La aventura de Hodia de Piort (muestra)

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La aventura de Hodia de Piort Ole Lund Kirkegaard Este li se lo rega ☐ laron a ó ☐ lo gan pró m o ☐ lo c gó n a m ☐ lo ntró o c n e ☐ lo

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El niño Hodia

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a ciudad de Piort está en Bulguislavia, y en la ciudad de Piort vivía un niño que se llamaba Hodia. Este libro trata de él. De él y de la alfombra roja. Pero antes de contarte más cosas sobre el niño Hodia, te hablaré un poco de la ciudad en donde vivía. La ciudad de Piort se parece a cualquier otra pequeña ciudad de Bulguislavia. Está situada a la orilla de un río pequeño y fangoso, y al otro lado del río se pueden ver las montañas. Todas las casas de Piort están encaladas y tienen el tejado plano. Por la tarde, cuando el sol se pone por detrás de las montañas, al otro lado del río, y el aire refresca y se hace más ligero, los hombres se sientan a veces en los tejados planos de las casas y fuman en sus pipas de agua. También sucede a veces que los habitantes de Piort duermen en los tejados planos de sus casas. Se acuestan en la

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oscuridad respirando el olor de los naranjos en flor y mirando las estrellas antes de quedarse dormidos. Las calles de la ciudad de Piort son estrechas y empinadas. Algunas incluso son tan empinadas que tienen escaleras.

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Y todo Piort estĂĄ lleno de plazas pequeĂąas y polvorientas. En ellas se encuentran los comerciantes, los zapateros y los vendedores de alfombras, esperando a la sombra de sus toldos a que alguien se acerque a comprar algo.

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En Piort casi todos los hombres llevan fez –sí, fez– y babuchas. Quizá no sabes lo que es un fez, pero te lo puedo decir yo. Es un pequeño gorro rojo que parece una maceta puesta del revés. Pero a la gente de Piort eso le da igual, porque nunca han visto una maceta. A la mayoría les encanta andar con babuchas, porque no aprietan los dedos y no hay que limpiarlas nunca. Probablemente esta es la causa de que los hombres de Piort estén tan contentos con sus babuchas. ¿Y las mujeres de Piort?

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Pues llevan largas túnicas negras y un pequeño velo que les oculta el rostro. Lo único que se les ve son los ojos y los pies. Las mujeres parecen enormes pájaros negros cuando deambulan por las estrechas y empinadas calles con sus cántaros de agua en la cabeza. ¿Y por qué llevan velo? Bueno, las mujeres de Piort están tan entusiasmadas con sus velos como los hombres con sus babuchas. Porque cuando las mujeres se tapan la cara con el velo, no necesitan usar lápiz de labios, y nadie puede ver si les falta algún diente.

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Todo eso suena muy extraño. Pero te puedo asegurar que, aparte de las babuchas, los velos y las pipas de agua, los habitantes de Piort no son muy diferentes de los de cualquier otra ciudad del mundo. Y ya es tiempo de que sepamos algo más del niño Hodia. Hodia tenía nueve años. Iba todas las mañanas, al igual que los demás niños de Piort, a la escuela, para aprender a leer y escribir, como es normal en toda Bulguislavia. Pero a Hodia no le interesaba mucho aprender a leer y escribir. Hodia tenía unas ideas completamente distintas en la cabeza. Hodia quería salir a ver mundo. Una de las calles más pequeñas y empinadas de la ciudad de Piort era la Calle de los Sastres. En ella vivían todos los sastres de la ciudad, y en ella vivían también Hodia, su padre y su madre. Porque el padre de Hodia era sastre. Todos los días, Hodia padre se sentaba a la sombra delante de su casa y cosía. Había cosido tanto durante tantos años que se había quedado completamente bizco. Pues un sastre tiene que mirar al mismo tiempo a la tela y a la aguja, y cuanto más largo es el hilo, más distancia hay entre la tela y la aguja.

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Hodia padre era muy perezoso. Siempre utilizaba un hilo muy largo, así que siempre había mucha distancia entre la tela y la aguja. Y como tenía que mantener un ojo en ambas a la vez, uno de sus ojos miraba hacia abajo y el otro hacia arriba. Nunca había habido en Piort un sastre tan perezoso como Hodia padre, ni nunca tuvieron en Piort ningún sastre tan bizco como él.

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–Tienes que ser sastre –decía Hodia padre, mirando a su hijo con sus ojos bizcos–. Es un buen oficio. –Ni hablar –decía Hodia–. Yo quiero ir a ver mundo. Hodia padre sacudía la cabeza. –Tonterías –decía–. ¿Cómo se te han metido en la cabeza unas ideas tan estúpidas? No, hijo mío. Te quedarás en Piort, y serás sastre. Debes tener los pies en el suelo.

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–¿Qué es eso de tener los pies en el suelo? –preguntó Hodia. –Je, je, ejem –graznó Hodia padre guiñando uno de sus bizcos ojos–. Tendrás una casita, un jardincito con una fuente… y quizá también una mujercita, ¿eh? –Bah –dijo Hodia–. No necesito ninguna mujercita. –Bueno, bueno –dijo Hodia padre, rascándose la barba–. Ya sentarás la cabeza, hijo. Pero Hodia no sentó la cabeza. En cambio, bajó al río para hablar con los pescadores. Las barcas de pescadores se balanceaban en el pequeño y fangoso río, mientras los pescadores, sentados en la orilla bajo una gran vela, fumaban sus pipas de agua. –¿Hay alguien que quiera llevarme río abajo? –preguntó Hodia a los pescadores–. Me gustaría ir a ver mundo. Los pescadores dejaron sus pipas de agua y miraron al niño. –¿Qué has dicho? –preguntó uno de los pescadores. –Que me gustaría ir ver mundo –dijo Hodia. Los pescadores se miraron y se echaron a reír. –¡Ir a ver mundo! –gritaron–. ¡Este pequeño pardillo quiere ir a ver mundo! Se partían de risa y se daban golpes en la espalda. Algunos se rieron tan fuerte que se atragantaron con el humo de las pipas de agua.

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–No soy ningún pardillo –dijo Hodia, ofendido–. Solo quiero salir a ver mundo. –Este niño se ha vuelto loco –se mofaron los pescadores–. Pero ya sentará la cabeza. Y siguieron riéndose a carcajadas. “Bueno”, pensó Hodia alejándose del río. “Se ve que no quieren llevarme. Probaré en otro sitio, entonces.” No, Hodia no sentó la cabeza. Al contrario, se dirigió a la Plaza de los Arrieros.

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La Plaza de los Arrieros era una plaza enorme, sucia y polvorienta. Estaba llena de carros, burros y mulas, y detrás de los carros estaban los arrieros con sus sucias ropas, bebiendo aguardiente de ciruela. –¿Hay alguien que quiera llevarme? –preguntó Hodia a los sucios arrieros–. Me gustaría ir a ver mundo. Los sucios arrieros apartaron las botellas de aguardiente de la boca y asomaron sus largas narices por detrás de los carros para ver mejor a Hodia.

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–¿Qué dice este crío? –preguntó uno de los arrieros. –Si quiere aguardiente –dijo otro de los arrieros–, dejadle echar un trago. –No quiero vuestro aguardiente –dijo Hodia–. Me gustaría ir a ver mundo. Los arrieros se miraron con sus ojos enrojecidos. –¡Ir a ver mundo! –gritaron y se echaron a reír–. ¡Nunca hemos oído una tontería mayor! Se echaron hacia atrás y se rieron aún más fuerte.

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–¿Ninguno de vosotros quiere llevarme? –preguntó Hodia–. Me gustaría ir a ver mundo. –Escuchad –dijo el más grande y gordo de los arrieros–. Este crío sigue desvariando. –Sí –exclamó otro, levantándose titubeante–. ¡Largo de aquí, granuja, y deja a la gente beber su aguardiente en paz! “Vaya”, pensó Hodia. “No quieren llevarme.” Y mientras se alejaba de la plaza grande y polvorienta, oyó claramente cómo los sucios arrieros se reían y gritaban: –Ese estrafalario muchacho ya sentará la cabeza algún día. Pero, creedme, Hodia siguió sin sentar la cabeza.

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