Liderazgo Cristiano Emprendedor

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Liderazgo Cristiano Emprendedor

Roberto Celaya Figueroa


…para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas y nosotros por medio de él (I Corintios 8:6)


Dedicatoria

A la Iglesia de Dios (7° Día)

Página web habla hispana: http://www.iglesiadediosapostolica.org/ Página web oficinas centrales: http://www.churchofgod-7thday.org/


ÍNDICE

Introducción........................................................................................................ 1 1. Lucha por tus sueños, sino otro los conquistará ................................. 2 2. Los obstáculos solo existen para demostrarte que no tienes límites 5 3. ¿Ves todo lo que a veces has logrado sin proponértelo?, ¡ahora imagínate si te lo propusieras! ............................................................... 8 4. En la lucha nos es permitido tomar un descanso, ¡pero nunca claudicar de conseguir nuestras metas! ............................................... 11 5. Todo en nuestro cuerpo está hecho para ir hacia adelante... lo mismo y con mayor razón en nuestra mente y en nuestra alma ........................ 14 6. Establece bien tus metas... no sea que al final veas que estuviste siguiendo metas ajenas .......................................................................... 17 7. Recuerda: no hay oscuridad tan grande que no ceda ante una simple vela. Tus sueños por pequeños que sean pueden llevarte a grandes cosas ........................................................................................................ 20 8. ¿Que quieres arreglar el mundo? Excelente... ¿pero qué tal si comienzas por mejorar el pequeño mundo que eres tú mismo? ........ 23 9. Un líder nunca exige de sus seguidores más de lo que él mismo da, pero si les exige más de lo que ellos pueden dar................................. 26 10. Como dice en algunos espejos retrovisores de autos: "las cosas están más cerca de lo que parecen" ................................................................ 29 11. Hay algo que nadie nunca te podrá quitar y es la capacidad y responsabilidad de tomar tus propias decisiones. Nadie más que tú eres responsable de tu vida ................................................................... 32 12. Si bien nuestros pensamientos nos guían y nuestros dichos nos comprometen, son nuestras acciones las que nos definen ................ 35 13. Solo un trabajo honesto es productivo, solo un servicio solidario es fructífero, y solo una calidad que exceda lo esperado es justa .......... 38 14. No hay pretexto: Si puedes hacerlo, hazlo, y si no ¡al menos inténtalo! .................................................................................................................. 41


15. No somos eternos, ¿por qué desperdiciar el tiempo como si lo fuéramos? ................................................................................................ 44 16. El éxito es la combinación de constancia, disciplina y mucha, ¡pero mucha pasión! ......................................................................................... 47 17. Si ves a un triunfador, verás una persona que se ha levantado tantas veces como se ha caído, y sigue de pie ................................................ 50 18. Nadie ha cruzado la meta sin haber tenido que dar el último paso .... 53 19. Así como el auto necesita gasolina para avanzar, así tus metas necesitan de tus acciones cotidianas para ser alcanzadas ................. 56 20. Tus metas son alcanzables; veras: extiende tu mano a ellas, ¿ves cómo es que ya están más cerca? ......................................................... 59 21. No hay mejor recompensa que la satisfacción por un trabajo bien hecho ........................................................................................................ 62 22. Mientras más factores externos sean los que inciden en tus decisiones, menos dueño de las mismas eres ..................................... 65 23. La vida no es algo que se nos da cuando se nace, sino algo que debemos de ganarnos día a día con el fragor de la batalla cotidiana. 68 24. El quedarte sentado solo hará que más pasos te separen de tu meta 71 25. Comienza intentándolo... terminarás lográndolo.................................. 74 26. Tus sueños se alimentan de esperanza, tus logros de acciones ........ 77 27. Qué curioso: cien errores te pueden conducir a un gran acierto, ¡nunca dejes de intentarlo! ..................................................................... 80 28. Sin objetivos ni estrategias llegaras a cualquier lugar, menos a donde querías ...................................................................................................... 83 29. Establecer un propósito le da sentido a nuestras acciones y permite focalizar nuestros esfuerzos y recursos ............................................... 86 30. Cuando se disfruta el camino no hay propiamente un esfuerzo sino un disfrute en cada paso .............................................................................. 89 31. La trascendencia tiene que ver con lo que ahorita estás haciendo, ¿cómo quieres que se te recuerde? ...................................................... 92


32. Cada paso que das te acerca o te aleja de tu objetivo, piénsalo muy bien y ¡actúa! ........................................................................................... 95 33. Servicio es entender y aceptar que en muchas ocasiones tú serás quien haga el camino, pero otro quien lo recorrerá ............................. 98 34. Cuando uno tiene bien claras sus metas y sus valores, es mucho más difícil perder el rumbo ........................................................................... 101 35. Mejor contar aquellos pequeños logros que en el andar se han obtenido en vez de contemplar lo que aún no se obtiene ................. 104 36. Éxito no solo es lograr una meta, sino también saberte mejor que cuando comenzaste tu andar ............................................................... 107 37. Desdeñar la educación es como subirse a un bote y rechazar los remos ...................................................................................................... 110 38. De cada caída solo hay una pregunta que tiene sentido: ¿qué puedo aprender de esto?.................................................................................. 113 39. Comprobado: Tus pensamientos pueden hacerse realidad... ¡siempre y cuando pongas acción en ello! ............................................................ 116 40. Si las metas valiosas pudieran obtenerse con un esfuerzo mínimo, no sucedería el milagro de forjar nuestro carácter .................................. 119 41. Dos piernas necesitas para andar por la vida: los sueños y la acción ..................................................................................................... 122 42. La vida está llena de incertidumbre, la única manera de tener certezas es ¡intentándolo! .................................................................................... 125 43. Recuerda esto: muchas cosas han parecido imposibles... ¡hasta que llega Alguien y las hace! ....................................................................... 128 44. Cuida ante todo quedar bien contigo mismo, ¡eres la única persona que estará contigo toda la vida! ........................................................... 131 45. El mediocre siempre se andará justificando del por qué no hizo las cosas, el excelente dejará que sus resultados hablen....................... 134 46. No seas tú quien te ponga límites... y no dejes que sean los demás quienes lo hagan ................................................................................... 137


47. Prepárate desde ya para que cuando encuentres tu camino tengas la capacidad, coraje y fortaleza de seguirlo ............................................ 140 48. Cuando te canse el camino, recuerda qué fue lo que te hizo iniciar tu andar ....................................................................................................... 143 49. Para lograr sueños... ¡lo primero es tenerlos! .................................... 146 50. Curiosamente lo que nos mueve a caminar es nuestro deseo de volar ................................................................................................................ 149 Conclusión ........................................................................................................ 152


Introducción

Cuando como cristiano se responde al llamado del Padre, se inicia un andar por el Camino al cual Él ha llamado a cada uno, camino que en ocasiones puede ser árido, cuesta arriba, o incluso cansar, es en esos momentos en que se necesitan palabras que permitan sí, tomar aliento, pero más aún: motivar para seguir el andar.

La presente obra busca eso. Si bien la fuente de toda motivación, de toda esperanza, de toda confianza es Dios, puede uno a través de la reflexión que en el andar se imprimir ver y entender lo que el mismo trae a nuestra vida. El Camino va cambiando a quien confiadamente –confiadamente en referencia a Dios- transita por él. Ese cambio puede ser reconocido cuando se reflexiona en el mismo, y de igual forma esa reflexión puede dar para entender un poco lo que está pasando pero mejor aún: confiar en las promesas que de Dios se han recibido.

Liderazgo Cristiano Emprendedor pone al alcance de todos aquellos que por el Camino transitan una serie de reflexiones que bien podrían identificarse como diferentes momentos en diferentes puntos de ese andar.

Esa serie de reflexiones buscan servir como ese amigo que en ocasiones acompaña el andar para proporcionar, en la medida de lo posible, un respiro que devenga en incentivos para continuar el andar.

Que el Santo Espíritu de nuestro Padre Dios que mora en cada uno ilumine y fortalezca para vivir, con liderazgo y motivación, el llamado del que se ha sido objeto, conforma a la voluntad del Padre y para Su mayor gloria en Cristo Jesús.

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Un hecho innegable es que como personas todos tenemos un sinfín de sueños, metas y objetivos que prácticamente bullen en nuestro interior por ser alcanzados: Amigos, estudios, familia, trabajo, no hay área del desarrollo humano donde no tengamos algo que quisiéramos llegar a ser o llegar a tener.

Adicionalmente, el cristiano tiene también sueños, metas y objetivos, que en ocasiones el mundo no entiende, relacionados con metas, sueños y objetivos que no son temporales sino eternos: llegar a ser, como parte de la familia de Dios, reyes y sacerdotes con Jesús, nuestro Señor y Salvador, en el Reino de Dios.

Esto ha sido posible, no por nuestros méritos u obras, sino gracias a la reconciliación que por la sangre de Jesús hemos tenidos; pero el hecho de que la salvación haya sido un regalo de nuestro Padre Dios, para por quien Él son llamados en este siglo, no quiere decir no tengamos lucha alguna que enfrentar.

La salvación es un dos gratuito, pero nuestra desidia, nuestro desinterés, nuestro amor al mundo, puede lograr que la despreciemos, que no la valoremos, perdiendo así la promesa del Padre. 2


Volviendo sobre la cuestión de las metas, sueños y objetivos que en la vida tenemos, hay que dejar claro que si bien esto es bueno, es loable, debemos tener una correcta prioridad en cuento ello poniendo en primer lugar las metas, sueños y objetivos eternos por sobre las temporales.

Así que el cristiano tiene una doble lucha: no solo por alcanzar las metas, sueños y objetivos que lo lleven en este siglo a llegar a ser más y tener más, sino a luchar con mayores fuerzas, con mayor denuedo, por las metas eternas que se nos han ofrecido poniendo estás últimas en primer lugar.

Esta lucha puede ser muy palpable o más bien sutil, pero siempre será muy fuerte. El Enemigo, el mundo, la carne nos incitan constantemente a pecar, esa batalla es muy frontal, pero también, y más sutilmente, nos presenta las metas, sueños y objetivos temporales de tal manera que podemos llegar a cambiar el orden de prioridades dejando las promesas eternas en un segundo término.

Para el cristiano le queda muy claro que mientras militemos en esta carne estaremos llevando una batalla constante por las promesas, una batalla donde Enemigo, el mundo, la carne buscan arrebatar los sueños, metas y objetivos eternos que nos hemos fijado desde que fuimos llamados por el Padre.

Esta batalla nos parece imposible, y lo es, pero para nosotros, no para Dios, así que debemos salir a pelear con nuestra esperanza puesta en Quien nos ha llamado, pidiendo su luz y fuerza para llegar a la meta final de nuestro llamamiento.

En la vida es bueno tener metas, sueños y objetivos, tanto temporales como eternos, y si estamos dispuestos a luchar con denuedo por los primeros, con mayor razón debemos estar dispuestos a luchar, con un mayor vigor, por los últimos, sabiendo que incluso en ocasiones habrá que sacrificar los menos 3


importantes por los más, así que no lo olvides lucha por tus sueños, sino otro los conquistará.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/UrgDjB80YVQ

Referencias: Revelación 1:6; 5:10; Romanos 5:10; Colosenses 1:20; Efesios 2:8-9; 1 Corintios 1:29; Juan 6:44; Romanos 8:29; Revelación 3:11; Hebreos 10:23-29, 35-39; 1 Juan 2:16; Efesios 6:12; Lucas 18:27; Filipenses 3:14; Romanos 8:31

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Prácticamente desde que comenzamos a vivir comenzamos a experimentar una serie de obstáculos, de retos, que al irlos superando nos fueron capacitando para vivir una vida más plena.

Esto fue característico de nuestra infancia desde aprender primero a gatear y luego a caminar hasta comenzar a tratar de comunicarnos llegando a leer y escribir. Ya como niños, jóvenes y adultos, seguimos experimentando más obstáculos y más retos, obstáculos y retos cada vez más complejos, que nos llevan hacia mejores estadios de desarrollo.

Si bien todos los ámbitos de nuestra vida enfrentan estos obstáculos, estos retos, para el cristiano en primer lugar está el desarrollo que en su vida espiritual busca. Y es que desde que somos llamados a formar parte de la familia de Dios como Sus hijos e hijas comenzamos a experimentar una serie de obstáculos, de retos, que al irlos superando nos van habilitando para ser parte de esa familia al ir formando en nosotros el carácter perfecto y santo de Dios.

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Pero al igual que en nuestra vida física, emocional o intelectual, en nuestra vida espiritual habrá ocasiones en que creamos que no podemos superar algún obstáculo o reto que se nos presente sólo para darnos cuenta, una vez superado, que no era como pensábamos y que nuestro potencial es aún mayor.

La clave, en la vida cristiana, es que en todo lo que hagamos, incluso y con mayor razón al enfrentar obstáculos o retos, pongamos a Dios primero y lo que vivimos lo pongamos en Sus manos.

Esto debe ser muy claro para el cristiano pues al sabernos débiles e imperfectos nunca ponemos en nuestra fuerza la esperanza de nuestro éxito sino que nos afianzamos a Aquel por quien hemos sido llamados para Su gloria.

Amedrentarnos ante los obstáculos, ante los retos que nos plantea la vida, es un signo de que estamos dependiendo de nuestra capacidad, de que estamos considerando nuestras fuerzas, avanzar decididamente a pesar del temor que pudiéramos sentir es un signo de la confianza que en Dios tenemos.

En efecto, aunque tenemos una vida limitada, nuestro potencial es ilimitado por el llamamiento del que hemos sido objeto, y en función de esto el padecer, penar o angustiar en esta vida por conseguir las promesas que se nos han dado no son nada en comparación de lo que se nos ha ofrecido.

Piensa en esto: a nosotros, polvo y nada, se nos ha ofrecido por el Dios verdadero, viviente y veraz, ser coherederos con Cristo de todos siendo parte de la familia de Dios como reyes y sacerdotes en Su reino venidero. Visto así esto es un obstáculo, un reto más que imposible de lograr por nosotros, pero no por Dios quien nos ha llamado, siendo que la consecución del mismo es por Su poder y para Su mayor gloria.

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Como cristianos estamos llamados a pasar de ser niños a adultos, espiritualmente hablando. Al igual que nuestra vida física, emocional o espiritual, este desarrollo implica ir venciendo los obstáculos o retos que se nos presentan y, de la mano de Quien nos ha llamado, reconocer Su majestuosidad y saber que a su lado todo es posible, así que recuerda los obstáculos solo existen para demostrarte que no tienes límites.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/UrgDjB80YVQ

Referencias: Romanos 9:8; 1 Juan 3:1-2; Efesios 1:5; 4:11-16; Gálatas 4:4-7; Mateo 5:48; 1 Pedro 1:16; Proverbios 16:3; Filipenses 4:13; 2 Corintios 3:5; Deuteronomio 3:22; 20:1-4; Romanos 8:17-18

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Cuando uno responde al llamado del Padre y deviene en lo que puede llamarse un cristiano, debe tener muy en claro que en realidad no ha llegado a ninguna parte aún sino que ha iniciado un caminar que durará toda la vida.

En ese caminar uno deberá ir madurando en la fe y creciendo en obras, pero también puede pasar, como en el mensaje de Revelación a la iglesia en Éfeso, que uno olvide su primer amor.

Ese olvidar el primer amor se refiere a dejar que con el paso del tiempo esa motivación, esa energía, ese compromiso con nuestra santificación vaya decayendo hasta llegar a una rutina diaria donde no hay avance en nuestra vida espiritual.

En este punto podemos, si, terminar cada día viendo las maravillas que Dios ha hecho en nuestra vida y poniendo a Sus pies lo que hemos logrado, pero también, si somos honestos, veremos cómo es que mucho de eso que hemos logrado ha sido por que más bien se ha dado por sí mismo y no tanto porque lo hallamos primero proyectado como idea y luego realizado como acción. 8


Lo anterior está bien, muchas veces no puede planearse todo y como cristiano uno debe dejarse llevar por el Santo Espíritu de nuestro Padre Dios que mora en nosotros, pero el gran proyecto que implica nuestra santificación conllevará en muchas ocasiones la aplicación volitiva de nuestros pensamientos y nuestras acciones.

Piensa solamente en los frutos del espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio, ¿crees acaso que se irán dando sin que haya de tu parte participación alguna? Muchas cosas se dan por gracia y misericordia de Dios en nuestra vida, de hecho todo lo bueno y perfecto que se nos da, viene de arriba, pero también la Escritura nos dice que no todo el que dice “Señor, Señor” entrará en el Reino de los Cielos sino el que hace la voluntad del Padre.

Ahora bien, ¿qué hacer si alguna vez uno se encuentra en una situación dónde la tibieza amenace nuestra vida espiritual y estemos por la senda de olvidar aquel primer amor que nos trajo al Camino?

En el mismo mensaje de Revelación a la iglesia de Éfeso habla de tres cosas para enfrentar esta situación: la primera es recordar cómo éramos antes, la segunda arrepentirnos de la indolencia que podría haber enervado nuestra vida, y la tercera comenzar a hacer las obras primeras con las que iniciamos nuestro andar por el Camino.

Es cierto que como cristianos el Santo Espíritu de nuestro Padre Dios que mora en nosotros, si somos dóciles, trabajará en nosotros en nuestra edificación como parte del cuerpo de Cristo, pero también es cierto que nuestra participación nos es requerida como contraparte del compromiso adquirido a venir al Cuerpo de Cristo, así que reflexiona: ¿Ves todo lo que a veces has logrado sin proponértelo?, ¡ahora imagínate si te lo propusieras! 9


Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/UrgDjB80YVQ

Referencias: Juan 14:6; Efesios 1:17; 4:13; Hebreos 5:14; Juan 15:16; Revelación 2:4; Gálatas 5:22-23; Mateo 7:16; Efesios 5:9; Colosenses 3:12; Santiago 1:17; Mateo 7:11; Santiago 3:15, 17; Mateo 7:21-23; Lucas 6:46; Romanos 2:13

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La vida cristiana se parece tanto a una lucha que se nos recomienda cubrirnos con la armadura de Dios: ceñidos con la verdad, vestidos con la justicia, calzados con el Evangelio. Claramente se nos dice que nuestra lucha es contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.

Si seguimos esa comparación tendremos que reconocer que, al igual que en las batallas temporales, uno debe saber cuándo luchar y cuando no, y en este último caso cuando hacerlo por prudencia y cuando por tomar un descanso.

Cuando Jacob andaba huyendo de su hermano por haberle robado la primogenitura, de camino a Harán, se recostó a descansar, siendo que en sueños Jehová le repitió las promesas hechas a su Padre. De igual forma cuando Saúl quería matar a David, éste huyó de él y se anduvo escondiendo ¡hasta se hizo pasar por loco para que lo dejaran en paz!

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Relacionado con este tema, tal vez el relato más emblemático es cuando Jesus les dice a sus Apóstoles que vinieran con Él aparte a un lugar desierto para que descansaran un poco pues atendían a tanta gente que ni tiempo para comer tenían. Siguiendo con el relato a continuación se daría el milagro de la alimentación de las cinco mil personas en el cual los discípulos colaborarían agrupando a las gentes, llevando el alimento y recogiendo el sobrante.

El tener la conciencia clara que como cristianos se ha iniciado una lucha que no cesará hasta que hayamos logrado la meta del supremo llamamiento del que hemos sido objeto, no implica que no debamos en ocasiones descansar, hacer un alto en el camino, y retomar con nuevas fuerzas esa lucha.

Cuando Elías andaba huyendo de Jezabel, en camino a Horeb, su espíritu estaba tan compungido que le pedía a Dios le quitara la vida. Así se quedó dormido despertando cuando un Ángel lo tocó y le dijo que se levantara y comiera y bebiera para recuperar sus fuerzas. Hecho esto pudo caminar cuarenta días hasta el Horeb, donde tuvo un encuentro con Dios.

A veces nosotros, como cristianos, también podemos sentirnos morir en la lucha. “Desiste, renuncia, cesa, abandona”, nunca son frases que vienen de Dios sino del Enemigo. “Descansa, come, bebe, recupérate” son los consejos que de arriba recibimos pues carne somos, debilidad poseemos, y Dios sabiendo eso nos cuida y nos sostiene.

Este descanso es posible pues Dios mismo pelea por nosotros, solo por esta razón al sentirnos decaer podemos descansar, dormir, para despertando volver a la batalla, sabiendo que nuestra lucha no se habrá consumado hasta no ser parte de la Familia de Dios como hijos suyos siendo reyes y sacerdotes con Cristo en el Reino de Dios, así que recuerda en la lucha nos es permitido tomar un descanso, ¡pero nunca claudicar de conseguir nuestras metas!

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Este artĂ­culo puede verse en video en https://youtu.be/zo9VPpW1SbY

Referencias: Efesios 6:10-18; GĂŠnesis 28:10-27; 1 Samuel 21-24; Deuteronomio 20:1-4; Marcos 6:30-34; Hebreos 4:15; Filipenses 3:14; Romanos 8:37; Corintios 2:14

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¿Has intentado en algún momento de tu vida, siquiera como juego, caminar hacia atrás? Si bien es algo divertido te habrás dado cuenta de lo difícil que es ello. Esto es porque nuestro cuerpo está diseñado para moverse mayormente hacia adelante.

De igual forma es en el ámbito espiritual. A Dios, nos dice la Escritura, debemos amarlo con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con todo nuestro ser. Solo que esto, contrariamente a lo que pudiera creerse, no es algo que se da al venir a la verdad, sino un camino que nos llevará finalmente a la perfección y la santidad.

Ese crecimiento se dará en tanto nos mantengamos firmes en la fe y vayamos adquiriendo cada vez mayor comprensión sobre la verdad, sabiendo que es Dios que hace en nosotros el querer y el obrar y motiva, faculta y sostiene ese crecimiento.

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Si se nos impele a amar a Dios con todo todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con todo nuestro ser, eso implica que necesaria y forzosamente debemos crecer en tres aspectos. Uno, es crecer en los sentimientos que abrigamos alejándonos de las pasiones de este siglo y siguiendo la justicia, la fe, el amor y la paz. Dos, creciendo en el conocimiento respecto de la verdad, ello a través del estudio, de la oración de la meditación. Y tres, poniendo por obra los dos puntos anteriores para no tener una fe muerta, es decir, vana y sin vida en sí misma.

Caminar hacia adelante nos irá conduciendo de la fe a la virtud, de la virtud al conocimiento, del conocimiento al dominio propio, del dominio propio a la perseverancia, de la perseverancia a la piedad.

Fíjate cómo es que este caminar que hemos iniciado siempre es hacia adelante y dura, no semanas, es más: ni siquiera años, sino toda nuestra vida, ¿hasta cuándo? hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.

Pero al igual que nuestro caminar físico en la vida, nuestro caminar espiritual puede experimentar tropezones, trastabilleos e incluso caídas. ¿Eso quiere decir que no servimos para el llamamiento del que hemos sido objeto? Un bebé al dar sus primeros pasos, con sus consecuentes primeras caídas, no piensa eso so pena de quedarse tirado y nunca aprender a andar; de igual forma la Escritura no nos dice que los llamados nunca tropiezan, que nunca caen, sino por el contrario lo que nos dice es que siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse.

Al igual que el llamamiento de Abraham, cada uno de nosotros hemos sido emplazados a salir de nuestra tierra y emprender nuestro andar hacia el Reino de Dios, así que no lo olvides: Todo en nuestro cuerpo está hecho para ir hacia adelante... lo mismo y con mayor razón en nuestra mente y en nuestra alma.

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Este artĂ­culo puede verse en video en https://youtu.be/WBwSyIt2jAI

Referencias: Mateo 22:37; Deuteronomio 6:5; Mateo 5:48; 1 Pedro 1:16; Filipenses 2:13; 2 Timoteo 2:22; Hebreos 4:12; 2 Timoteo 3:16-17; Salmos 119:105; 2 Pedro 1:5-6; Efesios 4:13; Proverbios 24:16

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Hablando de la vida, el idear, el proyectar, el planificar, forma parte intrínseca de nuestro quehacer cotidiano pues ante los recursos finitos con los que contamos se yergue la imperiosa necesidad de hacer un óptimo uso de los mismos. La vida cristiana, de igual forma, requiere que sepamos qué es lo que queremos conseguir con los recursos que se nos han asignado.

Es verdad que la Palabra de Dios nos insta a no afanarnos por el día de mañana, pero ¿quiere decir eso que debemos vivir con desidia, sin metas, sin acciones? Para nada. La misma Escritura nos insta a no ser como el perezoso, pero sí a guardar un estricto orden de prioridad buscando primero el Reino de Dios y Su justicia, de otra forma negamos a Dios como nuestro proveedor y nos erigimos en constructores de nuestro proyecto de vida dejando a Dios y Sus promesas de lado.

La Escritura contiene el relato de una persona que ante la abundancia de sus bienes planeaba el construirse bodegas más grandes para ahí resguardarlos sin saber que esa misma noche su vida terminaría. De igual forma contiene la

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pregunta reflexiva referida a de qué valdría a alguien ganar el mundo si con ello perdiese su alma.

A todo esto, ¿a quién o a qué pudiera interesarle que estuviésemos buscando otros afanes? Una causa es el orden errado en prioridades que nosotros mismos podemos asignar a las cosas. Recordemos el relato escritural de Jesús en casa de Marta y María, donde Marta se afanaba de la casa mientras María oía las enseñanzas de Jesús, siendo ésta última reconocida por nuestro Señor.

La otra causa es el Enemigo. Recordemos que nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. Un ejemplo claro de esto son las tentaciones que a manos del Maligno nuestro Señor experimentó en el desierto y de las cuales salió airoso por el orden claro que tenía respecto de vivir por la Palabra de Dios, no tentar a Dios y solo servir y adorar a Dios.

Nuestro Señor explicó estos dos aspectos en lo que se conoce como la Parábola del Sembrador donde las dificultades que uno experimenta, el afán por las cosas de este siglo, la labor del Enemigo, terminan por extinguir la Palabra que hemos recibido; pero de igual forma contiene el exhorto de que, en el debido orden de prioridades, oigamos la Palabra, la entendamos, la pongamos por práctica y demos mucho fruto.

Nuestro llamamiento no es menor, no sólo hemos sido redimidos por el sacrificio de Jesús, sino que hemos sido traslados por voluntad del Padre a Su reino, para ser reyes y sacerdotes con nuestro Señor a Su regreso, así que no lo olvides establece bien tus metas... no sea que al final veas que estuviste siguiendo metas ajenas.

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Este artĂ­culo puede verse en video en https://youtu.be/xMZSwnrhHtU

Referencias: Proverbios 13:14; 10:4; 12:11,24; 26:13; Mateo 6:33; Lucas 12:13-21; Mateo 16:26; Lucas 10:38-42; Efesios 6:12; Mateo 4:1-11; Marcos 1:12-13; Lucas 4:1-13; Mateo 13:1-9, 18-23; Marcos 4:1-9; 3-20; Lucas 8:4-8, 11-15; Colosenses 1:13

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Como si de una contradicción se tratara la iglesia de Dios es presentada por la Escritura como pequeña, perseguida, débil y despreciada por el mundo, pero de igual forma se señala de ella que es la sal de la tierra así como la luz del mundo. Esto no es por mérito propio sino porque ella, por la acción del Espíritu Santo que mora en cada uno de sus miembros, es columna y fundamento de la verdad.

La iglesia, como Cuerpo de Cristo, está conformada por muchos miembros, todos aquellos que en su momento han sido llamados por el Padre para salvación en el presente siglo, siendo sólo por este hecho que todos los bautizados estamos llamados a ser, en nuestros dichos y en nuestros hechos, esa sal de la tierra y esa luz del mundo.

Es cierto que actualmente vivimos tiempos difíciles, pero nuestro Señor y Salvador, Jesús, ya nos enseñó cómo es que ante la Verdad las tinieblas no pueden prevalecer. Nosotros hemos creído en Él, en las verdades que nos reveló y en el sacrificio redentor que por amor consumó. Esto ha generado en nosotros un sueño, un anhelo, por compartir con Él, en el Reino de su Padre, su misma gloria como parte de la Familia de Dios. 20


Como todo, este sueño, este anhelo, implica que no sólo le digamos “Señor, Señor”, sino que hagamos lo que Él espera de nosotros. Siendo que cuando ponemos por práctica esa fe que en nuestra mente y en nuestro corazón hay es cuando comenzamos a dar frutos de excelencia, de perfección y santidad, siendo sal de la tierra y luz del mundo para la mayor gloria de Dios.

Si actuamos en consecuencia, los hombres verán esas buenas acciones haciendo brille sobre ellos esa luz de la que la iglesia de Dios ha sido dotada dando como resultado que tarde que temprano venga a la verdad y den gloria al Padre. Nadie enciende una vela y la esconde, y en nosotros no ha sido encendida una vela sino un fuego consumidor, una llama que ansía extenderse por toda la tierra, siendo esto posible en tanto vivamos como la fe que profesamos y andemos con esperanza hasta que el día amanezca iluminando mientras tanto nuestro andar y el de los demás.

No estamos llamados a una vida de desidia y falta de esfuerzo, confiados en que el sacrificio de Jesús nos permite caer en la indolencia, estamos llamados a una vida de perfección y santidad, hasta llegar a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo, así que recuerda: no hay oscuridad tan grande que no ceda ante una simple vela. Tus sueños por pequeños que sean pueden llevarte a grandes cosas.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/P5F_tGFG5m8

Referencias:

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Lucas 12:32; Mateo 10:22; 24:9; Juan 15:19; Mateo 5:13, 14; 1 Timoteo 3:15; 1 Corintios 12:12-27; Juan 6:44; Hechos 2:47; 2 Timoteo 3:1; Juan 1:5; Juan 6:69; 1 Juan 4:16; Revelaciรณn 1:6-8; Mateo 7:21-23; Santiago 2:14-17; Gรกlatas 5:22-23; Deuteronomio 4:24; Hebreos 12:29; Lucas 12:49; Proverbios 4:18; Mateo 5:48; 1 Pedro 1:16; Efesios 4:13

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Una verdad constante en la vida del cristiano es que no somos de este mundo, Pedro se refería a la iglesia de Dios como formada por extranjeros y peregrinos y Pablo escribiendo a los Filipenses les indicaba como es que su ciudadanía, así como la nuestra, está en los cielos.

¿Quiere decir lo anterior que el cristiano es entonces un apático de las cosas de este mundo? Para nada. Lo que pasa es que en su mente y en su corazón tiene muy claro el orden de prioridades sabiendo que lo primero en su vida es buscar el Reino de Dios y su justicia sabiendo que todo lo demás le vendrá por añadidura.

Con todo y todo hay que reconocer que como personas nos duele, nos molesta y nos indigna, la maldad, la injusticia, el desafuero que hay en el mundo y que quisiéramos que todo fuera ya diferente. Eso está bien, es señal de que no estamos llamados a lo que ahorita es, pero las prioridades no deben confundirse.

Independientemente de esto hay mucho que uno puede hacer por este mundo y esto lo refiere la Escritura como ser sal de la tierra y luz del mundo, para ello, uno

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debe vivir, no sólo confesar, los principios cristianos sobre los que se erige nuestra vida.

Pablo escribiendo a los Efesios les decía que fueran obedientes a sus patrones, con temor, temblor y sinceridad, y hablaba de cosas terrenales pero para el cristiano con un sentido que va más allá. También escribiendo a Timoteo, Pablo le dice que hay que pedir por los gobernantes para poder vivir una vida tranquila y sosegada, de nueva cuenta cosas terrenales pero vistas de manera espiritual.

De igual forma, Santiago, escribiéndoles a los que habían venido a la fe, los llama a tener obras que muestren esa fe y entre las cuales ejemplifica el vestir al desnudo, el dar pan al hambriento, por cierto esto lo retoma de aquellos dichos de Jesús referido al juicio de las naciones donde los que hicieron misericordia con los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos o presos, serán reconocidos, mientras los que obraron injusticia serán condenados. La parábola del Buen Samaritano deja claro para el cristiano que con todos y para todos, es decir, el mundo en sí, debemos practicar misericordia.

El cristiano, si bien debe tener obras de misericordia y caridad, debe entender que no está aquí para cambiar al mundo, sino para dar testimonio ante él de la salvación que por misericordia del Padre a través de Su Hijo, Jesús, ha venido. El primer llamado para uno es buscar el Reino de Dios, así que antes de pretender cambiar el mundo uno debe trabajar en sí mismo para no ser esos que dicen “Señor, Señor” pero no hacen la voluntad de Quien les ha llamado.

Una vez viviendo en nosotros el llamado del que hemos sido objeto, es cuando podemos ser ante los demás testimonio de la Vida, la Luz y la Verdad, y a través de nuestras obras de misericordia y caridad, si no cambiar el mundo, al menos sí irnos moldeando a la imagen del Hijo, Quien es reflejo de la gloria del Padre, así que no lo olvides ¿que quieres arreglar el mundo? Excelente... ¿pero qué tal si comienzas por mejorar el pequeño mundo que eres tú mismo? 24


Este artĂ­culo puede verse en video en https://youtu.be/SwSJTd27cVs

Referencias: Juan 17:16; 1 Pedro 2:12; Filipenses 3:20; Mateo 6:33; Mateo 5:13-16; Efesios 6:5; Santiago 2:14-26; Mateo 25:31-46; Lucas 10:25-37; Mateo 7:21-23; Efesios 4:13; Hebreos 1:3

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Cuando de liderazgo en la iglesia de Dios hablamos, generalmente uno tiende a pensar en sus dirigentes, pero si bien nuestros dirigentes tienen ciertas responsabilidades muy puntuales en la congregación, la Escritura nos habla de que todo cristiano es llamado a ser líder, a ser en este tiempo sal de la tierra y luz del mundo y en el mundo venidero reyes y sacerdotes con Cristo Jesus.

Lo anterior no puede lograrse si el cristiano en la actualidad muestra un espíritu de apocamiento, de tibieza, sobre esto, Pablo escribiendo a Timoteo deja muy claro que “no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” y luego le indica que “por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor”, lo mismo va para nosotros.

Lo anterior no quiere decir que el cristiano no puede equivocarse, tropezar o de plano incluso caer, lo que quiere decir es que en cada momento estamos en una lucha constante para llegar cada uno a reflejar, por la acción del Santo Espíritu de nuestro Padre Dios que en nosotros mora, el perfecto carácter de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. 26


Visto de esta forma ese liderazgo es como uno, antes de pretender decirle a los demás qué o cómo hacerle en su vida, busca constantemente trabajar en sí mismo en la viga que uno puede traer en el ojo antes de ayudar al hermano con la paja que trajese en el suyo.

De nuevo: hay que ser astutos como las serpientes y prudentes como las palomas, lo anterior no quiere decir que no exhortemos o que no podamos redargüir o corregir cuando vemos algo mal en los demás, pero debemos hacerlo con humildad y sencillez, viendo primero en nosotros si no es que estamos peor que quien queremos reprender.

Finalmente cada quien responderá por sus obras, por eso si uno se acerca al hermano para alguna amonestación siempre deberá hacerse con un sentido de amor fraternal, de preocupación sincera por su salvación, pero sabiendo que todo aquel que se erija como maestro de los demás recibirá un juicio más severo. Un juicio más severo deviene porque si uno dice “yo sé”, entonces así se le juzga y si enseña a los demás bien o mal, así recibirá; por ello debe uno día con día evaluarse, corregirse, edificarse y santificarse, no por nuestros propios esfuerzos o nuestros propios méritos, sino por la gracia de Dios, Su luz y Su fuerza, que a través de Su Santo Espíritu nos dispensa.

La ayuda a los demás en su propia edificación deviene del mandato supremo de amar al prójimo como a nosotros mismos, sabiendo que ello implica animarse y edificarse unos a otros, buscando no nuestros propios intereses sino los del prójimo y recordando, en consecuencia, que un líder nunca exige de sus seguidores más de lo que él mismo da, pero si les exige más de lo que ellos pueden dar.

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/kncqTfYOb_E

Referencias: Mateo 5:13-16; Revelación 1:6; 5:10; Mateo 7:3-5; Lucas 6:42; Mateo 10:16; Jeremías 31:30; Romanos 14:12; Mateo 18:15; Santiago 3:1; Mateo 5:19; Juan 9:41; Marcos 12:31; 1 Tesalonicenses 5:11; 1 Corintios 10:24

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El ser humano por naturaleza es alguien desesperado, parece como si supiera que tiene poco tiempo en esta tierra y quiere todo rápido. Esta actitud en el creyente puede ser muy dañina para su proceso espiritual pues el mismo lleva algo de tiempo.

Job, por ejemplo, se quejaba de que la vida humana era muy corta y cargada de amarguras, David también señalaba lo corto de la vida y cómo es que ésta estaba sujeta a vanidad. Haciendo eco de esto Salomón hablaba de los días del hombre como penosos y cargados de dolor ¡incluso señalaba que ni de noche descansa nuestro corazón!

Dado que Dios mismo ha dicho que tiene planes de bienestar y no de calamidad, para darnos un futuro y una esperanza, al no ver esto realizado en lo que va de la historia de la humanidad la desazón, la desesperanza, pueden hacer veamos sus promesas como tardadas.

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Si uno se fija en esto puede ver como muy dilatado el cumplimiento de las promesas de Dios. Pedro se quejaba de algunos que viendo esto se jactaban del incumplimiento de las promesas de Dios, pero también aclara que Dios tiene Sus tiempos y en estos existe la consideración para que todos vengan a salvación.

El dolor es algo inherente a la vida humana, pero Dios incluso a través de él está obrando una obra gloriosa en nosotros. La Escritura nos presenta como granos de trigo que, al igual que nuestro Señor Jesús, debemos morir para dar vida. Siguiendo este símil Isaías señala como es que de la misma forma el grano de trigo no se tritura para siempre, Dios ha puesto un límite a este siglo y su vanidad estando cada vez más cerca el cumplimiento pleno de lo prometido.

De igual forma la Escritura reconoce el estado actual de las cosas, donde la tristeza y el desazón permea nuestra vida, pero esperanzadoramente nos permite vislumbrar ese estado futuro de gloria plena al señalar que si bien con lágrimas iniciamos nuestro andar llevando la semilla de la siembra con gritos de alegría traeremos nuestras gavillas.

De los personajes mencionados al inicio, al final Job reconoció que hablaba lo que no entendía y le pidió a Dios que por lo tanto Él le enseñase. David aceptó que es la Verdad Divina la que guía nuestro andar y le pidió a Dios que le mostrara Sus caminos, Sus senderos. Y Salomón admitió que todo puede resumirse en temer a Dios y guardar Sus mandamientos.

Para avanzar hacia las promesas dadas debemos estirarnos hacia ellas, como Pablo decía, en vez de estar volteando hacia lo que va quedando atrás, después de todo, como dice en algunos espejos retrovisores de autos: "las cosas están más cerca de lo que parecen"

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/87v1vJhRDsY

Referencias: Job 14:1; Salmos 89:47; Eclesiastés 2:23; Jeremías 29:11; 2 Pedro 3:3-9; Salmos 126:6; Job 42:1-4; Samos 25:4-5; Eclesiastés 12:13; Filipenses 3:13

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Desde la desobediencia de nuestros primeros padres, la humanidad siempre ha tratado de quitar de sobre sí las responsabilidades que sus actos acarrean. Adán ante Dios señalaba a la mujer como responsable de haberle dado el fruto del árbol prohibido. De igual forma cada uno de nosotros puede de una manera u otra tratar de hacer responsable a los demás de nuestras decisiones y por lo tanto exonerarnos de sus consecuencias.

Pero bueno, una cosa son los pensamientos de los hombres y otra muy distinta los pensamientos de Dios y en este sentido la Escritura es muy clara en que cada quien responderá de sus propios actos, de sus propias decisiones, y por ende, las consecuencias que de ellos se acarree.

La noción anterior puede verse desde tres perspectivas. La primera, la más evidente, tiene que ver con nuestra salvación. Debemos mantenernos ocupados en nuestra salvación con temor y con temblor. Temor para hacer el bien y odiar el mal, y temblor para no dejar que nada ni nadie nos arrebate las promesas.

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La segunda es para no andarnos metiendo en la vida de los demás ni como jueces, ni como maestros, ni como preceptores, nadie es más que los demás, nadie tiene la verdad última y perfecta, todos estamos siendo edificados, y a todos se nos ha dispensado la infinita misericordia y el eterno amor del Padre al habernos sido llamados a salvación.

La tercera, y tal vez la más sutil y que deviene de las otras dos, es que debemos ejercer misericordia hacia el hermano y siendo testimonio de Aquel que nos ha llamado a salvación, ayudar al más débil en la fe, sin ser piedra de tropiezo, para su propia corrección, edificación y salvación, siempre con caridad y con extrema humildad.

Es así como esa responsabilidad que sobre nuestras decisiones y nuestras acciones tenemos no debe ser egoístamente entendida como pretexto para convertirnos en una isla y desatendernos de los demás, todos somos responsables de todos, pero no con un sentido de superioridad unos con otros sino de humildad y fraternal caridad.

Siguiendo la enseñanza de nuestro Señor Jesús, debemos primero trabajar en las vigas que tengamos en nuestros ojos y luego ayudar al hermano con la paja que pudiera tener en el suyo, después de todo hay algo que nadie nunca te podrá quitar y es la capacidad y responsabilidad de tomar tus propias decisiones. Nadie más que tú eres responsable de tu vida.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/kAFAIUE_x-U

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Referencias: Génesis 3:12; Isaías 55:8; Romanos 14:12; Gálatas 6:5; Eclesiastés 12:14; Filipenses 2:12-16; Revelación 3:11; Lucas 6:37; Mateo 7:1; Mateo 23:8,10; Colosenses 2:7; Efesios 2:20; Judas 1:20; Efesios 2:4-5; 1 Pedro 5:10; Tito 2:1112; 2 Timoteo 1:9; Ezequiel 3:19; Lucas 17:3; Santiago 5:19; Mateo 18:15; Mateo 7:5; Lucas 6:42

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Como podemos ver, todo en la existencia se rige de leyes, desde los planetas y sus órbitas, a través de las leyes físicas, hasta la inmensa diversidad de seres vivos, a través de las leyes de la biología; incluso y de igual forma las creaciones humanas, desde una empresa hasta una comunidad, tienen sus reglas.

De igual forma a nivel personal pudiéramos decir que existen reglas, no tan estrictas y exactas como las leyes de la física o de la biología, pero igualmente importantes para definir lo que somos, una de esas leyes, carnal por cierto, es la ley del mínimo esfuerzo.

La ley del mínimo esfuerzo implica conseguir lo que queremos aplicando la menor cantidad de recursos en ello, de nuevo, esta es una ley carnal, y como tal está en contra de las exigencias espirituales de nuestro Padre Dios que espera de nosotros perfección y santidad.

Dentro de esa ley del mínimo esfuerzo se enmarca un pensamiento muy peligroso que señala que con sólo creer en Jesús, como nuestro redentor, uno ya es salvo. 35


Si bien es cierto la Escritura señala eso, hay que aclarar que se refiere a la salvación que nadie puede alcanzar por sus esfuerzos, por sus propias obras, y que nos es otorgada por el Padre a través del sacrificio de nuestro Señor Jesús.

Pero pensar que eso es todo lo que de nosotros espera nuestro Padre es engañarnos ya que la misma Escritura señala que “no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los que cumplen la ley, ésos serán justificados”, en ese mismo orden de ideas nos dice que “el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo sino un hacedor eficaz, éste será bienaventurado en lo que hace”, y de igual forma nos señala que “en esto sabemos que amamos a los hijos de Dios: cuando amamos a Dios y guardamos sus mandamientos”.

Pero quien todavía quiera rechazar esa necesidad de vivir de acuerdo a lo que el Padre espera de nosotros, y argumente que dado es por gracia que se es salvo y no requiere obedecer ley alguna, haría bien en escuchar la recriminación de ese Jesús que dicen haber aceptado cuando señala “¿por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”, y para mayor claridad del punto, ese mismo Jesús aclara que “No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.

No guardamos los mandamientos de Dios para ser salvos, eso nos ha sido otorgado gratuitamente por el Padre a través del sacrificio redentor de nuestro Señor Jesús, sino que más bien porque somos salvos es que guardamos Sus mandamientos. “Muéstrame tu fe sin las obras, -decía el Apóstol Santiago- y yo te mostraré mi fe por mis obras”, esto ya que si bien nuestros pensamientos nos guían y nuestros dichos nos comprometen, son nuestras acciones las que nos definen.

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Este artĂ­culo puede verse en video en https://youtu.be/nwyuoWPhFE4

Referencias: Romanos 8:5; 1 Pedro 1:16; Mateo 5:48; Hechos 16:31; Efesios 2:8; Romanos 2:13; Santiago 1:25; 1 Juan 5:2; Lucas 6:46; Mateo 7:21; Santiago 2:18

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Cuando uno habla de la vida cristiana, generalmente se viene a la mente un contexto espiritual casi casi desvinculado del devenir de este mundo, pero una realidad patente es que el cristiano sigue aquí y que debe, entre otras cosas, afanarse por cubrir sus necesidades, claro, sin perder la prioridad en sus metas.

Considerando esto, uno no puede ver la vida material separada de la vida espiritual, ya que como un todo, ambas deben avanzar por el mismo camino al cual Dios nos ha llamado.

El cristiano sabe que incluso sus proyectos temporales deben ser puestos en manos del Señor para que se cumplan conforme a Su voluntad, de igual forma sabe que su labor debe desarrollarla de buena gana pues finalmente uno no dará cuenta al mundo de sus actos sino a Dios mismo.

Este trabajar la Escritura lo define como diligente señalando que el mismo trae bendiciones a quien lo hace con amor. Sobre esto último, es curioso como Pablo señala que todo debe hacerse con amor, no sólo las cuestiones de la iglesia o las que podríamos denominar espirituales, sino todo. 38


Para mayor énfasis en lo anterior, y para tener las cosas en una correcta perspectiva, la Escritura nos insta a hacer todo –de nuevo: todo- en el nombre del Señor Jesús dando gracias a Dios por medio de Él.

Estos afanes necesarios para cubrir nuestras necesidades temporales, deben poner en primer lugar a Dios y saber, confiadamente, que es Él quien finalmente suplirá lo que incluso materialmente necesitemos y que nos permitirá disfrutar de ello.

Ahora bien, si bien el trabajo es algo que el cristiano sabe como parte integral de su vida, ante esto siempre debe tener en su mente un correcto orden de prioridades. Nuestro Señor Jesús nos insta en la Escritura a ver las aves del cielo que sin tanta preocupación son alimentadas por nuestro Padre Dios, y nos pone delante la premisa de que nosotros somos de mayor valor, por lo que debemos esperar mayor cuidado de Dios para con nosotros en cuanto a nuestras necesidades, para en ese orden de ideas, buscar primero el reino de Dios y su justicia.

El cristiano no es alguien indolente que con desidia espera el Reino de Dios sino alguien que busca en perfección y santidad trabajar para suplir sus necesidades temporales con una correcta perspectiva del orden de las prioridades pues extranjeros y peregrinos somos de este mundo y entiende, de esta forma, que solo un trabajo honesto es productivo, solo un servicio solidario es fructífero, y solo una calidad que exceda lo esperado es justa.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/iTaoGr8KesY

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Referencias: Proverbios 16:3; Colosenses 3:23-24; Proverbios 12:24, 10:22; 1 Corintios 16:14; Colosenses 3:17; 2 Corintios 9:8; EclesiastĂŠs 3:12-13; Mateo 6:26; Mateo 6:33; 1 Pedro 2:12

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Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, cuando se repasa la lista de los frutos del Espíritu, ¿cuántos de nosotros podrá poner una marca de logrado o cumplido en todos? Tal vez algunos tenga un, dos, tres frutos del Espíritu, pero ¿habrá quien tenga todos?, y peor aún: ¿habrá quien los tenga de manera perfecta y santa?

Viendo lo anterior, siendo honestos: ¿cuantas veces nos hemos sentido frustrados, deprimidos, por no dar el ancho debido en nuestro llamamiento, por no ser perfectos y santos?, yo creo que cada que caemos sentimos ese pesar, nos sentimos abrumados. Y está bien, es señal, como decía Pablo, que en nosotros hay dos leyes: la de la carne contra la que luchamos y la de Dios la que procuramos.

Ante esto la Escritura nos da palabras de aliento pues nos dice de Dios que Su poder se perfecciona en nuestra debilidad, ¿cómo es esto? ¡haciéndonos perfectos y santos!

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De esta forma el cristiano tiene muy en claro que es Dios quien obra en nosotros el querer y el hacer, que todo lo que llegamos a lograr es por su luz y fuerza en nosotros, que finalmente a Él es la gloria.

Pero lo anterior no implica que de nuestra parte no se dé esfuerzo alguno, Dios ha puesto ante nosotros la vida y la muerte y espera escojamos la vida, pero la elección es de nosotros. De igual forma se nos insta a pelear la buena batalla, a esforzarnos y no desmayar, a correr y alcanzar la corona que se nos ha sido prometida. El creer y el hacer van de la mano, no sólo se trata de decir “Señor, Señor” sino de creyendo, hacer en consecuencia, la voluntad de Dios

Pero entonces, ¿qué pasa con esos frutos del Espíritu que no tenemos o aunque tengamos no los tenemos de manera perfecta y santa? Seguirnos esforzando por desarrollarlos, tenerlos y mostrarlos en nuestra vida pero entendiendo que no es nuestro esfuerzo el que los consigue sino sólo el que evidencia ante Dios que queremos lograr eso siendo que de esa forma Él obra en nosotros.

Los Evangelios son muestra de gente ciega, coja, leprosa, que se acercaba al Señor, Cristo les preguntaba qué querían y ellos al expresar su deseo de ser sanados eran limpiados de sus males y dolencias por Jesús.

Nuestros esfuerzos por mostrar los frutos del Espíritu son ese grito que lanzamos a Dios para ser transformados en lo que Él desea para nosotros. Nosotros no lo logramos, pero debemos mostrar con nuestro esfuerzos lo queremos para que Él cumpla Su voluntad en nosotros.

Misterio de misterios pero una esperanza real: Dios mismo trabaja en nosotros, con nuestras debilidades, para desarrollar en cada uno su carácter perfecto y santo, conforme a Su voluntad y para Su mayor gloria en Cristo Jesús, así que no hay pretexto: Si puedes hacerlo, hazlo, y si no ¡al menos inténtalo!

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/SekfDFvel5I

Referencias: Gálatas 5:22-23; Mateo 5:48; 1 Pedro 1:16; Romanos 7:22-25; 2 Corintios 12:9; Filipenses 2:13; Deuteronomio 30:19; 1 Timoteo 6:12; 2 Crónicas 15:7; 1 Corintios 9:24-27; Mateo 7:21-23; 15:21-28; 8:5-13; 9:27-31; Lucas 5:12-16

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Sin duda alguna la muerte es uno de esos enigmas que siempre ha intrigado a la humanidad, dado que no hay nada peor que la incertidumbre, el ser humano ha buscado darse una respuesta que si bien no venga a solucionar la cuestión de qué es la muerte al menos le dé cierto sosiego.

Así han surgido un sinfín de explicaciones sobre esto, más sin embargo, quien se atiene a la revelación contenida en la Palabra de Dios, sabe que los muertos están inconscientes en sus tumbas y que la inmortalidad es condicional, lo cual es contrario a la mentira de la serpiente original cuando les dijo a nuestros primeros padres que aunque pecaran, que aunque desobedecieran a Dios, ellos no morirían.

Si bien esta es una verdad, en ocasiones pareciera, incluso para el cristiano, que éste vive como si nunca fuera a morir, no hablando de la condición en la que se encuentran los muertos, sino de que su vida física la vive como si nunca fuera a morir.

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Dios no quiere que nadie muera sino que todos procedan a arrepentimiento, por eso da tiempo suficiente para que todos lleguen al conocimiento de la verdad. Algunos han oído la voz del señor y han respondido, pero esa respuesta debe ir acompañada de la diligencia de caminar en el sendero al cual Dios nos ha hablado.

La Escritura exhorta a quienes han respondido al llamado a trabajar de manera individual y colectiva en la edificación de lo que se conoce como el Cuerpo de Cristo, Su iglesia. Para ello es necesario poner nuestros dones al servicio de la Gran Comisión, alentándonos unos a otros, edificándonos unos a otros.

Pero puede darse el caso que algunos oyendo el llamado y respondiendo a él, es decir, arrepintiéndose y bautizándose, esperen de manera desidiosa que la obra de la iglesia o el poder de Dios actúen en él sin necesidad de esfuerzo alguno de su parte.

Se han bautizado, sí, han recibido el Espíritu Santo, sí, van a los servicios de la congregación, sí, pero de su parte no hay estudio, no hay edificación, no hay voluntad para continuar creciendo y pasar de tomar leche a comer carne, es decir, a escudriñar todo reteniendo lo bueno.

Quien piensa así es recriminado por la Escritura y señalado como alguien perezoso, negligente, adormilado, alguien que teniendo todo para su perfeccionamiento y santificación, es decir, alguien que ha respondido al llamado, no hace nada como si tuviera tiempo en esta vida más que de sobra, así que no lo olvides: No somos eternos, ¿por qué desperdiciar el tiempo como si lo fuéramos?

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/R6Tq9kT6Mok

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Referencias: Job 14:12-14; Salmo 6:5; 115:17; Eclesiastés 9:5-6; Salmo 49:16-17; Eclesiastés 3:19-20; Salmo 13:3; Hechos 11:34; Hebreos 11:13, 39-40; Juan 5:28-29; Isaías 26:19; 1 Corintios 15:51-56; 1 Tesalonicenses 4:13-18; 2 Pedro 3:9; Efesios 4:12, 16; 1 Corintios 14:12; 1 Tesalonicenses 5:11; 1 Corintios 14:26; 1 Corintios 3:2; Hebreos 5:12-13; Proverbios 10:4; Proverbios 20:13; Proverbios 20:4; Proverbios 24:34; Proverbios 19:15; Proverbios 12:24; Proverbios 13:4; Proverbios 21:25

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Todos queremos tener éxito en nuestra vida, más sin embargo para el cristiano, el mayor éxito es obtener las promesas que se le han dado por parte de nuestro Padre Dios a través de Su Hijo Jesucristo. Estas promesas, al igual que las temporales, requieren de nosotros lo que como humanos podemos dar aunque imperfectamente: constancia, disciplina y pasión.

La salvación nos viene de gracia, no hay nada que uno pueda hacer por obtenerla, es el eterno amor del Padre y Su infinita misericordia los que, a través del sacrificio redentor de Jesus, ofrecen la salvación para todo aquel que la acepte. Más sin embargo, una vez salvos, hay exigencias para la vida cristiana so pena de perder el regalo que se nos ha dado.

Perder las promesas es algo muy claro a lo largo de la Escritura, desde Génesis cuando Esaú vendió su primogenitura, hasta Revelación cuando se señala la fidelidad como requisito adicional para los llamados y elegidos exhortándoles a cuidar que nadie venga y les arrebate la corona prometida.

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Constancia, para el cristiano, es saber que hay algo que tenemos que hacer y asignarle un compromiso de realización a prueba de todo. Dado que la vida cristiana requiere acciones concretas, estas acciones deben tener un tiempo y un espacio asignado para ello, no sólo cuando las circunstancias se presenten. Sin caer en el extremo mecanicista hay que asignar compromisos para el estudio, la oración, la meditación y todo lo que contribuya a nuestra edificación.

Disciplina, para el cristiano, se refiere a que las cosas que deben hacerse se harán sin buscar pretexto para no hacerlas. La disciplina va aunada a la constancia pues la primera le imprime un carácter de calidad a la segunda, después de todo ¿de qué sirve organizarnos para cumplir con constancia las acciones concretas de nuestro cristianismo si las mismas se hacen con desidia, con enfado, con poco compromiso en ellas?

Pasión, en la vida cristiana, es hacer algo que nos guste, pero no solo que nos guste sino que nos guste tanto que valga la pena toda la constancia, toda la disciplina. Este ingrediente, la pasión, hace que puedan realizarse las otras dos, constancia y disciplina, y en el caso de la vida cristiana, para quienes han sido llamados, la promesa de ser reyes y sacerdotes con Cristo en el Reino del Padre por toda la eternidad debe mover a imprimir en nuestras acciones concretas cristianas esa pasión requerida para ello. No basta con decir “Señor, Señor”, sino que se requiere cumplir la voluntad de Dios, después de todo el cristiano es conocido no por lo que cree sino por los frutos que puede mostrar, como claramente dice la Escritura “no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los que cumplen la ley, ésos serán justificados” y para esto el éxito es la combinación de constancia, disciplina y mucha, ¡pero mucha pasión!

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/7vCf78OiXAk

Referencias: Génesis 25:27-28:5; Revelación 17:14; 3:11; Romanos 4:21; Hebreos 10:23; Santiago 1:12; Lucas 6:46; Mateo 7:21, 20; Romanos 2:13

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Generalmente cuando se oye hablar de personajes bíblicos como Noé, Abraham, Moisés o David, entre otros, uno tiende a idealizarlos como sin error alguno poniéndolos casi casi fuera del alcance de nuestra comprensión su vida misma.

Dado que toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, si uno lee en ella la vida de todos los personajes bíblicos, incluso de aquellos que podríamos llamar ejemplares, podrá darse cuenta que eran gente como nosotros, con defectos y virtudes, con debilidades y fortalezas, pero con un deseo de responder al llamado que Dios había hecho en su vida.

Cuando uno tropieza en esta vida, cuando uno cae, tiende a ser sumamente estricto con uno mismo al grado, en ocasiones, de verse y considerarse indigno del llamamiento del que uno ha sido objeto, contrariamente a este pensamiento la Escritura nos dice que Dios no ha escogido ni a lo sabio, ni a lo fuerte, ni a lo estimable de este mundo, sino que escogió a lo necio, a lo débil, a lo vil, para que nadie pueda jactarse en su presencia.

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Si tú, como yo, te consideras dentro de los elegidos como parte de este segundo grupo, entiende que sólo los llamados que sean elegidos, y los elegidos que sean fieles, son los que llegando al final de la carrera obtendrán la corona que Dios mismo ha prometido.

Pero volviendo a las ideas iniciales, ¿un justo nunca tropieza, un justo nunca cae? Si pensamos eso vamos contra la Escritura pues la misma señala que no una, ni dos, ni tres veces cae el justo sino incluso siete, pero la diferencia con el pecador es que el justo se levanta esa misma cantidad de veces que cae.

De igual forma, Juan haciendo eco de esto, en su primer carta deja claro que si bien los consejos dados por la Escritura son con el fin de que nos mantengamos en perfección y santidad, si llegamos a pecar –con lo cual reconoce que incluso los llamados, los elegidos y los fieles pueden pecar- señala que Cristo, nuestra propiciación, actúa como nuestro abogado ante el Padre para obtenernos perdón.

El claro entendimiento de esto permite quitar del cristiano una carga imposible de llevar: la de su misma imperfección, pero de igual forma debe verse desde la correcta perspectiva pues lo anterior, como señala de igual forma la Escritura, no implica una licencia para seguir pecando. Como Pablo señala al escribir a los Romanos “¿Qué concluiremos? ¿Qué vamos a persistir en el pecado, para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?”

Cuando leamos sobre los grandes héroes de la Biblia fijémonos que como nosotros, a pesar de que todo tenían en contra, estaba a su favor algo mayor: Dios, de esta forma si ves a un triunfador, verás una persona que se ha levantado tantas veces como se ha caído, y sigue de pie.

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Este artĂ­culo puede verse en video en https://youtu.be/b-Fn5XBy_bo

Referencias: 2 Timoteo 3:16-17; 1 Corintios 1:27-31; RevelaciĂłn 17:14; 1 Corintios 9:24; 2 Timoteo 4:8; Proverbios 24:16; Romanos 6:1-2; Romanos 8:31

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Hay algunos cristianos que cree que llegar a la iglesia de Dios es algo que ya da por hecho la salvación. Recordando el discurso de Pedro en Pentecostés es gente que se ha arrepentido, se ha bautizado y ha recibido el don del Espíritu Santo.

Pero la Escritura reiterativamente nos indica cómo es que uno debe mantenerse en el camino al que ha sido llamado so pena de perder las promesas que se nos han dicho. Jesús mismos hablando a la iglesia de Filadelfia le dice que retenga lo que tiene para que nadie le quite su corona, luego entonces esa corona puede ser perdida.

Pero ¿qué hay del dicho de Jesús, respecto de Sus ovejas, en cuanto que nadie las arrebatará de Sus manos?, ¿o de cuando señala, respecto de esas mismas ovejas, que nadie puede arrebatarlas de las manos de Su Padre, de nuestro Padre?

En efecto, nadie puede arrebatarnos de las manos de Jesús ni de las manos de nuestro Padre, Pablo expresa este mismo pensamiento al señalar que “ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por

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venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.

Pero una cosa es que nada ni nadie pueda arrebatarnos de las manos de Cristo o de las manos de nuestro Padre y otra muy distinta que nosotros mismos, desechando el llamamiento del que hemos sido objeto y despreciando las promesas que se nos han dado, libremente desdeñemos la salvación que se nos ha ofrecido. En ese mismo orden de ideas Pablo, escribiendo a los Hebreos, les señala que “si continuamos pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados sino una horrenda expectación de juicio y hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios”.

El llamamiento del que hemos sido objetos es un primer paso en un largo andar que durará toda nuestra vida, por eso inicialmente a esto se le llamaba El Camino, siendo ese camino el mismo Jesús, quien nos conduce al Padre.

El llamamiento es el primer paso en este Camino, pero como todo primer paso, hay un segundo, que es el haber sido de los pocos elegidos, y como dicen que no hay segundo sin tercero hay un tercer y último paso: el ser fieles.

Ser fieles implica fidelidad al camino, fidelidad a la verdad, fidelidad a la vida que revela en la Escritura a través de la Palabra y que en Cristo Jesús tenemos, como dice Revelación, la perseverancia de los santos se refiere a guardar los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, después de todo nadie ha cruzado la meta sin haber tenido que dar el último paso.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/Pbsvx1mP-7s 54


Referencias: Hechos 2:38; Juan 10:27-29; Romanos 8:38-39; Hebreos 10:26-27; Hechos 9:1-2; Juan 14; Mateo 22:14; Revelaciรณn 17:14; 14:12

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Si nos fijamos, todo en nuestra vida esta de alguna forma planificado por nosotros mismos. Tenemos horarios, citas, reuniones, tenemos metas, objetivos y estrategias. De alguna forma decimos qué queremos lograr y establecemos lo que a nuestro juicio es necesario para ello. Pero ¿y nuestra vida cristiana?

Algo que tiene muy en claro el cristiano es que Dios es quien pone en nosotros el querer y el hacer, de igual forma sabe que la salvación nos es dada por gracia a través de la fe ejercida en el sacrificio redentor de nuestro Señor Jesús, más sin embargo de igual forma el cristiano sabe que ha sido llamado a dar fruto y fruto en abundancia.

La parábola de los talentos muestra las dos verdades anteriores, la de la salvación por gracia y la de las obras para gloria de Dios. Un hombre llama a sus siervos y les da unos talentos. Los talentos se los da gratis, no hay nada que ellos hayan hecho, de hecho los talentos son parte de la riqueza del hombre. Pero no se los da sin esperar nada de sus siervos sino que espera que negocien con ellos y den fruto al grado que reconoce a quienes así hicieron y condena a quien no lo hizo.

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Cada uno de nosotros, por la infinita misericordia y el eterno amor del Padre, hemos sido llamados a formar parte de Su familia en Su reino. Si bien hemos respondido ese llamamiento se espera de nosotros llegar a ser fieles y al final, tener fruto en abundancia que mostrar al regreso de nuestro Señor Jesús, quien trae la paga correspondiente a cada uno, cuando todos seremos juzgados según nuestras obras.

Volviendo sobre la idea inicial, ¿qué tanto de nuestra vida cristiana cuenta, al igual que la vida temporal que ahorita tenemos, de metas y acciones para poder decir que al menos, al menos, estamos trabajando en la obra de Dios?

En este punto hay que aclarar que en esas metas que podamos identificar, hay dos grandes grupos que no deben ser descuidados: las metas de nuestra propia edificación y las metas referidas a nuestra relación con los demás. De nueva cuenta: ambos grupos de metas están correlacionadas y no pueden desligarse.

Si alguien, desligando los dos grupos de metas anteriores, trabaja sólo en su edificación, corre el riesgo de identificarse con aquellas personas que hablando lenguas angelicales, que teniendo profecía y entendimiento de misterios, incluso que teniendo toda la fe, al no tener caridad con los demás lo primero venga a significar nada.

Por otro lado, si alguien trabaja únicamente en su relación con los demás, corre el riesgo de identificarse con aquellas personas que a los demás les profetizan, que les arrojan demonios, que les realizan milagros, todo en nombre Jesús, pero que al final el Señor les dice “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.

Los cristianos no hemos sido llamados a estar ociosos, sino a producir frutos de perfección y santidad para la mayor gloria de Dios, de esa forma tu vida espiritual, al igual que tu vida temporal, así como el auto necesita gasolina para avanzar, así tus metas necesitan de tus acciones cotidianas para ser alcanzadas. 57


Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/ORt3JuL27KY

Referencias: Filipenses 2:13; Efesios 2:9; Efesios 1:7; 1 Corintios 1:30; 1 Timoteo 2:6; Tito 2:14; Juan 15:16; Tito 3:14; Santiago 2:14-26; Gálatas 5:22-23; Mateo 25:14-30; Romanos 2:5-11; Corintios 13:1-3; Mateo 7:21-23

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Aunque en la mente del recién convertido la posibilidad de caer en el nuevo camino pueda antojarse casi como imposible, la misma Escritura nos indica que mientras militamos en esta carne las caídas de los elegidos, fieles y justos, están al orden del día.

Esto puede parecer desmoralizante pero sólo es así cuando uno deja de lado las promesas del Padre que no sólo señalan hacia Su trabajar en nosotros para desarrollar Su carácter sino que nos ha proveído, no sólo de un rescate por nuestros pecados a través del sacrificio redentor de nuestro Señor Jesus, sino que a través de Él ha establecido el medio para la intercesión ante nuestras caídas.

La diferencia entre las caídas del justo y las del que es del mundo, es que el primero, el justo, no las procura, es más, le duele cuando cae, mientras que el segundo, no solo las procura, sino que las disfruta. Es por eso que el primero puede caer siete veces pero las siete veces se levanta.

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Pablo señala esto al referirse a los santos como “perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos”. La expresión “derribados, pero no destruidos” implica, si, caer, pero no quedar derrotados en el suelo sino, como la misma Escritura señala, ser levantados por la misma mano del Señor.

Ahora bien, esta infinita misericordia del Padre no debe ser considerada como una libertad para pecar, Pablo es muy claro en esto al preguntarse y responderse “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?”

Ahora bien, el justo al caer es dolido, eso está bien pues ese dolor produce arrepentimiento, y ese arrepentimiento nos lleva a confesar nuestros pecados y obtener así del Padre, por mediación de nuestro Señor Jesucristo, el perdón de las faltas cometidas. Pero “si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios”. Aquí voluntariamente se refiere a una forma reiterada de hacer el mal, algo que ya forma parte de nuestra conducta habitual la cual procuramos y en la cual nos regocijamos.

De nuevo: si bien el dolor por las caídas es bueno pues nos lleva a arrepentimiento, nuestra mirada no debe quedarse fijada en eso sino en las promesas que se nos han hecho, como Pablo dice “olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante”, es así como tus metas son alcanzables; veras: extiende tu mano a ellas, ¿ves cómo es que ya están más cerca?

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Este artĂ­culo puede verse en video en https://youtu.be/97zrPe-BZDY

Referencias: Proverbios 24:16; 2 Corintios 4:9; Salmos 37:24; Romanos 6:1-2; 2 Corintios 7:10; 1 Juan 1:10; Hebreos 10:23-29, 35-39; Filipenses 3:13; Hebreos 6:1

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La vida cristiana conlleva, como es bien sabido, no sólo las promesas del reino venidero sino la obligación de dar fruto en abundancia de perfección y santidad en el tiempo presente, estos son también conocidos como frutos de justicia.

Ahora bien, la justicia sólo puede hacerla un justo, luego entonces ¿qué es alguien justo, alguien que practica justicia? Zacarías y Elizabeth, padres de Juan el Bautista, son declarados por la Escritura como justos, y la misma Escritura los define pues dice que andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor. Así que si bien la justicia inicia, se sustenta y existe en y por la fe, la misma está estrechamente relacionada con el hacer, con el poner por obra la fe que uno dice poseer.

La Parábola de los Talentos muestra precisamente lo anterior, es decir, siervos que conociendo a su Señor, ponen por obra esa fe dando frutos que le son reconocidos, de igual forma quien ejerce fe pero no pone por obra esa fe le es reconvenido. Por eso es que Jesús señala de manera muy clara que no todo el que diga “Señor, Señor”, es decir, sólo tenga fe, entrará en el reino de los cielos sino sólo los que hagan la voluntad del Padre, es decir, den frutos, pongan la palabra por obra. 62


Sobre el resultado de los siervos de la Parábola de los Talentos, esto es congruente con el Proverbio que dice que el favor del rey es para el siervo que obra sabiamente, más su enojo es contra el que obra vergonzosamente. Sobre este siervo sabio que pone por obra su fe, Proverbios mismos dice que abundará en bendiciones.

¿Qué bendiciones podrán ser estas? La Escritura nos dice que a estos siervos sabios, a quienes actúen conforme a la voluntad de su Señor, serán puestos sobre todos los bienes, Jesús mismos repite esta promesa el señalar que “así como mi Padre me ha otorgado un reino, yo os otorgo”.

Si bien muchas son las promesas para quienes obren con justicia y produzcan frutos de perfección y santidad, esas promesas pueden ser resumidas en lo señalado por el último libro de la Biblia, Revelación, cuando señala, en boca de Jesús, que “al vencedor, le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono”, y en boca del Padre cuando señala que “el vencedor heredará estas cosas, y yo seré su Dios y él será mi hijo”.

Hacer lo que como hijos de Dios se espera de nosotros redunda en satisfacción, gozo, perfeccionamiento y santificación y posteriormente en una gloria donde se es reyes y sacerdotes junto con Cristo en el reino venidero, con lo que queda más que claro que no hay mejor recompensa que la satisfacción por un trabajo bien hecho.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/TZA76EX2xN8

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Referencias: 1 Pedro 1:16; Mateo 5:48; Filipenses 1:11; Romanos 14:17; 2 Corintios 9:10; Lucas 1:6; Romanos 4:22; Mateo 25:14-30; Mateo 7:21-23; Proverbios 14:35; Proverbios 28:20; Lucas 12:44; Lucas 22:29; Revelaciรณn 21:7

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Una realidad en la vida de todo cristiano es que aún seguimos militando en el presente siglo malo. Nuestro Señor Jesús, en su petición al Padre, señalaba que no pedía fuésemos quitados del mundo sino más bien que se nos protegiese del maligno.

En ocasiones, cuando alguien se allega a Cristo, considera que su vida tendrá un cambio como si de este mundo fuese quitado. Como ha venido a la fe verdadera considera que lo que a los demás molesta, preocupa o es causa de tropiezo ya no tendrá efectos en él.

La realidad es que mientras sigamos en este mundo, mientras continuemos en esta carne, lo mismo que acaece a quien no ha venido a la fe nos sucederá, la diferencia es que en nuestra vida existe una esperanza basadas en las promesas que hemos recibido.

Ahora bien, este llamamiento del que hemos sido objeto existe y subsiste en un precario equilibrio donde nos vemos impelidos por un lado por nuestros

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problemas, nuestras necesidades y por el otro por lo que queremos hacer en obediencia al Padre.

En este precario equilibrio nuestra participación tiene vital importancia. En el relato sobre la visita que hace Jesús a Marta y María, vemos como Marta estaba afanada en las cosas de la casa mientras María escuchaba las enseñanzas del maestro.

No podemos señalar que Marta hiciese mal, al contrario, estaba atendiendo las responsabilidades que tenía conferida, el problema es que en orden de prioridades estaba anteponiendo lo menos importante, las labores del hogar, a lo más importante, escuchar al Maestro, esto obtuvo de Jesús un señalamiento referido a poner en un justo orden las prioridades en nuestra vida.

El cristiano, al igual que Marta, tiene en su vida muchas responsabilidades que podemos decir que incluso son buenas, nobles, pero no por ello debe desatender el llamado del que se ha sido objeto.

Buscar primero el Reino de Dios y su justicia es un llamado escritural, eso implica poner un correcto orden de prioridades, de igual forma, si se busca primero aquello eso implica que hay otras cosas que están en segundo, tercero, cuarto lugar y esas son las responsabilidades que tenemos en nuestra vida. Sirva esta aclaración para quienes, yéndose al otro extremo, quieren desatender sus obligaciones con la excusa del llamamiento del que se ha sido objeto y que la Escritura resume con que el que no trabaje que no coma.

Debemos, como las vírgenes prudentes, velar en todo momento, eso significa, entre otras cosas, a constantemente ver el orden de prioridades que nuestras actividades tienen en nuestra vida, después de todo mientras más factores externos sean los que inciden en tus decisiones, menos dueño de las mismas eres. 66


Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/ZLi7zf61epo

Referencias: Juan 17:15; 1 Juan 5:19; Eclesiastés 9:2; Eclesiastés 2:14; 2 Corintios 10:3-6; Romanos 7:15-24; Romanos 6:6; Lucas 10:38-42; Juan 6:27; 2 Tesalonicenses 3:10; 1 Tesalonicenses 4:11; Mateo 25:1-13; Lucas 12:35

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La vida cristiana se desarrolla en dos dimensiones, una es la vida carnal y otra la vida espiritual. En ambos casos el exhorto de la Escritura es a trabajar en ambas esferas poniendo las cosas en el correcto orden de prioridades.

Si bien existe un llamamiento superior para el cristiano, no por eso debe uno ser desidioso en las responsabilidades que en esta vida se tienen. Hablando de la dimensión carnal la Escritura elogia la diligencia, el trabajo, la productividad, como algo no solo loable para el cristiano sino incluso obligatorio para considerarse como tal.

De igual forma, existe una dimensión espiritual donde el cristiano día con día debe trabajar para que, con la ayuda del Santo Espíritu de nuestro Padre Dios que mora en uno, ser edificados, corregidos, perfeccionados y santificados.

Visto de esta forma, ambas dimensiones implican que lo que llamamos vida no es algo que ya poseamos al menos en plenitud, sino algo que debemos alcanzar con constancia, disciplina, esfuerzo y pasión.

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En la dimensión carnal experimentamos un nacimiento, el natural, pero en la dimensión espiritual estamos llamados a experimentar dos nacimientos el del agua y el del espíritu.

El del agua tiene su referente en el bautizo, tomado después de arrepentirnos, y con el cual nuestros pecados son perdonados y en esta vida somos revestidos de Cristo.

El del espíritu es aquel que esperamos cuando al regreso de Cristo tanto los que duerman como los que vivos estén seamos transformados en cuerpos de gloria como el suyo.

Así como el nacimiento carnal nos impele de obligaciones cotidianas para mantener esa vida que se nos ha dado, de igual forma el primer nacimiento espiritual, el bautizo, nos impone condiciones para mantenernos con esa vida espiritual y llegar al final ser de los encontrados llamados, escogidos y fieles y poder acceder al segundo nacimiento, el del espíritu.

Si uno deja de lado la diligencia, el trabajo, la productividad en la vida carnal esta comienza su declive teniendo en el peor de los casos una cesación de la misma. Si uno deja de lado la diligencia, el trabajo, la productividad en la vida espiritual pone en riesgo el llegar a la meta y obtener las promesas que se nos han sido conferidas, en ambos casos podemos concluir que la vida no es algo que se nos da cuando se nace, sino algo que debemos de ganarnos día a día con el fragor de la batalla cotidiana.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/EgLyhzpHWys

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Referencias: Proverbios 10:4; 19:15; 2013; Efesios 4:15; Colosenses 1:10; 1 Tesalonicenses 3:12; Hebreos 6:1; Gรกlatas 3:26-27; 1 Tesalonicenses 4:16-17; 1 Corintios 15:23; Mateo 22:14; Revelaciรณn 2:10; 3:21; Gรกlatas 6:8; 1 Corintios 15:42; Revelaciรณn 2:26

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La frase de nuestro Señor Jesús de que vayamos a Él todos todos los que estemos trabajados y cargados, pues Él nos hará descansar, no debe ser tomada por el cristiano como un llamamiento a la desidia ya que claramente en esa exhortación se nos habla de llevar su yugo pues éste es fácil y la carga que el mismo impone ligera.

Sobre esto hay que aclarar que yugo es un término que permite identificar al instrumento fabricado en madera donde mulas o bueyes son atados para constituir una yunta y al cual se sujeta el dispositivo para direccionar al arado o el pértigo del carro.

Así que la referencia del yugo implica el sentido de éste para direccionar a quienes conduce, en el caso del cristiano el yugo de Jesús son los mandamientos del Padre pues nuestro Señor aclara que éste es requisito para permanecer en Su amor, así como Él los ha guardado para permanecer en el amor del Padre. Y respecto de ese amar, la misma Escritura aclara que el amor de Dios es guardar

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sus mandamientos, señalando, de nueva cuenta y en el mismo orden de ideas, que los mismos no son gravosos.

Aclarado el punto, la actitud que se espera del cristiano, como se comentó inicialmente, no es desidia sino de trabajo, esfuerzo y fructificación. La parábola de los talentos, donde el amo que deja por un tiempo a sus siervos dándoles talentos para que los trabajen, elogia a los siervos que con su esfuerzo lograr multiplicar los talentos, mientras que condena al siervo que ocultando los talentos los entrega sin rendimiento alguno.

Estas ideas deben servir de reflexión para todos en nuestra vida cristiana pues podemos, como el siervo desidioso de la parábola de los talentos, pensar que, dada la redención conseguida por el sacrificio de nuestro Señor Jesús, podemos sentarnos a esperar nuestra liberación final sin hacer nada en el inter. Antes bien en nuestra mente y en nuestro corazón debe estar presente la admonición de nuestro Salvador quien claramente señala que todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego.

La vida cristiana, si bien sobrenatural, sigue existiendo mientras estamos en este cuerpo carnal, por lo que a veces uno puede cansarse, tomar un respiro es válido, nuestro Señor Jesús mismo, en un momento dado, invitaba a sus discípulos a ir a algún lugar a descansar un poco. Pero una cosa es tomarse un descanso y otra dejar el trabajo tirado, como el perezoso de Proverbios, con el consecuente resultado de no producir nada.

El cristiano, acorde con su llamamiento, sabe que ha sido llamado a producir fruto, y fruto en abundancia, siendo que tiene un tiempo para ello, por lo que si lo desperdicia mayor será el esfuerzo para conseguir el mismo resultado esperado, así que recuerda el quedarte sentado solo hará que más pasos te separen de tu meta.

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Este artĂ­culo puede verse en video en https://youtu.be/Jolyssf-QbA

Referencias: Mateo 11:28-30; Juan 15:10; 14:21; 1 Juan 5:3; 2 Juan 1:6; 1 Juan 2:3; Mateo 25:14-30; Mateo 7:19; Juan 15:2; Marcos 6:31; Proverbios 20:4; 13:4; Juan 15:8

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Sin duda alguna que no hay nada más frustrante para el cristiano que lidiar con nuestras propias fallas, con nuestras propias debilidades. Si bien sabemos lo que de nosotros se espera por el llamamiento del que hemos sido objeto, no podemos menos que reconocer lo lejos que estamos de haber alcanzado la perfección y santidad requerida.

Al igual que Pablo podemos decir que sentimos en nuestra carne dos leyes: aquella nacida del llamamiento que nos mueve hacia la justicia divina y aquella que nace de nuestra carnalidad y que busca rebelarse de ella.

Bien dice la Escritura que nuestro corazón es engañoso, engañoso más que todas las cosas y perverso, si nosotros por nosotros mismos quisiéramos mejorarnos estaríamos en un absurdo contradictorio ya que si el corazón es engañoso y perverso, ¿cómo podría de él salir lo recto y verdadero? Un árbol malo no puede producir frutos buenos.

El único santo y perfecto es Dios, y a los que Él ha llamado son escudriñados por el Padre para su perfeccionamiento. El símil que presenta la Escritura del alfarero 74


y la vasija de barro que hace con cuidado, con delicadeza, con propósito, ¡incluso rehaciéndola si ésta se echa a perder!, es una imagen del trabajo que el Padre hace con cada uno de los que son llamados para Sus propósitos.

Ahora bien, lo anterior no quiere decir que uno no esté llamado a esforzarse en nada y dejar todo en las manos del Padre, el exhorto escritural es para esforzarnos y ser valientes ya que no hay forma de ver eso que en nosotros debe ser trabajado hasta en tanto por lo que hagamos o dejemos de hacer salga a la luz.

Si bien por fe somos llamados hijos de Dios, coherederos en Cristo de las promesas dadas a Abraham, esa fe debe mostrarse y demostrarse a través de nuestras acciones, de otra forma es una fe muerta.

Volviendo a la idea inicial, el saber todo lo anteriormente expuesto no implica que no vayamos a caer, pero ese caer no debe arrebatarnos las promesas que se nos han dado; como dice la Escritura, si caemos siete veces, siete veces tenemos que levantarnos, sabiendo que lo que ahorita sea un intento, mañana, en Cristo Jesus y por el Santo Espíritu que mora en nosotros, será una conquista.

La gloria de esta casa, dice la Palabra de Dios referida al Templo de Jerusalén, será mayor que la postrera. Cada creyente somos templo de Dios, así que en nosotros la gloria venidera será mayor que las tribulaciones que ahorita experimentemos, siempre y cuando seamos hallados no solo llamados y elegidos sino también fieles.

Para concluir y retomando la queja de Pablo sobre las dos leyes que en sí veía preguntándose quien podría liberarle de ese conflicto, terminaba reconociendo que la victoria final nos vendría dada por medio de Cristo, así que no lo olvides, comienza intentándolo... terminarás lográndolo.

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/Y76ASWJHcAo

Referencias: Romanos 7:15-23; Mateo 7:18; Jeremías 17:10; 18:1-6; Josué 1:6; Gálatas 3:11, 26-19; Santiago 2:14-17; Revelación 3:11; Proverbios 24:16; Romanos 8:18; Revelación 17:14; Romanos 7:25

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Cuando uno atiende al llamamiento de Dios y comienza a andar en Sus caminos, lo primero que se da cuenta es que si bien Dios nos exhorta de muchas formas a elegir lo correcto, lo justo y lo verdadero, nos da libertad de elección en ello.

De igual forma otra cosa que uno descubre es que tras ese llamamiento existen bendiciones que sobrepasan cualquier cosa que pudiera subir a la mente o al corazón de las personas.

Ese andar, sobre todo al principio, es alegre, motivante, pero conforme comienzan las pruebas que el mismo andar trae devienen momentos tristes, frustrantes, es en ese momento en que uno debe recordar lo que de inicio lo motivó a ese caminar.

Cristo, por medio de Juan, dirigiéndose a la iglesia de Éfeso, tipo de los cristianos que se le asemejarían durante toda la historia de la iglesia de Dios, si bien tiene mucho que reconocerles, le señala como defecto el que haya olvidado su primer amor.

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Ese primer amor es el experimentado al inicio de nuestro andar y se basa, sí, en el conocimiento de Dios, pero más en las promesas que de Él hemos recibido: Perdón de los pecados, vida eterna, provisión, descanso, Espíritu Santo, salvación, corona de vida, paz, todo ello a través del sacrificio redentor de nuestro Señor Jesucristo.

Pero nuestra naturaleza débil, torpe, rebelde y cobarde en ocasiones deja de posar la mirada en estas promesas, algunas de las cuales ya hemos recibido como un pequeño adelanto a la espera de la plena realización de las mismas, para posarse en lo que no somos, en lo que no tenemos, en lo que no podemos dar.

Si la salvación de nosotros dependiera nadie sería salvo, pero a Dios gracias, la salvación no depende de nuestras fuerzas, nuestra obediencia, nuestros aciertos y nuestra valentía sino que nos es dada a través del sacrificio redentor de nuestro Señor Jesucristo.

Pero ahí no termina todo porque por el Santo Espíritu de nuestro Padre Dios que se nos concede con la imposición de manos después del bautismo, Dios comienza en nosotros Su gran obra y la consumará como todo lo que se propone, de nuestra parte está el creer que eso es posible y esforzarnos por actuar en consecuencia.

Para andar en el camino del llamamiento es necesario no desviar la mirada de las promesas que se nos han hecho, pero al mismo tiempo avanzar en él a través de las acciones que en consecuencia como creyentes hacemos resultado de nuestro llamamiento, después de todo tus sueños se alimentan de esperanza, tus logros de acciones.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/8QUtMfD01zk 78


Referencias: Deuteronomio 30:15-19; 1 Corintios 2:9; Revelación 2:4; 1 Juan 1:9; 5:11; Filipenses 4:19; Mateo 11:28; Hechos 1:4-5; Isaías 45:22-23; Santiago 1:12; Juan 16:33; Lucas 18:26-27; Isaías 32:15; Gálatas 6:8

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Sin duda alguno doloroso es cuando en el Camino al que el Padre nos ha llamado en el presente siglo caemos, fallamos. Dada nuestra naturaleza por un lado al responder al llamamiento tenemos una expectativa muy alta de nosotros y por otro nuestras debilidades siguen presentes.

Cuando en el Camino caemos tendemos a juzgarnos tan duro que en ocasiones eso pone en riesgo la salvación que se nos ha otorgado, ¿por qué? porque podemos llegar a considerar que no somos dignos de la misma renunciando así a las promesas.

Pero si somos mesurados en nuestro pensar podremos darnos cuenta como es que sólo Jesús no pecó, siendo que todos los demás personajes bíblicos presentaron las fallas que como humanos todos tenemos. Abraham, Moisés, David, quien veamos en la Escritura lo encontraremos con virtudes encomiables, es cierto, pero también con fallas muy humanas.

La Escritura nos exhorta, tanto en los ejemplos anteriores así como muchos más que pudiéramos considerar, como de manera directa a través de la misma

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Palabra, a que si caemos siete veces siete veces debemos levantarnos. De hecho a quien así hace se le llama justo, ¿te das cuenta? Un justo no es el que no cae, sino el que se mantiene fiel al llamamiento.

De igual forma la Escritura señala de forma esperanzadora que este caminar, caer, levantarse, caminar, no durará por siempre sino que llegará un momento en que como hijos gloriosos de nuestro Padre Dios no podremos nunca jamás de nuevo pecar.

La Palabra de Dios nos dice que no son pocas sino muchas las aflicciones del justo, ¿te fijas? muchas, pero también dice que de todas esas nos libra el Señor. Ahora bien, ¿el que nos libre quiere decir que no las padecemos? Claro que no, si así fuera no serían aflicciones pues ni cuenta nos daríamos, significa que las mismas, si nos mantenemos fieles, aunque caigamos, no nos conducen a la muerte.

Esta idea es reforzada con la esperanzadora expectativa que los llamados, al caer –de nuevo aparece la caída en la vida cristiana-, no queda derribado pues el Señor sostiene su mano. ¿Qué hacer al caer? A Dios gracias tenemos un abogado para con el Padre, Jesus, nuestro Señor y nuestro hermano, que entiende nuestras debilidades, para que con arrepentimiento retomemos el andar.

Una realidad de la vida cristiana es que tenemos que caminar a pesar de nuestras debilidades, pero una esperanza clara dada por la Escritura es que si nos mantenemos fieles veremos en nosotros realizadas a su tiempo las promesas del Padre. ¿Te das cuenta? Qué curioso: cien errores te pueden conducir a un gran acierto, ¡nunca dejes de intentarlo!

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/9cZ86EColZo 81


Referencias: 1 Pedro 2:22-23; 2 Corintios 5:21; Proverbios 24:16; Miqueas 7:8; 1 Juan 5:18; Job 5:19; Salmos 34:19; 37:24; 1 Juan 2:1; Romanos 5:10; 8:34; Hebreos 7:26

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Cuando uno inicia el caminar a través de las sendas que el Padre nos va indicando, conforme a Su llamamiento, existe un sentimiento de alegría, de entusiasmo, que la Escritura refiere como esa sensación aunada al primer amor.

Si uno le pregunta a quien se inicia en el Camino qué es lo que se espera de él y cuáles son las promesas que se le han dado no habrá dudas en las respuestas las cuales contarán con gran claridad escritural.

Pero de igual forma si se le pregunta a esa persona como es que piensa lograr todo eso que de él se espera y, por lo tanto, heredar las promesas que se le han dado, ahí es donde comienzan los problemas pues no hay claridad en ello más allá de la respuesta basada en el esfuerzo cotidiano para ello.

Antes de avanzar en esto entendamos una cosa. Dios es quien pone en nosotros tanto el querer como el hacer, pero eso no quiere decir que el cristiano deba estar indolente esperando que el Santo Espíritu de nuestro Padre Dios que obra en nosotros sea quien haga el trabajo que nos corresponde.

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La Escritura está llena de exhortaciones para aplicar esfuerzo en el andar por el Camino al que el Padre nos ha llamado. Ese esfuerzo no es el que logra sino que demuestra al Padre nuestra intención de cumplir con Su voluntad recibiendo de Él tanto la luz, la guía y la fuerza para cumplir lo que el llamamiento implica.

Pero incluso el iniciar este andar implica claramente, como el Señor Jesús nos dijo, el contar los gastos, es decir, saber qué implica y ver si podremos dar lo que de nosotros se espera, lo cual nos habla de conocer qué se tiene que hacer, cómo, cuándo, dónde, por qué y para qué, pero ¿realmente hacemos este ejercicio en nuestro caminar?, ¿qué es lo que tendríamos que hacer como objetivos y estrategias en nuestra vida cristiana?

Pablo escribiendo a los Corintios lo resume de manera magistral al exhórtales a estar alertas, permanecer firmes en la fe, portarse varonilmente y ser fuertes.

Estar alertas nos remite al velar que nos hablaba Jesús, esto para no caer en tentación, luego entonces el referente es la observancia de la Ley la cual nos indica qué es pecado. Permanecer firmes en la fe nos habla de esa contención que debemos tener ante el punto para defender los principios doctrinales de los cuales la iglesia de Dios, como columna y fundamento de la verdad, es guardiana. Portarse varonilmente nos habla de ese crecimiento en la fe que tantos hombres como mujeres debemos tener para no ser como niños fluctuantes llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que, para engañar, emplean con astucia los artificios del error. Y ser fuertes nos habla de mantenernos fieles, cayendo, levantándonos, pero sin tirar por la borda el llamamiento del que hemos sido objeto.

La vida cristiana sin duda contiene promesas que exceden con mucho cualquier cosa que pudiéramos pensar, pero de igual forma exige en nosotros el poner por obra la Palabra en tanto llega el día de nuestra liberación, mientras tanto hay que

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estar alertas, permanecer firmes en la fe, portarse varonilmente y ser fuertes ya que sin objetivos ni estrategias llegaras a cualquier lugar, menos a donde querías.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/0_MP8bhQfbI

Referencias: Revelación 2:4; Filipenses 2:13; Juan 3:27; 1 Corintios 12:6; Josué 1:6; 1 Crónicas 22:13; Salmos 27:14; Efesios 6:10; Lucas 14:28; 1 Corintios 16:13; Marcos 13:3337; Mateo 26:41; Romanos 3:20; 1 Juan 3:4; Judas 1:3; 2 Timoteo 1:13; 1 Timoteo 3:15; Isaías 40:29; Efesios 6:10; 2 Corintios 12:9-10; Proverbios 24:16; 1 Corintios 2:9; Romanos 8:18; Santiago 1:22; Romanos 2:13

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El Camino que el creyente ha aceptado al responder al llamado que el Padre ha hecho en su vida, no está exento de retos, de obstáculos, de desafíos; retos, obstáculos y desafíos que en ocasiones devienen en tropiezos, en caídas. Si bien el llamamiento implica el indicativo de ser santos y perfectos, también hay que entender que la plena realización de esto será cuando Cristo regrese y seamos transformados.

Mientras tanto, en el inter de nuestra existencia, debemos establecer de manera muy clara en nuestra mente el propósito del llamamiento. Si fuera jamás nunca pecar no hubiese nadie que alcanzase las promesas dadas, pero el llamamiento es a alcanzar algo, la corona de vida, de justicia, a través de muchas tribulaciones, las cuales implican el tropezarse y caer.

Lo anterior no es menos importante pues quien considera que su propósito es la santidad y perfección plena en el siglo actual puede llevarse una gran decepción al no verla realizada aún. Pero si la mirada está fija en la meta uno podrá caer no siete, sino incluso setenta veces siete, y levantarse la misma cantidad de veces para seguir caminando. 86


De igual forma, si uno tiene claridad en el llamamiento no estará a expensas de las circunstancias sino que las acciones que cotidianamente se emprendan tendrán un rumbo fijo permitiendo dirigir a ello nuestros esfuerzos y nuestros recursos.

Ahora bien, y respecto de lo anterior, uno puede tener claridad en el llamamiento pero no dirigir nuestros esfuerzos ni nuestros recursos a ello con lo que no puede decirse se tenga un rumbo fijo. Para esto constantemente debe estarse analizando no solo lo que hacemos sino como es que eso impacta en nuestro crecimiento, nuestra madurez.

Si bien este análisis puede hacerse de diversas formas, tres son las que aquí pueden mencionarse: una es evaluar constantemente el nivel de obediencia y sujeción a los mandamientos de Dios; otra es que veamos en nosotros el desarrollo que vamos experimentando respecto de los frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; y uno más que evaluemos nuestro actuar a la luz de lo que nuestro Señor Jesucristo nos dejó, tanto en cuanto a Sus enseñanzas como en cuanto a Sus acciones.

La vida cristiana requiere aplicar en el andar brío, arrojo y denuedo, esto no surge de manera espontánea sino que requiere de nosotros capacidad, voluntad y decisión, es por eso que establecer un propósito le da sentido a nuestras acciones y permite focalizar nuestros esfuerzos y recursos

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/0_MP8bhQfbI

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Referencias: Juan 16:33; Juan 15:19-21; Romanos 8:36; Mateo 5:48; 1 Pedro 1:16; Romanos 7:24; 2 Timoteo 4:8; Santiago 1:12; Hechos 14:22; Proverbios 24:16; Juan 14:15; 14:21-24; 15:10-14; Gรกlatas 5:22-23; 1 Corintios 11:1

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Siendo honestos, no puede decirse que el camino del cristiano está exento de problemas, dolores o angustias, muy al contrario la Escritura nos dice, en palabras de nuestro Señor Jesús, de que en el mundo, quien desee seguirle, experimentará tribulación, será odiado, sabrá lo que es ser perseguido e incluso probará la muerte física; ante esta realidad ¿es realmente juicioso estar alegres, optimistas, esperanzados?

Si el andar por los caminos a los que el Padre nos ha llamado fuera el fin en sí mismo realmente no habría muchas razones para sentirnos contentos, alegres o gozosos, pero como ese andar lo indica, vamos en pos de algo mejor, de algo más grande, de algo que, en palabras de Pablo, excede con mucho cualquier mortificación y sufrimiento que podamos experimentar en el presente siglo.

Perdón de los pecados, vida eterna, provisión de nuestras necesidades, descanso material y espiritual, Espíritu Santo del Padre; bendición y descendencia; salvación; corona de vida, paz sobrenatural, y la seguridad que, con relación a todas estas promesas, Dios cumple lo que promete.

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Si uno entiende lo anterior incluso en los momentos más oscuros, en las situaciones más aciagas, encontrará promesas a las que asirse. Recordemos cuando Pablo y Silas fueron encarcelados y que en medio de sus prisiones entonaban cantos a Dios, ya que con todo, en todo y por todo, uno puede alegrarse en el Señor y gozarse en el Dios de nuestra salvación.

De esa forma, esa alegría puede fomentarse, cultivarse, enriquecerse, a través de la oración y de las acciones de gracias que podemos dar a Dios por Sus infinitas misericordias y eterno amor para con nosotros.

Pablo escribiendo a los Romanos, sabiendo lo que uno padece en este mundo pero teniendo en cuenta el llamamiento del que se ha sido objeto, los exhorta a estar gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración, ¡así que puede haber gozo aunque se esté experimentando sufrimiento!

Si bien lo anterior puede sonar a locura para el mundo, en las promesas de Cristo tenemos consolación pues él nos ha dicho que es Su paz la que vivirá en nosotros, una paz diferente a la que da el mundo, basada en factores externos y condiciones limitadas, sino que vendrá a nuestro interior por gracia del Santo Espíritu de Dios y se basará en bendiciones sin límite.

Nosotros andamos en luz, aunque nuestro andar sea por un mundo en tinieblas, experimentando tribulación sabemos que al final, si somos fieles, las promesas del Padre nos aguardan cuando el día amanezca, eso nos da un gozo desde ya incluso en las adversidades y cuando se disfruta el camino no hay propiamente un esfuerzo sino un disfrute en cada paso.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/BVSHakafxbI

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Referencias: Juan 16:33; 15:18; Mateo 10:22; 24:9; RevelaciĂłn 2:10; Romanos 8:18; 1 Juan 1:9; 5:11; Filipenses 4:19; Mateo 11:28; Hechos 1:4-5; Hebreos 6:13-15; IsaĂ­as 45:22-23; Santiago 1:12; Juan 16:33; Hechos 16:16-40; Habacuc 3:18; Romanos 12:12; Proverbios 4:18; 2 Corintios 3:18; 2 Pedro 1:19

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Cuando uno responde el llamado del Padre para iniciar el caminar por Sus senderos, comienza a diferenciarse del resto del mundo, pero esa diferenciación le acarrea en ocasiones al creyente problemas y tribulaciones, esto es claro.

Nuestro señor, refiriéndose a lo anterior, fue muy enfático en que el mundo odiaría a los suyos, este odio, a lo largo de la historia, estaría referenciado por rechazo, persecución e incluso muerte, pero en medio de todo eso la promesa de Cristo se mantiene: Al vencedor se le dará la corona de vida, se le permitirá sentarse con Cristo en Su trono y vendrá a tener dominio sobre las naciones.

Con todo y todo hay un testimonio que el cristiano está obligado a dar ante el mundo. Esa es la forma en que el mundo nos recordará. Ahora bien, este testimonio ante el mundo implica integridad con el Mensaje, ya que mal haríamos si en ello buscásemos agradar a los hombres.

¿Cómo podríamos pretender agradar al mundo cuando a los ojos de la carnalidad del mismo el mensaje de la cruz es locura? Esto no es posible. Pero lo que si

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podemos hacer es ante ellos proclamar de palabra y de acción el mensaje del Evangelio como testimonio ante las naciones.

Este testimonio es al que Cristo se refiere al llamar a Su iglesia luz del mundo. Esa luz del mundo está relacionada con la senda de los justos, justicia que pasa por guardar los mandamientos de Dios y el testimonio de Jesus.

Si bien esa luz tendrá su culmen con la venida de Cristo, cuando en Jesus Sus elegidos reyes y sacerdotes compartirán la luz que implica el conocimiento perfecto de Dios, en el tiempo presente es necesario el testimonio aunado a ello para generar en nosotros el carácter perfecto de Cristo, para llamar en este siglo a quienes han de ser salvados, y para glorificar ante el mundo al Padre.

Lo que hacemos o dejamos de hacer, si bien el mundo puede olvidarlo, el Padre lo tiene muy presente. Todos compareceremos ante el Trono de la Majestad y nuestras obras serán juzgadas. En ese momento se apartarán los justos de los impíos para recibir el pago de lo que hicieron.

Al irnos a descansar esperando ser levantados al regreso de Cristo, quienes nos conocieron retendrán el testimonio que hemos dado, para su salvación o su condenación, pero más importante: el Padre nos recordará y no dejará sin pago nuestras acciones, después de todo la trascendencia tiene que ver con lo que ahorita estás haciendo, ¿cómo quieres que se te recuerde?

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/gwvsHh1tyFg

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Referencias: Juan 15:18-27; Mateo 10:22; Santiago 1:12; Revelación 3:21; 2:26; Gálatas 1:10; 1 Corintios 1:18; Mateo 24:14; 5:14; Proverbios 4:18; Revelación 14:12; Isaías 60:3; Zacarías 8:20-23; Habacuc 2:14; Revelación 21:24; Hechos 2:47; Efesios 4:13; 1:4; 2 Timoteo 1:10; Mateo 5:16; 2 Corintios 5:10; Mateo 25:31-46 ; Revelación 22:12; Isaías 40:10; Mateo 16:27

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La manera en que la Escritura se refiere al llamamiento del que uno ha sido objeto por la infinita misericordia y eterno amor del Padre no puede ser más que significativo: Camino. Significativo porque al igual que en la vida requiere de acción de nuestra parte, pero que de igual forma si uno se descuida, deviene ese andar en desviación.

Desde que Dios entregó sus ordenanzas le dijo muy claramente a Su pueblo que no se desviara ni a izquierda ni a derecha, pero dada la propia naturaleza carnal que es enemistad para con Dios, la mente comienza a concebir otros caminos que si bien parecen al razonamiento natural como rectos, su fin termina siendo de muerte.

Cristo, dirigiéndose por medio de Juan a la iglesia de Dios en Filadelfia, y a través de ellos a todos los cristianos de todos los tiempos, los exhorta a estar vigilantes para que nadie les arrebate, nos arrebate, la corona prometida, luego entonces si puede ser arrebatada eso implica que podemos perder lo que hemos recibido; redención, salvación, justificación.

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¿Y cómo podríamos perder lo recibido? La concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, son las formas mediante las cuáles el Enemigo busca nuestra perdición.

Dado que el Enemigo está detrás de todo esto, es menester estar vigilantes, sí, pero además, sabiéndonos débiles, cobardes, torpes y pecadores, no confiar en nuestras fuerzas sino en la providencia de Aquel que nos ha llamado.

Pablo en su primer carta a los Corintios les reconoce que iniciaron ese andar de forma correcta, de hecho lo compara más que con un andar con una carrera por la forma en que iban creciendo en conocimiento y gracia, pero luego les recrimina el haber perdido el camino, el haberse desviado y más delante los reconviene, y con ellos a nosotros, en cuanto a lo que deben cuidar: no codiciar, no ser idólatras, no fornicar, no provocar al Señor, no murmurar, añadiendo con base Escritural los castigos que devienen de esas actitudes.

A lo anterior, escribiendo a los Hebreos Pablo agregará que si venido al conocimiento de la verdad, se continúa deliberadamente pecando, ya no queda sacrificio alguno por los pecados sino una horrenda expectación de juicio y un fuego que ha de consumir a los rebeldes.

En el andar por el Camino, el cristiano experimenta mucha tentación, presiones, tribulación, más sin embargo hay que tener en mente que el trigo no se trilla por siempre y que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada, así que no olvides que cada paso que das te acerca o te aleja de tu objetivo, piénsalo muy bien y ¡actúa!

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/gwvsHh1tyFg 96


Referencias: Deuteronomio 28:14; Proverbios 14:12; Romanos 8:5-8; Proverbios 14:12; RevelaciĂłn 3:11; 1 Juan 2:16; 1 Pedro 5:8; Lucas 21:36; Mateo 26:41; 2 Corintios 12:9; 1 Corintios 9:24; 10:6-11; Hebreos 10:26-27; IsaĂ­as 28:28; Romanos 8:18

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La Escritura define lo que es el amor, en el caso del amor a Dios esto tiene que ver con guardar sus mandamientos, en el caso del amor al prójimo el hacer a ellos como queramos nos hagan.

En esto último, una de las maneras de demostrar al prójimo ese amor es a través del servicio ya que según la Escritura así es el amor: servicial, pero ¿qué podemos entender por esto?

La idea del servicio es clara cuando se nos dice que debemos volvernos a los demás su servidor, idea que por su misma definición implica el servirles, el serles útil, ¿cómo podemos ser útiles?

Si bien hay cuestiones temporales en las cuales podemos servir a los demás, lo principal son las metas eternas basadas en las promesas que se nos han dado, ese servicio es el principal en nuestra vida, y para ello tenemos el ejemplo de nuestro Señor Jesús quien de sí mismo dijo que no vino a ser servido sino a servir. Ese debe ser nuestro principal referente.

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Volviendo sobre las preguntas iniciales, ¿cómo podemos ser serviciales, ser útiles?, además del ejemplo de Cristo, tenemos la guía escritural ya que si realmente deseamos ser útil a los demás en cuestiones relacionadas con las promesas eternas, es la Palabra de Dios la que debe ser nuestra guía. “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra”, dice la Palabra de Dios, y si podemos lograr esto realmente estamos siendo mucho muy útiles a los demás.

Pablo escribiendo a los Hebreos, y en ellos hablando hoy a nosotros, alienta a “[exhortarnos] los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: Hoy; no sea que alguno de [nosotros] sea endurecido por el engaño del pecado”, así que en la medida que podamos servir a los demás para apartándolos del pecado traerlos al Camino estamos siendo útil.

Ese servicio implica alentarnos los unos a los otros, y edificarnos el uno al otro. El aliento motiva, impulsa, sobre todo cuando fallan las fuerzas, la edificación implica desarrollo, crecimiento, “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.

Independientemente de todo lo dicho, conjuntamente con el servir, uno debe comprender que sólo somos colaboradores de Dios pero el crecimiento lo da Él, “así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento” y en ese sentido hay que hacer lo que nos corresponde y confiar en que Dios hará lo que sea conforme a Su voluntad, para Su mayor gloria y para nuestro bien, esto incluso cuando no sepamos o veamos el final que todo nuestra labor tendrá, como dice la Escritura “de mañana siembra tu semilla y a la tarde no des reposo a tu mano, porque no sabes si esto o aquello prosperará, o si ambas cosas serán igualmente buenas”. 99


Como cristianos hay que buscar ser útiles a los demás, sobre todo con la mira en las promesas eternas que se nos han dado, trabajando con ahínco y esperanza, haciendo lo que nos corresponde y dejando, confiando y esperando en Dios lo que conforme a su voluntad ha de ser ya que servicio es entender y aceptar que en muchas ocasiones tú serás quien haga el camino, pero otro quien lo recorrerá,

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/omO1962sg-Y

Referencias: 1 Juan 5:3; Mateo 7:12; 1 Corintios 13:4; Marcos 9:35; Marcos 10:45; 2 Timoteo 3:16-17; Hebreos 3:13; 1 Tesalonicenses 5:11; Efesios 4:13; 1 Corintios 3:6-7; Eclesiastés 11:6

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Así como la Escritura contiene la misma mente de Cristo siendo por lo tanto útil para enseñar, redargüir, corregir e instruir en justicia, de igual forma contiene en contraposición muchas historias donde quien decide vivir ajeno a la Palabra se extravía.

Prácticamente cada libro de la Escritura contiene alguna historia, incluso de aquellos que consideramos ejemplo, dónde el error, la equivocación, el deslizamiento está presente: un Noé embriagándose hasta quedar tendido desnudo en medio de su tienda, un Moisés no siguiendo las instrucciones dadas por Dios granjeándose no entrar por ello en la tierra prometida, un David cometiendo adulterio y asesinato trayendo como consecuencia la muerte de su hijo; un Pedro cuya negación a su maestro tres veces no pudo ser lavada con las lágrimas que después vertió.

Aunque la lista pudiera seguir la misma no termina ahí pues llega hasta nuestros días y específicamente hasta nosotros. ¿Cuántas veces de igual forma nosotros que día con día le decimos a Cristo “Señor, Señor” no hacemos lo que Él nos dice?, ¿cuántas veces nosotros también caemos en el error, la equivocación, el deslizamiento?, ¿Cuántas veces nosotros también nos embriagamos de las cosas 101


de este mundo, rechazamos las instrucciones dadas por Dios, adulteramos o matamos en nuestro corazón, o negamos a nuestro Maestro?

Los personajes de la Escritura no eran ni peor ni mejor que nosotros, de igual forma nosotros, aunque tenemos la plenitud de la revelación que por Cristo hemos recibido no podemos considerarnos ni peor ni mejor que ellos. Todos militamos en la misma carne la cual es contraria a Dios y no desea sujetarse para hacer Su voluntad.

La ventaja, si es que puede decirse así, en el caso de los llamados, es que desde el mismo primer momento de nuestro llamamiento una nueva mente, un nuevo corazón ha comenzado a ser trabajado en nosotros por el Santo Espíritu de Dios, esto se evidencia por el conflicto que en nuestro interior comienza a darse cuando queriendo hacer el bien no podemos, teniendo nuestra confianza que este esfuerzo será completado con Cristo a su venida cuando seamos transformados.

Mientras tanto seguimos avanzado teniendo muy en claro las promesas que se nos han concedido y rindiéndonos día con día al Padre para que complete en nosotros la buena obra, perfeccionándonos hasta el día de Jesucristo, pues como decía Pablo, aunque andamos en la carne, no militamos según la carne porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, después de todo cuando uno tiene bien claras sus metas y sus valores, es mucho más difícil perder el rumbo.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/omO1962sg-Y

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Referencias: 2 Timoteo 3:16; GĂŠnesis 9:21; NĂşmeros 20:7, 11,12; 2 Samuel 12:1-22; Mateo 26:69-75; Mateo 7:21-23; Romanos 8:5-8, 9-11; Romanos 7:19-25; Filipenses 1:6; 2 Corintios 10:3-6

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Cuando uno responde al llamamiento que el Padre ha tenido bien hacernos en el presente siglo para traernos a la luz, a la vida, a la salvación, de inicio se cree que uno podrá responder a ese llamamiento en la forma perfecta y santa que de nosotros se espera, desafortunadamente la realidad a veces rompe esa ilusión inicial que teníamos, ¿seremos incapaces de lograrlo?

Si pudiéramos tener un ejemplo de convicción, de carácter, de tenacidad, sin duda alguna podríamos mirar a Pablo quien de sí mismo decía que en cuanto a ser ministro de Cristo él lo era más y que su trabajo era más abundante al grado de pensar para sí que habiendo peleado la buena batalla y acabado la carrera guardando la fe ya sólo le restaba recibir la corona de justicia que le estaba guardada.

Pero de igual forma, ese mismo Pablo que bien pudiera ser nuestro referente de vida cristiana decía de sí mismo que no hacía el bien que quería sino el mal que no quería a grado que sentía en su carne una ley que se rebelaba contra la ley de su mente, y que lo llevaba cautivo a la ley del pecado. A tal grado era su conflicto 104


que él mismo exclamaba “¡Miserable de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”. ¿Seremos nosotros más que él como para no experimentar lo mismo?

Sin duda alguna en más de una ocasión nos habremos sentido como Pablo ya que si bien vamos avanzando en el Camino, es mucho lo que nos falta para llegar a ser perfecto y santos como ha sido el llamamiento. Esta conciencia de nuestra nada puede hacer que nos deprimamos y que nos creamos insuficientes, indignos del llamamiento, optando por dejarlo de lado.

A pesar de que en efecto es mucho lo que nos falta para llegar a unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo, también es cierto que algo, aunque sea mínimo, ha cambiado en nosotros dándonos un adelanto de la liberación final que experimentaremos.

En esos momentos de turbación ante nuestra propia imperfección, debilidad y cobardía, bien hacemos en ver lo que el Padre ha comenzado a cambiar en nosotros, esas pequeñas semillas de Su Palabra que han comenzado a brotar en nuestro interior y que nos llevarán que de ahí mismo surjan fuentes de agua viva.

Así que no somos nosotros, ni nuestra fuerza, ni nuestra inteligencia lo que va haciendo que se cumpla lo que el Padre ha pensado para nuestro bien desde la eternidad, sino Su mismo Espíritu, Su misma fuerza, Su misma inteligencia ya que por gracia somos salvos a través de la fe, no por obras, para que nadie se gloríe.

Así que respondiendo a la pregunta de Pablo de ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?, podemos junto con él decir “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”, pudiendo agregar, de igual forma con él, que si es necesario gloriarse, nos gloriaremos en lo que es nuestra debilidad, pues el mismo Padre nos ha dicho que nos basta con Su gracia pues Su poder se perfecciona en la debilidad. Así 105


que mientras vamos avanzando a la plenitud de Cristo es mejor contar aquellos pequeños logros que en el andar se han obtenido en vez de contemplar lo que aún no se obtiene.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/arSdT5AwePE

Referencias: Mateo 5:48; 1 Pedro 1:16; 2 Corintios 11:23; 2 Timoteo 4:7-8; Romanos 7:19-25; Efesios 4:13; Juan 7:38; Efesios 2:8-9; Romanos 7:25; 2 Corintios 11:30; 2 Corintios 12:9

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Al iniciar el andar en el Camino, como respuesta al llamamiento que del Padre se ha recibido, se tiene clara la meta a la que uno debe llegar: nada más y nada menos que ser perfectos y santos como el Padre mismo lo es. Esa meta, si bien parece inalcanzable para uno –y de hecho lo es-, es posible alcanzarla con la ayuda del Santo Espíritu de nuestro Padre Dios que mora en nosotros. Pero dada nuestra carnalidad, el esfuerzo que en el andar imprimimos puede volverse en contra del llamamiento cuando caemos en el legalismo.

El legalismo implica que ante ciertas normas que generalmente y de forma arbitraria establecemos desarrollamos acciones tendientes a lograr eso, acciones que terminan satisfaciéndonos en nuestro corazón aunque lejos estén estas de ser satisfactorias para nuestro Padre.

Respecto de esto, por ejemplo, hay quienes en su mente establecen ciertas cuestiones cuyos requisitos ellos mismos declaran y cuyas acciones tienden a cumplimentarlos dando una sensación de satisfacción personal sin comprender que los designios de la carne son contrarios a Dios.

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Es por eso que cuando uno sienta el ego inflado, satisfecho por considerar que se están cumpliendo los estándares que el llamamiento del Padre implica, debe analizarse para no estar cayendo en la actitud del fariseo que ante Dios, a diferencia del publicano, se jactaba todo lo que por sí y para sí lograba.

Esto no demerita todo ese esfuerzo que en el andar imprimimos, sino que pone en la correcta perspectiva la nada que somos para no jactarnos de lo que logramos y lo todo que de Dios necesitamos para lograr ser perfectos y santos.

¡Ese es precisamente el estándar que debemos lograr en todo lo que somos y en todo lo que hacemos: ser perfectos y santos!, si por nuestra propia imperfección y pecaminosidad lo que consideramos acciones justas son como paño de inmundicia para Dios, ¿alguien podrá decir que está cumpliendo el llamamiento con perfección y santidad?

Si la jactancia se ha apoderado de nuestro corazón, es decir, el creer que estamos logrando por nuestros propios esfuerzos la perfección y santidad requerida por Dios, algo está mal con la visión que de nosotros mismos, de Dios, y del llamamiento tenemos. “Si me veo obligado a jactarme, me jactaré de mi debilidad”, escribía Pablo en su segunda carta a los Corintios, nosotros podemos decir lo mismo, si de algo tenemos que jactarnos es de nuestra debilidad, ¿por qué?, porque Dios mismo ha dicho que Su poder se perfecciona en nuestra debilidad.

Mientras avanzamos no fijemos la mirada exclusivamente en las metas que vamos logrando pues podemos ensoberbecernos por lo que vamos alcanzando, si no que veamos si en nosotros se va desarrollando el carácter perfecto y santo de nuestro Padre Dios, después de todo éxito no solo es lograr una meta, sino también saberte mejor que cuando comenzaste tu andar.

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/C8wQqktQXhw

Referencias: Mateo 5:48; 1 Pedro 1:16; Lucas 18:27; Isaías 55:8-9; Romanos 8:7-8; Lucas 18:914; Isaías 64:6; 2 Corintios 1:30; 2 Corintios 12:9

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Un hecho en la vida es que de alguna forma todo necesita ser enseñado por alguien que sepa el cómo y aprendido por alguien que no lo sepa. Si esto es así con las cosas mundanas, ¿será diferente con las cosas divinas?

Sin duda alguna una de las más grandes bendiciones que de Dios hemos recibido es que nos ha dado Su Palabra como guía para nuestra formación, edificación, perfeccionamiento y santificación. “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”.

Bajo esa premisa la Escritura debe ser usada para alcanzar el fin para el cual la misma se nos ha dado, ahora bien ¿se podrá alcanzar eso por sí mismo? Pedro en su segunda carta señala como es que en alguno de los escritos de Pablo, así como –ojo:- el resto de las Escrituras-, había –y hay- cosas difíciles de entender que los ignorantes tuercen para su propia condenación.

Dado lo anterior, ¿habrá alguna fuente de instrucción que nos establezca la manera correcta de entender las Escrituras y sobre ese entendimiento ir 110


edificando mayor comprensión? Pablo escribiendo a Timoteo, en su primera carta, describe a la iglesia como columna y sostén de la verdad, y de nuevo escribiendo a Timoteo en su segunda carta lo insta a predicar la palabra, a insistir a tiempo y fuera de tiempo; a redargüir, reprender, exhortar con mucha paciencia e instrucción. Luego entonces en la iglesia, sus doctrinas, sus autoridades, debemos buscar esa comprensión necesaria.

La Escritura misma, respecto de lo anterior, exhorta denodadamente a que no seamos rebeldes e indóciles y que aceptemos la instrucción que a través de la Congregación se recibe.

Con todo y todo, ahorita todo el Cuerpo de Cristo, en parte conocemos, y en parte profetizamos, por lo que llega un punto donde se nos exhorta a avanzar en el conocimiento de la Palabra hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios y pasar de beber leche a comer alimento sólido, como escribía Pablo en su primer carta a los Corintios.

Por eso en cierto punto tenemos que seguir edificando esa comprensión pidiendo a Dios Su guía, como dice la Escritura “Clama a mí, y yo te responderé y te revelaré cosas grandes e inaccesibles, que tú no conoces”, pues a nosotros no nos es dado adjudicar interpretación propia a lo revelado ya que, como señala Pedro en su segunda carta, “la profecía [instrucción, revelación] no fue en los tiempos pasados traída por voluntad humana”.

Así tenemos que como un coro de dos tiempos existe la instrucción que recibimos al interior del Cuerpo de Cristo, y la instrucción que el Santo Espíritu de nuestro Padre Dios que mora en nosotros nos va impartiendo, siendo ambas una sola instrucción, por lo que desdeñar la educación es como subirse a un bote y rechazar los remos.

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/XEl9UVgNvT0

Referencias: 2 Timoteo 3:17-18; 2 Pedro 3:16; 1 Timoteo 3:15; Job 22:22; Proverbios 4:10; Salmos 94:12; 1 Corintios 13:9-12; Efesios 4:13; 1 Corintios 3:2; Jeremías 33:3; 2 Pedro 1:21

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Cuando uno responde al llamamiento a salvación en el presente siglo que del Padre se ha recibido, muy en el interior se tiene la certeza de que a partir de ese momento el andar de uno en el Camino será irreprochable, después de todo uno es honesto en la respuesta al Padre, Él mismo nos presta Su auxilio y por el bautismo hemos muerto al Enemigo, al mundo y a la carne, pero la realidad termina por hacer trizas esta concepción pues uno igual sigue tropezando, cayendo, siendo torpe, rebelde y cobarde.

Esa realidad pareciera no se esperaba y en ocasiones la misma termina enfriando a los llamados al grado de impedirles avanzar en el Camino, dejar de producir frutos, con la posibilidad de perder las promesas que se han ofrecido; pero si uno se dejase instruir por la Escritura entendería que incluso a los elegidos les llega el tiempo y la ocasión de las pruebas ante las cuales no solo se puede tropezar, sino incluso caer.

Siete veces cae el justo y siete veces se levanta, dice el salmista, y es precisamente esa la diferencia respecto del impío quien se regodea en su impiedad. Si el justo se levanta es porque le duele la caída, porque sabe que no 113


ha sido llamado para eso, porque se siente mal de fallar al llamado, por el contrario el impío se siente a gusto en su accionar, la rebeldía no le ocasiona mayor problema, el vivir alejado del Padre no implica consideración alguna.

Sobre esto, Pablo escribiendo a los Romanos los exhorta diciéndoles a ellos y en ellos a los cristianos de todos los tiempos “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.

Lo primero que vemos en esta exhortación es un llamado a no conformarse al presente siglo, esto es acorde con la actitud del justo que cae y se levanta, conformarse implicaría aceptar nuestra naturaleza rebelde a Dios y vivir conforme al Enemigo, al mundo o a la carne. Después Pablo habla de transformación a través de la renovación del entendimiento, en esta idea hay una dualidad de concepto: por una parte implica un cambio constante y paulatino, por otra implica ir adquiriendo mayor comprensión sobre el Camino. Por último Pablo establece el objetivo de todo lo anterior: comprobar cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Si juntamos las ideas anteriores podremos entender que la vida cristiana implica un proceso donde a través de la experiencia, luchando, cayendo y levantándonos, vamos creciendo en conocimiento y gracia hasta alcanzar la estatura perfecta de Cristo.

El andar por el Camino, dada nuestra condición actual, implica tropiezos, tropiezos que nos pueden derribar más no vencer en tanto nos volvamos a levantar, renovando nuestro entendimiento, mientras somos transformados a la semejanza de Cristo con más y más gloria por la acción Espíritu del Padre que mora en nosotros, así que de cada caída solo hay una pregunta que tiene sentido: ¿qué puedo aprender de esto?

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/Ncu_f7POKAQ

Referencias: Juan 6:44; 1 Corintios 1:9; Hechos 13:48; 1 Corintios 1:24; 2 Timoteo 1:9; 1 Pedro 1:15-16; 1 Corintios 10:12; Revelación 3:11; Proverbios 24:16; 2 Corintios 7:10; Proverbios 2:14; 12:12; Romanos 12:2; 2 Pedro 3:18; Juan 17:3, 25,2 6; Efesios 4:13; 2 Corintios 3:18; Romanos 8:29

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El mundo actual, enfocado en sí mismo, nos bombardea constantemente con mensajes que si bien pueden oírse agradables no por ello son del todo verdaderos, uno de estos mensajes, tal vez el más difícil de identificar como ajeno a la Escritura, es aquel que nos hace independientes de Dios para lograr nuestras metas, sueños y objetivos.

Si de liderazgo, emprendedurismo y motivación hablamos, la mayoría de los mensajes en ese sentido giran en torno a “tú puedes”, “propóntelo y lo lograras”, “en tus manos está tu futuro”, y demás por el estilo que excluyen totalmente nuestra real, clara y objetiva dependencia que tenemos de nuestro creador.

Por el contrario, la Escritura nos dice que sólo Dios, a través de Cristo, puede vigorizar nuestro corazón, acrecentarnos cuando débil estamos, darnos descanso, darnos un espíritu de poder, de amor y de dominio propio, acudir a ayudarnos, para así lograr todo lo que conforme a Su voluntad nos propongamos.

Desafortunadamente nuestra naturaleza es contraria a la voluntad de Dios, no se sujeta a Su Ley, y es más ¡ni siquiera puede!, así que siguiendo el camino de 116


nuestros primeros padres en muchas ocasiones se prefiere seguir los propios razonamientos sin saber que el camino que a uno le parece recto puede tener fin de muerte.

Esto no quiere decir que en cuestión de liderazgo, emprendedurismo y motivación, no podamos establecer metas, sueños y objetivos, incluso materiales y temporales, pero en el mismo orden de ideas de lo que se ha venido expresando, estos sueños, metas y objetivos deben estar acorde a la voluntad de Dios y priorizados respecto de lo que en realidad vale la pena.

Cristo nos exhortaba a permanecer en Él, ese permanecer implica el luchar por alcanzar nuestros sueños, metas y objetivos materiales y temporales pero mayormente los espirituales y eternos, esto último a través de buscar primero el Reino de Dios y su justicia. De hecho esto último debería estar en primer lugar en cuanto a nuestros sueños, metas y objetivos.

Ser fuertes y valientes, no temer ni acobardarse, es un exhorto constante en la Escritura, ¿fuerte y valiente para qué?, para ir en pos de los sueños, metas y objetivos que nos hemos fijado, conforme a la voluntad del Padre y poniendo los mismos en su justo orden de prioridad; ¿no temer ni acobardarse ante qué? ante los retos y obstáculos que en el camino a lograr lo anterior nos enfrentemos.

Estamos llamados a reflejar la imagen de Cristo, con eso en mente debemos trabajar sin desfallecer para alcanzar esto, no de manera independiente de Dios, sino sabiendo que Él trabaja en nosotros, conforme a Su voluntad, para SU mayor gloria y para nuestro bien, así que está comprobado: Tus pensamientos pueden hacerse realidad... ¡siempre y cuando pongas acción en ello!

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/BDDtcH31b_M 117


Referencias: Salmos 73:26; Isaías 40:29; Mateo 11:28; 2 Timoteo 1:7; Romanos 8:26; Filipenses 4:13; Romanos 8:7; Proverbios 16:25; Juan 15:7; Mateo 6:33; Josué 1:9; 2 Corintios 3:18; Gálatas 4:19; Efesios 4:13; Marcos 12:25; Filipenses 1:6

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El Camino al que uno ha sido llamado como parte de la salvación ofrecida por el Padre a través de Su Hijo Jesucristo, rara vez es fácil para el cristiano ya que no sólo está expuesto a las contrariedades propias de la vida mundana sino que a eso se le aúna el sufrimiento que deviene por la tribulación que con base en la fe se experimenta, ¿por qué tiene que ser así esto?, ¿acaso Dios no está con quienes han respondido a Su llamado?

Las preguntas anteriores, más que ser catalogadas de heréticas, deben ser consideradas con comprensión pues nuestra propia naturaleza no sólo no entiende el por qué el llamado a salvación debe padecer sino que incluso se rebela ante el sufrimiento por ello experimentado.

La Escritura nos muestra que lo anterior es una característica que podemos encontrar en todos los hombres y mujeres de Dios quienes en algún momento dado se preguntan por qué. Job en su momento se quejó amargamente ante Dios, sobre todo porque él se consideraba alguien que estaba haciendo todo lo que estuviera a su alcance para ser justo ante los ojos de Dios.

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Y ese es precisamente el problema del sufrimiento que experimentamos: no lo entendemos, pero si partimos de la premisa de que el mismo está cumpliendo en nosotros una obra pensada por Dios, ¿podremos entender a cabalidad ello?, para eso necesitaríamos casi casi ser como Dios para entender Sus pensamientos, lo cual es imposible. De hecho Dios mismo interpela a Job cuestionando sobre la creación, preguntas a las que Job no puede responder evidenciando así lo fútil de pretender entender a Dios como si uno estuviera a su mismo nivel.

Jeremías de una manera alegórica, comparando a Dios con un alfarero que moldea, cambia, da forma al barro y si no queda conforme rompe la vasija hecha para rehacerla, presenta la pregunta retórica de que si dirá el barro al alfarero ¿qué haces?

Pero con todo y todo Dios no es un tirano que escudándose en su majestad nos oculte lo que hace, sino que en Su infinita misericordia y eterno amor nos permite atisbar las intenciones que subyacen detrás de todo lo que nos acontece.

Pablo escribiendo a los Gálatas señala que respecto a esto lo que está sucediendo en nosotros es que el Padre mismo está formando en cada uno a Cristo mismo, escribiendo a los Romanos les señala que en ese sentido para los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien, a saber, a los que conforme al propósito son llamados, y en su segunda carta a los Corintios señala que lo anterior produce que vayamos siendo transformados de gloria en gloria en la misma imagen de Cristo.

Entonces, ¿cuál debe ser la actitud del cristiano ante los sufrimientos, las tribulaciones?, ¿callarse, ocultar la cabeza como el avestruz sin cuestionar nada? La Escritura no nos dice eso, pero si debemos mantener una actitud correcta sin pretender exigir respuestas a Dios ni mucho menos pretender que podemos llegar a entender todas su razones, pero de igualmente, y concluyendo con el mismo Job., preguntar a Dios ¿qué deseas, Padre, aprenda de esto?, después de todo si 120


las metas valiosas pudieran obtenerse con un esfuerzo mínimo, no sucedería el milagro de forjar nuestro carácter.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/HzUhdrhTU0s

Referencias: Job 16:1-22; 38:1-41; Isaías 55:9; Jeremías 18:1-23; Gálatas 4:19; Efesios 4:13; Romanos 8:28; Efesios 1:11; 1 Pedro 1:7,8; Hebreos 12:6-12; 2 Corintios 3:16-18; Job 42:4

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Vamos estableciendo de inicio un símil: para caminar ocupas de tus dos piernas, incluso si te falta una o ambas tienes que apoyarte en algo para poder desplazarte, con todo y todo tu movilidad estará restringida, salvo que cuentes con tus dos extremidades.

Lo mismo pasa en la vida del cristiano, de inicio y para avanzar en el Camino se requiere de los sueños y la acción, o dicho de otro modo, de la fe y las obras.

Tal como establece la Escritura, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de aquello que no se ve. Es por eso que aquí se equipara con los sueños, pero no con la actividad onírica que experimentamos al dormir sino con esos que denominamos así al referirnos a las metas y objetivos que nos planteamos.

Siempre que la Escritura se refiere a la fe no lo hace en un contexto etéreo desvinculado de toda realidad, sino que siempre la presenta en relación a creer algo, a esperar algo, a desear algo. Es decir, siempre está en función de algo que

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uno cree, espera o desea, en este caso, específicamente, las promesas que del Padre hemos recibido.

Pero de igual forma el creer, el esperar, el desear algo, si bien forma parte intrínseca de lo que escrituralmente se define como fe, lleva aunado para aquello el hacer algo, a poner por obra la fe que decimos tener, a esto aquí se le denomina acción, pero no esa acción vinculada al activismo que nos impone el mundo, sino una acción vinculada a aquella fe que por lo tanto va en pos de cuestiones trascendentes.

Sobre la acción que va aunada a lo que creemos, a lo que esperamos, a lo que deseamos, la misma Escritura de manera contundente señala que sin esto, es decir, sin obras claras, visibles, palpables, prácticamente nuestra fe es una fe muerta.

De hecho si viéramos el proceso de maduración del cristiano como la Escritura nos lo presenta, veríamos que la fe es el paso inicial, pero que a ella le siguen otros pasos que requieren de la acción, de poner por obra la verdad: virtud, conocimiento, dominio propio, perseverancia, piedad, fraternidad y amor, en ese orden. ¿Podemos percatarnos que salvo la fe, que es el paso inicial, el resto de pasos requiere de nuestro esfuerzo, de nuestra acción, de nuestra perseverancia?

La fe y las obras van de la mano en el avanzar por el Camino que el Padre ha señalado aquellos que Él, en su infinita misericordia y eterno amor ha llamado a salvación en el presente siglo, es así como bien podemos decir, y más que decir cuidar, que dos piernas necesitas para andar por la vida: los sueños y la acción.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/HzUhdrhTU0s

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Referencias: Hebreos 11:1, 3; GĂĄlatas 5:6; 1 Pedro 1:7; Santiago 2:17; 2:14, 19, 20, 26; 2 Pedro 1:5-7, 10; Salmos 119:4; Proverbios 4:23; IsaĂ­as 55:2; Juan 13:34,35; Romanos 12:10; 1 Tesalonicenses 3:12; 4:9-10

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El camino del cristiano no es nada fácil, sobre todo si se considera que por un lado existe bastante incertidumbre en el mundo que hace diferir lo que planeamos de lo que logramos y por otro, tal vez incluso más grave, que dada nuestra respuesta al llamamiento que del Padre hemos sido objeto tendemos a pensar que siempre las cosas nos saldrán bien. Al igual que Isaías, cuando leemos en la Escritura las palabras de Dios “yo Jehová soy tu Dios, que te ase de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudé”, no podemos menos que sentirnos extremadamente esperanzados en que todo lo que emprendamos, máxime si según nosotros es conforme a la voluntad de Dios, nos saldrá tal cual lo hemos planeado.

Pero de igual forma, e incluso en el mismo libro de Isaías, leemos que Dios nos dice “mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos”, de esta forma, ¿cómo podemos pretender que nuestro pensar en cuanto a cómo deben resultar las cosas es el correcto? 125


Si bien esa incertidumbre nos rodea, y no sólo nos rodea sino que golpea en nuestro rostro derrumbándonos cuando las adversidades nos alcanza, Dios mismo nos da consuelo en Su Palabra cuando nos declara que “para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito”, y cuando la Escritura señala que todo obra para bien implica eso: todo.

Y en cuanto a las adversidades por las que uno atraviesa, incluso estas, como se comentó anteriormente, tienen un fin en la vida de los elegidos conforme a la voluntad del Padre, como Pedro señalaba a la iglesia de aquel entonces, y en ellos a la iglesia de todos los tiempos, incluyéndonos, “no os sorprendáis del fuego de prueba que en medio de vosotros ha venido para probaros, como si alguna cosa extraña os estuviera aconteciendo; antes bien, en la medida en que compartís los padecimientos de Cristo, regocijaos, para que también en la revelación de su gloria os regocijéis con gran alegría”.

La existencia de incertidumbre es un hecho en nuestra vida, la misma Escritura da fe de ello y de la mella que en el ánimo del Pueblo de Dios la misma ocasionaba, pero ¿qué es lo que les decía Dios ante ello? “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo dondequiera que vayas”, después de todo la vida está llena de incertidumbre, la única manera de tener certezas es ¡intentándolo!

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/tksi4-jO3VQ

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Referencias: Isaías 41:13; 42:6; 55:8-9; 65:2; Romanos 8:28; 2 Corintios 5:1; 1 Pedro 4:13; 2 Tesalonicenses 1:5-7; Hebreos 12:6-12; Josué 1:9; 2 Crónicas 15:7; Jeremías 1:78

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Si pusiéramos las cosas en perspectiva, desde un punto de vista eminentemente humano, tendríamos más que de sobra para sentirnos deprimidos, abatidos. Pablo escribiendo a los Efesios les decía, y en su figura a nosotros, que nuestra lucha es “contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”, ¿Quién podrá creer que ante esto tiene la más remota posibilidad de salir triunfante?

Es natural que desde nuestro punto de vista veamos la salvación como algo casi imposible, pero hay que entender que nuestros pensamientos no son los de Dios ni nuestros caminos Sus caminos y que nuestra naturaleza es contraria a Su naturaleza, es así que más que ver esta lucha desde nuestro punto de vista hay que verlo desde el punto de vista de Dios, después de todo lo que es imposible para nosotros es posible para Él.

Con todo y todo no podemos negar la debilidad carnal que ahorita tenemos, pero ¿qué nos dice la Escritura al respecto?, Cristo respondiendo a Pablo respecto a las debilidades que presentaba, y en su persona respondiéndonos a nosotros, le dice «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad», y 128


Pablo entendiendo esto reflexiona “por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo”.

Volviendo sobre la idea anterior, Pablo escribiendo a los Romanos la aclara aún más al señalar que “en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos”, luego entonces más que fijarnos en todo aquello de lo que carecemos para ganar esta batalla a la que hemos sido convocados, más bien debemos pedir la ayuda de Aquel que puede fortalecernos ya que “Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio”.

Ahora bien, todo esto se oye esperanzador, pero ¿qué sugerencias prácticas tiene la Escritura para salir a enfrentar esta batalla a la que hemos sido convocados con la esperanza de triunfo? “pónganse toda la armadura de Dios, para que cuando llegue el día malo puedan resistir hasta el fin con firmeza. Manténganse firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad, protegidos por la coraza de justicia, y calzados con la disposición de proclamar el evangelio de la paz. Además de todo esto, tomen el escudo de la fe, con el cual pueden apagar todas las flechas encendidas del maligno. Tomen el casco de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios”.

Volviendo a la pregunta inicial, ¿Quién podrá creer que ante todo lo que tenemos en contra podemos pensar en tener la más remota posibilidad de salir triunfante?, Pablo escribiendo a los Romanos revira esto preguntando más bien “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?... Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó”, aclarando en esa misma carta que que “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”, y escribiendo a los Filipenses les dice sobre esto “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

Si esta batalla dependiera enteramente de nosotros la habríamos perdido desde antes de iniciar, pero esta batalla es de Dios, quien pelea por nosotros y quien 129


lleva a término lo que desde la eternidad pensó para cada uno, así que recuerda esto: muchas cosas han parecido imposibles... ¡hasta que llega Alguien y las hace!

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/rEhk5J5-5bk

Referencias: Efesios 6:12; Isaías 55:8-9; Romanos 8:5; Lucas 18:27; 2 Corintios 12:9; Romanos 8:26; 2 Timoteo 1:7; Efesios 6:13-17; Romanos 8:36, 37; Romanos 8:31; Filipenses 4:13; Deuteronomio 3:22

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El cristiano no está ajeno ni al mundo ni a la sociedad en la cual se desenvuelve, Cristo mismo consciente de esto pidió al Padre por sus seguidores, no para que fueran sacados de aquí sino para que fueran guardados del Enemigo, con todo y todo en ocasiones el cristiano puede deslizarse y buscar más bien el agrado de los demás.

Esto no es privativo de uno, Pedro mismo tratando de no ser señalado por los judaizantes de su tiempo, se retraía de socializar con los paganos cuando aquellos venían, actitud que le ganó una reprimenda de parte de Pablo. ¿Qué quiere decir esto? Nada, simple y sencillamente que Pedro era un humano, como tú y como yo. Con todo y todo “todo lo que fue escrito en tiempos pasados, para nuestra enseñanza se escribió, a fin de que por medio de la paciencia y del consuelo de las Escrituras tengamos esperanza”, así que de ello debemos aprender, ¿qué cosa? En este caso a quedar bien con uno mismo.

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Esto de quedar bien con uno mismo, para el cristiano, implica clara y contundentemente poner a Dios primero que todo y en función de eso evaluar cómo nos sentimos en nuestra conciencia, por eso Pablo escribiendo a los Romanos les decía “¿Tienes tú fe? Tenla para contigo delante de Dios. Bienaventurado el que no se condena a sí mismo con lo que aprueba” Juan en su primera carta señalará lo mismo al indicar que “si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos delante de Dios”, así que cuando se exhorta a quedar bien con uno mismo no es de una manera ajena e independiente de Dios, sino sujeta y sometida a Su voluntad usando nuestra conciencia a la luz de lo que el Padre espera de nosotros, ¿y qué espera? Nada más y nada menos que perfección y santidad, por eso Pablo ante Félix le decía “por esto, yo también me esfuerzo por conservar siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres”.

Como colofón de esto puede decirse que nuestra conciencia, el sentirnos bien con uno mismo, para el cristiano, implica poner a Dios primero que todo y en función de la fe y esperanza que deviene de ello buscar vivir conforme a Su voluntad, de ahí la importancia del examen de conciencia que Pablo presenta en su carta a los Gálatas: “¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo”.

Cada uno rendirá cuentas ante de Dios de lo que hizo y de lo que no, de lo que creyó y de lo que dejó de creer, del testimonio que dando edificó o más bien destruyó, siendo que si nuestra conciencia no está cauterizada puede sernos de mucha utilidad para evaluar nuestro decir y nuestro hacer a la luz del Padre en Cristo Jesus por Su Santo Espíritu que mora en nosotros, así que cuida ante todo quedar bien contigo mismo, ¡eres la única persona que estará contigo toda la vida!

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/JmR6lVEqoyA

Referencias: Juan 17:15; Gálatas 2:11-14; Romanos 15:4; Romanos 14:22; 1 Juan 3:21; Mateo 5:48; 1 Pedro 1:16; Hechos 24:16; Gálatas 1:10; Romanos 14:12; 1 Timoteo 4:2

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El cristiano no está llamado para una vida mediocre sino para una vida de excelencia, “yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” dijo Cristo, y es abundancia implica la totalidad de lo que somos. El exhorto escritural de ser perfectos como nuestro Padre lo es no deja lugar a duda de que la mediocridad no es a lo que estamos llamados.

Mediocre es una palabra muy fuerte que a nadie gusta, menos como distintivo de nuestro actuar, pero curiosamente aunque sea una palabra fuerte muestra una debilidad de carácter de aquel que presenta esta característica: apunta a alguien incompleto, débil, sin metas ni fundamentos, sin capacidad. Claro que en la mente de quien actúa así siempre habrá un justificante, absurdo y caprichoso en el mejor de los casos, pero irrelevante al fin de cuentas.

En el capítulo 13 del primer libro de Samuel tenemos la historia del sacrificio del Rey Saúl. Como sabemos, los sacrificios sólo podían hacerlos los responsables del culto, en este caso el Profeta Samuel era el encargado, pero el Rey Saúl, abrogándose esta facultad ofreció el sacrificio por sí mismo ganándose que Dios lo desechara como rey. 134


Lo interesante de esta historia es la justificación que dio el Rey Saúl al Profeta Samuel: “Pues, como vi que la gente se desbandaba, que tú [Samuel] no llegabas en el plazo indicado, y que los filisteos se habían juntado en Micmás, pensé: “Los filisteos ya están por atacarme en Guilgal, y ni siquiera he implorado la ayuda del Señor”. Por eso me atreví a ofrecer el holocausto”. ¿Y cuál fue la respuesta del Profeta Samuel? “¡Te has portado como un necio! No has cumplido el mandato que te dio el Señor tu Dios. El Señor habría establecido tu reino sobre Israel para siempre, pero ahora te digo que tu reino no permanecerá. El Señor ya está buscando un hombre más de su agrado y lo ha designado gobernante de su pueblo, pues tú no has cumplido su mandato”.

¿Qué movió al Rey Saúl a desobedecer?, ¿acaso era malo en sí mismo?, ¿deseaba realmente desobedecer a Dios? Para nada, vemos en su respuesta que lo que lo movió fue el miedo, sobre todo a lo que los demás pensaran e hicieran y que le llegase a afectar. Con todo y todo creyó hacia bien, pero su pensamiento no validaba la corrección de sus acciones. “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová”, en la Escritura, en ese sentido, ¿es sensato quererse llevar por lo que el corazón dicte sobre cosas que ya ha establecido Dios como son y cómo deben hacerse? No tiene sentido y lo que es peor: es bastante riesgoso: “Hay camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte”.

La mejor manera, no: la única manera de lograr la excelencia en la vida cristiana es obedeciendo Dios, quien así actúe no tendrá una conciencia que lo recrimine y, con la ayuda del Santo Espíritu de nuestro Padre Dios que mora en nosotros, podrá estar en pie a la venida del Hijo del Hombre, después de todo el mediocre siempre se andará justificando del por qué no hizo las cosas, el excelente dejará que sus resultados hablen.

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/N_hcpHs3l9Y

Referencias: Juan 10:10; 5:40; Mateo 5:48; Deuteronomio 18:13; 2 Corintios 7:1; Colosenses 1:28; 1 Samuel 13:1-15; Isaías 55:8; Oseas 14:9; Proverbios 14:12; 12:15; 1 Juan 3:21; Romanos 14:22; Lucas 21:36; 2 Corintios 4:14; Romanos 2:6; Revelación 22:12

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Parte inherente a la naturaleza humana es el “no creo poder”. Esta frase no nace de un análisis serio sino más bien de una sensación de desasosiego ante los retos que la vida nos impone, de igual forma, esto no es diferente en la vida del cristiano, con todo y todo no estamos llamados a conformarnos a esa naturaleza inherente a nosotros sino llamados a un futuro de gloria, verdad y libertad. “Por favor, Señor, nunca he sido hombre elocuente, ni ayer ni en tiempos pasados, ni aun después de que has hablado a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua”, ¿sabes quién dijo eso? Moises cuando Dios le pidió fuese a hablar con Faraón. “¡Ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy joven”, y esto ¿quién lo dijo? Jeremías cuando Dios le pidió fuese a profetizar a su pueblo. “¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos”, y esto ¿quién lo dijo? Isaías cuando Dios se le aparece y le hace su llamamiento.

Pero no sólo nosotros llegamos a ponernos límites, en ocasiones son los demás también los que desean ponérnoslos. “Y el filisteo dijo a David: ¿Acaso soy un 137


perro, que vienes contra mí con palos? Y el filisteo maldijo a David por sus dioses”, ese filisteo era Goliat quien menospreció a David cuando este se le enfrentó. “Y se juntaron contra Moisés y Aarón y les dijeron: !Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación, todos ellos son santos, y en medio de ellos está Jehová; ¿por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación de Jehová?”, estos que se juntaron contra Moisés y Aharón fueron Coré hijo de Izhar, hijo de Coat, hijo de Leví, y Datán y Abiram hijos de Eliab, y On hijo de Pelet, de los hijos de Rubén así como doscientos cincuenta varones de los hijos de Israel, príncipes de la congregación.

En el primer caso, cuando nosotros nos ponemos límites, nuestra mirada está puesta en nuestras debilidades, en nuestras torpezas, en nuestras cobardías, ¡pero no es en nosotros en quien debemos tener la mirada sino en Aquel que nos ha llamado! “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”.

En el segundo caso dejamos que sean los demás, igual de falibles que nosotros, quienes nos digan qué podemos hacer y qué no podemos hacer, más sin embrago ¿qué nos dice Dios? “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo”.

Si de nosotros dependieran las Promesas difícilmente habría algo que nos diera esperanza, pero no depende de nosotros sino de Aquel que nos llamó, quien hace posible lo imposible, así que “no que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios”, estando, como dice la Escritura, “persuadido de esto, que el que comenzó 138


en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”, así que no seas tú quien te ponga límites... y no dejes que sean los demás quienes lo hagan.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/N_hcpHs3l9Y

Referencias: Éxodo 4:10; Jeremías 1:6; Isaías 6:5; 1 Samuel 17:43; Éxodo 2:14; Hebreos 12:12; 2 Corintios 12:9; Mateo 19:26; Génesis 18:14; Jeremías 32:17; 2 Corintios 3:5,6; Filipenses 1:6; Salmos 138:8; 1 Corintios 1:8

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Cuando uno responde al llamado del Padre, en cierta forma puede decirse que se ha comenzado a andar por el camino que desde la eternidad nos ha preparado, pero de igual forma uno debe entender, y esto es muy importante, que el camino, si bien es uno, de igual forma su andar es diferente para cada uno.

Andar por el Camino implica responder al llamado del Padre, sí, vivir conforme a Su voluntad, también, pero de igual forma implica el enfrentar las pruebas, los obstáculos, las limitaciones que servirán para el propósito al cual hemos sido emplazados.

En la Escritura tenemos un sinfín de casos de quienes respondieron al llamado, eso es claro verlo, pero de igual forma podemos ver que ninguna de esas vidas fue igual a otras y que lo que tuvieron que enfrentar asimismo fue diferente. Es por esto que aún y cuando ya andemos transitando por el Camino, cada día tenemos que prepararnos para seguirlo con capacidad, coraje y fortaleza.

Cristo dijo a Sus discípulos, y en la figura de ellos a los cristianos de todos los tiempos, incluyéndonos, que en este mundo se tendría tribulación, de igual forma 140


la Escritura nos dice que, a pesar de esto, en Jesús somos más que vencedores yendo de triunfo en triunfo, con todo y todo esto no es mérito nuestro sino gracias a la extraordinaria grandeza del poder de Dios.

La Escritura de igual forma ánima y reconoce a quienes, comportándose como el siervo fiel, ponen a trabajar los talentos pare entregar buenas cuentas a su señor; de igual forma la Escritura ánima y reconoce a quienes como el mayordomo fiel y prudente a tiempo dan la ración que la casa sobre la cual lo ha puesto su señor necesita.

Mayor claridad de la preparación que uno debe tener al andar el Camino la proporciona la parábola de las diez vírgenes, cinco prudentes y cinco insensatas: las prudentes estaban preparadas con aceite, las insensatas no, ¿el resultado? Las primeras pudieron esperar al novio y entrar en las bodas mientras que las segundas no. ¿Y cómo puede uno estar preparado para lo que el Camino depare?, “por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos”

Disponerse para el Camino no es un acto que se hace una sola vez en la vida, sino un ejercicio cotidiano para poder enfrentar con éxito lo que el mismo depara, así que prepárate desde ya para que cuando encuentres tu camino tengas la capacidad, coraje y fortaleza de seguirlo.

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Este artĂ­culo puede verse en video en https://youtu.be/9vQPEiwhTTQ

Referencias: Juan 16:33; 14:27; 15:16; Hechos 14:22; Romanos 8:37; 2 Corintios 2:14; 4:7; Lucas 19:12-27; Mateo 25:14-30; Lucas 12:41-18; Mateo 24:45-51; 25: 1-13; Efesios 6:13-18

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Cuando uno responde al llamado que el Padre ha hecho no puede olvidar ni menos minimizar el hecho de que seguimos militando en la fragilidad de lo que actualmente somos, ¿esto qué quiere decir?, como enseñaba nuestro Señor Jesús que si bien nuestro espíritu está presto, la carne es débil.

Ejemplos de la debilidad carnal que como humanos experimentamos la tenemos a lo largo de toda la Palabra de Dios, tal vez los relatos más significativos sean los del Pueblo de Israel durante lo que se conoce como el Éxodo ya que a pesar de los portentosos milagros que de Dios habían visto una y otra vez volvían a dudar, a renegar de la salvación que se les había dado.

Aquí es necesario recordar que si bien Dios castigaba a Su pueblo por sus rebeldías, se acordaba –como dice la Escritura- de que eran carne, un soplo que pasa, era misericordioso, perdonaba la maldad, y no los destruía.

Esto es necesario tenerlo en mente cuando pretendemos poner nuestra justicia como si fuera la de Dios y mostrarnos excesivamente duros en los juicios que sobre nuestros yerros hacemos. Dios nos entiende, sí, nos comprende, también, 143


pero no nos deja sin castigo, lo cual, como dice la Escritura, es señal de que lo tenemos por Padre.

Volviendo sobre el punto de nuestra carnalidad, todo lo anteriormente mencionado puede dar como resultado que en cierto momento nos sintamos cansados, agobiados, deprimidos de nuestro andar, no tanto de las pruebas que hayamos experimentado sino tal vez y con mayor peso de los errores, tropiezos y caídas que hayamos tenido.

Tal como se dijo al principio, la Escritura nos muestra un sinfín de personajes que experimentaron ese abatimiento espiritual, uno de ellos, David, elegido por Dios mismo para reinar sobre Su pueblo, cayó de una forma que pudiera considerarse devastadora, en medio de sus luchas internas David escribió en un Salmo algo que seguro estoy identifica a muchos del Pueblo de Dios en la actualidad: “¿Por qué te abates, alma mía, y [por qué] te turbas dentro de mí? Espera en Dios, pues he de alabarle otra vez [por] la salvación de su presencia. Dios mío, mi alma está en mí deprimida; por eso me acuerdo de ti desde la tierra del Jordán, y [desde] las cumbres del Hermón, desde el monte Mizar”.

Aquí la clave que nos da la Escritura, si bien implica arrepentimiento de los errores cometidos, está en el énfasis de recordar, ¿recordar qué?, el llamamiento del que fuimos objeto y de las promesas inherentes al mismo. Recordar el llamamiento aviva ese primer amor que sentimos cuando la verdad iluminó nuestro entendimiento y nos trajo a salvación; evocar las promesas inherentes implica, como decía Pablo, estirarnos hacia lo que está delante olvidando lo que queda atrás.

El espíritu está presto, más la carne es débil, esa debilidad nos lleva en varios momentos de nuestra vida a cansarnos, agobiarnos, deprimirnos de nuestro andar, pensar en el llamamiento y las promesas hará que nuestra vista esté, no en

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nosotros, sino en Aquel que en nosotros puede hacer posible lo imposible, así que cuando te canse el camino, recuerda qué fue lo que te hizo iniciar tu andar.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/TZNmS4md_LQ

Referencias: Mateo 26:41; Marcos 14:38; Números 14:22; Éxodo 14:11; 15:24; 16:2; 17:2; 17:3; Salmos 78:38-39; Éxodo 34:6; Números 14:18; Hebreos 12:8; 1 Corintios 11:32; Salmos 42:5-6, 8; Revelación 2:4; Filipenses 3:13; Hebreos 6:1; Lucas 18:27; Mateo 19:26; Jeremías 32:17

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Todos tenemos sueños en esta vida, pero a los que por la infinita misericordia y eterno amor el Padre son llamados a salvación en el presente siglo un sueño le es dado: la vida eterna y no sólo la vida eterna sino la vida eterna como parte de la familia de Dios.

Es precisamente ese sueño lo que hace la diferencia entre el creyente y el incrédulo ya que el mismo produce en el primero esperanza y esa esperanza se traduce en fe, después de todo fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, ya que sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

Así que tenemos aquí una ecuación, por así decirlo, donde confluyen las variables relativas a creer, con convicción, en que Dios cumplirá las promesas que a sus elegidos ha hecho, con todo y todo falta una variable para completar la ecuación y es nuestra participación activa, es participación activa está dada por las palabras de nuestro señor exhortando “esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos tratarán de entrar y no podrán”. 146


Pablo escribiendo a los Efesios les aclaraba “por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”, luego entonces ¿a qué se refiere Cristo con ese esfuerzo que debemos imprimir en el Camino?

El esforzarse en hacer la voluntad de Dios no implica que por eso nos ganemos la salvación, la salvación es una dádiva de Dios dada a los elegidos por medio del sacrificio redentor de Jesús, el esforzarse en el Camino es la evidencia clara, concreta y tangible de que hemos aceptado esa salvación y que nuestro deseo, nuestra esperanza, gira en torno a los promesas recibidas.

Si alguien te dijera que extendieras la mano para darte un cheque de un millón de dólares y lo hicieras recibiendo esa cantidad ¿implicaría que te lo has ganado?, para nada, sólo cumpliste lo que se te pedía para recibir ese regalo. ¿Y si luego tiraras ese cheque?, obvio que perderías la cantidad regalada. Pues de igual forma aplica para la salvación: esta es un regalo de Dios para todos aquellos elegidos que acepten el sacrificio redentor de nuestro Señor Jesús, pero de igual forma se espera de nosotros ese “estirar la mano” para recibirlo, que no ganarlo ni mucho menos merecerlo, y en ese mismo orden de ideas es requisito no tirar el cheque de ese regalo para poder, a la venida de Cristo, si somos considerados dignos, canjearlo por las promesas.

Las promesas que el Padre ha puesto en nuestro corazón deben motivarnos a andar el Camino, buscando dar frutos de perfección y santidad, sabiendo y reconociendo la dádiva que por su infinita misericordia y eterno amor hemos recibido por medio del sacrificio redentor de Su Hijo y buscando en contraparte cumplir su voluntad, después de todo para lograr sueños... ¡lo primero es tenerlos!

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Este artĂ­culo puede verse en video en https://youtu.be/FyFt5OcjxtY

Referencias: Romanos 6:23; Mateo 25:46; Juan 4:36; Efesios 2:19; Efesios 2:12; Filipenses 3:20; 1 Tesalonicenses 4:13; Hebreos 11:1, 2 Corintios 4:18; 6; Lucas 13:24; Mateo 7:13; Efesios 2:8-9; Hechos 15:11; Romanos 3:24

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El llamado que del Padre se recibe, si bien es de gracia, por Su infinita misericordia y eterno amor, no es un llamado que no contenga promesas, de hecho son promesas que exceden con mucho cualquier tribulación que en el presente siglo pueda experimentarse, es más, esa tribulación produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria.

La Escritura, sobre la fe señala que la misma es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, pues sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan. Así Hebreos 11, llamado al capítulo de los héroes de la fe, señala de ellos: éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra, y más aún todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido, proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros.

Así que este andar no es, por así decirlo, de gratis, sino que sabemos la esperanza que a través de las promesas se nos han conferido, si pudiéramos 149


decirlo en cierta forma, este andar terrenal nos lleva hacia galardones celestiales, y esto sólo es posible por la infinita misericordia y eterno amor el Padre. Es interesante como Pablo plantea este andar cuando dice “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. Se menciona que es interesante por la imagen que pone en su dicho al señalar como es que, sin preocuparse por lo que ha quedado atrás, Pablo se extiende hacia adelante.

Cada uno de los elegidos, de igual forma, está llamado a extenderse hacia adelante, ese extenderse refleja el deseo de alcanzar algo que por nuestras propias fuerzas es inalcanzable, pero que evidencia nuestro deseo, nuestra intención, y que ante el Padre actúa como fe que nos es reputada por justicia, siendo que llegará el momento, si uno se mantiene fiel, si uno se mantiene extendiéndose, que las promesa pactadas serán conferidas ya que, como dice la Escritura “cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con El en gloria”.

El andar por el Camino implica entender y reconocer el llamamiento del que del Padre se ha sido objeto de manera inmerecida, sólo por Su infinita misericordia y eterno amor, con todo y todo ese caminar no es vacío, sino que contiene promesas, promesas infinitas y eternas que en su momento el Padre nos entregará, es así como curiosamente lo que nos mueve a caminar es nuestro deseo de volar.

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/3K8CuWY_IBc 150


Referencias: Romanos 8:18; 2 Corintios 4:17-18; 2 Timoteo 2:10; 1 Pedro 5:10; Hebreos 11:1, 6, 13, 39-40; Colosenses 3:4; Tito 2:13; Judas 1:21; 1 Pedro 1:5

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Conclusión

El andar por el Camino produce necesaria y forzosamente una serie de reflexiones en quien por él va, reflexiones que buscan aquilatar la experiencia que se va adquiriendo, experiencia que no sólo es cognitiva, sino también emocional y, más importante aún, espiritual.

Las presente reflexiones, cuyo fin es la motivación para que aquellos que en el Camino van desarrollen ese liderazgo que nace de la comprensión del plan que Dios está realizando en cada uno, son solamente eso, reflexiones. Cada quien puede estar de acuerdo o no con ellas, eso no es lo importante, lo importante es que cada quien pueda escribir en su libro de vida sus propias reflexiones.

Pero lo anterior no termina ahí ya que una vez que alguien tome el reto y de sus reflexiones saque ciertas lecciones relacionadas con el Camino, lo que sigue es compartirlas.

No somos una isla, incluso en el proceso relativo al andar que lleva a la vida como miembro de la familia de Dios vamos acompañados, y en ese acompañamiento todos comparten una responsabilidad de y por los demás.

Es cierto que la responsabilidad final de la vida de cada quien es personal, pero la responsabilidad sobre el andar del otro también puede ser reclamada sobre cuando cuando pudiendo dar algo que alivie la carga, que motive al andar, las palabras se retienen.

Así que adelante, a compartir esas lecciones edificante que el andar le ha mostrado a cada quien sabiendo que todas forman parte de ese glorioso entramado que Dios está tejiendo en la vida de cada quien en lo particular y en la vida de Su familia en lo general.

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Paz a vos

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Liderazgo Cristiano Emprendedor

Todos los derechos reservados por el autor ©2019

Primera edición

Se permite la reproducción total o parcial de la presente obra, así como su comunicación pública, divulgación o transmisión, mediante cualquier sistema o método, electrónico o mecánico [incluyendo el fotocopiado, la grabación o cualquier sistema de recuperación y almacenamiento de información], siempre y cuando esto sea sin fines de lucro y con la condición que se señale la fuente

Todas las citas bíblicas de esta publicación han sido tomadas de la Reina-Valera 1960. Utilizado con permiso.

Reina-Valera, 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y puede ser usada solamente bajo licencia. 154


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