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Desde la otra orilla


Desde la otra orilla Poema:

Montserrat Villar González Prólogo

Antonio Colinas

Obra gráfica:

Armando Arenillas • Concha Gay • Fernando García Malmierca Alvaro Pérez Mulas • Javier Redondo

proyecto arte

EDICIONES


EDICIONES


Desde la otra orilla Poema:

Montserrat Villar González Prólogo:

Antonio Colinas

Obra gráfica:

Armando Arenillas Dos serigrafías a cinco tintas sobre papel Zerkall de 250 gr. 45 x 35 cm.

Concha Gay Dos fotograbados en polímero sobre papel Zerkall de 250 gr. 45 x 35 cm,

Fernando García Malmierca Dos fotografías sobre papel de algodón de 250 gr. 45 x 35 cm.

Alvaro Pérez Mulas Dos fotografías sobre papel de algodón de 250gr. 45 x 35 cm.

Javier Redondo Dos serigrafías a tres tintas sobre papel Zerkall de 250 gr. 45 x 35 cm.

La edición consta de 20 ejemplares numerados del 1/20 al 20/20, 5 P.A., 3 H.C. y 1 B.N.E. Se firmó el 1 de Mayo de 2014 Fiesta del Trabajo.

proyecto arte ►EDICIONES www.proyectoarte.com C/. Eslava, 27 – 2º B. 47007 VALLADOLID. 646 182933 – 699 667379 javier.redondo1@gmail.com - conchagaylazarza@gmail.com


Para la plenitud del instante

Hay símbolos que no sólo contienen un significado fértil sino que, a la vez, nos conducen a la abstracción. Con ello, los significados del símbolo son múltiples. Así sucede en estos poemas de Montserrat Villar González, en los que esa presencia de la mar –a veces por extensión océano– adquiere un sentido predominante, es el espacio donde germina la voz de esta poeta. El mar de lo múltiple es por ello espacio para la ausencia y el olvido, el amor o el desamor, el lugar del destierro y del reencuentro con uno mismo, el lugar donde se muere para renacer y se renace para morir: como las olas. Pero en estos poemas, la mar es sobre todo una atmósfera (¿lírica o terrible?) que perturba al que la contempla y escribe, y salva a los poemas de entregarse al lirismo o a la simple realidad. Preguntas, respuestas, dudas, anulación del presente, fusión de tiempos, se dan cita en esa orilla donde tiembla el ser humano, el poeta. Esta abstracción o atmósfera de significados últimos necesitaba sin embargo un desenlace, una solución, que la autora consigue en el hallazgo del presente, en la plenitud (¿o simple consciencia?) frente al instante. Poseer este instante, adueñarse del presente, supone una solución temporal, pero válida para seguir adelante en la vida. Ese instante basta para adquirir una plenitud que necesitamos para no derrumbarnos ante el desasosiego o el vacío de la mar. A la vez, las ilustraciones que acompañan estos poemas comparten ese mismo sentido de indeterminación y libertad, la que sólo nos concede el situarnos frente a la inmensidad marina. Así fija esa sensación la abstracción -laberinto de Redondo y Arenillas, más atenta a la línea en el primero y a los volúmenes en el segundo; el mar en blanco y negro –dualidad extremada– de Concha Gay, los turbadores, apocalípticos desnudos femeninos, materia fundiéndose en la materia telúrica de Malmierca o el urbanismo-contraste y de nuevo la mar atmosférica de Álvaro P. Mulas. No es fácil la fusión de la palabra poética con las otras formas del arte, pero en esta entrega de Montserrat Villar palabra e imagen, palabra y color, se funden para revelarnos ese mensaje que la autora transmite “desde la otra orilla”. Esa orilla nueva que debe la palabra poética: afán de crear una atmósfera donde hacer las preguntas y buscar las respuestas últimas. No lo olvidemos: en la finitud del instante alcanzado y fugitivo.

Antonio Colinas. Salamanca, abril de 2014.


No sé cuándo ni cómo, pero sí sé que fue en este lugar en el que el mar se ausenta. No sé qué día de un invierno de mi pequeño mundo conocí al que había de acompañarme en la travesía que todavía ignoraba. Hubo un tiempo en que no sabía su nombre pero sí el alma de las cosas que él veía. Miré por sus ojos mi pasado, mi presente, y decidí no agonizar en el futuro que la vida me esperaba. Decidí cambiarlo cruzando el puente sobre ningún río de cualquier verano de regreso hasta un lugar que no tiene nombre, ni rocas, ni sombras.


No sé cuándo, ni cómo, la vida que me hizo me alcanzó en este invierno y me ahogan el viento frío, la sequedad, los silencios, me ahogan el recuerdo de la infancia, la ausencia de caricias, las esperas.


Habiendo llegado a la conclusión de que el mar salva entre vida, sal y sueños, decidimos cambiar los inviernos por tormentas que se aceptan y librar, al otro lado de este inmenso océano, la batalla que en tierra nos ahoga. Nos acomodamos en la proa de este velero de cemento, extendimos las velas, aventamos nuestras almas, empuñamos nuestros garfios, aferramos el timón y nos dirigimos a ningún puerto, con la seguridad de que en la nada seríamos más reales que en este mundo en que las alimañas se devoran. Y cambiamos nuestros nombres, (ya no recuerdo ninguno de ellos), zarpamos cualquier madrugada hacia donde el sol se pone, extinguimos recuerdos y mentiras mientras delfines o tiburones acompañaban nuestro destierro. Y si no había viento que nos alentara, esperábamos pacientes la noche que abrigaba el cuerpo y nos separaba de la angustia de haber vivido lo que otros quisieron.


Amanecimos finitos dĂ­as, dormimos finitas noches sin saber de horas o de ritos, ya sin contar miedos. Y morimos de repente. Con el llanto de las despedidas nos unimos al mar que nos mecĂ­a. Morimos para sabernos vivos, dolimos el peso del pasado, baĂąamos el futuro en esta inmensa masa que humedecĂ­a nuestras esperas o la necesidad de deseos.


Tormentas o ventiscas, mareas o tsunamis más grandes que los del océano quisieron apedrear mi alma y convencernos de que nada tenía continuidad en este cuerpo. Pero él me observaba bajo la airada luz de lunas incendiadas convirtiendo sus ojos en calma, asiéndome a la vida. Me miraba sin agotar la fuerza con que me sostenía, abandonando mi decisión de soñar dentro de la nada.


Lloramos, deseando nuevos días de suave sol y calma, aguardando nueva vida. Nuestros cuerpos menguaron en la espera, la cara se endureció con sal de lágrimas y rabias. Nuestras manos se llagaron con el esfuerzo de apresar la vida, nuestras piernas se inflamaron y el corazón languideció.


No sé cuándo ni cómo, pero llegamos a este lugar en el que el mar no se ausenta, mas crecen árboles sin hombres, animales sin hombres, sin nombres ni cuerpos. No sé cuándo ni cómo, decidimos atracar en esta arena y olvidar qué hemos vivido, quiénes hemos vivido y vivir lo que ya sólo son esperas. No sé cuándo ni cómo, yo decidí olvidar y la cordura regresó a su ombligo, a la certeza de que mi cara se suavizará y mis gestos serán caricias de alegría y de belleza.


Nadie nos busca, o sí nos buscan. Nadie nos encuentra, aunque nos saludan bogando en sus botes desde la frontera que nadie traspasa porque nadie se refleja en este mar que nos acuna, nadie nos observa más que en la memoria a pequeños retazos que no se unen en historia alguna que ya en nadie se cuenta.


Yo mastico erizos y hago sopas con la calma que nos alimenta, mientras él arrulla las horas con sus palabras y bebe de los vientos las historias que me cuenta para que construya mi pretérito antes de cada noche. A este lado del mar no hay pasado ni pasados que nos ahoguen, no hay silencios, ni cuerpos, ni hambres que devoren, ni espesuras… A este lado está el presente que abrazamos y liberamos como aire que nos permite seguir.


Ayer respiró una historia indescriptible en la que mi cara parecía acostumbrarse a la sorpresa y me quedé dormida pensando en que me pertenecía. Hoy la había olvidado, pero ya no importa. Tengo el presente el mío y el suyo sin fantasmas, sin vampiros que me sangran sin conciencia ni recuerdos. Tengo el presente. ¡Ya no importa!


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DESDE LA OTRA ORILLA.  

LIBRO DE ARTISTA. Poema: MONTSERRAT VILLAR GONZALEZ. Prólogo: ANTONIO COLINAS. Obra Gráfica: ARMANDO ARENILLAS. CONCHA GAY. FEERNANDO GARCIA...

DESDE LA OTRA ORILLA.  

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