nueva del Rey o Caño de Loro (en esta funcionaban dos hornos) y el horno del Gran Diablo. En Barú estaban ubicados La Estancia de Puerto Nao, la hacienda o estancia de los Vásquez y la cantera o estancia de Polonia. De otro lado, en las afueras de la ciudad, se encontraban el tejar de María y el tejar de Escobar.

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― El entorno de la ciudad: los Palenques ―

USIACURÍ SIERRA DE LURUACO - Matudere o Tabacal - Betancur

LA OTRA BANDA - Tapia - Guaimarañ - Gambanga - La Magdalena

CIÉNAGA DE LA MATUNA - La Matuna

MONTES DE MARÍA - Limón - Polin - Sanaguare - Domingo Angola, Bongue o Arenal - Duanga - Joyanca - San Miguel Arcángel - María Angola - Sanagual - Manuel Embuyia ó Manuel Muia - Arroyo Piñuela - Zaragocilla

SERRANÍA DE SAN LUCAS - El Firme - Norosí - Quebrada del Cimarrón

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/ Sitios de Memoria de la Esclavitud en Cartagena de Indias /

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espués del arribo al puerto y la posterior venta, la mayoría de esclavizados que ingresaban a Cartagena emprendían una larga travesía con destino a las haciendas y minas del interior del territorio. Aunque muchos de estos esclavizados murieron sin poder liberarse de estas cadenas que los reducían a poco más que una mercancía, otros lucharon por ser libres y huyeron a zonas de difícil acceso para los españoles, donde construyeron palenques, espacios que se convirtieron en la máxima expresión de la libertad. Sierra de Luruaco En la sierra de Luruaco estaban ubicados los palenques de Matudare o Tabacal y el palenque Betancur. Ciénaga de la Matuna En la ciénaga de la Matuna estaba ubicado el palenque más famoso, el Palenque de la Matuna. Montes de María A lo largo y ancho de este territorio se encontraban los palenques el Limón, Polín, Sanaguare, Domingo Angola (también conocidos como Bongue o Arenal), Duanga, Joyanca, San Miguel Arcángel, María Angola, Sanagual, Manuel Embuyla o Manuel Mula, Arroyo Piñuela y Zaragocilla. Serranía de San Lucas En estas serranías estaban ubicados los palenques El Firme, Norosíi y Quebrada del Cimarrón.

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Esta cartilla se elaboró en el marco del proyecto “Retos en los procesos de autoidentificación étnico-racial en municipios con alto mestizaje interétnico y racial con miras al próximo Censo Nacional de Población y Vivienda en el Caribe colombiano” financiado por la Fundación Ford - Oficina para la Región Andina y Cono Sur.


Organizan y Financian:

Con el apoyo de:

ALCALDÍA MAYOR DE CARTAGENA DE INDIAS Distrito Turístico y Cultural

Sitios de memoria de la Esclavitud en Cartagena  

En el marco del decenio afro, una guía por lugares que recuerdan la presencia de personas esclavizadas en la ciudad de Cartagena de Indias.

Sitios de memoria de la Esclavitud en Cartagena  

En el marco del decenio afro, una guía por lugares que recuerdan la presencia de personas esclavizadas en la ciudad de Cartagena de Indias.

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