La pandilla basura. Emoción a raudales, R.L. Stine

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EMOCIÓN A RAUDALES LA PANDILLA BASURA 2

R. L. Stine EL CREADOR DE PESADILLAS, R.L. STINE, SE UNE AL FENÓMENO DE LA CULTURA POP LA PANDILLA BASURA, EN UNA NUEVA SERIE ILUSTRADA MIDDLE GRADE QUE HA CAUTIVADO YA A MÁS DE 500.000 LECTORES EN TODO EL MUNDO. Los chicos de la pandilla basura han vuelto y esta vez están desesperados por ganar el concurso de mascotas de Villapeste. Pero ¿cómo pueden competir contra los mellizos Perfecto y su mascota perfecta, el chihuahua Buen Chico, que sabe hacer el pino y trucos de magia y se marca unos bailes de aúpa? Íñigo Explosivo e Irma Nitas tienen una idea con la que podrían ganar. Pero el concurso acaba patas arriba cuando la pandilla conoce a cinco nuevos estudiantes que también se hacen llamar la pandilla basura: Ramona Peleona, Vicente Repelente, Armando Jaleo, Paquito Herculito y Simón Soplón. El gran premio son unas entradas para el parque de atracciones Puercoaventura, pero ¿quién ganará? ¿Habrá más de un ganador? ¿De verdad ganará el ganador y perderá el perdedor? ¿Esto tiene sentido? ¿Y a qué vienen tantas preguntas? Acompaña al autor superventas R.L. Stine, creador de Pesadillas, en el segundo libro de esta nueva colección deliciosamente asquerosa. Pero no os fieis solo de lo que digamos nosotros, mirad qué dicen los críticos y los niños sobre La pandilla basura: ACERCA DEL AUTOR R.L. Stine ha vendido más de 400 millones de ejemplares en inglés, además de ediciones internacionales en treinta y dos idiomas, lo que lo convierte en uno de los autores infantiles más populares de todos los tiempos. Además de Pesadillas, ha escrito series que incluyen Fear Street, Rotten School, Mostly Ghostly, The Nightmare Room, Dangerous Girls y Just Beyond. Stine vive en la ciudad de Nueva York con su esposa Jane. ACERCA DE LA OBRA «Preparaos para vomitar el algodón de azúcar y las palomitas». SYFY.com «Perfecto para los niños y con muchas risas incorporadas». Kirkus Reviews «Por favor, no me citéis. Y no uséis mi nombre». Anónimo García «Me reí a carcajada limpia. No podía parar, hasta que empecé a leer el libro». Magdalena Dulce


EMOCIÓN A

RAUDALES

R.L. Stine


OTROS TÍTULOS DE R.L. STINE Bienvenidos a Villapeste

Ilustraciones de

JEFF ZAPATA

Asistencia artística de Traducción de

FRED WHEATON

SCHEHEREZADE SURIÀ



Título original en inglés: Thrills and Chills © 2021, The Topps Company Inc. GPK ™ & ,© The Topps Company Inc. All rights reserved. Garbage Pail Kids y GPK son marcas registradas de The Topps Company, Inc. y tienen licencia official de The Topps Company, Inc. Publicado en 2021 por Amulet Books, un sello de ABRAMS, New York. (Todos los derechos registrados en todos los países por Harry N. Abrams, Inc.) Ilustraciones del interior: Jeff Zapata Asistente de arte: Fred Wheaton Cubierta: Joe Sinko Diseño del libro: Brenda E. Angelilli Primera edición: febrero de 2022 © de la traducción: 2022, Scheherezade Surià © de esta edición: 2022, Roca Editorial de Libros, S. L. Av. Marquès de l’Argentera 17, pral. 08003 Barcelona actualidad@rocaeditorial.com www.rocalibros.com Impreso por Liberduplex ISBN: 978-84-18557-76-7 Depósito legal: B 19551-2021 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorizaciónescrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamos públicos. RE57767


«No somos malos críos, es que no sabemos hacerlo mejor.»

Otra incursión en el cubo de la basura significa un agradecimiento más a Ira Friedman, de Topps, y a Charlie Kochman, de Abrams. No son reciclables. Necesito su experiencia y conocimientos en todo momento.


Con todos vosotros:

ÍÑIGO

EXPLOSIVO

CLARITA

CEREBRITA

FÁTIMA FARF ULLO

CHICHO

BICHO


SANSÓN IRMA

TRAGÓN

NITAS

TOMÁS RICARDITO

TEMBL

EQUE

VOMITO

LUISETE

GUARRETE

ELENA

A JENAD



UNO

H

ola, me llamo Íñigo Explosivo. ¡Bienvenidos a Villa­ peste! Pensaba presentaros a mis amigos, pero estoy a punto de e-x-p-l-o-T-A-R del espanto. Acabo de volver a casa de mi extraescolar de Aplasta al Topo (porque me dan puntos extra en gimnasia), pero casi escupo los dientes cuando he entrado en el salón y he visto a mi amigo Luisete Guarrete junto a un monstruo gigantesco. La habitación estaba a oscuras, así que me ha costado un poco acostumbrarme a la luz y ver qué era. Luisete Guarrete estaba junto a la bestia y apoyaba una mano sobre su cabeza. —Hola, Íñigo —dijo Luisete—. Este cerdo me ha seguido a casa, ¿me lo puedo quedar? —¿Eh? —Tragué saliva con mucha fuerza y casi se me salieron los ojos de las cuencas, así que los volví a poner en su sitio con dos dedos—. Eso no es un cerdo, Luisete —dije—. Es un hipopótamo. 1


Luisete se rascó la cabeza. Siempre que hace eso, caen varios insectos grandes al suelo. —Qué raro —murmuró—. ¿Cómo me ha podido seguir hasta casa un hipopótamo? Clarita Cerebrita entró al salón. Es una auténtica sabe­ lotodo. Es tan lista que lee libros sin dibujos. Se detuvo y analizó el animal durante un rato. —Sé lo que es —dijo por fin—. Es un hipopótamo de la familia hippocrampulus. Pertenece al grupo de los reptiles de río. ¿Veis? ¡Clarita lo sabe todo! Luisete se volvió a rascar la cabeza y un sapito salió de su pelo de un salto. Aterrizó en la mesita de café y de ahí se escabulló de otro salto bajo el sofá. Debería lavarse el pelo. —Bueno, ¿y cómo me ha podido seguir hasta casa? —pre­ guntó. —El zoo de Villapeste se ha quedado sin fondos —dijo Clarita—, así que han tenido que dejar libres a todos los animales. El hipopótamo, grande y gris, abrió mucho la boca y se tragó el brazo izquierdo de Luisete al cerrarla. Luisete sonrió. —Mirad…, le caigo bien. ¿Me lo puedo quedar? Porfa, ¿me lo puedo quedar? Puede quedarse en mi cuarto. Entre Clarita y yo ayudamos a Luisete a sacar el brazo. —No creo que quepa por la puerta —dije—. Es demasia­ do grande. 2


—¡No te metas con la gente gorda! —gritó una voz. Era Fátima Farfullo, que entró de golpe en la habitación—. ¡Eso está feo, Íñigo! ¿Es que no sabes que ya no te puedes burlar de la gente con sobrepeso? Apreté los puños y me esforcé por no explotar. —Decir que un hipopótamo está gordo no es ninguna burla, Fátima —grité—. ¡Porque así es justo como está: gordo! Gordo como…, ¡como un hipopótamo! ¿No has oído nunca esta expresión? Fátima se agachó y abrazó a la criatura. —Es adorable —dijo suavemente—, si no piensas en la pinta que tiene ni en su aliento. El hipopótamo le mordisqueó los dedos. Vi que Cagón, nuestro perro, había retrocedido a un rin­ concito alejado. Miraba desconfiado al hipopótamo y tenía de punta el poco pelo que le quedaba. Detrás de mí, Escupitajo, nuestro loro, saltaba arriba y abajo en su posadero. —¿Y tú qué sabes? —graznó el loro—. ¿Y tú qué sabes? —¿Cómo sé qué? —pregunté. —¿Y tú qué sabes? —repitió Escupitajo—. ¿Y tú qué sabes? ¿Y tú qué sabes?

—¿¡Cómo sabemos qué!? —grité. —¡Qué! —graznó el gran loro—. ¡Qué! ¡Qué! ¡Qué! Chicho Bicho entró en la habitación. —¿Y tú qué sabes? ¿Y tú qué sabes? ¿Y tú qué sabes? Chicho puso cara de hastío y se sentó en el lomo del 3


hipopótamo. Seguramente pensó que habíamos movido el sofá. —¿Y quién tuvo la brillante idea de enseñarle a hablar al pájaro? —masculló. —¿Quién te enseñó a hablar a ti? —replicó el loro. —¡Cállate la boca! —repitió Chicho. Es su expresión fa­ vorita—. ¡He encontrado una receta nueva de sopa de loro! Me muero de ganas de probarla. —¿Y tú qué sabes? ¿Y tú qué sabes? ¿Y tú qué sabes? —Chicho, estás sentado sobre un hipopótamo —dijo Fá­ tima Farfullo. Chicho hizo una mueca, burlón.

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—Sí, claro, y tú estás encima de King Kong. —No, es en serio —dijo Fátima—. ¡Fíjate! El hipopótamo soltó un PRRRRRR muy largo y sonoro. Si os digo la verdad, no sé de qué agujero del animal salió. Chicho dio un salto. —¡Cállate la boca! —le gritó al hipopótamo. Luisete Guarrete puso los ojos en blanco. —Chicho, ¿no te sorprende que tengamos un hipopóta­ mo en casa? Chicho le gruñó a Luisete. —Creo que lo sorprendente es que te tengamos a ti. —¿De dónde vienen los hipopótamos? —se preguntó Fá­ tima Farfullo en voz alta. —De los zoos —contestó Clarita Cerebrita—. Es su hábi­ tat natural. Si quieres ver a un hipopótamo en estado salvaje, tienes que irte a un zoo. —¿Y qué comen? —preguntó Fátima. Todos bajamos la mirada. El hipopótamo estaba engu­ llendo la basura que habíamos dejado sobre la alfombra del salón. «Vale, vale. A lo mejor no somos los niños más limpios del mundo y, a veces, se nos acumula la basura.» —Mirad cómo se zampa toda esa basura —dijo Luisete Guarrete—. ¡Es un friki de la limpieza! ¡Podría ser nuestro criado! —¡Qué idea más genial! —grité—. No vamos a necesitar ni la aspiradora teniendo a este por aquí. 5


Vi cómo el hipopótamo se comía unas zapatillas que había en una esquina. La verdad es que sí que estaba lim­ piando. Entonces… ¿me lo puedo quedar? —preguntó Luisete Guarrete—. ¿Puedooo? Todos asentimos. —¿Cómo lo vamos a llamar? —preguntó Fátima. Chicho Bicho soltó una risilla. —¿Y si lo llamamos Luisete Guarrete júnior? Y así es como se nos ocurrió el nombre de Luisete Guarre­ te júnior. No tuvimos más tiempo para debatirlo porque llamaron al timbre de la puerta. —Debe de ser el dueño del hipopótamo, que viene a re­ cogerlo —dije. Pero no podía estar más equivocado.

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DOS

A

brí la puerta y me encontré a los mellizos Perfecto, Pedro y Petra, sobre nuestro felpudo en el que pone «¡LÁRGATE!»; tenían una sonrisa perfecta en los labios. Llevaban polos a juego de color rojo y azul con las pa­ labras SOY PERFECTO estampadas en el pecho. También parecía que llevaban los pantalones cortos planchados y almidonados; estaban rectos como una plancha de acero. Petra Perfecto cargaba un chihuahua en los brazos de color blanco con manchas de color café. Los dientes del perro eran tan blancos que relucían. Me sonreía igual que los mellizos Perfecto. —Te acuerdas de Buen Chico —me preguntó Petra, pero en realidad no era una pregunta. El perro sacó la pata como si quisiera darme un apretón de manos. Me lo quedé mirando; no podía estar más confundido. ¿Qué estaban haciendo Petra y Pedro aquí? Siempre que 7


me veían a mí o a mis amigos, nos miraban por encima del hombro como si fuésemos basura. Entrecerré los ojos y miré a los mellizos. —No me puedo creer que lo llaméis Buen Chico. —Pero es que se llama así —dijo Pedro. —Lo pillo —dije—, pero… —Lo llamamos Buen Chico porque es muy bueno —dijo Petra. Le acarició la cabeza al perrito, que hizo un sonido como de risita. —Es perfecto —dijo Pedro—, pero no podíamos llamarlo Perfecto porque nuestro gato ya se llama Perfectísimiau. —¡Qué mono! —dijo Ricardito Vomito. Entonces le en­ traron náuseas. Sansón Tragón se hizo a un lado rápidamente. Llevaba una bolsa enorme de gusanitos de ajo y ciruelas pasas en la mano. —¿Qué hacéis aquí? —les preguntó a los mellizos—. ¿Vendéis galletitas de los scouts? Porque si es así, me que­ do seis cajas. 8


Me di la vuelta hacia él. —Ya compraste seis cajas de galletitas de los scouts —le recordé. Eructó. —Pero eran para el desayuno. El eructo de Sansón olía a ajo y a pasas. Los mellizos Perfecto se tambalearon y empezaron a toser. Buen Chico también tosió. Cuando terminaron de toser, Pedro y Petra se metieron a empujones en el salón. El resto de mis amigos dieron un brinco en sus asientos, sorprendidos de verlos. A través de la ventana de la cocina alcanzaba a ver a Luisete Guarrete júnior, nuestro nuevo hipopótamo, sirvién­ dose un almuerzo de basura en el jardín. Cagón, nuestro chucho grande y marrón, olfateó a Buen Chico desde el otro lado del salón y siguió durmiendo. Petra y Pedro entraron en la cocina y colocaron al chi­ huahua en la mesa. Miraron con desaprobación los platos sucios y goteantes que teníamos apilados en torres. No siempre tenemos tiempo de lavarlos. Normalmente come­ mos sobre los que están menos sucios. ¿Qué hay de malo en eso? —¿Habéis venido a lavarnos los platos? —pregunté. Ambos negaron con la cabeza. —No podemos lavar platos —dijo Pedro—. El jabón es demasiado fuerte y nos irrita la piel. —Hemos venido a enseñaros a Buen Chico —dijo Petra. 9


Volvió a acariciar al perro, y os juro que el perro soltó un JE-Je. Clarita Cerebrita se acercó a la mesa. —Me encantan los chihuahuas —dijo—. ¿Sabíais que el nombre viene de la planta de chihuahua? Significa «amigo» en spanglish. —No lo sabía —dijo Pedro—. ¿Estás segura? —Clarita Cerebrita siempre está segura —dije—. Lee li­ bros de los que no son para colorear. —Los chihuahuas son el resultado de la cría de dos razas diferentes —continuó Clarita—: los chis y los huahuas. En la Antigüedad, los huahuas eran grandes como elefantes. Es increíble que la raza sea tan pequeña hoy en día. Pedro señaló la ventana de la cocina. —¿Eso de vuestro jardín trasero es un huahua? —No, es nuestro nuevo criado —contesté. Durante un momento, todos nos quedamos mirando como Luisete Guarrete júnior husmeaba la basura del jardín. Petra le rascó a Buen Chico bajo la barbilla. —Hemos venido a enseñaros las cosas que sabe hacer Buen Chico —dijo. —No hemos venido a alardear —dijo Pedro—, porque so­ mos perfectos, pero sí pensamos que esto tenéis que verlo. —Que venga todo el mundo —dijo Petra—. Queremos que veáis a Buen Chico.

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TRES

P

edro Perfecto se acercó a su perro. —Buen Chico, haz el pino con una sola pata. Buen Chico cogió impulso hacia delante con las pati­ tas delanteras y alzó las traseras, tras lo cual arqueó el lomo y se puso en equilibrio con cuidado sobre una sola pata. Se quedó inmóvil con las patas traseras rectas ha­ cia arriba. —Ahora una voltereta lateral, Buen Chico —dijo Petra. El chihuahua hizo una voltereta lateral perfecta y aterri­ zó sobre las patas traseras. —Ahora una voltereta lateral hacia atrás —ordenó Petra. El perro hizo una voltereta lateral hacia atrás e hizo un aterrizaje perfecto. —La siguiente orden la voy a dar en francés —dijo Petra, y se dirigió al perro—: Chien, roulé, s’il vous plaît! Buen Chico hizo la croqueta. —Su francés no es tan perfecto como el mío o el de Pe­ 11



dro —dijo Petra—, pero entiende lo suficiente como para obedecer órdenes. —Vuestro perro mola bastante —dije—, pero ¿por qué nos estáis enseñando todos estos trucos? Pedro levantó la mano. —Uno más —dijo—. Este os va a gustar. Se sacó un pañuelo negro del bolsillo y le vendó los ojos al perro. Petra colocó una hoja de papel en blanco sobre la mesa, frente a Buen Chico, y acto seguido le puso un rotulador negro en la pata. —Muy bien, Buen Chico, escribe el abecedario —dijo Pedro. El chihuahua se encorvó sobre el papel y empezó a escri­ bir el alfabeto con los ojos vendados. A . . . B . . . C . . . D . . . —¿Y esto nos tendría que impresionar? —preguntó Chi­ cho Bicho—. Hace la D como si fuera una O. ...E...F...G... El perro llenó el papel de letras. Cuando acabó, Pedro Perfecto le quitó la venda y le acarició la cabeza. —¡Buen chico, Buen Chico! —vitorearon juntos Pedro y Petra. —Es un buen perro —dije—. Pero ¿por qué lo habéis traído? —Eso, ¿a qué vienen todos esos trucos? —quiso saber Fátima Farfullo. —Vamos a presentar a Buen Chico al Concurso de Mas­ 13


cotas de Villapeste —dijo Petra—. Pedro y yo queríamos de­ mostraros que no tenéis posibilidades. —Así que no perdáis el tiempo —dijo Pedro—, no os mo­ lestéis siquiera en presentar a vuestro perro al concurso. —¿Me estás vacilando? —grité—. Cagón es un perro in­ creíble. Podría ganar cualquier concurso. Cagón puede… Petra echó un vistazo a la alfombra del salón. —Ni siquiera lo tenéis adiestrado para que haga sus ne­ cesidades fuera de casa —dijo. —¡Pues claro que no! —contesté—. ¡Si solo tiene cuatro años! Los Perfecto echaron la cabeza hacia atrás y se rieron. Sus risas parecían campanillas, tan suaves y perfectas. —Una cosa más —dijo Pedro—. Os vamos a decir cuál es el pedazo de premio que no vais a ganar. Suspiré y sentí cómo mi cuerpo se preparaba para ex­ plotar, pero logré reprimirlo. —Vale, cuéntanoslo —dije—. ¿Cuál es el pedazo de pre­ mio? —Son entradas para un día entero en el parque de atrac­ ciones Puercoaventura —dijo Petra—, pero ya os podéis ir despidiendo de ellas. El chihuahua se puso de pie sobre las patas traseras y nos mandó besos con las delanteras. MUAC. MUAC. Elena Jenada había estado callada todo el rato. Sin em­ bargo, en ese momento habló. —¡Me encantan las montañas rusas! —dijo con entusias­ 14


mo—. ¿Sabéis cuál es mi favorita? Se llama Puñetazo en el Estómago. —¿Eh? ¿Por qué se llama así? —preguntó Fátima Farfullo. —Porque te da ganas de potar —dijo Elena, dándole un toque rápido con el puño a Fátima en el estómago. Tomás Tembleque se agarró la barriga. —Por favor, no habléis de montañas rusas —se quejó—. Me ponen muy… nervioso. —¡Tú te pones nervioso solo con caminar! —soltó Chi­ cho Bicho. —Tenemos que irnos —dijo Pedro Perfecto mientras co­ gía a Buen Chico y se lo colocaba bajo el brazo. —Mamá y papá nos esperan en casa a las cinco —dijo Petra—. Pedro y yo ponemos la mesa para cenar y después lavamos los platos y los secamos. ¿Y sabéis por qué? Por­ que somos perfectos. —¿Y qué? Nosotros no lavamos los platos —les dije—. ¿Para qué? Si se van a volver a ensuciar. Cuando los Perfecto se acercaron a la puerta principal, Buen Chico alzó una pata y se despidió de nosotros. La puerta se cerró tras ellos. Me volví hacia los demás. —No podemos dejar que los Perfecto ganen otro concur­ so —dije—. ¿Qué vamos a hacer?

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CUATRO

A

quí Irma Nitas. Si os parece bien, os voy a contar la siguiente parte de la historia. Íñigo Explosivo empezó a caminar de un lado para otro; parecía que iba a explotar: —Tenemos que encontrar una mascota que pueda vencer a ese chihuahua fanfarrón —dijo—. ¿A alguien se le ocurre algo? Levanté la mano porque tenía una idea. Soy la más mani­ tas de la casa. Siempre estoy inventando y arreglando cosas, y se me ocurren las mejores ideas. No quiero presumir, pero fui yo quien inventé el Mata­ moscas Virtual™ para matar moscas online. A todos los de la casa les encantó ese invento. Os preguntaréis cómo nos las apañamos para que diez niños vivan juntos en esta gran y vieja casa de Villapeste. 16


Y os preguntaréis también por qué no hay ningún padre viviendo con nosotros. Y por qué no recordamos cómo he­ mos llegado hasta aquí. Bien, pues aunque os hagáis estas preguntas, no vais a tener respuesta… porque no tenemos ni idea. Ni siquiera Clarita Cerebrita lo sabe. Y Clarita es tan lista que sabe deletrear su nombre al revés y al derecho. Lo único que sabemos es que estamos los diez en la casa. Y nos lo pasamos bien y cuidamos los unos de los otros, y no nos peleamos… demasiado. Los demás niños nos llaman «la Pandilla Basura», así

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que así es como nos hacemos llamar ahora. Y tiene sentido porque nuestro jardín está lleno de cubos de basura hasta los topes. Tenemos pensado vaciarlos en algún momento, pero no ahora mismo. Quizá lo haga nuestro nuevo criado. Total, que levanté la mano porque tenía una idea para solucionar el problema de nuestra mascota. —Puedo construir una mascota nueva —dije. Los demás se me quedaron mirando. —Puedo crear a nuestro perro ideal e insertarle inteli­ gencia artificial —dije—. Sé que puedo crear un campeón. Íñigo negó con la cabeza. —Ya lo intentaste una vez, ¿o ya no te acuerdas, Irma? —Emm…, sí —admití—. Me fabriqué un hermanito porque siempre he querido uno. Era un gran tipo también. —Y se le cayó la cabeza a la semana. ¿Te acuerdas, Irma? —intervino Chicho Bicho. —Lo sé, lo sé —reconocí—. Tenía algunos fallos, pero… En ese momento, Fátima Farfullo saltó del sofá. —¡Cagón puede hacerlo! ¡Sé que puede ganar! —gritó—. Hasta le he hecho un cántico. ¡Allá va! A Fátima le encantaría ser animadora y siempre está in­ ventando cánticos. Incluso quiso ser animadora para el equi­ po de debate, pero nunca la han cogido para ningún equipo de animadoras de la escuela. Empezó a saltar en el aire dando palmadas:

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—¡VAMOS, CAGÓN! ¡VAMOS, CAGÓN! ¡ERES UN CAMPEÓN! ¡NO ERES UN BOBALICÓN! ¡VIVAAA! ¡Tachááán! Fátima aterrizó bruscamente e hizo un espagat en el suelo. Creo que oí hasta cómo se le rompían algunos huesos. Cagón, nuestro enorme sabueso, roncaba en una esqui­ na. Creo que no le gustó mucho el cántico de Fátima. Íñigo Explosivo se rascó la cabeza: —Pues nada, tendremos que darle una oportunidad a Cagón —dijo—. Tal vez le podamos enseñar trucos nuevos. —Solo se sabe uno —dijo Chicho Bicho—. Y luego hay que andar recogiéndolo todo el rato. —Despiértalo —dijo Íñigo—. Veamos qué sabe hacer.

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CINCO

T

omás Tembleque y Luisete Guarrete cruzaron la habi­ tación para despertar a Cagón. —¿Cómo lo despertamos? —preguntó Tomás. —Pues dale un toquecito y dile: «despierta» —dijo Íñigo. Tomás Tembleque dio un gritito ahogado. —No quiero tocarlo. Ti-tiene pulgas. —¡Y tú también! —dijo Chicho Bicho. Tomás empezó a temblar. —¿Y si me muerde? —preguntó. —Pues le muerdes tú a él —dijo Chicho. —¡Yo sí te voy a morder! —graznó Escupitajo, saltando de arriba abajo en su posadero—. ¡Ven aquí que te muerda! ¡Te voy a arrancar los dientes de cuajo!

—¡Cierra el pico! —le gritó Chicho. —¡Escupitajo! ¡Cierra el pico tú! ¡Ven aquí que te voy a dejar la cara como un queso emmental!

Sansón Tragón vino de la cocina. 20


—Ñaaam. —Llevaba un frasco de cristal en la mano—. Estas están que te cagas. ¿Alguien quiere probar las pasas saladas? —¡No son pasas saladas, es mi colección de bichos! —gri­ tó Elena Jenada. Sansón Tragón se echó unos cuantos más a la boca y masticó durante un momento. —Anda, pues tienes razón. ¡Son bichos! Luisete Guarrete se agachó e intentó levantar la cabeza de Cagón del suelo, pero el perro seguía roncando. Luisete lo cogió por las orejas caídas y le levantó la cabeza. El chucho ni siquiera abrió los ojos. Tomás Tembleque estaba temblando. 21


—Cre-creo que deberíamos dejarlo dormir. —Lleva durmiendo desde el martes —dijo Elena Jena­ da—. Puede que esté muerto. Cagón dio un fuerte ronquido, pero no abrió los ojos. —No está muerto —dijo Tomás—. Si estuviera muerto, no olería tan mal. Luisete Guarrete lo cogió por el torso y lo levantó sobre sus patas. El perro tragó ruidosamente y por fin abrió los ojos. —¡Eso es! —gritó Fátima Farfullo—. ¡Le hemos enseñado a Cagón un truco nuevo: despertarse! Elena Jenada se sentó en el suelo junto a Cagón: —Veamos si puedo enseñarle algunos trucos —dijo—. Una vez hice un curso de adiestramiento canino. La miré entrecerrando los ojos. —¿Hiciste un curso de adiestramiento canino? ¿Por qué? Si eres humana —le recordé. Elena se encogió de hombros. —Quería ver si aprobaba. —¿Y qué tal te fue? —pregunté. —Saqué un suficiente —suspiró—. Un día me puse ner­ viosa y le mordí al instructor. Elena se giró hacia el perro. —Cagón, siéntate —dijo. El perro se quedó mirándola fijamente con aquellos ojos marrones caídos, pero no se movió. —Siéntate, Cagón —repitió. 22


El perro bostezó. —No empieces con algo tan difícil como sentarse —dijo Fátima—. Prueba con algo más fácil. —Cagón, levántate —le ordenó Elena. El perro se sentó. —Cagón, levántate —repitió Elena. El perro volvió a bostezar. —Le estás enseñando a bostezar —dijo Fátima—. ¿Y si le enseñas a estornudar? A los jueces del concurso les va a encantar. —Lo voy a intentar —dijo Elena. Le hizo cosquillas en el hocico—. Estornuda. Vamos, chico, estornuda. Cagón bostezó. Íñigo Explosivo negó con la cabeza. —¿Por qué me da la sensación de que estamos perdien­ do el tiempo? Cagón se dio la vuelta y volvió a dormirse. Pero antes de eso, estornudó. O al menos pensamos que fue un estornudo. ¿Los estornudos apestan?

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R.L. STINE ha publicado más de cuatrocientos millones de ejem­ plares de sus libros en inglés, además de ediciones internaciona­ les en treinta y dos idiomas, lo que lo convierte en uno de los autores infantiles más populares de todos los tiempos. Además de Pesadillas, ha escrito otras series como La calle del terror, Horrorland, Casi Fantasmas y Putren School. Stine vive en Nueva York con su mujer, Jane, correctora y editora.

JEFF ZAPATA ha ilustrado cómics, cartas y cromos durante más de vein­ ticinco años; trece de ellos burdos pero gloriosos como editor, director artístico e ilustrador en La Pandilla Basura, así como en otras marcas de la Topps Company. FRED WHEATON lleva revolcándose en el cubo de La Pandilla Basura de Topps desde 2006 y ha contribuido con conceptos, ilustraciones, cómics y bocetos la mar de repugnantes. Vive en Washington con su mujer y sus tres hijos. JOE SIMKO es un artista conocido por su estilo happy-horror. Es uno de los principales ilustradores de La Pandilla Basura para la Topps Company y vive en Nueva York con su mujer, su hijo, su perro y muchísimas cajas de cereales. THE TOPPS COMPANY, INC., creadora de las marcas Garbage Pail Kids (La Pandilla Basura), Mars Attacks y Bazooka Joe, se fundó en 1938 y es la principal fabricante y comercializadora de cartas y cromos coleccio­ nables tanto físicos como digitales, productos licenciados y golosinas.