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XosĂŠ Monteagudo

El curioso mundo de las personas normales


A Carlos Lema, que confi贸 siempre


El enfermo es un clarividente, para nadie es mรกs clara la imagen del mundo. Thomas Bernhard, El aliento


1 Horizontal No. Tomás no podía creer lo que le decían, por muy solemnemente que se lo estuviese contando sor Raquel y aunque él no recordase ninguna ocasión en la que sor Raquel hubiese mentido. Pero aquello que decía del doctor Regueiro no podía ser verdad, porque Tomás lo conocía muy bien y nunca había visto eso en él. ¿Qué había visto en el doctor Regueiro? Lo mismo que en todos los demás doctores. Incluso lo mismo que en cualquier enfermo de los que pasaban por las camas de su habitación. Es decir, un hombre con la cara y los brazos como todos que, además, siempre intentaba que Tomás estuviese lo mejor posible y que incluso discutía con los otros doctores, si hacía falta, para conseguir que Tomás se sintiese más feliz. Por eso no podía creer que el doctor Regueiro fuese como decía sor Raquel, por mucho que él no pudiese ver lo que ocultaba su bata blanca. Negó y negó, girando repetidamente la cabeza a un lado y a otro sobre la almohada, convencido de que alguien mentía. De todas formas, aunque aquello de la piel del doctor Regueiro fuese verdad, tampoco entendía que eso constituyese motivo suficiente como para que tuviese que dejar de trabajar en el hospital. A no ser que a los doctores se les exigiese un estado de salud ejemplar para diferenciarlos de los enfermos. Quizás incluso para que los propios 11


enfermos los respetasen aún más. Pero al fin y al cabo, si los pacientes no podían ver a simple vista lo de su piel y todos lo respetaban, a cualquiera le daría igual que por debajo de la bata fuese como fuese, con tal de que desempeñase bien su trabajo. Tomás no podía sacarse la idea de la cabeza después de que sor Raquel hubiera dicho que el doctor Regueiro ya no trabajaba en el hospital por aquella causa. Aun así, en los días siguientes comprendió que el asunto no era tan simple como él lo había entendido, como lo entendería cualquiera sabiendo lo que él sabía. Observó que del mismo modo en que antes nadie hablaba ni de colores ni de pieles, de repente a todo el mundo a su alrededor parecía preocuparle de qué color tenía la piel cada uno. La primera muestra de este nuevo odio, que a veces a Tomás se le figuraba que sólo era una forma del miedo, la tuvo en lo que le oyó hablar en una ocasión al enfermo que ocupaba la cama a su izquierda. –Pretendían que todos fuésemos rojos como ellos –le decía el paciente de la cama dos al que ocupaba la cama tres. Y en eso Tomás le tuvo que dar silenciosamente la razón a aquel enfermo. Incluso entendió el asco que desprendían sus palabras. Porque nadie podía pretender que, porque él tuviese la piel roja, todos los demás la debían tener igual. Ni roja ni azul ni de ningún otro color. Cada uno tenía la piel que tenía y eso no debía ser motivo de mayor discusión. Durante un tiempo pensó que, de todos modos, hubiese habido un error o no, el doctor Regueiro volvería alguna vez por allí. Aunque sólo fuese para hacerle una visita. Casi todos los días les preguntaba por él a sor Natalia o a sor Raquel. Ellas siempre le respondían que 12


no había venido y él les decía que quería verlo y les pedía que se lo transmitiesen. Pasó más de un mes sin dejar de preguntar ningún día. Reflexionó que sería la mejor forma de que ni ellas ni él se olvidasen de que el doctor Regueiro debía venir al hospital. Hasta que, en una ocasión, cuando la enfermera abandonó la habitación y el enfermo que acababa de ocupar la cama a su lado oyó el nombre que seguía haciendo eco en su voz, el recién llegado le dijo aquello. –Deja de preguntar por él, hijo, que ya le han dado matarile. Tomás no supo qué quería decir su vecino de habitación. Pero cuando iba a pedirle que se lo explicase, entró de nuevo sor Natalia, por lo que fue a ella a quien se lo preguntó. –¿Ya le han dado matarile al doctor Regueiro? Habitualmente, las palabras de Tomás no alteraban en nada la disposición con la que los trabajadores del hospital acometían sus tareas. Podía hablar cuando una enfermera le cambiaba la bandeja de la comida, cuando le acercaba la mesa de ruedas al lado de la cama para comer o en los momentos en los que le aireaba las sábanas, que no por ello detendría su labor o levantaría siquiera la cabeza para mirarlo. Pero ante aquella pregunta, Tomás no sabía si a causa de la interrogación en sí misma o por repetir él aquella palabra, matarile, que nunca antes había dicho y que quizás representaba algún grave e ignorado ultraje en la lengua de las personas normales, sor Natalia se detuvo en seco. El jarro que tenía en la mano vibró ligeramente. Fue como si un calambre hubiese electrizado su brazo. Incluso cayeron al suelo unas gotas de agua mientras observaba a Tomás, asombrada. 13


–¿Pero tú cómo sabes…? Su pregunta se detuvo a mitad del planteamiento. Transcurrieron unos segundos en silencio. Después, el tono de voz de la enfermera cambió para decir unas palabras que emprendían un camino muy diferente. –Supongo que en algún momento tendrás que saberlo –comentó. A continuación, le contó todo lo que ella sabía y le podía contar, según aclaró al terminar su relato. Tomás supo así que al doctor Regueiro lo habían detenido, que lo habían metido en la cárcel y que ahora estaba muerto. Nada más. Tras eso ya no mostró ningún interés por conocer la línea que unía los tres puntos, que empezaban en la detención y terminaban en la muerte. Lo único que suscitó en su imaginación ese punto final fue la imagen del doctor Regueiro tendido en horizontal, como cualquiera de los enfermos que él mismo había atendido mientras se mantenía en posición vertical. Porque a eso se reducía todo en la idea que fue capaz de concebir en aquel instante, a ocupar en el mundo la posición vertical o la horizontal. Y estaba claro que alguien había querido trasladar al doctor Regueiro de una a otra. Así que él, el doctor Regueiro, que antes no sólo estaba en vertical sino que hacía todo lo posible para que los que estaban en horizontal pudiesen recuperar la otra posición, ahora era como cualquiera de ellos. Y no porque la simpatía que le causaban aquellos a los que había dedicado su trabajo y su afán, quizás durante la mayor parte de su vida, lo llevase a compartir por propia voluntad su posición, más allá de las horas de la noche, para ver lo que sentían. Porque eso tampoco estaba mal, que los doctores experimentasen alguna vez, temporalmente, 14


los sufrimientos de los enfermos. Pero la particularidad del doctor Regueiro era que a él ningún otro doctor le haría recuperar nunca más la posición vertical, como no se la podían hacer recuperar a ninguno de los enfermos que a Tomás le había coincidido ver muertos en alguna de las camas del hospital. O como al propio Tomás, que no estaba muerto aún, pero que no por eso llegaría a recuperar jamás la posición vertical. Aun así, él no podía quejarse en esos días. La culpa de que Tomás no recuperase la posición vertical no era de nadie. Al contrario, la ventaja que tenía era que, aunque nunca podría aspirar a vivir en vertical, jamás había conocido lo que era la vida en esa postura. Así que tampoco albergaba en su memoria un recuerdo que, al no poder ser vivificado de nuevo, se convirtiese en un motivo más de mortificación que de felicidad. Eso era lo que les ocurría a algunos de los diversos compañeros de habitación que pasaban por las camas vecinas a la suya. Que ellos sabían lo que era vivir en vertical. Durante años, habían vivido en vertical y, de repente, se encontraban en horizontal, cuando menos se lo esperaban y más necesitaban la verticalidad. Los pacientes que ingresaban en esa temporada eran jóvenes que habían quedado reducidos a la posición horizontal, no porque los hubiese atacado alguna enfermedad contra la que no habían podido luchar por sí mismos, sino por haberse ido lejos, sin saber adónde, llevados por voluntad propia o ajena. Tomás conocía de unos y de otros, de los que iban porque querían y de los que iban aunque no quisiesen. Y todos a hacer lo mismo. Todos a pegar tiros contra otros que del lado opuesto desarrollaban igual tarea, a ver quién le daba a quién. Así que unos 15


daban y otros recibían, y al final allí, al hospital, llegaban todos los que recibían, unos en una pierna, otros en el abdomen, en la espalda o incluso en la cabeza, que eran casi siempre los más graves, aunque no siempre los que menos ganas tenían de volver a reanudar la labor que los había llevado allí. Porque en eso también observó que las reacciones de unos y de otros no respondían a la lógica que había aprendido durante su convivencia con los enfermos. Los anteriores enfermos eran dóciles y sumisos, habían aprendido a evitar cuando podían las situaciones que les habían causado los males. En cambio, los nuevos parecían regirse por otras normas que ni siquiera tenían que ver con la gravedad de su dolencia. A veces, no eran los más enfermos, según comprobó Tomás, los que menos ganas tenían de volver a la actividad que les había provocado el mal, sino algunos de los que menos gravemente heridos parecían estar. Tomás tuvo por vecino, en la cama de al lado, a un enfermo que llegó sin hablar, trasladado en una camilla y envuelto en vendajes que a las pocas semanas, cuando empezó a hablar y a moverse sin dificultad aparente, sólo decía que tenía que regresar a la guerra. Detrás de ese, en cambio, vino otro joven que únicamente cojeaba de una pierna, pero que no quería oír hablar del lugar en el que acababa de estar. Así que Tomás aprendió que las dolencias también se podían encoger o estirar a gusto del enfermo. Y eso tenía su importancia.

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El curioso mundo de las personas normales (muestra)  

Primeras páginas de la novela 'El curioso mundo de las personas normales', de Xosé Monteagudo, disponible en Pulp Books: http://www.pulpbook...

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