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EDICIÓN 03


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Edición 03. Año 01 Guatemala, C.A. Febrero 2016

EDITORIAL Fascinación. Eso es lo que sentimos. Por las letras, por lo que nombran, por lo que son. Por la música, por lo que mueve, por lo que es. Por las artes visuales, por lo que anticipan, por la pauta que dan. Fascinación. Por el papel, por su textura, por su color, por lo que absorbe, por lo mucho que nos calan las imágenes que guarda. Fascinación por las posibilidades que cada vez son más y mejores. En esta edición queremos agradecer a todos los colaboradores que nos aportaron su arte para hacer, una vez más, un catálogo visual delirante. A Julio Prado, Diego Villaseñor, Denise Phé-Funchal, Maurice Echeverría, Juan Pensamiento Velasco, Rafael Romero y Vanessa Núñez por silenciarnos el caos con sus palabras. A Gerry Flores y Jesse Baez por su música. A Rudy Weissenberg, Alfredo Ceibal y Sofia Schizas por hacernos ahondar en el arte. A Jose Pablo Anleu, Gonzalo Morales y La Fototeca por entender hacia dónde dirigimos la mirada y enmarcarla. Esperamos que se fascinen junto con nosotros. - Los editores

Dirección general, editorial y de arte Bárbara Castañeda - Pauline Collinot - Jimena Pons Ganddini / Diseño y diagramación Workaholic People Comercialización Grupo 361 / Ventas t. +502 5834.0860 / Portada Sofia Schizas / Textos Photohoots Jimena Pons Ganddini / Impresión Mayaprin D. Vía 6 3-04 zona 4, Guatemala, Guatemala, C.A. / revistaplomo.com / fb.com/revistaplomo / @revistaplomo Plomo es una publicación bimestral. Los artículos firmados son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Plomo. Se prohibe su reproducción total o parcial. Todo el contenido es propiedad intelectual de Plomo y no puede ser reproducido en su totalidad o parcialmente sin previa autorización.


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CONTENIDO

10. Homenaje póstumo Julio Prado

22. Crepuscular morisco en Copenhague Rafael Romero

12. Beatriz caminando ignora algunas cosas Diego Villaseñor

24. La lluvia Vanessa Núñez

14. Olimpia Denise Phé-Funchal

26. Le music Gerry Flores

18. Buscando a A Maurice Echeverría

28. Jesse Baez Entrevista Plomo

20. Sal Juan Pensamiento

30. Cure & Penabad Las Vistas

36. Jose Olano Rudy Weissenberg 46. Vania Gonzalo Morales 52. Parfum D’or José Pablo Anleu 66. Alfredo Ceibal 76. Sofia Schizas 86. La escuela La Fototeca


HOMENAJE PÓSTUMO Texto Julio Prado.

Gaspar Valdéz no narraba la ciudad, ni el mundo. No; lo que hacía era crear la ciudad con cada golpe, como si le naciera de las manos.

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Mucho se habla de la muerte de Gaspar el Patacón Valdéz y poco de su vida. Hoy sobre todo, cuando circulan cerca de doscientos cincuenta mil ejemplares de la foto de su cadáver impresa en la portada de los diarios, embestido por un tren en una ciudad sin trenes. Me explico: tan infortunado era el presente Patacón, que atravesaba la línea férrea cerca del Teatro Nacional cuando la única máquina que funciona de los ferrocarriles nacionales, hacía una prueba en la línea y lo pilló a medio camino. Ahí está pues, el cadáver de quien en vida fuera uno de los músicos más prominentes que ha producido este país. Olvidado, envejecido, miserable, un roto. Fue un barrendero el que lo identificó. Yo lo conocí cuando era músico y también ahora que vagaba por las calles pidiendo limosna, refirió el testigo. La cita está al lado de la foto en el diario en letras rojas sobre un fondo amarillo. La nota tiene mucho de sangre, de venta necesaria de la noticia y poco del drama de un artista fenomenal que conoció toda clase de éxito y decidió lanzarse al vacío desde la cima. La historia de cada conquista en este país. Ahora que todos quieren ser sus biógrafos, comienzan situando su nacimiento en Honduras. No extraña el error: la manera en que tocaba las congas era propia de quien creció entre el mar y las palmeras. Sin embargo, pocos saben que nació en Villa Nueva, niño de favela, muchacho de maquila, trotamundos incansable. No dejó de asombrar su talento cuando tenía apenas catorce años y destellaba en el ritmo tocando la batería con las marimbas orquestas que iban cediéndole espacio al niño prodigio. Pero su amor fueron las congas. Más adelante lo descubriría cuando Héctor Marsó, músico de músicos, le descubrió en un concierto multitudinario en el Parque de la Industria, donde no dudó en añadirlo a su conjunto, diciéndole muchacho, ven a tocar conmigo, ¿sabes tocar las congas? Gaspar Valdez jamás había tocado una conga, pero dijo sí maestro Marsó, nací tocando las congas. Dicen algunos que dos días y sus noches las que le bastaron al Patacón Valdéz para aprender todo cuando debe saberse sobre las congas. Aquella oportunidad con Marsó le hizo dejar la maquila donde laboraba cosiendo camisas y marcharse a una gira por toda Centroamérica. Fue en ese viaje, cuando una noche calurosa en Panamá, cerca de Paitilla, comiendo en un restaurante donde luego tocarían, el maestro Marsó al ver la manera en que Valdéz disfrutaba de las frituras de plátano, decidió llamarle afectuosamente Patacón, mientras las risas de todos se confundían con el concierto de las gaviotas en la playa. Y mientras ahora se decide si Gaspar Valdéz será el nombre que se haga inscribir en su lápida o simplemente Patacón, en aquellos años con Marsó, todo fue felicidad para el portento de Villa Nueva.

Fueron los clubes de Nueva York ochentero los que acogieron a Marsó y Patacón. Los salones llenos de gente disfrutando la vida que emanaba de su música, del destello. Y habrá que decirlo aquellas eran noches feroces, eternas, aullidos de cocaína y taxis consecutivos para ir por dos puertorriqueñas al bajo Manhattan y seguir la fiesta. Ese era el Patacón más vivo, ese era el que pegaba a las congas haciéndolas hablar en dialectos isleños y criollos. El que conoció América completa en cada mujer que llevó a su pequeño apartamento atraída por la vitalidad y la fuerza de sus manos. Ese, el que dejó un legado de ritmos en vinilos que invocaban la alegría en cada fiesta de barrio donde sonaron. ¡Qué poco se parece aquél Patacón en la portada de sus discos al que ahora está en el diario tendido sobre la línea férrea de una ciudad sin trenes! Y nadie debería llamar derrota a lo que vivió. Lo que pasó es que se entregó de lleno a la noche y la noche terminó devorándoselo hasta dejarle solo los restos a Marsó, quien no tuvo de otra que despedirlo, quitarle las llaves del apartamento y pagarle el pasaje de vuelta a Guatemala. ¡Quién por él! ¿Quién por Patacón, si todo había sido noche y congas, si todo era una línea blanca esnifada y el Hudson ardiendo en llamas? Aquí deambuló como un zombie en el apocalipsis. Esto era Guatemala ciudad para el Patacón: el Armagedón, lo que queda de los sitios después de la bomba atómica. Y habrá quién lo haya visto subirse de bus en bus, con una lata vacía de leche en polvo, haciendo ritmos y cantando con la voz aguda y tropical como si estuviera en el mejor club de latin jazz y aquella fuera otra vez su noche. Gaspar Valdéz no narraba la ciudad, ni el mundo. No; lo que hacía era crear la ciudad con cada golpe, como si le naciera de las manos. Como si sus ritmos fueran la voz del corazón palpitante de un animal feroz. Y verlo tocar con la furia de una manada salvaje de caballos negros huyendo por la noche, explica un poco que solo una máquina de acero pudiera acabar con su vida. Así tenía que morir, mano a mano con otra bestia que también transita por la vida con el tic tac, con el plaf plaf, el palmeo, el golpe el ritmo y el fuego en las entrañas. Ahora que desde el silencio habrá que recordarle, con los vinilos gastados, sonando en garitos impresentables, en bares de sudor y frenesí, cuando crezcan las flores de las sonrisas en los campos gloriosos que Gaspar el Patacón Valdez sembró desde Panamá hasta Nueva York y se encienda de nuevo el Hudson en llamas, Amatitlán arda, Villa Nueva, la frontera con Belice, que los treinta y siete volcanes entren en erupción. Solo así podríamos decir adiós Patacón, adiós, finalmente sos de la noche y de nadie más.

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BEATRIZ CAMINANDO IGNORA ALGUNAS COSAS Texto Diego Villase単or.

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lo que no sabe beatriz cuando camina es que los mirlos las puertas y los grillos nacieron mudos que lo que canta la mira y la llama relámpago voz de lluvia o qué linda es beatriz no sabe todo no puede saberlo cuando camina porque no hay nada sino sus pasos por eso no sabe beatriz no lo sabe que los mirlos las puertas y los grillos nacieron mudos y que fue el deseo de lo callado por decir su nombre lo que puso al pájaro dentro del pecho de la guitarra y la guitarra en la lluvia y la lluvia en el pecho del mirlo que está parado en la puerta cuando la puerta es un árbol que la mira a beatriz cuando camina y el árbol canta cuando ya es una guitarra que tiene un mirlo en el pecho pero beatriz no lo sabe camina en silencio.

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OLIMPIA Texto Denise Phé-Funchal.

Los ojos de mamá brillaban, la escuché de nuevo balbucear nombres de pequeños por la casa mientras preparaba las maletas familiares.

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Él se casó con una autómata. Me llevó algunos meses estar seguro de la naturaleza de la mujer que él, alegre, llevó a casa una noche de fin de año. Mamá, ocupada en soñar con la venida al mundo de sus nietos, dijo que eran cosas mías, que ella era completamente normal. Pero su voz monótona, su casi inmovilidad y sus rasgos fijos, petrificados me parecían extraños. Me consoló pensar que la relación no duraría mucho. Miguel tenía la costumbre de llevar a sus chicas a casa, presentarlas como si fueran la definitiva y luego, unos meses después, cuando mamá estaba feliz pensando en pañales y nombres, él salía siempre con que no, con que había notado algo, una mueca, un paso mal dado, una palabra mal pronunciada que le rompían la ilusión y volvía a la caza de una nueva pareja. Pero ella, ella parecía demasiado perfecta. Tenía las curvas justo donde a mi hermano le gustaban, los labios ni un milímetro más gruesos que los de aquella modelo que, desde un poster, había adornado nuestra habitación fraternal y que Migue contemplaba cada noche. La llamé Olimpia, por la ópera de Offenbach, y le comenté a mi hermana Matilde mis inquietudes, la semejanza que encontraba con los humanoides de las películas de ciencia ficción que me habían acompañado desde la infancia. Mati rio, dijo que estaba exagerando, que ella comprendía por qué la chica actuaba así. Me contó de las precauciones que toma cuando conoce a la familia y a los amigos de sus novios y argumentó que yo, por ser hombre, no comprendo la presión que se vive en esos momentos. También me dijo que los dejara en paz, que la relación de Migue nos daba una tregua ante el apetito de nietos de mi madre. Le di el beneficio de la duda y me consolé pensando que quizá tenía razón, que tal vez con el paso del

tiempo, aquella mujer sonreiría y contaría algo sobre ella, su familia, su trabajo, sus ilusiones. O que, como era la costumbre de mi hermano, en cuanto encontrara un pequeño defecto, ella dejaría de ser la mujer de su vida, la posible madre de mis sobrinos. Olvidé al asunto un tiempo hasta que, por el descanso de pascuas, Migue sugirió que toda la familia y Olimpia, fuéramos de viaje a la playa, al lugar donde de chicos pasábamos las vacaciones y que, en la adolescencia, nos había permitido descubrir el encanto de las pieles bajo el sol. Los ojos de mamá brillaban, la escuché de nuevo balbucear nombres de pequeños por la casa mientras preparaba las maletas familiares. Que mi hermano propusiera un destino tan ligado a nuestra historia, era algo nuevo, algo que para mamá consistía en una señal de que pronto, Olimpia se convertiría en un miembro más de la familia. No se equivocaba. Durante el viaje, volvieron mis inquietudes. Mientras nosotros retozábamos en las olas, nos mojábamos los pies al caminar a la orilla por las tardes y nuestros cuerpos se bronceaban, ella se quedaba instalada e inmóvil en las sillas en lo alto del malecón. Mati se dio cuenta de que cada cierto tiempo yo la buscaba con la vista y, en un paseo, me preguntó si de nuevo estaba con mis elucubraciones de ciencia ficción. Sonreí, pero me quedé callado y entonces ella me contó que los había escuchado. Su habitación estaba junto la de mi hermano y la novia y la noche que llegamos, cuando Migue propuso una caminata de pareja nocturna por la playa, ella le había dicho, breve como siempre, que no podía, que tenía fobia a los lugares de agua y que prefería quedarse en el hotel. Mi hermana dijo que Olimpia no le había contado más detalles a Migue, que le había dicho que en

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otra ocasión le contaría. Me dijo que no fuera paranoico y que seguramente la chica tenía algún trauma y que, en su opinión, el que nos hubiera acompañado era una muestra de amor hacia Miguel. Luego me dijo que pensara bien las cosas, que si fuera un robot no podría ducharse ni oler bien, como a muñeca nueva. Me sentí mal. Me quedé el resto de la tarde pensando en si de pronto era que yo sentía celos. Desde Ana María, no he vuelto a salir con ninguna chica. Esa noche dormí mal, soñé que las mujeres aparecían y desaparecían cuando yo me acercaba. Por la mañana decidí que sería más amable con Olimpia, que me acercaría a ella para hablar y tratar de conocerla mejor. En la mesa del desayuno me senté a su lado y traté de sacarle conversación, pero ella sólo me miraba y sonreía con sus labios delgados. Cuando terminamos, me sentía aún peor, pensaba en que quizá mi cercanía y mi plática la habían hecho sentir incómoda, estaba a punto de pensar pobre chica, quizá es muy tímida, cuando ella se levantó y zaz, un remache se deslizó por su pierna y cayó silencioso sobre la alfombra. Puse mi pie sobre él para ocultarlo y dije que me quedaría por una taza de café extra. Migue y Olimpia caminaron de la mano hasta la puerta de salida hacia el malecón y mi madre y Mati los siguieron. Cuando los perdí de vista, me puse a buscar remaches parecidos en las sillas, en la silla metálica que ella había abandonado unos minutos antes, pero nada. ¿Por qué una mujer llevaría un remache entre su ligera ropa de playa? Casi pensé que, bueno, quizá ella tenía una pierna artificial pero luego recordé sus piernas largas y la piel tersa, su caminar monótono pero parejo y entonces volví a la idea de que se trataba de una autómata. Decidí no comentar más el asunto con Mati que, en los últi-

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mos días, había estado molestándome con mis ideas de ciencia ficción y decidí observar a Olimpia. Registré un total de cinco expresiones diferentes, una para la sonrisa, una para la risa, una para el asombro, otra para la seriedad –la más usual en ella- y una más para fingir que piensa. También me di cuenta de que solamente se alimenta de cierto tipo de vegetales, los que tienen más fibra, nueces, mariscos y sodas. Olimpia sólo toma sodas. Recordé una revista de curiosidades científicas en la que se hablaba de un experimento para producir movimiento en robots que transformaban comida en energía. A nuestro regreso a la ciudad, busqué por todas partes y la encontré en una caja en el sótano. La dieta de Olimpia coincidía perfectamente con la nota de la revista. Con el paso de los meses Migue estaba cada vez más alejado de casa y de la familia. Intenté decirle algo a mamá y me dijo que ya, que dejara de estar celoso, que mi hermano había finalmente encontrado al amor de su vida y me confió, a cambio de que no dijera nada, que en unas semanas Migue anunciaría su compromiso con Olimpia. Las búsquedas en internet reafirmaron mi idea. Encontré videos de robots que luego de alimentarse con la dieta de la novia de mi hermano, podían desplazarse por un par de horas, hacer movimientos básicos e incluso hablar un poco. Busqué, entonces, si vendían esposas robot por correo y encontré algunos prototipos de muñecas medianamente parlantes, que los usuarios tenían que entrenar, podían seleccionar, sin costo adicional, frases y expresiones para que la fábrica las insertara en sus memorias pero nada tan complejo como Olimpia. Ninguna que pudiera caminar por sí misma y ninguna con esa expresión humanoide de la novia de mi hermano.


Justo seis meses después de la llegada de Olimpia a la vida de mi familia, Migue anunció el compromiso. Mamá y Mati estaban tan ilusionadas que fingí alegría por unos segundos. Unos segundos antes de que Olimpia me viera fijamente, esbozara una sonrisa y luego se acercara a llamarme hermano, tomarme de la mano y casi triturarla entre sus delgados dedos. Era una advertencia. En los meses que siguieron al anuncio, luché con pesadillas de ella destrozando mi cuerpo con sus manitas. Mati y mamá estaban tan perdidas en la preparación de la boda, que se olvidaron de mí y de mis inquietudes, ni siquiera les parecía extraño que Olimpia no se interesara en nada del proceso, la única vez que comenté algo, me dijeron que dejara de molestar a la pobre chica, que seguro la ausencia de sus padres la ponía triste. Pregunté si los padres estaban muertos y mamá me dijo que no fuera ave del mal agüero, que viven en otro país, pero que el día de la boda los conocería. Los padres eran igual, de muy pocas palabras y gestos. Por unos meses, pensé que quizá era una cosa de genética y entonces me relajé, dejé de soñar que Olimpia me trituraba. Incluso llegué a pensar que la tuerca que vi caer bajo el vestido de la mamá de la novia había sido una alucinación o quizá se trataba de algún truco de mujeres del que yo no tenía ni idea. Hace unos meses, Migue anunció que Olimpia estaba embarazada, mamá no cabía en la felicidad y Mati suspiraba aliviada con la tregua, estaba segura que por unos meses, quizá un par de años, mamá dejaría de preguntarle por su fertilidad y de preocuparse por conseguirle una cita con un buen chico que, de nuevo, le parecería soso. Ahora estamos acá, en esta clínica que, según internet, antes era una fábrica de electrónicos. No dejaron entrar a Migue

al parto porque Olimpia estaba aterrada. Él intentó convencerla pero su mirada fría y el respaldo de los médicos, igual de inexpresivos, lo disuadieron. Mamá, queriendo apurar el nacimiento, le dijo que no la contrariara, que no todas las mujeres están dispuestas a la modernidad de dejar que sus maridos vean “eso”. Hace un momento dijeron que podíamos ir a la sala cuna y ver al bebé a través del vidrio. Es, es demasiado perfecto, no como los chicos que como él, nacen por la vía natural y están arrugaditos, un poco morados y no se parecen a nadie. Este niño tiene la cara perfecta, un equilibrio entre los rasgos de mi hermano –las mejillas, las cejas, las orejas, la nariz- y los de ella –los ojos muy negros y la mirada fría, la boca delgada e inexpresiva-. No dejaron que Migue entrara para cargarlo. La enfermera, también de pocas palabras, dijo algo de una alergia a pesar de que el niño es perfecto, dio media vuelta y se fue con su caminar monótono igual al de mi cuñada. Quisiera introducir en la dieta de Olimpia o del niño, unas uvas. Según la revista de curiosidades científicas, causan fallos menores en las articulaciones de los robots. Pero hace un rato, cuando Migue llenaba los papeles de ingreso lo vi extenderle por lo menos cinco páginas a la enfermera. Le dijo que los que estaban en negrilla y al inicio de la lista son los que pueden matar a su esposa. Como la enfermera, cumpliendo su rol de enfermera, no le recibió la lista, sino que con la mirada en el computador, le dijo que los adjuntara al formulario y que le recibiría todo cuando el formulario de ingreso estuviera completo, yo la tomé. En primer lugar, uvas.

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BUSCANDO A A Texto Maurice EcheverrĂ­a.

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Movido por el amor, por la sublimidad, por una cognición trascendental, busco a A, su órbita creada por todas las órbitas. La busco en los campos de energía, a a a a a

la la la la la

transmutadora, soberana, elíptica, elemental, politeísta,

A, biológica, antílope, fenicia, solar & oscura, reina, condensadora de genéticas, a la que besa entre los velos, a la que remueve entropías, a la excelsa emanadora, a la propiciadora, busco. En los salones en donde las musas van dejando vómitos bruscos, la busco, entre edificios agnósticos, en los campos de búfalos, en los cráteres apagados,

en en en en

lo sideral, en las masas, los confines de la aurora, vastos paisajes sublunares, la macrotorre de la creación.

No hay rincón en el planisferio que no haya sido ya explorado. Los libros nada dicen. Las actas no dan constancia. Los guardias nunca saben. El mundo es hermético, se multiplica. En un mismo vientre se frotan muchos vientres, se frotan muchas carnes. Me pierdo en órbitas y circunvoluciones, entropías y cábalas, en violencias de hidrógeno. Subo los peldaños, solo para llegar a recámaras vacías de momias olvidadas. Recorro logias tristes y cobrizas. Estructuras, asilos, ciudades venéreas. Avanzo en selvas tórridas y sanguíneas. Me sumerjo en las entrañas del Dragón. En lagos ensombrados donde todo yace muerto. En palacios pálidos, con rotas estatuas de Apolo. Pregunto a filósofos, arcontes, sacerdotes. Nadie sabe nada de A, de su halo azuloso, de su metarocío, de su cromosoma. La vida no refracta. A es lo que no se encuentra.

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SAL Texto Juan Pensamiento Velasco.

Dejarlos ir sería dejar ir también el recuerdo de ella. ¿Pero podría ser de otra forma? ¿Debería acaso ser feliz? Imposible.

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Abrió los ojos en medio de la oscuridad húmeda de su cueva. Esta vez había sido más difícil salir de la pesadilla. Chorreaba sudor desde las arrugas de la frente amargada. La quemadura de la pierna derecha, pese a ser ya solo una cicatriz, le palpitaba de ardor como si fuera herida fresca. La pesadilla, claro, sería solo eso, de no estar maldita con las formas, los olores, los calores, los ruidos, los horrores precisos –exactos– que había vivido hacía tantos años, al haber sido bendecido (¿bendecido?) por Jehová. En realidad nunca supo, ni siquiera en el preciso momento en que ocurrió, si salvar su vida había sido de verdad un premio del Creador. Ciertamente nunca se sentía así. De su tío Abrahán no volvió a tener noticias desde la huida de Sodoma hacia Zoar, pero su corazón le seguía amando a él, a su barba blanca y a Sarai, su mujer. Mujer. Cómo extrañaba el abrazo apretado de su mujer, la que fue suya, la que Jehová le quitó. Se la quitó. Su corazón latía acelerado aún. Una lágrima, rodando por su mejilla, se confundió con una gota de sudor que, juntas, fueron a dar a sus labios. Sabor salado: su mujer. Lot, así, acostado en el suelo de la caverna, temía a veces, por supuesto, a la ira de Jehová. No debía, se supone, anidar dudas, ni rencor alguno; menos este odio que albergaba en su corazón, que a veces, muchas veces, se sentía oscuro y caliente, como la cicatriz de su pierna. Sin embargo, estos sentimientos, no los podía soltar: no quería. Dejarlos ir sería dejar ir también el recuerdo de ella. ¿Pero podría ser de otra forma? ¿Debería acaso ser feliz? Imposible. Jehová, de todos modos, no se enteraría; no podía saberlo todo y así estaba demostrado. Si dudar de él, si odiar a Jehová merecía castigo, Lot habría sido quemado junto con las ciudades. Habría sido muerto desde el preciso momento en que esos hombres que había salvado horas antes lo forzaron a abandonar su hogar, porque detestó abandonarlo. Habría fallecido, maldito como sus sueños, desde que escuchó morir, a sus espaldas, a los pequeños hijos de Gomorra, a los que disfrutaba ver jugar en la arena –niños pagando por el pecado de su origen, no por el propio– porque no soportó escuchar sus gritos ni luego su silencio. Habría sido fulminado al darse cuenta que el olor de su carne, la de ella, la piel de sus mejillas, su vagina exquisita, guarida preferida de manos y lengua, de pronto eran sal. Sal: su mujer. La claridad del próximo amanecer iluminaba ya los rincones. Pero ni la luz del día era esperanza del fin de la pesadilla. El sol era, más bien, la promesa de otra noche como la anterior y como la anterior y como la anterior a esa, también, en que veía por fin, en pesadilla, la lluvia de infiernos que, en su momento, le fue prohibido ver. No quería más. No podía ya ser Lot. Lot, el sobrino desterrado. Lot, padre de dos hijas ya desaparecidas, primero ofrecidas a los viles y luego vilmente devoradas por el incesto. Lot, padre bo-

rracho de sus propios nietos inmundos, que ya no estaban, tampoco. Lot, único morador hambriento de una cueva perdida; un enemigo de su propia vida, que, se supone, había sido salvada por dos ángeles como premio a su bondad. Le escupo a mi bondad como le escupiste a mi vida. Antes que el sol saliera, solo, sin Jehová como testigo – porque Jehová de verdad no lo sabe todo – se levantó Lot, anciano y desnudo, de la orgía de pieles en que fingía dormir cada noche, porque en vez de dormir solo sufría recordando ese día y los días después de ese, que fueron todos sufrimiento. Su muslo negro, quemado en la huida por un trocito de llama que cayó del cielo, ardía ya menos que el odio de años tatuado en su pecho. Ya es hora, supo. Y en cuanto lo supo, caminó, cojeando, hasta el fondo de la cueva, donde estaba el cofre. Con cada paso hacia el cofre, el odio se hacía menos odio y se convertía en amor. (De ahí el famoso dicho que, como a Sodoma y Gomorra, también ya lo quemaron). Ahí, a oscuras, donde vivía esa serpiente gorda cuya mirada fija él fingía ignorar, estaba su cofre: el cofre donde la guardó. Nunca antes lo había abierto; sus hijas nunca supieron de él. Las putas esas que, con tal de parir, estrenaron clítoris con su propio padre, no lo vieron levantarse una noche, borracho, a recoger desesperado los restos de la columna de sal ni guardarlos en la cajita de madera que estaba, sin explicación y quién sabe desde cuándo, en la cueva que eligieron para vivir. Abrió el cofre con la misma ternura con que frotó su pubis por primera vez y, aunque solo era sal, creyó ver entre los granos blancos, el par de hermosos pezones que siempre lo invitaban a chuparlos. Gimiendo llenó sus manos y frotó la sal contra su rostro. La besó. Era una sal suave que le supo a miel y a pusa mojada. Puño tras puño, frotados violentamente contra la piel de Lot, su cuerpo se fue empapando de lágrimas y babas; luego sangre, porque los granos eran duros y punzantes. Era Lot una masa salada de calentura y amor. Te extraño. Te amo. Se lo frotaba duro y la sal le quemaba el pene, deforme por la circuncisión forzada ya como adulto; sus dedos salados se le metían por el culo, tal como lo había hecho ella, siguiendo los consejos de sus amigas sodomitas. Odié a Jehová porque ya no eras tú, pero ahora sé que tal vez nunca dejaste de serlo, dijo, sintiendo su presencia. Pero la sal no respondía. La sal solo era sal. Y ahí estaba el viejo desnudo, hincado solitario en el suelo sobre un charco de granitos blancos, con la verga erecta, llorando por su ausencia, que quemaba como se quemaron Sodoma y Gomorra con el fuego del cielo, ese otro fuego, el que no es amor de Dios pero lo finge. Lot, de vivir tantos años viendo hacia atrás, era solo lágrimas y sudor. Igual que ella y por lo mismo que ella, también ya era sal. Los dos, por fin: solo sal.

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CREPUSCULAR MORISCO EN COPENHAGUE Texto Rafael Romero.

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el cielo oscuro como letras que se asfixian en el pecho hendido de una esquela labios que parecen titilar con furia despachando odas dolores prenatales, soplos adobados y jaurías plectro escrito con los dedos como antenas de satélites perdidos en galaxias demenciales en tugurios incendiados, en jardines cultivados sobre tumbas y ominosos camposantos labios que parecen reclamar otoños en invierno y lágrimas, océano que fluye contenido y atascado Panero y el hedor volátil e intenso de la carne del cordero Lorca y las bombillas titilantes en el techo Dámaso ante los ojos quietos de los comensales Vallejo en el suspiro de quienes viven lejos y viajan desprovistos de todo para reencontrarse con la nada también Cirlot y Fonollosa, en la mente, y la amistad agreste mientras los poemas se convierten en derviches y el diluvio posmoderno nos recuerda que a pesar de todo seguimos procreando partículas de fuego azul ahora en un Shawarma de una calle impronunciable cortijo para estalactitas, corazones que se funden membranas dilatadas, correspondencias y artificio

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LA LLUVIA Texto Vanessa Núñez.

La conocí cuando aún la habitaba. Ella misma me la había mostrado, pretendiendo hacerme creer que pertenecía a alguien más.

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La tarde estaba marchándose. Había sido fresca y aireada, como cuando una tormenta está instalándose. Las nubes habían comenzado a soldarse y el aire se había hecho transparente, casi igualando la luz. Había algo eléctrico gestándose en el ambiente.

tocara el timbre, que pidiera que le abrieran la puerta, una ventana, algo por donde pudiera entrar. No importaba que no la vieran, eso era lo de menos, dijo. Lo que ella deseaba era tan sólo que la sintieran. Estaba segura de que sus hijos, la menor al menos, iba a reconocer su aroma.

La vi husmear por la ventana y caminar de un extremo al otro del pórtico. Su mirada sólo se desviaba, de tanto en tanto, para observar el cielo, confrontando el aire frío con los ojos cerrados y los labios entreabiertos. Era su forma de recordar.

Tuve que decirle, sin embargo, que lo sentía mucho, que a mí tampoco me era posible hacerlo. Se puso triste. Que lo entendía, dijo a manera de excusa. Que había sido de mal gusto pedirlo. Intentó darme una palmada en la espalda, pero un frío viento se dejó sentir entre nosotras, atravesándonos.

Pero no era la primera vez que la veía hacerlo. La noche del accidente también la hallé escudriñando. Entonces tenía el rostro aceitunado, del color de las luciérnagas y los ojos vidriosos como de luna, como si éstos aún no se hubieran acostumbrado a la luz. Una luz que, al igual que a mí, aún le molestaba. En aquella ocasión indagaba con la mirada atenta, al tiempo que con las manos parecía invocar una plegaria. La casa, que le había pertenecido por más de una década, había sido construida con empeño. Muchas noches, durante sus largos desvelos, la observé en una de las ventanas superiores, con una taza de té humeante. Lloraba y se cruzaba la frente con la mano, como queriendo borrar de ella pensamientos oscuros o malos presentimientos. Aquella, más que una propiedad, había sido un trozo de su vida. En ella habían nacido sus hijos y ella había sido, dentro de todo, feliz. La conocí cuando aún la habitaba. Ella misma me la había mostrado, pretendiendo hacerme creer que pertenecía a alguien más. Pero yo supe de inmediato, por el color de las cortinas y las tonalidades de los muebles y alfombras, que era suya. Sintió vergüenza cuando se lo pregunté y aunque tuvo el impulso de negarlo, se limitó a decir que aquel era un barrio adecuado para mí y que debía decidir pronto. No pasó mucho tiempo antes de que lo hiciera. Por eso aquella tarde, más que por mí, que no tenía nada que perder ni nadie a quien extrañar, me acerqué cuando la vi rondando. Era probable que necesitara hablar con alguien. Las cosas habían ocurrido con excesiva velocidad y era probable que la confusión aún la hiciera sentirse aturdida. Las luces, la lluvia, el intenso dolor, luego la oscuridad. Sintió miedo, dijo. Por eso quiso volver. Verificar las cosas. No conseguía abandonarse al descanso. Sentía rabia y angustia. Había dejado tantas cosas sin hacer y tantas otras sin decir que pensó que, a lo mejor, si volvía, podría concluir lo pendiente y marcharse sin remordimientos. En todo caso, no era su culpa, agregó. No había cometido errores, siempre había sido precavida, siempre había estado atenta mientras conducía. Quise decir algo, como que estas cosas pasan, que los accidentes ocurren, que no era culpa suya ni mía, pero me di cuenta de que eran frases vacías. Me pidió ayuda. Que

Me senté junto a ella sobre el muro que divide la calle del jardín interno de la que había sido su casa, aquel que mientras ella vivió ahí, permanecía siempre lleno de flores. Suspiró con tristeza. El día se había puesto azul y el viento había comenzado a soplar pesado. En cualquier momento la lluvia comenzaría a caer y yo debería marcharme, le advertí. No tuve el valor, sin embargo, para decirle que ella también tendría que venir conmigo. ¿Quién cuidará de ellas ahora?, dijo de pronto para sí. Pero yo no entendí a qué hacía referencia. Los ojos, que cobraron el color de las nubes, se le humedecieron. Hablaba de las flores. Era ella quien las regaba todos los días, a buena mañana, antes de irse al trabajo, dijo. Se había negado a contratar a un jardinero, porque disfrutaba hacerlo ella misma. La sensación de alimentarlas le daba vida. Además, argumentó, los jardineros no ponían nunca amor a los jardines, salvo cuando eran propios o de alguien a quien amaban. Y como ella deseaba que el suyo estuviera siempre lleno de lirios y agapantos que en este clima, según había aprendido, eran posibles con excepción del verano, que era caluroso en extremo, ella, con sus manos, los había cuidado siempre. Los había sembrado ella misma y los había resguardado de plagas y bichos. No obstante, ahora lucían marchitos. De pronto, desde una ventana tras nuestro, una luz iluminó el jardín. Se incorporó de inmediato y asomándose, observó a un muchacho delgado y alto, con el cabello desgreñado, que había entrado en la cocina. Hambriento, buscó algo de comer en el refrigerador. Detrás de él entró una mujer, también delgada, con el cabello recogido en cola. Ambos se sentaron a la mesa. No nos fue posible escuchar la plática, porque la lluvia que había comenzado como una capa de polvo, ahora caía nutrida y escandalosa. Ella se los quedó mirando. Comprendió todo en un instante. El accidente, el golpe, sus hijos en el asiento trasero. Mi presencia junto a ella. Sus ojos se oscurecieron como la noche tras un relámpago. Dos lágrimas corrieron aceleradas por su cuello. Es hora de irnos, dije. A lo mejor, si caminamos juntas, logremos aún encontrar el camino. Ella, en silencio, me siguió.

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Vaya Futuro “Perro verde y triste” es un disco lleno de melancolía y nostalgia, sonidos shoegaze y mucho fuzz. Es un álbum ideal para tardes largas o días donde uno no quiere cambiar de canción y solo perderse en un álbum. Una excelente propuesta latinoamericana. Fanclub Records.

Anderson Paak Anderson Paak es una de las promesas R&B con su excelente voz y un refrescante sonido que tiene raíces en el funk y soul. En su disco “Malibu” nos presenta una visión de un artista sin miedo a una revolución sónica y lírica de lo que existe actualmente. Recomendado para los fanáticos de artistas y sonidos tales como NxWorries (del cual es parte), Stevie Wonder y el último disco de Kendrick Lamar “To Pimp a Butterfly”. OBE / Steel Wool Records

Milo Milo es un rapero independiente de Milwaukee con un gran disco llamado “So the Flies Don’t Come“. Con ayuda de Kenny Segal en los beats y la producción, la música saca lo mejor del “flow” y las líricas de Milo. Con excelentes versos de Hemlock Ernst y Open Mike Eagle en algunas canciones, este álbum los dejará con ganas de más música de este excelente rapero y su forma fresca de presentarnos el hip hop. Hellfyre Club.

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Entrevista a

JESSE BAEZ Por Gerry Flores Fotografía por Mariana Garcia

Muchos te conocen como “el cantante de Easy Easy” por estos rumbos. Pero en este proyecto ¿qué quieres explorar y demostrar que no conocen de Jesse? Creo que con este proyecto la intención es más de explorar con el R&B y el español.

¿Cómo empieza la idea de sacar material como solista y que podemos esperar en el mixtape? Creo que surgió de mi curiosidad de poder hacer tracks que fueran más bangerz. El mixtape es para coshar... pero en español.

En tu proceso creativo, ¿qué tanta diferencia hay de cuando escribes con la banda y cuando escribiste para este mixtape? Es bastante parecido, usualmente escribo sobre la pista. Creo que a diferencia de escribir con la banda, aquí puedo hablar más de “yo” como individuo.

Nos podrías explicar ¿cómo fue el proceso de trabajar con Finesse y grabar en Monterrey? ¿Alguna historia divertida o curiosa que nos quieras contar? A los dudes de Finesse los conocí porque Teen Flirt y Adrian Be vinieron a tocar

un par de veces a Guatemala y quedamos de amigos. El año pasado estuve colaborando con un par de productores de la label y ya en octubre me dijeron que era hora que llegara a Monterrey a grabar lo mío.

Aparte del mixtape y videos, ¿tienes algún otro plan para un futuro cercano con este proyecto? Sí, más música y más videos. En abril grabaremos otro mixtape en México cuando llegue para el Festival Ceremonia.

Pronto te estarás presentando en el Ceremonia junto a grandes artistas como Nas, Disclosure y más. ¿Qué esperas de tu presentación en este festival? De verdad espero que la gente se prenda y que le guste. Lo ideal sería que a media presentación toda la mara comenzara a romantiquear, pero no creo que llegue a tanto. Habrá que esperar...

¿Tienes algún artista con el que te gustaría colaborar? Menciona un artista consagrado y uno independiente. Independiente: Yung Beef Consagrado: Childish Gambino tírame un dmmmmm.

Si tuvieras que escuchar 5 discos por el resto de tu vida, ¿cuáles serían? Eso está difícil. ¿puedo incluir un disco mp3? Digamos que no… College Dropout (Kanye West) Bachata Rosa (Juan Luis Guerra) The Headphone Masterpiece (Cody Chesnutt) Todo lo que te digo está mal (Easy Easy) (shameless plug) Channel Orange (Frank Ocean) Probablemente mañana cambie de opinión... Si estuvieras en una isla desierta, ¿cuáles serían los 3 artículos que te llevarías? Un grinder Tinder ¡Cepillo de dientes!

Por último, sabemos que eres fan de la WWE (Lucha libre). ¿Quién ganará en Wrestlemania este año el campeonato de heavyweight? Tienen que devolverle el título a Roman Reigns. Que triple H sea campeón mientras usa traje y corbata mata a mi niño interior.

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CURE & PENABAD Descripción del Proyecto y Concepto de Las Vistas, en Ramblas de Cayalá

“La tradición no puede ser hereditaria, y si quieres que sea debe lograrse con una gran mano de obra. Se trata, en primer lugar, del sentido histórico, que podemos describirlo casi indispensable para cualquier persona que seguiría siendo un poeta después de veinticinco años; el sentido histórico implica una percepción, no sólo de lo pasado del pasado, sino de su presencia; el sentido histórico obliga a un hombre a escribir no sólo con su propia generación en sus huesos, sino con el sentimiento de que todo el conjunto de la literatura Europea desde Homero y dentro de ella la literatura de su propio país tienen una existencia simultánea y compone un orden simultáneo. Este sentido histórico, que es un sentido de lo atemporal, así como lo temporal y de lo eterno y de lo temporal juntos, es lo que hace un escritor tradicional. Y es al mismo tiempo, lo que hace que un escritor más agudamente consciente de su lugar en el tiempo, de su contemporaneidad “. (T. S. Eliot, “La tradición y el talento individual”, publicado por primera vez en The Egoist, Londres, 1919.)

Texto Cure & Penabad Fotografía Cortesía Mundo Verde Diseño interiores Patricia Arenas

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Arquitectos Adib Cure y Carie Penabad

Encontramos la inspiración en todos lados. En lo cotidiano y en lo académico, en lo antiguo y en lo contemporáneo, en lo común y lo extraordinario. Coexistimos cómodamente en estos mundos vistos como opuestos. Influenciados durante nuestros años de formación por el trabajo de Louis Khan y Robert Venturi, trabajo que prefiere la inclusión de opuestos a la exclusión, que permite “blanco y negro” sobre “blanco o negro”, este razonamiento de inclusión sigue resonando entre nosotros.

Las Vistas es un proyecto que nos ha permitido mezclar arquitectura con diseño de ciudades que involucra en gran medida el sentido común, la ambigüedad entre modernidad y tradición, lo continuo y lo discontinuo, la igualdad y la diversidad, abstracto y concreto. Ubicado a siete millas al sur del centro histórico de la ciudad de Guatemala, Las Vistas consta de cinco nuevas tipologías de residencia situadas dentro de un nuevo desarrollo urbano

Nuestro trabajo aspira a crear una arquitectura de lugar, concebimos una apertura para encontrar belleza en las diferencias y profundidades que hacen de un lugar algo único. Como resultado constantemente nos preguntamos : ¿cuál es el resonar cultural sobre este lugar, como nuestro trabajo puede reflejar esto?.

que eventualmente se expandirá a través de 870 acres. El

Nuestra arquitectura está comprometida con el presente que mantiene una relación con el pasado.

mal adaptadas y suburbanas que a menudo ignoran las con-

sitio en general está flanqueado por una reserva ecológica al suroeste y ofrece vistas impresionantes de la ciudad existente y el paisaje circundante. Las Vistas responde a las condiciones extraordinariamente atractivas del clima, relieve, suelo y vegetación ofreciendo un contrapunto a las rejillas diciones topográficas de la zona.

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El diseño de las diferentes residencias está guiado por dos preocupaciones principales. La primera es la exploración del patio como elemento organizador principal del diseño. El patio es una tipología arquitectónica rica y universal que se ha utilizado a lo largo de la historia en el desarrollo de ambos edificios públicos y privados. Las vistas recupera el uso del patio en el desarrollo de nuevas tipologías de vivienda para la ciudad contemporánea. El patio se explora en una variedad de escalas y composiciones; y en cada caso, se trata de un exuberante plantado y bien definido ambiente al aire libre que sirve como una extensión de los principales espacios de la casa. La segunda consideración es el deseo de relacionar lo particular de cada residencia con el contexto que le rodea coreografiando cuidadosamente los diseños en respuesta a las particularidades del sitio dado. Como se dijo anteriormente, el proyecto en general está muy bien situado en el corazón de la ciudad de Guatemala, en una meseta urbana

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que presenta impresionantes vistas del paisaje circundante. Como tal, cada nueva residencia capitaliza en el entorno urbano mediante la creación de una secuencia única de espacios interiores / exteriores que a menudo culminan en terrazas cubiertas / pérgolas que ofrecen espectaculares vistas enmarcadas de los volcanes emblemáticos a la distancia. Las nuevas residencias se presionan a sí mismas a los bordes del lote proporcionando calles claramente definidas compuestas de ambas paredes del edificio y el jardín. Las nuevas tipologías se despliegan dentro de los 28 lotes individuales en todo el vecindario; y mientras que los principales componentes de cada tipo se mantiene para la facilidad y rapidez de la construcción, se han hecho alteraciones específicas del sitio para dar cabida a las distintas casas de sus lotes particulares, incluyendo: la reorientación de las estructuras auxiliares, además de los muros de los jardines, pérgolas, logias, y las necesidades de cada una de las familias que habitarán las diferentes residencias.


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JOSÉ OLANO Cali, Colombia. 1985

La obra del artista José Olano crea por medio de sus esculturas un balance visual lleno de fragilidad y tensión. Es una reacción y apropiación de un arte povera tropical- piezas con referencias a un post modernismo encontrado entre los desechos y objetos cotidianos. Se puede notar en la evolución de su obra una ambición por luchar en contra de la gravedad y la percepción de peso. El resultado son piezas que crecen en tamaño y complejidad sin perder su sentido del humor y elegancia.

Curaduría + texto Rudy Weissenberg Fotografía obra Raphael Salazar Exposición en Diablo Rosso Ciudad de Panamá

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VANIA Ella piensa en lino. Él piensa en su piel. Ella piensa en el viento. Él piensa en su piel.

Fotografía + Styling Gonzalo Morales Retoque fotográfico Ahuehuete Modelo Vania García

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PARFUM D’OR Apología a la mujer que convierte la brisa en brasas. Fotografía José Pablo Anleu Asistente Keegan Buchhalter Dirección de arte + Styling & Makeup Revista Plomo Modelo Raquel Valladares

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ALFREDO CEIBAL Microorganismos y Diรกlogos

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Microorganismos Desde sus inicios la humanidad ha fijado la mirada hacia las profundidades del espacio sideral en búsqueda de formas de vida y, más recientemente, comunicación de un modo decisivo. Esta preocupación se ha vuelto parte de la vida contemporánea debido a una serie de razones que van, desde la necesidad de abandonar el planeta Tierra por el acelerado deterioro ambiental-biológico, hasta eventualidades cósmicas catastróficas que borrarían la existencia humana en término de pocas horas. Urgida y preocupada, la comunidad científica ha advertido sobre los peligros inminentes y daños irreversibles para la vida en el planeta; consecuentemente, ha iniciado a una serie de planes y medidas muy seriamente comprometidas, para explorar, estudiar, por medio de sondas y telescopios, las lunas y planetas de nuestro sistema, que eventualmente serán colonizados por la raza humana. Algunos de estos cuerpos celestes dan señales y esperanzas de tener agua, pero en su mayoría, sino todos, también han mostrado tener ambientes y actividades altamente hostiles para la vida como la conocemos, exceptuando las criaturas extremófilas. La serie pictórica, Microorganismos, elaborada en razón de estas preocupaciones, apunta a que en los

cuerpos celestes del espacio exterior cercano no existen seres como nuestro gusto los imaginaba sino vida meramente microscópica, según los complejos químicos que cada uno de los cuerpos celestes tenga y albergue, rocosos o gaseosos. Se sabe que donde hay agua hay vida, pero a esa vida microscópica vecina le tomará millones de años evolucionar en las formas amigables que nos gustaría ver. Adicionalmente, si algún día vinieran visitantes inteligentes biológicos o artificiales a nuestro planeta, desde las profundidades cósmicas, quizás a millones de años luz, no va a ser una experiencia agradable como lo deseamos. Muy probablemente, como lo estima Stephen W. Hawkin, será como una historia de conquista hostil y despiadada, como la vivida por los indígenas de las Américas cuando fueron invadidos, conquistados y exterminados por los entes invasores. Finalmente, si mis cálculos no andan mal, los patrones de necesidad y oportunismo para la sobrevivencia y la preservación de las especies o la vida artificial, se repiten por los universos infinitos, tal como ha ocurrido aquí sobre la tierra, siendo esta una partícula de polvo en el todo infinito. Alfredo Ceibal - 2016

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Diálogos La serie Diálogos explora modos en que las personas se comunican entre sí, recurriendo al idioma, al rito, la danza, la música, las letras, el lenguaje corporal y la mirada, con el fin de darse a entender mutuamente. Saber escuchar conduce a ser escuchado, demuestra interés en los asuntos de los demás así como en los propios. Honesto, el diálogo crea puen-

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tes para llegar al fondo de los asuntos, los intereses, agendas de cada quien y para resolver las diferencias entre personas. El gran valor del diálogo no puede ser subestimado, pues es el componente crucial para la comunicación y la equidad en las relaciones humanas. Alfredo Ceibal - 2016


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Burnt Amber (part of a series) 2016. Watercolour on paper. 21 x 29 cm

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SOFIA SCHIZAS Sofia celebra la vida. Su arte es una invitaci贸n a entender y abrirse a la simplicidad de lo cotidiano.

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Flowers with Vase n.1 2015. Watercolour on paper. 21 x 29 cm

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Flowers with Vase n.3 2015. Watercolour on paper. 21 x 29 cm

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Pรกgina anterior: Overlay 1A 2015. Watercolour and Ink on paper. 21 x 29 cm Esta pรกgina: Vase n.3 2014. Ink drawing digitally coloured. 21 x 29 cm

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Vase n.3 2014. Ink drawing digitally coloured. 21 x 29 cm Pรกgina siguiente: Overlay 2A 2015. Watercolour and Ink on paper. 21 x 29 cm

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LA ESCUELA Hablamos de escenas perfectas. De empatar los signos con lo sentido. De entender el marco desde su luz.

FotografĂ­as cortesĂ­a de La Fototeca

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FotografĂ­a Sara Orellana

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FotografĂ­a Marcela MartĂ­nez

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FotografĂ­a Manuel Cabrera

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Fotografías página anterior y esta página Kevin Frank

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Fotografía esta página Sheyla Castillo / Fotografía página siguiente Kathy Bueso

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Revista Plomo No.03  

Fascinación. Eso es lo que sentimos. Por las letras, por lo que nombran, por lo que son. Por lo que mueve, por lo que es...

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