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El pensamiento pol铆tico de inspiraci贸n cat贸lica


Pensamiento Político Ecuatoriano

El pensamiento político de inspiración católica

Introducción y selección de Fernando Ponce León, SJ


Pensamiento Político Ecuatoriano Colección fundada por Fernando Tinajero

© De la presente edición: Secretaría Nacional de Gestión de la Política Venezuela N3-66 entre Sucre y Espejo (593) 2 228-8367 www.politica.gob.ec VIVIANA BONILLA SALCEDO Secretaria Nacional EDWIN MIÑO Gerente del Proyecto de Pensamiento Político GUILLERMO MALDONADO CABEZAS ESTEBAN POBLETE OÑA Editores Impresión, diseño de portada e interiores: Tecnoprint ISBN: 978-9942-07-602-1 Quito, junio de 2014


Presentación Viviana Bonilla Salcedo Es de importancia capital para la para la Secretaría Nacional de Gestión de la Política y para la Colección de Pensamiento Político Ecuatoriano, presentar este volumen, por la relevancia que la figura de la Iglesia Católica tiene y ha tenido en la evolución y los distintos procesos históricos en el Ecuador, en más de un aspecto concerniente al desarrollo económico y, de hecho, humano del país. Dentro de los objetivos, la visión crítica y perspectiva histórica que ha sabido mantener la colección, esta compilación de documentos y artículos de la curia realizada por el Doctor Fernando Ponce León, SJ, aporte de su gran experiencia en temas relacionados con la historia de la Iglesia y el desarrollo nacional, enriquecen sustancialmente cuáles fueron las relaciones de ésta con los distintos planes de desarrollo por los que el Estado, en distintos momentos políticos del siglo XX, optó, aclarando los posiciones e intereses que defendió el cuerpo legado, en tantas ocasiones controversiales y, a veces, contradictorias. En el volumen que en esta ocasión se presenta, se ha escogido textos de algunas de las personalidades eclesiásticas más relevantes e influyentes en el Ecuador del siglo XX, y, asimismo, se tratan temas tan relevantes como lo son –y lo fueron en su momento– las relaciones de la Iglesia y el Estado, la educación laica, la libertad de enseñanza, discernimientos sobre integración nacional y latinoamericana, la fe y la política, así como la teología de la liberación. Estos artículos han sido tomados de los boletines oficiales de la Iglesia ecuatoriana, y fueron escritos por sus principales autoridades, por ejemplo, Federico González Suárez (1844-1917) –a quien, entre otras cosas, le tocaría vivir el suceso de la Revolución Liberal, la jefatura suprema y la presidencia de Alfaro–, o Leonidas Proaño (1910-1988), dándose además una perspectiva fehaciente de cómo en el tiempo que viene entre uno y otro clérigo, con sus respectivos eslabones intermedios, la Iglesia como cualquier institución, sufre importantes cambios en su misma estructura, en una especie de pacto con lo histórico, lo que produce el intenso debate que entre ella y el Estado se plantea, en cuanto a la definición política de sus funciones y puntos sociales de interés. Tomando siempre en cuenta los acontecimientos que en materia política y económica atraviesa el Ecuador y nuevos aspectos de transformación social en nuestros días, es labor fundamental para la Secretaría Nacional de Gestión de la

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Política y para el Gobierno de la Revolución Ciudadana destacar el importante aporte que significa una relectura necesaria de los sucesos que marcaron la historia nacional en el pasado, para, de este modo, como punto crítico de partida, aprovechar dicha experiencia al conducir los designios de una superior calidad de vida presente y avanzar hacia una mejor perspectiva en cuanto al porvenir. A modo de conclusión, un claro ejemplo de la importancia en cuanto a los contenidos de este volumen y la relevancia que hasta la actualidad tiene en materia nacional, entre tantos otros temas abordados, es la facilidad con que el lector puede relacionar de manera retrospectiva los derroteros que tuvo que atravesar la Nación desde la solución liberar de educación laica, para determinar atisbos concernientes a la total reestructuración cultural e institucional ecuatoriana, hasta la definición del Estado laico, adelantos como la libertad de culto, las reivindicaciones de clase y género, problemas tan vigentes para el Ecuador contemporáneo.


Índice Presentación ............................................................................................................... 5 Viviana Bonilla Salcedo El pensamiento político de inspiración católica.................................................. 11 Fernando Ponce León, SJ ANTOLOGÍA FEDERICO GONZÁLEZ SUÁREZ

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Participación del clero en política.................................................. Los párrocos y las elecciones.......................................................... Relaciones entre la Iglesia y el Estado............................................. La educación de los niños y la educación laica............................... Segunda carta pastoral sobre la escuela llamada laica...................... El clero, la educación, la política.................................................... La ley llamada de patronato y la supresión de la Diócesis de Portoviejo................................................................ El compromiso político de los seglares y el liberalismo...................

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CARDENAL CARLOS MARÍA DE LA TORRE

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Catolicismo y orden social............................................................. 89 Relaciones Iglesia y Estado y consagración del Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús....................................... 91 La libertad de enseñanza ante la razón y el derecho........................ 94 El culto debido a Dios................................................................. 104 Laicismo, origen del socialismo.................................................... 108 Los católicos y el derecho al sufragio............................................ 112 Incompatibilidad entre catolicismo y comunismo........................ 115 La Escuela Laica........................................................................... 117 Posición católica sobre el laicismo................................................ 121 Laicismo y derecho de los católicos a la educación....................... 122 Posición católica sobre el sufragio................................................ 127 El laicismo, la educación y los católicos....................................... 130 7


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Deberes de los católicos como miembros de la Iglesia y de la sociedad civil................................................. 132 La amenaza comunista................................................................. 137

JULIO TOBAR DONOSO

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Catolicismo social........................................................................ Acción social................................................................................ Capital y capitalismo................................................................... Reforma oficial............................................................................ Labor urgente.............................................................................. Organización de la libertad de enseñanza..................................... El desorden capitalista................................................................. Democracia cristiana................................................................... La lucha de clases......................................................................... El catolicismo, filosofía suprema de la solidaridad........................ Oración y sentido social............................................................... Nuestros problemas sociales......................................................... Contra la “neutralidad” de la educción oficial.............................. El verdadero concepto de libertad religiosa.................................. La ciencia política cristiana.......................................................... Estado e Iglesia. Tesis e hipótesis..................................................

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PABLO MUÑOZ VEGA

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Algunas directrices para la acción social de los católicos............... Los derechos del educando, de la familia, del Estado y de la Iglesia en materia educativa.............................................. La libertad religiosa...................................................................... Desarrollo e integración nacional y latinoamericana.................... Sobre la justicia social en el Ecuador............................................ La Iglesia ante el reto entre capitalismo y socialismo.................... Puntos esenciales de una teoría católica sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado....................................... Fe y política.................................................................................

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LEONIDAS PROAÑO

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Orientaciones sobre el compromiso político de los cristianos........................................................................... La Iglesia ecuatoriana y el orden establecido................................ Perspectivas para la Iglesia latinoamericana desde la teología de la liberación.................................................. Concientización, evangelización, política..................................... La Iglesia ecuatoriana ante la opresión y la lucha por la liberación.............................................................. El Evangelio según Leonidas Proaño............................................

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El pensamiento político de inspiración católica Dr. Fernando Ponce León, SJ

INTRODUCCIÓN Cualquiera que sea la opinión que uno tenga sobre la participación de la Iglesia católica en los debates políticos del país, nadie negará que ha sido y sigue siendo un actor importante de estos debates. Conocer sus ideas políticas contribuye a entender mejor este rol y a juzgarlo con más fundamento y menos apasionamiento. Por esto, el actual volumen reúne textos selectos de cinco pensadores católicos representativos, desde fines del siglo XIX hasta las últimas décadas del siglo XX. Hablamos de: • Monseñor Federico González Suárez (1844-1917). Historiador, arqueólogo, Obispo de Ibarra (1895-1905) y Arzobispo de Quito (19061917). • Cardenal Carlos María de la Torre (1873-1968). Arzobispo de Quito (1933-1967) y Cardenal desde 1953. • Julio Tobar Donoso (1894-1981). Jurista, diplomático, historiador. • Cardenal Pablo Muñoz Vega (1903-1994). Arzobispo de Quito (19671985) y Cardenal desde 1969. • Monseñor Leonidas Proaño (1910-1988). Obispo de Riobamba (19541985) y candidato al Premio Nobel de la Paz en 1986. El objetivo de esta publicación es ofrecer una síntesis coherente del pensamiento político de estos autores, a pesar de las diferencias que entre ellos existen. No ofrecemos una compilación sobre “el” pensamiento político católico, así dicho en general, porque sería exhaustivo y pretencioso. Nos limitaremos a presentar una síntesis que nos introduzca a las principales cuestiones sociales y políticas que han preocupado a estas cinco figuras. Este trabajo tiene naturalmente sus límites debidos al amplio espacio de tiempo considerado, las múltiples cuestiones políticas implicadas y la productividad de los autores, todos ellos pensadores a la vez que personas de acción. La introducción desarrollará algunas reflexiones que esperamos ayuden al lector a entender este pensamiento político en el tiempo que se dio, con su sen-

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tido, continuidades y rupturas. Los textos se presentan en orden cronológico, tanto entre autores como dentro de cada uno de ellos. Si alguna conclusión puede ya adelantarse es que las ideas sobre los asuntos públicos, inspiradas en la cosmovisión católica cristiana, no pueden ser cuestiones de mero interés intelectual. Importan para la salud democrática del país. Entender este pensamiento político contribuye a la calidad de la democracia ecuatoriana, algo que teóricamente todos aceptan, pero que en la práctica lo rechaza el discurso descalificador o panegírico propio de quienes tienen pereza de pensar. Aquí se entenderá “lo político” como el ámbito de la convivencia humana articulada en torno al Estado, una delimitación quizás no muy sofisticada pero clara y suficiente para los fines de esta colección (Raphael, 1983, p. 37). En este ámbito entran tanto los hechos como sus explicaciones, cuestionamientos o justificaciones porque los seres humanos nos relacionamos mediante el discurso y la acción en una relación tan compleja que a veces la palabra precede al acto, y a veces sucede lo contrario. Pero no toda convivencia humana es de carácter político. Vivimos en familia, nos reunimos voluntariamente en asociaciones deportivas, nos relacionamos como compradores y vendedores y de un sinfín de maneras más, y a ninguna de estas relaciones las consideramos políticas. La convivencia política se caracteriza por ser un ámbito de la vida y de las relaciones humanas mediado por aquella institución que llamamos Estado. Este término significa un modo particular de organizarnos colectivamente, el mismo que tomó forma aproximadamente entre el siglo XIV y el siglo XVII en Europa y apareció en Ecuador a partir de 1830, con nuestra separación de la Gran Colombia. Para decirlo aproximativamente, el Estado es el conjunto de personas que conviven en un mismo territorio y bajo un mismo poder de algún modo generado por ellos. En tales circunstancias estas personas son llamadas ciudadanos. La convivencia que en este marco se realiza, con sus luchas de intereses, ideologías en pugna e instituciones reguladoras más o menos exitosas, es el campo de lo político. Valgan aquí dos aclaraciones. El Estado no es exclusivamente el aparato institucional regulador de la sociedad, un significado que aparece en la frase “trabajo para el Estado”, con la cual se quiere decir que uno forma parte de la burocracia oficial. Aunque a veces signifique esto por metonimia, es preferible entenderlo como el grupo humano organizado por un poder que reclama jurisdicción total sobre él. Esto se ilustra con aquella línea del pasaporte que por mi nacionalidad me declara miembro de “el Estado ecuatoriano” aunque no trabaje para el Ministerio de Relaciones Exteriores. La segunda aclaración se

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refiere al término “la política”. Se entenderá aquí como la actividad de personas y grupos destinada a captar el poder en un Estado o resistirse a él. Por tanto, la política es parte de lo político pero no lo agota. Como ya se insinuó, las relaciones políticas hacen pensar. En ocasiones se busca explicar y sobre todo fundamentar por qué los asuntos políticos deben ser así y no de otra manera. Aunque las más de las veces la pregunta se vuelve crítica antes que justificación del orden establecido. La forma crítica es quizás la más común porque el poder siempre genera desconfianza, y nunca desaparece en los ciudadanos gobernados la sospecha de que los ciudadanos gobernantes usufructúan el poder o lo ejercen arbitrariamente. En este sentido el Ecuador es rico en pensamiento político, contra lo que normalmente se piensa, dada la inestabilidad de gobernantes y constituciones desde nuestros inicios republicanos. Además, el pensamiento político en nuestro país no gira en el vacío, no tiende a la abstracción, sino que nace de múltiples problemas de carácter económico, social o cultural. Como quiera que sea, este volumen recoge las ideas políticas de cinco intelectuales católicos, entre fines del siglo XIX y fines del siglo XX. A riesgo de adelantarme a la lectura, menciono algunas cuestiones que en ellas subyacen. Si la mayoría de ecuatorianos se consideran católicos, ¿cómo debería ser tratado el catolicismo por el Estado que dice representarlos? ¿Puede una sociedad ser viable sin moralidad, y la moralidad ser auténtica sin religión? ¿Quién tiene en primer lugar el derecho de educar a niños y jóvenes, y cómo debería ejercerlo? ¿En qué consiste el desarrollo apropiado para el Ecuador? ¿Existe una alternativa tanto a la sociedad capitalista como a la socialista o comunista? Este pensamiento político es “de inspiración católica”. No hemos querido llamarlo lisa y llanamente “católico” porque no buscamos exponer aquí las posturas oficiales de la Iglesia católica en materia política ni calificar el grado de ortodoxia de estos textos –aunque a veces por comodidad utilizaremos este atajo discursivo– pues para eso ya existen textos oficiales (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 2005). Con esta expresión nos referiremos a reflexiones políticas de carácter teórico o coyuntural fundadas últimamente en convicciones católicas, y sostenidas por argumentos tomados de su ética y teología, de tal forma que puede decirse que se encuentran inspiradas por la cosmovisión católica de la sociedad y del ser humano. Cabe aclarar que la inspiración católica no quita que las ideas destacadas aquí se fundamenten en argumentos racionales o ejemplos históricos, tal como también lo hacen la teología y la ética católicas. No se niega, por obvio, que estas ideas políticas también se basen en ideologías,

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prejuicios o conceptos sociológicos propios de los autores y de sus tiempos. Aquí se quiere subrayar simplemente que se prescindirá del carácter oficial que puedan tener o hayan tenido estas ideas políticas. De este modo se consiguen tres ventajas. Primero, seleccionamos autores por el carácter de sus ideas, no por su práctica y convicciones religiosas. En realidad, los autores seleccionados fueron todos creyentes ejemplares, pero al enfatizar las ideas antes que las personas portadoras de las mismas nos interrogamos de soslayo si un no creyente podría sostener ideas en política que a la postre resultasen acordes con la cosmovisión católica. ¿Ganaría así el pensamiento católico? ¿Perdería el pensador no católico? La cuestión queda planteada para otro momento. Por otra parte, más de un creyente voluntarioso ha profesado en nuestra historia ideas políticas nada católicas, y que nunca lo fueron ni lo serán a pesar de su auto convencimiento. De estos católicos nos libre el Señor, nos guarde la política y nos proteja el pensamiento. Segundo, podemos incluir textos de un autor seglar como el doctor Julio Tobar Donoso, reconocido intelectual católico que sin embargo no perteneció a la “oficialidad” de la Iglesia católica, y eventualmente podríamos hacerlo con otros laicos y laicas valiosos aunque, por esta ocasión, no pudieron entrar en la selección por falta de espacio. Tercero, tenemos más libertad para presentar textos cuya diversidad ideológica quedaría reducida en una presentación preocupada por la ortodoxia. Por poner un ejemplo, no hay duda que algunas ideas del Obispo González Suárez, consideradas poco ortodoxas en su época, con el tiempo llegaron a formar parte del discurso político oficial de la Iglesia católica ecuatoriana. Es también notable que dos representantes oficiales de la misma, como Monseñor Proaño y el Cardenal Muñoz Vega, siendo ambos obispos contemporáneos hayan tenido ideas políticas diferentes, o que las circunstancias históricas produzcan cambios en el modo de pensar la sociedad, como es ciertamente el caso del enorme influjo que sobre el pensamiento político católico tuvieron el Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín. Lo político es de por sí mudable e impredecible, y quien se atreve a hacer “filosofía del hombre”, como llamó Aristóteles a la reflexión ética y política (Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1181b, 15), no puede eludir la diversidad aunque busque inspiración en el inamovible Dios de la tradición católica. De esta riqueza no nos hemos querido privar en esta colección de textos. De manera sucinta presentaremos cuatro factores históricos que han condicionado el pensamiento de los autores seleccionados. No son desconoci-

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dos, de modo que no hay pretensión de originalidad en esta parte. Queremos, eso sí, situar los textos en su contexto. LA REVOLUCIÓN LIBERAL Y EL LIBERALISMO Una de las principales claves para entender las luchas políticas e ideológicas en Ecuador es la cuestión religiosa, que alcanzó su pico máximo luego de la Revolución liberal de 1895. La administración garciana construyó una relación entre la Iglesia y el Estado, basada en el Concordato aprobado en 1866 y en la Consagración de la República al Sagrado Corazón de Jesús de 1875. El Concordato convenía a ambas instituciones, pero a la postre terminó chocando con los intereses de las nuevas clases emergentes y la mentalidad de la época. La Iglesia católica universal, por otra parte, enfrentaba todavía las consecuencias políticas y teóricas de la Revolución Francesa de 1789 y combatía las ideas liberales en todos los campos posibles. Una vez en el control del Estado, los gobernantes liberales iniciaron el desmontaje del poder material y cultural adquirido por la Iglesia católica desde la Colonia. Constituciones, leyes, medidas de fuerza, todo fue utilizado en este intento de profundas consecuencias para el país. Federico González Suárez, sacerdote domiciliado en Cuenca desde 1872 y Obispo desde 1895, lideró la defensa de los principios e intereses católicos pero sin alinearse con las posturas más conservadoras de la jerarquía eclesiástica, como bien lo señala E. Ayala Mora (Federico González Suárez y la polémica sobre el Estado laico, 1980). A diferencia de los Obispos Massiá de Loja y Schumacher de Portoviejo, rechazó la identificación del clero con las luchas partidistas de los conservadores, a la vez que sostuvo el derecho de la Iglesia a intervenir en las cuestiones políticas a través de sus enseñanzas y denuncias. Se opuso a todas las leyes que menoscabaron los derechos de la Iglesia, especialmente la Ley del Patronato, y combatió el laicismo en educación y en la relación entre la Iglesia y el Estado. Sin embargo, con criterio realista fue dándose cuenta que la unidad religiosa del país se tornaba imposible y se mostró más abierto a un cierto grado de separación entre Iglesia y Estado. Quizás su herencia ideológica más importante la constituyen lo que aquí llamamos sus tesis sobre la participación de la Iglesia en el campo de lo político. “A él se debe, no sin lucha, la despolitización del clero, hasta entonces

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predominantemente vinculado al Partido Conservador en razón de la vigorosa defensa que éste hacía de los principios católicos” (Salvador Lara, 1994, p. 536). El liberalismo, a pesar de sus contradicciones internas y su posterior decadencia, logró reducir considerable y definitivamente la influencia de la Iglesia en la sociedad ecuatoriana, y durante las dos primeras décadas del siglo XX fue su único antagonista ideológico1. Afortunadamente, las turbulentas relaciones entre la Iglesia y los sucesivos gobiernos de orientación liberal se apaciguaron con la firma del Modus Vivendi en 1937, cuando Monseñor Carlos María de la Torre era Arzobispo de Quito. Este prelado, “chapado a la antigua, ortodoxo y combativo resistió con vigor las últimas arremetidas del sectarismo antirreligioso” (Salvador Lara, 1994, p. 537). Con un discurso que se podría llamar de reconquista abordó casi las mismas problemáticas que preocuparon a González Suárez pero de manera mucho menos matizada. EL SURGIMIENTO DEL SOCIALISMO Los años veinte se caracterizan por la crisis económica generalizada, la agitación social y la transformación política conocida como la Revolución Juliana de 1925. El Partido Socialista se funda en 1926, favorecido por la Revolución Juliana. En 1931 se produce su primera división cuando el sector pro-estalinista constituyó el Partido Comunista Ecuatoriano. Debido a la confrontación con el liberalismo sostenida por las autoridades eclesiásticas durante largos años, éstas interpretan la ideología socialista como su prolongación natural, a pesar de los elementos originales que esta corriente de pensamiento aportó. Un claro ejemplo de esta lectura es la Carta Pastoral sobre el socialismo, escrita por Monseñor De la Torre en 1923, quien describe al socialismo como una doctrina atea y anticristiana, al igual que el liberalismo, porque desconoce los bienes eternos y exige la distribución igualitaria de los bienes terrenos, los únicos considerados valiosos, con lo cual fomenta la avaricia en los pobres. Durante los años cuarenta, cincuenta y sesenta el discurso político apenas varía e incluso se radicaliza debido a la experiencia histórica del Comunismo Soviético en los países que conquista luego de la Segunda Guerra Mundial. 1 Un hecho curioso en esta pugna ideológico-política, no suficientemente analizado hasta ahora, es que el llamado Milagro de la Dolorosa del Colegio, en 1906, se produjo exactamente 40 años después, día por día, de la declaración del Concordato como ley de la República en 1866, un veinte de abril.

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En este panorama, en que liberalismo y socialismo se convierten en los principales contradictores del pensamiento católico, se sitúan dos figuras de importancia: Jacinto Jijón y Caamaño y Julio Tobar Donoso. Pertenecientes ambos a familias católicas, militan en el Partido Conservador y contribuyen a la renovación de sus estructuras en 1925 cuando las circunstancias provocadas por la Revolución Juliana terminan con el monopolio partidista del liberalismo. Tobar Donoso destaca como un jurista e historiador de referencia, y es hoy recordado sobre todo por haberse visto obligado a firmar el protocolo de Río de Janeiro. Sin embargo, es también un pensador político que introduce en el país el catolicismo social y las enseñanzas sociales de los pontífices católicos compendiadas en lo que se conoce como Doctrina Social de la Iglesia. Funda círculos católicos de acción y reflexión, y dirige algunas revistas en los años veinte y treinta, de las cuales nos interesan para efectos de este volumen La Defensa y Acción Popular por sus escritos de contenido socio-político. Éstos son importantes porque demuestran un pensamiento más preocupado por los desafíos que la cuestión social plantea a la conciencia de los católicos, que por rebatir las tesis del socialismo, lo cual no elude por supuesto. Debate con el liberalismo sobre todo en cuestiones educativas, con sólidos argumentos fundados en su formación jurídica, y logra adaptarse al final de sus días al concepto de libertad religiosa promovido por la reforma conciliar. EL CONCILIO VATICANO II El evento de mayor trascendencia para la Iglesia católica desde la reforma protestante y el Concilio de Trento en el siglo XVI es, sin duda alguna, el Concilio Vaticano II (Concilio Vaticano II, 1962-1965: Documentos completos, 1966). Esta asamblea mundial de obispos, convocada por el Papa Juan XIII y conducida casi enteramente por Pablo VII entre 1962 y 1965, busca adaptar las ideas, estructuras y prácticas de la Iglesia católica al mundo moderno, y de este modo ponerse al día con sus desafíos culturales. En este sentido se considera un concilio “pastoral”, es decir ocupado de la mejor manera de ejercer las tareas eclesiásticas, y no “dogmático”, en el sentido que no pone en cuestión ningún dogma de la doctrina católica. Los cambios más importantes que trae para el tema que aquí nos interesa son, en la base de todo, el reconocimiento de la autonomía de lo secular respecto de lo religioso, lo cual significa entre otras cosas reconocer que lo político

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se rige por sus propias reglas y estructuras, y que la relación entre fe, moral y política viene mediada por valores y conceptos “mundanos”, si cabe el término. El Concilio también admite la libertad religiosa como el derecho humano a no ser coaccionado a creer o a no creer, lo cual viene a ser una reconciliación con una de las principales reivindicaciones de la época moderna. Favorece además la cercanía entre clero y fieles con el fin que los primeros sientan y vivan los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias del mundo contemporáneo. No menos importante es la adopción de un concepto de Iglesia como Pueblo de Dios, un deseado y necesario balance frente a la tradicional idea de la Iglesia como sociedad jerárquica perfecta predominante en siglos anteriores. Uno de los teólogos expertos que asiste al Concilio es el jesuita Pablo Muñoz Vega, y a este título se convierte en uno de los principales promotores de la reforma conciliar en la Iglesia ecuatoriana. Luego de una larga estancia en la Universidad Gregoriana de Roma entre 1932 y 1964 como estudiante, docente y rector, interrumpidos por su responsabilidad como Provincial de los jesuitas del Ecuador entre 1949 y 1955, regresa al país nombrado Arzobispo de Quito. Su formación filosófica y teológica le permite ejercer un liderazgo intelectual no muy habitual en los obispos del país. Su pensamiento se sitúa en lo que podría llamarse el extremo centro, es decir Muñoz Vega es reconocido por el equilibrio, sutileza y prudencia en sus ideas teológicas y sociales, cualidades que también ejerce en su gestión eclesial, lo que le vale incluso el ser considerado como mediador de algunas crisis políticas. LA IGLESIA DE LOS POBRES La Iglesia latinoamericana inicia su propia reforma con la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín, en 1968, que quiso ser la puesta en práctica del Concilio Vaticano II para esta región (Conferencia General del Episcopado Latinoamericano II, 1968, Medellín: Conclusiones, 1971). En un contexto muy particular marcado por la Revolución Cubana de 1959, la Teoría de la Dependencia, el espíritu contestatario de los años sesenta, el creciente compromiso de sacerdotes católicos con movimientos de liberación política en el continente y las mismas transformaciones internas de la Iglesia, para no mencionar sino pocos factores, algunos obispos, sacerdotes y fieles promueven prácticas evangelizadoras y sociales que se articulan en torno al lema de la Iglesia de los pobres, en clara oposición a lo que consideran la Iglesia

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tradicional, identificada con el status quo. Su expresión teórica llega a ser conocida como la Teología de la Liberación, lo que quiere decir una teología pensada a partir de la participación en movimientos de emancipación sociopolítica, no únicamente una teología sobre la liberación. Esta corriente teórico-práctica se pone expresamente de parte de las clases excluidas y sus intereses, y no tiene problema en recurrir a un instrumental teórico de inspiración marxista, lo cual es un foco de permanente tensión con los sectores conservadores de la Iglesia. Su impulso continua en la Tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, 1979, que consagra la opción por los pobres como política oficial de la Iglesia, y alcanza visibilidad con el movimiento Cristianos por el Socialismo y la participación de fieles y sacerdotes en la Revolución Sandinista y las luchas revolucionarias en Centro América. La figura más representativa de esta corriente en el Ecuador es Monseñor Leonidas Proaño. Este sacerdote con vocación periodística es nombrado Obispo de Riobamba en 1954, y en cuanto tal participa en el Concilio Vaticano II. Vive la reforma conciliar en medio de su práctica pastoral al servicio de los indígenas por decisión propia en una de las regiones más pobres del país. Llamado “el obispo de los indios” con intención peyorativa por las familias terratenientes de Riobamba, transforma el pretendido insulto en objetivo de su labor episcopal. Promueve proyectos de emprendimientos productivos que luego considerará él mismo como desarrollistas, se adelanta a la Reforma Agraria y entrega haciendas de la Diócesis a las comunidades indígenas, y paulatinamente consolida un modo de trabajar articulado en torno a la concientización y educación de los indígenas y a la promoción de su liderazgo, método de trabajo que apuntala con la creación de las Escuelas Radiofónicas Populares del Ecuador y el Centro de Estudios y Acción Social. Su decidido compromiso con la promoción humana de los indígenas del Chimborazo lo convierten en uno de los referentes de América Latina para la Iglesia de los pobres. No es un pensador que pueda considerarse original, como tal vez pudiera decirse del Cardenal Muñoz Vega en algunos aspectos, pero desarrolla un magisterio refrescante para la Iglesia ecuatoriana, el mismo que se expresa en conferencias, escritos y homilías que sus continuadores se han encargado de publicar. No pasa desapercibido para la dictadura militar de aquella época; en 1976 un grupo de soldados irrumpe en una reunión que había organizado con otros obispos y sacerdotes latinoamericanos y apresa por un par de días a

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todos los participantes por considerarlos subversivos. De manera similar, sus hermanos obispos más conservadores lo censuran por “comunista” y obstaculizan su trabajo. CONTINUIDADES Y RUPTURAS DEL PENSAMIENTO CATÓLICO Los autores que aquí presentamos sostienen ideas políticas que manifiestan continuidades pero también rupturas más o menos notables. En esta introducción se presentarán de manera general, con el fin de ayudar al lector o lectora a apreciar los textos en su mutua relación y formarse una idea del aporte del catolicismo al debate político nacional. Es imposible profundizar en el pensamiento de cada autor, no solo por el poco espacio disponible para esta introducción, sino porque cada uno de ellos requeriría al menos un volumen de textos y explicaciones si quisiéramos ser modestamente honestos con sus ideas. Nos contentaremos pues con grandes brochazos en torno a cuestiones de permanente actualidad. LO POLÍTICO, LA POLÍTICA Y LOS CATÓLICOS El universo de lo político y lo social es, en la mentalidad decimonónica, enteramente dependiente de la moral, y la moral indisolublemente fundada en la fe católica. Con este marco de referencia, Mons. González Suárez intenta sistematizar el campo de lo político, para lo cual distingue la política, las ideologías políticas, que él llama “escuelas políticas”, y los partidos políticos. La política es considerada bajo tres aspectos: como virtud que busca el bien común del país, como ciencia, y como autoridad que gobierna, es decir como acción propia del Estado. Sobre las escuelas políticas nota que en el Ecuador existen dos, siendo el liberalismo una de ellas. Pero al referirse a la segunda, González Suárez la llama a veces católica, a veces conservadora, como se verá en sus textos. En segundo lugar aborda el problema práctico de la participación de la Iglesia en este campo. Al emprender estas dos tareas, en un contexto altamente polémico con el liberalismo, desarrolla algunas tesis que se convierten en orientaciones permanentes para el comportamiento de la Iglesia ecuatoriana ante los problemas políticos, y que pueden resumirse de la siguiente manera:

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• La política o actividad política es una virtud moral y como tal es inseparable de la religión. Solo así puede pretender buscar el bien común del país. Una política meramente pragmática no hace sino defender los intereses de los partidos políticos. Un acto político o se ajusta a la moral católica, y por tanto es bueno, o no se ajusta, y por consiguiente es malo. • La actividad política en este sentido puede tratar con dos tipos de cuestiones: las meramente políticas y las político-morales, o político-religiosas. Ejemplo de las primeras son las decisiones sobre mejoras físicas, que hoy llamaríamos decisiones técnicas. Ejemplo de las segundas son los procesos eleccionarios, las leyes sobre la libertad de culto, las relaciones entre la Iglesia y el Estado, y así por el estilo. • Para los sacerdotes sería lícito participar directamente en las cuestiones político-morales, pero no siempre resulta conveniente. De hecho González Suárez expresamente dice que el clero no debe intervenir en las elecciones. • La política en cuanto ciencia o doctrina moral también es inseparable de las enseñanzas católicas. • A los obispos, por la autoridad de la que están investidos, les corresponde intervenir en la política entendida como ciencia o doctrina. Las enseñanzas de los sacerdotes deben subordinarse a las proclamadas por los obispos. • La autoridad política, en cambio, es independiente y soberana respecto a la autoridad religiosa. • En la Iglesia existen diversas escuelas políticas católicas, todas ellas fundadas en los mismos dogmas religiosos. Si el dogma dice que toda autoridad proviene de Dios, las escuelas católicas pueden diferir sobre el modo en que esa autoridad se transmite. • El clero y los seglares deben adherirse a una Escuela política que sea católica (no dice “conservadora” en este contexto). No cabe indiferencia en este punto de la doctrina política. • Generalmente hablando, ni a los sacerdotes ni a los obispos les está permitido participar en los partidos políticos –organizaciones caudillistas antes que ideológicas, según González Suárez– incluso en los que se reclaman católicos, porque el unir la suerte de la Iglesia a la suerte de un Partido político particular trae peligros para la primera, además de otras afectaciones a las tareas específicas del clero. Solo en contadas ocasiones su participación parece ser prudente. • Los seglares católicos pueden participar en las elecciones y por consiguiente en los partidos políticos a fin de no aislarse de la vida civil. Votar es para

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ellos un deber religioso, no solo civil. Pero no pueden usar medios ilícitos en política, como la revolución. Es interesante notar cómo la tesis según la cual todo poder emana de Dios lleva al catolicismo de la época a ciertas actitudes y afirmaciones hoy difíciles de entender. Primero la Iglesia se compromete con la defensa automática de la autoridad y de la obediencia en cuanto tales. El temor a la anarquía y al desorden subyace en esta defensa. Segundo, en González Suárez el origen divino de la autoridad se contrapone a la libre voluntad de los asociados como fuente de autoridad. Algún matiz diferente puede encontrarse en el Cardenal De la Torre para quien la sociedad no es producto de un pacto enteramente libre, sino de una ley natural. Pero ambos coinciden en que la autoridad sin alguna referencia a Dios, de la manera que sea, se convierte en mera fuerza. Sobre el deber del voto para todos los católicos, el Cardenal De la Torre repite las ideas de su sucesor, justificando esta obligación moral como oportunidad para la defensa de los derechos de Dios y de la Iglesia. Inspirándose en González Suárez formula un principio que, con escasa diferencia de matices, se repetirá en el futuro: la Iglesia nunca dirá por qué candidato o partido votar, pero exhortará a favorecer al candidato o candidatos comprometidos con la defensa de la religión y la patria. La lucha política del momento y el hecho que la religión aparezca en sus escritos como el factor principal o por lo menos más visible de la división entre liberales y conservadores permite a sus críticos sostener que De la Torre favorece veladamente a éstos, algo que el Prelado obviamente refuta. En 1958 Monseñor Leonidas Proaño sostiene también estas tesis, convertidas ya en parte de la enseñanza consolidada de la Iglesia, sobre todo las que se refieren al carácter moral de la actividad política, a la autonomía de la religión con respecto a la política, a la distinción entre política partidista y política como búsqueda del bien común. Luego del Concilio Vaticano II y sobre todo después de la Conferencia de Medellín comienza su aporte específico al pensamiento político católico. Asume la distinción de lo religioso y lo secular como esferas propias y autónomas que necesitan de mediaciones para interactuar, con lo cual se contrapone al integrismo católico de la época precedente. Pero sobre todo afirma que la Iglesia no tiene sentido en sí misma sino en el mundo cuya salvación busca. Por consiguiente, la tarea evangelizadora de la Iglesia debe tener efectos prácticos en el mundo y en las condiciones reales en que viven los seres humanos, en

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una palabra, que la evangelización debe ser liberadora. Dadas las relaciones de explotación y dominio en Ecuador, el proceso de liberación debe orientarse de manera privilegiada al grupo concreto de los pobres y oprimidos, pero sin excluir al resto de personas. La razón de fondo es que el pecado también tiene una dimensión social, no es solo un asunto de los individuos. Existe también un pecado social que genera actitudes y acciones de pecado. Para eliminar éstas se debe combatir aquél. Así se entiende que la evangelización liberadora conduzca al compromiso político, porque se refiere a las esclavitudes, denuncia el pecado social e insta a la acción y la lucha. La opción por los pobres, que tiene sus fundamentos en el Evangelio, es también una opción política debido a las implicaciones que tiene en las relaciones sociales. De esta manera valoriza la acción política, a tono con la tendencia desarrollada después del Concilio Vaticano II. Además, esto le permite criticar la actitud tradicional de la Iglesia jerárquica ecuatoriana que sí ha intervenido en política pero cometiendo dos errores: aliarse con partidos políticos llamados “católicos”, y aliarse con el orden establecido injusto que estos partidos han defendido. Afortunadamente algunos sacerdotes y obispos se han comprometido con las clases dominadas, a veces tomando parte activa en movimientos políticos de liberación. ¿Puede entonces un sacerdote ir más allá y pertenecer a un Partido político que defienda a los pobres? De suyo tiene derecho como ciudadano, pero no conviene que lo haga porque en cuanto sacerdote favorecería la identificación de la Iglesia con ese partido. Esta postura de Monseñor Proaño desarrolla un argumento bastante similar al de González Suárez, aunque en este caso se refiere a partidos de signo contrario. RELACIÓN ENTRE IGLESIA Y ESTADO En este punto González Suárez es claro al señalar que la autoridad civil y la religiosa son soberanas e independientes una de otra, razón por la cual la relación entre ambas debe ser de armonía y conciliación entre poderes que tiene cada uno su órbita propia de acción. En el contexto de la época, esto significa un rechazo a la pretensión liberal de instaurar el Patronato, mediante el cual el Estado adquiere facultades para el nombramiento de las autoridades religiosas y para ejercer control económico sobre la Iglesia, algo que se perdió con la abrogación del Concordato en 1895. Significa también oponerse a una separación estricta entre el Estado y la Iglesia con la cual se quería promover la negación de la personería jurídica de ésta, y de muchos otros de sus derechos civiles. 23


Detrás de este debate se encuentra un problema de fondo, cual es la exigencia de la Iglesia católica de que el Estado, su Constitución y sus leyes, reconozcan y admitan el fenómeno religioso y en concreto la religión católica que profesa la mayoría del pueblo ecuatoriano. De aquí se sigue que las autoridades católicas tengan derecho a garantías legales –inaceptables a ojos de los gobernantes laicos– para el cumplimiento de su misión confiada por Dios. Para González Suárez el carácter católico de la nación debe traslucirse de alguna manera en las leyes, puesto que ellas deben adecuarse a la realidad del país. Esto debe plasmarse a través de la mención que de Dios debe hacerse en la Constitución y la declaración de la religión católica como religión oficial. De lo contrario el Estado prescindiría absolutamente de la moral, no solo de la religión. El Cardenal de la Torre no aporta mayores novedades en este tema, salvo su defensa de la “teocracia” en el sentido religioso, no político, de gobierno de Dios, como si no hubiera mediaciones terrenas en la política. Una de las principales novedades que en este tema aporta Monseñor Leonidas Proaño, inspirado en la Teología de la Liberación, es el cambio de interlocutor principal de la Iglesia. Frente a la clásica confrontación Iglesia y Estado, Proaño se enfoca decididamente en la relación antinómica entre la Iglesia y el orden capitalista establecido. De aquí nace su famosa clasificación en tres tipos de Iglesia en el Ecuador: la Iglesia que se considera construcción perfecta, triunfalista y ajena a esta problemática; la Iglesia que también se cree perfecta pero se moderniza, aunque sigue igualmente silenciosa ante el orden establecido; y la Iglesia como pueblo en marcha, perfectible y subversiva del orden capitalista en razón de su identificación con los pobres. Desde este ángulo, el compromiso político del sacerdote no se reduce a la búsqueda abstracta del bien común ni a su abstención de la actividad partidista. Consiste ahora en ponerse de parte de los pobres y en contra del orden capitalista como única forma de conseguir el bien común real. Monseñor Pablo Muñoz Vega ciertamente reflexiona sobre la relación entre Iglesia y sociedad, pero no deja de lado el problema de la relación entre el Estado y la Iglesia. Afirma de manera rotunda que es Dios, no el Estado, el supremo regulador de la vida humana, aunque el Estado también sea una entidad de carácter natural. De aquí nacen dos posibles formas de relación: la confesionalidad y la laicidad. La primera consiste en reconocer al catolicismo como la religión oficial del Estado ecuatoriano puesto que la mayoría de ecuatorianos son católicos, de lo cual nacería el deber del Estado como institución encargada de tutelar la unidad nacional mediante la conservación de la unidad religiosa y la

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libertad para el ejercicio de otras confesiones, pero no es una tesis que Muñoz Vega defienda. Por otra parte, la laicidad, que la Iglesia no excluye en ciertas circunstancias históricas, consiste en la distinción entre ámbito religioso y ámbito político, no en su separación. No debe confundirse laicidad con laicismo. Esto último es la negación de la existencia y posibilidad de lo sobrenatural. LA LIBERTAD DE CONCIENCIA A inicios del siglo XX la libertad de conciencia en un Estado laico surgió como una reivindicación del liberalismo contra la confesionalidad del Estado ecuatoriano del siglo XIX. En un ambiente polémico, alimentado por la Ley de Cultos, González Suárez rechaza lo que el pensamiento católico de entonces califica como error. Como el error no tiene derechos, la verdad –entiéndase la doctrina católica sobre todos los aspectos de la vida– no puede equipararse con ninguna otra doctrina religiosa, errónea por definición. Con el correr del tiempo, la Iglesia comienza a valorar la libertad de conciencia. Así, el Cardenal de la Torre sostiene que el monopolio estatal de la educación viola la libertad de conciencia de los padres de familia por dos motivos. Por un lado, impide que eduquen a sus hijos según sus convicciones cristianas. Por otro, este monopolio promueve el ateísmo con lo cual impone ciertas convicciones contrarias a lo proclamado con esta libertad. De esta manera, el Cardenal deja entrever una aceptación relativa del concepto de libertad de conciencia. Sin embargo, esta postura se anula cuando dice que los católicos no están en búsqueda de la verdad porque ya la poseen, como si la libertad de conciencia se aplicara exclusivamente a los católicos frente a las interferencias reales o supuestas del Estado. Luego del Concilio Vaticano II, Tobar Donoso asume el nuevo concepto de libertad de conciencia desarrollado por la Iglesia. Distingue el plano teológico, en el cual sí se puede hablar de una religión verdadera, y el plano temporal en el cual se debe respetar la autonomía de las convicciones y defenderlas ante las amenazas del dios Estado. La misma distinción de los planos teológico o moral y secular recorre su obra académica Elementos de ciencia política (1958) sobre todo en sus reflexiones sobre la ciencia política cristiana y sobre las responsabilidades del Estado ante las creencias religiosas. Como es de esperarse, Monseñor Pablo Muñoz Vega conoce y promueve el nuevo concepto de libertad religiosa del Concilio Vaticano II. Sostiene que es

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un problema de dos vertientes, la teológico-moral y la política, y afirma que la Iglesia reivindica esta libertad por motivos doctrinales y por razones pastorales, lo cual significa un reconocimiento de la necesidad de promover soluciones prácticas en este campo, pero sin llegar a considerar esta libertad como derecho absoluto a la subjetividad. Para Muñoz Vega la libertad en materia religiosa y civil es de carácter natural porque se fundamenta en la naturaleza social del ser humano, algo que no se hubiera aceptado a inicios del siglo XX. LA LIBERTAD DE ENSEÑANZA Otro motivo de controversia entre las autoridades civiles liberales y las autoridades de la Iglesia católica a inicios del siglo XX es el control de la educación. Para González Suárez la naturaleza de la persona humana exige una educación integral que abarque tanto la instrucción de la inteligencia como la formación moral, la cual debe necesariamente ser de carácter católico. Son los padres quienes poseen el derecho de educar a sus hijos, de donde nace su derecho a vigilar las condiciones en que educadores e instituciones imparten la educación. El Estado solo tiene un rol subsidiario respecto al de los padres, cuando éstos no pueden fundar y sostener escuelas por su cuenta. La cuestión educativa es un problema de carácter religioso, no meramente político, y por esto nadie puede quedarse indiferente. El clero puede y debe intervenir en los debates sobre la educación, pero nunca mediante la militancia en partidos políticos. Con los años se precisará mejor el rol que la Iglesia reconoce al Estado en la educación. El Cardenal de la Torre habla de dos funciones estatales respecto al derecho de los padres a educar a sus hijos: la tutela o defensa, y el fomento o asistencia. El Estado tiene el derecho de intervenir en educación y crear escuelas pero siempre quedándose en segundo plano, como ayuda subsidiaria al deber de los padres de familia. Un asunto muy relacionado con el anterior es la educación laica. De la Torre la define negativamente como contraposición a la educación confesional, puesto que prescinde, desconoce e ignora a Dios, o más directamente como el ateísmo en educación que entraña una propuesta contraria a los principales valores políticos: la libertad, la justicia, la democracia. Por la misma época, el doctor Julio Tobar Donoso también reconoce dos funciones del Estado en educación, tal como lo hacía el Cardenal de la Torre.

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Sostiene que la libertad de enseñanza es orgánica y que debe armonizar los derechos del Estado y de la familia, pero lo dice en un tono menos polémico que el Cardenal. Añade que la neutralidad del Estado laico –anticristiano en ciertas ocasiones– significa teóricamente imparcialidad entre confesiones, no simplemente silencio. Aboga por una educación descentralizada, que considere la autonomía de los municipios y su rol en educación. Monseñor Proaño no entra en el debate teórico sobre la libertad de enseñanza pero sí señala que la educación que imparte la Iglesia católica se orienta a la integración de los jóvenes al capitalismo. A pesar de su ausencia en esta discusión, la creación de las escuelas radiofónicas y toda su práctica de concientización del pueblo indígena demuestran cuán convencido estaba que el derecho a la educación debe extenderse a las clases oprimidas. Monseñor Pablo Muñoz Vega reconoce derechos al Estado en educación, pero de manera distinta a De la Torre y Tobar Donoso. El Estado tiene, nos dice, dos derechos propios y un derecho supletivo. Tiene el derecho propio y nativo de erigir centros educativos indispensables para su fin, y el similar derecho de vigilar el ejercicio del derecho de las familias a educar a sus hijos. Tiene además el derecho supletivo de ayudar a las familias en la educación de sus hijos, incluida la educación moral y religiosa. La Iglesia, por su parte, también tiene el derecho propio y nativo de impartir educación religiosa a todos y especialmente a los católicos, lo cual debe hacerse dentro de la escuela. De manera inteligente argumenta que la concientización para la justicia social, tarea de la Iglesia actual, es una razón para que ésta mantenga sus centros educativos. OTRAS CUESTIONES SOCIALES La idea de una “cuestión social” entró lentamente en el pensamiento político católico ecuatoriano, atrapado como estaba por la cuestión religiosa que le planteó la Revolución Liberal durante muchas décadas del siglo XX. Aunque el concepto apareció en el pensamiento católico a fines del siglo XIX con el Papa León XIII, apenas en 1960 la Iglesia ecuatoriana presenta un documento explícitamente referido a este tema. Para los obispos, incluido el Cardenal de la Torre, la cuestión social consiste en las difíciles relaciones entre las clases capitalista y trabajadora, en las que el derecho a la propiedad está en juego. Puesta aparte esta novedad para el medio eclesial ecuatoriano, que no lo era en la Iglesia universal, el documento episcopal retoma los debates tradicionales,

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como la no separación entre política y religión, y las condenas al protestantismo, masonería, liberalismo, comunismo, socialismo y sobre todo al laicismo. Uno de los primeros intelectuales en hablar de la cuestión social es el doctor Julio Tobar Donoso. En un artículo publicado en la revista Acción Popular dice que la cuestión social es el resultado del desorden capitalista. Así definida, es “el cáncer de la edad moderna”. Por esto propone más controles sobre el crédito y las operaciones especulativas de la bolsa para evitar que el capital se disocie del trabajo. De aquí su interés en la cuestión obrera, uno de los campos en que el catolicismo social fue más influyente en el Ecuador. También se refiere al problema del agro y a la integración de los indígenas en el país, como una misma cuestión social, pero sin mayores desarrollos. Fue Monseñor Proaño quien planteó a la conciencia del país la cuestión del indígena como un problema de opresión y dominación, no de falta de integración a la nación mestiza. Sus escritos sobre este tema, punto focal de su labor de obispo, merecerían un volumen entero, y por este motivo no han podido ser abordados en esta colección. En sus primeros intentos por abordar otros asuntos sociales más allá de la educación católica, monseñor Pablo Muñoz Vega se refiere a las estructuras socioeconómicas que necesitan ser reformadas para mejorar las condiciones de los trabajadores del campo. Para esto se requiere cambios de actitud y valores, pero sin caer en la tentación del materialismo comunista porque “nada falta a la idea cristiana de modo que tengamos que pedir prestado a otras ideologías”. Más tarde amplía sus preocupaciones sociales a otros aspectos de la integración nacional, como el igual bienestar y progreso de las clases, la educación de las clases marginadas y la Reforma Agraria. Nótese que no habla de las cuestiones sociales en términos de opresión y liberación como Monseñor Proaño. Pero cifra la cuestión social en la relación de dominio entre todos los ecuatorianos y los bienes de su territorio –en la exclusión social dicho de otra manera– y argumenta con los principios de la Doctrina Social de la Iglesia por la justicia social y el establecimiento de nuevas relaciones humanas, una necesidad del Ecuador mayor que el progreso económico. LAS IDEOLOGÍAS El antagonista ideológico principal del catolicismo de inicios del siglo XX es el liberalismo en cuanto filosofía de las libertades, y el consiguiente laicismo en cuanto teoría liberal sobre el lugar de la religión en los asuntos públicos. Gon-

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zález Suárez sostiene que la Iglesia apoya el sistema democrático republicano como forma de gobierno, con lo cual demuestra su aceptación de las tesis políticas del liberalismo. Pero en la cuestión educativa las diferencias son enormes entre ambas líneas de pensamiento. Según González Suárez, el liberalismo defiende la libertad de conciencia y el Estado laico con el fin de descristianizar el país, comenzando por descristianizar la educación. La libertad de conciencia es inaceptable porque no pueden concederse los mismos derechos al error y a la verdad. A veces el liberalismo se presenta como una doctrina tolerante que se limita a guardar silencio sobre la religión y Dios, o que prescinde de ellos. Pero en el fondo es una doctrina anti católica que persigue desterrar a Jesucristo de las escuelas públicas. De cualquier manera, si la educación laica no habla sobre el fin sobrenatural de la persona humana priva a los educandos de verdades importantes para que alcancen su fin humano, verdades que solo el catolicismo posee. Aunque se presente como indiferente a las religiones, la educación laica del liberalismo es contraria al catolicismo. La crítica del cardenal De la Torre al liberalismo retoma la de González Suárez pero añade dos notas más. El liberalismo, al ser una exacerbación de la libertad, produjo en el mundo una crisis de la autoridad que ahora intenta compensar con un ejercicio autoritario del poder incluso ante la Iglesia, fenómeno político que se denomina cesarismo. Además, como filosofía política el liberalismo se equivoca puesto que el fin del Estado es la felicidad de toda la sociedad, no la del individuo. Sin embargo, el Cardenal de la Torre es más conocido por su crítica al socialismo. En una carta pastoral, originalmente publicada en 1923 y reproducida varias veces, sostiene un razonamiento que puede considerarse prototípico de una cierta crítica al socialismo. El laicismo, prescindencia de Dios, es la causa del socialismo, se nos dice. Ya dio ejemplo de irrespeto a la propiedad privada con la nacionalización de los bienes de la Iglesia. Pero lo más importante es que al prescindir de Dios, al igual que el laicismo, el socialismo exagera el valor de los bienes terrenales y empuja a las clases desposeídas a envidiar los bienes de las clases pudientes y finalmente a apropiárselos por la fuerza. Las mismas ideas aparecen en una carta episcopal, firmada también por De La Torre, en la cual se condena al comunismo por dar primacía al orden económico, fomentar la avaricia de bienestar material y promover la dictadura del proletariado. La solución al comunismo, se nos dice, consiste en la práctica de la justicia, la caridad y la coherencia entre fe y vida.

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Por esto el socialismo es considerado la antítesis del Evangelio. Mientras éste enseña a relativizar los bienes terrenales, aquél los considera como los únicos valiosos; mientras el Evangelio acepta la existencia de pobres y ricos, a quienes predica las virtudes de la resignación y la compasión para la conciliación de ambas clases, el socialismo enseña el odio al rico como inicio de la supresión de clases. Por ende un católico no puede ser socialista ni comunista, que para este caso dan lo mismo, aunque difieran en sus métodos políticos. Se deberá esperar el pensamiento político del doctor Julio Tobar Donoso para encontrar una leve valoración del socialismo en el pensamiento político católico. La reflexión sobre cuestiones sociales y políticas de este pensador es muy valiosa y hasta ejemplar para el medio, sin embargo, es mucho menos conocida que su pensamiento jurídico e histórico. Tales reflexiones se difunden sobre todo en revistas católicas de los años veinte y treinta. En una de ellas afirma que el catolicismo coincide con el socialismo en la necesidad de corregir los desórdenes del capitalismo, aunque obviamente difiera de él en las soluciones y medios que propone. Dice que cuanto de bueno tiene el socialismo lo toma del cristianismo, con lo cual reconoce en el socialismo elementos rescatables. Además rechaza el socialismo, como cualquier intelectual católico de la época, por querer explicar toda la historia por la lucha de clases, por exacerbar las diferencias de clase en lugar de buscar su conciliación, por su inspiración atea, etc., pero considera que el combate al socialismo es secundario respecto a la transformación de la sociedad en clave cristiana. Paralelamente a la crítica del socialismo, Tobar Donoso realiza una crítica del capitalismo en los mismos términos de la Doctrina Social de los Pontífices de la época. En primer lugar sostiene que el país se encuentra en una etapa de formación del capitalismo, a diferencia de las sociedades europeas industrializadas. De lo cual saca dos conclusiones: es tiempo de evitar sus errores y no resulta estratégico para nuestro medio el trasplante de instituciones sociales pensadas en aquellas sociedades como contrapeso a las injusticias del capitalismo. En segundo lugar, reprocha al capitalismo que otorgue primacía al capital sobre el trabajo y la dignidad del obrero, lo cual es causa de la división de clases, que es la cuestión social de la época. En tercer lugar, señala que la crisis económica de los años treinta se debe al desorden capitalista que inició con una crisis bursátil que luego se trasladó a toda la economía. Monseñor Proaño cuestiona abiertamente el capitalismo pero de ninguna manera defiende el marxismo, como lo dijeron sus detractores. Por el contrario, en su lectura de la realidad considera a esta ideología como un competidor de la

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propuesta católica. En el contexto de dominación y neocolonialismo externo e interno, dice, el marxismo se presenta como camino de liberación. Pero Cristo es el liberador, no el marxismo. Con esto quiere decir que la Iglesia debe tomar partido por la justicia, sin hacerle el juego al marxismo y a pesar de que puedan desprestigiarla, como de hecho lo hizo Monseñor Juan Larrea Holguín a propósito de su detención en 1976. La crítica de Monseñor Muñoz Vega a las ideologías es más sutil y original que la de sus obispos predecesores porque se enlaza con reflexiones sobre el tipo de sociedad que se necesita construir. Mantiene las críticas habituales contra el capitalismo y el comunismo que señalan entre otras cosas que su elemento diferenciador es el carácter de la propiedad de los medios de producción: privado para el uno, colectivo para el otro, sin que ninguna ideología responda al verdadero concepto de propiedad. Pero añade que el mundo se encuentra tironeado entre tres revoluciones. La revolución burguesa que dio lugar a las democracias liberales y al capitalismo. La revolución proletaria que hizo nacer el comunismo como es actualmente conocido. El cristianismo no puede aceptar el comunismo por su lazo íntimo con el ateísmo, pero tampoco el capitalismo por ser materialista, competitivo y excluyente. Rechazando este dilema, debe trabajar por un nuevo proyecto de sociedad y Estado, y recurrir en algunos casos a reformas, y en otros, a la conservación de lo positivo que ya existe, y a la construcción creadora cuando haga falta. Afortunadamente existe una tercera revolución, la revolución de los jóvenes contra los sistemas capitalista y comunista, sistemas tecnocráticos y burocráticos, revolución que trae esperanzas para la búsqueda del nuevo orden social cristiano. LA OPCIÓN POLÍTICA CRISTIANA El Cardenal Carlos María de la Torre mantiene en sus escritos la visión global del orden social y político propia del siglo XIX y que, sin ningún ánimo peyorativo, puede ser llamada integrista en el sentido que entrelaza sin mediaciones conceptuales ni posibilidad de disolución la religión católica, la moral católica y el orden social y político. Al ser obispo no le corresponde proponer ninguna opción política concreta de inspiración católica, pero sí proclama la necesidad de un orden social cristiano que resume en su expresión “el reinado social de Jesucristo” y en la idea que el cristiano es el mejor patriota. Lo mismo afirma cuando dice que el derecho de Dios a recibir culto requiere también un culto

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colectivo por parte del país puesto que Dios es autor también de la sociedad. Aquí encuentra el verdadero significado de la consagración del Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús en 1873, bajo la presidencia de García Moreno, época feliz a sus ojos porque entonces reinaban la religión y la moral en la sociedad ecuatoriana. Uno de los primeros pensadores en abordar de manera concreta la cuestión del orden político desde el punto de vista católico es el doctor Tobar Donoso. En artículos de revistas de los años veinte y treinta esboza las ideas principales de la democracia cristiana, que es el proyecto político inspirado en la Doctrina Social de la Iglesia. Sostiene que la restauración del orden social cristiano es una alternativa al liberalismo individualista, al maltusianismo, al socialismo y al nacionalismo. Este orden social se funda en los valores de justicia y caridad. Adelantándose en décadas a la idea de opción por los pobres, afirma que el fin del proyecto político cristiano es el bien común de todos y el bien particular de los pobres, lo cual sugiere abiertamente una toma de partido por los pobres, allí donde la prédica política se contenta con la generalidad del término “todos”. Por esto el cristianismo habla de una democracia fundada en deberes de unos con otros, no solo en la igualdad de derechos, y considera que no hay democracia verdadera si el bienestar material no llega también a los pobres, si las libertades no llegan a los obreros. Entre las sugerencias concretas de mejora que menciona están el concepto de función social de la propiedad, la justicia en los salarios y condiciones de trabajo, mayor solidaridad de los ricos con los pobres, reconocimiento de los derechos e intereses de los pobres, una mayor organización social de éstos y la creación de instituciones estatales de auxilio y asistencia a los trabajadores. Todo esto tal vez suene como insuficiente, y en sí mismo lo es, pero leído contra las ideas sociales de su contemporáneo, el Cardenal de la Torre, es un buen ejemplo de pensamiento político fresco y progresista para la época. En la base de la democracia cristiana yace una concepción orgánica de la sociedad, fundada en la idea del Cuerpo Místico de Cristo. La sociedad es un órgano, un cuerpo vivo cuya cabeza es Cristo. El modelo histórico es la cristiandad medieval. Según esta concepción, “la comunidad da el ser a los individuos en cuanto cristianos”. La doctrina del Cuerpo Místico de Cristo invita a practicar el valor moral de la solidaridad, solución a los problemas producidos por el individualismo liberal. Esta doctrina puede resolver la cuestión social pues entre los hijos de un mismo padre debe haber fraternidad. El Cuerpo Místico de Cristo es, sin embargo, más que una imagen que vehicula su concepción de la

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sociedad. Las ideas políticas de Tobar Donoso tienen también un aspecto místico que se ve, por ejemplo, en el rol que atribuye a la oración y los sacramentos en la consolidación de un sentido social que se presenta como fundamental para resolver la cuestión social. La opción política cristiana para Monseñor Proaño se centra en la opción por los pobres, por los marginados. Es una opción que nace directamente del compromiso de fe de sacerdotes y laicos y que debe adaptarse a las circunstancias de las luchas de liberación del pueblo. Tal vez por esto Monseñor Proaño no desarrolla sobre este tema más de lo que dicen sus ideas sobre la evangelización liberadora y la Iglesia de los pobres. Por su lado, el Cardenal Muñoz Vega presenta siempre la opción política católica como alternativa a los sistemas capitalista y socialista que critica, como se ve líneas más arriba. Propone una distinción interesante entre los sistemas ideológicos y los movimientos históricos, con lo cual abre un nuevo problema en la opción política de los católicos. Si los dos sistemas ideológicos deben ser rechazados por las razones ya expuestas, ¿qué hacer ante los movimientos políticos reales, históricamente existentes, y concretamente ante los de origen socialista? Se impone el discernimiento al respecto puesto que en ambas ideologías y en sus movimientos existen elementos rescatables para el Cristianismo, lo cual es de suyo un gran paso puesto que excluye la condena en principio. CONCLUSIONES El pensamiento político de inspiración católica en el Ecuador se generó de la polémica y la defensa de los intereses y valores del catolicismo, independientemente de quién haya tenido la razón. Lejos de ser una limitación, esta característica constituye un aporte para la consolidación de la democracia puesto que saca lo mejor de la confrontación política: la producción de ideas que buscan dar sentido a los necesarios reacomodos a los cuales se ven obligados constantemente los actores políticos, incluida la Iglesia. Los dos principales hechos históricos que sacudieron la conciencia política del catolicismo ecuatoriano fueron la irrupción del liberalismo y sus tesis laicas, y la renovación interna iniciada por el Concilio Vaticano II. De aquí que el tema aglutinador del pensamiento político de inspiración católica haya sido cómo incidir en la construcción del bien común –algo que se considera inherente a la fe– a partir de una influencia moral únicamente. Mucho tiempo y mucho deba-

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te tuvieron que pasar para que se acepte esta conclusión. Al inicio obligaron las presiones de la Revolución Liberal, aunque luego la misma Iglesia adoptó esta convicción en razón de la reconceptualización de sus relaciones con la sociedad provocada por la renovación eclesial de los años sesenta y setenta. Una de las reformulaciones más interesantes en el pensamiento político católico fue el concepto de “laicismo”, como expresión de las debidas relaciones entre la Iglesia y el Estado. Descalificado al inicio porque evocaba hostilidad, separación institucional e incluso ruptura entre la esfera estatal y la eclesial, el concepto en su comprensión católica pasó a significar distinción y complementariedad, e incluso colaboración para el bien común entre ambas esferas, aunque llegara a renombrarse como “laicidad”. De manera similar, el concepto de “libertad religiosa”, que tantas sospechas levantó a inicios del siglo XX terminó por incorporarse en el cuerpo de doctrinas políticas de la Iglesia en la segunda mitad de ese mismo siglo. Para quien quiera ver las cosas desapasionadamente y con cierta creatividad, hoy los tiempos son propicios para un nuevo pensamiento político de inspiración católica. Muchas de sus tesis han llegado a formar parte de los valores sociopolíticos ecuatorianos, como la centralidad de la justicia social para los fines del Estado, la necesidad de una educación integral para jóvenes y niños, la no injerencia de las autoridades eclesiales en la gestión pública, etc., y en todo esto ciertamente ha habido avances notables. El adversario intelectual no es ya el ateísmo latente en el laicismo, liberalismo o comunismo. Hoy como antes hay que sacar todas las consecuencias teóricas y prácticas de entender la fe católica como un llamado a la reconciliación del ser humano con Dios, con los otros y con la naturaleza.

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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS Ayala Mora, E., Federico González Suárez y la polémica sobre el Estado laico, Quito, Banco Central del Ecuador/Corporación Editoral Nacional, 1980. Concilio Vaticano II, 1962-1965: Documentos completos (4a. ed.), Bilbao, Editorial Mensajero, 1966. Conferencia General del Episcopado Latinoamericano II, 1968, Medellín: Conclusiones (6a. ed.), Bogotá, CELAM, 1971. Pontificio Consejo de Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Quito, Conferencia Episcopal Ecuatoriana, 2005. Raphael, D., Problemas de filosofía política, Madrid, Alianza Editorial, 1983. Salvador Lara, J., Breve historia contemporánea del Ecuador. México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1994. Tobar Donoso, J., Elementos de ciencia política, Quito, La Prensa Católica, 1958.

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EL PENSAMIENTO POLÍTICO DE INSPIRACIÓN CATÓLICA


FEDERICO GONZÁLEZ SUÁREZ

Participación del clero en política2 ¿Puede el clero tomar parte en política? Si es lícito que el clero tome parte en política, ¿será conveniente que siempre tome parte en política? ¿Quién tendrá autoridad competente para determinar, en cada caso dado, el modo como ha de intervenir el clero en la política? –Ved ahí tres cuestiones de suma importancia, enlazadas íntimamente una con otra y sin cuya solución, el asunto no podría ser dilucidado por completo. Comienzo haciendo notar con cuidado, que voy a tratar de la manera cómo ha de intervenir el clero en la política, y no del enrolamiento del clero en las facciones o partidos políticos: el clero, hemos dicho y tornamos a repetirlo, no se ha de enrolar en ningún Partido político. Pero ante todo, es necesario explicar primero lo que entiende por Política, y las relaciones que la política tiene con la religión. ¿Qué es política? ¿Qué es religión? ¿Qué relaciones hay entre la política y la religión? Expondremos con la debida claridad estos puntos. La religión es una virtud, la religión es una doctrina, la Religión es una institución. Como virtud, su objeto inmediato es el mismo Dios, a quien rendimos culto y adoración; como doctrina, es el conjunto de verdades reveladas por Dios a los hombres, y enseñadas y profesadas por la Iglesia católica; como institución, es la sociedad fundada en el mundo por Jesucristo, para salvar a los hombres, dándoles los medios de alcanzar su fin sobrenatural. La política es, asimismo, una virtud, una ciencia y una institución. Considerada como virtud, la política no es sino la prudencia, (una de las cuatro virtudes cardinales,) en cuanto emplea los medios más adecuados para gobernar bien la sociedad civil; considerada como ciencia, es una reunión de máximas morales y de principios especulativos, enderezados al buen gobierno de los pueblos; considerada como institución, la política se identifica con la autoridad temporal, que presida en la sociedad civil, y la rige y la gobierna. La religión y la política, en cuanto ambas son virtudes, deben ser inseparables; pues la prudencia no es virtud perfecta, sino cuando la acompaña e informa la virtud de la Religión: la aplicación de los medios para gobernar bien exige 2 En esta antológica se excluyen casi todas las notas al pie de página de los textos originales, por falta de espacio y por la poca relevancia que tienen para el lector contemporáneo. Tomado de: Federico González Suárez, “Cuarta instrucción al clero sobre su intervención en la política” (Quito, 15 de marzo de 1901), en Manuel María Pólit Laso, Obras pastorales del Ilustrísimo Sr. D. Federico González Suárez, Tomo 1, Quito, Imprenta del Clero, 1927, pp. 325-352.

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conocimiento del fin propio de la sociedad civil, y temor de la sanción moral; y quien no cree en Dios ni reconoce su providencia es imposible que no abuse del poder, empleando torcidamente los recursos de la autoridad. La religión y la política, consideradas en el terreno especulativo o meramente doctrinal, son también inseparables: la sociedad ha sido instituida por el mismo Dios, y tiene un fin directo e inmediato subordinado al fin sobrenatural del hombre, mirado individualmente: la sociedad se ha ordenado para el bien del hombre, y así es imposible que el fin puramente temporal de la sociedad civil no esté subordinado al fin próximo con que ha sido creado el hombre. ¿Quién lo ha criado al hombre sino Dios? ¿Quién es el autor de la sociedad civil sino el mismo Dios? Y ¿no sería absurdo que, siendo el hombre necesariamente sociable por naturaleza, encontrara en la sociedad un obstáculo más bien que un auxilio para la consecución de su fin sobrenatural? Si se desconoce, pues, o se niega el fin sobrenatural del hombre, ¿cómo se conocerá el fin verdadero de la sociedad civil, es decir, el fin con que la ha instituido el mismo Dios? –Y ¿qué enseña la religión? La religión enseña cuál es el fin último del hombre y cuál es el fin último de la sociedad civil: la religión enseña que el fin de la sociedad está subordinado al fin sobrenatural del hombre: la Religión enseña cuál es el origen de la autoridad civil, prescribe al hombre los deberes que tiene para con Dios, para consigo mismo y para con sus semejantes: la religión enseña cuáles son los derechos y los deberes de los superiores y de los súbditos, de los magistrados y de los ciudadanos: sin religión no hay, ni puede haber moral. Por esto, entre la religión y la política, consideradas desde el punto de vista de la moral, hay una unión íntima e indisoluble. Si la política es una ciencia de moral social, no puede prescindir de la religión, porque no puede dejar de tomar en cuenta las enseñanzas de la religión respecto al fin del hombre, del origen de la autoridad civil y del origen y destino de la sociedad política. –En el terreno especulativo o doctrinal, no se puede, pues, separar la política de la religión. La política, como institución, equivale a la autoridad civil, o a lo que ahora se llama el Estado; así como la religión en cuanto institución no es otra cosa sino la Iglesia católica. –La cuestión relativa a las relaciones de la política con la religión, consideradas ambas como instituciones, se reduce, pues, sin violencia, a la cuestión de la armonía entre la autoridad civil y la autoridad eclesiástica, entre el Estado y la Iglesia. Ambas autoridades son independientes y soberanas, dentro de los límites de su respectiva esfera de acción: ni la autoridad eclesiástica ha de traspasar los términos de su jurisdicción propia, invadiendo el terreno 40


de la potestad temporal; ni ésta se ha de extralimitar, usurpando los derechos de aquélla: el orden establecido por Dios exige que haya mutua armonía y concordia entre las dos autoridades; y no es lícita la separación, ni mucho menos la pugna de la Iglesia y el Estado. Los Concordatos arreglan la manera de conservar la independencia y la armonía de las dos autoridades en aquellos puntos, en que las jurisdicciones de entrambas se mezclan y confunden. No es, pues, lo mismo política, que Partidos políticos: además, conviene muy mucho hacer una distinción entre las Escuelas políticas y los Partidos políticos, y no confundir a éstos con aquéllas. Escuela política es el conjunto de principios políticos y de máximas sociales, aplicables al gobierno de los pueblos: Partido político es la agrupación, más o menos numerosa, de personas, que, bajo la dirección de un caudillo, están apoderadas del manejo de la cosa pública, o aspiran a dominar, adueñándose del poder. Las escuelas políticas se proponen el sostenimiento, la propagación y la defensa de ideas, de principios, de doctrinas, de opiniones políticas: los partidos trabajan por la consecución de intereses temporales, para lo cual anhelan, ante todo, el empuñar las riendas del gobierno y disponer de la cosa pública. –El vínculo de unión en la Escuela política es el sostenimiento de ciertas y determinadas ideas en asuntos políticos: en los partidos políticos el vínculo entre los ciudadanos, que componen cada partido, es el medro individual; y muchas veces se observa, que el sostenimiento de las doctrinas se sacrifica a la consecución del interés temporal; pues no siempre las ideas son la regla de las acciones. Puede haber, y hay en efecto, muchas Escuelas políticas; así como hay también muchos partidos políticos: dentro de una misma escuela suelen encontrarse, a veces, partidos políticos distintos: por lo mismo, no se han de confundir nunca las escuelas con los partidos; ni es lo mismo política que Partido político. El Partido político, de ordinario, se convierte en facción personal, en personalismo político: ¿no es cierto que se busca el encumbramiento del caudillo a la suprema magistratura, para que, desde allí, distribuya los destinos públicos a los miembros del partido, y solamente a ellos? ¿No es verdad que los desfavorecidos se disgregan del partido dominante, pasando a enrolarse en las filas de la oposición?... Hablemos ya ahora de la actitud del Clero respecto a la política, y veamos a qué nos obliga la santidad de nuestro Estado.

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En el clero distingamos, para mayor esclarecimiento de la materia que estamos tratando, los órdenes diversos de la jerarquía eclesiástica: los Prelados, los Párrocos, los simples sacerdotes. Todo eclesiástico, sea cual fuere su orden jerárquico, puede ser considerado bajo dos distintos, aunque inseparables aspectos: como miembro de la sociedad civil, y como ministro de la Iglesia católica: como ciudadano, goza de derechos y tiene deberes en el orden civil y político: como sacerdote, se halla investido de privilegios anexos a su carácter sagrado, y tiene de ser fiel a muy arduos deberes. Los derechos y los deberes del sacerdote como ciudadano, dependen de la forma de gobierno que estuviere establecida en su país, y de las leyes secundarias que rijan en él: cada uno tiene su modo de ser propio, más o menos generoso para con los sacerdotes en punto a derechos civiles y cargos políticos. ¿Podrá el clero tener participación en la política? –Si por participación en la política se entiende la aceptación de todos aquellos cargos civiles, que, según la Constitución fundamental y las leyes del país, pueden desempeñar los sacerdotes, el clero puede tomar parte en política: así, puede admitir y desempeñar, por ejemplo, el cargo de Senador o de Diputado, y concurrir a las Cámaras Legislativas o al Consejo del Estado, si acaso, por la Constitución fundamental vigente o por las leyes secundarias no estuviesen los eclesiásticos inhabilitados civilmente para semejantes caragos públicos. En esto no hay nada contrario a los Sagrados Cánones ni al decoro del estado sacerdotal. Pero ¿cómo se deberá manejar un sacerdote, cuando fuere elegido para esos cargos públicos? –Ahí está el secreto de este delicado asunto. Antes de la elección, no ha de decir ni ha de hacer cosa ninguna que ponga en peligro su dignidad o aje el decoro de su estado: si a los seculares se les tolera algo; al sacerdote, con razón, no se le tolera nada: si a los seculares se les disimula algo; al sacerdote, con justicia, no se le disimula nada: guardémonos mucho de manifestarnos ambiciosos, y no andemos buscando jamás cargos públicos: que los honores vengan, por nuestros propios méritos, a llamar a nuestras puertas, las cuales conviene tenerlas siempre modestamente cerradas. En el desempeño de los cargos públicos nos hemos de manifestar íntegros, desinteresados y, sobre todo, justos: no debemos de ser miembros de ningún Partido político, ni servidores de ninguna persona; en nosotros han de tener los seculares un espejo de patriotismo, en que mirarse, para componer sus acciones. –El sacerdote, en todas partes, ha de ser el hombre de Dios: su Escuela política, el Evangelio; y su caudillo, Jesucristo. ¡Cuán triste papel hace en las Cámaras Legislativas un sacerdote banderizo, colérico, apasionado!...

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El sacerdote no puede prescindir nunca de su carácter de sacerdote; y su conducta, como ciudadano de una nación cualquiera, debe necesariamente arreglarse en todo conforme a la santidad de su estado. Hay ciertas cuestiones que son meramente políticas: en ellas, un sacerdote puede tomar parte; pero no como sacerdote, sino únicamente como ciudadano; aunque siempre, en el modo de intervenir en semejantes cuestiones, no ha de haber nada que desliga de la dignidad y alteza del estado sacerdotal. –Cuestión meramente política es, por ejemplo, la apertura de un camino público: la celebración de un contrato para la construcción de una obra nacional; la determinación del número de representantes que ha de tener una provincia; la erección de una nueva provincia o cantón, etc., etc. En todas estas cuestiones puede tomar parte el sacerdote, en su condición de ciudadano: el bien material de su Patria no le puede ser indiferente, ni ha de dejar de interesarse por el bienestar la prosperidad de ella: pero, en estos dos casos, su procedimiento ha de ser tal, que todos no puedan menos de reconocer y confesar que el móvil de su conducta no es el interés persona, sino el bien general, pero con moderación; puede rebatir el parecer contrario, pero con urbanidad, con modestia, abundando en razones y sin herir a nadie. Otras cuestiones hay que no son meramente políticas, sino político-morales: en ellas puede tomar parte el sacerdote, no solo como ciudadano, sino como sacerdote. –Mas, tratándose de estas cuestiones, es necesario tener muy presente que no es lo mismo poder tomar parte, que deber tomar parte. ¿Puedo tomar parte? –He ahí la primera pregunta, que se hace a sí mismo todo sacerdote, concienzudo y temeroso de Dios. Si puedo tomar parte en esta cuestión, ¿será conveniente para el servicio divino que yo tome parte en ella? –¿De dónde resultará mayor gloria a Dios: de mi prescindencia o de mi intervención? –Esta es la segunda pregunta del buen sacerdote. Si es conveniente para el mayor servicio divino que yo tome parte en esta cuestión, ¿cómo tomaré? –Tal es la tercera pregunta del sacerdote, discreto y celoso del bien espiritual de los fieles. Lo lícito o ilícito del acto: primera pregunta. La conveniencia del acto lícito: segunda pregunta. El modo de poner en práctica el acato lícito y conveniente. Tercera pregunta. Un buen sacerdote no se lanza a la obra de intervenir en una cuestión político-moral, sin haber meditado despacio sobare esta tres preguntas, a la luz de las enseñanzas cristianas y de las máximas evangélicas.

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Las elecciones son cuestión político-moral, y en ellas puede tomar parte el sacerdote; y aún hay casos en que, por razón de su mismo ministerio sacerdotal, debe tomar parte: asunto importante y muy delicado. Por esto, lo voy a tratar de propósito. En las elecciones hay una cuestión de política y de moral, muy grave y muy trascendental: el acto de dar voto es acto moral, que causa responsabilidad grave delante de Dios, y que puede ser ocasión de irremediables consecuencias sociales para la patria: considerado desde el punto de vista de la moral, el acto de dar voto puede ser o una acción virtuosa o un pecado, mortal o venial, atendidas todas las circunstancias. ¿Puede un sacerdote tomar parte en elecciones? –Distingamos, para que, en la resolución de esta cuestión, haya todo el acierto posible. Un sacerdote interviene en las elecciones de dos modos: como ciudadano y como sacerdote. –Como ciudadano, su intervención se reduce a dar su voto. ¿Puede dar su voto? –Puede, indudablemente; pues, como ciudadano, goza de todos los derechos políticos, otorgados por la Constitución a todos los ciudadanos. ¿Convendrá que dé su voto? –Para acertar, consulte el punto con su Prelado: con el Prelado consúltese también sobre si deberá o no deberá dar su voto. Hay casos, en los cuales un sacerdote no puede acercarse a las urnas electorales, en conciencia: hay casos, en que, asimismo en conciencia, puede dar su voto, pero no conviene que lo dé. Sobre todo, si el sacerdote es párroco, ha de reflexionar y ponderar, muy atentamente, todas las circunstancias, antes de resolver si como ciudadano hará bien votando o absteniéndose de votar: un párroco no puede hacer en todo caso lo que puede hacer un sacerdote que no tenga cura de almas: para éste habrá casos en que será indiferente votar o no votar; el párroco será necesario que se abstenga, con suma prudencia, del ejercicio de ese derecho político. Obligan a párroco deberes de justicia y de caridad mucho más apretados que los que tiene otro sacerdote que no sea párroco. En esta nuestra República del Ecuador hay elecciones para Concejeros cantonales, para Diputados y Senadores, y para Presidente y Vicepresidente de la Nación. ¿Puede un párroco tomar parte en estas elecciones? –¿Puede un párroco tomar parte en estas elecciones? –Puede. ¿Cuándo? –Siempre. ¿Debe tomar parte siempre? –No: hay casos, en que no debe tomar parte: hay casos, en que no es conveniente que tome parte.

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No se ha de confundir nunca la posesión de un derecho con el ejercicio práctico de ese derecho: el párroco puede intervenir en las elecciones, he ahí el derecho. ¿Cuándo debe invertir? –Esa es cuestión relativa al ejercicio del derecho; y la resolución acertada de esa cuestión depende de mil circunstancias, muy variables y distintas. Hay otras cuestiones, que son político-religiosas: versan sobre asuntos, en que la política se halla necesariamente unida con la religión y es imposible separar a la una de la otra. –Tales son las cuestiones relativas a la absoluta libertad de cultos en naciones, donde la mayoría de los ciudadanos es católica; la prescindencia de la religión en la educación de la juventud; la independencia de la jurisdicción espiritual en los asuntos que son de su exclusiva competencia; la secularización de los cementerios católicos, etc., etc. En estas cuestiones el Clero no solo puede, sino que debe tomar parte. Pero, como en el estado eclesiástico hay diversas jerarquías, es necesario exponer quiénes son los que han de intervenir, y la manera cómo han de intervenir. –La intervención del Clero en las cuestiones político-religiosas se reduce a la cuestión siguiente: ¿podrá defender el Clero los derechos de la Iglesia católica? ¿Quién dudara de que a esta cuestión se debe responder afirmando resueltamente, que el Clero no solo puede, sino que debe defender siempre los derechos de la Iglesia católica? No obstante, esta defensa no corresponde a todo el clero, en general: corresponde en primer lugar a los Prelados, bajo cuya dirección y consejo la han de hacer los demás sacerdotes. –En ningún caso han de proceder los sacerdotes con independencia de los Prelados, y menos cuando se trate de defender los derechos de la Iglesia; pues la defensa de estos derechos está confiada esencialmente a los Prelado, quienes tienen, por derecho divino, el cargo y el deber de enseñar. No es lo mismo Escuela política que Partido político: conviene distinguir lo uno de lo otro. –Puede haber individuos de diversas escuelas políticas, afiliados, no obstante, en un mismo Partido político; y el sacerdote a lo que ha de atender de preferencia es a la Escuela política, antes que al Partido político: ya hemos advertido que el vínculo de unión de los partidos políticos no es el sostenimiento de una doctrina determinada, sino la consecución del mando supremo de la República: el fin del Partido político es siempre un fin práctico: en la Escuela política el fin es doctrinario y especulativo. ¿Qué es Escuela política? –La Escuela política, considerada en sí misma o en el terreno especulativo, es el conjunto de principios filosóficos y de máxi-

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mas morales, que tienen por objeto el gobierno de las naciones en el orden civil y político. En la Iglesia católica puede haber y de hecho hay escuelas políticas distintas, todas las cuales están de acuerdo entre sí en cuanto a las verdades dogmáticas y a las enseñanzas doctrinales, pero difieren en aquellos puntos, acerca de los cuales la misma Silla Apostólica ha dejado libertad para opinar a los católicos. En la enseñanza católica hay dogmas fundamentales, doctrinas invariables y opiniones libres, más o menos fundadas: en las escuelas católicas hay acuerdo en cuanto a los dogmas y en cuanto a las doctrinas, y el desacuerdo no puede existir sino respecto a las opiniones. Si una Escuela política admite, reconoce y sostiene los dogmas y las doctrinas de la Iglesia católica, es Escuela política católica: si rechaza la autoridad de la Iglesia y no admite sus dogmas ni profesa sus doctrina, será Escuela política heterodoxa: en el desconocimiento de la autoridad de la Iglesia, en la negación de los dogmas católicos y en el rechazo de la doctrinas enseñadas por la Silla Romana, puede haber, y de hecho hay, grados, los cuales constituyen los diversos sistemas, que de liberalismo religioso existen actualmente. Para que una Escuela política sea, en verdad, católica, es necesario que se someta a la autoridad docente de la Iglesia, que admita sus dogmas y que profese sus doctrinas. ¿Podrá un sacerdote abrazar indiferentemente cualquier Escuela política? –No: el sacerdote está obligado a pertenecer siempre a una Escuela política netamente católica: si en una diócesis o en una nación hubiere varias escuelas políticas católicas, es muy conveniente que todos los sacerdotes pertenezcan solamente a una ellas, a fin de que así se conserve mejor la paz y la concordia; pues la diversidad de opciones es casi siempre ocasión y aún causa para el rompimiento de las voluntades, de donde nace el escándalo, con la falta de armonía entre los eclesiásticos. Un sacerdote, que haya abrazado una Escuela política católica, ¿podrá condenar como anticatólicas y heréticas a todas las demás escuelas políticas católicas? –No puede, porque a ningún católico le es lícito condenar lo que la Iglesia tolera, ni reprobar lo que la Iglesia permite. El ministerio sacerdotal exige mucha ciencia; y los eclesiásticos han de conocer muy bien la doctrina de la Iglesia católica: han de saber discernir, con todo acierto, lo dogmático, de lo doctrinal; y lo doctrinal, de lo opinable: la doctrina no se ha de confundir con el dogma, ni la mera opinión libre se ha de calificar de doctrina católica: no hemos de atribuir jamás a la Iglesia nuestras

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opiniones personales, sugeridas a veces por nuestra falta de estudios sólidos y de instrucción competente en materias de suyo complejas y muy difíciles. Cuando calificamos de erróneas y de heréticas las opiniones, que la Iglesia tolera, nos arrogamos la suprema autoridad docente de la misma. ¿Cómo ha de ser erróneo lo que la Iglesia no ha condenado como tal? ¿Permitiría acaso, libremente la Iglesia a los católicos el sostener una opinión, si esta opinión fuera contraria a sus dogmas o a sus enseñanzas? Pongamos un ejemplo. Toda autoridad viene de Dios: he aquí un dogma católico. La autoridad civil ha sido instituida por el mismo Dios, y no ha sido de la libre voluntad de los asociados: he ahí un punto doctrinal. La manera de transmisión de la autoridad: he ahí un punto, acerca del cual los doctores católicos están divididos en opiniones, de donde nacen las Escuelas católicas. La cuestión relativa a las escuelas políticas es, por lo mismo, una cuestión especulativa o teórica: la cuestión relativa a los partidos políticos es cuestión práctica: para resolver la primera, es necesaria la ciencia; la segunda no se resolverá acertadamente sino mediante la prudencia. ¿Puede el Clero tomar parte en la política? –Esta es cuestión doctrinal: para resolverla, son necesarias ciencia y erudición. –La resolución de esta cuestión es universal en sus aplicaciones, y se refiere al clero católico de todo el mundo civilizado: notémoslo bien. ¿Podrán los sacerdotes enrolarse en partidos políticos? –Esta ya no es cuestión meramente doctrinal, sino esencialmente práctica: para resolverla con acierto, no bastan la ciencia y la erudición, sino que es necesaria la prudencia: es cuestión local, es cuestión concreta: exige para su acertada resolución el conocimiento cabal de muchas cosas determinadas, como las siguientes. ¿Cuántos partidos políticos hay en el país? ¿Cuál es la condición moral de sus caudillos? ¿Qué fines se proponen? ¿Qué medios han empleado hasta ahora? ¿Qué medios están empleando en las presentes circunstancias? ¿Estos medios son morales? ¿Estos medios son lícitos? ¿Podrá el sacerdote cooperar a ellos? ¿Será conveniente que coopere? ¿Cómo deberá cooperar? ¿Cuáles serán los resultados de esa cooperación del sacerdote; para la conciencia del sacerdote, para el bien espiritual de los fieles, para la gloria divina?...Ved ahí cuántas cuestiones, todas trascendentales, se han de estudiar maduramente, y se han de resolver concienzudamente, antes de pronunciar el fallo definitivo sobre la cuestión relativa a la intervención del clero a favor o en contra de un Partido político cualquiera.

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Hay más: se ha de atender a otra circunstancia muy importante, y es la posesión actual del poder público. El Partido, ¿hace esfuerzos para alcanzar el manejo de la cosa pública? ¿Qué medios pone en juego con ese fin? ¿Podrá un sacerdote ser revolucionario? ¿Podrá ser conspirador? ¿Podrá ser oposicionista? ¿Cómo? ¿En qué? ¡Cuántas circunstancias tiene presentes un sacerdote prudente; cuántas circunstancias pondera para no errar en sus resoluciones!... Puede haber casos, en los cuales el clero no deba favorecer de ningún modo a ningún Partido político, sea éste el que fuere y llámese como se llamare: asimismo, habrá casos, en que el clero pueda favorecer con su influencia moral a un Partido más bien que a otro: son cuestiones prácticas, cuestiones de prudencia. ¿Es necesaria la más absoluta abstención por parte del clero? ¿Puede éste, hic et nunc, en este caso concreto y determinado, favorecer a un partido? ¿Convendrá que lo favorezca? ¿Será necesario que lo favorezca? ¿Cómo lo favorecerá? Todas estas son cuestiones prácticas, para cuya acertada resolución es necesaria mucha calma, mucha prudencia y completo desinterés. Cuando se enseña, pues, que el clero no solo puede, sino que debe tomar parte en política, no por eso se ha de creer que uno sostiene que los sacerdotes pueden y aún deben enrolarse en Partidos políticos, ni menos que les sea lícita la cooperación a la revolución contra el orden constituido y a las guerras civiles. En el Ecuador, y en general en toda la América española, no puede haber más que dos escuelas políticas, propiamente dichas: la Escuela liberal y la Escuela católica. Los sacerdotes, con la palabra, con la pluma, con el consejo, hemos de enseñar, hemos de propagar, hemos de defender, hemos de sostener los principios de la Escuela católica, y hemos de combatir los errores de la Escuela liberal: en cuanto a Partidos políticos, no conviene que nos enrolemos en ninguno, en ninguno absolutamente. Reflexionemos bien sobre los arduos deberes, que en punto a la salvación de las almas nos impone el ministerio sacerdotal, y no digamos ni hagamos nada que sea directa ni indirectamente perjudicial al bien espiritual de los fieles: ¿somos sacerdotes? Pues demos ejemplo de virtud. ¿Se nos pide consejo? Démoslo sin pasión, buscando únicamente el bien. Enrolados en un Partido político, nos exponemos a aprobar todo cuanto digan, todo cuanto hagan los hombres de nuestro Partido, y esa aprobación puede ser en muchos casos una cooperación directa y eficaz al pecado ajeno, pecado que debíamos reprender, pecado que estábamos obligados a condenar: la pasión pone tupida venda en los ojos del alma, y viendo no vemos, y cayendo en la cuenta no entendemos. –Enrolados en Partidos políticos nosotros los sa-

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cerdotes, somos ciegos del Evangelio, que servimos de guía a otros ciegos: ¿qué sucederá con nosotros y con ellos?– Ambos nos precipitaremos en el abismo. Los eclesiásticos no debemos cometer nunca el error de hacer la causa de la Iglesia católica solidaria de los intereses de un Partido político, sea éste el que fuere y llámese como se llamare: los partidos políticos tienen como vínculo la unión entre los miembros que los forman, el medro temporal, la colocación de los partidarios en los destinos públicos y el encumbramiento de los caudillo a las primeras magistraturas, en las que ni los honores son pocos ni los sueldos son cortos; así la causa de Dios, la causa de la gloria divina, la santa causa de la salvación de las almas viene a servir de medio, y solamente de medio, para alcanzar un fin terreno. Cuando la causa católica se ha hecho solidaria de los intereses temporales de un Partido político, sucede necesariamente, como consecuencia inevitable de esa solidaridad, que la Iglesia corre la suerte del partido, con el cual, en mala hora se infeudó: ¿está dominado en la República ese partido? –Pues entonces el clero se convierte en auxiliar del Gobierno, para hostilizar y para perseguir a los Partidos que le hacen la oposición al Gobierno, aunque esa oposición sea justa y no traspase los límites de la ley. –Sin Borbones no es posible la religión: sostengamos a Don Fulano de Tal, porque la suerte de la Iglesia está pendiente de la conservación de ese caballero en el poder. ¿Así tan unidas, así tan infeudadas estarán la Iglesia y la causa del partido?... Pero, cuando se comenzaron a distribuir los destinos públicos, ¿no os acordáis que se decía: don Mengano está muy pobre, muy cargado de hijos, y, si con un puesto público no se le favorece, el pobrecito morirá de hambre? ¿El partido está combatido por la revolución? –Vengan acá las rentas eclesiásticas para sostener la guerra: La religión es para los clérigos, para los frailes, para las monjas, así dicen los mismos que se proclaman como defensores de la religión... ¡Si los clérigos no dan dinero para la guerra, a la cárcel con ellos!.. ¿Cayó el partido? –Pues el clero y las instituciones católicas serán quienes sufran las consecuencias anexas a la suerte del vencido: destierro, por conspiradores; cárcel, por revolucionarios; leyes anticatólicas, como en represalia. No conviene, no, hacer solidaria de la suerte de un Partido político la causa católica en Repúblicas, donde no hay todavía ni respeto a la autoridad, ni amor al orden, ni ideas exactas acerca de la libertad, ni desinterés político, ni sincero patriotismo. ¡Grave error, error funesto sería el hacer solidaria de la suerte de un Partido político la causa católica en Repúblicas, donde la guerra civil es el statu quo ordinario: error grave, error funesto, error irremediable sería hacer solidaria de la suerte de un Partido político la causa de la Iglesia católica en Repú-

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blicas, tan agitadas con las nuestras, principalmente ahora, cuando la moralidad internacional va desterrándose del continente americano, donde mañana, tal vez, la única ley que prevalezca será la ley de la fuerza! El suelo americano, bajo el cual hierve y se agita amenazadora la espantosa fuerza plutónica, es más tranquilo, más firme, más seguro, que el terreno político de nuestras Repúblicas, atormentadas, sin descanso, por la lava revolucionaria. ¿Quién sería tan falto de previsión, que abriera los cimientos del templo en un sitio volcánico? Hágase la causa de la Iglesia católica solidaria de los intereses temporales de un Partido político determinado, y no tardará el estado eclesiástico en derrumbarse con lamentable fracaso. Construyamos; pero sobre una roca sólida, y no sobre suelo movedizo. U

Los párrocos y las elecciones3 Haya verdadera libertad para las elecciones, o no la haya, los sacerdotes deben abstenerse de intervenir en ellas. –Esta abstención es mucho más obligatoria para los párrocos, cuya acción en esta materia es meramente directiva, y se limita a aconsejar a los feligreses que den su voto en conciencia, como católicos. La intervención autoritativa le está prohibida al párroco: un párroco no puede distribuir lista de candidatos; un párroco no puede tratar en el púlpito la cuestión eleccionaria; no le es lícito en el púlpito nombrar personas, ni para recomendarlas ni menos para tacharlas. Estos son puntos resueltos por la Santa Sede en tiempo de Pío IX y de León XXIII. En el Ecuador se han confundido dos acciones: la acción de los seglares y la acción de los eclesiásticos. –La acción social de los católicos está dirigida por reglas especiales; para la acción católica de los eclesiásticos hay prescripciones también especiales, y no son las mismas que para los seglares: son otras, diversas, especiales. Debemos lamentar un error, por desgracia, muy común entre nosotros los ecuatorianos: ese error consiste en que hasta los mejores creen que la Religión es negocio que les importa solo a los clérigos y no a los seguidores; y de ahí esas 3 Tomado de: Federico González Suárez, “Carta al vicario capitular de Riobamba sobre las elecciones” (Ibarra, 10 diciembre 1905), en Manuel María Pólit Laso, Obras pastorales del Ilustrísimo Sr. D. Federico González Suárez, Tomo 1, Quito, Imprenta del Clero, 1927, pp. 361-362.

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proposiciones más sonantes y hasta escandalosas, que se oyen con frecuencia en boca de nuestros compatriotas, que hace alarde del catolicismo. La religión es asunto importantísimo, no solo para los clérigos, sino para todo el que de veras cree en Dios. U

Relaciones entre la Iglesia y el Estado4 Hablaré otra vez, porque es necesario hacer constar al mundo entero que no es la Nación ecuatoriana la que está persiguiendo ahora a la Iglesia católica: ¡no es la República del Ecuador la que ha apostatado, no, mil veces no! La persecución es obra exclusiva de la fuerza: ¿habrá quien se atreva a desmentirme? En un mensaje a la Asamblea constituyente, habla el Señor Encargado del Mando Supremo acerca de la necesidad que, para la tranquilidad pública, hay de arreglar definitivamente la cuestión religiosa, la cual, con razón, tiene inquietos y alarmados a los ecuatorianos: el Señor Encargado del Mando Supremo asegura, equivocadamente, que esa cuestión tiene solo dos soluciones posibles: o la separación entre la Iglesia y el Estado, o el Patronato eclesiástico del Gobierno sobre la Iglesia ecuatoriana. Ninguna de las dos soluciones es aceptables para los católicos, y menos pata nosotros, los Prelados. El Patronato es la dependencia, la servidumbre, la absorción de la Iglesia por el Estado: yo repruebo el Patronato y lo condeno. Si el Patronato llegara a establecerse en el Ecuador, el clero correría el peligro de convertirse en instrumento poderoso de dominación en manos de un déspota, que supiera manejarlo astutamente. No quiero yo que el clero sea nunca esclavo del poder civil ni instrumento de tiranías. Vuelvo a repetir ahora lo que dije ya antes, en mi Primer Manifiesto, y lo repito clara, franca y categóricamente: el Gobierno ecuatoriano no tiene ningún derecho de Patronato eclesiástico: lo tuvo en otro tiempo; ahora no lo tiene. 4 Tomado de: Federico González Suárez, “Segundo manifiesto del Arzobispo de Quito a todos los ecuatorianos sus compatriotas sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado” (Quito, 20 de octubre 1906), en Manuel María Pólit Laso, Obras pastorales del Ilustrísimo Sr. D. Federico González Suárez, Tomo 2, Quito, Imprenta del Clero, 1928, pp. 455-461.

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–Si quiere volver a tenerlo otra vez, pídaselo al Papa, porque es el único que puede dárselo. ¿No lo quiere pedir? –Pues, la ley de Patronato seguirá siendo en adelante, como ha sido hasta ahora, una ley tiránica, una abuso de autoridad. Si el Papa le concediera al Gobierno ecuatoriano derecho de Patronato, nosotros los Prelados nos someteríamos dócilmente, sea la que fuese la amplitud del patronazgo concedido. La separación entre la Iglesia y el Estado es una de esas utopías sociales, en que es tan fecundo el Liberalismo, pero no pasa de ser una mera utopía; pues, en la práctica, lo que en verdad hay es una terca e injusta opresión, una guerra desapiadada: el Gobierno proclama que la Iglesia está separada del Estado; no obstante, la Iglesia está en realidad tan separada del Estado, como la paloma de las uñas del gavilán, cuando éste ha hecho presa en ella y la despedaza entre sus garras. El derecho de Patronato equivale en mano de un Gobierno liberal la facultad de destruir, de arruinar la Iglesia, de acabar con ella y de darle muerte: la Iglesia perecería, como el esclavo romano, que exhalaba su último suspiro, con la argolla a la garganta y el rostro afrentado por la marca de la servidumbre. La separación entre la Iglesia y el Estado sería la lucha forzada y desigual de la virgen cristiana con las fieras en la arena del anfiteatro, al son de la algazara de la facción política triunfante. Ni Patronato ni separación: entre el Patronato y la separación hay un término medio. ¿Cuál es ese término medio? –La armonía sincera, el acuerdo razonable, la conciliación decorosa entre el Poder civil y la Autoridad eclesiástica. El Poder civil es independiente: la Autoridad eclesiástica lo es también: cada uno tiene su órbita de acción, trazada por Dios mismo, criador y legislador de la sociedad humana. Consérvense ambas autoridades dentro de esa órbita, y habrá armonía. Yo, Obispo católico; yo, Metropolitano del Ecuador, protesto que amo la paz, que ansió la tranquilidad pública. ¿No he respetado yo al poder civil? ¿No lo he acatado? ¿No he obedecido con prontitud toda ley justa? ¿No he dado pruebas convincentes de patriotismo? ¿Por qué reclamo ahora? ¿Por qué protesto? ¿Cuándo he pertenecido yo a algún Partido político? Para mí no hay partidos; hay patria. Cuando en la Constitución política de un Estado se establece algo relativo a religión; cuando se declara cuál es la religión de la República o de la mayoría de los ciudadanos, esa declaración significa dos cosa: reconocimiento de un hecho, enteramente independiente de la voluntad de los legisladores; y acatamiento a los derechos y a las obligaciones, que de ese hecho dimanan para los

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ciudadanos y para los poderes públicos. ¿Por qué se desconoce ahora un hecho público, un hecho innegable? –Se desconoce adrede el hecho, a fin de que los mandatarios públicos puedan atentar impunemente contra los derechos religiosos de los ciudadanos. Suprimido en la nueva Constitución el artículo sobre la religión de la República; eliminando así completamente el elemento de la moral en la vida pública, pregunto: ¿cuál va a ser de hoy en adelante el fundamento de la autoridad civil? –Todos los ecuatorianos somos iguales: vosotros, los liberales, ¿os atreveríais a negar esto? Si todos los ecuatorianos somos iguales, ¿de dónde nace el derecho, que uno de nosotros tiene de mandar a los demás? ¿En qué se funda la obligación de obedecer al que manda, siendo, como somos, todos iguales? Para tener derecho de mandar, es necesario ser superior: si todos los ecuatorianos somos iguales, se sigue necesariamente que ningún ecuatoriano tiene derecho de mandar a todos los demás. ¿Negaréis esta consecuencia? Nuestro sistema de gobierno es el democrático puro: luego, su fundamento esencial es la igualdad de todos los ciudadanos. ¿Qué decís de esto? ¿Lo confesáis? ¿Lo negáis? Si lo confesáis, decid, por vida nuestra: ¿en qué se funda vuestro derecho de legislar?... ¿Diréis, acaso, que los ciudadanos os eligieron? Cuando todos somos iguales, como lo somos en el Ecuador, entonces la soberanía no puede residir solamente en uno o en dos de los ciudadanos: reside en todos. ¿No es así? –Si la soberanía reside en todos, por ser todos iguales, ¿de dónde nace para los unos el derecho de mandar, y para los otros la obligación de obedecer?... ¡Decid! ¡Responded!... Vosotros, los liberales, no tenéis respuesta que dar a esta pregunta, tan transcendental en nuestra forma de gobierno. Se nos replicará: nosotros tenemos nuestro poder de legislar, de gobernar, de mandar, porque lo hemos recibido del pueblo: el pueblo es soberano, y nosotros somos mandatarios del pueblo. –Así sería, ¿quién lo duda?, si el pueblo hubiera elegido con toda libertad a sus representantes; si el pueblo hubiera designado libremente a los mandatarios: entonces el Poder habría pasado por su conducto genuino, según el sistema democrático, y el fundamento del orden público no sería la fuerza, sino el derecho. Los ecuatorianos ¿somos o no somos todos iguales? –¿Somos todos iguales? –Luego, ningún ecuatoriano es soberano de otro: no tiene poder para imponerle leyes ni derecho para exigir obediencia. ¿No somos todos iguales? –Vosotros, los liberales, ¿negaréis la soberanía popular? ¿La desconoceréis? ¿No la tomaréis en cuenta para nada?

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Nosotros, los católicos, tenemos respuestas muy satisfactorias. Oídme un momento. –Todos los ecuatorianos somos iguales: ningún ecuatoriano es soberano de los demás. Todos los ecuatorianos somos iguales: nuestro único soberano es Dios, autor y legislador de la sociedad humana. La autoridad solo de Dios puede venir; y así, cuando los unos obedecemos a los otros, no obedecemos a un igual maestro, sino a Dios. Por esto, nuestra obediencia tiene un motivo nobilísimo, y no nos envilece ni nos degrada. ¿La doctrina católica condena, acaso, el sistema democrático y la forma de gobierno republicana? –No la condena ni la ha condenado nunca: en la doctrina católica el pueblo elige, y, al elegir, ejerce soberanía: el pueblo es señor de sí mismo: el pueblo dicta las leyes con que ha de ser gobernado; pero la soberanía supone como condición esencial la libertad del sufragio popular, la libertad civil, la libertad política... ¿Qué soberano es ese, a quien la Fuerza le priva de su derecho, a quien la Fuerza lo oprime con su mano de hierro hasta en el santuario inviolable de la conciencia? La supresión del artículo sobre religión en la nueva Constitución de la República equivale, pues, al desconocimiento de la soberanía popular, a la negociación implícita de igualdad de todos los ciudadanos, al trastorno del sistema democrático y a la proclamación de la fuerza, como el único vínculo de unión, que habrá, de hoy en adelante, entre los Poderes públicos y los ciudadanos en la nación ecuatoriana. Aunque solo esto bastaría para hacer reflexionar maduramente, a todo ecuatoriano desapasionado, hay todavía algo más grave. En efecto, ¿qué se ha hecho, suprimiendo el artículo relativo a la religión? –Se ha declarado, con solo eso, que, de hoy en adelante, en el Ecuador se prescindirá absolutamente de la moral de la política: en la política ya no habrá para qué preocuparse de la moralidad o de la inmoralidad de los actos humanos... Un acto será moral, cuando de su ejecución resultare provecho... Basta, basta: pongo aquí punto final a este delicadísimo asunto. U

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La educación de los niños y la educación laica5 Comenzamos explicando lo que es la educación. –¿Qué es educación? ¿En qué consiste la educación? ¿Será lo mismo educar, que instruir? ¿Serán una y la misma cosa la educación y la instrucción? –Vamos a verlo. El niño tiene dos facultades espirituales, nobilísimas, cuyo ejercicio debe ser dirigido con acierto: esas facultades son la inteligencia y la voluntad: la imaginación, la memoria, la sensibilidad, las pasiones, el alma, toda entera, será bien dirigida, si se dirigieren con acierto el entendimiento y la voluntad. –Con el entendimiento el niño ve la verdad, la conoce, la contempla, y con el conocimiento de la verdad, con vista y contemplación de ella, mueve montaña, excitando en el corazón amor al bien y odio al mal. El niño, en los primeros años de su existencia, es completamente ignorante: su inteligencia está a oscuras y reposa, como dormida; pero, así como con el cuidado materno se van vigorizando los miembros del cuerpo, así también mediante el lenguaje, mediante la palabra, se va despertando la inteligencia, va adquiriendo actividad y poniéndose en movimiento. Cada palabra que oye el niño, cada ademán que ve, cada seña que nota, es como un golpe dado a su inteligencia: al golpe salta la idea, la percepción intelectual: el niño comienza a pensar, sin que sea posible a sus padres fijar el momento preciso en que se despierta el pensamiento. Conforme crece la claridad de la inteligencia, aumenta también la energía de la voluntad: la inteligencia abre sus ojos a la luz del conocimiento, la instrucción la ilumina; y la inteligencia, una vez despierta e iluminada, toca la voluntad, la mueve, la sacude, la enardece y prende en ella el fuego de las pasiones, que, ya desde muy temprano, comienza a agitar el corazón del niño. El hombre no está ahora como salió de las manos de Dios: Dios lo crió al hombre recto, según la expresión de la Escritura Santa. Esa rectitud consistía en que todo en el hombre se hallaba bien ordenado: los sentidos estaban sometidos a la razón, y la razón obedecía a Dios sumisamente. El pecado original, el pecado de nuestro primer padre, trastornó en nosotros el orden de Dios; y de ahí la sublevación del cuerpo contra el alma, de ahí la lucha de los sentidos contra la razón, de ahí la rebelión de la inteligencia contra la verdad, y del corazón 5 Tomado de: Federico González Suárez, “Primera carta pastoral acerca de la educación de los niños” (Quito, 2 de noviembre 1906), en Manuel María Pólit Laso, Obras pastorales del Ilustrísimo Sr. D. Federico González Suárez, Tomo 2, Quito, Imprenta del Clero, 1928, pp. 8-21.

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contra la virtud. ¡Ah! Ciertamente, el hombre no está ahora tal, como salió de las manos de Dios; ¡está en ruinas, está trastornado, moralmente desordenado!... Conoce la verdad, ama lo bueno; pero se abraza con un error y pone su contentamiento en lo malo: para la virtud siente repugnancia; el vicio le halaga, lo atrae, lo vence, lo cautiva. ¿Qué es, pues, educar? ¿En qué consiste la educación? –Educar es dirigir, con acierto, al niño, desde que comienza a despuntar en su mente el uso de la razón: es ponerlo en el camino de la virtud, desde que comienza a dar los primeros pasos de la vida: es guiarlo por la mano hacia la consecución de sus destinos eternos: es fortalecerlo, para que no desfallezca en el cumplimiento del deber: es volverlo al sendero recto del bien, cuando de él se extraviare: es, en una palabra, hacerlo sólidamente virtuoso, de veras desinteresado y capaz de sacrificarse por Dios y por su patria, cuando la gloria divina o el bien de la patria, le exigieren sacrificios. Eso es educar. Educar es iluminar la mente del niño con la luz de la verdad, derramando en ella, con método y con tino, la lumbre de la ciencia, y esclareciéndola de tal modo que, en adelante, pueda por sí misma distinguir lo verdadero de lo falso, lo cierto de lo dudoso: es hacerlo precavido contra las ilusiones, cauteloso contra la ignorancia y enemigo del error. Educar es sembrar, desde muy temprano, en el alma del niño la semilla de la virtud; arrancar de ella el germen del vicio: ensañarle a dominar sus pasiones e inspirarle amor, profundo y entrañable, al cumplimiento del deber. Desde muy temprano, es menester que el niño comprenda bien, se convenza y se persuada de que tiene deberes para consigo mismo, para con sus semejantes, y, sobre todo, para con Dios. Esto es educar. Educar es, por lo mismo, formar al hombre para lo futuro, y perfeccionarlo, tanto intelectual como moralmente. Se sigue de aquí, que no es lo mismo instruir que educar: una cosa es la instrucción y otra la educación. La instrucción es una parte de la educación, y no la educación misma. La instrucción perfecciona solamente la inteligencia, pero no regenera al hombre en el orden moral. ¿Acaso, es lo mismo la ciencia que la virtud? La ciencia le hace al hombre sabio; la virtud lo hace bueno. ¿Qué importa que el hombre sea sabio, si no es bueno? ¿Quién más sabio que Lucifer? ¿Quién más perverso ni más dañino que el demonio?... Dios es sabiduría y bondad inagotable: infinitamente sabio e infinitamente bueno. La ciencia con la virtud nos hace semejantes a Dios: el saber sin virtud nos asemeja al demonio... Padres de familia, madres de familia, ¿qué queréis que sean vuestros hijos?... ¿Escoged!

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Hemos visto lo que es educar: hemos expuesto en qué consiste la educación y hemos hecho notar que la instrucción no es lo mismo que la educación. Quien solamente instruye, no educa. ¿Quién educa? –El que da la verdad a la inteligencia y siembre la virtud en el corazón: ése, y solo ése, es el que educa. Si educa de veras solamente el que, a un mismo tiempo, ilumina la mente del niño con la verdad y siembre en su alma y hace nacer en ella el germen de la virtud, ¿qué hace, cómo merece llamarse, el que, de propósito, le ciega la mente con el error, y destila en su corazón el veneno del vicio? –Aquí es donde el Liberalismo y la religión católica se ponen frente a frente, y se disputan el alma del niño. En todas las cosas lo principal es el fin. Cuando emprendemos una obra, nos proponemos un fin; y, según sea el fin, que con la obra intentamos alcanzar, así es también la importancia de la obra. Considerada en sí misma: ésta es una verdad clara, palmaria, evidente. Para conocerla, no es necesario ser sabio: para confesarla nos basta el sentido común. –Educar no es ir contra el sentido común. Conozcamos ahora el fin de la educación. –El fin de la educación es proporcionarle al hombre, en este mundo, los medios para que alcance y logre su fin, su destino. Este y no otro debe ser el fin de la educación. –En efecto, el hombre tiene o no tiene un fin: si tiene un fin, la perfección, y, por consiguiente, la felicidad del hombre consiste en alcanzar su fin, en poseerlo perpetuamente, en no perderlo nunca. La educación ¿sería para el hombre un bien verdadero, si, a causa de ella, perdiera su fin? La educación ¿sería para el hombre un bien positivo, si por ella dejara de ser feliz? ¿Si por ella se hiciera desgraciado aquí, en este mundo? ¿Si por ello consumara su desgracia en el eternidad? Pues, hay una cierta educación, muy funesta para los niños; una educación, que los hace desgraciados; una educación, que los pierde sin remedio: esa educación es la educación anticristiana, educación sin Dios, educación que labra la desgracia del niño y causa la vergüenza de la familia: educación, cuyo resultado necesario es la pobreza y la afrenta para los padres de familia, a quienes Dios los castiga, ya desde este mundo, sirviéndose de los mismos hijos, como de verdugos y ejecutores de su justicia inexorable. ¡Padres de familia! ¿Dudaréis de lo que acabamos de decir? La Iglesia católica nos manda confesar que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre: el Liberalismo niega que Jesucristo sea Dios; y, cuando más generoso quiere mostrarse con Jesucristo, entonces le discierne el título de filó-

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sofo. El Nazareno, dice, fue un gran hombre, fue un filósofo. ¿Qué educación dará a un niño cristiano el maestro, que niega la divinidad de Jesucristo? ¿No le arrancará del alma la fe del Redentor? Sin fe en Jesucristo ¿qué fundamento se dará a la moral?... La Iglesia católica nos enseña que el hombre ha sido sacado de la nada por Dios; que el hombre tiene un fin último, un destino sobrenatural; que ese fin está en la eternidad, y consiste en la posesión de Dios para siempre. El Liberalismo ¿qué dice?, ¿qué enseña? –El Liberalismo se sonríe y hace una mueca compasiva, como quien tiene lástima de los católicos... El fin del hombre, la eternidad, el cielo: ésas son cosas, que el Liberalismo no permite ni que se nombren a los niños en las escuelas. ¡La Religión fuera de la escuela, fuera! En cuanto al fin de la educación, hay, pues, una diferencia esencial, y muy grave, entre el Liberalismo y la Iglesia católica. El Liberalismo unas veces guarda astuto silencio acerca del fin sobrenatural del hombre; otras, prescinde por completo de toda doctrina religiosa, y hace como si el hombre no tuviera ni alma inmortal ni destinos eternos: cuando cuenta con el apoyo de los Padres públicos, entonces, a las claras, niega a Dios, y destierra de la escuela a Jesucristo: persigue a Dios, y le hace la guerra, dando a su execrable impiedad el aire de la ciencia y de los arreos postizos de la civilización. Así procede el Liberalismo, ésa es la táctica suya en la educación. –Abrid los ojos, ved bien, ¿no os convenceréis? ¿Cómo procede la Iglesia? –La Iglesia católica, con una serenidad sobrenatural y una fortaleza, que le viene del cielo, enseña y afirma el dogma del destino eterno del hombre: lo inculca al niño, lo grava profundamente en el alma del niño, y se lo recuerda a cada instante. La Iglesia católica jamás extravía al niño: le muestra sin cesar el Cielo y al Cielo lo conduce derechamente. –La Escuela Laica ¿adónde conduce al niño? ¿Qué camino le abre? Como fin de la vida, ¿qué le muestra?... El deber de educar es un deber propio de los padres de familia: este deber nace de la misma paternidad, y se funda en el derecho natural. ¿Quién debe educar a los hijos? –Los padres de familia. ¿Suya es la obligación de educar a los niños? –Esa obligación es obligación propia de los padres de familia. En la tierra, no hay autoridad alguna, que pueda dispensarles del cumplimiento de esa obligación: obligación personal, deber ineludible. Padres de familia, si en la tierra hubiera algún poder que fuera capaz de destruir vuestra paternidad, y hacer que los que sois padres dejéis de ser padres de vuestros hijos, ese poder sería el único que tendría autoridad para exoneraros de la obligación de educar a vuestros hijos.

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De la esencia misma de la paternidad nacen un deber y un derecho: el deber de educar, y el derecho sobre los hijos para vigilar la educación, que a éstos les dan los maestros y los institutores: nadie puede dispensar a los padres de ese deber; y, asimismo, nadie, absolutamente nadie, puede atentar contra ese derecho, ni ponerle obstáculos, ni forjarle contradicciones. ¿Qué son las escuelas? –Las escuelas no son sino medios que los padres de familia emplean para cumplir bien el deber de educar a sus hijos: cuando un padre de familia pone a sus hijos en la escuela, no abdica los derechos de la paternidad, no renuncia a ellos, no puede desconocerlos, ¡no! Aunque lleve a sus hijos a la escuela, no por eso queda dispensado de la obligación que tiene de educarlos; esa obligación es inherente a la paternidad, ese derecho es, y debe ser, inviolable. La escuela es un establecimiento auxiliar. –El maestro auxilia al padre de familia; y comete un grave escándalo, y se hace reo de un crimen enorme, cuando burla la confianza del padre, cuando le hace traición, y, en vez de educar, corrompe a los niños. Ahora, bien: siendo la escuela solamente un mero auxiliar de los padres de familia., para facilitarles a éstos el cumplimiento del deber que tienen de educar a sus hijos, veamos qué condiciones ha de llenar la escuela, para que los padres de familia sinceramente católicos puedan educar en ella a sus hijos, sin cometer un pecado muy grave. Con el nombre general de escuela, hemos estado designando en esta nuestra Carta Pastoral todo establecimiento destinado para dar educación a los niños; pero ahora conviene que hagamos distinciones, a fin de que este asunto se esclarezca más y se comprenda mejor. Los establecimientos de educación se fundan para varones o para mujeres. Los destinados a la educación de varones son de tres clases: escuelas de enseñanza primaria, colegios de enseñanza secundaria, y universidades o corporaciones científicas para enseñanza profesional o superior. –Pudiéramos tomar en cuenta también las Casas de Artes y Oficios, las cuales, en rigor, son establecimientos destinados a la educación. En todos estos establecimientos se deben considerar cuatro puntos esencialísimos, a saber: las condiciones personales de los maestros, profesores y superiores: los libros que sirven de textos para la enseñanza: el método o sistema que rige y se observa en el establecimiento; y, finalmente, las condiciones de salud moral, si podemos expresarnos así, de los alumnos que concurren a la escuela o colegio. Para que un establecimiento de educación sea bueno, es necesario que en él todo sea bueno: maestros, libros de texto, método de enseñanza y alumnos que asisten a las clases. –En los establecimientos que asisten católicos es indispensable que todo sea bueno.

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¿En qué consiste la sustancia de la educación laica? ¿De qué se hace depender la perfección de semejante sistema de educación? –Para responder terminantemente a estas preguntas, es preciso que sepamos primero, que fin se propone conseguir el Liberalismo con la educación llamada laica. La educación laica es obra del Liberalismo: el Liberalismo la inventó; nadie le niega su invención. Mas ¿qué se propone el Liberalismo, qué intenta, qué fin persigue con la educación laica? El liberalismo, con la educación laica, se propone descristianizar a los pueblos: ¡eso es lo que intenta, ése es su fin! Nadie ha de estar engañado: todos deben conocer muy bien el fin de la educación laica. ¿Qué fin es ése? –Descristianizar a los ecuatorianos. –¡Comprendedlo bien, padres y madres de familia! Conocido el fin, que se propone conseguir el Liberalismo con la educación laica, podemos comprender ya en qué consiste la perfección de semejante sistema de enseñanza, o, lo que es lo mismo, los medios de que se vale el Liberalismo para lograr su objeto. –El Liberalismo profesa el principio de la libertad de conciencia, y alardea de esa libertad, y se jacta de ella, como de un timbre de gloria; pero, en la práctica ¿qué es lo que hace? –Respeta todas las creencias, se descubre ante todos los altares, dobla la rodilla delante de todos los ídolos, quema incienso a todo simulacro; mas ¿qué hace con Jesucristo?... Jesucristo le inspira odio, Jesucristo lo aíra, Jesucristo lo enfurece: ¡solo para Jesucristo no hay tolerancia! A Jesucristo lo persigue, a Jesucristo le hace la guerra: quisiera que Jesucristo no fuera adorado en ninguna parte, y que en la divinidad de Jesucristo no creyera nadie: a ese fin va enderezada la Escuela Laica, éste es el fin que anhela conseguir el Liberalismo con su tan ponderada educación laica. Cuatro son, dijimos, las condiciones que se han menester para que un establecimiento de educación sea bueno: maestros, textos, régimen y condiscípulos. –El Liberalismo procura que todas las cuatro condiciones sean laicas, es decir anticatólicas: laico, en la intención secreta del Liberalismo equivale a anticatólico o sin religión. Como no es fácil que todas las cuatro condiciones sean laicas, el Liberalismo procura que siquiera lo sea una de ellas; y, con toda astucia, con destreza, escoge la que le conviene más. ¿Cuál es esa? –El Liberalismo lo sabe, el Liberalismo no se engaña: con tal que el maestro sea laico, ¿qué importa que los textos no lo sean? –Antes, el maestro se servirá de esos textos católicos como de armas de combate contra la fe cristiana de los alumnos. ¿Cómo? Un meneo de cabeza, a tiempo; una sonrisa desdeñosa, una muestra compasiva, son, más poderosas para causar graves heridas en las almas candorosas de los niños, que todos los argumentos

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de la impiedad docta y de la incredulidad erudita: ¡esas heridas son certeras, esas heridas son hondas, esas heridas son incurables! –El maestro laico no ha dicho ni una palabra: el maestro laico, con el catecismo de la doctrina cristiana en la mano, ha enseñado el camino de perdición a los niños... A veces el maestro laico es reservado, el maestro laico es cauto: guarda un ademán mesurado, pero no practica nunca acto ninguno de religión: está en todas partes, menos en la Iglesia: los niños lo ven, los niños lo notan: hablan entre ellos, conferencian en secreto y no tardan en caer en la cuenta de que el maestro no tiene religión ninguna. ¿Qué sucede entonces? ¿Qué sucede? Un airecillo sutil, airecillo de impiedad, comienza a soplar en la escuela: las almas de los niños se ajan, se marchitan: ¡una helada moral las ha quemado en la mañana de su vida! ¿Quién podrá volver a esas almas la lozanía, el vigor de la inocencia? Y si el maestro laico es aficionado a la bebida (tantos hemos visto así en estos tristes tiempos): si viven en público concubinato; si medra con granjerías inmorales; si es aventurero, sin honrosos precedentes; si es un advenedizo, sin hogar ni familia, ¿Qué hará con los niños? ¿Qué escándalos verán éstos? ¿Qué máximas se les inculcará?... ¡Ah!, niños... ¡Pobres niños!... El maestro laico, la maestra laica: he ahí el instrumento con que el Liberalismo, en todas partes, lleva a cabo su obra, la obra suya, la obra de descristianizar a los pueblos. Los libros de textos pueden ser muy buenos, muy católicos: no os tranquilicéis con solo eso. El maestro, la maestra, eso es, ante todo: eso es lo primero; eso es lo esencial. Las consecuencias que produce la educación laica son desastrosas en todo sentido: desastrosas para la moral, desastrosas para la salud: desastrosas para la familia, desastrosas para la fortuna, desastrosas para la sociedad entera. –Solamente la religión cristiana, con su influjo divino, puede domar los instintos malos del hombre: en nosotros hay mucho de bestia, de fiera. La mano santa de Jesucristo es la única que puede amansarnos, transformarnos; cuando, mediante una educación de veras cristiana, esa mano bendita, esa mano prodigiosa, pasa sobre nosotros, al contacto de esa mano santificadora, nuestros instintos fieros se suavizan, y todo nuestro ser se siente regenerado... Pero suprimid a Dios en la escuela, cerrad las puertas de la escuela de Jesucristo: ¿qué será de vuestros hijos? ¿Qué será de vosotros mismos? La educación laica es la empresa de descristianizar al Ecuador: ¡estemos alerta, no nos engañemos! Os lo advierte vuestro Pastor, que está, por la misericordia divina, pronto a sacrificar su vida por nosotros.

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No nos oponemos a que se funden escuelas: fúndense en buena hora cuantas se quiera, y multiplíquese hasta en los desiertos: donde haya un niño, allí póngase una escuela; pero ¿para qué comenzar por exigir que en la escuela no se ha de nombrar siquiera el nombre de Dios? ¿No se ha de educar a los niños en las escuelas? ¿Se podrá educarlos, sin enseñarles a ser buenos, y a observar buenas costumbres? Se les inculcarán los deberes que tienen para consigo mismos, y para con sus semejantes, ¿y no se les dirá ni una palabra de los deberes del hombre para con Dios? ¿Cuál será el fundamento de la moral, que se enseñará a los niños? Hay dos clases de conocimientos: verdades necesarias, esenciales; y verdades útiles, provechosas, agradables. –Las primeras se deben enseñar a todos, sin excepción: nadie las ha de ignorar: basta que sea criatura racional, para que las sepa y las conozca bien. –¿Para qué estamos en este mundo? ¿Quién nos ha dado la vida? ¿A quién debemos la existencia? ¿Cuál es nuestro último fin? ¿Cómo lo conseguiremos? ¿Qué deberes tenemos para con Dios, para con nosotros mismos, para con los demás? Después de esta vida mortal, que termina con el tiempo, aquí en este mundo, ¿hay alguna otra vida? ¿Qué vida es ésta? Todas estas son verdades necesarias; y el conocimiento claro y exacto de ellas, es esencial para todos. El sistema de educación laica prescinde, internacionalmente, de todas estas verdades: no quiere que el niño las sepa, ni menos que las considere y piense en ellas: acumula conocimientos superfluos, amontona materias sobre materias: bajo una balumba de cosas innecesarias, fatiga al niño: después de años de trabajo, ignora lo que debería saber, y de cosas innecesarias tiene ideas vagas, confusas, indeterminadas. –El sistema liberal de la educación llamada laica tiene por objeto exterminar por completo la religión cristiana en nuestra República: ya lo sabéis. Hemos cumplido con el deber de enseñaros. Os hemos descubierto el fin oculto, que el Liberalismo se propone con su tan recomendada educación laica: no hemos querido que lo ignoréis, Non abscondam a vobis occultum sermonem. Ese fin es el de descristianizar a los niños: éste y no otro es el fin de la educación laica. Manifesto vobis veritatem. Ya sabéis la verdad. Rogamos a Dios que os bendiga, y en su nombre Nos os bendecimos sin cesar. U

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Segunda carta pastoral sobre la escuela llamada laica6 Yo dije, en mi Primera Carta Pastoral, que el fin que se proponían nuestros compatriotas, al instituir entre nosotros la educación laica, era descristianizar a los ecuatorianos; y, para que a nadie le quede ni la más leve duda de que yo no me había engañado, los mismos escritos liberales lo han confesado claramente, haciendo ostentación de sus propósitos hostiles a la fe cristiana. ¿Cuál es el fin que los liberales se proponen con la educación laica? –Arrancar de raíz la religión cristiana, descristianizar al pueblo ecuatoriano, ése es el fin de la Escuela Laica: ésa es la obra magna, en cuya realización se halla empeñado el Liberalismo. ¿Quién lo dice? ¿Cómo se conoce? –Lo dicen los escritores liberales: lo declaran los escritores liberales: nadie puede dudarlo; nadie puede estar ya engañado... La marejada de la impiedad lo ha invadido ya todo en el Ecuador; en torno de la Cruz se arremolina: sus embates se redoblan: ¿logrará derribar la Cruz? Comencemos. –¿Qué es la educación laica? ¿Qué escuela merece ser llamada laica? –Educación laica es la educación contraria en todo a la educación cristiana: la educación cristiana procura formar cristianamente a los niños, para que, viviendo en este mundo vida virtuosa, según la moral enseñada por el Evangelio, se salven y consigan la felicidad eterna, que es el fin para el que ha criado Dios al hombre en la tierra. En la Escuela Laica se educa a los niños, con prescindencia absoluta de Dios y de la salvación eterna: el maestro cristiano considera a los niños como futuros moradores de la patria celestial, los pone en el camino recto, que conduce allá, y con sus lecciones, y sobre todo, con sus ejemplos, los va formando diligentemente, sin perder nunca de vista el fin sobrenatural. El maestro laico ha dado la espalda al cielo, y él mismo se ha entrado por el camino ancho del mundo, que conduce derecho al abismo infernal; y a ese camino los arrastra a los niños de su escuela: los pone en el camino del infierno, los extravía, adrede, del camino del cielo, y los empuja a la perdición eterna. El maestro cristiano, en su escuela, ejerce para con sus alumnos el ministerio del Ángel de la Guarda: como los Santos Ángeles Custodios, ampara a los 6 Tomado de: Federico González Suárez, “Segunda carta pastoral sobre la escuela llamada laica” (Quito, 2 de diciembre 1906), en Manuel María Pólit Laso, Obras pastorales del Ilustrísimo Sr. D. Federico González Suárez, Tomo 2, Quito, Imprenta del Clero, 1928, pp. 23-43.

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niños contra las seducciones del mundo, y les enseña a temer y a amar a Dios: el maestro laico hace con sus discípulos lo que el demonio hizo con nuestros primeros padres, con Adán y con Eva, en el Paraíso terrenal.- Ordinariamente, el maestro laico es un ángel caído, es decir, un individuo católico, que ha renegado de su religión: a veces, los compromisos del partidarismo político le hacen representar en la escuela el papel del demonio, aunque es su alma no haya renegado de la fe todavía. Satanás tuvo envidia de la felicidad de nuestros primeros padres, y, estimulado por la envidia, los tentó y los sedujo, para hacerlos desgraciados: les habló de la ciencia, y de la libertad, y les inspiró sentimientos de soberbia, para que se rebelaran contra Dios. Así hace el maestro laico: no se contenta con ser apóstata él solo; pone los ojos en sus alumnos, los ve inocentes; siente envidia de su fe y comienza a tentarlos. ¿Cómo los tienta? Como tentó Satanás a nuestros primeros padres: les alaba lo sabroso de la ciencia, y les pondera lo halagüeño de la libertad. El Liberalismo es luz, les dice; el catolicismo, tinieblas: ¿para que esas prácticas de religión? En la educación de los niños hay que considerar dos cosas inseparables, el deber y el derecho, os decíamos en nuestra Primera Carta Pastoral: deber, propio de los padres: derecho, propio de los padres. –Ese deber es personal, y lo han de cumplir y lo han de cumplir por sí mismos la madre y el padre del niño: nadie puede dispensarles del cumplimiento personal de ese deber; el maestro de escuela no es más que un mero auxiliar del padre y de la madre en la obra de la educación del niño. La Escuela Laica, en la cual se da al niño una educación sistemáticamente impía, es el mayor mal, que se le puede causar al niño: es una conjuración contra todos los bienes del niño. El maestro laico es un verdadero salteador, que acomete a los niños y les saltea, y los despoja de todos los bienes: salteador, tanto más infame, cuanto se vale de su magisterio para dejar a sus infelices discípulos desnudos de todo bien. El padre y la madre tienen el deber de educar a sus hijos: y entre los poderes políticos no hay poder ninguno, por absoluto que sea, que tanga derechos omnímodos sobre la educación de los niños. Los Poderes públicos podrán vigilar, dentro de ciertos límites, la educación doméstica; pero, violentar a los padres de familia, constreñirlos, por la fuerza, a dar a sus hijos una educación desmoralizadora, no puede; para eso no tienen derecho ninguno legítimo... Si ese derecho existiera, sería el derecho de hacer daño: todo derecho tiene necesariamente por fin un bien, una cosa buena. Derecho para hacer el mal, ni ha existido ni podrá existir nunca.

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Veamos ahora el fundamento de la educación laica –La esencia del sistema liberal considerado como opinión político-religiosa, consiste en el desconocimiento completo de toda religión, principalmente de la cristiana y de la católica, en todos los actos de la vida, así privada como pública: hay una cierta clase de Liberalismo moderado, que se queda a medio andar en el camino del error; y no se atreve a deducir todas las consecuencias que, lógicamente, se sacan del error fundamental del Liberalismo. Ese error es lo que, en su lenguaje poco filosófico, suele llamar el Liberalismo libertad de conciencia. ¿Qué es esta libertad de conciencia? ¿Cómo la entiende el Liberalismo? ¿A qué se reduce en la práctica? –La libertad de conciencia, según lo enseñan los defensores del Liberalismo, consiste en la facultad que tiene todo hombre de profesar la religión que le plazca. Cada uno puede tener la religión que quiera, así dicen los liberales. Según esto, la religión verdadera no sería una sola, o, lo que es lo mismo, no habría religión ninguna verdadera, ni menos religión divina, sobrenatural y revelada. –No es esta Carta Pastoral una refutación científica de los errores del Liberalismo; por esto, dejando ahora a un lado, de propósito, todo argumento elevado y filosófico, echaremos mano solamente de razones obvias y sencillas. Para manifestar lo erróneo, lo absurdo del fundamento del Liberalismo, nos bastará el sentido común. La religión ¿qué es?, ¿qué debe ser? –La religión no puede menos de ser el vínculo de unión entre el Criador y la criatura racional, entre Dios y el hombre. ¿Quién de los dos es superior? ¿El hombre podrá ser superior a Dios? Si la religión es el servicio, que el hombre tributa a Dios, ¿quién debe reglamentar ese servicio?... Si el hombre es dueño de elegir la religión que le plazca, se sigue necesariamente, que el hombre es superior a Dios, y que la religión no es el vínculo de dependencia del hombre respecto a Dios, sino de Dios respecto al hombre. ¡Dios inferior al hombre! ¡El Todopoderoso a merced de los caprichos y de las pasiones del hombre! ¡Dios sujeto al hombre! He ahí el tan ponderado fundamento del Liberalismo, a saber la libertad de conciencia, que equivale a la negociación de toda religión. Por esto, para los liberales, consecuentes con su liberalismo, no hay religión ninguna; ¡no hay más Dios que el dios Éxito! Así se explica fácilmente por qué el Liberalismo es inventor y sostenedor, donde quiera, de la educación laica. –¿Cuál es el fin que el Liberalismo se propone con semejante educación? –Ya lo dijimos antes, y ahora lo repetiremos: el fin de la educación laica es descristianizar a los pueblos, y, para eso, arrancar la religión del alma de los niños.

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El maestro laico no puede ser indiferente respecto de la religión católica; pues o la enseña sinceramente, y entonces no es laico; o la combate, la persigue, ya directa, ya indirectamente, ya a las claras, ya de un modo encubierto. Indiferente es moralmente imposible que pueda ser jamás. –Detengámonos un memento para probarlo. El maestro laico ¿ensenará la historia del Ecuador? –Debe enseñarla, porque ésa es una de las materias que, por la ley, está obligado a enseñar. Ahora bien, la enseñanza de la historia del Ecuador, ¿no es cierto que le pone al maestro laico en la necesidad ineludible de atacar la religión, de calumniar a la Iglesia, y de ensañar a los alumnos el error?... No es la historia del Ecuador, es la Ortografía: ¿no será muy natural que los niños le hagan al maestro laico las siguientes preguntas: ¿Por qué la palabra Dios se escribe siempre con la letra D mayúscula? ¿Cómo se escribirá un nombre, cuando es el nombre propio de un santo? ¿Cómo se escribe ese mismo nombre, cuando es nombre de un pueblo? –El maestro laico, con semejantes preguntas entra de lleno en el terreno de la religión. ¿Qué les dirá a los alumnos? ¿Qué explicaciones les dará? Nuestro ministerio nos obliga a exponer, con todo desenfado, nuestro juicio a este respecto. –El maestro laico estará siempre dispuesto a captarse la voluntad de quien puede darle o quitarle el sueldo: no queremos añadir a esto ni una palabra más. Cualquiera puede conocer lo fundado de nuestras consideraciones. Las consecuencias de la educación laica son terribles: estamos despavoridos, pensando en el porvenir de las pobres familias ecuatorianas. En todas sus acciones el hombre se propone siempre un fin: ese fin es necesariamente un bien. Empero, el bien puede ser o un bien aparente o un bien verdadero. El bien verdadero, se llama bien honesto: el bien aparente es o útil o deleitable. La moralidad, la utilidad, el deleite son, pues, los tres estímulos que aguijonean la voluntad humana. El hombre, de suyo, siente una inclinación violenta al placer; y el egoísmo lo vence y lo arrastra a buscar su utilidad: de ahí una lucha constante, terrible, sin treguas, entre el deber y las pasiones; entre la conciencia y los apetitos. –Una educación cristiana la transforma moralmente al niño: lo ilustra y lo fortalece, y en la hora del combate entre el vicio y la virtud lo sostiene, lo alienta y le enseña a dominarse a sí mismo, a vencerse. La educación laica debilita la voluntad para el bien, enardece las pasiones e irrita los apetitos: el niño se alimenta con el deleite, que lo enerva y enflaquece; repugna el trabajo, huye de todo lo que le

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exige sacrificios, por leves que sean, y poco a poco va sintiendo que se hielan en su pecho hasta esos afectos tiernos y delicados que constituyen el encanto de la vida apacible del hogar. La educación laica es eficacísima para fomentar las pasiones malévolas, y atizar las inclinaciones ruines del corazón humano. –Padres de familia, guardaos de las escuelas laicas, guardaos con tiempo. U

El clero, la educación, la política7 Vuelvo a recordar ahora lo que ya dije en mi Circular anterior: la cuestión de las escuelas laicas no es cuestión política, sino cuestión esencialmente religiosa, respecto de la cual nadie puede ser indiferente. Tratándose de la educación irreligiosa y corruptora de los niños, quedarse indiferente sería hacerse reo de un crimen y responsable de un pecado muy grave: la indiferencia en este caso sería un escándalo. Siendo, como es, la cuestión relativa a las escuelas laicas, cuestión esencialmente religiosa, se sigue que los Prelados y los párrocos y los religiosos, no solo podemos, sino que debemos tomar parte de ella; pues, si para los simples fieles la mera indiferencia respecto de este transcendental asunto sería crimen y crimen escandaloso, ¿Qué sería en los párrocos? ¿Qué sería, sobre todo, en los Prelados? Sin embargo, a fin de que la causa de la educación cristiana de los niños no se confunda con ninguna otra cuestión, voy a hacer algunas advertencias prácticas, enderezadas al buen comportamiento de los eclesiásticos en las circunstancias presentes. La actitud, que los eclesiásticos deben tener en política, no es la misma que pueden adoptar los seculares católicos: para los seglares católicos ha trazado el Papa León XIII una línea de conducta distinta de la que ha impuesto al clero católico en todo el mundo civilizado. En nosotros, los eclesiásticos, la acción social es ministerio evangélico, y debe ejercer con celo apostólico y caridad cristiana. No quiero que los sacerdotes se afilien en ningún Partido político, sea 7 Tomado de: Federico González Suárez, “Carta del arzobispo de Quito a los vicarios generales de Quito, Guayaquil e Ibarra” (Quito, 8 diciembre 1906), en Manuel María Pólit Laso, Obras pastorales del Ilustrísimo Sr. D. Federico González Suárez, Tomo 2, Quito, Imprenta del Clero, 1928, pp. 187-191.

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éste el que fuere: en cuanto de mi dependiere, no consentiré nunca que nuestro sacerdotes se enrolen en bandos o facciones políticas. Los sacerdotes nos hemos de elevar sobre todos los partidos, y hemos de vivir siempre en una esfera social muy pura, respirando, en todo tiempo, aires serenos y tranquilos. –¿Para qué nos hemos de inquietar y perturbar por las cosas de la tierra nosotros, que tenemos como objeto, como fin, como blanco de nuestro ministerio, las cosas eternas, los bienes sobrenaturales? –La injerencia en asuntos meramente políticos, el enrolamiento en partidos políticos y en facciones, no solo perturba, no solo intranquiliza al sacerdote, sino que perjudica también grandemente a la causa de la religión y a los intereses verdaderos de la Iglesia católica. La causa de la religión es causa santa, y a esta causa santa nunca se ha de identificar con ninguna otra causa temporal, por más noble que sea: los verdaderos intereses de la Iglesia católica son sagrados, y a estos intereses sagrados jamás se los ha de mezclar con los intereses temporales de ningún Partido político, por bueno que sea el partido, porque en ningún tiempo ni en país ninguno se ha de hacer a la Iglesia católica solidaria de ningún Partido político. Dos consecuencias funestas se siguen necesariamente del enrolamiento de los sacerdotes en un Partido político. Primera: se hace la causa de la Iglesia católica solidaria de los intereses temporales del partido. Segunda: se da ocasión para que los gobiernos enemigos de la religión, llenos de venganza, persigan a la Iglesia en represalia de la actitud tomada por el clero en la política. Fijemos nuestra atención en la gravísima cuestión de las escuelas: ¿no es verdad que, si el clero tomara parte ahora en alguna facción política, por buena, por honrada que esa facción fuera, el gobierno radical se valdría de esa actitud del clero, como de pretexto para cohonestar su guerra contra la religión, alegando que la cuestión de las escuelas no era cuestión religiosa, sino cuestión de mero partidarismo político? ¿No podrá decir, con algún visto de verdad, que el clero se servía de la religión como de arma política, para procurar el triunfo del partido, en que estuviera enrolado? ¿Los fieles no podrían ser, de ese modo, engañados por los sectarios, enemigos de la Iglesia? ¿No se pondría con eso en gran peligro una causa tan trascendental, como la causa de la educación cristiana de los niños? Nosotros, los sacerdotes, estamos obligados no solamente a defender la religión, sino a defenderla bien, a defenderla con prudencia, con tino, con discreción; y de tal manera la hemos de defender, que los mismos enemigos del

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clero se vean obligados a confesar, que nuestra intención es recta y nuestro celo desinteresado: si entonces nos persiguieren, no seremos perseguidos como políticos, ni menos como revolucionarios, sino como sacerdotes, es decir, como sostenedores de la causa de Dios. LA POLÍTICA Y LA MORAL La Política no puede prescindir nunca de la moral. Hay dos clases de política: la una prescinde por completo de toda moral, y no tiene otra máxima de conducta que la utilidad y la conveniencia en todo, absolutamente en todo. La otra se guía siempre por la moral, y en todo, hasta en lo más pequeño, jamás prescinde de la moral. La política que prescinde, sistemáticamente, de la moral, cuando ocurre hacer algo, lo único que pregunta es, si lo que se va a hacer será útil para el partido: si es útil, lo ejecuta, sea lo que fuere. Con tal que sea útil, basta. La política, que no prescinde nunca de la moral, lo que primero averigua es, si lo que se trata de hacer es lícito o ilícito: si es bueno o es malo: si es moral o si es inmoral. –Esta política tiene por fin el bien general: la otra, el interés particular, ya sea de un partido, ya de un individuo. La política, que no prescinde nunca de la moral, no emplea jamás medios ilícitos para alcanzar el bien general: esta política se rige por la máxima de que, en ningún caso, el fin, por bueno que sea, puede justificar los medios, si éstos son inmorales en sí mismos, y, por consiguiente, ilícitos para toda conciencia ilustrada y recta. La otra política, la que prescinde en todo, sistemáticamente, de la moral, no tiene escrúpulo ninguno en cuento a la elección de medios, y emplea los lícitos, con tal de conseguir, seguramente, el fin que se propone; y aún, con frecuencia, deja el medio lícito y echa meno del ilícito, cuando ve que, empleado éste, será más seguro el buen éxito de sus empresas. Pero ¿hay alguna política de esta laya? –Sí la hay, y, por desgracia, esta política es la que, con el nombre fascinador de Civilización moderna, se usa y se emplea hoy, generalmente, casi en todo el mundo, desde que se ha proclamado la máxima de la absoluta libertad de conciencia, mediante la cual cada uno se da a sí mismo, a su antojo, la regla de moral que más le acomoda. –Siendo esto así, veamos qué es lo que puede hacer el clero.

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ESCUELA POLÍTICA Y PARTIDO POLÍTICO Ante todo, conviene tener muy presente la distinción, que, ya en otras ocasiones, hemos enseñado entre Escuela política y Partido político: no se debe confundir nunca el Partido político con la Escuela política. En una sola Escuela política puede haber varios partidos políticos distintos: y no solo distintos, sino hasta opuestos entre ellos, y enemigos unos de otros. La Escuela política es la política considerada desde un punto de vista meramente doctrinal o especulativo, y se reduce al conjunto de ideas, de opiniones, de teorías, que en cuento al régimen y administración de la cosa pública sostienen y defienden los ciudadanos. El Partido político es la agrupación o la liga de unos cuantos ciudadanos, que obedecen las órdenes de un caudillo determinado, y están dispuestos a secundar sus propósitos, relativamente a la conservación del poder público (si el caudillo está mandando actualmente), o a la adquisición del mismo poder, si el caudillo del partido no estuviere gobernando, sino caído o en la condición de ciudadano particular. Esta distinción entre la Escuela política y el Partido político es muy importante, y debemos hacerla siempre, si queremos proceder con acierto. En nuestra República del Ecuador hay dos escuelas políticas, y más de cinco partidos políticos. –Esas dos escuelas son: La escuela liberal y la escuela conservadora: dentro de la escuela liberal hay, por lo menos, dos partidos políticos, y otros tantos dentro de la escuela conservadora, a saber, el llamado simplemente Conservador y el denominado Progresista. –Lo que decimos está a la vista de todos: hacemos hincapié en la distinción entre la Escuela política y el Partido político. Ahora bien; para un católico, la política, que prescinde de la moral católica, es de todo punto inaceptable, porque para un católico, no hay, ni puede haber, distintas clases de moral. La moral es una, y nada más que una: y esa regla única de moralidad humana es la católica, la cual ha de guardarse en privado y en público, en el hogar doméstico y en la vida política. El católico ha de vivir como católico, siempre y en todas partes: no puede tener dos reglas de moralidad, una para su conducta privada, como padre de familia; y otra, para su conducta política, como ciudadano: católico tiene de ser en lo secreto, en lo íntimo de su propia conciencia; y católico ha de ser, siempre, en todos y cada uno de los acatos de su vida, tanto privada como pública. –Un católico no puede tener dos conciencias: una, como individuo particular; y otra como ciudadano.

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No hay más que un solo Dios, y, porque no hay más que un solo Dios, no hay, ni puede haber muchas reglas de moralidad: la moral es una, como lo es la religión: una sola moral buena, porque la religión verdadera no es, ni puede ser, más que una sola, la cristiana, católica. Expuesto el principio fundamental, y hecha la distinción necesaria entre la Escuela política y el Partido político, vamos ya a hacer consideraciones enteramente prácticas, en punto a la conducta que en un tan delicado asunto deben guardar los sacerdotes. EL SACERDOTE Y LA ESCUELA POLÍTICA ¿Puede un sacerdote pertenecer a un Partido político? –Respondemos, sin vacilar: Que no puede, aunque el Partido político profese un sistema político natamente católico. –Si no puede, porque no le es lícito, se deduce, necesariamente, que no debe. En cuanto a la Escuela política es cosa distinta: el sacerdote está obligado, en conciencia, a tener una Escuela política, y a profesar sinceramente las doctrinas de ella. ¿Qué Escuela política deberá seguir el sacerdote? –El sacerdote debe profesar el mismo, sostener y enseñar y defender los principios y las máximas de la Escuela política, que sea netamente católica. En esto hay que distinguir tres cosas, a saber: los dogmas de fe, las doctrinas católicas y las opiniones, que dentro del mismo campo católico deja en completa libertad de profesar la Silla Apostólica. El conocimiento de estas tres cosas exige estudios prolijos, estudios sólidos, estudios fundamentales, los que todo sacerdote está obligado a hacer, en conciencia. El sacerdote que careciere de conocimientos sólidos, claros y exactos en esta materia, no podrá enseñar, con acierto, a los fieles, y será según la gráfica expresión del santo Evangelio, guía ciego de ciegos, y, por eso, director y dirigidos se despeñarán al abismo. No hay acto alguno político, por insignificante que sea, que no se halle necesariamente sujeto a la moral y que no imponga a la conciencia responsabilidad delante de Dios: ningún acto político puede ser indiferente, considerado desde el punto de vista de la moral: o es bueno o es malo: no hay medio. Si se ajusta a la moral cristiana, es bueno: si no se conforma con la moral cristiana, es malo. Indiferente, no es ni puede ser nunca. Imagínese el acto político más grave, más trascendental; por ejemplo, el acto de dar voto para la elección del Presidente de la República: supóngase un

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acto insignificante, por ejemplo, el de suscribirse a un periódico: ambos imponen responsabilidad moral para ante Dios en la eternidad: de ambos actos se nos tomará cuenta en el tribunal del Juez Eterno. Siendo esto así, se sigue, necesariamente, que un ciudadano católico, si lo es de veras, antes de ejecutar un acto político, debe examinar primero si el acto es bueno o malo: si el acto fuere bueno, le será ilícito ejecutarlo: si el acto fuere malo, le está prohibido ejecutarlo; y si lo ejecutare, cometerá un pecado, y se hará responsable de una infracción de la moral cristiana. –Esta doctrina es cierta e indudable; y la regla de moral, en ella contenida, no admite excepciones ni interpretaciones de ninguna clase. ¿Qué consecuencia se deduce de esta doctrina? –De esta doctrina se deduce que el sistema de política. Que prescinde de la moral, es un sistema abominable; quien lo adoptare en la práctica, será criminal y reo de inmoralidad social, ante Dios y ante los hombres. Si tan severa, si tan estrecha, si tan apretada es la regla de moral, con la que se han de conformar los seglares en sus actos políticos, ¿cuánto más severa, cuánto más estrecha, cuánto más apretada no será esta regla para los sacerdotes, que, en todas sus acciones, deben ser espejo de virtud, en que se miren los seglares?... La moral más pura, la santa moral del Evangelio, ha de gobernar al sacerdote en todos los momentos de su vida; y, con ella, sea de conformar siempre no solo sus acciones exteriores, sino también sus palabras, y hasta sus pensamientos y, sobre todo, los afectos íntimos de su alma. ¿Somos sacerdotes? –Pues sacerdotes debemos ser siempre y en todas partes: sacerdotes, en el altar; sacerdotes, en el púlpito; sacerdotes, en la calle; sacerdotes de la plaza pública: siempre y donde quiera, sacerdotes: no trascendiendo a mundo, sino despidiendo de nosotros la sobrenatural fragancia de Jesucristo en todas partes, según la advertencia del Apóstol. Bonus odor Christi in omni loco. LA JERARQUÍA ECLESIÁSTICA Y LAS ESCUELAS POLÍTICAS Hemos dicho que la Escuela política se debe distinguir, cuidadosamente, del Partido político: ahora añadimos que, por no hacer esta distinción, se suele resolver con poco acierto la cuestión relativa a la participación del clero en la Política.

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Como la única Escuela política que le es lícito seguir al sacerdote, es la escuela en que la política está sometida a la moral cristiana y a las enseñanzas del Evangelio, se deduce, necesariamente, que el sacerdote debe inculcar a los fieles las máximas de esa misma política. No le es lícito seguir otra Escuela política: no lo es lícito sostener ni defender otra Escuela política. El sacerdote católico ¿puede ser indiferente respecto de la política, considerada no como Partido, sino como escuela? –No puede ser indiferente. ¿Por qué no puede ser indiferente? –Porque el sacerdote no puede ser indiferente ni respecto de la verdad y el error; ni respecto de lo bueno y lo malo: ha de abrazar la verdad, la ha de enseñar, la ha de sostener y la ha de defender: ha de huir del error, y lo ha de perseguir y refutar: ha de amar el bien, y lo ha de practicar: ha de evitar el mal, y lo ha de aborrecer y detestar en sí mismo y en todos los demás. Si ningún sacerdote puede ser indiferente respecto de la política, considerada desde el punto de vista meramente doctrinal, ¿será lícito que el sacerdote tome parte en la política, así considerada? –Sí: es lícito. La razón es, porque enseñar la verdad y combatir el error es obra buena, y toda obra buena es lícita. ¿Deberá todo sacerdote tomar parte en la política, considerada desde el punto de vista puramente doctrinal? –Debe todo sacerdote, porque todo sacerdote, por el hecho de serlo, está obligado a enseñar la verdad y predicar la moral. ¿Convendrá que todo sacerdote tome parte de la vida política, en cuanto la política es doctrina y no partido? No conviene. Primero. Porque, para enseñar, se necesita ser apto e idóneo, y no todo sacerdote lo es: será siempre que poseyere la ciencia competente. –Segundo, porque es necesario que tenga autoridad para ensañar. DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS Concluida la primera parte de nuestra instrucción, vamos a tratar de la segunda. Hemos dicho que la política debe ser considerada como escuela y como partido, o lo que equivale a lo mismo, de un modo especulativo y doctrinal, y de un modo práctico y concreto. Tal como están organizadas ahora las naciones civilizadas en Europa y en América, la existencia de partidos políticos es imprescindible. En las repúblicas hispanoamericanas, constituidas bajo una forma de gobierno democrático, esos

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partidos surgieron el día mismo de nuestra emancipación de la Madre Patria: existen ahora: continuarán existiendo, mientras haya verdadera libertad política en nuestras repúblicas; no dejarán de existir, aunque, con el predominio de la fuerza, llegue a desaparecer de hecho la libertad política, y de ella no se conserve más que el nombre, escrito en la Carta Constitucional de las naciones latinoamericanas. Como aquí en nuestras Repúblicas hispano-americanas, no tenemos dinastías regias, que pretendan derechos legítimos al Poder Supremo, nosotros, los hispano-americanos, no podemos dividirnos en partidos políticos, ni por motivo de la forma de gobierno, ni por causa de la manera de trasmisión del poder: nuestras divisiones en partidos políticos provienen, generalmente, por la adhesión a un caudillo, al cual se lo reconoce como jefe del bando político. –Puede haber, y, de hecho, hay divisiones doctrinarias; pero, como ya lo hemos hecho notar en otra parte, la Escuela política suele encerrar diversos partidos políticos: los ciudadanos, en cuanto a las teorías políticas, piensan todos del mismo modo, y respecto al fondo, como se dice, no hay divergencia ninguna entre ellos: lo que los divide, lo que los desune, es la adhesión al caudillo, a quien los unos aman, y a quien los otros detestan. En los partidos políticos hay que considerar, ante todo, la Escuela política, que cada uno profesa: conocida la escuela, se deducirá qué ideas tienen, qué doctrinas adoptan, qué opiniones sustentan los que en el partido llevan la voz y lo dirigen. Conocida la escuela, no se ha conocido todo cuanto se debe conocer, pues conviene inquirir cuál es la integridad moral de los hombres que figuran más en el partido, para conjeturar los medios que emplearían, ya para adoptarse de la administración de la cosa pública, ya para conservar en sus manos el Poder Supremo. Se preguntará ¿para qué es necesario conocer todo esto? –Es necesario conocer bien todo esto, a fin de proceder con prudencia en el trato social y en las relaciones de la vida civil, porque el sacerdote en todo debe ser sacerdote, y no solo debe serlo, sino también parecerlo, Sacerdote, es decir, hombre que vive ajustado a la moral y que conforma con las prescripciones de la mora evangélica, no solo sus acciones externas, no solo sus palabras, sino los afectos de su corazón y los más secretos e íntimos pensamientos y deseos de su alma. De aquí se deduce una máxima de conducta, muy importante: a saber, que el sacerdote no puede ser indiferente a todo Partido político. Supongamos que el Partido político tenga un nombre muy célebre, muy honorable; supongamos que el jefe del partido sea un ciudadano lleno de merecimientos; supongamos que en las filas del partido militen personajes distin74


guidos: todo esto no basta: eso no es lo esencial. Examinemos la escuela a que pertenece el partido, las doctrinas que refrescan las opiniones que sostiene: si pertenece a las escuela de lo moral independiente, si braza las doctrinas de la escuela que separa completamente la política de la moral, ese partido no puede ser mirado con indiferencia por el sacerdote: ¿porqué? –Porque el sacerdote es maestro, guardián y defensor de la moral; y, si se manifestara indiferente para con un Partido político, que en sus doctrinas gubernativas profesará la máxima corrupción de que en Política la regla de moral es la utilidad y las conveniencias del partido, el sacerdote obraría mal y causaría un verdadero escándalo. Ya lo hemos dicho, ya lo hemos repetido; no obstante, volveremos a decirlo y a repetirlo aquí, y tornamos a inculcarlo de nuevo: no se puede prescindir de la moral en política: no hay, ni puede haber, muchas reglas de moralidad, porque la moral es una sola, y esa única moral es la moral cristiana, porque la moral es una sola, y esa única moral es la moral cristiana. Luego, toda política que prescindiere de la moral cristiana, es detestable, es abominable. ¿Qué hará el sacerdote? ¿Cuál debe ser su actitud respecto de los partidos políticos? El sacerdote no debe, ni puede, pertenecer a ningún Partido político: el sacerdote no puede afiliarse en bando político ninguno, sea el que fuere: el sacerdote aquí, en el Ecuador, no puede ser radical, ni liberal, ni progresista, ni conservador. ¿Cuál debe ser su actitud respecto de los partidos políticos, en que están divididos ahora los ecuatorianos? –Su actitud debe ser la siguiente. Se ha de mantener separado de todo Partido político, y se ha de colocar en un situación moral, mediante la cual sea superior a todos los bandos políticos: no solo se ha de separar de todo Partido político, sino que ha de elevarse moralmente sobre todos los partidos políticos: la separación no basta: es necesario la superioridad moral. –Los partidos están sobre el haz de la tierra: el sacerdote debe estar entre el cielo y la tierra: ¡no en el suelo, al nivel de los partidos!... Arriba, entre el cielo y la tierra, elevado, levantado sobre todo partido. ¿Qué os parece, Venerables Sacerdotes? ¿Estaré exigiendo mucho de vosotros? –Pues, aún no he exigido de vosotros todo cuanto, en nombre de Dios, tengo derecho de exigiros. No se ha cumplido bien con lo que de nosotros exige la santidad de nuestro estado, cuando nos hemos separado de todo Partido político: es necesario, además, que todos nuestros actos den testimonio de esta separación, de modo que nadie pueda dudar ni sospechar de la realidad y de la sinceridad de ella. –Ni las apariencias deben dar lugar a duda a las personas, ilustradas e imparciales.

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En cuanto al Partido político, se han de distinguir tres cosas; los hombres que lo forman; las doctrinas que profesan y los medios que emplean, o pretenden emplear, para alcanzar el triunfo del partido. Los hombres ¿qué son? ¿Son buenos? ¿No son buenos? –También respecto de los hombres habéis de distinguir la persona, (el individuo), de sus obras. Si éstas fueren malas, habéis de reprobar lo malo, porque es malo, y no porque lo hace éste o aquél: en cuanto a la persona, al individuo, como pecador, y precisamente por ser pecador merece compasión y es digno de lástima. No confundáis nunca en una misma reprobación el acto malo con la persona del que lo ejecuta. Los hombres ¿son buenos? –Pues, aprobad sus buenas acciones, reconoced sus virtudes. Guardaos, con mucho cuidado, de proceder por antipatías y por simpatías en vuestros juicios: procurad ser de veras imparciales. No condenéis a nadie de un modo absoluto; pues, tratándose del hombre, los juicios absolutos no son siempre justos: el hombre, el hombre más perverso siempre tiene algo de bueno. Las doctrinas u opiniones ¿son morales? ¿Son inmorales? –Si lo primero, aprobadlas: si lo segundo, condenadlas. El partido, o está actualmente en el poder, o no está. –Si se halla en el Poder, ¿cómo administra la cosa pública? ¿Busca el bien general o procura solamente las conveniencias temporales de los afortunados del partido? –Si procede bien, sed justos y aprobad: si procede mal, reprobad. El partido no está en el poder. –¿Qué medios emplea para triunfar en sus aspiraciones? ¿Son medios legales? ¿Son medios morales? ¿Son medios lícitos? Examinadlo bien, a la luz de la moral católica, y sed jueces imparciales: ponderad, que nosotros, los sacerdotes, no podemos aprobar lo malo, ni siquiera de un modo indirecto, con el disimulo, Tan austera debe ser nuestra conducta. DE LA AUTORIDAD CIVIL En cuanto a la autoridad pública, al gobierno, o, más propiamente, al Poder Ejecutivo, su actitud respecto de la Iglesia puede ser protectora, enemiga, o tolerante. Cuando el gobierno es protector, la situación del clero, aunque sea cómoda o siquiera tranquila, no por eso deja de ser muy delicada y muy peligrosa: quién protege puede esclavizar, y así la causa de la religión puede llegar a ser fatalmente solidaria de los intereses temporales del gobierno protector de la Iglesia:

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la causa de la Iglesia quedará como englobada con la causa del gobierno y se expondrá a correr la misma suerte que éste: cuando él triunfe, la Iglesia estará triunfante: en las medidas hostiles, que contra sus enemigos políticos tomare el gobierno, la Iglesia llevará la peor parte, y el clero cargará con los odios y resentimientos. –Bien considerado todo, y atendiéndonos a la experiencia, no podemos menos de declarar que es necesaria mayor prudencia, más tino, más sagacidad para conducirse con acierto cuando el gobierno persigue, a fin de no hacer la causa de la Iglesia solidaria de los intereses políticos del partido dominante. –El gobierno ¿abusa? ¿Viola las leyes? ¿Conculca las garantías constitucionales?, ¿emplea medidas violentas?, ¿derrama tal vez sangre?... ¿Qué será de la Iglesia, convertida por la protección en rueda de la administración pública?... Los que han estudiado a fondo la historia de Francia, desde Luis XIV hasta los días presentes, podrían comprender cuán exactas son nuestras provisiones, y cuán fundados nuestros temores. Nuestro ideal es el ideal católico: independiente de las dos autoridades; respeto mutuo de ambas: amplia libertad de acción de cada una dentro de la órbita de su jurisdicción propia, y concordia sincera y armonía decorosa entre las dos. La realización de este ideal le impone al clero gravísimos deberes y mucha prudencia y mucha discreción, gran tino y exquisita previsión para no hacer nunca la causa de la religión solidaria de ninguna causa meramente política. La Iglesia católica es sociedad humana: pero de institución divina: como católica se extiende a todos los tiempos y abraza todos los lugares, y, por eso, no puede estar unificada con ninguna causa temporal, por noble que ésta sea. –No hemos de lograr que los tiempos retrocedan y vuelvan hacia atrás, por más que lamentemos las edades que ya pasaron, y maldigamos de los tiempos en que nos ha tocado vivir: aceptemos, con valor, con generosidad y de una manera leal, los tiempos presentes; y, puesta solamente en Dios nuestra confianza, trabajemos con celo y con ahínco, por la gloria divina y por el bien de nuestros contemporáneos. Dios no nos ha de pedir cuenta ni de los que vivieron en tiempos pasados, ni de los que vivirán en el tiempo venidero: de nuestros contemporáneos, de ésos es de quienes nos ha de pedir cuenta Dios a nosotros: ¡procuremos salvarlos a ellos! Mas ¿cómo los salvaremos, si no somos de veras sacerdotes?... Sacerdotes, es decir hombres de la caridad: hombres de sacrificio, para quienes lo terreno es solo un medio para conseguir los bienes eternos, a cuya consecución debemos enderezar todos los pasos de nuestra vida y todos los latidos de nuestro corazón. U 77


La ley llamada de patronato y la supresión de la Diócesis de Portoviejo8 Comenzamos llamando la atención de nuestros compatriotas sobre un punto de trascendental importancia, a saber, sobre la naturaleza de las cuestiones relativas a la ley de patronato y a la supresión de la diócesis de Portoviejo: esas cuestiones no son cuestiones políticas: esas cuestiones son cuestiones esencialmente religiosas. Por lo tanto, así como fuera absurdo resolver cuestiones de Física o de Medicina solamente según las opiniones personales de cada individuo; así también sería equivocación resolver puntos canónicos o teológicos únicamente a la luz de la tendencia de un Partido político. Cada cuestión se ha de estudiar según los principios de la ciencia a la que cada cuestión pertenece: si es cuestión teológica, según los principios de la Teología; si es cuestión agronómica, a la luz de las enseñanzas de la Agronomía; si es cuestión de Ingeniería, mediante los principios de esa ciencia. ¿No será absurdo resolver una cuestión de Medicina, según las teorías de la Ingeniería civil? La cuestión relativa a la ley de patronato es cuestión esencialmente canónica; luego, se debe tratar según los Cánones y el Derecho eclesiástico de la Iglesia católica. ¿No es esto lógico?, ¿no es razonable?, ¿no es justo? ¿Qué es patronato?... En el Derecho canónico se define del modo siguiente lo que es patrono, y lo que se entiende por patronato. –Llámese patrono la persona, que ha edificado, que ha fundado o que ha dotado una iglesia: patronato son los derechos, que, según los Cánones, adquiere el fundador o el benefactor sobre la iglesia, qué el mismo fundó, dotó o está sosteniendo. El patronato es, por consiguiente, un derecho honorifico, útil y oneroso, que el fundador adquiere sobre la iglesia, que él mismo o sus mayores hubieran fundado o dotado, con el consentimiento del Obispo respectivo. Apliquemos esta doctrina al gobierno ecuatoriano: según ella ¿qué es o qué debería ser el derecho del patronato? El derecho de patronato debía ser únicamente la facultad de designar sacerdotes, para las parroquias y para las capellanías, que el gobierno hubiera funda8 Tomado de: Federico González Suárez, “Tercer manifiesto que el Arzobispo de Quito dirige a sus compatriotas los ecuatorianos sobre la ley llamada de patronato y la supresión de la diócesis de Portoviejo” (Quito, 31 de julio 1908), en Manuel María Pólit Laso, Obras pastorales del Ilustrísimo Sr. D. Federico González Suárez, Tomo 2, Quito, Imprenta del Clero, 1928, pp. 462-477.

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do, y sostuviera como fondos del erario nacional; pero la facultad de nombrar obispos no la tendría, porque el mero patronato no la ha dado nunca a nadie. Como el gobierno no ha fundado parroquias ni capellanías, y, como, con fondos del tesoro nacional, no sostiene parroquias ni capellanías, es claro que no tiene derecho ninguno de patronato, entendiendo por derecho de patronato lo que en Derecho canónico es derecho de patronato personal. El derecho de patronato, que acabamos de explicar, se llama derecho de patronato personal, porque, ordinariamente, son individuos personales quienes lo poseen, mediante las condiciones que, según los cánones, deben concurrir para poseer legítimamente el derecho del patronato, y ejercerlo de un modo lícito. Hay otra manera de adquirir derecho de patronato, y es cuando el Papa, como cabeza de la Iglesia católica, concede a los reyes o gobernantes supremos de los pueblos la facultad de poder intervenir en el gobierno interno de la Iglesia, eligiendo y proponiendo sacerdotes idóneos para los obispados y para otros beneficios y oficios de la jerarquía eclesiástica. Unas veces se concede esta facultad mediante un pacto, celebrado formalmente con todos los requisitos del Derecho Internacional público, y entonces el patronato consta en los Concordatos hechos entre la Santa Sede y los gobiernos: otras veces no hay pacto ninguno explícito, y la concesión del patronato es meramente graciosa. El gobierno ecuatoriano tuvo derecho legítimo de patronato, concedido por los Papas Pio IX y León XIII, mediante el Concordato, celebrando con Pío IX y ampliado León XIII, a solicitud del Gobierno el año de 1880. El Supremo gobierno de la República del Ecuador, nuestra patria, tuvo derecho de patronato; pero ahora ya no lo tiene, porque el mismo gobierno, desde al año de 1865, lo renunció: ¿qué decimos lo renunció? Lo rechazó, declarando que el Concordato con la Santa Sede quedaba derogado y abolido para siempre. –Si por patronato se entiende, pues, lo que los canonistas enseñan que es patronato, en qué consiste, cómo se adquiere y cómo se pierde, el gobierno del Ecuador no tiene ningún derecho de patronato: lo tuvo, y ahora no lo tiene: el mismo gobierno, cuando abolió el Concordato, se despojó voluntariamente y espontáneamente del derecho de patronato. Los doctores radicales sostienen que el gobierno tiene todavía derecho de patronato: el Papa declara, con palabras muy solemnes y con hechos muy significativos, que el gobierno no tiene ya derecho de patronato: ¿a quién daremos crédito nosotros, los católicos?... En Roma ¿ignorarán Derecho canónico? ¿No sabrán ni lo que es patronato, ni cómo se adquiere, no cómo se pierde?

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El derecho de patronato requiere que los gobernantes sean católicos y hagan profesión de catolicismo, por esto los Papas lo han concedido en otros tiempos, cuando la religión católica era la religión oficial del Estado: ahora los tiempos han cambiado mucho, y no sería conveniente que el Papa concediera participación en el gobierno de la Iglesia a magistrados, que se han separado voluntariamente del seno de la Iglesia, y se han constituido en adversario, en enemigos y hasta en perseguidores de ella. La Iglesia es sociedad perfecta, y, por ser sociedad perfecta, posee el derecho indisputable de elegir y de nombrar ella misma a los encargados de gobernarla. ¿Delegará el ejercicio de ese derecho, tan trascendental, a sus enemigos? ¿No sería eso una locura? ¿Querrá la Iglesia suicidarse? ¿Darse la muerte a sí misma? –La vida de la Iglesia está en la libertad de ella. Lo que ahora en el Ecuador se llama ley de patronato no es ley de patronato, ni puede llamarse así: quien dice patronato dice, al fin, protección, aunque haya protecciones que, en realidad, sean verdaderas servidumbres, que enervan y desagradan. Con todo, patronato o servidumbre disimulada siempre es vida: el patrocinado vive, el esclavo vive también; pero la pobre oveja, que ha sido engullida por el boa constrictor, ¿podrá respirar en el ceno del monstruo? ¿Podrá vivir ahí un momento siquiera?... ¡Eso, que, tan ufanos, estáis llamando ley de patronato, parad mientes en que es patronato a lo boa: abrió el regalismo trasnochado sus fauces, y el monstruo, encolerizado, se absorbió a la Iglesia!... ¡Plétora de teocracia se llama eso, no patronato!... ¡Repleto, ahíto de teocracia quedó con semejante ley el liberalismo ecuatoriano!... ¿De teocracia? –Sí: de teocracia, y no de la buena sino de la cesarista, de la cesarista a lo bizantino. ¿Hicieron más, por ventura, los Césares del Bajo Imperio?... Por la ley que se llama de patronato el Papa, hasta el mismo Papa, y en cuanto Papa, queda sometido al gobierno ecuatoriano: el Papa no puede ni enseñar la verdad en el Ecuador, sin previa licencia del Ministerio de Estado. ¿Será posible una teocracia lega más absorbente?... No solo admiración, sino asombro, causa el que el liberalismo ecuatoriano haya resucitado, al rayar la aurora del siglo vigésimo, el régimen colonial, ese régimen de absolutismo absorbente y de tiranía, disimulada con nombre de protección a la Iglesia. Este régimen, ése es el renovado con la ley de patronato: el día en que los Prelados nos sometiéramos a esa ley, ese día nosotros, los Prelados, haríamos traición a la República, porque ese día nosotros arrimaríamos el hombro para levantar y sostener el absolutismo, y la más peligrosa de todas las tiranías. ¿Qué le faltaría entonces al Presidente de la República para reunir

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en su mano todos los poderes del Estado? El sistema democrático, alternativo y responsable, habría desaparecido el hecho. ¿Queréis saber por qué los Obispos rehusamos obedecer la ley de patronato? –No queremos obedecer esa ley, porque no queremos hacer, a sabiendas, traición a las instituciones republicanas, democráticas. U

El compromiso político de los seglares y el liberalismo9 Los ecuatorianos, que sean sinceramente católicos, deben tomar, de un modo resuelto y generoso, la siguiente actitud: es necesario ser de veras católicos y de veras patriotas. La religión y la patria exigen sacrificios, y debemos hacerlos: en las presentes circunstancias la resistencia a hacer sacrificios sería prueba evidente de que el catolicismo no era sincero ni el amor de la patria una verdad. Los católicos deben ocupar el terreno legal; y, desde el terreno legal, han de trabajar para el mejoramiento de nuestras instituciones. –Desde el punto de vista puramente científico, el sistema democrático es un sistema bueno; y, desde el punto de vista católico, en un sistema que la Iglesia ha aceptado: no puede, por lo mismo, haber divergencia alguna entre los católicos respecto de la forma de gobierno que ha de regir en nuestra nación. El Ecuador quiere ser República. La forma republicana democrática es nuestra forma constitucional, y en la doctrina católica es forma, con tal que esté basada en la justicia, es forma buena, moral y muy aceptable. En el Ecuador no hay, pues, diversidad de partidos, ni es posible que las haya, a causa de la forma de gobierno: En el Ecuador no hay ni es posible que haya monarquistas ni legitimistas. ¿Dónde están las familias, que reclaman para ellas el derecho de gobernar el país? ¿Cuáles serían los títulos que alegarían para justificar ese derecho hereditario a la suprema magistratura? –En el Ecuador, por fortuna, no hay, ni es posible que 9 Tomado de: Federico González Suárez, “De la actitud que conviene a los católicos seglares en el Ecuador en las circunstancias presentes” (Quito, 6 de diciembre 1908), en Homenaje del Comité Central a la memoria del Rvdmo. Federico González Suarez meritísimo Arzobispo de Quito en el primer centenario de su nacimiento 1844-12 de abril-1944. Quito, Imprenta de la Universidad Central, 1964, pp. 331-353.

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haya, divergencias doctrinales en punto a nuestra forma constitucional: todos los ecuatorianos somos republicanos; todos los ecuatorianos debemos ser republicanos; todos los ecuatorianos no podemos menos de ser republicanos. Siendo esto así, ¿por qué los ecuatorianos estamos divididos en partidos políticos? Nuestras divisiones políticas pueden ser o por motivos doctrinales o por motivos puramente personales. Los motivos doctrinales no pueden ser sino de dos clases: o sobre puntos de doctrina católica o sobre puntos opinables y que no tienen relación esencial con la doctrina católica, tal como ha sido enseñada y definida por la Silla Apostólica. Si nuestras divisiones políticas provienen de la divergencia de puntos doctrinales esencialmente unidos con la religión, entonces la división política se funda en motivos, cuya justicia es evidente: pero, ¿nos hemos entendido bien los unos a los otros? ¿Hemos dado explicaciones, claras y categóricas, acerca de nuestras doctrinas políticas? El liberalismo no es lo que a cada uno le parece que es; no: el Liberalismo malo es el condenado por la Santa Sede, la cual, cuando condenó el Liberalismo, no intentó condenar un nombre, ni menos proscribir los partidos políticos, que en países diversos se denominaron con el calificativo de liberales. No es el nombre el condenado, sino la doctrina o llámese mejor el sistema. –El nombre tiene la circunstancia desfavorable de significar no solo una agrupación política, sino también una teoría político-religiosa: la teoría es la mala; y el nombre ha venido a ser inaceptable, a consecuencia de la teoría. Esta cuestión del Liberalismo ha llegado a ser una cuestión muy compleja, por el encarnizamiento de pasiones con que ha sido tratada; aunque, considerada con calma, es una cuestión muy sencilla. –¿Cómo debe entenderse el Liberalismo? –El Liberalismo debe entenderse, como lo ha entendido la Santa Sede al condenarlo: La Santa Sede no ha condenado el nombre, ni un Partido político, sino un conjunto de doctrinas y de opiniones opuestas a los dogmas y enseñanzas de la Iglesia. Este es el lugar más oportuno para hacer aquí una observación importantísima. –La esencia del Liberalismo consiste en la negación del orden sobrenatural, en la prescindencia de Dios y de la religión verdadera, en el sistema con que deben ser gobernados los pueblos: esta prescindencia sistemática de Dios tiene sus grados, y es más o menos absoluta. Se procura prescindir de Dios en el matrimonio, en la escuela, en el taller, en el bufete del hombre de letras, en todas partes: de ahí el matrimonio civil, la supresión del catecismo y lo que, con una palabra semi-bárbara, sea dado en llamar la laicización de la sociedad. La tal

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laicización de la sociedad equivale netamente a la prescindencia completa de la religión en todo y para todo. ¿No lo habíais advertido? ¿Por ventura, os sorprendéis de lo que estamos diciendo? –Pues observad, y a poco que observéis, caeréis en la cuenta de ello: so pretexto de huir del clericalismo, se echan a ojos cerrados en la más consumada impiedad: se huye de todo lo que es religión y de todo lo que se refiere a la religión. En la vida privada, en el hogar doméstico habrá quienes toleren y aguanten de muy buen humor las prácticas religiosas, como un dije de moda, como un jarabe confortativo, y nada más; pero no porque tengan sincero convencimiento de la existencia y de la necesidad del orden sobrenatural – Acaso también para no pocos la religión es algo así como un agente de Policía, que no está por demás en la sociedad: si los hombres no fueran tan inclinados a usurpar lo ajeno ¿para qué serían tantas puertas y cerraduras? Mas, como hay cosas que no se pueden guardar dentro de llave, que acuda la religión a guardarlas. De la teoría liberal o naturalista, que en todo prescinde de Dios, ha nacido la doctrina, que hace del Estado un ser abstracto y omnipotente, de quien emana todo derecho y de cuyo dominio nada se halla exceptuado: esa doctrina es aterradora, porque con ella no serían posibles ni la propiedad ni los mismos bienes fundados en el derecho natural: ¡el Estado sobre todo! Pero ¿qué es el Estado? –¡Una mayoría bien disciplinada en las Cámaras Legislativas! ¡La voluntad de uno, del que manda! Si el Liberalismo no fuera la más completa apostasía no solo del catolicismo sino de toda religión, sería imposible explicar por qué allí donde impera un régimen liberal, se hace la guerra a todo lo que es católico, y se tiene aversión a toda práctica religiosa. Por lo mismo, plantearemos ahora el problema de la conducta práctica que deben guardar los católicos en el Ecuador, y lo resolveremos con toda claridad y precisión. El catolicismo es religión divina, instituida por Jesucristo para hacer felices a los individuos en la eternidad y a las naciones en el tiempo, aquí, en el mundo. Estamos, pues, obligados a trabajar a fin de que nuestra patria sea gobernada de un modo verdaderamente católico. He ahí nuestro deber – Veamos cómo lo podremos cumplir. Examinemos uno por uno todos los medios posibles. Ante todo, es menester que declaremos que a los católicos en su obra de la defensa de la religión no les es lícito emplear medios inmorales, condenados por la doctrina católica: por lo tanto, a los católicos les está prohibida por la misma religión católica, cuya causa sostienen y defienden, la revolución, la se-

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dición, la rebelión contra las autoridades constituidas y la guerra civil, porque la revolución, la sedición, la rebelión contra las autoridades constituidas y la guerra civil están condenadas como pecados mortales por la moral católica. Y nunca es a nadie lícito cometer un pecado para honrar a Dios. ¡Un pecado para honrar a Dios!... Notadlo bien. Todo católico, si lo es de corazón; todo católico, si lo es de veras; todo católico, si lo es sinceramente; todo católico, si no es un hipócrita, lo primero que ha de hacer, cuando se proponga defender la religión, es averiguar si el medio que va a emplear es bueno o es malo: nunca ha de prescindir de la moral. Debe pedir consejo, y no a quien de antemano sabe que está dominado por la misma pasión política, sino a quien se mantuviere imparcial y sereno, y cuyo consejo por lo mismo no podrá menos de ser desinteresado. La rebelión es el levantamiento contra las autoridades constituidas; la sedición es el trastorno del orden local, y la revolución es rebelión y sedición a un mismo tiempo. Estúdiense estos puntos en la Teología Moral, estúdiense concienzudamente en las obras de los mejores teólogos, y véase si alguno ha santificado alguna vez la revolución, la rebelión y la sedición. –Ahí está el Maestro Angélico, ábrase la Suma y estúdiese punto por punto esta materia. La cuestión de la tiranía, de la resistencia al Poder, se hallan analizadas tan menudamente en la Teología, que acerca de ellos la ignorancia se ha vuelto imposible. La aplicación de la doctrina a los casos prácticos eso es lo difícil, y pudiere asegurarse que no hay un solo caso en que estén completas todas las condiciones, que los teólogos exigen para la deposición del tirano. Vamos a tratar de la guerra civil. –¿Quién inicia la guerra? ¿Quién la aconseja? ¿Quién la aprueba? ¿Quién la declara lícita? –¿Es guerra en defensa de la Religión? –¿Sí? –Pues, en ese caso los seglares, los legos, por sabios, por virtuosos que sean no tienen autoridad ni derecho ninguno ni para aconsejar ni para resolver. ¿Tendrán esa autoridad y ese derecho los religiosos? –Podrán los religiosos ser doctísimos y santísimos, y, a pesar de eso, no tienen ni autoridad ni derecho en ese asunto. –Los legados opinarán, los religiosos opinarán, y nada más. Será opinión de los seglares, será opinión de los religiosos; pero no será más que opinión. Tampoco tienen esa autoridad y ese derecho los curas, y menos los otros clérigos seculares, por doctos y por santos que sean. Los únicos, a quienes, por institución divina, les compete legítimamente esa autoridad y ese derecho son los Obispos, como lo ha advertido el Papa León

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XIII; pero cada Obispo solamente es su Diócesis, y con tal que el Obispo estuviere en comunión con la Santa Sede. Ahora bien: un Obispo católico ¿podrá en algún caso aconsejar a sus diocesanos la guerra civil, como un medio licito de defender la religión? –Nosotros creemos francamente que ese caso no llegara nunca. La guerra civil ¿es contra el gobierno legítimo? –En este caso habrá rebelión contra la autoridad constituida, y revolución; y un Obispo católico no puede ser nunca ni rebelde ni revolucionario, y menos caudillo de rebeldes y consejero de revolucionarios. La cuestión de la ilegitimidad de los gobiernos es una cuestión, que en América, y principalmente en el Ecuador, no puede ni plantearse ni resolverse como en algunas naciones de Europa, pues nosotros, desde que nos constituimos en República independiente hasta ahora, hemos vivido en revolución, nuestro estado normal político es el de la revolución; y como el modo legítimo de la transmisión del poder es la elección, resulta que nunca ha habido poderes legítimos, porque nunca se han verificado las elecciones, con todas aquellas condiciones de moralidad política, que debieran tener, para que fuesen consideradas como la manifestación de la voluntad nacional. Por ahora, la cuestión de la legitimidad del poder es cuestión, que de consecuencia en consecuencia nos llevaría derecho a la anarquía. Resulta, pues, que la guerra civil no es un medio, que pueda emplearse en defensa de la religión. Los católicos deben colocarse resueltamente en el terreno legal, y ése debe ser el único terreno, en que les será lícito colocarse: su primer paso debe ser reconocer lealmente el orden constituido, y ponerse sin trabas ni reticencias dentro de la legalidad. –El mal está en la legislación, y nuestra labor política debe ir encaminada a la reforma de la legislación. La aceptación del orden constitucional no equivale a una probación omnímoda de los principios de la escuela liberal, y lo único que significa es que el mal se tolera como un medio para trabajar pacíficamente por la realización del bien. –Aceptar una situación mala, como un medio para alcanzar una situación buena, es tolerar un mal menor, para evitar otro mayor. Cuando la forma de gobierno; como sucede con la nuestra, llama a todos los ciudadanos a tomar parte en el manejo de la cosa pública, los católicos están obligados a intervenir en ese manejo. Esta obligación es muy grave, y por lo mismo yerran los católicos que rehúsan aceptar cargos públicos, alegando el pretexto de que no pertenecen al círculo político del ciudadano, que está desempeñando la Presidencia de la República. –Nótese bien: el servir un cargo público no es servir, siempre que se nos llame a servirla.

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Los católicos tiene, pues, obligación estricta de inscribirse en los catastros, en que constan legalmente las nóminas de los ciudadanos; y obrarán mal, cuando dejaren de poner en práctica ese deber, mediante el cual aseguren el goce de las garantías constitucionales, que a ningún católico le es lícito renunciar. Deben inscribirse en el catastro, para hacer constar que son ciudadanos, y que reclaman el derecho de gozar de todas las garantías constitucionales. Si fueren elegidos Diputados o Senadores o Concejeros municipales, están obligados a aceptar esos cargos, y a desempeñarlos con todo escrúpulo: lo mismo cualquiera otro cargo público. El católico ha de recordar siempre que debe servir a la religión y a la patria, y no a un partido ni menos a un caudillo o a una persona. Si un católico fuere elegido para un empleo del poder judicial o para un destino de Instrucción pública, debe aceptar el nombramiento, porque no es lícito renunciar cargas instituidos para el bien general de la República, como son los del poder judicial y los de la instrucción pública, pues en todo caso la virtud del patriotismo exige que el bien general se prefiera al particular. –Recuerden los católicos que la justicia es el fundamento de la moralidad pública, y que, cuando la administración de justicia se halla mal desempeñada, se causan a la sociedad daños gravísimos e irreparables. La importancia, que para el bien general tienen los cargos de Instrucción pública, ningún católico puede ponerla en duda. Se han de aceptar también los cargos de la hacienda pública, y los cargos de la milicia en el ejército: cuando el dinero de la nación está en buenas manos, en manos honradas, sirve para las necesidades públicas, y no para granjerías de particulares. La República necesita soldados: esclavos, esbirros y verdugos hay a millares, aquello ¿será República? Aquello, ¿será gobierno responsable? Los católicos conviene que trabajen por el bien público, fundando y sostenido periódicos políticos, en los cuales se enseñen, se sostengan, se propaguen y se defiendan los buenos principios: la prensa política católica no puede ser prensa de oposición sistemática al gobierno constituido, ni menos prensa revolucionaria: ha de ser imparcial, muy imparcial; desapasionada, culta en su lenguaje, elevada en su estilo; nunca chocarrera, jamás injusta. Los insultos personales le están prohibidos: calumnias, injurias, ésa no es ni ha sido nunca arma permitida a los católicos. Al gobierno constituido se lo ha de apoyar en todo lo justo; y, cuando hubiere abusos, se han de denunciar al público los abusos y se los ha de combatir desapasionadamente. –La prensa serena, grave, imparcial suele producir efectos

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muy saludables: entonces es la advertencia del hombre de bien, y no la bofetada del enemigo, y del enemigo ruin, que ofende por el placer de hacer un daño. Para la prensa, el hogar, donde se oculta la vida privada, es refugio sagrado, cuyo umbral no pisa nunca el escritor católico: ¿serán lícitas en la moral católica la detracción y el donaire, que clava su diente dañino en el buen nombre del adversario? –Para los católicos sinceros, apenas habrá una dote más temible que la agudeza de ingenio donairosa, que casi nunca guarda armonía con la caridad cristiana. Si los católicos se convencieran de que el cumplimiento de los deberes, que nos impone el patriotismo, exige como primer sacrificio el sacrificio de nuestros compromisos meramente partidaristas, abrirían los ojos, y verían el abismo hacia dónde vamos marchando derecho con nuestras aberraciones políticas. El partido no es la patria, y los partidos políticos van transformando a la República en un campo de combate, en el cual una porción de ecuatorianos no se ocupa sino en hacer la guerra a otra porción de ecuatorianos, mientras la inmensa muchedumbre del pueblo contempla con estupor esa guerra sin tregua ni cuartel, de la cual el pueblo no reporta más ventajas que la desmoralización y la miseria. Trabajemos por la patria, y no por el partido. En esta labor patriótica los católicos no se han de proponer ni derribar el orden constituido, ni escalar los primeros puestos de la magistratura, ni un bien absoluto en el gobierno y en las instituciones, sino un bien puramente relativo, mediante la reforma lenta y concienzuda de la legislación vigente. Conservemos la paz, mantengamos el orden, para que con la paz venga poco a poco el amortiguamiento de las pasiones políticas, y así dejemos los ecuatorianos de odiarnos los unos a los otros; y nos estrechemos con lazada de unión y de concordia. Recordemos que a los católicos nos está prohibido el tomar la defensa de la religión como arma de Partido político: los católicos no pueden calificar a nadie ni de hereje ni de antirreligioso, solamente porque está afiliado en otro Partido político, y eso aunque el tal partido sea opuesto a aquel en que nosotros militamos; pues el juzgar acerca de la fe es atribución de la autoridad eclesiástica y no un derecho de los simples fieles. –¿De dónde han sacado para sí los jefes de partidos políticos el derecho de expedir patentes de catolicismo? ¿Quién les ha dado semejante derecho? ¿En qué lo fundan? ¿Dígasenos por qué pronuncian anatemas? ¿Por qué fulminan excomuniones?... En la práctica no quedan, pues, más que dos medios que elegir: o la revolución, la resistencia a mano armada, o la acción legal en el terreno de la Cons-

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titución. El primero, suponiendo que fuera lícito, no es conveniente: la guerra es el peor de los males, y, para evitarlo, estamos obligados a tolerar cualquier otro mal menor. Empero, hay otro medio, y es el enmendar la vida, reconociendo que en los designios de la Providencia un gobierno malo es el peor y el más temible de los castigos, con que Dios castiga los pecados de los pueblos. ¿Qué hacemos, cuando hay un terremoto? Orar a Dios y hacer penitencia..., pues, un gobierno malo es peor que un terremoto: ¿por qué no oramos y hacemos penitencia? Examinemos la situación política actual del Ecuador. –Nadie puede negar que ahora, bajo la administración radical ha desaparecido toda garantía civil y toda libertad política: no hay garantía ninguna, y la libertad no existe de hecho sino para los que se han entregado a merced del Gobierno Supremo o poder ejecutivo. –No hay libertad para las elecciones: la fuerza militar lo hace todo; y los abusos son tan descarados, que ya han perdido hasta el carácter de abuso; se miran como cosa natural; y causaría sorpresa el que no se cometieran. Hay absolutismo; hay no solo absolutismo sino despotismo y tiranía desvergonzada. La causa de todo esto se encuentra en el militarismo: y, mientras el militarismo sea lo que es ahora, es imposible moralmente el régimen republicano: hay tiranía, porque hay militarismo sin virtudes y con vicios. He ahí la causa de todo. Se eliminó en el Ecuador el tributo de los indios, se abolió la esclavitud de los negros, pero se implantó el militarismo y con el militarismo se introdujo una esclavitud más degradante, más abyecta, más oprobiosa que la de la raza africana. El soldado es ahora un esclavo; esclavo, que obedece ciegamente lo que se le manda; esclavo, que no piensa, que no discurre, que no se da cuenta de nada: está armado, ya sabe que debe obedecer, y no sabe más ni quiere saber más. Este género de esclavitud es el resultado inevitable de las revoluciones y de las guerras civiles: ahora no nos queda a los ecuatorianos otro consuelo más que el de la religión. Confesemos que Dios nos está castigado: merecemos ser castigados. Si no hiciéramos penitencia, Dos no se apiadará de nosotros. Estas consideraciones acerca de la actitud que conviene que adopten los católicos en el Ecuador, fueron escritas no de seguida, sino con varias interrupciones: al fin, juzgamos necesario ponerles término y se lo pusimos, aunque el asunto no estaba concluido y podíamos extendernos más. –Los católicos podrán seguir nuestros consejos, cuando en el Ecuador haya un gobierno que respete las garantías constitucionales y no abuse de la fuerza: mientras los presidentes de la República, sostenidos por las bayonetas, sean los únicos electores, pensar en garantías constitucionales es ilusión.

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CARDENAL CARLOS MARÍA DE LA TORRE

Catolicismo y orden social10 ...No puede ser feliz una nación en donde no reine el orden social; no es posible el orden social sin justicia y moralidad; no hay moralidad y justicia sin religión; y no hay religión que como la católica sostenga los derechos de la justicia, imponga el precepto de la caridad y sea infranqueable barrera a la inmoralidad. Derecho tenemos, pues, para concluir que la paz, esta hermosísima hija del cielo, exquisito fruto del orden y la justicia, será patrimonio de un pueblo asentado sobre la inconmovible base de la religión católica. Esta bienhechora religión, ¿le facilitará asimismo la consecución de los demás bienes que constituyen la felicidad social? Sin duda alguna. Dos cosas indispensablemente se requieren para que una nación sea feliz: que quiera serlo, y que emplee los medios conducentes a la consecución de este fin. Y por lo mismo que la sociedad está esencialmente compuesta de súbditos y autoridad, es menester que unos y otra aspiren a la felicidad y mancomunando sus energías tiendan con medios adecuados a la consecución de la misma. ...Afirmamos solemnemente, sin temor de ser desmentidos, que no hay patriota más sincero y sacrificado que el verdadero cristiano. Pero ¿cuál es el fundamento de nuestra afirmación? El siguiente: El patriotismo es, según la doctrina católica, una virtud: Quien no ama a su patria, quien no se halla dispuesto a sacrificarse con ella es tenido por la Iglesia como hijo degenerado, señalado con el dedo como reo de execrable delito, indigno de ser admitido a la eterna bienaventuranza. Pero no basta querer la felicidad y engrandecimiento de la patria, menester es, además, emplear los medios necesarios y conducentes a este fin. Acierto en la elección de estos medios por parte de los que mandan, subordinación de los súbditos a la dirección e impulsos de la autoridad, he aquí lo que indispensablemente se requiere para que sean eficaces los medios. Mientras menos expuesto esté a errar quien manda y mientras más dócilmente se sometan a la autoridad los que obedecen, tanto más fácil y seguramente se logrará la felicidad social. Pues, también sin temor de equivocarnos, volvemos a repetir que la religión católica es luminosa antorcha que impide extraviarse a la autoridad, y es saludable freno que contiene a los súbditos en la obediencia necesaria. 10 Tomado de: Carlos María De la Torre, “Primera carta pastoral. Sobre el reinado de Jesucristo”. Boletín Eclesiástico, (Quito, 8 de diciembre de 1919), Quito, Imprenta salesiana, 1929, pp. 16-19.

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¡Qué lejos estuvieron las naciones paganas de su verdadera dicha! Y ¿cómo habrían podido alcanzarla si necesariamente las apartaba del recto camino el falso concepto que tenían de la autoridad? Dos conceptos enteramente diversos pero igualmente erróneos tenían los paganos de la autoridad. Para los unos era esencialmente divina; para los otros, meramente humana. Entre los primeros, los monarcas eran tenidos por dioses; entre los segundos, no miraban los súbditos en sus mandatarios sino a hechura suya, hombres en todo iguales, y a veces en talento y virtud, inferiores a los demás hombres, a quienes la voluntad podía hacerlos bajar. En virtud de estos principios necesariamente debía ser el pueblo infeliz y desgraciado. Por rápida y necesaria pendiente la omnipotencia divina de la autoridad degeneró en tiranía, en el primer sistema; por igual pendiente los pueblos que optaron por el segundo llegaron a los abismos de permanente insurrección: en tales condiciones ¿cómo podría alcanzarse la felicidad social? ¿Qué felicidad es compatible con los vergonzosos hierros forjados por la tiranía o con las espantosas calamidades, fruto aciago de la insurrección? Solo el Cristianismo ha enseñado el verdadero concepto de autoridad; solo él ha evitado los dos escollos en que la nave del Estado debía forzosamente zozobrar. Según sus divinas enseñanzas, la autoridad es un compuesto divino y humano: es divino, porque todo poder emana de Dios; es humano, porque la persona investida de autoridad es hombre como los demás hombres. Por su elemento divino compete a la autoridad el derecho de mandar a los súbditos, la obligación de respetar y obedecer a la autoridad; pero ¡qué respeto tan noble, que obediencia tan digna!: cuando el súbdito se inclina y rinde obediencia al magistrado, no se inclina ni obedece a un hombre sino a Dios, cuyo representante es. – Por su elemento humano encuentra en el ejercicio del poder límites y barreras que no le es permitido franquear: el depositario de la autoridad es hombre en todo semejante a los demás hombres; es criatura de Dios, esencialmente dependiente de su Criador, obligada a respetar los imprescindibles derechos de la Divinidad y a observar su santa ley; no puede constituirse en árbitro independiente y supremo de los humanos destinos, ni hacer de su voluntad la raíz de todo derecho y la fuente primaria de toda obligación. Si alguna vez menospreciando los derechos de Dios y hollando se santa ley pretendiera salvar estas infranqueables barreras: «Alto ahí, le dirían los súbditos: más allá no podemos ni debemos seguir. Si tenéis derecho de mandar, mayor derecho tiene Dios: ¿preferiremos vuestras órdenes a las divinas?» He aquí, Venerables Hermanos y amadísima Hijos, cómo los súbditos, tan propensos a sustraerse a la obediencia debida a la autoridad, encuentran en

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la moral cristiana freno poderoso que los contiene en sus ilícitos alardes de independencia; pero he aquí asimismo cómo la autoridad, tan inclinada a las arbitrariedades del despotismo, tropieza con la infranqueable valla de la doctrina evangélica, que le impide rodar a los espantables abismos de una voluntad omnipotente e irresponsable. La verdad enseñada por el Catolicismo ha devuelto, pues, a los pueblos la perdida libertad. Veritas liberabit vos. U

Relaciones Iglesia y Estado y consagración del Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús11 Dichosos tiempos aquellos de unión, paz y concordia entre la Iglesia y el Estado: se cumplían entonces las leyes que reclaman a una el origen, la naturaleza y el fin de ambas sociedades. Distintas son –¿quién podría negarlo?–, distintas son las sociedades, eclesiástica y civil; ambas, empero, tienen y reconocen a un mismo autor: ambas fueron engendradas en el seno de Dios y a Dios reconocen por Padre. Distintas son las dos sociedades; pero ambas tienen un fin análogo y coordinado: la felicidad social; aspira el Estado a la temporal; la Iglesia, a la eterna; aquel para labrarla echa mano de medios que le ofrece la naturaleza; está los que le suministra la gracia; pero unas mismas personas en el Ecuador, ya como ciudadanos, ya como fieles, tienden a la felicidad temporal y a la eterna: ¿cómo, sin trastornar derechos y obligaciones, sin ahuyentar para siempre la tranquilidad y la paz, cómo a unas mismas personas se impondrían opuestos deberes? Distintas son la sociedad eclesiástica y la civil; pero como son distintos el cuerpo y el alma, que con todo no forman sino una sola persona. ¿Qué sería del Estado si la Iglesia no irradiara sobre él la luz de la verdad? ¿Cómo resistiría a los furiosos embates de las pasiones humanas, si la Iglesia con su moral no acertara sobre inconmovibles bases de justicia y de caridad, dos columnas que sustentan el edificio social? Coexistan, pues, las sociedades en el pueblo ecuatoriano; pero no se hagan guerra, no finjan desconocerse, vivan como hermanas –que lo son-, reconóz11 Tomado de: Carlos María De la Torre, “Tercera carta pastoral acerca de las bodas de diamante de la Consagración de la República del Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús” (Quito, 31 de mayo de 1934), Boletín Eclesiástico XLI, (1934), N. 6 y 7, pp. 266-290.

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canse mutuamente sus derechos, préstense mutuo apoyo y crucen los campos de la historia, asidas de la mano, hasta que lleguen al término de los tiempos, cuando desaparecerá para siempre la ciudad terrenal para dar lugar a la ciudad celestial, y la Iglesia, trocando coraza, escudo y morrón en púrpura, diadema y palma, pase de militante a triunfante. Y porque hace sesenta años las relaciones entre la Iglesia y el Estado fueron las exigidas por la naturaleza de ambas sociedades y las impuestas por Dios mismo, por eso nunca como entonces fue más feliz el Ecuador: que no caminaba sino corría y volaba por las amplias y espaciosas vías de la luz, del progreso, de la felicidad y de la paz; tanto que, no obstante su pequeñez, atrajo la mirada, excitó la administración y arrancó los aplausos y vítores de los pueblos y naciones de la tierra: todos, amigos y enemigos, debieron confesar que es dichoso y feliz el pueblo que reconoce por soberano a Dios: Beatus populus cuius Dominus Deaus eius. De lo hasta aquí expuesto aparece que la Consagración de la República del Ecuador al Corazón de Jesús, encerró dos actos esenciales, e impuso, como consecuencia, dos debates. 1.- Fue el reconocimiento explícito y nacional de la soberanía social de Nuestro Señor Jesucristo, soberanía basada en un derecho esencial, inmanente, inviolable, nacido de la personalidad misma del Verbo humanado, y como consecuencia la solemne promesa de que el Ecuador había de ser su fiel vasallo y de cumplir sus leyes y mandamientos. 2.- Fue un acto de fe nacional en el amor infinito de Jesucristo a los hombres, amor simbólicamente representado por su Corazón de carne, y como consecuencia el firme propósito e inquebrantable resolución de corresponder como nación al amor del Hombre Dios, y también como nación ofrecerle actos de reparación y desagravio por los ultrajes, menosprecios e injurias que recibe de los demás pueblos. Ahora bien: ¿hemos cumplido con fidelidad estos deberes? ¡Cielo Santo! El Ecuador como nación se presenta en la actualidad como un pueblo apóstata. Ha enarbolado el estandarte del laicismo, que es el olvido y desconocimiento de Dios; ha borrado el nombre de Dios de su constitución y de sus leyes; desdeñosamente ha arrojado a Dios de escuelas, universidades y colegios; ha proscrito a Dios de la familia, de la sociedad, de la nación: el pueblo ecuatoriano, como pueblo o nación, se presenta a la mirada del mundo como ateo... Pero ya oímos los gritos de rabia de los enemigos de Cristo: «¡Qué! ¿Pretendéis establecer en el Ecuador la Teocracia?...

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La Teocracia: ¿pero sabéis qué significa este nombre?...» Teocracia es el reino de Dios en un pueblo. Felices, mil veces felices seríamos si se dignara Dios empuñar con sus santísimas manos las riendas del poder en nuestra patria. No tendríamos que deplorar los males que deploramos: errores e ignorancias en los mandatarios, inevitables en el entendimiento humano; extravíos, faltas y crímenes causados por indómitas pasiones que arden y bullen en el corazón del hombre; trastornos sociales producidos por el calculador egoísmo que busca el bien privado en vez del social y público. No podemos aspirar al incomparable honor e inefable dicha de que Jesucristo empuñe con sus benditas manos las riendas del gobierno de nuestra patria. Pero podemos y debemos aspirar a que sea reconocida su soberanía social, acatada su autoridad, respetados sus derechos y cumplidos sus preceptos y mandamientos. Podemos y debemos aspirar a que el Evangelio sea el sol que irradie sus purísimos rayos sobre las inteligencias, la fuerza que modele los corazones vaciándolos en el troquel del divino Corazón, que sea el baluarte de la familia, la sólida e inconmovible base que sustente sus dos columnas maestras del edificio social, justicia y claridad: justicia y claridad entre magistrados y súbditos; justicia y caridad entre los miembros de una misma República y las naciones del mismo mundo: justicia que deslindando todo derecho, lo haga respetar, pero principiando por los sacrosantos e imprescindibles de Dios; caridad que sea como el fluido vital que circulando por todos los miembros del organismo social, los alimente, sustente y vigorice. Solo entonces recobrará la República su firmeza y estabilidad; solo entonces dejará de presentar el pavoroso espectáculo de un edificio cuarteado por todas partes y que el más ligero soplo de brisa puede echar por tierra. ...La criatura lejos de Dios no solo es la impotencia suma, sino la misma nada. La criatura para subsistir necesita de aquel brazo omnipotente que le dio el ser; para obrar, de aquel soplo divino que imprimió movimiento a sus inertes miembros; para conseguir su perfección y felicidad en todo orden: individual, familiar y social, de luz que alumbre sus pupilas, de guía que le muestre el camino, de fuerza que le mueva sus plantas, de valor que la sostenga en la lucha, de perseverancia que le ponga en posesión del alcázar de la gloria; y Jesucristo y solo Jesucristo es luz de las inteligencias, imán de los corazones, experto guía, seguro camino, y vigor del brazo, valor del ánimo y constancia invencible que después del combate ciñe las sienes del vencedor con el laurel de la victoria. U

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La libertad de enseñanza ante la razón y el derecho12 IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN ¿A quién compete el derecho y, por ende, el sagrado poder de la educación? ¿Quién que guíe sus pasos por la luz de la razón y siga los dictámenes de sana filosofía, no contestará sin vacilar: derecho inalienable, derecho indiscutible tienen los padres de educar a sus hijos? Con todo, hoy que obstinadamente apartan la vista los políticos del sol de la verdad, Cristo Jesús, quien alumbrando el mundo de la sociedad, política y doméstica, señaló a cada miembro el sitio que le compete y deslindó con toda exactitud sus mutuos deberes y derechos; hoy que con el nombre de Estado moderno y escarbando en el sepulcro del paganismo, cerrado más de quince siglos, pretenden resucitar las viejísimas teorías del Estado omnipotente e irresponsable, única fuente de toda obligación y derecho, dios implacable y liberticida que, despojando al hombre de la propia e inconfundible personalidad, aspira a convertirlo en rueda de insensible máquina o átomo de materia inerte, hoy, decimos, hay marcada tendencia a atribuir el Estado, frente a frente de los padres de familia, exagerada injerencia en la educación de la niñez. ¿Qué es educar? Educar, como lo indica la etimología de este nombre (del verbo latino educere), es lo mismo que sacar afuera y a la luz lo que antes se hallaba dentro y oculto. Educar es extraer del niño, en donde estaba como escondido y en germen, al hombre adulto y perfecto. No es el hombre, decía Pascal, ni bruto ni ángel, sino un maravilloso compuesto de espíritu y materia, de cuerpo y alma. Pero de estos dos elementos esenciales brota una sola substancia, una sola naturaleza, una sola persona: unión más íntima y estrecha no se puede imaginar. Luego si por derecho y nativo toca a los padres la educación física de sus hijos, a no ser que se quie12 Tomado de: Carlos María De la Torre, Instrucción pastoral acerca de “La libertad de enseñanza ante la Razón y el Derecho” (Quito, 24 de diciembre de 1935), Boletín eclesiástico XLII, (1936), N. 1, pp. 6-39.

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ra ejecutar la sentencia de Salomón, menester será que a los mismos padres corresponda la educación del alma y de las facultades que en ella se radican. Tocará, pues a los padres irradiar sobre la inteligencia aún dormida del niño los primeros rayos de la verdad; a sus padres vaciar su blando y tierno corazón en el broquel de la virtud. DERECHO DEL ESTADO EN LA EDUCACIÓN Y el Estado ¿carecerá de todo derecho en la educación? ¿No está vivamente interesado en ella? ¿Los niños de hoy no serán los ciudadanos de mañana, y no depende de la bondad de los ciudadanos la prosperidad y paz de la nación? NECESIDAD DE SEÑALAR LOS LÍMITES DEL ESTADO Nunca como ahora se hace preciso trazar de manera clara, terminante, inconfundible, los límites del Estado. El exceso de libertad proclamado por el Liberalismo ha traída como consecuencia la relación actual, que atribuyendo excesivos derechos al Estado hace despótica su autoridad: ¿qué otra cosa significan las frecuentes dictaduras en el viejo y nuevo continente? EL INDIVIDUALISMO, EFECTO DEL LIBERALISMO Desde la última década del siglo XVIII la Revolución grabó en su rojo estandarte estas tres mágicas palabras: libertad, igualdad, fraternidad. Y en nombre de la libertad declaró al hombre autónomo e independiente: dueño de pensar, creer y obrar lo que le pareciere. Pero esta excesiva libertad que, desconociendo la innata franqueza de la naturaleza humana, la endiosaba; que reconociéndoles igualdad de derechos, ponía en un mismo nivel a la verdad y al error, a la virtud y al vicio; no podía menos de crear un excesivo individualismo, y relajando los vínculos sociales, producir, por legítima consecuencia, la crisis de la autoridad. Por esto los gobiernos, no obstante sus protestas de Liberalismo, se vieron obligados en la práctica a cercenar aquellas mismas libertades que altamente proclamaban. La historia nos ha conservado el sangriento recuerdo de los corifeos de la misma Revolución: todos ellos, en nombre de la libertad, murieron guillotinados.

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FUNESTAS CONSECUENCIAS DE CESARISMO Los Estados en nuestros días, se truecan con frecuencia en dictaduras, revístense de un poder absoluto, omnímodo, sin límites ni barreras, en todo y por todo independiente. Pero si el liberalismo arrastró a la sociedad hasta los abismos de la Anarquía, el absolutismo del Estado, menospreciando la personalidad humana, violando sus derechos y conculcando sus legítimas libertades, hará de los pueblos esclavos. Si el liberalismo enervó a la autoridad, el cesarismo hará del hombre átomo imponderable del organismo estatal. La verdad, como el fiel de la balanza, se aparta igualmente de los dos extremos viciosos: ni tolera que la criatura, desconociendo su esencial dependencia del Criador y de la ley que le ha impuesto, haga alardes de absoluta libertad, ni que el Estado, olvidando su propio fin, esclavice al hombre libre. ¿Hasta dónde se extiende el legítimo poder del Estado? ¿Cuáles son los límites que lo circunscriben? ¿Cuáles sus atribuciones respecto a la educación? EL FIN SOCIAL DETERMINA LOS LÍMITES DE LA AUTORIDAD Se reúnen los hombres en sociedad para la consecución de algún fin: comercial, agrícola, literario. Pero no lograrían su intento si, unidos como están por el deseo del fin, no lo estuvieran en el empleo de los medios indispensables para alcanzarlo. Pues para coordinar las fuerzas sociales en la elección de los medios y enderezarlas a la consecución del fin existe en la sociedad un poder que lleva el nombre de autoridad. La autoridad, por consiguiente, es un instrumento del que se vale la sociedad para la adquisición de su fin, y no de otra suerte que el fin que se propone el artista determina la naturaleza del instrumento, pues no es indiferente usar del pincel o del buril, de la pluma o del arado, así la autoridad social no puede salirse de los límites que le señala el fin. ¿Quién negaría a una sociedad de literatos la facultad de dictar órdenes y providencias tendientes a conservar la pureza del lenguaje o a dar mayor brillo a las Letras? Pero, nadie, por cierto, acataría sus mandatos, si tuvieran por objeto intensificar el comercio o incrementar la producción. El fin, pues, al par que especifica las sociedades, determina y circunscribe los límites de su autoridad.

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FIN DEL ESTADO ¿Cuál es pues el fin del Estado? «No es otro, escribe Taparelli, N. 726, que facilitar a los individuos humanos con el orden externo la consecución de la felicidad natural». «El Estado [Potestas civilis legislativa] escribe el sapientísimo Suárez, ni aún en el orden de pura naturaleza, tendría por fin propio e intrínseco, la felicidad natural de la vida futura, ni tampoco la felicidad natural de la vida presente en cuanto es un bien que pertenece al individuo considerado como persona particular: su fin, es la felicidad natural de la sociedad humana perfecta, y de cada uno de los hombres en cuanto son miembros de dicha sociedad; de suerte que en ella vivan todos en paz y justicia, gocen de todos los bienes necesarios a la conservación y bienestar de la vida, y observen aquella honestidad de costumbres que se requiere así para la paz externa y la felicidad de la República como para la adecuada conservación de la vida humana». La felicidad temporal de la sociedad humana es, pues, el fin propio del Estado y al que debe su existencia; y tres los elementos esenciales que la integran: paz y justicia; suma de bienes indispensables a la conservación y bienestar de la vida; honestidad de costumbres. FUNCIONES DEL ESTADO Para la adquisición de este fin ha de ejercer el Estado dos funciones; de tutela y defensa la una, de fomento y asistencia la otra. Por la primera se constituye el Estado en paladín de la justicia, en defensor de todo derecho; por la segunda fomenta la iniciativa privada, viene en auxilio de individuos y familias impotentes, pone al alcance de todos y les hace posible la adquisición de aquellos bienes sin los cuales no podrían llegar a ser felices. Hemos hablado de protección, auxilio y fomento; porque no ha de absorber el Estado ni al individuo ni a la familia, no ha de paralizar sino estimular su acción: cada cual ha de labrar su propia felicidad. No puede el Estado sin, o contra la voluntad de nadie hacerlo feliz. Y aunque lo pretendiera, no lo obtendría: ¿qué caudales serían suficientes para alimentar, vestir, albergar, curar, etc., a todos los ciudadanos?, y si no hay producción sin trabajo: ¿quiénes serían los trabajadores y quiénes los holgazanes en cuyo favor trabajarán los demás? No, no es este el fin del Estado; no ha sido constituido para este objeto: su deber

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es crear todas aquellas instituciones sociales mediante las cuales los ciudadanos, sin escatimar el propio esfuerzo, puedan obtener aquellos bienes que, por sí solos, no podrían alcanzar. Apliquemos ya estos principios a la educación. DERECHO Y OBLIGACIÓN DE LOS PADRES A LA EDUCACIÓN DE SUS HIJOS Los padres, autores de la vida de sus hijos, tienen por derecho de naturaleza autoridad irrefragable sobre ellos, no solo para desarrollarlos en el cuerpo más también para perfeccionarlos en el alma. Pero ésta no se perfecciona sino mediante la educación, que proporciona luz de verdad a la inteligencia y vida de virtud al corazón, luego a los padres, por derecho natural, innato e inamisible, compete la educación de sus hijos. Y hemos dicho inamisible, porque este derecho, al par que tal, es, y principalmente un deber. Y si hay casos en los cuales puede alguien anunciar libremente a su derecho o no exigirlo en todo su rigor, nunca es permitido, sin caer en reato moral, violar una obligación. «Fin principal de la familia, escribe Sto. Tomás (Supl. 2. 41, a I), es el bien de la prole. Porque no pretende únicamente la naturaleza la generación de los hijos sino su conducción y promoción hasta el estado del hombre perfecto, en cuanto tal, que no es otro que el estado virtuoso». Y este derecho imprescriptible y esta obligación inviolable tuvieron los padres aún antes de que nacieran los Estados. La familia de hecho y de derecho precedió a la constitución del Estado. Y en tal situación ¿a quién incumbiría el derecho y el deber de educar a la prole sino a los padres? Luego los padres, independientemente del Estado, tienen derecho y deber de educar a sus hijos. CONSTITUIDO EL ESTADO, SUBSISTE ESTE DERECHO Acaso se dirá: nacido el Estado, perdieron los padres este derecho. Pero, ¿cómo podrían perderlo si precisamente con el fin de conservarlos todos incólumes se han reunido en sociedad? ¿Cómo podría arrebatárselo el Estado, si en virtud de la primera y más principal de sus funciones, la de tuición y defensa, está obligado a ampararlo y protegerlo? ¿A dónde iríamos a parar si el paladín de la justicia, si el defensor nato del derecho conculcara la una y violara el otro? Más valdría entonces que individuos y familias, rompiendo todo vínculo social,

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volvieran al primitivo aislamiento. Tendrían entonces que armarse para defender sus derechos; pero, por lo menos, no tendrían que medir sus fuerzas con enemigo tan formidable como el Estado. El Estado, por consiguiente, cuando monopoliza la educación, cuando directa o indirectamente pone trabas a la libertad de los padres, va directamente en contra de su propio fin, viola el primero y más principal de sus deberes, el que hemos llamado de tuición y defensa. INEPTITUD RADICAL DEL ESTADO PARA EDUCAR Aunque quisiera, no pudiera educar bien el Estado. Educar no es trazar programas, dictar reglamentos y leyes, acertados a veces, no pocos descabellados: para educar bien es menester ponerse en contacto íntimo e inmediato con los niños: estudiar con paciencia inalterable su constitución física, darse cuenta cabal se sus aptitudes intelectuales y morales. La misma diferencia que existe entre los semblantes del cuerpo se observa también en los del alma: no a todos se puede guiar por la misma vía. Este ha recibido del cielo una complexión blanda, dulce y pacífica, aquel por el contrario es iracundo, mordaz y belicoso; el flemático de aquí, para que se mueva, ha menester del aguijón; el impulsivo y violento de allá, ha de moderar sus bríos y refrenar sus ímpetus, de otra suerte no tardará en ser despeñado por ellos. El uno merece aplauso; el otro, represión; todos: estímulo y cariño. No ha de saber el pedagogo lo que es cansancio, desaliento, desesperación: siempre ha de esperar doblegar los caracteres más indómitos mediante el amor y la disciplina. ¿Quién atesorará en su pecho caudal tan grande de paciencia? ¿Quién será capaz de tanto esfuerzo, abnegación y sacrificio? Solo el padre que ve en su hijo el retoño de su propia vida; solo la madre que lo llevó nueve meses en el seno y lo alimentó con la leche de sus pechos. De nada de esto es capaz el Estado. El Estado tiene por fin no el bien privado sino el bien público; su mirada abarca el conjunto, no aprecia los pormenores y detalles; al Estado no es lícito suplantar a nadie, a nadie puede privar de sus derechos ni exonerar de sus deberes: cada cual, mediante asidua y constante labor, lenta y paulatinamente, sillar por sillar ha de erigir el alcázar de su dicha. El Estado por constitución en frío, egoísta y duro; sus entrañas no son como las de la madre de carne blanda sino de insensible bronce: el Estado no sabe lo que es ternura y amor. 99


LOS MAESTROS No se nos oculta que muchos padres son incapaces de dar por sí mismos educación a sus hijos: pues elijan entre millares, que tienen pleno derecho, al maestro que haga sus veces. Tampoco ignoramos que para no pocos sería imposible sufragar los gastos que demanda la escuela. Pues salga entonces el Estado, ejerciendo la segunda de sus funciones, la de asistencia y fomento, salga en auxilio de los indigentes padres, y con los fondos de la nación, que se les proporcione gratuita escuela; pero no menosprecie su autoridad, no viole sus derechos, no contravenga, con pretexto de asistencia y fomento al primero y más esencial de sus deberes, el de tuición y defensa. El maestro representa en la escuela a los padres, hace sus veces en la educación de los niños: sin negarse a sí mismo, no puede contradecir los sentimientos de sus mandantes. LA LIBERTAD DE ENSEÑANZA FOMENTA EL BIENESTAR PÚBLICO La libertad de enseñanza, no obsta antes bien favorece el progreso de la nación. Ved sino a Roma. Ningún Estado llegó a más alto grado de grandeza, esplendor y poderío: el mundo sojuzgado le rindió vasallaje. Y sin embargo de esto, en Roma tenían los padres de familia, plena, absoluta, omnímoda libertad de educar a sus hijos: para nada intervenía en ella el Estado. «Padre, marido, señor, pontífice, el pater familias era el rey de su hogar, y ante los muros de su casa detenía el paso y se inclinaba la ley». Concluyamos que ningún derecho tiene el Estado para monopolizar la educación y que cuando directa o indirectamente obstaculiza la libertad de los padres conculca un derecho, anterior y superior a él, desprecia la justicia, quebranta las leyes que rigen sus dos principales funciones, va directamente contra su propio fin y no labra y no labra como sería su deber, sino más bien destruye la felicidad de la nación. Agreguemos ahora que desconoce prácticamente la libertad de conciencia que tan altamente proclama el liberalismo, y destruye aquella igualdad de los ciudadanos ante la ley, base en que se apoya la verdadera democracia.

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EL MONOPOLIO DE LA EDUCACIÓN VIOLA LA LIBERTAD DE CONCIENCIA Mirada no en abstracto sino en concreto la cuestión escolar, y tal como se plantea en nuestra República, es la siguiente: el Estado en virtud de ciertos principios filosóficos que profesa, cree que la educación de los niños ha de ser laica, que se ha de prescindir en la escuela de la religión, que se ha de huir de pronunciar el sacrosanto nombre de Dios como de horrendo crimen. ¡Qué fácil sería echar por tierra tales doctrinas demostrando lo vano, sofístico y criminal de ellas! ¡Los niños criados sin Dios, acostumbrados a vivir sin Dios, fácilmente se acostumbrarían también y como arrastrados por irresistible corriente a pasarse sin ley ni conciencia! ¡Eximios ciudadanos, por cierto, los que formará la Escuela Laica: sin Dios sin ley y sin conciencia! ¡Y no se diga que exageramos! Sin Dios supremo legislador, toda ley pierde eficiencia: sin Dios supremo Juez, la conciencia no tiene razón de ser. Niños criados sin Dios no serán a buen seguro solícitas abejas que labren el sabroso panal de la felicidad social: serán ociosos zánganos que sin freno que modere sus concupiscencias y vicios, clavarán el agudo aguijón en el seno de la patria y le causarán la muerte. Pero, lo repetimos, no es por ahora nuestra intención tratar a fondo de tan importante asunto: pretendemos más bien demostrar que el monopolio de la instrucción por parte del Estado, viola sin sombra alguna de duda, la libertad de conciencia, con tanto énfasis proclamada por el liberalismo. En efecto: la conciencia católica reprueba y condena la Escuela Laica o sin Dios. Para el católico no hay deber más sagrado, más esencial, más inviolable que el que tiene toda criatura de conocer, amar y servir a su Creador. Ahora bien: ¿qué hace el Estado cuando monopoliza la instrucción? – Pues condena a los padres de familia o a dejar a sus hijos sin instrucción o a enviarlos a una escuela que su conciencia reprueba y condena. En otros términos: el Estado, en nombre de la libertad de conciencia, obliga, constriñe, fuerza, aherroja la conciencia católica: pone a los padres en la cruel e ineludible disyuntiva o de faltar a su deber natural de dar educación a sus hijos o de arrojarlos a sabiendas y ahogando los agudos gritos de su conciencia, en brazos del laicismo, en donde saben que perderán la fe, harán jirones de su conciencia, contraerán hábitos viciosos y se convertirán en vergüenza de quienes les dieron el ser, ignominia de la sociedad en donde viven y ruina de la nación a la que pertenecen.

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UN SOFISMA Pero se dirá acaso. Todos los ciudadanos son iguales ante la ley: no debe el Estado reconocer ningún privilegio. La escuela fiscal, por consiguiente, no ha de favorecer ni a católicos ni ha protestantes, ni a creyentes ni a ateos. ¡Qué engaño, qué error, qué insubstancial sofisma! ¿No podréis, no queréis reconocer privilegio alguno? Pues a pesar de vuestras palabras, lo estáis reconociendo y en provecho de muy pocos y contados contra el derecho de casi todos. Veámoslo. ¿Cuántos ateos hay n el Ecuador? –Si los hay serán pocos, poquísimos. No podemos injuriar a nuestros compatriotas hasta el extremo de juzgarlos capaces de reconocer efectos sin causa, orden sorprendente y maravilloso sin ordenador, criaturas sin Hacedor; no queremos, no podemos hacer de ellos unos insensatos, que insensatos son, según la expresión infalible de nuestros Libros Santos, quienes niegan a Dios: Dixit insipiens in corde suo: non est Deus. Pues si a favor de esos pocos, poquísimos, contados ateos, fundáis escuelas sin Dios, ¿no veis que establecéis en su favor un odioso e irritable privilegio? ¿No veis que violáis el derecho de cuantos creyendo el Él deben por necesaria e ineludible consecuencia reconocer que no puede haber formación moral donde no se enseña el más sagrado y esencial de los deberes humanos, el deber de religión? DERECHO Y DEBER DEL ESTADO EN LA EDUCACIÓN Pero entonces ¿no tendrá derecho el Estado para establecer escuelas? Puede hacerlo; debe hacerlo; pero sin violar los derechos de los padres de familia anteriores y superiores a él. No es imposible, si se tienen presentes los principios arriba asentados, coordinar los derechos de los padres de familia y los del Estado. Función esencial del Estado es la otra de las funciones tuición y defensa: respete el Estado, haga respetar los derechos que tienen los padres de educar a sus hijos. No es menos esencial la otra de las funciones estatales: la de fomento y asistencia; por ella debe el Estado venir en auxilio de los ciudadanos que, por sí solos, no podrían conseguir aquella suma de bienes necesaria a la felicidad temporal. Es indudable que uno de los principales bienes de esta felicidad, sobre todo en esta época de tanto desarrollo de la civilización, y que muchos padres de familia son impotentes para atender por sí mismos a ella. Pues el Estado,

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cumpliendo los deberes que le impone su función de fomento, proporcione a los padres indigentes la posibilidad de educar a sus hijos. Pero es claro, es evidente que este derecho por parte del Estado no puede ceder en menoscabo o detrimento del derecho superior de los padres de familia. No puede el Estado, sin cometer injusticia, sustituir, suplantar a los padres, tan solo debe coadyuvarlos. REPARTICIÓN PROPORCIONAL DE SUBSIDIOS ¿Cómo conseguir tal intento? Pues de modo sencillísimo. Déjese plena, absoluta, franca libertad a los padres de organizar las escuelas de tal suerte que satisfagan plenamente al concepto que se han formado de la educación. Pero a fin de que puedan sostenerlas, concurra el Estado: ¿en qué proporción? En la claramente exigida por la equidad y la justicia: en proporción al número de los alumnos de cada escuela. Si el impuesto pagado por los padres de familia, a menos de convertirse en tributo, ha de redundar en su favor, ¿por qué el que paga por la instrucción no han de percibirlo ellos mismos, sosteniendo el Estado todas las escuelas, no solo fiscales sino también libres en proporción al número de sus alumnos? Esta sí sería verdadera libertad, de esta manera sí se respetaría el derecho de los padres de los padres de familia, y no se les obligaría a dar a sus hijos una educación que ellos reprueban. SÍNTESIS DE LO DICHO De lo expuesto hasta aquí consta con mediana evidencia: 1. Que tienen los padres de familia el deber sagrado y gozan del derecho esencial, inalienable, imprescriptible de educar a sus hijos. 2. Que como muchos de ellos no pueden por sí mismos proporcionar a sus hijos esta educación, puede y debe el Estado hacerles posible el cumplimiento de ese deber; pero so pena de violar la más esencial de sus obligaciones, la de tuición y defensa, y contrariar abiertamente en el fin de su propia existencia, debe respetar el derecho de los padres a abstenerse de sustituirse a ellos o suplantarlos. 3. No cumplirá el Estado este deber que le impone su propio fin, si no respeta leal, sincera y honradamente la libertad de los padres de familia, si invade el asilo impenetrable se su conciencia, si viola lo que prescribe la justicia, si borra 103


de la constitución democrática la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Y esta libertad, aunque concebida en claros y precisos términos, no será real sino aparente, no efectiva sino de nombre, si no subvenciona el Estado todas las escuelas, en proporción al número de sus alumnos. Holanda, para poner un ejemplo, la protestante Holanda, pero leal y sincera, acaba de consignar esta libertad en su Ley de Instrucción pública, sancionada por la reina en 9 de octubre de 1920, en la cual se reconoce textualmente: «la perfecta igualdad financiera de las escuelas primarias, ya públicas ya privadas confesionales desde el punto de vista de subsidios del Estado y de las municipalidades». ¡Cómo consiguiéramos que entre nosotros hablara menos de libertad pero se la respetara y acatara más sinceramente! 4. Cuando se pide al Estado que garantice la libertad de enseñanza, no se pide un favor ni se le solicita una merced, que bien podría él negar: se le exige el cumplimiento de un primordial deber: defensa del derecho; asistencia pública. 5. No tema el Estado que esta enseñanza verdaderamente libre, reconocida por muchas naciones en su derecho privado y cuyo cumplimiento se ha impuesto en tratados internacionales, redunde en menoscabo de la prosperidad nacional: acontecerá lo contrario. No quiera Dios que el Ecuador, para defender sus derechos, se vea constreñido a empuñar las armas y volar al campo de batalla; pero si llegara el caso, al término feliz de la guerra, repetiría lo que en pleno Senado afirmo M. Lamarzelle, en la sesión de 15 de abril de 1921: «La guerra que acaba de terminar fue ante todo científica». U

El culto debido a Dios13 Tiene Dios pleno, absoluto, imprescriptible derecho a la adoración del hombre. CULTO EXTERNO El culto que el hombre ha de tributar a Dios como a su creador, conservador e insigne bienhechor, causa primera y fuente original de todo bien, no se ha de 13 Tomado de: Carlos María De la Torre, “Séptima carta pastoral acerca del culto debido a Dios” (Quito, 11 de noviembre de 1935), Boletín eclesiástico XLII, (1935), N. 9, pp. 451-467.

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relegar a lo íntimo del alma ni esconder entre los recónditos pliegues del corazón: se ha de manifestar exteriormente, ha de brotar como el agua que rebosa del manantial y estallar como el fuego del volcán en erupción. No es el hombre puro espíritu: está compuesto de cuerpo y alma. Y así quien pretendiera levantar un infranqueable dique a los sentimientos religiosos, impidiéndoles que prorrumpan en manifestaciones externas, desconocería la naturaleza humana, iría en contra de sus más imperiosos instintos, violaría sus más sacrosantos derechos. No el alma sola, más también el cuerpo es hechora de Dios. Y así el hombre entero, con su alma y con su cuerpo, ha de caer de hinojos ante su Hacedor, ha de rendirle el homenaje de su adoración profunda, de su gratitud inmensa, de su amor sin límites. Todo sentimiento brota del alma como de su origen y fuente; pero por la íntima y substancial unión de ésta con el cuerpo, los actos del cuerpo redundan en los afectos del alma, y los acrecientan, robustecen, vigorizan y hacen más vivos e intensos. Y si los actos religiosos son la expresión de la esencial y absoluta dependencia del hombre para con Dios, debe aquel poner en ellos toda perfección, toda viveza, toda la intensidad de que es capaz. Ved, pues, cómo, por necesaria y lógica consecuencia, del culto interno fluye el externo, y cómo el hombre cuando hinca en tierra las rodillas, junta las manos, levanta al cielo los ojos, ora y canta; cuando enarbolando los sagrados emblemas de su fe, organiza procesiones, erige estatuas, altares y templos, sigue los racionales instintos de su naturaleza, cumple un estricto deber y ejerce un sagrado derecho que ningún poder humano puede impunemente violar. CULTO SOCIAL Y PÚBLICO Los hombres, no solo como individuos particulares o en las intimidades del hogar, más también unidos entre sí y formando la sociedad civil, deben a Dios un culto. ¿Cuál es, en efecto, la raíz de donde brota el sagrado, esencial, ineludible, indispensable e imprescriptible deber que tienen de rendir culto interno y externo a Dios? Lo hemos dicho ya: de su esencia, absoluta e incesante dependencia de Dios: de Dios han recibido el ser y la vida, de Dios la conservación de su existencia, de Dios todo el tesoro de bienes, espirituales y corpóreos, de que disfrutan.

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Pues bien; estos mismos títulos ostenta Dios para exigir de la sociedad, como tal, un culto público. Dios es autor de la sociedad; Dios la conserva, Dios la provee de aquella suma de bienes que constituyen su progreso y bienestar. ¿Quién podrá poner en duda que es Dios el autor de la sociedad? El proveyó al hombre de aquel instrumento prodigioso mediante el cual puede vaciar su alma entera con sus pensamientos y afectos en otra alma, el lenguaje; Él hizo que no pudiese desarrollar sus facultades intelectuales y morales, ni alcanzar los tesoros de la ciencia y del arte, ni siquiera satisfacer a sus más urgentes y premiosas necesidades, sino en unión con otros hombres. No, no es la sociedad hija de un pacto más o menos arbitrario, ni el efecto de un convenio enteramente libre: es el cumplimiento de una ley impuesta por la misma naturaleza, o, para hablar con mayor propiedad, por el autor de ella, Dios. Como Dios crió al hombre, así formó también la sociedad. Dios la conserva además en su existencia. Elemento constitutivo y esencial de la sociedad es la autoridad. Pero, como enseña S. Pablo, Non est potestas nisi a Deo: Todo poder viene de Dios. Cualquiera que sea la forma de gobierno que adopten los pueblos, aristócrata o popular, monárquica o republicana, de Dios reciben los gobernantes el derecho de mandar, y de Dios los súbditos la obligación de obedecer. Quien aleja a Dios de la sociedad, la socava por los cimientos, porque priva a la autoridad del derecho de mandar y absuelve a los súbditos de la obligación de obedecer. Todavía, lejos de Dios, pueden imponer los gobernantes su voluntad a los ciudadanos; pero truecan entonces el derecho, o sea la facultad moral, en fuerza física, y los ciudadanos no obedecen, sino dejan de resistir a incontrastable fuerza; su obediencia en nada se diferencia entonces de la prestada por la encina, cuando es arrancada de cuajo por el ciclón. Todo poder viene de Dios. Este sublime principio asegura y afianza el derecho de quien manda, dignifica y ennoblece la sumisión del que obedece. Los pueblos acatando la voluntad de sus mandatarios, -qué de veces ni inteligentes, ni sabios, ni virtuosos- no se doblegan ante el hombre, se inclinan y reverencian a Dios, cuyo poder, como el sol en inmunda charca, ven en aquellos reverberar: ¡qué nobleza, qué decoro, qué dignidad en tal obediencia! Todo poder viene de Dios. Por haber olvidado esta saludable doctrina, los pueblos orientales hicieron a sus reyes dioses, las repúblicas griegas se convirtieron en furiosas demagogias y los romanos rindieron culto a un Claudio, a un Calígula, a un Nerón. Todo poder viene de Dios. Este fecundo axioma político-religioso es infranqueable barrera tanto a la tiranía y despotismo como a la rebelión y anarquía;

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afianza y defiende la libertad de los pueblos, asienta sobre inconmovibles cimientos la tranquilidad y la paz. «No soy esclavo de César, decía con viriles acentos Tertuliano en su inmortal Apologético, no soy esclavo de César; mi único Señor es el Dios omnipotente y eterno, el señor tanto de mi como de César». Pero añadía en otro lugar: «¿Cómo podrían faltar los cristianos al respecto debido al Emperador si vemos en él al representante de Dios? El Emperador, empero, es súbdito de Dios, no su igual... conténtese con llamarse César, que no fuera Emperador si no fuera puro hombre». Todo poder viene de Dios, y como legítima consecuencia ni facciosos ni serviles fue la divisa de los primeros cristianos, el grito elocuente de los apologistas, la sublime protesta que entre arroyos de sangre formularon los mártires y el troquel en el que se vació la sociedad política cristiana. Nada diremos de la ineludible necesidad que tiene de Dios la sociedad para alcanzar aquel cúmulo de bienes que constituyen su felicidad. La fuente produce el regato, la flor engendra la flor y el corderillo sabe por instinto que de la oveja recibió la vida, y por eso la sigue a todas partes y con tiernos balidos la pide que no le niegue la leche de sus pechos; ¿y habrá algún bien que no proceda de Aquel que por esencia es la bondad y el ser? Bien esencial, el más preciado de todos, sin cuya posesión no se pueden alcanzar los demás bienes es, a no dudarlo, la paz. Pero ¿qué es la paz sino el exquisito y sazonado fruto de la justicia y del amor? Desterrad la justicia, y los hombres, en defensa de sus derechos ¿no se armarán los unos contra los otros? Alejad el amor, ved si sois capaces de acallar los gemidos y protestas del inteligente. Pero, una vez más, no hay derecho que, como de su primera fuente, no sea como un reflejo y participación de la infinita hoguera del amor en que se abrasa Dios. Si pues la sociedad depende esencialmente de Dios por su origen, conservación en la existencia y porque sin Él no conseguiría aquella suma de bienes que contribuyen su felicidad, ¿no deberá a Dios, como a primer principio y último fin, como a fuente perenne de todo bien, no le deberá un culto público y social? Los gobernantes y magistrados, no solo como individuos particulares sino en su calidad de representantes de la nación ¿no deberán hincar en tierra las rodillas, adorar a la infinita Majestad de Dios, darle gracias por los beneficios con que la ha enriquecido y pedirle que no cese de otorgarle todos los que necesita para su desarrollo, perfeccionamiento, felicidad y paz?

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De todo lo expuesto se desprende con meridiana claridad que, cuando las constituciones políticas de los Estados garantizan la libertad de conciencia en todas sus manifestaciones, con tal que no se opongan a la moral o al orden público, no conceden un permiso que habría podido negar, sino reconocen un derecho, derecho sagrado e intangible que los Poderes Públicos están obligados a respetar, y que, si lo violaran, abandonarían el camino real de la justicia, se internarían por los escabrosos senderos de la arbitrariedad y sectarismo y quebrantarían el primero y más principal de sus deberes, el de respetar y defender los derechos de los ciudadanos. ¡Que los individuos, pues, en el imperturbable santuario de su conciencia, las familias en las intimidades del hogar, la sociedad y la nación en el ejercicio de sus actividades y de su soberanía, rindan a Dios el culto por tantos títulos debido! Y si quieren satisfacer perfecta y cumplidamente a este sacrosanto deber, que asistan con fe, piedad y devoción al augusto sacrificio de la misa. En él Jesucristo, nuestro Dios y nuestro hermano, en nombre de los mortales ofrece a Dios su Padre una adoración digna de la Divinidad, cancela la deuda con Él contraída por los beneficios recibidos, alcanza misericordia y perdón para los pecadores, y abre de par en par los tesoros divinos para que, cual copiosa y fecundante lluvia, se derramen sobre las personas, las familias, las sociedades y la nación. U

Laicismo, origen del socialismo14 EXTIRPAR LAS CAUSAS: EL LAICISMO Pero no basta con desenmascarar al error: es de todo punto indispensable extirpar de raíz las causas que en el organismo social tarde o temprano han de producir esta mortal enfermedad. 14 Tomado de: Carlos María De la Torre, El socialismo. Carta pastoral (4a ed.), Quito, Imprenta del Clero, (1940). Se trata de la cuarta edición de la conocida Carta del 18 de abril de 1923, cuando fue obispo de Riobamba, en referencia a los sucesos de noviembre de 1922; fue publicada originalmente como: Quinta carta pastoral. Trata del socialismo, Quito, Tipografía y Encuadernación de la “Prensa Católica”, 1923. Apareció en el Boletín Eclesiástico de diciembre de 1940, p. 545, y en los números siguientes de enero, febrero, marzo y abril de 1941.

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¿Cuáles son estas causas? –Lo decimos sin vacilar y sin temor de equivocarnos: la causa principal generadora del socialismo es el laicismo, el cual, como decíamos en otra ocasión, es la prescindencia de Dios, el desconocimiento de Dios, la voluntaria ignorancia de Dios en la vida social del hombre, y, cómo lógica y necesaria consecuencia, la suplantación de Dios eterno por los caprichos y veleidades de una libertad ebria y demente: es, en una palabra, el ateísmo práctico erigido en sistema. EL LAICISMO PROGENITOR DEL SOCIALISMO ¿Creéis que se puede impunemente desterrar a Dios del corazón humano y del seno de la sociedad? Sed abrasadora, febril, insaciable de felicidad devora el pecho humano. Ahora bien; si con la fe en Dios pierde el hombre la esperanza de una eterna felicidad y el temor de la eterna desventura; si solo en el transitorio y fugaz instante de la presente vida ve relampaguear con seductores atractivos la dicha, ¿cómo al poner los ojos en los mimados de la fortuna, y admirar su magníficos palacios, ricos vestidos de oro y seda, opíparos banquetes y mil diversiones y pasatiempos en que pasan la vida ociosa y regalona, y todo esto compara después con el tugurio en que habita, con los andrajos que le cubren, con el hambre que le atormenta, con las mil privaciones que le martirizan? ¿Cómo, repetimos, no sentirá el alma roída de rabiosa envidia, cual famélico lebrel no se lanzará sobre el rico para arrebatarle por la fuerza una piltrafa de la suspirada dicha? LA LEY Y LA FUERZA Pero ahí está la ley, nos diréis y, si menester fuere, allí está la fuerza para contener estos desmanes. ¿La ley? ¿La fuerza?... Pero ¿qué son la ley y la fuerza sin Dios? Aquélla, vano alarde de injustificado poder; ésta, deplorable abuso, fuente fecunda de perennes guerras. Porque, si según los principios del laicismo, la autoridad no proviene de Dios, ¿con qué derecho un hombre, no raras veces inferior en talento, virtud y saber a otro hombre, le impondrá su voluntad?

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Y si la fuerza para no degenerar en abuso ha de ser la salvaguardia del derecho, y si no hay ni puede haber derecho sin Dios, ¿por qué la fuerza no podrá ser repelida por la fuerza? Y esto es precisamente lo que pretenden los socialistas, armar las huestes de los pobres contra las de los ricos, lanzar el ejército de los proletarios contra los de los burgueses y capitalistas. Y así arrojado Dios de la sociedad, se llegaría por rapidísima pendiente hasta la conclusión lógica e ineludible de que el mundo debe ser campo de batalla, el hombre esencialmente soldado, su vida, continua y porfiada lucha. Porque no solo la caprichosa fortuna encaramaría hoy a unos en la cumbre de su inconstante rueda para precipitarlos mañana; pero el odio, la envidia, la violencia harían que más y más velozmente se precipitase en su incesante grito. DEL LAICISMO AL COMUNISMO Y el laicismo, no solo con los principios que propala más también con los ejemplos que da, empuja al desgraciado pueblo a los horrores del comunismo. ¿No ha nacionalizado los bienes que él llama de manos muertas? ¿Qué? ¿Los derechos de propiedad y de asociación no son derechos preexistentes a los derechos del Estado? ¿No tiene el Estado el ineludible deber de respetar y defender asociaciones que no se desvíen de lo prescrito de la justicia y honestidad? Y las comunidades religiosas ¿no son y han sido en todo tiempo gloria de la humana familia, esplendor de los pueblos que las abrigan en su seno, beneméritas de las artes, de las ciencias, de la cristiana, desinteresada y heroica beneficencia? ¿Con qué derecho, pues, el Estado ha despojado a las comunidades religiosas de sus legítimos bienes?... ¡Ah! Ya lo sabemos: en nombre de la omnipotente soberanía del pueblo. Pero si este mismo pueblo sintiendo el aguijón del hambre o el cosquilleo de vida más regalona, quisiera hacer uso un día, no por medio de sus representantes, sino por sí mismo, de esta reconocida y acatada soberanía, ¿por qué no podría entrar a saco los bienes de los particulares? ¿Son, por ventura, estos bienes más intangibles y sagrados que los destinados a Dios?... No, el laicismo puede impedir por la fuerza los avances del socialismo. EL ANTÍDOTO Solo la religión católica encierra en su fecundo seno el remedio para todas las dolencias, el antídoto para todos los venenos. Y que sea la más eficaz medicina y el antídoto más seguro e infalible contra el socialismo no lo enseñan única110


mente obispos y papas, hasta lo confiesan incrédulos y escépticos. Nos contentaremos con reproducir uno solo de estos valiosísimos testimonios. ANTÍTESIS ENTRE EL EVANGELIO Y EL SOCIALISMO Y en verdad, que entre el Evangelio y el socialismo no cabe antítesis más completa.

a. El Evangelio. «Hombre mortal, dice el Evangelio, tú no eres pura materia: hay algo en ti superior a ella, espiritual, inmortal, sello de Dios en tu ser, el alma. No todo acaba para ti en el sepulcro: más allá de la tumba existe un mundo dividido en dos opuestas regiones: en la una gozan eternamente los justos de la vista de Dios y se embriagan con las delicias de su casa; en la otra, los réprobos, malditos del mismo Dios, gimen y eternamente se retuercen entre indecibles tormentos. Esta vida transitoria no es verdadera vida: la vida verdadera es la eterna. Este mundo miserable no es tu patria: tu verdadera patria es el cielo. Practica en el destierro, pasajero lugar de prueba, la virtud, huye del vicio, sométete dócilmente a la voluntad divina, guarda con felicidad los divinos preceptos y adquiere derecho a la gloria inmortal, la cual un día brillará en sus sienes cual corona de justicia. No busques con desmedido afán los caducos y miserables bienes del tiempo: vive con el cuerpo en la tierra, pero con las aspiraciones del alma, con los vivos anhelos del espíritu, habita en los cielos. Ha dispuesto Dios, Criador y dueño absoluto de cuanto existe, que haya diversidad de clases sociales, porque no ha repartido igualmente entre los hombres sus dones. Forzosamente ha de haber siempre en la tierra pobres y ricos; pero éstos compartiendo con Dios la providencia, han de velar por el socorro del indigente y menesteroso: aquéllos no han de envidiar ni menos odiar al rico, recordando que Jesucristo no solo llamó bienaventurados a los pobres, mas también siendo Monarca y Señor de cielos y tierra, cuando le plugo vestirse de carne humana, no escogió para sí el boato de las riquezas sino la humildad de la pobreza, tanto, tanto que tuvo por cuna un pesebre, por palacio un taller, por lecho de muerte una cruz. La esencia del cristianismo radica en el amor: el amor es la síntesis de toda ley, la quinta esencia del Evangelio. El amor es el lazo sagrado que une en estrecho abrazo al hombre con Dios y con los demás hombres sus hermanos. Ama, por tanto, a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas; ama a tu prójimo como a ti mismo, es decir, con amor sincero, porque brotando

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de lo íntimo de tu alma, generoso, desinteresado, universal; que a nadie excluya, ni al más gratuito y encarnizado enemigo. Respeta los bienes ajenos: ni siquiera te es lícito el codiciarlos. Como buen hijo sométete a tus padres, ríndeles respeto, obediencia y amor; como ciudadano mira en la autoridad al mismo Dios de donde todo poder procede: respétala y obedécela: que quien resiste a la autoridad, resiste al orden establecido por Dios y por ende resiste al mismo Dios». ¡Oh! Si cumplieran con fidelidad los cristianos estos divinos preceptos ¡cuántos dolores provenientes de la malicia humana desaparecerían, y la tierra, como por encanto, se trocaría en paraíso! b. El socialismo. Todo lo contrario enseña el socialismo. El hombre no es sino pura materia: no se distingue esencialmente del bruto: si piensa, como dice Babel, es porque ha llegado al término de la evolución animal. Como el bruto, totalmente fenece: nada hay más allá de la tumba: ni la eternidad, ni cielo, ni infierno: el paraíso del hombre es la tierra. Las riquezas como instrumento de comodidad y placer, son los más apetecibles de los bienes: la virtud austera no es sino un nombre, hermoso, en verdad, pero vano e insubstancial. El rico no se merece amor sino odio: bien se puede arrebatarle las riquezas por medio de la violencia. Todos los hombres son iguales no solo por naturaleza y en los derechos y obligaciones a ella inherentes, mas también jurídica, social y económicamente. Por tanto, no debe haber en la sociedad ni ricos ni pobres, ni padres con derecho de mandar, ni hijos con obligación de obedecer, ni autoridades que imperen, ni súbditos que cumplan sus órdenes. El orden actual de la sociedad es injusto, antinatural, detestable: es un deber armarse contra él y combatirlo. ¿Dios? No existe: nadie ha demostrado hasta ahora su existencia, por lo demás para nada necesita de Él el socialismo. U

Los católicos y el derecho al sufragio15 Según solemnes y reiteradas protestas del Excmo. Sr. Dr. D. José María Velasco Ibarra, encargado de la Presidencia de la República, el 10 de agosto próximo 15 Tomado de: Carlos María De la Torre, “Instrucción del episcopado ecuatoriano a los católicos acerca del voto” (Quito, 13 de junio de 1944). Boletín eclesiástico LI, (1944), N. 6, pp. 264-268.

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se reunirá la Asamblea Constituyente, y para la elección de los diputados a ella habrá absoluta y entera libertad. Ha llegado, pues, el momento de que, accediendo a la súplica de muchos católicos, y en cumplimiento de un sagrado e ineludible deber pastoral y patriótico, tracemos la línea moral de conducta que han de seguir los fieles en el ejercicio del derecho de sufragio, el más precioso e importante de los derechos en una forma de gobierno republicano democrático. Nadie, empero, nos tilde de que nos hallamos revestidos, ni las reiteradas prohibiciones de la Santa Sede nos permiten afiliarnos a ningún Partido político, cualquiera que sea, y aunque digno, por los principios que sustenta, de toda consideración y estima. Pero tampoco podemos incurrir en el pernicioso error de separar la religión de la política, error condenado expresamente por León XIII con estas palabras: «Hay algunos que no solamente se contentan con distinguir la política de la religión, sino que, además, de tal suerte las desunen y separan que nada quieren haya de común entre ellas, ni toleran el menor influjo de una sobre otra». «Hay dos clases de política, escribía en 8 de octubre de 1907, Monseñor González Suárez: la una prescinde por completo de toda moral, y no tienen otra máxima de conducta que la utilidad y conveniencia en todo, absolutamente en todo.- La otra se guía siempre por la moral y en todo, hasta en lo más pequeño, jamás prescinde de la moral». Ahora bien; está en la conciencia de todos los ecuatorianos, y más de una vez lo ha proclamado el primer magistrado de la nación, que en el estado de postración y desventura en que yace la República, se debe a la inmoralidad. Si, pues, queremos infundirle nueva vida, menester será que inyectemos en su desfallecido organismo grandes dosis de moral; pero de la única verdadera y genuina, de la enseñada por Jesucristo Nuestro Señor a quien reconocen y aclaman como Dios y hombre verdadero la gran mayoría de los ecuatorianos, de la moral cristiana, cuya guarda y defensa encomendó el mismo Salvador a su iglesia y en ella a los obispos, a quienes, señalándoles el orbe, dijo: “Id y enseñad a toda criatura”. Y esta moral cristiana se extiende a todos los actos de la vida humana; ella traza la norma de conducta que ha de seguir el cristiano así en el impenetrable santuario de la conciencia y en el sagrado recinto del hogar, como en su vida social y política. «Para un católico, enseña el eximio Arzobispo de Quito, Monseñor González Suárez, la política que prescinde de la moral católica es de todo punto

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inaceptable, porque para un católico no hay, ni puede haber, distintas clases de moral. La moral es una y nada más que una; y esa regla única de moralidad humana es la católica, la cual ha de guardarse en privado y en público, en el hogar doméstico y en la vida política. El católico ha de vivir como católico siempre y en todas partes: no puede tener dos reglas de moralidad, una para su conducta privada, como padre de familia, y otra para su conducta política, como ciudadano: católico tiene que ser en lo secreto, en lo íntimo de su propia conciencia, y católico ha de ser siempre, en todos y en cada uno de los actos de su vida, tanto privada como pública- Un católico no puede tener dos conciencias: una, como individuo particular, y otra, como ciudadano. No hay más que un solo Dios; y, porque no hay más que un solo Dios, no hay ni puede haber, muchas reglas de moralidad: la moral es una, como lo es la religión: una sola moral es buena, porque la religión verdadera no es, ni puede ser, más que una sola, la cristiana católica». En ejercicio, pues, del derecho conferido por Nuestro Señor Jesucristo, y en cumplimiento de uno de los más graves deberes de nuestro cargo pastoral, vamos, accediendo a la petición de muchos católicos, a trazar las reglas morales que han de observar los fieles en las próximas elecciones. Éstas se compendian en dos clarísimos e inconcusos principios: 1.- Todo católico, a no ser que esté gravemente impelido, está obligado a votar: así lo exigen imperiosamente la religión y la patria. 2.- El voto, para que sea moralmente bueno, ha se satisfacer las exigencias de la conciencia cristiana. 1.- Lo exige la patria, porque en una República democrática como la nuestra, todo ciudadano, máxime si fuere católico –quien, por la religión que profesa, ha de ser modelo de ciudadanos–, está obligado, por justicia social, a propender, a medida de su posibilidad, al bien común, y ningún medio más eficaz para alcanzarlo que el sufragio, pues mediante él se constituyen los magistrados que han de regir los destinos de la nación. Lo exige la religión. Porque en la próxima Asamblea Constituyente se acatarán o negarán los sagrados e imprescriptibles derechos de Dios y de su iglesia: si se los acata, principiará para la República una nueva era de paz, de progreso y de bienestar. Si se los conculca, se le dará un nuevo empellón, para que ruede hasta el fondo de los abismos. Para un católico es cierta y palmaria verdad que lejos de Dios y de la observancia de su santa ley, no puede labrarse la felicidad de los pueblos: así lo enseña la fe, así lo enseña la santa filosofía, así lo comprueba la diuturna experiencia de los siglos.

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Ved, pues, la enorme responsabilidad que pesaría sobre aquellos católicos que, sin causa grave proporcionada y tan solo por desidia o por ahorrarse una pequeña molestia, dejando de concurrir a las urnas electorales, fueran causa para que se asienten en la Asamblea Constituyente secretarios enemigos de Dios, que desconociendo el hecho histórico innegable de que madre de nuestra civilización y forjadora de nuestra alma nacional –sin la cual sería quimérica toda restauración nacional– es la unidad religiosa, persistan en la proterva y antipatriótica labor de conservar la nación alejada de Dios. 2.- La religión, pues, y la patria exigen de los católicos que voten; pero les exigen, además, que voten bien, es decir que satisfaga su voto las exigencias de la conciencia cristiana. En qué consisten estas exigencias nos lo dirá el Excmo. Monseñor González Suárez, cuya autoridad, especialmente en lo que se refiere a la intervención del clero en la política, es de todos reconocida y acatada. En la célebre Instrucción que dirigió al clero de la Arquidiócesis acerca de punto tan importante, escribe: «En algunas naciones civilizadas de Europa, cuando gobiernos honrados respetan, como deben, los derechos de los ciudadanos, y no ponen obstáculos a la libertad de elecciones, los obispos suelen publicar, oportunamente, Pastorales o instrucciones, en que recuerdan a los católicos los deberes que la religión les impone en punto a elecciones: la acción de los párrocos se limita entonces a leer en público la Pastoral del prelado, y a inculcar a los católicos estas dos máximas, en las que se resume la doctrina católica relativa a las elecciones: “El acto de servir es un acto moral que causa responsabilidad delante de Dios en la eternidad: puede ser, por lo mismo, un acto de virtud o pecado. El católico no puede favorecer con su voto sino al candidato que esté dispuesto a hacer a la religión y a la patria todo el bien posible”. He aquí, pues, lo que exige la conciencia cristiana para que el voto sea un acto moral, lícito y honesto. U

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Incompatibilidad entre catolicismo y comunismo16 Queremos... que se convenzan los católicos de que así como nadie puede adherirse al mahometismo sin dejar de ser cristiano, ni profesar la fe de Lutero sin apostatar del catolicismo, así nadie puede ser a la vez socialista católico o católico comunista. …los Papas, en ejercicio de su derecho que es a la vez sacratísimo deber, de manera clara, precisa y terminante han enseñado lo que han de juzgar los fieles de las doctrinas socialistas y comunistas. «Doctrina nefanda, llamó Pío XI al socialismo, contraria al mismo derecho natural, subvertidora del orden social». León XIII en su encíclica Rerum Novarum califica al socialismo de “inepto, injusto y subversivo”. «Peste asoladora, lo denomina en su encíclica “Apostolici ministerii”, que atacando la médula de la sociedad humana la conduciría a la ruina». «Tanta oposición hay, añade en la misma encíclica, entre las depravadas doctrinas del socialismo y los purísimos dogmas del Cristianismo, que no es posible concebir otra mayor». Pío IX, en su encíclica Divini Redemptoris llama al bolchevismo “satánico flagelo” y lo define: «Un sistema henchido de errores y sofismas, en contradicción con la razón y la revelación divina, subversivo del orden social, desconocedor de los verdaderos orígenes, naturaleza y fin del Estado, negador de la personalidad humana, de su dignidad y libertad». «El socialismo, enseña en su encíclica Quadragesimo anno, ya se considere como doctrina, ya como hecho histórico, ya como acción, si sigue siendo verdadero socialismo, aún después de sus concesiones a la verdad y a la justicia, es incompatible con los dogmas de la Iglesia católica; ya que su manera de concebir la sociedad se opone diametralmente a la verdad cristiana». Y termina con estas palabras que, más que en la memoria deberían grabarse en el corazón de los católicos que no quieran perder el don inestimable de la Fe: «Si acaso el socialismo, como todos los errores, tiene una parte de verdad (lo cual nunca han negado los Pontífices) el concepto de la sociedad que le es característico y sobre el cual descansa, es inconciliable con el auténtico cristia16 Tomado de: Carlos María De la Torre, “Carta del episcopado ecuatoriano a los ecuatorianos para expresarles que un católico no puede ser ni socialista ni comunista”. Boletín Eclesiástico LII, (1945), N. 9, pp. 406-413.

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nismo. Socialismo religioso y socialismo cristiano son términos contradictorios: nadie puede al mismo tiempo ser buen católico y socialista verdadero». Con Dios, pues, o contra Dios, con Cristo o contra Cristo: no hay término medio; con el socialismo o comunismo o con la Iglesia católica, Maestra infalible de verdad y guía seguro que, a través de los peligros y vicisitudes de esta vida temporal, efímera y pasajera, nos ha de poner en posesión de la única y eterna bienaventuranza. Lo que es de todo punto imposible, porque absurdo, es que alguien inerte juntar en sí dos términos opuestos, antitéticos y contradictorios: socialista cristiano y comunista católico. Cosa tan imposible que, para expresarla, Babel, uno, de los principios corifeos del socialismo en Alemania se valió de esta metáfora: “El cristianismo y el socialismo, decía, se imponen entre sí como el agua y el fuego”. U

La Escuela Laica17 Escuela Laica es aquella que se contrapone a la escuela confesional, y así como en ésta despliega la religión todo su influjo, así en la laica no ejerce ninguno. En la Escuela Laica por sistema se prescinde de Dios, se desconoce a Dios, se ignora a Dios: es el ateísmo práctico en la educación del niño. En el frontispicio de toda Escuela Laica se puede inscribir este epígrafe: «Aquí no entra Dios». La Escuela Laica es la Escuela de Dios. ¿La cuestión del laicismo en la escuela es asunto meramente político? Si en la Escuela Laica no puede ejercer Dios ningún derecho, si se calla y niega el primordial de los deberes del hombre, sus deberes para con Dios, ¿cómo esta cuestión de la Escuela no ha de ser esencialmente religiosa? Poco importa que algunos partidos políticos hayan inscrito en su programa el artículo de la Escuela Laica: esto no modifica la esencia de la cuestión, que continuará siendo esencialmente religiosa. 17 Tomado de: Carlos María De la Torre, “Alocución pastoral sobre la Escuela Laica” (Quito, 19 de octubre de 1946), Boletín Eclesiástico LIII, (1946), N. 10, pp. 431-439.

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No somos, pues, los católicos quienes hemos invadido el campo de la política, son los políticos quienes, so capa de política, han invadido el campo religioso. Y si los simples fieles no pueden mirar sin indignación este grito blasfemo que arroja a Dios de la escuela, ¿lo tolerará el Prelado? ¿Cuál es el juicio de la Iglesia católica sobre la Escuela Laica? Si la Iglesia ha recibido de su divino Fundador la misión de encaminar las almas al cielo, y si nadie ha de penetrar en aquella mansión de paz, si no ha cumplido los preceptos del decálogo dictados por el mismo Dios ¿cómo no ha de rechazar una escuela en la cual, si se enseña al niño el deber que tiene para con sus padres, sus conciudadanos y con su patria, no se le enseña el más grande y primordial de sus deberes, el de amar a Dios, su Criador y Señor? Y en efecto, en siglo y medio, todos los Pontífices que han ocupado la Cátedra de Pedro, desde Gregorio XVI a Pío XII, no han dejado de lanzar contra el naturalismo, racionalismo, liberalismo o laicismo, que todo es uno, los rayos de su condenación y anatemas. Y González Suárez, cuya autoridad es con justicia acatada aún por los que se dicen alejados de la Iglesia, González Suárez ¿no selló con candente verbo de ignominia la frente de la Escuela Laica? Pero consideremos ya la Escuela Laica desde el punto de vista filosófico y veamos si con ella se observa la justicia, se respeta la libertad, se procede en conformidad con los principios de la democracia. En nuestra Escuela Laica ¿se observa la justicia? «El Estado, escribe, y escribe muy bien, el señor presidente de la República en su Mensaje a la Asamblea Constituyente, el Estado, sostenido por los impuestos de todos, está obligado a proteger a todos y a dar a todos las facilidades de una vida mejor. Y por esto la igualdad de todos ante la ley, la inviolabilidad de los derechos del hombre y del ciudadano». Con la Escuela Laica Fiscal ¿se observa la justicia?, ¿son todos los ciudadanos iguales ante la ley? No. Nuestro problema educativo es el siguiente. Hay algunos que quieren que la Escuela sea laica, esto es que ningún influjo tenga en ella la religión.

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Pero hay otros, y son muchos más, que reprueban, condenan, detestan la Escuela Laica porque mutila al niño negándole una educación integral, porque incapaz de infundir en él la verdadera moralidad e impotente, por lo mismo, para levantar a la nación de la postración en que gime, precisamente porque de su seno se ha desterrado la moral. Prescindamos por ahora de si tienen razón los católicos. Consideremos únicamente como ciudadanos, al igual de los partidarios de la Escuela Laica. Pues bien: Si el Estado es sostenido por los impuestos de todos y está obligado a proteger a todos y dar a todos las facilidades para una vida mejor, con la Escuela Laica, no se hace entre todos igual repartición de los impuestos por todos pagados; pues a los católicos se pone en la necesidad de pagar dos veces la educación de sus hijos: la una cuando satisfacen los impuestos al Erario y la otra cuando pagan la renta a los profesores privados: ¿es esto justicia?, ¿es esto igualdad? ¿Con la Escuela Laica se respetan los fueros de la libertad? Por lo que acabo de decir aparece sin sombra ninguna duda que no gozan de entera libertad los padres católicos para dar a sus hijos la educación que quisieran, pues se ven necesitados –y ¿quién no sabe que la necesidad es contraria a la libertad?- se ven necesitados y constreñidos o a renunciar a sus principios, o a pagar dos veces la educación de sus hijos. Pero hay más. No todos pueden, aunque quieran, soportar esta injusticia de pagar dos veces la educación de sus hijos. Muchísimos hay ante los cuales se presenta este espantoso dilema: o renuncian a sus principios o dejan sin educar a sus hijos. Muchos, por no abandonar a sus hijos en brazos de la ignorancia, acallando los gritos de la conciencia y ahogando los sentimientos más íntimos del corazón, obligados por la necesidad entregan sus hijos a las escuelas laicas: ¿Dónde la libertad? ¿No es esta la inmunidad de toda coacción? ¿Y qué coacción más violenta que la de poner a muchísimos padres de familia en la forzosa necesidad de optar por uno de los extremos del espantoso dilema, extremos igualmente detestados por ellos; o ignorancia o perversión moral de sus hijos? ¿Con la Escuela Laica ¿se seguirán los dictámenes de la verdadera democracia? Bien, muy bien se expresa el Sr. Presidente de la República cuando escribe en el Mensaje ya citado: «Para evitar que renazcan los odios, para que las suspicacias

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malévolas no se autoricen con motivos racionales, os ruego, Honorables Asambleístas, que continuéis reconociendo que el Estado ecuatoriano garantiza los derechos de todos, de mayorías y de minorías, de azules y de rojos, y que por consiguiente, no se abanderiza...» Pues bien; yo voy a demostrar de manera palmaria y evidente que con la Escuela Laica no garantiza el Estado los derechos de todos, mayorías y minorías... que con la Escuela Laica el Estado se abanderiza a uno de los bandos que se disputan la Educación y que sacrifica los intereses de uno apoyado únicamente al parecer y sentir de otro. «Entendemos, se escribe en uno de los diarios de esta ciudad, que un Estado perfectamente democrático frente a los problemas de religión tiene que ser absolutamente neutral... Hay que suponer (subrayo yo), y así ha sucedido en muchos países que los credos religiosos son múltiples y que cada ciudadano puede abrigar el que esté más de acuerdo con su tradición, sus hábitos y doctrina». Para resolver las cuestiones sociales no hay que suponer nada, sino, antes al contrario, es menester estudiar concienzudamente la realidad de cada caso y sola la realidad. Y precisamente la realidad ecuatoriana, en cuanto a religiones, es enteramente distinta de la realidad, pongamos yankee. ¡En E.E.U.U. pululan las sectas!: ¿cómo podría el Estado determinar allí la doctrina religiosa que debería enseñarse en las escuelas fiscales sin herir por lo mismo a los partidarios de las demás? Pero no es éste el caso del Ecuador: aquí, por testimonio unánime de cuantos han considerado el problema, los ecuatorianos, en su máxima parte, son católicos. Pero si los mismos que alardean de no dejarse dirigir por la Iglesia católica llevan impresa en el alma, de manera indeleble, el carácter de su bautismo católico. Pero no queremos, por ahora, considerar este punto, por cierto, importantísimo. Queremos ponernos en el plano de la absoluta igualdad, sin exigir para nosotros católicos ningún privilegio, pero tampoco queriendo que se lo conceda a nuestros adversarios. Pues bien; el problema de la Escuela Laica se plantea en el Ecuador en la siguiente forma: Hay ciudadanos que quieren dar a sus hijos una educación atea; Hay en cambio, muchísimos otros que, odiando y detestando esta educación, quieren para sus hijos una educación católica: ¿No es esta la verdad? ¿Quién se atrevería a negar se atrevería a negar que no se plantee así el problema en nuestra patria? 120


Pues bien; el Estado «para garantizar el derecho de todos», «para no abanderizarse a ninguno de los bandos», «conservándose neutral, absolutamente imparcial», ¿qué debería hacer? Pues no le cabe otro camino que el siguiente: Levanta un día su voz y dice a los ecuatorianos: «No me toca a mí decidir en materia religiosa; lo que sí quiero es respetar el derecho de todos los padres de familia, de cualquier condición que sean, de dar a sus hijos la educación que ellos quieran: dispuesto estoy a que sea una realidad esta promesa». ¿Cómo se la llevaría a ejecución? El Estado sinceramente demócrata debería añadir: «Padres de familia, expresad con toda libertad y franqueza cuál de las dos educaciones preferís». Manifestada esta voluntad, el Estado, para no abanderizarse a ninguno de los dos bandos, para garantizar el derecho de todos, para conservarse en verdad neutral y absolutamente imparcial, debería añadir: «Ya que los bienes que voy a distribuir entre las escuelas han sido proporcionados por todos vosotros, a todos vosotros voy a repartiros con la mayor justicia y equidad: padres ateos, padres católicos, aquí tenéis edificios, rentas para los profesores, almuerzo para los alumnos, elementos escolares, todo, absolutamente todo, en proporción al número de alumnos de cada escuela». ¿Quién no vería en esta resolución la aplicación de la más estricta democracia? ¿Quién se atrevería a acusar al Estado de abanderizado a algún partido, de violador de la justicia y equidad, y conculcador del derecho de nadie? Pero, poned por el contrario, la Escuela Laica: desde el momento mismo que la patrocina el Estado, vuelve las espaldas a uno de los bandos, el católico, arroja a un lado la balanza de la justicia, y conculca el derecho inviolable de los padres de familia de dar a sus hijos la educación que les plazca. Por consiguiente los católicos, al impugnar la Escuela Laica, no solo siguen el dictado de su conciencia; no solo se muestran fieles hijos de la Escuela Católica, sino vuelven también por los fueros de la justicia, por los derechos de la libertad, por el ejercicio de la democracia. U

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Posición católica sobre el laicismo18 ...Los católicos, en lo que se refiere a los principios que condenan el laicismo, no estamos en busca de la verdad: la poseemos plenamente y con suprema certeza. Tampoco es cierto que el laicismo respete la libertad de conciencia. Los católicos condenamos al laicismo, como irreligioso, porque desconoce los sagrados derechos del Criador sobre su criatura. Los católicos condenamos al laicismo, porque contrario a las enseñanzas de la Iglesia católica que centenares de veces lo ha condenado. Los católicos condenamos al laicismo, porque desconoce y conculca los fueros de la libertad, llamando libertad de conciencia lo que es opresión y tiranía: ¿no obliga a los padres de familia pobres o deja sin instrucción a sus hijos o a entregarlos a escuelas y colegios que su conciencia reprueba y condena? Los católicos condenamos el laicismo porque contrario a la justicia: ¿no constriñe a los padres católicos, tan solo por serlo, a pagar dos veces la educación de sus hijos? Si se observara la justicia, debería el Estado costear indistintamente todos los planteles de educación en proporción al número de los alumnos que los frecuentan: solo entonces habría respeto de la libertad, y observancia de la justicia. La tolerancia es para los que yerran, no para el error. El error es enfermedad del alma, y como tal, no merece compasión: debe ser odiado y perseguido hasta los últimos reductos, y esto nada empequeñece al amor que debemos a nuestros hermanos, antes bien con ello les damos una prueba irrecusable de la sinceridad de nuestro afecto, como se la da el médico al enfermo cuando odia y persigue sin tregua a la enfermedad que puede causarle la muerte. U

Laicismo y derecho de los católicos a la educación19 Nos, en cumplimiento de nuestro deber pastoral, ardiendo en vivos deseos de llevar al cielo cuantas almas nos ha encomendado el Supremo Pastor, y con18 Tomado de: Carlos María De la Torre, “Explicación necesaria” (14 de julio de 1954), Boletín Eclesiástico LXI, (1954), N. 8, pp. 282-283. 19 Tomado de: Carlos María De la Torre, “Vigésima Quinta Carta Pastoral con ocasión de las Fiestas Jubilares de la Dolorosa del Colegio” (Quito, 15 de abril de 1955), Boletín Eclesiástico LXII, (1955), N. 4, pp. 185-201.

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vencidos de que muchas de ellas se pierden eternamente por carecer de educación católica, vamos a exponer de manera clara y sencilla, de suerte que esté al alcance aun de las inteligencias menos privilegiadas, en qué violan las leyes ecuatorianas el derecho de los católicos y qué reformas deberían introducirse para que desaparezca esta justicia. 1.- La Constitución de la República en su artículo 171, dice: “La educación de los hijos es deber y derecho primario de los padres o de quienes los representan”. Este artículo no ha creado un nuevo derecho: tan solo ha reconocido y proclamado el ya existente y nativo de los padres de familia: ¿no son ellos los autores de la vida de sus hijos? Y la naturaleza ¿a quiénes sino a ellos ha de recomendar la conservación, desarrollo y perfeccionamiento de estos frutos de sus entrañas? Y ¿no consiste precisamente en esto la educación? Como lógica y necesaria consecuencia de este principio agrega el mismo artículo, en otro de sus incisos, lo siguiente: “El Estado respetará el derecho de los padres de familia o de quienes los representen, para dar a sus hijos la enseñanza que a bien tuvieren”. En virtud de este inciso, el Estado no puede imponer a los padres de familia ninguna forma de educación; debe más bien reconocer y respetar el derecho que tienen de educar a sus hijos en la forma que a bien tuvieren. No perdamos nunca de vista, tengamos siempre presentes estos dos fundamentales derechos que echando sus raíces en la misma naturaleza, expresamente han sido reconocidos por nuestra Carta Fundamental: La educación de los hijos es derecho y deber de los padres de familia. El Estado respetará el derecho de los padres de familia para dar a sus hijos la enseñanza que a bien tuvieren. 2.- ¿Todos los padres de familia están en la posibilidad de ejercer este derecho y cumplir la sagrada obligación de educar a sus hijos y de educarlos en la forma que a bien tuvieren? Obvia es la respuesta: Muchos padres de familia, por múltiples razones, están incapacitados para dar educación a sus hijos en la forma que a bien tuvieren. -¿Quién deberá proveer a esta incapacidad? -El Estado, mediante el ejercicio de sus dos potentísimas funciones: la de precautelar y defender los derechos de los ciudadanos y la de asistirlos, cuando así lo exigiere el bien común, en la adquisición de aquellos bienes que no podrían conseguir sin auxilio del Estado. Que esta asistencia del Estado en beneficio de la educación se exija por el bien común, en verdad palmaria y manifiesta: ¿quién no ve que un pueblo compuesto de ignorantes y analfabetos sería un pueblo de bárbaros y salvajes?

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-¿Cómo cumplirá el Estado este sagrado deber? -Pues mediante la fundación de escuelas gratuitas. -¿Qué sistema de educación implantará en estas escuelas? -Si no se han olvidado los principios basados en el Derecho natural y reconocidos por nuestra Constitución política, ha de ser tal que no viole sino más bien “respete el derecho de los padres de familia de dar a sus hijos la educación que a bien tuviere”. -Este principio legislativo inconcuso, porque basado en el mismo derecho natural ¿se observa actualmente en el Ecuador? -La constitución, en el artículo ya citado, en el penúltimo de sus incisos, prescribe: «La educación oficial, sea fiscal, provincial o municipal, es laica, es decir el Estado, como tal, no enseña ni ataca religión alguna». Mediante esta disposición constitucional, es indudable que se ha modificado algún tanto la antigua rigidez legal, pues antes estaba prohibida en las escuelas oficiales la enseñanza del Catecismo. Ahora se dice que el Estado, como tal, no enseña ni ataca ninguna religión. -Esta disposición legal ¿salvaguarda suficientemente el derecho de los padres de dar a sus hijos la educación que tengan a bien? ¿Satisface los anhelos de los padres católicos? ¿Cumplen éstos en conciencia el gravísimo e ineludible deber de dar educación católica a sus hijos? La contestación no puede menos de ser negativa. -Los católicos no pueden aprobar la Escuela Laica, neutra o en la que se prescinde de la religión, por varios motivos, a cual más graves: 1.- Porque no una sino repetidas veces ha condenado tal escuela la Santa Sede, y deber primordial de todo católico es acatar con toda reverencia las disposiciones de Roma. 2.- Porque toda criatura racional, apenas entrada en el uso de razón, debe cumplir el deber esencial de conocer, amar y servir a su Criador, y este deber no lo enseña ni cumple la Escuela Laica. 3.- Porque si tienen los padres estricta obligación de conservar, defender y desarrollar la vida física de sus hijos la tienen también y más grave todavía de conservar, desarrollar y perfeccionar aquella vida sobrenatural que se les infundió en el alma cuando fueron conducidos por sus padres a la fuente bautismal. Y esta vida es mucho más preciosa que la natural, , porque la vida física es temporal y un día forzosamente ha de terminar, al paso que la sobrenatural de suyo es imperecedera, y si no se la pierde en el tiempo por el pecado, ha de durar eternamente.

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4.- Porque el verdadero fin que se han propuesto los fundadores de la Escuela Laica o sin Dios, es precisamente privar a los alumnos del tesoro de la Fe. Demos un paso más. Fundamento filosófico de la escuela neutra o sin religión es, así se lo proclama en todos los tonos, dejar incólume, respetar la libertad de conciencia. Con nuestro sistema escolar ¿se respeta la libertad de conciencia? Cierto que no hay coacción física, a nadie se pone preso y se carga de cadenas hasta que ponga a sus hijos en la Escuela Laica. Pero, ¿no habrá coacción moral? Los padres católicos, incapaces de proporcionar por sí solos la educación de sus hijos, se ven, merced a nuestro sistema escolar, en la dolorosa pero inevitable disyuntiva: o de dejarlos en brazos de la ignorancia, o de entregarlos a escuelas que su conciencia reprueba y condena. ¿Qué decimos? No queda a los padres católicos ni siquiera esta dolorosa disyuntiva. Obligarles la ley a dar a sus hijos la enseñanza primaria: no pueden, con tal de conservar en el alma de sus hijos, el inestimable bien de la fe, no pueden dejarlos en la ignorancia: están obligados, constreñidos, necesitados a colocarlos en institutos de educación que no pueden admitir en conciencia: ¿en dónde entonces la libertad?. Den gracias a Dios aquellos padres católicos quienes, aunque a costa de no pocos sacrificios, están sin embargo en la posibilidad de proveer a sus hijos de educación católica: ¿no es justo que quien goza de un derecho? Sí; pero no es justo que los padres paguen dos veces la educación de sus hijos: y esto pasa en el contemplado caso: por una vez pagan los padres la educación de sus hijos, cuando como es notorio, sufragan la pensión en los pensionados católicos, y por otra cuando, cumpliendo como todos los demás ciudadanos el deber de pagar impuestos, contribuyen con ellos a que el erario cuente con los fondos necesarios para el sostenimiento de sus escuelas. Pero alguien dirá acaso: en un país republicano todos los ciudadanos son iguales ente la ley. No puede el Estado reconocer ningún privilegio. La escuela fiscal, por consiguiente, no ha de favorecer ni a católicos ni a protestantes, ni a creyentes ni a ateos; forzosamente ha de ser neutra. Bello sofisma que como una pompa de jabón, se desvanece con un soplo. Estamos en el Ecuador: un país en que la gran mayoría de sus hijos profesa la religión católica. ¿Cuántos ateos encerrará en su seno la República? No queremos hacer a nuestros compatriotas la gravísima injuria de juzgarlos capaces de creer que pueda existir efecto sin causa, orden maravilloso sin sabio ordenador, criaturas sin Creador. No queremos hacer de ellos insensatos, que insensatos llama la palabra infalible de nuestros Libros Santos a los ateos: dixit

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insipiens in code suo: non est Deus. Pues si a favor de pocos, de poquísimos, de contados ateos creáis la escuela sin Dios: ¿no veis que con perjuicio de la inmensa mayoría les habéis otorgado odioso, injusto, irritante privilegio? El mismo Julio Simón en su Advertencia a su libro L’Ecole, escribía: «Hemos resuelto que la enseñanza religiosa no se dé sino en el templo y ni siquiera se la nombre en la escuela. De ahí la prohibición de enseñar el catecismo: enseñando se podría herir la libertad de un niño incrédulo, que por caso excepcionalísimo, podría encontrarse en alguna de nuestras cincuenta mil escuelas. La fantasía de los intransigentes en materia religiosa y filosófica exige que por respeto a la incredulidad de un ateo, noventa y nueve padres de familia vean a sus hijos privados de la enseñanza religiosa. A esto se debe el origen de la escuela neutra. Por lo demás, es evidente que si tal escuela no fuera gratuita y obligatoria, siempre estaría vacía. En suma la Escuela Laica o neutra, tal como está constituida en nuestro país, no respeta a los padres de familia el derecho de educar a sus hijos en forma que tuvieran por conveniente; no respeta la libertad de conciencia de los padres incapaces de pagar la educación de sus hijos: no con violencia material, pero sí moral, se los obliga, constriñe y fuerza a poner sus hijos en escuelas que su conciencia de católicos reprueba, condena y maldice; obliga a los padres capacitados a pagar dos veces la educación de sus hijos; y establece un odioso privilegio a favor de unos cuantos ateos con perjuicio de la gran mayoría de los ecuatorianos. En consecuencia, nuestro sistema legal escolar conculca el derecho, aherroja la conciencia, pisotea la justicia, desconoce la igualdad republicana. ¿Qué remedio para tal mal? No es difícil encontrarlo. Hágase lo que se ha hecho en no pocos países. Dígase a todos los padres de familia: El Estado quiere facilitarnos el ejercicio de vuestro derecho y el cumplimiento de la obligación que tenéis de educar a vuestros hijos, proporcionándoos escuelas en que los eduquéis. El Estado no quiere violar sino más bien respetar la libertad de vuestra conciencia. El Estado, en consecuencia, os pide que, con toda libertad manifestéis cuál es la escuela de vuestra preferencia: ¿la queréis católica?; ¿preferís la neutra y sin Dios? Pues enviad a vuestros hijos a la escuela de vuestro agrado. El Estado, sin mostrar preferencia por ninguna, pagará todos los gastos que demanden la creación y sostenimiento de todas las escuelas en proporción al número de sus alumnos. He aquí, de un modo tan sencillo, resuelto el difícil problema: ¿quién podría oponer a él ninguna aparente razón? U

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Posición católica sobre el sufragio20 1º ¿EL SUFRAGIO ES UN DEBER MORAL? El sufragio, en una República democrática como la nuestra, es un derecho oneroso mediante el cual se designan los funcionarios de la República. Es derecho, y por lo mismo no puede ser violado sin quebrantamiento de la justicia. Pero es derecho oneroso, al cual no se puede renunciar, porque entraña a la vez estricto deber. El artículo 22 de nuestra Constitución política dice: «El voto para elecciones populares es obligatorio para el varón y facultativo para la mujer. La ley determina la sanción correspondiente por el cumplimiento de este deber». Esta obligación impuesta por la Constitución obliga en conciencia, porque, como enseña la Iglesia católica, también la ley civil, cuando es justa, obliga en conciencia. Las mujeres ¿no estarán obligadas en conciencia a sufragar? Si pueden, si les faculta la ley, están obligadas, no ciertamente en virtud de la ley civil que no existe, pero sí en virtud de la ley natural, que obliga en conciencia. Esta ley que por echar sus raíces en los profundos senos de la naturaleza racional, lleva el nombre de natural, fue impresa por Dios mismo en el corazón humano en el momento de ser creado, fue grabada por el mismo Dios en tablas de piedra en el Monte Sinaí, y fue llevada a su última perfección por el Hombre Dios, Nuestro Señor Jesucristo. Esta ley que une a los ciudadanos entre sí con la justicia y el amor, los une también con la patria. En virtud de la justicia social todos los ciudadanos, a medida de su posibilidad, deben cooperar al sostenimiento, desarrollo, perfeccionamiento y defensa de la patria; y el amor que han de ofrendarle ha de ser tan íntimo, desinteresado y heroico, que, por defender la integridad de su territorio o conservar sin mansilla su honor, no han de vacilar en sacrificarle la vida. Ahora bien; tan ciudadanos de la República son los hombres como las mujeres; luego tanto las mujeres como los hombres, en cumplimiento de estos 20 Tomado de: Carlos María De la Torre, “Instrucción pastoral sobre la obligación de votar” (Quito, 6 de mayo de 1958), Boletín Eclesiástico LXV, (1958), N. 5, pp. 221-228.

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sagrados deberes impuestos por la ley natural; en vigor de lo que dispone la justicia social y la piedad filial para con la patria, están obligadas a concurrir a las urnas electorales y a depositar en ellas su voto. El voto, pues, no es un acto de suyo indiferente como pasear, comer o dormir; es un acto de trascendental importancia para la religión y la patria, porque mediante el voto se designan los principales magistrados de la República, y nadie ignora que la prosperidad o desventura de un país en gran parte dependen de los magistrados que lo gobiernan. Esta obligación de sufragar, por lo dicho, es de suyo grave, y por lo mismo, quien si causa grave proporcionada, y tan solo por natural indolencia, por ahorrarse la pequeña molestia de concurrir al lugar del sufragio o por cualquier otro motivo de poca entidad, se abstuviere de sufragar, no puede ser excusado de pecado. No solo es malo y desnaturalizado el hijo que se atreve a poner las manos en el semblante de su madre, lo es también aquel que se cruza de brazos y mira impasible que sea abofeteada: y los malos gobernantes no solo abofetean a la patria con su indigna conducta, sino hasta puede causarle tantas heridas que puedan causarle la muerte. 2º ¿POR QUIÉNES SE DEBE VOTAR? ¿Quiénes serán buenos gobernantes? Serán aquellos que posean la ciencia suficiente para conocer el fin que han de alcanzar con su gobierno y los medios que han de emplear para alcanzarlo; aquellos, además, que a una ciencia proporcionada al acertado ejercicio de la función que se les ha encomendado, quieran, desechando todo otro fin egoísta, o peculiar a sus amigos, allegados o grupos, quieran promover el fin propio del Estado que es el bien social, el bien común, la relativa felicidad que pueden alcanzar los hombres en esta vida transitoria. No habrá pues, buen gobernante sin ciencia suficiente y sin probada honestidad. El sufragante, para obrar en conciencia y cumplir los sagrados deberes de justicia y amor que ligan a la patria, no ha de obrar por natural simpatía o antipatía para con los candidatos; no ha de considerar si son ricos o pobres, nobles o plebeyos; si su elección le aportaría alguna ventaja personal o el voto, alguna monedas. Para obrar en conciencia tan solo ha de ponderar seria y maduramente si tenidos en cuenta los principios que profesan, las sociedades a

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que pertenecen y la vida que han llevado, ofrecen serias garantías de que harán el mayor bien posible a la religión y a la patria. Si así no procedieran: si por mezquinos intereses favorecieran con su voto a personas incapaces o indignas de empuñar con provecho las riendas de la autoridad, ¿no serían responsables de los desaciertos y acaso de los crímenes que los magistrados por ellos elegidos podrían cometer contra la patria? ¿No serían sus cómplices? ¿No serían como el mercader que llevado por sórdida avaricia, vendiese al arma homicida al comprador, sabiendo que ciertamente la usaría en dar muerte a un inocente? Hasta aquí no hemos considerado el sufragio sino en se relación con la patria; preguntamos ahora: ¿ningún deber tendrán los católicos para con la Iglesia? ¿No pesará sobre ellos el sagrado e ineludible deber de no dar su voto sino por aquellos candidatos que, según sus antecedentes y por las doctrinas que profesan, garanticen a la Iglesia aquella absoluta libertad a que tiene pleno derecho? Las mismas razones que obligan a los ciudadanos a concurrir a las mesas electorales y a no dar su voto sino a favor de probos y capaces magistrados, esas mismas y de un modo más íntimo y profundo militan en pro de la Iglesia. Los ciudadanos están obligados en fuerza de la justicia social a no escatimar a la patria ningún esfuerzo que le sea necesario para conservar su existencia, promover su desarrollo, empujarla a su perfeccionamiento y fortalecer su defensa; y uno de los más eficaces medios para conseguir tales intentos es, a no dudarlo, la elección de probos y capaces magistrados. Pues también la Iglesia, por voluntad expresa de su divino Fundador, es sociedad visible y perfecta, y los miembros que la componen reciben de ella preciosos e inestimables bienes: ¿no estarán por tanto ligados a ella por los sagrados vínculos de la justicia social? ¿No deberán proporcionarle el mayor bien posible y alejar de ella cuanto pueda entorpecer la divina misión que le ha confiado Jesús? Los ciudadanos dan a la patria el dulce nombre de madre; pues madre es también la Iglesia, y de un modo más íntimo y profundo, porque sobrenatural y divino: Ella, mediante la predicación del Evangelio y la administración de los sacramentos, cría, desarrolla y perfecciona la gracia; y ¿no es la gracia vida sobrenatural del alma? Ahora bien: de la acertada elección de los mandatarios del Ecuador dependerá en gran parte la paz y concordia entre la Iglesia y el Estado. Dios quiere esta paz. Pero no hay paz sin orden, ni orden sin el fiel cumplimiento de las leyes dictadas por el Criador. ¿Por qué los innumerables astros que brillan en el firmamento no luchan entre sí, no hay entre ellos desorden y

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confusión, no ruedan solitarios entre los infinitos espacios, sino que a manera de eximios cantores entonan en armonioso concierto las glorias de su Hacedor?- Pues porque ciega y necesariamente observan las leyes que les dictó Dios. De idéntica manera, entre la sociedad religiosa y civil, existirá la paz, si se conservare incólume el orden, si una y otra, considerándose no como extraños sino como hermanas porque hijas del mismo Padre Dios, observaren fielmente las sapientísimas leyes que como a seres racionales y libres les ha impuesto Dios. Mas ¿cómo se cumplirán estas leyes soberanas, si los mandatarios no creyeran en Dios o si profesaran como indiscutible principio la prescindencia absoluta de Dios en la vida social y pública? Leyes como la educación sin Dios, el matrimonio sin unidad ni indisolubilidad, doctrinas como la que nada tiene que ver el Estado con la Iglesia, ni la política con la religión, ¿no fueron distadas ni sostenidas por aquellos que para nada tuvieron en cuenta la suprema autoridad de Dios y el magisterio infalible de la Iglesia? Solo un católico sincero que cree, confiesa y practica la Religión de Cristo; que tiene fe en Dios, acata su autoridad y se doblega a sus leyes, puede ofrecer serias garantías a la Iglesia católica de que reconocerá la divinidad de su origen, respetará su imprescindibles derechos y no pondrá trabas a aquella libertad de acción que le es debida y sin la cual no podría cumplir tranquilamente su benéfica y pacífica misión de santificar las almas y conducirlas al cielo. U

El laicismo, la educación y los católicos21 Tres sociedades tienen derecho para impartir la educación: la familia, la Iglesia, el Estado. La misma naturaleza ha dado este derecho e impuesto este deber a los padres: ellos han dado el ser a sus hijos, ellos han de cuidar de la conservación e incremento del cuerpo, desarrollo y perfeccionamiento de todas sus facultades, así físicas como anímicas, así intelectuales como morales y religiosas. Este derecho de los padres es innato, anterior e independiente del Estado y debe el Estado reconocer, defender y favorecer. 21 Tomado de: Carlos María De la Torre, “Vigésima novena carta pastoral con motivo de su viaje a Roma” (Quito, 17 de octubre de 1958), Boletín Eclesiástico LXV, (1958), N. 10-12, pp. 461-476.

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Y así como a los padres la misma naturaleza confiere el derecho de educar a sus hijos, también lo tiene la Iglesia por derecho divino, y por lo mismo, más inviolable y sagrado. Y esto por dos motivos: primero, porque Jesucristo le ha constituido Maestra de los pueblos y naciones: Id y enseñad a toda criatura. Segundo, porque todos los bautizados han recibido de Ella la vida sobrenatural y divina: Ella, por tanto, como Madre espiritual, tiene pleno, absoluto e inalienable derecho de exigir que las escuelas correspondan al ideal de perfección humana enseñado por la Iglesia. Se debe, en efecto, advertir, que los maestros, por sí solos, no tienen derecho para enseñar: lo han de recibir de los padres de familia y de la Iglesia: por eso se ha dicho, y con sobrada razón, que la escuela no es sino la prolongación de la familia, y que debe respetar los derechos de la familia y educar a sus hijos en la forma que ella tuviere a bien. Tiene también el Estado derecho para intervenir en la educación. Él, en virtud de su propia esencia, está llamado a cumplir dos deberes: el de tuición y defensa de los derechos de individuos y familias, sin los cuales no se podría conservar la paz, y el subsidiario, de proporcionar a los padres el número de escuelas que necesiten para educar a sus hijos. Claro está que el Estado, al cumplir este subsidiario derecho, ha de respetar el primordial de la familia, y por lo mismo ha de proporcionarle tales escuelas que correspondan al ideal que ellas se han formado de la educación, y por lo mismo a las familias católicas no ha de proporcionarle escuelas irreligiosas sino católicas. Esta es la doctrina que según el derecho natural y el positivo de la Iglesia se ha de tener presente para juzgar lo relativo al delicado problema de la educación. La Constitución de la República en su artículo 171 impone dos preceptos: 10 «que la educación pública, fiscal y municipal, ha de ser laica, esto es que en la escuela el Estado no enseña, ni ataca religión alguna»; y 20 después de reconocer paladinamente que «la educación de los hijos es deber y derecho de los padres», ordena que «el Estado vigilará el cumplimiento de ese deber y facilitará el ejercicio de este derecho». Ambos incisos tiene valor jurídico y ambos, dadas las actuales circunstancias, han de observarse. Cierto que este artículo no reproduce plenamente el sentir católico; pero los católicos que intervinieron en su redacción, guiados, sin duda, por la prudencia política, como diría León XIII, juzgaron que, después de tantos años de Escuela Laica, no era posible sustituirla inmediatamente por la católica.

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En virtud del primer inciso, el Estado, si ha de cumplir el deber que le impone la Constitución, ha de proveer a los padres católicos de escuelas católicas. ¿Cómo compaginar esta obligación con la neutralidad escolar? De un modo muy sencillo. Toleremos que el Estado de un país católico, obligado por la necesidad, observe la ley de la neutralidad religiosa en las escuelas públicas. Pero provea igualmente a la fundación de escuelas católicas privadas. En un país democrático todos los ciudadanos son iguales; no se admite privilegio a favor de ninguna clase social: acátese el querer de todos los padres de familia, ya sean ateos ya católicos, y para que este acatamiento no sea meramente de palabra, provea tanto el erario tanto a escuelas públicas como a las religiosas de los medios de subsistencia proporcionados al número de los alumnos que frecuentan estas escuelas. De esta manera no habrá opresión de ninguna clase, no se obligará a ningún padre de familia a poner a sus hijos en la escuela que él no quiere, no se hará de mejor condición a ningún ciudadano, todos serán medidos por el mismo rasero, y se observará fielmente la justicia distributiva. Esta solución, si los defensores del laicismo fueran sinceros, no podrían menos de acatar, pues respeta la libertad, observa la justicia, y es conforme a la democracia. U

Deberes de los católicos como miembros de la Iglesia y de la sociedad civil22 CUESTIÓN SOCIAL

La cuestión social, entendida en toda su amplitud, como la propia palabra lo indica, es el conjunto de problemas que conciernen a las relaciones de los hombres entre sí en cuanto viven en sociedad. Comprende, por tanto, todos los problemas que miran a la sociedad de la familia, a la sociedad laboral, profesional o del trabajo, a la sociedad de la nación o Estado y a la sociedad de la humanidad entera. 22 Tomado de: Carlos María De la Torre, “Carta pastoral colectiva de los prelados del Ecuador acerca de los deberes de los católicos como miembros de la Iglesia y de la sociedad civil” (Quito, abril de 1960), Boletín Eclesiástico LXVII, (1960), N. 4-5, pp. 533-549.

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Con todo, generalmente se entiende ahora por cuestión social, la que se refiere a «los derechos y obligaciones que regulan las relaciones de los ricos y los proletarios, de los que aportan el capital y el trabajo» (Quadragesimo anno, 3). En este sentido la vamos a considerar en esta Carta Pastoral. 1.- ¿Tiene derecho la Iglesia para intervenir en la solución de la Cuestión Social? - Y ¿quién puede negarlo? ¿No es esta cuestión esencialmente de un orden moral? Y ¿a quién sino a su Iglesia confió el Hombre Dios cuanto se refiere a la conservación, defensa e interpretación de su moral? Puede, pues, y debe intervenir la Iglesia en la solución de la Cuestión Social. «Dios confió (a su Iglesia) escribe Pío XI (Quadragesimo anno, 14) el depósito de la verdad y el gravísimo encargo de publicar toda ley moral e interpretarla aun urgirla oportuna e importunamente». 2.- ¿Cómo la ha resuelto? 3.- Exigiendo la fiel observancia de cuanto prescriben las dos virtudes morales que son como las robustas columnas que sostienen el edificio social: la justicia y la caridad: justicia, no solo conmutativa, sino también social, la cual obliga a todo miembro de una sociedad a mirar por el bien común; caridad, porque no obstante el exacto cumplimiento de cuanto exige la justicia, nunca faltarán pobres, desnudos, enfermos y necesitados que reclamen los cuidados y larguezas de la caridad. Ahora bien, la actual organización de la sociedad, dista mucho de ser cristiana: abundan en ella errores e injusticias, que un cristiano jamás deberá aceptar. En el campo de los principios se han olvidado las nociones cristianas de la propiedad, capital y trabajo, sustituyéndolas con conceptos totalmente paganos; En el campo de la economía, existe una injusta distribución de las riquezas, creada por el Liberalismo, el cual proclamando la absoluta libertad en el campo del trabajo y reconociendo como única norma reguladora de las relaciones entre el patrono y overo, la ley de la oferta y la demanda, ha creado una sociedad egoísta formada de ricos hasta el exceso y de pobres para quienes no ha quedado otra libertad que la de morirse de hambre. Y en el campo social, no uniendo a las clases que componen la sociedad con los estrechos vínculos de la justicia y el amor, como lo exige la ley natural y el dulce mandato de Cristo, sino separándolas y fomentado entre ellas irreconciliable lucha.

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REFORMA ECONÓMICA En el sistema liberal no es el trabajo sino una realidad mecánica y material, y el trabajador un mero factor de producción, ni más ni menos que la máquina en la fábrica o el buey uncido al arado en el campo. Según doctrina de la Iglesia es el trabajo la actividad de una persona humana. Considerar el trabajo como mera mercancía sujeta en todo a la ley de la oferta y la demanda en oponerse abiertamente a la obra realizada por Nuestro Señor Jesucristo, quien, se hizo del hombre hijo adoptivo de Dios, le reivindicó también los derechos inalienables de la dignidad de persona humana, le reconoció señor de los bienes materiales y le autorizó para que se sirviese de ellos, como medios, para alcanzar el doble fin a que aspira: el temporal y el eterno. De ahí que el régimen del trabajo no ha de establecerse únicamente a base de relaciones económicas o materiales, como lo han hecho los individualistas liberales o los colectivistas marxistas; ha de ceñirse, estrictamente, a cuanto prescribe la justicia, señalando al obrero un salario mínimo o vital, que le permita atender con él a su propia subsistencia y a la de su familia, y asegurarse contra los riesgos de accidentes, de enfermedad, vejez y desocupación. CAPITAL Y PROPIEDAD En este punto importantísimo de la Doctrina Social de la Iglesia, nada más oportuno que citar las sabias enseñanzas de Pío XI en su memorable encíclica «Quadragesimo anno»: Después de recordar el Papa la firmeza con que defendió León XIII el derecho de propiedad contra los errores de los socialistas de su tiempo, demostrando que la supresión de la propiedad privada habría de redundar no en utilidad, sino en “daño extremo de la clase obrera”; después de protestar enérgicamente contra la más injuriosa de las calumnias, de que “el Sumo Pontífice y aun la misma Iglesia, siempre como ahora de haya puesto del lado de los ricos y en contra de los proletarios”, agrega el Pontífice: “Ni León XIII ni los teólogos que enseñaron guiados por el magisterio y autoridad de la Iglesia, han negado jamás o puesto en duda el doble carácter de la propiedad –el que llaman individual, y el que dicen social-, según que atienda el interés de los particulares o mire al bien común; antes bien, todos unánimemente afirmaron siempre que el derecho de propiedad fue otorgado por la naturaleza, o sea por el mismo Creador, a los hombres, ya para que cada uno pueda atender a las

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necesidades propias y de su familia, ya para que, por medio de esta institución, los bienes que el Creador destinó a todo el género humano, sirvan en realidad para tal fin». Termina el Papa este importantísimo punto, con las palabras siguientes: «A fin de poner justos límites a las controversias suscitadas en torno a la propiedad y a los deberes a ella inherentes, quede establecido, a manera de principio fundamental, lo mismo que proclamó León XIII, a saber: que el derecho de propiedad se distingue de su uso. Respetar santamente la división de los bienes y no invadir el derecho ajeno, traspasando los límites del dominio propio son mandatos de la justicia que se llama conmutativa; no usar los propietarios de sus propias cosas sino honestamente, no pertenece a esta justicia, sino a otras virtudes, el cumplimiento de cuyos deberes no se puede exigir jurídicamente». Santo e inviolable es pues el derecho de propiedad, porque establecido por el mismo Dios; nadie puede violarlo sin violar la justicia conmutativa y quebrantar la ley de Dios, cuyo séptimo precepto dice: «No robarás». Esto no obstante, no puede el propietario disponer de sus bienes a su antojo: creados por Dios para satisfacer las necesidades de todos los hombres, una vez satisfechas las propias en la forma prescrita por la Iglesia, todo lo demás, no en virtud de la justicia, sino por exigirlo así la caridad, debe distribuirlo entre los necesitados. Piensen los ricos en esta gravísima responsabilidad y examinen si hasta ahora la han cumplido. VIDA CIVIL Y POLÍTICA Se entiende por política el arte y ciencia de gobernar a un pueblo para que sea feliz. ¿Cuándo será feliz un pueblo? Cuando no un puñado de ciudadanos, no una casta, no una sola clase social, sino el mayor número de individuos que lo componen, sea en verdad feliz. Y ¿cuándo será feliz el hombre? Cuando sus dos elementos constitutivos, el alma y el cuerpo, posean, en armonioso conjunto, cuanto han menester para su conservación y perfeccionamiento. No basta para la felicidad humana que goce el cuerpo de alimento, vestido, habitación, honestos esparcimientos, etc.; es, además, de todo punto indispensable que las dos nobilísimas facultades del alma, al entendimiento y la voluntad, no carezcan de su propio bien: de la verdad el entendimiento, de la virtud

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la voluntad. Bienestar material, moralidad y ciencia, y esto en el mayor número de ciudadanos, he aquí a no dudarlo, lo que labraría la felicidad de una nación. Y precisamente, por esto, ningún pueblo de la antigüedad, ni Asiria, ni Egipto, ni Grecia, ni Roma, no obstante sus riquezas, poderío, esplendor y magnificencia pueden pasar en la historia como pueblos felices: la gran mayoría de sus hijos o gemía en la ignorancia, o vivía encenagado en el vicio, o lloraba en la indigencia o arrastraba la ignominiosa cadena de la esclavitud. Fin de la Iglesia católica es santificar a las almas y conducirlas al cielo. Uno de los principales medios para alcanzarlo es la predicación de las verdades reveladas por Dios: «Id, dijo Jesucristo a los apóstoles y a los sucesores de ellos, id y predicad el Evangelio a toda criatura...; id y enseñadles a observar cuanto os he mandado». Ambas sociedades, la eclesiástica y la civil, son perfectas, porque cuentan con todos los medios necesarios para la consecución del pronto fin. Son distintas, porque distinta su naturaleza y distintos los fines que persiguen: celestiales y divinos, la Iglesia, temporales y terrenos el Estado. No puede el Estado invadir el campo espiritual propio de la Iglesia. Tampoco es permitido a la Iglesia intervenir con derecho propio en asuntos meramente temporales y que ninguna relación tengan con su fin espiritual. Hay, sin embargo, ciertos asuntos, llamados mixtos que interesando directamente a ambos poderes, necesariamente los ponen en contacto: tal entre otros, el del matrimonio, que, si como contrato elevado a la dignidad de sacramento que significa y produce la gracia sobrenatural, es de exclusiva competencia de la Iglesia, como regulador de sus efectos temporales, es de incumbencia del Estado. En un país como el nuestro, cuyos habitantes en su mayoría profesan la Religión católica, ¿cuáles serán las relaciones entre la Iglesia y el Estado? No por cierto las de oposición y de beligerancia, sino las de mutua inteligencia y amistosa cooperación: así lo exige la paz pública; así la identidad de origen de ambos poderes, nacidos de Dios; así los verdaderos intereses de la nación; así, por último, hasta la tranquilidad de la conciencia cristiana. Necesario es, por lo tanto, que las dos potestades estén coordenadas entre sí; coordinación no sin razón comparada a la del alma y l cuerpo en el compuesto humano». De lo dicho se desprende con meridiana claridad: 1.- Que la Iglesia católica, como depositaria, maestra y defensora de la moral cristiana, tiene derecho incontrastable, recibido de su Divino Fundador,

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para declarar si un acto humano, cualquiera que sea, privado o público, obligue o no en conciencia, y a qué normas se ha de ceñir para que sea moralmente bueno. 2.- Que los católicos, so pena de rebelarse contra la divina autoridad de la Iglesia y voluntariamente separarse de ella, están en el estricto deber de acatar sus enseñanzas y cumplir sus órdenes. 3.- Que es falso, falsísimo, lo que como indiscutible verdad, se proclama por todas partes; es a saber: que nada tiene que ver la política con la religión, error, no solo abiertamente contrario a las enseñanzas de la Iglesia respecto a las relaciones entre la Iglesia y el Estado en un país católico, sino directamente y en sus propios términos, condenado por la sabiduría de León XIII, en su encíclica «Cum multa», escribe el Pontífice: «Es oportuno recordar las mutuas relaciones entre lo religioso y lo civil, pues muchos se engañan en esto por dos clases de errores opuestos. Suelen algunos no solo distinguir, sino apartar y separar por completo la política de la religión, queriendo que nada tenga que ver la una con la otra, y juzgando que no deben ejercer entre sí ningún influjo. Estos ciertamente no distan mucho de los que quieren que una nación sea constituida y gobernada prescindiendo por completo de Dios, Creador y Señor de todas las cosas, y tanto más perniciosamente yerran cuanto con su temeraria doctrina privan a la República de una fuente copiosísima de bienes y utilidades». U

La amenaza comunista23 IGNORANCIA DEL SISTEMA ...El comunismo es la mayor mentira moderna. Son nuestros tiempos los predichos por el Vicario de Cristo, el Apóstol San Pedro (II Pet. Capítulo 2, versículo 1.): «Se verán ante vosotros maestros embusteros que introducen sectas de perdición». Secta de perdición es el comunismo cuyo lema inexorable y esencial queda expuesto en deslumbrante síntesis en las palabras que añade el Apóstol «usando 23 Tomado de: Carlos María De la Torre, “Carta pastoral colectiva que dirige el episcopado ante la amenaza comunista” (Quito, 27 de enero de 1961), Boletín Eclesiástico LXVIII, (1961), N. 1-4, pp. 13-28.

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las palabras fingidas harán tráfico de vosotros por avaricia». La avaricia o sea el sueño utópico de un bienestar basado en la concepción materialista de la vida y que con palabras fingidas de «materialismo histórico, materialismo dialectico y dictadura del proletariado» han hecho y hacen un tremendo tráfico en la pobre humanidad engañada. No es nuestro intento detenernos ahora en el análisis del sistema comunista. Solo queremos encarecer a los católicos que si quieren «salir de la virtud quieta al fervor y a la entrega apostólica, seria y total», es de todo punto necesario que rechacen la filosofía marxista. Concedemos que no todos pueden captar las sutiles emanaciones que se desprenden de un sistema donde se dan cita todos los errores del antagonismo, del positivismo, del idealismo panteísta y del ateísmo en todos los disfraces. Mas es posible, con un esfuerzo normal, dar en los puntos vulnerables de esta «engañosa invención»... ¿Y cuáles son esas «engañosas invenciones», según el Papa [Juan XXIII]?, que ahí donde ejercen el poder público los comunistas, se esfuerzan con audacia temeraria en arrancar de las almas de los ciudadanos los supremos valores espirituales, es decir, la fe cristiana, los mandamientos cristianos. Así mismo restringen o aniquilan completamente lo que exaltan hasta las nubes los hombres de hoy día, a saber: «la justa libertad y la verdadera dignidad debida a la persona». MATERIALISMO HISTÓRICO Así es en verdad. Por el materialismo histórico se asienta la tesis de que el único motor de los acontecimientos tanto individuales como colectivos ha sido y debe ser el orden puramente económico. Mentira estupenda que choca contra la síntesis cristiana que proclama la inmoralidad del alma, la existencia de Dios y torna vacíos los conceptos y palabras que nos hablan de virtud, de honor, de patriotismo. Mentira anárquica que, al afirmar que el hombre depende totalmente de los procesos de producción de las relaciones sociales que estos determinan, subvierte los valores absolutos, establece, intocables que no pueden tolerar una alocada improvisación. ¿Quién no puede entender la insania de un sistema en que todo resulta contingente, todo provisional? ¿Provisional la idea de la familia, provisional la idea de la religión, provisional la misma idea de la verdad? Si todo esto, está determinado por el modo de producción y éste se nos impone por el juego natural y espontáneo de la evolución material, ¿para qué todo el esfuerzo de propaganda, para qué la actividades revolucionarias? ¿Quién no ve la contradicción que todo esto encierra? Si solo tiene valor real lo que cae bajo los sentidos y es del dominio de la experiencia

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material, ¿por qué los comunistas aplauden a los que se sacrifican por su idea? ¿Por qué no se empeñan en crear la mística del partido? ¿No es rengar del materialismo que proclaman en conceder más valor que a la vida material y temporal a la inmolación por el triunfo de un ideal, así sea éste el comunista? DICTADURA DEL PROLETARIADO No es menor la mentira encerrada en el segundo enunciado del sistema comunista que propugna la dictadura del proletariado para el advenimiento de la sociedad definitiva sin clases. «No más explotadores ni explotados» es la consigna suprema, es el espejismo de la paz futura, es la voz de la serpiente: «eritis sicut dii» y para preparar ese paraíso terrenal no hay que reparar en medios: el odio y la violencia son los más aconsejables. He aquí la mentira que, después de 40 años de comunismo, no necesita ser demostrado con argumentos de razón, sino con el simple análisis de la historia. No hay en Rusia clases capitalistas y clases proletarias. Pero no han desaparecido las clases, han sido sustituidas: hay clases, hay categorías de jefes, de funcionarios, de policías y abajo, abajo, la inmensa clase que obedece, que trabaja. ¡Dictadura del proletariado! ¡Qué ironía! No hay nación en el mundo donde el obrero está más alejado del mando y donde más férrea sea la mano de la autoridad que le oprime que en el mundo soviético. No hay nación donde la persona humana está tan absolutamente sometida al Estado como en Rusia. Todos los totalitarismos –entendiendo por totalitarismo, el gobierno de un partido que, con violencia impone el silencio y la supresión de toda expresión democrática palidecen ante la realidad del partido comunista. Estas consideraciones someras que hacemos sobre las dos bases del sistema comunista y que demuestran lo deleznable de su ensamble filosófico, basten para exhortar a nuestros católicos al repudio de estos errores que tanto a nuestras cátedras universitarias como en los sindicatos obreros se explican hoy con gravísimo incremento de la fe cristiana. «Si queremos verdaderamente mantener el nombre de cristianos estamos obligados con deber gravísimo de conciencia a rechazar esas «engañosas invenciones». EL COMUNISMO Y SUS ALIADOS El comunismo cuenta con poderosos aliados en nuestra patria. El laicismo he venido preparando el terreno durante muchos años, para que en él germine la funesta semilla del comunismo. Al desalojar a Dios del pensamiento y de la vida

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con la prohibición de la enseñanza religiosa en las escuelas, colegios y universidades, se han formado, generaciones sin conciencia de su misión sobrenatural, con ignorancia absoluta de su abolengo divino. El valor de la persona humana, negado en el sistema comunista, sufrió su primera envestida del sistema laico. Como nunca ahora los sacerdotes y los católicos buenos, que aún quedan, debían ir por las fábricas y aldeas y ciudades repitiendo las elocuentísimas palabras de Sn. León Magno: «Agnosce christiane, dignitatem tuam», «Reconoce cristiano, tu dignidad». Eres algo más que materia. Criado a imagen y semejanza de Dios y redimido por Cristo, formas con él «un cuerpo compacto e íntimamente trabado, corriendo por todo él la misma savia divina». Si nuestro cuerpo se plasmó del limo de la tierra, sobre él sopló el espíritu de Dios y nos hizo «poco inferiores a los ángeles». En nuestra frente de barro centellea la luz de la idea, tenue reflejo de la inteligencia divina; en nuestro corazón alienta la llama del «Amor Primero» y, si es cierto que la fuerza de las pasiones trata de nivelarlos con la materia, no lo es menos que, por la gracia de Dios, podemos alzarnos del fango a la cimas de más fina y depurada cultura. «Gratia autem Dei sum id quod sum» decía San Pablo: «merced a la gracia de Dios, soy todo lo que soy». Otro servidor no menos funesto del comunismo en nuestra patria es la impiedad entronizada en todas partes. La impiedad ha sido canonizada con la promulgación de leyes antagónicas a la ley de Dios. No es este el lugar de recorrer esas leyes. Las sabéis todos, amadísimos hijos: la entronización del divorcio y del matrimonio civil en el santuario del hogar, la persecución, en la sombra, a los sacerdotes y prelados y al Vicario de Cristo; el espejismo de una filantropía, naturalista y fría: han dejado el saldo doloroso en el ambiente católico de nuestra patria, de recelo frente a la Iglesia, de anarquía en los hogares y de odio en las masas populares. De todo ello se está aprovechando el comunismo, para continuar en su campaña de desprestigio contra la Iglesia. Por eso tal vez la voz de la Iglesia, al llegar a la cuestión social, no halla eco en las masas populares. Por eso la confusión grande que agita aún las inteligencia de muchos católicos, cuando los obispos y sacerdotes comentan en las encíclicas papales que urgen la reforma social, como el único dique eficaz contra el alud comunista; pues, si condenamos las injusticias del capitalismo y de los terratenientes explotadores del indio, si hablamos contra la vida aburguesada de tantos católicos que derrochan el dinero del pobre en la fastuosidad del lujo y de las fiestas sociales, se nos afiche en las casillas del comunismo; y si exhortamos al indio al sacrificio y al trabajo y a esperar, cuando falla la justicia humana,

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la recompensa de sus fatigas y dolores, se nos acusa de traidores al pueblo y conspiradores con los ricos de la explotación de que son víctimas. LA REFORMA SOCIAL Teníamos que llegar a este punto para decirlo con toda nitidez. Falta la reforma social. Los católicos tienen la obligación de hacerla según las clarísimas directivas pontificias inspiradas en el Evangelio. Es el paso que nos falta dar. La incoherencia entre nuestras palabras y nuestras obras será siempre el mayor obstáculo con que tropiece el pueblo para dar crédito a nuestro apostolado. No es posible esa incoherencia de una vida cristiana, lo decía ya Pío XI, en quienes mientras son aparentemente fieles al cumplimiento de sus deberes religiosos, luego en el campo de trabajo, o de la profesión, o del comercio, o del empleo, por un lamentable desdoblamiento de conciencia, llevan una vida demasiado alejada de las normas claras de la justicia y de la caridad cristianas. Loable es el mantener la tradición cristiana, pero la tradición cristiana que ha de detener el comunismo, es la que, fundándose en los postulados de la justicia y de la caridad, trate de aliviar la situación económica de las clases desvalidas; y en esta empresa, no es justo ni cristiano dejar a la Jerarquía sola. Esta es la obra de todos los católicos conscientes de sus responsabilidades que no temen a la verdad y que están dispuestos a inmolarse por ella para salvar, no ya la fe cristiana sino la estructura misma de la sociedad.

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JULIO TOBAR DONOSO

Catolicismo social24 Muy a menudo se comprende mal o se tergiversa a la doctrina social católica. Se aparenta creer que la Iglesia se limita, frente al mal social, a recomendar moderación a los ricos, resignación a los pobres. Se la pinta desdeñosamente como una aliada de la riqueza, mientras otros, desde el Olimpo de su soberbia, llaman al Catolicismo “religión de pobres”... Mas, el Catolicismo social no es una doctrina tan rudimentaria en sus máximas, tan raquítica en su expresión, tan poco fecunda en sus resultados que restrinja sus anhelos a la consecución de esas dos virtudes que, si necesarias, no son las únicas que ha menester el mundo moderno, para remediar la enfermedad pavorosa, apellidada por excelencia, el problema social, a causa de su particular gravedad. La Doctrina Social de la Iglesia, tan antigua como ésta, pero que en los tiempos modernos ha recibido de los Soberanos Pontífices, y de los grandes maestros católicos nuevas y seductoras formas de expresión, aspira a mucho más. Se propone ante todo la restauración cabal del orden social cristiano, de la civilización verdadera, mediante la realización de una enseñanza de inmensa transcendencia y extraordinaria fecundidad: De la democracia cristiana. Justicia y caridad: he aquí las dos grandes palancas de que se vale la Iglesia para la reforma social. Ella no cree, como el antiguo Liberalismo o individualismo que la libertad sea suficiente para curar las dolencias humanas y para conciliar, con el espontáneo y automático juego de los intereses contrapuestos, los derechos de capitalistas y trabajadores. Ella no piensa tampoco, que el mal social sea de todo punto irremediable, según enseñaba el siniestro pesimismo, de índole asimismo liberal, que profesaron Malthus y Ricardo; ni que haya de conjugarse, en fin, cual juzga el socialismo, con la supresión de la propiedad privada, acicate poderoso del progreso de los pueblos, ni con la confiscación de los instrumentos indispensables para la producción de la riqueza, ni con una fantástica igualdad de todas las condiciones económicas. La Doctrina Social de la Iglesia quiere, en primer lugar transformar las almas, ya que la crisis actual es ante todo una crisis de conciencias. Las leyes y las instituciones políticas no cambian el espíritu de los hombres. Solo la Iglesia tiene dominio sobre él; únicamente la Iglesia puede inculcar en los corazones 24 Tomado de: Julio Tobar Donoso, “Catolicismo social”, La Defensa, Seminario del Centro Católico de Obreros, N.4, (1926), pp. 50-51.

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de todos esos sentimientos de justicia y caridad, abnegación y fraternidad, sin los cuales son estériles o no dan todos los resultados apetecidos las reformas legales. La más importante de todas las transformaciones, es la de sí mismo y ésta no la alcanza la fuerza material, sino la energía moral, es decir, la Iglesia, gobierno omnipotente de las almas. La doctrina social católica pide a todos, ricos y pobres, el cumplimiento estricto de sus respectivos deberes, y reconoce, a la par los derechos de unos y otros. A los ricos recuerda que la propiedad es un derecho natural y una institución necesaria para el progreso, pero que tiene graves limitaciones y función social que satisfacer en beneficio común; incúlcales a la vez el deber de justicia, ya en el contrato de trabajo, ya en las condiciones de su ejecución, y por último les impide, como indispensable complemento, al ejercicio infatigable de la caridad. A los pobres, no se satisface con inculcarles la conformidad, ni con manifestarles que la pobreza, santificada en Cristo, no desaparecerá jamás de la humanidad. Por el contrario, les reconoce importantísimos derechos, defiende sus intereses, organiza sus fuerzas, solicita del Estado la creación de instituciones benéficas para el auxilio y asistencia de la clase trabajadora y la intervención, en cuantos casos fuere necesario, para restablecer el orden de la justicia, en las relaciones entre patrono y obreros. A ricos y pobres predica el deber de mutua caridad, porque las clases están llamadas por la naturaleza a la armonía. Y para dar a todos el ejemplo de acción, la misma Iglesia va a la vanguardia en el establecimiento de obras encaminadas el mejoramiento popular. La restauración del orden social cristiano exige, pues un renuevo completo de las bases de la sociedad, trastornada en sus cimientos por el naturalismo, de cuyas doctrinas y excesos, ha nacido el socialismo moderno. La familia, las clases, el Estado necesitan una reforma, tanto más urgente y profunda cuanto más se hayan apartado de su finalidad propia, del concepto cristiano de sus peculiares deberes. El catolicismo coincide con el socialismo en la necesidad de corregir muchos desórdenes del capital; pero cree que los remedios propuestos por este último son falaces, imaginarios y contraproducentes para el obrero y la sociedad toda. ¿Qué se debe hacer? En primer término, pedir a las clases ricas mayor dedicación e interés por el pueblo y los obreros, y justicia estricta, especialmente en todos los contratos de trabajo. Este deber de justicia, es a no dudarlo, más apremiante en lo que atañe a los trabajos agrícolas, en los cuales domina el sistema de salario. «Todo progreso científico material, dice el insigne sabio católico José Toniolo, requiere una proporcionada elevación de la moralidad

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en las clases productoras». Esta alta ley de ética social debe tenerse presente en las circunstancias actuales de nuestra patria: a la progresiva transformación industrial es preciso que presida un poderoso espíritu que ha de manifestarse en el apoyo generoso a las obras sociales y económicas que tiene por objeto el remedio de las dolencias del pueblo. Y en lo que toca directamente a la clase obrera, hay que decir ante todo, que el remedio debería venir, hasta cierto punto, de ella misma. Su primer deber es la organización de sus elementos. Nuestros gremios no tienen consistencia, programa ni labor serias. El gran bien de las antiguas organizaciones gremiales era fomentar la vigilancia, la protección, el apoyo mutuos. Restaurar este magnífico papel ha de ser, pues, una de las preocupaciones primordiales de los que se dediquen al servicio popular. Nuestros obreros dejan mucho que desear en su conducta moral, en la puntualidad en sus compromisos. Muchas veces, su pobreza es fatal consecuencia de la falta de conciencia profesional. A la organización se ha de añadir la asistencia social, el ejercicio de la cooperación, la fundación de instituciones económicas. Y para hacerlo venimos solicitando el apoyo de unos y otros: de nuestros ricos católicos que saben comprender las obligaciones sociales, que saben comprender las obligaciones sociales de la propiedad y de la fortuna; así como de nuestros obreros, que no saldrán de su estado, sino aprovechan hábilmente los admirables recursos de la ayuda recíproca, de la solidaridad, de la cooperación. Justicia y caridad: he aquí, diremos de una vez, los remedios de los males sociales. Y la caridad la hemos de entender, no como vulgar limosna ocasional, sino concurso constante, abnegado y fecundo para el establecimiento de obras benéficas, de preservación y auxilio de las penalidades del pueblo. U

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Acción social25 Algunos quisieran que contra el socialismo naciente se tomaran solamente medidas de fuerza. Creen que con clausurar sus asambleas, con demostrar a sus miembros, con presentarles como perturbadores del orden social, dignos de la picota y del escarnio, ya el socialismo está conjurado a muerte para siempre. Donosa conducta, fruto de nuestra manera de ser social, de la gran pereza de pensar y obrar que nos domina y agobia. Sentimos un gran temor, pero un temor ocioso y estéril, fiel aliado del egoísmo, que nada remedia y se contenta con infecundas declaraciones. Se podrá aprisionar a los hombres, pero las ideas no se aprisionan; se combaten con ideas y sobre todo con hechos prácticos y fecundos. Otros, más activos y perspicaces, pero contemplado los hechos desde un solo punto de vista, claman por una labor política eficaz, pues creen que de la corrupción social dominante, del gobierno de partido, del monopolio político, de la propaganda asidua oficial del Liberalismo materialista, enemigo tenaz de las fuerzas espirituales que deben desarrollarse para la transformación de la sociedad, brota ese enjambre de doctrinas disolventes que hoy viene a poner en peligro la paz social del Ecuador. Nosotros estamos conformes en la absoluta urgencia de esa labor. Los católicos deben valerse de todos los medios legítimos para ejercer su influjo político u obtener mejor dirección de la cosa pública. Mucho se ganaría en efecto, como ha sucedido en Bélgica, si los principios social católicos pudieran aplicarse desde la alta cima del gobierno, para curar los males que experiencia el pueblo, ya por medio de las leyes, ya de instituciones henchidas del espíritu cristiano, de amor y solidaridad entre las clases. Pero en espera de que los tiempos cambien y de que esa labor política eficiente y sólida se desarrolle en bien del pueblo, no nos hemos de cruzar de brazos ante el peligro. La acción social católica es siempre mucho más intensa y prolífica en sus efectos que el ejercicio del gobierno, por bien dirigido e inspirado que se muestre. Ella llega derechamente a las almas, penetra en las conciencias, las transforma y mejora, las hace aptas para el bien, les dispone para una reforma social, no meramente exterior y superficial, sino íntima, radical y fecunda. Solo la acción social católica es capaz de infundir en los corazones de todos, esa alta ley de interdependencia y cooperación entre las diversas categorías 25

Tomado de: Julio Tobar Donoso, “Acción social”, La Defensa, N. 11, (1926), pp.163-164.

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de la sociedad, que es fruto de la fraternidad cristiana de todos los hombres. Las demás doctrinas que nos hablan de humanidad, filantropía y solidarismo, son frágiles copias de la Verdad social católica, única capaz de inspirar espíritu de sacrificio y amor mutuo en pobres y ricos. Pero la acción católica no se encamina exclusivamente a combatir al socialismo, fase secundaria de su finalidad. Su objeto primordial es preparar la reconstrucción del orden social, el reinado de Cristo y de la civilización verdadera que de él se deriva. Presentar a la Iglesia como defensora de los fuertes, como aliada de eso que en Europa se denomina el capitalismo, es condenarla a la esterilidad y falsear su carácter de infatigable promotora de los intereses del débil y fiel amigo del obrero y del pueblo. El Catolicismo, como tantas veces hemos dicho, respeta los derechos reales de ricos y pobres, a unos y otros inculca el cumplimiento de sus deberes: señala límites al dominio, reconociendo su legitimidad y la excelencia de su función social, y, al propio tiempo, manda que el obrero satisfaga íntegramente sus obligaciones en el contrato de trabajo. U

Capital y capitalismo26 Muchos tienen como sinónimos estos dos vocablos que, en hecho de verdad, expresan ideas diferentes. El socialismo los confunde, para reprobarlos juntamente. Más, los grandes maestros del catolicismo social, reconocen que el capital tiene un papel legítimo en la vida económica y reprueban con tanta o mayor energía que los socialistas los abusos del capital, o sea el fenómeno moderno del capitalismo sibarita, explotador y ateo, del cual ha surgido en los últimos tiempos, como el hijo de las entrañas de la madre, el socialismo. La economía clásica liberal dio al capital un rol preeminente y excesivo, mientras el trabajo quedaba relegado al último término, con mengua de la dignidad del hombre y del cristiano. De la grande industria, abandonada por el poder público a los caprichos de una libertad egoísta, desenfrenada y exenta de toda moral y jurídica; surgió el capitalismo, por el cual se entiende, según el eminente Maestro Toniolo, «un sistema de relaciones económico-sociales, 26

Tomado de: Julio Tobar Donoso, “Capital y capitalismo”, La Defensa N.18, (1926), pp. 290-291.

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en el cual el capital y las clases que lo poseen ocupan una posición no solo preponderante, sino ilegitima y que no les es debida». De la misma manera lo define Antoine. Por contraste, la Escuela Social Católica ha proporcionado en todo tiempo, que el trabajo es el eje de la vida económica; que a él, por consiguiente, no solo en virtud de las disposiciones providenciales, sino en fuerza de evidentísimas razones meramente sociales y económicas, corresponde al primer puesto como factor esencial de la producción; y que, el capital tiene un lugar, muy importante sin duda, pero meramente secundario como agente auxiliar de las causas productoras directas, que son el Hombre y la Naturaleza. No cabe desconocer la legitimidad del capital, porque es «hijo de la industria y laboriosidad del hombre, sino que solamente se afirma que es un factor puramente subsidiario e instrumental, por eso subordinado, no fundamental. No se niega su productividad, esto es su capacidad de contribuir a la producción, sino que se afirma solamente que es mediata, o sea, que se desarrolla por medio de las fuerzas activas humanas y naturales». Como ya hemos dicho, nosotros estamos en el mismo período por el cual atravesó Europa hace un siglo y medio, cuando comenzó a introducirse la grande industria y a formarse lentamente esa poderosa concentración del capital en pocas manos, que es el síntoma fundamental de la desviación de la vida económica. Por lo mismo, es tiempo propicio de impedir que la negligencia de los unos y el utilitarismo egoísta de los otros, creen un peligro que podría alejarse y aun evitarse completamente si la evolución industrial fuese guiada por el espíritu cristiano de los poseedores del capital. Como ya hemos dicho en varias ocasiones, es principio descubierto por la ciencia católica moderna, que todo progreso industrial, para ser fecundo, sólido y duradero, debe ir acompañado de una elevación creciente de la moralidad de las clases productoras. Trabajemos, pues, con fe en la bondad de los principios y en las lecciones de la experiencia, para infundir o acreditar ese sentimiento de probidad en todos los tenedores del capital; y así éste no irá por cauces torcidos o irregulares, y será un elemento de paz social, de mejoramiento colectivo de progreso moral y material. U

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Reforma oficial27 Muchos espíritus superficiales juzgan que la preservación nacional contra la estragadora propaganda socialista, debe ser únicamente obra del Estado, es decir, de la fuerza. Tan liviana opinión, fiel aliada de esa trágica pereza de pensar y obrar que nos domina, parte del concepto de que la acción coercitiva del Poder basta para refrenar el desarrollo de las ideas nacientes, como si aprisionado a sus propagandistas, muriera el pensamiento, y no tuviera por sí misma una fuerza difusiva, que a veces se aumenta con la simpatía de la persecución. Lo dicho no significa que el Estado no deba de impedir, en cuanto sea posible, la difusión de las ideas, justamente llamadas asesinas, del anarquismo disolvente. Nos limitamos a combatir la malsana tendencia a esperarlo todo de la acción de la autoridad, a creer que la reforma social será fruto de un simple conjunto de medidas legislativas o ejecutivas, y que, por lo mismo, basta que la Política esté bien dirigida para que no haya que temer la propagación de doctrinas erróneas, ni el incremento de las fuerzas socialistas en nuestra patria. Muy otra es la manera de sentir de los grandes católicos de otros países, que dan a las fuerzas sociales el valor que les corresponde: ni niegan la eficacia de la política, ni le conceden un influjo curativo universal y menos omnipotente, capaz de sanar por sí solo las dolencias de las naciones. Esto quiere decir que la reforma social no puede ser mero efecto de los factores que solo obran sobre las fuerzas exteriores, sino de aquellos que van al alma, a la conciencia, a lo más hondo del espíritu, a la raíz del mal o del bien; porque solo entonces, la acción reformadora es profunda e intensa, duradera e incontrastable. Todas las demás renovaciones sociales son, sin la primera, frágiles y deleznables, porque no tienen cimientos hondos en el alma social. Pero para obrar sobre la conciencia de la sociedad y procurar el resurgimiento del orden cristiano de otros tiempos, en que la fe gobernaba todos los corazones y producía los más benéficos frutos colectivos y políticos, es preciso comenzar por la transformación individual de aquellos que, por Providencia especial de Dios, se proponen trabajar a fin de que la civilización no se desvirtúe y corrompa, sino que cada vez se aproxime más al ideal. Más, la piedad no puede reducirse, si ha de producir efectos de restauración social honda y permanente, a actos de mera costumbre y ceremonia religiosa. El catolicismo constituye la mejor escuela de abnegación y heroísmo; su prác27

Tomado de: Julio Tobar Donoso, “Reforma social”, La Defensa N. 25, (1926), pp. 439-440.

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tica supone también inmolación constante y completa de sí mismo. Sin estas virtudes es, por lo mismo, imposible que nuestra augusta religión engendre benéficas consecuencias sociales, que atraiga a sus enemigos, que ahogue las resistencias y consiga la influencia que está llamada a ejercer en todos los órdenes de la actividad humana. Si los católicos tienen la fe tibia y liviana, de mera rutina y protocolo, buena para manifestarse en elegantes fiestas, pero no para traducirse en actos socialmente fecundos, la reforma social no se alcanzará jamás; los enemigos dudarán de la eficacia de la religión, la tendrán por vana hipocresía o mero artificio, adecuados quizás para consuelo del individuo, mas no como factor social, como médula de civilización, como acicate de bien obrar e instrumento de renovación colectiva. Demos, pues, mayor importancia a la reforma individual; analicemos las deducciones sociales de la fe y cumplamos con viril destreza cuanto ella exige. No, la religión católica no es juguete hermoso, para el deleite personal; es, por el contrario, un manantial de sacrificio, una regla de austero olvido y renuncia de sí mismo y de amor generoso de los demás: es un código de moral social de extraordinaria fertilidad para la cultura humana; es, en fin, la clave de la solución del problema social, porque solo ella puede originar esas virtudes, sin las cuales no se logrará nunca la conciliación de las diversas clases de la sociedad. Refórmese el corazón de los individuos y habrá en los ricos docilidad para acatar la fundación social y las limitaciones de la propiedad, y para cumplir todos los deberes de justicia y de caridad; y en los pobres surgirá también la conciencia profesional, el espíritu de concordia y de amor. Las doctrinas anárquicas no tendrían así razón de ser, porque solo han nacido de la desobediencia de ricos y pobres a las máximas del Evangelio. U

Labor urgente28 ¿Qué significa una fe muerta, una fe infecunda, que no se traduce y concreta en obras de alto valor social? ¿Qué vale una religión teórica, como freno de las pasiones populares, si se ve que los que la abrazan, no son capaces de probar su 28

Tomado de: “Labor urgente”, La Defensa N. 26, (1926), pp. 459-460.

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excelencia práctica, mediante la reforma de su propio corazón y la observancia de una conducta en armonía con el pensamiento? Doble apostolado es indispensable en la hora actual: el de la palabra y el de la acción. El primero propenderá a patentizar la labor histórica de la Iglesia y la utilidad social de sus doctrinas redentoras, frente a los perniciosos efectos de la utopía que transforma los cimientos de las naciones. Pero junto a la propaganda de ideas sanas, a la par de la educación e instrucción del pueblo, ha de ir la acción, para completar así el apostolado de la palabra y demostrar, de manera inmediata y seductora, que aquella no es vano alarde de elocuencia, sino la expresión de la verdad; que no mero anzuelo para mantener al pueblo en el engaño, sino realidad fecunda, fruto del consentimiento y del amor que se concreta en obras e instituciones benéficas. U

Organización de la libertad de enseñanza29 De cuánto hemos escrito acerca de libertad de enseñanza, surge clara e indiscutiblemente una conclusión, que debe tenerse en cuenta para evitar tergiversaciones de nuestro pensamiento. La libertad que reclamamos como garantía y complemento vitales de los derechos paternos, como acicate de competencia y estímulo de progreso, como condición cimental de paz cívica y factor sine qua non de prosperidad de la instrucción oficial, no es, ni puede ser absoluta, atómica, anárquica, sino orgánica: respeta los derechos del Estado y de la familia, los armoniza y concilia, sin restringirlos ilegítimamente. ¿Cuál será, por ende, la organización de esa libertad que dé al poder lo que es suyo, reconociendo a la vez los fueros de la autoridad primaria y fundamental en materia de educación, la familia? Por el hecho de ser orgánica dicha libertad, no puede partir de una nivelación absoluta que conduzca a la uniformidad en la vulgaridad, o del desconocimiento de los ideales divergentes de las familias, de las aspiraciones varias de los espíritus. La libertad en el Estado moderno no debe fundarse en abstracciones, sino en la apreciación cabal de la realidad, fecunda en matices y modalidades. 29 Tomado de: Problemas escolares. Por la libertad de enseñanza, Quito, Tipografía Prensa Católica, 1930, pp. 181-199.

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Ese Estado que, a priori, se declara impotente para llegar a la posesión de lo absoluto, solo puede establecer normas relativas, que tomen en consideración aquellas diferencias y variedades; las cuales hayan de fundirse en la unidad nacional, no por obra violenta y artificiosa del despotismo oficial docente, sino por la labor espontanea de la educación, libremente inspirada en sanos principios y en energías morales capaces de ejercer imperio irresistible sobre las conciencias. Veamos, pues, en concreto cuáles serían las bases de la organización indicada. RECONOCIMIENTO LEAL DE LOS DERECHOS DEL ESTADO La primera base sería el reconocimiento leal de los derechos del Estado. Cualquier reforma que negara las justas prerrogativas del poder haría inasequible una transacción en este campo erizado de peligros. Nosotros, como tantas veces hemos repetido, sostenemos los derechos legítimos del Estado, frente a todas las doctrinas: ora contra el liberalismo clásico, que reduce el papel del poder público al de mero guarda civil, armado para la defensa del Derecho; ora contra el socialismo absorbente, que a fuerza de pretender la confiscación de las garantías de individuos y familias, acaba por represalia fomentando la desconfianza de los ciudadanos aun respecto de las más legitimas atribuciones públicas. Según las verdaderas doctrinas, dos son las funciones del Estado: la protección y tutela del derecho, la asistencia y promoción de los intereses y actividades de los asociados que dicen relación a la prosperidad temporal pública. Función esencial, permanente, insustituible la primera; supletoria, complementaria, indirecta la segunda y que, por lo mismo, no se ejerce sino en la proporción y medida en que lo reclama la insuficiencia de la acción privada. De la primera función, de tutela jurídica, nacen una obligación y un derecho preeminentes del Estado: obligación de defender las facultades de los padres en la educación de sus hijos; y derecho de intervención en la enseñanza pública, de policía escolar. Tiende esta intervención o supervigilancia a prevenir abusos en perjuicio de la niñez, a prevenir abusos en perjuicio de la niñez, a mantener dentro de sus límites al derecho paterno, en caso de ignorancia, incuria o ineptitud de la

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familia, y a procurar que la instrucción no se desvíe de su norma primera, que limita a su vez el derecho del Estado; el bien común. De la segunda función, la supletoria de la actividad insuficiente de los asociados, nace para el Estado del derecho de fundar planteles o de tomar otras medidas de promoción de la enseñanza, cuando tales necesidades no son llenadas, en toda su plenitud, por los individuos, asociaciones o fundaciones docentes. En el ejercicio de dicha función ha de tener en cuenta el Estado que su papel se reduce a auxiliar a los asociados, a ayudar y protegerlos en sus legítimas iniciativas. El apoyo, la asistencia no se han de trocar en usurpación de los derechos ciudadanos, en restricción de su libertad. El cooperador se convertiría así en confiscador; el estímulo, en origen de opresión y destrucción de la garantía primordial que se le encarga promover. Debe, además, el Estado en el desenvolvimiento de la función supletoria atender, como indica Ives de la Brière, a «todos los intereses espirituales a que las familias están legítimamente vinculadas». NEUTRALIDAD DEL ESTADO. SU VERDADERA FÓRMULA Con las palabras que acabamos de citar, queda indicada la segunda base de una buena organización escolar y el espíritu con que el poder está obligado a suplir la actividad insuficiente de los ciudadanos. Costeada por los dineros de todos, la instrucción oficial debe ser para todos. Fundada para llenar la deficiencia de la acción de las familias, ha de servir las aspiraciones de todas, no de una sola categoría de ellas. Empero, creen algunos que para llevar a cabo ese desiderátum, la escuela debe ser laica o neutra: así, dicen, el Estado no ofende las creencias de ninguna familia. Respuesta falaz, llena de ignorancia o perfidia. La neutralidad no es sino la máscara de comedia con que el racionalismo disfraza la propaganda escéptica moderna. Constituye, además, un absurdo moral, porque implica el silencio del maestro ante los problemas más graves de la vida y de la historia: mutismo quimérico, que le impondría incesante y abnegado dominio sobre sus actos, omisiones y aún sobre sus reticencias; mutismo que en todo caso contrasta con las aspiraciones de las familias, que induce al niño a recelar o sospechar de sus educadores o de sus padres y que pone en contradicción a éstos con

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aquel: mutismo antipedagógico, porque el educando necesita certidumbre en su inteligencia y en su voluntad; mutismo, en fin, que en ocasiones, significa clara, aunque solapada negación o torpe nulidad de la educación misma. La neutralidad del Estado, dice Bessières, no puede consistir sino en abstenerse de favorecer a tales jefes de familia más bien que a otros. La escuela actualmente llamada neutra, a pretexto de no vulnerar los derechos de ninguna familia, hiere los de todas, excepto de las que no creen, las cuales resultan así de mejor condición. So capa de imparcialidad, patrocina y privilegia únicamente a las que sostienen la irreligión de Estado. La verdadera fórmula de la neutralidad no puede ser sino una de estas dos: O que el Estado establezca escuelas oficiales para cada confesión autorizada por la Carta política y aún para los niños cuyos padres quieran educarles en el laicismo, como se practica en Alemania: o que, en el régimen de libertad de enseñanza, reparta proporcionalmente los fondos escolares entre todos los planetas, como ocurre en Holanda, Bélgica, Inglaterra, Noruega, Dinamarca, etc. Dentro de cualquiera de estos dos regímenes, el Estado, sin conceder preeminencia a ninguna Confesión o Iglesia, respeta lealmente los derechos de todas. Aspiramos, por tanto, a que el Estado practique no la neutralidad fingida y artera, sino la auténtica que organiza escuelas para cada sector religioso del pueblo o las subvenciona en proporción a su importancia. El Estado no solo ha impuesto la neutralidad en sus propias escuelas, sino en las municipales, con notorio menoscabo de la autonomía de los ayuntamientos, autonomía que constituye uno de los más firmes baluartes de la libertad de los ciudadanos. Pedimos que se dé a los municipios amplia facultad, no solo para establecer planteles, sino para imprimirles cualquier carácter y espíritu, para recurrir a un personal seglar o religioso, para impartir enseñanza de religión dentro de las condiciones que antes se indicaron, y, en fin, para auxiliar con becas, libros de texto, etc., a los niños de todas las escuelas, en la debida proporción. LEALTAD EN LA COMPETENCIA Si el papel del Estado en el orden escolar, consiste principalmente en suplir y estimular la actividad de los individuos, se le debe pedir que vigorice el principio de libertad en todo aquello en que puede desarrollarse sin menoscabo de los derechos de la autoridad. Las familias, para cumplir con sus graves deberes

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en cuanto a la educación, han de tener la seguridad de encontrar en el régimen escolar, todos los medios exigidos por la formación moral y religiosa que anhelan para sus hijos. El Estado, repitámoslo una vez más. No es el primer educador. Inepto aun para muchos negocios de orden económico, «para administrar cigarrillos o sellos», como decía Manjón; no puede monopolizar las ideas y los métodos y pretender hegemonía en el gobierno de las almas. Este encargo corresponde a la familia natural del hombre o a su familia espiritual (la Iglesia). Como complemento de la generación: educativo, generatio cotinuata. Por tanto si el poder civil crea escuelas, no puede ser sino al mismo título que las familias y debe aceptar con lealtad la competencia. DESCENTRALIZACIÓN ESCOLAR En cuanto al régimen de la enseñanza, domina hoy la más absoluta y peligrosa centralización. Toda la administración escolar está en manos del Ministerio del ramo: los antiguos Consejos han desaparecido mal compuestos, mal inspirados, su papel era estéril; diseminaban la responsabilidad del Estado entre una pluralidad de personas, sin beneficio social apreciable. Agentes del monopolio escolar, la libertad tenía en ellos poderosos obstáculos. Un régimen escolar de carácter nacional debe ser a la vez, la salvaguardia de la libertad de todos y la representación de las diversas fuerzas docentes, en particular de aquellos que son los educadores originarios e insustituibles: los propios padres de familia. Aspiramos, pues, al establecimiento de un sistema de descentralización que, sin privar al Estado de sus derechos de inspección para conseguir la observación de las leyes y del estatuto jurídico escolar, confíe a cuerpos independientes la administración propiamente dicha de la enseñanza. En todas partes se va ahora hacia ese sistema de descentralización, llamada autárquica institucional, que consiste en limitarse el Estado a determinar los fines que se deben realizar, dejando a entidades autónomas el excogitar los medios para conseguirlos (Monti, La Libertad de la Scuola, pág. 41). U

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El desorden capitalista30 El catolicismo social, que no es sino la proyección de la filosofía evangélica sobre la vida moderna, advirtió siempre la diferencia esencial que existe entre EL CAPITAL Y EL CAPITALISMO. Ketteler en 1864 evidenció ya que la preponderancia del capital o sea el capitalismo, ejerce influencia perniciosa en las clases obreras, disminuyendo el número de trabajadores independientes y aumentando, en cambio, el de jornaleros. Y en 1869 añadió que “es preciso acabar con la IMPIEDAD del capital que abusa del obrero y lo convierte en una máquina hasta agotar sus fuerzas”. Todos los publicistas católico-sociales han sostenido como el gran Obispo y precursor de León XII, que, si bien el capital tiene papel legítimo en la vida económica, ese papel no es sino secundario como mero agente de las energías primordiales de la producción: el hombre y la naturaleza. Al hombre corresponde, por su señorío sobre todas las cosas, la primacía de lo económico. Por haber olvidado la grande industria la eminente dignidad del obrero y el valor humano del trabajo, que no es simple mercancía como supuesto el liberalismo económico, sobrevino la CUESTIÓN SOCIAL, cáncer de la edad moderna. El capitalismo es el desorden, el abuso del capital, que se manifiesta en un INJUSTO PREDOMINIO sobre las demás fuerzas productoras. En el régimen capitalista moderno, el hombre quedó sacrificado y relegado a último término, mientras el crédito organizado a menudo en forma anónima e irresponsable, se convertía en eje, en dios de la economía. Contra esta desviación de los sanos principios, precursora de innumerables catástrofes, levantó su voz la Escuela Social Católica. En 1981, Lichtenstein, uno de los ilustres jefes del Partido Católico Austriaco, decía magistralmente: “Todas las demás fuerzas de la existencia social moderna tienen un círculo de acción estrictamente delimitado: solo el capital mobiliario, que desempeña el papel de providencia terrestre en nuestra vida material, está sin ninguna supervigilancia. Por esto se ha entregado a completa anarquía, a todas las audacias de ilimitada especulación… A los accidentes y artificios de un juego de azar”. Y el esclarecido estadista pedía, como síntesis de un programa, que el poder público impusiese a ese monarca absoluto una Constitución saludable, reglamentado las operaciones de Bolsa y prohibiendo toda operación ficticia. 30

Tomado de: “El desorden capitalista”, Acción Popular N. 2, (1932), pp. 14-15.

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Los católicos italianos en el Congreso de Roma en 1894, corroboraron la misma idea y exigieron a su vez que se estableciera una organización cristiana del crédito, a fin de que fuese ejercido “según las reglas que se derivan de su naturaleza económica y jurídica”, y de que “el capital se coordinase con el trabajo y no lo dominara”. Las costumbres sociales y las medidas legislativas, agregaban, deben tener por objeto restringir la expansión injusta y peligrosa de la economía actual del crédito y conducir al capital, en cuanto sea posible, a REASOCIARSE normalmente al trabajo, de manera permanente y directa”. Esa desorganización irritante del capital, fue calificada por León XII, en la magna Encíclica RERUM NOVARUM, de USURA VORAZ. Por desgracia, el mundo no quiso escuchar aquellas sapientísimas enseñanzas y desentendiéndose de los peligros que llevaba consigo el régimen capitalista, embriagado por su prosperidad facticia. Seducido por el espejismo de fantásticas empresas, continúo en la idolatría del oro. La guerra agigantó más y más esos aparentes esplendores con la inflación desmedida; y la inflación llevó a proporciones nunca soñadas la anarquía capitalista, la irresponsabilidad del crédito, la especulación bursátil. Para compensar la destrucción ingente de riquezas ocasionada por la magna lucha, se desarrolla entonces un enorme esfuerzo de RACIONALIZACIÓN de la industria: es decir, las máquinas y el hombre mismo, gracias a procedimientos científicos cada vez más perfeccionados, llegan a producir el máximum, con el mínimo gasto. Pero la moral se venga de la ciencia egoísta con la sobreproducción. En 1929 sobreviene lo que se ha llamado la QUIEBRA DEL MERCADO DE VALORES, o sea la caída rápida y terrible de los precios de todos los papeles fiduciarios introducidos en las Bolsas, principalmente en la de Nueva York. Pensóse al principio que aquella crisis afectaría solo a las negociaciones bursátiles, más a la postre se tradujo en el adormecimiento de todos los negocios, en la baja universal de los precios, en el paro tenaz de millones de hombres, en la bancarrota de grandes capitalistas, en el suicidio de magnates del crédito y de la industria, en la postración económica del mundo, en un palabra. El andamiaje, sabiamente construido, del régimen capitalista se ha venido al suelo, como un castillo de naipes. ¿A dónde vamos? De este laberinto, anunciador de una era nueva para la humanidad, no podremos sin la reorganización justa de las fuerzas del crédito, que limite el papel del capital, que le restituya a su finalidad secundaria, y le prive de la irresponsabilidad y del anonimato de hoy, para hacer de él una energía RACIONAL Y HUMANA.

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La reconstrucción moral del crédito es uno de los capítulos del programa de reflorecimiento cristiano de la sociedad. Los católicos tenemos deber ineludible de cooperar a ella, mejor dicho de iniciarla y llevarla a cabo, pues, sin la intervención de las fuerzas espirituales, esa ardua labor sería imposible y estéril. País paupérrimo el nuestro en capitales mobiliarios –y cuya economía, sustancialmente diversa de la europea, apenas tiene las características medioevales– puede aún librarse de los peligros que para otras naciones ha traído el régimen del capitalismo y ocupe el lugar que le corresponde y observe las reglas que le impone su verdadera naturaleza económica y la justicia cristiana. U

Democracia cristiana31 Desde los más lejanos tiempos de la historia, el mundo no ha sido sino inmenso campo de lucha en pro del triunfo de unos pocos considerados como superiores en la sociedad. En la época anterior a Cristo, gran parte de la humanidad gemía en la esclavitud: la jurisprudencia reputaba a los esclavos como simple cosa y les privaba de todo derecho. Después, a pesar de la enseñanza divina del Maestro sobre la igualdad esencial de todos los hombres la mayoría de los regímenes políticos y de las doctrinas filosóficas, ha consagrado el predominio de los fuertes y legitimado el beneficio y corto número de individuos, con sacrificio de los demás. Hoy mismo, la teoría bolchevista, que promete la redención de la humanidad, no habla sino de lucha de clases y de la dictadura del proletariado, es decir de trastornar meramente la situación actual, para poner arriba los que están abajo, pero quedando siempre muchos en el infortunio, en la miseria. Una sola escuela ha concertado el bien común de todos, con el beneficio preferente de la parte más desfavorecida del cuerpo social, y ha combinado el amor y la solidaridad generales, con la justicia y la defensa de los desvalidos. Esa doctrina es la DEMOCRACIA CRISTIANA, doctrina que, únicamente la Iglesia católica, religión social por excelencia, ha podido mantener y defender contra la ambición de los poderosos, las pasiones de clase y la soberbia nacionalista. Proviene este hecho excepcional y grandioso de que el Cristianismo (y el Cristianismo integral es el Catolicismo), debe su fundación a un Dios, que abra31

Tomado de: “Democracia cristiana”, Acción Popular N. 5, (1932), pp. 58-59.

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za con inexhausta caridad a todos los hombres; y de que este Dios, Dios-obrero, olvidó en cierto modo la universalidad de su misión, como dice sabiamente el preclaro maestro Toniolo, para no cuidad sino de los humildes, de los pobres, de los abandonados. Muchas doctrinas pregonan la igualdad de derechos y hacen de ella la base cimental de la democracia. El Cristianismo, por contraste luminoso y divino, habla especialmente de deberes y de deberes graduales, progresivos tal vez, en todo caso proporcionales a la capacidad de cada uno. Si el rico tuviera iguales deberes que el pobre, éste sería desfavorecido, porque relativamente daría más que el rico. En la doctrina democrática cristiana, se reconoce admirable jerarquía de deberes, ya en razón directa del poder de cada cual, de modo que el que más posee, más debe dar a la sociedad; ya en razón inversa de la necesidad, a fin de que quien menos tenga más reciba. El deber de protección a los desvalidos crece, por tanto, en la medida de la riqueza del que la posee y del infortunio o inferioridad del necesitado. La democracia cristiana viene a ser así «una ordenación de las fuerzas sociales dirigida al bien común, pero en la cual, legítimamente, por virtud de la justicia y de la caridad, tiene puesto predominante el bienestar de las clases inferiores», que emplea el ilustre sociólogo antes citado, no significa menor merito social o moral, sino deficiencia de la situación material, porque el Cristianismo ha pregonado siempre la eminente dignidad del pobre, del trabajador, del desafortunado. Implica en consecuencia, la democracia cristiana un régimen social en que todo se encamina y dirige el beneficio, no de un hombre que camina y dirige al beneficio, no de un hombre o de un grupo de hombres, por superiores que sean en inteligencia o fortuna; no de una clase o nación, sino de todos los individuos, familias y categorías sociales que componen el país, y más aún, la humanidad toda, el Cristo total. Mas, esa organización de las diferentes fuerzas humanas debe propender en tal forma al bien común que, por ministerio de las dos virtudes esenciales de la economía cristiana, la caridad y la justicia de la economía cristiana, la caridad y la justicia, redunde en ventaja particular, preeminente, de las clases más débiles. Si los católicos trabajan en beneficio del pueblo, si luchan por sus derechos, si los Papas y Obispos han tomado muy a pechos, en todo el decurso de la historia, la defensa contra todas las opresiones e injusticias, si han organizado para los desvalidos innumerables instituciones, no ha sido solamente por dulce criterio de caridad. No; su actitud depende de la esencia misma de la doctrina

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democrática cristiana, del concepto social y orgánico de la religión católica, que parte de esa doble base: el bien común y el bien especial de las clases menesterosas, mejor dicho del bien común encauzado para ventaja particular de ellas. Todo, a juicio de la democracia cristiana debe tener en el Estado a la felicidad general. Si en el cuerpo social hay alguna fracción que no sea partícipe del bienestar temporal, allí no vive el concepto democrático verdadero; si la libertad del individuo, si el equilibrio de clases son menospreciados, si hay prepotentes que niegan al pobre, al obrero, sus justos derechos; o si los pobres solo aspiran a invertir la pirámide social presente para que mañana los ricos sean lo que hoy ellos: allí no hay democracia, menos aún democracia cristiana, sino lucha, sino anarquía. Honra exclusiva del Cristianismo es el haber comprendido, por inspiración de lo alto, que el bien común debe refluir en servicio primordial de los elementos desamparados. «No los grandes, sino los pequeños, expresa Toniolo –deben ser el término– la cumbre, el objeto supremo de la solicitud y de los ideales del orden social». ¿Qué filosofía, qué estadista, qué legislador habría podido descubrir concepto tan hondo y divino? Toca a los católicos demostrar que sus doctrinas no son vanas; que el Evangelio, como escribió el Cardenal Mermillod, no es un libro dorado para las grandes festividades religiosas, sino norma de conducta, ideal constante de toda la existencia; que la democracia que buscamos, tiende por naturaleza a conquistar para la clases trabajadoras, que hoy no la reciben a menudo, la parte correspondiente en el bien común. Trabajemos, pues, por su constante ascensión, a fin de que disminuya el desequilibrio de las condiciones sociales; y remediado el mal material, podemos curar con mayor eficacia el mal moral, la ausencia de Cristo entre los hombres. U

La lucha de clases32 La escuela liberal trató de destruir las clases, porque las consideró obstáculo para la libre expresión de la voluntad de los individuos; pero al mismo tiempo 32

Tomado de: “Lucha de clases”, Acción Popular N. 10, (1932), pp. 118-119.

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creyó, según hemos indicado en artículos anteriores, que los intereses de las varias clases, del capital y del trabajo eran necesariamente armónicos y que, abandonados el juego de la libertad, buscaban de manera automática y espontánea su equilibrio. El legislador, por consiguiente, nada debía hacer para que se mantuviese el contrapeso, ni para restablecerlo si se alteraba. La respuesta de los hechos a la filosofía individualista fue el triunfo de los más fuertes, la diseminación de las clases débiles, la constitución del capitalismo en Europa. Un grupo de seudo sabios de esa misma escuela, grupo a cuya cabeza debemos mencionar a Renan y Spencer, llegó aun a creer que el triunfo de los fuertes era conveniente para el progreso humano. El mundo debía ser así trofeo de los poderosos, de los mejor dotados, de las clases superiores. «Los agentes que pretenden proteger a los incapaces… hacen un mal incontestable, afirmaba el segundo de los referidos escritores positivistas; ellos detienen ese trabajo de eliminación natural, por el cual la sociedad se depura continuamente por sí misma». De aquí nació lo que se ha llamado «darwinismo social», doctrina venenosa que trasplantó al género humano la ley biológica de selección espontánea de las especies formulada por Darwin. Marx, al sistematizar el sistema socialista, le dio por fundamento la lucha de clases, lucha que, a su juicio, era no solo inevitable, sino benéfica como estímulo de la evolución social. Todos los acontecimientos históricos, todos los adelantos humanos se explican es esa funesta teoría por la contraposición de intereses económicos entre dos grandes clases de la sociedad: los que poseen y los desposeídos. La aspiración del comunismo actual, la dictadura del proletariado, constituyen la culminación de esa lucha, para el definitivo predominio de la clase obrera sobre la burguesía. Querer explicar toda la historia por la lucha de clases es falsearla radicalmente, simplificando la compleja urdimbre de los hechos para acomodarla a deleznable hipótesis. Pongamos aparte al Cristianismo, fenómeno extraordinario en los anales humanos y en cuya génesis y desenvolvimiento se ve palpablemente la manifestación divina. Tampoco los grandes sucesos, en que no ha participado de manera personal e inmediata la Providencia, pueden explicarse jamás por ese solo factor. ¿Qué influjo tuvo la lucha de clases en las conquistas y transformaciones políticas obradas por la espada de los grandes capitanes, Ciro, Alejandro, Julio César en lo antiguo, Napoleón en lo moderno, conquistas que modificaron el mapa del mundo? ¿Cómo se explican económicamente la Conversión de los

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Bárbaros, el Renacimiento, la Reforma, que tanta resonancia han tenido en los destinos de la humanidad? ¿La Revolución Francesa se habría dilatado por el mundo, si hubiese sido simple lucha de la burguesía contra la antigua nobleza? «Esas luchas, aun donde las ha habido, pregunta el P. Cathrein, ¿han influido efectivamente en las ciencias y en las artes y por su medio en la mancha de la cultura? ¿Son los modernos descubrimientos, principalmente la imprenta y la pólvora, las máquinas de vapor y la luz eléctrica, su aplicación a trenes, barcos, fábricas, telégrafos, etc., un brote espontáneo de las luchas de clases?» Si la lucha fuera permanente y universal, fatal y necesaria, según cree el socialismo, ¿cómo se explicaría la tranquilidad económica de la Edad Media, donde la organización profesional tuvo espléndido estatuto cristiano? Las luchas de esa época, salvo no, se debieren a factores sustancialmente diversos del económico. Por otra parte, como anota Toniolo, las diferencias de clases no han tenido siempre y exclusivamente su orden en la riqueza. «Mucho antes que las clases económicas, se constituyen las clases morales-civiles, dedicadas particularmente a las más elevadas funciones de la convivencia social, como las de la religión, del derecho, de la cultura, y sobre todo de las políticas». Para facilitar la justificación de su hipótesis. Marx simplifica artificiosamente los términos al problema, suponiendo que la lucha es muy áspera porque solo hay dos clases, contrapuestas entre sí. Más, como «las clases son realidades movibles que se presentan con aspectos constantemente nuevos», según dice Leclerq, y como son numerosísimos los géneros de vida semejantes que producen su formación, resulta que, por lo menos, hay tres grandes clases, que se subdividen, a su vez, ilimitadamente: la popular, la aristocracia, y la media, que obra entre las dos primeras como resorte suavizador de los choques. Toniolo habla de tres series de distinción de clases, por la forma de ejercicio de la actividad económica, por la calidad de la propiedad de que disponen y por el grado de los medios económicos de que están provistos. Fallon anota seis clases: los asalariados; los capitalistas; los empresarios y directores de negocios, los productores autónomos en la agricultura, la pequeña industria y el pequeño comercio; los empleados y pequeños funcionarios; las clases liberales. De toda esta enrome complicación de clases, surge la conclusión de que los antagonismos que puede haber entre ellas no presentan jamás un solo frente, que agravaría su fuerza y dificultaría su remedio. No, no hay una sola lucha; hay luchas diversas en orden y naturaleza, en importancia, en tratamiento. Es decir,

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la lucha se disemina, se dispersa, relajándose así la supuesta violencia de que habla la hipótesis socialista. Además, las clases se compenetran, se entremezclan, se funden entre sí, porque las semejanzas de vida entre los hombres son múltiples y complicadas. Individuos hay, por eso, que pertenecen a la vez a distintas clases: un hombre que vive de salario, puede ser propietario. Grupos aparentemente semejantes por la actividad similar, tienen entre sí intereses divergentes, sin nexo de comunidad, como los obreros manuales y los agrícolas. La similitud de ocupación, por último, no siempre une a los hombres: entre dos obreros del mismo oficio, puede haber profundas discrepancias de ideas religiosas, de aspiraciones políticas, de métodos de acción económica, que hagan de ellos no solo rivales, sino francamente enemigos. El obrero bolchevista es el antípoda del obrero cristiano, no siempre tiene más fuerza que los otros, ni la lucha por los bienes terrenos resulta de continuo la más intensa. Marx confunde, en fin, la divergencia de intereses con la lucha sin tregua. «La oposición entre empleado y empleador, expresa Fallon, deja subsistir entre ellos real comunidad de intereses. Si cada uno se inclina a atribuirse la mayor parte del producto, ambos están igualmente interesados en la prosperidad de la industria en general y de su empresa en particular». Las clases tienen, pues, intereses distintos, no siempre opuestos, que el fin común debe aunar y armonizar estrechamente. Trabajadores y empresarios han de considerarse como verdaderos socios para la consecución de la prosperidad de su labor colectiva. Por lo mismo, la lucha entre ellos solo puede ser accidente precario, no esencial ni permanente, que debe remediarse mediante la acción de las fuerzas unificadoras: la justicia, la caridad, la autoridad, el ideal cristiano. Contra esa doctrina nefanda y sombría de la lucha de clases, que pretende mantener desatada la discordia, se levanta solo una doctrina de amor y unión: la de la Iglesia de Cristo. A juicio del Catolicismo social la existencia de clases es un hecho legítimo y necesario; y la buena organización de ellas contribuye a la consecución del bien común, impidiendo la dispersión de los individuos. Como bien dice Toniolo, «el Cristiano, consagrando y espiritualizado los fines de la sociedad, legitimó la jerarquía de las clases morales-civiles... Pero su mayor originalidad frente a los tiempos paganos fue la de haber dado una base legítima, permanente e ilimitada a las clases económicas propiamente dichas… Fue en el orden social el resultado legítimo de la «religión del trabajo». No niega la Iglesia que haya antagonismos momentáneos entre las clases, que sus intereses sean a veces divergentes; pero juzga también que esas discor-

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dancias, pueden y deben armonizarse, si la autoridad y los interesados mismos procuran encauzar la actividad de las clases hacia el bien común. Mientras Lenine, y con él todo el bolchevismo, proclama que es moral lo que sirve a adelantar la lucha de clases; el Catolicismo social declara inmoral cuanto contribuye a exacerbarla. «Hay en la cuestión que tratamos un mal capital, dice León XIII en la Encíclica “Rerum Novarum”, y es el figurarse y pensar que son unas clases de la sociedad por su naturaleza enemigas de otras, como si a los ricos y a los proletarios les hubiera hecho la naturaleza para estar peleando los unos contra los otros en perpetua guerra. Lo cual es tan opuesto a la razón y a la verdad, que, por el contrario, es ciertísimo que, así como en el cuerpo se unen miembros entre sí tan diversos, y de su unión resulta esa disposición de todo el ser, que bien podríamos llamar simetría, así en la sociedad civil ha ordenado la naturaleza que aquellas dos clases se junten concordes entre sí y se adapten la una a la otra de modo que se equilibren. Necesita la una de la otra enteramente, porque sin trabajo no puede haber capital, ni sin capital trabajo». El insigne Pontífice pone de relieve en seguida los medios que se deben adoptar para obtener la concordia entre las clases; y recuerda a unos y otros sus deberes recíprocos de justicia y de amor y el gran dogma de la fraternidad cristiana, cimiento esencial de la paz social, llave irremplazable de la armonía, sin la cual es imposible la verdadera civilización. Así, la doctrina de la Iglesia, en la cual todo hable de fraternidad, es el recurso supremo para las sociedades desplazadas por la lucha de clases y el antídoto que ha de preservar de igual cáncer a las naciones nuevas, donde el problema social comienza a presentarse. U

El catolicismo, filosofía suprema de la solidaridad33 CONCEPTO ORGÁNICO DE SOCIEDAD

La filosofía individualista, de la cual se derivó el liberalismo, fue la negación radical del concepto orgánico de la sociedad, del dogma de la Iglesia, según el 33 Tomado de: “El catolicismo, filosofía suprema de la solidaridad”, Acción Popular N. 11, (1932), pp. 131-132.

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cual ésta constituye el Cuerpo Místico de Cristo. El socialismo y el positivismo de Comité, se ha esforzado en vano en reconstruir, sobre bases deleznables, una nueva doctrina de solidaridad, de dependencia recíproca entre los hombres. La escuela organicista ha pretendido también, a su vez, demostrar que la sociedad es un organismo semejante al humano, en el que todas sus partes o miembros están íntimamente enlazados. Empero, ninguna de estas teorías ha logrado recomponer la trabazón orgánica de la sociedad, ni explicar el por qué de la interdependencia de sus elementos, cosa indispensable para el remedio de la cuestión social de nuestro tiempo. Empresa imposible, en efecto, la de reconstruir orgánicamente la humanidad, mientras no se vuelva a aquel principio vital que en otros siglos logró formar de la cristiandad toda un organismo único, vivificado por Cristo, entre cuyos miembros reinaba la armonía, en virtud de la comunión de fe y caridad. Fue esa la característica esencial de la Edad Media, en que la doctrina de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo no solo encontró acogida en las inteligencias, sino repercusión constante en la comunidad de las naciones en la organización social, en la vida de las profesiones y clases. La Iglesia católica tiene ese encargo augusto de reintroducir en la conciencia de las sociedades modernas, ese olvidado y fundamental concepto de la solidaridad cristiana, sin el que no podrá lograrse la solución de los problemas graves y apremiantes, derivados del imperio del individualismo durante dos siglos. La desoladora diseminación de la humanidad, la pulverización de los individuos en virtud de la egolatría dominante, solo se corregirá mediante una fuerza espiritual que ligue de nuevo, con poderosos y áureos vínculos de amor, a todos los hombres en una sola unidad. A los ojos de la Iglesia, antes que los individuos está la comunidad, solidaria en su acción, vivificada por el principio de unidad, que es Cristo. «No son los fieles, expresa Karl Adam en su bellísimo libro intitulado La verdadera fisonomía del Catolicismo, los que dan existencia a la comunidad, sino más bien a la inversa, es decir la comunidad de el ser a los individuos en cuanto cristianos. La comunidad cristiana, la Iglesia en cuanto comunidad es el primer término, mientras que la personalidad cristiana, quiero decir la Iglesia en cuanto suma de personas cristianas, no viene sino después». Triunfe otra vez en la humanidad esa doctrina salvadora de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo, manifestación admirable de la solidaridad orgánica entre los hombres; vivan ese concepto altísimo, cada vez más profundamente, todos los cristianos; y la cuestión social se resolverá, no por acción de la fuerza,

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sino por la eficacia con que la corriente de vida divina circulará por rodos los miembros de ese cuerpo sagrado, dirigida y coordinada por su cabeza invisible, Cristo Jesús, y por el Cristo de la Tierra, el Papa. U

Oración y sentido social34 Cuerpo Místico de Cristo, entre cuyos miembros debe existir la más dulce y fecunda comunión de caridad; familia divina de las almas redimidas, la Iglesia es –como vimos ya– la mejor escuela de solidaridad entre los hombres, la única organización verdadera de la fraternidad, la educadora por excelencia del sentido de las responsabilidades sociales. La Iglesia ejerce ese augusto misterio del mancomunado por muy diversos medios, entre los cuales uno de lo más seductores y eficaces es la plegaria. En el Catolicismo, la oración no es forma de egoísmo religioso, manifestación solitaria de amor sobrenatural. La oración litúrgica de la Iglesia aparece, según dice Adam, como la plegaria de todos y para todos, como la plegaria del Cuerpo Místico entero. Ella viene a ser, por consiguiente, testimonio vivo y fecundo de la fraternidad cristiana, expresión del engranaje misterioso que une a los cristianos entre sí y con Dios, suma y compendio de los lazos de espiritual parentesco que crea la Comunión de los Santos. ¡Admirable oración que resume toda La Doctrina Social de la Iglesia, y que proclama el más puro solidarismo espiritualista, la necesidad del Reino de Dios para que no se menosprecie la norma suprema de amor y de justicia en la distribución y disfrute de los bienes perecederos! Si el Pater Noster se dijese no solo rutinariamente y con los labios, sino con plena consciencia amor, ¿se explicaría que los hombres hiciesen a sus hermanos simple instrumento de lucro, que por vicioso régimen económico faltase a menudo a muchos el pan de cada día, que las luchas de clases fueran tan acerbas y tan desenfrenada y loca la conquista de las riquezas? Si el obrero y el patrón rezan juntos el Pater Noster, su parentesco de alma –dice de modo luminoso Thellier de Poncheville– aparece inmediatamente en su pensamiento. 34 Tomado de: “El catolicismo, filosofía suprema de la solidaridad II”, Acción Popular N. 12, (1932), 143-144.

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«A través de lo humano que les opone uno a otro, reaparece lo divino en el cual se hermanan. Ese proletario no puede ser mirado como fuerza muscular de la cual se extrae cínicamente su máximum de rendimiento. En puestos semejantes, y a pesar de su antagonismo desde ese punto de vista, ambos se reconocen coherederos del reino eterno, coservidores del mismo verdadero Maestro, a quien pertenecen sus útiles y sus vidas. Desde entonces se atenúa el absolutismo de las pretensiones contrarias que iban a chocar». «El impulso de las violencias que se disponían a aplastarse recíprocamente, se sustituye con la idea de una regla moral que se debe respetar, de un deber mutuo por llenar, de un equilibrio de derechos por organizar, de concesiones que es menester otorgar benévolamente». ¡El sentido social! Es decir la consciencia plena de formar un solo organismo moral, en que todos los miembros son responsables y deudores unos de otros, y en que grandes y pequeños, ricos y pobres, deben trabajar y amar, sacrificarse y padecer, para que el Reino de Dios se extienda y perfeccione. SACRAMENTOS, JUSTICIA Y AMOR Así como la vida humana no puede conservarse si la sangre no circula por todo el organismo y no llega hasta sus extremos el movimiento vivificador que le imprime el corazón; tampoco la vida divina se mantiene en el Cuerpo Místico de Cristo, si por él no se difunde, con ritmo regular, la sangre redentora, si el Principio Vital, o sea el mismo Cristo, no actúa en todos sus miembros sobrenaturales, produciendo en ellos frutos de santidad, de justicia, de fraternidad. Por eso Cristo ha querido encarnarse en los fieles y crear manantiales de envida divina, para comunicarse con ellos espiritual y permanentemente. Esos manantiales inexhaustos que brotan de Jesús y llevan la vida de Jesús a las almas, son los Sacramentos, los cuales constituyen, por consiguiente, veneros que, de manera incesante, renuevan en el individuo y en la sociedad las corrientes de amor y de responsabilidad mancomunal que se deriva del Catolicismo. Para que el sentido social, cuya más alta y fecunda expresión hemos encontrado en el Catolicismo, no quede reducido a concepto teórico y nugatorio, sino para que se traduzca en realidad cotidiana, en esfuerzo organizado, y engendre obras de justicia y amor, es imprescindible que el sacrificio de la cruz sea amado, imitado y glorificado en la conducta humana. Mas, si los hombres no aprenden de Cristo, en la Hostia Santa, la inmolación de su voluntad, la heroica

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abdicación de sus egoísmos en pro de sus semejantes y hermanos, ¿Quién será capaz de enseñarles esos sentimientos? Si se enfría la caridad, y la fe en Cristo no es capaz de encenderla de nuevo, ¿en qué otra hoguera se podrá prender ese dulcísimo fuego? Cada vez que renace Cristo en el corazón humano adormecido por la culpa, reverdece paralela y misteriosamente el amor fraterno. Cuanto más se estrechan los áureos lazos del alma con Dios, más se ligan los hombres entre sí, más poderosamente advierten y sienten el yugo de sus responsabilidades y deberes recíprocos, y se renueva la idea de una sola comunión de caridad. Testigos de Cristo: he aquí el papel del cristiano en el mundo moderno, y principalmente en el orden social, en incluso de las riquezas. El católico, iluminado por su fe, encendido en amor por esposos veneros de gracia, de elevación sobrenatural que hemos admirado, debe demostrar a la sociedad que Cristo vive él, que todos sus actos reflejan la presencia de Cristo en el alma, que él mismo es otro Cristo. Entonces y solo entonces, todos los miembros de Cristo Místico estarán unidos entre sí, y contribuirán unidos entre sí, y contribuirán a crear el verdadero orden social cristiano, donde dominará el amor, no el odio; donde las reformas de justicia, serán el eco del orden interior de las almas, y no únicamente fruto de la acción de la fuerza, siempre fugaz e inestable, que deja raíces de nuevos odios, fermentos de nuevas injusticias. Los que pretenden en vano curar los males colectivos socializando los bienes terrenos, deberían procurar más bien socializar al hombre con Dios, para que el amor filial a Dios se traduzca en amor fraterno, y el individualismo será sustituido con el solidarismo sobrenatural. U

Nuestros problemas sociales35 Dos corrientes externas de opinión han surgido entre nosotros acerca de los problemas sociales. Para algunos que, por ciego optimismo o ignorancia culpable, piensan que dicen en el mejor de los mundos imaginables, no hay en nuestra patria problemas graves relativos al trabajo y a los trabajadores. El obrero urbano tiene, a su juicio, salario constante y suficiente, nuestros indios están 35

Tomado de: “Nuestros problemas sociales”, Acción Popular N. 15, (1932), pp. 179-180.

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en excelente situación moral, religiosa y económica, la propiedad se halla adecuadamente extendida: en suma, todo marcha bien. Si algún vicio existe, basta la acción de la caridad o la mera libertad para curarlo. Esta doctrina, muelle y cómoda, fruto de individualismo, que a veces usa aceites cristianos, es la de la pereza optimista. Otros, sea por pesimismo, sea por simples prejuicios u odios, sostienen que en nuestra patria hay problemas en todo iguales a los de Europa. A los ojos de los que así juzgan los asuntos sociales, el legislador debe limitarse a trasplantar las instituciones de países más adelantados, y emprender las formas que allá están en boga, vaciándolas en idénticos moldes Impetuosos y violentos, mientras a los primeros domina la pereza egoísta, sueñan con cambiar de raíz la naturaleza social, para acomodarla a sus antojadizas suposiciones. Es la táctica de los copistas, de los románticos, de los revolucionarios. Entre ambos extremos está el justo medio: ni este país es un oasis social, sustraído a las olas humanas, donde todo ocurre a pedir de boca, ni tiene aún el verdadero problema social europeo, derivado de la grande industria, dependiente del capitalismo y gravado por la lucha de clases. Confronta, empero, problemas sociales muy suyos, peculiares al medio, de fisonomía propia, y que, por lo mismo, exigen remedios también especiales, que se acomoden a la naturaleza de la sociedad y a la índole particularísima del mal que se trata de prevenir o de curar. Las dos corrientes viciosas que hemos indicado, han concurrido a crear la situación difícil por la cual atravesamos: porque ambas convienen en no hacer nada eficaz para conjurarla. Los perezosos y los optimistas desatienden por negligencia los problemas; y demuestran a los que se atreven a emprender su estudio o patrocinan medidas de justicia legal, apellidando «socialismo» a cuanto se hace o pretende hacer en beneficio del pueblo. Los violentos, los iracundos, los utópicos, por exigir medidas radicales, que cambien de manera fundamental e inmediata la faz, de las instituciones, olvidan asimismo las soluciones pacíficas, las leyes adecuadas, los medios evolutivos, lentos tal vez, pero seguros y eficaces. O la revolución, o mala: tal es la táctica de esos genios amigos de quimeras. Nosotros, que hemos gustado siempre de ver la realidad tal cual es, venimos sosteniendo desde hace largos años que es necesario cambiar de sistema, estudiar profundamente las miserias y angustias de la situación social, y procurar la adopción de medidas adecuadas, que no sean simple copia de reformas implantadas en otras partes. El mero trasplante de instituciones exóticas, nos ha dado una legislación social de oropel, que en muy poco sirve para las ver-

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daderas necesidades. Tenemos leyes para el trabajo industrial, que es el menos frecuente entre nosotros; pero, ¿dónde están las normas para el trabajo y el obrero agrícolas? ¿Dónde, asimismo, la legislación para el artesanato libre, para el obrero urbano, el más abandonado de todos? ¿Qué se ha hecho por la clase media, por el pequeño empleado? En lo que atañe al problema rural, la única reforma de trascendencia ha sido la supresión del concertaje; pero esta medida indispensable, debió ir acompañada de otras, para apresurar la incorporación del indio en la unidad espiritual del pueblo ecuatoriano. El problema de la colonización, surgido hace cuatrocientos años, está todavía casi intacto, esperando las reformas fecundas que hagan del indio hombre y ecuatoriano, y no mero instrumento económico. Y en este sentido –es menester decirlo francamente– retrocedemos en lugar de adelantar, porque desde hace treinta años, el divorcio entre la autoridad espiritual y el poder público impide toda obra seria y profunda en beneficio de la moralización instrucción religiosa del trabajador rural y aun en servicio de su rehabilitación económica. En las ciudades, se han descuidado los gremios: ya casi no existe la organización profesional, a la cual un tiempo, con fines políticos, daba cierta atención la Policía. Y de esa carencia de organismos profesionales bien disciplinados, proviene la dispersión de los obreros, la falta de obras de apoyo mutuo, de instituciones de previsión, que defiendan a aquellos contra los riesgos de la vejez, de la enfermedad, de la invalidez. Un artesano libre trabaja durante cuenta años sin descanso y al cabo de ellos ve abiertas las puertas de la ancianidad, sin protección alguna. En otras partes, el gran mal es el pauperismo del trabajador asalariado; entre nosotros, el mayor flagelo consiste indudablemente en el pauperismo del trabajador independiente, que se acrecienta en épocas de crisis general como la presente. Aquí, el problema no depende de los patronos, sino del descuido de la autoridad, de la inexistencia de instituciones adecuadas, de la diseminación de los mismos obreros. Para el trabajador de las fábricas, como dejamos dicho, se han dictado algunas leyes: entre ellas, la de accidentes del trabajo, ha dado excelentes resultados, a pesar de su notoria imperfección. Mas, también el obrero industrial espera la creación de cajas de ahorro, de instituciones de seguro, etc., que le protegen contra los riesgos arriba señalados. Todo está por hacerse y todo es difícil, por falta de estudios suficientes acerca de nuestro medio. La primera obra que tiene que emprender el Estado es la creación de comisiones de investigación, compuestas por personas compe-

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tentes que no quieran buscar en ellas medios de ascensión política, sino oscuramente, el mejoramiento de las clases trabajadoras. Las indagaciones sistemáticas darían admirables resultados, si fuera conducida por hombres de ciencia y de conciencia. Iglesia, Estado, patronos y obreros, todos deberían unirse para esa obra urgente y salvadora del saneamiento de nuestros problemas sociales, obra que será inasequible si prevalece, como hasta aquí, el aislamiento entre esos factores y el menosprecio de las fuerzas espirituales. U

Contra la “neutralidad” de la educción oficial36 Suficiente es ya para viciar el carácter de la juventud, para anular los efectos de la educación e impedir toda formación moral, la actitud simplemente negativa del maestro, cuyo silencio equivale en la mayoría de los casos a una enseñanza muda, pero eficacísima de escepticismo y de menosprecio de los factores espirituales. Si a esa actitud de preterición de los problemas vitales de la humanidad –su origen y su fin–, si a ese sistemático silencio, se junta el ataque directo a las creencias de los niños o de los padres, el plantel oficial se transforma siniestramente en anti-Iglesia, en una religión al revés, en nefando ariete de destrucción de las bases y tradiciones nacionales, en vehículo de preparación de la escuela bolchevista. Y he aquí lo que ocurre entre nosotros, en especial desde el último cambio político. No es ya únicamente tal o cual maestro desgarrado el que, por su propia cuenta, se dedica a socavar los cimientos de la fe de nuestro pueblo y a impedir que el clero, aun fuera de las horas de clase, dé a los alumnos oficiales la enseñanza catequística indispensable para compensar de alumna manera la indiferencia del Estado por la sólida educación moral de las presentes generaciones. Son las mismas autoridades del ramo las que, desembozadamente, ensayan la escuela socialista y atea, hiriendo de todos los modos las creencias de la sociedad ecuatoriana, falseando, en abierta contradicción con el principio 36

Tomado de: “¿Neutralidad o irreligión?”, La Sociedad N. 28, (7 de junio 1936), pp. 3-4.

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de la neutralidad constitucional, el papel del maestro, haciendo de él el principal arquitecto de la revolución en marcha. Tenemos ahora un nuevo documento, de cuyo valor nadie puede dudar. En último número del Boletín Oficial del Ministerio de Educación Pública, a pesar de su índole meramente administrativa, manifiesta la decisión que tiene dicho departamento de impulsar la propaganda anticlerical. En numerosas leyendas, de sugestivo color, precisa la labor que, según el socialismo extremista, corresponde al maestro moderno en eso que se ha dado en llamar «emancipación» y «conquista del niño», obra que en buen castellano, quiere decir sustracción de aquel a la influencia de los padres y ruina de la autoridad de estos y de la Iglesia, para poder uncir mejor a la infancia a la cadena del Estado, de este pobrecito Estado, inhábil para manejar los más insignificantes monopolios fiscales y que se cree capaz de modelar almas! Mas, ¿qué digo? ¿Será modelar almas, matar en ellas la sed de lo infinito y sustituirla con la sed de las cosas perecederas, con el solo anhelo del pan cuotidiano? En el Boletín se invita al profesor oficial a arrebatar al niño de las garras de la explotación y del clericalismo y a convertirse, dentro y fuera de la escuela, en apóstol de no sabemos qué ideal de renovación. Los mismos que atacan a la Iglesia porque infunde una doctrina en el niño, por más que esta doctrina sea no solo eminentemente moral y civilizadora, sino divinizadora del hombre, no vacilan en pretender sustituirse a ella, para vacilar a la infancia en remiendo molde: el del materialismo anticristiano, el del nuevo paganismo bolchevista. Se nos objetará que la neutralidad es inepcia y mentira. Sí estamos de acuerdo en que constituye solo una «hipocresía» occidental, como dijo Lenine, quien dio razón a la Iglesia, enemiga de aquel nefando ardid con que se quiso acreditar ante los ojos de los incautos a la Escuela Laica. Pero es intolerable que, mientras exista el principio constitucional de la neutralidad, el maestro público y el Ministerio, infringiendo abiertamente la ley, hagan de la cátedra tribuna de odio, oficina de irreligiosidad, máquina de guerra contra lo que apellida «clericalismo» y que no es sino aversión a las ideas religiosas personificadas en el clero. U

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El verdadero concepto de libertad religiosa37 Es indispensable prevenir una objeción que, en el decurso de nuestro estudio, podía enfrentar confusión e inquietud. Nos referimos a que, en la época precedente a los sucesos narrados, faltó generalmente, no en una parte, sino en todos los ámbitos de la opinión pública, un examen a fondo de la naturaleza y relaciones de la libertad. De ordinario, los publicistas católicos se situaban únicamente en el campo de los derechos de la verdad, es decir negaban justamente que el hombre fuese libre respecto de Dios. Su designio era rechazar el indiferentismo o relativismo que equiparan, en una y otra forma, a todas las religiones. Ya en su célebre y justamente aplaudido discurso en el Asamblea de 1878, fijó González Suárez, diputado por el Azuay, su posición doctrinal en estos términos: “No puede haber más que una sola religión verdadera, y un solo culto bueno; pero no hay, ni puede haber más que un solo Dios. Esa religión, la única verdadera, es la católica, y ese único culto bueno es el que tributa a Dios el catolicismo. ¡Qué significaría, pues, entre nosotros, la libertad de cultos, sino la funesta facultad de hacer el mal? ¿Hay, por ventura en el Ecuador, sectas disidentes a quienes tolera? “Se ha dicho que cada uno tiene el derecho de adorar a Dios según el dictamen de su propia conciencia. No puedo menos de decir, Excmo. Señor, que he oído con sorpresa asegurar un error que no es otra cosa sino la pura y neta confesión de mil veces refutado deísmo...” (Miscelánea, p. 126). Desde el punto de vista en que se colocaba el eximio sacerdote, es indudable que no se puede hablar de un verdadero derecho a la libertad religiosa. El hombre, ser dependiente de su Hacedor, de Dios, tiene deber de adorarle como Él lo exige, de seguir la religión que Él ha fundado. Por eso el Concilio Vaticano ha dicho con autoridad decisiva: …la norma suprema de la vida humana es la misma ley divina, eterna, objetiva y universal, por la que los ordena, dirige y gobierna, el mundo y los caminos de la comunidad humana según el designio de su soberanía y de su amor. Dios hace partícipe al hombre de esta su ley, de manera que el hombre, por suave disposición de la divina Providencia, puede conocer más y más la verdad inmutable. Por tanto, cada cual tiene la obligación y por consiguiente también el derecho de buscar la verdad en materia religiosa a fin de que, utilizando los medios adecuados, llegue a formar rectos y verdaderos juicios de conciencia”. 37 Tomado de: La legislación liberal y la Iglesia católica en el Ecuador, Estudio histórico-jurídico, Quito, Producción Gráfica, 2001, pp. 17-19, 20-21, 22, 23-24.

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Investigar la verdad, adherirse a ella cuando se la halle son, pues, obligaciones primarias de la persona humana, a las cuales no puede sustraerse, so pena de desustanciarse a sí propia, de dejar de ser lo que es, copia e imagen modelados por Dios mismo. No hay, en el orden humano-divino, derecho al error, al mal, miserias de la libertad. Error, mal, pecado son cosas por las cuales el hombre puede, peno no debe, optar en ejercicio de ese don excelso, pero temeroso, del libre arbitrio. Pero debe tenerse siempre en cuenta que la verdad hay que vivirla en el amor; y que, como escribe el P. Haring, “solamente el hombre que vive plenamente según su conciencia personalísima, según la verdad de Dios, siempre atento a la llamada de cada hora, está en la verdad de Dios, siempre atento a la llamada de cada hora, está en la verdad y es lo que debe ser” (Cristiano en un Mundo Nuevo, p. 302). Los pensadores católicos, en todos los países y en igual época, miraron el problema desde el punto de vista que podemos denominar moral o teológico. Olvidaron, sin duda, que en la era moderna, de deificación del Estado, es indispensable considerar, más que en ninguna otra faz, situar el asunto en su aspecto temporal: defender al hombre y su eminente dignidad de imagen y semejanza divinas, contra las intrusiones temerarias de otro Dios, negador a menudo de todo derecho, ¿No se dijo, por ventura: “La libertad, ¿para qué?”. No viene al caso discutir aquí el punto fundamental de si entre los valores que juegan en este problema deben prevalecer los derechos de la verdad, a que algunos atienden solamente, o la incoercibilidad de la conciencia, que es para otros el desiderátum capital. Ese punto suele ser sumamente difícil de dilucidar aun para un cristiano ilustrado y consciente de sus deberes y que poseen la perspicacia necesaria para obrar de acuerdo con “los signos de los tiempos” y las leyes de la filosofía o la teología. El descrimen de la escala de valores y de su precedencia no depende, en efecto, de la apreciación individual, sino del grado de desarrollo que alcanzan una sociedad y la época en que el hombre vive, desarrollo que nunca sigue una línea ascendente. Fácil es distinguir en principio la primacía de un valor respecto de los demás; pero cuán arduo y peligroso resulta reconocer el orden jerárquico en medio de la mañana de los hechos y de las circunstancias históricas. Un valor inestimable puede en un instante dado parecer, o ser mejor dicho, menos apremiante que un deber que, de suyo, tiene inferior categoría. La guarda del día festivo, por ejemplo, es norma sagrada; pero puede urgir en menor grado, que el cumplimiento de un deber de caridad ante el riesgo de la vida de uno de nuestros prójimos. Esta forma de amor –la caridad tiene un solo rostro– es, sin

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duda, más apremiante que la primera en caso de colisión entre los dos deberes. El cristiano, que debe estar siempre dispuesto a preferir el valor más elevado, tiene que rendirse momentáneamente ante el inferior, pero más actual en su incoercible urgencia. Dios ha grabado en el corazón de los hombres esa jerarquía de valores; pero Él mismo permite alterar el orden práctico de ellos cuando así lo reclaman las condiciones sociales e históricas. Por otra parte, hay que mirar no una parte de la verdad, no uno solo de sus aspectos, sino la verdad entera. No cabe duda que se deben acatar los derechos de Dios, que impone la obligación de servirle y reverenciarle de la manera que Él ha establecido; pero es el propio Dios el que nos impone respetar el libre arbitrio y la incolumidad de la conciencia ajena. “Los signos de los tiempos”, la gravedad de los males se derivan del desconocimiento de la libertad, obligan además a preferir ese segundo mandato de la Providencia, aunque duela al corazón del creyente, quien, por otra parte, ha de confiar en el triunfo de la verdad en el amor tarde o temprano. Aquel ha de saber que honrado la dignidad del hombre, se enaltece la obra de su autor; y que nada gana la verdad constriñendo a un individuo a aceptarla contra su voluntad y obligándole a practicar actos que, en sustancia, por serle impuestos, son infrahumanos. Si no cabe autonomía en lo atinente al Creador, si la hay respecto de los demás hombres, iguales en nobleza y derechos, poseedores de una especie de soberanía, que nos lleva a decidir de nosotros mismos sin ulterior recurso. De aquí nace la posición que algunos denominan equivocadamente política, que si bien es estrictamente teológica también significa, dentro de los límites del orden público del derecho de los demás, inmunidad de coacción, tan admirablemente definida y defendida por el Concilio Vaticano II. Definido así el derecho sagrado de incoercibilidad que corresponde al hombre, ya solo, ya en cuanto miembro de comunicaciones religiosas, en virtud de su excelencia otorgada por el propio Dios, el Concilio expresa, de manera así mismo persuasiva y concluyente, que “la protección y promoción de los derechos inviolables del hombre es un deber esencial de toda autoridad civil. Debe, pues, la autoridad civil tomar eficazmente a su cargo la tutela de la libertad religiosa de todos los ciudadanos por miedo de leyes justas y otros medios aptos, y facilitar las condiciones propicias que favorezcan la vida religiosa…” (Ibíd., p. 6). El poder civil no es, por tanto regulador de la vida religiosa, sino sostén y promotor de la invulnerabilidad de la libre acción que compete a todo hombre y a todo grupo social, dentro del límite del orden público. Por eso, aun en países

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donde existe unanimidad religiosa y donde, consiguientemente, puede darse a una comunidad especial reconocimiento en la ordenación jurídica de la sociedad, es NECESARIO QUE A LA VEZ SE RECONOZCA Y RESPETE EL DERECHO A LA LIBERTAD RELIGIOSA DE TODOS LOS CIUDADANOS Y COMUNIDADES RELIGIOSAS. Cabe, en consecuencia, según el Concilio que por particulares necesidades y situaciones, una religión tenga carácter oficial, pero siempre que en nada se amengüe la libertad religiosa de los demás ciudadanos, sin excepción. Toda compulsión será nefasto crimen contra la libertad religiosa y haría del ESTADO “Confesional” un Estado opresor. U

La ciencia política cristiana38 ¿HAY UNA CIENCIA POLÍTICA CRISTIANA? ¿Cabe una ciencia política cristiana? Si es ciencia, ¿puede ser cristiana? ¿No hay, tal vez, contradicción entre esos términos? La respuesta a este problema tiene que ser la misma que se dé a la cuestión de si cabe una filosofía cristiana, ya que la ciencia política exige una filosofía y conforme sea esa filosofía será aquella ciencia. Tal respuesta se cifra así: existe, como es natural, subordinación de la ciencia a la verdad religiosa; pero esta subordinación es meramente negativa, en el sentido de que la ciencia no puede admitir como cierto lo contrario a la doctrina revelada. Por consiguiente, si la primera lleva al estudioso a conclusiones incompatibles con una verdad de fe, debe, por prudencia, suspender su juicio y revisar su discurso, porque no cabe que entre dos verdades, si lo son efectivamente, haya contradicción. Además, la fe contribuye eficazmente al robustecimiento y ensanche de la labor filosófica: a) Mediante la ayuda a la razón para el descubrimiento de verdades que, si bien intrínsecamente asequibles, se encuentran con dificultad. La 38 Tomado de: Elementos de ciencia política (4ª edición), Quito, EDUC, 1981, pp. 52-55, 257261, 343-346.

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Revelación robustece y agranda el caudal del saber filosófico, sin que éste salga de su objeto, de sus principios y métodos peculiares. b) Mediante la vigorización de las fuerzas del sabio para impedir desviaciones de la inteligencia por la ofuscación de las pasiones y destruir, en suma, todo elemento no objetivo e irracional que obste a la libre y clara actividad intelectual. c) Mediante el señalamiento de los límites naturales de la razón y, al mismo tiempo, infundiéndole justa confianza en sus fuerzas (Derisi). En suma, la filosofía y la política cristianas, dentro de su órbita, sin traspasar las fronteras del saber científico tienen dos fanales que les alumbran y que les sirven para robustecer la fuerza de sus principios y conclusiones, para contrastarlos y cometerlos al crisol, depurando el acervo científico de lo que no es realmente limpio y auténtico, y para ensanchar las legítimas adquisiciones de la razón con el auxilio de verdades de origen diverso, pero a todas luces irrefragables. LA FILOSOFÍA POLÍTICA ES HIJA DE UNA VISIÓN GENERAL DEL MUNDO Gran número de pensadores admite hoy que existe correlación esencial entre el concepto que el hombre tiene del mundo y de sus valores y la filosofía del Estado. Esta viene a ser, por tanto, fruto de una cosmovisión integral, de un concepto total del mundo, de lo que los alemanes llaman la Weltanschauung (Dr. Aurelio García). Y este criterio no es nuevo. Ya Hegel vislumbró la interdependencia entre la religión, que proporciona la inteligencia cabal de la estructura del universo, en que se inserta una forma política y el Estado. Mas fue Donoso Cortés el pensador que ha demostrado con mayoR elocuencia ese enlace existente entre el pensamiento de una época acerca del hombre y su teología de la política. En realidad la filosofía política constituye mera aplicación de los principios de la filosofía general. Así, el Estado democrático-liberal se fundó en el individualismo; el Estado fascista en la filosofía estatal hegeliana; el Estado nacista en la divinización de la “comunidad popular” fundada en la raza y de la cual es mero instrumento el poder público; el Estado soviético, en fin, se basa actualmente en la sublimación de lo económico y su decisiva influencia en toda superestructura social. 177


Si adoptamos la posición agnóstica y negamos la posibilidad de descubrir la esencia del mundo, ¿a qué investigar lo que es el Estado? La primera lección que nos daría este problema inicial de filosofía en lo referente a la sociedad política sería, consiguientemente, un pesimismo desengañador, que suprimiría la ciencia misma. Si optamos por la filosofía mecanicista y juzgamos que el universo no constituye estructura moral, carece de razón el planteamiento de la teología política. El Estado vendría a ser organización de fuerza y nada más. ¿Existe un orden eterno, del cual es mero compartimiento el orden humano? ¿Qué papel desempeña en dicho orden el Estado? ¿Tiene éste, por tanto, su dignidad propia frente a la dignidad y excelencia de la persona humana? ¿Ha señalado Dios al hombre un fin correspondiente a su naturaleza? Este fin, ¿Se agota en el Estado? ¿Cuáles son los deberes del poder público respecto de tal naturaleza y ese fin? ¿El Estado, como cree el idealismo, es sistema absoluto e ilimitada su soberanía; o, por el contrario, tiene restricciones conforme a la índole relativa de su finalidad? ¿La persona humana es ser dependiente o goza de autonomía plena en el obrar según dice el individualismo? La libertad, ¿es un fin en sí y que se fija su propia ley? ¿Los derechos humanos nos poseen alguna medida o limitación objetiva, distinta de la voluntad del propio poseedor? ¿Las estructuras sociales se explican únicamente por la economía, como pregona al marxismo, o, por el contrario, en ellas se palpa la influencia de diversos factores? He aquí multitud de cuestiones íntimamente relacionadas con la filosofía y teología políticas. Con razón Kelsen afirma que los problemas políticos van a parar en definitiva al contraste entre dos conceptos contrarios del mundo y los valores: el metafísico absoluto y el empírico, positivista y relativista. Y si esa noción metafísica encierra, a su vez, varias soluciones, radicalmente distintas, según la definición misma de lo absoluto, forzosamente concluiremos que la clave de todo el orden político es el problema del hombre y de Dios. Precisamente por esto, “La teología política católica se ocupa en estudiar cómo repercute sobre el Estado en cuanto comunidad humana, e influye en la ciencia política, en cuanto sistema normativo conducente al bien humano común, la elevación del hombre a la ordenación sobrenatural” (Nell-Breuning S. I. y Sacher).

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LA SOLUCIÓN VERDADERA. OBSERVACIONES PRELIMINARES Los autores católicos parecen, a través de la historia, en actitud diferente respecto del origen del poder; los teólogos de la Edad Media y del Renacimiento se presentan como personeros de los derechos del pueblo contra la monarquía absoluta y tratan de poner valladares a la omnipotencia e idolatría de la autoridad. De ahí la doctrina de la traslación o colación mediata del poder, o, mejor dicho, la renuncia a creer en la intervención directa de Dios en la concesión de ese poder. En cambio, los juristas y teólogos católicos contemporáneos, por reacción contra la idolatría y omnipotencia de la soberanía popular, aparecen como defensores de la autoridad y casi apologistas del poder. Y algunos han llegado a restaurar la vieja tesis de la designación o colación inmediata, que parecía definitivamente olvidada (Leclercq). En realidad, como escribe el P. Ives de la Brière, “la controversia es puramente especulativa, sin relación real con la practica; y, en el mundo mismo de los conceptos filosóficos, no presenta sino importancia muy accesoria. Reservémosla, pues, a los ejercicios de escuela”. Los principios son los mismos, en efecto. Lo que cambia según las épocas y la necesidad de contrapesar y contrarrestar los desvaríos de las doctrinas opuestas, es simplemente el matiz. Ninguna teoría católica olvida los derechos inherentes al orden social; ambas reconocen la acción providencial, la libertad humana y la naturaleza racional y dinámica del hombre; ambas tienen concepto cabal del valor de las fuerzas históricas; pero dan alternativamente mayor importancia a uno u otro factor conforme a las circunstancias. PRINCIPIOS FUNDAMENTALES 1° El origen divino de todo poder legítimo. La doctrina contenida en el Libro de la Sabiduría, donde se dice textualmente: “la autoridad os viene del Altísimo” (VI, 3,4); y en las palabras de Jesucristo a “No tendrías poder sobre Mí si no se te hubiera dado de lo Alto” (San Juan, Cap. XIX, ver II), se formula ampliamente por San Pablo en su EPÍSTOLA A LOS ROMANOS (Capítulo XIII): “Toda persona esté sujeta a las protestas superiores: porque no hay potestad que no provenga de Dios; y Dios es el que ha establecido las que hay en el mundo. Por lo cual quien desobedece a las potestades, a la ordenación o vo-

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luntad de Dios desobedece... el príncipe es un ministro de Dios puesto para tu bien. Por tanto, es necesario que le estéis sujetos, o solo por temor del castigo, sino también por obligación de conciencia”. El poder, según San Pablo, tiene su raíz en Dios; pero no para el beneficio del príncipe, sino para el de la propia persona del súbdito: dos ideas asociadas siempre en la sabiduría cristiana. San Juan Crisóstomo comenta luminosamente aquella doctrina: “No hay poder que no venga de Dios. ¿Qué decís? ¿Todo príncipe ha sido pues, instituido por Dios? No digo eso: no hablo de los príncipes, sino de la cosa misma, es decir del poder. Es preciso que haya gobernantes y que todo no sea entregado a la anarquía y al azar: he aquí lo que atribuyo a la divina Sabiduría. Así el apóstol no dice: todo príncipe viene de Dios, sino, hablando de la cosa misma: todo poder viene de Dios”. Las palabras de San Pablo se aplican, no únicamente al poder político, sino a todo poder o autoridad: así a la doméstica, como a la patronal (“obedeced a vuestros señores temporales, como al mismo Cristo”). 2° ¿Por qué viene todo Poder de Dios? Porque Dios ha creado al hombre, ordenándolo a la sociedad; y para la existencia de ésta, es indispensable la autoridad. 3° Manera cómo viene el poder de Dios. No hay, pues, necesidad de intervención especial de Dios para legitimar el poder. Este emana de la Divinidad, porque lo exige la naturaleza humana y nada más. Si el poder viene de Dios es simplemente “por vía de consecuencia de la ley natural” (Leclercq) Ahora bien, todos los derechos naturales vienen de Dios en este sentido. El derecho de los padres sobre los hijos y el derecho de los hijos a ser educados por los padres, el derecho del propietario, el derecho del hombre a la libertad, a un justo salario, a casarse libremente, a defender su vida, son otros tantos derechos que, de manera idéntica, vienen de Dios en cuanto son consecuencias de la ley natural”. Y ese pensamiento no es nuevo. Ya Santo Tomás funda “la autoridad del Estado de un modo exclusivamente filosófico, exento de contactos con el dogma revelado y ajeno a los principios de la Teología. El poder político es algo exigido por la naturaleza del Estado. Ninguna intromisión teológica implica el principio omnis potestas a Deo, sino la expresión de la teoría metafísica, que ve en Dios LA FUENTE Y SOSTENIMIENTO DE TODO ORDEN ETICO” (Recasens).

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¿Por qué, entonces, se ha hablado del origen divino del poder público y no se ha insistido sobre igual génesis de los derechos naturales del hombre? Probablemente por estas razones: a) Porque a pesar de ser la potestad civil tan necesaria como la doméstica, por ejemplo, es más discutida y parece provenir de hechos menos naturales que ésta: b) Porque los defensores del poder temporal han querido a todo trance equipararlo con el poder espiritual, para enaltecerlo, atribuyendo a uno y otro raíces religiosas directas. c) Porque parecía indispensable encarecer ese origen en los tiempos contemporáneos, para amenguar la superstición de las soberanía popular y alcanzar la estabilidad de los gobiernos, socavados por el individualismo liberal. PARANGÓN ENTRE EL ORIGEN DEL ESTADO Y EL DE LA AUTORIDAD Al tratar del origen de la sociedad civil, distinguimos entre la causa eficiente primaria y la causa segunda. Aquella es Dios, o la naturaleza, en cuanto hechura sagrada de Aquel. Esta es la actividad humana, que puede tomar numerosas formas y modalidades, según los hechos de fundación del Estado. Dijimos también que esa doble concausa eficiente podría expresare así: los Estados, en su concreción histórica, son obra inmediata del hombre y mediata de la naturaleza. Como la autoridad es principio inmanente al Estado, consustancial con él, podemos decir igualmente que el poder tiene doble origen: mediato, y actual o inmediato. Aquel es Dios, o la naturaleza, en cuanto hechura de Dios; éste es la obra humana, obra que, asimismo, puede tener muchísimas formas. Los hechos de fundación, con su inmensa variedad y complejidad traen consigo, a la par, gran complejidad de modos de constitución concreta de la autoridad, o, mejor dicho, de designación de los individuos que han de ejercer ese principio congénito con el Estado. El poder, como todo derecho natural, es la institución divina inmediata en cuanto a su esencia; pero en su actuación, es decir en su forma y en el desenvolvimiento de sus prerrogativas, está reservado al hombre. Este interviene con

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una acción instrumental para que la esencia del poder produzca en la sociedad concreta los efectos correspondientes (Schwalm). CONSECUENCIAS DE LA DOCTRINA CRISTIANA DE LA AUTORIDAD La doctrina del origen divino del poder tiene las siguientes consecuencias, a la cual más elevada: 1° Asegura la eminente dignidad de la obediencia cívica y la convierte en virtud sobrenatural. San Pedro ha dictado esta máxima sublime de la nobleza cristiana en la reverencia al poder: “Portáos como hombres libres, pero como servidores de Dios”. 2° Señala los límites de la subordinación a la autoridad: “Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres”. Si mandan los gobernantes alguna cosa contraria a la ley de Dios o a los derechos esenciales de la persona humana, el súbdito no debe obedecer. En todo lo demás, la autoridad, servidora del bien común, tiene derecho a acatamiento. 3° Obliga a distinguir entre la persona del gobernante y el principio sagrado que representa. “En los gobernantes del Estado, dice León XIII, el ciudadano podrá reconocer hombres como los demás, sus iguales por la naturaleza humana, hasta por algunos motivos incapaces o indignos; pero no les rehusará la obediencia, observando que en su persona se les ofrece la imagen y la autoridad de Cristo Dios y hombre”. 4° Da a los gobernantes conciencia de la verdadera disciplina cívica y de la educación moral de su pueblo. “El que conoce su papel de jefe sabe también formar la virtud de la obediencia”. “Los gobernantes cristianos, antes que recurrir a razones falaces o a motivos sentimentales que captarían el asentamiento sin educar y moralizar a los ciudadanos, preferirán formar en la sociedad una disposición de virtuosa disciplina respecto de la autoridad que se sabe viene de Dios, autor de la sociedad, y que ha dado pruebas de su consagración al bien común…”(Lallement). U

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Estado e Iglesia. Tesis e hipótesis39 Se ha solido dar a la palabra tesis el significado de formula absoluta e ideal de las relaciones entre la Iglesia y el Estado; y a la hipótesis la de fórmula relativa, o sea a lo que es posible obtener atendidas las circunstancias de lugar y tiempo y las necesidades de hecho, o sea la adaptación y concreción de la doctrina a época y país determinados, de acuerdo con sus condiciones especiales. De esta manera se quería expresar que, si bien se deben tener siempre en cuenta los principios y aspiraciones doctrinales, como ejemplar luminoso al cual es preciso tender; los hechos y situaciones concretas y la paz de las almas obligan a atenerse a la hipótesis y a realizar con tiempo lo que del ideal es asequible, en fuerza de las circunstancias históricas que vuelven imposible la ejecución íntegra y rígida de aquél. Monseñor d’Hulst proponía así no ir más allá, ni quedarse más acá de lo permitido por las circunstancias en materia de concesiones al error y a los que yerran. Hoy el problema se platea de otro modo, en el campo de la libertad, caracterizada por la inmunidad de coacción externa, libertad cuyos límites no pueden ser otros que los derechos de los demás y los deberes para con el bien común de todos. Se desprende de esto, que la clásica distinción entre “tesis” e “hipótesis” ha sido definitivamente superada. El Concilio, ha escrito el P. Eusebio Colomer Pous E. I., ha dejado de lado esta problemática y, en frase del P. Rouquette, “ha puesto como tesis que, en cualquier hipótesis, la libertad religiosa es un derecho natural conforme al movimiento de la revelación”. En consecuencia, los principios son los siguientes, dentro de ese criterio general definitivo: A) El Estado debe respetar las condiciones ontológicas de la persona humana. La primera de estas condiciones, en lo atinente a sus nexos con la Divinidad, es la dependencia. El hombre ha sido creado por Dios y, consiguientemente, está subordinado a él y obligado a observar las leyes que ha señalado a la naturaleza. No existe, pues, libertad de conciencia en el aspecto o sentido, moral. “La verdadera libertad, según ha escrito un sociólogo positivista, el francés Fouillée, no consiste en poder obrar mal, sino en hacer el bien; no en el poder de caer, sino en el de elevarse”. 39

Tomado de: Elementos de ciencia política (4ª edición), Quito, EDUC, 1981.

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La persona racional debe cumplir las obligaciones morales inherentes a su esencia. Tiene que rendir culto a Dios; y no de cualquier manera, sino en la forma en que El mismo desea ser honrado y adorado. Compuesto el individuo de alma y cuerpo, el culto ha de ser tanto interior como exterior y público, es decir correspondiente a la índole de los elementos que integran su ser. Además, si Dios ha hablado al hombre y ha fundado una religión, no puede quedar al arbitrio humano optar por la que le guste. B) La persona, en segundo lugar, tiene que observar las leyes objetivas de la verdad, y en esto tampoco es moralmente libre. “Medio de perfección, la libertad, como indica magistralmente León XIII, debe moverse en la esfera de la verdad y del bien”. De aquí nace esta inevitable conclusión: la adhesión a la verdad conocida es un derecho, mientras que no lo es la adhesión al error, porque repugna a la tendencia natural de la inteligencia, destinada a llegar a la posesión de lo verdadero. “No se podría, pues, racionalmente, dice el P. Baucher, pretender que el hombre tenga derecho o facultad moral de pensar o de juzgar como quiera, sin consideración a leyes obligatorias para su conciencia, conciencia ligada, ciertamente, por reglas, de las cuales, sin duda, el hombre puede físicamente sustraerse en virtud de su libre arbitrio, pero que no puede moralmente transgredir, sin falta a su deber, sin ir contra el orden establecido por Dios”. Este acontecimiento de los cánones ontológicos de la verdad no aparece necesario a la filosofía de hoy, con naturaleza con la dispersión de ideas. Mas a la anarquía mental moderna constituye, según dijo Augusto Comte, un fenómeno patológico, una “enfermedad occidental”, contraria a la economía del pensamiento humano, que reclama unidad. De estos principios (A y B) se deducen varias aceptaciones legítimas de la libertad de conciencia, o sean: a) la facultad de cumplir sin trabas los deberes para con Dios. b) el derecho de no dar cuenta a ninguna autoridad civil de lo que pensamos o creemos interiormente, porque el Estado no tiene jurisdicción sobre el espíritu; c) el poder de adherirse, cuando no hay regla moral o religiosa que ligue la libertad, a opiniones suficientemente probables. Por consiguiente, son formas falaces o falsas de libertad de conciencia las que propugnan: a) el agnosticismo, que niega a la inteligencia humana capacidad para alcanzar la verdad; y, por ende, reputa que solo existen opiniones más o menos valedera, a las que se puede prestarles o no asentamiento; b) el indiferentismo o relativismo, a cuyo juicio las diversas religiones existentes se equiparan, equiparación que, según expresa el ilustre jurista e historiador Emi-

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lio Chénon, equivale a sostener que todas son falsas; c) el liberalismo absoluto, que parte de una raíz filosófica insostenible, o sea que el individuo constituye su propia ley, que por su razón depende únicamente de sí misma y es venero de verdad; y d) el laicismo, que profesa la independencia absoluta del hombre y tiene a la religión como cosa privada de cada ciudadano, sin relación con el bien común. Los valores espirituales quedan relegados a la conciencia individual. Estas posiciones no van únicamente contra verdades de fe, sino contra la dignidad y el poder de la razón humana y son inadmisibles, por lo mismo, desde el punto de vista metafísico. C) La sociedad civil tiene, en fin, que acatar ese atributo característico de la persona, que es el LIBRE ARBITRO. El hombre, como hemos visto, aunque está obligado a cumplir con la ley moral, a abrazar la verdad y practicar el culto de verdadero Dios, en la manera y forma orgánica previstas por El, puede apartarse de aquella norma suprema, adherirse al error y negar a la Iglesia la obediencia debida como a depositaria de la Palabra Divina. Este poder físico proveniente del libre albedrío, que deja al hombre en manos de su consejo, no constituye derecho. Facultad moral de optar por el mal son, ciertamente términos antitécnicos o inconciliables. El error no puede exigir respeto sino solo excusa, tolerancia. La gran máxima de esa cortesía civil la expresó hace siglos en forma lapidaria el gran San Agustín: diligite homines, interficite errore. ¿Incumbirá, pues al Estado el derecho de compeler al errante a acatar la verdad, observar la ley divina y reverenciar al Señor en la Iglesia fundada por El? No, porque tal acto dejaría de ser libre y meritorio: no podría siquiera llamarse acto humano y menos acto de fe. Por tanto, el Estado tiene, EN TEORIA, respeto de los creyentes en la religión verdadera, no solo la obligación directa de dejarles en plena libertad de cumplir con todos los deberes que aquella establece, sino de auxiliarles en el ejercicio de su creencia. En cuanto a los incrédulos, el Estado, por diferencia a la dignidad de la persona y a la libertad esencial al acto de fe y, sobre todo, por acatamiento a los planes divinos, que cimientas en el libre albedrío la responsabilidad humana, tiene igualmente el deber de no forzarles a abrazar la verdad, sin imponerles, al efecto, sanciones civiles ni colocarles, por eso, en situaciones de desigualdad frente a los demás ciudadanos. Al deferir así a la decisión de la conciencia, el Estado cuidará, hasta donde quepa, que no se estime la tolerancia del error como un bien en sí, ni como manifestación de indiferencia o desdén por los problemas espirituales o símbolo de nivelación de la verdad y el error.

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PABLO MUÑOZ VEGA

Algunas directrices para la acción social de los católicos40 REFORMA DE LAS ESTRUCTURAS

Una conciencia más clara de las responsabilidades sociales podría disminuir las consecuencias de este doloroso fenómeno si se aunaran todos los esfuerzos para que la realización de las necesarias reformas agrarias se lleven adelante en forma que produzca eficazmente la prosperidad deseada. Las condiciones de vida infrahumanas en que se encuentran en determinadas zonas las familias de los trabajadores del campo determinan el abandono del mismo, el éxodo desorganizado hacia la ciudad, con enormes desventajas para la economía nacional. Como ya lo ha expresado el Episcopado ecuatoriano en su carta colectiva sobre el problema agrario, es menester empeñarse en todos los trabajos conducentes a fin de que se lleven a cabo, con perseverancia y eficacia, los programas encaminados a transformar y elevar la condición de vida del campesino, a desenvolver nuevas obras como son la organización de cooperativas, la implantación de los seguros sociales, la estructuración del sindicalismo, la ampliación de la cultura popular para el campesinado. No puedo menos de recomendar muy de corazón, por su extraordinaria importancia, tanto las iniciativas que en estos órdenes están ya en marcha, como aquellas que deben completar programas adecuados para la elevación de los trabajadores del campo. Por todo esto quiero dirigir un cálido llamamiento a los dirigentes de las empresas agrícolas y a los de nuestra incipiente industria. Ha llegado la hora de afrontar con decisión y con valor, por amor a Dios y a la patria, el grande problema de la reforma en las estructuras económico-sociales. Ante la amplitud y la dificultad de los pasos que es necesario dar hasta obtener una nueva estructuración tenemos el peligro de caer en el desaliento, un desaliento que nos lleve a inhibirnos frente a las responsabilidades o a contentarnos, en forma de débil paliativo, con meras obras de beneficencia dentro o fuera de las empresas. Tales obras son indudablemente dignas de encomio y son necesarias de modo especial en casos de emergencia, pero no constituyen la solución definitiva. Una conciencia social recta no puede pensar que con ellas se ha cumplido 40 Tomado de: Pablo Muñoz Vega, Primera carta pastoral. Algunas líneas directrices de acción pastoral y acción social, Quito, Ed. Vida Católica, 1964, pp. 16-20.

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plenamente el propio deber, ya que es necesario además y sobre todo afrontar la cuestión de una nueva estructuración de la vida económico-social en plano institucional. Las nuevas estructuras reclaman que las clases trabajadoras se incorporen plenamente a la vida económica y cultural del país participando eficazmente en las obligaciones y en los derechos y gozando de las ventajas de una prosperidad obtenida mediante el trabajo de todos. Los caminos para llegar a este ideal pueden ser diversos, según las circunstancias, salario familiar completo, accionario, cogestión, cooperativas, etc., pero la meta es clara, como lo señala nítidamente el magisterio de la Iglesia sobre todo en la gran encíclica Mater et Magistra. EVITAR LOS PELIGROS Y ACTUAR CON RESOLUCIÓN En el Ecuador, como en toda nuestra América latina, nos encontramos ante lo que podía llamarse “la tentación del siglo XX”, la que, poniendo ante los ojos la necesidad de una revolución más radical que la que se ha realizado en el siglo pasado, la busqué por caminos que coincidan con los del ateísmo materialista, aun cuando esta dirección no se trasluzca con frecuencia ni siquiera para la conciencia que quiere ser recta y cristiana. Frente a estas posibles desviaciones es necesaria una firmeza absoluta en los principios. Nuestra transformación social no puede llevarse a cabo mediante el materialismo comunista. Resta transformación no sería otra cosa que la definitiva implantación de la ruina de la sociedad y, por lo tanto, también de las clases trabajadoras. Para evitarla es necesario comprender que no existe problema de mayor importancia que el de una educación social en todas las clases que ilumine íntegramente el espíritu frente a la verdadera transformación social que debemos afrontar. Es la hora de comprender que, conforme al espíritu cristiano y con plena fidelidad a sus principios, debe ya realizarse la trasformación social imperiosamente exigida por las necesidades inaplazables y las justas aspiraciones de nuestro tiempo. Esta transformación exige de los unos gran espíritu de renuncia y sacrificio; de los otros, gran sentido de responsabilidad y de comprensión tolerante que sabe medir las posibilidades en la trayectoria progresiva de una reforma difícil; de todos, arduo trabajo y generoso esfuerzo de colaboración dentro de los objetivos de conjunto. Como en otra ocasión, vuelvo ahora a reiterar mi exhortación ferviente a todos los católicos suplicándoles que su generosidad no quede en buenas

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intenciones y en hermosos programas sino que proceda, con valor, con valor y constancia, a ponerlos en práctica. En vista de objetivos de tanta trascendencia es impostergable que los católicos hagan siempre más estrecha la unión de los esfuerzos y posibilidades y no duden tampoco en entrar en colaboración con todos aquellos que con rectitud, aun encontrándose fuera de las propias filas, están de acuerdo con la Doctrina Social de la Iglesia y quieren seguir el camino de salvación trazado por ella. Hago mía a este propósito la consigna que el Santo Pontífice Pío X dirigía a la Acción Católica, queriendo por mi parte que se extienda a todos los movimientos de apostolado, cuando decía que “el objetivo en torno al cual debe principalmente desenvolverse la Acción Católica es la solución práctica de la cuestión social según los principios cristianos” (11 de junio de 1905). En las circunstancias presentes de nuestra Arquidiócesis esta consigna del gran Pontífice es de suma importancia, porque la acción pastoral que vivamente deseo se desarrolle entre nosotros y nos permita llegar a ser una comunidad cristiana ideal según la meta del Concilio no podrá realizarse con plenitud si no está acompañada de una acción social como aquella que acabo de delinear y si no se produce mediante ella aquella elevación humana integral que es indispensable para el florecimiento de la vida espiritual cristiana. De esta manera todos podemos comprender que en nuestro siglo la acción social que nos reclama la Iglesia constituye un auténtico apostolado. De la cultura moderna y de otros movimientos no cristianos que se representan como una solución para los problemas contemporáneos aceptaremos la técnica, no los principios erróneos. No tenemos necesidad de atenuar en lo más mínimo de riqueza de nuestra fe. Lo que necesitamos es vivirla íntegramente y a fondo. No falta a la idea cristiana de modo que tengamos que pedir prestado a otras ideologías. Todo en ella contribuye a la redención de la miseria y a la vivificación de cuánto hay de bueno en el progreso moderno. En cambio, cuanto se emprende fuera del ideal cristiano, descartando sus divinos fundamentos, no es otra cosa que ilusión. La meta que señala la fe católica para la restauración del orden social y la reparación de las injusticias y desequilibrios va mucho más allá de cuanto pueden ofrecer otras ideologías porque, además de restaurar el orden sin lesionar ninguno de los derechos del hombre, conduce al sublime ideal de la verdadera fraternidad cuya ley impone el amor a nuestros semejantes con el mismo ímpetu de amor con que debemos tender a Dios. U

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Los derechos del educando, de la familia, del Estado y de la Iglesia en materia educativa41 PUNTO DE PARTIDA

Un punto de partida que es una verdad cuya evidencia puede fácilmente demostrarse es el que señala como fin de la educación la formación integral de la persona en pleno acuerdo con las exigencias absolutas de su destino, el cual, según la doctrina católica, no solo es temporal sino sobrenatural, y en acuerdo también con los deberes que el hombre tiene que cumplir en el orden individual, familiar y social. Este fin de la educación no puede obtenerse si a lo largo de ella y en todas sus etapas no se reconocen efectivamente los derechos del educando como persona humana, de la familia como la célula social que, por naturaleza y en primer término, tiene la responsabilidad de la educación de la prole; de la Iglesia como sociedad perfecta de origen divino que regenera sobrenaturalmente a los hombres; del Estado como sociedad perfecta de orden natural cuyo fin es tutelar y promover el bien común. Correlativamente a este fin de la educación, una ley en materia educativa será integralmente justa cuando en sus articulados tutele y promueva los derechos y deberes que acabamos de señalar, sin lesionar ninguno de aquellos y respetando la jerarquía impuesta por la ley y el derecho naturales. A este propósito es muy importante advertir desde el principio que la doctrina de la Iglesia no solo no desconoce los derechos del Estado sino que los promueve y defiende pero armonizándolos con los derechos de los individuos, de la familia y los que a ella corresponden principalmente respecto de cuantos por el bautismo han sido regenerados en Cristo. Esta doctrina de la Iglesia integralmente comprendida no tiene por qué suscitar recelos, opiniones, reacciones apasionadas, porque lejos de crear contra los poderes públicos o contra la conciencia individual una actitud absorbente o despótica, pone todo su empeño en lograr el reconocimiento y la armonía de todos los derechos. Por esto lo que realmente es decisivo es que esta doctrina sea comprendida y aceptada en su integridad y ello nos mueve a explicarla con precisión en sus puntos más fundamentales. 41 Tomado de: Pablo Muñoz Vega, Segunda carta pastoral. Los derechos del educando, de la familia, del Estado y de la Iglesia en materia educativa, Quito, Ed. Vida Católica, 1964, pp. 4-5, 10-13, 14-17.

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DERECHOS DEL ESTADO El derecho propio del Estado en el campo de la educación tiene su fundamento y al mismo tiempo su norma y su límite en el bien común temporal que es el fin de la sociedad civil. En lo que mira a la educación los imperativos del bien común confieren al Estado un doble derecho que es necesario precisar y distinguir debidamente. Por una parte el Estado posee un derecho nativo, propio y, por su naturaleza, permanente. Por otra parte, tiene además un derecho supletivo y, en consecuencia, devolutivo. Uno y otro derecho dimanan de la naturaleza del Estado, lo que equivale a decir, de las necesidades del bien común que al Estado corresponde realizar, pero los dos derechos revisten un carácter y modalidad diferentes. En virtud del derecho nativo, propio y permanente, el Estado erige, bajo su responsabilidad y dirección inmediatas, aquellos centros de educación que le son indispensables para su fin específico. Tales son, por ejemplo, los institutos o academias de formación en el campo administrativo, técnico y militar, en los cuales la sociedad civil forma a los ciudadanos capaces de realizar con eficiencia la misión propia del Estado. Por exigencia de este mismo derecho, el Estado debe velar a fin de que en todos los centros educativos reciban los educandos. Una formación cívica adecuada y a fin de que los estudios y formación general mantengan el nivel que reclama justamente el bien de la sociedad. Es obvio señalar que en el ejercicio de este derecho de carácter permanente, el Estado debe tutelar, respetar y promover los derechos superiores del educando y de la familia así como de la Iglesia respecto de la formación moral y religiosa. Derecho nativo, propio y permanente del Estado es también desplegar su actividad a fin de que en todos sus aspectos sean eficazmente tutelados los derechos de la familia y de los educandos. El Estado es por naturaleza el tutelador de todo derecho individual, familiar y social y, en consecuencia, debe cumplir en forma permanente esta misión en todo lo que concierne al campo educativo, velando en primer término, porque el derecho primario que tiene la familia a la educación de los hijos, sea por todos respetado. En virtud del derecho que llamamos supletivo y devolutivo, el Estado ayuda y suple con su acción, con su apoyo económico y moral, lo que el esfuerzo familiar no logra obtener. Esto lo realiza en el caso de los educandos cuyos padres han desaparecido o están imposibilitados moral o físicamente a realizar su misión propia: lo realiza también en el caso en que la familia no alcanza 191


con su propio esfuerzo a atender a los reclamos de la educación. Para suplir lo que la familia no logra realizar, el Estado tiene, en primer término, derecho y obligación de ayudar material y moralmente a aquellos centros educativos que la familia, de acuerdo con sus convicciones, prefiere para la educación de los hijos; y en segundo lugar, de crear él mismo escuelas en todos los niveles. Pero es evidente que en este derecho suyo queda en pie con todas sus exigencias la obligación de estructurar de tal manera los centros educativos, que la familia pueda ejercer el derecho que le corresponde, de hacer que sus hijos reciban la educación moral y religiosa que su conciencia reclama y de elegir, para ello, la escuela que más se adapte a sus aspiraciones. En todos estos casos el Estado suple, total o parcialmente, a la familia; suple durante el tiempo en que es necesario hacerlo, dispuesto, por lo tanto, a devolver a la familia el ejercicio total de su derecho en el momento en que ella esté en la capacidad de llevarlo a efecto. Como a tutelador y promotor de los derechos de los asociados le toca al Estado, según los casos, defender, ayudar, suplir o devolver. Esta modalidad característica que tiene el derecho del Estado según acabamos de considerar, se funda en la realidad de que no es el Estado quien da la vida a los hijos ni tiene, por tanto, la primera obligación de educarlos, así como tampoco le asiste una misión de origen divino que lo constituya en maestro nato. La misión del Estado es la de ser promotor del bien común, supliendo y ayudando a la familia en aquellos campos a donde no puede llegar su esfuerzo y conformando siempre las estructuras educativas con las exigencias del derecho familiar antes expuesto. Es obvio que para cumplir su misión propia y para ejercitar sus derechos específicos cuyo ejercicio no es, en definitiva, sino servicio de la sociedad, el estado tiene el derecho de imponer a los ciudadanos las contribuciones necesarias para cubrir las necesidades. Los padres de familia y los ciudadanos todos están obligados a contribuir en la medida de sus posibilidades para la educación de todo el pueblo. Ninguna contribución más valiosa y más útil que aquella que tiene por objeto atender a una de las necesidades más fundamentales de la persona humana como es su educación. Pero de los principios anteriormente expuestos es lógico concluir que la inversión de los fondos públicos destinados a la educación tiene que tener como norma fundamental inviolable el apoyo a la familia para la creación, elección y sostenimiento de los centros de sus preferencias, sin discriminación alguna, ni social, no racial, no política, ni religiosa.

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DERECHOS DE LA IGLESIA Así como la familia por el hecho de tener como fin la procreación y educación de los hijos posee una prioridad de derecho en el campo educativo frente al Estado, así la Iglesia instituida para regenerar en la familia del espíritu a los hombres engendrados en la familia de la carne, posee un derecho que dimana de esta divina institución. De ahí se sigue que ella tiene ante todo la misión divina de enseñar a sus hijos las verdades supremas del orden religioso y las leyes supremas de la vida moral individual y social. Este derecho de la Iglesia se funda en un título de origen divino sobrenatural; es evidente, por lo tanto, que es superior a cualquier otro título de orden natural y que, por lo mismo, no está subordinado, en lo que toca a su fin específico a regulaciones de ningún otro poder. La Iglesia no depende ni de la familia ni del Estado en su misión e enseñar la verdad religiosa a los hombres. En consecuencia, de derecho inalienable de la Iglesia impartir la educación religiosa a todos los hombres y de manera muy especial a cuantos han sido regenerados mediante el bautismo y que por ello son de manera peculiarísima sus hijos. El ejercicio de este derecho de origen divino no se limita a la facultad que la Iglesia tiene de crear sus propios centros y estructurar en ellos la educación religiosa, sino también a organizarla debidamente en todos los otros centros en armonía con el derecho que a la familia católica asiste de exigir en los institutos docentes una educación religiosa conforme a sus conciencias y en armonía también con la obligación correlativa del Estado de tutelar este derecho. De esta suerte, la Iglesia, atendiendo por una parte a la conciencia de su misión divina, entra en la escuela para impartir la enseñanza religiosa valorizando, por otro lado, el derecho natural que tiene la familia católica y que acabamos de explicar. Aun el Estado que no se profese católico en tanto se mostrará plenamente consciente de su obligación en cuanto atienda este reclamo fundamental en el orden de la libertad de conciencia. Debemos, por lo demás, advertir que cuando el Estado hace posible por medio de su legislación la enseñanza religiosa según la voluntad de la familia, no impone, como con frecuencia se insinúa, la coyunda de ningún dogma sino facilita el ejercicio de un derecho. No es él quien enseña religión. De las facilidades para que, por respeto a la conciencia, la enseñanza religiosa sea impartida por quien tiene la misión de hacerlo. Al contrario, cuando el Estado

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establece el principio de la escuela sin religión es él quien entonces impone a la conciencia religiosa un verdadero yugo que, en el caso particular e un pueblo de mayorías católicas, es muy lesivo de sus más sagrados derechos y de sus mejores aspiraciones. Vemos, pues, que no solo por títulos de orden sobrenatural posee la Iglesia el derecho de establecer centros de educación en todas las categorías para impartir en ellos la educación religiosa, sino también en virtud del derecho natural entrañado en la constitución misma de la familia y dimanante de las exigencias más hondas de la conciencia, ella debe reclamar la posibilidad de impartir la educación religiosa en los demás centros educativos a donde acuden sus hijos. Esto no es otra cosa que ejercer con plenitud una de las libertades más fundamentales en la vida del espíritu, cual es la libertad de la conciencia religiosa. Es verdad que la escuela en todos sus niveles no es el único instrumento de educación. Pero, desde los orígenes mismos de nuestra civilización occidental, ella ha sido instrumento principal y decisivo de la obra educativa, y, sobre todo, dada la inmensa evolución que ha realizado la sociedad contemporánea en el orden del espíritu y de la cultura, debemos decir que la escuela es al presente el instrumento indispensable e insustituible para la formación integral del hombre. Por esto la iglesia atribuye a la escuela una decisiva importancia para la formación moral y religiosa y juzga que se frustraría completamente el ejercicio del derecho que asiste al individuo y a la familia de exigir que la educación corresponda a las exigencias de su fe religiosa, si en la escuela se excluyera por principio la posibilidad de ejercerlo. El establecer que la educación moral y religiosa debe darse no en la escuela sino fuera de ella, alegando que con ello se obtendrá la formación integral de la persona y se respetarán sus fundamentales derechos, es a la luz de los principios expuestos y de una experiencia constantemente comprobada, un error y un engaño. En la complejidad de la vida actual de la escuela, lo repetimos, es instrumento insustituible de la educación. Si en ella no se imparte la instrucción moral y religiosa y no se orienta la vida de la persona a su verdadero fin, es utópico pensar que esto puede realizarse satisfactoriamente en otra parte. El hogar y la Iglesia podrán suplir algunas deficiencias, pero por ley general no le será posible llenar los enormes vacíos que en la educación deja una escuela despreocupada de Dios y de la religión. Advirtamos de paso que, no solo por atender a los inalienables derechos del individuo, de la familia y de la Iglesia es indispensable que la legislación escolar del Estado ecuatoriano adopte el verdadero principio que tratamos de explicar, sino además, por las consecuencias sociales dañosísimas que inevi194


tablemente acarrea una escuela despreocupada de lo que más importa en el hombre, que es su orientación religiosa y moral. En la tremenda crisis por la que atraviesa el mundo y de la que se siente tan hondamente afectada nuestra patria, el factor, a nuestro juicio, más decisivo será el de guardar fidelidad a estos derechos sagrados o desatenderse de ellos. Si, por desgracia, se perpetuase esto segundo en nuestra patria, pensamos sinceramente que ella está abocada al más temido desenlace de su crisis cual sería el de la disolución social. Al desconocimiento sistemático de los derechos humanos se sigue inevitablemente el completo trastorno de la sociedad. La experiencia demuestra que cuando la escuela prescinde por principio de la educación religiosa no es posible se forjen generaciones suficientemente recias y preparadas para afrontar los enormes problemas sociales que plantea la evolución contemporánea, no resistir al ímpetu del torbellino que tan fácilmente puede arrastrarla a la revolución atea del comunismo. Si queremos realmente evitar esta tragedia no nos queda otro camino que del retorno a una educación integral fundada es sólidas convicciones religiosas. U

La libertad religiosa42 En este encuentro con vosotros, promovido con ocasión del Jubileo Conciliar, me voy a ceñir a la elucidación de estos dos interrogantes. 1. ¿Cuál debe ser la idea exacta y justa de la libertad religiosa para la conciencia del hombre actual, a la luz de estas ideas vuestras? 2. ¿Por qué esta libertad religiosa ha de ser proclamada por la autoridad de la Iglesia de hoy? …La libertad religiosa es ante todo un problema teológico-moral, porque toca a la conciencia y a los derechos de la persona humana. Pero además la libertad religiosa es un problema político porque concierne al poder político que ha de velar por todos los valores de la sociedad; y es también un problema jurídico porque atañe a los límites del poder ejecutivo y la ley civil. 42 Tomado: Pablo Muñoz Vega, “La libertad religiosa”, en Boletín eclesiástico LXXIII, N. 5, (1966), pp. 266-270.

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El contenido, pues, de la libertad religiosa es muy completo, y esto es lo que ha dado lugar a tanto confusionismo en las noticias que en las amplias esferas de la opinión pública se han difundido sobre el debate que tenía lugar en el aula conciliar. Con el nombre de libertad religiosa se pueden propugnar cosas muy diversas porque en lo relativo a la conciencia se pueden tomar actitudes bien distintas. Hay una conciencia subjetivamente conforme con una norma objetivamente verdadera: es la conciencia RECTA y VERDADERA a la que debemos aspirar todos los católicos. Pero hay quienes propugnan una conciencia autónoma que no reconoce más norma que sus propios imperativos; en este caso ya no estamos dentro de una concepción católica, sino de la concepción del liberalismo racionalista y sectario del siglo XIX. Hay una conciencia errónea subjetivamente conforme con una norma objetivamente falsa; se trata de una conciencia recta pero no verdadera. Es el caso de todos los hombres de buena voluntad que van en pos de la verdad religiosa pero que todavía no han podido alcanzarla. Esto nos permite ya excluir diversas confusiones. La libertad religiosa de la que se habla en el Concilio no sea la que propugnan y propagan los racionalistas y liberales del pasado y presente siglo que en el campo religioso identifican la verdad objetiva con la más libre subjetividad y para quienes por consiguiente la libertad de conciencia consiste en la facultad de adherirse a cualquier creencia religiosa o a ninguna. La libertad religiosa no es la autonomía frente al dominio soberano de Dios, que no reconociendo que Él haya revelado una religión sobrenatural y constituida una única Iglesia, propugne el indiferentismo religioso. ¿Qué significa, pues, la auténtica libertad religiosa? Lo que significa es la inmunidad que tiene toda persona humana frente a toda coacción en la decisión religiosa interna, aún por parte de la Iglesia. Porque, como lo enseña la teología tradicionalmente, el acto de fe es libre. Inmunidad ante todo del fuero interno personal contra toda invasión por cualquier poder social o estatal. Inmunidad en particular frente a la coacción del Estado a quien no es lícito valerse de la ley civil para forzar un asentimiento a cualquier verdad religiosa o a una ideología. Inmunidad que se extiende a la libertad de expresión, tanto personal como eclesial, por razón de la indisoluble unión existente entre la libertad personal interna y la libertad social de expresión. Tal unión ha reivindicado la Iglesia no sin el precio de la sangre de sus mártires. La Iglesia como comunidad y como autoridad establecida por Dios está inmune de toda coacción por parte del poder público en su doble misión, de salvar a los hombres y de crear condiciones de paz y de justicia.

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La teoría racionalista y absolutista del siglo XIX, que confinaba a la Iglesia a la sacristía, está en abierta contradicción con la doctrina de la libertad y con los rectos principios del constitucionalismo moderno, que no concede al Estado ninguna intromisión en el ejercicio de la misión confiada a la Iglesia. El poder civil no tiene ninguna autoridad para juzgar los principios religiosos, porque no es de su competencia el formular el juicio teológico sobre la verdad objetiva de la creencia religiosa. Tampoco tiene autoridad alguna para confinar el ejercicio libre de la religión al fuero meramente interno de la conciencia, ya que la ley civil, al no tener poder para coaccionar la conciencia religiosa, no puede tampoco coaccionar la expresión social de esa conciencia, pues el hacerlo sería violentar la conciencia misma. Así pues la libertad religiosa de asociación se apoya en los mismos argumentos que justifican la libertad para la formación de asociaciones con fines religiosos o caritativos es una consecuencia de la libertad de conciencia y del derecho general de asociación voluntaria, basado en la dimensión social de la naturaleza humana y en el principio de subsidiariedad de la organización social. En la doctrina conciliar, tenemos, pues, una visión nítida de la manera cómo se unen la libertad personal interna y la libertad social de expresión. Esta doctrina conciliar no favorece en modo alguno el proselitismo cual lo realizan, por ejemplo, algunas sectas protestantes entre los católicos de nuestra América Latina. El proselitismo es cosa muy diversa de la verdadera evangelización, lo mismo que del ecumenismo. El proselitismo es un testimonio irresponsable y una corrupción de la libertad religiosa. Las características son: agresividad de la propaganda, ataques negativos a las creencias religiosas o a instituciones, lenguaje ofensivo a la sensibilidad religiosa, empleo de medios de seducción psicológico-religiosa con el pueblo necesitado. Un estilo, pues, claramente infraevangélico, contrario al Evangelio del amor y al respeto mutuo que muestra Dios al acercarse al hombre; por ello contrario al legítimo ecumenismo. Es un conjunto un uso anticristiano de la fuerza religiosa que acarrea enorme daño a la auténtica libertad religiosa. Pasemos ya al segundo interrogante que os he prometido explanar en esta exposición introductoria: ¿por qué esta libertad religiosa que acabamos de explicar ha de ser aprobada por la autoridad de la Iglesia hoy? En esta cuestión sobre todo en la que el fondo de algunas almas de sincera y honda piedad han podido surgir sentimientos de oscuridad, de zozobra y aún de temor ante la perspectiva de que el rumbo tomado pueda ser para la fe católica un rumbo lleno de riesgos. Pienso que esta desazón espiritual puede y debe plenamente disiparse ante todo por la convicción que debemos tener de que es 197


la Providencia divina la que enrumba la nave de la Iglesia en las horas cruciales de su historia, y luego por las razones claras y poderosas que asisten a la Iglesia en la decisión tomada a cumplir ante el mundo contemporáneo y futuro su misión de madre y maestra de los pueblos, mediante una solemne declaración sobre la libertad de mayor significación en el bien común de la sociedad, LA RELIGIÓN. Esas razones, en mi sentir, son particularmente dos: una que se funda en la verdad doctrinal del derecho a la libertad social y civil en materia religiosa que el Concilio pone en plena luz y otra que proviene del santo afán de renovación pastoral que la Iglesia de hoy siente latir en su seno. Pienso que la solidez de la primera razón puede ser percibida y sentida, si tenemos en cuenta que la doctrina de la Declaración conciliar sobre la libertad religiosa es una meta que supone la superación de penosos y graves conflictos y escollos, a través de veinte siglos, en el problema que el mismo cristianismo planteó al Estado sobre cuál crea el derecho su competencia en materia religiosa. PRIMERO. Estableciendo la declaración mucho más nítidamente la distinción y el orden político, descarta el derecho de intromisión del poder civil en lo sagrado, que constituyó la grande lucha que tuvo que ser afrontada por la Iglesia para la defensa de la libertad cristiana especialmente en tiempo de Gregorio VII. SEGUNDO. Insistiendo en la misma clarificación, la Declaración conciliar descarta también el derecho del Estado a ser juez competente en lo religioso, superando así el gravísimo conflicto que trajo la reforma del siglo XVI cuya consecuencia fue que los príncipes se sintiesen poseedores del IUS REFORMANDI, o sea, del derecho de imponer la fe reformada y de exigir la emigración y el destierro de los que, por prohibirlo su conciencia, no querían conformarse a ella. TERCERO. La Declaración conciliar descarta también el derecho que se atribuyeron, como consecuencia de la Revolución Francesa, las democracias totalitarias imperantes, cuando se empeñaban en la creación de un nuevo tipo de moralidad pública y de un nuevo orden social-político, completamente al margen de la Iglesia. Su principio básico era la conciencia autónoma, y su consecuencia, la omnipotencia jurídica del Estado. Lo que en ese ambiente se llamó IUS COMUNE, derecho común, establecía la libertad religiosa para todas las creencias, pero las sometía todas al Estado liberal y racionalista; porque asentado el principio de igualdad de todas las religiones, la consecuencia inevitable es que el Estado se erija en árbitro supremo de la verdad religiosa y de la Iglesia.

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Esta postura queda completamente superada por la vigorosa contextura que el Concilio ha dado a su solemne Declaración. CUARTO. Poniendo de relieve el desarrollo doctrinal sobre la división de los dos poderes, espiritual y temporal, y la plena autonomía alcanzada a través de tantas luchas heroicas, la Declaración hace completamente suya la reivindicación de la libertad de la Iglesia y a la de todos los hombres que creen en Dios, enarbolada por Pío XI y Pío XII, frente al ataque del totalitarismo nacional-socialista y del totalitarismo comunista contra toda religión. El poder civil no tiene ninguna autoridad por ninguna dialéctica de la historia para construirse árbitro de los principios religiosos de ninguna corporación eclesial, para confinar a ninguna sociedad religiosa “a la sacristía”, para eliminar a su propia ideología y mucho menos si ésta es atea. Así pues, la posición doctrinal de la Declaración es tradicional y nueva al mismo tiempo. Supone un progreso en la inteligencia de la tradición, progreso realizado a través de los episodios y conflictos que acabamos de reseñar, hasta llegar al actual momento histórico de la Iglesia. El Concilio debía afrontar el problema de la libertad religiosa dentro del contexto histórico en que vivimos. Su respuesta debía ser nueva, porque el contexto histórico es nuevo; pero debía ser al mismo tiempo tradicional, porque es la respuesta de la fe católica que no es algo que comience hoy. El Concilio Vaticano II ha expresado en forma mucho más nítida que en el pasado en qué consiste el derecho natural a la libertad en materia religiosa, ha establecido con mayor firmeza que el fundamento de este hay que deducir de la dignidad de la persona humana, y con grande sensibilidad por la actual situación del mundo, ha querido proclamar una Declaración de alcance y validez ecuménica, y que va más allá del ámbito puramente cristiano. Esta es su principal novedad. Pero al mismo tiempo del Concilio establece en su declaración firmemente la continuidad de una doctrina expresada de manera diáfana por el magisterio eclesiástico de las de cien años de documentos que han orientado una teología secular y un derecho público eclesiástico vigente en la teología de toda una serie de Concordatos, que llega hasta nuestros días. U

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Desarrollo e integración nacional y latinoamericana43 URGENCIA DE UNA INTEGRACIÓN NACIONAL

Me refiero ante todo a la urgente necesidad de una integración nacional. Esta integración debe caracterizarse por la colaboración de todas las clases sociales, de todos los grupos políticos, de todas las instituciones financieras, de todos los grupos políticos, de todas las instituciones financieras, de todos los organismos estatales y municipales con miras al máximo desarrollo posible y a la máxima promoción económica de todas las regiones, teniendo como objetivo fundamental una progresiva y generosa elevación tanto de los grupos sociales marginados como de las regiones desatendidas y que, sin embargo, cuentan con recursos naturales extraordinariamente aptos para el desarrollo, recursos que la desidia o, lo que es más grave, el egoísmo de determinados grupos privilegiados no han sabido explotar. Nuestra integración nacional reclama una nueva mentalidad y una nueva sensibilidad social que nos haga comprender y vivir la urgente necesidad de igualar dentro del nivel de un razonable bienestar y progreso de todos los ciudadanos y de suprimir las injustas y peligrosísimas situaciones de pequeños grupos o de determinadas regiones privilegiadas que se mantienen como bloques en medio de un mar de angustia y depresión. La nueva mentalidad debe convencer a todos que en la salvación de todos los sectores subdesarrollados y en la colaboración de todas las clases sociales está el único camino para el grande objetivo de la paz social que buscamos. Debe, por lo mismo, eliminar todo antagonismo y rivalidad destructivos en los partidos políticos, todo regionalismo que es así mismo destructor y antipatriótico, todo aferramiento a las situaciones de privilegio que están en oposición con el bienestar general de todos y con la posibilidad de progreso. Muy en concreto exige esta mentalidad que las legítimas contiendas cívicas no degeneren en antagonismo y lucha a muerte entre grupos y ciudadanos. ¡Y cómo la nación entera agradecería que la próxima Asamblea Constituyente encaminara nuestra patria eficaz y decididamen43 Tomado de: Pablo Muñoz Vega, “Sobre las obligaciones morales de promover el desarrollo dentro de la integración nacional y latinoamericana [8 de noviembre de 1966], en Boletín eclesiástico LXVIII, N. 8-10, 1970, pp. 679-682.

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te hacia este ideal de integración! Y no olvidemos este principio fundamental formulado tan justamente por el Concilio Vaticano II: “La comunidad política nace de la búsqueda del bien común; en él encuentra su justificación plena y su sentido, y de él saca su legitimidad primitiva y exclusiva” (Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, VI, 74). Conviene subrayar estas luminosas palabras: fuera de la búsqueda del bien común, nada hay que justifique la acción política y la haga legítima. LA EDUCACIÓN DE LAS CLASES MARGINADAS …Es indispensable que toda la nación –poderes públicos, miembros del clero, instituciones privadas, comunidades religiosas, empresas económicas y ciudadanos todos– aunemos esfuerzos para crear centros de educación de niños y adolescentes que hasta el presente carecen de toda oportunidad para superarse, centros tanto rurales como urbanos con niveles educativos adaptados al Estado de cada grupo social. Es ésta la única fórmula de una real y progresiva democratización de la educación. Tanto en las ciudades como en los campos hay innumerables niños y adolescentes desprovistos de toda posibilidad educativa y no hemos realizado todavía todo el esfuerzo que está ciertamente a nuestro alcance para crear centros adaptados a su nivel y sin los cuales no podemos realizar una integración capaz de promover un rápido desarrollo. A la campaña de alfabetización de adultos debemos consagrar esfuerzos mucho mayores y pensamos que, unidas las fuerzas de toda la nación –del Estado, de la Iglesia y de los particulares–, podríamos obtener a corto plazo un resultado halagador. Por nuestra parte encarecemos a los señores párrocos, a los institutos católicos docentes, a las comunidades religiosas contribuir en toda forma posible al establecimiento y mejoramiento tanto de centros para niños que carecen de toda oportunidad, como de centros de alfabetización de adultos. Y los recomendamos vivamente unir sus propios esfuerzos a los de los poderes públicos en la mejor forma que las circunstancias aconsejen. LA REFORMA AGRARIA Otro campo de atención inmediata es el de la Reforma Agraria, la cual según enseña la experiencia debe hacerse gradualmente de modo que se obtengan concomitantemente la extensión de la extensión de la propiedad agrícola al 201


mayor número de personas y familias, la mayor capacidad del trabajador y el aumento de la producción. Es indispensable esta reforma firme y gradual a fin de evitar un colapso que perjudicaría en primer término a las clases a las que se quiere favorecer y que abre camino a los intentos de subversión y anarquía. Y en este campo es necesario que impere una verdadera sensibilidad social mediante la cual, no solo los poderes públicos, sino los agricultores experimentados, ayuden eficazmente a los nuevos propietarios en el esfuerzo por una promoción integral. Los programas cooperativistas están llamados a realizar un esfuerzo mancomunado, ayudados por el Estado y la oportuna cooperación de los párrocos, para conseguir que no haya zona que no cuente con una escuela y que no despliegue los programas de higiene, alfabetización y servicios esenciales que proporcionen a todos los trabajadores agrícolas una vida digna y se evite además la tremenda calamidad del éxodo y el progresivo avance de los cinturones de miseria alrededor de las ciudades. Es la hora en que todos, pero especialmente los más afortunados, piensen que solo con tribuyendo a que haya en nuestra patria mayor producción y menor pobreza podrán conservar su propia prosperidad aumentando la prosperidad de los demás. U

Sobre la justicia social en el Ecuador44 No hay en el mundo ni hay en nuestra patria una cuestión que esté planteada tan a fondo en el corazón de las masas y que remueva tan poderosamente sus pasiones como la cuestión de la justicia social. NUESTRA SITUACIÓN El Ecuador no es un país que está desprovisto de riquezas potenciales de gran alcance. No está tampoco del todo fuera de la órbita del progreso engendrado por la ciencia y la técnica. En cuanto se ha realizado en su territorio la incorporación dinámica de capitales, técnica y maquinaria a la agricultura de exporta44 Tomado de: Pablo Muñoz Vega, “Que la justicia social se haga realidad en el Ecuador”, en Boletín eclesiástico LXVII, N. 8-10, 1970, pp. 279, 280-287.

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ción y en cuanto su pre industria se ha abierto las insospechadas posibilidades de la tecnología moderna; el Ecuador ha recibido riquezas tan considerables que hubieran bastado para evitar que se produzca el hecho socioeconómico que al presente constituye la más peligrosa lacra de nuestra vida nacional: la marginalidad de centenares de miles de ecuatorianos. Mas, sucede que el 75% de las empresas industriales y el comercio de gran rendimiento están en contadas manos y así, mientras un sector pequeño de la población ecuatoriana ha elevado su nivel de vida, como está a la vista de todos, hasta el lujo hiriente de sus modelos norteamericanos y europeos, el resto de la población siente en forma cada vez más peligrosa los efectos de un empobrecimiento que puede llevarla a la peor de sus crisis. HORA DE LA RESPONSABILIDAD SOCIAL Estas condiciones de la actual era de la técnica y de la civilización industrial constituyen un signo tremendamente dramático para la conciencia humana. Por primera vez en la historia se abre la posibilidad de que todos los hombres, sin discriminaciones, puedan beneficiarse de la prosperidad que hasta ahora ha estado reservada a minorías. La aventura de una cooperación para el desarrollo que ponga término a la miseria en el mundo puede hoy dejar de ser un sueño y convertirse en realidad gracias a las nuevas posibilidades que van creando la ciencia y la técnica. Este es el acuciante desafío de la liberación ante el que se encuentra la conciencia de los hombres. Para cada uno de ellos la responsabilidad social ha adquirido una nueva dimensión; porque hoy se ofrece la posibilidad de eliminar la causas del mal mientras en épocas pasadas no podía irse más allá de la eliminación de algunos de sus efectos y síntomas. Por desgracia, la insensibilidad y la despreocupación ante el problema humano de la miseria persisten en modo increíblemente obcecante en los sectores que detentan el poder financiero en el mundo. La resistencia que estos poderes oponen a la idea misma de una trasformación que elimina la actual desigualdad de los hombres ante la vida, como también la desigualdad de los pueblos ante las posibilidades de desarrollo, es tan fácil, que solo una fe capaz de trasladar las montañas podrá reducirla y sobrepasarla. Sin embargo, algo sucede en el mundo, sobre todo en el mundo de los jóvenes, que está suscitando esta fe. Para la conciencia católica y para la conciencia cristiana en general ha llegado la hora de la mayor responsabilidad frente al

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drama de la justicia social. Entre nuevos jóvenes va tomando fuerza cada vez mayor un movimiento que los impulsa a rebelarse contra una situación sustancialmente injusta y a levantarse como el nuevo paladín de la causa de liberación. Mas si el objetivo de estos impulsos generosos es claro, en cambio constituyen su motivación, el primero de los cuales es sin duda el de la justicia social. JUSTICIA SOCIAL ¿Qué entiende, pues, la Iglesia por justicia social? Para formular la respuesta situémonos en el campo concreto que nos atañe de modo inmediato, el de nuestra realidad ecuatoriana de subdesarrollo y crisis político social. La cuestión actual y palpitante que entre nosotros debe resolver la justicia social es la siguiente. Hay en la tierra ecuatoriana una gran riqueza, en parte explotada: ¿cuál es entre la riqueza de este país y sus habitantes la relación del dominio que señala su fin natural y da origen al derecho primero y fundamental a su uso? En la doctrina social católica hallamos una respuesta que, bien comprendida, puede disipar toda ambición. La relación de los hombres de un país a la riqueza de su tierra es la relación de un dominio de índole solidaria y laboral que funda para todos y cada uno de ellos un derecho primordial cuyo fin es darles, sin excepción, la posibilidad de ser miembros de su sociedad en el nivel que corresponde a la dignidad de la persona humana. En otros términos, el derecho primero y fundamental a los bienes de que dispone la tierra habitada por un pueblo no es de algunos solamente de sus miembros, sino compete absolutamente a todos en forma solidaria, para el fin que así mismo corresponde el de promover la dignidad eminente de la persona humana. La justicia social se apoya en dos verdades indiscutibles para la mente católica: la primera se refiere al hombre; la otra, a la riqueza. Podemos expresarlas en estos términos: la fuente misteriosa tanto de nuestra existencia como de las riquezas destinadas a sostenerla es una misma: DIOS. Y el Creador ha puesto las riquezas al servicio de los hombres no como quiera, sino en cuanto son mutua y constitutivamente solidarios los unos con los otros. Por ello la riqueza está puesta en el mundo y en el mundo y en cada país al servicio de la fraternidad humana, no como quiera, sino según el plan divino que es radical totalitario en cuanto a velar por el derecho que es anterior a las formas jurídicas que puedan determinarlo más particularmente en cada pueblo y anterior también a la función reguladora de poder público.

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Estas verdades están a la base de todo recto planteamiento sobre la justicia social. Partiendo de la designación primigenia universal de todos los bienes de la tierra que regula la relación comunitaria y solidaria del dominio de los hombres sobre las riquezas, la justicia social tutela la razonable distribución de los bienes de la tierra entre los hombres. La justicia social parte de la coparticipación y solidaridad de los hombres en una misma naturaleza y tiene a llegar a una suficiente y razonable coparticipación y solidaridad en las condiciones de vida. Siendo igual en todos los hombres el misterio de la existencia humana, toda vida humana, sin distinción ni privilegios, es infinitamente preciosa y su derecho primero y fundamental a los bienes creados por Dios merece absoluta protección. La justicia social vigila por el cumplimiento de este derecho, de modo que un hombre débil pueda apoyarse en la comunidad entera; de ella y de sus riquezas nadie puede quedar excluido sino es por el mismo título que excluye a cada uno de la vida. Así es como la justicia social es la gran organizadora de la vida comunitaria. Se empeña por elevar un nivel digno de hombres no a unos cuantos miembros solamente del cuerpo social sino a todos, crea la urgencia por conseguir que las riquezas afluyan y lleguen hasta las áreas de depresión, pone en manos de los desamparados un derecho contra la marginalización opresora, obliga a todos a ponerse límites para que sobre nadie recaiga la culpa de ir dejando al margen hombres desgraciados o deshechos de la vida. NUESTRA INJUSTICIA SOCIAL Las verdades que acabamos de enunciar son las que nos dan la base inconmovible de todo ordenamiento justo de la vida social y económica. Mas ellas nos obligan también a una confesión dolorosa cuando volvemos la mirada a la realidad ecuatoriana y mundial: las exigencias de la injusticia social no se cumplen ni siquiera aproximadamente; en nuestra patria como en otros países, enormes sectores de la población están excluidos de disfrute de un nivel de vida que llegue al mínimo vital humano. Este es un hecho que no podemos negar pues se revela clamorosamente en los tugurios de nuestras ciudades y en las chozas de nuestros campos. Este es un hecho que a los católicos nos sitúa ante una enorme denuncia y un inmenso deber.

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SOLUCIÓN RAZONABLE Frente a tal realidad, ¿habrá que concluir sin más que lo que tiene que hacerse sin demora es repartir entre todos la totalidad de la renta nacional, para emplearla en cubrir las necesidades de consumo que tanto apremian a la mayor parte de la población ecuatoriana? Es claro que no hay que comenzar por adoptar una actitud de ignorancia frente a los factores económicos que han de ser tenidos inexcusablemente en cuenta, para plantear correctamente el problema de la implantación de la justicia social en un país. Es necesario tener en cuenta la óptica exacta del desarrollo de un país como el nuestro. Se trata a la verdad de liberar al trabajador ecuatoriano de las opresiones engendradas en sentido nacional e internacional por “la ley de hierro de la economía liberal”; mas esto jamás podrá conseguirse en forma digna si no se obtiene “el despegue” de nuestra economía nacional por lo que toca al desarrollo de los bienes productivos, los bienes de capital. Para contar con la base misma de la justicia social entre nosotros, es menester suplir la falta de capital, crear oportunidades entre nosotros, es menester suplir la falta de capital, crear oportunidades de trabajo, multiplicar los puestos de trabajo, preparar los hombres para ocuparlos, realizar los trabajos de infraestructura sin los cuales no puede entrar en desarrollo una economía, suplir la inexperiencia de los trabajadores asumiendo responsabilidades que ulteriormente les serán devueltas, dar una educación a los jóvenes que los prepare para su ingreso en la vida, de modo que puedan ser los forjadores de un mundo nuevo. NECESIDADES INSOSLAYABLES Por este motivo las necesidades de la inversión en orden a conseguir el mejor desarrollo posible de los bienes del capital, los bienes productivos, son necesidades absolutamente insoslayables, que de ningún modo pueden ser descuidadas, cualquiera que sea la organización económico-social del país, si se quiere tener la base sólida de una promoción de la justicia social. Mas luego hemos de insistir en la verdad de fondo que ya hemos enunciado como principio inderogable comunitario y solidario que la relación de dominio correspondiente al mismo fin natural de la riqueza obliga a procurar UNA DISTRIBUCIÓN JUSTA Y EQUITATIVA entre todos, de la parte del producto nacional que pueda y deba ser destinada a las necesidades de consumo y una distribución

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también justa y equilibrada de los derechos de propiedad sobre aquella parte de la renta nacional que se dedica a la inversión. Esta distribución justa y equitativa debe además estar suficientemente asegurada por la estructura misma de las instituciones económicas, sociales, jurídicas y políticas del país. CONCIENTIZACIÓN Así, de una manera sintética, tenemos trazadas las líneas fundamentales de la concepción cristiana de la justicia social. Mas las exigencias de la concepción cristiana de la justicia social. Mas las exigencias que de esta concepción dimanan chocan tan drásticamente con la mentalidad imperante que todo plan de implantación de esa justicia resultará quimérico, si no se logra previamente una educación de la conciencia social tan eficiente y verdadera que sea capaz de crear presión de una inmensa fuerza moral que vaya rompiendo todos los diques. A esto obedece el surgir de un movimiento en nuestra Iglesia latinoamericana y ecuatoriana, que va en aumento y que ya por nada podrá ser detenido, EL MOVIMIENTO DE CONCIENTIZACIÓN. Parte este movimiento del análisis de las fuentes hondas de injusticia social y de una toma de conciencia de las responsabilidades cristianas ante los hechos. Es una toma de conciencia que lleva a una crítica seria del sistema general económico político que estamos viviendo para reconocer sin ambages lo que en él es esencialmente injusto y tomar el compromiso de una acción para su transformación. Es además una toma de conciencia que se empeña en despertar la personalidad de los oprimidos de tal suerte que surja en ellos el afán de ser, como personal libres y responsables, agentes de la transformación en la que impere un nuevo orden realmente justo. ERRORES DE CONCEPCIÓN SOCIAL El movimiento de concientización que se inspira en La Doctrina Social de la Iglesia no coincide con el concepto de desarrollo de no pocos economistas y políticos para quienes lo que cuenta en definitiva es la sola eficiencia de la fuerza del trabajo y la utilidad, para la política partidista, de resultados inmediatos en obras visibles aunque suntuarias. Con harta frecuencia se ha identificado el desarrollo con el crecimiento económico evaluado por el producto

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nacional bruto y el ingreso “por cabeza” de sus habitantes, como si todo el problema en nuestro medio no comportase otra realidad que la de un atraso en el lanzamiento de la civilización industrial y de la adaptación técnica. Esta concepción no puede menos de convertirse en fuente de frustraciones. Si las políticas económicas y sociales seguidas a los largo de los últimos quince años no han permitido resolver el problema de la pobreza en América latina, esto se debe a la concepción misma del desarrollo en que se han inspirado. Su objetivo ha consistido en hacer pasar a cada uno de los países de este continente de un tipo de sociedad preindustrial a un tipo de sociedad capitalista moderna. Pero de esta suerte se limita el problema a un simple aspecto técnico, se descuida su dimensión humana, se dejan intactas las fuentes hondas de la injusticia. Efectivamente, con la presión sindical por parte de los trabajadores tendiente a conseguir un elevado nivel de salarios, y con una política fiscal, por parte de los gobiernos, utilizada como instrumento de redistribución social de la renta, se podrá lograr un cierto progreso social, pero no se logra el cambio interno de las estructuras injustas del sistema por estructuras justas y, por tanto, no se alcanza el verdadero objetivo de la justicia social. Y de allí se sigue una consecuencia gravísima por lo que toca a la distribución de los derechos de propiedad sobre el capital existente en el país; pues por razón del sistema se produce inevitablemente una gran concentración de capital en manos de una pequeña minoría; y todos sabemos que el surgimiento de las oligarquías económicas constituye ya la causa profunda del conflicto social que viven nuestros pueblos. NUEVAS RELACIONES HUMANAS Por esto en el pensamiento de la Iglesia el problema social debe ser visto de modo más radical y hondo. No se trata solamente de modernizar o de perfeccionar las estructuras socioeconómicas que ya existe para volverlas menos injustas. Se trata de establecer nuevas relaciones humanas entre los habitantes del país y nuevas aplicaciones del principio de propiedad sobre la riqueza que lleven a eliminar el manifiesto e injusto desequilibrio de poder entre ricos y pobres. Para ello el desarrollo debe ser concebido y planificado en función de la persona humana y de su dignidad que debe ser reconocida en todo habitante de este país, sin excepción alguna. Como lo dice pablo VI en la Encíclica Populorum Progressio: todo programa concebido para aumentar la producción, al fin y al cabo no tiene otra razón de ser que el servicio de la persona. I existe es para

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reducir las desigualdades, combatir las discriminaciones, librar al hombre de la esclavitud, hacerlo capaz de ser por sí mismo agente responsable de su mejora material, de su progreso moral y de su desarrollo espiritual (Poprog., 34). La visión de la realidad ecuatoriana, de sus condiciones y problemas ante las exigencias de la justicia social, demuestra cuánto importa que el movimiento de concientización se realice a fondo pero con verdad íntegra e indeclinable. En términos de solidaridad espiritual los hombres de un país son lo que es su conciencia social. Si en el ecuador no se forja la nueva conciencia social requerida por la justicia, tendremos la revolución, podrá sobrevenirnos la violencia de la guerra civil; pero tendremos el verdadero desarrollo y la auténtica paz, es decir, el mayor bien de nuestro pueblo. Vale, pues, la pena el darse con todo ardor a esta causa. Para promoverla en todas las clases sociales, la Iglesia cuenta en nuestra patria con un instrumento que ha elaborado a través de innumerables dolores y fatigas: SUS CENTROS DE EDUCCIÓN: o sea, sus universidades, sus colegios y normales, sus institutos técnicos, sus escuelas primarias urbanas y rurales, sus escuelas radiofónicas populares. La Federación de Educadores Católicos con la Comisión Episcopal de Acción Social acaba de celebrar una semana social en la que sus miembros con la ayuda que hoy puede dar la preparación científico-técnica de nuestros expertos, han tratado de penetrar en la realidad socioeconómica de nuestro país, cuyo conocimiento exacto constituye la base de un auténtico movimiento de concientización. Esa es una gran esperanza que la jerarquía ecuatoriana va, sin duda alguna, a fomentar y apoyar con solicitud infatigable. COMUNIDAD HUMANA PLURALISTA Por otra parte, la Iglesia sabe que hemos entrado en la época de una comunidad humana pluralista y que por ello deben cultivarse cuidadosamente las estructuras del diálogo, las únicas que pueden hacer viable la colaboración sincera entre todos a pesar de las divergencias. Sabe además que su acción en muchos aspectos del problema social no puede ser sino subsidiaria de la acción de la sociedad civil y de la del Estado con sus diversas instituciones y corporaciones. Por esto ella no quiere ni pretender hacer una obra SOLITARIA en los mismos programas de concientización, sino SOLIDARIA en todas las líneas de pensamiento y de acción que bien discutidas y comprendidas pueden llevar a la unidad recta y fecunda de la vo-

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luntad popular. Particularmente en este grave momento en el que la sociedad ecuatoriana y el Estado ecuatoriano deben afrontar el arduo problema de la reapertura de sus universidades, la Iglesia ecuatoriana quiere ser plenamente comprendida en esta nueva postura que ella adopta tomando conciencia de la extrema gravedad y la extrema urgencia que entraña la cuestión de la justicia social y sus ineludibles exigencias en nuestra querida patria. U

La Iglesia ante el reto entre capitalismo y socialismo45 ¿REFORMA O REVOLUCIÓN? Como en otros países de América latina estamos en el ecuador en una encrucijada entre dos vertientes de un proceso ideológico e histórico: reforma o revolución. Hay exponentes del capitalismo que propugnan una reforma socializadora de este sistema que no implique necesariamente la situación radical de una de sus bases, el derecho a la propiedad privada de los medios de producción, bien que admitan la necesidad de introducir el correctivo de una legislación laboral avanzada que limite su ejercicio, subordinándolo a las exigencias del bien social común tratando de eliminar de raíz todo abuso de explotación. Mas hay no pocos guías intelectuales y guías activos del movimiento de “concientización” revolucionaria, los cuales, partiendo de la convicción de que el capitalismo es estructuralmente impotente para resolver el problema fundamental del subdesarrollo, proponen como alternativa única e inevitablemente el socialismo, entendido como sistema de organización socioeconómica que se funda en la propiedad colectiva de los medios de producción, por lo menos de los más importantes. Es este en el actual contexto sociopolítico el cuestionamiento que más inquieta y que con mayor fuerza divide o puede dividir las opiniones de los católicos. 45 Tomado de: Pablo Muñoz Vega, La Iglesia ante el reto entre capitalismo y socialismo, Quito, Ed. Vida Católica, 1971, pp. 8-10, 11-12, 14-15, 16-18, 23.

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Refiriéndonos a la situación concreta de nuestra patria, conviene advertir que el proceso de evolución sociopolítica del socialismo moderno está todavía entre nosotros en gestación y no existe realización histórica alguna que pueda ser juzgado por sus frutos. Todo está aún en crisis y en trance de evolución. Es sabido que el marxismo socialista se encuentra dentro de su propia esfera internacional ante una disensión cada vez mayor y más aguda no solo frente a los problemas de la sociedad y la técnica, de la ciencia y el arte actuales, sino también frente a la praxis de la actuación social y política de los partidos de los Estados. La disensión se agrava cuando en el seno del socialismo de discute si los objetivos últimos habrán de ser alcanzados por el camino de una democracia parlamentaria o por el de una revolución violenta. Hoy el católico se encuentra frente a una evolución histórica del marxismo que trae como consecuencia el hecho de que su teoría de la revolución no ofrece ya los presupuestos convincentes para una fundamentación del comportamiento sociopolítico que presente un sello específico inconfundible. Por esto, cuando las corrientes socialistas ejercen atractivo entre los católicos, especialmente en algunas agrupaciones juveniles, hay el peligro de dejarse seducir y después dejarse encerrar “en un sistema cuyos límites y totalitarismo corren el riesgo de aparecer demasiado tarde si no se los percibe en sus raíces” (Carta Apostólica, N. 36). Por esto anhelamos clarificar en lo posible las ambigüedades de la actual situación. También entre nosotros pudieron surgir, o están quizá ya surgiendo, “del enfrentamiento ideológico que separa oficialmente las diversas tendencias del marxismo-leninismo en su respectiva interpretación del pensamiento de sus fundadores” (Carta Apostólica, N. 32) diversas corrientes socialistas. Sin embargo, más que la puesta en marcha de tales corrientes, nos parece digna de atención la existencia de efectivos agentes de la revolución del “tercer mundo”, es decir, de la revolución que rehúye identificarse no solo con la “revolución burguesa”, sino también con la “revolución proletaria”, porque ya no pueden satisfacerle los ideales ni de la una ni de la otra. Nuestra atención va a fijarse en la praxis de estos agentes, porque una serena y objetiva reflexión sobre ella es la que mejor puede darnos una previsión de lo que podría llegar a ser entre nosotros una actualización de “la revolución del tercer mundo” si se verificase bajo el signo de esta praxis. Socialización y marxismo no tendría necesariamente por qué identificarse y no tenemos dificultad alguna en reconocer que en la historia del derecho de propiedad no sería imposible señalar iniciativas que podrían calificarse como características de una socialización cristiana perfecta, antes de que el marxismo

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introdujera su revolución ideológica copernicana. Pero al presente vivimos en una situación en la que “se impone un atento discernimiento” (Carta Apostólica, N. 31), porque ningún movimiento reformista o revolucionario deja de tener vinculación concreta con una ideología de inspiración marxista la que anima a los agentes o grupos que constituye la punta de lanza en el proceso hacia la construcción de un futuro tipo de democracia socialista. Aprovechando con maestría de las circunstancias de desazón y descontento que vive la nación, estos grupos están promoviendo una intensa campaña de difusión ideológica en todos los niveles, inclusive en los de las asociaciones juveniles y obreras de inspiración cristiana. Por ello no puede menos de preocuparnos el giro que va tomando nuestra patria el proceso de transformación sociopolítica, no precisamente en cuanto va surgiendo una “concientización” que exige cambios radicales y profundos con miras a una sociedad más justa y próspera, sino en cuento esa concientización va impregnándose de los fermentos de una ideología que inevitablemente la volverán materialista y atea. Advirtiendo en estos avances un peligro cada vez más insidioso, nos sentimos movidos por el deber de expresar que la Iglesia en el ecuador en modo alguno puede admitir la posibilidad de una opción cristiana por una transformación revolucionaria que significaría el predominio del poder ideológico y político de un totalitarismo que ya ha dado demasiadas pruebas de su naturaleza tiránica. El marxismo puede presentarse abiertamente como una ideología a base de materialismo histórico y de negación de toda trascendencia; o, “bajo una forma más atenuada y más seductora para el espíritu moderno, como un riguroso método de examen de la realidad social y política. Como el vínculo racional y experimentado por la historia entre el conocimiento teórico y la práctica de la transformación revolucionaria” (Carta Apostólica, N. 33). Es evidente que el cristianismo no puede adherirse a una ideología social que se compone radicalmente o en puntos sustanciales a su fe y a su concepción de hombre (Carta Apostólica, N. 26); pero pensamos así mismo que tampoco puede adherirse sin más a una expresión del socialismo marxista que, poniendo entre paréntesis el dogmatismo ideológico, pretenda hacerse aceptar por su mero valor metódico de análisis y acción en la historia, mientras por otra parte resulta prácticamente imposible prescindir del lazo íntimo que asocia uno y otro en la realidad, Más aún: juzgamos que el peligro de falta de identidad que se produce entre cristianos y marxistas allí donde se intenta poner en marcha un modelo de transformación socialista de inspiración marxista, reviste gravedad mayor no tanto en el nivel de la ideología cuanto en el método y la praxis, o sea, de la teoría convertida en acción.

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Por esto nuestra posición tiene que ser decidida y firme en el juicio y en la actitud frente a los principios y a la praxis política tanto del capitalismo como el socialismo marxista. Lo que en el capitalismo denunciamos sin vacilaciones es el fono de su espíritu que considera el lucro como el motivo esencial del progreso económico, la competencia como ley suprema de la economía, la propiedad privada de los medios de producción como un derecho absoluto, y la consecuencia inevitable de todo esto: la división de los ciudadanos del mundo en países ricos que detentan la hegemonía del poder económico y político y países pobres sometidos a ella. Y lo que con la misma integridad denunciamos en el socialismo marxista es la ideología y la praxis que lo vuelven un sistema totalitario, dictatorial, de estatismo monopartidista, de burocracia centralizada y autodirigida que domina todos los instrumentos de poder de un Estado omnipotente. Refiriéndonos por tanto a nuestra peculiar situación ecuatoriana opinamos que lo que debe constituir el objetivo de la búsqueda en que han de empeñarse nuestros mejores sociólogos y hombres de Estado no es un revisionismo de los sistemas capitalista o marxista hasta que sean cristianamente auténticos; sino un proyecto de sociedad y Estado radicalmente distinto de uno y otro… “Por encima de todo sistema, sin omitir por ello el compromiso concreto al servicio de sus hermanos, afirmará (el católico), en el senos mismo de sus opciones, lo específico de la aportación cristiana para una transformación positiva de la sociedad” (Carta Apostólica, N. 35). Hay que subrayar esta actitud. Si el “mensaje específico” de la Iglesia es irreductible a toda forma dogmática y totalitaria del socialismo económico, como lo es toda forma dogmática y plutocrática del liberalismo capitalista, no es porque en la revisión del presente estado de cosas no se atreva este mensaje a ir tan lejos como puede ir cualquier socialismo empeñado en la lucha por la liberación, sino porque va en una dirección esencialmente diversa. COMPROMISOS DE ACCIÓN Y OPCIONES POLÍTICAS JUSTAS El interrogante que se torna más y más agudo es este: ¿cómo se puede en nuestro país salir efectivamente del subdesarrollo? Hay al presente una categoría ideológica que se exhibe como la que contiene la quintaesencia de las razones del subdesarrollo para pueblos como el nuestro, que frente a los grandes países industriales beneficiarios de la prestigiosa revolución técnica y social de los

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siglos XIX y XX, no son otra cosa que países productores de materia primas, enclavados en una economía tradicional de bajo rendimiento, con no más de un solo producto de exportación, con inmensas necesidades de educación, de alimentos y de sanidad, y con palmaria escasez de capitales; nos referimos a la categoría de la “dependencia “. La situación de dependencia frente a las grandes potencias y las grandes capitales del mundo desarrollado sería el factor que condena a nuestros países forzosamente el atraso económico y cultural. Por lo mismo, a menos que se rompan previamente los vínculos de la dependencia, no habrá desarrollo. ¿Quién podrá negar los aspectos verdaderos de este análisis? Sin embargo, ¿llegamos acaso al fondo de nuestras dificultades simplemente con designar a las estructuras capitalistas y a la libre empresa como “el gran culpable” de nuestro subdesarrollo? Con una actitud n la que prevaleciera el radicalismo ideológico, podría quizá el ecuador dejar de ser un país “invadido” por capitales de fuera, pero nada ganaría pasando a ser un país “abandonado”, mientras no pueda contar con recursos internos para afrontar su problema, para cuya solución no pueden bastar ensayos apresurados de revoluciones administrativas y económicas que pueden desembocar, de manera todavía más grave, en encarecimiento de la vida, disminución de exportaciones, inflación y devaluación monetaria. Nuestra batalla social debe ir más a fondo. Pensamos que para salir del subdesarrollo tenemos que ir más allá de las ideologías: no hay sino un camino, el de una nación que se moviliza toda entera para trabajar, aumentar su productividad, ahorrar, invertir, superar la inestabilidad política y la inseguridad jurídica, buscar el equilibrio entre sus realidades económicas y sus aspiraciones sociopolíticas, construir la plataforma económica capaz de sostener la justicia social; y todo esto con el objetivo bien preciso de enderezar el progreso de nuestra comunidad política en beneficio de los sectores más pobres y deprimidos, hasta lograr el desarrollo de todos sus miembros y en cada uno de ellos el desarrollo de todo el hombre. Nuestro ideal debe ser el de convertir a nuestras masas populares, en todos sus niveles, en una gran ciudadanía responsable, gestadora del desarrollo del país. ¿Cómo resolver la contradicción interna de opciones que pueden surgir en nuestras comunidades cristianas, a fin de que, permaneciendo nuestra Iglesia en todo vitalmente unido, como pueblo de Dios, pueda sin embargo acoger un justo pluralismo y servir eficazmente a la causa de la liberación integral, sin confundirse sin embargo con un partido o un movimiento político? Pablo VI formula una respuesta que debe ser objeto de intensa ponderación. “En las situaciones concretas y habida cuenta de las solidaridades vividas

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por cada uno, es necesario reconocer una legítima variedad de opciones posibles. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes. La Iglesia invita a todos los cristianos a una doble tarea de animación y de innovación con el fin de evolucionar las estructuras para adaptarlas a las verdaderas necesidades actuales. A los cristianos que a primera vista parecen enfrentarse partiendo de opciones diversas, pide ella un esfuerzo de recíproca comprensión de las posiciones y de los motivos de los demás: un examen leal de su comportamiento y de sui rectitud sugerirá a cada cual una actitud de caridad más profunda que, aun reconociendo las diferencias, no crea menos en las posibilidades de convergencia u de unidad. Lo que une en efecto a los fieles es más fuerte que lo que nos separa” (Carta Apostólica, N. 50). El Ecuador es un país que tiene que realizar una difícil reforma agraria con una gran escasez de capital; es un país en el que está ya en marcha un fuerte movimiento de urbanización y de movilización social sin un crecimiento económico que lo canalice y equilibre; es un país que tiende a consumir todo lo que produce sin que se le descubra todavía la posibilidad de promover rápidamente la capacidad de sus sistema productivo; es un país con un mercado interior demasiado pequeño que le obliga a pensar en términos cada vez más urgentes que su vía no está en definitiva ni en la derecha ni en la izquierda sino en la integración. En un país así es claro que más que en otros se necesita esa sabia orientación que logre unir el respeto del pluralismo de opciones con el afán de convergencia y de unidad. Lo que verdaderamente importa es que nuestra comunidad política toda entera asuma el empeño audaz de sustituir es u destino nacional con otros movimientos y sistemas los que hasta el presente se han mostrado ineficaces para resolver nuestros problemas sociales y políticos. Esto demanda que se vaya mucho más allá de la simple adopción de los planes y técnicas tomadas de los países desarrollados, capitalistas o marxistas; requiere que se afronten las cuestiones de tradición, de mentalidad, de situación histórica que son características de nuestra nacionalidad, con el fin de hallar nuestro propio camino. No creemos que ese camino se nos plantee como inevitable encrucijada entre un desarrollismo de índole capitalista o una revolución marxista. Porque, por una parte con un desarrollo fundado solamente sobre el libre juego de las fuerzas económicas y sociales no llegaríamos a otro resultado que al de un sistema económico en el que un centro privilegiado de empresas y sindicatos fuertes lograría bonanza, mientras la periferia campesina y suburbana vería estancadas y aun empeoradas sus condiciones de vida. El sistema de la mera propiedad privada de los me-

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dios de producción se concentra y agota allí donde hay mercado y ganancia, y abandona los sectores campesinos que por su pobreza no constituyen un mercado ni atraen a la inversión. No pueden pues, satisfacerse esta alternativa. Pero por otra parte la superación radical de la propiedad privada de los medios de producción tampoco conduce de por si al nuevo orden justo. Conduce si a la centralización del poder de decisión mediante la estatalización de esos medios: mas con ello se va inevitablemente hacia la alienación del trabajador respecto a la función social de su trabajo y hacia el centralismo burocrático que fija desde arriba la cantidad y la calidad de las necesidades sociales. Por estos motivos pensamos que nuestro camino no es el de una encrucijada entre dos únicas opciones que inevitablemente llevarían también a los católicos a un mutuo enfrentamiento radical; creemos que es más bien un camino de reforma y desarrollo allí donde hay elementos de la actual estructura económica y política que pueden ser depurados y perfeccionados: de revolución allí donde hay factores de injusticia radicalmente nefastos; de construcción creadora allí donde hay que hallar estructuras nuevas para sustituir las viejas; de conservación allí donde nos hallamos con un patrimonio de valores espirituales, culturales y económicos que constituyen el fundamento mismo de la ecuatorianidad. Para los cristianos son cuatro las piedras millarias que señalan la ruta hacia una sociedad nueva: “la verdad, la justicia, la activa solidaridad, la libertad” (Encíclica Pacem in Terris, N. 80). LA IGLESIA JERÁRQUICA Y LA POLÍTICA Si en el desarrollo de un proceso sociopolítico optar escoger un movimiento o partido y excluir otros, no podemos como miembros de la Iglesia jerárquica admitir semejante alternativa. En una sociedad que no puede menos que adoptar en su seno el pluralismo de estructuras sociales, económicas y políticas y, en consecuencia, de agrupaciones humanas de índole diversa y aun contrapuesta, la Iglesia jerárquica no puede ponerse en postura de rechazo de unos grupos y de connivencia con otros, porque el Evangelio que predica está destinado a todos, sin excepción de raza, ni de sexo, ni de condición social alguna. El amor de Cristo, en el que está toda su fuerza, no permite pensar en el esquema amigo-enemigo frente a ninguna condición de persona. Por esto ante las asociaciones políticas que forman los ciudadanos de una nación, la Iglesia jerárquica no opta. Si todo cristiano debe rechazar la tentación de confiscar al cristianismo en

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beneficio de una política cualquiera, más todavía debe guardarse de tal peligro la Iglesia jerárquica. Sin embargo, esta posición no significa que ella no tenga como su Fundador divino, una preferencia: la que lleva a comprometerse a favor de los pobres. Esta si es una línea de acción que especifica la postura de la Iglesia en la actual coyuntura decisiva de la evolución social. Al abogar tanto en estas páginas por la búsqueda de un camino de desarrollo capaz de levantar a nuestro país de su bajo nivel de productividad, el blanco exclusivo de todo afán y de todo esfuerzo para nosotros es el de terminar con la miseria material, la ignorancia, la despersonalización de tantos hermanos nuestros de las estructuras sociales que obstaculizan el desarrollo humano la queremos liberar exclusivamente por ellos. Lo que si anhelamos es que nuestra entrega a “la causa de los pobres” no tenga mixtificación alguna, sino traiga del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia su más pura autenticidad. U

Puntos esenciales de una teoría católica46sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado …Sintetizando los datos examinados en las páginas anteriores podemos decir que los puntos esenciales de una teoría actual católica sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado, serían los siguientes: PERSONA HUMANA Y ESTADO 1.- La idea clave a la que hay que acudir para la solución justa de este problema de las relaciones entre la Iglesia y los Estados no es otra que ésta: reconocer a la persona humana la dignidad que Dios le concedió desde el principio, como Creador y redentor. Efectivamente el origen y el fin esencial es la persona humana. Este fin de la vida social y política permanece idéntico, sagrado; obligatorio, en cualquier cambio o transformación que se verifique la historia. Cuando el Estado, desconociendo este principio, no concede a la persona humana el 46 Tomado de: Pablo Muñoz Vega, “Orientaciones doctrinales de una teoría católica”, en la Iglesia y el Estado en el Ecuador. Segundas jornadas teológicas, Quito, Centro de Publicaciones de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, 1976, pp. 65-80.

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puesto que le es debido en sus ordenamientos y en la actividad legislativa y ejecutiva, se desvía del cumplimiento de su finalidad. 2.- Mas esta verdad básica no podrá substituir si no se apoya en otra: que es preciso reconocer a Dios y no al Estado como supremo regulador de todo cuanto al hombre se refiere. Efectivamente, el orden político recibe su verdad y su bondad fundamental del orden moral absoluto y no hay orden moral cuya fuente es la sabiduría y voluntad del Creador. Una construcción social y política que niegue se refiere al hombre, o que prescinda de ella, descarta la única base indestructible y se funda en arena deleznable. 3.- Pero hay que dar también al Estado lo que es suyo. El mismo orden moral absoluto que en la vida social coloca al hombre como sujeto de deberes y derechos inviolables, raíz y término de todo proceso auténtico, muestra también al Estado como sociedad necesaria, revestida de una autoridad requerida para un alto fin. Ninguna institución social, después de la de la familia, se impone tan fuerte y esencialmente como la del Estado. Hunde sus raíces en el orden de la creación y es un organismo moral esencial para la realización de las intenciones y planes de la sabiduría del Creador. Su función, su magnífica función, es la de buscar, promover, impulsar la íntima coalición de las actividades privadas e individuales de la vida nacional para hacerlas converger armoniosamente hacia el bien común. EL DERECHO NATURAL A LA LIBERTAD Y CIVIL EN MATERIA RELIGIOSA 1.- Entre los derechos fundamentales de la persona humana hay que dar un lugar destacado al derecho a la libertad social y civil en materia religiosa; lo cual significa que nunca el Estado puede atribuirse el poder de ejercer una presión constrictiva para imponer a las personas la profesión de una fe religiosa o la negación de una fe profesada, violentando el dictamen de la conciencia. El dominio interior de la conciencia por su misma naturaleza se halla en un orden que está fuera del dominio de toda autoridad humana. Nada autoriza a los hombres a entrometerse como jueces y señores en las convicciones religiosas íntimas de una persona. Si existe una esfera de acción humana en la que todo hombre goce con relación a los otros hombres de un derecho estricto de ser el único juez y guía de sus propios actos, y por tanto de no encontrarse sometido a ninguna forma de presión moralmente íntimo e invisible de la fe religiosa; de suerte que pretende recurrir en este campo a métodos de cons-

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tricción para lograr el asentamiento de una religión, significa evidentemente violar un derecho dado por la naturaleza de la persona humana. Este dominio reservado al libre arbitrio del hombre y solo a Dios pertenece escrutar y juzgar los secretos pensamientos del corazón del hombre en sus relaciones con Él. 3.- Este derecho a la libertad social y civil en materia religiosa no se funda en el principio de la “neutralidad religiosa radical”, que no es admisible como norma esencial del ordenamiento político del Estado. La neutralidad concebida como indiferencia a la verdad y el error en materia religiosa y como actitud que sería exigida por la naturaleza misma de la función soberana del Estado, es el error del libre pensamiento escéptico en lo religioso, y del liberalismo político que en él se inspira. El derecho de las comunidades religiosas al libre ejercicio de la religión se funda en la comprobación de que la misma naturaleza social del hombre exige la formación de comunidades de vida espiritual y que la religión, considerada en su naturaleza íntima lleva a construirlas para la búsqueda y encuentro, al menos parcial de los valores trascendentes a los que aspira en su camino al Bien Supremo, Dios. 4.- Tampoco se identifica este derecho con la llamada “libertad de conciencia” entendida como afirmación de los derechos absolutos de la conciencia subjetiva en toda situación, bien sea de posesión de la verdad, bien de seguimiento del error en lo religioso. ¿Bastará acaso la voz interior de la conciencia que da por buena y verdadera una acción para tener derecho absoluto a su libre ejercicio, o no será menester también que este ejercicio esté justificado por la verdad y bondad del objeto en acción? ¿Hay que contestar que es derecho absoluto cuando los juicios de su conciencia están en el error? Una conciencia errónea, bien que tal inculpablemente, no goza por sí misma de ningún derecho objetivo para ejecutar las acciones que cree legítimas. Es este un derecho natural, no absoluto e ilimitado, sino sometido a límites. El Estado puede intervenir para limitarlo cuando aparece que el ejercicio de esta libertad comporta, con certidumbre objetiva, una violación de los derechos de otros y, además, cuando ese ejercicio se opone a exigencias justas del bien público. FUNCIÓN DE LA IGLESIA EN SUS RELACIONES CON EL ESTADO 1.- La Iglesia del pueblo de Dios constituido como una sociedad externa, con una estructuración jerárquica que se remonta hasta Jesucristo, con una unidad institucional perceptible de culto y de creencias; pero de suerte que toda esta 219


realidad (Iglesia visible), constituya el signo eficaz (sacramental) de la auto comunicación de Dios a los hombres: signo de su verdad en la enseñanza infalible del magisterio, de su gracia en la palabra eficaz de los sacramentos, de su amor en la comunión de los fieles entre sí y con Dios (Cfr. Karl Rahner). Por razón de su origen y de su finalidad la Iglesia tiene derecho a una independencia fundamental con respecto al Estado, aunque reconoce plenamente a la comunidad civil y al Estado las dimensiones autónomas de sociedad perfecta. 2.- Surge obviamente un interrogante: ¿Qué función implica con respecto al bien social y político la dimensión constitucional interna de la Iglesia? La respuesta puede formularse en los siguientes puntos: a) De la revelación divina dada en el Evangelio no se deriva de ningún cometido político directo para la Iglesia. Del mensaje revelado se derivan en la vida práctica consecuencias políticas y sociales, pero no están especificadas ni en cuento a su contenido ni en cuanto a su forma: se encuentran determinadas negativamente en cuanto señalan lo que es lícito. b) La Iglesia tiene una función de vigilante fidelidad sobre el cumplimiento del orden moral absoluto establecido por Dios, consecuencia de su misión de predicar el Evangelio, en virtud del cual puede condenar lo delictuoso de un poder opresor de un entero orden social: esto dice referencia a los límites que impone que la Iglesia tenga competencia respecto a los medios y fines políticos. c) En el pasado lo que caracterizaba la naturaleza de las relaciones de la Iglesia con los del Estado era el reconocimiento mutuo de derechos y deberes en el vértice, es decir, entre la Santa Sede y los gobiernos; al presente interesa más que el Estado-Institución; el Estado-Comunidad: la Iglesia descubre que su magisterio autoritativo está llamado a ejercerse no solo y principalmente con respecto a la conciencia y autoridad de los gobernantes, sino con especial insistencia sobre la fe y voluntad de los ciudadanos que como constituyen la comunidad política constituyen también la comunidad eclesial. La Iglesia se funda entonces en la potestad de imponer el cumplimiento de determinados valores morales en los asuntos temporales. d) Esto exige se reconozca a la Iglesia la potestad de emitir su juicio moral, “incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas” (Conf. Vay. II, GS., II, c. 4, 76). 3.- La misión de la Iglesia no es de orden político; pero de allí no se sigue en manera alguna que sea completamente ajena al orden temporal. La Iglesia está llamada a ejercer su influjo bienhechor sobre el fundamento, sobre la estructura sobre la dinámica de la sociedad (Pío XIII). Lo distintivo en la acción 220


de la Iglesia es su vocación a penetrar en las más íntimas profundidades del ser humano y colocarlo en el centro de todo el orden social. 4.- En virtud de la distinción entre Iglesia y Estado la fe cristiana preserva al hombre de que la “patria”, la “nación”, la “raza” o el mismo Estado sean penetradas como entidades sacrales y así se conviertan en una omnipotencia opresora de toda legítima libertad. A lo largo de varios siglos el cristianismo ha “desmitologizado” al Estado, pero es necesaria la acción consciente y firme de las comunidades cristianas para que no imponga en el mundo la nueva “divinización del Estado” que se cierne sobre nuestra época. En sus relaciones con la Iglesia los Estados pueden adoptar diversos principios y formas de ordenamiento jurídico-político, entre las cuales merecen más detenida consideración las dos siguientes: la de la confesionalidad católica del Estado y de la laicidad del Estado. CONFESIONALIDAD CATÓLICA DEL ESTADO Se centra en dos principales principios: el del reconocimiento oficial de la religión católica como la religión del Estado y el del reconocimiento del derecho general a la libertad social y civil en materia religiosa. 1.- Es menester distinguir los conceptos de “religión de Estado” y “religión del Estado”. En los términos de “religión de Estado” late la concepción de que el Ecuador tiene una religión y le impone a todos sus súbditos, con la consecuencia de que el servicio religioso sería un servicio público estatal, a la manera de un departamento o rama de la administración gubernamental. Con los términos de “religión del Estado” se expresa que una religión, por ejemplo la católica, es profesada por una comunidad política como aquella de la que recibe efectivamente su unidad espiritual; por lo cual viene proclamada jurídicamente como tal. El objetivo, pues, de la confesionalidad del Estado, es tutelar la unidad espiritual, social, nacional del país, mediante la conservación justa y ordenada de la unidad religiosa. En el caso del Estado que se declara católico, no se trata de la imposición de la religión católica por parte de la autoridad política a todos sus ciudadanos; se trata de la exteriorización jurídica de la fe religiosa de un pueblo en el más alto nivel, el de las leyes fundamentales de la nación. Esto se funda sociológicamente en el hecho de ser la religión católica la púnica de un pueblo considerado en su auténtica totalidad moral. Este hecho es oficialmente reconocido y proclamado por el bien social proveniente de la unidad espiritual de la nación.

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Consecuencia de ello es que el Estado procede a la afirmación jurídica, política, de la religión católica como la inspiradora de su legislación y comportamiento moral, como la fe religiosa y culto oficial queridos por su pueblo. 2.- En una concepción justa de la confesionalidad católica del Estado no se incurre en ninguna lesión de la justicia legal respecto a la existencia de otras religiones, porque el reconocimiento oficial de la Iglesia proviene, no de un privilegio que le otorga al Estado, sino de una exigencia y expresión jurídico-política de la realidad social del pueblo gobernado; y además, mientras mantiene la religión católica como oficial, garantiza la existencia y actividad legítimas de otras religiones según el principio de la libertad religiosa. Efectivamente en el Estado católico debidamente concebido, la libertad religiosa queda garantizada como derecho civil que comprende la inmunidad de coacción en materia religiosa, la tutela de su recto ejercicio en privado y también en público con solo las limitaciones exigidas por el orden público justo. 3.- Los dos principios de la confesionalidad católica del Estado y del derecho civil a la libertad religiosa pueden y deben armonizarse. A la hora de legislar se impone el deber de tener puesta la mirada en la subyacente realidad social de la nación. Cuando la totalidad moral de los ciudadanos de un país es católica, se cumple con un deber reconociéndola y valorándola en lo justo. Se funda este razonamiento en la tesis de que el Estado tiene como norma el bien integral de los súbditos, material y espiritual cuya consecución hay que facilitar en el más alto grado posible. Este es el llamado bien común o bien de la sociedad. Para los hombres públicos católicos se trata de actuar en beneficio de personas que están tranquilamente en posesión objetiva de la verdad moral y religiosa. A la pregunta de cómo puede una sociedad civil sentirse en posesión de la verdadera religión, se puede contestar que lo obtiene por medio de los individuos que la componen. Son las personas individuales las que por la acción íntima del espíritu de verdad en sus corazones van conociendo la religión verdadera y adhiriéndose a ella, como puede comprobarse en la historia de la Iglesia. Las personas creyentes, así convencidas, van uniéndose entre sí y formando diversas instituciones para la expresión pública de su fe. De esta manera la verdadera religión lo va invadiendo todo y las conciencias individuales, formadas según la verdad objetiva de la fe, llegan a preponderar en proporción creciente y a informar y animar las instituciones, tradiciones, costumbres de la nación. El resultado es que llega a formarse una especie de conciencia colectiva nacional de que e posee la religión verdadera.

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LAICIDAD DEL ESTADO 1.- Durante muchos siglos la sociedad civil en el occidente cristiano reconocía a la Iglesia la posición de institución religiosa única; pero en el curso de la historia nos ha llevado ya a un mundo pluralista también en lo religioso. La implantación de la democracia en casi todos los países de la antigua cristiandad ha modificado radicalmente la situación social, cultural, política. Los sociólogos tienden hoy a relacionar el sistema de relaciones IGLESIA-ESTADO con los tipos sociopolíticos predominantes en cada contexto histórico. 2.- Aunque la Iglesia siempre mirará como un ideal la unidad del pueblo en la verdadera religión y el reconocimiento del derecho de la verdad revelada en el ordenamiento jurídico-político del Estado, sin embargo no excluye otras formas de relación con la sociedad civil que se basen en el principio de la laicidad del Estado, siempre que se mantenga también el principio del derecho a la libertad religiosa. Pero es menester distinguir cuidadosamente entre laicismo y laicidad del Estado. El laicismo en el que la Iglesia desde la era del iluminismo enciclopedista descubrió un peligroso adversario, en un sistema de pensamiento político que niega la existencia y aún en ciertas posiciones filosóficas extremas la posibilidad misma de lo sobrenatural. Es por tanto un sistema político radicalmente escéptico ante la verdad religiosa revelada; por ello no tiene para él sentido alguno la existencia de la Iglesia como depositaria de esta verdad; simplemente ignora a ésta como tal y la deja vivir en el ámbito de lo jurídicamente establecido como lícito para toda asociación. El Estado liberal que se inspira en los principios del laicismo tiene por indiferente que la nación siga una u otra religión, o incluso que sus ciudadanos terminen con la irreligiosidad radical. Por ello, no tolera una libertad de la Iglesia que haga valer en la sociedad, incluso ya cristianizada, los plenos derechos de la verdad religiosa revelada, sea en la educación de las nuevas generaciones, sea en las leyes reguladoras de la institución familiar y matrimonial, sea en el ordenamiento de la economía. La separación entre el Estado y la Iglesia mira en este sistema a eliminar toda injerencia de ésta en todos los sectores en los que se forja la vida nacional: el cultural, el social y el político. “Nada fuera, ni por encima, nada en contra del Estado” es una formulación célebre del laicismo frente a la autoridad de la Iglesia. 3.- El concepto de laicidad del Estado es algo totalmente diferente. Se funda en la distinción (no separación) de la religión y la política; tiene en cuenta el pluralismo ideológico y religioso; no da prioridad a las declaraciones formales de confesionalismo religioso-político, sino al reconocimiento de la religión que

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surja como expresión de los derechos del pueblo a su libertad religiosa, a través del cauce normal de la representación política. El Estado no niega ni desconoce la presencia de la Iglesia como estructura institucional depositaria de la fe religiosa que una gran parte de la humanidad descubre como la religión verdadera; pero profesa que se excedería en sus atribuciones si pretendiese prescribir actos de culto o si se arrogase el derecho de transar controversias religiosas y exigir así en nombre de la ley civil el asentamiento de los ciudadanos a sus decisiones. El Estado renuncia a todo propósito político de servirse de la Iglesia como “instrumento de dominio” (instrumentun regni); la Iglesia renuncia a servirse del Estado como “brazo secular” (brachium saeculare). Predomina el empeño por establecer relaciones tales que impidan el que la política del Estado llegue a sacralizarse y la fe de la Iglesia llegue a politizarse. U

Fe y política47 LA IGLESIA ANTE LA CONFLUENCIA Y CHOQUE DE LOS PROCESOS REVOLUCIONARIOS Nos ha dicho que para encaminarse al ansiado objetivo de la justicia y la paz, es necesario tener una concepción muy clara de la relación entre desarrollo y justicia social: ¿podría explicarnos algo más este punto? DOS PROCESOS REVOLUCIONARIOS Voy hacerlo refiriéndome a una realidad que condiciona muy radicalmente toda actividad política. En nuestro Ecuador lo mismo que en todas las naciones latinoamericanas, nos hallamos en la confluencia de dos revoluciones y, según parece, en el alborear de una tercera. Doy la palabra revolución, cuyo significado por el múltiple uso ambiguo está muy desvirtuado, su sentido estricto. Una revolución en sentido estricto no 47 Tomado de: Pablo Muñoz Vega, “Fe y política. Diálogos con el Cardenal Muñoz Vega”, Quito, Radio Católica Nacional, 1986, pp. 21-25, 39-43. 63-68, 99-103, 123-127.

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es un movimiento de cambios de una dimensión cualquiera, sino de cambios radicales, globales, irreversibles, que modifican las estructuras mentales y sociales de la humanidad. Pues bien; en este sentido nos hallamos en la confluencia de dos procesos revolucionarios: el que partiendo de la transformación producida en Francia en el siglo XVIII implantó las democracias constitucionales en nuestro continente, y en otros, bajo la bandera de la libertad política; y el que implantó los Estados socialistas bajo la bandera de la igualdad económico-social. Tras un proceso histórico aturado de conflictos entre la revolución que en 1789 llevó a la “toma de la Bastilla” y la que en 1848 dio a luz El manifiesto del partido comunista, hemos llegado a una coyuntura en la que se presenta con caracteres de gigantesco drama y reto la alternativa de dos modelos de sociedad y de Estado: el de Estados Unidos y Europa Occidental por un lado; el de la Unión Soviética y la China continental por otro. Es decir, el del mundo capitalista por una parte y el del mundo engendrado por la ideología marxista por otra. EL TERCER PROCESO Pero además, desde ya más de una década, se multiplican los signos de otro proceso revolucionario. En la universidad, en la familia, en la sociedad civil, en la Iglesia, muchas crisis llevan a la quiebra de las bases de la primera y segunda revolución. La primera revolución luchó contra el fondo feudal y el mundo absolutista del “antiguo régimen”; la segunda revolución ha luchado contra el capitalismo y contra privilegios y poderes de burguesía; la tercera lucha ampliamente contra el “sistema” instalado en el poder, sea capitalista sea comunista, en cuanto sistema de organización tecnocrática y burocrática que domina toda la existencia humana hasta invadir en no pocos aspectos el reducto más íntimo de la vida privada. Este es el difícil contexto histórico en el que nuestro país tiene que definir su trayectoria hacia el desarrollo pleno de sus fuerzas económicas, hacia la justicia social integral y solidaria, hacia su paz social y política. EL COMPROMISO DE LA IGLESIA Dada esta confluencia de revoluciones, ¿cuál es el reto que se presenta a la Iglesia? La Iglesia tiene una función histórica: es la de comprometerse hoy como ayer

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en el progreso de la justicia, de la libertad, de la igualdad fraterna, pero logrando conseguir que el amor traído por Cristo al mundo sea reconocido en toda coyuntura como principio fundamental de la construcción de un mundo más humano. La Iglesia desde el día de la apertura del Concilio Vaticano II no ha dudado en aceptar la exigencia de sentirse interpelada por la confluencia de las olas revolucionarias que he presentado sumariamente; pero elevándose por encima de las palabras incendiarias tan de moda, ella se esfuerza por estar atenta al llamado de Dios. El proceso revolucionario tanto capitalista como comunista ha puesto en evidencia enormes miserias, enormes injusticias; ha despertado la conciencia de las desigualdades sociales, del atraso de la mayoría de la población del tercer mundo; ha hecho sentir el hambre no solo de pan sino también de cultura, hambre hasta ahora tolerada y adormecida pero que, se vuelve cruel e intolerable; finalmente ha terminado por suscitar la avidez de llegar a más, de poseer alguna otra forma superior de vida; avidez insaciable de algo que no da la sociedad capitalista de consumo, ni la sociedad marxista de intendencia. Todo parece enderezado a demostrar que ninguna prosperidad produce un deseo atormentado de otro bien. Ante esta gigantesca y amarga experiencia, la Iglesia tiene un mensaje que se sintetiza en una palabra: ¡Jesucristo! LA GRAN TENTACIÓN POLÍTICA DEL TIEMPO PRESENTE Hemos escuchado de sus labios unas palabras que impresionan. Nos decía: “La gran política del tiempo presente es la de una tradición al mansaje evangélico de Jesucristo”. Quisiéramos una explicación de su pensamiento en este punto. Trataré de hacerlo de la manera más clara y precisa. Debemos reconocer un hecho. Como en el pasado, también al presente los católicos se encuentran en el peligro de comprometerse con poderes dominantes de signo anticristiano, porque siempre han existido y existirán fuerzas internas y externas que tienden a apartar a la Iglesia de su misión y de su testimonio. LA SEDUCCIÓN LIBERAL-CAPITALISTA En la época del triunfo de la Revolución Francesa, el laicismo constructor de la sociedad liberal capitalista, aunque en el fondo enemigo de la Iglesia, enemigo irreductible, la enlazó, sin embargo, no poco en su corriente. A principios del 226


siglo XIX algunos católicos identificaron la causa de la revolución en boga con la causa de la Iglesia. Reconociendo en esta revolución conquistas de origen cristiano, la tomaron como encarnación del ideal de una política cristiana. A siglo y medio de distancia nos damos cuenta con mayor claridad del peligro que representaba para la auténtica misión de la Iglesia una revolución para la que no había otra meta que el cambio de las estructuras políticas de poder, pero no el cambio de las estructuras sociales injustas que tenían oprimidas a grandes mayorías populares y que iban a agravar esa opresión con la industrialización. Fue menester la gran voz de León XIII para que se iniciase la liberación de esos vínculos, liberación que debe ser plena al presente. LA SEDUCCIÓN MARXISTA Hoy en presencia de la Revolución Marxista asistimos a una tentativa y a un peligro análogos. Hay católicos seglares y hay sacerdotes que reconociendo en el proceso revolucionario de socialización conquistas que tienen su origen profundo en la transformación cristiana de la historia, querrían hacer el socialismo, y algunos del socialismo marxista, la misión misma de la Iglesia. No será menester esperar medio siglo para percibir el peligro que representa para la fe católica tal nueva alianza. La gran voz de Pablo VI y ahora la de Juan Pablo II lo han denunciado fundándose en verdades que pertenecen al núcleo vivo del Evangelio. Lo han denunciado también hechos de evidencia abrumadora. No solamente las fuerzas capitalistas imponen su yugo a las masas; también las subyugan las fuerzas marxistas que las movilizan en empresas de subversión para destronar a las primeras e instalarse en su lugar, imponiendo su dictadura. SIN COMPROMISO CON IDEOLOGÍAS Gracias, Sr. Cardenal, por su análisis penetrante que no deja ambigüedad alguna. ¿Cuál es la conclusión del mismo? Hay que concluir que el compromiso con las corrientes revolucionarias dominantes, abocadas hoy a su antagonismo extremos, bajo cualquier forma que presente, llámese integrista o progresista, constituye una idéntica tentación que amenaza a la fe cuando se cede a sus sutiles maniobras.

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Un anticomunismo que se inspire en los principios y el espíritu del sistema capitalista; y, a su vez, un anticapitalismo que se fundamente en los principios y el espíritu del marxismo; se encuentran igualmente enredados en la insidiosa tentación política de esta hora contra la integridad de la fe. Se sucumbe en un sentido o en otro y se incurre igualmente en traición a la pureza y plenitud del mensaje evangélico de salvación. Los que construimos la Iglesia como miembros de la jerarquía ministerial o como miembros del laicado, hemos recibido de Jesucristo una misión divina y no podemos poner una misión tan preciosa al servicio de una política ambigua, exponiéndonos al riesgo de sacralizar lo que es profano o de politizar lo que es sagrado. Este es el punto crucial. LA IGLESIA ANTE LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LOS SISTEMAS CAPITALISTA Y MARXISTA Con mucha frecuencia en el lenguaje político de hoy se habla de capitalismo liberal y de neocapitalismo, de socialismo marxista, de socialismo democrático y aun de socialismo cristiano. Ante esta gama de denominaciones, ¿cómo orientarse para conocer la identidad de las tendencias políticas? LA RÁPIDA EVOLUCIÓN SOCIAL Es una pregunta muy oportuna la que me hace. Me propongo considerarla detenidamente, pero esto me permitirá precisar la línea de principios que he tratado de exponer en las conversaciones radiales precedentes. Ante todo hay que tener en cuenta un fenómeno peculiar de nuestro tiempo, el fenómeno de la evolución social. Hoy día esta evolución es tan dinámica, tan amplia y compleja, que todo sistema socioeconómico y jurídico-político puede encontrarse improvisadamente en la imposibilidad de amoldarse a toda la nueva realidad sobrevenida y a toda su problemática. Precisamente esto es lo que sucede tanto con el sistema del puro capitalismo como el del puro marxismo, a los que me he referido en las anteriores respuestas en esta emisora. Todo está ahora en crisis y en trance de transformación.

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CRISIS DEL CAPITALISMO Es un hecho que nos encontramos frente a una evolución violenta del capitalismo. No podía ser de otra manera. Es verdad que la filosofía de la libertad económica propia del capitalismo puro favoreció el surgimiento del poder industrial, cuyos éxitos han sido grandiosos, como lo demuestra el desarrollo de Europa y Norteamérica. Pero en cambio, sus consecuencias sociales como la creación del proletariado obrero, la división de clases, la sociedad de consumo, los imperios plutocráticos, etc., han traído al mundo una miseria de masas tan aterradora que ha sido calificada, no sin razón, como la miseria de “un infierno humano”. Y esta miseria que invadió el organismo social como un tejido canceroso, tenía que encontrar el rechazo radical y, por lo mismo, el capitalismo puro tenía que entrar en profunda crisis. CRISIS DEL SOCIALISMO MARXISTA Esta crisis favorece a la revolución comunista. El socialismo comunista es dueño del poder político en grandes naciones (Rusia y China) y se encuentra presente y activo, a diversos niveles, en todas las regiones del mundo. Sin embargo, no puede desconocerse que la política comunista, a pesar de su seducción triunfalista, experimenta la explosión de una crisis profunda. El grito irrefrenable de las víctimas de su totalitarismo en los campos de concentración o en los hospitales psiquiátricos, cuya realidad no es posible poner en duda, ha sacudido profundamente la conciencia de muchos militantes marxistas de primera hora, hasta el punto de que los órganos del poder en los Estados comunistas deben en adelante contar esta crisis. El marxismo se encuentra dentro de la misma sociedad colectivista ante una disensión cada vez mayor no solo frente a los problemas de la nueva economía, de la sociología y de la cultura, sino también frente a los problemas prácticos en el campo tan inestable y variable de la política. En muchas partes los marxistas hallan extrema dificultad en formular, de modo convincente, los objetivos últimos de la revolución socialista, de manera que se distingan estos claramente de los objetivos propios de otros grupos o partidos dentro de la sociedad y pueden mover a las masas hacia la acción revolucionaria. Hay países en los que los mismos comunistas discuten sobre si los objetivos últimos habrán de ser alcanzados por el camino de una democracia parlamentaria o por el de una revolución violenta.

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Así pues, ya no puede decirse que haya un sello inconfundible en el comportamiento sociopolítico de los partidos y de los Estados que profesan estos sistemas. EL ESFUERZO PARA DISCERNIR ¿Cómo mira la Iglesia esta evolución? Con mucha atención para tratar discernir hasta qué punto haya en esta evolución cambios aceptables. Fijemos la atención en un primer hecho. Hay exponentes del capitalismo que propugnan una reforma socializadora de este sistema, que sin implicar necesariamente la sustitución de una de sus bases, el derecho a la propiedad privada de los medios de producción, admite la necesidad de introducir el correctivo de una legislación avanzada que limite su ejercicio. Por otra parte, hay exponentes del marxismo que propugnan una evolución de este sistema capaz de originar corrientes nuevas que, sin renunciar a la idea básica de la lucha de clases y de la propiedad colectiva de los medios de producción, dejen a salvo los valores de libertad, de responsabilidad, de apertura a los espiritual, reconocidos necesarios para el desarrollo integral del hombre. La Iglesia no ha cesado reflexionar sobre este fenómeno de la evolución histórica del capitalismo radical y del marxismo puro. Ella ha visto que esta evolución trae consigo la necesidad de discernir entre los sistemas ideológicos que, una vez fijados y formulados, no cambian, en los esencial, y los movimientos históricos que aunque nazcan de ellos tienen por objeto condiciones concretas y mudables de la vida y pueden encauzarse más de acuerdo con los sanos principios de la razón y las justas aspiraciones de la persona humana. Nace así una nueva problemática de demanda un nuevo y constante esfuerzo de discernimiento. CONQUISTAS DE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL CAPITALISTA Y DE LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA CORRESPONDIENTES AL IDEAL CRISTIANO Terminaba su exposición anterior con una afirmación que tal vez pueda parecer sorprendente. Decía que también los nuevos movimientos de transformación que tienen su origen en el doble proceso revolucionario de los últimos siglos pueden entrar en el gran río de la tradición católica.

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¿Quiere esto decir que hay en la revolución liberal capitalista y en la revolución Socialista conquistas que deben asumir y promover una política de inspiración cristiana? LIBERTAD, SOCIALIZACIÓN Efectivamente, el rechazo de los sistemas opresores engendrados por la ideología capitalista y de los sistemas totalitarios forjados por la ideología marxista, no debe significar rechazo radical del todo el proceso de cambio que implantó las democracias constitucionales bajo la bandera de la libertad y del que implantó el proceso de socialización bajo la bandera de la igualdad económico-social. En los ambientes dominados por la ola marxista se tiende a minimizar las conquistas del proceso que se desarrolló alrededor de la idea de la libertad. Pero la historia contemporánea demuestra, no menos que la antigua, hasta qué punto el donde la libertad política está inserto para siempre en los espíritus. Los hombres no pueden conformarse ya con que les sean impuestas concepciones y decisiones políticas en las cuales no tienen ninguna participación. No se puede poner en duda que desde las primeras declaraciones de los derechos del hombre hasta la proclamación de los mismos hecha el nivel internacional de las naciones Unidas, ha habido en a conciencia moral y política moderna un progreso tan hondo que los gobiernos que atentan contra ellos no lo pueden descartar impunemente. El cristianismo reconoce con justo título como proveniente de su seno este avance de la civilización humana. En un modo análogo hay en el proceso revolucionario socialista conquistas que en la conciencia moral y política ya han adquirido un lugar inamovible. Las reivindicaciones de la libertad y de los derechos de los trabajadores son avances en la civilización a los que el mundo ya no renunciará. La socialización es un proceso en marcha que no podrá ser quebrantado. Y en cuanto la socialización ha lanzado las energías más sanas de los hombres hacia la superación de las distancias desmesuradas entre los miembros de una misma sociedad, el cristianismo la reconoce como un avance que nace de su seno. VALORES DE LAS NUEVAS DEMOCRACIAS ¿Significa esto que ya no hay antítesis entre la Iglesia y las nuevas democracias surgidas sea de la evolución del nuevo capitalismo sea de evolución del marxismo?

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La Iglesia en su actual tecnología sobre lo social y lo político sostiene la legitimidad de las nuevas democracias en cuanto entrañan os valores esenciales que voy a señalar. Son los siguientes: los derechos del hombre a las libertades humanas fundamentales y en particular a la libertad social y civil en materia religiosa, a la participación en la designación y control de los poderes públicos, a la propiedad privada como condición de responsabilidad y libertad para hacer el bien, son para la conciencia cristiana inalienables. Así mismo valores no menos inalienables son: la aspiración de los pueblos a forjar una sociedad en la que el trabajo tenga primacía sobre el capital, porque el hombre la tiene sobre la riqueza; la aspiración a una reestructuración de la economía capaz de realizar un nivel de vida elevada para todos, gracias a una alta productividad del trabajo planificado y aun cambio de estructuras capaz de conseguir que la propiedad de los bienes económicos deje de ser fuente de privilegios y poderes clasistas. Podemos concluir que el ideal de una acción política de inspiración cristiana esta en integrar estas conquistas logradas a través de dolorosos avatares de la doble revolución forjadora de la nueva etapa de la historia: la revolución industrial y la revolución social. Todo el conjunto de esfuerzos. Todo el conjunto de esfuerzos culturales, técnicos, científicos, políticos encaminados a la construcción de la sociedad nueva, lejos de ser ajeno al cataclismo, constituye su ideal,; pues nada puede estar más de acuerdo con sus principios fundamentales que el aspirar a un orden social en el que todos los hombres gocen de las mismas oportunidades en el uso de su derecho al desarrollo integral y solidario, por encima de toda dominación y opresión, y con plena vigencia de la auténtica libertad política. EL CAMINO SEÑALADO POR LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA LAS TRANSFORMACIONES NECESARIAS Ha quedado pendiente un punto importante no esclarecido en nuestro último diálogo. Excluida la vía de la revolución y la de las reformas insustanciales sea de los sistemas capitalistas de los sistemas socialistas marxistas, queda la vía que ha llamado de la transformación creadora de nuevas formas de progresos social. ¿Podría explicarnos más su pensamiento sobre este punto? Esta vía es aquella hacia la que encamina la Doctrina Social de la Iglesia en sus grandes documentos. En la Conferencia de Medellín, la Iglesia latinoameri-

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cana refiriéndose al hecho de que grandes sectores de población se encuentran en una “situación de injusticia que puede llamarse violencia institucionalizada”, afirma que “tal situación exige transformaciones globales, audaces, urgentes y profundamente renovadoras”. Estas cuatro palabras sintetizan bien lo esencial de un programa de acción política de transformación creadora en la que sea posible ir descubriendo los rasgos de la nueva sociedad y del nuevo Estado al que aspiran todos los cristianos. Para ello hay que situarse en la trayectoria de justicia y libertad que tiene su génesis en lo que hay de más esencial en la fe cristiana, y que lleva a los pueblos a la búsqueda y vivencia de transformaciones humanas más originales y más capaces de liberarlos de todas las formas de miseria que los esclavizan. Esto supone las siguientes líneas de acción: cambios audaces allí donde haya que eliminar factores de injusticia radicalmente nefastos; construcción creadora allí donde hay que hallar estructuras nuevas para sustituir a las viejas; planificación global sobre las piedras militares que señala la encíclica Pacen in Terris: la verdad, la justicia, la solidaridad activa, la libertad. Esta vía difiere de la revolución, porque incluye la conservación del patrimonio de valores espirituales, culturales y económicos que constituyen el fundamento mismo de la nacionalidad. Y difiere de la del reformismo capitalista porque remueve las bases de la injusticia social. UN IDEAL ATRAYENTE Una visión de este género, ¿no podría ser tachada de utopía? Tras dos siglos de lucha por una auténtica libertad y después de un siglo de socialización, el proceso hacia un orden social y económico renovado en esta línea de inspiración capitalista y graves las alteraciones que lo deforman en los regímenes de inspiración marxista. Por otra parte, es la más capaz de llenar las aspiraciones de ciertos grupos juveniles selectos, a cuyos ojos tanto la sociedad de consumo de origen capitalista como la sociedad colectivista dictatorial de origen marxista son igualmente opresoras. Con ello estos jóvenes no se engañan. La protesta o “contestación” de estos jóvenes no se dirige ya exclusivamente contra los poderes y privilegios de la sociedad burguesa; alcanza más ampliamente el “sistema” engendrado por la sociedad industrial monopólica y centralizada que domina toda la existencia

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hasta invadir el reducto más íntimo de la vida privada. Es la estructuración tecnocrática y burocrática de la existencia social la que es el blanco de ataque, porque en ella el hombre no tiene la posibilidad de expresarse como hombre y de poner su sello la propia existencia; ni siquiera tiene la posibilidad de hallar un refugio en el contexto social, porque el ambiente ha sido definitivamente arruinado por el triunfo aplastante de las técnicas industriales y por la formidable amenaza de las armas nucleares, lo mismo en el mundo comunista que en el capitalista. En esta encrucijada hay acercamiento entre la visión de estos grupos juveniles y la de los documentos sociales y políticos de la Iglesia. No están en juego en la actual crisis solo de ideologías que se disputan el dominio del mundo; lo que está en juego es el hombre mismo que busca liberarse de una forma de opresión que no había previsto ni el liberalismo capitalista en su tendencia individualista, no el socialismo en su planificación centralizadora, y que, sin embargo, la han gestado en forma absolutamente insoportable. Por tanto no puede haber ideal más atrayente que el de una política de inspiración cristiana que deje atrás definitivamente esas vías falsas y tome un compromiso unitario para emprender la propia, la de las transformaciones globales, audaces, urgentes y profundamente renovadoras, ajena a la violencia revolucionaria y a las reformas insustanciales.

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LEONIDAS PROAÑO

Orientaciones sobre el compromiso político de los cristianos48 PRINCIPIOS

1. La religión, en sí misma considerada, es un conjunto de verdades que el hombre debe creer, de normas de conducta que el hombre debe observar y de ritos con los cuales el hombre, tanto individual como social, reglamenta sus relaciones con Dios. 2. La política es un conjunto de principios, de cuya aplicación depende el gobierno de la Sociedad por el Estado. 3. La Iglesia es una sociedad perfecta fundada por Nuestro Señor Jesucristo, para ayudar al hombre, por medio de la práctica de la verdadera religión, a conseguir la felicidad eterna. 4. Es Estado es también una sociedad perfecta, cuyo actor es Dios mismo, instituida para que los hombres, por el ejemplo de medios justos y adecuados, puedan alcanzar el bien común en la tierra. 5. Tanto la Iglesia como el Estado son sociedades perfectas, porque cada una de ellas tiene una finalidad propia y dispone de medio de medios propios, independientes, para el cumplimiento de su misión específica. 6. De lo anteriormente expuesto se concluye: 1. Que la religión y la política son dos cosas distintas. 2. Que la Iglesia y el Estado son dos sociedades distintas. Cada cual tiene su naturaleza y su esfera de acción propias. 7. El origen de la Iglesia es divino, ya que fue Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, su fundador inmediato. 8. El origen del Estado es también, en último término, divino, guía que Dios ha hecho al hombre sociable. 9. La naturaleza del hombre, ser compuesto de un alma espiritual e inmortal y de un cuerpo que le pone en contacto con el mundo material y le hace formar parte de él, solo puede ver satisfechas sus aspiraciones dentro de estas dos sociedades perfectas: la sociedad civil y la sociedad religiosa. 48 Tomado de: Leonidas Proaño, “Tercera carta pastoral” [Riobamba, 20 de abril de 1958], en Dimensión política de la fe, Riobamba, Fondo Documental Diocesano, 2011, pp. 16-21, 24-27, 29-32.

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10. De lo expuesto se concluye: 11. Que la Iglesia y el Estado, aunque sociedades distintas, no pueden ser, no son sociedades opuestas: ya que es Dios mismo el autor de ambas sociedades y es el mismo hombre el sujeto también de ambas sociedades. 12. Hombres son los componentes del Estado. Hombres bautizados son los componentes de la Iglesia. Sobre este hecho, existe la posibilidad de que se presenten conflictos, en caso de producirse, lo racional es que se resuelvan armoniosamente. La mejor regla de las relaciones entre la Iglesia y el Estado en armonía. 13. Esa armonía pide que la Iglesia no se mezcle en los actos estrictamente temporales del Estado. Esa armonía pide que el Estado no invada el campo de exclusiva pertenencia de la Iglesia. 14. Es armonía exige la práctica de un respeto cabal a la jerarquía de valores que nacen de la naturaleza de las cosas los bienes espirituales están por encima de los bienes materiales; los bienes eternos, por encima de los bienes del tiempo; los valores religiosos, por encima de los valores civiles. Esto quiere decir que el bien común temporal debe estar subordinado al último fin del hombre. Porque, si las cosas de la tierra han sido creadas para el hombre, el hombre ha sido creado para Dios. 15. Esa armonía reclama que el Estado tome en cuenta el concepto total de bien común, esto es, “el conjunto de condiciones de condiciones generales de orden material, intelectual, moral y moral religioso, que proporcionan a los individuos y a los grupos de seguridad y la posibilidad de progreso y desarrollo” (Pío XXI). 16. Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios: esta es la Ley de la armonía. LA IGLESIA Y LA POLÍTICA 17. No es función de la Iglesia el gobierno temporal de los pueblos en la conducción de los negocios terrenales: su función es el gobierno de las almas y su conducción a la vida eterna. Calumnian a la Iglesia aquellos que le acusan de inmiscuirse en asuntos puramente políticos. 18. Cuando el Estado y los partidos políticos pretenden estorbar el cumplimiento de su misión, la Iglesia está en la obligación y en el derecho

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de defender la libertad que le corresponde como sociedad espiritual, perfecta y soberana. 19. Dentro de las funciones propias de la Iglesia está tributar culto a Dios, enseñar y predicar las verdades dogmáticas y morales, administrar los sacramentos, educar a la niñez y a la juventud, ejercer el apostolado por medio de sus sacerdotes, religiosos y colaboradores seglares. Defender el derecho al ejercicio de estas sus funciones propias, frente a la oposición de los enemigos, no es inmiscuirse en asuntos puramente políticos. 20. Para cumplir con su misión en la tierra, la Iglesia tiene necesidad de bienes temporales: está en su derecho defenderlos de bienes temporales; está en sui derecho defenderlos y reclamar para sí la facultad de administrarlos. 21. Desmenucemos algunos de los conceptos vertidos. En asuntos de pura competencia del Estado, es decir, en asuntos puramente temporales. La Iglesia no interviene. No interviene la Iglesia en los planes económicos del Estado. No interviene la Iglesia en el gobierno, ni ocupando cargos públicos, ni asesorando en los ministerios. En algún caso excepcional y concreto, un miembro de la Iglesia, un sacerdote por ejemplo, puede intervenir en asuntos meramente temporales, cuando su intervención está llamada a servir al bien común y siempre que no vaya en mengua de su dignidad sacerdotal ni en desprestigio de la Iglesia. Así se interesan muchos párrocos por la apertura de una carretera, por la instalación de servicios de agua potable o de luz y fuerza eléctrica, ofrecen sus conocimientos y experiencias adquiridas en el campo de la ciencia o de la técnica. Estas son intervenciones facultativas y muchas veces útiles. 22. ¿Se ha dado el caso de que un gobierno o las leyes de un Estado impiden a la Iglesia la realización de actos públicos de culto a Dios, ponen cortapisas a su misión de predicar la moral del Evangelio, lo ponen estorbos a la libre administración de los sacramentos, le desconocen, mediante una odiosa absorción estatal, el derecho de educar a la niñez y a la juventud; atentan contra la santidad de la familia? El Estado está invadiendo un campo que no le corresponde. Y su Iglesia no hace sino cumplir con su deber cuando lo defiende, por lo mismo que está encargada, por su divino Fundador, de guiar las almas hacia la felicidad eterna.

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LOS CATÓLICOS Y LA POLÍTICA 23. Repetimos: organizaciones que están estrechamente vinculadas con la actividad específica de la Iglesia, como la Acción Católica, la Legión de María, etc., debe mantenerse, en cuanto tales, fuera o por encima de todo Partido político, fuera y por encima de toda competición política. 24. No quiere decir esto que los miembros de organizaciones de apostolado seglar, como individuos, no puedan participar en la vida política. Ciertas actividades de la vida política pueden, y algunas, deben ejercerlas. Por ejemplo: están obligados a ejercer el derecho del sufragio, a formar los criterios en las conciencias. Y pueden aceptar cargos públicos. ¿De dónde pueden salir buenos ciudadanos si de estas agrupaciones no salen formados? 25. Por razones claras, porque fácilmente se identifica un dirigente de una organización con la organización misma y parece que sus actuaciones públicas son hechas en representación y a nombre de la organización que dirige, los dirigentes de organizaciones del apostolado de los seglares, no pueden ser, al mismo tiempo, dirigentes en el campo político: para poder serlo, tienen que renunciar previamente a sus cargos en las organizaciones de apostolado. 26. La acción católica y las organizaciones de apostolado no constituyen un Partido político ni hacen la política de partido alguno. Pero sí han de preparar a sus miembros, no solo para que puedan cumplir debidamente sus deberes cívicos, sino también para que sean capaces de desempeñar eficientemente oficios públicos para bien de la patria. 27. Los católicos tienen libertad de organizarse en distintos partidos políticos, con tal que éstos no se opongan a la religión católica ni a la Iglesia. 28. Constituye un absurdo inconcebible que los católicos se afilien o favorezcan a partidos políticos que se muestren hostiles a la Iglesia. 29. Oposición, hostilidad a la Iglesia no es solo aquella persecución franca y a veces sangrienta que, muchas veces, han desatado sus enemigos contra ella; es también esa teoría y esa conducta de laicismo que pretenden arrinconar a la religión, llamándola sentimiento, al fuero interno de la conciencia individual; que pretenden arrinconar a la Iglesia en la sacristía, y, enarbolando irónicamente la bandera de la libertad, anular su influencia en la familia, en la escuela, en la calle, en la fábrica, en los tribunales, en las cámaras. También esto es oposición y hostilidad,

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porque así se impide a la Iglesia cumplir con su misión sobrenatural de conducir a los hombres a la vida eterna y se impide a los hombres su desarrollo y perfeccionamiento sobrenaturales. 30. Confusión lamentable que el laicismo ha introducido en el Ecuador es aquella de hacer creer que se puede, al mismo tiempo, ser buen católico y profesar, en política, una doctrina contraria al catolicismo. Se dice, y muchísima gente ha llegado a aceptar en la teoría y en la práctica que se puede ser buen católico en religión y ser liberal, comunista, socialista, cefepista en política. 31. ¿Cómo puede aceptarse confusión semejante? ¿Profesan estos partidos el laicismo? Pues, en esto son enemigos de la religión católica. ¿Niegan a Dios la espiritualidad del alma y enseñan un craso materialismo? Se muestran, entonces, enemigos de toda religión y, por fuerza, enemigos de la religión católica. ¿Cómo puede un católico verdadero aceptar estas doctrinas? 32. No faltarán algunos que, al escucharnos hablar de esta manera, dirán: “Entonces los católicos solo pueden ser conservadores”. No es esto exacto. Los católicos pueden pertenecer libremente al Partido político que les plazca, con tal que este Partido político no vaya en contra, ni doctrinaria ni prácticamente, de las enseñanzas de la religión católica. No tenemos la culpa de que el liberalismo, el comunismo y otros partidos políticos afines sean opuestos, por su doctrina y por su conducta, a la religión católica y sean, por lo mismo, repudiados por la Iglesia. Con excepción de éstos y de los que se asemejen, los católicos pueden organizarse en cualquier partido, , si lo prefieren, pueden no pertenecer a Partido político alguno, con tal que por esto no dejen de cumplir con sus deberes cívicos. 33. Si bien es verdad que los católicos puedan pertenecer a cualquier Partido político con tal que éste no sea contrario a la religión católica, con todo, cuando esta misma religión católica se encuentra en peligro por las maniobras y torcidas intenciones de sus enemigos, los católicos están obligados a dejar de lado sus puntos de vista, a terminar con cualquier disensión interna, para unirse estrechamente en defensa de la religión y de la Iglesia. 34. Nada ni nadie puede privar al ciudadano católico de su derecho de participar en la política militante. Y el ciudadano católico, por su parte, en circunstancias especiales, no debe evadirse de participar activamente en la política, a favor o en ayuda de un partido. 239


35. Militar en política es salir al campo hoy en que se ventilan los asuntos que se relacionan con el bien común, luchar por el triunfo de un cuerpo de doctrina. Concretamente, militar en política es salir a la calle, introducirse en el seno de instituciones o simplemente lugares de reunión, trasladarse a ciudades, pueblos y aldeas, provisto de suficientes conocimientos y sabiendo a cabalidad cuál es el objetivo a conquistar y cuál es el papel que a cada cual le corresponde, para propagar un conjunto de principios políticos, para conseguir adeptos, para organizarlos, para prepararlos a cumplir convenientemente con sus deberes cívicos, entre los cuales y, en primer plano, se encuentra el sufragio. 36. El objetivo concreto, ya lo hemos dicho, de los partidos políticos, de la militancia en el terreno político, de las campañas de propaganda, en definitiva, es la capacitación del poder, para llevar a la práctica los principios políticos en que cada Partido político se sustenta. En la realidad, muchísimas veces se plantea, para un país, este dilema: o un gobierno que sigue una política con y para Dios, o un gobierno que sigue una política sin Dios o contra Dios. En este caso, los católicos no pueden, en conciencia, quedar indiferentes: están en la obligación de ejercer el derecho del sufragio, de modo que puedan quedar salvaguardados los derechos de Dios y de su Iglesia. La abstención, en este caso, en otros, constituye un grave pecado de omisión de terribles e incalculables consecuencias. 37. Este es el caso incomprensible del Ecuador en donde, a pesar de constituir los católicos una abrumadora mayoría, se ha impuesto en las urnas, aún cuando ha imperado la libertad del sufragio, los partidos con doctrinas contrarias a Dios y a la Iglesia. Lo cual quiere decir que los católicos han favorecido con su voto a dichos partidos y quiere decir también que muchos otros católicos, con su abstención en el ejerció del sufragio, han permitido el triunfo de esos mismos partidos. Y quiere decir que unos y otros han adoptado una actitud adversa a sus propias convicciones. 38. Es evidente que los católicos, realizando absurdas actuaciones pasadas, están en la obligación de reparar el alma en el presente y en el futuro. Está en sus manos hacerlo. De su voto depende la suerte de la patria. De su voto depende la suerte de la religión y de la Iglesia. De su voto depende la esperanza de que dejen ya de ser conculcados, en el Ecuador, los derechos de Dios. 39. Se dirá, contra lo que acabamos de escribir, que estamos exagerando; que todos los partidos políticos ecuatorianos buscan el bien de la pa-

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tria; que la religión y la Iglesia son respetadas y que nadie las persigue; que los ecuatorianos, casi en su totalidad, tienen fe en Dios y le tributan sus homenajes de adoración y acatamiento; que no deben revivirse pretéritas luchas religiosas. 40. ¿Todos los partidos políticos buscan el bien de la patria? Respuesta: cierto es que sí lo proclaman. La cuestión es saber si lo hacen y si están en capacidad de hacerlo. Condición y base del bien común es la práctica de la moral y, en un pueblo cristiano, es la práctica de la moral cristiana. ¿Hay partidos políticos en el Ecuador dedicados a minar la moral cristiana? Si la respuesta es afirmativa, ¿cómo pueden estos partidos contribuir al bien de la patria? De hecho, ¿no es la prescindencia de la moral la causa de esta monstruosa falta de honradez en el manejo de los fondos públicos que vivimos lamentando todos los días…? ¿No es la prescindencia de la moral la causa de que tantos hogares se encuentran divididos o arruinados por el divorcio? Y si ésta es la verdad, ¿cómo pueden los católicos favorecer con su voto a quienes no trabajan ni están en capacidad de trabajar por el bien común? 41. ¿La religión y la Iglesia son respetadas en el Ecuador y no están perseguidas? Respuesta: Cierto es que, desde hace algunos años, no se ha desatado en el Ecuador ninguna persecución violenta y aparatosa. Pero el caso es que, sin ser perseguida violentamente, la religión es repudiada oficialmente por el Estado y que, sin estar perseguida violentamente la iglesia, no goza de todos los derechos para su normal desenvolvimiento. ¿No quisieran, por ejemplo, los padres de familia del Ecuador que sus hijos reciban instrucción religiosa en las escuelas y colegios del Estado? Pues, no la reciben porque los gobiernos y las legislaturas han implantado y sostenido un absurdo laicismo en un país eminentemente católico. Si con su voto, los ciudadanos del Ecuador, que son la gran mayoría, pueden corregir errores y remediar males como los señalados, ¿no será obligación de conciencia para ellos depositar su voto a favor de quiénes podrán y querrán enmendar sus errores y remediar esos males? 42. ¿Los ecuatorianos tienen fe en Dios y le tributan sus homenajes? Consoladora verdad, pero, no es por causa del liberalismo, del comunismo, del socialismo, de laicismo, sino a pesar de ellos, a pesar de que en todo tiempo se han esforzado en arrinconar a Dios, en quitar la fe del corazón de los ecuatorianos, en transformar la religión del pueblo ecuatoriano en un sentimentalismo intrascendente, en desarticular la fe

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de la vida y de los hechos. Por esto es que, aun conservando la fe, una fe nada ilustrada, más sentimental que profunda, el pueblo ecuatoriano piensa y actúa en muchas cosas de manera desconcertada y desconcertante. Entre la fe y la vida, tanto privada como pública, debe haber trabazón, más que trabazón unión íntima: la fe debe informar la vida del hombre, inspirando sus pensamientos y gobernando sus datos. Devolver al pueblo ecuatoriano esta armonía entre lo que cree y lo que piensa, lo que juzga, lo que ama y lo que obra es un imperativo urgente, porque de otra manera, hasta su fe sentimental irá desapareciendo. U

La Iglesia ecuatoriana y el orden establecido49 1. Para poder descubrir qué clase de relaciones tiene la Iglesia en el ecuador con el orden establecido y cuáles deben ser éstas, y por lo mismo, para poder descubrir qué opciones se le presentan al presbítero, es necesario tener una idea clara de lo que se llama “orden establecido”. 2. Dos maneras. De dos maneras puede la Iglesia enfocar los problemas que está viviendo: o mirándose a sí misma, o mirándose a sí misma, o mirando al mundo. Concretemos: la Iglesia en el Ecuador, esta Iglesia que somos nosotros, o bien podemos colocar un espejo delante de nosotros, para contemplarnos vanidosamente en todo aquello que creemos tener de hermoso, se para descubrir las manchas y arrugas que nos afean y procurar suprimirlas; o bien podemos enfocar los problemas mirando al mundo. En el primer caso, es indiscutible que podemos caer en peligro de narcisismo, si tenemos ojos triunfalistas, o en el derrotismo si tenemos ojos pesimistas. Quizás fue ésta la principal falla de la primera CONVENCIÓN NACIONAL DE PRESBÍTEROS: fue exageradamente clerical, detuvo más su atención en los problemas de los presbíteros, en las manchas y arrugas de la Iglesia. 49 Ponencia de Monseñor Leonidas Proaño en la Segunda Conferencia Nacional de presbíteros, realizada en Quito, en abril de 1971. Tomado de: Leonidas Proaño, “la Iglesia ecuatoriana y el orden establecido” [1971], en Dimensión política de la fe, Riobamba, Fondo Documental Diocesano, 2011, pp. 47-61.

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La segunda manera de enfocar los problemas considera que la Iglesia no es un fin en sí misma ni para sí misma. La Iglesia que fundó Cristo es para la salvación del mundo. Por consiguiente, tiene que ser una respuesta a los problemas del mundo, y, como la característica del mundo actual, particularmente del mundo latinoamericano, es el cambio y la rapidez en el cambio, si la Iglesia en este continente quiere decir algo y dar una respuesta de acuerdo a su misión salvífica, debe mirar al mundo y descubrir qué es lo que ese mundo vive como problema para luego pronunciar la palabra liberadora de Cristo. Es evidente que la intención de los organizadores de esta Segunda Convención Nacional de Presbíteros está orientada hacia el mundo, y el problema que hoy se trata de ventilar se expresaría así: ¿Cuál es el papel del sacerdote en la liberación del hombre ecuatoriano? Y, en este proceso de realización seria, nos planteamos el grave y delicado problema de las relaciones de la Iglesia que está en el Ecuador con el llamado orden establecido. EL “ORDEN ESTABLECIDO” 1. Manifestaciones… Los de arriba son los que deciden. El pueblo es el que aplaude, aunque la carga le sea cada vez más pesada. Una parte de este pueblo se imagina tener el poder decisorio, porque le dicen que es “soberano” y porque tiene la facultad del voto; pero la realidad es que esta importante parte del pueblo no ha llegado aún a adquirir una conciencia clara de lo que significa el poder decisorio si se deja engañar fácilmente por la palabrería de los discursos. Y la otra parte de este pueblo, por dictamen de la ley, se encuentra fuera de toda participación en la vida política, puesto que no tiene siquiera la facultad del voto. ¿Sucede esto por simple fatalidad para unos y por predestinación para otros, o es manifestación del funcionamiento de un “orden establecido”, de un sistema impuesto y constituido por unos objetivos, por unas metas, por una filosofía, por unos mecanismos de dominio? No son fruto del acaso estas tremendas realidades: “son el producto de un desarrollo histórico en que la dependencia y la dominación no son ocurrencias fortuitas, sino que representan el armazón mismo de la sociedad latinoamericana” (Joao Bosco Pinto). 2. Naturaleza. “orden establecido” fue, en la Edad Media, el feudalismo; la esclavitud, n el imperio romano y en otras épocas. En América latina, llegaron a establecer ambas formas de dominio, con la encomienda y con la compra de

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negros. Sin que hayan desaparecido del todo estas formas de dominio, en América Latina y en el Ecuador se ha impuesto el sistema capitalista. Este es, hoy y aquí, el “orden establecido”. La situación de pecado, del que hablan los documentos de Medellín, ha sido creada y está sostenida por el sistema capitalista. Brevemente: • • • • •

El fin del sistema capitalista es tener más. El motor del progreso económico es el lucro. La ley suprema de la economía es la concurrencia. Derecho absoluto, la propiedad privada de los medios de producción. Medio lícito de enriquecimiento, la explotación del trabajo ajeno (Populorum Progressio, 19, 26, 23, 27).

Movido por la ambición de acumular riquezas, el “orden establecido” condiciona a lo económico la actividad política. La política, en principio, es la ciencia y el arte de ordenar las actividades del hombre hacia el bien común. Pero, dentro del “orden establecido”, política es la habilidad de enriquecer a unos pocos a costa de los sudores de la mayoría. La educación, en principio, es el arte de despertar al hombre, para que consciente de sí mismo, de su vocación, de sus capacidades y limitaciones, se vaya transformando en el sujeto de su propio desarrollo. Pero dentro del “orden establecido; la educación es el arte de imponer una cultura, de inducir a los jóvenes a pensar como piensa el capitalismo, a integrarse en su engranaje, a sumarse al número de privilegiados y opresores, a convertirse en los acérrimos defensores del sistema”. Así se fortalece y consolida la ideología capitalista. Pero también la religión está condicionada por lo económico dentro del orden establecido. 3. Juicio crítico. Dos cosas tiene el sistema que son fundamentalmente malas y que se implican; la injusticia y la perversión de los fines. La injusticia, porque favorece a unos pocos con abundancia de bienes, mientras hunde en la miseria a las mayorías. La perversión de los fines porque: 1. “El orden establecido” corta la finalidad del hombre, al que aprisiona en una caja de caudales: “el tener más encierra al hombre” como en una prisión, desde el momento que se convierte en el bien supremo que impide mirar más allá. Entonces los corazones se endurecen y los espíritus se cierran (Populorum Progressium).

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1. Dios es el Señor, es decir, Dios es el único dueño de todo cuanto existe. Dios es el dueño del hombre. La única dependencia que conviene al hombre es la que nace de su condición de criatura con relación a su Creador. Pero el hombre ha pervertido esta relación constituyéndose a sí mismo en centro, negado a Dios mismo en instrumento de dominio, para levantar su propia grandeza. La perversión de esta relación de finalidad del hombre para con su Creador ha tenido múltiples expresiones a los largo de la historia: hoy, se expresa y se realiza en un sistema, el sistema capitalista. Y este es el orden constituido en que vivimos. 2. Este orden establecido lleva a la perversión de la finalidad del mundo. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Y, porque le hizo así, siendo el Señor, también hizo al hombre Señor del Universo: “Hagamos al hombre a muestra imagen y semejanza para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra, y sobre cuántos animales se mueven sobre ella” (Gén. I, 26, 27). Pero el hombre ha pervertido la finalidad del mundo, constituyéndolo en propiedad privada de unos pocos, para poner a ese mismo mundo como pedestal de su propia grandeza. La perversión de la finalidad del mundo ha conducido a individuos y pueblos a levantar torres de babel y a fundir becerros de oro para adorarlos, a lo largo de la historia. Pero, hoy, se levantan rascacielos, se acumula oro en los bancos y se venden mercaderías de lujo en grandes almacenes bajo el poder y el impulso del sistema de pecado que nos atenaza. 3. Este “orden establecido” lleva a la perversión de la finalidad de la sociedad. Dios hizo el hombre a su imagen y semejanza. Dios es amor y es comunidad. Y por esto, se dijo a sí mismo: “no es bueno que el hombre esté solo” (Gén. II, 18). Así nació en el hombre el amor, para que pudiera crecer en comunidad. Pero el hombre ha pervertido la finalidad de su naturaleza comunitaria, revolviéndose los unos contra los otros para convertirse en dominares los unos de los otros. “Los hombres ya no se unen por amistad, sino por interés”. A partir de este momento le vamos a llamar con su verdadero nombre: “desorden establecido”. 4. La Iglesia en el Ecuador. Recordemos que el segundo contraste se realiza en el campo de la educación. ¿Qué es lo que hacemos nosotros? Estamos dedicados a enseñar, haciendo excepciones para tranquilizarnos,

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a los hijos de los privilegios de la fortuna. Pero lo más grave es que, en vez de proporcionarles una educación liberadora, de tal manera les formamos y contribuimos a crear la mentalidad capitalista y a consolidar el “desorden establecido”. Recordemos, por fin, que el tercer contraste se realiza en el campo de la política. ¿Qué hacemos o qué no hacemos como Iglesia en este caso? ¿Qué hacemos para que el pueblo adquiera una conciencia política? Nada. Lo que hemos hecho, sobre todo, en épocas pasadas, es despersonalizar al pueblo, imponiéndole nuestros criterios y consignas para amparar nuestros intereses. ¿Qué hemos hecho? No hemos contribuido suficientemente a hacer desaparecer el analfabetismo. No hemos concientizado, haciendo reflexionar sobre la realidad a esa considerable porción del pueblo engañosamente halagada por el calificativo de soberano. Pero lo más grave es que hemos empleado nuestro propio prestigio y hemos empleado el Evangelio, a pretexto de defender la paz, para cohonestar y ambicionar injusticias de políticos y usurpadores de la autoridad, haciéndonos de la vista gorda en relación con los oprimidos. 5. Tres visiones distintas. Para encontrar respuesta a estos interrogantes, pueden sernos de mucha utilidad tener presentes tres visiones distintas de la Iglesia, como realidades innegables. Cada visión engendra una actitud, una visión y cada actitud engendran acciones especiales. Hay en el Ecuador, como en tantos otros países, una visión de la Iglesia: se la ve como definitivamente hecha, algo así como un edificio de piedra destinado a perdurar a través de los siglos, con su arquitectura y sus adornos primeros, desafiante y victoriosa. La actitud engendrada por esta visión de Iglesia es naturalmente conservadora, triunfalista, defensiva. Es lógico que se quiera conservar, no solo la arquitectura, sino también cada adorno, y que se esté orgulloso de contar con semejante monumento. En relación con el poder temporal, es curioso observar aquí en el Ecuador, se ha pasado de la alianza a la hostilidad y de la hostilidad al modus vivendi. Las acciones, dentro de esta concesión de Iglesia, son lógicamente de conservación: una predicación moralizante, una administración de sacramentos rutinaria y de efectos mágicos, periódicas manifestaciones masivas de religiosidad. ¿Qué importa que un millón y medio de indígenas vivan marginados? ¿Qué importa que se multipliquen los habitantes del suburbio? ¿Qué importa que los artesanos y

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los obreros vivan en la angustia? Estos problemas no son de la competencia de la Iglesia. Hay, también en el Ecuador, otra visión de Iglesia: se la ve también ya definitivamente hecha; pero se quiere darle una función moderna. En este caso, la Iglesia puede ser también comparada con un edificio antiguo y sólido. Lo moderno consiste en que, en este edificio, hay que introducir algunas adecuaciones y algunas ampliaciones: para instalar la TV, una sala de cine, un salón de reuniones, garajes para los automóviles. Sí; después del Concilio sobre todo, no podemos prescindir del uso de los medios de comunicación social; no podemos seguir diciendo misa en latín y dando la espalda al pueblo; no podemos seguir enseñando catecismo a base de preguntas y respuestas; no podemos dejar de hablar de los problemas sociales ni de estimular la alfabetización, el mejoramiento de los hogares, la Reforma Agraria, el sindicalismo, el cooperativismo, el desarrollo de la comunidad, la construcción de viviendas baratas. La Iglesia, hoy, no puede desatenderse de todos estos asuntos. La actitud engendra esta visión es al mismo tiempo conservadora y renovadora. Pero, si la examinamos bien, notaremos que es más conservadora que renovadora, pues las renovaciones son superficiales y están pensadas en función de la conservación. Esta visión de Iglesia engendra el “esnobismo” como actitud y desemboca, como acción en el activismo desarrollista mantenedor del sistema. Por última, está naciendo, también en el Ecuador una visión distinta de Iglesia. No se la ve definitivamente hecha, sino con un continuo hacerse. No se la compara con un edificio monumental e inconmovible, sino que se la ve como un pueblo en marcha, siempre a la escucha de las alegrías y angustias del mundo y, al mismo tiempo, siempre a la escucha de la palabra de Dios que transforma los dolores en salvación y la angustia en esperanza. Esta acción engendra una actitud compuesta de fe, de dinamismo, de riesgo, de compromiso, de audacia, de pobreza, de apertura, de disponibilidad, de cambio. Esta visión, esta actitud, como una gran fidelidad al Evangelio llevan acciones de cambio consideradas como subversivas. 3. OPCIONES DEL SACERDOTE 1. Aclaraciones. Si las reflexiones anteriores han contribuido a dar alguna luz, sería fácil ahora al sacerdote despejar el problema: ¿qué hacer frente al “orden establecido”?

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Es el problema de opciones. En definitiva, no hay sino dos opciones: 1. Estamos, sin Cristo, con el “orden establecido”. 2. Estamos con Cristo, contra el “orden establecido”. Sigamos entendiendo este orden como el desorden que hemos descubierto. Podría preguntar alguno si no sería factible estar con Cristo y con ese “orden establecido”. Contesto que no, porque no podemos servir a dos señores, porque no pueden coexistir “Cristo y la situación de pecado”. También podría preguntar otro, si no sería posible estar con Cristo, pero no necesariamente en contra del “desorden establecido”. Contesto: ¿Qué significaría entonces estar con Cristo si conscientemente toleramos la supervivencia de la “situación de pecado”? ¿No es a veces peor la complicidad del silencio? Se podría continuar objetando. ¿No es meterse indebidamente en política ponerse abiertamente en lucha contra el “desorden establecido”? Aclaro: todo lo que va encaminado al bien común es acción política, en el más noble sentido de las palabras y, en este sentido, a nadie le puede estar vedado realizar acciones políticas; en cambio, la política de partido, en la que de hecho se mezclan intereses de grupos o de individuos, no es campo que le corresponde al sacerdote, a no ser en circunstancias excepcionales. Por último, puede también objetarse diciendo que la misión de la Iglesia está llamada a encarnarse para cumplir con su misión salvadora del hombre integral. 2. La opción. Este es el momento cumbre. Este es el momento de trascendencia incalculable. Es natural que en este momento sintamos miedo. “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Pues quien quiera poner a salvo su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mateo 16, 25-25). “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, Muchos me dirán en aquel día: “¡Señor, Señor! ¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre arrojamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos prodigios? Pero entonces yo les diré abiertamente: jamás os conocí. Hay dos o tres visiones de la Iglesia, con sus actitudes y acciones características: ¿por cuál optamos? Hay un desorden establecido que, pervirtiendo las finalidades concedidas por Dios al hombre, al mundo y a la sociedad, ha creado una situación de pecado, una situación de dominio y dependencia que decide a los hombres en opresores y oprimidos: ¿por qué optamos: por el manteni-

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miento del desorden establecido, o por el compromiso con la liberación de los oprimidos? 4. CONCLUSIONES Si optamos por comprometernos con l liberación de los oprimidos, he aquí un esbozo de posibles conclusiones para los sacerdotes: 1. Procuremos concientizarnos nosotros, con toda seriedad, mediante el conocimiento de la realidad nacional y la reflexión sobre ella. 2. Como fruto del conocimiento de las realidades nacionales, determinemos para nuestra acción objetivos concretos, metas concretas, una estrategia, una metodología, y unos medios de trabajo. 3. Estudiemos la convivencia de adoptar, entre otros, estos objetivos: instaurar un nuevo orden, en vez del “orden establecido”; edificar la Iglesia como comunidad, empezando por las Comunidades Eclesiásticas de base. 4. Establezcamos el proceso adecuado para la consecución de cada uno de los objetivos. 5. Entre los pasos del proceso, realicemos la concientización y la evangelización liberadora, esto es, problematizar la realidad y los acontecimientos de manera metódica, y que este ejercicio lo aprovechen los mismos participantes; es la norma para cada contacto con el pueblo. 6. Mantengamos nuestra independencia “frente a los poderes constituidos y a los regímenes que los expresan, renunciando si fuere preciso aún en aquellas formas legítimas de presencia que, a causa del contexto social, la hacen sospechosa de alianza con el poder constituido y resultan por eso mismo, un contrasigno factorial” (Medellín, Pastoral de Élites, 21, c). U

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Perspectivas para la Iglesia Latinoamericana desde la teología de la liberación50 EVANGELIZACIÓN LIBERADORA

Si al segundo de los problemas generadores le hemos llamado “dominación y dependencia”, para dar una respuesta adecuada debemos también buscar el objetivo clave correspondiente. Después de reflexionar en esta búsqueda, creo firmemente que la respuesta está en la realización de una evangelización liberadora. ¿Qué entendemos por evangelización liberadora? Durante siglos hemos vivido con la conciencia de nuestros pecados individuales. Yo no sé cómo ha podido suceder este fenómeno, siendo así que los diez mandamientos, el Antiguo Testamento y, sobre todo, el Nuevo Testamento, llevan al cristiano a tomar conciencia de que forma parte de un pueblo, de una colectividad, de la humanidad entera. Lo cierto es que el concepto de pecado ha sido tan minimizado, tan estrecho, tan individualista, que se ha llegado a torturar las conciencias por insignificancias que no eran ni pecado. Pero habíamos olvidado la dimensión social del pecado: “no matarás… no robarás…no desearás la mujer del prójimo…”. “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Este es el mandamiento mayor y primero. El segundo es semejante a éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas” (Mt. 22, 34-40). Lo que los documentos de Medellín denominan “situación de pecado”, es el pecado social. Rigen la vida de la sociedad actual unos criterios que son criterios de pecado. Por ejemplo, que unas razas son superiores a otras; que el dinero es el valor supremo que está inclusive por encima de la amistad, que la libertad es hacer lo que cada cual le viene en gana; que está permitido utilizar cualquier medio para dominar a los demás. Estos criterios de pecado engendran naturalmente actitudes de pecado: la soberbia, la ambición, el desprecio, la traición, la traición… son actitudes-con50 Tomado de: “Perspectivas para la Iglesia Latinoamericana desde la teología de la liberación”, [7 de septiembre de 1973], en El profeta del pueblo. Selección de sus textos, Quito, Fundación pueblo indio del Ecuador/CIUDAD/FEPP/CEDEP, 1992, pp. 84-86.

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secuencia de criterios de pecado. Víctimas de estas actitudes viven la generalidad de los hombres. Los criterios de pecado y las actitudes de pecado engendran acciones de pecado, unas específicas, otras institucionalizadas. El pecado, efectivamente está organizado como una gran empresa: tiene sus altos jerarcas y sus filósofos, tiene sus técnicas en propaganda y sus maestros, sus estímulos, su estrategia, su metodología, y tiene sus mecanismos. Lo grave es que los hombres no se dan cuenta de ello. Es un mundo de esclavitudes el que estamos viviendo. Todas estas esclavitudes son pecado, porque la injusticia es pecado, la soberbia, el odio, la intriga, el desprecio, la mentira y el robo son pecados. Ahora bien, Cristo ha venido a redimirnos y a liberarnos del pecado. En este sentido se habla en América latina de evangelización liberadora. El marxismo está tratando de ganar adeptos en América Latina presentándose como la única fuerza capaz de liberar al hombre. Para un cristiano de verdad, Cristo es el único liberador de toda la situación de pecado. Aquí pone sus raíces la teología de la liberación entusiastamente elaborada por teólogos latinoamericanos. Así se entiende mejor que es absolutamente necesaria la liberación para que el pueblo latinoamericano pueda aspirar a ser el sujeto de su propio desarrollo. Si de este espíritu están imbuidos jóvenes y sacerdotes que están sufriendo las acciones represivas de los detentadores del poder, ya podemos asegurar que estos jóvenes militantes y esos sacerdotes son los nuevos mártires de América latina. P. Pereira, P. Gallegos, P. Monzón… Concretamente, la evangelización liberadora debe llegar hasta la médula del hombre latinoamericano y cambiar allí los criterios de pecado por los criterios del Evangelio. Esto es lo que se llama metanoia o cambio de mentalidad. No es una simple ilustración, un simple abarrotar de conocimientos sobre teología nueva: es como dejarse dividir por las palabras que es como una espada de dos filos, para que se separen y mueran todos los criterios de pecado y surjan y vivan los criterios de Cristo. Si llegamos a pensar con el Evangelio, nuestras actitudes serán también evangélicas. Recordemos la actitud del samaritano. El baja de su cabalgadura para acercarse al hombre maltrecho y abandonado como muerto en el camino. Esta es la actitud cristiana: de acercamiento, de conocimiento amoroso de las realidades que vive la humanidad caída. Los criterios y las actitudes inspirados por el Evangelio producen necesariamente acciones evangélicas. Y por acciones evangélicas no hemos de enten-

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der solamente la acción de rezar, la de dar limosna, la de visitar a un enfermo. Por acción evangélica hemos de entender también, y quizás con mayor razón, toda acción que tiende al cambio de las estructuras de pecado que hayamos encontrado, sea en la sociedad, sea en la Iglesia. Entonces realizaremos la evangelización liberadora. LA IGLESIA COMUNIDAD El tercero de los problemas generadores ha sido llamado “cisma sociológico”. ¿Cuál será el objetivo clave que destruya este cisma sociológico tan hondo, tan múltiple, tan adentrado en las mismas estructuras eclesiásticas? No veo otro objeto más válido, como respuesta al problema doloroso del cisma sicológico existente en la sociedad y en la Iglesia, que construir la comunidad cristiana. Hay signos de nuestros tiempos, que son claros indicadores de que una fuerza misteriosa está impulsando a los hombres a ir por este camino: la comunidad. Hay bloques de naciones latinoamericanas que están haciendo esfuerzos para establecer vínculos importantes. La misma unión panamericana, a pesar de sus grandes fallos, constituye también un esfuerzo de realización comunitaria. Dentro de cada país e internacionalmente se habla de integración. Todo esto quiere decir un esfuerzo para borrar fronteras, para salvar abismos y montañas, por reunir culturas y razas, por olvidar antiguos y hondos resentimientos. Al mismo tiempo, desde el seno de la Iglesia católica van surgiendo humilde y esperanzadoramente experiencias comunitarias de honda raigambre cristiana. En el proceso de formación de estas comunidades, necesariamente entra Cristo como la piedra fundamental alrededor de la cual empieza la edificación de cada Iglesia concreta. Para que las relaciones humanas y cristianas puedan ser hondas, interpersonales, de intercomunicación vivencial de Cristo, esos grupos comunitarios son realmente minúsculos: diez, quince, veinte, treinta personas. Pero unidos a Cristo por una fe viva, iluminados por el Evangelio, movidos de amor, se transforman, como dice Medellín, en focos de la evangelización y en promotores de promoción humana. Abiertas estas comunidades cristianas a los problemas de su ambiente, experimentan que Cristo es verdaderamente el libertador, porque ellos mismos se van liberando de todas las opresiones de pecado y van contribuyendo a la liberación de los hombres que vienen a su ambiente. Se vuelve así palpable la

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acción actualizada de la liberación de Cristo. Y entonces las comunidades cristianas celebran el acontecimiento salvífico con una liturgia que queda lejos del simple ritualismo. Desde allí, desde el corazón del gozo de sentirse salvados, salen de las comunidades cristianas enardecidas para anunciar de palabra y con el testimonio de sus vidas que el reino de Dios está cerca. La autenticidad cristiana de estas comunidades se descubre con las señales descritas por Cristo en diversas partes de su Evangelio. Son como el mismo signo de contradicción en medio de los hombres, o sea salvación para unos y perdición para otros: son objeto como Él. De la persecución y del odio: “Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros… no está el discípulo sobre el maestro”. Como Él, íntimamente unido con el padre en el Espíritu Santo, las comunidades cristianas se muestran estrechamente unidas no solo por una solidaridad más o menos interesada, sino por una profunda caridad que las lleva a entregarse a sus hermanos hasta con sacrificio: “En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros”. El espíritu misionero les anima e impulsa a ir hacia los demás hombres, porque resuena en lo hondo del corazón las palabras de Cristo. “id por todo el mundo”. U

Concientización, evangelización, política51 LA EVANGELIZACIÓN LIBERADORA

A riesgo de repetir los mismos pensamientos, tenemos que decir que la evangelización tiene que ser liberadora. Para esto, hay que descubrir en qué consiste la situación concreta de pecado, cuáles son las esclavitudes concretas de unos hombres concretos y de una sociedad concreta. Tenemos que descubrir, por consiguiente, cuál es la situación de pecado en la provincia del Chimborazo, en el ecuador, en los países latinoamericanos americanos. Tenemos que descubrir cuáles son las esclavitudes que oprimen a los habitantes de esta provincia, de este país, de los países 51 Tomado de: Concientización, evangelización, política [1974], Salamanca, Ediciones Sígueme, 1987, pp. 67-178.

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latinoamericanos, en la encrucijada histórica en que vivimos. Tenemos que descubrir cuáles son las estructuras de pecado que se han impuesto: Tenemos que descubrir cuáles son los mecanismos de opresión que se accionan para que la opresión se mantenga... La evangelización, para que sea liberadora como debe ser el mensaje de liberación de esas esclavitudes, de esos criterios, de esas estructuras, de esos mecanismos. Por esto, se insiste en el deber de la denuncia. Se debe insistir en el deber de la acción y de la lucha. Este es el compromiso cristiano. No basta la denuncia. La evangelización desemboca, de esta manera, en la política. En la conclusión de todo lo dicho, podemos afirmar que es posible una politización a doble costado: por parte de la concientización y por parte de la evangelización. Sin embargo, la concientización puede llevar a una determinada forma de politización y la evangelización a una forma distinta y más amplia. También podemos afirmar que es posible una concientización en íntima relación con la evangelización que desemboca en la política. Me propongo enfocar las aplicaciones concretas en el próximo capítulo y entonces haré también todas las distinciones del caso. LA IGLESIA Y LA POLÍTICA 1. HECHOS La Iglesia jerárquica se ha pronunciado, en diversas ocasiones, sobre asuntos que necesariamente entran en el contenido de la política. Las encíclicas papales escritas desde León XIII hasta pablo VI sobre cuestiones sociales son una comprobación de lo que estoy afirmando. Muchos de los documentos aprobados en el Concilio Vaticano II son otra comprobación de lo afirmado. Por último y para no extenderme demasiado, los documentos de la II Conferencia Episcopal Latinoamericana, aprobados por la Santa Sede, constituyen una nueva comprobación. Basta abrir cualquiera de esos documentos para advertir que los papas, que la Asamblea de los obispos de todo el mundo, que la Asamblea de obispos representativos de los episcopados latinoamericanos han enfocado temas políticos, tales como el problema del trabajo, del salario, de la propiedad privada,

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de la familia, de la igualdad esencial entre los hombres y la justicia social, de la dignidad de la persona humana, de la situación de la cultura en el mundo moderno, del desarrollo económico, del destino de los bienes de la tierra, de la paz y de la guerra, de la edificación del mundo. Todos estos temas y otros que no están citados entran de lleno en el concepto de política. Desde este punto de vista, la Iglesia jerárquica ha participado de hecho en la política. Este es un primer hecho que luego analizaremos. Otro hecho es que la misma Iglesia jerárquica, aun en los tiempos modernos, ha adoptado por estar de acuerdo con lo que se llama el orden establecido. Muchas veces, la Iglesia jerárquica ha hecho declaraciones en este sentido. También es necesario señalar que en otras ocasiones, esta misma Iglesia jerárquica ha guardado “un prudente silencio”, para no perturbar la paz, frente a hechos injustos y dolorosos. Por estas razones, de diversas partes, se le ha acusado de encontrarse aliada con los poderes de este mundo, entre ellos con el poder político. En nuestro país, durante un largo período de su historia, la Iglesia jerárquica, con algunas excepciones, se ha mostrado fuertemente uncida a gobiernos y partidos políticos que se han denominado “católicos”. Todavía podemos recordar cómo obispos y sacerdotes, de manera abierta o disimulada, tomaban parte en campañas políticas electorales a favor de determinados candidatos llamados de derecha. Por fortuna, esta alianza ha ido desapareciendo y la Iglesia jerárquica se ha liberado de toda esta clase de compromisos. Pero, con lo dicho queda señalado otro hecho para ser analizado. Hay actualmente otro fenómeno en relación con la política. Sacerdotes, religiosos, religiosas y aun algunos obispos se han mostrado frente al mundo abiertamente comprometidos con las clases sociales dominadas en oposición a las clases dominantes y a veces, tomando parte activa junto a movimientos políticos determinados. ¿Quién no recuerda el nombre de Camilo Torres? ¿Quién no ha oído hablar de sacerdotes que han ingresado en las guerrillas? ¿Quién no se ha asombrado al conocer por las publicaciones de la prensa de la prensa que algunas religiosas se han comprometido con movimientos revolucionarios? ¿Quién no tiene presente la reunión realizada en Santiago de Chile y organizada por sacerdotes con el título de “Cristianos por el socialismo”? este es otro hecho digno de tomarse en cuenta para la reflexión tranquila y descubridora de las líneas evangélicas que deben guiarnos al respecto.

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2. ANÁLISIS DE LOS HECHOS Algunas personas critican a la Iglesia jerárquica en el sentido de que se acomoda a las circunstancias por pura conveniencia. Dicen que si en una época de la historia tienen éxito determinadas ideologías y determinados políticos, la Iglesia se muestra de acuerdo con las ideologías y partidos que tienen garantía de éxito en el mundo. Hablando sinceramente, como debemos hacerlo siempre, hay casos tal vez numerosos en los cuales elementos jerárquicos de la Iglesia han actuado por pura conveniencia. En estos casos, quienes han actuado de esta manera han ingresado en el grupo de los llamados “vivos” por el pueblo. ¿Cómo explicarnos estas desviaciones? Es difícil decir de un modo absoluto por qué se ha actuado de esta manera. En algunos casos puede haber habido un sincero interés por el bien de la Iglesia, pero no se ha tenido una visión clara y exacta acerca del verdadero bien de la Iglesia. En una palabra, en estos casos, se ha actuado equivocadamente. En otros casos, puede haber motivado una actuación semejante el interés personal, la ambición de prestigio, de poder, de aprovechamiento. En cada caso, es necesario analizar el hecho, sus circunstancias, las motivaciones, para no caer en una actitud absolutista y condenatoria. Debemos tener presente que la Iglesia está llamada a encarnarse en las realidades de este mundo y no ser del mundo. Fácilmente la Iglesia puede caer en uno de estos dos extremos: o bien espiritualizarse tanto que no es respuesta a los problemas que viven los hombres, o bien exagerar tanto su encarnación hasta perder el sentido trascendente de su misión y mundanizarse. Apliquemos lo dicho a la política. Al fin y al cabo, la Iglesia está formada por hombres y los hombres sin excepción somos proclives a caer en errores consciente o inconscientemente. La asistencia del espíritu a la Iglesia aparece con toda evidencia precisamente porque esta Iglesia está formada por hombres pecadores. Con sus documentos sociales, la Iglesia ha pretendido contribuir al bien común. Así se explica la misma evolución del pensamiento social de los Papas y el marcado avance dado a su pensamiento por el concilio Vaticano II y por los documentos de Medellín. Así se entiende que la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo moderno empiece declarando: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren son a la vez los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay

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verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de sus historia”. Lo dicho demuestra que la Iglesia ha participado y participa en política, pero participa, desde este punto de vista, en la promoción del bien común. Si todos los miembros de la comunidad humana, en cualquier nivel en que nos encontremos, estamos llamados a trabajar por el bien común, es normal que la Iglesia realice todo lo que esté en su mano por la consecuencia de su objetivo. En cambio, cuando la Iglesia ha optado por una ideología política y por un Partido político, cuando la Iglesia ha defendido de alguna manera un orden social injusto, cuando se ha uncido el carro de un poder político concreto y determinado, cuando ha callado por miedo o por falsa prudencia hechos evidentemente denunciables, se ha parcializado, ha renunciado a ser la mensajera del Evangelio a todos los hombres y se ha esclavizado. Más grave todavía ha sido su actuación cuando ha abusado de su ascendiente sobre el pueblo para influir en el triunfo de determinados candidatos y determinados partidos políticos. ¿Qué decir cuando esos partidos políticos y esos candidatos han sido los opresores del pueblo? 3. LA VERDADERA POSICIÓN DE LA IGLESIA Hay necesidad de un verdadero desmenuzamiento para buscar el acierto de este escabroso tema. Por esta razón, voy air distinguiendo la posición de la Iglesia en general y la posición de los hombres que formamos parte de esta Iglesia. Empiezo por buscar cuál debe ser la posición de la Iglesia en general. La Iglesia ha recibido de su fundador la misión de predicar el Evangelio, esto es, de proclamar la buena nueva de salvación a todos los hombres. Este simple recuerdo nos hace ver claramente que la Iglesia no puede comprometerse con una ideología política si hubiese inspirado en la doctrina del Evangelio, siempre entran muchos elementos humanos, sea en la elección de principios, sea en la elección de medios y de tácticas. Así puede darse el caso de que dos o más partidos políticos hayan buscado inspiración en el Evangelio y sin embargo se muestren diferentes y hasta opuestos en determinados principios, en el uso de determinados medios y en la utilización de diversas tácticas. Lo firme es Cristo.

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El Evangelio nos ha sido dado para que el hombre encuentre a Cristo que no se ha comprometido con ninguna corriente política. La Iglesia debe tener una libertad tal que pueda señalar errores y denunciar injusticias en donde quiera que se produzcan. Desde este punto de vista, tiene vigencia permanente el principio de que la Iglesia debe permanecer por encima y fuera de todo Partido político. Además, si la Iglesia en general se aliara con un Partido político, por ese mismo hecho se incapacitaría para predicar el Evangelio a todos los hombres. Quede, entonces, muy claro que la Iglesia en general no puede abanderizarse por un Partido político y que debe ser, en consecuencia, muy celosa de su independencia. No quiere decir esto, como lo ha proclamado el liberalismo, que a la Iglesia únicamente le corresponde tratar de los asuntos espirituales. El texto citado antes del concilio nos demuestra claramente que la Iglesia debe interesarse por todos los problemas que atañen al hombre. 4. LA LIBERACIÓN Después del concilio Vaticano II y, en América Latina, después de la II Conferencia General de Medellín, frente a actitudes consecuentes con los documentos emitidos, hay mucha gente que acusa y dice que el obispo y el sacerdote están llamados a trabajar por los ricos y por los pobres. ¿Por qué –se dice– obispos y sacerdotes están dando preferencia a los pobres? ¿Acaso los ricos no tienen que ser también salvados? ¿Acaso los ricos no son más pobres que los pobres desde este punto de vista? La respuesta a estas quejas y acusaciones se encuentran en el Evangelio. Leamos este pasaje: Entonces Jesús fue a Nazaret, el pueblo donde se había criado. En el día de descanso, entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se puso de pie para leer las Escrituras. Le dieron el libro del profeta Isaías; y cuando lo abrió, encontró el lugar donde estaba escrito así: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para dar buenas noticias a los pobres; me ha mandado para sanar a los afligidos de corazón, para anunciar la liberación a los oprimidos y dar vista a los ciegos; para poner en libertad a los maltratados; para anunciar el tiempo favorable del Señor”. Entonces Jesús cerró el libro, lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó. Como todos los que estaban en la sinagoga le seguían mirando, él comenzó a hablar y dijo: “Hoy mismo se ha cumplido esta escritura delante de vosotros (Lc 5, 16-21).

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Este y otros textos del Evangelio nos indican que Cristo optó por los pobres. La Iglesia, continuadora de la misión de Cristo, está constituida por los pobres. Por esta razón, ya no se admite la expresión “la Iglesia de los pobres”, sino que se habla de la Iglesia pobre. Esta es la Iglesia de Cristo. En relación con los ricos, esto quiere decir que los pobres están llamados a evangelizar a los ricos. ¿Cómo? La respuesta es difícil, porque los ricos no aceptan a los pobres, porque los ricos no quieren reunirse con los pobres, porque los ricos se creen más cristianos que los pobres porque los ricos utilizan el Evangelio y a la misma Iglesia para mantenerse en su situación de privilegios de la fortuna. Entonces, ¿cómo podrán ser evangelizados y cómo podrán salvarse los ricos? Me parece que hay un solo camino y es el de que los ricos se vuelvan pobres. Cuando Jesús encontró con zaqueo y zaqueo descubrió en Jesús al salvador, se operó una conversión: este hombre rico resolvió hacerse pobre, devolver todo lo que había robado y repartir la mayor parte de sus riquezas entre pobres. En conclusión, la liberación traída por Cristo y la buena nueva proclamada por él son para los pobres, para los oprimidos. Esta es opción absolutamente necesaria para la Iglesia. Desde este punto de vista, esta opción por los pobres es opción política. No se puede servir a dos señores, porque o se está con el primero en contra del segundo o se está con el segundo en contra del primero. Así habla el Evangelio. Esta es la política de Cristo. 5. EL SACERDOTE Y LA POLÍTICA Lo dicho en relación con la posición de la Iglesia se aplica naturalmente al sacerdote frente a la política. Pero el hecho es que, como ya lo recordé, hay sacerdotes que actualmente se enrolan en movimientos concretos de liberación, inclusive en acciones guerrilleras. ¿Qué pensar de todo esto? El sacerdote es un hombre y un cristiano. Como hombre y como cristiano está llamado a aportar al bien común de la sociedad. Como hombre cristiano tiene derecho a optar por una ideología política y por un Partido político. Pero entonces surgen algunas dificultades, las mismas que he señalado antes, cuando he dicho que la Iglesia no puede abanderizarse con un Partido político. Por esta razón, sin negar el derecho que un sacerdote tiene a optar por un Partido político, pienso que en este caso el sacerdote debe actuar de tal manera que no

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se interprete que su opción es oficial de la Iglesia. En concreto, este deslindamiento puede expresarse de diversas maneras, de acuerdo a cada caso. 6. EL SEGLAR Y LA POLÍTICA Es necesario repetir que todo hombre está llamado a restar su colaboración en la realización del bien común. Es necesario repetir que la fe cristiana lleva al compromiso político en este sentido y que todo lo que se llama fe cristina y no lleva a este compromiso es inauténtico. Si el Evangelio habla de liberación de los pobres es porque hay necesidad de trabajar y de luchar por la liberación de esclavitudes concretas. Es necesario repetir que esas esclavitudes constituyen la situación de pecado de que habla Medellín o el pecado social de que habló el último sínodo de obispos. Es inconcebible, entonces, que un cristiano se comprometa con el Evangelio y no se comprometa al mismo tiempo con la liberación que proclama el Evangelio. Sin embargo, el compromiso puede diversificarse. En unos casos, puede ser el compromiso con un Partido político. Para esta opción, el cristiano debe seguir los dictámenes de su conciencia iluminada por el Evangelio. Entonces, su conciencia le dirá cuál es el Partido político que más garantías le ofrece de que su participación contribuya eficazmente a la liberación de los hombres. En otros casos el cristiano podrá optar por los compromisos que no sean precisamente los de la elección de un partido. Por ejemplo, puede optar por un compromiso que le lleve a entregarse a tareas de una educación popular liberadora o explícitamente a tareas de evangelización liberadora. LAS COMUNIDADES CRISTIANAS Y LA POLÍTICA El problema de la participación en la política se plantea también para las comunidades cristianas. En relación con la opción por un partido o movimiento político determinado, lo correcto es que las comunidades cristianas como tales no se comprometan con ellos, pues esto significaría restringir su campo de actividades y comprometer a la misma Iglesia. Dentro de una comunidad cristiana, como respuesta a los problemas de la comunidad más grande, sea a nivel local, sea a nivel provincial o nacional, los miembros son libres para escoger su propio compromiso. En una comunidad cristiana pueden comprobarse diversos carismas. Es necesario descubrirlos, formarlos y respetarlos. Mientras a unos miembros de la comunidad puede 260


apasionarles la militancia en un Partido político, a otros esto puede repugnarles y, en cambio, atraerles otras actividades orientadas al bien común. Sería injusto obligar a todos a encarrilarse por un Partido político. U

La Iglesia ecuatoriana ante la opresión y la lucha por la liberación52 Aclarados y rectificados así, de acuerdo a la verdad, todos estos puntos principales, dejados de lado. Secundarios como el de la vestimenta eclesiástica, creo de mi deber terminar haciendo algunas reflexiones conclusivas, ciertamente muy distintas de las que hace Monseñor Larrea de los números once a diecinueve de su documento. No podremos mantener obstinadamente cerrados los ojos ante lo que está sucediendo en América Latina. Por una parte, lo que Medellín llamó colonialismo interno y neocolonialismo externo, se ha acentuado en los últimos tiempos. Al interior de cada país, las diferencias se han ahondado abismáticamente: los ricos se han hecho más ricos y los pobres se han vuelto más pobres. Guste o no guste, califíquese o no de marxista presente el fortalecimiento del imperialismo norteamericano y la dominación que ejercen las empresas transnacionales. Con uno y otras, nuestros países mantienen relaciones de férrea dependencia. Por otra parte, el pueblo latinoamericano va tomando cada vez más clara conciencia de la situación de opresión, de explotación, de injusticia, de enriquecimiento de la ida. Esa cada vez más clara conciencia de su situación le lleva a organizarse, de las maneras más diversas, y le impulsa a comprometerse en la lucha por la liberación, entendida también de las más diversas maneras. Frente a esta situación, la reacción de las clases dominantes, del imperialismo, de las empresas transnacionales es violenta, terriblemente represiva. En un luminoso documento de la Conferencia de Religiosos de Colombia se habla de tres tipos de violencia: la violencia institucionalizada, la violencia de los oprimidos y la violencia de la represión. 52 Tomado de: “Aclaraciones y rectificaciones a la opinión de Monseñor Juan Larrea Holguín sobre la reunión de Riobamba” [31 de enero de 1977], en Dimensión política de la fe. Riobamba, Fondo Documental Diocesano, 2001, pp. 139-151.

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Es significativo el hecho de que, en la mayoría de los países latinoamericanos, se encuentra en el poder gobiernos militares de distinto tipo al que se había conocido en épocas anteriores. Es significativo el hecho de que la ideología anticristiana y antihumana de la seguridad nacional se vaya contagiando a todos estos países. La represión está en manos de las fuerzas armadas y de la policía. Pero también está en manos de organizaciones ocultas, como las tres AAA, amparadas por los gobiernos. Corre sangre en América latina. Se escuchan los ayes de los torturados en América latina. Los derechos fundamentales del hombre estás pisoteados en América Latina. Es innegable la presencia activa de partidos y movimientos inspirados en el marxismo. Estos partidos y movimientos trabajan incansablemente, sea en las universidades, sea en los colegios, sea en las organizaciones obreras, sea en el campesinado. Se solidarizan, más o menos, con las luchas del pueblo. Es evidente el peligro que está en presencia activa de partidos y movimientos marxistas trae consigo. Si no podemos mantener obstinadamente cerrados los ojos ante lo que está pasando en América latina, no podemos cerrarlos tampoco obstinadamente ante lo que está pasando en relación con la Iglesia católica, en este mismo continente. Por parte de los opresores internos y externos, está en marcha una clara campaña de desprestigio y de divisionismo. Campaña de desprestigio en contra de obispos y sacerdotes comprometidos con la justicia. Campaña de divisionismo de las fuerzas de la Iglesia. Pero no se limitan a esto solo: también asesinando a obispos y sacerdotes. Frente a esta situación. Los obispos del Ecuador tenemos que preguntarnos: ¿Cuál es nuestro deber en esta hora? ¿Estar de lado de los opresores? ¿Entregarnos al marxismo? Ni una cosa ni la otra. Debemos estar por la justicia. Debemos estar por la justicia, con el pueblo pobre maltratado, lo cual no significa que debamos estar en contra de nadie. No podemos hacer juego al neocapitalismo, con el pretexto del miedo al marxismo, porque si lo hacemos, el pueblo hará lo que tenemos: se echará en manos del marxismo y la culpa será nuestra. Si de una manera u otra, nos solidarizamos con la verdad, con la justicia, con el oprimido, estaremos trabajando por el reino de Dios. Debemos, por amor al pueblo y por amor al Evangelio, olvidar resentimientos, saldar divergencias entre nosotros, y cerrar filas frente a los gravísimos peligros que se ciernen sobre el pueblo y la Iglesia en ecuador y en toda América latina. U 262


El Evangelio según Leonidas Proaño53 Ciertamente que la fuerza me ha venido de dos vertientes tal como se ha dicho en esta semana: del Evangelio y de la fidelidad del pueblo, a los pobres. Dos fidelidades que se convierten en una sola, porque quien es fiel al pueblo, al pobre, encuentra al mismo tiempo la fidelidad al Evangelio, necesariamente tiene que comprometerse también con una gran fidelidad con el pobre, el marginado, con el despreciado, con el hombre que ha sido por siglos víctima de la injusticia, de la opresión y a veces, hasta de la tiranía física. Se me ha dicho en muchas ocasiones, que me meto en política. Que soy antes que sacerdote, un político. Se me ha calificado de comunista, de marxista. Se me ha dado una cantidad de calificativos de esa índole. También ahora, con motivo de este trajín mío de las últimas semanas, por invitaciones que recibo de un lugar y de otro del país, no faltan quienes continúan con el mismo pensamiento y con las mismas acusaciones. Creo yo, y por eso mi agradecimiento profundo, creo yo que este discurso pronunciado es mi defensa, es la penetración profunda, acertada del esfuerzo que he venido haciendo como sacerdote, como obispo. Ciertamente el Evangelio tiene una dimensión política. Ciertamente el Evangelio, cuando se trata de vivirlo como compromiso de fe, lleva a comprometernos con la justicia, a comprometernos con la verdad, a comprometernos con las víctimas de la injusticia, a comprometernos con la defensa de la vida, de la integridad personal, en defensa de la tranquilidad de las personas y de sus derechos. Ciertamente que el Evangelio tiene una dimensión política cada vez que afirma que la paz es fruto de la justicia y solamente fruto de la justicia. El Evangelio tiene por objetivo el hombre, trata de colocarlo en el puesto en el cual Dios mismo quiso situarlo. Dios no ha querido que el hombre sea colocado por sus mismos hermanos en un puesto de esclavitud, en un puesto de servidumbre, en un puesto de pisoteamiento de su propia dignidad humana, de su propia dignidad dentro de su vocación de ser semejante a Dios, porque a su imagen y semejanza lo creó. Todas estas son connotaciones de carácter político. Pero, en Evangelio tiene también una dimensión trascendente y esta la habéis descubierto vos, que53 Tomado de: “Nuestra fuerza nace de la fidelidad al Evangelio, al pueblo y a los pobres”, en Dimensión política de la fe, Riobamba, Fondo Documental Diocesano, 2011, pp. 356-358. Este extracto es del año 1986.

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rido amigo. Dimensión trascendente porque las acciones del hombre malas o buenas no mueren aquí. Las acciones de los hombres, las relaciones que éstos mantienen con sus semejantes se encaminan o bien hacia un futuro, hacia más allá (porque esto significa la trascendencia), hacia la consecución de su vocación tremendamente grande, o bien se encaminan al estrobo de este caminar de la humanidad. De allí que nace de una política buena y una política mala. Pero, estaba diciendo que hay un caminar trascendente del pueblo, pues vamos a la conquista de valores superiores. Si hablamos de justicia, la justicia es un valor trascendental. Si hablamos de la vida, la vida es un valor trascendental. No solamente la vida que gozamos aquí mientras tenemos 60, 70 u 80 años, sino la vida que aspiramos alcanzar. Si hablamos de la verdad y condenamos la mentira, la calumnia, las apariencias, la hipocresía y hablamos de la verdad en nuestras relaciones humanas, esa verdad es trascendente. Va más allá. Y hacia allá tenemos que caminar. Y este ha sido propiamente el punto de mantenimiento de la línea de trabajo pastoral en la Diócesis de Riobamba. Hemos luchado concretamente porque se realice la justicia, porque el indígena salga de su postración de siglos, porque el indígena vuelva a tomar conciencia de su dignidad de hombre, porque el indígena vuelva a recuperar su palabra y sepa decirnos cuál es su pensamiento, cuáles son sus sentimientos, cuáles son sus aspiraciones. Y, en eso consiste la reconstrucción del hombre, la restauración del hombre, la salvación del hombre. Ese indígena que hace algunos años no era capaz de decir una palabra delante del patrón, delante del párroco, menos delante de las autoridades provinciales, menos delante del obispo que ahora es capaz de presentarse delante de quien quiera que sea, delante de una muchedumbre para pronunciar no un pensamiento dictado por otro, sino su propio pensamiento, para decir cuáles son sus derechos, cuáles son sus aspiraciones y se ha puesto en pie para organizarse, para seguir adelante en la conquista de sus derechos. Esa es la obra no mía, yo soy nada más que un instrumento, es la obra del Evangelio, es Cristo resucitado que continúa trabajando a través de modestos, de sencillos, de pobres instrumentos como yo para que los pobres reciban de nuevo la Buena Nueva de salvación, para que los oprimidos escuchen la palabra de liberación, de liberación integral del hombre.

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Impreso por: Tecnoprint 0984641749 / 02 2529580 Primera impresi贸n 4.000 ejemplares junio 2014


El pensamiento político  
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