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“En el invierno de la lluvia”, de Helena Ortiz. ©2011 Helena Ortiz Prólogo de Antonio J. Sánchez Epílogo de Luisa Fernández Todos los derechos reservados. Editado digitalmente por Groenlandia con permiso de la autora. Directora: Ana Patricia Moya Rodríguez Maquetación: Ana Patricia Moya Rodríguez Corrección: Ana Patricia Moya Rodríguez Diseño: Agnes Daroca (portada y contraportada, ilustraciones de interior) \ Ana Patricia Moya Depósito legal: CO-95-2011 Córdoba, 2011

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La poesía, toda poesía, es un viaje hacia el Yo. Un poeta - en general, cualquier artista - habla siempre de sí mismo (“Madame Bovary soy yo”, según la célebre frase que atribuyen a Flaubert). Eso no es egocentrismo. La intimidad del alma humana sólo puede explorarse en primera persona; el lector puede reconocerse mucho mejor en un yo que en un él. En el Invierno de la Lluvia el viaje hacia el Yo es evidente. Para llegar a la última parte del poemario, que se llama así, El Yo, hemos de recorrer etapas que giran en torno al punto de destino, a la identidad más íntima: La casa, los padres, la relación. El Yo que aparece en estos versos es un yo con minúsculas, cercano, en femenino singular, con unas circunstancias concretas, y el viaje no es fácil. En cada etapa hay dolores hondos. En ese sentido, la poesía es también búsqueda de la verdad, que aquí no es una Verdad absoluta, platónica, universal, sino algo mucho más cotidiano, Pequeños detalles que, aunque nos avergüence reconocerlo, son los que de verdad nos preocupan y nos atormentan: “Mi culo gordo...” Esa búsqueda alcanza su máxima crudeza en la pieza central del poemario, cuyo título, El Aborto, ya anuncia la brutal explicitud de su contenido. Para

buscar

esa

verdad

es

preciso

un

lenguaje

descarnado,

sin

concesiones, vulgar incluso. Algunos dirían que es un lenguaje poco poético. Pero su fuerza poética reside precisamente en su sinceridad; en

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como renuncia a adornos para arrancarse los sentimientos directamente de las tripas. En el Invierno de la Lluvia tiene mucho de exorcismo, de catarsis. Hay que vaciar el interior de todo lo que quema por dentro. La sensación es de frases vomitadas: los versos cortos, el lenguaje muy sencillo, los verbos en tiempo presente, y un ritmo de letanía, repetitivo, obsesivo: “pantalones que no me caben / camisetas que no me caben / vestidos que no me caben / chaquetas que no me caben”. No hay espacio para la elaboración gramatical; las sutilezas y los juegos verbales sólo entorpecerían la larga confesión que fluye a borbotones. A pesar de todo, la crudeza de estos versos destila mucha ternura. Quizás sea porque Helena no se esconde detrás de justificaciones y sarcasmos, sino que se muestra desnuda y vulnerable, con todos sus miedos y sus tristezas al aire. Cuando acabas de leer En el Invierno de la Lluvia queda flotando en el aire olor a lejía y a perros mojados; y queda flotando también una pregunta: ¿Cómo, y por qué, un conjunto de imágenes tan cercanas y cotidianas - bolsas de basura, restos de comida, ordenar los libros - crea tal sensación de desasosiego? Las tareas domésticas (limpieza, comida) aparecen una y otra vez, y siembran la duda de si son simplemente imágenes de la rutina habitual, o esconden metáforas más sutiles de estados anímicos ¿Las bolsas de basura son reflejo de las miserias internas, o son sólo bolsas de basura? Puede

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que ni siquiera la autora tenga la respuesta, y de esa forma la interpretación del poemario se matiza y enriquece. La poesía es un viaje hacia el Yo. El viaje de Helena es doloroso. En cada estación hay derrotas y cicatrices: la casa está desordenada, con el congelador lleno de comida podrida: el recuerdo de los progenitores es un padre que no oye y una madre a veces borracha; el aborto ha dejado una herida imposible de ignorar. De la relación lo que queda es una ruptura no asumida y el vértigo ante el vacío de la ausencia. Y al llegar al Yo sólo hay dolor de espalda, culpa ante el fracaso, un cuerpo gordo. Pero el viaje, aunque desolador por momentos, está lleno de esperanza: sacarse las mentiras, mirar de frente y ver todo lo que duele es el primer paso para dejarlo atrás, para empezar de nuevo: “tengo que buscar dentro / mucho / para encontrar / todo lo perdido”.

5 ANTONIO J. SÁNCHEZ


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I

Los restos, de cualquier tipo, se me resisten. Hay dos esquinas de la terraza llenas de bolsas de basura. Y botellas vacías encima de la mesa, desde hace meses. Hoy mi casa huele a perro mojado y no a comida descompuesta. Aún llueve, pero no ha vuelto a irse la luz estando la casa deshabitada. El mueble y la estantería sin montar; no me caben los libros. La ropa tampoco. No hay luz en el baño. Siento que puedo hacerme con las riendas de esto y ser normal y creer que soy feliz, estando sin ti.

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II

Tengo gusanos en casa. De un blanco amarillento, pequeños. Aparecen en cualquier parte, no sé librarme de ellos. Están en los libros, en los rincones, en las servilletas, en el pienso del perro. Busco esquinas con agujeros, telas de araña, suciedad, humedades, restos de comida... y cada vez que me pongo a registrarlo todo, a organizar, los descubro en sitios insospechados. Y no hace efecto la terapia ni la lejía... Mis gusanos no desaparecen.

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III

Es mi cuarta noche aquí, en casa. Duermo mejor desde que he vuelto, pero no he sido capaz de comer nada, de preparar nada. Ni de venir ningún medio día. Mañana va a ser mi primer día entero. El domingo estaré sola. Así que saldré huyendo.

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IV

Esta tarde había pensado hacer limpieza. Pero está lloviendo, y el cepillo se ha mojado, así que no puedo barrer. Y entonces... no me levanto porque se me quitan rápido las ganas y como está lloviendo tengo una excusa. Aunque canse, aunque resulte que ahora no me sirve porque sé, y empiezo a decirme, yo sola las verdades.

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I

Estábamos gritando y no podían oírnos. O no querían. O no supieron escuchar. Los gritos se iban quedando sin voz pero volvían. Siempre. Algunos más fuertes. Y fuimos aprendiendo a no pedir las cosas, a quedarnos con las ganas, a renunciar.

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II

Nunca escribo sobre mi padre. Nunca desde que cumplí los 18 años. Antes de eso hay poemas que dicen muchas cosas. Cosas como que dejó de escuchar, dejó de oír, y acabó por dejar de preguntar.

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III

Con las manos de mi madre he escrito todos los textos. Con las manos de mi madre he hecho todas las cosas. Con las manos de mi madre estoy siendo lo que no quiero ser.

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IV

No necesito reconciliarme conmigo misma sino con mi madre. Necesito escribir el poema que dice que encaja los golpes con la dureza de la piel del melocotĂłn. Necesito que sea guapa y lista y delgada y joven. Necesito que sea ella la que tenga una segunda oportunidad. Y que prescinda de mĂ­, de ĂŠl, de todos. Y que escriba y cosa y dirija. Que se corte el pelo y vuelva a ser la de las fotos.

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I

Me siento delante de mi ordenador portĂĄtil. Me lo pongo sobre las piernas. Oiga mĂşsica. Y escribo. Intento escribir. Sobre mi aborto.

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II

Hay cosas de las que me cuesta hablar. Quizá quería tener un niño (sólo pensarlo me marea). Quizá me he dicho tantas veces que no había otra opción por el miedo que da este arrepentimiento. Quizá me lo he dicho tantas veces que me he desconvencido.

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III

Tengo cosas en la cabeza. Resulta que he dicho en voz alta que quizá yo quería tener un niño, que no le di ni una oportunidad a la posibilidad, que puede que hubiera bastado con hablar con alguien, con hablar con mi madre... Tengo cosas en la cabeza. Y jerséis y batones y baberos bordados esperando en una caja.

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IV

El olor a lejĂ­a no termina de desaparecer de las manos. Como la culpa o el arrepentimiento. EstĂĄ ahĂ­ y se queda, como el dolor de mi hijo muerto.

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V

No hay nada extraño y bonito dentro de mí. No hay nada dentro de mí. Todo se escapó hace tiempo por entre mis piernas.

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VI

El aborto de mi ni単o el aborto de mi ni単o el aborto de mi ni単o no existe.

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I

Voy a quejarme de que vengas y de que no. Voy a quejarme por los detalles. Voy a quejarme por todo. Hay algo dentro de mĂ­ que corre el peligro de hacerme aĂąicos.

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II

Hablamos de la primera vez. Mi primera vez fue la segunda. La vez que te quise. Siendo yo. Sin esconderme. DespuĂŠs, todas las veces, me he ocultado.

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III

Todas las mentiras que me cuento. Y las que te digo a ti. Siempre esperando que aparezcas, esperando detalles. Los había. Esta vez había detalles y besos y las mismas mentiras. No es lo que tú haces. Ni los detalles ni las palabras ni los besos ni la mano en el cuello. Nada. Son las respuestas. La prolactina acelerada. Los niveles. Lo que no funciona está todo dentro de mí.

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IV

No he dormido demasiado mal. Con la sensación de estar rendida, dispuesta a perderlo todo, el día sale como si no pasara nada. Y así estarás tú porque yo no paso nada. Porque no se trata de lo que tú haces o de cómo lo haces, ni siquiera se trata de que lo hagas mal (no sé cómo cambiaría todo si lo hicieras bien de un bien que yo quiero, que no sé cuál es) Se trata de todo lo que hago yo y de la forma de hacerlo; de esperarte, de los esfuerzos, de reconocer lugares, de volver al mismo punto cada vez, de no salir nunca de ese punto. De no verme yo. De no mirarme yo. De no dejarte.

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De no dejarme a mĂ­ hacerme por ti mĂĄs daĂąo.

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VI

Hay coincidencias que no entiendo. Estar sentada en casa. Escribiendo. Sobre ti. Encontrando poemas que definen esta historia mía contigo tan completamente. Pensando que no puedo buscarte. No más veces. Sintiendo las mentiras. Que no son mentiras. Sino las cosas que tú haces. Como tú las haces. Que no son las que yo quiero. Como yo las quiero. Sin detalles. Sin cumplidos. Sin besos en el cuello. Estar en casa. Sin apenas luz. Ver cómo pasas bajo mi ventana. Cómo me miras. Sonríes. Sin que nadie lo advierta. Que te haya escrito tanto. En un año. Que tengas efecto sobre mí. Del bueno. Del malo. Querer ser lo que tú ves. Lo que veías.

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Empe単arme. Empe単arme. Despe単arme. Otra vez. Todas las veces.

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I

Dime si es éste el mundo en el que vivo. Si son éstas las manos de mi cuerpo. Las que tocan mi rostro, mi pecho, los dedos con los que me masturbo. Dime si son éstos los pies con los que piso y la voz con la que hablo. Dime, si soy yo, ésta que no reconozco en ningún sitio.

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II

Me duele el cuello y la espalda. No duermo bien desde hace meses. Todas las semanas voy a que un extraño me cuente mis verdades y llorar por mí. No soy lo que quiero ser. No soy lo que quiero ser. No sé de quién es el cuerpo que veo dentro de mí.

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III

Quiero ser la de los labios rojos. La de los pezones duros y las tetas calientes. La de los tobillos finos y las piernas delgadas. La de los prop贸sitos conseguidos y la casa ordenada. La que cuelga los cuadros. La que riega las plantas. La que lo aguanta todo y sobrevive. La de la fuerza de voluntad.

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IV

He aprendido cosas sin darme cuenta. Medio dormida aprendí a llevar a los demás hasta su límite, a desbordarlos, para que no tuvieran otra opción que venir a rescatarme. Aprendí que a los que se marchan hay que intentar retenerlos a cualquier precio: conseguir que se queden conseguir que te quieran. Aprendí que para que te quieran hay que esforzarse, que la culpa es de uno cuando no enamora, que una misma no basta.

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V

Quiero sacarme las mentiras y dejarme de verdades absolutas. Quiero sacรกrmelas fuera de un tirรณn y que nadie se entere. Ni siquiera yo. Y que no haya nunca mรกs mentiras ni asco de mentiras. Ni nada. Que no tenga ya mรกs nunca yo la necesidad de contรกrmelas. Y que pueda quererme, sin mentiras.

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VI

Me observo. Me miro en el espejo. Leo lo que escribo, pienso lo que hago. Y no consigo adivinar quién está dentro de mí.

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VII

Me gusta llamar a las cosas por su nombre: la mujer de mi padre, mi culo gordo, a veces mi madre fue una borracha.

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VIII

He tirado la basura, preparado comida para almorzar mañana, limpiado el suelo, colgado fotos en las paredes, ordenado libros, paseado al perro. Me acuesto a las 12 pero, este día, me he ganado el descanso. Hoy sí. Más que cualquier día del último año.

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IX

Este invierno de lluvia me dejó un congelador lleno de comida podrida, un techo con un agujero, unos libros hinchados y sucios de humedad… una casa en la que no podía estar durmiendo en una que ya no es la mía. Me ha dejado un cuerpo gordo y mis clavículas perdidas, pantalones que no me caben camisetas que no me caben vestidos que no me caben chaquetas que no me caben ……… Este invierno de lluvia me llenó la casa de gusanos y me dejó una primavera alérgica en la que me cuesta respirar.

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X

Tengo que buscar dentro, mucho, para encontrar todo lo perdido.

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HELENA ORTIZ (Sevilla,43 2010)


Si habéis llegado hasta aquí, el final de este viaje al núcleo, os sentiréis calados por los versos de Helena como por una lluvia amarga. Su poesía habrá actuado en vosotros a modo de purificación y la piel que sentíais tan vuestra, es ahora el almacenaje de cientos de poros anegados con su voz, por ese yo absoluto que os ha acompañado en este recorrido y que seguirá haciéndolo, tiempo después, ya alojado en algún lugar inconcreto pero tan cierto como es la propia conciencia del soñador. Habréis

podido

comprobar

que

en

«la

Casa»

las

habitaciones

desordenadas son en realidad partes del subconsciente. Hay un desorden, una voluntad de querer disolverlo, sin embargo una fuerza más poderosa que la mera voluntad lo impide. Se palpa la ruptura con el antiguo yo, aunque es algo incierto, sin cuerpo todavía. El comienzo de una cacería vital, cuyo propósito es buscar la verdad más allá de las paredes que la encierran. La relación con los padres, el vacío interior, las secuelas de las decisiones; todo forma parte de la búsqueda. La culpa y el peso de la conciencia estrangulan las emociones y hacen evacuar la linfa negra del pecado que es vivir, equivocarse, y querer enmendar cada uno de los posibles errores cometidos. “Quiero sacarme las mentiras / y dejarme de verdades

absolutas”.

Pero

realmente,

¿hay

de

qué

culparse

o

es,

simplemente, autoflagelación para dar sentido al dolor? Hay dureza, rotura, pérdida. El desarraigo se palpa como algo tangible, que tiene vida propia y recta por las paredes. “Tengo gusanos en casa. / Son de un blanco

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amarillento, pequeños. / Aparecen en cualquier parte. / No sé librarme de ellos”. Hay un deseo de huir de la soledad, su carga desequilibra la balanza, y las verdades; esas mentiras que golpean los tabiques, también pesan demasiado. El amor cobra un protagonismo real en los versos de Helena. “Esta vez hay detalles y besos / y las mismas mentiras”. Todavía pervive, subsiste sin alimento, sin esperanza, pero con culpa. “Porque no se trata de lo que tú haces / o cómo lo haces, / ni siquiera se trata de que lo hagas mal”. Tal vez una manera de justificar ese amor, a ese gigante egoísta que no es malo ni bueno, echándole encima paladas y paladas de carencia, para ocultar la derrota que trae la no-resignación, el deshojado de una flor amarga cuyo resultado siempre será el mismo: el vacío. La herida todavía sangra a pesar del apósito y los puntos. El tiempo de espera se dilata en grandes dosis de empeño. “Querer ser lo que tú ves. Lo que veías. / Empeñarme. / Empeñarme. / Empeñarme. / Otra vez”. Como si al ciego pudiéramos hacerle ver poniendo luces frente a sus ojos… Algo que hemos hecho alguna vez es negarnos a nosotros mismos. Helena nos lo cuenta de tú a tú. “No soy la que quiero ser. / No soy la que quiero ser. / No sé de quien es el cuerpo que veo dentro de mí”. Y sí. Quisiéramos escapar de nuestro pellejo y volar hacia una perfección que, sin lugar a dudas, creemos que será la respuesta. Seamos sinceros, no existe. ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? No son sino la antesala del comienzo del duelo. Ese luto que no acabará hasta que hayamos enterrado lo que creemos es nuestra propia culpa y ese vacío que trae la verdad absoluta.

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Aspiremos pues el olor a lejía, tiremos las bolsas de basura al vertedero del olvido y aceptemos que este invierno puede haber sido lluvioso, pero también nos ha venido bien habernos mojado, aunque luego huela a perro. “Este invierno de lluvia / me dejó una casa llena de gusanos / y una primavera alérgica / en la que me cuesta respirar”. Pero hay que hacerlo. Tomar aire y proseguir, a veces, sin mirar atrás.

46 LUISA FERNÁNDEZ


Para este libro de Helena Ortiz, “En el invierno de la lluvia”,

se

han

empleado

para

su

diseño

diversas

ilustraciones de Agnes Daroca (portada, contraportada, páginas 7, 12, 17, 24 y 32).

“En el invierno de la lluvia” fue premiado en un Concurso Literario del 2011. Esta edición digital de su obra constituye una segunda edición y ha sido publicada una vez agotada

la

primera

edición

impresa

editada

por

LaVidaRima Ediciones.

El resto de los textos (prólogo y epílogo, páginas 3 y 44 respectivamente) corresponden a sus dos autores: Antonio J. Sánchez (del prólogo) y Luisa Fernández (del epílogo).

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Prรณlogo, por Antonio J. Sรกnchez

3

La casa

8

Los padres

13

El aborto

18

La relaciรณn

25

El yo

33

Epilogo, por Luisa Fernรกndez

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Nota de ediciรณn

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“La poesía es un viaje hacia el Yo. El viaje de Helena es doloroso. En cada estación hay derrotas y cicatrices: la casa está desordenada, con el congelador lleno de comida podrida: el recuerdo de los progenitores es un padre que no oye y una madre a veces borracha; el aborto ha dejado una herida imposible de ignorar. De la relación lo que queda es una ruptura no asumida y el vértigo ante el vacío de la ausencia. Y al llegar al Yo sólo hay dolor de espalda, culpa ante el fracaso, un cuerpo gordo”. (Antonio J.

Sánchez)

“Su poesía habrá actuado en vosotros a modo de purificación y la piel que sentíais tan vuestra, es ahora el almacenaje de cientos de poros anegados con su voz, por ese yo absoluto que os ha acompañado en este recorrido y que seguirá haciéndolo, tiempo después, ya alojado en algún lugar inconcreto pero tan cierto como es la propia conciencia del soñador”. (Luisa Fernández).

Helena Ortiz (Sevilla, 1981). Trabajadora social. Publica

sus poemas en un blog. Con este poemario, consiguió el primer premio del concurso literario “Que rían los versos”. Groenlandia edita la segunda edición de su obra premiada.

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EN EL INVIERNO DE LA LLUVIA