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Apoteosis de las perchas (divertimento napolitano)


Fue el frutero, don Giusseppe Montanari, quien, nervioso a más no poder, llamó por teléfono a los carabinieri. Vengan rápido, por favor. Nunca he visto una desgracia tan grande. Un mendigo que lleva varios meses viviendo en el soportal junto a mi negocio, aquí en Via dei Tribunali, acaba de darle una paliza monumental a un hombre. (…) Sí. Está tumbado en la calle en medio de un charco de sangre enorme. (…) No, por supuesto que no. (…) Nadie se ha atrevido a tocarle, lo único que hicimos fue alejarlo del mendigo. No tuvimos tiempo de hacer nada. ¡Vengan pronto, por lo que más quieran! (…) No les puedo contar mucho más, porque no vi lo que pasó, que estaba descargando unas cajas de fruta que había traído en la furgoneta cuando escuché los gritos de mi señora llamando por mí. ¡Giusseppe!, ¡Giusseppe!, ¡corre, ven! Parecía aterrorizada. Me di la vuelta para saber lo que estaba sucediendo y no daba crédito a lo que veía. El mendigo le estaba pegando a un tipo que pasaba por la calle, un hombre con un abrigo negro muy largo, con una barra de hierro que uso yo para bajar la persiana de la frutería. Y menuda forma de atizarle. ¡Estaba rabioso como un auténtico animal! Nunca en mi vida había visto cosa semejante. Vengan pronto, por favor. Lo tenemos aquí delante tumbado en el suelo y dos empleados de la pizzería de enfrente del soportal lo están sujetando para que no se escape. ¡Dense prisa, por el amor de Dios!

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No llegaron los vecinos a entender por qué ese mendigo que nunca había levantado sospechas de ninguna clase, que había sido tan bien acogido por todos, especialmente por don Giusseppe Montanari, el frutero del soportal, y por los empleados de las pizzerías de Via dei Tribunali, tras los siempre lógicos recelos iniciales, acabó convertido ante los ojos de todos en un criminal capaz de matar a un hombre a golpes. ¿Cómo pudo transformarse de tal modo ese personaje inofensivo que nunca había intentado hacerle mal a nadie? Al principio, quizás por miedo o por precaución, todo el vecindario, en su mayor parte viejos que vivían en casas que habían pertenecido a sus familias desde hacía generaciones, se había sentido bastante receloso del mendigo, que siempre da algo de miedo un individuo sucio y mal vestido que aparece de la noche a la mañana con intenciones de instalarse en los soportales donde se hace el mercado, justo en el rincón que queda tras las cajas de fruta que despliega don Giusseppe Montanari, el frutero, para exponer su mercancía. Pero poco a poco todos se habían ido acostumbrando a su presencia hasta acabar por acogerlo como a un miembro más de la familia, aunque, eso sí, siempre con cuidado de marcar bien las distancias, que ya dice el refrán que il diavolo é sotile, e fila grosso, por lo que es necesario andarse con mucho ojo. Lo que sucedió hoy por la mañana no tenía nombre. ¡Intentar matar a golpes a un hombre que simplemente pasaba por allí sin hacer daño a nadie! ¡Parecía tan pacífico el mendigo! Fue algo completamente inesperado. Vale que Nápoles por la noche no es precisamente un lugar que no oculte peligros, que el barrio deja mucho que desear en materia de seguridad ciudadana, aunque tampoco sea la zona más peligrosa de la ciudad. 14


Puede que haya robos, de carteras, sobre todo, es cierto, extraídas con verdadera maestría de bolsos y bolsillos de turistas despistados que no prestan suficiente atención a sus pertenencias. Puede que haya delincuencia, que todo el mundo sabe cómo es Nápoles, que seguridad, lo que se dice seguridad, no hay mucha, pero intentar matar a plena luz del día y con la calle llena de gente, tal como sucedió hoy por la mañana… ¡Hacía mucho tiempo que en Via dei Tribunali no se agredía a nadie con tanta violencia y ante los ojos de todo el mundo!

No tuvieron problema alguno los agentes del comisario Rinaldi, de la comisaría de Via Mario Morgantini, en el centro storico de Nápoles, para esposar al mendigo ni para meterlo en el coche patrulla porque, aunque visiblemente alterado, no opuso ni la más mínima resistencia. Con lo bien que estaba marchando todo en estos últimos meses, pensó el comisario Rinaldi, tuvo que aparecer ahora este condenado para darnos trabajo. Oh mio Dio!, menuda paliza que le propinó a este pobre hombre. A ver, ¿llega de una vez esa maldita ambulancia?, preguntó a sus agentes, que le contestaron que ya estaba llegando, que había mucho tráfico a esas horas pero que ya les habían dicho por radio que era cuestión de segundos.

Este hombre sigue con vida, aunque no responde a ningún estímulo. Tenemos que proceder con mucha rapidez, dijo el médico que había llegado en la ambulancia después de comprobar que sorprendentemente 15


el hombre del abrigo negro no estaba muerto a pesar de los golpes recibidos por todo el cuerpo, aunque los peores en la cabeza, para a continuación poner rápidamente en marcha el protocolo de actuación con el fin de llevarlo al Ospedale Cardarelli, donde fue ingresado en estado de extrema gravedad en una unidad de cuidados intensivos. No sé si podremos hacer nada para salvarle la vida, señor comisario, se había lamentado el médico de la ambulancia antes de marchar. Esto pinta muy mal. Este hombre tiene todo el cuerpo verdaderamente magullado, especialmente la cabeza. Debe de tener fracturas por todas partes, y además perdió una enorme cantidad de sangre. Ese individuo que tienen en el coche patrulla actuó en su contra con una crueldad desmedida.

Antes de abandonar Via dei Tribunali, el comisario y sus agentes tomaron declaración a unos cuantos testigos que corroboraron todo cuanto había contado don Giusseppe Montanari, el frutero. Así, los empleados de la pizzería di Matteo, uno de los establecimientos más concurridos de la calle, les dijeron que sin que a nadie le diese tiempo a reaccionar, porque todo sucedió en cuestión de segundos, el mendigo, que mire que parecía una persona pacífica, que en todos los meses que lleva aquí no le ha hecho mal a nadie, se levantó del suelo donde estaba sentado, como siempre, viendo pasar a los transeúntes y pidiendo limosna ahí junto a ese portal, cogió la barra de hierro que usa el frutero para bajar la persiana metálica y se dirigió con paso decidido hacia ese pobre hombre que se llevaron en la ambulancia. Le golpeó con tal violencia 16


que ninguno de nosotros se atrevió a acercarse para separarles. ¡Una locura! ¡Daba pánico! Una vez tomadas las declaraciones de los testigos, el comisario Rinaldi ordenó a sus agentes que llevasen a comisaría la barra de hierro del frutero y cuatro bolsas de plástico llenas de ropa sucia y maloliente que, según les contó una vecina, eran todas las pertenencias del mendigo. Antes de subirse al coche para marchar se encendió un cigarro y echó un vistazo a su alrededor. Via dei Tribunali, que va desde la iglesia de San Pietro la Maiella hasta el Castel Capuano, donde tiene su sede civil el tribunal de Nápoles que da nombre a la calle, es una de las vías más antiguas de la ciudad y también la más importante de su centro storico, uno de los barrios más populares, que siempre está muy animado tanto por el día como por la noche. Suele ser lugar de pequeños hurtos e innumerables incidencias de tráfico, especialmente por la enorme velocidad a la que circulan las motos, que se mueven entre la gente y los coches como si fuesen avispas. Pero tenía razón el frutero, hacía muchos años que no se intentaba cometer un crimen a plena luz del día. Ni los más viejos del lugar recordaban la última vez que semejante cosa había sucedido. Manda huevos con el mendigo, pensó el comisario antes de apagar el cigarro para meterse en el coche y marcharse hacia comisaría, siempre tiene que aparecer alguien para hincharle a uno las narices. Venga, amigos. Ya pasó todo. Vuelvan a sus cosas que el espectáculo ya ha terminado, les gritó a los curiosos antes de abandonar el lugar.

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Las huellas dactilares no dan lugar a engaño, así que, transcurrida apenas una hora desde que había sido llevado a la comisaría de Via Mario Morgantini y una vez hechas todas las comprobaciones pertinentes, para alivio del comisario Rinaldi y de sus ayudantes, el mendigo de Via dei Tribunali accedió por fin a confirmar su identidad. Va bene! No insistan más, por favor. ¡Qué pesadilla! Sí. ¡Me llamo Tommaso, Tommaso Bonanno, y soy siciliano! Soy ese mismo que ustedes dicen, ese que en sus registros aparece como desaparecido en el mar cerca de las costas del estrecho de Mesina. Pero como bien pueden comprobar, mis queridos agentes, desaparecer y estar muerto son dos cosas muy distintas, y he aquí que yo no estoy muerto, que estoy tan vivo como cualquiera de ustedes. ¡Miren cómo hablo y cómo respiro! Yo simplemente desaparecí. Un día cogí y desaparecí, y lo hice por voluntad propia, ¿saben? Salí de mi aldea para buscarme una nueva vida lejos de aquel repulsivo olor a pescado que invadía todo cuanto me rodeaba. ¡Me dan ganas de vomitar sólo de pensarlo! En mi familia los hombres siempre vivieron del mar, mis hermanos, mis tíos, mi padre, y también el padre de mi padre, y así hasta que uno se va perdiendo en la memoria de los tiempos. Todos apestados con el olor a pescado generación tras generación. Pero yo me cansé. Madonna mia! Yo dije ya basta, así que un día decidí cambiar el curso de mi futuro. Piensen un momento, por favor. ¿Qué persona con dos dedos de frente no habría hecho lo mismo? ¿Quién habría querido pasar el resto de su vida navegando en una cáscara de nuez para malvivir de la maldita pesca, para estar tirando de las redes noche tras noche a cambio de cuatro míseros duros que no dan para vivir sino sim18


plemente para subsistir? A ver, ¿quién? Pónganse en mi lugar. ¿Cómo no iba a cansarme? Tenía diecinueve años y toda la vida por delante, y entonces pensé que ya estaba bien de olor a pescado, que ya estaba bien de tripas y de escamas, así que cogí y me dije a mí mismo: Tommaso, tienes que marcharte de aquí cuanto antes; coges el barco, o la carretera, o lo que sea, ¡qué demonios!, y abandonas esta aldea para no volver nunca más. No tienes nada que ver con esta puta mierda. Le di un montón de vueltas a la idea hasta que conseguí tramar un plan que no podía fallar de ningún modo, y un día, mientras todos estaban preparando los aparejos para salir por la noche a pescar, fingí un dolor de estómago terrible de esos que se tienen cuando a uno le sienta mal algo y conseguí no salir al mar con mi padre y mis hermanos que, por cierto, se marcharon de casa entre risas, los muy cabrones. Mira il signorino. No vales nada, decían. Fijaos qué medio hombre, que no puede trabajar porque dice que le sentó mal la comida. ¡No vales un duro! Madonna mia! ¡Los mataría a todos si pudiese! ¡Cuánto los odiaba, a ellos y a ese olor a pescado que siempre les acompañaba! Cuando por fin llegó la noche y mis hermanas y mi madre se fueron a la cama me aseguré de que todas estaban durmiendo y me encaminé hacia un rincón del interior de la alacena de la cocina donde sabía que mi padre tenía dinero escondido. Cogí todo lo que encontré, que no era mucho, no vayan a pensar, que aquella casa era una miseria, y salí a la calle tan rápido como pude, dispuesto a no volver por allí nunca jamás. Bajé al puerto a la carrera agazapado en la oscuridad de la noche, subí a la primera barca que encontré y me eché al mar. ¡No pueden imaginarse lo lleno de vida que me sentí en aquellos momentos! El agua estaba calmada como nunca la había visto. Remé, 19


remé y remé hasta que las luces de la costa de Sicilia quedaron muy lejos, y cuando no podía más me dejé llevar por la corriente. Tuve tanta suerte que no tardé mucho en otear a lo lejos las costas de la península. Entonces volví a agarrar los remos y cogí aliento como pude para acercarme lo máximo posible a una calita que tiene un nombre que ya no recuerdo para poder abandonar allí la barca y comenzar mi deseada nueva vida lejos del olor a pescado que había invadido mi alrededor desde que nací. Allá quedaban para siempre las escamas y las tripas. ¡Allá quedaba la porca miseria! Por delante se abría una nueva vida. El resto de la historia ya la conocen ustedes porque apareció en casi todos los periódicos: marinero desaparecido en las aguas del estrecho de Mesina. Mi familia me daba por muerto y nadie iba a intentar buscarme nunca más. ¡Qué feliz estaba, Madonna mia! Por fin había conseguido lo que quería.

La vida en Via dei Tribunali resultó mucho más fácil y placentera de lo que nunca Tommaso Bonanno hubiese podido imaginar. La parte más antigua de Nápoles, el centro storico, es un enrevesado laberinto de calles estrechas con casas de tres o cuatro plantas donde las cuerdas con ropa tendida cruzadas de balcón a balcón crean un ambiente singular para los paseantes, muchos de ellos turistas que llegan en los grandes barcos que cada día atracan en los muelles de cruceros de la ciudad, cerca de la fortaleza de Castel Nuovo. No me costó nada buscar un modo de subsistir una vez que me instalé en Via dei Tribunali, les contó Tommaso al comisario Rinaldi y a sus carabinieri. Fue 20


como entrar en el seno de una nueva familia. Incluso el frutero me trajo un viejo colchón que cada día escondía con todas mis pertenencias, las cuatro bolsas de plástico que trajeron conmigo a comisaría, detrás de las cajas de fruta. El desayuno estaba solucionado con el dinero que conseguía con las limosnas del día anterior. Los vecinos me trataban a cuerpo de rey. Buon giorno, amico! ¿Cómo ha ido la noche? Aunque no llegaron a saber mi nombre porque tampoco nunca me lo preguntaron. Me consideraban un hombre de pocas palabras. ¿Cómo les iba a contar que el mendigo que acababa de instalarse en el mismísimo corazón de su barrio tan viejo y tan empobrecido había estado trabajando en uno de los barcos de cruceros más lujosos de los que viajaban cada semana de costa a costa a través del Mediterráneo? ¿Cómo les iba a decir, Madonna mia!, que ese tipo que dormía en el soportal, junto a la frutería, hacía cócteles en un salón de primera clase por el que pasaba la gente más distinguida de media Europa? Nunca se me pasó por la cabeza decirles cómo me llamaba, ¿comprenden? De ningún modo podía desvelarles mi secreto más preciado, porque si lo hubiese hecho me habría visto sometido a un mundo de preguntas que acabarían por echar al traste mi deseo de pasar completamente desapercibido. Lo último que deseaba era provocar una situación semejante a esto que me está sucediendo en esta comisaría. ¿A ver por qué tuvo que pasar nunca por Via dei Tribunali ese maldito hijo de Satanás? ¿Por qué?

Las palabras de Tommaso a los carabinieri confirmaron que efectivamente, tal como desde un principio habían 21


sospechado, tenía que existir algún tipo de relación previa entre el mendigo y el hombre que había intentado asesinar a golpes con la barra de hierro del frutero, que nadie se levanta del suelo hecho una furia para meterle una paliza a un viandante así como así sin que antes haya sucedido algo que detone ese estallido de furia. Pero de acuerdo con el protocolo que tenían estipulado para este tipo de interrogatorios decidieron dejar que el mendigo siguiese hablando sin interrumpirle. Pasé unos meses muy tranquilos en Via dei Tribunali. Los vecinos me aceptaron entre ellos enseguida y los turistas, fíjense qué simpáticos, incluso me hacían fotos como si yo formase parte del decorado, qué majos. Yo les ponía cara de lástima y ellos me daban a cambio unas monedas, como si fuese un animalito de un circo. Por las mañanas, después de remojarme bien la cara en la pila que hay en la entrada de la iglesia de San Paolo, esa que está cerca del soportal, caminaba hasta Via Duomo, que es la más soleada antes de mediodía, me sentaba en la puerta de la catedral, en el último escalón de las escaleras, y ponía cara de dolor. Eso me funcionaba de maravilla. No paraban de caerme monedas en la mano. De vez en cuando incluso soltaba algún lamento y eso incrementaba aún más la recaudación. A veces incluso caía algún billete. ¡Nunca en mi vida había pensado que la gente fuese tan desprendida con el dinero! A mediodía los de la pizzería di Matteo, que cocinaban que da gusto, me daban las sobras que habían dejado los turistas, e incluso algunas veces aparecía un alma cándida que me ofrecía un café calentito. Y por las tardes me sentaba en la plaza de San Gaetano, normalmente delante de la puerta de la iglesia de San Gregorio Armeno, por si caía alguna moneda más, o paseaba sin rumbo fijo por las calles del 22


barrio, que siempre algún vecino me daba algo de comer; eso si alguien no me invitaba a una cerveza. Lo que nunca hice en todos los meses que llevo en esta ciudad, que ya he perdido la cuenta de cuantos son, fue alejarme mucho de Via dei Tribunali. Nunca salí. Nunca. ¡Ni loco! ¿Qué sería de mí si las perchas subiesen de mi paradero?

Después de unas horas en comisaría, y en vista de que con el relato de Tommaso Bonanno no conseguía avanzar en la investigación de la brutal agresión al hombre del abrigo negro, el comisario Rinaldi se dio cuenta de que había llegado el momento de dar un giro al interrogatorio porque el detenido se sumergía continuamente en una sarta de divagaciones que no aportaban nada útil para el esclarecimiento de los motivos que le habían llevado a propinar la monumental paliza a su víctima.

Ya basta de estupideces, Tommaso, le dijo al detenido, estoy bastante cansado de no sacar nada en limpio de tus palabras, no quiero escuchar nada más de todo ese rollo patatero de cómo cruzaste Italia entera de sur a norte. No me interesa ni lo más mínimo, ¿sabes? Y no me interesa porque no tengo intención alguna de escribir tu biografía, así que como me vuelvas a hablar de lo mal que lo pasaste mientras escapabas del olor a pescado y de lo horrible que fue para ti tener que robar comida para sobrevivir, te suelto un sopapo que no sé si saldrás vivo de esta comisaría, ¿me entiendes, pedazo de mierda? Vas a empezar a explicarme con todo lujo de detalles lo 23


que se te pasó por la cabeza cuando decidiste empezar a pegarle con una barra de hierro a ese pobre hombre que, por si no lo sabes, está siendo operado de urgencia en un quirófano del Ospedale Cardarelli, así que ya sabes, ¡empieza a hablar de cosas de las que podamos sacar algo de provecho, o no sales vivo de esta comisaría! Abiertamente sorprendido por la agresividad de las palabras del comisario, Tommaso Bonanno aún tardó un buen rato en empezar a hablar. Madonna mia! ¿No está muerto? ¿Pero cómo puede ser posible? ¡Con tanto como le aticé en la cabeza! ¡Si yo mismo le vi allí tirado en el suelo, completamente lleno de sangre! Esa maldita percha andaba tras de mí después de todo lo que sucedió en el barco y acababa de descubrir mi escondrijo. ¿Con todos los golpes que le di no fui capaz de acabar con ella? ¡No puede ser! ¡Basta, Tommaso! ¡Déjate de rollos! ¿Qué mandangas son esas de una percha que andaba en tu busca? Estás a punto de agotar lo poco que me queda de paciencia con toda tu verborrea barata, dijo el comisario a gritos. Ese hombre que está en un quirófano del Ospedale Cardarelli, maldito cabrón, llegó a urgencias casi muerto después de los golpes que le diste con esa barra de hierro que está apoyada contra la pared en esa esquina, por lo que los médicos que le están operando no tienen ni idea de si van a poder salvarle la vida o no, ¿entiendes? Esto es mucho más serio de lo que puede parecer, así que no empieces a decir tonterías porque voy a pensar que perdiste el poco sentido que aún te quedaba. Después de todo lo que sucedió hoy por la mañana en Via dei Tribunali lo mejor para ti en estos momentos es colaborar conmigo. ¿Me has oído bien o prefieres que te lo diga con dos buenos sopapos?, que por falta de ganas no va a ser. 24

Apoteosis de las perchas (muestra)  

Primeras páginas del libro de Xesús Constela, publicado por Pulp Books y disponible aquí: http://pulpbooks.es/index2.php?op=ver&id=1350

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