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36 Diciembre, 2016

Atribuciรณn - No Comercial - No Derivadas


Índice Torre de Johan Rudisbroeck

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Tienda de antigüedades del perverso Mefisto

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Psiquiatramán contra los duendes del desorden / Ricardo Bernal

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Sami / Hugo Lara

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Iguácel / Patricia Richmond

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Atrapar la luz / Andros Erik Rodríguez Aguilera

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Ray Random / Gilberto Isaac Rivera López

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¿Qué es un cómic?

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Araña mariguana / Diego García

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Fuego / Antolín Hernández

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El Contenedor / Carlos Enrique Saldivar

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Nopaloide / Quidec Pacheco

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¿Cómo se hace un cómic?

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Corinne / Donatella T. Miranda

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Las aventuras sin paralelo del señor Mapachito / Eric González Alpizar

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Consejos para leer cómics

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Entre la espada y la pared / Francisco Javier Pérez Ruiz

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Continuidad / Ramón Fernández Ayarzagoitia

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Lilit / Diana Beláustegui

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Mictlanpapalotl / Andrés Galindo

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Sudor frío / Pok Manero

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Top ten: Orígenes

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Perro callejero / Sol Ébano

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Palabras / Sergio F. S. Sixtos

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La bruja blanca / Ricardo González

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Las niñas del insomnio / Abraham Villaseñor

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Superpoder supersutil / Arriezu Zatorre

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Empresa transnacional solicita / Miguel Lupián

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Autómatas

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Portada: Jovanna Plata Almeida. MAARIFA (conocimiento en swahili) identifica a todos los geeks del mundo y puede leer su conocimiento. Contraportada: Ele Palma. PONTRA: Hechicera arcana. Creadora de portales y magia oscura, reina del fuego y el azufre.


Torre de Johan Rudisbroeck Pok Manero (autómata y comicólogo) En Penumbria nos apasionan los géneros fantásticos en todas sus formas y presentaciones, sin excluir ningún medio en el que puedan desarrollarse. Es por eso que invitamos a nuestros amigos Los Comicólogos para hacer una convocatoria en conjunto en este número. Si bien los comics tienen un margen tan amplio como la literatura o cualquiera de las otras artes, es muy cierto que se les conoce mucho más por el subgénero de los superhéroes. De cualquier forma, buscando romper los estereotipos y fomentar la diversidad de ideas, pedimos que el tema central fueran los superpoderes, o cualquier tipo de habilidad especial en los personajes, aunque esta no se usara para el heroísmo. Se invitó al público a participar con cuentos, mini-comics e ilustraciones, obteniendo una respuesta reducida pero de mucha calidad. Así, en un viejo y desgastado librero en la Tienda de antigüedades del perverso Mefisto, han aparecido tomos que versan sobre duendes caóticos, héroes improbables y una niña murciélago; cazadores de vampiros, teletransportadores y arañas mariguanas; hombres explosivos, un héroe que lleva todo en su interior y un hombre vegetal; muñecos de peluche parlantes, voces en la cabeza y héroes que pueden detener el tiempo; vengadoras sexuales, un ser que roba el llanto y otro cuyo sudor roba la memoria; un perro callejero, palabras que cobran vida y brujas sanadoras; rémoras espaciales, el extraño don de la oportunidad y una corporación malintencionada. Agradecemos en particular a los chicos de Editorial Chipotle, quienes contribuyeron con dos de los comics que incluimos. Los invitamos a sumergirse en el espacio entre las viñetas de nuestras historias y a disfrutar con ellas. 5


Tienda de antigĂźedades del perverso Mefisto


Psiquiatramán contra los duendes del desorden

Ricardo Bernal

Los duendes del desorden aparecen de repente: salen del clóset o del interior de un zapato y comienzan a tirar todas las cosas que encuentran en tu habitación. Rompen el retrato de tu ex novio y se tragan los pedazos, con un lápiz labial dibujan falos en el espejo, o revuelven las fragancias de tus frascos en un solo perfume alucinante. Tú, sorprendida, tratas de cubrirte los senos y el pubis; buscas tu ropa nerviosamente mientras los duendes ruedan y ruedan carcajeándose en el piso. Suena el teléfono: los duendes abren los ojos y se quedan mudos. Al segundo timbrazo comienzan a temblar. Al tercero huyen despavoridos. ¿Bueno?, contestas con jadeos de dragón. Hola, niñita. Soy tu héroe, Psiquiatramán, y hablaba para ver cómo va todo. ¡Psiquiatramán!, exclamas; los duendes del desorden trataron de violarme, pero ya se fueron. ¿Cómo lo hiciste? Soy muy poderoso, responde varonil Psiquiatramán disfrutando cada sílaba en su boca. Dices buenas noches, cuelgas, suspiras y te ves en el espejo. Tus ojos están llenos de polen cristalino y claves de sol azucaradas. En la punta de tu nariz se adivinan mil y un amaneceres con distintos colores en el cielo. Luego te asomas por la ventana: arriba la luna llena es un bondadoso gato derrumbado encima de las nubes y las constelaciones son enormes malvaviscos. Estás tranquila. No hay ni rastro de los duendes del desorden; gracias a Psiquiatramán, han desaparecido de tu vida para siempre. Sonríes. Lo que tú no sabes, pobre idiota, es que del otro lado de la línea telefónica un duende del desorden con dedos de cuchara devora los ojos y la lengua, lame lentamente la sangre seca de Psiquiatramán, asesinado hace más de una semana. 7


Sami

Hugo Lara

El cabo Rodríguez entró en el coche patrulla, se sentó en el asiento del copiloto y le entregó una pequeña bolsa de donas al sargento Jones. —¿No había de chocolate? —preguntó el sargento al volante, mientras oteaba dentro de la bolsa—. Te dije que las quería de chocolate. —Negativo, sargento, era lo que había —respondió el cabo—. Hay escases de chocolate. —¡Increíble! —protestó el sargento—. ¿Un ciudadano que paga sus impuestos no puede comerse una simple dona de chocolate? —No sé qué decirle —repuso el cabo de policía—. Está ocurriendo en toda Nueva York. —¡Fin de mundo! —exclamó el sargento al cerrar su bolsa de donas—. Se me quitó el hambre. ¿No las quieres? —No, gracias, sargento —repuso el cabo—, es usted muy amable. El viejo Sami seguro que sí las quiere. —¿Tu amigo el pordiosero? —dijo el sargento, entregándole las donas al cabo—. Anda, alimenta al haitiano ese. —Precisamente allí viene —aseguró el cabo señalando al Central Park—. Cada día estoy más convencido que ese negro tiene superpoderes, puede detectar comida sin dueño a medio kilómetro de distancia. —No digas eso, cabo —dijo el sargento, un tanto molesto—. Si algo me sienta mal, además de la falta de chocolate, es oír hablar de superhéroes que no son súper de nada. —¿Se refiere a los vigilantes nocturnos? —preguntó el cabo, mientras entregaba la pequeña bolsa de donas a un extravagante indigente, vestido con un 8


raído traje de levita negro y sombrero de copa a juego; tanto en el diseño como en el deterioro—. Sólo son ciudadanos colaborando con su comunidad. —¡¿Colaborar, dices!? —El sargento enrojeció—. No son más que suicidas entrometidos. Lo peor es que esta ciudad está plagada de esos bichos raros. —En mi opinión —repuso con cautela el cabo—, sólo quieren ayudar. —La culpa de esta locura la tienen esas películas de superhéroes que están tan de moda —dijo el sargento, luego de un incómodo silencio—. Creen que con un ridículo disfraz ya pueden combatir el crimen. ¡Como si fuera tan simple! —Tiene que reconocer que con esas pijamas de colores dejan atónitos a los maleantes, y le dan al menos dos segundos de ventaja; ya sólo por eso tienen el factor sorpresa de su parte —añadió el cabo, resuelto a debatir con su sargento—. Además, no usan armas letales, están dentro de la ley, he visto que cuidan mucho esos detalles. —Porque a los pocos que hemos podido arrestar, por extralimitarse en el uso de la fuerza, han recibido multas gordas —expuso el sargento, acalorado—. Sin embargo los vecinos reúnen dinero y movilizan sus propios abogados, así que reciben sentencias ridículas. —Tampoco pretenden resolver crímenes a gran escala —añadió el cabo, luego de unos momentos—. Sólo actúan en conflictos callejeros, delitos menores, disputas de borrachos; hasta los he visto ayudar a automovilistas con los coches averiados. —¡Esta ciudad está llena de locos! —exclamó el sargento—. ¿Tú por qué los defiendes? ¿Acaso conociste alguno? —Sí, sargento —confesó el cabo. —¿Y le pediste un autógrafo? —preguntó horrorizado el sargento. —En realidad fue una selfie para mi Instagram —respondió el cabo muy ufano—. ¿La quiere ver? La tengo aquí en mi iPhone… —¡Ni hablar! —le interrumpió el sargento— ¿No te da vergüenza? ¿Un oficial de policía con esos chiflados? —No son ningunos chiflados —defendió el cabo con persistencia—. Son un 9


orgullo ciudadano. Quizá mañana un vigilante le pueda salvar la vida. —¡Que Dios me libre! —profirió el sargento—. Además, no ha nacido el supervillano que pueda conmigo. —Por suerte para usted —aseveró el cabo y luego de unos momentos preguntó—: ¿Por qué se las tiene jurada a los vigilantes? —Porque me hago viejo, supongo —respondió el sargento tras una larga meditación—. No gano lo suficiente para andar arriesgando la vida contra criminales, y vienen estos vigilantes a hacerlo gratis. —No se ponga así —dijo el cabo, consolando a su sargento—. Como usted mismo dice, todavía no ha nacido el supervillano que pueda con usted… —No esté tan seguro —Esta vez quien habló fue el indigente del levita, interrumpiendo la conversación de los policías. Estaba parado junto a la ventanilla del cabo, y ya se había comido las donas—. Les voy a pedir su ayuda esta tarde cerca de Turtle Bay, pero manténgase al margen de todo. —¿Qué dices, Sami? —exclamó el sargento—. ¿Quién eres para decir cómo debemos hacer nuestro trabajo? —Me dicen Samedi, sin embargo usted me puede decir Sami, como hasta ahora —respondió el extraño indigente—. Hoy todo va a cambiar. Hace poco, en un cruce de universos, alguien como yo logró llegar aquí, y tiene malas intenciones. Creo que van a necesitar toda la ayuda posible para evacuar a los civiles, incluso la de los vigilantes nocturnos. —¿Pero de qué estás hablando, Sami, acaso te has vuelto loco...? —No, oficial, pero no se preocupe, deje todo en mis manos... y gracias por las donas —interrumpió de nuevo el indigente. Agitó los dedos ante los policías y se esfumó al instante. —Llamando a todas las unidades, llamando a todas las unidades —irrumpió la operadora de la central policial, luego de un tiempo que, debido al estupor, les pareció eterno a los policías—, se necesita que presten apoyo en la sede de las Naciones 10


Unidas, deben acordonar el área de Turtle Bay, ha ocurrido un incidente. —A-adelante, central. Cof, cof…, aquí la unidad 114 —carraspeó el sargento Jones; luego preguntó—: ¿Puede describir el incidente? —Un individuo que se hace llamar Lord Kriminel intentó secuestrar a los representantes del Consejo de Seguridad, pero hasta el momento está siendo repelido por un extraño sujeto vestido de negro con poderes sobrenaturales —Los policías se miraban entre sí. Escuchaban el parte boquiabiertos—. Oficiales presentes dicen que dirigen una batalla entre zombis y seres voladores, parece una contienda entre indigentes con poderes místicos. ¡Es una locura! ¡Repórtense en el lugar de los hechos inmediatamente!

Iguácel

Patricia Richmond

Han pasado más de cincuenta años, pero todavía, cuando el sueño no viene a buscarme, me parece escuchar la voz de mi madre riñendo a Iguácel. “No te acerques tanto al hogar, aléjate del fuego”. Era su cantinela constante, mientras mi hermana se reía y se asomaba a la chimenea con su pequeño murciélago acurrucado en el hombro. Le gustaba contar historias creando sombras con las manos sobre el suelo, a la luz de las llamas. Yo me sentaba a su lado y la escuchaba fascinado, imaginando que algún día sería yo el caballero que se batiría con gigantes y lucharía contra los malvados brujos que la sombra volante del murciélago dibujaba bajo la lumbre. También a causa de su amigo alado tenía que soportar las regañinas de nuestra madre, que no comprendía que lo prefiriera a las primorosas muñecas que ella le hacía con ramas de boj. Había aparecido en la casa el mismo día del nacimiento de mi hermana y se instaló sobre la viga que pendía sobre su cuna. Crecieron juntos y se hicieron inseparables; ella entendía su lenguaje de chillidos y él, su habla dulce de niña feliz. Aunque se llevó bastantes escobazos de mi madre, nunca abandonó a Iguácel. A 11


mí me hubiera gustado ponerle un nombre, pues era uno más de la familia, pero ella no quiso; decía que los dos eran parte de un mismo ser. Nunca supimos quién era nuestro padre; era algo sobre lo que no se hablaba y cuando ella, más valiente y tenaz, preguntaba abiertamente, sólo sacaba una reprimenda por estar demasiado cerca del fuego. Así pasamos la infancia. Cuando tuvimos edad para trabajar, me reclamó el herrero como aprendiz; a ella la llamaron poco después para limpiar en la cocina del castillo. Comprendiendo que un murciélago no sería bien recibido en los fogones reales, hacían juntos el camino y, al llegar a la muralla, él se escondía entre las grietas del muro. Cuando acababa la jornada, corría a buscarlo y sus chillidos de alegría la guiaban hasta el agujero en el que la esperaba. Una tarde, una sombra les siguió. Ellos estaban tan entusiasmados contándose sus cosas que no se dieron cuenta. Al entrar en el bosque que separaba el castillo de las casas del pueblo, se abalanzó sobre Iguácel. Era el príncipe, un bravucón sin escrúpulos acostumbrado a tomar lo que se le antojaba, aun por la fuerza. Ella se defendió con tanta fiereza que sus arañazos le abrieron surcos en la cara. Él se encolerizó; nunca una pueblerina se le había resistido y comenzó a golpearla por todo el cuerpo. El murciélago, según contó después ella, se agarró al pelo del atacante y le mordió en un ojo con tanta saña que se lo arrancó. Huyeron, dejándolo tirado en el bosque. Cuando vi el estado en que llegaba mi hermana, quise salir a matar al príncipe, pero mi madre me lo prohibió. Dijo que teníamos que esconderla porque vendrían a buscarla. Así sucedió. Los soldados del rey entraron en casa, lo revolvió todo y la encontraron dentro de un arcón. Se la llevaron. No pudimos impedirlo. Dos días después, los vecinos nos avisaron. Mi hermana había sido juzgada por el tribunal eclesiástico y había sido condenada a morir en la hoguera, como correspondía a una bruja. La pira ya había sido preparada en la plaza y un gentío 12


esperaba ansioso para verla arder. Apareció escoltada por la guardia real, desnuda y con las manos atadas a la espalda. Yo no podía dejar de llorar, impotente, mientras mi madre me apretaba la mano y me sonreía. Pensé que se había trastornado y que no era consciente de lo que iba a suceder. La ataron al poste que se erguía en medio de la hoguera, el obispo leyó sus crímenes y dio la señal para que encendieran el fuego. Un chillido atroz nos erizó la piel; era el murciélago, que llegó volando y se posó sobre su cabeza para compartir con ella su destino. La leña prendió rápidamente y las llamas lamieron su cuerpo formando un muro de fuego. De repente, la pared se abrió y las lenguas ardientes dejaron paso a un ser infernal. Iguácel se había convertido en un monstruoso gigante negro que desplegó unas enormes alas y voló en círculos sobre la multitud congregada hasta que descubrió a un cobarde que huía. Era el príncipe; se plantó ante él, rugió y lo calcinó con una llamarada de un rojo intenso que salió de sus fauces. El obispo le conminó a volver al infierno, antes de ser, él mismo, pasto de las llamas. Todos escaparon aterrorizados y sólo mi madre y yo nos quedamos en la plaza. El gigante caminó hasta nosotros, se envolvió dentro de sus alas y, poco a poco, Iguácel apareció tiritando ante nuestros ojos. La tapé con mi capa y volvimos a casa. Al día siguiente vino de nuevo la guardia. Mi hermana no necesitó esta vez fuego para realizar el cambio. En cuanto el murciélago se posó sobre su cabeza, se transformó en el ser monstruoso para espantar con sus llamas a los soldados. Nunca más vinieron a buscarla. Al contrario, fueron los vecinos del pueblo los que comenzaron a acudir para pedir su ayuda ante todo tipo de injusticias. Bajo la protección de su soplo ardiente, dejamos de pagar el diezmo, nos convertimos en un feudo rico y ningún ejército se atrevió a molestarnos, tal era la fama de Iguácel. Mi madre nunca quiso revelarnos el secreto sobre el extraordinario poder que ella, desde el nacimiento de su hija, sabía que podía desarrollar la niña si se 13


exponía al fuego. Yo me establecí como herrero, pero las llamas nunca me afectaron. Me casé, tuve hermosos hijos e hijas que me han dado nietos fuertes y valerosos y, aunque siempre he sospechado que no podemos ser hijos del mismo padre, nada me ha hecho sentirme más orgulloso en toda mi vida que ser hermano de Iguácel, la dragona negra.

Atrapar la luz

Andros Erik Rodríguez Aguilera

Ameyalli duerme tranquilamente. Un mechón pelirrojo cruza su frente y serpentea hasta sus labios, pasando una curva por su ojo derecho y otra por su respingada nariz. Duerme de costado, reposa su perfil en la almohada y pienso en la impresión que deja, la huella fugaz de su existencia, la escultura pálida de su madre muerta. Ella acabará conmigo, con todos los de mi raza y aun así la cuido. Velo por su salud y felicidad. Lo hago porque amé a su madre; cuando ella murió fui a su casa, dispuesto a acabar con su padre y ella, pero cuando la vi, durmiendo igual que ahora, totalmente en paz, indefensa e inocente, no pude hacerlo. No pude evitar que muriera su madre, pero sí podía evitar que ellos la encontraran. Esta es la historia de ella, una heroína para los humanos, el ángel de la muerte para mis compañeros de sangre. Su supervivencia hasta la edad madura en que tuviera control total sobre sus poderes y la madurez para enfrentar las sombras estuvo a mi cargo estos dieciocho años. Mañana es el día o, mejor dicho, la noche. Mañana en la noche es su momento. Su deber de acabar con los vampiros inicia en luna llena. Ameyalli, al igual que su madre, tiene el poder de atrapar la luz, sólo que ella es más poderosa que su madre. Su madre guardaba partículas de luz en frascos que luego usaba como granadas contra los vampiros, pero era descuidada y nadie jamás la entrenó; por eso es que soy vampiro. Nací humano, como la mayoría, y por un tiempo la madre de Ameyalli y yo fuimos una pareja amorosa con muchos secretos, pues jamás 14


me dijo lo que hacía. Miro a Ameyalli dormir y recuerdo esa noche, la noche en que me volví vampiro. Su madre dormía en la misma posición que ella ahora. Algo no me dejaba dormir esa noche, creo que el inminente destino. Como esta noche, hace veinticinco años, yo veía dormir a la madre de Ameyalli, la veía entre las sombras de la noche y las caricias suaves de los rayos de luna que entraban por la ventana. Una sombra cruzó su rostro. Me pareció un error, sin embargo, me levanté para ver por la ventana a la oscura quietud del bosque en la noche. Pude ver un paisaje natural pintado con luces y sombras justo antes de que el cristal reventara y unas manos me asieran por el cuello. Me mordieron pero no me mataron, y esa fue mi perdición. Ella me miró a los ojos con una mezcla de culpa y horror cuando la hemorragia de mi cuello se detuvo y en mis ojos reposaba la eternidad. Ameyalli tiene más poder, por eso le temen. Una noche, cuando era una niña de apenas unos seis años, yo reparaba el motor del carro a la luz de la luna -pues era el único momento en que me podía desplazar-; ella se bajó de carro y caminó hacia mí con sus manos en forma de capullo frente a su pecho. Me asomé intrigado y pude ver que tenía atrapado un rayo de luna. Ella sopló suavemente y ante mi sorpresa el rayo de luna se disparó como una bala hacia mí. Por suerte la herida no fue grave, pero sí me lastimó. A los ocho podía atrapar rayos solares y darle forma entre sus manos como flores ígneas de aparente vida propia. A los trece podía no sólo atrapar la luz de cualquier tipo -ya sea del sol, de la luna o de los focos-, sino que también podía absorberla. Y lo más interesante es lo que hacía con ella. Podía dirigir la luz que guardaba con sus manos como si sus manos expulsaran fuego y curar a los enfermos. Mi alegría crecía con cada logro que tenía Ameyalli, pero también no podía evitar sentir un escalofrío mórbido propio de la autoconservación. La luz mata a los vampiros porque somos oscuridad. Ahora está lista. Ha acumulado luz por varios años como para preocuparnos 15


por la escasez de luz. Sin embargo, desearía que Ameyalli pudiera evitar esta pelea, que fuera libre y no presa de su pasado. Ameyalli no podrá vivir libre de miedos si no acaba con sus demonios. No debe quedar vampiro alguno, somos un parásito y, peor aún, demonios. Ya no tengo nada más que enseñarle. Le he contado casi toda la historia excepto que yo soy el asesino de su padre biológico. La sangre de su padre está en mis manos y en el imperdonable pecado de la sed saciada. No quiero ser un inconveniente para ella ni evadir las reglas; no puede sobrevivir ningún vampiro a la cruzada del bien. Esta es una confesión, Padre. Usted es humano, joven y conoce el verbo divino, es el guardián y consejero ideal. En la mesa de la entrada dejé una bitácora y un mapa, producto de mis indagaciones. Los puntos de reunión de vampiros y las principales cabezas de los clanes están ahí. Usted sabe que es momento que pague mis pecados. En unos minutos amanecerá y yo veré por última vez el sol naciente. Antes de levantarme le pido una disculpa por este diálogo hipnótico, pero no deseaba despertar a Ameyalli. Espero que documente todas esas crónicas de guerra que se están por librar.

Ray Random

Gilberto Isaac Rivera López

Ray llevaba haciéndolo años. Las primeras veces fueron involuntarias. Despertaba en la selva del Amazonas sin saber cómo había llegado ahí o de qué lugar se trataba. Pasaba de estar en el orfanato, en Alemania, a estar en el interior de una de las torres de la Gran Muralla china, cuando él no conocía la existencia ni el nombre de China. De pequeño no podía controlar las desapariciones. Ocurrían de forma inesperada. Su voz, de hablar en ese instante, se interrumpía súbitamente. Las cosas que sostenía caían, las sábanas sin su cuerpo se amoldaban al colchón de la litera desinflándose lentamente. Los niños que lo observaban quedaban consternados y él 16


mismo lloraba ante el cambio brusco de noche a sol en medio del desierto, de comedor a lluvia entre campos de maíz. Tuvo problemas cuando pasaban revista antes de dormir y él estaba ausente; cuando tocaba ducharse con agua fría y él parecía salir desnudo, dejando su ropa olvidada, para esconderse durante horas en ninguna parte. Una ocasión pasó tantos días en Italia, donde se había teletransportado, que la dirección lo dio por muerto y regaló sus pertenencias a un nuevo interno. Pero en sus primeros catorce años siempre volvió al orfanato. Un poco por voluntad de sus poderes, que lo llevan de aquí a allá en su capricho; un poco porque no tenía a dónde ir. Aunque pudiera ir a todas partes en potencia, inconscientemente se teletransportaba de vuelta. A los quince años comprendió su particularidad. Se despidió de Richelle, su única amiga del orfanato, le enseñó su habilidad y prometió visitarla donde estuviera y apoyarla siempre. Regresó a Ferrara, Italia. Ahí trabajó nueve meses en un restaurante. Vivió con los dueños. Si le preguntaban durante la cena dónde estaban sus padres, respondía que no recordaba nada. No estaba tan alejado de la verdad. Lo único que sabía era su nombre, Raymond Amsel, que su madre había muerto al parirlo y su padre, en la segunda guerra mundial. Practicó en Italia sus poderes, saltando de la torre de Pisa a la torre Eiffel y después a la Estatua de la Libertad. Podía tomarle segundos estos viajes. Eran -toda su vida fue así- lo que más disfrutaba hacer. Llegó el momento de despedirse de sus amigos italianos y visitar el mundo. Así lo hizo. Probó toda comida, escuchó toda música, nadó en todos los mares. Leyó libros de poemas -siempre los devolvió a la Biblioteca Británica- en la punta de la pirámide de Giza, se divirtió con los rostros idénticos de los japoneses, cuidó de un oso polar cachorro que encontró abandonado en el Polo Norte, liberó a decenas de tortugas de sus trampas de plástico. Un día a la semana llevaba frutas desde Grecia o Perú hasta poblaciones pobres en África. Nunca le gustaron las mezquitas. 17


Comió pizza en las gradas del Coliseo romano y en la cima del Golden Gate. Reflexionó observando neoyorquinos moverse bajo él, como hormigas apresuradas, atadas a la tierra. Se bañó en las cataratas del Niágara, conoció todas las obras del museo de Louvre. Se alimentó de los frutos del campo; trabajó como voluntario sólo para evitar robar comida, aunque podía robar lo que le diera la gana sin ser visto jamás. Solía beber de dos ríos al día y contemplar el cielo del Gran Cañón algunas noches; ahí persiguía la trayectoria de las estrellas durante horas trasladándose a los espacios debajo de ellas. Aprendió quince idiomas. Intentó salir del planeta, pero después de leer sobre el cuerpo humano en sus bibliotecas favoritas -la Nacional de Roma le gustaba también-, temió arriesgarse. Una noche, en un cine de Estados Unidos, se encontró con una película que proyectó la imagen de una ruleta de la suerte con la palabra Random escrita en medio, cada letra roja rodeada de focos blancos. Le gustó que, al girar el disco, la punta tuviera posibilidad de quedar en cualquier sección, de caer en cualquier parte, como él si se dejaba llevar por sus poderes. Se autonombró Ray Random. Pocos lo conocieron. Richelle fue la única con quien tuvo contacto frecuente. Ray llenó su casa de figuras de porcelana chinas, recuerdos y artesanías de los cinco continentes, de rosas negras halfetianas, piedras de cada playa. Le contaba cuanto veía. Pero jamás consiguió teletransportarla a ella. Nadie más supo de su habilidad. Sería insensato confundirlo con un hedonista. Ray era un filósofo natural. Lo que más trabajo le costaba era no pertenecer a ninguna parte. Esa libertad solía lamentarla varias noches al año, mientras escuchaba desde los tejados de las casas las risas de las familias. Se tornó solitario cuando Richelle murió. Se enteró en el hospital. Intentaron violarla. La apuñalaron. Ray demostró ser el único pariente de la huérfana Richelle y esparció sus cenizas en los aires de los lugares adonde nunca pudo llevarla. Desde entonces comenzó a envidiar a las parejas de todo el mundo. Pasó semanas sin tener contacto con personas. Se maldijo por no cuidar de Richelle, pude haberla salvado, ¿de qué 18


sirve entonces mi poder?, y detestó al mundo por arrebatarle a sus padres. Causó destrozos en sus parques y bibliotecas favoritas. En 1985, cuando tenía cuarenta años, se enteró de la guerra que se estaba librando en Irak. Salió de su bosque. Acudió a observar a los soldados metidos en las zanjas. Algunos temblaban. Vagó por el campo de batalla de la primera guerra que presenciaba, pensando que como esos soldados se habría visto su padre. En unos minutos, mientras los soldados iraquíes se preparaban para ser atacados, visitó sus países favoritos, el viejo restaurante en Ferrara y el orfanato. Observó a millones de personas desde el techo del Empire State y se sintió solo. Regresó a Irak y, sin temor, dividió su cuerpo, algo que no había intentado antes. Estuvo frente a cada soldado al mismo tiempo. Ray Random alcanzó a soltar las armas que había arrebatado a casa de Richelle, en un teletransporte. Sólo que esta vez dejó de existir.

¿Qué es un cómic? Conoce todas sus características principales y los diferentes tipos de cómics en este video glosario de Los Comicólogos.

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Araña mariguana

Diego García / Editorial Chipotle

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Fuego

Antolín Hernández

Las noticias no paraban de repetir lo sucedido. Las redes sociales se inundaban con el hashtag que con cada retweet y comentario se convertía en una de las tendencias más vistas. Los videos aficionados mostraban, en cada reproducción que los llevaban a millones de vistas, las consecuencias de lo acontecido y todos se preguntaban si había sido un acto terrorista, una falla en la maquinaria o resultado de un error humano. En todos se podía ver lo mismo: las instalaciones subterráneas estaban a reventar. Mucha gente lloraba y gritaba, alejándose del andén en una mezcla de confusión y miedo, tratando de explicarse lo que había pasado. Conforme la imagen se acercaba al tren, algunas personas incluso corrían con fuego en sus ropas. Los videos terminaban todos al llegar al último vagón, que estaba destrozado, despedía humo y todavía salía una que otra flama de su interior, donde había cristales esparcidos por todos lados y una masa de carne quemada que antes había sido humanos llenos de vida. Sólo hubo dos sobrevivientes, quienes fueron puestos bajo custodia hasta haber rendido declaraciones, esperando que éstas pudieran ayudar a dar explicaciones del hecho. Ambos testigos, quienes también estaban siendo tratados como sospechosos, contaron una historia poco creíble. Este fue el primer relato, de Pablo Jiménez: Este, eran algo así como las 9 de la mañana y Pantitlán estaba atascado, como siempre. La gente se apretaba y se empujaba, pero pues uno se acostumbra, es lo mismo todos los días. Bueno, y este, cuando las puertas del tren se abrieron, pues que todos nos empezamos a empujar y a jalonear. Ya sabes, codazos y pisotones, algunos hasta terminaron en el suelo, pero pues es lo normal. Ya estábamos todos dentro, no cabía ni uno más, nomás estábamos esperando a que avanzara el metro, cuando un tipo se puso a gritar. Sonaba bien chistoso, como que no era de por acá. No sé bien a bien 21


dónde estaba, entre tanta gente no podía ver nada. Dijo no sé qué tanto, algo así como que estaba harto y que ya no aguantaba más, este, que no podía ni respirar y así. Luego empezó a decir otras cosas, yo creo que en otro idioma porque no le entendí nadita, cuando de repente, así nomás, se vio como un brillo o una luz azul que como que salía del tipo este, y luego todos los que estaban cerca de él empezaron a gritar y a decir que se estaban quemando. Oí clarito que había unos niños llorando, y un tronido como de los cristales. Hubo quienes abrieron las puertas e intentaron salir del tren, pero pues, este, como todavía quedaba mucha gente afuera esperando al siguiente, pues nadie pudo moverse a ningún lado. Luego hubo como un golpe muy fuerte que tumbó al resto, a mí me sacó volando contra la puerta que da a donde manejan el tren, que estaba vacía porque iba en la parte de hasta atrás, y como que se quedó toda abollada cuando le pegué, de tan duro que fue. Desde ahí pude ver que el resto de la gente se empezó a quemar. No sé cómo es que estoy vivo, a lo mejor porque estaba hasta el otro lado del vagón, pero pues, este, quién sabe. Lo que Pablo no declaró fue cómo, al ver el brillo azul saliendo de esa persona, su adrenalina se disparó al límite, cerró los ojos y fue a su “lugar feliz” en medio del bosque. Pablo sufría de mucho estrés por su trabajo, por lo que una amiga suya que es psicóloga le aconsejó que en esos momentos pensara en un lugar donde hubiera sido muy feliz en el pasado. Pablo siempre se trasladaba a ese claro en el bosque donde tuvo un día de gran dicha en compañía de su madre, mismo lugar al cual viajaba cada vez que tenía vacaciones y en el cual le confesó sus sentimientos a la primera mujer a la cual amó en verdad. Muchas veces se desplazó a este lugar recurriendo a su imaginación y sus sueños. La diferencia fue que ahora, al ver cómo el brillo azul se extendía y llegaba hasta él, cerró los ojos como una reacción ante el temor y pensó en su lugar feliz. Todavía con los ojos cerrados, el canto de un pájaro le hizo abrirlos y se encontró ahí, bañado por los rayos del sol y refrescado por la brisa cargada de aromas boscosos. Desconcertado, cerró los ojos nuevamente, regresando al vagón donde todo 22


había acabado tras volver a abrir sus párpados. Decidió no darle importancia a lo que claramente había sido una alucinación, lo importante era que seguía vivo. De cualquier forma, pensó que lo más recomendable sería no contárselo a nadie, para evitar que dudaran de su cordura. La declaración del segundo sobreviviente, un obrero brasileño llamado Alberto Da Costa, concordaba con todo lo dicho. Sólo un detalle difirió de lo declarado: dijo que había sido él quien gritaba porque lo estaban aplastando y codeando, pero que vio a alguien más causar el caos: Un homem estava sendo apertado contra las portas y empezó a brilhar en un tono azul. Las pessoas se, ¿cómo se dice?, se quemaron imediatamente. Eu, digo, yo me tiré al suelo como pude y eso fue lo que me salvó, el brilho pasó por em cima de mim. Quando todo terminou, vi que el homem abriu las portas del vagao, el vagón, y se fue corriendo por la linha férrea, las vías del trem. No pude ver cómo era, pues estaba de costas a mí, ¿cómo lo dicen vosotros?, de espaldas. Lo que Alberto no contó fue que él mismo abrió las puertas del vagón, para tener una excusa plausible y no ser detenido por algo que no se esperaba y que no podía controlar. Algo que, aunque lamentaba, no fue sino un accidente. Por supuesto, nadie pudo contradecirlo pues, en medio de la confusión, nadie más en los otros vagones ni en los andenes vio nada. Debido a la falta de evidencia y a lo exagerado de las declaraciones (nadie creyó que una persona explotara de la nada), aunado a un poco de flojera e incompetencia, las autoridades decidieron dejar libres a los dos sospechosos. Alberto Da Costa regresó a su país de origen y nunca habló del incidente con nadie, su propia vergüenza no se lo permitió. Pero siempre recordará cómo, gracias a su enojo y hastío de la muchedumbre habitual en la ciudad, explotó literalmente en medio de un fuego azul que terminó con la vida de más de cien personas. 23


El Contenedor

Carlos Enrique Saldivar

Nadie sabía su verdadero nombre, eso hubiera implicado que conocieran su identidad secreta, sin embargo aquello era un enigma, al igual que mucho de lo concerniente a él. Incluso se desconocía el alcance real de sus poderes, los cuales eran fascinantes. Era el superhéroe definitivo, el más grande de la historia. El arte y la creatividad mortal nunca diseñaron a un ser tan perfecto. Las personas lo llamaban «El Contenedor». Sabían que su habilidad radicaba en tener dentro suyo lo que fuera. Usaba un traje blanco en el torso y el abdomen, y rojo en las extremidades, sus botas eran de ambos colores. Era alto, atlético, moreno y de cabello ensortijado. No usaba guantes ni máscara. Cuando alguien necesitaba de su ayuda, el blanco de su pecho brillaba y se le abría un agujero, desde allí sacaba armas o herramientas con las cuales solucionar el problema de turno. Hay quienes dicen que tiene de todo en las entrañas, eso podría ser verdad: de ese hueco, que da al interior de su cuerpo, ha extraído artefactos de los más inesperados, desde vehículos para maniobrar, alas para volar, bolas de plasma para disparar, aunque siempre ha actuado con cuidado, de este modo no lastima inocentes ni daña los rincones de nuestro planeta. El Contenedor es asombroso. Podemos verlo ahora, gracias a la labor de la prensa, tras los huracanes que asolaron el sur del Perú. Las zonas más afectadas fueron Arequipa e Ica. Ha hecho un gran trabajo en Arequipa, ahora sigue con la otra región. Pisco ha quedado en gran parte desolada. El Contenedor ayuda con eficacia a los supervivientes. Camina junto a unos niños que están emocionados por tenerlo cerca. Del hoyo de luz, ubicado en su pecho, extrae toda clase de cosas: medicinas, ropa, alimentos… esto nos ahorra diversos viajes, pues las donaciones del interior del país y de otros lares han tardado en llegar, la burocracia es terrible en nuestra nación, pero los compatriotas se han unido, inspirados en la obra del guardián de la Tierra. Los superhéroes son símbolos 24


que representan varias cosas estupendas: solidaridad, valor, honor; es increíble ver cómo, gracias a la unión de los peruanos y el apoyo extranjero, salimos poco a poco del caos. Aunque hubo muchas víctimas mortales, los sobrevivientes fueron rescatados en su totalidad, las labores de reconstrucción de la ciudad se iniciarán en breve; de momento, queda ayudar a los heridos y a los que perdieron sus bienes, incluyendo sus residencias. Los huracanes no son comunes aquí, el cambio climático ha provocado que los desastres naturales aumenten en los últimos años. Por fortuna, tenemos a El Contenedor; después de haber derrotado a todo aquel que amenazaba el globo, sigue salvando a la gente del enemigo más grande que existe: los fenómenos atmosféricos. Es maravilloso, del interior del superhéroe salen árboles que producen frutos, los niños están comiendo. La situación aquí está controlada, el lugar ya es seguro, seguiremos informando. Me gustaría decir tu nombre, pero sé que no lo tienes; tranquilo, los demás se fueron, estamos solos. Es sabido que eres amable con los mortales, me cediste tu tiempo, aunque te arrepentirás de hablar conmigo. No te intimides, soy un hombre anciano, no soy como ese supervillano al que derrotaste, «El Devastador», que utilizaba poderes sónicos y caloríficos para destruir grandes extensiones de terreno. Usaste sus poderes en contra suya, hiciste que se quedara sin suelo y cayera, de esta forma murió. Sacaste de tu interior un aparato que le desvió sus ataques, muy inteligente. Todos te felicitaron. Derrotaste a una amplia gama de adversarios. Eres el único «héroe» que nuestro mundo ha tenido, nunca hubo otros, y yo sé por qué: no sabías cómo encajarlos en tus planes. La revelación te da nervios, ¿cierto? Debe resultar extraño para alguien que siempre ha tenido el control de todo. Tú, siempre fuiste tú. Esos criminales con dones extraordinarios salieron de ti. Tus poderes consisten en liberar de tu ser cualquier cosa que tú mismo consigas pensar, pero no las creas en tu mente, existen en ti: hay criaturas vivas, objetos, sustancias, estructuras, planetas, galaxias, universos enteros dentro de tu cuerpo. Lo sé, conozco tus secretos, muchas veces has sacado seres humanos de tus adentros, yo fui uno de ellos; al contrario de los otros, una pequeña 25


fracción de tu cerebro se quedó conmigo, digamos que soy tu consciencia, adquirí tu mente. No se lo diré a nadie, no me queda mucho tiempo, sólo quería que oyeras esa verdad que tanto niegas, que no quieres enfrentar. Tú concebiste a los malditos que derrotaste, debido a sus actos hubo muchas muertes, y el público te aplaudió. Tú creaste las tragedias naturales que barrieron parte del globo, luego estuviste ahí, para los damnificados. Me pregunto de qué más tuviste el control, especularé: todo, desde el inicio de los tiempos, es obra tuya, quizás el tiempo mismo, y antes de conocer tus capacidades vivías en un no tiempo. Inventaste la idea de superhéroe y te convertiste en uno. Debe resultar genial sentir los clamores, la admiración, el amor de las personas… y ha de ser triste, en especial cuando vas a dormir, saber que fuiste tú quien los hizo sufrir tanto. Parece que deseas matarme, pero te contienes, no hace falta. Estás en tu ocaso, ya no sabes qué hacer, meditas y nada se te ocurre. Ahora te diré algo en lo que seguro has pensado; lo gritaré, a ver si reaccionas: ¡No eres un héroe! El anciano se fue con lentitud haciendo marcas en la arena con su bastón. El Contenedor miró a los individuos que se movían como hormigas a la distancia. Sentía una rabia ligera, se dijo que era tiempo de pensar en otra cosa. Miró hacia el cielo, abrió su pecho, cogió la tierra, el aire, las nubes, la vida. Atrapó los planetas, el sol y más; lo puso todo dentro de sí. Sólo quedó un vacío negro en el cual flotó dormido. Tal vez el reposo le daría nuevas ideas.

Nopaloide

Quidec Pacheco

La primera vez que lo vi entrar al salón me sequé de la risa, como todos. Era la combinación de su piel verde y la camisa blanca, personaje de la tele, fusión de imaginaciones preescolares. Daba clase con tal pasión que casi olvidábamos su babeo ocasional. Mi profe de inglés no era lo que yo esperaba, pero yo estaba muy verde para notar la fibra del individuo que tenía al frente. Alguna vez vi a chicos, mujeres mayores 26


y hombres seniles esperar burbujeando fuera del salón, sólo para derramarle encima los afiches que tuvieron durante años guardados, buscando el momento fuera de sus apretadas rutinas para encontrarse con Nopaloide: el Héroe Natural. Él, todo sonrisas, rebanaba la yema de su dedo y la colocaba con toda viscosidad en los documentos que le presentaban. Al día siguiente su dedo ya había sanado, pero por alguna razón se me hacía cotidiano para alguien con cráneo de penca, y no prestaba más atención. Nos dijo, pero ningún compañero recordaba el nombre del profe, y él no lo repetía, como cosa hecha adrede. Todos le decían “el nopal”, con un dejo de vergüenza en su piel, en la textura babosa de planta. Pero a él le era indiferente. En su rostro había una determinación serena, una resolución obtenida hace mucho tiempo. Una espera edificante, preparación espiritual. Ricochet tardío. A todos les sorprendió enterarse aquel mes de lo que hizo el profe, pero a mí no. Estaba ciego antes, pero esa semana lo pude ver venir. “El Puercoespín Esmeralda”, “El Duplicante Verde”, “Eternopal”. Tantos bautizos en las primeras horas de transmisión. Al pasar el tiempo y observar cómo asomaban sus púas vegetales entre el uniforme de profesorado, la sangre transparente y su enérgico -aunque escueto- cuerpo azotando contra el abdomen del enemigo, muchos habitantes de Nuevo León lo reconocieron de inmediato. Aquel raro de las organizaciones de beneficiencia, el superhéroe inadaptado de los 90, desaparecido ante la corrupción del sindicato metahumano neoleonés. Nopaloide. Un gancho al muslo, y cae de rodillas. La bestia filosa desgarra los tendones de mi profesor en la tele, y veo cómo en segundos le crecen dos pies nuevos. A pesar de que sus golpes vegetales no mueven mucho a la mantícora, le dejan espinas clavadas que se duplican, triplican, multiplican por cada puñetazo. Al fin, la bestia cae derrotada. Los transeúntes aplauden, pero después de entrevistarlo y tomarse fotografías con el malherido mutante menta, lo dejan desolado en el suelo, desértico. Los siguientes minutos se evaporan, pero estoy seguro de que recogió su maletín con los exámenes 27


sin revisar de sus alumnos, llegó a casa y los terminó con una taza de té antes de dormirse. Lo sé porque el día siguiente aún fue a darme clase. Y eso es lo que no entiendo de mis compañeros. Ellos hablan de su capacidad regenerativa, de su poder de duplicación y espinas retráctiles. Yo sólo veo el heroísmo de luchar el tedio diario sin convertirse en un villano. La firmeza del que sobrevive en medio del desierto, tomando a gotas lo bueno de existir, para usarlo en los tiempos más cruciales. Ese es mi profe de inglés, el Nopaloide.

¿Cómo se hace un cómic? Descubre algunos de los procesos y métodos que se utilizan en la creación de los cómics en este breve video de Los Comicólogos.

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Corinne

Donatella T. Miranda

Corinne fue poseĂ­da por un espĂ­ritu primigenio que le otorga control de veneno y navajas irrompibles.

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Las aventuras sin paralelo del señor Mapachito

Eric González Alpizar

Cuando Joel se encontró con dos peluches flotando no podía creerlo, lo creyó aún menos cuando le dijeron que podían ayudarlo a resolver sus problemas. ¿En qué situación estaba? Se escondía de dos policías que habían emboscado a sus compañeros, probablemente los venderían como esclavos o venderían sus órganos. No era tonto, cuando comenzó a viajar por México le advirtieron que podría encontrarse con algo así. Lo dudó por un momento, pero al final se decidió por decirles que sí. Nada podía perder a estas alturas. Los peluches, un mapache amarillo con café y un gatito negro, se alejaron flotando en la dirección en la que creía estaba su grupo. Al cabo de unos minutos comenzó a oír disparos y otro par de minutos después el gato regresó para pedirle que lo acompañara. Llegaron junto a la camioneta de los policías, ambos estaban tirados. Uno tenía la cara llena de rasguños, la boca llena de sangre y un balazo le atravesaba el cuello. El otro, a unos cuantos metros, aún se retorcía en el suelo, con los brazos y manos llenos de mordidas. Santiago, uno de sus compañeros, le preguntó dónde se había metido. Le contó que se había perdido de algo increíble. Llegaron dos peluches volando; el amarillo empujó a los policías mientras el otro se quedó con ellos y les pidió que se quedaran quietos mientras su amigo distraía a los polis. El peluche amarillo los estaba golpeando y los señores trataban de dispararle, pero no le daban. Entonces el gato gritó: “Mapache, ya estoy listo”, y el mapache los golpeó en el estómago. Los dos policías de repente se volvieron locos, se atacaron entre ellos, uno estaba tratando de comerse a su compañero, el otro le disparaba. Peleaban en el piso cuando después de un disparo todo se quedó tranquilo. El gato y el mapache les dijeron que ya podían moverse. 30


Era para no creerse, dos peluches les habían salvado la vida. El gato le ayudó al mapache a sacar algo de una bolsita que tenía en la espalda. Era una foto algo maltratada de dos jóvenes, una chica y un chico, ambos parecían tener unos treinta años. Les preguntaron a todos si no se los habían encontrado en su viaje: eran sus antiguos dueños y los perdieron cuando atravesaban unas vías del tren. En ese entonces no pudieron ayudarlos, pero los buscan desde hace unos cinco años. Joel lamentaba decirles que no, sólo les deseó suerte en su búsqueda y prometió que si alguna vez los veía les diría que los estaban buscando. El mapache entonces sacó un frijol rojo de su bolsa y se lo dio a Joel. “Si los encuentras, diles por favor que nos busquen por las vías del tren, que el gato Obsidiana y el Sr. Mapachito tienen muchas historias que les gustaría oír y cientos más que les gustaría contarles”.

Consejos para leer cómics Si no eres un lector asiduo a los cómics, pero te gustaría serlo. Lee estos consejos que el comicólogo Antolín Hernández escribió para Penumbria. En ellos encontrarás la mejor forma de iniciarte en la lectura de cómics.

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Entre la espada y la pared

Francisco Javier PĂŠrez Ruiz

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Continuidad

Ramón Fernández Ayarzagoitia

Lo logré. Limpié mi ciudad; la salvé de todo lo que la amenazaba. Creé paz. Me casé con la mujer que amaba desde la secundaria. A la fiesta asistieron mis compatriotas enmascarados y, mientras me felicitaban, por fin me convencí de que mi familia estaría orgullosa de mí. Esa noche, justo antes de cerrar los ojos, me asaltó un pensamiento curioso: ¿Por qué siento que esto ya había pasado? Y aún otro pensamiento más raro: ¿Cuál es el siguiente paso de mi historia? Desperté estando de pie en el centro de un caleidoscopio. A mi alrededor, una colección de círculos concéntricos mostraba un sinfín de imágenes. En esas imágenes estaba yo, pero no me reconocía en todas ellas. Pensé que estaba soñando, mas en el fondo sabía que eso no era cierto. Una figura enorme comenzó a mover secciones del círculo con sus manos ancianas y a crear nuevas historias. Cada que hacía un movimiento sentía como si me desgarraran y me volvieran a armar, pero a ese ser parecía importarle lo mismo mis gritos que los de una mosca. Grité con más fuerza. Imploré que parara cuando vi que mi historia, por la que luché con uñas y dientes, estaba dejando de existir. Sentí que surgía en mí un poder inmenso y lo exploté. Mi habilidad era curiosa: tenía el poder de alargar el tiempo. Muchos decían que era el hombre más rápido del mundo, o incluso que me teletransportaba, pero simplemente aletargaba el tiempo a mi alrededor. Ahora estaba descubriendo mi límite: era capaz de detener el tiempo por completo. De pronto los discos se dejaron de mover. La enorme figura se acercó y me miró con dos ojos completamente oscuros. Me veía como una impertinencia. Me habló: “No te preocupes, esto ya lo has intentado antes y sucederá lo mismo que siempre. Ni siquiera te acordarás de que me viste. No me puedes parar: yo controlo los tiempos mientras que tú sólo los retrasas. Yo reescribo las historias y a ti te toca vivirlas. El cuento se debe seguir contando”. Acercó sus manos y comenzó a mover con más fuerza el círculo. Me mataba el esfuerzo de 36


contenerlo y comencé a perder la batalla. Sentí cómo quería avanzar el tiempo y, de pronto, un millón de recuerdos me inundó: Era un niño huérfano que se coló en un barco y se convirtió en el héroe improbable de la Segunda Guerra Mundial. Mis aventuras llenaban cada periódico y se convirtieron en su propia colección de tiras cómicas. Era un chico a penas mayor, pero ahora salvaba al presidente Kennedy de que lo asesinaran. Ayudé a mantener a mi nación en el camino del progreso. Crecí algo más y era un joven rebelde que lideraba la revolución cultural de día y golpeaba a los opresores de noche. Mi prometido murió por un crimen de odio y yo enloquecí. Teñí la ciudad de color rojo con la sangre de mis enemigos. Maté brutalmente a mi amor platónico de la secundaria cuando me dijo que me hubiera ido mejor si fuera más machito. Era un viejo cínico que reclutaba huérfanos para vencer a mis antiguos enemigos. No tenía más que ofrecerles que el recuerdo de mi antigua gloria. Lo devoraban gustosos y salían a morir por mi causa. Fui y dejé de ser un héroe en cientos de ocasiones. Tenía la extraña sensación de que la mitad de lo que recordaba en este momento aún no sucedía. Lo único que no cambiaba en cada historia era el brutal asesinato de mi familia. El recuerdo de estar en medio de una sala llena de sangre despidiéndome de cada uno de ellos y llorando por horas sin consuelo y preguntándome por qué aún no llegaba nadie. El nacimiento de mis poderes: cuando llegó la policía, mi duelo había durado apenas tres minutos. Me di cuenta que en el centro del caleidoscopio, el lugar en donde me encontraba, se mostraba esta misma imagen: un niño llorando sin consuelo en medio de un mar de sangre. Entendí que los miles de fractales a mi alrededor partían de este momento. —¿Por qué me haces esto? —grité. 37


—No te hago nada. Así debe ser. Tu historia se debe contar tantas veces como existan combinaciones en el círculo de la continuidad. —¿Y por qué no cambias la historia en el centro? ¿Por qué debo vivir mi peor momento una y otra vez? —El tiempo tiene un eje. Este es el inicio inamovible de tu continuidad. ¿Ya estás listo para avanzar o tenemos que seguir peleando esta batalla inútil? Decidí, entonces, que si esto se iba a repetir no tenía caso seguir adelante. Cerré con fuerzas mis puños, lo vi de frente y sonreí. Levanté mis brazos en una aparente señal de rendición, justo antes de arrodillarme con fuerza y estrellar mis puños contra el disco que me sostenía. El disco se comenzó a cuartear y en la cara de mi oponente se asomaba por primera vez un gesto de preocupación. Seguí golpeando como un maniático hasta que lo destruí. Comencé a caer en una oscuridad inmensa. Amanece. Tengo 16 años y hace 6 que no tengo padres. Recordaba todo lo que había sucedido. Quiero creer que esta vez me toca elegir mi propio camino.

Lilit

Diana Beláustegui

Se hacía llamar Lilit. Las víctimas no sabían lo que el nombre significaba, pero cuando los ataques llegaron a las noticias, los periódicos se encargaron de darle mayor forma a la entidad de la atacante. Lilit era una especie de demonio a veces relacionada con los súcubos. Todos la describían de la misma manera, tenía un lunar debajo del labio inferior, la boca siempre pintada de rojo y ojos negros, era lo único que podían definir con exactitud, el resto del rostro quedaba siempre oculto debajo de la máscara. Llegaba de improvisto, algunos habían visto un gato negro justo antes del ataque y otros aseguraban que la mujer maullaba mientras los devoraba parcialmente. Atacaba sólo hombres que habían cometido delitos sexuales, y antes de 38


desaparecer les mordía el vientre, desgarrando los músculos, hasta dejar su nombre tatuado en ellos. Las feministas la elevaron a heroína. Las pacifistas gritaban que las cosas no se arreglaban con más violencia, llamándola villana. Las monjas se persignaban cuando escuchaban las noticias del gato negro mientras la comparaban con una bruja y las víctimas de violación lloraban prendiéndole velas. Lilit, en tres meses de ataques, había dejado castrados a más de 70 hombres. Juan fue la sexta víctima, el nombre de la “vengadora” ya sonaba en los diarios, el modus operandi y la forma en que dejaba su firma también, pero Juan no leía periódicos ni veía noticieros. Por lo general pasaba de estar drogado a refregarse el bulto en el culo de las mujeres que iban en los transportes públicos, pero esa noche en especial estaba no sólo demasiado estimulado con cannabis sino también con unas pastillas azules que le había invitado un amigo. Cuando se cruzó con la monjita sintió que era su noche de suerte. El monstruo perfecto en el lugar exacto bajo la influencia de mil planetas alineados. La siguió media cuadra hasta que estuvo lo suficientemente seguro que nadie los vería. La atacó desde atrás, la golpeó en la nuca y se la llevó arrastrando hasta la casa abandonada que estaba a cinco suertudos metros. A los manotazos le subió el hábito y quedó perplejo cuando se encontró con una especie de bombacha de látex negra. Curioso, siguió levantando las telas, no era una prenda íntima, parecía más bien una especie de malla que se ajustaba al cuerpo. —No puedo creer la suerte que tienes —susurró la monja y él bajó la falda asustado. Ella lo miraba serena con una sonrisa de costado. —De todas las mujeres que se pasean indefensas por la noche, justo tenías que agarrarme a mí. Que mala suerte la tuya, qué buena suerte la mía. Me has ahorrado el trabajo de salir a buscar algo para comer. Se sentó de golpe y sin dejar de sonreír se presentó. 39


—Soy Lilit. El nombre no le dijo nada, la excitación se había ido por completo. Le gustaban las mujeres que gritaban aterradas y ésta, en realidad, daba un poco de miedo. Se levantó de un salto y cuando estaba a punto de huir ella lo tomó de la entrepierna y lo desgarró. Escuchó el ruido del pantalón cuando se rompió y una explosión de dolor que lo dejó sintiendo la sangre que corría por la entrepierna como si fuese un suave sedante tibio. Cuando comenzó a morderlo en el vientre y a dejar constancia de su paso por ahí, ya no le importó, creyó que se lo estaba comiendo vivo. Entre el desmayo y fugaces momentos de conciencia podía verla levantar el rostro y lamerse las manos, se pasaba la lengua por el mentón y maullaba despacito. Era un demonio disfrazado de monja. Nunca supo cómo fue que llegó al hospital, su falta de información sobre lo que acontecía en la ciudad lo llevaba a ignorar que Lilit siempre hacía el llamado a urgencias antes de abandonar a su víctima y pedía que no se tardaran para que no muriera desangrado. Cuando recobró la conciencia al día siguiente, estaba esposado a una camilla. Una monja le avisó que pronto sería trasladado al hospital de la ciudad, que se encontraba en la sala de primeros auxilios del convento y que fue intervenido quirúrgicamente por los médicos del lugar. Mientras la monja le daba agua y le explicaba que había sido víctima de un ataque, él no dejaba de mirar el lunar que tenía debajo del labio inferior. ¿A quién le recordaba? Estuvo casi 15 minutos intentado darle forma a ese lunar, tratando de completar el resto del rostro. Al minuto 16 su mente dio el paso que se negaba a realizar y reconstruyó la cara. En el minuto 17, Juan murió de un infarto mientras la escuchaba ronronear. 40


Mictlanpapalotl

Andrés Galindo

Yo solía tener el superpoder de contar cuentos en exactamente cincuenta palabras. La verdad es que un tiempo me fue muy bien con eso. Ahora que los años han entrado a mis huesos y he luchado contra tanto y tanto olvido y desarraigo, al fin he logrado aumentar mi poder a mil palabras. A ustedes les parecerá una estupidez, no lo es para alguien tan lleno de silencios. Para muestra, les contaré algo que no saben sobre José Eutanasio Rivera Márquez. Antes, mucho antes de ser un escritor fracasado con una fuerte pulsión autodestructiva, José Eutanasio fue un niño, un niño como todos los demás, con juegos y alegrías, con sueños e historias fantásticas para contar. Mira, mamá, dijo un día el pequeño José, he inventado al gran Mictlanpapalotl. Mictlanpapalotl viste de negro y canta por las noches una canción que arrulla a sus enemigos y… Ahora no tengo tiempo, lo frenaron; ya se sabe que los adultos nunca tienen tiempo. Mictlanpapalotl quería ser el superhéroe más poderoso del mundo. Había nacido en una viñeta mal dibujada en la libreta de matemáticas. Si los cálculos no me fallan, ese año José Eutanasio tuvo que repetir curso. Y no es que fuera malo en las materias; lo que pasa es que a veces se confundía: en la libreta de español, por ejemplo, contaba el número de palabras que cabían en un renglón, en una página; en la libreta de mates, en cambio, dibujaba en viñetas la vida de sus personajes. Mictlanpapalotl tenía el superpoder de secar el llanto de los infelices y los desesperados y arrullarlos con su estremecedor canto nocturno. Los compañeros del colegio hacían burla de los trazos mal hechos de José; le arrebataban la libreta y le rompían sus cuentos en mil pedazos. Pero a él no le importaba y volvía a dibujar a su mal trazado personaje. Se veía a Mictlanpapalotl cubrir con sus grandes alas negras a sus enemigos. Los hipnotizaba con sus antenas al 41


tiempo que emitía un canto que más bien parecía un plañido. Los enemigos, entonces, se iban durmiendo poco a poco, para nunca más despertar. Hay que decir que para Mictlanpapalotl no existían los conceptos del bien y del mal; porque, después de todo, es muy probable que las burlas y las bravuconadas de los otros niños no fueran otra cosa más que el reflejo humeante del llanto desesperado de quien no entiende lo otro, lo diferente, lo extraño. Esos niños se emocionaban fácilmente con los supermanes, con los murciélagos gigantes, con los capitanes de américa del norte; soñaban con ser G. I. Joe o Wolverine o Spider-Man Les parecía absurdo e incomprensible, entonces, un personaje como el de José Eutanasio, que, según ellos, era estúpido y más estúpidos eran sus supuestos superpoderes. Mictlanpapalotl no era más rápido que una bala, no era heredero de ninguna familia millonaria y mucho menos era un mutante al que le salieran telarañas de las manos. Mictlanpapalotl tomaba forma con la penumbra de la tarde y se hacía presente en el silencio de la noche. No había poder humano que se resistiera al plañido de Mictlanpapalotl: ¡Auuu, auuu, auuu! Como digo, para Mictlanpapalotl no existía la idea del bien y del mal; él simplemente secaba el llanto de los desesperados. Para algunos eso puede ser considerado como una bondad; para quienes creen que el llanto tiene virtudes curativas, puede ser un maleficio; no tener lágrimas qué contar puede secar el alma y convertir en muertos vivientes a los hombres sin esperanza, pero eso es cuento de otra historieta. Mira, mamá, he inventado a Mictlanpapalotl, insistía el pequeño José. Su madre, harta de la insistencia… harta del trabajo, del costo de la vida, del tiempo no disfrutado, del olvido, terminaba por voltearle una bofetada: ¡Déjame en paz, escuincle. Vete a hacer la tarea y deja de estar diciendo pendejadas! La página quedaba en blanco. —¡Mictlanpapalotl, Mictlanpapalotl, ayúdame, Mictlanpapalotl! —gritaba desesperado José Eutanasio. Ni un solo trazo, ni un solo diálogo. ¿Y si Mictlanpapalotl al fin hubiera 42


sido derrotado? No hay un golpe más contundente que ese: ¡Deja de estar diciendo pendejadas! Tal vez ese ser informe dibujado sobre las páginas anteriores no era otra cosa más que una tontería, un sinsentido y nada más. ¿Cómo iba a luchar Mictlanpapalotl contra los grandes villanos, contra los duendes verdes, contra las gatas negras, los engendros de la noche, si él mismo era una burla? —¡Ja ja ja! —se burlaban los globos de diálogo mal trazados, como una risa ruda que no respeta ninguna posibilidad de existencia. Entonces José Eutanasio se quedaba mirando fijamente la página, y no dejaba de llorar hasta que se quedaba dormido. Su madre también lloraba, y también quería quedarse dormida. —¡Auuu, auuu, auuu! —irrumpía entre las carcajadas de sus enemigos el plañido de Mictlanpapalotl. Caminó por la penumbra de tres viñetas, tropezando con los borrones y las lágrimas secas de José Eutanasio que habían caído sobre el papel. Se detuvo al borde de la página y se le quedó mirando. —¡Auuu, auuu, auuu! —cantaba Mictlanpapalotl—. Mi madre es una mujer de alas enormes que roba sueños a los durmientes para que yo tenga algo que contar. Mictlanpapalotl no era bueno ni era malo, sólo quería secar el llanto de los desesperados y arrullarlos para que descansaran en paz. Una semana después José fue entregado a un orfanato. Con el paso del tiempo, y de las noches de insomnio, se le fue olvidando que alguna vez existió Mictlanpapalotl; pero se sabe que en aquellos años los niños contenían el llanto para no encontrarse con un ser deforme de enormes alas que por las noches se lamentaba: ¡Auuu, auuu, auuu! Aquellos que se atrevieron a burlarse de José Eutanasio durmieron una noche para nunca más despertar. Ahora ya nadie recuerda a Mictlanpapalotl, ni siquiera José Eutanasio, pero si un día te encuentras triste y desesperado, una buena noche, entre penumbras y en silencio, sentirás el aleteo de una mariposa nocturna que vendrá a secar tu llanto. 43


Sudor frío

Pok Manero

Rodrigo jamás se hubiera considerado un superhéroe. No se pensaba como alguien especial, ni creía que lo suyo fuera un superpoder. Se veía a sí mismo como un adolescente más, común y corriente, con la peculiaridad de que su sudor borraba la memoria de quien lo tocara. Lo descubrió siendo apenas un pequeño, un día en que de tanto jugar en el jardín quedó bañado en sudor. Cuando su madre le quitó la ropa para cambiársela por prendas limpias, olvidó vestirlo de nuevo. Muchas otras cosas le pasaron durante la infancia: hubo ocasiones en que sus padres lo olvidaban después de una tarde de juegos en el parque y tenía que volver a casa solo, o en las que maestros y compañeros no podían recordar su nombre después de la clase de educación física. No podía negar que tuviera algunas ventajas, como poder pedir doble domingo, o que le dieran dos veces postre, pero las desventajas eran muchas más como para verse compensadas. Odiaba el verano, pues era cuando más problemas tenía. Siempre que su familia lo llevaba a la playa debía tener especial cuidado para que no fueran a abandonarlo ahí. Cuando tenía que ir a comprar algo a la tienda siempre le cobraban dos veces. Las chicas a las que intentaba ligarse no dejaban de preguntarle cómo se llamaba. Hasta su perro lo desconoció un día en que salieron a correr, después de haberle dado un abrazo. Incluso, cuando tomaba un libro con las manos sudadas, al abrirlo sus páginas estaban en blanco. Más de una vez se quedó con las ganas de conocer el final de una historia por esto. Siendo menor de edad, no podía simplemente irse a vivir al polo y dejar a su familia atrás. Empezó a usar varias capas de ropa, sin importar cuánto calor hiciera. Esto, como era de esperarse, lo hizo el blanco de burlas y risas. Ni siquiera los darketos, quienes también sudaban copiosamente al vestir de negro aun en los días soleados, le brindaron su simpatía. Su condición le impedía forjar amistades, así que siempre se 44


recluyó solo en medio de las sombras, evitando hacer el menor tipo de esfuerzo. Pero prefería esto a tener que estarse presentando cada cinco minutos. Si hubiera sido un superhéroe, su peor enemigo sería el calentamiento global, pues nadie podía notar mejor que él cómo el calor aumentaba año con año. Había escuchado de dicho fenómeno y averiguó en internet de qué se trataba. Convencido de que el derretimiento de los polos le quitaría el único lugar en el cual podría vivir en paz cuando fuera un adulto, decidió unirse a la cruzada por concientizar a la gente del mal que hacían los gases de efecto invernadero, aunque ni él mismo entendiera cabalmente qué eran éstos. Bajó del sitio de Green Peace unos panfletos que imprimió y fotocopió, con cuidado de no mojarlos de sudor y poniéndose guantes a la hora de pagar por ellos, y se puso a repartirlos en el patio de su escuela. Esto sólo le granjeó más burlas, pero no le importó. Sentía que lo que estaba haciendo era relevante y más grande que él o que cualquiera de los idiotas que lo molestaban. Estaba por terminar el último año de secundaria, el verano podía ya sentirse en el clima abrasador. Cuando comenzara el siguiente ciclo escolar él ya no volvería, pues su familia se mudaría al norte y ya había iniciado los trámites para inscribirse en una preparatoria de por allá. Saber que dejaría de ver a la mayoría de los que fueron sus compañeros durante los últimos nueve años lo llenaba de paz, pero también lamentaba alejarse de Ximena, la única chica que había mostrado compasión por él. Ella venía de otra escuela y apenas se había incorporado este año. No sabía quién era él, pero se atrevió a defenderlo sin importar que esto le hiciera perder popularidad. En lo que respectaba a Rodrigo, esto la hizo la chica más popular del universo. Se enamoró de inmediato, obvio. La veía como la Lois Lane de su Clark Kent, la Jean Grey de su Scott Summers, la Gwen Stacy de su Peter Parker. No, Gwen no, mejor Mary Jane. No fuera la de malas que algo feo le pasara. Aun así, años de timidez le impidieron intentar entablar una relación con ella o tan siquiera acercársele. El último día de clases decidió armarse de valor y pedirle su teléfono. Decirle que iba a mudarse pero que quería seguir en contacto con ella y que, si quería, podía ir a 45


verlo a su nueva casa en las vacaciones de invierno. Tan ensimismado iba, construyendo castillos imaginarios y pensando en los hijos que tendrían juntos (aunque no sabía cómo podría intimar con ella sin que lo olvidara por completo) que no vio que Lauro, su némesis y el que más se burló de él a lo largo de los años, estaba a sus espaldas. Llevaba en las manos una gorra llena de escupitajos que pasó por todo el salón, recolectando la saliva de su séquito de amigos. Cuando Rodrigo ya estaba a unos pasos de Ximena, sólo le escuchó decir: “¡Hey, abraza-árboles! ¡Ten, para que te refresques!” Y le puso la gorra encima. Rodrigo sintió cómo algo viscoso se resbalaba por su frente y escurría por su rostro. Escuchó el estruendo de las risas de quienes habían seguido a Lauro con la mirada, anticipando el momento de la burla. Pudo oler su propio sudor frío, que le pegaba la ropa al cuerpo. Percibió el sabor amargo de la bilis, que inundó su boca con un gusto desagradable. Pero lo que más le incomodó, lo que mayor dolor le causó, fue lo que pudo ver: la cara de Ximena, transfigurada por el asco, viéndolo fijamente a los ojos. En ese momento, no pensó que el disgusto en sus facciones lo ocasionara la espuma de los gargajos que decoraban su cara, ni lo grotesco de la acción de su agresor. En ese instante, Rodrigo tuvo la certeza de que el asco reflejado en ese bello rostro era porque había adivinado sus intenciones de declararle su amor. Por un instante, que pareció durar varias eternidades juntas, Rodrigo contempló sus alternativas. Pensó en quitarse la ropa y atacar a Lauro, y a todo aquel quien se riera de él, con su ropa mojada como un arma; hacerles olvidar todo y acabar de una vez por todas con el interminable ciclo de agresión. Se imaginó a sí mismo, transfigurado por la furia y siendo juzgado por la mirada reprobatoria de Ximena. Entonces fantaseó con dirigir su acción contra ella, hacerle olvidar que alguna vez fue buena con él, quitarle el recuerdo del asco que sintió ese día. Pero no hizo nada. Simplemente se quedó de pie, ahí, en medio del salón, hasta que dio media vuelta y salió por la puerta, ignorando los gritos de la maestra, alejándose cada vez más del salón hasta que las risas dejaron de escucharse. 46


Ese día no volvió a casa. Ni el siguiente, ni después. Con sus ahorros, que cargaba siempre consigo en su mochila, siguió alejándose de la escuela, de su ciudad, de su dolor. Una vez que sintió ya estaba lo suficientemente lejos, tomó los frascos que había estado llenando con el sudor que exprimía de sus prendas y se los bebió todos, con la esperanza de poder olvidarse de quién era y poder empezar de nuevo, desde cero. O, al menos, lograr que la mirada de Ximena se le borrara de la mente.

Top ten: Orígenes Conoce los orígenes más populares y creativos de superhéroes y villanos en los cómics gracias a este Top Ten de los comicólogos.

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Perro callejero

Sol Ébano / Editorial Chipotle

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Palabras

Sergio F. S. Sixtos

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La bruja blanca

Ricardo González

Desde pequeño observé cómo la abuela arreglaba todas las cosas. Puertas, ventanas, televisores o antenas, todo lo podía componer. No había objeto conocido que se resistiera a su habilidad. La abuela poseía uno de los poderes más espectaculares y extraños a la vez. Componía las cosas con sólo extender las palmas de sus manos sobre de ellas. En un instante todo quedaba bien, al menos funcionalmente, porque existía un terrible efecto secundario. Lo arreglado depreciaba su apariencia, rozando la deformidad; es decir, hacía feas las cosas que componía. Eso explicaba por qué la casa de los abuelos tenía colores opacos y parecía como si fuera a caerse, aunque en realidad se encontrara en excelente estado. Vaya habilidad. El poder de la abuela era bien conocido en la ciudad y la gente la comenzó a llamar como “la bruja blanca”, por sus artes místicas de composición y el color níveo de su cabello. Las personas apreciaban lo que representaba, pues había realizado varios actos que le valieron el respeto de la ciudad. Por ejemplo, durante el terremoto del 86 restauró un rascacielos, evitando así que cayera y murieran miles de personas. En otra ocasión corrigió un puente desgastado por el huracán Emilie, de tal forma que la colonia volvió a estar comunicada. O la vez que evitó la explosión de la estación de gas, cuando momentos antes de que explotara logró componer las tuberías averiadas. En todos esos casos salvó muchas vidas, por lo que pronto fue aclamada como heroína. Algunos de sus hijos, aprovechando la emoción, le sugirieron que usara un disfraz, pero ella dijo que era ridículo. Por su parte, amigos cercanos le sugirieron que dejara de ayudar a la gente, pues era malagradecida por naturaleza o que, en su defecto, comenzara a cobrar, pero ella hizo oídos sordos. Empero, la más heroica de sus hazañas, sin lugar a dudas, fue la ocurrida en el invierno del año de 1992. Una nevada infernal cayó sobre la ciudad, le acompañaba una terrible gripe, que, dada su naturaleza, no tenía cura. Ello provocó que la gente 51


casi no saliera de sus hogares. En la víspera de Noche Buena la nevada arreció. Desde la ventana observamos cómo el hielo roía las paredes de las casas aledañas. Entonces vimos a los vecinos pidiendo ayuda a la abuela; ella podía componerlas para que soportaran más tiempo. La abuela, siempre caritativa, no pudo negarse. Armada de valor y un abrigo, salió al frio. El abuelo y yo la acompañamos para darle calor mientras ejecutaba sus poderes. Durante toda la noche la abuela compuso, uno a uno, los hogares de la ciudad; desafortunadamente, algo malo ocurrió. Contraje la gripe. Los síntomas se manifestaron con celeridad: dolor de cabeza, calentura extrema y fluidos extraños proveniente de mis orificios. Mi familia me rodeó, aguardando el destino final. Todos estaban ahí, esperando, todos menos la abuela, ella no, ella siempre tenía una cura. La observé al otro lado de la recámara, aproximándose lentamente. Cuando estuvo cerca de mi oído, me preguntó si quería que lo hiciera. Dudé. En ese momento, como el relámpago que enciende la noche, se iluminó mi consciencia. Entonces, con nostalgia, reconocí que tal vez era la única forma de salvarme. Pasados algunos minutos, respondí que sí. La abuela colocó sus manos extendidas. Un calor fue apoderándose lentamente de mi cuerpo y dormí. Durante mi descanso tuve un extraño sueño. La abuela estaba sentada en el comedor mientras manducaba una sopa que olía deliciosa. —¿Quieres? —preguntó, a la vez que extendía la cuchara hacia mi boca. —Sí —respondí y probé aquel caldo. Entonces vi colores y degusté sabores tan agradables y deliciosos. Nunca antes había percibido algo similar. Después, todo se tornó oscuro y frío, y nuevamente descansé. Desperté de golpe, sudando en frío, como le dicen. Tomé un espejo y observé la obra de la vida. No era un monstruo, simplemente un feo promedio. No estaba tan mal. Volteé, nadie me miraba, pensé que las miradas esquivas eran por mi fealdad, pero no, me equivoqué, iban de negro. La abuela había muerto. El velorio era en uno de los cuartos contiguos. La bruja blanca había ejecutado su última compostura en mí. Sin 52


energía, cansada y enferma, quedó inconsciente e incapaz de utilizar su poder sobre ella misma. Todos lloraban, hasta el abuelo que nunca lo había hecho. Su funeral fue al día siguiente. Sentía un fuerte dolor en el pecho, tenía que hacer algo por ella. Resolví entonces que, así como la abuela había utilizado su poder sobre mí, yo usaría el mío en ella. Después de muchos años, volvería a ejecutarlo. El destino había entregado a la abuela un verdadero poder, envidia de los más grandes héroes. En cambio, había resuelto otorgarme uno nefasto: que todo aquello feo, se volviera bello, pero a cambio, todo se descompondría. La flor podrida podía volver a ser, pero estéril. Así, extendí mis manos sobre la abuela y, en una lluvia de luz, su cuerpo comenzó a recobrar sus colores. Su piel rejuveneció y sus labios se fortalecieron. Moriría bella, por lo menos. La gente se conmovió de mi estéril esfuerzo y en contribución adornaron el cementerio entero con rosas. La abuela sonreía, como si estuviera satisfecha por lo hecho. Desde hace tiempo no utilizaba mi poder porque no tenía mucha utilidad, pero esa vez lo usé convencida de que algo bueno saldría de ello. Por primera vez en mi vida lo había usado correctamente, y la gente, que vio a la abuela con el cabello castaño, salió del sepelio diciendo que pese a que el cabello ya no era blanco, le seguirían recordando como “la bruja blanca”, porque desde siempre y hasta siempre se le designó así, no por el color de su cabello, sino por la bondad de sus actos.

Las niñas del insomnio

Abraham Villaseñor

El viejo Maclum despierta aturdido, está flotando en gravedad cero junto con todas las cosas de su camarote. El carguero interestelar que comanda vaga en el espacio sin rumbo fijo, así que se dirige a su puesto de mando. Le duele la cabeza y todo es muy confuso, lo último que recuerda es haber discutido con alguno de sus subordinados. La nave está desierta, sólo escucha el crepitar del metal estrujado por la fuerza del cosmos. 53


Horas antes, mientras la tripulación se encontraba enajenada en sus labores cotidianas, Maclum perfilaba coordenadas en las pantallas, y por casualidad detectó una nave. Se asomó por el visor del arma sensopulsara y con dificultad distinguió la silueta de los piratas que se aproximaban camuflados. Con un solo disparo desactivó el disfraz de los enemigos, que huyeron a toda marcha. Comenzó la persecución y no le fue difícil alcanzarlos, pero antes de que pudiera capturarlos la nave se autodestruyó. Tras su hazaña, fue por vodka para celebrar con sus hombres en el comedor. Este tipo de ataques son comunes para los cargueros, ya que transportan codiciadas materias primas para los planetas que se encuentran fuera de la red de mundos. Por fin, vagamente, recuerda el altercado que sucedió luego de la celebración. El mítico carguero Kalantz es comandado por el viejo y famoso Maclum, verdadero genio y auténtico lobo del espacio. Un cosmonauta valiente e infalible con tantos amigos como enemigos. Poca gente tiene sobrenombres y anécdotas tan sorprendentes como él. Su tripulación lo apodó “el Archivo” por su extenso conocimiento del universo, y en los lugares donde lo reconocen lo llaman de maneras diferentes. También lo apodan “el abuelo del espacio” o “el padre del tiempo”, por su avanzada edad. En algunos planetas es considerado un superhombre, ya que hace unas décadas comandó un escuadrón de choque para liberar sectores esclavizados por flotas paramilitares. Ahora, desde su puesto, mira el video de circuito cerrado y encuentra la discusión en el comedor. En la pantalla Maclum reprende y apunta a cada uno de sus hombres, ordenándoles algo que no se entiende. Ellos abandonan el comedor y él sale al final. Por fin, súbitamente lo recuerda todo, pero nada tiene sentido, parece un sueño confuso. Consulta los videos de los pasillos, camarotes y todas las bodegas del Kalantz. Queda horrorizado. Seis de sus hombres entran a la sala de revisiones y pelean hasta morir; los tipos se despedazan hasta que el último en pie se da un tiro. En una bodega cuatro mecánicos dejan caer sobre ellos un contenedor. Otros se incineraron en los motores de propulsión. Así, sus veinte hombres se quitaron la vida de formas 54


horribles. Por alguna razón, Maclum está seguro de habérselos ordenado. Intrigado y sin respuestas, regresa el video hasta el momento del ataque pirata. Se percata de que la nave no pretendía abordarlos: se acercó para soltar un paquete. Una caja negra de la cual salió un pequeño ser brillante que se adhirió al Kalantz como una remora. “¡Una niña!”, exclama Maclum, pegando el rostro a la pantalla. Las niñas del insomnio o ballenas parlantes, como también se les conoce en algunos cuadrantes del universo habitable, son seres que emiten ondas psíquicas que atraviesan miles de kilómetros en el vacío; esas frecuencias provocan intensas alucinaciones a los seres vivos que se interponen en su camino. Los yonkis, que buscan a “las niñas” para viajar con su melodía, aseguran que no existe ninguna sustancia en el universo que coloque un estado sinestésico tan profundo; le llaman psicopaniquia, el sueño eterno de las almas después de la muerte. Se dice que esa especie emigró de su hábitat natural, el planeta Talamek, hace más de un siglo. Huyeron del ataque de una extinta institución bélica que intentó aniquilarlas para apoderarse de su pequeño planeta. Millones de “niñas” salieron cantando al espacio exterior para contagiar a la flota entera, que perdió la cordura y comenzó a dispararse entre sí. En los planetas puerto donde aterrizan las naves para cargar combustible, alienígenas de todas las razas comentan cosas extrañas sobre estos elusivos seres. Algunos relatan que han visto a gente arrancarse la lengua, lanzarse al vacío o disfrutar y reír felices. Todo depende, dicen, del humor de la “niña” que los contagió. Las describen como peces o moluscos brillantes que flotan en el espacio. Se dice que se han capturado “niñas” con vida gracias al perobeno, un material que logra aislar sus ondas alucinatorias. Se supone que han sido usadas para alcanzar la liberación, o para destruir planetas enteros. Lleno de remordimientos, Maclum se pregunta: “¿Por qué me hicieron caso?”, mientras toca la sangre de los cuerpos aplastados por el contenedor gigante. De pronto una pequeña luz tenue que pulula cerca de una escotilla lo distrae, la sigue y cuando se acerca para tocarla, el brillo se transforma en una hermosa criatura que 55


flota. Es translucida, escamosa y pequeña. Al verla, Maclum experimenta una sensación agradable mientras escucha una voz infantil: “Me dejaron para destruirte, pero te encuentro virtuoso, aunque tus hombres no lo fueron. Por eso te concedo mis poderes, desde ahora serás Caanez, el dios de los libres”. La luz se torna cegadora e invade la sala. Maclum cierra los ojos y cuando los abre está sentado en el comedor con sus veinte subordinados que ríen y beben animados. Extrañado se levanta y tira su silla llamando la atención de todos. “¿Capitán, está bien?”, le pregunta un muchacho. Él se disculpa y se dirige a su camarote. Al mirarse en el espejo casi se desmaya, su reflejo es el del joven capitán Maclum, pero su sabiduría y determinación aún son las del viajero legendario del espacio. El renovado capitán medita durante un largo rato, después regresa al comedor con sus hombres, extiende la mano al frente y decide descubrir los poderes que le ha regalado la “niña del insomnio”.

Superpoder supersutil

Arriezu Zatorre

Avanzaba poco en el tráfico, pero al menos no estaba parado. El teléfono sonaba y sonaba sin poder descolgarlo. Sería su mujer, para recordarle la entrevista con los tutores de las niñas. Qué oportuna. Tomó una calle transversal pensando que habría menos tráfico, pero se equivocó: una docena de camiones de reparto estaban parados taponando la calle. Ya no tenía forma de volver atrás: estaba atascado. Descolgó el teléfono, pero su mujer ya había colgado. Aprovechando la inmovilidad, la llamó, pero comunicaba, seguro que parloteando con su madre ¡Qué coño era tan importante! Un policía le señalaba el teléfono con reproche y él se encogió de hombros con las manos encima del volante, preguntándose si el idiota no se había percatado de que estaba parado. 56


La señal luminosa del reloj comenzó a sonar. Mierda, lo que faltaba, pensó, una emergencia y yo en un atasco, qué oportuno. Marcó en el reloj una clave de no disponibilidad. Casi al instante volvió a recibir la misma señal de emergencia. Debía de ser grave o todos sus compañeros estarían en el mismo embotellamiento. Entró una llamada de la Central y una muy nerviosa Penny le pasó con el jefe. —Jefe, estoy en un atasco a dos kilómetros del centro El policía lo miraba ahora con enfado y se acercaba. Decidió mantenerle la mirada tratando de poner la misma cara de tonto mientras escuchaba con cierta sorpresa a su jefe. —¡Fuerzas de nivel diez están en el centro arrasándolo todo! Tenéis que ir todos. El edificio de la bolsa está destruido y no paran su avance. Uno y Dos están ya ahí, pero informan que solos no pueden contenerlos. —Mierda, estoy en un atasco y un policía está tocando en la ventanilla porque quiere multarme por hablar por teléfono en un vehículo parado. Le voy a partir la crisma. —Cinco, concéntrate e intercepta la amenaza lo antes que puedas. Si tienes que dejar el coche en medio de la calle, lo dejas —dijo con un último gallito de terror antes de colgar. Bajó la ventanilla con una furia interior emergente mientras una llamada de su mujer volvía a entrar remachando las palabras del policía: —De esos que lleva la oficina en el coche, ¿eh? —¿Ha oído eso de que hay algo que está destrozando la ciudad? —Como si hubiera llegado el apocalipsis —dijo mientras le pedía la documentación. —¿Me va a multar por hablar por teléfono en un coche parado? —Usted lo ha dicho, pero el coche está en marcha. —No me joda. Podría dedicarse a hacer su trabajo y espabilar a esos repartidores en lugar de tocar los cojones a un ciudadano honrado. 57


—Sí, claro, uno de esos que paga los impuestos. —Y que ayuda todos los días a la ciudad en su tiempo libre. Para sorpresa del policía, salió del coche en el momento justo en el que su mano derecha se dirigía al bolso de la camisa para tomar el bolígrafo y con cara de tonto y susto fue testigo de cómo le robaban el revolver. —Cuidado, amigo, puede hacer daño a alguien con esto. Le dejo las llaves en el coche para que lo retire de la circulación. La documentación está dentro. Salió corriendo y en el primer portal que encontró se despojó de la ropa y salió corriendo en traje de faena a una velocidad inaudita por entre el río de acero. Cuando era necesario saltaba por encima de los coches sin hacer caso de los gritos de los conductores. Al llegar a la avenida de la Bolsa se quedó sin aliento: dos Entes Lagarto se movían a cámara lenta haciendo pedazos los edificios. Dos moscas parecían entorpecerlos. Eran Uno y Dos, a punto de ser aplastados como moscas. Había llegado justo a tiempo. Sin darles ningún motivo y en un acto veleidoso, los Entes Lagarto abandonaron a sus dos presas voladoras y se fijaron en él, empezando una persecución frenética alrededor de las ruinas de la Bolsa. Trató de alejarlos del río de personas que huía despavorido ocasionando más destrozos en los edificios que todavía quedaban en pie. Escalaba por los edificios y se escondía entre los amasijos de hierro jugando a un mortal juego del gato y el ratón. Sufrió caídas. Casi lo aplasta una zarpa maloliente e inmensa, como dos autobuses de grande. Cuando llegaron Tres y Cuatro, con su dominio de los elementos y la telequinesis, tumbaron a las bestias y acabaron con ellas, no sin antes terminar de destruir toda la manzana. Los cadáveres de los pobres inocentes plagaban la calle. Los helicópteros de las televisiones zumbaban más de cerca. El jefe los llamó y los abroncó. Cuatro desconectó la comunicación y miró a sus compañeros, que le devolvieron gestos de culpabilidad pero con la tensión de la 58


adrenalina todavía bullendo en una sonrisa de satisfacción. El teléfono volvió a sonar. —Cariño, te he devuelto la llamada pero… Un torrente de reproches e insultos le taponó los oídos. —Cariño —intentó interrumpir—, casi me matan, no sé si has visto las noticias… La retahíla seguía y sus compañeros no paraban de carcajearse. —Calzonazos. —Si necesitas ayuda con tu mujer, a mí no me llames, prefiero cien lagartos de estos. —Por cierto, Cinco, cuando te termine de joder tu mujer, recuerda que esta semana te toca limpieza y prensa. Yo me marcho, que tengo dos días libres —dijo Dos y, junto con Tres y Cuatro, salió corriendo. Uno se había quedado con él. —Macho, todavía no entiendo ese poder tuyo. El Don de la Oportunidad, pero hoy nos has salvado a Dos y a mí. Gracias. Sólo se dedicó a despejar el acceso a las ambulancias y a los bomberos. —El calvorota del Jefe lo llama el Don de la Oportunidad, pero no soy más que un puto gafe —pensó y se acercó a la prensa para hacer las declaraciones oficiales mientras colgaba por enésima vez a su mujer y escuchaba los insultos y gritos de heridos y asustados ciudadanos.

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Empresa transnacional solicita

Miguel Lupián

La sala de espera estaba atiborrada de tipos vestidos con leotardos de colores estrambóticos, con capas largas y antifaces ingeniosos. Había musculosos y panzones, altos y chaparros. El hombre atravesó la sala con la mirada baja: sentía pena de su disfraz: unas botas sucias y una gabardina carcomida por las polillas. Entregó el currículum vítae a la secretaria cadavérica y se sentó en la única silla que quedaba disponible. Lo pequeño de la habitación, la gruesa alfombra y lo bajo del techo, el bullicio, los nervios y el cansancio por una noche ajetreada terminaron por sofocarlo y cerró los ojos por unos segundos. Despertó cuando sintió la mirada penetrante de la secretaria desgarbada. Era su turno. La sala de espera estaba casi vacía. Se peinó el cabello con las manos y se incorporó lentamente. Antes de abrir la puerta del despacho se acomodó la gabardina y rogó porque hubiera una ventana abierta en su interior. Al entrar, una ráfaga de viento alborotó su cabello y la gabardina ondeó heroicamente. Se colocó las manos en la cintura y sonrió mostrando sus blancos y parejos dientes. El entrevistador, un viejo obeso de mejillas rosadas y ojos azules, aplaudió de pie y lo invitó a sentarse. Después de discutir sus proezas más sobresalientes, como el rescate de veinte bebés atrapados bajo los escombros y haber disminuido el índice delictivo en un noventa por ciento en su colonia, el viejo obeso sacó una pistola del cajón y le disparó silenciosamente en pleno pecho; se acercó al intercomunicador y, apretando un botón rojo, ordenó: El que sigue.

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Autómatas Dirección Miguel Lupián

Equipo Editorial

Los Comicólogos

Ana Paula Rumualdo Flores

Adrián “Pok” Manero

Adrián “Pok” Manero

Antolín Hernández

Manuel Barroso Chávez

Ramón Fernández

Mariano F. Wlathe (diseño)

Gustavo Hernández

Francisco de León

Arte Jovanna Plata Almeida (portada) Ele Palma (contraportada)

Contacto Penumbria.mx Facebook.com/Penumbria @RPenumbria revistapenumbria@gmail.com Los Comicólogos


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PENUMBRIA 36  

Antología de cuento, ilustración y cómic en colaboración con Los Comicólogos.

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