La Generación Ni-Ni-Ni

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La Generaci贸n Ni-Ni-Ni

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.


La Generación Ni-Ni-Ni

Todos los derechos reservados por el autor ©2015

Primera edición

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Registro en el Instituto Nacional de Derechos de Autor 03-2015-052610203100-01


Dedicatoria

A todos los niños, niñas, adolescentes y jóvenes cuyo mayor acto de rebeldía es no aceptar un futuro de pesimismo, sometimiento y mediocridad y día con día luchan por una vida de realización, plenitud y trascendencia


Índice

A manera de introducción ................................................................................. 1

1.-De vuelta al pueblo ........................................................................................ 3

2.-Abarrotes “Don Cipriano” ............................................................................. 13

3.-Primer “Ni”...................................................................................................... 22

4.-Segundo “Ni”.................................................................................................. 35

5.-Tercer “Ni” ...................................................................................................... 48

6.-Los Tres “Si” .................................................................................................. 61

7.-De regreso a mi vida ...................................................................................... 77

Acerca del autor ................................................................................................. 84


A manera de introducción

La escribidera como muchas cosas en la vida es cuestión de aprovechar el momento. Momento para escribir, pero también momento para saber sobre qué escribir. Este año me invitaron a dar una conferencia a alumnos de secundaria. Siempre mi público había sido universitario o profesional así que me encantó el reto.

Después de ese momento de avalentamiento de mi parte vino la parte de pensar sobre qué versaría una plática a adolescentes. Dejando la duda fermentara mi mente con ideas que iban y venía surgió ésta que presento aquí como libro: La Generación Ni-Ni-Ni.

Cuando en su momento la idea dio como resultado una conferencia vi el potencial que tenía la misma para convertirse luego en libro y así multiplicar el alcance de las ideas que se manejaban y que ahora se presentan de esta forma.

En este punto, y tal como se irá develando en la obra, la idea que propongo de Generación NI-Ni-Ni (así, con tres Ni) difiere de la que se menciona como generación Ni-Ni (así con dos Ni), aunque ambas están relacionadas siendo la que propongo causa de la segunda.

Quiero así mismo, abusando de la gentileza de quien me lea, pedir laxitud en la crítica cronológica a la obra ya que la misma de inicio bien puede plantearse en el futuro, aunque mayormente se desarrolla en el pasado. Me explico: el personaje principal es un miembro de lo que conocemos como Generación Ni-Ni (así, con dos Ni), como esta generación se ubica entre los 90´s y la primer década del 2000 pero se ocupaba que nuestro personaje ya hubiera alcanzado una edad madura aquí se presenta ya crecido con lo que solo por este hecho de inicio el desarrollo de la trama es en el futuro, pero como mucho de esa trama hace referencia a la infancia del personaje pues la misma se desarrolla en los 90´s o inicio de la 1


década del 2000 con lo que esas remembranzas se desarrollan en el pasado. Una vez aclarado esto y ateniéndome a la benevolencia de quien lee esto. Continúo.

El libro, así como la conferencia, están pensados tanto en la estructura de ideas como en su presentación y desarrollo e incluso en las situaciones y el lenguaje para jóvenes adolescentes. Esto no quiere decir que los adultos no pueden usarla y servirse de ella, claro que sí.

La presente obra presenta un esquema completamente diferente de lo que se conoce como Generación Ni-Ni (así, con dos Ni) presentando, como y se indicó, estas dos Ni, como consecuencias de las tres Ni que aquí se desarrollan.

Por el estilo de la obra y aunque ésta es ficticia puede decirse que el esquema de la misma es vivencial, incluso costumbrista, pero al mismo tiempo expositiva de ideas que buscan irse presentando de manera lógica para convencer a quien las lee y, sobre todo, para darle otra forma de ver las cosas, su propia persona y la vida misma, dotando con esto de una visión que habilite el hacerse cada uno dueño de sus pasos y de su destino.

No habiendo más que decir solo me queda agradecer a quien lea esto y desear realmente que en su vida se dé la transmutación mágica de un miembro más de la Generación Ni-Ni-Ni a un miembro único de la Generación Si-Si-Si.

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D. Septiembre de 2015

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1.-De vuelta al pueblo

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Que diferentes se ven las cosas cuando uno crece. Hace bastantes años no venía de vuelta a mi pueblo y aunque todo sigue igual yo lo veo tan diferente. Ahí está la piocha de Doña Lupita con la que la hacíamos enojar tanto pues de chamacos le arrancábamos varejones para corretearnos dándonos con ellos. Más allá está el quisco de la plaza, uy cuántos de nosotros nos dimos ahí nuestro primer beso, toda una proeza que nos volvía ya hombres ante los amigos. Ahí al fondo la cantina, de donde cuándo no salían cantos de alegría salían gritos por los pleitos que se armaban.

Siento el viento cálido y el polvo de las pocas calles que quedan sin pavimentar y en vez de molestarme me trae recuerdos. Casi casi puedo verme en calzones revolcándome en el lodo cuando las lluvias anegaban las calles. ¡Qué delicias de juegos entonces hacíamos! Podíamos ser piratas, indios, vaqueros, lo que fuera, no importaba pues lo único que nos interesaba era llenarnos de pies a cabeza de lodo aunque cuando llegáramos a nuestras casas nos ganáramos una buena regañina.

Y las noches frescas de verano ¡qué de estrellas podían verse! Nos poníamos a contarlas y cuando menos pensábamos ya estábamos en otra cosa.

¡Ah! Mi casa. Esta casa es donde viví durante años hasta que crecí y me fui del pueblo. Solo volví dos veces. Ambas cuando murieron mis padres. Los viejos, ¡nunca quisieron salir de aquí! Por más que les decía que se fueran conmigo a la ciudad siempre me respondían lo mismo “¿pa´que tanto?, esta tierra somos nosotros, aquí está todo lo que queremos y lo que necesitamos, aquí nacimos y aquí descansaremos”. Y sí, aquí descansaron. Ya después se vendió la casa. Como hijo único no la ocupaba, pero ahora al verla quisiera darle un abrazo como si con ese abrazo pudiera abrazar a mis viejos. ¡Ah, como los extraño!

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Que alto el yucateco que mi apá sembró cuando yo estaba chico. Pareciera me reconociera y orgulloso me mostrara hasta donde ha crecido. Que belleza de lugar.

Mi apá. Hacía tiempo no decía eso. Ahora como todo un profesionista en la gran ciudad mi lenguaje es culto y refinado. Padre o papá le llegué a decir. “Soy su apá”, me corregía el viejo. Y sí, es mi apá. El mismo que salía tempranito tempranito al campo a partirse el lomo y llegaba lleno de polvo y con un hambre de diablos. Nunca vi que dejara nada de lo que mi amá le hacía, fueran papas con chorizo, tamales con lentejas, o de plano cuando andábamos cortos de dinero, frijoles con quelites que juntaba ella del monte. Luego se sentaba debajo del yucateco con su taza de café. “M’ijo, venga pa´cá”, me decía. Dependiendo del tono de su voz yo ya sabía si me iba a regañar por algún mal rato que hubiera hecho pasar a mi amá o si era solo para preguntarme como me había ido en la escuela. “¿Ya hizo la tarea? A ver, tráigamela”, siempre terminaba. Yo corriendo iba por mi cuaderno y se la daba esperando su aprobación. “Muy bien, muy bien. Más derechita a la otra la letra, ¿entendió?”. No fue sino hasta que crecí que me enteré que mi viejo nunca supo leer ni escribir, ¡hacía el teatro de que me revisaba la tarea cuando él no sabía lo que ahí había escrito y todavía me corregía! Pero la imagen seria y adusta de mi padre revisando mu cuaderno hacía que llegando de la escuela lo primero que hiciera fuera mi tarea dejando el cuaderno a la mano pues sabía mi apá me revisaría lo hecho al llegar. ¡Ah, como extraño a mi viejo!

Y ahí, en el porche de la casa, casi casi puedo ver a mi amá en su mecedora, remendando una y otra vez las ropas hasta que casi se caían a hilachos. Ella no supo de tele o cine, cuando mucho tenía un radio donde en las tardes, mientras cosía, se ponía oír sus radionovelas. “M’ijo, apágale a los frijoles”. Con ese grito yo tenía que dejar lo que estaba haciendo e ir a la cocina a cumplir su encomienda. Sin falta, sin demora. Sobre todo después de aquella vez que por 5


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andar jugando me tarde y los frijoles se ahumaron. “Ni modo, así nos lo comeremos”, dijo mi amá, y así fue. No podíamos darnos el lujo de tirar tres kilos de frijol solo porque se ahumaron así que durante más de una semana ese fue el sazón con los que los degustamos. Lección aprendida. Que de extrañar el sazón de mi amá. Incluso ahorita me comería yo solo esos frijoles ahumados si fuera ella, mi viejecita la que me los sirviera.

Mi apá se fue primero, luego mi viejecita. A veces creo él se la llevó. Así de unidos eran. Siempre de pleito pero no podían estar uno sin el otro.

Esta casa está llena de recuerdos. Llena de mi vida. Llena de lo que fui y soy. Quien sabe quien viva aquí ahora. Ella ahora cobija otras vidas y llegará a formar parte de ellas como en su momento formó parte de nosotros.

Dejo mi casa atrás y sigo avanzando en mi carro. La gente voltea a verme. Igual que antes ahora no reciben muchos desconocidos. Aunque ellos son los que a mí se me hacen desconocidos. Veo caras nuevas, o a lo mejor son las mismas de antes pero ya cambiadas, ya con años encima.

Después de tantos años regreso a ese lugar que para toda la chamacada era mágico: la tienda de Don Cipriano. Chicles, trompos, dulces, canicas, de todo había con Don Cipriano. Era todo un gusto el recibir de mi amá la encomienda de ir a comprar algo con Don Cipriano, bueno, comprar o sacar fiado porque a veces la raya aún no llegaba. “Dile que el viernes le pago”. Y así llegaba uno. “Don Cipriano, quezque dice mi amá si puede mandarle un kilo de manteca y que el viernes le paga”. No recuerdo que Don Cipriano alguna vez nos haya dicho que no. Tal vez el hecho de mis viejos siempre cumplieran su palabra de pago era lo que nos daba crédito. Pero lo realmente emocionante era ver todo lo que Don Cipriano tenía. Mientras nos surtía lo que nos habían mandado comprar uno podía ver por aquí y por acá: muñequitos mal pintados de plástico duro de luchadores famosos, unas pirinolas de madera con lomos multicolores, aquí y allá unos 7


calendarios que incluso seguían ahí ya avanzado mucho el año, frascos de cristal al fondo con los dulces que parecían llamarnos, y en época de fiesta cuetes y cuetones por aquí y por allá.

Que pequeña se me hace ahora la tienda. Parecieran ser dos cuartos de la casa de Don Cipriano que fueron juntados para hacer la tienda. Y las capas de pintura. Una sobre la otra, los mismos colores, promovidos y patrocinados por la misma empresa de refrescos que año tras año le daba este servicio a cambio de poner por fuera en una de sus paredes el logo de sus productos. Y arriba del dintel de la puerta de entrada las letras entrecomilladas Abarrotes Don Cipriano.

La verdad no sé si me encontraré con Don Cipriano, ¿y qué le diré? Capaz y ya no está aquí. Ya era mayor cuando dejé el pueblo. Pero aún dice aquí arriba Abarrotes Don Cipriano. Aunque igual el nombre pudo haber quedado y ahora ser de otras personas. Siento que el corazón me da un vuelco cuando veo alguien que pasa detrás del mostrador. -¡Don Cipriano! –le grito mientras entro en la tienda- ¡Don Cipria…!

De repente me quedo mudo pues un muchacho de unos veinte años voltea a verme como preguntándose quién diablos es este que entra a la tienda dando de gritos. -Buenas tardes –busco compostura-, disculpe, busco a Don Cipriano, ¿todavía es dueño él de esta tienda?

-¿Y de parte de quién o para qué? -me responde el muchacho.

-Soy Bernardo Barreras, viví de niño y de joven en este lugar, cuando crecí me fui a estudiar a la capital y allá me quedé a trabajar. Ando de paso y pensé en saludarlo, ¿todavía es de él la tienda?- respondo. 8


-Don Cipriano es mi abuelo. Ya no atiende el abarrotes. -Me responde el muchacho. -¿Y sabe dónde pudiera verlo? Solo quiero saludarlo. –aclaro.

-A estas horas debe estar atrás, en el huerto- me dice

El huerto de Don Cipriano, solo cuando no asomábamos por la barda de adobe podíamos darnos una idea de lo que ahí había. Limoneros, árboles de naranja, allá al fondo unas palmas de dátiles, uno que otro arbusto de chiltepín, y de vez en cuando, en época de lluvias, calabazas y estropajos por doquier.

-Déjeme preguntar- me dice el muchacho mientras sale por la puerta de atrás.

Me quedo viendo la tienda. Ya no están los futbolitos que había donde pasábamos horas y horas jugando. Ahora hay unas casetas de teléfono. Pero trompos si veo, allá unas máscaras de luchadores, y nuevos productos que de seguro hacen las alegrías de todos los chamacos del lugar cuando sus padres les compran algo.

La caja de madera y cristal donde ponían el pan dulce hecho en casa ha dejado su lugar a los estantes de las tiendas de pan dulce industrial. Con sus empaques brillosos llenos de color no compiten con los cochitos, los elotitos o las conchas cuando con hambre las buscábamos y envueltas en papel café nos las daban.

-Pase por aquí- me dice el muchacho sacándome de mis cavilaciones.

Me levanta la parte del mostrador franqueándome la pasada por donde teníamos vedado. Años después, muchos años después consigo hacer lo que en mi niñez creía imposible: pasar del otro lado del mostrador.

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De reojo veo debajo del mostrador bolsas de arroz, de frijol, así como periódicos viejos y papel para envolver. Cosas ordinarias pero que durante años fueron un secreto para toda la chamacada. -Tata –le dice el muchacho a Don Cipriano- esta es la persona que lo busca.

Don Cipriano está sentado en su mecedora. Se ha quitado el sombrero dejando ver su cabeza ya blanca. Unas gotas de sudor perlan su frente. -Buenas tardes, Don Cipriano –saludo. -Cómo has crecido, Bernardito, ¿o debería llamarte Bernardo? –dice Don Cipriano sin abrir los ojos. -Pero si no me ha visto –le dijo. -No necesito verte –me aclara él- tu voz ya no es la de ese niño que venía a mi tienda a ver si le dejaba barrer a cambio de pagarle con un piloncillo.

Me ruborizo al recordar eso. Yo, ahora independiente, a quien todos recurren y llaman Sr. Barreras, enfrentado a un pasado donde no tenía nada que ofrecer salvo una barrida a cambio de un dulce. -Anda, siéntate –me dice Don Cipriano señalándome una silla. -¿Le traigo algo? –pregunta el muchacho haciéndome ver que aún está ahí con nosotros. -Tráele leche bronca y una concha –dice Don Cipriano todavía con los ojos cerrados-, que yo recuerde eso te fascinaba.

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-Leche y pan está bien –respondo y el muchacho se retira.

Don Cipriano abre los ojos y me mira. La misma mirada, solo que ahora más benévola, cansada pero con ese brillo pícaro de niño descubierto en travesura. -¿Y qué has hecho Bernardo? –me pregunta.

Durante cinco, diez minutos les resumo 20 años de mi vida. Don Cipriano me presta atención y asiente de vez en cuando como para hacerme ver que está siguiendo lo que le digo. La llegada de su nieto con la leche y el pan interrumpe mi perorata. -Gracias –digo- y acto seguido hago algo que hace mucho no hacía: oler la leche. En la ciudad solo tenemos leche industrial, muy rebajada con agua, pero esta leche, leche bronca, huele a mantequilla, huele a pueblo, huele a historia. Aspiro profundamente y es como si toda mi niñez pasara por mis narices. Cuando abro los ojos Don Cipriano me ve con esos ojos que parecen sonreír. -Me da gusto todo lo que has logrado, Bernardo –me dice como tomando ahora él la palabra para darme tiempo de probar el pan y saborear la leche-, yo creía ya no volverías por estos rumbos pero que bueno verte, ¿y qué andas haciendo?

Directa la pregunta, tan directa que no la espero y me atraganto con el pan que me estaba comiendo. ¿Por dónde empiezo?- pienso. Y ese pensamiento me lleva a mi adolescencia, a los juegos, al mundo desenfadado y sin problemas de ser joven, y a ese encuentro con Don Cipriano que me cambió la vida.

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2.-Abarrotes “Don Cipriano”

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No creo de chamaco haber tenido mejores momentos que los que diariamente disfrutaba al salir de secundaria. Pareciera que las clases era el precio que como estudiantes teníamos que pagar para poder luego de ellas desembrazarnos de los cuadernos tirando la mochila bajo algún árbol para echarnos un partidito de futbol con los amigos o simplemente para chupar uno de los raspados que en bolsas de plástico nos vendían a la salida.

De todos esos momentos aquel que se llevaba las palmas era cuando alguno de la palomilla traía dinero y nos íbamos con Don Cipriano a comprar. Cuando no eran panes dulces eran cuerdas para nuestros trompos o canicas para completar las que casi de rigor se nos iban perdiendo.

El tropel de chamacos que anegaban la tienda de Don Cipriano hacían de un vendaval una leve brizan. Todos querían hablar, opinar y pedir se les atendiera. Don Cipriano haciendo gala de paciencia les iba mostrando uno a uno lo que le pedían. Seguro estoy que de cien cosas que nos mostrara finalmente compraríamos una pero aun así hacía honor a su papel de tendero con paciencia y solicitud.

Cuando iba a clases, muy tempranito, pasaba por la tienda de Don Cipriano. La primera imagen que se me viene a la mente es olfativa ya que para cuando yo pasaba por ahí Don Cipriano ya se había levantado y había regado la calle de enfrente que aún no estaba pavimentada para que no se levantara polvo. Nunca entendí el porqué de esto ya que a la media hora, cuando el sol estaba alto, el agua que había regado se había secado y el polvo de la avenida estaba a todo lo que daba. El otro riego era en la tarde.

Cuando de tarde noche mi amá me mandaba a comprar algo para la cena a que Don Cipriano era muy común que me lo encontrara afuera sentado en su mecedora. Una poltrona de fierro cocida con multicolores tiras de plástico que la

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hacían de lo más cómoda, y para rematar una almohada para hacer del sentarse todavía una mejor experiencia.

Esa era la tienda de Don Cipriano. Un lugar al que siempre queríamos ir, excepto esa tarde cuando Luis Carlos, mi mejor amigo de secundaria, me propuso lo que no solo era un tabú sino algo estrictamente prohibido: irle a comprar unos cigarros a Don Cipriano. Yo de inicio no estuve de acuerdo. Sí tenía curiosidad, esa curiosidad que hace que de jóvenes hagamos cada trastada, pero esa curiosidad era refrenada cuando a mi mente venía el adusto rostro de mi apá. Ni imaginarme me abordara ahora por andar yo fumando. Pero Luis Carlos me insistió y fui con la condición de solo acompañarlo pero aclarando que yo no fumaría.

Llegamos con Don Cipriano y entrando vimos para ver si había ahí más gente. Luego nos pusimos a ver por aquí y por allá. Don Cipriano ya se sabía ese recorrido donde veíamos toda la tienda y al final llegábamos al mostrador donde terminábamos pidiendo lo que habíamos ido a comprar. El recorrido de la puerta al mostrador incluso con ese rodeo nunca se me había hecho tan largo. Cuando por fin llegamos yo sentía que el corazón se me salía por la boca. Un cigarro suelto –dijo Luis Carlos a Don Cipriano. ¿Es para tu papá? –preguntó Don Cipriano. Si –contesto Luis Carlos con un tono de voz menor que el anterior que delataba que eso no era verdad.

Pues dile que venga él, -replicó Don Cipriano- no puedo venderles cigarros a menores. Es que está ocupado –reviró Luis Carlos.

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Entonces Don Cipriano hizo algo que no esperábamos. Con una mano agarró el cigarro y con la otra su sombrero saliendo de detrás del mostrador hasta donde estábamos. -Vamos –dijo. -¿A dónde? –preguntó Luis Carlos. -Con tu papá –respondió Don Cipriano-, yo mismo le llevaré su cigarro. -Ya no lo quiero –dijo Luis Carlos. -¿Cómo que ya no lo quieres? –replicó Don Cipriano-, ¿era para ti o para tu papá?

El silencio de Luis Carlos lo delataba. -Por esta vez no le dirá nada a tu papá, pero esto –dijo Don Cipriano mostrando el cigarro- no es algo que les haga bien o que los haga importante, al contrario, les hace daño y los hace ver como tontos. Aprovechen su tiempo de jóvenes, no lo desperdicien en tonterías de adultos como esta, ¿por qué no mejor estudian, juegan o trabajan? Ya tienen edad para andar en algún que otro trabajo, por ejemplo ahora que vienen las pizcas de sandía. -Es que somos de la generación Ni-Ni –contestó Luis Carlos en un arranque de insolencia. -¿Generación Ni-Ni? –preguntó Don Cipriano -Si –aclaró Luis Carlos-, ni estudiamos y ni trabajamos.

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El aire con el que respondió Luis Carlos le daba cierto orgullo a su respuesta, como si se sintiera satisfecho no solo de lo que decía sino de haberse animado a decírselo a quien se lo decía. -Ustedes no son parte de la Generación Ni-Ni –aclaró Don Cipriano-, sin más bien parte de la Generación Ni-Ni-Ni. -Como sea –dijo Luis Carlos dando la vuelta y encaminándose a su casa.

Yo me quedé un rato viendo a Don Cipriano sin entender por qué había usado tres “Ni” en vez de dos. Finalmente me di la vuelta y alcance a Luis Carlos. Cuando lo alcancé me volteé para ver si ya se había ido Don Cipriano, para mi sorpresa seguía de pie viéndonos. Era como si esperara algo, no sé qué. Pero esa tarde y el resto de la noche me quedé pensando qué había querido decir.

Finalmente me enteré al día siguiente que Luis Carlos se había salido con la suya al robarle un cigarro a su papá y fumárselo en el patio de su casa, acto que le había costado una azotaina con varas de piocha por parte de su jefe cuando éste llegó y se enteró. Con lo que no contaba Luis Carlos era con que tirar el cigarro una vez fumado no hace que el aroma con el que uno se ha impregnado lo deje. Saliendo de la escuela los tres “Ni” me seguían dando vuelta por la cabeza. Así que aduciendo deberes en mi casa no me quedé a jugar después de clases y me dirigí a la tienda de Cipriano.

A punto estuve una vez que la divisé de dar media vuelta e irme. Todavía me apenaba el evento del día anterior, pero Don Cipriano estaba afuera, cosa rara en él a esa hora y al divisarme me saludó inclinando la cabeza. -Buenas Don Cipriano –saludé

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-Buenas tardes, Bernardito –me correspondió haciendo hincapié con su tono en la palabra tardes como para hacerme ver lo mocho de mi saludo. -Oiga Don Cipriano –continué-, quería decirle que yo solo estaba acompañando a Luis Carlos, a mí no me gustaba esa idea pero como amigo de él vine. Yo no tenía pensado fumar para nada. -Ah –fue toda respuesta de Don Cipriano-, está bien.

Nos quedamos viendo un rato. -¿No le han llegado nuevos trompos, Don Cipriano? –pregunté cómo tratando de romper el hielo. -Ahí me llegaron algunos hoy en la mañana –me respondió-, si quieres verlos están entrando a la derecha.

Entré y me puse a verlos. Don Cipriano se pasó del otro lado del mostrador como siempre hacía cuando un cliente entraba a su tienda. -Están muy bonitos –dije.

Don Cipriano asintió con la cabeza y dejando de verlos tomó un trapo y se puso a limpiar el mostrador de madera. Si no lo limpiaba unas cien veces al día yo creo que no lo limpiaba ni una, Ya de los bordes se veía que la pintura verde subido se había caído pero él seguía limpie que limpie.

-Oiga Don Cipriano, ayer usted mencionó la Generación Ni-Ni-Ni, pero de la que nos han hablado es de la Generación Ni-Ni, que ni estudia ni trabaja, no de la Generación Ni-Ni-Ni.

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-Ajá –contestó escuetamente Don Cipriano. -¿A qué se refería? –terminé preguntando sabedor de que si no era directo en mis cuestionamientos podíamos estar toda la tarde dándoles vuelta.

Don Cipriano terminó de limpiar la ya de por sí madera del mostrador como dándose tiempo para pensar la respuesta. Todavía se dio tiempo de sacudir el trapo y de ponerlo a un lado. Y no fue sino hasta entonces que respondió, no como yo quería pero respondió. -Los domingos cierro a las seis –me dijo aclarando algo que yo ya sabía pues cuando en domingo algo se nos ofrecía de su tienda después de las cinco teníamos que tocar en su casa para solicitárselo-, date una vuelta por la casa, con permiso de tus papás, claro, y con gusto te aclaro el punto. -¿Y por qué no me dice ahorita? –le pregunté con esa impaciencia a la que ya debería estar acostumbrado. -Domingo a las seis –me contestó dando por zanjada cualquier discusión.

Me retiré de ahí pensando en dejar ya todo el tema por la paz y dedicarme a lo mío: estudiar, jugar y ayudar en casa. No sabía que esa simple pregunta devengaría en una lección de vida que me cambiaría.

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3.-Primer “Ni”

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El domingo me levanté tarde. Tarde era para mí a eso de las 8 pues todos los días me levantaba mucho más temprano. Tenía que desvelarme mucho, como en las fiestas del pueblo, para poder levantarme más tarde. Además y aunque quisiera mis viejos siempre fueron muy madrugadores, antes que saliera el sol ya estaban de pie haciendo café y preparando el desayuno. Había veces en que me despertaban sus pláticas y me quedaba dormido de nuevo solo para despertar más al rato, cuando ya había luz de día y verlos todavía trajinando. Así eran mis viejos.

Me desperté a las ocho. Me alisté. Me desayuné y simplemente dejé que transcurriera el domingo. Amigos fueron y vinieron y muchos juegos aparecieron. Pero conforme avanzaba el día mi cita de las seis no dejaba de estar presente. ¿Y si no voy? –pensé-, total, ni modo que me diga algo.

Pero ni los trompos, ni las canicas, ni el futbol lograron apartar de mi mente la cita que a las seis tenía.

Llegada la hora me encaminé con Don Cipriano. La tarde comenzaba a caer. Los animales que a veces andaban por las calles del pueblo, chivos, gallinas con sus pollitos y uno que otro perro, ya habían recalado a sus hogares disponiéndose a la llegada de la noche. También el pueblo se veía más tranquilo, más calmado, con ese ambiente de domingo que cada semana por la tarde lo anegaba. -¡Don Cipriano! –llamé a la puerta de la tienda-, ¡Don Cipriano! -¡Acá atrás, Bernardo! –la voz llegó de la casa de Don Cipriano por lo que tuve que rodear la tienda para cruza la barda que divide los lotos y entrar a la huerta de Don Cipriano.

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Esta huerta solo la habíamos visto cuando nos habíamos asomado por la barda, pero nunca habíamos entrado en ella. Las veces que una pelota se nos volaba para la huerta y le íbamos a decir a Don Cipriano siempre nos decía que lo esperáramos mientras él iba por lo perdido y nos lo traía.

Los árboles en su mayoría frutales cubrían gran parte de le huerta. Aquí y allá había unos claros donde hojas de rábanos o zanahorias se asomaban de la tierra delatando su presencia. En uno de esos claros Don Cipriano estaba de rodillas removiendo la tierra.

-Pásame esa bolsa, Bernardo- me dijo. Ya eran dos veces que me había dicho Bernardo. No estaba acostumbrado pues siempre me decía Bernardito. Si bien no me incomodaba me hacía sentir mucho muy mayor, casi ya como un señor. -¿Qué hace? –pregunté. -Sembraré unos tomates –me contestó-. Mira, ¿ves como aquí comienza esta sombra? Pues este lugar es ideal para el sol no me vaya a quemar los tomates, cuando esté en alto estos árboles harán sombra para protegerlos.

La explicación me pareció interesante, pero más la manera en que Don Cipriano me la daba. Parecía se sintiera orgulloso de lo que hacía y de las formas en que según él ideaba para que todo le saliera como esperaba. -Oiga –continué-, vine por lo de los tres Ni que mencionó. -Mira –me dijo-, ¿ves aquellas ramitas que están allá? Es cilantro. Ese debe estar sembrado todavía donde hay más sombra pues es más delicado que el tomate.

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No entendí por qué no contestaba lo que le decía respecto de los tres Ni. Hasta creía se estaba divirtiendo conmigo. ¿A quién le importaban unos tomates o unos cilantros? Yo había venido, tal como acordamos, a hablar del tema de los tres Ni. -Yo conozco dos Ni –continué hablando como él lo hizo sin responder a lo que me había dicho-, Ni Estudio, Ni Trabajo, pero usted mencionó tres Ni, ¿a qué se refería? -¿Quieres limonada? –me preguntó-, la acabo de preparar. -No sé si me quede mucho tiempo –le dije como para apurar la respuesta que esperaba-, verá tengo tarea que hacer…

La verdad que Don Cipriano ni me dejó terminar. Vació limonada de la jarra con hielos donde la tenía y me ofreció un vaso. No puedo negar que tenía algo de sed, además de que se me antojaba la limonada. Así que apuré el trago y esperé fuera él quien retomara el tema. -Vamos a sentarnos un momento –me dijo señalando unas mecedoras que estaban en el porche-, ¿si tienes tiempo para sentarte?

La pregunta me sonó a burla y pensé en mi excusa de la tarea. Que ridículo debo haber sonado. Por toda respuesta acompañé a Don Cipriano hasta donde estaban las mecedoras sentándonos en ella. Él en la suya y yo en la otra. ¿Qué cómo sé que la que él uso era la suya? Porque se veía preparada para él, tenía su almohadilla, su cojín mullido, que hacía más agradable descansar en ella. -Los Ni que mencionas –dijo de repente sin más ni más-, esos de Ni Estudio, Ni Trabajo, no son una causa sino un efecto.

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La pausa que hizo me dio la impresión era para cerciorarse no solo de tener mi atención sino de que estaba captando y entendiendo lo que me decía.

-¿Cómo es eso Don Cipriano? -Mira –respondió-, cuando tú vas al médico, aunque generalmente decimos “tengo calentura, tengo basca, o tengo chorro” en realidad tú no tienes eso, una vez que el médico te ha hecho los análisis correspondientes te dice lo que en realidad tienes, es así que correctamente uno debería decir “tengo una infección, tengo una congestión, tengo una intoxicación” o lo que fuera. Lo primero eran las consecuencias de lo segundo, pero comúnmente lo mencionamos como si eso fuera más bien la causa.

Me quedé pensando en la razón que tenía en la forma que planteaba esa ideas. -Igual pasa con los dos Ni-Ni que mencionamos –continuó-, ese Ni Estudio, Ni Trabajo no es una causa sino una consecuencia. Desafortunadamente, igual que los ejemplos anteriores, muchos lo ven como una causa y se ponen a trabajar para erradicarlo pero si no atacas la causa los efectos no cesan. Es como si, tomando de nuevo los ejemplos anteriores, el médico en vez de atacar la infección te diera una medicina solo para bajar la calentura, como que no te serviría de mucho, ¿verdad? Igual aquí, esos dos Ni-Ni que señalo son efectos, no deben tratarse como si fueran las causas y tratar de erradicarlos por sí mismos, sino como efectos de una cadena de situaciones que debemos identificar. -¿Y aquí es dónde entran sus tres Ni? –dije -Si –me contestó-, pero no son míos, cuando mucho es una idea a la que he llegado, si estás de acuerdo con ella esa idea se volverá tuya, pero eso es lo de menos, así es, me refiero como causa de los dos Ni que conocemos los tres Ni que yo propongo. 27


-¿Y cuáles son esos tres Ni, Don Cipriano? –pregunté ya con ganas de que me dijera. -El primero es Ni Quiero –me dijo así de sopetón. -¿Ni Quiero? –repetí. -Así es –respondió. -¿Y a qué se refiere? –pregunté. -Antes de decirte a qué se refiere déjame contarte una breve historia –me dijo-. Sin decirte de quien hablo te comento que esta persona tuvo una vida un poco interesante, según yo. A ver si tú también estás de acuerdo. Aunque desde muy joven comenzó a batallar pues perdió a su madre de niño y tuvo que trabajar, lo más interesante comienza cuando ya es un joven y busca abrirse paso en la vida. ¿Cuáles fueron los resultados de ese buscar abrirse paso en la vida? Pues bien, a los 22 años esta persona de la que te hablo fracasó en los negocios, a los 23 fue derrotado en su intento de ser legislador, porque has de saber le gustaba la política, a los 24 de plano cayó en bancarrota, a los 25 de nuevo fue derrotado en su intento de ser legislador, a los 26 pierde a su novia lo cual le ocasionó un período de depresión, a los 27 sufre una crisis nerviosa que lo llevó a estar en tratamiento, a los 29 es derrotado en su intento de ser representante, otro cargo político, a los 31 no fue electo para formar parte de lo que en se entonces se conocía como Colegio Electoral, el cual era otro puesto político, a los 34 sale derrotado en las elecciones al Congreso, a los 37 de nuevo es derrotado en las elecciones al Congreso, a los 39 ¡de nuevo es derrotado en las elecciones al Congreso!, a los 45 es derrotado, ahora en su intento de llegar al Senado, a los 47 no logra que su partido lo postulara para Vicepresidente, a los 49 años es

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derrotado de nuevo en su intento por llegar al Senado, por fin, a la edad de 51 años, llega a ser Presidente de su país, ¿sabes de quien hablo? -Ni idea, Don Cipriano –contesté sabiendo que él me daría la respuesta.

-Pues de Abraham Lincoln, uno de los Presidentes más emblemáticos de Estados Unidos, quien no solo logró mantener la unión ante la Guerra Civil que enfrentó sino conceder a todos sus habitantes, sobre todos los esclavos, el reconocimiento legal del mayor tesoro que puede tener un hombre o mujer en esta tierra: su libertad.

Don Cipriano se quedó callado como dándome tiempo de asimilar lo que me había dicho. -Imagínate –continuó- alguien con ese historial de derrotas y fracasos. Realmente creo que sería muy lógico y natural que a las primeras de cambios hubiera abandonado todo deseo de seguir, pero no, él siguió y siguió y siguió hasta que lo logró. -¿Y esto qué tiene que ver con el Ni Quiero? –pregunté. -Lo primero que uno debe tener –me contestó Don Cipriano-, es la firme convicción de querer algo, sino todo lo demás estará en el aire. Si no quieres algo, cómo dicen por ahí, es cómo construir sobre la arena, viene el agua y se lleva lo que hayas construido. Querer algo nos da raíces, nos da soporte, nos da la fortaleza para cuando vienen los embates que tarde que temprano llegaran en la vida. -Pero eso no tiene mucho chiste ya que todos queremos algo –le dije como queriendo corregir su premisa, o más bien justificar la mía.

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-No es así, Bernardo –me dijo con una seguridad que me calló la boca-. Cuando veo gente como tú dices, sin estudiar, sin trabajar, o peor aún, que comienzan en los vicios, en los malos pasos como decimos, digo y sostengo que en realidad no quieren nada, o al menos no lo que están tratando de conseguir. -No entiendo –le dije. -Pensemos en tu amigo –me comenzó a explicar-, el de los cigarros del otro día, dime ¿qué crees que quisiese él con eso de fumar? -Pues, tal vez –pensé un poco mis palabras tratando de ajustarlas a lo que alguien mayor quisiera escuchar- dársela de importante o sentirse ya grande. -¡Ahí está! –dijo Don Cipriano adelantándose en su silla. -¿Ahí está qué Don Cipriano? –pregunté.

-Que lo que buscaba no es lo que iba a obtener, ¡el primer Ni: Ni Quiero! -Sigo sin entender, Don Cipriano –le dije.

-Iniciarse en la fumada no trae eso que tú dijiste, él tal vez lo crea, pero la fumada, así como cualquier otro vicio, solo trae daños a la salud y a tu bolsillo. Te ¿pregunto, qué respondería tu amigo si le preguntáramos si quisiera tener problemas de salud o prácticamente quemar su dinero? -Pues nos iba a decir que no –contesté. -¡Exacto! –me dijo -, pero en realidad eso es lo que va a obtener con iniciarse en la fumada. Igual para cualquier otra cosa. Siempre hay que ver lo que hacemos en el sentido completo de nuestra vida, con una visión de más largo plazo, no con los 30


resultados de corto plazo que se buscan. ¿Recuerdas eso de que “no han a los demás lo que no quieran que les hagan”? -Si –respondí. -Pues se refiere precisamente a eso –me dijo-. Por ejemplo, alguien que roba, que miente, que insulta, ¿no has visto como se pone cuando le pasa lo mismo? -Pues no le gusta –dije. -En efecto –siguió Don Cipriano-, luego entonces si no les gusta, si no lo aceptan, si lo ven mal cuando a ellos les pasa, ¿por qué lo hacen?

Me quedé callado tratando de encontrar una respuesta.

-¡Pues porque no se hacen la pregunta de lo que quieren desde un punto de vista total, de su vida, de todo lo que es la existencia! –me dijo emocionado Don Cipriano-. ¿Quieres enfermarte, quieres perder dinero, quieres sufrir?, esas son las preguntas completas, totales, vitales que debemos hacernos. Pero no todo queda en uno, ¿quieres ver tu pueblo sucio, las calles con basura, el agua y el aire contaminado?, ¿no?, pues entonces nuestro actuar debe estar congruente con eso que queremos. De ahí el primer Ni: Ni Quiero.

Seguí callado tratando de asimilar todo.

-Cuando alguien adopta la actitud esa de Ni Quiero es cuando comienzan los problemas, para él y para los demás. Pero cuando alguien SI Quiere, así: completo, total, vital, no puede menos que mostrar con su vida un verdadero ejemplo de lo que uno puede llegar ser. Como el de Lincoln que vimos ahorita, lo que el realmente no quería era el fracaso, el no intentarlo, el tirar la toalla, eso era lo que el realmente no quería, no podemos decir que lo que no quería era sufrir, 31


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batallar, padecer, no, la cosa no está bien planteada así, él lo que no quería es pasar por esta vida sin haber intentado todo por lograr todo aquello que quería aunque eso le significase experimentar angustias o penas, ¡ese es el verdadero Ni que deberíamos tener en la vida: Ni Quiero, pero Ni Quiero fracasar, Ni Quiero ser mediocre, Ni Quiero una vida de vicios, Ni Quiero un mundo cada vez peor!, ¿o tú si quisieras todo eso Bernardo?

-Pues no- finalmente respondí. -Así el primer Ni que debe atacarse es ese Ni Quiero –dijo Don Cipriano.

Hubo una pausa que Don Cipriano aprovechó para llenarse el vaso de limonada y llenarme el mío. Yo seguía callado pues veía lo contundente de su argumentación así como las veces en que ese Ni Quiero era lo que había controlado mi vida. -Uno no está solo en esta pelea –Don Cipriano rompió el silencio-. Siempre hay alguien con nosotros. En el caso de Abraham Lincoln fue su madre. Él mismo reconoció que todo lo que había logrado llegar a ser se lo debía a la actitud solícita de su madre.

Pensé en mi mamá. -Gente como Abraham Lincoln –siguió diciendo Don Cipriano-, es gente que llega a la cima, pero que no se jacta de eso si no que nos motiva a que nosotros también nos animemos a subir, ¿sabes por qué?, pues porque una vez que ellos llegan a la cima se dan cuenta que ese es realmente nuestro lugar natural, no las bajezas o mediocridades que a veces nos tragamos.

Don Cipriano hizo una pausa y bebió otro sorbo de su limonada.

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-Gente como esa nos arenga de muchas formas –continuó-, una de esas es con las frases o pensamientos que engloban mucha de la sabiduría que han adquirido. Abraham Lincoln tiene muchas frases, pero la que más me gusta dice “casi todas las personas son tan felices como deciden serlo”.

Don Cipriano hizo otra pausa. -“Tan felices como deciden serlo” –repitió recalcando el “deciden”.- Ese “deciden” tiene que ver con el querer.

Quedamos en silencio un momento. -Bueno –dijo Don Cipriano poniéndose de pie-, gracias por la visita Bernardo.

De principio no reaccioné hasta que me díe cuenta que era su forma sutil de despedirme. -¿Y los otros dos Ni, Don Cipriano? –pregunté.

-Calma, Bernardo, calma -me dijo-, ahí seguirán para cuando volvamos a platicar. El otro domingo aquí te espero.

No tenía mucho para donde hacerme. Empiné el vaso para tomar la poca limonada que aún tenía y despidiéndome de Don Cipriano me encaminé a mi casa. La tarde caía sobre el pueblo. Ya la luz iba cediendo paso a la noche. Algunos focos en los porches de las casa comenzaban a prenderse, no tardaría en seguirlo los focos de los postes que con una luz amarillentas alumbraban las calles.

Esa tarde pensé y repensé en lo que Don Cipriano me había dicho y al acostarme deseé que al despertar ya fuera domingo. 34


4.-Segundo “Ni”

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La semana se me fue como agua, pero congelada por lo lenta. Juegos, estudios, mandados y uno que otro trabajito en la casa, como ese de pintar la barda de atrás que ya estaba toda descarapelada. La escuela llena de amigos, clases y bromas. La casa llena de disciplina, respeto pero también calidez. Y la vida siguiendo su curso como si no tuviera prisa y con las ganas de que fuera domingo para ir con Don Cipriano.

Una vez me tocó ir a su tienda entre semana. Mi amá me mando por unos birotes para hacer unos molletes. Don Cipriano siempre tenía pan recién hecho y con un sabor delicioso, más con hambre como la que me agarraba después de todo un día de trabajo, estudio y diversión.

Fui a su tienda y le pedí el pan. Sin prisa como era su costumbre agarró las pinzas con sus pinzas y las deposito en la bolsa de papel café que era característica para entregar el pan. Me dijo el total, aunque yo ya lo sabía pues la caja de madera con cristal donde se exhibía el pan claramente decía el precio de cada uno, desde el virote hasta los panes dulces como los cochitos o los elotitos. Pagué y salí.

En todo momento esperé que de él saliera algún comentario, sea de lo que habíamos hablado el domingo pasado o bien de la cita del próximo domingo para seguir con la platicada, pero nada. Y la verdad a mí me dio pena preguntar, después de todo Don Cipriano había sido muy claro en que seguiríamos con la plática el domingo siguiente.

Por fin se llegó el día en que tenía que ir de nuevo con Don Cipriano.

Ya no toqué en la tienda. Directo me fui al patio desde donde podía uno ir a la huerta que Don Cipriano tenía. -Buen día, Don Cipriano –saludé.

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-Buen día, Bernardo –Don Cipriano me devolvió el saludo levantando la mirada de la tierra que removía hincado. Quitándose el sombrero de palma que lo protegía del sol, y que lo hacía ver muy distinto de cuando uno iba a su tienda, se limpió el sudor de la frente y se incorporó.

Caminando hacia al porche de su casa lo seguí. -¿Cómo va lo que está sembrando? –le dije tratando mostrarme interesado en su trabajo. -Ahí va –me contestó Don Cipriano, -como todo requiere de constancia y disciplina.

Esto último lo sentí como dirigido a mí. No sé por qué pero cuando los adultos hablan de cosas serias y de cómo debería ser la vida las siento como regañinas hacia mí.

-¿Y estas matas? -pregunté señalando un montón que estaba ahí y que se notaba habían sido arrancadas. -¿Tú como las ves? –me preguntó Don Cipriano.

-Pues estas como que son yerbas, pero estas sí son de lo que siembra, ¿qué no? –señalé. -Así es, Bernardo –me aclaró-, es igual que en la vida. Mira, estas matas son maleza, no sirve, es claramente identificable así que lo único que uno tiene que hacer es arrancarla para que no vaya a afectar al resto de lo sembrado. Esta otra es más problemática pues, en efecto, se trata de plantas que sí son de lo sembrado, pero que si las ves bien no sirven: están muy pequeñas, se llenaron de plaga, no tienen fuerza o resistencia, en fin, no van a servir, pero si le van a quitar 37


agua y espacio al resto de la siembra. Estas últimas son aquellas cosas que uno no ve muy, muy mal en la vida, pero que tampoco son cosas buenas, y que por lo mismo las va dejando, dejando hasta que nos han robado el agua y el espacio necesario para crecer.

Me quedé callado más que pensando en lo que me dijo, pensando en lo que me quería decir. Como ya he dicho: siempre creía que todo era una regañina de los adultos para mí.

-Ven -me dijo Don Cipriano sacándome de mis cavilaciones-, vamos a sentarnos en el porche.

Ya tenía la limonada preparada. La jarra de vidrio dejaba caer de vez en cuando alguna de las gotas que se habían condensado en el exterior de la misma señalando el estado de frescura de su contenido. Para nosotros dos se había dispuesto de sendos vasos en espera de ser llenado y vaciados al calor de la conversación. -¿Dónde nos quedamos? –me pregunto Don Cipriano más cómo provocación que como pregunta en sí pues si algo tenía él era esa mente ágil y lúcida que yo envidiaba.

-Apenas me platico del primer Ni, -le respondí- Ni Quiero.

-Ah -dijo-, ¿y quieres hablemos del segundo? -Si quiero –respondí cayendo tardíamente en cuenta de la trampa y del juego de palabras entre el Ni Quiero y el Si Quiero. -Bien, bien –dijo Don Cipriano retomando el hilo de la plática como si no hubiera una semana de por medio entre el primer Ni y el que ahora comentaría-. El primer 38


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Ni, como te dije es el Ni Quiero, ese es el primer Ni a vencer, pero conforme los vas venciendo te enfrentas a otros Ni cada vez más poderosos, poderosos como obstáculos para tu vida. Mira, como los juegos esos de video que tienes: pasas de nivel pero en el siguiente la dificultad se incrementa.

Pensé en dos que tres juegos de video que no había terminado por lo mismo. -Supongamos –continuó Don Cipriano- que superas ese primer Ni, que decides que en en efecto Sí Quieres, como ahorita que me dijiste sí querías cuando te pregunte sobre continuar nuestra plática. Entonces aparecerá el segundo Ni: Ni Puedo.

Se detuvo un momento para ver si lo estaba siguiendo en la conversación.

-Ni Puedo- dije como para señalarle que sí estaba prestando atención. -Así es –reiteró-: Ni Puedo.

Tomó un poco de su limonada y caí en cuenta de que no había probado la mía. Me empiné el primer trago. Era dulce, sin ser empalagosa y estaba fresca sin llegar a ese frío molesto con que a veces sirven algunas bebidas.

-Este Ni-continuó Don Cipriano- es más fuerte que el anterior. -¿Y eso por qué Don Cipriano? –pregunté cómo tratando de impeler que apresurara el paso en la explicación.

-Pues porque el primer Ni, el Ni Quiero, es una cuestión de deseo, de motivación, a lo mejor no quieres algo pero igual si te convences pues puedes llegar a sí quererlo. Como la gente que no quiere comer bien pero lee un poco, se entera de lo que es una buena salud basada en una buena alimentación, y va cambiando 40


sus pensamientos hasta llegar el momento de sí querer alimentarse correctamente. Igual podríamos decir alguien con un vicio, solo que aquí al revés: el que no quiere de inicio dejar un vicio puede ir cayendo en cuenta de los perjuicios del mismo hasta llegar el punto de sí querer dejarlo. -¿Y el Ni Puedo, Don Cipriano? –volví a preguntar. -¡Ah! –dijo, ese es peor pues nos hace creer que hay factores ajenos a nosotros mismos que aunque ya sí queramos no podemos remontar por lo que nos quedamos aquí atorados. Mira, pensemos en alguien con una discapacidad, por ejemplo alguien que no vea. Esa persona seguro estoy sí quisiera ver, pero la verdad es que no puede, tiene un problema físico que por más que quiera no se revertirá. -¿Entonces este segundo Ni es real? –pregunté. -Mira Bernardo –me respondió-, hay muchas cosas que no podemos cambiar, pero en lo que respecta a nuestra vida son pocas las que de plano nos detienen para ser y hacer lo que queramos. Lo importante es saber diferencia e incluso esas que no podemos cambiar no usarlas de pretextos para quedarnos postrados como si en realidad no pudiéramos. -Peor sí habrá cosas que de plano no podamos cambiar, ¿qué no? –pregunté. -Yo nunca dije cambiar –aclaró Don Cipriano-, claramente te dije que lo importante es no dejar que incluso esas cosas que no podamos cambiar sean las que decidan nuestra vida. Es cuestión de voluntad.

Me quedé callado pensando.

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-Mira –continuó Don Cipriano-, deja te platico de alguien y tú me dices, respecto de este segundo Ni, qué opinas.

Asentí con la cabeza. -Imagina a alguien –comenzó a platicar-, una mujer, pero imagínala bebé, niñita. Una niñita muy bonita, pero mejor aún: muy sana. La alegría de sus padres. Ahora imagina que esta niñita a los dos años se enferma de tal forma que le vienen secuelas una vez que le pasa la enfermedad al grado de dejarla ciega y sorda.

Seguía yo la conversación. -Mira –dijo Don Cipriano-, cierra tus ojos y tápate los oídos unos segundos.

Hice como dijo. El sentido de aislamiento era total. De una visión rica en color que había tenido frente al huerto de Don Cipriano había pasado a una oscuridad que no mostraba nada, para acabarla de amolar los sonidos que antes entraban a mi cabeza no solo de lo que Don Cipriano decía sino a lo lejos de los carros que pasaban, de algún que otro animal que cacareaba o mugía y de las hojas de los árboles meciéndose bajo el viento de la tarde, había pasado al silencio absoluto, solo un zumbido propio de cuando uno se tapa ambos oídos era lo que ahora reinaba. -¿Qué tal? –me preguntó Don Cipriano una vez que abrí de nuevo los ojos y me destapé los oídos. -Oscuridad y silencio –le respondí. -Bueno –siguió hablando Don Cipriano-, dime tú que crees le pasara a alguien así, a una niñita que a los dos años se quedara ciega y sorda, ¿qué fuera de su vida?

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-Supongo me va a dar un ejemplo de vida –le dije-, pero la verdad no me imagino como alguien así pueda hacer algo en la vida. Tal vez con educación especial aprender a relacionarse con los demás y de una manera muy limitada, pero hasta ahí. -Bueno –dijo Don Cipriano tomando un poco de su limonada-, y si te dijera que esta persona sí existió, que no solo estudió primaria, secundaria y preparatoria sino incluso que se graduó en artes en la universidad ¡y con honores!

Estaba asombrado. -Pero eso no es todo –continuó Don Cipriano viendo mi asombro-, que además fue oradora, sí, así es: oradora, activista de derechos civiles e incluso escritora llegando a escribir 14 libros.

Simplemente no lo podía creer. -¿De quién se trata? –pregunté -Helen Keller –me contestó-, quien vivió de 1880 a 1968 en Estados Unidos.

De inmediato recordé un escrito que sobre ella venía en mi libro de primaria. Con todo y todo Don Cipriano me había dicho cosas que desconocía de ella y que me asombraban bastante: graduada con honores, oradora, activista y escritora. -¿Tú crees –me preguntó Don Cipriano- que si Helen Keller hubiera dicho “sí, sí quiero pero mírenme: no puedo” la hubiéramos juzgado muy duro o más bien la hubiéramos comprendido e incluso hasta dado la razón? -Lo segundo Don Cipriano –le contesté-, lo segundo: le hubiéramos dado la razón.

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-Así es –me dijo Don Cipriano-, la diferencia es que ella no dejó que sus limitaciones realmente las limitaran.

Hizo una pausa.

-Ahora piensa en todos aquellos que conoces y que tras un Ni Puedo cómodamente se esconden dejando que la vida se les vaya de la mano.

Seguía yo pensando en Hellen Keller. Con todas sus limitaciones salió adelante y yo a veces dejaba sin hacer la tarea porque simplemente no había tenido tiempo, no le había entendido, en otras palabras no había podido. Ni Puedo.

-¿Ves por qué te dije que este Ni Puedo era más fuerte que el primero, el Ni Quiero? –me preguntó Don Cipriano y sin darme tiempo para responder se respondió-. Este Ni Puedo es más cómodo pues le achaca la responsabilidad de nuestro no hacer a factores que según nosotros son infranqueables y así nos facilita el no hacer nada pues transferimos la responsabilidad a algo que nos somos nosotros por lo que ni siquiera nos sentimos mal por ello, después de todo cuando no se puede no se puede, ¿verdad?

Me quedé pensando en todos esos casos de gente con vicios, con problemas, con todo en contra que tras un Ni Puedo se habían quedado tiradas a la orilla del camino que era su vida: mi padre era un borracho, mi madre nos abandonó, no tuve educación, no me han dado la oportunidad, la vida me ha tratado muy mal y un sin fin de etcéteras, y ahora, bajo la luz de lo que me explicaba Don Cipriano veía que ninguna de las justificaciones que esgrimían tenían el peso como para su vida se fuera al caño, sobre todo si uno no aceptaba ese Ni Puedo.

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-Pero Hellen Keller no logró eso sola –dijo Don Cipriano sacándome de mis pensamientos – al igual que Abraham Lincoln, que le agradecía a su madre lo que él era, Hellen Keller también tuvo un apoyo decisivo en la figura de su institutriz Anne Sullivan.

Presté atención a esta nueva explicación que me daba Don Cipriano. -Anne Sullivan –continuó Don Cipriano- fue la institutriz contratada por sus padres para instruir a Hellen Keller, una especia de maestra especial. Como Hellen Keller no sabía ni hablar, ni leer, ni escribir y no veía ni oía, Anne Sullivan ideó un método donde le acercaba cosas para que las identificara con las manos y con señas tocando sus manos le indicaba en lenguaje especial cómo se llamaba lo que le acercaba. Así fue como poco a poco fue sacando a Hellen Keller de ese mundo de penumbras, de soledad, hasta llegar a ser quien ahora todos conocemos.

Sentí un poco de vergüenza de mi parte cuando me quejaba de la vida o de ciertas condiciones cuando ante la historia de Hellen Keller prácticamente yo tenía todo para salir adelante. -Así como Abraham Lincoln tenía sus frases –dijo Don Cipriano- Hellen también llegó a acuñar varias muy significativas.

Me quedé esperando pues sabía me diría a qué frase se refería. -Tienen muchas frases –repitió Don Cipriano-, pero hay una que me gusta mucho por venir de una persona con sus características y sobre todo a la luz de todo lo que logro, dice “mantén tu rostro hacia la luz del sol y no verás la sombra”.

Nos quedamos callados un momento. Don Cipriano se replegó en su silla descansando, con los ojos cerrados, como dando por terminado el momento, 46


como si su tiempo para ello se hubiera terminado, como una función de cine o una obra de teatro que termina. Hice lo mismo. El calor del día había cedido ante la frescura de la tarde. El silencio que anuncia una nueva noche. Cerré mis ojos, igual que Don Cipriano. -“Mantén tu rostro hacia la luz del sol y no verás la sombra” repitió Don Cipriano, ambos seguíamos con los ojos cerrados- me asombra que alguien ciego pudiera hablar de luces y de sombras, sé que se refiere a una actitud ante la vida, pero el ejemplo no deja de ser asombroso. Y ni que decir de la enseñanza. Si estás volteando hacia la luz no tienen tiempo de ver la sombra, no tienen tiempo que perder en los Ni Puedo.

Guardó silencio como para darme tiempo de asimilar lo platicado. -Bien Bernardo –dijo sin incorporarse de la silla- aquí te espero el otro domingo, misma hora mismo canal.

Me cayó en gracia la forma de despedirse. Me tomé el resto de limonada que aún tenía en mi vaso, me levante y me despedí. Antes de salir a la calle volteé para divisar a Don Cipriano, lo vi sentado, tranquilo, descansando. Me pregunté si no se quedaría dormido, pero igual si él quería y si él podía no veía por qué no se quedara ahí dormido. De igual forma si yo quería y yo podía no veía el por qué quedarme de brazos cruzados ante las infinitas posibilidades que la vida me ofrecía de ser y de hacer.

Esa noche me dormí pensando y repensando en todo lo platicado con Don Cipriano.

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5.-Tercer “Ni”

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La semana previa a mi encuentro con Don Cipriano para hablar sobre el tercer Ni se me hizo muy pesada: tuve varios exámenes en la escuela, algunos me fue bien pero en otros no tanto y eso me consiguió una buena regañina de mis jefes. Seguro estaba no me iban a dejar salir ese domingo para ver a Don Cipriano, pero no fue así, solo que sí tuve que ayudar a mi jefa con muchas cosas en la casa amén de prometer que me esmeraría en mis estudios.

Llegué corriendo con Don Cipriano pues ya iba poco más de media hora tarde, aparte de que no quería creyera no me importaba nuestra cita lo que más me preocupaba era de plano no poderlo ver y quedarme con la duda del tercer Ni otra semana más. -Buenas Don Cipriano –saludé con un poco de pena al llegar tarde. -Buenas Bernardo –me contestó Don Cipriano quien parecía muy entretenido revisando sus plantitas. Tierra removida por aquí, una bolsa de abono por acá y una manguera doblada para que no detener el agua mientras terminaba de trabajar eran las pruebas de que Don Cipriano no se había aburrido para nada. -Dispense Don Cipriano –comencé a disculparme-, mis papás me pusieron muchas cosas por hacer hoy por la mañana y voy terminando. -¿Y por qué no te quedaste en casa? –preguntó Don Cipriano sin levantar la cabeza de la tierra que removía.

No sabía si me estaba reclamando veladamente mi retraso o si era el pretexto para reiniciar nuestra plática. -Pues porque quería saber sobre el tercer Ni que tenemos pendiente –respondí yéndome por la segunda opción y haciendo énfasis en el “quería” como referencia al primer Ni que habíamos visto. 49


-¿Sólo sí querías? –me preguntó Don Cipriano. -Bueno, ¡también sí podía! –contesté muy ufano con más seguridad viendo por donde iba el asunto. -Ya veo, si querías y si podías, pero ¿te lo merecías? –me preguntó Don Cipriano levantando la mirada y dejándome mudo. -No entiendo Don Cipriano –dije-, si es por lo del retraso le pido disculpas, ya le dije que fue porque mis papás… -No te preocupes Bernardo –me dijo Don Cipriano incorporándose-, igual iba a estar aquí todo el día, ¿o a dónde pensabas me iba a ir?

Comenzó a caminar al porche dejando lo que estaba haciendo. Yo a su lado seguí sus pasos pensando en eso de si me lo merecía o no. Mientras se sentaba y nos servía a los dos limonada en sendos vasos seguía pensando que quiso decir. -¿Por qué me preguntó si me merecía venir a platicar sobre el tercer Ni? – finalmente pregunté después del primer trago a mi limonada. -Porque ese es el tercer Ni –contestó Don Cipriano sorprendiéndome al no darle muchas vueltas al asunto-: Ni Merezco. -Ni Merezco –repetí.

-Así como te dije que el segundo Ni, Ni puedo, era más poderoso como obstáculo para tu vida que el primer Ni, Ni Quiero, éste tercer Ni, Ni Merezco, es aún peor en ese sentido que el segundo y ni qué decir del primero. Pero déjame te lo explico antes. 50


Asentí más que como aceptación de su propuesta como un indicativo de que lo seguía en la misma.

-El primer Ni, Ni Quiero, es esa confusión que todos tenemos respecto de lo que realmente queremos pero que puede ser aplacada reflexionando un poco sobre los temas de nuestra vida; si superas ese primer Ni, llegas al segundo, Ni Puedo, así que puede quieras algo pero si crees no puedes igual puedes tirar todo a la basura, solo que en ese segundo Ni, como ya te dije, le echas la culpa a factores que según tú te quitan la responsabilidad de tus decisiones y acciones, pero esto no es así. Pues bien supongamos que te sobrepones a los dos primero Ni y si quieres hacer las cosas y te convences de que sí puedes, entonces aparece el tercer Ni: Ni Merezco.

Don Cipriano hizo una pausa como para ver si lo seguía. Asentí para indicar que sí.

-Este tercer Ni es peor que los otros pues surge de un juicio errado y generalmente muy severo sobre nosotros mismos donde a pesar de que queramos algo o de que incluso podamos, creemos que simplemente no nos lo merecemos por lo que terminamos por boicotear todo nuestro proyecto. -¿Cómo es eso Don Cipriano? –pregunté-, supongo todos creemos nos merecemos lo mejor, ¿qué no es uno de los problemas del mundo: el creer que todos nos merecemos lo mejor generando así situaciones de codicia y ambición? -La codicia y la ambición surgen del primer Ni, no del tercero –contestó Don Cipriano-, de cuando falsamente respondemos que queremos lo mejor cuando en realidad estamos respondiendo con nuestra ambición y codicia que Ni Queremos un mundo justo, Ni Queremos un mundo solidario y Ni Queremos un mundo fraterno. 51


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-No lo había visto de esa forma Don Cipriano- contesté-, pero igual ¿qué no la gente siempre cree merecer lo mejor? -Pues no –me contestó Don Cipriano de una forma tan franca, directa y segura que me dejó confundido. -¿Cómo es eso? –pregunté. -Mira a tu alrededor –me dijo Don Cipriano-, mira a la gente que conoces, ¿crees pudieran ellos vivir una vida mejor que la que viven? -Supongo que sí, Don Cipriano –contesté. -¿Crees quisieran vivir una vida mejor? –me volvió a preguntar. -Igual creo que sí –volví a responder. -Pues entonces –dijo Don Cipriano-, si sí quieren y sí pueden, ¿por qué no lo hacen? -¿Por qué cree no se lo merecen? –pregunté como cuando uno está tratando de adivinar la respuesta. -Exacto Bernardo –dijo Don Cipriano como congratulándose porque yo hubiera acertado. -Sigo confundido Don Cipriano –le dije. -Mira a Diana, ¿si la conoces verdad? –me preguntó Don Cipriano-, si conoces a su esposo, ¿verdad?

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Todo mundo conocía a Diana en el pueblo y su esposo el cual era un borracho que se gusta todo y que aparte la trataba muy mal. -Si Don Cipriano –contesté.

-¿Por qué crees lleva esa vida cuando seguro estamos, según yo creo, que ella quisiera otra vida y estando joven bien pudiera hacerla realidad? -¿Por qué cree no merecérsela? –volví a responder como pregunta. -Así es –contestó Don Cipriano.

Seguía un poco confundido. -¿Estás confundido? –me preguntó Don Cipriano -Un poco –respondí. -Qué bueno –dijo Don Cipriano asombrándome con su respuesta. -¿Cómo que que bueno, Don Cipriano? –pregunté.

-Qué bueno, no por que estés confundido, sino porque esta confusión es una prueba palpable de lo difícil que es ver este tercer Ni y darse cuenta de lo que implica –me dijo Don Cipriano-, en efecto, la mayoría de la gente cree a un nivel consiente y objetivo que siempre está esperando merecer lo mejor, pero a un nivel consiente y subjetivo siempre está boicoteando esto pues en el fondo cree que no se lo merece.

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Yo seguía dudando. -Mira el estado del mundo, Bernardo –siguió Don Cipriano-, corrupción, fraudes, manipulación, irresponsabilidad, ¿y qué hace la gente? Nada, ya nos acostumbramos a vivir así e incluso lo aceptamos, es más, hasta hay un dicho que dice que la vida es injusta o cuando alguien señala alguna de las cosas que te he mencionado le dicen que la vida es así. ¿Por qué crees que llegamos a aceptar esta situación? Por qué en el fondo creemos nos la merecemos, caso contrario haríamos todo de nuestra parte para cambiarla.

Me le quedé viendo, había comenzado a entender. -Pero entonces Don Cipriano –le pregunté-, si es verdad lo que me dice muchos de los Ni Quiero o de los Ni Puedo sería en realidad Ni Merezco, ¿qué no? -Exacto Bernardo –dijo Don Cipriano exultando la alegría de quien ve que por fin le van entendiendo, así es: muchos de los Ni Quiero o de los Ni Puedo esconden tras de sí ese Ni Merezco, por eso te digo que este es más sutil pero a la vez más poderoso pues nos hacemos creer que sí nos merecemos un mundo mejor, una situación mejor, una vida mejor, pero no luchamos por eso por lo que en el fondo en realidad no creemos merecerlo. -¿Y qué puede hacerse, Don Cipriano? –pregunte. -Calma, calma, ya veremos eso en su momento –contestó Don Cipriano-. Antes para ejemplificar este tercer Ni déjame te platico otra historia, como las que ya te he platicado.

Asentí.

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-Imagínate un pintor –comenzó a decir Don Cipriano-, un pintor que vivió en la segunda mitad del Siglo XIX. Este pintor, antes de dedicarse a la pintura fue profesor, ayudante de pastor metodista y empleado de librería, su vida no fue nada fácil pues eran recurrentes los estados de ánimo negativos que lo abrumaban, es más, en una ocasión estuvo 12 meses recluido en un hospital psiquiátrico a causa de un estado depresivo. Pues bien, cuando esta persona descubrió que en la pintura estaba su vocación se dedicó de lleno a ellos. Pintó en su vida 900 cuadros, son algunos, ¿verdad? ¿Cuántos cuadros crees que vendió en su vida, Bernardo? -Unos 100 –dije, sabiendo que la respuesta iría tal vez en que a pesar de su esfuerzo no vendió todos los cuadros que pintó. -¿Cien?, no, no tantos –me dijo Don Cipriano. -Cincuenta –volví a responder. -¿Tantos? –me reviró Don Cipriano. -¿Diez? –dije ya con una duda en mi voz. -¡Uno, Bernardo –dijo Don Cipriano-, solamente uno en toda su vida!

Lo miraba sorprendido. -Pero ahí no termina la historia –continuó Don Cipriano-, aunque esta persona murió pobre las pinturas que hizo siguen con nosotros, son conocidas y ahora no solo reconocidas y cotizadas. Como dato puedo decirte que una de sus pinturas titulada Retrato del Dr. Gachet se vendió ¿sabes en cuánto, Bernardo?

Moví negativamente mi cabeza. 56


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-¡En nada menos que más de 116 millones de dólares! –me dijo Don Cipriano -¿116 millones de dólares? –pregunté asombrado -Así es, Bernardo –reiteró Don Cipriano-, más de 116 millones de dólares.

Me dio tiempo para que asimilara la estratosférica cifra. -Estoy hablando de Vincent Van Gogh –dijo Don Cipriano-, pintor de los Países Bajos que vivió entre 1853 y 1890.

Van Gogh, me sonaba mucho ahora, aunque la historia esa la desconocía. -Imagina ese escenario, Bernardo –dijo Don Cipriano-, alguien que batalla toda su vida al extremo de este pintor por lograr su vocación y seguir su sueño. Él bien pudo haber dicho que no se merecía eso que sufría y optado por un trabajo que le diera algo de dinero, pero no, se mantuvo en su meta, en su sueño, pues sabía que se merecía hacerlo realidad.

Lo escuchaba con interés. -Aquí está esto que no debemos perder de vista –continuó Don Cipriano-, lo que merecemos es algo interno que sabemos nuestro y que buscamos realizar en nuestro exterior. Esto no quiere decir que no suframos o nos sacrifiquemos pero eso será de valor cuando nos lleve a lo que queremos, muy diferente cuando dejamos que la vida, los demás o las circunstancias nos impongan situaciones desagradables que aceptamos solo porque creemos que merecemos eso. Me preguntaste ahorita que si qué podíamos hacer sobre este tercer Ni, pues aquí está la respuesta: darte cuenta de si las circunstancias en las que vives han sido 58


libre y personalmente decididas o si más bien las mismas de una manera cobarde o comodina más bien han sido acatadas incluso contra nuestra propia conciencia.

Sonaba lógico. -Por ejemplo Diana –siguió Don Cipriano-, una cosa sería que estuviera sufriendo si anduviera de misionera en África ayudando a los niños pero porque esa fuera su meta, su sueño, su propósito de vida a lo que está pasando ahorita que igual sufre y batalla con su marido pero no porque ella lo haya elegido sino porque así le sucedió y terminó aceptando el hecho porque cree que merece esa miserable vida al lado de ese desentendido y no algo mejor.

Noté emociones encontradas en la voz de Don Cipriano. -¿Está enojado? –pregunté.

-A veces me ganan las emociones al ver las vidas de mucha gente, como Diana, tiradas al caño –me dijo-, será que ya estoy viejo y veo que mi camino poco a poco se acaba y me doy cuenta de lo valiosísimo que es esto que llamamos vida como para desperdiciarlo a lo tarugo.

Nos quedamos callados un momento. -Volviendo con Van Gogh –dijo Don Cipriano retomando el tema- al igual que Abraham Lincoln o que Hellen Keller tuvo alguien que lo estuvo apoyando, su hermano Theo. Theo tenía un trabajo estable y durante todo el tiempo apoyo a Van Gogh pues veía el potencial y la capacidad de él, aunque yo creo que había más cariño fraternal en ello que reconocimiento a su técnica. Y de igual forma que los que ya hemos comentado Van Gogh estableció unas máximas, una frases que expresaban su sentir ante la vida, de esas hay una que me encanta por la nostalgia desgarradora de la que está empapada y que dice que “se puede tener, 59


en lo más profundo del alma, un corazón cálido y sin embargo, puede ser que nadie acuda a él”.

Se me hizo una frase triste. -Pero esa frase no motiva mucho que digamos, Don Cipriano –dije-. -¡Claro que motiva, Bernardo! –replicó Don Cipriano- pero no como tú crees ya que no te dice algo para hacerte sentir bien sino para mostrarte que la vida puede ser de una forma pero no por eso tú dejaras de ser lo que eres. A lo mejor nadie reclama ese corazón cálido del que habla pero eso no quiere decir que ese corazón dejará de seguir irradiando calidez porque así uno lo quiere, porque así uno lo decide.

Sonaba interesante esta visión, pero me costaba ya no digo entenderla sino ver la manera de aplicarla. -Pero no te quiebres la cabeza, Bernardo –dijo Don Cipriano haciéndome notar lo transparente que era en mis pensamientos-, lo que hablamos es como la lluvia. Debes dejar remoje la tierra, que active las semillas en ella, para que al tiempo éstas germinen. -¿Y qué puede hacerse para cambiar esos tres Ni en tres Si, Don Cipriano? – pregunté. -Eso lo veremos el próximo domingo –me contestó.

Yo creía este sería nuestro último domingo, pero al mismo tiempo me alegraba todavía nos fuéramos a ver uno más. Era tanto lo que estaba aprendiendo y tantas las nuevas formas de ver la vía que estaba adquiriendo. Me despedí y me fui a la casa donde mi vida me esperaba, al menos por una semana más. 60


6.-Los Tres “Si”

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El domingo amaneció nublado, había llovido la noche anterior y el ambiente estaba muy fresco. Toda la noche las ranas que habían salido al sentir la lluvia nos habían acompañado con sus cantos, ya más de madrugada los grillos había terminado la sinfonía y poco antes de amanecer el silencio se había apoderado de la obra a manera de colofón.

Todo esto lo sé pues me estuve despertando durante la noche. Las ideas sobre los tres Ni que había platicado con Don Cipriano y los tres No que habría de platicar me daban vueltas en mi cabeza. Los primeros volvían una y otra vez a mi mente cada vez con nuevos ejemplos de la vida que le daban más fuerza al argumento de Don Cipriano. Los segundos por que trataba de imaginar lo que Don Cipriano podría decirme de ellos.

Entre sueño y sueño me veía a mí mismo frente a bifurcaciones de caminos donde había dos opciones, una señalada con Ni, otra con Si, yo quería tomar la del Si pero me veía de repente caminando por la del No y recordando en el sueño lo que Don Cipriano me había dicho de los No con lo que mi angustia al caminar se incrementaba. Sueños locos que tal vez sacan a relucir los temores que uno tiene de caminar por esta vida creyendo ir por el camino correcto pero sin darse cuenta de que lo ha equivocado. O a lo mejor solo sueños pesados por las papas con chorizo, frijoles puercos, queso fresco y tortillas de harina que me cené la noche previa, incluso me repetí.||

Me levanté temprano, aunque nublado se veía el relumbre de sol anunciando el nuevo día. Desayuné, me bañé, me aliste, ocupé mi domingo en algunas actividades que consumieron mi tiempo y ya de tarde salí para que Don Cipriano.

Llegando a su casa me llamó mucho la atención no verlo en su huerto ni en el porche. -¡Don Cipriano! –llamé a la entrada de su porche- ¡Don Cipriano! 62


-Bernardo, buen día –me respondió Don Cipriano saliendo por la puerta de su casa. -¿Ahora no va a trabajar en su huerto? –pregunté. -¿Y luego quién lavaría la ropa? –me dijo sonriendo señalando el lodazal en que se había convertido todo por la lluvia. -Pues si –tuve que condescender con él. -Mira –dijo Don Cipriano señalando las sillas que se nos presentaban a los lados de la mesa-, vamos a sentarnos. Ahora preparé chocolate, cómo que se antoja más por cómo está el tiempo.

Sirvió las dos tazas que ya estaban ahí y me señaló el pan dulce que había puesto en una canasta. Tomé un cochito. -¿Sabes Bernardo? –dijo Don Cipriano iniciando la conversación-, cuando uno platica de algo con alguien es más lo que uno se dice a sí mismo que lo que uno le dice al otro. -¿Qué quiere decir, Don Cipriano? –pregunté. -Nada, nada –me dijo Don Cipriano-, solo me he estado recordando cuando chamaco, así como tú, y de lo mucho que me hubiera gustado que alguien me hablara de lo que ahora yo te he hablado para poder tomar mejores decisiones en mi vida.

Lo dijo con un dejo de nostalgia que no pudo más que enternecerme.

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-¿Es que acaso usted también ha tomado malas decisiones? –pregunté. -¡Pero claro, Bernardo! –dijo Don Cipriano dando un palmazo en su muslo- ni que fuera perfecto para nunca equivocarme. En la vida me he equivocado muchas veces, pero esas equivocaciones no me han hecho sentir menos pues he aprendido de ellas y he llegado a ser lo que ahora soy. Podríamos decir que cada error fue como una piedra de esas de sacar filo que me fue quitando las muescas que en mi persona tenía hasta dejarme así. -¿Afilado? –pregunté. -¡Ja, ja, ja, ja, ja! –rio Don Cipriano ante mi ocurrencia.

Yo también reí. -Los errores nos hacen ricos de una forma que no podemos ni imaginar –continuó Don Cipriano, no solo nos recuerdan que somos humanos sino que añaden sabiduría a nuestra vida y nos vuelven humilde, obvio está: si sabes aquilatar cada caída. Y ya que hablamos de errores y caída entiende que aunque tengamos muy claros los tres Ni e incluso después de que hablemos de los tres Si, esos errores y esas caídas seguirán en tu vida y en la mía, la cosa es seguir, creer, vivir.

El silencio que siguió dio pauta para que tratara de entender todo lo que me había dicho Don Cipriano. -Los tres Si –dije retomando el tema principal- supongo que son lo contrario de los tres No, es decir, Si Quiero, Si Puedo y Si Merezco, ¿verdad? -En efecto, Bernardo –me respondió Don Cipriano- así es. Pero hay más que debe saber.

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Siguió callado un momento y no quise presionar más.

-El primer Ni del que hablamos ya hace algunas semanas, Ni Quiero, tiene que ver con el Ser; el segundo NI, Ni Puedo, tiene que ver con el Hacer, y el tercer Ni, Ni Merezco tiene que ver con el Tener.

Hizo otra pausa como para darme tiempo de seguirlo. -Ser, Hacer y Tener es lo que somos –siguió hablando Don Cipriano- , o más bien, lo que visiblemente somos. Nosotros tenemos ideas, sentimientos y demás que no pueden ser vistas, pero lo que somos, lo que hacemos y lo que tenemos son la manera visible de evidenciar, o más bien de evidenciarnos lo intangible.

Asentí como para indicar no tanto que entendía sino que o seguía.

-La manera en que interactuamos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo –siguió Don Cipriano diciendo- solo se da, o más bien puede darse, a través de cuatro medios que tenemos: a través de nuestra Razón, a través de nuestra Voluntad, a través de nuestra Percepción y/o a través de nuestra Atención.

Seguía atento.

-La Razón es esa parte dura de nuestro conocimiento, de hecho es la que más usamos sino es que la única y a través de la cual nos conocemos a nosotros mismos y conocemos a los demás y al mundo. Pero también existe la Voluntad, que no responde a la razón y que es esa fuerza interna por la cual decidimos hacer algo sin mayores justificaciones. En el caso de la Percepción es el canal a través del cual nos vemos y vemos a todos los demás y al mundo mismo, por último la Atención es la aplicación de una intención a los puntos sobre los que nos enfocamos. 66


Se me hacían muchas ideas para digerir de pronto. -Por ejemplo – dijo Don Cipriano dándose cuenta de que me había quedado atrás en su exposición- aprender matemáticas es algo que hacemos con la Razón, pero digamos que tú quieres aprender matemáticas ya viejo como yo y solo porque te da la gana sin mayores argumentos ni justificación para ello, ah pues aquí es donde entra la Voluntad. Cuando lees, repasa y entiendes las explicaciones que te dan en el libro de matemáticas aplicas la Percepción pero cuando te enfocas en una explicación en específico o en tratar de entender algo que no has entendido aplicas la Atención.

Me empezaba a quedar un poco más claro lo que Don Cipriano decía.

-Entonces ¿todo lo que hacemos se da a través de esas cuatro maneras, Don Cipriano? –pregunté. -Así es, Bernardo –me respondió-, todo. Piensa en algo y verás que puedes hacerlo caber sea en el ámbito de la Razón, de la Voluntad, de la Percepción o de la Atención. -¿Y qué tiene esto que ver con los tres Ni? –volví a preguntar. -Pues que el primer Ni, Ni Quiero, tiene que ver con el Ser –comenzó a explicar Don Cipriano- y el Ser tiene que ver con la Atención. El segundo Ni, Ni Puedo, tiene que ver con la Percepción, y el tercer Ni, Ni Merezco, tiene que ver con la Voluntad. -¿Y la Razón? –pregunté al ver que no la mencionaba.

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-La Razón –me aclaró Don Cipriano-, es la puerta principal por la que pasamos para llegar a los otros medios.

De nuevo me había perdido. -Sí, Bernardo –siguió Don Cipriano- fíjate cómo es que durante todo este tiempo que hemos platicado he apelado a tu Razón. Las explicaciones, los argumentos, los ejemplos y todo va enfocado a convencerte a través de tu Razón, ¿por qué? , pues porque es el canal que más usamos para tratar con nosotros mismos, con los demás y con el mundo y pues hay que usar ese en vez de los otros que por lo general están atrofiados por falta de uso. Es así como a través de la Razón llegamos a la Voluntad, la Percepción y la Atención aunque estas tres últimas sean completamente diferentes de la primera e incluso entre sí.

Como que comenzaba de nuevo a retomar el entendimiento de lo que Don Cipriano me decía. -Te decía –repitió Don Cipriano- que el primer Ni, Ni Quiero, tiene que ver con el Ser –comenzó a explicar Don Cipriano- y el Ser tiene que ver con la Atención. El segundo Ni, Ni Puedo, tiene que ver con la Percepción, y el tercer Ni, Ni Merezco, tiene que ver con la Voluntad. Es así luego entonces que la forma de transformar, de convertir, de transmutar esos Ni en Si es aplicando esos canales a través de los cuales nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo, pero dándoles un primer empujoncito a través de la razón.

Escuchaba. -En todos los casos –siguió Don Cipriano- la razón actúa como las bujías de los carros: da el primer chispazo para que arranquen los otros canales pero es en esos canales, Voluntad, Percepción y Atención, donde nos debemos montar para transmutar los Ni en Sí. 68


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-¿Si Quiero, Si Puedo, Si Merezco? –pregunté. -Exacto, Bernardo –asintió Don Cipriano-, exacto.

Tomó un sorbo de su chocolate y yo hice lo mismo. -Ni Quiero puede transformarse en Si Quiero a través de la Atención –dijo Don Cipriano-, ya te mencioné como puede uno darse cuenta de lo que en realidad no quiere ampliando un poco más la visión de sus actos, pero lo que detona esta reflexión es la Razón a través de la pregunta ¿realmente Ni Quiero? Por ejemplo, el que dice Ni Quiero estudiar en realidad es una visión de muy corto plazo, la visión de mayor alcance es ¿realmente Ni Quieres ser alguien en la vida, realmente Ni Quieres tener oportunidades, realmente Ni Quieres vivir bien y mejor? Si te fija esas preguntas se originan en la Razón, no hay otra forma, como son preguntas es ahí donde tienen su fundamente, pero lo que genera la pregunta es una reflexión que para transformar el Ni Quiero en un Si Quiero requerirá del concurso de la Atención, es decir, de ampliar ese rango de visión para ver los alcances, los resultados, los impactos reales en nuestra vida de ese Ni Quiero y convertirlo así en un Si Quiero. -Me parece lógico –dije. -Te parece lógico porque he apelado con mis argumentos a la Razón –dijo Don Cipriano-, pero la Razón no puede cambiar el Ni Quiero en un SI Quiero, ese es el papel de la Atención y es por eso que tenemos que ampliar la visión de los efectos de nuestros Ni Quiero para que a través de la Atención se convierta ese Ni en un Sí.

Don Cipriano, tomando la canasta del pan dulce me la ofreció al darse cuenta que ya me había acabado mi cochito. Tomé otro.

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-En el caso del Ni Puedo –siguió explicando Don Cipriano-, éste tiene que ver con el Hacer y puede transformarse en un Si Puedo, igual apelando a la Razón para iniciar la reflexión, pero montando su trasformación en la Percepción. Como en tu momento te dije este Ni es tramposo y comodino pues transfiere la responsabilidad de nuestras decisiones y de nuestras acciones a factores que según nosotros son incontrolables por lo que podemos dejarnos caer sin sentirnos mal, pero ese es un engaño pues cualquier factor, cualquier reto, cualquier obstáculo no necesariamente debe hacer que nuestra vida se vaya al caño, y ejemplos hay de sobras.

Asentí recordando la explicación que Don Cipriano me había dado respecto de este Ni. -Para convertir este Ni Puedo –siguió explicando Don Cipriano- en un Si Puedo detonamos a través de la razón la reflexión con la pregunta ¿reamente Ni Puedo? Por ejemplo quien se queja de que por que no tuvo estudios no puede hacer algo mejor con su vida las preguntas podrían ser ¿realmente Ni Puedo esforzarme, realmente Ni Puedo intentarlo, realmente Ni Puedo dar todo para conseguir lo que quiero? La idea es que veamos que cualquier pretexto para el Ni Puedo no tiene el peso cuando reconocemos que la decisión de lo que hagamos y de lo que seamos está de nuestro lado, y para este cambio de Ni a Si ocupamos de la Percepción, es decir, de darnos cuenta de lo anterior a través de poner en el justo contexto los obstáculos que podamos enfrentar y el potencial que como personas poseemos.

Sonaba más que interesante. -El tercer Ni –continuó diciendo Don Cipriano-, Ni Merezco, tiene que ver con el Tener y puede transformarse en un Sí Merezco a través de la Voluntad. De igual forma detonamos la Voluntad a través de la Razón a través de la reflexión que se origina con la pregunta ¿realmente Ni Merezco? Por ejemplo el caso de Diana, ella podría preguntarse ¿realmente Ni Merezco una vida mejor, realmente Ni 71


Merezco ser feliz, realmente NI Merezco ser tratada don cariño, respeto y dignidad? Pero a esa reflexión debe seguir el montarnos en la Voluntad para hacer de nuestra vida lo que queramos haya o no justificación para ello simplemente por el hecho de que eso es lo que volitivamente hemos decidido.

-¿O sea que el Ni Quiero puede transformarse en un Si Quiero preguntándonos "realmente Ni Quiero esto o lo otro con una visión de mayor alcance y aplicando en ello nuestra Atención"?–comencé a repetir como para ver si lo había entendido bien. -Así es, Bernardo –dijo Don Cipriano.

-¿Y el Ni Puedo puede convertirse en un Si Puedo preguntándonos "realmente Ni Puedo esto o lo otro con una visión amplia y aplicando en ello nuestra Percepción"? –seguí inquiriendo.

Don Cipriano asintió.

-¿Y el Ni Merezco puede transformarse en un Si Merezco preguntándonos "realmente Ni Merezco esto o lo otro con una visión más profunda y aplicando en ello nuestra Voluntad"? -Exactamente, Bernardo –dijo Cipriano dejándose caer en la silla como para descansar después de esta explicación.

Nos quedamos los dos en silencio, yo tratando de darle orden y sentido a todas las nuevas ideas que bullían en mi mente, él simplemente descansando.

-Hay algo más- dijo Don Cipriano con los ojos cerrados.

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-¿Algo más? –pregunté.

-¿Recuerdas quienes ayudaron a Abraham Lincoln, a Hellen Keller y a Van Gogh? –preguntó Don Cipriano. -Su madre, du institutriz y su hermano, ¿verdad? –contesté. -Así es, Bernardo –dijo Don Cipriano-. Esa es la parte que falta.

Se incorporó y me miró.

-Nunca estamos solos en esta batalla que se llama vida, así como esos ejemplos hay mucha gente que aparece en el momento preciso para darnos la mano –dijo Don Cipriano-, puede ser un familiar, un amigo, un desconocido e incluso algún libro escrito por alguien o algo hecho por alguien para ser más generales, que llegue en el momento preciso para darnos la lección que necesitamos, el apoyo que requerimos, para alcanzar nuestros tres Si. -Supongo eso es así –dije. -Sí, Bernardo –continuó Don Cipriano-, pero hay que dejarlo claro, hay que hacerlo visible para nuestra Razón para que cuando eso sucede permitamos que ocurra. -No entiendo –dije. -Por ejemplo –dijo Don Cipriano-, ¿por qué n está tu amigo, aquel que quería comprar cigarros, aquí ahorita?

No supe que contestar.

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-Esta información estaba ahí para ustedes dos –dijo Don Cipriano-, los dos recibieron, por así decirlo, la invitación de la vida, del destino o como quieras llamarlo, pero solo tú la aceptaste.

Caí en cuenta de lo que decía. -Así es, Bernardo –siguió diciendo Don Cipriano- esas ayudas que podamos recibir en la vida a veces son tan sutiles como esa frase que les dije y que solo captó tu atención, pero como en todo debemos estar conscientes en cada paso que damos para aprovecharlas si no, como tu amigo, solo serán como la campana que tañe a lo lejos y que ni siquiera prestamos atención.

Pensé en todas esas ayudas que a lo mejor habría dejado de pasar de largo en mi vida solo por no darme cuenta.

-En cuanto a los ejemplos que vimos Lincoln, Keller, Van Gogh, solo fueron eso: ejemplos. En cualquier referente de éxito en la vida, éxito personal, profesional, social e incluso espiritual, podrás ver cómo es que la Razón, la Voluntad, la Percepción y la Atención lograron transformar los tres Ni que de manera natural hubiesen traído en los tres Si de los que hemos hablado: Harland Sanders, Winston Churchill, Henry Ford, Albert Einstein, Walt Disney, Beethoven, Steve Jobs, Steven Spielberg, Soichiro Honda, Charles Chaplin, toma el que quieras, lee sobre tu vida, y te darás cuenta dela magia existente en ella, no tanto porque hallan alcanzado el éxito tal como lo conocemos, sino porque llegaron a explotar el enorme potencial que tenían diciendo Si Quiero, Si Puedo, Si Merezco y aplicando la Razón, la Voluntad, la Percepción y la Atención para ello.

Nos quedamos callados. Ya la noche había caído y sabía que tenía que irme a casa. También intuía que esta sería nuestra última reunión en torno al tema y no podía de dejar cierta aprensión ante esa idea. Estos días, estas visitas, estas

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pláticas me habían abierto un panorama a un mundo, a una vida nunca antes visto. -Pues bien, Bernardo –dijo Don Cipriano poniéndose de pie y extendiéndome la mano –ha sido un gusto que oyeras a este viejo.

El corazón me latía muy aprisa. No sabía que decir o que hacer. No quería todo terminara pero igual sabía que Don Cipriano daba ya por terminado el conversatorio sobre los tres Ni. -Gracias a usted Don Cipriano –dije poniéndome de pie y extendiendo la mano para apretar la suya.

Me retiré como caminando entre neblina. Todo me daba vueltas. Me volteé para ver a Don Cipriano en su porche como lo había visto todos estos días pero ya se había metido. Solo estaba la mesa con las dos tazas de chocolate y la canasta de pan. Me enternecí mucho y me reclamé el hecho de no haberle dado un fuerte abrazo, pero ya había terminado todo. O más bien, para mí y mi nueva forma de ver la vida, todo había comenzado.

Llegué a casa y apenas y si pude pegar los ojos esa noche.

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7.-De regreso a mi vida

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Como una película en cámara súper rápida pasaron todos esos momentos que ya hace varios lustros había pasado con Don Cipriano. Con la leche bronca que me había convidado el nieto de Don Cipriano y el pan dulce que me ofrecieron mi charla con él había sido muy amena.

No dejaba de vez en cuando de voltear al huerto, a ese huerto en el que de chamaco encontré muchas veces a Don Cipriano mientras venía yo a que me hablara de los tres Ni y de los tres Sí. No sé por qué pero me parecía más pequeño que como lo recordaba, igual el porche de Don Cipriano, antes, de chamaco, se me hacía muy grande, ahora lo veía más pequeño, cómo, espacioso, peor más pequeño que como lo recordaba.

Es realmente asombroso como 20 años de nuestra vida pueden ser resumidos en unos cuantos minutos. Así me pasó con Don Cipriano. -Me da gusto lo bien que te ha ido, Bernardo –dijo Don Cipriano-, siempre estuve seguro lograrías lo que te propusieras. -Gracias a usted, Don Cipriano –le dije. -¿Cómo es eso? –me preguntó.

-¿Recuerda aquellas platicadas que de chamaco tuve con usted sobre los tres Ni y los tres Si? –inquirí. -Ah, si –dijo Don Cipriano como recordando, si me acuerdo. -Pues a partir de ahí –continué-, de manera muy sutil, mi vida comenzó a cambiar, o más bien mi ánimo ante la vida lo cual generó un cambio en mi vida.

Veía el interés de Don Cipriano en lo que le decía. 78


Seguía estudiando, luego trabajando, luego perdí a mis padres, luego me casé, y bueno, todo lo que le he contado. Pero constantemente tenía en mi mente la plática de los tres Ni y de los tres Si y como cambiar los primeros en los segundos. Cada que tenía un reto, cada que tropezaba, incluso cada que me derrumbaba me preguntaba ¿realmente Ni Quiero esto o lo otro?, ¿realmente Ni Puedo esto o lo otro?, ¿realmente Ni Merezco esto o lo otro? Y comenzaba en mi interior, aquí en mi cabeza y aquí en mi corazón, una revolución que me permitía montar vía la Razón en la Voluntad, la Percepción y la Atención las decisiones y acciones que me permitían seguir adelante. Por eso quiero darle las gracias, Don Cipriano.

Don Cipriano me miraba serio, no con mirada severa, sino llena de ternura.

-Es por eso que vine al pueblo, solo para agradecer.

Se le llenaron de lágrimas los ojos a Don Cipriano -Me da mucho gusto por ti, Bernardo –dijo Don Cipriano con voz quebrada y ya no pudo decir más.

Respeté su silencio y cuando creí conveniente continué.

-Siento estar en deuda con usted. -Veo traes un reloj muy bonito, muy caro, ¿verdad? –dijo Don Cipriano cambiando abruptamente la conversación. -Sí, Don Cipriano –respondí. -Qué bueno –siguió diciendo Don Cipriano-, ¿qué te parecería te cobrara el valor de ese reloj solo por habértelo chuliado? 79


-Pues un poco exagerado, ¿no cree? –le dije -Pues algo más o menos pasó con nuestra conversación de hace años –dijo Don Cipriano-, yo no te di algo que tu no tuvieras, más bien te hice ver una riqueza que tú tenías, como todos, de convertir nuestra vida en una verdadera obra de arte. Es igualito como ahorita que he visto ese reloj costoso que traes, en aquel entonces con mis palabras te hice ver que no estás llamado, mucho menos condenado, a una vida de miseria y de mediocridad, existencialmente hablando, sino que estás llamado a un destino glorioso de autorrealización personal, ese es todo mi mérito. -Aun así me sigo sintiendo en deuda con usted –le dije a Don Cipriano. -Eso no lo voy a discutir –dijo Don Cipriano-, pero sí te voy a complicar la forma en que me vas a pagar.

Lo miraba tratando de adelantarme a lo que me diría. -Paga lo que creas que me debes con quien creas lo necesite –me dijo. -¿Cómo es eso, Don Cipriano? –pregunté.

-Para un viejo como yo, que ya ha vivido la vida y que es muy corto el tramo que le falta por recorrer –comenzó a explicar Don Cipriano-, realmente es poco lo que puedes darme, si es que cree estar en deuda conmigo, pero en el mundo hay mucha gente tanto o más necesitada de lo que descubriste hace años en nuestras pláticas y de lo que aplicaste todo este tiempo en tu vida, págame lo que crees deberme pasando esta información a esas personas que creas la puedan necesitar.

Me quedé en silencio un momento. 80


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-¿Y cómo hago eso, Don Cipriano? –pregunté -Yo que sé –dijo Don Cipriano- apenas y si soy un viejo de un pueblo como tantos. Abre los ojos, estate atento, cuando menos lo pienses llegará la persona que ávida estará de esta información, tú la reconocerás, pero ella no a ti, tú le transmitirás lo que has aprendido y aplicado y así es como me pagarás. -¡Hecho! –dije después de un momento de silencio.

Nos quedamos callados un buen rato. ¿Qué pasaría por su mente? Yo en la mía traía el revoltijo de los recuerdos, las vivencias, y este momento que me revivía todo. -¡Apá, es hora de que descanse! –alguien gritó de dentro de la casa.

Don Cipriano no se movió, seguía reclinado en la silla, viendo sin mirar. Mi corazón comenzó de nuevo a latir aprisa como hace años, en aquella despedida, anunciando lo que me temía: el término del tiempo que habíamos compartido. -Bueno, Bernardo –dijo Don Cipriano poniéndose de pie y extendiéndome la mano- fue un gusto verte de nuevo y que te hayas acordado de este pueblo y de este viejo.

Me puse de pie, miré su mano extendida. Yo era más alto que él. Don Cipriano cargaba con los años, yo con una vida que aún me ofrecía mucho. Su mirada firme pero serena escrutaba mis ojos, y su mano extendida acuciaba una respuesta.

No se la di.

No le dí la mano. 82


Lo abracé muy fuerte, como a un padre, como a un abuelo. Don Cipriano se sorprendió pues no esperaba esto pero a la vez me correspondió con un abrazo cálido, como el que mis viejos me daban.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, unos segundos apenas, pero segundo que se hicieron, que se sintieron eternos. Cuando nos retiramos para despedirnos vi una lágrima en su mejilla y caí en cuenta de la que surcaba la mía.

Esa fue la mejor despedida: silenciosa, llena de sentimientos, plena de agradecimiento.

Don Cipriano entró a su casa y yo me retiré de porche. Tomé mi auto y emprendí el camino de regreso a mi vida.

Sabía esa sería la última vez que lo vería, pero no la última vez que lo recordaría y que le agradecería el tempo que se tomó para darme las herramientas de vida que ahora poseía.

En cuanto a la forma de pagarle a Don Cipriano lo que yo sentía deberle tuve muchas oportunidades, oportunidades que aproveché y por las cuales agradecí, oportunidades que me pusieron en el lugar que Don Cipriano estuvo hace años, oportunidades que tal vez en algún momento les platicaré.

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Acerca del autor

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D. • Licenciado en Contaduría Pública y Maestro en Administración con acentuación en Finanzas por el Instituto Tecnológico de Sonora; Doctor en Ciencias (Sc.D.) en el Área de Relaciones Internacionales Transpacíficas por la Universidad de Colima • Socio Director de Consultoría Independiente (Formación • I & D • Consultoría en las áreas de Consultoría Empresarial • Liderazgo Emprendedor • Gestión Universitaria), se ha desempeñado además como Auditor Interno en la entonces Secretaría de la Contraloría General de la Federación y como Director y Secretario de Desarrollo Económico del Municipio de Cajeme • Académico Certificado por la Asociación Nacional de Facultades y Escuelas de Contaduría y Administración, A.C.

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• Premio Nacional de Contaduría Pública a la investigación obtenido consecutivamente en sus ediciones 2002-2003 y 2004-2005 por el Instituto Mexicano de Contadores Públicos • Miembro de la Asociación de Profesores de Contaduría y Administración de México, A.C. • Consultor de Negocios Acreditación por el Sistema Nacional de Consultores de la Secretaría de Economía y Consultor de Negocios Certificado por la Norma Conocer • Diplomado en Desarrollo del Potencial Humano por el Instituto Tecnológico de Sonora • Nivel Superior: Maestro Distinguido, Responsable de Programa Académico, Líder de Cuerpo Académico, Director Académico, Miembro de Consejo Directivo, y profesor, tutor y asesor nacional e internacional en licenciatura, maestría y doctorado • Escritor con más de 20 libros en su haber en las áreas de liderazgo emprendedor, consultoría empresarial y gestión universitaria, así como más 400 artículos publicados en las áreas de consultoría empresarial (más de 50), liderazgo emprendedor (más de 160) y gestión universitaria (más de 180), autor de más de 400 videos publicados en las áreas de consultoría empresarial (más de 72), liderazgo emprendedor (más de 175) y gestión universitaria (más de 160 ) y educación superior (más de 32); Tallerista y Conferencista a nivel nacional e internacional con una oferta de más de 40 temas en consultoría empresarial, más de 306 en liderazgo emprendedor y más de 90 en gestión universitaria.

www.rocefi.com.mx

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La Generaci贸n Ni-Ni-Ni

Primera edici贸n

Es una obra editada y publicada por Gecko Publishing, S. de R.L.M.I.

Septiembre de 2015

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