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Liderazgo Cristiano Emprendedor 3

Roberto Celaya Figueroa


…para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas y nosotros por medio de él (I Corintios 8:6)


Dedicatoria

A la Iglesia de Dios (7° Día)

Página web habla hispana: http://www.iglesiadediosapostolica.org/ Página web oficinas centrales: http://www.churchofgod-7thday.org/


ÍNDICE

Introducción........................................................................................................ 1 1. Triunfar pero perder la esencia de uno es pagar un precio muy alto por el éxito ...................................................................................................... 2 2. En la vida, correr volteando hacia atrás solo te hará ganar un tropezón ................................................................................................................... 5 3. No todo es incierto en la vida: no intentar algo te da 100% de garantía de no lograrlo ........................................................................................... 8 4. Tú decides: O conquistas al mundo o el mundo te conquista a ti ...... 11 5. Si quieres algo encontraras el camino para alcanzarlo y si no lo hay ¡tu mismo lo trazaras! ................................................................................... 14 6. ¿Qué no te gusta el plato que la vida te sirvió? ¡Pues levántate y prepárate otro! ......................................................................................... 17 7. Detener tu andar no mantiene la distancia entre tú y tus sueños sino que la incrementa .................................................................................... 20 8. Un buen líder sabe que el logro de sus metas está en función de que sus seguidores logren las de ellos ........................................................ 23 9. Opiniones sin acciones son solo buenas intenciones ......................... 26 10. Quien critica algo tiene la obligación de proponer, no una, sino al menos tres formas de mejorar lo que señala ........................................ 29 11. En tu andar por la vida recuerda que mientras más cosas cargues más lento vas y más pronto te cansas .......................................................... 32 12. En la vida, los demás te podrán acompañar, pero eres tu quien debe caminar ..................................................................................................... 35 13. Lo bueno de caer es que sabes hasta donde caerás, lo bueno de volar es que límites nunca habrá ..................................................................... 38 14. ¡Hasta las caídas sirven! Fortalecen en ti el carácter y te enseñan el valor de la humildad ................................................................................ 41 15. Fíjate en las huellas en la vida: si están delante de ti solo sigues a otro, si están detrás, tú haces la historia .............................................. 44


16. Lo mejor es quedar bien contigo mismo, después de todo ¡eres la única persona que te acompañara toda tu vida!................................... 47 17. Tal vez nunca alcances un ideal, pero el solo seguirlo te convertirá en un ideal que otros buscarán alcanzar .................................................... 50 18. La diferencia entre "querer" y "tener" se llama "hacer" ...................... 53 19. Éxito no es lograr todo lo que quieres, sino convertirte en la persona de excelencia que estás llamado a ser .................................................. 56 20. En el viaje por la vida es cómodo ser pasajero, pero mil veces más satisfactorio ser el conductor................................................................. 59 21. Cada día es un nuevo comenzar, una nueva oportunidad, un nuevo intentar y lo que es mejor ¡es todo tuyo! ............................................... 62 22. Tus objetivos deben tener tres características, no solo dos: ser alcanzables, ser medibles, ¡y ser apasionantes! .................................. 65 23. Recuerda: ecuanimidad en las caídas y ecuanimidad en los triunfos68 24. Si los cambios se van a dar contigo o sin ti, ¿por qué mejor no participar en ellos? .................................................................................. 71 25. Un líder ve una meta, no como el final del camino, sino como el inicio de otro ...................................................................................................... 74 26. Los sueños son tan fugaces que se nos dotó de las alas de la voluntad para darles alcance ................................................................................. 77 27. Un sueño puede ser algo difícil de lograr, no lograrlo es aún más difícil de aceptar................................................................................................. 80 28. ¿Fracasos?, para nada, mejor velos como entrenamientos para tu éxito futuro ............................................................................................... 83 29. Como dicen que a la oportunidad la pintan calva ¡asegúrate de al menos tú no estar manco! ...................................................................... 86 30. Cada caída de la que te levantas te acerca más a la persona de excelencia que estás llamada a ser ....................................................... 89 31. La voluntad logra sueños que para la razón parecieran irrealizables 92 32. El triunfo es más cuestión de tenacidad que de casualidad ............... 95


33. Para vislumbrar un sueño valioso hay que estar bien despierto y para realizarlo, bien activo .............................................................................. 98 34. Tu no escoges muchas de las batallas que pelearas en tu vida, pero si puedes elegir la actitud con la que lo harás........................................ 101 35. Superar un reto te capacita para, por un lado, esperar un reto mayor, y por otro, ayudar a otros a superarlo .................................................... 104 36. Solo se está derrotado cuando se decide dejar de luchar ................. 107 37. Un buen líder siempre va al frente de sus seguidores y si vienen problemas se adelanta aún más........................................................... 110 38. ¿En el camino de tu vida te tropezaste con una piedra?, ¡qué bien: úsala en la construcción de tu vida! .................................................... 113 39. Un buen líder comparte sus triunfos y retiene para si las derrotas .. 116 40. Ante las circunstancias, un buen líder reacciona, un gran líder se adelanta, y un excelente líder las crea ................................................. 119 41. Creer que perder una batalla es perder la guerra es tener una visión de muy corto plazo ..................................................................................... 122 42. Cada paso que imprimes en tu vida te cambia a ti... y al camino que recorres .................................................................................................. 125 43. Todo esfuerzo tiene su recompensa, si no la encuentras fuera búscala dentro de ti ............................................................................................. 128 44. No es golpeando el suelo como avanzaras en la vida, sino dando pasos firmes y decididos ...................................................................... 131 45. Al inicio los límites no alcanzarás y ya luego ¡los límites no importarán! ............................................................................................. 134 46. No pienses en las caídas como algo injusto, piensa mejor como algo que te hace humano .............................................................................. 137 47. Hacer lo correcto, aunque a veces no sea lo conveniente, requiere de carácter................................................................................................... 140 48. Luchar con carácter, por un ideal y con valores te convierte en un guerrero .................................................................................................. 143


49. Solo hay un riesgo que no vale la pena correr: el riesgo de no lograr tus sueños por no intentarlo ................................................................ 146 50. Con o sin puentes, los ríos y hondonadas de la vida deben ser cruzados ................................................................................................. 149 Conclusión ........................................................................................................ 152


Introducción

Cuando como cristiano se responde al llamado del Padre, se inicia un andar por el Camino al cual Él ha llamado a cada uno, camino que en ocasiones puede ser árido, cuesta arriba, o incluso cansar, es en esos momentos en que se necesitan palabras que permitan sí, tomar aliento, pero más aún: motivar para seguir el andar.

La presente obra busca eso. Si bien la fuente de toda motivación, de toda esperanza, de toda confianza es Dios, puede uno a través de la reflexión que en el andar se imprimir ver y entender lo que el mismo trae a nuestra vida. El Camino va cambiando a quien confiadamente –confiadamente en referencia a Dios- transita por él. Ese cambio puede ser reconocido cuando se reflexiona en el mismo, y de igual forma esa reflexión puede dar para entender un poco lo que está pasando pero mejor aún: confiar en las promesas que de Dios se han recibido.

Liderazgo Cristiano Emprendedor pone al alcance de todos aquellos que por el Camino transitan una serie de reflexiones que bien podrían identificarse como diferentes momentos en diferentes puntos de ese andar.

Esa serie de reflexiones buscan servir como ese amigo que en ocasiones acompaña el andar para proporcionar, en la medida de lo posible, un respiro que devenga en incentivos para continuar el andar.

Que el Santo Espíritu de nuestro Padre Dios que mora en cada uno ilumine y fortalezca para vivir, con liderazgo y motivación, el llamado del que se ha sido objeto, conforma a la voluntad del Padre y para Su mayor gloria en Cristo Jesús.

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El elegido que ha respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo no se vuelve, por el sólo hecho de ser bautizado y recibir el Espíritu de Dios, en una persona ajena a su carnalidad. Mientras ande por el Camino y en tanto no llegue el nacimiento del Espíritu tendrá que estar luchando contra los impulsos del Enemigo, el Mundo y la Carne que le incitan a desviarse de su meta.

Dentro de estas cuestiones que pueden hacer que alguien desvíe sus ojos de las promesas está lo que el mundo ofrece, pero ¿qué nos dice la Palabra respecto de eso tan atrayente pero a la vez tan distractor? “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.

Esto de ninguna forma quiere decir vivir en desidia, al contrario, Pablo en su segunda carta a los de Tesalónica les dice claramente “Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan 2


desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan”. Ahora bien, Pablo no decía esto para que los demás lo acataran sino que lo exponía con autoridad pues él mismo así había vivido: “Pues vosotros mismos sabéis cómo debéis seguir nuestro ejemplo, porque no obramos de manera indisciplinada entre vosotros, ni comimos de balde el pan de nadie, sino que con trabajo y fatiga trabajamos día y noche a fin de no ser carga a ninguno de vosotros; no porque no tengamos derecho a ello , sino para ofrecernos como modelo a vosotros a fin de que sigáis nuestro ejemplo”.

La diferencia entre trabajar en el mundo y trabajar por el mundo es grande, la primera usa lo que se nos ha dado para responder al llamamiento del que se ha sido objeto, es decir a través del tener llegar al ser, el segundo busca en las cosas del mundo ese logro, esa satisfacción que sólo puede provenir de la vivir en la verdad revelada, es decir, a través del ser llegar a tener. Lo primero trae vida, lo segundo muerte “pues ¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?”, ya que “hay camino que al hombre le parece derecho, pero al final es camino de muerte”. Estamos llamados a ser triunfadores, pero no haciéndonos de “tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompe, y donde ladrones minan y hurtan; [sino de] tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompe, y donde ladrones no minan ni hurtan: Porque donde estuviere [nuestro] tesoro, allí estará [nuestro] corazón”, después de todo triunfar pero perder la esencia de uno es pagar un precio muy alto por el éxito.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/H0xjCZJ5q0A

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Referencias: 1 Juan 2:16; Romanos 13:14; 1 Pedro 2:11; 2 Tesalonicenses 3:10-12; 1 Tesalonicenses 4:11; Proverbios 13:4; Mateo 16:26; Marcos 8:36; Lucas 9:25; Proverbios 14:12; 16:25; 2 Tesalonicenses 3:8; Hechos 18:3; Efesios 4:28; Mateo 6:19-34; Lucas 12:33; 1 Timoteo 6:9-10

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Dado que el nacimiento del agua, el bautismo pues, implica una nueva vida, la idea contenida es que se trata de un nuevo comenzar, como dice Pablo en su segunda carta a los de Corinto “de modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura [es]; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas”, es por ello que para andar por el Camino de esta nueva vida se alude a no volver la mirada atrás.

Sobre esto, uno de los eventos que más se esgrimen, es el caso de la esposa de Lot, la cual, mientras huían previo a la destrucción de Sodoma y Gomorra volvió su vista atrás quedando convertida en sal.

En efecto, pretender avanzar con la mirada puesta en lo que se deja puede dar lugar, no sólo a lentitud en el andar, es más: ni siquiera a tropezar por ello, sino incluso en regresar a lo que se está dejando, por eso Pablo escribiendo a los de Filipo les dice “yo mismo no considero haber lo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” o como escribió Isaías “no recordéis las cosas anteriores ni consideréis las cosas del pasado”

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Lucas presenta un diálogo corto, pero muy edificante, entre uno que deseaba seguir a Jesús pero que quería tiempo para ordenar antes sus cosas: “También otro dijo: Te seguiré, Señor; pero primero permíteme despedirme de los de mi casa. Pero Jesús le dijo: Nadie, que después de poner la mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios”.

Esta cita se usa para señalar, acertadamente, que iniciar el andar por el Camino implica dejar atrás lo que antes se era, pero quiero proponerte una forma adicional, no contradictoria sino complementaria de esto la cual se refiere a esas caídas que en el andar, una vez nacido de nuevo, se experimenta.

Es más que evidente que el nacer de nuevo no elimina nuestra carnalidad, un correcto entendimiento de aquello implica reconocer que mediante el bautismo “[nos habemos] vestido del nuevo [hombre,] el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de aquel que lo creó”, pero en el inter seguimos padeciendo de nuestras debilidades y flaquezas que nos pueden hacer caer en nuestro andar, ¿qué hacer? En su primer carta Juan instruye diciendo “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. Esto ya lo sabemos, pero el problema, y es a donde quiero llegar, es nuestra conciencia que puede no dejarnos tranquilos a pesar de ese arrepentimiento ante cada caída que experimentemos, ¿qué hacer?

No es tanto de hacer, sino más bien de comprender y dejar que el Espíritu nos vaya edificando, de nuevo, ¿qué le dijo Jesús al que queriendo acompañarlo sentía tenía cosas que arreglar en su vida? “Nadie, que después de poner la mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios”.

Esto no aplica sólo a mirar atrás deseando la vida que se ha dejado, sino también no dejar de mirar las faltas que en el andar hemos cometido permitiendo que 6


nuestra conciencia nos ancle en un error que, al arrepentirnos, ya ha sido perdonado.

La próxima vez que al caer y ser restaurado sientas esa conciencia que no deja de recordarte tu falta, recuerda que eso está en el pasado y que mirando hacia atrás nos descalificamos a nosotros mismos para el Reino, después de todo en la vida, correr volteando hacia atrás solo te hará ganar un tropezón.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/F_3C_M7pWNU

Referencias: 2 Corintios 5:17; Romanos 6:4; Génesis 19:26; Lucas 17:32; Filipenses 3:13-14; Hebreos 6:1; Isaías 43:18; Lucas 9:62; Colosenses 3:10; Romanos 12:2; 1 Juan 2:1-2; Hebreos 2:17

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Si bien el cristiano confía en la infinita misericordia y eterno amor del Padre, sabe que la debilidad de la carne le puede hacer caer e incluso perder las promesas que se han dado, si no fuera así nuestro Señor no nos hubiera exhortado diciendo “retén firme lo que tienes, para que nadie tome tu corona”, de igual forma Pablo no se hubiera expresado, respecto de su llamamiento, diciendo “golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado”.

Ese sentimiento puede en ocasiones crecer tanto que haga dudar de si uno alcanzará aquello para lo que ha sido llamado y ¿sabes?, en efecto: existe la posibilidad de perder aquello para lo que hemos sido llamados, pero ¿sabes también?, si no lo intentamos de lo único que tendremos certeza es de no alcanzarlo.

Ahora bien, respecto de ese sentimiento, que es muy natural, hay que señalar que el mismo puede tener su origen en el Enemigo, en el Mundo o en la Carne, es por ello que no debemos prestarle atención ya que el mismo puede hacernos perder la vista del Camino, cuando mucho debemos estar consiente de aquello para saber 8


que nada podemos por nosotros mismos pero que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece.

Respecto de ese sentimiento de desasosiego que se ha mencionado tiene realización cuando ponemos la mirada en lo que no somos más que en Aquel que nos llamó, el Padre, y en Aquel por quien sí somos, Jesús, es por eso que la Escritura nos exhorta diciendo que debemos tener “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios”.

¿Cuál es la mejor actitud ante ese sentimiento de desesperanza que puede embragarnos mientras caminamos nuestro andar?, Pablo escribiendo a los de Filipo lo resume diciendo “Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.

Si en alguna ocasión estás en ese punto de, como se dice, tirar la toalla, piensa que el esfuerzo que se nos pide mientras andamos por el Camino, si bien no es garantía de alcanzar la meta, el ni siquiera trabajar en ello si nos refrenda que no lo lograremos, así que no lo olvides, no todo es incierto en la vida: no intentar algo te da 100% de garantía de no lograrlo.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/jQs2QLE0OP4

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Referencias: Revelación 3:11; 1 Corintios 9:25; 2 Timoteo 2:5; 1 Corintios 9:27; Romanos 8:13; 2 Corintios 13:5; Hebreos 12:2; 1 Corintios 1:23; Filipenses 3:20; Juan 6:40; Filipenses 4:13; 2 Corintios 12:9; Efesios 3:16; Filipenses 3:14; Romanos 8:28; 2 Timoteo 1:9

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Cuando el elegido lee en la Palabra la pregunta reflexiva “¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?”, puede dar por hecho de que uno no se encuentra en esa situación, pero de igual forma debe considerarse la Escritura cuando dice “el que piensa estar firme, mire que no caiga”.

En primer lugar hay que entender que hay mundo y mundo en la Palabra, un mundo en la Palabra se refiere a aquello negativo que está relacionado con el presente siglo: “Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”, otro mundo se refiere a toda la humanidad, tan valiosa para el Padre que mando a Su Hijo para redención de ella: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. En el caso de la cita inicial, dado que menciona mundo en el contexto de ganarlo perdiendo el alma se infiere que el sentido de la palabra es aquel dicho primeramente, es decir, el que tiene connotaciones negativas.

Con todo y todo hay que tener cuidado porque algunos ajenos a la verdad, malinterpretando la cita inicial, se han apartado del mundo para vivir una vida de 11


ostracismo, sin considerar que nuestro propio Señor pidió al Padre diciendo “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal”, de igual forma Pablo, haciendo eco de esto señalaba a los de Corinto diciendo “Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios; no absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con los avaros, o con los ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería necesario salir del mundo. Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis”.

Pero entonces, ¿de qué debe cuidarse el elegido que ha respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo?, la Palabra claramente lo señala al indicar hacia “la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida”.

¿Y cómo saber si algo va en la línea de aquello señalado?, la Escritura dice que “por sus frutos los conoceréis” , ¿y cuáles son los frutos de la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida?, “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas”; siendo que si algo tiene inclinación a esto, entonces pertenece a aquello que aunque nos produzca gozo, placer o satisfacción, pertenece a ese mundo que pasa en contraposición con aquellos que haciendo la voluntad de Dios permanecen.

Los hijos de Dios no hemos sido llamados para ser vasos de ira sino para obtener salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, así que hay que estar muy atentos, vigilantes, velando, después de todo tú decides: O conquistas al mundo o el mundo te conquista a ti. 12


Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/xyhPNWT85x4

Referencias: Mateo 16:26; Marcos 8:36; 1 Corintios 10:12; 2 Pedro 3:17; 1 Juan 2:16; Efesios 2:3; Juan 3:16; Romanos 5:8; Juan 17:15; 1 Corintios 5:9-11; 2 Tesalonicenses 3:6; 1 Juan 2:16; Efesios 2:3; Mateo 7:20; Lucas 6:44; Gálatas 5:19-21; 1 Corintios 6:9-10; 1 Juan 2:17; 1 Corintios 7:31; 1 Tesalonicenses 5:9; 2 Tesalonicenses 2:13

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¿Te has dado cuenta de cómo cuando uno quiere algo busca las maneras de lograrlo?, si ya hay maneras establecidas para lograr algo uno las sigue, pero si no, uno es capaz incluso de inventar nuevas formas para alcanzar aquello que desea.

En la vida cristiana pasa casi igual con la única diferencia que el camino ya está trazado, es Cristo mismo, pero —y aquí viene la parte interesante— el cómo lo sigas depende de ti, así que en cierta forma tu inventarás esas nuevas maneras, nuevas al menos para ti, para alcanzar tu objetivo que son las promesas del Padre.

Este inventar nuevas formas no está en contraposición del Cuerpo de Cristo, la iglesia de Dios, y sus doctrinas, siendo éstas las que establecen la base de todo pensamiento, como Pablo escribe a Timoteo en su primer carta: “ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza; persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan”, sino que más bien esas nuevas formas tienen que ver con explotar tu potencial en el Camino para gloria de Dios, para la construcción del Cuerpo de Cristo y para tu propia edificación.

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En cuanto al Cuerpo de Cristo, Su iglesia, ¿te gusta cantar?, canta en la congregación, es más ¡inventa canciones para Dios!, ¿te gusta enseñar?, apoya en los estudios, en la instrucción, ¿te gusta pintar, escribir, administrar, lo que sea?, siempre habrá algo que hacer para el Cuerpo de Cristo, algo que deberás encontrar que es y desarrollarlo, explotarlo, como dice Pablo escribiendo a los de Roma “si el de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación; el que da, con liberalidad; el que dirige, con diligencia; el que muestra misericordia, con alegría”, siempre y en todo momento considerando ese orden y decencia que también Pablo recomienda, en su primer carta a los de Corinto, para todo lo que se haga en la congregación

En cuanto a tu propia edificación, ¿tienes algún debilidad en tu vida espiritual?, fortalece ese aspecto de ella, ¿hay cuestiones doctrinales que no comprendes?, ponte a estudiar al respecto, ¿consideras te falta intimidad con Dios?, dedica más tiempo a la oración, ¿quieres crecer en algún aspecto, erradicar algo nocivo de tu vida espiritual, crecer en conocimiento de Dios y Su Hijo?, inventa las maneras de ello que se ajusten a ti y te permitan alcanzar aquello para lo que hemos sido llamados, sabiendo , como escribió Pablo a los de Filipo, “que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús”.

Esperar a que todo nos sea dado o bien a que todo sea hecho por otros, es tener una visión muy pobre de la vida espiritual, el camino hacia las promesas requiere esfuerzo, no un esfuerzo que nos haga digno de ellas ya que las mismas se nos han sido dadas de gracia, sino un esfuerzo que permita evidenciar ante Dios nuestro deseo de obtener aquello que nos ha prometido y que en el camino desarrolle nuestro carácter para reflejar a Cristo en nuestra vida tal como Él es a su vez imagen el Dios invisible, así que ya lo sabes: Si quieres algo encontraras el camino para alcanzarlo y si no lo hay ¡tú mismo lo trazaras!

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/bf3MWDLAOVM

Referencias: Juan 14:6; Isaías 35:8,9; 1 Timoteo 4:16; 2 Timoteo 4:2; Tito 2:7,15; Romanos 12:7; 1 Corintios 14:26-40; Filipenses 1:6; Salmos 138:8; 1 Corintios 1:8; Colosenses 1:15

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Si tuviéramos que hablar de una característica en común en cuanto a todas las personas ésta bien podría ser la constante insatisfacción que permanentemente se tiene ante la vida. En el caso del cristiano esto es igual, lo cual es entendible pues no estamos llamados a menos que a ser santos y perfectos, lo cual, mientras no se logre, nos hará sentir incompletos.

Ante esta insatisfacción relacionada con nuestro actual vivir hay dos opciones: ceder ante la imposibilidad de lograr en esta vida esa satisfacción deseada o bien hacer algo para cambiar esa situación.

Frente a esta disyuntiva el mundo, si bien constantemente está tratando de cambiar esa situación, lo hace por un camino que trae más insatisfacción y, lo que es peor, que en muchos de los casos conduce a aquello que no se desea, ya que como bien se sabe hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte.

En el caso de los elegidos lo anterior debería ser radicalmente opuesto, es decir, a sabiendas que no es nuestro esfuerzo el que logra se concreticen las promesas del Padre recibidas, se tiene muy en claro que solamente poniendo por obra esa

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fe que se dice profesar puede cambiarse en parte nuestra actualidad pero de manera total nuestra eternidad.

Esto pareciera ser una contradicción, es decir, ¿para que esforzarnos si no depende de nosotros alcanzar aquello que se nos tiene reservado?, pero la realidad es que ese esfuerzo es requerido primero para que el Padre forme en nosotros, a través de Su Santo Espíritu, Su propio carácter perfecto y santo, y segundo para evidenciar ese deseo de alcanzar aquellas promesas.

Es algo así como el niñito que se esfuerza por dar sus primeros pasos, es más que evidente que todavía no sabe, es más: no puede caminar por sí mismo, pero el solo hecho de intentarlo lo va fortaleciendo para en un momento futuro poder caminar, de igual forma, si el padre lo ve haciendo ese esfuerzo se inclina, lo toma, y lo ayuda en el mismo, apoyo sin el cual lo más probable es que el niño no pudiera aprender a caminar, pero si el padre no ve esfuerzo alguno tampoco obligaría al hijo a ello pues eso no solo sería contraproducente sino incluso dañino en su desarrollo.

De igual forma, y aunque se sabe que la plenitud de las promesas pertenece al reino venidero, hay efectos relacionados con un buen vivir, con un sano vivir, con un santo vivir, que desde ya comienzan a beneficiarnos, como escribe Pablo en su segunda carta a los de Corinto: “Por tanto, amados, teniendo estas promesas, limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios”.

La otra opción, a saber: la de la desidia ante la vida cediendo a esta y renunciando a todo esfuerzo, ni natural ni mucho menos espiritualmente tiene sentido si quiera considerarla, pero la misma debe identificarse para reconocerla cuando nuestra carnalidad nos impulse a ello para que, con la luz y fuerza que deviene del Santo Espíritu de nuestro Padre Dios, remontar esa tendencia material sabiendo que

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estamos llamados a una eternidad gloriosa, así que ya lo sabes: ¿Qué no te gusta el plato que la vida te sirvió? ¡Pues levántate y prepárate otro!

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/3wR-CpFBttc

Referencias: 1 Pedro 1:16; Levítico 11:44; Mateo 5:48; Deuteronomio 18:13; 2 Corintios 7:1; 2 Corintios 6:17,18; Proverbios 14:12; Mateo 7:13,14; Santiago 2:18; Mateo 7:16; Santiago 3:13

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Generalmente, sobre todo en el pensamiento del mundo, se tiene la idea de que la vida cristiana es fácil, que no implica mayor problema, pero la realidad es que esto es más bien al revés ya que los cristianos no batallamos solamente con lo que los del mundo batallan sino que adicionalmente nos esforzamos por vivir según los estándares de Aquel que nos ha llamado a salvación.

Esto es cansado, frustrante, y en ocasiones a más de uno puede haberle pasado por la mente el dejar de luchar, el detener su andar. Entendamos algo: somos carne y, como dijo nuestro Señor, “el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”, es por ello que es válido, de hecho es recomendable, en ocasiones descansar de nuestro andar.

En una ocasión, en el trajín de sus idas y venidas, Jesús les dijo a sus discípulos “venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer”, de esta forma está más que claro que incluso en nuestro caminar es recomendable, es necesario en ocasiones descansar.

Pero ese descansar no debe confundirse con dejar de luchar, dejar de esforzarnos por alcanzar las promesas que se nos han sido dadas. Mira como presenta ese 20


claudicar la Escritura: “El perezoso mete la mano en el plato, pero se fatiga de llevársela a la boca”, ¿te fijas?, espiritualmente en la persona del perezoso se tiene alguien que si bien tiene hambre espiritual su propia desidia le impide saciarla.

Pablo, escribiendo a los de Filipo, los exhorta en su misma persona para que no se confíen diciendo “no que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús”. ¿Te fijas como dice “por ver si logro asir aquello”?, de esta forma deja más que claro que mientras andemos por el Camino, en tanto no lleguemos a las promesas que se nos han sido dadas, no debemos dejar de alcanzar aquellas so pena de no conseguirlas, como dijo nuestro Señor Jesús: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”.

Las promesas que se nos han dado no son cosa menor: la salvación, la vida eterna, el llegar ser parte de la familia de Dios, eso excede con mucho cualquier cosa que en este mundo pudiéramos imaginar, pero de igual forma se requiere de nosotros ese esfuerzo por alcanzarlas, descansando, sí, cuando este andar nos fatigue, pero nunca dejando de avanzar en el Camino, después de todo detener tu andar no mantiene la distancia entre tú y tus sueños sino que la incrementa

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/N1yawIhTdDk

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Referencias: Mateo 26:41; Lucas 21:36; Marcos 6:31; Proverbios 19:24; 26:15; Filipenses 3:12; 1 Corintios 9:24; Mateo 7:13-14; Lucas 13:24; 1 Pedro 1:8-9; 2 Corintios 4:18; 1 Pedro 5:10; 2 Corintios 4:17; Efesios 2:19; Filipenses 3:20

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Si bien la respuesta al llamamiento y la obtención de las promesas dadas es individual, no por ello eso quiere decir que la vida cristiana sea egoístamente en soledad. En muchas partes de las Escritura se insta a los fieles, a los miembros del Cuerpo de Cristo, a apoyarse mutuamente, incluso a sobrellevar unos las flaquezas de otros, en otras palabras, a demostrar un liderazgo fraternal los unos con los otros.

Esto es principalmente preponderante quienes en la iglesia de Dios tiene algún tipo de liderazgo, ahora bien, este liderazgo no se refiere exclusivamente a las autoridades establecidas en la grey sino a todo aquel que de alguna manera sirva de ejemplo, de instrucción, de corrección, de edificación a los demás.

Sobre los primeros, a saber: las autoridades establecidas en la congregación, la Escritura es muy clara cuando señala que “puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas” . Estos tiene una gran responsabilidad sobre la grey pues, como les escribe Pedro en su primer carta, el deber de estos es “apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no

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por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey”.

Pero esto no exime al resto de los miembros del Cuerpo de Cristo en la edificación mutua que se deben pues, como escribe Pablo en su primer carta a los de Corinto, “pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere”.

Esta responsabilidad que tenemos unos para con otros en la iglesia de Dios nos fue señalada por nuestro Señor cuando señaló “por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Más si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano”, de igual forma Pablo confirma esto al escribir a los de Galacia diciendo “hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”. “¿Y cuál es la meta de todo esto?” —podrá alguien preguntar, la respuesta es “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, en tanto no se cumpla esto aún hay trabajo por hacer referido a ese liderazgo fraternal que nos debemos los unos con los otros, después de todo un buen líder sabe que el logro de sus metas está en función de que sus seguidores logren las de ellos. 24


Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/hCRH-P0tsSA

Referencias: Job 34:11; Mateo 16:27; 1 Tesalonicenses 5:11; Hebreos 3:13; Gálatas 6:2; Romanos 15:1; 1 Corintios 12:28; 1 Pedro 5:2-3; 1 Corintios 12:7-11; Mateo 18:1517; Gálatas 6:1-2; Efesios 4:13

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Constantemente la Escritura nos insta a crecer en el conocimiento de Dios y Su Hijo, de hecho usando la analogía del alimento líquido y el alimento sólido se nos insta a pasar de las verdades de salvación a las verdades de comprensión, con todo y todo el énfasis que ante esto siempre hace la Palabra es a poner por obra nuestra fe.

¿Te has dado cuenta como casi para cualquier pregunta que sobre la Escritura se tenga siempre habrá alguien que de lo mismo tenga una opinión? Eso no está mal, al contrario, debemos escudriñar las verdades que Dios mismo ha puesto en Su palabra, como la misma Escritura dice “es gloria de Dios ocultar un asunto, y honra del rey investigarlo”, pero si lo único que se tiene es información, la misma, al estar sin fruto, es decir, al no ser puesta por obra, se vuelve estéril en sí misma.

El desarrollo armónico del cristiano está en función tanto de la fe como de las obras, la primera nos permite crecer en ese conocimiento de Dios y Su Hijo comentado al inicio, lo segundo nos permite ponerla por obra dando frutos en abundancia de perfección y santidad. Lo primero, la fe, nos es requerida para saber qué hacer, por qué hacerlo y para qué hacerlo; lo segundo nos es necesario para la introyección en nosotros mismos y en los demás de aquellas verdades reveladas a través del hacer. 26


La forma de mantener ese equilibrio pasa por que, en cada nueva comprensión que sobre las verdades divinas se tenga, se haga la pregunta ¿cómo puedo aplicar esto en mi vida?, créeme: no hay nada de ello que no tenga aplicación práctica en lo que somos y en lo que hacemos, solo que esa aplicación debe ser descubierta por nosotros, claro con la ayuda del Espíritu de Dios, si no fuera así la misma Escritura no nos instaría diciendo “sed hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos”, porque la Palabra no se circunscribe sólo a los mandamientos o el resto de las ordenanzas sino a toda la Escritura.

Ahora bien, esa comprensión que se va adquiriendo, la cual debe ir aunada a ponerla por obra, debe empezar por uno mismo, ¿por qué se comenta esto?, porque puede caer uno en el error, sobre todo de las verdades de comprensión, de pretender que todos los demás piensen de la misma forma y actúen en consecuencia ante ello.

Las verdades de salvación, los principios doctrinales, son de aplicación general, pero las verdades de comprensión son de aplicación particular, claro que ambas deben ser compartidas, pero nunca pretender imponer las segundas como si fueran las primeras pues la manera en que cada quien crece en ese conocimiento de Dios es particularísima.

Por último, si esa comprensión que se va adquiriendo no lo hace a uno más humilde, más sencillo, más empático sino que al contrario lo vuelve orgulloso, complicado y egoísta, créeme: mejor hubiera sido quedarse sin ese conocimiento que lo único que genera es hincharnos. Pero no todo está perdido, incluso si así es, uno puede pedir a Dios trabaje en nuestro corazón para que avanzando en Su camino seamos cada vez más semejantes a Su Hijo, después de todo es más que claro, respecto del llamamiento al que hemos respondido, que opiniones sin acciones son solo buenas intenciones. 27


Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/1otZeQqhUAo

Referencias: 2 Pedro 3:18; Colosenses 1:10; 1 Corintios 3:2; Hebreos 5:14; Santiago 4:17; Lucas 12:41-48; Proverbios 25:2; Deuteronomio 29:29; Santiago 1:22; Mateo 7:2125; 1 Pedro 4:17; 1 Corintios 8:1; Isaías 5:21; 1 Corintios 8:2,4,7,11; Salmos 51:10; 2 Corintios 5:17; Efesios 2:10

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Como parte de la congregación, la pregunta que todo cristiano siempre se hace es ¿debo opinar o solamente acatar? Ambas opciones tiene sus pros y sus contras y ambas deben verse a la luz de la Escritura.

El opinar implica posibilidad de mejorar aspectos de la congregación, pero igual de tender al caos si cada quien considera tener la razón; por otra parte, si sólo se acata se mantiene el orden, pero de igual forma pueden solaparse desviaciones vivenciales e incluso doctrinales. ¿Cuál es el punto medio?

Aclaremos dos cosas de inicio. Una es que la obediencia a nuestras autoridades en la iglesia es algo que la Palabra exhorta a todos los miembros del Cuerpo de Cristo, claramente Pablo escribiendo a los Hebreos señala “obedeced a vuestros pastores y sujetaos [a ellos,] porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta. Permitidles que lo hagan con alegría y no quejándose, porque eso no sería provechoso para vosotros”; la otra cosa es que de igual forma el opinar es necesario en la iglesia para mejora de la misma, incluso la Palabra exhorta a la edificación mutua la cual solo puede darse en ese contexto tal como lo señala Pablo escribiendo a los de Éfeso cuando dice “no salga de vuestra boca ninguna palabra mala, sino sólo la que sea buena para edificación, según la necesidad [del momento,] para que imparta gracia a los que escuchan”; pero 29


ambas cosas deben darse, como dice Pablo en su primer carta a los de Corinto “decentemente y con orden”.

Esto último, que bien puede ser la guía para arcar nuestra participación en el Cuerpo de Cristo, puede resumirse en el exhorto de Pablo a los de Roma cuando les dice “así que procuremos lo que contribuye a la paz y a la edificación mutua”, de esta forma uno puede opinar, pero no fomentar la desobediencia a las autoridades de la iglesia; uno puede proponer, pero no indecentemente y con desorden; uno puede plantear, pero sin imponer ni mucho menos con ánimo de destruir lo edificado.

De esta forma, las ideas que uno pudiera creer que son para edificación del Cuerpo de Cristo deben pasar tres cedazos, no solo uno referido a si lo que se va a expresar se considera procedente, sino también el cedazo del respeto a las autoridades, y el cedazo del orden, la decencia y la edificación, de esta forma lo propuesto presentará no solo la idea, la cual podría ser de beneficio a la congregación, sino que también respetará a las autoridades establecidas, lo cual es requisito para el propósito de la iglesia, y fomentará en ella, a través del orden, la decencia y la edificación, la armonía, la virtud y el desarrollo.

Todos tenemos en mente cosas que pudieran mejorarse en la congregación, en la medida que el Espíritu mueva puede uno proponerlas a la misma, considerando las formas y el fondo, como dice Pablo escribiendo a los de Éfeso “[esforzándonos] por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”, después de todo quien critica algo tiene la obligación de proponer, no una, sino al menos tres formas de mejorar lo que señala.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/OntC-MmqRHE

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Referencias: Hebreos 13:17; 1 Corintios 16:16; 1 Tesalonicenses 5:12; Efesios 4:29; Romanos 15:2; 1 Tesalonicenses 5:11; Romanos 14:19; 2 Corintios 13:11; Colosenses 3:1215; Efesios 4:3; Hebreos 12:14; Santiago 3:13-18

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Uno de los fundamentos de la vida cristiana, es que, cuando una vez entendidas las verdades básicas espirituales, uno arrepentido viene al bautismo y mediante la imposición de manos recibe el Espíritu Santo, puede decirse que ha nacido de nuevo, pero curiosamente, y aunque esto es algo que se entiende, en muchas ocasiones pareciera que uno sigue cargando con la vida anterior y, peor aún, con los errores que comete en la nueva vida. Claramente Pablo en su segunda carta a los de Corinto les dice que “si alguno está en Cristo, nueva criatura [es]; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas”, pero, siendo honestos, ¿cuántas veces uno ha escuchado, e incluso uno mismo ha dicho, cuestiones que le pesan de la vida pasada o errores cometidos en la vida actual, cosas que no puede uno mismo perdonarse? La frase de Jesús a quien desee seguirlo referida a que “Nadie, que después de poner la mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios”, no solo apunta a dejar la vida pecaminosa y rebelde que se tenía antes de venir a la salvación, sino a todo aquello que siendo del hombre viejo no abona en nada para la nueva vida e incluso para los errores que en la nueva vida se cometan ya que ambas cosas más bien tiene la capacidad de detener nuestro andar por el Camino. 32


De manera natural estamos hechos para que aquellos errores que se cometen, con el ánimo de aprender de ellos, nos causen dolor, tristeza, sufrimiento, pero uno no puede estar con la mirada puesta en ellos ya que, siguiendo la analogía de andar por el Camino, las promesas entregadas están delante de uno, no atrás en el pasado.

Tanto los errores cometidos por el hombre viejo como los errores que se cometan con el hombre nuevo, conllevan el mismo trato: “si alguno peca —escribe Juan en su primera carta—, Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”, de esa forma el arrepentimiento es la manera en que, tanto para dejar la vida anterior como para nuestro andar en la nueva vida, tenemos para reconciliarnos con el Padre por los méritos de la sangre de Jesús —arrepentimiento que de igual forma debe buscar enmendar el daño hecho a los demás procurando la reconciliación con ellos—, mostrando de esta forma que, aunque nuestra carnalidad sigue presente, el llamado a alcanzar las promesas nos hace reconocer los errores que en el andar podamos cometer.

Pero de igual forma, no puede uno estar viendo esos errores, esos tropiezos, esas caídas, no es a eso a lo que se está llamado, luego entonces de nuevo deben ponerse los ojos en las promesas que se han sido dadas para seguir nuestro andar por el Camino así como poner la mirada en Aquel que nos ha llamado para formar parte de Su familia, como Pablo expresaba a los de Filipo “Hermanos, yo mismo no considero haber lo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.

Los errores, vaya: los pecados que cometimos antes de venir a salvación no puede ser aquello que defina lo que en el nuevo hombre somos, de igual forma los tropiezos y caídas que en el Camino que en el hombre nuevo tengamos no deben minar nuestro andar, dejar que eso defina la salvación a la que hemos sido 33


llamado y el alcance de las promesas que se nos han sido entregadas solo conlleva desgaste y cansancio con el riesgo de no llegar a la meta, después de todo en tu andar por la vida recuerda que mientras más cosas cargues más lento vas y más pronto te cansas.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/RS7e9b4v9nI

Referencias: Hechos 2:38; Romanos 6:3; Hechos 8:17; 1 Timoteo 4:14; Juan 3:5; 1 Corintios 15:50; 1 Pedro 1:23; Juan 1:13; 2 Corintios 5:17; Romanos 6:4; Lucas 9:62; Hebreos 10:38; Filipenses 3:13-14; Hebreos 6:1; 1 Juan 2:1; Hebreos 7:25

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En la vida cristiana, el compañerismo, la fraternidad que al interior de la congregación, como parte del Cuerpo de Cristo, se dé, es algo no solo deseable sino incluso necesario. Sobre esto, Pablo escribiendo nos insta diciendo “antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado … [considerando] …cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras”, de igual forma Judas en su carta señala “pero vosotros, amados, edificándoos en vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando ansiosamente la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna”.

Pero ese compañerismo, esa fraternidad, no deben confundirse con desidia o negligencia ya que el llamamiento, y la respuesta a éste, es personal e individualísima; en el mismo sentido, la exigencia de resultados que a cada quien se le pedirá, y por la que habrá reconocimiento o condena, será propia y particular, como dice nuestro Señor en el libro de Revelación: “y he aquí, yo vengo presto, y mi galardón está conmigo, para recompensar a cada uno según fuere su obra”.

En su carta a los Romanos, Pablo diserta sobre aquellos que andando desordenadamente quieren comer el pan de balde diciendo “si alguno no quiere 35


trabajar, tampoco coma” y sobre aquellos que pensaban en otro sentido Pablo les insta diciendo “a los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan”.

Esta cita tiene un entendimiento natural donde cada miembro del Cuerpo de Cristo debe trabajar para conseguir aquello que supla sus necesidades materiales, pero de igual forma contiene comprensión espiritual pues implica ese esfuerzo requerido para andar por el Camino.

El pan en la Escritura, aparte de la connotación natural del término, tiene un significado espiritual que apunta, por un lado, a la Palabra escrita, “más él respondiendo, dijo: Escrito está: No con solo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale por la boca de Dios”, y por otro lado a la Palabra hecha carne, “Jesús les dijo: Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”, de esta forma, el trabajar para comer el propio pan, como exhortaba Pablo, también tiene un referente espiritual referido a ese crecer en el conocimiento de Dios y Su hijo.

Estar en la Congregación solo recibiendo, por muy loable que sea para la propia edificación, no cumple el requerimiento esperado de todo hijo de Dios de trabajar por su cuenta, de aplicar el propi esfuerzo en crecer en ese conocimiento de Dios y Su Hijo, ¿cómo?, estudiando por cuenta propia, orando y meditando a horas y deshoras, no nomás estar esperando para lo que en la Congregación, quienes enseñan, tengan que compartir, sino analizando, indagando, escudriñando, pidiendo a Dios Su luz para entender las verdades que Él quiera revelar, como nuestro Señor aconsejó en su momento “pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”, lo cual, por cierto, también tiene esa connotación espiritual referida al conocimiento, al entendimiento, a la comprensión de las verdades divinas.

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Andar por el Camino no debe confundirse con ser parte de la Congregación, ¡se puede ser parte y estar estáticos!, andar por el Camino requiere de esfuerzo personal para crecer en el conocimiento de Dios y Su Hijo, después de todo en la vida, los demás te podrán acompañar, pero eres tu quien debe caminar.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/FjfVK0YCldI

Referencias: Hebreos 3:13; 10:24; Judas 1:20-21; Colosenses 2:7; Revelación 22:12; Romanos 2:6; 2 Tesalonicenses 3:6-15; Mateo 4:4; Lucas 4:4; Juan 6:35; 1 Corintios 10:1618; Juan 17:3; 2 Corintios 4:6; Mateo 7:7; Jeremías 29:13

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Los elegidos que hemos respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo tenemos muy claras las promesas que hemos recibido: llegar a formar parte de la familia de Dios como sus hijos. Con todo y todo ¿alguna vez te has puesto a pensar cómo es que las promesas del Padre exceden con mucho la expectativa de alguien que acepta a Jesús como su Señor y Salvador comparada con la expectativa de alguien que lo rechaza?

¿Cuál es la promesa para los redimidos?, ¿y para los pecadores?, hay quienes creen que ambos tendrán vida eterna, los primeros gozando y los segundos sufriendo, pero ¿qué dice la Escritura? “Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”, si uno se fija, ambos resultados se presentan de manera excluyentemente contraria con la expresión “más la”, es decir, una cosa no solo es diferente sino contraria a la otra. Por lógica básica, mínima, elemental, si la dádiva de Dios es vida eterna, luego entonces la paga del pecado, la muerte, no puede ser lo mismo aunque se le aderece con penas, de esta forma, si uno cree a lo que la Escritura señala, simple y sencillamente “la paga del pecado es muerte”.

De esta forma quien rechaza el sacrificio redentor de Jesús tiene una expectativa que presenta un límite pues la misma termina cuando cesa toda su existencia; por 38


su parte quien acepta a Cristo como su redentor tiene la expectativa de vida eterna, ¿y dónde o cuándo termina la eternidad?, así es: ¡nunca!, de esta forma el límite de aquel que cae, de aquel que rechaza la sangre derramada de Jesús, está dado por la muerte del mismo, la cesación de su existencia, por el contrario, quien cubre sus pecados con aquella y vuela hacia las promesas del Padre tiene por delante una existencia que nunca tendrá fin, que nunca conocerá límites.

Por cierto, ¿alguna vez te has preguntado qué haremos en la vida eterna? A esta pregunta se han propuesto respuestas en función de la comprensión humana, pero ¿sabías que la Escritura señala concretamente en qué consiste la vida eterna? "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien ha enviado". Nomás piensa en esto: Dios es infinito, ¿cuánto nos llevaría conocerlo completamente?, ¡toda la eternidad!, por eso David de manera inspirada señaló "una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo". Pero desde ya hay que comenzar a adquirir este conocimiento sino llegado el día no habrá nada sobre lo que se pueda construir.

Quien cae, quien rechaza lo que el Padre por medio de Su Hijo ofrece, tiene la expectativa, no de que va a vivir por siempre sino de que si existencia cesará para siempre; por su parte, quien acepta a Jesús como su Señor y Salvador tiene frente a sí una vida eterna, sin límite ni fin, para seguir conociendo al Padre y Su Hijo, de esta forma, lo bueno de caer es que sabes hasta donde caerás, lo bueno de volar es que límites nunca habrá.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/8t1K0EQM-Pc

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Referencias: Efesios 2:19; Filipenses 3:20; Hebreos 12:22-24; Romanos 6:23; Mateo 25:46; Gálatas 6:8; Juan 17:3; 1 Juan 1:2; 1 Timoteo 6:15,16; Salmos 27:4; 2 Corintios 4:6; Efesios 1:17

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Sin duda alguna que a nadie que haya respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo le gustan las caídas que se experimentan. Cada que uno tropieza, cae, prácticamente se desmorona, se abate, pues inmediatamente en el interior surge un sentimiento de tristeza, de vergüenza al no estar a la altura del llamamiento del que se ha sido objeto para ser perfectos y santos.

Sin duda que incluso eso puede servir para el plan de Dios, pero antes de ver de qué manera, hay que aclarar que el tropezar, el caer, no necesariamente implica que uno deja de ser justo, santo ante el Padre. La Escritura señala que “siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; más los impíos caerán en el mal”, si el tropezar, el caer nos acarreara ser rechazados respecto del llamamiento al que se ha respondido, no diría ahí que “siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse” pues con una vez que cayera dejaría de ser justo, el entendimiento de esto está en la segunda parte de la frase donde el impío, a diferencia del justo que vuelve a levantarse, queda caído en el mal siendo absorbido por él.

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Pero bueno, ¿cómo podría la caída del justo colaborar con el plan de Dios? Veamos el caso de Job. Job, como señala la Palabra, era un “hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”, incluso Dios reconocía esto pues de él dijo al Enemigo “¿no has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?”, más sin embargo, ¿qué más había en Job? La Escritura en boca de David pone la expresión “¿quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos”, de igual forma pide “escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno”, de esta forma hay errores en uno que sólo pueden ser manifestados por medio de Dios, en el caso de Job, a lo largo de su relato, podemos ver dos situaciones que requerían la atención de Dios en él: una era que se consideraba justo, en sus propias palabras él señala en un momento dado “me aferraré a mi justicia y no la soltaré. Mi corazón no reprocha ninguno de mis días”; la otra era que, a causa de esa manera de verse, desdeñaba a los que consideraba por debajo de su estándar de comportamiento, como cuando señala, ante las adversidades que estaba padeciendo, “pero ahora se ríen de mí los más jóvenes que yo, a cuyos padres yo desdeñara poner con los perros de mi ganado”.

Ahora bien, ¿cuál es la conclusión del relato de Job?, podemos señalar tres puntos: el primero, que Job reconoce su nada ante Dios, como él mismo dice “yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía”; segundo, que se abre a la instrucción, corrección, edificación y santificación que devienen del Padre, esto cuando dice a Dios “oye, te ruego, y hablaré; te preguntaré, y tú me enseñarás”; y, tercero, que como resultado de esto vino una restauración incluso superior a la que en un inicio tenia Job, como dice la Palabra “y quitó Jehová la aflicción de Job, cuando él hubo orado por sus amigos; y aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job”.

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Retomando la cita inicial de la Escritura que señala “siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse”, al cuestión no estriba en tropezar, en caer, prácticamente eso es ineludible en tanto estemos en esta carne, sino en volvernos a levantar y seguir el Camino hacia las promesas del Padre aceptando su instrucción, su corrección, su edificación, su perfeccionamiento y su santificación, lo cual en la Palabra se expresa como el ser fiel hasta el final, después de todo ¡hasta las caídas sirven! Fortalecen en ti el carácter y te enseñan el valor de la humildad.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/wqE6ZyeOQ8A

Referencias:

Mateo 5:48; Levítico 19:2; Deuteronomio 18:13; 1 Pedro 1:16; Levítico 11:44; Proverbios 24:16; Levítico 11:45; Job 1:1, 8; Salmos 19:12; Isaías 64:6; 1 Corintios 4:4; Job 27:6; 30:1; 42:3, 4, 10; Revelación 2:10; Mateo 10:22; 1 Corintios 9:25

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El elegido que ha respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo sabe que solo debe seguir a Jesús. Claramente nuestro señor exhortó a los de su tiempo, y en su figura a los cristianos de todos los tiempos diciendo “pero vosotros no queráis que os llamen maestro; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos”, incluso Pablo, quien apelaba a imitarle, señalaba claramente que en realidad en su ejemplo se estaría imitando a Cristo, no a él por sí mismo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo”.

Nuestro Señor claramente dejó constancia de la diferencia entre fundar nuestra casa en la Roca, Él mismo, poniendo por obra lo que nos dice, y fundar la casa sobre la arena, es decir, sin poner por obra lo que él nos pide. De igual forma señaló muy claramente diciendo “no todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.

Curiosamente, y a pesar de todo lo dicho anteriormente, hay quienes, en vez de seguir la Palabra escrita, la Biblia, y echa carne, Jesús, siguen, de nueva cuenta como en el pasado, tradiciones de los hombres corriendo el riesgo de invalidar la voluntad de Dios.

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Del cristiano se espera que una vez venido a la verdad, crezca en el conocimiento de Dios y de Su Hijo pasando del alimento líquido, las verdades de salvación, al alimento sólido, las verdades de comprensión, llegando a ser capaces de manejar con precisión la palabra de verdad, desafortunadamente algunos, una vez venidos a la verdad, se estancan en esto.

¿Cuál es el principal indicador del estancamiento espiritual anteriormente mencionado? La expresión de algunos que, cuando se trata de avanzar en la compresión de las verdades espirituales, solo puede responder “así me lo enseñaron cuando me evangelizaron” o bien “así se entiende en la iglesia” o bien “una vez venido a la fe así alguien una vez me lo explicó”.

Dicha expresión denota un desconociendo de la Palabra, por eso la Escritura reconoce a los de Berea ya que éstos no se quedaban solo con lo que recibían como instrucción sino que se iban a la Palabra para escudriñar si así era ello. Pero esto no es lo peor, lo peor es que al atenerse a lo que otros dijeron pueden estar siguiendo, no a la Palabra escrita ni a la Palabra echa carne, sino a los hombres. Recordemos que todos los miembros del Cuerpo de Cristo “en parte conocemos, y en parte profetizamos”, luego entonces si nos atenemos a lo que en parte alguien comprendió, si no lo contrastamos con la Palabra, si no avanzamos en la comprensión de ello, tendremos solo parte de parte, corriendo el riesgo de ser ciegos guiados por otros ciegos llagando a perecer por falta de conocimiento.

El mayor problema de lo anterior no estriba en las verdades de salvación, los principios doctrinales, ya que estos son claros en la iglesia de Dios, el riesgo está en las verdades de comprensión, en ese alimento sólido para el cual es requerido tener ejercitado, desarrollado, fortalecido el conocimiento que deviene de lo alto lo cual solo es posible si constantemente se trabaja, si uno trabaja en ello, así que en cuanto al andar por el Camino fíjate en las huellas en la vida: si están delante de ti solo sigues a otro, si están detrás, tú haces la historia. 45


Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/YF21_J56JBY

Referencias: Mateo 23:8; 1 Pedro 5:3; 1 Corintios 11:1; 1 Tesalonicenses 1:6; Lucas 6:46-49; Santiago 1:22; Mateo 7:21; Romanos 2:13; Marcos 7:1-13; Colosenses 1:10; Filipenses 1:27; 2 Pedro 3:18; Hebreos 5:14; 1 Corintios 3:2; Hebreos 5:12; 2 Timoteo 2:15; Hechos 17:11; 1 Corintios 13:9; Mateo 15:14; Filipenses 1:9; Oseas 4:6; Isaías 5:13; Jeremías 5:4

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Cuando de andar por la vida se trata, lo mismo que avanzar por el Camino, uno podrá encontrar muchas opiniones al respecto, opiniones que si bien puede coincidir con la de uno en la mayoría de los casos serán diferentes, como diferentes somos las personas, y en muchas otras ocasiones más incluso contrarias a nuestro pensar.

Dada la imposibilidad e impracticidad de pretender que sean los demás quienes guíen nuestro recorrer en esta vida lo mismo que en el Camino, lo mejor que uno puede hacer es atenerse a su opinión, pero —y mucha atención con esto— una opinión que en el caso del cristiano debe ser acorde con la voluntad de Dios.

Esto de atenernos a los dictados de nuestra conciencia va de acuerdo con la Palabra. Pablo escribiendo a los de Roma les señala “dichoso el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba”, de igual forma Juan en su primer carta confirma esto al señalar “si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos delante de Dios”, pero de igual forma, esa conciencia debe estar debidamente edificada, conforme a la Palabra, pues de otra forma podríamos estar avanzando, sí, conforme a nuestra conciencia, pero no conforme a la Verdad, pues como dice Proverbios “hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte”. 47


Eso de atenernos a nuestra propia conciencia, como dice Pablo a los de Roma y al mismo tiempo tener cuidado de que el camino que creemos derecho no tenga fin de muerte, como dice Proverbios, pareciera ser una contradicción, pero no lo es. Piensa en esto: no hay manera de actuar si no pensamos, y no podemos pensar a través de otro, luego entonces debemos actuar conforme nuestro pensamiento, conforma nuestra conciencia, pero —de nuevo: esto es mucho muy importante— en el caso del cristiano buscar que esa conciencia sea renovada dejando atrás la carnalidad de la misma para revestirnos del carácter de nuestro Padre Dios. Acorde con esto la Palabra señala “No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal”. Sobre esto de “temer a Jehová”, la Escritura nos señala en Proverbios que “el principio de la sabiduría es el temor de Jehová; los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza”, como siempre que la naturaleza humana se impone a la revelación divina, algunos aducen que eso del “temor de Dios” es algo así como tener miedo de faltarle, de ofenderle, pero ¿cómo define la Palabra ese “temor de Dios”? La misma Palabra nos dice que “el temor de Jehová es aborrecer el mal”, ¿y cómo saber cuándo algo es ese mal que debemos aborrecer? Como dice la Escritura “cualquiera que hace pecado, traspasa también la ley; y el pecado es transgresión de la Ley”, con razón Pablo escribiendo a los de Roma les dice “yo no hubiera llegado a conocer el pecado si no hubiera sido por medio de la ley”.

De esta forma debemos ser guiados por nuestra conciencia, pero por una conciencia recta, edificada conforme al carácter del Padre, pidiendo que Su Santo Espíritu que mora en nosotros nos ilumine y fortalezca para hacer así pero en el temor de Dios, aborreciendo el mal, tal como la Palabra lo identifica, a saber: aquello que implique violación a la Ley de Dios, ese así como lo mejor es quedar bien contigo mismo, después de todo ¡eres la única persona que te acompañara toda tu vida! 48


Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/yT49k9RBqv4

Referencias: Romanos 14:22; 1 Juan 3:21; Proverbios 14:12; Mateo 7:13,14; Proverbios 1:7; Job 28:28; Proverbios 8:13; Salmos 119:104,128; 1 Juan 3:4; Mateo 5:19; Romanos 7:7; Salmos 19:7-12

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Los cristianos tenemos muy claro el llamamiento al que hemos respondido: ser perfectos y ser santos como nuestro Padre lo es, con todo y todo, la misma magnitud de la meta puede hacer que algunos se desanimen, ¿por qué?, porque la perfección y santidad no es algo que alcanzaremos en el presente siglo sino en el siglo venidero. Juan, viendo ese conflicto, escribió en su primer carta “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”, de esta forma es más que claro que la perfección y santidad es una meta a la cual tendemos pero que el no haberla alcanzado ahorita no debe menoscabar el esfuerzo por lograrla.

Fíjate en esta aparente contradicción de Pablo, por un lado señala que él no ha alcanzado aún la meta, “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado”, pero por otro nos insta a seguir su ejemplo, “sed imitadores de mí”, ¿cómo puede Pablo esperar le imitemos cuando él mismo no ha logrado lo que busca?, esa aparente contradicción se resuelve cuando se mira todo el panorama.

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Cuando Pablo reconoce que aún no ha alcanzado lo que busca completa la idea diciendo “pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”, también cuando pide se le imite completa la idea señalando, en cuanto a imitar, “como también yo lo soy de Cristo”.

Nuestro Padre es perfecto y santo, eso es a lo que estamos llamados, de igual forma, al ser Él infinito, eterno, todopoderoso y omnisapiente necesitamos de algo que lo represente, ese algo, o más bien ese alguien, es Cristo, a quien la misma Escritura refiere como “la imagen del Dios invisible”, con todo y todo, podemos ver en los hermanos y hermanas en la fe, esa debilidad, esa torpeza, esa rebeldía, y esa cobardía que no identificamos en el Padre ni tampoco en Su Hijo y que nos pueden servir, a manera de edificación, para ver de igual forma, el modo de luchar contra nuestra carnalidad. Ese es el ejemplo que Pablo propone.

Pablo no establece la imitación suya como la meta, sino como la manera en que lucha contra el Enemigo, contra el Mundo y contra la Carne para alcanzar las promesas que se nos han sido dadas, de igual forma, cada hermano y hermana en la fe, tu y yo, aunque aún no hayan alcanzado, no hayamos alcanzando, esa perfección y esa santidad que habrá de manifestarse en el siglo venidero, pueden, podemos, ser ejemplo de lucha, de tenacidad, de perseverancia para ello, después de todo tal vez nunca alcances un ideal, pero el solo seguirlo te convertirá en un ideal que otros buscarán alcanzar.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/ZQ4denXCbCc

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Referencias: Mateo 5:48; Levítico 19:2; 1 Pedro 1:16; Levítico 11:45; 1 Juan 3:2; Job 19:26; Salmos 17:15; Colosenses 3:4; Romanos 8:29; Filipenses 3:13-14; Hebreos 6:1-3; 1 Corintios 11:1; Filipenses 3:17; 1 Tesalonicenses 1:6; Colosenses 1:15; Juan 1:18; Juan 14:9

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¿Quién de los elegidos podría decir que no conoce las promesas que se nos han dado?, si algo mueve el andar por el Camino es precisamente lo que se nos ha dicho encontraremos al final si permanecemos fieles. Pero la cuestión de las promesas solo es una parte del llamamiento porque para alcanzarlas hay que trabajar en ello.

Cuando aquel joven le preguntó a Jesús que debía hacer para alcanzar la vida eterna nuestro Señor no le dijo, como en la actualidad anda muy en boga, “solo cree y serás salvo”, al contrario, le señaló muy claramente lo que era menester hacer: “Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre.” De igual forma, recriminando a los de su tiempo —cuidemos no ser figuras de ellos—, nuestro Señor en su momento les dijo “¿por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo? Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca. Más el que oyó y no hizo, semejante

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es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa”.

En la misma línea de pensamiento Judas, el medio hermano de Jesús, en su carta exhorta a los cristianos de entonces, y en su figura a los cristianos de todos los tiempos, diciendo “más sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno oye la palabra, y no la pone por obra, este tal es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se consideró a sí mismo, y se fue, y luego se olvidó qué tal era. Más el que hubiere mirado atentamente en la perfecta ley, que es la de la libertad, y perseverado en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este tal será bienaventurado en su hecho”. De igual forma Pablo escribiendo a los de Roma claramente les señala que “no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados”

De principio a fin en la Escritura puede verse el exhorto de poner por obra esa fe que se dice profesar, pero de igual forma, y para moderar este punto de vista, la fe que uno tenga debe ser correcta, verdadera, de otra forma uno pudiera estar trabajando en vano pues como dice Jesús mismo “no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.

Todos los elegidos que hemos respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo estamos muy conscientes de las promesas que se nos han dado, de la misma forma, muy conscientes debemos estar de que para alcanzarlas se requiere de nuestro esfuerzo para avanzar en el Camino de manera decidida en pos de ellas, después de todo la diferencia entre "querer" y "tener" se llama "hacer". 54


Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/L9GxTw7fBwg

Referencias: Marcos 10:17-31; Mateo 19:16-30; Lucas 18:18-30; Lucas 6:46-49; Mateo 7.24-27; Santiago 1:22-27; Romanos 2:13; Mateo 7:21-23; Lucas 13:25-27

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Generalmente relacionamos el éxito con el conseguir las metas que uno se propone y, en ese mismo sentido, que dichas metas sean medibles, observables, cuantificables. Parte de esta percepción es verdad, pero, relacionado con el llamamiento al que se ha respondido hay que tener el debido cuidado respecto del orden correcto en cuanto a las prioridades en cuanto a las metas establecidas.

Jesús, referido precisamente a esto, en su momento señalo a los de su tiempo y en su figura a sus seguidores de todos los tiempos, “¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?”.

Lo anterior está en la misma línea de lo que toda la Escritura expresa referido a este mundo, al presente siglo, en comparación con el Reino de Dios, el siglo venidero, por ejemplo, ¿te has dado cuenta de la manera tan efímera que la Escritura presenta lo que el hombre es y lo que el hombre tiene? “Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae”. Una hierba es algo débil, pequeño, de poca duración, de hecho, de poca utilidad, es más: incluso a veces hasta nociva cuando de hierba mala se trata. ¿Es eso de lo que debemos ufanarnos?, peor aún: ¿es eso en lo que debemos afanarnos? 56


Juan en su primer carta aborda este mismo tema al señalar “no améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”. En ese sentido, ¿cuál debería ser el correcto orden de prioridades en cuanto a lo que debe tenerse en primer lugar: aquello que permanece o aquello que es efímero?

Ahora bien, no se trata de irse al otro extremo como los ermitaños y anacoretas de antaño, y dejar todo lo de este mundo ya que el mismo pasa y demás, sino tener, como se comentó el debido orden de ideas y usar la vida que se nos da, lo que somos y tenemos, en función de lo que aquellos permanente que deseamos obtener.

De esta forma esa vida efímera representada por la hierba en la figura del hombre, ese mundo que pasa donde nada es permanente, son el medio por el cual podemos acceder a lo real, a lo tangible, a lo eterno, con ese entendimiento podemos entonces aprovechar este interludio consciente para aplicar lo que somos y lo que tenemos en alcanzar las promesas que se nos han sido dadas.

Para todo esto, y considerando nuestra carnalidad, para tener ese debido orden de ideas es menester pedir que sea el Santo Espíritu de nuestro Padre Dios que mora en nosotros el que nos ilumine y fortalezca para vivir en la conciencia de lo efímera, de lo pasajera que es la vida, de la nada que representa en sí y por sí, entendiendo de esta forma la enorme importancia de en el aquí y en el ahora trabajar por aquello que permanece, que es verdadero y que es eterno, después de todo éxito no es lograr todo lo que quieres, sino convertirte en la persona de excelencia que estás llamado a ser.

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/xAG7iFi1_ws

Referencias: Mateo 16:26; Lucas 9:25; Marcos 8:37; 1 Pedro 1:24; Job 14:2; Salmos 39:6; 1 Juan 2:15-17; Romanos 12:2; Santiago 4:4

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El llamamiento al que como cristianos hemos respondido, nos ha comprometido a una vida de liderazgo, es decir, a no permitir que sea el Enemigo, el Mundo o la Carne la que decida nuestro destino sino que sea el Espíritu que hemos recibido el que guíe nuestro andar.

La diferencia entre ambas posturas es que mientras los dictados del Enemigo, el Mundo y la Carne traen esclavitud, la guía del Espíritu conduce a la libertad. Con todo y todo, Pablo escribiendo a los de Galacia les señala “porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros”.

De igual forma, la Gran Comisión que implicó e implica ir por todo el mundo para proclamar el Evangelio a toda criatura, establece para el elegido una posición de liderazgo. Cuando nuestro Señor comisiona a sus discípulos, y en su figura a sus seguidores de todos los tiempos, claramente les dice: “He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas”.

Este ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas apunta a ser de aquellos que “por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y 59


el mal”, en la figura de prudentes como serpientes, pero al mismo tiempo, siendo “amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios [nos] perdonó en Cristo”, señalado esto como el ser sencillos como palomas.

Todo lo anterior no se da de manera automática sino que implica para el creyente crecer en el conocimiento de Dios y Su Hijo poniendo de igual forma por obra esa fe que se dice profesar, pero ¿cómo se logrará esto si uno cómodamente solo se sienta a esperar se le de el alimento diario sin ejercitar el entendimiento?

Acudir a recibir instrucción es básico, pero de igual forma se requiere de uno el esfuerzo de escudriñar la Palabra para adquirir mayor entendimiento. Las verdades de salvación, los principios doctrinales, son ese alimento líquido que uno obtiene al venir a la verdad y que permiten, sobre ello, cimentar mayor conocimiento, pero esto exige de uno tiempo y esfuerzo para buscar en la Palabra esa comprensión que permita avanzar en las verdades divinas.

Los de Berea pudieron quedarse muy cómodamente recibiendo lo que Pablo les daba como parte de su predicación, después de todo era apóstol, había sido comisionado por Cristo mismo, él era quien estaba trayendo muchos gentiles a salvación y quien había escrito muchas cartas, con todo y todo estos de Berea se iban a la Palabra para ver si lo que Pablo enseñaba era así, esa es la actitud de liderazgo que se espera del creyente, la otra, la de solamente estar de manera pasiva recibiendo, impide desarrollar ese conocimiento, esa comprensión necesaria para crecer en la comprensión de las verdades divinas.

Los elegidos hemos sido llamados por un líder, Jesús, nuestro Señor y Salvador, a también desarrollar una vida de liderazgo, siendo sal de la tierra y luz del mundo, liderazgo que necesaria y forzosamente implica de uno el esfuerzo para escudriñar la Palabra en busca de ese entendimiento que permita crecer en el conocimiento de Dios y Su Hijo poniendo por obra esa fe que se dice profesar, 60


después de todo en el viaje por la vida es cómodo ser pasajero, pero mil veces más satisfactorio ser el conductor.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/SuttI7FoqWY

Referencias: Romanos 6:17-19; Gálatas 5:1, 13; 7; Marcos 16:15-18; Mateo 10:16; Hebreos 5:14; Colosenses 1:10; 2 Pedro 3:18; Santiago 1:22-27; 1 Corintios 3:2; Hechos 17:11; Mateo 5:13-16

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Cuando uno responde al llamamiento que del Padre hemos recibido, llega con una ánimo, con una motivación propia de aquello a lo que hemos respondido, pero conforme pasa el tiempo los tropiezos, las caídas, vamos: los pecados que seguimos experimentando por nuestra carnalidad comienzan a hacer mella en aquello que la Escritura llama el primer amor hasta llegar a enfriarlo.

Esto es normal, incluso natural, ya que deviene de nuestra propia carnalidad, es decir, lo que ahorita somos pesa tanto que quiere incluso definir lo que podemos llegar a ser, pero lo que debemos tener en mente es que esto último no depende de nosotros sino del trabajo que el Espíritu de Dios hace en cada uno, como señala la Palabra: “Estoy persuadido de que el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”.

Pero ¿qué hacer ante esa mella que el día a día en la vida del creyente va menguando ese ardor con el que comenzó el caminar? Retomando lo señalado respecto de que aquel pensar es fruto de nuestra carnalidad, puede decirse más ya que la misma es incitada por el Enemigo, es decir, éste nos impele a que nos fijemos en lo que no somos, en nuestras fallas, en nuestras torpezas, en nuestras debilidades, para convencernos de que no merecemos lo que se nos ha dado o peor aún: que no podemos alcanzar las promesas que se nos han dado. 62


Pensar así es poner la vista en nosotros, o más bien: en lo que el Enemigo quiere que pensemos de nosotros, más que en Aquel que nos ha llamado a salvación. Pero lo que debe tenerse en mente es que si nos mantenemos fieles, incluso a pesar de nuestros tropiezos, de nuestras caídas, seguros podemos estar de que el Padre hará en cada uno conforme pensó desde la eternidad.

¿Y qué hacer con ese sentimiento avasallador que embarga nuestro corazón cuando tropezamos, cuando caemos, vaya: cuando pecamos? Quiero que veas algo curioso, providencialmente curioso. Levítico contiene las reglas relativas al culto, a la vida social y a la vida personal del pueblo de Israel. Entre sus muchas disposiciones hay algunas que, señalando la impureza de las personas al haber incurrido en alguna falta, señalaban que las mismas estarían así hasta el anochecer, es decir, había un término para su situación.

Ahora compara eso con el pensar de muchos que al tropezar, al caer, ya dan ese hecho como definitivo concediéndole efectos eternos cuando nuestras faltas no pueden con mucho estar por encima de la infinita misericordia y eterno amor de nuestro Padre.

Pero mejor aún, Cristo ha sido mediador de un mejor pacto, establecidos sobre mejores promesas, y, si en aquel anterior pacto las faltas tenían un límite, una vigencia por así decirlo, en este mejor pacto, por medio del sacrificio redentor de Jesús, se nos perdonan los pecados, pero no solo los pasados sino también los porvenir, siempre y cuando nos arrepintamos y por medio de Cristo vengamos a reconciliación ante el Padre.

Los elegidos no podemos quedarnos estancados en las fallas que seguimos cometiendo como parte de nuestra carnalidad sino ver esto incluso como ese proceso que el Espíritu utiliza para ir creando en nosotros el carácter de un hijo de

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Dios, después de todo cada día es un nuevo comenzar, una nueva oportunidad, un nuevo intentar y lo que es mejor ¡es todo tuyo!

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/gi4wSEN7ZGY

Referencias: Revelación 2:4-5; Filipenses 1:6; Salmos 138:8; Levítico 15:16, 19; Hebreos 8:6; 2 Corintios 3:6-11; 1 Juan 2:1-2; Romanos 5:10

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Siendo de aquellos que hemos respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo, si se nos preguntara sobre nuestra esperanza, creo que todos coincidiríamos en señalar que ésta es ser con Cristo reyes y sacerdotes en el reino venidero.

Esta meta, si bien es loable y de hecho es la que le da sentido a nuestro andar por el Camino, debe tener de igual forma objetivos a corto y mediano plazo que nos permitan ir creciendo en el conocimiento de Dios y Su Hijo y, poniendo por obra esa fe que se dice profesar, ir madurando hasta alcanzar la estatura perfecta de Cristo.

¿Se entiende la diferencia? Una cosa es tener en claro las promesas que se nos han dado, otra muy distinta, y a la vez considero indispensable para lo primero, es que sepamos qué debemos ir comprendiendo, qué debemos ir haciendo en nuestra vida para aquello. Pongo un ejemplo. Retomemos la pregunta inicial “¿cuál es la esperanza qué tienes como hijo de Dios?”, la respuesta que ya se dijo es “ser con Cristo reyes y 65


sacerdotes en el reino venidero”. Excelente. Ahora viene la otra pregunta “¿qué estás haciendo, que te falta hacer, para alcanzar eso?”.

¿Ves la diferencia? Un hijo de Dios sabe aquello en lo que ha puesta su esperanza, de igual forma un hijo de Dios debe saber qué es aquello que le hace falta para alcanzar lo primero.

Pablo en su primera carta a los de Corinto les aclara lo anterior cuando les dice “¿no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios”. Esto en cuanto al hacer. En función de esto, ¿hay aún algo en lo que cada quien deba trabajar?, si la respuesta es sí, ¿qué está cada uno haciendo para ello? De igual forma Pablo escribiendo a los Hebreos les dice “porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal”. Esto en cuanto al saber. En función de esto, ¿hay aún algo en lo que cada quien deba trabajar?, si la respuesta es sí, ¿qué está cada uno haciendo para ello?

Sin duda alguna que la esperanza que se nos ha dado excede con mucho las tribulaciones que en la actualidad se padecen, pero de igual forma esa esperanza debe estar cimentada en propósitos que permitan avanzar por el Camino hacia lo primero, después de todo tus objetivos deben tener tres características, no solo dos: ser alcanzables, ser medibles, ¡y ser apasionantes! 66


Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/A2czjhmWjMI

Referencias: Colosenses 1:10; 2 Pedro 1:8; Efesios 4:1; 2 Pedro 3:18; Efesios 4:15; 2 Tesalonicenses 1:3; Efesios 4:13; 1 Corintios 14:20; Efesios 1:17; 1 Corintios 6:910; Gálatas 5:19-21; Efesios 5:5; Hebreos 5:12-14; Colosenses 3:16; 1 Pedro 4:11

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La vida cristiana no solo está hecha de tribulación, de tropiezos o de sufrimiento, también hay momentos de logro, de conquista, de alegría, pero en ambos casos la madurez del espíritu debe imponerse para ni deprimirse en el primer caso ni vanagloriarse en el segundo.

El andar por el camino lleva consigo tropiezos, caídas, esto es dado por la actual carnalidad que padecemos y seguiremos padeciendo en tanto no venga nuestro Señor y seamos transformados, con todo y todo esas caídas son momentáneas, por lo que no deben llevarnos a depresión, como dice David en uno de sus salmos “echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo”

De igual forma esos triunfos que en el andar se experimentan no deben ensoberbecer a quien los consigue ya que, después de todo, cualquier pequeña conquista es gracias al Espíritu de Dios que mora en uno, como señala Santiago, el medio hermano de Jesús en su carta “pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”.

Ambos extremos, de los que debemos por cierto cuidarnos, pueden entenderse en aquel proverbio que señala “vanidad y palabra mentirosa aparta de mí; no me des 68


pobreza ni riquezas; mantenme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios”.

Ese pedir a Dios no nos de pobreza ni riqueza, la primera para no codiciar lo ajeno y la segunda para no olvidar a Dios, además de la evidente aplicación al ámbito material, puede entenderse de igual forma en el ámbito espiritual como ya se ha mencionado: no sufrir ese desierto espiritual al grado que nos lleve a depresión ni tampoco vanagloriarnos de los triunfos que se obtengan como si los mismos hubiesen sido alcanzados por nuestra propia fuerza.

Está bien entristecerse con las caídas, esa es señal que aún tenemos el Espíritu de Dios en nosotros, como dice David en otro de sus salmos “los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado: Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”. De igual forma es correcto alegrarnos cuando vemos un triunfo en nuestro andar que evidencia nuestro crecimiento espiritual, como señala Pablo en su segunda carta a los de Corinto “pero gracias a Dios, que en Cristo siempre nos lleva en triunfo, y que por medio de nosotros manifiesta en todo lugar la fragancia de su conocimiento”.

Los tropiezos, las caídas, son algo inherente al andar por el Camino mientras aún militemos en la actual carnalidad, de igual forma los éxitos, los triunfos, son algo que en el caminar experimentaremos por el Espíritu de Dios que nos va fortaleciendo e iluminando, en ambos casos debemos tener el carácter para ni deprimirnos por lo primero ni vanagloriarnos por lo segundo, así que recuerda: ecuanimidad en las caídas y ecuanimidad en los triunfos.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/qndJ92hn_Vg

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Referencias: Salmos 55:22; 1 Pedro 5:7; Proverbios 16:3; Santiago 4:6; Job 22:29; Santiago 4:10; Proverbios 30:8-9; Salmos 119:29,37; 1 Timoteo 6:8; Salmos 51:17; 1 Samuel 15:22; Salmos 34:18; 2 Corintios 2:14; 1 Corintios 15:57; Juan 16:33

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Pablo escribiendo a los de Éfeso les dice respecto del Padre “porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

Es providencialmente interesante que Pablo declare que Dios nos preparó buenas obras para andar en ellas de antemano, pero esto es consecuente con su omnipotencia y omnisciencia así como con la Palabra: “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad”.

De esta forma, una vez que hemos respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo, Dios comienza una obra en nosotros y, como escribe Pablo a los de Filipo, “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”.

Este perfeccionamiento está dado por la parábola de Jeremías respecto del alfarero y la vasija de barro: “Palabra de Jehová que vino a Jeremías, diciendo: Levántate y vete a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras. Y descendí a casa del alfarero, y he aquí que él trabajaba sobre la rueda. Y la vasija de barro 71


que él hacía se echó a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla. Entonces vino a mí palabra de Jehová, diciendo: ¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? dice Jehová. He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel”.

Pero qué pasa muchas veces, que más que barro en las manos de nuestro Dios más bien podemos parecer una roca que se niega a ser moldeada, como escribe Pedro a los de Roma: “¿Quién eres tú, oh hombre, que le contestas a Dios? ¿Dirá acaso el objeto modelado al que lo modela: Por qué me hiciste así? ¿O no tiene el alfarero derecho sobre el barro de hacer de la misma masa un vaso para uso honroso y otro para uso deshonroso?”, a esto Isaías responde “¡qué equivocación la vuestra! ¿Es acaso el alfarero como el barro, para que lo que está hecho diga a su hacedor: Él no me hizo; o lo que está formado diga al que lo formó: Él no tiene entendimiento?”, en todo caso lo que debemos decir, como también escribe el profeta, es “más ahora, oh Jehová, tú eres nuestro Padre, nosotros el barro, y tú nuestro alfarero; obra de tus manos somos todos nosotros”.

Así que siendo escogidos por Dios desde antes de la fundación del mundo, predestinados a ser adoptados hijos suyos, y con obras preparadas de antemano, ya solo nos corresponde de manera libre optar por hacer así o rechazar lo que ante nosotros ha sido puesto, después de todo si los cambios se van a dar contigo o sin ti, ¿por qué mejor no participar en ellos?

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/8fO7JPQXcKY

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Referencias: Efesios 2:10; Colosenses 3:10; Efesios 1:4‭-5; Deuteronomio 7:6-7; Filipenses 1:6; 1 Corintios 1:8; Jeremías 18:1-9; Romanos 9:20-21; Isaías 29:16; Salmos 94:8-9; Isaías 64:8‭

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Cuando venimos a salvación aceptando al sacrificio redentor de Jesús y nos bautizamos nuestros pecados nos son perdonados y si bien mediante la inmediata imposición de manos el Espíritu Santo comienza a morar en nosotros nuestra naturaleza carnal sigue vigente por lo que el esfuerzo para remontarla es continuo.

Ese esfuerzo implica el crucificar la carne con sus pasiones ofreciendo a Dios nuestro cuerpo como sacrificio vivo y santo, pero de igual forma, hay cuestiones que toman tiempo vencer definitivamente lo cual no quiere decir que una vez logrado esto nuestra lucha habrá terminado. Sobre esto, Pablo escribiendo a los de Filipo les dice: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. Si Pablo reconocía que él aún no había conseguido llegar a la meta, ¿realmente podremos creer que nosotros sí?

El andar por el Camino es de un esfuerzo constante, no para ser salvos lo cual ya somos de gracia por la muerte de nuestro Señor Jesucristo sino para alcanzar las promesas que se nos han dado. 74


De manera general, todos los defectos que podamos en nosotros seguir encontrando, todas esas fallas y debilidades, pueden ser englobados como falta de sabiduría ya que, como Jesús mismos dice, al conocer la verdad, pero la verdad plena, somos libres, pero libres completamente. Es por eso que Jacobo, el medio hermano de Jesús, sobre esto señala “y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”.

Con todo y todo este andar por el Camino, estos retos que enfrentamos, estas luchas que combatimos, nos van dando en Cristo Jesús triunfos que, como escribe Pablo en su segunda carta a los de Corinto, nos van “transforma[ndo] de gloria en gloria en la misma imagen [de Cristo], como por el Espíritu del Señor”.

Este proceso no es de golpe sino que lleva toda nuestra vida, por lo que cada triunfo que se obtenga no es el final de nuestro andar sino el aliciente para seguir avanzando, como escribe Pablo a los de Éfeso, “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.

En el culmen del liderazgo estamos llamados a ser plenamente hijo de Dios, lo cual implica que en nuestro andar por el Camino hacia las promesas alcanzaremos metas, obtendremos triunfos, que nos habilitaran, que nos motivarán, a continuar nuestro esfuerzo, después de todo un líder ve una meta, no como el final del camino, sino como el inicio de otro.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/muOB06wCqiU

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Referencias: Hechos 2:38; Efesios 1:7; Hechos 8:17; 2 Timoteo 1:6; Gálatas 5:24; Romanos 6:6; Filipenses 3:13-14; Hebreos 6:1; Efesios 2:8-9; Romanos 3:24; Juan 8:32; 2 Corintios 3:17; Santiago 1:5; Mateo 7:7; 2 Corintios 3:18; Romanos 8:29; Efesios 4:13; 2 Pedro 1:4

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Para los elegidos, las promesas que se nos han entregado forman parte de una esperanza cierta, más sin embargo, para el mundo, las mismas no tienen razón alguna, de hecho les suenan como locura.

Esas promesas no son de ninguna forma desvaríos sino que forman parte de aquellos sueños que deseamos alcanzar, sueños claros y concretos basados en la Palabra y sustentados en el sacrificio redentor de Jesús que el mundo no entiende, como lo señala Pablo en su primer carta a los de Corinto: “Porque la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para nosotros los salvos es poder de Dios”.

Con todo y todo esas promesas, esos sueños, tienen un momento para buscarse, momento que, de frente a la eternidad, es extremadamente fugaz por lo que debe aprovecharse cada instante para avanzar hacia aquello, como escribe Isaías “buscad á Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano”.

Ese aprovechar cada momento requiere de nuestra voluntad, es decir, de nuestra acción aunada a nuestra intención para avanzar por el Camino. Deuteronomio señala esto cuando indica que uno hallará a Dios “si lo busca con todo [el] corazón 77


y con toda [el] alma”. Haciendo eco de esto nuestro Señor indica lo mismo señalando “pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se abrirá”. “¿Y cuál es el límite de ese esfuerzo?” —alguien pudiera preguntar— , el límite es la vida misma, como lo dijo nuestro Señor “el que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará”.

Revelación contiene un simbolismo relativo al tiempo presente en que se deben aprovechar la oportunidad para santificarse, tiempo que tendrá un término en el futuro: poco antes de que los siete ángeles que contienen las siete copas de la ira postrera de Dios comiencen a derramar éstas sobra la tierra se señala “y el templo se llenó de humo por la gloria de Dios, y por su poder; y nadie podía entrar en el templo hasta que se hubiesen cumplido las siete plagas de los siete ángeles”.

Este entrar en el templo es venir a salvación, de esta forma llegará un momento en que, como también es simbolizado en la parábola de las cinco vírgenes prudentes y las cinco vírgenes fatuas, éstas últimas, una vez que las primeras hubiesen entrando con su señor a las bodas cerrándose la puerta, vendrán “diciendo: ``Señor, señor, ábrenos´´. Pero [responderá] él [ ]: ``En verdad os digo que no os conozco´´”.

Por cierto, la parábola de las cinco vírgenes prudentes y las cinco vírgenes fatuas termina con el exhorto: “Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora”. De esta forma, los elegidos debemos buscar no dormirnos sino estar velando pues el tiempo es corto y nuestro día de la liberación ya está a la vuelta, después de todo, en cuanto a las promesas que se nos han dado, los sueños son tan fugaces que se nos dotó de las alas de la voluntad para darles alcance.

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/ga7g2_CWF-Y

Referencias: Hebreos 11:1; 2 Corintios 5:7; 1 Corintios 1:18; Romanos 1:16; Deuteronomio 4:29; Jeremías 29:13; Mateo 7:7-8; Mateo 10:39; Mateo 16:25; Marcos 8:35; Lucas 9:24; Lucas 17:33; Revelación 15:8; Mateo 25:11-13

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Cuando referido al llamamiento al que hemos respondido hablamos de sueños, no nos referimos a ilusiones o fantasías sino a las promesas concretas que hemos recibido y las cuales nos animan a avanzar en el Camino para alcanzarlas.

Si bien la salvación nos es dada por gracia, no por nuestros méritos o esfuerzos, de igual forma se nos insta, una vez siendo salvos, a esforzarnos por alcanzar las promesas que se nos han dado.

Esto es importante considerarlo pues si uno confunde una cosa con la otra puede creer que la salvación la obtenemos por nuestras obras, lo cual no es así, o que una vez salvos ya no tenemos que esforzarnos para nada lo cual tampoco es cierto. El “esfuérzate y sé valiente” es un exhorto escritural que se nos es dado a todos los que hemos venido a salvación y forma parte del carácter que el Padre desea desarrollar en cada uno por su Santo Espíritu que en nosotros mora.

En su segunda carta a los de Corinto, Pablo escribiendo sobre esto les exhorta diciendo “como tenemos estas promesas, queridos hermanos, purifiquémonos de todo lo que contamina el cuerpo y el espíritu, para completar en el temor de Dios 80


la obra de nuestra santificación” y tan así está relacionado ese esfuerzo con el alcanzar las promesas que Revelación señala “el que salga vencedor se vestirá de blanco. Jamás borraré su nombre del libro de la vida, sino que reconoceré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles”.

En contraparte, considerando lo anterior, quien no se mantenga firme a hasta el final es más que evidente que no alcanzará las promesas dadas, es por ello que a los santos que han triunfado la Escritura se refiere como llamados, elegidos y fieles. Ahorita tú, yo y todos los que a salvación hemos venido somos llamados y elegidos, es decir, se nos llamó y hemos respondido, pero lo de ser fieles solo se verá hasta el final, cuando al regreso de nuestro Señor quede de manifiesto quienes alcanzaron esas promesas.

¿Te imaginas aquellos que por desidia, confusión o error, creyendo que la salvación los exentaba de esforzarse en alcanzar las promesas, no alcancen lo esperado? Sobre estos la Palabra indica que lo único que les queda es el “lloro y el crujir de dientes”.

El Señor ya está a la puerta, esto es más que evidente, de igual forma, esto debe movernos a un esfuerzo final, supremo por alcanzar aquello que se nos prometió, no a dormirnos sino a velar para ser considerados dignos de entrar a las bodas del Cordero, después de todo un sueño puede ser algo difícil de lograr, no lograrlo es aún más difícil de aceptar.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/uOK_irflk1Q

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Referencias: Efesios 2:8-9; Romanos 3:24; Revelación 3:11; 1 Corintios 9:25; Josué 1:6; Deuteronomio 31:6; 2 Corintios 7:1; 1 Pedro 1:15; Revelación 3:5; Mateo 10:32; Revelación 17:14; Mateo 13:50; Revelación 3:20; Mateo 24:33

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Sin duda alguna una de las cosas que más pueden una vez que se ha iniciado el andar por el Camino, son los tropiezos, las caídas que en él se experimentan ya que la idea que uno tiene al venir a salvación es que todas las tentaciones, todas las tribulaciones que se presenten serán superadas siendo que la realidad dista mucho de ello.

La Escritura nunca presenta a los santos, a las santas de Dios, como personas que nunca tropiezan, que nunca caen, pero sí los presente como aquellos que habiendo tropezado, habiendo caído, son capaces de levantarse y retomar ese andar, como dice la Palabra, “porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; más los impíos caerán en el mal”.

Pero entonces ¿qué sentido tiene que los justos caigan? En primer lugar lo que hay que considerar es que dada nuestra actual carnalidad, nuestro andar por el Camino no puede ser perfecto y santo. Juan entendiendo esto, en su primer carta lo señala diciendo “hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Si alguno ha pecado, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo el justo”.

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Lo segundo que se debe tener en mente es que, independientemente de lo anterior, es decir, que en el presente siglo nuestro andar por el Camino no puede ser perfecto y santo, estamos llamados a eso y a eso llegaremos siempre y cuando nos mantengamos fieles, sobre esto Juan, también en su primer carta, señalando hacia el futuro, una vez que hallamos nacido del Espíritu, lo indica diciendo “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”. Y lo tercero que se debe considerar es que a través de la experiencia —ya que después de todo esa fue la manera en que nuestros primeros padres a nombre de la humanidad decidieron ir hacia las verdades divinas— Dios está forjando en nosotros su carácter perfecto y santo, prueba de ello que nos vamos dando cuenta de lo que es bueno y de lo que es malo, de lo que es el bien y de lo que es el mal, Pablo escribiendo sobre esto que él mismo de igual forma experimentaba, les dice a los Romanos señala “porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros”.

El andar por el Camino está lleno de tropiezos, de caídas, dado que todo obra para bien para los que aman a Dios debemos concluir que incluso esto es de edificación para nosotros, así que no lo olvides, hablando de los tropiezos y caídas que en nuestro andar experimentamos, ¿fracasos?, para nada, mejor velos como entrenamientos para tu éxito futuro.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/LD8TqG_oGio

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Referencias: Proverbios 24:16; 2 Corintios 4:9; Job 5:19; 1 Juan 2:1; Romanos 5:10; Hebreos 7:25; 1 Juan 3:9; Salmos 119:3; 1 Pedro 1:23; Romanos 7:19-23

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Hay un dicho muy común que señala que a la oportunidad la pintan calva, esto como una analogía de alguien que pasa y al cual se le dificulta agarrarlo de los cabellos al carecer de él. Creo que hay mucho de verdad en ello y es por eso que uno debe estar preparado, de otra forma, aunque la oportunidad esté calva, al menos no estaremos nosotros mancos para poder intentar aprovecharla.

En el caso de los elegidos es exactamente igual pues en el ahora tenemos la oportunidad que se nos ha brindado por el llamamiento al que hemos respondido, oportunidad que conlleva las promesas que se nos han hecho pero que a la vez implican que nos esforcemos por alcanzarlas, como escribe Pablo a los hebreos “mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos”

¿Y cómo podríamos estar preparados para aprovechar la oportunidad que se nos ha dado? Pablo, escribiendo a los de Éfeso, les describe lo que se conoce como la armadura de Dios: “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo […] Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con 86


la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos”.

Ceñir, quiere decir apretar, ajustar o rodear la cintura u otra parte del cuerpo con una prenda de vestir u otra cosa, así que el ceñirse los lomos con la verdad implica que nos debemos ajustar a ella, ¿y qué es verdad?, la Palabra de Dios, tanto escrita como hecha carne, es verdad. Ahora ¿qué es justicia?, los mandamientos de Dios son justicia, dice la Escritura, así que el vestirse con la coraza de justicia implica que la observancia de los mismos nos protegerá de las maldiciones que la desobediencia acarrea. El calzarnos los pies con el apresto del evangelio de la paz implica que nuestro andar por el Camino debe servir lo mismo para dar testimonio de las verdades divinas ante todos, siendo luz del mundo, como para irnos edificando en el llamamiento al que hemos respondido. Fe en hebreo es emuná que tiene un fuerte referente con la fidelidad, de ahí que cuando se nos dice que tomemos el escudo de la fe, significa que lo que nos puede servir para defendernos del Enemigo, el Mundo y la Carne es el permanecer fieles a las verdades que se nos han revelado. El tomar el yelmo de la salvación implica que en nuestra mente, en nuestro entendimiento, deben estar claramente plasmadas las verdades de salvación ya que siendo así podremos resistir los embates de las doctrinas falsas, la astucia de los hombres, las artimañas engañosas del error. Tomar la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios, significa que no son nuestras ideas, nuestros pensamientos, los que deben servir para argumentar a favor de la verdad sino la manera en que la misma es presentada en la Escritura. Por último, Pablo exhorta a estar orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos ya que como nuestro Señor nos dijo “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”.

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Solo tenemos este momento que se nos ha concedido para alcanzar las promesas que se nos han dado, el trabajo es arduo, así se nos dijo, pero más pesado será y posiblemente no alcanzaremos aquello que procuramos, si siendo indolentes no nos esforzamos por ello, así que como dicen que a la oportunidad la pintan calva ¡asegúrate de al menos tú no estar manco!

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/f4ljOwx99dQ

Referencias: Filipenses 3:14; 1 Corintios 9:24; Hebreos 12:25; Deuteronomio 18:19; Efesios 6:11-18; Juan 17:17; 2 Samuel 7:28; Salmos 119:172; Romanos 7:12,14; Mateo 5:14-16; Filipenses 2:15; Judas 1:3; 1 Timoteo 6:12; Efesios 4:14; 1 Corintios 14:20; Mateo 26:41; Marcos 14:38

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El andar por el Camino presenta una paradoja para la vida cristiana ya que se tiene claro que el ser perfectos y santos es la meta que estamos tratando de alcanzar pero, dada nuestra actual carnalidad, esa meta se consigue después de muchos tropiezos y caídas.

Cuando uno piensa en alguien perfecto y santo, sobre todo en el contexto del llamamiento al que hemos respondido, podría pensarse en alguien que nunca tropieza, que nunca cae en el Camino, pero la definición de alguien que es justo, según la Escritura, no es de alguien que nunca tropieza, que nunca cae, sino alguien que ante cada tropiezo, ante cada caída que experimenta, se vuelve a poner en pie: “Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; más los impíos caerán en el mal”.

Esto debería quedarnos muy claros a todos los que estamos tratando de alcanzar las promesas, pero ¿qué es lo que muchas veces sucede?, que ante los tropiezos, las caídas que experimentamos, el Enemigo, el Mundo o nuestra propia Carnalidad comienzan a susurraros al oído de nuestra conciencia que no somos dignos de este llamamiento al que hemos respondido, que no estamos a la altura de lo que se espera de nosotros, que deberíamos desistir de alcanzar algo que nunca lograremos. 89


El problema de lo anterior es que si prestamos atención a esas voces internas que nos llaman a tirar todo por la borda perderemos aquello que queremos alcanzar. Pablo, escribiendo a los de Filipo, establece la manera correcta del andar en el Camino: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.

Pero ¿cómo tomar esos tropiezos, esas caídas que experimentamos? Hay una forma edificativa de abordar eso y tiene que ver precisamente con lo que aprendemos de lo mismo.

Fíjate como aquellas cuestiones que pueden considerarse como tropiezos, como caídas, para nada molestan a los del mundo, son a nosotros, los elegidos, a los que nos duelen, a los que nos deprimen, ¿qué quiere decir eso?, ¡que ha comenzado a formarse en nosotros el carácter perfecto y santo de nuestro Padre por medio de su Espíritu que mora en cada uno!

Pablo tenía el mismo problema, la misma lucha. Por un lado no hacía el bien que quería, lo cual nos dice que, a diferencia del mundo, le quedaba muy claro cuál era ese bien que debía alcanzar, y por otro lado hacía el mal que no quería lo cual, además de reflejar la debilidad de su carnalidad, como la tuya y la mía, indica que también le quedaba claro aquello que por ser malo debía evitar. Al final de ese discurso Pablo, externaba, como tú y yo debemos externar, la confianza en que, si se mantenía fiel hasta el final, llegaría ese momento en que tal dualidad contradictoria dejaría de ser y no por nuestros méritos sino por el sacrificio redentor de Jesús.

El andar por el Camino no está exento de caídas, pero al igual que pasa con un niño al dar sus primeros pasos, todas las veces que de ellas nos levantemos nos 90


irá fortaleciendo en el llamamiento al que hemos respondido, después de todo cada caída de la que te levantas te acerca más a la persona de excelencia que estás llamada a ser.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/D32ky6U2QQw

Referencias: Mateo 5:48; Levítico 19:2; Deuteronomio 18:13; Levítico 11:44; 1 Pedro 1:16; Levítico 20:7; Proverbios 24:16; 2 Corintios 4:9; Job 5:19; Salmos 34:19; Filipenses 3:13-14; Lucas 9:62; Hebreos 6:1; Romanos 7:19-25; Efesios 6:11-13; 2 Pedro 2:19

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Hay quienes creen que por el solo hecho de haber venido a salvación, de haber bajado a las aguas del bautismo, de haber recibido del Espíritu Santo mediante la imposición de manos, su salvación está garantizada, pero la Escritura no dice eso. Pablo escribiendo a los hebreos les dice que “si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios”, de igual forma Pedro en su segunda carta señala lo mismo al decir “ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero”.

La Escritura al contrario nos exhorta, como en el caso de Josué, a esforzarnos y ser valiente cuando Dios a aquel le dijo “esfuérzate y sé valiente. No temas ni desmayes, que yo soy el Señor tu Dios, y estaré contigo por dondequiera que vayas”.

Es por eso que aquellos que en Revelación son presentados regresando con el Señor a someter a las naciones en la fase de guerra no son solamente designados 92


como llamados y elegidos, sino como llamados, elegidos y fieles, de esta forma lo que se espera de nosotros, los llamados y elegidos es que permanezcamos fieles hasta el final, como señala el mismo libro de Revelación “sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”.

Esa fidelidad requerida, implica no abjurar de la fe que hemos recibido y ese esforzarse apunta a luchar por poner por obra esa fe que se dice profesar, no implica, como algunos podrían creer, el de ya hacer esto de manera perfecta y santa, pues seguimos en la carnalidad, sino al contrario: no dejarnos abatir ni por el Enemigo, ni por el Mundo, ni por la Carne, y seguir avanzando hacia las promesas dadas, levantándonos de los tropiezos, de las caídas que experimentemos, como lo señala Salomón en uno de sus proverbios “porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; más los impíos caerán en el mal”.

Es por eso que nuestro Señor señalo que la clave de nuestra salvación está en la paciencia cuando dijo “con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas”. Sobre esto creo estaremos de acuerdo ya que dado todo lo contrario que experimentamos en nuestro andar motivado por el Enemigo, el Mundo y la Carne que deviene en innumerables caídas y tropiezos, la única forma de salvar esto es teniendo paciencia.

Esa paciencia implica que nuestra salvación ha sido ganada por el sacrificio redentor de Jesús, no por nuestra propia justicia; esa paciencia implica que estamos en un proceso de crecimiento hasta alcanzar la estatura perfecta de Cristo; esa paciencia implica comprender que no son los llamados y elegidos los que calificarán para el reino sino los que además de eso permanezcan fieles; esa paciencia implica cree, confiar, en que, como escribía Pablo a los de Filipo, “que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús”.

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Lograr todo lo anterior implica y requiere que usemos nuestra voluntad, voluntad para aferrarnos a las promesas, para tener esa paciencia requerida y para mantenernos fieles hasta el final, después de todo la voluntad logra sueños que para la razón parecieran irrealizables.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/D32ky6U2QQw

Referencias: Hebreos 10:26-27; Deuteronomio 17:12; 2 Pedro 2:20; Ezequiel 33:13; Josué 1:9; Deuteronomio 31:8; Revelación 17:14; Proverbios 24:16; Job 5:19; Lucas 21:19; Mateo 10:22; Efesios 2:8-9; Romanos 3:24; Efesios 4:13; Gálatas 4:19; Filipenses 1:6; 1 Corintios 1:8

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“¿Crees que vayas a alcanzar las promesas?”, si nos hicieran esta pregunta, ¿qué respondería cada uno? Generalmente las respuestas que uno escucha, e incluso que uno mismo puede dar, giran en torno a “no sé”, “ojalá”, “eso espero”. Si bien dichas respuestas pueden estar aderezadas por un toque de humildad, si las mismas muestran realmente duda, vacilación o titubeo, como que no es buena señal. Es claro que la respuesta de uno no puede girar en torno a un “¡claro que estoy seguro!” bañado en orgullo y autosuficiencia pues la misma Palabra nos insta diciendo “el que piensa estar firme, mire que no caiga”, pero sí puede girar en torno a un “¡claro que estoy seguro… pues confío en Aquel a quien he respondido!”.

En Revelación nuestro Señor hace la promesa a todos los que le siguen diciendo “sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”, esto está acorde con aquel “esfuérzate y sé valiente” dicho por Dios a Josué. De esta forma la consecución de las promesas no es algo que esté sujeto al azar, al “quien sabe”, al “tal vez”, sino que está íntimamente ligado a la tenacidad que en ello mostremos.

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Esto de la tenacidad hay que entenderlo que no se refiere a que por nuestro esfuerzo alcancemos las promesas, sino que hacemos lo que nos corresponde conforme al llamamiento que hemos recibido para que Dios haga su parte.

Es como si se nos dijera que un millonario ha decidido compartirnos su fortuna y que para ello se requiere que el lunes inmediato siguiente, a las 8 de la mañana, nos presentemos en tal banco pues se nos van a dar un millón de dólares. Nadie pensaría que su propio esfuerzo le ha dado ese millón, pero si no se presenta en el día, en la hora y en el lugar convenido, lo más probable es que el monto prometido no pueda ser entregado.

En nuestro caso las promesas que se nos han dado excede cualquier cosa que podamos siquiera imaginar, como dice la Palabra “cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman”. Con todo y todo esas promesas van acompañadas de aquel esfuérzate, de aquel sé valiente, de aquel se fiel hasta la muerte, todo lo cual puede resumirse en ser tenaz respecto del llamamiento al que hemos respondido.

El andar por el Camino a las promesas que se nos han dado implica decisión y entereza en ello, decisión y entereza que por su misma naturaleza refinará a los elegidos depurándolos para que sólo aquellos que sean fieles alcancen lo prometido, después de todo el triunfo es más cuestión de tenacidad que de casualidad.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/mycqZpddsjk

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Referencias: 1 Corintios 10:12; Colosenses 2:8; 2 Pedro 3:17; Revelación 2:10; Salmos 31:23; 1 Corintios 9:25; Josué 1:6; Deuteronomio 1:21; Daniel 10:19;1 Corintios 2:9; Isaías 64:4; Santiago 1:12

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El Camino hacia las promesas que se nos han dado se avanza sobre dos piernas: la fe y las obras. Somos salvos por la fe, por gracia, pero se nos pide pongamos por obra esa fe que decimos profesar para dar fruto en abundancia de perfección y santidad. Salomón en su momento de manera inspirada señalo “hacer justicia y juicio es a Jehová más agradable que sacrificio”, ahora bien, ¿qué es justicia?, ¿qué es juicio?, la justicia tiene que ver con el hacer, con las obras, “todos tus mandamientos son justicia”, señala David de manera inspirada y sabemos que los mandamientos están en función del actuar; por su parte el juicio tiene que ver con el pensar, con la fe, de igual forma David señala de manera inspirada “enséñame buen juicio y conocimiento, pues creo en tus mandamientos”. De esta forma aquel “hacer justicia y juicio” se refiere a las obras, el hacer, y a la fe, la doctrina. Es por ello que Jacobo, el medio hermano de Jesús, señala en su carta “sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos”.

El hacer justicia y juicio se refiere a uno, pero como tal uno está en relación con el prójimo, es por eso que esa justicia y ese juicio, en nuestra relación con el prójimo, 98


requiere de un tercer elemento: la misericordia. Jesús en su tiempo, sobre esto, señaló a los guías religiosos “¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y habéis descuidado los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad; y éstas son las cosas que debíais haber hecho, sin descuidar aquéllas”. En esta cita fidelidad tiene que ver con la fe, mientras que justicia con las obras, el tercer elemento es el de la misericordia.

Curiosamente y contrario a lo que se cree, misericordia no quiere decir pasar por alto una infracción sino juzgar con justicia entendiendo las limitaciones, las debilidades, que el otro tiene, lo cual no nos debe ser muy difícil ya que nosotros de igual forma compartimos esas limitaciones, esas debilidades. Entender este tercer elemento es crucial, Jacobo lo deja muy claro cuando escribe en su carta “porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio”.

De nuevo: esto no quiere decir dejar pasar las transgresiones que el otro hace, sino entenderlo por medio de la misericordia y edificarle precisamente en justicia y juicio. Jesús dejó muy claro esto cuando dijo “por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Más si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano”.

El avanzar por el camino hacia las promesas que se nos han dado no puede entenderse con una actitud apática e indolente donde no exista ese esfuerzo que de nosotros se requiere para crecer en el conocimiento de Dios y Su hijo poniendo por obra esa fe que se dice profesar, después de todo para vislumbrar un sueño valioso hay que estar bien despierto y para realizarlo, bien activo.

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/tnZ0PDCPfuE

Referencias: Efesios 2:8-9; Romanos 3:24; Santiago 2:14-17; Lucas 3:11; Proverbios 21:3; 1 Samuel 15:22; Salmos 119:172; Deuteronomio 6:7; Santiago 1:22; Romanos 2:13; Mateo 23:23; Jeremías 22:3; Santiago 2:13; Mateo 5:7; Mateo 18:15-17; Lucas 17:3

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Vamos viendo algunas de las realidades del llamamiento al que hemos respondido. En su momento, Jesús dijo a sus seguidores, y en su figura a todos los que en su momento le seguirían, “Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán; y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles… El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán morir. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; más el que persevere hasta el fin, éste será salvo”.

Seamos honestos: para los que hemos respondido el llamamiento de Jesús, esa perspectiva no es para nada halagüeña, ¿quién quisiera ser azotado, entregado, aborrecido o muerto?, es cierto que, como dice Pablo, “los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada”, con todo y todo, el escenario para los que sigamos a Jesús no es del todo agradable.

Lo más lógico, humanamente hablando, es que ante esa perspectiva la actitud del creyente fuera más bien triste, apesadumbrada, pero, dado que al recibir el Espíritu de Dios mediante la imposición de manos después de bautizarnos, bien 101


puede decirse que ya no estamos solos en esta batalla y que ese mismo Espíritu permite que vivamos una vida de alegría, gozo, paz y esperanza inentendible para los que viven en el mundo, por el mundo y para el mundo.

Pablo, entendiendo esto, señala la manera en que debe comportarse un seguidor de Cristo: “Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros. En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis”.

Pero Pablo no era el que solo decía, sino que también hacía. Cuando le encerraron a él y a Silas, ¿qué se pusieron a hacer a medianoche?, ¿llorar, amargarse, entristecerse?, “pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían”. “Esto es imposible” —podrá decir alguien, ¡y tiene razón!... humanamente hablando, pero lo que es imposible para el hombre es posible para Dios, es por eso que Él nos ha dado de su Espíritu, ese Espíritu que nos permite experimentar esa paz que Cristo nos da, no como la del mundo, sino como la que Dios da.

Cristo nunca engañó a sus seguidores, claramente dijo que el seguirle implicaba no solo esfuerzo sino sacrificio, sabemos que los promesas exceden con mucho lo que ahora padezcamos, con todo y todo el Espíritu nos ayuda en el presente siglo para pasar por las tribulaciones con gozo y esperanza, claro: si es que le dejamos hacer su trabajo, después de todo tu no escoges muchas de las batallas que pelearas en tu vida, pero si puedes elegir la actitud con la que lo harás.

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/D0P6SuviIsE

Referencias: Mateo 10:17-18, 21-22; Hechos 5:40-41, Romanos 8:18; 2 Corintios 4:17; Romanos 12:10-14; 2 Corintios 4:17; Lucas 18:27; Mateo 19:26; Juan 14:27; Filipenses 4:7

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La cuestión de los tropiezos, la caídas que en nuestro andar por el Camino experimentamos es algo complejo de entender y difícil de aceptar.

Al venir a salvación respondiendo al llamado del Padre, uno puede tener la idea de que a partir de ahí todo irá, como se dice coloquialmente, como miel sobre hojuelas y que las batallas que contra el Enemigo, el Mundo o la Carne enfrentemos serán ganadas fácil y a la primera, después de todo tenemos el Espíritu de Dios, ¿por qué habría ser de otra forma?

Más sin embargo, ¿cuál es la realidad?, tropiezos y caídas en nuestro andar. ¿Cómo entender esto?, ¿cómo aceptarlo?

Entendamos una cosa, al nacer del agua, es decir, al ser bautizados, hemos nacido de nuevo, y ¿cuál es la condición de un recién nacido?, así es: alguien que apenas inicia una nueva vida debiendo crecer, fortalecerse, madurar, ¿y cuál es el mayor indicativo de aquello que le hace falta para alcanzar esto último?, exacto: las cosas que aún no puede hacer.

Cuando un niño da sus primeros pasos se tropieza, señal de que le falta mejorar en eso; cuando un niño quiere expresarse pero no sabe escribir, señal de que 104


necesita aprender eso; cuando un niño quiere vestirse solo y no puede, señal que necesita ser instruido en ello.

De igual forma el cristiano, ante cada tropiezo, cada caída que experimenta, en vez de pensar que no es digno del llamamiento al que respondió, más bien debe verlo como un área de oportunidad para crecer, para fortalecerse, para madurar.

Esto es expresado por Pablo cuando señala que ese crecimiento, ese fortalecimiento, esa maduración, se va dando en nuestra vida “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, ¿te fijas?, “hasta que todos lleguemos a […] la estatura de la plenitud de Cristo”, eso quiere decir, que de inicio no tenemos esta estatura pero que es factible alcanzarla, ¿y mientras tanto?, pues tendremos tropiezos, tendremos caídas, que nos señalaran aquellas áreas que debemos seguir trabajando con la ayuda del Espíritu de Dios.

Pero ahí no termina esto ya que la idea del crecimiento entre los miembros del Cuerpo de Cristo implica que aquellos que en el Camino llevan la delantera deben ayudar a los que inician apenas el andar, como dice Pablo escribiendo a los hebreos, estimulándonos “unos a otros al amor y a las buenas obras”, y a este respecto, escribiendo a los de Roma, señalando que “los que [son] fuertes, [deben] sobrellevar las flaquezas de los débiles”.

Venir a salvación no es llegar a una meta sino iniciar un andar que nos llevara a las promesas del Padre, ese andar nos irá señalando, con los tropiezos y caídas que experimentemos, aquellas áreas que debemos seguir trabajando, de igual forma, el crecimiento, el fortalecimiento, la madurez que vayamos adquiriendo nos irán capacitando para ayudar a los detrás de nosotros van de igual forma hacia lo prometido, después de todo superar un reto te capacita para, por un lado, esperar un reto mayor, y por otro, ayudar a otros a superarlo.

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/s9yqdV8PGRs

Referencias: Juan 3:5; Ezequiel 36:26; Efesios 5:26; 1 Corintios 14:20; Efesios 4:13; Gálatas 4:19; Hebreos 10:24; 1 Corintios 10:33; Gálatas 6:1; Romanos 15:1; 1 Tesalonicenses 5:14; Efesios 6:10

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La vida cristiana, contrariamente a lo que algunos pudieran creer, no es un remanso de tranquilidad sino está llena de inquietud, sobre esto, Jesús mismo dijo a sus seguidores “Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo”.

Lo anterior hay que tenerlo muy en mente pues si uno viene a la vida cristiana con una idea de la misma que no corresponde a la realidad, bien puede decepcionarse a la primera de cambios y terminar por enfriarse.

Pablo escribiendo a los de Roma les señala la lucha constante que el llamamiento implica cuando les dice “no te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien”, y dado que el mal es algo que impera en el mundo es más que evidente que dicha lucha no tendrá fin sino hasta que nuestro Señor regrese.

Ahora bien, ¿cómo lograr lo anterior?, es decir, ¿cómo no desanimarse a las primeras de cambio en la vida cristiana? En su primer carta Pedro da un consejo de extrema practicidad: “Practiquen el dominio propio y manténganse alerta. Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar.”

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En la primera parte de su exhortación, ¿a qué se refiere Pedro con eso del dominio propio? La referencia clara es a tener bajo nuestro control las pasiones desordenadas de la carne. Sobre esto, Pablo escribiendo a los de Colosas les dice “Amortiguad [otras versiones dicen “mortificad” o “haced morir”], pues, vuestros miembros que están sobre la tierra: fornicación, inmundicia, molicie, mala concupiscencia, y avaricia, que es idolatría: cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia”.

Pero la exhortación de Pedro tiene otra arista relacionada con el mantenerse alerta ya que nuestro Enemigo busca a quien devorar. Este mantenerse alerta señala al Enemigo en sí, pero también al Mundo y a la Carne, como señalaba Juan en su primera carta “porque todo lo que hay en el mundo, es decir, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”. Pero en cuanto a ese estar alerta, dicho exhorto lleva implícita la necesidad de una vida espiritual, vida espiritual que Jesús dejó muy clara cuando señaló “velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”.

Pero todo lo anterior no tendría sentido si en algún punto del Camino, como se dice popularmente, tiramos la toalla y desistimos de seguir avanzando a las promesas que se nos han dado. Esto lo dejó muy claro nuestro Señor cuando en Revelación señala “no temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” y cuando en ese mismo libro dice “he aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona.”

La vida cristiana es una lucha constante, pero como escribió Pablo a los de Roma, “tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse”, después de todo solo se está derrotado cuando se decide dejar de luchar. 108


Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/R5bfADb7MYc

Referencias: Juan 16:33; Hechos 14:22; 2 Corintios 2:14; Romanos 12:21; Proverbios 16:32; 1 Pedro 3:9; Colosenses 3:5-7; Marcos 7:21; Romanos 6:13; 1 Juan 2:16; Romanos 13:14; Gálatas 5:17,24; Mateo 26:41; Marcos 14:38; Lucas 21:36; Revelación 2:10; 3:11; Romanos 8:18; 2 Corintios 4:17; 1 Pedro 4:13

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Hay un dicho popular que señala que las palabras mueven pero que el ejemplo arrasa. Esto en referencia a que más allá de lo que podamos decir son finalmente nuestros actos los que terminan por definir y por mostrarles a los demás lo que somos.

¿Te has dado cuenta cómo es que los seguidores de Jesús no se caracterizan solo por arengar a los demás sino por mostrar en su vivir lo que con sus palabras expresan? Pablo escribiendo a los de Corinto les dice al respecto “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo”. ¿Te imaginas el nivel de compromiso con el llamamiento como para ponerse como ejemplo para los demás?, ¿quiénes de nosotros, ante alguien que preguntara cómo seguir a Cristo, tendríamos la voz completa para sugerir nos imitaran?

Como seguidores de Jesús siempre estamos buscando un referente de cómo vivir el llamamiento. Es cierto que nuestro primero y principal referente es Cristo, pero de igual manera necesitamos ver en los demás, sobre todo los que van adelante en el Camino, como poner por obra la fe que decimos profesar.

Pablo escribiendo a los hebreos reconoce esto pero al mismo tiempo da una condición a evaluar para considerar la actitud de los demás, sobre todo los que 110


deberían ser ejemplo, como algo a imitar: “Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe”.

Si bien Pablo aquí habla de los pastores esto mismo puede ser aplicable a todo aquel que vaya a la delantera en el llamamiento al que se ha respondido: considerad cuál haya sido el resultado de su conducta e imitar su fe.

Pero la cuestión de lo que las acciones de quienes van delante en el llamamiento al que se ha respondido reflejan respecto de la fe que dicen profesar como para que se considere un ejemplo a seguir, no es exclusivo de quienes nos llevan la delantera en el Camino sino que aplica a todos los que conformamos el Cuerpo de Cristo ya que siempre habrá alguien para quien seamos un ejemplo. Pablo en su primer carta a los de Corinto señala esto al decir “no seáis motivo de tropiezo ni a judíos, ni a griegos, ni a la iglesia de Dios”, de igual forma es reiterativo en esto en su segunda carta a los mismos cuando dice “no dando nosotros en nada motivo de tropiezo, para que el ministerio no sea desacreditado”, y sobre esto de no ser tropiezo deben tenerse muy en mente aquel exhorto de nuestro Señor cuando señaló “¡Ay del mundo por sus piedras de tropiezo! Porque es inevitable que vengan piedras de tropiezo; pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!”. Pablo entendiendo esto se adelanta con su ejemplo a lo dicho anteriormente cuando señala “por esto, yo también me esfuerzo por conservar siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres”.

El hablar de nuestra fe con nuestras acciones es algo que queda muy claro en la Escritura, de hecho no puede entenderse lo que profesamos sino nuestro actuar no es congruente con ello, por eso Jacobo, el medio hermano de Jesús, señaló en su carta “Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” y de igual forma, más delante en su misma carta, reitera “más sed hacedores de la palabra, y no tan solamente 111


oidores, engañándoos a vosotros mismos”, lo cual es congruente con lo dicho por Pablo a los Romanos cuando señala “porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los que cumplen la ley, ésos serán justificados”.

La cuestión de ser ejemplo a los demás está implícita en el llamamiento al que hemos respondido, desde esa perspectiva todos estamos llamados a ser líderes y por lo tanto a enseñar con nuestro ejemplo, ese ejemplo implica poner por obra la fe que se dice profesar e incluso demostrar con nuestras acciones nuestro pensar antes de pretender que los demás actúen en consecuencia, después de todo un buen líder siempre va al frente de sus seguidores y si vienen problemas se adelanta aún más.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/7LBAFA7hsxg

Referencias: 1 Corintios 11:1; Filipenses 3:17; 1 Tesalonicenses 1:6; Hebreos 13:7; 1 Pedro 4:11; Lucas 12:42; Corintios 10:32; Hechos 24:16; Mateo 18:7; Hechos 24:16; Santiago 2:18; Mateo 7:16; Santiago 1:22; Mateo 7:24; Romanos 2:13; Lucas 6:46-48

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El andar por el Camino no está exento de caídas. La Escritura en ninguna parte dice que el justo nunca cae, al contrario, claramente señala que “siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse”.

Aunque al subir de las aguas del bautismo y recibir mediante la imposición de manos el Espíritu de Dios hemos venido a ser sus hijos, aún impera en nosotros la naturaleza carnal que implica imperfección, imperfección que terminará hasta que nuestro Señor regreso y seamos transformados, como dice Juan en su primera carta “amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”.

Con todo y todo, ¿qué hacer con los tropiezos, con las caídas? Fíjate que la pregunta es “qué hacer con los tropiezos y caídas” no “qué hacer cuando tropezamos y caemos”, esto porque lo segundo ya ha sido respondido con la cita de la Palabra que señala “siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse”, a saber: levantarnos de cada tropiezo, de cada caída, y seguir avanzando a las promesas, 113


como dice Pablo en su segunda carta a los de Corinto: “Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos”.

Pero entonces de nuevo: ¿qué hacer con los tropiezos, con las caídas? Cuando tropezamos, cuando caemos, lo hacemos porque hay algo que nos ha hecho tropezar y caer. Ese algo puede ser el Enemigo, el Mundo o la Carne que usando nuestra propia concupiscencia nos llevan al pecado, como escribe Jacobo, el medio hermano de Jesús en su carta: “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”. Aun así, después de levantarnos de cada tropiezo, de cada caída, podemos usar ese tropiezo, esa caída para aprender de él.

¿Te acuerdas de la historia de Job? La misma Palabra declara de Job que era un “hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”, pero entonces ¿cuál era su problema?, ¿sobre qué tenía que ser corregido, edificado? Fíjate como Job era todo eso que declara la Escritura, pero su problema era precisamente que por eso se creía en sí mismo justo, en un momento llega a decir “me aferraré a mi justicia y no la soltaré. Mi corazón no reprocha ninguno de mis días”, pero ¿qué sucede una vez que ha pasado por todas las pruebas que le vinieron y que fue redargüido por Dios? Después de todo esto el hablar de Job cambia: “yo hablaba lo que no entendía; Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te ruego, y hablaré; te preguntaré, y tú me enseñarás”.

Puede decirse que Job tropezó en su propia vanagloria, pero sin dejarse abatir retoma el andar con otra postura, de esta forma el justo no solo se ha levantado sino que del tropiezo, de la caída ha aprendido, igual podemos hacer nosotros, así 114


que ya sabes ¿en el camino de tu vida te tropezaste con una piedra?, ¡qué bien: úsala en la construcción de tu vida!

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/meBWKJxIeVY

Referencias: Proverbios 24:16; Job 5:19; Salmos 37:24; 1 Juan 3:2; Salmos 17:15; 2 Corintios 3:18; Colosenses 3:4; 2 Corintios 4:8-9; Isaías 40:31; Romanos 8:35; Santiago 1:13-16; Romanos 9:19,20; Job 1:1; 27:6; 42:3-4

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Cuando uno habla de liderazgo en la vida cristiana generalmente le viene a la mente las autoridades que en la iglesia están formalmente establecidas, si bien éstas constituyen el liderazgo primerio y básico de la misma, en términos prácticos todos estamos llamados a ser líderes en el sentido de que los demás, tanto de la iglesia como del mundo, pueden ver con nuestras obras esa fe que decimos profesar.

De igual forma, la vida cristiana puede verse como una lucha, una batalla que se está librando, no contra carne y sangre sino contra potestades del mal y para la cual se debe estar vestido apropiadamente con la armadura de Dios.

Con todo y todo, habrá momentos en que uno tropiece, caiga, tanto en la comprensión doctrinal como en poner por obra esa fe que se dice profesar, ¿qué hacer ante eso?, ¿echarle la culpa a los demás o aceptar más bien las faltas propias? Veamos dos ejemplos.

El primer ejemplo tiene que ver con Saúl, el primer rey de Israel. Saúl había recibido por parte de Samuel la orden de esperarle para que éste último ofreciera el holocausto correspondiente a Dios. Dado que Samuel tardaba Saúl se abrogó de la facultad que no tenía de ofrecer el holocausto a Dios. Ahora bien, cuando 116


llegó Samuel y le reclamó por esto, ¿qué dijo Saúl? “Saúl respondió: Porque vi que el pueblo se me desertaba, y que tú no venías dentro del plazo señalado, y que los filisteos estaban reunidos en Micmas, me dije: Ahora descenderán los filisteos contra mí a Gilgal, y yo no he implorado el favor de Jehová. Me esforcé, pues, y ofrecí holocausto”. Así que según Saúl la culpa no era de él sino de los demás. A todo esto, ¿qué le dijo Samuel? “Entonces Samuel dijo a Saúl: Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios que él te había ordenado; pues ahora Jehová hubiera confirmado tu reino sobre Israel para siempre. Mas ahora tu reino no será duradero. Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó”.

El segundo ejemplo tiene que ver con David, el segundo rey de Israel. De David todos conocemos el terrible pecado que cometió con Betsabé, esposa de Urías, con la cual se acostó ordenando después la estrategia que conduciría a la muerte de su esposo. Cuando Natán vino a señalarle esta falta a David, ¿qué fue lo que dijo David? “—¡He pecado contra el Señor! —reconoció David ante Natán”. Así que David reconoció su falta como completa y totalmente suya. ¿Y qué le dijo Natán en respuesta de parte de Dios? “—El Señor ha perdonado ya tu pecado, y no morirás —contestó Natán—. Sin embargo, tu hijo sí morirá, pues con tus acciones has ofendido al Señor”.

El liderazgo no solo implica ir delante sino también conlleva el aceptar las faltas que se cometen con la intención de mejorar lo que deba mejorarse, de corregir lo que deba corregirse, después de todo un buen líder comparte sus triunfos y retiene para si las derrotas.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/ows-ffj0fhs 117


Referencias: Efesios 4:11-16; 1 Corintios 12:28; Jeremías 3:15; Mateo 5:16; Juan 15:8; 1 Pedro 2:12; Efesios 6:12-18; Marcos 4:19; Hechos 26:18; 1 Samuel 13:1-23; 2 Samuel 11:1-27; 12:1-25

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Cuando hablamos de liderazgo hay que reconocer que existen diferentes tipos. Está el líder que reacciona ante las circunstancias, bueno pues lleva a sus seguidores al objetivo planteado pero de manera reactiva; está el líder que se adelanta a las circunstancias, mejor aún ya que lleva a sus seguidores sin esperar a reaccionar a lo que sucede sino que previéndolo camina un paso adelante; y está el líder que es capaz de crear las circunstancias, no reacciona, no se adelanta, él mismo crea las formas, las maneras y con eso no solo lleva a sus seguidores al objetivo sino que incluso influye en las circunstancias, éste es el líder de excelencia.

Los elegidos tenemos al mejor líder, al líder más excelente, Jesús, a quien seguimos y a quien buscamos imitar. Es interesante que Jesús, nuestro líder, caiga en la tercera categoría, es decir, es un líder excelente que crea las circunstancias. Jesús en su momento señaló “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”, ¿te fijas?, Jesús no se amoldó a las circunstancias de su momento, tampoco se adelantó ellas, Él mismo se pudo como el líder que hay que seguir independientemente de lo que nos rodea. 119


Es por eso que Pablo escribiendo a los de Roma deja claro que no hay que ser un buen líder que reacciones a las circunstancias ni un gran líder que se adelante a ellas, sino como Jesús un excelente líder que cree las mismas circunstancias: “Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto”.

Lo que se conoce como las Bienaventuranzas contenidas en Mateo 5:2-12 señalan la manera en que nosotros, como seguidores de Jesús, podemos imitándole ser un líder de excelencia ante los demás, no reaccionando ni adelantándonos a las circunstancias, sino creándolas: “Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados. Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios. Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros”

Si así hacemos seremos sal de la tierra y luz del mundo, pero si reaccionamos a las circunstancias e incluso si nos les adelantamos, serán éstas las que estén marcando nuestra pauta de andar por el Camino, y no estamos llamados a ello, después de todo ante las circunstancias, un buen líder reacciona, un gran líder se adelanta, y un excelente líder las crea.

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/IxfJmYktXhU

Referencias: Juan 8:12; 1 Juan 1:6; Isaías 42:6,7; Romanos 12:2; Marcos 4:19; Efesios 4:23-24; Mateo 5:2-12; Efesios 5:10; Colosenses 3:10; Mateo 5:13-16; 1 Pedro 1:14; 2 Pedro 1:4

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Los tropiezos, las caídas, vamos: los pecados en que los elegidos incurrimos, plantean un grave problema para nuestra conciencia: ¿será que no soy salvo?, ¿será que no alcanzaré a las promesas?, ¿me estaré engañando?, ¿debería reconocer que no puedo y tirar todo por la borda?

Curiosamente ninguna de las preguntas anteriores tiene sustento escritural, luego entonces, más que provenir de Dios deben de venir del Enemigo, de aquel cuyo objetivo es precisamente que perdamos la salvación.

Por cierto, eso de que la salvación puede perderse es un hecho escrituralmente comprobable. “Un momento —alguien pudiera objetar— claramente Jesús dice “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”, luego entonces si nadie puede arrebatarnos de sus manos la salvación no puede perderse”. Claro que puede perderse, “retén lo que tienes para que nadie tome tu corona” y “sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” dejan claro que la salvación puede perderse y que el alcanzar las promesas está condicionado.

Más sin embargo es verdad que nadie puede arrebatarnos de las manos de Jesús, ¿entonces? Una cosa es que nadie pueda arrebatarnos y otra muy distinta que 122


nosotros, haciendo uso de nuestro libre albedrío, no podamos salirnos por propia voluntad. Pablo deja muy claro esto en su carta a los hebreos cuando dice que “si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios”.

Pero entonces ¿y las preguntas formuladas inicialmente? Como se comentó, dado que ninguna de esas preguntas tiene sustento escritural más que provenir de Dios deben de venir del Enemigo. De hecho la Palabra deja constancia de lo contrario, a saber: que alguien llamado a salvación sí puede tropezar, sí puede caer, vamos: sí puede pecar, la diferencia es que tras ese tropiezo, tras esa caída, tras ese pecado, vuelve a levantarse: “siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; más los impíos caerán en el mal”.

Juan reitera esto en su primera carta cuando, no escribiendo a los gentiles, sino a la iglesia, a los elegidos que habían venido a salvación, les dice “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros […] Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros”, pero ahí mismo completa la idea cuando señala “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.

Entonces, qué hacer con los tropiezos, las caídas, vamos: los pecados en que incurramos. La respuesta escritural es clara: levantarnos, pedir perdón y seguir nuestro camino a las promesas que se nos han dado, como decía Pablo “olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”, después de todo creer que perder una batalla es perder la guerra es tener una visión de muy corto plazo.

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/AETiLRb_rGA

Referencias: Juan 10:27-28; Hechos 3:23; Revelación 3:11; 1 Corintios 9:25; Revelación 2:10; Mateo 10:22; Hebreos 10:26-27; 2 Pedro 2:20; Proverbios 24:16; Job 5:19; Salmos 37:24; Filipenses 3:13-14; Hebreos 6:4-6

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La vida cristiana no consiste solo en creer sino también en hacer. Claramente Jesús les dijo en su momento a los de su tiempo, y en su figura a todos aquellos que le oyesen, “¿por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” y todavía para aclarar más el asunto señaló “no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos: más el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.

La salvación no es algo que ganamos con nuestras obras sino algo que nos es dado cuando aceptamos el sacrificio redentor de Jesús, como dice Pablo escribiendo a los de Éfeso “porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

De esta forma, una vez salvos, lo que se espera de los elegidos que han respondido al llamamiento del Padre es que actúen en consecuencia, es decir, que sus obras demuestren esa fe que dicen profesar, como dice Jacobo, el medio hermano de Jesús en su carta, “hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las

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cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma”.

Ahora bien, esto de poner por obra esa fe que si dice profesar lleva dos vertientes, una que tiene que ver con el efecto que esto tiene en el creyente, la otra el efecto que aquello tiene en el mundo.

En cuanto al efecto que en el creyente tienen las obras que se realizan como parte de la fe que se dice profesar está el ir desarrollando en nosotros el carácter perfecto y santo de Cristo, imagen del Dios invisible, como dice Pablo escribiendo a los de Éfeso, “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.

Ahora bien, en cuanto al efecto que en el mundo tienen las obras que el creyente realiza como parte de la fe que se dice profesar está el servir para que el mismo vea la gloria del Padre, como dijo Jesús en su momento, “así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

De esta forma, el avanzar decididamente por el Camino implica creer pero también hacer, siendo que cada paso que de esta forma se dé al andar desarrollará en nosotros el carácter perfecto y santo de nuestro Padre Dios y de igual forma al mundo le hablará de Su gloria, después de todo cada paso que imprimes en tu vida te cambia a ti... y al camino que recorres.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/4jd5ouSBqxw

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Referencias: Lucas 6:46; Santiago 1:22; Efesios 2:8-9; Romanos 3:24; Mateo 5:48; Levítico 19:2; 1 Pedro 1:16; Levítico 19:2; Efesios 4:13; Gálatas 4:19; Mateo 5:16; Juan 15:8

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Sin duda alguna que es desmoralizante para el cristiano ver cómo es que los planes de los impíos prosperan mientras que aquellos que han respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo en ocasiones se malogran sus propósitos.

Lo anterior no quiere decir que se dude de Dios, de su voluntad o de su justicia, simplemente que como seres finitos y temporales no se alcanza a comprender aquello generando ese desasosiego propio de la situación.

Esto no es propio de los cristianos sino que siempre ha estado presente en el pensamiento de los elegidos. Jeremías en su momento reflexionaba “justo eres tú, oh Jehová, para que yo dispute contigo; sin embargo, alegaré mi causa ante ti. ¿Por qué es prosperado el camino de los impíos, y tienen bien todos los que se portan deslealmente? Los plantaste, y echaron raíces; crecieron y dieron fruto; cercano estás tú en sus bocas, pero lejos de sus corazones”.

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David de igual forma en su momento escribió “en cuanto a mí, mis pies estuvieron a punto de tropezar, casi resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, al ver la prosperidad de los impíos. Porque no hay dolores en su muerte, y su cuerpo es robusto. No sufren penalidades como los mortales, ni son azotados como los demás hombres. Por tanto, el orgullo es su collar; el manto de la violencia los cubre”. Salomón de manera inspirada responde a lo anterior cuando escribió “no te entremetas con los malignos, ni tengas envidia de los impíos; porque para el malo no habrá buen fin, y la lámpara de los impíos será apagada. Teme a Jehová, hijo mío, y al rey; no te entremetas con los veleidosos; porque su quebrantamiento vendrá de repente; y el quebrantamiento de ambos, ¿quién lo comprende?”.

Ahora bien, si lo anterior es claro, todavía queda la duda en el elegido: ¿de qué sirve esforzarse por cumplir con la voluntad de Dios?

Si bien como cristianos estamos llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo, no quiere decir eso que con ello podamos cambiar el mundo ni mucho menos lograr que a nosotros nos vaya bien mientras que a los que no han venido a salvación les vaya mal. Pero lo que si debe quedar muy claro es que el poner por obra esa fe que decimos profesar nos va ejercitando los sentidos para discernir el bien del mal hasta alcanzar la estatura perfecta de Cristo. Como escribió Juan en su primera carta: “amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él porque le veremos como Él es. Y todo el que tiene esta esperanza puesta en Él, se purifica, así como Él es puro”.

Además todo tiene su propio fin, y si bien el de los impíos es para el día malo, para los elegidos está la esperanza de que todas las cosas cooperan para bien. De esta forma tanto inicuos como fieles tendrán cosas buenas y cosas malas en esta vida, pero a los primeros ninguna de las dos les aprovechará mientras que 129


para los segundos trabajaran para lograr en ellos lo que Dios pensó desde la eternidad.

De esta forma, el esfuerzo por vivir conforme a la voluntad de Dios, si bien no es garantía de que a nosotros nos vaya bien mientras que a los impíos les vaya mal, si es garantía de que permite por ese medio al Espíritu trabajar en nosotros para ir desarrollando el carácter perfecto y santo de nuestro Padre Dios, después de todo, en cuanto a nuestro andar por el Camino, todo esfuerzo tiene su recompensa, si no la encuentras fuera búscala dentro de ti.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/uM-vvZrdEFw

Referencias: Jeremías 12:1-2; Job 12:6; Salmos 73:2-6; Job 21:4; Proverbios 24:19-22; Números 16:2; Mateo 5:13-16; Lucas 14:34; Hebreos 5:14; 1 Corintios 2:6; Efesios 4:13; 1 Corintios 14:20; Proverbios 16:4; Job 21:30; Romanos 8:28; 1 Pedro 2:9

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Si bien los elegidos que hemos respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo comprendemos el nivel de perfección y santidad que de nosotros se espera, también entendemos la imposibilidad de ello en el siglo actual por la carnalidad en la que aún militamos.

De esta forma, si bien sabemos lo que de nosotros se espera, diariamente tropezamos, caemos en nuestro andar por el Camino. Lo anterior sin duda alguna es frustrante pues, como decía Pablo, “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”. Algunos leyendo a Pablo en su primera carta a los de Corinto que señala “sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”, y también en su carta a los de Roma indicando “así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”, concluyen que se deben autoimponer sacrificios para expiar aquellos tropiezos, aquellas caídas, pero la Escritura no señala eso. 131


La Palabra claramente señala que el pago total de nuestras culpas se cumplimentó con el sacrificio redentor de Jesús, como escribe Pablo a los romanos: “…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre…”. Y no solo de las culpas pasadas sino también de las futuras ya que, como Juan señala en su primera carta, escrita por cierto no a los paganos sino a la iglesia de Dios, “hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”.

De esta forma pretender agregar algo al sacrificio de Cristo es considerarlo incompleto, lo cual no es así, pero entonces ¿a qué se refiere Pablo con aquello de golpear el cuerpo y de presentar éste como sacrificio a Dios? Pablo reflexionando sobre el papel de Cristo, a quien estamos llamados a imitar, señala “sacrificio y ofrenda no quisiste; más me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí”.

De esta forma, lo agradable a Dios es hacer su voluntad, como señaló Samuel a Saúl en su momento “¿se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros”, obvio que considerando que “la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne”, ese hacer la voluntad de Dios implicará una guerra contra la carnalidad, a eso es a lo que se refiere Pablo.

El avanzar por el Camino, mientras aún militemos en esta carnalidad, implicará tropezar y caer, pero ante ello hay que pedir perdón al Padre por medio de Cristo,

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levantarnos y seguir nuestro andar, después de todo no es golpeando el suelo como avanzaras en la vida, sino dando pasos firmes y decididos.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/0LZ-CkcO_2U

Referencias: Mateo 5:48; Levítico 19:2; 1 Pedro 1:16; Levítico 20:7; Romanos 7:19; 1 Corintios 9:27; 2 Corintios 13:5; Romanos 12:1; 1 Pedro 2:5; Romanos 3:21-26; Hechos 10:43; 1 Corintios 11:1; 1 Tesalonicenses 1:6; 1 Samuel 15:22; Marcos 12:33; Gálatas 5:17; Mateo 26:41

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Muchos al leer aquello que dijo Jesús “de cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” concluyen que debe referirse a las características de los niños como confiar y creer, ser inocentes, o demostrar alegría y agradecimiento, pero Jesús nunca dijo que el ser como niños solo se refería a las características positivas que de ello pudiéramos señalar, entonces ¿qué pasa con las características negativas que también presentan los niños como egoísmo, inmadurez, ignorancia y torpeza?

El problema es que ese ser como niños no debe verse desde el punto de vista natural sino desde el punto de vista espiritual, ¿y cuál es ese? Un niño es alguien que acaba de nacer, así que veamos en la Escritura qué, referido a ese nacimiento espiritual, es mencionado.

El Evangelio de Juan consigna la reunión que sostuvieron Jesús y Nicodemo, en una parte del relato se señala “Jesús [ ] le dijo [a Nicodemo]: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el

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reino de Dios”. De esta forma aquel ser como niños que mencionó Jesús se refiere a esa etapa posterior al bautismo cuando uno inicia la vida espiritual.

En esa etapa uno inicia con lo que la Palabra señala como alimento líquido, los rudimentos de la fe, los principios doctrinales, las verdades de salvación, pero uno debe avanzar en el Camino creciendo en el conocimiento de Dios y su Hijo hasta llegar al alimento sólido, las verdades de comprensión. Este desarrollo está presentado por Pablo en su carta a los de Éfeso cuando les escribe “y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.

Desde que uno es bautizado comienza a ser hijo de Dios, pero la realización plena de esto se dará al regreso de Cristo cuando todos seamos resucitados/transformados, por eso Juan en su primera carta señala “amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”.

Pero de inicio uno comienza la vida cristiana como niño, sin haber logrado esa madurez espiritual, de igual forma sin tener aún el carácter perfecto y santo del Padre, pero sabiendo que si nos mantenemos fieles llegaremos a las promesas que se nos han dado, tal como Pablo lo presenta a los Filipenses “hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.

De esta forma el ser como niños implica el estado espiritual que inicia cuando uno es bautizado, inicio que aún no refleja aquello que seremos pero que confiados en 135


las promesas proseguimos hasta la consecución de las mismas, después de todo al inicio los límites no alcanzarás y ya luego ¡los límites no importarán!

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/bKdmMTZfxbg

Referencias: Mateo 18:3; Salmos 131:2; Hebreos 5:12-14; 1 Corintios 14:20; Hebreos 6:1-2; 1 Corintios 2:6; Efesios 4:11-13; Gálatas 4:19; Filipenses 3:13-14; 2 Corintios 5:16

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Sin duda alguna que uno de los mayores conflictos que todo elegido enfrenta en su andar por el Camino son los tropiezos, las caídas que se experimentan. Éstas hacen mella en el buen ánimo, acarrean dudas sobre el llamamiento y generan pesimismo sobre el alcanzar las promesas que se nos han entregado.

Tres comentarios sobre esto, uno referido al Padre, otro referido a nuestro Señor Jesús y uno último referido a cada uno de nosotros.

Respecto del Padre, hay que entender algo: Dado que Él lo sabe todo, dado que nada le es oculto, no puede decirse que no supiese los tropiezos, las caídas que cada uno de nosotros habría de experimentar en el Camino, de esta forma no podemos decir que Él se ha decepcionado de uno, al contrario, si sabiendo esto, si conociendo nuestra debilidad nos ha llamado debemos confiar en Él.

Respecto de nuestro Señor Jesús, debe quedarnos muy claro las dos partes de su sacrificio redentor: Una es lo que Él ofreció, a saber: su propia vida, pero la otra es lo que Él redimió: nuestros mismos. De esta forma, no puede uno menospreciarse por los tropiezos, las caídas que se experimentan, uno es tan valioso que Jesús mismo con su vida pagó por la de nosotros.

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Por último, respecto de cada uno de nosotros, ¿qué nos proporciona cada tropiezo, cada caída? La pregunta en si misma puede ser un poco escandalosa, ¿cómo que los tropiezos y caídas pueden darnos algo que podamos valorar?, pero así es y eso es precisamente el conocer de primera mano la debilidad de nuestra carne para desarrollar, en efecto: juicio, pero también, y más aún, misericordia.

Fíjate como expone esto último Pablo en su segunda carta a los de Corinto: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación; o si somos consolados, es para vuestra consolación y salvación, la cual se opera en el sufrir las mismas aflicciones que nosotros también padecemos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que así como sois compañeros en las aflicciones, también lo sois en la consolación”.

¿Cómo podríamos consolar a los demás si no entendiéramos sus dudas, su sufrir, su confusión, su desesperanza? Es más que claro que solo aquel que ha experimentado el dolor, la debilidad, la frustración que viene aparejada con nuestra carnalidad expresada en los tropiezos y caídas que experimentamos en el andar, está en posibilidad de entender los tropiezos y las caídas de los demás, y por ende de nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación.

Ahora bien, esto no debe entenderse como una condescendencia permicionista para pecar, sino que debe darnos la justa visión de las cosas para entender y comprender, para empáticamente tener caridad hacia los demás, para ejercer, como ya se dijo, juicio y misericordia, y por ende, a través de la consolación a los demás en su tropiezos, en su caídas, estar en posibilidad de restaurarles, como 138


claro lo dejó Pablo en su carta a los de Galacia: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”.

Mientras militemos en la actual carnalidad estaremos sujetos a los tropiezos y caídas que en nuestro andar por el Camino experimentemos, esos tropiezos y esas caídas deben ser vistas desde la correcta perspectiva de que el Padre, sabiendo incluso eso, nos llamó a salvación, de que Jesús, con su sangre preciosa derramada, nos redimió para vida eterna, y de que las mismas, a cada uno de nosotros, nos genera ese entendimiento, esa humildad, que permite ejercer juicio, pero sobre todo misericordia, ante los tropiezos y las caídas de los demás, de esta forman no pienses en las caídas como algo injusto, piensa mejor como algo que te hace humano.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/VA6-VB9ddQ0

Referencias: Salmos 147:5; 1 Juan 3:20; 1 Pedro 3:18; 1 Juan 2:2; 2 Corintios 1:2-7; Isaías 51:3,12; 2 Tesalonicenses 2:16-17; Gálatas 6:1; Mateo 18:15; 2 Corintios 2:7

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Venir a salvación no es como el náufrago que llega a una isla paradisiaca donde puede vivir sin mayores problemas, al contrario, es como iniciar una batalla que durará toda la vida, de hecho tan es así que Pablo recomienda vestirnos con la armadura de Dios: ceñidos los lomos con la verdad, vestidos con la coraza de justicia, calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz, tomando el escudo de la fe, el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.

Esta batalla constantemente nos enfrenta a lo que el Enemigo, el Mundo o la Carne ponen frente a nosotros, de ahí la importancia de desarrollar el carácter necesario para hacer lo correcto aunque en muchas ocasiones no sea lo conveniente desde el punto de vista del presente siglo.

Quienes no tienen esto en mente pueden catalogarse como aquellas personas relatadas en la parábola del sembrador que u oyendo la Palabra no la entienden viniendo el Enemigo y arrebatándola del corazón, o al momento la reciben con gozo pero al no tener raíz en sí es de corta duración y al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra se tropieza, o que el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra y la hacen infructuosa.

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Cristo nos previno de quien quisiera seguirle enfrentaría persecución, rechazo, tribulación, luego entonces lo conveniente, desde el punto de vista del presente siglo, sería amoldarse al Enemigo, al Mundo o a la Carne para no padecer aquello, más sin embargo, sobre esto, Pablo exhorta a los de Roma diciendo “no os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.

Lo anterior resumirse en la respuesta que dieron Pedro y Juan a los dirigentes religiosos que les impelían a que dejase de proclamar el Evangelio: “Respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”, ¿y cuál fue el resultado de esta actitud?, “…llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús…”. Sin duda hubiera sido más conveniente, a los ojos del presente siglo, hacer lo que aquellos dirigentes decía, pero como escribió Pablo en su momento a los de Galacia: “Porque ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios?, ¿o me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo”.

Todo esto está en consonancia con lo dicho en su momento por Jesús cuando declaró “nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro”, así que en el andar por el Camino no olvides que hacer lo correcto, aunque a veces no sea lo conveniente, requiere de carácter.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/KS3rUKiZ_QI

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Referencias: Efesios 6:14-17; Mateo 13:19-23; Santiago 1:22-27; Mateo 24:9-13; Romanos 12:2; 1 Pedro 1:14-15; Hechos 5:29, 40; Gálatas 1:10; Efesios 6:6; Mateo 6:24; 1 Reyes 18:21; Josué 24:15,19,20; Santiago 4:4

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Pablo, escribiendo a los de Éfeso, con las palabras que han sido encuadradas como aquello que se conoce como la armadura de Dios, les dice: “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos”.

De esta forma es más que claro que como creyentes estamos en una lucha, lucha en la que desempeñamos el papel de guerreros, siendo necesario lo anterior para luchar la buena batalla.

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Pablo confirma esto cuando en la misma cita anterior señala “porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”.

En esta misma línea de pensamiento Pablo, en su primer carta a Timoteo, le exhorta diciendo “pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos”.

Pero no solo él exhorta a los demás a que peleen la buena batalla sino que él mismo se reconoce como parte de esa lucha. En su segunda carta a Timoteo señala “he peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”.

Estas dos últimas citas tienen un referente que permite entender la profundidad de las mismas. La primera hace referencia a “la buena batalla de la fe”, la segunda, señala “he peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”, de esta forma la base de esta guerra espiritual se fundamenta en la fe que profesamos.

Esto es más que evidente pues uno actúa como uno piensa, siendo que si nuestro pensamiento es moldeado por la verdad nuestro actuar será acorde a la misma, como también dice Pablo a los de Éfeso cuando los exhorta a no ser como “niños, sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres, por las artimañas engañosas del error”.

De esta forma el crecer en el conocimiento de Dios y Su Hijo se debe dar sobre el fundamento de la doctrina de la iglesia de Dios, columna y fundamento de la 144


verdad “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, sabiendo que el luchar con carácter, por un ideal y con valores te convierte en un guerrero.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/-rKGjxB2NUE

Referencias: Efesios 6:10-18; 1 Timoteo 6:12; 1 Corintios 9:25; 2 Timoteo 4:7-8; Filipenses 3:12; Efesios 4:14; Hebreos 13:9; Colosenses 1:10; Colosenses 2:6; 2 Pedro 3:18; Colosenses 2:6; 1 Timoteo 3:15; 1 Pedro 2:5; Efesios 4:13; 1 Corintios 14:20

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Si somos honestos en el llamamiento, nada nos garantiza que alcanzaremos las promesas. Es cierto, como dice nuestro Señor Jesús, que nada ni nadie nos puede arrebatar de sus manos, pero una cosa es que nada ni nadie pueda arrebatarnos de las manos del Señor y otra muy distinta que nosotros, voluntariamente, nos salgamos de ellas. Sobre esto último, Pablo escribiendo a los hebreos, les dice “porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios”.

Sobre lo primero señalado, a saber: que no hay certeza en que llegaremos al final, Pablo en su carta a los de Filipo lo señala estableciendo que aún en la incertidumbre es menester mantenerse firmes: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.

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Es por eso que en Revelación, a aquellos que han vencido y han sido considerados dignos de ser con Cristo reyes y sacerdotes en el reino venidero, son señalados como llamados, elegidos y fieles, no solo llamados y elegidos, sino también fieles, es decir, que a pesar de todo se mantuvieron firmes hasta el final.

Proverbios como admonición señala la actitud del indolente que señalando problemas y obstáculos renuncia a pelear incluso antes de que la batalla empiece: “Dice el perezoso: El león está fuera; seré muerto en la calle”. Parafraseando alguien pudiera decir: “El andar por el Camino trae mucha tribulación, mejor desisto de ello para no pasar por las pruebas”. ¿Qué resultado podría esperarse de eso?

Jesús nunca dijo que el responder al llamado implicaría una vida sin mayores problemas, al contrario, claramente señalo para aquellos que así hiciesen: “Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán”, pero de igual forma señaló la condición para triunfar en el llamamiento al que se ha respondido: “Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo”.

Nada nos garantiza llegar al final, en alcanzar las promesas, en esto debemos hacer nuestro máximo esfuerzo, pero de lo que sí hay garantía es que si cejamos en esto no alcanzaremos aquello que se nos ha prometido, después de todo solo hay un riesgo que no vale la pena correr: el riesgo de no lograr tus sueños por no intentarlo.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/J25PJRK2obk

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Referencias: Juan 10:28; Isaías 27:3; Hebreos 10:26-27; Números 15:30; Filipenses 3:13-14; Lucas 9:62; Revelación 17:14; Mateo 22:14; Proverbios 22:13; Números 13:32-33; Mateo 24:9-10; Daniel 11:33; Mateo 24:13; Lucas 21:19

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Todos quisiéramos que el andar por el Camino, como consecuencia del llamamiento al que hemos respondido, fuera sin contratiempos, sin mayores problemas, pero si de algo cada elegido podría estar seguro es que este caminar va aunado precisamente a lo contrario: tribulación, señalamientos, persecución.

Sobre esto nuestro Señor fue más que claro al respecto, pero de igual forma no nos dejó sin esperanza: “En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo”. Como puede verse, padecer tribulación y vencer al mundo van de la mano y sobre esto, de Pablo en Hechos se señala que “fortale[cía] los ánimos de los discípulos, exhortándolos a que perseveraran en la fe, y diciendo: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios”. Juan, al inicio de su primer carta, indica “Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que ha sido desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os he escrito a vosotros, niños, porque conocéis al Padre”. Una lectura natural de esto podría indicar que se refiere precisamente a eso: a niños, jóvenes y adultos; pero una lectura espiritual de lo mismo apunta a que señala tres estados distintos de crecimiento espiritual: los niños son aquellos recién llegados a la fe, los jóvenes son aquellos que ya han crecido en el

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conocimiento de Dios y Su Hijo, y los adultos son aquellos que han llegado a la madurez del llamamiento.

Este crecimiento, por lo dicho anteriormente, es el que se espera en todo hijo de Dios, con todo y todo, al igual que en la vida, dicho crecimiento no está exento de pruebas, de tribulaciones, de tristezas. Pablo escribiendo a los hebreos los insta diciendo “Por tanto, dejando las enseñanzas elementales acerca de Cristo, avancemos hacia la madurez, no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas y de la fe hacia Dios, de la enseñanza sobre lavamientos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno”. ¿Podemos ver cómo es que ese crecimiento implica avanzar del alimento líquido, las verdades de salvación, al alimento sólido, las verdades de comprensión?

Pero más importante es que ese crecimiento requiere de ser probado para ver si es verdadero, como dice Pedro en su primer carta “para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo”. El “sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” señalado por Jesús en Revelación o aquel “más el que persevere hasta el fin, éste será salvo” señalado por Cristo en Mateo, implica que tenemos que hacer nuestra parte para alcanzar las promesas, que debemos esforzarnos, incluso a costa de nuestra vida por llegar al final, como dijo Jesús “porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”.

En el andar por el Camino hacia las promesas hay que tener claridad de que no se trata de un sendero llano y sin mayores problemas, sino que está lleno de obstáculos, dificultades e impedimentos, pero es precisamente el avanzar incluso a pesar de esto lo que formará en nosotros el carácter perfecto y santo del Padre y 150


nos permitirá llegar a las promesas que se nos han dado, después de todo con o sin puentes, los ríos y hondonadas de la vida deben ser cruzados.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/_1eAT4LaGi8

Referencias: Mateo 10:17; Marcos 13:9; Juan 16:33; 2 Corintios 6:4; Romanos 5:1,2; 2 Corintios 2:14; Hechos 14:22; Isaías 35:3; Hebreos 6:1-2; 1 Corintios 2:6; Revelación 2:10; Salmos 31:23; Mateo 24:13; Romanos 2:7; Lucas 9:24; Juan 12:25

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Conclusión

El andar por el Camino produce necesaria y forzosamente una serie de reflexiones en quien por él va, reflexiones que buscan aquilatar la experiencia que se va adquiriendo, experiencia que no sólo es cognitiva, sino también emocional y, más importante aún, espiritual.

Las presente reflexiones, cuyo fin es la motivación para que aquellos que en el Camino van desarrollen ese liderazgo que nace de la comprensión del plan que Dios está realizando en cada uno, son solamente eso, reflexiones. Cada quien puede estar de acuerdo o no con ellas, eso no es lo importante, lo importante es que cada quien pueda escribir en su libro de vida sus propias reflexiones.

Pero lo anterior no termina ahí ya que una vez que alguien tome el reto y de sus reflexiones saque ciertas lecciones relacionadas con el Camino, lo que sigue es compartirlas.

No somos una isla, incluso en el proceso relativo al andar que lleva a la vida como miembro de la familia de Dios vamos acompañados, y en ese acompañamiento todos comparten una responsabilidad de y por los demás.

Es cierto que la responsabilidad final de la vida de cada quien es personal, pero la responsabilidad sobre el andar del otro también puede ser reclamada sobre todo cuando pudiendo dar algo que alivie la carga, que motive al andar, las palabras se retienen.

Así que adelante, a compartir esas lecciones edificante que el andar le ha mostrado a cada quien sabiendo que todas forman parte de ese glorioso entramado que Dios está tejiendo en la vida de cada quien en lo particular y en la vida de Su familia en lo general.

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Paz a vos

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Liderazgo Cristiano Emprendedor 3

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Primera edición

Se permite la reproducción total o parcial de la presente obra, así como su comunicación pública, divulgación o transmisión, mediante cualquier sistema o método, electrónico o mecánico [incluyendo el fotocopiado, la grabación o cualquier sistema de recuperación y almacenamiento de información], siempre y cuando esto sea sin fines de lucro y con la condición que se señale la fuente

Todas las citas bíblicas de esta publicación han sido tomadas de la Reina-Valera 1960. Utilizado con permiso.

Reina-Valera, 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y puede ser usada solamente bajo licencia.

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Profile for Roberto Celaya Figueroa

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