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Manuel Seixas

Interferencias


Para ella, aunque ella no quiera. Para nuestra bailarina de las antípodas, aunque ella no lo quisiese. Para las cuatro mujeres maravillosas que leyeron esto y me animaron a luchar por compartirlo: Chus, Elena, Estela y María. Para todos los humanos que sufrieron, sufren y sufrirán la oscuridad y el dolor mental. Tengo un mensaje para vosotros y para mí: “A veces, ocurren milagros inesperados y laicos. Tened esperanza, camaradas de la negra niebla”.

Descender al fondo de todas las existencias (apropiarse de la gravitación terrestre). Peter Handke, El peso del mundo


I Ella. Siempre ella. Siempre sola por dentro. Allá dentro, donde duele, donde los viajes a buen seguro son tan largos, interminables, pesados. Allá dentro. Ella. Las 7:30 de la mañana. Apaga el despertador antes de que empiece a sonar, porque ella ya lleva tiempo despierta, demasiado tiempo, demasiadas horas con sus segundos y minutos, interminables, pesados. Así que ya es hora de dejar de hacer que se descansa, María. María Filgueira Pedrosa. Ya es hora. Hora de levantar el cuerpo cansado. Ahora, bajo el agua de la ducha, notas como cada gota recorre rincones olvidados. Este pliegue de la pierna, pobrecillo, cuánto tiempo sin reparar en su existencia, esa pequeña superficie del labio inferior tan olvidada, ese pezón del pecho derecho que ha cobrado vida con la fría mañana y el cuerpo desnudo antes de sentir la caída del agua caliente que lo ha aquietado, como a tu desnudez toda: interior, exterior, toda. Desayuno frugal. Hay que cuidarse. Dieta equilibrada. Lo único realmente equilibrado en tu vida. Un zumo de naranja y una taza de Cola-Cao con cereales bien crujientes, bien special, bien conservar la línea. Tiene gracia, la línea. La línea recta como distancia entre dos puntos. La línea curva como exceso. Tiene gracia que ella tenga pocas curvas, que ella hasta esté por debajo de su peso ideal, tiene gracia: “ideal”, tiene gracia que su cara sea tan fina tan tan fina y pálida que siempre dé la sensación de enferma, de delgadez enferma. 9


Ocho y diez. Es hora de coger el coche. El 206 azul clarito que hoy le combina tan bien con la blusa y los pantalones vaqueros. Vestida como una chica jovencita pero sin ser tan jovencita. Cuarenta y cinco años. ¡Qué mayor!, eso es lo que siempre le dice el nieto de la señora Milagros, la tendera de confianza: “Mira, sabes, pareces una vieja”, y la señora Milagros mirándolo con ojos cómplices en los que el aparente enfado es un simple juego: “¡Ay, Dani, qué cosas tienes! Estos niños, es que dicen cada tontería, ¡yo sí que soy vieja, hombre!”, y mira con una sonrisa a María, que siempre dice lo mismo: “Algo mayor, algo mayor, Dani”, y Dani sonríe con sus pletóricos siete años, pillo con buen fondo. El pequeño enano, nietecito, sólo un niño más, su recuerdo permanente de solterona sin hijos. Solterona. ¡Qué palabra! Sin hijos. Sin amor. Sin amar. Una vez más, María se siente sola.

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II Menos mal que se ha puesto la cazadora plástica con capucha, porque llueve y llueve bastante en este enero que se va muriendo poco a poco. Y a ella no le gustan nada los paraguas, no, son un fastidio, un problema más que una solución. El trayecto al trabajo es bien bonito. Con el mar siempre a la derecha. Las bateas, las playas vacías en esta época, cualquier turista gozaría sin duda de lo que la naturaleza ofrece a los ojos. Pero María ya lo tiene tan visto… Diez años haciendo ese mismo recorrido cada día. Hay veces que observa lo que la rodea, es consciente de la belleza, pero la mayor parte de las ocasiones sólo se centra en la carretera, en su coche, en la radio, en los minutos que caen en el reloj digital, en la música que a menudo se trae de casa en forma de CD para el gran viaje hacia el trabajo. Hoy el alma de Aretha flota por todas las mecánicas y eléctricas partes del coche. Eleva un poco el espíritu de María, que ahora baja la música para aparcar. Nunca ha tenido un dominio espectacular de esa faceta de la conducción, pero se las va arreglando, eso sí, con concentración. La residencia de ancianos donde trabaja aparece envuelta en una suave niebla. Coche aparcado. Cierre centralizado. Clic, cloc. Camina hacia la entrada repetida. Otro día más. Otro. 11


–¡Buenos días, María! –Buenos días, Susana. Su voz sale sin fuerza, se aclara la garganta, y repite: –¡Buenos días! Susana, la de recepción, siempre tan atenta y servicial. Sólo lleva cuatro años en el trabajo, desde que sustituyó a Loli, que se marchó, bastante harta, a pasar los días futuros en la empresa de transporte de su marido. Su juventud insultante está preparada todavía para muchos días y tardes como los de hoy. María esboza una sonrisa académicamente cortés y se dirige a la sala de fisioterapia para ponerse la bata blanca, impoluta. Titulada. Luchó mucho para sacar adelante su supuesta vocación. Y luego, otro mucho por esta plaza, porque es que ella piensa, pensaba, piensa que los viejecitos están descuidados en esta sociedad. Que los tiramos fuera de nuestra vista, de nuestra vida. O puede, María, que sean tus almas gemelas: solitarios, con un futuro previsible y hasta ruin, puede, María, que sean lo más parecido a seguir teniendo padres de algún modo, ¿tú qué dices, María?, y una sombra recorre sus pensamientos mientras se empapa de blanco pureza, limpieza, salud oficial. Viejos. Demasiado. Vieja. Cansada. Sola. Demasiado.

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III La residencia Miguel Hernández. Un centro privado de tipología mixta. Más de cien plazas concertadas con la Xunta. Setenta plazas de procedimiento de cheque asistencial. La edad mínima para poder ser admitido son sesenta años. María se imagina a veces allí metida, cuando ya no pueda más con su cuerpo, no pueda más con su alma. Sus padres. Le vienen a la cabeza tan a menudo… Demasiado. Demasiado. Sus padres murieron en un brutal accidente de tráfico. Volvían de un viaje del IMSERSO a Benidorm. Y el autobús en la noche cerrada, cuatro de la mañana, lluvia fina, patinó en una curva y se fue por un inmenso precipicio, cuatro de la mañana, vueltas y vueltas, viejecitos gritando y muriendo. Habían muerto quince ancianos. Había salido en la prensa. Nombres y apellidos anónimos que luego se convierten en tragedias íntimas y personales. Su padre murió en el acto, eso dijeron, su madre duró dos meses ingresada. Al final, pudo con los traumatismos y las heridas, pero se la llevó una neumonía. Demasiadas averías serias. Demasiadas averías en esta vida. Venga, vamos, María, tú puedes, respira, respira, trabajo y osadía.

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Interferencias (muestra)  

Primeras páginas del libro 'Interferencias', de Manuel Seixas, traducido al castellano y publicado por Pulp Books en 2017. Disponible aquí:...

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