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34 Junio, 2016

Atribuciรณn - No Comercial - No Derivadas


Índice Torre de Johan Rudisbroeck

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Tienda de antigüedades del perverso Mefisto

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M / Bernardo Monroy

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C. R. A. P. / Pok Manero

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¿De qué están hechas las perlas? / Andrea González

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Ciclogénesis explosiva / Pablo Solares Villar

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El quimérico doctor Naim / Andrés Galindo

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Mover las estrellas / Rex Draco

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Dreamtigers / Alberto Puebla

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Corazón mecánico / Daniela Cruz Guzmán

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Cuentos planetarios / Damián González

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Sobre la metamorfosis roja / Mario Mendicuti

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Horror de madera / Edgar Martínez

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Lobo hombre / Silvina Palmiero

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Álador, El Restaurador / Ernesto A. Castro

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51*12’34’’N - 3*13’12’’E / Miguel Lupián

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Lavadora / Juan de Lobos

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Gota de azul / Mariano F. Wlathe

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Planeta rojo / No Hilda

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La pecera / Amílcar Amaya

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Ciclo de vida / Alberto Sánchez Argüello

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Pussycat / Macarena Muñoz Ramos

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Autómatas

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Torre de Johan Rudisbroeck Miguel Lupián Al igual que en el número anterior, en esta convocatoria recibimos más de 100 cuentos. Situación que, aunada al incremento espectacular de autómatas (seguidores) en redes sociales, nos enorgullece y entusiasma, pues lo fantástico está más vivo que nunca. A pesar de que este número no tuvo un tema en específico, encontramos dos muy presentes en las tramas: la desesperanza y la crítica social. A veces de forma sutil, dejándose ver por aquí y por allá; otras, directo a la cara. Evidentemente, alimentados por los terribles sucesos que están ocurriendo en el país y en el mundo. De nuevo, esto nos enorgullece y entusiasma, pues más que nunca necesitamos desahogarnos, alzar la voz. Estamos convencidos que la imaginación no es un simple escape, sino el mejor armamento para enfrentar a la realidad. Por ello, desde nuestra trinchera literaria, continuaremos (como lo hemos hecho durante cuatro años) con la labor de difusión y promoción de lo fantástico. Esperamos que la imaginación y creatividad de los autores que estás por leer sean un bálsamo que alivie el escozor provocado por las garras de las bestias del presente. Adelante.

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Tienda de antigĂźedades del perverso Mefisto


M

Bernardo Monroy

Ernesto esperó a que el carruaje se detuviera en una callejuela lo suficientemente alejada del Zócalo de la Ciudad de México. Todo saldría a la perfección: ni un solo catrín deambulando por la calle, ni un borrachito con su tarro de pulque y, sobre todo, ni un miembro de la gendarmería o la guardia de rurales. Se cubrió la cara con la máscara que su maestro, a quien apodaba “M”, le regaló y sacó su revólver. Primero disparó al cochero. En cuanto el caballo se encabritó fue el momento justo para abrir la puerta del vehículo de un balazo y dispararle en la pierna al hombre que viajaba con su esposa y su hija. —Quiero todas las cosas de valor. Ahora —ordenó. El hombre no dudó. Obedeció, dando con una mano temblorosa joyas, relojes y dinero a Ernesto. Aunque el acaudalado caballero cumplió su promesa, Ernesto disparó en su pierna, al momento que seguía su camino rumbo al Zócalo. Entre mujeres con corsés, caballeros con esmoquin, bandas que interpretaban a Juventino Rosas, niños que vendían “El Imparcial” y uno que otro rebelde que ofrecía “El hijo del Ahuizote” (periódico de la oposición) el México de principios de siglo XX florecía. Ernesto caminó hasta una pulquería, sosteniendo su morral y una cajita de cerillas. Pidió un curado de fresa y lo bebió mientras miraba su entorno: prostitutas, soldados, obreros de diferentes sectores. Bebió con calma. Observó de forma detenida el entorno. Su maestro, “M”, le enseñaba a ser analítico, “observador, controlando todo, Ernesto. Así debes ser: como una araña en el centro de su red”. Esperó a que todos 6


estuvieran suficientemente borrachos para dejar el morral sobre la mesa. Después, sacó de su bolsillo una mecha que introdujo por un agujero de la tela. Encendió la punta y salió de la pulquería tan rápido como pudo. En pocos segundos una ensordecedora explosión mató a la clientela y llamó la atención de los ciudadanos. Para ese momento, Ernesto ya se encontraba lo bastante lejos. Antes de tomar un carruaje rumbo al Internado Francés Para Varones San Dumas, buscó a un niño de la calle que le pidiera dinero. En cuanto lo tuvo frente a frente, en vez de una moneda sacó su navaja y le rebanó la garganta, dejándole una macabra parodia de sonrisa. Los carruajes eran costosos, pero a Ernesto no le importaba. Después de todo su padre era un hombre muy acaudalado, que formaba parte de los hombres de confianza del presidente Porfirio Díaz, esos que llamaban “científicos”. Horas después llegó al internado, ubicado en medio del bosque, en la Garita de Chapultepec. Fue muy cauto al saltar la barda y que el prefecto no lo viera, pues por escapar en horas de clase podía hacerse acreedor a diez azotes. Así eran esos hermanos maristas hijos de puta. Pero ya se vengaría, pensaba Ernesto. Algún día crecería, tendría más de 16 años y todos esos bastardos se la pagarían. “M” estaría allí para enseñarle, porque era el mejor maestro del mundo en lo que sabía hacer. Llegó al aula de matemáticas. En el pizarrón había cientos de ecuaciones. Sobre el escritorio libros de ciencias exactas, incluso uno que “M” era autor, titulado La dinámica de un asteroide. Su maestro descansaba en el escritorio, con las manos entrelazadas. Como siempre, estaba concentrado, abstraído del mundo exterior, inmerso en sus números, sus datos duros, sus anhelos de dominación y su pasión por el crimen. —Listo. Ya hice lo que me ordenó: robo, terrorismo, asesinato. ¿Me escucha? ¿Hola? ¡Oiga! ¡Profesor Moriarty! El aludido propinó un puñetazo en la mesa. Al parecer, no estaba tan 7


concentrado. Se puso en pie y miró a Ernesto como una serpiente a un ratoncito que iba a devorar. De hecho, el profesor guardaba muchas similitudes con un reptil. —No vuelvas a decir mi nombre verdadero en un lugar público —susurró—. Si lo vuelves a hacer, juro que arrancaré tu piel y me haré una corbata de moño con ella. Y no hablo en sentido metafórico. —De acuerdo, maestro Adam. —Muy bien. Espero todo haya salido bien. Hasta el momento has sido un excelente discípulo. Eres joven, talentoso, y tienes, como yo, esas características que según Lombroso te define como un criminal, pese a ser de familia acaudalada. Me recuerdas mucho a cuando yo tenía tu edad y era un prodigio para las matemáticas. No te sientas mal por ser un asesino y poner bombas en lugares públicos, la gente muere. Eso es lo que al final siempre hace. Ernesto conoció al profesor Moriarty… o al profesor Adam, mejor dicho, cuando se incorporó como maestro de matemáticas a mediados de 1901. El director le dijo a los alumnos que era originario de Inglaterra, y se mudaba a México para buscar fortuna integrándose al grupo de los científicos de Don Porfirio Díaz. El cuerpo y rostro del académico le fue a Ernesto muy familiar. En algún otro lugar lo había visto. Esa calva, esa coronilla castaña, esa complexión delgada, esas ojeras y esa nariz ganchuda… de alguna ilustración tenía que ser. No fue sino hasta un mes después cuando lo buscó en los jardines de la escuela. El maestro miraba, absorto, los árboles de Chapultepec. Ernesto no dudó, llegó preguntándole qué hacía allí James Moriarty, criminal de talla internacional quien la última vez que fue visto fue en las cataratas de Reichenbach, luchando mano a mano contra el archifamoso detective Sherlock Holmes. —No tiene caso negar lo obvio —dijo Moriarty, sin siquiera notarse con un ápice de asombro—. Después de todo, no creo que a un muchacho de 16 años le crean en caso de que me delates. Te explicaré: en 1893 pelee contra mi archienemigo, Sherlock Holmes, mientras caíamos desde lo alto de un precipicio en las cataratas 8


de Reichenbach. A este episodio, las crónicas del doctor Watson lo titularon “El problema final”. El asunto era que no podíamos morir ni Holmes ni yo. Somos polos opuestos. Él es el bien, la justicia y el orden. Yo soy el mal, el crimen y el caos. En estos momentos, Sherlock Holmes está disfrazado, como un explorador de apellido Sigerson. Toda la humanidad cree que estamos muertos, pero no es así, muchacho: somos inmortales. En cuanto salí de las cataratas, le pedí a dos miembros de mi banda que me consiguieran identidades y papeles falsos, después decidí viajar a México. Después de todo soy un cerebro de primer orden, un genio y un pensador abstracto. No me cuesta trabajo aprender las costumbres y el idioma de cualquier país. Así que decidí impartir clases como maestro en una escuela para jóvenes acaudalados, para colarme con la clase alta de México y convertirme en un hombre cercano al presidente Díaz. Eso hasta que Holmes asuma públicamente que ha regresado. De verdad que la impunidad de este país me encanta. ¿Pero sabes qué me gusta más? Que en todo el mundo siempre hay alguien con la semilla de maldad. Alguien lo suficientemente inteligente para comprender que una vida humana vale menos que la de una lombriz. Alguien que sepa que el único deseo y voluntad importantes son las del poder. —Nietzsche —respondió Ernesto—. Ese concepto es suyo. Moriarty sonrió mostrando una dentadura impecable. Una mueca que decía: “Por fin encontré un nuevo discípulo”. A lo largo de los siguientes meses, el “Profesor Adam Worth” (pseudónimo de James Moriarty) le enseñó a Ernesto los elementos necesarios para convertirse en un genio del crimen: cómo ocultarse entre las sombras, cómo disfrazarse, cómo noquear a un policía, cómo crear explosivos, cómo empuñar un arma blanca o un arma de fuego. Cómo estafar desde un niño o una viuda rica hasta a un empresario exitoso. Comenzó robando objetos de sus compañeros y maestros, y poco a poco aumentó la intensidad y el dolo de sus crímenes. A cambio, Ernesto presentó a Moriarty a su padre, quien poco a poco se introducía en el grupo de los científicos. Conoció en persona al Presidente Díaz. Fue una lástima que John H. Watson no estuviera allí para hacer la crónica. Aquel 9


hombre robusto, de bigote poblado y cabello blanco al lado de aquel hombre calvo, de mirada siniestra, complexión delgada y modales refinados. Moriarty empezaba una nueva vida lejos de Inglaterra, mientras que Ernesto se volvía un joven genio criminal. Aquel trueque era más que justo. Moriarty salió del aula, mientras Ernesto lo seguía. Llegaron hasta la amplísima entrada de estilo afrancesado de la escuela. —¿Qué hay para mañana, profesor? Un grupo de muchachos y maestros caminaron frente a ellos. Moriarty carraspeó, hablando con naturalidad y tono neutro de impartidor de matemáticas: —Operaciones de polinomios con una variable, ahora avanzaremos, ya vimos robos, asaltos, explosivos y homicidio, ecuaciones de primer grado con una incógnita, mañana veremos abuso sexual a menores y estafa, ecuaciones cuadráticas. Así que prepárate. El aprendizaje nunca termina. —¡No, señor! —exclamó Ernesto, con un tono del niño más aplicado, odioso y pedante del salón, ese que a todos engaña con su inocencia—. ¡El aprendizaje nunca termina!

C. R. A. P.

Pok Manero

Dicen que en el baño para hombres del Azteca Men’s Club espantan. Que en cuanto cierras la puerta, las luces de nitrógeno parpadean. Que escuchas silbidos en el aire y sientes como si alguien te observara. Que el papel de baño se mueve de lugar. Que cuando te sientas en la taza, sientes como si una mano helada te agarrara el culo. Que una imagen escalofriante se refleja en el espejo cuando te lavas las manos. Que las llaves del lavabo vuelan por los aires entre chorros de agua. Que la puerta se atora y mientras golpeas pidiendo ayuda, la misma mano helada se posa en tu nuca y crees que llegó tu hora, justo cuando alguien afuera abre la puerta y te desmayas en sus brazos, 10


ocasionando risas en la gente que te ve, y todo vuelve a la normalidad, pero en tu próxima visita prefieres aguantarte hasta llegar a casa. Por estos extraños rumores es que mandaron a uno de los personajes en este relato a investigar. Llega después de que el último borracho se fue, una vez que todas las strippers ya van camino a casa y el jefe está haciendo cuentas en su oficina. El visitante, vestido de un blanco impecable, entra al garito, pasando desapercibido por los pocos que aún ocupan el inmueble. Se dirige al sanitario sin interrupciones, yendo (como es de suponerse) al fondo y a la derecha. Prende el interruptor y contempla el escenario. El baño es como cualquier otro sanitario de caballeros en cualquier otro tugurio de mala muerte: sucio, oscuro y con un hedor que hace lagrimear los ojos de aquel desafortunado que haya tenido la mala fortuna de aspirarlo. Y comienza el espectáculo: la luz parpadeante, los susurros en el aire, las cosas que empiezan a moverse… El visitante saca unos papeles de su bolsillo, los revisa brevemente y empieza a decir en voz alta: —Alberto Jiménez Vázquez, por los poderes en mí investidos, ¡te ordeno que te manifiestes frente a mí! ¡Kimota! Tras pronunciar esta palabra, el baño vuelve a la normalidad, el show de luces termina y todo se ve envuelto en una luminosidad blanca y cegadora. Frente al visitante se materializa la imagen de un punketo que, confundido, pregunta: —¿Kimota? ¿Es neta? ¿Eso qué? —Cualquier tipo de palabra mágica o similar sirve para que una invocación entre en efecto. ¿Hubieras preferido shazam? ¿O abra-cadabra? De todas formas, funcionó: estás aquí. Bien, seré breve. Estoy aquí en representación de la Comisión Reguladora de Actividades Paranormales… —¿CRAP? —interrumpió el punketo. —Sí, nuestras siglas son C. R. A. P. —¿Sí saben que crap en inglés significa…? —No eres el primer listillo bilingüe que nos lo quiere hacer notar. Bien, si no 11


me interrumpes más, continuaré. Por medio de la presente —continuó, hablando en su acento extranjero y extendiendo su brazo con un sobre en la mano hacia el punketo, mientras con la otra mano seguía sosteniendo el papel desde el cual leía—, se te invoca para que te presentes en nuestras oficinas en el antiguo Limbo, con el fin de discutir la penalización en la cual incurrirás por haber roto los artículos 324.e, 487.a y 487.b del reglamento para fantasmas y espíritus… —¡’Pérate, ‘pérate, ‘pérate! ¿Cuál reglamento? ¿De qué me estás hablando? El visitante suspira con fastidio, se pasa la mano libre por la cara en señal de hartazgo y dice para sí mismo: —Esos idiotas de Inducciones otra vez no hicieron su trabajo… Te explico brevemente: hace algún tiempo, el Infierno cerró sus puertas debido a la sobrepoblación. Como el Purgatorio no se dio abasto para atender a todos los que iban muriendo y los turnos para revisión y una posible entrada al Cielo eran cada vez más lejanos, surgieron los polleros de ultratumba. Estos intentaron (y lograron, hasta ahora nadie sabe cómo) meter a una gran cantidad de almas al Paraíso. Entonces el director general tomó la decisión de… —¿Cuál director general? ¿Y Dios? —Dios, si alguna vez existió, se jubiló hace mucho y dejó el negocio en manos de otros administradores. Entonces, si vas a bien no interrumpirme más, continúo: el director general tomó la controversial decisión de expulsar a los inmigrantes, mandarlos al Limbo, y cerrar definitivamente las puertas del Cielo en lo que se ideaba una manera más organizada de otorgar los ingresos al Edén sin que se colara gente indigna del club VIP al que pertenece toda esa bola de snobs. Es así como se creó la Comisión… —¿CRAP? —Sí, la Comisión Reguladora de Actividades Paranormales. Puesto que, con Cielo e Infierno inaccesibles, el Limbo y el Purgatorio se fusionaron en una sola entidad y también cerraron sus puertas, regresando a la mayoría de las almas a la Tierra y haciendo que todo nuevo muerto se convirtiera de inmediato en alma en pena, deambulando 12


por el mundo de los vivos en lo que genera un historial lo suficientemente bueno como para que se pueda acreditar su acceso al Cielo. O tan malo como para ameritar el Infierno. Siendo así, y volviendo a mi punto inicial, el artículo 324.e menciona que está prohibida cualquier actividad de poltergeist sin licencia… —¿Polter-qué? —Poltergeist. Cuando un fantasma mueve objetos del mundo material con el fin de asustar a los vivos. Y los incisos a y b del artículo 487 dicen que no puedes embrujar otro lugar más allá de dos metros a la redonda del sitio en que falleciste y, según los registros, hubo una aparición cuya descripción coincide con tu aspecto en una residencia a unas diez cuadras de aquí. —¿Qué, uno no puede ir a visitar a su novia? —Estando muerto, no PUEDES tener novia. —Bueno, ex novia, o lo que sea. Me dio por extrañarla y quise ir a verla… —¿Y de paso aterrorizarla a ella y a su familia? —Pues es que estaba con un güey, la cabrona. Y la neta sí me enchilé. ¿Apenas llevo una semana muerto y ya anda de cuzca con otro? No se vale… —Mi estimado Alberto, lamento informarte que llevas un año, siete meses, dos semanas y dos días muerto. No te alarmes, el tiempo es así una vez que falleces. Veme a mí, yo morí en enero y siento que fue apenas ayer. En fin, estas infracciones que te menciono van a tu expediente. Debes presentarte en las oficinas del Limbo (adentro del sobre vienen las indicaciones para llegar) en las siguientes cuarenta y ocho horas si deseas apelar y para poder tramitar tus licencias, a menos que quieras que tu audiencia se aplace por un par de décadas más. —¿Que qué? Oye, pero ¿qué infracciones? ¿Que no puedo salir de aquí? ¿Ya viste este lugar? ¡Me petateé en el baño de hombres de un puto teibol! Aquí no veo más que traseros peludos y pitos todo el tiempo. Todavía hubiera sido en el de viejas, o en los vestidores de las strippers (que ni están tan buenas), pero ¡no! ¿Y ahora resulta que si salgo de aquí me multan? 13


—No es culpa de nadie más que tuya que se te haya ocurrido meterte una sobredosis en este antro de quinta. Y sobre no salir de aquí, ponme atención: si te apegas a los reglamentos, es probable que en unos cincuenta años puedas tener tu audiencia e ir a otro lado, ya sea Cielo o Infierno, que cualquiera es mejor que seguir en este mundo. Aún si no tienes tu revisión pronto, el buen comportamiento te puede dar derecho a expandir tu área de influencia, a cambiar tu lugar de embrujamiento o incluso a hacerlo portable y que se mueva junto a alguien vivo. —Claro, “pórtate bien y todo saldrá como quieres”. Como si no hubiera escuchado esa misma tonada mientras estaba vivo. Pareces político, así, con tu traje y corbata. Pero si no me quiero portar bien, ¿qué? ¿Quién me va a obligar? Además, ¿de dónde te conozco? Tu cara se me hace familiar, pero me cuesta trabajo recordar… —Créeme, la alternativa es peor. Si desobedeces, el órgano policial de la Comisión irá por ti y, cuando te atrape (pues lo hará, ya que no hay forma de escapar), te condenará a trabajar como uno de sus burócratas y a leerle invocaciones a fantasmas primerizos que creen que pueden hacer lo que les dé la gana sólo porque cuando estaban vivos se creían muy contracorriente y revolucionarios, o lo que sea —dijo Bowie mientras se desvanecía, hojeando sus documentos para ver cuál era la siguiente alma en pena a la que debía amonestar.

¿De qué están hechas las perlas?

Andrea González

¿De qué están hechas las perlas, Victoria? Preguntó el niño de cabello rizado sentado al pie de su cama, viendo a su hermana jugar con el elegante collar de perlas de origen desconocido. Victoria no respondió. Tomó el collar con delicadeza y lo puso alrededor del cuello del pequeño. Con la mirada fija en el espejo, Victoria enredó un poco el collar. Lo fijó a uno de los barrotes de la cama y jaló a su hermano. El collar estuvo a punto de reventar, pero antes los huesos del niño tronaron y dejó de respirar. 14


Penélope se mira en el espejo con el extravío de alguien que nunca ha visto un espejo y cree reconocer a una persona distinta a todas las que conoce o ha conocido. ¿De qué están hechas las perlas, Penélope? Le pregunta su mejor amiga, sentada en el suelo, comprobando entre sus dedos la fuerza de las blancas y deslumbrantes gotas de leche hechas collar. Penélope las toma de las manos. Sus ojos están vacíos. Con delicadeza le pone el collar alrededor del cuello. Le sonríe de forma mecánica, dolorosa. La toma de las manos. Su amiga sonríe. Se suben a la cama. Penélope comienza a brincar. Los resortes del colchón las impulsan. Sus pies se despegan dramáticamente. Penélope sujeta el collar mientras su amiga se dispone a caer en el colchón, pero, detenida por una fuerza sobrenatural, sus pies no llegan a tocar la superficie. Qué bonito collar, hija, ¿te lo regaló tu papá? Lily no responderá. Su rostro de querubín lucirá en cada portarretratos de la habitación de su abuela. Sus ojos estarán fijos en el collar que su abuela acariciará, haciendo que la hilera de fines hielitos circulares le roce el cuello a la niña. La nieta se lo quitará. Lo pondrá alrededor del cuello de la anciana, que sonreirá enternecida. Mi niña, muchas gracias, dirá la anciana enternecida. ¿De qué están hechas las perlas, Lily? Del brillo ausente en los ojos de los muertos, responderá la voz de una mujer adulta en algún lugar de la habitación. Hazlo, Lily, y la niña tensará el collar de perlas antes de que su abuela pueda moverse.

Ciclogénesis explosiva

Pablo Solares Villar

Enseña la meteorología —y el propio nombre así lo indica— que una «ciclogénesis explosiva» es la gestación, súbita y violenta, de un ciclón o profunda borrasca, en cuyo seno, que mal llamaremos «ojo del huracán», la presión atmosférica se desploma muy por debajo de lo acostumbrado. Además, según la más ajustada definición de este atmosférico (que no etéreo) concepto, una ciclogénesis se alza sobre sus borrascosas hermanas y alcanza ese grado superlativo y «explosivo» cuando profundiza en 24 horas 15


al menos 24 hectopascales —medida advenediza que ha derrocado a los tradicionales milibares—, y todavía cabría añadir, a fuerza de hacer justicia a la ciencia meteorológica, que esta magnitud hectopascaliana se ofrece para latitudes altas, de entre 55º y 60º, entre cuyos paralelos, obvia y afortunadamente, no está ubicada nuestra ibérica península (razón por la cual no siempre los meteorólogos patrios se ponen de acuerdo en si las borrascas profundas, súbitas y violentas que embisten nuestro país merecen ser designadas con tan explosivo nombre). Los periodistas, en cambio, emplean el término en cada ocasión en que se presenta oportunidad, especialmente si ello se conjuga con alguna crisis de corruptelas políticas que torne conveniente, y aun necesario, distraer la atención del público; y todo sea dicho, sin muchos miramientos a la exactitud de latitud y presión, sea en milibares o en hectopascales. Quizá por ello, prevenida la gente del país de los usos y costumbres de los medios de comunicación, no dieron la debida importancia a la «ciclogénesis explosiva» anunciada reiteradamente, a la que, rara ocasión, bautizaron con un anticuado nombre femenino, en honor —quiero suponer; quién sabe— a la abuela de algún insigne observador de los caprichos de la circulación atmosférica. A pesar de que la radio anunciaba vientos huracanados y la televisión pronosticaba precipitaciones de muchos milímetros (tantos que, para bien ser, debieran haberse expresado en centímetros o aun metros), a pesar de todas las agoreras previsiones, la gente del país no se dio por enterada y no tomó las precauciones oportunas. «Vientos huracanados, sí; pero en las filas del partido en el gobierno», decían los unos con socarronería. «Con la que está cayendo, ¿a quién le importa que llueva?», se interrogaban los otros. Sin embargo, la ciclogénesis explosiva, con su nombre de señora anciana, arribó a nuestras costas y penetró en nuestras mesetas y valles, agitando y tremolando el país con vientos tempestuosos de fuerza inusitada. El mapa que ofrecía el parte de la televisión dibujaba un insólito panorama en el cual las isobaras (esas curvas, según la definición, para la representación cartográfica de los puntos de esta mota de polvo azul llamada Tierra con igual presión atmosférica) estaban tan próximas que se 16


tocaban entre sí. Señal inequívoca, a juzgar por lo aprendido en las clases de ciencia, de que el aire tumbaría árboles y levantaría tejados. Lo que nadie supo prever —ni los más célebres meteorólogos, ni los más insignes climatólogos, ni tan siquiera los pastores más reputados en el antiguo arte de predecir el tiempo por las cabañuelas o las témporas, según la región— fue la inusitada intensidad y, podríamos decir, ferocidad del viento, cuyo ímpetu nos dejó a todos sin palabras. Literalmente. Sin palabras. Aquel viento atroz nos las arrebató, las alzó por el aire, elevándolas al cielo, y las encumbró a las regiones superiores de la atmósfera. Allí giraron locamente, y por más detalle anotaremos que en el sentido contrario a las agujas del reloj, como cualquier borrasca que se precie de serlo y se pasee por el hemisferio norte de nuestro pintoresco planeta (sentido que la gente de ciencia, por necesidad de distinguirse, denomina «antihorario»). Allí las palabras se entrechocaron, rompiéndose en sílabas y quebrándose aun en letras, desmenuzadas para rehacerse al momento en combinaciones azarosas, impronunciables las más, incomprensibles casi siempre, pero formando, muy de vez en cuando, un emotivo soneto o un emocionante relato. Dado el ingente, inconmensurable número de palabras venteadas, y la inusitada violencia del ciclón, no es de extrañar que haya quien manifieste haber leído sobre el cielo de tal o cual ciudad un capítulo del Quijote o un cuento de Cortázar. Al viento acompañó el agua, segunda calamidad anunciada por las profecías meteorológicas, y en efecto, llovió a mares; un diluvio condensado que en pocos días anegó vegas y campos (así como más de una población) y empujó a los ríos impetuosos fuera de sus cauces, o fuera de madre, que también es dado decir, llevando a más de un ganadero, cual moderno Noé, a maldecirse por no haber construido un arca donde poner a recaudo, y a flote, sus animales. La lluvia torrencial, tropical y huracanada empapó con su ducha salvaje las palabras volanderas, que prácticamente chorreaban agua, menguadas y escuálidas como gatos caídos a un río, disminuidas y despojadas de sus significados más vagos y metafóricos, mucho más definidas y, de pronto, de contornos más precisos y aspecto más compacto y húmedo, como recién lavadas. 17


Cuando finalmente la ciclogénesis con nombre de dama antigua cesó en su furia, las palabras comenzaron a caer lentamente de las alturas estratosféricas, depositándose donde buenamente hallaban cobijo, de tal modo y manera que ninguno de los habitantes del país recuperó las suyas propias, sino que tuvo que adoptar las que ahora le cayeron del cielo, nunca mejor dicho, en gracia o en desgracia, o en suerte, que es lo mismo; e incluso muchos términos, huérfanos por completo de persona alguna que los recogiese de los campos, los bosques y los eriales, perecieron en aquella vorágine atmosférica, diluyéndose y perdurando tan sólo en el limbo de los libros, sepultura de papel para palabras en desuso y lenguas muertas. Fue así, en aquel cataclismo, que a mí, campesino de toda la vida, me tocaron en suerte estas palabras de hombre letrado, y yo, que dedicaba mis horas libres a cazar conejos, tengo ahora por empeño pergeñar historias, quizá —juzgue usted, lector— con no demasiado acierto.

El quimérico doctor Naim

Andrés Galindo

Con sencillos instrumentos, y dependiente de la corriente eléctrica, Naim inventó una máquina que recrea recuerdos sobre sucesos que la gente nunca vivió. —Daniel Zetina Fue el 19 de julio de 1969. Nunca lo voy a olvidar porque fue el mismo día en que el hombre pisó la luna por primera vez. Al menos eso dijeron en la televisión. Quizá sólo se tratara de un truco de cámaras que todo mundo se tragó y ¡bang!, ahí tienen ustedes un recuerdo imborrable para toda la historia de la humanidad. Ese, ese era el truco; por eso se inventó la escritura, y luego la imprenta y la radio, el cine, la televisión; toda esa gran maquinaria para hacernos creer algo que nunca sucedió. Una revista pulp de la época me llevó hasta ese cerro alejado de la mano de 18


Dios, si es que en verdad existe algún dios. Ya iba preparado, así que llamé a la puerta con la culata de la pistola. Abrió la mujer y no me tenté el corazón para disparar. Después de todo, me dije, al final nada de esto habrá ocurrido, no de la manera en que mis posibles detractores quieran recordarlo. El doctor Naim intentó correr hacia su mujer tirada en el piso ya sin vida, pero mi arma apuntando directo a su frente lo paró en seco. Siempre pensé que aquí tendría que haber muchas preguntas, suplicios y argumentos que sólo harían efectista la trama. El tipo simplemente se quedó paralizado frente al arma de la que pendía su existencia. —Bien, doctor Naim, ahora que estamos tranquilos quiero pedirle un favor. Supongo que si es posible implantar recuerdos en la mente de las personas, también es posible borrarlos. —Está usted loco. Eso sólo sucede en las películas de ficción. —¿Qué es ficción y qué no lo es, querido doctor? Piense, después de todo, nadie se acordará de usted ni de su invención. A lo mucho lo tendrán por el loco que asesinó a su mujer y luego se perdió para siempre. No quedará rastro de su paso por esta tierra. —El joven Zetina, el joven Zetina me recordará. Él ha escrito sobre mí y sus textos han sido publicados. —Claro, claro; por eso he podido llegar hasta aquí. Y concuerdo en que eso podría ser un inconveniente. Estoy seguro, también, de la complejidad que implica hacer creer a todo el mundo que “La invención de Naim” es sólo una historia de ciencia ficción que no se publicará sino hasta febrero de 2016, cuando de usted no quede ni el recuerdo y el joven Zetina sea un venerable anciano con demencia senil. —Usted quiere que le implante un recuerdo, ¿verdad? Debe ser algo muy importante para haber llegado hasta aquí con esa maldita arma en la mano. —En realidad no, doctor, yo no vine aquí por ningún recuerdo. ¿Qué es verdad y qué es mentira? De nada le sirven los recuerdos a una persona que no confía 19


ni siquiera en su propia memoria. —Pero usted dijo que quiere borrar un recuerdo y… —Eso, querido doctor, es apenas un medio. La finalidad última es hacerle ver al mundo que la única ley que ordena este universo es la que impone el caos. Todo es relativo; recuérdelo, doctor. —Está usted loco. No se pueden borrar los recuerdos, no del todo. Se pueden rastrear las impresiones más fuertes de una huella mnémica, pero siempre quedarán vestigios que, con el impulso adecuado, traen a la superficie de la conciencia todo un recuerdo. Así es como funciona mi máquina, ¿no se da cuenta? En realidad trabajo a partir de pequeños rastros en la mente de las personas. La gente quiere ser feliz y viene aquí creyendo que yo puedo darles algo completamente nuevo, algo que creen no tener. Todos vienen por recuerdos gratos, porque quieren ser felices. Con mi máquina, yo sólo busco esos rastros que todos llevan: el primer beso, un día soleado, el mejor vestido, el momento más feliz de la vida y que luego queda enterrado en la mente, debajo de los escombros de lo cotidiano, de lo absurdo, de lo que se cree necesario. Entonces ellos vienen y piden recuerdos felices. Yo sólo les muestro lo que ya tenían. —¿Y si, digamos, en lugar de un recuerdo feliz implantamos un recuerdo atroz e irrevocable? Yo no había llegado hasta ahí por admiración o porque buscara un recuerdo feliz. Mis propias investigaciones me llevaron a descubrir que la historia de la humanidad no es sino una farsa, una cruel mentira, y ahora este hombre y su estúpida máquina me estaban contradiciendo. Por eso vine a este cerro del demonio, para borrar todo vestigio de la existencia del doctor Naim. Qué me importaban, también, todos los escritores Zetina o Lupián o Galindo del mundo. Que escribieran cuanto quisieran en sus publicaciones de poca monta; al fin nada de eso sería verdad, nada es verdad. Hice que Naim se colocara la máquina sobre la cabeza e, implacable, le implanté el recuerdo de su suicidio. Con eso estaría consagrada mi obra, un hombre vivo que recuerda su suicidio. Desde luego, el tipo enloqueció. Iba por las calles diciendo que se 20


había suicidado, lo tenía bien presente en su memoria. El recuerdo era tan vívido que sólo pudo soportarlo un mes, al cabo del cual realmente puso un arma sobre su cabeza, la misma con la que, según el reporte policial, había asesinado a su esposa; él mismo lo confesaba en una carta. Muchos años después, el senil escritor Daniel Zetina publicó una versión alterna que pretendía exonerar al doctor Naim, pero nadie le creyó porque entonces el mundo entero estaba más entretenido con los primeros pasos del hombre sobre la luna. Sí, los rusos al fin habían ganado la carrera espacial, pisando la superficie lunar el 19 de julio de 2016. Sé que ustedes tendrán por absurda ficción esta relación de hechos. ¿Se dan cuenta?, he logrado que no crean en lo que yo quiero que no crean. Al fin y al cabo, ¿qué es ficción y qué no lo es?

Mover las estrellas

Rex Draco

¿Y si pudiéramos mover las estrellas? Qué tal si pudiéramos ponerlas juntas en una constelación a la cual le diéramos nuestro nombre. Sería muy sencillo, sólo tomando una pluma en lo alto, hacia el cielo y perforar cualquier estrella con la punta, moverla del lugar en donde está a uno nuevo, al lugar deseado, arrastrándola con la punta de la pluma, atestiguando brevemente cómo se convierte en una estrella fugaz, cómo por un momento su fulgor se extiende a través de la pantalla de la noche, para luego permitirle brillar con toda intensidad en su nuevo espacio. Después, hacerlo una vez más, tomar otra estrella de cualquier parte del firmamento y juntarla con la primera, y tomar otra y otra y otra más, para así crear una nueva figura, una nueva constelación. Y simplemente seguir moviéndolas, creando, soñando, dejando que la imaginación se desenfrene, permitiendo expresarnos sin restricciones, sin ataduras, sin parar. Quizá tomando un pedazo de la Vía Láctea para adornar, sólo una traza aquí y allá. 21


Sería un medio libre de exteriorizar, una nueva corriente artística, un camino para declarar nuestra existencia, nuestras vivencias. ¿Qué tal si cada persona en el mundo pudiera hacerlo? Hay suficientes estrellas para más de una persona cada noche, podríamos disfrutar de nuevas ideas, de diferentes maneras de pensar, de distintas formas de arte cada noche, de un nuevo cielo cada noche, los astrónomos enloquecerían, pero qué importa. Siempre mostrando lo mejor que cada uno tiene que enseñar, siendo como la Luna, ese perfecto astro de locura y romanticismo. Siguiendo su maravilloso ejemplo, siempre mostrando la mejor cara. Tal vez finalmente, haciendo esto, podríamos encontrar algo en común, algo qué compartir con la humanidad entera, quizá podríamos al fin entendernos entre sí, detener las guerras, teniendo un lenguaje universal, liberarnos a nosotros mismo del miedo, la pena y el dolor, con el cielo siendo nuestro lienzo. ¿Y si pudiéramos mover las estrellas?

Dreamtigers

Alberto Puebla

Vi un tigre, dos tigres, tres tigres. Había soñado con ellos. Había soñado que estaban conmigo, que había una selva. En la selva reposaban los tigres del sueño, que son como las estatuas de los dioses en las que palpita un corazón radiante y trágico. Al lado de nosotros el río arrastraba las piedras milenarias que el sueño había puesto allí. Yo me había arrodillado con la cabeza gacha. Quería hablar con ellos. Estaba angustiado y deseaba ofrecerles mi carne para que la comieran. “Es dulce”, les decía, pero ellos se negaban. “En su boca aún hay hambre y sed”, pero ellos movían la cabeza de un lado a otro. Estos mansos tigres sabían que buscaba la muerte y no habían querido dármela. Ya no eran más los asesinos de hombres. Pero no quise desistir de mi sueño. Y cada noche, suplicante, me encontraba con los tigres maravillosos y su delicada furia. El río seguía con su alborotado ruido de 22


agua. Y yo, expuesto ante las bestias, deseaba mi aniquilación. Traté de razonar con ellos. “Esto no es un asesinato, sino un suicidio, pues soy yo quien los sueña”, les dije, mas no pude engañarlos. “Es un sueño, no hay forma de herirme. No mancharán sus zarpas divinas”. Nada parecía convencerlos. En la vigilia, en las altas horas de luz, había comprado un tigre de escayola, al que rendía culto. Quizá si los adoraba podrían por fin devorar lo que me duele. Pero tampoco habían querido hacerme caso entonces, y cuando les llevé al pequeño tigre lo pisotearon por falso y blasfemo. “Sólo hay un tigre, dos tigres, tres tigres del sueño”, sentenciaron. Una noche en que aporreaba el río con una vara, hastiado ya de sus negativas, se me ocurrió de repente que nunca había indagado en sus motivos. Era posible que conocieran mi futuro y aguardaran por mi buena ventura. “Es probable que de verdad mi dolor sólo sea transitorio”, pensé. “Oh, queridos tigres del sueño, tigres de mi memoria, ¿es cierto que no me matan porque me deparan un gran porvenir?”. Pero ellos negaron otra vez. Me dijeron entonces, de manera que no quedaran dudas: “Ésta es la forma en la que te matamos”.

Corazón mecánico

Daniela Cruz Guzmán

Las manecillas del reloj marcan la hora, tiempo de vivir. Sostén el mazo, impacta la pared, busca en los escombros, exhuma el cadáver. No hay rastros de alma. Repito el procedimiento; no hay rastros de alma. Repito el procedimiento; hay un alma habitando el cadáver, no es lo suficientemente valiosa, pero al menos habrá algo de suerte en el mercado negro, me darán por ella lo necesario para sobrevivir un día más. Repito el procedimiento varias veces, hoy no ha sido un buen día. Hace muchos días ya que hoy no ha sido un buen día. Soy una paria, la escoria de una raza que no es otra cosa que combustible de máquinas, soy una especie 23


en peligro de extinción. No me puedo quejar, al menos soy libre, mi existencia es tan insignificante que se me permite trabajar traicionando las memorias de los míos. Nací al límite de la vida y moriré en ese mismo límite. Hay otras parias como yo, por supuesto, parias que buscan levantarse contra sus opresores, provocar la revolución, recuperar el lugar que la evolución y Dios nos dieron. Yo, por el contrario, no me opongo, nosotros mismos fabricamos este fatídico destino, lo que ahora sufrimos ya se lo hemos hecho a otros. Las nuevas generaciones arguyen todo el mal a las máquinas, piensan que la destrucción de nuestro hogar es obra de ellas, ¡no podrían estar más equivocados!, nuestra propia especie es la causante del desastre que vivimos. La raza humana es la única que sobrevive, nacemos y morimos cargando nuestro propio oxígeno sobre las espaldas. El mundo es gris, no hay cielo, no hay luz, todo es oscuridad, el canto de los pájaros ha sido sustituido por el silbar de las máquinas, así es como se comunican, en un idioma que no comprendemos pero que nos atormenta perpetuamente, es un sonido penetrante, metálico, insufrible, nos martilla la cabeza una y otra vez hasta dejarnos sordos, y ese es nuestro mayor regalo, quedar sordos, si pudiéramos perder la vista también lo agradeceríamos. La esperanza es morir, el paraíso es la muerte; por supuesto, no se nos permite. Cuando el cuerpo se acerca a su fin, nuestras mentes, cerebro y alma, son trasladados a otro recipiente. Y así continúa nuestra agonía eternamente. Los parias tenemos una ventaja, una trampa, podemos vender nuestras almas por partes, así, cuando ya no queda más de nuestra esencia, perdemos consciencia de nuestra existencia, y entonces las máquinas nos eliminan. No todos son suicidas, la mayoría no lo son, algunos tienen familias que alimentar; otros, revoluciones que emprender; y el resto, los buitres, como nos llaman, exhumamos cadáveres, somos arqueólogos caníbales, buscamos en los escombros de los que fueron nuestros hogares y perpetramos los fósiles de abuelos, padres, hermanos, amigos… La mayoría de los cuerpos no poseen almas ya, pero, si estás de suerte, puedes 24


encontrar algunos cadáveres que conservan un poco de su esencia, y si eres de esos a los que el destino les sonríe uno que otro año, puede que encuentres en las profundidades de nuestras ciudades marchitas un alma realmente valiosa, de esas por las que las máquinas están dispuestas a pagar grandes sumas de dinero. Para las máquinas son más que almas, son espíritus, entes iluminados, reencarnaciones. En nuestro mundo corrompido, escasos seres humanos poseen esa clase de almas. ¿La razón por la que estas almas son tan valiosas para las máquinas? Justamente por eso, ¡porque son máquinas!, y nos odian por haberlas creado y haberles brindado una cierta conciencia, una conciencia que no las hace lo suficientemente semejantes a nosotros; quieren convertirse en lo que más odian, ¿acaso Lucifer no buscaba lo mismo? No las culpo, las hemos condenado a vivir eternamente en el infierno de nuestra propia imperfección, y ahora buscan y exigen lo único valioso que poseemos, las almas. Han encontrado una manera de contener nuestra esencia en sus cuerpos metálicos. Androides, les dicen… Nunca antes había visto a un androide, me he aterrorizado al encontrarlo, tan similar a mí, a mis conocidos, a toda la especie, excepto que ellos son perfectos y nosotros no, una visión que ambos compartimos y que es espantosa, quizá más espantosa para él. Un vacío infinito se hace presente entre mi existencia y la suya, que se extingue, se extingue… Hasta este momento comprendo el motivo por el cual las máquinas buscan almas con el don de la reencarnación, un alma finita corrompe al androide, se desvanece al poco tiempo y lo devuelve a su estado primordial, el de las máquinas; sin embargo, las almas con el don de la reencarnación se mantienen en perpetua regeneración, por lo que le ofrecen a su huésped un estado de conciencia realmente humano, que, además, es eterno. La criatura ha superado a su Creador, lo ha despojado de su aliento divino y lo condena al olvido. ¿Tenemos derecho a juzgarlos? Quisimos ser dioses y ese es el precio que debe ser pagado, ser odiados, asesinados y desterrados por nuestros propios hijos. Ellos sólo repiten nuestra historia. 25


Está agonizando frente a mí, puedo ver el odio en sus ojos, me dice algo, no sé qué ha dicho, y nunca lo sabré; está agonizando, puedo ver el miedo en sus ojos, me dice algo, no sé qué ha dicho, nunca lo sabré. Comprendo su dolor, quiere vivir tanto como yo, aferrándose a una vida que le fue otorgada y arrebatada en un instante, se siente solo, tan solo, perdido, profundamente perdido… Me acerco a él, lo miro y me pregunto cómo habría sido conocerlo; yo, igualmente, me siento sola, lo estoy. Él también me mira, me aborrece, lo sé. Tomo su mano y la dirijo a mi cuello, sabe lo que quiero, aprieta ferozmente y yo me dejo seducir, me desvanezco…. Silencio, todo es silencio y, de pronto, cerca de mi último aliento, como un don divino, lo escucho, escucho su corazón mecánico latir... Las manecillas del reloj marcan la hora, tiempo de morir.

Cuentos planetarios

Damián González

QUEJAS DEL HOMBRE QUE VIAJÓ A LA LUNA EN UN CUENTO AMERICANO Primero que nada, señores de la audiencia, señora presidenta, señores jueces y lectores. Declaro que el viaje que hice en el año de 1969 fue un éxito. A pesar de ser declarado no existente y la evidencia de la pérdida de comunicación con el control de mando de la nave en que viajáramos haya perdido su enlace. Me es indiscutible confesar las penas que sufrimos en nuestro viaje estelar a la luna, y a la vida que allí habita. Sí, los habitantes nos tuvieron como rehenes, presas de preguntas constantes sobre la vida en la tierra y los experimentos a los que fuimos sometidos no tienen nombre. Nos hicieron durante algún tiempo como ellos, nos transformaron en seres altamente inteligentes, nos casamos con su raza, tuvimos hijos, nos observaron todo el tiempo, nos mandaron a la guerra, ganamos la Luna dos y un nuevo planeta fue conquistado 26


por nuestras propias manos, y ahora aquí, otra vez humanos, todo por la incompetencia de ustedes que nos rescataron, que fueron a nuestra nueva tierra, despojándonos de lo que nos hacía respirar, de nuestras esposas e hijos, amigos y los que nos ayudaron a ganar la guerra. Señores, yo dejé la humanidad hace cien años. No me importa este año en que estamos, aquí mi humanidad me envejece, mi inteligencia baja los niveles más horripilantes que un hombre puede llegar. Exijo, señores, que me devuelvan a la vida, al hombre lunar en que ustedes me habían convertido y se habían olvidado. Es todo lo que debo decir. UN FUTURO APOCALÍPTICO CONTADO POR UN VIAJERO DEL TIEMPO Dentro de un minuto y medio usted dejará de beber su taza de café, la señora de las tortas allá afuera venderá todo lo que tenga y el tren de las tres tendrá dos pasajeros que nunca antes se habían visto, pero a partir del momento en que sus miradas se crucen quedarán profundamente enamorados. El cambio será inminente, con seguridad la vida en la tierra terminará con toda humanidad, sólo los animales más aptos llegarán a la supervivencia, los más pequeños como las cucarachas seguirán gobernando después de nosotros. Sólo una niña y un niño quedarán vivos a tal holocausto, sin hogar, sin padres, sin patria, divididos por un continente y sin tecnología que los junte. Podrían pasar años para que ambos se conozcan, o quizá nunca lo hagan, y uno de ellos muera sin saber que existe una remota posibilidad de que otro como él, ella, coexiste también y habita en la misma tierra descompuesta. Para ese entonces las selvas crecieron al máximo, la naturaleza creció y derribó los edificios y cada ciudad que habían aplastado con su vida antes. Algunos los conocerán como los nuevos padres de la humanidad, el Adán y Eva de nuestra era. Vine hasta aquí con ustedes porque deben detener al destructor y creador de este futuro, se llama El Autor, y hay que evitar que escriba este futuro apocalíptico que hoy vine a advertirles.

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LOGROS ASTRONÓMICOS Se ha descubierto una nueva luna girando en nuestra vía láctea. No es visible ante el ojo humano, ya que se encuentra muy cercana a la luna que la humanidad conoce, en la parte más oscura. Al fondo se logró, con la más alta tecnología, descubrirla entre sombras. Dentro de muy poco tiempo sabremos si existe o no vida planetaria allí, ya que existe una imagen sorprendente donde se hallan rastros luminosos, vestigios de luz que encienden y apagan como si se tratase de ciudades o cúmulos de naves, incluso se prevé una forma de tele transportación que ya ha sido usada por los seres aún sin rostro que habitan allí y desde hace tiempo han estado invadiendo la tierra, y quizá muy pronto usarán de nuevo sus armas secretas para borrar toda memoria y registro acerca de ellos y no volvamos a saber nada de ese luna oculta detrás de la fachada de nuestra luna. OPERACIÓN GÉNESIS Yo venía en el Apolo 23, era el más joven y arrogante del grupo. Me gustaba desde niño las estrellas, los planetas, y no creía en todo eso de que fuéramos los únicos en el tan amplio universo. Es por eso que me embarqué en aquel viaje, viaje en el que descubriéramos más vidas con semejanza a la nuestra, pero estos eran superiores a nosotros en inteligencia y en números. Sólo era un viaje de rutina, donde tomaríamos muestras de aquella luna derrotada, silenciosa que pensábamos que era. Qué idiotas fuimos, o qué inocentes. No tardó mucho en saberse la verdad, de que ellos nos estaban esperando, que desde los años en que el hombre había pisado la Luna lo habían descubierto; muchas cosas cobraban sentido. Lo que nos deparaba con aquellos seres ancestrales ni el propio líder de nuestra nave pudo imaginárselo. Fue el primero en caer bajo la anestesia del sueño de las estrellas. Durmió para nunca despertar, le llaman a ese proceso volverlo al Génesis, devolver su alma al paraíso donde todo comenzó. 28


Resulta que nosotros, los que habitamos en el planeta azul, aquel que en su mayor parte está rodeado por agua, aquel donde se cree que el hombre tiene poco más de tres mil años, y los dinosaurios, tuvieron su fin unos cientos de miles de años atrás. Cuando todo era parte del plan de un creador, de un centinela sin alas pero que flota más allá de toda imaginación. Nadie pudo escapar en aquella última visita que hiciera la humanidad, ya no sé si exista tal, si el experimento de nosotros se haya extinguido o siga vigente, sólo sé que esta nueva vida que me dieron, esta segunda oportunidad le digo yo, me dio la capacidad de experimentar cosas que nunca imaginé sentir. Mi cuerpo yace dormido en algún lugar del universo, o quizá siga en aquella nave del Apolo 23 con nuestros captores, cuidándolo como el más profundo secreto, o quizás ellos se hayan ido, dejando su operación en este mundo insólito de lo irreal, esperando que algún día podamos despertar por nosotros mismos y convertirnos en ellos. SUEÑOS Samuel despertaba cada noche, tras un sueño repetido cada día. Su esposa a veces lo acompañaba en su insomnio, otras noches ella soñaba tranquila. Samuel dormía hasta ver la luz solar entrar por la ventana y sus sueños cambiaban de forma, no eran los mismos ni el de las dos ni el de las tres de la mañana. El problema, insistía su esposa, era que Samuel permitía que sus sueños fueran algo real, algo que algún día podría vivir, incluso cambiar. No era extraño cuando él convivía con otros, comportarse y hablar diferente, actuar de una forma tan humanamente posible. Fue entonces que Amanda detectara que Samuel tenía una falla en su sistema, o sólo quizá fuera que su batería no se había recargado lo suficiente. Y, efectivamente, Samuel una vez que fue a la corporación New Adán, dejó de tener pesadillas donde él era un humano, e incluso veía a Amanda como una sensual mujer de ojos verdes y una cabellera dorada como el sol que cada mañana lo despertaba.

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LOS SERES HUMANOS QUE NECESITABAN REGRESAR A LA TIERRA Y TOMARON UNA NAVE ALIENÍGENA Y OCASIONARON UNA GUERRA INTERESTELAR QUE DURÓ CINCO MIL AÑOS Y OCASIONÓ QUE SE CREARA EL CAOS Y NACIERA OTRA ESPECIE Hubo dos ancianos de la era Principio que se escaparon. En su viaje fueron haciéndose más jóvenes y se les devolvió su enorme belleza. Ambos poblaron la nueva colonia. Su travesía por el cosmos fue cuando escaparon de su mundo en una nave que había sido creada para la construcción de planetas y cosmos. Su robo provocó una guerra oscura que duró siglos, ocasionando, al final, la entrada del horror del caos, provocando la casi extinción de centenares de civilizaciones. Al final estos ahora jóvenes viajeros habitaron un planeta de agua, lo llenaron de las especies más asombrosas y abandonaron a cientos de bebés que habían tenido en su viaje, para que habitaran ahora su nuevo hogar, lejos de la existencia del bien. Colocaron allí un enorme brazo que habían obtenido de uno de los guardias de la nave, y se convirtió en tierra. Y sobre ella plantaron la vida verde. Estos humanos padres siguieron su viaje, dejando a sus hijos, plantando vida y regresando en vez en cuando a estas cosechas para protegerlos de los ancianos que aún siguen allí, afuera, esperando poder tomar de nuevo con su luz la vida del universo.

Sobre la metamorfosis roja

Mario Mendicuti

Mis hijos, así como sus hijos y los hijos de éstos, se creen que el mundo es eterno e inmutable, que lo que ven a diario siempre ha estado ahí. También piensan que permanecerá sin cambio y sin transformación. Caminar por las mismas calzadas, frente a los mismos edificios, entre los mismos árboles, los habitúa a dar por sentadas esas piedras que pisan, esas moles que los alojan y esos verdes que los acompañan. 30


Sin embargo, no se dan cuenta de que cada día todo está un poco más inclinado, más denso y más pesado, como si algo nos jalara hacia su centro, nos quisiera engullir partícula a partícula. Yo soy el único que queda vivo de mi generación, de esa que vio nacer la estrella roja, de los que caminábamos erguidos y que no necesitábamos esforzarnos para dar un paso hacia adelante o hacia atrás. Ellos, los demás, todos los que fueron dados a luz después de lo ocurrido, han aprendido a vivir, se han adaptado a esta condición. Casi se puede decir que se han olvidado de lo que sucedió. Oyen el relato sin comprenderlo. Es por esto, y no por otra razón, que cada vez somos más pequeños, más incompletos, hasta que llegue el día en el que nadie se dé cuenta de que ya no existe. Las mascotas, en esos tiempos, eran un capricho cualquiera. Animales había suficientes, que murieran no importaba. Así, se acostumbraba dejarlos abandonados en el balcón. Los dueños los adquirían para oírlos morir, permanecían en sus habitaciones escuchando los aullidos que cualquier ser vivo emitiría al sentir que el frío y el hambre se tragan una a una sus extremidades. Lo común era que, al morir al animal, éste fuera aventado desde lo alto del balcón para celebrar. Las banquetas y calles siempre destellaban un rojo pútrido que fascinaba a los que por ahí pasaban. Se había convertido incluso en un arte, un deporte, parte de nuestra cultura, pues se podía predecir el momento de la muerte, permitiendo a los habitantes del lugar preparar comida y bebida para los visitantes. Incluso era muy mal visto que se arrojaran mascotas que aún no habían muerto o que se les diera algo para acelerar su fallecimiento. Eso no estaba contemplado en la tradición. Un perro, un simple y desgraciado perro, fue el comienzo. Recuerdo haber estado ahí cuando sucedió. Llevaba días gimiendo, era el preferido de toda la colonia para ser el nuevo adorno del pavimento. Su última noche, cuando sus ladridos eran en extremo dolorosos, nos juntamos para ver cómo caía. Ya estaba todo preparado. Nadie contaba con que la muerte, en lugar de aminorar al perro, lo haría crecer. 31


Cuando sus dueños saludaban y agradecían desde lo alto, los ojos del animal brillaron con una voluntad que parecía nacida de su desfallecer, como si su ser encontrara una manera de transfigurar el dolor. De un salto, franqueó el barandal y salió volando por impulso propio, posiblemente ni él sabía si hacia el cielo o hacia el suelo. En un instante se convirtió en una estrella de colores rojizos, en una mancha de luz que destellaba con la misma luna. Todos dicen que el asombro fue lo que hizo caer a sus poseedores también. Yo estoy seguro de que fue el primer alimento de su transformación, de que el odio los absorbió para nutrirse de ellos. Así como ahora se hace más profundo con cada átomo del que no nos percatamos que nos quita. Esa metamorfosis que ahora nadie recuerda es nuestro sino. El cambio que nos sucederá sin sentirlo.

Horror de madera

Edgar Martínez

Algunos dicen que los hombres son la creación privilegiada de los dioses. Yatari, en cambio, sabía que la humanidad sólo era el defectuoso juguete de algunas caprichosas deidades para quienes todas las pasiones mortales no eran más que diversión. Esta certeza le vino tras una fugaz visión en que contempló colosales cuerpos semejantes a planetas que primero caían en el vacío etérico que sostiene las estrellas, rebotaban con el estruendo de continentes que entrechocan y tras un lapso de varios eones terminaban por detenerse. Estos eran una clase de dados y, en torno a ellos, evanescentes figuras de titanes conformados por astros, fuego y nubes de tormenta se inclinaban para contemplar el resultado. Al capricho del azar había vida, muerte, fortuna y miseria: los dioses reían a carcajadas que resonaban por galaxias enteras, y con los últimos ecos de sus risas aún reverberando, una mano conformada por agua y viento apresuradamente recogía los dados para lanzarlos una vez más. Desde entonces, la otrora piadosa Yatari no creía en la divina gracia y perdió respeto por lo sagrado: por eso abandonó su noviciado en el Templo de las Flores y ahora no temía profanar el rico templo del 32


dios Kunnan para robar las valiosas ofrendas que ahí solían dejarse. Resguardado por escarpados acantilados azotados por el mar y con un solo sendero siempre custodiado como la única forma de llegar hasta sus puertas, previendo la codicia que causarían los tesoros del dios, sus tatuados sacerdotes erigieron el santuario protegido contra ejércitos, pero no a salvo de una solitaria ladrona: al menos eso creía Yatari. Yatari era una mujer salvajemente hermosa. Aunque de baja estatura, poseía una complexión fuerte pero grácilmente femenina; piel canela, generoso busto, indómita cabellera cobriza adornada con una peculiar flor ―amuleto― y ojos que parecían trozos de jade. Y para evitarse peligrosos estorbos, no vestía más que un raído taparrabo de piel, aunque colgando de su espalda traía un morral para el botín si todo salía bien; de lo contrario, ceñido a su cintura, portaba una mortífera daga envenenada. Al amparo de la noche, la conspicua ladrona nadó primero hasta los arrecifes para luego ascender por los escarpados muros rocosos apoyando pies y manos en salientes casi imperceptibles. Pronto alcanzó una ventana por donde pudo adentrarse a un lóbrego recinto del templo, apenas iluminado por la luz estelar del exterior y vacío excepto por un feroz ídolo de múltiples brazos realizado en madera lacada con incrustaciones de oro y piedras preciosas. Yatari lamentó no poder llevarlo porque debía limitarse a lo que pudiera cargar fácilmente, así que se contentó con extraer algunas gemas con su daga. Mientras lo hacía, aguzó el oído intentando escuchar ecos de música o ruido de fiesta, porque según los creyentes en ese santuario habitaba el dios Kunnan, quien ocasionalmente invitaba doncellas y mancebos a participar en el perenne festín que celebraba con sus elegidos. Pero en vez de voces festivas, en el casi absoluto silencio Yatari escuchó el ruido de unos ligeros pasos que se alejaban presurosos. Maldiciendo su fortuna y alistando su daga para combatir, Yatari exploró cautelosa las estancias adyacentes, apenas iluminadas como la primera, en busca de aquel que hubiera podido descubrirla; y en otro recinto halló una tímida vela junto a un brasero del que brotaban místicos efluvios. La histérica carcajada de un anciano, que 33


delataba cierta locura, sonó desde las tinieblas de un cuarto contiguo: debía tratarse de un clérigo u otro servidor del templo quien realizaba un ritual cuando descubrió a la ladrona. Yatari fue tras él; no deseaba matarlo, aunque debía impedirle que diera la voz de alarma. Pero apenas cruzó el umbral del nuevo salón, un mecanismo abrió el suelo bajo sus pies, lanzándola hacia una siniestra fosa, mientras arriba escuchaba nuevamente la demencial carcajada que le condujo hasta esa trampa. No fue una caída larga, pero Yatari aterrizó sobre un montón de objetos que rodaron bajo sus pies, haciéndole perder el equilibrio y caer de bruces frente a una burlona calavera que yacía en el suelo. Asustada, quiso alejarse, pero aun a la escasa luz que bajaba por la trampa abierta descubrió huesos humanos esparcidos por todas partes, junto con jirones de ropa y alhajas que debieron pertenecerles. Igualmente distinguió grandes bloques basálticos que debieron conformar una construcción derruida mucho tiempo antes, tal vez un recinto más antiguo que el templo. Y al fondo, sentado en un extravagante trono, yacía lo que parecía otro horripilante ídolo de madera, hasta que comenzó a moverse. Yatari no podía saberlo, pero los dioses volvieron su atención a lo que ahí pasaba y uno de ellos, entusiasmado, lanzó los dados. Riendo histéricamente, el viejo sacerdote invocó a Kunnan a reclamar su ofrenda. Abajo, Yatari enfrentaba un horror ciclópeo cuyas formas parecían variar cada instante. Contaba con ocho extremidades terminadas en tenazas y una cabeza identificable por seis pares de ojos facetados que irradiaban hambre desesperada y maldad inaudita; pero el rasgo más peculiar era su piel quitinosa, que parecía madera lacada. Y no podía decir cómo, pero iba por ella. Yatari retrocedió, asestando su daga varias veces, pero la mortífera punta rebotaba contra la dura piel sin causar daño y sus garras lograron sujetarla. Atrapada, prácticamente inmóvil, miró surgir del monstruo una flexible trompa con una ventosa de afilados colmillos concéntricos prestos para devorarla. Como último recurso, empujó su cuchillo con gran esfuerzo; apenas rozó al probóscide, pero eso bastaba para matarlo. 34


Entre contracciones por el veneno, el horror soltó su presa y poco después se desplomaba inerte. Arriba hubo un grito desgarrador y Yatari vio caer el cuerpo de un hombre viejísimo, un esqueleto recubierto de pergamino, muerto quién sabe si viendo al dios vencido o por algún místico vínculo entre ambos. Ella respiró aliviada y miró las joyas del foso: no era el tesoro que esperaba, pensó, pero haría valer la pena su aventura. Y mientras, en algún lugar entre tiempo y espacio, los dioses reían a carcajadas.

Lobo hombre

Silvina Palmiero

Rayaba el alba cuando abrió los ojos. Se sentía exhausto: el mundo parecía haberse desplomado sobre él. Le pesaba cada centímetro de su cuerpo y sus miembros casi no le respondían, como si fueran los de un extraño. A duras penas se incorporó y lentamente se acercó al arroyo. Le costó reconocerse en su reflejo: tenía el rostro desencajado y estaba empapado con algo pegajoso y espeso. Se lamió la panza y las patas traseras: era sangre, pero no suya, porque aunque dolorido y magullado, no estaba herido. Sintió náuseas y una gran confusión y, en ese instante, su corazón experimentó un tormento que jamás había conocido y que casi lo hizo desfallecer. Las primeras luces del día le quemaron los ojos. El horizonte se incendiaba en un escándalo de rojo y anaranjado. Maldito amanecer. Los recuerdos, fugaces y sin sentido, desfilaban por su mente atribulada cual figuras de un caleidoscopio macabro. Comenzó a deambular sin rumbo fijo, hasta que advirtió que no estaba sino desandando las huellas de un camino cuyo destino desconocía, pero presentía funesto. Siguió pisadas que eran suyas, aunque más adelante ya no lo parecían tanto. Así, sus pies lo condujeron hacia una cabaña en lo profundo del bosque. Se detuvo frente a ella y tuvo la certeza de haber estado en ese lugar la noche anterior. No hubiera querido 35


saberlo, no quería entonces, pero allí lo devolvían sus pasos y su memoria. Las imágenes volvieron a él como una pesadilla atroz de la cual es imposible despertar. La luna, blanca y llena, reinaba cruelmente en medio del cielo nocturno. Se recordó aullándole letanías, obnubilado por su luz, mientras una fuerza sobrenatural lo atravesaba y se producía en él una metamorfosis lacerante que destrozaba de a poco su ser animal para convertirlo en otro, diferente. Mientras el rocío humedecía su piel semidesnuda, ya casi desprovista de pelo, se vio a sí mismo tambalear sobre sus patas traseras hasta chocar con una pila de leños recién talados. Los tanteó, todavía inestable en posición erguida, y sintió el frío del rifle que descansaba al lado de los troncos. Recordó, con horror, haberlo tomado con la misma naturalidad con que lo haría su dueño; recordó también el instinto asesino que surgía desde lo profundo de su ser al apuntarle con mano experta a ese animal que lo había desvelado cada plenilunio, a esa loba espléndida, de pelaje lustroso, mirada altiva y andar sereno. Gritó al revivir el momento en que el disparo surcó la oscuridad: volvió a sentir que su corazón estallaba en pedazos y cayó al suelo en agonía, fulminado de dolor. El sol, que ya se elevaba en el cielo, iluminó el claro del bosque donde ella yacía. Levantó la mirada y corrió como un loco, cegado por el espanto. La movió, la sacudió desesperadamente, le lamió el rostro y el pecho y experimentó en su boca el mismo sabor a muerte que había sentido en su propia piel. Y el lobo, el menor de siete hermanos, lloró sin consuelo y maldijo ese amanecer sangriento en el que despertó sabiéndose condenado; mientras buscaba cobijo bajo el cuerpo inerte de su madre y se mordía furiosamente las pezuñas, impregnadas de pólvora.

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Álador, El Restaurador

Ernesto A. Castro

Después de prioridades grotescas en otros restaurantes, Álador llegó a su cita con Breunio. Éste lo esperaba en una mesa del fondo, mientras se golpeaba la frente con un tenedor. Eran golpes cortos y leves, como dados a ritmo de metrónomo. Cuando Álador se sentó a su lado, comprobó que el hombre tenía el traje ajado, que sus zapatillas estaban llenas de barro y que su corbata estaba atada a su cuello como lo estaría una pitón a su presa en agonía. Algunas personas, se dijo Álador al ahuyentar con un gesto al mesero que se avecinaba, no son nada deseables u oportunas. Dan asco. En adición, Breunio apestaba a cadáver podrido. —Lamento llegar tarde —le dijo Álador viéndose las pezuñas—. No sabe lo difícil que es para mí encontrar un taxi en la noche. Todos piensan muchas cosas al verme entre penumbras. Cosas que no quiero mencionar. El caso es que no encontré ningún taxi, y tuve que venir por mis propios medios. Casi a galope, porque no quería que me esperara más de lo debido. En sus circunstancias, no sé lo que una larga espera podría ocasionarle. —Bajbas mouchisnes bas —contestó Breunio ahora lamiendo el tenedor. —No fue tan malo. A veces no expreso lo que realmente pienso: es un defecto que tengo desde que aprendí a hablar y pensar, hace tan sólo unos años. Aprender ambas al mismo tiempo me dejó algo perturbado. Lo que quiero decir es que sí me gustó caminar por las calles. Las calles, por la noche, muestran todo lo que deben mostrar. —Jaj bas juiying. Klous baigros. ¿Basbás? —En efecto —dijo Álador, como si en verdad entendiera lo que Breunio le había contestado—. Sí. Tiene toda la razón. Creo que el tiempo de las excusas ya se venció. Es momento de entrar de lleno en el proceso. Pero antes, para no dejar atrás los cánones de la educación, me gustaría preguntarle por su día. A simple vista creo que 37


su día no fue tan ameno. Pero quiero oírlo de usted. Eso nos ayudaría a conocernos mejor. Apenas nos hemos visto, amigo. Breunio era guapo, como la mayoría de los profesores de Filosofía. Incluso, para acrecentar sus dotes de pensador, su cara era una mezcla de Camus y Sartre. Lentes profundos y difusos, rasgos europeos y níveos, y un peinado alborotado pero lógico dándole sentido a su cabeza. Lo que lo hacía ver estúpido, concluyó Álador, era el vacío en sus ojos. Estaban perdidos. Breunio no hizo más que balbucir palabras enrevesadas, por más de media hora. —Ay, muchacho, qué estuvo haciendo con su cuerpo todo este tiempo —se compadeció Álador—... Ya veo que tiene el cerebro fundido. Apuesto a que anoche leyó hasta tarde. Ya no le haré más larga la espera. Comencemos de una buena vez. Álador sacó los objetos del bolsito que traía en su espalda. Una sierra de mano capaz de cortar cualquier material por duro que fuese. Una pajilla, de esas que sorben hasta lo que no debe ser sorbido. Y una cuchara sopera, para arrancar alimento de los espacios más estrechos. —Seré rápido. Pero, primero, ponga ese tenedor absurdo a un lado de la mesa. Usted no va a comer nada hoy. Ya comió suficiente. Como era de esperarse, Breunio no entendió nada. Como también era de esperarse, Álador perdió la paciencia: le propinó una patada por debajo de la mesa. El golpe hizo que el tenedor saliera despedido por los aires, y los comensales, en mesas vecinas, no hicieron más que dedicarles miradas de disgusto por el breve estremecimiento. Álador los saludó con su mejor sonrisa domesticada. Ellos lo ignoraron. —Bien —dijo Álador a Breunio—. Ya basta. Esto será sencillo: ponga su cabeza sobre la mesa, que yo me la voy a comer entera. Algo en la actitud de Álador hizo que Breunio captara el pedido. Al fin y al 38


cabo, sus lecturas obsesivas no lo habían dejado tan baboso. Él mismo, tan sólo dos horas atrás, había llamado a Álador mediante un grito al universo. No estaba, por lo tanto, tan atontado como se mostraba. Entonces Breunio puso su cabeza sobre la mesa, despacito, como esperando que Álador comenzara a sobarlo. Lo que Álador hizo, sin perder ni un segundo, fue serrarle el cráneo con sumo cuidado para no derramar nada. Era un experto trepanador. No quería cortar demasiado, sólo una hendidura adecuada para insertar la mano. Cuando hubo terminado, insertó la pajilla y sorbió pensando en las cascadas de sus tierras lejanas, donde el sol y la luna mujen toda la jornada. Cuando se acabó todo el líquido, usó la cuchara sopera y comió recordando las veces que su mamá le preparaba deliciosos helados, a base de leche y demás brebajes del campo. El sabor de todo le recordó a los años de libertad en que corría por el prado. No digirió más de lo necesario, era mentira que le iba a comer la cabeza entera (eso no era aplicable en este caso), y cerró la hendidura con algo de huesos, saliva y cabellos del propio Breunio. —Listo —le dijo cuando Breunio levantó la cabeza de la mesa—. ¿Cómo se siente? Si va a balbucir idioteces que nadie más que usted entiende, mejor no conteste nada. Breunio ya no tenía los ojos perdidos. —Me siento mucho mejor —contestó casi sonriente—. Si ignoro el dolor de mi cabeza, que es muy punzante y sensual, hasta siento que puedo pensar sin lastimarme a mí mismo o al resto del mundo. Usted es un asno magnífico. ¿Nunca falla, verdad? —No —dijo Álador viéndose las pezuñas y cascos nuevamente—. No suelo fallar. Ahora váyase a su casa, y deje los libros en paz. En especial las novelas. Me alegro que esté bien. Debo dejarlo. Tengo otras cenas que amenizar. Segundos después, las patas de Álador desaparecieron al pasar la esquina. Breunio se quedó en la mesa, preguntándose si lo vería en los próximos hípicos de agosto. 39


51*12’34’’N - 3*13’12’’E

Miguel Lupián

Llegaron corriendo a la plaza minutos antes de que levantaran el mercado. Los vibrantes colores de sus flores contrastaban con el atardecer que empezaba a dibujarse sobre la ciudad. Alcanzaron los últimos waffles y bebieron un par de cervezas locales mientras el colorido y la algarabía se esfumaban, dándole entrada a las cajas monocromáticas que guardaban la magia. Sólo un puesto quedaba de pie. De su techo de lona colgaban cientos de brujas que a la menor provocación reían y pataleaban sobre sus escobas. Cada quien compró una y caminaron hacia los muelles de piedra, para ver los canales “donde las grandes palpitaciones del mar habían dejado de latir”. —Muerta… —escuchaste detrás de ti. —¿Qué pasó? —preguntaste, pero ella estaba tomando fotos del otro lado del muelle. Alrededor sólo había una pareja de ancianos sentados en una banca, con una cobija mullida sobre sus piernas y con la vista fija en las aguas mansas que en invierno se congelarían, probablemente como sus corazones. —Muerta… —volviste a escuchar. Abriste la mochila y una sonora carcajada astilló tus anteojos. —¡Muerta, muerta, muerta! Sostuviste a la bruja entre tus manos, mientras una brocha invisible pintaba de negro tu corazón. Los malos recuerdos salieron de sus cajas polvosas. Las frases hirientes abandonaron sus esquinas enlamadas. El odio rasgó la capa de telarañas que lo aprisionaba. La miraste con ojos de fuego. Ella también sostenía entre las manos a su bruja; sus ojos se tornaron violeta. Chocaron, gritaron, se hirieron de muerte. Las brujas cayeron sobre las aguas del canal, también las argollas. Se marcharon en diferentes direcciones.

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De reojo, mientras la luna sonreía perversamente y ella se perdía entre los callejones adoquinados, notaste que la pareja de ancianos había desaparecido: sobre la banca sólo quedaba la cobija mullida y la promesa de un invierno fatal.

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Lavadora

Juan de Lobos

No es la primera vez que pasa: la ropa entra sucia, de una talla determinada y sale limpia y con pequeñas diferencias. Esto nos ha sucedido a casi todos. Sin embargo, a nadie le ha sucedido lo que a mi. Una vez metí a lavar una camisa, sin un botón, pero al sacarla, además de encontrarse limpia, finalmente para eso sirve una lavadora, traía los botones completos. Muchas veces he sentido que no es la misma ropa la que entra y la que sale de esa máquina. Me explico: además de aquella camisa, noté más cambios en mi ropa: salía reparada o desaparecía para reaparecer después. Hace meses decidí meter una nota en unos vaqueros. “¿Quién eres?, ¿Qué diablos haces con mi ropa?” Es una nota estúpida y nada ingeniosa, pero sabía que algo extraño sucedía al lavar mi ropa. Guardé la nota en una bolsa de plástico. Cuando saqué la ropa, los pantalones no estaban. Una semana después, al terminar el lavado, mis vaqueros aparecieron. Dentro del bolsillo había una nota escrita en bella caligrafía. “Carlos, deja de jugar conmigo, estas bromas no me agradan. Te amo, bobo. Sophie”. Terminé de leer asombrado. Traté de calmarme, pensar en una explicación lógica. Revisé mi departamento, la lavadora; leí una y otra vez la nota. Esa noche no pude dormir. Todos los días antes de salir a trabajar verificaba que mi departamento estuviera cerrado; tiré talco en la entrada y nada. Llegó el domingo, y eché a lavar la ropa. Aunque me parecía un poco tonto, puse en mis jeans otra nota: quería resolver ese misterio. “¿Quién eres? No conozco a ninguna Sophie. Sólamente mi familia me llama Carlos. Gracias”. Encendí la lavadora. Los pantalones desaparecieron. Dejé abierta la escotilla y estuve vigilando. No sucedió nada. A la semana siguiente apareció el pantalón. Encontré otra nota: “Bobo, soy yo, Sofía, tu esposa”. Una inmensa inquietud y curiosidad se apoderó de mí. Estaba seguro que nadie había entrado a mi departamento. 42


Soy soltero, y a la única Sofía que conocí fue una niña que me gustaba en la secundaria, murió una semana antes de graduarnos. Tantos años sin recordarla y de pronto la memoria la regresaba a mi vida. Me gustaba mucho. Esa tarde fui a visitar a mi abuela. Busqué entre los álbumes algunas fotos de esa época. Encontré una del grupo. Conchita, nuestra prefecta sonriente, junto a ella, sentada en la primera fila, me miraba Sofía, peinada de coleta, usando uniforme guinda con el escudo de la Escuela “Benito Juárez”. Su sonrisa inocente y aniñada, sus ojos hermosos, sosteniendo el letrero de 3º B. Me busqué en la foto. Arriba, al extremo opuesto, estoy junto a mi mejor amigo, Goyo Balcázar. Los recuerdos, la secundaria, las primeras fiestas, los amigos, el temor en las citas, pleitos... comienzo a recordar. Tomé la fotografía, suspiré, sonreí y comencé a llorar desconsolado: recordé que ese día en la tarde falleció Sofía. Al regresar a casa metí la foto en el bolsillo, envuelta en plástico, y el pantalón a la lavadora. Desapareció. Días después lavé unas sábanas. Al sacarlas apareció el pantalón. Emocionado, encontré una foto casi idéntica a la que puse. Estaba impresa en blanco y negro. Aparece la prefecta sosteniendo un gallardete, con el nombre de la escuela “Generalísimo Porfirio Díaz Mori”. Algunos compañeros no aparecen en la foto, aunque hay más personas. El letrero que sostiene Sofía dice 3º, solamente. Me busco en la imagen. Estoy arriba, más cerca de ella; no encuentro a Balcázar. Al verme en la imagen me siento extraño. Saber, sentir que no eres tú. Esa mirada triste, no sonrío. Escribo pidiéndole que platique más. Busco una bolsita de tela. Me doy cuenta y me extraña no haber encontrado alguna prenda femenina. Meto en una bolsa de plástico un periódico de hace tres días, la nota, la foto de Sofía. Eché la bolsa junto con más ropa. Esperé. La bolsa desapareció. En ese punto, a pesar de tan inusual y extraña situación, me parecía un juego. En esta época en que pocas cosas nos sorprenden, sonreí, consciente de que al lavar mi ropa algo muy fuera de lo común sucedía. 43


Pasaron varios días, lavé algo de ropa y al sacarla apareció la bolsita. Adentro encontré un diario llamado “Novedades” de ese día, una foto de Sofía con dos niños (José Gregorio y Carlos Eduardo, escribió detrás de la foto). Sorprendido y emocionado, observé la imagen bicolor. Sofía bellísima, con algunas arrugas y el cansancio en la mirada; los niños idénticos a mí, pero con los ojos hermosos de Sofía. Había una nota, un pañuelo bordado con sus iniciales (de la prenda emanaba un aroma a azahares, su perfume) y al fondo de la bolsa una barra de chocolate “Pancho Pantera”. Leí la nota: “Carlos: Todo esto es increíble, todavía no comprendo lo que sucede, me intriga mucho. Al principio pensé que era una broma, pero al recibir el diario y las imágenes coloreadas me convenzo que no es así. De alguna manera nos contactamos a través de esta máquina. Descubro asombrada nuestras realidades distintas. Veo con sorpresa las maravillas de tu mundo, distintas a lo que nosotros tenemos. He esperado ansiosa tus notas, y el recibir esta bolsa me causó una impresión mayúscula. Deseo saber más de ti, de tu mundo y, de ser posible, de mí en tu mundo. Con afecto, Sofía. P.S. Disculpa la tardanza al responder”. Continuamos escribiéndonos regularmente durante años. Mandó almanaques y mapas, cartas más extensas. Yo respondía y enviaba revistas de moda, catálogos, juguetes e historietas. Me contó que Balcázar murió atropellado una semana antes de la foto del grupo; que eso me afectó en su mundo (jamás me atreví a decirle que en mi mundo ella había muerto); que Goyo seguía siendo mi único amigo. Un día la lavadora se descompuso para no funcionar jamás. Hoy regresó a mi mente ese episodio maravilloso e irreal, porque al abrir la nevera encontré una barra de chocolate “Pancho Pantera” en su interior.

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Gota de azul

Mariano F. Wlathe

Cayó una gran gota de azul. Un hombre puso su mano sobre ella. El color se inyectó en su cuerpo. Recorrió las líneas de sus vidas y amores. Palpitó en su interior e hinchó sus pulmones. Al verlo podías sentir las constelaciones. Me acerqué para besarlo. Sentí mis labios estallar en los colores del universo; el azul coloreando mis entrañas. Mi piel desapareció, sólo la tensión superficial me mantenía en forma. Una mujer me tocó, me atravesó. Nadó en mí, persiguiendo estrellas. Contagiada del azul miró las galaxias en su interior. Soñó que no existía. Se disolvió en la tierra y el pasto creció. La noche llegó a esculpir otras formas. Floté y me dividí. Mis fragmentos chocaban entre sí, formando otros yo. El hombre se infló y explotó. Una gran ola salió de él. Las ciudades se resquebrajaron y el tremor recorrió el suelo. El tsunami devastó el mundo. Cerré los ojos para no ver los colores que desaparecían. Desnudo sobre el piso recordé el mundo que había dejado de ser y pensé que podría construir uno nuevo. Me equivoqué. Yo era parte del mundo que se había ido y me desvanecí con él sin darme cuenta.

Planeta rojo

No Hilda

98/100 húlmos-435 A dos días del final, asombrosamente estoy más trésquido que cuando llegué. Ahora sé que por mucho que me resistiera no podía remediar nada. No tengo escapatoria a esta nefanda situación. En la mañana, cuando llegó el frat del desayuno, pude ver un niño que acompañaba al conductor, nos miraba asustado como si ya supiera la verdad. Yo, a su edad, me creía los cuentos de los adultos. Antes, los niños éramos más crédulos, 45


recuerdo a mi tío Fer cuando por primera vez nos dijo que en los talumbres del planeta rojo sembraban flores de rubíes y cada cien días la cosecha brillaba con tal fuerza que coloreaba los alrededores y su belleza lograba llegar hasta nuestros ojos a miles de kilómetros de distancia. Estoy consciente que estoy aquí por todos los ótarses que cometí, sé lo que hice de mi vida y sé a cuántos hice sufrir. Pero creí en las historias, me dejé llevar por los noticieros. Aquellas miles de imágenes que nos mostraban de las flores de rubí, eran tan hermosas, tan deslumbrantes, tan falsas. Todos los dámeros que me acompañan están muy confundidos; los primeros días, la mayoría estábamos renuentes a trabajar en los talumbres, pero al darnos cuenta que no existía tal cosa nos empezamos a volver locos. ¿Qué hacemos aquí entonces?, nos preguntábamos. Excepto los ácratas caletres, quienes ya sabían que la cosecha de rubíes eran falacias conspiracionistas y que la única planta existente aquí son los abrótanos que están del lado opuesto. Ahora que se acaba el tiempo, todos parecen acéfalos, con los ojos queriendo huir de sus cuencas. No me arrepiento, sólo que no me parece justo que nuestra pena de muerte sea la celación, ni que engañen a la gente de esa manera, usando esta hecatombe como adarga de sus infames ótarses, más ótarses que los que yo he cometido. Malditos adocenados. Escribiré hasta el último día y mandaré este muyigo eyectado a través del espacio para que alguien sepa lo que hace esta raza con sus prisioneros: nos junta a todos en sus diferentes ágoras de alabastro para tintarlas de rojo con nuestra vida. El planeta rojo no es más que una mentira, cien días de agonía lejos del hogar, plenídas noches de escalofríos en otra atmósfera, contando las propias aventuras a los otros condenados, como para dejar una tireda en la memoria colectiva. Estrellas en el cielo como nuestros muros, el tiempo como nuestro celador, las ganas de advertir como nuestra frelpe.

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Ciclo de vida

Alberto Sánchez Argüello

Mi hija está llorando. Cada noche es igual, cerca de las tres de la mañana la despierta una pesadilla recurrente. Retiro los cables y me levanto con dificultad. El piso está frío y gotas de aceite se me pegan en la planta de los pies. Mi hija está sentada en su cama, sollozando, yo le ofrezco agua pero ella sólo quiere que la abrace. Nos quedamos un tiempo ahí, ella respirando con dificultad, yo cabeceando somnoliento. Me cuenta una vez más que soñó que vivíamos dentro de un laboratorio, que éramos robots, programados para repetir todas las noches la misma rutina. Yo le acaricio la cabeza y le digo que ya es tarde. Le limpio las lágrimas y le coloco la sábana encima. Me quedo a su lado, a la espera de que deje de mover los pies. Cuando estoy seguro que se ha vuelto a dormir, abro la pequeña compuerta de su pecho para retirar la batería y ponerla a cargar en el baño. De nuevo en el pasillo, le hago una seña a las cámaras para que limpien el aceite, luego me enchufo al panel de mi cama y me vuelvo a dormir.

La pecera

Amílcar Amaya

Para Raúl Everardo, quien me contó la anécdota y dio permiso de aumentarla. Llegué a la nueva casa una hora antes que el camión de mudanza. Era una construcción bastante anodina en una zona residencial, bien comunicada y tranquila. Si tuviera un perro lo habría sacado a pasear inmediatamente. Pero no tenía perro. Sí me gustaban, pero no, lo mío eran los peces. El primero que tuve lo compré con lo que me daba mi madre los fines de semana. Al llegar a casa, por algún motivo me sentí culpable de 47


hacer el gasto —no es que el dinero abundara, tampoco—, así que intenté mantener mi compra oculta. Obviamente fui descubierto a las pocas horas, pero mamá no se enojó conmigo, al contrario, me regaló un frasco de vidrio grande para usarlo de pecera. Ese pez, un Beta como millones más, vivió más tiempo del habitual, pero su tiempo pasó, como el de todos. No teníamos patio, y el funeral se realizó con muy poca ceremonia junto a la taza del baño. Sería mi primer contacto con la muerte. El día que me mudé fui al acuario que estaba cerca de mi anterior casa. Tenía la mira puesta en una pecera de base cuadrada, alta y de unos cuarenta o cincuenta centímetros por lado. Desde el día que la vi se me ocurrió que podría integrarla en una columna falsa y así poder ver los peces desde cualquier lado. Y que fuera tan ancha tenía sus ventajas, podría ponerle rocas, corales y demás escondites. El precio final fue ridículamente bajo y me la llevé. El dueño del lugar parecía tener prisa por cerrar el trato e irse. La transporté en el asiento del copiloto con el cinturón de seguridad puesto, envuelta en papel de periódico. De verdad quería esa columna acuática, pero tendría que esperar, su primer hogar sería el simple buró donde la coloqué para desenvolverla. Mientras lo hacía tuve la extraña impresión de que alguien me miraba por sobre el hombro, vi su reflejo en el cristal de la pecera, sobrepuesto al mío. Asustado, giré la cabeza tan rápido que me lastimé el cuello. No había nadie. Me hice un masaje improvisado intentando apaciguar el dolor, sin mucho resultado. Debía estar muy cansado, veía cosas. Volví a mirar la pecera y no vi ningún reflejo extraño además del mío, adolorido pero feliz por cumplir este pequeño sueño de la infancia. El camión de mudanza llegó y se fue. La verdad es que no tenía muchos muebles, y los pocos que tenía podía armarlos o acomodarlos yo solo. En cierto momento, mientras movía de la sala a su habitación correspondiente una caja con libros, volví a ver algo en el cristal de la pecera, fue cosa de un segundo, pero me dio la impresión de que esta vez el rostro era diferente. Solté la caja y corrí hasta el recipiente de cristal para confirmarlo. 48


Y sí, ahí estaba. No era mi cara la que se veía, sino la de otra persona; ligera, translúcida, suspendida en el aire, era una mujer desconocida. Parecía una anciana. Tenía los ojos cerrados como si durmiera. Mi rostro estaba a la altura del suyo, mis ojos, enmarcados en sus párpados, daban la idea de que me observaba a través de su sueño. Tuve un presentimiento, y con sumo cuidado giré la pecera sobre su eje para ver los demás cristales. Ahí también había rostros. El primero era de un hombre joven. Las imágenes habían empezado a verse con mayor claridad. Los escalofríos recorrían mi espalda, como un ejército de arañas de hielo que huían despavoridas. ¿De qué huían? Para la segunda y tercera vez que giré la pecera ya sabía que en cada ocasión vería un rostro diferente, suspendido en la película de silicio como un fantasma sin cuerpo. Primero fue un hombre gordo y luego la cara que vi mientras desenvolvía esa cosa, un hombre de mediana edad que también parecía ensoñar. Mi mente trataba de darle una explicación razonable a todo ello, se me ocurrió que se trataba de alguna especie de holograma. Como esas imágenes tridimensionales de cristos y santos que había visto en algunas casas. Qué hacían esas imágenes en mi pecera, es algo que tendría que averiguar con el vendedor. Tal vez, a la hora de construirla, era el material que tenía más a la mano y no se había dado cuenta de los rostros. Al día siguiente me encontraba frente al acuario. “Cerrado por violar la ley”, decían los sellos en la cortina de acero. Algunos estaban pegados entre la cortina y el marco de concreto para evitar que se abriera. No decía el motivo de la clausura, así que fui a preguntarle al vecino más cercano si sabía algo. —Ese desgraciado sin Dios era un ladrón de tumbas, hijo —el viejo parecía realmente escandalizado—. Y pensar que nos sentábamos a tomar cerveza aquí mismo y platicar. Ayer vinieron a arrestarlo. Al parecer alguien lo vio entrando al cementerio, abrir las tumbas y robar el cristal de los ataúdes para hacer sus malditas peceras. Sólo confirmó la verdad que ya intuía: que esos rostros eran de gente muerta. Rostros sobre los que algún ser querido habría llorado, de pie junto a su ataúd, y que ahora me esperaban al otro lado de la puerta. 49


Pussycat

Macarena Muñoz Ramos

Ropa limpia, encajes y licra, lencería. Saltas y te zambulles en el cesto. Retozas, casi ríes, olisqueas cada prenda reconociendo el aroma. De pronto, ruido de llaves y la cerradura da un par de vueltas. Alguien entra y el taconeo en el suelo de parquet se pierde al llegar a la sala. Tu fino oído te reporta un suspiro hondo y un cuerpo que se deja caer en el sofá. Así que escapas del cesto, sin importarte el rastro de medias y panties que dejas a tu paso. Corres hacia ella, calculas la distancia aunque no demasiado, confías en tus habilidades luego del esfuerzo que te costó acostumbrarte a ellas. En cuestión de segundos, estás encima de su regazo. Ella ríe. Le alegra tanto verte y te da un beso en la nariz, qué importa que la tengas húmeda. Le correspondes a tu manera: un lengüetazo en sus labios. A continuación, mientras rasca suavemente detrás de tus orejas, te da un breve resumen de su día de trabajo. Tratas de escuchar atento, pero es inevitable que hasta entrecierres los ojos para gozar una de las pocas caricias que logra amansarte. Ahora su mano recorre tu espalda y justo cuando llega al final, tu cuerpo se arquea. Estás a punto de erizarte completo aunque sigues devorando el alimento que ella acaba de vaciar en tu plato. No, no sabe mal, pero cuánto envidias al congénere tuyo que lo anuncia por televisión. Su voz es tan seductora. Quisieras tenerla para susurrarle al oído lo mucho que disfrutas de ella. Mientras tanto recibes estímulos que no son del todo distintos: por un lado, el erótico. Esta mujer te enciende con un roce. Por el otro, el de la gula. Con descaro debes admitir que comer casi es un vicio para ti. Pero la verdadera causa de tu adicción está delante de ti, hipnotizándote. Sí, la adoras y sabes mejor que nadie que es tuya, que te pertenece. Así que tu deber es cuidarla, protegerla. Eres su guardián y cumples tu misión con estricto celo. No hay secretos para ti. Ni siquiera la pierdes de vista cuando toma sus largas sesiones en la bañera. No lo harías. Por eso siempre ocupas el mejor puesto de observación: te sientas encima de la tapa del inodoro y la contemplas casi sin parpadear mientras se desviste. Es raro, 50


pero parece que disfruta de tu “espionaje”. Aunque las primeras veces la desconcertaste y llegó a temerte. Desconfiaba de tus ojos pardos, del brillo de placer que campeaba en ellos. De lo que le decías sin palabras en cuanto la veías desnuda. Pero pronto se acostumbró y empezó a llevar a cabo un juego que ella misma había planeado: lentamente se desvestía al compás de la melodía que silbaba. La primera prenda que te arrojaba a la cara eran las panties. Tú velozmente las atesorabas como si fueran la mejor recompensa. El show no duraba mucho, pues de inmediato se sumergía en la bañera. Tus ojos no se apartaban de la esponja que delineaba las curvas de su cuerpo del color del marfil. Ojalá fueran tus manos las que la acariciaran. Pero son tan pequeñas y obedecen tan poco a tus deseos, a menos que sean meramente instintivos. Sin embargo, eres un voyerista consumado. No cabe duda que ambos gozan de la compañía que se brindan. Aunque, de algún modo, las cosas entre ustedes han cambiado. Alguien más ha entrado a sus vidas. Y sólo recordarlo provoca que pierdas el apetito. Ella ya no te acaricia y echa a andar la contestadora. Hay pocos mensajes y reconoces algunos por la maldita voz que le deja llamadas picantes que ella tanto celebra. A ti se te ocurren cosas mejores y no las presumes, aunque te encantaría. Notas que esta noche tampoco habrá sesión de baño. Ella empieza a recoger sus cosas. Otra vez se pone la falda, los zapatos, cepilla su cabello. Esto es el colmo. Tal parece que la voz de Ricardo es como el llamado del flautista de Hamelín. Y ella el ratón que se deja encantar, encantada. Va hacia la puerta, pero da media vuelta y recoge las llaves del coche. En ese momento te lanzas sobre ella y aunque haces gala de tu agilidad —virtud que tanto valoras—, sólo alcanzas a prenderte de sus piernas. El resultado de este ataque desesperado son unas medias rasgadas. Ella deja escapar un bufido impaciente y ahí mismo se las quita, no sin antes darte un tirón de bigotes por malcriado. Luego se despide enviándote besitos al aire. Pero ya estás harto de eso y decidido a todo, la sigues. Necesitas acabar de una vez por todas con sus ausencias. Logras escabullirte antes de que cierre la puerta. Suben al mismo tiempo al coche y te ocultas en el suelo del asiento trasero. El viaje es largo. Hay que rodear las 51


obras de la nueva línea del metro. Mientras tanto, planeas cómo enfrentarás a Ricardo. Te está robando a tu mujer. Hasta no hace mucho, tú eras la única presencia masculina en su vida. Y sólo bastaron algunas noches para hacerte a un lado. Noches que pasaste solo en la cama, que parecía enorme sin ella. Buscando su aroma entre las sábanas. Los celos te están matando y tienes razones suficientes para desaparecer del mapa a Ricardo. El coche se detiene, ella baja a toda prisa y estás a punto de quedarte dentro. Ricardo está en la puerta y la recibe con un beso apasionado. Tú aprovechas ese momento y entras justo después que ellos. El beso se prolonga, pero ya no hay antesalas y van directamente a la habitación. Procuras fingir demencia y sordera para reconocer el campo de batalla. La estrategia a seguir. Tu olfato te guía al balcón. Al lado de la puerta descubres una jaula cubierta con un pedazo de tela. Tu curiosidad no te deja en paz y trepas por el librero. Con un leve zarpazo destapas la jaula y un petirrojo te encara, aunque en medio de su altivez te mira con pavor. ¡Qué cosa más ridícula! Sólo esto se puede esperar de un arquitecto-diseñador de interiores. Muy bien, bajas del librero y mides la escasa distancia que hay entre la jaula y el balcón. Por cierto, notas que la puerta está entreabierta. Mejor para ti. Tal parece que todo está a tu favor. Te escondes debajo del sofá y aguardas. Al poco rato todo se calma y tus bigotes se paran de punta. Ricardo sale de la habitación. Parece que se acerca a tu escondite, pero sigue de frente. Recuerdas que habías destapado la jaula. Entonces, se pone a hablarle al petirrojo con frases aniñadas y voz de idiota. El pájaro sólo le envía miraditas miedosas y no se mueve ni un milímetro. Tú sigilosamente te acercas a Ricardo. Como nunca detestas tu tamaño. Desearías golpearlo allí mismo. Pero no tienes más remedio que arañarlo en el tobillo. Ricardo se tambalea, tú subes al librero, abres la jaula y atrapas al petirrojo. Te lo guardas entre los dientes. No piensas devorarlo, aunque el pájaro está más muerto que vivo de puro susto. Ricardo intenta atraparte y tú escapas por el balcón bajando por la pared —otra de tus habilidades. Él te sigue sin importarle la altura que hay entre el balcón y la calle. La siguiente escena es digna de una película 52


cómica: un hombre desnudo persiguiendo a una ráfaga grisácea con un ligero toque rojo, que corre hacia la esquina donde están las obras del metro. Te detienes en la orilla de un profundo desnivel. A tu alrededor sólo hay arena suelta y montones de varillas. Más allá, la mezcladora de cemento empieza a funcionar y la cuadrilla de trabajadores está distraída. Ricardo intenta abalanzarse sobre ti, pero tropieza con una varilla y resbala con la arena. Apenas te apartas y Ricardo cae al desnivel. En ese momento la mezcladora vacía su contenido y el cuerpo es cubierto por una gruesa masa de cemento. Escupes los restos del petirrojo y tus bigotes se curvan en algo parecido a una sonrisa. *** Ella duerme y tú la contemplas. Estás a su lado, aunque siempre te prohíbe subir a la cama. Pero aprovechas cuando está dormida y te sales con la tuya. Esa mañana no la despertarás dándole suaves lengüetazos en los labios. Quieres seguir contemplándola. Porque parece que el tiempo no pasa. Porque parece que la escena se repite. Y aunque ella tiene los mismos ojos obsidiana de aquella que te hechizó —sin metáfora— cuando conociste mujer por vez primera, nada te ha arrebatado, al contrario. Ahora te recuestas encima de ella comprobando que tu cuerpo es más grande que el suyo. La acaricias como siempre deseaste. Tus manos ya responden a tus impulsos. No temes hacerle daño con tus garras. Y le susurras muy quedo al oído, con la voz que ya creías perdida, lo mucho que la amas. Ella despierta, pero casi no se sorprende. Reconoce tus ojos pardos y el brillo de placer que campea en ellos. Te quita una pluma roja que tienes en el cabello. Entonces sonríe y tú la besas.

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Autómatas Dirección Miguel Lupián

Equipo Editorial Ana Paula Rumualdo Flores Adrián “Pok” Manero Manuel Barroso Chávez Mariano F. Wlathe (diseño editorial) Francisco de León

Arte Carmen Lop (portada y contraportada) Facebook / Blog Daniela F. Cortéz (Interiores)

Contacto Penumbria.mx Facebook.com/Penumbria @RPenumbria revistapenumbria@gmail.com


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PENUMBRIA 34  

Antología de cuento fantástico.

PENUMBRIA 34  

Antología de cuento fantástico.

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