Mariposa azul Introducción Por: Luis Alonso Aguilar
Acompañé a mi familia al funeral del niño Andrés Enoc Andara, la partida sin retorno de un niño que dejó un legado de esperanza, fe inquebrantable y fortaleza para luchar por las cosas buenas; así son los guerreros de Dios. Recuerdo el ramillete de globos de muchos colores que su madre (Socorro) preparó y tuvo en sus manos para liberarlos al cielo justo al momento que terminaran de pronunciar las últimas palabras acerca de su hijo. Quiso esa señal de compañía para su ángel que partía en ese momento. La miré y quise decirle alguna palabra, pero no pude, un nudo en la garganta me obligó a quedarme en silencio y solo salió de mi mente una plegaria de agradecimiento al omnipotente por el tiempo de alegría que dio a su familia aquel niño.
Ha pasado algún tiempo desde que Andrés murió y, al ver los preparativos para celebrar el último vía crucis de viernes santo, lo recordé cuando supe que los jóvenes de la Iglesia dedicaron el trabajo de preparar las alfombras a Génesis Alejandra Andara, la mariposita azul de Gualjoco. Recuerdo haber visto como rociaron con agua las alfombras para que el viento no las deshiciera, fue entonces cuando recordé ese verso: “que maneras más curiosas de recordar tiene uno” (Mariposas de Silvio Rodríguez). Con los colores de la alfombra se vino a mi mente la imagen de ese ramillete de globos irse al cielo e imaginar de nuevo la cara de Andrés.
Me dije en ese momento: “la historia de estos niños la tengo que hacer saber a muchos”. Ahora que escribo los últimos detalles de mi segundo libro “Personajes, reflexiones y vivencias con identidad Patepluma”, que cuenta con una sección “autores invitados”, aprovecho para difundir el pensamiento de otros que quieren hablar. Génesis Alejandra me dijo un día, “aquí le manda mi mamá esta memoria, dice que ahí está la historia que ella escribió y que usted le ofreció pondría en el libro”. La leí y preparé para incluirla. Unos días después, esta mariposita azul vino de nuevo y me trajo en otra memoria algo que no esperaba, una historia escrita por ella, acá se las comparto.
Hola, mi nombre es Génesis Alejandra Andara. Nací el 13 de enero del 2004 y siempre me han gustado las mariposas, las azules sobretodo, porque es mi color favorito. Ahora sé que las mariposas cambian, que primero son gusanos y luego se hacen un rollito para dormir y esperar que les crezcan sus alas para salir a volar. Yo digo que soy como ellas porque he visto cómo he cambiado, y ahora que tengo 15 años y me veo diferente se que es así. Mi mamá siempre me ha dicho: “hija, el amor es la clave de la felicidad”, ella ha estado cerca de mi porque sabe que las dificultades se superan acompañadas, ha sido mi madre y padre a la vez. Mi abuelo Antonio fue ese padre que no tuve, fue para mi el hombre más bueno que he conocido. Eso sí, a veces se enojaba, y bastante, pero siempre supe me quería mucho. El ya está en el cielo, pero para mi siempre me acompaña acá en la tierra, lo tengo como un ángel que va y viene del cielo, así como mi hermano Andrés. Mi mamá Socorro, mi abuelo y mi hermano son lo que quiero ser: fuerte y que ayuda a los otros, como mi mamá; valiente y amoroso, como mi abuelo Toño; y amante de la vida, como Andrés, que quiso vivir aún con todo lo que no podía hacer por su parálisis.
Hasta noviembre del 2017 mi vida fue normal, si es que así se le puede llamar, porque desde ese momento me detectaron leucemia linfoblástica aguda. En ese momento no supe qué significaba ese nombre tan raro, era la primera vez que lo escuchaba, luego me explicaron y ahí fue cuando tuve miedo de morir. Mi mamá fue quien me explicó lo que me pasaba, me sentó en una silla, tomó mi mano y me dijo lo que supongo debía decirme; que mi vida no sería igual y que debería cuidarme más. Me puse mal porque me confundí con muchas cosas, pero más porque supe no podría jugar como antes. Pensé en mi hermano Andrés y cómo él luchó por vivir y estar siempre alegre, entonces me dije: “debo ser como él”, tomé con fuerza la mano de mi madre y le dije: “todo estará bien, si Dios nos puso esta prueba es porque algo bueno tiene para nuestras vidas, tenemos que vivir segundo a segundo” Con la fe puesta en Dios empecé el tratamiento y fue cuando comenzó lo crucial para mi, pero también las grandes desilusiones. La pérdida de mi querido cabello, largo y liso que suavemente tomaba con mis manos para ponerme una vincha o una cola.
Era algo que no esperaba y me sentía muy rara, no quería salir de mi casa en un comienzo hasta que visité la casa hogar “Pequeños Guerreros”, donde conocí más niñas enfermas como yo. A ellas les daba más pena que a mi que todavía tenía alguna parte de mi pelo. Yo las miré como me veo a mí, en la lucha por la vida, y fue cuando decidí quitarme todo el pelo y regresar para que me vieran igual que como ellas se miraban. Comprendí que el cabello solo es parte de la belleza física, algo que con el tiempo se puede marchitar, pero la belleza interior está en el poder querer, como mi mamá me quiere; como muchos más lo hacen y como yo ahora, puedo querer a otras personas que pasan lo mismo que yo. En el hogar conocí a Maru y Escarleth, dos psicólogas que me ayudaron seguir en la lucha. También conocí doctoras y enfermeras que siguen con el mismo querer que cuando llegué, como si fuera una hija de ellas. En el hogar conocí a muchos guerreros y guerreras que lucharon hasta el final, con ellos aprendí a no tener miedo de esta batalla que solo es eso, una batalla más.
Después de la primera semana de tratamiento pensé que iba a mejorar rápido, pero caí y me hospitalizaron de emergencia. La doctora dijo algo como que las células inmaduras se multiplicaron y el tratamiento no había funcionado, le dijo a mi mamá que no podían hacer mucho por mí. Después de un tiempo mi mamá me contó esto y que se puso muy mal, no lo pudo aceptar. Yo no supe esto, pero me sentí tan mal en ese momento que me parecía no viviría. Cuando me visitaban en la casa me sonreían sin decir mucho, eran tantas las visitas que me sentí rara y pensé: “nadie tiene valor para decirme que estoy mal”.
No se quien inició, pero lo hizo bien y sin hacer mucho ruido. Familia, amigos e incluso personas que no conocía comenzaron a orar y pedir por mi salud. Yo también pedí: “Dios, si quieres siga aquí con mis seres queridos, te prometo dar ejemplo de tu poder y amor”. ¿Saben que?, me recuperé. El amor, cuidados de mi madre, familia y doctores; el tratamiento funcionó. Sé que esto no ha terminado, que debo seguir en lucha siempre, pero ahora puedo hacer mucho de lo que antes no. Cada minuto, cada segundo lo vivo con alegría y acá en mi casa decimos todos: “acá nadie se rinde”. Pasan muchas cosas, muchos problemas, de lo mío y otras cosas como en todas las casas, pero en mi corazón no existe más que agradecimiento a Dios por darme lo que tengo: una maravillosa familia que siempre ha estado conmigo; amigas y amigos verdaderos con los que siempre he podido contar y, mi querida comunidad Gualjoco que me da afecto y apoyo para que sienta que siempre cuento con ellos. Eso se llama solidaridad. Historia adaptada por Luis Aguilar y Pedro Ramírez con el relato escrito por Génesis