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E
l lugar común sigue diciendo que el punk ha muerto. Pero cuidado: los lugares comunes siempre son sospechosos. Y es que se puede dudar de uno como éste no porque no sea cierto en un sentido, sino porque visto desde una perspectiva distinta, parece doblemente falso. Porque si lo pensamos un poco, algo que nunca elogió la vitalidad burguesa, ni celebró los fundamentos de su cronología fraudulenta, es incapaz de plantearse el tema de su propia desaparición temporal.
En el libro Rastros de carmín. Una historia secreta del siglo xx (Anagrama, 1993) Greil Marcus coloca al movimiento que Malcolm McLaren decía haber fundado como uno de los eslabones de una larga cadena de tendencias ancestrales que se negaron a ceñirse a un orden racional de poder. A lo largo de las páginas de su larga crónica, desfilan las voces de las Vanguardias, que habrían transmitido de mano en mano y de teoría en teoría formulaciones en contra de los centralismos y del Estado. Situacionistas, dadaístas, agitadores rusos o anarquistas: si no lo mismo, sí conformando un rumbo genealógico que ataba sus nodos de rizomática imprevisible. Si bien el mismo McLaren habría declarado el deceso del movimiento, y que The Sex Pistols se originaban en un timo para “sacar pasta del caos”, aquello no impediría que, por ejemplo, en México la pandilla Sex Panchitos Punk dominara las periferias de la sub-urbe de Santa Fe, Tacubaya y Observatorio. Jorge García-Robles, en el mítico libro ¿Qué transa con las bandas? (Porrúa, 2013) documentaría algunos instantes de aquella “costra de la corriente punk" mexicana. Ahí, junto con las voces contradictorias que describen la contraparte de una ciudad dominada por el Negro Durazo y demás tristísimos personajes del poder nacional, se observan las fotografías de las tocadas en las que la hibridación está más que clara: fuerza ancestral rechazada
que evoca danzas mexicas sacrificiales, encontrando un espacio para filtrar poses e irreverencia, comportamiento nómada y estética de la obscenidad. José Joaquín Blanco, por su parte, dedicaría algunas de sus crónicas en Un chavo bien helado (Era, 1990) a describir los pormenores de una ciudad de naturaleza punk, que tenía en el Palacio de Bellas Artes el elefante blanco que más evidenciaba aquella naturaleza inacabada. Habrá que decir entonces que el punk no es tan sólo un movimiento de música o de arte, sino un eslabón en la economía política del mal gusto. Una tendencia diversa, inabarcable, cuyo no-lugar ha sido el de las zonas vacías de la cultura. O, para seguir contradiciendo la metáfora mercadológica de su suicidio, una especie de muerto viviente: energía que a pesar de su temperamento cadavérico es capaz de remontar las condiciones que un estado de sensibilidad exacerbada impone. Justo en eso radica la naturaleza de su conflagración: en el centro del fuego, la posibilidad del eterno retorno de la gente de la basura. Excluidos emergiendo otra vez de las cuevas en las que han sido obligados a vivir. Aquellos que declaran entonces extinta la fuerza de esa soberanía, quizá estén más muertos que los propios muertos a los que desean aludir, pues son incapaces de diferenciar entre la fórmula con la cual un movimiento surgido de los restos fue chupado por el mercado de las razones para que algo que siempre fue irreductible a él, todavía sea posible. Así pues, cuando Hanif Kureishi en el Buda de los suburbios (Anagrama, 1990) describe la vida errabunda de los personajes de los arrabales londinenses, o cuando Fogwill relata aquel amor contrahecho de melancolía sureña sobre la existencia de su Muchacha punk (Onlybook S. L., 2006), se están recuperando las minucias carcomidas por
el fracaso de la utopía romántica. Quizá por ello lo que dice Bataille acerca de Kafka resulte representativo de una actitud previa: su postura ante una autoridad que le niega es más violenta que una afirmación proclamada: “Se inclina amando, muriendo y oponiendo el silencio del amor y de la muerte a lo que no podría hacerle ceder, porque esa nada que a pesar del amor y la muerte no podría ceder, es soberanamente lo que él, Kafka, es”. Él o Genet podrían ser los padres de aquellos desheredados que décadas después habrían finalmente optado por refugiarse en el anarquismo y por hablar a gritos. Los alaridos de personajes clave de la cultura punk como GG Allin o Bob Flanagan dejarían señales en la cultura difíciles de olvidar. No se puede dudar, pues, que toda energía que se transforma, mediante las condiciones que le impone su propia naturaleza, tienda necesariamente a lo centrífugo. Pero esto no niega que a la vez una fuerza contraria hacia el centro recoja aquello que circulaba en su derredor. Así, los nuevos nombres por medio de los cuales el punk se hace presente pueden no verse siempre, a pesar de ser originados por necesidades similares. Hay muchos productos que guardan sentido justo por haber sido concebidos en la penumbra. Tengo conmigo, por ejemplo, Panegírico caótico (Casa del poeta, 2007), en el que se describen las andanzas del ITI, un personaje punk-anarquista de Ciudad Nezahualcóyotl, o el muy bien editado Que pagui pujol!, una crónica punk de la Barcelona de los 80 (La ciutat invisible/Hace color, 2011) de Joni D. Ahí no hay duda, subsiste una fuerte vitalidad memoriosa digna de un presente que deniega el futuro de su desaparición. +
Por César Cortés Vega @cesarcortesvega