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Xos茅 Ram贸n Pena

Como en Argelia


Con mi agradecimiento a Xosé Luís Couceiro y a Xosé Luís Méndez Ferrín por tantas horas de afecto y alegría.


–Siéntate ahí y tranquilízate, haz el favor de calmarte de una vez. A ver: ¿qué quieres tomar? ¿Te apetece una copa de jerez, un whisky…? Mira, Vicente: ya te he dicho que tienes una ficha aceptable, yo diría que incluso bastante aceptable. Evidentemente, claro que podría ser mejor, pero… es lo que hay. En fin, supongo que te haces cargo… Asintió levemente con la cabeza y se dejó hundir despacio sobre el blando asiento del sofá. Luego se sacó las gafas y buscó en los bolsillos un pañuelo con que limpiarlas a conciencia. Sin embargo, antes de volver a la claridad de los contornos, dejó aún que la mirada le resbalase hasta el fondo del salón, enmarcado en verde claro. Adivinó entonces la presencia de dos cuadros gemelos donde dragones y húsares de la Princesa cabalgaban maniobras. «Una ficha aceptable, incluso bastante aceptable…» –Vicente. ¿Estás bien? Asintió de nuevo. Antes de continuar, su interlocutor fue a apagar el cigarrillo en el cenicero. Después buscó otro nuevo en el paquete y vino a sentarse junto a él. –¿Quieres…? Tienes razón, perdona, pero el caso es que nunca me acuerdo de que jamás pasaste de ser un fumador ocasional. Verás: la gente de aquí es muy… ¿cómo te diría?, es una gente… creo que muy objetiva –advirtió el énfasis en el vocablo; entornó y cerró los ojos–. Hay que decir a favor de ellos que

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saben realmente lo que se traen entre manos. Desde luego, está claro que tú has andado metido donde los dos sabemos y que sigues estando ahora donde estás. En los informes que manejan, figuras como un galleguista acérrimo, lo que no deja de ser completamente cierto; pero entienden también que eres una persona moderada, que no te relacionas con cualquiera y, por supuesto, que de ninguna forma simpatizas con comunistas o… –Sabes muy bien que no hago nada de esto sólo por mí, Fernando. No quiero que tú, ni nadie, pueda pensar jamás que se trata de una cobardía. Y mucho menos, una traición. –No te tienes que justificar; sé perfectamente a quien tengo delante. En cuanto a lo que acabas de decir… Han pasado ya veinte años, pero nunca lo olvidaré en todos los que me resten de vida. Me pudiste dejar allí: tirado y desangrándome como un cerdo, en aquella cantera; o aprovechar la ocasión y pasarte a los que tú considerabas que eran realmente los tuyos. Y, no obstante, no hiciste nada de eso. Todo lo contrario: cargaste conmigo, sin importarte que te pudieran matar en cualquier momento. Sé muy bien lo que te debo, Vicente. Se removió nervioso. Era cierto: nunca había pasado de ser un fumador circunstancial; sin embargo, sí que precisaba ahora un cigarrillo. Casi se quemó los dedos al encenderlo. Luego tosió aún varias veces antes de sentirse capaz de responder. –Entonces éramos tan sólo dos chavales, Fernando. Por mucho que tú fueras un oficial y yo un simple soldado, lo cierto es que no pasábamos de ser un par de críos metidos en la insensatez de una guerra. Pero fue, justamente, esa misma guerra la que nos convirtió en camaradas de armas. ¿Qué otra cosa querías que hiciera, entonces? Además, de haber estado tú en mi lugar y yo en el tuyo… ¿acaso no habrías actuado de la misma manera? –Cualquier otro habría huido de allí como una liebre. O se habría cagado o que sé yo… ¿Recuerdas el calor que hacía? Siempre lo recordaré: venía del este como un vaho

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caliente, sólido, empapando el aire; era como si toda el agua del río estuviera hirviendo de repente. ¡Y cómo cantaban las cigarras! Sobre todo al anochecer. Las jodidas presentían que al día siguiente habría aún más sofoco, una mayor asfixia… Cuando rompieron el frente en Flix y en Ascó y se metieron por Gandesa, ¡ahí sí que le pudieron dar la vuelta a la tortilla! Y todo hay que decirlo: la verdad es que si no llega a ser por la aviación, aquello acaba en desastre. Intentó llevarse el cigarrillo a los labios, pero comprobó que se le había apagado. Negó con la mano la oferta de otro y se dejó sumergir otra vez en el sofá. Su interlocutor se levantó y miró el reloj; también él lo consultó. De allí a nada tocaba arriar bandera. Reparó en que el otro recomponía el uniforme y notó que la guerrera ya le venía estrecha. Entornó los ojos y, apenas en una instantánea, recobró la imagen de otrora: la verdad es que sí que el tiempo había pasado por encima de su viejo camarada de armas. «Veinte años atrás y casi veinte kilos menos», sonrió en silencio. Y eso sin contar el avance imparable de la calvicie y la… Claro que, bien mirado, a veces tampoco se sentía él mismo como para echar muchos cohetes: presintió entonces que algún imaginario espejo estaba replicando su sonrisa. –Vicente. Levantó la mirada y, de pronto, fue a dar con aquella otra escrutadora y marrón clara. Por unos segundos, dudó. Sintió que hacía calor en la sala. Claro, no aquel calor de veinte años atrás, en las orillas del Ebro; pero sí demasiado para el mes en el que estaban y demasiado, sobre todo, para la ciudad de vientos y humedades en la que ahora habitaba. Se puso de pie y creyó sentir dos gotas de sudor sobre la frente. Permaneció en respetuosa posición de firmes cuando las notas de la Marcha Real declinaron en la tarde. –Acábate esa copa. ¿Quieres algo más? –negó con la cabeza; el militar fue a sentarse ahora frente a él, en una silla–.

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Verás, Vicente: tienes que comprender que arrancarle una información secreta a un miembro de otro cuerpo de seguridad, no es precisamente una coña. La Brigada, la Guardia Civil, nosotros mismos… nunca le pasamos a nadie informes acerca de los casos que estamos investigando; a no ser, claro, cuando hay una orden superior explícita. De todas formas, por lo que pude entresacar, y creo que acierto casi al cien por cien en mi cálculo, ahora mismo no hay aún una composición de lugar, un croquis trazado sobre el asunto. De hecho, la versión que les parece más sólida es la de que se trata de delincuentes comunes. –Pero…, pero está la llamada al periódico y también está la bala, ¿no?; y están las marcas en el coche. –Mira, Vicente: hay que tener en cuenta que tú, y ahora también yo, sabemos exactamente que fue lo que pasó, pero… nadie más tiene noticia, ¿no? Pues así las cosas, es normal que, de momento, sea la Guardia Civil la que lleve el asunto; y es lógico que no descarten ninguna posibilidad e incluso que consideren que se pueda tratar de comunes. En cuanto a la llamada al periódico… El periodista que la recibió declaró que, en realidad, no había acabado de entender qué es lo que le decían al otro lado del hilo; cree que hablaban en gallego, pero como él no es de aquí y, además, lleva aún muy poco tiempo en Galicia… De lo de las huellas, lo único que saben es que se trata de gente que no está fichada, o que borraron muy bien los rastros, aunque sí se encontraron restos de sangre, claro. No obstante, ningún hospital ha dado noticia de nada, y por ahí tampoco han avanzado hasta ahora. Y, bueno, faltan por confirmar aun los datos de balística y, desde luego, lo que puedan aportar los confidentes, esa arma salió de algún sitio… Ah, sí: en lo relativo a los coches, tienen registrada una denuncia por robo del primero de ellos, por parte del propietario. Pero ninguna noticia respecto del segundo. –Creo que se trata de un Seat.

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–¿El primero o…? Sí, el primero es uno de los nuevos, un 600 de color azul. –Me cuesta creer que no tengan más datos. ¿Estás seguro de…? –Vicente, acabo de explicarte que no es habitual, sino todo lo contrario, que se pase información de un servicio para otro. De todas formas, si nuestro sistema de investigación fuera tan eficiente, no habría necesidad de… bueno, de apretar a los detenidos como los aprietan, ya me entiendes. En todo caso, la Pirenaica no ha hecho la menor mención del asunto; por lo tanto, por ese lado tampoco hay motivos para pensar que se trate de una acción de índole política. Tosió levemente y se frotó los ojos. Casi se puso de pie. –Verás: veo… veo que no debí… No sé; creo que ni siquiera debería estar ahora aquí, en tu casa, contándote y pidiéndote… Yo vine a hablar contigo, aprovechándome de nuestra amistad; vine porque tenía miedo, y sigo teniéndolo, claro: tengo miedo de que toda la labor, de que toda la entrega, tanto y tanto esfuerzo se vengan abajo de repente. Me da pánico que Cosmos, Galaxia, la cultura gallega entera… En fin… Estaba moviendo las manos desordenadamente, gesticulando laberintos, geometrías imposibles. El uniformado sacó un cigarrillo del paquete y le ofreció otro a él. –Y has hecho bien en venir, Vicente. Sabes que puedes contar conmigo. Siempre. –Es que… Es que siento asco por estarme comportando como un charlatán de mierda, como un jodido cagón –martilleó con rabia la palabra y apagó de pronto el cigarrillo en el cenicero–. No puedo dejar de pensar si estoy actuando como un jodido traidor, Fernando. –¡Tú nunca has sido ni serás un traidor! ¡No vuelvas a decir semejante idiotez! –no tuvo otra salida que levantar la cabeza y mirarlo allí, apenas dos pasos delante: el militar se

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había puesto en posición de firmes, el dedo índice apuntándole directamente al corazón o, quizá, en medio de la frente–. Ni fuiste traidor cuando te incorporaste voluntario en el treinta y seis, ni mucho menos cuando me salvaste la vida en el Ebro; y tampoco fuiste traidor más tarde, cuando te jugaste la piel por tus ideas. Como no estás traicionando nada ni a nadie ahora mismo, en esta casa. Por lo tanto, pase lo que pase, sácate esa idea estúpida de la cabeza. ¡Es una orden, hostia! Tuvo que sonreír ante el exabrupto. El otro cruzó la sala en dos trancos y llamó al servicio doméstico. Cuando una doncella les acercó la jarra de agua, bebió largamente, casi con parsimonia. Dejó el vaso y sorprendió, y se sorprendió a sí mismo, pidiendo otro cigarrillo. Aspiró fuerte y tosió enseguida. –Tienes toda la razón: nunca pasé, ni pasaré, creo, de ser un fumador ocasional. Cuando me detuvieron, en el cuarenta y seis, no acepté ninguno de los que me ofrecieron en la comisaría. Luego, en los casi dos años y medio que pasé en la cárcel… no sé, pero creo que no llegué a fumar, en total, ni dos paquetes enteros. –En la cárcel, dices… A lo mejor es que también fuiste a dar ahí por traidor, ¿no? Traidor por partida doble, para más infamia: traidor a tu patria y… Sacudió la cabeza y rió la ironía. Otra vez entornó y cerró los ojos, dejando que la cascada de las imágenes veloces, en aparente desorden, le viniera a humedecer levemente las pupilas… Pero sí que era cierto: primero, voluntario a la fuerza, en el treinta y seis: «es lo mejor que puedes hacer; amparado con un uniforme, estarás a salvo de los que te quieran hacer daño», ese había sido el buen consejo recibido. Después, ya en la dureza de la inmediata posguerra, había acabado vistiendo otro hábito: el traje marengo de conspirador. Conspirador, desde luego, en los reservados de los cafés madrileños, pero también conspirador atravesando clandestinamente los Piri-

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neos, camino de París, y en nombre y representación de la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas. Conspirador detenido por la policía secreta, a la vuelta, y condenado a seis años de cárcel. Felizmente, la cosa se había quedado en dos años y cinco meses; ¡bienaventurada embajada británica, de por medio, intercediendo por él y por sus compañeros! En fin; de alguna manera, aún conspirador activo en la actualidad, reorganizando el galleguismo cultural, soñando futuros para el país… Sin embargo, por medio, aquella jornada en las orillas del Ebro: he ahí, entonces, el joven teniente recién estrenado –un ardoroso monárquico por secular herencia familiar, pero con el cual, y a pesar de todo, había sido capaz de establecer una auténtica camaradería nacida al amparo de similar edad y de tantas horas de trinchera e inquietud– cayendo herido grave sobre las ásperas piedras de la cantera, las balas republicanas silbando sin parar en la densidad ardiente del mediodía. ¿Qué hacer? ¿Sálvese quien pueda y dejar allí al camarada de armas, desangrándose en las piedras? O acaso, mejor, aprovechar la ocasión y proclamar a grito pelado: «¡No tiréis! ¡No tiréis, que son de los vuestros! ¡Viva la República!»? Pero era otra voz ahora: esa otra tan próxima, de dicción oxidada y castrense, la que lo devolvía al presente. –Atiende bien, Vicente, quiero que tengas esto muy claro. Una cosa es que ahora mismo no parezca haber un peligro inmediato y otra, muy diferente, es que en breve, mañana o pasado, alguien se ponga nervioso y decida que es necesario inventarse enseguida unos sospechosos: incluso si hace falta ir a buscarlos debajo de la tierra, da lo mismo. O incluso puede ser que otro alguien llegue a hilar, o crea hilar, una relación, cualquier madeja… Y eso sí que puede ser jodido: porque pueden pasar días, incluso semanas enteras, dando palos de ciego, caiga quien caiga por medio. Y no te digo si, de repente, por puro azar, van y dan con la realidad. –En ese caso todo se vendría abajo, lo sé bien.

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'Como en Argelia' (muestra)  

Primeras páginas de la novela 'Como en Argelia', de Xosé Ramón Pena (Pulp Books, 2015). Disponible en http://pulpbooks.es/index2.php?op=ver&...

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