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“Sombras”, por Eva María Medina Moreno © Eva María Medina Moreno Epílogo de Ramón Zarragoitia Mezo Todos los derechos reservados. Editado digitalmente por Groenlandia con permiso de su autora. Directora: Ana Patricia Moya Rodríguez Corrección: Ramón Zarragoitia \ Ana Patricia Moya Maquetación: Ana Patricia Moya Rodríguez Diseño: Alfonso Vila Francés (portada, contraportada, fotografías de interior) \ Ángel Muñoz Rodríguez (fotografías de interior) \ Juan Pedro Ruiz (fotografías de interior) \ Mayte Sánchez Sempere (fotografías de interior) \ Ana Patricia Moya

Depósito legal: CO 1584-2013 Madrid \ Córdoba, 2013 3


Su narrativa mira a través de las grietas de la realidad, se adentra en el sufrimiento de los verdugos, juega entre los límites de lo posible e imposible, saca a Sartre de su “náusea” e intenta hacerla suya, y a Kafka lo vemos levantar la cabeza mientras escribe un cuento, ¿una erre? Locura, alcoholismo, afectividad mal concebida, frustración, anhelos, inmovilidad y muerte recorren sus relatos, quedando siempre un espacio para que el lector reinvente lo escrito. La autora nos espera en medio del puente entre existir y no-existir en un simple parpadeo. La multiplicidad del yo es vista a través de un imaginario de sombras. Lo cotidiano crece en dos migas de pan. Hay una bodega donde se guardan retazos de vida. La escritora intenta gritar como lo hace esa gota. 4


“Dejad que el silencio os atrape y escuchad los ruidos nocturnos”, nos dice. “Esperad a que el reloj marque las cuatro. Ved más allá de un cuadro; de esas olas rompiendo en un acantilado”. Y las cosas, ¿son lo que son o aparentan ser lo que creemos que son? Una capa de irrealidad cubre los objetos, que mudan, dándonos otra cara. Una redada, los opresores se sienten oprimidos y matan. Y la muerte espiando a través de unas cortinas ficticias tan reales. 5


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La puerta de la habitación se abrió. “El desayuno”, gritaron. Daniel, tumbado sobre la cama deshecha; sábanas y colcha en desorden. Se levantó con dolor de huesos y arrastró los pies hasta el comedor. Tenía el vaso de leche sobre la mesa. Una enfermera le dio las pastillas. Mientras se las tomaba, clavó los ojos en el hule azul claro. Recordó la primera vez que vio el mar: un niño frente a ese azul impenetrable. Por la noche, soñaba que su cuerpo y el de sus padres chocaban contra las rocas, despedazándose. La madre se quedaba con él hasta que se volvía a dormir; regustillo a melocotón entre las sábanas. En el desayuno, ella le guiñaba el ojo, como si lo ocurrido durante la noche fuera su secreto. 11


Por la tarde, la luz era tersa, acogedora. La madre le contaba historias en el porche. El aire, con olor a mar, impregnando su piel, y el cuento del gato con botas mientras lo acariciaba. “Mi señor, el Marqués de Carabás”, oía desde una distancia de treinta y cinco años. Tras el desayuno, iba a la consulta del psiquiatra. Era un hombre pequeño, serio, ordenado. Le pedía que recordase. Daniel lo miraba desde unos ojos grandes en una cara consumida. Le costaba articular palabra, como si algo en su interior se lo impidiese, una voz que le decía “No lo cuentes: si lo haces nunca saldrás de aquí”. 12


Aquella tarde salió al jardín. Se sentó en un banco de madera y fijó la vista en el suelo. Había hojas secas, piedras de distintos colores, unas grises, otras azules; detrás de las hojas, distinguió una hilera de hormigas. En la fila, una de ellas arrastraba una hormiga muerta. Miró hacia la izquierda y vio el cadáver de otra. Lo cogió. La hormiga estaba seca, y al tocarla, se deshizo como si fuera polvo. Un olor extraño se apoderó de él; era una mezcla de aguas estancadas, árboles frutales y salitre. Olor que abrió una herida que supuraba. 13


Recordó un domingo en el parque. Los padres le animaron a que jugase con chicos de su edad. Daniel se apoyó en un árbol, detrás de los columpios, y esperó a que el tiempo pasara. Unos minutos más tarde notó un picor. Miró al suelo, y vio muchas hormigas. Algunas subían por las piernas; otras, estaban en los zapatos. Gritó con fuerza. Una de ellas había llegado al brazo. Tres bolas negras a punto de reventar y unas patas de hilo. Se imaginó que las aplastaba, triturando su ligero caparazón; el jugo gris bajo las suelas. No se dio cuenta de que el padre estaba allí. “Están nerviosas porque has pisado el hormiguero”, le dijo mientras le quitaba los insectos del cuerpo. “Acuérdate: ve con más cuidado, es su territorio y lo defienden”. Después, le cogió la mano y caminaron juntos. 14


Mientras Daniel se duchaba, las hormigas se adentraron en la retina. Esas figuras negras ahora corrían por los azulejos. Brotó de nuevo aquel olor extraño, un olor que, aunque lo aborrecía, le cautivaba. Cerró los ojos con fuerza y escuchó caer el agua. Ese ruido lo llevó a la bañera de patas de la infancia. Le gustaba llenarla hasta arriba, con agua muy caliente; después, llamaba a la madre para que le enjabonara el cuerpo o le frotase la espalda, pero ella le regañaba: “Ya eres mayor para que te bañe, tu padre está al llegar y no tengo la cena, termina pronto”. Cuando ella se marchaba, cogía su esponja y la retorcía entre las manos hasta dejar trozos muy pequeños flotando en el agua. 15


Aunque las horas se detuvieran, el tiempo pasaba rápido. Daniel fue al comedor, y se sentó a la mesa. El blanco de la leche le repugnó. Fijó la vista en el cristal de una de las ventanas. Las esquinas de abajo tenían vaho. La imagen de una noche muy fría. Nadie probó bocado. El padre gritaba a la madre. Ella intentaba calmarlo, pero él no quería escucharla. Se levantó bruscamente, y dio un portazo al marcharse. “A la taberna”, dijo la madre, “eso es, vete a la taberna”, y salió de la cocina llorando. Pasaron minutos hasta que Daniel subió las escaleras. Se quedó junto a la puerta del dormitorio de los padres, y, tras su respiración entrecortada, oyó sollozos. Vio la figura de una mujer que, en ese momento, se le hacía pequeña, indefensa. Un cuerpo encogido sobre la cama. Se acercó, le acarició el pelo y le dijo “No te 16


preocupes, mamá, es un borracho”. Ella se irguió, mostrando un rostro severo. “¡Hablar así de tu padre!”. Él se quedó inmóvil. Cuando salió, no sentía el peso de los zapatos. Parecía un personaje de ficción desdibujado. Entró en su cuarto, y clavó los ojos en la fotografía que estaba frente al cabecero: la madre con un vestido de lino azul claro. Su estómago comenzó a girar y girar. “¿Por qué me haces esto?”, le dijo. Notó pinchazos y olor a peces muertos, como si tuviera larvas de insecto en los intestinos y segregasen un líquido ácido. Los pinchazos eran agudos, su cuerpo se retorcía formando un ovillo. “¿Por qué me tratas así?”, decía mientras se acunaba. Cuando los mordiscos de la tripa cesaron, se acercó a la ventana; apoyó la cara en el cristal helado y sintió que su piel quemaba. 17


“Las peleas eran cada vez más frecuentes”, se escuchó decirle al psiquiatra, “él estaba menos en casa, y mi madre empezó a beber. No quería verme, como si mis ojos la delataran”. ¿A quién llamaría?, pensó. Siempre que la madre hablaba por teléfono, sentada en el sofá del salón, él vigilaba, receloso, detrás de la puerta. ¡Cómo le dolía ese tono de voz tan falso, tan ingrato! Cuando salía, ella se inquietaba, ruborizándose, como si la hubieran descubierto. “¡Déjame en paz! ¡Déjame!”, y esas palabras, cuñas en el cerebro. “Algunas noches iban juntos a la taberna, y volvían a casa borrachos», le dijo al psiquiatra. Él veía, desde la ventana del cuarto, cómo los padres se tambaleaban. Luego, las risas al subir las escaleras; latigazos en su piel desnuda. 18


Al terminar la consulta, fue a la habitación y cayó en la cama. El sueño lo abrazó. Ahora se encuentra en un lugar árido. Está en el suelo, boca abajo. Arrastra un cuerpo roto. Las piedras rasgan su piel, pero no siente nada. Sigue adelante. Las vértebras dibujan el camino como anillos de gusano. “No te pares”, le dice una voz débil, ahogada. Trozos de arena se incrustan entre las uñas. El polvo se mete en sus ojos: una capa fina los nubla. Sigue recto. Se adentra en unos arbustos. Avanza despacio. Los pantalones quedan enganchados en unas ramas. Tira de ellos con fuerza, pero no logra desprenderse. Impulsa el cuerpo hacia delante. “Inútil, es inútil”. Huele a sudor y sangre. Las ramas lo oprimen. “Quiero salir”. 19


Al abrir los ojos, dos enfermeras lo sujetaban. Notó un pinchazo. Sala de televisión. Imágenes en la pantalla. Daniel miraba al techo. El sol se filtraba a través de la cortina. Como aquel día, pensó. Se vio tumbado en el sofá, apoyando la cabeza en las piernas de la madre. Notó la calidez de los muslos. Ella lo empujó irritada. Daniel se levantó con brusquedad. Subió las escaleras, con gangrena en la boca y mordeduras en la tripa. Los insectos lo invadían. Sintió que las hormigas se apoderaban del hígado, recubriéndolo de una capa negra. Las chinches despedazaban los intestinos. Tarántulas venenosas sobre los pulmones. Le costaba respirar. Las patas de un ciempiés salían por la nariz. Supuraba los olores fétidos de la putrefacción. 20


Llevaba tres días sin dormir. La cabeza le pesaba como si las distintas partes del cerebro fuesen de acero y no se comunicaran. Ansiaba el vacío, la nada. Las palabras “A levantarse, el desayuno”, lo violentaron. No quería desayunar, pero le obligarían. Tardó en incorporarse: los músculos se aferraban a la cama, como si estuvieran atados al colchón con cuerdas transparentes. Se levantó a coger la ropa, que estaba encima de una silla, junto a la ventana. Miró tras el cristal. El jardín estaba sereno. Su vista empezó a nublarse. 21


Se vio con catorce años en la cocina. No estaba solo. La madre, sentada en una silla, con la cabeza hacia delante, dormía. En el suelo, botellas vacías. Daniel la miraba con desprecio, con odio. Fue hacia la llave del gas, la abrió y cerró la puerta al salir. El golpe de la puerta se unió al silbido de alas de insectos. Se tapó la cabeza con los brazos, pero el ruido era cada vez más fuerte. Abejas y hormigas voladoras zumbaban en sus oídos. 22


El crujido de alas se adentró en el tímpano hasta llegar al cerebro. Olía a pantano, melocotón y mar. Olor que hizo brotar esas olas que engullían unos cuerpos descuartizados. “No me dejes aquí, no me dejes aquí”, gritó golpeando la puerta hasta caer al suelo. “Ese olor nos separó, mamá, ese olor nos separó”. 23


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Descolocadas, algunas rotas, el líquido derramado y seco; botellas de muerte y olvido. Otras, con moho por fuera, cerradas con tapón de corcho y plástico duro. Selladas, bien selladas, el vino picado desde hace tantos años. Unas, llenas de horas vacías, de palabra afónica, embrutecida. Algunas las limpio, las coloco en el mejor sitio, donde nada las dañe, para quitarles el tapón y oler: oler creyendo que volveré a enamorarme. Botellas, cada una con su etiqueta, cambiada o superpuesta; la del amor por la del hastío, encima, la del odio. Las del dolor, tristeza y rabia, tumbadas boca abajo. Muchas, sin tapones, abiertas, y el líquido mezclándose: pena, miedo, placer. 26


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¿Me sucedió algo que quizá, por el hecho de no saber cómo vivir, viví como si fuese otra cosa? [CLARICE LISPECTOR, La pasión según G.H.]

Es una mujer corriente, pero hay algo en ella que me arrastra. Noto que mis ojos empiezan a escrutarla de arriba abajo, acercando y alejando el objetivo; acercándolo, alejándolo, acercándolo, alejándolo. Su chaqueta negra oculta un cuerpo consumido, nada atractivo. Pelo castaño, largo, separado por una línea central recta. Nariz aguileña, trozos de carne casi inexistentes moviendo su boca. ¿Es esto lo que busco? No, creo que no. Oigo el sonido del zoom acercándose a unos ojos que parpadean. ¡Su mirada, es su mirada, que ha vuelto de un lugar árido, oscuro, frío, muy frío! 31


Mis ojos se dirigen a ella, abstrayéndose del resto de realidad cercana. Un, dos, tres. Ya está, ya es mía. La mujer de chaqueta negra y nariz aguileña grita. Sus ojos, de un azul muy claro, casi blanco, me acechan, preguntándome qué ha pasado. No contesto y salgo. Llego a otro andén. Ruido de raíles chirriantes. El tren estaciona. Se abren las puertas. El movimiento de la masa me introduce en el vagón. 32


Cuando el espacio se desahoga, me fijo en un chico que está de pie, agarrado a la barra metálica. Me atrae, algo me atrae. Me sujeto a la misma barra, y me oigo: moreno, nariz chata; no, no es eso. Los ojos, la boca. Tampoco. Miro sus manos. Entonces surgen las imágenes, tiesas, arrítmicas, de unos dedos enguantados negros sobre otros marrones. La misma atmósfera pesada. Siento que mis dedos se mueven, intentando rozar los del chico. No me lo puedo quitar de la cabeza. 33


En la calle, lo veo hablando con un amigo. Me quedo detrás. Doy pasos cortos, miro con frecuencia el reloj, y me apoyo en la pared. Lo miro, examinando a modo de autopsia cada detalle, radiografiando su interior para extraer aquello que busco. Tenso los dedos, los aprieto, los estiro. Su figura dentro de mi pupila, ocupándola, haciéndose más grande, y negra, cada vez más negra. Un golpe seco. El chico yace en el suelo. Su amigo intenta reanimarlo. Gente alrededor. Corro, preguntándome qué le habré quitado. ¿Qué me atrajo de él? Subía las escaleras del metro deprisa, de dos en dos; esos dedos al agarrarse a la barra, los brazos, los músculos tensos… 34


Entro en un parque. Una niña salta, otros se columpian. Un niño, de unos cinco años, juega a la guerra con sus dedos. Lo observo. Se da cuenta y me sonríe. Le devuelvo la sonrisa y le enseño un papel y un lápiz que saco del bolsillo trasero del pantalón. Hago un dibujo. El niño se acerca y lo mira. Oigo: “Columpios, mamá, yo, señor”. Con los ojos humedecidos, lo levanto, sentándolo en mis piernas. Trotes de caballo. El niño se ríe. Arriba abajo, arriba abajo. Viene una mujer que coge al pequeño, arropándolo en su pecho. “Degenerado. Aprovecharse así de un niño. ¡Yo os encerraba a todos! ¡Pervertido!”. No digo nada; sólo bajo la cabeza. “Te lo tengo dicho, no te alejes ni juegues con extraños; menudo susto, ¡y deja de berrear, me vas a dejar sorda!”. 35


Bajo la calle sonriendo. Me fijo en dos adolescentes. Se besan, caminan, se vuelven a besar y entran en una cafetería. Los sigo. Son como lapas; como no paren de besarse, imposible averiguar lo que quiero. Me lo están poniendo difícil, ¡críos de mierda! Me acerco a ellos. − Perdonad que os moleste, ¿no tendréis un cigarro? − No - dice él. − No fumamos - responde ella. − Mejor, mejor… 36


Vuelvo a la barra, y los miro. La chica tiene algo, no es guapa, pero tiene algo. Se me cae el café, que limpio con servilletas. Una voz me dice que son sus labios lo que deseo. Unos labios carnosos, grandes, con esa forma perfecta, como los pintó Rossetti: capaces de las mayores desgracias. Te los voy a quitar, princesa. Sudo. El sudor por la frente, las cejas. Son casi míos. Me pertenecen, ya son parte de mí. Un grito, la chica. Sus labios sangran. El camarero la atiende. El chico, paralizado. Ella continúa gritando. Salgo del bar, sintiendo que algo me falta. ¡El pelo del chico! Lo quiero, esa melena rubia va a ser mía, ¡mía! 37


Cuando llego a casa, me tumbo en el sofá. Me quedo dormido. Al despertar, siento un ligero temblor, que desecho estirando brazos y piernas. Voy al baño. Me echo agua en la cara, bebo del grifo y me miro al espejo. Llevo una peluca rubia, lentillas de un azul muy claro; mi boca, pintada de un rojo chillón corrido por los bordes, y unas hombreras debajo de la camiseta. La imagen me paraliza. ¿Qué era aquello, una broma? Mientras pienso qué hacer, me fijo en una luz roja e intermitente que sale del dormitorio. Retiro la cortina, escondiéndome detrás, y veo una furgoneta; con esa luz tan molesta. ¿La policía? El chico podría haber muerto, la mujer quedarse ciega, el niño sin alegría, los adolescentes… 38


Llaman a la puerta. La peluca, al suelo. Me quito las lentillas. Me limpio la boca con la mano, y tiro las hombreras. Las ideas se me amontonan. Las desecho. Llego a la puerta, con los oídos latiendo. Miro por la mirilla y pregunto. Me llaman por mi nombre. Dicen que abra. La policía, pienso. Corro. Me cogen antes de llegar a la escalera. “No he sido, yo no he sido”, grito. Me dicen que ya lo saben. “Pórtate bien”, oigo, “y no te pondremos la camisa”. Uno de ellos se sienta a mi lado. Es un hombre corriente, pero hay algo en él que me arrastra. Noto que mis ojos empiezan a escrutarlo de arriba abajo, acercando y alejando el objetivo; acercándolo, alejándolo, acercándolo, alejándolo. Su chaqueta y pantalones blancos... 39


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Unos párpados que se abren y se cierran. Pequeños trozos de carne, piel escurridiza que se tensa y destensa. Si permanecen cerrados, desapareceré, desintegrándome en átomos diminutos. Lucho. Esos trozos de piel son mi única apertura. Si al bajar los párpados cierro los ojos, me introduciré en ellos y dejaré de existir. Al cerrarlos, desapareceré, también los ojos. No quedará nada: sólo una mota de polvo, esencia de lo que fui. Esa mota se desvanecerá, mezclándose con el entorno. ¡Parpadea, parpadea! 43


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Abrí los ojos. Todo blanco. El blanco se extendía del techo a las paredes y llegaba hasta la cama, a través de las sábanas. Noté un picor en uno de los brazos: la vía, que trataba de ocultarse tras los esparadrapos. Cerré los ojos: quería encontrar las imágenes, pero sólo había negrura. La puerta de la habitación se abrió. Una enfermera: me traía pastillas. Me preguntó qué tal estaba, y le contesté con un “Estupendamente” raro. “Es-tu-pen-damen-te”. El ritmo, la aceleración de las sílabas, que se repitieron decelerándose con un tono de burla. “Es-tu-pen-da-mente”. Luego resonaba en mi cabeza en un modo interrogativo que producía risa, y el acento cambiaba de una a otra sílaba y con cada cambio el significado variaba. 48


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Y yo, frente a la palabra dicha, como si la hubiera pronunciado otra persona, sacada de una conversación de la calle o de una escena de alguna película en blanco y negro. Necesitaba ir al baño. ¡Qué coñazo! Con el suero a cuestas. Era un castigo ese trozo de plástico que se agarraba al brazo. Parecía succionarme, quitar en vez de dar. Me levanté de la cama. Los músculos como si hubieran sido apaleados: me costaba moverlos sin que doliesen. Con la mano derecha agarré el suero por la barra de metal que lo sujetaba y fui arrastrando los pies hasta llegar al baño. Me bajé los pantalones con lentitud. Una imagen me vino a la mente. Una mujer se acercaba, parecía decirme algo al oído. Debía de ser gracioso, porque no paraba de reírme. Sentí dolor; bajé los ojos y vi su mano enroscada en mi pene. Me echaba hacia 50


atrás, dolía pero me reía: me hacía tanta gracia. Yo, contra la pared, sin calzoncillos y los pantalones en el suelo. De la mujer sólo recordaba su pelo negro alborotado y unos labios carnosos de un rojo fuerte que se extendía por toda la cara. Seguía en el váter. Antes de subirme los pantalones del pijama, me fijé en el pene: estaba morado. Tiré de la cadena y cogí el suero. Al pasar por el espejo, el reflejo de mi cara me inmovilizó. Unos ojos saturados, como si lo visto se fuera derramando por los bordes y ya no pudieran o no quisieran ver más. Las cuencas de los ojos muy hundidas, las ojeras casi negras y unos pómulos hacia dentro, que resaltaban la mandíbula. Me alejé, arrastrando unos pies que parecían ir sobre raíles en una vía de tren abandonada. Fui hacia el otro lado de la 51


cama. Dejé el suero a la derecha, y me senté en el sillón negro. Miré el líquido incoloro. Me asaltó la imagen de una lavadora y mi cuerpo, diminuto, acurrucado, dentro. Y la lavadora daba vueltas y vueltas, y yo repetía los mismos movimientos: veía la misma ropa y un exterior tan irreal, tan alejado. En esta imagen, alargaba la mano, como si quisiera tocar algo de ese exterior. ¿Saldré de aquí?, me preguntaba. Y una voz me contestaba que no, pero otra me decía: “cuando te recuperes”. Cerré los ojos, apretando los párpados con fuerza: intentaba acallar las voces. Las voces se fueron alejando, pero ese “¿saldré?”, zumbaba en mi mente. Llevaba un rato en el comedor. Miraba la comida: trozos de carne grisácea, con grasa, y unas patatas fritas que parecían 52


de cera, rígidas como cadáveres. Me fijé en los demás: tampoco comían. Las caras, nunca olvidaría esas caras. Los ojos, como si los hubiesen vaciado, recubriéndolos con una capa de cemento transparente; ya estaban seguros, allí nada podían temer. Y esas muecas histriónicas que simulaban sonrisas. Esas muecas me producían ganas de vomitar, como si en la pared de enfrente hubiera un espejo y constatase que yo también participaba en ese juego diabólico. Un toque en mi hombro derecho me recordó que estaba allí para comer. Contesté con un movimiento de cabeza y el tenedor se introdujo en la carne escarchada de una patata. Me vi trepando una pared. Después, mi cuerpo en el suelo. Encima del tejado, un gato. Me daba rabia no acordarme bien de lo ocurrido, tener huecos. El plato de carne y patatas seguía 53


allí, como si se burlara de mi suerte. “Tengo que irme”, me dije, ¿pero adónde? Salí al pasillo. Lo recorrí de arriba abajo. Luego entré en una sala pequeña, al lado de los servicios. Había un hombre con barba sentado al borde de una silla, balanceándose como si acunase a un bebé. No hablaba. Ya me había fijado en él. Todas las tardes, a la misma hora, en la misma silla. Si alguien se había sentado allí, pataleaba hasta que le dejasen su sitio. Me acordé de la mujer del mango de paraguas y el marco sin foto. Los llevaba siempre. En el comedor, trataban en vano de guardárselos: comía con ellos sobre la falda. Me fui de la sala. Pasé al lado de la escalera, y un grupo de hombres y mujeres me pidieron tabaco. “Un cigarrillo, un cigarrillo”. Manos, muchas manos. 54


Grandes, pequeñas, oscuras, más claras. Ese agarrar y soltar. Las marcas del pasado. Lo que estaba escrito en esas manos. Me apoyé en la pared, cerré los ojos. Cuánta necesidad había allí de que les diesen, que les dieran y, cuánto más, mejor. ¿Soy yo así? Preferí no contestar y seguir caminando como si nada hubiese ocurrido. Me alejé, yendo hacia el otro extremo del pasillo. Al volver, algunos de ellos se apoyaban en las paredes con desesperación. Los veía como si fueran bolos esperando la inercia de una esfera que les hiciera caer, que la caída de uno provocase la del otro y, aunque supieran lo que iba a ocurrirles, esperasen con indiferencia ese final. Fui a mi cuarto, cerré la puerta y me senté en el sillón. Mi cabeza giraba. Las ideas 55


iban y venían. Las imágenes, diapositivas de un viaje diabólico, un viaje en el que nunca pensé que participaría. “¡Dios mío!, ¿qué hago aquí?”, dije mientras me cogía la cabeza entre las manos, apretando para que todo aquello muriera. Pero ahora, los dementes daban vueltas alrededor, como perros sabuesos en busca de su presa. Unos ojos vacíos me miraban. Un hombre gritaba, “¡Mi silla, mi silla!”. Manos, muchas manos intentando agarrarme. Y yo apretaba con fuerza para que esas imágenes desaparecieran. Fuerte, cada vez más fuerte.

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− ¡Póngase en pie el acusado! Scrooge se levanta con torpeza. − Ebenezer Scrooge, la ciudad de Londres le acusa de los siguientes delitos: avaricia en primer grado y falta de caridad, también en primer grado. ¿Se declara usted culpable o inocente? − Inocente, señoría. − Se inicia la vista. Proceda, señor fiscal. − Con la venia, señoría, que suba al estrado el Espíritu de la Navidad Presente. El testigo alza una antorcha brillante, derramando luz sobre la sala. Lleva un manto verde, y sobre la cabeza, una corona de acebo. El alguacil sostiene la Biblia. 61


− ¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? − Sí, lo juro. El fiscal empieza las preguntas. − Espíritu de la Navidad Presente, ¿qué relación tuvo con el acusado? − Le mostré cómo celebraban el día de Navidad distintas familias. − Ahora me gustaría que prestase atención a los datos que tengo sobre la Navidad en la casa de Mr. Cratchit. El espíritu asiente. − Empezaré con la señora Cratchit: su vestido, una bata con remiendos, con cintas de colores que no valdrían más de seis peniques. El traje del señor Cratchit muy zurcido, aunque limpio. Martha llegó tarde porque era aprendiz de modista y 62


tenía que trabajar muchas horas seguidas. Tiny Tim llevaba una muleta pequeña, y los miembros sostenidos por un aparato metálico. Los hermanos pequeños le ayudaron a sentarse. Todos colaboraron en algo. Peter preparó las patatas hervidas, Belinda puso la mesa, y los dos pequeños, con ayuda de Peter, fueron a por el pavo. Se lo comieron hasta dejar los huesos. El pavo les abrió el apetito: era demasiado pequeño para tantas personas con hambre atrasada. La madre fue a la cocina, a por el pudding. La familia estaba expectante. Aunque no era muy grande, lo ensalzaron. Después, se reunieron alrededor de la lumbre. Brindaron con el ponche que el padre había preparado, deseándose Felices Pascuas. Estuvieron hablando. El padre comentó a Peter que tenía en perspectiva un trabajo para él, cinco chelines y seis peniques semanales. Espíritu de la Navidad Presente, ¿vio el acusado lo que he descrito? 63


− Sí. − ¿Se mencionó en algún momento al acusado? − Mr. Cratchit alzó su vaso para brindar por él porque les había procurado la cena. La señora Cratchit no quiso beber a la salud de un hombre, según ella dijo, tan odioso, tan avaro, duro e insensible, como Mr. Scrooge, pero su esposo la convenció, y todos brindaron por él. El espectro va envejeciendo: sus cabellos son grises. El fiscal advierte el cambio, pero no dice nada y prosigue con sus preguntas. − ¿Por qué la señora Cratchit no quiso, en un principio, beber a la salud del jefe de su marido? − Le hacía culpable de su pobreza. El sueldo de Mr. Cratchit era muy bajo. 64


Murmullos acallados por el golpe seco del mazo y por las palabras “Silencio en la sala” del señor juez. − No tengo más preguntas, señoría. Toma la palabra el abogado defensor. − Espíritu de la Navidad Presente, en ese viaje, también visitaron la casa del sobrino del señor Scrooge. ¿Es verdad que el sobrino dijo que su tío era un individuo cómico, desagradable, y que ellos se beneficiarían de su riqueza? − Sí. − Sin embargo, el señor Scrooge no se enfadó al oír aquello, ¿no es así? − Así es. 65


− ¿Puede relatarnos cómo continuó la fiesta? − Empezaron otro juego. El sobrino de Mr. Scrooge pensaba una cosa, y los demás tenían que adivinarlo, haciendo preguntas que sólo se pudieran contestar con un “Sí”, o un “No”. El sobrino pensó en un animal desagradable, salvaje, que unas veces rugía y gruñía, y otras veces hablaba. − ¿Qué animal? − El señor Scrooge. − No tengo más preguntas, señoría. − Se suspende la sesión durante dos horas - confirmó el juez -. Se reanudará a las cinco. Cinco de la tarde. El fiscal llama a su segundo testigo, el señor Cratchit. 66


− Señor Cratchit, ¿qué relación tenía con Mr. Scrooge? − Era su empleado. − ¿Puede decirnos lo que hizo el señor Scrooge el mismo día del entierro de su socio el señor Marley? − Unos señores fueron a verle y pasaron la tarde discutiendo. − Señores del jurado - indica el fiscal -, ¿qué clase de persona está en condiciones de hacer negocios el día del entierro de un amigo? − ¡Protesto, señoría! - dice el abogado defensor -. Al hacer ese comentario, el fiscal presupone que el acusado estuvo negociando, cuando no está demostrado que fuera así. − Se acepta - proclamó el juez -, que el comentario no conste en acta. 67


− ¿Es verdad que el pasado 24 de diciembre entraron dos hombres recaudando fondos para los pobres y el acusado no contribuyó a la causa? − Sí. − Cuando uno de los recaudadores comentó a Mr. Scrooge que los pobres dijeron que preferían morirse a entrar en los centros de acogida estatales, al acusado le pareció que morirse era lo mejor que podían hacer porque de esa manera disminuiría el exceso de población. ¿No es cierto, señor Cratchit? − Sí. El fiscal se acerca a su mesa, y coge un papel que muestra al juez. El juez lo aprueba. 68


− Mr. Cratchit, escuche con atención lo siguiente: “A todos los idiotas que van con el ¡Felices Pascuas! en los labios los cocería en su propia sustancia, y los enterraría con una vara de acebo atravesándoles el corazón. ¡Eso es!”. ¿Me puede decir, señor Cratchit, quién dijo esas palabras? − Mr. Scrooge. − No tengo más preguntas, señoría. Una figura oscura se aproxima al estrado con paso lento, grave; un manto negro le oculta cabeza, cara y cuerpo, dejando visible una de sus manos extendidas. Es el Espíritu de la Navidad Futura, testigo de la defensa. 69


− Espíritu de la Navidad Futura - replicó el abogado defensor -, ¿le pidió Mr. Scrooge que le guiara porque quería ser un hombre diferente y cambiar de vida? Movimiento de la túnica negra. El espectro inclina la cabeza, asintiendo. − ¿Reconoció Mr. Scrooge que su avaricia y dureza de corazón no le hicieron ningún bien, que honraría la Navidad durante todo el año, y que nunca iba a olvidar las lecciones de los tres espíritus? Contracción del espectro asiente.

manto

negro:

el

− No tengo más preguntas, señoría. Último día del juicio. El fiscal se dirige al jurado. Comienza su alegato. 70


− Señores del jurado, hoy es un día importante porque al juzgar al señor Scrooge no sólo se juzga a una persona inmisericorde y avara, sino que al mismo tiempo se está juzgando a personas como él. El acusado ha demostrado ser culpable de todos los cargos que se le imputan. Desde las primeras hojas del cuento empieza a delinquir. El mismo día del entierro de su único amigo, el señor Marley, sí, el mismo día del entierro, en vez de estar apenado por su muerte, hace un buen negocio. Mr. Scrooge, un hombre avaro, cruel; un ser miserable, codicioso, sin sentimientos. Un hombre que no se conmovió por nada ni por nadie; ni por su empleado el señor Cratchit, ni por su sobrino, ni por los niños pobres que pedían en la calle. Tanta pobreza a su alrededor, y él, preocupado por tener más y más. En sus manos está, señores del jurado, encerrarle 71


para siempre o dejar libre a un hombre tan dañino y peligroso en una sociedad como la nuestra. Sé que tomarán la decisión adecuada. El abogado defensor se acerca al jurado. − Señores del jurado, qué bien hablamos de piedad, comprensión, tolerancia, pero qué poco piadosos, comprensivos y tolerantes somos con los demás. Al juzgar al señor Scrooge debemos ser indulgentes, ahondar en su pasado, en las causas que le llevaron a ser lo que fue. Si no era generoso con él mismo, ¿cómo lo iba a ser con los demás? Él era el que más sufría: no fue capaz de querer a nadie porque no se tenía el mínimo aprecio. No podemos sentir odio hacia él sino pena. Su sobrino pensó que los defectos de su tío llevaban su propio castigo. Sin embargo, ¿fue Mr. Scrooge el 72


único culpable de su coraza? ¿Intentó alguien acercarse a él, atisbar ese abismo que se agrandaba y le consumía, impidiéndole ser libre? Porque si alguno de ustedes piensa que lo era, se equivocan; sus pensamientos, sus ideas, estaban encadenados con grilletes a una enseñanza austera, rígida, cruel. ¿Tuvo el señor Scrooge la culpa de que no le hubieran mostrado cariño ni amor en su entorno familiar? No, creo que no, y ahora es el momento en que se puede hacer justicia. Él ya nos demostró que había cambiado al final del cuento. Sé que aquí se le juzga por su vida anterior, pero agradecería que considerasen su arrepentimiento y rectificación de conducta. Sé que ustedes serán justos. Han pasado cinco horas. Entran en la sala el señor Scrooge, su abogado y el fiscal. Luego, los miembros del jurado. 73


− En pie - alzó la voz el alguacil. Todos se ponen de pie. Entra el juez. − ¡Siéntense! ¿Tienen ya el veredicto? − Sí, señoría. − ¡Póngase en pie el acusado! Scrooge se levanta despacio. Sus piernas tiemblan. Se agarra con fuerza a la mesa, retorciendo unas manos ya viejas. − Señores del jurado, ¿consideran a Ebenezer Scrooge inocente o culpable? 74


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Camino. Por una calle estrecha y sucia. Oigo risas, pero no veo a nadie. Miro hacia arriba. Un gato pardo en el tejado. Siempre había pensado en los gatos como seres de otro mundo que revelan nuestro destino. Quizá este animal tenga algo que decirme. Debo averiguarlo. Mis brazos en alto, las manos buscando un hueco entre ladrillos. Los dedos se agarran con fuerza al cemento, trozos pequeños se incrustan entre las uñas. Ahora mis piernas, primero la derecha; al empujarla hacia arriba, noto algún que otro desgarro, pero sigo subiendo hasta que apoyo el pie en la pared. Impulso la pierna izquierda hasta llegar a la altura de la derecha. Alzo la cabeza y oigo el roce de mi pelo contra el muro. La frente, la piel, algo de sangre. Los párpados, el tabique nasal. Ya está, veo el tejado, pero no al gato. Debo avanzar. 79


Risas, otra vez las risas. Brazo derecho hacia arriba. Los dedos se arquean en forma de garra. Siento como se abre la carne entre las uñas y la arena penetra en mi piel herida; noto la humedad y ese olor salvaje. Me duele y me agrada a la vez. Sé que voy a lograrlo. ¡Lo lograré! El cuello, venas rígidas. Ahora la otra mano, hacia delante, sin miedo, más, más, ahí, ahí. Las piernas, sólo quedan las piernas. Debo estar cerca. Gato, gatito, espera que voy. Una pierna, esa pierna, sí, ya está. La otra, cuidado con el pie, agárralo bien, no, no puedo, mis manos, se van, se van. 80


Caras, muchas caras. Voces, bocas, ojos grandes que se acercan. Quizá me pregunten algo. No, se dirigen a otra persona. Me mareo, las voces giran y giran. Lo he visto, sí, con la túnica blanca. Aquí, aquí, estoy aquí, no te vayas. Es Él y viene a salvarme. Las lágrimas corren por mis mejillas, no se ha olvidado. Me suben sus discípulos, me llevan hasta Él. 81


Blanco, todo blanco. Parpadeo. Más blanco. Mi brazo, un tubo y un frasco con líquido transparente. Me froto los ojos, mis manos tiemblan. La puerta está cerrada, no se oyen ruidos. Este silencio me aprisiona el estómago, no puedo pensar. Y el olor a limpio se va pegando al pelo. Me tiemblan las manos, me tiemblan mucho. Hay una grieta que empieza en el techo y llega hasta el suelo de la pared de enfrente. Puede que por el otro lado siga la grieta, que la habitación esté dividida en dos, y yo también esté siendo seccionado. Mi cuerpo partido en dos por una línea invisible, quizá no tan invisible. Oigo voces fuera. La puerta, que se abra la puerta. Las voces se esfuman. 82


Hay poca luz. Las cortinas se mueven ligeramente hacia dentro. Son blancas. Las sábanas también, huelen a lejía. Odio este olor. Repugnante, vomitivo. Me queda poco suero, va cayendo muy despacio. Me habrán destrozado la vena, no tienen cuidado. Temblores, malditos temblores. Y nadie viene, la puerta sigue cerrada, y no hay ruidos ni se oyen voces fuera. No me queda casi suero, no sé si gotea o se ha acabado. Una gota, su reflejo. Gota incansable, monótona, que se hace y deshace tomándose a sí misma como patrón, que se dibuja y desdibuja, repitiéndose, sin poder hacer nada por evitar su goteo, sin poder cambiar su estructura, su existencia como gota. 83


Cierro los ojos con fuerza, aparto mi mirada dirigiéndola a la ventana. Me fijo en el movimiento de la cortina, lento, sereno. Va meciéndome, los párpados caen. La ventana sigue allí, pero sueño que la estoy soñando. Me siento más ligero; me levanto sin esfuerzo, y aunque tengo el suero unido al cuerpo por el brazo, parece que el tubo que une mi cuerpo al frasco se alarga, se alarga mucho, como si estuviera en el espacio y esa cuerda elástica flotase, y siento que ese trozo de plástico es lo único que me une a la vida. La puerta de mi habitación se abre. Una imagen borrosa de alguien que entra. Parpadeo varias veces seguidas para fijar la imagen y quitar lo nebuloso. En mis ojos el reflejo de una mujer de blanco. Dice algo de mi ropa. A noventa grados, a noventa grados. Vine con la ropa muy 84


sucia. ¿Y las pastillas? No me quiere dar pastillas para dormir, la muy perra. No dirá nada al médico. Está buena la enfermerita, menudas tetas. No vendrá, no le dirá nada al médico. Otra vez el silencio, el jodido silencio. Le metería mano, pero mira cómo estás. Una imagen. Mi cara en el espejo. Mis ojos: los de un perro al que acaban de regañar y no se atreve a mirar a su amo. Las ojeras, negras, selladas dentro de la carne. Una maquinilla. La cojo. No puedo. Tiemblo, tiemblo mucho. Mis manos, sin fuerza. Me escurro, casi me caigo. Unos dedos agarrándose al lavabo. Afeitarme, sólo quería afeitarme. Anochece. Estoy a cuatro patas. Camino despacio hasta llegar a un gran charco de agua sucia. Me tumbo en el suelo, boca abajo. La imagen de mi cara en el agua, el reflejo de una mirada turbia que ya 85


había visto antes, ¿pero dónde? Acerco mi boca y bebo, absorbo el líquido marrón con ansia. Miro mi cuerpo y veo una piel desgarrada. Decido dar marcha atrás y ver qué ocurrió. Cojo un traje del suelo. Introduzco el pie derecho. La tela se adapta a mi piel, aprieta. Siento un ligero dolor: las heridas reviven, aferrándose al nuevo material. Ahora el izquierdo. El traje se estrecha. Gotas de sudor por la cara y el pecho. Meto primero un brazo, luego el otro, hasta cerrar la cremallera. El traje que me he puesto es mi propia piel: piel enferma sobre piel enferma. Disfrazado de mí mismo, con esa capa borrosa adherida al cuerpo, me coloco boca abajo, como un soldado en el campo de batalla. Brazos doblados, puños al esternón, codos hacia fuera. Arrastro el brazo derecho y con él, el resto del cuerpo. Después el izquierdo. Las piernas siguen a esos brazos 86


aletean, dando impulso a un cuerpo roto. Puños cerrados. Brazo derecho hacia delante. Brazo izquierdo, brazo derecho. Brazo izquierdo, brazo derecho. Las piernas detrás, enmudecidas, como títere al que han cortado los hilos de los pies. Llego a unas ramas secas. Las miro desde esa posición arrastrada. Allí han quedado trozos de piel. “¿Es esa mi piel?”, pregunto. Nadie contesta, ni siquiera una voz interior. “¿Es esa mi piel?”. Abro los ojos y sólo veo penumbra. El brazo, el brazo. De mis venas sale un tubo. El suero, sigo con el suero. Tengo escalofríos, noto la humedad, el cuerpo pegado a la tela, el olor a sal. Veo chorros de agua. Manos que me sujetan, que me zarandean. Frío. No quiero que me laven. Se lo digo al enfermero con los ojos. No tengo fuerza. El hombre me sujeta y me lava. “No”, le digo, “¡no!”, pero no me hace caso. 87


Desde mi cama oigo a dos médicos hablar de un desconocido cuya voz había retumbado en la habitación. Siento esa voz resonando en mi pecho. Entran dos personas que me nombran, dicen ser mis familiares. Los médicos señalan hacia mí, pero ellos pasan de largo, se dirigen hacia otro enfermo. “¡Os equivocáis! grito -. Es a mí a quien venís a ver. ¡Os equivocáis!”. Los médicos me sujetan y noto un pinchazo. Estoy en el suelo, boca abajo. Me entra aire por algunas partes del traje. Giro la cabeza para ver el brazo. Bocas pequeñas se abren; la piel que está debajo se resquebraja, como si tuviera capas de cemento mal dadas. Avanzo. Huele a conejo muerto. El sudor de mi frente se mezcla con la tierra. Pierna derecha, pierna izquierda. Me oprimen ramas y troncos partidos. Me sube un olor 88


nauseabundo. Sigo adelante. El olor gira y gira. El borde de las ramas ara mi piel. Presión en el cráneo; dos manos lo agarran, hincando uñas de madera. Me deslizo como una serpiente que acaba de mudar su piel y a la que le cuesta adaptarse al terreno. Las vértebras del cuello dibujan el camino como anillos de gusano. “No te pares”, me dice una voz débil, ahogada. El polvo se introduce en mis ojos: una capa fina los nubla. Sigo recto. El traje queda enganchado en ramas. Tiro de él con fuerza, pero no logro desprenderme. Impulso el cuerpo hacia delante. “Inútil, es inútil”. Huele a sangre y putrefacción. Las ramas oprimen. “Salir, quiero salir”. Gritos en el pasillo. Una enfermera con la mano en mi hombro. El frasco del suero se hincha, parece que absorbe algún tipo de sustancia. Mi brazo, 89


no siente nada. Una tabla de madera con vetas insensibles a un crecimiento que ha sido vedado. Los ojos no descansan: globos subiendo y bajando, separándose de la cueva que los guarda. No quiero tubos de plástico. Me quito el suero. Sale sangre, y ese líquido incoloro. Me incorporo. De mi espalda, tiran unos músculos ya viejos. Me mareo. La distancia entre la cama y el suelo se me hace más grande. Las rodillas no me sostienen. Caigo al suelo. Brazos doblados, puños al esternón, codos hacia fuera. Brazo derecho, brazo izquierdo. Brazo derecho, brazo izquierdo. Me deslizo hasta llegar a la pared de la ventana. Extiendo los brazos hacia delante. Los dedos se agarran al rodapié. Las manos buscan el marco de la ventana. Las uñas en la madera. Doy un impulso. Subo los brazos. Las rodillas, las piernas. ¡Arriba! Me apoyo en la pared, 90


sujetándome en algo metálico. Miro al cielo y oigo una voz que me dice: “Tírate, tírate”.

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Acaban de comer. Él pasea su mirada por la habitación. Su flácida y pálida barriga asoma por los botones mal abrochados del pijama. Ella mira por la ventana. Entre ellos, una mesa camilla con restos de comida. Al fondo, la televisión encendida. Ella sigue mirando a la calle. Su melena es bicolor: castaño oscuro y rubio platino. Su cara, sin lavar, muestra la opacidad de un maquillaje mal aplicado. Unos labios extremadamente rojos, pintados con un carmín barato. Colillas impregnadas de bermellón saliéndose de un cenicero de cristal. 94


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Él se levanta de la silla y, antes de sentarse en el sofá, aparta unas revistas viejas. Gotas de sudor resbalan en su calva, deslizándose por pelos grasientos de la nuca. Con la manga del pijama, se quita el sudor y coge el mando de la tele, pasando de un canal a otro. Mira hacia la pared, donde un reloj redondo, de fondo blanco, cuyas manillas y números son del color del metal, está parado a las cuatro. Le divierte imaginar que funciona. Todos los días se pone frente a él antes de la hora, y siente el minuto que transcurre desde las cuatro como el único real en su vida. 96


Rรกfagas de un aire cรกlido mueven las cortinas. Ella retira platos y cubiertos con el antebrazo, y saca del bolsillo de la bata unas cartas desgastadas. Empieza su solitario. ร‰l fija la vista en un ventilador que estรก en el suelo: las aspas metรกlicas giran lentamente. El hombre le pregunta a la mujer por la llave. La mujer le contesta, con desgana, que la busque. 97


El hombre se levanta con pereza del sofá, y se acerca a la mujer. Le vuelve a preguntar por la llave. Ella le dice que busque, y le canta: “¿Dónde está la llave matarile, rile, rile?”. Él: “Si no me dices dónde está…”. “¡¿Qué?! ¡¿Qué vas a hacer?! ¡¿Qué coño vas a hacer tú?!”. “Dime dónde está”, dice él. Ella se ríe, lo insulta. Él vuelve a preguntar. “Busca, busca”, se oye. Las manos de él sobre sus hombros. “¿Qué pasa? ¿Acaso me vas a estrangular? ¡Anda aprieta! ¡Aprieta cobarde!”. Unos dedos gordos agarran su cuello. “¿Me lo vas a decir?”. Las manos presionan con fuerza. “¿Dónde está?”. “Adivina”, dice ella con voz apagada. El hombre aprieta más fuerte. “¡Me lo vas a decir, hija de puta, me lo vas a decir!”. 98


El cuerpo de la mujer cae al suelo, inerte. ร‰l se sienta en el sofรก. Imรกgenes en la pantalla. Mira el reloj. Espera a que sean las cuatro. 99


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Íbamos con palos a terminar con el ruido traidor. Vimos a un niño escondido detrás de los contenedores de basura, con un reloj pequeño en su mano. − Dame el reloj - le dije. − Es mío, yo lo encontré. − Su mecanismo se ríe de ti, de todos nosotros. Hay que terminar con ellos, nos están contaminando con sus minutos, nos adormecen con sus cuartos, las horas nos ahogan. Créeme, tú eres pequeño y sabes menos de la vida, yo ya he pasado por muchas dictaduras de esferas y manillas que ahora estarán oxidadas. − ¡Libertad, libertad! - gritaban los aliados -. ¡Abajo los relojes, muerte a los relojes, muerte al tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo! 105


Mis manos se acercaron al niño, hacia sus manos, luego subieron al cuello. El niño gritaba. Rodeé su cuello con suavidad. Gritos más profundos. Las manos se desligaron de la mente, y ya no sabía si presionaba o no. La voz débil de su garganta infantil me contestó. No la escuché, seguí, seguí, hasta oír un cuerpo contra el suelo. Cogí el reloj, lo tiré, lo pisé, oyendo mi grito: ¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo! 106


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Cuando desperté, ya había oscurecido. Me quedé frente al espejo del baño. Examiné mis ojos, bajando con la presión del índice el párpado inferior y después subiendo el superior; primero el izquierdo, luego el derecho. No vi nada para alarmarme. El blanco del ojo, normal, no tendía al amarillo, y las venas, ninguna más roja que otra. Me tranquilizaba hacer esto, como si a través de los ojos hiciera una especie de escáner y comprobase que todos mis órganos funcionaban bien. 110


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Preparé una cafetera. Mientras se hacía, pasé a la habitación de mis padres. Hacía tiempo que no entraba. Todo seguía igual: sólo el polvo se había asentado formando una capa fina, homogénea, casi transparente. Pensé en esas motas uniéndose hasta formar esa alfombra, tejida de bichos microscópicos. Miré las fotos. Mis padres parecían pedirme que les sacara de allí. Sentí escalofríos. El silbido de la cafetera me alarmó. Al salir, cerré la puerta. 112


Con la taza de café en la mano, me acerqué a la ventana del salón. Retiré la cortina amarillenta y miré tras el cristal. El gris de las nubes se fundía con esa capa grisácea del humo de fábricas y coches. En el alféizar, seguían mis plantas, algo más secas. Las observé. El verde oscuro de hojas alargadas, con forma de lanza. Un verde más claro con franjas amarillas en hojas dentadas. 113


Espinas pequeñas, muy finas, casi transparentes, de cactus carnosos. Agujas más gruesas. Sentí un vacío pesado y una opresión de pecho extraña, como si hubiesen cosido mis pulmones convirtiéndolos en uno y, a través de ese pulmón encogido, no podía respirar, no sabía cómo hacerlo. Abrí la ventana, asomándome. Me ahogaba. Parecía que mis pulmones se pegaban a la tráquea, replegándose. Me quedé quieta, intentando no pensar: se me pasaría. Me senté. Los olores a fritos, que subían por la ventana, dejaron de oler. El olor a antiguo de la casa se transformó en un olor insípido que desazonaba. Y los perros ladraban tanto… 114


Cuando miré el televisor, el negro de la pantalla me deslumbró. Tenía un brillo crudo, afilado, casi insoportable. Toqué los brazos del sillón, rodeándolos con mis dedos, aferrándome al material; esa superficie pinchaba, como los pelos fuertes y duros de un jabalí disecado. Solté las manos. Las pastillas. ¿Efectos secundarios? No miraría prospectos. Se me pasaría, seguro que se me pasaría. 115


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Los pensamientos flotando en una materia extraña, algo pegajosa, que va cerrando posibles salidas a nuevas ideas. La madera de los muebles se estira, se oye la carcoma, el cemento entre baldosas se dilata, las cucarachas salen de los desagües, aplastan su cuerpo, metiéndose por debajo de las puertas. La televisión, que parece dormir, hace el ruido del descanso, respirando lo trabajado. Algún papel se abre, desperezándose. Las bombillas se liberan del calor acumulado. Y una gota cayendo, el grifo mal cerrado de la cocina, se une a otra del lavabo. El ruido metálico del fregadero, junto con una caída más suave, algo más acuosa. Cerámica del lavabo, acero de la pila, cerámica lavabo, acero pila. Cierro grifos. Los ruidos cesan, hasta que ese papel que parecía desperezarse ahora cruje, liberándose de esa forma que le he dado. 119


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Tenía todo preparado. Los folios, a la izquierda. Bolígrafos, dos de cada color rojo, azul y negro -, a mi derecha. El ordenador, en el centro. La silla, muy cerca de la mesa, con el cojín para los riñones, dos paquetes de cigarrillos y un vaso de whisky con hielos. Así me imaginaba la mesa de un escritor, aunque todo revuelto. Caótico. Mezclé los bolígrafos con las hojas. Se cayeron folios y bolígrafos. Les di una patada. “Escritor maldito”, me dije con sonrisa diabólica. Encendí un cigarrillo, que saqué de uno de los paquetes de Marlboro que había comprado esa mañana. Imaginé que me entrevistaban, para El País o El Mundo, y puse posturas de gran intelectual: ahora con la mano izquierda, en la frente, apretando las sienes, ahora con el cigarrillo en la boca intentando decir algo ingenioso tras la tos. 122


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Tiré la ceniza, que cayó dentro y fuera del cenicero. Cogí el vaso de whisky. Lo moví, circularmente, necesitaba oír el clic clic de los hielos. Me lo llevé a la nariz y bebí. No me gustó el sabor, tampoco el del tabaco, pero daba un toque especial, de artista. Dejé que el cigarrillo se consumiese, que los hielos se deshicieran y me acerqué el portátil. Los dedos en el aire, como pianista al comienzo de un concierto. Estaba en tensión, demasiada tensión para una buena escritura. Le di dos sorbos al whisky. El nombre del personaje. Ricardo. Me gustaba, tenía fuerza. Ricardo Corazón de León. Ricardo III. Di a la “r”; una, dos, tres veces. Mantuve el dedo presionado. Las erres fueron uniéndose hasta llenar la pantalla. Las 124


borré. Pensé en lo difícil que era escribir. Sólo sentarse frente a una pantalla tan blanca atemorizaba: parecía que las palabras, las ideas, huyesen, como esas erres que ya había borrado. Antes de retirar el ordenador y probar con el papel, di a la “r” y la guardé como documento. Me hizo gracia mi hazaña, que celebré con caladas al cigarrillo y un buen trago de whisky. Cogí folios y el bolígrafo negro. “Espalda recta, ojos al frente”, me dije, acordándome de la mili, “al objetivo”. El objetivo era escribir algo, lo que fuese, aunque estuviera mal escrito. Sentir que a un sujeto sigue un verbo, que los complementos se van arrimando a la frase, que a una frase sigue otra, que hay armonía entre ellas, que van casi de la mano. 125


Encendí un cigarrillo, y contemplé el humo. Cuántas veces había soñado desaparecer de una manera tan elegante. Adquirir esa materia volátil. Cómo empezar. “Ricardo, a sus treinta y cinco años”. Horrible. “Ricardo, hombre sincero y robusto”. Hombre sincero y robusto. ¡Dios! Las taché. Los críticos lo reprobarían. Mientras pensaba en el argumento, dibujé erres: mayúsculas, minúsculas, alargadas. Cuando me cansé, arrugué la hoja y la tiré a la papelera. Hice una buena canasta. Apagué cigarrillo y portátil, y fui al baño. 126


Mientras me subía los pantalones, me vi en el espejo. Tenía más ojeras. Lo blanco de los ojos con venas rojas. Me dolía la garganta. Saqué la lengua: amarillenta. No quise seguir indagando. Fui al salón. Me dejé caer en el sofá. Puse los pies sobre la mesa, pensando que mañana, mañana empezaría la novela. 127


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Un hombre escribe. Una hora, cuatro. En la pantalla, una “r”. Sigue escribiendo. Las cinco, las siete. En la pantalla, una “r”. Llega la noche. El cuello le duele, los músculos de los hombros tiran. Necesita un descanso, pero sigue escribiendo. Mañana, mediodía, noche. Sólo oye el ruido de sus dedos en las teclas de plástico. “La historia fluye”, piensa y sonríe. En la pantalla, una “r”. La mira, desafiante. “Levantarme, huir”. Pero el hombre sigue. Sigue escribiendo. 133


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Acabábamos de cenar. Hacía tiempo que lo notaba raro. Lo miré. Veía la televisión con desidia, como si no le interesase pero necesitara esas imágenes ficticias. Bajé los ojos. Me fijé en una miga de pan que había en su plato. Al caer sobre el líquido de la lombarda, se había hinchado. Junto a esta había otra, seca, más pequeña. Me pareció estar en un cuarto oscuro; revelaba una fotografía y la imagen iba apareciendo. Éramos nosotros. Él, el trozo pequeño, seco, había perdido esponjosidad y grosor. La hinchada, yo, que parecía haberme nutrido con el agua violeta. Éramos dos migas de pan que se iban consumiendo, cada una a su manera. 136


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Tiré las migas a la basura, y encima las cáscaras de plátano, pero seguía viéndolas. Saqué restos de comida que puse sobre ellas. Al levantarme, él me miraba desde el marco de la puerta. Se iba a dormir. Imaginé cómo íbamos transformándonos. Ahora era yo la pequeña, la que había perdido esponjosidad y grosor, y él, el trozo hinchado, nutrido con el agua violeta. Luego, yo volvía a ser la hinchada, y él la reseca. Éramos dos migas de pan que se iban consumiendo, cada una a su manera. 138


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Miro un escaparate. Los objetos parecen desnudarse, darme su verdadero rostro. Las fotografías enmarcadas, puñales de acero oxidado, que han esperado tanto para saborear el interior de un cuerpo; atravesar piel, venas, órganos cerrados, vísceras tan bien hechas. Cierro los ojos, para no ver los objetos transformándose, ni sentir mis órganos intentando respirar bajo la mirada de esa hoja cierta. 143


Ahora son los objetos de la calle los que mudan, atenazándome. Se difuminan, mezclándose unos con otros, cambiando de forma. La farola se une a la pared, la pared al suelo, el suelo al muro. El suelo se pega a mis zapatos, parece chicle. Tiro y tiro para despegarlo de mis suelas, pero no puedo. Y me doy cuenta de que las paredes de la calle van entrando por los dedos de mis manos. Después el pelo, que se pega al muro como si este fuera cepillo que arrastrase la electricidad estática. Y no puedo hacer nada. Nada para evitarlo. El cemento tira de mí y me dejo llevar. Ahora la pared se acerca al suelo, presiona; pared, suelo, pared, suelo, presionan fuerte, aplastándome. 144


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En la galería, una sala pequeña, bastante oscura; había poca gente. El pintor no estaba. Sobre un taburete, folletos. Me guardé uno, dirigiéndome al primer cuadro con el mismo recogimiento con el que se comulga. En cuanto Xaime llegó, viéndome frente a su “Costa da Morte”, me dijo que lo había pintado en cabo Touriñán, el más occidental de la península ibérica, y no el de Finisterre, como se decía. Eran brochazos despreocupados que, cuando te alejabas, cobraban realidad. Me confesó el toque impresionista, y algo expresionista, que algunos críticos de arte habían visto en su obra. 148


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Yo sólo veía la fuerza, la rabia, de ese mar contra las rocas. Le pregunté sobre ello. Sin contestarme, siguió con los críticos. Miré el cuadro alejándome un poco a la izquierda. En segundos, atrapé el significado simbólico. Trascendía detrás de esa luz sobre la ola más cercana: la espuma tan blanca. Reflejaba la lucha de dos poderes. Aunque uno de ellos fuese desgastando, poco a poco, al otro, y pareciese el más fuerte, no lo era, porque roca y mar eran la misma cosa: el hombre luchando contra la sinrazón de su propia existencia. 150


Xaime me contaba cuánto tardó en pintarlo, la vida tan dura del artista. La “náusea” nos acechaba, pensé, sin poder escapar, porque formábamos parte de ella: nosotros éramos la “náusea”. Me vi formando parte de ese mar y esas rocas. Nada se podía hacer. El mar era la humanidad luchando contra un muro; su propia existencia. 151


“Hay pocos genios”, continuó, mientras yo me imaginaba a Van Gogh, saliendo de madrugada al campo, con sus lienzos volteados por el aire, y a Kafka, de regreso del trabajo, escribiendo en una mesa pequeña frente a una pared gris. Salí de allí con la sensación de que el descubrimiento de ese acantilado alegórico no podía revelarlo a nadie. Sería como destapar una olla exprés antes de que se enfriase. Sufriré por todos, me dije, sonriendo a San Manuel. 152


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Sus ojos atraparon su pensamiento. Deseó huir con ella en ese barco y esperar a que se extinguiese la llama de la última vela que quedaba encendida. “Sufrir tu dolor”, pensó Elizabeth. Vivir con intensidad el momento que precede al olvido mismo, un instante de perpetuidad. Los ojos del cuadro no pedían nada, pero ella sentía, al observarlos, formar parte de la historia, aunque supiese que aquella mujer no la necesitaba, que realizaría sola su viaje. Se oyó decirle: “No sueltes la cadena, no lo hagas, por favor, no lo hagas”. 159


“Basado en el poema de Alfred Tennyson The Lady of Shalott”, leía, “sobre la leyenda artúrica de Elaine of Astolat, que encerrada en una torre un hechizo la obliga a mirar el mundo a través de un espejo. Cuando Elaine ve a Lancelot se enamora, mira por la ventana y...”. “Tener el valor de mirar la vida de frente, sin reflejos falsos, mata”, pensó Elizabeth. El paso de la inocencia a la madurez, mata. El paso del yo al tú, mata. Se acercó al cuadro: dos pájaros volaban cerca de la cadena que Elaine tenía agarrada. Juncos partidos, el rojo de la tela. En la proa, el crucifijo, tres velas y un candil casi apagado. 160


Unos cuantos pasos más, más atrás. Elizabeth miró esos ojos marrones, caídos, bajos, y la expresión de esa boca: desaliento sereno, resignado. El barco, los árboles, el ruido del agua, los pájaros y, antes de llegar a Camelot, la muerte. Encontrar algo que le salve. Pero no se podía hacer nada: la vela que quedaba encendida se apagaría. La ventana, si no hubieras mirado… 161


La luz en un cuadro, en la pared de enfrente, le hizo acercarse. La luminosidad en los colores, las plantas, el cielo, en el pelaje de las ovejas, que le parecía tocarlo, ¿cómo lo habría logrado? Minucioso en las ramas, en los nervios de las hojas, que de tan perfectas se hacían irreales; un aura onírica, un sueño en el que se adentraba como personaje de la obra. Olía el mar, las ovejas, sus balidos. Algunas de ellas la miraban directamente a los ojos, haciéndole participar en la escena. “El prerrafaelismo”, leyó, “tiene un sólo principio, el de absoluta y obstinada veracidad en todo lo que hace, alcanzada gracias a trabajarlo todo, hasta el más mínimo detalle, del natural y sólo del natural. Cada fondo de paisaje prerrafaelita se pinta hasta la última pincelada al aire libre, a partir del propio 162


motivo”. “Lo consiguen”, se dijo, “¿y la sensación de ensueño?” Ophelia también tenía algo de irreal: una capa traslúcida filtrándose en cada detalle; en los juncos, las ramas, las hojas. Elizabeth se detuvo en la boca de Ophelia, entreabierta, y esas manos, en espera de algo que nunca llegó. Sus ojos, vacíos, no veían: eran muerte en sí mismos. Quería oír el rumor de la corriente del río, oler las flores, pero nada de eso ocurría. Ophelia la abandonaba. Pronto, le dijo, soñarás tu sueño. Pronto, muy pronto, te unirás a Lady Shalott y juntas remontaréis la corriente. Miró alrededor. Fragmentos de figuras y colores se mezclaban. Sintió que los brazos le pesaban mucho, como si fuesen 163


péndulos que sujetaran unas manos engrandecidas. Pinchazos en los hombros, los músculos tirando. Continuar, debo continuar. The Death of Chatterton. La muerte persiguiéndola. Ahora, un poeta. La curva de su brazo señala hacia el frasco, ya vacío, de veneno. El rostro de cera, su cuerpo, el pelo rojo, el baúl, papeles rotos, la belleza de una muerte prematura. El punto de fuga, la ventana: esa ventana entreabierta que da a la ciudad. Elizabeth observó la cara de Chatterton: sosiego y algo de felicidad escapándose de los labios. La muerte como salvación. De ese ático oscuro, pasó a una sala abigarrada. En el centro, una mujer: los ojos abiertos, muy abiertos, y la boca en 164


actitud de acogida, de entrega. “La mujer se levanta del regazo de su amante cuando su conciencia despierta. Mira por la ventana y esa mirada al exterior la salva”. “Lo externo”, se dijo Elizabeth, “acoge o mata”. Y mientras lo decía, sintió una especie de trasformación. Como si el oculista le fuera cambiando de lentes: cada lente, un cuadro. El observarlos la enfrentaba a sí misma y aunque punzaba, seguir, avanzar. Al fijarse en la serie Past and Present, Elizabeth advirtió que los cuadros oscurecían. En el primero, de colores algo más vivos, el marido recibe una carta: su mujer le ha sido infiel. Pasan cinco años. Los otros dos lienzos reflejan una noche, quince días después de la muerte del padre. En uno, las hijas, en un 165


dormitorio humilde, rezan por su madre; la mayor mira a la luna. En el otro, la madre, con un niño en brazos, bajo un puente: los ojos sobre esa misma luna. La última frase dando vueltas. “El espectador es el que decide si debe o no debe sentir compasión por ella”. Como una lavadora cuando centrifuga, Elizabeth dijo: “Se ríen de nosotras, siempre lo han hecho”. Después de dos o tres cuadros, le atrajo uno color siena. Oyó música, en su interior, Beethoven, pero no se acordaba, hasta gritar: “Sonata para piano nº 14”. El primer movimiento envolvía a La Pia de Tolomei. La música narrando. Una mujer rodeada de hiedra, mirada inerte, cabeza baja: un rostro que refleja desengaño. El marido la ha encerrado; después, la envenenará. “La 166


mujer”, pensó Elizabeth, “con esa carga real, innata, de resignación”. La música sigue sonando. Adagio sostenido. Se sentó. Le dolía la cabeza. “Demasiada pintura”, se dijo. De pronto, surgieron las caras, agolpándose. La de Medea, la de Isabella, la de Proserpina. Elizabeth sentía que la culpabilizaban. Luego, las risas. Las manos de Medea intentando agarrarla. Ella se encogía. Los ojos de Proserpina sobre los suyos. Las palabras de Isabella, “lo mataron”. Ella, se encogía. Se apretó las sienes hasta conseguir acallar las voces, alejar las imágenes. The Lady of Shalott, frente a ella. Lo miró. Sus ojos clavados en esa cara que le contaba, le contaba. Como una revelación, los rostros de los cuadros formaron una sola cara, la de Elaine. 167


Todo imaginado, vivido en imágenes, en esa torre donde la realidad era sombra. Se escuchó como si esa voz no fuese suya, como si viniera de siglos atrás, “Que el morir solo sea el final, no el principio”. Miró a Lady Shalott y le dijo: “Yo también estoy harta de sombras”. 168


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Me estaba meando: necesitaba ir al servicio. Me escabullí por debajo de los asientos, buscando el lavabo. Entonces, descubrí que el que hacía de león se fumaba un cigarrillo con la princesa rusa, a la que echaba el humo a la cara y cogía por la cintura; princesa, barriobajera, que acababa de hacer acrobacias encima de los elefantes. La cabeza de león estaba en el suelo, al lado de ellos. Iba a preguntar cómo ir al servicio, pero antes de hacerlo oí un “Quítate, niño” de uno de los payasos que discutía con el presentador, quien a su vez estaba comiéndose un bocadillo de chorizo y se limpiaba la grasa en la capa negra brillante. 172


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Aquello fue peor que enterarme de que los Reyes Magos eran los padres, peor que si se hubiera descubierto que la bella durmiente se drogaba, que el hada madrina y el príncipe eran amantes, y que la madre de Bambi había fingido su muerte para librarse del hijo. Todo el encanto del circo se desplomó: el hombre-bala, el domador de leones, los equilibristas, los payasos. Toda esa magia. Había algo obsceno en el descubrimiento. El mal olor de los animales, las cagadas de los elefantes, el chihuahua del domador ladrándome, el domador escupiendo, sin hacerme caso. “El servicio, por favor”. Y la mirada diabólica del payaso triste. Me meé encima. 174


No quise volver al circo. Mi madre nunca supo el porqué. Creo que fue desde ese día cuando empecé a bucear en el mundo real, con maquillajes descoloridos, y sin las máscaras de la infancia. El mundo del circo estaba podrido, la vida estaba podrida. Era como pasar a otra dimensión en una edad en que querías aferrarte a los sueños, en que confiabas en un mundo fantástico, aunque supieses que no existía. Aquella tarde se me cayó la carpa encima, todavía no me la he quitado. Hoy voy con mis hijos al circo y rezo para que no les entren ganas de mear. 175


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Era una gota rápida, prematura. El ritmo, sofocado. Gota enfurecida que, tomando el papel de líder, se quejaba por la fugacidad de su vida. Pensé que si hubiera sido gota pausada, de ritmo lento, nadie la habría escuchado. Sin embargo, nadie parecía hacerle caso, nadie se acercaba allí y cerraba el grifo, aunque eso significase acabar con ella. Sólo yo había captado algo, al menos la había escuchado. Aunque no me acercase al grifo, vivía con intensidad el desarrollo de esa gota. Hubo un momento de exterminio. Luego, el espacio se ensanchó, para que no olvidase que ella seguía allí esperándome, cansada de repetirse, una y otra vez. 179


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Que me ahogo sin poder escribir una línea, me esbozo y me invento cada día. Me como, me devoro y me río. Opresora de mi propio yo, que crece y pide explicaciones. Habiendo sido dictadora, debo ahora cortar las cuerdas. Mis pequeñas Evas estiran piernas y brazos; habrá que enseñarles a andar. 182


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Camino. De noche. En una calle, frente a mí, dos sombras. La oscura, alta, arrogante; la clara, débil. Y yo, más sombra que ellas, detrás. Entonces pienso que deberían salir muchas sombras para abarcar todo lo que somos. Imagino que algunas de ellas van mudando como lo hacen las serpientes con su piel. Veo que la sombra de la inocencia cambia de color, de un violeta claro a uno más oscuro, con matices, con sombras dentro de sombras. La de la inquietud, sonrojada. La del dolor se endurece: opaca, con menos aberturas. La sombra del deseo, encogida, muda, añeja. Pero hay momentos en que besa sin saber qué pasará, se embrutece como antes, se aferra a un vínculo: soplo de vida, aliento. 187


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Una gota barrena con furia la paciencia del fregadero. Sonido monótono y asfixiante que se repite cada pocos segundos, que no se conforma con el vacío de la cocina sino que recorre un largo pasillo blanco hasta desembocar en el salón enfrentado a octubre. La mujer se llama Eva. Está sentada en medio de la pieza. La espalda recta, la vista cansada por el trabajo con las letras, el aburrimiento y una pizca de náusea. “Algo bueno que tiene el otoño”, piensa Eva cuando contempla el bronce sobre la sierra de Madrid. Añora los paisajes de costa frecuentados este mismo verano. Por esa misma razón será incapaz de contener un suspiro. 190


Al comenzar la tarde dispuso todos sus fetiches sobre la gran mesa de teca. Todos pulcramente ordenados: una resma de folios, el tĂ­pico surtido de bolĂ­grafos por duplicado, dos paquetes de Marlboro sin abrir y un vaso de whisky con hielo. En breve tendrĂĄ que recogerlo todo. 191


Eva y su indecisión. Lleva unos segundos con el índice derecho en alto. Acaso pidiendo un turno que rara vez se concede; aunque Laura Restrepo, su madrina, le asegurase que sí, que ella no tendría problema en despuntar en el apestoso mundo de la Literatura. O puede que para llamarse a sí misma la atención, repasando por enésima vez cada una de las piezas que, como una eterna sucesión de “erres”, conforman sus propias sombras. La angustia del escritor consiste precisamente en eso: en evaluar los pequeños detalles, la ilación entre las diversas tramas. Hace tiempo que lo sufre en su carne. Eva pulsa por fin la tecla Intro. Su correo electrónico ha sido debidamente enviado. Así se lo confirma un escueto anuncio amarillo que aparece en pantalla. 192


En esta ocasión, la editorial es andaluza. Conocida, sí. Digital y gratuita, también. Delirio de un mercado rancio en tonos sepia y azul marino. Por un lado, la mujer desea que mueran los relojes, que el tiempo se detenga: “Hazte a la idea de que la respuesta llegará y que podría ser negativa”, reflexiona. Aunque también confíe en su YO: ese que se desdobla en cada historia que inventa, que toma vida y se le rebela, que es la causa de que siga adelante. 193


“Mierda”, dice Eva no sin cierto fastidio. Son las ocho. Se acabaron las tardes de circo, las revelaciones, redadas y el blanco sobre negro de su fantasía. El veredicto consiste ahora en limar la capa de irrealidad que cubría sus objetos y aterrizar en el ocaso de un domingo. Consciente de que se acabaron las metáforas ontológicas y de que hay que dejar de ser el otro; consciente también de que en el mundo de labor no cuelan los esquemas de imagen, por mucho que se disfracen de botella; consciente, en último término, de que todos somos hormigas y de que alguien nos pisará cuando estemos secas, Eva rebusca en la pestaña favoritos del navegador. 194


Desde este mismo momento recobra su faceta de profesora. Siempre lo ha sido. Y se dispone a revisar unas lecturas y media docena de ejercicios de inglés que mañana entregará a sus alumnos en el colegio. Como tan bien desvelara Elizabeth, la otra Dama de Shalott: lo importante no es la esperanza, sino librarse de una vez por todas de la condena de existir. “Habría que arreglar ese maldito grifo”, concluye Eva. El malestar del resto de la semana se introduce poco a poco en su cuerpo. Quién sabe si la última palabra podría llegar desde los hielos betún de Groenlandia. 195


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NOTA DE EDICIÓN Las fotografías utilizadas para el diseño de esta compilación de relatos son obra de Alfonso Vila Francés (portada, contraportada, páginas 10, 42, 104, 137 y 158) Mayte Sánchez Sempere (páginas 27, 49, 60, 95, 118, 123, 132, 154-155, 173, 183 y 186), Ángel Muñoz Rodríguez (páginas 7-6, 4445, 74, 128-129, 142, 147 y 188-189) y Juan Pedro Ruiz (páginas 30, 100 - 101, 109 y 178). 197


SOBRE LA AUTORA Eva Medina Moreno (Madrid, 1971). Licenciada en Filología Inglesa por la Complutense de Madrid. Ha participado en distintos talleres y cursos literarios. Sus relatos aparecen en diversas publicaciones, digitales e impresas (españolas y latinoamericanas), tales como “Cinosargo”, “Narrativas”, “Letralia”, “Revista Ombligo”, “Otro Lunes”, “Almiar”, etc. La revista “La ira de Morfeo” editó un número especial con algunos de sus relatos. Gracias a sus textos, ha obtenido diversas menciones literarias (ganadora del “I Certamen Literario Ciudad Galdós”; finalista del “Premio Orola”, etc). Es autora de la novela “Relojes Muertos” y coautora de “Letras Adolescentes” (Colección Especiales, Editorial Letralia). En la actualidad, trabaja como profesora y prepara su segunda novela corta, “Asesinos de palomas”. 198


SOBRE EL AUTOR DEL EPÍLOGO Ramón Zarragoitia (Gorliz, Vizcaya, 1970). Licenciado en Derecho. Ha ejercido quince años como Letrado Urbanista. Al término de su profesión, decide centrarse en la Literatura. Ha sido galardonado en diversos certámenes de narrativa; autor de novelas, libros de relatos y cuentos, así como de microficciones que han sido publicadas en diversos medios literarios. Autor de los libros “Hacia el final”, “El secreto de Ager” y “Noche de Blues”. Recientemente, ha publicado “Me miro al espejo… y me gusta lo que veo” (Groenlandia, 2013). 199


SOBRE LOS FOTÓGRAFOS MAYTE SÁNCHEZ SEMPERE (Madrid, 1969). Pintora, fotógrafa, poeta, narradora. Autora de los poemarios “Carnaval”, “El año al que le faltó un mes”, “Últimas puntadas al sudario de Laertes”, “Entre paréntesis”, “Equipajes perdidos”, “Salida 39”, “Cosas que podría contarte por teléfono”, “Un metro de agua corriente”, “Hacia el silencio” y de la novela corta “Madre es un país que no tiene fronteras” (“II Accésit del II Certamen de Novela Corta Giralda”, 2013). Sus poemas y relatos aparecen en diferentes revistas literarias, así como en antologías. Ha obtenido diversos reconocimientos por sus obras. Como autora e ilustradora de cuentos infantiles, es la creadora de las aventuras de Polito (editado por la editorial Edicions do Cumio y traducido al castellano, catalán y gallego).

ÁNGEL MUÑOZ RODRÍGUEZ (Leganés, Madrid, 1977). Licenciado en Historia del Arte. Poeta, narrador, fotógrafo. Cofundador de LVR Ediciones. Autor de los poemarios “Ya no leo tebeos de Wonderwoman”, “Como Ulises en una cacharrería”, “Amor manual” y “Moscú entre clavículas” (escrito a cuatro manos junto a Carmen Moreno). Sus poemas aparecen en diferentes antologías. Ha realizado exposiciones con su obra fotográfica y ha trabajado para distintas editoriales.

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ALFONSO VILA FRANCÉS (Valencia, 1970). Narrador, ensayista, poeta, fotógrafo. Ha vivido en Orihuela, Madrid, Bruselas y Debrecen (Hungría). Ha trabajado como monitor de tiempo libre, bibliotecario, archivero y profesor de Ciencias Sociales. Sus poemas relatos y artículos aparecen en multitud de revistas culturales. Ha obtenido premios literarios por sus obras. Autor del libro de relatos “La vida mientras tanto” (Groenlandia, 2010). Próximamente, publicará “A ras de suelo” (Groenlandia, en prensa).

JUAN PEDRO RUIZ (Alicante). Fotógrafo, poeta. Ha obtenido varios premios de fotografía (“Solar Race Región de Murcia 2011”) y ha realizado diversas exposiciones en Molina de Segura (Murcia, 2012) y otras ciudades españolas. Sus poemas han sido publicados en distintas revistas y fanzines (“Ágora, papeles de arte dramático”, “Ariadna RC”, “Revista Almiar”, “Manifiesto Azul”, etc). En la actualidad, realiza trabajos de fotografía sobre diversos temas: naturaleza, moda, arte, viajes, para eventos sociales, etc.

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INTRODUCCIÓN

4

T AN FRÁGIL COMO UNA HORMIGA SECA

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M I BODEGA

26

S ER EL OTRO

31

P ARPADEA

43

P SIQUIÁTRICO

48

E L VEREDICTO

61

D ELIRIO

75

A BURRIMIENTO

94

R EDADA

105

L A N ÁUSEA

110

R UIDOS N OCTURNOS

119 202


B LANCO SOBRE NEGRO

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L A ERRE

133

D ETERIORO

136

U NA CAPA DE IRREALIDAD CUBRE …

143

U NA REVELACIÓN

148

T HE LADY OF S HALOTT

159

A QUELLA TARDE DE CIRCO

172

L A FEROCIDAD DE UNA GOTA

179

YO

182

S OMBRAS

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NOTA DE EDICIÓN SOBRE LA AUTORA \ AUTOR DEL EPÍLOGO SOBRE LOS FOTÓGRAFOS

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O TRAS PUBLICACIONES DE NARRATIVA Putas, Pepe Pereza Cuentos de la Carne, Ana Patricia Moya La vida mientras tanto, Alfonso Vila Francés Contrafábulas, Francis Novoa Terry Realidad Paralela, Ana Vega Momentos extraños, Pepe Pereza Me miro al espejo, Ramón Zarragoitia La madre que lo parió, Raúl B. Caravan

P RÓXIMAMENTE : A ras de suelo, Alfonso Vila Francés Anecdotario, Francisco Vargas Dalí Unos cuantos, Inés Vázquez Cuento y aparte, Juan Cruz López 205


206


E DITORIAL G ROENLANDIA www.revistagroenlandia.com http://elblogderevistagroenlandia.com.es http://www.scribd.com/RevistaGroenlandia http://issuu.com/revistagroenlandia http://es.calameo.com/accounts/1891265 A RCHIVO G ROENLANDÉS DE PUBLICACIONES DIGITALES

http://issuu.com/archivogroenlandes T AMBIÉN ESTAMOS EN :

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Sombras, de Eva Medina Moreno  

Editorial Groenlandia Proyecto Cultural sin ánimo de lucro especializado en publicaciones digitales Libro digital para lectura y descarga gr...

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