El poder de Amabel (muestra)

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Érica Esmorís

El poder de Amabel



Amabel

Me llamo Amabel y me faltan los dientes. Parece que a mi edad es normal, que no debo preocuparme, y que los definitivos no tardarán en salirme. Aún así, cada día, sin falta, dedico tiempo a comprobar que mi dentadura y yo no somos una excepción. Comparto con mi madre esta obsesión por los pequeños cambios. Según mi abuela, mi madre podía pasarse horas ante el espejo, observando la aparición de su primera arruga. Yo ya había nacido, pero no soy capaz de acordarme, y es que tengo ciertos problemas de memoria. Mi abuela, sin embargo, se acuerda de acontecimientos que sucedieron hace muchísimos años: del nacimiento de papá, de su boda con el abuelo, de cuando tenía mi edad y ayudaba a mi bisabue7

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la a lavar la ropa en el río, e incluso acontecimientos mucho más lejanos y que no vivió. ¡Qué frustración no poder echar la vista atrás! Debe ser que uno sólo se acuerda de las cosas importantes, y que nada en mi vida había sido lo suficientemente significativo. Hasta la primavera en la que descubrí que mi familia era muy especial.

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Una madre muy veloz

Hasta hacía no mucho, mi madre siempre estaba de muy buen humor: sólo parecía disgustarse cuando mi hermano Bal traía las notas a casa. Pero, de pronto, cambió: todo la enfadaba, y las discusiones con papá eran continuas. No se ponía vestidos bonitos y había dejado de ir a la peluquería, con lo que, además de malhumorada, estaba un poco más fea. Me acordé de que Ana Luisa, una compañera de clase, me había dicho que sus padres habían discutido porque su madre se había enterado de que su padre tenía otra familia en otro pueblo. Le pregunté a mamá si papá era el papá de otra familia. Ella se rió mucho y a mí me gustó, porque era difícil hacerla reír. Me sentó en su regazo, como si fuera una niña pequeña, y me explicó lo que estaba 9

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pasando: papá se iba a quedar sin trabajo por reducción de plantilla en su empresa, y tendría que buscar un nuevo trabajo, pero no era fácil, sobre todo porque no estaban dispuestos a trasladarse. Pensé en mis amigas, y estaba totalmente de acuerdo: no quería vivir en ninguna otra parte. Mi padre empezó a pasarse el día en casa, los primeros días ayudando, después sin mucho que hacer, para terminar estorbándole a mi madre. A mí me gustaba que mi padre estuviera más tiempo en casa, pero no me gustaba ver a mi madre nerviosa, gritando por todo. Mi madre parecía mucho más feliz cuando mi padre sólo estaba en casa para cenar y los fines de semana. Mamá siempre se encarga de todo: de llevar a Bal al instituto y a mí a la escuela en su coche viejo, en el que se puede comer dentro y echar migas, de recogernos y llevarnos a Bal a fútbol y a mí a yudo, de echarnos una mano con los deberes y además de hacer la compra,

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de arreglar la casa, de preparar la comida y de ayudar a la abuela. Nos hace los disfraces de Carnaval y no falta a ninguna reunión del colegio. También cuida a veces de mi prima Comba y escucha, muy atenta, interminables conversaciones telefónicas con su hermana, mi tía Asun, que siempre tiene problemas larguísimos que contar. Y además, empezó a trabajar unas horas en la conservera. Nunca había pensado en todo lo que es capaz de hacer mi madre hasta el día en el que me peleé con un compañero de clase, mi declarado enemigo Braulio. –Tus padres no tienen dinero ni para sopa. No volver a comer sopa no me preocupaba en absoluto, pero consideré que debía vengarme del consentido de Braulio y traté de abofetearlo, pero, lejos de pasmarse ante mi violento reflejo, Braulio cargó contra mí su potente puño derecho, golpeándome en la boca, y haciéndome sangrar uno de los dien-

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tes nuevos, de los que son ya para toda la vida, y que la abuela, por no cuidarlos bien, perdió y ahora echa muchísimo de menos. La profe Antonia llamó a nuestras madres, e inmediatamente, apenas colgó el auricular, apareció mi madre. Hasta Braulio se sorprendió de su rapidez. –Tu madre es más veloz que el rayo. –¡Es porque mi madre tiene un coche muy bueno! –mentí, en un último intento de venganza. Pero mi madre estaba totalmente empapada, porque había venido caminando con un paraguas transparente de los que regalan las revistas. Me dio mucha vergüenza. Primero, porque había presumido de coche y, segundo, porque quizá Braulio no estuviese tan equivocado: sólo espero que las familias no hagan como las empresas y, en los malos momentos, reduzcan plantilla. –¡Es la mujer más veloz del mundo! –exclamó Braulio, sin quitar ojo a mi madre.

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Braulio hablaba muy en serio, tanto, que por primera vez pensé también muy seriamente en mi madre, en su permanente presencia y en todo ese montón de cosas que hace al día. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Y… ¿por qué tenía que ser el estúpido de Braulio quien lo descubriera? Rápida como es mi madre, no tardó en castigarme. En la fábrica ya le habían hecho un gran favor contratándola, sabiendo que tenía dos hijos y una persona dependiente a su cargo, y por mi culpa, o más bien la de Braulio, no había cumplido con el horario. Mi madre me habló de la conciliación de la vida laboral y familiar, y yo escuché encantada, maravillada de tenerla como madre. Y es que soy inmensamente feliz de que ella sea mi madre, porque siempre está cuando la necesito y porque, además, tiene el poder de la velocidad.

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