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Portada: Luis Torres http://www.talesofbeautifulsadness.com

#Inktober día 19, “The ghoulest day of my life”.

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PENUMBRIA

30 octubre, 2015

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ÍNDICE TORRE DE JOHAN RUDISBROECK / editorial... 5 TIENDA DE ANTIGÜEDADES DEL PERVERSO MEFISTO / cuentos y dibujos The ghoulest day of my life / Luis Torres... 1 Día 22 / Oiddo... 6 Vrolok / Macarena Muñoz... 7 Sueño / M. F. Wlathe... 8 M de miau / Edgar Martínez... 9 El nuevo rey / Amílcar Amaya... 12 Wrong room / Richard Zela... 15 Matrimonio / Gerard Moliné... 16 El sueño / Maricarmen Arellano... 19 Nadie se va de acá / Fede Marongiu... 22 El espanto vive abajo / Luis Jesús Goróstegui... 25 Don´t be afraid of the dark / Axur Eneas... 28 31 de octubre / Diana Beláustegui... 29 El lienzo / Cástulo Aceves... 31 Mudanzas / Pok Manero... 32 Altar de muertos / Adri Otero... 37 Día 01 / Axel Jiménez... 39 Las manos, las manos / Miguel Lupián… 40 Abril / M. Floser… 40 ¡Pst! ¡Pst! / Hilda Cárdenas… 44 Lluvia / Ian Colín… 45 Berenice / Daniela F. Cortéz… 46 Bar Shanghái / Vicente Varas… 47 Acecho / Mariángeles Abelli… 50 Inquilinos / David Rubio… 52 La dalia púrpura / Iván Medina… 55 Un compañero de juegos / Renate Mörder… 57 La balada de Juan Cuervo / Andrés Galindo… 59 La noche que murió Wes Craven / Bernardo Monroy… 60 Zombie / Garland Coperport… 66

AUTÓMATAS / equipo editorial... 65

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TORRE DE JOHAN RUDISBROECK Aunque todo el año es Halloween/Día de muertos en Penumbria, es muy sabroso leer (más) cosas terribles en esta época. Por eso, convocamos a que nos enviaran cuentos de miedo, tanto psicológico como visceral. El reto era grande: provocar horror/terror en estos días de máxima violencia y en tan poco espacio es muy difícil. Sin embargo, los autores de los cuentos seleccionados encontraron la forma de sorprendernos. A propósito del tema, Francisco de León, en su ensayo “Lo monstruoso ilimitado”, apunta: El cuerpo monstruoso es siempre concreto. Incluso el fantasma, en su efímera naturaleza, se muestra indudable y contundente. Cuando el cuerpo monstruoso reclama su forma, lo hace de modo tal que permite que las imaginerías se desborden: se juega con sus miembros, sus atributos son hiperbolizados, su origen se altera constantemente en aras, tal vez, de mantener el halo misterioso y aterrador que caracteriza la entrada del monstruo en el mundo. Pero sin importar cuantas alteraciones sufra, es indudable que nuestra relación con lo monstruoso sigue lanzando una serie de interrogantes acerca de la condición humana. Aunque lejos estén ya los momentos en que, como afirma Borges, un monstruo “…no es otra cosa que una combinación de elementos de seres reales y que las posibilidades del arte combinatorio lo lindan con lo infinito” o aquellos en que el monstruo era, por encima de todo, un presagio de lo que estaba por venir, esta clase de seres nos permanecen como algo cercano y siempre sorprendente.

Además de los cuentos, aprovechando que en este mes se lleva a cabo el #Inktober y #Drawlloween, encontrarás una muestra de lo que están haciendo varios artistas fantásticos. Bienvenido, esperamos inquietarte.

MIGUEL LUPIÁN

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TIENDA DE ANTIGÜEDADES DEL PERVERSO MEFISTO

Horacio Velázquez aka Oiddo www.twitter.com/oiddo #Inktober, día 22.

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VROLOK Macarena Muñoz Ramos

Espero la noche y lentamente caigo en el embrujo de las horas nocturnas. Vrolok emerge de este universo casi desconocido. Surca bancos de niebla, danza alrededor de la luna y su piel de escamas rojinegras matiza mis sueños. Escala las hiedras del inconsciente, puedo sentirlo. El sigilo no es su mejor aliado. Se posa en el ventanal y sus garras enanas arañan los cristales. Roba mis suspiros envolviéndolos con su aliento. Sabe que puede alimentarse con mi sangre y sus colmillos brillan como si fueran de plata. Le ofrezco mis manos, único consuelo para su apetito, y muerde mi dedo anular. Su contacto trasmite los secretos encerrados bajo siete llaves en el vientre de la Madre Noche. En mi interior se desata el nudo que los sujeta mientras corren por mis venas. Y Vrolok no deja de batir sus alas de murciélago. Abandono mi cama y los utensilios de escritura ―me sorprendió escribiendo― y monto su lomo de pez deforme. Vrolok remonta el vuelo, la sangre le ha dado mayor vigor. Entonces aparece ante nosotros la Reina Niña Blanca. La oscuridad se dispersa. Robo estrellas, y esto divierte a Vrolok. Se alza a mayor altura. Ya no caben en mis manos y las guardo entre mi cabello, que se deshila con el viento. Tras el hurto, Vrolok y yo dejamos una estela platinada a nuestro paso. Podemos dibujar en el firmamento y delineamos un ankh, símbolo de la vida eterna que nos rige. Vrolok ríe y castañetea sus dientes de piraña. Aquellos que aún no han caído en el sopor que dulcifica los sentidos, se persignan. Es víspera de Samhain. Hoy escapan de su reposo las ánimas, viejas conocidas nuestras. Las saludamos desde lo alto y pronto participamos en sus danzas. El aquelarre es desquiciante. Vrolok parece feliz, yo también. Sus escamas cobran mayor brillo, la lengua bífida es más roja, más venenosa. Su larga cola serpentea veloz,

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vamos más rápido. Ya casi amanece, el paseo ha sido largo. Vrolok circunda la luna. Planea hacer algo. La muerde y la luna ya no está llena. Me da a probar un pedazo. Sabe a oscuridad. Vrolok ríe.

SUEÑO M. F. Wlathe

Ella se arrastra tras de mí. Escucho sus uñas desprenderse al arañar las paredes. Este es un sueño. Lo sé porque estoy desnudo caminando en total oscuridad por un pasillo de paredes ásperas. Estoy sumergido hasta las rodillas en agua helada. Algo, además de ella, me está siguiendo. Comienzo a desconfiar de la oscuridad. En el fondo de mi pecho crece una duda, un temor que no me atrevo a pronunciar. Este es un sueño. Lo sé porque hasta ahora entiendo que estoy ciego. Mis ojos han sido removidos. Me tropiezo. El agua entra por mis cuencas vacías, las contamina con miles de larvas. Las siento devorarme por dentro. Ella grita. Su voz recorre mi espalda. La escuchó luchar en el agua. Apresuro mis pasos. Algo me persigue. Este es sueño del que no puedo despertar. Está cerca. Puedo sentir su respiración. Mi piel se eriza y las heridas arden. Estoy soñando, lo sé porque lo escucho susurrar en mi oído palabras sin sonido. Las larvas han entrado a mi cerebro. Las siento morder, como alfileres. Cada punzada despierta un recuerdo y una agonía. Recuerdo

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la vez que me caí al río. ¡Duele! Mi primer beso. Ver las estrellas con mi padre. Caigo al suelo, me arrastro y grito. Avanzo encajando mis uñas entre las paredes; las siento desprenderse. Ese dolor apenas calma aquél que crece en mi cabeza. El primer día de secundaría; a la salida golpeo a alguien contra el suelo. Las larvas comen cada vez más rápido. El recuerdo de mi primera cerveza se mezcla con el de mi boda. El último día de prepa con la muerte de mi hijo nonato. El dolor perfora mi cerebro. Esto es sueño, lo sé porque no quiero morir. Morir es despertar.

M DE MIAU Edgar Martínez Para Tasmin

Cuando eras niño, mientras crecías olvidado de tu padre e ignorado por tu

madrastra,

habitaciones

del

pasabas vetusto

tu

soledad

caserón

jugando

familiar

o

en

las

vagando

desoladas entre

los

antiquísimos bosques que lo resguardaban. Ahí fue donde oíste por vez primera el sonido, tan similar al llanto de un bebé, de un envoltorio de trapos oculto bajo una piedra. Al principio te dio miedo al sentir que se movía, pero la curiosidad se impuso y, tras retirar las jergas que lo aprisionaban, descubriste un bonito gato recién nacido, rubio y de pelaje atigrado. Alguien a quien lo mostraste observó que las rayas de su pelaje parecían dibujar una letra “M” sobre la frente del animalito: una “M” de miau, te dijeron. Y te pareció tan divertido, que pusiste Miau por nombre al gato.

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No pediste permiso para conservarlo: a tu padre casi no lo veías y tu madrastra de antemano hubiera dicho que no. Pero de tan pequeño que era podías ocultarlo en tu habitación o en alguna de las vacías estancias; y cuando estaba fuera merodeaba por los alrededores como un león en sus dominios. A Miau, para ser feliz, le bastaba con un plato de leche que hurtaras para él. Y a ti te bastaba con Miau para ser feliz, porque era la primera vez que tenías un amigo. Te sorprendió la inteligencia del gato. Viste que no le costó conocer la vieja casona y pronto ubicaba las ventanas con cristales rotos y las puertas que no atrancaban, de manera que podía entrar y salir a su antojo. También aprendió a escapar apenas percibía que tu madrastra se acercaba y desaparecía mucho antes de que ella irrumpiese acusándote furiosa de haber metido un animal sucio a su casa. Sin importar si era de noche o madrugada, ella solía levantarte, te jaloneaba, te tiraba del cabello y las más de las veces te abofeteó. Tú la contemplabas lloroso, con el rostro ardiendo de los golpes y rabia, pero por dentro te reías mientras la mirabas volteando tu cama tras esparcir tus ropas y juguetes en busca del gato, porque sabías que Miau ya estaría seguro en algún otro lugar. A veces envidiabas la facilidad con que Miau huía de casa y hubieras deseado compartir su talento para evadir a aquella mujer detestable. Te preguntabas por qué te odiaba tanto, pero por lo general, mientras acariciabas a tu ronroneante amigo, aceptabas que tal vez no fuese rencor sino la volátil mezcla de sus nervios frágiles y demasiada preocupación por su hijo recién nacido. Ella insistía en que la presencia del gato era dañosa para su hijo, en especial tras encontrar heces en su habitación; luego de lo cual te advirtió que si no te deshacías de tu mascota, la mataría. La odiaste, pero al mismo tiempo sentiste que tenía razón. No te simpatizaba el bebé, pero como tampoco podías desearle mal, llegaste a pensar que lo mejor sería despedirte de Miau. Esa vez tu gato te contempló con sus ojos llenos de misterios, tras lo cual maulló, quedamente, como si hubiese podido escuchar tus pensamientos y quisiera decir que comprendía.

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Pero esa misma noche ocurrió la tragedia. Lo recuerdas bien. Por algún motivo estaban solos en casa, tú en tu habitación y tu madrastra con el bebé en otra. En plena madrugada te despertó la conmoción: agudos chillidos como los del bosque mezclados con furiosos gritos de la mujer maldiciendo al gato, al que había sorprendido en la cuna. Miau no estaba en su sitio habitual en tu cama y sentiste tu corazón dejar de palpitar un instante. De un salto dejaste la cama, corriendo en su ayuda, aunque de nada sirvió porque topaste con tu madrastra cruzando el umbral del cuarto y su mano apresó tu brazo como grillete de hierro. Apenas lograste ver el fardo que llevaba, de donde venía un desesperado llamado de auxilio que no encontraría misericordia alguna. Luego te lanzó de vuelta hacia tu cuarto, cerrando tras de ti la puerta que aseguró con el pasador externo. En vano te lastimaste los puños golpeando las recias tablas, suplicando a tu madrastra; lloraste mientras la imaginabas caminando rumbo a la pileta de agua del patio. Juras que a través de la puerta lograste oír un último grito sofocado por el agua y luego te derrumbaste en el suelo. Y entonces escuchaste un grito distinto: el espeluznante alarido de una mujer, que a partir de entonces regresa de vez en cuando para dar más espanto a tus pesadillas. Casi al mismo tiempo, de un hueco entre tus almohadas, viste surgir a Miau. De todos los fenómenos inusuales en el mundo, se dice que el horror produce una sensación única e inconfundible. Tú lo sabes bien: no es miedo ni una forma refinada de angustia; es remordimiento en su máxima expresión. Y una vez que lo experimentaste ya no podrás olvidarlo, porque suele regresar a tu memoria para atormentarte. Algo así te sucede cada vez que recuerdas que tu madrastra, debido a sus antecedentes de inestabilidad emocional y cierta condición delicada de sus nervios asociada con el reciente alumbramiento, había confundido el llanto del bebé con el de un gato, al que creyó ahogar en la pileta. Cuando la conmoción terminó, tomaste a Miau y con él entre tus brazos te internaste en el bosque. Llegando a un sitio, que por recóndito te pareció conveniente, lo pusiste en el suelo y te apartaste un poco. No

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fue necesario que hicieras más, porque tu gato primero se estiró y luego se alejó de ti corriendo alegremente. Ya estaba lejos cuando se detuvo y se volvió para verte una sola vez, quizá para despedirse. Y el último recuerdo que conservas de él es el curioso dibujo que sus rayas trazaban sobre su frente, pero que ya no te causaba ninguna gracia. Ya no era “M” de Miau, sino “M” de Muerte.

EL NUEVO REY

Amílcar Amaya

En la esquina de Eje Central y Arcos de Belén alguien colgaba el auricular de un teléfono público después de hablar al número de emergencias. La estación de bomberos Ave Fénix no quedaba lejos, en pocos minutos dos camiones, uno bomba y otro de escalera telescópica, llegaron con sirena y torreta encendidas. Al poco tiempo, las patrullas aparecieron para acordonar el área. Muy alto, en la cima de un edificio en obra negra abandonado, brillaba la trémula pero intensa luz de un incendio o fogata muy grande. El fuego no era visible en sí, pero los empleados de una tienda departamental del otro lado del eje se habían subido al techo y confirmaron la información: allá arriba, a casi cuarenta metros de altura, algo se estaba quemando. El edificio en cuestión parecía de oficinas, pero nunca se terminó. Sólo estaban completas las columnas de los primeros cuatro pisos, sin contar la planta baja. Más arriba de eso, de los pisos cinco al quince, todo estaba incompleto. El alma de cemento de los pilares era envuelta

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por densas mallas de varillas de hierro y no más. Abajo, mientras algunos bomberos alejaban a los curiosos y otros conectaban mangueras, tres más se ponían arneses de escalada y los probaban. La escalera no iba a llegar al techo y treparían los últimos pisos por fuera si no encontraban una escalera interna. Satisfechos de comprobaciones, subieron a la canastilla en el extremo de la escalera. En la parte trasera del vehículo otro hombre empezaba a manipular los botones y palancas, activando los pistones que los llevarían tan alto como fuera posible. En el pequeño nido de cuervo que ocupaban esos hombres reinaba el silencio. La escalera se detuvo a tres pisos de la azotea. No podían llevarlos más arriba, pero sí acercarlos al piso más próximo. Cuando la canastilla se detuvo al fin, uno de los bomberos saltó al edificio para inspeccionar: sólo estaba perforado el hueco de la escalera, por lo tanto no había forma de subir desde ahí. Tendrían que continuar escalando por el exterior del edificio. El ascenso fue muy lento. Se aseguraban a la columna con un mosquetón atado al arnés, subían unas decenas de centímetros, se aseguraban con otro mosquetón, soltaban el primero y repetían el procedimiento. Las precauciones excesivas eran pocas a treinta y tantos metros sobre el suelo. Vencieron la cima uno a uno. Lo primero que vieron fue la punta de las llamas de una fogata bastante grande pero de poco brillo; el fuego era rojo y su crepitar sonaba apagado. Antes que lenguas de fuego parecían burbujas de aceite alargadas como tentáculos, y se movían como si lo fueran. Bajaron la vista un poco y ante ellos aparecieron decenas de siluetas que, a contraluz de la extraña fogata, perdían y recuperaban su forma apenas humana. Niños, mujeres y hombres de la calle; condición apreciable desde lejos, reforzada por el penetrante olor que despedían sus cuerpos. Bajo esa luz, cualquier diferencia era difuminada con el igualitario color de la sangre. Sus cabellos, si los tenían, tiesos y apelmazados, parecían coronas de sangre para los fieles.

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El ligero deslumbramiento ocultaba a medias una estructura ubicada más allá. De entre las sombras al interior, apenas discernible entre el sonido del viento y el fuego, se escuchaba una voz, grave y baja, que rezaba. La plegaria se dictaba en un idioma desconocido para el trío de rescatistas, pero no pudieron dejar de percibir el cambio en el tono y la intención del oficiante cuando los tres pisaron la azotea. De entre la oscuridad asomó una mano no muy diferente a la de cualquier persona. Era casi blanca, pero no más. Con un gesto lateral pareció indicar a los vagabundos que se apartaran, que dejaran pasar a los recién llegados. Era como si los hubieran estado esperando. Caminaron entre los fieles que habían hecho un pasillo de carne y miseria para facilitarles el paso. De cerca vieron los leños que alimentaban al fuego y descubrieron que no eran tales: eran huesos y cráneos humanos que no se calcinaban. El fuego parecía brotar de ellos como un líquido espeso y rojizo. Al fin, la oración terminó. Los seguidores, como en una misa corriente, pronunciaron la palabra que pasaría por un amén en los templos del averno, y volvieron a su terrible mutismo. Su mirada colectiva, antes ausente, ahora se apreciaba tensa y temerosa. Si bien estaban en trance, parecían esperar algo que rebasaba las barreras de la sugestión mental. Los hombres con las gabardinas de asbesto volvieron a dirigir la mirada hacia el lugar de sombras. Y el horror los invadió. Frente a ellos había una imagen humanoide cubierta por ropas negras, pegadas a un cuerpo esquelético, húmedas de sangre fresca que goteaba en el gastado cemento de aquel edificio maldito. Cuando la criatura llegó a un costado de las llamas, los observó a través de cuencas negras. No es que estuvieran vacías, había una oscuridad física que los escrutaba a profundidad; esa mirada causaba dolor. Hizo una seña con la mano a los bomberos para que lo siguieran a las sombras. Los hombres no se resistieron, su voluntad había sido subyugada. Su vista demoró algo en acostumbrarse a la oscuridad, pero no alcanzaron a ver más allá del cuerpo pálido y muerto de una mujer

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con el vientre abierto a cuchillo. Cerca de ella, una anciana sin ojos sostenía un bulto inerte envuelto en harapos sanguinolentos. Los Magos de Oriente ofrecieron oro, incienso y mirra a un salvador condenado; ahora, esos pobres desgraciados ofrecían sangre, cerebro y corazón para dar vida a este nuevo Rey.

Richard Zela www.facebook.com/richardzelaartwork/ www.richzela.tumblr.com/ #Inktober día 13, “Wrong room”.

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MATRIMONIO Gerard Moliné

El día que John mató a Laura no había sido nada especial. Él fue a trabajar, ella también, y cuando se vieron al mediodía simplemente sucedió. Algo se queda alojado en la cabeza, como un bote de conserva abierto en el último estante del frigorífico, va haciendo moho y se pudre, comienza a oler y finalmente es capaz de contagiarte el botulismo. Es curioso cómo las parejas discuten por tonterías. Son las mismas tonterías que plantan a sus abogados el día del divorcio, durante el careo: Verá, es que el muy guarro no baja la tapa del inodoro… o: La muy puta no me tiene a punto las zapatillas cuando entro por la puerta… Es increíble cómo las pequeñas cosas se atascan formando un pozo que acaba rebosando y sale por donde menos te lo esperas. John la golpeó con un cenicero cuando estaba de espaldas gritándole; era un cobarde. Laura cayó con la coronilla reventada y la sangre salpicó por completo el minúsculo apartamento. Era un interior situado en la esquina de un callejón. La casera vivía abajo y el primero era un trastero, el segundo estaba habitado por un matrimonio moribundo, él sufría falta de riego y ella estaba postrada en la cama esperando la muerte. Se dedicaban a mirar día tras día un crucifijo en la pared. Nunca nadie oyó nada, John y Laura se habían dejado la voz en el tercero, y nada. John se pasó la tarde llorando. Sus manos temblaban mientras la cortaba. Aquella carne que le había proporcionado tanto placer, ahora le repugnaba. No entendía a los necrófilos, simplemente no los entendía. El serrucho que utilizó estaba oxidado y los dientes de la sierra se deformaban con facilidad. Al cortar el hueso, aquello se movía como un flan. Era más fácil en las películas. John sudó como si fuese agosto y sus lágrimas entraron en su boca dejando un sabor salado en

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su paladar, algo mejor que el metal de la sangre, que había apestado la casa como si una chuleta se hubiese descongelado en el mármol. John estaba afectado, la ira le acababa de arruinar la vida y puso en marcha el plan. En realidad no lo había previsto, pero tenía una maleta bajo la cama y dinero suficiente para comprar un billete de avión desde hacía días. Llamó al trabajo de Laura y dijo que estaba enferma, luego le dijo lo mismo a su jefe. Aquella fue la única vez que John se alegró de tener un triturador en la cocina. Tuvo que hacer horas extra para comprárselo a Laura, que se quejaba de tirar siempre la basura y del olor de los restos en el fregadero. Nunca llegó a usarlo, el día que se lo regaló le dijo que le daba miedo, y luego accedió a hacerle el amor. John no guardaba buen recuerdo de todo aquello. La carne desaparecía en forma de bolas amasadas por el fregadero. La cosa empezaba amarillenta y acababa rosada bajo aquellas cuchillas, y la sangre se licuaba generando burbujas.

El

sonido

era

como

el

de

un

chicle

mascado

compulsivamente. Estuvo así toda la tarde y parte de la noche. A las once, sus manos estaban llenas de cortes y doloridas; entre sus uñas estaba gran parte de Laura. Estuvo un rato pensando en eso. Sentado en la cocina, quiso clavarse un cuchillo, pensó seriamente en cortarse las muñecas o el cuello, pero no lo hizo, era un cobarde. ―Cobarde ―oyó una voz metálica. John miró a su alrededor desorientado. ―Eres una mierda, John, siempre lo has sido. Era la voz de Laura. John pensó que se había vuelto loco y se golpeó la cabeza. ―No sé por qué he perdido tanto tiempo contigo, tantos años… Hijo de puta. Me has arrebatado la juventud, las ganas de vivir y la vida. ―¡No! ―gritó John, agarrándose la cara por las mejillas y desfigurándola por completo. ―No sirves ni como amante… las veces que pude serte infiel y no lo hice. Has acabado con mi vida, pero no conmigo.

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John miró el fregadero y oyó claramente la respiración de Laura a través de las tuberías. Con los ojos hinchados y los pelos de punta, se le ocurrió mirar en el agujero del triturador. De la oscuridad más absoluta apareció algo reconocible de forma fugaz. Un ojo lo miró fijamente, e incluso parpadeó a través del agujero. ―Jooooohn, no puedes hacerme esto e irte de rositas… ―la voz sonó endiablada. John saltó en mitad de un grito de horror y resbaló con la sangre del suelo hasta golpearse fuertemente en la nuca. Sus ojos se nublaron y quedó inconsciente unos segundos, mirando una esquina del apartamento. En el suelo, vio el anillo de boda de Laura en un rincón y se arrastró para cogerlo. ―Jooooohn, debiste enterrarme, cariño. Él se giró temblando al oír unos crujidos extraños tras de sí, como un montón de palomitas crepitando en el microondas. Lo que John vio en aquel instante no tenía ninguna explicación posible: una masa sanguinolenta y de forma cilíndrica salía del fregadero en mitad de montones y montones de flujos marrones. Entre toda aquella masa de carne que se asemejaba a un embutido y que se hinchaba como un soufflé, adivinó un ojo. Era un precioso ojo azul, como los de Laura. ―John, cariño, quiero que sepas… ―dijo la abominación con voz lánguida. ―¿Qué? ―balbuceó él entre lágrimas de horror. ―…que me has hecho mucho daño, y lo vas a compensar ―prosiguió el engendro―. Esto, cielo, es cosa de dos, y no es justo que pague yo el pato, ¿no crees? Aquello que decía ser Laura se abalanzó sobre John y utilizó por primera vez el triturador. Lo hizo sin miedo y en menos tiempo que John. Los ojos de él, mientras veía desaparecer su brazo izquierdo hasta la altura del hombro, se llenaron de salpicaduras de sangre hasta cegarlo por completo.

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EL SUEÑO Maricarmen Arellano

El calor corta mi respiración; las paredes se me vienen encima. Los jirones de pesadilla no se desvanecen tan rápido como quisiera. Estoy segura de que se refugian de la luz de la vigilia en los muebles de mi departamento.

Sobrevive el sonido de unos gritos en mis oídos y no

puedo recordar la pesadilla, pero, un par de horas más tarde, vuelve a despertarme A los bramidos se suman los cánticos, las voces, los ruidos de movimientos vehementes. Ahogo mi propio grito con la almohada. Por supuesto, no podían faltar mis vecinos raros y su religión mutante, dizque wicca. Enciendo el estéreo todo lo alto que me permite el respeto a mis otros vecinos; es inútil, Paganini no es competencia para ese escándalo. Lo apago, irremediablemente despierta. Veo la foto en mi mesita de noche, por fin voy a ver a mi familia después de tanto tiempo, de tanta ausencia, y su primera impresión va a ser verme con unas espantosas ojeras. Salgo de la cama. El calor sigue pesando por todos lados; abro una ventana para dejar entrar la frescura de la noche, con la esperanza de disolver esta impresión de claustrofobia. ―Protégenos ―rezan los cantos, aún mezclados con el persistente eco de gritos. Enciendo el televisor, me siento a ver una película que me ha prestado un amigo del trabajo. Es algo sobre las brujas de Salem... justo lo que necesito. Miro cansada la pantalla. Parece un intento no muy original de retrocine, un paneo en blanco y negro de un pueblo cualquiera. Me arrebujo en el sillón, aparece la protagonista... ...Escucho a los niños que juegan arriba, escucho sus pasos y sus

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risas ajenas a todo lo que pasa. Sé que pronto van a callar. Veo el rostro aterrado de mi madre, a mi padre desvanecido en el sofá, con un golpe en la cabeza. ―Protégenos ―dice mi madre con un hilo de voz, tenso como cuerda de violín a punto de romperse.... Abro los ojos. La escena transcurre un poco diferente a mi sueño. Tomo una cobija que he dejado cerca del sofá y me acomodo mejor; si esta película es capaz de ponerme a dormir, es bienvenida. Abajo, los movimientos menguan, el coro de “protégenos” se eleva con una resonancia que me eriza la piel. La protagonista cierra las puertas de la casa, la multitud comienza a congregarse... ...Los oigo llegar. Entre mi madre y yo trabamos las puertas. Intentamos despertar a mi padre, no logramos que deje de manar la sangre. La multitud ya viene, los niños lloran espantados. Aferro mi talismán con la fuerza de todos mis miedos, la sangre que se me congela en las venas. Están rodeando la casa. Oh, diosa blanca, sálvanos... Los párpados me pesan. En la televisión las imágenes forman un remolino confuso. Escucho correteos, algo... ...Se quema, puedo olerlo. Un grito se me atora en la garganta. Los niños bajan y se agazapan junto a mi padre inconsciente, tan lejano, tan pálido. Las llamas toman cuerpo rápido... Despierto sobresaltada. Escucho los gritos más fuertes, más nítidos; el olor de madera quemada es inconfundible. Tomo aire, sólo es un sueño. Sólo son los vecinos y sus inciensos. El resto de los inquilinos del edificio que han comenzado a quejarse por el ruido. Apago la televisión e intento volver a dormir. La oscuridad me rodea como un sudario, pesado, estrecho. En algún lugar de mi mente suenan voces familiares, la voz de mi madre canta un arrullo. Suena lejana y tan... ...asustada. Nos rodean. No hay salida. Mi madre grita algo, no logro entenderla. El humo me hace lagrimear, el fuego devora nuestro

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altar y las llamas se alzan altísimas. Mi padre ya no respira, su sangre cae sobre el rostro de mis hermanos, que lloran, tosen,

gimen. Los

estrecho con fuerza. Por favor, oh diosa, por favor... permíteles morir ahogados en mis brazos antes que por obra de las llamas... Doy un respingo cuando la televisión estalla. El calor se acerca aun más, hay fuego en todas partes. La lumbre trepa por las cortinas, se enrosca entre los muebles. Me levanto de prisa. Grito, pido ayuda con todas mis fuerzas. Los llantos que no dejan de sonar en mis oídos. Logro alcanzar la puerta, la abro con manos temblorosas. Ahí está la multitud. Me reflejo cien, mil veces en sus miradas que imitan mi miedo, que brillan de odio. Ellos rugen, se agolpan con la precisión de una sola mente. Me lanzan cosas hasta hacerme retroceder de vuelta al humo. Las fotografías de mi familia gritan también. Caigo sin poder moverme. Una prisión invisible se cierra sin tregua. El dolor comienza, mi piel explota de dolor cuando las llamas encajan sus fauces en ella. Me cubrían por completo, el dolor se propagaba, insufrible, todo se oscureció como cubierto por un manto de ceguera. Me sobresalto. Suspiro al sentir que el dolor no es más que un mal sueño. Abro los ojos, pero no hay diferencia, la oscuridad no se turba. No consigo moverme, estoy atrapada en la misma prisión invisible que en el infierno de mi sueño. Mi piel arde con lo que se siente como un recuerdo aún fresco. Siento la humedad de ese lugar estrecho. Me ahoga el peso, me roba el poco aire que me queda. Alcanzo a escuchar las voces de mi familia cerca, perdidas en la oscuridad. ―Protégenos... ―Protégenos... ―Hay fuego, ¡hay fuego! ―Berenice, ¡cuidado! Aprieto los ojos, muevo los labios sin conseguir responderle a mi

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padre, que quizá ya esté inconsciente o muerto. No logro llegar a donde mi madre sigue rezando con voz temblorosa. Aprieto los ojos aun más, intentando encontrar un retazo de ese sueño hermoso sin quemaduras, sin dolor. Intento hallar de nuevo la pantalla de fotografías que se mueven, la mullida cama, las voces de los vecinos que oran a una diosa perdida en el tiempo. Ruego que estas quemaduras y mi ataúd sean sólo parte de alguna pesadilla.

NADIE SE VA DE ACÁ Fede Marongiu

Esa noche sintió una voz junto a su oído izquierdo. Como se encontraba en la cama profundamente dormido, pensó que había sido un sueño. Sin embargo le había parecido escuchar con nitidez una frase: “No vas a salir de acá”. Aquella noche no pudo volver a conciliar el sueño. Cuando cerraba los ojos volvían una y otra vez a su mente aquellas palabras tan amenazantes, tan temibles. A la mañana siguiente lo atormentó una fuerte migraña y decidió no continuar con la mudanza que tenía prevista para ese día. Tomó un par de pastillas y se recostó en el sofá. Cerró los ojos e intentó relajarse. “Nunca te vas a ir”. Esta vez lo había escuchado con claridad, como si alguien hubiera estado oculto detrás del respaldo de su asiento y se hubiera asomado para decirle esa frase. Pero estaba solo.

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Se sirvió un vaso de whisky y encendió el televisor. Sintió la calidez de la bebida en la garganta y respiró profundo. Miró unos minutos de una comedia norteamericana hasta que el sueño comenzó a vencerlo nuevamente. La visión se le tornó borrosa y dejó de comprender lo que decían los personajes de la película. “Nunca vas a salir”. Despertó sobresaltado. Creyó estar volviéndose loco, pero estaba seguro de que la voz provenía del televisor, que la había dicho uno de los protagonistas. Apagó el aparato y se dirigió a la cocina. Buscó algo para comer y se conformó con algunas sobras de días anteriores. Se sentó frente a la pequeña mesa redonda del comedor diario y se sirvió una copa de vino para acompañar la comida. Tuvo la sensación de estar siendo observado, pero adjudicó esto a su cansancio y al alcohol que había ingerido. Esa noche revolvió el botiquín y halló unos ansiolíticos que había tomado en una época en la que había tenido problemas en el trabajo. Estaban vencidos, pero no tenía nada mejor, así que los ingirió con una doble dosis de whisky. Fumó un cigarrillo en la cama y apagó la luz. No supo cuánto durmió hasta que oyó que le hablaban. Esta vez, además, sintió unas sacudidas, como si alguien quisiera despertarlo tocando su hombro. Sintió un gorgoteo cerca del oído y se incorporó sobresaltado. Miró para todos lados, pero no pudo ver a nadie. Esta vez algo más lo llenó de terror: en la almohada que tenía a su lado se veía claramente la marca de una mano, como si alguien se hubiera apoyado en ella. No volvió a dormir. A la mañana siguiente su estado había empeorado y decidió nuevamente aplazar la mudanza. Quizás estaba incubando una gripe o alguna enfermedad por el estilo. Pasó todo el día sobresaltado ante cualquier ruido que escuchaba. Evidentemente las noches sin dormir habían afectado a su sistema nervioso. Le pareció ver sombras que se movían y creyó advertir que muchos objetos, tanto en la cocina como en el baño, habían sido movidos de donde él los había dejado la noche anterior. Estaba confundido. Quiso abrir la ventana para ventilar un poco la casa, pero no pudo hacerlo. Forcejeó varias veces hasta que finalmente desistió.

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Frustrado, adjudicó el problema a la humedad de los días anteriores. Tomó la botella de whisky y bebió varios tragos directamente de ella. Se sentía muy cansado y el sueño lo vencía. Volvió a beber. Estaba muy mareado, como si le hubiera bajado la presión. Decidió recostarse en la cama y pronto se quedó dormido. Despertó en forma abrupta. Sintió un peso sobre sus pies y miró para ver qué tenía sobre ellos. Tenía la visión borrosa y sólo advirtió una sombra. Como un borrón. Una mancha oscura con una forma claramente humana. “Nunca te vas a ir de acá”. La voz, una voz masculina, gutural, provenía de esa sombra. Balbuceó e intentó incorporarse, pero el peso sobre sus piernas sólo le permitió levantar levemente su torso. Se desesperó e hizo un esfuerzo sobrehumano, pero todo fue inútil. Ahora la sombra estaba ya sobre la mitad de su cuerpo. “Nadie se va de acá”. Intentó golpearla con sus puños, pero era como golpear una pared. Gritó con toda la fuerza que le permitieron sus pulmones, pero por toda respuesta recibió un seco: “Nadie se va”. Ya la sombra estaba sobre su pecho y le costaba respirar. Cerró los ojos pensando que era todo un sueño. Cuando los abrió la mancha seguía allí, aprisionando su cuerpo contra la cama. Miró con desesperación para todos lados, como si existiera la posibilidad de recibir algún tipo de ayuda. Otras tres sombras rodeaban la cama y, a pesar de que no tenían ojos, él hubiera jurado que lo miraban fijamente. Se acercaron a él; y la cuarta, la que tenía encima, se extendió hacia su pecho. Ahora eran varias las voces: “No te vas a ir”. “Te quedarás con nosotros”. “Nadie se va de acá”. Las sombras extendieron lo que parecían ser brazos. Ya no podía mover ni un músculo. La que estaba arriba de él envolvió su cuello y apretó. “Nunca nos abandonarás”.

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EL ESPANTO VIVE ABAJO Luis Jesús Goróstegui

Tras el accidente, papá cambió, cambió mucho… hasta convertirse en… eso. Era un buen padre y yo le quería; antes trabajaba de astrofísico en la

universidad,

como

experto

en

teoría

de

cuerdas

y

campos

adimensionales. Era muy inteligente, pero no pudo soportar la muerte de mamá. Dejó de ir al trabajo y se pasaba día y noche en el espacioso sótano de nuestra casa… bueno, realmente eran unas cuevas de granito que se encontraron bajo la casa y que teníamos preparadas como bunker anti-tornados, incluso anti-nuclear, con puerta acorazada incluida; nuestra gran casa había pertenecido a mi familia desde hacía siglos. En otras ocasiones ya había trabajado en el sótano, donde tenía un completo equipo científico de última generación, sin embargo ahora era muy distinto… era aterrador. Cuando me lo encontraba por las escaleras me decía, con esa nueva mirada descolocada que asustaba: ―¡No te preocupes!... Mamá volverá, ¡ya verás! Yo intentaba que entendiera que mamá estaba muerta, pero él no comprendía. Poco a poco se fue encerrando más en sí mismo; ya casi ni subía al comedor a comer. Yo le bajaba la comida al sótano y se la dejaba a la puerta. Cuando le preguntaba qué hacía, me decía, a regañadientes: ―Cosas, hijo, cosas… para que venga mamá con nosotros; no te preocupes. En un par de ocasiones, cuando abrió la puerta para coger la comida, pude ver el interior del sótano: estaba repleto de extraños aparatos, grandes antenas, misteriosas fórmulas y cientos de gráficos pintados en el suelo y las paredes, con formas de estrellas y círculos

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concéntricos con caracteres raros. Cada vez me costaba más bajar al sótano, pues cada vez me asustaba más papá. Una mañana, en una de sus escasas salidas del sótano, mi padre desmontó el sistema eléctrico de casi toda la casa: toda excepto mi cuarto y la cocina. Me dijo que necesitaba desviar toda la energía al sótano, aunque no me quiso explicar por qué. Así que, de noche, la casa estaba a oscuras. Era evidente que mi padre estaba perdiendo la cordura. Yo seguía queriéndole mucho, y por eso no llamé al médico, ni a la policía: en mi inconsciencia supuse que mi padre mejoraría con el tiempo: solo debía tener paciencia con él y darle cariño, pensaba. Sin embargo todo empeoró, y mucho. Hace dos días, creo, a medianoche, oí un gran ruido procedente del sótano, como el alarido agónico de una bestia salvaje. Con mi linterna bajé despacio, asustado: ―¡Hola!... ¿Papá?... ¿Estás bien?... ¿Papá?... ¿Qué ha sido ese ruido?… ¡Hola!... La puerta del sótano no estaba cerrada. Algo no marcha nada bien, pensé. La abrí con mucho cuidado y entonces lo que vi me heló la sangre. Mi padre había logrado establecer un portal adimensional a otro espacio, y por él estaba descendiendo un horroroso monstruo. Mientras permanecía escondido tras la puerta, angustiado, sin poder moverme, observé cómo ese engendro entraba en el sótano y cómo mi padre le llamaba: ―¡Ven, ven!... ¡Aquí estoy!... ¡Ven a mí!... ¡Tú serás mi puerta de entrada!... ¡Tú me ayudarás a traerla con nosotros de nuevo! Entonces comprendí lo que mi padre pretendía: él quería contactar con el más allá para traerse a mamá, pero contactó con otra dimensión; y lo más espantoso fue que por ese portal descendió un ser monstruoso, y mi padre seguía pensando que hacía lo correcto para lograr que mamá regresara con nosotros. La brecha espacio-tiempo se había abierto y el espanto se deslizaba con movimientos ágiles, raudos, veloces y enérgicos… acechando. Durante millones de eones, el espanto había vivido en el universo adimensional, pero la nigromancia que mi padre utilizó equivocadamente para abrir la brecha provocó una alteración del

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frágil equilibrio entre ambos infinitos, y el engendro cósmico, bestia furiosa, rabiosa, enajenada… atacó a todo lo que encontraba en su desesperada

inspección

con

pretensiones

apocalípticas.

Ante

el

pavoroso espectáculo que se desplegó en el sótano, mi padre recobró la lucidez. Consiguió apagar su generador de plasma adimensional y con ello la brecha espacio-tiempo se fue cerrando, aspirando al espanto. Sin embargo, antes de desaparecer, el monstruoso engendro se revolvió y le mordió. A los pocos segundos el veneno del monstruo produjo un efecto espantoso: papá comenzó una transmutación genética horrorosa, espantosa, hasta que se convirtió en… eso. No pude aguantar más, cerré la puerta acorazada con llave y contraseña y subí corriendo las escaleras, a oscuras, llorando de terror. Desde entonces, siento sus terribles golpes al embestir las paredes del sótano, intentado escapar; oigo sus alaridos de pavor en el sótano: mi padre ya no es humano, no sé lo que es, pero humano ya no, aunque creo que, en ocasiones, aún es casi consciente de su estado; en lo que se ha convertido. Los días me los paso llorando de miedo y desesperación en mi habitación, en el desván; lo más distante posible del horror. Ya no puedo más, por eso acabo de llamar a la policía y les he contado todo; yo no soy capaz de matarle. No he vuelto a bajar al sótano, no puedo; el espanto vive abajo.

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Axur Eneas www.axureneas.com Día 04 #Inktober: Don´t be afraid of the dark (2010) Fue co-escrita y producida por Guillermo del Toro, así que se ve la influencia (creepy old mansión, fairy creatures, inusual monsters). No hay mucho que decir. Me encantó. Si no la han visto, es una buena opción para estos días de cine de terror. Fantástico diseño de creaturas por Troy Nixen (también director de la película y dibujante de cómics).

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31 DE OCTUBRE Diana Beláustegui

No esperaba salir y encontrar que era de noche. Hubo un tiempo que odiaba la oscuridad, ahora ya no sabe, tiene que redescubrir todo, acostumbrarse a las nuevas formas. Se arrastra en el barro tratando de sentir algo: la humedad, el frío. Era hermoso tener el cuerpo mojado, cree que le resultaba erotizante. Se toca, intenta masturbarse, pero no siente nada: ni frío, ni placer, mucho menos sus dedos. Está decepcionada, quisiera llorar, pero le surge un odio profundo desde las entrañas, un odio visceral y casi atávico. Grita con un sonido grave y desafiante. Un perro aúlla y se lo escucha huir. Intenta levantarse, va perdiendo la ropa en el intento (la ropa rota y deshilachada que cubre el cuerpo hinchado y podrido). Con cada paso que da se hunde en el fango, la ruta está cerca. Cuando pasa cerca de una tumba ve que la han dejado abierta a medias y un niño quiere salir, pero no puede: saca un bracito gris y seco. Ella ha estado por pasar de largo pero regresa, supo ser una mujer amigable en otros tiempos y desea conservar esas características. Se apoya en el portón a medio abrir y empuja, pero las manos están tan hinchadas que revientan, llenando la cara del niño de líquidos negruzcos. Siente cierto alivio, los músculos están más relajados y se ajustan mejor a

los huesos. No puede abrir el portón, no tiene la suficiente

fuerza, le toma la manito al niño y lo tironea, pero la criatura se desarma en sus manos, los huesitos caen y la piel gris se le deshace, el niño le murmura algo y ella se acerca: ―¿Y mi mamá? ―le está preguntando, y por primera vez siente tristeza, desazón.

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El niño está tirado del otro lado del portón, sin sus brazos, con la carita descompuesta por el hambre. El pueblo indio ha dejado las puertas abiertas a sus muertos, los 31 de octubre, desde tiempos inmemoriales. No entiende por qué una madre podría dejar semi encerrado a un hijo; ella sabe que él debe salir ese día para alimentarse o su cuerpo dejará de existir definitivamente. Se levanta apresurada y sale a la ruta, cruzándose con un par de muertos más; los reconoce instintivamente, no le servirán de nada. Ve las luces de la urbanización. Está prohibido, pero no logra encontrar ningún animal a su paso, hasta los perros han huido. Está tan desesperada que no lo piensa demasiado, si no consigue alimento para ese niño, dejará de existir. No puede hacerle eso a esa criatura. Un caballo cruza muy cerca, pero se niega a mirarlo. Está tan decidida a ir hacia la urbe que se miente que no podrá conseguir alimento en medio del monte. El estómago se encoge de hambre. Con una buena alimentación podrá ser más ligera y conseguir comida para el niño (el niño, si, ¡el niño!, ya casi no lo recuerda). Se dirige segura hacia donde están los vivos. Tres muertos la han visto debatirse tratando de autoconvencerse que romperá las reglas por una causa justa (aunque ya no recuerda cuál es), y la siguen. En el camino se juntan más. Es una noche hermosa. Hay un viento fresco que hace enmudecer a los animales ese 31 de octubre. Las estrellas están entregadas a orgías de luz y los alumbran. Son una veintena que caminan lento pero seguro. El fin se acerca y tiene olor a muerto.

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EL LIENZO Cástulo Aceves

El pintor se decide por una bifurcación en el camino. Faltan algunas horas para el anochecer y está decidido a retratar el paisaje solitario iluminado por la luna roja. Estaciona su todo terreno, baja sus herramientas, acomoda el caballete. Posa un lienzo de una blancura tan brillante que se pudiera confundir con la nieve que permanece en el suelo. Un pino feliz por aquí, otro alegre por acá, un rio sonriente que recorre el bosque. Su pincel no escatima en figuras optimistas. Atardece. Una luna escarlata como el vestigio de un asesinato se mueve con parsimonia por el cielo que se torna púrpura. La imagen lo impresiona, su piel se eriza. Toma el oleo oscuro y lo reparte con rapidez por la parte superior del cuadro. Después ilustra la luna roja en medio de la negrura. Mira el paisaje. Su pincel matiza las sombras, cubre lo que era luz. Los árboles felices se vuelven siniestros, el rio sonriente una herida abierta, arbustos que observan con odio se multiplican. El pintor empieza a sudar a pesar del aire helado, de la noche invernal que aúlla. Ya ha oscurecido, debe regresar, pero no puede detenerse, algo más fuerte que la inspiración mueve sus manos. Finalmente respira, se aleja un paso de la pintura. Decide borrar a ese satélite escarlata, ese ojo que supura sangre. No logra desaparecerlo por más que aplica el óleo negro sobre el círculo. Aterrorizado, decide que apenas llegue a casa quemará el cuadro. La oscuridad se ha cernido sobre él, todo lo ilumina apenas esa misma luna roja de la que él intenta huir. Prende una lámpara de mano, guarda sus cosas con prisa. Mira fijamente la pintura y el temblor que ya le entorpecía se incrementa. Decide abandonar el caballete y el lienzo, no quiere acercarse. Se encamina a su auto, pero al presionar el botón del llavero que quita

la

alarma

éste

permanece 31

en

silencio.

Abre

la

puerta


manualmente. Entra agitado, intenta dar marcha. Nada. Ni siquiera encienden las luces. En ese momento su lámpara de mano deja de funcionar, al igual que su celular y su reloj. Está en medio de la penumbra rojiza. Siente frio. A través de los cristales observa cómo el escarlata empieza a desaparecer. Todo va quedando negro, diluido en la más absoluta oscuridad. Se hace un ovillo en el asiento, intentando mantener el calor, el oxigeno, su cordura. Al amanecer el cuadro yace en el suelo. Pinos felices en un paisaje nevado que atardece. Una luna roja está gravada en medio del cielo oscuro. En la parte baja del óleo se aprecia un vehículo todo terreno. Una sutil pincelada sugiere a un conductor dentro de él. Las nubes cubren el cielo, empieza a caer nieve que cubre lentamente el lienzo. Esa noche la luna empieza a menguar. Con el pasar de los días ésta se parecerá, cada vez más, a una sonrisa siniestra.

MUDANZAS Pok Manero

Creo que soy el nómada más sedentario del mundo. ¿O será al revés, el sedentario más nómada? En mis casi cuarenta años de edad, me he mudado diecinueve veces. En promedio, no he pasado más de dos años en cada hogar. Me pregunto qué dice eso de mí. El punto es que tras dos matrimonios fallidos, con una hija entrando a la adolescencia (que vive con mi primera esposa) y un bebé en camino (con mi actual novia, la cual no es mucho mayor que mi hija), me dispuse a mudarme por vigésima vez. Por azares del destino, ocuparía el departamento en que

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vivió mi abuela materna y en el cual yo mismo residí por un tiempo cuando era chico. Cuando supe que estaba en venta dicho espacio no dudé ni por un momento en ir a verlo. Está en medio de la colonia Nápoles, en un edificio con aura vieja, aunque no puede tener más de cincuenta años. En cuanto entré al departamento, me invadió un sentimiento de nostalgia aderezado con melancolía al verlo así: desnudo, carente de los muebles que poblaban mis vagas memorias del lugar. Las manchas en la pared revelaban la antigua ubicación de cuadros y armarios. Un rechinido en el piso de la entrada al otrora estudio me hizo empezar a recordar mi breve estancia ahí. Recorriendo sus habitaciones, mi mente se vio inundada por vivencias olvidadas, así como por un desasosiego peculiar, como si temiera recordarlo todo. No imaginaba que el precio estuviera dentro de mis posibilidades, sólo acordé la cita por mera curiosidad de ver nuevamente uno de mis antiguos hogares. Soy de esas personas que siempre se quedan con la duda de qué habrá pasado con las cosas y las personas después de que salen de su vida. Me llevé una gran sorpresa al saber lo que pedían por el departamento, mucho menos de la mitad del costo de cualquier otro en la zona. Revisé cada cuarto a profundidad y no encontré fallas ni desperfectos, así que supuse que el actual dueño sólo tendría prisa por conseguir el dinero. Tomé las medidas necesarias y firmé los papeles para la compra. Comencé los preparativos para mudarme cuanto antes. La primera semana estuve solo, ya que Mariana todavía se estaba quedando en casa de su familia. Entre su embarazo avanzado, su corta edad y el disgusto de su madre hacia mí, de ninguna manera la dejarían salir hasta que tuviera un lugar establecido al cual llegar. La razón de la mudanza era precisamente que dejara mi departamento de soltero por un espacio al cual pudiera irse a vivir conmigo y ya no sólo quedarse a dormir de vez en cuando. Esas primeras noches las pasé rodeado de paredes a medio tapizar, cajas a medio vaciar, muebles a medio llenar y pesadillas a medio recordar.

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A mi padre nunca le cayó bien la vieja. A mi propia madre tampoco le simpatizaba mucho su progenitora y siempre intentó mantenerme alejado. Yo no sé por qué, pero cada vez que la veía me moría de miedo. Era una mujer muy seria y elegante, siempre usaba vestidos negros, de cuello alto, con falda y mangas largas, muy anticuados. A pesar de su edad, no tenía canas, su cabello era negro como la noche. Su cara parecía de piedra, gris y surcada por grietas profundas. Tenía las uñas largas y siempre pintadas de blanco, me daban la impresión de ser garras afiladas. Casi nunca me tocaba, pero cuando lo hacía me helaba con su tacto. Tampoco sonreía muy a menudo, mas cuando llegaba a hacerlo la mueca en su cara me helaba por dentro. Cuando mi papá perdió su empleo y su familia le dio la espalda, no tuvimos más opción que aceptar la invitación de la vieja para vivir con ella. No pasamos ahí más que unos meses (fue mi tercera mudanza). Ocupábamos el mismo cuarto mis papás y yo; mi madre casi nunca se apartaba de mí ni me dejaba solo con la abuela. Siempre la miraba con desconfianza y no me dejaba meterme en su habitación ni en el estudio, el cual estaba lleno de libros viejos y veladoras. Si intentaba entrar a dicho cuarto, el rechinido del umbral siempre me delataba y mi madre corría a reprenderme. Yo era muy pequeño, estaba por

entrar

a

la

primaria.

No

recuerdo

cuándo

dejamos

ese

departamento, sólo que pasamos algunos días sin domicilio alguno, durmiendo en hoteles y casas de conocidos y, llegado septiembre, con el pretexto de estar más cerca de la escuela, mi padre pidió un préstamo al banco y tuve mi cuarta mudanza. No volví a ver a la anciana ni se volvió a hablar de ella. Muchos años más tarde (y cuatro mudanzas después), le pregunté a mi madre qué había sido de ella. Desapareció sin dejar rastro, dijo, bajo circunstancias extrañas. Nunca supe cuáles fueron esas circunstancias, ni quise averiguar más: cada vez que la recordaba mi cuerpo era invadido por escalofríos. Seguí con los arreglos de mi nuevo hogar, contento al redescubrir los recovecos donde me metía cuando niño y pensando en cómo ahora

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mi hijo los exploraría. Pero también estaba incómodo, como si hubiera olvidado algo importante sin saber qué era, o como cuando uno tiene una palabra en la punta de la lengua sin poder recordarla. Estaba por terminar de acondicionar el departamento cuando recibí la llamada de Mariana: fuente rota, contracciones constantes: la llegada del pequeño Diego era inminente. Corrí al hospital para presenciar su nacimiento, dejando los últimos detalles pendientes. Diego nació saludable, hoy es su primer día en la casa. La mamá de Mariana insistió en acompañarnos, pero como no tenemos una cama extra, no se quedará a dormir. Por fortuna. Su mirada escrutiñadora es insoportable. Transformé el antiguo estudio en la habitación principal por ser la más amplia, es la única en la que pude meter la cuna y la cama dejando suficiente espacio para moverse. No pude arreglar el rechinido del parqué al pie de la puerta, cada que entramos o salimos del cuarto el mentado ruido anuncia nuestra presencia. Llega la noche y se va mi suegra, un intercambio más que aceptable. Nos disponemos a pasar nuestra primera noche juntos. La recámara tiene un calor sofocante que nos obliga a abrir la ventana del balcón para refrescarla un poco. Por más que le explico a Mariana que toda la semana anterior nunca fue tan calurosa, ella no deja de acusar mi supuesto descuido, pero el agotamiento es tanto que deja el asunto por la paz. No sé si han pasado minutos u horas cuando un sonido me despierta. Un sonido que hace clac-clac-clac sobre el piso. Es un sonido que he escuchado en dos ocasiones antes: una de ellas fue cuando en mi adolescencia visitamos el rancho de mi tío Gervasio y, queriendo jugar una broma pesada a mis padres, metí a una de las cabras a la casa. Sus pezuñas hacían clac-clac-clac en el suelo de madera. Pero la otra vez en que lo escuché fue años antes, la última noche que estuvimos con mi abuela en este mismo departamento. Esa noche dormía solo, no sé dónde estaban mis padres. Entre sueños escuchaba el sonido de voces y otros ruidos, como balidos y cacareos de animales.

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Desperté y me pareció seguir escuchándolos. Me levanté y, adormilado, me dirigí hacia el lugar de donde parecían provenir: el estudio de mi abuela. Una luz temblorosa crepitaba desde su interior, al tiempo que un aroma pestilente salía del recinto e inundaba el pasillo. Escuché la voz de ella, pero no hablaba en español. En ese entonces no conocía ningún otro idioma, pero al recordarlo ahora con claridad no creo que se tratara de ningún idioma existente. Mas no eran balbuceos, eran palabras definidas y concisas. Los ruidos animales, en lugar de desvanecerse, se hacían cada vez más fuertes. Y luego escuché otra voz, muy grave, que sonaba como varias voces al unísono y que respondían en el mismo lenguaje profano. Entonces fue que oí ese sonido de pezuñas, dando pasos hacia el exterior del estudio. El rechinar del umbral me hizo saber que el dueño de esos pies estaba por salir del cuarto, pero antes de poder verlo mi madre entró intempestivamente a la casa, me sujetó con ambos brazos y me cargó, extrayéndome del departamento a mitad de la noche. Mi padre esperaba con el coche en marcha, ya tenían las maletas en él y lo único que faltaba para poder irnos de ahí era yo. Conforme nos alejamos avanzando por la calle Magdalena pude ver a la distancia, por la ventana de atrás, el resplandor rojizo que salía de casa de la abuela y dos siluetas asomadas al balcón. Esta noche, al escuchar esos mismos pasos, no me puedo mover. Estoy tendido sobre la cama, con los ojos abiertos como platos, pero sin poder mover un solo músculo. Alcanzo a percibir que desde el pasillo viene esa misma luz crepitante que vi en mi infancia, como de una hoguera. Y aunque no puedo voltear hacia la puerta, sé lo que entrará por ella sin tener que mirarlo. En lo más hondo de mí, sé que hay seres que cambian de cuerpo como nosotros cambiamos de casa, y que este ser en particular lleva años aquí esperando su nuevo hogar. Sé que me estuvo observando desde que entré al departamento, y que me reconoció, y que ahora está listo para ocupar sus nuevos aposentos. Escucho el rechinido. Sólo puedo cerrar los ojos.

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ALTAR DE MUERTOS Adri Otero

Hace un par de semanas el departamento artístico de mi universidad publicó una convocatoria. Nos invitaban a participar en el concurso de ofrendas de Día de Muertos. Podíamos honrar a quien quisiéramos, sólo debíamos crear una ofrenda magnífica y diferentes jueces la calificarían. Desde el principio la idea me emocionó, siempre he querido realizar una. En casa respetamos las tradiciones, no las ponemos en práctica. En la escuela debía ponerme de acuerdo con un montón de gente sin una idea clara y creativa de lo que querían hacer, nada de lo que hacían era de mi agrado. Esta era mi oportunidad para lucirme, todavía no tenía en mente a un personaje al cual quisiera dedicarla, sólo quería lograr algo que quedara en la mente de los jueces por décadas, que fuera un modelo superior artísticamente. La primera noche ni siquiera pude dormir pensando todo lo que podía hacer. Debía buscar los materiales adecuados para mi obra. Las flores, los platillos, el decorado multicolor de papel picado, las velas iluminando el sendero de la inmortalidad. Deseaba que impresionara a todos visualmente, que se quedaran estupefactos ante su belleza. El problema fue que no podía continuar sin escoger a un personaje. Después de darle vueltas al asunto, seleccioné a uno: ya había hablado de él durante el semestre pasado. Aunque en vida fue cruel, debía ser reconocido. Con entusiasmo comencé a reunir los materiales que había anotado en mi bloc en el que había dibujado algunas caricaturas de él. Las flores de cempasúchil sería lo último que comprara para evitar que murieran en el proceso. Tomé una vieja mesa que teníamos arrumbada en la bodega de la casa. Los niveles los haría con cajas que recogí en la calle. Compré unos platos decorados, definitivamente no podía usar los

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que usábamos diario. No están a la altura de mi personaje. También adquirí un mantel que cuando lo vi puesto casi lloro de la satisfacción. Coloqué los platos y las velas en sus lugares tentativos. Los cambié como seis veces de posición hasta que quedaran en el lugar exacto. Me pasaba el día haciendo pruebas, perdí unas clases, no me importaba. Lo difícil comenzó al tratar de elaborar los platillos de mi personaje, que no eran nada sencillos. Por un momento contemplé la posibilidad de recrearlos con materiales artificiales. Corrí a la tienda, como cuando un niño va a buscar un nuevo juguete, y me llevé papeles, tintas, pegamentos. Todo para simular exactamente lo que a él le hubiera gustado en vida. Empecé a recrear el primer plato. Mientras generaba las partes me sentía satisfecho con el resultado. Lo terrible vino cuando ensamblé todo. Aquello era una ofrenda indigna. Si él lo hubiera visto cuando estaba vivo, me hubiera aniquilado en ese instante. Todo se veía como el vómito de una bestia. Era una burla a lo que él fue. Lleno de furia, me propiné una bofetada que me dejó inmóvil y cabizbajo frente al altar. Lloraba de rabia con la mejilla roja ardiendo. Lancé

manotazos

en

todas

direcciones.

Las

cajas

cayeron

violentamente, los platos se quebraron en cientos de pedazos al tocar el piso. Las velas se doblaron, dejando escurrir la cera sobre las flores, y el papel cayó como confeti en medio del caos. Sin control asesinaba a mi aberrante creación. En medio de la pasión decidí buscar los elementos necesarios. Esta vez serían reales, nada de objetos baratos y simulaciones absurdas. Él se merecía lo mejor. La ofrenda debía ser perfecta y sólo había una manera de lograrlo. Salí a la calle en busca de mi objetivo. Necesitaba otros platos y alimento, no cualquiera, sino lo que él pudiera disfrutar. En ese momento me topé con una chica trotando a las siete de la noche, cuando la luna comienza a cubrir el cielo con su manto oscuro para deslumbrarnos con su belleza. Ella me dejó atónito. La seguí y en un callejón nuestras miradas se encontraron entre gritos desaforados. Al principio ella dudaba, al final cedió. Ofreció su cuerpo

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al altar de la locura, donde las pasiones ocultas se derretían sobre las flores de cempasúchil. Él revivió a través de mí. Lo había logrado, ahora él estaba complacido con mi trabajo. Con salvajes mordidas la despojé de su carne, encontrando su alma que se escurría mezclada con la sangre mientras él se saciaba con mi sacrificio. Ahora cada plato estaba lleno de deliciosos manjares que hacían honor a su nombre que fue tan mencionado en la televisión y en los periódicos. Por fin su obra sería reconocida a través de mi ofrenda. Todos lo recordarán como el caníbal más importante de la ciudad. No había muerto, aguardaba en su tumba, quieto, esperando los platillos del Día de Muertos.

Axel Jiménez (Blackwood) www.instagram.com/blackwoodsketch12/ #Inktober día 01.

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LAS MANOS, LAS MANOS Miguel Lupián

Una mano emergiendo de la tina donde se quitó la vida su mujer. Una mano sobre el piano, interpretando la sinfonía que nunca lograría concluir. Una mano haciendo chocar las cuentas del ábaco que trajo de tierras orientales. Una mano sosteniendo el serrucho quirúrgico del abuelo. Las manos, las manos. Siempre las mismas manos, la misma angustia, la misma imposibilidad de enjugarse las lágrimas. Siempre el mismo el caos, el mismo desconcierto, el mismo recuerdo de la noche en que perdió la cordura, las manos… La noche en que se volvió un fantasma.

ABRIL

.

M. Floser

Estoy haciendo la última ronda, asegurándome de que ningún pasajero rezagado, ni ningún mendigo aprovechado, se quede en el metro durante la noche. Cada noche, cuando llego al final del andén, miro al interior de los túneles iluminados, donde los trenes están estacionados para el servicio del día siguiente. Esta noche no es una excepción. Contemplo los graffitis que los artistas callejeros hicieron ilegalmente. Me gusta verlos, adoro el arte.

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La radio colgada de mi cinturón emite un sonido de interferencia y luego la voz de mi supervisor inunda el andén. —¿Qué vas a hacer esta noche, Sam? Cojo el walkie talkie y aprieto el botón para poder hablar. —Creo que veré el partido. ¿Quieres venir? No me responde. Sólo suena un chasquido que indica que la comunicación se ha cortado. —¿Robert? Suspiro. Estos trastos son demasiado viejos y se estropean con frecuencia. Me giro y casi me caigo al suelo de culo al ver a una niña plantada delante de mí. Siento un hormigueo en la frente, y el corazón a cien por hora. —¡Santo Dios! Me has asustado, pequeña. ¿Qué haces aquí? La niña no me responde. Esta quieta, mirando al suelo, abrazada a un oso de peluche blanco como la nieve. Tiene una larga melena rubia, ondulada, que le tapa el rostro y sólo muestra unos labios suaves, jóvenes y brillantes. —¿Te has perdido? —pregunto intentando relajarme, pero la niña se niega a hablarme. Cojo su mano y empiezo a andar por el andén. Luego vuelvo a apretar el botón del walkie talkie y rezo para que funcione. —¿Robert? Robert, responde. Pero lo único que puedo escuchar es ese martilleante siseo de las ondas. Dejo a la niña junto a un banco del andén y empiezo a sacudir y a golpear el walkie. —¿Robert? Robert, ¿me escuchas? Resoplo, agobiado. Cuelgo la radio de mi cinturón y regreso junto a la niña. Está de pie, junto al banco, y adopta la misma posición que tenía cuando me sorprendió. Acabo de darme cuenta de que lleva una mochila rosa a su espalda. —Veamos si tienes algo que nos pueda ayudar en esa mochila tuya. ¿Me la dejas?

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Se la cojo, no se opone. En el lateral de la mochila, enfundado en una pequeña solapa de plástico transparente, hay un papel con la palabra “Abril” escrita a mano con letra torpe. Miro a la niña y me arrodillo justo delante de ella. —¿Es tu nombre? ¿Te llamas Abril? En cuanto digo el nombre, la niña levanta la cabeza bruscamente y clava sus ojos en los míos. Los tiene abiertos exageradamente y sus pupilas son minúsculas. Ladea la cabeza. En su rostro se dibuja una amplia sonrisa de labios apretados que le otorgan un aspecto siniestro. Me levanto por la impresión que me ha causado. Entonces ella empieza a andar hacia mí y sus labios se separan, dejando a la vista una dentadura formada por caninos de un blanco impoluto. El corazón me da un brinco dentro del pecho y, sin dejar de sonreír, la niña gira la cabeza, enfocando su oído izquierdo hacia mí. Vuelve a mirarme con aquella expresión exagerada y se relame los labios. —¿Qué eres? ¿Qué quieres? Entonces emite un sonido: una risa infantil, tan inocente como macabra, amplificada por el eco del andén vacío. Cuando deja de reírse, empieza un tic que le mueve la cabeza bruscamente. En ese momento, la voz inesperada de Robert hace que un escalofrío de terror me recorra todo el cuerpo. —¿Sam? Sam, ¿estás ahí? La niña deja de sacudir la cabeza al escuchar a Robert y mira con curiosidad animal el aparato que cuelga de mi cinturón. Husmea en dirección al walkie talkie y luego abre la boca en una sonrisa tan amplia que le obliga a cerrar los ojos. Emite una carcajada aguda que hace que me piten los oídos, y luego sigue riendo sin sonido alguno, expulsando todo el aire de sus pequeños pulmones. No respondo a Robert, prefiero echar a correr. Pero cuando he recorrido unos pocos metros, echo la vista hacia atrás y, al no ver a la niña, vuelvo mi vista hacia el frente. Está de pie, encima del alargado banco, y me sigue con la cabeza, sonriendo de manera espeluznante

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con la boca abierta mientras corro. Cuando llego a la salida del andén no consigo frenar y me resbalo, cayendo de bruces y golpeándome contra la escalera. Levanto la cabeza y allí está la niña endemoniada, plantada en el umbral de la puerta. —¿Te estás divirtiendo, monstruo? Escupo al suelo, intentando ignorar el dolor del golpe. Ella no me responde, por supuesto, pero sigue mirándome con los ojos muy abiertos. Entonces me levanto y echo a correr hacia el borde del andén. Me duelen las costillas, pero me da exactamente igual. Salto a las vías y me adentro en los túneles que llevan a la siguiente estación. Miro hacia atrás, pero la niña no me sigue. —¿Sam? Sam, ¿estás ahí? La voz de Robert, proveniente del andén, hace que se me hiele la sangre. Está en peligro, así que tengo que volver. Echo a correr y no dejo de preguntarme quién o qué es esa maldita niña. Cuando llego a la estación, miro desde las vías al andén. No hay ni rastro de la niña. Salgo de las vías y empiezo a llamar a Robert desde la entrada al andén. Acabo de escuchar un ruido a mi espalda, antes de girarme sé qué es, pero eso no hace que sienta menos miedo al girarme y mirarla a los ojos. Respiro con dificultad, por el horror, el golpe y la carrera. Entonces la niña abre la boca y empieza a hablar con la voz de Robert. —¿Sam? Sam, ¿estás ahí? No me da tiempo a reaccionar, la niña se abalanza sobre mí, abriendo su boca de forma imposible. Es una visión horrible y sé que voy a morir.

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¡PST! ¡PST! Hilda Cárdenas

André es el personaje. Altoescuálido silenciosoprecavido. Va por la calle siempre con sus audífonos, escuchando cosas estridentescalmantes, a veces no oye los carros porque no los ve, siempre mira el piso y cuenta las grietas juntasnorectas. Sus manos tristeslargas tocan siempre el cable, lo acarician como si fuera el pelo de Romina, cuando ella tenía cabello. No come, no le da hambre, sólo quiere ser feliztranquilo con Romina, pero su madre lo quiere internar. El doctor le dijo que tú eres una alucinación y él se asustóprofundo al considerarlo. André el personaje

no

pensamientos

quiere

ser

personaje,

quejososrutinarios,

no

quiere

le

gusta

escuchar

escuchar música

tus muy

altotranquilzante. Piensa que yo soy él, llora silenciosooscuro porque te quiere destruir para que dejes en pazdulce su vida y no sabe cómo. Me dijo que nos puede escuchar, a ti, a mí y a todos, que somos muy molestoschillantes y no nos quiere en su cabeza. La madre lo vio gritándole al espejo. Mientras camina piensa en la soga, el cuchillo y Romina. Cree que está hartosuficiente, pero no sabe que puede aguantar más aunque Romina se lo diga siempre en la sala de ruidos continuosdistantes. Ahora que sabes de él (y de mí), no te preocupes por cuchillo y soga, tú y yo podemos evitarlo macabramentelento.

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LLUVIA Ian Colín Roditi

Todos corren cuando tú llegas. En algunas ciudades simplemente se protegen de que no los mojes y continúan con su vida; en otras, se esconden bajo llave esperando a que te vayas. Te miran caer desde la ventana, con cierta nostalgia. Tus cuatro patas hacen eco en todos los rincones mientras inundas la ciudad, como las gotas. La gran mayoría le teme a tus aullidos de luz. A todos les gusta la lluvia, pero es bien sabido que a una tormenta enojada hay que temerle. Más de uno termina mojado, siempre. A mí me encantas. Escuchar tus truenos me hace sentir viva. Yo también corro cuando tú llegas. Corro a la vulnerabilidad mientras las dos estrellas entre tus grises nubes me observan, a media calle, verte caer. Buscarte. El viento usaba a los árboles de voz, para gritarme que huyera. Que permaneciera en un lugar seguro. Un lugar seco. Fuera de tu alcance. Pero terca corrí a tu encuentro, y cuando nuestros ojos se encontraron, abrí los brazos, dispuesta a ser inundada. Como un rayo, caíste sobre mí. Tumbándome al suelo de un solo golpe. De una mordida me transformaste en nube y lloví. Rojo. Bien hizo mi madre en llamarme Lluvia.

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Daniela F. Cortéz www.danielafcortez.tumblr.com #Inktober día 04, “Berenice”.

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BAR SHANGHÁI Vicente Varas

La música acentúa la atmósfera relajada del local. Sobre la barra, el fondo de las copas devuelve la tenue luz que cuelga de las lámparas de papel. —¿Vienes con frecuencia? —pregunta la chica al desconocido. —Sí. Es un buen lugar. ¿Cómo te llamas? —Irene. —Mmmh… —responde el hombre, intrigado por las facciones orientales de la joven. —¿Qué, no te gusta mi nombre? —Claro que sí, es sólo que tus rasgos me parecen… Perdón, olvídalo. Es un nombre muy bonito. Yo me llamo Froilán. —Mi madre era tailandesa. Oye, estamos a miles de kilómetros de Shanghái y sin embargo al dueño del bar se le ocurrió bautizarlo así. —Es cierto. Discúlpame. —No te preocupes. —¿Es la primera vez que vienes? —Sí. Me trajo una amiga. Tuvo que irse. —Vaya. La noche avanza y el local se comienza a vaciar. Froilán sostiene una de las manos de Irene entre las suyas, mira con detenimiento las líneas de la palma y sentencia: —Aquí veo que eres una persona que se preocupa por su familia. El gesto de Irene se desdibuja un poco, sorprendida o molesta por el atrevimiento de la revelación. —¿Qué sabes tú de leer la mano? Eres profesor, según me has dicho. —Lo siento, sólo bromeaba.

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—No hay problema, es sólo que no me gusta mucho hablar de mis cosas. —¿Por qué? —Es complicado. He cometido algunos errores. —Igual que todos. Al salir, observan desde el exterior las luces del establecimiento, apagándose una a una. Froilán lleva sus labios hasta los de Irene. Ella cierra los ojos y suelta un suspiro de cansancio. A lo lejos, el estrépito de una colisión de automóviles se pierde, haciéndose eco entre los edificios. El sonido melancólico de una sirena se dispersa como el bostezo de un animal nocturno. —Por favor, deja que te acompañe —propone él. —¿En verdad quieres venir conmigo? —Sí. Viajan en el automóvil de Froilán, un coupé gris plomizo que se afianza firmemente al asfalto. Al llegar al edificio, suben las escaleras hasta el tercer nivel. Se detienen ante la puerta para besarse otra vez. El cuerpo de ella choca contra la pared, rendido, sin ruta de escape. Busca la llave en el interior de su bolso hasta elegir la correcta. La introduce en el cerrojo y la hace girar: la hoja cede, haciendo un agujero en el espacio. Cruzan el umbral y acceden a un pequeño vestíbulo, un puente entre lo público y lo privado, hogar de un espejo elíptico y una planta de sombra. En el ambiente flota un ligero aroma de almizcle, disuelto en un perfume amaderado. Hace frío. Irene enciende las luces y algunas cascadas amarillas comienzan a derramarse desde su sitio. Antes de quitarse los zapatos señala un sofá tapizado en piel negra, amplio y curvilíneo. —Siéntate. Enseguida vuelvo —indica autoritaria. Luego se interna en la cocina. Las cortinas permanecen cerradas. Tras ellas se adivinan las heladas y sólidas fronteras de la noche. De los muros cuelga una

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veintena de cuadros. Todos exponen una estética aberrante, oscura, mitológica. Paisajes exóticos de trazos complicados, llenos de bosques petrificados y eclipses de luna. Bosquejos de ruinas, raíces de civilizaciones desconocidas de apariencia tan antigua como las montañas. Templos con enormes cúpulas de piedra. Ídolos tallados, de aspecto poderoso y despiadado. Pantanos gigantescos, con el fondo cubierto de barro color sangre. Un elemento se repite en todos los lienzos: figuras femeninas de todas las edades; de cabello largo, desnudas, con los rostros sumidos en la penumbra. Estampas de insólitos rituales primitivos, altares de sacrificio rebosantes de restos humanos, derramándose sobre los pies de las sacerdotisas mientras éstas sostienen vísceras ensangrentadas entre los dientes. Cientos de ancianas, mujeres y niñas arrodilladas; con las espaldas abrasadas por los rayos de un sol implacable. Algunas con los brazos extendidos en cruz, elevando la mirada impotente hacia el cielo, con lágrimas evaporadas por el cansancio extremo. La mayoría lleva tatuajes ceremoniales. —¿Tú los pintaste? —pregunta Froilán, al ver que Irene vuelve, llevando un par de copas en las manos. —Sí, ¿qué opinas de ellos? —Son muy originales. ¿Qué significan? —Mundos que se agitan en el interior de mi cabeza. Mis propios ángeles y demonios en su hábitat natural, quizás. Una vez traté dejar de pintar, pero no pude. Soy incapaz de hacerlo. —Haces bien en no dejarlo, tienes talento. —¿Te parece? Toma, te traje un trago. Froilán bebe de la copa con teatralidad, como si formara parte de un rito de iniciación. Irene consume la suya con avidez, luego la deja en el borde de la mesa de centro y se hunde en extrañas jaculatorias. «Somos el futuro que todo lo ve», un pensamiento repentino, un dardo que atraviesa la mente de Froilán. Poco a poco, los efectos de una droga indeterminada se dispersan por su organismo, igual que el torrente de un géiser subiendo por las cavidades de la roca hacia la

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superficie. Desfallece. Intenta incorporarse y se estrella de nuevo contra el piso de parquet. Alarga el brazo y toma uno de los tobillos de Irene, aunque no por mucho tiempo. —Lo siento, de verdad —dice ella, sollozando. Después retira suavemente los dedos que se aferran desesperados, ya apenas sujetándola por el tendón de Aquiles—. Así debe ser, tengo que alimentar a las pequeñas hasta que tengan edad para buscar carne por sí mismas. Te juro que no sentirás nada, te di lo mismo que a mis dos hijos varones cuando nacieron. De la puerta de una de las habitaciones surgen tres siluetas infantiles. La mayor de las niñas enarbola un hacha curva y pesada. Las otras dos balancean un par de cuchillos afilados. Lucen hambrientas pero felices. Antes de entrar a su dormitorio, su madre les recuerda que deben esperar algunos minutos más para empezar. La menor hace una mueca de resignación. Tirado en el piso, como un trapo sucio, Froilán mira a Irene quitarse la blusa. Su espalda centellea cual oasis en la arena blanca, tiene plasmado un hermoso tatuaje tribal.

ACECHO Mariángeles Abelli

Despierto en el centro de un laberinto, no sé quién me trajo ni por qué. Las posibilidades de encontrar la salida son remotas, pero salgo a buscarlas. En un recodo hay sangre y huesos. Oigo el eco de un rugido bestial. Sea lo que sea, algo está acechando, pero no hay dónde

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esconderse. Oculto el aroma del miedo manchando la ropa con sangre y sigo caminando. Vuelvo a oír el rugido, pero más cerca. Apago los latidos lentamente. Me mimetizo en los grises del muro. La presencia ruge, luego se va. Abro los ojos, continúo avanzando. El laberinto se asemeja a un camaleón, va fluctuando a medida que me interno: de piedra a arbusto, de arbusto a zarza, de zarza a hiedra. La hiedra se repliega y aparece el cielo. Trepo para poder escapar, pero el agujero se cierra y la hiedra se transforma en un espejo al que no puedo asirme. Vuelvo en mí, me incorporo. Los espejos se suceden. Me miro, no me reconozco: también mi cuerpo ha ido fluctuando. Donde hubo cabello ahora hay hiedra; mi mirada es pétrea y fría; ramas espinosas y flexibles, mis brazos y piernas. Escucho el rugido del que acecha. No puedo precisar de dónde viene. Puede estar en cualquier recodo, pero ya no soy la misma. No hay ropa, ni sangre, ni siquiera miedo, sólo el deseo de avanzar. Los pasillos se encastran a la par de mis huellas, pierdo la orientación. Doblo una esquina. Nos enfrentamos. Mis ojos en él; los suyos, en mí, mirando y reconociendo. Mi piel ahora es la suya y aquella que lo vestía me cubre. Ninguno de los dos habla. Mi voz y su rugido son los únicos restos de quienes fuimos.

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INQUILINOS David Rubio Esquivel

I La española nos había advertido sobre los peculiares inquilinos que habitaban su casa; jamás imaginamos que el término "peculiares" pudiera aplicarse a algo que, hasta antes de aquel día, creíamos imposible. Por la tarde, a la hora de la comida, súbitamente, como si fuesen tragados por el aire, los alimentos dispuestos en la mesa de la española comenzaban a desaparecer: uno a uno, trozos de pan, fruta y carne iban mermando ante nuestra mirada perpleja. Son ellos, dijo la española. ¿Ellos quiénes? Preguntó Rogelio. Los inquilinos, de los que les hablé, están aquí. Lo primero que se me ocurrió pensar es que se trataba de fantasmas o almas en pena. Había leído por algún lado que hallarse rodeado de fantasmas es más común de lo que uno podría creer. ¿Son fantasmas? No pude evitar preguntar. La española soltó una sonora carcajada. Perdón, pero no lo pude evitar. No, estos definitivamente no son fantasmas, respondió la española. Rogelio —mucho más curioso y menos miedoso que yo— intentó asir un fragmento de aire, creyendo que sus dedos encontrarían algo tangible allí en donde no había nada. Es broma, ¿verdad? Rogelio abanicaba con la palma de la mano, intentando hallar algo que le explicara el fenómeno que sus ojos apreciaban. No, es verdad. Por cierto, dijo dirigiendo su vista a Rogelio, te recomiendo que dejes de hacer ese movimiento con la mano; son

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criaturas muy tranquilas cuando no las molestas, pero he sabido de personas que han perdido dedos enteros entre sus dientitos, dijo nuestra anfitriona posando su dedo índice a la altura de sus ojos, como sosteniendo algo que nosotros no podíamos ver. II Por el precio que nos ofreció por quedarnos en su casa, nos pareció imposible quejarnos de los extraños sucesos que acontecían en la misma. La española nos dijo que la única forma de ver a las criaturas era dejándolas introducirse a un sueño, pero que la mayoría de la gente, después de hacerlo, moría presa del miedo. ¿Son tan feas?, preguntó Rogelio. ¡Rogelio!, lo reprimí. No son bonitas si te asusta la muerte, dijo la española que, por cierto, se llamaba Ofelia y que, al momento de nuestra visita, no era joven, pero tampoco vieja y, eso sí, bastante bella. Rogelio decidió sacar su computadora y ponerse a trabajar en sus presentaciones. Yo, por mi parte, salí a tomar aire fresco en compañía de Ofelia. ¿Estará bien si se queda solo?, pregunté a Ofelia. Mientras no toque a los inquilinos, estará bien, respondió ella. III Al entrar en la casa no pude evitar ver horrorizado a Rogelio: tenía la cara llena de pequeños mordiscos. ¡Esas mierdas me han mordido!, gritó Rogelio mientras, con ambas manos, intentaba golpear a sus enemigos invisibles. Te he dicho que no los hicieras enfadar, dijo Ofelia molesta. Yo no dije nada, pero en ese momento lo supe: si no nos íbamos en ese mismo instante, esperaríamos hasta el amanecer. Lamentablemente para Rogelio, no nos fuimos en ese momento.

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IV Dormí en el mismo cuarto que Rogelio. No sé cuándo ni cómo desapareció. Sé que dormí mejor de lo que nunca había dormido y, probablemente, mejor de lo que jamás dormiré. También sé que no salió por la puerta o por la ventana y que es probable que los inquilinos invisibles de Ofelia hayan hallado la forma de colarse en sus sueños, o de hacerlo desaparecer como hacían desaparecer todo lo que tocaban. Antes de irme, Ofelia me dio un frasco vacío a la vista; le había hecho agujeros a la tapa, al parecer, para que algo respirase dentro de él. Mi inquilino quiere irse contigo; dice que siente lo de tu amigo, pero era necesario hacerle entender que hay que respetar lo que no se conoce. Ofelia me dio el frasco y me dijo que él se encargaría de cuidar mis sueños para que durmiera profundamente. Sin más, acepté el presente. Ahora, de regreso en casa, después de tener que mentir a los padres de Rogelio y a los míos sobre su paradero, he decidido poner el frasco a un lado de mi cama. ¿Qué hay adentro? ¿Y si la española solamente me dio una ilusión enfrascada? Pero no: he visto cómo desaparece la comida que he metido al frasco durante el viaje. Eso no puede ser mera casualidad, ¿o sí? He decidido que el frasco se quede a un lado de mi cama. Ahora que lo pienso bien, jamás debí aceptar el presente. El inquilino podría cansarse de mí y, entonces, podría decidir escapar y acabar conmigo como acabaron él y los demás con Rogelio. Ahora, mientras me dispongo a dormir, me pregunto si aquella cosa invisible no me estará viendo con hambre de carne humana; me conviene pensar que no, que vino conmigo para hacer placenteros mis sueños. Espero no equivocarme.

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LA DALIA PÚRPURA Iván Medina Castro ¿Por qué, en efecto, en un rostro la belleza aparece luminosa, mientras que el rostro muerto no conserva más que un vestigio, incluso antes de que sus proporciones desaparezcan debido a la descomposición de la carne? Plotino

A Valeria Sandoval Melo

Una noche en que las estrellas alumbraban mi infortunio, a su sepulcro me acerqué; lugar del entierro de mis ilusiones, y sin esperanza ninguna, hincado ante su cripta la pedí con denodada vehemencia: ¡Oh noche, oscuridad amable de la muerte amiga! Pálido habitante de los lugares brumosos, desde tus urnas lúgubres y frías, libera del reposo prometido a la mujer que adoro y reanima su cuerpo con nueva vida. Terminé el conjuro y a manera de último despido una dalia de un púrpura intenso en la lápida coloqué. ¿Qué más podía añadirse después de ese gran adiós? Al día siguiente, como lo he hecho desde su defunción, pasé el tiempo bebiendo vino sin nada que esperar. Aproveché que resplandeció una fuerza vital en mi interior e inicié algunos bocetos de ella; acuarelas incapaces de transmitir color. En eso, las campanas del convento repiquetearon sin disimulo la entrada del medio día o, quizás, el continuo redoble anunciaba el fallecimiento de algún menesteroso, pensé con un dejo de cinismo. Encendí la radio y, al sintonizar el “Vals triste” de Sibelius, espontáneamente un raudal de lágrimas apagó la leve fogosidad lograda. Regresé al desamparo habitual del desposeído y bebí en desorden lo que encontré al alcance hasta la saciedad. Por la mañana, al prenderse en automático el televisor, desperté y al prestar atención al noticiero, escuché sobre el hallazgo, cerca del

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cementerio nacional, de una mujer con el cuerpo brutalmente mutilado que sobre el vientre una dalia púrpura reposaba. Me sobresalté al escuchar la noticia y no tuve más que meditar sobre las coincidencias existentes en la vida, y así recordé cómo por esos caprichos de la fortuna había conocido a Valeria, pues tras de vernos en la sala de audición no anhelamos más que la oportunidad de encontrarnos a solas un momento para expresar que deseábamos unir nuestras almas. Sin emoción cualquiera pasó una semana y media, así que decidí dejar mi encierro para recordar los senderos que con Valeria caminaba. Al salir de casa, noté el cielo oscuro; mohíno vaticinador. Llegué pronto a la esquina donde solíamos comprar el periódico y al estar allí me llamó la atención los encabezados de los principales diarios: “Se halla la onceaba víctima salvajemente cercenada en las inmediaciones del cementerio nacional”, se leía en uno, y en otro decía: “El asesino deja como única evidencia sobre el cuerpo de la víctima una dalia púrpura”. Esto iba más allá de la casualidad, pensé removiéndome los nervios. Me dirigí al cementerio y, aunque no pude entrar a él pues el perímetro estaba acordonado por policías, pude observar desde donde me encontraba la lápida que sellaba a mi amada íntegra como siempre había estado; aunque noté que todavía conservaba en perfecto estado la dalia que en días pasados había dejado, cosa incomprensible pero de menor importancia. A la mañana sucesiva, solicité los servicios de una persona encargada de la limpieza, pues mi vida ruin había hecho estragos en la casa. Para mi sorpresa, enviaron a una mujer de juventud plena con facciones

parecidas

a

las

de

Valeria,

hecho

que

me

afectó

anímicamente. Me encerré en el estudio e inicié a ingerir alcohol. Al declinar la tarde, vi entre sueños, a través de las ventanas que dan al patio, cuando la mucama se dirigía a su alcoba; en eso, una sorda mudez pareció emerger de la noche y de pronto una criatura de rostro carcomido, salida de un pasaje extraviado, ciñó el cuerpo de la joven y similar a un goce infantil enhebrando zarpazos la desgarró hasta terminar con las manos ensangrentadas; tomó la cabeza y de un tirón

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la removió. Cerré los ojos para disipar la presencia oscura del miedo alimentada por el mundo de las pesadillas, y al abrirlos, igual a un heraldo negro, desde la densa calígine, perforando el abismo, el ser deforme como demacrado bajo los soles de los siglos se deslizó hacia mí. Todavía creyendo que aquel sonámbulo de estropeados pezones negros era un producto que atravesaba la alucinación, me antepuse, y aunque faltaba el aliento logré articular: ¡Abandono de Dios, aléjate! Aun así, la cosa continuó con su pesada aproximación, y una vez frente a mí, aquella carne

hedionda vociferó con el mortal aliento de ultratumba

desde su boca desdentada: Acalla tu grito en éxtasis y controla tu inhalación. Rememora el sollozo ardiente que sólo en nosotros será eterno. Y basta de tus mezquindades, aquí he juntado doce dalias púrpuras para darte este ramo de flores y agradecerte el retorno a este mundo.

UN COMPAÑERO DE JUEGOS Renate Mörder

Vivíamos en una casa que la gente del barrio llamaba "la casa tomada", aunque nosotros nunca comprendimos por qué. Recuerdo que un día me mandaron a comprar papas y escuché que una vecina le decía al verdulero: "En la casa tomada viven como cien". No señora, le contesté, vivimos cinco niños y diez grandes. El verdulero y la vecina me miraron asombrados y cambiaron de tema como si yo nunca hubiera dicho nada. No me pareció raro, los niños pobres suelen ser invisibles.

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La noche que llegaron los hombres malos, los grandes se habían ido a "hacer un trabajo"; a nosotros nos gustaba que hicieran trabajos porque siempre volvían con comida, bebidas e incluso con algún juguete que habían podido encontrar. Mis hermanitos dormían y yo oí que alguien entraba. Vi que eran varios hombres, que traían bidones, que uno tenía un arma. Desperté a mis hermanos y nos escondimos. Sentimos un olor raro, fuerte; escuchamos que atrancaban puertas y ventanas y después el calor, un calor que nos lastimaba, nos derretía. Luego sirenas, bomberos, policías, cámaras de televisión, vecinos, curiosos. Nos quedamos ahí, esperando a que los grandes volvieran e hicieran justicia, pero cuando llegaron a la esquina y vieron a la policía huyeron cobardemente. Cuando ya nos habíamos resignado a ser cinco niños asesinados y quemados que vagaban sobre los restos de la casa en que vivieron, llegó él. Venía con una cuadrilla de obreros que comenzaron a limpiar el terreno. Dos de los hombres malos lo acompañaban; él les decía que habían hecho un buen trabajo, que los iba a recompensar con un departamento, que el edificio iba a ser lujoso, que iba a tener veinte pisos. No dudamos, nos fuimos con él. Nos instalamos en su casa y nos aparecimos en su cuarto esa noche y muchas otras noches. Ahora, estamos todos en un manicomio; nos entretenemos mirando sus sesiones de electrochoque, su miserable vida de jeringas y de correas que aprisionan y laceran sus miembros cansados. Jugamos con él, le hacemos tragar sus excrementos, nos convertimos en ratas que lo muerden y en arañas que caminan por su espalda. A veces, para darnos un respiro, le devolvemos la esperanza y lo dejamos creer que su vida vuelve a la normalidad, pero siempre regresamos con nuestro compañero de juegos; atrancamos la puerta de su habitación, le mostramos nuestras manitos calcinadas, nuestras calaveritas vacías y él grita, grita mucho, y nosotros nos reímos a carcajadas. Después de todo, somos niños; gracias a él siempre lo seremos, y ya se sabe que a los niños nos encanta jugar.

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LA NOCHE QUE MURIÓ WES CRAVEN Bernardo Monroy

El único motivo por el cual nuestra vida es un infierno es por la expectativa que sea como el cielo. Chuck Palahniuk, “Condenada” Life was a stone cutting and grinding... Raymond Carver, “All of Us: The Collected Poems”

Wes Craven acababa de llegar y dijo que lo primero que quería hacer era una película. María Félix dijo que quería actuar, después de todo nunca había sido una scream queen. El guión sería escrito por H.P. Lovecraft… Era cierto que su estilo era algo recargado, pero teníamos mucho tiempo disponible. Liberace iba a tocar el tema musical: “La Danse Macabre” de Camille Saint Saens. El infierno no era un lugar tan malo, era como una eterna fiesta VIP. El problema es que en toda reunión de alta alcurnia existe el pobre imbécil que trabaja como asistente, mesero o concubina. Ese imbécil era yo: Ignacio Osorio, asistente de dirección… Es decir, el que trae los Nescafés. Porque en el infierno solamente hay Nescafé. Así de tétrico es. Cuando me preguntan por qué terminé en el infierno no me gusta decir el motivo: En vida, tenía 17 años y quería convertirme en documentalista. Mis padres me compraron una cámara de video y me dediqué a filmar al vendedor de drogas de mi colonia. La primera vez me dijo que le bajara de güevos. La segunda vez dijo que me mataría. La tercera vez desperté en el infierno. Cuando le pregunté a un demonio por qué había terminado aquí, me dijo:

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—Por pendejo. Por eso no me gusta externarlo. Craven estaba reclutando a todo su equipo. Consiguió patrocinio gracias a Howard Hughes y Steve Jobs. Afortunadamente no gastaría en efectos especiales, pues el infierno tenía lagos de azufre, montañas de cadáveres, bosques de huesos humanos y castillos de arquitectura macabra (mezcla de gótico y de Frank Lloyd Wright) como parte de su entorno. —Muy bien —dijo Craven—. Escuchen todos, ésta es la trama: la señorita Diana Desmond Donalbain, famosa actriz del cine de oro mexicano, caracterizada por la gran María Félix —la aludida levantó una ceja y nos miró como si fuésemos perros con sarna—, es una diva que viaja de la Ciudad de México a Los Ángeles para filmar una película de melodrama durante los años sesenta, pero es asesinada por un fanático de Dolores del Río y aparece en el infierno. La actriz buscará la forma de escapar eludiendo asesinos seriales y otros criminales, ayudada por el poeta Dante Alighieri, quien lleva el relevo de Virgilio. Dante, caracterizado por Clark Gable, se enamorará de Diana mientras huyen del demonio enviado por Lucifer para detenerlos, un asesino slasher interpretado por el genial Vincent Price, quien lleva una máscara de… Vincent Price. En las escenas climáticas escuchamos “La Danse Macabre” de Camille Saint Saens, que interpretará el genial Liberace, aquí presente —Liberace, quien estaba sentado en el banco de su piano al lado de un candelabro, se puso de pie y nos saludó con un gesto tan afeminado que todos los participantes de una marcha del orgullo gay hubiesen juzgado de excesivamente maricón—. De momento eso es todo. Nos tomaremos un descanso de una hora para empezar a filmar. El equipo de filmación se dispersó. Nos encontrábamos a orillas del río Aquerón. Sus aguas eran negras y en ellas flotaban almas humanas. Vimos pasar al S.S. Caronte, al Titanic, al Mary Celeste y al Holandés Errante. A lo largo del día, yo me dedicaba a realizar toda clase de encargos que el director necesitara. Realmente el infierno no

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era un lugar tan malo como las clases del catecismo me lo hicieron ver. En realidad, era un lugar como cualquier otro en la Tierra: al principio es horrible, pero luego te adaptas. Cuando recién llegué, caía una lluvia de carbón ardiendo y todos estábamos desnudos. Los primeros meses fueron horribles, pero con el paso del tiempo hasta vi a una chica con un excelente trasero y le propuse tener sexo. Alcanzamos el orgasmo entre los alaridos de los condenados. Lo genial del infierno es el networking. Uno conoce a todas las grandes celebridades en la Historia de la Humanidad. Ves a Hitler, a Howard Hughes, a Marilyn Monroe, a Darwin, a Max Planck, a Shakespeare debatiendo con Cervantes y hasta al Papa Pío XII. Incluso después de morir siguen haciendo lo que hacían en vida. Actualmente Walt Disney le plagió unos personajes a Edward Hopper. ¡Imagínate el escándalo que armaron los abogados y los periodistas! Porque así es: todos los leguleyos y cagatintas caen aquí, sin excepción. Cuando llegué, lo primero que hice fue buscar un trabajo. Primero me dediqué a arar la tierra repleta de entrañas humanas, pero un día mi suerte cambió: Wes Craven, el mismísimo director de La serpiente y el arcoíris, Pesadilla en Elm Street, Scream y La gente detrás de las paredes, murió a causa de cáncer cerebral y, como era de esperarse, vino a dar al infierno. No perdió el tiempo y comenzó a filmar su nueva película. Solicitó un asistente personal, y cuando le dije sobre mis aspiraciones cinéfilas, me contrató. —¿Eres pecador? ¿Eres bilingüe? ¿Te gustan mis películas? —me preguntó en la entrevista de trabajo. —Sí, sí y sí —respondí. Me dijo que sólo le importaban las dos últimas preguntas. Durante el descanso de una hora, salí a caminar por la autopista principal del infierno: es inmensa, se extiende, literalmente, hasta el infinito. Es tan imponente y famosa que hasta AC/DC le compuso una canción. Constantemente transitan en ella desde cavernícolas en vehículos con ruedas rudimentarias, pasando por carros romanos y carruajes victorianos, hasta vehículos prototipo de Ford y Ferraris. Hay

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carritos de hamburguesas y hotdogs, porque hasta en el Averno Mc Donald’s está prohibido. A mediados de los noventa Ashtaroth comenzó a engordar y mandaron a la cadena al limbo, donde ahora sirve cajitas felices a las almas que no fueron bautizadas. Me detuve en un carrito de hotdogs y pedí uno. El vendedor, un demonio vestido con un delantal, tomó su cuchillo y me bajó los pantalones para rebanarme el pene. Es muy común que en el infierno te arranquen partes del cuerpo. Al principio duele como la chingada, pero con el tiempo te acostumbras. Después de asar mi miembro viril, lo puso en una medianoche y me lo sirvió. Vaya forma más grotesca de tener auto sexo oral. Qué bueno que ya estoy muerto y no sangro. Además, las partes que se nos mutilan vuelven a crecer. Frente a nosotros había un letrero espectacular que anunciaba al mundo:

“VOSOTROS,

LOS

QUE

ENTRAIS,

ABANDONAD

TODA

ESPERANZA”. Me empecé a comer mi ver… mi hotdog (no es que sea puritano y no quiera decir “verga”, pero en verdad que el acto resulta inquietante) cuando llegó Wes Craven. Es muy alto, tiene la frente enorme y una cabellera blanca y larga que le llega a los hombros. Lleva unos pantalones cafés y un sweater a rayas rojas y negras. Me di cuenta que la prenda estaba rota y tenía el pecho al descubierto. Alguien le arrancó las costillas. Se podían ver claramente sus entrañas. Me le quedé viendo, con repugnancia evidente. —Pedí costillas con barbacoa. Te las recomiendo. Espero que los dick hotdogs estén igual de suculentos que las humanribs. Le digo que el infierno no es tan malo. Que con el tiempo te acostumbras, y en vez de un lugar descrito por Dante más bien es tan cotidiano y aburrido como un relato de Raymond Carver. Craven ríe. Me dice que admira mucho a la gente que hace documentales, pues en varias entrevistas ha dicho que “La primera persona a la que debes espantar en la audiencia es a ti mismo”, y que “no hay nada más aterrador que la realidad”. También dijo que lo que él aprendió desde joven fue a trabajar en lo que te gusta y apasiona, aunque se te pague

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poco. —Horror films don’t create fear… They just relase it —dijo—. Esto me lo complica mucho. Estamos en el lugar aterrador, espeluznante y macabro por excelencia. Creo que mejor dirigiré un melodrama, como cuando hice Music of the heart… —¿Por qué no un documental? Pudiera llamarse La vida en el infierno… No creo que nos demande Matt Goering, todavía está vivo. —Buena idea —susurra el director, con la curiosidad de Randy Meerks y Sidney Prescott intentando descubrir al asesino con la máscara de mueca de pintura de Edvard Munch de Woodsboro. Wes Craven dice que es tiempo de regresar al set, que el descanso terminó. Me como mi ver… salchi… mi almuerzo y lo acompaño. Camino al set le comento que el infierno no parece ser tan tétrico. A todo se acostumbra uno, vaya. Craven responde que en realidad el infierno se parece al que describió Juan Escoto Erígena en el siglo IX, un sitio al que te llevan tus deseos y tus pasiones. Por eso, en este lugar abunda la gente apasionada. Es natural que Caven diga un comentario así, pues él estudió filosofía. Llegamos al set. Recuerdo que de niño, Craven fue el responsable de mis pesadillas. Soñaba con Freddy Krueger y le pedía a mis padres que me dejaran dormir con ellos. Tomaba café para no dormirme y encontrarme con el pedófilo con el guante de cuchillas. Después crecí y dejó de asustarme. Vi sus películas como un recuerdo agradable de mi niñez. Con el tiempo, las películas de terror dejan de dar miedo… igual que el infierno y las amenazas de condenación. Todo es cuestión de adaptarse. En vida y post mortem. A LA MEMORIA DE WESLEY EARL CRAVEN (1939-2015)

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AUTÓMATAS DIRECCIÓN

EQUIPO EDITORIAL

Miguel Antonio Lupián Soto

Ana Paula Rumualdo Flores Adrián “Pok” Manero Manuel Barroso Chávez M. F. Wlathe Francisco de León

www.penumbria.mx www.facebook.com/Penumbria www.twitter.com/RPenumbria revistapenumbria@gmail.com

Contraportada: Francisco Resendiz (Garland Coperport) www.instagram.com/garland_coperport/ www.tumblr.com/blog/supersonikostudio #drawlloween “Zombie”.

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PENUMBRIA - 30  

Antología de cuento dedicada al horror/terror.

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