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1973

Revista de difusión, crítica y creación literaria

El Comité Año 2. Número 9. 2014

Escritores latinoamericanos

del siglo XX


COMITÉ directivo

comité colaborador de este número

Israel J. González S. Marco Antonio Meneses Monroy

Adolfo Ávila Alett Cervantes Liliana Dávalos Guadalupe Flores Liera Israel J. González S. Juan Carlos Martínez Franco Marco Antonio Meneses Monroy Oscar Reyes

Coordinador general Marco Antonio Meneses Monroy Redacción y corrección de estilo Israel J. González S. Arte

Almendra Vergara

Diseño gráfico Israel Campos Nava

Consejo colaborador

Rodrigo Círigo Jorge Contreras Herrera Dalí Corona Jimena Ramírez

editorial En este número hemos querido dar una perspectiva de algunos autores latinoamericanos que escribieron en el siglo XX. Como anteriores veces, nos remitimos más al gusto que al canon. También ese gesto obedece a creer que la fama puede no corresponder con la calidad de un autor, ni con la popularidad de un determinado género literario. El comienzo de un año puede convertirse en el inicio de una época. El Comité trabajará a tope para realizar este deseo. La continuidad de un proyecto no se debe únicamente a sus realizadores, sino a las personas a las que está destinada tal obra; agradecemos a todos ustedes por acompañarnos en este recorrido. Un nuevo ciclo, también incorpora nuevos aspectos que lo diferencian del anterior. En esta nueva etapa, El Comité irá incorporando nuevas secciones, además de las acostumbradas, como el tema principal de cada número, y el portafolio dedicado a la obra de un artista plástico. En este número se presenta Nota Resonante escrita por Oscar Reyes, donde reflexiona acerca de la música y su relación con otras artes y curiosidades. Esperamos les parezca interesante. Como ya es costumbre en este editorial, invitamos a todos los interesados en las artes literarias a que también nos hagan llegar sus colaboraciones. Por último les deseamos que hayan tenido felices fiestas y que el año por iniciar les colme de luz y parabienes. A todos ustedes: Gracias Totales.


Minificción............................................................

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Relato........................................................................ Aire del Sur

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Guadalupe Flores Liera

Poemas....................................................................... Israel J. González S.

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¿Y si amor fue ayer? Marco Antonio Meneses Monroy Rainer Maria Rilke Versión de Adolfo Ávila

PORTAFOLIO..............................................................

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DOSSIER.......................................................................

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Alett Cervantes

Nota sobre temática análoga: La muerte por García Márquez y Julio Torri Marco Antonio Meneses Monroy

Ensayo...........................................................

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Agua viva

Juan Carlos Martínez Franco

La tentación del fracaso Israel J. González S.

Nota resonante..........................................

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De la literatura al rock Oscar Reyes

Publicación Bimestral Año 2. Número 9. 2014. Enero-Febrero

Portada y Contraportada: Alett Cervantes Contacto: Correo electrónico. elcomite1973@gmail.com Facebook: www.facebook.com/revistaelcomite1973 Issuu: http://issuu.com/revistaelcomite1973

índice

Liliana Dávalos


Minificción

Minificción

MINIFICCIONES Liliana Dávalos

Contó hasta diez y comenzó a buscarlo. El destino seguía bien escondido.

Dejó de escribir. Revisó todos sus libros. Se asomó debajo de la mesa. Metió la cabeza en la taza vacía. Buscaba el final de la historia.

Eddy Salgado Tzompantli Xilografía 2008 4


Relato relato

relato relato

Aire del Sur Por: Guadalupe Flores Liera La primera vez que la vi, su gesto perentorio me hizo detener el paso. Yo estaba a punto de subir al autobús, ella descendía por la misma puerta, en realidad la de entrada. Le cedí el espacio para que se bajara; evito siempre dar paso a todo tipo de escenas que puedan llamar la atención sobre mí. No me dio las gracias, ni realizó algún gesto que me dejara margen para considerar que apreciaba mi actitud. Miraba hacia el frente, ceñuda, como si estuviera concentrada en algo importante que le hubiera llamado la atención, pero cerca no había otra cosa que una gasolinera y un almacén que aún no abría. Finalmente, ella había bajado por la puerta equivocada, sin atender a la llamada de atención del conductor. Pensé que a último momento se había dado cuenta de que estaba a punto de perder la esquina en donde tenía que apearse, aunque esto no justifica la majadería y, por otro lado, contrario a mis hábitos, tuve que detenerme para cederle a alguien el paso. Ya había aprendido a hacer lo que hacen los demás, sin preguntarme si era o no lo correcto. Cierto es que esta vez no me quedó otra opción. El chofer lo notó, por fortuna me había reconocido y no cerró la puerta con premura como hacían otros cuando algo los molestaba. “Encima de que están aquí”, dijo, “nada les gusta... ¿Qué culpa tengo yo de no haberla oído gritar la parada?, seguramente no pulsó con fuerza el botón…” Le contesté con una media sonrisa, sin dejar de sentirme aludido, mientras sellaba mi boleto en la máquina. A continuación, apreté el paso para alcanzar la parte trasera del vehículo, en algún lugar en donde no pudiera machacarme más con su plática. Ese hombre llevaba años cubriendo la misma ruta y yo varios ya tomando el autobús en el mismo lugar y casi siempre a la misma hora. Por lo general, siempre era él quien conducía el primer turno, ahora era seguramente la segunda vez que hacía la misma ronda, pronto serían las ocho de la mañana. Por suerte había un par de sitios en la parte trasera, casi a nadie le gusta sentarse en el rincón de la última fila junto a la ventana, sobre todo desde que comenzaron a volverse comunes los asaltos, ésos en los que la víctima llora cuando el ladrón ya se ha bajado. Pero a mí eso no me preocupa, de hecho quizás me hicieran un favor si se llevaran mi morral, sería un buen pretexto para no asistir a las clases aburridas de ese día. Una vez sentado pensé en la mujer que se había bajado por la puerta de ascenso. Me recordó a la novia que había dejado cuando nos marchamos, mi amor adolescente. Su cara innegablemente extranjera y sus maneras secas me recordaron también unas frases de mi abuela el sábado anterior cuando regresaba de la recaudería. Algo a propósito de una señora que se estaba peleando con el despachador de la tienda cuando ella entró, porque no le gustaba lo que le vendían, al tiempo en que no le permitían escoger. La mujer

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alegaba que si había entrado a comprar ahí era muy su gusto y exigía que le dieran verdura de la que estaban exhibiendo y no de la que no se veía y el despachador tomaba de la parte baja del montón a la vista. Mi abuela, cansada de asistir como testigo a una discusión que ni le iba ni le venía, quiso zanjar el asunto pidiendo ser atendida para poder marcharse, al final tuvo que cambiar de tienda, porque los ánimos subieron y no se veía para cuando acabar. “Y razón no le falta”, recuerdo que dijo, “sino que una se deja que le vean la cara. Si se les echan a perder las cosas, ¿por qué las dan tan caras? Siempre quieren sacar de uno...” Luego la describió como alta y morena y con aire del Sur, “Es paisana y me recuerda a ti cuando eras joven, derechita, tan linda”, añadió dirigiéndose a mamá. Mi madre interrumpió para decir que ella no había sido nunca así de seca, que la había visto varias veces en la tienda de abarrotes de la esquina, que se trataba de una mujer hosca, de cabello largo y rizado, de maneras agresivas, que no hablaba con nadie, ni hacía gesto de querer que alguien se le acercara, ni siquiera daba los buenos días. A mi madre le había llamado la atención su silencio, un silencio como de piedra, que atraía las miradas al mismo tiempo que levantaba un muro a su alrededor, “Parece que estuviera enojada con el mundo”, comentó, y dejó entrever que no le había simpatizado, porque hizo cara como de imitarla. Claro que no existe conversación donde mi hermana Laura no participe, es amiga de todas las casas de la colonia o, más bien, parece que en esta colonia no hay casa donde no viva alguna de sus compañeras de escuela. Siempre resulta que ella es quien sabe qué se cocina detrás de cada pared. Enseguida noté cómo le brillaban los ojos, estaba a punto de contar alguna de sus historias insólitas, pero en el mismo momento nuestro padre llegó y el silencio se hizo. Mi hermana siguió leyendo una revista que tenía enfrente y yo subí a mi habitación. Sentado ahora en la parte trasera del autobús pensé un rato en esa mujer que había dado la nota del día. No acostumbro fijarme en la gente, voy metido en mis cosas. En fin, poco después saqué el walkman y me encasqueté los audífonos hasta que llegué a la Universidad, es decir, me olvidé del asunto. Muchos días después, cuando ya había olvidado este episodio, me tocó ir un domingo a comprar el periódico. Alejandro, mi hermano, tenía ganas de que fuéramos al cine. La última vez le había tocado ir a él al kiosco, en esta ocasión, además, mi abuela me había pedido que buscara alguna farmacia abierta y le comprara sus pastillas de la presión. Me puse los tenis, la ropa del día anterior y los lentes de sol, me peiné con los dedos y salí presto a volver en dos segundos. Cuál no sería mi sorpresa cuando al llegar al puesto de periódicos de la esquina me encontré con la mujer alta y morena de cabello rizado, en el mismo momento en que arrojaba una revista sobre una pila de diarios y se alejaba de prisa, quién sabe si para no escuchar más los alegatos del puestero o para que éste no alcanzara a oír lo que ella se había ido murmurando. De inmediato me di cuenta de que se trataba de la misma mujer

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del autobús, de la recaudería y de la tienda de abarrotes de la conversación doméstica aquella, otra vez metida en un episodio que daría qué hablar en el barrio. En efecto, el dueño del puesto se quejó amargamente, “¿Qué culpa tiene uno de que sólo quedara este ejemplar arrugado? El contenido es el mismo. Lo cogen a uno en el momento de más trabajo y encima quería que me pusiera a desatar la otra pila. ¿No vio que primero tengo que acabar de acomodar los periódicos?...” Yo sí tomé el diario de la parte superior de la pila, aunque estaba un poquito maltratado por el manoseo de los clientes que eligen siempre el de abajo para luego doblarlo y ponérselo bajo el sobaco, y le extendí un billete al vendedor sin pronunciar palabra. Me devolvió el cambio, sin suspender su monólogo, “Ya parece que en su pueblo hay revistas de éstas, encima ponen peros…” “Si no se la estaba pidiendo regalada”, pensé a mi vez sin demostrarle mi reprobación, pero fue como si él me hubiera adivinado las ideas, porque me miró desdeñoso y añadió: “Tampoco le iba a pasar nada por dos arrugas”. Cuando me marchaba observé la revista arrojada sobre las demás en exhibición, seguramente el ejemplar que leían por turnos quienes atendían el puesto, se veían las esquinas manoseadas y ensalivadas. Apenas volví me hice el encontradizo con Laura: “Vi a la señora esa peleándose con el del puesto de periódicos.” Me contestó: “No me extraña. Todo el tiempo se tiene que estar peleando con alguien. Parece que le hicieran las cosas a propósito. ¿Te acuerdas de nosotros cuando llegamos?” No quise acordarme de nada en ese momento sino que volví al grano: “Algo no le gustó de unas revistas”, continué para darle pie a que siguiera su relato y no erré, se soltó como carretilla: “¿Sabes?”, me dijo, “antes de venir para acá era laboratorista, estudió Química. Vive en un departamento arriba del de Celia con su esposo, un doctor de aquí al que conoció durante unas vacaciones en una playa. A nosotras sí nos invita a pasar a su casa y nos pone música y nos ofrece cosas de las que cocina.” “¿Hace mucho que la conoces?” “Un día que fui por el pan, se armó una cola espantosa porque se enojó con la de la caja, dijo que le había dado de cambio los billetes más rotos que encontró y que no los quería. El dueño tuvo que intervenir, le cambió los billetes, tralalá, ya sabes. La alcancé en la puerta, me presenté, le dije que era amiga de Celia, su vecina, le hablé un poco de nosotros, le dije que la había visto algunas veces cuando iba a casa de mi amiga. Se notó apenada. Me explicó que solamente a gritos evitaba que abusaran de ella, dijo que ya estaba harta de discutir. Yo le contesté que la cosa no era nada más con ella sino con el que se dejara. ‘Yo ya me dejé mucho tiempo...’, dijo.” En ese momento se asomó mi madre, “¿Le trajise la medicina a tu abuela?” Asentí con la cabeza. Laura salió tras ella, “¿Me vas a dejar ir con mis amigas a patinar?…” Como si me estuviera persiguiendo, por la tarde volvimos a encontrarla en la fila para la taquilla del cine, del brazo de su esposo, los últimos antes de que nosotros llegáramos. Sin el gesto severo que la había caracterizado las veces anteriores, ella le hablaba al oído, le susurraba y le sonreía coqueta. Difícil pensar que era la misma. Quise pescar al vuelo el sonido de su voz, detectar ese acento del Sur en sus labios brillantes y carnosos, que por primera vez observé con detenimiento y codicia. Un estremecimiento me recorrió junto con una idea. Se me hizo fácil 7


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y me incliné levemente en dirección a ella para pescar el tono de sus palabras, como distraídamente, como no queriendo la cosa, con tan mal tino que trastabillé y la empujé con el hombro, sin violencia, porque conseguí sujetarme de Alejandro, pero sin duda alguna. Murmuré un “perdón” avergonzado que salió como un hilo. No sé si me escuchó. Sentí en mis ojos el puñal de los suyos y luego la frialdad de su silencio, a continuación me volvió la espalda. Su marido pagaba y no se dio cuenta. Al cabo, se alejaron unidos y contentos, como si a su alrededor nada existiera. En medio del pasillo, antes de entrar en la sala, se detuvieron para sellar su complicidad con un beso. Los demás éramos los extraños, los ajenos al aura que los envolvía, los expulsados del círculo que formaba el abrazo que se cerraba en torno de sus cinturas. Hacía varios meses que yo andaba solo, excepcionalmente con Alejandro, como ahora. Pensé en Silvia cuando rompí con ella luego de dos años juntos, en mi cuarto vacío, en la escuela a la que con indiferencia asistiría al día siguiente, en las cosas que me hacían encerrarme en mí mismo cada día más y más, en el pasado al que había hecho alusión Laura aquella mañana, en la falta de ganas y de perspectivas. Un día había dicho mi padre que luego de tantos años de dejarse aquí el lomo, si nos íbamos en ese mismo momento nadie nos iba a echar de menos. Sólo Laura no estuvo de acuerdo. Pagué, la voz de mi hermano me volvió a la realidad “¿Se te antoja un café?”, y se alejó presuroso en dirección a la dulcería. Yo me quedé de pie solo en mitad del vestíbulo, los boletos y el cambio del cine en una mano y en la otra nada. Madrid, julio de 2002.

Jesús Hernández Mujer con puro (detalle) Óleo sobre tela 2004 8


poemas

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Israel J. González S.

De súbito las entrañas conocen su fin, cuando la mirada descubre otro rasgo. No se sabe cómo viene a ser ajeno, pero toda llama se extingue, se consume o muere de un soplo prematuro. Difícil es perdurar sin desvanecerse en una noche, lo que a veces queda ni siquiera parece lo que fue, tampoco conservan el sabor las heces que tuvo, la rebosante copa de ayer.

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poemas

poemas

Marco Antonio Meneses Monroy

¿Y si amor fue ayer? ¿Y si amor fue ayer? Ayer que al abrazarnos liquen de odio cubría nuestros cuerpos. Ayer que besos fueron herrumbre y el acto sexual, éxtasis de tormento. Si amor fue ayer. No lo desdeño.

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poemas

poemas

Rainer Maria Rilke

Versión de Adolfo Ávila

Lösch mir die Augen aus: ich kann dich sehn, wirf mir die Ohren zu: ich kann dich hören, und ohne Füße kann ich zu dir gehn, und ohne Mund noch kann ich dich beschwören. Brich mir die Arme ab, ich fasse dich mit meinem Herzen wie mit einer Hand, halt mir das Herz zu, und mein Hirn wird schlagen, und wirfst du in mein Hirn den Brand, so werd ich dich auf meinem Blute tragen.

Ciérrame los ojos, puedo verte, quítame los oídos, puedo escucharte, y sin pies puedo ir hacia ti y sin boca aún puedo conjurarte. Rómpeme los brazos, te abrazo con mi corazón como lo haría con mis manos, cierra mi corazón y mi cerebro latirá, y lanza a mi cerebro fuego, te llevaré en mi sangre.

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portafolio J. Alett Aguilar Cervantes A

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Procedente de la ciudad de Pachuca y egresada del Instituto de Artes, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo; tiene estudios fotográficos, participaciones en más de quince exposiciones colectivas y tres individuales ha colaborado en diferentes actividades artístico- culturales. Actualmente es parte del colectivo Tetraedro y representante de la agrupación Ourobus Ensamble, su interés en el arte es con relación a la fotografía, la instalación, el arte digital y la gestión cultural. En su obra encontramos poemas visuales como los que contiene la serie “Frecuencias para la tierra”, imágenes que a su vez pueden ser vistas como metáforas que hablan de rituales de sanación mismas que, contienen una relación profunda entre el ser humano y su naturaleza.

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De la serie Frecuencias para la Tierra A la inversa A単o 2010

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De la serie Frecuencias para la Tierra Movimiento A単o 2010

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De la serie Frecuencias para la Tierra A単o 2010

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De la serie Arriba Aquí o Allá Año 2012

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De la serie Arriba Pe単a de la Muela A単o 2013

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De la serie Frecuencias para la Tierra Visi贸n y Misi贸n A帽o 2012

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De la serie el Olvido de las formas Herencia A単o 2012

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De la serie el Olvido de las formas Historias A単o 2012

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De la serie el Olvido de las formas En algĂşn Tiempo AĂąo 2013

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De la serie el Olvido de las formas Privado A単o 2013

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Dossier

nota

Marco Antonio Meneses Monroy

Nota sobre temática análoga:

La muerte por García Márquez y Julio Torri

La muerte, paradójicamente, es sin duda uno de los temas más fecundos de la literatura. En esta nota, retomaré dos ideas parecidas y el diverso resultado de las mismas. Gabriel García Márquez en su prólogo al libro Extraños peregrinos señala la idea de un cuento que le vino de un sueño acerca de sus funerales, este tendría por argumento el gozo del difunto por ver a sus amigos en su entierro, seguido del desconcierto y desilusión al percatarse que sería la última ocasión que los vería. Según García Márquez el cuento no cuajó y fue al cesto de papeles puesto que nunca logró “que fuera una parranda como la del sueño”. Sin embargo, el argumento del colombiano me hizo recordar el escrito “La vida del campo” de Julio Torri. En él, un muerto toma de manera positiva su ida al cementerio y aún cuando alguien le hace ver que abandona a sus amigos, el difunto responde: “En los camposantos se adquieren buenos camaradas”. Dicho escrito, es sin duda muestra del talento, un tanto olvidado de Torri.

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Ensayo

Dossier

Juan Carlos Martínez Franco

Narrar lo indecible Clarice Lispector, Agua viva, Elena Losada (trad.), Madrid: Siruela, 2004.

Toda la literatura de Clarice Lispector es especialmente densa. Sus experimentaciones con el lenguaje y con las estructuras de la narración fueron de las más intensas y, puede decirse, de las más exitosas de la literatura latinoamericana. En el epicentro de su obra está Agua viva, acaso su texto más inaccesible, más alejada de los cánones narrativos del siglo XX, o lo que es lo mismo, de las concepciones de novela que reinaban. A diferencia de La hora de la estrella o de Aprendizaje o El libro de los placeres, el problema de Agua viva no es quién habla o sobre qué lo hace, sino cuál es el estatus de la narración, del relato. La propia Lispector dudó durante tres años si publicar el texto o no pues-to que «no tenía una historia, no tenía una trama», según escribió en una carta a su editor. Sin embargo la trama, considerada como una sucesión de hechos o acciones que van dirigidas de un autor a un lector, está presente, aunque subrepticiamente. El concepto tradicional de trama se desvanece y lo que se narra, si es que algo se narra, está deslavado en medio de las reflexiones de un personaje que va construyéndose en medio de sus pensamientos, de sus deseos, de una constante construcción de metáforas que dan cuenta de los sucesos internos: los sucesos del alma, podríamos decir. Lo central al texto es, entonces, la conciencia que se hilvana, el viaje que hace ésta y cómo es que se transita este viaje.

Eddy Salgado Tributo a Sabines (detalle) Acrílico sobre papel 2010 28


ensayo

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* Agua viva tiene un carácter fragmentario, confesional, epistolar, reflexivo y poético, un tanto diario de creación, un tanto tratado filosófico y un tanto de poema en prosa. Y sin embargo, todas esas características resultan secundarias o incluso incidentales con lo que aparece como la espina dorsal del relato: el viaje de autognosis que emprende la narradora. «He venido a escribirte. Es decir, a ser» (p. 38). Para Lispector la máxima cartesiana da un giro radical: escribo, luego existo. Alguien narra. Es, queda claro, un narrador homodiegético. El personaje principal ―el único personaje, el narrador― es una pintora que decide recurrir a las letras para expresar cosas a las que su pintura no puede acceder. «Estoy intentando captar la cuarta dimensión del instante -ya, que de tan fugitivo ya no existe porque se ha convertido en un nuevo instante-ya que ahora tampoco existe» (p. 11). Y agrega: «La palabra es mi cuarta dimensión» (p. 13). El personaje, poco a poco, lentamente va descubriéndose: mujer que le escribe a alguien que amó, que sueña (con bebidas y artistas de cine y azafatas), que recibe cartas de suicidas desconocidos, que proyecta ansiedad, que se asombra con el crudo poder de la naturaleza, que mira los días y las noches pasar. Una mujer que escribe. Y por su escritura lo que se dibuja es un panorama existencial y, por consiguiente, un personaje vivo con conflictos, con angustias metafísicas, cuyo ser va recorriendo un camino a través del desarrollo de la obra. Pero las palabras no son un medio para contar: son un medio para ser-ahora, para estar siendo. La escritura es ser-ahora, pero para hacerlo hay que atrapar ese instante. Es un círculo vicioso. Es una imposibilidad. Pero el poeta, para Lispector, no hace nunca más que buscar las palabras para definir algo que es indefinible, para detener algo que no puede detenerse. Y esta imposibilidad es también imposibilidad de sentido. «Ésta es la vida vista por la vida. Puedo no tener sentido pero es la misma falta de sentido que tiene la vena que late» (p. 16). * Como Cortázar en Rayuela, Lispector toma como estructura referencial para su forma de narrar el jazz. «Sé que estoy haciendo aquí: estoy improvisando. ¿Pero qué mal hay en eso? Improviso como el jazz se improvisa la música, jazz furioso, improviso en el escenario. […] Me expreso a mí misma y a ti mis deseos más ocultos y consigo con las palabras una orgiástica belleza confusa» (p. 25). Esta improvisación, cuyo paralelismo más obvio en literatura podría encontrarse en la escritura automática o de flujo de conciencia,

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Dossier

ni en Cortázar ni en Lispector corresponde a éstos, sino que comparte sólo estructuras, formas de correspondencia entre elementos, maneras de organización de voces, tiempos, conciencias. Resulta relevante que el personaje sea una pintora. En el texto se da una constante generación de imágenes, como en la pintura, pero imágenes concatenadas, hiladas aunque en un hilado fino, no fijas ni bidimensionales. Es un método análogo al de la poesía. Pero es también relevante que el personaje guste a tal nivel de la música, que también encuentra muchas similitudes con la poesía, pero que Lispector logra acercar a la narrativa: la complejidad de los tiempos, lo abstracto de los sonidos, la imposibilidad de decodificarlos en una lógica común, mucho como la vida misma, como el instante: como el tiempo. «Entiéndeme: te escribo una onomatopeya, una convulsión del lenguaje. Te transmito no una historia sino sólo palabras que viven del sonido» (p. 29). Las pretensiones de Lispector encuentran, también, un eco sustancial en el epígrafe del pintor Michel Seuphor: «Debería existir una pintura totalmente libre de la dependencia de la figura ―el objeto― que, como la música, no ilustra nada, no cuenta una historia y no lanza un mito. Esa pintura se contenta con evocar los reinos incomunicables del espíritu, donde el sueño se convierte en pensamiento, donde el trazo se convierte en existencia». De eso se trata: de acercarse al reino abstracto de la música ―tan sólo para evocar el indecible espíritu― para liberarse del mito y donde el trazo ―ya no la pincelada, sino la palabra desnuda― se convierte en existencia: «He venido a escribirte. Es decir, a ser». Pero Lispector es consciente del «debería existir» con el que comienza Seuphor. Ella es una narradora, y Agua viva no se escapa de la diégesis. * El discurso de la obra muestra un presente, un apabullante ahora que es lo que se quiere atrapar en todo momento. Un presente gnómico, atemporal. Pero en ciertos momentos en los que este presente se resquebraja ―siempre ligeramente― aparece un pasado, un pasado que se relaciona directamente con el interlocutor, el amado. «De vez en cuando te daré una leve historia, un aria melódica y cantábile para romper este cuarteto de cuerda mío, una parte figurativa para abrir un claro en mi selva nutricia» (p. 36), dice la narradora. Y sin embargo, no existe exterioridad: el tiempo, pasado-presente, es un tiempo interior, un tiempo de la conciencia, no cronológico. Un tiempo poético. La conciencia figural que se construye lo hace a través del tiempo, de su perenne intención de captu-

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rarlo en palabras. Es ésa la trama, por más fina y evanescente que pueda ser: una conciencia que trata de atrapar el instante y el viaje que esa conciencia realiza, un viaje que abarca el pensamiento en muchas facetas: pensamiento sobre el infinito, sobre la conciencia, sobre el tiempo, sobre la naturaleza, sobre el arte, sobre el pensamiento mismo y como este pensamiento encaja en el todo de una narración, de un texto. El mundo diegético es un mundo de sueños, de ideas, pero es a la vez el mundo del personaje que escribe estos sueños y estas ideas. Es la historia de una escritura, o de un intento de escribir. Agua viva es, al final, una obra sobre lo indecible, sobre la imposibilidad de poner en palabras la experiencia. «Qué música bellísima oigo en el fondo de mí. Está hecha de fragmentos geométricos que se entrecruzan en el aire. Es música de cámara. La música de cámara no tiene melodía. Es una manera de expresar el silencio. Lo que te escribo es de cámara» (p. 51). Lo que se busca nombrar, aun cuando sepamos que es imposible, es el silencio: el silencio sólo puede experimentarse, y Agua viva aspira ―y se acerca― a ser pura experiencia.

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LA TENTACIÓN DEL FRACASO

Israel J. González S.

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La Tentación del Fracaso, no sólo es el título que dio Julio Ramón Ribeyro a sus diarios. También es un registro de esa lucha. Como en muchos rubros, este género literario, es de los pocos que aún busca hacerse un espacio reconocido en la literatura de este lado del mundo. En Latinoamérica a pesar de cultivarse poco, tres se destacaron: los diarios de Ribeyro, los de la poeta argentina Alejandra Pizarnik y los escritos por el autor polaco Witold Grombowicz; esta última redactada en gran parte durante su estancia en Argentina, aunque no fue escrita en español. En principio, los intereses de un lector pueden estar condicionados por su curiosidad, y en un segundo grado, quizás por sus prejuicios o sus principios. Esto a veces resulta tan evidentemente descorazonador como inesperadamente entusiasta en otras. Recuerdo que una persona me dijo escandalizada: “¿para qué quieres leer diarios?, ¿a quién le interesa saber si Kafka tenía problemas estomacales o le daban miedo los payasos?” Sin que pudiera contestarle por la sorpresa que me había causado su afirmación, no pude más que sonreírle. Y sin embargo no deja de tener razón, ¿a quién le importaría leer algo tan prosaico? Pero lo que ella no sabía, es que en general los diarios no cuentan ese tipo de cosas. ¿Entonces qué les interesa contar? ¿Para qué escribir un diario? Algunos escritores, lo entienden como una manera de ir fijando su interpretación del fugaz momento histórico; este es el caso de Ernst Jünger. Otros hacen de los diarios un laboratorio para futuras obras como Kafka; en el caso de Ribeyro, él mismo lo dice: El diario se convirtió en una necesidad, en una compañía y en un complemento de mi actividad estrictamente literaria. Lo interesante de un diario es la posibilidad de imaginar un estado de cosas, a partir de un tiempo y espacio que no le ha correspondido vivir al lector. Un diario es una interpretación de la realidad, es un punto de vista. Pero también o, por esto mismo, el autor de un diario es a fin de cuentas un personaje; se convierte en ficción. Y Julio Ramón Ribeyro supo recrearse como un personaje entrañable a partir de lo que narra en sus diarios. Hay que tener en cuenta que además de esa humanidad tan cercana a cada uno de sus lectores, es


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uno de los escritores peruanos más admirados y respetados. Ya Mario Vargas Llosa ha señalado en varias ocasiones, ser un recurrente lector de la obra de su paisano. A pesar de esta circunstancia, no es difícil adivinar quién es el autor menos conocido, aunque no menos original o atrevido que el propio Vargas Llosa. Originario de Lima, Ribeyro nos cuenta en las primeras páginas su inexistente entusiasmo por la carrera de leyes. De sus deseos de ser escritor y de las dudas que lo acosan. Sus primeras incertidumbres económicas, debido a su inclinación artística. El lector asiste un poco inquieto ante la decisión del autor, de dedicarse exclusivamente a la escritura, y subsistir de su trabajo literario; una convicción que lo lleva a París. La Meca de todo escritor latinoamericano que se respetase en el siglo XX. Para este escritor el diario fue la obra de su vida, literalmente, por lo menos durante casi treinta años. En esos diarios se dedicó a registrar en buena medida su formación como escritor, sus vicisitudes amorosas, su continua falta de dinero y al mismo tiempo su causa principal: el despilfarro. Por lo que relata, el lector se hace compañero del escritor peruano; desde su primera llegada a París en el 53, sus paseos por España y sus viajes o breves temporadas en otros lugares de Europa como Berlín o Capri en Italia. Así como sus esporádicas visitas al Perú. Pero como sugerí más arriba, lo importante de un diario no es querer encontrar datos, sino literatura. Y en este texto, se encuentra mucha y sin desperdicio. En primera instancia asistimos a la tenacidad con la cual se tiene que proteger un escritor, no sólo para enfrentar las incertidumbres de la vida común y corriente, sino a las continuas y persistentes dudas acerca de la importancia de la obra. Tenacidad para sobrellevar al duradero, crónico desasosiego, a esa presencia que se pasea por la mayor parte de este diario, logrando que uno dirija la mirada hacia sí. Porque uno de los puntos clave que permitiría comprender este libro, es no sólo hacerse la pregunta, sino responderse con honestidad; ¿en algún momento he estado al borde de perder la confianza en mí y en lo que hago? Me atrevería a decir que aquél que no se haya visto tentado a creer que ya nada de lo que hace importa, miente. Fomentar la duda en ocasiones puede brindar resultados positivos; uno se empeña en mejorar.

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Acaso porque fracasar es otra personificación de la filosofía del mínimo esfuerzo o sea, sucumbir a la indiferencia. Acaso porque resistirse al fracaso sea también la manifestación de la lucha que hay entre la inclinación a la vida y el apresuramiento de la inevitable muerte siempre asediante. Gracias a esa presencia del desasosiego, el libro de Ribeyro, encontró un nombre y al mismo tiempo su impronta, su carácter. En este diario encontramos interesantes y curiosas observaciones acerca de lo cotidiano como el pasaje en donde describe la vulgaridad de unos viajantes que coincidieron con Julio Ramón Ribeyro en mismo compartimiento en un tren francés. Las opiniones políticas y literarias, a partir de sus lecturas y del trabajo mismo de escribir (como la pregunta acerca de sí toda gran obra fue escrita entre bostezos debido al aburrimiento del autor, justo como a él mismo le sucedía en ese momento al escribir una de sus novelas), o del momento histórico, como su breve pero lúcida opinión respecto a la caída del general De Gaulle en mayo del 68. Pero para tener una idea propia de quién era el personaje de estas páginas sería bueno leer este texto. Me gustaría que aquilataran las últimas frases que aparecen en estos diarios, refiriéndose a la actitud ante la vida del escritor y a su relación con su esposa: Y como ambos somos ilusos –y por ello optimistas, a pesar de lo que se diga de mí- dejamos suceder las cosas con la esperanza de que mañana o el mes próximo realice ella el negocio o yo la obra que nos permita salir a flote. Como muchos autores, equívocamente etiquetados como menores, Julio Ramón no es muy leído, algo que habría que lamentar, sin embargo por extraño que parezca, después de algunos años de su muerte (1994) se ha comenzado a reditar su obra, quizás este hecho sea una buena oportunidad para buscar sus libros. Si algún objetivo tienen estas líneas, sea el de incitar la curiosidad de un potencial lector de Ribeyro. Estoy seguro que no se verá defraudado.

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nota Por Oscar Reyes

NOTA RESONANTE

DE LA LITERATURA AL ROCK Siempre ha existido una relación estrecha entre la música y la literatura; por ello, cierta lógica nos remite, estrictamente hablando, al término: “canción”. Sin embargo, no es propósito principal referirnos a la canción como tal, sino a la influencia que la literatura ha ejercido sobre la música como base de pensamiento, es decir, como semilla de la que germina una canción o tema musical, o como línea conductora para fundamentar un concepto de un conjunto de canciones reunidas en un disco (lo que hoy se denomina, dentro de la industria de la música, como álbum). Pero tampoco pretenderemos exponer todas las vertientes musicales sobre las que la literatura ha plasmado su huella. Me animo a apostar que uno de los géneros musicales del tipo popular preferidos es, en definitiva, el rock, junto a todas sus variables. A esto, agreguemos que es el género revolucionario por excelencia, y más de una ocasión ha encontrado en otras corrientes del pensamiento y de la expresión artística innumerables pretextos para alcanzar nuevas cumbres. Es cierto que pocas agrupaciones han logrado una cohesión significativa dentro de esa aventura de adoptar ideas de obras literarias para crear música, y han habido otros que sólo supusieron hacer “homenajes” a ciertas personalidades del mundo de las letras. Inclusive, hubo a quienes sólo les alcanzó la inspiración para ponerle nombre a su banda como es el caso de ciertos rockeros canadienses de los años 60’s-70’s que, por contar con algunos integrantes de ascendencia alemana, decidieron hacerse llamar STEPPENWOLF (Der steppenwolf —El lobo estepario—, 1927), título de la obra más lograda del escritor alemán Hermann Hesse (18771962). Muchos recordarán el caso de la legendaria banda británica LED ZEPPELIN, quienes se inspiraron en la obra de Herman Melville (1819-1891) para sacar en 1969, dentro de su álbum Led Zeppelin II, el emblemático y kilométrico tema instrumental de Moby Dick; posteriormente, en su álbum Led Zeppelin IV (1971), el vocalista Robert Plant propuso echar mano de la obra del escritor británico J.R.R. Tolkien (1892-1973) para componer canciones como Ramble

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on, Misty mountain hop, The battle of evermore y —quizás la canción más representativa de la historia de esta banda—Stairway to heaven. De seguir con el asunto, con facilidad salta la curiosidad de preguntar cuál es el escritor más “solicitado”, o el que, dentro de su obra, el rock ha hallado campo fértil e inacabable para seguir sembrando canciones emblemáticas. Pues una respuesta aventurada en suposiciones no estaría alejada de la realidad, quizás. El norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849) se podría estar llevando el primer lugar en las preferencias de varios rockeros atrevidos y valientes como es el caso de los británicos THE ALAN PARSONS PROJECT quienes dejaron un importante legado para el rock progresivo en su álbum debut Tales of mystery and imagination (1976), completamente alusivo a la obra de Poe. Y sobre este escritor, también LOU REED (1942-2013) —recién fallecido el pasado 27 de octubre— hizo lo propio hace diez años cuando sacó su disco The raven (El cuervo, 2003), donde relata cuentos y poemas de Poe a manera de canción. Y ya que estamos hablando de rock progresivo, buen momento es para recordar lo realizado por la banda británica PINK FLOYD en 1977, con su disco Animals, inspirado en la obra de su connacional George Orwell (1903-1950): Animal farm (Rebelión en la granja, 1945), una fábula política, o novela satírica, donde Orwell critica al socialismo soviético; pero en el disco, PINK FLOYD transporta la idea al contexto social de Gran Bretaña de aquellos años, por lo que los temas «Sheep», «Pigs» y «Dogs» se emplean como metáforas para hablar de su sociedad. En esta metáfora, los perros son los mandamases de la industria, los cerdos representan a la clase política británica de entonces, y las ovejas representan al resto de habitantes, que se dejan llevar por los perros y los cerdos sin rebelarse. Otra banda británica de rock progresivo fue KING CRIMSON, que para su disco Discipline (1981), compuso una canción con el mismo nombre de la novela The sheltering sky (El cielo protector, 1949) de Paul Bowles (1910-1999). Al año siguiente sacaron su disco Beat, alusivo al movimiento literario estadounidense llamado Beat Generation, movimiento literario que frecuentemente se le asocia a Bowles. Y curiosamente, como que Bowles estaba de moda entre las charlas de rockeros de esa

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resonante época, porque THE POLICE hizo lo propio al componer Tea in the Sahara, nombre de uno de los capítulos de The sheltering sky, para su álbum Synchronicity (1983). También podríamos comentar que hasta dentro del thrash metal—muchas veces confundido con el heavy metal— ha habido influencia de algunos escritores como el caso de la banda norteamericana METALLICA, que en su disco Ride the lightning (1984) sacó un extenso tema instrumental sobre el relato corto de terror del escritor estadounidense H. P. Lovecraft (1890-1937) llamado The call of Cthulhu (La llamada de Cthulhu, 1928), aunque el título que usó METALLICA fue The call of Ktulu, ya que el misticismo de la banda pudo más (según la historia, mencionar el nombre de Cthulhu, de manera verbal o escrita, es invocar a supuesto demonio). Ahora es turno del rock gótico. En 1979 THE CURE compuso Killing an arab, aunque esta canción salió a la luz hasta 1980 dentro del disco recopilatorio de Boys don’t cry. Dicha canción fue inspirada en la obra L’Etranger (El extranjero, 1942), del escritor franco-argelino Albert Camus (1913-1960). El propio Robert Smith afirmaba que la canción era “un leve intento poético de condensar mis impresiones sobre los momentos clave de El Extranjero”. Pero no todo se ha dado dentro del rock en inglés, ni la inspiración parte de solo literatura extranjera. También existe uno que otro caso dentro del rock en español, y podemos citar a la banda española RADIO FUTURA que, dentro de su álbum La canción de Juan Perro (1987), sacó Annabel Lee, título del poema homónimo de Edgar Allan Poe; mientras que su canción Lluvia del porvenir está inspirada en la obra Pedro Páramo (1955), del mexicano Juan Rulfo (1917-1986). A todo esto, la conclusión más directa es que —desde mi punto de vista musical— mientras el rock siga echando mano de la literatura para lograr canciones y hasta obras conceptuales que sustenten un “nivel de calidad ideológica elevado”, no habrá manera de que tal género entre en decadencia; la “reinvención” seguirá siendo la tendencia.

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El Comité 1973 número 9. Escritores latinoamericanos del siglo XX