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ontrario a lo que se piensa, la práctica de la escritura reduce y limita el ámbito de lo posible, puesto que nos obliga a decidir, lo que implica resignar. Al trazar una inscripción, escoger un color o seleccionar una nota, vamos erigiendo los límites de una mazmorra. Algo suena y algo dice, pero la forma elegida cancela la existencia de la multiplicidad posible. En nuestros días, donde la velocidad desaforada es la moneda de cambio y el bullicio no permite la introspección, ejercer el derecho al silencio implica una toma de conciencia y una postura política que marcha a contrapelo del mundo circundante: como nadie está escuchando vivimos instalados en el grito y la indolencia. Bien pronto olvidamos que callar, lo mismo que renunciar, es otra forma de ejercer y exigir la libertad.
Enjoy the silence En el mundo occidental, ha sido el arte el que ha tocado más de cerca las posibilidades expresivas del silencio, ya sea a la manera de Elbert Hubbard, quien publicó un libro con hojas en blanco titulado Essay on silence, o a la manera del compositor norteamericano John Cage con su mítica pieza 4’33’’, quien influido por el budismo zen, ejecutó por el silencio en un concierto. Y aunque pocos individuos son tan refractarios al silencio como los poetas –no hablo de políticos y publicistas porque me interesa discutir con individuos que sí valen la pena– es en ellos donde se adivina los esplendores de dicho magisterio.
Uno escribe sobre el silencio sólo para decir que lo escrito dice menos que lo que dice.
La literatura está poblada de personajes que consiguieron despeñarse en sus entrañas, explorando desde distintos flancos la materia sensible de lo que calla. Las obras de escritores como Hölderlin, Rimbaud, Radiguet, Toole, Salinger o Rulfo así lo demuestran. En ese contexto, es célebre el escrito del austríaco Hugo von Hofmannsthal, quien en 1902 escribiera “La carta de Lord Chandos”, texto con el que renunciaría a la poesía (y por ende a la escritura) aduciendo la insuficiencia del lenguaje como medio de expresión, puesto que sabe que las palabras no corresponden a la realidad y que jamás podrán hacerlo. Los silencios de Rulfo y de Salinger, por ejemplo, van de la incertidumbre a la perplejidad, tocando el misterio sin proscribir el miedo. Por razones desconocidas, pero respetables, ambos decidieron dejar de publicar. Tanto El guardián entre el centeno como Pedro Páramo fueron obras que tornaron célebres a sus autores antes de los cuarenta años. No me parece aventurado creer que lo arrebatado de su éxito fuera una causa probable, pero con seguridad no la única. A la pregunta sobre por qué no escribía otro libro, Rulfo respondía que la persona que le contaba las historias, su tío Celerino, había muerto. Por su parte Salinger, decidido misántropo, hizo lo contrario del mexicano. Publicó en años subsecuentes cuatro libros más y desde 1963 se empeñó en guardar silencio (posteriormente se sabría que Rulfo destanteaba y que Salinger nunca dejó de escribir).
En el caso de Raymond Radiguet, autor de El diablo en el cuerpo, su silencio es de clausura, ya que morirá a los 20 años víctima del tifus, el mismo año en que se publicaba su célebre novela (1923). Póstumamente Jean Cocteau editaría El baile del conde de Orgel, novela inconclusa que el mismo Cocteau terminó por retocar. John Kennedy Toole tampoco llegaría a pintar las canas. Su muerte, ocasionada por fumarse el escape de su coche en una carretera de Biloxi Missisipi, lo silenció para siempre. Y si bien cada quien escribe lo que quiere como mejor puede, luego de leer La conjura de los necios –y habiendo levantado esa joya de juventud que es La biblia de neón– uno queda con la inquietud de lo que habrían sido las aventuras de Ignatius Reilly desquiciando a Nueva York. Finalmente llegamos a los poetas que escriben poemas, Hölderlin y Rimbaud, quienes a su modo continúan multiplicando sentido con sus distintos silencios. Según la crítica, Hölderlin habría dejado de escribir no como una consumación de su obra, sino como una persistencia de su proyecto literario. En su caso, el silencio es la continuación de la poesía por otros medios (un susurro entre la noche). Rimbaud, por su parte, es la consumación del cuidado del sí y de la vida como una experiencia estética. Rimbaud se escribe a sí mismo y redefine, con sus actos, las posibilidades de la creación.
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Su vida es el ejemplo del poeta que invita sin quererlo a leer su existencia como obra literaria. A la porfiada sentencia de Octavio Paz sobre su creencia de que la vida del poeta está en sus poemas y no en su biografía, Rimbaud responde vendiendo oro y traficando marfil en las convulsas tierras de Abisinia. Por tal motivo, me parece inconclusa la opinión que sólo considera digna de análisis la labor escrita del francés, concibiendo sus andanzas, después de la publicación de las Iluminaciones, como meras banalidades mundanas o caprichos idealistas. En Rimbaud, como en unos pocos, pactan nupcias mortales la literatura con la antropología. Al discutir el silencio como discurso y como escritura creativa, la presencia de dos pilares deja sentir su presencia: Ezra Pound y Stephan Mallarmé son los hacedores por antonomasia del poema callado que rebasa el sentido. Su poesía funda un lenguaje acaso más importante que el verbal: el del silencio filosófico. Sus obras, como sostiene Maurice Blanchot –El libro que vendrá– son “para quien sabe penetrar en ella(s), una rica morada del silencio, una defensa firme y una muralla alta contra esa inmensidad hablante que se dirige a nosotros apartándonos de nosotros”. No deja de ser paradójico y llamativo que, siempre que se alude al silencio, sea necesario explayarse copiosamente y casi a los gritos, lo cual, además de ser contradictorio, es infecundo. Uno escribe sobre el silencio sólo para decir que lo escrito dice menos que lo que dice. Por eso ahora acaso convenga callar y escuchar todo aquello que, no estando escrito, nos invita a mirar el resplandor estrellas: una consideración de la más callada y elocuente de las musas. M
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