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El día de la nevada Eduarda Coedo Alba, a la que le llaman Edua porque le gusta más, vive en la aldea de O Cebreiro, que está en la cima de un monte muy alto, cerca de Pedrafita, por la tierra de Ancares. Allí nieva mucho, pero a Edua le gusta la nieve. Por eso está muy contenta de haber nacido en esta aldea de casas cuadradas cubiertas de pizarra y de pallozas redondas que tienen muchísimos años y que las hay en pocos sitios. O Cebreiro está en el Camino de Santiago y pasan por allí muchos peregrinos. Casi todos se detienen para descansar después de subir la cuesta y, de paso, ver una aldea tan curiosa. Otros paran para almorzar, pero algunos también se quedan a dormir en el albergue o en la hospedería. En invierno pasan muy pocos, porque es verdad que allí hace mucho frío. Luego hace aparición la nieve. Ella es como otro peregrino que, a veces, tarda unos días en marcharse y se queda remolona por los arredores luciendo mucho tiempo su blancura. Cuando llega la nieve viene hermosísima. Una mañana de invierno, Edua se despierta, se arrima a la ventana, lo ve todo blanco y se pone contenta. Si es día de escuela, pregunta si la habrá o se habrán suspendido las clases. Si le dicen que no la hay, o es fin de semana, se 7


abriga más que los otros días y sale de casa. Juega con la nieve, hace muñecos y le tira bolas a la gente que se encuentra y a las paredes. Cuando se le quedan las manos muy frías y casi no siente los pies, se mete en casa otra vez para calentarse ante los leños del hogar. Una vez que ha entrado en calor, vuelve a los paseos, porque le pesa por el tiempo que pierde allí sentada. De vez en cuando se lleva un golpe en el culo de los que no duelen. Y así se pasa el día. En casa de Edua conservan el hogar de piedra y lo encienden todo el invierno. Cuando hace mucho frío, desde la mañana temprano. El abuelo César, que vive con la familia, es quien atiende el fuego y quien más tiempo pasa con la niña, pues los mayores tienen que trabajar con los animales y en el campo. En el hogar de los leños es donde el abuelo le cuenta las historias más bonitas y le habla de cómo eran las cosas cuando él era niño. A Edua el hogar le parece guay, aunque, a veces, haga algo de humo, los ojos piquen un poco y haya que frotarlos con cuidado. –Los ojos sólo se pueden frotar con los codos, Edua –le dice el abuelo, indicándole que no es bueno andar tocándolos. A ella le da la risa. Y el picor enseguida pasa. Y las llamas, además de calentar, son tan hermosas como las nubes de fuera y como el mar, que lo vio el verano pasado en la playa de Benquerencia. En el hogar no se cansa 8


de mirar aquellos colores anaranjados y azules que se mueven, se inflan y, a veces, desaparecen. ¿Y las chispas? ¡Oh, qué bonitas son y que bien suenan al dispararse como cohetes! Edua cumple años a mediados de diciembre. Durante la gran nevada de este invierno cumplió diez. Caía en sábado y, aunque es un buen día para celebraciones, esta vez fue difícil organizarle la fiesta como querían. Los papás y el abuelo se esmeraron para cumplirle los gustos, pero no todo fue igual que los otros años. El abuelo César había recogido el día anterior unos manojos de acebo para adornar la mesa y el pasillo, porque ya estaba muy cerca la Navidad. Mamá había preparado todo lo necesario para hacer una buena tarta de chocolate y había llenado una bolsita de chucherías para cada invitado. Pero papá, que es siempre el encargado de comprarle el regalo, no había podido bajar a Pedrafita. Edua andaba muy contenta porque le iban a comprar un ordenador portátil y papá se lo había encargado para aquel día. Pero, ¿cómo bajar a buscarlo? La carretera estaba cubierta por más de medio metro de nieve y los coches no podían circular en ninguna dirección. –¿Qué vamos a hacer ahora? –se preguntaban sus padres en la cocina antes de que se despertara Edua, que era bastante dormilona–. ¡Con la ilusión que le ha10


cía! ¡Con el tiempo que lleva esperando por él! ¡Qué mala suerte ir a nevar justo hoy! Porque vaya problema que se les presentaba aquel día. –¿Y no tendremos nada en casa que le pueda gustar mientras tanto? –decía mamá–. Porque esto no tiene arreglo. Después ya se lo traeremos. –Déjame pensar a ver si puede haber algo por ahí –dijo papá, rascando un poco la cabeza, como cuando se cavila de verdad en algo muy importante a lo que le hay que buscar solución. Y discurrieron los dos juntos bastante tiempo, pero no encontraron nada que les pareciera adecuado. Cuando se levantó el abuelo César, lo hablaron con él, que también se preocupó porque quería mucho a la niña y procuraba cumplirle los gustos. –A ver –dijeron–. Volvamos cavilar ahora los tres. Algo se nos ocurrirá. Y pensaron otro poco, en voz baja y en voz alta, ¡pero nada! Mientras tanto, la niña se despertó, saltó de la cama, se acercó al cristal y vio nieve, mucha nieve. De modo que se aseó y se vistió enseguida para salir. La vieron salir corriendo como una ardilla. Ni se les ocurrió detenerla para que desayunara. No debía tener hambre, pues había cenado bien. Y era mejor que estuviera entretenida mucho tiempo. 11


Cuando tuviera hambre o mucho frío, ya volvería, que estaba allí al lado. Y ojalá no se acordara de que era su cumpleaños, aunque esto les parecía bien difícil. ¡No habían hecho más que recordárselo la víspera! –¡Quien te verá mañana con tu ordenador y con tu merienda…! Y con todo lo que te traigan las amigas y los amigos. –Además tendrás ya diez años –decía el abuelo–, que es casi como ser grande. Y venga a reír. Pero ahora no había risas que valieran. El regalo los traía de cabeza. Con los invitados no tenían problema, porque eran las niñas y los niños de la aldea y podían venir igual. Eso sí, andando con cuidado, que la nieve es peligrosa. Ya debían andar todos juntos tirándose nieve porque se oía mucho barullo de vocecitas jóvenes. Y si estaban todos juntos, ¿cómo no iba a haberla felicitado alguno de ellos, tirándole de las orejas, para que siguieran los otros? Nunca se olvidan de hacer esto. El abuelo, pese a todo, se puso a adornar la casa, como si nada, colocando los manojos y poniendo unos globos de colores en el comedor. Y antes de lo previsto, Edua volvió chillando desde la puerta: –¡Tengo diez años! ¡Tengo diez años! ¡Abuelo, tengo diez años! 12


El cuaderno de Edua (muestra)