Skip to main content

Performance 36

Page 5

De mi lejana e irrecuperable primaria, la Escuela N°1 “Domingo Faustino Sarmiento”, un hermoso edificio de finales del XIX que fue derrumbado, muerto y sepultado sin que le valiera de nada tener a la Patria en persona educando a sus Hijos en el frontis, recuerdo con especial dedicación a mis maestras de tercero y sexto grados que leían por el puro gozo de hacerlo, nos compartían textos que a ellas les gustaban y disfrutábamos juntos el aletear de las palabras vueltas aire. De adolescente, a mí y a innumerables generaciones que pasamos por la Escuela Normal, nos tocaron dos excelentes maestras de Castellano y Literatura que nos ponían a leer textos llenos de sentido y emoción, acordes a nuestra exaltación adolescente. En su momento, en la misma escuela, mis maestras habían sido alumnas de un muchacho porteño recién estrenado como profesor de Letras. Era un tipo medio raro para los parámetros locales: alto, flaco y solitario, se pasaba los días encerrado en la pieza de la pensión, dedicado a estudiar, leer y escribir cuentos. Fue maestro en la Normal entre 1939 y 1944 y se llamaba Julio Cortázar. Dicen algunos de sus biógrafos que cuando pidió su cambio para una escuela en la ciudad de Mendoza, llevaba escrita la primera versión de Bestiario. De no haber sido por sus arduas sesiones de lectura y la escritura, el pobre hombre se hubiera muerto de aburrimiento porque, fuera de los carnavales, mi pueblo nunca ha sido muy divertido. Cuánta razón tenía el sabio Lavoisier cuando afirmó que nada se pierde y todo se transforma. Las lecturas de mi adolescencia no se perdieron; están un poco revueltas pero están. En ráfagas, vuelven a pasar por mi corazón: De los sos ojos, tan fortemiente llorando, tornaba la cabeza y estábalos catando... Si vienes a las cinco, comenzaré a ser feliz desde las cuatro... No aire, no te vendas, que no te entuben, que no te hagan tabletas, que no te metan en una botella... No te quiero sino porque te quiero y de quererte a no quererte llego... Salga el mulato, suelte el zapato, dígale al blanco que no se va... Que de noche lo mataron al caballero, la gala de Medina, la flor de Olmedo... Salid sin duelo, lágrimas, corriendo... No quiero que te vayas ni que te quedes, ni que me dejes sola ni que me lleves... Suelta mi manso, mayoral extraño... No me mueve mi Dios para quererte... Cuando la tarde se inclina sollozando al occidente... Una noche, una noche toda llena de murmullos y de música de alas... En el corazón tenía la espina de una pasión... Al alba venid buen amigo, al alba venid... Éste que ves, engaño colorido... Quiero fer una prosa en román paladino... Sólo ha quedado en la rama un poco de paja mustia... Que por mayo, era por mayo, cuando hace la calor... Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida... La luna vino a la fragua con su polisón de nardos...Vengan, santos milagrosos, vengan todos en mi ayuda... Como a eso de la oración aura cuatro o cinco noches... Margarita, está linda la mar... Yo soy aquel que ayer nomás decía el verso azul y la canción profana... Dice que sí con la cabeza, dice que no con el corazón... Era la ardiente época del 68 y los libros eran esa otra realidad donde era posible soñar y vivir mundos mejores; eran una puerta abierta a los deseos más secretos y a las promesas de la juventud. Como mi sombra, como mi eco, el aliento y el dibujo de estas palabras sigue yendo conmigo a todas partes.

En mis años mozos, allá por 1970, tener y sostener el hábito de la lectura no tenía ninguna gracia ni requería mayor ciencia. Cualquier hijo de vecino sabía, podía y, sobre todo, quería leer; éramos tan ingenuos que pensábamos que la educación y la lectura eran puertas hacia una vida mejor. Los ideales que todos los jóvenes defendíamos a capa y espada (nunca mejor empleada la imagen...) casi siempre venían contenidos en un libro más o menos sagrado o por lo menos, consagrado, fuera El capital de Marx, el Pequeño Libro Rojo de Mao, La

¿Jason Priestley? Nooo, Julio Cortázar estilo HairCut 100

madre de Máximo Gorki, Diez días que conmovieron al mundo de Reed, los textos del cristianismo subversivo de los téologos de la liberación, Las venas abiertas de América Latina de Galeano, la Pedagogía del oprimido de Paulo Freire, la Carta a una profesora de los alumnos de Barbiana, la poesía de Miguel Hernández, Pablo Neruda, García Lorca, Machado,Violeta Parra,Viglietti, Benedetti. Nuestras lecturas eran a la vez oráculo, libro de cabecera, fundamento místico y manual de procedimientos humanistas y revolucionarios. Los libros eran la base de nuestra educación sentimental, al punto de que muchas de las jovencitas de esos tiempos pensábamos que para conocer a un muchacho era importantísimo saber qué leía, como quien dice “Por sus libros lo conoceréis”. En

mi caso particular, que a un posible pretendiente no le gustara leer podía invalidarle cualquier otra gracia que tuviera. A los dieciocho años me fui a vivir a La Plata, una ciudad universitaria y burocrática, capital de la provincia de Buenos Aires. Con mi pareja –que había pasado con buena calificación la prueba de la lectura– y nuestros amigos estudiantes, nos reuníamos a comer y beber lo que hubiera, a leer poesía, a cantar canciones de la autoría de algunos de ellos y a fantasear sobre cómo sería el mundo que queríamos y que suponíamos a la vuelta de la esquina. Las actividades del grupo literario “Ponzoña”, que contadas en el papel podrán parecer infantiles, entrañaban graves riesgos. En las palabras de don Miguel de Cervantes, nunca faltaban unos ociosos ojos que confundieran una simple reunión literaria con una peligrosísima conspiración que, a fuerza de poemas, derrocaría al gobierno militar de turno. De aquellos jóvenes lectores, algunos murieron de muerte violenta, a otros se les murió la esperanza, a otros los desaparecieron o, en el mejor de los casos, partieron hacia sus propios y divergentes destinos. Tal vez suene exagerado pero ahí están los Dioses, hombrecitos y policías de Humberto Constantini, que no me dejarán mentir. Los que íbamos quedando, cada vez nos alejábamos más del centro de la ciudad, no sólo por la crisis económica, sino también porque “había que” desclasarse, así que al ir pasando de un barrio de clase media a otro proletario para terminar en uno completamente lumpen fue cuando empezó a cambiar mi perspectiva de las cosas. Tal vez por lo del desclasamiento, por falta de ganas o porque la universidad era un avispero zangoloteado por los militares, los grupos parapoliciales, la derecha, la izquierda y todas las tendencias intermedias, dejé la carrera de Letras mucho menos que a medias y en un chispazo de lucidez completé mi carrera de maestra en la Escuela Normal. Éramos un grupo de normalistas de lo más cándidos. Publicábamos Compartir, un periodiquito donde nos manifestábamos por el derecho a la libre asociación, a la educación y la libertad de expresión... A nuestros dos compañeros varones de la Normal, “se los chuparon” en centros clandestinos de detención, como se decía por entonces, y nunca más los volvimos a ver. Qué curioso; no había reparado en ello pero la restricción para leer, escribir y difundir, y el consecuente deseo de transgresión han sido situaciones constantes en mi vida... ✦ BOTANA: ES MAESTRA Y EDITORA. HA CURSADO ESTUDIOS EN LA MAESTRÍA DE LITERATURA MEXICANA Y HA COLABORADO EN DIVERSOS LIBROS. ES AUTORA DE MUÑECAS DE TRAPO (CNCA/SÁMARA, 1994).

El pasado 30 de diciembre falleció en la Ciudad de México

Francisco Morosini Cordero Compañero querido, escritor, servidor público, profesor y amigo ejemplar. Su memoria permanecerá en las letras de Veracruz. Los editores, amigos y colaboradores de Performance

tmail.com pan2@ho

Sandracom

URGENTES EN 1 HORA

nos unimos a la pena de su familia y les deseamos pronta resignación. Xalapa, Ver. 8 de enero de 2007

Av. 20 de Noviembre No.113 Entre Pípila y F. Vega (Pasando el tigrin)

Tel / Fax: 818 - 25 - 77 y 818 - 14 - 33

8 de enero de 2007


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
Performance 36 by Performance - Issuu