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literatura

A N I V E R S A R I O

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EL COMITÉ 1973 revista de difusión, crítica y creación literaria

NÚMERO 18


el Comité 1973 Director general Meneses Monroy

EL COMITÉ 1973. Núm. 18. Literatura Húngara Revista de difusión, crítica y creación literaria. Correo electrónico: elcomite1973@gmail.com http://issuu.com/revistaelcomite1973 https://www.facebook.com/revistaelcomite1973 https://twitter.com/ElComite1973

Director Editorial Israel J. González S. cuidado de portafolio Almendra Vergara imagen y Diseño gráfico Israel Campos Nava

Consejo colaborador Agustín Cadena Rodrigo Círigo Guadalupe Flores Liera Asmara Gay

EDITOR DEL DOSSIER Agustín Cadena

Comité colaborador de este número Agustín Cadena Alberto Canseco Orsolya Erdei Asmara Gay Israel J. González S. Imre Olivér Horváth Anett Juhász Dalma Kulcsár Elsa Madrigal Maik Moriarty Meneses Monroy Daniel Olivares Viniegra

Portada y contraportada Israel Campos

Publicación Bimestral Año 3. Núm.18. 2015. Julio - Agosto

Publicación perteneciente al catálogo de revistas electrónicas de arte y cultura del CONACULTA http://sic.conaculta.gob.mx/ficha.php?table=revista_elec&table_id=136


presentación

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Dossier Relato Premio al logro de una vida Anett Juhász Traducción de Agustín Cadena

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Un mexicano en Budapest Alberto Canseco

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“La gloriosa concepción de Kaashlee” (segundo capítulo de la novela Las aventuras de mi perro muerto Kaashlee) Imre Olivér Horváth Traducción de Agustín Cadena

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Las tribulaciones de una madre Orsolya Erdei Traducción de Agustín Cadena El otro holocausto Asmara Gay

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Ensayo Diarios del infierno Agustín Cadena Neruda y Asturias comen en Hungría Agustín Cadena La frontera de cristal de Carlos Fuentes y los inmigrantes (una ensayista húngara reflexiona sobre un autor mexicano) Dalma Kulcsár

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Imre Kertész Magda Díaz y Morales

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Portafolio Elsa Madrigal

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Espacio libre Poesía Tres poemas (Soy o puedo ser, Nada, Sobre la escritura) Meneses Monroy

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Orilla Israel J. González S.

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Diabla Maik Moriarty

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Plaza Tolsá Daniel Olivares Viniegra

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literatura


Ya Robert Graves observó que sólo tres culturas quedan en Europa en las que todavía se respete al poeta como al bardo de la antigüedad: la irlandesa, la galesa y la húngara. Respecto de esta última, es necesario decir que su carácter especial se deriva de las capas más antiguas de su cultura, las cuales se han preservado, en parte, gracias a sus circunstancias históricas. Ciertamente, tal como lo señala Bertha Csilla en la antología de literatura húngara que hizo en el año 2000, la cultura de su país se nutre de aquella tradición según la cual el chamán es sacerdote, sanador, maestro y mediador entre el cielo y la tierra, y el papel del poeta cobra sentido dentro de esta tradición. Hungría es un país de mil años que se ha forjado en la lucha por la autopreservación. Primero debió defenderse de los otros pueblos bárbaros que codiciaban los valles al pie de los Cárpatos, luego de los turcos, después de los alemanes, de los austriacos, de los rusos, otra vez de los austriacos, otra vez de los rusos, ahora de las presiones de la globalización neoliberal... su territorio ha sido escenario de muchas guerras. Tal vez de estas circunstancias históricas se derive el carácter melancólico que el extranjero observa muchas veces en los húngaros. Y el don que los escritores han demostrado tener para desarrollar atmósferas y estados de ánimo de notable intensidad poética.

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Los textos que forman parte de este dossier se proponen como una introducción, apenas una muestra de algunas de las vetas más interesantes de una larga tradición literaria. Se incluyen reflexiones sobre dos autores ya clásicos: Imre Kertész, quien recibiera el premio Nobel en el año 2002 y Géza Csáth, el escritor maldito de las letras húngaras. Ambos textos han sido escritos por autores mexicanos, abriendo el diálogo entre las dos culturas. Y como parte de este mismo diálogo, incluimos un ensayo de una autora húngara sobre un novelista mexicano: Carlos Fuentes. Por su puesto, no podía faltar una mirada al holocausto húngaro. La muestra literaria se proyecta al presente inmediato con una selección de relatos breves de tres autores jóvenes, representativos de lo que se está haciendo ahora en su país. Se incluye también una crónica de un joven diplomático mexicano que estuvo trabajando durante varios años en nuestra representación en Budapest. Y para terminar ofrecemos una reseña de un libro de turismo gastronómico, dedicado a la comida húngara y escrito al alimón por dos grandes de la literatura hispanoaméricana: Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias. Muestra demasiado breve lamentablemente, demasiado parcial, pero al fin y al cabo muestra. Sirva como punto de partida al lector interesado en una de las más vigorosas tradiciones literarias de Europa. Agustín Cadena

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Anett Juhász Traducción de Agustín Cadena

Escenario: una cantina insignificante de la ciudad de Debrecen, un presszó. Hay incontables tugurios de mala muerte en Hungría. El Ibolya es uno de ésos. Y es el que escojo para venir a sentarme. Es un museo de valores, hábitos y mano de obra desde, digamos, 1989. Estas dos décadas han transcurrido casi sin sentir para los parroquianos del Ibolya. El Ibolya es la marca de fábrica de la constancia y la confianza. Interior: paredes verde pálido, cubiertas con una capa definitiva de humo de tabaco. Decoración: la mesera. Y los clientes mismos, todos enamorados de aquélla. Varios tipos de seres humanos son nativos de aquí. Uno de ellos es Feri: un cincuentón pandroso que se ve como de sesenta años. Viste un par de gastados pantalones de mezclilla, una camisa Made in China bendecida con una atlética peste de sudor, que en las axilas no sólo puede olerse sino también verse. Sobre el pecho, una cadena dorada con un crucifijo. Feri tiene hondas arrugas y la frente se le ve amarillenta: la huella del humo; cabello escaso, canoso y grasiento que se peina cuidadosamente a modo que le tape la calvicie. La primera cosa que hace, después de sentirse abrumado durante todo el día, es empujar la puerta del presszó y ordenar su bebida, la cabeza gacha, los ojos constelados de preocupación. Mira la hora como si el tiempo de verdad tuviera significado o importancia alguna para él. Es tarde. Nadie repara en su presencia. Es invisible y, sin embargo, exhibe la actitud de quien se siente más lleno de vida que nunca.

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Acción. Minúsculos granos de humo gris flotan lentamente en el aire saturado de vapores etílicos. La levedad empieza a dominar a los elementos de este sistema de inercia. Debe de ser reconfortante. ¡Espíritu! ¡Oh, Dios mío! Ahora sólo graben la escena, por favor. Adoración al Señor: vierte en su boca el sabroso palinka de ciruela, despacio, sintiendo cómo las olas vienen y van, pensativo. Luego regurgita el alcohol a la copita. Repite este acto lenta, disimuladamente, varias veces. El Paraíso. Su cara sufre una metamorfosis; se convierte en una estatua viva, llena de accidentes. Se puede ver cómo gradualmente adquiere un matiz rojo caramelo. Puedo ver las diminutas gotas de sudor que brotan de su papada y acarician su cuello de trabajador. Es lo que yo llamo adoración. Y aquí no hay escasez de creyentes. El silencio se ve roto sólo por algunos de estos tipos que se confiesan con la mesera, su doncella de hierro. Le piden amor y perdón. El agua bendita empieza a revivir la sangre de Feri. Hace de él un Hombre. La Creación en seis minutos. Una sonrisa traviesa se dibuja en su cara de almohada y le da un aspecto furtivo por esta noche. Ahora que ha vuelto un poco en sí, empieza a monitorear el espacio a su alrededor. No me ve. Vuelve la cabeza monótonamente a la derecha y a la izquierda, a la derecha y a la izquierda… los otros viejos cochinos están babeando con un ejemplar de Móricka1 . Se ve cómo sudan en sus enormes y apestosas chamarras, mientras descansan a sus pies bolsas de mandado de esas que tienen rayas de colores. Se parecen a los cuervos que, en grupos y con las plumas paradas, llegan a descansar a los árboles del parque Nagyerdo bajo los últimos rayos del sol. Feri barre el entorno con su mirada, lentamente. Muy lentamente. Con esa sonrisa suya peculiar, vergonzosa. Su rostro es como una máscara de plástico. Su mirada se detiene en un punto. Monitorea a la mesera: arriba y abajo, arriba y abajo, tetas, nalgas, tetas, nalgas. Muy despacio. Es una nena de cuarenta y cinco años que aparenta treinta y cinco con mucha jodidez. Está acodada en la barra, contemplando la ventana. Su mirada trata de penetrar la antiquísima película de humo que las generaciones han exhalado sobre el vidrio. Feri marcha hacia la sinfonola como un torpe Terminator. Echa la moneda en la ranura, oprime el botón rojo con toda la palma y respira profundamente. Cierra los ojos, levanta la cabeza, abre los ojos hacia algo sobrenatural. Marcha hacia la barra. Un poco más de alcohol, quiere. Ándele, seño, sea buena con él. Dele un poco más. Seguro que no le va a pagar, pero usted es la redentora, seño; es su misión. Por supuesto que lo es. Agarre la onda. No le pedirá otra vez su mano, excepto más tarde, en el baño, cuando tenga usted que entrar a limpiarlo. 1 Revista húngara de chistes y tiras cómicas, casi siempre de contenido erótico, popular en los años 80 y 90. 10


Desenlace. Feri tiene que pelear contra la fuerza de gravedad cuando decide que ya es hora de moverse. Un poder misterioso empieza a controlarlo y lo jala horizontalmente, hasta que se vuelve tan grande que su cuerpo necesariamente se enfrenta contra los objetos cercanos al piso. Una danse macabre, señoras y señores. Ya sé qué sigue. Todos ustedes saben qué sigue. Es un círculo. Falta el final de la historia. Renuncio a esperarlo. Todos los años renuncio a esperarlo. Pero, ¿saben qué? Tengo esta esperanza y soy adicta a ella. Bueno, es que esto me toca muy hondo y eso. Otra vez lo intenté. Te di otra oportunidad, papá. Te prometí que vendría a visitarte cada año y aquí estoy. Sabía que ibas a lucirte. Éste es nuestro espectáculo. Quisiera darte las gracias por tu actuación, papá. Eres divino. °°°

Anett Juhász nació el 12 de julio de 1984 en Mezotur, una pequeña población del sureste de Hungría. Estudió Literatura Inglesa y Psicología en la Universidad de Debrecen y actualmente trabaja como psicóloga. Empezó a escribir relatos en la universidad y nunca los había publicado.

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EN

BUDAPEST Alberto Canseco

Me gustaría decir que “la experiencia para un mexicano que llega a vivir en Budapest es como si hubiera llegado a un sitio de cuento, un vals hecho realidad, un lugar con palacios imperiales, un río que suena a quimera…Urbe aristócrata con puentes que se yerguen imponentes uniendo siglos de historia. Una ciudad con sangre propia, con arterias y uniones subterráneas, tan natural y urbana, en ella habitan seres de hablar casi místico, cuyo primer contacto puede parecer huraño si no se les conoce, aunque después uno conoce que en realidad muchos de ellos se sienten inseguros, desconfiados, también perdidos como uno en su propia ciudad.”… Así se suceden en ensueños nuestras fascinaciones. También de repente, sucede algo que te hace sentir bien vivo, desafiante del sueño de lo normal. Así me acuerdo de una mañana, embrujado por la ciudad, tantas noches con sus madrugadas a mis espaldas, caminé por sus calles y sus bares, fue que encontré gente sabia, inconforme y racional, nostálgica, como que ha vivido cientos de años, son los húngaros.

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Una de esas noches de invierno y nieve, caminé de nuevo vagabundo y ávido en Pest, el lado más urbano de la ciudad, la noche había sido larga, uno acaba saltando de bar en bar, con ganas de exprimir la noche hasta desfallecer. Era un día antes de Navidad, y llegué a un bar de aquellos que la cerveza es bien barata, un olor concentrado a cigarro te recibe, una musiquilla de la máquina de pokar suena, uno sabe que ha llegado al límite, aquí o la calle… Así fue, el deseo enfermo de la última cerveza vuelve a uno un quijote, así llegué, con la confiabilidad de haber vivido unos años en esta ciudad de extraños, sintiendo que ya era uno de los suyos, pedí una cerveza, quizá dos, y note la presencia de un señor de sesenta o más de edad, sorbía un vaso de agua, apenas, y sus ojos no miraban al infinito miraban inmediatamente a lo que tenía enfrente, sabía bien su realidad, estaba nervioso y angustiado. Los húngaros tienen un defecto creo, igual es cierto o no, es una opinión: dejan a los desahuciados buscar su fin, yo creo que porque su historia muchas veces ha acabado en tragedia, la tristeza se vive intensamente. Así, las cinco o seis de la mañana, un mexicano de 28 años se topó con este señor húngaro de 60 o más, yo tomé dos cervezas más (el frío te hace superhombre) y este señor se la pasaba con su vaso de agua, en una cantina que jamás hubiera esperado tener un mexicano residente en Budapest. Le saludé y empecé el lenguaje fantástico que uno tiene con un húngarohúngaro, que se lleva más con los ojos y gestos que las palabras, en ese sistema es que le comprendí que tenía nietos que esperaban su visita y los regalos del abuelo (él), ya desesperado (muerto) sin un forinto tomando agua en un bar de la madrugada. No me lo pidió, ni se lo imaginó, pero este mexicano extraño de repente sacó de su cartera dinero suficiente para comprar esos regalos, el señor besó mi mano, en realidad besó mi alma, mi alma se sintió viva después de ayudarlo… él se fue liberado de ese yugo horrendo que le había llevado a esa circunstancia, yo poco después salí de ese bar, estaba a una cuadra de alguno de los puentes que unen a Pest con Buda, lo crucé y sentí felicidad de estar vivo, de haber sido un héroe por un día, un ángel mexicano en Budapest. Alberto Canseco, oaxaqueño errante, miembro del Servicio Exterior Mexicano desde el año 2004. Su primera asignación en la diplomacia fue en la Embajada de México en Hungría, de ahí la anécdota.

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(segundo capítulo de la novela Las aventuras de mi perro muerto Kaashlee) Imre Olivér Horváth Traducción de Agustín Cadena

Esto tuvo lugar hace varias eras. El Universo se hallaba vacío en su mayor parte, ya que no había materia ni sólida ni líquida. Había sólo gas y plasma. En el centro se encontraba un pequeño sol, a la mitad de su vida. No deseaba pertenecer a ningún sistema, pero se sentía solo porque no tenía compañía. Los átomos de gas eran todavía demasiado pequeños; no eran capaces aún ni de sentir ni de pensar. Rebotaban de aquí para allá en la negrura del abismo, sin propósito. En esta terrible angustia, el solecito ejerció su fuerza de gravedad en la nada y tiró ciegamente, pues el amor era todavía ciego. Los átomos de gas no tenían ninguna oportunidad. Se sentían atraídos y se jaloneaban. Era como un estúpido baile de borrachos. Un baile en el que no había pasos, ni caderas cósmicas que menear; se trataba únicamente de girar en una sola dirección. Los átomos de gas sintieron miedo, así que se tomaron de las manos con fuerza y se convirtieron en moléculas. Miles de millones de años debieron pasar antes de que formaran una gigantesca, ardiente esfera de gas: un planeta. El solecito se detuvo a descansar y abrió sus ojos. La nueva planeta -porque era niña- era toda blanca, y el solecito vio que era hermosa. La miró y la miró en silencio hasta que ella también abrió los ojos: un par de brillantes tormentas de hielo. Quería verse linda. Empezó a moverse otra vez. Se quedaron mirando uno al otro durante todo un ciclo. Era una situación tan tonta… la primera situación tonta que existió. Ya había pasado el ciclo completo, y ella no podía evitar ruborizarse. Gigantescas tormentas de fuego hacían remolinos a su alrededor. Él también se sentía ruborizado, pero como ya de por sí era rojo, ella no se dio cuenta. Era un enorme malentendido. La planeta sufría; daba por hecho que, de los dos, ella era la emocional y le daba pena que se le notara. Estaba sudando nitrógeno líquido y hacía frío; así que se vio cubierta por un manto de relámpagos. Pero, puesto que aún no había aire y por lo tanto no podía viajar el sonido, no hubo truenos. Los dos se dieron cuenta de que algo faltaba.

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La planeta abrió la boca y trató de hacer ruido. No se oyó nada, pero se vio el movimiento. El solecito no entendía lo que ella estaba haciendo, pero trató de seguir y repetir sus movimientos. La planeta formó primero las vocales. Tenía una boca de cientos de miles de kilómetros de largo y además muy profunda, de modo que él podía verle hasta la roca de silicato. Vio todo y repitió todo y finalmente logró entender. Las consonantes eran más difíciles. Ella creó los primeros secretos y, sin darse cuenta, las primeras mentiras. Él creó la lectura y dio nacimiento al lenguaje. Ella estaba sorprendida con el interés que él mostraba en escuchar y contestar, así que se dejó ablandar. Se volvió toda pachoncita. Se respiraba una atmósfera agradable, amable. Y de pronto hubo sonido. -¿Quién eres? -preguntó la planeta. -No lo sé -respondió el solecito. -Te llamaré Dios -declaró la planeta-, puesto que eres pequeño y simple. Eres inocente. Careces de función, careces de sentido. Estás aquí sólo para ser amado, y eres todo mío para que yo te ame. Todavía no hay nada más que amar, así que te llamaré Dios. -Yo también te amo -dijo Dios-. Y entiendo lo que dices. Pero, ¿quién eres tú? -Soy muy parecida a ti -respondió ella-. Pero tú ya tienes el nombre de Dios. Y puesto que lo tienes, no puedes darme nombre a mí. -De acuerdo -dijo Dios-. Pero entonces, ¿quién lo va a hacer? La planeta se quedó callada, pensativa. Durante varios ciclos estuvo así. Ahora ya sus ciclos eran regulares: duraban el mismo tiempo. Su pensamiento se daba en capas geológicas. Su corazón de silicato empezó a arder de pasión. Fuera de éste había metal fundido e hidrógeno líquido: el combustible de su voluntad. Y fuera del hidrógeno había helio, nitrógeno, metano y amonio, sombra y color y resplandor. Todo se hallaba en orden: estaba lista. -Quiero un hijo -declaró.

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Él se quedó callado. Hubiera querido seguir flotando nada más, sin sentar cabeza en ninguna parte. Todavía estaba caliente, pensó, pero ya no era joven. Tenía manchas en la cara. No estaba preparado. -No tengo dinero -respondió. La planeta empezó a llorar. Sus lágrimas eran enormes bloques de hielo y roca. Dios empezó a llorar también, pero sus lágrimas se evaporaban en su propia radiación, así que ella no podía verlas. Dios se sintió mal y se aceró más a la planeta. Ella sólo sintió su miseria y se contrajo en sí misma. El llanto empezó a girar y a girar a su alrededor hasta que formó un anillo. Ella le dio este anillo a Dios. Dios le dio una chispa en una concha. Dentro de ésta mi perro Kaashlee se encontraba jadeando. Ella lo tomó y lo guardó en sus entrañas, manteniéndolo en una tibieza de diez mil grados centígrados. °°° Imre Olivér Horváth nació en 1991 en una pequeña población del Este de Hungría. Es estudiante de letras en la Universidad de Debrecen. Es poeta y narrador y ha publicado en las revistas literarias Apokrif, A Vörös Postakocsi, Irodalmi Jelen, Műút portál, Spanyolnátha y Várad. Se considera bicultural y, en este sentido, su escritura se caracteriza por la utilización de recursos propios de la literatura inglesa en la exploración de temas típicamente húngaros.

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LAS TRIBULACIONES DE UNA MADRE Orsolya Erdei Traducción de Agustín Cadena

Eran las 9 de la mañana. Kata no se habría dado cuenta de no ser por la televisión, que la despertaba todos los días a la misma hora. Pero hoy era diferente. No tenía ganas de levantarse ni de hacer nada porque instintivamente sabía que iba a ser día de truene. En esos días, Kata sentía cómo el amoroso abrazo de su pareja se volvía sofocante, aunque la conciencia de esto le venía hasta que ya estaba sola. Tenía una extraña obsesión: deseaba desesperadamente estar enamorada, hacer creer a la otra persona que la relación sería para siempre y luego saborear la victoria de quien sabe dejar ir. Es que sufría mucho cada vez que se hacía adicta a alguien. Como 30 veces al día checaba el Face de su pareja en turno y se sentía miserable porque ellos daban la impresión de ser más independientes que ella. Tenía fantasías de que sus hombres la engañaban y, finalmente, la tortura terminaba al darle el pretexto necesario para finiquitar la relación. De otra manera, debía batallar mucho para lograr la independencia que tanto deseaba. A veces le llevaba un año entero. Como cuando estuvo casada. En esa ocasión llegó a creer que la independencia lograda era fruto de esa relación y, cuando finalmente decidió no dar el salto mortal, comprendió que nunca había sido tan fuerte como entonces. Así aprendió una cosa: la base de todas sus relaciones era la independencia que podía conquistar extinguiendo su deseo de verse completada por el otro. Pasitos de bebé, solía decirse. Lo mejor de todo era la sensación de momentánea superioridad sobre ese otro que le daban los truenes, cuando por fin era capaz de pronunciar las palabras: “¡Ya es tiempo de terminar esta relación enferma!” En ese momento el hombre se le quedaba viendo presa de una terrible confusión y empezaba a rogar. Cuanto más expuesta sentía a la otra persona, más adicta se volvía a ella.

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Éste era uno de esos días. Día de truene, se repitió. Nada de qué admirarse, después de dos meses perfectamente felices. Era como un embarazo. “Qué chistoso que tarde una tanto para tener un hijo, y lo más chistoso es que yo lo he hecho ya cuatro veces”, repetía esas palabras como si se las dijera a alguien. Pero estaba sola y era consciente de ello. Se dirigió al balcón y encendió un cigarrillo. Fumaba ávidamente, recordando la desesperación que había sentido al no poder fumar cuando estaba embarazada. Consideraba uno de sus grandes logros el poder dejar el cigarrillo en ocasiones, por motivos como ése, aunque la satisfacción de ser capaz de dominarse le importaba más que la salud del bebé. Pensó en Réka, la más chiquita. Sus otros hijos se habían ido a vivir a Budapest, y Kata estaba convencida de que visitaban a su padre más que a ella. Réka seguía siendo el único medio a su alcance para canalizar sus energías maternas, su única esperanza de un mundo menos cruel. Se fumó varios cigarrillos más y luego se preparó para el día. Eligió al azar cualquiera de sus pensamientos y se fue siguiéndolo, abandonando su mente al garete. Eso siempre ayudaba en los truenes. Ahora la causa había sido un comentario que le hizo Péter hacía dos meses, cuando Kata le habló de sus planes de meterse a un seminario de autoayuda en Budapest. El infeliz le dijo algo así como que por qué no mejor se buscaba un trabajo decente en Debrecen, ya que de cualquier manera no sabía moverse en una ciudad grande. Ella lo escuchó sin darse cuenta de que reprimía automáticamente una emoción amarga. A veces le costaba trabajo reconocer que alguien la estaba insultando y pensó que, al fin y al cabo, le resultaba más cómodo descartar el plan. Ahora, súbitamente, lo recordaba todo, en especial la mirada de desprecio con que Péter acompañó su comentario. Kata se sintió estigmatizada y luego este sentimiento la llenó de ira, de celos y de deseos de venganza. Marcó rápidamente el número de Péter y terminó con él. Después de colgar, se miró al espejo y se sintió contenta. Se acercó para observar mejor sus ojos, en busca de alguna verdad metafísica, y vio que brillaban. Su mente estaba por fin vacía. Empezó a fantasear sobre las miradas que le echarían la próxima vez que saliera a la calle. “Debo inmortalizar este momento. Ahora es cuando. Debo aferrarme a él. El verdadero presente. El único, el único, el único… uno, dos, tres, cuatro, cinco, uno, dos, tres, cuatro… no puedo dejarlo ir. Quédate, por favor. Quédate, por favor.” Se había ido. Kata empezó a llorar histéricamente, empapándose las mangas de la bata en su intento por enjugarse el llanto. Un minuto después se abandonó a la película que se pasaba internamente. Se quitó la bata y se puso cómoda en la cama, esperando a que le vinieran los ataques.

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Cuando Réka llegó a casa, ya en la noche, Kata seguía en la cama. Tenía los ojos hinchados y movía las manos como si acariciara un gato. Pero no. Estaba sola y ella lo sabía perfectamente. Al oír el sonido de la llave en la puerta, se limpió rápido las lágrimas, se puso su bata encima de la pijama y encendió el televisor, fingiendo que había estado viéndolo y que estaba por darse un baño de tina. -¿Dónde andabas? Son las siete y media. -Perdón, mamá -fue la respuesta-. Estaba con mi amiga Berni. Tenemos que terminar un proyecto para la escuela. -Con Berni -Kata no tenía idea de por qué, pero el nombre le trajo a la mente un recuerdo: hacía una semana sorprendió a su hija fumando. Fue en la noche, y Réka habría pensado que ya estaba durmiendo. Kata se sintió molesta: era su deber de madre evitar que su hija fumara. El sentido común le decía que una chica de doce años no debía fumar, pero en el fondo estaba impaciente porque llegara el día en que fumarían juntas. La idea la llenó de esperanza: madre e hija compartiendo su pequeño placer. Las dos solas. Ahora, observando a la muchacha, le cayó el veinte: Réka no había tosido en ningún momento; o sea, no era la primera vez. Probablemente fumaba con esa tal Berni a la salida de la escuela. Hasta olía. Al aceptar los malos hábitos de su hija, Kata tuvo una sensación de paz interior. Le dio a la niña un beso en la mejilla. -No estoy enojada. Pero por favor vente a casa saliendo de la escuela -dijo. Intercambiaron sonrisas. Luego Kata se fue a la cocina a buscar una pastilla para su dolor de cabeza. Era como un esqueleto dentro de esa bata de seda dorada que le cubría los pechos, esos pechos alguna vez turgentes de leche para Réka. Se bebió el agua de un trago. Mientras disfrutaba su baño de tina, su mente se llenó de nuevos planes. Salió a las 10 de la noche y volvió a casa dos días después, a las 8 de la mañana. Kata sabía que eran las 8 de la mañana porque ése era el inicio de un nuevo capítulo de su vida. Era el inicio de un seminario de autoayuda de cinco días, y ella ya se había inscrito. Esta vez sí. °°° Orsolya Erdei nació en Karcag, Hungría, el 12 de noviembre de 1991. Ha publicado poesía y relatos en las revistas Amúgy y Spanyolnátha. Es estudiante universitaria y le encantan los gatos.

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EL OTRO

HOLOCAUSTO Asmara Gay

¿Para qué la experiencia? ¿Quién ve a través de nosotros? Vivir, pensé, es un favor que le hacemos a Dios. Imre Kertész

Cuando lo capturó la milicia fascista tenía apenas veinticuatro años y era un hombre alto y corpulento, pero cuando lo liberaron, en 1945, no lo parecía; su tipo era el de un joven lánguido que ha conocido las tinieblas de lo humano. Mientras se recuperaba en el hospital soñaba con dolorosos silbidos que lo incitaban al trabajo, su alma entraba entonces en un arrebato, deliraba, quería levantarse, tomar la pala, rasgar la tierra, abrir de golpe un hoyo profundo y escapar antes de que lo alcanzaran las balas. Después venía la calma y más que dormir su presencia se asemejaba a la de un muerto melancólico. Por eso quienes lo conocían y notaban que siempre estaba molesto pensaban que así tenía que ser, era algo natural en su condición de sobreviviente del holocausto. Incluso, hubo alguno que recordara a Primo Levi, aquel judío italiano que no pudo defenderse de lo que los alemanes, encerrados en una coraza de obstinación y deliberada ignorancia, le habían hecho a su espíritu. Pero en el caso de Gyula, el holocausto significaba sólo el comienzo de una herida que de ninguna manera podía reducirse a un campo de concentración. Aquél, pensaba, era sólo el reflejo del mundo, un mundo lleno de condiciones para inaugurar nuevos campos de un momento a otro.

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De vuelta en Budapest se quedó un tiempo en casa de su hermana Null y consiguió trabajo de profesor en la Facultad de Medicina de la Semmelweis University. Los primeros días se sintió protegido. Estaba a miles de kilómetros de Auschwitz. El horror ya no regresaría. Además, ahora tenía en el uso de su voz la posibilidad de cambiar a la gente, de decir palabras cuyos hechos fuesen significativos. Sí, tenía que hablar, decirle a su familia, a sus amigos, a sus alumnos lo que había pasado, era importante, a través de él conocerían el alcance de lo siniestro en el ser humano. Pero en sus primeras clases muchos de sus alumnos roncaban, otros chasqueaban la lengua y la mayoría pasaba las dos horas esperando el timbre que anunciara que al fin podían salir del salón. Todo esto está escrito en su diario. 2 de enero de 1946 Se les oye respirar y roncar, alguno gime y habla. Muchos chasquean la lengua. Varios bostezan. Acaso están comiendo o besándose con alguna chica. Uno despierta con el mayor alboroto para que todos lo noten, para que incluso yo lo sepa, entonces mira su reloj y si aún falta tiempo para terminar la clase vuelve al sueño, si no se levanta y se detiene al lado de la puerta. Los alumnos no entienden nada, no comprenden que he salido de la oscuridad y deseo que ellos también lo hagan. En casa de su hermana las cosas no eran muy diferentes. Gyula estaba muy consternado. Una larga nota en su diario se refiere a la dureza de las almas que tuvo que enfrentar en Hungría:

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15 de febrero de 1946 Aquí está mi hermana, algunos amigos míos y mucha más gente. Todos me escuchan. Yo les estoy contando esto: el silbido de las tres de la madrugada, la cama dura, mi vecino, que me ha molestado todo el día y a quien en ese momento desearía sacar a patadas de la habitación, pero no lo hago, estoy débil y cualquier altercado implicaría el castigo de los Kapos. Les hablo también de nuestra hambre, de las ropas que usábamos, muchas de éstas de otros prisioneros que ya estaban muertos, y de la revisión de los piojos, de los exámenes que nos hacían, y del Kapo que estando con una mujer alemana me mandó llamar sólo para pegarme, para que ella viese de esta manera el poder que él tenía. Estar en mi casa, entre personas amigas, es un placer indecible, casi físico. Tengo tantas cosas que contarles: pero no puedo dejar de darme cuenta de que mis oyentes no me siguen. O más bien, se muestran completamente indiferentes: hablan entre sí de otras cosas, como si yo no estuviese allí. Mi hermana me mira. Se pone de pie y se va sin decir palabra. Entonces nace en mí un dolor desamparado, semejante a algunos dolores de la infancia: es el dolor por el sentimiento de realidad que nace abruptamente en el corazón del niño que se da cuenta de que su vivencia es una intrusión para sus semejantes; aquellos niños lloran, se abrazan a su mamá, se adormecen, pero yo debo encargarme de mí mismo, entrar en el espíritu de una piedra para que el dolor salga a la superficie. Cuando entendió que no había posibilidad de comunicar lo que había vivido a sus conocidos dejó de hablar del holocausto. Desde entonces una rabia negra parecía acompañarlo, una sombra en su lenguaje encadenado a la existencia se alzaba en su horizonte. Había librado la batalla del exterminio, pensaba, pero al mismo tiempo había perdido la guerra en la penumbra humana.

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DIARIOS DEL

INFIERNO Agustín Cadena

No me interesa el arte por el arte ni la técnica por la técnica, mucho menos la moda por la moda. Los autores y obras que admiro son aquellos que pueden enseñarme algo sobre el ser humano: sus pasiones, sus miedos, su poder o su impotencia, sus límites. Sobre todo sus límites. ¿Hasta dónde podemos decidir, hasta dónde podemos soportar, hasta dónde estamos dispuestos a llegar por algo o por alguien? ¿Hasta dónde somos dueños de nuestra vida? En este sentido, un tema que me parece fascinante es el del dolor, no sólo por sus implicaciones teológicas, metafísicas y éticas, sino también como un hecho fundamental de la experiencia humana. Han dicho los científicos que el dolor juega un papel en los mecanismos de autodefensa del organismo viviente. Nos indica que algo está amenazando nuestra vida. Se habla también de umbrales de tolerancia. Los médicos y los torturadores saben que, pasado cierto límite, la conciencia se bloquea y deja de registrar el estímulo nervioso. Pero, ¿qué pasa con el dolor psicológico? A mí me parece que con éste sucede algo semejante a los récords olímpicos: cada vez que nos enteramos de un caso extremo, cada vez que contemplando cierta expresión del mismo, pensamos que ya no es posible sufrir más, viene una nueva historia a demostrarnos que aún se puede ir más lejos. Los umbrales del dolor psicológico parecen ser insondablemente más elásticos que los del físico. Y muchos de los documentos más reveladores —y más atroces— que tenemos sobre esto provienen del arte. Cuánto no hemos aprendido leyendo a Dostoyevsky, a Kafka, a César Vallejo, a André Malreaux, o mirando los cuadros de Edward Münch o de Frida Kahlo.

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Llego a estas reflexiones luego de una discusión con una amiga acerca de la obra del gran escritor húngaro Géza Csáth. Su verdadero nombre era József Brenner. Nació en 1887 y murió en 1919. Además de escritor era violinista y crítico y teórico musical, aunque la profesión de la cual vivía era la de psiquiatra. Como tal, trabajó un tiempo en el Hospital Psiquiátrico de Moravcsik en esa época en que los métodos de tratamiento de los enfermos mentales tenían aún mucho de medievales: baños de agua fría, inmersiones, jaulas, choques eléctricos, etcétera. En ese lugar Csáth comenzó a interesarse, como médico y como artista, en los efectos de ciertas drogas, particularmente la morfina. Pronto se volvió adicto. De su experiencia en ese infierno surgió la que podría considerarse su obra mayor: Diario de una enferma mental. Llevada magistralmente al cine por el director János Szász, con el título de Opium, cuenta la historia de Giselle, una interna que se creía poseída por el Demonio y cuya locura se manifestaba como una necesidad compulsiva de escribir. En los más de diez años que llevaba en el manicomio había llenado gruesos y numerosos volúmenes en los que volvía una y otra vez sobre la historia de cómo el Maligno entró en ella. Y cuando el director del manicomio prohibió que se le diera papel, empezó a escribir en las paredes. Seducida por un psiquiatra opiómano —personaje autobiográfico—, Giselle logra vislumbrar una pequeña ventana abierta hacia la vida: el amor. Pero esta ventana se cierra casi inmediatamente hundiendo a la enferma en un abismo definitivo. Muy semejante a esta historia, aunque con más elementos tomados directamente de su experiencia personal y más énfasis en su otra adicción, la adicción al sexo, la segunda gran obra de Csáth es su Diario.

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Más que un artista, Géza Csáth fue un visionario en una línea que va hasta Orfeo y pasa por Dante, Rimbaud, Baudelaire. Ciertamente, el escritor maldito de las letras húngaras encarna una vez más el arquetipo del hombre que fue al Infierno y vio y regresó a la tierra para contar lo que había visto. Su obra, tanto en los dos diarios como en su libro de relatos (Cuentos que acaban mal, en la traducción española) explora los límites humanos: ¿Hasta dónde es posible sufrir? ¿Hasta dónde es posible hacer sufrir a otros? El dolor, la crueldad, el sadismo, la desesperación, la adicción, la violación, el estupro, el abandono, el fratricidio... todos estos temas se encuentran presentes en la obra de este autor considerado “dark” por la crítica moderna, este autor que acabó internado en un manicomio, asesinando a su esposa y luego suicidándose. Terrible final para un hombre que fue músico precozmente dotado (empezó a tocar el violín desde niño), crítico iluminado (fue de los primeros en reconocer el talento de Bartók y Kodály), médico eminente, seductor compulsivo e implacable explorador de las profundidades humanas. En esta época en que se están valorando en América Latina los escritores húngaros, el maldito Géza Csáth, merece toda nuestra atención.

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NERUDA Y ASTURIAS COMEN EN HUNGRÍA

Agustín Cadena

“Fue en el restorán Alabárdos, ubicado en un edificio gótico del siglo XV, en el casco histórico de Budapest. Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias, viejos amigos, coincidieron una noche de 1965 en ese lugar, famoso entonces y hoy por la excelencia de su cocina”, así empieza la cuarta de forros del libro Comiendo en Hungría, escrito al alimón por esos dos grandes latinoamericanos que, seducidos por los sabores húngaros, emprendieron un fascinante viaje de turismo gastronómico. Publicado por primera vez en 1969, el libro acaba de ser devuelto a la circulación por la Universidad Católica de Chile, en una espléndida edición de junio del año pasado; además de los textos de los dos Nóbeles, viene con una introducción que ya por sí sola valdría un libro, del doctor József Kosárka, miembro de la Academia Húngara del Vino; un texto muy interesante del editor, Gonzalo Saavedra, y una magnífica serie de fotografías de Adalberto Ríos Szalay.

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Se trata de una colección de poemas, prosas poéticas y prosas no necesariamente poéticas sobre el tema de la comida húngara (entendiéndose que la comida incluye la bebida); muchos de éstos son descripciones de ciertos platillos hechas a partir de la subjetividad poética; otros se centran en los vinos húngaros, de los cuales el tokaj es el más celebrado; otros están inspirados en ciertos restoranes legendarios de Budapest, como el Alabárdos, el Hungaria, el Pilvax, la taberna El Puente; y otros más son visiones poéticas de ciertos lugares que de alguna manera formarían parte de un recorrido de turismo gastronómico por el país: la Citadella de Budapest, la fuente de Visegrad, el camino a Kecskemét, las bellas poblaciones de Tihany y Tokaj. Se hacen referencias a los platillos más típicos, como el gulash, que no es un estofado como generalmente se piensa en el extranjero, sino una sopa de res con paprika, papas y otros ingredientes que varían de una región a otra. También se habla del pörkölt, una exquisita salsa con la cual se hacen guisados de res, pollo, hongos, etcétera; de los főzelék (guisos de legumbres), de la tarhonya (un tipo de fideo en forma de perlitas), del pescado del lago Balaton... y siempre volviendo al vino, como tema de estribillo. Neruda escribe con esa vocación suya de vividor (en el sentido de experimentar la vida), esa genialidad para disfrutar su residencia en la tierra y celebrarla, que con uno u otro tono, se percibe en toda su obra. Y Asturias, con esa elegancia de estilo y ese prodigioso talento para decir mucho con pocas palabras que fueron sus marcas distintivas. Por su carácter mismo de poesía, de alabanza, de visión subjetiva, el libro podría ser de poca utilidad para quienes buscan infor-

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mación práctica, aunque la sola enumeración de platillos, vinos y lugares debe ser en sí un excelente punto de partida. Claro, se echan de menos algunas cosas. Por ejemplo, resulta evidente que el recorrido de los Nóbeles fue un recorrido de restoranes; no hay referencias a la comida casera húngara, que no es en absoluto inferior a la de los sitios elegantes. Tampoco se menciona, al hablar de bebidas, al palinka, ese aguardiente de frutas del que los húngaros están tan orgullosos y que tantos buenos bebedores han valorado con entusiasmo y prudente respeto. Pero en compensación está el texto introductorio del doctor József Kosárka, que modestamente lleva el título “Antes de que comience la lectura divertida”. Este texto sí es una guía en toda regla —y de una precisión tal que en pocas páginas concentra un conocimiento muy extenso de las tradiciones culinarias y vitivinícolas de Hungría. En resumen, Comiendo en Hungría es un libro disfrutable y moralmente peligroso, por su capacidad de despertar en uno la tentación de la gula. Y el mejor comentario sobre el mismo viene del propio Pablo Neruda: “Si hay libros felices (o libracos, librejos, librillos), éste es uno de ellos. No sólo porque lo escribimos comiendo sino porque queremos honrar con palabras la amistad generosa y sabrosa”.


LA FRONTERA DE CRISTAL DE CARLOS FUENTES Y LOS INMIGRANTES

(una ensayista húngara reflexiona sobre un autor mexicano) Dalma Kulcsár En 1995 Carlos Fuentes publicó esta novela en nueve cuentos1 que se llaman: “La capitalina”, “La pena”, “El despojo”, La raya del olvido”, “Malintzin de las maquilas”, “Las amigas, “La frontera de cristal”, La apuesta, y “Río Grande, Río Bravo”. Cada uno representa la frontera desde diferentes puntos de vista. La “frontera de cristal” misma refiere a la frontera entre México y los EEUU. Aparte de este primer sentido, en algunos capítulos es la frontera política, en otras es el territorio donde coexisten los ciudadanos de ambos países, el contraste de ricos y pobres, la barrera de comunicación, la falta de atención, el prejuício o un barranco en su sentido metafórico. Finalmente, la frontera aparece como término existencial. 1 Carlos Fuentes: La frontera de cristal; Una novela en nueve cuentos, Aguilar, Altea Taurus, Alfaguara, S. A. de C.V., México, 1995. 30


La metáfora más impresionante de la frontera en la novela es el espejo. Para Carlos Fuentes, el espejo alude en primer lugar al mito de Quetzalcóatl que huyó de sus devotos, abandonó a su pueblo porque no pudo encarar su propio rostro en el espejo. A esta tradición divina se debe la caída de México. Es la culpa mexicana en esta novela de “El despojo”: la causa de la aparición del desierto; dejar perderse los valores. La falta de identidad es una problemática que se roza en varios cuentos. La mentira, la vergüenza, el olvido, la falta de la familia, la negación de la tradición mexicana, el orgullo, el machismo, y la falta de compasión son algunas deficiencias de los protagonistas que agravan el espejismo desorientador de las fronteras internas y externas. Por supuesto, desde el otro lado de la frontera se ejerce atracción económica, mientras allí operan las agravaciones existenciales y falta todo tipo de alivio. ¿Y qué dice “La frontera de cristal” sobre la inmigración? Creo que podemos acordar con nuestro autor en que la inmigración se constituye de historias que muestran al mundo los puntos de vista de sus protagonistas que toman parte en varias historias; y su función se interpreta en una manera diferente en cada historia. Esto parece ser un sentido común, pero es una novedad para la visión generalizante de la política e incluso para las ciencias sociales. F. Barth publicó un libro con mucha influencia sobre las funciones siendo repartidas entre los grupos étnicos cuando una sociedad organiza sus diferencias culturales2. Pero al nivel del individuo no se puede decir que “el chicano” provea a los EEUU con fuerza de trabajo barata o que “el estadounidense” de capital a México. Por lo menos no todos en la misma manera. Y sus diferentes razones sólo se pueden ver enfocándose en ciertas historias parciales. ¿O las funciones no estarán justamente repartidas? Vamos a considerar algunos cuentos que están directamente relacionados con la inmigración, cuyos protagonistas cruzan la frontera política en el tiempo de la ficción. En “La capitalina” conocemos la historia de marco de la novela, el mundo de un norteño, Leonardo Barroso, que se enriquece de la economía de esta parte de México, explotando a sus compatriotas. Aparte de las divisiones internas de México entre la capital y el Norte, el contraste entre su aristocracia y sus ricos, las emociones verdaderas y la corrupción, en el primer cuento se nos presenta la oposición entre el desierto de la realidad y el lujo de la ilusión. 2 Fredrik Barth (ed.): Ethnic groups and boundaries: the social organization of culture difference. Boston, MA: Little Brown, 1969.

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En “Malintzin de las maquilas” Marina y sus compañeras tarabajan en la fábrica montadora de televisores de Leonardo Barroso. Todas son hijas de la Malinche, chingadas3 o víctimas pasivas de los violadores. Sueñan de dejar el desierto y llegar hasta el mar, de ir de su mundo estancado al mundo de posibilidades. La única promesa es la determinación de una trabajadora a luchar. Los trabajadores aún pueden organizarse. Al mismo tiempo, eso es una amenaza para el capital, el choque de chingones y chingados desembocará en la destrucción del sístema. La falta de libertad en este cuento se representa como incapacidad de pasar al futuro. En “La frontera de cristal” el título también es un protagonista. El empobrecido Lisandro viaja como obrero contratado de Barroso a limpiar en Nueva York, donde ve a Audrey detrás del muro de cristal que está limpiando. La pena al no poder cruzar la frontera se eterniza aquí como deseo incumplido de penetrar, poseer y amarse. “Río Grande, Río Bravo” nos muestra la inmigración actual e histórica. En las escenas del tiempo de la ficción hay quien deja a los demás cruzar la frontera, otros no quieren dejarlos, unos la cruzan ilegalmente, otros no la pueden cruzar, y hay quien se muere por cruzarla. Las escenas están intercalados por viñetas que sirven como trasfondo al relieve novelesco. Varias generaciones de una familia sirven como ejemplo de la historia inmigratoria. El bisabuelo que huyó de la revolución, fue deportado en los años de la depresión. El abuelo era un bracero legal durante los años de la guerra, pero el padre ya era espalda mojada después de la guerra. A Benito le necesitan como trabajador y le odian como mexicano, le toca la agresión y el riesgo en la empresa de común interés de exportar su trabajo. Pero los Ayala no son débiles. Tienen el poder de los valores humanos. En la próxima escena un patrullero de la frontera de ascendencia polaca observa imágenes artificiales con sus nochiscopios y le fascina le línea fosforescente de la frontera. En otra el protagonista quiebra el poder de los patrulleros. Más adelante un patrullero mexicano se deja engañar en nombre de su mexicanidad. Al estudiante de medicina mexicano de otro cuento le dicen en la frontera que no lo necesitan en América, pero al cruzar, oye una llamada donde se pide un médico. Con la llegada de los gringos, todos los elementos étnicos están presentes para la formación de la identidad chicana representada por José Francisco que lucha para romper el cristal de la frontera con su tradición mexicana en los EEUU y su fe en el poder de las palabras. Es determinado por su “lingua”. Frente al desierto y la ilusión, encontró la riqueza de la frontera: la materia viva que funciona con aceptar y cambiar. A las palabras no se las puede vencer. Pero el sistema del contrabando de la fuerza de trabajo no defiende al pasador y a sus mercanías contra el odio que se debe al mal gobierno y al interés por mantener bajo el precio del trabajo. Veintitantos hombres mueren en “R.G., R.B”, asesinados por “skinheads”, chingados. No mueren en la frontera, pero a causa de ella. 3 Octavio Paz también discute esta palabra en su El laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica, 1993. (1950) 32


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Todos los protagonistas oyen al fin del cuento el tiro que mata a Leonardo Barroso. La corrupción social y de los grandes negociantes mexicanos hace posible mantener la economía ilegal de la frontera, pero el control está en los EEUU. Barroso no sirvió a nadie y fue fusilado por un pequeño bandido que es el amante de Marina en “Malintzin...”, y aquí actúa como un poder mayor que el propio Barroso. Toda la novela parece servir el suspense que lleva a este tiro que destruye la fundación del mundo representado en ella. De acuerdo con la pérdida de la realidad del mundo Barroso, en la última viñeta los protagonistas pasan a la realidad indirecta del trasfondo. Son una ficción que demanda lectura, atención, compasión y acción. El destino y las formas de aparecer de la frontera de cristal constituyen la trama de la novela. Se establece con la llegada de Michelina al Norte, se sugiere el deseo de romperla en “La frontera...”, y la rompe el grito de José Francisco, el artista mesiánico. En resumen, Carlos Fuentes ve a la inmigración en su novela desde México, y ofrece la única solución de la creación artística. En su narrativa utiliza la técnica cinematográfica del montaje o cambios de perspectivas, para poder ilustrar las diferencias de una experiencia de varios puntos de vista. Analizando el arte de Dostoyevskí, Bajtin denomina esta técnica “novela polifónica” y reconoce la pluralidad de los mundos representados como “heteroglosia” que se debe a la falta de un equilibrio ideológico. Así Fuentes puede representar detalladamente el contexto de la sociedad y la economía mexicanas. Al mismo tiempo, no se preocupa de los factores políticos, económicos y sociales del otro lado. Esto es muy justo desde su punto de vista, pero así sólo puede presentar a los actores mexicanos y su entorno complejo, sin investigar los intereses y razones estadounidenses. Sin embargo, según mi opinión, incluso de esta visión unilateral, enfocada a México, se puede inferir que la situación se origina y está mantenida por el gran vecino del Norte según sus intereses corrientes a lo largo de la historia. °°° Dalma Kulcsár nació en Budapest el 15 de junio de 1970. Tiene maestrías en antropología social por la Universidad de Europa Central y por la London School of Economics and Political Science (LSE), y en Lengua y Literatura Española y en Lengua y Literatura Inglesa por la Universidad ELTE de Budapest. El texto que aparece aquí es parte de una obra mayor publicada en Ventana Abierta, Vol. VI, No. 22 (Inmigrantes), Santa Bárbara, California, 2007.

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Imre Kertész Magda Díaz y Morales

Imre Kertész, nace en Budapest en 1929. Cuando tenía sólo quince años es deportado a Auschwitz y luego a Buchenwald, difíciles años en los que no imaginó sobreviviría ni mucho menos que le otorgarían en 2002 el Premio Nobel de Literatura “por escribir lo que confirma la frágil experiencia de lo individual contra la salvaje arbitrariedad de la historia”1. Para fortuna de los lectores la mayoría de su obra ha sido traducida al castellano, una obra que tiene como tema los estados totalitarios. “He vivido tanto en el sistema nazi como en el comunista, afirma Kertész2, y he visto cómo el poder transforma profundamente los cimientos del carácter humano. No hay diferencias entre nazismo y comunismo, ambos son el mismo totalitarismo político creado por la humanidad en el siglo XX, y que obliga a la gente a ser víctima o verdugo. Tanto en el gulag como en el campo de concentración no hay inocentes: víctima y verdugo, ambos, se implican en la lógica perversa del sistema. Yo he visto, en un campo, hacer cosas perversas por conseguir un pedacito más grande de pan”. En esta oportunidad, sólo comentaré brevemente su novela Sin destino (1975)3, no para explicar o analizarla, sino como pretexto para manifestar mi profunda admiración por este escritor húngaro. 1 Ha sido galardonado, además, con el Premio de Literatura de Brandeburgo en 1995, el Premio del Libro de Leipzig en 1997 y el Friedrich-Gundolf-Preis ese mismo año. En 2014, el presidente de Hungría, Janos Ader, le entregó la Orden de San Esteban, el más alto reconocimiento nacional. La condecoración tiene el objetivo de conmemorar la fiesta nacional más importante del país, el día de San Esteban. San Esteban (Esteban I) fue el rey fundador de Hungría y reinó el país del año 1000 a 1038. “La Orden de San Esteban es otorgada para reconocer méritos excepcionalmente sobresalientes que apoyan a Hungría, así como obras extraordinarias y logros internacionales significativos”. 2 En una entrevista realizada por Magazine, 2007. 3 Prólogo de Adan Kovacsics, traducción de Judith Xantus Fzarvas (Barcelona: El acantilado, 2004). “A la primera, la novela fue rechazada por una importante editorial con fama de permisiva. Su director, un judío, tachó a Kertész casi de antisemita”.

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Sin destino Sin duda, los misterios de la vida son inescrutables. Vivimos de determinada manera sin imaginar que en un minuto todo puede cambiar y lo que antes guardaba cierta armonía, pasa a guarecer otro tipo de naturaleza. Cuando de repente todo da una vuelta se busca afecto, comprensión, entendimiento o, por lo menos, una palabra de aliento. Existen infinidad de películas con el argumento del Holocausto judío así como literatura al respecto, pero Sin destino es diferente. El tema está tratado con una distancia y objetividad sorprendente, sin desgarramientos. La narración desvela una filosofía que se introduce en nuestro espíritu desde los primeros renglones, es una filosofía de vida. Su autor, como al inicio comenté, estuvo en un campo de concentración cuando era adolescente, sus abuelos maternos murieron en el Holocausto nazi y sus abuelos paternos fueron asesinados bajo el régimen comunista de Rákosi. Dentro del discurso narrativo literario estamos en Budapest, es un día de 1944. György Köves, un chico de 14 años, se encuentra con la noticia de que en su camisa debe de traer pegada una estrella amarilla para poder circular por la calle hasta las ocho de la noche. Su padre tiene que abandonar a la familia porque es asignado a trabajos obligatorios, el protagonista presiente que “los años felices y despreocupados de la infancia habían terminado” a partir de ese momento, todavía sin imaginar lo que vendría poco tiempo después: compartir el destino común de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, como le dice su tío Lajos en cuanto despiden a su padre y él se queda con su madrastra. La vida prosigue, nuevas leyes se proclaman para los judíos. El adolescente húngaro tiene que ponerse a trabajar, es una obligación que le es comunicada en una nota: “György Köves, joven aprendiz, se le ha asignado un puesto de trabajo permanente”. Un día caluroso se levanta temprano para ir al trabajo y, a poco tiempo de dejar “atrás las últimas casas de los suburbios, al cruzar el pequeño puente que lleva a la isla Csepel”, el autobús frena de repente y una voz “desde afuera, mandaba apearse a los judíos que se encontraban en él. ‘Seguramente será para revisar los pases de frontera y permisos’, pensé”. Sin sospechar lo que realmente sucedía, después de algunos días de viaje en tren y casi sin agua, los pasajeros llegan a una estación desconocida: Vi, a mi izquierda, un edificio que anunciaba una estación. Resultaba ser un edificio minúsculo, gris y totalmente desierto, con pequeñas ventanas que estaban cerradas (...) Otros también vieron el edificio, y yo se los conté a los que estaban alrededor. Me preguntaron si veía el nombre de alguna localidad. Y sí, lo vi: eran dos palabras que a la luz del sol se distinguían perfectamente; el cartel colgaba del lado más estrecho del edificio, debajo del techo, justo enfrente de nuestro vagón: Auschwitz- Birkenau, eso leí, estaba escrito con las típicas letras alemanas, altas y onduladas. Trate en vano de acordarme de mis estudios.

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En Auschwitz-Birkenau sólo está tres días, los justos para pasar por las duchas de agua, raparlo, echarle desinfectante y darle esa ropa “de preso”, que incluía unos zapatos de madera. Aprendió muy pronto la diferencia entre un campo de exterminio y un campo de trabajo, sabía que los dos eran esos “campos de concentración” de los que un día escuchó hablar en alguna clase o en alguna plática familiar. Su destino, era Buchenwald: Enseguida nos contaron, nos ordenaron, nos llevaron y nos trajeron, para determinar quiénes dormirían en qué tiendas: nos pusieron en filas de diez, delante de nuestros respectivos bloques (...) Mi vecino de la izquierda era un hombre alto y delgado (...) quería saber cómo había llegado hasta allí, a lo que yo respondí: “Fue muy fácil, sólo tuve que bajar del autobús”. “¿Y qué?”, preguntó. Le respondí que nada más, que allí estaba. Muchas cosas suceden a György Köves, además de contagiarse de sarna, piojos, chinches, de conocer el hambre a “largo plazo” y la degradación interior, de envejecer diez o quince años en tan solo un año (se ve en un espejo y no se reconoce), de conservar los zapatos pegados a los pies, tener en lugar de un nombre un número, de recibir golpes porque se le caían los sacos de cemento, que a veces no aguantaba en la espalda, y de adquirir graves infecciones que lo llevan al hospital. Para sobrevivir en este infierno, consigue aprender tres formas de evadir un poco la realidad:

1. La imaginación (que siempre permanece libre) 2. Abandonarse (cualquier rincón, cualquier sitio o escondite bastaban) 3. La literaria (“la verdadera”).

György Köves aprende, también, a vivir un “destino determinado” que no era su destino, pero lo había vivido... Parece que es difícil subsistir cuando se es un sobreviviente del mal existente en el mundo, cuando se permanece y se guarda un extremo dolor que no ofrece la opción de permitirse cierta felicidad porque duele hasta intentarlo. La literatura es la única opción para no morir... Como muchas veces sucede, nadie es profeta en su tierra: Cuando le dieron a Kertész el Premio Nobel, comenta Agota Kristof4, que los titulares de la prensa húngara fueron: “Un judío gana el Nobel. Pesaba más eso que el hecho de que fuera húngaro. Lo conocí una vez. Tuvo muchas dificultades para publicar en Hungría. Por suerte, lo tradujeron al alemán. Si no hubiera sido por eso no creo que le hubieran dado el Nobel”. 4 Javier Rodríguez Marcos, “No me interesa la literatura, Entrevista a Agota Kristof ”, El País, 24 de febrero de 2007.

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Elsa Madrigal ANTROPOZOOMETAMORFOSEAR A antropozoometamorfosear juega una vez más Elsa Madrigal, y fiel a las constantes de su estilo y su temática, nos ofrece, en primer término, estos prolíficos mosaicos, que son humeantes o destellantes espejos multidimensionales en los que la esencia humana recurrentemente tiende a encarnar o a desdoblarse. El trabajo artesanal que implica su propuesta devela y revela, de manera intencional (e intensional), los avatares y accidentes que son consustanciales al esmerado trajinar con la punta de acero, los ácidos y los metales, amén de la experimentación con el tratamiento de otros materiales y sustancias, lo mismo naturales, que igualmente y por elección artificiales. Su propuesta gráfica, y específicamente sus disímbolos trazos, explicitan ya, sin duda, un innegable y maduro oficio; adquirido éste asimismo a fuerza de bregar en las fatigosas lides a que conduce el intentar forjarse como una presencia sólida en la escena plástica. Éstas son ya sus líneas personales que en conjunción con claros y sombras, y derrames de espesas o desteñidas texturas, refuerzan un mensaje que si bien sobradamente meditado, no pierde su carácter nítido, por más densificado que a fuerza de acumulación se nos vaya presentando. 38


En el trasfondo de estas metamorfosis advertimos evidentes cargas míticas, pero que trascienden hacia una psicologización o hasta una moralización, mismas que, sin pecar de ingenuas, y más bien envueltas en un también característico humor negro, se resuelven hacia una necesaria complicidad con los espectadores, quienes, en lo general, rehuyen -apostamos que sin lograrlo del todo- a asumir su calidad de actores o personajes representativos a la vez que representables. Tiempos míticos y cíclicos (zootropos planamente aterrizados), así como ironía, sarcasmo y sorna, alegre y desbordada imaginación infantil, magia perenne y sugestión de la óptica, se entremezclan lúdica y propositivamente en esta obra que intenta brindarnos un entorno gozoso y sensible, aunque ciertamente nada sosegado ni acogedor, puesto que nos obliga a agazaparnos, a mimetizarnos, a retorcernos, a desplegarnos, a reptar o a saltar, para, finalmente -quizá en un ejercicio de humilde honestidad- reconocernos como eso (esto) que somos: naturaleza y cultura; cuerpo y espíritu; alma e instinto; humanidad y bestialidad, que en muy diversas amalgamas, formas, cuerpos, contenidos y continentes, han fluido y fluyen desde siempre en el continuo espacio o el trayecto que va del cuerpo y hálito primigenios al yo (ese que cognoscitivamente creemos ser), o bien del yo a los otros y, al final, sin escapatoria, a esa entidad que irremediablemente somos nosotros. La prestidigitación habilidosa, la alquimia consciente y consistente, la magia blanca, la hiriente hechicería, la inteligente brujería que Elsa nos propone, tiene así -lo siento, lo percibo y lo creo firmemente- una noble y sencilla meta ulterior: que la luz se perciba más intensa y vibrante, aun entre la niebla o la penumbra a la que nos conduce solazarnos únicamente en lo que consideramos inmutable, real o cotidiano. Daniel Olivares

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El Acartonado 5 x 5 cm. TĂŠcnicas del aguafuerte y aguatinta. 2005


El Promiscuo 5 x 5 cm. TĂŠcnicas del aguafuerte y aguatinta. 2005


La Mil Caras 5 x 5 cm. TĂŠcnicas del aguafuerte y aguatinta. 2005


La Lenta 5 x 5 cm. TĂŠcnicas del aguafuerte y aguatinta. 2005


El Trag贸n 5 x 5 cm. T茅cnicas del aguafuerte y aguatinta. 2005


TRES POEMAS DE MENESES MONROY

Soy o puedo ser Soy o puedo ser tan grande como mis pensamientos: ser el océano, el bosque, el éxito. Si mis pensamientos tienen virtud sin duda seré virtuoso, si mis pensamientos tienen alma sin duda yo tendré alma, si mis pensamientos tienen sabiduría nadie lo duda, seré sabio. En estos momentos, como en tantos otros, mis pensamientos son sólo un deseo deseo una cerveza.

Nada No es nada sólo esta vida que no abre. Escucho una voz, clama: ¡Abre la envoltura! Esa voz me irrita, no abro nada, no muevo un dedo pero la vida se consume, como una frágil hoja arrojada al fuego.

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Sobre la escritura Escribir no es para todos es para los que se aferran para los que gustan de la terquedad para aquellos conocidos como necios para los que saben que escribir es muchas veces menos escritura y más revisión y más corrección y desechar esto y añadir aquello y remendar de nuevo y sucesivamente si es necesario Y lo repito tachar enmendar y tirar lo que no sirve y seguir escribiendo y revisar de nuevo

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Israel J. GonzĂĄlez S.

Orilla Camino en este filo hasta la encrucijada en la que desembocan estos cuatro senderos: el seno de la madre el fuego inalcanzable la ubicuidad del tiempo el hĂşmedo susurro en la curvatura del horizonte se funden lo fugaz y lo permanente ante la mirada que todo lo abarca

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Maik Moriarty

Diabla Lleva el demonio entre las piernas, en la cumbre de sus pechos níveos -infernalmente níveos-, en las costas de su no ser, en el rezo de su nombre. Y me lleva el diablo cuando me dice: no soy tuya ni de nadie, a veces ni mía. No dudo que sea el punto metafísico, el pilar ambiguo, la escalera para subir, el tobogán para bajar. No dudo que sea el punto clave de la historia, ni el epicentro infatigable de la teoría del caos.

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Daniel Olivares Viniegra

Plaza Tolsá Así se(a un) más allá o aún un más acá tanto avatar(es) como atabales sin desespero tal tiempo de fundar desde entonces por si acaso aquí (a)vinieron… Grandez(as) pulieron además a fe de que ya (no) nunca ni después otra cosa sino la sol/edad (que de por si desboca) en otra roca bruñida asentase(n) los apenas firmes paseos y mareos de vecinos oleajes. Danza del concreto: corazones vivos de obsidiana; ecuestre talante in/seminal imperiosa y abundante redención precozmente derramada también efluvia… Entre el entorno a veces -y a besosrecuerdos sin anclar a(sí)mismo (s)e provocan; M(á)s evocan mariposas…

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El Comité 1973 número 18. Literatura Húngara  

Revista de difusión y crítica de la creación literaria y de las artes visuales.

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