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Xabier L贸pez L贸pez

Treinta y dos dientes


Y el pedagogo me tomó la mano y salió conmigo a la calle… donde, a pesar de todo, ¡las casas quedaban en pie y la gente caminaba! Witold Gombrowicz, Ferdydurke


Y Óscar se acordó de su estatura de gnomo, de sus tres años que todo lo excusaban. Günter Grass, El tambor de hojalata


1 Soy muy consciente de que mi historia se merece un comienzo tan extraordinario como los extraordinarios hechos que me impulsan a escribirla. Un comienzo, claro que sí: todas las historias dignas de ser contadas tienen un comienzo, un arranque, un punto de partida que se puede situar en la infancia, como decía el otro, o incluso mucho, mucho más allá, quién sabe si en esa plácida y brumosa laguna de aguas muertas a la que nos conducen –contracorriente, oscuridad, voces perdidas– los indómitos y enmarañados afluentes de nuestra sangre. Mi historia, esta historia, es el relato de un desastre, de una ruptura, de un fracaso, y en cierta forma también, paradójicamente, un relato sobre el éxito. Claro que hay tantas historias sobre éxitos y fracasos –me atrevo a decir que tantas como seres vivos– que se hace necesario gritar muy alto para que un nuevo relato no se convierta, desde el principio, en una historia más en el mar de historias, en un murmullo, en una brisilla tan breve y tan fugaz como la que puede inducir el vuelo final de una mariposa. Por eso necesito calzarme los coturnos de corcho y crecer diez palmos, hacerme visible desde los veinte mil asientos de las gradas, encajar la cabeza en una enorme careta que me permita doblar, triplicar y hasta cuadriplicar el volumen del habla para así no pasar desapercibido. Sí: mi historia se merece un comienzo, un buen comienzo y un comienzo tan extraordinario como los sucesos que me han tocado en suerte. Pero también necesito –tendréis que entenderlo– un comienzo que no sea exactamente un comienzo. O sí. Todo depende del punto de vista. Todo. En el teatro las cosas son mucho 11


más sencillas; ahora me doy cuenta. Basta con tres apresuradas pinceladas (Noche; una mesa llena de hojas; sentado, mordiendo el lápiz, sacude la cabeza el escribiente) y una frase más o menos ingeniosa con la misma vocación que una campanada o un toque de sirena: “¡Diablos! ¡Por un momento he tenido la sensación de no estar solo, aquí, en mitad de la noche, peleándome con estas notas! ¿Sería el viento?”. ¡Los comienzos! Entre los libros de la biblioteca, maldita sea, no hay ni uno que me satisfaga. Bien, tal vez sí: uno de Céline. Renuncia abiertamente a los discursos tipo Zola (y quien dice Zola puede decir Defoe, Stevenson o Hugo) y entra en materia como el que tira de la cadena del retrete: “La cosa empezó así”. Y Joyce. ¿Qué dice Joyce? Veamos: “Allá en otros tiempos (y bien buenos tiempos que eran)…”. Los dos comienzos, caray, preparan con la suficiente solvencia el camino del milagro literario. Sin embargo, nadie ha hablado aquí de literatura. La única ambición que me mueve es la de dejar memoria de unos sucesos ciertamente increíbles y me es por completo indiferente, a estas alturas, lo que pueda ocurrir en la otra orilla. En otras palabras: no tengo la más remota intención de someter todo esto al juicio de editores, lectores, críticos y jefes de sección de atestados centros comerciales, por lo que en realidad, y desde un determinado punto de vista, le estoy ahorrando trabajo a mucha gente. No. Nadie va a decidir sobre la oportunidad de que estas líneas vean la luz, a no ser yo, yo mismo, como también va a depender de mí, llegado el caso, el cuándo y el cómo, es decir, de qué manera. Tal vez haga como Bentham, el padre del utilitarismo. Sintiéndose morir, el octogenario pensador todavía acertó a elucubrar una nueva broma: pidió recado de escribir y les envió a los amigos más cercanos invitaciones personales para su autopsia. Una autopsia, claro que sí. Bien mirado, una narración autobiográfica es una de las cosas más parecidas a una autopsia. Seguro que se os ocurre una infinidad de correspondencias

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para los bisturíes, los escalpelos y todo ese afilado y preciso material punzante dispuesto a separar con neutral indiferencia las capas y capas de la cebolla; seguro que os imagináis el estupor e incluso la indignación que pueden experimentar, en su momento, todos aquellos que han de pasar por estas líneas si no se ven favorecidos con una descripción –física y psicológica– a la altura de una obra literaria. En mi defensa –nunca se sabe– me veo en la obligación de sostener que el juicio literario debe versar (con todo lo que se pueda decir o callar, con todo lo que se pueda maldecir o malcallar) sobre mi teatro. Por hache o por be, aquí sí que puedo ofrecer, sin ningún género de dudas, el inmenso aval que reportan años y años de esfuerzo y náusea, toneladas de papel, cientos de cartones de tabaco, miles de litros de tinta y café negro, una fatigante y por veces nostálgica mirada atrás que me hace confundir cada día, cada noche, cada una de esas horas más o menos felices hechas de insomnio y bilis. Igual estoy dando demasiadas vueltas. El más atento ya se habrá dado cuenta de que soy –o más bien fui– autor teatral y que acabo de tomar la decisión de novelar unos sucesos auténticamente extraordinarios. Lo que no he dicho aún es cómo me llamo, pero eso no es demasiado difícil de arreglar: me llamo Paulo. El problema es que casi nadie me llama así. Desde que tengo uso de razón respondo al nombre de Barreiro, mi segundo apellido, quizás por ser el primero tan común que ni siquiera merece la pena mencionarlo. Nací en una modesta clínica de pueblo –la clínica del doctor Concheiro– al atardecer del mismo día en el que Castro ponía los pies en las calles de la Habana Vieja. Pero me temo que poco importa esta coincidencia en lo que concierne a la presente historia, como tampoco deben merecer demasiada atención ni mis grises días de escuela, ni los frustrantes y convulsos años de universidad, donde al margen de la inutilidad de las veinticinco asignaturas que integran el programa de la carrera de

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Derecho, aprendí quiénes eran Marx, Trostki y Mao Zedong, al mismo tiempo que la diferencia entre la teoría y la praxis es con frecuencia un expediente a resolver en un calabozo policial con los retretes atascados. Para lo que aquí se relata nada de lo dicho –ni de lo callado: mis amores, mi divorcio, el abandono del ingrato mundo del derecho por el ingrato mundo del teatro– interesa más allá de la simple anécdota. Porque la presente historia, vayamos al grano, tiene su verdadero comienzo una fría y luminosa mañana de otoño, sí, sí, de otoño, ya sabéis, las hojas, las bufandas, las castañas asadas, cuando, sin que mediase razón o motivo comprensible…

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'Treinta y dos dientes' (muestra)  

Primeras páginas de la novela 'Treinta y dos dientes', de Xabier López López, publicada por Pulp Books. http://www.pulpbooks.es/index2.php?o...