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Volumen 6, número 2

Investigación

CIENTIFICA

enero–julio 2012, issn 1870–8196

Ficcionario de teoría literaria

cARMeN feRNÁNDeZ GALÁN MONTeMAYOR GONZALO LIZARDO MÉNDeZ MARITZA MANRÍQUeZ BUeNDÍA Unidad Académica de Letras Universidad Autónoma de Zacatecas

Correo–e: gonzalolizardo@yahoo.com


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Investigación

CIENTIFICA

Resumen El presente texto muestra un ejemplo del ejercicio escritural realizado sobre una plataforma de internet, en forma de blog, para fines de discusión en torno a la teoría literaria y del lenguaje. A modo de entradas de diccionario, elaboradas de manera colectiva por los integrantes del Cuerpo Académico «Perspectivas metodológicas de investigación», el blog se plantea como una obra en proceso continuo donde se unen la teoría y la práctica de la interpretación. Palabras clave: ficcionario, teoría literaria, tiempo.

Introducción Bajo la voz «ficcionario» se conjuntan las funciones de diccionario y bestiario con las ficciones o mundos posibles. Lo anterior con la finalidad de ensayar las posibilidades de la crítica literaria vista desde la teoría, la historiografía y la misma ficción. El objetivo es explorar algunos conceptos centrales de la teoría literaria y su aplicación a casos. Se ha decidido hacerlo mediante la figura de ficcionario para poder distinguir entre nuestras creencias, nuestras ficciones y nuestras hipótesis. Los géneros discursivos que se fusionan aquí para el ejercicio de la crítica son el diccionario, como obra de carácter sistemático y que consiente la construcción de metalenguajes al intentar definir los conceptos, y el bestiario, como compendio de animales fabulosos para abordar los imaginarios puestos en juego en la literatura y sus mitologías subyacentes. El carácter ficticio que se suma a esta crítica es porque el ejercicio de puesta en juego de las categorías literarias y de un intento de esclarecimiento no pretende elevarse a la posición de verdad ni de definiciones cerradas, sino de propiciar el diálogo, negociar las convenciones, desplegar las posibilidades. La organización de tales reflexiones se encuentra sujeta al orden arbitrario del alfabeto que supone la lectura independiente de cada entrada, como en el diccionario, pero también a las posibilidades y bifurcaciones que el link permite. Cada artículo del ficcionario remite tanto a entradas dentro del blog como dentro de la red, con el propósito de ejemplificar, de

expandir la entrada, y de que el lector decida su propio itinerario. La crítica literaria en México se halla en una encrucijada entre el academicismo y el favoritismo. Por lo que es preciso replantear los criterios de discusión acerca de la historia literaria y la valoración de las obras. La academia recibe un enorme influjo de las teorías y terminologías extranjeras que se aplican desfasadas de contexto y circuito de producción literaria, como si fueran dos mundos aparte. En este espacio nos hemos propuesto establecer coordenadas, reflexionar sobre las categorías y su aplicación en las obras. Por un lado con el propósito didáctico, pero sobre todo con la finalidad de confrontar el uso o el desgaste de las herramientas de la crítica. El ficcionario no es más que la imagen de sus redactores, por ello se hacen explícitas sus principales orientaciones: la semiótica, la hermenéutica, la literatura comparada y la teoría de los géneros, la historia cultural o del libro, la mitocrítica y la teoría de la ficción. Como ejemplo mostramos varias de las entradas que se reúnen bajo el concepto de tiempo.

Sobre la «construcción» histórica del tiempo Algunos sofistas alejandrinos, para desconcertar a los teólogos cristianos, solían argumentar que el tiempo no existe, pues el pasado ya fue, el futuro no es aún, y el presente a cada instante deja de serlo. Inquietado por esa paradoja, San Agustín se preguntó cómo podemos, en efecto, percibir el flujo o la duración de o el significado de algo inexistente. «¿Qué es, entonces, el tiempo? –escribe en sus Confesiones–. Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé».1 De tal modo inicia San Agustín un ejemplar análisis de nuestra experiencia del tiempo que concluye con rigurosa modestia: si bien no puede demostrarse la existencia del pasado, del presente y del futuro, tampoco podrá negarse que existan en nuestra alma la memoria de las cosas pasadas, la atención hacia las cosas presentes y la espera de las cosas futuras. Así lo explica 1 San Agustín, Confesiones, decimoséptima edición, México, Porrúa, 2007, p. 249.


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él mismo tomando un ejemplo de la música, el Arte por excelencia del Tiempo: Voy a cantar una canción que conozco. Antes de empezar extiéndase hacia todo el conjunto de esa canción mi espera, pero una vez que he comenzado, a medida que los elementos extraídos de mi espera se convierten en pasado, mi memoria se extiende hacia ellos a su vez; y las fuerzas vivas de mi actividad se distienden, hacia la memoria por lo que ya he recitado, hacia la espera por lo que voy a recitar. No obstante, mi atención está ahí presente; por ella pasa a hacerse pasado lo que era futuro. Cuanto más avanza y avanza esta acción, más disminuye la espera y crece la memoria, hasta que se agota del todo la espera, cuando la acción termina por completo y pasa a la memoria.2

Al depositar en el alma de cada hombre la semilla que origina el tiempo, San Agustín inauguró una tradición reflexiva que ha sobrevivido hasta nuestro siglo. Desde entonces y hasta ahora, los hombres se han esforzado por interpretar, demoler y reconstruir nuestra noción del tiempo, a partir de las diversas y a veces enfrentadas perspectivas que le ofrecen la religión o la filosofía, la física o la astrología, la lingüística o la política, la poesía o la historia. Consciente ya del carácter histórico –o temporal– del tiempo, Jorge Luis Borges propuso en 1936 su Historia de la Eternidad, donde confrontó los inmutables arquetipos de Platón con la trinitaria eternidad que urdió San Agustín, antes de esbozar su propia conjetura, cifrada en el carácter homogéneo de ciertas imágenes que hacen coincidir nuestra memoria, nuestros sentidos y nuestra imaginación: «el tiempo», concluye, «es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, bastan para desintegrarlo».3 Más recientes son los intentos no por definir el tiempo, sino por historiar nuestras formas de medirlo, por «someter el propio tiempo a una perspectiva temporal».4 Tomando en cuenta los métodos que los

hombres han usado para administrar el flujo temporal, G. J. Withrow se pregunta por el significado que tiene el tiempo para los hombres de distintas épocas: interesado por la relación tiempo–poder, conjetura que los avances técnicos en torno a la medición del tiempo tienen implicaciones ideológicas. La misma preocupación motiva a Jacques Attali, quien relaciona el tiempo con la violencia y el poder: «Como todo grupo debe preservarse contra la violencia aislada, anárquica, imprevisible […] todo orden social, para durar, debe saber limitar los periodos y las fechas en que puede actuar esa violencia».5 Por tanto, el calendario es el primero de todos los códigos de poder y «en cada encrucijada de la historia del poder, cambia la medida del tiempo, signo anunciador.»6 Según el marco de referencia utilizado para contener el flujo del tiempo, Attali divide la historia en cuatro grandes etapas: 1) tiempo de los dioses, cuando el tiempo es regido por los ciclos de lo sagrado; 2) tiempo de los cuerpos, cuando se vuelve necesario organizar las ciudades mediante campanas y relojes de pesas; 3) tiempo de las máquinas, cuando la violencia se circunscribe a la fuerza de trabajo, regulada por los cronómetros; 4) tiempo de los códigos o de tiempo–signo, del hombre programado y de la proliferación de artefactos.7 La división coincide en gran medida con la postura de Whitrow quien reconoce en el reloj, y no en la máquina de vapor, la clave de la moderna era industrial. Basándose en la historia de los artefactos que miden el tiempo comprueban que éste no es sino una más entre las múltiples construcciones de la cultura. Desde la perspectiva filosófica, el problema se ha centrado en ubicar la consciencia del tiempo, que no es sino la consciencia de la muerte como rasgo constitucional del ser humano: «El problema del tiempo en el plano filosófico va más allá de toda concepción meramente psicológica o existencial. Debe plantearse, comprenderse, a partir de la estructura ontológica del ser del hombre».8 El tiempo sin tiempo de Parménides, el tiempo líquido de Heráclito, el eterno retorno de Jacques Attali, Historias del tiempo, México, Fondo de Cultura Económica, 1985, p. 15. 6 Ibid, p. 11. 7 Ibid, pp. 33–34. 8 Luis Tamayo, La temporalidad del psicoanálisis, México, Universidad de Guadalajara, 1989, p. 10. 5

Ibid, p. 262. Los subrayados son nuestros. Jorge Luis Borges, Historia de la Eternidad, Madrid, Alianza, 1998, p. 43. 4 G.J. Whitrow, El tiempo en la historia, Barcelona, Crítica, 1990. 2 3

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Nietzsche, el instante como huida hacia la eternidad de Kierkegaard, el tiempo como condición a priori de Kant, el tiempo como Ser de Heidegger; todas ellas son construcciones del tiempo que generan, a su vez, variados debates sobre el destino del hombre: entre la circularidad del mito y la persecución lineal del progreso, entre recorrer la espiral de lo mismo y tomar consciencia del ser para la muerte, entre rendirse ante el azar o resignarse al hado.

El tiempo en el mito Los hombres mueren porque no saben unir el comienzo con el fin. ALcMeÓN

El orden del relato se supedita a la interpretación, a una visión de mundo, pero el mito al participar de lo sagrado persigue la no temporalidad. Según Mircea Eliade, eterno presente, repetición y periodicidad caracterizan al tiempo mítico; a través del ritual y de la fiesta el gesto arquetípico se hace presente, renovación del tiempo, inicio del ciclo o transfiguración del tiempo en eternidad. El recorrido del ciclo permite la «contemporaneidad de todos los tiempos», mas si el acto ritual busca el inicio, la visión apocalíptica conjetura el fin del ciclo que no es sino el inicio. Para Attali, el tiempo mítico «está situado a la vez, en el comienzo y fuera del curso de las cosas»,9 lo que significa que el acto del sacrificio rompe el tiempo y revive lo fundacional: el tiempo de los dioses. Todo mito parte de la preocupación por explicar el paso de la naturaleza a la cultura, el paso del caos al orden; bajo tal lógica constituyente se organiza el relato. El cómo cuenta el mito el despliegue en el tiempo de determinados acontecimientos se encuentra, en realidad, en función de la forma como los hechos son concebidos, del modo como una sociedad se representa el sentido de estos hechos y del cómo, en la actualidad, son en ella ideológicamente percibidos; ya que la concepción de los orígenes es la que marca la dirección, así como las expectativas del final que son motor de la acción humana. 9

Attali, op. cit., p. 22.

En el mundo antiguo occidental Grecia construye tres versiones de la creación: el mito pelasgo (diosa Eurínome y huevo universal), los mitos homéricos y órficos (Fanes puso en movimiento al universo) y el mito olímpico (Teogonía). En la genealogía de Hesíodo el inicio depende de Cronos, de manera que el origen de todo está en el transcurrir del tiempo, no obstante el doble parricidio cuando se intenta detenerlo y se cierra con Zeus eternizado. En la irrupción nació la medida, la domesticación, que posteriormente dará paso a la interiorización del tiempo, ajustar el latido a un tic–tac hasta tener un corazón mecánico. Quizá, como pensaban los estoicos, el tiempo es un concepto mental o instrumento de medida y ni siquiera fluye, es sólo la percepción de la discontinuidad.

El tiempo en la historia Hay que distinguir, según Le Goff, entre dos historias: la de la memoria colectiva (anárquica y mítica) y la de los historiadores, donde con frecuencia se confunde el acontecer del acercamiento científico a él. Sobre la historia se ha discutido desde la especificidad de su estudio que se ocupa de lo particular e irrepetible (por ello es casi imposible establecer leyes), hasta el hecho de que el historiador también es hijo de su tiempo y a partir de él se acerca al pasado, al que arroja una carga de presente. Se ha tratado de encontrar la objetividad en los métodos a través de la crítica de fuentes; y la historiografía (o historia de escritura de la historia) se ocupa de revisar, a partir de las nuevas lecturas del pasado, los vacíos de la memoria. Al historiador no le preocupa enunciar verdades sino trazar sentidos, pero en la relación pasado–presente o presente-pasado no hay neutralidad, hay un sistema de atribuciones de valores.10 El peligro consiste en que la terminología a veces denuncia otro sentido impuesto por el historiador y no hay palabra inocente: antiguo–moderno pueden revelar una direccionalidad, así como las discontinuidades o rupturas del enfoque marxista. La historia no va sólo hacia atrás persiguiendo las huellas, en ella hay mucho 10 Cfr. Jacques Le Goff, Pensar la historia, Barcelona, Paidós, 1997, p. 9.


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de espera, de futuro, entonces, la verdad ¿depende del tiempo? ¿Cómo se hace historia?, ¿cómo se cuenta o relata una historia? Inevitablemente hay que seleccionar tajadas de tiempo, especificar la medida de la memoria que es a la vez la medida del olvido; para recordar es necesario discriminar. Aunque el punto de referencia cronológico ha sido el calendario y la elaboración de periodizaciones, la forma de narrar no sólo debe supeditarse al orden de los acontecimientos; cada historiador puede crear un estilo propio que es a veces la mezcla de varios tipos textuales, incluyendo los literarios. Los temas y las formas que adopta la historia han oscilado del individuo y la élite a la cultura popular, de la voluntad de uno a la circunstancia, del determinismo a la predicción. La historia no puede escapar de su futuro y a veces las visiones apocalípticas y las escatologías conducen a otro olvido del pasado, por lo que hay que integrar con pertinencia el horizonte del futuro antes de que rebase los fines. Asimismo el concepto de tiempo en la historia está en correspondencia con la concepción histórica del mismo: desde Vico y la espiral ascendente hasta Braudel y la larga duración, ha sido a veces línea, elipsis y hasta laberinto o bifurcación en el azar. El hecho histórico es una construcción (un concepto y no un hecho pasado), no importa la fecha sino el sentido, lo inteligible en un mundo de lagunas, las estructuras de lo posible. Finalmente nuestra idea de tiempo procede en mayor medida de la ciencia, que en ocasiones se adelanta: conservamos todavía una visión newtoniana del tiempo cuando la teoría de la relatividad ha demostrado su insuficiencia. La relatividad quebrantó las ideas de Newton sobre el espacio y el tiempo pero «otra cosa es saber cómo el hombre integra este entendimiento en su percepción total de sí mismo y del mundo; a esto se enfrentan mejor el filósofo, el místico, el teólogo y el poeta».11 La física moderna exige una nueva epistemología y concepción de la medida que pone límites convencionales a lo inasible.

11 Frank Durham y Robert D. Purrington, La trama del universo, México, fce, 1996, p. 16.

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