Quimera Revista de literatura | Número 445 | Enero 2021

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Ra monMi que liPl a na s

Ell i br e r oa s e s i nodeBa r c e l ona Es t ae sl aa pa s i ona nt er e c ons t r uc c i ondeunodel ose s c a s osmi t os r oma nt i c osa mbi e nt a dose nBa r c e l ona : Laos c ur ayc r i mi na le xi s t e nc i a deuna nt i guomonj e , de di c a doal av e nt adel i br ospr e c i os os , que i ns pi r oaa ut or e sdel ac a t e gor i adeCha r l e sNodi e roGus t a v eFl a ube r t .


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ColaborAN en este número:

David Aliaga, Iván Alonso, Javier Argüello, Elena Bethencourt, Jon Bilbao, Manuel Borrás, María José Bruña Bragado, Agustín Calvo Galán, F. Javier Cano Santa Bárbara, Jesús Cárdenas, Jorge Carrión, Ben Clark, Francisco Díaz de Castro, Jordi Doce, Alejandro Espinosa Fuentes, Vicente Fernández Almazán, Susana García Sánchez, Alberto García-Teresa, Esther Gómez Babin, Darío Hernández, Sara Jaramillo Klinkert, Jeremy Lishner, Rafael Loscertales de la Puebla, José María Merino, Vicente Luis Mora, Javier Morales, Andreu Navarra, Luis Niño, Clara Obligado, Juan Peregrina Martín, Javier Pérez Walias, Cristina Peri Rossi, José de María Romero Barea, Anna Rossell, Javier Sáez de Ibarra, Elsa Veiga, Javier Vela, Isabel Wagemann Fotografía de portada y Dossier:

QUIMERA. REVISTA DE LITERATURA – Enero 2021

Un libro es una aventura, un viaje espiritual; pero un libro también puede ser una fuente de experiencia vital, una brújula para explorar la realidad que nos rodea e incluso a lo que ésta oculto bajo su persistente pátina. Algunos amigos de Quimera —José María Merino, Clara Obligado, Manuel Borrás, Iván Alonso, Jordi Doce, Vicente Luis Mora, Elsa Veiga, Javier Argüello, Jorge Carrión, Sara Jaramillo Klinkert, Andreu Navarra y Ben Clark— nos hablan en este dossier de su libro favorito y de la forma en la que ha marcado sus vidas. JORDI GOL - JEFE DE REDACCIÓN DE QUIMERA

Jeremy Lishner (Unsplash) Editor:

Miguel Riera

Fernando Clemot, Álex Chico, Ginés S. Cutillas y Jordi Gol DirectorES:

JEFE DE REDACCIÓN:

Jordi Gol

Diseño: Xavier Balaguer Maquetación y cubierta: Jordi Gol Corrección: Cinta Moreso Web y redes sociales: Eva Díaz Riobello ISSN: 0211-3325 DL:

B 38779 /1980

Ediciones de Intervención Cultural S. L. C/Juan de la Cierva, 6. 08339 - Vilassar de Dalt (BCN) 937 550 832 www.revistaquimera.com redacciondequimera@gmail.com publicidad@revistaquimera.com pedidos@edic.es Edita:

Imprime:

Gráficas Gómez Boj

Derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de este número, sea por

El salón de los espejos

El holandés errante

Entrevista a Jon Bilbao – 4

Álex Chico:

Entrevista a Javier Morales – 7

Entrar a una casa (Primera habitación) – 51

El cielo raso

El ambigú

Lecturas para una vida

David Aliaga:

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha,

Los que alcanzan la orilla, de Paula Lapido – 53

de Miguel de Cervantes. José María Merino – 12

María José Bruña Bragado:

Celia en la revolución, de Elena Fortún. Clara Obligado – 14

La insumisa, de Cristina Peri Rossi – 54

Meditaciones, de Marco Aurelio. Manuel Borrás – 16

Alejandro Espinosa Fuentes:

Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas. Iván Alonso – 18

Poeta chileno, de Alejandro Zambra – 55

The Waste Land and Other Poems, de T. S. Eliot.

José de María Romero Barea:

Jordi Doce – 20

El cuerpo, de Mircea Cărtărescu – 56

El mono gramático, de Octavio Paz. Vicente Luis Mora – 22

Darío Hernández:

Y eso fue lo que pasó, de Natalia Ginzburg. Elsa Veiga – 24

El peso del hielo, de Basilio Pujante – 57

Ficciones, de Jorge Luis Borges. Javier Argüello – 26

Francisco Díaz de Castro:

Baroni: un viaje, de Sergio Chejfec. Jorge Carrión – 28

La exactitud del latido. Diario de un poeta recién casado

Las mil y una noches. Sara Jaramillo Klinkert – 30

cien años después,

Herrumbrosas lanzas, de Juan Benet. Andreu Navarra – 32

de José Andújar Almansa & Antonio Lafarque (eds.) – 58

Up The Line to Death (Antología). Ben Clark – 34

Anna Rossell: Encuentros con libros,

La vida breve

de Stefan Zweig – 59 Jesús Cárdenas:

Javier Vela. Estás de suerte, Quim – 35

Quién anda ahí, de Ketty Blanco Zaldívar – 60

Quimera no retribuye las colaboraciones. Los

Los pescadores de perlas

Amor. Antología 2006-2019,

colaboradores aceptan que sus aportaciones

Microrrelatos inéditos – 40

de David Trashumante – 61

medios mecánicos, químicos, fotomecánicos o electrónicos, sin la autorización del editor.

aparezcan tanto en soporte impreso como en digital. La redacción no devuelve los originales no solicitados ni mantiene corresponden-

El castillo de Barba Azul

cia sobre los mismos. La revista no comparte

Poema inédito de Cristina Peri Rossi – 42

necesariamente las opiniones firmadas por sus colaboradores. Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

Einstein on the Beach

Alberto García-Teresa:

Javier Pérez Walias: El paraíso difícil. Siete años en Extremadura (2013-2019), de Eduardo Moga – 62 Juan Peregrina Martín: Cántico, de José María García Linares – 63

José de María Romero Barea. Joseph Roth:

Agustín Calvo Galán:

interferencias del hoy en el mundo de ayer – 43

Digterne/Poetas, de Pejk Malinovski – 64

Javier Sáez de Ibarra. Pilar Adón. La soledad soñada – 47

Recomendaciones – 65 3

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Entrevista a Jon Bilbao Texto: Ginés S. Cutillas Fotografía cedida por la editorial ©

Jon Bilbao (Ribadesella, 1972) es ingeniero de minas y licenciado en Filología Inglesa. Tras su larga y exitosa carrera en Salto de Página (Premio Ojo Crítico de Narrativa y Tigre Juan), ha publicado sus últimos tres libros en Impedimenta: el libro de cuentos Estrómboli (2017), tres novelas cortas en El silencio y los crujidos (2018) y ahora nos sorprende con ocho relatos de final cerrado que se entretejen como una maraña de sueños, en un híbrido entre la colección de relatos y la novela. El título, Basilisco, y el género no puede ser más arriesgado: un wéstern con conexiones entre el pasado y el presente, la realidad y la ficción. Actualmente trabaja como traductor. Hablamos con él de su último libro.

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Olga Merino acaba de sacar su libro La forastera, otro wéstern. Hace unos años, Jesús Carrasco también transitó con su Intemperie el wéstern ibérico. ¿Cree que es una feliz coincidencia esta apuesta por el género? ¿O wéstern, vampiros y romanos son temas recurrentes y cíclicos? Cuando pensamos en wéstern, pensamos en las novelas cortas que se vendían en los kioscos, en Estefanía y demás nombres de autores españoles americanizados. ¿Ha pensado en estos libros para su obra? ¿Se puede hacer alta literatura con un wéstern? El wéstern siempre ha estado ahí desde su nacimiento, tanto en el cine como en la literatura. Que en los últimos meses hayan coincidido en las mesas de novedades varios títulos enmarcables en ese género no es nada más que eso: una coincidencia. Se puede hacer alta literatura con el wéstern y se ha hecho numerosas veces. Lo que pasa es que por estos lares durante décadas sólo se ha podido leer poco más que a Zane Grey y las novelas de kiosco que mencionas. Por suerte, últimamente se traduce más wéstern de calidad, actual y clásico, y nos vamos poniendo al día. No hay que olvidar que clásicos del cine como Centauros del desierto, Fort Apache, Un hombre llamado caballo y muchos otros son adaptaciones de obras literarias que a menudo superaban en calidad a esas obras incontestables del séptimo arte. El wéstern es como el cine negro... ¿Se puede contar cualquier historia siguiendo sus códigos? ¿Por qué ahora un wéstern? No sé si se puede adaptar cualquier historia al wéstern, supongo que sí; otra cuestión es que resulte adecuado. De lo que sí estoy seguro es de que, pese a que el wéstern es un género con un código narrativo muy arraigado, sus costuras se pueden forzar para amol-

darlo a discursos modernos, alejados del clasicismo y más personales. ¿Por qué un wéstern? Porque era lo apropiado para la idea que me rondaba la cabeza. En Basilisco hay relatos realistas, ambientados en la actualidad, y otros del género del Oeste. Las entrevistas y las reseñas se centran más en estos últimos porque son más llamativos, pero el corazón del libro reside en los otros. Los relatos realistas son el sorbo de whisky; los de wéstern, el trago de cerveza que se toma después para ayudar a tragar el primero. El libro es muy visual, sobre todo en las escenas de acción. ¿Ha tenido que ver su trabajo de guionista o más sus referencias cinéfilas? Mis trabajos como guionista fueron escasos y ya han quedado muy lejanos. Si Basilisco es muy visual se debe a las referencias cinematográficas y —espero— a la imaginación. El personaje John Dunbar «Basilisco» se llama igual que el protagonista de Bailando con lobos. Aparte, la expedición paleontológica del libro recuerda a la conocida guerra de los Huesos, la famosa rivalidad entre Edward Drinker Cope y Othniel Charles Marsh por encontrar cuantas más nuevas especies de dinosaurios, mejor —aunque ensamblaran esqueletos de animales que no se correspondían—, y tiene reverberaciones de la violencia al más puro estilo de Sam Peckinpah. ¿En qué referencias reales y ficcionales del wéstern se ha basado para escribir el libro? La coincidencia con el nombre del protagonista de Bailando con lobos es casual; en cuanto al relato sobre la expedición Drummond a Utah, sí es cierto que se basa en los trabajos de Cope y Marsh, que ya habían inspirado alguna otra obra de ficción. Al margen de eso, para

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escribir Basilisco he recurrido tanto a la documentación histórica como a los recuerdos y sensaciones de alguien que es aficionado al wéstern desde la infancia. Una de las dificultades, a mi entender, de escribir narrativa del Oeste es que, te guste o no, vas a ser intertextual: tu referencia no va a ser tanto la realidad como una infinidad de narraciones previas. Es así porque los lectores tienen muy claro lo que pueden esperar de un wéstern. Lo malo es que eso que se esperan —situaciones, paisajes, personajes…— no se dio en la realidad, o lo hizo de forma esporádica y sin ninguna épica. Así que si se escribe género wéstern nutriéndose tan sólo de fuentes históricas se puede desconcertar demasiado al lector, o parecer rebuscado y extravagante. Por eso me apoyé tanto en la historia como en las ficciones. El personaje autoficcional del ingeniero de mediana edad en crisis existencial que viaja a Estados Unidos en busca del sentido de la vida se repite en este libro. Incluso cava una especie de túnel en una cueva. ¿Es este un alter ego de Jon Bilbao o un espejo del personaje Dunbar? ¿Seguirá apareciendo en sus siguientes obras? ¿Acabará por ponerle nombre? Ese personaje ha aparecido en varios relatos previos, publicados en otras colecciones. Me siento cómodo hablando a través de él y, con los años, le he ido prestando rasgos biográficos, así que se ha convertido —o está en proceso de convertirse— en un trasunto de mí. No obstante, Basilisco no es un libro autobiográfico. Y sí, ese personaje reaparecerá y tendrá nombre. Aparecen los miedos personales, como el temor de la espada de Damocles sobre la hija propia o la soledad dentro de la pareja… ¿De qué ha querido hablar en su obra? Se podría decir que es un libro sobre los miedos que surgen en la mediana edad y las fantasías generadas por tales miedos, unas fantasías en las que te ves como te gustaría ser. No creo que haya nada malo en ello, siempre que uno no se lleve a engaño creyendo posibles unas fantasías que en realidad son irrealizables. Pensar así sólo conduce a la frustración. Además, podemos hacer daño a los que nos rodean si nos da por pensar que son ellos los que nos impiden la materialización de unos sueños descabellados.

El libro establece un juego para confundir ficción y realidad, impregnándose ambas de la otra en algún momento de la obra. ¿Literatura y vida son lo mismo? Por supuesto que no. La literatura se nutre de la vida y puede ayudarnos a comprenderla un poco y a sobrellevarla, pero confundirlas puede ser muy perjudicial. La estructura del libro son ocho relatos independientes de final cerrado que entrelaza ficción y realidad, pasado y presente, y sin embargo la lectura fluye como si la estructura no fuera tan rígida; se nota que lo ha pasado bien escribiéndolo. ¿Lo enfocó como una novela o como una compilación de relatos? Háblenos del proceso de creación de la obra. En estos momentos, por mis circunstancias familiares y profesionales no puedo plantearme la escritura de una novela: trabajar con regularidad a lo largo de varios años en una misma idea. Lo que sí puedo hacer es encontrar el tiempo y la energía para escribir relatos. Pero el formato breve se me quedaba escaso para la idea que tenía en mente, así que recurrí a algo intermedio: relatos autoconclusivos pero relacionados entre sí, lo que me permitía un mayor desarrollo de los personajes y de la trama.

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Entrevista a Javier Morales Texto: Álex Chico Fotografía: Isabel Wagemann ©

La moneda de Carver es, quizás, el mejor libro de Javier Morales desde que comenzara a publicar hace ya más de diez años. En él vuelca buena parte de sus obsesiones literarias: la infancia, la memoria, el territorio hostil, la biografía o el viaje. Ocho relatos que, como diría Javier Goñi, son capaces de contener toda una vida. Morales amplía su universo narrativo a partir de varias piezas mínimas que nos hablan del deseo y la escritura, o del fracaso y las ilusiones perdidas. Como ya sucedía en sus libros anteriores, el autor extremeño posee la habilidad de prolongar nuestra lectura más allá de la última página.

En el primer relato, «El tiempo del tabaco», vuelves a uno de los escenarios que más han aparecido en tus obras, especialmente en la novela Pequeñas biografías por encargo. Me refiero a las plantaciones de tabaco del norte de Extremadura. ¿Dirías que es uno de tus universos literarios más recurrentes? ¿Qué supone para ti ese mundo ya en extinción? Creo que la infancia no sólo es nuestra patria, que diría Rilke, sino también donde se cuece gran parte de lo que llegamos a ser de adultos, donde se dan las experiencias que nos marcan de verdad. La verdad es que no hay ninguna nostalgia de ese mundo de mi infancia. No lo echo de menos, todo lo contrario. Durante algunos años, coincidiendo con el paso de la niñez a la adolescencia, me pasé todos los veranos trabajando en una plantación de tabaco para ayudar a la economía familiar. Para que, entre otras cosas, yo pudiera ir a la universidad. No había otra manera de salir adelante y yo era consciente de nuestra situación, pero a la vez envidaba a mis amigos, quienes, aun siendo hijos de trabajadores, sí que podían disfrutar de las vacaciones, de esa relación despreocupada con el tiempo y la vida. Nos levantábamos al amanecer y regresábamos de noche, exhaustos y sucios. Para colmo la plantación ni siquiera

era de mis padres, sino de un terrateniente y, a pesar de mi corta edad, para entonces ya tenía una conciencia de clase. Había una mezcla de frustración y rebeldía. Fueron pocos años, pero en una edad determinante. Y la única manera que he encontrado de liberarme de ese «peso» del pasado es trasladándolo a lo que escribo. Esas plantaciones de tabaco son el escenario de un paisaje familiar, porque forman parte de tu propia vida. ¿Cómo manejas esa delgada línea entre ficción y biografía personal? Yo creo, como aseguraba Joyce, que todo lo que escribimos es autobiográfico. Da igual que hablemos de gnomos, de fantasmas o de un episodio concreto que hayamos vivido. En mi caso, no me veo como un escritor con una gran imaginación o inventiva para construir tramas elaboradas, de modo que siempre suelo inspirarme en situaciones reales, propias o ajenas. Por otro

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Entrevista a Javier Morales

lado, confieso que no me importa demasiado esa frontera entre la ficción y lo real. Las fronteras literarias, como las que separan los países y las personas, deberían desaparecer. ¿Lo que narraba Homero era real? En mi opinión, lo importante es que haya una verdad detrás de lo que contamos. El escenario, sea una pequeña ciudad de provincias, un pueblo o un barrio periférico de una gran urbe, vuelve a cobrar una cierta importancia a la hora de configurar el carácter de los personajes que viven en él. ¿El territorio es fundamental para entender por qué somos como somos o es sólo un escenario colateral? Sin duda el territorio es fundamental para entender lo que somos y cómo hemos llegado a serlo. Precisamente tú eres uno de los autores actuales que más han trabajado y reflexionado sobre esa noción del lugar, desde el que nos construimos, desde donde alzamos nuestras ruinas y al que de alguna manera regresamos aunque estemos lejos o viajemos por el mundo. Como la familia o esas experiencias de infancia de la que hablábamos antes, el territorio forma parte de nuestro paisaje emocional, la semilla de lo que seremos. Y a medida que pasan los años, te das cuenta de que la verdadera patria, por decirlo de alguna manera, son esos paisajes de infancia. Hay varios recursos literarios que sueles emplear en tus cuentos. Principalmente la analogía y la elipsis. ¿Dirías que son dos de las herramientas fundamentales para afrontar tus textos? Creo que más la elipsis que la analogía. La elipsis me parece fundamental en la literatura, no sólo en los cuentos. Decía John Berger que dibujar es aprender a borrar. Siempre es más importante lo que dejamos fuera. En ese sentido, creo que la escritura tiene mucha conexión con la pintura o la música, donde los silencios son fundamentales. Si hay una autora que ha manejado con maestría la elipsis es Marguerite Duras, un recurso por otro lado muy presente en la literatura francesa. Y por supuesto la elipsis es imprescindible en un buen cuento, donde uno busca la complicidad con lectores activos que participen de alguna manera de la historia. En ese sentido, me interesa mucho lo que comenta Eloy Tizón de tus cuentos, cuando habla de esa estética de la interrupción que existe en tus relatos. No sé si estás de acuerdo…

Eloy no sólo es uno de los grandes cuentistas en español de la actualidad, también es un gran lector, apasionado y brillante, en la estela de maestros como Borges. No podría estar en desacuerdo con él [ríe]. Y sí, es una estética presente en buena parte de mis relatos, con la que he tratado de buscar más que un momento epifánico (un recurso del que se ha abusado muchísimo en el cuento actual) un efecto sobre el lector, una especie de ruptura que lo incitara a seguir con la historia en su cabeza después de haber terminado de leerla. Al inicio del relato «La moneda de Carver» escribes: «Como no me gustan los discursos, voy a contar una historia». Parece una declaración de intenciones, que cuadra bastante bien con otros cuentos y buena parte de tus libros anteriores. Si no hay una buena historia, ¿el relato se resiente? ¿A qué concedes más importancia: al contenido o a la forma? Creo que este es mi libro más «metaliterario». Pero a mí la metaliteratura sólo me interesa si es para añadir algo a una historia. El comienzo del cuento que citas es un homenaje a otro de John Berger, «La era de los cosmonautas», incluido en Una vez en Europa: «Si se pudiera dar un nombre a todo lo que sucede, sobrarían las historias. Tal y como son aquí las cosas, la vida suele superar a nuestro vocabulario. Falta una palabra, y entonces hay que contar una historia». Es una idea que parte de la paradoja de que el lenguaje es insuficiente para nombrarlo todo, pero a la vez es necesario para armar una historia. Algo parecido a lo que trata de contarnos Carver (un autor al que admiró mucho Berger, por otro lado) en De qué hablamos cuando hablamos de amor. Creo que el contenido y la forma van de la mano, son inseparables, como el yin y el yan. Para que un texto me atrape tiene que hacerlo no sólo por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta. Y al revés. No me interesan los ejercicios de estilo en la narrativa (otra cosa es la poesía) que dejan de lado la historia. En ese mismo relato nos dices: «Como en la mayoría de los cuentos de Carver, no ocurre nada fuera de lo común, aunque el lector percibe la tensión, la amenaza, desde las primeras líneas». Unido a lo que comentábamos de la elipsis, podría decirse que esta es otra de las características de tus cuentos. Me refiero a una atmósfera de calma inquieta, en donde parece no suceder nada, y sin embargo sabe-

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mos que es inestable, movediza, como a punto de estallar. Este cuento ha querido ser también un homenaje a Carver. Como ocurre con otros maestros, creo que es un autor incomprendido por algunos de quienes lo han emulado y también criticado. Durante años, coincidiendo con el auge del cuento como género, su influencia fue enorme y muchas veces con efectos deformadores. Ahora, algunos autores muy conocidos (sobre todo en Latinoamérica) reniegan de él, como si su huella fuera un defecto, aunque lo cierto es que su impronta en ellos es indiscutible. La literatura es así. Con Carver ha ocurrido algo parecido a lo sucedido con Cortázar, con esa conocida frase malévola (y muy injusta por otro lado) de Aira (un autor al que admiro por otro lado) de que el mejor cuento de Cortázar es un mal Borges. Dicho esto, me encanta que hayas visto esa atmósfera de amenaza en mis relatos. Esa inquietud. La tensión, que la historia transcurra como por una especie de alambre, es fundamental para mí. Al hilo de esta última cuestión, y por citar una vez más el cuento «La moneda de Carver», es interesante la idea con la que concluyes: «... tengo la certeza de que mis historias no dejan de ser colaterales, secundarias y absolutamente prescindibles». No sé si puede funcionar como poética propia… Sin duda. Obviamente la narradora y escritora de esa historia no soy yo y su vida no tiene nada que ver con la mía, pero comparto su propuesta estética. Creo que los escritores nos damos demasiada importancia. En realidad, son muy pocos quienes llegan a formar parte del panteón literario. En este sentido, la literatura no deja de tener un componente aristocrático, ¿no? El mundo sería el mismo sin la mayoría de los libros que escribimos. Es así. Si escribimos es más por nosotros mismos, por nuestra necesidad, que porque la sociedad los necesite. Sobre todo hoy, cuando la mayoría de las historias llegan por otros formatos, como las series de televisión. He conocido a autores muy, muy mediocres que se creen algo así como dioses, bien porque venden mucho y se sienten avalados por su fama, o bien porque se refugian en una especie de victimismo de las minorías, que también existe. En todo caso, la literatura no tiene nada que ver con el mercado literario. Y sí, la mayoría de nuestras historias son prescindibles. Si alguien tiene poco tiempo para leer y le interesan los cuentos, que lea a Borges o a Alice Munro y pase de mi libro.

En los cuentos que integran este libro, así como en tu obra más reciente, se percibe un mayor interés por otras artes y otros modos de escritura, más allá de la novela y el cuento. Por ejemplo, la importancia que le concedes a la poesía. Uno de los relatos más bellos del libro, «Viaje a la Ciudad Blanca» está dedicado, precisamente, a la vida de un poeta, Ángel Campos Pámpano. Sí, eso que dices es cierto. Por un lado, creo que, dentro de sus propias limitaciones, un autor tiene que evolucionar, buscar nuevas maneras de contar y de narrar. Y en mi caso, esa búsqueda pasa, creo, por la necesidad de tender puentes entre diferentes géneros y expresiones artísticas. Sobre la poesía, diría que he sido un lector tardío. Como lector mis géneros de referencia siempre habían sido la narrativa y el ensayo. El descubrimiento de la poesía, tengo que decirlo, vino por el contacto con algunos poetas amigos. Por varas vías, me pusieron en la pista de Ángel Campos Pámpano. Hoy es uno de mis poetas de referencia y cuando murió prematuramente sentí la necesidad de escribir una biografía, un género que me apasiona. El proyecto, como me sucede a veces, no cuajó, pero sí salió este cuento del que hablas. En ese sentido, cobra mucha importancia también la pintura, sobre todo en el relato «Habitación de hotel», con Hopper en primer plano. ¿El arte, desde la literatura hasta la pintura, es una excusa de vida para los personajes? ¿Una forma de «defensa contra las ofensas de la vida», como escribió Pavese? Totalmente de acuerdo. El arte, la literatura, no sirven para nada, pero a la vez son necesarios, imprescindibles. El día que dejemos de expresar nuestra fragilidad a través del arte, dejaremos de ser humanos. Tal vez ese día no esté muy lejos, no sé, pero de momento es lo único que tenemos para protegernos de la intemperie, para cobijarnos. Aparte de un diálogo con otras expresiones artísticas en general, como tú mismo señalabas antes, Hopper está presente en la atmósfera de muchos de mis cuentos. Me gusta mucho la definición que hace del realismo, no como una copia de la realidad, sino como una interpretación de la realidad. Es lo que yo mismo trato de hacer. Escribir para entender y explicarme la realidad que me rodea. Cito de nuevo el cuento «Viaje a la Ciudad Blanca». Es evidente que un relato es

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Entrevista a Javier Morales

autónomo y no debemos caer en el típico error de pensar que detrás de esas piezas breves se esconde una novela. Sin embargo, no puedo evitar juzgar así ese cuento, como el embrión de una novela río, al estilo de El Danubio, de Claudio Magris, sólo que con el río Tajo como hilo conductor… Este cuento, junto a «La moneda de Carver» y «Gayga», que forman la parte central del libro, lo planteé como parte de ese bloque, en el que narro entre la realidad y la ficción momentos en la vida de tres autores que por razones personales y biográficas fueron importantes en mi vida y que, desgraciadamente, murieron en la plenitud de sus trayectorias. Pero es verdad lo que señalas. Samuel, el narrador de «Viaje a la Ciudad Blanca», habla en un momento dado de que ha escrito un libro sobre el Tajo parecido a El Danubio. Y ahí quien habla realmente, con matices, soy yo. Escribir un libro sobre el Tajo es un viejo proyecto que tengo entre manos y que espero concluir algún día. Los ríos me han entusiasmado desde niño y eso que dices de la novela río es cierto. Y ya que antes hablábamos de libros imprescindibles, creo que El Danubio estaría entre ellos. Lo mejor de la literatura actual le debe mucho a esta novela híbrida, mezcla de varios géneros. Antes comentábamos que uno de tus grandes temas es la infancia. Añadiría ahora dos asuntos esenciales más: la biografía y el viaje, sobre todo si pienso en relatos como «Gayga». ¿Son dos de tus obsesiones principales?, ¿dos motores de arranque que dan pie a tu escritura? Como te comentaba, la biografía es un género que me apasiona desde niño. Me interesa mucho esa mezcla que se da entre el ensayo, el periodismo, la narrativa… El biógrafo ha de crear un personaje fruto de una investigación. Salvando las distancias, el proceso es parecido a crear un personaje de ficción. Algunas biografías, como las de Samuel Johnson de Boswell o la de Ellmann sobre Joyce, por citar algunas, creo que forman parte de lo más logrado de la literatura universal. Esa actitud del biógrafo he intentado trasladarla a algunas de las cosas que he escrito, con mayor o menor acierto, supongo. Siempre tengo en la cabeza las Vidas imaginarias, de Marcel Schwob, un libro que tanto influyó en Borges. Respecto al viaje, te diré que cuando era joven soñaba con ser un gran viajero, como Bowles. La literatura occidental viene en gran parte de la odisea de Ulises. La vida, por distintas causas, te pone en tu sitio

y lo cierto es que he viajado poco. Y ahora la noción del viaje que tengo ha cambiado. Lo concibo más como un viaje interior. No son necesarios los grandes trayectos. Uno puede viajar sin salir de casa. La última parte del libro, «Nuevas miradas», parece romper el tono y la estructura de los relatos anteriores. Me preguntaba si es deliberado o si el libro es el resultado de una escritura en diferentes momentos vitales. Es sabido que no es lo mismo un libro de cuentos que un libro con cuentos. Yo he tratado de hacer lo segundo, un libro con cuentos, en los que haya una conexión más o menos deliberada. Me interesa mucho el orden que siguen los relatos en un libro, cómo lo estructura el autor. Los cuentos que mencionas de la última parte fueron escritos en distintos momentos de mi vida, pero los agrupé porque me di cuenta de que en ellos había una relación, tal vez incluso inconsciente cuando los escribí. Vi en ellos un diálogo con la escritura, con la pintura, con otros cuentos de maestros, como «La dama y el perrito» o «El nadador», y pensé que podían funcionar dentro de un mismo bloque. Tu escritura ha transitado por territorios diversos, desde el cuento a la novela, pasando por el ensayo biográfico, la crónica o la crítica literaria. Has ido basculando por diferentes géneros. No sé si percibes, en la literatura actual, una escritura más mestiza y heterogénea y si tus nuevos proyectos se encaminan hacia una forma de decir mucho más multidisciplinar, no encasillada en un compartimento estanco. Ese mestizaje que mencionas es uno de los aspectos que más me interesan de la literatura actual. No es que sea algo nuevo, aquí hemos mencionado a Borges, Magris o Berger, pero sí que ha dejado de ser algo marginal para convertirse en una tendencia, creo. Una tendencia con la que me siento identificado, aunque obviamente no todo lo que se escribe desde esta óptica vale. Lo importante es lo que contamos y cómo lo contamos, da igual el género, ¿no? Creo que la literatura híbrida o anfibia es una forma de narrar más acorde con los tiempos que vivimos, que nos conectan mejor con la complejidad de nuestra realidad. Para mí la literatura es algo más que una diversión, es un intento de comprender y de explicar el mundo. Y el mundo, por suerte, no es un compartimento estanco aunque algunos se empeñen en construir muros.

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Lecturas para una vida

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes José María Merino – 12

Celia en la revolución, de Elena Fortún Clara Obligado – 14

Meditaciones, de Marco Aurelio Manuel Borrás – 16

Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas Iván Alonso – 18

The Waste Land and Other Poems, de T. S. Eliot Jordi Doce – 20

El mono gramático, de Octavio Paz Vicente Luis Mora – 22

Y eso fue lo que pasó, de Natalia Ginzburg Elsa Veiga – 24

Ficciones, de Jorge Luis Borges Javier Argüello – 26

Baroni: un viaje, de Sergio Chejfec Jorge Carrión – 28

Las mil y una noches

Sara Jaramillo Klinkert – 30

Herrumbrosas lanzas, de Juan Benet Andreu Navarra – 32

Up The Line to Death (Antología) Ben Clark – 34

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El cielo raso

Mi novela preferida El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha Miguel de Cervantes Saavedra

Por José María Merino De niño y adolescente, mi casa familiar abundaba en referencias quijotescas. Un Quijote y un Sancho Panza de madera posando muy tiesos en una librería; otro Quijote que todavía conservo, con figuras grandes y de bronce, el caballero agrediendo intrépidamente al molino; ilustraciones enmarcadas con escenas del libro; la edición ilustrada por Daniel Urrabieta Vierge —que perecería como consecuencia de una inundación...—. Mi padre era un entusiasta del Quijote y me lo contaba desde que yo era muy pequeño, pero aquel supuesto héroe al que siempre zurraban, cortaban una oreja o partían los dientes, no me parecía un héroe, la verdad. Yo no podía comprender cómo mi buen padre podía admirarlo. Apenas leí una edición infantil que me regalaron, porque me pareció lo más soso del mundo. Pero como en mi casa había muchos libros —mi padre decía que los libros eran «la mayor riqueza»—, leí bastantes juveniles, empezando por Heidi cuando era muy niño, que me deslumbró, y siempre he dicho que en él conocí la primera ficción sobre «la nostalgia del Paraíso», y otros libros inolvidables como Las aventuras de Tom Sawyer, Las aventuras de Hukleberry Finn, los de Guillermo Brown, La vuelta al mundo en ochenta días, La isla del tesoro... Y conforme fui haciéndome mayor descubrí a Alexander Pushkin —La hija del capitán—; Charles Dickens —Los papeles póstumos del club Pickwick—; Pérez Galdós —La desheredada—; Rudyard Kipling —Kim de la India—; Gustave Flaubert —Madame Bovary—; Herman Melville —Moby Dick—...

Cito precisamente todos esos libros porque cuando de verdad leí el Quijote por primera vez —en mi primer o segundo curso de Derecho, en Madrid— no sólo me pareció espléndido, sino que descubrí que su espíritu y su forma estaban en todas aquellas novelas que he citado, leídas de niño y de adolescente, como estaban en la magnífica película Centauros del desierto —siempre me encantó John Ford, hasta cuando cayó en desgracia para ciertos cinéfilos progres...— ¡y en los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín y de Batman y Robin! Y también comprendí que Tartarín de Tarascón de Alphonse Daudet, cuyos textos se utilizaban con poco provecho en las clases de francés del bachillerato, era un claro homenaje... La lectura del Quijote ha sido para mí recurrente. Lo habré leído «a fondo» unas siete veces, e incluso con los años he escrito un libro titulado A través del Quijote, que es un homenaje con aire de novela, ensayo y libro de cuentos... y en el que no olvido al del turbio Avellaneda, sin cuya maniobra el Quijote verdadero no sería lo que es: la obra más importante de la historia de la literatura, no sólo por todo lo que construye — ese narrador en primera persona que actúa ya desde el prólogo; el juego «metaliterario» de que en la segunda parte los personajes sepan que sus aventuras ya están publicadas; el humor «inaugural» que lo impregna; el «doble» incorporado a la historia...— sino por su sentido profundo. El Quijote trata de los deseos fundamentales de los seres humanos, que pueden alucinarnos. Como digo en mi libro quijotesco, el Quijote es una cadena de alucinaciones recurrentes... Dejando aparte a don Qui-

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jote, que vive la alucinación sin reservas, Sancho, por ejemplo, acaba entrando en ella y llega a pensar que podrá ser rey de Micomicón para vender como esclavos a sus súbditos... Y muchos personajes de las novelas incrustadas en el libro son presa de graves delirios: ese Grisóstomo acosador de Marcela, que acaba suicidándose por el desdén de ella; ese Cardenio a quien le entra la locura montaraz y se dedica a agredir a los pacíficos pastores; Anselmo en el delirio de pretender que su amigo Lotario seduzca a su mujer Camila...

Pero, además, ¿es que el bachiller Sansón Carrasco no está desvariando caballerescamente en su empeño de derrotar a don Quijote y hacerlo volver a la aldea? Y si seguimos con sueños absurdos, el cura, tan razonable, está alucinando cuando piensa disfrazarse de dama para ir a rescatar a don Quijote de Sierra Morena, o los duques están bastante pirados, con la que montan para reírse del caballero y del escudero, o Altisidora, a quien los rechazos de don Quijote también le hacen ofuscarse, o doña Rodríguez, convencida de que, como don Quijote, está viviendo una verdadera historia novelesca... La Zoraida que viene con el cautivo leonés es otra alucinada por la fe cristiana, como el morisco Ricote, en su loca aventura en busca del tesoro, o su hija Ana Félix, disfrazada de hombre, que ha dejado a su enamorado Gregorio en Berbería disfrazado de mujer... Hasta don Antonio Moreno, el de la cabeza encantada, protagoniza un sueño peculiar. Ese sueño profundo, casi siempre secreto, estructural de lo que somos, tan cargado de esperanzas a veces absurdas, es la materia sustantiva del libro... y ninguna ficción ha expuesto con tanta gracia el contenido de esa materia cargada de quimeras que constituye una pieza básica de nuestro «pensamiento simbólico». Hay muchos libros que me han entusiasmado, de Fortunata y Jacinta a Mientras agonizo; de La montaña mágica a Cien años de soledad; de Orgullo y prejuicio a La saga-fuga de J. B.; de Niebla a ciertas novelas de ficción científica de Isaac Asimov y otros; de Drácula y Frankenstein a los Cuentos de Chéjov o Cortázar... Pero existiendo el Quijote, para mí no puede haber dudas... ¡Feliz cumpleaños, QUIMERA!

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Crecer o morir Celia en la revolución Elena Fortún

Por Clara Obligado Resulta difícil elegir el libro que nos ha impresionado más. Si pudiera ampliar el concepto, señalaría a un personaje, Celia, y una saga infantil con tapa dura que publicaba Aguilar. Me veo leyéndola con siete años, en los veranos en la pampa, fascinada por las aventuras de este auténtico bildungsroman, y las vivencias de Celia, escritas treinta años antes y en otro país, se me hacían próximas. Me veo creciendo a la par, imaginando sentidos para palabras que no entendía. Me veo con un infantil deseo de independencia. Su familia similar a la mía, la educación severa y distante. Me veo pensando, como ella, «que los mayores no comprenden nada de lo que los niños piensan o hacen». Me veo riéndome con sus diálogos y juegos de palabras. Entonces yo ignoraba la vida de la autora. Era Celia, de Elena Fortún. Elena Fortún, seudónimo de Encarnación Aragoneses, nació en Madrid en 1886 y murió en Madrid, en 1952. Republicana y anticlerical, nunca militó en un partido, se casó con un militar, perteneció al Círculo Sáfico y, durante la guerra, tuvo que exilarse en Buenos Aires. Borges la ayudó a conseguir un trabajo y fue amiga de intelectuales de la otra orilla. Era una mujer independiente, de ideas avanzadas, pero la rodeó la desgracia: no sólo la guerra y el exilio, sino también

la muerte de su hijo pequeño, el suicidio de su marido y, más tarde, el suicidio de su hijo mayor. Cuando regresó a España, abandonó sus ideales, se convirtió al catolicismo y hasta Celia, en los últimos volúmenes, abandonó la rebeldía para situarse en el único espacio permitido por el franquismo: el de la mujer casada y tradicional. La historia de Celia es análoga a la historia de Jo, el célebre personaje de Mujercitas, obligada a casarse por la presión social, y es una historia triste, habla de una derrota, de un sometimiento y de una involución. Pero sólo la comprendí cabalmente de mayor, ya en España, cuando leí los últimos volúmenes, Celia madrecita y Celia institutriz, donde Elena Fortún narraba su exilio y se quejaba del idioma de los argentinos. Yo también me había quejado, años atrás, del idioma de los españoles, y me vi en ese espejo. Pero no comprendí cabalmente a Celia hasta que leí el título que voy a elegir: Celia en la revolución. Celia en la revolución nos sitúa en la Guerra Civil y, desde la voz de una Celia de quince años, narra el sitio de Madrid con una mirada objetiva y desgarradora. No es ya una niña díscola, sino una adolescente huérfana de madre, con un padre republicano y un tío de la falange. La barbarie de una guerra se reparte a diestra y siniestra y Celia se hace cargo de la descripción más dura que he leído sobre la contienda. No habla de

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las dos Españas, sino de una tercera, la de los que, simplemente, padecían la violencia. Así se despliega ante nuestros ojos un documento único, próximo a la crónica o al reportaje, el efecto de una guerra sobre unos niños obligados a crecer o morir. Andrés Trapiello, en su prólogo a la edición de Renacimiento, dice que Elena Fortún cuenta «a la chita callando» la mejor historia de este período. Creo que no es así del todo. Elena Fortún representa, en carne viva, el dolor del conflicto. Es una persona vencida que mostrará la monstruosa involución que supuso para las mujeres la implantación del franquismo. No calló, la hicieron callar; parte de su obra fue prohibida, tuvo que exilarse, abandonó sus sueños y se dio por vencida. Celia en la revolución fue escrita en 1943 y se editó en 1987. Reeditada en 2016, no ha logrado aún la circulación que merece. Frente a este texto, por momentos brutal, pensé, como Celia, que nuestro mundo de adultos seguía siendo absurdo. Un día, paseando por mi barrio, descubrí que Elena Fortún había vivido donde yo vivía ahora, en el barrio de las Letras, seguíamos unidas en esa distancia donde el tiempo ya no importa. Habíamos padecido el exilio, pero en el sentido inverso, y sus emociones seguían siendo las mías. Elena Fortún, la escritora que me acompañó en la infancia, fue vencida por la barbarie; en torno a ella no hay más que dolor.

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Clásico Meditaciones Marco Aurelio

Por Manuel Borrás Pocas veces reflexionamos los lectores sobre cuáles fueron las razones que nos animaron a leer. Como he hecho de la lectura parte de mi vida, no he tenido más remedio que ir preguntándome a lo largo de los años por qué leía, si la lectura me servía de algo. La pregunta que me planteaba una y otra vez era la de si leer me hacía mejor persona y también mejor ciudadano. No hay nada que me haya acercado más a los otros, al contrario de lo que suele pensarse, que la lectura. Eso de que leer nos aísla, nos segrega de la comunidad son zarandajas, argumentos propios de los que temen la cultura y, en consecuencia, la desprecian. Leer nos da la medida del mundo a partir de nuestra propia escala y nos permite así no perder la conciencia de la existencia de nuestro prójimo. Cuando yo era niño, mi madre fue quien me inculcó la posibilidad de viajar a territorios inusitados, de conversar con personajes, remotos ya en el tiempo, incluso con los inertes, a través de la gozosa travesía por los libros. La lectura para mí, al contrario de lo que se cree, es un modo de que salgamos de nosotros mismos, de reivindicar nuestra libertad y la de los otros. Al leer convocamos a la soledad y al silencio. Nunca como una muralla contra los otros, sino como vía de acceso a lo que se encuentra más allá de nosotros. Se me pide que elija un libro entre aquellos que me han enseñado a vivir. Son tantos que se me hace harto difícil —y más siendo editor— la elección de uno solo. Bastante a mi pesar, dejaré al margen el que para mí es el libro de los libros por ese insano prurito de querer evitar la coincidencia con otros de los convocados a esta celebración de la milagrosa supervivencia de la benemérita Quimera. Voy a dejar de lado el libro de los solitarios por antonomasia, El Quijote. Pero tampoco podía no citarlo.

Desde mi más temprana juventud, uno de mis libros de cabecera, junto a las Confesiones de San Agustín, ha sido las Meditaciones de Marco Aurelio. Su lectura, y la de otros estoicos, entre los que ocupa un lugar prioritario Séneca, me ha servido de guía y ha contribuido mucho a conformar mi actual concepción de la vida. Una lectura, por cierto, que se vio fortalecida por mi posterior conocimiento de los textos zambranianos sobre el estoicismo español, en concreto los recogidos en su El pensamiento vivo de Séneca. Los estoicos vienen a decirnos que todo individuo puede ser superior a su circunstancia. Nos animan a superar la circunstancia, a resolver en esta existencia, no en otra, por muy atractiva que esa otra sea, asuntos cuya resolución solemos diferir acomodaticiamente a una instancia superior a fin de eludir nuestra responsabilidad ética en esta vida. En un mundo como en el que vivimos, donde todo vale, nuestros amigos los estoicos tienen todavía muchas cosas que decirnos. Y una de ellas es que el hombre está en el origen de su propio pensar. ¿Y por qué las Meditaciones de Marco Aurelio? Pues porque es el libro, en su sentido más lato, de un clásico, de aquel que, incluso desde la distancia del tiempo, cuando nos habla de sí mismo está hablándonos también de todos nosotros. Los clásicos siempre nos esperan debido a que se encuentran más allá del tiempo en que los escribieron. El tiempo queda abolido en ellos. Los clásicos, en suma, nos esperan siempre mañana, representan todo lo que no es pasado, lo que aún no se ha consumado, y nos ejercitan en el aprendizaje de saber para qué hemos venido. Los clásicos no se adaptan a ninguna época, están muy por encima de las modas, nos enseñan a no pertenecer al tiempo. De ahí que de Marco Aurelio aprendiera a afirmar en mí la virtud de la paciencia, a saber esperar con sosiego y a aceptar que nadie pierde más vida que la que vive, ni vive más que la que pierde. Empezar a aceptar eso es empezar a aceptar que aquí estamos en tránsito. ¿Adónde? No hace falta saberlo, y ese no saber nos obliga a vivir la vida como nos viene dada sin pedir nada a cambio, sin edificar castillos en la arena. Hay que aprender a dar las gracias y, quizás, cuando hayamos aprendido esa dificilísima lección podamos partir sin temor, aceptando el tránsito que con generosidad o crueldad la vida nos asigna. El pensador romano nos recuerda que la muerte no es sólo acción de la naturaleza, sino acción también útil a la naturaleza. Quizá lo que cada uno de nosotros estemos haciendo sea simplemente volver al punto de partida una vez hayamos

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reconocido quiénes somos e, insisto, hayamos sabido para qué hemos venido. En líneas generales, los filósofos romanos no fueron tan dados a la especulación y a la teoría como sus antecesores griegos. En los romanos hay una mayor preocupación por lo cercano y lo inmediato, por nuestra cotidianidad. Son ellos los que nos acercan, nos hacen próximos a quienes parecían lejanos, nos ponen al alcance de la mano cosas que se nos antojaban inasibles y que en el fondo son mucho más asequibles de lo que nos hace creer el pensamiento especulativo. En el fondo, aportan a la filosofía un aliento humano y humanizado por contraste a la deshumanización rampante de gran parte de la filosofía actual. Yo pertenecí a una generación que se creía alternativa, que buscaba en su ensimismamiento la consecución de su libertad, el reconocimiento de su identidad o de su diferencia y la obtención de no se sabe qué utopía, ignorando los desastres que acarreó toda utopía. Marco Aurelio me ayudó a rectificar señalándome que buscamos retiros de toda naturaleza para evitarnos el retiro esencial, ese que requiere sólo de nosotros mismos. En fin, uno debe aprender a retirarse en sí mismo. Deberíamos aprender a recogernos en nosotros mismos, a estar con nosotros en silencio y soledad, a aceptarnos como los seres singulares que somos. Nuestra singularidad, además, es la que hace la aceptación del otro imprescindible. Algo por cierto que nos hubiera ayudado mucho en las circunstancias pasadas de confinamiento obligado por la actual pandemia. Hoy se apuñala con impunidad —y para nuestra desgracia, no faltan filósofos y teólogos que contribuyan a ello— a la ética. Muchos de aquellos que dicen defenderla a ultranza son los primeros en apartarla del horizonte de sus vidas. Son quienes contribuyen al escepticismo ambiente. Una lacra que podemos conjurar si tenemos a mano a tiempo a un estoico de la altura moral de un Marco Aurelio. De alguien que nos hace preguntarnos si nos complacemos a nosotros mismos cuando nos arrepentimos de casi todo lo que hacemos. «Cuida de no experimentar con los hombres inhumanos algo parecido a lo que éstos experimentan respecto a los hombres.» Creo que este consejo no puede ser más clarividente y oportuno para oponernos a las actitudes poco virtuosas de muchos de nuestros coetáneos.

Nos dice también el emperador filósofo: «Es ridículo no intentar evitar tu propia maldad, lo cual es posible, y, en cambio, intentar evitar la de los demás, lo cual es imposible». Enorme verdad, irrefutable pensamiento que pone en evidencia la moral de nuestra época y de muchos falsos virtuosos. Ser un escéptico hoy es lo más fácil; lo difícil, pues parece que se raye en la impertinencia, es ser un optimista. Yo lo soy por educación y, creo, por naturaleza. Marco Aurelio nos decía que nadie nos impedirá vivir según nuestra propia naturaleza; que nada nos ocurrirá contra la razón de la naturaleza común. Quien se desoye a sí mismo y contradice su realidad natural está cometiendo un agravio con los otros, con el prójimo, al violentar la naturaleza que nos es común a todos. Y eso suele ocurrir siempre por pecado de arrogancia. Si uno, en cambio, es capaz de contener su arrogancia podrá estar por encima del placer y del dolor. «Podría ni siquiera irritarse con insensatos y desagradecidos; incluso más, podría preocuparse de ellos.» El que no sabe lo que es el mundo, no sabe dónde está, nos recordaba el estoico, porque los hombres han nacido unos para los otros. Instrúyelos o sopórtalos. Nuestro reto radica en instruirlos, en entregarles lo mejor de nosotros, en compartir con ellos aquello que nos es más caro: la vida. La educación merece que volquemos en ella lo más valioso que tenemos, en caso contrario tendremos que soportar las consecuencias de la falta de cultura, del cerrilismo transfundido por inhibición. ¿Se complace a sí mismo el hombre que se arrepiente de casi todo lo que hace? Y para concluir, Marco Aurelio nos dice: «El que teme la muerte, o teme la insensibilidad u otra sensación. Pero si ya no percibes la sensibilidad, tampoco percibirás ningún mal. Y si adquieres una sensibilidad distinta, serás un ser indiferente y no cesarás de vivir». En fin, como buen estoico nos enseñó que debemos estar por encima de las emociones; debemos evitar, en la medida de nuestras posibilidades, la alegría y la pena, y de ese modo fortalecernos y hacernos amos de la fortuna, sea esta buena o mala. El único interés del hombre debe ser la virtud y el deber; si sabemos ser dueños de nosotros mismos, nunca seremos esclavos de nada ni de nadie. Hay libros que nos ayudan a matar el tiempo, a distraer la vida, mientras que otros nos ayudan a vivir, a ser mejores personas y a aceptar la realidad; en el más amplio sentido de la expresión, nos educan. De la naturaleza de estos últimos son las Meditaciones de Marco Aurelio.

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La decisión de D’Artagnan Los tres mosqueteros Alejandro Dumas

Por Iván Alonso No conocía a nadie en París y su estreno en sociedad no puede ser más desastroso: a un importante personaje le ha golpeado su hombro dolorido; a otro le ha dejado en ridículo en público y se ha enredado en los líos de faldas de un tercero. Todos ellos son figuras prominentes en la corte del Rey, y él sólo un recién llegado de provincias sin ningún bien, salvo un escuálido caballo amarillo con el que hacen mofa. Le han citado a duelo a mediodía junto a los Carmelitas Descalzos e intuye que va a morir. El joven se encamina al sitio acordado con los caballeros ofendidos acompañado de negros nubarrones. A pesar de su orgullo, piensa incluso en presentar excusas. Les reconoce que no tiene padrinos que le acompañen y transmite una imagen de desvalimiento y sincero agrado: no es mala persona, pero no tiene experiencia en el mundo y sus formas pueden parecer rudas. Pero a pesar de todo la decisión es firme, van a batirse con la espada y nada puede evitar que crucen los hierros. Quizá el protagonista sea pobre, quizá le hayan robado todo en su largo camino desde su hogar a París, quizá no le quede nada salvo el consejo de su padre, un nombre y un caballo, pero pese a todo va a batirse como un demonio contra esos hombres que le tratan con cierta condescendencia y burla. Entonces ocurre algo sorprendente y maravilloso. Una decisión improvisada que lo cambia todo. Apenas

han resonado los dos aceros entre D’Artagnan y Athos cuando aparecen los guardias del cardenal, quienes persiguen rigurosamente los lances de honor. Y en ese momento, cuando ve a los resueltos mosqueteros dispuestos a enfrentarse a cinco guardias, elige un camino que marcará su vida para siempre. A pesar de que esos tres soldados le han humillado y ofendido, y que estaba a punto de luchar a muerte contra ellos, D’Artagnan intuye que la razón, el bien y la nobleza están de su parte; mientras que los guardias del cardenal sólo parecen unos sicarios sin honor que buscan aprovecharse de su superioridad numérica. «Este solo momento bastó a D’Artagnan para tomar una decisión: era uno de esos momentos que deciden la vida de un hombre, había que elegir entre el rey y el cardenal; hecha la elección, había que perseverar en ella», escribe Alejandro Dumas en el capítulo V de Los tres mosqueteros. Y como un solo hombre, Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan ponen a los esbirros de Richelieu en fuga. Es el inicio de algo más que una amistad. Es el inicio de un mito. Desde que leí este libro en mi adolescencia he pensado mucho en la decisión de D’Artagnan. ¿Por qué si estaba resentido y a pique de pelear con los mosqueteros se pone de su parte?, ¿por qué no aprovechar la oportunidad para huir o incluso vengarse arteramente? Quizá porque D’Artagnan ni es un cobarde, ni está resentido con su aún párvula vida.

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Como les sucede a algunas personas excepcionales, ha visto el mal, pero intuye que el bien es más poderoso, y jamás consentirá que cinco matones se enfrenten a tres soldados profesionales sorprendidos en un descuido. Con su adhesión, el combate está más equilibrado. Puede que los guardias tengan la Ley de su lado, pero el gascón no duda un segundo: quienes quieren aprovecharse de su número no pueden ser el Bien, tienen, por tanto, que ser el Mal. Seguro. Y no se equivoca. Esta decisión de D’Artagnan me ha acompañado a lo largo de mi vida. Casi nunca nos es dado conocer tan claro como en esta fábula dónde anidan los valores positivos y dónde la oscuridad, pero más vale por si acaso apoyar a los que son perseguidos por los rufianes del cardenal por mucho que ciertas leyes, o incluso cierta razón, estén de su parte. Al fin y al cabo, como afirma el joven, «mi corazón lo siente de veras». Quien con ese sentimiento elige leer un libro como Los tres mosqueteros no se equivoca nunca, pese a que Dumas era un viejo zorro tramposo y que en variar las lecturas, leer mucho y ver mucho, al fin, se encuentra el buen gusto. Pero díganme, ¿a qué joven solitario y asustado, recién llegado a la vida de los adultos, no le gustaría conocer a tres fuertes amigos, a tres amigos fieles, con los que aprenderlo todo y servir a su Rey?

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Ciudad irreal The Waste Land and Other Poems T. S. Eliot

Por Jordi Doce Es un libro esbelto, de pequeño formato. La cubierta está un poco apagada por los bordes, pero la tinta azul del título (The Waste Land and Other Poems) resalta con elegancia sobre el fondo color salmón. Es la tercera impresión (1942) de una edición hecha originalmente dos años antes, al comienzo de la guerra. Lo compré en 1989 por libra y media en una librería de viejo de Liverpool y viajó en mi mochila durante las tres semanas de Interrail que nos separaban de casa. Su bajo precio (típico de la colección de Faber & Faber a la que pertenecía, Sesame Books) me hace pensar que fue una edición popular en la época, de la que sigue habiendo muchos ejemplares, y, en efecto, las páginas de respeto abundan en notas escolares hechas por su antiguo dueño. Yo también era o seguía siendo un estudiante, pero aquel librito no fue nunca una lectura obligatoria, sino la imagen misma de la poesía, su enseña más nítida. Y ahí recalaba cada poco no sólo para aprender, sino para cobrar fuerzas y asentar mi vocación, que es como decir quién era o podía ser. Ochenta páginas tan sólo, pero ahí aparecen algunos de los poemas centrales de la modernidad: «The Love Song of J. Alfred Prufrock», «Gerontion», «Marina» y, claro está, «The Waste Land», esa tierra baldía y mítica que ha configurado nuestra forma de

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leer y comprender la ciudad del siglo XX. Concebido como una muestra de Collected Poems. 1909-1935, la selección —asumo que del propio Eliot— es impecable salvo por una tacha: falta «Los hombres huecos» y sobran las cuartetas de «Sweeney entre los ruiseñores», con ese sarcasmo forzado que no tarda en volverse contra su autor. Habría estado bien añadir «Rapsodia de una noche de viento» y «Retrato de una dama», pero no se puede tener todo. Para compensar, hacia el final se incluyen tres de los cinco «Paisajes» que Eliot escribió a principios de la década de 1930 y que tienen mucho de reverso pastoral y onírico de sus «Preludios» de juventud. Ochenta páginas, sí, pero ahí está la poesía más alta del siglo, con permiso de Rilke, Lorca o Ajmátova («pero no hay competencia», como escribiría el mismo Eliot años después). Un estilo a la vez fragmentario y memorable, narrativo y gnómico, capaz de sintetizar una emoción o una idea en versos indelebles gracias al poder de esa imaginación auditiva que gobierna su creatividad. Pocos poetas han legado a sus lectores un arsenal tan opulento de imágenes y aforismos: «Cuando el atardecer se extiende contra el cielo / como un paciente anestesiado sobre la mesa»; «Abril es el mes más cruel»; «He medido mi vida en cucharadas de café»; «Paso las noches leyendo, y en invierno voy al sur»; «un manojo de imágenes rotas

donde el sol bate»; «te mostraré el miedo en un puñado de polvo»; «cada poema un epitafio»; «así termina el mundo / no con una explosión sino con un sollozo»… ¿Debo seguir? Sin embargo, más allá de esta facilidad asombrosa para grabarse en nuestro recuerdo, la poesía de Eliot acoge las inquietudes centrales de su siglo y plasma una versión feroz y precisa, casi quirúrgica, de la carencia de centro y de convicción del sujeto moderno. Ahí comparecen la lucidez y sus hijos, Inacción y Hastío; la ciudad hormigueante de Baudelaire convertida en galería de espejos donde el yo se pierde sin remedio, escindido en mil reflejos; la Babel de lenguas y mitos originarios que conviven bajo el mismo techo celeste; el tiempo cíclico de la naturaleza y la fuerza destructiva del sexo, que nos obligan a morir y regenerarnos casi por decreto; el carro del progreso llevando en procesión al muñeco de trapo de la esterilidad y la ruina ecológica; y todo, en fin, envuelto en una fascinación amorosa por «las mil imágenes sórdidas / de que estaba constituida tu alma». Cien años después de su aparición, la «Unreal City» de Eliot sigue siendo, en gran medida, nuestra ciudad. No hay forma de escapar de ella ni de conjurar su rara belleza. Y cada día que pasa vemos que las palabras que la erigieron se vuelven más reales, más palpables y ciertas, que la sombra de nuestros pasos desorientados.

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Las gramáticas animales El mono gramático Octavio Paz

Por Vicente Luis Mora En torno a 1998 (ya, no lo comenten), uno de mis yos anteriores barajaba diversas ideas locas en la cabeza para escribir; una de ellas era un plan de refundar narrativamente el planeta entero como una especie de ampliación a escala de Madrid; otra consistía en un largo poema que metaforizase la escisión de nuestra subjetividad a partir de la imagen de la Gran Muralla china. Pero, aún joven, me preguntaba si era posible hacer tales cosas, si eran legítimas; me devoraba la idea de si ambos empeños no se opondrían a la idea dominante de «lo literario», porque desde luego esos planes no casaban demasiado bien con la literatura industrial que se hacía en España a finales de los noventa y que tanto daño ha causado (esto lo cuento en otro libro) después. Pero, cuando mayores eran mis dudas, tuve la suerte de leer varios libros, gracias a los cuales me di cuenta de que en la escritura todo era posible. Uno de ellos era Insultos al público, de Peter Handke; otro, Un golpe de dados, de Stéphane Mallarmé, y había algunos más que ahora se me desdibujan, pero quizá el más importante de todos fue El mono gramático, de Octavio Paz, que terminó de dinamitarme la cabeza y limpiarla de polvo epigonal y paja castiza. ¿De qué diantres hablaba ese libro de Paz? El texto toma un punto de partida mítico, el de Hanuman, deidad con forma de mono que, según la tradición hindú, legó

la gramática a los hombres, mito que tiene puntos de contacto con otros similares de otras culturas antiguas. Pero luego el libro se enrosca, se enroca en sí mismo; parece ser un paseo que está dando Octavio Paz hasta un lugar llamado Galta, pero al único lugar al que se llega es al camino mismo, o, quizá mejor expresado, al tejido lingüístico que encarna al sendero. Hay hondas reflexiones sobre el lenguaje en el libro, como corresponde a la obra de un poeta, pero El mono gramático no es un ensayo, ni es un poema. Ni es una novela, ni un cuento, tampoco es exactamente narrativo, aunque narre sucesos; ni tampoco, por supuesto, es una pieza de teatro, una crónica o un conjunto de aforismos. ¿Qué es, entonces? ¿Un híbrido? Pero, en tal caso, ¿qué hibridaría, qué géneros aglutina, emborrona o mezcla esta obra en su crisol? No, tampoco se puede hablar de ella en esos términos. El mono gramático es El mono gramático, y esa tautología revela una lección. Comprendí tres cosas, leyendo el portentoso texto de Paz. La primera es que cada libro debe buscar su forma, que debe ser única —en lo coetáneo y en lo propio; única respecto a lo que los demás hacen, y única y singular frente a lo que antes hizo uno—, porque es la forma de mostrar respeto a lo que uno intenta escribir. Segundo, entendí que el lenguaje debía convertirse para mí en la misma obsesión que había llegado a ser para Paz. Tercero, que no hay límites, que no hay fronteras, que a la hora de escribir uno debe tomarse todas las posibilidades libres

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y todas las libertades posibles. Así que eso hice, animado por el libertinaje de El mono gramático: hice lo que me dio la gana, y durante años fui puliendo Circular y Construcción, esos proyectos que apuntaba al principio, hasta lo que luego fueron (bueno, en el caso de Circular, lo que sigue siendo, porque la tercera entrega de esta obra en marcha aparecerá, si las circunstancias lo permiten, en 2021). Desde entonces, El mono gramático me ha acompañado, ha viajado conmigo en mis diferentes mudanzas, y se ha convertido en una especie de radar de personas interesantes. Cada vez que alguien menciona ese libro como valioso, favorito o querido, se convierte de inmediato en un potencial amigo, en un posible afín selectivo que sube su puntuación en mi escala de lectores avisados. El motivo, creo, es que cada persona que afronta con Paz ese paseo a Galta sufre algún tipo de pequeño cambio o mutación; algo se activa y se trastorna en la mente de cualquier lector que, al recorrer ese libro, se da cuenta de que nunca ha leído algo como este metapaseo por la escritura. Creo que sí, creo que estoy diciendo que, de algún modo, El mono gramático es de los pocos libros que genera una transformación en sus lectores, precisamente por su libertad insólita y desconcertante, hoy quizá sólo parangonable a la que resulta de leer algunos libros de Pablo Katchadjian como Qué hacer, Amado señor o La libertad total. La libertad total. Ahora que lo pienso, seguro que Katchadjian también

lo leyó en su momento. Hagan como nosotros, vuélvanse locos, asuman sus instintos más impredecibles, dejen hablar al animal de fondo, no se impongan límites: lean El mono gramático. Déjense cambiar.

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Una historia de humo, de lluvia y de niebla Y eso fue lo que pasó Natalia Ginzburg

Por Elsa Veiga Los libros a los que volvemos con la relectura o el pensamiento son los que han encajado por uno o muchos motivos con nuestra forma de sentir el mundo y suelen dar respuestas a cuestiones que ni siquiera sabíamos que necesitábamos resolver. No son muchos los que nos impactan de este modo y colman los huecos que únicamente con la existencia no podíamos llenar. Ese es el prodigio de la lectura. Uno de esos descubrimientos, que he atesorado desde que lo leí la primera vez hasta ahora, es la segunda novela de Natalia Ginzburg, Y eso fue lo que pasó, que, junto a Las pequeñas virtudes, se convirtió en una lectura a la que regresar y en la que me sorprendía pensando cuando menos lo esperaba. La autora italiana me llevaba a la escritura que quería leer y crear, quizá porque la aparente sencillez con la que narra encandila hasta tal punto que pensamos que podríamos hacer algo parecido. Partir de lo cotidiano, del detalle de nuestras propias vidas, para lanzar verdades universales. El silencio y la palabra, aparentemente enfrentados, en ella forman un todo que reduce la escritura a lo esencial. La austeridad como método para llegar al núcleo común que nos une.

Resumir esta novela en la historia sobre una mujer que sufre durante años la infidelidad de su marido sería trivializar el texto, tan rico en silencios como en confesiones. La soledad, los celos, lo que no somos y nos gustaría ser, el poder de la imaginación en el amor y el deseo se acerca más a lo que Ginzburg nos cuenta con dureza y sin velos, un conflicto existencial. La lectura de la novela, de apenas cien páginas, es lenta, requiere esfuerzo. Cada palabra es importante, hay que detenerse, y en esa selección de los hechos que nos acerca a la protagonista entramos en una espiral claustrofóbica de la que, a pesar de la incomodidad, no queremos salir. Una tristeza rodeada de niebla y frío densos que van espesando nuestros pensamientos a la par que los de la mujer sin nombre que asiste a las vidas de los demás, los sí nombrados, como una espectadora. Los otros han sido en algún momento felices; ella, jamás. Quizá por eso no tiene nombre, porque no ha sentido la vida más que a través de la ensoñación, del deseo de vivir sin lograrlo. Su hija es sólo «la niña» en la novela, heredera del sufrimiento de su madre y de su casi anonimato. Si no eres feliz, no existes, parece decirnos la autora. Sólo los que lo han sido alguna vez realmente, y no sólo en su imaginación, merecen un nombre. La protagonista se alimenta de fantasías, de sus propios pensamientos oscuros, de sus celos, de su idea

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del amor, no del amor mismo, que no existe. Y es que esta novela habla sobre el «no amor», el mal entendido, el equivocado, el enfermizo, que lleva a la destrucción. Y por este motivo «está llena de humo, de lluvia y de niebla», en palabras de la propia Ginzburg en la «Nota» inicial al texto que incluyó en la edición de 1964 y que reproduce la editorial Acantilado en la edición española. Pero incluso en las historias más trágicas hay un asidero y una belleza que está en lo que la literatura es capaz de transmitir. En esa otra obra admirable, Las pequeñas virtudes, una colección de textos ensayísticos autobiográficos, Natalia Ginzburg escribe: «Hay un peligro en el dolor, así como hay un peligro en la felicidad, respecto a las cosas que escribimos». Ella escribió Y eso fue lo que pasó tras su vuelta a Turín después del asesinato de su marido en 1944. A veces, dice, tenemos que escribir libros que no nos gustan mucho y que no nos salvan de la infelicidad, pero nos alejan momentáneamente de ella. Y en esa honestidad reside el éxito de Ginzburg. Lo que me interesa a mí contar —nos susurra— también tiene que ver contigo porque es una emoción universal y atemporal. Y así se quedan sus obras en nosotros después de haberlas leído. No se olvidan, permanecen, y siempre serán un refugio literario al que acudir.

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El embrujo de las mentiras inútiles Ficciones Jorge Luis Borges

Por Javier Argüello Mi madre me cuenta que a mis cuatro años, antes de saber leer, me había aprendido de memoria uno de los libros que oía de su boca antes de ir a dormir, y que en más de una ocasión me encontró con él en las manos, la vista posada en sus páginas, recitándolo muy serio como si de verdad fuera capaz de descifrar sus palabras. Se trataba de Los fantaseadores, un cuento de Nikolái Nósov en el que dos amigos competían por ver quién inventaba la hazaña más inverosímil. Los relatos incluían el cruce a nado de extensos océanos y la lucha contra un tiburón que le arrancaba a uno la cabeza y que luego le volvía a crecer. Al parecer, y siempre según el relato de mi madre, yo sabía incluso en qué momento pasar la página para que el efecto fuera completo. Podría decirse que fue esa la primera «lectura» de la que tengo memoria, aunque el primer libro que recuerdo haber leído de principio a fin —y tenía más de quinientas páginas— fue Las doce hazañas de Hércules en una versión infantil de Monteiro Lobato en la que el joven Perucho, la muñeca Emilia y el vizconde de la mazorca —una panocha de maíz dotada de brazos y piernas— acompañaban al héroe a capturar al Cancerbero y a luchar contra la Hidra de Lerna. Por ese entonces ya me quitaba el sueño el hecho de que la hábil distribución de las palabras pudiera hacer reír o llorar al lector según la disposición que se les diera. Pasó el tiempo y llegaron otros viajes, viajes al centro de la tierra guiado por el profesor Lidenbrock, viajes maravillosos sobre el lomo de una oca en compañía de Nils Holgersson, viajes por el Mississippi de la mano de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn. Creo que aún hoy, si pienso en la imagen que tengo de la libertad,

debo evocar la de un chico que se escapa de la escuela para ir a pescar descalzo al río mientras fuma su pipa. Después vinieron otros libros, los libros de los adultos, los Dostoyevski y los Conrad, los Víctor Hugo y los Melville. Hubo uno, sin embargo, que lo cambió todo. El hecho ocurrió una tarde en la biblioteca de la casa de mis padres y el volumen en cuestión era Ficciones de Jorge Luis Borges. Entrar en Borges hizo que algo se rindiera en mi cabeza, que algo se destapara. Las reglas del juego que apenas empezaba a intuir se vieron alteradas radicalmente. Ya no se trataba de historias y personajes a los que les pasaban cosas, sino de ecuaciones literarias, de teorías de multiversos hechas de prosa narrada, de imágenes de infinito con las que mi mente apenas se había atrevido a coquetear y que jamás había soñado que pudieran desplegarse de semejante manera. En casa de mis padres no había muchos libros de Borges y una tarde, revisando en la biblioteca de mi tío, me encontré con los tres tomos de sus obras completas. Obras completas. Sonaba tan inmenso. Si en uno sólo de esos cuentos parecía caber el universo. Pensar en sus obras completas era como pensar en una puerta hacia otras dimensiones, hacia todas las dimensiones. Y al decirlo parece que fuera un recuerdo de niñez aumentado, pero resultó que efectivamente era la puerta hacia todas las dimensiones. Entonces le pedí a mi tío si podía ir a su casa algunas tardes, aunque él no estuviera, para ponerme a leer algunos de sus libros. No le dije cuáles. Supongo que lo más sencillo hubiera sido pedírselos prestados, pero se ve que no era eso lo que yo quería. Yo los quería leer ahí, quizá porque la biblioteca de la casa de mi tío estaba mejor surtida que la de mis padres y me gustaba la idea de sentarme a leer custodiado por todos esos volúmenes, quizá porque esa puerta ha-

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cia todas las dimensiones tenía que estar en un lugar que no fuera mi casa, un lugar al que hubiera que desplazarse para que la aventura adquiriera la condición de viaje que el internarse en esas páginas suponía. Mi tío me miró con una mezcla de sorpresa y de ternura, y sin hacerme ninguna pregunta fue hasta la cocina y le dijo a la chica que trabajaba en su casa que a partir de ese día yo iba a ir a veces aunque él no estuviera y que me dejara entrar y quedarme todo lo que quisiera. Así lo hice. De tarde en tarde me dejaba caer por la casa de mi tío y leía. Alguna vez él llegó mientras yo todavía estaba ahí y charlamos un rato. Alguna vez sobre libros, pero no me preguntaba demasiado, quizá por respeto a un espacio que intuía privado, porque entre esas páginas y aquellas otras a las que Borges me fue llevando —Chesterton y Stevenson y Spinoza y Schopenhauer y Las mil y una noches y el I ching— se estaba moldeando la idea que tengo del mundo y sus habitantes, la idea del mundo físico, del universo y sus posibilidades, pero también la idea del mundo moral, con sus

justicias y sus injusticias, sus lealtades y sus traiciones, sus ideologías y sus revoluciones. Me pregunto qué estarán leyendo los jóvenes hoy en día. Quiénes son los autores o los youtubers que estarán delineando el paisaje moral de sus infancias. A la biblioteca de qué tío se acercarán por las tardes para descubrir la profundidad y la densidad de las fantasmagorías de la esperanza humana. Como todos los grandes amores, Borges marcó una etapa. A los exquisitos laberintos a los que me condujo, con el tiempo fui agregando vulgaridades más mundanas y aventuras más pedestres, probablemente heredadas Phileas Fogg y de Simbad. Como a todos los grandes amores, cada tanto sigo regresando. Por más que la vida me haya llevado por otros derroteros, sigo compartiendo su gusto por los universos circulares, por la precisión de la frase, por los misterios que se esconden en los pliegues del tiempo. En Los fantaseadores de Nikolái Nósov, los protagonistas se contaban mentiras por el mero gusto de comprobar hasta dónde podían llevar su imaginación. En determinado momento aparecía un niño —un vecino seguramente— que se burlaba de ellos por la inutilidad de sus esfuerzos. Ellos lo desafiaban a que inventara algo ingenioso y este, al descubrirse incapaz, decía que él no perdía el tiempo inventado tonterías, y que si mentía lo hacía por una buena razón y para sacar algún provecho, como esa misma mañana en que se había comido medio frasco de mermelada y había culpado a su hermana, librándose así del castigo. Los protagonistas al oírle se quedaban horrorizados y lo llamaban mentiroso. Las fantasías que ellos construían no buscaban más provecho que el de ensanchar en sus mentes las posibilidades del universo. Supongo que en ese sutil encantamiento es en donde radica la fascinación que sentí el día en que me encontré con las ficciones de Borges, laberintos construidos sólo de palabras, palabras que todos conocemos y tenemos al alcance de la mano, pero que él sabía disponer de una forma tan precisa que posibilitaba el hechizo. Será por eso, mezcla de homenaje y agradecimiento a la quimérica maravilla de sus fantasías inútiles, que tengo colgada, frente a mi mesa de trabajo y en un lugar bien visible, una frase suya que intenta servir de justificación a las tantas horas inútiles que paso frente al ordenador intentando decir con palabras todo lo que las palabras no pueden decir: «A nadie puede maravillar que el primero de los elementos, el fuego, no abunde en el libro de un hombre de ochenta y tantos. Una reina, en la hora de su muerte, dice que es fuego y aire; yo suelo sentir que soy tierra, cansada tierra. Sigo, sin embargo, escribiendo. ¿Qué otra suerte me queda, que otra hermosa suerte me queda?».

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Viaje a la crisis del lenguaje Baroni: un viaje Sergio Chejfec

Por Jorge Carrión El escritor argentino Sergio Chejfec vivió quince años en Venezuela, desde 1990 hasta 2005. Ahora reside en Nueva York. En Baroni: un viaje —un libro de viajes, un ensayo sobre arte y artesanía, una novela casi sin ficción— se propuso abordar un problema: cómo representarse a sí mismo en Venezuela y cómo representar, asimismo, el país, su contexto semiótico. En el tramo final del libro encara la cuestión mediante la lenta elaboración de una metáfora: el país (su orografía) es un papel a medio desarrugar, los restos de un envoltorio; en otro momento nos ha recordado que la literatura se manifiesta en la superficie de la página, de modo que ambas imágenes se complementan. El propio libro, como máscara o como continente, es una representación posible, personal, antinacional, del país vivido como extranjero. Porque el narrador, aunque esté más cerca aún del ensayo y del testimonio que en las novelas anteriores, continúa siendo el extranjero habitual de las obras de Chejfec. Observador distante a la zaga de perspectivas que, mundanas o cósmicas, a ras de suelo o desde el vértigo del satélite, revelan la profundidad, el volumen, que trasciende la superficie de las cosas. Las cosas pueblan el libro. Empezando por las tallas de madera que hace Rafaela Baroni, tal vez la artis-

ta popular más importante de Venezuela. Cuerpos que el narrador compró y que tiene en su estudio mientras escribe. Estatuas que el narrador retrata, como hará después con el cuerpo, vivo y muerto, del poeta Juan Sánchez Peláez, con las máscaras del artista plástico Armando Reverón, con los gallos de pelea del poeta Igor Barreto o con las tallas del gran artesano Tomás Barazarte. El relato avanza mediante los encuentros con esos creadores reales, que Chejfec retrata en su ámbito vital y analiza, filosófica y estéticamente, sobre todo a partir de la idea de autorretrato. La obra de arte transparenta los propios rasgos de cada creador, de modo parecido a como el estilo demorado, las vacilaciones, las digresiones o cierta sensación de estar escribiendo contra sí mismo van definiendo la fisonomía del propio narrador. La écfrasis es la técnica narrativa más significativa de este libro lleno de estratos. Descripción e interpretación de objetos, de fotografías y de documentales, ausentes en el cuerpo del texto. La afinidad con W. G. Sebald —otro gran autor de obras que se mueven entre la crónica, la reflexión y la novela— se traduce en un gesto de respeto: no incluir las fotografías para no caer en la imitación, aunque haya una complicidad innegable. La ausencia de imágenes gráficas, vacíos, es sólo una de las dimensiones de la ausencia

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que trata el libro híbrido, entre dos dimensiones («los intervalos definen a los seres anfibios, personajes que van y vienen entre distintos mundos»). El extranjero, que recuerda al narrador de los libros de los años setenta y ochenta de Peter Handke, con su viaje cuestiona por ejemplo la existencia de puentes sólidos entre la baja y la alta cultura, más allá de la experiencia subjetiva de quien camina entre la poesía y la artesanía, entre la performance «inocente» y el discurso teórico elaborado. Los dos principales rasgos de estilo de Chejfec apuntan hacia la intención última de la novela. El uso constante del «etc.» y las promesas nunca cumplidas de elaboraciones posteriores («quizá describa más adelante», «a lo mejor más adelante mencione») nutren la postergación del relato. Su duplicación entre lo dicho y lo anunciado, lo presente y lo ausente del libro, otro cuerpo. Postergación que es literatura para el futuro. Las dos únicas alusiones literarias del libro a autores no venezolanos dan qué pensar. Borges es cita-

do, irónicamente, como en todos los libros del autor de Mis dos mundos. El uruguayo Mario Levrero, en cambio, es mencionado con la intención de crear una alianza. Una alianza en el marco de nuestro «arte crepuscular», caracterizado según el autor por la decepción, por la ironía y por «incertidumbres directas sobre el sentido», porque hay pocos creadores que estén trabajando en la línea de Chejfec, y aún menos en castellano. La línea de la exploración de la crisis agónica del lenguaje como representación de lo real externo y de lo subjetivo. La tradición de la Carta de Lord Chandos, que cuenta entre sus cultivadores con los mencionados Sebald y Handke, o con autores como J. M. Coetzee, tiene posiblemente su mayor representante en nuestra lengua a Sergio Chejfec. De todos sus libros, que forman una constelación coherente, mi preferido es Baroni: un viaje porque lo sigo recordando con fascinación e inquietud. Siento que su lectura, dentro de mí, todavía vibra. ¿Qué más se le puede pedir a un libro?

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Las noches infinitas Las mil y una noches Por Sara Jaramillo Klinkert Había que echar la cabeza hacia atrás para verlos. Se mantenían altos, en la esquina superior izquierda de la biblioteca de la casa. Al lado, reposaban ediciones de lujo que mis hermanos y yo no teníamos permitido coger sin permiso. «Ustedes lo que no se comen lo dañan», nos decía mi madre. Tenía toda la razón. El borde de cada hoja estaba recubierto de una pátina dorada que, hoja más hoja y tomo más tomo, constituían un conjunto de reborde brillante que los demás libros no tenían. Los tomos se ordenaban del uno al cuatro quizá porque el título los atravesaba de manera horizontal y entonces había que ponerlos en estricto orden para que tuviera sentido. Decía: Las mil y una noches. No podría situar el momento exacto ni la edad exacta en que caí rendida al encanto de Sherezada. Por ella, trepaba los estantes de la biblioteca como quien trepa un árbol. Me caí varias veces, pero nunca me pasó nada tan grave como para tenérselo que reportar a mi madre. Agarraba de a un solo tomo para que no se notara el hueco que quedaba si acaso extraía los cuatro juntos. Lo llevaba hasta mi cuarto y lo escondía bajo mi almohada. Cada noche jugaba a ver el baile dorado de los bordes de las hojas impulsadas por mi pulgar. No era yo, sino el azar, el que terminaba eligiendo el cuento. Nunca me sentí defraudada y, tal vez por eso, en mi vida adulta, aún sigo dejándome llevar por las invitaciones de lo incierto.

Me tomó mucho más de mil noches entender por qué las historias que narraba Sherezada me parecían tan fascinantes. No era por la atmósfera exótica y lejana que relataban, aunque también; ni por la perspicacia de los personajes, aunque también; ni por el ingenio de la trama, aunque también. Tuve que convertirme en mujer para comprender que Las mil y una noches me encantaban porque fue la primera vez que yo leí una historia cuya protagonista era mujer y era poderosa. Ella me enseñó que la fuerza de la palabra podía penetrar más hondo que la de la espada. La diferencia con todo lo que había leído antes era que su poder no residía en el hecho de que fuera bonita o que tuviera un pecho lo suficientemente grande, no. Ella preservaba su vida a punta de ingenio e inteligencia y no necesariamente de seducción física. Era capaz de entretener a un hombre sin quitarse la ropa. Sherezada era poderosa, nada más y nada menos, porque sabía contar historias. Una cada noche hasta llegar a esa cifra que, puesta en números, podía leerse en cualquier dirección y siempre significaba lo mismo: 1001 fue mi primera capicúa, la que me mostró que lo infinito podía caber en una cifra concreta y que una cifra concreta podía caber en el infinito. 1001 fue quizá, también, el inicio de mi fascinación por los palíndromos. Los coleccioné con obsesión en un cuaderno de tapa azul que me acompañó a lo largo de mi adolescencia. Llegué a inventarme algunos y de ahí me quedó la

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maña de leer palabras y frases enteras al revés. Todavía lo hago. Recién ahora me doy cuenta de que mi vena de exagerada no me viene por paisa sino por mi apropiación de lo infinito. Quienes me conocen saben que, por ejemplo, yo no doy unas simples gracias, sino infinitas gracias. Si me canso, lo hago infinitamente y cuando me agarra el frío, nunca es un frío normal, sino un frío infinito. A la gente que quiero la quiero hasta el infinito, cuando lloro mis lágrimas son infinitas y cuando río lo hago con carcajadas de infinita duración y volumen. Y con esa misma infinitud adoro al mar, al chocolate, a las aves, a mi madre y a los libros. No me extraña que mis compañeros me llamen hiperbólica. A Sherezada le debo mucho más que haber inspirado el nombre de mi tienda de especias: ábrete sésamo. Ella me mostró un camino que nadie me había mostrado. No tenía que casarme ni llenarme de hijos ni plantarme en la cocina a hacer pasteles hojaldrados de manzana. Si ella podía contar historias más de mil noches seguidas, no veía ningún impedimento para yo hacerlo también. Y por eso aquí estoy: sin hijos, sin marido, sin un horno decente ni un buen manejo del hojaldre. Aquí estoy con infinitas historias esperando en la punta del lápiz a que les llegue el momento de lanzarse a la libretica aquella de apuntar cosas. Ideas que con el tiempo se convertirán en páginas, más tarde en capítulos y, al final, en un libro entero que ojalá un niño tenga alguna vez el valor de llevar hasta su cama y leer durante infinitas noches.

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Literatura y honestidad Herrumbrosas lanzas Juan Benet

Por Andreu Navarra Tendría unos veintiún o veintidós años: estaba terminando la carrera de Filología Hispánica. Yo era un chico bastante arrogante; me ponía una gabardina negra y miraba a todo el mundo por encima del hombro. El carácter aristocrático de Juan Benet encajaba bien con el mío, o, mejor dicho, con mi pose misántropa de entonces. Andaba trabajando en un texto académico sobre Juan Benet que al final se desmandó bastante. De hecho, anduve como un año obsesionado con Benet, leyendo todos sus libros con un hambre épica. Y ocurrió que conseguí mi primer trabajillo, en la biblioteca de la universidad, turno de tarde, y eso me ayudó a disfrutar más de Herrumbrosas lanzas. Recuerdo que agarré un pequeño lumbago por llevar siempre el generoso volumen de la novela en la mochila. Llegaba al trabajo, lo mandaba todo al cuerno, desplegaba el mapa de Región sobre el escritorio y me zambullía en aquella obra para mí hipnótica. Casi veinte años después, se me ha pasado un poco el sarampión benetiano, pero continúo pensado que es nuestro escritor mayor de la postguerra, y continúo cultivándolo, pero busco

más bien los flecos sueltos, lo que se me pudo escapar, los libros menores, la anécdota y el agujero en el muro, y voy comprando sus primeras ediciones, pero sin sacarlas del celofán, y hace siete años incluso me animé a escribir un artículo sobre El aire de un crimen. De algún modo, en Herrumbrosas lanzas, cuyo primer volumen (1984) mereció el Premio de la Crítica, encontramos, desarrollado, a todo Benet. A toda su vocación de historiar un territorio imaginado, y a toda su necesidad de poner en claro lo que pudo significar la Guerra Civil. Y también su filosofía: «En ocasiones un hecho insólito y trivial, un disparo fortuito o una fiesta de cumpleaños, acelera el curso de la historia y a veces la modifica; la serie de los acontecimientos, delineada por los actos de unos y otros, por los golpes de la adversidad o los favores de la fortuna, se quiebra en un punto imperceptible para unos actores incapaces de advertirlo y sólo a la posteridad le será dado contemplar una línea continua con un punto anguloso que fue el resultado —dirá el historiador— de tantas circunstancias convergentes, tan desdibujadas cuando actuaban, tan imponentes una vez que todo ha pasado. A veces ese punto, como una cruz anónima al borde de una carretera, no es más que

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la señal de un accidente, el lugar donde se quebró una vida que nadie recordará» (pág. 561). Los combatientes que mantienen la bolsa republicana de Región no saben por qué luchan: lo indica claramente el autor. La bolsa de resistencia republicana en Región es absurda, porque el enclave carece totalmente de valor estratégico. Aun así, su función es providencial para nosotros, porque esa gesta genera, para nosotros, los relatos de Herrumbrosas lanzas. Curiosamente, cuando terminé de leer Herrumbrosas lanzas en esa venerable biblioteca, mi carácter cambió, como habían cambiado las novelas benetianas de los años ochenta. Muchos usuarios iban allí para pasar la tarde, para encontrar a alguien con quien charlar, y consuelo. Así pude darme cuenta de lo frágil que era el ser humano, de lo fútil que era cualquier forma de aristocratismo. Guardé en casa la gabardina negra. El textualismo radical bajó a la planicie. Me empezó a interesar cómo fue posible que, tras Un viaje de invierno (1972) y Saúl ante Samuel (1980), Benet pudiera seguir escribiendo con tal nivel de exigencia, pero rebajando considerablemente la estridencia de su textualismo. Porque esas son las mejores obras de Benet, las más depuradas: En la penumbra, Herrumbrosas lanzas y El caballero de Sajonia. La arrogancia dejó paso a la comunicación. Lo que no ha pasado ni ha en vejecido es la insólita calidad de Herrumbrosas lanzas, sin duda la última obra maestra de la literatura española. Se publican obras muy inte-

resantes (Cicatriz, de Sara Mesa; Berta Isla o la trilogía de Tu rostro mañana, de Javier Marías, que tienen un aroma tan benetiano), pero nadie alcanza esa altura narrativa, ese gusto por la epopeya, y encima legible, depurada, única como una bella montaña cónica, como la misma Torre de Babel que describió el propio Benet en un ensayo también estupendo. Lo intentó Caballero Bonald, pero no consiguió un ciclo tan redondo. Consiguió alcanzar ese nivel de misterio estilístico La orilla oscura (1985), de José María Merino. Aunque gracias al prólogo del propio Marías, de 1998, sabemos que Herrumbrosas lanzas no fue propiamente una trilogía, porque no fue diseñada como tal: el proyecto iba a ser ampliado, pudo haber alcanzado la caída de la República en Región. Pero quizás sea mejor así: que, como en la catedral de Valladolid, haya un socavón, un amago de ruina, un inacabado, al final de la obra. Las tres partes publicadas de Herrumbrosas lanzas sí son estatuas rematadas con detallismo, y continúan siendo la gran novela española sobre la Guerra Civil. Porque, sintiéndolo mucho, estas novelas sobre la guerra que se van publicando con gran éxito últimamente no son más que autoayuda historiográfica. No sólo hay mucha más literatura, mucho más estilo y autenticidad en la obra de Benet, sino que también hay mucha más historia. Mucha más honestidad. La honestidad de la belleza, y la ideológica también. Pero, sobre todo, mucho menos oportunismo.

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Poetas de la Gran Guerra Up The Line to Death Antología

Por Ben Clark Es complicado elegir un libro de poemas por encima de los demás. Sobre todo, porque muchas veces no pensamos tanto en los libros como en poemas concretos de esos libros. Sería impensable, para mí, no mencionar la antología 101 + 19 = 120 poemas de Ángel González (Visor, 2000) como una de las lecturas que más me han marcado, pero realmente estoy recordando poemas concretos que pertenecen a Áspero mundo (1956), a Tratado de urbanismo (1967) o a Procedimientos narrativos (1972). Todos libros que me encantan y que contienen poemas que adoro. Me cuesta, también, no destacar Don de la ebriedad (1953) de Claudio Rodríguez o Marta & María (1976) de María Victoria Atencia (o hablar, sin duda, de Las personas del verbo (1975) del incombustible Jaime Gil de Biedma…), pero, como dice la canción, si me das a elegir, me quedo con otra antología, pero en este caso de muchos poetas. ¿Una antología? Sí, pero se trata de una antología que bien podría considerarse un libro escrito por un solo poeta: el poeta-soldado, el poeta de las trincheras o, como se suele decir en inglés, por un war-poet, un poeta de guerra. En 1964, Brian Gardner publicó Up The Line To Death, la primera recopilación extensa y rigurosa de poemas escritos por los poetas de la Gran Guerra. Muchos años después, lejos de cualquier pelotón de fusilamiento, pero muy cerca del hielo de la incertidumbre juvenil, Borja Aguiló Obrador y yo nos basamos en esa antología para editar Tengo una cita con la Muerte (poetas muertos en la

Gran Guerra) (Linteo, 2011), una antología homenaje a los poetas en lengua inglesa que habían muerto durante la Primera Guerra Mundial. Mi ejemplar de Up The Line to Death perteneció a mi abuelo, Norman, cuyo padre había luchado en las trincheras y que sobrevivió, para alegría de sus descendientes, a dos carnicerías: la segunda batalla de Ypres (1915) y la horrorosa batalla del Somme (1916). Así, la lectura de estos poemas (muchos de ellos constituyen las «obras completas» de algunos de los jovencísimos poetas malogrados; textos recuperados, muchas veces, de los bolsillos de los uniformes de los muertos) combinó una especie de épica familiar con la épica que contienen todos los poemas, pues todo buen poema es, en cierta forma, una victoria. Sobre todo, los poemas escritos desde la derrota. La antología recoge sólo poemas escritos originalmente en inglés, casi todos de poetas británicos (con nombres tan conocidos como Edward Thomas, Siegfried Sassoon, Robert Graves o Wilfred Owen), pero también hay poetas irlandeses, canadienses, americanos y australianos. Un libro muy valioso y muy difícil de traducir (ya que muchos de los poemas dependen por completo de la sonoridad, del ritmo de la marcha o de la melodía de canciones, de la onomatopeya y del uso del lenguaje según la clase social) que marcó a toda una generación y que me marcó a mí también, desde luego, cuando de adolescente leía esos versos desesperados y valientes, palabras escritas, muchas veces, en medio de una pesadilla de explosiones en la que la poesía, milagrosamente, encontró una grieta en la que nacer.

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La vida breve

Estás de suerte, Quim Javier Vela

Estoy tirada en la alfombra con una lata de Lager y una chusta apagada de Super Silver Haze que ha terminado por rular hasta mí, cuando Olga dice de pronto: —Lo que necesitamos es consuelo. Llevamos tiempo bebiendo, parloteando sobre esto y aquello, venga a carcajearnos con la ocurrencia de turno, y compartimos un cogollito de marihuana que ahúma el ambiente del salón principal. Es de noche. La tele está encendida aunque nadie le presta demasiada atención. Seguimos las tres solas en el chalé de El Ancla, aprovechando que mis padres no están. Se han ido de viaje a Bayahíbe o algún sitio peor, y, cada cierto tiempo, nuestros perfectos vecinos asoman sus peluquines sobre la medianera con tal de fisgonear. ¿Qué harán tres jovencillas ahí metidas durante días enteros?, deben de preguntarse. Permanecemos con las persianas echadas desde por la mañana. No tanto por el calor, sino de hecho para evitar suspicacias y disuadirles de rendirnos visita, táctica esta que no siempre funciona. Olga sigue diciendo: —Lo que necesitamos es consuelo. Quim nos dará consuelo. —¿Quién es Quim? —dice Paula, hundida en el sofá. —Lo conocí en la playa hace unos días y me pidió el teléfono. Es poeta. —Es poeta… —Escribe cosas. —¿Es guapo? —Tiene gafas y lleva el pelo largo. —Me basta —digo. —Puta —dice Paula, con una sonrisa cómplice. Bebemos y fumamos. Olor a flores secas y cáñamo feliz. Quizá también —no puedo recordarlo— hayamos ido pasándonos el broncodilatador, con un aliño compuesto de no sé qué sustancias que el nuevo novio de Paula nos vende a bajo precio. Sus partículas suben directas al hipotálamo, aunque ya estamos hechas a este tipo de mezclas que hacen, según el caso, que Olga se transfigure en un vampiro salaz, en una loca insolente o en una pendenciera, y yo me vuelva una histriónica en varios grados de paranoia y lirismo, mientras que Paula se limita a observarnos vagando como una zombi alrededor de la casa y alterna de la euforia a una tristeza casi depresiva sin transición alguna. Mientras hablamos, repantigadas bajo un

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La vida breve

Javier Vela. Estás de suerte, Quim

penacho de humo, suena lejanamente «Pass It On» de The Wailers. Vive para los otros y vivirás dos veces; vive para ti mismo, y vivirás en vano. —¿Se llama Quim, en serio? —dice Paula. —Quim es su apodo, creo —dice Olga—. No sé su nombre real. —Quim el poeta —digo—. Suena bien. —¿Vas ciega de barniz? Entonces Olga se pone a hablar de esa fiesta en los pinares de Anturbe a la que estamos cordialmente invitadas. Es la fiesta de Quim. El cumpleaños de Quim. En una casa estupenda metida dios sabe dónde, aunque eso es lo de menos. Habrá alpiste, habrá música, y Olga nos asegura que irá mucha gente joven de los chalés cercanos y lo mejor de la urbanización. —¡Poneos en pie, hermanitas! —dice Paula, encaramada a un pico de entusiasmo del que caerá muy pronto—. Nos bañaremos en su piscina en pelotas. Olga frunce los labios. —No es elegante plantarse allí de vacío —dice. —Nos queda aún otro pack de veinticuatro en el congelador. —Y un cogollito más en la guantera —apunto. —De sobra —dice Olga—. Vamos, vamos. De modo que apuramos nuestras latas y salimos de casa cruzando entre rosales y macizos de hibiscos con el propósito de parar de camino para comprar alguna cosa más. Fuera, la noche aprieta. El aire huele a carne a la parrilla y a sardinas asadas. La esquina de una verja, el follaje de un seto, el alero de un porche ganan por un instante la materialidad que les es propia antes de emborronarse nuevamente entre el humazo de las barbacoas. Olga ajusta el asiento ante el volante de su monovolumen (que le ha cogido a su madre) y pone el motor en marcha, Paula sube a su lado y yo me siento detrás. Salimos al paseo, cálido, palpitante, picoteado por los anuncios eléctri­cos. Coches en fila india de bajos salpicados por un polvo arenoso, algunos cuantos adolescentes apáticos y una furgonetilla de reparto con un remolque isotérmico para venta de hielo nos preceden. Luces estroboscópicas iluminan mi rostro para luego perderse ciega­mente en la sombra. Sirenas ululantes, pantallas y semáforos confunden su sentido reproduciendo formas psicodélicas en los espejos de mi percepción. Callejeamos casi a vuelta de rueda hasta salir de la urbanización, donde una vieja ermita y un prostíbulo comparten feligresía. La carretera baja suavemente hasta el faro. Tan pronto entramos en la comarcal, Olga empieza a pisarle como una descosida serpenteando sobre la mediana para asustarnos un poco. Al principio, Paula y yo nos reímos bobaliconamente para desafiar a nuestra amiga mientras nos abismamos sin darnos cuenta en la noche. Casi no hay tráfico ni en un sentido ni en otro, pero, de cuando en cuando, un coche surge de pronto en dirección opuesta obnubilándonos con la luz de los faros y Olga se ve obligada a maniobrar con fuerza para evitar el choque. Espoleada por los primeros insultos, finge durante un trecho comedirse y apura la mediana sin quebrantar las normas; luego, acelera aún más. La calzada está oscura. Las placas reflectoras de los guardarraíles apenas si balizan el camino y la visión conjunta del asfalto se desvanece a una veintena de metros, así que Olga decide bajar la ventanilla y asoma la cabeza por el marco tratando de ver mejor. Paula y yo la imitamos y al cabo de un instante gritamos todas a una, sin dejar de reírnos, la cara al viento y medio torso fuera: «¡Estás de suerte, Quim!». Vuelvo la vista atrás. Desde lejos El Ancla parece reducirse a un graderío elevado a varios cientos de metros sobre el nivel del mar, como un anfiteatro con vistas al océano. Sin embargo,

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todas esas parcelas están muy cerca del agua. Muchas de las mejores las ocupan colonias de extranjeros —ingleses, alemanes— que apuran sus veranos durmiendo siestas a la resolana entre pequeños síncopes y eructos de cerveza. Pocos de quienes viven en El Ancla son oriundos de aquí. La mayoría de hecho son turistas que están de paso un tiempo antes de regresar refunfuñando a su lugar de origen; familias desahogadas en casas de segunda residencia; gente de profesiones liberales que odia pasarse medio día en el metro y alquila por quincenas una terraza en la que trabajar; surfistas ebrios de viento; blogueras al acecho de una fotografía manipulada con que adornar sus redes; chicas como nosotras, que huyen de la meseta cuando termina el curso en busca de diversión; músicos solitarios que echan de menos el anonimato y pensionistas siempre bronceados que fabulaban con retirarse en el sur, y mal que bien lo consiguen. Al desviar la vista enderezándome de nuevo en el sentido de la marcha, algo se me revuelve. Le digo a Olga que pare pero Olga no me oye u opta por ignorarme. Me quito el cinturón. De pronto siento ganas de bajarme y abro la portezuela amenazando con dejarme caer. Paula se gira al punto e, inclinándose hacia el asiento trasero, alarga un brazo hasta cogerme del codo. —Más vale que te calmes —dice zarandeándome. Cierro la portezuela y ambas volvemos a ponernos el cinto. Durante un par de minutos, permanezco aturdida y sin captar de veras el alcance de mi temeridad. Es como si me hubiesen extirpado cualquier instinto de supervivencia o como si, al contrario, una pulsión de vida inaplazable me hubiera poseído por completo en un rapto que, ahora estoy segura, tiene algo de profético. Lo que sigue es confuso. Rodamos en silencio durante unos kilómetros antes de detenernos en Anturbe, como si una palabra equivocada pudiese echarlo todo a perder. Noto que mi inquietud se desvanece. Olga sigue en su onda, mientras que Paula parece estar desfondada y de muy mal humor. A intervalos se vuelve hacia nosotras y dice: «¿Es por aquí, seguro?». Olga busca mis ojos en el retrovisor; después, aparta la vista. De pronto toma un desvío hacia lo que parece un complejo turístico. El tramo que da acceso al recinto está en obras y hay unos operarios instalando paneles luminosos en la rotonda de entrada. Uno de ellos nos saluda al cruzar. Olga prosigue y luego se detiene junto a un retén de piedra abandonado en mitad del arcén, con un indicador que señaliza —algo precariamente— el camino a las playas, y otro cartel que anuncia la próxima apertura de un flamante complejo residencial. Es sólo entonces cuando comprendemos que algo ha debido de desorientarnos. No estamos en Anturbe, y el escenario no nos es familiar. Al avanzar en dirección a la costa, un poco al buen tuntún, Olga termina por introducirnos en un terraplén de tierra apenas si nivelada, como un camino rural, sin alumbrado público ni cosa alguna que se le parezca. Paula pregunta ahora dónde estamos en tono poco amigable y Olga cambia de marcha antes de responder. —Te diré dónde estamos. Estamos en tu mierda de vida. —¿Por qué no llamas a Quim? —No tengo su teléfono. Paula arruga las cejas. —Perfecto —dice en voz alta, aunque para sí misma—. ¿Y cómo esperas encontrar la casa? Olga frunce los labios. Se inclina sobre el volante. Busca en vano las luces de la urbanización. El pinar se va haciendo más espeso conforme nos ceñimos a la línea de costa, un ciego

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La vida breve

Javier Vela. Estás de suerte, Quim

laberinto de carriles bordeados de árboles iguales unos a otros en que sería difícil orientarse aun a la luz del día, y que el alcohol, la hierba y la penumbra complican más si cabe. —Quim no sabe que vamos —dice Olga. Paula y yo nos miramos con expresión perpleja. Ella lanza un bufido contrariado y yo intento a mi modo calmar un poco los ánimos. —Sigamos hasta la playa y así será más fácil orientarse —digo. —Habló Doña Autovía —dice Paula. —Eh, vamos —dice Olga—. No puede ser tan difícil. La oscuridad boscosa del pinar nos sumerge en un silencio de consternación. Olga pone las largas sin que la situación mejore mucho. La frustración creciente y el cansancio van progresivamente trayéndonos de vuelta a lo real, lo cual es un fastidio, desde luego, aunque de alguna forma cada una de nosotras siga perdida dentro de su mente en un viaje sin término. Seguimos avanzando en el carril, alfombrado de piñas y de agujas de pino precipitadas desde las ramas más altas. A no mucha distancia se distingue la línea sinuosa de los acantilados y el llano del parque eólico —aquí llamado «de las Maravillas»— que pespuntea la costa, de pronto entorpecida por grandes construcciones hoteleras e hileras de adosados esparcidos por el frontón de la playa. Curvas inesperadas, hasta este instante ocultas, nos van saliendo al paso modelando un paisaje ante el que empiezan a escocernos los ojos. A cosa de cien metros una señal de aviso nos advierte de no sé qué peligro. Es tarde, tengo sueño. Olga y Paula discuten. Oigo cómo sus voces se van fundiendo en la noche. Poco después empiezan a insultarse y a intercambiar reproches procedentes de mucho tiempo atrás, aunque es Paula quien sale peor parada y al fin termina achantándose. Olga le grita ahora mientras descarga el peso de su ira sobre el pedal del acelerador. Habla y conduce a un tiempo mirando hacia el asfalto por el rabillo del ojo en el intento de mantener el control, en vano. Ninguna de nosotras ve el badén. De repente, el coche da una brusca sacudida y acto seguido sale disparado hasta encajarse sobre la cuneta. Siento de pronto como si la tierra se abriese bajo mis pies. Oigo el impacto sordo de la carrocería bajo una lluvia de plástico, cromo y vidrio escarchado. Todo da vueltas a mi alrededor. Todo se nubla. Pierdo la conciencia. Cuando despierto, el tiempo ha colapsado. No reconozco el ritmo de mi respiración. Mi cráneo es como un casco, y una herrumbrosa punta me presiona con fuerza la mandíbula. Pero no he muerto, de eso estoy segura. Puedo sentir mi cuerpo, laxo como un pelele, aprisionado bajo la cabina, cada uno de mis miembros encadenado a una pesantez infinita. En balde, intento soltarme. Hay una fuerza oscura y poderosa que me retiene y que me inmoviliza. Por instantes la angustia se apodera de mí. El viento sopla en los árboles. Voces como venidas de otra época se multiplican a mi alrededor, hundiéndose en regiones cada vez más sombrías. Sin embargo, encuentro fuerzas para escapar de este trasto. Consigo al cabo liberar una pierna, después un brazo, el otro, y salgo a rastras del coche sacudiéndome astillas de vidrio de las rodillas. La noche ha dado la vuelta. He estado a punto de morir estrellada. Soy consciente de ello y eso me reconforta en cierto modo pese a que al mismo tiempo me haga sentir culpable. Escalo a tientas por la zanja a oscuras hasta emerger al carril, entre volutas de combustible hecho humo. Rodeo el monovolumen examinando las abolladuras en el capó y el techo. Las raspaduras en el guardabarros. Manchas de aceite y polvo salpican buena parte de la carrocería. Hay glóbulos de sangre en la membrana resquebrajada del parabrisas. Sin embargo, ni rastro de Paula y Olga. Cruzo de lado a lado la cuneta iluminada por la luz de los faros y ando unos

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metros más bajo los árboles con tal de cerciorarme. Después, acuclillándome, palpo entre la pinocha como quien ha perdido una lentilla y confía en encontrarla. Siento cómo me invade poco a poco una rarísima sensación de orfandad. ¿Por qué se han ido sin mí? ¿Se han alarmado al verme desmayada y me han dado por muerta? ¿Han intentado al menos reanimarme? ¿Han llorado? Respiro hondo y trato de pensar. Al dirigir los ojos hacia el frente, distingo un par de siluetas moviéndose a lo lejos. Son Olga y Paula (tienen que ser ellas). Siguen el trazo de los molinos de viento que culebrea entre los acantilados y que discurre en paralelo a la playa. ¿Adónde se dirigen?, me pregunto. ¿Van a buscar ayuda? Consigo incorporarme y echo a andar en su misma dirección. Debo alcanzarlas y hacerles ver que estoy bien. Corro a pequeños pasos tropezando con todo tipo de obstáculos, troncos, piedras, ligeros socavones que me desequilibran y me hacen perder tiempo. Al fin dejo el carril y llego a un cruce donde este se incorpora a una carreterilla recién pavimentada. Voy casi sin resuello. Olga y Paula me llevan demasiada ventaja y apenas se detienen para tomar aliento. Cerca del Llano de las Maravillas, suben por la ladera de una loma y allí desaparecen de mi vista durante algunos minutos. Aprieto el paso, al borde de mis fuerzas, hasta encontrarme en ese mismo punto. Al coronar la loma compruebo con desánimo que la distancia no ha disminuido. Están más lejos que antes. Me desgañito al gritarles, pero ninguna de ambas puede oírme ni llega a ver mis señales. Al fin aparto los ojos y miro a mis espaldas durante un breve instante. El viento sigue soplando. Las grandes aspas de las turbinas eólicas giran serenamente ante mí. Cuando vuelvo a mirar hacia Olga y Paula, no logro ya encontrarlas. Extenuada, bajo de la loma por la ladera opuesta y regreso al pinar. Guiándome por la senda de los acantilados vago por los carriles durante media hora y al fin atisbo los indicadores que andábamos buscando. Anturbe no está lejos, pero qué importa ya. Cubro como en un sueño dos tercios del camino que me separa de El Ancla con la esperanza de ver pasar algún coche que se ofrezca a llevarme. Casi no siento el cuerpo y me cuesta pensar con claridad. Necesito dormir. Necesito entender qué ha sucedido. Al fin oigo el zumbido de un motor acercándose y un par de faros me alumbra. Hasta ahí lo que recuerdo. A partir de ese instante, las sombras de Olga y Paula se disipan más allá del pinar, en un calvero del bosque de donde no se vuelve, y sus huellas se pierden sin remedio entre los postes de los molinos de viento. Algunos días más tarde, durante el funeral, tengo la sensación casi corpórea de estar tendida a su lado en un tercer ataúd. De nuevo estamos juntas —juntas y solas en un repliegue del tiempo bajo el que nuestra vida sigue intacta— buscando al bueno de Quim, y no logro sacarme de la mente la idea de que también yo sea un fantasma perdido aún tras el eco de una fiesta en la que Paula y Olga me siguen esperando. A veces me pregunto si aquel joven poeta llegó a existir siquiera en realidad, o si por el contrario fue una invención de Olga que, al menos por espacio de unas horas, puso una lucecita de entusiasmo en nuestros gestos de desencanto y hastío, pero ahora más que nunca me consuelo pensando en los poemas que nos habría leído aquella noche, y los recito en alto, y sus acentos suenan a victoria entre los restos de un verano en ruinas.

Javier Vela (Madrid, 1981) es autor de los libros de poemas Tiempo adentro (Acantilado, 2006); Imaginario (Visor, 2009); Ofelia y otras lunas (Hiperión, 2012), Hotel Origen (Pre-Textos, 2015) y Fábula (Fundación Lara, 2017), así como de la novela La tierra es para siempre (Maclein y Parker, 2019). Suyos son asimismo tres volúmenes que exploran y diluyen las fronteras entre ficción, poesía y pensamiento: Pequeñas sediciones (Menoscuarto, 2017); Libro de las máscaras (Pre-Textos, 2019) y Revelaciones de la maestra del arco (Pre-Textos, en prensa).

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Los pescadores de perlas

Microrrelatos inéditos Los presentes textos pertenecen a los alumnos del taller de Microrrelato Avanzado de Ginés S. Cutillas en la Escuela de Escritores.

Pies de barro El director sacó los zapatos del cajón y los plantó sobre el pupitre de un golpe. El jefe de estudios había revisado uno por uno los de todos los chicos del internado y las suelas de los suyos coincidían con las huellas bajo la ventana del dormitorio de las chicas. Llegaron los gritos, las amenazas, la intimidación. Soportó la bronca sin apartar la vista de los zapatos: no podía dejar de pensar en que esa misma mañana, Carlos, su Carlos, se los había cambiado por un beso. Rafael Loscertales de la Puebla

Heroína Cuando vuelva del trabajo me encontrará aquí, acurrucado en el hueco de la escalera. No es la primera vez, pero sé que me dejará entrar. Como siempre, me abrigará y me dará de comer. Escuchará mis excusas mientras aguanta las lágrimas y mira a otro lado, y me dirá que, pase lo que pase, puedo contar con ella. Me dará espacio y me acariciará el pelo cuando crea que estoy dormido. Y cuando no pueda más y me escape, llevándome de nuevo sus ahorros, se quedará junto al teléfono, esperando, por si vuelven a llamar del hospital. Esther Gómez Babin

Musas Cuando papá salía al patio trasero, abstraído, garabateando frases en su bloc de notas, sabíamos que había que dejar de jugar al balón para no espantarle la manada de Pegasas recién llegadas. Mamá salía entonces detrás de él y, con los ojos en blanco, nos decía que papá, como los más talentosos compositores de música, se inspiraba mucho en aquellas majestuosas yeguas aladas que, como cada año, llegaban con las primeras lluvias de septiembre a pernoctar entre los tendederos y cables telefónicos del vecindario. Fruto de esa fascinación nacieron canciones maravillosas como «Knockin' on Heaven’s door», «Yesterday» o «Mediterráneo»; aunque también otras menos inspiradas como «La barbacoa», «Bitch I’m Madonna» o «Bailar pegados»; estas últimas, sin tener muy claro si fueron producto de una mala racha o por aquellas fiebres que tuvo justo después de zamparse el guiso de carne con plumas que mamá le había cocinado, harta ya de recoger tanta boñiga de caballo. Vicente Fernández Almazán

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El espectáculo debe continuar Como en cada función, el anciano se atusó los bigotes al oír el aviso y se introdujo por el túnel que le debía llevar a la chistera; pero esta vez, el camino había cambiado y los nuevos pasillos eran interminables. A punto de desfallecer, por fin consiguió salir del laberinto. Malherido, apareció en una gran sala sombría con restos de zanahorias por el suelo, llena de otros veteranos como él. Había cientos, miles, y estaban tristes y desaliñados. Buscó una salida para volver por donde vino, pero fue imposible. Resignado, agachó las orejas y se acurrucó en un rincón mientras escuchaba a lo lejos los aplausos del público. F. Javier Cano Santa Bárbara

Bajar la guardia Le basta un sombrero viejo, un pantalón lleno de andrajos, y sus brazos en cruz para ahuyentar a todos los que revolotean con malos propósitos. Es cuando los baja, se quita la ropa y vuelve con los suyos, que termina picoteado. Susana García Sánchez

Lenguas vivas Me quedo mirándola sufijo a los ojos y me siento el sujeto más predicado del mundo. Con voz pasiva le susurro lo adjetiva que es. Ella, muda como una hache, me analiza sintácticamente. Mientras intento adivinar en su elipsis si también desea una oración copulativa, me da una oclusiva bilabial sonora que volvería apócope a cualquiera. Luego, se quita lentamente la tilde y la deja en el suelo. Yo también. Acerca su verbo al mío y nos conjugamos enteros con suavidad. Al rozarle las diéresis se vuelve esdrújula. A mí se me sustantiva el morfema y me pongo gerundio como un nominal. Tras mil complementos circunstanciales de modo, llegamos —entre interjecciones— al glosario y caemos léxicos sobre las sílabas blancas. Soy un semántico y la acurruco entre mis párrafos para recitarle un fonema, pero no le gusta la subordinación de los pronombres «tú y yo», me dice. Recoge su tilde del suelo, se la pone y se va. Ya ha diptongado, así que me deja hiato. Me quedo dativo con la mirada perdida en el nexo, recordando su desinencia, maravillado por la sintaxis tan singular del género femenino. Elena Bethencourt

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El castillo de Barba azul

Poema inédito de

Cristina Peri Rossi Habitación 424 Un enfermero me ayuda a subir a la silla de ruedas mientras la enfermera me quita la sonda «¡Qué culo, qué culón tienes, es de los que me gustan montar a mí!» le dice a la enfermera y esta lanza una carcajada que se escucha hasta en el pasillo del hospital «!Y a mí que me lo monten!» responde la enfermera mientras yo voy a ciento diez pulsaciones por minuto «Ya verás lo que es una buena montura» dice y yo palpito desbocada. Viene el camillero y me conduce hacia el ascensor. Es joven. Es delgado, estrecho, moreno, tímido, delicado y silencioso. El color de su piel oscuro y opaco, suave y las cejas más negras. Mis pulsaciones creo que han bajado. «¿De dónde eres?» le pregunto con la misma suavidad con que él me desliza por las baldosas del hospital. «De Honduras» me dice. «Nadie sabe dónde está Honduras». «Yo sé dónde está, pero no la conozco» digo. «No hay trabajo —dice— pero el cielo es completamente estrellado. Tantas estrellas que parece estar bajo el universo. Y las flores. Honduras está llena de flores, de verde, y llueve, llueve mucho, a veces parece que no va a parar nunca» describe con nostalgia. «¿La echas mucho de menos?» le pregunto. «Solo quiero que al volver el cielo esté tan lleno de estrellas, la tierra de flores, que llueva mucho y yo pueda oler la tierra mojada». Hemos llegado. Se abre la puerta del ascensor. «Feliz regreso cuando sea» le digo yo que hace veinte años que no regreso a Montevideo, mi ciudad. Allí también las noches son perfumadas y llenas de estrellas. Y entro a la sala de ecocardiograma con el rostro del joven moreno y piel delicada como una flor en lugar del culo grandote de la enfermera y la bestia que lo quería montar. Ojalá el camillero pueda regresar a ver las flores y el cielo estrellado.

Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941) Poeta, novelista, cuentista y traductora, ha publicado los libros de relatos Viviendo (1963), Los museos abandonados (1968), las novelas El libro de mis primos (1969) y La nave de los locos (1984) y los libros de poesía Estrategias del deseo (2004) y Playstation (2009), entre otros. Ha recibido el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso en 2019.

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E i n s t e i n o n Th e B e a ch

Joseph Roth Interferencias del hoy en el mundo de ayer Por José de María Romero Barea Se expande en significantes lo que, dependiendo del marco de referencia, se contrae en sus términos aparentes. En los lugares apartados de una crónica reformulada al modo de una serpenteante distracción que solicitara información sobre lo perdido, intentamos localizar lo que importa analizando lo prescindible. Nuestra búsqueda se ciñe a lo inexplorado, a lo desolado de una disfunción silenciosa que se cumple en las alegrías furtivas de la aventura. En luchas de lo frágil por dibujar el detalle íntimo con emotiva claridad, la desintegración final de la literatura del novelista austríaco, de origen judío, Joseph Roth (Brody, Imperio austrohúngaro, 1894 - París, 1939) se cumple en sus detalles cargados de melancolía: emerge de ella la vida invisible, en todos sus triunfos y tragedias cotidianas. Artificial, casi cohibida, la iluminación se asienta en su obra, de dominio público, a partir de ahora. Se sabe que la novela es lugar de paso: van y vienen los personajes; cambian sus circunstancias, permanecen en lo escrito, como una forma de legado que quisiera representar con precisión la vida. De todas las formas de existencia inanimada que conocemos, en ninguna otra parte se muestra la degradación tan obvia como en la ficción que nos ocupa: «Trotta sintió el corazón en un puño. El miedo a una catástrofe inimaginable e

infinita que lo aniquilaría, como aniquilaría también al regimiento, al ejército, al Estado y al mundo entero, le provocó un escalofrío de fuego por todo el cuerpo». La saga La marcha Radetzky (1932) gira en torno a una quijotesca búsqueda de un significado que se fragmenta progresivamente antes de desaparecer, hasta que sólo quedan palabras. Continuas reflexiones alimentan la parodia que deforma las circunstancias y las traduce en tendencias deplorables: «Arriba, al lado de una chimenea gigantesca, surge una figura negra, un deshollinador, que parece un juguete del gigantesco buque […] Desde los pequeños ojos de buey de los camarotes, los rostros de los emigrantes ven Europa por última vez». Despliega la colección de viñetas Años de hotel, escritas entre los años veinte y treinta del pasado siglo, ilustraciones de una perplejidad única, en forma y espíritu, que se transforma de continuo. En origamis de una agudeza aferrada a lo inmediato, retratos de lo ordinario, casi invisible, viajes al margen de breves referencias que huyen hacia lo espiritualmente desertificado. Perdurable dignidad de lo que colisiona La narrativa se ciñe a su extenso retroceso en revelaciones progresivas: «Las marchas se parecían entre sí como los soldados. La mayoría comenzaban con un redoble de tambor, contenían el motivo rítmico de la

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E i n s t e i n o n Th e B e a ch

José de María Romero Barea. Joseph Roth: interferencias del hoy...

retreta, que tanto se prestaba a ir acelerando el tempo, la sonrisa estridente de los graciosos platillos, y terminaban con el atronador golpe del timbal, alegre y breve tormenta de la música militar». Al igual que la música que describe, avanza el creador a través de los reductos aislados de una prosa entremezclada con diversiones, divagaciones, diatribas. El resultado refuerza sus epifanías, momentos en que la magia de lo narrado adquiere sentidos distantes, conscientes de haber penetrado espacios sagrados, donde el autor centroeuropeo se interna, parafraseando a su amigo, el escritor austrohúngaro Stefan Zweig, en el mundo de ayer, preñado de interferencias del hoy, «rescatando diminutos tesoros de tiempos ya recubiertos de polvo». A merced de las vigilancias de una ansiedad basada en descubrimientos solipsistas, la similitud entre formas excluyentes de actuar conllevan vanguardias en retirada, términos que involucran mordazas, ataques frenéticos de lo cotidiano que arrojan nuevas perspectivas sobre lo que damos por sentado: «Los oficiales del regimiento de ulanos esperaban algún acontecimiento extraordinario que rompiera la monotonía de sus días. […] Y un día se produjo el chispazo, como un rayo rojo sobre la nieve blanca». En eruditas notas a pie de Historia, se despliega la intrahistoria de las sucesivas generaciones de los Trotta, páginas iluminadas por una irónica lucidez, una austera belleza desplegada en la conversación interna que analiza círculos que principian en lo íntimo, antes de avanzar hacia lo impersonal. Pretende el relator de Hotel Savoy (1924) revelar vínculos entre lo personal y lo político, el amor y el poder, la familia y la nación. «En tiempos, antes de la Gran Guerra […] aún no era indiferente si una persona vivía o moría. Cuando alguien era arrancado del rebaño de los vivos, no aparecía otro al instante para que olvidasen al difunto». Son las relaciones personales de los soldados y los burócratas imperiales, con todas sus traiciones, decepciones y placeres, las que dan lugar a la acción; o, al revés, las leyes y la gobernanza adecuadas del emperador, un personaje más en la ficción, las que promulgan las saludables intimidades de sus súbditos. Se conectan las dispares ilustraciones en capítulos tensos, las acertadas reflexiones en privados haikus que desdeñan los detritos de una sociedad bienintencionada, pero falible, que se desintegra en progresiones graduales hacia el olvido («Somos los últimos», añade el jefe de distrito Chojnicki, «en un

mundo en el que Dios aún concedía su gracia a las majestades y los locos como yo hacía oro»). La marcha militar compuesta en 1848 por Johann Strauss (padre) sirve a modo de equivalente simbólico de las pírricas victorias al final de la contienda, que preludian los dolores de la frustración, al poner a prueba las reservas de un estoicismo en sintonía con los trastornos de la época, aplicable a cualquier época. En el árido interior de la trama, la destrucción que renuncia a relacionarse con su dualidad inherente: lo mortal y lo abandonado, lo revelado pero nunca contemplado, lo absorto hacia afuera. Se difiere el sufrimiento para eliminar capas de morbosidad, todo lo que queda es la perdurable dignidad de lo que colisiona: «A través de los prismáticos, Francisco José contemplaba los movimientos de todas y cada una de las secciones; durante unos minutos se sintió orgulloso de su ejército y, durante unos minutos, también sintió lástima de su pérdida. Porque ya lo veía machacado y disperso, repartido entre los muchos pueblos de su vasto imperio». Al integrar política y psicología La marcha Radetzky se proyecta hacia dentro, evoluciona desde la batalla de Solferino, a finales de los años 1850, hasta las postrimerías de la Primera Guerra Mundial (1914 - 1918), mientras engendra sus propios mundos simbólicos, limitados apenas por una elocuencia que asimila intuitivamente la verdad de sus representaciones, el poder de sus universos, mentales, colindantes, enfrentados: «Ni el mismo emperador es ya responsable de su monarquía. Es más, parece que ni Dios está muy dispuesto a cargar con la responsabilidad del mundo». El autor de La rebelión (1924) se retira en lugar de enfrentarse, se aleja a los problemas secundarios, a las dificultades transferibles a cualquier sociedad, en cualquier momento. Ineludible, irremediable, incurable La búsqueda del poder purificador de la soledad motiva al cronista, empeñado en el extremo más alejado de un significado al que desciende atando cabos sueltos, «tal vez cree que su fantasía completa lo que las noticias le cuentan a medias. Pero son esas noticias especiales las que juegan con su fantasía». Al dar la vuelta a la página, la revelación da buena cuenta de lo que elegimos eludir, inmersos en las fluidas superficialidades de la pérdida de sentido, ahogados en los términos de una incomodidad basada en la timidez de no decir lo que pensamos, sea porque no sabemos articularlo, o porque no com-

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prendemos lo que ha pasado. Un ambiente de fatalidad inminente prefigura la ausencia de libre albedrío o el sentido de redención: «El viento que agita la bandera con la esvástica», escribe Roth en 1924, con motivo de un viaje al Báltico, «nada sabe de ella. Las olas en que se refleja no son responsables de tal profanación». Despierta a lo que abre los ojos por primera vez, atenta lo que corroe nuestros cimientos, la pura intuición del articulista decide dar el primer paso: «Puesto que nada lo ata a su época, cree que su época está desbocada». En los artículos de Años de hotel, anillos de finalidad se ciernen en torno a las indefinidas certezas. A la inutilidad de la violencia, se opone la revolucionaria búsqueda de la camaradería, el peligro frente a la seguridad, la certeza de lo desconocido. Libro adentro, obsesiones sembradas desde la infancia, versiones evidentes de ignoramos en boca de «un aristócrata en un

mundo burdo, un hombre de palabra mil veces traicionado, un honesto y humilde luchador que siempre termina derrotado». Nos alienta el cuentista de El triunfo de la belleza (1934) a sentirnos juez y parte de nuestras luchas internas, nuestros afectos deconstruidos por el rigor de lo ineludible, irremediable, incurable. En extasiadas atenciones, vigorosas sinceridades: «Parados frente a los últimos de esos emigrados [rusos en París, 1926], que no comprendían su propia catástrofe, sabíamos más de ellos que lo que podían contarnos y, cuando el tiempo nos tomó del brazo, crueles y, sin embargo, tristes, nos alejamos, dejando atrás a estas almas extraviadas». Liberal la organización aleatoria, a cargo del individuo que narra, contenido en su misma inexistencia y la del grupo social al que pertenece. El exceso nos salva de los ataques sobrios de un naturalismo zolaesco. El único personaje que sobrevive en estas postales de la Europa de entreguerras es el testigo, la conciencia a través de la cual se destila la inacción que comunica sus excedentes. Cuántas veces, esclavizados por la impetuosidad o el orgullo, no hemos callado, entumecidos por la perspectiva de aniquilación: «Los seres humanos son tan estúpidos que ni siquiera contemplar la eternidad los estremece». Frente a los enloquecedores comportamientos del narcisismo absolutista, la homérica y fútil epifanía arraigada menos en momentos de entendimiento que de turbación, de oscura adicción a lo que se desbloquea inevitablemente ante nosotros: «Una butaca del vestíbulo [de hotel]. ¡Ése es mi hogar y el mundo, un lugar familiar y extraño, mi salón sin un solo retrato de mis antepasados!». Ante nuestros ojos, no sólo la literatura, sino la vida misma; frente a la comprensión del futuro, la enojada, envidiosa cerrazón «del anhelo de libertad [que] aboca cruelmente al hombre encerrado en su acogedora casa a abrir las ventanas de su galería». Los eventos en secuencia se relacionan entre sí sin profundizar en la psicología de sus participantes: los cuadros rara vez revelan su motivación, excepto por una o dos frases irónicas. Se suman las teorías del inhumano comportamiento, la conclusión es sencilla aunque brutal: destinadas a la acción, todas las buenas intenciones del mundo no lograron evitar el desastre de la Segunda Guerra Mundial (1939 - 1945). De ahí la estoica delimitación de la sensibilidad, en refugios aislados y precarios, expuestas y acogedoras, las ideas de hogar y/o escape, («el sonido estridente que rasga la

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noche es sólo el silbido de una locomotora […] un grito de alegría que celebra las llegadas»), seguridad y aventura se alternan en torno al conjunto de daguerrotipos cuya principal preocupación es el tiempo o su falta. Burocráticos proyectos, pasatiempos inactivos Por suerte, hay cosas que no conocemos del todo. Al incurrir en expresiones de confianza en nosotros mismos obviamos la precaución de elevar las expectativas. Joseph Roth desaparece en lo que escribe. Maneja el pasado mientras avanza hacia el final inevitable, cuenta su propia versión de una resignación condenada al fracaso. A la abstención sucede la autocomplacencia, en disputa contra el diletantismo. La precisión del estilo conduce a los paradigmas probados mil veces para evitar las trampas de la novedad. Al aferrarse a la argumentación, la narrativa avanza, elige incidentes concretos y los deshace en ejemplos para retratar objetivos no anticipados: «¿Qué le importaban [al barón Von Trotta] los precipitados y confusos decretos que dictaban sus instancias superiores semana tras semana? […] Había muerto su hijo. Había terminado su misión. Se había hundido su mundo». El valor de un propósito jamás llevado a cabo parece ser la preocupación central a La marcha Radetzky, la salvaje lucha interna, informativa en el contexto, alejada de su tiempo y lugar. Sus escenas adolecen de referencias explicativas para los sucesivos estados mentales. Los poderes ilimitados de la autoexpresión limitan sus significados: «[El barón] recorrió todo el camino hasta el centro de la ciudad con el sombrero en la mano, sin cruzarse con nadie. Caminaba muy despacio, como quien camina detrás de un coche fúnebre». Sus avatares no van a ninguna parte, invariablemente infelices, nunca, salvo en ocasiones, se comprometen. Testigos de sus talentos, renunciamos a la trama en favor de las ideas. Cuando los males que la novela previó y predijo nos siguen abrumando, la edición de Alianza nos la devuelve, en nueva traducción de Isabel García Adánez. En sensaciones emocionales, los procesos mentales del autor de Años de hotel, recién editados por Acantilado en selección de Michael Hofmann, versionados a nuestro idioma por Miguel Sáenz, con la sensualidad de una lógica en la que pensamientos y las percepciones progresan, culminan y recomienzan a merced de los «incendiarios que se queman a sí mismos, fratricidas, diablos que se muerden la cola. Es el séptimo círculo del Infierno, cuya filial en la tierra se conoce con el nombre de Tercer Reich». A través del punto de vista

omnisciente de la tercera persona, la peripecia de forma tan concisa que parece cierta: «La primera experiencia está aislada», se anota en 1931, «como una imagen iluminada en medio de la oscuridad, y por lo tanto aún más luminosa». Se actúa de acuerdo a un plan no establecido, una estética inarticulada, en rivalidades de una maduración objetivamente rutinaria, que aporta interferencias a lo que iba a ser el paradigma. Lo cómico se cumple en las conexiones entre la finalidad de lo inacabado y lo figurativo específico de los epigramas en los comentarios del autor considerado, junto a Hermann Broch y Robert Musil, uno de los mayores escritores centroeuropeos del siglo XX. Percepciones políticamente incorrectas, intuiciones de lo suprapersonal, empatías de lo que, por un lado, comprende la forma lógica de lo tenue, y por otro, se aterra con lo que sucede. En repetidas crisis de existencia, el pensador habitual cede al análisis de sí mismo a través de lo que lo rodea. Ni meditativo ni contemplativo, no busca la paz ni la iluminación postrera. Busca la verdad, pero no se apasiona, no tanto como para dejarse decepcionar por ella. Encuentra y redecora lo que añora, se involucra en proyectos burocráticos, en pasatiempos inactivos.

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Pilar Adón

La soledad soñada (estudios de cuentistas) Por Javier Sáez de Ibarra Pilar Adón (Madrid, 1971) ha publicado los libros de cuentos Viajes inocentes, 2005 (VI); El mes más cruel, 2010 (MMC) —que incluyen algunos poemas—, y La vida sumergida, 2017 (VS). La obra cuentística de Pilar Adón posee una unidad temática y estilística características. Sus relatos giran en torno a una idea que podríamos relacionar con el deseo epicúreo de construir un lugar propio en donde ponerse a salvo del mundo humano, y aun del tiempo, para posibilitar ahí el desenvolvimiento de una existencia auténtica que corresponda a la verdadera naturaleza de cada uno. Este «lugar» se identifica en el primer libro no con un espacio concreto, sino con el viaje, precisamente el descarte de toda constricción física. Después, ese lugar tendrá una identidad determinada: la casa. Siempre una edificación grande y antigua de varios pisos y muchas habitaciones, con jardín, alejada de otras y rodeada por la naturaleza indómita; ahí los protagonistas, uno o a lo sumo dos, se recluyen para salvaguardar si no la felicidad, al menos su identidad de individuos. La experiencia de encierro de los personajes produce una dialéctica compleja: la firmeza de su decisión, la relación con el entorno natural, el vínculo entre ellos mismos, los parientes y amigos que desean visitarles… Estos cuentos exploran las posibilidades y límites de esa opción radical de vida que, sin embargo, debido al tratamiento estilístico del relato produce un efecto de idealización casi mítica y que no rehúye la ambigüedad de una atmósfera que parece disolverla en una especulación, una ilusión, una quimera. La realidad social en los relatos de Pilar Adón se caracteriza por su negatividad. Sean vecinos, parientes o personas que en un momento dado se cruzan con los protagonistas, se consideran hostiles. Las gentes hacen

continuamente observaciones y comentarios, critican, juzgan. Esto fuerza al personaje a mantener conversaciones y crearse obligaciones. «Mejor […] no tendremos que dar ninguna explicación a nadie. Ni tendremos que escucharlas» (VI, 16). «Estaría recibiendo las voces de las mujeres que habían entrado en su casa como golpes contra su cuerpo […] que le pedían más datos […] y que le intimidaban y le acorralaban» (MMC, 147). Su presencia, percibida como sofocante presión, conlleva inevitablemente la necesidad de dar una determinada imagen que los complazca; pero que es fingida y, por tanto, falsa. «Aquí encerrados no vemos a nadie. Y nadie nos ve a nosotros. De ese modo no tenemos que preocuparnos por lo que puedan pensar los demás» (MMC, 73-4). Los protagonistas entienden que la vida en sociedad es una imposición inevitable y que todas las relaciones, salvo las escasísimas expresamente buscadas, son siempre perjudiciales en cuanto les impiden vivir como ellos verdaderamente desean. «Si para que dicha convivencia civilizada pudiera ser real debía optarse siempre por el sometimiento y siempre por la rendición de unos ante otros» (VS, 11). El otro que irrumpe es siempre alienante. Uno de los relatos lo lleva a un siniestro extremo: todos en la ciudad conocen los planes íntimos de una viajera (VI, 57). Ante esto, los personajes adoptan una decisión drástica: romper todos sus contactos y relaciones. «Me transformé […] Modifiqué mi conducta, dejé de sonreír. Dejé, casi, de hablar. Y, por supuesto, dejé de agradar […] Ya no tenía que someterme a la tiranía de una imagen ideal que mantener» (MMC, 66). Este carácter tóxico del intruso es, sin embargo, especialmente difícil de detectar cuando se trata de una relación sentimental o se da en el seno de la familia. En la pareja se ejerce el dominio y la manipulación; un hermano traiciona a su hermana; la madre o el padre violentan

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Javier Sáez de Ibarra. Pilar Adón. La soledad soñada

al hijo con sus exigencias: «... al menos, en aquella ocasión, iba a poder demostrarles a todos […] que era un chico listo» (VI, 147); o lo encierran, le reclaman una perfección imposible. Su poder puede llegar hasta lo insoportable: provocar el suicido al sentirse frustrados, o el crimen al caer en la cuenta; o llevarles a la resignación: «El significado de la renuncia […] La tan penosa pero balsámica renuncia a la propia dicha…» (MMC, 120). En los personajes no encontramos el gozo del amor: «... yo, desde una perspectiva ciertamente más experimentada […] no quise decirle que […] no se encuentra jamás» (VI, 106); su sentimentalidad ciertamente existe —nunca hay indiferencia—, pero es turbia, malsana, perversa. Dado lo pernicioso de las vidas afectiva, familiar y social, el sujeto para ser libre ha de escapar, rehuir todo lazo. Esta fuga adoptará la forma de un cambio de residencia: de Italia a Cataluña, del campo a Madrid, fuera de Polonia a través de Europa. Pero también la de unas vacaciones sin fin, como el inglés en la costa mediterránea, hasta que «Había ido notando poco a poco, muy dolorosamente, que la gente volvía a sus casas con el fin del verano» (VI, 109). Por último, la opción del viaje perfecto, que no busca un destino determinado ni vuelve al punto de partida, sino consiste en huir sin dirección, sin compromisos ni objetivos —justo lo contrario de aquello que el orden social impone—, un desplazarse irresponsable y sin culpa. «Mi todavía débil determinación de no regresar, y continuar viajando por Europa sin un destino fijo» (VI, 20), como pedacitos de hojas rotas que arrastra el viento porque ya no le sirven al árbol. Este ser huye del lugar que le es asignado por fobia a la presión social como por las heridas de la falta de amor y de atención (el niño descuidado por su madre, la violinista cuyo arte todos ignoran…). Se trata de personajes especiales señalados por el sufrimiento; de manera que su opción por apartarse no obedece a veleidades o al capricho, sino a la necesidad: «El dolor a veces se convierte en el punto de partida idóneo para comenzar a realizar lo inimaginable hasta el momento. El dolor pasa a ser la excusa, la condición» (VI, 19). El deseo de escapar adoptará por último la decisión de recluirse en una mansión aislada circunscrita por un paisaje inhóspito. De un golpe parecen resueltos todos

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los problemas: la separación física de otras personas, el retiro que permite vivir como se desea, sin convenciones que seguir o comentarios adversos; sin fingimiento. La soledad permite la recuperación de la propia identidad en un espacio exclusivo y el disfrute del tiempo a la medida de uno. Autosuficiencia, autenticidad, control sobre sí… son términos que se corresponden hasta identificarse. Pero sólo la vida en el interior de ese refugio es su garantía. «La independencia. El desarrollo como ser autónomo y perfecto. Como unidad sin condicionamientos. En aquella casa situada en la ladera de un monte, rodeada de pinos, de aves y de insectos, y del brillo rojo del sol […] En libertad, con la posibilidad de actuar y no actuar. Ir y no ir. Querer y no querer. El privilegio supremo de la elección» (VS, 12-13). Los personajes son conscientes de ello: «Su proyecto era ciertamente inmoral. Extraño. Socialmente reprobable incluso. Por lo que debía mantener el secreto más absoluto para poder lograr una personalidad pura, completa, únicamente intelectual, libre de los perniciosos contactos directos con el resto de la humanidad» (VI, 48). «Quiero, anhelo, una hija autosuficiente […] me entusiasma ese incierto aislamiento independiente y femenino» (MMC, 187). Este encierro voluntario que permite una vida nueva y verdadera lleva ciertamente a una ausencia, «alejado de la realidad» (MMC, 149); incluso al exterior de la casa se alude con indeterminación en algunos momentos, como si no fuera más que un fondo borroso. «Estaban en aquella casa […] Sin espacio alrededor. Sin realidad ni ignorancia alrededor. Solo fascinación. Y la sensación de amplitud» (VS, 115-116). El paisaje lo constituyen árboles y plantas, animales que merodean, aves, caminos perdidos, o una costa agreste y amenazadora. La naturaleza es el contrapunto del orden y la civilización. Se muestra hermosa y cruel, implacable, puede engullir el cuerpo de una mujer; pero también acogerla cuando sufre… De alguna manera, cabría encontrar ahí una forma alternativa a la vida en sociedad; algunos de sus valores son deseables para los personajes que se retiran del mundo. «Pensó que la dignidad de la naturaleza era mayor que la del ser humano. En ese lugar no había espacio para la mentira, ni para la infidelidad, la cobardía o la avaricia» (MMC, 146); «La libertad plena: podía internarse en el bosque […] Ocultarse. Subsistir sin Pilar Adón. Fotografía: Luis Niño

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nadie a su alrededor. En un espacio en el que no hubiera cabañas ni comunidades humanas» (VS, 93). Incluso abogan por no intervenir en ella. Aunque, finalmente, su fiereza resulta incompatible con la existencia más refinada que se pretende.

La voluntad de reclusión, sin embargo, parece más una reacción a la amenaza que significan los demás que la apuesta por un proyecto. Los personajes no se proponen objetivos claros. Ocupan días y meses enteros en leer o estudiar, sin muchas especificaciones —«el arte del pasado», (VS, 109); «para dejarse crecer el pelo y repasar la teoría de la evolución de las especies» (VS, 14)—; en pensar sin objeto determinado: «se dedicaban a observar las sombras móviles de las manchas de los cristales atravesadas por los rayos del sol…»; «se dedicarían a analizar la madera de las sillas y las mesas»; «empezar a hablar de cualquiera tema. Dejar que pasara el tiempo […] quedarse así para toda la vida» (VS, 121.122). Adoptan una actitud contemplativa que no busca construir una teoría sobre el mundo ni alcanzar un conocimiento de sí más profundo. Se asemeja más bien a un interludio sin principio ni fin sólo guiado por la ociosidad de una mirada absorta que no concluye en nada ni los transforma. «Había conseguido su dicha a base de agrietar sus aspiraciones hasta dejarlas reducidas a la simple contemplación del acontecer diario» (MMC, 128). Lo esencial es no decidir, no tener prisa, no asumir responsabilidades, despreocuparse. Si el paso del tiempo en algún momento se experimentó como destructor, ahora, en la soledad, uno puede apoderarse de él, detenerlo, ponerlo a su servicio. «Maquinar nuevas tretas para no conmoverse. Para lograr que el tiempo se deslizara mansamente por encima de ella sin apenas producirle un roce en la piel» (MMC, 172-3): hacer de la vida una «plácida navegación que las trasladaba por encima de las cosas sin rozarlas» (VS, 17). El paraíso se encuentra en una casa solitaria que nos proteja del género humano, nos dicen los relatos de Pilar Adón; su acceso es un paso natural íntimamente deseado, cuyo aplazamiento sólo produce ansiedad. No obstante, una y otra vez vemos cómo esa solución se halla amenazada. De un lado, por las visitas inoportunas —que se representan incluso como alimañas: «Se acercarían, acechantes, hasta el borde de las camas para arrodillarse sin pudor y espiar su pequeña oscuridad de madriguera infantil» (MMC, 90)—, intrusos ante los que sólo cabe ceder momentáneamente, echarlos, alejarse a casas cada vez más recónditas. O, como opción extrema, el crimen: «El agujero en que había metido a un hombre que no tuvo otra cosa mejor que hacer que

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ir a molestarle con sus preguntas […] Ante él, que quería que le dejaran en paz» (VS, 130). Por otro, la convivencia de las personas encerradas, que nunca alcanza la armonía. Los relatos analizan su casuística: el encierro de una joven lleva a la dependencia de otra: «¿Qué se yo cuándo va a volver a abrir? […] ¿qué sé yo si ella querrá verme en su próximo paseo o no?» (MMC, 82); o de un marido por su mujer de ánimo inconstante. El deseo radical de soledad lleva incluso a la petición expresa de que la otra persona muera, a la que esta accede como a una petición natural; a matar a un padre que puede perturbar la calma; a prescindir de todo afecto, salvo de algún encuentro sexual esporádico. En otras ocasiones, amenaza esa autosuficiencia la presencia de los muertos, que conservan intacto su poder del pasado; sea un padre despótico, un hermano, una compañera: «No podía morir dos veces. De modo que Hilda tendría que resistir y conformarse y compartir el espacio y el aire con quien tanto decía quererla» (VS, 23); «las manos suaves que acarician su cara y le retiran el pelo de sus ojos son las de su padre, que sigue respirando y continúa existiendo» (VI, 80). Los cuentos no ignoran el sufrimiento que puede llevar aparejado una vida tan solitaria, su carácter ascético en ocasiones, la angustia, el deterioro. «¿Por qué no te casaste nunca?... Podía ver cómo su madre deseaba sonreír generosamente, con una sonrisa sincera y sugerente que se extendería por toda su arrugada cara, cada vez más arrugada, y pálida, cada vez más pálida» (MMC, 165). «Tal vez sea capaz de pedirle de una vez que me explique en qué consiste todo esto, tanta confusión y tanto vacío» (VS, 35). Ocurre que el encierro resulta a menudo más un pensamiento de felicidad que una experiencia. Y un factor que malogra esa pretensión es la necesidad de reconocimiento del otro, de su mera presencia (incluso como un fantasma), que nunca puede desarraigarse por completo. Este hecho somete al encierro y a la pretensión de autonomía absoluta a una tensión enorme. «Que su vida consistiera en abrir cajones de cómodas. Todo era extraño, pero tenía que encontrar una señal. Cualquiera indicio que le demostrara que la presencia de su hermano […] era un hecho» (VS, 126). «¿Cómo actuar para que aquella admiración no se extinguiera? Para que no se perdiera... y no se transformara en una indiferencia que pudiera llevar al desinterés» (VS, 48).

Esta dialéctica de libertad-autenticidad en pugna con sus contradicciones pareciera resolverse en un desasimiento definitivo, el de la vida en sus rasgos humanos reconocibles para abandonarse incluso hasta la eliminación del propio cuerpo: «Y respirar. Manteniendo una serenidad que les hacía indiferentes a cualquiera caída. Sin rumores internos. Sin materia» (VS, 106). O como en el final del último relato en que, tras vengarse de su padre, «Eloísa seguiría escapando […] Ocultándose sin dejar de pensar en lo apropiado que sería disponer del don de la ligereza. De la bendita facultad de alzarse del suelo, desprenderse de la gravedad y ascender» (VS, 153). Pilar Adón narra de múltiples formas la huida de un mundo insatisfactorio, el refugio en una intimidad no observada donde el espacio se reduce y el tiempo se adensa. Sin embargo, es elocuente lo que ahí se calla: no hay amor, no hay sexo, no hay perfeccionamiento o progreso, no hay futuro ni final. Tampoco se habla nunca de dinero, el que se haría imprescindible para sostener esa existencia: los personajes no comen, no visten, no necesitan nada. Todo se resuelve en juegos de emociones, rechazos, una anomia solipsista y, en último término, estéril. La uniformidad de los temas se vuelve, sin embargo, atractiva por el registro poético de su estilo, su leve intriga en cada caso, los giros inesperados, las omisiones de información, las alusiones, el vaivén del tiempo, lo indeterminado, la composición musical por saltos y contrastes de la materia narrada. La atmósfera de elegancia, distinción, belleza y leve decadentismo en que participan y que protagonizan los personajes favorece la sensación de irrealidad de lo que se cuenta y le confiere un aura inasible. No podemos saber si esas vidas son sólo un sueño, una teatralización de posibilidades ante nuestros ojos; si ese beatus ille redivivo, esa vida Au rebours (como escribió Huysmans) están todavía a nuestro alcance o los cuentos constatan su definitiva postergación. Con todo, un despliegue tan fiel y minucioso de la añoranza de una vida diferente no deja de resonar en los relatos de Adón, y acaso nos interpela en este mundo que padecemos para hacer deseable la desaparición. «Berta desea ser una de esas semillas que no muestran la cabeza al exterior y que prefieren pudrirse en la conocida oscuridad húmeda de la tierra nueva. Una de esas semillas que jamás sentirán el azote del viento ni el calor asfixiante del sol» (VI, 78).

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El holandés errante

Entrar a una casa (primera habitación) Texto y fotografía: Álex Chico Una historia, en La Habana, puede situarse en cualquier parte. En algún punto del Malecón, al lado del Capitolio o paseando por unas cuantas calles del barrio chino. Como toda historia, es posible contar con un buen número de personajes, hombres y mujeres que forman un abanico heterogéneo del ambiente cubano, mientras caminan por el Paseo del Prado o asoman la cabeza en La Bodeguita del Medio. Sin embargo, el inicio de esta historia se sitúa aquí, alejado del centro, frente a un edificio viejo de El Vedado. Un bloque medio en ruinas con siete plantas, ubicado en el cruce entre dos calles, 25 y O. Nada hace que nos detengamos. El edificio no difiere del resto de inmuebles de la zona. Su encanto es idéntico al de otras muchas viviendas que se mantienen en pie por pura inercia. Pertenece al pasado, aunque aún no sepamos por cuánto tiempo. No es la primera vez que cruzo una calle en La Habana y, al doblar la esquina, oigo cómo un edificio se ha venido abajo. El mismo que cinco minutos atrás estaba observando. Por eso siempre experimento una sensación parecida cuando atravieso la ciudad: la idea de que todo tiene un aire de acabamiento, de final de partida que, si no quiere concluir el juego por completo, está obligado a recomenzar de nuevo. Tal vez la ciudad no se venga abajo o no se caiga, pero sí se deshace, como si el sustrato de cada edificio lo absorbiera poco a poco para devolverlo a la tierra. Puede que ese sea el motivo por el que me he detenido frente a este edificio de El Vedado. Para retenerlo en la memoria, por si acaso. La mirada intenta captar cada uno de los detalles: cristales rotos, una cadena que cae por la fachada y queda suspendida en un número, el 160, los balcones endebles, la sabia lección de permanencia de las balaustradas. Un par de tablones

están clavados a una puerta. Madera sobre madera para impedir que, en época de huracanes, salgan volando. Es otro aire, otro distinto, al que se refería uno de los moradores de la casa. El aire y la luz son parte integrante de la ciudad, dijo. Eso es lo que le otorga un carácter singular. Una atmósfera parecida a la que traía de su lugar de origen. Sevilla. Andalucía. No es el primero que compara esos dos territorios. La proximidad entre La Habana y el sur de España también aparece en otros autores. En Juan Ramón Jiménez, por ejemplo. O en Lorca, que lo dejó escrito de forma muy clara: «Es el amarillo de Cádiz con un grado más, el rosa de Sevilla tirando a carmín y el verde de Granada con una leve fosforescencia de pez». En otra ocasión, lo compara con Málaga. Las ciudades se superponen, se mezclan unas con otras. A mí me sucedió con otro lugar, mientras caminaba cerca del Capitolio y vi cómo una calle del barrio chino se llamaba Barcelona o al cruzarme con un autobús que aún no había cambiado su ruta en la cabecera: aunque transitara por La Habana Vieja, su recorrido seguía siendo Plza. Catalana-Santa Coloma. Tiene razón Lorca: la ciudad es puro color, pura plasticidad. Los tonos son vivos y variados. Sin embargo el tiempo les acaba otorgando un filtro similar. Lo vuelvo a pensar mientras observo este edificio de El Vedado. Su grisura lo conecta con otras casas del barrio y del centro de la ciudad. Las paredes son como una piel muerta que comienza a desgajarse. Cada hueco o cada trozo de pintura que se desprende son la constatación de que los años pasan. El tiempo acaba uniformando el recuerdo, sin los matices que sólo se pueden percibir en un presente concreto. Un presente que ahora queda lejos. Casi setenta años atrás. Una placa ennegrecida nos recuerda su nombre y el tiempo que vivió en la ciudad. Parece una continuación del propio edificio. Por eso es difícil reparar en ella. Las

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letras están oscurecidas y hace falta un esfuerzo para descifrar cada frase. La inscripción de dos fechas abre una grieta en la memoria. Intentas situarte en un tiempo exacto: 1951-1952. Y te haces la misma pregunta que formulabas hace un rato, mientras estabas frente a otro edificio: ¿cómo es posible reconstruir un lugar para salvarlo, antes de que se rompan las paredes y los muros de la casa? Esta otra casa se encuentra cerca de allí, en el mismo barrio, entre Avenida Línea y 14. Perteneció a la familia de Dulce María Loynaz. Es una construcción singular, llena de encanto, como otras muchas edificaciones de El Vedado. Su aspecto actual, perdida ya la elegancia de otro tiempo y su esplendor de época dorada, me recuerda a un personaje de Billy Wilder. La casa es como Norma Desmond, una vieja gloria del cine mudo que nadie recordará pasados los años. Aún continúa habitando una de las casas de Sunset Boulevard, como un secreto mal guardado. Porque detrás de una fachada ruinosa, detrás de una piscina vacía y de la maleza que se ha ido acumulando en la entrada, se mantiene una memoria viva de otro tiempo. Hay que traspasar el jardín para saber lo que perdura ahí dentro, y cada nuevo paso es un paso menos, un tramo breve que nos acerca a una época no del todo clausurada. Sólo así logramos que nos hable la casa: «y luego no ser más / que un cascarón vacío que se deja, / una ropa sin cuerpo, que se cae». Eso fue lo que escribió Loynaz. Una advertencia, más que un poema, cuyo título también vaticinaba lo que estaba por venir: «Últimos días de una casa». Un texto que da voz a un lugar que acogió a unos cuantos autores: a Juan Ramón Jiménez, a Alejo Carpentier, a Gabriela Mistral, a García Lorca. Cuesta verla así, como el vestigio de una época remota, como un pasado que queda aún más lejos. Algo similar a lo que le sucede a la casa de Vicente Aleixandre en Madrid. Una omisión que es casi un discurso, porque de omisiones está hecha también la historia. Quedan unos pocos datos que aún la sostienen: que fue allí, en esa casa, donde Loynaz escribió sus poemas y su primera novela, Jardín; que hicieron de ese lugar un mundo en miniatura del que no necesitaban salir; que en una de sus estancias se interpretó por primera vez en el Caribe una pieza de Arnold Schoenberg; que su atmósfera generaba una capacidad de ensueño, por el ambiente atenuado del jardín y su luz de carburo y queroseno; que los largos vestidos de sus moradoras y las estatuas apiladas en la casa, traídas de Europa, las hacían vivir en el pasado, en el anacronismo. «¡[Q]ué bello y qué extraño...!», escribió la autora sueca Fredrika Bremer en 1851, mientras miraba el cielo

de La Habana. Así es también la casa, una demostración de cómo todo lo insólito nos atrapa, porque la extrañeza es, en ocasiones, un buen reclamo. Por eso decidí entrar a ese edificio de El Vedado. Antes apunté la cita que estaba inscrita en la placa: «La Habana es su cielo y este no parece parte del cielo común a toda la Tierra, sino proyección del alma de la ciudad». Consulto ahora el diario en donde tomé aquellas notas y me doy cuenta de que escribí otra palabra: protección, en lugar de proyección. Sé cuál es la causa (la poca definición de las grafías, las letras que lentamente se van borrando), y sin embargo hay una parte de mí que confía en que no fue un cambio involuntario. Escribía lo que quería haber leído, a saber: que la mirada es una forma de proteger el alma de un lugar, como un asidero al que nos agarramos poco antes de que un edificio se venga abajo. La Habana es una ciudad que vive en la calle. A simple vista, parece un gran decorado, como el que encontró Graham Green en Nuestro hombre en La Habana. Para él, el lugar es un accidente, un telón de fondo. Seguirá siendo, como su personaje, un turista permanente. Un viajero efímero que no llegó a conectar con el paisaje. Porque el paisaje habanero es algo más. Es una lección de vida constante, sin apenas pausa. Es la música que agita un baile en mitad de una calle y es también la mujer que hace cola en la heladería Coppelia o el hombre que encontramos en mitad del Paseo del Prado. Recuerdo a uno: un tipo locuaz que vendía sus dibujos y con el que estuve conversando un buen rato. Me invitó a tomar ron, mientras me hablaba de la que para él era su verdadera pasión, la escritura. Me sorprendió uno de sus principales objetivos: ser el primer cubano en ganar el premio Planeta. No fue el único con el que me senté a charlar. Si pienso en la suma de diálogos que mantuve en La Habana, me viene a la memoria una novela de Alejo Carpentier, El acoso. También yo me sentía observado, no por el público o por una taquillera a la entrada de un auditorio, sino por un mundo en el que apenas puedes estar solo. Siempre parece haber gente dispuesta a charlar contigo, a contarte un pedazo de su vida, como si al explicártelo lograra desplazarse muy lejos de allí. Quizás para prolongarse a través de un recuerdo que alguien acabará evocando en otra parte.

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El ambigú

Los que alcanzan la orilla Paula Lapido Algaida: Sevilla, 2019 328 págs.

Literatura por debajo del radar Por David Aliaga En la trayectoria de algunos autores es posible apreciar las fortalezas y debilidades (que diría el profesor del enésimo máster de project management) del sector editorial en nuestro país. Existe en la pelea por los lectores, por el espacio en las librerías, una precariedad acuciante para los contendientes que la afrontan puramente desde lo literario, desde los márgenes en lo económico y en lo social. Sin un sello con capacidad de incidencia en el mercado y sin un par de amigos que tengan en Twitter varios miles de seguidores o una columna en el digital de moda, puede sucederle a un autor que su libro apenas alcance a cien o ciento cincuenta lectores. Esto no es una novedad, ni se da en todos los casos (pienso en lo bien que ha funcionado el boca a oreja con Panza de burro, de Andrea Abreu), pero sí tengo la sensación de que es un fenómeno de intensidad creciente. Entre los autores ya consolidados y la legión de autores que imprimen sus novelas sin revisar en Amazon se encuentra varada lo que a veces se ha llamado (no sé si despectiva o condescendientemente) «clase media» de la literatura española. Esto es, escritores y libros que se mueven entre el excelente y el aprobado para los que resulta cada vez más complicado asomar la cabeza entre los primeros y que cada vez se ven más ahogados por los segundos. Puede suceder entonces que pase inadvertida una novela tan notable como Los que alcanzan la orilla, por la que Paula Lapido recibió el Premio Kutxa Ciudad de Irún en 2019. El propósito indisimulado de esta breve nota es contribuir a su rescate. Lapido es una de aquellas autoras que hace ya una década nos dieron a conocer dos de los editores con más olfato que yo haya conocido: Oscar Sipán y Mario de los Santos. Tropo publicó el primer libro de relatos de la autora madrileña, Teoría del todo, que fue finalista

del premio Setenil. Cuando el sello aragonés comenzó a desvanecerse, la literatura de Lapido reapareció en otro sello al que hasta hace un par de años merecía la pena mantenerse siempre atento, Salto de Página, con una original novela que llevaba por título Horror vacui. Sin embargo, una autora respaldada por la crítica y por editores que han construido sólidos catálogos antes de hacerse a un lado, publica su tercera obra y asiste a la desatención a pesar de que probablemente acabe de poner en manos de los lectores el que sea su mejor libro hasta la fecha. Los que alcanzan la orilla narra el doble viaje —geográfico y emocional— que emprende Giulia Clément cuando le notifican la muerte de su hermano en la localidad provenzal de Montmerny, años después de que este, en la cima de su carrera como pianista, decidiese romper con todo y desaparecer. La noticia de su fallecimiento y la necesidad de que se persone en la aldea francesa para reconocer el cadáver dan pie al resquebrajamiento de las certezas y de las convenciones a las que, como cada uno de los lectores, la protagonista había anclado su vida. ¿Conocía Giulia a su hermano realmente? ¿Hasta qué punto sabemos, o hasta dónde nos afecta aquello que quienes nos son queridos hacen cuando no están al alcance de nuestra vista, de nuestros oídos? Lapido dialoga con estas preguntas a través de un texto en apariencia sencillo, despojado de artificios, en el que casi parece que la autora haya decidido retirarse de su propia obra para permitir que la novela suceda — una suerte de tsimtsum narrativo—. Los que alcanzan la orilla nos envuelve con el calor pegajoso de la Provenza, con la belleza de sus campos de lavanda y unos incordiosos insectos verdes que están por todas partes, con las melodías de Rachmaninov también, tejiendo con estos elementos un manto contradictorio de afectos, belleza, incomodidad y desasosiego que permite al lector transmutar en la narradora mientras la lectura sucede.

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El ambigú

La insumisa

Cristina Peri Rossi Palencia: Menoscuarto, 2020 238 págs.

Pura Cristina Peri Rossi Por María José Bruña Bragado «La insurrección comienza con una confesión» es el título de un estudio de referencia de la crítica Francesca Denegri que podría muy bien servir como encabezamiento a estas impresiones sobre el último libro de Cristina Peri Rossi. Sabemos que el desarrollo de la autobiografía tiene lugar con la secularización del pensamiento y coincide con una construcción de la subjetividad en cuanto dimensión interior donde se expresan afectos, emociones, sentimientos. Una vez Rousseau consolida y transforma el género que inaugurara San Agustín, la escritura de lo íntimo a través de cartas, diarios, memorias y autobiografías comienza a ser, además, el único terreno no vedado a la mujer con inquietudes verbales. Era ese espacio liminar entre realidad y ficción, pero con anclaje en la primera persona, el que permitía, a través de estrategiasformales y políticas variadas, la creatividad, la reflexión e incluso, en algunos casos, la supervivencia —véase el caso de Flora Tristán o el modelo incontestable de Sor Juana Inés de la Cruz—. Sor Juana, Flora Tristán, Woolf, Constancia de la Mora, María Teresa León o Lucia Berlin muestran que lo íntimo puede ser un molde idóneo, no sólo para articular una imagen de sí, sino para introducir la fantasía y dar cauce a la exploración estética, ética, ideológica o social. Peri Rossi no precisa mecanismos extraescriturales o paratextuales para insertarse en una tradición en la que, siempre de manera original, irreverente y renovadora, se inscribe. Y si los utiliza lo hace a contracorriente llamando «novela» a esta autobiografía: no necesita legitimar con lo fidedigno su impulso creativo. Su confesión, tal vez imaginada, siempre múltiple, sigue siendo el principio de la revuelta o la insumisión. Articulada en capítulos de lectura autónoma, La insumisa configura una suerte de cartografía de su perso-

na y formación intelectual y humana —pasión por el lenguaje, la naturaleza, la madre, miedo a lo desconocido, descubrimiento del deseo homoerótico—, pero también la de toda una familia, una generación, un ambiente, un país. Con pulso narrativo vibrante, genuino, la mirada analítica y perspicaz de Peri Rossi se sitúa en el contexto del Uruguay de los años cincuenta-sesenta para explicar por qué era necesario ponerlo patas arriba, interrogarlo y no someterse a él. No tenemos en La insumisa un retrato complaciente o narcisista, sino un intento impertinente, arrollador y delicioso de indagación lúcida en todos los por qués, en lo más insondable y también «banal» (Arendt) de la condición humana: la violencia patriarcal tan arraigada en nuestras sociedades que destroza el habla y ocurre más allá del lenguaje hace acto de presencia en varios momentos cruciales del texto y noquea al lector. El humor y lo lúdico, sin embargo, son constantes también. Es este, a mi entender, uno de los aciertos más notables del libro: su capacidad para combinar e hibridar lo alto y lo bajo en todos los sentidos y la consciencia de que de alturas y abismos en paradoja sustancial está hecha toda historia de vida, estamos hechos todos. Así, la huella de la vivencia convertida en experiencia se percibe en la prosa torrencial de quien vuelve de los infiernos y sabe contarlo. Con Kristeva, podemos decir que en cuanto da testimonio de la experiencia, este libro conmovedor es literatura y nada más que literatura. La fábula y el mito siempre van de la mano de la verdad. Peri Rossi es maestra en transformar la experiencia de vida en conocimiento memorable a partir de la fábula, de la imaginación, de la libertad. Pasen y lean. Cristina Peri Rossi en estado puro.

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Poeta chileno

Alejandro Zambra Anagrama: Barcelona, 2020 424 págs.

Familias postizas Por Alejandro Espinosa Fuentes Los padrastros y las madrastras no tienen fama de buena onda en la literatura. Lady Tremaine, madrastra de Cenicienta, y Humbert Humbert, padrastro abusador de Lolita, son personajes crueles y manipuladores, pero resultan indispensables para las historias dickensianas de huérfanos atormentados, por eso me resulta insólito en literatura (aunque en la vida deben ser la mayoría) la idea de un padrastro generoso y comprensivo. La palabra tiene connotaciones negativas en nuestro idioma aunque no sea así en todas las lenguas, de modo que ignoro cómo será entendida una novela como Poeta chileno en sus diferentes traducciones, pero sé que en la lengua en la que fue escrita se inserta en una problemática social que está más vigente que nunca: la identidad en la era de la fragmentación. ¿A dónde vamos y de dónde venimos? Puede que la novela de Zambra sólo quiera compartirnos una situación compleja en la vida de un poeta latinoamericano de la clase media, y aun frente a una lectura así de plana, la novela cumplirá con creces las expectativas de cualquier lector. Por otro lado, con una

lectura más profunda el libro adquiere tintes mitológicos. El relector de esta obra, que ya no se conformará admirando el trueque de genealogías, podrá descubrir numerosas apuestas en juego: la de la tradición poética de Chile, los hallazgos de inventar un país a la distancia, la juventud perdida de los viajeros que se fueron para no volver (y volvieron), la función oracular de las instituciones culturales, la descomposición de la familia y las tradiciones poéticas. La historia de amor entre Gonzalo, Carla y el hijo de esta, Vicente, es la de un hilo invisible que enlaza a través de la poesía dos formas generacionales de ver el mundo. La novela está narrada con la sencillez, que no simpleza, de los grandes narradores universales. Cuando apareció Bonsái en el año 2011, mis amigos y yo debatíamos sobre su extensión; era un libro tan perfecto, tan concentrado, que decíamos medio en broma que si tuviera cuatrocientas páginas manteniendo la misma intensidad podría resultar nocivo para la salud. No podíamos estar más equivocados. Poeta chileno se impone esa estructura y logra su cometido sin resultar en ningún momento cansino o tedioso, mucho menos enfermizo. Tal como van las cosas, Poeta chileno se está consolidando como una de las grandes lecturas para la cuarentena y, sin duda, constará en las listas de los grandes libros de 2020. Si sobrevivimos. Este ha sido un año tortuoso y terrible para la cultura, lo que no dice nada malo de la novela de Zambra; al contrario, es el mejor halago que puedo hacerle. Este año se han publicado grandes apuestas editoriales, pero debido a la pandemia muchos lectores no han tenido cabeza o, dado que su vida está en riesgo de manera cotidiana, no han tenido interés para sentarse a leer con atención una obra de ficción. Es muy destacable, entonces, que un libro con nula promoción, sin un tema controvertido ni que trate de emergencias sanitarias haya sido leído con tanto entusiasmo en España y en Latinoamérica. Creo que todos los buenos lectores que conozco se han maravillado con Poeta chileno y comparten la historia del poetastro Vicente con la naturalidad del que habla de su propia familia. Y cuando digo todos, me refiero a que es uno de esos libros que se prestan entre amigos, familiares y colegas, y se platican a gusto para recordarnos, en una época en la que la palabra muerte se infiere en todas partes, la curiosidad por la vida y su invento más valioso y maltratado: la poesía. Poeta chileno es, sobre todas las cosas, una bella invitación para volver a la poesía. Cuántos lectores cascarrabias, críticos avinagrados, novelistas politiqueros y polemistas de redes parecen necesitar este empujoncito en esta era de incertidumbre.

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El ambigú

El cuerpo

Mircea Cărtărescu (Traducción de Marian Ochoa de Eribe) Impedimenta: Madrid, 2020 528 págs.

Un hueco, un remiendo Por José de María Romero Barea El sinsentido es apenas uno de los muchos hilos de la trama basada en la coincidencia, «lo tienes todo en ese enorme código único, en este códice, en este libro ilegible, este libro» con predisposición a suspender la incredulidad para ingresar en la narración, el artefacto forzado por la necesidad de callar, el volumen que se anula a sí mismo, a merced de los «ojos ultralejanos, periféricos y tristes de los antepasados», vulnerable a su propia mutilación. Sobrevive el relato El cuerpo (2020) a través del manuscrito demediado a medida de una existencia aferrada al alma de la ironía, donde «tú eres tan solo la llave de la puerta entre los mundos, pero una llave que se fundiría en la cerradura y que, con ella, generaría la puerta y el espacio mágico del otro lado», un sesgado homenaje en prosa, extrañamente apropiado, a una poesía que funciona como una de las múltiples manifestaciones de la ficción. «¿Qué espero? ¿Qué locura imposible de contemplar se va a formar y deformar en el cielo siempre atormentado de mi mente, de mi libro?». A través de la metafísica travesura, la prolija meditación, la crónica del lento declive hacia la enajenación que, como un árbol de connotaciones, sigue el esquema fantasmal del tronco narrativo, «contemplado por un ojo inconcebible», antes de extenderse a través de las ramas divergentes de la constante reinvención, «con efectos de la concavidad y el engrosamiento de unos perfiles inesperados», hasta aflorar en la devoradora obsesión por la literatura de Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956), «ese aullido amarillo, con la singularidad muda del núcleo de mi libro y de mi vida». Posmodernos divanes de la perspectiva conducen a textuales psicoanálisis que exponen las fijaciones no reconocidas del poeta de El Levante (1990): «sumergirme, una y otra vez, en eso que he llamado siempre mi verdad, mi manuscrito o mi vida». Se coopta por

la concisión a expensas de la perorata, «tan solo una imagen del verdadero verdadero verdadero vacío», en el que se insertan disquisiciones en blanco por cada hoja escrita, antes de salir «al exterior, a la noche bucarestina, cegado por los faros y las luces de neón». Se eliminan trozos de la verborrea en favor de una versión reducida de la exuberancia. A favor de la intertextualidad, el creador de El ojo castaño de nuestro amor (2012) o Solenoide (2015) dialoga con los espacios vacantes de una conceptual enciclopedia, «un hueco, un remiendo de otro lugar, de otro mundo», una novela que incluye todas las novelas, amablemente arrogante, falsamente ingenua, «el fragmento de un canto, un parlando apenas murmurado, en una lengua desconocida» acerca de la inconsciencia deslumbrada por el artificio de habitar lejos de uno mismo. «Todos tenemos en nuestro interior el gemelo virtual que nos contempla», se afirma casi al final de la saga, «asombrado desde el otro lado del espejo deslumbrante del sexo, que brilla como el sol, la luna y las estrellas en el centro de nuestra mente». Un fajo de impresiones indefensas alimenta la maquinaria trituradora de la invención en el volumen central de la trilogía, editada por Impedimenta, en traducción de Marian Ochoa de Eribe, Cegador (1996-2007), junto a El ala izquierda (2018), y El ala derecha, (2021), donde las palabras, como mariposas, «sobre las estrellas y los cenagales y las fronteras y las amebas […] inexpresables como un arco reflejo o un arco voltaico», abandonan la página impresa, tiernas y tristes, evocando no sólo la espantosa comprensión de la ausencia que alberga el, entre otros, Premio Thomas Mann de Literatura o el Formentor de las Letras, sino su tensa repetición en «fragmentos de pintura que se aclaran un momento antes de culminar en nuevas deformidades». Todas las preguntas se vuelven absurdas frente a la gran pregunta de El cuerpo, una historia no del todo real que apunta a la irrealidad que todo lo abarca.

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El peso del hielo

Basilio Pujante Boria Ediciones: Murcia, 2020 166 págs.

El placer de reencontrarse Por Darío Hernández Tras la publicación en 2016 de Recetas para astronautas (Ed. Balduque) y de los relatos aparecidos ese mismo año en el diario La Opinión de Murcia, Basilio Pujante nos presenta ahora una nueva colección de once cuentos titulada El peso del hielo (Ed. Boria) y donde este, al que Carmen Pujante Segura describe en contraportada como «atrevido explorador de (sin)sentidos», nos conduce por los ricos territorios de su memoria y su imaginación. Una de las características y, en mi opinión, también de los atractivos más notables de la colección es su diversidad temática, estilística y técnica. Y así, entre los asuntos tratados con mayor emotividad y eficacia narrativa, nos encontramos, sin duda, con la infancia y la repercusión de su vivencia en la edad adulta, como demuestran cuentos como «Verde botella», «Pelé» o «Es como volar», este último de lenguaje metafórico y tono lírico; si los dos primeros relatos van directos a nuestra memoria, «Es como volar» lo hace al corazón. Mucho de imborrable memoria y de corazón maltrecho tienen también «Jimbocho» y «FAV», dos historias de nuevo autofictivas pero contadas de diferente manera: la primera siguiendo el modelo epistolar y de un enorme efecto catártico, como comprobará el lector, y la segunda a través del relato en primera persona de un profesor que nos narra su calvario 2.0. En una línea similar se sitúa «Elogio de la cordura», cuento sobre el enigmático personaje Ramón Medina, escritor marginado por los círculos culturales pero con el que el narrador protagonista entabla una singular relación literaria y personal. Y del poder catártico y unificador de la escritura, al de la lectura en «El hombre que lee», relato que bebe en lo temático y lo estilístico de diversas fuentes (como Fahrenheit 451 o Cien años de soledad), pero, sobre todo, fundamentado en la idea de una posible realidad futu-

ra: la de una sociedad en la que los libros y su lectura se hayan convertido en algo extraordinario, extravagante. En esta misma dirección, indaga nuestro autor en otros entornos igualmente propicios para la degradación moral del individuo, como plasma el relato titulado «Quemado», el más largo de la colección, cuyo telón de fondo (un fondo oscuro) es el mercado publicitario. Coincide estéticamente en su final «Quemado» con «La duda o la rabia», pues pese a tratarse de dos historias completamente distintas, acaban ambas con un personaje caminando solo hacia no se sabe dónde, y dejándonos a los lectores experimentando precisamente eso, una sensación ambigua entre la rabia y la duda: ¿es Jimmy en realidad aquello de lo que se le acusa? Entre los relatos más curiosos desde el punto de vista técnico nos topamos con «Historia meridional», narrado en presente histórico y estilo directo libre, y en el que se nos cuenta con admirable fluir narrativo la historia de Luis y Luisa, desde los inicios de la Guerra Civil hasta el final del franquismo: encuentro de soledades, recuerdos indelebles, cruces de caminos, la vejez, el amor constante pero solo a veces compartido… También interés presenta en sus aspectos estilísticos «Puerta de embarque», cuento polifónico y de estructura paralelística que nos viene a recordar que el mal siempre está presente, acechando en cada esquina, como el sorpresivo y desazonador final nos deja claro. A los lectores, una recomendación: ponerse en las manos de Basilio Pujante y dejarse llevar por él por las calles de Tokio, recordar gracias a sus historias las íntimas experiencias de nuestra infancia, a nuestros amigos de aquel entonces (¿dónde andarán?, ¿qué será de ellos?...), permitirnos reflexionar sobre el pasado, el bien y el amor, pero también prestar atención a los poderes destructivos, al acechante mal y los peligros de caer en los hábitos y entornos degradantes. Y siempre, detrás de todo ello, la lectura y la escritura con sus salvíficas fuerzas, el placer de reencontrarse en libros tan maravillosos como este: El peso del hielo.

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El ambigú

La exactitud del latido. Diario de un poeta recién casado cien años después.

José Andújar Almansa & Antonio Lafarque (eds.) Centro Cultural de la Generación del 27: Málaga, 2019 242 págs.

El latido perenne Por Francisco Díaz de Castro Del germinal legado de Juan Ramón Jiménez, el Diario de un poeta recién casado es el libro clave en su trayectoria y en la historia de la poesía española, además de uno de los más estudiados y valorados por la crítica. La exactitud del latido conmemora el centenario de su publicación en 1917 y reúne las lecturas de veintiún poetas de distintas generaciones junto a dos espléndidas contribuciones de los editores: Antonio Lafarque revisa con detalle la estructura significativa del libro y lo presenta como el «descubrimiento en su escritura de un ámbito poético nuevo» y José Andújar destaca el tratamiento del espacio neoyorkino como una «selva semiótica» cuya nueva lógica de la metáfora confirma la modernidad de lo fragmentario. De la variedad de lecturas de estas páginas, rematadas por un magnífico poema de Joan Margarit, todos sus autores coinciden en el papel decisivo del Diario en el proceso creador del poeta: con él «el universo de la Obra aparece felizmente resquebrajado» (Jorge Gimeno) y Juan Ramón es otro a partir de entonces (Luis Muñoz). Resulta muy interesante la diversidad de enfoques de los distintos autores: Gómez Toré subraya la ausencia de Zenobia en el texto, si bien en opinión de Ana Merino es esta la que cambia el paradigma de su universo poético y lo lleva a la renovación. También Darío Jaramillo considera el diario como «libro fundador de la poesía española del XX», en el sentido de que Jiménez escribe mientras la Historia sucede, aunque sólo una vez menciona la guerra mundial y ninguna la boda.

Para Abraham Gragera el Diario es una obra de descubrimiento y rechazo, a la vez, de «una nueva dimensión de lo real», y Alberto Santamaría lo entiende a partir de un imaginario Elfrik Sens: leer de nuevo a Jiménez como quien busca la página en blanco. Por su parte, González Iglesias busca los ecos de la tradición clásica y de sus lecturas americanas, particularmente los de Adriano y Emily Dickinson. Desde un punto de vista original, Luis Bagué analiza cómo Juan Ramón percibe Nueva York como un «laboratorio óptico» y, en otras direcciones, los textos de Luis García Montero y Jaime Siles enfocan otros dos aspectos importantes del Diario. Siles lo considera un libro «refundacional en la poesía moderna y en su obra» que deja todo lo anterior en «borradores silvestres»; valora su compleja sencillez y la proyección de un yo extrañado que aquí encuentra su auténtica personalidad poética. García Montero recuerda el carácter de «viajero incómodo» del poeta durante su travesía e incide en aspectos esenciales como el anticlericalismo del libro como «pieza menor pero fundamental para sostener el edificio» textual, además del destacado tratamiento de la inestabilidad del ánimo del poeta, paralela a la del mar: «libro para poetas, para personas interesadas en llegar hasta el esqueleto de la poesía, la verdad de la ficción poética». Más personales, los textos de Deltoro, García Román, Rivero Taravillo, Josep Mª. Rodríguez, Ada Salas, Juan Marqués y Marta Agudo destacan sus experiencias propias de lectura, y Felipe Benítez Reyes presenta al poeta como un Minotauro en su laberinto textual, como el neurasténico estilístico irredimible, y muestra hacia el conjunto de la escritura de quien llama con humor «el Casado con su nombre», su admiración irritada y su respeto, a la vez que detalla el conocido y prolongado incidente de la pintoresca denuncia del poeta a la Compañía Trasatlántica por el deterioro de su equipaje. Si siempre es muy interesante la recepción de un libro por los poetas, ante el calibre del Diario cobra mayor interés aún esta suma de comentarios de los que aquí tan sólo se ha podido dar un brevísimo resumen.

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Encuentros con libros

Stefan Zweig (Traducción de Roberto Bravo de la Varga) Acantilado: Barcelona, 2020 272 págs.

Lectura en profundidad Por Anna Rossell Una joya, esta recopilación de textos de Stefan Zweig. El editor, Knut Beck (*1938 Berlín, Alemania), ha tenido el acierto de reunir artículos que, dispersos en origen, subrayan así el profundo conocimiento de Zweig de la literatura universal y su exquisita maestría como crítico literario. El libro corresponde a la traducción del que fue publicado en su versión original como parte de las Obras completas de Zweig (S. Fischer, 1983). Como informa Beck en su epílogo, el número de reseñas literarias del autor austríaco que conservan plena actualidad es elevado y por ello «era preciso realizar una selección lo más representativa posible». El resultado es óptimo. El libro incorpora, además, algunos prólogos a obras de autores memorables (Goethe y Rousseau), un estudio comparativo entre Jeremias Gotthelf y Jean Paul; otro, de dos novelas históricas, El conquistador, de Richard Friedenthal y Alejandro, de Klaus Mann, y un tercero, que repasa diversas publicaciones sobre Byron. Además de deliciosos artículos en los que reflexiona sobre Las mil y una noches, el cuento («Regresar a los cuentos») y el fenómeno del libro («El libro como acceso al mundo» y «El libro como imagen del mundo»), que, a pesar de Internet, mantienen su vigencia. En total el volumen agrupa textos aparecidos en diversos medios, relacionados al final, entre 1902 y 1939. Su ordenación no es cronológica sino «por literaturas nacionales y, dentro de cada bloque, por épocas». La lista completa de obras y autores reunidos no tiene desperdicio. Además de los mencionados el lector encontrará, y no los nombro a todos, a A. Stifter, Rilke, A. Ehrenstein, J. Roth, Freud, Th. Mann, Stendhal, Flaubert, Balzac, Whitman, Joyce, Gorki… Es un verdadero privilegio para el lector en lengua española poder acercarse a otra faceta de Zweig (Vie-

na, Austria-Hungría, 1881- +Petrópolis, Brasil,1942), menos conocida en traducción. La sensibilidad y la capacidad de observación lectora y crítica, reflejadas también en los textos más breves de este prolífico autor, merecen ser difundidas más allá de las fronteras de la lengua alemana en la que escribió. Como hombre de profunda cultura, ávido lector y atento observador del mundo editorial de su tiempo, es capaz de relacionar sensiblemente como pocos al autor objeto de su estudio con su contexto cultural, subrayar la importancia del rescate de una obra cuando ha sido a su entender injustamente olvidada, sopesar las ventajas de una edición respecto de otra(s) a través de un minucioso análisis de los criterios de publicación o valorar con argumentos de peso la importancia que tiene un tipo de edición determinada en la mejor o peor comprensión de un autor. Su pericia y sus conocimientos le llevaron a impulsar ambiciosos proyectos editoriales. El autor, que, como él mismo había declarado, prefiere subrayar los valores positivos de una obra antes que los negativos, no rehúye sin embargo señalarlos cuando lo considera necesario. Sus análisis son concienzudos, específicos, minuciosos, nunca generales ni anodinos; entra en lo lingüístico, en la construcción de la obra, en la temática, en la intención, en la repercusión, en la matización de los personajes… y gusta de comparar obras con obras, autores con autores, estudiarlos a la luz de su contexto y sacar conclusiones para iluminar aspectos biográficos del hombre a partir de la obra, porque no concibe la separación entre uno y otra. Es memorable su capacidad para el epíteto interpretativo capaz de condensar ambos. Refiriéndose al Ulises de Joyce escribe: «Entre sus mil quinientas páginas no habrá ni siquiera diez que reflejen la cordialidad, la generosidad, la bondad, […].Todas son cínicas, burlonas y de una violencia extrema, un huracán de indignación, explosivo, nervioso, encendido, que gira a un ritmo desenfrenado, embriagador y fascinante». Un libro erudito para amantes de la lectura en profundidad.

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El ambigú

Quién anda ahí

Ketty Blanco Zaldívar Polibea: Madrid, 2019 68 págs.

Conciencia individual Por Jesús Cárdenas Hay conciencias individuales que se desdoblan, se multiplican y terminan estallando. Pero la conciencia individual no es una, sino la suma o proceso de las distintas conciencias que nos han hecho y han quedado atrás, enterradas. Con este planteamiento se encuentra el lector con Quién anda ahí (Polibea), de la poeta y narradora Ketty Blanco Zaldívar (1984), cuya andadura literaria comienza, en 2009, con escaso conocimiento en nuestro país hasta que formó parte de la antología preparada por la editorial Polibea, Lenguas de marabú. Poesía cubana del siglo XXI, en 2018. Destaca Sergio García Zámora, en las páginas preliminares, este proceso de búsqueda de la identidad, «como poeta y como mujer». La aceptación de ambas condiciones provoca que los tonos vayan desde lo cotidiano «hasta el hondamente reflexivo y filosófico». La forma de mirarse adentro y mostrarse a los demás es la forma de Ketty de concebir el discurso poético desde la moral, la solidaridad y la ternura. El pórtico del libro es tan importante como la elección de un buen título. No hay mejor acompañamiento que el verso citado de Alejandra Pizarnik. El sujeto lírico se fragmenta en otras voces, como se aprecia desde el primer verso del poema que da título al libro: «Hay quien parecida a mí en una oscura celda», y más adelante, el desapego del yo: «Quién es aquella desconocida que la suplanta». En soledad, las conciencias sobreviven en conflicto consigo mismas y lidian con el contexto. La joven poeta cubana recoge toda la tensión e intensidad que le propone la vida. El cerco que las asedia entra conti-

nuamente en conflicto la tensa relación familiar: «Mi madre pasa y volteo al otro lado / como un pollo con el cuello torcido. / Un pollo que debe escribir; comprar tomates, / tener hijos». La atmósfera parece hervir, en cercanía, y resultar atosigadora y asfixiante, como podemos leer en un ramillete de poemas: «Se llama autocompasión», «Nunca podré crear» o «Days like these». Al quedar la realidad tan fragmentada, la voz íntima se desdobla en máscaras mitológicas, de patrones femeninos que simbolizan la fortaleza como Helena de Troya o Casandra. Sin embargo, desde nuestra perspectiva actual han dejado un rastro de insatisfacción y renuncia: «No soy Helena, pero al barrer estas cenizas / algo habrá sido diferente». Abandonado el yo, se formula una ética que mira al otro, una perspectiva femenina que abomina de la realidad cautiva y desprecia el desequilibrio de los sexos. El discurso poético de Ketty Blanco se convierte en el altavoz del padecimiento de muchas mujeres. El tono crítico se ve acrecentado al ocuparse de las Madonnas y de la tabernera, mujeres presentadas sin esperanza, en versos desoladores: «Bebo y sé que pronto nada sabré. / Únicamente las huellas de un forastero / sobre el barro que soy». En los poemas sintéticos de Quién anda ahí se subraya la necesidad de reconstruir el yo alejándose del rol asignado. La idea de heredar un papel rompe diques mentales en un nuevo ejercicio solitario del pensamiento crítico: «Dime de qué parte de mi cuerpo / arranco la semilla. / Quiero sembrar hombres». La conciencia individual necesita desprenderse de los patrones de una sociedad machista, y al tomar la figura de la geisha, escribe: «Los hombres le brindan cervezas, / le imploran deliciosamente abrirse. / Al andar ella tuerce un pie hacia adentro». Los hechos cotidianos nombrados no son acopio ni tampoco mera constatación sino un modo de tensión en el que resuenan las incertidumbres casi secretas, en tono confesional: «Estoy sola, / pero tenso la cuerda». Tales versos podrían sintetizar la poética que impregna todo el libro.

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Amor. Antología 2006-2019

David Trashumante El Petit Editor: Cullera, 2019 250 págs.

Inquietud como principio Por Alberto García-Teresa Escribió Jesús López Pacheco que «hay que andar para no helarse». David Trashumante (Logroño, 1978) lleva integrado ese principio en toda su práctica poética, que consiste en una suma de poesía textual y visual, poesía escénica y polipoesía, perfopoesía y pequeños coqueteos con el videoarte. La inquietud, en efecto, y la necesidad de búsqueda frente a lo establecido (en todos los ámbitos) son los motores de su poesía, la cual, no en vano, surge desde el descontento y una actitud radicalmente antiautoritaria. En este volumen, Enrique Falcón selecciona piezas de toda la prolífica trayectoria libresca de Trashumante; un total de nueve poemarios y un buen número de publicaciones dispersas e incluso inéditos. Así, Amor presenta una completísima panorámica de una propuesta incómoda y cuestionadora, necesaria para despegar las adherencias de nuestro campo poético. La amplia muestra permite percibir que Trashumante construye sus poemarios en torno a un concepto, y logra, de este modo, libros muy cohesionados. Estas páginas, con todo, plasman la evolución de una forma de entender la poesía y de llevarla a cabo que enjuicia constantemente tanto su escritura como el mundo que observa. De hecho, ese sentido crítico y una agudísima mirada son el soporte para una ironía y un sarcasmo que atraviesan no pocas de sus composiciones. Trashumante domina el ritmo y la tensión de sus piezas, en las cuales los bucles, los rizomas y las estructuras paralelísticas empujan un desvelamiento de la realidad al tiempo que levantan suspicacias sobre el discurso lineal. A su vez, aliteraciones y todo tipo de juegos fonéticos agitan sus poemas. Los collages o la distribución del texto sobre la página nos descubren una reflexión permanente sobre la construcción de la enunciación. Con el paso del tiempo, su imaginería y su expresión se enfocan más desde

el irracionalismo, y llegan a su culmen en el libro Apenas. La riqueza de recursos formales y las variaciones y multiplicidad de enfoques que ofrece sobre ese mismo tema que vertebra cada poemario manifiestan lo arduo y fructífero de un trabajo de investigación sobre las capacidades expresivas y comunicativas del lenguaje. Desde piezas más fulgurantes y ruidosas hasta textos de serena reflexión, queda patente la heterogeneidad de una práctica poética que se resiste a ser atada. Esa diversidad, en efecto, no deja de ser una constatación de una filosofía vital de búsqueda, imaginación y libertad por parte de Trashumante. Precisamente, la denuncia concreta de esta organización del mundo excluyente y cruel supone uno de los polos de su escritura. En especial, incide en la represión política y social, en los mecanismos de sometimiento y, por tanto, en las herramientas del Poder para mantener su dominación. La crítica a la alienación, al ensimismamiento y al autoengaño lo acompaña. Con vehemencia, de carácter explosivo, empujado por el ánimo y la urgencia de encontrar la manera de destruir todo para que todo pueda vivir, el poeta busca y siembra grietas desde donde pueda florecer la rebeldía. Esto incluye el ámbito lírico y emocional, pues significa la interiorización de los conflictos colectivos al tiempo que la más inmediata y accesible palanca de cambio. El afecto, entonces, y la solidaridad refulgen especialmente en esa alternativa existencial y ética que se trasluce o se vuelve explícita en su obra. Sin embargo, la poesía de Trashumante, en papel, únicamente refleja una parte de toda su potencia. Por eso, se ha incluido un CD con diecisiete cortes que recogen, en parte, su investigación sonora (apoyada en la electrónica y los instrumentos de cuerda) y su fuerza como rapsoda. Constituye un complemento tan necesario como la propia labor de este autor en el panorama literario contemporáneo.

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El ambigú

El paraíso difícil. Siete años en Extremadura (2013-2019)

Eduardo Moga Godall Edicions: Barcelona, 2020 487 págs.

Las cosas regresan a su origen Por Javier Pérez Walias «Extremadura configuraba, a mis ojos, un lugar crudo y sin adherencias, donde aún era posible encontrar cosas olvidadas, y encontrarlas también en uno mismo». Así reflexiona Eduardo Moga (Barcelona, 1962) en el prólogo de El paraíso difícil. Siete años en Extremadura (2013-2019) sobre su paso y su experiencia de vida por la región citada ya en el subtítulo. El libro, escrito en una prosa deslumbrante y editado con espléndida factura por la editorial catalana Godall Edicions, destacando su cubierta, recoge, a modo de dietario («la narración fechada del yo»), las entradas publicadas, un total de noventa y siete, en sendos blogs (Corónicas de Ingalaterra y Corónicas de Españia) administrados por el escritor catalán. El paraíso difícil —oxímoron que compila, con sensibilidad, las sensaciones, en ocasiones agónicas, de lo vivido por el autor de Bajo la piel, los días en tierras extremeñas— nos da fe, a lo largo de más de cuatrocientas páginas, de forma profusa, pero precisa, con una prosa poética (a veces) y sensual, de cómo sentir la tierra y establecer lazos afectivos y profundos con su gente. En este paraíso difícil, Eduardo Moga ejerce de cronista en Hoyos (Sierra de Gata), Mérida, Plasencia, Cáceres o Badajoz, y nos narra, con generosidad y fino humor tintado de ironía y acidez, hechos, acontecimientos, anécdotas, encuentros y adversidades. Todo ello en un libro de viaje de agudas reflexiones; incluso, diríamos, en una detallada guía de puntos de interés: paisajísticos —«Los cerezos en flor»—, literarios —«La Biblioteca de Barcarrota»—, históricos

—«En el circo romano de Mérida»— o gastronómicos —«Del Tábula Calda al parque de la Isla»—. Parece de Perogrullo, pero debo advertir al lector de que los temas abordados en un volumen tan vasto son variados y numerosos, lo que nos abre innumerables caminos de lectura gustosa y dota a la obra de un gran interés, no sólo literario sino también sociológico. En la contracubierta, Matilde Martínez Sallés (editora de riesgo, téngase en cuenta el pleonasmo) concluye que Moga «se pasea y nos pasea entre árboles, pájaros, monumentos, historia, sabores, texturas, colores, pueblos, amigos, paisaje, paisanaje, observaciones certeras, revelaciones luminosas y literatura». Pero, aun siendo todo ello así, es la cuidada prosa del escritor catalán y la delicada agudeza de su lenguaje lo que seduce al lector y convierte estas noventa y siete entradas blogueras, además de en una suculenta guía para el viajero por tierras extremeñas, en un oráculo manual de reflexiones o libro de las maravillas. Todo ello, en este paraíso difícil, queda fijado en un «diario [en palabras del autor], a veces espaciado, a veces imperfecto» de estructura tripartita: «1. Antes de vivir allí»; «2. En Mérida» y «3. Tras mi regreso a Cataluña», secciones desiguales en cuanto a su número de entradas (veintiocho, en la primera, sesenta en la segunda y nueve en la última), además de un prólogo explícito y confesional firmado por el propio escritor barcelonés. El autor de Insumisión nos ofrece a través de estas páginas una imagen viva y muy personal del pueblo extremeño, lejana del tópico unamuniano y más próxima a los versos de Celan «… tú sabes de las piedras, / tú sabes de las aguas, / ven, / yo te llevaré lejos, / a las voces / de Extremadura» que sobresalen como umbral del libro a modo de cita. Eduardo Moga, partiendo del soporte digital, ha escrito un libro que sorprende por su encuadre panorámico y nos envuelve con una prosa depurada —que no austera—, emocionante, entretenida y rica en el uso de todo tipo de matices y recursos de estilo. Boecio escribe en su Consuelo de la Filosofía: «Todas las cosas regresan a su origen y cada una celebra su retorno». Seguro que todos los lectores, de dentro y fuera de Extremadura, celebraremos el retorno de Eduardo Moga a esta tierra, al origen de este libro, acercándonos de su mano a un paraíso hoy, por todo ello, menos difícil.

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Cántico

José María García Linares Valparaíso: Granada, 2020 60 págs.

Un grito a la esperanza Por Juan Peregrina Martín Ya Juan de la Cruz, Guillén o Blas de Otero cantaron antes y titularon así sus respectivos libros. García Linares se acerca más al primero en la forma y al tercero en contenido. Las liras sirven al poeta para acercarse/acercarnos a la realidad y hablarnos de problema acuciante: los movimientos migratorios. El yo lírico se convierte en viajero forzoso, en un caído Ulises que, sin elección, viaja impelido por arribar a su particular paraíso al que llegará según le han contado. Mucho cantado y demasiado contado después, pedirá a sus dioses que lo acompañen en su periplo nada fácil: las divinidades harán lo propio abandonando, desoyendo y dejando a su suerte a este viajero sin esperanza. La manera realista que tiene García Linares de acercar la materia poética al lector se transforma en una épica de lo cotidiano y por momentos nos deja sin aliento: el poeta selecciona forma, contenido y retórica con mucha propiedad, permitiendo al personaje diversos acercamientos al trance de encontrar lo que debe hallar. Así, la desposesión de todo, la metáfora del abandono y la frontera se convierten en tres elementos fundamentales que el poeta completará con contrastes acertados y de apariencia absolutamente natural, permitiendo acercarnos más al libro, al contenido y al discurso que el poeta quiere imponer —uno de ellos—: la empatía tan necesaria en tiempos de extremismos y olvidos de personas. Uno de esos contrastes será el agua soñada respecto al desierto de donde proviene el viajero: curiosamente, por la religión, ese manantial buscado ya forma parte de su conciencia, de su día a día mental, por lo que las transiciones hacia el deseo llegan de manera casi espontánea, sintiendo la

desazón, la sequedad de la garganta y hasta los resuellos del personaje. El abandonar todo lo necesario realmente como la familia, el espacio, la personalidad, conforma una variante del pensamiento racional del caminante: poseerá cuando llegue trabajo, dinero, espacio… pero no podrá compartirlo con quienes de verdad importan, así que las dudas y sobre todo el miedo irán construyendo en la metamorfosis obligada que sufre, la nueva materia mental de que se alimenta este hombre. Una de las metas que a la par se convierte en el territorio del pánico puro será esa línea inventada —un atravesarla el deseo más puro— que es la frontera: espacio antinatural del que somos poseedores al estar del lado poderoso o, al menos, organizar el discurso de poder sobre otros pueblos. Recuerdan las vicisitudes que vive, lo que ve, el tráfago de criaturas con que se cruza, a un roadbook en toda regla: García Linares consigue una especie de road poem de la necesidad, apelando con una forma clásica como es la lira a algo que es consustancial al hombre, como es la aceptación del extranjero, que además, es una coyuntura específicamente contemporánea a nuestro sentir, por los problemas, soluciones y decisiones que podamos tomar al respecto desde la nombrada posición de poder. Con apenas doscientos versos y recordando a los clásicos, García Linares elabora un Cántico que suena a moderno, a complicidad con quienes lean el libro y quieran comprender que la literatura, la poesía, a veces, sirve para desear, con una belleza sorprendente, mediante la denuncia de algo objetivo como es la esclavitud a la que se someten ciertas criaturas por necesidad, la poesía sirve, decíamos, para mostrar el mundo, empatizar con el otro, ansiar ser mejores personas.

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El ambigú

Digterne/Poetas

Pejk Malinovski (Traducción de Daniel Sancosmed) Chamán Ediciones: Albacete, 2019 148 págs.

Poetas con norte Por Agustín Calvo Galán No todas las cosas importantes pasan en Madrid o Barcelona; algunas suceden en Albacete. La reciente publicación, por parte de la editorial Chamán Ediciones, de Digterne/Poetas (en edición bilingüe) del danés Pejk Malinovski es una de ellas. Que se traduzca poesía del danés al español es ya de por sí un acontecimiento, pero aún lo es más si se traduce a un poeta actual. Indudablemente, Daniel Sancosmed Masiá —a cuyo oficio debemos también la celebrada antología Copenhague huela a París (Poesía danesa contemporánea), en Nórdica Libros (2016)— es el agente provocador. No voy a enjuiciar la traducción; no puedo hacerlo puesto que no sé una palabra de danés. O, mejor dicho, sí que conozco la palabra más trascendental que ha dado la lengua de Hans Christian Andersen al mundo: ordet. La busco en este libro, en los textos en danés: me pierdo entre párrafos y frases, entre las oes partidas por la mitad y las aes con un circulito encima; y, felizmente, la encuentro. Me siento aliviado. Dreyer sigue vivo en el reino de Dinamarca. Ahora ya puedo dedicarme a leer la versión española. Malinovski, según nos informa la biografía que consta en la solapa del libro, es poeta y documentalista. Parecerá una obviedad, pero este libro tiene algo de estas dos facetas. Lo primero que salta a la vista es que no estamos ante un poemario al uso, sino más bien frente a una obra híbrida: un muestrario a veces irreverente, siempre imaginativo, en el que el poeta como ser creador es representado, casi enciclopédicamente, con sus mil caras; y no con formas poéticas clásicas o moder-

nas, sino desde una prosa breve y limpia, formada unas veces por textos aforísticos —de una sola frase— y otras por párrafos más o menos largos. La fórmula repetitiva empleada consigue que el lector entre en un trance o en una borrachera que multiplica al poeta protagonista en personalidades diferentes. En ningún caso la repetición deviene aburrimiento: lo relatos y las posibilidades existenciales presentadas, cualitativas o estilísticas, van haciendo aflorar un conocimiento exacto, oportuno, de las miserias y las glorias propias de los bardos contemporáneos: «El poeta joven estudia las obras de los poetas mayores y los cita a menudo para ganárselos» (pág. 45). O «El poeta tiene un aura de incomprensión a su alrededor» (pág. 71). O «El poeta es un paquete palpitante de lágrimas y mocos» (pág. 95). El cine, por otra parte, está muy presente, desde Leos Carax a Harvey Keitel, así como las referencias literarias —especialmente bienvenidas en el ámbito hispano serán las que Malinovski hace a Bolaño o Paz— o los ecos borgianos que contienen algunas de las historias mínimas aquí contenidas: «El poeta valora escribir la biografía de un poeta hondureño ficticio» (pág. 69). Subyace también la tríada formada por Kierkegaard, Kafka y Pessoa, calificándolos en un pasaje como triángulo místico. Al fin, cabe destacar por encima de todo la fina ironía, característica inveterada de inteligencia, que destila todo el libro, convirtiendo su lectura en una experiencia placentera, incluso más allá de lo poético o metapoético. Y de la forma más curiosa posible la actualidad se hace presente: el autor danés nos proporciona aquí una descripción sintética y elocuente del desencuentro o la displicencia, que a veces llega al desprecio, con la que los países llamados recientemente frugales —en el ámbito de la Unión Europea— tratan a los mediterráneos: «La falta de respeto del poeta escandinavo hacia el poeta ibérico mayor, de formación clásica, complica su encuentro» (pág. 41).

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Recomendaciones de Quimera La princesa Brambilla

Ernst Theodor Amadeus Hoffmann Pre-Textos, 2020

Ante las críticas que se tomaron en serio su cuento «El pequeño Zaches, llamado Zinnober», E. T. A. Hoffmann, en el prólogo de La princesa Brambilla, propone al lector: «...avenirse al juego impertinente y caprichoso de un duende quizás a veces atrevido en exceso...». Y eso es esta novela, una obra fantástica con los elementos característicos de los relatos populares (magos, príncipes, reinos extraordinarios, genios, transformaciones...) que plantea una deliciosa historia en la que Hoffmann deja volar su prodigiosa imaginación de asombro en asombro, pero aderezándola con profundas notas de reflexión sobre lo maravilloso. Un libro que nos devuelve al disfrute infantil de la literatura.

El hombre que llegó a ser rey Rudyard Kipling Fórcola, 2020

Magnífica revisión del clásico de Rudyard Kipling, uno de los grandes clásicos de la literatura del raj de la India, publicado en 1888 e inmortalizado posteriormente en la gran pantalla en la película de John Huston. Esta publicación tiene además el acierto de incluir tres documentos originales: dos prólogos, a cargo del editor Javier Fórcola y el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón, y un epílogo a cargo de Ignacio de Peyró. Se nos muestra así de nuevo el clásico de Kipling remozado por la traducción de Amelia Pérez del Villar y reforzado por estos tres trabajos adicionales.

Dientes de perro Manuel Moya Baile del Sol, 2020

Moya vuelve a la carga con un nuevo libro de microrrelatos, género donde se le reconoce una voz propia. Premiado con la Crítica de Andalucía por su Caza mayor en 2014, que llegó también a finalista en el Setenil, repite en la editorial Baile del Sol para proveer al lector de ciento quince piezas cinceladas a base de pluma y tiempo, donde la ironía, el humor y la visión áspera de la vida que le caracterizan eclosionan en textos perfectos de larga durabilidad en la cabeza del lector. Lectura de calado para estos tiempos livianos.

El tiempo de la convalecencia Alberto Giordano Kriller 71, 2020

Las entradas que configuran este diario de Giordano no buscan sólo consignar una sucesión de días. Su escritura va más allá, porque abarca el mundo, nuestras preocupaciones, nuestras convalecencias, como un paseo que, sin previo aviso, toma otro camino y nos deja cara a cara frente a nosotros mismos. Un recorrido por diferentes universos que nos enseña cómo las dudas que plantea la ficción son, en ocasiones, iguales a las que genera la vida. Una crónica que nos interpela, porque Giordano habla de sí mismo y de todos los lectores, que avanzamos, fecha a fecha, por un calendario propio, al margen ya de su autor. Un libro, en resumen, excelente.

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Recomendaciones

El héroe de las mil caras Una historia de la mentira Juan Jacinto Muñoz Rengel Alianza Editorial, 2020

Muñoz Rengel nos tiene acostumbrados a ficciones inteligentes; como buena muestra podemos citar El asesino hipocondríaco (2012) y El gran imaginador (2016), ambos en Plaza & Janés. Ahora nos sorprende con un ensayo sobre la historia de la mentira, haciendo un recorrido desde las primeras noticias en la historia de la humanidad —incluso mucho antes, en el mundo animal— hasta la posverdad, y hace dudar al propio lector si nuestra propia existencia no es más que eso: una mentira, una ficción.

Clarice Lispector: Alguien dirá mi nombre Isabel Mercadé (coord.) Shangrila, 2020

Cualquier trabajo que aborde la obra de la escritora brasileña Clarice Lispector merece nuestra atención, pero entre los diferentes trabajos que se han abordado para conmemorar su centenario (nació Lispector en 1920) queremos destacar esta edición crítica, coordinada por Isabel Mercadé. En el volumen, amplio, más de cuatrocientas páginas, se recopilan trabajos sobre la escritora de autores, profesores y críticos como Lola López Mondéjar, Elena Losada, Antonia Maura, la propia Isabel Mercadé y hasta dieciocho especialistas que dan una perspectiva amplísima de la obra de la autora, fallecida en 1977. Imprescindible para lectores de Clarice Lispector.

Joseph Campbell Atalanta, 2020

Atalanta recupera El héroe de las mil caras (1949), del mitólogo y profesor Josep Campbell, uno de los hitos de la divulgación de la antropología cultural considerado por la revista Time como uno de los cien libros más influyentes en inglés de los últimos cien años. A través de mitos y cuentos populares del folklore y de las tradiciones de todo el mundo, y apoyándose en las teorías psicoanalíticas de Freud y Jung, Campbell nos desvela la estructura primordial del monomito del héroe y de las etapas de su viaje de descubrimiento espiritual. Un libro luminoso y revelador que nos ayuda a entendernos mejor como personas.

La muerte de la televisión no será televisada Emersson Pérez Liliputienses, 2020

En un nuevo empeño por acercarnos a poetas latinoamericanos, la editorial Liliputienses nos presenta un libro del autor chileno Emersson Pérez, una interesante radiografía de la actualidad a través de la impostura que imponen el universo digital y los medios de comunicación. No obstante, su análisis va mucho más allá, en un juego de tensión constante entre verdad y espectáculo que convierte nuestra vida en una suma de fotogramas efímeros, tan propios de una sociedad de memoria líquida e informaciones parciales. Destacamos un par de piezas que sobresalen en el libro: los poemas «[Las abuelas cubren los televisores]» y «Realidad y ficción».

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